Mario Var­gas Llosa: Elo­gio de la Lec­tura y La Ficción. Discurso de aceptación del Nobel de literatura, 2010. Discurso.

principal-alfaguara-publicara-septiembre-2013-i-b-heroe-discreto-b-i-nueva-novela-b-mario-vargas-llosa-bAprendí a leer a los cinco años, en la clase del her­mano Jus­ti­niano, en el Cole­gio de la Salle, en Cocha­bamba (Boli­via). Es la cosa más impor­tante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años des­pués recuerdo con niti­dez cómo esa magia, tra­du­cir las pala­bras de los libros en imá­ge­nes, enri­que­ció mi vida, rom­piendo las barre­ras del tiempo y del espa­cio y per­mi­tién­dome via­jar con el capi­tán Nemo veinte mil leguas de viaje sub­ma­rino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Por­tos y Ara­mís con­tra las intri­gas que ame­na­zan a la Reina en los tiem­pos del sinuoso Riche­lieu, o arras­trarme por las entra­ñas de París, con­ver­tido en Jean Val­jean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lec­tura con­ver­tía el sueño en vida y la vida en sueño y ponla al alcance del peda­cito de hom­bre que era yo el uni­verso de la lite­ra­tura. Mi madre me contó que las pri­me­ras cosas que escribí fue­ron con­ti­nua­cio­nes de las his­to­rias que lela pues me ape­naba que se ter­mi­na­ran o que­ría enmen­dar­les el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: pro­lon­gando en el tiempo, mien­tras cre­cía, madu­raba y enve­je­cía, las his­to­rias que lle­na­ron mi infan­cia de exal­ta­ción y de aventuras.

Me gus­ta­ría que mi madre estu­viera aquí, ella que solía emo­cio­narse y llo­rar leyendo los poe­mas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y tam­bién el abuelo Pedro, de gran nariz y calva relu­ciente, que cele­braba mis ver­sos, y el tío Lucho que tanto me animó a vol­carme en cuerpo y alma a escri­bir aun­que la lite­ra­tura, en aquel tiempo y lugar, ali­men­tan tan mal a sus cul­to­res. Toda la vida he tenido a mi lado gen­tes así, que me que­rían y alen­ta­ban, y me con­ta­gia­ban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y sin duda, tam­bién, a mi ter­que­dad y algo de suerte, he podido dedi­car buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y mara­vi­lla que es escri­bir, crear una vida para­lela donde refu­giar­nos con­tra la adver­si­dad, que vuelve natu­ral lo extra­or­di­na­rio y extra­or­di­na­rio lo natu­ral, disipa el caos, embe­llece lo feo, eter­niza el ins­tante y torna la muerte un espec­táculo pasajero.

No era fácil escri­bir his­to­rias. Al vol­verse pala­bras, los pro­yec­tos se mar­chi­ta­ban en el papel y las ideas e imá­ge­nes des­fa­lle­cían. ¿Cómo reani­mar­los? Por for­tuna, allí esta­ban los nues­tros para apren­der de ellos y seguir su ejem­plo. Flau­bert me enseñó que el talento es una dis­ci­plina tenaz y una larga pacien­cia. Faulk­ner, que es la forma –la escri­tura y la estruc­tura– lo que engran­dece o empo­brece los temas. Mar­to­rell, Cer­van­tes, Dickens, Bal­zac, Tols­toi, Con­rad, Tho­mas Mann, que el número y la ambi­ción son un impo­nen­tes en una novela como la des­treza esti­lís­tica y la estra­te­gia narra­tiva. Sar­tre, que las pala­bras son, actos y que una novela una obra de tea­tro, un ensayo, com­pro­me­ti­dos con la actua­li­dad y las mejo­res opcio­nes, pue­den cam­biar el curso de la his­to­ria. Camus y Orwell, que una lite­ra­tura des­pro­vista de moral es inhu­mana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actua­li­dad tanto como en el tiempo de los argo­nau­tas, la Odi­sea y la Ilíada.

Si con­vo­cara en este dis­curso a todos los escri­to­res a los que debo algo o mucho sus som­bras nos sumi­rían en la oscu­ri­dad. Son innu­me­ra­bles. Ade­más de reve­larme los secre­tos del ofi­cio de con­tar, me hicie­ron explo­rar los abis­mos de lo humano, admi­rar sus haza­ñas y horro­ri­zarme con sus des­va­ríos. Fue­ron los ami­gos más ser­vi­cia­les, los ani­ma­do­res de mi voca­ción, en cuyos libros des­cu­brí que, aun en las peo­res cir­cuns­tan­cias, hay espe­ran­zas y que vale la pena vivir, aun­que fuera sólo por­que sin la vida no podría­mos leer ni fan­ta­sear historias.

Algu­nas veces me pre­gunté si en paí­ses como el mío, con esca­sos lec­to­res y tan­tos pobres, anal­fa­be­tos e injus­ti­cias, donde la cul­tura era pri­vi­le­gio de tan pocos, escri­bir no era un lujo solip­sista. Pero estas dudas nunca asfi­xia­ron mi voca­ción y seguí siem­pre escri­biendo, incluso en aque­llos perio­dos en que los tra­ba­jos ali­men­ti­cios absor­bían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la lite­ra­tura flo­rezca en una socie­dad fuera requi­sito alcan­zar pri­mero la alta cul­tura, la liber­tad, la pros­pe­ri­dad y la jus­ti­cia, ella no hubiera exis­tido nunca. Por el con­tra­rio, gra­cias a la lite­ra­tura. a las con­cien­cias que formó. a los deseos y anhe­los que ins­piró, al desen­canto de lo real con que vol­ve­mos del viaje a una bella Fan­ta­sía, la civi­li­za­ción es ahora menos cruel que cuando los con­ta­do­res de cuen­tos comen­za­ron a huma­ni­zar la vida con sus fábu­las. Sería­mos peo­res de lo que somos sin los bue­nos libros que len­tos, más con­for­mis­tas, menos inquie­tos e insu­mi­sos y el espí­ritu crí­tico, mecer del pro­greso, ni siquiera exis­tida. Igual que escri­bir, leer es pro­tes­tar con­tra las insu­fi­cien­cias de la vida. Quien busca en la fic­ción lo que no tiene, dice, sin nece­si­dad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para col­mar nues­tra sed de abso­luto, fun­da­mento de la con­di­ción humana, y que debe­ría ser mejor. Inven­ta­mos las fic­cio­nes para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que qui­sié­ra­mos tener cuando ape­nas dis­po­ne­mos de una sola.

