Isaac Asimov: El chistoso. Cuento

Portrait of Isaac AsimovNoel Meyerhof consultó la lista que había preparado y eligió lo que debía pasar primero. Como siempre, confiaba sobre todo en la intuición. La máquina que tenía delante le hacía sentirse pequeño, y eso que sólo se veía una mínima parte. Pero no importaba. Le habló con la confianza indiferente del que sabe que es el amo.

— Johnson -empezó a decir-, llegó inesperadamente a su casa después de un viaje de negocios y encontró a su mujer en brazos de su mejor amigo. Dio un paso atrás y exclamó: ¡Max! Estoy casado con esta dama, así que no tengo más remedio. Pero, ¿tú por qué precisamente? Y Meyerhof pensó: «Está bien, dejemos que se le baje a las tripas y lo digiera un poco.» Una voz detrás de él exclamó:

— ¡Eh! Meyerhof borró el sonido de esta exclamación y puso el circuito en neutral. Se volvió y protestó:

— Estoy trabajando. ¿No sabes llamar? No sonrió como tenía por costumbre a Timothy Whistler, un jefe analista con el que trataba muy a menudo. Mostró su disgusto como se lo hubiera mostrado a cualquier desconocido que le interrumpiera, arrugando su flaco rostro con una distorsión que parecía llegarle al cabello desordenándoselo caprichosamente. Whistler se encogió de hombros. Llevaba su bata blanca de laboratorio presionando con los puños los bolsillos y arrugándola de arriba abajo.

— Llamé. No me contestó. No estaba puesta la señal de «ocupado». Meyerhof gruñó. No, no estaba puesta. Había estado pensando intensamente en su nuevo proyecto y se le olvidaron los pequeños detalles. Tampoco podía censurarse por ello. Lo que estaba haciendo era importante. Ignoraba por qué lo consideraba así, claro. Los Grandes Maestros pocas veces lo sabían. Eso era lo que les hacía ser Grandes Maestros, estar más allá de la razón. De lo contrario, ¿cómo podía la mente humana estar a la altura de ese pedazo de razón sólida que los hombres llamaban «Multivac», la computadora más compleja jamás construida?

— Estoy trabajando -repitió Meyerhof-. ¿Se le ocurre algo muy importante?

— Nada que no pueda esperar. Hay unos pocos baches en la respuesta sobre el hiperespacial. -Whistler cambió de tema y su rostro reflejó cierta incertidumbre-. ¿Trabajando?

— Sí. ¿Qué pasa?

— Estaba contando uno de sus chistes, ¿verdad?

— ¿Y bien? Whistler sonrió forzadamente:

— ¡No me diga que le estaba contando un chiste a «Multivac»! Meyerhof se turbó.

— ¿Y por qué no?

— ¿Se lo contaba?

— Sí.

— ¿Por qué? Meyerhof se le quedó mirando:

— No tengo por qué darle explicaciones. Ni a usted ni a nadie.

— Santo Dios, claro que no. Sentía curiosidad, nada más… Pero si está trabajando, le dejo. -Y volvió a mirar a su alrededor, confuso.

— Hágalo -dijo Meyerhof. Sus ojos le siguieron hasta que salió y luego activó la señal de «ocupado», con un brusco empujón de su dedo. Recorrió la estancia de arriba abajo, para volver a recobrar el hilo. ¡Maldito Whistler! ¡Malditos todos ellos! Esto le pasaba por no mantener a todos, técnicos, analistas y mecánicos a raya, por no guardar las debidas distancias sociales, por tratarles como si ellos también fueran artistas creadores. Por eso se tomaban esas libertades. Pensó, sombrío, que ni siquiera sabían contar chistes decentemente. Al instante volvió a lo que estaba haciendo. Se sentó de nuevo. ¡Al diablo con todos ellos! Volvió a poner en marcha el circuito apropiado de «Multivac» y habló:

