Jacques Sternberg: Partir es morir un poco. Cuento

Belgian Writer Jacques Sternberg14 de marzo

No me he movido desde hace un cuarto de hora.

Podría creer que mi carne se ha convertido en una nueva materia y que mi cuerpo se ha soldado al muro que parece chuparme con su mugre y todas sus cicatrices gangrenadas.

Mis ojos no se han movido desde hace un cuarto de hora. Petrificado en una única visión, como fascinado por su absoluta falta de interés, miro la gran mancha de humedad que devora uno de los ángulos de mi celda. En tres semanas de encierro he visto a esta mancha cambiar de forma todos los días. Pero esta mañana no he tratado ni siquiera de saber el fantasma de qué objeto me sugerían sus contornos. La miro simplemente. Sintiendo quizás en forma vaga la armonía secreta que liga mis pensamientos al color turbio de la mancha. ¿Qué decir? ¿Qué pensar? ¿Estoy pensando en realidad? ¿Entonces lo que acabo de saber autoriza a un pensamiento lógico, a una red de pensamientos? ¿Es posible traducir en deducciones lo que a pesar de todo se han negado a traducir en palabras, por otra parte muy simple? ¿Se puede hacer entrar una botella de un litro en un litro de agua?

Hace tres semanas que espero al hombre que entró esta mañana en mi celda.

Pues, desde el momento en que fui condenado a muerte, espero con cierto disgusto al hombre que debe anunciarme que me han acordado el derecho de vivir. Vino esta mañana. Pronunció las palabras que yo preveía.

-Ha sido usted indultado.

-Sabe usted bien que no tengo ganas de vivir -le respondí

-No vivirá -me dijo.

Vaciló un instante antes de explicarme por qué. Parecía un poco ebrio, como sobrepasado por la situación. Tenía por qué, en verdad.

-Usted no será ejecutado, pero no vivirá. La ejecución debía tener lugar el 18 de abril, al alba. Pero en esa fecha no habrá nadie para proceder a una ejecución.

-¿Nadie?

-Así es.

En ese momento, él me reveló los hechos. Ya no más gente, ya no más mundo, además. La tierra está, en efecto, condenada a muerte. Como yo. Más que yo. El 4 de abril a las diez de la mañana, en el lugar del mundo no habrá más nada. Nada más que un vacío como cualquier otro. ¿El infinito puede pasársela sin la tierra? Así parece. Sin duda ni siquiera notará este incidente privado de consecuencias en el absoluto. Un mundo de más o de menos, ¿qué importancia tiene?

-Extraño -agregó el hombre-, usted ha recibido su indulto, pero de cualquier manera morirá. Y quince días antes de la fecha normal de ejecución.

Salió enseguida, ligeramente agobiado, no mucho. Se podría jurar que había visto otros como yo. Que había tenido una jornada agotadora, que se resentía por ello y enfrentaba sin placer el día de mañana. Casi el último. Para él, para mí, para todo el mundo.

-Así es -dijo antes de volver a cerrar la puerta-. Usted morirá de cualquier modo. Pero si eso puede consolarlo, no estará solo. Todos estamos condenados a muerte. Todos, porque hemos cometido el único delito de nacer. Desde ahora, somos miles los que esperamos, encerrados en nuestro cuerpo, como en una celda sin salida, una ejecución capital que debe tener lugar en una fecha exacta, irrevocablemente. Y esta vez la ejecución no sólo es general sino que no contiene ningún elemento de esperanza: nadie será indultado a último momento. Las paredes tienen oídos para escuchar nuestras quejas, el acontecimiento no.

El fin de este mundo que armó tanto escándalo en el universo, ¿será ruidoso?

Morir de cualquier modo…

¿Cómo creerlo? ¿Cómo creer en la muerte un segundo después de haber escapado de la muerte por milagro? ¿Entonces existía otra muerte más allá de la que los hombres me habían reservado? Un cambio, eso era lo que venían a proponerme, un simple cambio.

¿Pero cómo admitir que en este mundo donde el malestar de unos había constituido siempre el bienestar de otros, vayamos a tener todos la misma suerte en el mismo segundo? No es posible. Los hombres fueron concebidos para interpretar papeles de verdugos y víctimas, no para ser todos víctimas de una deflagración abstracta. Sólo los hombres son peligrosos, sólo ellos acostumbran atar a sus víctimas para entregarlas a la muerte con los pies y los puños ligados. La naturaleza tiene que ser menos cruel. Siempre deja una posibilidad. La Tierra es vasta, uno siempre puede huir, ocultarse en alguna parte, salvar el pellejo. Los peores cataclismos nunca dieron cuenta de todos los seres vivientes. Sólo el hombre tiene ese poder. Porque él piensa, porque sabe apuntar y masacrar con la única intención de matar sobre seguro.

Escapé de los hombres. Eso es lo esencial. Han renunciado a darme muerte cuando mi fosa ya estaba abierta. Soy un superviviente. Escaparé a la naturaleza, no puede ser de otro modo. Aún si no hubiera más que un superviviente, yo seré ese superviviente.

Y cuando la Tierra sea sólo cenizas, cuando los hombres sean sólo polvo, cuando la nada haya encontrado al fin su definición práctica y sólo yo vea ese espectáculo, entonces podré sonreír y darme el lujo de morir de un mal resfrío. Pero más tarde, un poco después.

Morir de cualquier manera… Entonces es cierto que, aun después de haber escapado a mi ejecución, aun si escapo a la muerte que nos ha dado cita para el 4 de abril, moriré de cualquier modo.

De uno u otro modo… En ese caso, ¿para qué?
17 de marzo

Moriré como los demás. El 4 de abril. Todo el mundo pasará por ese día, ahora lo sé.

Me han explicado que el acontecimiento del 4 de abril tendrá la fuerza suficiente para aniquilar a un planeta que, sin embargo, dio en el pasado buenas pruebas de su vitalidad. Pero el espacio tiende una emboscada a la Tierra y todas las bombas no bastarían para detener lo que se viene.

¿Cómo, más allá de esos muros que son desde siempre los de alguna antecámara de la muerte, aceptan los hombres su suerte? ¿Quizá se los acusa, uno tras otro, de algún delito ficticio y se los condena de prisa, pero oficialmente, a muerte, con el fin de hacerles creer en una lógica de su destino? ¿Cómo admitirán las estrellas de la pantalla que los fuegos de su gloria van a extinguirse junto con sus agentes de publicidad; los hombres de negocios, que ya no habrá mundo que sostenga sus cheques y sus empresas; los propietarios que el infinito abre ya sus fauces para tragar en un segundo todas las propiedades de este mundo al mismo tiempo que algunos siglos de Historia, una tonelada de gramática, montones de geografía, y otras diversas instituciones? El Hombre que se sentía otro tras el volante de un automóvil o ante una cuenta bancaria ¿va a comprender al fin que no es si siquiera el hijo del polvo y que sólo la muerte es el centro de su verdad?

Durante algunos instantes, el acontecimiento me desvela, no tanto por su horror, bastante evidente, sino por su deslumbrante potencial humorístico. ¿Por qué no imaginar que se trata simplemente de una farsa galáctica? Se permitió que el hombre se divirtiera con sus juguetes durante algunos siglos, se le dio la oportunidad de asombrarse a sí mismo creando sin cesar nuevos juguetes antes de concederse el título de rey del universo; luego, de repente, decidieron quitarle todo, su vida, su decorado y sus juguetes. ¡Broma genial! No podían reservar una jugada más divertida al hombre, que vacilaba a veces de generación en generación antes de desembarazarse de los múltiples horrores adquiridos: y ahora le tiran todo su mundo al cesto de basura sin siquiera pedirle opinión. El hombre, ese propietario de tan blanda sonrisa, iba a comprender al fin que no era más que un inquilino de su mundo. Y que no tenía arriendo ni defensa. Nada. Ni siquiera su vida.
19 de marzo

Realmente pasa algo.

