Isaac Asimov: Los ojos hacen más que ver. Cuento

1314313101Después de cientos de miles de millones de años pensó en él, de pronto, como Ames. No en la combinación de longitud de onda que, a través del universo, era ahora el equivalente de Ames, sino en el sonido en sí. Le volvía un leve recuerdo de ondas sonoras que ya no oía y ya no podía oír. El nuevo proyecto aguzaba su recuerdo de tantas y tantas cosas de eones y eones de antigüedad. Redujo el vórtex de energía que sumaba el total de su individualidad y sus líneas de energía se tendieron hasta más allá de las estrellas. Le llegó la señal de respuesta de Brock. Por supuesto que se lo diría a Brock. Seguro que podía decirselo a alguien. El plano de energía cambiante de Brock comunicó.

— ¿Es que no vienes, Ames?

— Claro que si.

— ¿Tomarás parte en la competición?

— Si -las lineas de energía de Ames latieron irregularmente-. Seguro que sí. Ya he pensado en una nueva forma de arte. Algo realmente inusitado. Por un momento, Brock cambió de fase y perdió la comunicación, así que Ames tuvo que apresurarse a ajustar sus líneas energéticas. Al hacerlo captó el paso de otros pensamientos, la vista de la empolvada Galaxia resaltando del terciopelo de la nada, y las líneas de energía latiendo en incesantes multitudes de energía-vida, tendidas entre las galaxias.

— Por favor -díjo Ames-, absorbe mis pensamientos, Brock. No cierres. He pensado en manipular materia. ¡Imagínatelo! Una sinfonía de materia. ¿Por qué molestarse con energía? Claro que en energía no hay nada nuevo, ¿cómo puede haberlo? ¿No te demuestra eso que debemos trabajar con la materia?

— ¡Materia! Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como expresión de asco. Preguntó:

— ¿Por qué no? También nosotros fuimos materia hace…, hace…, por lo menos mil billones de años. ¿Por qué no fabricar objetos de materia, de formas abstractas?, oye, Brock, ¿por qué no hacer una imitación de nosotros mismos en materia tal como fuimos?

— No recuerdo cómo era eso -dijo Brock-. Nadie lo recuerda.

— Yo sí -contestó Ames enérgicamente-. No he estado pensando en otra cosa y estoy empezando a recordar, Brock, deja que te lo enseñe. Dime si tengo razón. Dímelo.

— No. Es una tontería. Es… repulsivo.

— Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos, hemos pulsado energía juntos desde el principio…, desde el momento en que nos volvimos lo que somos. Brock, ¡por favor!

— Entonces, que sea rápido. Ames no había experimentado hasta entonces tal estremecimiento en sus propias lineas de energía en…, ¿en cuánto tiempo sería? Si lo intentaba ahora para Brock y funcionaba, podía atreverse a manipular materia ante los seres energéticos reunidos que habían estado esperando tan angustiosamente a lo largo de eones a que surgiera algo nuevo. La materia era escasa allí entre las galaxias, pero Ames la recogió, reuniéndola a lo largo de los años luz cúbicos, eligiendo los átomos, consiguiendo una consistencia arcillosa y obligando a la materia a una forma ovoide que se ensanchaba por abajo.

— ¿No lo recuerdas, Brock? -preguntó a media voz-. ¿No era algo parecido a esto? El vórtex de Brock tembló en fase:

— No me lo hagas recordar. No me acuerdo.

— Eso era la cabeza. Lo llamaban cabeza. Lo recuerdo con tal claridad que necesitaba decirlo. Me refiero al sonido… -esperó, luego preguntó-. Mira, ¿recuerdas eso? En la parte frontal del ovoide apareció CABEZA.

— ¿Y eso qué es? -preguntó Brock.

— Es la palabra para cabeza. Los símbolos que indicaban la palabra en sonido. Dime que lo recuerdas, Brock.

— Había algo -titubeó Brock-, algo en medio. Apareció un bulto vertical. Ames exclamó:

— ¡Sí! Nariz, ¡eso es! -y encima apareció NARIZ-. Y éstos son los ojos a cada lado: OJO IZQUIERDO, OJO DERECHO. Ames contempló lo que había formado, mientras sus líneas de energía pulsaban despacio. ¿Estaba seguro de que parecía eso?

— Boca -exclamó con pequeños estremecimientos- y barbilla y nuez, y las clavículas. ¡Cómo me van volviendo las palabras! -y aparecieron en la forma. Brock comentó:

— Hace cientos de miles de millones de años que no habia pensado en ellas. ¿Por qué me las recuerdas? ¿Por qué? Ames estaba momentáneamente perdido en sus pensamientos.

— Y algo más. Órganos para oír; algo para captar las ondas sonoras. ¡Orejas! ¿A dónde van? No recuerdo bien dónde ponerlas… Brock gritó de súbito: ¡Déjalo ya! Las orejas y lo demás. ¡No lo recuerdes!

— ¿Qué hay de malo en recordar? -murmuró Ames indeciso.

— Porque el exterior no era duro y frío como ahora, sino suave y tibio. Porque los ojos eran tiernos y vivos y los labios de la boca vibraban y eran dulces sobre los míos. Las líneas energéticas de Brock latían y vacilaban, latían y vacilaban. Ames exclamó:

— ¡Perdón! ¡Perdón!

— Me estás recordando que en tiempos fui mujer y conocía el amor, que los ojos hacen más que ver y que ya no tengo ninguno que lo haga por mí. Violentamente, añadió materia a la burda cabeza y dijo:

— ¡Deja, pues, que lo hagan ellos! -y dio media vuelta y huyó. Y Ames vio también y recordó que en tiempos había sido un hombre. La fuerza de su vórtex partió la cabeza por la mitad, y escapó por las galaxias siguiendo la huella energética de Brock… de regreso al infinito destino de la vida. Y los ojos de la destrozada cabeza de materia seguían brillando con la humedad que Brock había puesto allí para representar las lágrimas. La cabeza de materia hizo aquello que los seres energéticos ya no podían hacer. Y lloró por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos de los que en tiempos se habían desprendido, hacía millones de años.

 

Isaac Asimov: Esquirol. Cuento

082704-asimovElvis Blei se frotó las gordezuelas manos y declaró:

— La palabra es «autosuficiente» -y sonrió, incómodo, mientras daba fuego a Steven Lamorak, venido de la Tierra. Todo su rostro, liso, de ojillos separados, reflejaba incomodidad. Lamorak aspiró con fruición el humo del cigarro y cruzó sus largas piernas. Su cabello parecía empolvado de gris y tenía la mandíbula grande y fuerte.

— ¿Cultivado aquí? -preguntó contemplando críticamente el cigarrillo. Trató de disimular su propia turbación ante la tensión del otro.

— Totalmente -respondió Blei.

— Me pregunto cómo queda espacio en su pequeño mundo para tales lujos -comentó Lamorak. (Lamorak iba pensando en su primera visión de Elsevere desde el visor de la nave espacial. Era un planetoide escarpado, sin atmósfera, de unos centenares de kilómetros de diámetro, poco más que una roca mal tallada, gris y polvorienta, brillando a la escasa luz de su sol, a 320.000.000 de kilómetros de distancia. Era el único objeto de más de un kilómetro de diámetro girando alrededor de su sol. Ahora los hombres lo habían transformado en un mundo en miniatura y habían construido una sociedad en el. Él mismo, como sociólogo, había venido a estudiar ese mundo y ver cómo la Humanidad había aprendido a encajar en aquella hornacina curiosamente especializada.) La sonrisa correcta de Blei se contrajo displicente.

— No somos un pequeño mundo, doctor Lamorak, nos juzga por el patrón bidimensional. La superficie de Elsevere es solamente las tres cuartas partes de la del Estado de Nueva York, pero eso es irrelevante. Recuerde que podemos ocupar completamente, si así lo deseáramos, el interior de Elsevere. Una esfera cuyo radio es de 80 kilómetros tiene un volumen de más de dos millones de kilómetros cúbicos. Si todo Elsevere estuviera ocupado por niveles de 15 metros de separación, el área total dentro del planetoide sería de 145.000.000 de kilómetros cuadrados, y esto es igual al área total del suelo de la Tierra. Y, naturalmente, ninguno de esos kilómetros cuadrados, doctor, sería improductivo.

— ¡Santo Dios! -exclamó Lamorak, y por un momento se quedó como asombrado-. Sí, claro, tiene razón. Es raro que nunca se me haya ocurrido enfocarlo así. Pero, entonces, Elsevere es el único planetoide totalmente explotado del mundo de la Galaxia y todos nosotros no podemos dejar de pensar en las superficies bidimensionales, como usted acaba de indicar. Bueno, yo me siento más que satisfecho de que su Consejo, me haya dado todas las facilidades hasta el punto de darme carta blanca en mi investigación. Blei asintió conmocionado al oírle. Lamorak frunció ligeramente el ceño y pensó: «Da la impresión de que actúa como si deseara que yo no hubiera venido. Algo va mal.»

— Naturalmente -cortó, rápido, Blei-, comprenderá que somos en realidad mucho más pequeños que lo que podemos ser: de momento sólo se han podido perforar y ocupar pequeñas porciones de Elsevere. Tampoco estamos especialmente ansiosos por extendernos, si no es muy despacio. Hasta cierto punto, nos vemos limitados por la capacidad de nuestros motores de pseudogravedad y los transformadores de energía solar.

— Lo comprendo. Pero, digame, consejero Blei, es mera curiosidad personal, no es que sea de máxima importancia para mi proyecto, ¿podría visitar primero algunos de sus niveles agropecuarios? Me fascina la idea de campos de trigo y rebaños de ganado en el interior de un planetoide.

— Encontrará el ganado de tamaño pequeño comparado con el suyo, doctor, y no tenemos demasiado trigo. Cultivamos mucho más la cebada. Pero habrá trigo para mostrárselo. También algodón y tabaco. Incluso árboles frutales.

— Maravilloso. Como usted dijo, autosuficientes. Me imagino que lo reciclan o recuperan todo. Los ojos vivos de Lamorak no perdieron el leve estremecimiento que este comentario provocó en Blei. Los ojos del elseverio se entornaron para ocultar su expresión.

— Sí, lo recuperamos todo -respondió. Aire, agua, alimentos, minerales, todo lo que está usado debe volver a su estado original; hasta las basuras se transforman en materia prima. Lo unico que se necesita es energía y tenemos la suficiente. No alcanzamos una eficiencia de un cien por cien, claro; hay pérdidas. Todos los años importamos una pequeña cantidad de agua; si nuestras necesidades aumentan, debemos importar algo de carbón y oxígeno.

— ¿Cuándo podemos empezar la visita, consejero Blei? -pidió Lamorak. La sonrisa de Blei perdió algo de su innecesaria cordialidad.

— Tan pronto como podamos, doctor. Hay ciertos trámites de rutina que hay que cumplir. Lamorak asintió, terminó el cigarrillo y lo aplastó. ¿Trámites rutinarios? No había habido la menor vacilación en la correspondencia preliminar. Elsevere parecía orgulloso de que su excepcional existencia planetoidal hubiera atraído la atención de la Galaxia.

— Me doy cuenta de que podría perturbar una sociedad tan cerrada -y observó, sombrío, cómo Blei saltaba sobre el comentario y lo hacía suyo.

— Sí -dijo Blei-, nos sentimos diferenciados del resto de la Galaxia. Tenemos nuestras propias costumbres. Cada elseverio, individualmente, encaja en una cómoda hornacina. La aparición de un forastero de casta desconocida es desconcertante.

— ¡Ah!, entonces el concepto de casta es algo connatural.

— En efecto -se apresuró a afirmar Blei-, pero también proporciona cierta seguridad. Tenemos reglas firmes de matrimonio y una rígida herencia de ocupación. Cada hombre, mujer y niño conoce su puesto, lo acepta y es aceptado en él; virtualmente desconocemos las neurosis o enfermedades mentales.

— ¿Y no hay anormales? -preguntó Lamorak. Blei preparó sus labios como si fuera a decir «no»; de pronto los cerró, comiéndose la palabra; en su frente se formó una profunda arruga. Al fin dijo:

— Voy a arreglar su visita, doctor. Entretanto, supongo que le encantará la oportunidad de refrescarse y dormir. Se pusieron de pie al mismo tiempo y juntos salieron de la estancia. Blei, cortésmente, indicó al terrícola que pasara delante.

Lamorak se sintió oprimido por la vaga sensación de crisis que presintió en su conversación con Blei.

El periódico confirmó esta sensación. Lo leyó cuidadosamente antes de acostarse, con lo que al principio no era sino interés clínico. Era una publicación de ocho páginas en papel sintético. Un cuarto de lo impreso consistía en «personales»: nacimientos, matrimonios, muertes, récords, ampliación del volumen habitable (área, no; ¡tres dimensiones!). El resto incluía ensayos intelectuales, material educacional y ficción. De noticias, en el sentido al que estaba acostumbrado Lamorak, no había virtualmente nada. Sólo un suelto podía ser considerado como tal y era estremecedor en su oscuridad. Decía, bajo un pequeño título: RECLAMACIONES INVARIABLES: No hubo cambios en su actitud de ayer. El consejero jefe anunció, después de una segunda entrevista, que sus reclamaciones siguen siendo insensatas y no pueden ser atendidas bajo ninguna circunstancia. Después, en un paréntesis y en tipo de letra distinto, había una aclaración: Los editores de este pericidico están de acuerdo en que Elsevere no puede y no se doblegará ante su silbido, pase lo que pase. Lamorak lo leyó por tres veces: Su actitud. Sus reclamaciones. Su silbido. ¿De quién? Aquella noche durmió muy mal.

Los días siguientes no fueron para periódicos, pero insistentemente no se le borraba de la mente. Blei, que seguía siendo su guía y compañero en la mayoría de las visitas, se volvía cada vez más introvertido. Al tercer día (artificialmente establecido por el reloj al estilo de las veinticuatro horas terrestres), Blel se detuvo en un momento dado y dijo:

– Este nivel está enteramente dedicado a industrias químicas. Esta sección no es importante… Pero se volvió con excesiva rapidez y Lamorak le cogió del brazo.

– ¿Qué productos son los de esta sección?

– Fertilizantes. Compuestos orgánicos -respondió Blei, con sequedad. Lamorak le retuvo, tratando de descubrir qué era lo que Blei quería evadir. Su mirada barrió los cercanos honzontes de rocas y los edificios apretujados y escalonados en diversos niveles.

– ¿No es ésa una residencia particular? -preguntó Lamorak. Blei no miró en la dirección indicada. Lamorak insistió:

– Creo que es la mayor que he visto hasta ahora. ¿Y por qué está ahí, en un nivel industrial? Eso la hacía destacarse más. Ya se había dado cuenta de que los niveles en Elsevere estaban rígidamente divididos en residenciales, agrícolas e industriales. Volvió la cabeza y gritó:

– ¡Consejero Blei! El consejero se alejaba y Lamorak fue tras él precipitadamente:

– ¿Ocurre algo malo, señor?

– Soy un grosero -masculló Blei-. Lo sé y le pido perdón. Hay asuntos que pesan en mi mente… Y siguió caminando apresuradamente.

– ¿Respecto a sus reclamaciones? Blei se paró en seco.

– ¿Qué sabe usted de eso?

– Nada más que lo que he dicho. Es lo que leí en el periódico. Blei murmuró algo entre dientes.

– ¿Ragusnik? -repitió Lamorak-. ¿Y eso qué es? Blei suspiró.

– Supongo que tendrá que enterarse. Es humillante y profundamente vergonzoso. El Consejo creyó que el asunto no tardaria en arreglarse y que no era necesario interferir en su visita; en una palabra, que no necesitaba enterarse o preocuparse. Pero llevamos ya una semana asi. No sé lo que puede pasar y, pese a las apariencias, quizá sería mejor que se marchara. No hay motivos por los que un habitante del mundo exterior se arriesgue a morir. El terrícola sonrió con incredulidad.

– ¿Arriesgarme a morir? ¿En este pequeño mundo tan pacífico y trabajador?, no puedo creerlo.

– Yo se lo explicaré -se ofreció el elseverio-. Creo que será mejor que lo haga -volvió la cabeza-. Como le he dicho, todo en Elsevere debe reciclarse. Lo comprende.

– Sí.

– Esto incluye los desperdicios humanos.

– Me lo figuré -dijo Lamorak.

-De ellos recuperamos agua por destilación y absorción. Lo que queda se convierte en fertilizantes para la cebada; parte se utiliza como compuestos orgánicos y otros productos derivados. Estas fábricas que puede ver están dedicadas a eso.

-¿Sí? -Lamorak había experimentado cierta prevención con el agua de beber cuando llegó a Elsevere, porque había sido lo bastante realista como para darse cuenta de dónde salía; pero afortunadamente había superado la impresión con relativa facilidad. Incluso en la Tierra, el agua era extraída de todo tipo de sustancias desagradables. Blei, cada vez con mayor dificultad, prosiguió:

– Igor Ragusnik es el encargado del proceso industrial relacionado con los desechos. Pertenece a su familia desde que Elsevere fue colonizado por primera vez. Uno de los primeros colonizadores fue Mijail Ragusnik y él…, él…

– Fue el encargado de la recuperación de los desechos.

– Sí. Ahora bien, la residencia en que usted reparó es la de Ragusnik; la mejor y la más adornada del planetoide. Ragusnik disfruta de muchos privilegios que los demás no tenemos; pero, después de todo -continuó con voz cada vez más vehemente-, no podemos hablarle.

– ¿Qué?

– Reclama absoluta igualdad social. Quiere que sus hijos se mezclen con los nuestros, que nuestras esposas visiten a… ¡Oh! -y en esa exclamación reflejó todo el asco que le producía. Lamorak recordó el suelto del periódico que ni siquiera se había atrevido a mencionar el nombre de Ragusnik en letra de imprenta, ni decir nada específico sobre su reclamación. Comentó, pues:

– Deduzco que por su trabajo es un paria.

– Naturalmente. Desperdicios humanos y… -Las palabras le fallaban a Blei. Después de una pausa, añadió más tranquilo-: Como habitante de la Tierra, supongo que no lo comprende.

– Como sociólogo, creo que sí. -Lamorak se acordó de los intocables de la antigua India, de los que manejaban cadáveres y pensó también en la situación de los porquerizos en la vieja Judea.

– Deduzco que Elsevere no accederá a sus reclamaciones -prosiguió.

– ¡Jamás! -declaró Blei enérgicamente-. ¡Jamás!

– ¿Y entonces?

-Ragusnik amenazó con dejar de trabajar.

– En otras palabras: hacer huelga.

– Sí.

-¿Sería muy grave?

– Tenemos comida y agua suficiente para cierto tiempo; su reclamación no es esencial en este sentido. Pero los desechos se acumularán, contaminarán el planetoide. Después de varias generaciones de un cuidadoso control de enfermedades, tenemos poca resistencia a las enfermedades microbianas. Una vez iniciada una epidemia… caeríamos a centenares.

– ¿Se da cuenta de ello Ragusnik?

– Si, naturalmente.

– ¿Cree, entonces, que mantendrá su amenaza?

– Está loco. Ya ha dejado de trabajar; no se han recogido los desechos desde el día en que usted aterrizó. La nariz bulbosa de Blei husmeó el aire como si ya hubiera captado el hedor a excrementos. Lamorak olfateó también maquinalmente, pero no notó nada. Blei continuó:

– Así que ya ve que tal vez sería prudente que se fuera. Nos sentimos humillados, claro, al tener que insinuárselo. Pero Lamorak protestó:

– Espere, todavía no. ¡Dios Santo!, esto es para mí un caso profesional de gran interés. ¿Puedo hablar con Ragusnik?

– De ningún modo -exclamó Blei, alarmado.

– Pero me gustaría comprender la situación. Las condiciones sociológicas aquí son únicas y difíciles de repetir en otra parte. En nombre de la ciencia…

– ¿Qué quiere decir? ¿Bastaría con una comunicación por imagen?

– Sí.

– Preguntaré al Consejo -musitó Blei.

Estaban sentados con Lamorak, incómodos, con sus expresiones austeras y dignas, apenas modificadas por la ansiedad. Blei, sentado entre ellos, evitaba cuidadosamente la mirada del terrícola. El consejero jefe, canoso, con un rostro profundamente arrugado y el cuello descarnado, habló con dulzura: Si por sus propias convicciones es capaz de persuadirle, señor, se lo agradeceremos. Sin embargo, por ningún concepto insinúe que podemos ceder, de una u otra forma. Una cortina de gasa se desplegó entre Lamorak y el Consejo. Aún podía distinguir a los consejeros, uno a uno, antes de volverse vivamente hacia el receptor que tenía delante que cobró vida de pronto. Apareció una cabeza de color natural con gran realismo. Era una cabeza fuerte, morena, mandíbula maciza, rostro mal rasurado, labios gruesos, rojos, apretados en una firme línea horizontal. La imagen dijo, suspicaz:

— ¿Quién es usted?

— Me llamo Steven Lamorak -contestó-. Procedo de la Tierra.

— ¿Uno del mundo exterior?

— En efecto. Estoy de visita en Elsevere. ¿Es usted Ragusnik?

— Igor Ragusnik, a su servicio -dijo la imagen, burlona-. Sólo que no tengo servicio que prestarle, y no lo habrá hasta que a mi familia y a mí se nos trate como a seres humanos. Lamorak preguntó:

— ¿Se da cuenta del peligro en que se encuentra Elsevere y la posibilidad de contraer enfermedades contagiosas?

— La situación puede normalizarse en veinticuatro horas si me tratan con humanidad. Son ellos los que deben corregir la situación.

— Parece usted un hombre educado, Ragusnik.

— ¿Y qué?

— Me han dicho que no se le niega ninguna comodidad material. Está usted alojado, vestido y alimentado mejor que cualquier otro en Elsevere. Sus hijos son los que mejor educación reciben.

— De acuerdo. Pero todo por servomecanismo. Y nos mandan niñas huérfanas de madre para que las eduquemos y criemos a fin de que sean nuestras esposas. Y se mueren jóvenes, de soledad. ¿Y por qué? -continuó preguntando con voz vehemente-. ¿Por qué debemos vivir aislados como si fuéramos monstruos, no aptos para estar cerca de los seres humanos? ¿Acaso no somos seres humanos como los demás, con las mismas necesidades, deseos y sentimientos? ¿No realizamos una función honrada y necesaria? Se oyó un rumor de suspiros por detrás de Lamorak. Ragusnik lo oyó y levantó la voz:

— Les estoy viendo, consejeros, ahí detrás. Respóndanme: ¿No es una función honrada y útil? Son sus desechos los transformados en alimentación para ustedes. ¿Acaso el hombre que purifica la corrupción es peor que el hombre que la produce? Oiganme, consejeros, no voy a ceder. Dejen que todo Elsevere se contagie, incluyéndome a mí y a mi hijo si fuera necesario, pero no cederé. Mi familia estará mejor muerta de la infección que viviendo como ahora…

— Ha llevado este género de vida desde que nació, ¿no es verdad? -interrumpió Lamorak.

— Bueno, ¿y qué?

— Pues que ya estará acostumbrado.

— Acostumbrado, jamás. En todo caso, resignado. Mi padre estaba resignado y yo lo estuve durante un tiempo, pero veo a mi hijo, mi único hijo, sin ningún otro niño con quien jugar. Mi hermano y yo nos teníamos uno a otro, pero mi hijo jamás tendrá a nadie, y yo he dejado de estar resignado. He terminado con Elsevere y he terminado con esta conversación. El receptor se apagó. El rostro del consejero jefe había palidecido hasta volverse color pergamino. El y Blei eran los únicos del grupo que quedaban con Lamorak. El consejero jefe dijo:

— Este hombre está perturbado; no sé cómo obligarle. Tenía un vaso de vino a su lado, al acercarlo a sus labios vertió unas gotas que mancharon sus pantalones blancos de morado oscuro. Lamorak preguntó:

— ¿Son sus peticiones tan imposibles? ¿Por qué no puede ser aceptado en sociedad? Una rabia pasajera brilló en los ojos de Blei.

— ¿El que maneja excrementos? -se encogió de hombros-. Claro, usted viene de la Tierra. Lamorak pensó sin que viniera a cuento en otro inaceptable, en una de las numerosas creaciones del dibujante de cómics Al Capp. Los que él llamaba, «obrero entre las mofetas». Dijo:

— ¿Maneja realmente los excrementos? Quiero decir si tiene contacto físico. Supongo que todo lo manejaran máquinas automáticas.

— Naturalmente -contestó el consejero jefe.

— Entonces, ¿cuál es exactamente la función de Ragusnik?

— Ajusta manualmente los controles que aseguran el buen funcionamiento de la maquinaria; desplaza unidades para permitir su reparación; modifica el tipo de funcionamiento según la hora del día; varía la producción final según la demanda. -Y añadió con tristeza-: Si dispusiéramos del espacio preciso para hacer la maquinaria diez veces más compleja, todo podría hacerse automáticamente; pero sería un dispendio innecesario.

— Incluso así -insistió Lamorak-, lo único que hace Ragusnik es apretar botones, cerrar contactos o cosas así.

— Sí.

— Entonces, su trabajo no es diferente del de cualquier otro elseverio.

— No lo comprende -dijo Blei, terco.

— ¿Y sólo por eso arriesgan las vidas de sus hijos?

— No tenemos opción. -Había suficiente angustia en su voz para que Lamorak comprendiera que la situación era lacerante para Blei, pero que en realidad no tenía donde elegir. Lamorak se encogió de hombros, asqueado.

— Entonces, paren la huelga. Oblíguenle.

— ¿Cómo? -preguntó el consejero jefe-. ¿Quién querría tocarle o acercársele? Y si le matamos disparándole a distancia, ¿de qué va a servirnos? Lamorak, pensativo, preguntó:

— ¿Sabría manejar sus máquinas?

— ¿Quién, yo? -gritó asustado el consejero poniéndose en pie.

— No me refiero a usted -exclamó Lamorak al instante-. Usé la fórmula en sentido indefinido. ¿Podría aprender alguien cómo manejar la maquinaria de Ragusnik? Poco a poco el susto abandonó el rostro del consejero jefe.

— Estoy seguro que está en los manuales, aunque le aseguro que nunca me preocupé por averiguarlo.

— Entonces, ¿podría alguien aprender el procedimiento y sustituir a Ragusnik hasta que el hombre ceda?

— ¿Quién aceptaría tal cosa? -dijo Blei-. Por lo menos yo no, en ninguna circunstancia. Lamorak pensó fugazmente en los tabúes de la Tierra que podían ser casi tan fuertes. Pensó en el canibalismo, en el incesto y en un hombre piadoso maldiciendo a Dios. Comentó:

— Pero deben de haber previsto la vacante en el trabajo de Raguskin. Supónganse que muera.

— Automáticamente le sucedería su hijo en el empleo o su pariente más cercano ­explicó Blei.

— ¿Y si careciera de parientes adultos? ¿Y si toda su familia falleciera a la vez?

— Esto no ha ocurrido nunca, ni jamás ocurrirá. El consejero jefe añadió:

— Si existiera ese peligro, quizá podríamos colocar a un niño o dos con los Ragusnik y que lo prepararan para esa profesión.

— ¡Ah!, ¿y cómo elegirían al niño?

— Entre los hijos de madres muertas de parto, lo mismo que elegimos a las futuras esposas Ragusnik.

— Entonces, empiecen ya a elegir por suerte a un sustituto para Ragusnik. El consejero jefe exclamó:

— ¡No! ¡Imposible! ¿Cómo puede sugerir tal cosa? Si seleccionamos un niño, puede educársele para esa vida; no conocería otra. En este momento tendríamos que elegir un adulto y someterle a la ragusnicatura. No, doctor Lamorak, no somos ni monstruos ni brutos insensibles. «Es inútil» -se dijo Lamorak descorazonado- «Es inútil a menos que…» Pero todavía no se veía con ánimos para hacer frente a ese «a menos que».

Por la noche Lamorak apenas durmió. Ragusnik reclamaba sólo lo básico de humanidad. Pero, en contra, había treinta mil elseverios que iban a morir. Por una parte, el bienestar de treinta mil; por la otra, la justa reclamación de una familia. ¿Podía decirse que treinta mil partidarios de la injusticia merecían morir? Injusticia, sí; pero, ¿desde qué punto de vista? ¿Tierra? ¿Elsevere? ¿Y quién era Lamorak para juzgar? ¿Y Ragusnik? Estaba dispuesto a dejar que treinta mil murieran, incluyendo hombres y mujeres que se limitaban a aceptar una situación que se les había enseñado a aceptar y que no podían cambiar aunque lo quisieran. Y los niños, que no tenían nada que ver. Treinta mil por un lado; una familia por el otro. Lamorak tomó una determinación desesperada. Por la mañana llamó al consejero jefe. Le dijo:

— Señor, si puede encontrar un sustituto, Ragusnik verá que ha perdido la oportunidad de forzar una decisión en su favor y volverá al trabajo.

— No puede haber sustituto. -Suspiró el consejero jefe-. Ya se lo he explicado.

— Ningún sustituto entre los elseverios, pero yo no soy elseverio y no me importa. Yo le sustituiré.

Estaban excitados, mucho más excitados que el propio Lamorak. Le preguntaron más de una docena de veces si lo decía en serio. Lamorak, sin afeitar, estaba mareado.

— Claro que lo digo en serio. Y cada vez que Ragusnik se porte así pueden importar un sustituto. Ningún otro mundo tiene este tabú y siempre habrá montones de sustitutos temporales disponibles si se les paga bien. (Estaba traicionando a un hombre brutalmente explotado, y le constaba. Pero desesperadamente pensó: «Salvo en el ostracismo le tratan muy bien. Muy bien.») Le entregaron los manuales y pasó seis horas leyendo y volviendo a leer. Era inútil hacerles preguntas. Ninguno de los elseverios tenía la menor idea del trabajo, excepto por lo que decía el manual, y todos parecían sentirse incómodos si se mencionaban los detalles. «Mantenga la lectura O en el galvanómetro A-2 durante todo el tiempo que se encienda la luz roja en el aullador-Lunge», leyó Lamorak. «¿Qué diablos puede ser un aullador-Lunge?»

— Habrá una indicación -sugirió Blei, y los elseverios se miraron avergonzados unos a otros e inclinaron las cabezas para contemplarse las uñas.

Le dejaron mucho antes de que llegara a las pequeñas habitaciones, cuartel general de generaciones de Ragusniks trabajando para su mundo. Tenía instrucciones específicas sobre qué direcciones tenía que tomar y a qué nivel llegar, pero se quedaron de pronto rezagados y le dejaron que siguiera solo. Cruzó las estancias con dificultad, identificando los instrumentos y controles, siguiendo los diagramas esquematicos del manual.

«Allí hay un aullador-Lunge», pensó con sombría satisfacción. El indicador lo decía así. Tenía una cara semicircular llena de agujeros pensados para brillar en colores separados. ¿Por qué «aullador»? Ni idea. «Por alguna parte -pensó Lamorak-, por alguna parte hay desechos acumulados, pesando sobre palancas y salidas, tuberías y silos esperando a que se les maneje de cien modos diferentes. De momento no hacen sino acumularse.» No sin un estremecimiento, tiró del primer interruptor como le indicaba el manual en sus consejos para «Iniciación». Un suave murmullo vital se dejó sentir a través de suelos y paredes. Giró una manecilla y las luces se encendieron. A cada paso consultaba el manual, aunque ya se lo sabía de memoria, y con cada paso las estancias se iluminaban y los diales indicadores se ponían en movimiento aumentando de volumen los zumbidos. Al fondo de las naves los desechos acumulados iban siendo dirigidos a los canales apropiados. Una señal estridente sobresaltó a Lamorak que lo sacó de su penosa concentración. Era una señal de comunicaciones y Lamorak manipuló torpemente el receptor para que entrara en acción. Apareció la cabeza de Ragusnik, asombrado; después, poco a poco, la incredulidad y el sobresalto desaparecieron de sus ojos:

— Así es como lo hacen.

— No soy un elseverio, Ragusnik. Y no me importa hacer esto.

— Pero a usted, ¿qué le importa todo este asunto? ¿Por qué se mete?

— Estoy de su parte, Ragusnik, pero tengo que hacerlo.

— ¿Y por qué, si está de mi parte? ¿Acaso en su mundo tratan a la gente como me tratan aquí?

— Ya no. Pero aun teniendo toda la razón, hay que tener en cuenta las treinta mil personas de Elsevere.

— Hubieran cedido; ha destruido mi única oportunidad.

— No hubieran cedido. Y, en cierto modo, usted ha ganado; saben que está descontento. Hasta ahora nunca soñaron siquiera que un Ragusnik pudiera ser desgraciado, que pudiera crearles problemas.

