Jacques Sternberg: Cuentos glaciales. Selección de 28 cuentos cortos

LOS ESCLAVOS

jacques-sternberg-zazluet189En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

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EL CASTILLO

El señor del castillo vivía solo y, como sabía todo el mundo, nadie había traspuesto jamás el vallado que limitaba la propiedad. Era una valla alta, de hierro admirablemente forjado, y daba a una extensa alameda bordeada de otros árboles. En medio de los álamos podían verse un área de césped, un estanque, una escalinata y la fachada principal del castillo, con sus ventanas amplias siempre cerradas de día, con sus cortinas negras siempre corridas de noche. Unos inmensos árboles ocultaban las otras caras del castillo. En cuanto al amo del lugar, de vez en cuando podía vérselo en la aldea, especialmente los martes. Hasta que, un buen día, no se lo vio más. Entonces unos hombres entraron por vez primera en el castillo y hallaron al señor, exánime, muerto sin duda por causas naturales, yacente sobre un colchón que había extendido directamente en el suelo. El parquet estaba hecho de unas planchas desunidas, casi enmohecidas; tampoco los tabiques eran muy valiosos. El señor del castillo habitaba, en rigor, una casita de madera y alquitrán, diminuta y húmeda, recubierta apenas con un montón de viejas bolsas, cosidas unas con otras; una miserable conejera en un terreno fangoso, tras la fachada de un castillo.Porque del castillo, en verdad, nadie había visto nada más que su fachada durante años: un decorado de yeso solemnemente plantado en el vasto parque.

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LO IMPENSABLE

En aquel mundo en el que la mente humana no podía diferenciar lo vivo de lo inanimado ni distinguir los elementos que constituían el suelo, los hombres cometieron un grosero desliz que costó la vida de una tripulación. Seducido por la deslumbrante orquestación vegetal que estallaba en medio de aquel paisaje cristalino, un biólogo cortó una planta de colores asombrosos y la colocó en un vaso con agua. Ese gesto fue la causa del incidente. No era una planta lo que el biólogo acababa de arrancar. Era el jefe de los guerreros de aquel mundo.

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EL PENSAMIENTO

Primero cayó la bomba. Jamás se supo de dónde venía ni quién la había arrojado, pero explotó sin hacer ruido, sin ninguna deflagración de luz y sin matar a nadie. Tres horas después, a partir de cierto instante, los pensamientos se volvieron contagiosos en el mundo. En cadena, como una epidemia gradual. En ese preciso instante, cierto hombre había pensado en suicidarse y su pensamiento había sido más intenso y poderoso que los demás. Cientos de hombres pensaron, acto seguido, en lo mismo. Luego, miles y millones de hombres. Y todos pasaron en conjunto a la acción. Dos días más tarde, muy tranquilos, los seres de otro planeta arribaron a la Tierra, la invadieron y la conquistaron sin necesidad de armas ni de combates.

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EL ATERRIZAJE

Cuando los stralkos se contactaron por primera vez con nuestro mundo, aterrizaron en África, en medio de la maleza, muy cerca de una aldea zulú. Tomaron notas, dedujeron las leyes y las costumbres generales y, un año más tarde, invadieron la Tierra con el objeto de anexarla. Se habían maquillado de negro, habían untado sus cuerpos con abundantes pinturas y se habían armado con piedras y flechas. Pero, esta vez, aterrizaron en Estados Unidos, entre Boston y Chicago.

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LA MOSCA

El choque fue excepcionalmente brutal. Los dos automóviles iban a más de cien por hora y se estrellaron de frente. Resultado: nueve muertos en total.

Tardaron másd e una hora en sacar el primer cadáver de los restos del hierro. El único sobreviviente aprovechó para salir de allí e irse volando.

Era una mosca.

-Mierda -pensó-, nunca más me subo a un coche.

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LA FÁBRICA

Primero se ven las vías de hierro que, a golpes de dinamita, se han abierto un camino en medio de la fábrica.

Después, de pronto, los galpones de la fábrica.

Los trenes llevan, sin tregua, toneladas de materia prima a los talleres: muebles de diversos estilos; según se cuenta, millones de muebles de todos los tamaños y todas las épocas.

Cientos de obreros especializados transforman los muebles en planchas, luego en troncos y después en árboless.

