Ryunosuke Akutagawa: En el bosque. Cuento

AkutagawaRyunosukeDeclaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago… Lo lamento… no encuentro palabras para expresarlo…

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que… (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

Confesión de Tajomaru

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante… Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… Luego… ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos… Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte… (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido… un resplandor verdaderamente extraño… Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podía hacer. Aunque yo… yo… (Estalla en sollozos.)

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que… (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?…»

Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía… Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar…

Ryunosuke Akutagawa: Rashomon. Cuento

rashomonEra un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa1 o nobles con el momiebosh, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.

En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.

Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.

Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.

Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir”. Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.

Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku.

La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.

“Para escapar a esta maldita suerte -pensó el sirviente- no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo…”

Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese “si no elijo…” quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir “si no…” demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: “no me queda otro remedio que convertirme en ladrón”.

Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.

Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.

El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el primer peldaño.

Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?

Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.

Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros.

Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.

El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.

Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.

Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.

A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase “el mal”, por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.

Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.

Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió bruscamente, tambaleándose.

-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.

La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:

-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí.

Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitadas. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:

-Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.

La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:

-Yo, sacaba los cabellos… sacaba los cabellos… para hacer pelucas…

Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:

-Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.

Mientras tanto el sirviente había guardado su espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.

-¿Estás segura de lo que dices? -preguntó en tono malicioso y burlón.

De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:

-Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.

Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.

Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.

Abajo, sólo la noche negra y muda.

Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.

Ryunosuke Akutagawa: El pañuelo. Cuento

akutagawaEl profesor Kinzo Hasegawa, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Tokio, estaba sentado en un sillón de caña, en la galería de su residencia, leyendo la Dramaturgia de Strindberg.

El profesor Hasegawa era un experto en cuestiones de política colonial, de manera que bien puede asombrar al lector el hecho de que estuviera leyendo la Dramaturgia de Strindberg. Pero este catedrático, tan conocido como maestro como por sabio, se dedicaba en sus momentos de ocio a hojear, aunque fuera superficialmente, los libros que por cualquier motivo interesaran a los estudiantes de su época. Gracias a estas lecturas, aunque innecesarias para enseñar su especialidad, se informaba sobre los intereses, las ideas y conocimientos de sus alumnos.

Así, en los últimos tiempos, también se había dedicado a leer De Profundis e Intentions, de Oscar Wilde, por la única razón de que dichas obras eran favoritas de los alumnos de una escuela profesional de la cual era director. No existía motivo de asombro, entonces, que leyera una obra sobre el teatro y los actores de la Europa moderna. Entre los estudiantes que tenía a su cargo, algunos habían escrito comentarios críticos sobre Ibsen, Strindberg y Maeterlinck, a la par que otros soñaban con imitar a estos autores, y anhelaban fervientemente consagrar sus vidas al teatro.

Cada vez que Hasegawa terminaba de leer una de esas piezas abundantes en frases tan ingeniosas como mordaces, apoyaba sobre sus piernas el volumen encuadernado en tela y permitía que su mirada ausente se dirigiera hacia el farolillo Gifu que colgaba en la galería. Cosa extraña, en verdad, pero cada vez que su pensamiento abandonaba a Strindberg, se presentaba ante él la imagen de la mujer en cuya compañía había comprado este farol. Se había casado con ella durante una estancia en los Estados Unidos. Era norteamericana, pero amaba Japón y a los japoneses no menos intensamente que su marido. Y eran particularmente ciertas creaciones artesanales producidas por la refinada técnica japonesa las que encantaban a la señora Hasegawa. El farol Gifu en la galería más bien debía ser considerado una manifestación de su gusto personal que una necesidad del sentido estético del profesor Hasegawa.

De la misma manera, cada vez que detenía la lectura, el profesor dejaba que su pensamiento errara de su mujer al farol Gifu y del farol Gifu a la civilización que éste representaba. No se podía dudar de que Japón había logrado, en los últimos cincuenta años, considerables progresos materiales, pero mediocres realizaciones en el plano espiritual. En rigor de verdad, la civilización había perdido terreno. Poner remedio a esta degradación constituía el deber más urgente de los pensadores japoneses modernos.

