Julio Cortázar: Continuidad en los parques. Cuento

cortazarHabía empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirian color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Julio Cortázar: Todos los Fuegos el Fuego. Cuento

717698Así será algún día su estatua, piensa irónicamente el procónsul mientras alza el brazo, lo fija en el gesto del saludo, se deja petrificar por la ovación de un público que dos horas de circo y de calor no han fatigado. Es el momento de la sorpresa prometida; el procónsul baja el brazo, mira a su mujer que le devuelve la sonrisa inexpresiva de las fiestas. Irene no sabe lo que va a seguir y a la vez es como si lo supiera, hasta lo inesperado acaba en costumbre cuando se ha aprendido a soportar, con la indiferencia que detesta el procónsul, los caprichos del amo. Sin volverse siquiera hacia la arena prevé una suerte ya echada, una sucesión cruel y monótona. Licas, el viñatero, y su mujer Urania son los primeros en gritar un nombre que la muchedumbre recoge y repite: “Te reservaba esta sorpresa”, dice el procónsul. “Me han asegurado que aprecias el estilo de ese gladiador”. Centinela de su sonrisa, Irene inclina la cabeza para agradecer. “Puesto que nos haces el honor de acompañarnos aunque te hastían los juegos”, agrega el procónsul, “es justo que procure ofrecerte lo que más te agrada”. “¡Eres la sal del mundo!”, grita Licas. “¡Haces bajar la sombra misma de Marte a nuestra pobre arena de provincia!” “No has visto más que la mitad”, dice el procónsul, mojándose los labios en una copa de vino y ofreciéndola a su mujer. Irene bebe un largo sorbo, que parece llevarse con su leve perfume el olor espeso y persistente de la sangre y el estiércol. En un brusco silencio de expectativa que lo recorta con una precisión implacable, Marco avanza hacia el centro de la arena; su corta espada brilla al sol, allí donde el viejo velario deja pasar un rayo oblicuo, y el escudo de bronce cuelga negligente de la mano izquierda. “¿No irás a enfrentarlo con el vencedor de Smirnio?”, pregunta excitadamente Licas. “Mejor que eso”, dice el procónsul. “Quisiera que tu provincia me recuerde por estos juegos, y que mi mujer deje por una vez de aburrirse”. Urania y Licas aplauden esperando la respuesta de Irene, pero ella devuelve en silencio la copa al esclavo, ajena al clamoreo que saluda la llegada del segundo gladiador. Inmóvil, Marco parece también indiferente a la ovación que recibe su adversario; con la punta de la espada toca ligeramente sus grebas doradas.

“Hola”, dice Roland Renoir, eligiendo un cigarrillo como una continuación ineludible del gesto de descolgar el receptor. En la línea hay una crepitación de comunicaciones mezcladas, alguien que dicta cifras, de golpe un silencio todavía más oscuro en esa oscuridad que el teléfono vuelca en el ojo del oído. “Hola”, repite Roland, apoyando el cigarrillo en el borde del cenicero y buscando los fósforos en el bolsillo de la bata. “Soy yo”, dice la voz de Jeanne. Roland entorna los ojos, fatigado, y se estira en una posición más cómoda. “Soy yo”, repite inútilmente Jeanne. Como Roland no contesta, agrega: “Sonia acaba de irse”.

Su obligación es mirar el palco imperial, hacer e saludo de siempre. Sabe que debe hacerlo y que verá a la mujer del procónsul y al procónsul, y que quizá la mujer le sonreirá como en los últimos juegos. No necesita pensar, no sabe casi pensar, pero el instinto le dice que esa arena es mala, el enorme ojo de bronce donde los rastrillos y las hojas de palma han dibujado los curvos senderos ensombrecidos por algún rastro de las luchas precedentes. Esa noche ha soñado con un pez, ha soñado con un camino solitario entre columnas rotas; mientras se armaba, alguien ha murmurado que el procónsul no le pagará con monedas de oro. Marco no se ha molestado en preguntar, y el otro se ha echado a reír malvadamente antes de alejarse sin darle la espalda; un tercero, después, le ha dicho que es un hermano del gladiador muerto por él en Massilia, pero ya lo empujaban hacia la galería, hacia los clamores de fuera. El calor es insoportable, le pesa el yelmo que devuelve los rayos del sol contra el velario y las gradas. Un pez, columnas rotas; sueños sin un sentido claro, con pozos de olvido en los momentos en que hubiera podido entender. Y el que lo armaba ha dicho que el procónsul no le pagará con monedas de oro; quizá la mujer del procónsul no le sonría esta tarde. Los clamores le dejan indiferente porque ahora están aplaudiendo al otro, lo aplauden menos que a él un momento antes, pero entre los aplausos se filtran gritos de asombro, y Marco levanta la cabeza, mira hacia el palco donde Irene se ha vuelto para hablar con Urania, donde el procónsul negligentemente hace una seña, y todo su cuerpo se contrae y su mano se aprieta en el puño de la espada. Le ha bastado volver los ojos hacia la galería opuesta; no es por allí que asoma su rival, se han alzado crujiendo las rejas del oscuro pasaje por donde se hace salir a las fieras, y Marco ve dibujarse la gigantesca silueta del reciario nubio, hasta entonces invisible contra el fondo de piedra mohosa; ahora sí, más acá de toda razón, sabe que el procónsul no le pagará con monedas de oro, adivina el sentido del pez y las columnas rotas. Y a la vez poco le importa lo que va a suceder entre el reciario y él, eso es el oficio y los hados, pero su cuerpo sigue contraído como si tuviera miedo, algo en su carne se pregunta por qué el reciario ha salido por la galería de las fieras, y también se lo pregunta entre ovaciones el público, y Licas lo pregunta al procónsul que sonríe para apoyar sin palabras la sorpresa, y Licas protesta riendo y se cree obligado a apostar a favor de Marco; antes de oír las palabras que seguirán, Irene sabe que el procónsul doblará la apuesta a favor del nubio, y que después la mirará amablemente y ordenará que le sirvan vino helado. Y ella beberá el vino y comentará con Urania la estatura y la ferocidad del reciario nubio; cada movimiento está previsto aunque se lo ignore en sí mismo, aunque puedan faltar la copa de vino o el gesto de la boca de Urania mientras admira el torso del gigante. Entonces Licas, experto en incontables fastos de circo, les hará notar que el yelmo del nubio ha rozado las púas de la reja de las fieras, alzadas a dos metros del suelo, y alabará la soltura con que ordena sobre el brazo izquierdo las escamas de la red. Como siempre, como desde una ya lejana noche nupcial, Irene se repliega al límite más hondo de sí misma mientras por fuera condesciende y sonríe y hasta goza; en esa profundidad libre y estéril siente el signo de muerte que el procónsul ha disimulado en una alegre sorpresa pública, el signo que sólo ella y quizá Marco pueden comprender, pero Marco no comprenderá, torvo y silencioso y máquina, y su cuerpo que ella ha deseado en otra tarde de circo (y eso lo ha adivinado el procónsul, sin necesidad de sus magos lo ha adivinado como siempre, desde el primer instante) va a pagar el precio de la mera imaginación, de una doble mirada inútil sobre el cadáver, de un tracio diestramente muerto de un tajo en la garganta.

