Doris Lessing: La costumbre de amar. Cuento

Doris LessingEn 1947 George volvió a escribir a Myra y le dijo que ahora que la guerra había quedado bien atrás era el momento de regresar a casa y casarse con él. Myra le respondió desde Australia, adonde había ido con sus dos hijos en 1943 porque tenía parientes allí, diciéndole que sentía que poco a poco se habían ido distanciado; ya no estaba segura de querer casarse con él. George no se permitió desmoronarse. Le mandó el importe del billete de avión y le pidió que fuera a visitarlo. Ella fue dos semanas, porque no podía dejar solos por más tiempo a sus hijos. Le contó que le gustaba Australia, le agradaba el clima —ya no podía soportar el británico— y opinaba que Inglaterra estaba, casi seguro, acabada. Y  se había acostumbrado a echar de menos Londres. También, es de suponer, a George Talbot.

Para George fueron quince días muy dolorosos. Creía que también para ella. Se habían conocido en 1938, vivieron juntos cinco años y durante cuatro intercambiaron  epístolas de amantes separados por el destino. Sin duda, Myra era el amor de su  vida. Hasta ese momento creyó que él también lo había sido para ella. Myra, una mujer atractiva a la que el sol y las playas australianas habían embellecido, le hizo un  gesto de despedida en el aeropuerto, con los ojos repletos de lágrimas.

Los ojos de George al regresar del aeropuerto permanecieron  secos. Si alguien ha querido a una persona con toda el alma, es algo más que el amor lo que desaparece cuando una de las partes de la pareja, que se creyó indisoluble, se aleja en un emotivo adiós. George se bajó pronto del taxi y paseó por Saint James’s Park. Pero le resultó demasiado pequeño y se dirigió a Green Park. Después fue a Hyde Park y de allí a Kensington Gardens. Cuando oscureció y cerraron las enormes puertas del parque tomó un taxi hacia casa. Vivía en un bloque de pisos próximo a Marble Arch. Myra había vivido allí con él durante cinco años, y era el lugar donde había imaginado que volverían a vivir juntos. Entonces se trasladó a un nuevo piso cerca de Covent Garden. Lo hizo poco después de haberle escrito una apenada carta a Myra. Se dio cuenta de que a menudo había recibido cartas así, pero nunca había escrito ninguna. Advirtió que había despreciado por completo todo el sufrimiento que había causado a lo largo de su vida. Aunque Myra le respondió con una carta muy sensata, George Talbot se dijo que definitivamente debía dejar de pensar en ella.

Dejó de ser tan displicente en el trabajo como lo había sido hasta entonces y aceptó producir una nueva obra escrita por un amigo suyo. George Talbot era un hombre de teatro. Hacía  muchos  años  que  no  actuaba, pero  escribía artículos, producía algún espectáculo a veces, pronunciaba discursos en ocasiones importantes y todo el mundo lo conocía. Cuando entraba en un restaurante la gente intentaba captar su atención, aunque a menudo no sabían quién era. En los cuatro años transcurridos desde la partida de Myra había tenido varias aventuras con chicas del mundo del teatro porque se había sentido solo. Había sido franco con Myra sobre estas aventuras, pero ella nunca las mencionó en sus cartas. Ahora llevaba unos meses muy ocupado y pasaba poco tiempo en casa.

Ganaba bastante dinero y mantenía aventuras con mujeres que estaban encantadas de dejarse ver en público con él. Pensó mucho en Myra, pero no le volvió a escribir, ni ella a él, a pesar de que habían acordado que siempre serían buenos amigos.

Una  noche, en el vestíbulo de un  teatro vio a un  viejo amigo al que siempre había admirado, y este le comentó a la joven que lo acompañaba que estaba con el hombre más irresistible de su generación; ninguna mujer había sido capaz de resistírsele. La joven lanzó una breve mirada a través del vestíbulo y respondió: «¿En serio?».

Cuando George Talbot llegó a casa esa noche estaba solo y se miró en el espejo con honestidad. Tenía sesenta años pero no los aparentaba. Fuera lo que fuese lo que había atraído a las mujeres en el pasado, sin duda no era su belleza, y no  había cambiado demasiado: era un hombre robusto, de porte erguido, canoso, peinado con esmero, bien vestido. No había prestado especial atención a su rostro desde aquellos días, muchos años atrás, en que había sido actor; pero en ese instante sufrió un inusitado ataque de vanidad y se acordó de que Myra admiraba su boca y su mujer adoraba sus ojos. Se aficionó a mirarse en los espejos de los vestíbulos y restaurantes, y se veía a sí mismo igual que siempre. Sin embargo, estaba empezando a cobrar conciencia de la discrepancia entre ese afable aspecto y lo que sentía. Bajo las costillas, su corazón, resentido, macerado y dolorido, era una monstruosa zona de compasión enemistada con todo lo que había sido. A menudo, cuando la gente bromeaba, era incapaz de reírse; y su modo de hablar, que había sido ligero y alusivo y sardónico, debía de haber cambiado, porque más de una vez sus viejos amigos le preguntaron si estaba deprimido, y ya no sonreían con agrado cuando contaba alguna de sus historias. Se percató de que ya no lo consideraban una buena compañía. Llegó a la conclusión de que debía de estar enfermo y fue al médico. Este le dijo que su corazón no tenía ningún problema; todavía le quedaban treinta años de vida por delante, por fortuna, añadió con respeto, para el teatro británico.

George comprendió entonces que «tener el corazón roto» significaba que una persona podía arrastrar el corazón hecho pedazos día y noche, en su caso durante meses. Pronto haría un año. Se desvelaba en mitad de la noche a causa de la opresión en el pecho y por la mañana se despertaba abrumado por la pena. Parecía que aquello no fuera a acabar nunca, y ese pensamiento lo movió a dos acciones. Primero escribió a Myra una carta tierna, redactada con delicadeza, en la que rememoraba los años de su amor. A su debido tiempo recibió una respuesta asimismo tierna y delicada. Después fue a ver a su mujer. Eran, y lo habían sido durante muchos años, buenos amigos. Se veían a menudo, aunque no tanto desde que los hijos se habían hecho mayores; tal vez una o dos veces al año. Y nunca discutían.

Su mujer se había vuelto a casar y ahora era viuda. Su segundo marido había sido miembro del Parlamento y ella trabajaba para el Partido  Laborista, formaba parte del comité consultivo de un hospital y de la junta directiva de una escuela progresista. Tenía cincuenta años pero no los aparentaba. La tarde de su cita llevaba un traje gris claro y zapatos del mismo color, y una onda blanca de cabello cano caía sobre su frente y le daba un aire distinguido. Estaba animada y se alegraba de verlo, y le habló de algún estúpido del comité del hospital que no estaba de acuerdo con la minoría progresista sobre alguna que otra reforma. Siempre habían compartido postura política, a la izquierda del ala centrista del Partido Laborista. Ella simpatizaba con su pacifismo durante la Primera Guerra Mundial (había estado en prisión por ello) y él con su feminismo. Ambos apoyaron a los huelguistas en 1926. Durante los años treinta, después de su divorcio, ella le había ayudado con dinero para una gira con una compañía que representaba Shakespeare para los parados y los hambrientos.

Myra nunca mostró el menor interés por la política, tan solo por sus hijos. Y por George, claro.

George le pidió a su primera esposa que volviera  a casarse con él, y ella se quedó tan sorprendida que dejó caer las pinzas para el azúcar y rompió un platillo. Le preguntó qué había sucedido con Myra y George le respondió:

—Bueno, querida, creo que Myra se ha olvidado de mí durante todos estos años en Australia. En todo caso, ya no me quiere. —Su voz le resultó patética y se asustó, porque no recordaba haber tenido que suplicar nunca a una mujer. Excepto a Myra.

Su esposa lo observó con atención y dijo enérgicamente:

—Estás solo, George. Bueno, nadie puede rejuvenecer.

—¿No crees que estarías menos sola si me tuvieras cerca?

Se levantó de la silla para poder darle la espalda y le dijo que pronto se casaría de nuevo. Iba a contraer matrimonio con un hombre considerablemente más joven que ella, un médico que formaba parte de la minoría progresista del hospital. Por el tono de su voz George comprendió que se sentía orgullosa y a la vez avergonzada  de ese matrimonio, y que por eso le ocultaba el rostro. La felicitó y le preguntó si todavía tenía alguna posibilidad.

—Después de todo, querida, fuimos felices juntos, ¿o no? Nunca he acabado de entender realmente por qué se acabó nuestro matrimonio. Fuiste tú quien quiso ponerle fin.

—No creo que tenga sentido remover el pasado —respondió ella de un modo tajante, y volvió a sentarse frente a él. Le tenía verdadera envidia por ese aspecto juvenil, el rostro sonrosado y unas pocas arrugas bajo el desafiante mechón canoso.

—Pero, querida, me gustaría que me lo contaras. Ahora ya no puede hacer daño, ¿no?  Y siempre me he preguntado… A menudo he pensado en ello y me lo he preguntado. — Podía oír otra vez un deje patético en su voz, pero no sabía cómo evitarlo.

—Te hiciste preguntas —repuso ella— mientras no estabas ocupado con Myra.

—Pero yo no conocía a Myra cuando nos divorciamos.

—Conocías a Phillipa y a Georgina y a Janet y Dios sabe a quién más.

—Pero no me importaban.

Estaba sentada con las manos sobre el regazo, y en su cara se dibujaba una mirada que recordó haber visto cuando ella le dijo, amarga y herida, que se iba a divorciar de él.

—Tampoco yo te importaba —le espetó ella.

—Pero éramos felices. Bueno, yo era feliz… —dijo él mientras su voz se iba apagando y mostraba un patetismo que daba al traste con todo su conocimiento de las mujeres. Porque, mientras estaba ahí sentado, su corazón de viejo verde le decía que las palabras perfectas, el tono adecuado, tenían que existir, y que solo debía encontrarlas. Pero cualquier cosa que decía ponía al descubierto esa voz de perro viejo sin esperanza, y bien sabía que esa voz jamás podría derrotar al gallardo y aguerrido doctor—. Y sí que me preocupaba por ti. A veces pienso que has sido la única mujer importante de mi vida.

Cuando oyó eso, ella se rió.

—Oh, George, ahora no te pongas sensiblero, por favor.

—Bueno, querida, está Myra. Pero Myra apareció cuando tú me dejaste, ¿o no? Ha habido dos mujeres, tú y después Myra. Y nunca he entendido por qué diste al traste con todo cuando parecía que éramos tan felices.

—Nunca te preocupaste por mí —repitió—. Si lo hubieras hecho, no habrías llegado a casa después de estar con Phillipa, Georgina, Janet y las demás ni habrías dicho tan tranquilo que habías estado con ellas en Brighton o dondequiera que fuese.

—Pero si ellas me hubieran importado nunca te lo habría contado.

Ella lo observaba incrédula y ruborizada. ¿Por qué? ¿Por la rabia? George no lo sabía.

—Recuerdo que estaba muy orgulloso —dijo con voz lastimera— de que hubiéramos resuelto la cuestión matrimonial y todos aquellos asuntos. Nuestro matrimonio iba tan bien que aquellos pequeños coqueteos no tenían ninguna importancia. Y yo siempre creí que uno debe poder contar la verdad. Siempre te la conté. ¿O no?

—Muy romántico por tu parte, querido George —dijo ella con sequedad. Él no tardó en levantarse, la besó cariñosamente en la mejilla y se fue.

Paseó durante horas por los parques, con las manos a la espalda erguida y el corazón resentido y dolorido. Cuando cerraron las puertas caminó por las calles iluminadas en las que había pasado cincuenta años de su vida, y recordó a Myra y a Molly como si fueran una única mujer, entrelazadas la una con la otra, una silueta de cálida y grata intimidad, una silueta de felicidad que andaba a su lado. Fue a un pequeño restaurante que solía frecuentar y allí sentada estaba una muchacha que lo conocía porque había asistido a una conferencia suya sobre el estado actual del teatro británico. Se esforzó por reconocer a Myra y a Molly en su rostro, pero no lo logró; pagó su café y el de ella y se encaminó a casa solo. Pero el piso estaba insoportablemente vacío, y volvió a salir y paseó por el canal durante un par de horas, para cansarse un poco, y debía de soplar un viento más frío de lo que le pareció, pues al día siguiente se despertó con un inconfundible dolor en el pecho que nada tenía que ver con su corazón roto.

Tenía gripe y mucha tos. Se quedó en cama y no llamó al médico hasta pasados cuatro días, cuando estaba delirando. El doctor determinó que debía ingresar de inmediato en el hospital.

Pero no estaba dispuesto a hacer tal cosa. Así que el médico dijo que necesitaría cuidados día y noche. Se sometió a las enfermeras hasta que la alegre cordialidad de estas lo entristeció de forma insoportable, y pidió al médico que llamara a su esposa, que sabría encontrar a alguien que lo atendiera con comprensión. En el fondo esperaba que fuera la propia Molly quien lo cuidara, pero cuando ella llegó no se atrevió a mencionarlo, porque estaba ocupada con los preparativos de boda. Le prometió que le encontraría a alguien que no llevara uniforme y que contara chistes. Tenían muchos amigos en común; llamó a uno de los antiguos amores de George, que dijo que conocía a una chica que buscaba un puesto de secretaria para ir tirando una temporada mientras no había trabajo en el teatro, pero que no le importaría hacer de cuidadora un par de semanas.

