Clarice Lispector: Ruido de pasos. Cuento

clariceLISPECTORTenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa.

Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir. El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Lisz se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.

Pues ocurrió con doña Cándida Raposa que el deseo de placer no había pasado.

Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo. Y le preguntó, avergonzada, con la cabeza baja:

—¿Cuándo se pasa esto?

—¿Pasa qué, señora?

—Esta cosa.

—¿Qué cosa?

—La cosa, repitió. El deseo de placer —dijo finalmente.

—Señora, lamento decirle que no pasa nunca. Lo miró sorprendida.

—¡Pero ya tengo ochenta y un años de edad!

—No importa, señora. Eso es hasta morir.

—Pero ¡esto es el infierno!

—Es la vida, señora Raposo.

Entonces, ¿la vida era eso? ¿Esa falta de vergüenza?

—¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere… El médico la miró con piedad.

—No hay remedio, señora.

—¿Y si yo pagara?

—No serviría de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad?

—¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que le quiero decir?

—Sí —dijo el médico-. Puede ser el remedio.

Salió del consultorio. La hija le esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra. Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado.

Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo. Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso. Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte.

La muerte.

Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.

Jacques Sternberg: Partir es morir un poco. Cuento

Belgian Writer Jacques Sternberg14 de marzo

No me he movido desde hace un cuarto de hora.

Podría creer que mi carne se ha convertido en una nueva materia y que mi cuerpo se ha soldado al muro que parece chuparme con su mugre y todas sus cicatrices gangrenadas.

Mis ojos no se han movido desde hace un cuarto de hora. Petrificado en una única visión, como fascinado por su absoluta falta de interés, miro la gran mancha de humedad que devora uno de los ángulos de mi celda. En tres semanas de encierro he visto a esta mancha cambiar de forma todos los días. Pero esta mañana no he tratado ni siquiera de saber el fantasma de qué objeto me sugerían sus contornos. La miro simplemente. Sintiendo quizás en forma vaga la armonía secreta que liga mis pensamientos al color turbio de la mancha. ¿Qué decir? ¿Qué pensar? ¿Estoy pensando en realidad? ¿Entonces lo que acabo de saber autoriza a un pensamiento lógico, a una red de pensamientos? ¿Es posible traducir en deducciones lo que a pesar de todo se han negado a traducir en palabras, por otra parte muy simple? ¿Se puede hacer entrar una botella de un litro en un litro de agua?

Hace tres semanas que espero al hombre que entró esta mañana en mi celda.

Pues, desde el momento en que fui condenado a muerte, espero con cierto disgusto al hombre que debe anunciarme que me han acordado el derecho de vivir. Vino esta mañana. Pronunció las palabras que yo preveía.

-Ha sido usted indultado.

-Sabe usted bien que no tengo ganas de vivir -le respondí

-No vivirá -me dijo.

Vaciló un instante antes de explicarme por qué. Parecía un poco ebrio, como sobrepasado por la situación. Tenía por qué, en verdad.

-Usted no será ejecutado, pero no vivirá. La ejecución debía tener lugar el 18 de abril, al alba. Pero en esa fecha no habrá nadie para proceder a una ejecución.

-¿Nadie?

-Así es.

En ese momento, él me reveló los hechos. Ya no más gente, ya no más mundo, además. La tierra está, en efecto, condenada a muerte. Como yo. Más que yo. El 4 de abril a las diez de la mañana, en el lugar del mundo no habrá más nada. Nada más que un vacío como cualquier otro. ¿El infinito puede pasársela sin la tierra? Así parece. Sin duda ni siquiera notará este incidente privado de consecuencias en el absoluto. Un mundo de más o de menos, ¿qué importancia tiene?

-Extraño -agregó el hombre-, usted ha recibido su indulto, pero de cualquier manera morirá. Y quince días antes de la fecha normal de ejecución.

Salió enseguida, ligeramente agobiado, no mucho. Se podría jurar que había visto otros como yo. Que había tenido una jornada agotadora, que se resentía por ello y enfrentaba sin placer el día de mañana. Casi el último. Para él, para mí, para todo el mundo.

-Así es -dijo antes de volver a cerrar la puerta-. Usted morirá de cualquier modo. Pero si eso puede consolarlo, no estará solo. Todos estamos condenados a muerte. Todos, porque hemos cometido el único delito de nacer. Desde ahora, somos miles los que esperamos, encerrados en nuestro cuerpo, como en una celda sin salida, una ejecución capital que debe tener lugar en una fecha exacta, irrevocablemente. Y esta vez la ejecución no sólo es general sino que no contiene ningún elemento de esperanza: nadie será indultado a último momento. Las paredes tienen oídos para escuchar nuestras quejas, el acontecimiento no.

El fin de este mundo que armó tanto escándalo en el universo, ¿será ruidoso?

Morir de cualquier modo…

¿Cómo creerlo? ¿Cómo creer en la muerte un segundo después de haber escapado de la muerte por milagro? ¿Entonces existía otra muerte más allá de la que los hombres me habían reservado? Un cambio, eso era lo que venían a proponerme, un simple cambio.

¿Pero cómo admitir que en este mundo donde el malestar de unos había constituido siempre el bienestar de otros, vayamos a tener todos la misma suerte en el mismo segundo? No es posible. Los hombres fueron concebidos para interpretar papeles de verdugos y víctimas, no para ser todos víctimas de una deflagración abstracta. Sólo los hombres son peligrosos, sólo ellos acostumbran atar a sus víctimas para entregarlas a la muerte con los pies y los puños ligados. La naturaleza tiene que ser menos cruel. Siempre deja una posibilidad. La Tierra es vasta, uno siempre puede huir, ocultarse en alguna parte, salvar el pellejo. Los peores cataclismos nunca dieron cuenta de todos los seres vivientes. Sólo el hombre tiene ese poder. Porque él piensa, porque sabe apuntar y masacrar con la única intención de matar sobre seguro.

Escapé de los hombres. Eso es lo esencial. Han renunciado a darme muerte cuando mi fosa ya estaba abierta. Soy un superviviente. Escaparé a la naturaleza, no puede ser de otro modo. Aún si no hubiera más que un superviviente, yo seré ese superviviente.

Y cuando la Tierra sea sólo cenizas, cuando los hombres sean sólo polvo, cuando la nada haya encontrado al fin su definición práctica y sólo yo vea ese espectáculo, entonces podré sonreír y darme el lujo de morir de un mal resfrío. Pero más tarde, un poco después.

Morir de cualquier manera… Entonces es cierto que, aun después de haber escapado a mi ejecución, aun si escapo a la muerte que nos ha dado cita para el 4 de abril, moriré de cualquier modo.

De uno u otro modo… En ese caso, ¿para qué?
17 de marzo

Moriré como los demás. El 4 de abril. Todo el mundo pasará por ese día, ahora lo sé.

Me han explicado que el acontecimiento del 4 de abril tendrá la fuerza suficiente para aniquilar a un planeta que, sin embargo, dio en el pasado buenas pruebas de su vitalidad. Pero el espacio tiende una emboscada a la Tierra y todas las bombas no bastarían para detener lo que se viene.

