Ryunosuke Akutagawa: Blanco. Cuento

AkutagawaRyunosuke1.

Una tarde de primavera. Un perro llamado Blanco transitaba en una calle solitaria, olfateando la tierra. A los lados de la calle se veían dos largas hileras de setos con retoños, que dejaban ver a trechos los cerezos florecientes. Después de seguir un tramo a lo largo de los setos, Blanco dobló de repente en una esquina y, apenas asomado al callejón, detuvo empavorecido sus pasos.

Fue con toda razón; a unos quince metros reconoció a un matador de perros, marcado por el logotipo del chaleco, que apuntaba a un perro negro con un lazo escondido a la espalda. Sin percatarse del peligro, el perro negro devoraba un pedazo de pan, que le había lanzado el matador de perros. Y esto no fue todo; no se trataba de un perro cualquiera sino de uno de los conocidos, nada menos que Negro, el vecino que vivía al lado de su casa. Blanco y él, tan amigos desde siempre, se saludaban todas las mañanas sin falta, olfateándose con las narices pegadas.

Blanco se disponía a gritarle: “¡Huye, Negro!”, cuando el matador le lanzó una mirada feroz, que parecía decir: “Cállate, o te atrapo primero a ti”. Intimidado ante la amenaza tan directa, Blanco se quedó mudo sin poder emitir un ladrido de alerta. Con un horror inaudito que le hizo temblar todo el cuerpo, retrocedió poco a poco, atento al menor movimiento del matador. Cuando ganó la esquina para esconderse detrás del seto, huyó a toda carrera, sin preocuparse más por el pobre Negro.

En seguida se escuchó una serie intermitente de alaridos espantosos de Negro, que de seguro fue capturado por el lazo. En vez de regresar al auxilio, Blanco siguió su escapatoria a toda velocidad sin volverse atrás siquiera, saltando charcos, pateando piedras, atravesando cuerdas de carro- zas, volcando basureros hasta terminar de bajar una cuesta. ¡Habrase visto semejante carrera! Por poco lo atropellaron los automóviles. Quizá Blanco ya no pudiera pensar en otra cosa que salvarse, pero en el fondo de sus oídos seguían repercutiendo los últimos alaridos de Negro como zumbido

de tábano: “Kyaan, kyaan, ¡auxilio! Kyaan, Kyaan, ¡auxilio!”

 

2.

Blanco llegó jadeante a la casa de sus amos. Al pasar por debajo de la valla negra y rodear el galpón, alcanzaría su casita situada en la parte trasera. Irrumpió como vendaval en el jardín cubierto de césped y se sintió aliviado de haber escapado al peligro de la trampa. Sobre el césped fresco, la niña y el niño jugaban con una pelota. Emocionado ante la escena familiar, Blanco se les acercó con afán, moviendo la cola.

–¡Querida niña! ¡Querido niño! Me topé con un matador de perros – dijo Blanco de un soplo con la mirada alzada. (Desde luego, los niños, que no comprendían el idioma de los perros, sólo escucharon unos ladridos sin sentido.)

Sin embargo, tanto la niña como el niño, misteriosamente, permanecieron estupefactos ante el perro, sin acariciarle siquiera la cabeza. Extrañado, Blanco se empeñó:

–¡Querida niña! ¿No has visto un matador de perros? Es aterrador.

¡Querido niño! Por poco me salvé, pero atraparon a mi vecino Negro.

Aun así, los niños sólo se miraban perplejos. Después de un rato de silencio, empezaron a decir:

–¿Qué perro será, Haruo?

–¿De dónde vendrá, hermana?

Ahora fue Blanco quien quedó perplejo al escuchar “de dónde”. (Blanco entendía perfectamente lo que decían los niños. Nosotros suponemos que los perros no nos comprenden porque no los comprendemos, pero esto no es cierto. Los perros aprenden a obedecernos porque entienden nuestro idioma. Por otro lado, nosotros no aprendemos nada con los perros, ni a mirar en la oscuridad ni a distinguir olores sutiles, porque no entendemos su idioma.)

–¡Cómo que de dónde! ¡Soy yo, Blanco!

La niña lo siguió observando con desconfianza.

–¿Será hermano de Negro, el vecino?

–Puede ser –dijo pensativo el niño, jugueteando con el bate–. Porque éste también tiene un cuerpo muy negro.

Blanco sintió de repente que se le erizaban los pelos en el lomo. “Muy negro”: no podía ser, porque desde pequeño era tan blanco como la leche. Sin embargo, se asustó al fijarse en sus patas delanteras; no, no sólo las patas, sino el pecho, el vientre, las patas traseras, la cola esbelta y galante, todo su cuerpo se había vuelto negro, tan negro como una olla quemada.

¡Negro, todo negro! Blanco ladró desesperado, corriendo y brincando a ciegas, como si se hubiera enloquecido.

–Ay, ¿qué hacemos, Haruo? Éste ha de ser un perro rabioso –la niña, petrificada, habló en voz sollozante.

Pero el niño, tan valiente siempre, le pegó a Blanco sin perder tiempo en el hombro izquierdo con el bate. En seguida iba a darle otro batazo, cuando Blanco se escamoteó por debajo del bate y huyó a toda prisa por el mismo camino. Antes de correr veinte metros —mucho menos de lo que había corrido cuando presenció la escena horripilante del matador de perros— ganó la casita, pintada color crema, a la sombra de la palma, y se volvió para observar a los niños.

–¡Querida niña! Querido niño! Soy yo, Blanco. Aunque esté de negro, soy Blanco, la mascota de ustedes.

