Alfred Bester: Número de desaparición. Cuento

BesterEsta no era la guerra final ni una guerra para acabar con la guerra. La llamaban la Guerra del Sueño Norteamericano. El general Carpenter golpeó esa nota y la hizo sonar constantemente.

Había generales combativos (vitales para un ejército), generaba políticos (vitales para una  administración)  y  generales  de  relaciones  públicas  (vitales  para  una  guerra).  El general Carpenter era un maestro de las relaciones públicas. Franco y decidido, sus ideales eran tan elevados y comprensibles como las máximas sobre el dinero. Para la mente de Norteamérica él era el ejército, la administración, el escudo, la espada y el robusta brazo derecho de la nación. Su ideal era el Sueño Norte americano.

—No combatimos por dinero, por poder, o por la dominación del mundo —anunció el general Carpenter en la cena de la Asociación de Prensa.

—Sólo combatimos por el Sueño Norteamericano —dijo en el 15: 2° Congreso.

—Nuestra ayuda no es la agresión o la reducción de las naciones a la esclavitud —dijo en la Cena Anual de Oficiales en West Point.

—Combatimos por el Sentido de la Civilización — dijo en el Club de Pioneros de San Francisco.

—Luchamos por el Ideal de la Civilización; por la Cultura, por la Poesía, por las Únicas Cosas que Merecen Preservarse —dijo en el Festival del Grano de Trigo de Chicago.

—Esta es una guerra de supervivencia —dijo—. No estamos combatiendo por nosotros mismos, sino por nuestros Sueños; por las Mejores Cosas en la Vida que no deben desaparecer de la faz de la tierra.

Norteamérica  combatió.  El  general  Carpenter  pidió  cien  millones  de  hombres.  El ejército recibió cien millones de hombres. El general Carpenter pidió diez mil bombas U. Se obtuvieron y arrojaron diez mil bombas U. El enemigo también arrojó diez mil bomba U y destruyó la mayoría de las ciudades norteamericanas.

—Debemos  atrincherarnos  contra  las  hordas  de  la  barbarie  —dijo  el  general Carpenter—. Dadme mil ingenieros.

De inmediato hubo mil ingenieros y cien ciudades fueron atrincheradas y excavadas bajo los escombros.

—Dadme   quinientos   expertos   en   sanidad,   ochocientos   directores   de   tránsito, doscientos expertos en aire acondicionado, cien administradores municipales, mil jefes de comunicaciones, setecientos expertos en personal…

La lista de los pedidos del general Carpenter era inacabable. Norteamérica no sabía cómo suministrarla.

—Debemos convertirnos en una nación de expertos —informó el general Carpenter a la Asociación Nacional de Universidades Norteamericanas—. Cada hombre y cada mujer debe ser una herramienta específica para un trabajo específico, templada y afilada por vuestro entrenamiento y educación para vencer en la lucha por el Sueño Norteamericano.

—Nuestro Sueño —dijo el general Carpenter en el Desayuno para la Campaña de Bonos de Wall Street— es el mismo de los apacibles griegos de Atenas, de los nobles romanos de… ejem… Roma. Es un sueño por las Mejores Cosas de la Vida. De la Música y el Arte y la Poesía y la Cultura. El dinero es sólo un arma para utilizar en la lucha por este sueño. La ambición es sólo una escala para ascender a este sueño. La capacidad es sólo una herramienta para moldear este sueño.

Wall  Street  aplaudió.  El  general  Carpenter  pidió  ciento  cincuenta  mil  millones  de dólares, mil quinientos hombres dedicados con salarios de un dólar  al  año,  tres  mil expertos en mineralogía, petrología, producción masiva, guerra química y estudio del clima en el tránsito aéreo. Fueron suministrados. El país marchaba a toda máquina. Al general Carpenter le bastaba con apretar un botón para que le suministraran un experto.

En marzo de 2112 la guerra alcanzó un punto culminante y el Sueño Norteamericano se resolvió, pero no en ninguno de los siete frentes donde los hombres estaban trenzados en penosos combates, ni en ninguno de los altos mandos de ninguna de las naciones beligerantes, ni en ninguno de los centros de producción que vomitaban armas y pertrechos, sino en el Pabellón T del Hospital Militar de los Estados Unidos, enterrado a noventa metros bajo lo que alguna vez había sido St. Albans, Nueva York.

El Pabellón T era una especie de misterio en St. Albans. Como todos los hospitales militares, St. Albans estaba organizado con pabellones específicos destinados a lesiones específicas. Los amputados del brazo derecho eran alojados en un pabellón; los del brazo izquierdo en otro. Quemaduras radioactivas, lesiones craneanas, evisceraciones, envenenamiento  por  rayos  gamma  secundarios,  y  todo  lo  demás  tenían  un  lugar específico asignado en la organización del hospital. El Cuerpo Médico del Ejército había determinado diecinueve clases de lesiones de combate que incluían cada posible tipo de daños del cerebro y los tejidos. Usaban las letras desde la A a la S. Entonces, ¿qué había en el Pabellón T?

Nadie lo sabía. Las puertas tenían doble cerradura. No se permitían los visitantes. No podía salir ningún paciente. Se veían médicos que entraban y salían. Sus expresiones perplejas estimulaban las especulaciones más infundadas, pero no revelaban nada. Las enfermeras que atendían el Pabellón T eran interrogadas con avidez, pero mantenían la boca cerrada.