Así que Bobby Tippett despachó a las enfermeras  e instaló una cama en el estudio. Se pasó el primer día cosiendo junto a la cama de George. Vestía una falda oscura y una recatada blusa estampada con volantitos en los puños, y George, con solo verla coser, ya se sentía mucho mejor. Era una muchacha menuda, delgada, morena, probablemente judía, de ojos tristes y negros. A veces soltaba la labor sobre el regazo, abandonaba las manos encima, y fijaba la mirada dominada por un halo de introspección; parecía entonces una figurita de porcelana china. Cuando se ocupaba de George o abría la puerta a las numerosas visitas, mostraba un encanto frío e incluso lánguido; eran los buenos modos extremos de la crueldad.  Al principio George estaba impactado, pero pronto se dio cuenta de que era una pose: cualquiera que fuese el mundo del que provenía Bobby Tippett, esos modales no pertenecían a la clase inglesa. Respondía  con un «sí» o un «no» a las preguntas sobre su vida. Logró conjeturar que sus padres habían muerto y que tenía una hermana casada a la que veía a veces, y, en lo referente al resto, que había vivido en Londres por aquí y por allá, la mayor parte del tiempo sola, durante diez años o más. Cuando le preguntó si no se había sentido sola durante ese tiempo, ella respondió con voz cansina:

—No, en absoluto. No  me molesta estar sola. —Con todo, la veía como a una niña pequeña, valiente, desamparada frente a Londres, y eso lo conmovía.

No  quería comportarse como el gran hombre de teatro; temía generar la admiración impersonal a la que tan acostumbrado estaba; pese a todo, pronto se vio preguntándole sobre su carrera, con la esperanza de provocar en ella un momento de entusiasmo, pero ella hablaba con desprecio de papeles pequeños, trabajos ocasionales, escenografías y suplencias, con una vocecilla  alegre de actriz de troupe, y él no se daba cuenta de que estuviera acercándose a ella en modo alguno. Así que acabó haciendo aquello que había querido evitar, y recostándose sobre los almohadones como un juez o un empresario, dijo:

—Haz algo por mí, querida: deja que te vea.

Ella salió por la puerta como una niña obediente y regresó con unos vaqueros negros ceñidos, pero vistiendo todavía la recatada blusa. Se quedó de pie en la alfombra, delante de él, e hizo un pequeño número de canción y baile. No estuvo mal. Había visto cientos peores. Se emocionó: ahora la veía, sobre todo, como una pilluela, una golfilla de aspecto andrógino e indefenso. Y absolutamente  conmovedora.

—De hecho —dijo la muchacha—, esto es media escena. Siempre hay alguien más.

Había un gran espejo que cubría casi por completo la pared del fondo de la habitación, profunda y oscura. George se vio reflejado en él: un hombre mayor recostado sobre los almohadones mientras observaba a la pequeña muñeca situada frente a él sobre la alfombra. Vio cómo ella volvía la cabeza hacia su propio reflejo en el espejo ensombrecido, lo estudió y entonces ella comenzó a bailar con su propia imagen, a bailar contra ella, como si existiera. Dos siluetas pequeñas y ligeras bailaban en la habitación de George; resultaba un poco siniestro. Empezó a cantar, una cancioncilla entrecortada con acento cockney, y George sintió que esperaba que la figura del espejo cantara con ella: cantaba como si esperara una respuesta.

—Eso ha estado muy bien, querida —la interrumpió al instante, porque estaba molesto, aunque no sabía por qué—. Pero que muy bien. —Se sintió aliviado cuando ella acabó y se alejó del espejo, y su siniestra sombra desapareció—. ¿Te gustaría que le hablara a alguien de ti, querida? Te ayudaría.  Ya sabes cómo son las cosas en el teatro —sugirió a modo de disculpa.

—Bueno, no me importaría —respondió ella con el mismo acento cockney de su actuación. Y  por un momento en su rostro resplandeció el encanto socarrón e imprudente de los golfillos—. Tal vez sería mejor que me pusiera de nuevo la falda —sugirió—. Es más apropiado para una enfermera, ¿no?

Pero George respondió que le gustaba con aquellos vaqueros negros ceñidos, y a partir de entonces los llevaba siempre, y camisetas sencillas y cortas; y andaba por el piso como un simpático muchacho femenino, hablándole de las obras en las que había tenido pequeños papeles y de los grandes actores y productores a los que había dirigido la palabra alguna vez; eran, por supuesto, amigos de George, o por lo menos sus iguales. Él se recostaba sobre los almohadones y la escuchaba y la observaba, y su corazón seguía roto. Estuvo en cama más de lo necesario, porque no quería que ella se marchara. Cuando se pudo trasladar a una butaca, le dijo:

—No creas que estás obligada a quedarte, querida, si hay algún otro sitio al que prefieras ir. A lo que ella respondió, con un profundo destello de sus ojos negros:

—Pero me quedo, cariño, me quedo. No tengo nada mejor que hacer. —Y añadió con acento cockney—: Oh, ¿no es terrible lo que estoy diciendo?

—Pero ¿te gusta estar aquí? ¿No te importa estar aquí conmigo, querida? —insistió él. Entonces la pausa se hizo más corta. Y ella dijo:

—Sí, por extraño que parezca, me gusta.

Acompañó el «por extraño que parezca» con una rápida mirada, risueña, casi coqueta; y por primera vez en muchos meses, la presión de la soledad se alivió en el corazón de George. Ahora se sentía feliz porque cuando las damas distinguidas y los caballeros del mundo del teatro o de las letras lo iban a ver, Bobby se mostraba distante, como una exquisita ama de llaves, y en el momento en que se iban su pilluela simpatía regresaba. Ello era prueba de su intimidad. A veces la llevaba a cenar o al teatro. Cuando se arreglaba, Bobby se vestía con ropas atrevidas y a la moda y se comportaba con la insolencia de una modelo. George iba a su lado, con una sonrisa cariñosa, a la espera de que llegara el momento en que aquellos negros, atrevidos y arrebatadores ojos volvieran a resplandecer, más allá de la lánguida mirada de la mujer que se exhibía para que la admiraran, mostrándole al mundo  que se divertía con él, prometiéndole que pronto, cuando regresaran al piso, de nuevo solos, volvería a convertirse en aquella chiquilla encantadora o en la gallarda muchacha desamparada.

A veces, por la noche, sentados a oscuras en la habitación, él dejaba caer su mano junto al delgado ángulo del hombro; a veces, cuando se daban las buenas noches, George se inclinaba para besarla y ella agachaba la cabeza de modo que los labios de él topaban con su frente, recatada y servicial.

George se dijo que ella todavía no había despertado. Era una frase que en el pasado había sido el preludio de decenas de cálidos descubrimientos.  Se dijo que ella no tenía ni idea de lo que podía llegar a ser. Por lo visto, había estado casada (dejó caer esa información una vez, mientras contaba una anécdota sobre el teatro), pero George había conocido a muchas mujeres que después de años de matrimonio seguían sin despertar. George le pidió que se casaran, y ella levantó su pequeña e impecable cara con un gesto de animal asustado y dijo:

—¿Por qué quieres casarte conmigo?

—Porque me gusta estar contigo, querida. Me encanta estar contigo.

—Bueno, a  mi  también me  gusta estar contigo. —Sonaba inquisitiva. ¿Se  lo  estaba preguntando a ella misma?—. Es raro —añadió en cockney, riéndose—. Raro pero cierto.

La boda iba a ser discreta, pero se difundió mucho en los periódicos. Poco antes, varios hombres de la generación de George habían contraído matrimonio con mujeres jóvenes. Uno de ellos había tenido un hijo a los setenta. Los diarios lisonjearon a George, y este le contó a Bobby una gran parte de su vida que no había traído a colación antes. Comentó, por ejemplo, que toda su generación había sido más exitosa en los asuntos de amor y sexo que la posterior.

—Mira a mi hijo, por ejemplo —dijo—. A su edad yo había tenido muchos romances y sabía de mujeres. Pero ahí está, cerca de los treinta, y una vez, cuando pasó una semana aquí con una chica con la que pensaba casarse, sé a ciencia cierta que compartieron la misma cama sin que pasara nada. Me lo contó ella. A mí me parece muy extraño. Pero a ella no. Y ahora vive con otro muchacho y escucha discos todo el día y sale con una chica a la que saca dos veces por semana, como un colegial.  Y luego está mi hija, que vino a visitarme un año después de casarse, y estaba hecha un lío tremendo, muy tremendo… me parece que vuestra generación tiene miedo. No sé por qué.

—¿Por qué mi generación?  —preguntó ella, volviendo la cabeza con ese gesto veloz y atento—. No es mi generación.

—Pero tú no eres más que una niña —dijo él con cariño.

George era incapaz de descifrar lo que se escondía tras la mirada oscura y penetrante de aquellos ojos tristes mientras lo observaban en ese momento. Ella estaba sentada con las piernas cruzadas frente al fuego, con los vaqueros negros satinados, como una muñequita. Pero una señal de alarma sonó en el interior de George y no dijo nada más.

—A los treinta y cinco, uno es un chiquillo —canturreó, dirigiéndole una mirada breve y sardónica por encima del hombro. Pero sonaba alegre.

No volvió a hablarle de los logros de su generación.

Después de la boda la llevó a un pueblo en Normandía donde había estado una vez, muchos años atrás, con una chica llamada Eve. No le mencionó que ya conocía el lugar.

Era primavera y los cerezos estaban en flor. El primer día pasearon al atardecer bajo las ramas blancas, con el brazo de él alrededor de la fina cintura de ella, y George tuvo la sensación de que estaba a punto de volver a cruzar las puertas de una felicidad perdida.

Tenían una habitación amplia y cómoda con ventanas desde las que se veían los cerezos, y había una cama doble. Madame Cruchot, la mujer del granjero, les mostró la habitación con ojos pícaros y mudos, dijo que siempre le alegraba alojar a parejas en luna de miel y les dio las buenas noches.

George hizo el amor a Bobby; ella cerró los ojos y él notó que ella no se sentía en absoluto incómoda. Cuando terminaron la tomó entre sus brazos, y entonces sencillamente regresó, con un incrédulo e impresionante alivio del corazón, a una felicidad que —y ahora le parecía increíblemente ingrato que  pudiera haberlo hecho— había dado  por  sentada durante muchos años. No era posible, pensó, con aquel cuerpo sumiso entre sus brazos, que hubiera podido estar solo durante tanto tiempo. Había sido intolerable. Abrazó el cuerpo silencioso que alentaba y le acarició la espalda y los muslos, y sus manos rememoraron los sentimientos de casi cincuenta años de amor. Podía sentir las emociones memorizadas a lo largo de su vida al recorrer el cuerpo de ella, y su corazón se colmó de un regocijo que le pareció que no había conocido antes, puesto que era el resultado de muchos amores.

Estaba a  punto  de  apoderarse de  sus últimos  recuerdos cuando  ella se apartó  con brusquedad,  se sentó y dijo:

—Me apetece un cigarrillo. ¿Y a ti?

—Sí, claro, querida, si tú quieres.

Fumaron. Se acabaron el cigarrillo, ella se tumbó boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho, y dijo:

—Tengo sueño. —Cerró los ojos. Cuando tuvo la certeza de que estaba dormida, George se apoyó en un codo y la observó. Aún había luz, y la curva de su mejilla era amplia y delicada como la de un niño. La acarició con la palma de la mano, mientras ella seguía sumida en el sueño, pero se encogió como un puño; y la de ella, que era blanca e informe como la de un niño, estaba cerrada sobre la almohada, ante su cara.

George intentó abrazarla y ella se alejó hasta el borde de la cama. Estaba profundamente dormida y su sueño era inalcanzable. No podía soportarlo. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana, en el aire frío de la noche primaveral, y contempló los blancos cerezos bajo la luna blanca, y pensó en la gélida chica que dormía en la cama. Se quedó allí, a la impávida luz de la luna, hasta que amaneció. Por la mañana estaba muy resfriado y no  pudo levantarse. Bobby estuvo encantadora, pródiga, alegre.

—Te estoy cuidando, como en los viejos tiempos —comentó, mostrando una deliberada admiración en sus ojos negros. Le pidió a madame Cruchot otra cama, que colocó en una esquina de la habitación, y George pensó que era razonable que no quisiera contagiarse del resfriado; y no se permitió recordar los tiempos pasados en que una enfermedad seria no había constituido un obstáculo para compartir la oscuridad. Decidió olvidar la sensualidad del cansancio, o de la fiebre, o de las profundidades  del sueño. Incluso comenzaba a sentirse avergonzado.

Durante  dos  semanas, dos  veces al  día,  la  mujer  francesa les llevó a  la  habitación espléndidos manjares, y  George y  Bobby bebieron  mucho  vino  tinto  y  calvados y bromearon con madame Cruchot sobre ponerse enfermo en la luna de miel. Regresaron de Normandía bastante antes de lo previsto. Bobby dijo que George estaría mejor en casa, donde sus amigos podrían ir a verlo. Además, era triste estar encerrados en la habitación en primavera, y ambos estaban comiendo más de la cuenta.

La primera noche en el piso, ya de vuelta, George esperó a ver si Bobby se iba a dormir al estudio, pero ella se metió en la cama en pijama, y, por segunda vez, la tuvo entre sus brazos mientras duró el acto; después ella fumó sentada en la cama, y parecía cansada y pequeña y, pensó George, terriblemente joven y ridícula. Esa noche no durmió. Ni siquiera se atrevió a moverse de la cama por miedo a molestarla, y temía quedarse dormido por miedo a que sus piernas rememoraran los hábitos de toda la vida y buscaran las de ella. Por la mañana Bobby se despertó con una sonrisa y él la abrazó, pero ella le dio unos besitos tiernos y se levantó de un salto de la cama.