Sin las fic­cio­nes sería­mos menos cons­cien­tes de la impor­tan­cia de la liber­tad para que la vida sea vivi­ble y del infierno en que se con­vierte cuando es con­cul­cada por un tirano, una ideo­lo­gía o una reli­gión. Quie­nes dudan de que la lite­ra­tura ade­más de sumir­nos en el sueño de la belleza y la feli­ci­dad, nos alerta con­tra toda for­mas de opre­sión, pre­gún­tense por qué todos los regí­me­nes empa­pa­dos en con­tro­lar la con­ducta de los ciu­da­da­nos de la cuna a la tumba, la temen tanto que esta­ble­cen sis­te­mas de cen­sura para repri­mirla y vigi­lan con tanta sus­pi­ca­cia a los escri­to­res inde­pen­dien­tes. Lo hacen por­que saben el riesgo que corren dejando que la ima­gi­na­ción dis­cu­rra por los libros, lo sedi­cio­sas que se vuel­ven las fic­cio­nes cuando el lec­tor coteja la liber­tad que las hace posi­bles y que en ellas se ejerce, con el oscu­ran­tismo y el miedo que lo ace­chan en el mundo real. Lo quie­ran o no, lo sepan o no, los tabu­la­do­res, al inven­tar his­to­rias, pro­pa­gan la insa­tis­fac­ción, mos­trando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fan­ta­sía es más rica que la de la rutina coti­diana. Esa com­pro­ba­ción, si echa raí­ces en la sen­si­bi­li­dad y la con­cien­cia, vuelve a los ciu­da­da­nos más difí­ci­les de mani­pu­lar, de acep­tar las men­ti­ras de quie­nes qui­sie­ran hacer­les creer que, entre barro­tes, inqui­si­do­res y car­ce­le­ros viven más segu­ros y mejor.

La buena lite­ra­tura tiende puen­tes entre gen­tes dis­tin­tas y, hacién­do­nos gozar, sufrir o sor­pren­de­mos, nos une por debajo de las len­guas, creen­cias, usos, cos­tum­bres y pre­jui­cios que nos sepa­ran. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capi­tán Ahab en el mar, se encoge el cora­zón de los lec­to­res idén­ti­ca­mente en Tokio, Lima o Tom­buctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsé­nico. Anna Kare­nina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patí­bulo, y cuando, en El Sur, el urbano doc­tor Juan Dahl­mann sale de aque­lla pul­pe­ría de la pampa a enfren­tarse 31 cuchi­llo de un matón, o adver­ti­mos que todos los pobla­do­res de Comala, el pue­blo de Pedro Páramo, están muer­tos, el estre­me­ci­miento es seme­jante en el lec­tor que adora a Buda, Con­fu­cio, Cristo, Alá o es un agnós­tico, vista saco y cor­bata, chi­laba, kimono o bom­ba­chas. La lite­ra­tura crea una fra­ter­ni­dad den­tro de la diver­si­dad humana y eclipsa las fron­te­ras que eri­gen entre hom­bres y muje­res la igno­ran­cia, las ideo­lo­gías, las reli­gio­nes, los idio­mas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espan­tos, la nues­tra es la de los faná­ti­cos, la de los terro­ris­tas sui­ci­das, anti­gua espe­cie con­ven­cida de que matando se gana el paraíso, que la san­gre de los inocen­tes lava las afren­tas colec­ti­vas, corrige las injus­ti­cias e impone la ver­dad sobre las fal­sas creen­cias. Innu­me­ra­bles víc­ti­mas son inmo­la­das cada día en diver­sos luga­res del mundo por quie­nes se sien­ten posee­do­res de ver­da­des abso­lu­tas. Creía­mos que, con el des­plome de los impe­rios tota­li­ta­rios, la con­vi­ven­cia, la paz, el plu­ra­lismo, los dere­chos huma­nos, se impon­drían y el mundo deja­ría atrás los holo­caus­tos, geno­ci­dios, inva­sio­nes y gue­rras de exter­mi­nio. Nada de eso ha ocu­rrido. Nue­vas for­mas de bar­ba­rie pro­li­fe­ran ati­za­das por el fana­tismo y, con la mul­ti­pli­ca­ción de armas de des­truc­ción masiva, no se puede excluir que cual­quier gru­púsculo de enlo­que­ci­dos reden­to­res pro­vo­que un día un cata­clismo nuclear. Hay que salir­les al paso, enfren­tar­los y derro­tar­los. No son muchos, aun­que el estruendo de sus crí­me­nes retumbe por todo el pla­neta y nos abru­men de horror las pesa­di­llas que pro­vo­can. No debe­mos dejar­nos inti­mi­dar por quie­nes qui­sie­ran arre­ba­tar­nos la liber­tad que hemos ido con­quis­tando en la larga hazaña de la civi­li­za­ción. Defen­da­mos la demo­cra­cia libe­ral, que, con todas sus limi­ta­cio­nes, sigue sig­ni­fi­cando el plu­ra­lismo poli­tice, la con­vi­ven­cia, la tole­ran­cia, los dere­chos huma­nos el res­peto a la crí­tica, la lega­li­dad, las elec­cio­nes libres, la alter­nan­cia en el poder, todo aque­llo que nos ha ido sacando de la vida feral y acer­cán­do­nos –aun­que nunca lle­ga­re­mos a alcan­zarla– a la her­mosa y per­fecta vida que finge la lite­ra­tura, aque­lla que sólo inven­tán­dola, escri­bién­dola y leyén­dola pode­mos mere­cer. Enfren­tán­do­nos a los faná­ti­cos homi­ci­das defen­de­mos nues­tro dere­cho a soñar y a hacer nues­tros sue­ños realidad.