Aunque la vida apenas si se infiltra a través de los muros de esta prisión, se adivinan sin embargo ciertas fluctuaciones que sugieren un acontecimiento histórico.

Por ejemplo, esta mañana, anuncian que todos los detenidos serán liberados en el día de hoy, a excepción de los condenados a muerte o a cadena perpetua. El mundo se derrumba, los principios permanecen, según veo. Incluso, al borde del abismo guardan el sentido de los valores y la jerarquía. Eso sin hablar de la lógica. Porque es evidente que sería pernicioso y poco moral dejar correr a los homicidas en libertad mientras que el mundo entero será asesinado en masa dentro de unos días. Hasta su último suspiro el hombre habrá probado su maravilloso sentido de la seriedad. Imagino además que esta decisión fue tomada con toda solemnidad por un comité de severos ancianos, que ha sido ratificada por decreto después de algunos días y que acaba de aparecer en el Diario Oficial. Ya, era ridículo imaginar al hombre devorado por sus tareas burlescas cuando se mantenía en equilibrio sobre una bola de fuego, ¿pero cómo llegar a imaginar siempre devorado por las mismas tareas cuando esa bola está a punto de desintegrarse? Decididamente el hombre siempre sobrepasará sus propios límites. Se habrá hecho digno de sí mismo, y sobre la tumba del Hombre Desconocido podrán inscribir como epitafio que cumplió con su Deber hasta el fin. Y con qué respeto por sí mismo.

Dicho esto, dado que me condenan a quedar encerrado, me mantienen siempre con la misma puntualidad. Todo el mundo a su trabajo, las jornadas comienzan siempre a las 9 en punto, ésas deben ser las consignas. Los menús, no obstante, son un poco menos copiosos desde que me indultaron. Sin duda, tengo derecho a menos consideraciones, ya que no seré una excepción, sino un cadáver como todos los demás.

También compruebo asombrado que me suprimieron el vino. ¿Qué pensar? ¿Que hacen economías cuando a pesar de todo van a morir dejando tras ellos un mundo enteramente amueblado y sobrecargado de los más diversos productos? Todo esto es muy desconcertante. Sin embargo, es muy tarde para dejarse desconcertar.
20 de marzo

Un acontecimiento se encadena a otro.

Dicen que el mundo entero espera una comunicación de la más alta importancia. En efecto, los sabios del mundo entero están conferenciando desde hace una semana y habrían tomado una decisión que amenaza con trastornar la historia del mundo.

La humanidad espera. Yo también. Pero no tengo suerte: una vez que realmente pasa algo, y no estoy en la onda. Es injusto. Sin embargo, deberían darse cuenta de que a partir de mi nacimiento aún no ha pasado nada en mi vida.

Evidentemente, el hecho de estar excluido me da cierta distancia. Por un único instante, no me siento capaz de participar de la nerviosidad general que debe enfebrecer al mundo, ya sea la nerviosidad del pánico o de la esperanza. Sin embargo es una pena que no me hayan concedido la autorización de vivir de cerca esta notable epopeya, y de participar como ser humano en este drama humano. Me gustaría tanto ver cómo dan vuelta una página de la historia. Sobre todo cuando se trata de una página que amenaza con quedar virgen. Infinitamente virgen. Como el vacío. Como el siempre de lo sin límites y sin fronteras que encierra el vacío.

Duermo mucho actualmente. Me entreno en ser muerto. Es muy fácil. Es lo que la muerte tiene de inquietante: su simplicidad; y hemos pasado tantos años inútiles aprendiendo truquitos sabios, tan tontos, tan tontos.

He pensado también que tengo buena suerte. Millones de personas podrían envidiarme actualmente: sin pena y sin ningún deseo de vivir. Además, hace mucho tiempo que estoy preparado para morir este año. De la misma manera hace mucho que liquidé todo lo que constituyó el decorado y el centro de interés de mi vida. Incluso maté con mis propias manos al único ser al que me sentía unido. Mi suerte es verdaderamente envidiable.

¿Que pasará? ¿Habrán hallado por casualidad el medio de desbaratar las intenciones del acontecimiento previsto en el programa? ¿Qué piensan hacer? ¿Atraparlo al vuelo, con red, con un cometa? ¿Y ocultarlo? ¿Pero dónde? ¿A menos que supongamos que por el contrario van a lanzar la Tierra a lo largo del espacio, lejos de los remolinos del acontecimiento? ¿O quizá las autoridades científicas van a anunciar, más sencillamente, que hubo un error y que no pasará absolutamente nada?

Preguntas que ya no me conciernen. Si el acontecimiento, por una u otra razón, no llega a estallar nunca, sin duda me harán comprender que mi ejecución capital está siempre a mi entera disposición. Si el señor tiene a bien tomarse la molestia de ponerse de pie y vivir su muerte…
21 de marzo

Hacía mucho que la historia no se veía recompensada con una sorpresa tan sensacional. El hombre es un verdadero apasionado del golpe teatral. El peligro le ha dado alas, genio, energía. En efecto, las radios del mundo entero anunciaron ayer a la tarde que, estando la Tierra irremediablemente condenada, los hombres dejarán su planeta para ir a otros lugares. Destino Supervivencia, Operación Milagro, partida fijada para el 2 de abril. La fecha del primero de abril ha sido evitada por escaso margen, con razón.

Desde esta mañana, las fábricas del mundo entero construyen cohetes. Habrá cohetes para todo el mundo. Incluso para los perros y los canarios. Cada persona tendrá derecho a una sobrecarga de 3 kg. de equipaje. Toda actividad comercial, industrial o intelectual se detiene oficialmente en el día de la fecha y la partida general se convierte en la única obsesión de todo el mundo.

Esas revelaciones me sirven de lección. Había subestimado las facultades creativas del cerebro humano. Había olvidado que ese mismo cerebro puede crear los laberintos burocráticos más estrafalarios y las relojerías más complejas. Y del mismo modo que puede resolver los teoremas contenidos en las contribuciones directas, puede también, cuando es necesario, hacer juegos malabares con las ecuaciones de las grandes imposibilidades. Acaba de probarlo. ¿Cómo imaginar que se trata del mismo cerebro? Poco importa, de todas maneras: pensó, ergo vivirá. Sólo me resta desear buen viaje a los habitantes de este planeta. Si son lúcidos, pueden partir sin pena. Este planeta no valía en absoluto la publicidad que le habían hecho. Su color verde era más bien de gusto dudoso, sus paisajes no tenían nada particularmente excepcional, su cielo era feo cuando estaba claro, triste cuando estaba lluvioso, y su clima dejaba mucho que desear. Sin duda encontrarán en otra parte un mundo más satisfactorio. Es cierto que los hombres se las arreglarán para arruinar en poco plazo a los mejores. Pueden huir de su mundo natal, entendámonos, pero nunca abandonarán su verdadera patria: la demencia y el mal gusto. Aun si se van más allá del sol de este mundo.
25 de marzo

Recibí la visita oficial de una delegación de desconocidos cuya dignidad no podía ser puesta en duda. Con voz de abogado, uno de los desconocidos declaró que, como a todo habitante de este mundo, me sería acordado el derecho de partir con los cohetes, el 2 de abril. Los gobiernos habían decidido ofrecer a todos, incluso a los condenados a muerte, la oportunidad de sobrevivir y escapar el acontecimiento que engullirá a la Tierra. No se había previsto ninguna excepción. Los hechos siguieron a las palabras. Con gesto de ujier, un funcionario me entregó con cierto sentido de lo ceremonioso un sobre que contenía mi pasaje de partida y una circular con las instrucciones a seguir.

Un poco asombrado, agradecí a todo el mundo.