La voz de Blanco temblaba de tristeza y cólera inexpresables, pero los niños no fueron capaces de percibir ningún matiz especial en los ladridos. En cambio, la niña  dio una patada de rabia, diciendo con odio: “Todavía sigue ahí. Qué perro tan descarado”. El niño cogió guijarros del caminito del jardín y los lanzó con toda su fuerza hacia donde estaba Blanco.

–¡Maldita bestia! ¿Qué andas haciendo ahí? Vete, vete, te estoy diciendo.

Los guijarros se le vinieron uno tras otro, dejando una herida sangrante en la raíz de sus orejas. Con la cola enrollada, Blanco se precipitó hacia la valla para salir a la calle, donde se encontró con una mariposa blanca que revoloteaba libre de escrúpulos, resplandeciendo bajo la luz plateada del sol primaveral.

–¿De hoy en adelante tendré que vivir como vagabundo?

Blanco permaneció distraído durante un buen rato al pie de un poste de electricidad sin dejar de lanzar suspiros.

 

3.

Expulsado definitivamente por los niños, Blanco rondó todo Tokio sin rumbo fijo. Hiciera lo que hiciera, no logró disipar de la mente la imagen de su propia figura, vuelta negra por completo. Andaba con miedo al espejo de la peluquería que reflejaba las caras de los clientes, a los charcos que doblaban el cielo después de la lluvia y a los vidrios de las ventanas decorativas que proyectaban las hojas frescas de las hileras. Hasta se asustó una vez ante la jarra de cerveza negra, colocada sobre la mesa de una cafetería. Pero ¿para qué sirve todo esto? En la ciudad abundan objetos reflectores que lo asustan con su proyección siniestra. Apareció, esta vez, un gran carro negro, estacionado fuera del parque, y la puerta barnizada reflejó, con tanta fidelidad como si fuera un espejo, la figura del perro, que se le había acercado sin percatarse. Blanco lanzó un gemido lastimero y se escondió sin pérdida de tiempo en el parque.

Adentro corría una brisa a través de las hojas frescas de los plátanos. Con la cabeza inclinada, Blanco siguió su marcha entre los árboles. Por fortuna, no había nada, salvo el estanque, que reflejara su figura. En medio del silencio sólo se escuchaba el zumbido de abejas arremolinadas sobre una rosa blanca. Envuelto en el aire sereno del parque, Blanco se olvidó temporalmente de los días depresivos que soportaba después de haberse vuelto negro y feo.

Sin embargo, el momento de felicidad no duró ni cinco minutos. Cuan- do desembocó en estado de ensoñación frente una vereda equipada de bancos, le llegó un ladrido estrepitoso desde el otro lado de la esquina de frente.

–Kyan, kyan ¡auxilio! Kyan, kyan, ¡auxilio!

Blanco tembló sin querer ante la voz espantada que le recordó con niti- dez la horrible escena de su amigo Negro, amenazado de muerte. Blanco se dispuso a dar marcha atrás con los ojos cerrados, pero la vacilación se es- fumó al instante; lanzando un gemido furibundo, avanzó con pasos firmes.

–Kyan, kyan ¡auxilio! Kyan, kyan, ¡auxilio!

A los oídos de Blanco el ladrido sonaba como: “Kyan, kyan, ¡no seas cobarde! Kyan, kyan, ¡no seas cobarde!”

Apenas agachada la cabeza, Blanco se disparó hacia el sitio de la voz. Ya en el escenario, lo que encontró no fue un matador de perros sino unos cuantos niños vestidos a la usanza occidental, camino de regreso de la escuela. Los niños alborotados arrastraban un cachorro de color marrón con una soga que le habían amarrado al cuello. Mientras el cachorro forcejeaba en una resistencia desesperada, pidiendo auxilio sin cesar, los niños se divertían entre risas y gritos sin hacerle caso, pateándole de vez en cuando la panza con los pies calzados.

Sin un asomo de titubeo, Blanco acometió con ladridos feroces a los niños, que, tomados por sorpresa, entraron en pánico. Empavorecidos ante el rostro sanguíneo del perro que les mostraba los ojos sonrojados y los colmillos filudos para amenazarlos con un inminente ataque, los niños se dispersaron por los cuatro costados. El más asustado cayó rodando en el sendero junto a la vereda. Después de perseguirlos unos veinte metros, Blanco se volvió hacia el cachorro y le habló en un tono de reproche:

–Ven, vamos juntos. Te acompaño hasta tu casa.

Blanco tomó apresurado el mismo camino entre los árboles, mientras el cachorro color marrón, feliz, pasó por debajo de un banco y, después de pisar unas rosas, comenzó a correr a toda marcha para no perderlo de vista, ya despreocupado de la soga que le arrastraba del cuello.

Un par de horas después, Blanco y el cachorro marrón se encontraban en frente de una cafetería miserable. En la semipenumbra del interior, que no alcanzaba a iluminar del todo una lámpara encendida desde el mediodía, el gramófono ronco emitía una melodía de canto regional de Osaka. Moviendo la cola en vaivenes alegres, el cachorro le dijo a Blanco:

–Yo vivo aquí en esta cafetería, que se llama Casa Taisho. ¿Dónde vive usted, señor?

–¿Yo? Yo vivo en un pueblo que queda muy lejos de aquí –Blanco sus- piró con tristeza–. Bueno, me voy.

–Espere. ¿Es muy regañón su amo?

–¿Mi amo? ¿Por qué me preguntas eso?

–Si no tiene problema con su amo, quédese aquí para pasar la noche. A mi mamá también le gustaría agradecerle por haberme salvado la vida. En mi casa tenemos mucha comida de lujo, como leche, arroz con curry y bistec, para agasajarle.