Había información con cuentagotas, insatisfactorias y contradictorias. Una criada aseguraba que había ido a limpiar el pabellón y que allí no había nadie. Absolutamente nadie. Tan sólo una docena de camas y nada más. ¿Alguien había dormido en las camas? Sí. Algunas de ellas estaban deshechas. ¿Había signos de que el pabellón estaba en uso? Oh sí. Había efectos personales sobre las mesas y cosas de ese tipo. Pero polvorientos, o eso parecían. Como si no hubieran sido usados desde hacía mucho tiempo.

La opinión pública decidió que era un pabellón fantasma. Sólo para espectros.

Pero un ordenanza nocturno declaró que había pasado frente al pabellón cerrado y había oído cantos dentro. ¿Qué clase de cantos? Algo en otro idioma. ¿Qué idioma? El ordenanza no pudo decirlo. Algunas palabras sonaban como… bien, como: Vayamos de excursión, tralalí… traíala.

La opinión pública comenzó a hervir y decidió que era un pabellón para extranjeros. Sólo para espías.

St. Alban solicitó el auxilio de personal de cocina y revisó las bandejas de alimentos. Veinticuatro bandejas iban al Pabellón T tres veces por día. Salían veinticuatro. Algunas retornaban vacías, la mayoría de las veces intocadas.

La opinión pública comenzó a levantar presión y decidió que el pabellón era un fraude organizado: un club informal para soldados holgazanes y aprovechados que se corrían juergas dentro. Vayamos de excursión, tralalí… traíala.

Un hospital puede controlar con facilidad los chismorreos de un grupo de costura de un pueblo pequeño, pero los enfermeros son más fácilmente excitables por las trivialidades. Bastaron sólo tres meses para que las especulaciones ociosas se convirtieran en furia desatada. En enero de 2112, St. Alban era un conocido y bien administrado hospital. En marzo de 2112 St. Albans era un fermento, y la inquietud psicológica alcanzó los informes oficiales. El porcentaje de recuperaciones “decayó. Los empeoramientos aumentaron. Crecieron las acusaciones triviales. Estallaron motines. Hubo cambios de personal. Nada dio resultado. El Pabellón T incitaba a los pacientes a la rebelión. Hubo otros cambios, y otros, y la inquietud aún hervía.

Por fin las noticias llegaron a la mesa de despacho del general Carpenter a través de canales oficiales.

—En nuestro combate por el Sueño Norteamericano —dijo— no debemos olvidar a quienes ya han dado todo de sí mismos. Enviadme a un experto en Administración de Hospitales.

Le suministraron el experto. No podía hacer nada para sanar St. Albans. El general Carpenter leyó los informes y lo despidió.

—La piedad —dijo el general Carpenter— es el primer ingrediente de la civilización. Enviadme un cirujano general.

Fue suministrado un cirujano general. No pudo aplacar la furia de St. Albans, y el general Carpenter lo aplacó a él. Pero a esta altura el Pabellón T ya era mencionado en los despachos.

—Enviadme —dijo el general Carpenter— el experto a cargo del Pabellón T.

St. Albans envió un doctor, el capitán Edsel Dimmock. Era un joven corpulento, ya calvo, egresado hacía apenas tres años de la escuela de medicina, pero con un buen expediente como experto en psicoterapia. Al general Carpenter le gustaban los expertos. Le gustaba Dimmock. Dimmock adoraba al general como exponente de una cultura que hasta ahora su entrenamiento tan especializado le había impedido buscar, pero que esperaba poder disfrutar una vez que ganaran la guerra.

—Preste atención, Dimmock —comenzó el general Carpenter—. Todos somos hoy día herramientas. Usted debe conocer nuestro lema: un trabajo para cada cual y cada cual para su trabajo. En el pabellón T hay alguien que no trabaja y tenemos que echarlo a patadas. Ante todo, ¿qué demonios es el Pabellón T?

Dimmock tartamudeó y vaciló. En primer lugar explicó que era un pabellón especial destinado a casos de combate especiales. Casos de shock.

—¿Entonces tenéis pacientes en el pabellón?

—Sí, señor. Diez mujeres y catorce hombres.

Carpenter blandió un fajo de informes.

—Aquí dice que los pacientes de St. Albans declaran que no hay nadie en el Pabellón T.

Dimmock acusó el golpe. No era verdad, aseguró al general.

—De  acuerdo,  Dimmock.  Así  que  usted  tiene  veinticuatro  inválidos  allí  dentro.  La

obligación de ellos es reponerse. La suya de curarlos. ¿Por qué demonios hay tanto revuelo en el hospital?

—B… bien, señor. Quizá porque los mantenemos bajo llave.

—¿Mantienen el Pabellón T bajo llave?

—Sí, señor.

—¿Por qué?

—Para mantener los pacientes dentro, general Carpenter.

—¿Mantenerlos dentro? ¿Qué quiere decir? ¿Están tratando de escapar? ¿Son violentos, o algo por el estilo?

—No, señor. No son violentos.

—Dimmock, no me gusta su actitud. Se está mostrando endemoniadamente cauto y evasivo. Y le diré algo más que no me gusta. Esa clasificación T. La he verificado con un experto  en  archivos  de  los  Cuerpos  Médicos  y  no  existe  tal  clasificación  T.  ¿Qué demonios estáis haciendo en St. Albans?

—B… bien, señor… nosotros inventamos la clasificación T. No sabíamos qué hacer con ellos o cómo tratarlos. He…mos tratado de mantenerlo en secreto mientras trabajábamos en un modus operandi, pero es algo nuevo, general Carpenter. ¡Algo nuevo!