Vamos de sorpresa en sorpresa. En pocas días, heme aquí, presenciando más situaciones asombrosas de las que haya tenido durante toda mi vida. ¿De homicidas que eran, los gobiernos se han vuelto humanitarios? El mundo decide cambiar. Falta saber si no es demasiado tarde. Se pone de rodillas, se apiada, hace caridad derramando indulgencias. Al menos si morimos, nadie irá al infierno. La redención dirige al mundo. Y la ascensión, por supuesto.

En cambio, aunque candidato a la partida, no seré puesto en libertad hasta último momento. La víspera de la partida, para ser más exactos.

-Usted comprenderá que teniendo en cuenta su pasado… -me explicaron.

Comprendí fácilmente, por supuesto.

Me hubiera gustado mucho hablarles, no de mi pasado, sino del porvenir de ellos, mas no tuve ocasión de hacerlo. Tenían que visitar a otros condenados.

-Le deseo buena suerte -me dijo uno de los funcionarios.

Le deseé lo mismo. Total, entre hermanos, ¿verdad?

Después de que salieron me asombró no haberles oído entonar un cántico.

Mi boleto de partida es verdoso, marcado con sellos, afiligrano, ilustrado y se parece mucho a un cheque. Siempre esa obsesión por ser bancario, en consecuencia solemne. ¿Hasta qué estación del espacio vamos con este billete? No está indicado. Pero no hay que preguntar demasiado, ya que el viaje es gratuito. Eso también parece casi increíble. ¡Varios millones de kilómetros a costa de la humanidad! Cuando uno piensa lo que costaba el kilómetro la semana pasada. El boleto menciona igualmente a qué zona debo dirigirme el 2 de abril y, por medio de una ingeniosa red de números y letras, da indicaciones precisas sobre el camino a seguir para alcanzar el cohete que me asignaron.

Camino que, por otra parte, no seguiré, ya que nunca tuve la intención de partir. ¿Por qué? ¡Ah! sí, ¿por qué?

Digamos que tengo vértigos o que la altura me descompone y no hablemos más del asunto.

Hay que aclarar que el rechazo a partir ha sido previsto. En semejante caso, dice la circular, es necesario devolver el billete sin demora a las autoridades. Así será. Sin demora, efectivamente. Ni siquiera quiero apostar la cuestión a cara o cruz.

¿Qué hacer ahora que todo está decidido, reglamentado? En verdad ya no me queda nada por ordenar en mi vida. No tengo que enfrentar el menor problema. Todo se reduce a lo esencial, es decir a nada. Sin duda voy a aburrirme en estos últimos días. Aunque estoy acostumbrado. Desde que me encarcelaron, compruebo que no me aburro mucho más que lo que me aburría asumiendo diversos empleos. Al menos aquí puedo adormecerme en mi indolencia sin tener que poner cara de que cumplo con mis obligaciones.
28 de marzo

Ya no pasa nada.

Pero veré de cerca el fin del mundo. Me han anticipado, en efecto, que aun si no deseo disfrutar de mi billete de partida, me liberarán, a pesar de todo, la víspera del éxodo general. El primero de abril, por lo tanto. Estoy feliz de saber que este importante incidente cae un primero de abril.
1º de abril

Aquí estoy, libre,

En regla, con plena conciencia. Es extraño pensar que cumplí con mi deuda ante la sociedad: un mes de detención por haber cometido un asesinato. No es caro.

O sea que me quedan cuatro días de vida. Y dentro de dos días tendré todo un mundo por compartir con los pocos habitantes que, como yo, se nieguen a irse. Parece que no habrá muchos. Incluso los ancianos quieren irse, huir, escapar. Los arruinados, los impotentes y los paralíticos también. Vivir. No se piensa más que en eso. Nunca conoció la fe en la vida un auge tal. Todas las miradas giran al mismo tiempo hacia el cielo. Detalle desalentador: está nublado desde hace una semana. La religión ha forjado nuevas consignas y, embanderada en su eterna liturgia, receta. Las iglesias rechazan el mundo y el agua bendita corre a borbotones. El Papa habla al mundo todos los días, sus delegados todas las horas, y cada hombre siente tal temor del silencio que se pega día y noche a los innumerables hilos eléctricos de la radio o la televisión. Por más vivos que se encuentren, me parece que hacen en verdad demasiado ruido. Esto sin contar el estruendo de acero de los innumerables camiones que pasan por las calles de la ciudad, transportando todo un mundo de piezas sueltas hacia los cohetes erguidos, hieráticos, en la campiña de los alrededores.

He ido a verlos por curiosidad. Había centenares, clavados al suelo como gigantescas estacas metálicas, apuntando al cielo, amenazantes, mudos, recreando un decorado similar a un singular huerto de catedral. Su número, su altura, su densidad, todo impresiona y fija literalmente la mirada en el fondo de las pupilas. Hay que felicitar a los técnicos. Celeridad de ejecución, perfección de la empresa, terminación del trabajo, armonía de las líneas; pusieron todos los triunfos en su juego. No sé dónde encallarán estos cohetes, no sé incluso si los seres vivientes soportarán este viaje, pero al ver este material uno confía y está dispuesto a creer que llegará lejos.

De todos modos estas máquinas decoran agradablemente la campiña particularmente desagradable de esta región y se podría lamentar incluso que Dios no haya creído necesario utilizar el cohete como elemento de una naturaleza que, como suele decirse, deja bastante que desear.

He vuelto favorablemente impresionado. Haber llegado a transformar en pocos días un sueño de muchos siglos en una realidad es una proeza que marcaría una fecha en la Historia de la Tierra si no fuese justamente que la Historia se detiene en esa fecha. A pique. ¿Sobre qué vacío? ¿Tendrá la Historia ocasión de decirlo?

No menos impresionante es el rigor concentracionario con que se lleva a cabo la evacuación de la capital. Pues los habitantes dejan la ciudad esta tarde para encerrarse en los cohetes antes de medianoche. La partida se hará mañana, al amanecer. Siempre se parte al amanecer, para el cadalso, para el infinito. En las rutas barridas por hordas de vehículos que parecen moverse como enormes aspiradoras, ningún pánico, ningún desorden. Los altoparlantes instalados por todas partes aúllan himnos marciales entrecortados por órdenes lacónicas. Ahogando sus temores secretos, atiborrados de esperanza, inflados de estrépito, los habitantes se dejan llevar hacia los centros de partida donde serán separados, desinfectados, envasados e introducidos en los cohetes como fardos de algodón.

¿Qué decirles?

Esto no es más que un hasta la vista, hermanos míos.
2 de abril

Son las dos y media de la mañana.

La ciudad, siempre desierta a esta hora, no ha cambiado de aspecto. Se podría creer que no ha pasado nada y que, dentro de algunas horas, vendrán a retirar los cestos de basura. Las calles siguen iluminadas. Es la primera vez que los hombres salen de viaje olvidándose de cerrar el agua, el gas y la electricidad detrás de ellos.

He tomado un café negro en un bistrot donde fui servido por el patrón mismo.

-¿Usted no parte? -le pregunté.

-No -me dijo-. Los viajes me aburren. Ni siquiera conozco las afueras. Falta de curiosidad sin duda.

Luego subí a un coche abandonado y rodé hacia los suburbios de la ciudad. Después alcancé la campiña. Quiero ver todo. La partida para empezar, el fin del mundo a continuación. Y mañana iré incluso a ver una última película si es que llego a poner en marcha el aparato de proyección.

Hasta el momento el espectáculo de la partida no ofrece gran interés. De los cohetes no se divisa más que una multitud de puntos verdes y rojos. En alguna parte, una vasta torre de vidrio, probablemente la torre desde donde controlarán la partida. Acercándose más el conjunto evoca un aeropuerto. Nada extraordinario.