–Muchas gracias, pero será la próxima ocasión, porque hoy tengo otros compromisos. Bueno, me saludas a tu mamá.

Después de alzar un segundo los ojos para mirar el cielo, Blanco se puso en marcha sobre la calle pavimentada. De un rincón del techo de la cafetería, ya se asomaba la luna creciente con un brillo tenue.

–Señor, señor, espere, por favor –el cachorro le dijo en un tono afligido–. Dígame siquiera cómo se llama usted. Soy Napoleón, y me llaman Napo o Napito. ¿Cómo se llama usted, señor?

–Me llamo Blanco, niño.

–¿Blanco? Qué extraño. Usted es negro. Blanco se entristeció.

–Pero me llamo Blanco.

–Bueno, don Blanco, que venga a visitarnos pronto.

–Bueno, Napito, adiós.

–Suerte, don Blanco, adiós.

 

4.

No habrá necesidad de contar en detalle lo que después le sucedió a Blanco, pues se ha publicado en periódicos. Me imagino que la mayoría de los lectores están al tanto de la noticia de un perro negro que ha salvado con valentía a varias personas. Recordarán también que hicieron una película con el título de “Perro fiel”, que tuvo mucho éxito hace algunos años. Ese perro negro no fue sino el mismo Blanco. Para los que aún no se han enterado por alguna circunstancia, aquí citaré algunos ejemplos:

El Diario de Tokio: Ayer el 18 (de mayo), a las 8: 40 de la mañana, el niño Sanehiko Shibayama (cuatro años de edad), el hijo mayor de Tetsutaro Shibayama, empleado de Tabata 1-2-3 S.A., se metió por un error del guardián en la barrera, ubicada cerca de la estación Tabata, justo cuando atravesaba el tren expreso de la línea Ou con rumbo a Ueno. El niño, que por poco fue atropellado por el tren, fue salvado por un robusto perro negro que se lanzó como un rayo a la barrera y lo sacó a tiempo. Como el valiente perro desapareció en medio del bullicio sin dejar rastro, la autoridad está desconcertada sin saber a quién darle la condecoración.

El Asahi de Tokio: La esposa del señor Edward Berkeley, quien se encuentra ahora de veraneo en Karuizawa, adora a su gato persa. Un día de estos apareció en su quinta una serpiente como de dos metros y sometió al gato para tragárselo. Ahí acudió al rescate un perro negro desconocido, que, después de veinte minutos de batalla feroz, mató la serpiente a mordidas. Con el premio de cinco mil dólares para quien se lo ubique, la señora está en búsqueda del perro valiente, que misteriosamente desapareció enseguida.

El Nacional: Después de haberse desviado varios días de la ruta reglamentaria de la cordillera Alpes Japoneses, los tres estudiantes del Colegio Primero llegaron el día 7 (de agosto) sanos y salvos al balneario de Kamikochi. Los muchachos perdieron la ruta en un tramo entre el Monte Hodaka y el Pico Lanza, y estuvieron a punto de morir cuando la borrasca del día anterior les arrebató la carpa con sus alimentos. De repente apareció un perro negro, vaya a saber de dónde, en la quebrada en que vagaban sin rumbo, y les enseñó el camino a seguir como si fuera un guía experto. Des- pués de un día entero de caminata tras el perro, los muchachos llegaron sin problema a Kamikochi. En cuanto divisó el balneario hacia abajo, el perro desapareció en un bosquecillo de bambú, dejando atrás tan sólo un ladrido de regocijo. Los muchachos están convencidos de que se lo mandó el dios regional para protegerlos.

El Actual: El día 13 (de septiembre) hubo en Nagoya un incendio de gran escala que originó más de diez muertos. El alcalde Yokozeki por poco pier- de a su adorado hijo, Takenori (tres años de edad), quien se quedó abando- nado debido a la falla de algún familiar en el segundo piso de la casa, ya arrasada casi por completo por el fuego. Quien lo salvó de la carbonización fue un perro negro que acudió ahí por un milagro. El alcalde decretó la ley de prohibir la matanza de perros callejeros, residentes en Nagoya.

El Yomiuri: El día 25 (de octubre), alrededor de las dos de la tarde, el lobo siberiano, que había sido un ídolo permanente del zoológico Miyagi, ubicado dentro del parque del Castillo Odawara, acometió de repente su jaula resistente hasta romperla y, después de herir a dos vigilantes, se fugó con rumbo a Hakone. La policía de Odawara organizó una movilización inmediata para formar un cerco en toda la ciudad. El lobo apareció alrededor de las cuatro y media en el barrio Juji, donde fue afrontado por un perro negro. Después de un largo combate sanguinolento, el perro negro venció al lobo, que fue fusilado ahí mismo por la patrulla en ronda. Se trataba de una raza conocida como Lupus Ziganticus, que figura entre las más fieras. El dueño del zoológico Miyagi proclama que fue injusta la matanza del lobo, disponiéndose a acusar al comisario de Odawara ante el juez.

 

5.

Un día de otoño, a medianoche, Blanco, exhausto física y mentalmente,

regresó a la casa de sus amos. Desde luego, la niña y el niño ya se habían acostado y no había nadie despierto en casa. Desde el césped silencioso del jardín trasero sólo se veía la luna blanca encima de la copa de la palma. Blanco reposó su cuerpo mojado de rocío frente a su casita de antaño y empezó a monologar ante la luna solitaria.