¿Cómo, más allá de esos muros que son desde siempre los de alguna antecámara de la muerte, aceptan los hombres su suerte? ¿Quizá se los acusa, uno tras otro, de algún delito ficticio y se los condena de prisa, pero oficialmente, a muerte, con el fin de hacerles creer en una lógica de su destino? ¿Cómo admitirán las estrellas de la pantalla que los fuegos de su gloria van a extinguirse junto con sus agentes de publicidad; los hombres de negocios, que ya no habrá mundo que sostenga sus cheques y sus empresas; los propietarios que el infinito abre ya sus fauces para tragar en un segundo todas las propiedades de este mundo al mismo tiempo que algunos siglos de Historia, una tonelada de gramática, montones de geografía, y otras diversas instituciones? El Hombre que se sentía otro tras el volante de un automóvil o ante una cuenta bancaria ¿va a comprender al fin que no es si siquiera el hijo del polvo y que sólo la muerte es el centro de su verdad?

Durante algunos instantes, el acontecimiento me desvela, no tanto por su horror, bastante evidente, sino por su deslumbrante potencial humorístico. ¿Por qué no imaginar que se trata simplemente de una farsa galáctica? Se permitió que el hombre se divirtiera con sus juguetes durante algunos siglos, se le dio la oportunidad de asombrarse a sí mismo creando sin cesar nuevos juguetes antes de concederse el título de rey del universo; luego, de repente, decidieron quitarle todo, su vida, su decorado y sus juguetes. ¡Broma genial! No podían reservar una jugada más divertida al hombre, que vacilaba a veces de generación en generación antes de desembarazarse de los múltiples horrores adquiridos: y ahora le tiran todo su mundo al cesto de basura sin siquiera pedirle opinión. El hombre, ese propietario de tan blanda sonrisa, iba a comprender al fin que no era más que un inquilino de su mundo. Y que no tenía arriendo ni defensa. Nada. Ni siquiera su vida.
19 de marzo

Realmente pasa algo.

Aunque la vida apenas si se infiltra a través de los muros de esta prisión, se adivinan sin embargo ciertas fluctuaciones que sugieren un acontecimiento histórico.

Por ejemplo, esta mañana, anuncian que todos los detenidos serán liberados en el día de hoy, a excepción de los condenados a muerte o a cadena perpetua. El mundo se derrumba, los principios permanecen, según veo. Incluso, al borde del abismo guardan el sentido de los valores y la jerarquía. Eso sin hablar de la lógica. Porque es evidente que sería pernicioso y poco moral dejar correr a los homicidas en libertad mientras que el mundo entero será asesinado en masa dentro de unos días. Hasta su último suspiro el hombre habrá probado su maravilloso sentido de la seriedad. Imagino además que esta decisión fue tomada con toda solemnidad por un comité de severos ancianos, que ha sido ratificada por decreto después de algunos días y que acaba de aparecer en el Diario Oficial. Ya, era ridículo imaginar al hombre devorado por sus tareas burlescas cuando se mantenía en equilibrio sobre una bola de fuego, ¿pero cómo llegar a imaginar siempre devorado por las mismas tareas cuando esa bola está a punto de desintegrarse? Decididamente el hombre siempre sobrepasará sus propios límites. Se habrá hecho digno de sí mismo, y sobre la tumba del Hombre Desconocido podrán inscribir como epitafio que cumplió con su Deber hasta el fin. Y con qué respeto por sí mismo.

Dicho esto, dado que me condenan a quedar encerrado, me mantienen siempre con la misma puntualidad. Todo el mundo a su trabajo, las jornadas comienzan siempre a las 9 en punto, ésas deben ser las consignas. Los menús, no obstante, son un poco menos copiosos desde que me indultaron. Sin duda, tengo derecho a menos consideraciones, ya que no seré una excepción, sino un cadáver como todos los demás.

También compruebo asombrado que me suprimieron el vino. ¿Qué pensar? ¿Que hacen economías cuando a pesar de todo van a morir dejando tras ellos un mundo enteramente amueblado y sobrecargado de los más diversos productos? Todo esto es muy desconcertante. Sin embargo, es muy tarde para dejarse desconcertar.
20 de marzo

Un acontecimiento se encadena a otro.

Dicen que el mundo entero espera una comunicación de la más alta importancia. En efecto, los sabios del mundo entero están conferenciando desde hace una semana y habrían tomado una decisión que amenaza con trastornar la historia del mundo.

La humanidad espera. Yo también. Pero no tengo suerte: una vez que realmente pasa algo, y no estoy en la onda. Es injusto. Sin embargo, deberían darse cuenta de que a partir de mi nacimiento aún no ha pasado nada en mi vida.

Evidentemente, el hecho de estar excluido me da cierta distancia. Por un único instante, no me siento capaz de participar de la nerviosidad general que debe enfebrecer al mundo, ya sea la nerviosidad del pánico o de la esperanza. Sin embargo es una pena que no me hayan concedido la autorización de vivir de cerca esta notable epopeya, y de participar como ser humano en este drama humano. Me gustaría tanto ver cómo dan vuelta una página de la historia. Sobre todo cuando se trata de una página que amenaza con quedar virgen. Infinitamente virgen. Como el vacío. Como el siempre de lo sin límites y sin fronteras que encierra el vacío.

Duermo mucho actualmente. Me entreno en ser muerto. Es muy fácil. Es lo que la muerte tiene de inquietante: su simplicidad; y hemos pasado tantos años inútiles aprendiendo truquitos sabios, tan tontos, tan tontos.

He pensado también que tengo buena suerte. Millones de personas podrían envidiarme actualmente: sin pena y sin ningún deseo de vivir. Además, hace mucho tiempo que estoy preparado para morir este año. De la misma manera hace mucho que liquidé todo lo que constituyó el decorado y el centro de interés de mi vida. Incluso maté con mis propias manos al único ser al que me sentía unido. Mi suerte es verdaderamente envidiable.

¿Que pasará? ¿Habrán hallado por casualidad el medio de desbaratar las intenciones del acontecimiento previsto en el programa? ¿Qué piensan hacer? ¿Atraparlo al vuelo, con red, con un cometa? ¿Y ocultarlo? ¿Pero dónde? ¿A menos que supongamos que por el contrario van a lanzar la Tierra a lo largo del espacio, lejos de los remolinos del acontecimiento? ¿O quizá las autoridades científicas van a anunciar, más sencillamente, que hubo un error y que no pasará absolutamente nada?

Preguntas que ya no me conciernen. Si el acontecimiento, por una u otra razón, no llega a estallar nunca, sin duda me harán comprender que mi ejecución capital está siempre a mi entera disposición. Si el señor tiene a bien tomarse la molestia de ponerse de pie y vivir su muerte…
21 de marzo

Hacía mucho que la historia no se veía recompensada con una sorpresa tan sensacional. El hombre es un verdadero apasionado del golpe teatral. El peligro le ha dado alas, genio, energía. En efecto, las radios del mundo entero anunciaron ayer a la tarde que, estando la Tierra irremediablemente condenada, los hombres dejarán su planeta para ir a otros lugares. Destino Supervivencia, Operación Milagro, partida fijada para el 2 de abril. La fecha del primero de abril ha sido evitada por escaso margen, con razón.

Desde esta mañana, las fábricas del mundo entero construyen cohetes. Habrá cohetes para todo el mundo. Incluso para los perros y los canarios. Cada persona tendrá derecho a una sobrecarga de 3 kg. de equipaje. Toda actividad comercial, industrial o intelectual se detiene oficialmente en el día de la fecha y la partida general se convierte en la única obsesión de todo el mundo.