Pero ¿cómo lograrlo? Una sola vez había ofrecido una solución: la del Bushido, gloria y orgullo del Japón. Acerca de esta matera, el profesor tenía fuertes convicciones. El Bushido jamás debió ser entendido como un código moral estrecho y sectario propio de un pueblo aislado: si hasta era evidente que existían en él ciertos rasgos comunes con el espíritu del cristianismo occidental. Por lo demás, si el Bushido se mostraba todavía capaz de dotar de cierto sentido a la vida de los japoneses, los beneficios no habrían de limitarse sólo a la vida espiritual del Japón. Redundarían, también, en una mayor comprensión mutua entre occidentales y japoneses y contribuiría, por consiguiente, a la causa de paz internacional.

Estas eran las ideas del profesor de Derecho. Hacía mucho tiempo que acariciaba la vocación de constituirse en puente de unión entre Occidente y Oriente. Y a un espíritu así dispuesto no podía dejar de complacerlo el hecho de que su esposa, el farolillo Gifu y la civilización que éste representaba conformaran, en su intimidad, una totalidad armónica. No obstante, como corolario de estas reflexiones, el profesor Hasegawa terminó percatándose de lo mucho que se habían desviado sus pensamientos del libro de Strindberg. Meneando la cabeza con cierta contrariedad, hizo un esfuerzo para volver a concentrar su mirada sobre los minúsculos caracteres impresos. Y su mirada cayó sobre este pasaje:

”Cuando un actor descubre que cierta técnica es la apropiada para expresar un sentimiento ordinario, y que esa técnica le asegura éxito, poco a poco se acostumbra a servirse de ella en cualquier circunstancia, sea a causa de la facilidad que siempre proporcionan las rutinas, sea a causa del éxito que mediante ella obtiene. Esto es lo que se denomina estilo…”

En realidad, al profesor, tanto por su propia naturaleza como por su formación, le interesaba poco el arte en general, y menos aún el arte teatral. Tan raramente había ido al teatro que recordaba perfectamente cuántas veces lo había hecho. En cierta ocasión había encontrado el nombre Baiko en el escrito de uno de sus alumnos. A pesar de su vasta erudición, ese nombre le resultó completamente desconocido. De modo que, aprovechando una conversación, le preguntó al estudiante:

-¿Quién es este Baiko?

El estudiante respondió respetuosamente:

-¿Baiko? Es un actor del elenco del Teatro Imperial de Marunouchi. Actualmente interpreta el papel de Misao en el décimo acto de la Crónica de Taiko.

De modo que el profesor carecía de opinión sobre esas técnicas de puesta en escena y de actuación que Strindberg comentaba con pluma incisiva. El tema le interesaba sólo en la medida en que evocaba para él algún espectáculo visto durante su permanencia en Europa. En esto se parecía a esos profesores de inglés que sólo se interesan en leer las obras de Bernard Shaw para descubrir en ellas frases utilizadas por el hablante común. Aunque no debemos dejar de decir que Hasegawa encontraba interesantes sus lecturas.

En ese momento, el farol Gifu colgaba del techo de la galería, aún sin encender. Arrellanado en su sillón, el profesor continuaba entregado a la lectura de la Dramaturgia de Strindberg. Todo cuanto acabo de exponer ya habrá permitido al lector, supongo, imaginar que esa era una tarde del inicio de la estación en que oscurece más tarde. Quienes de esto duden, se equivocan. Y de pronto, el profesor se vio obligado a interrumpir su lectura porque la criada vino a anunciarle una visita inesperada, que venía a perturbar su estudiosa ensoñación. Había gente que vivía a la caza de oportunidades de molestar, aun en esa estación en la que los días son más largos.

El profesor dejó el libro y echó un vistazo a la tarjeta de visita que le mostraba la criada. Sobre la gruesa cartulina se leía, impreso con elegante tipografía, el nombre de Atsuko Nishiyama. El profesor no recordaba conocer a nadie con ese nombre.

Pero el profesor Hasegawa tenía muchos conocidos, de manera que, mientras abandonaba su sillón, repasó mentalmente con rapidez la lista de sus relaciones, para confirmar su primera impresión. No descubrió en su memoria rostro alguno que se correspondiese con el nombre en cuestión. Entonces dejó la tarjeta como señal entre las páginas del libro, sobre el sillón de caña, y ajustándose el kimono de seda, lanzó una mirada al farol colgado delante suyo. Quién no sabe que, en situaciones semejantes, siempre se siente más incómoda la persona obligada a recibir que aquella que aguarda ser recibida. En este punto, el carácter nada veleidoso del profesor Hasegawa nos exime de añadir que él no constituía una excepción a esta ley, aunque su visitante fuera, como en esa oportunidad, una mujer desconocida.