–¡Luna, luna! Yo abandoné a mi amigo Negro a su suerte. De seguro por eso me he vuelto negro. Pero he batallado contra todos los peligros des- de que me despedí de mis adorados niños. Al principio fue porque me aver- gonzaba de mi cobardía al verme sin querer tan negro como hollín, pero al fin y al cabo todo ha sido por la repugnancia que siento por mi cuerpo negro; me metí en el fuego y peleé con el lobo sólo porque quise matarme. Y me he salvado de todo por milagro, siempre repelado por la muerte que parece estarme huyendo. Incapaz de soportar más este estado angustioso, decidí matarme, pero antes me gustaría ver, siquiera un segundo, a mis queridos amos. Claro, los niños me tomarán por un perro callejero cuando me vean mañana, y puede que el niño me mate con su bate, lo cual no me afligiría de ninguna manera. ¡Luna, luna! Sólo deseo ver a mis amos y sólo por eso hice un largo viaje para estar aquí. Permíteme ver a los niños por lo que más quieras.

Blanco se quedó de bruces sobre el césped y se durmió en seguida cuando terminó de monologar.

–Qué sorpresa, Haruo.

–De veras, qué milagro, hermana.

Blanco abrió los ojos al percibir la voz de su pequeño amo; los dos niños se miraban estupefactos delante de la casita sin entender lo que había pasado. Blanco alzó la mirada un instante, pero la bajó de inmediato sobre el césped. Los niños le mostraban las mismas caras cuando Blanco se volvió negro. Recordando la triste sensación de esa ocasión, el perro casi se arrepintió de haber regresado. De repente, el niño brincó de alegría y lanzó un grito:

–¡Papá! ¡Mamá! ¡Volvió Blanco!

¡Blanco! Blanco se levantó de un salto. Temerosa quizá de que el perro intentara otra fuga, la niña extendió los brazos para sujetarle el cuello. Al mismo tiempo, Blanco desplazó la mirada hacia los ojos de la niña, que reflejaban con nitidez la fachada de la casita: esa casita color crema, colocada a la sombra de la palma. No sólo esto, sino que delante de la casita se veía un perro blanco, sentado, tan puro y esbelto como un grano de arroz. Embelesado, Blanco se quedó contemplando esa imagen.

–Blanco está llorando.

Con Blanco en sus brazos, la niña alzó los ojos para buscar la cara de su hermano, que simulaba serenidad con altanería.

–Bah, ¡tú también estás llorando!

Roberto Bolaño: El gusano. Cuento

archivo_bolano_robertoParecía un gusano blanco, con su sombrero de paja y un Bali colgándole del labio inferior. Todas las mañanas lo veía sentado en un banco de la Alameda mientras yo me metía en la Librería de Cristal a hojear libros. Cuando levantaba la cabeza, a través de las paredes de la librería que en efecto eran de cristal, ahí estaba él, quieto, entre los árboles, mirando el vacío.

Supongo que terminamos acostumbrándonos el uno al otro. Yo llegaba a las ocho y media de la mañana y él ya estaba allí, sentado en un banco, sin hacer nada más que fumar y tener los ojos abiertos. Nunca lo vi con un periódico, con una torta, con una cerveza, con un libro. Nunca lo vi hablar con nadie. En una ocasión, mientras lo miraba desde los estantes de literatura francesa, pensé que dormía en la Alameda, sobre un banco o en los portales de alguna de las calles próximas, pero luego conjeturé que iba demasiado limpio para dormir en la calle y que seguramente se alojaba en alguna pensión cercana. Era, constaté, un animal de costumbres, igual que yo. Mi rutina consistía en ser levantado temprano, desayunar con mi madre, mi padre y mi hermana, fingir que iba al colegio y tomar un camión que me dejaba en el centro, donde dedicaba la primera parte de la mañana a los libros y a pasear y la segunda al cine y de una manera menos explícita al sexo.

Los libros los solía comprar en la Librería de Cristal y en la Librería del Sótano. Si tenía poco dinero en la primera, donde siempre había una mesa con saldos, si tenía suficiente en la última, que era la que tenía las novedades. Si no tenía dinero, como sucedía a menudo, los solía robar indistintamente en una u otra. Se diera el caso que se diera, no obstante, mi paso por la Librería de Cristal y por la del Sótano (enfrente de la Alameda y ubicada, como su nombre lo indica, en un sótano) era obligado. A veces llegaba antes que los comercios abrieran y entonces lo que hacía era buscar a un vendedor ambulante, comprarme una torta de jamón y un jugo de mango y esperar. A veces me sentaba en un banco de la Alameda, uno oculto entre la hojarasca, y escribía. Todo esto duraba aproximadamente hasta las diez de la mañana, hora en que comenzaban en algunos cines del centro las primeras funciones matinales. Buscaba películas europeas, aunque algunas mañanas de inspiración no discriminaba el nuevo cine erótico mexicano o el nuevo cine de terror mexicano, que para el caso era lo mismo.

La que más veces vi creo que era francesa. Trataba de dos chicas que viven solas en una casa de las afueras. Una era rubia y la otra pelirroja. A la rubia la ha dejado el novio y al mismo tiempo (al mismo tiempo del dolor, quiero decir) tiene problemas de personalidad: cree que se está enamorando de su compañera. La pelirroja es más joven, es más inocente, es más irresponsable; es decir, es más feliz (aunque yo por entonces era joven, inocente e irresponsable y me creía profundamente desdichado). Un día, un fugitivo de la justicia entra subrepticiamente en su casa y las secuestra. Lo curioso es que el allanamiento tiene lugar precisamente la noche en que la rubia, tras hacer el amor con la pelirroja, ha decidido suicidarse. El fugitivo se introduce por una ventana, navaja en mano recorre con sigilo la casa, llega a la habitación de la pelirroja, la reduce, la ata, la interroga, pregunta cuántas personas más viven allí, la pelirroja dice que sólo ella y la rubia, la amordaza. Pero la rubia no está en su habitación y el fugitivo comienza a recorrer la casa, cada minuto que pasa más nervioso, hasta que finalmente encuentra a la rubia tirada en el sótano, desvanecida, con síntomas inequívocos de haberse tragado todo el botiquín. El fugitivo no es un asesino, en todo caso no es un asesino de mujeres, y salva a la rubia: la hace vomitar, le prepara un litro de café, la obliga a beber leche, etc.