Ese día dijo que tenía que ir a visitar a su hermana. Estuvo bastante con ella durante las semanas siguientes y no dejó de sugerirle a George que pasara más tiempo con sus amigos. Él le preguntó por qué su hermana no iba a verla allí, al piso. Así que una tarde fue a tomar el té. George la había visto en la boda de pasada y le había desagradado, pero en esa ocasión, por  primera vez, le acometió un  ataque de repulsión ante el propio matrimonio. La hermana era horrorosa: una mujer vulgar, de mediana edad, procedente de algún barrio de la periferia. Tenía un rostro anguloso, oscuro, que fisgoneaba inquisitivamente cada rincón del piso, calculando el precio de los muebles, y una nariz delgada, codiciosa y torcida. Durante dos horas estuvo sentada ante las tazas de té, haciendo gala de sus mejores modales, vestida con un  traje masculino azul oscuro, un  serio sombrero negro y con los pies, enormes, colocados firmes uno junto al otro. Y era como si aquella nariz afilada estuviera manteniendo con su hermana una conversación silenciosa, satírica, sobre George. Bobby se mostraba distante y cortés, como si estuviera deliberadamente cansada de la vida, igual que cuando había invitados; pero George estaba convencido de que era por él. Cuando la hermana se marchó, George no reprimió su crítica. Bobby dijo, riéndose, que ya sabía, por supuesto, que Rosa no le iba a gustar: era bastante insoportable; pero ¿quién había insistido en invitarla? Así que Rosa no volvió más, y Bobby iba con ella al cine o de compras. George se quedaba solo, sentado, y pensaba en Bobby con inquietud o visitaba a viejos amigos. Unos cuantos meses después de que regresaran de Normandía, alguien insinuó a George si no estaría enfermo. Eso le dio que pensar, y se dio cuenta de que no le faltaba mucho para estarlo. Por culpa del insomnio. Noche tras noche se echaba junto a Bobby, que mostraba una alegre y afectuosa sumisión; y observaba la suave curva de su mejilla sobre la almohada, las largas y oscuras pestañas, lisas y tupidas. Nada en su vida lo había conmovido tan profundamente como esa mejilla infantil, la sombra de aquellas pestañas. Una pequeña arruga en la mejilla le parecía el signo de una emoción; un mechón de cabello negro y brillante que le cayera sobre la frente le llenaba los ojos de lágrimas. Sus noches eran largas vigilias de ternura reprimida.

Hasta que una noche ella se despertó  y lo vio observándola.

—¿Qué pasa? —preguntó sorprendida—. ¿No puedes dormir?

—Solo te estoy mirando, querida —respondió él descorazonado.

Bobby se acurrucó a su lado, con el puño delante, sobre la almohada, entre él y ella.

—¿Por qué no eres feliz? —le preguntó de repente.

Y George se rió con insólita y amarga ironía. Ella se incorporó, sentándose con los brazos alrededor de las rodillas, dispuesta a enfrentarse al problema con sentido práctico.

—Esto no es un matrimonio; esto no es amor —sentenció él. Se sentó a su lado. No cayó en la cuenta de que jamás le había hablado en ese tono. El hombre corpulento, con su rostro anciano velado por la pena, se olvidó de ella en ese preciso instante, y su voz fue más allá de ella: desde el pasado, que había recobrado vida en ella, habló con su mismo pasado. Se sentía orgulloso de su experiencia responsable y de la calidez de toda una vida de abundantes respuestas. Su mirada era intensa, satírica y condenatoria. Bobby se acercó a él y le dijo, con una sonrisa tímida y triste:

—Entonces enséñame, George.

—¿Enseñarte? —dijo  él, casi tartamudeando—.  ¿Enseñarte?  —Pero abrazó a  la niña obediente, con la mejilla junto a la suya, hasta que ella se quedó dormida; luego, una presión excesiva sobre su hombro la hizo retroceder y alejarse de él hacia el borde de la cama.

Por la mañana ella lo miró con extrañeza, con un resto de respeto insólitamente triste, y le dijo:

—¿Sabes una cosa, George? Creo que has adquirido la costumbre de amar.

—¿Qué quieres decir, querida?

Ella salió de la cama y se colocó a su lado, una niña desamparada con pijama blanco y el pelo negro alborotado.  Bajó los ojos y sonrió.

—Solo quieres tener algo entre los brazos, eso es todo. ¿Qué haces cuando estás solo? ¿Te abrazas a una almohada?

George no respondió; le había partido el alma.

—Mi  marido  era igual —comentó ella alegremente—. Tiene  gracia, ¿no? Yo no  le importaba lo más mínimo. —Se quedó observándolo, con una sonrisa burlona—. Es curioso, ¿verdad? —añadió, y se dirigió al baño. Era la segunda vez que mencionaba a su marido.

Esa frase, la costumbre de amar, hizo estallar una revolución en el interior de George. Tenía razón, pensó. Se sentía fuera de sí, ajeno a la respuesta instintiva al roce de la piel contra su piel, la presión de un pecho. Tenía la sensación de que estaba descubriendo a una Bobby nueva. Hasta entonces no la había conocido de verdad. La encantadora niña pequeña se había desvanecido y en su lugar vio a una mujer joven, recelosa y curtida por derrotas y fracasos que él nunca se había detenido a valorar. Se dio cuenta de que la tristeza que se escondía tras aquellos ojos negros no era en absoluto impersonal; se dio cuenta del primer brillo gris en sus cabellos lisos; se dio cuenta de que la amplia curva de su mejilla era el comienzo de la flacidez de la mediana edad. Se horrorizó de su propio egoísmo. Ahora, pensó, podría conocerla realmente y, como respuesta, ella empezaría a amarlo.

De repente, George descubrió en su propio interior a un muchacho cuya existencia había ignorado por completo. El roce accidental de la mano de ella lo deleitaba; el vaivén de su falda era capaz de hacerle entornar los ojos de felicidad. La observó con la mirada celosa de un muchacho y comenzó a interrogarla sobre su pasado; sentía que así se apropiaba de ella. Esperaba algún indicio de emoción en el tono de su voz, o una confesión de los pliegues de piel junto a los ojos profundos, oscuros, rebosantes de camaradería. Por la noche seguía siendo un muchacho: el respeto lo sumía en la ineptitud. Esto dio al traste con lo más esencial de la sensualidad de George. Un mes atrás era un hombre vigoroso, refugiado en su experimentada memoria; en el prolongado uso de su cuerpo. Ahora estaba tumbado junto a esa mujer, despierto, y anhelaba no ya el pasado, porque el pasado se había alejado de él, sino fantasear sobre el futuro. Cuando le hacía preguntas como un muchacho celoso y ella se zafaba, George solo veía en ello la hermética virginidad de la muchacha que despertaría ante el chico adulador en que se había convertido.

Pero Bobby seguía durmiendo en una ciudadela, con el puño delante de la cara. Otra noche volvió a despertarse a causa de algún movimiento de él.

—¿Y ahora qué pasa, George? —preguntó, exasperada.

En el silencio que siguió, el muchacho que había resucitado en George sufrió una muerte dolorosa.

—Nada —respondió él—. Nada en absoluto. —Se alejó de ella, derrotado.

Fue él quien se trasladó de la enorme cama al catre que había en el estudio. Ella dijo, con una sonrisa severa y triste:

—¿Ya te has cansado de mí, George? No puedo evitarlo, ya lo sabes. Ni siquiera me gusta mucho dormir con alguien.

George, que en los últimos tiempos había abandonado un poco su trabajo, emprendió el montaje de otra obra y volvía a estar muy ocupado; se convirtió en crítico teatral para uno de los periódicos más importantes, estaba al tanto de las novedades y acudía a todos los estrenos. A veces lo acompañaba Bobby, con sus vestidos llamativos y elegantes, pues lo que la divertía era todo ese juego de estar a la moda. A veces se quedaba en casa. Tenía la capacidad de pasar sola muchas horas sin hacer nada. Cuando George volvía de estar con un montón de gente, de alguna fiesta, la encontraba sentada con las piernas cruzadas frente al fuego, con sus vaqueros ceñidos, la barbilla apoyada en la mano, perdida en algún rincón de sí misma adonde él temía intentar acercarse para seguirla. No podía soportar ponerse de nuevo en una posición en la que tuviera que escuchar  palabras ásperas y frías, que le mostraran que ella no tenía ni la más remota idea de lo que él sentía, porque no estaba en su naturaleza sentirlo. Volvía tarde, y ella preparaba un poco de té para los dos; se sentaban juntos frente al fuego, y él mantenía su cuerpo y sus recuerdos en silencio. Se había acostumbrado a la pesada opresión de la soledad en su pecho, y cuando, al hablar con algún viejo amigo, volvía a ser por poco tiempo aquel George Talbot que todavía no había conocido a Bobby, y su corazón estaba alegre y la opresión desaparecía, se miraba a sí mismo, sorprendido, como si le faltara algo. Casi se sentía ebrio sin el dolor de la soledad.

Le preguntó a Bobby si no le aburría no tener nada que hacer, un mes tras otro, mientras él estaba tan ocupado. Ella respondió que no, que era bastante feliz sin hacer nada. ¿Quizá le gustaría retomar su antiguo trabajo?

—No era muy buena, ¿verdad? —comentó ella.

—Si tienes ganas, querida, puedo hablarle a alguien de ti.

Ella se quedó mirando el fuego con el entrecejo fruncido, pero no dijo nada. Más tarde se lo volvió a sugerir y ella respondió, con una sonrisa:

—Bueno, no me importaría…

Así que George habló con un viejo amigo y Bobby volvió a actuar, una obra sencilla en un pequeño teatro de variedades. Luego le dijo que había encontrado a alguien para ser media naranja del número. George estaba muy ocupado con una producción de Romeo y Julieta y no pudo asistir a los ensayos, pero estaba allí el día del estreno de El excéntrico teatro de variedades. Llegó bastante tarde y se quedó al fondo de aquel teatrillo de pacotilla repleto de sillas pequeñas y precarias. Todo era tan pequeño que el emperifollado público parecía demasiado grande, como gigantes apretujados en una caja. El diminuto escenario estaba vacío, con unos pocos carteles blancos y negros por aquí y por allí, y había un piano. El pianista, un joven de pelo negro que le caía lánguidamente sobre la cara, era bueno y tocaba como si todo aquello le aburriera. Pero tocaba muy bien. George, el hombre de teatro, contempló el primer número para hacerse cargo del talante, y pensó: Oh, Dios, otra vez no. Se trataba de una canción de la Primera Guerra Mundial, y no  podía  soportar  el  torrente  de  emociones  sensibleras que  despertaba. Se  negó  a experimentarlas.  Entonces se percató de que, de todas formas, sus emociones estaban bloqueadas. El piano parecía mofarse de la canción «There’s a Long, Long Trail», que sonaba como si fuera un ejercicio de dedos. «Keep the Home Fires Burning» y «Tipperary» siguieron en el mismo estilo, como si el piano estuviera aburrido. La gente empezaba a reírse entre dientes, entrando en ambiente. Un  joven rubio con bigote que llevaba un uniforme de 1914 salió a escena y cantó como un cadáver fragmentos de canciones; y en ese momento George entendió que él podría haber sido uno de los muertos de aquella canción bélica. Sintió que todas sus reacciones estaban bloqueadas, primero porque no se podía permitir en modo alguno sentir emociones que lo llevaran a esa época (era demasiado doloroso), y después por el estilo del ejercicio de dedos, que se oponía a todo, a cualquier dolor o protesta, y no dejaba más que un vacío. El espectáculo avanzó hasta los años veinte, con fragmentos de canciones populares de esa época y un número sobre la huelga general, que reducía toda la cuestión a un juego de marionetas sin pasión, y después avanzó hacia los años treinta. George entendió que se trataba de una especie de resumen histórico, como si fuera una parodia de la opinión, falsamente heroica, de Noël Coward. Pero ni tan solo llegaba a eso. No había ninguna emoción, nada. George no sabía qué se suponía que debía sentir. Escudriñó con curiosidad los rostros de la gente y vio que los de más edad estaban perplejos, ofendidos, como si el espectáculo fuera un insulto dirigido a ellos. Pero la gente más joven estaba inmersa en el talante de la obra. Pero ¿qué talante? Era una parodia de una parodia. Cuando se evocó la Segunda Guerra Mundial con «Run Rabbit Run», interpretada como si se tratara de Lohengrin, con los soldados burlándose de la simpleza de su propio heroísmo desde el otro lado de la muerte, George no pudo soportarlo más. Dejó de mirar al escenario. Esperaba que apareciera Bobby, para así poder decir que la había visto. Mientras, fumaba y observaba la cara de un muchacho muy joven que estaba a su lado; un semblante pálido, tosco, flácido, pero que estaba reaccionando —por estar habituado al rencor, parecía— ante lo que sucedía en el escenario. De repente, aquel rostro joven emitió un destello de regocijo sarcástico y George volvió su mirada al escenario. Había dos pilluelos que parecían idénticos, con vaqueros negros, ceñidos y satinados, y camisetas blancas muy ajustadas. Ambos llevaban cortos los negros cabellos y alineaban los piececitos. Estaban uno al lado del otro, con los brazos cruzados sobre el pecho con suficiencia, a la espera de que la música empezara a sonar. El hombre sentado al piano, que sostenía un cigarrillo en la comisura de los labios, empezó a tocar una pieza muy sentimental. Se detuvo y lanzó una mirada inquisitiva y sardónica a los pilluelos. No se habían movido. Se encogieron de hombros y pusieron los ojos en  blanco. Tocó entonces un  himno,  muy llamativo y pomposo. Los pilluelos se pusieron un  poco  nerviosos pero  permanecieron quietos. Entonces el piano lanzó una ráfaga de jazz. Los dos títeres del escenario comenzaron a moverse frenéticamente, mientras sus piernas chocaban entre sí y con la música, y acabaron adoptando gestos de impotencia y desesperación a medida que la música sonaba más alta e irritada. Volvieron a intentarlo y se pusieron a dar vueltas en un patético intento de seguir el ritmo de la música. Entonces los dos niños desamparados se miraron el uno al otro, las caras pequeñas y pálidas y, con una cortés inclinación de cabeza, cada uno se aferró a una frase musical de entre la cascada de sonidos que los había azotado, la retuvo y comenzó a cantar. Bobby cantaba un terrible repertorio de frases cockney sin sentido y las mezclaba, desafinando, de un modo desesperado; el otro pilluelo cantaba frases lánguidas y cansinas de la jerga de la clase alta del momento. Se miraron el uno al otro, ofreciéndose las frases como para comprobar si eran aceptables. Mientras, la música seguía, dura, cruel, hiriente. De nuevo los  dos  se  quedaron  sin  fuerzas   e  indefensos,  inoportunos,  rechazados. George, escandalizado y dolido, se preguntó de nuevo: ¿Qué es lo que siento? ¿Qué debería estar sintiendo? Aquella música nihilista y demente reclamaba alguna oposición, algún acto de afirmación, pero los dos pilluelos, medio chico medio chica, como si fueran gemelos (George tuvo que observar detenidamente a Bobby para no confundirla con «su media naranja del número»), ni siquiera intentaban resistirse a la música. A continuación, después de una pausa prolongada y penosa, se intercambiaron los papeles. Bobby adoptó el papel lánguido y apenado de jovencito debilucho, y el otro niño desamparado entonó frases de falso acento cockney, en una imitación cruel de una voz de mujer. Era la parodia de una parodia de una parodia. George estaba tenso, a la espera de una resolución. Su naturaleza exigía que ahora, y rápido, ya que el cambio resultaba penoso, inverosímil e insoportable, los dos falsos pilluelos rompieran en algún tipo de rebelión. Pero no sucedió nada. El jazz seguía martilleando; el escenario, las paredes, el techo, la sala entera temblaba, y daba la impresión de que la gente no  pudiera evitar dar ligeros saltitos. Los dos  jóvenes del escenario retorcían las extremidades en una mofa deliberada de las convenciones teatrales. Al fin quedaron uno al lado del otro, con los brazos colgando, cabizbajos y sumisos, agitándose todavía un poco mientras la música se elevaba hasta una estrepitosa disonancia final y las luces se encendían. George no podía aplaudir. Vio que el rostro humedecido junto a él aplaudía a rabiar, con el cabello lacio cubriéndole toda la cara. Y vio que toda la gente de más edad estaba perpleja y ofendida. Como él.