Miró la hora y abrió la puerta del salón. Apenas su mano dejó el picaporte, la visitante, que parecía tener unos cuarenta años, se levantó de su silla. Vestía un muy elegante kimono de seda gris, cuya calidad estaba mucho más allá del alcance de la sabiduría del profesor en materia de vestimentas. Llevaba también un haori negro de tafetán cuyos bordes dejaban al descubierto, sobre el pecho, un pequeño escote en el que relucía un valioso zafiro en forma de rombo. Aunque el profesor habitualmente prestaba muy poca atención a estos detalles, de inmediato advirtió que la mujer llevaba recogido el cabello en un rodete. Su tez ambarina y el rostro ovalado eran típicamente japoneses: toda ella era la imagen misma de una perfecta madre de familia. Apenas la vio, el profesor Hasegawa fue embargado por la sensación de haberla visto ya en otra parte.

La saludó de buen talante:

-El profesor Hasegawa… Muy honrado, señora…

Si en verdad ya se habían visto, pensó el profesor, la mujer no dejaría de recordarlo. Entonces, ella se presentó a su vez:

-Soy la madre de Kinichiro Nishiyama.

¡Kinichiro Nishiyama! Hasegawa lo recordaba bien. Era uno de esos estudiantes que escribían artículos sobre Ibsen, Strindberg, etcétera. Integraba el departamento de estudios de Derecho Alemán. Desde su ingreso a la Univeridad, había visitado con frecuencia al profesor con el objeto de consultarlo sobre la evolución de las ideas. En la primavera última, un ataque de peritonitis obligó a internarlo en el hospital, a donde el mismo profesor había ido a visitarlo un par de veces. De esta manera que su sensación de haber visto antes a esa mujer no era producto del azar. La semejanza entre madre e hijo era asombrosa. Para usar una expresión vulgar, el joven y la mujer se parecían como dos gotas de agua.

-¡Ah, sí! ¡Ya veo! Usted es la madre de…

Hablando casi para sí, Hasegawa la invitó a ubicarse en una silla, del otro lado de una pequeña mesa.

-Siéntese allí, por favor.

La dama, tras disculparse como correspondía por lo inesperado de su visita, volvió a saludar ceremoniosamente al profesor y ocupó la silla que se le ofrecía. Mientras se sentaba, sacó de la manga un objeto blanco que para el profesor podía ser un pañuelo. Él, por su parte, le ofreció un abanico de Corea y tomó asiento frente a ella.

-¡Qué bien instalado está usted!

-Sí, esto es amplio, pero está un poco desordenado -respondió Hasegawa, acostumbrado a estar frases circunstanciales.

En aquel momento, la criada llegó con dos tazas de té frío y las dispuso cuidadosamente entre la visitante y él. Poco a poco el profesor fue encaminando la conversación hacia el objeto de la visita.

-¿Cómo está Nishiyama? ¿Hay alguna novedad? -preguntó.

-Sí…

La dama calló un instante y posó discretamente sus manos, una sobre otra, sobre sus rodillas. Después siguió hablando con la mayor serenidad, sin mostrar el menor signo de emoción.

-Precisamente a propósito de mi hijo vengo hoy a verlo. Todo ha terminado. Murió. Yo quiero agradecerle todo lo que usted hizo por él…

El profesor, considerando señal de timidez el hecho de que su visitante no hubiera tocado aún su taza de té, llevó la sulla a los labios, diciéndose: “Lo mejor es dar el ejemplo”.

Pero la taza todavía no había rozado su fino bigote cuando le llegaron las palabras que la mujer terminaba de pronunciar.

“¿Debo beber o no?”, se preguntó el profesor, vacilando. Consideraciones de esta naturaleza, que nada tenían que ver con la muerte de su alumno, perturbaron por una pequeña fracción de tiempo su espíritu. Pero tenía la taza de té en la mano y no podía prolongar eternamente esta indecisión. Bebió de un trago la mitad del contenido de la taza y, levemente agitado, con voz casi ahogada, preguntó:

-¿Cómo ocurrió?

