Gabriel García Márquez: Espantos de agosto. Cuento

Gabriel-Garcia-Marquez (1)Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.

Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

-El más grande -sentenció- fue Ludovico.

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

Charles Dickens: La casa encantada. Cuento

Casa encantadaLa casa que es el tema de esta obra de Navidad no la conocí bajo ninguna de las circunstancias fantasmales acreditadas ni rodeada por ninguno de los entornos fantasmagóricos convencionales. La vi a la luz del día, con el sol encima. No había viento, lluvia ni rayos, no había truenos ni circunstancia alguna, horrible o indeseable, que potenciaran su efecto. Más todavía: había llegado hasta ella directamente desde una estación de ferrocarril; no estaba a más de dos kilómetros de distancia de la estación, y en cuanto estuve fuera de la casa, mirando hacia atrás el camino que había recorrido, pude ver perfectamente los trenes que recorrían tranquilamente el terraplén del valle. No diré que todo era absolutamente común porque dudo que exista tal cosa, salvo personas absolutamente comunes, y ahí entra mi vanidad; pero asumo afirmar que cualquiera podría haber visto la casa tal como yo la vi en una hermosa mañana otoñal. La forma en que yo la vi fue la siguiente.

Viajaba hacia Londres desde el norte con la intención de detenerme en el camino para ver la casa. Mi salud requería una residencia temporal en el campo, y un amigo mío que lo sabía y que había pasado junto a ella, me escribió sugiriéndomela como un lugar probable. Había subido al tren a medianoche, me había quedado dormido y luego desperté y permanecí sentado mirando por la ventanilla en el cielo las estrellas del norte, y me había vuelto a dormir para despertar otra vez y ver que la noche había pasado, con esa convicción desagradable, habitual en mí, de que no había dormido en absoluto; a este respecto, y en los primeros momentos de estupor de esa condición, me avergüenza creer que me habría dispuesto a pelearme con el hombre que se sentaba frente a mí si hubiera dicho lo contrario. Ese hombre que se sentaba frente a mí había tenido durante toda la noche, tal como tienen siempre los hombres de enfrente, demasiadas piernas y todas ellas muy largas. Además de esta conducta irrazonable (que sólo cabía esperar de él), llevaba un lápiz y un cuaderno y había estado todo el tiempo escuchando y tomando notas. Me habría parecido que esas irritantes notas se referían a los traqueteos y sacudidas del coche, y me habría resignado a que las tomara bajo la suposición general de que era un ingeniero, si no hubiera estado mirando fijamente por encima de mi cabeza siempre que escuchaba. Era un caballero de ojos saltones y aspecto perplejo, y su proceder resultaba intolerable. La mañana era fría y desoladora (el sol todavía no estaba alto), y cuando miré hacia fuera y vi la pálida luz de los fuegos de aquella comarca del hierro, así como la pesada cortina de humo que había estado suspendida entre las estrellas y yo, y ahora lo estaba entre yo y el día, me dirigí hacia mi compañero de viaje y le dije:

-Le ruego que me perdone, señor, ¿pero observa algo particular en mí? -pues en realidad parecía que estuviera tomando notas de mi gorra de viaje o de mi pelo con una minuciosidad que daba a entender que se estaba arrogando demasiadas libertades.

El caballero de ojos saltones dejó de fijar la mirada que tenía puesta detrás de mí, como si la parte posterior del coche estuviera a cien millas de distancia, y con una elevada actitud de compasión hacia mi insignificancia dijo:

-¿En usted, señor… B.?

-¿B, señor? -pregunté yo a mi vez, calentándome. -No tengo nada que ver con usted, señor -replicó el caballero-. Le ruego que me escuche… O. Enunció esta vocal tras una pausa, y la anotó.

Al principio me alarmé, pues un lunático en el expreso, sin ninguna comunicación con el revisor, resulta una situación grave. Me alivió el pensar que el caballero podía ser lo que popularmente se llama un médium; perteneciente a una secta de la que algunos miembros me merecen un respeto máximo, aunque no crea en ellos. Iba a hacerle esa pregunta cuando me quitó la palabra de la boca.

-Espero que me excuse -dijo el caballero con, tono despreciativo-, si me encuentro muy avanzado con respecto a la humanidad común como par-, preocuparme por todo esto. He pasado la noche como en realidad paso ahora todo mi tiempo, en una relación espiritual.

-¡Ah! -exclamé yo con cierta acritud.

-Las conferencias de la noche empezaron con este mensaje -siguió diciendo el caballero mientras pasaba varias hojas de su cuaderno-: «las malas comunicaciones corrompen las buenas maneras».

-Es sensato -intervine yo-. ¿Pero te es absolutamente nuevo?

-Es nuevo viniendo de los espíritus -contestó el caballero.

Sólo fui capaz de repetir mi anterior y agria exclamación y preguntar si podía ser favorecido con el conocimiento de la última comunicación.

-Un pájaro en mano vale más que dos en el busque -anunció el caballero leyendo con gran solemnidad su última anotación.

-Soy, verdaderamente, de la misma opinión -comenté yo-. Pero ano debería ser bosque?

-A mí me llegó busque -replicó el caballero. Luego el caballero me informó que en el curso de la noche el espíritu de Sócrates le había hecho esa revelación especial.

-Amigo mío, espero que se encuentre bien. En este coche del tren somos dos.

¿Cómo está usted? Aquí hay diecisiete mil cuatrocientos setenta y nueve espíritus, aunque usted no pueda verlos. Pitágoras está aquí. No puede mencionarlo, pero espera que a usted le sea cómodo el viaje.