Esas revelaciones me sirven de lección. Había subestimado las facultades creativas del cerebro humano. Había olvidado que ese mismo cerebro puede crear los laberintos burocráticos más estrafalarios y las relojerías más complejas. Y del mismo modo que puede resolver los teoremas contenidos en las contribuciones directas, puede también, cuando es necesario, hacer juegos malabares con las ecuaciones de las grandes imposibilidades. Acaba de probarlo. ¿Cómo imaginar que se trata del mismo cerebro? Poco importa, de todas maneras: pensó, ergo vivirá. Sólo me resta desear buen viaje a los habitantes de este planeta. Si son lúcidos, pueden partir sin pena. Este planeta no valía en absoluto la publicidad que le habían hecho. Su color verde era más bien de gusto dudoso, sus paisajes no tenían nada particularmente excepcional, su cielo era feo cuando estaba claro, triste cuando estaba lluvioso, y su clima dejaba mucho que desear. Sin duda encontrarán en otra parte un mundo más satisfactorio. Es cierto que los hombres se las arreglarán para arruinar en poco plazo a los mejores. Pueden huir de su mundo natal, entendámonos, pero nunca abandonarán su verdadera patria: la demencia y el mal gusto. Aun si se van más allá del sol de este mundo.
25 de marzo

Recibí la visita oficial de una delegación de desconocidos cuya dignidad no podía ser puesta en duda. Con voz de abogado, uno de los desconocidos declaró que, como a todo habitante de este mundo, me sería acordado el derecho de partir con los cohetes, el 2 de abril. Los gobiernos habían decidido ofrecer a todos, incluso a los condenados a muerte, la oportunidad de sobrevivir y escapar el acontecimiento que engullirá a la Tierra. No se había previsto ninguna excepción. Los hechos siguieron a las palabras. Con gesto de ujier, un funcionario me entregó con cierto sentido de lo ceremonioso un sobre que contenía mi pasaje de partida y una circular con las instrucciones a seguir.

Un poco asombrado, agradecí a todo el mundo.

Vamos de sorpresa en sorpresa. En pocas días, heme aquí, presenciando más situaciones asombrosas de las que haya tenido durante toda mi vida. ¿De homicidas que eran, los gobiernos se han vuelto humanitarios? El mundo decide cambiar. Falta saber si no es demasiado tarde. Se pone de rodillas, se apiada, hace caridad derramando indulgencias. Al menos si morimos, nadie irá al infierno. La redención dirige al mundo. Y la ascensión, por supuesto.

En cambio, aunque candidato a la partida, no seré puesto en libertad hasta último momento. La víspera de la partida, para ser más exactos.

-Usted comprenderá que teniendo en cuenta su pasado… -me explicaron.

Comprendí fácilmente, por supuesto.

Me hubiera gustado mucho hablarles, no de mi pasado, sino del porvenir de ellos, mas no tuve ocasión de hacerlo. Tenían que visitar a otros condenados.

-Le deseo buena suerte -me dijo uno de los funcionarios.

Le deseé lo mismo. Total, entre hermanos, ¿verdad?

Después de que salieron me asombró no haberles oído entonar un cántico.

Mi boleto de partida es verdoso, marcado con sellos, afiligrano, ilustrado y se parece mucho a un cheque. Siempre esa obsesión por ser bancario, en consecuencia solemne. ¿Hasta qué estación del espacio vamos con este billete? No está indicado. Pero no hay que preguntar demasiado, ya que el viaje es gratuito. Eso también parece casi increíble. ¡Varios millones de kilómetros a costa de la humanidad! Cuando uno piensa lo que costaba el kilómetro la semana pasada. El boleto menciona igualmente a qué zona debo dirigirme el 2 de abril y, por medio de una ingeniosa red de números y letras, da indicaciones precisas sobre el camino a seguir para alcanzar el cohete que me asignaron.

Camino que, por otra parte, no seguiré, ya que nunca tuve la intención de partir. ¿Por qué? ¡Ah! sí, ¿por qué?

Digamos que tengo vértigos o que la altura me descompone y no hablemos más del asunto.

Hay que aclarar que el rechazo a partir ha sido previsto. En semejante caso, dice la circular, es necesario devolver el billete sin demora a las autoridades. Así será. Sin demora, efectivamente. Ni siquiera quiero apostar la cuestión a cara o cruz.

¿Qué hacer ahora que todo está decidido, reglamentado? En verdad ya no me queda nada por ordenar en mi vida. No tengo que enfrentar el menor problema. Todo se reduce a lo esencial, es decir a nada. Sin duda voy a aburrirme en estos últimos días. Aunque estoy acostumbrado. Desde que me encarcelaron, compruebo que no me aburro mucho más que lo que me aburría asumiendo diversos empleos. Al menos aquí puedo adormecerme en mi indolencia sin tener que poner cara de que cumplo con mis obligaciones.
28 de marzo

Ya no pasa nada.

Pero veré de cerca el fin del mundo. Me han anticipado, en efecto, que aun si no deseo disfrutar de mi billete de partida, me liberarán, a pesar de todo, la víspera del éxodo general. El primero de abril, por lo tanto. Estoy feliz de saber que este importante incidente cae un primero de abril.
1º de abril

Aquí estoy, libre,

En regla, con plena conciencia. Es extraño pensar que cumplí con mi deuda ante la sociedad: un mes de detención por haber cometido un asesinato. No es caro.

O sea que me quedan cuatro días de vida. Y dentro de dos días tendré todo un mundo por compartir con los pocos habitantes que, como yo, se nieguen a irse. Parece que no habrá muchos. Incluso los ancianos quieren irse, huir, escapar. Los arruinados, los impotentes y los paralíticos también. Vivir. No se piensa más que en eso. Nunca conoció la fe en la vida un auge tal. Todas las miradas giran al mismo tiempo hacia el cielo. Detalle desalentador: está nublado desde hace una semana. La religión ha forjado nuevas consignas y, embanderada en su eterna liturgia, receta. Las iglesias rechazan el mundo y el agua bendita corre a borbotones. El Papa habla al mundo todos los días, sus delegados todas las horas, y cada hombre siente tal temor del silencio que se pega día y noche a los innumerables hilos eléctricos de la radio o la televisión. Por más vivos que se encuentren, me parece que hacen en verdad demasiado ruido. Esto sin contar el estruendo de acero de los innumerables camiones que pasan por las calles de la ciudad, transportando todo un mundo de piezas sueltas hacia los cohetes erguidos, hieráticos, en la campiña de los alrededores.

He ido a verlos por curiosidad. Había centenares, clavados al suelo como gigantescas estacas metálicas, apuntando al cielo, amenazantes, mudos, recreando un decorado similar a un singular huerto de catedral. Su número, su altura, su densidad, todo impresiona y fija literalmente la mirada en el fondo de las pupilas. Hay que felicitar a los técnicos. Celeridad de ejecución, perfección de la empresa, terminación del trabajo, armonía de las líneas; pusieron todos los triunfos en su juego. No sé dónde encallarán estos cohetes, no sé incluso si los seres vivientes soportarán este viaje, pero al ver este material uno confía y está dispuesto a creer que llegará lejos.

De todos modos estas máquinas decoran agradablemente la campiña particularmente desagradable de esta región y se podría lamentar incluso que Dios no haya creído necesario utilizar el cohete como elemento de una naturaleza que, como suele decirse, deja bastante que desear.

He vuelto favorablemente impresionado. Haber llegado a transformar en pocos días un sueño de muchos siglos en una realidad es una proeza que marcaría una fecha en la Historia de la Tierra si no fuese justamente que la Historia se detiene en esa fecha. A pique. ¿Sobre qué vacío? ¿Tendrá la Historia ocasión de decirlo?

