Rodolfo Fogwill: Muchacha Punk. Cuento

Rodolfo FogwillEN DICIEMBRE DE 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”.

Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso.

Primera decepción del lector: en este relato soy varón. Conocí a la muchacha frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el frío calaba los huesos, había terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era rubia: no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La mía, la rubia, era flacucha y se movía con gracia, a pesar de su atuendo punk y de cierto despliegue punk de gestos nítidamente punk. El frío calaba los huesos, creo haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento del norte arañaba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Les cuatro –yo y aquellas tres muchachas punk– mirábamos esa misma vidriera de . En el ambiente cálido que prometía el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al ajedrez. Un cartel anunciaba las características y el precio de la máquina: 1.856 libras. Ganaban blancas, el costado derecho de la máquina. Las negras habían perdido iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja de un peón central.

Blancas venían atacando con una cuña de peones que protegía su dama, repatingada en cuatro torre rey. Cuando las tres muchachas se acercaron era turno de negras. Negras dudaron quince según dos o tal vez más; era la movida l16 ó l18, y los mirones –nadie a esas horas, por el frío–, habrían podido recomponer la partida porque una pequeña impresora venía reproduciendo el juego en código de ajedrez, y un gráfico, que la máquina componía en su pantalla en un par de segundos, mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del desenvolvimiento estratégico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no entendí, se rieron, y sin prestarme la menor atención siguieron su camino hacia el oeste, hacia Regent Street. A esas horas, uno podía mirar todo a lo largo de la ciudad arrasada por el frío sin notar casi presencia humana, salvo las tres muchachas yéndose.

Cerca de Selfridges alguien debía esperar un ómnibus, porque una sombra se coló en la garita colorada de esperar ómnibus y algún aliento había nublado los cristales. Quizás el humano se hallase contra el vidrio, frotándose las manos, escribiendo su nombre, –garabateando un corazón o el emblema de su equipo de fútbol; quizá no.

Confirmé su existencia poco después, cuando un ómnibus rumbo a Kings Road se detuvo y alguien subió. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivacío, pude ver que la sombra de la garita se había convertido en una mujer viejísima, harapienta, que negociaba su boleto.

Pocos autos pasaban. La mayoría taxis, a la caza de un pasajero, calefaccionados, lentos, diesel, libres. Pocos autos particulares pasaban; Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conducían hombres graves, maduros, sensibles a las intermitentes señales de tránsito.

A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de ópera, parecían supervisarlos. Un Rolls paró frente a mi vidriero de Selfridges y el conductor hechó un vistazo a la computadora, (ensayaba la jugada 127, turno de blancas), y dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No pude oírlo: las ventanillas de cristal antibalas de estos autos componen un espacio hermético, casi masónico: insondable.

Poco después el Rolls se alejó tal como había llegado y en la esquina de Glowcester Street vaciló ante el semáforo, como si coqueteara con la luz verde que recién se prendía. Primera decepción del narrador: la computadora decretó tablas en la movida 147. Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y amenazando jaque en descubierto, reclamaría a negras una permuta de damas favorable, dada mi ventaja de peones y mi óptima situación posicional. Me fui con rabia: había dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para meterme en el hotel.

El frío calaba los huesos. Traía bajo los jeans un polar–suit inglés que había comprado para un amigo que navega a vela en Puerto Belgrano y decidí estrenarlo aquella noche para ponerlo a prueba contra el frío atroz que anunciaba la BBC.

Sentía el cuerpo abrigado, pero la boca y la nariz me dolían de frío. Las manos, en los hondos bolsillos de la campera de duvet, temían tanto un encuentro con el aire helado que me obligaron a resistir a la feroz jauría de ganas de fumar, que aullaba y se agitaba detrás de la garganta, en mi interior. En mi exterior, las orejas estaban desapareciendo: tarde o temprano serían muñones, o sabañones, si no las defendía; intenté guarecerlas con las solapas de mi campera. Sin manos, llevaba las puntitas de las solapas entre los dientes y así, mordiente y frío, entré a un taxi que olía a combustible diesel y a sudor de chofer, y una vez instalado en el goce de aquel tufo tibión, nombré una esquina del Soho y prendí un cigarrillo.

Afuera, nadie. El frío calaba los huesos. El inglés, adelante, manejando, era una estatua llena de olor y sueño. Antes de bajar, verifiqué que hubiesen taxis por la zona; vi varios. Pagué con un papel y sólo después de recibir el cambio abrí mi puerta. El aire frío me ametralló la cara y la papada se me heló, pues las solapas, chorreadas de saliva, habían depositado sobre mi piel una leve película de baba, que ahora me hería con sus globitos quebradizos de escarcha.

vi poca gente en el barrio chino de Londres: como siempre, algunos árabes y africanos salían rebotando de los tugurios pomo. En una esquina, un grupo de hombres –obreros, pinches de vigilancia, tal vez algunos desgraciados sin hogar se ilusionaban alrededor de un fueguito de leñas y papeles improvisado por un negro del kiosco de diarios. Caminé las tres o cuatro cuadras del barrio que sé reconocer y como no encontré dónde meterme, en la esquina de Charing Cross abrí la puerta trasera izquierda de un taxi verde, subí, di el nombre de mi hotel, y decidí que esa noche comería en mi cuarto una hamburguesa muy condimentada y una ensalada bien salada para fortalecer la sed que tanto se merece la cerveza de Irlanda. ¡Lástima que la televisión termine tan temprano en Londres! Miré el reloj: eran las once; quedaba apenas media hora de excelente programación británica.

Conté del frío, conté del polar–suit. Ahora voy á contar de mí: el frío, que calaba los huesos, desalentaba a cualquier habitante y a cualquier visitante de la antigua ciudad, pues era un frío de lontananza inglesa, un frío hecho de tiempo y de distancia y –¿por qué no?– hecho también de más frío y de miedo, y era un frío ártico y masivo, resultante de la ola polar que venía siendo anunciada y promovida durante días en infinitos cortes informativos de la radio y la televisión. En efecto, la radio y la televisión, los diarios y las revistas y la gente, los empleados y los vendedores, los chicos del hotel y las señoras que uno conoce comprando discos –todos no hablaban sino de la ola de frío y de la asombrosa intensidad que había alcanzado la promoción de la ola de frío que calaba los huesos.

Yo soy friolento, normalmente friolento, pero jamás he sido tan friolento como para ignorar que la campaña sobre el frío nos venía helando tanto, o más aún, que la propia ola de frío que estaba derramándose sobre la semiobsoleta capital.

Pero yo estaba ya en la calle, no tenía ganas de volver a mi hotel y necesitaba estar en un lugar que no fuese mi cuarto, protegido del frío y protegido cuidadosamente de cualquier referencia al frío. Entonces vi, dos cuadras antes del hotel, un local que días atrás me había llamado la atención. Era una pizzería llamada The Lulu, que no existía en oportunidad de mi último viaje.

Yo recordaba bien aquel lugar porque había sido la oficina de turismo de Rumania en la que alguna vez hice unos trámites para mis clientes italianos.

Desde el taxi leí el cartel que probaba que el boliche permanecía abierto, vi clientes comiendo, noté que la decoración era mediocre pero honesta, y de las mesas y las sillas de mimbre blanco induje una noción de limpieza prometedora.

Golpeé los vidrios del chofer, pagué 60 pence, bajé del auto y me metí en la pizzería.

Era una pizzería de españoles, con mozos españoles, patrones españoles y clientes españoles que se conocían entre sí, pues se gritaban –en español–, de mesa a mesa, opiniones españolas, y frases españolas. Me prometí no entrar en ese juego y en mi mejor inglés pedí una pizza de espinaca y una botella chica de vino Chianti. El mozo, si ya había padecido un plazo razonable de exilio en Londres, me habrá supuesto un viajero del continente, o un nativo de una colonia marginal del Commonwealth, tal vez un malvinero.

Yo traía en el bolsillo de la campera la edición aérea del diario La Nación, pero evité mostrarla para no delatar mi carácter hispano–parlante. El Chianti –embotellado en Argelera delicioso: entre él y el aire tibio del local se estableció una afinidad que en tres minutos me redimió del frío.

Pero la pizza era mediocre, dura y desabrida. La mastiqué feliz, igual, leyendo mis recortes del Financial Times y la revista de turismo que dan en el hotel. Tuve más hambre y pedí otra pizza, reclamando que le echasen más sal. Esta segunda pizza fue mejor, pero el mozo me había mirado mal, tal vez porque me descubrió estudiando sus movimientos, perplejo a causa de la semejanza que puede postularse en un relato entre un mozo español de pizzería inglesa, y cualquier otro mozo español de pizzería de París, o de Rosario. He elegido Rosario para no citar tanto a Buenos Aires. Querido.

Masqué la pizza número dos analizando la evolución de los mercados de metales en la última quincena; un disparate. Los precios que la URSS y los nuevos ricos petroleros seguían inflando con su descabellada política de compras no auguraban nada bueno para Europa Occidental. Entonces aparecieron las tres muchachas punk. Eran las mismas tres que había visto en Selfridges. La mía eligió la peor mesa junto a la ventana; sus amigotas la siguieron. La gorda, con sus pelos teñidos color zanahoria, se ubicó mirando hacia mi mesa. La otra, de estatura muy baja y con cara de sapo, tenía pelos teñidos de verde y en la solapa del gabán traía un pájaro embalsamado que pensé que debía ser un ruiseñor. Me repugnó. Por fortuna, la fea con pájaro y cara de sapo se colocó mirando hacia la calle, mostrándome tan solo la superficie opaca de la espalda del grasiento gabán. La mía, la rubia, se posó en su sillita de mimbre mirando un poco hacia la gorda, un poco hacia la calle: yo sólo podía ver su perfil mientras comía mi pizza y procuraba imaginar cómo sería un ruiseñor.

Un ruiseñor: recordé aquel soneto de Banchs.

El otro tipo también decía llamarse Banchs y era teniente de corbeta o fragata. Era diciembre; lo había cruzado muchas veces durante el año que estaba terminando. Esa misma mañana, mientras tomaba mi café, se había acercado a hablarme de no sé qué inauguración de pintores, y yo le mencioné al poeta, y él, que se llamaba Banchs juró que oía nombrar al tal Enrique Banchs por primera vez en su vida. Entonces comprendí por qué el teniente desconocía la existencia de los polar–suit (al ver mi paquetito con el Helly Hansen, se había asombrado) y también entendí por qué recorría Europa derrochando sus dólares, tratando de caerle simpático a todos los residentes argentinos y buscando colarse en toda fiesta en la que hubiese latinoamericanos. Fumaba Gitanes también en esto se parecía al Nono.

Jamás vi un ruiseñor. Estaba por terminar la pizza y desde atrás me vino un vaho de musk.

Miré. La más fea de las gallegas de la mesa del fondo estaba sentándose. Vendría del baño; habría rociado todo su horrible cuerpo con un vaporizador de Chanel, de Patou, o de –alguna marquita de esas que ahora le agregan musk a todos sus perfumes. ¿Cómo sería el olor de mi muchacha punk? Yo mismo, como el tal Banchs, me había condenado a averiguar y averiguar; faltaba bien poco para finiquitar la pizza y el asuntito de las cotizaciones de metales. Pero algo sucedía fuera de mi cabeza.

Los dueños, los mozos y los otros parroquianos, en su totalidad o en su mayoría españoles, me miraban. Yo era el único testigo de lo que estaban viendo y eso debió aumentar mi valor para ellos.

Tres punks habían entrado al local, yo era el único no español capaz de atestiguar que eso ocurría, que no las habían llamado, que ellos no eran punk y que no había allí otro punk salvo las tres muchachas punk y que ningún punk había pisado ese local desde hacía por lo menos un cuarto de hora. Sólo yo estaba para testimoniar que la mala pizza y el excelente vino del local no eran desde ningún punto de vista algo que pudiera considerarse punk. Por eso me miraban, para eso parecían necesitarme aquella vez.

Trabado para mirar a mi muchacha –pues la forma de la de pájaro embalsamado y cara de sapo la tapaba cada vez más– me concentré sobre mi pizza y mi lectura desatendiendo las miradas cómplices de tantos españoles. Al termianar la pizza y la lectura, pedí la cuenta, me fui al baño a pishar y a lavarme las inanes y allí me hice una larga friega con agua calentísima de la canilla. Desde el espejo, nitré contento cómo subían los tonos rosados de los cachetes y la frente reales. Habían vuelto a nacer mis orejas; fui feliz.

Al volver, un rodeo injustificable me permitió rozar la mesa de las muchachas y contemplar mejor a la mía: tenía hermosos ojos celestes casi transparentes y el ensamble de rasgos que más irte gusta, esos que se suelen llamar “aristocráticos”, porque los aristócratas buscan incorporarlos a su progenie, tomándolos de miembros de la plebe con la secreta finalidad de mejorar o refinar su capital genético hereditario. ¡Florecillas silvestres! ¡Cenicientas de las masas que engullirán los insaciables cromosomas del señor! ¡Se inicia en vuestros óvulos un viaje ala porvenir soñado en lo más íntimo del programa genético del amo). Es sabido, en épocas de cambio, lo mejor del patrimonio fisiognómico heredable (esas pieles delicadas, esos ojos transparentes, esas narices de rasgos exactos “cinceladas” bajo sedosos párpados y justo encima de labios y de encías y puntitas de lengua cuyo carmín perfecto titila por el inundo proclamando la belleza interior del cuerpo aristocrático) se suele resignar a cambio de un campo en Marruecos, la mayoría accionaria del Nuevo Banco tal, una Acción heroica en la guerra pasada o un Premio Nacional de Medicina, y así brotan narices chatas, ojos chicos, bocas chirlonas y pieles chagrinadas en los cuerpitos de las recientes crías de la mejor aristocracia, obligando a las familias aristocráticas o recurrir a las malas familias de la plebe en busca de buena sangre piara corregir los rasgos y restablecer el equilibrio estético de las generaciones que catapultarán sus apellidos y un poco de ellas mismas, a vaya a saber uno dónde en algún improbable siglo del porvenir.