-En el hospital, mi hijo me hablaba de usted con frecuencia. Por eso es que me he atrevido a molestarlo para comunicarle su muerte y agradecerle…

-¡No, no! ¡Se lo ruego! -dijo el profesor, profundamente afectado-. ¡De modo que murió! ¡Qué desgracia! ¡Tenía por delante un hermoso porvenir! Yo no fui más veces al hospital imaginando ingenuamente que estaría mejor. Así que… ¿Cuándo murió?

-Ayer a las ocho.

-¿En el hospital?

-Sí, señor profesor.

-¡Verdaderamente no lo esperaba!

-Todos los cuidados le fueron prodigados. ¡Sólo me queda resignarme! Pero a pesar mío me rebelo…

En el curso de esta conversación, el profesor advirtió, algo sorprendido, que ni los gestos ni la actitud de esta dama eran los propios de una madre que anuncia la muerte de su hijo. Sus ojos estaban secos, su voz sonaba tranquila y hasta se notaba una suavísima sonrisa sugerida por sus labios. Cualquiera que la observaba sin oírla creería que se estaba hablando de cualquier tema trivial. Era un verdadero misterio.

Muchos años atrás, en aquella época en que el profesor vivía en Berlín, murió Guillermo I, padre del Kaise actual. El profesor conoció la noticia en un café que frecuentaba y en un primer momento sólo se sintió moderadamente conmovido. Regresó a la pensión, bastón en mano, tan sereno y bien dispuesto como siempre. Apenas abrió la puerta, los dos hijos del hotelero le saltaron al cuello, ahogados en sollozos. El profesor, que adoraba a esos niños, no comprendía qué les pasaba y, acariciando sus cabelleras, trataba de consolarlos, mientras les preguntaba: “¿Qué sucede? ¿Qué pasó?”. Pero los niños no dejaban de llorar aunque, reprimiendo por un momento sus sollozos, le dijeron: “¡Parece que el anciano emperador ha muerto!”.

En aquella ocación, al profesor lo sorprendió muchísimo descubrir que la muerte de un viejo gobernante pudiera desolar a tal extremo a unos niños. No fue sólo el vínculo afectivo entre la familia imperial y el pueblo lo impresionante: desde su llegada a Europa lo habían sorprendido muchas veces las impulsivas manifestaciones emocionales propias de los occidentales, y en aquella oportunidad su espíritu de japonés fiel al Bushido había quedado estupefacto. Había padecido un incomprensible impacto psicológico en el que jugaban irracionalmente la simpatía y el asombro. Y en la ocación actual no le parecía menos sorprendente que, de un modo absolutamente inverso, esta madre no llorara; una cosa era tan asombrosa como la otra. Y no tardó en hacer un segundo descubrimiento.

Por un momento, la conversación se detuvo en el recuerdo del difunto para pasar luego a rememorar y comentar detalles de su vida; pero retornó otra vez a su perona en particular. Por alguna razón desconocida, el abanico coreano escapó de la mano de la señora y saltó en el aire, cayendo sobre el piso de mosaicos. La conversación no era, por cierto, tan importante como para que no fuera imposible interrumpirla por un instante. De manera que el profesor se inclinó, extendiendo su mano hacia el piso, en procura del abanico, que estaba allá, bajo la pequeña mesa, cerca del pie recubierto por una femenina pantufla.

Casualmente, la mirada del profesor se posó en las rodillas de la mujer, sobre las que se apoyaban las manos con un pañuelo entre ellas. No descubrió nada extraordinario. Pero advirtió el temblor de las manos que aferraban y tironeaban con tanta fuerza el pañuelo que amenazaban desgarrarlo, un temblor que sin duda respondía a una agitación interior que la dama trataba de reprimir con todas sus fuerzas. El profesor observó que el mismo temblor animaba el borde de encaje del pañuelo de seda varias veces plegado entre los dedos flexibles de la mujer. Se diría que una brisa lo estremecía levemente. De hecho, la mujer, de cuyo sostro ni por un momento había desaparecido cierta vaga sonrisa, estaba llorando con todo el resto de su cuerpo.