Antes de marcar el número de Roland, la mano de Jeanne ha andado por las páginas de una revista de modas, un tubo de pastillas calmantes, el lomo del gato ovillado en el sofá. Después la voz de Roland ha dicho: “Hola”, su voz un poco adormilada y bruscamente Jeanne ha tenido una sensación de ridículo, de que va a decirle a Roland eso que exactamente la incorporará a la galería de las plañideras telefónicas con el único, irónico espectador fumando en un silencio condescendiente: “Soy yo”, dice Jeanne, pero se lo ha dicho más a ella misma que a ese silencio opuesto en el que bailan, como en un telón de fondo, algunas chispas de sonido. Mira su mano, que ha acariciado distraídamente al gato antes de marcar las cifras (¿y no se oyen otras cifras en el teléfono, no hay una voz distante que dicta números a alguien que no habla, que sólo está allí para copiar obediente?), negándose a creer que la mano que ha alzado y vuelto a dejar el tubo de pastillas es su mano, que la voz que acaba de repetir: “Soy yo”, es su voz, al borde del límite. Por dignidad, callar, lentamente devolver al receptor a su horquilla, quedarse limpiamente sola. “Sonia acaba de irse”, dice Jeanne, y el límite está franqueado, el ridículo empieza, el pequeño infierno confortable.

“Ah”, dice Roland frotando un fósforo. Jeanne oye distintamente el frote, es como si viera el rostro de Roland mientras aspira el humo, echándose un poco atrás con los ojos entornados. Un río de escamas brillantes parece saltar de las manos del gigante negro y Marco tiene el tiempo preciso para hurtar el cuerpo a la red. Otras veces -el procónsul lo sabe, y vuelve la cabeza para que solamente Irene lo vea sonreír- ha aprovechado de ese mínimo instante que es el punto débil de todo reciario para bloquear con el escudo la amenaza del largo tridente y tirarse a fondo, con un movimiento fulgurante, hacia el pecho descubierto. Pero Marco se mantiene fuera de distancia, encorvadas las piernas como a punto de saltar, mientras el nubio recoge velozmente la red y prepara el nuevo ataque. “Está perdido”, piensa Irene sin mirar al procónsul que elige unos dulces de la baraja que le ofrece Urania. “No es el que era”, piensa Licas lamentando su apuesta. Marco se ha encorvado un poco, siguiendo el movimiento giratorio del nubio; es el único que aún no sabe lo que todos presienten, es apenas algo que agazapado espera otra ocasión, con el vago desconcierto de no haber hecho lo que la ciencia le mandaba. Necesitaría más tiempo, las horas tabernarias que siguen a los triunfos, para entender quizá la razón de que el procónsul no vaya a pagarle con monedas de oro. Hosco, espera otro momento propicio; acaso al final, con un pie sobre el cadáver del reciario, pueda encontrar otra vez la sonrisa de la mujer del procónsul; pero eso no lo está pensando él, y quien lo piensa no cree ya que el pie de Marco se hinque en el pecho de un nubio degollado.

“Decídete”, dice Roland, “a menos que quieras tenerme toda la tarde escuchando a ese tipo que le dicta números a no sé quién. ¿Lo oyes?” “Sí”, dice Jeanne, “se lo oye como desde muy lejos. Trescientos cincuenta y cuatro, doscientos cuarenta y dos”. Por un momento no hay más que la voz distante y monótona. “En todo caso”, dice Roland, “está utilizando el teléfono para algo práctico”. La respuesta podría ser la previsible, la primera queja, pero Jeanne calla todavía unos segundos y repite: “Sonia acaba de irse”. Vacila antes de agregar: “Probablemente estará llegando a tu casa”. A Roland le sorprendería eso, Sonia no tiene por qué ir a su casa. “No mientas”, dice Jeanne, y el gato huye de su mano, la mira ofendido. “No era una mentira”, dice Roland. “Me refería a la hora, no al hecho de venir o no venir. Sonia sabe que me molestan las visitas y las llamadas a esta hora”. Ochocientos cinco, dicta desde lejos la voz, cuatrocientos dieciséis. Treinta y dos. Jeanne ha cerrado los ojos, esperando la primera pausa en esa voz anónima para decir lo único que queda por decir. Si Roland corta la comunicación le restará todavía esa voz en el fondo de la línea, podrá conservar el receptor en el oído, resbalando más y más en el sofá, acariciando el gato que ha vuelto a tenderse contra ella, jugando con el tubo de pastillas, escuchando las cifras, hasta que también la otra voz se canse y ya no quede nada, absolutamente nada como no sea el receptor que empezará a pesar espantosamente entre sus dedos, una cosa muerta que habrá que rechazar sin mirarla. Ciento cuarenta y cinco, dice la voz. Y todavía más lejos, como un diminuto dibujo a lápiz, alguien que podría ser una mujer tímida pregunta entre dos chasquidos: “¿La estación del Norte?”

Por segunda vez alcanza a zafarse de la red, pero ha medido mal el salto hacia atrás y resbala en una mancha húmeda de la arena. Con un esfuerzo que levanta en vilo al público, Marco rechaza la red con un molinete de la espada mientras tiende el brazo izquierdo y recibe en el escudo el golpe resonante del tridente. El procónsul desdeña los excitados comentarios de Licas y vuelve la cabeza hacia Irene que no se ha movido. “Ahora o nunca”, dice el procónsul. “Nunca”, contesta Irene. “No es el que era”, repite Licas, “y le va a costar caro, el nubio no le dará otra oportunidad, basta mirarlo”. A distancia, casi inmóvil, Marco parece haberse dado cuenta del error; con el escudo en alto mira fijamente la red ya recogida, el tridente que oscila hipnóticamente a dos metros de sus ojos. “Tienes razón, no es el mismo”, dice el procónsul. “¿Habías apostado por él, Irene?” Agazapado, pronto a saltar, Marco siente en la piel, en lo hondo del estómago, que la muchedumbre lo abandona. Si tuviera un momento de calma podría romper el nudo que lo paraliza, la cadena invisible que empieza muy atrás pero sin que él pueda saber dónde, y que en algún momento es la solicitud del procónsul, la promesa de una paga extraordinaria y también un sueño donde hay un pez y sentirse ahora, cuando ya no hay tiempo para nada, la imagen misma del sueño frente a la red que baila ante los ojos y parece atrapar cada rayo de sol que se filtra por las desgarraduras del velario. Todo es cadena, trampa; enderezándose con una violencia amenazante que el público aplaude mientras el reciario retrocede un paso por primera vez, Marco elige el único camino, la confusión y el sudor y el olor a sangre, la muerte frente a él que hay que aplastar; alguien lo piensa por él detrás de la máscara sonriente, alguien que lo ha deseado por sobre el cuerpo de un tracio agonizante. “El veneno”, se dice Irene, “alguna vez encontraré el veneno, pero ahora acéptale la copa de vino, sé la más fuerte, espera tu hora”. La pausa parece prolongarse como se prolonga la insidiosa galería negra donde vuelve intermitente la voz lejana que repite cifras. Jeanne a creído siempre que los mensajes que verdaderamente cuentan están en algún momento más acá de toda palabra; quizá esas cifras digan más, sean más que cualquier discurso para el que las está escuchando atentamente, como para ella el perfume de Sonia, el roce de la palma de su mano en el hombro antes de marcharse han sido tanto más que las palabras de Sonia. Pero era natural que Sonia no se conformara con un mensaje cifrado, que quisiera decirlo con todas las letras, saboreándolo hasta lo último. “Comprendo que para ti será muy duro”, a repetido Sonia, “pero detesto el disimulo y prefiero decirte la verdad”. Quinientos cuarenta y seis, seiscientos sesenta y dos, doscientos ochenta y nueve. “No me importa si va a tu casa o no”, dice Jeanne, “ahora ya no me importa nada”. En vez de otra cifra hay un largo silencio. “¿Estás ahí?”, pregunta Jeanne. “Sí”, dice Roland dejando la colilla en el cenicero y buscando sin apuro el vaso de coñac. “Lo que no puedo entender…”, empieza Jeanne. “Por favor”, dice Roland, “en estos casos nadie entiende gran cosa, querida, y además no se gana nada con entender. Lamento que Sonia se haya precipitado, no era ella a quien le tocaba decírtelo. Maldito sea, ¿no va a terminar nunca con esos números?” La voz menuda, que hace pensar en un mundo de hormigas, continúa su dictado minucioso por debajo de un silencio más cercano y más espeso. “Pero tú”, dice absurdamente Jeanne, “entonces, tú…”