En mi juven­tud, como muchos escri­to­res de mi gene­ra­ción, fui mar­xista y creí que el socia­lismo sería el reme­dio para la explo­ta­ción y las injus­ti­cias socia­les que arre­cia­ban en mi país. Amé­rica Latina y el resto del Ter­cer Mundo. Mi decep­ción del esta­tismo y el colec­ti­vismo y mi trán­sito hacia el demó­crata y el libe­ral que soy –que trato de ser– fue largo, difí­cil, y se llevó a cabo des­pa­cio y a raíz de epi­so­dios como la con­ver­sión de la Revo­lu­ción Cubana, que me había entu­sias­mado al prin­ci­pio, al modelo auto­ri­ta­rio y ver­ti­cal de la Unión Sovié­tica, el tes­ti­mo­nio de los disi­den­tes que con­se­guía escu­rrirse entre las alam­bra­das del Gulag, la inva­sión de Che­cos­lo­va­quia por los paí­ses del Pacto de Var­so­via, y gra­cias a pen­sa­do­res como Ray­mond Aron, Jean-Francois Revel, Isaiah Ber­lin y Karl Pap­per, a quie­nes debo mi reva­lo­ri­za­ción de la cul­tura demo­crá­tica y de las socie­da­des abier­tas. Esos maes­tros fue­ron un ejem­plo de luci­dez y gallar­día cuando la inte­lli­gen­tsia de Occi­dente pare­cía, por fri­vo­li­dad u opor­tu­nismo haber sucum­bido al hechizo del socia­lismo sovié­tico, o, peor toda­vía, al aque­la­rre san­gui­na­rio de la revo­lu­ción cul­tu­ral china.

De niño soñaba con lle­gar algún día a París por­que, des­lum­brado con la lite­ra­tura fran­cesa, creía que vivir allí y res­pi­rar el aire que res­pi­ra­ron Bal­zac, Stend­hal, Bau­de­laire, Proust, me ayu­da­ría a con­ver­tirme en un ver­da­dero escri­tor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escri­tor de dial domin­gos y feria­dos. Y la ver­dad es que debo a Fran­cia, a la cul­tura fran­cesa, ense­ñan­zas inol­vi­da­bles, como que la lite­ra­tura es tanto una voca­ción como una dis­ci­plina, un tra­bajo y una ter­que­dad. Viví allí cuando Sar­tre y Camus esta­ban vivos y escri­biendo, en los años de Ionesco, Beckett, Batai­lle y Cio­ran, del des­cu­bri­miento del tea­tro de Bre­cht y el cine de Ing­mar Berg­man, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nou­ve­lle Vague y le Nou­veau Roz­nan y los dis­cur­sos, bellí­si­mas pie­zas lite­ra­rias, de André Malraux, y, tal vez, el espec­táculo más tea­tral de la Europa de aquel tiempo, las con­fe­ren­cias de prensa y los true­nos olím­pi­cos del Gene­ral de Gau­lle. Pero, acaso, lo que más !e agra­dezco a Fran­cia sea el des­cu­bri­miento de Amé­rica Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comu­ni­dad a la que her­ma­na­ban la his­to­ria, la geo­gra­fía, la pro­ble­má­tica social y polí­tica, una cierta nunca de ser y la sabrosa len­gua en que hablaba y escri­bía. Y que en esos mis­mos anos pro­du­cía una lite­ra­tura nove­dosa y pujante. Allí leí a Bor­ges, a Octa­vio Paz. Cor­tá­zar, Gar­cía Már­quez, Fuen­tes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Car­pen­tier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escri­tos esta­ban revo­lu­cio­nando la narra­tiva en len­gua espa­ñola y gra­cias a los cua­les Europa y buena parte del mundo des­cu­brían que Amé­rica Latina no era sólo el con­ti­nente de los gol­pes de Estado, los cau­di­llos de ope­reta, los gue­rri­lle­ros bar­bu­dos y las mara­cas del mambo y el cha­cha­chá, sino tam­bién ideas, for­mas artís­ti­cas y fan­ta­sías lite­ra­rias que tras­cen­dían lo pin­to­resco y habla­ban un len­guaje universal.

