Augusto Roa Bastos: Kurupí. Cuento

RoaBastos—¡MIRÁ, MELITÓN! —dijo la mujer de semblante enfermizo, tendiendo la mano hacia la ventanilla. Su voz se apagó entre el tantaneo de las ruedas. El hombre que venía dormitando a su lado, con las botas cruzadas sobre el asiento frontero y las manos sobre el vientre, no se movió. El aludo sombrero de fibra estaba volcado sobre la nariz. No se le veía más que la boca entreabierta, los gruesos labios moteados de sudor.

Tuvo que repetirle las palabras.

—Mirá, Melitón. ¡Parece el acompañamiento del Crucificado!

El hombre reflotó pesadamente de su sopor y giró la cabeza.

—Y sí, es la procesión del Viernes Santo —dijo de mala gana, pasándose la mano por la cara abotagada.

Se acodó en la ventanilla. Su corpachón bloqueó el hueco. La mujer se mudó al otro asiento, para seguir viendo. Los demás pasajeros también ya se hallaban asomados, alguno con medio cuerpo afuera. No eran muchos, así que las aberturas alcanzaban para todos. La mujer en silencio, con una vacía fijeza, inconscientemente impresionada por lo que veía.

Las ruedas batanearon a ritmo más lento sobre las junturas de los rieles, entre resoplidos del convoy al repechar la cuesta.

A lo lejos, como a tiro de fusil, el apelmazado gentío avanzaba fatigosamente por la carretera hacia el pueblo. Parecía flotar más que arrastrarse detrás de las andas, en la cerrazón de polvo.

Desde el tren se divisaba al Cristo en lo alto, brillando con una palidez de pescado muerto sobre una compacta chorrera de hormigas. Se oían los cánticos y el monótono golpear de las matracas, casi a compás de las ruedas, en las ráfagas calientes que hacían ondear los pajonales y mudar de sitio a las candelas de la resolana. Las tolvaneras alzaban del camino rápidas y enroscadas columnas al paso del Cristo yacente en las parihuelas.

Atrás el cerrito vigilaba la marcha de la procesión, respirando pausadamente en los reverberos, con la cruz bajo el cimborio de paja de la cumbre.

—El Calvario de Tupá-Rapé… —dijo el hombre sin volverse. El viento removió bajo el sombrero los mechones de cobre.

—¿Cómo?—preguntó la mujer.

—El Calvario de Tupá-Rapé—aclaró el otro—. Ese que llevan ahí. El Cristo Leproso.

—¿Un Cristo leproso?—murmuró la mujer. Una mueca de repulsión o de miedo crispó sus demacradas facciones, marcando las arruguitas que fruncían las comisuras de los labios. No era vieja pero se hallaba avejentada. El climaterio echaba sobre ella las primeras sombras. La rijosa vitalidad que manaba del otro, la disminuía aún más.

—El Cristo, no. El que lo hizo—se retrepó de nuevo en el asiento, abriéndose paso con las botas entre las flacas piernas de la mujer, hasta quedar extendido a todo lo largo. Con el canto de la mano se masajeaba el vientre. En los rastrojos de la barba sin afeitar, el sudor absorbía las pelusillas de polvo y de hollín. Las córneas también parecían emitir un reflejo de cobre.

—¿El que lo hizo estaba leproso? —volvió a balbucear la mujer sin mucho interés, con el repeluzno en la voz y en los ojos marchitos. Seguramente le resultaba peor quedarse callada.

—Parece que lo talló un constructor de instrumentos. Un tal Gaspar Mora, que también era músico. Cuando enfermó de mal de San Lázaro y se aisló en el monte.

No tenía nada que hacer. Talló el Cristo. Después de morir el enfermo, trajeron el tallado al pueblo.

—¿Y con ese Cristo hacen la Semana Santa?

—Ellos dicen que es muy milagroso. Para los itapeños no hay otro Cristo más milagroso. Ellos creen que el alma del lazariento vive adentro. En la madera. Como empayenada por el milagro. Me contaba el cura el fanatismo de esta gente. Y ahora con la guerra, sí que va a ser peor… —gruñó, como entreviendo una perspectiva de disgustos y contrariedades.

—¡Qué cosa!—murmuró la mujer.

—Al principio la curia no quiso saber nada. Era la obra de un enfermo. Le negó la entrada en la iglesia. Hubo una pequeña revolución levantada por un loco. Ellos levantaron el Calvario en el cerrito para hacer la contra a la Curia. Al fin no tuvo más remedio que ceder. Mandaron bendecir la imagen y dieron el permiso. Desde entonces la Semana Santa se hace en el cerrito. El Cristo de Tupá-Rapé es ya casi tan mentado como la Virgen de Caacupé. De lejos arriban en peregrinación para el Viernes Santo.

—¡Eá, yo no sabía!

—Lo malo es que entre los promeseros vienen jugadores y maleantes de todas clases. Como siempre. Voy a tener que enderezar un poco esto también—agregó el hombre con un tonillo de jactancia, mirando de reojo la procesión que ya iba quedando muy atrás.

—No me contaste eso, Melitón—dijo la mujer sin oírlo.

—¿Qué cosa?

—Lo del Cristo…

—Ahora ya lo estás viendo. Quería darte una sorpresa.

—¡Y justo haber llegado el Viernes Santo a Itapé!

—¡Qué tiene! Es un día como cualquier otro.

—Nos va a traer mala suerte… —balbució la mujer; los ojos mortecinos se clavaron en el piso del vagón.

—¿Por qué?

—¡Ese sueño que te dije!

—¡Ganas de joder con el maldito sueño!—levantó la mano y la mujer ladeó instintivamente la cara.

—¡Era tan patente! —murmuró casi para sí.

—¡Siempre con tus antojos…, ni que estuvieras embarazada! ¡Qué sueño ni niño muerto!… —se interrumpió de golpe y cambió de expresión.

Un hombre con traza de viajante de comercio o de inspector de alcoholes, se les aproximó, obsequioso.

—¿Vieron la procesión? —preguntó amañándose para anudar la charla. Tenía un leve acento gringo.

—Sí—dijo el otro. Sacó un cigarro del bolsillo, olisqueándolo por las puntas.

—Pudimos verla por el atraso con que venimos. Casi cuatro horas.

—Sí—dijo el hombre prendiendo el cigarro.

—Es interesante como espectáculo de fe —insistió el otro sin convicción.

—¿Fuma?

—No, gracias—se excusó el viajante o inspector y, filtrándose por el resquicio del convite, agregó—: Usted es don Melitón Isasi, ¿no es verdad?

—Servidor—dijo expeliendo una bocanada de humo—. Pero, tome asiento, si gusta.

—Bueno, un minuto solamente, porque ya estamos llegando. Yo subí en Villarrica— se sentó con respeto algo parsimonioso en el extremo del banco—. Me han dicho que viene a hacerse cargo de la jefatura de Itapé.

—Así es.

—Lindo pueblo. Suelo venir a menudo en época de zafra. Para vender mis cositas, sabe. Espero que les vaya muy bien.

Melitón Isasi recogió las botas haciendo chirriar el piso con fuerza.

—No sé. Vamos a ver—metió los pulgares dentro del ancho cinturón con baleras y los paseó sobre el abdomen—. Estos cargos son difíciles ahora. Con la guerra en puerta.

—¿Estuvo ya aquí?

—Hace poco. Para hacer el inventario del despacho de la Jefatura.

—Es un pueblo tranquilo.

—Y depende. A según la mano—dijo con suficiencia—. Hay muchos desertores. Me han mandado para arrearlos a las buenas o a las malas hacia el frente. El ejército del Chaco necesita soldados para atajar a los bolivianos.

—Sin embargo, la última vez que estuve, el mes pasado, el antecesor suyo Matías Alderete me dijo que habían marchado todos los que estaban en edad militar. La leva llegó a las compañías más apartadas. No dejó de pasar la soga por ningún rincón, me dijo. Anduvo sacando reclutas como chauchas, de las cuadrillas, de las chacras, del monte…

—Je…—le cortó Melitón Isasi con despectiva suficiencia—. ¡Matías Alderete! ¡A ese lo sacaron por flojo! Por eso me mandan a mí. Yo no voy a andar con vueltas.

Inmóvil en la ventanilla, la mujer contemplaba el chato pueblo que se iba acercando, hundida en su aspecto ausente y apocado. El viajante consideró necesario dedicarle un cumplido.

—¿Y a usted, señora, qué le parece esto?

Parpadeó desconcertada, sin saber qué contestar. Quiso sonreír, pero el movimiento de la boca estriada por las imperceptibles arrugas semejó más vale la mueca de alguien que fuese de pronto a llorar.

—Ella viene por primera vez—dijo Melitón Isasi—. Pero le tiene que parecer bien.

Las mujeres están bien donde están los maridos…—añadió con una carcajada—. ¿No es así, Brígida?

—Sí…, sí…—murmuró apenas con una expresión de antiguo abatimiento en la que se acumulaban años y años de fracasos y secretas humillaciones bajo la férrea opresión conyugal.

El viajante se levantó, siempre atento.

—Bueno, hay que bajar las valijas, don Melitón. Espero  poder invitarlo con una botella de cerveza.

—Cómo no—dijo Melitón Isasi, levantándose también—. Ya habrá oportunidad. El pueblo es chico, nos veremos—se dieron la mano.

—Mucho gusto, señora. Un servidor…

El convoy aminoraba la marcha. Por fin se detuvo ante la estación. El andén estaba casi desierto, por la procesión. Sólo algunas vendedoras correteaban a lo largo del tren ofreciendo chipá y aloja sin levantar mucho la voz.

Melitón Isasi lanzó las valijas por la ventanilla a los soldados de la jefatura que esperaban al superior.

—Vamos—dijo, precediendo a zancadas a su mujer por el pasillo.

Desde la plataforma, antes de descender, echó un vistazo sobre el pueblo, como tomando mentalmente posesión de su nuevo destino.

2

Melitón Isasi cumplió su palabra.

A los pocos días, salvo él, no quedó un solo “emboscado” en todo Itapé y sus alrededores. Mandó al lejano frente de guerra hasta a los muchachos no comprendidos aún en los llamados de la movilización, que empezó a tragarse paulatinamente las clases.

Melitón se apresuraba. Había que ganarle tiempo al tiempo. No tenía fe en el Registro Civil, en un pueblo donde muchos más eran los nacidos que los anotados, sobre todo entre los hijos naturales, que eran mayoría. Melitón Isasi le tenía menos desconfianza al libro parroquial de bautismos. Mandó trasladar el derrengado librote de la sacristía a su despacho. Y allí se lo quedó, para descubrir la pista de los desertores.

—Si no están registrados acá los que nacieron—dijo al sargento de compañía—, es que no nacieron.

En las viejas páginas apolilladas estaban anotados los nacimientos de hasta mucho antes de la Guerra Grande. Y detrás de un armario, en la sacristía, había otros libros aún más viejos. Pero ésos ya eran una inservible masa de moho y telaraña, un queso de siglos para polillas, cucarachas y ratones.

Venían las madres afligidas para pedir por los hijos que aún no habían cumplido con la edad.

—¡Ya cumplirán por el camino… o allá! —replicaba él, sin levantar los ojos de las listas—. La guerra va a ser larga.

—¡Es mi único sostén!…—imploraba alguna vieja bajo el manto rotoso y polvoriento.

—¡La patria está primero! —le gritaba ahuyentándolas del despacho—. ¡Váyanse! ¡Salgan de aquí! ¡Tengo mucho trabajo! ¡No puedo perder tiempo con macanas!

La fila macilenta se dispersaba en silencio todas las mañanas.

3

Frente por frente a la jefatura, Melitón Isasi habitaba con su mujer una casa de corredores, casi pegada a la escuela cuyos horcones labrados recordaban las manos del lazariento, las mismas que habían tallado el Cristo.

A Brígida de Isasi apenas la veían de tarde en tarde, cuando detrás del postigo espiaba la comisaría por la abertura en forma de corazón, o salía a la huerta del fondo con su apariencia enfermiza, aplastada e impotente. La única que la visitaba a menudo era la celadora de la Orden Terciaria, una vieja llamada la hermana Micaela, que además hacía de curandera para toda clase de males. Le llevaba remedios de yuyos y las habladurías del vecindario.

La hermana Micaela salía de sus visitas engallada en el engreimiento de su intimidad con la mujer del nuevo político. Los itapeños supieron en seguida a qué atenerse con respecto a él. Lo aceptaron como a una plaga más y se resignaron en la callada abominación y el temor colectivo e impersonal con que afrontaban las otras.

Melitón Isasi se convirtió en la máxima autoridad, en el dispensador de justicia y hasta de mercedes, pues lo acaparó todo, incluso la distribución del racionamiento.

Guardaba en la comisaría doce agentes armados para velar por el orden y la tranquilidad de la población. Los hombres estaban peleando en el Chaco. Los viejos y las mujeres nada podían hacer. El juez de paz era viejo y achacoso, Melitón lo tenía en un puño. El cura de Borja, desde tiempos inveterados, sólo venía a Itapé los domingos impares del mes. Acabaron entendiéndose también como viejos amigotes.

Pero Melitón Isasi no se limitó a mandar reclutas al frente y a mantener el orden. Pronto cundió otra especie de temor entre la gente sometida a su autoridad. El vicio del flamante jefe político no era la caña ni el juego: eran las mujeres jóvenes. Le arrejonaban todo a todo más que nada, encendían en él un hambre cojuda más fuerte que su fuerza, con una avidez insaciable, alimentada de todo lo que en él era bestialidad solamente; una avidez rapaz lanzada contra lo que hay de más desamparado en el ser humano, el sexo, la única cosa que no sabe defenderse a sí misma.

Para Melitón Isasi no había obstáculos a su lujuria, pero tampoco un limite al estéril desborde de su vitalidad. Se cansaba pronto de una misma mujer. Montaba a caballo y hacia sus recorridas por las noches, solo, acechante, como quien sale a cazar. No necesitaba escoltas ni guardaespaldas disimulados. El miedo de los demás lo protegía suficientemente. No siempre tampoco precisaba salir a cazar sus presas. A veces le bastaba canjearlas por un poco de los víveres del racionamiento. Pero las muchachas de yerba, galleta o azúcar, le resultaban insípidas. El temor, la rendición, les daba su saborcito especial.

Quizá no se sentía ávido ni cruel ni maléfico, como un fenómeno de la naturaleza no tiene conciencia de su destructivo, indiferente poder. El tranco de su caballo tomaba cualquier dirección, pero siempre una dirección nueva.

Las viejas se santiguaban cuando sentían sonar los coscojos del freno en la oscuridad. Lo veían pasar muy alto sobre el caballo, borrada la cabeza por el humo del cigarro, parecido en la sombra a un enorme macho cabrío. La empavorecida aprensión de los lugareños trabajaba a su favor. Se metía en los ranchos con la tranquila seguridad de llegar a una cita. Fácilmente hubiera podido quedar tumbado de bruces sobre la consumación de un capricho, con un cuchillo hundido en la espalda. Quizás al principio las víctimas cavilarían este desesperado lance de desquite y castigo.

No era difícil verlo con los ojos de las aterradas mujeres. El visitante nocturno empujaría con la bota la puertita del rancho, atorando el hueco con su imponente figura. A la luz del cabo de vela o del tiznado farol, la mujer lo contemplaría como hipnotizada por los dos tizones que agujereaban el rostro, por el brillo calcáreo que emergía de la boca, por la risa machuna que gorgoteaba de ella. Más de una lo vería revestido de una hermosura siniestra y sus propias entrañas la habrían traicionado ablandándole la voluntad en el remolino de un extraño deseo. Entonces la sombra se echaría lentamente sobre el candil y sobre ella, hasta apagarlos del todo con los pujidos de su aliento, la carne sudada y el remezón de los huesos.

4

Así fue como  una noche buscó y encontró a Juana Rosa, la mujer de Crisanto Villalba, en el distante paraje de Cabeza de Agua. Sabía que estaba sola en la chacra, con un hijito de corta edad. Juana Rosa solía venir a la estación y al correo en busca de noticias de su lejano marido.

Juana Rosa tenía un tipo de belleza agreste y suave como hecha de la misma tierra cálida del Guairá, adobada con los zumos del monte y el agua del arroyo. Nadie recordaría después el color de sus ojos o el acento de su voz. De Juana Rosa habían dicho los hombres, en otro tiempo, cuando todavía no tenía dueño y sabia ir a los bailes, que llevaba la luna en un hombro y el sol en el otro. Le arrastraban el ala, pero la muchacha prefirió a Crisanto Villalba, el más callado de todos, tal vez porque él no le hacia tantas fiestas y era el más trabajador.

Solía aparecer en el pueblo los días de tren. Traía enancado al crío en las caderas. Pero Crisanto no escribía. El silencio de su hombre se había hecho de pronto tan grande como la distancia que los separaba. Sólo el lejanísimo estruendo de la guerra retumbaría en su corazón como en el de tantas otras, sin noticias de sus ausentes.

Volvía una y otra vez en busca de la carta que no llegaba. A los pocos días de su arribo a Itapé, Melitón Isasi la vio y se encamotó con ella desde el principio. Seguro por ese reverbero suspendido a su alrededor. Le habló. Algún requiebro le diría, esas cosas que los hombres dicen a las mujeres. Contaban que ella lo miró sin decirle nada y que se había ido volviéndole la espalda, no con desprecio, sino simplemente como si no lo hubiese visto ni oído. La gente después lo iba a recordar.

Melitón dejó pasar un tiempo no muy largo. Una noche desmontó delante del rancho de Cabeza de Agua. Al día siguiente o pocos días después, Juana Rosa amaneció con su hijito en la cocina de la jefatura. Era algo inexplicable, por tratarse de Juana Rosa. Todos se extrañaron.

No sabían qué pensar, pues de lo que menos habrían podido dudar era de la fidelidad de Juana Rosa al lejano Crisanto. El recuerdo del desaire que había hecho a Melitón Isasi en el andén de la estación, los dejó aún más desconcertados.

5

Por la abertura del postigo pintado de verde, Brígida espiaba el patio de la jefatura. El hueco en forma de corazón le resultaba una tronera adecuada. Podía ver sin ser vista. Al fondo, Juana Rosa preparaba en la gran olla negra el locro para los agentes. La veía acarrear el agua del pozo en las latas de querosén. La pollera húmeda marcaba los muslos, cada uno más grueso que la flexible cintura acostumbrada a doblarse sobre las amelgas.

Brígida la observaba con la boca llena de arrugas. La celadora de la cofradía, pelando una naranja con minuciosa lentitud, le hablaba de Juana Rosa. No se sabía si procuraba disculparla o si, por el contrario, estaba cargando las tintas para congraciarse con la dueña de casa. La voz flatulenta arrastraba el énfasis monótono que se le había hecho natural como yegua madrina de los rezos, picándose de ambiguas pausas en las que un pómulo daba saltitos convulsos. Las palabras se le calentaban en la boca de quererlas soltar. Pero lo hacía de a poco, esculcando el mutismo de la otra.

—No era una mala mujer, Ña Brígida. Pero ahora . . . ¡Quién iba a creer! ¡Parece cosa del demonio! ¡El marido lejos y ella pecando con el hijito al lado…, aquí delante de su propia casa! ¡Es ya haber perdido el último resto de vergüenza! La otra miraba rígida detrás del postigo. La abertura cordiforme diluía sobre el semblante cetrino el reflejo del atardecer, disparaba sobre los ojos la escena del patio con la hermosa mujer de cabellos negros moviéndose entre el humo del fuego y el vapor de la olla negra. Más cerca aún, por la puerta entornada del despacho, podía ver colgada sobre el piso una de las botas de Melitón. Los párpados se le achicaron hasta no dejar más que una juntura trémula.

La vieja la observó de reojo.

—Tal vez el desamparo en que quedó. No sé…, nadie sabe cómo fue capaz de hacer esto, de llegar a esto…—en lugar de pelar una naranja, daba la impresión de estar tejiendo una  trencilla. La cáscara se estiraba en la punta del cuchillo en una tira dorada de increíble delgadez, formando espirales en su regazo.

—Melitón anda trastornado…

—¡Y seguro, Ña Brígida! Estas mujeres trastornan a los hombres más enteros. ¿Vio el chumbé que se ata a la cintura? Es de liana macho. A lo mejor tiene payé… ¡Quién le dice!

—¡Dios mío! —balbució, alisándose las comisuras con las yemas de los dedos.

—Pero ella tiene toda la culpa. La ponzoña del pecado está en su sangre. Salió pintada a la madre. A María Rosa, una chipera que en su tiempo se acostó con todos los hombres de Itapé y también con los arribeños. Todavía vive en la loma de Carovení. Ella fue la que quiso ir a juntarse con Gaspar Mora, cuando le vino el mal de San Lázaro y se escondió en el monte…—la tira se cortó y del regazo saltó arrollándose sobre el piso. Una viborita ardida de sol. El pómulo saltó hacia el ojo.

—¿El que hizo el Cristo?

—El mismo.

—¿Y ésta es la hija?

—Sí. María Rosa fue también la que se cortó el cabello para que le pusieran al Cristo.

Mucho tiempo anduvo pelada por el pueblo. Y ni manto se ponía. Quería que la vieran así. Para presumir. Ya estaba loca entonces. Después la tuvo a ésa. Decía que era la hija del leproso. Pero mentía. Gaspar Mora había muerto. Y Juana Rosa nació mucho después. Vaya uno a saber de quién es… —comenzó a chupar la naranja con avidez. El jugo le hacia brillar el bozo y chorreaba por los costados de la boca sobre el fláccido y abultado promontorio del pecho, salpicando el escapulario de bayeta marrón.

—¡Pero mi Dios!—dijo Brígida pugnando inconscientemente por volver al hueco, que al mismo tiempo la repelía.

—¡Qué se va a hacer!  —dijo sordamente la hermana Micaela entre golosos chupeteos, empujando el escapulario hacia un costado con el meñique—. ¡Tiene la sangre de la loca en las venas!

—¡Yo nunca quise venir aquí!—dijo la faz terrosa, no como un comentario a las palabras de la vieja sino como remate de su propia tribulación, que al fin conseguía expresarse en algo más que en sofocadas exclamaciones.

—Dios prueba a sus elegidos, Ña Brígida… Hay que tener paciencia, che ama.

—Sabia que esto iba a pasar… Unos días antes del viaje, tuve un sueño con Melitón.

Se oyó repicar el trozo de riel de la escuela, para la salida de los alumnos.

—¿Un sueño?—preguntó la vieja, sacando de entre los pliegues del pecho un mugriento pañuelo con el que se enjugó la pringue de naranja.

Brígida no contestó. Tenia nuevamente los ojos clavados en el exterior. A través del resquicio de la puerta del despacho veía ahora la mano y el antebrazo peludo de Melitón recogiendo las botas para levantarse, como si el zumbido del riel lo hubiera despertado. Notó que se apuraba por embutir en las cañas los pies blancos y desnudos.

—¿Qué sueño, Ña Brígida?

Se escuchó el creciente griterío de los escueleros que iban pasando por la calle de pasto y de tierra. El agujero echó un polvillo ondeante sobre la cara de Brígida. Vio lo que estaba repitiéndose a diario desde hacía poco.

Melitón salió peinándose con los dedos el cobrizo cabello, hinchados los ojos por el largo sueño, pero ya sonriente y festivo. Un agente acudía corriendo con el tereré. Sorbió maquinalmente el agua fría del mate hasta hacer cloquear la bombilla. Avanzó hacia el alambrado. La tropilla de escueleros se dispersó en repentino silencio. Una sola quedó en medio de la calle, una espigada muchachita que el blanco delantal con manchas de tinta hacía más niña. Andaba a pasitos rápidos y tímidos. Melitón la habló. Entonces se detuvo y volvió hacia él su pequeño rostro oval.

—Vení un poco…

La muchacha se acercó con algo de vergüenza y respeto, hamacando la bolsita de género floreado en la que llevaba los Cuadernos. El jefe le empezó a decir cosas sorbeteando la bombilla, entre serio y amable, tan despacio que Brígida no lo podía oír. Bromeaba de seguro, porque la escuelera también se echó a reír. Brígida se puso tensa. Observaba los ojos azules de la chica fijos en el rostro de él, cada vez más tranquilos y animados.

Brígida llamó con un gesto a la vieja. La hermana Micaela se levantó y se arrimó a mirar también por la tronera acorazonada.

—Es Felicita, la hermana de los Goiburú, que están ahora en el Chaco. ¡Estas mitacuñai de ahora ya no tienen luego vergüenza ni temor de Dios! Esa apenas cerró los quince. ¿Pronto el  demonio trabaja para su perdición? Lo mismo le pasó a la hermana Esperancita, la mayor. Un poco después que murió el padre, corneado por un toro. Los hermanos tuvieron que echarla de la casa. Ahora dicen que anda por esas casas malas de Asunción. Esta Felicita va a seguir el camino de la hermana. Ahora vive con la abuela ciega en Carovení. La madre murió al nacer Felicita. Eso fue también lo que la perdió a Esperanza. Nicanor Goiburú, el padre, era muy bruto con ella. Los hermanos también. La pegaban con el lazo doblado. Y se arresabió…

Brígida volvió a mirar por el agujero.

La Felicita Goiburú se alejaba por la calle con las manos cruzadas a la espalda y la bolsita de género batiéndole las corvas bajo el delantal. Melitón Isasi oprimiendo la guampa labrada del mate la contemplaba irse como quien deja madurar una corzuela en libertad porque sabe que ya no puede escabullirse. Los labios renuentes succionaban la bombilla que colgaba de ellos como una gorda y enroscada sanguijuela de plata.

6

—¡Kurupí apareció entre nosotros!

Susurraban en guaraní los viejos, entre sarcásticos y atemorizados, aludiendo al jefe político con el nombre del lúbrico mito ancestral.

—¡Hay que pegar bien el traste a la tapia cuando pasa Melitón Isasi!—dijo uno.

El dicho se redondeó pronto en refrán.

—¡Hasta yo ando con las manos entre las piernas!—cloqueó Conché Avahay, una viejecita desdentada, con una risa pícara. La pulla quedó también como guija de arroyo puliéndose en el susurro colectivo. Bromeaban para defenderse del miedo y del odio. No tenían otro recurso. Porque entre Juana Rosa Villalba, que estaba como presa en la jefatura, y las otras muchachas jóvenes que también amanecían de pronto y quedaban por algún tiempo en la cocina después de las rondas nocturnas del jefe político, la fama y el alcance de su salacidad se extendieron hasta los más apartados rincones. La leyenda del Kurupí estaba rediviva en el pueblo. El inmenso falo del dios aborigen se enroscaba en torno al pezón del cerrito, con su cola de fantástico reptil. La gente lo veía allí, porque era la prominencia viva y sensible de Itapé, con el Cristo leproso arriba, quieto y muerto en su rancho de espartillo.

Pero Melitón Isasi no respetaba nada. Nadie pues iba a contenerlo, a no ser que el propio cerro le pusiera el pie y lo detuviese.

7

Se aproximaba la Semana Santa. Llegó el cura de Borja para los preparativos. Los viejos cabildeaban clandestinamente y decidieron ir a pedirle su intervención para que cesara el impune y continuo atropello. No les costó coincidir en que la celadora de la cofradía, como la más influyente, era la que debía hablar al Paí Dositeo Pedroza, en nombre de todos. Se lo propusieron.

—¡Ah, yo no! ¡Yo no me meto! ¡Es muy feo meterse en la vida de los demás!…—se sacudió la hermana Micaela.

—¡Pero es el jefe político el que se mete en nuestra vida, en la carne de nuestras mujeres como rejón de picana! —se quejó irritado el viejo Apolinario Rodas.

—Él dará cuenta a Dios de sus pecados en la hora de su muerte!—dijo la celadora apretando con la papada pilosa el escapulario sobre el pecho—. ¡Cada uno debe cuidar la salvación de su alma!

—Pero también tenemos que ayudarnos los unos a los otros hermana Micaela…— cloqueó la vieja Conché Avahay.

—La hormiga sabe qué hoja corta. Hagan ustedes lo que quieran. Yo no… A mí no me metan en esta mazamorra… —dijo volviendo la espalda al conciliábulo de caras chupadas, que con desprecio la miraron alejarse, gacha la cabeza, engarabitadas las manos sobre el grueso rosario de cuentas de madera que se ataba a la cintura como cadena de silicio.

Los otros llevaron la “mazamorra” al Paí Pedroza. Como si se hubiese puesto de acuerdo con la celadora y sacristana, él les dijo más o menos lo mismo.

—Así que Paí, ¿no hay caso?—preguntó Apolinario Rodas, rascándose la cabeza por debajo del sombrero.

—A Dios lo que es de Dios…—respondió mansamente el Paí Dositeo con las manos cruzadas sobre el prominente abdomen—. Hay que andar en la lluvia sin mojarse, mis hijos. Yo sólo cuido la salud del alma, los intereses de la parroquia. Mi responsabilidad es grande. No me pongan encima un peso más grande todavía. A veces Dios nos ordena mirar con un ojo cerrado y el otro sin abrir…, hacer manga ancha a las debilidades del prójimo para que él mismo se arrepienta y se corrija.

—Pero mientras tanto, los otros sufren—dijo Apolinario.

El párroco agitó los brazos y el viento del anochecer abullonó los pliegues del guardapolvo de seda cruda.

—No me pidan nada a mí, que soy el más humilde de los servidores de Dios. Todos vamos a rogarle este Viernes Santo, en Tupá-Rapé, que haga el milagro. Esto es lo que corresponde hacer, mis hermanos. Como creyentes no podemos emplear más arma que la oración. Oremos y pidamos a Dios, nuestro Señor. Él, en su infinita justicia, proveerá. Los visitantes se retiraron en silencio, abrumados por las razones del cura. Su blanca y gruesa figura quedó un rato erguida en el corredor de la casa parroquial contra la creciente penumbra. Él no iba a cometer errores de jurisdicción, por más que se lo pidieran sus ingenuos feligreses. No iba a cruzársele en el camino al arriscado jefe político. Eran amigos. Sabía que lo respaldaba en Asunción una buena cuña. Estaba casado con la hermana de un hombre influyente del régimen. El propio Melitón Isasi se lo dijo, jactándose entre burlas veras: “¡Mi cuña es mi cuña… do!”. A eso debía él haber conseguido “emboscarse” allí, lejos del frente, mientras la guerra comenzaba a tragar furiosamente hombres en los desiertos del Chaco.

—Tengo que andar con cuidado  —se dijo el cura—. Yo también lucho en un desierto. Un desierto de almas. Los peligros sólo son diferentes.

8

Esa noche, como de costumbre cuando estaba en el pueblo, echó una mano de truco con Melitón en el boliche de Cantalicio Sanabria.

El jefe era campechano y decidor en estas ocasiones. Además, él siempre pagaba el gasto; es decir, mandaba a Cantalicio que lo anotara en la cuenta de la jefatura.

El cura lo pasaba muy divertido. Bromeaban y tallaban, entre una copa y otra, hasta la medianoche. Pero, como por lo general, el jefe mandaba a Cantalicio que atrasara a escondidas el reloj despertador que parecía marcar las horas a machetazos en el estante, entre las botellas, más de una vez el repique para la misa del alba despegaba de golpe al Paí Dositeo de su silla del boliche para arrastrarlo corriendo, corriendito, a la sacristía.

Otras veces, no. Dejaban temprano las barajas y se iban juntos, nadie sabía adónde, aunque se lo imaginaban.

—Usted sabe, Melitón. La vida del cura de campaña también es difícil… —dijo una noche, entre una mano y otra.

—¡Juhú…, si yo hubiese sido cura, no lo hubiera pasado tan mal!—le interrumpió riendo Melitón.

—No vaya a creer. También tiene sus problemas. Como usted, en la jefatura—agregó después de hacer un buche de guaripola—. Sin ir más lejos el anteaño de la guerra se me planteó en Borja un asunto difícil. Tuve que hacer un poco de Salomón.

—¿Partió un chico por la mitad?

—No, al revés. Ahora va a ver. Tuve que juntar…, tuve que casar dos imágenes, dos santos.

—No sabía que los santos se casaban.

—No, solamente como ejemplo. Fue un remedio desesperado que se me antojó para evitar una matanza.

—¡A la pucha! ¿Y por qué iba a ser la trenza?

—Usted sabe que en Borja había una enemistad ya tradicional entre la gente de la estación y del pueblo. A  causa precisamente de esas imágenes. El Señor de la Esperanza es el Patrón del pueblo, y Nuestra Señora de la Paz, la patrona de la estación. Cada parte quería que su Santo fuera el patrono de todo Borja. Las dos pujaban con todas las fuerzas de fanatismo. Mucha culpa también tuvo en esto el trazado y el tendido de las vías del ferrocarril. ¿Para qué separar en dos mitades la población?

—De veras. Aquí siempre se hacen las cosas a la bartola.

—Lo cierto es que la estación y el pueblo celebraban sus funciones patronales con gran pompa, procurando superarse mutuamente.

—Así tienen que ser los buenos católicos.

—Sí, pero ese año, para el día del Señor de la Esperanza, la rivalidad se hizo guerra abierta. Seguro porque la otra guerra se venía encima. Ya no era la simple rivalidad.

Era un odio declarado. Estaba en el aire, a punto de reventar. Y reventó. Ya a la mañana se habían agarrado a puñaladas, cerca de la iglesia, varios puebleros y estacioneros. Se hirieron dos de ellos. El olor de la sangre aterró a la gente.

—Eso es lo que siempre ocurre. Como a la novillada en el faenamiento.

—Por la tarde, para la procesión, los ánimos estaban más calientes todavía. Desde el púlpito, mientras decía el sermón, vi lo que iba a pasar. Por el camino arribaban al galope unos cien jinetes estacioneros. Tal vez menos, pero yo los veía más de cien.

Cuando me callaba oía el retumbo de la caballada y los gritos de los jinetes. Los puebleros salieron de la aglomeración, hinchados de coraje y subieron también a sus caballos,  prontando sus cuchillos y revólveres. ¡Iban a trenzarse en una batalla campal! Vi a la caballería que avanzaba atronando la carretera. Era necesario tomar una resolución. De apuro.

—¡La gran siete!

—Cerré los ojos y pedí el milagro al Señor de la Esperanza, desde el fondo de mi alma. En ese momento no supe lo que hacía. Pero de repente me encontré bajando a saltos del púlpito. Corrí entre la gente y monté con todos los ornamentos sobre un caballo cuya brida arranqué de manos de alguien…

—¡Jho . . . Paí Dositeo! —exclamó con entusiasmo el jefe, descargando un manotazo sobre la mesa.

—Disparé a todo lo que daba el caballo hacia los que venían. Frené de golpe ante ellos, que también clavaron en el suelo a sus montados. Vi que las vestiduras consagradas les imponían cierto respeto. Detrás oí que llegaban ya también en montón los jinetes puebleros. Estaba entre dos fuegos. Tenía que decirles algo. No sabía qué. Un sudor frío me corría por las espaldas. Pero de pronto sentí que se me atropellaban las palabras y me escuché que les estaba gritando con una voz que no era mía: ¡No hay por qué pelear…, por qué derramar la sangre inútilmente, mis queridos hermanos! ¡Dios no quiere la muerte de sus hijos, sino su vida, su bonanza, su hermandad! ¡Estacioneros y puebleros pueden vivir en paz, como buenos hermanos! ¡Para eso tienen como abogados al Señor de la Esperanza y a Nuestra Señora de la Paz!…

—¡Qué zancadilla de ley! —celebró el jefe.

—La discusión empezó entonces. ¿Queremos que Nuestra Señora de la Paz sea la Patrona de Borja?…, gritaban los jinetes de un lado. ¡El Señor de la Esperanza es el único patrón de Borja!…, gritaban los del otro.

—¡Caramba, qué brete!

—Entonces se me ocurrió gritarles: ¡También el Señor de la Esperanza y Nuestra Señora de la Paz quieren gobernar unidos a su querido pueblo de Borja! ¡Vamos a hacer que se unan y que cumplan su deseo! ¡Vamos a hacer que los dos Santos sean juntos los Patrones de todo el pueblo de Borja!.. . ¿Cómo? me gritaron a su vez.

—¡Cómo…, en realidad yo también me pregunto!

—Claro. Allí estaba la espoleta del asunto. Fue entonces cuando me acordé del Santo rey Salomón y me animé a usar su manganeta. Un poco cambiada, eso sí. Con las manos les mandé que se acercaran. Los dos bloques de caballos y enfurecidos jinetes se arrimaron. Yo debía estar pálido del susto. El sudor frío me goteaba hasta los pies por debajo de la sotana, de la sobrepelliz, de todo… Carraspeé y les dije lo mejor que pude en guaraní, para entrar en confianza: Miren, lo’mitá .. . La única manera de hacer que el Señor de la Esperanza y Nuestra Señora de la Paz puedan gobernar juntos a Borja, sin molestarse el uno al otro, es casándose… ¡Sí señores, no hay más que casarlos! grité reuniendo el resto de voz y de coraje que me quedaba, hacia los dos bandos de hombres sudorosos que me miraban sobre los caballos con las caras manchadas de tierra. ¡Vamos a agarrar y casarlos…. como buenos cristianos! ¿No es cierto?…

—¡A la pistola! ¿Y qué dijeron?

—Hubo un silencio. Se les oía respirar fuerte. Los miré a unos y a otros. Ellos se bornearon sobre los aperos y también se consultaron con la mirada, más calmados. Sentí que el aire volvía a mis pulmones. Bueno…—dijo uno, que parecía ser el lenguaraz de los puebleros—, si es así vamos a aceptar… ¿Y ustedes?, grité ahora autoritario a los del otro bando. Nosotros también… —dijeron los estacioneros—. ¡Ya que el cura lo dice!… Un poco después rompieron los vivas y los hurras, y los que un momento antes estaban por destriparse, empezaron a llamarse por sus nombres y apodos, a cambiar bromas y chistes.

—¡Al rey Salomón lo hubiera tajeado de arriba abajo, lo mismo! —comentó el jefe, algo incrédulo, alzando el jarro y abuchando los carrillos.

—Regresamos todos amigos a la iglesia del pueblo. Yo pude terminar el sermón.

También la procesión resultó más linda que nunca. Y más larga. Porque las andas del Señor de la Esperanza llegaron hasta la mitad del camino. De la estación trajeron a Nuestra Señora de la Paz, con el resto de la gente. La función patronal de ese año terminó en un asado con cuero y baile, con los puebleros y estacioneros reconciliados como buenos hermanos.

—Algo de eso había oído, ¡pero parece mentira!

—Cuando vaya alguna vez a Borja, pregunte.

—No, si puede ser… —asintió Melitón Isasi, un poco incrédulo todavía—. Algo parecido a lo que pasó aquí con el Cristo, ¿no es cierto?

—Sí, más o menos. La cosa es saber conformar a la pobre gente. No pensaron así en la curia. Se enojaron mucho conmigo. Estuvieron a punto de castigarme por el casamiento simbólico de las dos imágenes. Me iban a trasladar de parroquia, qué sé yo. No quisieron comprender las circunstancias que me obligaron a esa treta inocente para salvar vidas humanas. Después vino la guerra y mi sanción quedó en suspenso.

—Si usted hubiera sido ministro de relaciones exteriores, Paí Dositeo, la guerra no hubiera venido.

—La necesidad tiene cara de hereje, Melitón. Yo pedí para ir de capellán al Chaco.

Pero vieron que era mejor dejarme donde estaba. Además la gente de Borja pidió por mí. Entonces  me quedé a cuidar los bienes gananciales…  —dijo riéndose con picardía.

—Pero la Señora de la Paz quedó en el pueblo.

—¿Para qué? Al día siguiente del casorio la llevamos de vuelta a la capilla de la estación. No hacía falta. Fue un casamiento simbólico, como quien dice.

—Claro, como los santos son de palo no tienen necesidad de estar juntos… ja… ja— Melitón Isasi se repantingó bamboleante, haciendo crujir la silla.

El cura dejó pasar en silencio la alusión, como si no la hubiera oído. Puso las cuatro sotas en hilera.

—Sabe, Melitón…—dijo después de un rato, con voz neutra, sólo como recordando para sí alguna cosa—. Esta tardecita estuvieron a verme unos vecinos…

—Ja…, ya sé…—le cortó riendo el otro—. Por el asunto de las muchachas, ¿no es cierto?

El cura asintió con un gesto, sin mirarlo.

—Me sopló el dato la hermana Micaela. ¡Pero esos viejos son cornetas! Tendrían que agradecerme, más bien. Esas pobres mujeres están sin sus hombres. Yo les hago un favor. Hasta me tomo el trabajo de ir a buscarlas y todo.

—Claro, claro, —susurró conciliador el cura—. Yo sé que a usted ni aunque le pusieran tramojo dejaría de entrar en corral ajeno…

—¡Jho…, Paí Dositeo! ¡Ni usted tampoco! —rió Melitón palmeando familiarmente la espalda del cura, como a un compinche—. ¡Para qué vamos a engañarnos! Ya sé su calibre… Precisamente le tengo preparada una sorpresa… Como la otra vez… Mejor todavía… ¿eh?

—¡Usted es el mismo demonio, Melitón! —farfulló el curil, púdicamente.

—Venga a dormir en mi despacho. Allí va a estar más tranquilo. . .

Melitón lo asió de un brazo, y se perdieron en la oscuridad.

Cantalicio salió del mostrador y fue a cerrar el boliche, moviendo la cabeza como si estuviera enredada de telarañas.

9

Por esos días, sin embargo, Melitón Isasi sosegó su angurria salaz. Y el Viernes Santo, en la procesión, se le vio a él también arrimar el hombro a las parihuelas del Crucificado. Apolinario Rodas y los otros, la misma hermana Micaela, pensaron que el Cristo de Tupá-Rapé había hecho un nuevo milagro.

Sólo que un poco después Melitón Isasi volvió a las andadas. El signo bestial de Kurupí seguía flotando sobre el pueblo. La Felicita Goiburú continuó cortando rosas en el patio frontero de la jefatura para llevarla a la vieja directora. Luego, a la salida, después del tañido de fierro que arrancaba a Melitón de sus siestas, se quedaba conversando un rato con él en el alambrado. Cada vez tardaba un poco más. Los ojos azules se le iban poniendo más soñadores y perdidos, con la luz de un alma vacilante que lucha consigo misma bajo el peso de una pasión o de un hechizo superior a sus fuerzas.

Una tarde, después de mirar a todos lados, entró en el despacho. Las puertas chirriaron despacio tras ella. La venadita se había metido en la trampa por propia voluntad. Y ahora estaba adentro como si ya hubiera caído del otro lado de la tierra.

El cielo alto y vacío del anochecer empujaba inútilmente la puerta con tiznajo de su sombra carmesí. Detrás del corazón agujereado del postigo, Brígida sollozaba. Luego fue a tumbarse sobre una cisterna y quedó boca abajo, como muerta, chatas las nalgas contra el piso, los tendones de las piernas azuleados por las várices. Toda ella seca, aplastada, mísera como una cáscara.

La hermana Micaela entró como una tromba un rato después.

—¡Santo Señor de la Paciencia!… —tartamudeó—. ¡Ahora no sé qué va a pasar…, si vuelven los hermanos Goiburú! ¡Felicita es la niña de sus ojos!… ¡Y ahora está allí, haciendo sus porquerías! ¡Pero yo la vi…, yo la vi entrar!…

Brígida no se movía. La celadora, con un crujido de cuentas de madera, se acercó, y continuó sobre ella, como inculpándola:

¡Entró porque quiso! ¡Ella buscó a don Melitón, se le metió adentro como una ternera corsaria! ¡Qué barbaridad! . ..

Hacía ruido inútilmente, porque la otra no la oía.

10

Comenzaba el segundo año de guerra allá lejos.

Una guerra que no llevaba trazas de terminar. Podía durar un año, o diez, o cien más. Todo seguiría igual en Itapé, donde el tiempo era como agua de tajamar, parada y espesa, con ese sarro verdoso de la superficie, que les gusta a los moscones.

Juana Rosa había desaparecido sin dejar rastros.

Ahora la Felicita Goiburú pasaba en las siestas, mirando mucho hacia adentro. En ocasiones, a través de la puerta entornada un poco antes de dormirse, Melitón le movía la mano, ya soñoliento, desde el catre de lonjas donde se hallaba tumbado.

Entonces ella apuraba el pasito, contenta. El rosal se había secado. Pero todo estaba achicharrado por el verano. A la salida de la escuela, Felicita entraba en el despacho y Melitón empujaba la puerta desde el catre con el pie. Ya no era un secreto para nadie.

Melitón Isasi interrumpió las recorridas nocturnas. Estaban asombrados. Lo que no había conseguido el Cristo de Tupá-Rapé, lo consiguió la Felicita. Ya no se metía de rondón en los ranchos de las mujeres solas, ni aguaitaban en el patio de atrás, preparando el rancho de los agentes, las que él quería tener más cerca por un tiempo.

Se dedicó por entero a Felicita, lo olvidó todo, se apegó a ella con la blandura del tiento sobado. Su voz se puso grave y pausada. Ya no gritaba, no se enojaba. Sólo con Brígida. Pero aun con ella se había vuelto más tolerante.

De su autoridad no le quedó más que esa rebaba áspera, que Felicita suavizaría por las tardes, en la penumbra  del despacho. No lo podía creer. Melitón Isasi parecía enamorado de verdad. Y no de una mujer hecha y derecha como Juana Rosa, como las otras que habían pasado por la jefatura, sino de esa muchachita de ojos azules en cuyo cuerpo apenas comenzaban a romper las formas núbiles. La pajarita quinceañera fascinaba al búho cuarentón de ojos dorados y sanguinolentos que la tenía apercollada en sus garras.

Un año duró aquello. Pero entonces concluyó la guerra en el remoto Chaco.

Comenzaron a volver los primeros desmovilizados.

11

Cuando Felicita supo que sus hermanos iban a regresar del frente, se apuró. Empezó a luchar entre la felicidad y la desgracia. Estaba grávida. Mostró la carta de sus hermanos a Melitón. Se hallaban ya en Asunción, esperando el Desfile de la Victoria y sus papeletas de desmovilización.

A él también empezó a entrarle miedo.

—Vamos a ir cuanto antes a una comadrona de Borja —dijo lúgubremente.

—Yo quiero tener un hijo tuyo, Melitón. ¡Es lo que más quiero!  —gimió la muchacha—. Pero…, tengo miedo, ¡Te pido que me ayudes a tenerlo!

—¿Pero no ves que no se puede? —le gritó él irritado—. No puedo casarme contigo!

—¡Si me llevaras lejos de aquí!

—Tarde o temprano se presentarán tus hermanos. Donde estemos. Y tendré que balearlos o me balearán ellos.

—Entonces…, que sea lo que Dios quiera —se resignó entre sollozos—. No tendré a mi hijo sobre tu muerte o la de ellos. . .

Probaron primero todos los remedios caseros que recetó la hermana Micaela. Llegaba con brazadas de yuyos medicinales a la jefatura y preparaba las infusiones en la cocina, o las traía ya hechas y enserenadas.

Al salir de la escuela, Felicita seguía entrando al despacho, pero ahora para ingerir los cocimientos de la celadora, las purgas capaces de tumbar un caballo. Desde su apostadero, Brígida escuchaba el rumor de las arcadas y los quejidos de la paciente cuyas entrañas se resistían al saqueo.

La vieja la enteraba de los detalles.

—Ya no sé más que darle. Ni la quinina ni el aceite de castor ni la sal inglesa… Ahora sólo queda lo otro. Pero eso yo no me animo a hacerlo. Está muy débil…

—¡Pobrecita! —murmuró Brígida con sincera compasión.

—¿Pobrecita? masculló la hermana Micaela—. ¡Una sinvergüenza! ¡Eso es lo que es! ¡hora ya encontró lo que buscaba! ¡Y todavía una tiene que ayudarla! ¡No hay por qué compadecerla tanto, Ña Brígida!

—Ahora ella es tan desgraciada como yo…

12

Al mes Felicita Goiburú era piel y huesos. Los hermosos ojos azules estaban ajados, enrojecidos, de tanto llorar a escondidas. Envejeció de la noche a la mañana, con una expresión inimitable de anhelo y desánimo que le encendía y le apagaba el rostro alternativamente. Sólo ahora tocaba la profundidad del mal. Lo había descubierto no grado por grado, como su hermana Esperancita, sino de golpe, en una experiencia irrevocable. Ahora sabía lo que su inocencia ignoró todo el tiempo. Y lo sabía rápidamente, fatalmente, con la dolorosa irradiación de una quemadura.

Melitón Isasi no andaba mejor, escorándose como si hiciese agua por todas partes en el remolino que  lo volteaba. Los furiosos estallidos de la cólera no conseguían achicarla. Se escoraba cada vez más. Bebía sin descanso. La piel ya no era lustrosa. Los ojos estaban inyectados en sangre. La barba de días con sus rastrojos rojizos punteaba el fofo semblante con el color de las cortaderas sobre un estero. En ciertas tardes se encerraba a solas con Felicita en el despacho y la besaba desesperadamente en un ansia oscura, deslavada de deseos, gimiendo entre sus cabellos, como un padre que sabe a su hija muy enferma y con pocas posibilidades de salvarse.

A Felicita le hacían más daño los gruesos sollozos paternales. Ella seguiría queriendo a Melitón como hombre, a pesar de todo. Habría querido apoyarse más que nunca en el hombre poderoso y autoritario que la había seducido mansamente. Ahora el cambio aumentaba su vergüenza. Esos quejidos le decían que lo había perdido como amante. Estaba perdiendo a su hijo, se estaba perdiendo a sí misma. Prefería que la insultara y la aporreara, borracho, enloquecido por el miedo. Así por lo menos ella olvidaba el suyo, aturdida por un dolor extraño a su propio dolor, y sentía menos perder todo lo que estaba perdiendo.

—No llores, Melitón. . . Todo se va arreglar. . . —le decía pasándole una mano sobre los revueltos cabellos.

Su voz salía como una súplica lejana de un corazón ya vacío. Salía de sus labios, no para persuadir a la paz o a la tranquilidad a quien ya no podría tenerlas en adelante, sino para adormecerlo con ese susurro. Y adormecerse. Para disimular de algún modo la necesidad vergonzosa de esperar lo que ya no tenía esperanza. En la lucha de la depravación contra el candor, había vencido el candor, pero a costa de un ser puro que se moría por momentos.

13

Una noche ventosa y sin luna la llevó a caballo. Se fueron como huidos. Rodearon el pueblo por un atajo.

Sólo Brígida vio perderse las dos sombras, tragadas por la oscuridad.

Demoraron varios días. Al principio se pensó en un rapto. La gente envalentonada por el fin de la guerra y la ausencia del jefe político, rompió a barajar suposiciones y sospechas. Ya no eran los tímidos cuchicheos de antes. Ahora las caras y las bocas estaban encorajinadas y escupían en voz alta lo que pensaban.

—¡Ese ya no vuelve más! ¡La escondió a Felicita y se escapó de los hermanos!—decía el viejo Apolinario, en un grupo, junto al mercado.

—¡Pero los Goiburú no van a dejar de balde su fechoría! Van a remover cielo y tierra hasta encontrarlo! —dijo otro.

—¡Sólo si pasa la frontera!

—No ha de ir lejos —dijo Apolinario—. Ya se le puso el pecho de algodón. Pero aunque se vaya hasta el fin del mundo, lo mismo lo van a encontrar. El miedo siempre deja rastros. Los Goiburú van a tomarse el desquite aunque tengan que remover cielo y tierra.

—¡También está Crisanto Villalba…, y todos los otros! —dijo una viejecita.

—¡Pobre Melitón Isasi! ¡No quiero estar en su pellejo!

—Pero es traicionero. Todavía puede madrugarlos…

—Si la muerte no pudo madrugarlos en el Chaco, menos va a poder ese cobarde…

14

En la loma de Caroveni, la abuela de Felicita no  podía hacer más que rezar y lamentarse por la nieta robada, de cuyo destino, de cuya gravidez, nada sabía. Justo cuando los hermanos estaban a llegar.

María Rosa, la cuidadora del Cristo en el cerrito, venia a consolar a su vecina. La anciana ciega se quejaba con desesperación.

—¡Cómo pudo permitir Dios esta desgracia!

—Dios no permite más que las desgracias, Ña Emerenciana…—dijo María Rosa—.Si permitiera también la felicidad Dios se acabaría…

—¡Perdí a mi nieta, María Rosa! ¡No sabes lo que es eso! Le chorreaban las lágrimas de los ojos ciegos y el guaraní fluía de sus labios, reacio a su desdicha.

—Yo perdí a mi hija…—murmuró la demente de la loma cuyos cabellos negros estaban pegados desde hacia un cuarto de siglo al Cristo leproso. Ahora los cabellos eran blancos y agrios, pero en los ojos duraba la misma obsesión de antaño el brillo de haber contemplado y de estar contemplando todavía un rostro incorruptible en la esencial desolación del mundo.

—¡Van a llegar los hermanos…, y Felicita ya no está!

—No está aquí…

—¡Antes la tocaba por lo menos! ¡Ahora ya ni eso!

—A los vivos no se los puede clavar en una cruz y querer que continúen vivos…— dijo la loca. Detrás del rostro ceniciento, en las miradas secas rescoldeaba el tizón ardido de la vieja fiebre.

—No te oigo, María Rosa… —parpadeó la ciega.

—Felicita se fue con su cruz…

—¡Pobre, mi corazón! ¡Era una criatura! ¡Vendrán los hermanos y ya no la podrán ver! ¡Estarán más ciegos que yo!

—Verán la rabia de su corazón…

—¡Haber guerreado tanto, para esto! ¡Se salvaron de la muerte y ahora van a venir a encontrar algo peor que la muerte!

—El Cristo de Tupá-Rapé les dará consuelo,… A Gaspar Mora le consoló en la hora de su muerte… —fue lo único que dijo en castellano.

—¡No le rezarán, María Rosa! —se afligió la anciana—. ¡Nunca creyeron en él! ¡No le querían! ¡Tampoco el padre! ¡Ninguno de los tres! ¡Cuando a Nicanor lo corneó el toro, maldijo al Cristo! Nicanor, después los mellizos, los tres decían que el Cristo era la desgracia del pueblo, porque nos había enseñado la resignación…

—Entonces…  —dijo la loca, pero se interrumpió con el semblante apagado. Se encaminó lentamente hacia el ranchito inclinado entre los cocoteros. La joroba de los años abultaba en la espalda bajo los trapos.

Sólo ella vería después, como en un sueño, la tarde que fue a recoger leña en la falda del cerro, el regreso de Melitón Isasi. Lo vio venir solo como dormido, con una pierna cruzada sobre la montura. La buscó a Felicita con los ojos, pero no estaba. Por lo menos no la veía. Únicamente vio que en la cintura del camino dos sombras furiosas e iguales saltaban sobre el jefe político, arrancándolo del caballo con un lazo.

La loca sabia contar esta clase de alucinaciones, a las que nadie prestaba atención.

Ella misma las olvidaba pronto. Esa tarde se habría restregado los ojos para despegar de ellos el susto, la mala visión, y nada más. Como otras veces. Ningún sueño podía superponerse a la vieja y dulce pesadilla. La propia realidad retrocedía derrotada por ella.

15

La hermana Micaela cayó a Brígida con la noticia.

—¡Llegaron los mellizos! —tartamudeó atragantada.

—¿Quién?

—¡Los hermanos Goiburú!…

—¡Dios mío! —sopló Brígida débilmente por entre los dedos que apretaban la boca.

—Les están haciendo un gran recibimiento. ¡Todo el pueblo está reunido en la estación!…

Se escuchaba la cohetería de los hurras y vivas que estallaban en honor de los recién llegados. De repente también empezó a repicar el pedazo de riel de la escuela.

—¡No sé qué va a ser de nosotras! —rechinó la vieja—. ¡De mí, ¡Ña Brígida, de mí! ¡Por haberme metido en este enredo! ¡Para mal de mis pecados…, para la perdición de mi alma! ¡Lo hice por usted y por don Melitón! ¡Y ahora ni siquiera él está! ¡No sé por qué no viene de una vez!… —iba de la puerta a la claraboya, rengueando como una gallina en un gallinero arrepollada por el olor del zorrino. La sombra de un doble espanto caía sobre ella, apretándola contra los rincones más oscuros. Brígida, quieta en medio del cuarto, veía dar vueltas a su alrededor a la celadora. Miraba a través de ella, los ojos agrandados y vidriosos, la boca enrejillada por las falanges que se le habían puesto más espinudas y trémulas. Las cuentas del largo rosario de madera, atado a la cintura de la vieja, crujían sordamente. Brígida, nerviosa, bajó las manos y las retorció sobre la tabla del vientre.

—¡El sueño!…—murmuró—. ¡Se está cumpliendo el sueño! La sacristana la enfrentó. Le puso una mano sobre el hombro y la miró con implorante fijeza.

—No queda más que una cosa, Ña Brígida… No queda más que ir a mandar una promesa al Cristo de Tupá-Rapé. Solamente él puede ayudarnos. Le tiene que pedir usted.

—Yo. . .

—Ya sé que usted no cree en él—rezongó la vieja—. En los dos años que está en Itapé no subió al cerro ni una vez. Ni siquiera fue para la procesión del Viernes Santo… ¡Pero es milagroso! ¡Hizo cosas increíbles! Milagro únicamente se puede llamar las cosas que hizo en este pueblo, desde que está allí…, desde aquella tarde en que lo bendijo el Pai Maíz… Yo le digo, Ña Brígida… De balde no cree en él…

—Yo creo…

—¿Y entonces?

—Voy a ir… —dijo al fin; el ansia, la anhelosa necesidad de aferrarse a algo volvía a encender las descoloridas miradas.

—Yo la voy a acompañar. Póngase el manto y vamos.

—Todavía no, hermana Micaela…

—¡Mire que hay apuro!…

—Si no llegan esta noche, vamos a ir mañana a la tardecita,…

—¿Por qué recién a la tardecita?

Brígida tardó un poco en contestar. Bajó los ojos. Al cabo, con oscura humillación secreteó:

—¡No quiero que me vean! … Me odian. Siento su odio… Por eso nunca salgo de aquí…

—Usted no hace mal a nadie. Nadie habla mal de usted.

—Me odian con razón. Yo misma me odio…

—¡Antojos suyos! —le oprimió la mano como para alentarla.

—No. .

—¿Entonces vamos mañana al cerro?

—Sí. . .

—Voy a venir a buscarla, para ir juntas.

—Dios se lo pague, hermana Micaela…

—Pero esta noche no se descuide—su voz adquirió el tono áspero y agorero de la sacristana—. Son capaces de atacar la comisaría… Yo que usted mando acantonar a los soldados.

—El jefe es Melitón. Y Melitón no está.

—¡Por eso mismo! —bufó la vieja—. Si usted quiere, voy a ordenar de paso a los soldados lo que tienen que hacer.

—No hace falta. Ellos nada tienen que ver en este asunto.

—¡Están para vigilar el orden!

Brígida la miró con la misma azorada vergüenza de hace un momento, pero se quedó en silencio. No quiso o no pudo decir nada más.

—Hasta luego entonces, Ña Brígida. Voy a ir un momento a la iglesia. Mañana empieza la novena de San Judas. Me voy, ¡Dios quiera que no pase nada malo!

Se embozó en el manto color tabaco y salió arrastrando las zapatillas. El ruido de hueso del rosario se apagó en el corredor.

Brígida se aproximó lentamente al orificio. Vio que la hermana Micaela hablaba a los agentes sentados sobre el escaño de la jefatura, haraganeando con la guampa del tereré. Oyó que les decía:

—¡Se ve que están con la soga larga! No tienen ni así de tino, ni de vergüenza!…

Los agentes se removieron a desgana. Algunos se levantaron, retorciendo el cuerpo y estirando los brazos.

—Ña Brígida les manda decir, de orden del señor jefe, que carguen los mosquetones y que hagan guardia todo el tiempo, hasta que llegue don Melitón. ¿Han oído?

—¡A su orden!—dijo uno, socarrón, guiñando un ojo a los demás. La media docena de conscriptos se removió, divertida.

—Llegaron los Goiburú y pueden venir a balear la comisaría.

—Ya se habrán cansado luego de tirar en el Chaco —dijo el muchachón flaco y canilludo.

—Pero aquí va a ser por otra cosa. Y si vienen y meten bala, nadie va a dar ni un patacón por el cuero de ustedes.

Los muchachos se rieron despreocupados.

—Hagan lo que les digo. Y cuiden también la casa de Ña Brígida.

—¡A su orden, mi sargento!  —dijo el canillón, chocando exageradamente los tobillos. La vieja se fue farfullando.

16

Brígida la estuvo esperando, ya vestida. Tenía puesta su ropa más humilde. La esperó todo el tiempo, cada vez más ansiosa. La tarde se arrastró con una lentitud desesperante, rajada de calor, de silencio, preñada de una vaga amenaza. Se acercaba al agujero y espiaba la calle. Vio declinar y empalidecer la luz contra la puerta cerrada del despacho, hasta que tomó el tinte morado que tiznaba la madera cuando la Felicita Goiburú solía estar adentro. Vio un zapato viejo y abarquillado entre los yuyos de la calle. Contempló los rosales secos contra la tapia. Miró oscilar los caños negros de los fusiles en la comisaría. Una chicharra empezó a rejonear la tarde entre los naranjos del patio.

La celadora no apareció.

La tarde pasó rápidamente del dorado al escarlata. El vaho caliente se metía por el hueco, la crepitación del silencio batido por la matraquita de la cigarra. Su impaciencia empezó a decaer con la luz. Se fue quedando más tranquila, con esa calma que da el extremo desamparo. Esperó un poco. Cuando supo que la vieja no iba a venir, se puso el manto negro y salió por el portón de la huerta.

Costeó el pueblo por donde se había perdido el caballo de Melitón, la noche en que se llevara a Felicita. Después tomó la carretera rumbo al cerro. El manto, la penumbra y el polvo le tapaban la cara y la convertían en una desconocida que se alejaba con la cabeza encorvada hacia el suelo. Sin los ladridos que a trechos le salían al paso de su olor humano, no hubiera sido mucho más que una sombra sin cuerpo, un fantasma de ojos muertos, de esos que la salvaje soledad de los caminos forma a veces en la polvareda del crepúsculo.

A medio camino se cruzó con la loca de Caroveni, que venia pujando con su brazada de leña, los cabellos cenizos, nublados los ojos de la última luz. Se miraron. La loca se detuvo. Levantó la mano como para decir algo, pero la voz no salió. Había algo de aciago en la envolvente fijeza de sus ojos caldeados en un secreto.

Brígida estaba lejos de todo eso; lejos aun de sí misma. Pero, asimismo, sintió vagamente que no podía confrontarse con la vieja. Hubiera deseado la inocencia de su locura. No le imaginó voz, ni comprendió ese pequeño gesto de aviso o protección que María Rosa volvió a intentar. Vio que los ojos de la loca estaban de nuevo marchitos. Crujió el haz de leña sobre el lomo jiboso al reanudar la marcha. Después, a sus espaldas, la oyó canturrear el estribillo del Himno de los Muertos con el chirrido de una rama seca.

—Che yvyrá’i-kanga a mo ñe’erí yevy va’erá… (=Yo haré que la voz vuelva a fluir por los huesos…)

17

Cuando subió al cerro caían las primeras sombras. Subió perseguida por las maripositas blancas y el quedo murmullo del manantial. El cielo tenía el suave color del cuero quemado. La sombra se depositaba aterciopeladamente en las cosas. Se pasó la mano por los ojos. Dejó ir el peso del cuerpo a los talones y el cerrito se inclinó hacia ella para ayudarla a subir. Una sola vez más miró hacia arriba. La choza del Cristo también ya estaba en penumbra. Pero sobre ella temblaba todavía una tenue claridad. Desembocó en la explanadita de la cumbre, limpia y pulida como un atrio. Se sentía nuevamente abochornada. No se atrevió a mirar al Cristo. Era la primera vez que subía allí. Y había llegado no como una de las simples mujeres del pueblo, sino como una ladrona, al caer la noche, sola. No venía a rendirle un homenaje, sino a pedirle una gracia. La mujer hincada ante el pequeño solio de paja se lo dijo en voz baja al que estaba clavado en la cruz:

—¡Tienes que saberlo ahora!… ¡Sólo quiero que vuelva! ¡Te pido que me lo devuelvas! Sacó el rosario. La pequeña cruz de metal chispeó en sus manos. La besó y comenzó a rezar. Al llegar de nuevo a la cruz, sintió que el círculo se había cerrado y que ella estaba dentro de ese círculo como dentro de una claridad. No sabía todavía si de salvación o de irremediable fracaso. Se sintió más apaciguada. Por lo menos, la vergüenza había desaparecido.

Besó de nuevo la crucecita de metal y levantó la mirada hacia el Cristo. Poco a poco. No con orgullo y determinación, sino con mansedumbre y ternura, con la sensación de su desamparada debilidad, como solía ante el propio Melitón cuando él le hacía sentir su poder hasta los huesos con el silencio de su desprecio o el rigor de sus injurias y sus golpes, bajo los cuales ella sentía sin embargo la única tímida, agónica dicha que le era permitida en el mundo, ya que por lo menos entonces algo la unía a él. Parpadeó sorprendida. No quería, no podía creer lo que estaba empezando a contemplar, a entrever, en la tenue claridad. El Cristo tenía botas. Se pasó el dorso de la mano por los ojos en un rápido impulso y la filosa crucecita del rosario arrollado entre los dedos le arañó un párpado. Alzó un poco más los ojos y vio que el Cristo tenía ropa y que la ropa estaba ensangrentada. Todavía de rodillas descubrió, en un lívido relámpago de la conciencia, que quien estaba en la gran cruz negra era Melitón, atado a ella con muchas vueltas de lazo. Volcaba hacia ella la cabeza sin vida. Detrás de una máscara de sangre la miraba con sus grandes pupilas doradas en las que la muerte ponía una expresión por vez primera apacible y humana.

El rabo no la había quemado aún hasta el fondo. Se incorporó de un salto y se arrimó a la cruz. Aplastó anhelante de temor la húmeda mejilla contra la punta de las botas. Y las reconoció. Sólo entonces su erizada mudez rompió en un gran grito y echó a correr.

Al borde de la pendiente trastabilló y cayó. Sus pies habían tropezado con el Cristo de madera, arrojado como un despojo entre los yuyos. El cuerpo de la mujer siguió rodando la falda pedregosa hasta que un matojo de espinos detuvo su caída, junto al manantial.

Augusto Roa Bastos: Bajo el puente. Cuento

050426170704605bPOR QUÉ  no come, le dijo taitá. Y el viejo: De noche no. Usted ya sabe, don Chiquito. Si no hay luz sobre mi comida, no puedo comer. Taitá se rió fuerte: Bajen el lampión y pónganle delante, dijo. El viejo miraba la oscuridad; casi sin mover los labios dijo: No. Tiene que ser luz del día, y si hay sol, mejor. De no, la comida es de otro gusto. Taitá lo miró con la boca llena. Enojado. Después le preguntó, burlón: Gusto a qué, si se puede saber, don. El viejo no contestó. No dijo nada más. Se levantó y se fue hasta  que se emparejó con la oscuridad. Taitá volvió a masticar, rezongando: tiene la cabeza más dura que el recado. Capaz que un día va a enladrillar el río para vadearlo sin mojarse los pies.

Taitá y el maestro nunca se entendieron. Con el maestro nos pasó que lo empezamos a conocer cuando se desgració bajo el puente. Y ya para entonces tenía más de sesenta años. Un poco encorvado el espinazo no más; pero sabía ponerse derecho cuando quería. Mayormente en la fiesta de la Natividad, que en Itacuruví empieza un día antes del 24 y se alarga, a remezones, hasta la Epifanía. Muy guardador. Un hombre de orden, de trabajo. Flaquito. Inacabado. El redoblante y alférez mayor de la cofradía de mariscadores. Clavábamos la punta de los pies entre el gentío para verlo tocar. Despacito al principio. Ciego o dormido en el susurro del cuero. El cabello negro y lacio, pegado al cráneo con la goma del tártago. El pecho muy abombado en la figura pequeña. Reventaba en un tronido el redoble mientras el malón salvaje robaba al Niño-de-Cabellos-Rojos. Doscientos años después, jinetes de sudadas camisetas de fútbol lo traían a salvo. Sólo entonces el redoble paraba. Los mariscadores un rato de piedra sobre los caballos. Los brazos en alto. Florecidos ramos de palma. Por debajo pasaba la imagen. Un cuajito de leche, el pelo teñido de bermellón como el fleco del niño-azoté. La inmensa bola de polvo y ruido flotaba sobre el pueblo, y se iba en una nube a llover en otra parte, hasta el año que viene.

Siempre igual. En un lugar así la vejez es larga para cualquiera. No para el maestro. Con menos que poco se conformaba. Dentro de él encontraría todo lo que le hacía falta. Quién sabe. Por fuera, siempre ocupado; un hombre activo como ninguno, de provecho, cumplidor. La escuela. Su chacra llena de plantíos de muchas clases. El cuidado de los pájaros y animales silvestres en su casa, a media legua del pueblo, en la orilla del monte.

Al rayar el día ya estamos todos los alumnos en el patio, tiroteándonos con las semillas de los nísperos; los más grandes pelando al descuido las polleritas rotosas, para mirar debajo. “Guá, el maestro”. Una vela negra entre el vaho del roció. Detrás viene saltando el coatí. Lejísimo todavía, si hasta parece que no se mueven, que van reculando. De un parpadeo a otro, se ha puesto a repicar el trozo de riel. El ruido de los bancos se apaga antes que el fierro. Desde la puerta nos está barajando hace rato; nos mira y no nos mira. Nosotros, duros; cada uno con su estaca bien tragada. Sin saber dónde poner las manos y el traste. Los ojos de santitos. Un ramalazo de escarcha quema de refilón una mano, una pierna. Lo único que se mueve es la cola de humo del coatí, bajo la mesa del maestro. El vergajo atado al puño, tiembla un poco todavía. Él mira. No se oye más que su resuello; un anhelar más aire del que hace falta para uno solo. ¿En qué momento ha sacado la libreta de tapas negras donde nos tiene guardados? No precisa abrirla para saber quién está cazando pájaros en el monte. 0 quiénes están temblando con el chucho y vaciándose en la diarrea, hasta que les hace tomar a la fuerza sus remedios de yuyos. Ni la sombra de un pelo se le escapa. Sabido. Le miramos la cara para ver si hace buen tiempo. Entonces salimos a sacar la paja podrida del techo, a trenzar tientos y bozales; a tejer sombreros y guayacas, para el mercado. La escuela no le cuesta al gobierno más que la venida del inspector, que a saber a qué viene. Nada más que a emborracharse en la fonda del pueblo, a poner su firma en el registro, como de que todo está en orden. Nos hace cantar el himno al pie del asta pelada (ni bandera tenemos), y se va.

El nublado le dura varios días al maestro. Por cualquier cosa: Suba al palo, alumno. La voz gruesa en un cuerpo tan ajustado (a veces la voz más grande que su tamaño). El dedo uñudo apuntando hacia afuera. El castigo más temido: el palo pelado, alto, y el culpable ahorquetado en la punta, achicharrándose al sol. Todo el tiempo de la penitencia debe chirriar allí como una chicharra. Si el ruido sale bien, más corta la pena: Bájese, alumno. Vuelva a su lugar. Sudores y temblores, esto de sostener el chirrido entre los dientes. Los brazos y las piernas se mueren contra el palo, antes que la voluntad. Con todo el sol y las moscas juntas, el cielo y la tierra dan vueltas alrededor del  asta. Una bandera. ¿De qué patria seria? Uno cierra la boca para aguantar las arcadas del mareo. Ya está abajo la manchita brillosa, resonando fuerte en medio del solazo: Qué le pasa a esa chicharra. Si no canta la van a comer las hormigas. Señor, me cuesta mucho, agarro y le digo esa mañana. Y él: Nunca lo mucho costó poco. Meta a cantar pues. Y déjese de pito-pito-colorito. Me entró un poco de rabia hasta la boca del estómago. Todo por esa porquería de lagartija que recogí en el camino y se me escapó de la bolsa cuando andábamos por la Provincia Gigante de las Indias, para partirse en dos pedazos contra los dientes del coatí. Me saltó la espuma y oigo que le grito: Creo que ya estoy muerto, señor. Que me coman no más las hormigas. La voz abajo: Animal muerto no mueve la cola. Y yo, con el último aliento: No puedo cantar más. La saliva no me alcanza. Cómo no, dice la manchita desde más abajo que el suelo: Alcanza el que no se cansa. Siga pues.  Cuando esté muerto del todo se callará solo. El tono justo vuelve a subir; hay que empezar otra vez. El carapacho vacío acababa cayendo sobre las tunas. Venían las hormigas y se llevaban los pedazos bajo tierra, muy apuraditas.

A ratos, más distraído que ninguno el maestro. Se largaba a mirar la punta de sus botines de  caña alta y elásticos a los costados. Más viejos que él, de puro remendados. Sin una gota de polvo vil. Todas las mañanas lustrados con flores de cinesia o con almendra de coco. La mano en lo negro del pizarrón. Los palotes, los números, los dibujos (siempre cosas redondas: una naranja, el pimpollo del irupé, un nido de alonsito, el globo terráqueo con la garrapata del Paraguay prendida a la verija) se borraban poco a poco bajo su aliento de asmático, soltando una lloviznita de albayalde sobre la manga de lustrina. Tan caída la mirada. El hombre se iba cayendo. Se aplomaba, se achicaba. Desaparecía. Una mota de polvo en el brillo de las suelas. Los zapatos solos ahí, sobre el piso. El dueño volando lejos. Y nosotros sin poder saltar ni brincar; nada más que sudar del antojo. Los pies vacíos rayando el suelo. Los ojos hacia el trozo de sol que se retorcía en el hueco de la ventana, cargado de viento, de tierra, de nubes, más allá de los árboles. Cuando tardaba mucho, nuestra mirada se ponía verde de tanto restregarse contra el campo.

La víspera del hecho que hizo bajo el puente, tardó más que otras veces. Pensamos que ya no iba a volver. Me voy a pescar todos los dorados que hay en el río, suscitó Epifanio Ortigoza. La mano espinuda volvía a animarse sobre el pizarrón El maestro se levantaba otra vez sobre los zapatos. Esa tarde se largó a hablar tupido, mezclando todo. Nosotros entendíamos sin entender. Las cosas que decía no eran de ese momento; habían pasado hacia mucho tiempo. O estaban por suceder. Él vivía en espera. Dijo: Un día va a llegar aquí un desconocido. Y no lo van a ver si no están preparados. Le faltaron las palabras, el resuello. Los rastrojitos de pelo a los costados de la boca, quietos por un rato. “De la casualidad no se saca nada”, dijo al salir a flote su respiración de ahogado, tras una tos. El mismo se había puesto un plazo, vamos a decir; no hacia adelante, sino al revés. ¿Seria esa su fuerza? El lento poder crecido de esperar contra toda esperanza. La paciencia. La fuerza de su desamparo. Todos los días, desde el principio. Mañana no era un día para él. Qué tiempo iba a tener para pensar en viajes ni en zonceras.

Una sola vez bajó a la capital, dicen que a gestionar su jubilación. Tampoco ese hecho está claro. Algunos calcularon que había ido a buscar el título del terrenito del fisco, donde vivía. De allá no trajo más que los bolsillos llenos de unos granos como de pólvora o pimienta. Los echó en la laguna que forma el río un poco más allá del puente del ferrocarril. Al verano siguiente (o muchos veranos después), el agua barrosa se cubrió de unas plantas como cedazos, de más de una vara de ancho. Del centro salían unas espigas redondas envueltas en un mechón de seda negra; unas flores lustrosas y tiernas del color de la garza real. En la  atardecida, el maestro bogaba lentamente en su canoa entre las cunitas flotantes de las victorias-regias; a cuidar que los pimpollos y las cabecitas de niño de los frutos se metieran a dormir bajo el agua. Antes de que comenzaran los ladridos.

Para lo único que sirvió el viaje. Un don no nacido de la casualidad: esas flores del Río-de-las-Coronas, aclimatadas en esa mierdita de laguna. Un milagro. Un hecho simple no más. Positivo. El aroma salía del estero al amanecer cuando los pimpollos despertaban sobre el agua. La alegría. A esa hora la laguna, hecha una sola ola de perfume, se metía enterita en la nariz llevándose el olor que los perros dejaban por la noche.

Ya para entonces (desde que me acuerdo) la gente se mandaba mudar. Uno después de otro, como si los agarrara una enfermedad de la que solamente se podían curar yéndose. Sin decir nada a nadie; sin despedirse siquiera. En tren, o a pie por el camino, muchas leguas, hasta el cruce de la ruta por la que pasan los camiones hacia el sur. Con lo puesto; como para pegar la vuelta en seguida. No vuelven más. Y hasta los que se han ido la víspera parece que faltaran hace mucho tiempo. Si vuelven alguna vez, vienen cambiados. Son otros. Llegan como extraños que sintieran vergüenza por alguna antigua mala acción. Todo falso en ellos: el parecido con las caras que llevaron al salir; la ropa, la tonada nueva que traen. Sólo su olor a lejos es cierto. Cuando el maestro se encuentra con estos lejeños de paso, ni el saludo. Los mira con desprecio. Y si alguna vez fueron sus alumnos, menos que mirarlos. Como ya no puede mandarlos de chicharra al palo, no existen para él. Los más chicos los miramos con envidia. Esa lejanía que traen escondida en la mirada como una culpa; las golosinas que se sacan de los bolsillos y reparten por ahí, para hacerse perdonar.

Andamos detrás de ellos, riéndonos con una risa de plata, los dientes forrados con los papelitos de los chocolatines. “Les sacamos el molde”, dice Juanchí, mi primo, inflando en la boca el poronguito transparente de la goma de mascar, que nos gusta más que todo. Vienen y se van otra vez en seguida, como escapados. Pero no vemos llegar por ningún lado al desconocido que nos anunció el maestro. Llegaron las tropas. De la noche a la mañana el pueblo se llenó de soldados que bajaron del tren militar. Al norte, hacia Villarrica del Espíritu Santo, cuando no había viento, se oía el tronar del cañón y el matraqueo de las ametralladoras. En Itacuruví los soldados no pelearon. Corridas y patrullajes; nada más que simulacros de combate. Parecían cuidar al pueblo de algún peligro, que por momentos se acercaba y por momentos se alejaba. Como una amenaza de tormenta que únicamente ellos veían. La estación del ferrocarril era su campamento. Por allí embarcaron en vagones de carga la hacienda y los hombres que consiguieron arrear. Lo más que pudieron. Su buen mes les llevó el trabajo. A taitá no lo mandaron porque él carneaba para las fuerzas. Por la noche, amontonados a la luz de la luna, tocaban guitarras y cantaban.

Desde la sombra de las casas escuchábamos sus voces y sus gritos. De repente se largaban a brincar y a zapatear. El retumbo nos hacía tiritar la piel bajo el relente. Pero no era como el batifondo del gentío en las procesiones. Capaz porque las cosas que pasan bajo el sol son diferentes de las que pasan bajo la luna. Mamaíta rezaba por ellos también.

Aparte de taitá, entre los de más edad, el único que se quedó en el pueblo fue el maestro. No parecía enterado de nada. Ni que le importara tampoco. Durante el día, en la escuela como siempre. Por la tardecita, desamarraba su cama y se metía en la laguna, ya para entonces forrada del todo por los cedazos de los irupés Tanto que el maestro daba la impresión de estar sentado en una de esas coronas que se apagaban poco a poco en la penumbra del poniente.

Una mañana el comandante visitó la escuela. Lindo hombre el capitán. Alto, de hombros anchos, la cintura muy delgada. Las botas le llegaban hasta la verija; pistola al cinto y esa especie de cañoncito negro que se encajaba en los ojos para manguear el monte y el camino cuando se subía al techo de la estación. Ojos verdes, cara blanca tostada por el sol. Suave, manso. Demasiado. Nos quedamos sin saber como sería en él la voz de mando, su furia en el combate. Se mostró muy amable. Hacia bromas con ojos de risa, la boca moviéndose en el humo perfumado del cigarrillo, que no era como el humo de alhucema del maestro que él prendía cuando había peste. El casi no tuvo necesidad de decir nada. Más callado que nunca. Estancado en su inmovilidad.

Se pasó mirando las puntas de las botas del militar, que al mudar el paso soltaban un chillido a cuero nuevo. El capitán movía las manos y las manchitas de oro del reloj que llevaba en la muñeca corría por las paredes y el techo. No la podíamos alcanzar con los ojos, y volvíamos a la figura verdeoliva que nos miraba desde una ciudad desconocida. Muy grande. Cómo podía el caber ahí con todo eso. Nos dijo cosas que nunca habíamos oído. Pasamos pronto del susto a la diversión, y lo empezamos a querer en seguida. Dijo que nosotros éramos la esperanza de la patria y que el maestro era el héroe ignorado en la batalla contra la ignorancia. Así como ellos estaban ahora en lucha contra el bandidaje. Entró de un salto el coatí plumereando las botas del militar con la cola anillada. Trepó al hombro del maestro y se puso a mirar con ojitos asustados al visitante. Guiñando un ojo hacia nosotros, el capitán preguntó: ¿Este es alumno también? El maestro movió la cabeza: No, dijo. Me acompaña no más. Y el militar: Ah, es como su perro. Al maestro se le movió un poco un lado de la cara (a veces le venía ese temblor que tienen en sueños los animales): Si, dijo. Es como mi perro. Un pequeño quejido salió del coatí tal vez de las botas. El capitán dijo: así un día él también va a saber leer y escribir. Serio, sin levantar la vista, el maestro dijo pasando la mano por el lomo sedoso del animal: Lee y escribe, sí señor, cómo no. El militar lanzó una carcajada. Después se puso serio, sin fanfarronería.

Prometió preocuparse de la escuela, apenas regresara de la capital: Aquí hay que levantar una escuela nueva, dijo midiendo con los ojos un espacio como para diez. Después dijo: Esto es poco para un pueblo como Itacuruví. El maestro murmuró a las cansadas: Lo poco basta. Lo mucho se gasta. (Su voz ahora era más chica que su tamaño). El militar no le oyó. Estaba ocupado con el futuro, haciéndose sonar los huesitos de los dedos: A cuentas viejas, barajas nuevas, dijo. Ya al irse se volvió al maestro y le palmeó el hombro que le llegaba a la altura del talabarte: Y a usted, mi amigo, le vamos a conseguir esa bendita jubilación. El maestro ladeó la cabeza hacia el coatí, como para escucharle el ronroneo: Lo que yo quiero, dijo, es un reemplazante. Y el capitán, retirando la mano: También se lo vamos a mandar.

Mucho después que se fueron las tropas, los que habían ganado los montes regresaron de a pucho. Flacos, el cuero enllagado por los huesos de las uras, aqueresados por los moscones. Nada más se venían pierneando su esqueleto. Taitá los miraba con lastima, y cuando podía carneaba para ellos. Algunos se fueron rellenando, y apenas podían se largaban hacia las frontera. Muchos se quedaron no más detrás de la parecita blanca.

Ahora hay mucha tranquilidad. Pero la gente sigue Yéndose. Más que antes. Por eso en Itacuruví se ven cada vez menos conocidos. Lo que sobra son los perros sin dueño. Y los recuerdos, que son los perros flacos de la memoria. Andan desatinados revolviendo las huellas, husmeando ese restito de los ausentes que ha quedado agarrado al polvo. Un olor, un hongo venenoso que los enloquece, que los enferma de tristeza, que les voltea la cabeza a ras del suelo; que los ayuda a procrearse. A los chicos también nos destetan con eso.

Al caer la noche, Itacuruví se puebla de aullidos que se responden desde todas direcciones, brotados de la tierra. Desde las casas a la estación; desde el río al camino; desde los aserraderos vacíos a los cañaverales y algodonales abandonados. Y más lejos todavía. Mayormente no se escuchan al principio y acaban llenando toda la noche. Cuando hay luna nueva, el olor se vuelve azucarado. Los perros se echan unos encima de otros. Se atacan a dentelladas. Se aparean en montón, salvajemente. Un desbordamiento.

La zafaduría de los perros enoja al maestro. Es lo único que lo enoja de veras. A guascazos, a patadas, se lanza contra la trenza de animales cebados. No para hasta apagar los colmillos y ojos que chispean en ese animalón de tantas cabezas y un cuerpo solo. Una noche, del montón que se deshacía lo han visto salir completamente desnudo. Embarrado con la baba de los perros se ha metido en su casa. De nuevo tranquilo y seguro. Algunos han dicho que lo han visto entrar en cuatro patas, como los mismos perros. Nunca se ponen de acuerdo en las cosas del maestro.

Resulta que en un pueblo chico, uno está muy cerca de otro, todo el santo día. Pero de repente entre uno y otro hay millones de años. Taitá y el maestro, por ejemplo. Las gentes no son según la cara que ponen, sino según su laya. Grande forzudo, comilón, la ropa y el tirador siempre llenos de sangre, de sebo, era taitá. Medio sin más pena lento. Toda la vida en el matadero municipal, faenando él solo tres o cuatro reses. Después se iba a capar toros y caballos en las estancias de Maciel y Caazapá. Llegaba los sábados al mediodía con un medio costillar atado al tiento. Seguido por una tolvanera de moscas, que se oían hasta el cerro. El mismo hacía el asado. Partía la carne con el cuchillo manchado por la queresa de las castraciones. Mientras comía con mucho ruido se iba llenando de sueño. Antes de acostarse a dormir la siesta, enterraba el cuchillo hasta el mango en el tronco de un guayabo. Llamaba a mamá y se encerraban en el cuarto. Al despertarse a media tarde, mamá le cebaba mate. Él arrancaba el cuchillo y olía la hoja cubierta de orín. Iba raspando con la uña la costra fermentada. Y las hilachitas caían en la espuma del mate mientras chupaba la bombilla. De esas raspaduras fuimos naciendo yo y mis hermanos. Una hilera.

Me había puesto una tarde a mirar el cuchillo. En la hoja herrumbrada, los ojos espantados de los caballos se apagaban en el cardenillo. Entre los relinchos lejanos, hinchados de dolor, la voz de taitá: A éste lo voy a curar. Siempre dormido. A usted lo que le hace falta no es escuela sino candela. Hasta cuándo va a andar así, hasta que se ponga a mear la gallina, o qué. Me mandó que me bajara el calzoncillo, delante de todos. Una gran risa. Me puso el cuchillo entre las piernas, por seguir la broma seguro. “Para que seas un buen padrillo, mi hijo”, me aturdió su voz en el oído. Me agarré al cuchillo con las dos manos. Ni un arañazo, pero un frío de muerte me peló la sangre por dentro. Desde entonces me dura el susto. Una especie de vacío en esa parte del cuerpo. Me escapé al monte; crucé al otro lado del río. Estoy tendido en la arena, boca arriba, para que el sol me coma los ojos. El aliento del coatí en la cara, la mano del maestro lavándome los ojos enllagados, hasta el seso me araña la quemadura del agua de llantén. La voz de taitá en la oscuridad, muy achicado, servil como un perro: No sé por qué ha hecho eso. Al niño lo tratamos muy bien. La voz del maestro yéndose: Claro, cómo no, don Chiquito. A cada uno le güele bien su pedo.

Días y días para que me retoñaran los ojos. Una telaraña enrollada en la cabeza al principio. Después se me destapó adentro otra mirada, y en los ojos entraban más cosas que antes. De una manera diferente. Ver era desear y desear era recordar. Volví a la escuela. El maestro también distinto: él mismo, pero una persona diferente. Lo estaba empezando a conocer. Más fuerza que taitá tenía, en todo y por todo; a pesar de lo quebradizo de su condición. Entonces supe también por qué no podía comer él si la luz no caía sobre su comida: el gusto de cualquier cosa en lo oscuro recuerda a la muerte. Pero ahora todo era muy claro; el día y la noche. Por la tarde me quedaba a barrer el aula. Me sentía liviano. Dispuesto a volar como un pájaro. Con el gajo de cepacaballo esa tarde barrí hasta el último pedacito de escuela. Sobre la mesa estaba la libreta. Más sobada que la baraja de la fonda. Parpadeaba al vientito caliente. Me fui corriendo al borde de la laguna. A contraluz del poniente, el maestro caminaba muy derecho sobre las victorias-regias, y se perdía a saltos en la oscuridad. Cuando todos dormían y los ladridos aumentaban la noche, me senté despacito en el larguero del catre. Traté de no pensar en nada; en nada más que en ese desconocido que un día iba a llegar al pueblo. Entonces oí la voz de los que se habían ido y de los que se habían muerto. Los ladridos se apagaron. Un gusto a herrumbre me llenó de saliva la boca. Se me curaron las llagas, pensé, pero se me están enfermando las cicatrices. Así y todo, la felicidad. Me mordí la lengua hasta sentir el gustito tibio a sangre. Los ladridos no volvieron y el pueblo amaneció lleno de gente.

Mamá, taitá y todos mis hermanos están detrás de la parecita blanca, en medio del campo. También la tía Emerenciana, que me llevó a vivir con ella cuando me quedé solo.

Al maestro le prohibieron tocar en las procesiones. Capaz que él mismo se cansó de redoblar para ese pueblo cada vez más vacío. El último año ya ni un triste puñadito de brazos se pudo juntar para sacar las andas. Y de los jinetes, el polvo del galope era barro. El malón anda creciendo por otros lugares. El maestro más callado que nunca; alunado todo el tiempo. Envejeció de un día para otro. Los cabellos se le llenaron de canas. Unas motas de lana manchadas por el excremento de los loros. Se le arrugó el cuero; la ropa. Todo él se iba achicando, achicando. Apretado, atorado en un agujero, pujando por salir. Pujaba y se atoraba. Solo, en el profundo agujero. Nadie lo podía ayudar. A trueque de su encogimiento, la abertura se angostaba, lo estrujaba. Lo que saliera de allí (si algo salía), no iba a ser más que una despellejadura. Algo de nada. No bogaba más en la laguna. No se lo veía por ninguna parte. Fui a espiar la casa. Un agrio humo de alucema salía por la ventana. Adentro, el rumor del maestro leyendo en voz alta, o hablando solo. Un poco después, la voz carrasposa se quebró en la voz de un chico que hablaba a una mujer; como un chico malcriado puede hablar a su madre: resentido, porfiado, apenas con respeto. Me recosté contra la tapia, junto al cuadrado de sombra de la ventana; me metí entre la enredadera, los ojos lagrimeando por el humo. Las voces del chico y la mujer seguían discutiendo. Podían ser los loritos del maestro. Vino el coatí. Medio desconfiado, lento empezó a lamerme los pies. Gruñía un poco; capaz quería avisarme algo. Todos los animales se fueron alborotando. Después vi que no estaban: la selva había venido a buscarlos. Bejucos y ramas habían roto las jaulas, los corrales hacía mucho; se enredaban por todas partes, seguían avanzando sobre la casa. Pronto irían a caer y cerrarse sobre ella para siempre. El coatí dio un respingo. En eso salió el maestro con el tambor. Pasó junto a mí, sin verme; muy derecho, como enojado, golpeando el cuero, hasta que desapareció en la cueva del barranco. El redoble hacía tiritar la piel, metía bajo los huesos una especie de dentera. Entré en la casa. Nadie. No había nadie. Nada más que las sombras recostadas contra la pared. Un tiempo largo todo eso; demasiado, porque se terminaba de repente. Atravesando el yuyal que cubría los plantíos, regresé al pueblo. “Voy a volver mañana”, oigo que me digo sin sentirme la voz; nada más que este gusto a cardenillo en la boca. Y encuentro que una montonera de años ha pasado desde entonces. Tengo la misma edad del maestro cuando se desgració bajo el puente, esa mañana en que todos los alumnos fuimos en fila a ver su cara bajo el agua barrosa. De golpe había volado hacia atrás, hacia el principio.

Lo que vimos desde el puente, entre el olor de las victorias-regias (que también ahora tenían el olor de los perros), era la cara arrugada de un chico. Menos que eso: la de un recién nacido. El agua turbia seguro engañaba un poco. Alguien venía tambaleándose por el camino, entre los reflejos. En el primer momento se nos antojó que era el inspector. Nos entró un poco de susto. Sin saber qué hacer, alguien se puso a cantar el himno. Al rato todos lo seguíamos. Un coro fuerte, desentonado, como si hubiéramos estado cantando al pie mismo del palo. Los ojos vueltos hacia el que se venía acercando.

Augusto Roa Bastos: Lucha hasta el alba. Cuento

5232_11428_1Y quedóse Jacob solo, y luchó con él una Persona hasta que rayaba el alba.

(Génesis, 32, 24)

Tendido en el camastro boca abajo, el muchacho oyó la tos seca del padre, el soplido para apagar la lámpara. Esperó aún un buen rato hasta que la noche se metiera bien adentro en la casa. Siempre era posible que el hermano mellizo acechara despierto en el cuarto contiguo. Cuando el silencio dejó oír el suave retumbo del río en las barrancas, el muchacho se inclinó y sacó el envoltorio escondido. Los verdugones del castigo de la tarde le escocieron de nuevo hasta el hueso; en las rodillas, las punzadas de los maíces sobre los cuales el padre le mandó hincarse durante horas, como de costumbre. “¡Ahí lo tienen al futuro tirano del Paraguay! ¡Rebelde ahora, déspota después!… ¡A vergajazos voy a enderezar a este cachorro del maldito Karaí-Guasú.

La madre, tratando de aplacarlo: “¡No lo castigues así, Pedro! ¡Lo vas a resabiar!…” Desde el patio el velludo mellizo le sacaba la lengua; las morisquetas de burla aumentaron su humillación, formaban parte del castigo. Sus brazos en cruz le pesaban cada vez más. Cuando se quedó solo los dobló y entrelazó los dedos sobre la nuca. Se sentía hecho una criba. Su rabia le llenaba la boca de saliva amarga, le hacía bombear salvajemente el corazón entre los huesos.

Abrió el envoltorio con mucho cuidado, no fueran a crujir los papeles viejos. El frasco brilló entre sus manos con tenue fosforescencia. lo agitó soplando varias veces en la boca de¡ frasco. Los puntitos que titilaban adentro con luz verdosa se avivaron un poco; una luz más débil que el halo de la luna menguante sobre las hojas de los guayabos. Pero alcanzó a ver borrosa la silueta de su mano, las falanges crispadas sobre el vidrio.

Han muerto muchos de ayer a hoy -murmuró-. Tendré que poner más lámpiros. Es difícil escribir con tantos gusanos muertos. Esaú empieza a sospechar. Me sigue a escondidas cuando por las noches voy al campo a cazar muãs. Me ha preguntado si pienso tejer cinturones luminosos para las Wõro que danzan desnudas en los cañadones del bosque pidiendo a la ¡una que llueva, como cuenta mamá que pasa en una tribu de indios, en los desiertos del Chaco. “¿Son mujeres de verdad?”, pregunta Esaú. “Son mujeres-póra” -dice mamá-. “Son las deidades silvestres de los indios. Pero ellos son de otra manera. la verdad no se sabe…” Cuando Esaú va al monte a cazar encuentra los cinturones de muãs que yo dejo colgados en las ramas de los árboles. Los toca y los huele. Mete la cabeza entre las piernas y grita como un enano insultando a las Wõro. Después voltea a hondazos una mortandad de tapitíes y palomas de monte y los trae de regalo a papá que mucho aprecia lo que hace Esaú con fina voluntad. Yo veo y me callo. La verdad no se ve, digo.  Sopló otra vez por el cuello del frasco. El zumbido de su aliento le sobresaltó. Lo puso sobre el cajón y tomó el cabo de lápiz. Mojó la punta en la saliva. Hablaba en voz muy baja para sí mismo, habría sido difícil tal vez seguir su pensamiento sin apuntalarlo con ese susurro.

-Tal vez sea más fácil ser Jacob que escribir sobre Jacob, y mamá que me pregunta por que quiero ser como Jacob. Yo cierro fuerte la boca para no contestar. Mamá entonces me toma la cabeza entre las manos y mirándome en los ojos como ella sabe hacerlo me dice que cada uno es lo que es y que no arrienda compararse con los otros. Pero quién sabe lo que uno es. ¡Uno de tantos entre tantas cosas! Yo no sé si soy joven o viejo, o las dos cosas al mismo tiempo. En los cuadernos de papá, de cuando era todavía seminarista, leí: “Mi infancia murió hace ya mucho tiempo, y yo aún vivo…” Y cuando abuelo José murió, papá escribió sobre su tumba: “Entregó su espíritu en las manos de Dios. Le devolvió su vida en buena vejez, anciano y lleno de días.”

Volvió a agitar el frasco. – Son como pescados muertos -dijo-, pero el vientre todavía les brilla en el aire viciado. Hay que echar los muertos y poner lámpiros vivos todos los días. Me acuerdo de la noche cuando se metió un muã dentro de una botella, en el patio, y me dio la idea de una lámpara que no fuera como las otras y que alumbrara con otra luz, la luz de los bichos que alumbran el aire de la noche.

La mano del muchacho siguió escribiendo en el rotoso cuaderno, a la luz del tenue  reverbero.

-Papá no es hombre malo, pero me cree malo a mí. Él sabe que su infancia murió hace tiempo, pero no sabe que yo soy más viejo que él. Capaz que por eso me pega con esa correa doble, que él usa para asentar el filo de su navaja. Pero no pega nunca a Esaú. Mamá me dice que es porque mi hermano es contrahecho y tiene la cabeza un poco desvariada. Papá me pega cuando cree que hago algo malo. Pero yo sé que no es malo zambullirme en el río con los otros muchachos M pueblo para buscar el cuerpo del pasero ahogado en el remanso, enredado entre los raigones M fondo bajo los flotadores de la balsa ‘ Esaú contó que yo salí echando sangre por la nariz y por la boca, abrazado al cadáver del viejo. Eso no es cierto. Yo encontré el cadáver bajo la balsa pero no me animé a tocarlo. Me miraba fijo debajo M agua como riéndose con una mueca. Vi los huesos ganchudos de las manos ya comidas por las pirañas. Lo sacaron los otros muchachos. Pero aunque lo hubiese sacado yo, ¿es malo eso? ¿Es pecado tan grande sacar a un ahogado? Por lo menos para que lo entierren en camposanto.  Suspiró con estremecimiento.

-Mamá defiende a papá tratando de explicar que él tiene miedo a que yo también un día me ahogue en el río, y que lo que él quiere es que volvamos a la ciudad para sacar de nosotros dos hombres útiles y sabedores y respetados. Pero los castigos no son solamente por culpa M río. La otra vez fue la llave que perdió Esaú en la chacra y no pudimos entrar en la casa. Papá me mandó a buscarla mucho después que cayó la noche y yo tuve que pasar corriendo con los ojos cerrados y los oídos tapados sobre el empalado del puente donde dicen que tiene su guarida el fantasma del Descabezado. Estos castigos son los que más duelen y me pueden desvariar la cabeza a mí también, si es que no la tengo ya desvariada. El miedo es la cosa más mala que puede caerle a un cristiano. Y lo que yo siento es que papá tiene miedo a otra cosa que él mismo no entiende qué es. Hace ya mucho tiempo que es mensual de la fábrica y sabe que de aquí no podrá salir, como salió M seminario, de los obrajes, de los Verba les. Hay lugares de donde no se puede salir. Y este lugar de Manorã, en Iturbe del Guaira, es uno de ellos. La gente se muere aquí como los muãs en el frasco cuando ya no pueden echar más luz de su vientre, digo cuando la vida se les apaga en la fábrica o en los cañaverales. Papá no es hombre malo y yo diría que es el más bueno si no fuera por ese miedo que tiene a lo que no sabe y no en tiende, o tal vez lo sabe tan bien que ya lo olvidó…

El muchacho escribía con apuro, pero las letras gordas de escuelero le salían lentas y difíciles. Se quedaban atrás de lo que él procuraba decir y escribir. Las borraba cada tanto con trazos temblorosos que a veces rasgaban el papel. El frasco se iba apagando poco a poco.

– Cuando leo en la Biblia ese hecho que hizo Jacob, yo encuentro que es de otra manera, no como cuando mamá nos lee o nos cuenta los mismos hechos. Igual que cuando a papá estuvieron por matarlo los revolucionarios porque no quiso decir dónde estaban las armas de la policía de la fábrica. Toda la noche entre si lo mataban o no lo mataban, y que dónde están las armas, y los golpes y los insultos, y los tiros junto a su cabeza quemándole los cabellos y hasta uno de esos tiros arrancándole un pedazo de oreja. Todo esto justo hasta el alba cuando llegó al galope un jinete de la montonera y gritó a los que tenían atado a papa con trozos de alambre: “¡No, a ése no lo maten ya! ¡Encontramos las armas escondidas en las calderas de la fábrica!…” Y así papá se salvó de los fusiles y los machetes de la pueblada. Mamá no quiere acordarse de esas malas memorias. Se le humedecen los ojos y se queda callada. Me pasa la mano sobre la cicatriz que tengo en la cabeza y que me dejó ahí una pedrada de Esaú. Mi hermano Esaú de¡ que nunca puedo separarme como si él siguiera teniendo trabada su mano a mi calcañar desde que nacimos juntos. Eso dice mamá cuando cuenta que Esaú es el mayor porque nació último y que su alma está derramada en mí como la mía está derramada en él. Pero yo no quiero un alma así, tan de dos sin ser de nadie y que sin ser nada y al mismo tiempo doble da a uno solo tanta aflicción…

Ya no vio la forma de su mano. Se puso el lápiz entre los dientes. Empezó a envolver  el frasco con el mismo cuidado del comienzo. El viento que las Siete Cabrillas suelen soltar hacia la medianoche, había apagado el retumbo del río. El muchacho sintió el peso enorme de la noche amontonada en el cuarto. tomó el frasco a tientas, abrió la puerta y salió sin hacer ruido.  la noche hedía a los charcos de agua estancada, al guarapo fermentado en los canales de desagüe del ingenio. Arrojó el frasco al río desde lo alto de la barranca. Oyó el ruido del choque en el agua. Se estuvo un rato inmóvil. Luego siguió andando en la oscuridad, de cara al olor lejano de los cañaverales. Sintió que la frente le ardía en relente.  Caminó sin detenerse una sola vez. Su paso firme parecía olvidar todo otro rumbo que no fuera ése. Por atajos y desvíos que conocía bien llegó al cruce de los dos caminos que, en la historia de Jacob, en la Biblia se llama Manhanaim y en la tierra de Manorã, Tape-Mokõi. Algo o alguien le salto por detrás clavándole uñas como garras en la nuca. El muchacho giró y comenzó a luchar contra su invisible adversario con toda la furia y la tristeza que llevaba adentro, con un ansia mortal de destruirlo. Luchó cada vez con más fuerza logrando que todo el peso de la noche entrara en su brazo. Sintió que ese esfuerzo desbarataba los malos recuerdos; sintió que los arrojaba de sí en los espumarajos que echaba por la nariz y por la boca. Sintió que sudaba sangre y que este sudor lo purificaba, que lo volvía más liviano, sin peso ninguno. Pero que todavía estaba vivo y que sólo vivía para triunfar en esa lucha con el Desconocido. Como éste notó que no podía contra él, puso su puño forzando la palma del anca del muchacho y le descoyuntó el muslo. Pero el muchacho no cejaba y arremetía con creciente encarnizamiento. La voz dijo: -¡Déjame, que el alba sube!” Y el muchacho gritó fuerte, no como un ruego sino como una orden: “¡No te dejaré si no me bendices!” La voz dijo: “¡No puedo bendecirte porque estás maldito para siempre!…”

El muchacho siguió luchando ciegamente, hasta que se dio cuenta de que había estrangulado a su adversario; su cuerpo permanecía abrazado a él, pero ya inerte y sin vida. El muchacho se sacudió y lo dejó caer. Su pie tropezó con una piedra. la levantó y contempló entonces la cabeza separada del tronco. Y en esa cabeza descubrió el rostro de filudo perfil de ave de rapiña del Karai-Guasú, tal como lo mostraban los grabados de la época. Pero también vio en la cabeza muerta el rostro de su padre.

Dudó un instante como en el centro de una alucinación o de una pesadilla. Pero la palma del anca descoyuntada le mostró que si era un sueño se trataba de un sueño de otra especie. El día claro le mostró dos paisajes superpuestos, dos tierras, dos tiempos, dos vidas, dos muertes.

… Yo también, como Jacob, vi a Dios cara a cara y fue liberada mi alma…  Pero esa voz no era la suya, ni la de su madre, ni la de las Escrituras, ni la voz que había entrado muchas noches en su vigilia cuando al resplandor fosfórico de las luciérnagas ese – ‘ bía a su manera la historia de Jacob. Sintió en lo hondo de sí que todo eso era falso. Un sueño. Pero que esa falsedad, ese sueño, eran la única verdad que le estaba permitida.

El sol, el rescoldo neblinoso de un sol que no se veía quemaba todo el cielo y borroneaba el día en una tiniebla blanca. El muchacho continuó su camino rengueando del anca escoyuntada. Llevaba la cabeza sanguinolenta bajo el brazo. El fuego blanco del sol la iba despellejando por instantes. Pronto quedó el cráneo calcinado, arrugado, cada vez más pequeño. El muchacho no se dio cuenta de ello entre las reverberaciones y el polvo que subían del camino, ni de que sus propios cabellos le habían crecido hasta los hombros y habían tomado el color de la ceniza.

Se dirigió hacia el pueblecito de Nazareth. Llegó a casa del rabino Zacarías que no lo reconoció y lo tomó por un mendigo. El muchacho Jacob le tendió las manos sin ver que en ellas no había ningún cráneo.

-¡Es de una persona importante de Phanuel! dijo-. Se lo vendo por poco dinero…

El rabino Zacarías no entendió lo que el otro le dijo. Salvo la palabra Phanuel, el nombre hebreo que quiere decir: el-que-ha-visto-la-faz-de-Dios. Le sorprendió que un muchacho campesino de Manorá pudiese conocer el nombre y pronunciarlo con acento arcaico. Se lo hizo repetir. El muchacho Jacob volvió a decir claramente:

-¡Phanuel!

El rabino Zacarías retrocedió. Su voz se volvió dura:

– ¡Deja en paz lo que no entiendes y es sagrado! El hombre malo, el hombre depravado anda en perversidad de boca. Y tú no eres el suplantador que estará en lugar de aquel hombre santo. Anda y trabaja los campos y siembra y cosecha.

El muchacho Jacob inclinó la cabeza. De entre los cabellos encanecidos cayeron sobre sus pies gotas de sudor o de lágrimas.

-Vete -le dijo el rabino, y cerró la puerta después de arrojarle unas monedas.

La noche había caído de nuevo. La silueta que rengueaba entró en un rancho de expendio de bebidas, que brillaba con resplandor calcáreo a la luz de la luna, en un recodo del camino. Pidió al bolichero con voz ronca apenas audible una botella de aguardiente y dejó caer las monedas sobre las tablas. Bebió a sorbos largos apretando la boca ansiosamente contra el gollete, sin unapausa, sin un respiro, como si ya no tuviera aire adentro. Se retiró tamboleándose hacia un rincón del rancho, y se tendió en lo oscuro poniéndose el anca descoyuntada como cabeza.

Entraron dos hombres del lugar y también se pusieron a beber. De pronto uno de ellos se fijó en el que yacía en la sombra, y dirigiéndose al patrón, le preguntó con un guiño de picardía:

-¿No es ése el hijo de don Pedro, el de la azucarera?

El patrón asintió encogiéndose de hombros.

-Los muchachos de ahora pronto empiezan a darle al trago  -dijo el que había hablado-. Pero el padre le va a sacar el vicio a latigazos. Don Pedro no se anda con vueltas.

El segundo hombre se aproximó, husmeó la sombra y removió el cuerpo yacente,

-A éste no le puede pasar ya nada -dijo moviendo la cabeza.

-¿Qué quieres decir? -preguntó el posadero.

El hombre regresó al mostrador, bebióse de un trago la media caña. Después dijo con la voz opaca:

– Ése ya huele a muerto.

Naguib Mahfuz: Una fotografía antigua. Cuento

Naguib-Mahfuz (1)Una idea, relampagueando de improviso, anunció el fin de su incertidumbre. Surgió cuando sus ojos tropezaron con una vieja fotografía escolar. Estaba preocupado por lo difícil que le resultaba encontrar algo original para la revista: el deber del periodista, la obligación de aportar cotidianamente novedades. Y de pronto le vino la inspiración. La foto llevaba colgada en el mismo sitio, en el cuarto de estar, más de treinta años; discreta, muda, difusa ya. Mas ahora parecía tener algo que decir.

Se concentró en la foto, apenas alterada por el paso del tiempo: su orla de Bachillerato en Letras, Instituto de Enseñanza Media de Giza, año 1928 ¿Cómo enfocar periodísticamente estos rostros juveniles?… ¿”Educación y vida”?… ¿”1928 y 1960″?… prometedor punto de partida, pero ¿cómo conseguir datos que sirvan de base a un buen artículo?

¡Cuántos años sin echar una mirada a aquella foto! ¡Cuántas cosas presentes en ella se fueron para no volver! ¡Aquellos tarbuses! ¡Aquellos profesores ingleses y franceses!

Una simple mirada le bastaba para recordar a cada uno, aunque hubiera olvidado sus nombres, y aunque desconociera el curso de su vida por completo: ninguno mantenía en la actualidad contacto con él, ni siquiera aquel chico inquieto que fue vecino suyo durante mucho tiempo.

Procedió a examinar los rostros despacio, comenzando por los de la fila superior. Pasó de largo dos que no le sonaban para detenerse en el que fue el as del equipo de fútbol y que encontró la muerte en un partido entre el Giza y otro instituto… Inolvidable accidente… se diría que su suerte está expresa de algún modo en la foto: ojos de brillo agresivo, arrogante, torcida la boca en un rictus de sonrisa…; hoy es sólo polvo.

Continuó su recorrido de rostro en rostro, hasta pararse en otro, rectangular, vigoroso… recordó la actitud del dueño de aquel rostro, en la escalera de la Secretaría de la Escuela, pronunciando un inflamado discurso con el que pretendía que se sumasen a una manifestación de protesta por el Estatuto del 28 de febrero.

Al lado, uno de aire distinguido que delataba la clase a la que pertenecía; en seguida le vino a la memoria su apellido, al-Mawardi, y lo anotó en su agenda. Seguro que le sería fácil dar con él, porque había sido una personalidad destacada en la política de hacía diez años. Será el primero a investigar.

Sus ojos continuaron deslizándose por los rostros sin que ninguno le dijera nada, hasta llegar a uno difícil de olvidar; fue el símbolo del alumno sobresaliente, con todo el poder de fascinación que esto tiene, el primero de la clase, el número uno siempre, el mejor del Instituto… ¡al-Aurafli!; ¡además de su fama le había quedado en la cabeza aquel raro apellido suyo! Había destacado en la Facultad de Derecho y había sido nombrado en seguida Fiscal de Distrito; por aquel entonces tal nombramiento fue sonado. No tendrá dificultades en dar con él dirigiéndose al Ministerio de Justicia Será el segundo eslabón de su artículo; al-Aurafli después de al-Mawardi.

Un nuevo rostro se destacó desafiante. Era de sangriento recuerdo: una pelea en el patio de la Escuela; del motivo no puede acordarse en absoluto.

Siguió pasando caras, calladas como piedras, hasta llegar a la provocativa fisonomía de su antiguo vecino Hamid Zahrán, hoy director de la Compañía La Pirámide Escalonada. Esbozó una sonrisa fría. He aquí a una figura de actualidad. Recordaba claramente cómo había dejado los estudios al suspender la Reválida, y que, con la enseñanza media solamente, se había incorporado al Ministerio de la Guerra. Había seguido en contacto con él hasta hacía diez años, cuando dejó de vivir en Abu Judà, al empezar a dedicarse al periodismo. Supo después que había renunciado a su empleo estatal para ocupar el puesto de secretario del director de La Pirámide Escalonada, y que más adelante había heredado el cargo de director con un sueldo de quinientas libras mensuales. Un verdadero milagro, si no se piensa en su locura o en su misma estupidez, de la que no le cabe la menor duda. De todos modos será un elemento significativo para su reportaje, que confía en que será de mucha calidad: dependerá más de su análisis que de las entrevistas con los anónimos personajes, ya que no importarán las individualidades, sino sus posiciones sociales. En fin, mejor será que deje las consideraciones hasta que tenga reunido todo el material.

Empezó por concertar una entrevista con Abbás al-Mawardi en su finca de Qulyub, tras informarse en el despacho que éste mantenía en la Plaza del Azhar, de que ahora residía allí. A la hora en punto cruzaba el paseo de entrada flanqueando por macetas de flores que llegaban hasta el recibidor. Era un artístico palacete de dos pisos rodeado por un parque, de dos feddans de extensión, plantado de mangós, naranjos y limoneros, emparrados; innumerables arriates en forma de cuadrados, círculos y triángulos; flores, maleza y arroyos. Y él allí, de pie, como un gigante, en medio de los campos que se extendían hasta el horizonte, se vio dominado por el silencio, la calma, la armonía. Creyó ver a lo lejos, en los bancales, cuerpos inclinados que parecían perdidos entre los sembrados y el espacio.

Abbás al-Mawardi le recibió luciendo una abba holgada, con su cara llena, sonrosada, pelo brillante en retirada sobre la gran cabeza redonda; su corpulencia le hacía muy semejante a una estatua tapada antes de su inauguración. Abbás le miró sonriente, con cierta expectación mezclada de cautela y curiosidad, dándole la bienvenida:

-¡Bienvenido, señor Husayn Mansur!

Se estrecharon las manos, se sentaron y añadió:

-Sigo tu actividad periodística con verdadero interés; siempre que leo algo tuyo, recuerdo que fuimos compañeros de Instituto, aunque no nos hayamos vuelto a ver desde que salimos de Giza.

Husayn replicó sonriendo:

-Nos vimos una vez de pasada en el Parlamento, allá por el cincuenta o el cincuenta y uno.

Frunció el entrecejo:

-¿Sí…?

Se entregaron durante un buen rato a los recuerdos del Instituto, hasta que Husayn le descubrió el objeto de su visita; entonces Abbás dijo cortante:

-¿No te parece mejor dejarme en paz…?

Pero Husayn le atajó con mucho ánimo:

-No estoy de acuerdo contigo; se trata de un estudio que será la primera piedra para reconstruir la trayectoria de toda una generación. Desde luego, no publicaré nada explícitamente a ti referido, sin haberlo sometido antes a su aprobación. Palabra de honor. Es más, acaso ni siquiera necesite mencionar ningún nombre.

No se negó, pero tampoco pareció muy contento. Su rostro era un enigma, hasta el punto de que Husayn Mansur se preguntaba con angustia qué podía pasarle, ¿le ha dolido este encuentro con todos los recuerdos que ha provocado? Aunque hoy sea rico, ayer fue millonario, sin duda, y su estrella política estaba en alza. Ganó honestamente las elecciones… en todas las hablillas se le nombraba como candidato al Ministerio a finales de 1950…

-Resido aquí habitualmente, por eso mi hijo, el que está en edad universitaria, vive en El Cairo con mi hermana. Yo no salgo de aquí casi nunca.

Los frenos de su lengua se habían relajado y confirmó extensamente que sí llevaba en persona la explotación de su tierra, utilizando las más modernas técnicas agrícolas. Habló de que le interesaba sobremanera la cría de ganado y aves de corral; de que para los ratos de ocio se había preparado una buena biblioteca, y de que había elegido como deporte y afición la equitación, en fin, que había creado un pequeño reino y que podía prescindir de los demás; más aún… ¡deseaba pasar allí la vida, sin salir de los limites de su propiedad!

Luego el periodista aludió a los campesinos de sus tierras.

-¡Yo soy un labrador más!, como lo fue mi padre. No me avergüenza trabajar con ellos, ¡son buena gente!

Husayn suscitó otra cuestión:

-¿No te has presentado como candidato por la Unión Nacional?

Pero su interlocutor sorteó la respuesta con habilidad:

-Muchos me lo han propuesto, pero aquí soy feliz.

Husayn imaginó aquella vida, medio salvaje, medio refinada, que ofrecía tantas compensaciones: la noche, la luna, el bar americano, el toque rústico…

-¿Y tus amigos de antes?

-¡Ah, esos! Los íntimos pasan en casa el fin de semana. De los demás no sé nada.

Rehusó seguir hablando de asuntos generales, y Husayn no insistió:

-¿No te apetece a veces ir al cine, por ejemplo?

-Tengo sala de proyección aquí, ¡sí!, ya ves que no me falta de nada.

Le alargó la foto escolar por si le sonaba alguno de los que había en ella. La examinó sonriendo. Al poco señaló su rostro:

-Alí Sulaymán, alcanzado por una bala en el pecho en tiempos de Sidqi. Después que se graduó se incorporó al Cuerpo Diplomático. Ha sido depuesto cuando la purga ministerial.

Husayn señaló la imagen de Hamid Zahrán. Al-Mawardi negó con la cabeza. Husayn le explicó:

-Es Hamid Zahrán, director de una Compañía, quinientas libras al mes.

Las cejas de su interlocutor dibujaron un ¿”de verdad”?; sus ojos brillaron entre escépticos y perplejos. El periodista dio por terminada la conversación.

En el Ministerio de Justicia encontró al que fuera primero de la clase, el señor Ibrahim al-Aurafli, Juez de Causas Criminales. Esperó ante el Juzgado hasta que el otro salió seguido de un ujier que corrió por un taxi. Husayn se acercó sonriente a al-Aurafli que le miró desorientado. De improviso le reconoció y le tendió la mano. Husayn le contó su propósito en líneas generales y al-Aurafli le invitó a comer en su casa. El taxi les llevó a la calle Maher. Entraron en un piso confortable, pero corriente en definitiva, cosa que sorprendió a Husayn, pero cuando se sentaron a la mesa ocho niños, de edades parecidas, poco más o menos, se le fue la sorpresa.

-Tu actividad periodística llama la atención, de verdad.

Le dio las gracias mientras echaba una mirada furtiva a su cuerpo enjuto y a sus ojos brillantes y cansados. ¡Qué buena vida se dio en la Escuela gracias a la fama de su extraordinaria valía!, y hoy no le conoce nadie fuera del Juzgado.

Cuando le pidió que hablara con detalle de su trabajo, al-Aurafli contestó vivamente: “Mi trabajo no tiene nada que ver con la Prensa… Cuando era Fiscal de Distrito, con motivo de un caso sonado, los periódicos quisieron sacarme a la luz, pero yo me negué. La fama no debe significar nada para un juez, pues los acusados, o son inocentes a los que se debe respetar, o desgraciados culpables a los que no hay por qué darles publicidad”.

Husayn dijo muy seguro de sí:

-No temas a la Prensa, estoy solamente haciendo un estudio sobre Educación y Vida; si quieres, significaré tu nombre con una letra y puede ser que prescinda hasta de eso.

-Mejor será. Pero ¿qué estás buscando concretamente?

Le miró con ojo periodístico mientras tomaban café en el salón solos. De los niños no quedaba más que un murmullo que de vez en cuando traspasaba la puerta cerrada.

-Quiero saber tu opinión sobre nuestra generación y la actual, los problemas a los que tuviste que enfrentarte, la filosofía de tu trabajo y de tu vida.

Habló lentamente, con un resquicio de vergüenza. Se inclinaba a la generación pasada, como individualidades, y a la actual como filosofía. Parecía encantado con su profesión y la bendecía, a pesar de la continua entrega que reclama. Empezó a contar luego casos extraños que le habían surgido.

-Siempre fuiste el primero de todos nosotros.

-Y el primero en Bachillerato de todo el país.

Husayn pensó un poco y luego dijo:

-Se te ve satisfecho a pesar de todo.

-¿A pesar de qué?

Dijo con elegancia:

-Quien juzga la muerte de un ser humano…

Le interrumpió decidido:

-Mientras tenga la conciencia tranquila, no sabré qué es angustia.

-La verdad es que tu temple no es cosa corriente.

Rió a carcajadas:

-¡Considérame un sufí si quieres!

Los ojos de Husayn acusaron la sorpresa y se animó a indagar más sobre el particular. Pero el otro estaba arrepentido de lo que se le había escapado y se negó a añadir una sola palabra al respecto.

-Parece que vuestro trabajo es difícil.

-Nuestra vida transcurre entre legajos de problemas.

Daba la impresión de trabajar demasiado, como cuando era estudiante. ¡Vida recogida, lucha continua, ocho hijos y… Sufismo!

A pesar de todo, los funcionarios ven en la Justicia el Jardín del Edén.

Sonrió:

-¡Sí, el Paraíso es nuestro!

Le enseñó la foto escolar. La miró con interés. Husayn señaló a Hamid Zahrán:

-¿Recuerdas a éste?

-Ni lo más mínimo.

-Es Hamid Zahrán, uno de los que no consiguieron terminar el Bachillerato; ahora es director de una Compañía, gana quinientas al mes, ¿lo sabías?

Le miró como hubiese mirado un platillo volante. Husayn dijo:

-Creí que la noticia dejaría frío a un sufí como tú…

Se echaron a reír.

Le preguntó a continuación si recordaba a alguno de los de la foto. La recorrió con la mirada, posando luego el dedo sobre un rostro de la segunda fila: “Muhammad Abd al-Salam, escribiente de la Fiscalía, trabajó conmigo al principio en Abu Tig. Ahora no sé nada de él”.

Husayn logró enterarse de que Muhammad Abd al-Salam trabajaba ahora en al-Minya y tuvo que trasladarse a al-Minya para encontrar a Muhammad Abd al-Salam en su último trabajo. Abd al-Salam le dio la impresión de tener, por lo menos, diez años más de los que en realidad tenía. Captó en su aspecto descuidado, su pelo blanco, revuelto, y sus encías melladas, un cierto aire de ruina. El buen hombre ni se acordaba de él, ni le convencieron sus pretensiones, hasta que le mostró la antigua fotografía. Se sentaron en el recibidor. Era un piso antiguo, lleno de críos.

-No reconozco a ninguno de los de la foto, llevo mucho tiempo sin parar en ningún sitio a causa de mi empleo.

A Husayn le dio un vuelvo el corazón, sintió una compasión y un respeto profundos por aquel hombre. Le preguntó cuál era su categoría como funcionario…

-Quinta desde hace un año. ¡Apunte usted eso! sería estupendo que publicase una foto de mi familia: ¡seis hijas y cuatro hijos! ¿Qué le parece?…, o mucho me equivoco o Dios le ha enviado aquí para sacarme de apuros.

Le prometió que intentaría hacer algo y condujo la conversación a los recuerdos del pasado; pero antes de entrar en materia tuvo que tomar buena nota de la familia. Señaló la imagen de Hamid Zahrán:

-Este compañero nuestro gana quinientas libras al mes.

La noticia le causó una enorme impresión; palideció:

-¿Qué hace?

-Es Director de una Compañía.

-¡¡Pero un Ministro no saca ni la mitad!!

-Son cosas distintas.

-¡¿Cómo y en qué las puede gastar?!

Husayn sonrió; la respuesta sobraba.

-¿Qué título tiene?

-Enseñanza media.

-¡Vaya! ¿Es una broma?

-De ninguna manera, un título no lo es todo.

-Entonces, ¿qué?, explícame cómo puede un hombre lograr esa oportunidad. ¡Está en la misma fila que yo en la foto!, dime, ¿cómo lo ha logrado?

Contestó conciliador:

-A veces interviene un factor llamado suerte.

El otro sacudió la cabeza con pena y dijo muy convencido:

-No existe en nuestro país, en justicia, un trabajo que merezca tal sueldo… y si lo hay, ¿por qué no llegamos a la Luna?

Husayn rió:

-De todos modos estáis mejor que millones y millones.

Protestó:

-¿Millones?, sí, lo sé, pero la cuestión es Hamid Zahrán.

Husayn no tuvo la menor dificultad en concertar una entrevista con su antiguo vecino Hamid Zahrán. Pero la Compañía no era un lugar apropiado para charlar como viejos amigos y le invitó a ir a su domicilio, en el Doqqi. Husayn contempló admirado el chalet, el edificio rodeado de árboles… y se acordó del palacete de Abbás al-Mawardi en la finca de Qulyub: admirable arquitectura, jardines frondosos, indicios de vivir bien… ¿Cómo será ahora su antiguo vecino?, de él no le queda más que la sensación de un cuerpo desmedrado y un rostro enfermizo… una sonrisa burlesca… recuerdos que de ninguna manera armonizan con este chalet ostentoso. ¡Que Dios tenga en su gloria los días de antaño, Hamid!, aquellos días en que te las ingeniabas para rapacear un céntimo y no lo soltabas luego aunque se pregonara a tambor. ¡Ojalá no nos hubiera separado el tiempo para poder analizar, codo con codo, la sucesión de seísmos humanos!

-¡Caramba, Husayn, cómo estás! ¿Dónde te has metido estos últimos años?

Su aspecto era tan impecable como el de su casa. Los esplendores del salón encandilaban la mirada… oros, espejos, obras de arte. El dueño aparecía joven, vigoroso, lleno de energías.

-Protesto de que vengas a verme por un motivo preciso. Estás en tu casa… espero que me felicitarás…

Se sentía molesto, pero contestó, muy a tono:

-No tengo excusa, discúlpame.

Hamid rió satisfecho. Se sumergieron en recuerdos largo rato; luego, Husayn puso manos a la obra. Evitó tocar temas que pudieran molestar al otro o fueran demasiado íntimos… la conversación se redujo a comentar el éxito, cómo lo logró, su manera de dirigir la Compañía… las opiniones que tenía sobre su generación, etc…

-Me ligaban al Director anterior relaciones profesionales, anteriores a su nombramiento de Director de la Compañía, y me nombró Secretario suyo, luego Jefe de su despacho; me eligió porque éramos antiguos conocidos…

(¡Antiguos conocidos! La realidad es que en la casa donde vivías antes habías puesto un salón de juego al que invitabas a tus jefes más destacados. No eres más que un oportunista hábil.)

-Aprendí todo, lo grande y lo menudo, trabajando de secretario suyo. Me relacioné con todos los que tenían algo que ver con la Compañía…

-Ahí está la diferencia entre el secretario torpe y el habilidoso…

-Mi jefe, el Director, me eligió para desempeñar su cargo cuando se marchó al extranjero…

-¡Bien por el nombramiento!… ¿Qué planes tienes para el futuro?

Se abandonó a la conversación y dio detalladas explicaciones. El periodista recogió un amplio resumen de lo que decía; mientras, podía observarle de cerca y grabar en la memoria sus ademanes y sus pausas. Cuando acabó la entrevista, se levantó Zahrán, dirigiéndose al interior de la casa:

-Ahora aguarda, voy a presentarte a mi mujer…

¡Fayqa… la antigua vecina! ¡Al fin ha conseguido vivir en la cumbre! Zahrán se casó con ella estando aún en el Bachillerato. Todos habían sido vecinos. El padre de ella, Amm Salama, era conductor de tranvías; le recordaba perfectamente. ¿Cómo se sentiría en semejante chalet?

Hamid Zahrán volvió, precedido de una deslumbrante joven de veinte años, rostro moreno, entre Oriente y Occidente… ¡nueva esposa!

Hechas las presentaciones, la conversación se desarrolló en inglés casi todo el tiempo. El rostro de Zahrán desbordaba satisfacción. ¿Dónde podría estar la otra? ¿Habría muerto? ¿Se habrían divorciado? Hay que aclarar este punto para que la imagen de Zahrán quede completa.

Del chalet se fue a la calleja al-Karmani, cerca de Bab al-Saria, donde vivía antes Amm Salama. A la entrada de la calleja preguntó por él y se enteró de que había muerto algunos años antes y de que su hija Fayqa había puesto una tienda, un estanquillo con venta de caramelos en los bajos de su casa. Se acercó emocionado, no quería que ella le viera antes que él a ella… Estaba sentada detrás del mostrador y no alcanzó a ver más que su cara y su cuello… fumaba un cigarrillo y su rostro, lo mismo que el de Abd al-Salam, el escribiente de al-Minya, le dio la impresión de pertenecer a una persona diez años mayor. Parecía acobardada y abandonada a su destino. Recordó que había sido un deleite para la vista, y que había estado llena de vitalidad y esperanza. Sintió que lo más noble de su alma le dedicaba una elegía de admiración.

Se fue de la calleja al-Karmani emocionado y triste. Pasó revista a los materiales que había conseguido, los sopesó en un análisis primario, y se preguntó:

-¿Qué conclusiones sacar de esta vieja fotografía?

Virgilio Piñera: Unión indestructible. Cuento

virgiliopic3b1eralleraNuestro amor va de mal en peor. Se nos escapa de las manos, de la boca, de los ojos, del corazón. Ya su pecho no se refugia en el mío y mis piernas no corren a su encuentro. Hemos caído en lo más terrible que pueda ocurrirle a dos amantes: nos devolvemos las caras. Ella se ha quitado mi cara y la ha tirado en la cama; yo me he sacado la suya y la encajo con violencia en el hueco dejado por la mía. Ya no velaremos más nuestro amor. Será bien triste coger cada uno por su lado.

Sin embargo, no me doy por vencido. Echo mano a un sencillo recurso. Acabo de comprar un tambor de pez. Ella, que ha adivinado mi intención, se desnuda en un abrir y cerrar de los ojos. Acto seguido se sumerge en el pegajoso líquido. Su cuerpo ondula en la negra densidad de la pez. Cuando calculo que la impregnación ha ganado los repliegues más recónditos de su cuerpo, le ordeno salir y acostarse en las lozas de mármol del jardín. A mi vez, me sumerjo en la pez salvadora. Un sol abrasador cae a plomo sobre nuestras cabezas. Me tiendo a su lado, nos fundimos en estrecho abrazo. Son las doce del día. Haciendo un cálculo conservador espero que a las tres de la tarde se haya consumado nuestra unión indestructible.