Roland bebe un trago de coñac. Siempre le ha gustado escoger sus palabras, evitar los diálogos superfluos. Jeanne repetirá dos, tres veces cada frase, acentuándolas de una manera diferente; que hable, que repita mientras él prepara el mínimo de respuestas sensatas que pongan orden en ese arrebato lamentable. Respirando con fuerza se endereza después de una finta y un avance lateral; algo le dice que esta vez el nubio va a cambiar el orden del ataque, que el tridente se adelantará al tiro de la red. “Fíjate bien”, explica Licas a su mujer, “se lo he visto hacer en Apta Iulia, siempre los desconcierta”. Mal defendido, desafiando el riesgo de entrar en el campo de la red, Marco se tira hacia delante y sólo entonces alza el escudo para protegerse del río brillante que escapa como un rayo de la mano del nubio. Ataja el borde de la red pero el tridente golpea hacia abajo y la sangre salta del muslo de Marco, mientras la espada demasiado corta resuena inútilmente contra el asta. “Te lo había dicho”, grita Licas. El procónsul mira atentamente el muslo lacerado, la sangre que se pierde en la greba dorada; piensa casi con lástima que a Irene le hubiera gustado acariciar ese muslo, buscar su presión y su calor, gimiendo como sabe gemir cuando él la estrecha para hacerle daño. Se lo dirá esa misma noche y será interesante estudiar el rostro de Irene buscando el punto débil de su máscara perfecta, que fingirá indiferencia hasta el final como ahora finge un interés civil en la lucha que hace aullar de entusiasmo a una plebe bruscamente excitada por la inminencia del fin. “La suerte lo ha abandonado”, dice el procónsul a Irene. “Casi me siento culpable de haberlo traído a esta arena de provincia; algo de él se ha quedado en Roma, bien se ve.” “Y el resto se quedará aquí, con el dinero que le aposté”, ríe Licas. “Por favor, no te pongas así”, dice Roland, “es absurdo seguir hablando por teléfono cuando podemos vernos esta misma noche. Te lo repito, Sonia se ha precipitado, yo quería evitarte ese golpe”. La hormiga ha cesado de dictar sus números y las palabras de Jeanne se escuchan distintamente; no hay lágrimas en su voz y eso sorprende a Roland, que ha preparado sus frases previendo una avalancha de reproches. “¿Evitarme el golpe?”, dice Jeanne. “Mintiendo, claro, engañándome una vez más”. Roland suspira, desecha las respuestas que podrían alargar hasta el bostezo un diálogo tedioso. “Lo siento, pero si sigues así prefiero cortar”, dice, y por primera vez hay un tono de afabilidad en su voz. “Mejor será que vaya a verte mañana, al fin y al cabo somos gente civilizada, qué diablos”. Desde muy lejos la hormiga dicta: ochocientos ochenta y ocho. “No vengas”, dice Jeanne, y es divertido oír las palabras mezclándose con las cifras, no ochocientos vengas ochenta y ocho. “No vengas nunca más, Roland”. El drama, las probables amenazas de suicidio, el aburrimiento como cuando Marie Josée, como cuando todas las que lo toman a lo trágico. “No seas tonta”, aconseja Roland, “mañana lo comprenderás mejor, es preferible para los dos”. Jeanne calla, la hormiga dicta cifras redondas: cien, cuatrocientos, mil. “Bueno, hasta mañana”, dice Roland admirando el vestido de calle de Sonia, que acaba de abrir la puerta y se ha detenido con un aire entre interrogativo y burlón. “No perdió tiempo en llamarte”, dice Sonia dejando el bolso y una revista. “Hasta mañana, Jeanne”, repite Roland. El silencio en la línea parece tenderse como un arco, hasta que lo corta secamente una cifra distante, novecientos cuatro. “¡Basta de dictar esos números idiotas!”, grita Roland con todas sus fuerzas, y antes de alejar el receptor del oído alcanza a escuchar el click en el otro extremo, el arco que suelta su flecha inofensiva. Paralizado, sabiéndose incapaz de evitar la red que no tardará en envolverlo, Marco hace frente al gigante nubio, la espada demasiado corta inmóvil en el extremo del brazo tendido. El nubio afloja la red una, dos veces, la recoge buscando la posición más favorable, la hace girar todavía como si quisiera prolongar los alaridos del público que lo incita a acabar con su rival, y baja el tridente mientras se echa de lado para dar más impulso al tiro. Marco va al encuentro de la red con el escudo en alto, y es una torre que se desmorona contra una masa negra, la espada se hunde en algo que más arriba aúlla; la arena le entra en la boca y en los ojos, la red cae inútilmente sobre el pez que se ahoga.

Acepta indiferente las caricias, incapaz de sentir que la mano de Jeanne tiembla un poco y empieza a enfriarse. Cuando los dedos resbalan por su piel y se detienen, hincándose en una crispación instantánea, el gato se queja petulante; después se tumba de espaldas y mueve las patas en la actitud de expectativa que hace reír siempre a Jeanne, pero ahora no, su mano sigue inmóvil junto al gato y apenas si un dedo busca todavía el calor de su piel, la recorre brevemente antes de detenerse otra vez entre el flanco tibio y el tubo de pastillas que ha rodado hasta ahí. Alcanzado en pleno estómago el nubio aúlla, echándose hacia atrás, y en ese último instante en el que el dolor es como una llama de odio, toda la fuerza que huye de su cuerpo se agolpa en el brazo para hundir el tridente en la espada de su rival boca abajo. Cae sobre el cuerpo de Marco, y las convulsiones lo hacen rodar de lado; Marco mueve lentamente un brazo, clavado en la arena como un enorme insecto brillante.

“No es frecuente”, dice el procónsul volviéndose hacia Irene, “que dos gladiadores de ese mérito se maten mutuamente. Podemos felicitarnos de haber visto un raro espectáculo. Esta noche se lo escribiré a mi hermano para consolarlo de su tedioso matrimonio”.

Irene ve moverse el brazo de Marco, un lento movimiento inútil como si quisiera arrancarse el tridente hundido en los riñones. Imagina al procónsul desnudo en la arena, con el mismo tridente clavado hasta el asta. Pero el procónsul no movería el brazo con esa dignidad última; chillaría pataleando como una liebre, pediría perdón a un público indignado. Aceptando la mano que le tiende su marido para ayudarle a levantarse, asiente una vez más; el brazo ha dejado de moverse, lo único que queda por hacer es sonreír, refugiarse en la inteligencia. Al gato no parece gustarle la inmovilidad de Jeanne, sigue tumbado de espaldas esperando una caricia; después, como si le molestara ese dedo contra la piel del flanco, maúlla destempladamente y da media vuelta para alejarse, ya olvidado y soñoliento.