—Aquí el experto Dimmock triunfó sobre la disciplina.— Es sensacional. ¡Pasará a la historia de la medicina, por Dios! Es la cosa más diabólicamente grande de todos los tiempos!

—¿De qué se trata, Dimmock? Sea específico.

—Bien, señor, son casos de shock. Anulados. Casi catatónicos. Muy poca respiración. Pulso bajo. Sin reacción.

—He visto miles de casos de shock como ésos — gruñó Carpenter—. ¿Eso es lo inusual?

—Sí, señor, y esto suena como algo común a los patrones Q o R de las clasificaciones. Pero aquí hay algo inusual. No comen ni duermen.

—¿Nunca?

—Algunos de ellos nunca.

—Pero entonces, ¿por qué no mueren?

—No lo sabemos. Se ha roto el ciclo metabólico, pero sólo en el aspecto anabólico. El catabolismo continúa. En otras palabras, señor, eliminan productos de desecho, pero no ingieren nada. Eliminan toxinas de fatiga y reconstruyen el tejido gastado, pero sin comer ni dormir. Dios sabe cómo. Es fantástico.

—¿Es por eso que los tenéis bajo llave? Es decir… ¿se sospecha que roben comida y se echen una siesta en algún lado?

—N…no, señor. —La cara de Dimmock parecía avergonzada.— No sé cómo decirle esto, general Carpenter… Los hemos encerrado por el verdadero misterio… Ellos… bien, ellos desaparecen.

—¿Ellos qué?

—Desaparecen, señor. Se desvanecen. Ante nuestros ojos.

—¿Qué infiernos está diciendo?

—Lo hacen, señor. Están sentados en una cama o caminando por allí. En un momento se los ve, en el otro no. A veces hay dos docenas en el Pabellón T. Otras veces ninguno. Desaparecen y aparecen sin ton ni son. Es por eso que mantenemos el pabellón cerrado, general Carpenter. En toda la historia de la guerra y de las lesiones de guerra jamás hubo un caso como éste antes. No sabemos qué hacer.

—Traedme tres de esos casos —dijo el general Carpenter.

Nathan Riley comió torrejas, huevos a la benedictina; consumió dos pintas de cerveza negra, fumó un John Drew, eructó delicadamente y se levantó de la mesa de desayuno. Hizo una inclinación de cabeza en dirección a Gentleman Jim Corbett, quien detuvo su conversación con Diamond Jim Brady para interceptarlo en su camino hacia el escritorio del cobrador.

—¿Quién te gusta para el título este año, Nat? —indagó Gentleman Jim.

—Los Dodgers —respondió Nathan Riley.

—No tienen lanzadores.

—Tienen a Snider y Furillo y Campanella. Ganarán el título este año, Jim. Apuesto que lo ganarán antes que ningún otro equipo en años anteriores. El 13 de setiembre. Toma nota. Verás como tengo razón.

—Siempre tienes razón, Nat —dijo Corbett.

Riley sonrió, pagó la cuenta, deambuló por la calle y cogió un tranvía de caballos en dirección al Madison Square Carden. Se apeó en la esquina de la Cincuenta y la Octava Avenida y subió las escaleras hasta una oficina de apuestas que se encontraba sobre un negocio de reparación de radios. El corredor de apuestas lo miró de soslayo, sacó un envoltorio y contó 15.000 dólares.

—Rocky Marciano por K.O. técnico sobre Roland La Starza en el undécimo —dijo—.

¿Cómo demonios lo sabías con tanta precisión, Nat?

—Así me gano la vida —sonrió Riley—. ¿Tomas apuestas sobre las elecciones?

—Eisenhover doce a cinco. Stevenson…

—Adlai no interesa. —Riley colocó 20.000 dólares sobre el contador.— Respaldo a Ike. Anótame con esto.

Dejó la oficina y se dirigió, a su suite en el Waldorf, donde un joven alto, muy delgado, lo esperaba con impaciencia.

—Oh sí —dijo Nathan Riley—. ¿Usted es Ford, no es así? ¿Harold Ford?

—Henry Ford, señor Riley.

—¿Y necesita financiación para esa máquina que tiene en su taller de bicicletas?

¿Cómo se llama?

—Yo lo llamo Ipsímovil, señor Riley.

—Hmmm. No puedo decir que el nombre me guste. ¿Por qué no lo llama automóvil?

—Es una sugerencia maravillosa, señor Riley. Por cierto que la tendré en cuenta.

—Me gusta usted, Henry. Es joven, impulsivo, adaptable. Creo en su futuro y creo en su automóvil. Invertiré doscientos mil dólares en su compañía.

Riley extendió un cheque y acompañó fuera a Henry Ford. Echó un vistazo a su reloj y de pronto se sintió impelido  a volver y ver qué sucedía. Entró en su dormitorio, se desvistió, se puso una camisa gris y pantalones grises. Sobre el bolsillo de su camisa había grandes letras azules: H.M.E.U.

Cerró con llave la puerta del dormitorio y desapareció.

Reapareció en el Pabellón T del Hospital Militar de los Estados Unidos en St. Albans, de pie junto a su cama, que era una de las veinticuatro alineadas contra la pared de un largo barracón de acero ligero. Antes de que pudiera siquiera respirar, fue atrapado por tres pares de manos. Antes de que pudiera resistirse, le clavaron una jeringa neumática y fue derribado por 11/2 cm3 de tioformato de sodio.

—Tenemos a uno —dijo alguien.