Cuando se acabó el espectáculo fue a los camerinos a buscar a Bobby. Estaba con «la otra mitad del número», un chico de buen ver, de unos veinte años, que se mostraba respetuoso ante el impresionante marido de Bobby. George le dijo:

—Has estado muy bien, cariño, pero que muy bien.

Ella lo miró con una sonrisa medio burlona, pero él no entendió de qué se burlaba. Y lo cierto era que ella había estado bien. Pero no quería volver a ver aquello nunca más.

La obra fue un éxito y estuvo en cartel durante meses antes de que la trasladaran a un teatro más importante. George terminó su montaje de Romeo y Julieta que, según dijeron los críticos, era el mejor que se había visto en Londres en muchos años, y rechazó otras ofertas de trabajo. Por ahora no necesitaba el dinero y, además, últimamente no había pasado mucho tiempo con Bobby.

Pero también era cierto que ahora ella trabajaba. Ensayaba varias veces por semana y salía cada noche. George nunca fue a verla al nuevo teatro. No quería encontrarse de nuevo con los dos muchachos tristes e inquietos agitándose al son de aquella música cruel.

Ella parecía feliz. Los diversos papeles que había interpretado para George —pilluela, anfitriona distante, criatura encantadora— quedaron integrados en el de mujer trabajadora que le cocinaba, lo cuidaba y se iba al teatro después de darle un amistoso beso en la mejilla. Su relación se tornó más agradable y afectuosa. George vivía con una buena amiga, su esposa Bobby, de la que se enorgullecía  en muchos sentidos y que asimismo le generaba una soledad permanente.

Un día caminaba por Charing Cross Road, mirando los escaparates de las librerías, cuando vio a Bobby por la otra acera con Jackie, la otra mitad de su número. Tenía un aspecto que nunca le había visto: su rostro sombrío estaba animado y Jackie la miraba y se reía. George pensó que el chico era muy guapo. Sus cabellos y sus ojos desprendían  un cálido resplandor de juventud; tenía la mirada ágil y fugaz de un animal joven.

No estaba celoso en absoluto. Cuando Bobby llegó por la noche, alegre y vivaz, sabía que se lo debía a Jackie y no le importó. Incluso se sintió agradecido. La simpatía que Bobby desbordaba  gracias a «su otra mitad» llegaba hasta él. Y durante algunos meses Myra y su esposa volvieron a ocupar su mente; las veía y las sentía, dos presencias adorables, mujeres jóvenes que amaron a George, que volvieron a la vida gracias a los sentimientos entre Jackie y Bobby. Cualesquiera que fuesen esos sentimientos. El excéntrico teatro de variedades estuvo en cartel casi un año y, cuando acabó, Bobby y Jackie se pusieron a trabajar en otro número. George no sabía de qué se trataba. Opinaba que Bobby necesitaba un descanso, pero no tenía ganas de decírselo. Últimamente estaba cansada, y cuando llegaba a casa por la noche se notaba la tensión por debajo de la alegría. Una vez, mientras ella dormía, él se levantó para observarla.

—Abrázame un poco, George —le pidió. Él abrió los brazos y ella se sumergió en ellos. La abrazó sin moverse. Había acogido en sus brazos a la triste pilluela, pero ahora era una mujer infeliz la que estaba abrazando. Podía notar el roce de las pestañas sobre su hombro y la humedad de las lágrimas.

No se había acostado con ella desde hacía mucho tiempo; parecía que años. Ella no había vuelto a entregársele.

—¿No te parece que estás trabajando demasiado, querida? —le preguntó entonces, mientras observaba su rostro fatigado.

Pero ella respondió, resuelta:

—No; necesito tener algo que hacer. No puedo estar sin hacer nada.

Una noche llovía a cántaros, Bobby no volvió a casa a la hora habitual. Se había encontrado mal todo el día, y George, preocupado, tomó un taxi hasta el teatro y preguntó al conserje si todavía estaba allí. Por lo visto se había ido hacía un rato. «No me pareció que tuviera muy buen aspecto, señor», le informó el conserje, y George se quedó sentado un momento en el taxi mientras intentaba no alarmarse. Entonces indicó al conductor la dirección de Jackie; quería preguntarle si sabía dónde estaba Bobby. Sentado en el asiento trasero del taxi, sin fuerzas, con pesadez en las piernas, pensaba que Bobby se había puesto enferma.

La casa estaba en una callejuela. George se apeó del taxi y caminó por los maltrechos adoquines hasta una puerta que había sido la entrada a una cuadra. Llamó al timbre y un joven al que no conocía le hizo entrar y le dijo que sí, que Jackie Dickson estaba allí. George subió despacio la angosta y empinada escalera de madera, mientras sentía todo el peso de su cuerpo y los latidos de su corazón. Se detuvo al final de la escalera para recuperar el aliento, en medio de una oscuridad que olía a lienzo, aceite y trementina. Se veía una franja de luz por debajo de la puerta; se dirigió hacia allí, llamó, no obtuvo respuesta y abrió. El lugar era una especie de estudio de techo muy alto, desnudo, mal iluminado, lleno de cuadros, marcos y trastos diversos. Jackie, el joven moreno y resplandeciente, sentado con las piernas cruzadas ante al fuego, sonreía mientras alzaba el rostro para decirle algo a Bobby, que estaba en una silla e inclinaba hacia abajo la mirada. Llevaba un vestido oscuro formal y algunas joyas, y los pálidos brazos y el cuello quedaban al desnudo. George pensó que estaba hermosa, dirigiendo al rostro de ella una mirada fugaz que apartó al instante, puesto que podía vislumbrar en este un sentimiento que no quería reconocer. La escena prosiguió un poco antes de que se percataran  de que estaba allí y volvieran las caras, con el mismo movimiento ágil de los animales cuando alguien los perturba, y lo vieran entonces en la puerta. Se quedaron helados. Bobby dirigió al instante la mirada al joven, con un atisbo de miedo. Jackie parecía de mal humor y enfadado.

—Te estaba buscando, cariño —dijo George a su esposa—. Llovía y el conserje me dijo que tenías mal aspecto.

—Muy amable por tu parte —dijo ella. Se levantó de la silla y le tendió la mano a Jackie, quien, con gesto adusto, inclinó de mala gana la cabeza hacia George.

El taxi esperaba en la oscuridad, brillando bajo la lluvia. George y Bobby subieron y se sentaron uno junto al otro, mientras el vehículo arrancaba y salpicaba la calle.

—¿He hecho mal, cariño? —preguntó George al ver que ella no decía nada.

—No —respondió ella.

—De verdad creo que estás enferma. Ella se rió.

—Quizá lo esté.

—¿Cuál es el problema, querida? ¿Qué sucede? Estaba enfadado, ¿verdad? ¿Es porque he venido?

—Cree que estás celoso —respondió  ella escuetamente.

—Bueno, tal vez un poco —comentó George. Ella no dijo nada.

—Lo siento, cariño; en serio. No pretendía estropear nada.

—Bueno,  se trata precisamente de eso —observó ella con un tono impersonal y enfadado.

—¿Por qué? Pero ¿por qué tendría que ser así?

—No le gusta que hagan preguntas sobre él —contestó ella. Y George guardó silencio el resto del trayecto.

Arriba, en el piso cálido, confortable y antiguo, Bobby se quedó  ante  el  fuego mientras él  le  servía una  bebida.  Fumaba  con  apremio,  irritada, contemplando  las llamas.

—Discúlpame, cariño —se resolvió a decirle George—. ¿Qué pasa? ¿Estás enamorada  de él?

¿Quieres dejarme? Si es así, debes hacerlo, por supuesto. Los jóvenes tienen que estar con los jóvenes.

Ella se volvió y lo observó con una extraña mirada sombría que él conocía muy bien.

—George —dijo—, tengo casi cuarenta años.

—Querida, todavía eres una niña. Al menos para mí.

—Y él —continuó— cumplirá veintidós el mes que viene. Podría ser su madre. —Se rió afligida—. Muy penoso, el amor maternal… o así parece… ¿acaso puedo yo saberlo?

Y  entonces estiró hacia la muñeca la piel del brazo desnudo, y se formaron arrugas y pliegues. Apartó el vaso, con el cigarrillo entre los labios apretados, divertidos, enfadados, se soltó los hombros del vestido, de modo que este se deslizó hasta la cintura, y miró hacia abajo, a sus minúsculos y flácidos pechos aún sin estrenar.

—Muy penoso, querido George —dijo, y se subió deprisa el vestido y volvió a convertirse en una mujer formal ataviada para el mundo—. No me quiere. No me quiere en absoluto.

¿Por qué iba a hacerlo? —Y empezó a cantar: No me quiere con un amor verdadero. Entonces dijo, con acento cockney teatral:

—Repito: podría ser su madre, ¿no lo ves? —Y con el habitual destello de sus ojos, intenso, burlón y sombrío, le sonrió.

En ese instante él solo pensaba que esa chica, su querido amor, estaba padeciendo lo que él había padecido, y no podía soportarlo.

¿Cuánto tiempo llevaba sufriendo?  Había estado trabajando con aquel chico desde hacía casi dos años. Ella había estado viviendo a su lado y él no se había percatado de su infelicidad. Se acercó a ella, la abrazó, y ella posó la cabeza sobre su hombro y lloró. Por primera vez, pensó, estaban juntos. Esa noche estuvieron sentados junto al fuego un largo rato, bebieron y fumaron, y ella apoyó la cabeza sobre sus rodillas y él la acariciaba y pensaba que ahora, por fin, Bobby había penetrado en el mundo  de las emociones y podrían aprender a estar juntos de verdad. Podía sentir su vigor despertando entre las piernas por ella. Seguía siendo un hombre.

Al día siguiente Bobby le comunicó que no seguiría con el nuevo espectáculo. Le iba a decir a Jackie que se buscara otra pareja. Además, la obra no era nada del otro mundo.

—En toda mi vida solo he sabido representar un papel muy pequeño —dijo ella riéndose—. A veces encaja y a veces no.

—¿De qué trataba la nueva obra? ¿Cuál es el argumento? —preguntó él. Ella no lo miró a la cara.

—Oh, no es gran cosa. En realidad fue idea de Jackie… —Entonces Bobby se rió—. En realidad es bastante buena, supongo…

—Pero ¿de qué trata?

—Bueno, verás… —Él tuvo de nuevo la impresión de que no quería mirarlo—. Trata de una pareja de amantes. Es una burla… es difícil de explicar sin actuar.

—¿Os reís del amor? —preguntó él.

—Bueno, ya sabes, las actitudes… las cosas que dice la gente. Aparecen un hombre y una mujer; con música, por supuesto. Toda la música que te estás imaginando, pero con un toque excéntrico. Llevamos la misma ropa que en la otra obra. Pasamos por todas las etapas. Es bastante divertido, la verdad… —Su voz, entrecortada, se fue apagando al ver la cara de George—. Bueno —dijo de repente con violencia—. Si eso no es para morirse de risa, entonces, ¿qué lo es? —Y se fue a buscar un cigarrillo.

—¿Te gustaría seguir a pesar de todo? —preguntó él con ironía.

—No. No puedo. No, no puedo soportarlo, de verdad. No puedo soportarlo más, George

—dijo ella, y por su tono comprendió que no era él quien podía enseñarle nada sobre el dolor.

Bobby mencionó que ambos necesitaban unas vacaciones, así que viajaron a Italia. Fueron de un sitio a otro, y nunca se detuvieron más de un día en ningún lugar. George se percató de que rehuía cualquier sitio que pudiera hacer brotar sus emociones. Por la noche le hacía el amor, pero ella cerraba los ojos y pensaba en su otra mitad del espectáculo; y George lo sabía y no le importaba. Sin embargo, aquello que sentía era demasiado intenso para su viejo cuerpo; podía sentir toda una vida de emociones sacudiéndose entre sus piernas, dándole punzadas en las sienes.