No menos impresionante es el rigor concentracionario con que se lleva a cabo la evacuación de la capital. Pues los habitantes dejan la ciudad esta tarde para encerrarse en los cohetes antes de medianoche. La partida se hará mañana, al amanecer. Siempre se parte al amanecer, para el cadalso, para el infinito. En las rutas barridas por hordas de vehículos que parecen moverse como enormes aspiradoras, ningún pánico, ningún desorden. Los altoparlantes instalados por todas partes aúllan himnos marciales entrecortados por órdenes lacónicas. Ahogando sus temores secretos, atiborrados de esperanza, inflados de estrépito, los habitantes se dejan llevar hacia los centros de partida donde serán separados, desinfectados, envasados e introducidos en los cohetes como fardos de algodón.

¿Qué decirles?

Esto no es más que un hasta la vista, hermanos míos.
2 de abril

Son las dos y media de la mañana.

La ciudad, siempre desierta a esta hora, no ha cambiado de aspecto. Se podría creer que no ha pasado nada y que, dentro de algunas horas, vendrán a retirar los cestos de basura. Las calles siguen iluminadas. Es la primera vez que los hombres salen de viaje olvidándose de cerrar el agua, el gas y la electricidad detrás de ellos.

He tomado un café negro en un bistrot donde fui servido por el patrón mismo.

-¿Usted no parte? -le pregunté.

-No -me dijo-. Los viajes me aburren. Ni siquiera conozco las afueras. Falta de curiosidad sin duda.

Luego subí a un coche abandonado y rodé hacia los suburbios de la ciudad. Después alcancé la campiña. Quiero ver todo. La partida para empezar, el fin del mundo a continuación. Y mañana iré incluso a ver una última película si es que llego a poner en marcha el aparato de proyección.

Hasta el momento el espectáculo de la partida no ofrece gran interés. De los cohetes no se divisa más que una multitud de puntos verdes y rojos. En alguna parte, una vasta torre de vidrio, probablemente la torre desde donde controlarán la partida. Acercándose más el conjunto evoca un aeropuerto. Nada extraordinario.

Ningún ruido en ninguna parte. Los pasajeros están todos encerrados en el interior de los cohetes. Un silencio de tal densidad que es casi increíble pensar que toda la vida de una ciudad se encuentra comprimida en esas máquinas muertas.

Son las cuatro de la mañana. La partida se llevará a cabo de un momento a otro.

Aguardo la apertura de los infiernos, una tormenta a ras de tierra, un ciclón de llamas y rugidos, el desencadenamiento de todas las furias atómicas del siglo XX. Pero aguardo en vano. Sólo el silencio responde a las tinieblas, como un reflejo helado. De pronto percibo algo; un silbido difuso, insinuante, pero apagado por toneladas de blindaje.

Debe ser el preludio. Va a explotar el suelo y los cohetes desfondarán el cielo. Pero nada llega, nada se mueve, nada tiembla. Nada más que el silbido, más discreto que nunca, contenido insidioso. Después, a las 4 y 10, nada más. El silbido ha cesado.

El silencio.

No pasó nada. No despegó ningún cohete. Debe haber algo podrido en el mundo del átomo. Pero aguardo. Nunca se sabe. Un simple desperfecto, quizás. O un mal contacto. O un simple error de maniobra. ¿Y si los cohetes en vez de despegar entraran en las entrañas de la tierra?

Pasa un cuarto de hora y es entonces cuando veo dos hombres saliendo de la torre de control. Se dirigen hacia la ruta. Me uno a ellos. Tienen el aspecto de los obreros que han hecho horas extra y vuelven al hogar fatigados y un poco aturdidos.

-¿Se perdió la partida? -me pregunta uno de los dos hombres al verme.

-Había venido a ver, simplemente. Pero me decepcionó. No ha pasado gran cosa, ¿verdad?

-¿Usted cree? Sin embargo todo marchó bien.

Los enfrento. Veo que uno de los dos sonríe. Y comprendo todo en ese instante. Comprendo que, en efecto, todo se ha desarrollado normalmente, según el plan previsto. Partir, hay distintos modos de partir. Con y sin esperanza.

-Pero los cohetes están siempre allí -digo, sabiendo perfectamente lo que van a responderme.

-Sí, siempre están allí. Nunca fueron concebidos para ser lanzados al espacio. Aparentemente, uno diría que son cohetes, pero en realidad son cámaras de gas.

Franz Kafka: El Reclutamiento.

babyfranzLos reclutamientos de tropas son a menudo necesarios, puesto que las luchas fronterizas no cesan nunca, y se realizan de la siguiente forma: Se publica el mandato de que en tal día, en tal barrio, todos los habitantes, hombres, mujeres, niños, sin excepción, deben permanecer en sus casas. Generalmente es hacia el mediodía cuando aparece en la entrada del barrio, donde una brigada de soldados de infantería y caballería espera ya desde el amanecer, el joven noble que debe practicar el reclutamiento. Es un hombre delgado, no muy alto, débil, de aspecto descuidado, con ojos cansados, la inquietud lo agita constantemente, igual que a un enfermo el escalofrío. Sin mirar a nadie hace con su fusta, que compone todo su armamento, una señal; algunos soldados lo siguen y él penetra en la primera casa. Un soldado, que conoce personalmente a todos los habitantes de este barrio, lee la lista de los ocupantes. Por lo general se encuentran todos allí, en fila en la habitación, los ojos pendientes del noble, como si ya fueran soldados. Pero también puede ocurrir que aquí y allí falte alguno. Entonces nadie se atreve a esgrimir una excusa y menos aún una mentira ; se calla, se bajan los ojos, apenas si se soporta la presión de la orden que se ha desacatado en esta casa, pero la muda presencia del noble inmoviliza sin embargo a todos en sus puestos. El hace una señal, no es siquiera una inclinación de cabeza, sólo se lee en sus ojos, y dos soldados comienzan a buscar al que falta. No da mucho trabajo. Nunca se encuentra fuera de la casa, nunca intenta realmente sustraerse al reclutamiento, sólo es por miedo que no ha venido, pero no por miedo al servicio, es, en realidad, timidez, recelo; la orden es para él formalmente demasiado grande, atemorizante, no puede venir por sus propias fuerzas. Pero por eso no huye, sólo se oculta, y cuando oye que el noble está en la casa, se arrastra fuera de su escondrijo hasta la puerta de la habitación y es inmediatamente cogido por los soldados que salen. Es llevado ante el noble: éste aferra la fusta con ambas manos —es tan débil que con una mano no puede hacer nada— y castiga al hombre. No le produce grandes dolores; deja caer la fusta, mitad por agotamiento, mitad por repugnancia, y el azotado ha de recogerla y entregársela. Entonces se le permite alinearse con los demás; está seguro, casi seguro que no va a ser asentado. Pero también ocurre, y esto es más frecuente, que haya más gente que la que figura en el registro. Por ejemplo, una muchacha desconocida está allí y mira al noble; es de fuera, tal vez de la provincia; el reclutamiento la ha atraído hasta aquí. Hay muchas mujeres que no pueden resistirse a la atracción de uno de estos reclutamientos extraños; el de casa tiene un significado completamente distinto. Y es curioso que no se vea en ello nada reprochable cuando una mujer cede a esta tentación; al contrario, es algo por lo que, según la opinión de algunos, tienen que pasar las mujeres, es una deuda contraída con su sexo. Además siempre sucede de manera parecida. La muchacha o señora oye que en algún sitio, tal vez muy lejos, en casa de unos parientes o amigos, hay un reclutamiento; suplica a sus familiares aprobación para el viaje, se aprueba —esto no se le puede rechazar—, se viste con lo mejor que tiene, está más contenta que de costumbre, al mismo tiempo tranquila y amable, diferente de corno acostumbra a ser, y detrás de toda su calma y amabilidad, se mantiene inaccesible, como una desconocida que viaja a su patria y no piensa ya en otra cosa. En la familia, en la que ha de tener lugar el reclutamiento, es recibida de forma completamente distinta que un huésped normal; la adulan, debe atravesar todas las habitaciones de la casa, asomarse a todas las ventanas, y si alguien le coloca la mano en la cabeza, significa más que la bendición paterna. Cuando la familia se prepara para el reclutamiento, ella recibe el mejor sitio, el más próximo a la puerta, que es donde va a ser mejor vista por el noble y donde ella mejor lo va a ver. Pero sólo es honrada hasta la entrada del noble, a partir de ahí comienza a marchitarse formalmente. El la contempla tan poco como a los otros, e incluso si dirige sus ojos hacia alguno, aquél no se siente mirado. Ella no había esperado esto o, lo que es más, lo había esperado con toda seguridad, puesto que no puede ser de otra manera, pero tampoco era la esperanza de lo contrario lo que la había traído hasta aquí; era, sencillamente, algo que ahora ciertamente ha terminado. Siente vergüenza en una medida que tal vez nuestra mujeres no sienten nunca; no es sino ahora cuando se da cuenta de que se ha entremetido en un reclutamiento extraño, y cuando el soldado termina de leer su lista su nombre no ha aparecido y hay un instante de silencio; ella huye temblando y encogida hasta la puerta y recibe todavía un puñetazo del soldado en la espalda.