“Perdóname por venir a esta hora”, dice Sonia. “Vi tu auto en la puerta, era demasiada tentación. Te llamó, ¿verdad?” Roland busca un cigarrillo. “Hiciste mal”, dice. “Se supone que esa tarea les toca a los hombres, al fin y al cabo he estado más de dos años con Jeanne y es una buena muchacha”. “Ah, pero el placer”, dice Sonia sirviéndose coñac. “Nunca le he podido perdonar que fuera tan inocente, no hay nada que me exaspere más. Si te digo que empezó por reírse, convencida de que le estaba haciendo una broma”. Roland mira el teléfono, piensa en la hormiga. Ahora Jeanne llamará otra vez, y será incómodo porque Sonia se ha sentado junto a él y le acaricia el pelo mientras hojea una revista literaria como si buscara ilustraciones. “Hiciste mal”, repite Roland atrayendo a Sonia. “¿En venir a esta hora?”, ríe Sonia cediendo a las manos que buscan torpemente el primer cierre. El velo morado cubre los hombros de Irene que da la espalda al público, a la espera de que el procónsul salude por última vez. En las ovaciones se mezcla ya un rumor de multitud en movimiento, la carrera precipitada de los que buscan adelantarse a la salida y ganar las galerías inferiores, Irene sabe que los esclavos estarán arrastrando los cadáveres, y no se vuelve; le agrada pensar que el procónsul ha aceptado la invitación de Licas a cenar en su villa a orillas del lago, donde el aire de la noche la ayudará a olvidar el olor a la plebe, los últimos gritos, un brazo moviéndose lentamente como si acariciara la tierra. No le es difícil olvidar, aunque el procónsul la hostigue con una minuciosa evocación de tanto pasado que la inquieta; un día Irene encontrará la manera de que también él olvide para siempre, y que la gente lo crea simplemente muerto. “Verás lo que ha inventado nuestro cocinero”, está diciendo la mujer de Licas. “Le ha devuelto el apetito a mi marido, y de noche…” Licas ríe y saluda a sus amigos, esperando que el procónsul abra la marcha hacia las galerías después de un último saludo que se hace esperar como si lo complaciera seguir mirando la arena donde enganchan y arrastran los cadáveres. “Soy tan feliz”, dice Sonia apoyando la mejilla en el pecho de Roland adormilado. “No lo digas”, murmura Roland, “uno siempre piensa que es una amabilidad”. “¿No me crees?”, ríe Sonia. “Sí, pero no lo digas ahora. Fumemos”. Tantea en la mesa baja hasta encontrar cigarrillos, pone uno en los labios de Sonia, acerca el suyo, los enciende al mismo tiempo. Se miran apenas, soñolientos, y Roland agita el fósforo y lo posa en la mesa donde en alguna parte hay un cenicero. Sonia es la primera en adormecerse y él le quita muy despacio el cigarrillo de la boca, lo junta con el suyo y los abandona en la mesa, resbalando contra Sonia en un sueño pesado y sin imágenes. El pañuelo de gasa arde sin llama al borde del cenicero, chamuscándose lentamente, cae sobre la alfombra junto al montón de ropas y una copa de coñac. Parte del público vocifera y se amontona en las gradas inferiores; el procónsul ha saludado una vez más y hace una seña a su guardia para que le abran paso. Licas, el primero en comprender, le muestra el lienzo más distante del viejo velario que empieza a desgarrarse mientras una lluvia de chispas cae sobre el público que busca confusamente la salida. Gritando una orden, el procónsul empuja a Irene siempre de espaldas e inmóvil. “Pronto, antes de que se amontonen en la galería baja”, grita Licas precipitándose delante de su mujer. Irene es la primera que huele el aceite hirviendo, el incendio de los depósitos subterráneos; atrás, el velario cae cobre las espaldas de los que pugnan por abrirse paso en una masa de cuerpos confundidos que obstruyen las galerías demasiado estrechas. Los hay que saltan a la arena por centenares, buscando otras salidas, pero el humo del aceite borra las imágenes, un jirón de tela flota en el extremo de las llamas y cae sobre el procónsul antes de que pueda guarecerse en el pasaje que lleva a la galería imperial. Irene se vuelve al oír su grito, le arranca la tela chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. “No podremos salir”, dice, “están amontonados ahí abajo como animales”. Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del brazo ardiente que la envuelve desde el sueño, y su primer alarido se confunde con el de Roland que inútilmente quiere enderezarse, ahogado por el humo negro. Todavía gritan, cada vez más débilmente, cuando el carro de bomberos entra a toda máquina por la calle atestada de curiosos. “Es en el décimo piso”, dice el teniente. “Va a ser duro, hay viento del norte. Vamos”.

Raymond Carver: Tiempos revueltos. Cuentos

carver 2“Furious Seasons”

Esa duración que convierte a las Pirámides en columnas de hielo que se derriten. Todo es pasado en un instante.

Thomas Browne

 

Amenaza tormenta. La niebla gris oscurece las cumbres a lo largo del valle. Nubes negras con pliegues y capas blancas en la superficie se acercan desde las colinas en rápidos desplazamientos, descienden hasta el valle y pasan sobre los campos y baldíos que hay frente a la casa. Dando rienda suelta a su imaginación, Farrell ve las nubes como caballos negros sobre los que cabalgan fantasmales almas en pena y, detrás, las carrozas negras girando lenta e inexorablemente, a veces un cochero con plumas blancas en el pescante. Cierra la puerta del porche y observa tras el cristal a su mujer que baja lentamente las escaleras. Se vuelve y le sonríe. Abre de nuevo y la saluda. Más tarde, ella se aleja en el coche. Vuelve a la habitación y se sienta en el sillón de cuero, bajo la lámpara de cobre. Se estira extendiendo los brazos por fuera del sillón.

La habitación está un poco más oscura cuando Iris sale del baño envuelta en una bata blanca abierta. Saca el taburete de debajo del tocador y se sienta frente al espejo. Coge con la mano derecha el cepillo blanco de plástico y comienza a peinarse con movimientos rápidos y rítmicos provocando un leve chasquido. Sujeta con la mano izquierda el cabello sobre uno de los hombros y realiza los largos, rápidos y rítmicos movimientos con la mano derecha. Se detiene un instante y enciende la lamparilla del espejo. Farrell coge una revista de fotos del aparador que está al lado del sofá y se estira para encender la lámpara golpeando sin querer el pergamino de la pantalla al buscar la cadenilla. La lámpara está unos centímetros por encima de su hombro derecho y la pantalla marrón cruje cuando la toca.

Afuera está oscuro y el aire huele a lluvia. Iris le pregunta si cerró la ventana. Mira hacia la ventana, luego al espejo, ve su propio reflejo y detrás a Iris observándole sentada frente al tocador, con otro Farrell más borroso mirando fijamente desde la ventana que ella tiene al lado. Tiene que llamar a Frank para confirmar que salen de caza mañana por la mañana.

Pasa las páginas. El cepillo se tambalea sobre la superficie del vestidor.

“¿Sabes que estoy embarazada, Lew?”, le dice.

Las páginas satinadas de la revista muestran bajo la lámpara una catástrofe natural. La fotografía de un terremoto en algún lugar del Oriente Próximo. Se ve a cinco hombres gruesos vestidos con bombachos blancos de pie ante una casa aplastada. Uno de ellos, quizá el líder, lleva un sucio sombrero blanco inclinado sobre un ojo, lo que le da un aspecto sombrío, maligno. Mira de lado a la cámara, señalando tras el revoltijo de ladrillos hacia un río o entrante de mar al otro lado de los escombros. Farrell cierra la revista y la deja resbalar al ponerse de pie.

Apaga la luz y antes de encaminarse hacia el baño, le pregunta:

“¿Qué vas a hacer?”

Sus palabras suenan secas y apresuradas como hojas arremolinándose en los oscuros rincones de la habitación. Farrell siente al instante que esa pregunta ya ha sido hecha hace tiempo en otro lugar. Entra en el baño.

El olor de Iris; un olor cálido y húmedo, ligeramente pegajoso; polvos de talco New Spring y colonia King’s Idyll. Su toalla tirada detrás del retrete. Se le han caído polvos de talco en el lavabo y forman con el agua un reguero amarillo de pasta. Lo frota con agua y lo empuja todo por el desagüe.

Se está afeitando y al mover la cara puede ver la habitación. Iris de perfil, sentada en el taburete ante la vieja cómoda. Posa la navaja y se lava la cara, luego coge la navaja otra vez. En ese momento escucha las primeras gotas de lluvia en el techo.

Un rato después apaga la luz de la cómoda y se sienta de nuevo en el sillón de cuero a escuchar la lluvia. Llega a ráfagas, golpeando a intervalos la ventana. Como el suave revoloteo de un pájaro blanco.