Ningún ruido en ninguna parte. Los pasajeros están todos encerrados en el interior de los cohetes. Un silencio de tal densidad que es casi increíble pensar que toda la vida de una ciudad se encuentra comprimida en esas máquinas muertas.

Son las cuatro de la mañana. La partida se llevará a cabo de un momento a otro.

Aguardo la apertura de los infiernos, una tormenta a ras de tierra, un ciclón de llamas y rugidos, el desencadenamiento de todas las furias atómicas del siglo XX. Pero aguardo en vano. Sólo el silencio responde a las tinieblas, como un reflejo helado. De pronto percibo algo; un silbido difuso, insinuante, pero apagado por toneladas de blindaje.

Debe ser el preludio. Va a explotar el suelo y los cohetes desfondarán el cielo. Pero nada llega, nada se mueve, nada tiembla. Nada más que el silbido, más discreto que nunca, contenido insidioso. Después, a las 4 y 10, nada más. El silbido ha cesado.

El silencio.

No pasó nada. No despegó ningún cohete. Debe haber algo podrido en el mundo del átomo. Pero aguardo. Nunca se sabe. Un simple desperfecto, quizás. O un mal contacto. O un simple error de maniobra. ¿Y si los cohetes en vez de despegar entraran en las entrañas de la tierra?

Pasa un cuarto de hora y es entonces cuando veo dos hombres saliendo de la torre de control. Se dirigen hacia la ruta. Me uno a ellos. Tienen el aspecto de los obreros que han hecho horas extra y vuelven al hogar fatigados y un poco aturdidos.

-¿Se perdió la partida? -me pregunta uno de los dos hombres al verme.

-Había venido a ver, simplemente. Pero me decepcionó. No ha pasado gran cosa, ¿verdad?

-¿Usted cree? Sin embargo todo marchó bien.

Los enfrento. Veo que uno de los dos sonríe. Y comprendo todo en ese instante. Comprendo que, en efecto, todo se ha desarrollado normalmente, según el plan previsto. Partir, hay distintos modos de partir. Con y sin esperanza.

-Pero los cohetes están siempre allí -digo, sabiendo perfectamente lo que van a responderme.

-Sí, siempre están allí. Nunca fueron concebidos para ser lanzados al espacio. Aparentemente, uno diría que son cohetes, pero en realidad son cámaras de gas.

Franz Kafka: Un golpe a la puerta del cortijo. Cuento

 

franz-kafka-13-anosFue un caluroso día de verano. Mi hermana y yo pasábamos frente a la puerta de un cortijo que estaba en el camino de regreso a casa. No sé si golpeó esa puerta por travesura o distracción. No sé si tan sólo amenazó con el puño sin llegar a tocarla siquiera. Cien metros más adelante, junto al camino real que giraba a la izquierda, empezaba el pueblo. No lo conocíamos, pero al cruzar frente a la casa que estaba inmediatamente después de la primera, salieron de ahí unos hombres haciéndonos señas amables o de advertencia; estaban asustados, encogidos de miedo. Señalaban hacia el cortijo y nos hacían recordar el golpe contra la puerta. Los dueños nos denunciarían e inmediatamente comenzaría el sumario. Yo permanecía calmo, tranquilizaba a mi hermana. Posiblemente ni siquiera había tocado, y si en realidad lo había hecho, nadie podría acusarla por eso. Intenté hacer entender esto a las personas que nos rodeaban; me escuchaban pero absteniéndose de emitir juicio alguno. Después dijeron que no sólo mi hermana, sino también yo sería acusado. Yo asentía, sonriente, con la cabeza. Todos volvíamos nuestra vista atrás, hacia el cortijo, tan atentamente como si se tratara de una lejana cortina de humo tras la cual fuera a aparecer un incendio. Lo que pronto vimos, en realidad, fue a unos jinetes que entraron por el portón del cortijo. Una polvareda, al levantarse, lo cubrió todo; sólo brillaban las puntas de las enormes lanzas. Apenas la tropa había desaparecido en el patio, cuando debió, al parecer, hacer dar vuelta a sus corceles, pues volvió a salir en dirección nuestra. Aparté a mi hermana de un empellón, yo me encargaría de poner todo en orden. Ella no quiso dejarme solo. Le expliqué que para que se viera mejor vestida ante los señores debía, al menos, cambiarse de ropas. Por fin me hizo caso e inició el largo camino a casa. Ya estaban los jinetes junto a nosotros y casi al tiempo de apearse preguntaron por mi hermana. “No está aquí de momento” fue la temerosa respuesta, “pero vendrá más tarde”. La contestación se recibió con indiferencia. Parecía que ante todo, lo importante era haberme hallado. Destacaban, de entre ellos, el juez, un hombre joven y vivaz, y su silencioso ayudante llamado Assmann. Me invitaron a pasar a la taberna campesina. Lentamente, balanceando la cabeza, jugando con los tiradores, comencé a caminar bajo las miradas severas de los señores. Aún creía que una sola palabra sería suficiente para que yo, que vivía en la ciudad, fuese liberado, incluso con honores, en ese pueblo campesino. Pero luego de atravesar el umbral de la puerta, pude escuchar al juez que se acercó a recibirme: “Este hombre me da lástima”. Sin duda alguna, no se refería con esto a mi estado actual sino a lo que me esperaba en el futuro. La habitación se parecía más a la celda de una prisión que a una taberna rural. De las grandes losas de la pared, oscura y sin adornos, pendía, en alguna parte, una argolla de hierro, y en el centro de la habitación algo que era medio catre y medio mesa de operaciones.

¿Podría yo respirar otros aires que los de una cárcel? He aquí el gran dilema. O, mejor dicho, lo que sería el gran dilema, si yo tuviera alguna perspectiva de ser dejado en libertad.

Ambrose Bierce: Un terror sagrado. Cuento

Un terror sagradoHubo una absoluta falta de interés en el último arribo a Hurdy-Gurdy. Él no fue bautizado incluso con el pintoresco, descriptivo sobrenombre, que tan frecuente es la palabra de bienvenida al recién llegado en un campamento minero. En casi cualquier otro campamento de alrededor, esa circunstancia le habría asegurado por sí misma algún apelativo tal, como “el acertijo cabeza blanca” o “no sondeado”, una expresión que, ingenuamente, se suponía sugería a las inteligencias rápidas la española “quién sabe”. Él llegó sin provocar una onda de preocupación en la superficie social de Hurdy-Gurdy, un lugar que, al desprecio general californiano a la historia personal de los hombres, sobreañadía una local indiferencia a la suya propia. Había pasado mucho tiempo, desde cuando era de alguna importancia quien llegara allí, o si alguien llegara. Nadie estaba viviendo en Hurdy-Gurdy.

Dos años antes, el campamento se había jactado de una agitada población de dos o tres mil varones, y no menos de una docena de hembras. La mayoría de los primeros había hecho un trabajo serio de unas pocas semanas, para demostrar, con disgusto de las últimas, el carácter singularmente mendaz de la persona, cuyos ingeniosos cuentos de ricos depósitos de oro los habían atraído hasta allí; un trabajo, por cierto, en que hubo tanto una pequeña satisfacción mental como un provecho pecuniario, pues una bala de la pistola de un ciudadano de espíritu público, había puesto a ese caballero imaginativo más allá del alcance de la aspersión, al tercer día de la existencia del campamento. Aún, su ficción tenía un cierto fundamento de hecho, y muchos se habían demorado un tiempo considerable en y por Hurdy-Gurdy, aunque ahora todos se habían ido hacía mucho.