La chica me gustó. Vestía un traje de hombre holgado, tres o más números mayor que su talle.

De altura normal, no pesaría más de 44 kilos. su piel tan suave (algo de ella me recordó a Grace Kelly, algo de ella me recordó a Catherine Deneuve) era más que atractiva para mí. Calzaba botitas de astrakán perfectas, en contraste con la rasposa confección de su traje de lana. Una camisa de cuello Oxford se le abría a la altura del busto mostrando algo que creí su piel y comprobé después que era tina campera de gimnasta. Ella, a mí, ni me miró.

Pero en cambio, su amiga, la más gorda, la del pelo teñido color naranja, venía emitiendo una onda asaz provocativa. No quise sugerir sexual: provocativo, como buscando riña, como buscando o planificando un ataque verbal, como buscando tina humillación, como ella misma habría mirado a un oficial de la policía inglesa. Así mirábame la gorda de pelo zanahoria. La mía, en cambio no me mira ha. Pero. . .

Tampoco miraba a sus acompañantes. Miraba hacia la calle vacía de transeúntes, con las pupilas extraviadas en el paso del viento. Así me dije: “se pierde su mirada pincelando el frío viento de Oxford Street”. Era etérea. Esa nota, lo etéreo, es la que mejor habría definido a mi muchacha para mí, de no mediar aquellas actitudes punk y los detalles punk, que lucía, punk, como al descuido, negligentemente punk, ella. Por ejemplo: fumaba cigarrillos de hoja; los tomaba con el gesto exhultante de un europeo meridional, pitaba fuerte el humo y lo tiraba insidiosamente contra el cristal de la vidriera. Al pasar por su mesa había visto en sus manos una mancha amarilla, azafranada, de alquitrán de tabaco. ¡Y jamás vi manitas sucias de alquitrán de tabaco como las de mi muchachita punk! El índice, el mayor y el anular de su derecha, desde las uñas hasta los nudillos, estaban embebidos de ese amarillo intenso que sólo puede conseguir algún gran fumador para la primer falange del dedo índice, tras años de fumar y fumar evitando lavados. Me impresionó. Pero era hermosa, tenía algo de Catherine Deneuve y algo de Isabelle Adjani que en aquel momento no pude definir: me estaba confundiendo. Pagué la cuenta, eché las rémoras de mi botella de Chianti en la copa verde del restaurante, y copa en mano –so british–, como si fuese un parroquiano de algún pub confianzudo, me apersoné a la mesa de las muchachas punk asumiendo los riesgos. Antes de partir había calculado mi chance: una en cinco, una en diez en el peor de los casos; se justificaba. voy a contarlo en español: –¿Puedo yo sentarme? Las tres punk se miraron. La gorda punk acariciaba su victoria: debió creer que yo bajaba a reclamar explicaciones por sus miradas punk provocativas. Para evitar un rápido rechazo me senté sin esperar respuestas. Para evitar desanimarme eché un trago de vino a mi garguero. Para evitar impresionarme miré hacia arriba, expulsando de mi campo visual al pajarito embalsalmado. La gorda reía. La punk mía miró a la del pelo verde, miró a la gorda, sopló el humo de su cigarro contra la nada, no me miró, y sin mirarme tomó un sorbito de aquella mezcla de Coca Cola y Chianti que estuvo preparando en la página anterior, pero que yo, con esta prisa por escribirla, había olvidado registrar. Habló la punk con pájaro

–¿Qué usted quiere? –Nada, sentarme… Estar aquí como una sustancia de hecho… –dije en cachuzo inglés.

Sin duda mi acento raro acicateó los deseos de saber de la gorda: –¿Dónde viene usted de…? –ladró.

La pregunta era fuerte, agresiva, despectiva.

–De Sudamérica… Brasil y Argentina –dije, para ahorrarles una agobiante explicación que llenaría el relato de lugares comunes. Me preguntaba si era inglés: se asombraba “¿Cómo puede venir uno de Brasil y Argentina sin ser británico?”, imaginé que habría imaginado ella.

¿Sería un inglés? –No. Soy sudamericano, lamentado –dije.

–Gran campo Sudamérica –se ensañaba la gorda.

–Sí: lejos. Así, lejos. Regresaré mes próximo –le respondí.

–Oh sí… Yo veo dijo la gorda mirando fijo a la cara de sapo que hamacó su cabeza como si confirmase la más elaborada teoría del universo. Entonces habló por vez primera y sólo para mí mi Muchacha Punk. Tenía voz deliciosa y tímbrica en este párrafo: –¿Qué usted hace aquí? –quiso saber su melodía verbal.

–Nada, paseo –dije, y recordé un modelo que siempre marchó bien con beatniks y con hippys y que pensé que podía funcionar con punks. Lo puse a prueba: –Yo disfruto conocer gente y entonces viajo… Conocer gente, ¿Me entiende?… Viajar… Conocer… ¡Gente!.. ¿Eh.? ¡Ah..! ¡Así..! ¡Gente..!

Funcionó: la carita de mi Muchacha Punk se iluminaba. –Yo también amo viajar –fue desgranando sin mirarme–. Conozco África, India y los Estados (se refería a USA). Yo creo que yo conozco casi todo. ¡Yo no nunca he ido yo a Portugal! ¿Cómo es Portugal? –me preguntó.

Compuse un Portugal a su medida: –Portugal es lleno de maravilla… Hay allí gente preciosamente interesante y bien buena. Se vive una ola en completo distinta a la nuestra…

” seguí así, y ella se fue envolviendo en mi relato. Lo percibí por la incomodidad que comenzaban a mostrar sus punks amigas. Lo confirmé por esa luz que vi crecer en su carita aristocráticamente punk. Susurraba ella: –Una vez mi avión tomó suelo en Lisboa y quise yo bajar, pero no permitieron –dijo–: Encuentro que la gente del aeropuerto de Lisboa son unos cerdos sucios hijos de perra. ¿Es no, eso …Lisboa, Portugal?–. La duda tintineaba en su voz.

–Sí –adoctriné, pero en todos los aeropuertos son iguales: son todos piojosos malolientes sucios hijos de perra.

–Como los choferes de taxi, así son –me interrumpió la gorda, sacudiendo el humo de su Players.

–Como los porteros del hotel, sucios hijos de perra –concedió la pajarófora gorda cara de sapo, quieta.

–Como los vendedores de libros –dijo la mía –¡Hijos de una perra!–. Y flotaba en el aire, etérea.

–Sí, de curso –dije yo, festejando el acuerdo que reinaba entre los cuatro. Entonces ocurrió algo imprevisto; la de pelo verde habló a la gorda: –Deja nosotros ir, dejemos a estos trabajar en lo suyo, eh… –y desenrolló un billete de cinco libras, lo apoyó en el platillo de la cuenta, se paró y se marchó arrastrando en su estela a la cara de sapo. Bien había visto yo que ellas habían con sumido diez o quince libras, pero dejé que se borraran, eso simplificaba la narración.

–Bay, Borges –me gritó la cara de sapo desde la vereda, amagando sacar de su cintura una inexistente espadita o un puñal; entonces yo me alegré de ver tanta fealdad hundiéndose en el frío, y me alegré aún más, pensando que asistía a otra prueba de que el prestigio deportivo de mi patria ya había franqueado las peores fronteras sociales de Londres. Pregunté a mi muchacha por qué no las había saludado: –Porque son unas ceras sucias hijas de perra.

¿Ve? –dijo mostrándome los billetitos de cinco libras que iba sacando de su bolsillo para completar el pago de la cuenta. Asentí.

Como un cernícalo, que a través de las nubes más densas de un cielo tormentoso descubre los movimientos de su pequeña presa entre las hierbas, atraído por el fluir de las libras , un mozo muy gallego brotó a su lado, frente a mí. Guiñó un ojo, cobró, recibió los pocos penns de propina que mi muchacha dejó caer en su platillo, y yo pedí otra botella de Chianti y dos de Coke y ella me devolvió un hermoso gesto: abrió la boca, frunció un poquito la nariz, alzó la ceja del mismo lado y movió la cabeza como queriendo devolver la pelota a alguien que se la habría lanzado desde atrás.

Conjeturé que sería un gesto de acuerdo. Poco después, su manera golosa de beber la mezcla de vino y Coca Cola, acabó de confirmándome aquella presunción de momento: todo había sido un gesto de acuerdo.

Me contó que se llamaba Coreen. Era etérea: al promediar el diálogo sus ojos se extraviaban siguiendo tras la ventana de la pizzería española de Graham Avenue al viento de la calle. Tomamos dos botellas de Chianti, tres de Coke. Ella mezclaba esos colores en mi copa. Yo bebía el vino por placer y la Coke por la sed que habían provocado la pizza, el calor del local y este mismo deseo de averiguar el desenlace de mi relato de la Muchacha Punk. La convidé a mi hotel. No quiso. Habló: –Si yo voy a tu hotel, tendrás que a ellos pagar mi permanencia. Es no sentido –afirmó y me invitó a su casa. Antes de salir pagamos en alícuotas todo lo bebido; pero yo necesito hablar más de ella. Ya escribí que tenía rasgos aristocráticos. A esa altura de nuestra relación (eran las 12.30, no había un alma en la calle, el frío inglés del relato, calaba, los huesos, argentinos, del narrador), mi deseo de hacerla mía se había despojado de cualquier snobismo inicial. Mi Muchacha –aristocrática o punk, eso ya no importaba–, me enardecía: yo me extraviaba ya por ese ardor creciente, ya era un ciego, yo. Yo era ya el cuerpo sin huellas digitales de un ahogado que la corriente, delatora, entra boyando al fiord donde todo se vuelve nada. Pero antes, cuando la vi frente a mi vidriera de Selfridges había notado detalles raros, nítidamente punk, en su tenue carita: su mejilla izquierda estaba muy marcada, no supe entonces cómo ni por qué, y el lado derecho de su cara tenía una peculiaridad, pues sobre el ala derecha de su nariz, se apoyaba –creí– una pieza de metal dorado (creí) que trazando una comba sobre la mejilla derecha ascendía hasta insertarse en la espiga de trigo, que creí dorada, afeando el lóbulo de su oreja a la manera de un arete de fantasía. Del tallo de esa espiga, de unos dos centímetros, colgaba otra cadena, más gruesa, que caía sobre su cuello libremente y acababa en la miniatura de la lata de Coke, de metal dorado y esmalte rojo que siempre iba y venía rozándole los rubios pelos, el hombro, y el pecho, o golpeaba la copa verde provocando una música parecida a su voz, y algunas veces se instalaba, quieta, sobre su hermosa clavícula blanca, curvada como el alma de una ballesta, armónica como un golpe de tai chi. Durante nuestra charla aprendí que lo que había creído antes metal dorado era oro dieciocho kilates, y descubrí que lo que había creído un grano de maíz de tamaño casi natural aplicado sobre el ala de su nariz era una pieza de oro con forma de grano de maíz y tamaño casi natural, sostenido por un mecanismo de cierre delicadísimo, que atravesaba sin pudor y enteramente la alita izquierda de su bella nariz. Ella misma me mostró el orificio, haciendo un poco de palanca con la uña azafranada de su índice, entre el maíz y la piel, para lucir mejor su agujerito en forma de estrella, de unos cuatro milímetros de diámetro. ¡Estaba chocha de su orificio… ! Del lado izquierdo, lo que temprano en Oxford Street me había parecido una marca en su mejilla, era una cicatriz profunda, de unos tres centímetros de largo, que parecía provocada por algo muy cortante. Surcaban ese tajo tres costuras bien desprolijas, trabajo de un aficionado, o de algún practicante de primer año de medicina más chapucero que el común de los practicantes de medicina ingleses y en ausencia de los jefes de guardia. Segunda decepción del narrador: la cicatriz de la izquierda, a diferencia de las cositas de oro de su lado derecho, era falsa. La había fraguado un maquillador y mi muchachita se apenaba, pues había comenzado a deshacerse por la humedad y por el frío y ahora necesitaba un service para recuperar su color y su consistencia original.

Poco antes de irnos, ella fue al baño y al volver me sorprendió cavilando en la mesa: . –¿Cuál es el problema con tú? –me preguntó en inglés–. ¿Qué eres tú pensando? –Nada –respondí–. Pensaba en este frío maldito que estropea cicatrices…

Pero mentí: yo había pensado en aquel frío sólo por un instante. Después había mirado la calle que se orientaba hacia la nada, y había tratado de imaginar qué andaría haciendo la poca gente que, de cuando en cuando, producía breves interrupciones en la constancia de aquel paisaje urbano vacío. Toqué el cristal helado; olí los bordes de la copa verde de ella para reconocer su olor, y volví a pensar en las figuras que iban pasando tras los cristales, esfumadas por el vapor humano de la pizzería. Entonces quise saber por qué cualquier humano desplazándose por esas calles, siempre me parecía encubrir a un terrorista irlandés, llevando mensajes, instrucciones, cargas de plástico, equipos médicos en miniatura y todo eso que ellos atesoran y mudan, noche por medio, de casa en casa, de local en local, de taller en taller, y hasta de cualquier sitio en cualquier otro sitio. “¿Por qué?” –me preguntaba” ¿Por qué será?” Trataba de entender, mientras mi bella Muchachita estaría cerquísima pishando, o lavándose con agua tibia, y cuando apenas tironeé del hilito de la tibieza de su imagen, estalló en mil fragmentos una granada de visiones y asociaciones íntimas, intensas, pero por rúas, por argentinas y por inconfesables, poco leales hacia ella. ¿Hay Dios? No creo que haya Dios, pero algo o alguien me castigó, porque cuando advertí que estaba siendo desleal e innoble con mi Muchachita Punk y sentí que empezaba a crecer en mi cuerpo –o en mi alma–, la deliciosa idea del pecado, cruzó por la vidriera la forma de un ciclista, y lo vi pedalear suspendido en el frío y supe que ése era el hombre cuyo falso pasaporte francés ocultaba la identidad del ex jesuita del IRA que alguna vez haría estallar con su bomba de plástico el pub donde yo, esperando algún burócrata de BAT, encontraría mi fin y entonces cerré los ojos, apreté los puños contra mis sienes y la vi pasar a ella apurada por la vereda del pub, zafé de allí, corrí tras ella respirando el aire libre y perfumado de abril en Londres, y en el instante de alcanzarla sentimos juntos la explosión, y ella me abrazaba, y yo veía en sus ojos –dos espejos azules que ese hombre que rodeaban los brazos de mi Muchacha Punk no era más yo, sino el jesuita de piel escarbada por la viruela, y adiviné que pronto, entre pedazos de mampostería y flippers retorcidos, Scotland Yard identificaría los fragmentos de un autor’ que jamás pudo componer bien la historia de su Muchacha Punk. Pero ella ahora estaba allí, salía del texto y comenzaba a oír mi frase: ‘ –Nada… pensaba en este frío maldito que arruina cicatrices… –oía ella.