Pasan los días y las mujeres y el fugitivo comienzan a intimar. El fugitivo les cuenta su historia: es un ex ladrón de bancos, un ex presidiario, sus ex compañeros han asesinado a su esposa. Las mujeres son artistas de cabaret y una tarde o una noche, no se sabe, viven con las cortinas cerradas, le hacen una representación: la rubia se enfunda en una magnífica piel de oso y la pelirroja finge que es la domadora. Al principio el oso obedece, pero luego se rebela y con sus garras va despojando poco a poco a la pelirroja de sus vestidos. Finalmente, ya desnuda, ésta cae derrotada y el oso se le echa encima. No, no la mata, le hace el amor. Y aquí viene lo más curioso: el fugitivo, después de contemplar el número, no se enamora de la pelirroja sino de la rubia, es decir del oso.

El final es predecible pero no carece de cierta poesía: una noche de lluvia, después de matar a sus dos ex compañeros, el fugitivo y la rubia huyen con destino incierto y la pelirroja se queda sentada en un sillón, leyendo, dándoles tiempo antes de llamar a la policía. El libro que lee la pelirroja, me di cuenta la tercera vez que vi la película, es La caída, de Camus. También vi algunas mexicanas más o menos del mismo estilo: mujeres que eran secuestradas por tipos patibularios pero en el fondo buenas personas, fugitivos que secuestraban a señoras ricas y jóvenes y que al final de una noche de pasión eran cosidos a balazos, hermosas empleadas del hogar que empezaban desde cero y que tras pasar por todos los estadios del crimen accedían a las más altas cotas de riqueza y poder. Por entonces casi todas las películas que salían de los Estudios Churubusco eran thrillers eróticos, aunque tampoco escaseaban las películas de terror erótico y las de humor erótico. Las de terror seguían la línea clásica del terror mexicano establecida en los cincuenta y que estaba tan enraizada en el país como la escuela muralista. Sus iconos oscilaban entre el Santo, el Científico Loco, los Charros Vampiros y la Inocente, aderezada con modernos desnudos interpretados preferiblemente por desconocidas actrices norteamericanas, europeas, alguna argentina, escenas de sexo más o menos solapado y una crueldad en los límites de lo risible y de lo irremediable. Las de humor erótico no me gustaban.

Una mañana, mientras buscaba un libro en la Librería del Sótano, vi que estaban filmando una película en el interior de la Alameda y me acerqué a curiosear. Reconocí de inmediato a Jaqueline Andere. Estaba sola y miraba la cortina de árboles que se alzaba a su izquierda casi sin moverse, como si esperara una señal. A su alrededor se levantaban varios focos de iluminación. No sé por qué se me pasó por la cabeza la idea de pedirle un autógrafo, nunca me han interesado. Esperé a que acabara de filmar. Un tipo se acercó a ella y hablaron (¿Ignacio López Tarso?), el tipo gesticuló con enojo y luego se alejó por uno de los caminos de la Alameda y tras dudar unos segundos Jaqueline Andere se alejó por otro. Venía directamente hacia mí. Yo también me puse a andar y nos encontramos a medio camino. Fue una de las cosas más sencillas que me han ocurrido: nadie me detuvo, nadie me dijo nada, nadie se interpuso entre Jaqueline y yo, nadie me preguntó qué estaba haciendo allí. Antes de cruzarnos Jaqueline se detuvo y volvió la cabeza hacia el equipo de filmación, como si escuchara algo, aunque ninguno de los técnicos le dijo nada. Después siguió caminando con el mismo aire de despreocupación en dirección al Palacio de Bellas Artes y lo único que tuve que hacer fue detenerme, saludarla, pedirle un autógrafo, ocultar mi sorpresa al constatar su baja estatura que ni siquiera los zapatos con tacón de aguja lograban disimular. Por un momento, tan solos estábamos, pensé que hubiera podido secuestrarla. La mera probabilidad me erizó los pelos de la nuca. Ella me miró de abajo hacia arriba, el pelo rubio con una tonalidad ceniza que yo desconocía (puede que se lo hubiera teñido), los ojos marrones almendrados muy grandes y muy dulces, pero no, dulces no es la palabra, tranquilos, de una tranquilidad pasmosa, como si estuviera drogada o tuviera el encefalograma plano o fuera una extraterrestre, y me dijo algo que no entendí.