De nuevo acortaron  las vacaciones para volver al confortable hogar londinense. La primera mañana tras el regreso ella dijo:

Te estás haciendo mayor para este tipo de cosas. No te sientan bien, tienes un aspecto horrible.

—Pero ¿por qué, querida? ¿De qué vale seguir vivo, si no?

—La gente dirá que te estoy matando —contestó ella, con una mirada pesimista, medio afilada, entre enfadada y divertida.

—Pero querida, créeme…

George podía ver la imagen de ambos en el espejo. Él, un  hombre mayor, arrugado, cabizbajo, con un gesto de hosca obstinación; ella… pero no fue capaz de leer su rostro.

—Quizá me estoy haciendo demasiado vieja —comentó de pronto ella.

Durante unos días estuvo alegre, socarrona, insólitamente tierna. Lo seducía con su mirada coqueta; pero entonces bostezaba bruscamente y decía:

—Me voy a dormir. Buenas noches, George.

—Bueno, claro, querida, si estás cansada.

Una  mañana Bobby le anunció que iba a celebrar una fiesta de cumpleaños; pronto cumpliría cuarenta. El modo en que lo dijo hizo que él se inquietara.

La mañana del cumpleaños entró con la bandeja del desayuno en el estudio donde él había estado durmiendo. Se incorporó sobre la almohada y la observó, espantado. Por  un momento pensó que se trataba de otra mujer. Llevaba un traje azul marino serio, de corte masculino, toscos zapatos negros de cordones, y se había apartado los mechones de pelo del rostro y los había recogido en un moño chapucero. De repente se había convertido en una mujer de mediana edad.

—Pero, cariño —inquirió— cariño, ¿qué te has hecho?

—He cumplido los cuarenta —respondió—.  Ya es hora de crecer.

—Pero, cariño, me encantas con tu ropa simpática. Me encanta lo guapa que estás con tu preciosa ropa.

Ella se rió, dejó la bandeja del desayuno junto a la cama y se alejó con sonoras pisadas de sus zapatones.

Bobby pasó la  mañana  en  la  cocina frente  a  un  enorme  pastel en  el  que  colocó cuidadosamente cuarenta velitas rosa. Pero por lo visto solo había invitado a su hermana, y por la tarde estuvieron los tres sentados alrededor del pastel, mirándose unos a otros. George miraba a Rosa, la hermana, con su horrible traje recto y grueso, y a su encantadora Bobby, que había sepultado toda su gracia y su atractivo en un hosco traje de paño, con el pelo recogido, sin maquillaje. Eran dos mujeres de mediana edad, que hablaban de co mida y de compras.

George no dijo nada. Su cuerpo entero rebosaba derrota.

La espantosa Rosa observó con mirada mordaz el lujoso apartamento, y después a George y luego a su hermana.

—Te has abandonado, ¿no, Bobby? —comentó por fin. Sonaba complacida.

Bobby dirigió una mirada desafiante a George.

—Ya no tengo tiempo para esas tonterías —respondió—. Simplemente no tengo tiempo. Todos estamos muy ocupados. ¿O no?

George se dio cuenta de que las dos mujeres lo estaban mirando. Pensó que tenían la misma mirada sombría, severa, inquisitiva, que se alzaba por encima de las afiladas narices. No podía hablar. Se le había trabado la lengua. Podía sentir cómo corría la sangre por sus venas. Era como si su corazón se estuviera hinchando y ocupara todo su cuerpo. Una enorme y suave extensión de dolor. El martilleo de la sangre en sus oídos no le dejaba oír nada. La sangre le golpeaba en los ojos, pero los cerró para no tener que ver a aquellas dos mujeres.

Rodolfo Fogwill: Muchacha Punk. Cuento

Rodolfo FogwillEN DICIEMBRE DE 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”.

Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso.

Primera decepción del lector: en este relato soy varón. Conocí a la muchacha frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el frío calaba los huesos, había terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era rubia: no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La mía, la rubia, era flacucha y se movía con gracia, a pesar de su atuendo punk y de cierto despliegue punk de gestos nítidamente punk. El frío calaba los huesos, creo haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento del norte arañaba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Les cuatro –yo y aquellas tres muchachas punk– mirábamos esa misma vidriera de . En el ambiente cálido que prometía el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al ajedrez. Un cartel anunciaba las características y el precio de la máquina: 1.856 libras. Ganaban blancas, el costado derecho de la máquina. Las negras habían perdido iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja de un peón central.

Blancas venían atacando con una cuña de peones que protegía su dama, repatingada en cuatro torre rey. Cuando las tres muchachas se acercaron era turno de negras. Negras dudaron quince según dos o tal vez más; era la movida l16 ó l18, y los mirones –nadie a esas horas, por el frío–, habrían podido recomponer la partida porque una pequeña impresora venía reproduciendo el juego en código de ajedrez, y un gráfico, que la máquina componía en su pantalla en un par de segundos, mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del desenvolvimiento estratégico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no entendí, se rieron, y sin prestarme la menor atención siguieron su camino hacia el oeste, hacia Regent Street. A esas horas, uno podía mirar todo a lo largo de la ciudad arrasada por el frío sin notar casi presencia humana, salvo las tres muchachas yéndose.

Cerca de Selfridges alguien debía esperar un ómnibus, porque una sombra se coló en la garita colorada de esperar ómnibus y algún aliento había nublado los cristales. Quizás el humano se hallase contra el vidrio, frotándose las manos, escribiendo su nombre, –garabateando un corazón o el emblema de su equipo de fútbol; quizá no.

Confirmé su existencia poco después, cuando un ómnibus rumbo a Kings Road se detuvo y alguien subió. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivacío, pude ver que la sombra de la garita se había convertido en una mujer viejísima, harapienta, que negociaba su boleto.

Pocos autos pasaban. La mayoría taxis, a la caza de un pasajero, calefaccionados, lentos, diesel, libres. Pocos autos particulares pasaban; Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conducían hombres graves, maduros, sensibles a las intermitentes señales de tránsito.

A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de ópera, parecían supervisarlos. Un Rolls paró frente a mi vidriero de Selfridges y el conductor hechó un vistazo a la computadora, (ensayaba la jugada 127, turno de blancas), y dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No pude oírlo: las ventanillas de cristal antibalas de estos autos componen un espacio hermético, casi masónico: insondable.

Poco después el Rolls se alejó tal como había llegado y en la esquina de Glowcester Street vaciló ante el semáforo, como si coqueteara con la luz verde que recién se prendía. Primera decepción del narrador: la computadora decretó tablas en la movida 147. Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y amenazando jaque en descubierto, reclamaría a negras una permuta de damas favorable, dada mi ventaja de peones y mi óptima situación posicional. Me fui con rabia: había dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para meterme en el hotel.

El frío calaba los huesos. Traía bajo los jeans un polar–suit inglés que había comprado para un amigo que navega a vela en Puerto Belgrano y decidí estrenarlo aquella noche para ponerlo a prueba contra el frío atroz que anunciaba la BBC.

Sentía el cuerpo abrigado, pero la boca y la nariz me dolían de frío. Las manos, en los hondos bolsillos de la campera de duvet, temían tanto un encuentro con el aire helado que me obligaron a resistir a la feroz jauría de ganas de fumar, que aullaba y se agitaba detrás de la garganta, en mi interior. En mi exterior, las orejas estaban desapareciendo: tarde o temprano serían muñones, o sabañones, si no las defendía; intenté guarecerlas con las solapas de mi campera. Sin manos, llevaba las puntitas de las solapas entre los dientes y así, mordiente y frío, entré a un taxi que olía a combustible diesel y a sudor de chofer, y una vez instalado en el goce de aquel tufo tibión, nombré una esquina del Soho y prendí un cigarrillo.

Afuera, nadie. El frío calaba los huesos. El inglés, adelante, manejando, era una estatua llena de olor y sueño. Antes de bajar, verifiqué que hubiesen taxis por la zona; vi varios. Pagué con un papel y sólo después de recibir el cambio abrí mi puerta. El aire frío me ametralló la cara y la papada se me heló, pues las solapas, chorreadas de saliva, habían depositado sobre mi piel una leve película de baba, que ahora me hería con sus globitos quebradizos de escarcha.

vi poca gente en el barrio chino de Londres: como siempre, algunos árabes y africanos salían rebotando de los tugurios pomo. En una esquina, un grupo de hombres –obreros, pinches de vigilancia, tal vez algunos desgraciados sin hogar se ilusionaban alrededor de un fueguito de leñas y papeles improvisado por un negro del kiosco de diarios. Caminé las tres o cuatro cuadras del barrio que sé reconocer y como no encontré dónde meterme, en la esquina de Charing Cross abrí la puerta trasera izquierda de un taxi verde, subí, di el nombre de mi hotel, y decidí que esa noche comería en mi cuarto una hamburguesa muy condimentada y una ensalada bien salada para fortalecer la sed que tanto se merece la cerveza de Irlanda. ¡Lástima que la televisión termine tan temprano en Londres! Miré el reloj: eran las once; quedaba apenas media hora de excelente programación británica.

Conté del frío, conté del polar–suit. Ahora voy á contar de mí: el frío, que calaba los huesos, desalentaba a cualquier habitante y a cualquier visitante de la antigua ciudad, pues era un frío de lontananza inglesa, un frío hecho de tiempo y de distancia y –¿por qué no?– hecho también de más frío y de miedo, y era un frío ártico y masivo, resultante de la ola polar que venía siendo anunciada y promovida durante días en infinitos cortes informativos de la radio y la televisión. En efecto, la radio y la televisión, los diarios y las revistas y la gente, los empleados y los vendedores, los chicos del hotel y las señoras que uno conoce comprando discos –todos no hablaban sino de la ola de frío y de la asombrosa intensidad que había alcanzado la promoción de la ola de frío que calaba los huesos.

Yo soy friolento, normalmente friolento, pero jamás he sido tan friolento como para ignorar que la campaña sobre el frío nos venía helando tanto, o más aún, que la propia ola de frío que estaba derramándose sobre la semiobsoleta capital.

Pero yo estaba ya en la calle, no tenía ganas de volver a mi hotel y necesitaba estar en un lugar que no fuese mi cuarto, protegido del frío y protegido cuidadosamente de cualquier referencia al frío. Entonces vi, dos cuadras antes del hotel, un local que días atrás me había llamado la atención. Era una pizzería llamada The Lulu, que no existía en oportunidad de mi último viaje.

Yo recordaba bien aquel lugar porque había sido la oficina de turismo de Rumania en la que alguna vez hice unos trámites para mis clientes italianos.

Desde el taxi leí el cartel que probaba que el boliche permanecía abierto, vi clientes comiendo, noté que la decoración era mediocre pero honesta, y de las mesas y las sillas de mimbre blanco induje una noción de limpieza prometedora.

Golpeé los vidrios del chofer, pagué 60 pence, bajé del auto y me metí en la pizzería.

Era una pizzería de españoles, con mozos españoles, patrones españoles y clientes españoles que se conocían entre sí, pues se gritaban –en español–, de mesa a mesa, opiniones españolas, y frases españolas. Me prometí no entrar en ese juego y en mi mejor inglés pedí una pizza de espinaca y una botella chica de vino Chianti. El mozo, si ya había padecido un plazo razonable de exilio en Londres, me habrá supuesto un viajero del continente, o un nativo de una colonia marginal del Commonwealth, tal vez un malvinero.

Yo traía en el bolsillo de la campera la edición aérea del diario La Nación, pero evité mostrarla para no delatar mi carácter hispano–parlante. El Chianti –embotellado en Argelera delicioso: entre él y el aire tibio del local se estableció una afinidad que en tres minutos me redimió del frío.

Pero la pizza era mediocre, dura y desabrida. La mastiqué feliz, igual, leyendo mis recortes del Financial Times y la revista de turismo que dan en el hotel. Tuve más hambre y pedí otra pizza, reclamando que le echasen más sal. Esta segunda pizza fue mejor, pero el mozo me había mirado mal, tal vez porque me descubrió estudiando sus movimientos, perplejo a causa de la semejanza que puede postularse en un relato entre un mozo español de pizzería inglesa, y cualquier otro mozo español de pizzería de París, o de Rosario. He elegido Rosario para no citar tanto a Buenos Aires. Querido.

Masqué la pizza número dos analizando la evolución de los mercados de metales en la última quincena; un disparate. Los precios que la URSS y los nuevos ricos petroleros seguían inflando con su descabellada política de compras no auguraban nada bueno para Europa Occidental. Entonces aparecieron las tres muchachas punk. Eran las mismas tres que había visto en Selfridges. La mía eligió la peor mesa junto a la ventana; sus amigotas la siguieron. La gorda, con sus pelos teñidos color zanahoria, se ubicó mirando hacia mi mesa. La otra, de estatura muy baja y con cara de sapo, tenía pelos teñidos de verde y en la solapa del gabán traía un pájaro embalsamado que pensé que debía ser un ruiseñor. Me repugnó. Por fortuna, la fea con pájaro y cara de sapo se colocó mirando hacia la calle, mostrándome tan solo la superficie opaca de la espalda del grasiento gabán. La mía, la rubia, se posó en su sillita de mimbre mirando un poco hacia la gorda, un poco hacia la calle: yo sólo podía ver su perfil mientras comía mi pizza y procuraba imaginar cómo sería un ruiseñor.

Un ruiseñor: recordé aquel soneto de Banchs.