Y después inclinaba la cabeza (¡chau irlandeses!), me clavaba sus espejos azules y decía “gracias”, que en inglés (“agradecer tú”, había dicho en su lengua con su lengua), y en el medio de la noche inglesa, me hizo sentir que agradecía mi solidaridad; yo, contra el frío, luchando en pro de la consevación de su preciosa cicatriz, y que también agradecía que yo fuera yo, tal como soy, y que la fuera construyendo a ella tal como es, como la hice, como la quise yo.

Debió advertir mis lágrimas. Justifiqué: –Tuve gripe. . . además. . . ¡El frío me entristece, es un bajón…! “¡lt downs me!” traduje–. ¡Eso abájame! –¡Vayamos al hotel! –dije yo, ya sin lágrimas.

–¡Hotel no! –dijo ella, la historia se repite.

No insistí. Entonces no sabía –sigo sin saber–, cómo puede alguien imponer su voluntad a una muchacha punk. Salimos al frío; calaba. Los huesos. Ni un alma. Por las calles. Llamé a un taxi. El no paró. Pronto se acercó otro. Se detuvo y subimos. Olía a transpiración de chofer y a gas oil. Mi Muchacha nombró una calle y varios números. imaginé que viviría en un barrio bajo, en una pocilga de subsuelo, o en un helado altillo y calculé que compartiría el cuarto con media docena de punks malolientes y drogados, que a esa altura de la noche se arrastrarían por el suelo disputando los restos de la comida, o, peor, los restos de una hipodérmica sin esterilizar que circularía entre ellos con la misma arrogante naturalidad con que nuestros gauchos se dejan chupar sus piorreicas bombillas de mate frío y lavado. Me equivoqué: ella vivía en un piso paquetísimo, frente a Hyde Park. En la puerta del edificio decía “Shadley House”. En la puerta de su apartamento –doble batiente, de bronce y de lujuria –decía “R. H. Shadley”.

–Es la casa de mi familia –dijo humilde mi Punk y pasamos a una gran recepción. A la derecha, la sala de armas conservaba trofeos de caza y numerosas armas largas y cortas se exhibían junto a otras, más medianas, en mesas de cristal y en vitrinas. A la izquierda, había un salón tapizado con capitoné de raso bordeaux que brillaba a la luz de tres arañas de cristal grandes como Volkswagens. El pasillo de entrada desembocaba en un salón de música, donde sonaban voces. Al pasar por la puerta ella gritó “hello” y una voz le devolvió en francés una ristra de guarangadas. Detrás pasaba yo, las escuché, memoricé nuestra oración “queterrecontra” y con una mirada relámpago, busqué la boca sucia y gala en el salón. No la identifiqué. En cambio vi dos pianos, una pequeña tarima de concierto, varios sillones y dos viejos sofás enfrentados.

Entre ellos, sobre almohadones, media docena de punks malolientes fumaban haschich disputando en francés por algo que no alcancé a entender.

Un negro desnudo y esquelético yacía tirado sobre la alfombra purpúrea. Por su flacura y el color verdoso de su piel me pareció un cadáver, pero después vi sus costillas que se movían espasmódicamente y me tranquilicé: epilepsia.

Imaginé que el negro punk entre sus sueños estaría muriéndose de frío, pero no sería yo quien abrigase a un punk esa noche de perros, estando él, punk, reventado de droga punk entre tantos estúpidos amigos punk.

Copamos la cocina. Mi Muchacha me dijo que los batracios del salón de música eran “su gente” y mientras trababa la puerta me explicó que estaban enculados (“angry”, dijo) con ella, porque les había prohibido la entrada a la cocina. Ellos argumentaban que era una “zorra mezquina”, creyendo que la veda obedecía a su deseo de impedir depredaciones en heladeras y alacenas, pero el motivo eran las quejas y los temores de los sirvientes de la casa, que en varias oportunidades habían topado contra semidesnudos punks que comían con las manos en un área de la casa que el personal consideraba suya desde hacía tres generaciones y en la que siempre debían reinar las leyes de El Imperio. Ese día había recibido nuevas quejas del ama de llaves, pues uno de los punks, el marroquí, había estado toqueteando las armas automáticas de la colección y cuando el viejo mayordomo lo reprendió, el punk le había hecho oler una daga beduina, que siempre llevaba pegada con cinta adhesiva en su entrepierna. Coreen estaba entre dos fuegos y muy pronto tendría que elegir entre sus amigos y la servidumbre de la casa. Vacilaba: –Son unos cerdos malolientes hijos de perra –me dijo refiriéndose a los dos franceses, cl marroquí, el sudanés y el americano, quien además –contenía “costumbres repugnantes”. No pude saber cuáles, pero me senté en un banquito a imaginar media docena de posibilidades punk, mientras ella filtraba un delicioso café con canela. Cuando la cafetera ya borboteaba, me contó que aquel departamento había sido de los abuelos de su madre, que era una crítica de museos que trabajaba en New York. El padre, veinte años mayor, se había casado por prestigio, tomando el apellido de la mujer cuando lo hicieron caballero de la reina vieja en recompensa de sus ‘sevicios de espía, o policía, en la India.

Vinculado a la compañía de petróleo del gobierno, el viejo había hecho una apreciable fortuna y ahora pasaba sus últimos años en África, administrando propiedades. Mi Muchacha Punk lo admiraba. También admiraba a su madre. No obstante, al referirse a las relaciones de los dos viejos con ella y con su hermana mayor, puntualizó varias veces que eran unos “hijos de perra malolientes”. Creí entender que había un banco encargado de los gastos de la casa, los sueldos de los sirvientes y choferes y las cuentas de alimentos, limpieza e impuestos, y que las dos muchachas –la mía y su hermana recibían cincuenta libras. “Cerdos malolientes”, había vuelto a decir tocándose la cicatriz y explicando que el service –que en tiempos de humedad debía realizarse semanalmente le costaba veiticinco libras, y que así no se podía vivir. Pedía mi opinión. Yo preferí no tomar el partido de sus padres, pero tampoco quise comprometerme dando a su posición un apoyo del que, a mí, moralmente, no me parecía merecedora. Entonces la besé.

Mientras bebía el café la muchacha salió a arreglar algunos asuntos con sus amigos. Yo aproveché para mirar un poco la cocina: estábamos en un cuarto pilo, pero uno de los anaqueles se abría a un sótano de cien o más metros cuadrados que oficiaba de bodega y depósito de alimentos. Había jamones, embutidos y ciento cuarenta y cuatro cajas con latas de bebidas sin alcohol y conservas. vi cajones de whisky, de vinos y champañas de varias marcas.

Contra la pared que enfrentaba a mi escalera, dormían millares de botellas de vino, acostadas sobre pupitres de madera blanca muy suave.

Había olor a especias en el lugar. Calculé un stock de alimentos suficiente para que toda una familia y sus amigos argentinos sitiados pudiesen resistir el asedio del invasor normando por seis lunas, hasta la llegada de los ejércitos libertadores del Rey Charles, y al avanzar los atacantes, obligándonos a lanzar nuestras últimas reservas de bolas de granito con la gran catapulta de la almena oeste, apareció otra vez mi princesita punk, que repuesta del fragor del combate, volvía a trabar la puerta con dos vueltas de llave y me miraba, carita de disculpa.

Yo dije, por decir, que me parecía justificado el temor de sus sirvientes. “Nunca se sabe”, dije en español, y le aclaré en inglés “es no fácil saber”. Ella se encogió de hombros y dijo que sus amigos eran capaces de cualquier cosa, “como pobre Charlie”. Quise saber quién era “pobre Charlie” y me contó que era un pariente, que se había hecho famoso cuando arrancó las orejas de una bebita en Gilderdale Gardens pero que ahora envejecía olvidado en un asilo cercano a Dundall, fingiéndose loco, para evitar una condena.

Entonces volvió a preguntar mi nombre y el de mis padres y se rió. También volvió a hablarme de su cicatriz que había costado cincuenta libras: el precio de su pensión semanal, “como una substancia de hecho”. El banco le liquidaba cincuenta libras por semana a mi Muchacha y otras tantas a su hermana mayor, pero el maquillaje requería service. (Estoy seguro de haberlo escrito, pero ella volvía a contármelo y yo soy respetuoso de mis protagonistas. El arte –pienso debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de onanismo, ya que las hay mejores.) Necesitaba service la cicatriz y le impedía, entre otras cosas, la práctica de natación y de esquí acuático. Coreen adoraba el esquí y las largas estadías al aire libre en tiempo de humedad y me invitó con un cigarrillo de marihuana: un joint. Lo rechacé porque había bebido mucho, me sentía ebrio de planes, y no quería que una caída súbita de mi presión los echara a perder. Mi Muchacha empapaba el papel de su pequeño joint con un líquido untuoso que guardaba en la miniatura de Coke de su colgante de oro. “Aceite de heroína”, explicó. Ella había sido adicta y friendo ese juguito que impregnaba el papel y la yerba, tranquilizaba sus deseos.

Hacía un año que venía abandonando el hábito, temía recaer en los pinchazos que habían matado a sus mejores amigos una noche en París –septicemia y ahora quería curarse y salir de aquello porque su pensión no le alcanzaba para solventar el hábito: ya bastantes problemas le traía el service de su maquilladora. Después volvió a dejarme solo en la cocina, fue al baño y yo robé del sótano una lata de queso cammembert, y a medida que me lo iba comiendo con mi cuchara de madera, hice una recorrida por las dependencias de la cocina: arte testimonial.

Amén de varios hornos verticales, y un gran hogar revestido de barro para hacer pan en la sala contigua tenían una máquina de asar eléctrica, con un spiedo que mediría tres metros de ancho por uno de circunferencia. Calculé que un pueblo en marcha hacia la liberación podía asar allí media docena de misioneros mormones ante un millar de fervientes watussi desesperados por su alícuota de dulzona carne de misionero mormón rotí. Más allá de la sala estaba el depósito de tubos de gas, leñas, carbón y especias. Olía a ajo el lugar, pero no vi ajo sino ramas de laurel y bolsas de yute con hierbas aromáticas que no supe calificar. ¿Romero? ¿Peter Nollys? ¿Kelpsias? ¡vaya uno a distinguir las sofisticadas preferencias de esos maniáticos magnates británicos…! Cuando Coreen –mi Muchacha Punk, dueña y señora de la casa volvía del –baño, trabó la puerta que separaba la cocina del office –al que ella llamaba “hogar” en inglés de los salones donde seguían gritándose barbaridades sus amigos. Ignoro lo que habrán dicho ellos, pero como resumen dijo que eran unos piojos hijos de perra; grave. Prendió otro joint con la brasa de mis 555, y –¡Achalay!– nos fuimos con él a apestar el dormitorio de su hermana, donde, dormiríamos, pues el suyo venía desordenado de la tarde anterior.

El pasillo que llevaba a los cuartos, estaba custodiado por grandes cuadros que parecían de buena calidad. Reparé en el piso: listones de roble enteros se extendían a lo largo de quince o veinte metros. Sin alfombra ni lustre alguno, la madera blanca repulida me evocó la cubierta de aquellos clippers que se hacía construir la pandilla de nobles que rondaba a Disraeli para gastar sus vacaciones en Gibraltar. ¡Un derroche! El cuarto de la hermana era amplio, sobriamente alfombrado, y en un rincón había una piel de tigre, en otro, una de cebra viel y otras pieles gruesas que supuse serían de algún lanar exótico, pues eran más grandes que las pieles de las ovejas más grandes que mis ojos han visto y que las que cualquier humano podría imaginar con o sin joints embebidos en substancias equis.

Nos acostamos. Tercera decepción del narrador: mi Muchacha Punk era tan limpia como cualquier chitrula de Flores o de Belgrano R. Nada previsible en una inglesa y en todo discordante con mis expectativas hacia lo punk. ¡Las sábanas…! ¡Las sábanas eran más suaves que las del mejor hotel que conocí en mi vida! Yo, que por mi antigua profesión solía camouflarme en todos los hoteles de primera clase y hasta he dormido –en casos de errores en las reservas que de ese modo trataron los gerentes de repararen suites especiales para noches de bodas o para huéspedes VIP, nunca sentí en mi piel fibras tan suaves como las de esas sábanas de seda suave, que olían a lima o a capullitos de bergamota en vísperas de la apertura de sus cálices. Tercera decepción del lector: Yo jamás me acosté con una muchacha punk. Peor: yo jamás vi muchachas punk, ni estuve en Londres, ni me fueron franqueadas las puertas de residencias tan distinguidas. Puedo probarlo: desde marzo de 1976 no he vuelto a hacer el amor con otras personas. (Ella se fue, se fue a la quinta, nunca volvió, jamás volvió a llamarme. La franquean otros hombres, otros. Nos ha olvidado; creo que me ha olvidado).