Pero habían dejado una amplia evidencia de su estadía. Desde el punto en que el riachuelo Injun caía en el río San Juan Smith, a lo largo de ambas orillas del primero, hacia el cañón de donde éste emergía, se extendía una doble hilera de chozas abandonadas, que parecían a punto de caer una sobre el cuello de la otra, para llorar su desolación; mientras que casi un igual número parecían haberse esparcido ladera arriba, a ambos lados y posado en las eminencias dominantes, de donde se estiraban hacia adelante, para tener una buena vista de la afectante escena. La mayoría de esos hábitats estaban escuálidos como por una hambruna, hasta la condición de meros esqueletos, a los que se aferraban unos jirones no atractivos de lo que podría haber sido piel, pero era realmente lienzo. El pequeño valle en sí mismo, rasgado y tajeado por el pico y la pala, estaba deslucido por las largas líneas dobladas de los canales podridos, que reposaban aquí y allá en las cimas de las crestas agudas, y se hinchaban torpemente en los intervalos sobre los palos no cortados. Todo el lugar presentaba ese aspecto crudo e imponente de desarrollo detenido, que en un país nuevo es el sustituto de la gracia solemne de la ruina causada por el tiempo. Dondequiera que quedara una parcela del suelo original, una exuberante maleza de hierbas y zarzas se había extendido por la escena, y por sus sombras húmedas, insalubres el visitante curioso de tales asuntos, podría haber obtenido innumerables recuerdos de la anterior gloria del campamento: botas sin pareja cubiertas de moho verde y pletóricas de hojas pútridas, un ocasional viejo sombrero de fieltro, retazos desganados de una camisa de franela, cajas de sardinas mutiladas de modo inhumano, y una sorprendente profusión de botellas negras distribuidas, con una verdadera imparcialidad católica, por todas partes.

II

El hombre que había re-descubierto ahora Hurdy-Gurdy, evidentemente, no estaba curioso en cuanto a su arqueología. Tampoco, mientras miraba a su alrededor, hacia las lúgubres evidencias de trabajo perdido y esperanzas frustradas, su significado desalentador, acentuado por la pompa irónica del dorado barato de un sol naciente, suplantó su suspiro de fastidio con uno de sensibilidad. Él, simplemente, removió del lomo de su burro cansado un atuendo de minero, un poco más grande que el animal mismo, piqueteó a la criatura y, seleccionado un hacha de su equipo, se movió a la vez por el lecho seco del riachuelo Injun, hacia la cima de una colina baja, de gravilla más allá.

Pasando por una postrada valla de broza y tablas, escogió una de las últimas, la partió en cinco partes y afiló éstas por un extremo. Luego empezó una suerte de búsqueda, agachado ocasionalmente para examinar algo con atención cercana. Por último, su paciente escrutinio pareció ser recompensado con el éxito, pues de súbito erigió su figura en toda su altura, hizo un gesto de satisfacción, pronunció la palabra “Scarry” y a la vez se alejó a zancadas, con pasos largos, iguales que iba contando. Luego se detuvo y clavó una de sus estacas en la tierra. Luego miró a su alrededor con cuidado, midió un número de pasos por un terreno singularmente desigual, y martilló en otro. Andado dos veces la distancia en ángulo recto con su curso anterior, clavó hacia abajo una tercera, y repitiendo el proceso hundió hasta el alma la cuarta, y luego la quinta. Ésta la partió en la punta, e insertó en la grieta un viejo sobre de carta, cubierto con un intrincado sistema de trazos a lápiz. En resumen, había estacado una colina en reclamo, en estricto acuerdo con las leyes mineras locales de Hurdy-Gurdy, y puesto la noticia de costumbre.

Es necesario explicar que uno de los adjuntos a Hurdy-Gurdy –uno del que esa metrópoli se convirtió después por sí misma en un adjunto-, era un cementerio. En la primera semana de existencia del campamento, éste había sido diseñado con previsión por un comité de ciudadanos. Al día siguiente había sido señalado en un debate entre dos miembros del comité, con referencia a un sitio más elegible, y al tercer día la necrópolis fue inaugurada con un funeral doble. Mientras el campamento había menguado el cementerio había aumentado, y mucho antes de que el último habitante, victorioso por igual sobre la malaria insidiosa y el revólver directo, hubiera vuelto la cola de su asno de carga hacia el riachuelo Injun, el colindante asentamiento se había convertido en un populoso, si no popular suburbio. Y ahora, cuando el pueblo estaba cayendo en la hoja seca y amarilla de una senilidad no atractiva, el camposanto -aunque un tanto estropeado por el tiempo y la circunstancia, y no exento por completo de innovaciones en la gramática y experimentos en la ortografía, por no decir nada del coyote devastador- respondía a las humildes necesidades de sus moradores con una totalidad razonable. Comprendía un generoso terreno de dos acres, que con ahorro comendable, pero cuidado innecesario había sido seleccionado por su invalidez mineral, contenía dos o tres árboles esqueléticos (uno de los cuales tenía una robusta rama lateral, de la que una soga gastada por el tiempo aún colgaba de forma significativa), medio centenar de montículos de gravilla, una veintena de rudas lápidas que desplegaban las peculiaridades literarias arriba mencionadas, y una luchadora colonia de perales espinosos. En conjunto, el Lugar de Dios, como había sido llamado con característica reverencia, podía justamente jactarse de una indudable calidad superior de desolación. Fue en la parte más densamente poblada de ese interesante dominio, que el sr. Jefferson Doman estacó su reclamo. Si en la prosecución de su designio, él hubiera estimado expediente remover a alguno de los muertos, éstos habrían tenido el derecho a ser re-enterrados como es apropiado.

III

Este sr. Jefferson Doman era de Elizabethtown, en New Jersey, donde seis años antes había dejado su corazón, al cuidado de una mujer joven de cabellos dorados y maneras recatadas, llamada Mary Matthews, como una seguridad colateral de su retorno para reclamar su mano.

-Yo sólo sé que tú nunca vas a volver vivo, tú nunca tienes éxito en ninguna cosa-, fue el comentario, que ilustró la noción de la señorita Matthews de lo que constituía el éxito y, de modo inferencial, su visión de la naturaleza del ánimo. Ella agregó: -Si tú no vuelves, yo voy a ir a California también. Yo puedo poner las monedas en bolsas pequeñas, mientras tú las excavas.

Esta característica teoría femenina de los depósitos auríferos no se comendó a la inteligencia masculina: era una creencia del sr. Doman que el oro se hallaba en estado líquido. Él desaprobó su intención con considerable entusiasmo, suprimió sus sollozos con una mano ligera en su boca, rió ante sus ojos mientras besaba sus lágrimas, y con un jubiloso “Ta-ta” se fue a California, a laborar para ella por largos años de desamor, con un corazón fuerte, una esperanza alerta y una fidelidad firme que nunca, por un momento olvidaba de qué se trataba. Mientras tanto, la señorita Matthews había concedido el monopolio de su humilde talento de ensacar monedas, al sr. Jo. Seeman de Nueva York, un jugador, quien apreciaba mejor éste, que su genio dominante para desensacar y otorgar éstas a sus rivales locales. Sobre esa última aptitud, en efecto, él manifestó su desaprobación con un acto, que le aseguró la posición de empleado de lavandería en la prisión estatal, y a ella el sobriquet de “Golfa cara-cortada”. Por ese tiempo, ella le escribió al sr. Doman una conmovedora carta de renuncia, incluyendo su fotografía para probar que no había tenido más el derecho, de permitirse el sueño de convertirse en la sra. Doman, y contando tan gráficamente su caída de un caballo, que el asentado “tarugo”, en que el sr. Doman había cabalgado a Red Dog para obtener la carta, hizo una vicaria expiación bajo su espuela, en todo el camino de regreso al campamento. La carta falló de una manera señalada en alcanzar su objetivo; la fidelidad, que había sido antes para el sr. Doman un asunto de amor y deber, fue desde entonces un asunto de honor también; y la fotografía, que mostraba la una vez cara bonita, tristemente desfigurada como por el tajo de un cuchillo, se instaló debidamente en sus afectos, y su más hermosa predecesora tratada con contumelioso descuido. Al ser informada de esto la señorita Matthews, es justo decir, pareció menos sorprendida, que de la aparente baja estimación de la generosidad del sr. Doman, que el tono de su carta anterior atestiguó como uno, naturalmente, hubiera esperado que ésta fuera. Poco después, sin embargo, sus cartas se hicieron menos frecuentes, y luego cesaron por completo.