Y, mientras tanto, otros equipos los plantan en las llanuras alrededor. Así convierten esas planicies en bosques.

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EL BUEN NEGOCIO

Al lado de la fábrica donde se producían los fósforos, aquel hombre de negocios había fundado una empresa donde se encendían los fósforos para comprobar si eran útiles.

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LA CIFRA

Cuando volvió a quedar embarazada, creyó que se volvería loca. Así y todo, muerta de miedo, dio a luz. Y el miedo fue incluso mayor al ver que la criatura viviría. Era su hijo número trece.

Trece, la cifra que temía más que a la vida o la muerte. Entonces, temerosa de una inminente desgracia, mató con sus propias manos a los otros doce hijos.

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EL ACTO

Eran muchos los que esperaban en el andén la llegada del subterráneo. Una decena, lás o menos. Esperaban con paciencia, desgastados por la rutina.

Les sorprendió, por eso, ver a un hombre bastante mayor que manifestaba cierta ansiedad. Hablaba con los usuarios, murmuraba unas palabras y les daba nerviosamente unos billetes.

– No, por favor, no me agradezcan -les decía-. Es para que tomen el taxi.

Ya se oía el rugido del subterráneo.

El hombre se arrojó a las vías poco antes de que llegara el subte, que no tuvo tiempo de frenar.

Aquel gesto desesperado provocó por dos horas, en efecto, la interrupción del servicio.

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EL GANADOR

Nunca había comprado un billete de lotería, pero a menudo pensaba en e! dinero de! premio mayor. Y un buen día, pensando en ello, ante sus ojos surgieron un nombre y una dirección. El nombre le era totalmente desconocido, al igual que la dirección.

Al día siguiente comprendió que aquél era el nombre del ganador, el nombre de quien había sido escogido por el azar de la lotería.

Desde entonces piensa regularmente en el ganador. Siempre sabe, de antemano, su nombre y su dirección.

Pero nunca sabe el número del billete ganador.

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LOS MARCIANOS

Hacía mucho tiempo que se hablaba de ello… Hasta que al fin, una mañana, los marcianos llegaron a la Tierra, a los suburbios de una gran ciudad donde fueron acogidos con simpleza.

– ¿Ustedes vienen de muy lejos? -preguntaron los terrícolas, que todavía ignoraban quiénes eran.

– Venimos de la Tierra, somos terrícolas.

– ¡De la Tierra! Pero, ¿dónde creen que están?

– Creemos que llegamos a Marte -respondieron con igual simpleza.

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EL POLLO

La familia, muy religiosa, estaba comiendo el pollo de los domingos cuando, por glotonería, la más pequeña de las hijas se atragantó con un hueso y, en pocos instantes, murió.

-Dios nos la ha dado -dijo el padre, sin soltar su tenedor-, Dios nos la quita. Alabado sea el Señor.

Entonces Dios, que no es ingrato, se apiadó, produjo un pequeño milagro y en un abrir y cerrar de ojos hizo resucitar al pollo.

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LOS INSECTOS

Cuando los enormes insectos venidos de un mundo lejano vieron por primera vez a los habitantes de la Tierra, comentaron estupefactos y aterrados:

– Son unos insectos enormes.

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LA CONFUSIÓN

En realidad, María -a quien apodaban la Virgen- parió dos hijos a la vez, gemelos.

Uno se convirtió en un alegre vagabundo, un amante de las andanzas y las palabras que llegó a ganarse, al azar de sus peregrinaciones, cierta fama de predicador. Pero fue muy pronto olvidado.

Al otro le fue mucho peor. Terminó, a los 33 años, en una cruz, entre otros dos ladrones.

Curiosamente lo confundieron con su hermano y la gloria se encargó de todo lo demás.

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EL USO

Crearon el mundo en seis días, tal como estaba previsto. Descansaron al séptimo y al octavo día inventaron a Dios.

Todo el mundo se vio entonces aburrido, sin saber qué hacer.

Hasta que alguien se puso de pie y sugirió:

– ¿Y si les damos a Dios a los terrícolas? Ellos sabrán darle un uso.

y así fue.

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EL PUNTO FINAL

Dios creó el mundo en seis días, como se ha dicho. Después, al séptimo día, descansó.

Esto le permitió reflexionar. Y, aterrado por el monstruo que había arrojado al espacio infinito, al día siguiente creó la muerte.