También se había dejado caer Galileo con la siguiente comunicación científica: «estoy encantado de verle, amico. ¿Cómo stá? El agua se congelará cuan do esté lo bastante fría. Addio!» En el curso de la noche se había producido también el fenómeno siguiente. El obispo Butler había insistido en deletrea su nombre, «Bubler», quien había sido despedid destempladamente por las ofensas contra la ortografía y las buenas maneras. John Milton (sospechoso de un engaño intencionado) había repudiado la autoría del Paraíso Perdido, y había introducido como coautores de ese poema a dos desconocidos caballeros llamados respectivamente Grungers y Scadging tone. Y el príncipe Arturo, sobrino del rey Juan d Inglaterra, había informado que se encontraba tolerablemente cómodo en el séptimo círculo, donde e: taba aprendiendo a pintar sobre terciopelo bajo la dirección de la señora Trimmer y de María, la Reina d los Escoceses. Si a todo esto le unimos la mirada del caballero que me favoreció con aquellas revelaciones confidenciales que se me excusará mi impaciencia por ver el sol naciente y contemplar el orden magnífico del vasto universo. En una palabra, estaba tan impaciente por ello que me alegré muchísimo de bajarme en la estación siguiente y cambiar aquellas nubes y vapore por el aire libre del cielo.

Para entonces hacía ya una mañana hermosa Mientras caminaba pisando las hojas que había caído de los árboles dorados, marrones y rojizos, mientras contemplaba a mi alrededor las maravilla de la creación y pensaba en las leyes inmutable inalterables y armoniosas que las sostenían, la relación espiritual del caballero me pareció de lo más pobre que podía contemplar este mundo. Y en ese estado de infiel llegué frente a la casa y me detuve para examinarla atentamente. Era una casa solitaria levantada en un jardín tristemente olvidado: un cuadrado de unos dos acres. Pertenecía a la época de Jorge II; tan rígida, tan fría, tan formal y tan en mal estado como podría desear el más leal admirador del cuarteto completo de Jorges. Estaba deshabitada, pero hacía uno o dos años que la habían reparado, sin gastar mucho dinero, para hacerla habitable; y digo de una manera barata porque lo habían hecho superficialmente, por lo que aunque los colores se mantuvieran frescos, la pintura y la escayola se estaban cayendo ya. Un tablero colgado sobre el muro del jardín, y más inclinado por un lado que por el otro, anunciaba que «se alquila en condiciones muy razonables, bien amueblada».

Resultaba muy sombría por la proximidad excesiva de los árboles, y en particular había seis altos álamos delante de las ventanas principales, lo que las volvía excesivamente melancólicas, pues era evidente que la posición había sido muy mal elegida. Era fácil ver que se trataba de una casa evitada; una casa a la que rehuía el pueblo, hacia el que se desvió mi vista por causa del campanario de una iglesia situado a menos de un kilómetro; una casa que nadie aceptaría. Y la deducción natural era que tenía fama de ser una casa encantada. Ningún período de las veinticuatro horas del día y la noche me resulta tan solemne como la primera hora de la mañana. Durante el verano suelo levantarme muy temprano y me dirijo a mi habitación para una jornada de trabajo antes del desayuno, y en esas ocasiones siempre me impresiona profundamente la quietud y soledad que me rodea. Además de eso, siempre hay algo terrible en el hecho de estar rodeado por rostros familiares dormidos, al hacernos pensar que aquellos que nos son más queridos y que más nos quieren se sienten profundamente inconscientes de nosotros, en un estado impasible que anticipa esa condición misteriosa a la que todos tendemos: la vida detenida, los hilos rotos del ayer, el asiento abandonado, el libro cerrado, la ocupación que ha sido abandonada sin que estuviera terminada… todo imágenes de la muerte. La tranquilidad de esa hora es la tranquilidad de la muerte. El calor y el frío producen esa misma asociación. Incluso un cierto aire que adoptan los objetos domésticos familiares cuando emergen de las sombras de la noche pasando a la mañana, un aire de ser más nuevos, tal como habían sido hace tiempo, tiene su contrapartida en el paso del rostro gastado de la madurez o la vejez, con la muerte, al antiguo aspecto juvenil Además, en esa hora vi una vez la aparición de m padre. Estaba vivo y bien, y no dijo nada, pero le vi, la luz del día, sentado, dándome la espalda, en un silla que hay junto a mi cama. Reposaba la cabeza en su mano y no pude averiguar si estaba dormitando c apesadumbrado. Sorprendido de verle allí, me enderecé en la cama, cambié de posición, salí de ella, le observé. Como él no se moviera, me alarmé y la puse una mano en el hombro, o lo que yo pensaba que lo era… pero no había nada.

Por todas estas razones, y también por otras que no es tan fácil explicar brevemente, la primera hora de la mañana me resulta la más fantasmagórica. En ese momento cualquier casa me parece encantada en mayor o menor medida; y una casa encantada difícilmente puede parecérmelo más en otro momento. Caminé hasta el pueblo pensando en el abandono de aquella casa y me encontré con el dueño de la pequeña posada echando arena en el umbral. Le encargué el desayuno y saqué el tema de la casa.

-¿Está hechizada? -pregunté.

El posadero me- miró, sacudió la cabeza y respondió:

-Yo no digo nada. -¿Entonces lo está?

-¡Bueno!… Yo no dormiría en ella -me espetó el posadero en un arranque de franqueza que tenía la apariencia de la desesperación.

-¿Y por qué no?

-Si me gustara que sonaran todas las campanas de la casa sin que nadie las tocara; y que golpearan todas la puertas de la casa sin que nadie llamara en ellas; y escuchar todo tipo de pasos sin que ningún pie la recorriera; pues bien, entonces sí dormiría en esa casa -explicó el posadero.

-¿Han visto a alguien allí?

El posadero volvió a mirarme y luego, con su anterior aspecto de desesperación, gritó «¡Ikey!» en dirección al patio del establo.

