Nelson Mandela: Un ideal por el que estoy dispuesto a morir. Discurso

nelson Mandela joven-biografiaDeclaraciones y Discurso de Nelson Mandela desde el banquillo en el Juicio de Rivonia en 1961, que le condenaría a 27 años de cárcel.

“He soñado con la idea de una democracia y una sociedad libre en la cual las personas vivan juntas en harmonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal el cual quiero vivir para verlo hecho realidad. Pero si para ello es necesario…. es un ideal por el cual estoy preparado a morir.”
“Yo soy el primer acusado.

Tengo una licenciatura en Artes y ejercí de abogado en Johannesburgo durante varios años en colaboración con Oliver Tambo. Se me condena por salir del país sin permiso y por incitar a la gente a ir a la huelga a finales de mayo de 1961.

Ante todo, quiero decir que la sugerencia hecha por el Estado en su apertura que la lucha en Sudáfrica está bajo la influencia de los extranjeros o los comunistas es totalmente incorrecta. He hecho todo lo que hice, como individuo y como líder de mi pueblo, por mi experiencia en Sudáfrica y por mi propio orgullo africano.

En mi juventud en Transkei escuché a los ancianos de mi tribu contar historias de los viejos tiempos. Entre los cuentos se mencionaban los de las guerras de nuestros antepasados que lucharon en defensa de la patria. Los nombres de Dingane y Bambata, Hintsa y Makana, Squngthi y Dalasile, Moshoeshoe y Sekhukhuni, se elogiaron como la gloria de toda la nación africana. Yo esperaba entonces que la vida puede ofrecer la oportunidad de servir a mi pueblo y mi humilde contribución a su lucha por la libertad. Esto es lo que me ha motivado en todo lo que he hecho en relación con las acusaciones formuladas en mi contra en este caso.
Dicho esto, tengo que tratar de inmediato y con cierto detenimiento la cuestión de la violencia. Some of the things so far told to the Court are true and some are untrue. Algunas de las cosas que hasta ahora le dijo a la Corte son verdaderas y algunas son falsas. No obstante, niega que planeara sabotaje. Yo no tenía previsto en un espíritu de temeridad, ni porque tengo el amor de toda la violencia. Yo lo previsto como resultado de un ambiente tranquilo y sobrio de evaluación de la situación política que había surgido después de muchos años de tiranía, la explotación y la opresión de mi pueblo por los blancos.

Reconozco inmediatamente que yo era una de las personas que ayudaron a formar Umkhonto we Sizwe y que desempeñó un papel destacado en sus asuntos hasta que fue detenido en agosto de 1962.

En la declaración que voy a hacer voy a corregir ciertas impresiones falsas que han sido creados por el Estado testigos. Entre otras cosas, voy a demostrar que algunos de los actos mencionados en las pruebas no eran y no podría haber sido cometido por Umkhonto. Yo también se ocupará de la relación entre el Congreso Nacional Africano y Umkhonto, y con la parte que personalmente han desempeñado en los asuntos de ambas organizaciones. Voy a tratar también con el papel desempeñado por el Partido Comunista. Con el fin de explicar adecuadamente estas cuestiones, me tendrá que explicar qué Umkhonto establecidas para lograr, lo que los métodos prescritos para el logro de estos objetos, y por qué se eligieron estos métodos. También me tienen que explicar cómo se involucró en las actividades de estas organizaciones.

Niego que Umkhonto responsable de una serie de actos que claramente queda fuera de la política de la organización, y que han sido acusados en el auto de acusación en contra de nosotros. sé qué justificación hay para estos actos, pero para demostrar que no podría haber sido autorizado por Umkhonto, quiero referirme brevemente a las raíces y la política de la organización.

Ya he mencionado que yo era una de las personas que ayudaron a formar Umkhonto. Yo, y los demás que se inició la organización, lo hicieron por dos razones. En primer lugar, considera que, como resultado de la política del Gobierno, la violencia por la African people se había convertido en inevitable, y que, a menos que se le dio un liderazgo responsable para canalizar y controlar los sentimientos de nuestro pueblo, habrá brotes de terrorismo que se producen una intensidad de amargura y hostilidad entre las diversas razas de este país que no se produce, incluso por la guerra. En segundo lugar, consideramos que sin violencia no se abrirá la puerta a la African people para tener éxito en su lucha contra el principio de la supremacía blanca. Todos los modos legítimos de expresar oposición a este principio se había cerrado por la legislación, y nos coloca en una posición en la que hemos tenido a bien aceptar un estado permanente de inferioridad, o para desafiar al Gobierno. Hemos elegido a desafiar a la ley. En primer lugar, violó la ley de una manera que evita cualquier recurso a la violencia, cuando esta forma se legisló contra y, a continuación, el Gobierno recurrió a una demostración de fuerza para aplastar a la oposición a sus políticas, sólo entonces, hemos decidido responder a la violencia con violencia.

Pero la violencia que hemos decidido no adoptar el terrorismo. Nosotros, que se formó Umkhonto todos los miembros del Congreso Nacional Africano, había detrás de nosotros y el ANC tradición de la no violencia y la negociación como medio de resolver las controversias políticas. Creemos que Sudáfrica pertenece a todas las personas que viven en ella, y no a un grupo, ya sea blanco o negro. No queríamos una guerra interracial, y trató de evitarlo hasta el último minuto. Si la Corte está en duda acerca de esto, se verá que toda la historia de nuestra organización lleva a cabo lo que he dicho, y lo voy a decir, posteriormente, cuando describen las tácticas que Umkhonto decidió adoptar. Quiero, por tanto, decir algo sobre el Congreso Nacional Africano.

El Congreso Nacional Africano se formó en 1912 para defender los derechos de la African people que se ha visto gravemente limitada por la Ley de Sudáfrica, y que luego se ve amenazada por la Ley de tierras nativas. Por treinta y siete años – es decir, hasta el 1949 – que se adhirió estrictamente a la lucha constitucional. Presentó demandas y resoluciones, sino que envió el Gobierno a las delegaciones a que en la creencia de que las reclamaciones de África podría ser resuelta por medios pacíficos y que los africanos debate podría avanzar gradualmente a la plena los derechos políticos. Pero los gobiernos de blancos permanecieron indiferentes, y los derechos de los africanos fueron menos en lugar de convertirse en una mayor. En las palabras de mi jefe, Jefe Lutuli, quien se convirtió en Presidente de la ANC en 1952, y que más tarde fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz:

“que se niega que de treinta años de mi vida se han gastado en vano golpear, paciencia, moderación, y modestamente en una puerta cerrada y prohibido? ¿Cuáles han sido los frutos de la moderación? En los últimos treinta años se ha producido el mayor número de leyes que restringen nuestros derechos y el progreso, hasta el día de hoy hemos llegado a una etapa en la que casi no tienen derechos en absoluto “.

Incluso después de 1949, el ANC sigue decidido a evitar la violencia. En este momento, sin embargo, hubo un cambio de lo estrictamente constitucional los medios de protesta que se había empleado en el pasado. El cambio se materializó en una decisión que se tomó para protestar contra la legislación del apartheid por medios pacíficos, pero ilegal, las manifestaciones en contra de determinadas leyes. De conformidad con esta política de la ANC puso en marcha la Campaña de Desafío, en la que fue puesto a cargo de voluntarios. Esta campaña se basa en los principios de resistencia pasiva. Más de 8.500 personas desafiaron a las leyes del apartheid y se fueron a la cárcel. Sin embargo, no hubo un solo caso de violencia en el curso de esta campaña por parte de cualquier manifestante. Yo y diecinueve colegas fueron condenados por el papel que desempeñó en la organización de la campaña, pero nuestras oraciones fueron suspendidos debido principalmente a que el juez determinó que la disciplina y la no violencia en que se habían producido durante todo el proceso. Este fue el momento en que el voluntario de la sección de la ANC fue creada, y cuando la palabra ‘ Amadelakufa ‘ ‘Amadelakufa “se utilizó por primera vez: este fue el momento en que los voluntarios se les pidió que tomen el compromiso de defender ciertos principios. Pruebas relativas a los voluntarios y sus promesas se ha introducido en este caso, pero completamente fuera de contexto. Los voluntarios no eran, y no lo son, los soldados de un ejército negro se comprometieron a luchar una guerra civil contra los blancos. Ellos fueron y son. dedicado los trabajadores que están dispuestos a conducir las campañas iniciadas por el ANC para distribuir folletos, la organización de huelgas, o hacer lo que la campaña es necesario. se llaman los voluntarios, ya que los voluntarios para hacer frente a las penas de prisión y azotes, que ahora están previstas por el legislador para tales actos.