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LA EDUCACIÓN

Él era tan educado que, antes de cruzar las puertas de la muerte, hizo que su esposa entrara en primer lugar.

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EL LOCATARIO

Visité la planta baja y después fui al primer piso.

La vivienda me parecía muy hermosa, aunque a la vez inquietante con sus habitaciones pintadas con cal, todas de techos muy altos, vacías y claramente abandonadas desde hacía años.

Al llegar al primer piso, mi inquietud se volvió malestar.

Me detuve en el umbral de una habitación inmensa, observé la chimenea y el espejo, el parquet y las paredes desnudas… Era una habitación vacía, lo mismo que las demás, pero, sobre la chimenea, dos candelabros parecían montar guardia con singular elegancia.

Avancé hacia la chimenea y vi que mi rostro aumentaba en el gran espejo hasta que, de pronto, mis facciones parecieron desmoronarse. Me detuve.

En el espejo se veía la imagen de los dos candelabros, la imagen de las paredes, la imagen de toda la pieza tal como existía realmente, pero había una cosa más.

En el espejo se veía la imagen de los dos candelabros, la imagen de las paredes, la imagen de toda la pieza tal como existía realmente, pero había una cosa más.

En el centro de la habitación reflejada por el espejo había un hombre sentado en una silla de madera, con las manos entrelazadas.

El hombre parecía esperar, no se movía; pero estaba vivo y debía oírme porque entonces se irguió apenas y, sin expresión alguna, me miró.

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LAS PRUEBAS

Primero y principal, conviene desconfiar de los objetos. En especial, de los objetos perdidos.

No recoger ningún objeto tirado en la calle o en cualquier otro lugar público.

En esos casos, se corre siempre el riesgo de que aparezcan los delegados, quienes al mismo tiempo hacen de testigos y ejecutores para arrastrar al sospechoso hasta las puertas de cualquier acusación.

Siempre, irrevocablemente, al cabo de cinco minutos de pesquisa se prueba que el objeto recogido era la pieza clave de un crimen relacionado con cierto caso aún abierto y que las huellas digitales son, desde luego, pruebas irrefutables.

El objeto encontrado se vuelve, en el acto, evidencia criminal; el sospechoso se vuelve, a su vez, culpable; la situación, desesperante.

El fenómeno es de lo más arbitrario porque, de hecho, nunca hay casos policiales en la ciudad. Nadie ha matado jamás, nadie ha robado jamás.

Lo que no excluye, sin embargo, que de este modo se pruebe cierto “delito flagrante”.

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EL ATAQUE

Serían las once de la noche. Hacía un calor sofocante en la cama; un calor denso y húmedo, algo repugnante.

Yo escuchaba la radio de los vecinos, que berreaba un último concierto.

En ese instante sonó aquella música.

Una música cuyo trasfondo parecía confuso, aunque en primer plano pude oír con claridad el regular martilleo de un tam-tam obsesivo y monocorde.

Creo recordar que sonreí y, sin habérmelo propuesto, imitando a un cazador acorralado, me tendí boca abajo, oculto en algún pantano tropical, e imaginé el ruido que tarde o temprano se acercaría, los gritos que de súbito podían estallar, los pasos y…

Después oí aquel ruido seco; algo acababa de clavarse contra un objeto duro… Palpé la pared, casi sin querer. Entonces la segunda jabalina impactó en la pared, a tan sólo centímetros de mí.

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LOS FAROLES

El encargado de encender los faroles alargó la vara; la llama alcanzó la mecha y un resplandor amarillento tiñó los vidrios del farol.

El hombre dejó caer la vara, después se la puso al hombro como una lanza y acto seguido miró el horizonte. Entonces, un poco hastiado, aunque diciéndose que el trabajo es el trabajo y hay que cumplirlo, se aprestó a atravesar los dos mil kilómetros de desierto que lo separaban del segundo farol que debía encender.

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LA TIMIDEZ

Tenía tal preocupación por no causar molestias que volvió a cerrar la ventana detrás suyo, después de haberse lanzado al vacío, desde lo alto del sexto piso.

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LA SANCIÓN

Los delitos allí son diversos, pero la sanción es una, siempre la misma.

Se introduce al condenado en un túnel interminable, se lo deja entre los rieles de una vía ferroviaria. El condenado sabe bien lo que le espera y se larga a correr. Escapa. No contempla otra alternativa. Pero huir es imposible porque el túnel no tiene fin.