El grito provocó la aparición de un hombre joven de hombros altos, rostro rojizo y redondeado cabellos cortos de color arenoso, una boca muy ancha y húmeda, nariz vuelta hacia arriba y un enorme chaleco con mangas de rayas moradas y botones d madreperla que parecía crecer sobre él y estar a punto, si no se lo podaba a tiempo, de taparle la cabeza colgarle por encima de las botas.

-Este caballero quiere saber si se ha visto a alguien en los Álamos -dijo el posadero.

-Mujer capuchada con bullo -explicó lkey con gran viveza.

-¿Quiere decir «armando bulla», gritando? -No, señor, un pájaro.

-Ah, una mujer encapuchada con un búho ¡Cielos! ¿La vio a ella alguna vez?

-Vi al bullo.

-¿Y nunca a la mujer?

-No tan bien como al bullo, pero siempre va juntos.

-¿Y alguien ha visto a la mujer tan claramente como al búho?

-¡Que Dios le bendiga, señor! Muchísimos. -¿Quiénes?

-¡Que Dios le bendiga, señor! Muchísimos. -¿Por ejemplo el tendero que está abriendo tienda allí enfrente?

-¿Perkins? Que Dios le bendiga, Perkins no acercaría al lugar. ¡No señor! -comentó el joven con considerable fuerza-. No es muy listo, Perkins no es, pero no es tan tonto como eso.

(En ese punto el posadero murmuró su confianza en la buena cabeza de Perkins.)

-¿Quién es, o quién fue, la mujer encapuchada del búho? ¿Lo sabe usted?

-¡Vaya! -exclamó Ikey levantándose la gorra con una mano mientras con la otra se rascaba la cabeza-. En general dicen que fue asesinada mientras el búho cantaba.

Ese conciso resumen de los hechos fue todo lo que pude conocer, además de que un joven, tan animoso y bien parecido como nunca he visto otro, había sufrido un ataque y se había venido abajo después de ver a la mujer encapuchada. Y también que un personaje descrito imprecisamente como «un buen tipo, un vagabundo tuerto, que responde al nombre de Joby, a menos que le desafiaras llamándole por su apodo, Greenwood, a lo que él contestaría: «¿Y por qué no? Y, aún así, ocúpate de tus asuntos», se había encontrado con la mujer encapuchada cinco o seis veces. Pero esos testigos no pudieron ayudarme mucho, por cuanto el primero estaba en California y el último, tal como dijo Ikey (y confirmó el posadero), estaría en cualquier parte. Ahora bien, aunque contemplo con un miedo callado y solemne los misterios, entre los cuales y este estado de la existencia se interpone la barrera del gran juicio y el cambio que cae sobre todas las cosas que viven, y aunque no tengo la audacia de pretender que sé algo de esos misterios, no por ello puedo reconciliar las puertas que golpean, las campanas que suenan, los tablones del suelo que crujen, e insignificancias semejantes, con la majestuosa belleza la analogía penetrante de todas las reglas divinas que se me ha permitido entender, de la misma forma que tampoco había podido, poco antes, uncir la relación espiritual de mi compañero de viaje con el carro d sol naciente. Además, había vivido ya en dos casas encantadas, ambas en el extranjero. En una de ella un antiguo palacio italiano que tenía fama de haber sido abandonado dos veces por esa causa, viví solo meses con la mayor tranquilidad y agrado: a pesar que la casa tenía una docena de misteriosos dormitorios que nunca fueron utilizados y poseía en una habitación grande en la que me sentaba a leer muchísimas veces y a cualquier hora, y junto a la cu dormía, una sala hechizada de primera categoría Amablemente le sugerí al posadero esas consideraciones. Y puesto que aquella casa tenía mala reputación, razoné con él, diciéndole que cuántas cosas tienen mala fama inmerecidamente, y lo fácil que manchar un nombre, y que si no creía que si él y empezábamos a murmurar persistentemente por pueblo que cualquier viejo calderero borracho de vecindad se había vendido al diablo, con el tiempo sospecharía que había hecho ese trato. Toda esa prudente conversación resultó absolutamente ineficaz para el posadero, y tengo que confesar que fue el mayor fracaso que he tenido en mi vida.

Pero resumiendo esta parte de la historia, lo de casa encantada me interesó y estaba ya decidido a medias a alquilarla. Por ello, después de desayunar recibí las llaves de manos del cuñado de Perkins, (fabricante de arneses y látigos que regenta la oficina de correos y está sometido a una rigurosísima esposa perteneciente a la secta de la segunda escisión del pequeño Emmanuel), y fui a la casa asistido por mi posadero y por Ikey. El interior lo encontré trascendentalmente lúgubre, tal como esperaba. Las sombras lentamente cambiantes que se movían sobre el, proyectadas por los altos árboles, resultaban de lo más lúgubre; la casa estaba mal situada, mal construida, mal planificada y mal terminada. Era húmeda, no estaba libre de podredumbre, había en ella un olor a ratas y era triste víctima de esa decadencia indescriptible que se apodera de toda obra hecha con manos humanas cuando ésta ya no recibe la atención del hombre. Las cocinas y habitaciones auxiliares eran demasiado grandes y se encontraban demasiado alejadas unas de otras. Por encima y por debajo de las escaleras, pasillos estériles se cruzaban entre las zonas de fertilidad que representaban las habitaciones; y había un viejo y mohoso pozo sobre el que crecía la hierba, oculto como una trampa asesina cerca de la parte de abajo de las escaleras traseras, bajo la doble fila de campanas. Una de las campanas llevaba la etiqueta, sobre fondo negro con descoloridas letras blancas, de AMO B. Me dijeron que ésa era la campana que más sonaba.

-¿Quién era el Amo B.? -pregunté-. ¿Se sabe lo que hacía mientras el búho ululaba?

-Tocaba la campana -contestó Ikey.