Cuarta decepción del narrador: no diré que era virgen, pero era más torpe que la peor muchacha virgen del barrio de Belgrano o de Parque Centenario. Al promediar eso (¿el amor?) le largó a declamar la letanía bien conocida por cualquier visitante de Londres: “ai camin ai camin ai camin ai camin ai camin”, gritaba, gritaba, gritaba, sustituyendo los conocidos “ai voi ai voi ai voi ai voi” de las pebetas de mi pago, que sumen al varón en el más turbado pajar de dudas sobre la naturaleza de ese sitio sagrado hacia el que dicen ir las muchachas del hemisferio sur y del que creen venir sus contrapartidas británicas. Pero uno hace todo esto para vivir y se amolda. ¡vaya si se amolda! Por ejemplo: Y después se durmió. Habrá sido el vino o las drogas, pero durmió sonriendo, y su cuerpo fue presa de una prodigiosa blandura. Miré el reloj: eran las 5.30 y no podía pegar un ojo, tal vez a causa del café, o de lo que agregamos al café.

Revisé los libros que se apilaban en la mesa de luz del cuarto de la hermana (le mi Muchacha Punk. ¡Buenos libros! Blake, Woolf, Sollers: buena literatura. ¡Cortázar en inglés! (¡Hay que ver en una de esas camas señoriales lo que parece el finado Cortázar puesto en inglés!) Había manuales de física y muchos números de revistas de ciencias naturales y de Teoría de los Sistemas.

Separé algunas para informarme qué era esa teoría que yo desconocía pero que justificaba tina publicación mensual que ya iba por el número ciento treinta y cuatro. Las miré. interesante: enriquecería mi conversación por un tiempo.

Andaba en eso citando llegó la hermana de mi Muchacha Punk con su novio. La chica dijo llamarse Dianne y era naturista, marxista, estudiaba biología, odiaba las drogas, despreciaba a los punks y no tomó nada bien que estuviésemos acostados en su cuarto, pero disimuló. Cuando le hablé, su expresión se hizo aún más severa como reprochando que un desnudo, desde su propia cama, se dirigiese a ella en un inglés tan choto.

No le gusté y ella no pudo disimularlo más.

En cambio el novio me mostró simpatía. Era estudiante de biología, naturista, marxista, odiaba profundamente a las punks y manifestó un intenso desprecio hacia las drogas y sus clientes.

Creo que de no haber mediado el episodio del encuentro y la irritación de su novia, habríamos podido entablar tina provechosa amistad. Me convidaron con sus frutas, algo muy delicioso, parecido al níspero y muy refrescante, que erradicó de mis encías el gustito a Coreen. Ella, a pesar de nuestra conversación en voz muy alta, mis gritos angloargentinos, mis carcajadas y 1()s mendrugos de risa que alguno de mis chistes lograron de la bióloga, no despertaba.

Dije a los chicos que me vestiría y que debía partir pues me –esperaban en mi hotel. Ellos dijeron que no era necesario, que siempre dormían en el suelo por motivos higiénicos y que yo podía seguir leyendo, pues “‘la luz de la luz no nos molesta”. Así dijeron. Se desnudaron, se echaron sobre una piel de oso y se cubrieron hasta los ojos con una manta hindú. De inmediato entraron en un profundo sueño y los vi dormir y respirar a un mismo ritmo, boca arriba y agarraditos de las manos. Pero yo no podía dormir; apagué la luz de la luz y estuve un rato velando y escuchando el contraste entre las respiraciones simétricas de la pareja, y la de Coreen, más fuerte y de ritmo más que sinuoso.

Prendí la luz y revisé el reloj: serían las siete, pronto amanecería. Acaricié los pelos de mi Muchacha, su carita, sus lindísimos hombros y sus brazos, y casi estuve a punto de hacer el amor una vez más, pero temí que un movimiento involuntario pudiese despertarla. Aproveché para mirar su piel delicada y suave. Nada punk, muy aristocrática la piel de mi Muchacha. Le estudié bien el agujerito de la nariz: medía seis milímetros de ancho y formaba una estrella de cinco puntas. ¿O eran cinco milímetros y la estrella tenía seis puntas? Nunca lo volveré a mirar. Para esta historia basta consignar que estaba dibujado con precisión y que debió ser obra de algún cirujano plástico que habrá cargado no menos de quinientos pounds de honorarios. ¡Un derroche! Miré la cicatriz de la mitad izquierda de mi chica: había perdido más color y estaba apelmazada por el roce de mi mentón que la barba crecida de dos días tornó abrasivo. Me apenó imaginar que en la tarde siguiente, al despertar, mi Muchachita Punk me guardaría rencor por eso. Escribí un papelito diciendo que el service quedaba a mi cargo y lo dejé abrochado con un clip junto a un billete de cincuenta libras que había comprado tan barato en Buenos Aires, en la garganta de su botita de astrakán. Así asumía mi responsabilidad, y ella no necesitaría esperar otra semana para poner su cicatriz a cero kilómetro. Actué como hombre y como argentino y aunque nadie atine nunca a determinar qué espera un punk de la gente, yo no podía permitir que al otro día mi Muchachita se amargase y anduviera por todas las discotheques de Londres insinuando que nosotros somos unos hijos de perra que perturbamos sus cicatrices y no pagamos el service, desmereciendo aún más la horrible imagen de mi patria que desde hace un tiempo inculcan a los jóvenes europeos. Me vestí. Al dejar el cuarto apagué las luces. Para salir destrabé la cerradura de la cocina pero volví a cerrarla y deslicé la llave bajo la puerta. Los punks seguían peleando: el africano reprochaba a los otros no haberlo despertado para la cena. Otro lloraba, creo que era el francés.

Después oí una sílabas rarísimas: era alguien que hablaba en holandés.

Gracias a Dios no me vieron y encontré un taxi no bien salí a la calle, fría como una daga rusa olvidada por un geólogo ruso recién graduado en la heladera de un hotel próximo a las obras suspendidas de Paraná Medio.

La tarde siguiente, leí en The Guardian que durante la noche catorce vagabundos, a causa del frío, habían muerto, o crepado, estirando sin rencor sus veintitantas vagabundas patas inglesas, en pleno corazón de la ciudad de Londres.

Hicieron no sé cuántos grados Farenheit; calculo que serían unos diez grados bajo cero, penique más, penique menos. En el hotel me pegué un baño de inmersión y calentito y con el agua hasta la nariz leí en la edición internacional de Clarín las hermosas noticias de mi patria. Quise volver.

Al día siguiente ‘volé a Bonn y de allí fui a Copenhague. Al cuarto día estaba lo más campante en Londres y no bien me instalé en el hotel quise encontrar a mi Muchacha Punk. No tenía su teléfono; su nombre no figura en el directorio de la vieja ciudad. Corrí a su casa. Me recibió amistosamente Ferdinand, el novio de la hermana: mi Muchacha estaba en New York visitando a la madre y de allí saltaría a Zambia, para reunirse con el padre. volvería recién a fines de abril, y él no me invitaba a pasar porque en ese momento salía para la universidad, donde daba sus clases de citología. Tipo agradable Ferdinand: tenía un Morris blanco y negro y manejaba con prudencia en medio de la rougb hour de aquel atardecer de invierno. Se mostró preocupado porque hacía un año le venían fallando las luces indicadoras de giro del autito. Le sugerí que debía ser un fusible, que seguramente eso era lo más probable que le sucedería al Morris. Rumió un rato mi hipótesis y finalmente concedió: –No lo sé, tal vez tengas razón…

Me dejó en victoria Station, donde yo debía comprar unos catálogos de armas y unos artículos de caza mayor para mi gente de Buenos Aires.

Nos despedimos afectuosamente. El armero de Aldwick era un judío inglés de barbita con rulos y trenzas negras, lubricadas con reflejos azules.

Entre él y el librero de victoria Embankment –un paquistaní– acabaron de estropearme la tarde con su poca colaboración y su velada censura a mi acento. El judío me preguntó cuál era mi procedencia; el pakistano me preguntó de dónde yo venía. Contesté en ambos casos la verdad. ¿Qué iba a decir? ¿Iba a andar con remilgos y tapujos cuando más precisaba de ellos? ¿Qué habría hecho otro en mi lugar…? ¡A muchos querría ver en una situación como la de aquel atardecer tristísimo de invierno inglés…! Oscurecía. Inapelable, se nos estaba derrumbando la noche encima. Cuando escuchó la palabra “Argentina”, el armero judío hizo un gesto con sus manos: las extendió hacia mí, cerró los puños, separó los pulgares y giró sus codos describiendo un círculo con los extremos de los dedos. No entendí bien, pero supuse que sería un ademán ritual vinculado a la manera de bautizar de ellos.

El paqui, cuando oyó que decía “Buenos Aires, Argentina, Sur” arregló su turbante violeta y adoptó una pose de danzarín griego, tipo Zorba (¿O sería una pose de danza del folklore de su tierra…?). Giró en el aire, chistó rítmicamente, palmeó sus manos y (cantó muy desafinado la frase “cidade maravilhosa dincantos mil”, pero apoyándola contra la melodía de la opereta Evita.

Después volvió a girar, se tocó el culo con las dos manos, se aplaudió, y se quedó muy contento mostrándome sus dientes perfectos de marfil.

Sentí envidia y pedí a Dios que se muriera, pero no se murió. Entonces le sonreí argentinamente y él sonrió a su manera y yo miré el pedazo visible de Londres tras el cristal de su vidriera: pura noche era el cielo, debía partir y señalé varias veces mi reloj para apurarlo. No era antipático aquel mulato hijo de mala perra, pero, como todo propietario de comercio inglés, era petulante y achanchado: tardó casi una hora para encontrar un simple catálogo de Webley & Scott. ¡Así les va…!

 

Larry Niven: Luna inconstante. Cuento

Larry Niven1

 

Estaba contemplando las noticias cuando vino el cambio, como un destello de movimiento vislumbrado por el rabillo del ojo. Me volví hacia el balcón. Fuera lo que fuese, era demasiado tarde ya para captarlo.

Aquella noche la luna era muy brillante.

Me di cuenta de esto y sonreí, y di de nuevo media vuelta. Johnny Carson iniciaba su monólogo.

Cuando pusieron los primeros anuncios me levanté para reca­lentar el café. Ponían tres o cuatro anuncios seguidos, por ser medianoche, de modo que tenía tiempo.

A1 volver me cogió de lleno la luz de la luna. Si antes era bri­llante, ahora lo era más. Hipnótica. Abrí la vidriera deslizante y salí al exterior.

El balcón apenas era algo más que un reborde con barandilla, con espacio justo para un hombre, una mujer y una barbacoa por­tátil. Durante los últimos meses el panorama había sido adorable, especialmente en el crepúsculo. La compañía de electricidad había estado instalando un edificio para oficinas de cemento y cristal. En realidad, no era más que una estructura de vigas de acero al descubierto. Como una masa sombría contra el cielo rojo del crepúsculo, parecía más bien algo tieso, surrealista, tremen­damente impresionante.

Esa noche…

Nunca había visto una luna tan brillante, ni siquiera en el desierto. Lo bastante brillante como para poder leer, pensé, e inmediatamente añadí, pero esto es una ilusión. La luna nunca es mayor (no sé dónde lo leí) que un cuarto de chelín sostenido a unos tres metros de distancia. Nunca puede ser tan brillante como para permitir una lectura.

¡Sólo estaba llena en sus tres cuartos!

Pero el resplandor de la luna sobre la autopista de San Diego, al oeste, parecía amortiguar incluso el de los faros de la caravana de coches. Parpadeé contra esa luz, y pensé en los hombres que al caminar por la luna dejaban huellas onduladas. En cierta ocasión, por un artículo que estaba escribiendo, pude tener en la mano un pedazo de roca de la luna…

Oí que reanudaban el programa de televisión y regresé al inte­rior del apartamento. Pero al volver a echar una ojeada a mis espaldas, vi que la luna se tornaba aún más brillante… como al aparecer por detrás de una estela nubosa.

Su luminosidad era ya enloquecedora, lunática.

El teléfono sonó cinco veces antes de que ella contestara.

-Hola -dije-, oye…

-Hola -respondió Leslie con voz adormilada, en son de queja.

Caramba, esperaba que estuviese viendo la televisión igual que yo.

-No grites ni te quejes -manifesté al momento-, porque tengo un motivo para llamarte. Estás en la cama, ¿verdad? Bien, levántate y… ¿Puedes levantarte?

-¿Qué hora es?

-Las once y cuarto.

-Oh, Dios mío…

-Sal al balcón y mira a tu alrededor.

-De acuerdo.

El teléfono dejó oír un ruidito. Aguardé. El balcón de Leslie da al norte y al oeste, como el mío, pero se halla diez pisos más arriba, de modo que tiene mejor vista.

A través de mi balcón, la luna ardía como un foco.

-Stan… ¿estás ahí?

-Sí. ¿Qué opinas de eso?

-Es maravilloso. Nunca he visto nada igual. ¿Por qué brilla tanto la luna?

-No lo sé, pero ¿no te parece maravilloso?

-Se supone que tú eres el nativo.

Hacía sólo un año que Leslie se había trasladado aquí.

-Escucha, jamás la había visto de esta manera. Claro que existe una antigua leyenda -proseguí-. Una vez cada cien años, la niebla abandona Los Ángeles por una sola noche, dejando el aire tan claro y despejado como el espacio interestelar. De este modo, los dioses ven si Los Ángeles todavía está aquí. Después, vuelven a arroparnos con la niebla para no tener que verlo cons­tantemente.