El otro tipo también decía llamarse Banchs y era teniente de corbeta o fragata. Era diciembre; lo había cruzado muchas veces durante el año que estaba terminando. Esa misma mañana, mientras tomaba mi café, se había acercado a hablarme de no sé qué inauguración de pintores, y yo le mencioné al poeta, y él, que se llamaba Banchs juró que oía nombrar al tal Enrique Banchs por primera vez en su vida. Entonces comprendí por qué el teniente desconocía la existencia de los polar–suit (al ver mi paquetito con el Helly Hansen, se había asombrado) y también entendí por qué recorría Europa derrochando sus dólares, tratando de caerle simpático a todos los residentes argentinos y buscando colarse en toda fiesta en la que hubiese latinoamericanos. Fumaba Gitanes también en esto se parecía al Nono.

Jamás vi un ruiseñor. Estaba por terminar la pizza y desde atrás me vino un vaho de musk.

Miré. La más fea de las gallegas de la mesa del fondo estaba sentándose. Vendría del baño; habría rociado todo su horrible cuerpo con un vaporizador de Chanel, de Patou, o de –alguna marquita de esas que ahora le agregan musk a todos sus perfumes. ¿Cómo sería el olor de mi muchacha punk? Yo mismo, como el tal Banchs, me había condenado a averiguar y averiguar; faltaba bien poco para finiquitar la pizza y el asuntito de las cotizaciones de metales. Pero algo sucedía fuera de mi cabeza.

Los dueños, los mozos y los otros parroquianos, en su totalidad o en su mayoría españoles, me miraban. Yo era el único testigo de lo que estaban viendo y eso debió aumentar mi valor para ellos.

Tres punks habían entrado al local, yo era el único no español capaz de atestiguar que eso ocurría, que no las habían llamado, que ellos no eran punk y que no había allí otro punk salvo las tres muchachas punk y que ningún punk había pisado ese local desde hacía por lo menos un cuarto de hora. Sólo yo estaba para testimoniar que la mala pizza y el excelente vino del local no eran desde ningún punto de vista algo que pudiera considerarse punk. Por eso me miraban, para eso parecían necesitarme aquella vez.

Trabado para mirar a mi muchacha –pues la forma de la de pájaro embalsamado y cara de sapo la tapaba cada vez más– me concentré sobre mi pizza y mi lectura desatendiendo las miradas cómplices de tantos españoles. Al termianar la pizza y la lectura, pedí la cuenta, me fui al baño a pishar y a lavarme las inanes y allí me hice una larga friega con agua calentísima de la canilla. Desde el espejo, nitré contento cómo subían los tonos rosados de los cachetes y la frente reales. Habían vuelto a nacer mis orejas; fui feliz.

Al volver, un rodeo injustificable me permitió rozar la mesa de las muchachas y contemplar mejor a la mía: tenía hermosos ojos celestes casi transparentes y el ensamble de rasgos que más irte gusta, esos que se suelen llamar “aristocráticos”, porque los aristócratas buscan incorporarlos a su progenie, tomándolos de miembros de la plebe con la secreta finalidad de mejorar o refinar su capital genético hereditario. ¡Florecillas silvestres! ¡Cenicientas de las masas que engullirán los insaciables cromosomas del señor! ¡Se inicia en vuestros óvulos un viaje ala porvenir soñado en lo más íntimo del programa genético del amo). Es sabido, en épocas de cambio, lo mejor del patrimonio fisiognómico heredable (esas pieles delicadas, esos ojos transparentes, esas narices de rasgos exactos “cinceladas” bajo sedosos párpados y justo encima de labios y de encías y puntitas de lengua cuyo carmín perfecto titila por el inundo proclamando la belleza interior del cuerpo aristocrático) se suele resignar a cambio de un campo en Marruecos, la mayoría accionaria del Nuevo Banco tal, una Acción heroica en la guerra pasada o un Premio Nacional de Medicina, y así brotan narices chatas, ojos chicos, bocas chirlonas y pieles chagrinadas en los cuerpitos de las recientes crías de la mejor aristocracia, obligando a las familias aristocráticas o recurrir a las malas familias de la plebe en busca de buena sangre piara corregir los rasgos y restablecer el equilibrio estético de las generaciones que catapultarán sus apellidos y un poco de ellas mismas, a vaya a saber uno dónde en algún improbable siglo del porvenir.

La chica me gustó. Vestía un traje de hombre holgado, tres o más números mayor que su talle.

De altura normal, no pesaría más de 44 kilos. su piel tan suave (algo de ella me recordó a Grace Kelly, algo de ella me recordó a Catherine Deneuve) era más que atractiva para mí. Calzaba botitas de astrakán perfectas, en contraste con la rasposa confección de su traje de lana. Una camisa de cuello Oxford se le abría a la altura del busto mostrando algo que creí su piel y comprobé después que era tina campera de gimnasta. Ella, a mí, ni me miró.

Pero en cambio, su amiga, la más gorda, la del pelo teñido color naranja, venía emitiendo una onda asaz provocativa. No quise sugerir sexual: provocativo, como buscando riña, como buscando o planificando un ataque verbal, como buscando tina humillación, como ella misma habría mirado a un oficial de la policía inglesa. Así mirábame la gorda de pelo zanahoria. La mía, en cambio no me mira ha. Pero. . .

Tampoco miraba a sus acompañantes. Miraba hacia la calle vacía de transeúntes, con las pupilas extraviadas en el paso del viento. Así me dije: “se pierde su mirada pincelando el frío viento de Oxford Street”. Era etérea. Esa nota, lo etéreo, es la que mejor habría definido a mi muchacha para mí, de no mediar aquellas actitudes punk y los detalles punk, que lucía, punk, como al descuido, negligentemente punk, ella. Por ejemplo: fumaba cigarrillos de hoja; los tomaba con el gesto exhultante de un europeo meridional, pitaba fuerte el humo y lo tiraba insidiosamente contra el cristal de la vidriera. Al pasar por su mesa había visto en sus manos una mancha amarilla, azafranada, de alquitrán de tabaco. ¡Y jamás vi manitas sucias de alquitrán de tabaco como las de mi muchachita punk! El índice, el mayor y el anular de su derecha, desde las uñas hasta los nudillos, estaban embebidos de ese amarillo intenso que sólo puede conseguir algún gran fumador para la primer falange del dedo índice, tras años de fumar y fumar evitando lavados. Me impresionó. Pero era hermosa, tenía algo de Catherine Deneuve y algo de Isabelle Adjani que en aquel momento no pude definir: me estaba confundiendo. Pagué la cuenta, eché las rémoras de mi botella de Chianti en la copa verde del restaurante, y copa en mano –so british–, como si fuese un parroquiano de algún pub confianzudo, me apersoné a la mesa de las muchachas punk asumiendo los riesgos. Antes de partir había calculado mi chance: una en cinco, una en diez en el peor de los casos; se justificaba. voy a contarlo en español: –¿Puedo yo sentarme? Las tres punk se miraron. La gorda punk acariciaba su victoria: debió creer que yo bajaba a reclamar explicaciones por sus miradas punk provocativas. Para evitar un rápido rechazo me senté sin esperar respuestas. Para evitar desanimarme eché un trago de vino a mi garguero. Para evitar impresionarme miré hacia arriba, expulsando de mi campo visual al pajarito embalsalmado. La gorda reía. La punk mía miró a la del pelo verde, miró a la gorda, sopló el humo de su cigarro contra la nada, no me miró, y sin mirarme tomó un sorbito de aquella mezcla de Coca Cola y Chianti que estuvo preparando en la página anterior, pero que yo, con esta prisa por escribirla, había olvidado registrar. Habló la punk con pájaro

–¿Qué usted quiere? –Nada, sentarme… Estar aquí como una sustancia de hecho… –dije en cachuzo inglés.

Sin duda mi acento raro acicateó los deseos de saber de la gorda: –¿Dónde viene usted de…? –ladró.

La pregunta era fuerte, agresiva, despectiva.

–De Sudamérica… Brasil y Argentina –dije, para ahorrarles una agobiante explicación que llenaría el relato de lugares comunes. Me preguntaba si era inglés: se asombraba “¿Cómo puede venir uno de Brasil y Argentina sin ser británico?”, imaginé que habría imaginado ella.

¿Sería un inglés? –No. Soy sudamericano, lamentado –dije.

–Gran campo Sudamérica –se ensañaba la gorda.

–Sí: lejos. Así, lejos. Regresaré mes próximo –le respondí.

–Oh sí… Yo veo dijo la gorda mirando fijo a la cara de sapo que hamacó su cabeza como si confirmase la más elaborada teoría del universo. Entonces habló por vez primera y sólo para mí mi Muchacha Punk. Tenía voz deliciosa y tímbrica en este párrafo: –¿Qué usted hace aquí? –quiso saber su melodía verbal.

–Nada, paseo –dije, y recordé un modelo que siempre marchó bien con beatniks y con hippys y que pensé que podía funcionar con punks. Lo puse a prueba: –Yo disfruto conocer gente y entonces viajo… Conocer gente, ¿Me entiende?… Viajar… Conocer… ¡Gente!.. ¿Eh.? ¡Ah..! ¡Así..! ¡Gente..!

Funcionó: la carita de mi Muchacha Punk se iluminaba. –Yo también amo viajar –fue desgranando sin mirarme–. Conozco África, India y los Estados (se refería a USA). Yo creo que yo conozco casi todo. ¡Yo no nunca he ido yo a Portugal! ¿Cómo es Portugal? –me preguntó.

Compuse un Portugal a su medida: –Portugal es lleno de maravilla… Hay allí gente preciosamente interesante y bien buena. Se vive una ola en completo distinta a la nuestra…

” seguí así, y ella se fue envolviendo en mi relato. Lo percibí por la incomodidad que comenzaban a mostrar sus punks amigas. Lo confirmé por esa luz que vi crecer en su carita aristocráticamente punk. Susurraba ella: –Una vez mi avión tomó suelo en Lisboa y quise yo bajar, pero no permitieron –dijo–: Encuentro que la gente del aeropuerto de Lisboa son unos cerdos sucios hijos de perra. ¿Es no, eso …Lisboa, Portugal?–. La duda tintineaba en su voz.

–Sí –adoctriné, pero en todos los aeropuertos son iguales: son todos piojosos malolientes sucios hijos de perra.

–Como los choferes de taxi, así son –me interrumpió la gorda, sacudiendo el humo de su Players.

–Como los porteros del hotel, sucios hijos de perra –concedió la pajarófora gorda cara de sapo, quieta.

–Como los vendedores de libros –dijo la mía –¡Hijos de una perra!–. Y flotaba en el aire, etérea.

–Sí, de curso –dije yo, festejando el acuerdo que reinaba entre los cuatro. Entonces ocurrió algo imprevisto; la de pelo verde habló a la gorda: –Deja nosotros ir, dejemos a estos trabajar en lo suyo, eh… –y desenrolló un billete de cinco libras, lo apoyó en el platillo de la cuenta, se paró y se marchó arrastrando en su estela a la cara de sapo. Bien había visto yo que ellas habían con sumido diez o quince libras, pero dejé que se borraran, eso simplificaba la narración.

–Bay, Borges –me gritó la cara de sapo desde la vereda, amagando sacar de su cintura una inexistente espadita o un puñal; entonces yo me alegré de ver tanta fealdad hundiéndose en el frío, y me alegré aún más, pensando que asistía a otra prueba de que el prestigio deportivo de mi patria ya había franqueado las peores fronteras sociales de Londres. Pregunté a mi muchacha por qué no las había saludado: –Porque son unas ceras sucias hijas de perra.

¿Ve? –dijo mostrándome los billetitos de cinco libras que iba sacando de su bolsillo para completar el pago de la cuenta. Asentí.

Como un cernícalo, que a través de las nubes más densas de un cielo tormentoso descubre los movimientos de su pequeña presa entre las hierbas, atraído por el fluir de las libras , un mozo muy gallego brotó a su lado, frente a mí. Guiñó un ojo, cobró, recibió los pocos penns de propina que mi muchacha dejó caer en su platillo, y yo pedí otra botella de Chianti y dos de Coke y ella me devolvió un hermoso gesto: abrió la boca, frunció un poquito la nariz, alzó la ceja del mismo lado y movió la cabeza como queriendo devolver la pelota a alguien que se la habría lanzado desde atrás.

Conjeturé que sería un gesto de acuerdo. Poco después, su manera golosa de beber la mezcla de vino y Coca Cola, acabó de confirmándome aquella presunción de momento: todo había sido un gesto de acuerdo.