Me sorprendió bastante la destreza y rapidez con la que aquel joven lanzó contra la campana su gorra de piel, haciéndola sonar. Era una campañia fuerte y desagradable que produjo un sonido de le más destemplado. Las otras campanas tenían escrito el nombre de las habitaciones a las que conducían sus cables: como «habitación del cuadro», «habitación doble», «habitación del reloj», etcétera, Siguiendo hasta su origen la campana del Amo B., descubrí que el joven caballero sólo tuvo un acomodo de tercera categoría en una habitación triangular bajo el desván, con una chimenea esquinera que indicaba que el Amo B. tenía que ser muy bajito para poder ser capaz de calentarse con ella, y una parte frontal piramidal hasta el techo digna de Pulgarcito. El empapelado de un lado de la habitación se había venido abajo totalmente llevándose con él trozos de escayola, llegando casi a bloquear la puerta. Daba la impresión de que el Amo B., en su condición espiritual, intentaba siempre tirar abajo el papel. Ni el posadero ni Ikey pudieron sugerir el motivo de que hiciera esa tontería. No hice ningún otro descubrimiento salvo que la casa tenía un desván inmenso y de distribución irregular. Estaba moderadamente bien amueblada: aunque con escasez. Algunos de los muebles, una tercera parte, eran tan viejos como la casa; lo demás pertenecía a diversos períodos del último medio siglo. Para negociar sobre la casa me enviaron a un comerciante de trigo del mercado de la ciudad. Fui ese mismo día y la alquilé por seis meses.

A mediados de octubre me mudé allí con mi hermana soltera (me puedo permitir decir que tiene treinta y ocho años, pues es muy hermosa, sensata y emprendedora). Llevamos con nosotros a un mozo de caballos sordo, mi sabueso Turk, dos sirvientas y a una joven a la que le llamaban Chica Extraña. Tengo razones para citar a la última de la lista, miembro de las Huérfanas de la Unión de San Lorenzo, pues resultó un error fatal y un compromiso desastroso. El año estaba muriendo pronto, las hojas caían rápidamente, y fue un día frío cuando tomamos posesión de la casa, cuya tristeza resultaba de lo más deprimente. La cocinera (una mujer amable, pero de débil capacidad intelectual) rompió a llorar al contemplar la cocina y pidió que su reloj de plata se le entregara a su hermana (Tuppintock’s Gardens, Ligg’s Walk, Clapham Rise) en el caso de que le sucediera algo por la humedad. La doncella, Streaker, fingió alegría, pero era la mayor mártir de todas. La Chica Extraña, que nunca había estado en el campo, fue la única que quedó complacida y tomó las disposiciones necesarias para sembrar una bellota en el jardín, detrás de un roble, cerca de la ventana del fregadero.

Antes de oscurecer habíamos pasado por todas las desgracias naturales (en oposición a las sobrenaturales), lógicas de nuestro estado. Informes desesperanzadores subían (como el humo) desde el sótano porque no había rodillos, tampoco salamandra (lo que no me sorprendió porque no sé lo que es), no había nada en la casa, y lo que había estaba roto, pues sus últimos habitantes debieron vivir como cerdos… ¿cuál sería el significado de lo que había dicho el posadero? A pesar de todos estos males, la Chica Extraña se mostró alegre y ejemplar. Pero cuatro horas después de oscurecer ya habíamos entrado en una cavidad sobrenatural y la Chica Extraña había visto «ojos» y estaba histérica. Mi hermana y yo acordamos reservar el encantamiento estrictamente para nosotros, y mi impresión era, y sigue siendo, que yo no tenía que dejar que lkey, cuando ayudaba a descargar la carreta, se quedara a solas con ninguna de las mujeres ni siquiera un minuto. Sin embargo, tal como dije, la Chica Extraña había «visto ojos» (no pudimos sacarle ninguna otra explicación) antes de las nueve, y a las diez ya le habíamos aplicado tanto vinagre como para adobar un buen salmón. Dejo al inteligente lector que juzgue por sí mismo mis sentimientos cuando, tras estas circunstancias indeseables, hacia las diez y media la campanilla del Amo B. empezó a sonar de la manera más furiosa y Turk se puso a aullar hasta que la casa entera resonó con sus lamentaciones.

Espero no volver a encontrarme nunca en un estado mental tan poco cristiano como aquel en el que viví durante unas semanas en relación con la memoria del Amo B. No sé si su campanilla sonaba por causa de las ratas, o los ratones, los murciélagos, el viento o cualquier otra vibración accidental, a veces por una causa y a veces por otra, y otras veces por la unión de varias de ellas; pero lo cierto es que sonaba dos noches de cada tres, hasta que concebí la feliz idea de retorcerle el cuello al Amo B. -en otras palabras, cortar su campanilla-, silenciando a ese caballero, por lo que sé y creo, para siempre. Pero para entonces la Chica Extraña había desarrollado tal progreso en su capacidad cataléptica que había llegado a convertirse en un ejemplo brillante de ese desgraciado trastorno. En las ocasiones más irrelevantes se quedaba rígida como un Guy Fawkes privado de razón. Me dirigía a los criados de una manera lúcida señalándoles que había pintado la habitación del Amo B., y quitado el papel, que había quitado la campanilla del Amo B. evitando que sonara, y que puesto que podían suponer que ese confundido muchacho había vivido y muerto, revistiéndose de una conducta no mejor que la que incuestionablemente le habría llevado a un estrecho conocimiento entre él y las partículas más afiladas de una escoba de abedul, en su actual e imperfecto estado de existencia, ¿no podían suponer también que un simple y pobre ser humano, como era yo, fuera capaz de esos despreciables medios de contrarrestar y limitar los poderes de los espíritus descarnados del muerto, o de cualquier otro espíritu? Diría que en esos discursos me volvía enfático y convincente, por no decir bastante complaciente, hasta que sin razón alguna la Chica Extraña se ponía de pronto rígida desde los dedos de los pies hacia arriba, y miraba entre nosotros como una estatua petrificada de la parroquia.