La pluma, dijo, la pluma para firmar. Busqué en el bolsillo de mi chamarra un bolígrafo e hice que me firmara la primera página de La caída. Me arrebató el libro y lo estuvo mirando durante unos segundos. Sus manos eran pequeñas y muy delgadas. ¿Cómo firmo, dijo, como Albert Camus o como Jaqueline Andere? Como tú quieras, dije. Aunque no levantó la cara del libro noté que sonreía. ¿Eres estudiante?, dijo. Contesté afirmativamente. ¿Y qué haces aquí en vez de estar en clases? Creo que nunca más volveré a la escuela, dije. ¿Qué edad tienes?, dijo ella. Dieciséis, dije. ¿Y tus papás saben que no vas a clases? No, claro que no, dije. No me has contestado una pregunta, dijo ella levantando la mirada y posándola sobre mis ojos. ¿Qué pregunta?, dije yo. ¿Qué haces aquí? Cuando yo era joven, añadió, los novillos se hacían en los billares o en las boleras. Leo libros y voy al cine, dije. Además, yo no hago novillos. Ya, tú desertas, dijo. Esta vez fui yo el que sonreí. ¿Y qué películas se ven a esta hora?, dijo ella. De todas, dije yo, algunas tuyas. Eso pareció no gustarle. Volvió a mirar el libro, se mordió el labio inferior, me miró y parpadeó como si le dolieran los ojos. Después me preguntó mi nombre. Bueno, pues firmemos, dijo. Era zurda. Su letra era grande y poco clara. Me tengo que ir, dijo alargándome el libro y el bolígrafo. Me dio la mano, nos la estrechamos y se alejó por la Alameda de vuelta hacia donde estaba el equipo de rodaje. Me quedé quieto, mirándola, dos mujeres se le acercaron unos cincuenta metros más allá, iban vestidas como monjas misioneras, dos monjas mexicanas misioneras que se llevaron a Jaqueline hasta quedar debajo de un ahuehuete. Después se les acercó un hombre, hablaron, después los cuatro se alejaron por una de las sendas de salida de la Alameda.

En la primera página de La caída, Jaqueline escribió: «Para Arturo Belano, un estudiante liberado, con un beso de Jaqueline Andere.»

De golpe me encontré sin ganas de librerías, sin ganas de paseos, sin ganas de lecturas, sin ganas de cines matinales (sobre todo sin ganas de cines matinales). La proa de una nube enorme apareció sobre el centro del D.F., mientras por el norte de la ciudad resonaban los primeros truenos. Comprendí que la película de Jaqueline se había interrumpido por la proximidad inminente de la lluvia y me sentí solo. Durante unos segundos no supe qué hacer, hacia dónde ir. Entonces el Gusano me saludó. Supongo que después de tantos días él también se había fijado en mí. Me volví y allí estaba, sentado en el mismo banco de siempre, nítido, absolutamente real con su sombrero de paja y su camisa blanca. Al marcharse los técnicos cinematográficos, comprobé asustado, el escenario había experimentado un cambio sutil pero determinante: era como si el mar se hubiera abierto y pudiera ahora ver el fondo marino. La Alameda vacía era el fondo marino y el Gusano su joya más preciada. Lo saludé, seguramente hice alguna observación banal, se puso a diluviar, abandonamos juntos la Alameda en dirección a la avenida Hidalgo y luego caminamos por Lázaro Cárdenas hasta Perú.

Lo que sucedió después es borroso, como visto a través de la lluvia que barría las calles, y al mismo tiempo de una naturalidad extrema. El bar se llamaba Las Camelias y estaba lleno de mariachis y vicetiples. Yo pedí enchiladas y una TKT, el Gusano una Coca-Cola y más tarde (pero no debió de ser mucho más tarde) le compró a un vendedor ambulante tres huevos de caguama. Quería hablar de Jaqueline Andere. No tardé en comprender, maravillado, que el Gusano no sabía que aquella mujer era una actriz de cine. Le hice notar que precisamente estaba filmando una película, pero el Gusano simplemente no recordaba a los técnicos ni los aparejos desplegados para la filmación. La presencia de Jaqueline en el sendero en donde se hallaba su banco había borrado todo lo demás. Cuando dejó de llover el Gusano sacó un fajo de billetes del bolsillo trasero, pagó y se fue. Al día siguiente nos volvimos a ver. Por la expresión que puso al verme pensé que no me reconocía o que no quería saludarme. De todos modos me acerqué. Parecía dormido aunque tenía los ojos abiertos. Era flaco, pero sus carnes, excepto los brazos y las piernas, se adivinaban blandas, incluso fofas, como las de los deportistas que ya no hacen ejercicios. Su flaccidez, pese a todo, era más de orden moral que físico. Sus huesos eran pequeños y fuertes. Pronto supe que era del norte o que había vivido mucho tiempo en el norte, que para el caso es lo mismo. Soy de Sonora, dijo. Me pareció curioso, pues mi abuelo también era de allí. Eso interesó al Gusano y quiso saber de qué parte de Sonora. De Santa Teresa, dije. Yo de Villaviciosa, dijo el Gusano. Una noche le pregunté a mi padre si conocía Villaviciosa. Claro que la conozco, dijo mi padre, está a pocos kilómetros de Santa Teresa. Le pedí que me la describiera. Es un pueblo muy pequeño, dijo mi padre, no debe tener más de mil habitantes (después supe que no llegaban a quinientos), bastante pobre, con pocos medios de subsistencia, sin una sola industria. Está destinado a desaparecer, dijo mi padre. ¿Desaparecer cómo?, le pregunté. Por la emigración, dijo mi padre, la gente se va a ciudades como Santa Teresa o Hermosillo o a Estados Unidos. Cuando se lo dije al Gusano éste no estuvo de acuerdo, aunque en realidad la frase «estar de acuerdo» o «estar en desacuerdo» para él no tenían ningún significado. El Gusano no discutía nunca, tampoco expresaba opiniones, no era un dechado de respeto por los demás, simplemente escuchaba y almacenaba, o tal vez sólo escuchaba y después olvidaba, atrapado en una órbita distinta a la de la otra gente. Su voz era suave y monocorde aunque a veces subía el tono y entonces parecía un loco que imitara a un loco y yo nunca supe si lo hacía a propósito, como parte de un juego que sólo él comprendía, o si no lo podía evitar y aquellas salidas de tono eran parte del infierno. Cifraba su seguridad en la pervivencia de Villaviciosa en la antigüedad del pueblo; también, pero eso lo comprendí más tarde, en la precariedad que lo rodeaba y lo carcomía, aquello que según mi padre amenazaba su misma existencia.