Me contó que se llamaba Coreen. Era etérea: al promediar el diálogo sus ojos se extraviaban siguiendo tras la ventana de la pizzería española de Graham Avenue al viento de la calle. Tomamos dos botellas de Chianti, tres de Coke. Ella mezclaba esos colores en mi copa. Yo bebía el vino por placer y la Coke por la sed que habían provocado la pizza, el calor del local y este mismo deseo de averiguar el desenlace de mi relato de la Muchacha Punk. La convidé a mi hotel. No quiso. Habló: –Si yo voy a tu hotel, tendrás que a ellos pagar mi permanencia. Es no sentido –afirmó y me invitó a su casa. Antes de salir pagamos en alícuotas todo lo bebido; pero yo necesito hablar más de ella. Ya escribí que tenía rasgos aristocráticos. A esa altura de nuestra relación (eran las 12.30, no había un alma en la calle, el frío inglés del relato, calaba, los huesos, argentinos, del narrador), mi deseo de hacerla mía se había despojado de cualquier snobismo inicial. Mi Muchacha –aristocrática o punk, eso ya no importaba–, me enardecía: yo me extraviaba ya por ese ardor creciente, ya era un ciego, yo. Yo era ya el cuerpo sin huellas digitales de un ahogado que la corriente, delatora, entra boyando al fiord donde todo se vuelve nada. Pero antes, cuando la vi frente a mi vidriera de Selfridges había notado detalles raros, nítidamente punk, en su tenue carita: su mejilla izquierda estaba muy marcada, no supe entonces cómo ni por qué, y el lado derecho de su cara tenía una peculiaridad, pues sobre el ala derecha de su nariz, se apoyaba –creí– una pieza de metal dorado (creí) que trazando una comba sobre la mejilla derecha ascendía hasta insertarse en la espiga de trigo, que creí dorada, afeando el lóbulo de su oreja a la manera de un arete de fantasía. Del tallo de esa espiga, de unos dos centímetros, colgaba otra cadena, más gruesa, que caía sobre su cuello libremente y acababa en la miniatura de la lata de Coke, de metal dorado y esmalte rojo que siempre iba y venía rozándole los rubios pelos, el hombro, y el pecho, o golpeaba la copa verde provocando una música parecida a su voz, y algunas veces se instalaba, quieta, sobre su hermosa clavícula blanca, curvada como el alma de una ballesta, armónica como un golpe de tai chi. Durante nuestra charla aprendí que lo que había creído antes metal dorado era oro dieciocho kilates, y descubrí que lo que había creído un grano de maíz de tamaño casi natural aplicado sobre el ala de su nariz era una pieza de oro con forma de grano de maíz y tamaño casi natural, sostenido por un mecanismo de cierre delicadísimo, que atravesaba sin pudor y enteramente la alita izquierda de su bella nariz. Ella misma me mostró el orificio, haciendo un poco de palanca con la uña azafranada de su índice, entre el maíz y la piel, para lucir mejor su agujerito en forma de estrella, de unos cuatro milímetros de diámetro. ¡Estaba chocha de su orificio… ! Del lado izquierdo, lo que temprano en Oxford Street me había parecido una marca en su mejilla, era una cicatriz profunda, de unos tres centímetros de largo, que parecía provocada por algo muy cortante. Surcaban ese tajo tres costuras bien desprolijas, trabajo de un aficionado, o de algún practicante de primer año de medicina más chapucero que el común de los practicantes de medicina ingleses y en ausencia de los jefes de guardia. Segunda decepción del narrador: la cicatriz de la izquierda, a diferencia de las cositas de oro de su lado derecho, era falsa. La había fraguado un maquillador y mi muchachita se apenaba, pues había comenzado a deshacerse por la humedad y por el frío y ahora necesitaba un service para recuperar su color y su consistencia original.

Poco antes de irnos, ella fue al baño y al volver me sorprendió cavilando en la mesa: . –¿Cuál es el problema con tú? –me preguntó en inglés–. ¿Qué eres tú pensando? –Nada –respondí–. Pensaba en este frío maldito que estropea cicatrices…

Pero mentí: yo había pensado en aquel frío sólo por un instante. Después había mirado la calle que se orientaba hacia la nada, y había tratado de imaginar qué andaría haciendo la poca gente que, de cuando en cuando, producía breves interrupciones en la constancia de aquel paisaje urbano vacío. Toqué el cristal helado; olí los bordes de la copa verde de ella para reconocer su olor, y volví a pensar en las figuras que iban pasando tras los cristales, esfumadas por el vapor humano de la pizzería. Entonces quise saber por qué cualquier humano desplazándose por esas calles, siempre me parecía encubrir a un terrorista irlandés, llevando mensajes, instrucciones, cargas de plástico, equipos médicos en miniatura y todo eso que ellos atesoran y mudan, noche por medio, de casa en casa, de local en local, de taller en taller, y hasta de cualquier sitio en cualquier otro sitio. “¿Por qué?” –me preguntaba” ¿Por qué será?” Trataba de entender, mientras mi bella Muchachita estaría cerquísima pishando, o lavándose con agua tibia, y cuando apenas tironeé del hilito de la tibieza de su imagen, estalló en mil fragmentos una granada de visiones y asociaciones íntimas, intensas, pero por rúas, por argentinas y por inconfesables, poco leales hacia ella. ¿Hay Dios? No creo que haya Dios, pero algo o alguien me castigó, porque cuando advertí que estaba siendo desleal e innoble con mi Muchachita Punk y sentí que empezaba a crecer en mi cuerpo –o en mi alma–, la deliciosa idea del pecado, cruzó por la vidriera la forma de un ciclista, y lo vi pedalear suspendido en el frío y supe que ése era el hombre cuyo falso pasaporte francés ocultaba la identidad del ex jesuita del IRA que alguna vez haría estallar con su bomba de plástico el pub donde yo, esperando algún burócrata de BAT, encontraría mi fin y entonces cerré los ojos, apreté los puños contra mis sienes y la vi pasar a ella apurada por la vereda del pub, zafé de allí, corrí tras ella respirando el aire libre y perfumado de abril en Londres, y en el instante de alcanzarla sentimos juntos la explosión, y ella me abrazaba, y yo veía en sus ojos –dos espejos azules que ese hombre que rodeaban los brazos de mi Muchacha Punk no era más yo, sino el jesuita de piel escarbada por la viruela, y adiviné que pronto, entre pedazos de mampostería y flippers retorcidos, Scotland Yard identificaría los fragmentos de un autor’ que jamás pudo componer bien la historia de su Muchacha Punk. Pero ella ahora estaba allí, salía del texto y comenzaba a oír mi frase: ‘ –Nada… pensaba en este frío maldito que arruina cicatrices… –oía ella.

Y después inclinaba la cabeza (¡chau irlandeses!), me clavaba sus espejos azules y decía “gracias”, que en inglés (“agradecer tú”, había dicho en su lengua con su lengua), y en el medio de la noche inglesa, me hizo sentir que agradecía mi solidaridad; yo, contra el frío, luchando en pro de la consevación de su preciosa cicatriz, y que también agradecía que yo fuera yo, tal como soy, y que la fuera construyendo a ella tal como es, como la hice, como la quise yo.

Debió advertir mis lágrimas. Justifiqué: –Tuve gripe. . . además. . . ¡El frío me entristece, es un bajón…! “¡lt downs me!” traduje–. ¡Eso abájame! –¡Vayamos al hotel! –dije yo, ya sin lágrimas.

–¡Hotel no! –dijo ella, la historia se repite.

No insistí. Entonces no sabía –sigo sin saber–, cómo puede alguien imponer su voluntad a una muchacha punk. Salimos al frío; calaba. Los huesos. Ni un alma. Por las calles. Llamé a un taxi. El no paró. Pronto se acercó otro. Se detuvo y subimos. Olía a transpiración de chofer y a gas oil. Mi Muchacha nombró una calle y varios números. imaginé que viviría en un barrio bajo, en una pocilga de subsuelo, o en un helado altillo y calculé que compartiría el cuarto con media docena de punks malolientes y drogados, que a esa altura de la noche se arrastrarían por el suelo disputando los restos de la comida, o, peor, los restos de una hipodérmica sin esterilizar que circularía entre ellos con la misma arrogante naturalidad con que nuestros gauchos se dejan chupar sus piorreicas bombillas de mate frío y lavado. Me equivoqué: ella vivía en un piso paquetísimo, frente a Hyde Park. En la puerta del edificio decía “Shadley House”. En la puerta de su apartamento –doble batiente, de bronce y de lujuria –decía “R. H. Shadley”.

–Es la casa de mi familia –dijo humilde mi Punk y pasamos a una gran recepción. A la derecha, la sala de armas conservaba trofeos de caza y numerosas armas largas y cortas se exhibían junto a otras, más medianas, en mesas de cristal y en vitrinas. A la izquierda, había un salón tapizado con capitoné de raso bordeaux que brillaba a la luz de tres arañas de cristal grandes como Volkswagens. El pasillo de entrada desembocaba en un salón de música, donde sonaban voces. Al pasar por la puerta ella gritó “hello” y una voz le devolvió en francés una ristra de guarangadas. Detrás pasaba yo, las escuché, memoricé nuestra oración “queterrecontra” y con una mirada relámpago, busqué la boca sucia y gala en el salón. No la identifiqué. En cambio vi dos pianos, una pequeña tarima de concierto, varios sillones y dos viejos sofás enfrentados.

Entre ellos, sobre almohadones, media docena de punks malolientes fumaban haschich disputando en francés por algo que no alcancé a entender.

Un negro desnudo y esquelético yacía tirado sobre la alfombra purpúrea. Por su flacura y el color verdoso de su piel me pareció un cadáver, pero después vi sus costillas que se movían espasmódicamente y me tranquilicé: epilepsia.

Imaginé que el negro punk entre sus sueños estaría muriéndose de frío, pero no sería yo quien abrigase a un punk esa noche de perros, estando él, punk, reventado de droga punk entre tantos estúpidos amigos punk.

Copamos la cocina. Mi Muchacha me dijo que los batracios del salón de música eran “su gente” y mientras trababa la puerta me explicó que estaban enculados (“angry”, dijo) con ella, porque les había prohibido la entrada a la cocina. Ellos argumentaban que era una “zorra mezquina”, creyendo que la veda obedecía a su deseo de impedir depredaciones en heladeras y alacenas, pero el motivo eran las quejas y los temores de los sirvientes de la casa, que en varias oportunidades habían topado contra semidesnudos punks que comían con las manos en un área de la casa que el personal consideraba suya desde hacía tres generaciones y en la que siempre debían reinar las leyes de El Imperio. Ese día había recibido nuevas quejas del ama de llaves, pues uno de los punks, el marroquí, había estado toqueteando las armas automáticas de la colección y cuando el viejo mayordomo lo reprendió, el punk le había hecho oler una daga beduina, que siempre llevaba pegada con cinta adhesiva en su entrepierna. Coreen estaba entre dos fuegos y muy pronto tendría que elegir entre sus amigos y la servidumbre de la casa. Vacilaba: –Son unos cerdos malolientes hijos de perra –me dijo refiriéndose a los dos franceses, cl marroquí, el sudanés y el americano, quien además –contenía “costumbres repugnantes”. No pude saber cuáles, pero me senté en un banquito a imaginar media docena de posibilidades punk, mientras ella filtraba un delicioso café con canela. Cuando la cafetera ya borboteaba, me contó que aquel departamento había sido de los abuelos de su madre, que era una crítica de museos que trabajaba en New York. El padre, veinte años mayor, se había casado por prestigio, tomando el apellido de la mujer cuando lo hicieron caballero de la reina vieja en recompensa de sus ‘sevicios de espía, o policía, en la India.

Vinculado a la compañía de petróleo del gobierno, el viejo había hecho una apreciable fortuna y ahora pasaba sus últimos años en África, administrando propiedades. Mi Muchacha Punk lo admiraba. También admiraba a su madre. No obstante, al referirse a las relaciones de los dos viejos con ella y con su hermana mayor, puntualizó varias veces que eran unos “hijos de perra malolientes”. Creí entender que había un banco encargado de los gastos de la casa, los sueldos de los sirvientes y choferes y las cuentas de alimentos, limpieza e impuestos, y que las dos muchachas –la mía y su hermana recibían cincuenta libras. “Cerdos malolientes”, había vuelto a decir tocándose la cicatriz y explicando que el service –que en tiempos de humedad debía realizarse semanalmente le costaba veiticinco libras, y que así no se podía vivir. Pedía mi opinión. Yo preferí no tomar el partido de sus padres, pero tampoco quise comprometerme dando a su posición un apoyo del que, a mí, moralmente, no me parecía merecedora. Entonces la besé.

Mientras bebía el café la muchacha salió a arreglar algunos asuntos con sus amigos. Yo aproveché para mirar un poco la cocina: estábamos en un cuarto pilo, pero uno de los anaqueles se abría a un sótano de cien o más metros cuadrados que oficiaba de bodega y depósito de alimentos. Había jamones, embutidos y ciento cuarenta y cuatro cajas con latas de bebidas sin alcohol y conservas. vi cajones de whisky, de vinos y champañas de varias marcas.

Contra la pared que enfrentaba a mi escalera, dormían millares de botellas de vino, acostadas sobre pupitres de madera blanca muy suave.

Había olor a especias en el lugar. Calculé un stock de alimentos suficiente para que toda una familia y sus amigos argentinos sitiados pudiesen resistir el asedio del invasor normando por seis lunas, hasta la llegada de los ejércitos libertadores del Rey Charles, y al avanzar los atacantes, obligándonos a lanzar nuestras últimas reservas de bolas de granito con la gran catapulta de la almena oeste, apareció otra vez mi princesita punk, que repuesta del fragor del combate, volvía a trabar la puerta con dos vueltas de llave y me miraba, carita de disculpa.

Yo dije, por decir, que me parecía justificado el temor de sus sirvientes. “Nunca se sabe”, dije en español, y le aclaré en inglés “es no fácil saber”. Ella se encogió de hombros y dijo que sus amigos eran capaces de cualquier cosa, “como pobre Charlie”. Quise saber quién era “pobre Charlie” y me contó que era un pariente, que se había hecho famoso cuando arrancó las orejas de una bebita en Gilderdale Gardens pero que ahora envejecía olvidado en un asilo cercano a Dundall, fingiéndose loco, para evitar una condena.

Entonces volvió a preguntar mi nombre y el de mis padres y se rió. También volvió a hablarme de su cicatriz que había costado cincuenta libras: el precio de su pensión semanal, “como una substancia de hecho”. El banco le liquidaba cincuenta libras por semana a mi Muchacha y otras tantas a su hermana mayor, pero el maquillaje requería service. (Estoy seguro de haberlo escrito, pero ella volvía a contármelo y yo soy respetuoso de mis protagonistas. El arte –pienso debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de onanismo, ya que las hay mejores.) Necesitaba service la cicatriz y le impedía, entre otras cosas, la práctica de natación y de esquí acuático. Coreen adoraba el esquí y las largas estadías al aire libre en tiempo de humedad y me invitó con un cigarrillo de marihuana: un joint. Lo rechacé porque había bebido mucho, me sentía ebrio de planes, y no quería que una caída súbita de mi presión los echara a perder. Mi Muchacha empapaba el papel de su pequeño joint con un líquido untuoso que guardaba en la miniatura de Coke de su colgante de oro. “Aceite de heroína”, explicó. Ella había sido adicta y friendo ese juguito que impregnaba el papel y la yerba, tranquilizaba sus deseos.