De enton­ces a esta época, no sin tro­pie­zos y res­ba­lo­nes, Amé­rica Latina ha ido pro­gre­sando, aun­que, como decía el verso de César Vallejo, toda­vía Hay, her­ma­nos, machismo que hacer. Pade­ce­mos menos dic­ta­du­ras que antaño, sólo Cuba y su can­di­data a secun­darla, Vene­zuela, y algu­nas seudo demo­cra­cias popu­lis­tas y paya­sas, como las de Boli­via y Nica­ra­gua. Pero en el resto del con­ti­nente, mal que mal la demo­cra­cia está fun­cio­nando, apo­yada en amplios con­sen­sos popu­la­res, y, por pri­mera vez en nues­tra his­to­ria, tene­mos una izquierda y una dere­cha que, como en Bra­sil. Chile, Uru­guay, Perú, Colom­bia, Repú­blica Domi­ni­cana, México y casi todo Cen­troa­mé­rica, res­pe­tan la lega­li­dad, la liber­tad de crí­tica, las elec­cio­nes y la reno­va­ción en el poder. Ése es el buen camino y, si per­se­vera en él, com­bate la insi­diosa corrup­ción y sigue inte­grán­dose al mundo. Amé­rica Latina dejará por fin de ser el con­ti­nente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sen­tido un extran­jero en Europa, ni, en ver­dad, en nin­guna parte. En todos los luga­res donde he vivido, en París, en Lon­dres, en Bar­ce­lona, en Madrid, en Ber­lín, en Washing­ton. Nueva York. Bra­sil o la Repú­blica Domi­ni­cana, me sentí en mi casa. Siem­pre he hallado una que­ren­cia donde podía vivir en paz y tra­ba­jando. apren­der cosas, alen­tar ilu­sio­nes, encon­trar ami­gos, bue­nas lec­tu­ras y temas para escri­bir. No me parece que haberme con­ve­nido, sin pro­po­nér­melo, en un ciu­da­dano del mundo, haya debi­li­tado eso que lla­man “las raí­ces”, mis víncu­los con mi pro­pio país –lo que tam­poco ten­dría mucha importancia-, por­que, si así fuera, las expe­rien­cias perua­nas no segui­rían ali­men­tán­dome como escri­tor y no aso­ma­rían siem­pre en mis his­to­rias, aun cuando éstas parez­can ocu­rrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fiera del país donde nací ha for­ta­le­cido más bien aque­llos víncu­los, aña­dién­do­les una pers­pec­tiva más lúcida, y la nos­tal­gia, que sabe dife­ren­ciar lo adje­tivo y lo sus­tan­cial y man­tiene rever­be­rando los recuer­dos. El amor al país en que uno nació no puede ser obli­ga­to­rio, sino, al igual que cual­quier otro amor, un movi­miento espon­tá­neo del cora­zón, como el que une a los aman­tes, a padres e hijos, a los ami­gos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entra­ñas por­que en él nací, crecí, me formé, y viví aque­llas expe­rien­cias de niñez y juven­tud que mode­la­ron mi per­so­na­li­dad, fra­gua­ron mi voca­ción. y por­que allí amé. Odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocu­rre me afecta más, me con­mueve y exas­pera más que lo que sucede en otras par­tes. No lo he bus­cado ni me lo he impuesto, sim­ple­mente es así. Algu­nos com­pa­trio­tas me acu­sa­ron de trai­dor y estuve a punto de per­der la ciu­da­da­nía cuando, durante la última dic­ta­dura, pedí a los gobier­nos demo­crá­ti­cos del mundo que pena­li­za­ran al régi­men con san­cio­nes diplo­má­ti­cas y eco­nó­mi­cas, como lo he techo siem­pre con todas las dic­ta­du­ras, de cual­quier índole, la de Pino­cha, la de Fidel Cas­tro, la de los tali­ba­nes en Afga­nis­tán, la de los ima­nes de Irán, la del apart­heid de África del Sur, la de los sátra­pas uni­for­ma­dos de Bir­ma­nia (hoy Myan­mar). Y lo vol­ve­ría a hacer mañana si –el des­tino no lo quiera y los perua­nos no lo per­mi­tan– el Perú fiera víc­tima una vez vas de un golpe de Estado que ani­qui­lan nues­tra frá­gil demo­cra­cia. Aque­lla no fue la acción pre­ci­pi­tada y pasio­nal de un resen­tido, como escri­bie­ron algu­nos polí­gra­fos acos­tum­bra­dos a juz­gar a los den­las desde su pro­pia peque­ñez. Fue un acto cohe­rente con mi con­vic­ción de que una dic­ta­dura repre­senta el mal abso­luto para un país, una fuente de bru­ta­li­dad y corrup­ción y de heri­das pro­fun­das que urdan mucho en cerrar, enve­ne­nan su futuro y crean hábi­tos y prác­ti­cas mal­sa­nas que se pro­lon­gan a lo largo de las gene­ra­cio­nes demo­rando la recons­truc­ción demo­crá­tica. Por eso, las dic­ta­du­ras deben ser com­ba­ti­das sin con­tem­pla­cio­nes, por todos los medios a nues­tro alcance, inclui­das las san­cio­nes eco­nó­mi­cas. Es lamen­ta­ble que los gobier­nos demo­crá­ti­cos, en vez de dar el ejem­plo, soli­da­ri­zán­dose con quie­nes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resis­ten­tes vene­zo­la­nos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfren­tan con remen­dad a las dic­ta­du­ras que sufren, se mues­tren a menudo com­pla­cien­tes no con ellos sino con sus ver­du­gos. Aque­llos valien­tes, luchando por su liber­tad, tam­bién luchan por la nuestra.

Un com­pa­triota mío, José María Argue­das, llamó al Perú el país de “Todas las san­gres”. No creo que haya fór­mula que lo defina mejor. Eso somos y eso lle­var­nos den­tro todos los perua­nos, nos guste o no: una suma de tra­di­cio­nes, razas, creen­cias y cul­tu­ras pro­ce­den­tes de los cua­tro pun­tos car­di­na­les. A mí me enor­gu­llece sen­tirme here­dero de las cul­tu­ras prehis­pá­ni­cas que fabri­ca­ron los teji­dos y man­tos de plu­mas de Nazca y Para­cas y los cera­mios mochi­cas o incas que se exhi­ben en los mejo­res mus­cos del mundo, de los cons­truc­to­res de Machu Pic­chu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kue­lap, Sipán, las hua­cas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los espa­ño­les que, con sus alfor­jas, espa­das y caba­llos, tra­je­ron al Perú a Gre­cia, Roma, la tra­di­ción judeo¬cristiana, el Rena­ci­miento, Cer­van­tes, Que­vedo y Gón­gora, y a len­gua recia de Cas­ti­lla que los Andes dul­ci­fi­ca­ron. Y de que con España lle­gara tam­bién el África con su recie­dum­bre, su música y su efer­ves­cente ima­gi­na­ción, a enri­que­cer la hete­ro­ge­nei­dad peruana. Si escar­ba­mos un poco des­cu­bri­mos que el Perú, como el Aleph de Bor­ges, es en pequeño for­mato el mundo entero. ¡Qué extra­or­di­na­rio pri­vi­le­gio el de un país que no tiene una iden­ti­dad por­que las tiene todas!