Si es un hombre el que sobra, no aspira a otra cosa, tal y como antes, a pesar de no pertenecer a esta casa, que a ser reclutado. También esto es completamente inútil; nunca ha sido reclutado uno de estos sobrantes y nunca sucederá algo semejante

Tobias Wolff: A la espera de nuevas órdenes. Cuento

tobias wolfEl sargento Morse estaba de guardia aquella noche en la oficina de la compañía cuando llamó una mujer; preguntaba por Billy Hart. él le contó que al soldado especialista Hart lo habían mandado a Irak una semana antes. La mujer dijo:

-¿Billy Hart? ¿Está seguro? Nunca dijo nada sobre que lo mandarían fuera.

-Estoy seguro.

-Bien. Dios santo. Eso sí que es nuevo.

-¿Y quién es usted? Si no le importa que se lo pregunte.

-Soy su hermana.

-Puedo darle su email.

No cuelgue, se lo conseguiré.

-Está bien. Pero hay gente esperando para hablar. Gente que no tiene nada mejor que hacer que acogotar a los demás.

-No llevará más de un minuto.

-Da igual. Se ha ido, ¿no?

-Vuelva a llamar cuando quiera. A lo mejor la puedo ayudar.

-Ja -dijo ella, y colgó.

El sargento Morse volvió a ocuparse de los papeles, pero la llamada le había inquietado. Se levantó y fue a la máquina del agua fría, se sirvió un vaso y se quedó junto a la puerta. La noche era amenazadoramente cálida y silenciosa: ya eran más de las once, el cuartel estaba en silencio, sólo unas pocas ventanas brillaban en la bruma. Una gruesa mariposa gris tamborileaba contra la puerta de tela metálica.

Morse no conocía bien a Billy Hart, pero se había fijado en él. Hart era de los montes cercanos a Asheville y le gustaba jugar a hacerse el cateto porque eso le protegía.

Siempre estaba haciendo chanchullos, vagueando en alguna parte cuando había trabajo que hacer, aunque siempre dispuesto a desplumar a los novatos al póquer o cobrándoles por llevarlos a la ciudad en su Mustang descapotable. Se decía que traficaba con droga, pero no le habían cogido. Pensaba que todos los demás eran idiotas; podía verse que pensaba eso en aquella sonrisita tensa. Algún día tendría un tropiezo, pero por ahora le iba bien. Para los tipos como Billy Hart, allí había muchas oportunidades.

Un soldado con buena facha, sin embargo. Con algo de indio en aquellos pómulos altos, los ojos negros hundidos; guapo, de verdad, y con aquellos gestos lentos como de gato, frío, distante, casi desdeñoso en la languidez y ligereza de sus movimientos. Morse había notado que le atraía a pesar de sí mismo; era consciente de que Hart supondría problemas, por lo que siempre estaba tenso en presencia suya, luchando contra la obstinada tendencia de su mirada a dirigirse hacia la cara de Hart, hacia aquella expresión de que sabía algo secreto que le asomaba a los labios. Hart resultaba accesible, Morse lo notaba con seguridad, y estaba abierto a cualquier cosa que le ofreciera interés y ventajas. Con todo, Morse había mantenido las distancias. No hacía avances, y no podía correr el riesgo de un enredo estúpido; en cualquier caso, ahora no.

Había pasado veinte de sus treinta y nueve años en el ejército. No era de los que aseguraban que lo amaban, pero pertenecía a él como a una tribu, ligado a los que le rodeaban por los lazos de una obligación irrenunciable, y el amor a fin de cuentas no venía al caso. Era soldado, ya no se podía imaginar de paisano; la informalidad de esa vida, las interminables elecciones insignificantes que había que tomar.

Morse sabía que era de donde estaba, y sin embargo se arriesgaba a provocar un escándalo y a que lo licenciaran por mantener relaciones peligrosas. Justo antes de su destino en Irak había sido el camarero cubano, que resultó estar casado y ser un mentiroso compulsivo -mentiroso por deporte-, y al final, cuando Morse rompió con él, un chantajista. Morse no dejó que lo chantajease. Escribió el nombre y número de teléfono del oficial a cuyas órdenes estaba.

-Toma -dijo-, venga, llámale.

Y aunque no creyó que el hombre fuera a llamar de verdad, pasó las semanas siguientes encogido por dentro por si llegaba a recibir un golpe. Luego lo mandaron a Irak y pronto volvió a vivir, listo para la siguiente emoción.

ésta tomó la forma de un joven teniente al que destinaron a la unidad de Morse la misma semana en que llegó. Pasaron el cursillo de orientación juntos, y Morse estaba seguro de que el teniente sentía atracción por él, aunque parecía indeciso con respecto a su propia disposición, hasta cuando se rindió a ella, lo que hizo con una prisa sólo incrementada por la casi imposibilidad de encontrar tiempo y espacio íntimos. En realidad acababa de descubrir lo que era, y en el proceso de descubrirlo tuvo accesos de asco de sí mismo tan despiadados y oscuros que Morse tuvo miedo de que se hiciera daño o volviera su rabia hacia el exterior, puede que contra el propio Morse, o los llevara a los dos a la ruina por confesárselo berreando a un coronel paternal en algún bar de oficiales.

La cosa no llegó a tanto. El teniente había adoptado a un gato sarnoso con una sola oreja mientras estaban de patrulla; el gato le arañó el tobillo y el arañazo se infectó, y en lugar de ponerse en tratamiento se hizo el loco y trató de aguantarlo y, joder, casi se queda sin pie. Lo mandaron a casa con muletas a los cinco meses de haberlo destinado.