-Sí, ya conocía esa leyenda. Bien, oye, me alegro de que me despertases para verlo, pero mañana he de trabajar.

-Pobre muñeca…

-Es la vida. Buenas noches.

-Buenas noches.

A continuación me senté en la oscuridad y traté de pensar a quién más podía llamar. Sí, llamar a una chica a medianoche, invitarla a salir y contemplar la luna… y ella podría considerarlo romántico, o ponerse furiosa, pero no supondría que había llama­do a seis más.

Pensé en varios nombres. Pero las chicas en las que pensé habían salido de mi vida hacía ya más de un año, después de que empezara a pasar todo el tiempo con Leslie. No podía censurar­las. Ahora, Joan estaba en Texas y Hilda se había casado, y si lla­maba a Louise probablemente también vendría Gordie. ¿La joven inglesa? No recordaba su número. Ni su apellido.

Además, todas las chicas que conocía tenían que fichar al entrar a trabajar. Yo también trabajo para vivir, pero en mi cali­dad de escritor independiente elijo mi horario. A cualquiera que llamara esta noche le arruinaría la mañana. Ah, bueno…

El programa de Johnny Carson era un torbellino en gris y un estrépito de estática cuando regresé al salón. Desconecté el tele­visor y salí de nuevo al balcón.

La luna brillaba más que la riada de focos y faros en la autopis­ta, era más brillante que Westwood Village, a la derecha. Los montes de Santa Mónica tenían un resplandor perlino, casi mági­co. No había estrellas cerca de la luna. Las estrellas no podían sobrevivir a tanto resplandor.

Yo escribía artículos científicos para ganarme el sustento. Habría debido de ser capaz de imaginarme qué le sucedía a la luna. ¿Podía haber aumentado súbitamente de tamaño? ¿Haber­se inflado como un globo? No.

Más cerca, tal vez… ¿Estaba cayendo?

¡Las mareas! Olas de treinta metros de altura… ¡y terremotos! ¡La falla de San Andrés abriéndose como el Gran Cañón! Podía subir a mi coche, ir hacia las montañas… No, demasiado tarde.

Tonterías. La luna era más brillante, no era mayor. Podía ver­lo. Además, ¿podía caer la luna sobre nuestras cabezas, sin más?

Parpadeé y la luna dejó una impresión en mis retinas. Era tre­mendamente brillante.

Un millón de personas debían de estar contemplando la luna, haciéndose preguntas como yo. Un artículo sobre el caso se ven­dería muy bien… si lo escribía antes de que lo hicieran otros.

Debía de existir una explicación sencilla, obvia.

¿Cómo podía ser la luna tan brillante? La luz lunar es un refle­jo de la luz del sol. ¿Acaso brillaba más el sol? Debía de haber empezado a ocurrir después del crepúsculo, o la gente habría observado…

No me gustó esta idea.

Por otra parte, la mitad de la Tierra estaba directamente bajo la luz solar. Un millar de corresponsales de Life y Time y News­week y de la Asociación de la Prensa llamarían desde Europa, Asia, África y… a menos que estuviesen escondidos en los sóta­nos. O muertos. O faltos de voz, porque el sol estuviese interfi­riendo las comunicaciones con la estática; los sistemas de radio, el teléfono y la televisión… La televisión… ¡Dios mío!

Empezaba a asustarme.

Bien, era preciso volver a empezar. La luna brillaba mucho más que antes. La luz de la luna… bueno, la luz de la luna es un reflejo de la luz del sol, y eso lo sabe cualquier idiota. Entonces… algo le había ocurrido al sol.

 

 

 

2

 

-¿Diga?

-Hola, soy yo -respondí.

De pronto, mi garganta se solidificó. ¡Pánico! ¿Qué iba a decirle?

-He estado contemplando la luna -explicó ella soñadora­mente-. Es algo maravilloso. Incluso he tratado de utilizar mi telescopio, pero no he logrado ver nada; brilla demasiado. Ilumi­na toda la ciudad. Las montañas son como de plata.

Sí, ella tenía un telescopio en el balcón. Lo había olvidado.

-No he intentado volver a dormirme -continuó Leslie-. Demasiada luz.

Mi garganta pudo funcionar de nuevo.

-Oye, Leslie, cariño, he empezado a pensar que te he des­pertado, que no podrías volver a dormirte, y toda esa luz… De modo que lo mejor será que salgamos a tomar algo.

-¿Estás loco?

-No, hablo en serio. Ésta no es una noche para dormir. Tal vez no volvamos a disfrutar de una noche como ésta. ¡A1 diablo tu dieta! Vamos a celebrarlo. Pasteles de chocolate calientes, café irlandés…

-Eso es diferente. Voy a vestirme.

-Iré a buscarte.

 

Leslie vivía en el piso catorce del Edificio C de la plaza Barrington. Llamé a la puerta y esperé.

Mientras aguardaba me pregunté, sin ningún sentido de urgencia: ¿Por qué Leslie?

Debía de haber otras maneras de pasar mi última noche en la Tierra que con una chica en particular. Podía haber escogido a otra joven, o incluso a varias, aunque ésa no fuera mi costumbre.

También podía haber llamado a mi hermano, o a una serie de parientes…

Bah, mi hermano Mike habría querido tener un buen motivo para que le sacara de la cama a medianoche.

-Pero Mike, la luna es tan hermosa…

Ni hablar. Y mis parientes habrían reaccionado igual. Sí, yo tenía un excelente motivo, pero ¿me creerían?

Y si me creían, ¿qué? Yo habría organizado una especie de velatorio. Les dejaría dormir. Lo que yo deseaba era que alguien se uniese a mi… fiesta de despedida sin formular preguntas estú­pidas.

A quien yo deseaba era a Leslie. Volví a llamar.

Ella abrió un poco la puerta. Todavía no llevaba más que la ropa interior. Una faja tiesa, deforme, que tenía en la mano me rozó la espalda cuando se arrojó en mis brazos.

-Iba a ponérmela.

-Entonces he llegado a tiempo.

Le quité la faja y la dejé caer al suelo. Me agaché para pasar los brazos por debajo de sus costillas, me enderecé con cierto esfuerzo y anduve hacia el dormitorio con sus pies bailando con­tra mis tobillos.

Tenía la piel muy fría. Debía de haber estado fuera.

-¡Basta! -gritó-. ¿Crees que puedes competir con unos pastelillos de chocolate calientes?

-Ciertamente, me lo exige mi orgullo.

Los dos estábamos sin aliento. Una vez había tratado de levantarla entre mis brazos, en un estilo cinematográfico conven­cional. Por poco me rompo la espalda. Leslie era muy alta, casi como yo, y tenía unas caderas generosas.

Nos echamos en la cama, uno al lado del otro. Luego, le ras­qué la espalda, sabiendo que sería incapaz de resistirse… ja, ja, ja, ja… Dejó oír unos grititos de placer para decirme dónde debía rascar. Después, me levantó la camisa hasta los hombros y empe­zó a rascarme la espalda a su vez.

Nos fuimos quitando prendas de ropa al azar, dejándolas caer fuera de la cama. La piel de Leslie estaba ya caliente, casi ardien­te…

Bien, por eso no podía escoger a otra chica. Hubiera tenido que enseñarle a rascarme. Y no tenía tiempo.

Algunas noches yo experimentaba una tendencia nerviosa a apresurar el acto amoroso. Esta noche estábamos ejecutando un ritual, un rito de tránsito. Intenté ir más despacio, para que durase más. Traté de lograr que a Leslie le gustase más. Resultó increíble. Me olvidé de la luna y del futuro cuando Leslie aplicó sus talones contra los huecos de mis rodillas y empezamos a movernos al ritmo antiguo.

Pero la imagen que se dibujó en mi mente en el clima del acto fue vívida y aterradora. Nos hallábamos sobre un círculo de fuego muy vivo que nos encerraba como un nudo corredizo. Si yo gemía de éxtasis y terror, ella pensaría que era sólo de éxtasis.

Continuamos tendidos lado a lado, adormilados, entorpeci­dos, muy juntos. Estaba dispuesto a dormirme y dejar dormir a Leslie, olvidando mi promesa… pero, en vez de hacerlo, le susu­rré al oído:

-Pastelillos de chocolate calientes.

Leslie sonrió, se movió y rodó fuera de la cama.

No quería que se pusiera la faja.

-Es más de medianoche. Nadie se meterá contigo porque yo me opondría, ¿de acuerdo? Entonces, ¿por qué no has de ir cómoda?

Se echó a reír y cedió. Nos abrazamos una vez más, ya en el ascensor. Estaba mucho mejor sin la faja.

 

3

 

La camarera de la barra, de cabellos grises, estaba animada, excitada. Le brillaban los ojos. Habló como confiándonos un secreto.

-¿Han observado la luna?

Ship estaba bastante concurrido a aquella hora de la noche y tan cerca de la Universidad de Los Ángeles. La mitad de los parroquianos eran estudiantes universitarios. Esa noche habla­ban en voz baja y volvían la cabeza a menudo para mirar a través de las paredes de cristal del restaurante, que permanecía abierto las veinticuatro horas del día. La luna estaba baja hacia occiden­te, lo bastante para competir con los faroles de la calle.

-La hemos observado -repliqué-, y lo estamos celebran­do. Sírvanos dos pasteles de chocolate calientes.

Cuando nos dio la espalda deslicé un billete de diez dólares bajo la servilleta de papel. No porque tuviese que gastarlos, sino porque a la mujer le resultaría muy grato encontrarlos. Tampoco yo los iba a gastar nunca.

Me sentía flojo, casual. Muchos problemas parecían haberse solucionado por sí mismos.

¿Quién habría creído que la paz llegaría a Vietnam y a Cam­boya en una sola noche?

La cosa había empezado hacia las once y media en California. Lo que hacía que el sol de mediodía estuviera sobre el mar Rojo, con algunos flecos de Asia, Europa, África y Australia bajo la directa luz del sol.

Alemania ya estaba reunificada, el Muro fundido o derribado por olas de choque, los israelitas y los árabes habían depuesto las armas, y el apartheid ya no existía en África.

Y yo era libre. Para mí no había consecuencias. Esa noche podía satisfacer todas mis oscuras ansias: robar, matar, estafar sobre mis ingresos y mis impuestos, arrojar ladrillos contra los escaparates, quemar mis tarjetas de crédito. Podía olvidarme de mi artículo sobre la formación de metal explosivo, que debía entregar el jueves. Esa noche podía sustituir los caramelos de canela por las píldoras de Leslie. Esa noche…

-Fumaré un cigarrillo.

Leslie me miró extrañada.

-Pensé que habías abandonado ese hábito.

-Recuerda que me dije que si experimentaba un ansia irresis­tible, fumaría un cigarrillo. Lo dije porque no podía soportar la idea de no volver a fumar nunca más.

-Pero ¡has estado meses sin fumar! -rió ella.

-¡Y siguen anunciando cigarrillos en las revistas!

-Es un complot. De acuerdo, fuma un cigarrillo.

Metí unas monedas en la máquina, vacilé en la elección y al final saqué un tabaco suave. No era que deseara el cigarrillo, pero algunos acontecimientos piden champaña y otros tabaco. Tam­bién existe el tradicional último cigarrillo antes de la ejecución…

Lo encendí. ¡Por el cáncer de pulmón!

Sabía tan bien como lo recordaba, aunque tenía un gusto ran­cio muy débil, como una bocanada de colillas viejas. La tercera aspiración me pareció muy rara. Mis ojos se desenfocaron y todo quedó en calma. El corazón me latía con fuerza en la garganta.

-¿Qué tal sabe?

-Muy extraño. Me siento flipado -respondí.

¡Flipado! No había oído esa palabra desde hacía unos quince años. En el instituto fumábamos para fliparnos, para experimen­tar esa semiborrachera producida por la contracción de los capila­res del cerebro. El flipe dejaba de producirse después de las pri­meras veces, pero nosotros seguíamos fumando…

Volví al presente. La camarera nos estaba sirviendo los paste­litos calientes.

Caliente y frío, dulce y amargo; no hay sabor parecido al de un pastel de chocolate caliente. Morir sin volver a saborearlo habría sido una vergüenza. Y con Leslie era una cosa: un símbolo de todo lo bueno de la vida. Verla comerlos era mejor que comer­los yo mismo.

Además… apagué el cigarrillo para gustar el helado. Aunque, en vez de saborear el helado, estaba anticipando ya el café irlan­dés.

Muy poco tiempo.

El plato de Leslie ya estaba vacío.

-Aaahhh -suspiró, y se acarició por encima del ombligo. Uno de los parroquianos de las mesitas empezó a volverse loco.

Le había estado observando. Era un tipo con aspecto de pro­fesor, delgado, con patillas y gafas con montura de acero, que había estado dando vueltas y saliendo para mirar la luna. Como otros de las demás mesas, parecía flipado por un fenómeno raro y agradablemente natural a la vez.

De pronto lo comprendió. Vi cómo su rostro cambiaba, mos­trando suspicacia, luego incredulidad, y al final, horror y desvali­miento.

-Vámonos -le dije a Leslie.

Dejé unas monedas sobre el mostrador y me levanté.

-¿No quieres terminar tu pastel?

-No. Hemos de ocuparnos de varias cosas. ¿Qué tal un café irlandés?

-¿Y un Pink Lady para mí? ¡Oh, mira! -exclamó, dando media vuelta.

El profesor se subía a una mesa. Se equilibró y extendió los brazos.

-¡Mirad por las ventanas! -gritó.

-¡Baje de ahí! -le ordenó una camarera, tirando enérgica­mente de las perneras de su pantalón.