El rostro que mostró el profesor cuando levantó el abanico tenía una expresión totalmente distinta de la de antes. Una expresión de algún modo perpleja en la que, al sentimiento de respeto y a la confusión suscitados en él por el espectáculo que no debió ver, se les sumaba un matiz de satisfacción proveniente de la conciencia misma de haberlo visto.

-No tengo hijos, pero me creo capaz de compartir su dolor

-dijo el profesor en voz baja, conmovido, echando exageradamente la cabeza hacia atrás, como si una viva luz lo deslumbrara.

-Le agradezco mucho su compasión.¡Pero todo ha terminado!

-dijo la madre, bajando apenas la cabeza.

Sin embargo, su rostro seguía esbozando siempre esa sonrisa, que no parecía forzada.

Dos horas más tarde, el profesor tomó su baño, cenó, paladeó las cerezas del postre y se volvió a arrellanar en su sillón de caña. Ese día, en el crepúsculo estival, la oscuridad no terminaba de llegar. Bajo la amplia galería, cuyas puertas de vidrio estaban completamente abiertas, la noche era aún algo que estaba lejos. Con las piernas perezosamente cruzadas y la cabeza apoyada sobre el respaldo del sillón, el profesor contemplaba distraídamente la colgante borla roja del farol Gifu. El libro de Strindberg seguía en sus manos, pero ya no parecía interesarl. Su espíritu estaba capturado por la conmovedora actitud de la señora Nishiyama.

Durante la cena, el profesor había narrado a su mujer el incidente de la madre. Había podido admirar en esa dama japonesa -dijo- el espíritu del Bushido. Ni hace falta decir que su esposa, que amaba Japón y a los japoneses, se sintió tan conmovida como su esposo por el ejemplo ofrecido por la dama. ¡Qué feliz se sentía el profesor contando con una oyente sincera y amante en la persona de su mujer! Su esposa y el farol Gifu se destacaban en forma similar en su conciencia sobre cierto fondo moral.

El profesor se dejó llevar durante algún tiempo por esas dichosas divagaciones. Pero de pronto recordó un pedido que le hicieran para una revista mensual. Esta revista había abierto una encuesta sobre el tema “Consejo a los jóvenes”, solicitando a distintas personalidades su opinión sobre la moralidad de la época. En ese instante, el profesor decidió redactar un artículo acerca de sus experiencias del día. Acto seguido, se rascó suavemente la cabeza.

La mano con la que se rascó era la que un momento antes había sostenido el libro de Strindberg, y esto le recordó la lectura interrumpida y durante un tiempo olvidada. Abrió el libro en la página señalada por la tarjeta de visita de la señora Nishiyama. En ese preciso instante la criada vino a encender el farol suspendido por encima de su cabeza, lo que permitió seguir leyendo sin dificultad, a pesar de la pequeñez de los caracteres impresos.

Como no tenía intención de dedicar al libro una lectura muy detallada, recorrió con mirada distraída la página abierta exactamente donde Strindberg decía:

“Yo era joven cuando oí hablar del truco del pañuelo de la señora Heiberg. Se trata de una doble actuación escénica que consiste en desgarrar entre las manos un pañuelo mientras el rostro ostenta una sonrisa. A nuestro juicio se trata de un truco de mal gusto…”

El profesor volvió a apoyar el libro sobre sus rodillas. La tarjeta de Atsuko Nishiyama seguía en el mismo lugar. No obstante, ahora el espíritu del profesor Hasegawa se apartó de esa dama desconocida, de su propia esposa y de la civilización japonesa, para concentrarse en algo que, aunque muy difuso, parecía tratar de quebrar el equilibrio y la armonía establecidos entre aquellos elementos. Sin duda, la críticaque Strindberg hacía de ese truco de actores no era de índole moral. Pero la impresión que le había causado su lectura trastornaba de alún modo la paz interior del profesor Hasegawa, que el baño había aumentado. Se trataba de algo que venía a perturbar su concepción del Bushido y de las prácticas mismas que de este código derivaban.

Ya con su paz interior conmovida, y su humor sombrío, el profesor sacudió dos o tres veces la cabeza, y elevando la mirada, la fijó largamente sobre la diáfana luz de la linterna, que dibujaba otoñales hierbas sobre el empapelado de los tabiques.