Su hermana ha cazado uno. Lo mete en una caja y le tira flores dentro. Agita la caja para poder oír el batir de alas, pero una mañana se la enseña y ya no se oyen las alas, tan sólo el leve arañazo que provoca el pájaro cuando mueve la caja. Se la da para que se libre de ella y él la tira con todo lo que hay dentro al río, sin querer abrirla porque empieza a oler raro. La caja es de cartón y tiene dieciocho pulgadas de largo, seis de ancho y cuatro de profundidad. Está seguro de que era una caja de galletas Snowflake porque son las que utilizaba ella con los primeros pájaros.

Corre en paralelo a la caja por el lodo de la orilla. Es una barca fúnebre y el río fangoso es el Nilo. Pronto la barca entrará en el océano, pero antes se incendiará y el pájaro blanco saldrá volando hacia las tierras de su padre donde lo espantará de entre la espesa hierba de una pradera verde, con huevos y todo. Corre por la orilla, siente el latigazo de los matojos en los pantalones, un limbo le golpea en la oreja y aún no se ha incendiado. Coge piedras sueltas y se las tira a la barca. Y entonces empieza a llover, enormes e impetuosas gotas que salpican el agua barriendo el río de lado a lado.

Farrell llevaba en la cama unas cuantas horas, no estaba seguro de cuánto tiempo. Con cuidado de no molestar a su esposa, se incorporó ligeramente apoyándose en el hombro y con los ojos entrecerrados intentó echar una ojeada al reloj de la mesita de ella. El reloj apenas estaba vuelto hacia su lado, así que, teniendo además tanto cuidado, sólo pudo ver que las manecillas amarillas marcaban las 3.15 o las 2.45.

La lluvia golpeaba contra la ventana. Se volvió de espaldas y estiró las piernas bajo las sábanas rozando el pie izquierdo de su mujer, escuchando las manecillas del reloj sobre la mesita. Se metió bajo el edredón y luego, como tenía demasiado calor y le sudaban las manos, echó hacia atrás el cobertor y pasó los dedos por la sábana, estrujándola hasta que se le secaron.

La lluvia venía por rachas, arremetiendo en oleadas y atravesando la tímida luz como miríadas de pequeños insectos amarillos que se arrojaran haciendo rizos contra la ventana.

Se dio la vuelta otra vez y se acercó a Lorraine hasta tocarle la espalda con el pecho. Durante un instante se abrazó a ella suavemente, con cuidado, extendiendo la mano por el hueco de su estómago, pasando los dedos por debajo del elástico de sus bragas, rozando el espeso penacho de vello.

Sintió una extraña sensación entonces, como si resbalara en un baño caliente y le anegaran los recuerdos sintiéndose niño otra vez. Retiró la mano, se dio la vuelta y se libró de las sábanas encaminándose al torrente de la ventana.

Una pesadilla vasta y remota la de ahí fuera. La farola parecía un demacrado y solitario obelisco desafiando la lluvia con su débil punto de luz amarilla. En la base, el lustre negro de la calle, la oscuridad acometiendo su pequeño contorno de luz. No podía ver el resto de casas, como si ya no existieran, arrasadas como en la foto que había estado mirando unas horas antes.

La lluvia iba y venía como una oscura máscara en la ventana. Anegaba los bordillos calle abajo. Se acercó hasta sentir una fría bocanada de aire en la frente al contemplar la niebla de su aliento en el cristal. Había leído que en algún sitio, se veía a sí mismo mirando las fotos, quizá en National Geographic, vivían tribus de piel cobriza que se quedaban de pie ante sus chozas contemplando la salida del sol bajo la helada. El titular decía que esa gente creía que el alma era visible en el aliento, que escupían y soplaban en las palmas de las manos ofreciendo sus almas a Dios. Su aliento desaparecía mientras lo contemplaba, dejando solamente un círculo diminuto, luego un punto y nada. Se alejó de la ventana y fue a por sus cosas.

Buscó a tientas sus botas en el armario empotrado y rastreó con los dedos las mangas de cada chaqueta hasta tocar el suave impermeable de caucho. Fue hasta el cajón por calcetines y calzoncillos largos, luego descolgó una camisa y un pantalón, lo cogió todo en una brazada y lo llevó por el pasillo hasta la cocina sin encender la luz. Se vistió y se calzó las botas antes de poner el café. Le habría gustado encender la luz del porche para Frank pero por algún motivo no le pareció bien con Iris allí en la cama. Mientras se hacía el café, preparó sándwiches y llenó los termos. Sacó una taza del armario, la llenó y se sentó cerca de la ventana para ver la calle. Encendió un cigarrillo y se puso a fumar mientras tomaba el café y escuchaba el chasquido del reloj del horno. Se derramó un poco de café, miró las gotas caer lentamente por la taza y frotó con los dedos el círculo que dejó la taza sobre la rugosa superficie de la mesa.

Está en la habitación de su hermana, ante la mesa de estudio, sentado sobre un grueso diccionario en una silla de respaldo recto. Los pies doblados bajo el asiento, los talones de los zapatos acoplados al travesaño. Cuando se apoya excesivamente sobre la mesa una de las patas se levanta del suelo y tiene que meter debajo una revista. Está haciendo un dibujo del valle en el que vive. Al principio pensó en copiar algo de uno de los libros escolares de su hermana, pero después de gastar tres hojas sin conseguir que le saliera bien, decidió dibujar el valle y su casa. De vez en cuando deja de dibujar y frota los dedos en la superficie granulosa de la mesa.

Afuera el aire de abril es todavía húmedo y fresco, ese frescor que alienta tras las tardes de lluvia. La tierra, los árboles y las montañas ya están verdes y por todas partes hay un aliento vaporoso: en los abrevaderos de los corrales, en el estanque que hizo su padre y también en las praderas, elevándose en lentas columnas que parecen lápices, cruzando por encima del río y subiendo hasta las montañas como si fuera humo. Oye a su padre gritarle a uno de los hombres y a éste soltar una maldición por detrás. Posa el lápiz y salta de la silla. Abajo, enfrente del ahumadero, ve a su padre trabajando con la polea. A sus pies hay un rollo de cuerda marrón y empuja la barra de la polea para intentar colgarla fuera del granero. Lleva en la cabeza un gorro de lana del ejército y el cuello de la vieja chaqueta de cuero levantado, dejando a la vista la lana sucia del forro. Con un último golpe a la polea se vuelve hacia los hombres. Dos de ellos, dos canadienses grandes y de mejillas coloradas que llevan unos sombreros de franela llenos de grasa, arrastran un carnero hacia donde está su padre. Lo abrazan hundiendo los puños en la lana y uno de ellos grapa con los brazos sus patas delanteras. Van hacia el granero, medio arrastrándolo, medio caminando el carnero sobre sus patas traseras. Parece una danza salvaje. A otra voz de su padre empujan al carnero contra la pared, uno de ellos lo monta a horcajadas, forzándole la cabeza hacia atrás y hacia arriba, hacia su ventana. Se fija en las grietas oscuras de sus ollares, en las gotas de mucosidad que le caen de la boca. Los vidriosos ojos de anciano se clavan en él un instante antes de intentar soltar un balido, pero el sonido se convierte en un chillido agudo cuando su padre lo interrumpe con una embestida rápida del cuchillo. La sangre sale a borbotones entre sus manos antes de que pueda moverse. En pocos minutos tienen al animal en la polea. Puede oír el monótono cran—cran—cran de la polea cuando su padre lo sube un poco más. Los hombres están sudando pero siguen con las chaquetas abotonadas hasta arriba.