— Y ahora que están enterados, lo único que necesitan hacer es contratar a uno del mundo exterior en cualquier momento. Lamorak sacudió violentamente la cabeza. Lo había pensado bien en las últimas horas amargas:

— El hecho de que estén enterados significa que los elseverios empezarán a pensar en usted; algunos incluso se preguntarán si es justo tratar así a un ser humano. Y si se contrata a gente del mundo exterior, la noticia sobre lo que ocurre en Elsevere se propagará y la opinión del público de la Galaxia estará a su favor.

— ¿Y?

— Las cosas mejorarán. Con su hijo todo será mucho mejor.

— ¡Con mi hijo! -replicó Ragusnik, desalentado-. ¡Ojalá fuera ahora! Bueno, he perdido. Volveré al trabajo. Lamorak experimentó un inmenso alivio.

— Si viene usted ahora, señor, recuperará su trabajo y consideraré un honor estrecharle la mano. Ragusnik levantó la cabeza y su expresión fue de amargo orgullo:

— Me llama usted «señor» y me ofrece estrecharme la mano. Siga su camino, terrícola, y déjeme mi trabajo, porque yo no estrecharía la suya. Lamorak se volvió por donde había venido, satisfecho porque la crisis había terminado y, a la vez, profundamente deprimido. Se paró sorprendido cuando encontró una sección del corredor acordonada, de forma que no podía pasar. Buscó rutas alternativas y le sobresaltó una voz amplificada, sobre su cabeza, que le decía:

— Doctor Lamorak, ¿me oye? Soy el consejero Blei. Lamorak levantó la vista. La voz salía de algún sistema de megafonía público, pero no supo ver el altavoz. Contestó:

— ¿Pasa algo? ¿Puede oírme?

— Le oigo. Lamorak gritaba instintivamente.

— ¿Ocurre algo malo? Aquí estoy bloqueado. ¿Es que ha habido complicaciones con Ragusnik?

— Ragusnik ha vuelto al trabajo -Oyó decir a Blei-. La crisis ha terminado, y usted debe prepararse para marchar.

— ¿Marchar?

— Abandonar Elsevere; se está preparando una nave para usted.

— Espere un poco. -Lamorak se sentía confuso ante el súbito rumbo de los acontecimientos-. No he terminado aun mi recopilación de datos.

— Es algo inevitable -oyó decir a Blei-. Se le dirigirá a la nave y sus pertenencias se le mandarán por servomecanismo. Confiamos…, confiamos… Lamorak empezaba a ver claro.

— ¿Confían en qué?

— Confiamos en que no tratará de ver o hablar directamente con ningún elseverio. Y, naturalmente, confiamos en que nos ahorrará bochorno y complicaciones no regresando nunca a Elsevere en el futuro. Cualquier colega suyo será bien recibido si precisaran más datos sobre nosotros.

— Comprendo -dijo Lamorak con voz opaca-. Por lo visto él se había transformado también en un Ragusnik. Había tocado los controles que a su vez habían tocado los desechos; estaba desterrado. Era un enterrador, un porquerizo, el hombre del trabajo maloliente.

— Adiós -terminó diciendo.

— Antes de que le dirijamos, doctor Lamorak -prosiguió la voz de Blei-, en nombre del Consejo de Elsevere le doy las gracias por su ayuda en esta crisis.

— De nada -contestó amargamente Lamorak.

Isaac Asimov: Anfitriona. Cuento

6A3423B157DE2BBEAE3F6088936091Rose Smollett se sentía feliz, casi triunfante. Se arrancó los guantes, tiró el sombrero, volvió sus ojos brillantes hacia su marido y le dijo:

— Drake, vamos a tenerle aquí. Drake la miró disgustado:

— Llegas tarde para la cena. Yo creí que ibas a estar de vuelta a eso de las siete.

— Bah, no tiene importancia. Comí algo mientras venía. Pero, Drake, ¡vamos a tenerle aquí!

— ¿A quién, aquí? ¿De quién estás hablando?

— ¡Del doctor del planeta Hawkin! ¿Es que no te diste cuenta de que la conferencia de hoy era sobre él? Pasamos todo el día hablando de ello. ¡Es la cosa más excitante que jamás pudiera habernos ocurrido! Drake Smollett apartó la pipa de su rostro. Primero miró la pipa, luego a su mujer.

— A ver si lo he entendido bien. ¿Cuando dices el doctor procedente del planeta Hawkin, te refieres al hawkinita que tenéis en el instituto?

— Pues, claro. ¿A quién iba a referirme si no?

— ¿Y puedo preguntarte qué diablos significa eso de que vamos a tenerle aquí?

— Drake, ¿es que no lo entiendes?

— ¿Qué es lo que tengo que entender? Tu instinto puede estar interesado por esa cosa, pero yo no. ¿Qué tenemos que ver con él? Es cosa del instituto, ¿no crees?

— Pero, cariño -dijo Rose pacientemente-, el hawkinita quería vivir en una casa particular en una parte donde no le molestaran con ceremonias oficiales y donde pudiera desenvolverse más de acuerdo con sus gustos. Lo encuentro de lo más comprensible.

— ¿Por qué en nuestra casa?

— Porque nuestra casa es conveniente para ello, creo. Me preguntaron si se lo permitía, y, francamente -añadió con cierta obstinación-, lo considero un privilegio.

— ¡Mira! -Drake se metió los dedos entre el cabello y consiguió alborotarlo-, tenemos un lugar adecuado, ¡de acuerdo! No es el lugar más elegante del mundo, pero nos sirve bien a los dos. No obstante, no veo que nos sobre sitio para visitantes extraterrestres. Rose empezó a parecer preocupada. Se quitó las gafas y las guardó en su funda.

— Podemos instalarlo en el cuarto de huéspedes. Él se ocupará de tenerlo en orden. He hablado con él y es muy agradable. Sinceramente, lo único que debemos hacer es mostrar cierta capacidad de adaptación.

— Sí, claro, sólo un poco de adaptabilidad. Los hawkinitas aspiran cianuro. Y supongo que también tendremos que adaptarnos a eso, ¿no?

— Lleva siempre cianuro en un pequeño cilindro. Ni siquiera te darás cuenta.

— ¿Y de qué otras cosas no voy a darme cuenta?

— De nada más. Son totalmente inofensivos. ¡Cielos, si incluso son vegetarianos!

— Y eso, ¿qué significa?, ¿que tenemos que servirle una bala de heno para cenar? El labio inferior de Rose empezó a temblar.

— Drake, estás siendo deliberadamente odioso. Hay muchos vegetarianos en la Tierra; no comen heno.

— Y nosotros, ¿qué? Podremos comer carne, ¿o esto va a hacerle pensar que somos caníbales? No pienso vivir de ensaladas para hacerle feliz, te lo advierto.

— No seas ridículo. Rose se sentía desamparada. Se había casado relativamente mayor. Había elegido su carrera; parecía haber encajado bien en ella. Era miembro del Instituto Jerikins de Ciencias Naturales, rama de Biología, con más de veinte publicaciones a su nombre. En una palabra, la línea estaba trazada, el camino desbrozado: se había dedicado a una carrera y a la soltería. Y ahora, a los 35 años, estaba aún algo asombrada de encontrarse casada desde hacía escasamente un año. Ocasionalmente se sentía turbada, porque a veces descubría que no tenía la menor idea de cómo tratar a un marido. ¿Qué había que hacer cuando el hombre de la casa se ponía testarudo? Esto no constaba en ninguno de sus cursillos. Como mujer de carrera y de mentalidad independiente, no podía rebajarse a zalamerías. Así que le miró fijamente y le dijo con sinceridad:

— Para mí significa mucho.

— ¿Por qué?

— Porque, Drake, si se queda aquí algún tiempo, podré estudiarle bien de cerca. Se ha trabajado muy poco en la biología y psicología del hawkinita individualmente, y en las inteligencias extraterrestres en general. Sabemos algo de su sociología e historia, pero nada más. Seguro que te das cuenta de que es una oportunidad. Vivirá aquí; le observaremos, le hablaremos, vigilaremos sus hábitos…

— No me interesa.

— Oh, Drake. No te comprendo.

— Supongo que vas a decirme que no suelo ser así.

— Bueno, es que no eres asi. Drake guardó silencio un momento. Parecía ajeno a todo; sus pómulos salientes y su barbilla cuadrada parecían helados, tal era la sensación de resentimiento. Finalmente, dijo.

— Mira, he oído hablar algo de los hawkinitas en relación con mi trabajo. Dices que se ha investigado su sociología pero no su biología. Claro, porque los hawkinitas no quieren que se les estudie como ejemplares, como tampoco querríamos nosotros. He hablado con hombres que fueron encargados de la seguridad y vigilancia de varias misiones de hawkinitas en la Tierra. Las misiones permanecen en las habitaciones que se les asignan y no las abandonan por nada salvo para asuntos oficiales sumamente importantes. No tienen el menor contacto con los hombres de la Tierra. Es obvio que sientan tanta repugnancia por nosotros, como yo, personalmente, por ellos. »La verdad es que no llego a comprender por qué el hawkinita del instituto va a ser diferente. Me parece que tenerle aquí va en contra de lo establecido y, bueno…, que él quiera vivir en la casa de un terrícola, me lo revuelve todo. Rose, cansada, explicó:

— Esto es diferente. Me sorprende que no puedas comprenderlo, Drake. Es un doctor. Viene aquí en plan de investigación médica y te concedo que probablemente no disfrute conviviendo con seres humanos y que, además, nos encuentre horribles. Pero, con todo y con eso debe quedarse. ¿Crees tú que a un médico humano le guste ir al trópico o que disfrute dejándose picar por los mosquitos?

— ¿Qué es eso de mosquitos? -cortó Drake-. ¿Qué tienen que ver con lo que estamos discutiendo?

— Pues nada -contestó Rose asombrada-, se me ocurrió de pronto, nada más. Estaba pensando en Reed y en sus experimentos sobre la fiebre amarilla. Drake se encogió de hombros.

— Haz lo que quieras. Rose titubeó un instante, luego preguntó:

— No estarás enfadado, ¿verdad? -Le pareció que sonaba ridículamente infantil.

— No. Y eso significa, ella lo sabia, que si lo estaba. Rose se contempló, insegura, en el espejo de cuerpo entero. Nunca había sido guapa y estaba tan resignada, que ya no le importaba. Por supuesto que no tenía la menor importancia para un ser procedente del planeta Hawkin. Lo que sí la molestaba era eso de tener que ser una anfitriona bajo tan extrañas circunstancias, mostrar tacto hacia una criatura extraterrestre y, a la vez, hacia su marido. Se preguntó quién de los dos resultaría más difícil. Drake llegaría tarde a casa aquel día; tardaría aún media hora. Rose se encontró inclinada a creer que lo había preparado expresamente con la aviesa intención de dejarla sola con su problema. De pronto se sintió presa de un sordo resentimiento. La había llamado por teléfono al instituto para preguntarle bruscamente:

— ¿Cuándo vas a llevarlo a casa?

— Dentro de tres horas -respondió con voz seca.

— Está bien. ¿Cómo se llama? El nombre del hawkinita.

— ¿Por qué quieres saberlo? -No pudo evitar la frialdad de las palabras.

— Digamos que es una pequeña investigación por mi cuenta. Después de todo, esa cosa vivirá en mi casa.

— Por el amor de Dios, Drake, no mezcles tu trabajo con nosotros. La voz de Drake sonó metálica y desagradable.

— ¿Por qué no, Rose? ¿No es eso precisamente lo que haces tú? Así era, claro, de forma que le dio la información que él quería. Esta era la primera vez en su vida matrimonial que tenían una pelea o cosa parecida y, sentada frente al gran espejo empezó a preguntarse si no tendría que esforzarse por comprender su punto de vista. En esencia, se había casado con un policía. En realidad era más que un simple policía: era miembro del Consejo de Seguridad Mundial. Había sido una sorpresa para sus amigos. El matrimonio había sido ya de por sí la mayor sorpresa, pero ya que se había decidido a casarse, ¿por qué no con otro biólogo? O, si hubiera querido salirse a otro camino, ¿por qué no con un antropólogo o con un químico? Pero, mira que precisamente con un policía… Nadie había pronunciado estas palabras, naturalmente, pero se mascaba en la atmósfera el día de la boda. Aquel día, y desde entonces, había sentido ciertos resentimientos. Un hombre podía casarse con quien le diera la gana, pero si una doctora en Filosofía decidía casarse con un hombre que no fuera siquiera licenciado, se escandalizaban. ¿Y por qué razón? ¿Qué les importaba a ellos? En cierto modo era guapo e inteligente, y ella estaba perfectamente satisfecha de su elección. No obstante, ¿cuánto esnobismo del mismo tipo traía ella a casa? ¿No adoptaba siempre la actitud de que sus investigaciones biológicas eran importantes, mientras que la ocupación de él era simplemente algo que quedaba dentro de las cuatro paredes de su pequeño despacho en los viejos edificios de las Naciones Unidas, en East River? Se levantó de un salto, agitada, y respirando profundamente decidió abandonar aquellos pensamientos. Ansiaba desesperadamente no disputar con él. Y tampoco iba a meterse en sus asuntos. Se había comprometido a aceptar al hawkinita como huésped, pero en lo demás dejaría que Drake hiciera lo que quisiera. Era mucho lo que él concedía. Harg Tholan estaba de pie en medio de la sala de estar, cuando ella bajó la escalera. No se había sentado, porque no estaba anatómicamente construido para hacerlo. Le sostenían dos pares de miembros colocados muy cerca, mientras que un tercer par, de diferente construcción, pendía de una región que, en un ser humano, equivalía al pecho. La piel de su cuerpo era dura, brillante y marcada de surcos, mientras que su cara tenía un vago parecido a algo remotamente bovino. Sin embargo, no era por completo repulsivo y llevaba una especie de vestimenta en la parte baja de su cuerpo a fin de evitar ofender la sensibilidad de sus anfitriones humanos.

— Señora Smollett -dijo-, agradezco su hospitalidad más allá de lo que puedo expresar en su idioma. -Y se agachó de modo que sus miembros delanteros rozaron el suelo por un instante. Rose sabía que este gesto significaba gratitud entre los seres del planeta Hawkin. Estaba agradecida de que hablara tan bien su idioma. La forma de su boca, combinada con la ausencia de incisivos hacía que los sonidos fueran sibilantes. Aparte de todo esto, podía haber nacido en la Tierra por el poco acento que tenía.

— Mi marido no tardará en llegar, y entonces cenaremos.

— ¿Su marido? -Calló un momento y al instante añadió-: Sí, claro. Rose no hizo caso. Si había un motivo de infinita confusión entre las cinco razas inteligentes de la Galaxia conocida, estribaba en las diferencias de su vida sexual e instituciones sociales. El concepto de marido y esposa, por ejemplo, existía solamente en la Tierra. Las otras razas podían lograr una especie de comprensión intelectual de lo que significaba, pero jamás una comprensión emocional

— He consultado al instituto para la preparación de su menú. Confío en que no haya nada que le disguste. El hawkinita parpadeó rápidamente. Rose recordó que esto equivalía a un gesto de diversión.

— Las proteínas son siempre proteínas, mi querida señora Smollett. En cuanto a los factores trazadores que necesito pero que no se encuentran en sus alimentos, he traído concentrados perfectamente adecuados para mi. Y las proteínas eran proteínas. Rose lo sabía con certeza. Su preocupación por la dieta de la criatura había sido sobre todo, una muestra de buenos modales. Al descubrirse vida en los planetas de las estrellas exteriores, una las generalizaciones más interesantes fue comprobar que la vida podía formarse de otras sustancias que no fueran proteínas, incluso de elementos que no eran carbono. Seguía siendo verdad que las únicas inteligencias conocidas eran de naturaleza proteínica. Esto significaba que cada una de las cinco formas de vida inteligente podía mantenerse por largos períodos con los alimentos de cualquiera de las otras cuatro. Oyó la llave de Drake en la cerradura y se quedó tiesa de aprensión. Tuvo que admitir que se portó bien. Entró y sin la menor vacilación tendió la mano al hawkinita, diciéndole con firmeza:

— Buenas noches, doctor Tholan. El hawkinita alargó su miembro delantero, grande, torpe, y, por decirlo de algún modo, se estrecharon la mano. Rose ya había pasado por ello y conocía la extraña sensación de una mano hawkinita en la suya. La había notado rasposa, caliente y seca. Imaginaba que al hawkinita, la suya y la de Drake le parecerían frías y viscosas. Cuando se lo presentaron, tuvo la oportunidad de observar aquella mano extraña. Era un caso sorprendente de evolución convergente. Su desarrollo morfológico era enteramente diferente del de la mano humana, pero había conseguido acercarse a una buena similitud. Tenía cuatro dedos, le faltaba el pulgar. Cada dedo tenía cinco articulaciones independientes. Así, la carente flexibilidad por ausencia del pulgar se compensaba por las propiedades casi tentaculares de los dedos. Y lo que era aún más interesante a sus ojos de bióloga era que cada dedo hawkinita terminaba en una diminuta pezuña, imposible de identificar al profano como tal, pero claramente adaptada para la carrera, como para el hombre la mano estuvo adaptada para trepar.

— ¿Está usted bien instalado, señor? -preguntó Drake amablemente-. ¿Quiere una copa? El hawkinita no contestó sino que miró a Rose con una ligera contorsión facial que indicaba cierta emoción que, desgraciadamente, Rose no supo interpretar. Comentó, nerviosa:

— En la Tierra hay la costumbre de beber líquidos que han sido reforzados con alcohol etílico. Lo encontramos estimulante.

— Oh, si, en este caso me temo que debo rehusar. El alcohol etílico chocaría muy desagradablemente con mi metabolismo.

— Bueno, tengo entendido que a los de la Tierra les ocurre lo mismo, doctor Tholan ­intervino Drake-. ¿Le molestaría que yo bebiera?

— Claro que no. Drake pasó junto a Rose al ir hacia el aparador y ella sólo captó una palabra, dicha entre dientes y muy controlada, «¡Cielos!» No obstante, le pareció captar unas cuantas exclamaciones más a sus espaldas. El hawkinita permaneció de pie junto a la mesa. Sus dedos eran modelo de destreza al manejar los cubiertos. Rose se esforzó por no mirarle mientras comía. Su gran boca sin labios partía su cara de un modo alarmante al ingerir los alimentos y al masticar, sus enormes mandíbulas se movían desconcertantes de un lado a otro. Era otra prueba de sus antepasados ungulados. Rose se encontró preguntándose si, después, en la soledad y quietud de su habitación, rumiaría la comida, y sintió pánico por si Drake tenía la misma idea y se levantaba, asqueado, de la mesa. Pero Drake se lo estaba tomando todo con mucha calma. Dijo:

— Supongo, doctor Tholan, que el cilindro que tiene al lado contiene cianuro, ¿no? Rose se sobresaltó. No se había dado cuenta. Era un objeto de metal, curvado, y sus pezuñitas sostenían un tubo delgado y flexible que recorría su cuerpo pero que apenas se notaba por el color tan parecido al de su piel amarillenta, y entraba por una esquina de su inmensa boca. Rose se sintió ligeramente turbada como si viera una exhibición de prendas íntimas.

— ¿Y contiene cianuro puro? -siguió preguntando. El hawkinita parpadeó, divertido:

— Supongo que pensará en un peligro posible para los terrícolas. Sé que el gas es altamente venenoso para ustedes y yo no necesito mucho. El gas contenido en el cilindro es cianuro hidrogenado en un cinco por ciento, y el resto es oxígeno. Nada escapa del tubo excepto cuando realmente chupo el conducto, y no tengo que hacerlo con frecuencia.

— Ya. ¿Y necesita el gas para vivir? Rose estaba algo sorprendida. Uno no debía hacer semejantes preguntas sin una cuidadosa preparación. Era imposible conocer de antemano dónde podían estar los puntos sensibles de una psicología extraña. Y Drake debía hacer esto deliberadamente, ya que no podía dejar de darse cuenta de que podía obtener, fácilmente, respuestas a sus preguntas, dirigiéndose a ella. ¿O es que prefería no preguntárselo a ella? El hawkinita se mostró imperturbable aparentemente:

— ¿No es usted biólogo, señor Smollett?

— No, doctor Tholan.

— Pero está íntimamente asociado a la señora doctora Smollett.

— Sí, estoy casado con una señora doctora, pero no soy biólogo. -Drake sonrió ligeramente-. Simplemente un funcionario menor del Gobierno. Los amigos de mi mujer -añadió- me llaman policía. Rose se mordió el interior de la mejilla. En este caso había sido el hawkinita el que había tocado el punto sensible de la psicología extraña. En el planeta Hawkin, regía un fuerte sistema de castas y las relaciones entre castas eran limitadas. Pero Drake no podía darse cuenta. El hawkinita se volvió a Rose:

— Señora Smollett, le ruego me permita explicar un poco nuestra bioquímica a su marido. Será aburrido para usted puesto que estoy seguro de que está perfectamente enterada.

— No faltaba más, doctor Tholan -le respondió.

— Verá usted, señor Smollett, el sistema respiratorio de nuestro cuerpo y de todos los cuerpos de todas las criaturas que respiran en la Tierra, está controlado por ciertas enzimas con contenido de un metal, o eso me han enseñado. El metal es generalmente hierro aunque a veces es cobre. En cualquier caso, pequeños rastros de cianuro combinarían con los metales e inmovilizarían el sistema respiratorio de la célula terrestre o viviente. Se verían en la imposibilidad de utilizar oxígeno y morirían a los pocos minutos. »La vida en mi planeta no está del todo organizada así. Los compuestos respiratorios clave no contienen ni hierro ni cobre; en realidad ningún metal. Es por dicha razón por la que mi sangre es incolora. Nuestros compuestos contienen ciertos grupos orgánicos que son esenciales para la vida y estos grupos pueden solamente mantenerse intactos con la ayuda de una pequeña concentración de cianuro. Indudablemente, este tipo de proteína se ha desarrollado a lo largo de un millón de años de evolución, en un mundo que tiene un pequeño tanto por ciento de cianuro, con hidrógeno naturalmente, en la atmósfera. Su presencia se mantiene por ciclo biológico. Varios de nuestros microorganismos nativos sueltan el gas libre.

— Lo expone usted con suma claridad, doctor Tholan, y es muy interesante -dijo Drake­, ¿Y qué ocurre si no lo respira? ¿Se muere simplemente así? -Y chasqueó los dedos.

— No del todo. No es como la presencia del cianuro para ustedes. En mi caso, la ausencia de cianuro equivaldría a una lenta estrangulación. Ocurre a veces, en habitaciones mal ventiladas de mi mundo, que el cianuro se consume gradualmente y cae por debajo de la necesaria concentración mínima. Los resultados son muy dolorosos y de tratamiento difícil. Rose tenía que reconocérselo a Drake; daba la sensación de estar realmente interesado. Y al forastero, gracias a Dios, no parecía importarle el interrogatorio. El resto de la cena pasó sin incidentes. Fue casi agradable. A lo largo de la velada, Drake siguió lo mismo: interesado. Mucho más que eso: absorto. La anuló, y a ella le agradó. Él fue realmente brillante y solamente su trabajo su entrenamiento especial, fue el que le robó protagonismo. Le contempló confusa y pensó: «¿Por qué se casó conmigo?» Drake, sentado, con las piernas cruzadas, las manos unidas y golpeando suavemente su barbilla, observaba fijamente al hawkinita. Éste estaba frente a él, de pie a su estilo de cuadrúpedo.

— Me resulta difícil pensar en usted como en un médico -comentó Drake. El hawkinita parpadeó risueño.

— Comprendo lo que quiere decir. A mí también me resulta difícil pensar en usted como en un policía. En mi mundo, los policías son gente altamente especializada y singular.

— ¿De veras? -rezongó Drake secamente, y cambió de tema-. Deduzco que su viaje aquí no es de placer.

— No, es sobre todo un viaje de mucho trabajo. Me propongo estudiar este curioso planeta que llaman Tierra como jamás ha sido estudiado por nadie de mi país.

— Curioso. ¿En qué sentido? El hawkinita miró a Rose antes de contestar.

— ¿Está enterado de la muerte por inhibición? Rose pareció turbada. Explicó:

— Su trabajo es muy importante. Me temo que mi marido dispone de poco tiempo para enterarse de los detalles de mi trabajo. -Sabía que esto no resultaba adecuado y le pareció notar, otra vez, una de las inescrutables emociones del hawkinita. La criatura extraterrestre se volvió otra vez a Drake:

— Para mí resulta siempre desconcertante descubrir lo poco que los terrícolas aprecian sus propias y excepcionales características. Mire, hay cinco razas inteligentes en la Galaxia. Todas ellas se han desarrollado independientemente y, sin embargo, han conseguido converger de forma sorprendente. Es como si, a la larga, la inteligencia requiriera cierta preparación física para florecer. Dejo esta cuestión a los filósofos. No es necesario que insista en este punto, puesto que para usted debe ser familiar. »Abora bien, cuando se investigan de cerca las diferencias entre las inteligencias, se encuentran una y más veces que son ustedes, los de la Tierra, más que cualquiera de los otros planetas, los que son únicos. Por ejemplo, es solamente en la Tierra donde la vida depende de las enzimas metálicas para la respiración. Ustedes son los únicos que encuentran el cianuro hidrogenado venenoso. La suya es la única forma de vida inteligente que es carnívora. La suya es la única forma de vida que no procede de un animal rumiante. Y lo más interesante de todo es que la suya es la única forma de vida inteligente conocida que deja de crecer al alcanzar la madurez. Drake le sonrió. Rose sintió que se le aceleraba el corazón. Lo más agradable de su marido era su sonrisa, y la estaba utilizando con gran naturalidad. Ni era forzada, ni falsa. Se estaba adaptando, ajustando, a la presencia de esa criatura extraña. Se estaba mostrando simpático…, y debía estar haciéndolo por ella. Le agradó la idea y se la repitió. Lo hacía por ella; estaba siendo amable con el hawkinita por ella. Drake le estaba diciendo sonriente:

— No parece muy alto, doctor Tholan. Yo diría que tiene usted unos tres centímetros más que yo, lo que le hace de un metro setenta de estatura más o menos. ¿Es porque es joven o es que los de su mundo no son excesivamente altos?

— Ni una cosa ni otra -contestó el hawkinita-. Crecemos a velocidad retardada con los años, de forma que a mi edad, tardo unos quince años para crecer unos centímetros más, pero, y éste es el punto importante, nunca dejamos enteramente de crecer. Y por supuesto, y como consecuencia, nunca morimos del todo. Drake abrió la boca e incluso Rose se sintió envarada. Esto era algo nuevo. Algo que ninguna de las pocas expediciones al planeta Hawkin había descubierto. Estaba embargada de excitación pero dejó que Drake hablara por ella.

— ¿No mueren del todo? No estará tratando de decirme que la gente del planeta Hawkin son inmortales.

— Nadie es realmente inmortal. Si no hubiera otra forma de morir, siempre existe el accidente, y si éste falla, está el aburrimiento. Algunos de nosotros vivimos varios siglos de su tiempo. Pero es desagradable pensar que la muerte puede venir involuntariamente. Es algo que, para nosotros, es sumamente horrible. Me molesta incluso cuando lo pienso ahora, esta idea de que contra mí voluntad y pese a los cuidados, pueda llegar la muerte.

— Nosotros -admitió Drake, sombrío- estamos acostumbrados a ello.

— Ustedes, terrícolas, viven con esa idea; nosotros, no. Y lo que nos desazona, es descubrir que la incidencia de la muerte por inhibición ha ido aumentando recientemente.

— Aún no nos ha explicado -dijo Drake- qué es la muerte por inhibición, pero deje que lo adivine. ¿Es acaso un cese patológico del crecimiento?

— Exactamente.

— ¿Y cuánto tiempo después del cese del crecimiento acontece la muerte?

— En el curso de un año. Es una enfermedad de consunción, una enfermedad trágica y absolutamente incurable.

— ¿Qué la provoca? El hawkinita tardó bastante en contestar y cuando lo hizo se le notó incluso algo tenso, inquieto, en la forma de hacerlo.

— Señor Smollett, no sabemos nada de lo que causa la enfermedad. Drake asintió, pensativo. Rose seguía la conversación como si fuera una espectadora en un match de tenis.

— ¿Y por qué viene a la Tierra para estudiar la enfermedad? -preguntó Drake.

— Porque le repito que los terrícolas son únicos. Son los únicos seres inteligentes que son inmunes. La muerte por inhibición afecta a todas las otras razas. ¿Saben esto sus biólogos, señora Smollett? Se había dirigido a ella inesperadamente, de modo que la sobresaltó. Contestó:

— No, no lo saben.

— No me sorprende. Lo que le he dicho es el resultado de una investigación reciente. La muerte por inhibición es diagnosticada incorrectamente con facilidad y la incidencia es menor en los otros planetas. Es en realidad un hecho curioso, algo para filosofar, que la incidencia de la muerte es más alta en mi mundo, que está más cerca de la Tierra, y más baja en los planetas a medida que se distancian. De modo que la más baja ocurre en el mundo de la estrella Témpora, que es la más alejada de la Tierra mientras que la Tierra en sí es inmune. Por algún lugar de la bioquímica del terrícola está el secreto de esa inmunidad. ¡Qué interesante sería descubrirlo!

— Pero, óigame -insistió Drake-, no puede decir que la Tierra sea inmune. Desde donde estoy sentado parecía como si la incidencia fuera de un cien por cien. Todos lo terrícolas dejan de crecer, y todos mueren. Todos tenemos la muerte por inhibición.

— En absoluto. Los terrícolas viven hasta los setenta años después de dejar de crecer. Ésta no es la muerte como nosotros la entendemos. Su enfermedad equivalente es más bien la del crecimiento sin freno. Cáncer, creo que la llaman. Pero, basta, le estoy aburriendo. Rose protestó al instante. Drake hizo lo mismo con aún mayor vehemencia, pero el hawkinita cambió decididamente de tema. Fue entonces cuando Rose sintió el primer asomo de sospecha, porque Drake cercaba insistentemente a Harg Tholan con sus palabras, acosándole, pinchándole para tratar de sonsacarle la información en el punto en que el hawkinita la había dejado. Pero haciéndolo bien, con habilidad; no obstante, Rose le conocía y supo lo que andaba buscando. ¿Y qué podía buscar si no lo que exigía su profesión? Y como en respuesta a sus pensamientos, el hawkinita recogió la frase que estaba dando vueltas en su mente como un disco roto sobre una plataforma en movimiento perpetuo.

— ¿No me dijo que era policía? -preguntó.

— Sí contestó Drake secamente.

— Entonces, hay algo que me gustaría pedirle que hiciera por mí. He estado deseándolo toda la velada desde que descubrí su profesión, pero no acabo de decidirme. No me gustaría molestar a mis anfitriones.

— Haremos lo que podamos.

— Siento una profunda curiosidad por saber cómo viven los terrícolas; una curiosidad que tal vez no comparten ls generalidad de mis compatriotas. Me gustaría saber si podrían enseñarme alguno de los departamentos de Policía de su planeta.

— Yo no pertenezco exactamente a un departamento de Policía del modo que usted supone o imagina -dijo Drake, con cautela-. No obstante, soy conocido del departamento de Policía de Nueva York. Podré hacerlo sin problemas. ¿Mañana?

— Sería de lo más conveniente para mí. ¿Podré visitar el departamento de personas desaparecidas?

— ¿El qué? El hawkinita se irguió sobre sus cuatro piernas, como si quisiera demostrar su intensidad:

— Es mi pasatiempo, es una extraña curiosidad, un interés que siempre he sentido. Tengo entendido que tienen ustedes un grupo de oficiales de Policía cuya única obligación consiste en buscar a los hombres que se han perdido o desaparecido.

— Y mujeres y niños -añadió Drake-. Pero, ¿por qué precisamente esto tiene tanto interés para usted?

— Porque también en esto son únicos. En nuestro planeta no existe la persona desaparecida. No sabría explicarle el mecanismo, claro, pero entre la gente de otros mundos hay siempre una percepción de la presencia de alguien, especialmente si existe un fuerte lazo de amistad o afecto. Somos siempre conscientes de la exacta ubicación del otro, sin tener en cuenta para nada el sitio del planeta donde pudiéramos encontrarnos. Rose volvió a sentirse excitada. Las expediciones científicas al planeta Hawkin habían tropezado siempre con la mayor dificultad para penetrar en el mecanismo emocional interno de los nativos, y he aquí que uno de ellos hablaba libremente y tal vez lo explicaría. Olvidó la preocupación que sentía por Drake e intervino en la conversación:

— ¿Puede experimentar tal consciencia, incluso ahora en la Tierra?