-¡El mundo está llegando a su fin! Muy lejos, al otro lado del mar, la muerte y el fuego del infierno…

Pero nosotros ya estábamos en la puerta, riendo mientras corríamos.

-Tal vez hayamos escapado -jadeó Leslie- a un motín reli­gioso…

Me acordé de los diez pavos que había dejado debajo de mi servilleta. Ahora eso no complacería a nadie. Dentro del local, un profeta estaba proclamando su mensaje de destrucción a quien quisiera oírlo. La mujer de cabello gris y ojos relucientes hallaría el dinero y pensaría: Esos también lo sabían…

 

Las casas impedían la vista de la luna desde el aparcamiento del Red Barn. Las luces de la calle y el resplandor lunar tenían el mismo color. La noche sólo era un poco más clara que de ordina­rio.

No comprendí por qué Leslie se detuvo bruscamente en el camino. Pero seguí su mirada, fija en un punto donde una estrella ardía con un intenso brillo, justo al sur del cénit.

-¡Precioso! -alabé.

Leslie me dirigió una mirada muy extraña.

No había ventanas en el Red Barn. Una iluminación artificial muy tenue, mucho más que la extraña luz de fuera, permitía divi­sar el maderamen oscuro y a los animados clientes. Nadie parecía darse cuenta de que aquella noche fuese distinta a las demás.

La escasa concurrencia de los martes por la noche estaba agru­pada en torno al piano. Un parroquiano tenía el micrófono en la mano. Cantaba una canción bastante popular con una voz débil y temblorosa, mientras el pianista negro sonreía y tocaba la música de fondo.

Pedí dos cafés irlandeses y un Pink Lady. Ante la mirada inquisitiva de Leslie, me limité a sonreír misteriosamente.

¡Qué ordinario resultaba el Red Barn! ¡Qué relajante! ¡Qué feliz! Enlazamos las manos a través de la mesa y sonreí, temiendo hablar. Si rompía el encanto, si decía algo peligroso…

Llegaron las bebidas. Levanté la copa de café irlandés por el pie. Azúcar. Whisky irlandés y café fuerte, con nata batida flotan­do encima. Entró en mi cuerpo como una poción de fuerza mági­ca, negra, caliente, poderosa.

La camarera me devolvió el dinero.

-¿Ve a aquel hombre con suéter de cuello alto, al final del grupo del piano? Él invita -explicó-. Vino hace dos horas y le dio al barman un billete de cien dólares.

De ahí procedía toda la felicidad del local. ¡De la bebida gra­tis! Le miré, preguntándome qué estaría celebrando aquel tipo. Era un individuo de cuello grueso y hombros anchos, embuti­do en un suéter de cuello alto y con chaqueta deportiva; estaba sentado sobre sus piernas cruzadas y tenía una copa grande en la mano. El pianista le ofreció el micro, pero lo rechazó, y aquel gesto me permitió captar su expresión. Tenía un rostro cuadrado y duro, ahora borracho, desdichado, asustado. El hombre estaba a punto de llorar de miedo.

Sabía lo que estaba celebrando.

Leslie hizo un mohín.

-No saben hacer un Pink Lady.

Hay un solo bar en el mundo donde hacen un Pink Lady como le gusta a Leslie, pero ese bar no está en Los Ángeles. Le di el otro café irlandés con una sonrisa que decía «ya lo sabía». Forzán­dola. El miedo de aquel hombre era contagioso. Leslie me devol­vió la sonrisa y levantó su copa.

-Por la luz de la luna.

Levanté mi copa y bebí. Pero no era el brindis que yo habría elegido.

El individuo del jersey de cuello alto bajó de su taburete. Fue cautelosamente hacia la puerta, con paso lento y seguro, como un transatlántico al llegar al muelle. Abrió la puerta y dio media vuelta, manteniéndola abierta, de modo que la blanca luz del exterior iluminó su silueta negra.

Cerdo. Estaba aguardando a que alguien se lo imaginase, que alguien gritase la verdad a los demás. Fuego y destrucción…

-¡Cierre la puerta! -gritó una voz.

-Ya es hora de irnos -murmuré.

-¿A qué tanta prisa?

¿Prisa? Él podía hablar… Y yo no podía decir que…

Leslie posó una mano sobre la mía.

-Lo sé. Lo sé. Pero no podemos escapar, ¿verdad?

Un puño me oprimió con fuerza el corazón. Leslie lo sabía y yo no me había dado cuenta.

Se cerró la puerta, con lo que el establecimiento quedó en una penumbra rojiza. El hombre de la invitación se había marchado.

-¡Dios mío! ¿Cuándo te lo imaginaste?

-Antes de que tú llegaras -explicó ella-. Pero cuando intenté comprobarlo no lo conseguí.

-¿Comprobarlo?

-Salí al balcón y concentré el telescopio en Júpiter. Estas noches, Marte cae por debajo del horizonte. Si el sol se convierte en nova, todos los planetas deberían brillar como la luna, ¿no es verdad?

-Sí, maldita sea.

Debió habérseme ocurrido a mí. Pero Leslie solía contemplar las estrellas; aunque yo sabía algo de astrofísica, no hubiese sabi­do encontrar a Júpiter ni para salvar mi vida.

-Pero Júpiter no brillaba más que de costumbre. Por tanto, no supe qué pensar.

-Pero así… -la esperanza volvió a inundar mi pecho. De pronto, me acordé-. La estrella, la que miraste…

-Júpiter.

-Brilla como un letrero de neón. Bien, esto es la comproba­ción.

-Baja la voz.

Hablaba en voz baja. Pero por un momento salvaje deseé subirme a una mesa y gritar: ¡Fuego y destrucción! ¿Qué derecho tenían los demás a ignorarlo?

La mano de Leslie apretó más la mía. Aquella ansia pasó. Y me dejó temblando.

-Salgamos de aquí. Y pensemos que habrá un amanecer.

-Lo habrá. Ya lo hay.

Leslie soltó una risa amarga, algo que nunca había oído salir de su garganta. Salió mientras yo sacaba mi cartera… entonces recordé que todo estaba pagado.

Pobre Leslie… Ver Júpiter con su brillo normal debió de ser como un aplazamiento… hasta que la chispa blanca destelló con un resplandor glorioso una hora y media más tarde. Una hora y media hasta que la luz del sol llegase a la Tierra por medio de Júpiter.

Cuando llegué a la puerta, Leslie iba casi corriendo por West­wood hacia Santa Mónica. Lancé una maldición y corrí para atra­parla, sin saber si se había vuelto loca.

Luego observé las sombras ante nosotros. Por el otro lado del Bulevar Santa Mónica: sombras lunares haciendo dibujos hori­zontales de franjas oscuras y blanquiazuladas.

La atrapé en la esquina.

La luna se estaba ocultando.

La luna siempre parece tremenda al ocultarse. Aquella noche resplandecía en la porción de cielo que se veía debajo de la auto­pista, terriblemente brillante, arrojando una serie increíblemente complicada de líneas y sombras. Incluso la parte no iluminada de la luna relucía con luz nacarada por el brillo terrestre.

Y eso me dijo todo lo que quería saber respecto a lo que suce­día en la cara iluminada de la Tierra.

¿Y en la luna? Los hombres del Apollo XIX debían de haber muerto en los primeros minutos después de que el sol se convir­tiera en nova. Atrapados en una llanura lunar, escondidos tal vez detrás de una roca que se fundía… ¿O estaban en el lado oscuro? No podía recordarlo. Demonio, tal vez nos sobrevivirían. Sentí una puñalada de envidia y odio.

Y de orgullo. Nosotros los pusimos allí. Llegamos a la luna antes de que el sol se hiciera nova. Un poco más y habríamos lle­gado a las estrellas.

El disco cambiaba de una manera extraña al ocultarse. Una cúpula, un platillo volante, una lente, una línea…

Nada.

Nada. Bien, ya estaba. Ahora podíamos olvidarlo; ahora podíamos caminar sin recordar constantemente que algo iba mal. La luna, al ocultarse, se había llevado todas las sombras raras de la ciudad.

Pero las nubes también mostraban un resplandor raro. Como brillan las nubes después de ponerse el sol, esta noche las nubes resplandecían con un color blanco pálido en sus bordes occidenta­les. Y se movían con demasiada rapidez por el firmamento. Como si trataran de huir…

Cuando me volví hacia Leslie, unos lagrimones resbalaban por sus mejillas.

-Oh, maldición -exclamé, cogiéndola por el brazo-. Basta ya, basta.

-No puedo. Ya sabes que no puedo dejar de llorar cuando empiezo.

-No pensaba en eso. Pensaba en que tenemos cosas que hacer, cosas que hemos estado aplazando, cosas que nos gustan. Es nuestra única oportunidad. ¿Es así como quieres morir, llo­rando en una esquina?

-¡No quiero morir en absoluto!

-¡Valiente mierda!

-Muchas gracias.

Tenía la cara roja y desencajada. Leslie lloraba como los bebés, sin tener en cuenta su dignidad ni su aspecto.

Me sentí furioso. Y culpable, a pesar de saber que lo de la nova no era culpa mía, lo cual aún me enfurecía más.

-¡Tampoco yo quiero morir! -le grité-. Muéstrame el camino para salvarnos y lo seguiré sin dudar. ¿Adónde podemos ir? ¿A1 Polo Sur? Tardaríamos mucho. La luna ya debe de estar fundida por su cara iluminada. ¿A Marte? Cuando esto termine, Marte formará parte del sol, como la Tierra. ¿A Alfa del Centau­ro? Con la aceleración que necesitaríamos, quedaríamos tritura­dos como mantequilla de cacahuete y mermelada…

-Oh, cállate.

-De acuerdo.

-A Hawai, Stan. Podemos llegar al aeropuerto en veinte minutos. ¡Ganamos dos horas yendo al oeste! ¡Dos horas antes de la salida del sol!

La idea no estaba mal. ¡Dos horas eran muy valiosas! Pero ya lo había pensado cuando estuve contemplando la luna desde el balcón.

-No. Moriríamos antes. Oye, cariño, hemos visto cómo bri­llaba ya la luna a medianoche. Lo cual significa que California estaba en la parte posterior de la Tierra cuando el sol se transfor­mó en nova.

-Sí, es verdad.

-Entonces, debemos estar más lejos de la onda de choque.

-No lo entiendo -parpadeó.

-Considéralo así. Primero, el sol explota. Esto calienta el aire y los océanos, todo en un instante, por la cara de día. El vapor y el aire recalentado se expanden velozmente. Una oleada de llamas se vuelca sobre el lado de noche. Y ahora se aproxima rápidamente a nosotros, como un dogal. Pero antes llegará a Hawai. Hawai se halla dos horas más cerca de la línea del sol poniente.

-Entonces, no veremos el amanecer. Ni siquiera viviremos tanto.

-No.

-Lo explicas todo tan bien -admitió amargamente-. Una oleada de llamas… Muy gráfico.

-Lo siento. He meditado mucho sobre esta situación. Y me preguntaba cómo sería.

-Bien, calla ya.

Leslie se me acercó y reclinó su cara en mi hombro. Lloró quedamente. La sostuve con un brazo y empleé el otro para acari­ciarle el cuello, en tanto contemplaba las nubes, sin pensar en cómo terminaría todo.

No pensaba en el círculo de fuego que nos rodearía.

De todos modos, ése no era el verdadero cuadro.

Pensé en cómo habrían hervido los océanos en la cara de día, de modo que la onda de choque habría sido casi toda de vapor. Pensé en los millones de kilómetros cuadrados de océano que tenía que atravesar. Estaría más fría y húmeda cuando nos alcan­zase. Y la rotación de la Tierra la haría girar como a un remolino en una bañera.

Dos huracanes contrapuestos, uno del norte, otro del sur. Esto sucedería. Teníamos suerte. California estaría en el ojo del huracán del norte.

Un viento huracanado de vapor. Atraparía a un hombre y lo cocería en el aire, lo despojaría de su carne y lo arrojaría a un lado. Sería terriblemente doloroso.

No veríamos el amanecer. En cierto modo, era una lástima. Sería espectacular.

Flámulas de nubes espesas corrían a través de las estrellas, demasiado deprisa, con sus vientres blancos por la luz de la ciu­dad. Júpiter se fue apagando hasta desaparecer. ¿Empezaría ya? Hubo un relámpago de calor…

-La aurora -dije.

– ¿Qué?

-También viene una onda de choque del sol. Debería de haber una aurora como nadie habrá visto otra.

-Es tan extraño -rió de pronto Leslie- estar en una esqui­na hablando de este modo… Stan, ¿lo estamos soñando?

-Podríamos fingirlo…

-No. Casi toda la raza humana debe de estar muerta ya.

-Sí.

-Y no podemos huir a ninguna parte.

-Maldición, eso ya lo pensaste hace un buen rato..¿Por qué volver a hablar de ello?

-Podías haberme dejado dormir -me reprochó ella con amargura-. Me estaba durmiendo cuando susurraste en mi oído.

No respondí. Era verdad.

-Pastelitos de chocolate calientes -recordó-. No era mala idea, claro. Romper mi dieta.

Empecé a sonreír.

-Basta ya.

-Podríamos volver a tu casa. O a la mía. Para dormir.

-Supongo que sí. Pero no podríamos dormir, ¿verdad? No, no lo digas. Tomamos unos somníferos y cinco horas más tarde nos despertamos chillando. Prefiero estar despierta. A1 menos, sabremos lo que sucede.

Pero si tomamos todas las pastillas… No lo dije, sólo lo pensé.

-¿Una excursión, entonces?

-¿Adónde?

-Bueno, a la playa. Qué más da. Podemos decidirlo más tar­de.