El condenado corre y corre, hasta perder el aliento, incluso hasta perder la vida.

Puede afirmarse, sin embargo, que ningún tren ha circulado nunca por aquellas vías.

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LA SANGRE

¿Qué decir de Istrígala, con quien podía hacer todo lo que yo deseaba porque, desde hacía ya largo rato, ella había franqueado la invisible frontera entre las prohibiciones y lo imposible de todos los misterios?

¿Qué decir de cuanto hice para poner a prueba su poder, su terrible feminidad y su capacidad de resistencia?

Hice de ella una mujer de nieve, capaz de fundirse al sol, pero capaz también de ser más dura que una hoja de metal. La transformé en sílabas que mezclaba con ecuaciones de álgebra para verla recrearse, mitad flor, mitad insecto, en algún rincón del jardín. La puse como en conserva, en unas minas, por el placer de reencontrarla con una pala y un pico, entre brillantes cristalizaciones de piedras preciosas. La hice tan fluida como el agua, tan densa como el mercurio, tan transparente como el cristal, tan terrorífica como un espectro cubierto de hojas de afeitar y, no obstante, siempre sonriente, siempre ávida de entregarse como si nada pudiera sucederle en este mundo desprovisto de consecuencias fatales. Hice que llevara la moral al cuello, bien escotada y con los ojos ardientes; hice que se convirtiera en una enorme mano con la cual yo hacía el amor de todas las formas posibles. Le transfundí las mezclas químicas de las pasiones más contradictorias hasta ahogarla bajo un torrente de mil colores. La envié a la nada de su muerte para verla regresar diáfana, hierática, con un manojo de confusiones inmundas que me traía de regalo. Y al regreso la veía con su rostro siempre irónico y glacial, al cual ni el terror ni la pasión habían logrado dotar de alguna suerte de expresividad.

Hasta el día en que, por distracción, se cortó ligeramente un dedo rebanando el pan, sangró apenas y murió casi en el acto, completamente exangüe.

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LA SECRETARIA

La habían contratado por su hermosura, sin preguntarle ni siquiera si sabía escribir a máquina. Escribía a máquina como una virtuosa, con una destreza que superaba a la de todas las restantes empleadas. Era capaz de entregar más de veinte cartas por día.

Lo asombroso de todo era que escribía a máquina con los pies, sin usar nunca las manos.

El primer día, eso causó mala impresión.

Pero la impresión muy pronto fue eclipsada por otros hechos: la secretaria no sólo tenía hermosísimas piernas, sino también un vientre plano que hacía soñar mientras respondía muy comercialmente a los clientes.

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LOS ESCLAVOS

En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

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LA TEJEDORA

Nunca la había visto yo sin sus agujas de tejer. Tejer era su pasión, su única inquietud. Incluso si un rayo caía al pie de su ventana, ella no apartaba los ojos del tejido. Pero yo conocía sus ojos. Eran verdes, admirables. Porque Ylge era hermosa, extrañamente hermosa. Y aún más extraño era el contraste entre la belleza de Ylge y la banalidad de esa labor que ella cumplía con tanta perseverancia.

Me hicieron falta seis meses para convencer a Ylge de que abandonara por un rato el tejido y las agujas. La conduje a la cama y la desvestí. En su cabeza, entre dos mechones de pelo, vi un pequeño hilo de lana. Tiré de él. Durante una hora tiré de él. Finalmente comprendí que había destejido a Ylge y que ahora tenía entre manos una enorme bola de lana.

La dejé sobre una mesa. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?

Odysseus Elytis: Aire fuerte. Discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura.

Ruego a ustedes me perdonen que les hable desde el comienzo, sin preámbulo alguno, acerca de la luminosidad y la transparencia.Y ello es así por cuanto esas dimensiones –la luminosidad y la transparencia–,aparte de haber sido y de ser las distintivas del medio en que me tocó vivir,han ido paulatinamente cobrando forma y fuerza dentro de mí hasta llevarme a la necesidad de buscar mi expresión propia. Por lo demás, me parece que la experiencia personal y las virtudes del lenguaje que utiliza el artista o el poeta, constituyen aportes sustanciales para el logro de la mayor visibilidad posible, visibilidad que se vuelve tanto más necesaria cuanto más densa es la oscuridad que caracteriza a la época en que vivimos.