— El hawkinita respondió:

— Quiere decir ¿a través del espacio? No, me temo que no. Pero puede darse cuenta de la importancia del asunto. Todo lo único de la Tierra debería ligarse. Si la carencia de este sentido puede explicarse, quizá la inmunidad ante la muerte por inhibición se explicaría también. Además, encuentro sumamente curioso que cualquier forma de vida comunitaria inteligente pueda organizarse entre gente que carece de dicha percepción comunitaria. ¿Cómo puede decir un terrícola, por ejemplo, cuándo ha formado un subgrupo afín, una familia? ¿Cómo pueden ustedes dos, por ejemplo, saber que el lazo que les une es auténtico? Rose se encontró afirmando con un movimiento de cabeza. ¡Cómo había echado en falta ese sentido! Pero Drake se limitó a sonreír:

— Tenemos nuestros medios. Es tan difícil explicarle a usted lo que nosotros llamamos «amor», como lo es para usted explicarnos esta percepción, este sentido.

— Lo supongo. Dígame la verdad, señor Smollett…, si la señora Smollett saliera de esta habitación y entrara en otra sin que usted la hubiera visto hacerlo, ¿se daría usted cuenta del lugar donde se encuentra?

— Realmente, no. El hawkinita murmuró:

— Asombroso -titubeó, luego añadió-: Por favor, no se ofenda si le digo que el hecho me parece también odioso. Después de ver que la luz del dormitorio se apagaba, Rose se acercó a la puerta tres veces, abriéndola un poco para mirar. Sentía que Drake la vigilaba. Notó una especie de fuerte diversión en su voz al decidirse a preguntarle:

— ¿Qué te pasa?

— Quiero hablarte -le confesó.

— ¿Tienes miedo de que nuestro amigo pueda oírnos? Rose hablaba en voz baja. Se metió en la cama, apoyó la cabeza en la almohada de forma que pudiera bajar aún más la voz. Preguntó:

— ¿Por qué hablaste de la muerte por inhibición al doctor Tholan?

— Porque me intereso por tu trabajo, Rose. Siempre has deseado que me interese.

— Preferiría que dejaras el sarcasmo. -Hablaba con violencia, con toda la violencia que se puede mostrar susurrando-. Creo que hay algo de tu propio interés…, me refiero a tu interés policial, probablemente. ¿De qué se trata?

— Te lo contaré mañana.

— No, ahora mismo. Drake pasó la mano por debajo de la cabeza de Rose, alzándola. Por un momento alocado pensó que iba a besarla, besarla impulsivamente, como hacen a veces los maridos, o como imaginaba que suelen hacerlo. Pero Drake no lo hacía nunca, ni ahora tampoco. Simplemente la acercó a él y musitó:

— ¿Por qué estás tan interesada en saberlo? Su mano le apretaba casi brutalmente la nuca, de tal modo que se envaró y trató de desprenderse. Su voz ahora fue más que un murmullo:

— Suéltame, Drake.

— No quiero más preguntas ni más intromisiones. Tú haz tu trabajo, yo haré el mio.

— La naturaleza de mi trabajo es abierta y conocida.

— Pues la naturaleza del mío no lo es, por definición. Pero te diré una cosa. Nuestro amigo de las seis patas está en esta casa por alguna razón definida. No fuiste seleccionada como bióloga encargada porque sí. ¿Sabes que hace un par de días estuvo preguntando sobre mí en la Comisión?

— Es una broma.

— No lo creas ni por un minuto. Hay algo muy profundo en todo esto que tú ignoras. Pero en cambio es mi trabajo y no pienso discutirlo más contigo. ¿Lo entiendes?

— No, pero no te preguntaré más si tú no quieres.

— Entonces, duérmete. Permaneció echada boca arriba y fueron pasando los minutos y los cuartos de hora. Se esforzaba por hacer encajar las piezas. Incluso con lo que Drake le había dicho, las curvas y los colores se negaban a coincidir. Se preguntó qué diría Drake si supiera que tenía una grabación de la conversación de anoche. Una imagen seguía clara en su mente en aquel momento. Persistía burlona en su recuerdo. El hawkinita, al término de la larga velada, se volvió a ella diciendo con gravedad:

— Buenas noches, señora Smollett. Es usted una encantadora anfitriona. A la sazón tuvo ganas de echarse a reír. ¿Cómo podía llamarla anfitriona encantadora? Para él sólo podía ser una cosa horrenda, un monstruo de pocos miembros y cara excesivamente estrecha. Y entonces, una vez el hawkinita soltó su pequeña muestra de educación sin sentido, Drake palideció. Por un instante sus ojos se llenaron de algo parecido al terror. Jamás hasta entonces había visto que Drake mostrara tener miedo de algo, y la imagen de aquel instante de pánico puro permaneció grabada hasta que, al fin, sus pensamientos se perdieron en el olvido del sueño.

Al día siguiente, Rose no fue a su despacho hasta mediodía. Había esperado, deliberadamente, a que Drake y el hawkinita se fueran, ya que solamente entonces podia retirar la pequeña grabadora que había escondido la noche anterior detrás del sillón de Drake. En un principio no tenía la intención de mantener secreta su presencia; fue sólo que llegó tan tarde que no pudo advertirle y menos en presencia del hawkinita. Después, claro, las cosas cambiaron. La colocación de la grabadora era simplemente una maniobra de rutina. Las declaraciones y la entonación del hawkinita necesitaban ser conservadas para futuros estudios intensivos por parte de varios especialistas del instituto. La había escondido a fin de evitar que la vista del aparato provocara distorsiones y recelos, y ahora no podía de ningún modo mostrarla a los especialistas. Tendría que servir para una función totalmente distinta. Una función más bien fea. Iba a espiar a Drake. Tocó la cajita con los dedos y se preguntó sin venir a cuento cómo se las arreglaría Drake aquel día. El trato social entre los mundos habitados no era, incluso ahora tan corriente que la vista de un hawkinita por las calles de la ciudad no atrajera la atención de las masas. Pero Drake sabría cómo hacerlo, estaba segura. Él siempre sabía salir del apuro. Escuchó una vez más la charla de la noche anterior, repitiendo los momentos que le parecían interesantes. No estaba satisfecha con lo que Drake le había contado. ¿Por qué el hawkinita tenía que interesarse precisamente por ellos dos? Sin embargo, Drake no le mentiría. Le hubiera gustado pasar por la Comisión de Seguridad, pero sabía que no podía hacerlo. Además, la sola idea la hacía sentirse desleal; no, decididamente Drake no le mentiría. Pero, también, ¿por qué Harg Tholan no podía investigarles? Pudo igualmente haber preguntado por todas las familias de los biólogos del instituto. Era perfectamente natural que tratara de elegir la casa que considerara mas agradable de acuerdo con sus propios puntos de vista, fueran los que fueran. E incluso si solamente había investigado a los Smollett, ¿por qué creaba esto tal cambio en Drake, pasar de intensa hostilidad a intenso interés? Indudablemente, Drake sabía cosas que prefería guardar para sí. ¡Sólo el cielo sabía cuántas cosas! Sus pensamientos fueron hurgando lentamente a través de todas lás posibilidades de intrigas interestelares. Hasta el momento, no había indicios de hostilidad o de mala voluntad entre ninguna de las cinco razas inteligentes que habitaban la Galaxia. Por el momento estaban espaciadas a intervalos demasiado amplios para enemistarse. Los intereses económicos y políticos no tenían ningún punto que creara conflictos. Pero ésta era sólo su idea y ella no formaba parte de la Comisión de Seguridad. Si hubiera conflicto, si hubiera peligro, si hubiera la más mínima razón para sospechar que la misión del hawkinita pudiera ser otra cosa menos pacífica, Drake lo sabría. Pero, ¿estaba Drake suficientemente bien situado en los consejos de la Comisión de Seguridad para estar enterado del peligro que se cernía en la visita de un físico hawkinita? Nunca había pensado en que su posición podía ser algo más que la de un simple pequeño funcionario de la Comisión; él nunca había presumido de ser más. No obstante…

— ¿Y si era más? Se encogió de hombros ante la idea. Aquello la hacía pensar en las novelas de espionaje del siglo xx y los dramas históricos de los días en que existían cosas como secretos atómicos. La idea del drama histórico la decidió. Al contrarío que Drake, ella no era policía, y no sabía cómo actuaría un policia de verdad. Pero sabía que esas cosas se hacían en los viejos dramas. Cogió una hoja de papel y rápidamente trazó una línea vertical en el centro. Arriba de una columna puso «Harg Tholan» y en la otra escribió «Drake». Debajo de «Harg Tholan» puso «sincero» y a continuación tres interrogantes. Después de todo, ¿era un doctor o sólo lo que podía describirse como un agente interestelar? ¿Qué pruebas tenía el instituto de su profesión salvo su propia declaración? ¿Era por eso por lo que Drake le había estado preguntando sobre la muerte por inhibición? ¿Estaba advertido de antemano y trataba de pillar al hawkinita en un error? Por un momento estuvo indecisa; luego, poniéndose en pie de un salto, dobló la hoja de papel, la guardó en el bolsillo de su chaqueta y salió disparada del despacho. No dijo nada a ninguno con los que se cruzó al salir del instituto. No dejó ningún recado en recepción indicando a dónde iba o cuándo pensaba volver. Una vez fuera, corrió hacia el Metro del tercer nivel y esperó a que pasara un compartimiento vacío. Los dos minutos que transcurrieron le parecieron un tiempo insoportablemente largo. Tuvo que hacer un esfuerzo para decir: «Academia de Medicina de Nueva York» en la boquilla situada sobre el asiento. La puerta del pequeño cubículo se cerró y el roce del aire que desplazaban se hizo fuerte como un alarido a medida que ganaban velocidad. La nueva Academia de Medicina de Nueva York había sido ampliada tanto vertical como horizontalmente en las dos últimas décadas. Sólo la biblioteca ocupaba un ala entera del tercer piso. Indudablemente, si todos los libros folletos y periódicos que contenía hubieran estado en su forma original impresa en vez de microfilmados, el edificio entero con lo grande que era habría sido insuficiente para contenerlos todos. Así y todo, Rose sabía que se hablaba de limitar la obra impresa a los últimos cinco años, y no a los diez, como se hacía hasta ahora. Rose, como miembro de la Academia, tenía entrada libre a la biblioteca. Se dirigió a los departamentos dedicados a la medicina extraterrestre, y sintió alivio al encontrarlos desiertos. Hubiera sido más prudente reclamar la ayuda de una bibliotecaria, pero prefirió no hacerlo. Cuanto menos rastro dejara, menos probable sería que Drake lo descubriera. De este modo, sin ayuda de nadie, disfrutó recorriendo las estanterías siguiendo ansiosamente los títulos con los dedos. Los libros estaban casi todos en inglés, aunque había algunos en alemán y en ruso. Irónicamente, ninguno estaba escrito con signos extraterrestres. Al parecer, había una sala para dichos originales, pero estaban sólo a disposición de los traductores oficiales. Sus ojos inquisitivos y su dedo se detuvieron. Había encontrado lo que estaba buscando. Cargó con media docena de volúmenes y se los llevó a una mesa a oscuras. Buscó el interruptor y abrió el primero de los volúmenes. Su título era Estudios sobre la inhibición. Lo hojeó y pasó al indice de autores. El nombre de Harg Tholan estaba allí. Una a una fue buscando todas las referencias indicadas, luego volvió a las estanterías en busca de traducciones de los originales que pudo encontrar. Pasó más de dos horas en la Academia. Cuando terminó sabía que había un doctor hawkinita llamado Harg Tholan, experto en la muerte por inhibición. Estaba relacionado con la organización hawkinita de investigación con la que el instituto había estado en correspondencia. Naturalmente, el Harg Tholan que ella conocía podía simplemente hacer el papel del verdadero doctor para que la representación fuera más realista; pero ¿era todo eso necesario?

Sacó la hoja de papel del bolsillo, y donde había escrito «sincero» con tres interrogantes, escribió ahora SI en mayúsculas. Regresó al instituto y a las cuatro volvía a estar otra vez en su despacho. Llamó a la centralita para advertirles de que no le pasaran ninguna llamada y cerró la puerta con llave. En la columna encabezada por «Harg Tholan» escribió ahora dos preguntas «¿Por qué Harg Tholan vino a la Tierra solo?». Dejó un espacio considerable y después puso: «¿Por qué se interesa por el Departamento de personas desaparecidas?» En verdad, la muerte por inhibición era exactamente lo que había dicho el hawkinita. Por sus lecturas en la Academia era obvio que ésta ocupaba la mayor parte del esfuerzo médico en el planeta Hawkin. Se la temía más que al cáncer en la Tierra. Si hubieran creído que la respuesta o solución estaba en la Tierra habrían enviado una expedición completa. ¿Era suspicacia o desconfianza por su parte lo que les había hecho desplazar solamente a un investigador? ¿Qué era lo que Harg Tholan había dicho la noche anterior? La incidencia de muerte era superior en su propio mundo, que era el más cercano a la Tierra, y era menor en el planeta más alejado de la Tierra. Sumando a esto el hecho implicado por el hawkinita y comprobado por sus propias lecturas en la Academia, que la incidencia se había extendido considerablemente desde que se había establecido contacto interestelar con la Tierra… Poco a poco y de mala gana llegó a una conclusión. Los habitantes del planeta Hawkin podrían haber supuesto que, de un modo u otro, la Tierra había descubierto la causa de la muerte por inhibición y la propagaban deliberadamente entre los pueblos extraños de la Galaxia con la intención de hacerse supremos entre las estrellas. Rechazó esta conclusión que la sobrecogía con verdadero pánico. No podía ser; era imposible. En primer lugar, la Tierra no haría algo tan terrible. En segundo lugar, no podría hacerlo. En cuanto a los progresos científicos, los seres del planeta Hawkin eran realmente iguales a los de la Tierra. La muerte llevaba ocurriendo allí miles de años y su récord médico era un fracaso total. Seguro que en la Tierra, con sus investigaciones a larga distancia en bioquímica, no podía haber acertado tan de prisa. De hecho, por lo que sabía, apenas había investigaciones en patología hawkinita por parte de los médicos y biólogos de la Tierra. Pero la evidencia indicaba que Harg Tholan había llegado sospechando y había sido recibido con suspicacia. Cuidadosamente, debajo de la pregunta «¿Por qué Harg Tholan vino a la Tierra solo?», escribió la respuesta: «El planeta Hawkin cree que la Tierra es la causante de la muerte por inhibición.» Entonces, ¿qué era todo eso del Departamento de personas desaparecidas? Como científica, era rigurosa sobre las teorías que desarrollaba. Todos los hechos tenían que encajar, no simplemente algunos. ¡Departamento de personas desaparecidas! Si era un falso indicio deliberadamente pensado para engañar a Drake, lo había hecho torpemente, ya que apareció solamente después de una hora de discusión sobre la muerte por inhibición. ¿Era intencionado como una oportunidad para estudiar a Drake? Y de ser así, ¿por qué? ¿Era éste, quizás, el punto más importante? El hawkinita había investigado a Drake antes de ir a su casa. ¿Había ido a su casa porque Drake era policía y tenía entrada en el Departamento de personas desaparecidas? Pero ¿por qué? ¿Por qué?

Lo dejó y pasó a la columna marcada con «Drake». Y allí surgía una pregunta que escribía sola, sin pluma ni tinta sobre el papel, pero con las letras infinitamente más visibles del pensamiento y la mente. «¿Por qué se casó conmigo?», pensó Rose, y se cubrió los ojos con las manos para atenuar la molesta luz. Se habían conocido accidentalmente hacía algo más de un año cuando él se trasladó a vivir a la casa de apartamentos donde ella residía. Los saludos puramente corteses se habían ido transformando en conversación amistosa y esto, a su vez, en alguna que otra invitación a cenar en un restaurante cercano. Todo había sido muy amistoso y normal y una nueva y excitante experiencia, y ella se enamoró. Cuando él le pidió que se casaran, estuvo encantada…, e impresionada. En aquel momento se le ocurrieron varias explicaciones. Él apreciaba su inteligencia y amistad. Era una buena chica. Sería una buena esposa y una excelente compañera. Se había dado todas esas explicaciones y casi se las había creído. Pero el casi no bastaba. No era que encontrara faltas definidas en Drake como marido. Era siempre considerado, amable y todo un caballero. Su vida matrimonial no era apasionada, pero se adaptaba bien a las emociones más tranquilas de la cercana cuarentena. Ella no tenía diecinueve años, ¿qué esperaba? Pues eso: que no tenía diecinueve años. Ni era guapa, ni encantadora, ni despampanante. ¿Qué esperaba? ¿Podía esperar que Drake, guapo y fuerte, cuyo interés por lo intelectual era escaso, que nunca se había interesado por su trabajo en los meses que llevaban casados, se prestara a discutir el suyo con ella? ¿Por qué se casó con ella? Pero no encontraba respuesta a esta pregunta. No tenía nada que ver con lo que Rose trataba de hacer ahora. Era algo fuera de lo habitual, se dijo, furiosa; era un pasatiempo infantil para distraerse de la tarea que se había propuesto hacer. Actuaba como una adolescente, después de todo, sin excusa para ello. Descubrió que se le había roto la punta del lápiz y cogió otro. En la columna «Drake» escribió: «¿Por qué sospechaba de Harg Tholan?», y debajo puso una flecha señalando a la otra columna. Lo que había escrito allí bastaba como explicación. Si la Tierra difundía la muerte por inhibición, o si la Tierra sabia que se sospechaba de ella de tal difusión, resultaba obvio que se estuviera preparando contra un eventual ataque de los extraterrestres. En realidad, la escena estaba preparada para las maniobras preliminares de la primera guerra interestelar de la Historia. Era una explicación adecuada pero horrible.

Ahora quedaba sólo la segunda pregunta, a la que no podía responder. Escribió despacio: «¿Por qué esa extraña reacción de Drake a las palabras de Harg Tholan “Es usted una encantadora anfitriona”?» Trató de recordar exactamente la escena. El hawkinita lo había dicho inocentemente, normal y correcto, y Drake se quedó traspuesto al oírlo. Una y otra vez escuchó la frase en la grabadora. Un terrícola pudo haberla pronunciado en el mismo tono inconsecuente al despedirse después de un cóctel. La grabación no reflejaba el aspecto de la cara de Drake; sólo tenía su recuerdo. Los ojos de Drake se habían impregnado de terror y odio, y Drake era un hombre que prácticamente no tenía miedo a nada. ¿Qué había de terrorífico en la frase «es usted una anfitriona encantadora», para afectarle hasta aquel extremo? ¿Celos? Absurdo. ¿Tuvo la impresión de que Tholan había sido sarcástico? Quizás, aunque improbable. Tenía la seguridad de que Tholan había sido sincero. Lo dejó y puso un enorme interrogante bajo la segunda pregunta. Ahora había dos preguntas más, una debajo de «Harg Tholan» y otra debajo de «Drake». ¿Podía haber alguna relación entre el interés de Tholan por las personas desaparecidas y la reacción de Drake por una frase correcta después de una fiesta? No se le ocurría ninguna. Bajó la cabeza y la apoyó en los brazos cruzados. El despacho empezaba a quedarse a oscuras y ella estaba muy cansada. Por un momento debió haberse quedado en aquel extraño país entre el sueño y el no sueño, cuando las ideas y las palabras pierden el control de lo consciente y se mueven en nuestra cabeza sin rumbo y de modo surrealista. Pero, por más que saltaran y danzaran, volvían siempre a la única frase «Es usted una encantadora anfitriona». A veces la oía en la voz culta y apagada de Tholan y otras en la voz vibrante de Drake. Cuando la decía Drake, estaba llena de amor, llena de un amor que nunca le había oído. Le gustaba oírselo decir. Despertó sobresaltada. El despacho ahora estaba completamente a oscuras y encendió la luz de la mesa. Parpadeó y luego arrugó el ceño. En aquel extraño duermevela debió de haber tenido otro pensamiento. Había habido otra frase que turbó a Drake. ¿Cuál? Arrugó más la frente con el esfuerzo mental. No había sido anoche. No era nada de lo que había en la grabadora, así que debió ocurrir antes. No recordó nada y se inquietó. Miró al reloj y se llevó un susto. Eran casi las ocho. Ya estarían en casa, esperándola. Pero no le apetecía ir a casa. No quería enfrentarse a ellos. Pausadamente cogió la hoja de papel en la que había anotado los pensamientos de aquella tarde, la hizo pedazos y los dejó caer en el pequeño cenicero atómico de la mesa. Desaparecieron en un destello sin que quedara rastro de ellos. ¡Si no quedara tampoco nada del pensamiento que representaban! Era inútil. Tendría que volver a casa.

No estaban allí esperándola. Les encontró bajando de un girotaxi en el momento que ella salía del Metro a nivel de la calle. El girotaxista miró a sus pasajeros con los ojos muy abiertos, luego se elevó y desapareció. De mutuo acuerdo y en silencio, los tres esperaron a entrar en el apartamento antes de hablar. Rose comentó, indiferente:

— Espero que haya tenido un día agradable, doctor Tholan.

— Mucho. Y excitante y provechoso además.

— ¿Y han tenido oportunidad de comer? -Aunque Rose no había comido nada, no sentía hambre.

— Ya lo creo. Drake interrumpió:

— Hemos pedido que nos subieran comida y cena. Bocadillos. -Parecía cansado.

— Hola, Drake -le dijo. Era la primera vez que le hablaba. Drake apenas la miró al contestarle:

— Hola.

— Sus tomates son un vegetal sorprendente. No tenemos nada que se les pueda comparar en gusto en nuestro planeta. Creo que he comido dos docenas y una botella entera de un derivado de tomate.

— Ketchup -aclaró Drake, tajante.

— ¿Y su visita al Departamento de personas desaparecidas, doctor Tholan? -preguntó Rose-. ¿Dice que lo encontró provechoso?

— Sí, creo que puedo calificarlo así. Rose le daba la espalda mientras ahuecaba los almohadones del sofá. Insistió:

— ¿En qué aspecto?

— Encontré interesantísimo saber que la inmensa mayoría de personas desaparecidas son varones. Las esposas suelen dar parte de maridos desaparecidos, mientras que lo contrario es rarísimo.

— Oh, no es nada misterioso, doctor Tholan -comentó Rose-. Es que usted no se da cuenta del problema económico que tenemos en la Tierra. Verá usted, en este planeta el varón es generalmente el miembro de la familia que la mantiene como unidad económica. Él es el que por su trabajo es retribuido en moneda. La función de la esposa es, generalmente, la de ocuparse del hogar y de los hijos.

— Pero esto no será universal.

— Más o menos -explicó Drake-. Si está pensando en mi esposa, ella es un ejemplo de la minoría de mujeres que son capaces de abrirse camino en el mundo. Rose le miró de soslayo. ¿Acaso se mostraba sarcástico?

— ¿De su explicación, señora Smollett -preguntó el hawkinita-, se deduce que las mujeres al ser económicamente dependientes de su compañero varón encuentran más difícil desaparecer?

— Es un modo muy discreto de explicarlo -dijo Rose-, pero viene a ser así.

— ¿Y diría usted que el Departamento de personas desaparecidas de Nueva York es un buen ejemplo de estos casos en todo el planeta?

— Sí, creo que sí. El hawkinita preguntó bruscamente:

— ¿Y se puede decir que existe una explicación económica para justificar que con el desarrollo de los viajes interestelares el porcentaje de jóvenes varones desaparecidos es más pronunciado que nunca? Fue Drake el que contestó con un estallido verbal:

— ¡Santo Dios, eso es aún menos misterioso que lo otro! Hoy en día el que huye tiene todo el espacio para desaparecer. Todo el que quiere escapar de los problemas no necesita más que saltar a una nave espacial. Están siempre buscando tripulaciones sin hacer preguntas, así que sería casi imposible tratar de localizar al desaparecido si realmente quería mantenerse fuera de circulación.

— Y casi siempre jóvenes en su primer año de matrimonio. Rose se echó a reír al comentar:

— Éste es precisamente el momento en que los apuros del hombre parecen más agudos. Si supera el primer año, no suele haber necesidad de desaparecer. Drake no parecía divertido. Rose volvió a pensar que parecía cansado y triste. ¿Por qué insistía en llevar la carga él solo? Y de pronto se le ocurrió que tal vez tenía que hacerlo así. El hawkinita preguntó de pronto:

— ¿La ofendería si me desconecto por cierto período de tiempo?

— En absoluto -contestó Rose-. Espero que no haya tenido un día demasiado agotador. Como viene de un planeta cuya gravedad es mayor que la de la Tierra, tengo la impresión de que suponemos con demasiada facilidad que ustedes resisten más que nosotros.

— Oh, no estoy cansado en el sentido físico de la palabra. -Por un instante miró las piernas de Rose y parpadeó rápidamente indicando que estaba divertido-. Yo, en cambio, no dejo de temer que los terrícolas se caigan hacia delante o hacia atrás en vista del escaso equipo de miembros de sostén. Debe perdonarme si mi comentario le parece demasiado familiar, pero la mención de la menor gravedad de la Tierra me lo ha hecho pensar. En mi planeta, dos piernas no bastarían de ningún modo. Pero todo esto no viene a cuento ahora. Es que he estado absorbiendo tantos conceptos nuevos y raros que siento la necesidad de desconectarme un poco. Rose se encogió mentalmente de hombros. Bueno, esto era lo más cerca que una raza podía estar de la otra. Por lo que podían conseguir las expediciones al planeta Hawkin, se sabía que los hawkinitas tenían la facultad de desconectar su mente consciente de todas sus demás funciones corporales por períodos de tiempo equivalentes a días terrestres. Los hawkinitas encontraban el proceso agradable, incluso necesario a veces, aunque ningún terrícola podía realmente decir para qué servía. Del mismo modo, ningún terrícola había podido explicar enteramente el concepto de «dormir» a un hawkinita, o a cualquier extraterrestre. Lo que un terrícola llamaría dormir o soñar, un hawkinita lo consideraría un signo alarmante de desintegración mental. Rose se dijo turbada: «He aquí otra cosa por la que los terrícolas son únicos.» El hawkinita retrocedía, de espaldas, pero tan inclinado que sus miembros delanteros casi barrieron el suelo al despedirse. Drake inclinó la cabeza mientras le veía desaparecer tras una vuelta del corredor. Oyeron que abría su puerta, la cerraba y luego, el silencio. Pasados unos minutos en los que el silencio parecía pesar entre ellos, el sillón de Drake crujió al revolverse inquieto. Rose observó, algo impresionada, que tenía sangre en los labios. Se dijo: «Se encuentra en algún apuro. Tengo que hablarle. No puedo dejarlo pasar así.» Le llamó:

— ¡Drake! Drake pareció como si la viera desde muy lejos. Poco a poco sus ojos la enfocaron y dijo:

— ¿Qué te ocurre? ¿Has terminado también tu jornada?

— No, estoy dispuesta para empezar. Estamos en el mañana de que me hablaste. ¿Vas a contármelo o no?

— ¿Cómo dices?

— Anoche dijiste que me hablarías mañana. Ahora estoy dispuesta. Drake frunció el ceño. Sus ojos se escondieron bajo los párpados y Rose sintió que parte de su resolución empezaba a abandonarla.

— Pensé que habíamos acordado que no me preguntarías nada de mi participación en este asunto.

— Creo que ya es demasiado tarde. En este momento sé demasiado sobre todo ello.

— ¿Qué quieres decir? -gritó poniéndose en pie de un salto. Conteniéndose, se acercó, le apoyó las manos en los hombros y repitió en voz más baja-: ¿Qué quieres decir? Rose mantuvo los ojos fijos en sus manos que descansaban inertes en su regazo. Soportó pacientemente los dedos como garfios que la oprimían y contestó despacio:

— El doctor Tholan cree que la Tierra está provocando, a propósito, la muerte por inhibición, ¿es así o no? Esperó. Poco a poco la presión cedió y le vio de pie, con los brazos caídos a los lados, con la cara angustiada, desconcertado. Murmuró:

— ¿Cómo se te ha ocurrido?

— ¡Con que es verdad! Jadeando, con voz forzada preguntó:

— Quiero saber exactamente por qué dices esto. No juegues conmigo, Rose. No digas tonterías. Esto es muy secreto.

— ¿Si te lo digo, me contestarás a una pregunta? ¿Está la Tierra difundiendo deliberadamente la muerte por inhibición, Drake? Drake alzó los brazos al cielo.

— ¡Por el amor de Dios! Se arrodilló ante ella. Le tomó las manos entre las suyas y ella sintió que le temblaban. Estaba forzando la voz para musitar palabras tiernas, tranquilizadoras, le decía:

— Rose, querida, fíjate, has descubierto algo peligroso y crees que puedes utilizarlo para mortificarme en una pequeña pelea entre marido y mujer. No, no voy a pedirte demasiado. Sólo dime exactamente qué te ha empujado a decirme…, lo que acabas de decir… Estaba terriblemente interesado.

— Esta tarde estuve en la Academia de Medicina de Nueva York. Estuve leyendo ciertas cosas.

— Pero, ¿por qué? ¿Qué te empujó a hacerlo?

— En primer lugar, porque te vi tan interesado por la muerte por inhibición. Y el doctor Tholan hizo aquellos comentarios sobre la incidencia de los viajes interestelares, y que era mayor en el planeta más cercano a la Tierra.

— Hizo una pausa.

— ¿Y tus lecturas? -insistió Drake-. ¿Qué encontraste en tus lecturas, Rose?

— Le dan la razón -respondio-. Lo único que pude hacer fue buscar apresuradamente en esa dirección sus investigaciones en las últimas décadas. A mí me parece obvio que por lo menos algunos de los hawkinitas consideren la posibilidad de que la muerte por inhibición se origine en la Tierra.

— ¿Lo dicen abiertamente?

— No. O si lo han hecho, no lo he visto. -Le contempló, asombrada. En un asunto como aquél, seguro que el Gobierno habría vigilado la investigación hawkinita sobre este punto. Insistió con dulzura-: ¿Estás enterado de las investigaciones hawkinitas sobre eso, Drake? El Gobierno…

— No pienses en ello. -Drake se había apartado de ella, pero volvió a acercársele. Le brillaban los ojos. Exclamó como si acabara de hacer un gran descubnmiento-. ¡Pero si eres una experta en eso! ¿Lo era? ¿Lo descubría solamente ahora que la necesitaba? Movió la nariz y dijo secamente:

— Soy bióloga.

— Si, ya lo sé, pero quiero decir que tu especialidad es el crecimiento. ¿No me dijiste una vez que habías trabajado en crecimiento?

— Puedes llamarlo así. Publiqué unos veinte artículos sobre la relación entre la estructura pura del ácido nucleico y el desarrollo embrionario, para la beca de la Sociedad del Cáncer.

— Bien. Hubiera debido recordarlo. -Se le veía presa de una nueva excitación-. Dime, Rose… ¡Oh, perdóname que me enfadara contigo hace un momento! Serías capaz como nadie de comprender la dirección de sus investigaciones si pudieras leer sobre ellas, ¿verdad?

— Muy capaz, sí.

— Entonces, dime cómo creen que se extiende la infección. Los detalles, quiero decir.

— Oye, eso es pedirme mucho. Sólo pasé unas horas en la Academia. Necesitaría bastante más tiempo para poder contestar a tu pregunta.

— Por lo menos dame una respuesta aproximada. No puedes imaginar lo importante que es.

— Claro -respondió dubitativa-, Estudios sobre la inhibición es un gran tratado sobre la materia. Es algo así como el resumen de todos los datos disponibles de la investigación.

— ¿Sí? ¿Y es muy reciente?

— Es un tipo de publicación periódica. El último volumen debe tener alrededor de un año.

— ¿Se habla en él de su trabajo? -Y con el dedo señaló en dirección a la alcoba de Harg Tholan.

— Más que de ningún otro. En su campo es un trabajador sobresaliente. Leí especialmente sus artículos.

— ¿Y cuáles son sus teorías sobre el origen de la enfermedad? Trata de recordarlo, Rose.

— Juraría que echa la culpa a la Tierra -respondió moviendo la cabeza-, pero admite que ignoran cómo se extiende la infección. Yo también podría jurarlo. Estaba de pie ante ella, rígido. Sus fuertes manos colgaban a ambos lados, crispadas, y sus palabras sonaban poco más que un murmullo.

— Podría ser un caso de completa exageración. ¡Quién sabe! -Y se dio la vuelta-. Ahora mismo voy a averiguarlo, Rose. Gracias por tu ayuda. Ella corrió tras él:

— ¿Qué vas a hacer?

— Hacerle unas cuantas preguntas. -Estaba revolviendo en los cajones de su mesa de trabajo y por fin sacó la mano derecha. Sostenía una pistola de aguja. Rose exclamó:

— ¡No, Drake! La apartó bruscamente y se dirigió por el corredor a la alcoba del hawkinita. Drake abrió la puerta de golpe y entró. Rose le pisaba los talones, tratando de sujetarle el brazo, pero él se detuvo para mirar a Harg Tholan. El hawkinita estaba inmóvil, con la mirada perdida, sus cuatro piernas separadas en cuatro direcciones. Rose sintió vergüenza por la intrusión, como si estuviera violando un rito íntimo. Pero Drake, aparentemente despreocupado, se acercó a pocos pasos de la criatura y se quedó allí. Estaban cara a cara, Drake sostenía fácilmente la pistola de aguja a nivel más o menos del torso del hawkinita.

— No te muevas -ordenó Drake-. Poco a poco se irá dando cuenta de mi presencia.

— ¿Cómo lo sabes? La respuesta fue tajante:

— Lo sé. Ahora márchate. Pero Rose no se movió y Drake estaba demasiado absorto para preocuparse de ella. Sectores de la piel del rostro del hawkinita empezaban a temblar ligeramente. Era algo repulsivo y Rose pensó que prefería no mirar. Drake habló de pronto:

— Ya está bien, doctor Tholan. No conecte con ninguno de sus miembros. Sus órganos sensoriales y de voz bastaran. La voz del hawkinita sonaba apagada.

— ¿Por qué ha invadido mi cámara de desconexión? -Y en voz más fuerte-: ¿Y por qué está armado? La cabeza le bailaba ligeramente sobre un torso todavía helado. Por lo visto, había seguido la sugerencia de Drake de no conectar los miembros. Rose se preguntó cómo podía Drake conocer que la reconexión parcial era posible. Ella lo ignoraba. El hawkinita habló de nuevo:

— ¿Qué es lo que quiere? Y esta vez Drake contestó. Dijo:

— La respuesta a ciertas preguntas.

— ¿Con una pistola en la mano? No quiero darle satisfacción a su incorrección hasta ese punto.

— No sólo me dará satisfacción, a lo mejor también salva su vida

— Esto para mi es totalmente indiferente dadas las circunstancias. Siento, señor Smollett, que los deberes para con un huésped sean tan mal interpretados en la Tierra.

— No es usted mi huésped, doctor Tholan -repuso Drake-. Entró en mi casa con engaño. Tenía cierta razón para hacerlo, de algún modo había usted planeado utilizarme para lograr su propósito. No me arrepiento de alterar su programa.

— Será mejor que dispare. Nos ahorrará tiempo.

— ¿Tan convencido está de que no va a contestar a mis preguntas? Esto ya de por sí es sospechoso. Da la impresión de que considera que ciertas respuestas son más importantes que su vida.

— Considero muy importantes los principios de cortesía. Usted, como terrícola, puede que no lo entienda.

— Puede que no. Pero yo, como terrícola, entiendo una cosa. -Drake dio un salto hacia delante, antes de que Rose pudiera gritar, antes de que el hawkinita pudiera conectar sus miembros. Cuando saltó hacia atrás, llevaba en la mano el tubo flexible del cilindro de cianuro de Harg Tholan. En la comisura de la amplia boca del hawkinita, donde antes había estado prendido el tubo, apareció una gota de líquido incoloro que resbaló de una pequeña herida en la rugosa piel, y poco a poco se solidificó en un globulillo gelatinoso y pardo al oxidarse. Drake dio un tirón al tubo, que se desprendió del cilindro. Hizo presión sobre el botón que controlaba la fina válvula en la parte alta del cilindro y cesó el pequeño zumbido.

— Dudo que haya escapado lo bastante -dijo Drake-para ponernos en peligro. No obstante, espero que se dé cuenta de lo que le ocurrirá a usted ahora, si no contesta a las preguntas que voy a hacerle…, y lo hace de tal modo que no me quede la menor duda de que no miente.

— Devuéivame el cilindro -pidió el hawkinita, despacio-. De lo contrario me veré en la obligación de atacarle y usted en la obligación de matarme. Drake dio un paso atrás.

— De ningún modo. Atáqueme y dispararé a sus piernas para inutilizarlas. Las perderá; las cuatro si es necesario, pero seguirá viviendo aunque de un modo horrible. Vivirá para morir por falta de cianuro. Será una muerte de lo más incómoda. Yo no soy más que un terrícola y no puedo apreciar su verdadero horror, pero usted sí puede, ¿no es verdad? La boca del hawkinita estaba abierta y algo amarillo-verdoso se estremeció dentro. Rose quería vomitar. Quería gritar: «¡Devuélvele el cilindro, Drake!» Pero no pudo articular palabra. No podía siquiera volver la cabeza.

— Creo que le queda aproximadamente una hora antes de que los efectos sean irreversibles -explicó Drake-. Hable rápidamente, doctor Tholan y le devolveré el cilindro.

— Y después de… -empezó a decir el hawkinita.

— Después de eso, ¿qué más da? Incluso si le matara, sería una muerte limpia, no por falta de cianuro. Algo pareció escapársele al hawkinita. Su voz se volvió gutural y las palabras confusas como si ya no le quedara energía para mantener su inglés perfecto. Murmuró:

— ¿Qué preguntas son? -Y mientras hablaba, sus ojos no perdían de vista el cilindro en la mano de Drake. Drake lo hizo bailar deliberadamente, atormentándole, y los ojos de aquella criatura lo seguían…, lo seguían…

— ¿Cuáles son sus teorías sobre la muerte por inhibición? ¿Por qué vino, realmente, a la Tierra? ¿Cuál es su interés por el Departamento de personas desaparecidas?Rose se encontró esperando anhelante, angustiosamente. Éstas eran las preguntas que a ella también le hubiera gustado formular. No de este modo, quizá, pero en el trabajo de Drake, la bondad y humanitarismo venían en segundo lugar después de la necesidad. Se lo repitió a si misma varias veces en un esfuerzo para contrarrestar el hecho de que estaba odiando a Drake por lo que estaba haciéndole al doctor Tholan. El hawkinita empezó:

— La respuesta adecuada llevaría más de la hora que me ha dejado. Estoy profundamente avergonzado por obligarme a hablar con amenazas. En mi planeta no hubiera podido hacer esto bajo ningún pretexto. Es solamente aquí, en este repulsivo planeta, donde se me puede privar de mi cianuro.

— Está desperdiciando su hora, doctor Tholan.

— Se lo hubiera contado eventualmente, señor Smollett. Necesitaba su ayuda. Por esta razón vine aquí.

— Sigue sin contestar a mis preguntas.

— Se las contestaré ahora. Durante años, además de mi trabajo científico regular, he estado investigando particularmente las células de mis pacientes que sufrían de muerte por inhibición. Me vi obligado a guardar el más riguroso secreto y a trabajar sin ayuda, porque los métodos que empleaba para investigar los cuerpos de mis pacientes desagradaban a mi gente. Su sociedad experimentaría sentimientos similares en contra de la vivisección humana, por ejemplo. Por esta razón no podía presentar los resultados obtenidos a mis colegas médicos hasta haber confirmado mis teorías aquí, en la Tierra.

— ¿Cuáles son sus teorías? -preguntó Drake. Sus ojos volvían a estar febriles.

— A medida que proseguía mis estudios se me hizo más y más evidente que el enfoque de la investigación sobre la muerte por inhibición estaba equivocado. Físicamente, no había solución a su misterio. La muerte por inhibición es por entero una infección de la mente. Rose interrumpió:

— Pero, doctor Tholan, no es psicosomática. Una sombra gris, translúcida, había pasado por los ojos del hawkinita. Había dejado de mirarles. Prosiguió:

— No, señora Smollett, no es psicosomática. Es una auténtica enfermedad de la mente, una infección mental. Mis pacientes tienen doble mente. Más allá y por debajo de la que obviamente les pertenece, tuve conocimiento de otra mente…, una mente ajena. Trabajé con pacientes de muerte por inhibición de otras razas, distintas a la mía, y encontré lo mismo. Resumiendo, no hay cinco inteligencias en la Galaxia, sino seis. Y la sexta es parasitaria.

— Pero eso es una locura…, ¡es imposible! -exclamó Rose-. Debe estar equivocado, doctor Tholan.

— No estoy equivocado. Hasta que llegué a la Tierra, pensé que podía estarlo. Pero mi estancia en el instituto y mis investigaciones en el Departamento de personas desaparecidas, me convencieron de lo contrario. ¿Por qué le parece tan imposible el concepto de inteligencia parasitaria? Inteligencias como ésas no dejarían restos fósiles, ni siquiera dispositivos…, si su única función, en cierto modo, es sacar alimentos de las actividades mentales de otras criaturas. Uno puede imaginar semejante parásito, que en el curso de millones de años, quizá, perdiera todas las partes de su ser físico excepto lo más necesario, algo así como la solitaria, entre sus parásitos terrestres, perdiendo eventualmente todas sus funciones excepto una sola, la única, la de reproducción. En el caso de la inteligencia parasitaria, todos los atributos físicos estarían perdidos. No sería más que mente pura, viviendo de un modo mental, inconcebible para nosotros, de la mente de los demás. Especialmente de las mentes de los terrícolas.

— ¿Por qué precisamente terrícolas? -preguntó Rose. Drake se mantenía simplemente al margen, interesado, sin hacer más preguntas. Aparentemente se sentía satisfecho, dejando hablar al hawkinita.

— ¿No ha sospechado que la sexta inteligencia es un cultivo de la Tierra? La Humanidad ha vivido con ella desde el principio, se ha adaptado a ella, no es consciente de ella. Es por lo que las especies de animales terrestres, incluyendo al hombre, no crecen después de la madurez y mueren de lo que se llama muerte natural; es el resultado de esa infección parasitaria universal; es por lo que se duerme y se sueña, pues es cuando la mente parasitaria debe alimentarse y cuando uno es algo más consciente de ella, quizás; es por lo que la mente terrestre, única entre las inteligencias, es tan inestable. ¿Dónde más en la Galaxia se encuentran dobles personalidades y otras manifestaciones parecidas? Después de todo, incluso ahora debe haber algunas mentes que están visiblemente dañadas por la presencia del parásito.

— Pero, de algún modo, esas mentes parasitarias podían atravesar el espacio. No tenían limitaciones físicas. Podían flotar entre las estrellas en lo que correspondería a un estado de hibernación. Ignoro por qué lo hicieron las primeras mentes; probablemente no se sabrá nunca. Pero una vez descubrieron la presencia de inteligencia en otros planetas de la Galaxia, se organizó una pequeña y seguida corriente de inteligencias parasitarias cruzando el espacio. Nosotros, los de los otros mundos, debimos ser una golosina para ellas o jamás se hubieran esforzado tanto para llegar a nosotros. Imagino que muchas no pudieron llevar a cabo el viaje, pero para las que lo consiguieron debió valer la pena. »Pero, vea usted, nosotros los de los otros mundos no habíamos vivido millones de años con esos parásitos, como lo habían hecho el hombre y sus antepasados. No estábamos adaptados a ellos. Nuestros seres débiles no habían sido gradualmente eliminados por espacio de cientos de generaciones hasta que sólo quedaran los fuertes. Así que, donde el terrícola podía sobrevivir a la infección durante décadas y con un poco de daño, nosotros morimos de una muerte rápida en el curso de un año.

— ¿Y es por ello por lo que la incidencia ha aumentado desde que establecieron los viajes interestelares entre la Tierra y los otros planetas?

— Sl. -Hubo un momento de silencio y de pronto el hawkinita dijo en un súbito acceso de energía-. Devuélvame el cilindro. Ya tiene mi respuesta. Drake insistió fríamente:

— ¿Y qué hay del Departamento de personas desaparecidas? -Volvió a hacer bailar el cilindro, pero esta vez el hawkinita no lo seguía con la mirada. La sombra gris y translúcida sobre sus ojos se había hecho más oscura y Rose se preguntó si sería simplemente una expresión de debilidad o un ejemplo de los cambios inducidos por la falta de cianuro.

— Dado que no estamos bien adaptados a la inteligencia que infecta al hombre, tampoco ella se adapta bien a nosotros. Puede vivir de nosotros, aparentemente incluso lo prefiere, pero no puede reproducirse con nosotros solos como única fuente de su vida. Por tanto la muerte por inhibición no es directamente contagiosa entre nuestro pueblo. Rose lo miró con creciente horror:

— ¿Qué trata usted de decir, doctor Tholan?

— El terrícola sigue siendo el máximo anfitrión para el parásito. Un terrícola puede contagiar a uno de nosotros si permanece entre nosotros. Pero el parásito una vez localizado en una inteligencia de los otros mundos, debe volver a un terrícola si espera reproducirse. Antes de los viajes interestelares esto era solamente posible por un recruzar el espacio, por lo que la incidencia de infección era infinitesimal. Ahora estamos infectados y reinfectados al regresar los parásitos a la Tierra y volver a nosotros via la mente de los terrícolas que viajan a través del espacio.

— Y las personas desaparecidas… -musitó Rose.

— Son los anfitriones intermedios. El proceso exacto de cómo se lleva a cabo, yo no lo sé. La mente masculina terrestre parece mejor dotada para sus propósitos. Recordará que en el instituto me dijeron que la esperanza de vida del varón medio es de tres años menos que la de la hembra. Una vez ha tenido lugar la reproducción, el varón contagiado se marcha en nave espacial hacia los otros mundos. Desaparece.

— Pero esto es imposible -insistió Rose-, lo que dice implica que la mente parasitaria controle los actos de su anfitrión. Esto no puede ser así o nosotros, los de la Tierra, hubiéramos notado su presencia.

— El control, Mrs. Smollett, puede ser muy sutil y además ejerce solamente durante un período de reproducción activa. Le señalo simplemente su Departamento de personas desaparecidas. ¿Por qué desaparecen los jóvenes? Hay explicaciones económicas y psicológicas, mas no son suficientes. Pero en este momento me siento muy mal y no puedo hablar mucho más. Sólo tengo una cosa que decir En el parásito mental, tanto su gente como la mía, tenemos un enemigo común. Los terrícolas tampoco deben morir involuntariamente, de no ser por su presencia. Pensé que si me encontraba imposibilitado de regresar a mi propio mundo con mi información debido a los métodos heterodoxos empleados para conseguirla, podría someterla a las autoridades de la Tierra y solicitar su ayuda para erradicar la amenaza. Imagine mi placer cuando descubrí que el marido de una de las biólogas del instituto era miembro de uno de los más importantes cuerpos de investigación de la Tierra. Naturalmente, hice cuanto pude para ser huésped en su casa, y tratar con él en privado, convencerle de la terrible verdad, utilizar su cargo para que me ayudara a atacar los parásitos. Esto, naturalmente, es imposible ahora. No puedo censurarla a usted. Como habitantes de la Tierra, no se puede esperar que comprendan la psicología de mi pueblo. No obstante, debe comprender esto: no puedo tener más tratos con ninguno de los dos. No podría ni siquiera soportar permanecer más tiempo en la Tierra.

— Entonces, sólo usted, de todo su pueblo, está enterado de esta teoría.

— Yo solo, en efecto.

— Su cianuro, doctor Tholan. -Y Drake le tendió el cilindro. El hawkinita lo agarró, anhelante. Sus dedos ágiles manipularon el tubo y la válvula con la mayor delicadeza. En diez segundos, lo tenía colocado e inhalaba el gas a grandes bocanadas. Sus ojos se iban volviendo claros y transparentes. Drake esperó a que la respiración del hawkinita se normalizara y luego, sin cambiar de expresión, alzó la pistola y disparó. Rose lanzó un grito. El hawkinita permaneció de pie. Sus cuatro miembros inferiores no podían doblarse, pero la cabeza le colgó de pronto y de su boca repentinamente fláccida, se desprendió el tubo de cianuro ya inútil. Drake cerró la válvula, tiró el cilindro a un lado y permaneció sombrío contemplando a la criatura muerta. Ninguna marca exterior indicaba que le hubieran matado. El proyectil de la pistola de aguja más fino que la propia aguja que daba nombre al arma penetró en el cuerpo fácil y silenciosamente y estalló con efecto devastador una vez dentro de la cavidad abdominal. Rose salió de la alcoba sin dejar de gritar. Drake fue tras ella y la agarró del brazo; notó los golpes fuertes de la palma de su mano sobre la cara, sin sentirlos realmente, y terminó sollozando sordamente. Drake le advirtió:

— Te dije que no te metieras en esto. ¿Qué vas a hacer ahora?

— Suéltame -protestó Rose-. Quiero irme. Quiero irme lejos de aquí.

— ¿Por algo que mi trabajo me obligó a hacer? Ya oíste lo que dijo esa criatura. ¿Supones que podía dejarlo que volviera a su mundo y propagara todas esas mentiras? Le creerían. ¿Y qué crees que ocurriría entonces? ¿Puedes imaginar lo que sería una guerra interestelar? Pensarían que debían matarnos a todos para detener la infección. Con un esfuerzo que pareció estremecerla toda, Rose se calmó. Miró firmemente a los ojos de Drake y declaró:

— Lo que dijo el doctor Tholan no eran ni errores ni mentiras, Drake.

— Venga, mujer, estás histérica. Necesitas dormir.

— Sé que lo que dijo es cierto porque la Comisión de Seguridad está enterada de la teoría, y saben que es verdad.

— ¿Por qué te empeñas en decir estos disparates?

— Porque tú mismo te traicionaste por dos veces.

— Siéntate -ordenó Drake. Así lo hizo mientras él seguía de pie y la contemplaba curiosamente-. Así que me he traicionado dos veces. Has tenido un día muy cargado de trabajo detectivesco, querida. Tienes facetas ocultas.

— Se sentó y cruzó las piernas. Rose pensó, sí, su dia había sido muy ocupado. Desde donde estaba podía ver el reloj eléctrico de la cocina; habían transcurrido dos horas después de medianoche. Harg Tholan había entrado por primera vez en su casa treinta y cinco horas antes y ahora yacía asesinado en la habitación de invitados.

— Bueno, ¿es que no vas a decirme cómo me he traícionado dos veces? -preguntó Drake.

— Te pusiste pálido cuando Harg Tholan dijo de mí que era una encantadora anfitriona. Anfitriona tiene dos sentidos, como bien sabes, Drake. Un anfitrión es el que alberga un parásito.

— Primera -dijo Drake-. ¿Cuál es la segunda?

— Algo que hiciste antes de que Harg Tholan viniera a casa. Hace horas que intento recordarlo, ¿lo recuerdas tu Drake? Comentaste lo desagradable que era para los hawkinitas, asociarse con terrícolas, y yo te dije que Harg Tholan era un doctor y tenía que hacerlo. Te pregunté si creías que los médicos humanos disfrutaban especialmente cuando iban a los trópicos, o cuando dejaban que los mosquitos infectados los picaran. ¿Recuerdas lo transtornado que te mostraste? Drake se echó a reír.

— Ignoraba que fuera tan transparente. Los mosquitos son anfitriones para la malaria y parásitos de la fiebre amarilla -suspiró-. He hecho cuanto he podido para mantenerte al margen de esto. Ahora no me queda más que decirte la verdad. Debo hacerlo porque solamente la verdad, o la muerte, hará que me dejes en paz. Y no quiero matarte. Ella se encogió en su sillón, con los ojos muy abiertos. Drake prosiguió:

— La Comisión conoce la verdad, pero no nos sirve de nada. Sólo podemos hacer cuanto esté en nuestras manos para que los otros mundos no lo descubran.

— Pero la verdad no puede ocultarse para siempre. Harg Tholan la descubrió. Le has matado, pero otro extraterrestre repetirá el mismo descubrimiento…, una y otra vez. No puedes matarlos a todos.

— También lo sabemos -asintió Drake-. No tenemos elección.

— ¿Por qué? -exclamó Rose-. Harg Tholan te dio la solución. Ni sugirió ni amenazó con guerras entre los mundos. Sugirió, por el contrario, que combináramos con las otras inteligencias para ayudarnos a eliminar al parásito. Y podemos hacerlo. Si nosotros, junto con los otros, unimos todos nuestros esfuerzos…

— ¿Quieres decir que podemos confiar en él? ¿Habla en nombre de su Gobierno o de las otras razas?

— ¿Podemos atrevemos a no correr el riesgo?

— No lo comprendes -cortó Drake. Se acercó a ella y tomó una de sus manos frías, inerte, entre las suyas. Siguió hablándole-: Puede parecer una tontería tratar de enseñarte algo de tu propia especialidad, pero quiero que te fijes en lo que voy a decirte. Harg Tholan tenía razón. El hombre y sus antepasados prehistóricos han estado viviendo con esas inteligencias parasitarias por espacio de larguisimos períodos, por un tiempo mucho más largo que desde que fuimos realmente Homo sapiens. En ese intervalo, no solamente nos adaptamos a ellas, sino que dependemos de ellas. Ya no es un caso de parasitismo. Es un caso de cooperación mutua. Vosotros, los biólogos, tenéis un nombre para ello.

— ¿De qué estás hablando? -gritó, desprendiendo su mano-. ¿Simbiosis?

— Exactamente. También tenemos nuestra propia enfermedad, crecimiento imparable. Ya ha sido mencionada como contrapartida a la muerte por inhibición. Bien, ¿cuál es la causa del cáncer? ¿Cuánto tiempo llevan los biólogos, los fisiólogos, los bioquímicos y demás trabajando en ello? ¿Qué éxito han conseguido? ¿Por qué? ¿Puedes tú contestarme ahora?

— No, no puedo -contestó despacio-. ¿De qué me estás hablando?

— Es estupendo decir que si pudiéramos eliminar al parásito, creceríamos y viviríamos eternamente si así lo deseáramos; o por lo menos hasta que nos cansáramos de ser excesivamente grandes o demasiado longevos, y nos elimináramos limpiamente. Pero ¿cuántos millones de años han transcurrido desde que el cuerpo humano tuvo ocasión de crecer de este modo imparable? ¿Puede hacerlo aún? ¿Está preparada para ello la química del cuerpo? ¿Dispone de los suficientes como-se-llamen?

— Enzimas -aclaró Rose en un murmullo.

— Eso, enzimas. Es imposible. Si por cualquier razón la inteligencia parasitaria, como la llama Harg Tholan, abandona el cuerpo humano, o si su relación con la mente humana se daña de algún modo, el crecimiento se da, pero no de forma ordenada. A este crecimiento le llamamos cáncer. Y ahí lo tienes. No hay manera de deshacerse del parásito. Estamos unidos para siempre, eternamente. Para eliminar su muerte por inhibición, los extraterrestres deben borrar de la Tierra toda vida vertebrada. No hay otra solución para ellos y por tanto debemos evitar que se enteren. ¿Lo comprendes? Rose tenía la boca seca y le costaba hablar.

— Lo comprendo, Drake. -Se dio cuenta de que su marido tenía la frente húmeda y que el sudor se deslizaba por ambas mejillas-. Y ahora tendrás que sacarlo del apartamento.

— Como es muy tarde podré sacar el cuerpo del edificio. Después.. -Se volvió a mirarla-. No sé cuándo estaré de vuelta.

— Lo comprendo, Drake -repitió. Harg Tholan pesaba mucho. Drake tuvo que arrastrarle por el piso. Rose se alejó para vomitar. Se cubrió los ojos hasta que oyó que la puerta se cerraba, y dijo para sí:

— Lo comprendo, Drake.

Eran las tres de la mañana. Había pasado casi una hora desde que oyó cerrarse la puerta, sin ruido, tras Drake y su carga. No podía saber a dónde iba, ni lo que se proponía hacer. Permaneció sentada, atontada. No sentía deseos de dormir, ni deseos de moverse. Mantuvo la mente trabajando en círculos apretados, lejos de lo que sabía y que no quería saber. ¡Mentes parasitarias! ¿Era sólo una coincidencia o se trataba de una extraña memoria racial, un tenue girón de antigua tradición o percepción interna, que se extendía a través de increíbles milenios, que mantenía al día el curioso mito del principio de los humanos? Pensó que, para empezar, hubo dos inteligencias en la Tierra. En el jardín del Edén había humanos y también la serpiente, que era »más sutil que cualquier animal del campo». La serpiente contaminó al hombre y como resultado perdió sus miembros. Sus atributos físicos ya no eran necesarios. Y por causa de esta contaminación, el hombre fue arrojado del jardín de la vida eterna. La muerte entró en el mundo. Pero, pese a sus esfuerzos, el círculo de sus pensamientos crecía y volvía a Drake. Lo rechazaba, pero volvía; contó en voz baja, recitó los nombres de los objetos que tenía en su campo visual, gritó: «No, no, no», pero volvía. Seguía volviendo. Drake le había mentido. Había sido una historia plausible. Hubiera resistido en la mayoría de los casos, pero Drake no era biólogo. El cáncer no podía ser, como aseguraba Drake, una enfermedad que expresara la pérdida de capacidad de crecimiento normal. El cáncer atacaba a niños en pleno crecimiento; incluso podía atacar el tejido embrionario; atacaba a los peces que, como los extraterrestres, no dejaban de crecer mientras vivían, y morían solo por enfermedad o accidente; atacaba a las plantas que no tienen mente y no pueden albergar parásitos. El cáncer no tenía nada que ver con la presencia o ausencia de crecimiento normal; era la enfermedad general de la vida, a la que ningún tejido de ningún organismo multicelular era completamente inmune. Se cubrió los ojos con las manos. Los jóvenes que desaparecían estaban generalmente en el primer año de su matrimonio. Fuera cual fuera el proceso de reproducción de las inteligencias parasitarias, debía involucrar una íntima asociación con otro parásito…, el tipo de íntima y continuada asociación que solamente era posible si sus respectivos anfitriones estaban igualmente en íntima relación. Como es el caso en parejas de recién casados. Percibía que sus pensamientos iban desconectándose poco a poco. Pero volverían. Le preguntarían:

-¿Dónde está Harg Tholan? -Y ella contestaría:

-Con mi marido. Sólo que le dirían:

-¿Y dónde está tu marido? -Porque él también se habría ido. Ya no la necesitaba más. Jamás regresaría. Nunca le encontrarían porque estaría por el espacio. Informaría de ambos: de Drake Smollett y de Harg Tholan al Departamento de personas desaparecidas. Deseaba llorar pero no podía; tenía los ojos secos y doloridos. Y de pronto le entró una risa loca y no podía parar. Era divertido. Buscando respuestas a tantas preguntas y las encontraba todas de golpe. Había encontrado incluso la respuesta a la pregunta que creyó que no tenía la menor relación con el caso. Por fin había descubierto por qué Drake se había casado con ella.

Isaac Asimov: Pequeño robot perdido. Cuento

00IsaacAsimovEn la base Hiper se habían tomado las medidas precisas pero con una especie de furia ruidosa, como el equivalente muscular de un alarido histérico. Para detallárselas en orden cronológico y a la vez de desesperación, les diré que eran:

1.   Debía cesar en el acto todo trabajo en el mando hiperatómico a través del volumen espacial ocupado por las estaciones del grupo asteroidal Veintisiete.

2.   Prácticamente todo el volumen espacial quedaba eliminado del sistema. Nadie podía entrar sin permiso. Nadie podía salir por ningún concepto.

3.   En una nave patrullera especial del Gobierno, fueron trasladados a la base Hiper los doctores Susan Calvin y Peter Bogert, jefe de Psicología y director matemático de los robots de Estados Unidos y de la Corporación de Hombres Mecánicos respectivamente.

Hasta entonces, Susan Calvin jamás había abandonado la Tierra ni tenía un especial deseo de hacerlo esta vez. En una época de poder atómico y de un claramente cercano mando hiperatómico, seguía siendo plácidamente provinciana. Así que estaba descontenta de su viaje y muy poco convencida de su urgencia. Cada pliegue de su rostro, poco agraciado y entrado en años, lo demostró claramente durante su primera cena en la base Hiper. Tampoco la elegante palidez del doctor Bogert disimulaba cierta consternación. Ni el general Kallner, jefe del proyecto, se olvidó un instante de poner cara de disgusto. En pocas palabras, aquella comida era un episodio angustioso; y la pequeña sesión a tres que siguió a la cena empezó en tono gris y desafortunado. Kallner, con su calva reluciente y su uniforme de gala en desacuerdo con el estado de ánimo general, empezó a hablar con incómoda sinceridad:

— Señora, señor: es una extraña historia la que voy a contarles. Quiero agradecerles que hayan acudido en tan breve plazo de tiempo sin que se les diera ninguna razón. Intentaré corregirlo ahora. Hemos perdido un robot. El trabajo ha cesado y debe pararse todo hasta que podamos localizarle. Hasta ahora hemos fracasado y comprendemos que necesitamos la ayuda de expertos. -Tal vez el general sentía que su situación era absurda. Prosiguió con una nota de desesperación en la voz-: No necesito hablarles de la importancia de nuestro trabajo aquí. Más del ochenta por ciento de las asignaciones dedicadas a la investigación científica han venido aquí, a nosotros.

— Sí, ya lo sabemos -cortó Bogert, servicial-, «Robots U.S.» recibe una renta generosa por el uso de nuestros robots. Susan Calvin le interpeló decidida y un tanto avinagrada:

— ¿Qué hace que un solo robot sea tan importante para el proyecto y por qué no ha sido aún localizado? El general volvió hacia ella su rostro congestionado y se humedeció los labios apresuradamente:

— Verá, es que en cierto modo lo hemos localizado.

— Luego prosiguió, angustiado-. Bien, voy a explicárselo. Tan pronto como el robot desapareció, se declaró el estado de emergencia y cesó todo movimiento dentro y alrededor de la base Hiper. Una nave de carga aterrizó hace unos días y nos entregó dos robots para nuestros laboratorios. Llevaba a bordo sesenta y dos robots de…, bueno, del mismo tipo, para entregar en otra parte. Estamos seguros de la cantidad. No cabe la menor duda.

— Ya. ¿Y qué relación hay?

— Al no poder localizar en ninguna parte al robot que nos falta, les aseguro que hubiéramos encontrado una brizna de hierba si la hubiéramos buscado, nos estrujamos el cerebro y fuimos a contar los robots que había en el carguero. Ahora hay sesenta y tres.

— Así que el número sesenta y tres, deduzco yo, es el robot pródigo -declaró la doctora Calvin con ojos sombríos.

— Sí, pero no tenemos forma de saber cuál es el número sesenta y tres. A esto siguió un silencio sepulcral mientras el reloj eléctrico daba las once, luego la psicóloga de robots exclamó:

— Muy peculiar. -Y las comisuras de sus labios se movieron hacia abajo-. Peter -dijo volviéndose hacia su colega con cierta furia-: ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué tipo de robots se utilizan en la base? El doctor Bogert titubeó y esbozó una débil sonrisa.

— Hasta ahora ha sido un asunto de suma delicadeza, Susan.

— Sí, hasta ahora -le interrumpió vivamente-. Si hay sesenta y tres robots del mismo tipo, uno de los cuales es buscado y su identidad no puede ser determinada, ¿por qué no les sirve uno de los otros? ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué se nos ha hecho venir? Bogert contestó, resignado:

— Si me das una oportunidad, Susan… La base está utilizando varios robots en cuyos cerebros no se ha grabado por entero la primera ley de la Robótica.

— ¿Que no se han grabado? -Calvin se dejó caer hacia atrás-. Comprendo. ¿Y cuántos se hicieron?

— Unos pocos. Se hizo por orden del Gobierno y era impensable violar el secreto. Nadie debía saberlo excepto los jefes directamente involucrados. A ti no se te incluyó, Susan, pero fue algo en lo que yo no tuve arte ni parte. El general le interrumpió con cierta autoridad:

— Me gustaría explicárselo un poco. Yo ignoraba que la doctora Calvin desconocía la situación. No necesito decirle, doctora Calvin, que en el planeta ha habido siempre una fuerte oposición a los robots. La única defensa del Gobierno ante los radicales fundamentalistas sobre este asunto, fue el hecho de que los robots se han construido siempre con la primera ley indestructiblemente grabada, lo que hace imposible que dañen a los seres humanos por ningún motivo y en ninguna circunstancia. «Pero necesitábamos tener robots de naturaleza distinta. Así que se hicieron unos pocos del modelo NS-2, los «Nestors», que fueron preparados con una primera ley modificada. Para mantener el secreto todos los NS-2 se fabrican sin número de serie; los ejemplares modificados se nos entregan junto con un grupo de robots normales, y, naturalmente, los nuestros están sujetos a la más estricta prohibición de mencionar su modificación al personal no autorizado. -Aquí esbozó una sonrisa avergonzada-. Pero todo esto, ahora, se ha vuelto contra nosotros. Calvin comentó, ceñuda:

— ¿Se le ha ocurrido, por lo menos, preguntar uno a uno quién es? Me figuro que será usted persona autorizada. El general asintió. Los sesenta y tres niegan haber trabajado aquí… Uno de ellos está mintiendo.

— ¿Al que buscan ustedes se le nota cierto desgaste? Deduzco que los demás están recién salidos de fábrica.

— El robot en cuestión llegó el mes pasado. Él y los dos recién llegados iban a ser los últimos que se necesitaran. No hay desgaste perceptible. -Movió la cabeza lentamente y sus ojos volvieron a parecer atormentados-. Doctora Calvin, no nos atrevemos a dejar salir esa nave. Si fuera conocida por todos la existencia de los robots con primera ley… No parecía que hubiera medios de subestimar aquella conclusión.

— Destruya a los sesenta y tres -declaró la robopsicóloga fría y tajante-, y se acabó el asunto. Bogert hizo un mohín con la boca.

— Eso quiere decir destruir treinta mil dólares por robot. Me temo que «Robots U.S.» no estaría de acuerdo. Mejor hacer un primer esfuerzo, Susan, antes de destruir nada.

— En este caso -terció, decidida-, necesito datos. Quiero saber exactamente qué ventajas obtiene la base Hiper de esos robots modificados. ¿Qué factor los hizo indispensables, general? Kallner arrugó la frente y la alisó con un gesto rápido de su mano.

— Tuvimos problemas con los robots anteriores. Nuestros hombres trabajan mucho con fuertes radiaciones. Es peligroso, claro, pero se toman precauciones razonables. Desde que empezamos hemos tenido solamente dos accidentes, y ninguno fue fatal. No obstante, fue imposible explicárselo a un robot ordinario. La primera ley establece, voy a repetírselo, lo siguiente: Ningún robot puede dañar a un ser humano, ni permitir con su inacción que un ser humano sufra daño. »Esto es fundamental, doctora Calvin. Cuando fue necesario que uno de nuestros hombres se expusiera, no por mucho tiempo, a un campo de rayos gamma moderado que no produjera efectos psicológicos, el robot más próximo tenía que lanzarse a sacarlo. Si el campo era muy débil, lo conseguiría, y el trabajo no proseguiría hasta que todos los robots fueran retirados. Si el campo era algo más fuerte, el robot no lograría nunca llegar hasta el técnico afectado, puesto que su cerebro positrónico sufriría un colapso bajo las radiaciones gamma…, con lo que perderíamos un robot caro y difícil de remplazar. «Tratamos de discutir con ellos. Su postura era que un ser humano expuesto a los rayos gamma arriesgaba su vida y que no importaba que pudiera soportarlos por espacio de media hora sin peligro. Supongamos, alegaban, que se olvidara y se quedara una hora. No podían correr el riesgo. Les hicimos ver que eran ellos los que arriesgaban sus vidas por una mera posibilidad. Pero la propia salvaguarda es solamente la tercera ley de la Robótica y la primera ley, sobre la seguridad humana, pasaba primero. Les dimos órdenes; les ordenamos tajantemente que se mantuvieran alejados de los campos de radiación gamma a cualquier precio. Pero la obediencia es la segunda ley, y la primera sobre la seguridad humana pasaba delante. O teníamos que prescindir de los robots, doctora Calvin, o hacer algo con la primera ley… Y lo hicimos.

— No puedo creer -interrumpió la doctora- que fuera necesario suprimir la primera ley.

— No la suprimimos, la modificamos -aclaró Kallner-. Al construirse los cerebros positrónicos contenían sólo la parte positiva de la ley que, para ellos, es: Ningún robot puede dañar a un ser humano. Nada más. Carecen del impulso de evitar que uno sufra daños por causas extrañas, como por ejemplo las radiaciones gamma. ¿Lo expongo correctamente, doctor Bogert?

— En efecto -corroboró el matemático.

— ¿Y es ésta la única diferencia entre sus robots y los NS-2 del mismo modelo? ¿La única diferencia, Peter?

— La única diferencia, Susan. La doctora se puso en pie y declaró, decidida:

— Me propongo irme ahora a dormir, dentro de ocho horas quiero hablar con el que haya visto al robot por última vez. Y de ahora en adelante, general Kallner, si debo aceptar la responsabilidad por cualquiera de los acontecimientos, quiero el control total e incuestionable de esta investigación. Susan Calvin no disfrutó de nada parecido al sueño salvo dos horas de verdadero agotamiento. Llamó a la puerta de Bogert a las 7, hora local, y le encontró igualmente despierto. Al parecer, se había tomado la molestia de llevarse un batín a la base Hiper, pues llevaba uno puesto. Cuando vio entrar a Calvin, dejó las tijeras de las uñas, y comentó plácidamente:

— He estado esperándote. Supongo que todo esto te pone mala.

— En efecto.

— Bueno…, lo lamento. No hubo forma de evitarlo. Cuando recibimos la llamada desde la base Hiper, pensé en seguida que algo había ido mal con los «Nestors» modificados. Pero, ¿qué podía hacer? No podía contártelo mientras veníamos como hubiera querido, porque tenía que estar seguro. Lo de la modificación es máximo secreto. La psicóloga masculló:

— Se me tenía que haber dicho. La compañía «Robots U.S.» no tenía derecho a modificar así los cerebros positrónicos sin que lo aprobara un psicólogo. Bogert enarcó las cejas y suspiró.

— Sé razonable, Susan. No podías influir en ellos. En este asunto, el Gobierno se saldría con la suya. El mando hiperatómico y los físicos del éter quieren robots que no se interfieran en su trabajo. Y estaban dispuestos a conseguirlos aunque ello significara modificar la primera ley. Tuvimos que confesar que era posible desde el punto de vista de la construcción, y juraron solemnemente que sólo querían doce, que solamente se les utilizaría en la base Hiper, que una vez que el mando estuviera perfeccionado serían destruidos, y que se tomarían toda clase de precauciones. Insistieron en que se guardara el secreto…, y ésta es la situación. La doctora Calvin habló entre dientes:

— Yo habría dimitido.

— No habría servido de nada. El Gobierno ofreció una fortuna a la compañía y les amenazó con una legislación anti-robots en caso de que se negaran. Nos vimos cogidos, y seguimos cogidos. Si esto trasciende, podría desprestigiar a Kallner y al Gobierno, pero sobre todo perjudicaría infinitamente más a «Robots U.S.». La psicóloga se le quedó mirando.

— Peter, ¿no te das cuenta de lo que significa la supresión de la primera ley? No se trata solamente del secreto.

— Sé perfectamente lo que significaría la supresión. No soy un niño. Significaría una completa inestabilidad, sin solución alguna no imaginativa para el campo de ecuacicones positrónicas.

— Eso, matemáticamente. Pero, ¿puedes traducirlo a un mero pensamiento psicológico? Toda vida normal, Peter, se resiente de la dominación sea consciente o inconsciente. Si el dominio lo ejerce un inferior, o un supuesto inferior, el resentimiento se hace más fuerte. Física y, hasta cierto punto mentalmente, un robot, cualquier robot, es superior a los seres humanos. En este caso, ¿qué es lo que le esclaviza? Solamente la primera ley. Mira, sin ella, la primera orden que trataras de dar a un robot provocaría tu muerte. ¿Inestable? ¿Qué te parece?

— Susan -dijo Bogert con expresión de divertida simpatía-, debo admitir que este complejo frankensteiniano del que haces gala está justificado en cierto modo… De ahí la primera ley, para empezar. Pero la ley, te repito y volveré a repetírtelo mil veces, no ha sido suprimida, sino modificada.

— ¿Y qué me dices de la estabilidad del cerebro? El matemático apretó los labios.

— Quedaria disminuida, naturalmente. Pero dentro de los límites de la seguridad. Los primeros «Nestors» fueron entregados a la base hace nueve meses, y nada ha fallado hasta ahora e incluso esto indica más el miedo a los humanos que un peligro para ellos.

— Muy bien. Veremos lo que sacamos de la conferencia de esta mañana. Bogert la acompañó amablemente hasta la puerta e hizo una expresiva mueca al verla marchar. No veía motivos para cambiar la opinión que siempre había tenido de ella: la de una agria e inquieta frustrada. El orden de ideas de Susan Calvin no incluía para nada a Bogert. Hacía muchos años que le había clasificado como un redomado presumido. Gerald Black se había graduado en física del éter el año anterior y, en común con su generación de físicos, se encontraba comprometido en el problema del mando. Ahora formaba parte de la atmósfera general de esas conferencias de la base Hiper. Vestido con su manchado mono blanco, se sentía un tanto rebelde y totalmente inseguro. Toda su fuerza parecía escapársele por los dedos, al retorcérselos tan nerviosamente que bien hubiera doblado una barra de hierro. El general Kallner se sentaba a su lado, y frente a ellos estaban los dos enviados de «Robots U.S.». Black dijo:

— Me han dicho que yo soy el último que vio a «Nestor 10» antes de que desapareciera. Deduzco que querrán interrogarme sobre el caso. La doctora Calvin le miró interesada.

— Habla como si no estuviera seguro, joven. ¿Es que no sabe si fue usted el último que le vio?

— Trabajaba conmigo, señora, en los campos de generadores y estaba conmigo la mañana de su desaparición. No sé si alguien más le vio después a mediodía. En todo caso nadie admite haberle visto.

— ¿Cree usted que alguien esté mintiendo?

— No quiero decir eso. Pero tampoco digo que yo esté dispuesto a cargar con la responsabilidad. -Sus ojos oscuros llameaban.

— No se trata de hacerle responsable. El robot actuó como lo hizo por lo que es. Estamos solamente tratando de localizarle, señor Black, y dejémonos de tonterías. Ahora bien. si usted trabajaba con el robot, probablemente le conoce mejor que los demás. ¿Había en él algo raro, algo que le llamara la atención? ¿Había trabajado antes con robots?

— He trabajado con los otros robots que tenemos aquí, los sencillos. En los «Nestors» no hay nada distinto, excepto que son mucho más inteligentes y… más insoportables.

— ¿Insoportables? ¿De qué modo?

— Bueno, tal vez no sea culpa suya. El trabajo de aquí es muy duro y la mayoría de nosotros está con los nervios a flor de piel. Andar jugando con el hiper-espacio no es una bagatela. -Sonrió débilmente, como complaciéndose al confesarlo-. Corremos el riesgo de agujerear el tejido espaciotiempo normal y caer fuera del universo, asteroide, etc. Parece de locos, ¿verdad? Claro que uno, a veces, tiene los nervios de punta. Pero estos «Nestors», nunca. Sienten curiosidad, son tranquilos, no se preocupan. A veces les basta con volvernos locos. Cuando uno desea que se haga algo a toda prisa, ellos se lo toman con calma. A veces, prescindiría de ellos.

— ¿Dice que se lo toman con calma? ¿Se han negado alguna vez a obedecer una orden?

— Oh, no -lo dijo apresuradamente-. La cumplen. Pero replican cuando creen que nos equivocamos. No saben más del trabajo que lo que les hemos enseñado, pero esto no les detiene. A lo mejor lo imagino, pero creo que los otros compañeros tienen los mismos problemas con sus «Nestors». El general Kallner carraspeó.

— ¿Por qué no se me han cursado las quejas, Black? El joven físico se ruborizó:

— No queríamos realmente prescindir de los robots, señor, y además no estábamos seguros del todo de cómo se recibirían exactamente, digamos, estas pequeñas quejas. Bogert interrumpió suavemente:

— ¿Ocurrió algo en particular la mañana en que le vio por última vez? Silencio. Con un gesto tranquilo Calvin reprimió el comentario que afloraba a los labios de Kallner, y esperó pacientemente. Entonces Black habló, dominado por la rabia:

— Tuve un problema con él. Aquella mañana se me había roto un tubo Kimball y llevaba cinco días de retraso en el trabajo; todo mi programa estaba retrasado; no había recibido noticias de casa desde hacía dos semanas. Y apareció él queriendo que repitiera un experimento que había abandonado hacía un mes. Siempre me daba la lata con aquel tema y yo estaba harto de él. Le dije que se largara… -y ya no le vi más.

— ¿Le dijo que se largara? -preguntó la doctora Calvin profundamente interesada-. ¿Con esas palabras? ¿Le dijo, «Lárguese»? Trate de recordar las palabras exactas. Aparentemente había una lucha interna, Black se cogió la frente con una mano por un momento, luego la apartó y dijo desafiante:

— Le dije: «Lárgate de una vez.» Bogert se echó a reír.

— Y así lo hizo, ¿eh? Pero Calvin no había terminado. Le habló afectuosamente:

— Ahora empezamos a llegar a alguna parte, señor Black. Pero los detalles exactos son importantes. Para comprender las acciones de un robot, un gesto, una palabra, con enfasis, pueden serlo todo. Por ejemplo, ¿pudo usted haber dicho algo más que esas cuatro palabras? Según su propia relación debía usted de estar muy nervioso. Quizá cargó usted un poco lo que le dijo. El joven enrojeció.

— Bueno…, a lo mejor le llamé…, cuatro cosas…

— Exactamente, ¿qué cosas?

— ¡Oh! Exactamente no recuerdo. Además, no podría repetírselas. Ya sabe cómo se pone uno cuando está fuera de sí -Su risita turbada resultaba tonta-. Casi siempre tengo tendencia a emplear palabrotas.

— No se preocupe -le tranquilizó la doctora con cierta severidad-, en este momento soy la psicóloga. Me gustaría que lo repitiera exactamente, o lo más parecido posible, según lo recuerde. Es más, y esto es muy importante para mí, con el mismo tono de voz que empleó. Black miró a su superior en busca de apoyo, pero no lo encontró. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y balbuceó:

— Es que no puedo.

— Debe hacerlo.

— Suponga -intervino Bogert con mal disimulada diversión- que me lo dice a mí. Puede que le resulte más fácil. El rostro enrojecido del joven se volvió hacia Bogert. Tragó saliva.

— Le dije… -Su voz se apagó, pero volvió a intentarlo-. Le dije… Respiró profundamente y soltó una retahíla de sílabas. Luego, en aquella atmósfera cargada, terminó casi llorando:

— Eso fue, más o menos. No me acuerdo del orden exacto de lo que le llamé, y a lo mejor se me ha olvidado algo o he añadido algo, pero fue más o menos así. Sólo un leve rubor indicaba los sentimientos de la psicóloga. Dijo:

— Sé el significado de la mayor parte de los términos empleados. En cuanto a los demás me figuro que serán realmente despectivos.

— Me temo que sí -asintió el atormentado Black.

— Y entretanto, le dijo que se largara y desapareciera.

— No lo dije en sentido literal.

— Lo comprendo. No nos proponemos ninguna acción disciplinaria. -Y ante su mirada, el general que cinco minutos antes parecía decidido, asintió rabioso.

— Puede retirarse, señor Black. Gracias por su cooperación. Susan Calvin necesitó cinco horas para entrevistar a los sesenta y tres robots. Fueron cinco horas de continuas repeticiones; de cambiar y cambiar el mismo robot; de preguntas A, B, C, D, de respuestas A, B, C, D; de expresarse cuidadosamente y con dulzura; de emplear un tono cuidadosamente neutro; de crear una atmósfera cuidadosamente amistosa; y de una grabadora oculta. Cuando terminó, la psicóloga se sintió agotada. Bogert la esperaba, y parecía esperanzado cuando ella dejó caer la cinta grabada con un clanc seco sobre la superficie de plástico del escritorio.

— Los sesenta y tres me parecieron iguales. -Sacudió la cabeza-. Y no sabría decir…

— No esperarías descubrirlo de oído, Susan. ¿Qué te parece si analizamos las grabaciones? Ordinariamente, la interpretación matemática de las reacciones verbales de los robots es una de las fases más complicadas del análisis robótico. Requiere un equipo de técnicos entrenados y la ayuda de complicadas máquinas de computación. Bogert lo sabía y así lo declaró en un alarde de disimulado fastidio después de haber escuchado cada muestra de respuestas, redactado una lista de desviaciones verbales y hecho los gráficos de los intervalos entre las respuestas.

— No hay anomalías presentes, Susan. Las variaciones en las palabras y en las reacciones de tiempo están dentro de los límites de los grupos de frecuencia ordinarios. Necesitamos métodos más precisos. Deben tener computadoras, aquí. No -frució el ceño y se mordió delicadamente una uña-, no podemos utilizar computadoras. Demasiado peligro de indiscreciones. O quizá, si nosotros… La doctora Calvin le detuvo con un gesto de impaciencia:

— Por favor, Peter. Éste no es uno de tus insignificantes problemas de laboratorio. Si no podemos descubrir al «Nestor» modificado advirtiendo a simple vista y sin que quepa la menor duda una burda diferencia, estamos perdidos. El riesgo de equivocarnos y dejar que se nos escape es demasiado grande. No basta con señalar una pequeña irregularidad en un gráfico. Te aseguro que si esto es todo cuanto tenemos para descubrirlo, los destruiría a todos para estar segura. ¿Has hablado con los otros «Nestors» modificados?

— Sí -contestó Bogert-, y no hay ningún fallo en ellos. En todo caso, están muy por encima de la cordialidad normal. Contestaron a mis preguntas, se mostraron orgullosos de sus conocimientos menos los dos nuevos que no han tenido aún tiempo de aprender su física etérica y se rieron cariñosamente de mi ignorancia sobre alguna de las especialidades de aquí. -Se encogió de hombros y prosiguió-: Supongo que esto forma parte del resentimiento que los técnicos sienten hacia ellos. Los robots están más que dispuestos a impresionarnos con sus mayores conocimientos.

— ¿Podrías intentar algunas reacciones Planar para detectar si ha habido algún cambio o deterioro en su organización mental desde que los fabricaron?

— No lo he hecho aún, pero lo haré. -Movió un dedo ante ella y añadió-: Estás desanimándote, Susan. No veo por qué estás dramatizando. Son esencialmente inofensivos.

— ¿Lo son? -se encrespó Calvin-. ¿Lo son? ¿Te das cuenta de que uno de ellos está mintiendo? Uno de los sesenta y tres robots que acabo de interrogar me ha mentido deliberadamente después de la orden estricta de decir la verdad. Esta anomalía está terrible y profundamente enraizada y me da un miedo horrible. Peter Bogert apretó fuertemente los dientes y objetó:

— ¡En absoluto! ¡Mira! A «Nestor 10» se le dio la orden de largarse. Esta orden se le expresó con máxima urgencia y por la persona más autorizada para mandarle. Una orden que no pudo contrarrestarse ni por urgencia ni por un derecho de mando superior. Naturalmente, el robot trata de defender el cumplimiento de esa orden. En realidad y mirándolo objetivamente, admiro su ingenio. ¿Dónde puede perderse mejor un robot que escondiéndose entre un grupo de robots similares?

— Claro, tenias que admirarle. Ya he notado que todo esto te divierte, Peter, pero es una diversión que supone una tremenda falta de comprensión. ¿Eres especialista en robots, Peter? Esos robots dan mucha importancia a lo que consideran superior. Tú mismo acabas de decirlo. En su subconsciente consideran inferiores a los humanos y la primera ley que nos protege de ellos es imperfecta. Son inestables. Aquí tenemos a un joven ordenando a un robot que se largue, que se pierda, con toda la carga de asco, desprecio y repulsión que encierran esas palabras. De acuerdo, el robot debe obedecer, pero en su subconsciente hay resentimiento y será más importante para él demostrar su superioridad sobre el humano, pese a los horribles nombres que le llamó. Puede volverse tan importante que lo que le queda de la primera ley no baste.

— ¿Cómo un robot en la Tierra o en cualquier otra parte del Sistema Solar, Susan, puede conocer el significado de aquel torrente de palabras malsonantes que se le dirigió? Las obscenidades no forman parte de las cosas que se imprimieron en su cerebro.

— La impresión original no lo es todo -le soltó Calvin, furiosa-. Los robots tienen capacidad para aprender, imbécil. -Bogert se dio cuenta de que estaba realmente enfurecida-. ¿ No se te ocurre -prosiguió- que supo deducir por el tono empleado, que las palabras no eran precisamente cumplidos? ¿No supones que pudo haberlas oído anteriormente y notado en qué ocasiones?

— Está bien -gritó Bogert-, ¿quieres tener la bondad de decirme de qué forma un robot modificado puede dañar a un ser humano, por ofendido que esté, por grande que sea su deseo de probar su superioridad?

— ¿Si te digo en qué forma, te quedarás tranquilo?

— Sí. Estaban sentados frente a frente, con los ojos clavados uno en los del otro, airados. La psicóloga explicó:

— Si un robot modificado dejara caer un gran peso sobre un ser humano, no quebrantaría la primera ley si lo hiciera conociendo que su fuerza y velocidad de reacción bastarían para desviar el peso antes de que golpeara al hombre. No obstante, una vez el peso abandonara sus dedos, ya dejaría él de ser el medio activo. Sólo lo sería la fuerza ciega de la gravedad. El robot podría entonces cambiar de idea y simplemente por su inacción permitir que el peso diera en el blanco. La primera ley modificada lo permite. Esto no es más que dejar volar la imaginación.

— Esto es lo que mi profesión requiere a veces. No peleemos, Peter. Trabajemos. Conoces la naturaleza exacta del estímulo que hizo perderse al robot. Tienes el registro de su primitivo montaje mental. Quiero que me digas hasta qué punto es posible para nuestro robot hacer algo parecido a lo que te he dicho. No el ejemplo específico, por supuesto, sino el tipo de reacción. Y quiero que lo hagas rápidamente.

— Y entretanto…

— Y entretanto, tendremos que intentar representaciones, como pruebas, directamente enfocadas a la reacción a la primera ley. Gerald Black, a petición propia, vigilaba la colocación de tabiques de madera que iban surgiendo en círculo en la tercera planta abovedada del Edificio de Radiación 2. Los obreros trabajaban, en general, en silencio, pero más de uno se mostraba abiertamente asombrado ante las sesenta y tres fotocélulas que requerían instalación. Uno de ellos se sentó cerca de Black, se quitó el sombrero y se secó pensativamente la frente con su brazo pecoso. Black le habló:

— ¿Cómo va eso, Walensky? Walensky se encogió de hombros y encendió un cigarro.

— Como una seda. Pero, bueno, ¿qué pasa, Doc? Primero estamos tres días sin trabajar y de pronto este jaleo endemoniado. Se echó hacia atrás apoyándose en los codos y echando humo. Black frunció las cejas.

— Un par de personas especialistas en robots han llegado de la Tierra. ¿Te acuerdas del problema que tuvimos con los robots que penetraban en los campos de rayos gamma, antes de que pudiéramos meterles en sus cabezotas que no debían hacerlo?

— Sí. Pero, ¿no nos mandaron robots nuevos?

— Bueno, conseguimos remplazar algunos, pero en general fue más bien un trabajo de instrucción. En todo caso, la gente que los fabrica quiere inventar robots que no sean tan sensibles a los rayos gamma.

— Así y todo, me extraña que se pare todo el trabajo del Mando por esto de los robots. Yo creía que nada debía entorpecer el trabajo del Mando.

— Bueno, los de arriba son los que mandan. Yo hago lo que me dicen. Probablemente no es más que un caso de recomendaciones.

— Sí. -El electricista esbozó una sonrisa y le guiñó el ojo-. Alguien será amigo de alguien de Washington. Pero mientras yo cobre lo mío el día establecido, no me preocupo. El Mando no es asunto mío. ¿Y qué van a hacer aquí?

— Y yo qué sé. Trajeron un rebaño de robots…, más de sesenta, y van a medir sus reacciones. Eso es todo lo que yo sé.

— ¿Y cuánto tiempo les llevará?

— Ojalá lo supiera.

— Bueno -dijo Walensky con sarcasmo-, mientras me suelten el dinero, por mi que jueguen a lo que quieran. Black se sintió tranquilo y satisfecho. Que corriera la historia. Era inocua y bastante parecida a la verdad para cerrar el pico a la curiosidad.

Había un hombre sentado en la silla, inmóvil, silencioso. Cayó un peso, se precipitó hacia abajo, y después se desvió, en el último momento, empujado por la fuerza sincronizada de un súbito rayo de energía. De las sesenta y tres celdas de madera, los robots NS-2 que observaban se precipitaron adelante antes de que el peso se desviara, y sesenta y tres fotocélulas, un metro y medio más adelante que su posición original, movieron el marcador e hicieron una pequeña señal en el papel. El peso se alzó y cayó, se alzó y cayó, se alzó… ¡Diez veces! Y por diez veces los robots saltaron hacia delante y se detuvieron, al ver al hombre que seguía sentado y sin sufrir daño.

El general Kallner no había lucido el uniforme completo desde la primera cena con los representantes de «Robots U.S.». Ahora no llevaba nada sobre su camisa gris azulada, llevaba el cuello desabrochado y la corbata aflojada. Miró esperanzado a Bogert, que seguía con su aspecto ordenado y cuya tensión interna se percibía solamente por un leve sudor en las sienes. El general preguntó:

— ¿Cómo va eso? ¿Qué es lo que trata de descubrir?

— Una diferencia que puede resultar demasiado sutil para lo que nos proponemos. No estoy seguro. Para sesenta y dos de estos robots, la necesidad de saltar hacia delante en dirección al humano aparentemente amenazado, sería lo que en robótica llamamos una reacción forzada. Verá, aunque los robots supieran que al humano en cuestión no puede sucederle nada, y después de la tercera o cuarta vez deben haberlo comprendido, no podrían evitar reaccionar como han hecho. La primera ley lo requiere.

— ¿Y bien?

— Pero el robot sesenta y tres, el «Nestor» modificado, no estaba obligado a ello. Podía actuar libremente. Si hubiera querido habría podido permanecer en su sitio. Desgraciadamente -y en su voz se notaba cierta decepción-, no ha querido.

— ¿Se figura usted la razón? Bogert se encogió de hombros.

— Confío en que nos lo diga la doctora Calvin cuando venga. Probablemente nos lo dirá con una interpretación horriblemente pesimista. A veces es un poco cargante.

— Pero está cualificada, ¿verdad? -preguntó el general con cierto mohín de inquietud.

— Oh, si. -Bogert parecía divertido-. Ya lo creo que está cualificada. Comprende a los robots como una hermana. Supongo que será por lo mucho que odia a los hombres. Ocurre que, psicóloga o no, es una neurótica. Tiene tendencias paranoicas. No se la tome demasiado en serio. Y empezó a extender ante él una hilera de gráficos con líneas quebradas.

— Vea usted, general, en el caso de cada robot el intervalo de tiempo transcurrido desde el momento de la caída del peso hasta la terminación del avance de metro y medio, tiende a disminuir a medida que se repiten las pruebas. Hay una clara relación matemática que gobierna tales actos y el fallo en moverse indicaría una marcada anormalidad en su cerebro positrónico. Desgraciadamente, todos aquí parecen normales.

— Pero si nuestro «Nestor 10» no respondía con una acción forzada, ¿por qué su gráfico no es diferente? No lo comprendo.

— Es muy simple. Las reacciones robóticas no son perfectamente análogas a las reacciones humanas, y es una lástima. En los seres humanos, la acción voluntaria es mucho más lenta que la acción refleja. Pero no ocurre así con los robots; con ellos es una simple cuestión de libertad de elección, en ellos la rapidez de acción libre o forzada es casi la misma. Lo que yo había estado esperando era pillar a «Nestor 10» desprevenido la primera vez y que apareciera un intervalo excesivo antes de que reaccionara.

— ¿Y no fue así?

— Me temo que no.

— Entonces no hemos llegado a ninguna parte. -El general se echó hacia atrás con expresión dolorida-. Hace cinco días que han llegado ustedes. Fue en aquel momento cuando Susan Calvin apareció, cerrando la puerta de golpe.

— Guarda los gráficos, Peter -exclamó-. Ya sabes que no significan ni demuestran nada. -Masculló algo, impaciente, al ver que Kallner se incorporaba para saludarla, y prosiguió-: Tendremos que probar otra cosa rápidamente. No me gusta lo que está ocurriendo. Bogert cruzó una mirada resignada con el general, y preguntó:

— ¿Ha ocurrido algo malo?

— Si quieres decir específicamente, no. Pero no me gusta que «Nestor 10», siga escabulléndose. No es bueno. Debe ser satisfactorio para su enorme sentido de superioridad. Me temo que sus motivaciones ya no sean, simplemente cumplir órdenes. Creo que esto se ha transformado en un caso de pura necesidad neurótica por superar a los humanos. Es una situación peligrosamente insana. Peter, ¿has hecho lo que te he pedido? ¿Has aclarado los factores de inestabilidad del NS2 modificado, de acuerdo con lo que necesito?

— Se está haciendo -respondió el matemático, indiferente. Susan se le quedó mirando, indignada, y luego se volvió a Kallner.

— Es indudable que «Nestor 10» se da perfecta cuenta de lo que estamos haciendo, general. No tenía motivos para saltar y caer en la trampa en este experimento, especialmente después de la primera vez, cuando debió darse cuenta de que nuestro hombre no corría peligro. Los otros no podieron evitarlo, pero él falsificó deliberadamente una reacción.

— ¿Qué piensa, pues, que debemos hacer ahora, doctora Calvin?

— Imposibilitar que la próxima vez pueda falsificar una acción. Repetiremos el experimento, pero añadiéndole algo: unos cables de alta tensión, capaces de electrocutar los modelos «Nestor», se colocarán entre el sujeto y el robot, los suficientes para evitar la posibilidad de saltar por encima, y el robot estará enterado de antemano de que tocar los cables significaría morir.

— Espere -saltó Bogert súbitamente, enfurecido-. Lo prohíbo. No vamos a electrocutar a unos robots que valen dos millones de dólares sólo para localizar a «Nestor 10». Hay otros modos.

— ¿Estás seguro? No hemos encontrado ninguno. En cualquier caso no se trata de electrocuciones. Podemos preparar un relé que detenga la corriente en el momento en que se aplique un peso. Si el robot colocara su peso en los cables, no morirá. Pero él no lo sabrá, ¿comprendes? Los ojos del general brillaron esperanzados. Preguntó:

— ¿Funcionará?

— Debería funcionar en estas condiciones. «Nestor 10» tendría que permanecer en su sitio. Podría ordenársele que tocara los cables y muriera, porque la segunda ley es superior a la tercera ley de autoconservación. Pero no se le ordenará, se le dejará a su libre albedrío, como los demás robots. En el caso de los robots normales, la primera ley, la de la seguridad humana, les llevará a la muerte aun sin órdenes. Pero no así nuestro «Nestor 10». Sin una primera ley completa y sin haber recibido órdenes en contra, la tercera ley, la de autosalvaguarda, será la dominante y no tendrá más remedio que quedarse sentado. Sería una acción forzada.

— ¿Lo harán esta noche, entonces?

— Esta noche -afirmó la psicóloga-, si pueden tender los cables a tiempo. Voy a decir a los robots ahora con qué se enfrentarán.

Había un hombre sentado en la silla, inmóvil, silencioso. Un peso cayó, se precipitó hacia abajo y en el último momento se desvió empujado por la fuerza sincronizada de un súbito rayo de energía. Una sola vez… Y desde su silla de campaña en la cabina de observación en el balcón, la doctora Susan Calvin se levantó con un sofocado grito de horror. Sesenta y tres robots permanecieron tranquilamente en sus asientos, contemplando fijamente al hombre que peligraba ante ellos. Ni uno solo se movió. La doctora Calvin estaba furiosa sin poder controlarse. Más furiosa aún por no atreverse a demostrarlo ante los robots que, uno a uno, iban desfilando por la habitación. Comprobó la lista. Ahora le tocaba al número veintiocho…, ante ella quedaban aún treinta y cinco. El número veintiocho entró, avergonzado. Susan se esforzó por dominarse:

— ¿Quién eres? El robot contestó en voz baja e insegura:

— Todavía no he recibido mi número de serie, señora. Soy un robot NS-2, y era el número veintiocho en la fila de fuera. Tengo un papel que debo entregarle.

— ¿Has entrado aquí antes?

— No, señora.

— Siéntate. Aquí. Quiero hacerte unas preguntas, Número Veintiocho. ¿Estabas en la sala de radiación del Edificio Dos, hace unas cuatro horas? Al robot le costaba trabajo contestar. Por fin con voz ronca, como de maquinaria que necesita aceite, dijo:

— Sí, señora.

— Allí había un hombre que casi sufrió daños, ¿verdad?

— Sí, señora.

— Y no hiciste nada, ¿verdad?

— No, señora.

— Este hombre pudo sufrir daños por tu inacción. ¿Te das cuenta?

— Sí, señora, pero no pude evitarlo, señora. Resulta difícil imaginar un enorme rostro metálico angustiado, pero así fue.

— Quiero que me expliques exactamente por qué no hiciste nada para salvarlo.

— Yo quiero explicárselo, señora. La verdad es que no quiero que usted…, que nadie…, piense que yo podría hacer algo que causara daño a un amo. Oh, no, esto seria una horrible… una inconcebible…

— Por favor, no te excites, muchacho. No te acuso de nada, sólo quiero saber lo que estabas pensando en aquel momento.

— Señora, antes de que ocurriera, usted nos advirtió que uno de los amos estaría en peligro por el peso que se desprende y que si intentábamos salvarlo tendríamos que pasar por encima de cables eléctricos. Bien, señora, esto no iba a detenerme. ¿Qué es mi destrucción comparada a la seguridad de un amo? Pero…, pero se me ocurrió que si yo moría en mi camino hacia él, tampoco podría salvarle. El peso le aplastaría y yo habría tenido una muerte sin sentido y quizás algún día otro amo moriría o sufriría daños por faltar yo, por no haber sabido permanecer vivo. ¿Me comprende, señora?

— Quieres decir que fue simplemente la elección entre que el hombre muriera o que muriérais los dos, ¿no es así?

— Sí, señora. Era imposible salvar al amo. Podía considerársele muerto. En este caso, era inconcebible que yo me destruyera por nada…, sin que se me ordenara. La psicóloga jugó con el lápiz. Había oído la misma historia con insignificantes variaciones verbales, veintisiete veces. Ésta ahora iba a ser la pregunta crucial.

— Muchacho -le dijo-, lo que pensaste tiene su mérito, pero no es el tipo de pensamiento que yo creía propio de ti. ¿Se te ocurrió a ti? El robot titubeó:

— No.

— ¿A quién se le ocurrió, pues?

— Anoche estuvimos hablando y uno de nosotros tuvo la idea y nos pareció razonable.

— ¿Cuál de vosotros? El robot se puso a pensar.

— No lo sé. Uno de nosotros.

— Puedes retirarte -suspiró Susan. El siguiente era el número veintinueve. Después de él, otros treinta y cuatro. El general Kallner también estaba furioso. Por una semana toda la base Hiper había parado, exceptuando el escaso papeleo relacionado con los asteroides subsidiarios del grupo. Durante casi una semana, dos importantes expertos habían agravado la situación con pruebas inútiles. Y ahora ambos, o por lo menos la mujer…, planteaban proposiciones imposibles. Afortunadamente, dada la situación general, Kallner no consideraba político dar abiertamente rienda suelta a su enojo. Susan Calvin insistía:

— ¿Por qué no, señor? Es obvio que la situación actual es una desgracia. La única forma de obtener resultados en un futuro, o en el futuro que nos queda en este asunto, es separar a los robots. Ya no podemos mantenerlos juntos por más tiempo.

— Mi querida doctora Calvin -barbotó el general, con el tono de voz más bajo que encontró-, no veo cómo puedo instalar sesenta y tres robots por toda la base… La doctora alzó los brazos, impotente:

— En este caso no puedo hacer nada. «Nestor 10» imitará lo que hacen los otros, o les convencerá con razones para que no hagan lo que él no puede hacer. En todo caso, es un mal asunto. Estamos en guerra con ese pequeño robot y él está ganando. Cada victoria suya agrava su anormalidad. -Se puso en pie, decidida, y declaró-: General Kallner, si no puede usted separar los robots como le pido, entonces sólo me queda exigir que se destruya inmediatamente a los sesenta y tres.

— Lo exige, ¿eh? -espetó Bogert, levantando de pronto la cabeza, realmente enfurecido­. ¿Con qué derecho exige semejante cosa? Estos robots se quedarán tal como están. Yo soy el responsable ante la compañía, no usted.

— Y yo -añadió el general Kallner- soy responsable ante el Coordinador Mundial…, y debo terminar este asunto.

— En este caso -respondió Calvin- no me queda sino presentar mi dimisión. Si es necesario para obligarle a la necesaria destrucción, presentaré el caso públicamente. No fui yo la que aprobó la fabricación de robots modificados.

— Doctora Calvin, una sola palabra suya -expuso el general deliberadamente- violando las medidas de seguridad, y será inmediatamente encarcelada. Bogert se dio cuenta de que la situación estaba al rojo vivo. Con un tono de voz almibarado, intervino:

— Bueno, bueno, estamos empezando a portarnos como niños. Necesitamos algo más de tiempo. Seguro que sin dimitir, sin encarcelar gente y sin destruir dos millones de dólares, podemos ser más listos que un robot. La psicóloga se volvió a él, airada:

— No quiero robots desequilibrados. Tenemos un «Nestor» decididamente desequilibrado, once más que lo están en potencia y sesenta y dos robots normales que se ven sometidos a un entorno desequilibrado. El único método absolutamente seguro es la destrucción total. La llamada del zumbador les detuvo a los tres y el airado tumulto de la emoción creciente y desenfrenada, se heló.

— Pase -gruñó Kallner. Era Gerald Black, con aspecto agitado. Había oído voces airadas. Dijo:

— Pensé que era mejor que viniera yo. No me gusta pedírselo a nadie más…

— ¿De qué se trata? No se ande con rodeos…

— Las cerraduras del compartimiento C de la nave comercial han sido manipuladas. Hay marcas frescas en ellas.

— ¿El compartimiento C? -preguntó Calvin vivamente-. Éste es el que encierra a los robots, ¿verdad? ¿Quién lo ha hecho?

— Lo han hecho desde dentro -respondió Black lacónico.

— Pero la cerradura no está estropeada, ¿o sí?

— No. Está perfectamente. Llevo cuatro días viviendo en la nave y ninguno de ellos ha tratado de salir. Pero pensé que deberían saberlo, y no me gustaba que se propagara la noticia. Yo mismo lo descubrí.

— ¿Hay alguien allí, ahora? -preguntó el general.

— He dejado a Robbins y a McAdams. Siguió un silencio cargado de incógnitas y Calvin preguntó, irónica:

— ¿Qué les parece? Kallner se frotó la nariz.

— ¿De qué se trata?

— ¿No le parece obvio? «Nestor 10» está preparándose para huir. Esa orden de largarse y perderse domina su anormalidad más allá de cuanto podamos hacer. No me sorprendería que lo que le resta de su primera ley tenga fuerza suficiente para frenarle. Es perfectamente capaz de apoderarse de la nave y marcharse en ella. Entonces tendremos a un robot loco en una nave espacial. ¿Qué hará después? ¿Se les ocurre alguna idea? ¿Aún quiere dejarles a todos juntos, general?

— Tonterías -interrumpió Bogert. Había recobrado su serenidad-. Tanta cosa por unos simples arañazos en una cerradura.

— ¿Has terminado, doctor Bogert, los análisis que te pedí, puesto que adelantas opiniones?

— Sí.

— ¿Puedo verlos?

— No.

— ¿Por qué no? ¿O tampoco puedo preguntarte eso?

— Porque es inútil, Susan. Te adelanté que esos robots modificados son menos estables que la variedad normal, y mi análisis lo demuestra. Hay una muy pequeña oportunidad de un colapso en circunstancias extremas que no es fácil que ocurran. Dejémoslo así. No pienso adelantarte datos para reforzar tu absurda petición de que se destruyan sesenta y dos robots perfectamente buenos sólo porque te ha fallado hasta ahora la capacidad para detectar a «Nestor 10» entre ellos. Susan Calvin le miró fijamente y dejó asomar la repugnancia que le producía.

— No vas a dejar que nada se interponga en tu camino ante tu nombramiento como director permanente, ¿verdad?

— Por favor -rogó Kallner algo irritado-, doctora Calvin, ¿insiste en que no podemos hacer nada más?

— No se me ocurre nada más, señor -respondió abrumada-. Si hubiera solamente otras diferencias entre «Nestor 10» y los robots normales, me refiero a diferencias que no estuvieran relacionadas con la primera ley. Incluso una diferencia más. Algo en la impresora, en el entorno, en la especificación… -se calló de pronto.

— ¿Qué hay?

— Se me ha ocurrido algo…, pienso que… -La mirada se le hizo distante y dura-. Los «Nestors» modificados, Peter, reciben la misma impresión que los robots normales, ¿verdad?

— Sí, exactamente la misma.

— ¿Y qué me estaba usted diciendo, Black? -Se volvió al joven que, a través de la tormenta que provocó su noticia, había guardado un silencio discreto-. Una vez, cuando se me quejaba del aire de superioridad de los «Nestors», me dijo que los técnicos les habían enseñado cuanto sabían.

— Sí, en física del éter no saben nada cuando llegan.

— En efecto -exclamó Bogert, sorprendido-. Te dije, Susan, cuando hablé con los otros «Nestors» de aquí que los dos recién llegados todavía no habían aprendido nada de física del éter.

— ¿Y eso por qué? -preguntó la doctora Calvin cada vez más excitada-. ¿Por qué a los modelos NS-2 no se les impresiona física etérica desde el principio?

— Puedo explicárselo yo -intervino el general-. Todo es parte del secreto. Pensamos que si hacíamos un modelo especial con conocimientos de física del éter, utilizar sólo dos de ellos y destinar a los demás a un trabajo de una especialidad diferente, podría generar sospechas. Los hombres trabajando con «Nestors» normales podrían preguntarse por qué tenían conocimientos de física etérica. Así que se les impresionó solamente la capacidad de ser entrenados para el campo preciso. Naturalmente, el entrenamiento lo reciben sólo los que vienen destinados aquí. Así de sencillo.

— Comprendo. Por favor, salgan de aquí todos ustedes. Necesito una hora poco más o menos. Calvin sintió que no podía enfrentarse a la prueba por tercera vez. Esta idea la rechazó de plano porque sólo el pensarlo le produjo náuseas. Ya no podía hacer frente a la interminable hilera de robots repetidos. Así que era Bogert el que ahora interrogaba mientras ella, sentada a un lado, mantenía los ojos cerrados y la mente concentrada. Entró el número catorce…, faltaban aún cuarenta y nueve. Bogert levantó los ojos de la lista y dijo:

— ¿Cuál es su número en la fila?

— Catorce, señor. – Y el robot le tendió su ticket numerado.

— Siéntate, muchacho. ¿No has entrado aquí hoy?

— No, señor.

— Bien, muchacho, vamos a tener otro hombre en peligro, poco después de que terminemos con esto. La verdad es que en cuanto abandones esta habitación serás acompañado a un compartimiento donde esperarás tranquilo hasta que se te necesite. ¿Comprendes?

— Sí, señor.

— Ahora bien, está claro que si el hombre corre peligro de ser dañado, tú intentarás salvarle.

— Naturalmente, señor.

— Desgraciadamente, entre tu y el hombre habrá un campo de rayos gamma. Silencio.

— ¿Sabes qué son los rayos gamma? -preguntó Bogert vivamente.

— Radiación energética, señor. La siguiente pregunta fue formulada de modo amistoso, indiferente.

— ¿Has trabajado alguna vez con rayos gamma?

— No, señor. -La respuesta fue categórica.

— Vaya. Bien, muchacho, los rayos gamma te matarán instantáneamente. Destruirán tu cerebro. Es un dato que debes conocer y recordar. Naturalmente, no querrás destruirte.

— Naturalmente. -El robot pareció nuevamente sorprendido. Lentamente, razonó-: Pero, señor, si los rayos gamma están entre yo y el amo que pueda sufrir daños, ¿cómo puedo salvarle? Me destruiría para nada.

— Sí, claro, en efecto. -Bogert parecía preocupado por el asunto-. Lo único que puedo aconsejarte, muchacho, es que si detectas la radiación gamma entre tú y el hombre, mejor que te quedes donde estás. El robot se mostró abiertamente tranquilizado.

— Muchas gracias, señor. Sería un riesgo inútil, ¿verdad?

— Claro. Pero si no hubiera radiación peligrosa, sería distinto, ¿no es eso?

— Naturalmente, señor. Ni que decir tiene.

— Bien, puedes retirarte ahora. El hombre que está del otro lado de la puerta te acompañará a tu compartimiento. Por favor, espera allí. Cuando el robot hubo salido, se volvió a Susan Calvin.

— ¿Qué tal ha ido, Susan?

— Muy bien -contestó en tono apagado.

— ¿Crees que podríamos detectar a «Nestor 10» mediante un rápido interrogatorio sobre física del éter?

— Quizá, pero no estoy muy segura. -Sus manos descansaban inertes sobre el regazo-. Recuerda, lucha contra nosotros. Está en guardia. Del único modo que podemos atraparlo es siendo más listos que él… Y, pese a sus limitaciones, puede pensar más rápidamente que un ser humano.

— Bueno, sólo en broma…, supónte que en adelante pregunte a los robots algo sobre rayos gamma. Longitudes de onda, por ejemplo.

— ¡No! -exclamó la doctora Calvin con ojos centelleantes, llenos de vida-. Sería muy fácil para él negar cualquier conocimiento, pero quedaría advertido de la prueba que se va a hacer, que es nuestra única oportunidad. Por favor, sigue con las preguntas que te he indicado, Peter, y no improvises. Lo más cercano al riesgo es preguntarles si han trabajado alguna vez con rayos gamma. Y trata de parecer aún menos interesado cuando preguntes. Bogert se encogió de hombros y apretó el botón que permitiría la entrada del Número Quince. La enorme sala de radiación estaba dispuesta una vez más. Los robots esperaban pacientemente en sus celdas de madera, todas ellas abiertas frente al centro, pero separadas una de otra. El general Kallner se secó la frente calmosamente con un gran pañuelo, mientras la doctora Calvin comprobaba los últimos detalles con Black.

— ¿Está seguro -le preguntó- de que ninguno de los robots ha tenido oportunidad de hablarse con los demás después de salir de la sala de orientación?

— Absolutamente seguro -contestó Black-. No han cruzado ni una sola palabra.

— ¿Y los robots están colocados en sus celdas correspondientes?

— He aquí el plano. La psicóloga lo miró, pensativa.

— Hmmm… El general miró por encima del hombro. Preguntó:

— ¿Y por qué esta disposición, doctora Calvin?

— He solicitado que aquellos robots que parecieron ligeramente dudosos en las pruebas anteriores fueran concentrados en una parte del círculo. Esta vez voy a ser yo la que esté sentada en el centro, y me interesa vigilar precisamente a éstos.

— ¿Que usted va a estar sentada ahí? -exclamó Bogert.

— ¿Por qué no? -preguntó friamente-. Lo que espero ver, puede ser algo fugaz. No puedo arriesgarme a tener a nadie máz; como observador. Peter, tú estarás en la cabina de observación y quiero que tengas los ojos puestos en el otro lado del círculo. General Kallner, he organizado que se filme a cada robot, por si acaso a simple vista no bastara. Si es preciso, los robots deberán permanecer exactamente donde están hasta que las películas estén reveladas y examinadas. Ninguno debe salir, ninguno debe cambiar de sitio. ¿Está claro?

— Perfectamente.

— Entonces, vamos a intentarlo por última vez.

Susan Calvin estaba sentada en su silla, silenciosa, con los ojos inquietos, alerta. Cayó un peso, se precipitó hacia abajo y después se desvió, en el último momento, empujado por la fuerza sincronizada de un súbito rayo de energía. Y un solo robot se levantó de un salto y dio dos pasos. Y se detuvo. Pero la doctora Calvin ya estaba en pie y su dedo le señalaba.

— «Nestor 10», ven aquí -gritó-, ven aquí. ¡VEN AQUI! Despacio, a regañadientes, el robot dio otro paso adelante. La psicóloga gritó con todas sus fuerzas, sin apartar los ojos del robot:

— Algunos de ustedes saquen a los demás robots de este lugar. Llévenselos rápidamente, y manténganlos fuera. Por alguna parte, lo oía perfectamente, hubo ruido, y el golpear de pasos fuertes sobre el suelo. No apartó la mirada. «Nestor 10», si se trataba de «Nestor 10», avanzó otro paso y de pronto, impulsado por el gesto imperioso de la doctora, dio otros dos. Le tenía sólo a unos tres metros de distancia cuando empezó a hablar roncamente:

— Se me dijo que me largara y me perdiera… Otro paso. No debo desobedecer. Hasta ahora no me han encontrado. Debió pensar que era un fracasado. Me dijo…, pero no es verdad… Yo soy fuerte e inteligente… Las palabras salían a borbotones. Otro paso. Yo sé muchas cosas…, debió pensar…, quiero decir que se me ha encontrado desastroso…, yo no…, yo soy inteligente…, y solamente por un amo que…, que es débil…, lento… Otro paso…, y un brazo metálico cayó súbitamente sobre su hombro, y Susan sintió que aquel peso la vencía. Se le contrajo la garganta y sintió que se le escapaba un grito. Vagamente, oyó las siguientes palabras de «Nestor 10». Nadie debe encontrarme… Ningún amo… Y sentía contra ella el frío metal, que la hizo doblegarse bajo su peso. Y entonces, oyó un curioso ruido metálico y se encontró en el suelo sin haberse dado cuenta del golpe ni del brazo brillante que pesaba sobre su cuerpo. No se movía. Ni tampoco se movía «Nestor 10», caído a su lado. Y ahora unos rostros se inclinaban sobre ella. Gerald Black jadeaba.

— ¿Está herida, doctora Calvin? Sacudió débilmente la cabeza. La quitaron el brazo de encima y la pusieron cuidadosamente en pie.

— ¿Qué ha ocurrido? -preguntó. Black explicó:

— Inundé el área de rayos gamma por espacio de cinco segundos. No sabíamos lo que estaba ocurriendo. Sólo en el último segundo nos dimos cuenta de que la estaba atacando, y entonces no quedaba tiempo más que para un campo gamma. Cayó al instante. Pero no fue lo bastante como para perjudicarle a usted. Puede estar tranquila.

— Estoy tranquila… -Cerró los ojos y por un instante se apoyó en el hombro de Black-. No creo que me atacara exactamente. «Nestor 10» trataba solamente de hacerlo. Lo que quedaba en él de la primera ley le retenía. Susan Calvin y Peter Bogert, dos semanas después de su primera entrevista con el general Kallner, celebraron la última. En la base Hiper se había reanudado el trabajo. La nave comercial con sus sesenta y dos NS-2 normales marchaba hacia dondequiera que estuviera destinada, con una historia oficialmente impuesta para justificar sus dos semanas de retraso. El crucero gubernamental se estaba preparando para llevar a Tierra a los dos robotistas. Kallner resplandecía de nuevo con su uniforme de gala. Al estrecharles las manos, sus guantes blancos deslumbraban. Calvin advirtió:

— Por supuesto, los demás «Nestor 10» deben ser destruidos.

— Lo serán. Nos arreglaremos con robots normales o, si fuera necesario, sin ninguno.

— Bien.

— Pero, dígame…, no me ha explicado…, cómo lo hizo. La doctora sonrió secretamente.

— Oh, eso. Si hubiera estado más segura de que funcionaría se lo hubiera explicado antes. Verá, «Nestor 10» tenía un complejo de superioridad que le estaba volviendo más radical por momentos. Le gustaba creer que él y los otros robots sabían de todo más que los seres humanos. Y para él se estaba volviendo importantísimo creerlo así. Lo sabíamos. Así que advertimos a cada robot, anticipadamente, que los rayos gamma les matarían, y así era, y también les advertimos de que el campo de rayos gamma estaría situado entre ellos y yo. Así que, naturalmente, ninguno de ellos se movió. Según la lógica de «Nestor 10» en las pruebas anteriores, habían decidido que no había por qué tratar de salvar a un ser humano si estaban seguros de morir antes de llegar a él.

— Bien, doctora Calvin, lo comprendo, pero entonces, ¿por qué «Nestor 10» abandonó su asiento?

— ¡Ah! Eso fue un pequeño arreglo entre el joven Black y yo. Verá, lo que inundó el área no fueron rayos gamma sino rayos infrarrojos. Sólo ordinarios rayos de calor, absolutamente inocuos. «Nestor 10» sabía que eran infrarrojos e inocuos y se lanzó como creía que harían los demás, obligados por la primera ley. Pero una fracción de segundo demasiado tarde recordó que los NS2 podían detectar radiaciones pero sin identificar el tipo. Que solamente él podría identificar las distintas longitudes de onda por el entrenamiento recibido de simples seres humanos en la base Hiper. Fue un momento demasiado humillante de recordar. Para los robots normales el área resultaba fatal porque se lo habíamos advertido, y sólo «Nestor 10» sabía que mentíamos. Y por un momento olvidó, o no quiso recordar, que otros robots podían ser más ignorantes que los seres humanos. Cayó en la trampa de su propia superioridad. Adiós, general.

Isaac Asimov: El hombre bicentenario. Cuento.

Isaac AsimovLas Tres Leyes de la robótica:

1.— Un robot no debe causar daño a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra ningún daño.

2.— Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley.

3.— Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la Primera ni con la Segunda Ley.

* * * * *

—Gracias —dijo Andrew Martin, aceptando el asiento que le ofrecían. Su semblante no delataba a una persona acorralada, pero eso era.

En realidad su semblante no delataba nada, pues no dejaba ver otra expresión que la tristeza de los ojos. Tenía el cabello lacio, castaño claro y fino, y no había vello en su rostro. Parecía recién afeitado. Vestía anticuadas, pero pulcras ropas de color rojo aterciopelado.

Al otro lado del escritorio estaba el cirujano, y la placa del escrito incluía una serie indentificatoria de letras y números, pero Andrew no se molestó en leerla. Bastaría con llamarle “doctor”.

—¿Cuándo se puede realizar la operación doctor? —preguntó.

El cirujano murmuró, con esa inalienable nota de respeto que un robot siempre usaba ante un ser humano:

—No estoy seguro de entender cómo o en quién debe realizarse esa operación, señor.

El rostro del cirujano habría revelado cierta respetuosa intransigencia si tal expresión —o cualquier otra— hubiera sido posible en el acero inoxidable con un ligero tono de bronce.

Andrew Martin estudió la mano derecha del robot, la mano quirúrgica, que descansaba en el escritorio. Los largos dedos estaban artísticamente modelados en curvas metálicas tan gráciles y apropiadas que era fácil imaginarlas empuñando un escalpelo que momentáneamente se transformaría en parte de los propios dedos.

En su trabajo no habría vacilaciones, tropiezos, temblores ni errores. Eso iba unido a la especialización tan deseada por la humanidad que pocos robots poseían ya un cerebro independiente. Claro que un cirujano necesita cerebro, pero éste estaba tan limitado en su capacidad que no reconocía a Andrew. Tal vez nunca le hubiera oído nombrar.

—¿Alguna vez ha pensado que le gustaría ser un hombre? —le preguntó Andrew.

El cirujano dudó un momento, como si la pregunta no encajara en sus sendas positrónicas.

—Pero yo soy un robot, señor.

—¿No sería preferible ser un hombre?

—Sería preferible ser mejor cirujano. No podría serlo si fuera hombre, sólo si fuese un robot más avanzado. Me gustaría ser un robot más avanzado.

—¿No le ofende que yo pueda darle órdenes, que yo pueda hacerle poner de pie, sentarse, moverse a derecha e izquierda, con sólo decirlo?

—Es mi placer agradarle. Si sus órdenes interfiriesen en mi funcionamiento respecto de usted o de cualquier otro ser humano, no le obedecería. La primera Ley, concerniente a mi deber para con la seguridad humana, tendría prioridad sobre la Segunda Ley, la referente a la obediencia. De no ser así, la obediencia es un placer para mí… Pero ¿a quién debo operar?

—A mí.

—Imposible. Es una operación evidentemente dañina.

—Eso no importa —dijo Andrew con calma.

—No debo infligir daño —objetó el cirujano.

—A un ser humano no, pero yo también soy un robot.

2

Andrew tenía mucha más experiencia de robot cuando acabaron de manufacturarlo. Era como cualquier otro robot, con diseño elegante y funcional.

Le fue bien en el hogar adonde lo llevaron, en aquellos días en que los robots eran una rareza en las casas y en el planeta.

Había cuatro personas en la casa: el “señor”, la “señora”, la “señorita” y la “niña”. Conocía los nombres, pero nunca los usaba. El Señor se llamaba Gerald Martin.

Su número de serie era NDR… No se acordaba de las cifras. Había pasado mucho tiempo, pero si hubiera querido recordarlas habría podido hacerlo. Sólo que no quería.

La Niña fue la primera en llamarlo Andrew, porque no era capaz de pronunciar las letras, y todos hicieron lo mismo que ella.

La Niña… Llegó a vivir noventa años y había fallecido tiempo atrás. En cierta ocasión, él quiso llamarla Señora, pero ella no se lo permitió. Fue Niña hasta el día de su muerte.

Andrew estaba destinado a realizar tareas de ayuda de cámara, de mayordomo y de criado. Eran días experimentales para él y para todos los robots en todas partes, excepto en las factorías y las estaciones industriales y exploratorias que se hallaban fuera de la Tierra.

Los Martin le tenían afecto y muchas veces le impedían realizar su trabajo porque la Señorita y la Niña preferían jugar con él.

Fue la Señorita la primera en darse cuenta de cómo se podía solucionar aquello.

—Te ordenamos a que juegues con nosotras y debes obedecer las órdenes —le dijo.

—Lo lamento, Señorita —contestó Andrew—, pero una orden previa del Señor sin duda tiene prioridad.

—Papá sólo dijo que esperaba que tú te encargaras de la limpieza —replicó ella—. Eso no es una orden. Yo sí te lo ordeno.

Al Señor no le importaba. El Señor sentía un gran cariño por la Señorita y por la Niña, incluso más que la Señora, y Andrew también les tenía cariño. Al menos, el efecto que ellas ejercían sobre sus actos eran aquellos que en un ser humano se hubieran considerado los efectos del cariño. Andrew lo consideraba cariño, pues no conocía otra palabra designarlo.

Talló para la Niña un pendiente de madera. Ella se lo había ordenado. Al parecer, a la Señorita le habían regalado por su cumpleaños un pendiente de marfilina con volutas, y la Niña sentía celos. Sólo tenía un trozo de madera y se lo dio a Andrew con un cuchillo de cocina.

Andrew lo talló rápidamente.

—Qué bonito, Andrew —dijo la niña—. Se lo enseñaré a papá.

El Señor no podía creerlo.

—¿Dónde conseguiste esto Mandy? —Así llamaba el Señor a la Niña. Cuando la Niña le aseguró que decía la verdad, el Señor se volvió hacia Andrew—. ¿Lo has hecho tú, Andrew?

—Sí Señor.

—¿De dónde copiaste el diseño?

—Es una representación geométrica, Señor, que armoniza con la fibra de la madera.

Al día siguiente, el Señor le llevó otro trozo de una madera y un vibrocuchillo eléctrico.

—Talla algo con esto, Andrew. Lo que quieras.

Andrew obedeció y el Señor le observó; luego, examinó el producto durante un largo rato. Después de eso, Andrew dejó de servir la mesa. Le ordenaron que leyera libros sobre diseño de muebles, y aprendió a fabricar gabinetes y escritorios.

El Señor le dijo:

—Son productos asombrosos, Andrew.

—Me complace hacerlos, Señor.

—¿Cómo que te complace?

—Los circuitos de mi cerebro funcionan con mayor fluidez. He oído usar el término “complacer” y el modo en que usted lo usa concuerda con mi modo de sentir. Me complace hacerlos, Señor.

3

Gerald Martin llevó a Andrew a la oficina regional de Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos. Como miembro de la Legislatura Regional, no tuvo problemas para conseguir una entrevista con el jefe de robopsicología. Más aún, sólo estaba calificado para poseer un robot por ser miembro de la Legislatura. Los robots no eran algo habitual en aquellos días.

Andrew no comprendió nada al principio, pero en años posteriores, ya con mayores conocimientos, evocaría esa escena y lo comprendería.

El robopsicólogo, Merton Mansky, escuchó con el ceño cada vez más fruncido y realizó un esfuerzo para no tamborilear en la mesa con los dedos. Tenía tensos los rasgos y la frente arrugada y daba la impresión de ser más joven de lo que aparentaba.

—La robótica no es un arte exacto, señor Martin —dijo—. No puedo explicárselo detalladamente, pero la matemática que rige la configuración de las sendas positrónicas es tan compleja que sólo permite soluciones aproximadas. Naturalmente, como construimos todo en torno de las Tres Leyes, éstas son incontrovertibles. Desde luego, reemplazaremos ese robot…

—En absoluto —protestó el Señor—. No se trata de un fallo. Él cumple perfectamente con sus deberes. El punto es que también realiza exquisitas tallas en madera y nunca repite los diseños. Produce obras de arte.

Mansky parecía confundido.

—Es extraño. Claro que actualmente estamos probando con sendas generalizadas… ¿Cree usted que es realmente creativo?

—Véalo usted mismo.

Le entregó una pequeña esfera de madera, en la que había una escena con niños tan pequeños que apenas se veían; pero las proporciones eran perfectas y armonizaban de un modo natural con la fibra, como si también ésta estuviera tallada.

—¿Él hizo esto? —exclamó Mansky. Se lo devolvió, sacudiendo la cabeza—. Puramente fortuito. Algo que hay en sus sendas.

—¿Pueden repetirlo?

—Probablemente no. Nunca nos han informado de nada semejante.

—¡Bien! No me molesta en absoluto que Andrew sea el único.

—Me temo que la empresa querrá recuperar ese robot para estudiarlo.

—Olvídelo —replicó el Señor. Se volvió hacia Andrew—: Vámonos a casa.

—Como usted desee, Señor —dijo Andrew.

4

La Señorita salía con jovencitos y no estaba mucho en casa. Ahora era la Niña, que ya no era tan niña, quien llenaba el horizonte de Andrew. Nunca olvidaba que la primera talla en madera de Andrew había sido para ella. La llevaba en una cadena de plata que le pendía del cuello.

Fue ella la primera que se opuso a la costumbre del Señor a regalar los productos.

—Vamos, papá. Si alguien los quiere, que pague por ellos. Valen la pena.

—Tu no eres codiciosa, Mandy.

—No es por nosotros, papá. Es por el artista.

Andrew jamás había oído esa palabra y en cuanto tuvo un momento a solas la buscó en el diccionario.

Poco después realizaron otro viaje; en esa ocasión para visitar al abogado del Señor.

—¿Qué piensas de esto John? —le preguntó el Señor.

El abogado se llamaba John Feingold. Era canoso y barrigón, y los bordes de sus lentes de contacto estaban teñidos de verde brillante. Miró la pequeña placa que el Señor le había entregado.

—Es bella… Pero estoy al tanto. Es una talla de un robot, ese que has traído contigo.

—Sí, es obra de Andrew. ¿Verdad, Andrew?

—Sí, Señor.

—¿Cuánto pagarías por esto John? —preguntó el Señor.

—No sé. No colecciono esos objetos.

—¿Creerías que me han ofrecido doscientos cincuenta dólares por esta cosita? Andrew ha fabricado también sillas que he vendido por quinientos dólares. Los productos de Andrew nos han permitido depositar doscientos mil dólares en el banco.

—¡Cielos, te está haciendo rico, Gerald!

—Sólo a medias. La mitad está en una cuenta a nombre de Andrew Martin.

—¿Del robot?

—Exacto, y quiero saber si es legal.

—¿Legal? —Feingold se reclinó en la silla, haciéndola crujir—. No hay precedentes, Gerald. ¿Cómo firmó tu robot los papeles necesarios?

—Sabe hacer la firma de su nombre y yo la llevé. No lo llevé a él al banco en persona. ¿Es preciso hacer algo más?

—Mmm… —Feingold entrecerró los ojos durante unos segundos—. Bueno, podemos crear un fondo fiduciario que maneje las finanzas en su nombre, lo cual hará de capa aislante entre él y el mundo hostil. Aparte de eso, mi consejo es que no hagas nada más. Hasta ahora nadie te ha detenido. Si alguien se opone, déjale que se querelle.

—¿Y te harás cargo del caso si hay alguna querella?

—Por un anticipo, claro que sí.

—¿De cuánto?

Feingold señaló la placa de madera.

—Algo como esto.

—Me parece justo —dijo el Señor.

Feingold se rió entre dientes mientras se volvía hacia el robot.

—¿Andrew, te gusta tener dinero?

—Sí, señor.

—¿Qué piensas hacer con él?

—Pagar cosas que de lo contrario tendría que pagar el Señor. Esto le ahorrará gastos al Señor.

5

Hubo ocasiones para ello. Las reparaciones eran costosas y las revisiones aún más. Con los años se produjeron nuevos modelos de robot, y el Señor se preocupó de que Andrew contara con cada nuevo dispositivo, hasta que fue un dechado de excelencia metálica. El propio robot se encargaba de los gastos. Andrew insistía en ello.

Sólo sus sendas positrónicas permanecieron intactas. El Señor insistía en ello.

—Los nuevos no son tan buenos como tú, Andrew. Los nuevos robots no sirven. La empresa ha aprendido a hacer sendas más precisas, más específicas, más particulares. Los nuevos robots no son versátiles. Hacen aquello para lo cual están diseñados y jamás desvían. Te prefiero a ti.

—Gracias, Señor,

—Y es obra tuya, Andrew, no lo olvides. Estoy seguro de que Mansky puso fin a las sendas generalizadas en cuanto te echó un buen vistazo. No le gustó que fueras tan imprevisible… ¿Sabes cuántas veces pidió que te llevaríamos para estudiarte? ¡Nueve veces! Pero nunca se lo permití, y ahora que se ha retirado quizá nos dejen en paz.

El cabello del Señor disminuyó y encaneció, y el rostro se le puso fofo, pero Andrew tenía mejor aspecto que cuando entró a formar parte de la familia. La Señora se había unido a una colonia artística de Europa y la Señorita era poeta en Nueva York. A veces escribían, pero no con frecuencia. La Niña estaba casada y vivía a poca distancia. Decía que no quería abandonar a Andrew y cuando nació su hijo, el Señorito, dejó que el robot cogiera el biberón para alimentarlo.

Andrew comprendió que el Señor, con el nacimiento de ese nieto, tenía ya alguien que reemplazara a quienes se habían ido. No sería tan injusto presentarle su solicitud.

—Señor —le dijo—, ha sido usted muy amable al permitir que yo gastara mi dinero según mis deseos.

—Era tu dinero, Andrew.

—Sólo por voluntad de usted, Señor. No creo que la ley le hubiera impedido conservarlo.

—La ley no me va a persuadir de que me porte mal, Andrew.

—A pesar de todos los gastos y a pesar de los impuestos, Señor, tengo casi seiscientos mil dólares.

—Lo sé, Andrew.

—Quiero dárselos, Señor.

—No los aceptaré, Andrew.

—A cambio de algo que usted puede darme, Señor.

—Ah, ¿Qué es eso, Andrew?

—Mi libertad, Señor.

—Tu…

—Quiero comprar mi libertad, Señor.

6

No fue tan fácil. El Señor se sonrojó, soltó un “¡Por amor de Dios!”, dio media vuelta y se alejó.

Fue la Niña quien logró convencerlo, en un tono duro y desafiante, y delante de Andrew. Durante treinta años, nadie había dudado en hablar en su presencia, tratárase de él o no. Era sólo un robot.

—Papá, ¿porqué te lo tomas como una afrenta personal? Él seguirá aquí. Continuará siéndote leal. No puede evitarlo. Lo tiene incorporado. Lo único que quiere es formalismo verbal. Quiere que lo llamen libre. ¿Es tan terrible? ¿No se lo ha ganado? ¡Cielos! él y yo hemos hablado de esto durante años.

—¿Conque durante años?

—Si, una y otra vez lo ha ido postergando por temor a lastimarte. Yo le dije que te lo pidiera.

—Él no sabe qué es la libertad. Es un robot.

—Papá, no lo conoces. Ha leído todo lo que hay en la biblioteca. No sé qué siente por dentro, pero tampoco sé qué sientes tú. Cuando le hablas, reacciona ante las diversas abstracciones tal como tú y yo. ¿Qué otra cosa cuenta? Si las reacciones de alguien son como las nuestras, ¿qué más se puede pedir?

—La ley no adoptará esa actitud —se obstinó el Señor, exasperado. Se volvió hacia Andrew y le dijo con voz ronca—: ¡Mira, oye! No puedo liberarte a no ser de una forma legal, y si esto llega a los tribunales no sólo no obtendrás la libertad, sino que la ley se enterará oficialmente de tu fortuna. Te dirán que un robot no tiene derecho a ganar dinero. ¿Vale la pena que pierdas tu dinero por esta farsa?

—La libertad no tiene precio, Señor —replicó Andrew—. Sólo la posibilidad de obtenerla ya vale ese dinero.

7

El tribunal también podía pensar que la libertad no tenía precio y decidir que un robot no podía comprarla por mucho que pagase, por alto que fuese el precio.

La declaración del abogado regional, que representaba a quienes habían entablado un pleito conjunto para oponerse a la libertad de Andrew, fue ésta: La palabra “libertad” no significaba nada cuando se aplicaba a un robot, pues sólo un ser humano podía ser libre.

Lo repitió varias veces, siempre que le parecía apropiado; lentamente, moviendo las manos al son de las palabras.

La Niña pidió permiso para hablar en nombre de Andrew.

La llamaron por su nombre completo, el cual Andrew nunca había oído antes:

—Amanda Laura Martin Charney puede acercarse al estrado.

—Gracias, señoría. No soy abogada y no sé hablar con propiedad, pero espero que todos presten atención al significado e ignoren las palabras. Comprendamos qué significa ser libre en el caso de Andrew. En algunos sentidos, ya lo es. Lleva por lo menos veinte años sin que un miembro de la familia Martin le ordene hacer algo que él no hubiera hecho por propia voluntad. Pero si lo deseamos, podemos ordenarle cualquier cosa y expresarlo con la mayor rudeza posible, porque es una máquina y nos pertenece. ¿Porqué ha de seguir en esa situación, cuando nos ha servido durante tanto tiempo y tan lealmente y ha ganado tanto dinero para nosotros? No nos debe nada más; los deudores somos nosotros. Aunque se nos prohibiera legalmente someter a Andrew a una cervidumbre involuntaria, él nos serviría voluntariamente. Concederle la libertad será sólo una triquiñuela verbal, pero significaría muchísimo para él. Le daría todo y no nos costaría nada.

Por un momento pareció que el juez contenía una sonrisa.

—Entiendo su argumentación, señora Charney. Lo cierto es que a este respecto no existe una ley obligatoria ni un precedente. Sin embargo, existe el supuesto tácito de que sólo el ser humano puede gozar de libertad. Puedo establecer una nueva ley, o someterme a la decisión de un tribunal superior; pero no puedo fallar en contra de ese supuesto. Permítame interpelar al robot. ¡Andrew!

—Sí, señoría.

Era la primera vez que Andrew hablaba ante el tribunal y el juez se asombró de la modulación humana de aquella voz.

—¿Porqué quieres ser libre, Andrew? ¿En qué sentido es importante para ti?

—¿Desearía usted ser esclavo, señoría?

—Pero no eres esclavo. Eres un buen robot, un robot genial, por lo que me han dicho, capaz de expresiones artísticas sin parangón. ¿Qué más podrías hacer si fueras libre?

—Quizá no pudiera hacer más de lo que hago ahora, señoría, pero lo haría con mayor alegría. Creo que sólo alguien que desea la libertad puede ser libre. Yo deseo la libertad.

Y eso le proporcionó al juez un fundamento. El argumento central de su sentencia fue: “No hay derecho a negar la libertad a ningún objeto que posea una mente tan avanzada como para entender y desear ese estado.”

Más adelante, el Tribunal Mundial ratificó la sentencia.

8

El Señor seguía disgustado y su áspero tono de voz hacía que Andrew se sintiera como si tuviese un cortocircuito.

—No quiero tu maldito dinero, Andrew. Lo tomaré sólo porque de lo contrario no te sentirás libre. A partir de ahora, puedes elegir tus tareas y hacerlas como te plazca. No te daré órdenes, excepto ésta: que hagas lo que se te plazca. Pero sigo siendo responsable de ti. Esa forma parte de la sentencia del juez. Espero que lo entiendas.

—No seas irascible, papá —interrumpió la Niña—. La responsabilidad no es una gran carga. Sabes que no tendrás que hacer nada. Las Tres Leyes siguieron vigentes.

—Entonces, ¿en qué sentido es libre?

—¿Acaso los seres humanos no están obligados por sus leyes, Señor?

—No voy a discutir —dijo el Señor.

Se marchó, y a partir de entonces Andrew lo vio con poca frecuencia.

La Niña iba a verlo a menudo a la casita que le habían construido y entregado. No disponía de cocina ni cuarto de baño. Sólo tenía dos habitaciones. Una era una biblioteca y la otra servía de depósito y taller. Andrew aceptó muchos encargos y como robot libre trabajó más que antes, hasta que pagó el costo de la casa y el edificio se transfirió legalmente.

Un día, fue a verlo el Señorito…, no, ¡George! El Señorito había insistido en eso después de la sentencia del juez.

—Un robot libre no llama Señorito a nadie —le había dicho George—. Yo te llamo Andrew. Tú debes llamarme George.

El día en que George fue a verlo a solas le informó de que el Señor estaba agonizando. La Niña se encontraba junto al lecho, pero el Señor también quería estuviese Andrew.

El Señor habló con voz potente, aunque parecía incapaz de moverse. Se esforzó en levantar la mano.

—Andrew —dijo—, Andrew… No me ayudes, George. Me estoy muriendo, eso es todo, no estoy impedido… Andrew, me alegra que seas libre. Sólo quería decirte eso.

Andrew no supo qué decir. Nunca había estado frente a un moribundo, pero sabía que era el modo humano de dejar de funcionar. Era como ser desmontado de una manera involuntaria e irreversible, y Andrew no sabía qué era lo apropiado decir en ese momento. Sólo pudo quedarse en pie, callado e inmóvil.

Cuando todo terminó, la Niña le dijo:

—Tal vez te haya parecido huraño hacia el final, Andrew, pero estaba viejo y le dolió que quisieras ser libre.

Y entonces Andrew halló las palabras adecuadas:

—Nunca habría sido libre sin él, Niña.

9

Andrew comenzó a usar ropa después de la muerte del Señor. Empezó por ponerse unos pantalones viejos, unos que le había dado George.

George ya estaba casado y era abogado. Se incorporó a la firma de Feingold. El viejo Feingold había muerto tiempo atrás, pero su hija continuó con el bufete, que con el tiempo pasó a llamarse Feingold y Martin. Conservó ese nombre incluso cuando la hija se retiró y ningún Feingold la sucedió. En la época en que Andrew se puso ropa por primera vez, el apellido Martin acababa de añadirse a la firma.

George se esforzó en no sonreír al verle ponerse los pantalones por primera vez, pero Andrew le notó la sonrisa en los ojos.

George le enseñó a cómo manipular la carga de estática para permitir que los pantalones se abrieran, le cubrieran la parte inferior del cuerpo y se cerraran. George le hizo una demostración con sus propios pantalones, pero Andrew comprendió que él tardaría en imitar la soltura de ese movimiento.

—¿Y para qué quieres llevar pantalones, Andrew? —dijo George—. Tu cuerpo resulta tan bellamente funcional que es una pena cubrirlo; especialmente, cuando no tienes que preocuparte por la temperatura ni por el pudor. Y además no se ciñen bien sobre el metal.

—¿Acaso los cuerpos humanos no resultan bellamente funcionales, George? Sin embargo, os cubrís.

—Para abrigarnos, por limpieza, como protección, como adorno. Nada de eso aplica en tu caso.

—Me siento desnudo sin ropa. Me siento diferente, George.

—¡Diferente! Andrew, hay millones de robots en la Tierra. En esta región, según el último censo, hay casi tantos robots como hombres.

—Lo sé, George. Hay robots que realizan cualquier tipo de tarea concebible.

—Y ninguno de ello usa ropa.

—Pero ninguno de ellos es libre, George.

Poco a poco, Andrew mejoró su guardaropa. Lo inhibían la sonrisa de George y la mirada de las personas que le encargaban trabajos.

Aunque fuera libre, el detallado programa con que había sido construido le imponía un determinado comportamiento con la gente, y sólo se animaba a avanzar poco a poco. La desaprobación directa lo contrariaba durante meses.

No todos aceptaban la libertad de Andrew. Él era incapaz de guardarles rencor, pero sus procesos mentales se encontraban con dificultades al pensar en ello.

Sobre todo, evitaba ponerse ropa cuando creía que la Niña iba a verlo. Era ya una anciana que a menudo vivía lejos, en un clima más templado, pero en cuanto regresaba iba a visitarlo.

En uno de esos regresos, George le comentó:

—Ella me ha convencido Andrew. Me presentaré como candidato a la Legislatura el año próximo. De tal abuelo, tal nieto, dice ella.

—De tal abuelo… —Andrew se interrumpió, desconcertado.

—Quiero decir que yo, el nieto, seré como el Señor, el abuelo, que estuvo un tiempo en la Legislatura.

—Eso sería agradable, George. Si el Señor aún estuviera…

Se interrumpió de nuevo, pues no quería decir “en funcionamiento”. No parecía adecuado.

—Vivo— Lo ayudó George—. Sí, pienso en el viejo monstruo de cuando en cuando.

Andrew reflexionó sobre esa conversación. Se daba cuenta de sus limitaciones de lenguaje al hablar con George. El idioma había cambiado un poco desde que Andrew se había convertido en un ser con vocabulario innato. Además, George practicaba una lengua coloquial que el Señor y la Niña no utilizaban. ¿Porqué llamaba monstruo al Señor, cuando esa palabra no parecía la apropiada?

Los libros no lo ayudaban. Eran antiguos y la mayoría trataban de tallas en madera, de arte o de diseño de muebles. No había ninguno sobre el idioma ni sobre las costumbres de los seres humanos.

Pensó que debía buscar los libros indicados y, como robot libre, supuso que sería mejor no preguntarle a George. Iría a la ciudad y haría uso de la biblioteca. Fue una decisión triunfal y sintió que su electropotencial se elevaba tanto que tuvo que activar una bobina de impedancia.

Se puso un atuendo completo, incluida una cadena de madera en el hombro. Hubiera preferido plástico brillante, pero George le había dicho que la madera resultaba más elegante y que el cedro bruñido era mucho más valioso.

Llevaba recorridos treinta metros cuando una creciente resistencia le hizo detenerse. Desactivó la bobina de impedancia, pero no fue suficiente. Entonces, regresó a la casa y anotó cuidadosamente en un papel. “Estoy en la biblioteca” Lo dejó a la vista, sobre la mesa.

10

No llegó a la biblioteca. Había estudiado el plano. Conocía el itinerario, pero no su apariencia. Los monumentos al natural no se asemejaban a los símbolos del plano y eso le hacía dudar. Finalmente pensó que debía de haberse equivocado, pues todo parecía extraño.

Se cruzó con algún que otro robot campesino, pero cuando se decidió a preguntar no había nadie a la vista. Pasó un vehículo y no se detuvo. Andrew se quedó de pié, indeciso, y entonces vio venir dos seres humanos por el campo.

Se volvió hacia ellos, y ellos cambiaron de rumbo para salirse al encuentro. Un instante antes iban hablando en voz alta, pero se habían callado. Tenían una expresión que Andrew asociaba con la incertidumbre de los humanos y eran jóvenes, aunque no mucho. ¿Veinte años? Andrew nunca sabía determinar la edad de los humanos.

—Señores, ¿podrían indicarme el camino hacia la biblioteca de la ciudad?

Uno de ellos, el más alto de los dos, que llevaba un enorme sombrero, le dijo al otro:

—Es un robot.

El otro tenía nariz prominente y párpados gruesos.

—Va vestido— comentó.

El alto cascó los dedos.

—Es el robot libre. En casa de los Martin tienen un robot libre que no pertenece a nadie. ¿Porqué otra razón iba a usar ropa?

—Pregúntaselo.

—¿Eres el robot de los Martin?

—Soy Andrew Martin, señor.

—Bien, pues quítate esa ropa. Los robots no usan ropa. —Y le dijo al otro—: Es repugnante. Míralo.

Andrew titubeó. Hacía tanto tiempo que no oía una orden en ese tono de voz que los circuitos de la Segunda Ley se atascaron un instante.

—Quítate la ropa —repitió el alto—. Te lo ordeno.

Andrew empezó a desvestirse.

—Tíralas allí —le ordenó el alto.

—Si no pertenece a nadie —sugirió el de nariz prominente—, podría ser nuestro.

—De cualquier modo —dijo el alto— ¿quién va a poner objeciones a lo que hagamos? No estamos dañando ninguna propiedad… —Y le indicó a Andrew—: Apóyate sobre la cabeza.

—La cabeza no es para… —balbuceó él.

—Es una orden. Si no sabes cómo hacerlo, inténtalo.

Andrew volvió a dudar y luego apoyó la cabeza en el suelo. Intentó levantar las piernas y cayó pesadamente.

—Quédate quieto —le ordenó el alto, y le dijo al otro—: Podemos desmontarlo. ¿Alguna vez has desmontado un robot?

—¿Nos dejará hacerlo?

—¿Cómo podría impedirlo?

Andrew no tenía modo de impedirlo si le ordenaban no resistirse. La Segunda Ley, la de obediencia, tenía prioridad sobre la Tercera ley, la de supervivencia. En cualquier caso, no podía defenderse sin hacerles daño, y eso significaría violar la Primera Ley. Ante ese pensamiento, sus unidades motrices se contrajeron ligeramente y Andrew se quedó allí tiritando.

El alto lo empujó con el pie.

—Es pesado. Creo que vamos a necesitar herramientas para este trabajo.

—Podríamos ordenarle que se desmonte el mismo. Sería divertido verle intentarlo.

—Sí — asintió el alto, pensativamente—, pero apartémoslo del camino. Si viene alguien…

Era demasiado tarde. Alguien venía, y era George. Andrew le vio cruzar una loma a lo lejos. Le hubiera gustado hacerle señas, pero la última orden había sido que se quedara quieto. George echó a correr y llegó con el aliento entrecortado. Los dos jóvenes retrocedieron unos pasos.

—Andrew ¿ha pasado algo?

—Estoy bien George.

—Entonces ponte de pie… ¿Qué pasa con tu ropa?

—¿Es tu robot amigo? —preguntó el alto.

—No es el robot de nadie. ¿Qué ha ocurrido aquí?

—Le pedimos cortésmente que se quitara la ropa. ¿Porqué te molesta, si no es tuyo?

—¿Qué hacían Andrew?

—Tenían la intención de desmebrarme. Estaban a punto de trasladarme a un lugar tranquilo para ordenarme que me desmontara yo mismo.

George se volvió hacia ellos. Le temblaba la barbilla. Los dos jóvenes no retrocedieron más. Sonreían.

—¿Qué piensas hacer gordinflón? —dijo el alto, con tono burlón— ¿Atacarnos?

—No. No es necesario. Este robot ha vivido con mi familia durante más de setenta años. Nos conoce y nos estima más que a nadie. Le diré que vosotros dos me estáis atacando amenazando y queréis matarme. Le pediré que me defienda. Entre vosotros y yo, optará por mí. ¿Sabéis qué os ocurrirá cuando os ataque? —Los dos jóvenes recularon atemorizados—. Andrew, corro peligro porque estos dos quieren hacerme daño. ¡Vé hacia ellos!

Andrew obedeció, y los dos jóvenes no esperaron. Pusieron los pies en polvorosa.

—De acuerdo, Andrew, cálmate —dijo George, un poco demudado, pues ya no estaba en edad para enzarzarse con un joven y menos con dos.

—No podría haberlos lastimado, George. Vi que no te estaban atacando.

—No te ordené que los atacaras, sólo que fueras hacia ellos. Su miedo hizo lo demás.

—¿Cómo pueden temer a los robots?

—Es una enfermedad humana, de la que aún no nos hemos curado. Pero eso no importa. ¿Qué demonios haces aquí, Andrew? Estaba a punto de regresar y contratar un helicóptero cuando te encontré. ¿Cómo se te ocurrió ir a la biblioteca? Yo te hubiera traído los libros que necesitaras.

—Soy un…

—Robot libre. Si, vale. ¿Qué querías de la biblioteca?

—Quiero saber más acerca de los robots, George. Quiero escribir una historia de los robots.

—Bien, vayamos a casa… Y recoge tus ropas, Andrew. Hay un millón de libros sobre robótica y todos ellos incluyen historias de la ciencia. El mundo no sólo se está saturando de robots, sino de información sobre ellos.

Andrew meneó la cabeza; con un gesto humano que había adquirido recientemente.

—No me refiero a una historia de la robótica, George, sino a una historia de los robots, escrita por un robot. Quiero explicar lo que sienten los robots acerca de lo que ha ocurrido desde que se les permitió trabajar y vivir en la Tierra.

George enarcó las cejas, pero no dijo nada.

11

La Niña ya tenía más de ochenta y tres años, pero no había perdido energía ni determinación. Usaba el bastón más para gesticular que para apoyarse.

Escuchó la historia hecha una furia.

—Es espantoso, George ¿Quiénes eran esos rufianes?

—No lo sé. ¿Qué importa? Al final no causaron daño.

—Pero pudieron causarlo. Tú eres abogado, George, y si disfrutas de una buena posición se debe al talento de Andrew. El dinero que él ganó es el cimiento de todo lo que tenemos aquí. Él da continuidad a esta familia y no permitiré que lo traten como a un juguete de cuerda.

—¿Qué quieres que haga, madre?

—He dicho que eres abogado, ¿es que no me escuchas? Prepara una acción constitutiva, obliga a los tribunales regionales a declarar los derechos de los robots, logra que la Legislatura apruebe leyes necesarias y lleva el asunto al Tribunal Mundial si es preciso. Estaré vigilando, George, y no toleraré vacilaciones.

Hablaba en serio, y lo que comenzó como un modo de aplacar a esa formidable anciana se transformó en un asunto complejo, tan enmarañado que resultaba interesante. Como socio más antiguo de Feingold y Martin, George planeó la estrategia, pero dejó el trabajo a sus colegas más jóvenes, entre ellos a su hijo Paul, que también trabajaba en la firma y casi todos los días le presentaba un informe a la abuela. Ella, a su vez, deliberaba todos los días con Andrew.

Andrew estaba profundamente involucrado. Postergó nuevamente su trabajo en el libro sobre los robots mientras cavilaba sobre las argumentaciones judiciales, y en ocasiones hacía útiles sugerencias.

—George me dijo que los seres humanos siempre han temido a los robots —dijo una vez—. Mientras sea así, los tribunales y las legislaturas no trabajarán a favor de ellos. ¿No tendría que hacerse algo con la opinión pública?

Así que, mientras Paul permanecía con el juzgado, George optó por la tribuna pública. Eso le permitía ser informal y llegaba al extremo de usar esa ropa nueva y floja que llamaban “harapos”.

—Pero no te la pises en el estrado, papá —le advirtió Paul.

Interpeló a la convención anual de holonoticias en una ocasión, diciendo:

—Si en virtud de la Segunda Ley podemos exigir a cualquier robot obediencia ilimitada en todos los aspectos que entrañan daño para un ser humano, entonces cualquier ser humano tiene un temible poder sobre cualquier robot. Como la Segunda Ley tiene prioridad sobre la Tercera, cualquier ser humano puede hacer uso de la ley de obediencia para anular la ley de autoprotección. Puede ordenarle a cualquier robot que se haga daño a sí mismo o que se autodestruya, sólo por capricho.

“¿Es eso justo? ¿Trataríamos así a un animal? Hasta un objeto inanimado que nos ha prestado un buen servicio se gana nuestra consideración. Y un robot no es insensible. No es un animal. Puede pensar, hablar, razonar, bromear. ¿Podemos tratarlos como amigos, podemos trabajar con ellos y no brindarles el fruto de esa amistad, el beneficio de la colaboración mutua?

“Si un ser humano tiene el derecho de darle a un robot cualquier orden que no suponga daño para un ser humano, debería tener la decencia de no darle a un robot ninguna orden que suponga daño para un robot, a menos que lo requiera la seguridad humana. Un gran poder supone una gran responsabilidad, y si los robots tienen tres leyes para proteger a los hombres ¿es mucho pedir que los hombres tengan un par de leyes para proteger a los robots?

Andrew tenía razón. La batalla por ganarse la opinión pública fue la clave en los tribunales y en la Legislatura, y al final se aprobó una ley que imponía unas condiciones, según las cuales se prohibían las órdenes lesivas para los robots. Tenía muchos vericuetos y los castigos por violar la ley eran insuficientes, pero el principio quedó establecido. La Legislatura Mundial la aprobó el día de la muerte de la Niña.

No fue coincidencia que la Niña se aferrara a la vida tan desesperadamente durante el último debate y sólo cejara cuando le comunicaron la victoria. Su última sonrisa fue para Andrew. Sus últimas palabras fueron:

—Fuiste bueno con nosotros, Andrew.

Murió cogiéndole la mano, mientras George, con su esposa y sus hijos, permanecía a respetuosa distancia de ambos.

12

Andrew aguardó pacientemente mientras el recepcionista entraba al despacho. El robot podría haber usado el interfono holográfico, pero sin duda era presa de cierto nerviosismo por tener que tratar con otro robot y no con un ser humano.

Andrew se detuvo cavilando sobre esa cuestión. ¿”Nerviosismo” era la palabra adecuada para una criatura que en vez de nervios tenía sendas positrónicas? ¿Podía usarse como un término analógico?

Esos problemas seguían con frecuencia mientras trabajaba en su libro sobre los robots. El esfuerzo de pensar frases para expresar todas las complejidades le había mejorado el vocabulario.

Algunas personas lo miraban al pasar, y él no eludía sus miradas. Las afrontaba con calma y la gente se alejaba.

Salió Paul Martin. Parecía sorprendido, aunque Andrew tuvo dificultades para verle la expresión, pues Paul usaba ese grueso maquillaje que la moda imponía para ambos sexos y, aunque le confería más vigor a su blando rostro, Andrew lo desaprobaba. Había notado que desaprobar a los seres humanos no le inquietaba demasiado mientras no lo manifestara verbalmente. Incluso podía expresarlo por escrito. Estaba seguro de que no siempre había sido así.

—Entra, Andrew. Lamento haberte hecho esperar, pero tenía que concluir una tarea. Entra. Me dijiste que querías hablar conmigo, pero no sabía que querías hablarme aquí.

—Si estás ocupado, Paul, estoy dispuesto a esperar. Paul miró el juego de sombras cambiantes en el cuadrante de la pared que servía como reloj.

—Dispongo de un rato. ¿Has venido solo?

—Alquilé un automóvil.

—¿Algún problema? —preguntó Paul, con cierta ansiedad.

—No esperaba ninguno. Mis derechos están protegidos.

La ansiedad de Paul se agudizó.

—Andrew, te he explicado que la ley no es de ejecución obligatoria salvo en situaciones excepcionales… Y si insistes en usar ropa acabarás teniendo problemas, como aquella primera vez.

—La única. Paul. Lamento que estés disgustado.

—Bien, míralo de este modo: eres prácticamente una leyenda viviente, Andrew, y eres demasiado valioso para arrogarte el derecho de ponerte en peligro… ¿Cómo anda el libro?

—Me estoy acercando al final, Paul. El editor está muy contento.

—¡Bien!

—No sé si se encuentra contento exactamente con el libro en cuanto tal. Creo que piensa vender muchos ejemplares porque está escrito por un robot, y eso le hace estar contento.

—Me temo que es muy humano.

—No estoy disgustado. Que se venda, sea cual sea la razón, porque eso significará dinero y me vendrá bien.

—La abuela te dejó…

—La Niña era generosa y sé que puedo contar con la ayuda de la familia. Pero espero que los derechos del libro me ayuden en el próximo paso.

—¿De qué hablas?

—Quiero ver al presidente de Robots y Hombres Mecánicos S.A. He intentado concentrar una cita, pero hasta ahora no pude dar con él. La empresa no colaboró conmigo en la preparación del libro, así que no me sorprende.

Paul estaba divirtiéndose.

—Colaboración es lo último que puedes esperar. La empresa no colaboró con nosotros en nuestra gran lucha por los derechos de los robots. Todo lo contrario, ya entiendes por qué: si les otorgas derechos a los robots, quizá la gente no quiera comprarlos.

—Pero si llamas tú, podrás conseguirme una entrevista.

—Me tienen poca simpatía como a ti, Andrew.

—Quizá puedas insinuar que la firma Feingold y Martin está dispuesta a iniciar una campaña para reforzar aún más los derechos de los robots.

—¿No sería una mentira, Andrew?

—Sí, Paul, y yo no puedo mentir. Por eso debes llamar tú.

—Ah, no puedes mentir, pero puedes instigarme a mentir, ¿verdad? Eres cada vez más humano Andrew.

13

No fue fácil, a pesar del renombre de Paul.

Pero al fin se logró. Harley Smythe-Robertson, que descendía del fundador de la empresa por línea materna y había adoptado ese guión en el apellido para indicarlo, parecía disgustado. Se aproximaba a la edad de jubilarse, y el tema de los derechos de los robots había acaparado su gestión como presidente. Llevaba el cabello gris aplastado y el rostro sin maquillaje. Miraba a Andrew con hostilidad.

—Hace un siglo —dijo Andrew—, un tal Merton Mansky, de esta empresa, me dijo que la matemática que rige la trama de las sendas positrónicas era tan compleja que sólo permitía soluciones complejas y, por lo tanto, mis aptitudes no eran del todo previsibles.

—Eso fue hace casi un siglo. —Smythe-Robertson dudó un momento, luego añadió en tono frío—: Ya no es así. Nuestros robots están construidos y adiestrados con precisión para realizar sus tareas.

—Sí —dijo Paul, que estaba allí para cerciorarse de que la empresa actuara limpiamente—, con el resultado de que mi recepcionista necesita asesoramiento cada vez que se aparta de una tarea convencional.

—Más se disgustaría usted si se pusiera a improvisar —replicó Smythe-Robertson.

—Entonces, ¿ustedes ya no manufacturan robots como yo, flexibles y adaptables? —preguntó Andrew.

—No.

—La investigación que he realizado para preparar mi libro —prosiguió Andrew— indica que soy el robot más antiguo en activo.

—El más antiguo ahora y el más antiguo siempre. El más antiguo que habrá nunca. Ningún robot es útil después de veinticinco años. Los recuperaremos para reemplazarlos por modelos más nuevos.

—Ningún robots es útil después de veinticinco años tal como se los fabrica ahora —señaló Paul—. Andrew es muy especial en ese sentido.

Andrew, ateniéndose al rumbo que se había trazado, dijo:

—Por ser el robot más antiguo y flexible del mundo, ¿no soy tan excepcional como para merecer un tratamiento especial de la empresa?

—En absoluto —respondió Smythe-Robertson—. Ese carácter excepcional es un estorbo para la empresa. Si usted estuviera alquilado, en vez de haber sido vendido por una infortunada decisión, lo habríamos reemplazado hace muchísimo tiempo.

—Pero de eso de trata— se animó Andrew—. Soy un robot libre y soy dueño de mí mismo. Por lo tanto, acudo a usted a pedirle que me reemplace. Usted no puede hacerlo sin el consentimiento del dueño. En la actualidad, ese consentimiento se incluye obligatoriamente como condición para el alquiler, pero en mi época no era así.

Smythe-Robertson estaba estupefacto y desconcertado, y guardó silencio. Andrew observó el holograma de la pared. Era una máscara mortuoria de Susan Calvin, santa patrona de la robótica. Había muerto dos siglos atrás, pero después de escribir el libro Andrew le conocía tan bien que tenía la sensación de haberla tratado personalmente.

—¿Cómo puedo reemplazarte? —replicó Smythe-Robertson—. Si le reemplazo como robot, ¿cómo puedo darle el nuevo robot a usted, el propietario, si en el momento del reemplazo usted deja de existir?

Sonrió de un modo siniestro.

—No es difícil —terció Paul—. La personalidad de Andrew está asentada en su cerebro positrónico, y esa parte no se puede reemplazar sin crear un nuevo robot. Por consiguiente, el cerebro positrónico es Andrew el propietario. Todas las demás piezas del cuerpo del robot se pueden reemplazar sin alterar la personalidad del robot, y esas piezas pertenecen al cerebro. Yo diría que Andrew desea proporcionarle a su cerebro un nuevo cuerpo robótico.

—En efecto —asintió Andrew. Se volvió hacia Smythe-Robertson—. Ustedes han fabricado androides, ¿verdad?, robots que tienen apariencia humana, incluida la textura de la piel.

—Sí, lo hemos hecho. Funcionaban perfectamente con su cutis y sus tendones fibrosintéticos. Prácticamente no había nada de metal, salvo en el cerebro, pero eran tan resistentes como los robots de metal. Más resistentes, en realidad.

Paul se interesó:

—No lo sabía. ¿Cuántos hay en el mercado?