 

 

 

 

4

 

Todos los mercados estaban cerrados. Pero yo era cliente des­de hacía años de una tienda de licores próxima a Red Barn. Nos vendieron foie-gras, galletas, un par de botellas de champaña helado, seis clases de queso y grandes cantidades de almendras; cogí toda clase de frutos secos, más galletas, una bolsa de hielo, entremeses, y un quinto de coñac viejo que me costó veinticinco pavos, otro quinto de jerez Heering para Leslie, seis latas de cer­veza y Bitter naranja…

Cuando hubimos apilado todo esto en el carrito de la tienda, estaba lloviendo. Unas gotas enormes chocaban contra el cristal del escaparate. El viento ululaba en las esquinas.

El dependiente estaba de buen humor, muy animado y lleno de energía. Llevaba la noche entera contemplando la luna.

-¡Y ahora esto! -gritó al meter lo adquirido en las bolsas.

Era un hombre viejo, musculoso, con brazos y hombros grue­sos.

-Nunca había llovido así en California. El agua suele caer recto y fuerte, cuando llueve. Oh, tarda muchos días en formarse la lluvia.

-Lo sé.

Firmé un cheque, sintiéndome culpable. Me conocía lo sufi­ciente para fiarse de mí. Pero el cheque era bueno. Había fondos. Antes de que abriesen el banco, el cheque sería sólo cenizas, y todos los bancos del mundo hervirían bajo el calor del sol. Pero eso no era culpa mía.

Apiló las bolsas en el carrito y fue hacia la puerta.

-Cuando pare un poco la lluvia, lo sacaremos todo deprisa. Bien, ¿listos?

Abrí la puerta. La lluvia caía como si alguien hubiese arrojado un cubo de agua al escaparate. Paró al cabo de un momento, aun­que por el cristal siguió resbalando el agua.

-¡Ahora! -gritó el dependiente.

Abrí del todo la puerta y salimos. Llegamos al coche riendo como chiflados. El viento aullaba a nuestro alrededor, rociándo­nos por completo.

-Hemos aprovechado un buen respiro. ¿Saben qué me recuerda este tiempo? Kansas -dijo el dependiente-. Durante un tornado.

¡De repente, el cielo estuvo lleno de grava! Gritamos y aga­chamos la cabeza, y el coche recibió un millón de golpes. Abrí la portezuela y empujé a Leslie y al dependiente tras de mí. Nos fro­tamos las maltrechas cabezas y contemplamos la grava blanca que bailoteaba por todas partes.

El dependiente se sacó una piedrecita del cuello de la camisa. La puso en la mano de Leslie, y ella soltó un gritito y me la dio. Estaba fría, helada.

-Granizo -exclamó el viejo-. No lo entiendo.

Tampoco lo entendía yo. Sólo acertaba a pensar que estaba relacionado con la nova. Pero ¿qué? ¿Cómo?

-Debo regresar -musitó el dependiente.

El granizo se había fundido rápidamente. El viejo salió del coche como un soldado al tomar una colina. No volvimos a verle. Las nubes se formaban y desaparecían velozmente, mucho más deprisa que en días anteriores, sus vientres brillantes por las luces de la ciudad.

-Debe de ser por la nova -comentó Leslie.

-Pero ¿cómo? Si la onda de choque hubiese llegado hasta aquí ya habríamos muerto… o al menos estaríamos sordos. ¿Gra­nizo?

-¿Qué más da, Stan? ¡No tenemos tiempo!

-Está bien -me estremecí-. ¿Qué es lo que más te gustaría, ahora mismo?

-Ver un partido de béisbol.

-Son las dos de la madrugada -indiqué.

-Lo cual impide muchas cosas, ¿verdad?

-Exacto. Hemos estado en nuestro último bar. Hemos visto el último espectáculo, nuestra última película. ¿Qué más queda?

-Contemplar el escaparate de una joyería.

-¿En serio? ¿En tu última noche en la Tierra?

Consideró la respuesta.

-Sí.

Y lo dijo en serio. Por mi parte, no podía imaginarme una cosa más aburrida.

-¿Westwood o Beverly Hills?

-Ambas.

-Oye, mira…

-Pues Beverly Hills.

 

Pasamos bajo otro chaparrón de granizo… una tempestad en cápsulas. Aparcamos a media manzana de Tiffany.

La acera era un solo charco. El agua de la lluvia caía sobre nosotros desde los diversos niveles de los edificios.

-¡Es maravilloso! -exclamó Leslie-. Debe de haber media docena de joyerías en una distancia muy corta.

-Pensaba ir en el coche…

-No, no, no, no adoptas la actitud más apropiada. Hay que recorrer los escaparates a pie. Está en el reglamento.

-Pero la lluvia…

-No morirás de pulmonía. No tienes tiempo -rió alegre­mente.

Tiffany tenía una sucursal en Beverly Hills, pero de noche no había en los escaparates joyas caras. Había, eso sí, algunas chu­cherías fascinantes, nada más.

Torcimos hacia Rodeo Drive… y quedamos admirados. Tibor sí exhibía una colección infinita de sortijas, recargadas y moder­nas, grandes y pequeñas, con toda clase de piedras preciosas y semipreciosas. Al otro lado de la calle, Van Cleef & Arpels exhi­bía broches, relojes de caballero con dibujos admirables, brazale­tes con relojitos engastados, y en un escaparate todo eran dia­mantes.

-Oh, es estupendo -proclamó Leslie, sobrecogida ante los centelleantes diamantes-. ¡Qué hermosos deben de ser a la luz del día! Oh…

-Es mejor no pensar en eso. Imagínatelos al amanecer, relu­cientes a la luz de la nova, mientras los escaparates se resquebra­jan para dejar entrar la luz del día. ¿Quieres uno? ¿El collar?

-Oh… ¿puedo quedarme con uno? Eh, estás bromeando. Deja eso, idiota, debe de haber alarmas en el cristal.

-Mira, nadie va a usar nada de eso a partir de ahora. ¿Por qué no hemos de llevarnos algo?

-¡Nos cogerían!

-Dijiste que querías ir de tiendas…

-No quiero pasar la última hora de mi vida en un calabozo. Si hubieras traído el coche, tal vez habríamos podido…

… escapar. Exacto. Y yo quería traerlo…

Pero en ese instante nos derrumbamos casi literalmente y retrocedimos, sosteniéndonos uno al otro.

Había más de media docena de joyerías en Rodeo. Y había más tiendas. Juguetes, libros, camisas y corbatas de estilos modernísimos. En Francis Orr, un gran cubo de plástico lleno de peniques nuevos. Más allá, un par de relojes muy extraños. Era muy divertido ir mirando escaparates, sabiendo que podíamos romper uno y llevarnos lo que quisiéramos.

Caminábamos, cogidos de la mano, balanceando los brazos. La acera era sólo nuestra; los demás habían huido por el mal tiempo. Las nubes se arremolinaban en lo alto.

-Ojalá hubiese sabido lo que iba a suceder -se quejó Leslie repentinamente-. Pasé todo el día de ayer tratando de arreglar un fallo de un programa. Y ahora, ya no me queda tiempo.

-¿Qué habrías hecho? ¿Ver un partido de béisbol?

-Tal vez. No. Bien, ya no importan las ligas -frunció el ceño ante un escaparate de vestidos-. ¿Qué habrías hecho tú?

-Ir al Esfera Azul a tomarme un combinado -indiqué-. Es un local de topless. Solía ir mucho allí. Creo que ahora ya van totalmente desnudas.

-Nunca he estado en uno de esos establecimientos. ¿A qué hora abren?

-Olvídalo, son casi las dos y media.

Leslie reflexionó, contemplando los gigantescos animales disecados de una tienda de juguetes.

-¿No hay nadie a quien asesinarías si tuvieras tiempo?

-Bueno, ya conoces a mi agente, que vive en Nueva York..

-¿Por qué a él?

-Hija mía, ¿por qué todos los escritores desean matar a sus agentes literarios? Por los manuscritos que pierden debajo de otros manuscritos. Por su diez por ciento, que tan mal perciben, y por el otro noventa por ciento que me envían a regañadientes y tarde. Por…

De pronto, el viento aulló y nos azotó furiosamente. Leslie indicó un portal, que resultó ser el de Gucci, y corrimos hacia él. Nos acurrucamos contra el cristal.

El viento se cargó de un granizo del tamaño de canicas. Los vidrios se rompían por doquier, y las alarmas sonaban como voces débiles y frágiles en el viento. ¡Había algo más que granizo en el viento! ¡Había piedras!

Capté el olor y el sabor del agua del mar.

Nos apretujamos en el espacio medio protegido delante de Gucci. Acuñé una frase de breve vida y grité:

-¡Tiempo de nova! ¡Como las brasas lo hicieron… !

No podía oírme a mí mismo, y Leslie ni se enteró de mis gri­tos.

Tiempo de nova. ¿Cómo había llegado tan deprisa? Viniendo por el Polo, la onda de choque de la nova debía de haber recorri­do seis mil kilómetros… al menos, un viaje de cinco horas.

No. La onda de choque viajaría por la estratosfera, donde la velocidad del sonido es mayor, y después se propagaría por abajo. Tres horas eran suficientes. Sin embargo, medité, no debería lle­gar como un huracán. A1 otro lado del mundo, la explosión del sol estaba desgarrando nuestra atmósfera, enviándola a las estre­llas. El choque tendría que haberse producido como un solo y vasto trueno.

El viento amainó un momento y eché a correr por la acera, arrastrando a Leslie. Encontramos otro portal cuando el viento volvió a soplar. Me pareció oír una sirena en respuesta a la alar­ma.

En la siguiente pausa atravesamos Wilshire y llegamos al coche. Nos sentamos dentro jadeando, y esperamos a que la cale­facción nos calentase. Mis zapatos eran como barcas. La ropa mojada se me pegaba a la piel.

-¿Cuánto durará? -gritó Leslie.

-¡No lo sé! ¡Debemos de tener algún tiempo!

-¡Tendremos que ir de excursión dentro del piso!

-¿Del tuyo o del mío? Del tuyo -decidí, apartando el coche de la acera.

 

 

 

5

 

Wilshire Boulevard estaba inundado hasta casi cubrir las rue­das de los coches en muchos sitios. Las ráfagas de granizo y cellis­ca eran ya una lluvia continua. Ante nosotros se extendía una nie­bla espesa, alta hasta la cintura, que se quebraba sobre el capó del coche y formaba una estela detrás nuestro. Un tiempo espantoso.

Tiempo de nova. No había llegado la onda de choque del vapor recalentado. En cambio, atronaba la estratosfera un viento cálido, y su turbulencia formaba extrañas tormentas a nivel del suelo.

Estacionamos ilegalmente en el nivel superior del aparca­miento. Un vistazo al interior me permitió comprobar que estaba atestado. Abrí el portaequipajes y saqué dos pesadas bolsas de papel.

-Debemos de estar locos -comentó Leslie, meneando la cabeza-. Nunca nos comeremos todo esto.

-De todos modos, lo subiremos.

-Pero ¿porqué? -preguntó riendo Leslie.

-Por capricho. ¿Me ayudas?

Llevamos toda la carga hasta el piso catorce. Bueno, dejamos todavía un par de bolsas en el coche.

-Bah, no importa -exclamó Leslie-. Tenemos los entre­meses, las botellas y los frutos secos. ¿Qué más necesitamos?

-Los quesos, las galletas y el foie-gras.

-Olvídalo. -No.

-Estás loco -dijo lentamente Leslie, para que lo entendiese bien-. Puedes morir ahumado al bajar. Tal vez sólo nos queden unos minutos, y quieres tener comida para una semana… ¿Por qué?

-Prefiero no decirlo.

-Entonces, ¡márchate!

Cerró la puerta con una fuerza terrible.

El ascensor era un problema, y pensé que tal vez Leslie tuvie­se razón. El aullido del viento llegaba hasta allí, hasta el corazón del edificio. Tal vez estuviera arrancando cables eléctricos por todas partes, y yo me quedaría encerrado en una cabina a oscu­ras. Pero bajé.

En el nivel superior había agua hasta las rodillas.

Mi segunda sorpresa fue que estaba tibia, como agua de baño usada, y era muy desagradable vadearla. El vapor se enroscaba en la superficie y luego se disolvía gracias al vendaval que soplaba por la cámara de cemento con chillidos como los de los condena­dos.

A1 subir se me planteó otro problema. Si sucedía lo que estaba pensando, si una ráfaga de vapor me envolvía… Me sentía como un idiota… Pero se abrieron las puertas y las luces ni siquiera par­padearon.

Leslie no me dejó entrar.

-¡Vete! -me gritó desde el otro lado de la puerta-. ¡Vete y cómete tus quesos y tus galletas en otra parte!

-¿Estás citada con otro?

Fue una equivocación. No obtuve respuesta.

Casi pude comprender su punto de vista. El segundo viaje en busca de víveres no era algo que pudiera provocar una disputa. Pero ¿por qué tenía que ser una disputa? Además, ¿cuánto iba a durar lo nuestro? Con suerte, una hora. Entonces, ¿por qué per­der el tiempo en una discusión para preservar algo tan efímero?

-No pensaba decírtelo -grité-. Tal vez necesitemos comi­da para una semana. Y un sitio donde escondernos.

Esperaba que me oyese a través de la puerta. El viento debía de soplar con mucha más intensidad en el otro lado.

Silencio. Me pregunté si sería capaz de derribar la puerta. ¿O sería mejor aguardar en el descansillo? Finalmente, ella tendría que…

Se abrió la puerta. Leslie estaba pálida.

-Eso ha sido cruel -murmuró.

-No puedo prometerte nada. Quería esperar, pero tú me has obligado. Me he estado preguntando si realmente ha explotado el sol.

-Eso ha sido cruel. Ya me estaba acostumbrando a la idea.