Pero el sr. Doman tenía otro corresponsal, el sr. Barney Bree, de Hurdy-Gurdy, anterior de Red Dog. Este caballero, aunque una figura notable entre los mineros, no era un minero. Su conocimiento de la minería consistía, principalmente, en un maravilloso dominio de su slang, al que hacía copiosas contribuciones, enriqueciendo su vocabulario con una abundancia de frases poco comunes, más notables por su adecuación que por su refinamiento, y que impresionaban a los no entendidos “patatiernas”, con una vívida sensación de la profundidad de los conocimientos de su inventor. Cuando no entretenía a un círculo de oyentes admiradores de San Francisco o el este, podía ser hallado, comúnmente, prosiguiendo la comparativa oscura industria, de barrer las diversas casas de baile y purificar las escupideras.

Barney tenía al parecer sólo dos pasiones en la vida: el amor a Jefferson Doman, quien había sido una vez de alguna utilidad para él, y el amor al whisky, que ciertamente no había sido. Había estado entre los primeros de la avalancha a Hurdy-Gurdy, pero no había prosperado, y se había hundido por grados hasta la posición de excavador de tumbas. Esta no era una vocación, pero Barney daba una mano trémula en eso de forma desganada, siempre cuando había algún local mal entendido en la mesa de cartas, y su propia recuperación parcial de un libertinaje prolongado ocurría, de modo coincidente, en el punto del tiempo. Un día el sr. Doman recibió, en Red Dog, una carta con un simple matasellos, “Hurdy, Cal.”, y estando ocupado con otro asunto, la metió con descuido en una rendija de su cabaña para una lectura futura. Algunos dos años más tarde ésta se desprendió por accidente, y él la leyó. Decía lo siguiente:

Hurdy, 6 de junio.

Amigo Jeff: le he pegado duro en el campo de huesos. Ella está ciega y piojosa. Yo estoy en la división, ese soy yo, y mi mamá yació hasta que tú pitaste. Tuyo,

Barney.

P.S. La he arcillado con Scarry.

Con algún conocimiento del argot general del campamento minero, y del sistema privado del sr. Bree para la comunicación de ideas, el sr. Doman no tuvo dificultad para entender por esa epístola poco común, que Barney, mientras realizaba su deber como excavador de tumbas, había descubierto una capa de cuarzo sin crestones, que era visiblemente rica en oro libre; que, movido por consideraciones de amistad, estaba deseoso de aceptar al sr. Doman como socio, y esperaba que la declaración de caballero de su voluntad en el asunto, mantuviera el descubrimiento en secreto con discreción. Por el post scríptum se infería con claridad que, en orden de ocultar el tesoro, él había enterrado encima de éste la parte mortal de una persona llamada Scarry.

Por los sucesos subsecuentes, como le relataron al sr. Doman en Red Dog, hubiera parecido que antes de tomar esa precaución, el sr. Bree debiera haber tenido el ahorro de eliminar una modesta competencia por el oro; en todo caso, fue en torno a ese tiempo que entró en esa memorable serie de potaciones y gustaciones, que siguen siendo una de las tradiciones más apreciadas en la comarca de San Juan Smith, y de la que se habla con respeto tan lejos como en Ghost Rock y Lone Hand. A su conclusión algunos antiguos ciudadanos de Hurdy-Gurdy, para quienes había realizado el amable último oficio en el cementerio, le hicieron lugar entre ellos y él descansó bien.

IV

Habiendo terminado de estacar su reclamo, el sr. Doman anduvo de regreso al centro de éste, y se paró de nuevo en el sitio, donde su búsqueda entre las tumbas había expirado con la exclamación “Scarry”. Se inclinó de nuevo sobre la lápida que llevaba ese nombre y, como para reforzar los sentidos de la vista y el oído, pasó el dedo índice a lo largo de las letras labradas con rudeza. Re-erigiéndose, agregó oralmente a la simple inscripción el chocante, directo epitafio: “¡Ella fue un terror sagrado!”

Hubiera sido requerido el sr. Doman para hacer esas palabras buenas con una prueba -como, considerando su carácter un tanto censorio, sin dudas, debería haber sido-, él mismo hubiera sentido embarazo por la ausencia de testigos reputados, y la evidencia de oídas habría sido la mejor que pudiera dominar. En el tiempo cuando Scarry había sido prevalente en los campamentos mineros de alrededor -cuando, como el editor de El Herald de Hurdy hubiera fraseado, ella estaba “en la plenitud de su poder”-, la fortuna del sr. Doman había estado en un punto bajo, y él había llevado la vagante vida laboriosa de un buscador. Su tiempo lo había pasado en su mayoría en las montañas, ahora con un compañero, ahora con otro. Fue por los recitales admiradores de esos socios casuales, frescos de los diversos campamentos, que su juicio sobre Scarry se había hecho: él mismo nunca había tenido la dudosa ventaja de conocerla, ni la precaria distinción de su favor. Y cuando, finalmente, al término de su perversa carrera en Hurdy-Gurdy, él había leído en un número casual del Herald la columna de su largo obituario (escrita por el humorista local de esa vívida hoja en el más alto estilo de su arte), Doman había pagado a su memoria y al genio de su historiógrafo el tributo de una sonrisa, y de forma caballeresca la había olvidado. Parado ahora junto a la tumba de esa Mesalina de la montaña, recordó los sucesos líderes de su carrera turbulenta, como los había oído celebrar en sus diversas fogatas, y acaso con un inconsciente intento de auto-justificación, repitió que ella era un terror sagrado, y hundió el pico en su tumba hasta el mango. En ese momento un cuervo, que se había posado en silencio, en una rama del árbol maldito encima de su cabeza, chasqueó su pico de modo solemne, y emitió su opinión sobre el asunto con un graznido de aprobación.

Prosiguiendo su descubrimiento del oro libre con un gran celo que, probablemente, acreditaba a su conciencia de excavador de tumbas, el sr. Barney Bree había hecho un sepulcro inusualmente profundo, y estaba cerca la puesta del sol antes de que el sr. Doman, laborando con la ociosa deliberación de uno que tenía “una cosa segura matada”, y sin miedo al adverso esfuerzo del reclamante de un derecho anterior, alcanzó el ataúd y lo descubrió. Cuando había hecho eso fue confrontado por una dificultad, para la que no había hecho provisión; el ataúd -una mera cáscara plana, de no muy bien conservadas tablas de secoya, al parecer- no tenía asas y llenaba el entero fondo de la excavación. Lo mejor que podía hacer, sin violar las decentes santidades de la situación, era hacer una excavación lo suficiente larga, que le permitiera pararse a la cabeza del cofre y, metiendo sus manos poderosas debajo de éste, erigirlo sobre su extremo más estrecho; y procedió a hacer eso. La aproximación de la noche apresuró sus esfuerzos. No tenía el pensamiento de abandonar su tarea en esa etapa, para reanudarla en la mañana en unas condiciones más ventajosas. El febril estímulo de la codicia y la fascinación del terror, lo mantenían en su trabajo lúgubre con una autoridad de hierro. No vagaba más, sino forjaba con un celo terrible. Su cabeza estaba descubierta, sus prendas externas depuestas, su camisa abierta en el cuello y lanzada atrás desde su pecho, por el que corrían sinuosos riachuelos de transpiración; este endurecido e impenitente buscador de oro y ladrón de tumbas, se afanaba con una energía gigante que casi dignificaba el carácter de su horrible propósito; y cuando los bordes del sol habían ardido, a lo largo de la línea de la cresta de las colinas del oeste, y la luna llena había salido de las sombras, que yacían a lo largo de la llanura púrpura, él había erigido el ataúd sobre su pie, donde éste se quedó apoyado contra el extremo de la tumba abierta. Luego, parado hasta el cuello en la tierra, en el extremo opuesto de la excavación, mientras miraba el ataúd, sobre el que la luz de la luna caía ahora con una iluminación completa, fue excitado por un terror súbito, al observar en éste la alarmante aparición de una oscura cabeza humana: la sombra de la suya propia. Por un momento, esta circunstancia simple y natural lo enervó. El ruido de su respiración laboriosa lo espantó, y trató de aquietarla, y sus pulmones ardientes no se hubieran negado. Luego, riendo medio audiblemente y sin espíritu por completo, empezó a hacer movimientos con su cabeza de lado a lado, en orden de compeler a la aparición a repetirlos. Encontró una seguridad confortante en reafirmar su dominio sobre su propia sombra. Estaba temporizando, haciendo, con prudencia inconsciente, una oposición dilatoria a una catástrofe inminente. Sentía que las fuerzas invisibles del mal se estaban cerrando sobre él, y parlamentó por un tiempo con lo inevitable.