Su padre lo abre en canal mientras los dos hombres cogen unos cuchillos más pequeños y empiezan a quitarle la piel empezando por las patas. Del vientre vaporoso se escurren unas tripas grises que caen a tierra formando un grueso rollo. Su padre gruñe y las carga en una caja, diciendo algo de un oso. Los hombres ríen. Escucha que alguien tira de la cadena en el baño y luego el gorgoteo del agua en el retrete. Se vuelve hacia la puerta cuando oye pasos que se acercan. Su hermana entra en la habitación exhalando un ligero vapor. Por un instante se queda paralizada a la puerta con la toalla enrollada en la cabeza, una mano sujetando los extremos y la otra sobre la manilla. Sus pechos redondos como si fueran planos, sus pezones como los rabillos de la cálida fruta de porcelana sobre la mesa del comedor. Deja caer la toalla que se desliza por el cuello tocando sus pechos y formando una pila a sus pies. Sonríe, lentamente se tapa la boca con la mano y empuja la puerta para que se cierre. Él se vuelve hacia la ventana encogiendo los dedos de los pies en los zapatos.

Farrell seguía sentado a la mesa tomando el café y fumando con el estómago vacío. Oyó el ruido de un coche, se levantó rápidamente y fue hasta la ventana del porche. El coche redujo a segunda y frenó frente a la casa para tomar despacio la curva, con el agua batiendo en los tapacubos, pero siguió adelante. Se sentó de nuevo. Apretando la taza entre los dedos, escuchó durante un rato el chasquido del reloj eléctrico del horno. Entonces vio las luces. Venían dando rápidas sacudidas a la oscuridad, como dos faroles que hacían cortas señales desde una pequeña proa. La densa lluvia, blanqueada por la luz al traspasarla, golpeaba con fuerza la calle por delante. El coche salpicó al disminuir la velocidad y descansar bajo la ventana.

Cogió sus cosas y salió al porche. Iris estaba allí, acostada bajo una pila de edredones. Buscando una excusa para hacerlo, como si hubiera un motivo y lo hiciera despreocupadamente, se arrodilló al otro lado de la cama y se vio a sí mismo avanzar a tientas hasta donde sabía que estaba ella.

No pudo evitar inclinarse sobre su silueta como si colgara suspendido en el aire, todos los sentidos relajados excepto el olfato, respirando fugazmente el olor de su cuerpo. Inclinándose un poco más hasta tocar con la cara el cobertor percibió de nuevo ese olor, durante un instante, y luego desapareció. Retrocedió y se acordó de su rifle, salió y cerró la puerta. La lluvia le flagelaba el rostro. Se sintió casi mareado al agarrar el fusil y posarlo sobre la balaustrada, apoyándose en ella. Durante un momento, mirando desde el porche hacia abajo, hacia la oscuridad rizada de la acera, se sintió como si estuviera en un puente en medio de ninguna parte, y de nuevo tuvo la misma sensación de la noche anterior, que eso ya había ocurrido con el presentimiento de que volvería a ocurrir, como ahora sabía. La lluvia le cortaba la cara, le caía por la nariz y en la boca. Frank tocó la bocina un par de veces y Farrell bajo las escaleras con cuidado de no resbalar.

“¡Menudo aguacero!”, dijo Frank. Un tipo grande. Llevaba una gruesa chaqueta acolchada con la cremallera hasta la barbilla y una gorra marrón con visera que le daba un aire siniestro de árbitro de béisbol. Movió las cosas del asiento de atrás para que Farrell pudiera poner las suyas. El agua subía de nivel en las canaletas, retrocedía en los desagües de los aleros y de vez en cuando pasaban junto a un bordillo o un patio anegados. Siguieron la calle hasta el final y giraron a la derecha tomando otra calle que les llevaría directamente a la autopista.

“Esto nos obliga a ir más despacio, qué van a hacer esos gansos sin nosotros”.

De nuevo Farrell se dejó ir y los vio, rescatándolos de la memoria, un instante en el que la niebla había llegado a helar las rocas y estaba tan oscuro que podía ser medianoche o el final de la tarde. Se acercan volando a poca altura por el barranco, en silencio, saliendo repentinamente de la niebla, como espectros, batiendo alas sobre su cabeza. Salta para intentar separar del grupo al más cercano mientras quita el seguro pero se atasca y el dedo enguantado permanece encorvado en la guarda, presionando el gatillo cerrado. Vinieron hacia él, saliendo de la niebla por el barranco, sobre su cabeza. En largas filas, regañándole. Así había ocurrido hace tres años.

Se quedó mirando los prados húmedos captados por las luces del coche pasando al lado y quedándose atrás. El limpiaparabrisas chirriaba de un lado a otro. Iris suelta el pelo sobre el hombro con la mano izquierda mientras coge el cepillo con la otra. Inicia un movimiento rítmico alisando la melena con un leve chasquido al pasar el cepillo, una y otra vez, arriba y abajo. Le acaba de decir que está embarazada.

Lorraine ha ido a una exposición. Él tiene aún que llamar a Frank para confirmar la jornada de caza. La fotografía en papel satinado de la revista que tiene en su regazo muestra la escena de un desastre natural. Uno de los tipos de la foto, el líder evidentemente, señala una extensión de agua. “¿Qué vas a hacer?” Se vuelve y va hacia el baño. Una toalla detrás del retrete, el olor a polvos de talco New Spring y a colonia King’s Idyll. Hay un círculo amarillo de polvos talco en el lavabo que frota con agua antes de afeitarse. Mientras se afeita puede verla cepillándose el pelo en la sala. Cuando ya se ha lavado y secado la cara, al coger de nuevo la navaja, golpean en el tejado las primeras gotas de lluvia.

Miró el reloj del tablero de instrumentos pero estaba parado.

“¿Qué hora es?”

“No te fíes de ese reloj”, le dijo Frank levantando el pulgar del volante para señalar el gran reloj de números amarillos que sobresalía del tablero. “Está parado. Son las seis y media. ¿Te dijo tu mujer que tenías que estar en casa a una hora?”, le preguntó sonriendo.

Farrell negó con la cabeza pero Frank no lo vio. “No, sólo quería saber la hora”. Encendió un cigarrillo y se echó hacia atrás en el asiento, mirando la lluvia a través de las luces de los coches, salpicando el parabrisas. Conducen desde Yakima, van a recoger a Iris. Comenzó a llover cuando llegaban a la autopista Columbia River y al cruzar Arlington es ya un torrente.

Parece que avanzaran por un túnel oblicuo. Ruedan por el asfalto envueltos en la opacidad de los grandes árboles inclinados sobre el coche, el agua cayendo en cascadas por delante. Lorraine extiende el brazo por el respaldo del asiento, su mano se posa levemente en el hombro izquierdo de él. Está sentada tan cerca que puede sentir su pecho izquierdo alzarse con la respiración. Ha intentado sintonizar algo en la radio pero hay demasiada interferencia.

“Se puede poner una cama en el porche y que se instale allí”, dice Farrell sin levantar la vista de la carretera. “No estará mucho tiempo”.

Lorraine se vuelve hacia él inclinándose un poco en el asiento. Posa la mano libre en su pierna. Con los dedos de la otra mano le acaricia el hombro y apoya la cabeza contra él. Un rato después, le dice:

“Tú eres solo mío, Lew. Odio tener que compartirte con alguien aunque sea poco tiempo. Aunque sea tu propia hermana”.

Va dejando de llover y los árboles apenas se inclinan.

Farrell alza la vista y mira la luna, en creciente, afilada y pálida, brillando entre nubes grises. Dejan atrás el bosque y las curvas para entrar en un valle que se abre al río del fondo. Ha dejado de llover y el cielo es una alfombra negra en la que han esparcido puñados de estrellas.

“¿Cuánto tiempo se quedará?”, le pregunta Lorraine.

“Un par de meses. Tres como mucho. Tiene que volver a su empleo en Seattle antes de Navidad”. Siente el estómago revuelto. Enciende un cigarrillo. Expulsa el humo por la nariz y lo empuja por la ventanilla.