—Vigila —respondió alguien más—. El general Carpenter dijo que quería a tres.

Después de que Marco Junio Bruto dejó su lecho, Lela Machan batió palmas. Sus esclavas entraron en la cámara y le prepararon el baño. Se bañó, se vistió, se perfumó y desayunó higos de Esmirna, naranjas rosadas y una copa de Lacryma Christi. Luego fumó un cigarrillo y ordenó una litera.

Como de costumbre, en los portales de su casa hormigueaban las gloriosas hordas de la Vigésima Legión. Dos centuriones arrebataron a sus portadores las varas de la litera y la cargaron sobre sus hombros musculosos. Lela Machan sonrió. Un joven con una capa azul zafiro se abrió paso entre la multitud y corrió hacia ella. Una daga centelleó en su mano. Lela se preparó para afrontar la muerte con valentía.

—¡Señora! —exclamó él—. ¡Señora Lela!

Se tajeó el brazo izquierdo con la daga y dejó que la sangre carmesí manchara la túnica de Lela.

—¡Esta sangre mía es lo menos que puedo ofreceros! —gritó. Lela le tocó la frente con suavidad.

—Tontucio —murmuró—. ¿Por qué?

—Por amor a ti, mi señora.

—Seréis admitido esta noche, a las nueve —susurró Lela. El permaneció contemplándola hasta que ella se rió—. Os lo prometo. ¿Cuál es tu nombre, tontucio?

—Ben Hur.

—Esta noche a las nueve, Ben Hur.

La litera se puso en movimiento. Frente al forum, Julio César entablaba una acalorada discusión con Savonarola. Cuando vio la litera hizo una brusca señal a los centuriones, que se detuvieron al unísono. César descorrió los cortinados y contempló a Lela, quien lo observaba lánguidamente.

—¿Por qué? —preguntó roncamente—. He rogado, suplicado, sobornado, llorado, y todo sin ningún resultado. ¿Por qué, Lela? ¿Por qué?

—¿Recuerdas a Boadicea? —murmuró Lela.

—¿Boadicea? ¿La reina de los britanos? Por todos los dioses, Lela, ¿qué puede ella significar para nuestro amor. Yo no amé a Boadicea. Tan sólo la derroté en combate.

—Y la mataste, César.

—Ella se envenenó, Lela.

—¡Ella era mi madre, César! —De repente Lela apuntó con un dedo al César.— Asesino. Tendrás tu merecido. ¡Cúidate de los Idus de Marzo, César!

César retrocedió horrorizado. La muchedumbre de admiradores que se habían apiñado alrededor de Lela soltó un grito de aprobación. En medio de una lluvia de pétalos de rosas y violetas, ella continuó su camino a través del Foro hasta el Templo de las Vírgenes Vestales, donde abandonó a sus seguidores deslumbrados y penetró en el templo sagrado.

Hizo una genuflexión ante el altar, entonó una plegaria, arrojó una pizca de incienso en la llama votiva y se quitó la túnica. Examinó el reflejo de su hermoso cuerpo en un espejo de plata, luego experimentó una momentánea punzada de añoranza. Se colocó una blusa gris y unos pantalones grises. Sobre el bolsillo de su blusa tenía la inscripción H.M.E.U.

Sonrió ante el altar y desapareció al unísono.

Reapareció en el Pabellón T del Hospital Militar de los Estados Unidos donde fue instantáneamente derribada por 1 1/2 cm3 de tiomorfato de sodio inyectado en forma subcutánea por una jeringa neumática.

—Van dos —dijo alguien.

—Sólo falta uno.

George Hanmer hizo una pausa dramática y miró en derredor… a los escaños de la oposición, al Canciller sobre su cojín, a la maza de plata sobre la almohadilla carmesí ante el asiento del Canciller. Toda la Cámara, hipnotizada por la fiera oratoria de Hanmer, esperaba conteniendo el aliento a que continuara.

—Más no puedo decir —dijo Hanmer por último. Su voz era ahogada por la emoción, el rostro pálido y ceñudo—. Combatiré por esta acta en las cabezas de playa. Combatiré en las ciudades, los pueblos, los campos y las aldeas. Combatiré por esta acta hasta la muerte y, Dios mediante, combatiré por ella después de la muerte. Si esto es un desafío o una plegaria, lo someteré a juicio de las conciencias de los caballeros dignos y honestos; pero de algo estoy seguro y resuelto: Inglaterra debe poseer el Canal de Suez.

Hanmer se sentó. El edificio estalló. En medio de los vítores y aplausos, se escabulló a la sección de pasillos donde Gladstone, Churchill y Pitt lo detuvieron para estrecharle la mano. Lord Palmerston lo miró con frialdad, pero Pam fue echado a un lado por Disraeli, quien subió cojeando, todo entusiasmo, todo admiración.

—Incaremos el diente en Tattersall’s —dijo Dizzy—. Mi coche está esperando.

Lady Beaconsfield estaba en el Rolls Royce frente al edificio del Parlamento. Colocó una prímula en la solapa de Dizzy y palmeó afectuosamente la mejilla de Hanmer.

—Ha pasado mucho tiempo para aquel escolar que acostumbraba intimidar a Dizzy —dijo ella.

Hanmer se echó a reír. Dizzy cantó Gaudeamus igitur… y Hanmer entonó la antigua canción  escolástica  hasta  que  llegaron  a  Tattersall’s.  Allí  Dizzy  ordenó  Guinness  y costillas a la parrilla, mientras Hanmer subía las escaleras del club para cambiarse.