Ahora observó una sucesión de diversas circunstancias inusuales. La superficie del ataúd a la que sus ojos estaban sujetos no era plana, ésta presentaba dos crestas distintas, una longitudinal y la otra transversal. Donde éstas se interceptaban en la parte más ancha, había una placa metálica corroída, que reflejaba la luz de la luna con un lustre lúgubre. A lo largo de los bordes externos del ataúd, a largos intervalos, había cabezas de clavos comidos por el herrumbre. ¡Este frágil producto del arte del carpintero, había sido puesto en la tumba con el lado revés hacia arriba!

Acaso fuera una de las gracias del campamento, una manifestación práctica del espíritu jocoso, que había hallado una expresión literaria en la noticia obituaria patas arriba, de la pluma del gran humorista de Hurdy-Gurdy. Acaso tenía algún oculto significado personal, impenetrable para el entendimiento no instruido en las tradiciones locales. Una hipótesis más caritativa es, que era debido a una desventura por parte del sr. Barney Bree quien, haciendo el entierro no asistido (ya por elección, para la conservación de su secreto del oro, o por la apatía pública), había cometido un error garrafal, que después fue incapaz o indiferente a rectificar. Sin embargo, se había dado, la pobre Scarry, indubablemente, había sido puesta en la tierra con la cara hacia abajo.

Cuando el terror y el absurdo hacen una alianza, el efecto es espantoso. Este hombre atrevido y de corazón fuerte, este endurecido trabajador nocturno entre los muertos, este desafiante antagonista de la oscuridad y la desolación, sucumbió a una sorpresa ridícula. Fue golpeado por un excitante escalofrío, se estremeció y sacudió sus hombros macizos, como si se quitara una mano helada. No respiró más, y la sangre de sus venas, incapaz de abatir su ímpetu, surgió caliente debajo de su piel fría. Sin la levadura del oxígeno, ésta le subió a la cabeza y le congestionó el cerebro. Sus funciones físicas se habían pasado al enemigo, su mismo corazón se había formado en su contra. Él no se movió, no podía haber gritado. Necesitaba sólo un ataúd para estar muerto, tan muerto como la muerte que lo confrontaba, con sólo la longitud de una tumba abierta y el espesor de un tablón pútrido en medio.

Luego, uno por uno, sus sentidos retornaron, la marea de terror que había abrumado sus facultades, se empezó a retirar. Pero con el retorno de sus sentidos, se hizo singularmente inconsciente del objeto de su miedo. Vio la luz de la luna dorando el ataúd, pero no más el ataúd que ésta doraba. Alzando los ojos y volviendo la cabeza notó, con curiosidad y sorpresa, las ramas negras del árbol muerto, y trató de estimar la longitud de la soga gastada por el tiempo, que colgaba de su mano fantasmal. El ladrido monótono de unos coyotes distantes, le afectó como algo que había oído años atrás en un sueño. Un búho batió las alas sin ruido, con torpeza por encima de él, y trató de predecir la dirección de su vuelo, cuando éste debiera encontrar el farallón, que elevaba su frente iluminado a una milla de distancia. Su oído tomó cuenta del andar sigiloso de una ardilla, en la sombra de un cactus. Era un observador intenso, todos sus sentidos estaban alerta, pero no veía el ataúd. Como uno puede mirar fijo el sol, hasta que éste parece negro y luego se desvanece, así su mente, habiendo agotado su capacidad de espanto, no era más consciente de la existencia separada de cualquier cosa espantosa. El asesino estaba ocultando la espada.

Fue durante esta calma en la batalla que se hizo sensible a un olor tenue, nauseabundo. Al principio pensó que era de una serpiente de cascabel y, de forma involuntaria, trató de mirar en torno a sus pies. Éstos eran casi invisibles en la tiniebla de la tumba. Un sonido ronco, de gorgoteo, como un estertor de muerte en una garganta humana, parecía venir del cielo, y un momento después una sombra grande, negra, angular, como el mismo sonido hizo visible, cayó curvada de la rama más alta del árbol espectral, revoloteó por un instante delante de su rostro, y navegó ferozmente hacia la bruma, a lo largo del riachuelo.

Era el cuervo. El incidente lo retrajo a un sentido de la situación, y sus ojos buscaron de nuevo el ataúd derecho, ahora iluminado por la luna en una mitad de su longitud. Vio el fulgor de la placa metálica y trató sin moverse de descifrar la inscripción. Luego cayó en especular sobre qué estaba detrás de ésta. Su creativa imaginación le presentó una pintura vívida. Los tablones no parecían más un obstáculo a su visión, y vio el cadáver lívido de la mujer muerta, parada con ropas de tumba y mirándolo de modo vacante, con unos ojos sin párpados, encogidos. La mandíbula inferior estaba caída, el labio superior corrido de los dientes descubiertos. Él podría hacer un patrón moteado en las mejillas huecas: las máculas de la descomposición. Por algún proceso misterioso, su mente se revertió por primera vez ese día a la fotografía de Mary Matthews. Contrastó su belleza rubia con el aspecto imponente de ese rostro muerto, el objeto más amado que conocía con el más horrendo que podía concebir.

El asesino avanzó ahora y, desplegando la cuchilla, la puso contra la garganta de la víctima. Es decir, el hombre se hizo consciente al principio con vaguedad, luego de forma definitiva de una coincidencia impresionante -una relación-, un paralelo entre el rostro de la tarjeta y el nombre de la lápida. Uno estaba desfigurado, el otro describía una desfiguración. El pensamiento tomó poder sobre él y lo sacudió. Éste transformó el rostro que su imaginación había creado detrás de la tapa del ataúd, el contraste se convirtió en una semejanza, la semejanza creció hasta una identidad. Memorando las muchas descripciones de la apariencia personal de Scarry, que había oído en los cotilleos de sus fogatas, trató de recordar con éxito imperfecto la naturaleza exacta de la desfiguración, que había dado a la mujer su feo nombre; y lo que faltaba en su memoria la fantasía lo proveía, estampándolo con la validez de la convicción. En el intento alocado de recordar tales migajas de la historia de la mujer, como las había oído, los músculos de los brazos y las manos se le estiraban con una tensión dolorosa, como en un esfuerzo por levantar un gran peso. El cuerpo se le retorcía y revolvía con el ejercicio. Los tendones del cuello se le ponían tan tensos como las cuerdas de un látigo, y su respiración llegaba a los jadeos cortos, agudos. La catástrofe no podía ser demorada mucho más, o la agonía de la anticipación no le dejaría nada que hacer al coup de grâce de la verificación. La cara con cicatriz detrás de la tapa lo mataría a través de la madera.