Para entonces Morse estaba tan harto que no sintió la menor pena; sólo alivio.

No tenía motivos para sentir alivio. No mucho después de volver a Estados Unidos, le llamaron al cuartel general del regimiento para una entrevista con dos hombres pulcros, amistosos, vestidos de paisano que aseguraron ser ayudantes del congresista del distrito del teniente. Dijeron que existía una cuestión delicada por la que habían recurrido al congresista que requería un examen detallado del destino en Irak del teniente; su comportamiento en acción, sus relaciones con los demás oficiales y con la tropa que estaba a su mando. Sus preguntas surgían durante la conversación, casi con desgana, pero insistían una y otra vez sobre sus propias relaciones con el teniente. Morse no soltó prenda, aunque se esforzó por parecer sincero, sin recelos. Imaginó que aquellos hombres eran agentes de estupefacientes del ejército, aunque dijeran otra cosa. Dejaron pasar varias semanas antes de reclamarle para otro interrogatorio, que cancelaron sin aviso; Morse apareció, pero ellos no. Todavía estaba esperando la próxima citación.

Muchas veces había deseado que sus deseos se cumplieran mejor, pero supuso que eso era lo normal; en realidad era un hombre de suerte cuyos deseos se cumplían lo suficiente.

Con todo tenía esperanzas. Durante los últimos meses había mantenido relaciones con un sargento mayor de la división de Inteligencia; un hombre tranquilo, culto, cinco años mayor que él. Aunque Morse no conseguía considerarse “pareja” de nadie, poco a poco fue abandonando su habitación en el cuartel de estado mayor para pasar noches y fines de semana en la casa de Dixon de fuera del puesto. La vivienda estaba atestada de armas antiguas, máscaras y juegos de ajedrez que Dixon había coleccionado durante sus destinos en varias partes del mundo, y al principio Morse había sentido una especie de sobrecogimiento nervioso, como si estuviera en un museo, pero ya se le había pasado.

Ahora le gustaba tener aquellas cosas alrededor. Allí estaba en casa.

Sin embargo, Dixon iba a ser destinado al otro lado del mundo en breve y el propio Morse recibiría órdenes pronto; entonces, lo sabía, todo se complicaría.

Tendrían que plantearse ciertas consideraciones sobre cada uno de ellos y sobre sí mismos. Tendrían que decidir cuánto iban a prometer. Adónde los llevaría aquello, Morse no lo sabía. Pero todo esto aún tenía que llegar.

La hermana de Billy Hart volvió a llamar una medianoche, justo cuando Morse estaba cambiando su puesto en el despacho de la compañía con otro sargento. Cuando descolgó y oyó la voz, señaló la puerta y el otro hombre sonrió y salió fuera.

-Entonces, ¿quiere la dirección? -preguntó Morse.

-Eso supongo. Para lo que me va a servir.

Morse ya le había echado una ojeada. Se la leyó.

-Gracias -dijo ella-. Yo no tengo ordenador, pero Sal sí.

-¿Sal?

-¡Sally Cronin! Mi prima.

-Podría ir usted a un cibercafé.

-Bueno, supongo que sí -dijo ella con escepticismo-.

Oiga… ¿no dijo usted que a lo mejor podría ayudarme?

-No lo sé con exactitud -dijo Morse.

-Lo dijo, sin embargo.

-Sí, y usted se rió.

-Eso no fue una risa de verdad.

-Ah, no fue una risa.

-Más bien algo así como… no sé.

Morse esperó.

-Lo siento -dijo ella-. Mire, no le estoy pidiendo ayuda, ¿vale? Pero ¿por qué lo dijo? Sólo por curiosidad.

-Por nada. No pensé en ello.

-¿Es usted amigo de Billy?

-Me cae bien.

-Bien, eso fue agradable. ¿Sabe? Una cosa agradable de oír.

Una vez Morse terminó el servicio fue en coche a la cafetería desde la que había llamado ella.

Según acordaron, estaría esperándole junto a la caja registradora, y cuando él cruzó la puerta vestido de faena vio que la mujer le miraba con intensidad y cierta prevención. Se enderezó; una mujer alta, casi tanto como el propio Morse, con lacio pelo castaño y una cara larga con aspecto de cansada, muchas pecas debajo de los ojos. Tenía los ojos oscuros, pero por lo demás no se parecía nada a Hart, y Morse se sintió desconcertado por la súbita decepción y su impulso de largarse.

La mujer dio un paso hacia él, con la cabeza ladeada, como si tratara de adivinar si era él. Llevaba una blusa roja sin mangas y se abrazaba los pecosos brazos para defenderse del frío del aire acondicionado.

-Bien, ¿debería llamarle sargento? -preguntó.

-Randall.

-Sargento Randall.

-Sólo Randall.

-Sólo Randall -repitió ella, y le tendió la mano.

La tenía seca y áspera-. Julianne. Vamos al rincón.

Le condujo a una mesa junto a la gran ventana que daba al aparcamiento. Un niño con la cara gorda, puede que de unos siete u ocho años, ya estaba sentado dibujando en la parte de atrás de un mantel individual entre los restos casi solidificados de huevos, pan de molde y salchichas. Mientras sujetaba el lápiz de colores como un pincho, levantó la cabeza cuando Morse se sentó en el banco de frente al suyo. Tenía las mismas cejas que la mujer, muy marcadas, y clavó la vista en Morse sin pestañear; luego se mordió el labio inferior y volvió a su tarea.

-Di hola, Charlie.

El chico siguió dibujando. Por fin dijo:

-Qué pasa.

-No quiere decir “hola”. Ahora dice “qué pasa”. No sé de dónde lo habrá sacado.

-No importa. ¿Qué pasa contigo, Charlie?

-Pareces una rana -dijo el chico. Dejó el lápiz y agarró otro de la abarrotada mesa.

-¡Charlie! -exclamó ella-. Sé educado -añadió más calmada, haciendo un gesto a la camarera que servía café en la mesa de al lado.

-Da lo mismo -dijo Morse. Imaginó que pasaría aquello. No porque él pareciera una rana (aunque era plenamente consciente de su enorme boca), sino porque le había seguido la corriente al chico. ¡”Qué pasa contigo”!

-¿Qué hace esa mujer? -dijo Julianne, cuando la camarera paseó cansinamente la mirada por el local. Entonces atrajo su atención, y la mujer se acercó muy despacio a la mesa y le rellenó la taza.

-¿Estás haciendo un dibujo? -preguntó la camarera-.

¿Qué es? -el niño la ignoró-. Pues tiene usted ahí a un pequeño artista -le dijo a Morse, y luego se alejó pensando en otra cosa.

Julianne se echó mucho azúcar en el café.

-¿Charlie es hijo suyo?

Ella se giró y miró interrogante al niño.

-No.

-Tú no eres mi madre -murmuró el niño.

-¿No acabo de decirlo? -ella acarició la redonda mejilla del niño con el dorso de la mano-. Haz ese dibujo, metomentodo.

¿Niños? -preguntó a Morse.

-Todavía no -observó que el niño trazaba rayajos en el mantelito, agarrando el lápiz como si realizara un trabajo duro.

-No se ha perdido usted nada.

-Bueno, creo que probablemente sí.

-Nada salvo malas contestaciones y complicaciones-dijo ella-.

Charlie es de Billy. De Billy y Dina.

Morse nunca lo habría supuesto al mirar al niño.

-No sabía que Hart tuviera un hijo -dijo, y esperó que ella no hubiera apreciado la nota de queja, para él demasiado evidente y extraña.