La con­quista de Amé­rica fue cruel y vio­lenta, como todas las con­quis­tas, desde luego, y debe­mos cri­ti­cada, pero sin olvi­dar, al hacerlo, que quie­nes come­tie­ron aque­llos des­po­jos y crí­me­nes fue­ron, en gran número, nues­tros bisa­bue­los y tata­ra­bue­los, los espa­ño­les que fue­ron a Amé­rica y allí se acrio­lla­ron, no los que se que­da­ron en su tie­rra. Aque­llas cri­ti­cas, pan ser jus­tas, deben ser una auto­cri­tica. Por­que, al inde­pen­di­za­mos de España, hace dos­cien­tos alas, quie­nes asu­mie­ron el poder en las anti­guas colo­nias, en vez de redi­mir al indio y hacerle jus­ti­cia por los anti­guos agra­vios, siguie­ron explo­tán­dolo con tanta codi­cia y fero­ci­dad como los con­quis­ta­do­res, y, en algu­nos paí­ses, diez­mán­dolo y exter­mi­nán­dolo. Digá­moslo con toda cla­ri­dad: desde hace dos siglos la eman­ci­pa­ción de los indí­ge­nas es una res­pon­sa­bi­li­dad exclu­si­va­mente nues­tra y la hemos incum­plido. Ella sigue siendo una asig­na­tura pen­diente en toda Amé­rica Latina. No hay una sola excep­ción a este opro­bio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agra­de­ci­miento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera lle­gado a esta tri­buna, ni a ser un escri­tor cono­cido, y tal vez, como tan­tos cole­gas des­afor­tu­na­dos, anda­ría en el limbo de los escri­bi­do­res sin suerte, sin edi­to­res, ni pre­mios, ni lec­to­res, cuyo talento acaso –triste con­suelo– des­cu­bri­ría algún día la pos­te­ri­dad. En España se publi­ca­ron todos mis libros, recibí reco­no­ci­mien­tos exa­ge­ra­dos, ami­gos como Car­los Barral y Car­men Bal­ce­lls y tan­tos otros se des­vi­vie­ron por­que mis his­to­rias tuvie­ran lec­to­res. Y España me con­ce­dió una segunda nacio­na­li­dad cuando podía per­der la mía. Jamás he sen­tido la menor incom­pa­ti­bi­li­dad eme ser peruano y tener un pasa­porte espa­ñol por­que siem­pre he sen­tido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña per­sona, tam­bién en reali­da­des esen­cia­les como la his­to­ria, la len­gua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo espa­ñol, recuerdo con ful­gor los cinco que pasé en la que­rida Bar­ce­lona a comien­zos de los años setenta. La dic­ta­dura de Franco estaba toda­vía en pie y aún fusi­laba, pero era ya un fósil en hila­chas, y, sobre todo en el campo de la cul­tura, inca­paz de man­te­ner los con­tro­les de antaño. Se abrían ren­di­jas y res­qui­cios que la cen­sura no alcan­zaba a par­char y por ellas la socie­dad espa­ñola absor­bía nue­vas ideas, libros, corrien­tes de pen­sa­miento y valo­res y for­mas artís­ti­cas hasta enco­ra­res prohi­bi­dos por sub­ver­si­vos. Nin­guna ciu­dad apro­ve­chó tanto y mejor que Bar­ce­lona este comienzo de apeno ni vivió una efer­ves­cen­cia seme­jante en todos los cam­pos de las ideas y la crea­ción. Se con­vir­tió en la capi­tal cul­tu­ral de España, el lugar donde fobia que estar para res­pi­rar el anti­cipo de la liber­tad que se ven­dría. Y, en cierto modo, fue tam­bién la capi­tal cul­tu­ral de Amé­rica Latina por la can­ti­dad de pin­to­res, escri­to­res, edi­to­res y artis­tas pro­ce­den­tes de los paí­ses lati­noa­me­ri­ca­nos que allí se ins­ta­la­ron, o iban y venían a Bar­ce­lona, por­que era donde había que estar si uno que­ría ser un poeta, nove­lista, pin­tor o com­po­si­tor de nues­tro tiempo. Pan mi, aque­llos fue­ron unos años inol­vi­da­bles de com­pa­ñe­rismo, amis­tad, cons­pi­ra­cio­nes y fecundo tra­bajo inte­lec­tual. Igual que antes París, Bar­ce­lona fue una Torre de Babel, una ciu­dad cos­mo­po­lita y uni­ver­sal, donde en esti­mu­lante vivir y tra­ba­jar, y donde, por pri­mera vez desde los tiem­pos de la perra civil, escri­to­res espa­ño­les y lati­noa­me­ri­ca­nos se mez­cla­ron y fra­ter­ni­za­ron, reco­no­cién­dose due­ños de una misma tra­di­ción y alia­dos en una empresa común y una cenen: que el final de la dic­ta­dura cm inmi­nente y que en la España demo­crá­tica la cul­tura sería la pro­ta­go­nista principal.

Aun­que no ocu­rrió así exac­ta­mente, la tran­si­ción espa­ñola de la dic­ta­dura a la demo­cra­cia ha sido una de las mejo­res his­to­rias de los tiem­pos moder­nos, un ejem­plo de cómo, cuando la sen­sa­tez y la racio­na­li­dad pre­va­le­cen y los adver­sa­rios polí­ti­cos apar­can el sec­ta­rismo en favor del bien común, pue­den ocu­rrir hechos tan pro­di­gio­sas como los de las nove­las del rea­lismo mágico. La tran­si­ción espa­ñola del auto­ri­ta­rismo a la liber­tad, del sub­de­sa­rro­llo a la pros­pe­ri­dad, de una socie­dad de con­tras­tes eco­nó­mi­cos y desigual­da­des ter­cer­mun­dis­tas a un país de cla­ses medias, su inte­gra­ción a Europa y su adop­ción en pocos años de una cul­tura demo­crá­tica, ha admi­rado al mundo entero y dis­pa­rado la moder­ni­za­ción de España. Ha sido para mí una expe­rien­cia emo­cio­nante y alec­cio­na­dora vivirla de muy cerca y a ratos desde den­tro. Ojalá que los nacio­na­lis­mos, plaga incu­ra­ble del mundo moderno y tam­bién de España, no estro­peen esta his­to­ria feliz.

Detesto toda forma de nacio­na­lismo, ideo­lo­gía –o, más bien, reli­gión– pro­vin­ciana, de corto vuelo, exclu­yente, que recorta el hori­zonte inte­lec­tual y disi­mula en su seno pre­jui­cios étni­cos y racis­tas, pues con­viene en valor supremo, en pri­vi­le­gio moral y onto­ló­gico, la cir­cuns­tan­cia for­tuita del lugar de naci­miento. Junto con la reli­gión, el nacio­na­lismo ha sido la casa de las peo­res car­ni­ce­rías de la his­to­ria, como las de las dos gue­rras mun­dia­les y la san­gría actual del Medio Oriente. Nada ha con­tri­buido tanto como el nacio­na­lismo a que Amé­rica Latina se haya bal­ca­ni­zado, ensan­gren­tado en insen­sa­tas con­tien­das y liti­gios y derro­chado astro­nó­mi­cos recur­sos en com­prar armas en vez de cons­truir escue­las, biblio­te­cas y hospitales.

No hay que con­fun­dir el nacio­na­lismo de ore­je­ras y su rechazo del “otro”, siem­pre semi­lla de vio­len­cia, con el patrio­tismo, sen­ti­miento sano y gene­roso, de amor a la tie­rra donde uno vio la luz, donde vivie­ron sus ances­tros y se for­ja­ron los pri­me­ros sue­ños, pai­saje fami­liar de geo­gra­fías, seres que­ri­dos y ocu­rren­cias que se con­vie­nen en hitos de la memo­ria y escu­dos corea la sole­dad. La patria no son las ban­de­ras ni !os him­nos, ni los dis­cur­sos apo­díc­ti­cos sobre los héroes emble­má­ti­cos, sino un puñado de luga­res y per­so­nas que pue­blan nues­tros recuer­dos y los tiñen de melan­co­lía, la sen­sa­ción cálida de que, no importa donde este­mos, existe un hogar al que pode­mos volver.

