Néstor Valdivia: A Mamá Bachi. Carta de despedida

Nes Original completoGracias a ti, por esa inercia de los genes, por ese poder de la tradición y la costumbre, por la fuerza de la sangre que tu corazón bombeó y que nos alimenta las venas y el espíritu, es que estamos acá reunidos, para despedirte y abrazarte a la eternidad de la memoria que heredaremos a tu descendencia.

Pequeña mujer de corazón gigante, con tus dedos y manos de lana, tejiste nuestras vidas que son tuyas ahora y para siempre.

Mis mejores recuerdos de la infancia feliz que me tocó vivir fueron en Coracora. Recuerdos imborrables al lado de mis hermanos, padres, primos, tíos, al lado tuyo y de papá lesmes. Tuve la fortuna de verte y sentirte como a una madre, siempre preocupada por todos hasta el final de tus días. Como a un choclo, desgranaste el rosario a las 5 en punto, rezando todas las mañanas, pidiendo por los tuyos.

El olor del humo de la cocina de leña, era lo primero que sentíamos al despertar. Bajábamos somnolientos a tomar el desayuno en el comedor de la casa. Papá Lesmes ya estaba sentado tomando en su gran taza la leche humeante y tú, mamá Bachi, corriendo en busca de no sé qué, de un lado al otro de la casa.

Cada árbol de tu chacra, cada planta, cada piedra, y el hinojo de la huerta. El eucalipto de la era, la viejita casa donde naciste y la casa del pueblo donde tu padre te crío sólo. Cada una de tus hortensias que sólo con el cariño de tus manos sabían florecer y que desde tu ausencia, parecen haber enflaquecido y marchitado irremediablemente, todas esas cosas se quedarán con el aroma de tu presencia.

Con tu partida germinan los recuerdos, tu voz ha sido atrapada en la malla de las paredes de tu casa, eco que se repetirá hasta lo profundo del cariño que te tenemos.

Tu cuerpo, al fin, vieja linda, perdió la batalla, ante el más grande y sublime de los egoísmo que pueda tener el alma, desprenderse de la carne y elevarse como humo invisible. Tu espíritu al fin, mamá Bachi, se hizo paso a través de tu armazón de huesos, como el agua que rompe la tierra, que no soporta ser contenida por nada y aprovechó tus 96 años, y el resquicio de tu corazón cansado para hacerse pasó y romper con toda lógica de los mortales y entregarse como yegua de fuego, a las pampas del más allá.

La vida te bendijo con 5 hijos, 23 nietos y un incontable número de bisnietos pero también te arrancó de tus entrañas a tu hija y a tu querido esposo y desde entonces quedaste herida de muerte. Una letanía de 12 largos años que se acaban hoy para volverte ver nacer, porque morir es volver a nacer, en un universo paralelo e incomprensible. Pagaste con creses tus errores y tus pecados acá mismo. Pero ¿para qué hablar de ellos? En nosotros queda tu cariño y tu amor, tus ocurrencias y lengua rápida, tu paciencia y tu empecinamiento para que todos hagamos lo correcto. Y como tú, también nosotros pagaremos por la ingratitud injustificada que jamás te mereciste.

Descansa en paz mamá Bachi, que acá todos te extrañaremos y te recordaremos con tu chispa incomparable incluso en tus momentos tristes: La vida es más deliciosa, cuando se vive en pecado.

Néstor Valdivia: El olor de las axilas. Cuento

Nes Original completoAl terminar la secundaria hablé con mis padres y les dije que aún no estaba preparado para postular a la universidad y que me sentía perdido en los estudios. Estuvieron molestos conmigo por algún tiempo pero al fin comprendieron que no serviría de nada obligarme a continuar algo que no quería y me dejaron tranquilo.

El domingo siguiente compré el diario y busqué un trabajo eventual en el que estuve dos meses porque no soportaba el ritmo de trabajo ni los horarios. Me levantaba a las cuatro de la mañana para estar a las seis en el taller como ayudante de un viejo cascarrabias al que no le soportaba su lenguaje procaz ni el agresivo olor de sus axilas. Él tampoco soportaba mi presencia ni mis quejas y llegamos al acuerdo de entendimiento.

El viejo procuraría no mandar a la mierda o granputear a todo cada 5 minutos si yo prometía no pasarme todo el día bostezando, pero no pude hacer nada sobre sus hedores. Me avergonzaba reclamarle por el fétido olor a cebollas de sus sobacos. Sin embargo, en el fondo, el viejo me caía bien, hizo más llevadero el trabajo. Sobre todo después de las comidas y en la modorra de las tardes, con sus historias de cuando trabajaba en el puerto como estibador.

Disfrutaba mucho sus relatos de borracheras de dos días con sus compañeros en los prostíbulos, de cómo se reñía puñal en mano o a pico de botella con alguno que osaba mantenerle la mirada por más de cinco segundos y orgulloso levantaba sus mangas de la camisa para mostrarme las cicatrices que había recibido, de cómo se gastaba la semana de pago entre las piernas de las putas más cotizadas del Trocadero.

Cuando me echaron de la empresa organizó una pequeña despedida en una cantina de mala muerte donde los fines de semana todos los obreros de las fábricas de la zona terminaban para gastar lo ganado en las horas extras. Era una casa de un solo piso y a medio construir, de techo a media agua, con el frontis cubierto de una maraña de enredaderas de espinas que ardían al tacto y de flores amarillas que por las noches inundaba al ambiente con un olor dulzón y bastante molesto. Saludó y lo saludaron como a un viejo amigo, no me sorprendió.

Fuimos con dos compañeros y nos sentamos alrededor de una mesa próxima al patio interior de tierra, desde donde se veían los cuartuchos con techo de esteras cubiertos con plásticos azules para evitar las garúas en invierno y las cortinas a modo de puertas hechas de manteles y sábanas viejas. Era la única zona privada del lugar. El viejo se levantó de la silla y señalándonos se disculpó por un momento ya que tenía algo importante que hacer. Claro, lo dijo del único modo que él podía hacerlo:

-Ni se les ocurra irse conchadesumares, voy por un polvo.

Se acercó a una señora diminuta de caderas bastante amplias y desproporcionadas, cuyo cuerpo era equilibrado por un par de tetas descomunales, rebalsadas por el escote y estriadas en surcos blanquecinos. Le recibió con los brazos abiertos y se relamieron en un beso tan soez como 2 moscas copulando sobre el plato del almuerzo recién servido pero, a la vez, tan profundo y tenaz como la mordedura de una araña, así de doloroso era su amor.

El viejo sopesó los mofletes caídos de la mujer y, entre risas y nalgadas, se fueron a una habitación contigua. Volvió al cabo de una hora con la camisa desabotonada, con la velluda panza abovedada al aire y sonriendo satisfecho se sentó en una de las sillas farfullando:

-Esta chola cuesta 20 lucas y culea como si le pagaras 50, pero igual no se las pagué.

Soltó una de sus acostumbradas carcajadas estrepitosas que acompañaba con golpes de puño sobre la mesa. Cogió un vaso y mientras le vertía el aguardiente no pudo evitar una mirada fugaz al cuarto, donde había estado minutos antes y que ahora estaba siendo ocupado por otro señor descamisado.

– Todas son unas putas -Sentenció.

Bebimos toda la noche y tuve que tolerar sus eructos avinagrados tras cada copa hasta el amanecer. Esa fue la última vez que lo vi, entre los vómitos de las 6 de la mañana y luego de que en grupo me pagara el servicio de la putita más joven del local.

Después de ese primer empleo seguí dedicándome a trabajos eventuales, poco remunerados y bastante mecanizados. Me bastaba con ganar unos centavos para poder mantener una vida divertida pero austera, con casi ni un lujo. Lo suficiente, sobre todo, para evitarme las molestias en casa. La mitad de la ropa que poseía la llevaba puesta encima y mis gastos estaban regidos por lo poco que tenía en la billetera.

Un año más tarde, ya aburrido de mis rutinas de fines de semana volvió la idea de estudiar algo formal. Entré a la universidad y me pasé 6 años descubriendo muchas verdades y muchas más mentiras sobre mí. Con relaciones esporádicas y tan eventuales y rutinarias como mis propios empleos. Volví a trabajar, ya con mi título bajo el brazo y sacando cuentas me vi que estaba ganando tan mal como cuando era adolescente. Claro, monetariamente el pago era superior pero el cheque no me alcanzaba para cubrir mis gastos básicos y sólo llegaba a fin de mes gracias a los préstamos que me hacían mis padres. Un día en la oficina, mientras escribía un informe en la computadora, descubrí con horror y mucho pesar, que a mi jefe, de camisa y corbata elegantes, también le apestaban las axilas.

Néstor Valdivia: El amor también apesta. Relato corto

 

Nes Original completoSofía quería convencerse de que los besos de lengua con mordida de labio y sobada de teta en la Plaza Francia, tenían algo de especial. Que los gatos -pequeñas esfinges inmutables a la llovizna- no lloraban de hambre, sino que maullaban alegres en coro, acompañando sus gemidos y posteriores lamentos ahogados en sus recuerdos y alcohol, y que toda esa atmósfera de romanticismo pecaminosa era lo único que tenía con ese pequeño ser al lado, de cabello largo y corazón pétreo.

 

Así, al cabo de un tiempo había terminado por aceptar que la pichi de su estoico compañero, absorbida por las bastas de su pantalón, era más que el reflujo de la vejiga de su amado, era la señal perentoria de que el amor apesta y que, con el alcohol, todo es soportable.

 

Néstor Valdivia: EL aguacero. Relato

Nes Original completoEl aguacero había convertido en pocos minutos el débil riachuelo con que irrigábamos los cercos de trigo y alfalfa, en un robusto río, que gruñía ronco, como un animal prehistórico, bufando en sincronía con el golpe opaco de las gotas de lluvia sobre las hojas de las plantas. El cielo cerrado y gris indicaba que aún faltaban muchas horas para que la tarde escampe. Y Yo me encontraba ahí, en medio del alfalfar, con las ropas mojadas y pegadas a mi cuerpo, que tiritaba cada vez más fuerte ante el frío de la tormenta.

El lodo de la arcilla impedía que me moviera con facilidad y ante el pavor de la soledad y la majestuosidad de la escena nunca antes experimentada, me eché a llorar y a gritar acallado con cada trueno ensordecedor que alumbraba todo en una blancura tan profunda y cegadora, que solo era comparable con la de la oscuridad total. Aquel verano irregularmente lluvioso, yo tenía 8 años, y mi padre me había dejado descansado en la casa de la chacra, mientras él se iba a coordinar con el camayoc la limpia de acequia, cuando de pronto la lluvia torrencial nos sorprendió por separado.

Despertado por un trueno, salté de la manta en la que estaba durmiendo y al verme solo, salí a la explanada de enfrente de la casa, en cuyo borde, hacia abajo, comenzaban los sembríos. Desde ahí se podía ver el otro lado del valle y el pueblo vecino. Me quedé pasmado por la claridad en que se me presentaba todo. Como en un cuadro recién pintado, la incipiente verdecidá contrastaba con la otra mitad gris y nubosa del cielo que al pasar de los minutos iba devorando los cerros de ese lado del valle y luego el pueblo desapareció tras la pared de nubes negras. La lluvia se hizo más fuerte, los relámpagos más continuos y el río zumbaba pareciendo cobrar vida propia.

Aún no recuerdo cómo es que llegué al centro del alfalfar pero a causa del lodo y la impresión del momento me quedé petrificado ya sin articular palabras. Me sentía desolado y mi rostro lloroso era enjuagado por  la dulce agua de lluvia que aún ahora siento paladear. De pronto un ser extraño, enlodado hasta la cintura, con las ropas remojadas y con el sombrero de ala ancha ya sin forma por la cantidad de agua que había absorbido, se me fue acercando. Lo vi a los ojos, era mi padre y unos brazos fuertes me suspendieron en el aire y con palabras que no logro recordar, iba tranquilizándome. Percibí su olor y el cariño traspasó su ropa y la mía y me acurrucó el alma. La sensación de seguridad que sentí en aquel entonces lo he vuelto a sentir pocas veces en mi vida.

Luego subimos a la casa de la chacra. La misma casa donde mi abuela había sido parida con ayuda de una partera muchos años atrás. Casa que ahora no es sino una ruinosa estructura de techo de paja y paredes de adobe. Nos paramos frente a la tullpa y avivamos la hoguera con ramas de eucalipto aprovisionado para ocasiones como estas. Nos quitamos la ropa para secarlas al fuego y mientras tanto, sentados, observamos la lluvia hasta casi las 5 de la tarde, momento que dejó de llover. Nos alistamos y emprendimos el viaje de retorno a pie. El camino, como todo camino en el campo era sinuoso pero mi papá lo conocía palmo a palmo y en la mitad del trayecto una espesa neblina nos cerró el paso y como no podía ser de otro modo, me tomó de la mano y juntos nos fuimos como flotando en esa blancura, mientras millonésimas de microscópicas gotas escarchaban nuestras mejillas, cabellos y ropas.

Sé que algún día me tocará encaminarle y ayudarle en sus tormentas. Abrazarle y decirle con palabras que aún no tengo, pero que llegarán, y abrazarle para un viaje que tal vez uno de nosotros se encamine solo. Mientras eso ocurra, pelearemos como solo lo hacen 2 grandes amigos. Feliz día Viejo.

Néstor Valdivia: Para Ofelia. Poema en prosa

quiero escribirte algo que escape a los versos, que no tenga rimas, algo exento de tus caderas gloriosas, de tus tetas contundentes y alegres, de tu fuente húmeda, de tus labios secos al jadear. por ejemplo de tus palabras que se quedan en el aire congestionadas de sensaciones y sentimientos, nubes cargadas pintadas en sepia que bajan cuando el frío me desola, mariposas que devoro para la indigestión de amor y expulso en polillas nocturnas de tristezas envueltas en tabaco, trapos cortos de esquina y colorete.

tu silencio se parece a todos los silencios pero no al mío, a mi grito que no escuchas cuando me das la espalda, mujer de pasos desnudos. te extraño como un perro la comida del amo y eres la mordida del amo y el perro que no muerde.

el amor es un estrofa no definida perdida en la antología de la felicidad y los significados se nos fueron acabando debajo de las sábanas que antes ocupamos. sólo me quedan tus ojos que no dejan de mirarme cuando el techo me recrimina por tu desnuda ausencia. ojos de faros castaños, pestañas de rímel invencible, labios de tormentas y picaportes cerrados, mi historia de amor es tu rutinario desamor.

dame un poco de tu vida que te sobra, dame de tus besos que desperdicias, dame tu vientre, tus pies salados, tu fuente agridulce. lluéveme con agua de tu gruta de aliento a durazno maduro, desintegra mi pecho de arcilla, tumba con tu caudal mis temores. con tu saliva vuelve a levantar mis deseos.

tu belleza es la perfecta conjunción entre mis ojos y mis ganas. quiero dormirme acurrucado en tus brazos, amanecer entre tus piernas, despertar borracho con tu aliento a mi sexo.

soy el eterno pendiente de tu vida que no quieres, me dueles hasta lo más hondo de tu consciencia, me dueles tu silencio, me pesan tus ganas que no tienes. eres mi resaca de domingo de lunes a viernes, te he tomado en agua helada, sensación pura de alcohol a 99grados que me inyecto para pasarte del nudo de mi garganta en que te quedaste, para evitar que te me escapes por los ojos y en eructos con sabor a ti.

cuando pronuncio tu nombre me salen flores de la boca, rayos de mis ojos, si digo tu sexo, eyaculo poesía escritas en teclado de letras despintadas. gracias, sí, gracias por tus ausencias por las noches largas de insomnio, por tu sabor que dejas cada vez que quito una tanga.

uso tu recuerdo de cabecera, te escurres por los pliegues de mi memoria, sólo así logré entender que nada es para siempre ni la nada ni el para siempre menos. te extraño desde el fondo de mi alma sabiendo que el alma no tiene fondo. Un día, una semana, un mes eterno.

cada palabra tuya me despierta del sueño bucólico en el que te has convertido por pura alevosía mía. mis mil palabras ya no valen tu imagen. tienes todo el derecho de irte y yo creí tener el de seguirte. tus labios tienen gérmenes de locura de amor y me has contagiado irremediablemente.

te conozco tanto que sé muy bien cuando me engañas pero, también, que no he aprendido a interpretar tus verdades. todo es subjetivo, hasta la realidad, todo está en los ojos, en las corneas de este tu espectador.

quiébrate, mujer, hasta que los huesos de tu espalda truenen y mis dedos traten de perforar tu piel para llegar a tus costillas, barrotes en la que tu corazón vive encarcelado , pulmones que no respiran, aire seco, tierra ácida, epidermis de canela.

anoche me he levantado con pocos ánimos de despertarme, te hiciste huésped de mis sueños, húmedos y secos, desde que bebí de tus ojos de luna en cuartos menguantes, mi sangre corre en contracorriente, mi palpitar es errático. desde que me dejaste la vida tiene un solo sentido, va en una sola vía, túnel de luz sin final. la caída libre me trajo esposado a tu recuerdo del cual pendo en paracaídas de cuerdas de títere, si los sueños suenan es porque tus palabras traen, me sumerjo en tu querer como cucharilla en el negro café, sorbo amargo, aliento seco, brisa de valle, catarata de nada, nada.