No era un tipo curioso aunque pocas cosas se le pasaban por alto. Una vez miró los libros que yo llevaba, uno por uno, como si le costara leer o como si no supiera. Después nunca más volvió a interesarse por mis libros aunque cada mañana yo aparecía con uno nuevo. A veces, tal vez porque de alguna manera me consideraba un paisano, hablábamos de Sonora, que yo apenas conocía: sólo había ido una vez, para el funeral de mi abuelo. Nombraba pueblos como Nacozari, Bacoache, Fronteras, Villa Hidalgo, Bacerac, Bavispe, Agua Prieta, Naco, que para mí tenían las mismas cualidades del oro. Nombraba aldeas perdidas en los departamentos de Nacori Chico y Bacadéhuachi, cerca de la frontera con el estado de Chihuahua, y entonces, no sé por qué, se tapaba la boca como si fuera a estornudar o a bostezar. Parecía haber caminado y dormido en todas las sierras: la de Las Palomas y La Cieneguita, la sierra Guijas y la sierra La Madera, la sierra San Antonio y la sierra Cibuta, la sierra Tumacacori y la sierra Sierrita bien entrado en el territorio de Arizona, la sierra Cuevas y la sierra Ochitahueca en el noreste junto a Chihuahua, la sierra La Pola y la sierra Las Tablas en el sur, camino de Sinaloa, la sierra La Gloría y la sierra El Pinacate en dirección noroeste, como quien va a Baja California. Conocía toda Sonora, desde Huatabampo y Empalme, en la costa del Golfo de California, hasta los villorrios perdidos en el desierto. Sabía hablar la lengua yaqui y la pápago (que circulaba libremente entre los lindes de Sonora y Arizona) y podía entender la seri, la pima, la mayo y la inglesa. Su español era seco, en ocasiones con un ligero aire impostado que sus ojos contradecían. He dado vueltas por las tierras de tu abuelo, que en paz descanse, como una sombra sin asidero, me dijo una vez.

Cada mañana nos encontrábamos. A veces intentaba hacerme el distraído, tal vez reanudar mis paseos solitarios, mis sesiones de cine matinales, pero él siempre estaba allí, sentado en el mismo banco de la Alameda, muy quieto, con el Bali colgándole de los labios y el sombrero de paja tapándole la mitad de la frente (su frente de gusano blanco) y era inevitable que yo, sumergido entre las estanterías de la Librería de Cristal, lo viera, me quedara un rato contemplándolo y al final acudiera a sentarme a su lado.

No tardé en descubrir que iba siempre armado. Al principio pensé que tal vez fuera policía o que lo perseguía alguien, pero resultaba evidente que no era policía (o que al menos ya no lo era) y pocas veces he visto a nadie con una actitud más despreocupada con respecto a la gente: nunca miraba hacia atrás, nunca miraba hacia los lados, raras veces miraba el suelo. Cuando le pregunté por qué iba armado el Gusano me contestó que por costumbre y yo le creí de inmediato. Llevaba el arma en la espalda, entre el espinazo y el pantalón. ¿La has usado muchas veces?, le pregunté. Sí, muchas veces, dijo como en sueños. Durante algunos días el arma del Gusano me obsesionó. A veces la sacaba, le quitaba el cargador y me la pasaba para que la examinara. Parecía vieja y pesada. Generalmente yo se la devolvía al cabo de pocos segundos, rogándole que la guardara. A veces me daba reparo estar sentado en un banco de la Alameda conversando (o monologando) con un hombre armado, no por lo que él pudiera hacerme pues desde el primer instante supe que el Gusano y yo siempre seríamos amigos, sino por temor a que nos viera la policía del D.F., por miedo a que nos cachearan y descubrieran el arma del Gusano y termináramos los dos en algún oscuro calabozo.

Una mañana se enfermó y me habló de Villaviciosa. Lo vi desde la Librería de Cristal y me pareció igual que siempre, pero al acercarme a él observé que la camisa estaba arrugada, como si hubiera dormido con ella puesta. Al sentarme a su lado noté que temblaba. Poco después los temblores fueron en aumento. Tienes fiebre, dije, tienes que meterte en la cama. Lo acompañé, pese a sus protestas, hasta la pensión donde vivía. Acuéstate, le dije. El Gusano se sacó la camisa, puso la pistola debajo de la almohada y pareció quedarse dormido en el acto, aunque con los ojos abiertos fijos en el cielorraso. En la habitación había una cama estrecha, una mesilla de noche, un ropero desvencijado. En el interior del ropero vi tres camisas blancas como la que se acababa de quitar perfectamente dobladas y dos pantalones del mismo color colgados de sendas perchas. Debajo de la cama distinguí una maleta de cuero de excelente calidad, de aquellas que tenían una cerradura como de caja fuerte. No vi ni un solo periódico, ni una sola revista. La habitación olía a desinfectante, igual que las escaleras de la pensión. Dame dinero para ir a una farmacia a comprarte algo, dije. Me dio un fajo de billetes que sacó del bolsillo de su pantalón y volvió a quedarse inmóvil. De vez en cuando un escalofrío lo recorría de la cabeza a los pies como si se fuera a morir. Pero sólo de vez en cuando. Por un momento pensé que tal vez lo mejor sería llamar a un médico, pero comprendí que eso al Gusano no le iba a gustar. Cuando volví, cargado de medicinas y botellas de Coca-Cola, se había dormido. Le di una dosis de caballo de antibióticos y unas pastillas para bajarle la fiebre. Luego hice que se bebiera medio litro de Coca-Cola. También había comprado un pancake, que dejé en el velador por si más tarde tenía hambre. Cuando ya me disponía a irme, él abrió los ojos y se puso a hablar de Villaviciosa.