También Streaker, la doncella, tenía un incomodísimo atributo de la naturaleza. Soy incapaz de decir si era de un temperamento inusualmente linfático o qué otra cosa le sucedía, pero esta joven se convertía en una simple destilería dedicada a la producción de las más grandes y transparentes lágrimas que he visto nunca. Unido a estas características se daba en esas muestras lacrimosas una peculiar tenacidad de agarre, por lo que en lugar de caer quedaban colgando de su rostro y nariz. En esas condiciones, y sacudiendo suave y deplorablemente la cabeza, su silencio me afectaba más de lo que lo habría hecho el admirable Crichton en una disputa verbal por una bolsa de dinero. También la cocinera me cubría siempre de confusión, como si me colocara un vestido, terminando la sesión con la protesta de que el río Ouse la estaba desgastando y repitiendo dócilmente sus últimos deseos con respecto al reloj de plata. Por lo que respecta a nuestra vida nocturna, estaba entre nosotros el contagio de la sospecha y el miedo, y no existe tal contagio bajo el cielo. ¿La mujer encapuchada? De acuerdo con los relatos estábamos en un verdadero convento de mujeres encapuchadas. ¿Ruidos? Con ese contagio abajo, yo mismo me quedaba sentado en el triste salón escuchando, hasta haber oído tantos y tan extraños ruidos que hubieran congelado mi sangre de no ser porque yo mismo la calentaba saliendo a hacer descubrimientos. Pruebe el lector a hacerlo en la cama en la quietud de la noche; pruébelo cómodamente frente a su chimenea, en la vida de la noche. Puede encontrar que cualquier casa está llena de ruidos hasta llegar a tener un ruido para cada nervio de su sistema nervioso.

Repito que el contagio de la sospecha y el miedo estaba entre nosotros, y que no existe ese contagio bajo el cielo. Las mujeres (que tenían todas la nariz en un estado crónico de excoriación de tanto oler sales) estaban siempre listas y preparadas para un desmayo, y bien dispuestas a hacerlo a la mínima. Las dos mayores destacaban a la Chica Extraña en todas las expediciones que se consideraban muy arriesgadas, y ella establecía siempre la fama de que la aventura lo había merecido regresando en estado cataléptico. Si después de oscurecer la cocinera o Streaker subían, sabíamos que acabaríamos por escuchar un golpe en nuestro techo; y eso sucedía con tanta frecuencia que era como si andara por la casa un luchador administrando un toque de su arte, una llave que creo que se llama «el subastador», a toda criada con la que se encontraba. Era inútil hacer nada. Era inútil asustarse, por el momento y por uno mismo, por causa de un búho auténtico, y luego enseñar el búho. Era inútil descubrir, tocando accidentalmente una discordancia en el piano, que Turk siempre aullaba en determinadas notas y combinaciones. Era en vano ser un Radamanto de las campanas, y si una desafortunada campana sonaba sin cesar, echarla abajo inexorablemente y silenciarla. Era en vano dejar que el fuego subiera por las chimeneas, lanzar antorchas al pozo, entrar furiosamente a la carga en las habitaciones y habitáculos sospechosos. Cambiamos de servidumbre y la cosa no mejoró. La nueva escapó, y llegó una tercera sin que mejorara nada. Finalmente, el cuidado confortable de la casa llegó a estar tan desorganizado y echado a perder que una noche, abatido, le dije a mi hermana:

-Patty, empiezo a desesperar de que consigamos criados que vengan aquí con nosotros, y creo que deberíamos abandonar.

Mi hermana, que es una mujer de considerable espíritu, contestó:

-No, John, no abandones. No te des por vencido, John. Hay otro modo.

-¿Y cuál es? -pregunté yo.

John, si no vamos a dejar que nos echen de esta casa, y por ningún motivo lo vamos a permitir, a ti y a mí nos debe resultar evidente que debemos cuidarnos de nosotros y tomar la casa total y exclusivamente en nuestras manos.

-Pero las criadas -dije yo.

-No las tengamos -contestó audazmente mi hermana.

Como la mayoría de las personas que ocupar una posición semejante a la mía en la vida, jamó; había pensando en la posibilidad de pasar sin la fie obstrucción de los criados. La idea me resultó tar nueva cuando me la sugirió que la miré dubitativamente.

-Sabemos que llegan aquí predispuestas a asustarse y contagiarse el miedo unas a otras, y sabemos que se asustan y se contagian el miedo unas a otra; -comentó mi hermana.

-Con la excepción de Bottles -comenté yo el tono meditativo.

(Me refería al mozo de establo sordo). Lo había cogido a mi servicio, y seguía manteniéndolo, como un fenómeno de mal humor del que no podía encontrarse otro ejemplo en Inglaterra.)

-Evidentemente, John -asintió mi hermana-. Salvo Bottles. ¿Y qué prueba eso?

Bottles no habla con nadie, y no escucha a nadie a menos que se le grite desenfrenadamente, ¿y qué alarma ha producido o recibido Bottles? Ninguna.

Eso era absolutamente cierto; el individuo en cuestión se retiraba todas las noches a las diez en punto a su cama, colocada encima de la cochera, sin más compañía que un aventador y un cubo de agua. Había yo fijado en mi mente, como un hecho digno de recordar, que si a partir de ese momento me colocaba sin anunciar en el camino de Bottles, el cubo de agua caería sobre mi cabeza y el aventador me cruzaría el cuerpo. Bottles tampoco se había enterado lo más mínimo de los numerosos alborotos que montábamos. Hombre imperturbable y sin habla, se había sentado a tomar su cena mientras Streaker se desmayaba y la Chica Extraña se volvía de mármol, y lo único que hacía era coger otra patata o aprovecharse de la desgracia general para servirse más ración de pastel del carne.