El Perú es para mí una Are­quipa donde nací pero nunca viví, una ciu­dad que mi madre, mis abue­los y mis dos me ense­ña­ron a cono­cer a tra­vés de sus recuer­dos y año­ran­zas, por­que toda mi tribu fami­liar, como sue­len hacer los are­qui­pe­ños. se llevó siem­pre a la Ciu­dad Blanca con ella en su anda­riega exis­ten­cia. Es la Piura del desierto, el alga­rrobo y el sufrido bue­nito, al que los piu­ra­nos de mi juven­tud lla­ma­ban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo-, donde des­cu­brí que ro eran las cigüe­ñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabri­ca­ban las pare­jas haciendo unas bar­ba­ri­da­des que eran pecado mor­tal. Es el Cole­gio San Miguel y el Tea­tro Varie­da­des donde por pri­mera vez vi subir al esce­na­rio una obra escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Mira­flo­res limeño –la lla­má­ba­mos el Barrio Alegre-, donde cam­bié el pan­ta­lón cono por el largo, fumé mi pri­mer ciga­rri­llo, aprendí a bai­lar, a enamo­rar y a decla­rarme a las chi­cas. Es la pol­vo­rienta y tem­blo­rosa redac­ción del dia­rio La Cró­nica donde, a mis die­ci­séis años, velé mis pri­me­ras armas de perio­dista, ofi­cio que, con la lite­ra­tura, ha ocu­pado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, cono­cer mejor el mundo y fre­cuen­tar a gente de todas panes y de todos los regis­tros, gente exce­lente, buena, mala y exe­cra­ble. Es el Cole­gio Mili­tar Leon­cio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta enton­ces con­fi­nado y pro­te­gido, sino un país grande, anti­guo, coro­nado, desigual y sacu­dido por toda clase de tor­men­tas socia­les. Son las célu­las clan­des­ti­nas de Cahuide en las que con un puñado de san­mar­qui­nos pre­pa­rá­ba­mos la revo­lu­ción mun­dial. Y el Perú son mis ami­gos y ami­gas del Movi­miento Liber­tad con los que por tres años, entre las bom­bas, apa­go­nes y ase­si­na­tos del terro­rismo, tra­ba­ja­mos en defensa de la demo­cra­cia y la cul­tura de la libertad.

El Perú es Patri­cia, La prima de nari­cita res­pin­gada y carác­ter indo­ma­ble con la que tuve la for­tuna de casarme hace 45 años y que toda­vía soporta las manías, neu­ro­sis y rabie­tas que me ayu­dan a escri­bir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un tor­be­llino caó­tico y no hubie­ran nacido Álvaro, Gon­zalo, Mor­gana ni los seis nie­tos que nos pro­lon­gan y ale­gran la exis­ten­cia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los pro­ble­mas, admi­nis­tra la eco­no­mía, pone orden en el caos man­tiene a raya a los perio­dis­tas y a los intru­sos, defiende mi tiempo, decide las citas y los via­jes, hace y des­hace las male­zas, y es tan gene­rosa que, hasta cuándo cree que me riñe, me hace el mejor de los elo­gios: “Mario, para lo único que tú sir­ves es para escri­bir”.

Vol­va­mos a la lite­ra­tura. El paraíso de la infan­cia no es para mí un mito lite­ra­rio sino una reali­dad que viví y gocé en la gran casa fami­liar de tres patios. en Cocha­bamba, donde con mis pri­mas y com­pa­ñe­ros de cole­gio podía­mos repro­du­cir las his­to­rias de Tar­zán y de Sal­gari, y en la Pre­fec­tura de Piura, en cuyos entre­te­chos anida­ban los mur­cié­la­gos, som­bras silen­tes que lle­na­ban de mis­te­rio las noches estre­lla­das de esa tie­rra caliente. En esos años, escri­bir fue jugar un juego que me cele­braba la fami­lia, una gra­cia que me mer­cera aplau­sos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, por­que mi padre habla muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uni­forme de marino, cuya foto enga­la­naba mi vela­dor y a la que yo rezaba y besaba antes de dor­mir. Una mañana piu­rana, de la que toda­vía no creo haberme reco­brado, mi madre me reveló que aquel caba­llero, en ver­dad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iría­mos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y. desde enton­ces, todo cam­bió. Perdí la inocen­cia y des­cu­brí la sole­dad. la auto­ri­dad, la vida adulta y el miedo. Mi sal­va­ción fue leer, leer los bue­nos libros, refu­giarme en esos mun­dos donde vivir era exal­tante, intenso, una aven­tura tras otra, donde podía sen­tirme libre y vol­vía a ser feliz. Y fue escri­bir, a escon­di­das, como quien se entrega a un vicio incon­fe­sa­ble, a una pasión prohi­bida. La lite­ra­tura dejó de ser un juego. Se vol­vió una manera de resis­tir la adver­si­dad, de pro­tes­tar, de rebe­larme, de esca­par a lo into­le­ra­ble, mi razón de vivir. Desde enton­ces y hasta ahora. en todas las cir­cuns­tan­cias en que me he sen­tido aba­tido o gol­peado, a ori­llas de la deses­pe­ra­ción, entre­garme en cuerpo y alma a mi tra­bajo de tabu­la­dor ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de sal­va­ción que lleva al náu­frago a la playa.