-Tampoco él, por cómo se porta. él y Dina, los dos.

Dina, explicó, estaba fuera haciendo una segunda cura de rehabilitación en Raleigh. Julianne y Belle (la madre de Julianne, dedujo Morse) habían estado cuidando de Charlie, pero no les iba bien, y después de la última riña Belle se había largado a Florida con un novio, dejando a Julianne empantanada. Conducía un autobús escolar durante el curso y por los veranos trabajaba de cocinera en un campamento para chicas, pero con Charlie a su cargo y sin dinero para que cuidaran del niño había renunciado al trabajo en el campamento. De modo que había venido hasta aquí en coche para tratar de obtener ayuda de Billy; la suficiente para ir tirando hasta que empezasen las clases o Belle decidiera volver y hacer lo que le correspondía, algo muy poco probable.

Morse hizo un gesto con la cabeza hacia el chico. No le gustaba que oyera todo aquello, si es que algo conseguía romper aquella concentración, pero Julianne continuó como si no le hubiera visto. Tenía una voz grave, casi masculina, con un tono nasal como el que puede hacer una hoja de sierra.

Carecía de aquella perezosa musicalidad característica de Hart, y su aspecto se correspondía más con el propio de las hondonadas y granjas de su tierra natal. Hablaba de la gente de allí como si Morse también debiera conocerla, como si ella no tuviera una idea de cómo funcionaba el mundo exterior al suyo.

Al principio Morse supuso que ella quería cargarle con el mochuelo, pero no lo hizo. No entendía qué quería de él, ni por qué, sin venir a cuento, se había ofrecido a ir allí aquella noche.

-De modo que se ha ido -dijo Julianne-. Está usted seguro.

-Me temo que sí.

-Bien. Pues ya sé la suerte que tengo. No podría ser peor -se reclinó y cerró los ojos.

-¿Por qué no llamó antes?

-¿Qué? ¿Que él supiera que yo venía? Usted no conoce a nuestro Billy.

Entonces Julianne pareció quedar en trance, y Morse pronto la siguió, adormecido por el tintineo de la vajilla y las voces de los de alrededor, el lápiz de colores rascando suavemente.

No supo cuánto estuvo sentado en ese plan. Lo despertó el repiqueteo de gotas de lluvia contra la ventana, unas cuantas gotas gruesas que dejaban líneas grasientas al deslizarse cristal abajo. Dejó de llover. Luego volvió a hacerlo con fuerza, chisporroteando sobre el asfalto y haciendo brillar los coches del aparcamiento; algo agradable de ver después del largo día húmedo.

-Llueve -dijo Morse.

Julianne no se molestó en mirar. De no haber asentido con la cabeza, podría haber estado dormida.

Morse reconoció a dos hombres de su compañía en una mesa al otro lado del local. Los miró hasta que le lanzaron una ojeada, entonces saludó con la cabeza y ellos le devolvieron el saludo. Cien por cien seguro; confirmado al ver al sargento Morse con una mujer y un niño. Una familia. Le molestaba pensar algo tan vulgar y duro, y lamentó lo que le llevó a pensar en ello. Con todo, ¿cómo los iban a ver si no, a los tres, en una cafetería a aquella hora? Y no sólo era que pareciesen una familia. No, había un ambiente familiar en el propio silencio de la mesa: Julianne con los ojos cerrados, el niño ocupado con su dibujo, el propio Morse con pinta de marido y padre.

-Está cansada -dijo.

La ternura de su propia voz le sorprendió, y los ojos de Julianne parpadearon al abrirse como si también ella estuviera sorprendida. Le miró con gratitud; y a Morse se le ocurrió que aquella noche le había vuelto a llamar por el motivo que le dio: porque había hablado con ella amablemente.

-Estoy cansada -dijo ella-. Así es como estoy.

-Mire, Julianne. ¿Qué necesita para mantenerse a flote?

-Nada. Olvide todo eso… Sólo me estaba desahogando.

-No me refiero a un acto de caridad, ¿vale? Sólo un préstamo, eso es todo.

-Me las arreglaré.

-No hay nadie haciendo cola para que le preste nada -dijo él, y era verdad. El padre y el hermano mayor de Morse, al fin se daba cuenta, mantenían frías relaciones con él desde hacía años. Estuvo cerca de su madre, pero ella murió justo después de que él regresara de Irak. En su nuevo testamento Morse nombraba única heredera a la residencia donde su madre pasó sus últimas semanas. Nombrar a Dixon parecía demasiado precipitado y estaría lleno de significado, así que podría atraer una atención nada deseada; y en cualquier caso, Dixon había hecho unas inversiones acertadas y estaba bien cubierto.

-No puedo aceptarlo, así de fácil -dijo Julianne-.

Pero es realmente encantador.

-Mi padre es soldado -dijo el niño, con la cabeza todavía inclinada sobre el mantelito.

-Ya lo sé -dijo Morse-. Y buen soldado. Deberías estar orgulloso.

Julianne le sonrió, sonrió de verdad, por primera vez aquella noche. Había estado apartando la vista, siempre con una expresión tensa en la boca; cuando sonreía parecía otra persona. Morse vio que no carecía de encanto, y que estar cómoda con él lo había hecho aflorar. Se sentía avergonzado. Tuvo la sensación de que era un hipócrita, pero se libró de ella inmediatamente, incluso con indignación.

-No puedo obligarla -dijo-. Haga lo que quiera.

La sonrisa desapareció.

-Lo haré -dijo ella, en el mismo tono que había utilizado él; más duro de lo que pretendía-. Pero de todos modos se lo agradezco. Charlie -se dirigió al niño-, es hora de irse. Recoge todo eso.

-No he terminado.

-Lo terminarás mañana.

Morse esperó mientras ella enrollaba el mantel de papel y ayudaba al niño a que recogiera sus lápices de colores. Se fijó en la cuenta sujeta debajo del salero y la agarró.

-Yo me ocuparé de eso -dijo ella, estirando la mano de un modo que no admitía negativa.

Morse se quedó de pie, incómodo, mientras Julianne pagaba en la caja, luego salió con ella y el niño. Se quedaron parados debajo de la marquesina, mirando la tormenta que azotaba el aparcamiento. Destellos de lluvia caían oblicuamente entre el resplandor de las luces de arriba. Los árboles cercanos se sacudían con violencia, y el viento producía ondulaciones brillantes en el asfalto. Julianne apartó un mechón de pelo de la frente del chico.

-Yo estoy preparada. ¿Y tú?

-No.

-Bueno, pues no va a dejar de llover por Charles Drew Hart -bostezó con ganas y se sacudió la cabeza-Encantada de haber hablado con usted -le dijo a Morse.

-¿Dónde se van a alojar?

-En la furgoneta.

-¿Una furgoneta? ¿Van a dormir en una camioneta de ésas?

-No puedo conducir como está ahora -y en la mirada que le lanzó, expectante y burlona, Morse vio que ella sabía que le ofrecería la habitación de un motel, y que ella ya estaba disfrutando con la satisfacción de rechazarla. Pero eso no impidió que él lo intentara.

-Orgullo de campesinos -comentó Dixon por la mañana cuando Morse le contó la historia-. Deberías haberla invitado a que se quedara aquí. La gente así, la que vive en el monte, acepta la hospitalidad aunque no acepte dinero.

Son como los árabes. La hospitalidad tiene algo de sagrado.

Uno no se niega a ofrecerla, y no se niega a aceptarla.