Cuando hablo de visibilidad no me refiero a la mera posibilidad de ver los objetos en todos sus detalles, sino al sentido de captación de su esencia,al poder de transmutarlos hasta convertirlos en una transparencia cuya significación metafísica está implícita en sí misma. Se trataría de una especie de superación de la materia, tal como lo consiguieron,plenamente,los escultores del período cicládico, o como lo lograron los pintores de íconos de Bizancio, quienes, a partir del color puro, llegaron a poner de manifiesto el sentido de la “luz divina”.Se trata de una operación penetrante y al mismo tiempo transformadora de la realidad que, por su parte,la poesía ha tratado siempre, según creo,de llevar a cabo en sus mejores expresiones,y para ello no se ha limitado a lo “ya conseguido”sino que se ha lanzado a lo que “podía conseguirse”. Es este un hecho que no ha sido debidamente apreciado, tal vez porque las neurosis colectivas no lo han permitido,o porque cierto materialismo no dejó que los ojos del hombre se abrieran lo suficiente.

Así, la belleza y la luz fueron percibidas de un modo anodino,inadecuadamente. Y esto se debe a que es más severo el esfuerzo exigido para llegar a configurar dentro de uno mismo al ángel, que el demandado para dejar en libertad toda suerte de demonios.
Existe ciertamente el enigma.Existe ciertamente el misterio.Pero el misterio no es una puesta en escena que se sirve de juegos de sombras y tinieblas con el solo fin de impresionarnos. Es aquello que, aún en medio de la luz absoluta,continúa siendo misterio y se convierte en ese resplandor que atrae y que llamamos belleza. La belleza constituye un camino –quizá el único– hacia la parte desconocida de nuestro ser,hacia aquello que nos excede.De aquí se deriva una definición más de la poesía:es el arte de aproximarnos a lo que nos sobrepasa.

Hay miríadas de signos secretos diseminados en el universo,que constituyen sílabas de un lenguaje desconocido con las que podemos componer palabras,y con las palabras,frases que, al descifrarlas,nos acercarán a la más recóndita verdad.
Pero ¿dónde se halla,en última instancia, la verdad? ¿En el deterioro y en la muerte que comprobamos a diario a nuestro alrededor, o en el impulso que nos lleva a creer que este mundo es eterno e inagotable? Es prudente que evitemos las expresiones grandilocuentes, lo sé; sin embargo, desde tiempos inmemoriales las teorías cosmológicas las utilizaron, chocaron entre sí,florecieron,se marchitaron.La esencia permaneció.Permanece.

Por su parte, la poesía aparece allí donde la racionalidad depone sus armas; y al internarse con ellas en la zona prohibida, demuestra que está fuera del alcance del deterioro.Ella preserva a través de una forma nítida los elementos vitales y permanentes que, a semejanza de las algas en la profundidad de los mares,no pueden distinguirse en la oscuridad de la conciencia. Es por eso que nos resulta tan necesaria la transparencia,ya que nos permite distinguir los nudos en el hilo tendido a lo largo de los siglos,ayudándonos de ese modo a permanecer de pie sobre la tierra.

De Heráclito a Platón y de Platón a Jesús, descubrimos esta “trama” que llega hasta nuestros días bajo formas distintas, diciéndonos siempre lo mismo:que dentro de este mundo se va componiendo, con los elementos de este,el otro mundo,el “más allá”,otra realidad,aquella que está por encima de la realidad aparente en que nos debatimos,contrariando el orden de la naturaleza.La otra realidad nos pertenece, y si no logramos acceder a ella es por nuestra propia incapacidad.
No es nada casual que en épocas sanas el bien haya sido identificado con lo bello, y lo bello con el sol.Y esto es así porque,a medida que la conciencia se purifica,se llena de luz,las zonas de sombra van disminuyendo hasta desaparecer,dejando vacíos que son ocupados por otras de signo opuesto, tal como ocurre en el campo de las leyes naturales. O sea que, en última instancia,se genera una realidad que se sustenta en el “aquí”y en el “más allá”. Poco importa si es Apolo o Venus,Cristo o la Virgen,en quienes se encarne y personifique aquello que en ciertos momentos presentimos y necesitamos ver materializado;lo que sí importa es que cualquiera de ellos nos permita respirar la inmortalidad.En mi opinión, corresponde a la poesía,al margen de todo dogma,posibilitar esa respiración.