-Y por ello -siguió diciendo mi hermana-, descarto a Bottles. Y considerando, John, que la casa es demasiado grande, y quizá demasiado solitaria, para que la podamos mantener bien entre Bottles, tú y yo; propongo que busquemos entre nuestros amigos a un número selecto de entre los más voluntariosos y dignos de confianza, que formemos una sociedad aquí durante tres meses, ayudándonos unos a otros en las tareas de la casa, que vivamos alegre y socialmente y veamos lo que sucede.

Me sentí tan encantado con mi hermana que la abracé allí mismo y me dispuse a poner en marcha su plan con el mayor ardor. Por aquel entonces nos encontrábamos en la tercera semana de noviembre, pero emprendimos las medidas con tanto vigor, y fuimos tan bien secundados por los amigos en los que confiábamos, que todavía faltaba una semana para expirar el mes cuando nuestro grupo llegó conjunta y alegremente y pasó revista a la casa encantada. Mencionaré ahora dos pequeños cambios que realicé mientras mi hermana y yo estábamos todavía solos. Se me ocurrió que no sería improbable que Turk aullara en la casa durante la noche, en parte porque quería salir de ella, por lo que lo dejé en la perrera exterior, pero sin encadenarlo; y advertí seriamente al pueblo que cualquiera que se pusiera delante del perro no debía esperar separarse de él sin un mordisco en la garganta. Luego, de modo casual, pregunté a Ikey si sabía juzgar bien una escopeta.

-Claro, señor, conozco una buena escopeta nada más verla -respondió él, y yo le supliqué el favor de que se acercara a la casa y examinara la mía.

-Es una de verdad, señor -dijo Ikey tras inspeccionar un rifle de doble cañón que unos años antes había comprado en Nueva York-. No hay ningún error sobre ella, señor.

-Ikey-le dije yo-. No lo mencione, pero he visto algo en esta casa.

-¿No, señor? -susurró abriendo codiciosamente los ojos-. ¿La mujer capuchada, señor?

-No se asuste -repliqué yo-. Era una figura bastante parecida a usted.

-¡Dios mío, señor!

-¡Ikey! -exclamé yo estrechándole las manos calurosamente; podría decir que afectuosamente-. Si hay algo de verdad en esas historias de fantasmas, el mayor favor que puedo hacerle es disparar a esa figura. ¡Y le prometo por el cielo y la tierra que lo haré con esta escopeta si vuelvo a verla!

El joven me dio las gracias y se despidió con cierta precipitación tras rechazar un vaso de licor. Le di a conocer mi secreto porque jamás había olvidado el momento en el que lanzó la gorra a la campana; porque en otra ocasión había observado algo muy semejante a un gorro de piel que yacía no muy lejos de la campana una noche en la que ésta había roto a sonar; y porque había observado que siempre que venía él por la tarde para consolar a las criadas luego nos encontrábamos mucho más fantasmales. Pero no debo ser injusto con Ikey. Tenía miedo de la casa y creía que estaba hechizada; aun así, estaba seguro de que él exageraría sobre el aspecto del encantamiento en cuanto tuviera una oportunidad. El caso de la Chica Extraña era exactamente similar. Recorría la casa en un estado de auténtico terror, pero mentía monstruosa y voluntariamente e inventaba muchas de las alarmas que ella misma extendía y producía muchos de los sonidos que escuchábamos Lo sabía bien porque les había estado vigilando a 1os dos. No es necesario que explique aquí ese absurdo estado mental; me contento con observar que ese es del conocimiento general de todo hombre inteligente que tenga una buena experiencia médica, 1egal o de cualquier otro tipo de vigilancia; que es un estado mental tan bien establecido y tan común como cualquier otro con el que están familiarizados los observadores; y que es uno de los primeros elementos, por encima de todos los demás, del que sospecha racionalmente; y que se busca estrictamente, separándola, cualquier cuestión de este tipo

Pero volvamos a nuestro grupo. Lo primero que hicimos cuando estuvimos todos reunidos fue echar suertes los dormitorios. Hecho eso, y después de que todo dormitorio, en realidad toda la casa, hubiera sido minuciosamente examinado por el grupo completo, asignamos las diversas tareas domésticas como si nos encontráramos entre un grupo de gitanos, o u grupo de regatas, o una partida de caza o hubiéramos naufragado. Después les conté los rumores concernientes a la dama encapuchada, el búho y el Amo B junto con otros que habían circulado todavía con mayor firmeza durante nuestra ocupación de la casa, relativos a una ridícula y vieja fantasma que subía y bajaba llevando el fantasma de una mesa redonda; también a un impalpable borrico a quien nadie fu capaz nunca de capturar. Creo realmente que los sirvientes de abajo se habían comunicado unos a otros estas ideas de una manera enfermiza, sin transmitirlas en forma de palabras. Después, solemnemente, nos dijimos unos a otros que no estábamos allí para ser engañados ni para engañar, lo que nos parecía en gran parte lo mismo, y que con un serio sentido de la responsabilidad seríamos estrictamente sinceros unos con otros y seguiríamos estrictamente la verdad. Quedó establecido que cualquiera que escuchara ruidos inusuales durante la noche, y deseara rastrearlos, llamaría a mi puerta; y acordamos finalmente que en la noche duodécima, la última noche de la sagrada Navidad, todas nuestras experiencias individuales desde el momento de la llegada conjunta a la casa encantada serían comunicadas para el bien de todos, y que hasta entonces mantendríamos silencio sobre el tema a menos que alguna provocación notable exigiera que lo rompiéramos.