A su manera, fue pródigo en detalles. Dijo que el pueblo no tenía más de sesenta casas, dos cantinas, una tienda de comestibles. Dijo que las casas eran de adobe y que algunos patios estaban encementados. Dijo que de los patios escapaba un mal olor que a veces resultaba insoportable. Dijo que resultaba insoportable para el alma, incluso para la carencia de alma, incluso para la carencia de sentidos. Dijo que por eso algunos patios estaban encementados. Dijo que el pueblo tenía entre dos mil y tres mil años y que sus naturales trabajaban de asesinos y de vigilantes. Dijo que un asesino no perseguía a un asesino, que cómo iba a perseguirlo, que eso era como si una serpiente se mordiera la cola. Dijo que existían serpientes que se mordían la cola. Dijo que incluso había serpientes que se tragaban enteras y que si uno veía a una serpiente en el acto de autotragarse más valía salir corriendo pues al final siempre ocurría algo malo, como una explosión de la realidad. Dijo que cerca del pueblo pasaba un río llamado Río Negro por el color de sus aguas y que éstas al bordear el cementerio formaban un delta que la tierra seca acababa por chuparse. Dijo que la gente a veces se quedaba largo rato contemplando el horizonte, el sol que desaparecía detrás del cerro El Lagarto, y que el horizonte era de color carne, como la espalda de un moribundo. ¿Y qué esperan que aparezca por allí?, le pregunté. Mi propia voz me espantó. No lo sé, dijo. Luego dijo: una verga. Y luego: el viento y el polvo, tal vez. Después pareció tranquilizarse y al cabo de un rato creí que estaba dormido. Volveré mañana, murmuré, tómate las medicinas y no te levantes.

Me marché en silencio.

A la mañana siguiente, antes de ir a la pensión del Gusano, pasé un rato, como siempre, por la Librería de Cristal. Cuando me disponía a salir, a través de las paredes transparentes, lo vi. Estaba sentado en el mismo banco de siempre, con una camisa blanca holgada y limpia y unos pantalones blancos inmaculados. La mitad de la cara se la tapaba el sombrero de paja y un Bali le colgaba del labio inferior. Miraba al frente, como en él era usual, y parecía sano. Ese mediodía, al separarnos, me alargó con un gesto hosco varios billetes y dijo algo acerca de las molestias que yo había tenido el día anterior. Era mucho dinero. Le dije que no me debía nada, que hubiera hecho lo mismo por cualquier amigo. El Gusano insistió en que cogiera el dinero. Así podrás comprar algunos libros, dijo. Tengo muchos, contesté. Así dejarás de robar libros por algún tiempo, dijo. Al final le quité el dinero de las manos. Ha pasado mucho tiempo, ya no recuerdo la cifra exacta, el peso mexicano se ha devaluado muchas veces, sólo sé que me sirvió para comprarme veinte libros y dos discos de los Doors y que para mí esa cantidad era una fortuna. Al Gusano no le faltaba el dinero.

Nunca más me volvió a hablar de Villaviciosa. Durante un mes y medio, tal vez dos meses, nos vimos cada mañana y nos despedimos cada mediodía, cuando llegaba la hora de comer y yo volvía en el camión de la Villa o en un pesero rumbo a mi casa. Alguna vez lo invité al cine, pero el Gusano nunca quiso ir. Le gustaba hablar conmigo sentados en su banco de la Alameda o paseando por las calles de los alrededores y de vez en cuando condescendía a entrar en un bar en donde siempre buscaba al vendedor ambulante de huevos de caguama. Nunca lo vi probar alcohol. Pocos días antes de que desapareciera para siempre le dio por hacerme hablar de Jaqueline Andere. Comprendí que era su manera de recordarla. Yo hablaba de su pelo rubio ceniza y lo comparaba favorable o desfavorablemente con el pelo rubio amielado que lucía en sus películas y el Gusano asentía levemente, la vista clavada al frente, como si tuviera a Jaqueline Andere en la retina o como si la viera por primera vez. Una vez le pregunté qué clase de mujeres le gustaban. Era una pregunta estúpida, hecha por un adolescente que sólo quería matar el tiempo. Pero el Gusano se la tomó al pie de la letra y durante mucho rato estuvo cavilando la respuesta. Al final dijo: tranquilas. Y después añadió: pero sólo los muertos están tranquilos. Y al cabo de un rato: ni los muertos, bien pensado.

Una mañana me regaló una navaja. En el mango de hueso se podía leer la palabra «Caborca» escrita en finas letras de alpaca. Recuerdo que le di las gracias efusivamente y que aquella mañana, mientras platicábamos en la Alameda o mientras paseábamos por las concurridas calles del centro, estuve abriendo y cerrando la hoja, admirando la empuñadura, tentando su peso en la palma de mi mano, maravillado de sus proporciones tan justas. Por lo demás, aquel día fue idéntico a todos los otros. A la mañana siguiente el Gusano ya no estaba.

Dos días después lo fui a buscar a su pensión y me dijeron que se había marchado al norte. Nunca más lo volví a ver.