— El camarero de un barco se paró ante la borda de la nave en un trayecto especialmente malo y miró, compadecido, al hombre que echado sobre la barandilla y con la mirada clavada en la profundidad, reflejaba el horror del mareo. Con amabilidad, el camarero se dirigió al hombre, le dio unas palmaditas en la espalda y murmuró: «Ánimo, señor. Ya sé que se encuentra muy mal, pero sepa que nadie se muere de un mareo». El afligido caballero alzó su rostro verde y desencajado hacia el que le consolaba y logró decirle con voz enronquecida: «No me diga esto, hombre. Por el amor de Dios, no me diga esto. Solamente la esperanza de morir me mantiene con vida…» Timothy Whistler, un poco preocupado, sonrió y saludó con la cabeza al pasar ante el pupitre de la secretaria. Ella le devolvió la sonrisa. «He aquí -pensó-, un objeto arcaico del Siglo XX en este mundo regido por computadoras: una secretaria humana.» Pero, tal vez era natural que semejante institución sobreviviera en la propia ciudadela de las computadoras; en la gigantesca corporación mundial que manejaba a «Multivac». Con «Multivac» llenando los horizontes, unas computadoras inferiores dedicadas a trabajos de rutina serían de mal gusto. Whistler entró en el despacho de Abram Trask. El delegado del Gobierno cesó en su cuidadosa tarea de encender la pipa. Sus ojos oscuros parpadearon en dirección a Whistler y su nariz ganchuda resaltó prominente sobre el rectángulo de la ventana que estaba detrás de él.

— ¡Ah!, hola, Whistler, siéntese. Siéntese. Whistler obedeció:

— Creo que tenemos un problema, Trask. Trask esbozó una sonrisa:

— Confío en que no sea técnico. Yo no soy más que un inocente político. -Ésta era una de sus frases favoritas.

— Tiene que ver con Meyerhof. Trask se sentó inmediatamente y pareció muy preocupado:

— ¿Está seguro?

— Razonablemente seguro. Whistler comprendía la preocupación de Trask. Trask era el delegado del Gobierno encargado de la División de Computadoras y Automatismo del departamento del Interior. Tenía que solucionar asuntos de politica relacionada con los satélites humanos de «Multivac», lo mismo que esos satélites técnicamente entrenados trataban con la propia «Multivac». Un Gran Maestro era mucho más que un satélite. Más, incluso, que un mero ser humano. Al principio de la historia de «Multivac» se hizo patente que el embotellamiento era un procedimiento cuestionable. «Multivac» podía solucionar el problema de la humanidad, todos los problemas, si se le hacían preguntas específicas. Pero a medida que se acumulaban los conocimientos, cada vez a mayor velocidad, se hacía infinitamente más difícil poder localizar esas preguntas específicas. La razón sola no servía. Lo que hacía falta era un tipo único de intuición, la misma facultad mental (sólo que más intensa) que crea un gran maestro de ajedrez. La mente que se necesitaba era la que se ve a través del entramado del juego de ajedrez hasta encontrar la mejor jugada y hacerla en cuestión de minutos. Trask se movió, inquieto:

— ¿Qué ha estado haciendo Meyerhof? -preguntó.

— Ha introducido una serie de preguntas que encuentro inquietantes.

— Bueno, Whistler, ¿eso es todo? No puede impedir que un Gran Maestro inicie la serie de preguntas que se le antoje. Ni usted ni yo estamos preparados para juzgar el valor de las preguntas. Ya lo sabe. Sé que lo sabe de sobra.

— Lo sé, naturalmente. Pero también conozco a Meyerhof. ¿Le conoce usted realmente?

— Santo Dios, no. ¿Conoce alguien realmente a un Gran Maestro?

— No adopte esa actitud, Trask. Son humanos y hay que compadecerles. ¿Ha pensado alguna vez lo que significa ser Gran Maestro, saber que sólo hay doce en el mundo, que sólo llegan uno o dos por generación, que el mundo depende de ellos, que tienen a sus órdenes mil matemáticos, lógicos, psicólogos y físicos? Trask se encogió de hombros y murmuró:

— Santo Dios, me sentiría el rey del mundo.

— Me parece que no -dijo el jefe analista, impaciente-. No se sienten reyes de nada. No tienen a un igual con quien hablar, ni sensación de pertenecer a este mundo. Meyerhof no pierde la ocasión de reunirse con los muchachos. Naturalmente, no está casado, no bebe, no se mueve socialmente con naturalidad…, se obliga a estar entre la gente porque debe hacerlo. ¿Y sabe lo que hace cuando se reúne con nosotros, que es por lo menos una vez por semana?

— No tengo la menor idea -dijo el hombre del Gobierno-. Para mí todo esto es nuevo.

— Es un chistoso.

— ¿Un qué?

— Cuenta chistes. Buenos chistes. Es extraordinario. Puede elegir cualquier historia, vieja o aburrida, y hacerla buena. Es el modo de contarla. Tiene olfato.

— Ya veo. Bien.

— No, mal. Estos chistes son muy importantes para él. -Whistler apoyó los codos en la mesa de Trask, se mordió una uña y miró al cielo-. Es diferente y él sabe que es diferente. Los chistes son la única forma de pensar que puede hacer que el resto de nosotros, pobres empleados vulgares, le aceptemos. Nos reimos, nos desternillamos, le golpeamos la espalda y llegamos a olvidar que es un Gran Maestro. Es lo único que le une al resto de nosotros.

— Todo esto es muy interesante. Ignoraba que fuera usted tan buen psicólogo. Bien, pero, ¿a dónde nos lleva todo esto?

— A una cosa. ¿Qué cree que ocurrirá si a Meyerhof se le acaban los chistes?

— ¿Qué? -El hombre del Gobierno se quedó mirándole.

— Si empieza a repetirse. Si su público empieza a reírse con menos fuerza o deja de reírse del todo. Su único lazo con nosotros es nuestra aprobación. Sin ella, estaría solo, ¿y qué le pasaría entonces? Después de todo, Meyerhof es uno de esa docena de hombres de los que la Humanidad no puede prescindir. No podemos dejar que le ocurra nada. Y no me refiero sólo a cosas físicas. No podemos siquiera dejar que se sienta desgraciado. ¿Quién sabe cómo podría esto afectar su intuición?

— Bien, ¿ha empezado a repetirse?

— Que yo sepa, no, pero creo que él cree que sí.

— ¿Por qué lo dice?

— Porque le he oído contarle chistes a «Multivac».

— ¡Oh, no!

— Accidentalmente, entré en su despacho y me echó. Estaba fuera de sí. Generalmente está de buen humor y considero una mala señal que le molestara tanto mi intromisión. Pero estaba contando un chiste a «Multivac», y estoy convencido de que era uno de una serie.

— Pero, ¿por qué? Whistler alzó los hombros y se pasó la mano con rabia por la barbilla.

— Lo he estado pensando. Creo que está tratando de crear una reserva de chistes en la memoria de «Multivac». a fin de lograr nuevas variaciones. ¿Sabe a lo que me refiero? Está pensando en un chistoso mecánico para poder disponer de un número infinito de chistes sin temor a que se le terminen.

— ¡Dios Santo!

— Objetivamente, puede que no haya nada malo en ello, pero me parece una mala señal que un Gran Maestro empiece a utilizar a «Multivac» para sus problemas personales. Cualquier Gran Maestro que tenga cierta inestabilidad mental, debería ser vigilado. Meyerhof puede estar acercandose a un limite más allá del cual podemos perder a un Gran Maestro.

— ¿Qué me sugiere que haga? -preguntó Trask, desconcertado.

— Compruebe lo que le he dicho. Estoy cerca de él para juzgarle bien, y juzgar a los humanos no es mi talento especial. Usted es un político, queda más en su esfera.

— Juzgar a humanos, quizá, pero no a Grandes Maestros.

— También son humanos. Además, ¿quién puede hacerlo sino usted? Los dedos de la mano de Trask golpearon la mesa en rápida sucesión una y otra vez como un redoble de tambor.

— Supongo que tendré que hacerlo -aceptó, resignado. Meyerhof dijo a «Multivac»:

— El ardiente enamorado recogió un ramo de flores silvestres para su amada. De pronto le desconcertó encontrarse en el mismo campo con un toro de aspecto poco amistoso que le miraba fijamente, escarbando el suelo en tono amenazador. El joven, al descubrir al granjero al otro lado de la valla le gritó: «¡Eh!, ¿es de fiar este toro?» El granjero estudió la situación con aire crítico y gritó: «Es totalmente de fiar. -Volvió a escupir y añadió-: Pero no puedo decir lo mismo de usted.» Meyerhof se disponía a pasar al siguiente cuando le llegó una llamada. No era realmente una llamada. Nadie podía llamar a un

Gran Maestro. Era un mensaje de Trask, el Jefe de División, diciendo que le complacería ver al Gran Maestro Meyerhof, si el Gran Maestro Meyerhof disponía de tiempo. Meyerhof podía tranquilamente tirar el mensaje y continuar con lo que estaba haciendo. No estaba sujeto a disciplina. Pero, por el contrario, si lo hacía, seguirían molestándole… ¡Oh!, muy respetuosamente, eso sí, pero seguirían molestándole. Así que neutralizó los circuitos pertinentes de «Multivac» y los bloqueó. Marcó la señal de congelación en su despacho para que nadie se atreviera a entrar en su ausencia y se dirigió al despacho de Trask. Trask carraspeó y se sintió un poco intimidado por el aspecto apático del Gran Maestro.

— No hemos tenido ocasión de conocernos -dijo obsequioso-, y lo lamento.

— Yo me presenté a usted -protestó Meyerhof. Trask se preguntó qué habría tras aquellos ojos vivaces y salvajes. Le resultaba difícil imaginar a Meyerhof con su rostro delgado, su cabello oscuro y liso, su aire tenso, relajarse tanto como para contar chistes:

— Presentarse no es un intercambio social -le dijo-. Yo… Me han dado a entender que posee usted un magnífico cúmulo de anécdotas.

— Soy un chistoso, señor. Por lo menos ésta es la palabra que utiliza la gente. Un chistoso.

— Conmigo no han utilizado esa palabra, Gran Maestro. Me han dicho…

— ¡Al diablo con ellos! No me importa lo que le hayan dicho. Oiga, Trask, ¿quiere oír un chiste? -se echó hacia delante por encima de la mesa y entornó los ojos.

— Por supuesto, me encantaría -contestó Trask esforzándose por parecer encantado.

— Bien, ahí va el chiste: Mrs. Jones se quedó mirando la tarjetita con el horóscopo que salió de la báscula al echar su marido un penique. Observó: «Fíjate, George, aquí dice que eres tierno, inteligente, previsor, trabajador y atractivo para las mujeres. -Después, dio la vuelta a la tarjeta y añadió-: Y también se han equivocado en el peso.» Trask se rió. Era prácticamente imposible dejar de hacerlo. Aunque lo dicho era una bobada, la sorprendente facilidad con que Meyerhof había encontrado el tono justo en la voz para expresar el desdén de la mujer y la inteligencia con que había modificado la expresión para que correspondiera al tono de voz, provocó una risa irreprimible en el político. Meyerhof preguntó, agresivo:

— ¿Por qué lo encuentra gracioso? Trask se dominó:

— Perdóneme.

— Le he preguntado que por qué lo encontraba gracioso. ¿Por qué se ha reído?

— Pues… -Trask trató de parecer razonable-. Porque el final sitúa todo lo anterior bajo una nueva luz. Lo inesperado…

— El caso es -cortó Meyerhof- que he retratado a un marido humillado por su esposa; un matrimonio que es un desastre, que la esposa está convencida de que el marido carece de personalidad. Pero usted se ríe. Si fuera usted el marido, ¿lo encontraría divertido? Esperó un instante, reflexionó y añadió:

— Veamos este otro, Trask: Abner estaba sentado junto a la cama de su mujer enferma llorando desconsoladamente, cuando ella, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, se incorporó apoyándose en un codo: «Abner -le dijo-, no puedo presentarme ante mi Creador sin confesar mi falta.»«Ahora, no -murmuró el desconsolado esposo. Ahora, no, amor mio. Échate y descansa.» «No puedo, -exclamó-. debo contártelo o mi

alma no encontrará reposo. Te he sido infiel. Abner, en esta misma casa, hace menos de un mes…» «Calla, querida, -la tranquilizó Abner. Lo sé todo. ¿Por qué si no te iba a envenenar?» Trask trató desesperadamente de mantener la ecuanimidad, pero no lo consiguió del todo. Contuvo, apenas, el inicio de una risa. Meyerhof le increpó:

— Así que esto también es divertido. Adulterio. Asesinato. Muy gracioso.

— Bueno, se han escrito libros analizando el humor -protestó Trask.

— Muy cierto, y he leído muchos de ellos. Y lo que es más importante, se los he leído a «Multivac». Pero la gente que escribe los libros sigue aún haciendo conjeturas. Algunos dicen que nos reímos porque nos sentimos superiores a la gente del chiste. Otros dicen que es debido a la incongruencia, o al súbito alivio de la tensión, o a la inesperada reinterpretación de los hechos. ¿Hay alguna razón simple? Diferentes personas se ríen de diferentes chistes. Ningún chiste es universal. Hay ciertas personas que no se ríen nunca de ningún chiste. Sin embargo, lo que puede que sea más importante es que el hombre es el único animal con verdadero sentido del humor, el único animal que ríe.

— Ya lo entiendo -dijo Trask de pronto-. Está tratando de analizar el humor. Es la razón por la que transmite chistes a «Multivac».

— ¿Quién le ha dicho que lo hago? Déjelo, ha sido Whistler, ahora me acuerdo. Me sorprendió haciéndolo. Bien, ¿qué hay de malo en ello?

— Nada en absoluto.

— ¿No discute mi derecho a añadir lo que me parezca al fondo general de conocimientos de «Multivac», o a hacerle las preguntas que crea pertinentes?

— No, no -se apresuró a responder Trask-. La verdad es que no me cabe la menor duda de que esto abrirá un camino para nuevos análisis de gran interés para los psicólogos.

— ¡Humm! Quizá. De todos modos, hay algo que me obsesiona y que es más importante que un análisis general del humor. Tengo que formularle una pregunta específica. En realidad son dos.

— ¿Oh? ¿Y de qué se trata? -Trask se preguntó si querría contestarle. Si decidía en contra, no habría modo de obligarle a hacerlo. Pero Meyerhof respondió:

— La primera es: ¿De dónde proceden todos esos chistes?

— ¿Qué?

— ¿Quién los inventa? ¡Oiga! Hace alrededor de un mes, pasé la noche intercambiando chistes. Como de costumbre, los conté casi todos y, como de costumbre, los imbéciles se rieron. Puede que creyeran que eran realmente divertidos o lo hicieron para contentarme. En todo caso, un individuo se tomó la libertad de golpearme la espalda diciendo: «Meyerhof, conoce más chistes que cualquier persona que yo conozca». Seguro que tendría razón, pero me hizo pensar. No sé cuántos, cientos, o quizá miles, de chistes he contado en un momento u otro de mi vida, pero lo que es cierto es que nunca he inventado ninguno. Ni uno solo. Me he limitado a repetirlos. Mi única contribución fue contarlos. Para empezar, o los había leído o me los habían contado. Y la fuente de mi lectura o de lo que oí, tampoco los había creado. Jamás he conocido a nadie que me confesara que había creado un chiste. Dicen siempre: «El otro día oí uno muy bueno», o bien «¿ha oído alguno bueno, ultimamente?». ¡Todos los chistes son viejos! Por eso tienen siempre un fondo social. Todavía hablan del mareo, por ejemplo, cuando ahora esto puede evitarse fácilmente y no se sufre. O hablan de máquinas que dan tarjetitas con el horóscopo, como en el chiste que le he contado, cuando esas básculas sólo se encuentran en los anticuarios. Así pues, ¿quién inventa los chistes?

— ¿Es eso lo que trata de averiguar? -preguntó Trask y tuvo en la punta de la lengua añadir: ¿Y qué más da? Pero supo aguantarse. Las preguntas de un Gran Maestro son siempre pertinentes y específicas.

— Claro que es lo que trato de averiguar. Enfóquelo así. No es porque los chistes sean viejos. Deben serlo para que se disfruten. Es esencial que un chiste no sea original. Hay una variedad de humor que es, o puede ser, original y es el juego de palabras. Los he oído que se habían hecho sobre la marcha. Yo mismo he hecho algunos. Pero nadie se ríe con ellos. No debe hacerse. Se gruñe o se gime. Cuanto mejor el juego, mayor el gruñido. El humor original no provoca risas. ¿Por qué?

— Le juro que no lo sé.

— Está bien. Busquémoslo. Habiendo dado a «Multivac» toda la información que creí aconsejable sobre el tópico general del humor, estoy ahora alimentándole con chistes seleccionados.

— ¿Seleccionados? ¿Cómo? -preguntó Trask, intrigado.

— No lo sé. Los que parecieron mejores. Soy Gran Maestro, ¿sabe?

— ¡Oh, de acuerdo! ¡De acuerdo!

— A partir de esos chistes y de la filosofía general del humor, mi primera petición a «Multivac» será que me busque el origen de los chistes si puede. Puesto que Whistler se ha metido en esto y ha creído oportuno informarle a usted, mándemelo a Análisis pasado mañana. Creo que tendrá algún trabajo que hacer.

— De acuerdo. ¿Podré asistir yo también? Meyerhof se encogió de hombros. La presencia de Trask le dejaba absolutamente Indiferente. Meyerhof había seleccionado el último de una serie de chistes con especial cuidado. En qué consistía el cuidado no hubiera podido decirlo, pero había barajado en su mente una docena de posibilidades. Una y otra vez les había puesto a prueba en busca de alguna cualidad de intención. Dijo:

— Ug, el hombre de las cavernas observó que su compañera corría hacia él llorando, con su faldita de piel de leopardo en desorden. «Ug, gritó enloquecida, haz algo, rápido. Un tigre de dientes afilados ha entrado en la caverna de mamá. ¡Haz algo!» Ug, gruñó, recogió su pulida maza de hueso de búfalo y añadió: «¿Por qué quieres que haga algo? ¿A quién le importa lo que le ocurra a un tigre de dientes afilados?» Fue entonces cuando Meyerhof formuló sus dos preguntas y se recostó cerrando los ojos. Había terminado.

— No vi absolutamente nada malo -dijo Trask a Whistler-. Me dijo lo que estaba haciendo sin dificultad, y lo encontré raro pero legítimo.

— Lo que decía que estaba haciendo -insistió Whistler.

— Incluso así, no puedo parar a un Gran Maestro basandome sólo en una opinión. Me pareció peculiar, pero resulta que todos los Grandes Maestros son algo peculiares. No me pareció loco.

— ¿Utilizar «Multivac» para encontrar el origen de los chistes -murmuró el jefe analista, descontento-, no es estar loco?

— ¿Cómo puede decir eso? -exclamó Trask, irritado- La ciencia ha avanzado hasta el punto en que sólo las preguntas específicas que quedan son las ridículas. Las sensatas ya han sido pensadas, preguntadas y contestadas hace tiempo.

— Es inútil. Estoy preocupado.

— Quizá, pero no se puede hacer nada, Whistler. Veamos a Meyerhof y usted podrá hacer los análisis necesarios de la respuesta de «Multivac», si la hubiera. En cuanto a mí, mi único trabajo es formular expedientes. Por Dios, ni siquiera sé lo que un jefe analista como usted puede hacer, excepto analizar, y eso no me aclara nada.

— Pues es muy sencillo -aclaró Whistler-, un Gran Maestro como Meyerhof hace preguntas y «Multivac» automáticamente las formula en varias operaciones. La maquinaria necesaria para convertir palabras en símbolos es lo que forman la masa de «Multivac». «Multivac» da la respuesta mediante operaciones, pero no las traduce en palabras, salvo en los casos más simples y de rutina. Si estuviera diseñada para solucionar el problema general de las traducciones, tendría que ser por lo menos cuatro veces mayor.

— Comprendo. Entonces, ¿su trabajo es traducir dichos símbolos en palabras?

— El mío y el de otros analistas. Utilizamos computadoras más pequeñas y especialmente diseñadas cuando se considera necesario -Whistler sonrió-. Igual que las sacerdotisas de Delfos en la antigua Grecia. Las respuestas de «Multivac» son oscuras como las de un oráculo. Pero tenemos traductores. Habían llegado. Meyerhof esperaba. Whistler preguntó:

— ¿Qué circuitos ha utilizado, Gran Maestro? Meyerhof se lo dijo y Whistler se puso a trabajar. Trask intentó seguir el proceso, pero para él nada tenía sentido. El delegado del Gobierno contemplaba cómo giraba una cinta con multitud de puntos tan interminable como incomprensible. El Gran Maestro Meyerhof esperaba, indiferente, mientras Whistler vigilaba la cinta a medida que iba emergiendo. El analista se había puesto auriculares y una boquilla y murmuraba instrucciones a intervalos que, en algún lugar lejano, servían de guía a unos ayudantes mediante contorsiones electrónicas en otras computadoras. En ocasiones, Whistler escuchaba, después marcaba combinaciones en un teclado complejo marcado con símbolos que vagamente parecían matemáticos, pero que no lo eran. Transcurrió bastante más de una hora. Las arrugas en el rostro de Whistler se hicieron más profundas. Una vez terminado, levantó la cabeza y miró a los otros dos.

— Esto es increíb… -y volvió a su trabajo. Finalmente, dijo con voz ronca:

— No puedo darle la respuesta oficial. -Tenía los ojos ribeteados de rojo-. La respuesta oficial está esperando un análisis completo. ¿Quiere la respuesta oficiosa?

— Adelante -musitó Meyerhof y Trask movió la cabeza. Whistler dirigió una mirada de perro apaleado a Meyerhof:

— A preguntas tontas… -empezó, luego, de mala gana, concluyó-: «Multivac» dice, «origen extraterrestre».

— ¿Qué está diciendo? -preguntó Trask.

— ¿Es que no me han oído? Los chistes que nos hacen reír no fueron inventados por ningún hombre. «Multivac» ha analizado todos los datos entregados y la única respuesta que encaja con los datos es que alguna inteligencia extraterrestre ha compuesto los chistes, todos los chistes, y los introdujo en mentes humanas seleccionadas en momentos y lugares elegidos, de modo que ningún hombre es consciente de haber inventado uno. Todos los chistes subsiguientes son variaciones menores y adaptaciones de los originales. Meyerhof interrumpió, con el rostro sofocado por el triunfo que sólo un Gran Maestro puede conocer, cuando de nuevo ha formulado la pregunta acertada.

— Todos los escritores de comedias trabajan transformando viejas bromas para nuevos propósitos. Es bien conocido. La respuesta es la que corresponde.

— Pero, ¿por qué? -preguntó Trask- ¿Quien inventó los chistes?

— «Multivac» dice -explicó Whistler- que el único propósito con el que encajan todos los datos, es que los chistes estaban dedicados al estudio de la psicología humana. Estudiamos la psicología del ratón haciéndole pasar por laberintos. Los ratones no saben por qué ni lo sabrían aunque se dieran cuenta de lo que estaban haciendo, cosa que no saben. Esas inteligencias exteriores estudian la psicología del hombre, anotando las reacciones individuales a anécdotas cuidadosamente seleccionadas. Cada hombre reacciona de manera diferente…, presumiblemente esas inteligencias son para nosotros lo que nosotros somos para los ratones. -Y se estremeció. Trask con los ojos fijos, musitó:

— El Gran Maestro dijo que el hombre es el único animal con sentido del humor. Parecería que el sentido del humor se nos ha impuesto desde fuera. Meyerhof, excitadísimo, añadió:

— Y para el posible humor creado desde dentro, no tenemos risas. Me refiero a los juegos de palabras.

— Presumiblemente, los extraterrestres cancelan las reacciones al humor espontáneo para evitar confusiones. Trask, súbitamente angustiado, preguntó:

— Pero, en nombre de Dios, ¿alguno de los dos cree esto? El analista jefe le miró fríamente.

— Lo dice «Multivac». Es todo lo que sabemos hasta ahora. Ha señalado los verdaderos chistosos del universo, y si queremos saber más, habrá que seguir con la investigación. ­Y en voz baja añadió-: Si alguien se atreve a hacerlo. El Gran Maestro Meyerhof exclamó de pronto:

— Yo formulé dos preguntas, ¿saben? Hasta ahora sólo se me ha contestado a la primera. Creo que «Multivac» tiene suficientes datos para responder a la segunda. Whistler se encogió de hombros. Parecía un hombre medio destrozado.

— Cuando un Gran Maestro cree que hay suficientes datos, debo creerlo. ¿Cuál es su segunda pregunta?

— Pregunté: ¿Cuál será el efecto sobre la raza humana al descubrir la respuesta a mi primera pregunta?

— ¿Por qué le preguntó esto? -exigió Trask.

— Sólo por la sensación de que tenía que hacerlo -respondió Meyerhof.

— Loco -exclamó Trask-. Todo esto es de locos. -Y dio la vuelta. Incluso él percibía con qué intensidad él y Whistler habían cambiado de bando. Ahora era Trask el que alegaba locura. Trask cerró los ojos. Podía hablar de locura todo lo que quisiera, pero ningún hombre en cincuenta años había puesto en duda la combinación de un Gran Maestro y «Multivac», y descubierto la confirmación de sus dudas. Whistler trabajaba silenciosamente, con los dientes apretados. Volvió a colocar a «Multivac» y a sus máquinas subsidiarias sobre las pistas anteriores. Transcurrió una hora más y rió destemplado:

— ¡Una pesadilla desatada!

— ¿Cuál es la respuesta? -preguntó Meyerhof-. Quiero las observaciones de «Multivac», no las de usted.

— Está bien. Aquí las tiene. «Multivac» declara que, incluso si un humano descubre una sola vez la verdad de este método de análisis psicológico de la mente humana, resultará inútil como técnica objetiva por parte de las fuerzas extraterrestres que ahora la utilizan.

— ¿Quiere decir que ya no se entregarán más chistes a la Humanidad? -preguntó Trask con voz débil-. ¿O qué quiere decir?

— Se han terminado los chistes -dijo Whistler-, ¡ahora! «Multivac» dice, ¡ahora! Habrá que Introducir una nueva técnica. Se miraron unos a otros. Los minutos pasaron. Meyerhof dijo despacio:

— «Multivac» tiene razón.

— Lo sé -aceptó whistler, desencajado. Incluso Trask murmuró:

— Si. Así debe ser. Fue Meyerhof el que puso el dedo en la llaga, Meyerhof, el perfecto chistoso, anunció:

— Se acabó, ¿saben? Todo ha terminado. Llevo cinco minutos esforzándome y no puedo acordarme de un solo chiste, ni uno. Y si lo leyera en un libro ya no reiría. Lo sé.

— El don del humor ha desaparecido -dijo Trask asustado-. Nadie volverá jamás a reírse. Y siguieron allí, mirándose, sintiendo que el mundo se encogía a las dimensiones de una ratonera experimental…, retirado el laberinto, pero con algo a punto de colocar en su sitio.

Virgilio Piñera: Natación. Cuento

act_523He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogando de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.

No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.

Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las lozas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

Virgilio Piñera: En el insomnio. Cuento

23-3-2009 22.3.51 1El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.

Gabriel García Márquez: El último viaje del buque fantasma. Cuento

Gabriel_Garcia_Marquez_1984Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió nave­gando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el trasatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapa­reciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tan­teos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orien­tación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fra­gor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehis­tórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acor­darse de la visión hasta la misma noche del marzo si­guiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, dur­miendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efec­to vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosáceos y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelle­ras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspi­rando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se pien­sa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos bro­cados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de cho­colate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de cule­bra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes que tiraran en el mar la poltrona ase­sina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huér­fano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato invero­símil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contrama­taron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los man­darines de marfil tallados en el colmillo entero del ele­fante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocí­pedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la en­trada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo por­que viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubie­ran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Ca­ribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas des­de la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer y ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, y encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puer­ta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de alta mar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emo­ción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, y siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabes­tro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguién­dolo con todo lo que llevaba dentro, su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cata­clismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, y entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada de marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, halalcsillag, y todavía, chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.

 

Gabriel García Márquez: Un señor muy viejo con unas alas enormes. Cuento

ARCHIVOCOLP ORGANIZADAS GABRIEL GARCIA MARQUEZ GARCIA MARQUEZ_GAAl tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos en el mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era a causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.

Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusie­ron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible, pero con una voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.

-Es un ángel -les dijo-. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.

Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con su garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alambrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en alta mar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.

El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la Tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó en un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca aquel varón de lástima que más bien parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de frutas y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de su impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra a su primado y para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.

Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.

Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedum­bre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaiquino que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que espera­ban turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.

El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba en buscar acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando lo picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que profilaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.

El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.

Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y la del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.

Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron que no estuviera muy cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió a la tentación de auscultar al ángel, y le encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entenderse por qué no las tenían también los otros hombres.

Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin sueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirando en trabalenguas de noruego viejo. Fue ésa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.

Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor en los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de esos cambios, porque se cuidaba muy bien para que nadie los notara, y para que nadie oyera las canciones de navegante que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó a la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas de vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.