En cuanto al número y el carácter éramos como ahora describo: en primer lugar estábamos nosotros dos, mi hermana y yo. Al echar las habitaciones a suertes, a mi hermana le correspondió su dormitorio, y a mí el del Amo B. Después estaba nuestro primo hermano John Herschel, llamado así por el conocido astrónomo; y supongo de él que es mejor con un telescopio que como hombre. Con él estaba su esposa: una persona encantadora con la que se había casado la primavera anterior. Consideré que, dadas las circunstancias, había sido bastante imprudente el traerla con él, porque no se sabe lo que una falsa alarma puede provocar en esos momentos, pero imagino que él conocerá bien sus propios asuntos y sólo debo decir que de haber sido mi esposa en ningún momento habría dejado de vigilar su rostro cariñoso brillante. Les correspondió la habitación del reloj. Alfred Starling, un joven inusualmente agradable, de veintiocho años, por el que sentía yo el mayor agrado, le correspondió la habitación doble; la que había sido mía, y que se designaba con ese nombre por tener en su interior un vestidor y que incluía dos amplias y molestas ventanas que no conseguí evitar que dejaran de moverse fuera cual fuera el tiempo, con viento o sin él. Alfredo es un joven que pretende ser «n pido» (tal como entiendo yo el término, otra palabra para decir «vago»), pero que es muy bueno y sensible para ese absurdo, y se habría distinguido antes d ahora si por desgracia su padre no le hubiera dejad una pequeña independencia de doscientas libras.

 

Jorge Luis Borges: Entrevista por Mario Vargas LLosa.

Borges Llosa Jurado 1985 -Discúlpeme usted, Jorge Luis Borges, pero lo único que se me ocurre para comenzar esta entrevista es una pregunta convencional: ¿cuál es la razón de su visita a Francia?

-Fui invitado a dos congresos por el Congreso por la Libertad de la Cultura, en Berlín. Fui invitado también por la Deutsche Regierum, por el gobierno alemán, y luego mi gira continuó y estuve en Holanda, en la ciudad de Amsterdam, que tenía muchas ganas de conocer. Luego mi secretaria María Esther Vázquez y yo seguimos por Inglaterra, Escocia, Suecia, Dinamarca y ahora estoy en París. El sábado iremos a Madrid, donde permaneceremos una semana. Luego, volveremos a la patria. Todo esto habrá durado poco más de dos meses.

-Tengo entendido que asistió al Coloquio que se ha celebrado recientemente en Berlín entre escritores alemanes y latinoamericanos. ¿Quiere darme su impresión de este encuentro?

-Bueno, este encuentro fue agradable en el sentido de que pude conversar con muchos colegas míos. Pero en cuanto a los resultados de esos congresos, creo que son puramente negativos. Y, además, parece que nuestra época nos obliga a ello, yo tuve que expresar mi sorpresa -no exenta de melancolía-, de que en una reunión de escritores se hablara tan poco de literatura y tanto de política, un tema que es más bien, bueno, digamos tedioso. Pero, desde luego, agradezco haber sido invitado a ese congreso, ya que para un hombre sin mayores posibilidades económicas como yo, esto me ha permitido conocer países que no conocía, llevar en mi memoria muchas imágenes inolvidables de ciudades de distintos países. Pero, en general, creo que los congresos literarios vienen a ser como una forma de turismo, ¿no?, lo cual, desde luego, no es del todo desagradable.

-En los últimos años, su obra ha alcanzado una audiencia excepcional aquí, en Francia. La “Historia universal de la infamia” y la “Historia de la eternidad” se han publicado en libros de bolsillo, y se han vendido millares de ejemplares en pocas semanas. Además de “L’Herne”, otras dos revistas literarias preparan números especiales dedicados a su obra. Y ya vio usted que en el Instituto de Altos Estudios de América Latina tuvieron que colocar parlantes hasta en la calle, para las personas que no pudieron entrar el auditorio a escuchar su conferencia. ¿Qué impresión le ha causado todo esto?

-Una impresión de sorpresa. Una gran sorpresa. Imagínese, yo soy un hombre de 65 años, y he publicado muchos libros, pero al principio esos libros fueron escritos para mí, y para un pequeño grupo de amigos. Recuerdo mi sorpresa y mi alegría cuando supe, hace muchos años, que de mi libro “Historia de la eternidad” se habían vendido en un año hasta 37 ejemplares. Yo hubiera querido agradecer personalmente a cada uno de los compradores, o presentarle mis excusas. También es verdad que 37 compradores son imaginables, es decir son 37 personas que tienen rasgos personales, y biografía, domicilio, estado civil, etc. En cambio, sí uno llega a vender mil o dos mil ejemplares, ya eso es tan abstracto que es como si uno no hubiera vendido ninguno. Ahora, el hecho es que en Francia han sido extraordinariamente generosos, generosos hasta la injusticia conmigo. Una publicación como “L’Herne”, por ejemplo, es algo que me ha colmado de gratitud y al mismo tiempo me ha abrumado un poco. Me he sentido indigno de una atención tan inteligente, tan perspicaz, tan minuciosa y, le repito, tan generosa conmigo. Veo que en Francia hay mucha gente que conoce mi “obra” (uso esta palabra entre comillas) mucho mejor que yo. A veces, y en estos días, me han hecho preguntas sobre tal o cual personaje: ¿por qué John Vincent Moon vaciló antes de contestar? Y luego, al cabo de un rato, he recapacitado y me he dado cuenta que John Vincent Moon es protagonista de un cuento mío y he tenido que inventar una respuesta cualquiera para no confesar que me he olvidado totalmente del cuento y que no sé exactamente las razones de tal o cual circunstancia. Todo eso me alegra y, al mismo tiempo, me produce como un ligero y agradable vértigo.

-¿Qué ha significado en su formación la cultura francesa?; ¿algún escritor francés ha ejercido una influencia decisiva en usted?