-No se me ocurrió -dijo Morse, aunque la verdad es que había tenido la misma intuición cuando estaba de pie delante del restaurante con los otros dos, la cartera en la mano. Hasta cuando trató de decirle a Julianne que aceptara el dinero para una habitación, invocando la furia de la tormenta y la necesidad de resguardar al niño en un sitio seguro y seco, tuvo la sensación de que si se hubiera limitado a invitarla a ir a su casa, ella habría dicho que sí. Y entonces, ¿qué? Despertar y molestar a Dixon para que llevara toallas limpias a la habitación de invitados, preparara café, bromeara con el niño; y mirara a Morse de aquel modo suyo. Su significado a Julianne le resultaría claro. ¿Y de qué le serviría saberlo? A causa de la sorpresa y el desagrado, incluso de la sensación de que habían traicionado sus sentimientos, ella podría echar a perder lo suyo.

Morse había pensado en eso pero de verdad no tenía miedo. Y Julianne le caía bien, y no pensaba que obrara con malicia. A lo que tenía miedo, lo que no podía permitir, era que ella viese cómo le miraba Dixon, y que luego ellos vieran que él no podía responder a la mirada que había recibido. Entre ellos esas cosas estaban desequilibradas, y él mismo no era nada cariñoso.

Así que aunque le ofreciera refugio a Julianne, se sentiría falso, melifluo, como si estuviese tratando de comprarla. Y lo injusto que era sentir culpabilidad mientras le ofrecía un dinero que era rechazado le demostraba demasiadas cosas. Por fin le dijo que se fuera a dormir a la maldita camioneta si era eso lo que quería.

-Yo no quiero dormir en la camioneta -dijo el niño.

-Verás lo que pasa como no lo hagas -dijo Julianne-.

Y ahora vamos… ¿Preparado o no?

-No intente volver en coche a su casa -aconsejó Morse.

Ella puso la mano en el hombro del chico y tiró de él hacia el aparcamiento.

-Está demasiado cansada -le gritó Morse, pero si ella respondió no pudo oírlo por el repiqueteo de la lluvia en la marquesina metálica. Atravesaron el asfalto. El viento venía en rachas, haciendo la lluvia tan fuerte que Morse tuvo que dar un salto atrás. Julianne recibía la lluvia en plena cara y nunca volvió la cabeza. Tampoco el niño, Charlie. Ella le cuidaría, estuviera preparado o no, mientras andaban bajo la lluvia como si no estuviera lloviendo.

Yasunari Kawabata: Gracias. Cuento

Premio Nobel de literatura 1968

Sería un buen año para los caquis. El otoño en las montañas era hermoso.

La ciudad portuaria estaba en la punta meridional de la península. El chofer del ómnibus bajó del primer piso de la terminal a la sala de espera, donde se sucedían humildes puestos de venta de golosinas. Su uniforme amarillo tenía un cuello púrpura. Ahí adelante estaba estacionado el gran ómnibus rojo con una bandera púrpura.

La madre de la niña se puso de pie, apretando el papel de una bolsa con caramelos, y se dirigió al chofer que se arreglaba los cordones de los zapatos.

-¿Así que hoy es su turno? Si es usted quien la lle­va hasta allá, hay que agradecerlo, seguramente va a tener suerte. Es una señal de que algo bueno va a suceder.

El chofer miró a la muchacha que estaba al lado de la mujer y guardó silencio.

-No podemos seguir aplazando esto para siempre… Además, el invierno está casi sobre nosotros. Sería una pena enviarla con el frío. Si de todos modos debemos hacerlo, me parece que es conveniente hacerlo con este tiempo todavía agradable. Y he decidido acompañarla hasta allí.

El chofer asintió sin decir palabra, caminó con el aplomo de un soldado hasta el ómnibus, para acomodar el almohadón del asiento.

-Por favor, tome asiento aquí adelante, señora. No hay tanto traqueteo. Tienen un largo viaje por delante.

La mujer iba a una aldea por donde pasaba el ferrocarril, y que quedaba a sesenta kilómetros al norte, para vender a su hija.

Sacudida a lo largo del camino de montaña, la jovencita clavaba los ojos en la espalda del chofer que estaba justo delante de ella. El amarillo del uniforme colmaba su visión como si fuera un mundo en sí mismo. Las montañas que iban apareciendo se partían y pasaban de un hombro a otro del hombre. El ómnibus atravesó dos pasos muy elevados…

Se cruzó con un carro tirado por caballos, y éste se hizo a un costado.

-Gracias.

La voz del chofer era clara cuando saludaba con una agradable inclinación de cabeza, como un pájaro carpintero.

El ómnibus se encontró con una carreta llena de trastos que también se corrió con sus caballos y le cedió el paso.

-Gracias.

Un carretón.

-Gracias.

Un rickshaw.

-Gracias.

Un caballo.

-Gracias.

Si bien el chofer ya se había cruzado con treinta vehículos en diez minutos, nunca dejaba de ser cortés. Y aunque tuviera que manejar durante cientos de kilómetros, nunca descuidaba su conducta y era como un cedro bien erguido, simple y natural.

Habían partido a eso de las tres. El chofer había tenido que encender las luces a mitad de camino. Pero cada vez que se encontraba con un caballo, las apagaba.

-Gracias.

-Gracias.

-Gracias.

Durante todo el trayecto, fue el chofer con mejor reputación entre los conductores de carretas, carretones y los jinetes.
Cuando el ómnibus llegó a la plaza de la aldea en medio de la oscuridad, la muchachita empezó a temblar y se sintió mareada, como si le flotaran las piernas. Se aferró a su madre.

-Un momento -le dijo ésta a su hija y corrió tras el chofer para implorarle-. Mi hija dice que lo quiere. Se lo pido, se lo ruego con mis dos manos en oración. Mañana ella será juguete de un hombre cualquiera, por eso… Si hasta una muchacha de buena posición de la ciudad… con sólo viajar unos kilómetros con usted…
A la mañana siguiente, al amanecer, el chofer dejó la modesta pensión y cruzó la plaza con apostura de soldado. La madre y la hija corrieron tras él. El ómnibus rojo, con su bandera púrpura, salió del garaje y quedó a la espera del primer tren.

La jovencita subió primero y acarició el asiento de cuero negro del chofer mientras se mordía los labios. La madre se defendía del frío cerrando el cuello de su kimono.

-Y ahora debo llevarla de nuevo a casa. Esta mañana ella lloró, usted me increpó… Compadecerme de ella ha sido un error. Voy a llevarla a casa, ¿bien? Pero sólo hasta la primavera. Sería una pena enviarla ahora que va a iniciarse la temporada de frío. Puedo arreglarme. Pero cuando el tiempo mejore, ya no podré tenerla en casa.
El primer tren le lanzó tres pasajeros al ómnibus.

El chofer acomodó su almohadón. Los ojos de la muchachita se fijaron en la cálida espalda que tenían ante sí. La brisa matinal del otoño se deslizaba sobre esos hombros.

El ómnibus quedó enfrentado a un carro tirado por caballos. Y éste se hizo a un lado.

-Gracias.

Un carretón.

-Gracias.

Un caballo.

-Gracias.

-Gracias.

-Gracias.

-Gracias.

El chofer regresaba, lleno de gratitud, cruzando los sesenta kilómetros de montañas y campos hasta la ciudad portuaria en el extremo meridional de la península.

Era un buen año para los caquis. El otoño en la montaña era bello.