¿Cómo no referirme aquí al gran poeta Hölderlin, quien tuvo la misma mirada tanto para los dioses del Olimpo como para Jesús? Él dio así estabilidad a un modo de visión de un valor inapreciable.Descubrió,de esta manera, para nosotros,un dominio extenso y terrible.Tan terrible que,cuando apenas comenzaba a insinuarse el mal que hoy nos abruma,lo hizo exclamar: wozu dichter in durftiger zeit (¿para qué un poeta en tiempos de indigencia?).
¡Ah, sí, por cierto, los tiempos han sido siempre durftiger (de indigencia) para el hombre! Pero,por su parte, la poesía nunca dejó de oficiar.Estos dos hechos, destinados a acompañar nuestro tránsito terrenal,se equilibran el uno al otro.Y cómo podría ser de otra manera si hasta la noche y los astros pueden ser percibidos por nosotros gracias al sol,con la salvedad de que este, según lo expresado por el filósofo de la antigüedad, cuando sobrepasa sus límites incurre en “injuria”. Por nuestra parte,es necesario que nos encontremos a una distancia adecuada del sol moral,del mismo modo que nuestro planeta lo está con relación al sol natural,para que la vida sea posible.De aquí es dable inferir que tanto la ignorancia que nos extraviaba en otros tiempos,como el excesivo conocimiento que hoy nos trastorna, son consecuencias de nuestra incorrecta ubicación con respecto al sol moral.

No por lo que digo me voy a sumar a la larga lista de los que critican nuestra civilización técnica.Una sabiduría tan antigua,como es la de mi país de origen,me enseñó a aceptar la evolución, digerir el progreso junto con su cáscara y su carozo.
¿Qué viene a significar entonces la poesía en una sociedad así? Contesto: es el único sitio donde el poder de los números no tiene cabida.Y,justamente vuestra decisión de este año de honrar –a través de mi persona– la poesía de un pequeño país,muestra en ustedes una actitud en armónica correspondencia con una generosa percepción del arte, que constituye la única fuerza capaz de oponerse al poder de los valores cuantificables.

Sufrimos por la falta de un lenguaje común.Y la repercusión de esta falta –no es exagerado afirmarlo– se advierte en la realidad social y política de nuestra patria común, Europa. Comprobamos todos los días, y así lo proclamamos, que vivimos en un caos moral. Y esto ocurre en un momento en que la distribución de bienes materiales se hace, como nunca,en forma rigurosamente sistemática,con un orden casi militar y un control implacable.Esta contradicción alecciona:toda vez que uno de los dos términos predomina,el otro disminuye en importancia. Es decir, que el digno objetivo basado en la unidad de los pueblos europeos,se ve obstaculizado por la imposibilidad de integrar las partes atrofiadas y no atrofiadas de nuestra civilización.En otras palabras, nuestros valores no constituyen un lenguaje común.
Para el poeta –parece extraño pero es verdad–,los sentidos constituyen el único lenguaje común que sigue teniendo vigencia para él:desde hace milenios no ha variado la manera en que se tocan dos cuerpos. Es un lenguaje que,por lo demás,no ha desencadenado luchas como las que generaron las miles de ideologías que ensangrentaron nuestras sociedades, dejándonos con las manos vacías.

Cuando hablo de los sentidos, no intento aludir a sus niveles superficiales, sino a los más profundos;es decir, a la “analogía de los sentidos”, pues todas las artes se expresan mediante analogías; por ejemplo: las palabras “fango”o “inocencia” pueden corresponder, en algún caso,a un olor;la línea recta o la curva, el sonido agudo o grave,pueden constituir traducciones de alguna percepción óptica o acústica. En suma,nuestros poemas resultarán buenos o malos según sea la forma en que lleguemos a vivir y discernir el significado de la palabra.