-Bueno, desde luego. Yo hice todo mi bachillerato en Ginebra, durante la primera guerra mundial. Es decir que durante muchos años, el francés fue, no diré el idioma en el que yo soñaba o en el que sacaba cuentas, porque nunca llegué a tanto, pero sí un idioma cotidiano para mí. Y, desde luego la cultura francesa ha influido en mí, como ha influido en la cultura de todos los americanos del Sur, quizá más que en la cultura de los españoles. Pero hay algunos autores que yo quisiera destacar especialmente y esos autores son Montaigne, Flaubert -quizá Flaubert más que ningún otro-, y luego un autor personalmente desagradable a través de lo que uno puede juzgar por sus libros, pero la verdad es que trataba de ser desagradable y lo consiguió: Leon Bloy. Sobre todo me interesa en Leon Bloy esa idea suya, esa idea que ya los cabalistas y el místico sueco Swedenborg tuvieron pero que sin duda él sacó de sí mismo, la idea del universo como una suerte de escritura, como una criptografía de la divinidad. Y en cuanto a la poesía, creo que usted me encontrará bastante “pompier”, bastante “vieux jouer”, rococó, porque mis preferencias en lo que se refiere a poesía francesa siguen siendo la Chanson de Roland, la obra de Hugo, la obra de Verlaine, y -pero ya en un plano menor- la obra de poetas como Paul-Jean Toulet, el de las “Contrerimes”. Pero hay sin duda muchos autores que no nombro que han influido en mí. Es posible que en algún poema mío haya algún eco de la voz de ciertos poemas épicos de Apollinaire, eso no me sorprendería. Pero si tuviera que elegir un autor (aunque no hay absolutamente ninguna razón para elegir un autor y descartar los otros), ese autor francés sería siempre Flaubert.

-Se suele distinguir dos Flaubert: el realista de “Madame Bovary” y “La educación sentimental”, y el de las grandes construcciones históricas, “Salambó” y “La tentación de San Antonio”. ¿Cuál de los dos prefiere?

-Bueno, creo que tendría que referirme a un tercer Flaubert, que es un poco los dos que usted ha citado. Creo que uno de los libros que yo he leído y releído más en mi vida es el inconcluso “Bouvard y Pecuchet”. Pero estoy muy orgulloso, porque en mi biblioteca, en Buenos Aires, tengo una ‘editio princeps’ de Salambó y otra de la Tentación. He conseguido eso en Buenos Aires y aquí me dicen que se trata de libros inhallables, ¿no? Y en Buenos Aires no sé qué feliz azar me ha puesto esos libros entre las manos. Y me conmueve pensar que yo estoy viendo exactamente lo que Flaubert vio alguna vez, esa primera edición que siempre emociona tanto a un autor.

-Usted ha escrito poemas, cuentos y ensayo. ¿Tiene predilección por alguno de esos géneros?

-Ahora, al término de al carrera literaria, tengo la impresión que he cultivado un solo género: la poesía. Salvo que mi poesía se ha expresado muchas veces en prosa y no en verso. Pero como hace unos diez años que he perdido la vista, y a mí me gusta mucho vigilar, revisar lo que escribo, ahora me he vuelto a las formas regulares del verso. Ya que un soneto, por ejemplo, puede componerse en la calle, en el subterráneo, paseando por los corredores de la Biblioteca Nacional, y la rima tiene una virtud mnemónica que usted conoce. Es decir, uno puede trabajar y pulir un soneto mentalmente y luego, cuando el soneto está más o menos maduro, entonces lo dicto, dejo pasar unos diez o doce días y luego lo retomo, lo modifico lo corrijo hasta que llega un momento en que ese soneto ya puede publicarse sin mayor deshonra para el autor.

-Para terminar, le voy a hacer otra pregunta convencional: si tuviera que pasar el resto de sus días en una isla desierta con cinco libros, ¿cuáles elegiría?

-Es una pregunta difícil, porque cinco es poco o es demasiado. Además, no sé si se trata de cinco libros o de cinco volúmenes.

-Digamos, cinco volúmenes.

-¿Cinco volúmenes? Bueno, yo creo que llevaría la “Historia de la Declinación y Caída del lmperio Romano” de Gibbons. No creo que llevaría ninguna novela, sino más bien un libro de historia. Bueno, vamos a suponer que eso sea en una edición de dos volúmenes. Luego, me gustaría llevar algún libro que yo no comprendiera del todo, para poder leerlo y releerlo, digamos la “Introducción a la Filosofía de las Matemáticas” de Russell, o algún libro de Henri Poincaré. Me gustaría llevar eso también. Ya tenemos tres volúmenes. Luego, podría llevar un volumen cualquiera, elegido el azar, de una enciclopedia. Ahí ya podría haber muchas lecturas. Sobre todo, no de una enciclopedia actual, porque las enciclopedias actuales son libros de consulta, sino de una enciclopedia publicada hacia 1910 o 1911, algún volumen de Brockhaus, o de Mayer, o de la Enciclopedia Británica, es decir cuando las enciclopedias eran todavía libros de lectura. Tenemos cuatro. Y luego, para el último, voy a hacer una trampa, voy a llevar un libro que es una biblioteca, es decir llevaría la Biblia. Y en cuanto a la poesía, que está ausente de este catálogo, eso me obligaría a encargarme yo, y entonces no leería versos. Además, mí memoria está tan poblada de versos que creo que no necesito libros. Yo mismo soy una especie de antología de muchas literaturas. Yo, que recuerdo mal las circunstancias de mi propia vida, puedo decirle indefinidamente y tediosamente versos en latín, en español, en inglés, en inglés antiguo, en francés, en italiano, en portugués. No sé si he contestado bien a su pregunta.

-Sí, muy bien, Jorge Luis Borges. Muchas gracias.