Sin ningún motivo en especial tuvo el impulso de volver para echar una última ojeada. Quizás odiaba romper con su pasado por completo. Se quitó el gabán, el chaleco de nanquín, los pantalones jaspeados, las lustradas botas hessianas y la ropa interior. Se puso una camisa gris y pantalones grises y desapareció.

Reapareció en el Pabellón T del hospital de St. Albans donde fue puesto inconsciente con 1 1/2 cm3 de tiomorfato de sodio.

—Es el tercero —dijo alguien.

—Llevádselos a Carpenter.

De modo que ahora estaban en la oficina del general Carpenter, el soldado raso Nathan Riley, la sargento mayor Lela Machan y el cabo segundo George Hanmer. Vestían la ropa gris del hospital. Estaban atontados por el tiomorfato de sodio.

El despacho estaba vacío y resplandecía de luz. Estaban presentes expertos en Espionaje, Contraespionaje, Seguridad y Central de Inteligencia. Cuando el capitán Edsel Dimmock vio ese grupo de rostros acerados e impasibles esperándolo a él y a los pacientes, se sobresaltó. El general Carpenter sonrió sombríamente.

—No se le habrá ocurrido que nos íbamos a tragar su historia de las desapariciones, ¿eh, Dimmock?

—¿S… señor?

—Yo también soy un experto, Dimmock. Se lo diré sin rodeos. La guerra anda mal. Muy mal. Hubo filtración de inteligencia. El lío de St. Albans podría acusarlo a usted.

—P… pero ellos desaparecen, señor. Yo…

—Mis expertos quieren hablar con usted y sus pacientes sobre ese número de desaparición, Dimmock. Comenzarán con usted.

Los expertos trabajaron sobre Dimmock con ablandadores preconscientes, liberadores del ello y bloqueos del superyo. Probaron todo tipo de drogas de la verdad que aparecía en los libros y todas las formas de presión física y mental. Tres veces llevaron al aullante Dimmock al punto de ruptura, pero no había nada que romper.

—Dejadlo cocer a fuego lento ahora —dijo Carpenter—. Empiecen con los pacientes. Los  expertos  se  mostraron  reacios  a  aplicar  presión  a  dos  hombres  y  una  mujer enfermos.

—Por el amor de Dios, no seáis remilgados —tronó Carpenter—. Estamos librando una guerra por la civilización. Tenemos que proteger nuestros ideales a cualquier precio.

¡Adelante!

Los expertos de Espionaje, Contraespionaje, Seguridad y Central de Inteligencia lo hicieron. Como tres velas, el soldado raso Nathan Riley, la sargento mayor Lela Machan y el cabo segundo George Hanmer se apagaron y desaparecieron. En un momento estaban en sus asientos y rodeados de violencia. Al momento siguiente ya no estaban.

Los expertos se atragantaron. El general Carpenter salió elegantemente del paso. Se dirigió hacia Dimmock.

—Capitán Dimmock, mis disculpas. Coronel Dimmock, ha sido ascendido por realizar un importante descubrimiento… sólo que el infierno sabrá qué significa. Primero debemos investigar por nuestra cuenta.

Carpenter cogió con brusquedad el intercomunicador.

—Traedme un experto en shocks de combate y un alienista.

Los dos expertos entraron y fueron informados brevemente. Examinaron a los testigos. Reflexionaron.

—Todos ustedes están padeciendo un caso de shock moderado —dijo el experto en shocks de combate—. Tensión de guerra.

—¿Quiere decir que no los vimos desaparecer?

El experto en shocks sacudió la cabeza y miró de reojo al alienista, que también sacudió la cabeza.

—Alucinación colectiva —dijo el alienista.

En ese momento el soldado raso Riley, la sargento mayor Machan y el cabo segundo Hanmer reaparecieron. Por un momento fueron una alucinación colectiva; en el siguiente estaban de vuelta en sus asientos rodeados por la confusión.

—Dróguelos de nuevo, Dimmock —gritó Carpenter—. Inyécteles un galón. —Manejó con rudeza el intercomunicador.— Quiero todos los expertos que haya. Reunión de emergencia en mi despacho de inmediato.

Treinta y siete expertos, herramientas templadas y afiladas todos, inspeccionaron a los tres sujetos inconscientes y discutieron entre ellos durante tres horas. Ciertos hechos eran obvios: este debía ser un nuevo y fantástico síndrome producido por los nuevos y fantásticos horrores de la guerra. Al desarrollarse técnicas de combate, la respuesta de las víctimas a estas técnicas también debía haber tomado nuevos rumbos. Para toda acción hay una reacción igual y opuesta. De acuerdo.

Este último síndrome debía comprender algunos aspectos de teleportación… el poder de la mente sobre el espacio. Era evidente que el shock de combate, aunque destruía ciertos poderes conocidos de la mente, debía desarrollar otros poderes latentes, hasta ahora desconocidos. De acuerdo.

Era obvio que los pacientes sólo podían regresar al punto de partida, de lo contrario no volverían siempre al Pabellón T ni habrían vuelto al despacho del general Carpenter. De acuerdo.

Era obvio que los pacientes debían poder procurarse comida y sueño dondequiera iban, pues no lo hacían en el Pabellón T. De acuerdo.

—Un detalle —dijo el coronel Dimmock—. Parecen estar retornando al Pabellón T cada vez con menos frecuencia. Al principio iban y venían casi a diario. Ahora la mayoría de ellos permanece fuera durante semanas y rara vez regresan.