Aun­que me cuesta mucho tra­bajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escri­tor, siento a veces la ame­naza de la pará­li­sis de la sequía de la ima­gi­na­ción, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años cons­tru­yendo una his­tona, desde su incierto des­pun­tar, esa ima­gen que la memo­ria alma­cenó de alguna expe­rien­cia vivida, que se vol­vió un desa­so­siego, un entu­siasmo, un fan­ta­seo que ger­minó luego en un pro­yecto y en la deci­sión de inten­tar con­ver­tir esa nie­bla agi­tada de fan­tas­mas en una his­to­ria. “Escri­bir es una manen de vivir”, dijo Flau­bert. Si, muy cierto, una manera de vivir con ilu­sión y ale­gría y un fuego chis­po­rro­teante en la cabeza, peleando con las pala­bras dís­co­las hasta amaes­trar­las, explo­rando el ancho mundo corno un caza­dor en pos de pre­sas codi­cia­bles para ali­men­tar la fic­ción en cier­nes y apla­car ese ape­tito voraz de toda his­to­ria que al cre­cer qui­siera tra­garse todas las his­to­rias. Lle­gar a sen­tir el vér­tigo al que nos con­duce una novela en ges­ta­ción, cuando una forma y parece empe­zar a vivir por cuenta pro­pia, con per­so­na­jes que se mue­ven, actúan, pien­san, sien­ten y exi­gen res­peto y con­si­de­ra­ción, a los que ya no es posi­ble impo­ner arbi­tra­ria­mente una con­ducta, ni pri­va­dos de su libre albe­drío sin matar­los sin que la his­to­ria pierda poder de per­sua­sión es una expe­rien­cia que me sigue hechi­zando como la pri­mera vez tan plena y ver­ti­gi­nosa como hacer el amor con la mujer amada dial sema­nas y meses, sin cesar.

Al hablar de la fic­ción, he hablado mucho de la novela y poco del tea­tro, otra de sus for­mas excel­sas. Una gran injus­ti­cia, desde luego. El tea­tro fue mi pri­mer amor, desde que, ado­les­cente, vi en el Tea­tro Segura, de Lima. La muerte de un via­jante, de Art­hur Miller, espec­táculo que me dejó tras­pa­sado de emo­ción y me pre­ci­pitó a escri­bir un drama con incas. Si en la Lima de los cin­cuenta hubiera habido un movi­miento tea­tral habría sido dra­ma­turgo antes que nove­lista. No lo había y eso debió orien­tarme cada vez más hacia la narra­tiva. Pero mi amor por el tea­tro nunca cesó, dor­mitó acu­rru­cado a la som­bra de las nove­las, como una ten­ta­ción y una nos­tal­gia sobre toda cuando veía alguna pieza sub­yu­gante. A fines de los setenta, el recuerdo per­ti­naz de una tía abuela cen­te­na­ria, la Mamaé, que, en los últi­mos altos de su vida, cortó con la reali­dad cir­cun­dante para refu­giarse en los recuer­dos y la fic­ción, me sugi­rió una his­to­ria. Y sentí, de manera fatí­dica, que aque­lla era una his­to­ria para el tea­tro que sólo sobre un esce­na­rio cobrarla la ani­ma­ción y el esplen­dor de las fic­cio­nes logra­das. La escribí con el tem­blor exci­tado del prin­ci­piante y gocé tanto vién­dola en escena con Norma Mean­dro en el papel de la heroína, que, desde enton­ces entre novela y novela, ensayo y ensayo, he rein­ci­dido varias veces. Eso sí, nunca ima­giné que a mis setenta años, me subirla (debe­ría decir mejor me arras­trarla) a un esce­na­rio a actuar. Esa teme­ra­ria aven­tura me hizo vivir por pri­mera vez en carne y hueso el mila­gro que es, para alguien que se ha pasado la vida escri­biendo fic­cio­nes, encar­nar por unas horas a un per­so­naje de la fan­ta­sía. vivir la fic­ción delante de un público. Nunca podré agra­de­cer bas­tante a mis que­ri­dos ami­gos, el direc­tor Joan 0llé y la actriz Aitana Sán­chez Gijón, haberme ani­mado a com­par­tir con ellos esa fan­tás­tica expe­rien­cia (pese al pánico que la acompañó).

La lite­ra­tura es una repre­sen­ta­ción falaz de la vida que, sin embargo. ros ayuda a enten­derla mejor, a orien­tar­nos por el labe­rinto en el que naci­mos, trans­cu­rrir­nos y mori­mos. Ella nos des­agra­via de los reve­ses y frus­tra­cio­nes que nos inflige la vida ver­da­dera y gra­cias a ella des­ci­fra­mos al menos par­cial­mente, el jero­glí­fico que suele ser la exis­ten­cia para la gran mayo­ría de los seres huma­nos, prin­ci­pal­mente aque­llos que alen­ta­mos iras dudas que cer­te­zas, y con­fe­sa­mos nues­tra per­ple­ji­dad ante temas como la tras­cen­den­cia, el des­tino indi­vi­dual y colec­tivo, el alma, el sen­tido o el sin­sen­tido de la his­to­ria, el más acá y el más allá del cono­ci­miento racional.

Siem­pre me ha fas­ci­nado ima­gi­nar aque­lla incierta cir­cuns­tan­cia en que nues­tros ante­pa­sa­dos, ape­nas dife­ren­tes toda­vía del ani­mal, recién nacido el len­guaje que les per­mi­tía comu­ni­carse, empe­za­ron, en las caver­nas, en torno a las hogue­ras, en noches hir­vien­tes de ame­na­zas –rayos, true­nos, gru­ñi­dos de las fieras-, a inven­tar ilus­trar­las y a con­tár­se­las. Aquel fue el momento cru­cial de nues­tro des­tino, por­que, en esas ron­das de seres pri­mi­ti­vos sus­pen­sos por la voz y la fan­ta­sía del con­ta­dor, comento la civi­li­za­ción, el largo trans­cu­rrir que poco a poco nos huma­ni­za­ría y nos lle­va­ría a inven­tar al indi­vi­duo sobe­rano y a des­ga­jarlo de la tribu, la cien­cia, las artes, el dere­cho, la liber­tad, a escru­tar las enca­las de La natu­ra­leza, del cuerpo humano, del espa­cio y a via­jar a las estre­llas. Aque­llos cuen­tos, fábu­las, mitos, leyen­das, que reso­na­ron por pri­mera vez como una música nueva ante audi­to­rios inti­mi­da­dos por los mis­te­rios y peli­gros de un mundo donde todo era des­co­no­cido y peli­groso, debie­ron ser un baño refres­cante, un remanso para esos espí­ri­tus siem­pre en el quién vive, para los que exis­tir que­ría decir ape­nas comer, gua­re­cerse de los ele­men­tos, matar y for­ni­car. Desde que empe­za­ron a soñar en colec­ti­vi­dad, a com­par­tir los sue­ños, inci­ta­dos par los con­ta­do­res de cuen­tos, deja­ron de estar ata­dos a la nona de la super­vi­ven­cia, un remo­lino de queha­ce­res embru­te­ce­do­res, y su vida se vol­vió sueño. goce, fan­ta­sía y un desig­nio revo­lu­cio­na­rio: rom­per aquel con­fi­na­miento y cam­biar y mejo­rar, una lucha para apla­car aque­llos deseos y ambi­cio­nes que en ellos azu­za­ban las vidas figu­ra­das, y la curio­si­dad por des­pe­jar las incóg­ni­tas de que estaba cons­te­lado su entorno.