Un movimiento del ataúd desvió su pensamiento. Éste vino hacia adelante, a un pie de su rostro, haciéndose más grande visiblemente mientras se aproximaba. La placa metálica herrumbrosa, con una inscripción ilegible a la luz de la luna, lo miró fijamente a los ojos. Decidido a no apocarse, trató de apoyar los hombros con más firmeza contra el extremo de la excavación, y casi se cayó hacia atrás en el intento. No había nada que lo soportara, se había movido de modo inconsciente hacia su enemigo, apretando el pesado cuchillo que había sacado de su cinturón. El ataúd no había avanzado y sonrió al pensar que no podía retirarse. Alzando el cuchillo, golpeó el mango pesado contra la placa metálica con todo su poder. Hubo una percusión aguda, vibrante y, con un estrépito apagado, la tapa completa del ataúd podrido se rompió en pedazos, y se vino afuera cayendo en torno a sus pies. El vivo y el muerto estaban cara a cara: el hombre frenético, aullando, la mujer parada tranquila en su silencio. ¡Ella era un terror sagrado!

V

Algunos meses más tarde una partida de hombres y mujeres, que pertenecían a los más altos círculos sociales de San Francisco, pasó por Hurdy-Gurdy en su camino hacia el Valle de Yosemite, por una nueva senda. Hicieron un alto para la cena y, durante su preparación, exploraron el campamento desolado. Uno de la partida había estado en Hurdy-Gurdy en sus días de gloria. Éste había sido, en efecto, uno de sus ciudadanos prominentes, y solía ser dicho, que por su mesa de faraón pasaba más dinero en una noche, que en todas las de sus competidores en una semana; pero siendo ahora un millonario ocupado en grandes empresas, no estimó esos éxitos tempranos de suficiente importancia, para merecer la distinción de un comentario. Su esposa inválida, una dama famosa en San Francisco por la naturaleza costosa de sus entretenimientos, y su rigor exigente con respecto a la posición social y los “antecedentes” de esos que los atendían, acompañaba a la expedición. Durante una vuelta por entre las chozas del campamento abandonado, el sr. Porfer dirigió la atención de su esposa y amigos a un árbol muerto, en una colina baja más allá del riachuelo Injun.

-Como les decía -dijo-, yo pasé por este campamento en 1852, y me dijeron que no menos de cinco hombres habían sido ahorcados aquí, por los vigilantes en diferentes momentos, y todos en ese árbol. Si no estoy equivocado, una soga está colgando de éste todavía. Vamos a ir por allí, y ver el lugar.

El sr. Porfer no agregó que la soga en cuestión era, acaso, la misma de cuyo fatal abrazo, su propio cuello había logrado una vez un escape tan estrecho, que una hora de demora en llevarse a sí mismo fuera de esa región, lo habría abarcado.

Procediendo con ociosidad por el riachuelo, hacia un cruce conveniente, la partida llegó al esqueleto de un animal mondado con limpieza, que el sr. Porfer, después de la debida examinación, pronunció era el de un asno. Las orejas distinguidas se habían perdido, pero mucho de la incomible cabeza había sido perdonado por las bestias y las aves, y la robusta brida de pelo de caballo estaba intacta, como estaba la reata, de un material similar, que lo conectaba al perno de un piquete, hundido en la tierra aún con firmeza. Los elementos de madera y metálicos de un equipo de minero yacían cerca. Los comentarios de costumbre fueron hechos, cínicos por parte de los hombres, sentimentales y refinados por la dama. Un poco más tarde se pararon junto al árbol en el cementerio, y el sr. Porfer se enderezó en su dignidad lo suficiente, para colocarse debajo de la soga pútrida y, con confianza, se puso un anillo de ésta en torno al cuello, un tanto, al parecer, para su propia satisfacción, pero bastante para horror de su esposa, en cuyas sensibilidades la actuación produjo un vivo impacto.

Una exclamación de uno de la partida los reunió a todos alrededor de una tumba abierta, en cuyo fondo vieron una confusa masa de huesos humanos y los restos quebrados de un ataúd. Los coyotes y los buitres habían realizado los últimos tristes ritos para casi todo lo demás. Dos cráneos eran visibles y, en orden de investigar esa redundancia un tanto inusual, uno de los hombres más jóvenes tuvo la temeridad de saltar a la tumba, y se los entregó a otro, antes de que la sra. Porfer pudiera indicar su marcada desaprobación de un acto tan chocante, que, no obstante, hizo con un considerable sentimiento y unas palabras muy escogidas. Prosiguiendo su búsqueda entre los lúgubres despojos en el fondo de la tumba, el joven entregó seguido una placa de ataúd herrumbrosa, con una inscripción tallada con rudeza, que el sr. Porfer descifró con dificultad y leyó en voz alta con un serio, y no por completo inexitoso intento de efecto dramático, que estimó adecuado para la ocasión y sus habilidades retóricas:

Manuelita Murphy

Nacida en la Misión de San Pedro-Muerta en

Hurdy-Gurdy,

A la edad de 47.

El infierno está lleno de tales.

En deferencia a la piedad del lector, y a los nervios de la fastidiosa hermandad de ambos sexos de la sra. Porfer, vamos a no tocar la dolorosa impresión producida por esta inscripción poco común, lejos de decir que los poderes de elocución del sr. Porfer, nunca antes fueron recibidos con un reconocimiento tan espontáneo y abrumador.

El manjar siguiente que recompensó al demonio en la tumba, fue un largo enredo de cabello negro manchado de barro: pero eso fue un tal anti-clímax que recibió poca atención. Súbitamente, con una exclamación breve y un gesto de excitación, el joven desenterró un fragmento de roca grisácea y, después de una apurada inspección, se la entregó al sr. Porfer. Cuando la luz del sol cayó sobre ésta, relució con un lustre amarillo, estaba densamente salpicada de puntos fulgentes. El sr. Porfer la arrebató, inclinó su cabeza sobre ésta un momento, y la arrojó lejos levemente con un simple comentario:

-Piritas de hierro, el oro del tonto.

El joven en el pozo del descubrimiento estaba un poco desconcertado, al parecer.

Mientras tanto la sra. Porfer, incapaz ya de soportar el desagradable negocio, había andado de regreso al árbol y sentado en su raíz. Mientras re-arreglaba un mechón de cabello dorado, que se había resbalado de su confinamiento, fue atraída por lo que parecía ser, y realmente era, el fragmento de un viejo abrigo. Mirando a su alrededor, para asegurarse de que un acto tan impropio de una dama no fuera observado, metió su mano enjoyada en el expuesto bolsillo pectoral, y sacó un libro de bolsillo mohoso. Su contenido era el siguiente:

Un fardo de cartas, con el matasellos “Elizabethtown, New Jersey”.

Un rizo de cabello rubio atado con una cinta.

Una fotografía de una muchacha bonita.

Un ídem de la misma, singularmente desfigurada.

Un nombre en el revés de la fotografía: “Jefferson Doman”.

Unos pocos momentos después, un grupo de caballeros ansiosos rodeaba a la sra. Porfer, mientras ella estaba sentada inmóvil al pie del árbol, su cabeza caída hacia adelante, sus dedos apretando una fotografía estrujada. Su marido le levantó la cabeza, exponiendo un rostro de un blanco fantasmal, excepto la cicatriz larga, deformada, familiar a todos sus amigos, que ningún arte podría ocultar jamás, y que ahora atravesaba la palidez de su semblante como una maldición visible.

Mary Matthews Porfer tenía la mala suerte de estar muerta.

Edgar Allan Poe: Silencio. Fábula

Edgar Allan PoeΕÞδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες
Πρώονες τε καˆ χαράδραι

Las crestas montañosas duermen; los valles, los riscos
y las grutas están en silencio.
(Alcmán [60(10),646])

Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.

Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.

Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.

Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.

Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.

Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.

Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.