Durante la Campaña de Desafío, la Ley de seguridad pública y la Ley de enmienda del Código Penal se aprobaron. Los presentes Estatutos previsto penas más severas para los delitos cometidos por medio de protestas en contra de las leyes. A pesar de ello, las protestas continuaron y el ANC se adhirió a su política de no violencia. En 1956, 156 miembros destacados de la Alianza del Congreso, incluido yo mismo, fueron detenidos bajo la acusación de alta traición y los cargos en virtud de la Ley de Represión del Comunismo. La política no violenta de la ANC fue puesto en cuestión por el Estado, pero cuando el Tribunal dictó sentencia unos cinco años más tarde, se encontró que el ANC no tiene una política de la violencia. Nos fueron absueltos de todos los cargos, que incluía una cuenta de que la ANC tratado de crear un estado comunista en lugar del régimen actual. El Gobierno siempre ha tratado de etiquetar todos sus oponentes como los comunistas. Esta afirmación se ha repetido en el presente caso, pero como voy a mostrar, la ANC no es, ni nunca ha sido, una organización comunista.

En 1960 se produjo el tiroteo en Sharpeville, lo que resultó en la proclamación de un estado de emergencia y la declaración de la ANC como una organización ilícita. Mis colegas y yo, después de una cuidadosa consideración, hemos decidido que no obedecen a este decreto. Los africanos formaban parte del Gobierno y no las leyes por las que se rigen. Creímos en las palabras de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que «la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del Gobierno”, y para nosotros a aceptar la prohibición equivalía a aceptar el silencio de los africanos de todos los tiempos . The ANC refused to dissolve, but instead went underground. El ANC se negó a disolver, sino que pasó a la clandestinidad. Creíamos que era nuestro deber de preservar esta organización que había sido construido con casi cincuenta años de incesante trabajo. No me cabe duda de que no se respete la libre Blanco disolver la organización política que si se declara ilegal por el gobierno en la que no tienen voz.

En 1960 el Gobierno celebró un referéndum que condujo a la creación de la República. Los africanos, que constituyen aproximadamente el 70 por ciento de la población de Sudáfrica, no tenían derecho a voto, y ni siquiera fueron consultados sobre la propuesta de cambio constitucional. Se tomó una resolución para celebrar una Conferencia Africana para convocar una Convención Nacional, y organizar manifestaciones de masas en vísperas de la República no deseado, si el Gobierno no para llamar a la Convención. A la conferencia asistieron los africanos de diversas tendencias políticas. Yo era el Secretario de la Conferencia y se comprometió a ser responsable de la organización nacional se quedan en casa que posteriormente fue llamado para que coincida con la declaración de la República. Como todas las huelgas son ilegales por los africanos, la persona que la organización de dicha huelga debe evitar la detención. Fui escogido para ser esa persona, y, en consecuencia, tuve que dejar mi casa y mi familia y la práctica y pasar a la clandestinidad para evitar la detención.

Iba a ser una manifestación pacífica. Se dieron instrucciones a los organizadores y los miembros para evitar cualquier recurso a la violencia. La respuesta del Gobierno fue la introducción de nuevas y más severas las leyes, a fin de movilizar sus fuerzas armadas, y para enviar sarracenos, vehículos armados y los soldados en los municipios en una masiva demostración de fuerza destinada a intimidar a la gente. Esta fue una indicación de que el Gobierno ha decidido pronunciarse sólo por la fuerza, y esta decisión fue un hito en el camino a Umkhonto.

Algunos de estos pueden parecer irrelevantes para este juicio. De hecho, creo que nada de esto es irrelevante, ya que, espero, que la Corte pueda apreciar la actitud adoptada finalmente por las diversas personas y organismos interesados en el Movimiento de Liberación Nacional. Cuando fui a la cárcel en 1962, la idea dominante fue que la pérdida de la vida debe ser evitado. Ahora sé que esto era así en 1963.

Si vamos a ceder a la demostración de la fuerza y la amenaza implícita en contra de la acción futura, o si es que vamos a luchar contra ella y, en caso afirmativo, ¿cómo?

No teníamos ninguna duda de que teníamos que continuar la lucha. Cualquier otra cosa habría sido la más absoluta entrega. Nuestro problema no es si a la lucha, pero fue la forma de continuar la lucha. Nosotros, los de la CAN siempre ha defendido una democracia no racial, y se redujo de toda acción que pueda conducir las regatas más lejos de lo que ya eran. Pero los hechos fueron que cincuenta años de la no-violencia ha provocado la African people pero nada más y más legislación represiva, y menos y menos derechos. Puede que no sea fácil para el Tribunal de Primera Instancia de entender, pero es un hecho que durante mucho tiempo la gente ha estado hablando de la violencia – del día en que se lucha contra el hombre blanco y recuperar su país – y nosotros, los dirigentes de la ANC, sin embargo, siempre ha prevalecido sobre ellos para evitar la violencia y llevar a cabo los métodos pacíficos. Cuando algunos de nosotros hemos hablado de esto en mayo y junio de 1961, no se puede negar que nuestra política de alcanzar un Estado no racial por la no violencia ha logrado nada, y que nuestros seguidores estaban comenzando a perder la confianza en esta política y se desarrollo inquietante las ideas del terrorismo.

No debe olvidarse que por esta vez la violencia, de hecho, convertirse en una característica de la escena política de Sudáfrica. Ha habido violencia en 1957 cuando las mujeres de Zeerust recibieron la orden de llevar pases; hubo violencia en 1958 con la ejecución de sacrificio de ganado en Sekhukhuniland, hubo violencia en 1959, cuando los habitantes de Cato Manor protestaron contra las redadas; hubo violencia en 1960 cuando el Gobierno trató de imponer las autoridades de Pondoland bantú. Thirty-nine Africans died in these disturbances. Treinta y nueve africanos murieron en estos disturbios. En 1961 se habían producido disturbios en Warmbaths, y todo este tiempo ha sido el Transkei una masa de disturbios en plena ebullición. Cada perturbación señaló claramente a las consecuencias inevitables del crecimiento entre los africanos de la creencia de que la violencia era la única manera de salir – se puso de manifiesto que un gobierno que utiliza la fuerza para mantener su estado enseña al oprimido a usar la fuerza para oponerse a él. Ya habían surgido pequeños grupos en las zonas urbanas y espontáneamente a hacer planes para las formas violentas de lucha política. Ahora se plantea un peligro de que estos grupos de adoptar el terrorismo contra los africanos, así como los blancos, si no se dirige. Particularmente inquietante es el tipo de violencia que han surgido en lugares como Zeerust, Sekhukhuniland, y Pondoland entre los africanos. Es cada vez más la forma, no de lucha contra el Gobierno – aunque esto es lo que le pida -, sino de la lucha civil entre ellos, llevado a cabo de tal manera que no podía esperar alcanzar algo más que una pérdida de la vida y la amargura.

A principios de junio de 1961, después de una larga y ansiosa de evaluación de la situación de Sudáfrica, yo y algunos colegas, llegó a la conclusión de que, como la violencia en este país era inevitable, no sería realista y lo malo para que los dirigentes africanos a que sigan la predicación la paz y la no-violencia en un momento en que el Gobierno cumplió con las exigencias de paz con la fuerza.

Esta conclusión a la que no fue fácil llegar. Fue sólo cuando todo lo demás ha fracasado, cuando todos los canales de protesta pacífica se ha prohibido a nosotros, que se tomó la decisión de embarcarse en formas violentas de lucha política, y para formar Umkhonto we Sizwe. Lo hicimos porque no deseamos tal supuesto, pero únicamente porque el Gobierno nos dejó sin ninguna otra elección. En el Manifiesto de Umkhonto publicada el 16 de diciembre de 1961, que es la Exhibición AD, nos dijo:
No vamos a presentar y no tenemos otra opción que volver a golpear por todos los medios a nuestro alcance en defensa de nuestro pueblo, nuestro futuro y nuestra libertad.

Este era nuestro sentimiento, en junio de 1961 cuando se decidió a presionar para un cambio en la política del Movimiento de Liberación Nacional. Sólo puedo decir que me sentí moralmente obligado a hacer lo que hice.

No voy a decir a los que hablamos, o lo que dice, pero quiero tratar con la función del Congreso Nacional Africano en esta fase de la lucha, y con la política y los objetivos del Umkhonto.
Se formó una visión clara que se puede resumir de la siguiente manera:

1. Era una organización política de masas con una función política que cumplir. Sus miembros se han sumado a expresar sobre la política de no-violencia.

2. Por todo esto, no puede y no comprometen la violencia. Esto debe subrayarse. Tampoco sería políticamente correcto, ya que daría lugar a los miembros a dejar de llevar a cabo esta actividad esencial: la propaganda política y la organización. Tampoco es admisible para cambiar la naturaleza de toda la organización.

3. Por otra parte, en vista de esta situación que he descrito, el ANC estaba dispuesto a apartarse de sus cincuenta años de la política de no violencia a la presente medida en que ya no desaprueban la violencia debidamente controlada. De ahí que los miembros que se comprometieron dicha actividad no debe estar sujeto a acción disciplinaria por el ANC.

Como resultado de esta decisión, Umkhonto se formó en noviembre de 1961. Cuando se tomó esta decisión y, posteriormente, formularon nuestros planes, el ANC del patrimonio de la no violencia y la armonía racial fue mucho con nosotros. Pensamos que el país se deriva hacia una guerra civil en el que negros y blancos que luchan entre sí. Hemos visto la situación con alarma. La guerra civil podría significar la destrucción de lo que era para el ANC, con la guerra civil, la paz racial sería más difícil que nunca de lograr. Ya tenemos ejemplos en la historia de Sudáfrica de los resultados de la guerra. Se ha tardado más de cincuenta años de las cicatrices de la guerra de Sudáfrica a desaparecer. ¿Cuánto tiempo haría falta para erradicar las cicatrices de las inter-racial de la guerra civil, que no podía ser combatido sin una gran pérdida de vidas en ambos lados?

La evitación de la guerra civil ha dominado nuestro pensamiento durante muchos años, pero cuando se decidió adoptar la violencia como parte de nuestra política, nos dimos cuenta de que podríamos tener un día para hacer frente a la perspectiva de una guerra. Esto ha de tenerse en cuenta en la formulación de nuestros planes. Nos exige un plan que es flexible y que nos permite actuar de acuerdo con las necesidades de los tiempos y, sobre todo, el plan tenía que ser una guerra civil que se reconoció como el último recurso, y dejó la decisión sobre esta cuestión para el futuro . No queríamos que se comprometan a la guerra civil, pero queríamos estar listos si se hiciera inevitable.
Cuatro formas de violencia posible. Hay sabotaje, hay guerrilla, hay terrorismo, y hay revolución. Decidimos adoptar el primer método de escape y que antes de tomar cualquier otra decisión.
A la luz de nuestro compromiso político de fondo la elección era lógica. Sabotaje no implica la pérdida de vidas, y que ofrece la mejor esperanza para las futuras relaciones raciales. La amargura se limitará al mínimo y, si la política ha dado sus frutos, el gobierno democrático podría convertirse en una realidad. Esto es lo que sentí en ese momento, y esto es lo que dijimos en nuestro Manifiesto.

Esperamos que no sea demasiado tarde, de modo que tanto el Gobierno y sus políticas pueden ser cambiadas antes de que las cosas llegar a la desesperada situación de guerra civil. ”

El plan inicial se basaba en un análisis cuidadoso de la situación política y económica de nuestro país. Creímos que Sudáfrica depende en gran medida de capital extranjero y el comercio exterior. Pensamos que la destrucción planificada de plantas de energía, y la interferencia con el ferrocarril y las comunicaciones telefónicas, que tienden a asustar a los capitales del país, hacen más difícil para las mercancías procedentes de las zonas industriales para llegar a los puertos marítimos en los plazos previstos, y en el largo plazo ser una pesada carga para la vida económica del país, lo que obliga a los electores del país a reconsiderar su posición.

Ataques a la cadena de la vida económica del país a estar vinculado con el Gobierno de sabotaje en los edificios y otros símbolos del apartheid. Estos ataques podría servir como fuente de inspiración para nuestro pueblo. Además, sería una salida para aquellas personas que se instaba a la adopción de métodos violentos y nos permitiría dar pruebas concretas a nuestros seguidores que habían adoptado una línea más atrás y estaban luchando contra el Gobierno de la violencia.

Además, si la acción de masas, se llevó a cabo, y las represalias tomadas en masa, pensamos que la simpatía por nuestra causa sería despertado en otros países, y que sería mayor la presión ejercida sobre el Gobierno de Sudáfrica.

Entonces este era el plan. Umkhonto era para llevar a cabo el sabotaje, y se les dio instrucciones estrictas a sus miembros desde el principio, que en ningún caso se les hiera o mate a la gente en la planificación o ejecución de las operaciones. Estas instrucciones se han mencionado en las pruebas de ‘ Mr. X’ .

Los asuntos de Umkhonto fueron controlados y dirigidos por un Consejo Nacional de Alto Mando, que tiene facultades de cooptación y de lo que podría, y lo hizo, nombrar los comandos regionales. El Alto Mando es el órgano que determina los objetivos y las tácticas y estuvo a cargo de la formación y financiación. Con el alto mando había Comandos Regionales que se encarga de la dirección de los grupos locales de sabotaje. En el marco de la política establecida por el Consejo Nacional de Alto Mando, los comandos regionales con autoridad para seleccionar los objetivos a ser atacados. No tenían autoridad para ir más allá del marco y por lo tanto no tiene autoridad para iniciar los actos que ponen en peligro la vida, o que no encajan en el plan general de sabotaje.

Umkhonto tuvo su primera operación el 16 de diciembre de 1961, cuando los edificios de Gobierno, celebrada en Johannesburgo, Port Elizabeth y Durban, fueron atacadas. La selección de los objetivos es la prueba de la política a la que me he referido. Que había la intención de atacar la vida que se han seleccionado los objetivos que las personas se congregaron, y no edificios vacíos y las centrales eléctricas. El sabotaje que se ha comprometido antes del 16 de diciembre 1961 fue obra de grupos aislados y no tenía ninguna relación con cualquier Umkhonto. De hecho, algunos de estos y una serie de actos más tarde fueron reclamados por otras organizaciones.

El manifiesto de Umkhonto se publicó en el día en que comenzaron las operaciones. La respuesta a nuestras acciones y Manifiesto de la población blanca era característicamente violento. El Gobierno amenazó con tomar medidas enérgicas, y exhortó a sus seguidores a mantenerse firmes y hacer caso omiso de las demandas de los africanos. Los blancos no respondieron sugiriendo cambio, sino que respondió a nuestro llamamiento al sugerir la laager.

En contraste, la respuesta de los africanos fue de aliento. De repente existe la esperanza de nuevo. Las cosas estaban sucediendo. Una gran cantidad de entusiasmo generado por los éxitos iniciales, y la gente comenzó a especular sobre cómo la libertad pronto se obtendría.

Sudáfrica es el país más rico de África y podría ser uno de los países más ricos del mundo. Pero es una tierra de extremos y contrastes muy marcados. Los blancos disfrutan de lo que bien podía ser el nivel más alto de vida del mundo, mientras que los africanos viven en pobreza y miseria.

El 40% de los africanos viven sin esperanza en condiciones de pobreza inimaginables. Los más prósperos viven en Johannesburg, aun así su situación es desesperada. Las últimas cifras a 25 de Marzo de 1964 muestran que el 42,84% de las familias viven por debajo del umbral de la pobreza. En estos casos, la pobreza va de la mano de la malnutrición y de las enfermedades: Tuberculosis, gastrointeritis, escorbuto… traen la muerte y la destrucción de la salud. La incidencia de la mortalidad infantil es una de las más altas del mundo. Según la oficina médica de Pretoria, la tuberculosis mata a 40 personas al día (casi todos africanos), y en 1961 hubo 58491 nuevos casos registrados.

Las enfermedades no solo destroza los órganos vitales sino que dan como resultado falta de inteligencia y de iniciativa y reduce el poder de concentración. Los efectos secundarios de tales condiciones afectan al conjunto de toda la comunidad y al rendimiento de los trabajadores.

El reproche de los africanos, ahora bien, es no solo que ellos son pobres y que los blancos son ricos, sino que las leyes, que están hechas por los blancos, están destinadas a preservar esta situación. Hay dos maneras de romper con la pobreza. La primera es mediante una adecuada educación, y la segunda es adquirir una mayor profesionalidad de los propios trabajadores y de esta manera adquirir unos mayores salarios. Estas dos vías de salvación están deliberadamente cortadas por la legislación de los blancos.

El presente gobierno ha impedido siempre que los africanos adquieran una adecuada educación. Una de sus primeras medidas después de tomar el poder, el de eliminar todos los subsidios a las escuelas africanas. Muchos niños africanos que asistían a las escuelas dependían de estos subsidios. Este fue un acto cruel.

Existe la educación obligatoria para todos los blancos, y virtualmente sin coste alguno para sus padres, sean ricos o pobres. Las mismas condiciones no se adjudican a los niños africanos. A menudo, los niños africanos tienen que pagar más por su escolarización que los niños blancos.

El gobierno a menudo responde a estas críticas diciendo que los africanos de Sudáfrica son mejores económicamente que cualquiera de los otros habitantes del resto de África. Yo desconozco si esta afirmación es correcta o no. Pero aun siendo cierta, mientras los africanos estén concernidos, esto es irrelevante.

Nuestra queja no es que nosotros seamos pobres en comparación con la gente de otros países, sino que nosotros somos pobres en comparación con los blancos de nuestro propio país, y que esta situación está favorecida mediante legislación.

La ausencia de dignidad humana experimentada por los africanos es el resultado directo de la política de la supremacía blanca. La supremacía blanca implica la inferioridad de los negros. La legislación actual está designada a preservar dicha supremacía.

Por encima de todo, nosotros deseamos derechos políticos igualitarios, porque sin ellos, nuestras deficiencias serán permanentes. Sé que esto suena revolucionario para los blancos de este país, porque la mayoría de los votantes serán africanos. Esta es la razón por la que el hombre blanco teme a la democracia.

Esto es todo por lo que lucha el partido ANC. Su batalla es realmente una batalla nacional. Es una batalla de la gente africana, inspirada por sus propios sufrimientos y su propia experiencia. Es una batalla por el derecho a vivir.

A lo largo de mi vida, me he dedicado a luchar por los derechos de los africanos. He luchado contra la dominación blanca.

He soñado con la idea de una democracia”

Jean Paul Sartre: El muro. Cuento

sartreNos arrojaron en una gran sala blanca y mis ojos parpadearon porque la luz les hacía mal. Luego vi una mesa y cuatro tipos detrás de ella, algunos civiles, que miraban papeles. Habían amontonado a los otros prisioneros en el fondo y nos fue necesario atravesar toda la habitación para reunirnos con ellos. Había muchos a quienes yo conocía y otros que debían de ser extranjeros. Los dos que estaban delante de mí eran rubios con cabezas redondas; se parecían; franceses, pensé. El más bajo se subía todo el tiempo el pantalón: estaba nervioso.

Esto duró cerca de tres horas; yo estaba embrutecido y tenía la cabeza vacía; pero la pieza estaba bien caldeada, lo que me parecía muy agradable, hacía veinticuatro horas que no dejábamos de tiritar. Los guardianes llevaban los prisioneros uno después de otro delante de la mesa. Los cuatro tipos les preguntaban entonces su nombre y su profesión. La mayoría de las veces no iban más jejos — o bien a veces les hacían una pregunta suelta: “¿Tomaste parte en el sabotaje de las municiones?”, o bien: “¿Dónde estabas y qué hacías el 9 por la mañana?” No escuchaban la respuesta o por lo menos parecían no escucharla: se callaban un momento mirando fijamente hacia adelante y luego se ponían a escribir. Preguntaron a Tom si era verdad que servía en la Brigada Internacional: Tom no podía decir lo contrario debido a los papeles que le habían encontrado en su ropa. A Juan no le preguntaron nada, pero, en cuanto dijo su nombre, escribieron largo tiempo.

—Es mi hermano José el que es anarquista —dijo Juan—. Ustedes saben que no está aquí. Yo no soy de ningún partido, no he hecho nunca política.

No contestaron nada. Juan dijo todavía:

—No he hecho nada. No quiero pagar por los otros. Sus labios temblaban. Un guardián le hizo callar y se lo llevó. Era mi turno:

—¿Usted se llama Pablo Ibbieta?

Dije que sí.

El tipo miró sus papeles y me dijo:

—¿Dónde está Ramón Gris?

—No lo sé.

—Usted lo ocultó en su casa desde el 6 al 19.

—No.

Escribieron un momento y los guardianes me hicieron salir. En el corredor Tom y Juan esperaban entre dos guardianes. Nos pusimos en marcha. Tom preguntó a uno de los guardianes:

—¿Y ahora?

—¿Qué? —dijo el guardián.

—¿Esto es un interrogatorio o un juicio?

—Era el juicio, dijo el guardián.

—Bueno. ¿Qué van a hacer con nosotros?

El guardián respondió secamente:

—Se les comunicará la sentencia en la celda.

En realidad lo que nos servía de celda era uno de los sótanos del hospital. Se sentía terriblemente el frío, debido a las corrientes de aire. Toda la noche habíamos tiritado y durante el día no lo habíamos pasado mejor. Los cinco días precedentes había estado en un calabozo del arzobispado, una especie de subterráneo que debía datar de la Edad Media: como había muchos prisioneros y poco lugar se les metía en cualquier parte. No eché de menos mi calabozo: allí no había sufrido frío, pero estaba solo; lo que a la larga es irritante. En el sótano tenía compañía Juan casi no hablaba: tenía miedo y luego era demasiado joven para tener algo que decir. Pero Tom era buen conversador y sabía muy bien el español. En el subterráneo había un banco y cuatro jergones. Cuando nos devolvieron, nos reunimos y esperamos en silencio. Tom dijo al cabo de un momento:

—Estamos reventados.

—Yo también lo pienso —le dije—, pero creo que no harán nada al pequeño.

—No tienen nada que reprocharle —dijo Tom—, es el hermano de un militante, eso es todo.

Yo miraba a Juan: no tenía aire de entender, Tom continuó:

—¿Sabes lo que hacen en Zaragoza? Acuestan a los tipos en el camino y les pasan encima los camiones. Nos lo dijo un marroquí desertor. Dicen que es para economizar municiones.

—Eso no economiza nafta —dije.

Estaba irritado contra Tom: no debió decir eso.

—Hay algunos oficiales que se pasean por el camino —prosiguió—, y que vigilan eso con las manos en los bolsillos, fumando cigarrillos. ¿Crees que terminan con los tipos? Te engañas. Los dejan gritar. A veces durante una hora. El marroquí decía que la primera vez casi vomitó.

—No creo que hagan eso —dije—, a menos que verdaderamente les falten municiones.

La luz entraba por cuatro respiraderos y por una abertura redonda, que habían practicado en el techo, a la izquierda y que daba sobre el cielo. Era por este agujero redondo, generalmente cerrado con una trampa, por donde se descargaba el carbón en el sótano. Justamente debajo del agujero había un gran montón de cisco; destinado a caldear el hospital, pero desde el comienzo de la guerra se evacuaron los enfermos y el carbón quedó allí, inutilizado; le llovía encima en ocasiones, porque se habían olvidado de cerrar la trampa.

Tom se puso a tiritar.

—Maldita sea, tirito —dijo—, vuelta a empezar.

Se levantó y se puso a hacer gimnasia. A cada movimiento la camisa se le abría sobre el pecho blanco y velludo. Se tendió de espaldas, levantó las piernas e hizo tijeras en el aire; yo veía temblar sus gruesas nalgas. Tom era ancho, pero tenía demasiada grasa. Pensé que balas de fusil o puntas de bayonetas iban a hundirse bien pronto en esa masa de carne tierna como en un pedazo de manteca. Esto no me causaba la misma impresión que si hubiera sido flaco.

No tenía exactamente frío, pero no sentía la espalda ni los brazos. De cuando en cuando tenía la impresión de que me faltaba algo y comenzaba a buscar mi chaqueta alrededor, luego me acordaba bruscamente que no me habían dado la chaqueta. Era muy molesto. Habían tomado nuestros trajes para darlos a sus soldados y no nos habían dejado más que nuestras camisas — y esos pantalones de tela que los enfermos hospitalizados llevan en la mitad del verano. Al cabo de un momento Tom se levantó y se sentó cerca de mí, resoplando.

—¿Entraste en calor?

—No, maldita sea. Pero estoy sofocado.

A eso de las ocho de la noche entró un comandante con dos falangistas. Tenía una hoja de papel en la mano. Preguntó al guardián:

—¿Cómo se llaman estos tres?

—Steinbock, Ibbieta y Mirbal, dijo el guardián.

El comandante se puso los anteojos y miró en la lista:

—Steinbock… Steinbock… Aquí está. Usted está condenado a muerte. Será fusilado mañana a la mañana.

Miró de nuevo:

—Los otros dos también —dijo.

—No es posible —dijo Juan—. Yo no.

El comandante le miró con aire asombrado.

—¿Cómo se llama usted?

—Juan Mirbal.

—Pues bueno, su nombre está aquí —dijo el comandante—, usted está condenado.

—Yo no he hecho nada —dijo Juan.

El comandante se encogió de hombros y se volvió hacia Tom y hacia mí.

—¿Ustedes son vascos?

—Ninguno es vasco.

Tomó un aire irritado.

—Me dijeron que había tres vascos. No voy a perder el tiempo corriendo tras ellos. Entonces, naturalmente, ¿ustedes no quieren sacerdote?

No respondimos nada. Dijo:

—En seguida vendrá un médico belga. Tiene autorización para pasar la noche con ustedes.

Hizo el saludo militar y salió.

—Que te dije —exclamó Tom—, estamos listos.

—Sí —dije—, es estúpido por el chico.

Decía esto por ser justo, pero no me gustaba el chico. Tenía un rostro demasiado fino y el miedo y el sufrimiento lo habían desfigurado, habían torcido todos sus rasgos. Tres días antes era un chicuelo de tipo delicado, eso puede agradar; pero ahora tenía el aire de una vieja alcahueta y pensé que nunca más volvería a ser joven, aun cuando lo pusieran en libertad. No hubiera estado mal tener un poco de piedad para ofrecerle, pero la piedad me disgusta; más bien me daba horror. No había dicho nada más pero se había vuelto gris: su rostro y sus manos eran grises. Se volvió a sentar y miró el suelo con ojos muy abiertos. Tom era un alma buena, quiso tomarlo del brazo, pero el pequeño se soltó violentamente haciendo una mueca.

—Déjalo —dije en voz baja—, bien ves que va a ponerse a chillar.

Tom obedeció a disgusto; hubiera querido consolar al chico; eso le hubiera ocupado y no habría estado tentado de pensar en sí mismo. Pero eso me irritaba. Yo no había pensado nunca en la muerte porque no se me había presentado la ocasión, pero ahora la ocasión estaba aquí y no había más remedio que pensar en ella.

Tom se puso a hablar;

—¿Has reventado algunos tipos? —me preguntó.

No contesté. Comenzó a explicarme que él había reventado seis desde el comienzo del mes de agosto; no se daba cuenta de la situación, y vi claramente que no quería darse cuenta. Yo mismo no lo lograba completamente todavía; me preguntaba si se sufriría mucho, pensaba en las balas, imaginaba su ardiente granizo a través de mi cuerpo. Todo esto estaba fuera de la verdadera cuestión; estaba tranquilo, teníamos toda la noche para comprender. Al cabo de un momento Tom dejó de hablar y le miré de reojo; vi que él también se había vuelto gris y que tenía un aire miserable, me dije: “empezamos”. Era casi de noche, una luz suave se filtraba a través de los respiraderos y el montón de carbón formaba una gran mancha bajo el cielo; por el agujero del techo veía ya una estrella, la noche sería pura y helada.

Se abrió la puerta y entraron dos guardianes. Iban seguidos por un hombre rubio que llevaba un uniforme castaño claro. Nos saludó:

—Soy médico —dijo—. Tengo autorización para asistirlos en estas penosas circunstancias.

Tenía una voz agradable y distinguida. Le dije:

—¿Qué viene a hacer aquí?

—Me pongo a disposición de ustedes. Haré todo lo posible para que estas horas les sean menos pesadas.

—¿Por qué ha venido con nosotros? Hay otros tipos, el hospital está lleno.

—Me han mandado aquí —respondió con aire vago.

—¡Ah! ¿Les agradaría fumar, eh? —agregó precipitadamente—. Tengo cigarrillos y hasta cigarros.

Nos ofreció cigarrillos ingleses y algunos puros, pero rehusamos. Yo le miraba en los ojos y pareció molesto. Le dije:

—Usted no viene aquí por compasión. Por lo demás lo conozco, le vi con algunos fascistas en el patio del cuartel, el día en que me arrestaron.

Iba a continuar, pero de pronto me ocurrió algo que me sorprendió: la presencia de ese médico cesó bruscamente de interesarme. Generalmente cuando me encaro con un hombre no lo dejo más. Y sin embargo, me abandonó el deseo de hablar; me encogí de hombros y desvié los ojos. Algo más tarde levanté la cabeza: me observaba con aire de curiosidad. Los guardianes se habían sentado sobre un jergón. Pedro, alto y delgado, volvía los pulgares, el otro agitaba de vez en cuando la cabeza para evitar dormirse.

¿Quiere luz? —dijo de pronto Pedro al médico. El otro hizo que “sí” con la cabeza: pensé que no tenía más inteligencia que un leño, pero que sin duda no era ruin. Al mirar sus grandes ojos azules y fríos, me pareció que pecaba sobre todo por falta de imaginación. Pedro salió y volvió con una lámpara de petróleo que colocó sobre un rincón del banco. Iluminaba mal, pero era mejor que nada: la víspera nos habían dejado a oscuras. Miré durante un buen rato el redondel de luz que la lámpara hacía en el techo. Estaba fascinado. Luego, bruscamente, me desperté, se borró el redondel de luz y me sentí aplastado bajo un puño enorme. No era el pensamiento de la muerte ni el temor: era lo anónimo. Los pómulos me ardían y me dolía el cráneo.

Me sacudí y miré a mis dos compañeros. Tom tenía hundida la cabeza entre las manos; yo veía solamente su nuca gruesa y blanca. El pequeño Juan era por cierto el que estaba peor, tenía la boca abierta y su nariz temblaba. El médico se aproximó a él y le puso la mano sobre el hombro como para reconfortarlo; pero sus ojos permanecían fríos. Luego vi la mano del belga descender solapadamente a lo largo del brazo de Juan hasta la muñeca. Juan se dejaba hacer con indiferencia. El belga le tomó la muñeca con tres dedos, con aire distraído; al mismo tiempo retrocedió algo y se las arregló para darme la espalda. Pero yo me incliné hacia atrás y le vi sacar su reloj y contemplarlo un momento sin dejar la muñeca del chico. Al cabo de un momento dejó caer la mano inerte y fue a apoyarse en el muro, luego, como si se acordara de pronto de algo muy importante que era necesario anotar de inmediato tomó una libreta de su bolsillo y escribió en ella algunas líneas: “El puerco —pensé con cólera—, que no venga a tomarme el pulso, le hundiré el puño en su sucia boca.”

No vino pero sentí que me miraba. Me dijo con voz impersonal:

—¿No le parece que aquí se tirita?

Parecía tener frío; estaba violeta.

—No tengo frío —le contesté

No dejaba de mirarme, con mirada dura. Comprendí bruscamente y me llevé las manos a la cara; estaba empapado en sudor. En ese sótano, en pleno invierno, en plena corriente de aire, sudaba. Me pasé las manos por los cabellos que estaban cubiertos de transpiración; me apercibí al mismo tiempo de que mi camisa estaba húmeda y pegada a mi piel: yo chorreaba sudor desde hacía por lo menos una hora y no había sentido nada. Pero eso no había escapado al cochino del belga; había visto rodar las gotas por mis mejillas y había pensado: es la manifestación de un estado de terror casi patológico; y se había sentido normal y orgulloso de serlo porque tenía frío. Quise levantarme para ir a romperle la cara, pero apenas había esbozado un gesto, cuando mi vergüenza y mi cólera desaparecieron; volví a caer sobre el banco con indiferencia.

Me contenté con frotarme el cuello con mi pañuelo, porque ahora sentía el sudor que me goteaba de los cabellos sobre la nuca y era desagradable. Por lo demás, bien pronto renuncié a frotarme, era inútil: mi pañuelo estaba ya como para retorcerlo y yo seguía sudando. Sudaba también en las nalgas y mi pantalón húmedo se adhería al banco.

De pronto, habló el pequeño Juan.

—¿Usted es médico?

—Sí —dijo el belga.

—¿Es que se sufre… mucho tiempo?

—¡Oh! ¿Cuando…? Nada de eso —dijo el belga con voz paternal—, termina rápidamente.

Tenía aire de tranquilizar a un enfermo de consultorio.

—Pero yo… me habían dicho… que a veces se necesitan dos descargas.

Algunas veces —dijo el belga agachando la cabeza—. Puede ocurrir que la primera descarga no interese ninguno de los órganos vitales.

—¿Entonces es necesario que vuelvan a cargar los fusiles y que apunten de nuevo?

Reflexionó y agregó con voz enronquecida:

—¡Eso lleva tiempo!

Tenía un miedo espantoso de sufrir, no pensaba sino en eso; propio de su edad. Yo no pensaba mucho en eso y no era el miedo de sufrir lo que me hacía transpirar.

Me levanté y caminé hasta el montón de carbón.

Tom se sobresaltó y me lanzó una mirada rencorosa: se irritaba porque mis zapatos crujían. Me pregunté si tendría el rostro tan terroso como él: vi que también sudaba. El cielo estaba soberbio, ninguna luz se deslizaba en ese sombrío rincón y no tenía más que levantar la cabeza para ver la Osa Mayor. Pero ya no era como antes; la víspera, en mi calabozo del arzobispado, podía ver un gran pedazo de cielo y cada hora del día me traía un recuerdo distinto. A la mañana, cuando el cielo era de un azul duro y ligero pensaba en algunas playas del borde del Atlántico; a mediodía veía el sol y me acordaba de un bar de Sevilla donde bebía manzanilla comiendo anchoas y aceitunas; a mediodía quedaba en la sombra y pensaba en la sombra profunda que se extiende en la mitad de las arenas mientras la otra mitad centellea al sol; era verdaderamente penoso ver reflejarse así toda la tierra en el cielo. Pero al presente podía mirar para arriba tanto como quisiera, el cielo no me evocaba nada. Preferí esto. Volví a sentarme cerca de Tom. Pasó largo rato.

Tom se puso a hablar en voz baja. Necesitaba siempre hablar, sin ello no reconocía sus pensamientos. Pienso que se dirigía a mí, pero no me miraba. Sin duda tenía miedo de verme como estaba, gris y sudoroso: éramos semejantes y peores que espejos el uno para el otro. Miraba al belga, el viviente.

—¿Comprendes tú? —decía—. En cuanto a mí, no comprendo.

Me puse también a hablar en voz baja. Miraba al belga.

—¿Cómo? ¿Qué es lo que hay?

—Nos va a ocurrir algo que yo no puedo comprender.

Había alrededor de Tom un olor terrible. Me pareció que era más sensible que antes a los olores. Dije irónicamente:

—Comprenderás dentro de un momento.

—Esto no está claro —dijo con aire obstinado—. Quiero tener, valor, pero es necesario al menos que sepa… Escucha, nos van a llevar al patio. Bueno. Los tipos van a alinearse delante de nosotros. ¿Cuántos serán?

—No sé. Cinco u ocho. No más.

—Vamos. Serán ocho. Les gritarán: ¡Apunten! Y veré los ocho fusiles asestados contra mí. Pienso que querré meterme en el muro. Empujaré el muro con la espalda, con todas mis fuerzas, y el muro resistirá como en las pesadillas. Todo esto puedo imaginármelo. ¡Ah! ¡Si supieras cómo puedo imaginármelo!

—¡Vaya! —le dije—, yo también me lo imagino.

—Eso debe producir un dolor de perros. Sabes que tiran a los ojos y a la boca para desfigurar —agregó malignamente—. Ya siento las heridas, desde hace una hora siento dolores en la cabeza y en el cuello. No verdaderos dolores; es peor: son los dolores que sentiré mañana a la mañana. Pero, ¿después?

Yo comprendía muy bien lo que quería decir, pero no quería demostrarlo. En cuanto a los dolores yo también los llevaba en mi cuerpo como una multitud de pequeñas cuchilladas. No podía hacer nada, pero estando como él, no le daba importancia.

—Después —dije rudamente—, te tragarás la lengua.

Se puso a hablar consigo mismo: no sacaba los ojos del belga. Éste no parecía escuchar. Yo sabía lo que había venido a hacer; lo que pensábamos no le interesaba; había venido a mirar nuestros cuerpos, cuerpos que agonizaban en plena salud.

—Es como en las pesadillas —decía Tom— Se puede pensar en cualquier cosa, se tiene todo el tiempo la impresión de que es así, de que se va a comprender y luego se desliza, se escapa y vuelve a caer. Me digo: después no hay nada más. Pero no comprendo lo que quiero decir. Hay momentos en que casi llego… y luego vuelvo a caer, recomienzo a pensar en los dolores, en las balas, en las detonaciones. Soy materialista, te lo juro, no estoy loco, pero hay algo que no marcha. Veo mi cadáver: eso no es difícil, pero no soy yo quien lo ve con mis ojos. Es necesario que llegue a pensar… que no veré nada más, que no escucharé nada más y que el mundo continuará para los otros. No estamos hechos para pensar en eso, Pablo. Puedes creerme: me ha ocurrido ya velar toda una noche esperando algo. Pero esto, esto no se parece a nada; esto nos cogerá por la espalda, Pablo, y no habremos podido prepararnos para ello.

—Valor —dije—. ¿Quieres que llame un confesor?

No respondió. Ya había notado que tenía tendencia a hacer el profeta, y a llamarme Pablo hablando con una voz blanca. Eso no me gustaba mucho; pero parece que todos los irlandeses son así. Tuve la vaga impresión de que olía a orina. En el fondo no tenía mucha simpatía por Tom, y no veía por qué, por el hecho de que íbamos a morir juntos, debía sentirla en adelante. Había algunos tipos con los que la cosa hubiera sido diferente. Con Ramón Gris, por ejemplo. Pero entre Tom y Juan me sentía solo. Por lo demás prefería esto, con Ramón tal vez me hubiera enternecido. Pero me sentía terriblemente duro en ese momento, y quería conservarme duro.

Continuó masticando las palabras con una especie de distracción. Hablaba seguramente para impedirse pensar. Olía de lleno a orina como los viejos prostáticos. Naturalmente, era de su parecer; todo lo que decía, yo hubiera podido decirlo: no es natural morir. Y luego desde que iba a morir nada me parecía natural, ni ese montón de carbón, ni el banco, ni la sucia boca de Pedro. Sólo que me disgustaba pensar las mismas cosas que Tom. Y sabía bien que a lo largo de toda la noche, dentro de cinco minutos continuaríamos pensando las mismas cosas al mismo tiempo, sudando y estremeciéndonos al mismo tiempo. Le miraba de reojo, y, por primera vez me pareció desconocido; llevaba la muerte en el rostro. Estaba herido en mi orgullo: durante veinticuatro horas había vivido al lado de Tom, le había escuchado le había hablado y sabía que no teníamos nada en común. Y ahora nos parecíamos como dos hermanos gemelos, simplemente porque íbamos a reventar juntos.

Tom me tomó la mano sin mirarme:

—Pablo, me pregunto… me pregunto si es verdad que uno queda aniquilado.

Desprendí mi mano, y le dije:

—Mira entre tus pies, cochino.

Había un charco entre sus pies y algunas gotas caían de su pantalón.

—¿Qué es eso? —dijo con turbación.

—Te orinas en el calzoncillo.

—No es verdad —dijo furioso—, no me orino. No siento nada.

El belga se aproximó y preguntó con falsa solicitud:

—¿Se siente usted mal?

Tom no respondió. El belga miró el charco sin decir nada.

—No sé que será —dijo Tom con tono huraño—. Pero no tengo miedo. Les juro que no tengo miedo.

El belga no contestó. Tom se levantó y fue a orinar en un rincón Volvió abotonándose la bragueta, se sentó y no dijo una palabra. El belga tomaba algunas notas.

Los tres le miramos porque estaba vivo Tenía los gestos de un vivo, las preocupaciones de un vivo; tiritaba en ese sótano como debían tiritar los vivientes; tenía un cuerpo bien nutrido que le obedecía. Nosotros casi no sentíamos nuestros cuerpos —en todo caso no de la misma manera. Yo tenía ganas de tantear mi pantalón entre las piernas, pero no me atrevía; miraba al belga arqueado sobre sus piernas, dueño de sus músculos— y que podía pensar en el mañana. Nosotros estábamos allí, tres sombras privadas de sangre; lo mirábamos y chupábamos su vida como vampiros.

Terminó por aproximarse al pequeño Juan. ¿Quiso tantearle la nuca por algún motivo profesional o bien obedeció a un impulso caritativo? Si obró por caridad fue la sola y única vez que lo hizo en toda la noche. Acarició el cráneo y el cuello del pequeño Juan. El chico se dejaba hacer, sin sacarle los ojos de encima; luego, de pronto, le tomó la mano y la miró de modo extraño. Mantenía la mano del belga entre las dos suyas, y no tenían nada de agradable esas dos pinzas grises que estrechaban aquella mano gruesa y rojiza. Yo sospechaba lo que iba a ocurrir y Tom debía sospecharlo también; pero el belga no sospechaba nada y sonreía paternalmente. Al cabo de un rato el chico llevó la gruesa pata gorda a su boca y quiso morderla. El belga se desasió vivamente y retrocedió hasta el muro titubeando. Nos miró con horror durante un segundo, de pronto debió comprender que no éramos hombres como él. Me eché a reír, y uno de los guardianes se sobresaltó. El otro se había dormido, sus ojos, muy abiertos, estaban blancos.

Me sentía a la vez cansado y sobrexcitado. No quería pensar más en lo que ocurriría al alba, en la muerte. Aquello no venía bien con nada, sólo encontraba algunas palabras y el vacío. Pero en cuanto trataba de pensar en otra cosa, veía asestados contra mí caños de fusiles. Quizás veinte veces seguidas viví mi ejecución; hasta una vez creí que era real: debí de adormecerme durante un minuto. Me llevaban hasta el muro y yo me debatía, les pedía perdón. Me desperté con sobresalto y miré al belga; temí haber gritado durante mi sueño. Pero se alisaba el bigote, nada había notado. Si hubiera querido creo que hubiera podido dormir un momento: hacía cuarenta y ocho horas que velaba; estaba agotado. Pero no deseaba perder dos horas de vida: vendrían a despertarme al alba, les seguiría atontado de sueño y reventaría sin hacer ni “uf”; no quería eso, no quería morir como una bestia, quería comprender. Temía además sufrir pesadillas. Me levanté, me puse a pasear de arriba abajo y para cambiar de idea me puse a pensar en mi vida pasada. Acudieron a mí, mezclados, una multitud de recuerdos. Había entre ellos buenos y malos —o al menos así los llamaba yo antes—. Había rostros e historias. Volví a ver la cara de un pequeño novillero que se había dejado cornear en Valencia, la de uno de mis tíos, la de Ramón Gris. Recordaba algunas historias: cómo había estado desocupado durante tres meses en 1926, cómo casi había reventado de hambre. Me acordé de una noche que pasé en un banco de Granada: no había comido hacía tres días, estaba rabioso, no quería reventar. Eso me hizo sonreír. Con qué violencia corría tras de la felicidad, tras de las mujeres, tras de la libertad. ¿Para qué? Quise libertar a España, admiraba a Pi y Margall, me adherí al movimiento anarquista, hablé en reuniones públicas: tomaba todo en serio como si fuera inmortal.

Tuve en ese momento la impresión de que tenía toda mi vida ante mí y pensé: “Es una maldita mentira”. Nada valía puesto que terminaba. Me pregunté cómo había podido pascar, divertirme con las muchachas: no hubiera movido ni el dedo meñique si hubiera podido imaginar que moriría así. Mi vida estaba ante mí terminada, cerrada como un saco y, sin embargo, todo lo que había en ella estaba inconcluso. Intenté durante un momento juzgarla. Hubiera querido decirme: es una bella vida. Pero no se podía emitir juicio sobre ella, era un esbozo; había gastado mi tiempo en trazar algunos rasgos para la eternidad, no había comprendido nada. Casi no lo lamentaba: había un montón de cosas que hubiera podido añorar, el gusto de la manzanilla o bien los baños que tomaba en verano en una pequeña caleta cerca de Cádiz; pero la muerte privaba a todo de su encanto.

El belga tuvo de pronto una gran idea.

—Amigos míos —dijo—, puedo encargarme, si la administración militar consiente en ello, de llevar una palabra, un recuerdo a las personas que ustedes quieran.

Tom gruñó:

—No tengo a nadie.

Yo no respondí nada. Tom esperó un momento, luego me preguntó con curiosidad.

—¿No tienes nada que decir a Concha?

—No.

Detestaba esa tierna complicidad: era culpa mía, la noche precedente había hablado de Concha, hubiera debido contenerme. Estaba con ella desde hacía un año. La víspera me hubiera todavía cortado un brazo a hachazos para volver a verla cinco minutos. Por eso hablé de ella, era más fuerte que yo. Ahora no deseaba volver a verla, no tenía nada más que decirle. Ni siquiera hubiera querido abrazarla: mi cuerpo me horrorizaba porque se había vuelto gris y sudaba, y no estaba seguro de no tener también horror del suyo. Cuando sepa mi muerte Concha llorará; durante algunos meses no sentirá ya gusto por la vida. Pero en cualquier forma era yo quien iba a morir. Pensé en sus ojos bellos y tiernos. Cuando me miraba, algo pasaba de ella a mí. Pensé que eso había terminado: si me miraba ahora su mirada permanecería en sus ojos, no llegaría hasta mí. Estaba solo.

Tom también estaba solo, pero no de la misma manera. Se había sentado a horcajadas y se había puesto a mirar el banco con una especie de sonrisa, parecía asombrado. Avanzó la mano y tocó la madera con precaución, como si hubiera temido romper algo, retiró en seguida vivamente la mano y se estremeció. Si hubiera sido Tom no me hubiera divertido en tocar el banco; era todavía comedia irlandesa, pero encontraba también que los objetos tenían un aire raro; eran más borrosos, menos densos que de costumbre. Bastaba que mirara el banco, la lámpara, el montón de carbón, para sentir que iba a morir. Naturalmente no podía pensar con claridad en mi muerte, pero la veía en todas partes, en las cosas, en la manera en que las cosas habían retrocedido y se mantenían a distancia, discretamente, como gente que habla bajo a la cabecera de un moribundo. Era su muerte lo que Tom acababa de tocar sobre el banco.

En el estado en que me hallaba, si hubieran venido a anunciarme que podía volver tranquilamente a mi casa, que se me dejaba salvar la vida, eso me hubiera dejado frío. No tenía más a nadie, en cierto sentido estaba tranquilo. Pero era una calma horrible, a causa de mi cuerpo: mi cuerpo, yo veía con sus ojos, escuchaba con sus oídos, pero no era mío; sudaba y temblaba solo y yo no lo reconocía. Estaba obligado a tocarlo y a mirarlo para saber lo que hacía como si hubiera sido el cuerpo de otro. Por momentos todavía lo sentía, sentía algunos deslizamientos, especies de vuelcos, como cuando un avión entra en picada, o bien sentía latir mi corazón. Pero esto no me tranquilizaba: todo lo que venía de mi cuerpo tenía un aire suciamente sospechoso. La mayoría del tiempo se callaba, se mantenía quieto y no sentía nada más que una especie de pesadez, una presencia inmunda pegada a mí. Tenía la impresión de estar ligado a un gusano enorme. En un momento dado tanteé mi pantalón y sentí que estaba húmedo, no sabía si estaba mojado con sudor o con orina, pero por precaución fui a orinar sobre el montón de carbón.

El belga sacó su reloj y lo miró. Dijo:

—Son las tres y media.

¡Puerco! Debió de hacerlo expresamente Tom saltó en el aire, todavía no nos habíamos dado cuenta de que corría el tiempo; la noche nos rodeaba como una masa informe y sombría, ya no me acordaba cuándo había comenzado.

El pequeño Juan se puso a gritar. Se retorcía las manos, suplicaba:

—¡No quiero morir, no quiero morir!

Corrió por todo el sótano levantando los brazos en el aire, después se abatió sobre uno de los jergones y sollozó. Tom le miraba con ojos pesados y ni aun tenía deseos de consolarlo. En realidad no valía la pena; el chico hacía más ruido que nosotros, pero estaba menos grave: era como un enfermo que se defiende de su mal por medio de la fiebre. Cuando ni siquiera hay fiebre, es más grave.

Lloraba. Vi perfectamente que tenía lástima de sí mismo; no pensaba en la muerte. Un segundo, un solo segundo, tuve también deseos de llorar, de llorar de piedad sobre mí mismo. Pero lo que ocurrió fue lo contrario: arrojé una mirada sobre el pequeño, vi su delgada espalda sollozante y me sentí inhumano: no pude tener piedad ni de los otros ni de mí mismo. Me dije: “Quiero morir valientemente”.

Tom se levantó, se puso justo debajo de la abertura redonda y se puso a esperar el día. Pero, por encima de todo, desde que el médico nos había dicho la hora, yo sentía el tiempo que huía, que corría gota a gota.

Era todavía oscuro cuando escuché la voz de Tom:

—¿Los oyes?

—Sí.

Algunos tipos marchaban por el patio.

—¿Qué vienen a jorobar? Sin embargo no pueden tirar de noche.

Al cabo de un momento no escuchamos nada más. Dije a Tom:

—Ahí está el día.

Pedro se levantó bostezando y fue a apagar la lámpara. Dijo a su compañero:

-—Un frío de perros.

El sótano estaba totalmente gris. Escuchamos detonaciones lejanas.

—Ya empiezan —dije a Tom—, deben hacer eso en el patio de atrás.

Tom pidió al médico que le diera un cigarrillo. Pero yo no quise; no quería cigarrillos ni alcohol. A partir de ese momento no cesaron los disparos.

—¿Te das cuenta? —dijo Tom.

Quería agregar algo pero se calló; miraba la puerta. La puerta se abrió y entró un subteniente con cuatro soldados. Tom dejó caer su cigarrillo.

—¿Steinbock?

Tom no respondió. Fue Pedro quien lo designó.

—¿Juan Mirbal?

—Es ese que está sobre el jergón.

—Levántese —dijo el subteniente.

Juan no se movió. Dos soldados lo tomaron por las axilas y lo pararon. Pero en cuanto lo dejaron volvió a caer.

Los soldados dudaban.

—No es el primero que se siente mal —dijo el subteniente—; no tienen más que llevarlo entre los dos, ya se arreglarán allá.

Se volvió hacia Tom:

—Vamos, venga.

Tom salió entre dos soldados. Otros dos le seguían, llevaban al chico por las axilas y por las corvas. Cuando quise salir el subteniente me detuvo:

—¿Usted es Ibbieta?

—Sí.

—Espere aquí, vendrán a buscarlo en seguida.

Salieron. El belga y los dos carceleros salieron también; quedé solo. No comprendía lo que ocurría, pero hubiera preferido que terminaran en seguida. Escuchaba las salvas a intervalos casi regulares; me estremecía a cada una de ellas. Tenía ganas de aullar y de arrancarme los cabellos. Pero apretaba los dientes y hundía las manos en los bolsillos porque quería permanecer tranquilo.

Al cabo de una hora vinieron a buscarme y me condujeron al primer piso a una pequeña pieza que olía a cigarro y cuyo olor me pareció sofocante. Había allí dos oficiales que fumaban sentados en unos sillones, con algunos papeles sobre las rodillas.

—¿Te llamas Ibbieta?

—Sí.

—¿Dónde está Ramón Gris?

—No lo sé.

El que me interrogaba era bajo y grueso. Tenía ojos duros detrás de los anteojos. Me dijo:

—Aproxímate.

Me aproximé. Se levantó y me tomó por los brazos mirándome con un aire como para hundirme bajo tierra. Al mismo tiempo me apretaba los bíceps con todas sus fuerzas. No lo hacía para hacerme mal, era su gran recurso: quería dominarme. Juzgaba necesario también enviarme su aliento podrido en plena cara. Quedamos un momento así; me daban más bien deseos de reír. Era necesario mucho más para intimidar a un hombre que iba a morir: eso no tenía importancia. Me rechazó violentamente y se sentó. Dijo:

—Es tu vida contra la suya. Se te perdona la vida si nos dices dónde está.

Estos dos tipos adornados con sus látigos y sus botas, eran también hombres que iban a morir. Un poco más tarde que yo, pero no mucho más. Se ocupaban de buscar nombres en sus papeluchos, corrían detrás de otros hombres para aprisionarlos o suprimirlos; tenían opiniones sobre el porvenir de España y sobre otros temas. Sus pequeñas actividades me parecieron chocantes y burlescas; no conseguía ponerme en su lugar, me parecía que estaban locos.

El gordo bajito me miraba siempre azotando sus botas con su látigo. Todos sus gestos estaban calculados para darle el aspecto de una bestia viva y feroz.

—¿Entonces? ¿Comprendido?

—No sé dónde está Gris —contesté—, creía que estaba en Madrid.

El otro oficial levantó con indolencia su mano pálida. Esta indolencia también era calculada. Veía todos sus pequeños manejos y estaba asombrado de que se encontraran hombres que se divirtieran con eso.

—Tienes un cuarto de hora para reflexionar —dijo lentamente—. Llévenlo a la ropería, lo traen dentro de un cuarto de hora. Si persiste en negar se le ejecutará de inmediato.

Sabían lo que hacían: había pasado la noche esperando; después me hicieron esperar todavía una hora en el sótano, mientras fusilaban a Tom y a Juan y ahora me encerraban en la ropería; habían debido preparar el golpe desde la víspera. Se dirían que a la larga se gastan los nervios y esperaban llevarme a eso.

Se engañaban. En la ropería me senté sobre un escabel porque me sentía muy débil y me puse a reflexionar. Pero no en su proposición. Naturalmente que sabía dónde estaba Gris; se ocultaba en casa de unos primos a cuatro kilómetros de la ciudad. Sabía también que no revelaría su escondrijo, salvo si me torturaban (pero no parecían ni soñar en ello). Todo esto estaba perfectamente en regla, definitivo y de ningún modo me interesaba. Sólo hubiera querido comprender las razones de mi conducta. Prefería reventar antes que entregar a Gris. ¿Por qué? No quería ya a Ramón Gris. Mi amistad por él había muerto un poco antes del alba al mismo tiempo que mi amor por Concha, al mismo tiempo que mi deseo de vivir. Sin duda le seguía estimando: era fuerte. Pero ésa no era una razón para que aceptara morir en su lugar; su vida no tenía más valor que la mía; ninguna vida tenía valor. Se iba a colocar a un hombre contra un muro y a tirar sobre él hasta que reventara: que fuera yo o Gris u otro era igual. Sabía bien que era más útil que yo a la causa de España, pero yo me cagaba en España y en la anarquía: nada tenía ya importancia. Y sin embargo yo estaba allí, podía salvar mi pellejo entregando a Gris y me negaba a hacerlo. Encontraba eso bastante cómico: era obstinación. Pensaba: “Hay que ser testarudo”. Y una extraña alegría me invadía.

Vinieron a buscarme y me llevaron ante los dos oficiales. Una rata huyó bajo nuestros pies y eso me divirtió. Me volví hacia uno de los falangistas y le dije:

—¿Vio la rata?

No me respondió. Estaba sombrío, se tomaba en serio. Tenía ganas de reír, pero me contenía temiendo no poder detenerme si comenzaba. El falangista llevaba bigote. Todavía le dije:

—Tendrían que cortarte los bigotes, perro.

Encontré extraño que dejara durante su vida que el pelo le invadiera la cara. Me dio un puntapié, sin gran convicción, y me callé.

—Bueno —dijo el oficial gordo— ¿reflexionaste?

Los miraba con curiosidad como a insectos de una especie muy rara. Les dije:

—Sé donde está. Está escondido en el cementerio. En una cripta o en la cabaña del sepulturero.

Era para hacerles una jugarreta. Quería verles levantarse, apretarse los cinturones y dar órdenes con aire agitado.

Pegaron un salto:

—Vamos allá. Moles, vaya a pedir quince hombres al subteniente López. En cuanto a ti —me dijo el gordo bajito—, si has dicho la verdad, no tengo más que una palabra. Pero lo pagarás muy caro si te has burlado de nosotros.

Partieron con mucho ruido y esperé apaciblemente bajo la guardia de los falangistas. Sonreía de tiempo en tiempo pensando en la cara que iban a poner. Me sentía embrutecido y malicioso. Los imaginaba levantando las piedras de las tumbas, abriendo una a una las puertas de las criptas. Me representaba la situación como si hubiera sido otro, ese prisionero obstinado en hacer el héroe, esos graves falangistas con sus bigotes y sus hombres uniformados que corrían entre las tumbas: era de un efecto cómico irresistible.

Al cabo de una media hora el gordo bajito volvió solo. Pensé que venía a dar la orden de ejecutarme. Los otros debían de haberse quedado en el cementerio:

El oficial me miró. No parecía molesto en absoluto.

—Llévenlo al patio grande con los otros —dijo—. Cuando terminen las operaciones militares un tribunal ordinario decidirá de su suerte.

Creí no haber comprendido. Le pregunté:

—Entonces, ¿no me… no me fusilarán?

—Por ahora no. Después, no me concierne.

Yo seguía sin comprender. Le dije:

—Pero, ¿por qué?

Se encogió de hombros sin contestar y los soldados me llevaron. En el patio grande había un centenar de prisioneros, mujeres, niños y algunos viejos. Me puse a dar vueltas alrededor del césped central, estaba atontado. Al mediodía nos dieron de comer en el refectorio. Dos o tres tipos me interpelaron. Debía de conocerlos pero no les contesté: no sabía ni dónde estaba.

Al anochecer echaron al patio una docena de nuevos prisioneros. Reconocí al panadero García. Me dijo:

—¡Maldito suertudo! No creí volver a verte vivo.

—Me condenaron a muerte —dije—, y luego cambiaron de idea. No sé por qué.

—Me arrestaron hace dos horas, dijo García.

—¿Por qué?

García no se ocupaba de política.

—No sé —dijo—, arrestan a todos los que no piensan como ellos.

Bajó la voz:

—Lo agarraron a Gris.

Yo me eché a temblar:

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Había hecho una idiotez. Dejó a su primo el martes porque tuvieron algunas palabras. No faltaban tipos que lo querían ocultar, pero no quería deber nada a nadie. Dijo: “Me hubiera escondido en casa de Ibbieta pero, puesto que lo han tomado, iré a esconderme en el cementerio”.

—¿En el cementerio?

—Sí. Era idiota. Naturalmente ellos pasaron por allí esta mañana. Tenía que suceder. Lo encontraron en la cabaña del sepulturero. Les tiró y le liquidaron.

—¡En el cementerio!

Todo se puso a dar vueltas y me encontré sentado en el suelo: me reía tan fuertemente que los ojos se me llenaron de lágrimas.