—Eso no importa —dijo Carpenter—. ¿Adonde van?

—¿Se teleportan tras las líneas enemigas? — preguntó alguien—. Están esas filtraciones de inteligencia.

—Quiero que Inteligencia lo verifique —barbotó Carpenter—. ¿Tendrá el enemigo dificultades similares, es decir, prisioneros de guerra que aparecen y desaparecen de los campos de concentración? Podrían ser algunos de los nuestros del Pabellón T.

—Tal vez simplemente vayan a casa —sugirió el coronel Dimmock.

—Quiero una investigación  de  Seguridad  —ordenó  Carpenter—.  Examinen  la  vida hogareña y las relaciones de cada uno de los veinticuatro desaparecidos. Ahora… en cuanto a nuestras operaciones en el Pabellón T, el coronel Dimmock tiene un plan.

—Pondremos seis camas extras en el Pabellón T —explicó Edsel Dimmock—. Enviaremos seis expertos a vivir allí y observar. La información debe ser tomada directamente de los pacientes. Son catatónicos e incapaces de reaccionar cuando están conscientes, e incapaces de responder preguntas cuando son drogados.

—Caballeros —resumió Carpenter—. Esta es la mayor arma potencial en la historia de la guerra. No tengo que deciros lo que significaría para nosotros teleportar todo un ejército tras las líneas enemigas. Podemos ganar la guerra por el Sueño Norteamericano en un día si podemos obtener el secreto oculto en esas mentes aniquiladas. ¡Debemos ganar!

Los expertos trabajaron con ahínco. Seguridad investigó. Inteligencia sondeó. Seis templadas y afiladas herramientas se mudaron al Pabellón T del Hospital de St. Albans y lentamente se familiarizaron con los pacientes que desaparecían para reaparecer cada vez con menos frecuencia. La tensión se incrementó.

Seguridad pudo informar que ni un solo caso de aparición extraña había tenido lugar en Norteamérica en el pasado año. Inteligencia informó que el enemigo no parecía tener dificultades similares con sus propios casos de shock o con prisioneros de guerra.

Carpenter se inquietó.

—Esto es una rama nueva. No tenemos especialistas para manejarla. Tenemos que crear nuevas herramientas. —Golpeó el intercomunicador.— Ponedme con un college.

Lo comunicaron con Yale.

—Quiero algunos expertos en el dominio de la mente sobre la materia. Preparadlos — ordenó. De inmediato Yale creó tres cursos de graduados en Taumaturgia, Percepción Extrasensorial y Telekinesis.

La primera pista se abrió cuando uno de los expertos del Pabellón T requirió la ayuda de otro experto. Necesitaba un Lapidario.

—¿Para qué demonios? —quiso saber Carpenter.

—El hombre escuchó referirse a una piedra preciosa —explicó el coronel Dimmock—. Es especialista especializado y no puede relacionarla con nada dentro de su experiencia.

—No se supone que lo haga —dijo Carpenter con aprobación—. Un trabajo para cada cual y cada cual para su trabajo —Manoteó el intercomunicador.— Traédme un lapidario.

Un experto lapidario recibió permiso para ausentarse del arsenal del ejército y se le pidió que identificara un diamante llamado Jim Brady. No pudo hacerlo.

—Lo intentaremos desde un nuevo ángulo —dijo Carpenter. Oprimió el intercomunicador—. Traédme un especialista en semántica.

El semántico dejó su mesa de despacho en el Departamento de Propaganda de Guerra pero no pudo aportar nada a las palabras “Jim Brady”. Tan sólo eran nombres para él. Nada más. Sugirió un genealogista.

Un genealogista obtuvo un día de licencia en su puesto en Comisión de Ancestros No Norteamericanos, pero no pudo aportar nada con Jim Brady, salvo que había sido un nombre muy común en Norteamérica hace unos quinientos años. Sugirió un arqueólogo.

Un arqueólogo fue relevado de su puesto en la División de Cartografía del Comando de Invasión  y  de  inmediato  identificó  el  nombre  Diamond  Jim  Brady.  Era  un  personaje histórico famoso en la antigua y pequeña ciudad de Nueva York en un período intermedio entre el gobernador Peter Stuyvesant y el gobernador Fiorello La Guardia.

—¡Cristo! —se maravilló Carpenter—. Hace mucho de eso. ¿De dónde demonios sacó Nathan Riley eso? Será mejor que se reúna usted con los expertos del Pabellón T y siga esa pista.

El arqueólogo siguió la pista, revisó sus referencias y presentó su informe. Carpenter lo leyó  y  quedó  anonadado.  Llamó  a  su  equipo  de  expertos  para  una  reunión  de emergencia.

—Caballeros —anunció—, en el Pabellón T hay algo mucho más importante que teleportación. Estos pacientes de shock están haciendo algo mucho más increíble… mucho más significativo. Caballeros, están viajando por el tiempo.

El equipo murmuró con incredulidad. Carpenter asintió con énfasis.

—Sí, caballeros. El viaje temporal está aquí. No ha llegado en la forma en que lo esperábamos… como resultado de la investigación especializada de expertos calificados; ha llegado como una peste… una infección… una enfermedad de guerra… un resultado de lesiones de combate en hombres comunes. Antes de continuar, quisiera que examinen estos informes para documentarse.