Hacía un año que venía abandonando el hábito, temía recaer en los pinchazos que habían matado a sus mejores amigos una noche en París –septicemia y ahora quería curarse y salir de aquello porque su pensión no le alcanzaba para solventar el hábito: ya bastantes problemas le traía el service de su maquilladora. Después volvió a dejarme solo en la cocina, fue al baño y yo robé del sótano una lata de queso cammembert, y a medida que me lo iba comiendo con mi cuchara de madera, hice una recorrida por las dependencias de la cocina: arte testimonial.

Amén de varios hornos verticales, y un gran hogar revestido de barro para hacer pan en la sala contigua tenían una máquina de asar eléctrica, con un spiedo que mediría tres metros de ancho por uno de circunferencia. Calculé que un pueblo en marcha hacia la liberación podía asar allí media docena de misioneros mormones ante un millar de fervientes watussi desesperados por su alícuota de dulzona carne de misionero mormón rotí. Más allá de la sala estaba el depósito de tubos de gas, leñas, carbón y especias. Olía a ajo el lugar, pero no vi ajo sino ramas de laurel y bolsas de yute con hierbas aromáticas que no supe calificar. ¿Romero? ¿Peter Nollys? ¿Kelpsias? ¡vaya uno a distinguir las sofisticadas preferencias de esos maniáticos magnates británicos…! Cuando Coreen –mi Muchacha Punk, dueña y señora de la casa volvía del –baño, trabó la puerta que separaba la cocina del office –al que ella llamaba “hogar” en inglés de los salones donde seguían gritándose barbaridades sus amigos. Ignoro lo que habrán dicho ellos, pero como resumen dijo que eran unos piojos hijos de perra; grave. Prendió otro joint con la brasa de mis 555, y –¡Achalay!– nos fuimos con él a apestar el dormitorio de su hermana, donde, dormiríamos, pues el suyo venía desordenado de la tarde anterior.

El pasillo que llevaba a los cuartos, estaba custodiado por grandes cuadros que parecían de buena calidad. Reparé en el piso: listones de roble enteros se extendían a lo largo de quince o veinte metros. Sin alfombra ni lustre alguno, la madera blanca repulida me evocó la cubierta de aquellos clippers que se hacía construir la pandilla de nobles que rondaba a Disraeli para gastar sus vacaciones en Gibraltar. ¡Un derroche! El cuarto de la hermana era amplio, sobriamente alfombrado, y en un rincón había una piel de tigre, en otro, una de cebra viel y otras pieles gruesas que supuse serían de algún lanar exótico, pues eran más grandes que las pieles de las ovejas más grandes que mis ojos han visto y que las que cualquier humano podría imaginar con o sin joints embebidos en substancias equis.

Nos acostamos. Tercera decepción del narrador: mi Muchacha Punk era tan limpia como cualquier chitrula de Flores o de Belgrano R. Nada previsible en una inglesa y en todo discordante con mis expectativas hacia lo punk. ¡Las sábanas…! ¡Las sábanas eran más suaves que las del mejor hotel que conocí en mi vida! Yo, que por mi antigua profesión solía camouflarme en todos los hoteles de primera clase y hasta he dormido –en casos de errores en las reservas que de ese modo trataron los gerentes de repararen suites especiales para noches de bodas o para huéspedes VIP, nunca sentí en mi piel fibras tan suaves como las de esas sábanas de seda suave, que olían a lima o a capullitos de bergamota en vísperas de la apertura de sus cálices. Tercera decepción del lector: Yo jamás me acosté con una muchacha punk. Peor: yo jamás vi muchachas punk, ni estuve en Londres, ni me fueron franqueadas las puertas de residencias tan distinguidas. Puedo probarlo: desde marzo de 1976 no he vuelto a hacer el amor con otras personas. (Ella se fue, se fue a la quinta, nunca volvió, jamás volvió a llamarme. La franquean otros hombres, otros. Nos ha olvidado; creo que me ha olvidado).

Cuarta decepción del narrador: no diré que era virgen, pero era más torpe que la peor muchacha virgen del barrio de Belgrano o de Parque Centenario. Al promediar eso (¿el amor?) le largó a declamar la letanía bien conocida por cualquier visitante de Londres: “ai camin ai camin ai camin ai camin ai camin”, gritaba, gritaba, gritaba, sustituyendo los conocidos “ai voi ai voi ai voi ai voi” de las pebetas de mi pago, que sumen al varón en el más turbado pajar de dudas sobre la naturaleza de ese sitio sagrado hacia el que dicen ir las muchachas del hemisferio sur y del que creen venir sus contrapartidas británicas. Pero uno hace todo esto para vivir y se amolda. ¡vaya si se amolda! Por ejemplo: Y después se durmió. Habrá sido el vino o las drogas, pero durmió sonriendo, y su cuerpo fue presa de una prodigiosa blandura. Miré el reloj: eran las 5.30 y no podía pegar un ojo, tal vez a causa del café, o de lo que agregamos al café.

Revisé los libros que se apilaban en la mesa de luz del cuarto de la hermana (le mi Muchacha Punk. ¡Buenos libros! Blake, Woolf, Sollers: buena literatura. ¡Cortázar en inglés! (¡Hay que ver en una de esas camas señoriales lo que parece el finado Cortázar puesto en inglés!) Había manuales de física y muchos números de revistas de ciencias naturales y de Teoría de los Sistemas.

Separé algunas para informarme qué era esa teoría que yo desconocía pero que justificaba tina publicación mensual que ya iba por el número ciento treinta y cuatro. Las miré. interesante: enriquecería mi conversación por un tiempo.

Andaba en eso citando llegó la hermana de mi Muchacha Punk con su novio. La chica dijo llamarse Dianne y era naturista, marxista, estudiaba biología, odiaba las drogas, despreciaba a los punks y no tomó nada bien que estuviésemos acostados en su cuarto, pero disimuló. Cuando le hablé, su expresión se hizo aún más severa como reprochando que un desnudo, desde su propia cama, se dirigiese a ella en un inglés tan choto.

No le gusté y ella no pudo disimularlo más.

En cambio el novio me mostró simpatía. Era estudiante de biología, naturista, marxista, odiaba profundamente a las punks y manifestó un intenso desprecio hacia las drogas y sus clientes.

Creo que de no haber mediado el episodio del encuentro y la irritación de su novia, habríamos podido entablar tina provechosa amistad. Me convidaron con sus frutas, algo muy delicioso, parecido al níspero y muy refrescante, que erradicó de mis encías el gustito a Coreen. Ella, a pesar de nuestra conversación en voz muy alta, mis gritos angloargentinos, mis carcajadas y 1()s mendrugos de risa que alguno de mis chistes lograron de la bióloga, no despertaba.

Dije a los chicos que me vestiría y que debía partir pues me –esperaban en mi hotel. Ellos dijeron que no era necesario, que siempre dormían en el suelo por motivos higiénicos y que yo podía seguir leyendo, pues “‘la luz de la luz no nos molesta”. Así dijeron. Se desnudaron, se echaron sobre una piel de oso y se cubrieron hasta los ojos con una manta hindú. De inmediato entraron en un profundo sueño y los vi dormir y respirar a un mismo ritmo, boca arriba y agarraditos de las manos. Pero yo no podía dormir; apagué la luz de la luz y estuve un rato velando y escuchando el contraste entre las respiraciones simétricas de la pareja, y la de Coreen, más fuerte y de ritmo más que sinuoso.

Prendí la luz y revisé el reloj: serían las siete, pronto amanecería. Acaricié los pelos de mi Muchacha, su carita, sus lindísimos hombros y sus brazos, y casi estuve a punto de hacer el amor una vez más, pero temí que un movimiento involuntario pudiese despertarla. Aproveché para mirar su piel delicada y suave. Nada punk, muy aristocrática la piel de mi Muchacha. Le estudié bien el agujerito de la nariz: medía seis milímetros de ancho y formaba una estrella de cinco puntas. ¿O eran cinco milímetros y la estrella tenía seis puntas? Nunca lo volveré a mirar. Para esta historia basta consignar que estaba dibujado con precisión y que debió ser obra de algún cirujano plástico que habrá cargado no menos de quinientos pounds de honorarios. ¡Un derroche! Miré la cicatriz de la mitad izquierda de mi chica: había perdido más color y estaba apelmazada por el roce de mi mentón que la barba crecida de dos días tornó abrasivo. Me apenó imaginar que en la tarde siguiente, al despertar, mi Muchachita Punk me guardaría rencor por eso. Escribí un papelito diciendo que el service quedaba a mi cargo y lo dejé abrochado con un clip junto a un billete de cincuenta libras que había comprado tan barato en Buenos Aires, en la garganta de su botita de astrakán. Así asumía mi responsabilidad, y ella no necesitaría esperar otra semana para poner su cicatriz a cero kilómetro. Actué como hombre y como argentino y aunque nadie atine nunca a determinar qué espera un punk de la gente, yo no podía permitir que al otro día mi Muchachita se amargase y anduviera por todas las discotheques de Londres insinuando que nosotros somos unos hijos de perra que perturbamos sus cicatrices y no pagamos el service, desmereciendo aún más la horrible imagen de mi patria que desde hace un tiempo inculcan a los jóvenes europeos. Me vestí. Al dejar el cuarto apagué las luces. Para salir destrabé la cerradura de la cocina pero volví a cerrarla y deslicé la llave bajo la puerta. Los punks seguían peleando: el africano reprochaba a los otros no haberlo despertado para la cena. Otro lloraba, creo que era el francés.

Después oí una sílabas rarísimas: era alguien que hablaba en holandés.

Gracias a Dios no me vieron y encontré un taxi no bien salí a la calle, fría como una daga rusa olvidada por un geólogo ruso recién graduado en la heladera de un hotel próximo a las obras suspendidas de Paraná Medio.

La tarde siguiente, leí en The Guardian que durante la noche catorce vagabundos, a causa del frío, habían muerto, o crepado, estirando sin rencor sus veintitantas vagabundas patas inglesas, en pleno corazón de la ciudad de Londres.

Hicieron no sé cuántos grados Farenheit; calculo que serían unos diez grados bajo cero, penique más, penique menos. En el hotel me pegué un baño de inmersión y calentito y con el agua hasta la nariz leí en la edición internacional de Clarín las hermosas noticias de mi patria. Quise volver.

Al día siguiente ‘volé a Bonn y de allí fui a Copenhague. Al cuarto día estaba lo más campante en Londres y no bien me instalé en el hotel quise encontrar a mi Muchacha Punk. No tenía su teléfono; su nombre no figura en el directorio de la vieja ciudad. Corrí a su casa. Me recibió amistosamente Ferdinand, el novio de la hermana: mi Muchacha estaba en New York visitando a la madre y de allí saltaría a Zambia, para reunirse con el padre. volvería recién a fines de abril, y él no me invitaba a pasar porque en ese momento salía para la universidad, donde daba sus clases de citología. Tipo agradable Ferdinand: tenía un Morris blanco y negro y manejaba con prudencia en medio de la rougb hour de aquel atardecer de invierno. Se mostró preocupado porque hacía un año le venían fallando las luces indicadoras de giro del autito. Le sugerí que debía ser un fusible, que seguramente eso era lo más probable que le sucedería al Morris. Rumió un rato mi hipótesis y finalmente concedió: –No lo sé, tal vez tengas razón…

Me dejó en victoria Station, donde yo debía comprar unos catálogos de armas y unos artículos de caza mayor para mi gente de Buenos Aires.

Nos despedimos afectuosamente. El armero de Aldwick era un judío inglés de barbita con rulos y trenzas negras, lubricadas con reflejos azules.

Entre él y el librero de victoria Embankment –un paquistaní– acabaron de estropearme la tarde con su poca colaboración y su velada censura a mi acento. El judío me preguntó cuál era mi procedencia; el pakistano me preguntó de dónde yo venía. Contesté en ambos casos la verdad. ¿Qué iba a decir? ¿Iba a andar con remilgos y tapujos cuando más precisaba de ellos? ¿Qué habría hecho otro en mi lugar…? ¡A muchos querría ver en una situación como la de aquel atardecer tristísimo de invierno inglés…! Oscurecía. Inapelable, se nos estaba derrumbando la noche encima. Cuando escuchó la palabra “Argentina”, el armero judío hizo un gesto con sus manos: las extendió hacia mí, cerró los puños, separó los pulgares y giró sus codos describiendo un círculo con los extremos de los dedos. No entendí bien, pero supuse que sería un ademán ritual vinculado a la manera de bautizar de ellos.

El paqui, cuando oyó que decía “Buenos Aires, Argentina, Sur” arregló su turbante violeta y adoptó una pose de danzarín griego, tipo Zorba (¿O sería una pose de danza del folklore de su tierra…?). Giró en el aire, chistó rítmicamente, palmeó sus manos y (cantó muy desafinado la frase “cidade maravilhosa dincantos mil”, pero apoyándola contra la melodía de la opereta Evita.

Después volvió a girar, se tocó el culo con las dos manos, se aplaudió, y se quedó muy contento mostrándome sus dientes perfectos de marfil.

Sentí envidia y pedí a Dios que se muriera, pero no se murió. Entonces le sonreí argentinamente y él sonrió a su manera y yo miré el pedazo visible de Londres tras el cristal de su vidriera: pura noche era el cielo, debía partir y señalé varias veces mi reloj para apurarlo. No era antipático aquel mulato hijo de mala perra, pero, como todo propietario de comercio inglés, era petulante y achanchado: tardó casi una hora para encontrar un simple catálogo de Webley & Scott. ¡Así les va…!