Volvió la cara hacia la jamba de la puerta. Cansada, estaba cansada. La había mantenido en pie demasiado tiempo…

-Escúchame. Todo fue un error -exclamé-. Debía de tra­tarse de una aurora boreal que iluminaba el cielo de polo a polo. Una oleada de partículas salidas del Sol y viajando casi a la veloci­dad de la luz habría penetrado en la atmósfera como… ¡Vaya, habríamos tenido que ver fuegos de San Telmo en todos los edifi­cios!

Hice una leve pausa y continué:

-Además, la tormenta se presentó muy lentamente -grité, para que me oyese por encima del trueno-. Una nova desgarra­ría el cielo sobre la mitad del planeta. La onda de choque pasaría al lado nocturno con un ruido capaz de romper todos los cristales del mundo, ¡todos a la vez! Y rompería el cemento y el mármol.., y, Leslie querida, eso no ha ocurrido. Por eso empecé a medi­tar…

-Entonces… ¿qué es? -preguntó en voz muy baja.

-Una llamarada. La peor que…

-¡Una llamarada! -gritó ella como acusándome-. ¡Una explosión solar! ¿Piensas que el sol puede encenderse como…?

-Calma…

-¿Crees que podría convertir a la luna y los planetas en otras tantas antorchas y después recobrar su aspecto normal como si nada hubiese sucedido? ¡Oh, idiota…!

-¿Puedo entrar?

Asintió sorprendida. Se hizo a un lado, me agaché para coger las bolsas y entré.

Las puertas de vidrio crujían como si unos gigantes intentasen abrirse paso a través de ellas. La lluvia había penetrado por algu­nos resquicios y formaba charquitos sobre la alfombra.

Dejé las bolsas en la cocina. Hallé pan en el refrigerador y metí dos rebanadas en el tostador. Mientras se tostaban, abrí las latas de foie-gras.

-Mi telescopio ha desaparecido -exclamó ella.

Claro. El trípode estaba en el balcón.

Quité el alambre de una botella de champaña. Las rebanadas de pan saltaron, listas, y Leslie cogió un cuchillo y las untó con el foie-gras. Sostuve la botella junto a su oído para darle un sobre­salto.

Ella sonrió fugazmente cuando saltó el corcho.

-Podemos instalar aquí nuestro campamento. Detrás de la mesa. Tarde o temprano el viento romperá las puertas y lloverán vidrios por todas partes.

Era una buena idea. Pasé al otro lado de la cocina, cogí todos los cojines del suelo y deldiván y volví con ellos. Nos hicimos un buen nido.

Era muy agradable. La repisa de la cocina tenía metro y medio de altura, o sea que quedaba por encima de nuestras cabe­zas, y el espacio de la cocina era lo bastante amplio para mover­nos cómodamente. Y el suelo estaba lleno de almohadones. Les­lie sirvió el champaña en copas de coñac, lo cual no estaba mal.

Quise pensar en un brindis, pero había demasiadas posibilida­des, todas deprimentes. Bebimos sin brindar. Luego, dejamos cuidadosamente las copas y nos abrazamos. Podíamos estar sen­tados cara a cara, recostados uno al lado del otro.

-Vamos a morir -musitó Leslie.

-Quizá no.

-Acostúmbrate a la idea. Yo ya lo estoy. Mírate, estás muy nervioso. Tienes miedo de morir. ¿No ha sido una velada agrada­ble?

-Única. Ojalá te hubiese llevado a cenar más a menudo.

Llegó el trueno en una serie de seis explosiones. Como bom­bas en un ataque aéreo.

-Pienso como tú -asintió Leslie cuando pudimos volver a oír.

-Ojalá lo hubiera sabido esta tarde.

-Praliné de nueces…

-El mercado de Farmer. Cacahuetes tostados. ¿A quién habrías asesinado de haber tenido tiempo?

-Había una chica en mi colegio universitario…

Y empezamos a competir. Yo nombré a un editor que siempre cambiaba de idea. Leslie nombró a una de mis antiguas novias. Yo nombré a un novio suyo, al único que yo conocía, y nos diver­timos mucho antes de quedarnos sin nombres. Mi hermano Mike se había olvidado en cierta ocasión de mi cumpleaños. El muy canalla.

Las luces parpadearon y volvieron a brillar.

-¿Crees que el sol -preguntó Leslie en un tono demasiado casual- puede volver a la normalidad?

-Será mejor que vuelva, de lo contrario, moriremos. Ojalá pudiéramos ver Júpiter.

-¡Maldición, responde! ¿Crees que ha sido una llamarada?

-Sí.

– ¿Por qué?

-Las estrellas enanas amarillas no se convierten en novas.

-¿Y si la nuestra lo hubiese hecho?

-Los astrónomos saben muchas cosas sobre las novas -repliqué-. Más de lo que puedas sospechar. Las prevén con meses de antelación. El sol es una estrella enana amarilla sin importancia. Y esa clase de estrellas nunca se transforman en novas, repito. Primero tienen que salir de la secuencia principal, y eso tarda millones de años.

Golpeó mi espalda cariñosamente con el puño. Estábamos mejilla contra mejilla y no podía verle la cara.

-No quiero creerlo. No me atrevo. Stan, nunca había ocurri­do una cosa como ésta. ¿Cómo lo sabes…?

-Por algo que ocurrió.

-¿Qué? No lo creo. Nos acordaríamos.

-¿Te acuerdas del primer alunizaje? ¿Con Aldrin y Arms­trong?

-Claro. Lo vimos en la fiesta de alunizaje de Earl.

-Alunizaron en el lugar más grande y más llano que pudieron hallar en la Luna. Enviaron varias horas de película, tomaron fotos muy claras y dejaron huellas por todo el lugar. Y regresaron con un montón de piedras.

»¿Te acuerdas? La gente dijo que había sido un viaje muy lar­go para no traer más que piedras. Pero lo primero que se observó en ellas fue que estaban medio fundidas.

»En un tiempo pasado, en algún momento de los últimos cien mil años, el Sol sufrió otra de sus llamaradas, también muy poten­te, que no duró lo bastante para dejar señales en la Tierra. Pero la Luna no tiene atmósfera que la proteja, y todas las rocas de un lado se fundieron.

El aire estaba muy caliente y húmedo. Me quité la chaqueta, completamente mojada por la lluvia. Busqué tabaco y cerillas, encendí un cigarrillo y exhalé el humo junto a la oreja de Leslie.

-Lo recordaríamos. No pudo ser tan malo.

-No estoy tan seguro. Supongamos que sucedió en el Pacífi­co. No podía hacer mucho daño. O sobre el continente america­no. Habría esterilizado algunas plantas y animales, e incendiado gran cantidad de bosques, y ¿quién lo sabría? Aquella vez el sol volvió a la normalidad. Podría volver a ocurrir. El sol es una estrella variable de cuarta magnitud. Tal vez sea más variable de lo que pensamos, y varíe mucho más a menudo.

Algo se rompió en el dormitorio. ¿Una ventana? Un viento húmedo nos rozó, y el rumor de la tormenta subió de tono.

-O sea que podríamos sobrevivir a esto -puntualizó Leslie.

-Creo que has puesto el dedo en la llaga. ¡Skäl!

Cogí la copa y bebí un sorbo de champaña. Eran más de las tres de la madrugada y el huracán azotaba nuestras puertas.

-¿Y no debemos hacer nada?

-Lo estamos haciendo.

-¡Por ejemplo, intentar subir a la montaña! ¡Stan, habrá inundaciones!

-Puedes apostar a que sí, pero no se elevarán tanto. No lle­garán aquí. Catorce pisos. Oye, ya lo pensé. Estamos en un edifi­cio construido a prueba de terremotos; al menos, eso me dijiste. Por tanto, haría falta algo más fuerte que un huracán para derri­barlo.

»En cuanto a huir a la montaña, ¿a qué montaña? Esta noche no llegaríamos muy lejos, con las calles ya inundadas. Suponga­mos que lográramos subir a las montañas de Santa Mónica; y des­pués, ¿qué? Corrimientos de tierras. Esa zona no resistirá lo que se avecina. La llamarada habrá absorbido suficiente agua para formar otro océano. ¡Lloverá durante cuarenta días y cuarenta noches! Amor mío, éste es el lugar más seguro al que podemos llegar esta noche.

-¿Y si se funden los casquetes polares?

-Sí… bueno, estamos a bastante altura. Eh, tal vez fuera la última llamarada lo que inició el diluvio de Noé. Y quizá vuelva a suceder. Seguro que no hay ningún sitio en la Tierra que no esté en el centro de un huracán. Esos dos huracanes enfrentados ya deben de haberse descompuesto en centenares de tormentas más pequeñas.

Las vidrieras explotaron hacia dentro. Nos agachamos y el viento aulló a nuestro alrededor, trayendo consigo vidrios y llu­via.

-¡Al menos tenemos víveres! -grité-. Si la inundación nos aísla, podremos resistir algún tiempo.

-Pero si cortan la electricidad no podremos guisar. Y la neve­ra…

-Vamos a guisar todo lo que podamos. Haremos huevos duros…

El viento soplaba con inusitada intensidad. Dejé de hablar.

La cálida lluvia caía horizontalmente, dejándonos empapa­dos. ¿Intentar guisar en medio de un huracán? Había sido estúpi­do al esperar tanto. Si lo intentábamos, el viento volcaría los reci­pientes y nos quemaríamos con el agua caliente. O con el aceite caliente…

-¡Tendremos que utilizar el horno! -gritó Leslie.

Naturalmente. El horno no nos podía caer encima.

Lo graduamos a 190 °C y metimos dentro los huevos, en un cazo con agua. Sacamos toda la carne del cajón donde estaba y la pusimos en una bandeja refractaria. Dos alcachofas en otro cazo. Las otras verduras nos las podíamos comer crudas.

¿Qué más? Traté de pensar.

Agua. Si se iba la electricidad, probablemente nos quedaría­mos también sin agua y sin teléfono. Abrí los grifos del fregadero y empecé a llenar cacharros: recipientes con tapadera, la cafetera para treinta tazas que Leslie usaba en las fiestas, el cubo de la colada… Pensó que estaba loco, pero yo no me fiaba de la lluvia como provisión de agua, ya que no podía controlarla.

El ruido. Ya habíamos dejado de gritar. Cuarenta días y cua­renta noches de ruido y estaríamos completamente sordos. ¿Al­godón? Ya era tarde para ir al cuarto de baño. ¡Servilletas de papel! Cogí algunas, las rompí y las arrugué, con lo que tuvimos cuatro tapones para los oídos.

¿Condiciones sanitarias? Otro motivo para escoger el piso de Leslie. Cuando la cisterna dejase de funcionar, nos quedaría el balcón.

Y si la inundación llegaba hasta el piso catorce, nos quedaría el tejado. Veinte pisos más arriba. Si todavía ascendía más, poca gente quedaría cuando las aguas descendiesen.

¿Y si era una nova?

Atraje a Leslie hacia mí y encendí otro cigarrillo con una sola mano. Todos mis planes se derrumbarían si era una nova. Pero, aun sabiéndolo, habría actuado igual. No dejas de hacer planes aunque se pierdan las esperanzas.

Y cuando el huracán se conviertiese en vapor caliente, nos quedaría el balcón. Una carrera y un salto por la barandilla era preferible a morir quemados en vida.

Pero no había llegado el momento de mencionarlo. Además, probablemente Leslie pensaba lo mismo.

 

Las luces se apagaron hacia las cuatro. Apagué el horno, por si volvía la corriente. Dejaría pasar una hora para que se enfriase y metería toda la comida en las bolsas.

Leslie dormía, recostada en mis brazos. ¿Cómo podía dormir sin saber la verdad? Le coloqué unos almohadones detrás y la dejé descansar.

Durante algún tiempo permanecí tendido de espaldas, fuman­do y viendo cómo los relámpagos hacían dibujos en el techo. Nos habíamos tomado todo el foie-gras y una botella de champaña. Pensé en abrir la de coñac pero decidí lo contrario, con pesar.

Transcurrió largo tiempo. No sé qué iba pensando. No dormí, aunque tenía el cerebro ocioso. Sólo gradualmente me di cuenta de que el techo, entre dos relámpagos, se había vuelto gris.

Rodé sobre mí mismo, cautelosamente, empapado. Todo estaba mojado.

Mi reloj indicaba las nueve y media.

Pasé arrastrándome al salón. Llevaba tanto tiempo ignorando los ruidos de la tormenta que tuve que recibir una ráfaga de lluvia caliente para acordarme. Había un huracán en marcha. Pero entre las negras nubes se filtraba una luz grisácea.

Había hecho bien al guardar el coñac. Inundaciones, tormen­tas, radiación intensa, incendios debidos a la explosión solar… si la destrucción general era tal como me la imaginaba, el dinero carecería de valor. Y necesitaríamos artículos de trueque.

Tenía hambre. Me comí un par de huevos con bacon y empecé a guardar el resto de las provisiones. Teníamos comida para una semana… aunque no para mantener una dieta equilibrada. Quizá pudiéramos hacer cambios con los de otros apartamentos. Era un edificio grande. También debía de haber apartamentos vacíos que podríamos asaltar en busca de sopa enlatada y otros produc­tos similares. Además, habría que ocuparse de los refugiados de los pisos más bajos, si las aguas seguían subiendo…

¡Maldición! Echaba de menos la nova. La vida había sido muy simple la noche anterior. Y ahora… ¿Teníamos medicinas? ¿Ha­bría médicos en el edificio? Podía declararse una disentería y otras epidemias. Y hambre. No muy lejos había un supermerca­do. ¿Hallaríamos un equipo de submarinismo en la casa?

Pero primero necesitaba dormir. Más tarde exploraríamos el edificio. El día tenía una claridad gris carbón. Las cosas habrían podido ser peores, mucho peores. Pensé en la radiación que debía de haber caído sobre el otro extremo del mundo, y me pregunté si nuestros hijos tendrían que colonizar Europa, o Asia, o África…