El cigarrillo comenzaba a picarle en la punta de la lengua, abrió la ventanilla y lo tiró. Frank dejó la autopista para avanzar ahora sobre un firme resbaladizo que les llevaría al río. Estaban en la región del trigo. Grandes extensiones de trigo se extendían hacia el oscuro esbozo de las colinas, interrumpidas aquí y allá por fangosas porciones de terreno que parecían mantequeras por las pequeñas bolsas de agua. El año que viene se cosecharán y en verano el trigo estará tan alto que les llegará hasta la cintura, siseando y meciéndose cuando sople el viento.

“Es una vergüenza, toda esta tierra sin grano la mayor parte del tiempo y tanta gente sin nada que llevarse a la boca”, dijo Frank meneando la cabeza. “Si el gobierno no metiera la mano en los cultivos la maldita vista sería mejor”.

El firme de la carretera acababa en un saliente lleno de baches y el coche empezó a saltar por una carretera elástica y ponzoñosa hacia las colinas que se veían a lo lejos.

“¿Has visto morirse de hambre a alguien, Lew?”.

“No”.

El cielo encanecía. Farrell observaba los campos de rastrojo teñirse de un falso amarillo. Alzó la vista por la ventanilla y las nubes se fragmentaban y se deshacían en múltiples pedazos.

“Parece que va a dejar de llover”.

Fueron hasta el final, al pie de las colinas. Luego giraron y avanzaron por el borde de los cultivos siguiendo las colinas hasta que llegaron al cañón. Más allá, al fondo del acanalado de piedra, se extendía el río, la orilla más alejada cubierta por un banco de niebla.

“Ha dejado de llover”, dijo Farrell.

Frank maniobró en una pequeña hondonada rocosa y dijo que aquél era un buen sitio. Farrell cogió su escopeta y la apoyó contra el guardabarros de atrás para sacar las cartucheras y otra chaqueta. Cogió la bolsa de papel con los sándwiches y apretó los termos con las manos para sentir el calor. Se alejaron del coche sin hablar y caminaron a lo largo del cerro para luego bajar por uno de los pequeños valles que se abrían al cañón. La tierra estaba tachonada aquí y allá de roca afilada o matas negras que goteaban.

El suelo se ablandaba bajo los pies, tiraba de sus botas a cada paso y hacía un ruido succionador cuando las levantaba. Llevaba la cartuchera en la mano derecha, sujeta por la correa, balanceándola como si fuera un tiragomas. Sintió en la cara la brisa húmeda que venía del río. Los pequeños farallones que daban al río estaban profundamente acanalados por ambos lados, recortados en la roca dejando salientes como planchas que señalaban la altura del agua hace miles de años. En los salientes se amontonaban pilas de troncos blancos pelados e incontables trozos de madera que parecían huesos de algún pájaro gigante. Farrell intentó adivinar por dónde habían aparecido los gansos tres años antes. Se detuvo justo donde la colina empezaba a bajar hacia el cañón y apoyó la escopeta en una roca. Cogió matas y piedras que tenía a mano y bajó hacia el río recogiendo también restos de madera para hacer un escondite.

Se sentó sobre el impermeable con la espalda apoyada en un grueso arbusto y la barbilla en las rodillas, mirando los huecos azules del cielo al desplazarse las nubes. Los gansos estaban graznando bajo la niebla en la otra orilla. Se relajó, encendió un cigarrillo y se quedó mirando el humo que de repente salía de su boca. Esperaría a que saliera el sol. Son las cuatro de la tarde. El sol acaba de ocultarse tras unas nubes grises dejando el coche bajo una sombra enana que le sigue mientras lo rodea para abrirle la puerta a su mujer. Se besan.

Iris y él quedan en volver a recogerla, exactamente, dentro de una hora y cuarenta y cinco minutos. Tienen que ir a la ferretería y luego al supermercado. Volverán a recogerla a las seis menos cuarto. Se sienta al volante de nuevo y, mirando a ambos lados, se adentran lentamente en el tráfico. En la avenida que sale de la ciudad se encuentran todos los semáforos en rojo, luego gira a la izquierda para tomar la carretera secundaria, acelera a fondo y los dos se van un poco hacia atrás en sus asientos. Son las cuatro y veinte. Giran en diversos cruces y avanzan por una carretera con huertos a ambos lados. Sobre las copas de los árboles se divisan unas colinas bajas y, al fondo, las montañas coronadas de blanco. La hilera de árboles provoca sombras que oscurecen el arcén y que avanzan delante del coche. El boj forma hileras blancas que señalan los lindes de cada huerto, apiñándose contra los árboles. Hay escaleras apoyadas en las horcaduras de los árboles. Frena y se detiene en el arcén. Iris sólo tiene que abrir la puerta para alcanzar la rama de uno de los árboles. La rama raspa la puerta cuando la suelta. Las manzanas son grandes y amarillas. Le chorrea entre los dientes cuando muerde una.

Cuando se termina la carretera, siguen por un camino lleno de polvo que llega hasta las colinas, hasta donde se acaban los huertos. Todavía podrían alejarse más tomando la carretera que avanza paralela al canal de riego. El canal está vacío y los bordes empinados tan sucios y tan secos que se desmigajan. Cambia a segunda. La carretera va cuesta abajo, hay que conducir despacio, con cuidado. Detiene el coche bajo un pino, al lado de la compuerta que conduce el agua hasta una artesa circular de cemento. Iris estira la mano y la posa en su pierna. Está oscureciendo. Sopla el viento. Escucha el crujido de las copas de los árboles. Sale del coche y enciende un cigarrillo. Camina hasta el borde de la colina para ver el valle. El viento arrecia; el aire es más frío. La hierba es rala, con alguna flor bajo sus pies. El cigarrillo hace una leve espiral roja cuando vuela sobre el valle. Son las seis en punto.

El frío era intenso. Entumecía los dedos de los pies y se abría camino por las pantorrillas hacia las rodillas. También sentía las manos rígidas de frío aunque las tuviera en los bolsillos. Quería esperar a que saliera el sol. Unas nubes enormes tomaban diversas formas al dispersarse sobre el río. Al principio apenas lo notó, una especie de hilera negra avanzando entre las nubes más bajas. Cuando la tuvo al alcance de la vista creyó que era una nube de mosquitos cerrando filas ante sus ojos y luego le pareció una grieta oscura abriéndose entre cielo y tierra. Se volvió hacia él girando sobre las colinas del fondo. Estaba asustado, pero intentaba mantener la calma. El corazón le latía en las sienes, quería correr pero apenas se podía mover, como si llevara piedras en los bolsillos. Intentó ponerse al menos de rodillas pero el matorral en el que se apoyaba le dañó el rostro y bajó la cabeza. Le temblaban las piernas, intentó estirar las rodillas. Las piernas se le entumecían cada vez más, hundió la mano en el suelo moviendo los dedos, extrañado de su calidez. Entonces oyó el suave graznido de los gansos y el zumbido de sus alas al moverse. Sus dedos buscaron el gatillo. Oyó su réplica inmediata, irritados, provocando una estridente sacudida hacia arriba cuando le vieron. Farrell ya estaba de pie, apuntando a un ganso y luego a otro, y de nuevo al anterior, así hasta que se disolvieron rompiendo filas hacia el río. Disparó una vez, dos, y los gansos seguían volando, en plena algarabía, disgregándose y alejándose de la zona de tiro, sus humildes siluetas difuminándose entre las ondulantes colinas. Disparó una vez más antes de caer de rodillas con la vista nublada. Tras él, un poco a la izquierda, escuchó el eco de los disparos de Frank retumbando por todo el cañón como el chasquido de un latigazo. Le confundió ver que salían más gansos del río, sobrevolaban las bajas colinas y tomaban altura hacia el cañón, volando en formaciones en V sobre la cima y los sembrados.