Una imagen del mar, de Homero, llega intacta hasta nuestros días cuando Rimbaud nos habla de “la mer melée au soleil”,imagen a la que añade:eso es la eternidad.Y la muchacha que en una escultura de Arquelaos lleva una rama de mirto,al sobrevivir en un cuadro de Matisse nos hace más tangible el sentido mediterráneo de la pureza.Por lo demás, no sería impropio considerar que este mismo sentido está presente en una virgen de la iconografía bizantina, donde,en virtud de un factor casi imperceptible, la luz terrenal se convierte en luz extraterrenal, e inversamente. Podríamos decir que la forma de sensibilidad heredada de la antigüedad, y la recibida del medioevo,generaron una tercera forma de sensibilidad que se parece a las precedentes como un hijo a sus progenitores. ¿Puede la poesía tomar ese camino? ¿Es posible que los sentidos,a través de una constante purificación, puedan acceder a lo sagrado? En caso de que así fuese,la “analogía de los sentidos” volverá a proyectarse sobre el mundo material para influir en él.

Para la tarea que nos aguarda no bastan los versos que puedan surgir de nuestros sueños;en cambio las especulaciones políticas sobran. Ocurre que, en el fondo, el mundo que nos rodea es,simplemente,un cúmulo de materiales;el resultado final –es decir, el paraíso o el infierno que logremos edificar– dependerá de nosotros,en la medida en que seamos buenos o malos arquitectos.De ahí que,si alguna certeza puede ofrecernos la poesía en los tiempos de “durftiger”(indigencia) que nos toca vivir,es,justamente, la de que nuestro destino, a pesar de todo,está en nuestras manos.

Más de una vez, en anteriores oportunidades, he esbozado los fundamentos de una “metafísica solar”, y si bien no es este el momento de considerar las analogías que esa “metafísica” pueda suscitar en relación con el arte, quiero por lo menos señalar el hecho real de la afinidad existente entre el sol –considerado tanto en su sentido real como metafórico– con el medio de expresión de los griegos, entendido como instrumento de magia.

Y este sol,concebido de esta forma, impone al núcleo de sentido del poema el mismo régimen que a la vida en todas sus manifestaciones.O sea,que influye en la composición,en la estructura y,para utilizar un término del vocabulario contemporáneo, en la formación nuclear de la unidad que llamamos poema.
Sería un error suponer que se trata aquí de un retorno al sentido riguroso de la forma.El sentido de la forma, que nos ha legado la percepción occidental, constituye una convención establecida.Ese sentido comprende tres o cuatro categorías; es decir, tres o cuatro recipientes donde forzosamente tenían que volcarse los materiales más diversos.Tal criterio ha perdido vigencia en nuestros días. En lo que a mí respecta, he sido de los primeros en romper las cadenas.

Desde siempre me sentí interesado, oscuramente al comienzo, con toda claridad más tarde,por la determinación del contenido específico que corresponde a cada estructura arquitectónica. Para ello,no es necesario acudir al saber de los artistas antiguos que levantaron obras como el Partenón, sino a los modestos artesanos,mucho más recientes, quienes construyeron las casas y las pequeñas iglesias de las Islas Cícladas,encontrando por instinto en cada caso, una solución propia, práctica y,al mismo tiempo,estética,a punto tal que merecieron la reverente admiración de Le Corbusier.
Fue un instinto semejante el que probablemente despertó dentro de mí,cuando,por vez primera,me encontré ante la necesidad de elaborar una obra de vastas proporciones como “To Axion Estî”:comprendí entonces que si esa obra no se encuadraba,analógicamente, dentro de las previsiones que rigen la construcción de un edificio,no obtendría jamás la consistencia a que yo aspiraba.

Procedí, por lo tanto, del mismo modo en que lo hicieron Píndaro,en la antigüedad,y Romanós o Mélodos,en Bizancio,quienes inventaron para cada oda o himno un ritmo inédito. Y advertí, con toda evidencia,que la repetición por períodos de determinados ritmos y determinados versos, le daban un aspecto poliédrico y al mismo tiempo simétrico a la obra que proyectaba.

¿No se transforma acaso de este modo el poema en un pequeño sol,a cuyo alrededor giran los versos, de conformidad con un orden matemático? Creo que tal transformación corresponde plenamente a la significación más honda del poema.Y creo, asimismo,que no existe logro mayor para un poeta.

Tener el sol entre las manos,sin quemarse, y pasarlo como una antorcha a los que proseguirán la marcha, es un acto arduo pero sagrado.Lo necesitamos. Vendrá un día en que a medida que se llene de luz la conciencia del hombre,se debilitarán los dogmas que lo esclavizaron desde siempre; y este se irá identificando con el sol cuanto más se aproxime a los ideales de dignidad y libertad humanas.