—Ninguno — contestó Smythe-Robertson—. Eran mucho más caros que los modelos de metal, y un estudio del mercado reveló que no serían aceptados. Parecían demasiado humanos.

—Pero la empresa conserva toda su destreza —afirmó Andrew—. Deseo, pues, ser reemplazado por un robot orgánico, por un androide.

—¡Santo cielo! — exclamó Paul.

Smythe-Robertson se puso rígido.

—¡Eso es imposible!

—¿Por qué imposible? —preguntó Andrew—. Pagaré lo que sea, dentro de lo razonable, por supuesto.

—No fabricamos androides.

—No quieren fabricar androides —dijo Paul—. Eso no es lo mismo que no poseer la capacidad para fabricarlos.

—De todos modos, fabricar androides va contra nuestra política pública.

—No hay ley que lo prohiba —señaló Paul.

—Aun así, no los fabricamos ni pensamos hacerlo.

Paul se aclaró la garganta.

—Señor Smythe-Robertson, Andrew es un robot libre y está amparado por la ley que garantiza los derechos de los robots. Entiendo que usted está al corriente de ello.

—Ya lo creo.

—Este robot, como robot, libre, opta por usar vestimenta. Por esta razón, a menudo es humillado por seres humanos desconsiderados, a pesar de la ley que prohibe humillar a los robots. Es difícil tomar medidas contra infracciones vagas que no cuentan con la reprobación general de quienes deben decidir sobre la culpa y la inocencia.

—Nuestra empresa lo comprendió desde el principio. Lamentablemente, la firma de su padre no.

—Mi padre ha muerto, pero en este asunto veo una clara infracción, con una parte perjudicada.

—¿De qué habla? —gruñó Smythe-Robertson.

—Andrew Martin, que acaba de convertirse en mi cliente, es un robot libre capacitado para solicitar a Robot y Hombres Mecánicos el derecho de reemplazo, el cual la empresa otorga a quien posee un robot durante más de veinticinco años. Más aún, la empresa insiste en que haya reemplazos. —Paul sonrió con desenfado—. El cerebro positrónico de mi cliente es propietario del cuerpo de mi cliente, que, desde luego, tiene más de veinticinco años. El cerebro positrónico exige reemplazo del cuerpo y ofrece pagar un precio razonable por un cuerpo de androide, en calidad de dicho reemplazo. Si usted rechaza el requerimiento, mi cliente sufrirá una humillación y presentaremos una querella. Además, aunque la opinión pública no respaldara la reclamación de un robot en este caso, le recuerdo que su empresa no goza de popularidad. Hasta quienes más utilizan los robots y se aprovechan de ellos recelan la empresa. Esto puede ser un vestigio de tiempos en que los robots eran muy temidos. Puede ser resentimiento contra el poderío y la riqueza de Robots y Hombres Mecánicos, que ostenta el monopolio mundial. Sea cual fuera la causa, el resentimiento existe y creo que usted preferirá no ir a juicio, teniendo en cuenta que mi cliente es rico y que vivirá muchos siglos, lo cual le permitirá prolongar la batalla eternamente.

Smythe-Robertson se había ruborizado.

—Usted intenta a obligarme a …

—No le obligo a nada. Si desea rechazar la razonable solicitud de mi cliente, puede hacerlo y nos marcharemos sin decir más… Pero entablaremos un pleito, como es nuestro derecho, y a la larga usted perderá.

—Bien… —empezó Smythe-Robertson, y se calló.

—Veo que va usted a aceptar. Puede que tenga dudas, pero al fin aceptará. Le haré otra aclaración. Si, al transferir el cerebro positrónico de mi cliente de su cuerpo actual a un cuerpo orgánico se produce alguna lesión, por leve que sea, no descansaré hasta haber arruinado a su empresa. De ser necesario, haré todo lo posible para movilizar a la opinión pública contra ustedes si una senda del cerebro de platino-iridio de mi cliente sufre algún daño. ¿Estás de acuerdo, Andrew?

Andrew titubeó. Era como aprobar la mentira, el chantaje, el maltrato y la humillación de un ser humano, pero no hay daño físico, se dijo, no hay daño físico.

Finalmente logró pronunciar un tímido sí.

14

Era como estar reconstruido. Durante días, semanas y meses Andrew se sintió como otra persona, y los actos más sencillos lo hacían vacilar.

Paul estaba frenético.

—Te han dañado, Andrew. Tendremos que entablar un pleito.

—No lo hagas — dijo Andrew muy despacio—. Nunca podrás probar pr…

—¿Premeditación?

—Premeditación. Además, ya me encuentro más fuerte, mejor. es el t…

—¿Temblor?

—Trauma. A fin de cuentas, nunca antes se practicó semejante oper… oper…

Andrew sentía el cerebro desde dentro, algo que nadie más podía hacer. Sabía que se encontraba bien y, durante los meses que le llevó aprender la plena coordinación y el pleno interjuego positrónico, se pasó horas ante el espejo.

¡No parecía humano! El rostro era rígido y los movimientos, demasiado deliberados. Carecía de la soltura del ser humano, pero quizá pudiera lograrlo con el tiempo. Al menos, podía ponerse ropa sin la ridícula anomalía de tener un rostro de metal.

—Volveré al trabajo.

Paul sonrió.

—Eso significa que ya estás bien. ¿Qué piensas hacer? ¿Escribirás otro libro?

—No —respondió muy serio—. Vivo demasiado tiempo como para dejarme seducir por una sola carrera. Hubo un tiempo en que era artista y aún puedo volver a esa ocupación. Y hubo un tiempo en que fui historiador y aún puedo volver a eso. Pero ahora deseo ser robobiólogo.

—Robopsicólogo, querrás decir.

—No. Eso implicaría el estudio de cerebros positrónicos, y en este momento no deseo hacerlo. Un robobiólogo sería alguien que estudia el funcionamiento del cuerpo que va con ese cerebro.

—Eso no se llamaría un robotista?

—Un robotista trabaja con un cuerpo de metal. Yo estudiaré un cuerpo humanoide orgánico, y el único espécimen que existe es el mío.

—Un campo muy limitado— observó Paul—. Como artista, toda la inspiración te pertenecía; como historiador, estudiabas principalmente los robots; como robobiólogo, sólo te estudiarás a ti mismo.

Andrew asintió con la cabeza.

—Eso parece.

Andrew tuvo que comenzar desde el principio, pues no sabía nada de biología y casi nada de ciencias. Empezó a frecuentar bibliotecas, donde consultaba índices electrónicos durante horas, con su apariencia totalmente normal debido a la ropa. Los pocos que sabían que era un robot no se entrometían.

Construyó un laboratorio en una sala que añadió a su casa, y también se hizo una biblioteca.

Transcurrieron años. Un día, Paul fue a verlo.

—Es una lástima que ya no trabajes en la historia de los robots. Tengo entendido que Robots y Hombres Mecánicos está adoptando una política radicalmente nueva.

Paul había envejecido, y unas células fotoópticas habían reemplazado sus deteriorados ojos. En ese aspecto estaba más cerca de Andrew.

—¿Qué han hecho? —preguntó Andrew.

—Están fabricando ordenadores centrales, cerebros positrónicos gigantescos que se comunican por microondas con miles de robots. Los robots no poseen cerebro. Son las extremidades del gigantesco cerebro, y los dos están separados físicamente.

—¿Es más eficiente?

—La empresa afirma que sí. Smythe-Robertson marcó el nuevo rumbos antes de morir. Sin embargo, tengo la sospecha de que es una reacción contra ti. No quieren fabricar robots que les causen problemas como tú, y por eso han separado el cerebro del cuerpo. El cerebro no deseará cambiar de cuerpo y el cuerpo no tendrá un cerebro que desee nada. Es asombrosa la influencia que has ejercido en la historia de los robots. Tus facultades artísticas animaron a la empresa a fabricar robots más precisos y especializados; tu libertad derivó en la formulación del principio de los derechos robóticos; tu insistencia en tener un cuerpo de androide hizo que la empresa separase el cerebro del cuerpo.

—Supongo que al final la empresa fabricará un enorme cerebro que controlará miles de millones de cuerpos robóticos. Todos los huevos en un cesto. Peligroso. Muy desatinado.

—Me parece que tienes razón. Pero no creo que ocurra hasta dentro de un siglo y no viviré para verlo. Quizá ni siquiera viva para ver el año próximo.

—¡Paul! —exclamó Andrew preocupado.

Paul se encogió de hombros.

—No somos como tú. No importa demasiado, pero si es importante aclararte algo. Soy el último humano de los Martin. Hay descendientes de mi tía abuela, pero ellos no cuentan. El dinero que controlo personalmente quedará en tu fondo a tu nombre y, en la medida en que uno puede prever el futuro, estarás económicamente a salvo.

—Eso es innecesario — rechazó Andrew con dificultad, pues a pesar de todo ese tiempo no lograba habituarse a la muerte de los Martin.

—No discutamos. Así serán las cosas. ¿En qué estás trabajando?

—Diseño un sistema que permita que los androides, yo mismo, obtengan energía de la combustión de hidrocarburos, y no de las células atómicas.

Paul enarcó las cejas.

—¿De modo que puedan respirar y comer?

—Sí.

—¿Cuánto hace que investigas ese problema?

—Mucho tiempo, pero creo que he diseñado una cámara de combustión adecuada para una descomposición catalizada controlada.

—Pero ¿por qué, Andrew? La célula atómica es infinitamente mejor.

—En ciertos sentidos, quizá; pero la célula atómica es inhumana.

15

Le llevó tiempo, pero Andrew tenía tiempo de sobra. Ante todo, no quiso hacer nada hasta que Paul muriese en paz.

Con la muerte del bisnieto del Señor, Andrew se sintió más expuesto a un mundo hostil, de modo que estaba aún más resuelto a seguir el rumbo que había escogido tiempo atrás.

Pero no estaba solo. Aunque un hombre había muerto, la firma Feingold y Martin seguía viva, pues una empresa no muere, así como no muere un robot. La firma tenía sus instrucciones y las cumplió al pie de la letra. A través del fondo fiduciario y la firma legal, Andrew conservó su fortuna y, a cambio de una suculenta comisión anual, Feingold y Martin se involucró en los aspectos legales de la nueva cámara de combustión.

Cuando llegó el momento de visitar Robots y Hombres Mecánicos S.A., lo hizo a solas. En una ocasión había ido con el Señor y en otra con Paul; esta vez era la tercera, estaba solo y parecía un hombre.

La empresa había cambiado. La planta de producción se había desplazado a una gran estación espacial, como ocurría con muchas industrias. Con ellas se habían ido muchos robots. La Tierra parecía cada vez más un parque, con una población similar a robots, de los cuales un treinta por cierto estaban dotados de un cerebro autónomo.

El director de investigaciones era Alvin Magdescu, de tez y cabellos oscuros y barba puntiaguda. Sobre la cintura sólo usaba la faja pectoral impuesta por la moda. Andrew vestía según la anticuada moda de varias décadas.

—Te conozco, desde luego —dijo Magdescu—, y me agrada verte. Eres uno de nuestros productos más notables y es una lástima que el viejo Smythe-Robertson te tuviera inquina. Podríamos haber un gran trato contigo.

—Aun pueden.

—No, no creo. Ha pasado el momento. Hace más de un siglo que tenemos robots en la Tierra, pero eso está cambiando. Se irán al espacio y los que permanezcan aquí no tendrán cerebro.

—Pero quedo yo, y me quedo en la Tierra.

—Sí, pero tú no pareces robot. ¿Qué nueva solicitud traes?

—Quiero ser menos robot. Como soy tan orgánico, deseo una fuente orgánica de energía. Aquí tengo los planos…

Magdescu los miró sin prisa. Los observaba con creciente interés.

—Es notablemente ingenioso. ¿A quién se le ha ocurrido todo esto?

—A mí.

Magdescu lo miró fijamente.

—Supondría una reestructuración total del cuerpo y sería experimental, pues nunca se ha intentado. Te aconsejo que no lo hagas, que te quedes como estás.

El rostro de Andrew tenía una capacidad expresiva limitada, pero no ocultó su impaciencia.

—Profesor Magdescu, no lo entiende. Usted no tiene más opción que acceder a mi requerimiento. Si se pueden incorporar estos dispositivos a mi cuerpo, también se pueden incorporar a cuerpos humanos. La tendencia a prolongar la vida humana mediante prótesis se está afianzando. No hay dispositivos mejores que los que yo he diseñado. Controlo las patentes a través de Feingold y Martin. Somos capaces de montar una empresa para desarrollar prótesis que quizá terminen generando seres humanos con muchas de las propiedades de los robots. Su empresa se verá afectada. En cambio, si me opera ahora y accede a hacerlo en circunstancias similares en el futuro, percibirá una comisión por utilizar las patentes y controlar la tecnología robótica y protésica para seres humanos. El alquiler inicial se otorgará sólo cuando se haya realizado la primera operación, y cuando haya pasado tiempo suficiente para demostrar que tuvo éxito.

La Primera Ley no le creó ninguna inhibición ante las severas condiciones que le estaba imponiendo a un ser humano. Había aprendido que lo que parecía crueldad podía resultar bondad a la larga.

Magdescu estaba estupefacto.

—No soy yo quien debe decidir en semejante asunto. Es una decisión de empresa y llevará tiempo.

—Puedo esperar un tiempo razonable —dijo Andrew—, pero sólo un tiempo razonable.

Y pensó con satisfacción que Paul mismo no lo habría hecho mejor.

16

Fue sólo un tiempo razonable, y la operación resultó todo un éxito.

—Yo me oponía a esta operación, Andrew —le dijo Magdescu—, pero no por lo que tú piensas. No estaba en contra del experimento, de haberse tratado de otro. Detestaba poner en peligro tu cerebro positrónico. Ahora que tienes sendas positrónicas que actúan recíprocamente con sendas nerviosas simuladas, podría resultar difícil rescatar el cerebro intacto si el cuerpo se deteriorase.

—Yo tenía confianza en la capacidad personal de la empresa. Y ahora puedo comer.

—Bueno, puedes sorber aceite de oliva. Eso significa que habrá que hacer de vez en cuando limpieza de la cámara de combustión, como ya te hemos explicado. Es un factor incómodo, diría yo.

—Quizá, si yo no pensara seguir adelante. La auto limpieza no es imposible. Estoy trabajando en un dispositivo que se encargará de los alimentos sólidos que incluyan parte no combustible; la materia indigerible, por así decirlo, que habrá que desechar.

—Entonces, necesitarás un ano.

—Su equivalente.

—¿Qué más, Andrew?

—Todo lo demás.

—¿También genitales?

—En la medida en que concuerden con mis planes. Mi cuerpo es un lienzo donde pienso dibujar…

Magdescu aguardó a que concluyera la frase, pero como la pausa se prolongaba decidió redondearla él mismo:

—¿Un hombre?

—Ya veremos —se limitó a decir Andrew.

—Es una ambición contradictoria, Andrew. Tú eres mucho mejor que un hombre. Has ido cuesta abajo desde que optaste por ser orgánico.

—Mi cerebro no se ha dañado.

—No, claro que no. Pero, Andrew, los nuevos hallazgos protésicos que han posibilitado tus patentes se comercializan bajo tu nombre. Eres reconocido como el gran inventor y se te honra por ello… tal como eres. ¿Por qué quieres arriesgar más tu cuerpo?

Andrew no respondió.

Los honores llegaron. Aceptó el nombramiento en varias instituciones culturales, entre ellas una consagrada a la nueva ciencia que él había creado; la que él llamó robobiología, pero que se denominaba protetología.

En el ciento cincuenta aniversario de su fabricación, se celebró una cena de homenaje en Robots y Hombres Mecánicos. Si Andrew vio en ello alguna ironía, no lo mencionó.

Alvin Magdescu, ya jubilado, presidió la cena. Tenía noventa y cuatro años y aún vivía porque tenía prótesis que, entre otras cosas, cumplían las funciones del hígado y de los riñones. La cena alcanzó su momento culminante cuando Magdescu, al cabo de un discurso breve y emotivo, alzó la copa para brindar por “el robot sesquicentenario”.

Andrew se había hecho remodelar los tendones del rostro hasta el punto de que podía expresar una gama de emociones, pero se comportó de un modo pasivo durante toda la ceremonia. No le agradaba ser un robot sesquicentenario.

17

La protetología le permitió a Andrew abandonar la Tierra. En las décadas que siguieron a la celebración del sesquicentenario, la Luna se convirtió en un mundo más terrícola que la Tierra en todos los aspectos menos en el de la gravedad, un mundo que albergaba una densa población en sus ciudades subterráneas.

Allí, las prótesis debían tener en cuenta la menor gravedad, y Andrew pasó cinco años en la Luna trabajando con especialistas locales para introducir las necesarias adaptaciones. Cuando no se encontraba trabajando, deambulaba entre los robots, que lo trataban con cortesía robótica debida a un hombre.

Regresó a la Tierra, que era monótona y apacible en comparación, y fue a las oficinas de Feingold y Martin para anunciar su vuelta.

El entonces director de la firma, Simon DeLong, se quedó sorprendido.

—Nos habían anunciado que regresabas, Andrew —dijo, aunque estuvo a punto de llamarlo “señor Martin”—, pero no te esperábamos hasta la semana entrante.

—Me impacienté —contestó bruscamente Andrew, que ansiaba ir al grano—. En la Luna, Simon, estuve al mando de un equipo de investigación de veinte científicos humanos. Les daba órdenes que nadie cuestionaba. Los robots lunares me trataban como a un ser humano. ¿Entonces por qué no soy un ser humano?

DeLong adoptó una expresión cautelosa.

—Querido Andrew, como acabas de explicar, tanto los robots como los humanos te tratan como si fueras un ser humano. Por consiguiente, eres un ser humano de facto.

—No me basta con ser un ser humano de facto. Quiero que no sólo me traten como tal, sino que me identifiquen legalmente como tal. Quiero ser un ser humano de jure.

—Eso es distinto. Ahí tropezaríamos con los prejuicios humanos y con el hecho indudable de que, por mucho que parezcas un ser humano, no lo eres.

—¿En qué sentido? Tengo la forma de un ser humano y órganos equivalentes a los de los humanos. Mis órganos son idénticos a los que tiene un ser humano con prótesis. He realizado aportaciones artísticas, literarias y científicas a la cultura humana, tanto como cualquier ser humano vivo. ¿Qué más se puede pedir?

—Yo no pediría nada. El problema es que se necesitaría una Ley de la Legislatura Mundial para definirte como ser humano. Francamente, no creo que sea posible.

—¿Con quién debo hablar en la Legislatura?

—Con la presidencia de la Comisión para la Ciencia y la Tecnología, tal vez.

—¿Puedes pedir una reunión?

—Pero no necesitas un intermediario. Con tu prestigio…

—No. Encárgate tú. —Andrew ni siquiera pensó que estaba dándole una orden a un ser humano. En la Luna se habían acostumbrado a ello—. Quiero que sepan que Feingold y Martin me apoya plenamente en esto.

—Pues bien…

—Plenamente, Simon. En ciento setenta y tres años he aportado muchísimo a esta firma. En el pasado estuve obligado para con otros miembros de esta firma. Ahora no.

Es a la inversa, y estoy reclamando mi deuda.

—Veré qué puedo hacer —dijo DeLong.

18

La presidencia de la Comisión para Ciencia y la Tecnología era una asiática llamada Chee Li-Hsing. Con sus prendas transparentes (que ocultaban lo que ella quería ocultar mediante un resplandor), parecía envuelta en plástico.

—Simpatizo con su afán de obtener derechos humanos plenos —le dijo—. En otros tiempos de la historia hubo integrantes de la población humana que lucharon por obtener derechos plenos. Pero ¿qué derechos puede desear que ya no tenga?

—Algo muy simple: el derecho a la vida. Un robot puede ser desmontado en cualquier momento.

—Y un ser humano puede ser ejecutado en cualquier momento.

—La ejecución sólo puede realizarse dentro del marco de la Ley. Para desmontarme a mí no se requiere un juicio; sólo se necesita la palabra de un ser humano que tenga autorización para poner fin a mi vida. Además…, además… —Andrew procuró reprimir su tono implorante, pero su expresión y su voz humanizadas lo traicionaban—. Lo siento es que deseo ser hombre. Lo he deseado durante seis generaciones de seres humanos.

Li-Hsing lo miró con sus ojos oscuros.

—La Legislatura puede aprobar una ley declarándolo humano; llegado el caso, podría aprobar una ley declarando humana a una estatua de piedra. Sin embargo, creo que en el primer caso serviría tan poco como para el segundo. Los diputados son tan humanos como el resto de la población, y siempre existe un recelo contra los robots.

—¿Incluso actualmente?

—Incluso actualmente. Todos admitiríamos que usted se ha ganado a pulso el premio de ser humano, pero persistiría el temor de sentar un precedente indeseable.

—¿Qué precedente? Soy el único robot libre, el único de mi tipo, y nunca se fabricará otro. Pueden preguntárselo a Robots y Hombres Mecánicos.

—”Nunca” es mucho tiempo, Andrew, o, si lo prefiere, señor Martin, pues personalmente le considero humano. La mayoría de los diputados se mostrarán reacios a sentar ese precedente, por insignificante que parezca. Señor Martin, cuenta usted con mi respaldo, pero no le aconsejo que abrigue esperanzas. En realidad…

—Se reclinó en el asiento y arrugó la frente—. En realidad, si la discusión se vuelve acalorada, surgirá cierta tendencia, tanto dentro como fuera de la Legislatura, a favorecer esa postura, que antes mencionó usted, la que quieran desmontarle. Librarse de usted podría ser el modo más fácil de resolver el dilema. Píenselo antes de insistir.

—¿Nadie recordará la técnica de la protetología, algo que me pertenece casi por completo?

—Parecerá cruel, pero no la recordarán. O, en todo caso, la recordarán desfavorablemente. Dirán que usted lo hizo con fines egoístas, que fue parte de una campaña para robotizar a los seres humano o para humanizar a los robots; y en cualquiera de ambos casos sería pérfido y maligno. Usted nunca ha sido víctima de una campaña política de desprestigio, y le aseguro que se convertiría en el blanco de unas calumnias que ni usted ni yo creeríamos, pero sí habría gente que las creería. Señor Martin, viva su vida en paz.

Se levantó. Al lado de Andrew, que estaba sentado, parecía menuda, casi una niña.

—Si decido luchar por mi humanidad —dijo Andrew—, ¿usted estará de mi lado?

Ella reflexionó y contestó:

—Sí, en la medida de lo posible. Si en algún momento esa postura amenaza mi futuro político, tendré que abandonarle, pues para mí no es una cuestión fundamental. Procuro ser franca.

—Gracias. No le pediré otra cosa. Me propongo continuar esta lucha al margen de las consecuencias, y le pediré ayuda mientras usted pueda brindármela.

19

No fue una lucha directa. Feingold y Martin aconsejó paciencia y Andrew masculló que no tenía una paciencia infinita. Luego, Feingold y Martin inició una campaña para delimitar la zona de combate.

Entabló un pleito en el que se rechazaba la obligación de pagar deudas a un individuo con un corazón protésico, alegando que la posesión de un órgano robótico lo despojaba de humanidad y de sus derechos constitucionales.

Lucharon con destreza y tenacidad; perdían en cada paso que daban, pero procurando siempre que la sentencia resultante fuese lo más genérica posible, y luego la presentaban mediante apelaciones ante el Tribunal Mundial.

Llevó años y millones de dólares.

Cuando se dictó la última sentencia, DeLong festejó la derrota como si fuera un portante triunfo. Andrew estaba presente en las oficinas de la firma, por supuesto.

—Hemos logrado dos cosas, Andrew, y ambas son buenas. En primer lugar, hemos establecido que ningún número de artefactos le quita la humanidad al cuerpo humano. En segundo lugar, hemos involucrado a la opinión pública de tal modo que estará a favor de una interpretación amplia de lo que significa humanidad, pues no hay ser humano existente que no desee una prótesis si eso puede mantenerlo con vida.

—Y crees que la Legislatura me concederá el derecho a la humanidad?

DeLong parecía un poco incómodo.

—En cuanto a eso, no puedo ser optimista. Queda el único órgano que el Tribunal Mundial ha utilizado como criterio de humanidad. Los seres humanos poseen un cerebro celular orgánico y los robots tienen un cerebro positrónico de platino e iridio… No Andrew, no pongas esa cara. Carecemos de conocimientos para imitar el funcionamiento de un cerebro celular en estructuras artificiales parecidas al cerebro orgánico, así que no se puede incluir en la sentencia, ni siquiera tú podrías lograrlo.

—¿Qué haremos entonces?

—Intentarlo, por supuesto. La diputada Li-Hsing estará de nuestra parte y también una cantidad creciente de diputados. El presidente sin duda seguirá la opinión de la mayoría de la Legislatura en este asunto.

—¿Contamos con una mayoría?

—No, al contrario. Pero podríamos obtenerla si el público expresa su deseo de que se te incluya en una interpretación amplia de lo que significa humanidad. Hay pocas probabilidades, pero si no deseas abandonar debemos arriesgarnos.

20

La diputada Li-Hsing era mucho más vieja que cuando Andrew la conoció. Ya no llevaba aquellas prendas transparentes, sino que tenía el cabello corto y vestía con ropa tubular. En cambio, Andrew aún se atenía, dentro de los límites de lo razonable, al modo de vestir que predominaba cuando él comenzó a usar ropa un siglo atrás.

—Hemos llegado tan lejos como podíamos, Andrew. Lo intentaremos nuevamente después del receso, pero, con franqueza, la derrota es segura y tendremos que desistir. Todos estos esfuerzos sólo me han valido una derrota segura en la próxima campaña parlamentaria.

—Lo sé, y lo lamento. Una vez dijiste que me abandonarías si se llegaba a ese extremo; ¿por qué no lo has hecho?

—Porqué cambié de opinión. Abandonarte se convirtió en un precio mucho más alto del que estaba dispuesta a pagar por una nueva gestión. Hace más de un cuarto de siglo que estoy en la Legislatura. Es suficiente.

—¿No hay modo de hacerles cambiar de parecer, Chee?

—He convencido a toda la gente razonable. El resto, la mayoría, no están dispuestos a renunciar a su aversión emocional.

—La aversión emocional no es una razón válida para votar a favor o en contra.

—Lo sé, Andrew, pero la razón que alegan no es la aversión emocional.

—Todo se reduce al tema del cerebro, pues. Pero ¿es que todo ha de limitarse a una posición entre células y positrones? ¿No hay modo de imponer una definición funcional? Debemos decir que un cerebro está hecho de esto o lo otro? ¿No podemos decir que el cerebro es algo capaz de alcanzar cierto nivel de pensamiento?

—No dará resultado. Tu cerebro fue fabricado por el hombre, el cerebro humano no. Tu cerebro fue construido, el humano se desarrolló. Para cualquier ser humano que se proponga mantener la barrera entre él y el robot, esas diferencias constituyen una muralla de acero de un kilómetro de grosor y un kilómetro de altura.

—Si pudiéramos llegar a la raíz de su antipatía…, a la auténtica raíz de…

—Al cabo de tantos años —comentó tristemente Li-Hsing—, sigues intentando razonar con los seres humanos. Pobre Andrew, no te enfades, pero es tu personalidad robótica la que te impulsa en esa dirección.

—No lo sé —dijo Andrew—. Si pudiera someterme…

Si pudiera someterse…

Sabía desde tiempo atrás que podía llegar a ese extremo, y al fin decidió ver al cirujano. Buscó uno con la habilidad suficiente para la tarea, lo cual significaba un cirujano robot, pues no podía confiar en un cirujano humano, ni por su destreza ni por sus intenciones.

El cirujano no podría haber realizado la operación en un ser humano, así que Andrew, después de postergar el momento de la decisión con un triste interrogatorio que reflejaba su torbellino interior, dejó de lado la Primera Ley diciendo:

—Yo también soy un robot. —Y añadió, con la firmeza con que había aprendido a dar órdenes en las últimas décadas, incluso a seres humanos—: Le ordenó que realice esta operación.

En ausencia de la Primera Ley, una orden tan firme, impartida por alguien que se parecía tanto a un ser humano, activó la Segunda Ley, imponiendo la obediencia.

21

Andrew estaba seguro de que el malestar que sentía era imaginario. Se había recuperado de la operación. No obstante, se apoyó disimuladamente contra la pared. Sentarse sería demasiado revelador.

—La votación definitiva se hará esta semana, Andrew —dijo Li-Hsing—. No he podido retrasarla más, y perderemos… Ahí terminará todo, Andrew.

—Te agradezco tu habilidad para la demora. Me ha proporcionado el tiempo que necesitaba y he corrido el riesgo que debía correr.

—¿De qué riesgo hablas? —preguntó Li-Hsing, con manifiesta preocupación.

—No podía contártelo a ti ni a la gente de Feingold y Martin, pues sabía que me detendrías. Mira, si el problema es el cerebro, ¿acaso la mayor diferencia no resiste en la inmortalidad? ¿A quién le importa la apariencia, la constitución ni la evolución del cerebro? Lo que importa es que las células cerebrales mueren, que deben morir. Aunque se mantengan o se reemplacen los demás órganos, las células cerebrales, que no se pueden reemplazar sin alterar y matar la personalidad, deben morir con el tiempo. Mis sendas positrónicas, han durado casi dos siglos sin cambios y pueden durar varios siglos más. ¿No es ésa la barrera fundamental? Los seres humanos pueden tolerar que un robot sea inmortal, pues no importa cuánto dure una máquina; pero no pueden tolerar a un ser humano inmortal, pues su propia mortalidad sólo es tolerable siempre y cuando sea universal. Por eso no quieren considerarme humano.

—¿A dónde quieres llegar, Andrew?

—He eliminado ese problema. Hace décadas, mi cerebro positrónico fue conectado a nervios orgánicos. Ahora una última operación ha reorganizado esas conexiones de tal modo que lentamente mis sendas pierdan potencial.

La azorada Li-Hsing calló un instante. Luego, apretó los labios.

—¿Quieres decir que has planeado morirte, Andrew? Es imposible. Eso viola la Tercera Ley.

—No. He escogido entre la muerte de mi cuerpo y la muerte de mis aspiraciones y deseos. Habría violado la Tercera Ley si hubiese permitido que mi cuerpo viviera a costa de una muerte mayor.

—Li-Hsing le agarró el brazo como si fuera a sacudirle. Se contuvo.

—Andrew, no dará resultado. Vuelve a tu estado anterior.

—Imposible. Se han causado muchos daños. Me queda un año de vida. Duraré hasta el segundo centenario de mi construcción. Me permití esa debilidad.

—¿Vale la pena? Andrew, eres un necio.

—Si consigo la humanidad, habrá valido la pena. De lo contrario, mi lucha terminará, y eso también habrá valido la pena.

Li-Hsing hizo algo que la asombró. Rompió a llorar en silencio.

22

Fue extraño el modo en que ese último acto capturó la imaginación del mundo. Andrew no había logrado conmover a la gente con todos sus esfuerzos, pero había aceptado la muerte para ser humano, y ese sacrificio fue demasiado grande para que lo rechazaran.

La ceremonia final se programó deliberadamente para el segundo centenario. El presidente mundial debía firmar el acta y darle carácter de ley, y la ceremonia se transmitiría por una red mundial de emisoras y se vería en el Estado de la Luna e incluso en la colonia marciana. Andrew iba en una silla de ruedas. Aún podía caminar, pero con gran esfuerzo.

Ante los ojos de la humanidad, el presidente mundial dijo:

—Hace cincuenta años, Andrew fue declarado el robot sesquicentenario. —hizo una pausa y añadió solemnemente—: Hoy, el Señor Martin es declarado el hombre bicentenario.

Y Andrew, sonriendo, extendió la mano para estrechar la del presidente.

23

Andrew yacía en el lecho. Sus pensamientos se disipaban. Intentaba agarrarse a ellos con desesperación. ¡Un hombre! ¡Era un hombre! Quería serlo hasta su último pensamiento. Quería disolverse, morir siendo hombre.

Abrió los ojos y reconoció a Li-Hsing que aguardaba solemnemente. Había otras personas, pero sólo eran sombras irreconocibles. Unicamente Li-Hsing se recortaba contra ese fondo cada vez más borroso. Andrew tendió la mano y sintió vagamente el apretón.

Ella se esfumaba ante sus ojos mientras sus últimos pensamientos se disipaban.

Pero, antes de que la imagen de Li-Hsing se desvaneciera del todo, un último pensamiento cruzó la mente de Andrew por un instante fugaz.

—Niña — susurró, en voz tan queda que nadie le oyó.