Volvió a cargar la escopeta con cuidado, apoyando el cañón en la hierba, la culata en las costillas, provocando un chasquido hueco al meter los casquillos en la recámara. Seis harían el trabajo mejor que tres. Quitó rápidamente el taco del cañón y guardó el resorte espiral y el taco en el bolsillo. Oyó a Frank disparar otra vez y, de pronto, pasó a su lado una bandada que no había visto. Cuando los estaba mirando se dio cuenta de que venían otras tres más abajo. Esperó a que estuvieran a su altura, meciéndose en el aire a unas treinta yardas de la colina, moviendo levemente la cabeza de derecha a izquierda, los ojos negros y brillantes. Cuando pasaban a su lado, se irguió apoyando una rodilla en el suelo y les dio ventaja, acosándoles un instante antes de que se abrieran. El que estaba más cerca se contrajo y cayó al suelo en picado. Disparó de nuevo cuando regresaban, viendo al ganso detenerse como si hubiera chocado con una pared, aleteando contra ella para intentar traspasarla sin dar la vuelta, agachando la cabeza, las alas hacia fuera, en lenta espiral hacia abajo. Vació el cargador en el tercer ganso cuando casi ya no lo tenía a tiro y lo vio detenerse al quinto disparo, quedándose casi quieto tras una rápida sacudida de la cola, pero aleteando aún. Durante un buen rato estuvo viéndole volar cada vez más cerca del suelo hasta que desapareció tras uno de los cañones.

Farrell puso cabeza abajo los dos gansos dentro del escondite y acarició su vientre blanco y liso. Eran gansos canadienses, graznadores. A partir de ahora ya le daría igual si los gansos volaban muy alto o salían de más abajo, de cerca del río. Se sentó contra el arbusto y encendió un cigarrillo viendo girar el cielo sobre su cabeza. Un poco más tarde, quizá al principio de la tarde, se durmió. Se despertó entumecido, sudando en frío. El sol se había puesto, el cielo era un grueso sudario gris. Podía oír el graznido de los gansos al marcharse, dejando tras de sí aquellos ecos agudos y extraños por todo el valle, pero no podía ver nada que no fueran las húmedas colinas negras cubiertas en la base por una niebla que tapaba el río. Se frotó el rostro con las manos y empezó a tiritar. Se puso de pie. Podía ver avanzar la niebla envolviendo las colinas y el cañón, ovillándose en el suelo. Sintió el aliento del aire húmedo y frío alrededor, palpándole la frente, las mejillas, los labios. Se abrió paso a tientas y comenzó a subir la colina. Se quedó de pie junto al coche y tocó la bocina en una ráfaga continua hasta que Frank llegó corriendo y le apartó el brazo de la ventanilla. “¿Qué te pasa? ¿Estás loco o qué?” “Tengo que ir a casa, ya te lo dije”. “Joder, vale. Entra, por Dios. Entra”. A no ser por un par de preguntas que hizo Farrell antes de abandonar la región del trigo, permanecieron todo el rato en silencio. Frank llevaba un cigarrillo entre los dientes, sin quitar la vista de la carretera. Cuando atravesaron los primeros parches de niebla a la deriva encendió las luces del coche. Al entrar en la autopista la niebla se levantó y las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el parabrisas. Tres patos pasaron volando frente a las luces del coche y fueron a posarse en un charco al lado de la carretera. Farrell pestañeó.

“¿Has visto eso?”, pregunto Frank.

Farell asintió.

“¿Cómo te encuentras ahora?”

“Estoy bien”.

“¿Cazaste alguno?”

Farrell se frotó las manos y entrelazó los dedos, luego las apoyó en el regazo. “No, supongo que no”.

“Vaya. Te oí disparar”. Cambió el cigarrillo de lado e intentó fumar, pero se había apagado. Lo mascó durante un rato, luego lo dejó en el cenicero y miró de reojo a Farrell.

“No es asunto mío, desde luego, pero me parece que algo te preocupa en casa…Mi consejo es que no te lo tomes demasiado en serio. Aún vivirás mucho, no tienes canas como yo”. Tosió, se rió. “Ya sé, me solía pasar lo mismo. Recuerdo…”

Farrell está sentado en el sillón de cuero bajo la lámpara de cobre observando a Iris desenredar el pelo. Tiene una revista sobre las piernas cuyas páginas satinadas están abiertas en la escena de un desastre natural, un terremoto en alguna parte del Oriente Próximo. A no ser por la pequeña luz del tocador, la habitación está a oscuras. El cepillo se mueve con rapidez por el pelo de Iris, largos movimientos rítmicos que causan un ligero chasquido. Todavía tiene que llamar a Frank y confirmar que se van de caza al día siguiente. Entra un aire frío y húmedo por la ventana de al lado. Ella deja el cepillo sobre el borde del tocador. “Lew”, dice, “¿Sabes que estoy embarazada?”

El olor del baño le marea. Su toalla tirada tras el retrete. Le han caído polvos de talco en el lavabo. Al mojarse se convirtieron en un reguero amarillo de pasta. Lo frota y lo empuja todo por el desagüe.

Se está afeitando. Al mover la cara puede ver la salita.

Iris de perfil sentada en el taburete frente al viejo tocador. Se alisa el pelo. Posa la navaja y se lava la cara, luego la coge de nuevo. En ese instante escucha las primeras gotas de lluvia en el tejado…

La lleva en brazos afuera, al porche. Le vuelve la cabeza hacia la pared y la cubre entera con el edredón. Vuelve al baño, se lava las manos y arroja la toalla empapada de sangre en el canasto de la ropa. Un rato después apaga la luz del tocador y se sienta de nuevo en su sillón junto a la ventana, escuchando la lluvia.

Frank se rió.

“Así que no pasó nada, nada en absoluto. Nos va bien después de eso. La típica trifulca de siempre, pero cuando se dio cuenta de quién llevaba los pantalones, no hubo más problema”. Le dio a Farrell un toque amistoso en la rodilla.

Avanzaban por los arrabales de la ciudad, pasando ante la larga fila de moteles con sus letras de neón intermitentes, ante los cafés de ventanas humeantes, los coches agrupados frente a la puerta, y ante los pequeños negocios de barrio, cerrados y a oscuras hasta el día siguiente. Frank giró a la derecha, en la siguiente a la izquierda y ya estaban en la calle de Farrell. Frank entró detrás de un coche blanco y negro que ponía en pequeñas letras blancas pintadas en el maletero SHERIFF’S OFFICE. A través de las luces de su propio coche, pudieron ver la alambrera que separaba el asiento de atrás como una jaula. El vaho salía del capó de su coche y se mezclaba con la lluvia.

“Puede que te busquen a ti, Lew”. Comenzaba a abrir la puerta cuando se rió entre dientes. “Puede que se hayan enterado de que cazas sin licencia. Vamos, te llevaré a mi casa”.

“No, tú sigue, Frank, todo irá bien. Estaré bien, déjame salir”.

“¡Ah, ya sabías que venían a verte! Espera un momento, toma tu escopeta”. Bajó la ventanilla y le pasó el arma a Farrell. “Parece que nunca va a dejar de llover”.

“Ya”.

Todas las luces de la casa estaban encendidas y unas siluetas empañadas permanecían frente a la ventana mirando la lluvia. Farrell permaneció detrás del coche del sheriff apoyado sobre la aleta lisa y húmeda. La lluvia le caía sobre la cabeza y le bajaba por el cuello. Frank se alejó unos metros y luego se detuvo, mirando hacia atrás. Farrell estaba apoyado en la aleta, columpiándose levemente, la lluvia cercándole.

El agua salió a chorros del badén sobre sus pies, formando un remolino en la rejilla del desagüe de la esquina y precipitándose al centro de la tierra.