Ese pro­ceso nunca inte­rrum­pido se enri­que­ció cuando nació la escri­tura y las his­to­rias, ade­más de escu­charse, pudie­ron leerse y alcan­za­ron la per­ma­nen­cia que les con­fiere la lite­ra­tura. Por eso, hay que repe­tirlo sin yegua hasta con­ven­cer de ello a las nue­vas gene­ra­cio­nes: la fic­ción es más que un entre­te­ni­miento, más que un ejer­ci­cio inte­lec­tual que aguza la sen­si­bi­li­dad y des­pierta el espí­ritu crí­tico. Es una nece­si­dad impres­cin­di­ble para que la civi­li­za­ción siga exis­tiendo, reno­ván­dose y con­ser­vando en noso­tros lo mejor de lo humano. Para que no retro­ce­da­mos a la bar­ba­rie de la inco­mu­ni­ca­ción y la vida no se reduzca al prag­ma­tismo de los espe­cia­lis­tas que ven las cosas en pro­fun­di­dad pero igno­ran lo que las rodea, pre­cede y con­ti­núa. Para que no pase­mos de ser­vir­nos de las máqui­nas que inven­tar­nos a ser sus sir­vien­tes y escla­vos. Y por­que un mundo sin lite­ra­tura sería un mundo sin deseos ni idea­les ni desaca­tos, un mundo de autó­ma­tas pri­va­dos de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capa­ci­dad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, mode­la­das con la arci­lla de nues­tros sueños.

De la caverna al ras­ca­cie­los, del garrote a las armas de des­truc­ción masiva, de la vida tau­to­ló­gica de la tribu a la era de la glo­ba­li­za­ción, las fic­cio­nes de la lite­ra­tura han mul­ti­pli­cado las expe­rien­cias huma­nas, impi­diendo que hom­bres y muje­res sucum­ba­mos al letargo, al ensi­mis­ma­miento, a la resig­na­ción. Nada ha sem­brado tanto la inquie­tud, remo­vido tanto la ima­gi­na­ción y los deseos, como esa vida de men­ti­ras que aña­di­mos a la que tene­mos gra­cias a la lite­ra­tura para pro­ta­go­ni­zar las gran­des aven­tu­ras, las gran­des pasio­nes, que la sida ver­da­dera nunca nos dará. Las men­ti­ras de la lite­ra­tura se vuel­ven ver­da­des a tra­vés de noso­tros, los lec­to­res trans­for­ma­dos, con­ta­mi­na­dos de anhe­los y, por culpa de la fic­ción, en per­ma­nente entre­di­cho con la medio­cre reali­dad, hechi­ce­ría que, al ilu­sio­nar­nos con tener lo que no tener­nos, ser lo que no somos, acce­der a esa impo­si­ble exis­ten­cia donde, como dio­ses paga­nos, nos sen­tir­nos terre­na­les y eter­nos a la vez la lite­ra­tura intro­duce en nues­tros espí­ri­tus la incon­for­mi­dad y la rebel­día, que están darás de todas las haza­ñas que han con­tri­buido a dis­mi­nuir la vio­len­cia en las rela­cio­nes huma­nas. A dis­mi­nuir la vio­len­cia, no a aca­bar con ella. Por­que la nues­tra será siem­pre, por for­tuna, una his­to­ria incon­clusa. Por eso tene­mos que seguir soñando, leyendo y escri­biendo, la más efi­caz manera que haya­mos encon­trado de ali­viar nues­tra con­di­ción pere­ce­dera, de derro­tar a la car­coma del tiempo y de con­ver­tir en posi­ble lo imposible.

Gabriel García Márquez: Me alquilo para soñar. Cuento

4jm2QnuIRsIA las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un marejazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.

Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una! mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, si niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían presentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe: — Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más le gustaba que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinos.
— Lo que ese sueño significa — dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: «Sueño». Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias.
Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
— He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo — me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de¡ viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo que hubiera] sido su sueldo de dos meses en el consulado de Ranigún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo le parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejem- plar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto,, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de ¡bogavante, y me dijo en voz muy baja:
alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada, masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
— Sólo la poesía es clarividente — dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. Me contó que había vendido sus propiedades de Austria, y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. «Sigues tan atrevido como siempre», me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
— A propósito — me dijo—: Ya puedes volver a Viena.
Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
— Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré — le dije—. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
— Soñé con esa mujer que sueña — dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.
— Soñé que ella estaba soñando conmigo—dijo él.
— Eso es de Borges — le dije. Él me miró desencantado.
— ¿Ya está escrito?
— Si no está escrito lo va a escribir alguna vez — le dije—. Será uno de sus laberintos. Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
— Soñé con el poeta — nos dijo. Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
— Soñé que él estaba soñando conmigo — dijo, y mi cara de asombro la confundió—¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebrade la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y unaenorme admiración. «No se imagina lo extraordinaria que era», me dijo. «Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella.» Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista que me permitiera una conclusión final.
— En concreto, — le precisé por fin—: ¿qué hacía?
— Nada — me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.

Marzo 1980.

Pablo Neruda: Recepción del Premio Nobel de Literatura 1971

Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones, lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros limites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando mas bien el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino. Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:

-¿Tuvo mucho miedo?

-Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.

Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. –Ahí mismo -agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted. Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de rios y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aun la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al calor de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo ml humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida.

Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. ¿O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese nada más en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Señoras y Señores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo esta sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesia en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un pequeño dios. No, no es un pequeño dios. No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificacion. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación critica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.

Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, ¿Qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente americano? ¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades.)

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano.