Isaac Asimov: Esquirol. Cuento

082704-asimovElvis Blei se frotó las gordezuelas manos y declaró:

— La palabra es «autosuficiente» -y sonrió, incómodo, mientras daba fuego a Steven Lamorak, venido de la Tierra. Todo su rostro, liso, de ojillos separados, reflejaba incomodidad. Lamorak aspiró con fruición el humo del cigarro y cruzó sus largas piernas. Su cabello parecía empolvado de gris y tenía la mandíbula grande y fuerte.

— ¿Cultivado aquí? -preguntó contemplando críticamente el cigarrillo. Trató de disimular su propia turbación ante la tensión del otro.

— Totalmente -respondió Blei.

— Me pregunto cómo queda espacio en su pequeño mundo para tales lujos -comentó Lamorak. (Lamorak iba pensando en su primera visión de Elsevere desde el visor de la nave espacial. Era un planetoide escarpado, sin atmósfera, de unos centenares de kilómetros de diámetro, poco más que una roca mal tallada, gris y polvorienta, brillando a la escasa luz de su sol, a 320.000.000 de kilómetros de distancia. Era el único objeto de más de un kilómetro de diámetro girando alrededor de su sol. Ahora los hombres lo habían transformado en un mundo en miniatura y habían construido una sociedad en el. Él mismo, como sociólogo, había venido a estudiar ese mundo y ver cómo la Humanidad había aprendido a encajar en aquella hornacina curiosamente especializada.) La sonrisa correcta de Blei se contrajo displicente.

— No somos un pequeño mundo, doctor Lamorak, nos juzga por el patrón bidimensional. La superficie de Elsevere es solamente las tres cuartas partes de la del Estado de Nueva York, pero eso es irrelevante. Recuerde que podemos ocupar completamente, si así lo deseáramos, el interior de Elsevere. Una esfera cuyo radio es de 80 kilómetros tiene un volumen de más de dos millones de kilómetros cúbicos. Si todo Elsevere estuviera ocupado por niveles de 15 metros de separación, el área total dentro del planetoide sería de 145.000.000 de kilómetros cuadrados, y esto es igual al área total del suelo de la Tierra. Y, naturalmente, ninguno de esos kilómetros cuadrados, doctor, sería improductivo.

— ¡Santo Dios! -exclamó Lamorak, y por un momento se quedó como asombrado-. Sí, claro, tiene razón. Es raro que nunca se me haya ocurrido enfocarlo así. Pero, entonces, Elsevere es el único planetoide totalmente explotado del mundo de la Galaxia y todos nosotros no podemos dejar de pensar en las superficies bidimensionales, como usted acaba de indicar. Bueno, yo me siento más que satisfecho de que su Consejo, me haya dado todas las facilidades hasta el punto de darme carta blanca en mi investigación. Blei asintió conmocionado al oírle. Lamorak frunció ligeramente el ceño y pensó: «Da la impresión de que actúa como si deseara que yo no hubiera venido. Algo va mal.»

— Naturalmente -cortó, rápido, Blei-, comprenderá que somos en realidad mucho más pequeños que lo que podemos ser: de momento sólo se han podido perforar y ocupar pequeñas porciones de Elsevere. Tampoco estamos especialmente ansiosos por extendernos, si no es muy despacio. Hasta cierto punto, nos vemos limitados por la capacidad de nuestros motores de pseudogravedad y los transformadores de energía solar.

— Lo comprendo. Pero, digame, consejero Blei, es mera curiosidad personal, no es que sea de máxima importancia para mi proyecto, ¿podría visitar primero algunos de sus niveles agropecuarios? Me fascina la idea de campos de trigo y rebaños de ganado en el interior de un planetoide.

— Encontrará el ganado de tamaño pequeño comparado con el suyo, doctor, y no tenemos demasiado trigo. Cultivamos mucho más la cebada. Pero habrá trigo para mostrárselo. También algodón y tabaco. Incluso árboles frutales.

— Maravilloso. Como usted dijo, autosuficientes. Me imagino que lo reciclan o recuperan todo. Los ojos vivos de Lamorak no perdieron el leve estremecimiento que este comentario provocó en Blei. Los ojos del elseverio se entornaron para ocultar su expresión.

— Sí, lo recuperamos todo -respondió. Aire, agua, alimentos, minerales, todo lo que está usado debe volver a su estado original; hasta las basuras se transforman en materia prima. Lo unico que se necesita es energía y tenemos la suficiente. No alcanzamos una eficiencia de un cien por cien, claro; hay pérdidas. Todos los años importamos una pequeña cantidad de agua; si nuestras necesidades aumentan, debemos importar algo de carbón y oxígeno.

— ¿Cuándo podemos empezar la visita, consejero Blei? -pidió Lamorak. La sonrisa de Blei perdió algo de su innecesaria cordialidad.

— Tan pronto como podamos, doctor. Hay ciertos trámites de rutina que hay que cumplir. Lamorak asintió, terminó el cigarrillo y lo aplastó. ¿Trámites rutinarios? No había habido la menor vacilación en la correspondencia preliminar. Elsevere parecía orgulloso de que su excepcional existencia planetoidal hubiera atraído la atención de la Galaxia.

— Me doy cuenta de que podría perturbar una sociedad tan cerrada -y observó, sombrío, cómo Blei saltaba sobre el comentario y lo hacía suyo.

— Sí -dijo Blei-, nos sentimos diferenciados del resto de la Galaxia. Tenemos nuestras propias costumbres. Cada elseverio, individualmente, encaja en una cómoda hornacina. La aparición de un forastero de casta desconocida es desconcertante.

— ¡Ah!, entonces el concepto de casta es algo connatural.

— En efecto -se apresuró a afirmar Blei-, pero también proporciona cierta seguridad. Tenemos reglas firmes de matrimonio y una rígida herencia de ocupación. Cada hombre, mujer y niño conoce su puesto, lo acepta y es aceptado en él; virtualmente desconocemos las neurosis o enfermedades mentales.

— ¿Y no hay anormales? -preguntó Lamorak. Blei preparó sus labios como si fuera a decir «no»; de pronto los cerró, comiéndose la palabra; en su frente se formó una profunda arruga. Al fin dijo:

— Voy a arreglar su visita, doctor. Entretanto, supongo que le encantará la oportunidad de refrescarse y dormir. Se pusieron de pie al mismo tiempo y juntos salieron de la estancia. Blei, cortésmente, indicó al terrícola que pasara delante.

Lamorak se sintió oprimido por la vaga sensación de crisis que presintió en su conversación con Blei.

El periódico confirmó esta sensación. Lo leyó cuidadosamente antes de acostarse, con lo que al principio no era sino interés clínico. Era una publicación de ocho páginas en papel sintético. Un cuarto de lo impreso consistía en «personales»: nacimientos, matrimonios, muertes, récords, ampliación del volumen habitable (área, no; ¡tres dimensiones!). El resto incluía ensayos intelectuales, material educacional y ficción. De noticias, en el sentido al que estaba acostumbrado Lamorak, no había virtualmente nada. Sólo un suelto podía ser considerado como tal y era estremecedor en su oscuridad. Decía, bajo un pequeño título: RECLAMACIONES INVARIABLES: No hubo cambios en su actitud de ayer. El consejero jefe anunció, después de una segunda entrevista, que sus reclamaciones siguen siendo insensatas y no pueden ser atendidas bajo ninguna circunstancia. Después, en un paréntesis y en tipo de letra distinto, había una aclaración: Los editores de este pericidico están de acuerdo en que Elsevere no puede y no se doblegará ante su silbido, pase lo que pase. Lamorak lo leyó por tres veces: Su actitud. Sus reclamaciones. Su silbido. ¿De quién? Aquella noche durmió muy mal.

Los días siguientes no fueron para periódicos, pero insistentemente no se le borraba de la mente. Blei, que seguía siendo su guía y compañero en la mayoría de las visitas, se volvía cada vez más introvertido. Al tercer día (artificialmente establecido por el reloj al estilo de las veinticuatro horas terrestres), Blel se detuvo en un momento dado y dijo:

– Este nivel está enteramente dedicado a industrias químicas. Esta sección no es importante… Pero se volvió con excesiva rapidez y Lamorak le cogió del brazo.

– ¿Qué productos son los de esta sección?

– Fertilizantes. Compuestos orgánicos -respondió Blei, con sequedad. Lamorak le retuvo, tratando de descubrir qué era lo que Blei quería evadir. Su mirada barrió los cercanos honzontes de rocas y los edificios apretujados y escalonados en diversos niveles.

– ¿No es ésa una residencia particular? -preguntó Lamorak. Blei no miró en la dirección indicada. Lamorak insistió:

– Creo que es la mayor que he visto hasta ahora. ¿Y por qué está ahí, en un nivel industrial? Eso la hacía destacarse más. Ya se había dado cuenta de que los niveles en Elsevere estaban rígidamente divididos en residenciales, agrícolas e industriales. Volvió la cabeza y gritó:

– ¡Consejero Blei! El consejero se alejaba y Lamorak fue tras él precipitadamente:

– ¿Ocurre algo malo, señor?

– Soy un grosero -masculló Blei-. Lo sé y le pido perdón. Hay asuntos que pesan en mi mente… Y siguió caminando apresuradamente.

– ¿Respecto a sus reclamaciones? Blei se paró en seco.

– ¿Qué sabe usted de eso?

– Nada más que lo que he dicho. Es lo que leí en el periódico. Blei murmuró algo entre dientes.

– ¿Ragusnik? -repitió Lamorak-. ¿Y eso qué es? Blei suspiró.

– Supongo que tendrá que enterarse. Es humillante y profundamente vergonzoso. El Consejo creyó que el asunto no tardaria en arreglarse y que no era necesario interferir en su visita; en una palabra, que no necesitaba enterarse o preocuparse. Pero llevamos ya una semana asi. No sé lo que puede pasar y, pese a las apariencias, quizá sería mejor que se marchara. No hay motivos por los que un habitante del mundo exterior se arriesgue a morir. El terrícola sonrió con incredulidad.

– ¿Arriesgarme a morir? ¿En este pequeño mundo tan pacífico y trabajador?, no puedo creerlo.

– Yo se lo explicaré -se ofreció el elseverio-. Creo que será mejor que lo haga -volvió la cabeza-. Como le he dicho, todo en Elsevere debe reciclarse. Lo comprende.

– Sí.

– Esto incluye los desperdicios humanos.

– Me lo figuré -dijo Lamorak.

-De ellos recuperamos agua por destilación y absorción. Lo que queda se convierte en fertilizantes para la cebada; parte se utiliza como compuestos orgánicos y otros productos derivados. Estas fábricas que puede ver están dedicadas a eso.

-¿Sí? -Lamorak había experimentado cierta prevención con el agua de beber cuando llegó a Elsevere, porque había sido lo bastante realista como para darse cuenta de dónde salía; pero afortunadamente había superado la impresión con relativa facilidad. Incluso en la Tierra, el agua era extraída de todo tipo de sustancias desagradables. Blei, cada vez con mayor dificultad, prosiguió:

– Igor Ragusnik es el encargado del proceso industrial relacionado con los desechos. Pertenece a su familia desde que Elsevere fue colonizado por primera vez. Uno de los primeros colonizadores fue Mijail Ragusnik y él…, él…

– Fue el encargado de la recuperación de los desechos.

– Sí. Ahora bien, la residencia en que usted reparó es la de Ragusnik; la mejor y la más adornada del planetoide. Ragusnik disfruta de muchos privilegios que los demás no tenemos; pero, después de todo -continuó con voz cada vez más vehemente-, no podemos hablarle.

– ¿Qué?

– Reclama absoluta igualdad social. Quiere que sus hijos se mezclen con los nuestros, que nuestras esposas visiten a… ¡Oh! -y en esa exclamación reflejó todo el asco que le producía. Lamorak recordó el suelto del periódico que ni siquiera se había atrevido a mencionar el nombre de Ragusnik en letra de imprenta, ni decir nada específico sobre su reclamación. Comentó, pues:

– Deduzco que por su trabajo es un paria.

– Naturalmente. Desperdicios humanos y… -Las palabras le fallaban a Blei. Después de una pausa, añadió más tranquilo-: Como habitante de la Tierra, supongo que no lo comprende.

– Como sociólogo, creo que sí. -Lamorak se acordó de los intocables de la antigua India, de los que manejaban cadáveres y pensó también en la situación de los porquerizos en la vieja Judea.

– Deduzco que Elsevere no accederá a sus reclamaciones -prosiguió.

– ¡Jamás! -declaró Blei enérgicamente-. ¡Jamás!

– ¿Y entonces?

-Ragusnik amenazó con dejar de trabajar.

– En otras palabras: hacer huelga.

– Sí.

-¿Sería muy grave?

– Tenemos comida y agua suficiente para cierto tiempo; su reclamación no es esencial en este sentido. Pero los desechos se acumularán, contaminarán el planetoide. Después de varias generaciones de un cuidadoso control de enfermedades, tenemos poca resistencia a las enfermedades microbianas. Una vez iniciada una epidemia… caeríamos a centenares.

– ¿Se da cuenta de ello Ragusnik?

– Si, naturalmente.

– ¿Cree, entonces, que mantendrá su amenaza?

– Está loco. Ya ha dejado de trabajar; no se han recogido los desechos desde el día en que usted aterrizó. La nariz bulbosa de Blei husmeó el aire como si ya hubiera captado el hedor a excrementos. Lamorak olfateó también maquinalmente, pero no notó nada. Blei continuó:

– Así que ya ve que tal vez sería prudente que se fuera. Nos sentimos humillados, claro, al tener que insinuárselo. Pero Lamorak protestó:

– Espere, todavía no. ¡Dios Santo!, esto es para mí un caso profesional de gran interés. ¿Puedo hablar con Ragusnik?

– De ningún modo -exclamó Blei, alarmado.

– Pero me gustaría comprender la situación. Las condiciones sociológicas aquí son únicas y difíciles de repetir en otra parte. En nombre de la ciencia…

– ¿Qué quiere decir? ¿Bastaría con una comunicación por imagen?

– Sí.

– Preguntaré al Consejo -musitó Blei.

Estaban sentados con Lamorak, incómodos, con sus expresiones austeras y dignas, apenas modificadas por la ansiedad. Blei, sentado entre ellos, evitaba cuidadosamente la mirada del terrícola. El consejero jefe, canoso, con un rostro profundamente arrugado y el cuello descarnado, habló con dulzura: Si por sus propias convicciones es capaz de persuadirle, señor, se lo agradeceremos. Sin embargo, por ningún concepto insinúe que podemos ceder, de una u otra forma. Una cortina de gasa se desplegó entre Lamorak y el Consejo. Aún podía distinguir a los consejeros, uno a uno, antes de volverse vivamente hacia el receptor que tenía delante que cobró vida de pronto. Apareció una cabeza de color natural con gran realismo. Era una cabeza fuerte, morena, mandíbula maciza, rostro mal rasurado, labios gruesos, rojos, apretados en una firme línea horizontal. La imagen dijo, suspicaz:

— ¿Quién es usted?

— Me llamo Steven Lamorak -contestó-. Procedo de la Tierra.

— ¿Uno del mundo exterior?

— En efecto. Estoy de visita en Elsevere. ¿Es usted Ragusnik?

— Igor Ragusnik, a su servicio -dijo la imagen, burlona-. Sólo que no tengo servicio que prestarle, y no lo habrá hasta que a mi familia y a mí se nos trate como a seres humanos. Lamorak preguntó:

— ¿Se da cuenta del peligro en que se encuentra Elsevere y la posibilidad de contraer enfermedades contagiosas?

— La situación puede normalizarse en veinticuatro horas si me tratan con humanidad. Son ellos los que deben corregir la situación.

— Parece usted un hombre educado, Ragusnik.

— ¿Y qué?

— Me han dicho que no se le niega ninguna comodidad material. Está usted alojado, vestido y alimentado mejor que cualquier otro en Elsevere. Sus hijos son los que mejor educación reciben.

— De acuerdo. Pero todo por servomecanismo. Y nos mandan niñas huérfanas de madre para que las eduquemos y criemos a fin de que sean nuestras esposas. Y se mueren jóvenes, de soledad. ¿Y por qué? -continuó preguntando con voz vehemente-. ¿Por qué debemos vivir aislados como si fuéramos monstruos, no aptos para estar cerca de los seres humanos? ¿Acaso no somos seres humanos como los demás, con las mismas necesidades, deseos y sentimientos? ¿No realizamos una función honrada y necesaria? Se oyó un rumor de suspiros por detrás de Lamorak. Ragusnik lo oyó y levantó la voz:

— Les estoy viendo, consejeros, ahí detrás. Respóndanme: ¿No es una función honrada y útil? Son sus desechos los transformados en alimentación para ustedes. ¿Acaso el hombre que purifica la corrupción es peor que el hombre que la produce? Oiganme, consejeros, no voy a ceder. Dejen que todo Elsevere se contagie, incluyéndome a mí y a mi hijo si fuera necesario, pero no cederé. Mi familia estará mejor muerta de la infección que viviendo como ahora…

— Ha llevado este género de vida desde que nació, ¿no es verdad? -interrumpió Lamorak.

— Bueno, ¿y qué?

— Pues que ya estará acostumbrado.

— Acostumbrado, jamás. En todo caso, resignado. Mi padre estaba resignado y yo lo estuve durante un tiempo, pero veo a mi hijo, mi único hijo, sin ningún otro niño con quien jugar. Mi hermano y yo nos teníamos uno a otro, pero mi hijo jamás tendrá a nadie, y yo he dejado de estar resignado. He terminado con Elsevere y he terminado con esta conversación. El receptor se apagó. El rostro del consejero jefe había palidecido hasta volverse color pergamino. El y Blei eran los únicos del grupo que quedaban con Lamorak. El consejero jefe dijo:

— Este hombre está perturbado; no sé cómo obligarle. Tenía un vaso de vino a su lado, al acercarlo a sus labios vertió unas gotas que mancharon sus pantalones blancos de morado oscuro. Lamorak preguntó:

— ¿Son sus peticiones tan imposibles? ¿Por qué no puede ser aceptado en sociedad? Una rabia pasajera brilló en los ojos de Blei.

— ¿El que maneja excrementos? -se encogió de hombros-. Claro, usted viene de la Tierra. Lamorak pensó sin que viniera a cuento en otro inaceptable, en una de las numerosas creaciones del dibujante de cómics Al Capp. Los que él llamaba, «obrero entre las mofetas». Dijo:

— ¿Maneja realmente los excrementos? Quiero decir si tiene contacto físico. Supongo que todo lo manejaran máquinas automáticas.

— Naturalmente -contestó el consejero jefe.

— Entonces, ¿cuál es exactamente la función de Ragusnik?

— Ajusta manualmente los controles que aseguran el buen funcionamiento de la maquinaria; desplaza unidades para permitir su reparación; modifica el tipo de funcionamiento según la hora del día; varía la producción final según la demanda. -Y añadió con tristeza-: Si dispusiéramos del espacio preciso para hacer la maquinaria diez veces más compleja, todo podría hacerse automáticamente; pero sería un dispendio innecesario.

— Incluso así -insistió Lamorak-, lo único que hace Ragusnik es apretar botones, cerrar contactos o cosas así.

— Sí.

— Entonces, su trabajo no es diferente del de cualquier otro elseverio.

— No lo comprende -dijo Blei, terco.

— ¿Y sólo por eso arriesgan las vidas de sus hijos?

— No tenemos opción. -Había suficiente angustia en su voz para que Lamorak comprendiera que la situación era lacerante para Blei, pero que en realidad no tenía donde elegir. Lamorak se encogió de hombros, asqueado.

— Entonces, paren la huelga. Oblíguenle.

— ¿Cómo? -preguntó el consejero jefe-. ¿Quién querría tocarle o acercársele? Y si le matamos disparándole a distancia, ¿de qué va a servirnos? Lamorak, pensativo, preguntó:

— ¿Sabría manejar sus máquinas?

— ¿Quién, yo? -gritó asustado el consejero poniéndose en pie.

— No me refiero a usted -exclamó Lamorak al instante-. Usé la fórmula en sentido indefinido. ¿Podría aprender alguien cómo manejar la maquinaria de Ragusnik? Poco a poco el susto abandonó el rostro del consejero jefe.

— Estoy seguro que está en los manuales, aunque le aseguro que nunca me preocupé por averiguarlo.

— Entonces, ¿podría alguien aprender el procedimiento y sustituir a Ragusnik hasta que el hombre ceda?

— ¿Quién aceptaría tal cosa? -dijo Blei-. Por lo menos yo no, en ninguna circunstancia. Lamorak pensó fugazmente en los tabúes de la Tierra que podían ser casi tan fuertes. Pensó en el canibalismo, en el incesto y en un hombre piadoso maldiciendo a Dios. Comentó:

— Pero deben de haber previsto la vacante en el trabajo de Raguskin. Supónganse que muera.

— Automáticamente le sucedería su hijo en el empleo o su pariente más cercano ­explicó Blei.

— ¿Y si careciera de parientes adultos? ¿Y si toda su familia falleciera a la vez?

— Esto no ha ocurrido nunca, ni jamás ocurrirá. El consejero jefe añadió:

— Si existiera ese peligro, quizá podríamos colocar a un niño o dos con los Ragusnik y que lo prepararan para esa profesión.

— ¡Ah!, ¿y cómo elegirían al niño?

— Entre los hijos de madres muertas de parto, lo mismo que elegimos a las futuras esposas Ragusnik.

— Entonces, empiecen ya a elegir por suerte a un sustituto para Ragusnik. El consejero jefe exclamó:

— ¡No! ¡Imposible! ¿Cómo puede sugerir tal cosa? Si seleccionamos un niño, puede educársele para esa vida; no conocería otra. En este momento tendríamos que elegir un adulto y someterle a la ragusnicatura. No, doctor Lamorak, no somos ni monstruos ni brutos insensibles. «Es inútil» -se dijo Lamorak descorazonado- «Es inútil a menos que…» Pero todavía no se veía con ánimos para hacer frente a ese «a menos que».

Por la noche Lamorak apenas durmió. Ragusnik reclamaba sólo lo básico de humanidad. Pero, en contra, había treinta mil elseverios que iban a morir. Por una parte, el bienestar de treinta mil; por la otra, la justa reclamación de una familia. ¿Podía decirse que treinta mil partidarios de la injusticia merecían morir? Injusticia, sí; pero, ¿desde qué punto de vista? ¿Tierra? ¿Elsevere? ¿Y quién era Lamorak para juzgar? ¿Y Ragusnik? Estaba dispuesto a dejar que treinta mil murieran, incluyendo hombres y mujeres que se limitaban a aceptar una situación que se les había enseñado a aceptar y que no podían cambiar aunque lo quisieran. Y los niños, que no tenían nada que ver. Treinta mil por un lado; una familia por el otro. Lamorak tomó una determinación desesperada. Por la mañana llamó al consejero jefe. Le dijo:

— Señor, si puede encontrar un sustituto, Ragusnik verá que ha perdido la oportunidad de forzar una decisión en su favor y volverá al trabajo.

— No puede haber sustituto. -Suspiró el consejero jefe-. Ya se lo he explicado.

— Ningún sustituto entre los elseverios, pero yo no soy elseverio y no me importa. Yo le sustituiré.

Estaban excitados, mucho más excitados que el propio Lamorak. Le preguntaron más de una docena de veces si lo decía en serio. Lamorak, sin afeitar, estaba mareado.

— Claro que lo digo en serio. Y cada vez que Ragusnik se porte así pueden importar un sustituto. Ningún otro mundo tiene este tabú y siempre habrá montones de sustitutos temporales disponibles si se les paga bien. (Estaba traicionando a un hombre brutalmente explotado, y le constaba. Pero desesperadamente pensó: «Salvo en el ostracismo le tratan muy bien. Muy bien.») Le entregaron los manuales y pasó seis horas leyendo y volviendo a leer. Era inútil hacerles preguntas. Ninguno de los elseverios tenía la menor idea del trabajo, excepto por lo que decía el manual, y todos parecían sentirse incómodos si se mencionaban los detalles. «Mantenga la lectura O en el galvanómetro A-2 durante todo el tiempo que se encienda la luz roja en el aullador-Lunge», leyó Lamorak. «¿Qué diablos puede ser un aullador-Lunge?»

— Habrá una indicación -sugirió Blei, y los elseverios se miraron avergonzados unos a otros e inclinaron las cabezas para contemplarse las uñas.

Le dejaron mucho antes de que llegara a las pequeñas habitaciones, cuartel general de generaciones de Ragusniks trabajando para su mundo. Tenía instrucciones específicas sobre qué direcciones tenía que tomar y a qué nivel llegar, pero se quedaron de pronto rezagados y le dejaron que siguiera solo. Cruzó las estancias con dificultad, identificando los instrumentos y controles, siguiendo los diagramas esquematicos del manual.

«Allí hay un aullador-Lunge», pensó con sombría satisfacción. El indicador lo decía así. Tenía una cara semicircular llena de agujeros pensados para brillar en colores separados. ¿Por qué «aullador»? Ni idea. «Por alguna parte -pensó Lamorak-, por alguna parte hay desechos acumulados, pesando sobre palancas y salidas, tuberías y silos esperando a que se les maneje de cien modos diferentes. De momento no hacen sino acumularse.» No sin un estremecimiento, tiró del primer interruptor como le indicaba el manual en sus consejos para «Iniciación». Un suave murmullo vital se dejó sentir a través de suelos y paredes. Giró una manecilla y las luces se encendieron. A cada paso consultaba el manual, aunque ya se lo sabía de memoria, y con cada paso las estancias se iluminaban y los diales indicadores se ponían en movimiento aumentando de volumen los zumbidos. Al fondo de las naves los desechos acumulados iban siendo dirigidos a los canales apropiados. Una señal estridente sobresaltó a Lamorak que lo sacó de su penosa concentración. Era una señal de comunicaciones y Lamorak manipuló torpemente el receptor para que entrara en acción. Apareció la cabeza de Ragusnik, asombrado; después, poco a poco, la incredulidad y el sobresalto desaparecieron de sus ojos:

— Así es como lo hacen.

— No soy un elseverio, Ragusnik. Y no me importa hacer esto.

— Pero a usted, ¿qué le importa todo este asunto? ¿Por qué se mete?

— Estoy de su parte, Ragusnik, pero tengo que hacerlo.

— ¿Y por qué, si está de mi parte? ¿Acaso en su mundo tratan a la gente como me tratan aquí?

— Ya no. Pero aun teniendo toda la razón, hay que tener en cuenta las treinta mil personas de Elsevere.

— Hubieran cedido; ha destruido mi única oportunidad.

— No hubieran cedido. Y, en cierto modo, usted ha ganado; saben que está descontento. Hasta ahora nunca soñaron siquiera que un Ragusnik pudiera ser desgraciado, que pudiera crearles problemas.

— Y ahora que están enterados, lo único que necesitan hacer es contratar a uno del mundo exterior en cualquier momento. Lamorak sacudió violentamente la cabeza. Lo había pensado bien en las últimas horas amargas:

— El hecho de que estén enterados significa que los elseverios empezarán a pensar en usted; algunos incluso se preguntarán si es justo tratar así a un ser humano. Y si se contrata a gente del mundo exterior, la noticia sobre lo que ocurre en Elsevere se propagará y la opinión del público de la Galaxia estará a su favor.

— ¿Y?

— Las cosas mejorarán. Con su hijo todo será mucho mejor.

— ¡Con mi hijo! -replicó Ragusnik, desalentado-. ¡Ojalá fuera ahora! Bueno, he perdido. Volveré al trabajo. Lamorak experimentó un inmenso alivio.

— Si viene usted ahora, señor, recuperará su trabajo y consideraré un honor estrecharle la mano. Ragusnik levantó la cabeza y su expresión fue de amargo orgullo:

— Me llama usted «señor» y me ofrece estrecharme la mano. Siga su camino, terrícola, y déjeme mi trabajo, porque yo no estrecharía la suya. Lamorak se volvió por donde había venido, satisfecho porque la crisis había terminado y, a la vez, profundamente deprimido. Se paró sorprendido cuando encontró una sección del corredor acordonada, de forma que no podía pasar. Buscó rutas alternativas y le sobresaltó una voz amplificada, sobre su cabeza, que le decía:

— Doctor Lamorak, ¿me oye? Soy el consejero Blei. Lamorak levantó la vista. La voz salía de algún sistema de megafonía público, pero no supo ver el altavoz. Contestó:

— ¿Pasa algo? ¿Puede oírme?

— Le oigo. Lamorak gritaba instintivamente.

— ¿Ocurre algo malo? Aquí estoy bloqueado. ¿Es que ha habido complicaciones con Ragusnik?

— Ragusnik ha vuelto al trabajo -Oyó decir a Blei-. La crisis ha terminado, y usted debe prepararse para marchar.

— ¿Marchar?

— Abandonar Elsevere; se está preparando una nave para usted.

— Espere un poco. -Lamorak se sentía confuso ante el súbito rumbo de los acontecimientos-. No he terminado aun mi recopilación de datos.

— Es algo inevitable -oyó decir a Blei-. Se le dirigirá a la nave y sus pertenencias se le mandarán por servomecanismo. Confiamos…, confiamos… Lamorak empezaba a ver claro.

— ¿Confían en qué?

— Confiamos en que no tratará de ver o hablar directamente con ningún elseverio. Y, naturalmente, confiamos en que nos ahorrará bochorno y complicaciones no regresando nunca a Elsevere en el futuro. Cualquier colega suyo será bien recibido si precisaran más datos sobre nosotros.

— Comprendo -dijo Lamorak con voz opaca-. Por lo visto él se había transformado también en un Ragusnik. Había tocado los controles que a su vez habían tocado los desechos; estaba desterrado. Era un enterrador, un porquerizo, el hombre del trabajo maloliente.

— Adiós -terminó diciendo.

— Antes de que le dirijamos, doctor Lamorak -prosiguió la voz de Blei-, en nombre del Consejo de Elsevere le doy las gracias por su ayuda en esta crisis.

— De nada -contestó amargamente Lamorak.

Clarice Lispector: La mujer más pequeña del Mundo. Cuento

clariceEn las profundidades del África Ecuatorial, el explorador francés Marcel Petre, cazador y hombre de mundo, se encontró con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Mas sorprendido, pues, quedó al ser informado de que un pueblo de tamaño aún menor todavía, existía más allá de florestas y distancias. Entonces, él se adentró aún más.

En el Congo Central descubrió, realmente, a los pigmeos más pequeños del mundo. Y —como una caja dentro de otra caja, dentro de otra caja— entre los pigmeos más pequeños del mundo estaba el más pequeño de ellos, obedeciendo, tal vez, a una necesidad que a veces tiene la Naturaleza de excederse a sí misma.

Entre mosquitos y árboles tibios de humedad, entre las hojas ricas de un verde más perezoso, Marcel Petre se topó con una mujer de cuarenta y cinco centímetros, madura, negra, callada. «Oscura como un mono», informaría él a la prensa, y que vivía en la copa de un árbol con su pequeño concubino. Entre los tibios humores silvestres, que temprano redondean los frutos y les dan una casi intolerable dulzura al paladar, ella estaba embarazada.

Allí en pie estaba, pues, la mujer más pequeña del mundo. Por un instante, en el zumbido del calor, fue como si el francés hubiese, inesperadamente, llegado a la conclusión última. Con certeza, sólo por no ser loco, es que su alma no desvarió ni perdió los límites. Sintiendo la necesidad inmediata de orden y de dar nombre a lo que existe, la apellidó Pequeña  Flor.  Y  para  conseguir  clasificarla  entre  las  realidades  reconocibles,  pasó enseguida a recoger datos en relación a ella.

Su raza está, poco a poco, siendo exterminada. Pocos ejemplares humanos restan de esa especie que, si no fuera por el disimulado peligro de África, sería un pueblo muy numeroso. A más de la enfermedad, el infectado hálito de aguas, la comida deficiente y las fieras que rondan, el gran riesgo para los escasos likoualas está en los salvajes bantúes, amenaza que los rodea en silencioso aire como en madrugada de batalla. Los bantúes los cazan con redes, como lo hacen con los monos. Y los comen. Así, tal como se oye: los cazan con redes y los comen. La pequeña raza de gente, siempre retrocediendo y retrocediendo, terminó acuartelándose en el corazón del África, donde el afortunado explorador la descubriría. Por defensa estratégica, habitan en los árboles más altos. De allí descienden las mujeres para cocinar maíz, moler mandioca y cosechar verduras; los hombres, para cazar. Cuando un hijo nace, se le da libertad casi inmediatamente. Es verdad que, muchas veces, la criatura no aprovechará por mucho tiempo de esa libertad entre fieras. Pero también es verdad que, por lo menos, no lamentará que, para tan corta vida, largo haya sido el trabaja Incluso el lenguaje que la criatura aprende es breve y simple, apenas esencial. Los likoualas usan pocos nombres, llaman a las cosas por gestos y sonidos animales. Como avance espiritual, tienen un tambor. Mientras bailan al son del tambor, mantienen una pequeña hacha de guardia contra los bantúes, que aparecerán no se sabe de dónde.

Fue así, pues, que el explorador descubrió, toda en pie y a sus pies, la cosa humana más pequeña que existe. Su corazón latió, porque esmeralda ninguna es tan rara. Ni las enseñanzas de los sabios de la India son tan raras. Ni el hombre más rico del mundo puso ya sus ojos sobre tan extraña gracia. Allí estaba una mujer que la golosina del más fino sueño jamás pudiera imaginar. Fue entonces que el explorador, tímidamente, y con una delicadeza de sentimientos de la que su esposa jamás lo juzgaría capaz, dijo:

—Tú eres Pequeña Flor.

En ese instante, Pequeña Flor se rascó donde una persona no se rasca. El explorador — como si estuviese recibiendo el más alto premio de castidad al que un hombre, siempre tan idealista, osara aspirar—, tan vivido, desvió los ojos.

La fotografía de Pequeña Flor fue publicada en el suplemento a colores de los diarios del domingo, donde cupo en tamaño natural. Envuelta en un paño, con la barriga en estado adelantada La nariz chata, la cara negra, los ojos hondos, los pies planos. Parecía un perro.

En ese domingo, en un departamento, una mujer, al mirar en el diario abierto el retrato de Pequeña Flor, no quiso mirarlo una segunda vez «porque me da aflicción».

En otro departamento, una señora sintió tan perversa ternura por la pequeñez de la mujer africana que —siendo mucho mejor prevenir que remediar—, jamás se debería dejar a Pequeña Flor a solas con la ternura de aquella señora. ¡Quién sabe a qué oscuridad de amor puede llegar el cariño! La señora pasó el día perturbada, se diría que poseída de la nostalgia. A propósito, era primavera, una bondad peligrosa rondaba en el aire.

En otra casa, una niña de cinco años, viendo el retrato y escuchando los comentarios, quedó espantada. En aquella casa de adultos, esa niña había sido hasta ahora el más pequeño de los seres humanos. Y si eso era fuente de las mejores caricias, era también fuente de este primer miedo al amor tirana La existencia de Pequeña Flor llevó a la niña a sentir —con una vaguedad que sólo años y años después, por motivos bien distintos, habría de concretarse en pensamiento—, en una primera sabiduría, que «la desgracia no dene límites».

En otra casa, en la consagración de la primavera, una joven novia tuvo un éxtasis de piedad:

—¡Mamá, mira el retratito de ella, pobrecita!, ¡mira como ella es tristecita!

—Pero —dijo la madre, dura, derrotada y orgullosa—, pero es tristeza de bicho, no es tristeza humana.

—¡Oh, mamá! —dijo la joven desanimada.

En otra casa, un niño muy despierto tuvo una idea inteligente:

—Mamá, ¿y si yo colocara esa mujercita africana en la cama de Pablito, mientras él está durmiendo? Cuando despierte, qué susto, ¿eh? ¡Qué griterío, viéndola sentada en su cama! Y nosotros, entonces, podríamos jugar tanto con ella, haríamos de ella nuestro juguete, ¿sí?

La madre de este niño estaba en ese instante enrollando sus cabellos frente al espejo del baño y recordó lo que una cocinera le contara de su tiempo de orfanato Al no tener una muñeca con qué jugar, y ya la maternidad pulsando terrible en el corazón de las huérfanas, las niñas más despiertas habían escondido de la monja, la muerte de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que salió la monja, y jugaron con la niña muerta, le  dieron  baños  y  comiditas,  le  impusieron  un  castigo  solamente  para  después  poder besarla, consolándola. De eso se acordó la madre en el baño y dejó caer las manos, llenas de horquillas. Y consideró la cruel necesidad de amar. Consideró la malignidad de nuestro deseo de ser felices. Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y el número de veces en que habremos de matar por amor. Entonces, miró al hijo sagaz como si mirase a un peligroso desconocida Y sintió horror de su propia alma que, más que su cuerpo, había engendrado a aquel ser apto para la vida y para la felicidad. Así fue que miró ella, con mucha atención y un orgullo incómodo, a aquel niño que ya estaba sin los dos dientes de adelante: la evolución, la evolución haciéndose diente que cae para que nazca otro, el que muerda mejor. «Voy a comprar una ropa nueva para él», resolvió, mirándolo, absorta. Obstinadamente adornaba al hijo desdentado con ropas finas, obstinadamente lo quería bien limpio, como si la limpieza diera énfasis a una superficialidad tranquilizadora, obstinadamente perfeccionando el lado cortés de la belleza. Obstinadamente apartándose y apartándolo de algo que debía ser «oscuro como un mono». Entonces, mirando al espejo del baño, la madre sonrió intencionadamente fina y pulida, colocando entre aquél su rostro de líneas abstractas y la cruda cara de Pequeña Flor, la distancia insuperable de milenios. Pero, con años de práctica, sabía que éste sería un domingo en el que tendría que disfrazar de sí misma la ansiedad, el sueño y los milenios perdidos.

En otra casa, junto a una pared, se dieron al trabajo alborotado de calcular, con cinta métrica, los cuarenta y cinco centímetros de Pequeña Flor. Y fue allí mismo donde, deleitados, se espantaron: ella era aún más pequeña de lo que el más agudo en imaginación la inventaría. En el corazón de cada uno de los miembros de la familia nació, nostálgico, el deseo de tener para sí aquella cosa menuda e indomable, aquella cosa salvada de ser comida, aquella fuente permanente de caridad. El alma ávida de la familia quería consagrarse. Y, entonces, ¿quién ya no deseó poseer un ser humano sólo para sí? Lo que es verdad, no siempre sería cómodo, hay horas en que no se quiere tener sentimientos:

—Apuesto a que si ella viviera aquí, terminaba en pelea —dijo el padre sentado en la poltrona, virando definitivamente la página del diario—. En esta casa todo termina en pelea.

—Tú, José, siempre pesimista —dijo la madre.

—¿Ya has pensado, mamá, de qué tamaño será el bebé de ella? —dijo ardiente la bija mayor, de trece años.

El padre se movió detrás del diaria

—Debe ser el bebé negro más pequeño del mundo —contestó la madre, derritiéndose de gusto—. ¡Imagínense a ella sirviendo a la mesa aquí en casal ¡Y con la barriguita grande!

—¡Basta de esas conversaciones! —dijo confusamente el padre.

—Tú has de concordar —dijo la madre inesperadamente ofendida— que se trata de una cosa rara. Tú eres el insensible.

¿Y la propia cosa rara?

Mientras tanto, en África, la propia cosa rara tenía en el corazón —quién sabe si también negro, pues en una Naturaleza que se equivocó una vez ya no se puede confiar más—, algo más raro todavía, algo como el secreto del propio secreto: un hijo mínima Metódicamente, el explorador examinó, con la mirada, la barriguita del más pequeño ser humano madura Fue en ese instante que el explorador, por primera vez desde que la conoció, en lugar de sentir curiosidad o exaltación o victoria o espíritu científico, sintió malestar.

Es que la mujer más pequeña del mundo estaba riéndose.

Estaba riéndose, cálida, cálida. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba teniendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía. No haber sido comida era algo que, en otras horas, le daba a ella el ágil impulso de saltar de rama en rama.

Pero, en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso a una acción —y el impulso se había concentrado todo en la propia pequeñez de la propia cosa rara—. Y entonces ella se reía. Era una risa de quien no habla pero ríe. El explorador incómodo no consiguió clasificar esa risa, y ella continuó disfrutando de su propia risa apacible, ella que no estaba siendo devorada. No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. En tanto ella no estaba siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría. El explorador estaba perturbado.

En  segundo  lugar,  si  la  propia  cosa  rara  estaba  riendo  era  porque,  dentro  de  su pequeñez, una gran oscuridad se había puesto en movimiento.

Es que la propia cosa rara sentía el pecho tibio de aquello que se puede llamar Amor. Ella amaba a aquel explorador amarilla Si supiera hablar y le dijese que lo amaba, él se inflaría de vanidad. Vanidad que disminuiría cuando ella añadiera que también amaba mucho el anillo del explorador y que amaba mucho la bota del explorador, Y cuando éste se sintiera desinflado, Pequeña Flor no entendería por qué. Pues, ni de lejos, su amor por el explorador  —puédese  incluso  decir  su  «profundo  amor»,  porque,  no  teniendo  otros recursos, ella estaba reducida a la profundidad—, habría de quedarse desvalorizado por el hecho de que ella también amaba su bota. Hay un viejo equívoco sobre la palabra amor y, si muchos hijos nacen de ese equívoco, muchos otros perdieron la única posibilidad de nacer solamente por causa de una susceptibilidad que exige sea de mí, ¡de mí! que el otro guste y no de mi era. Pero en la humedad de la floresta no existen esos refinamientos crueles y amor es no ser comido, amor es hallar bonita una bota, amor es gustar del color raro de un hombre que no es negro, amor es reír del amor a un anillo que brilla. Pequeña Flor guiñaba sus ojos de amor y rió, cálida, pequeña, grávida, cálida.

El explorador intentó sonreírle en retribución, sin saber exactamente a qué abismo su sonrisa contestaba y entonces se perturbó como solamente un hombre de tamaño grande se perturba. Disfrazó, acomodando mejor su sombrero de explorador, y enrojeció púdico. Se tornó de un color lindo, el suyo, de un rosa-verdoso, como el de un limón de madrugada. Él debía de ser agrio.

Fue, probablemente, al acomodar el casco simbólico cuando el explorador se llamó al orden, recuperó con severidad la disciplina de trabajo y recomenzó .a hacer anotaciones. Había  aprendido  a  entender  algunas  de  las  pocas palabras  articuladas  de  la  tribu  y  a interpretar sus señales. Ya lograba hacer preguntas.

Pequeña Flor le respondió que «sí». Que era muy bueno tener un árbol para vivir, suyo, suyo misma Pues —y eso ella no lo dijo, pero sus ojos se tornaron tan oscuros que ellos lo dijeron—, es bueno poseer, es bueno poseer, es bueno poseer. El explorador pestañó varias veces.

Marcel Petre tuvo varios momentos difíciles consigo misma Pero, al menos, pudo ocuparse de tomar notas. Quien no tomó notas, tuvo que arreglarse como pudo:

—Pues mire —declaró de repente una vieja cerrando con decisión el diario—, yo sólo le digo una cosa: Dios sabe lo que hace.