El equipo leyó las hojas mimeografiadas. El soldado raso Nathan Riley… desapareciendo en la Nueva York de principios del siglo XX; la sargento mayor Lela Machan… visitando la Roma del siglo I; el cabo segundo George Hanmer… viajando a la Inglaterra del siglo XIX. Y todo el resto de los veinticuatro pacientes, huyendo a Venecia y los dux, a Jamaica y los bucaneros, a China y la dinastía Han, a Noruega y Eric el Rojo, a cualquier parte y a cualquier época del mundo para escapar del torbellino y los horrores de la guerra moderna en el siglo XXII.

—No necesito destacar la significación colosal de este descubrimiento —destacó el general Carpenter—. Piensen qué importante sería para la guerra si pudiéramos enviar un ejército una semana o un mes o un año atrás en el tiempo. Podríamos ganar la guerra antes de que comenzara. Podríamos proteger nuestro Sueño —la Poesía y la Belleza de la Cultura de Norteamérica— de la barbarie sin ponerlo nunca en peligro.

El equipo trató de aprehender el problema de ganar batallas antes de que hubieran comenzado.

—La situación se complica por el hecho de que estos hombres y mujeres del Pabellón T son non campos. Puedan o no saber cómo hacen lo que hacen, en todo caso son incapaces de comunicarse con los expertos, que reducirían este milagro a método. De nosotros depende encontrar la clave. Ellos no pueden ayudarnos.

Los templados y afilados especialistas se miraron entre sí desconcertados.

—Necesitaremos expertos —dijo el general Carpenter.

El equipo se tranquilizó. Estaban de nuevo en terreno familiar.

—Necesitaremos   un   mecánico   del   cerebro,   un   cibernetista,   un   psiquiatra,   un anatomista, un arqueólogo y un historiador de primera agua. Entrarán en ese pabellón y no saldrán de él hasta terminado su trabajo. Deben aprender la técnica del viaje temporal.

Los primeros cinco expertos fueron fáciles de conseguir en otros departamentos de guerra. Toda Norteamérica era una caja de herramientas de templados y afilados especialistas. Pero hubo problemas en localizar a un historiador de primera agua hasta que la Penitenciaría Federal cooperó con el ejército y dejó en libertad al doctor Bradley Scrim de su condena de veinte años a trabajos forzados. El doctor Scrim era ácido y hermético. Había tenido la cátedra en Historia Filosófica en una universidad del Oeste hasta que expresó su opinión sobre la guerra del Sueño Norteamericano. Le dieron veinte años de trabajos forzados.

Scrim era aún intransigente, pero el intrigante problema del Pabellón T lo indujo a entrar en juego.

—Pero no soy un experto —barbotó—. Aunque en esta nación de expertos sumergida en la oscuridad soy la última cigarra que canta sobre el hormiguero.

Carpenter manoteó el intercomunicador.

—Traédme un entomólogo.

—No se moleste —dijo Scrim—. Traduciré. Ustedes son una colonia de hormigas…

todos trabajan y se afanan y especializan. ¿Para qué?

—Para preservar el Sueño Norteamericano —respondió Carpenter con enojo—. Luchamos por la Poesía y la Cultura y la Educación y las Mejores Cosas de la Vida.

—Lo cual significa que estáis luchando para preservarme a mí —dijo Scrim—. Es a todo eso a lo que he dedicado mi vida. ¿Y qué hacéis conmigo? Me metéis en la cárcel.

—Usted fue condenado por simpatizar con el enemigo y los infiltrados internos.

—Fui condenado por creer en mi Sueño Norteamericano —dijo Scrim—. Que es un modo de decir que fui a la cárcel por tener ideas propias.

Scrim también fue intransigente en el Pabellón T. Se quedó una noche, disfrutó de tres buenas comidas, leyó los informes, los arrojó al piso y comenzó a vociferar para que lo sacaran de allí.

—Hay un trabajo para cada cual y cada cual debe hacer su trabajo —le dijo el coronel Dimmock—. No saldrá hasta que haya descubierto el secreto del viaje por el tiempo.

—No hay ningún secreto que yo pueda descubrir — dijo Scrim.

—¿Ellos viajan por el tiempo.?

—Sí y no.

—La respuesta debe ser una u otra. No ambas. Usted está evadiendo la…

—Escuche —lo interrumpió Scrim con cansancio—. ¿Cuál es su especialidad?

—Psicoterapia.

—Entonces, ¿cómo diablos puede comprender lo que le digo? Este es un concepto filosófico. Le digo que aquí no hay ningún secreto que el ejército pueda utilizar. No hay ningún secreto que algún grupo pueda utilizar. Es un secreto sólo para individuos.

—No lo comprendo.

—Sabía que no lo haría. Lléveme ante Carpenter.

Llevaron a Scrim al despacho de Carpenter, donde sonrió al general con malignidad;

ante todos se parecía a un demonio pelirrojo e infraalimentado.

—Necesitaré diez minutos —dijo Scrim—. ¿Puede usted extraerlos de su caja de herramientas?

Carpenter asintió.

—Nathan Riley retrocede en el tiempo hasta principios del siglo XX. Allí vuelve realidad su sueño más dorado. Es un gran jugador, amigo de Diamond Jim Brady y otros. Gana dinero apostando sobre los hechos porque siempre conoce lo que sucederá por adelantado. Ganó dinero apostando que Eisenhover ganaría una elección. Ganó dinero apostando que un campeón llamado Marciano derrotaría a otro campeón llamado La Starza. Hizo dinero invirtiendo en la compañía de automóviles propiedad de Henry Ford. Esas son las pistas. ¿Significan algo para usted?

—No sin un analista sociológico —respondió Carpenter. Estiró la mano hacia el intercomunicador.

—No ordene ninguno, le explicaré más tarde. Probemos algunas otras pistas. Lela Machan, por ejemplo. Escapa al Imperio Romano, donde realiza la vida de sus sueños como  femme  fátale.  Todos  los  hombres  la  aman.  Julio  César,  Savonarola,  toda  la Vigésima Legión, un hombre llamado Ben Hur. ¿Advierte la falacia?

—No.

—También fuma cigarrillos.

—¿Y bien? —preguntó Carpenter luego de una pausa.

—Prosigo —dijo Scrim—. George Hanmer escapa a la Inglaterra del siglo XIX, donde es miembro del Parlamento y amigo de Gladstone, Winston Churchill y Disraeli, quien lo lleva a pasear en su Rolls Royce. ¿Sabe lo que es un Rolls Royce?

—No.

—Era una marca de automóviles.

—¿Y?

—¿Todavía no comprende?

Scrim pateó el suelo con exaltación.

—Carpenter, este es un descubrimiento más importante que la teleportación o el viaje en el tiempo. Esto puede ser la salvación del hombre. No creó estar exagerando. Las dos docenas de víctimas de shock del Pabellón T han sido bombardeadas  por  algo  tan gigantesco que no asombra que sus especialistas y expertos no pudieran comprenderlo.

—¿Qué diablos es más importante que el viaje temporal, Scrim?

—Escuche esto, Carpenter. Eisenhower no presentó su candidatura hasta mediados del siglo XX. Nathan Riley no pudo haber sido amigo de Diamond Jim Brady y apostar por Eisenhower en una elección… no simultáneamente. Brady había muerto un cuarto de siglo antes de que Ike fuera presidente. Marciano derrotó a La Starza cincuenta años después dé que Henry Ford iniciara su empresa automovilística. Los viajes en el tiempo de Nathan Riley están llenos de anacronismos similares.

Carpenter estaba perplejo.

—Lela Machan no pudo haber sido la amante de Ben Hur. Ben Hur nunca estuvo en Roma. Nunca existió en la realidad. Era un personaje de novela. Ella no pudo haber fumado. No tenían tabaco entonces. ¿Lo comprende? Más anacronismos. Disraeli nunca pudo haber llevado a George Hanmer a pasear en Rolls Royce porque los automóviles se inventaron mucho después de la muerte de Disraeli.

—¿Pero qué infiernos dice? —exclamó Carpenter—.

¿Quiere decir que todos están mintiendo?

—No. No olvide que no necesitan dormir. No necesitan comer. No están mintiendo. Están retrocediendo en el tiempo, eso es correcto. Comen y duermen cuando están allá.

—Pero usted dijo que sus historias no concuerdan. Están llenas de anacronismos.

—Porque retroceden en un tiempo imaginario. Nathan Riley tiene su propia imagen de lo que fue Norteamérica en los principios del siglo XX. Es falsa y anacrónica porque él no es un erudito, pero es real para él. Puede vivir allí. Lo mismo sucede con los otros.

Carpenter puso los ojos en blanco.

—El concepto casi está más allá de la comprensión. Estas personas han descubierto cómo tornar sus sueños en realidad. Saben cómo entrar en sus realidades soñadas. Pueden quedarse allí, vivir allí, tal vez para siempre. Por Dios, Carpenter, este es su gran sueño norteamericano.  Hacer  milagros,  inmortalidad,  como  Dioses  de  la  creación,  la mente sobre la materia… Debe ser explorado. Debe ser estudiado. Debe ser dado al mundo.

—¿Usted puede hacerlo, Scrim?

—No, no puedo. Soy un historiador. No soy un creador, está más allá de mi alcance. Usted necesita un poeta… un artista que comprenda la creación de sueños. A un creador de sueños escritos no debería serle muy dificultoso dar el paso y crear sueños en la realidad.

—¿Un poeta? ¿Habla usted en serio?

—Claro que lo digo en serio. ¿No sabe qué es un poeta? Hace cinco años que nos dice que combatimos en esta guerra para salvar a los poetas.

—No sea capcioso, Scrim, yo…

—Envíe un poeta al Pabellón T. El aprenderá cómo lo hacen. Es el único que puede hacerlo. Un poeta ya está a medio camino. Una vez que aprenda podrá enseñar a sus psicólogos y anatomistas. Luego ellos podrán enseñarnos a nosotros; pero el poeta es el único que puede oficiar de intérprete entre esos casos de shock y sus expertos.

—Creo que usted tiene razón, Scrim.

—Entonces no pierda tiempo, Carpenter. Aquellos pacientes retornan a este mundo cada   vez   con   menos   frecuencia.   Tenemos   que   lograr   ese   secreto   antes   que desaparezcan para siempre. Envíe un poeta al Pabellón T.

Carpenter manoteó el intercomunicador.

—Enviadme un poeta —dijo.

Esperó, y esperó… y esperó… mientras Norteamérica buscaba febrilmente entre sus doscientos noventa millones de templados y afilados expertos, sus herramientas especializadas para defender el Sueño Norteamericano de Belleza y Poesía y las Mejores Cosas de la Vida. Esperó a que encontraran un poeta, sin comprender la interminable demora, lo infructuoso de la búsqueda; no comprendió por qué Bradley Scrim reía y reía y reía y reía ante esta última y fatal desaparición.

Julio Cortázar: La noche boca arriba. Cuento.

julio cortazarA mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.