José Donoso: La puerta cerrada. Cuento

Jose DonosoAdela de Rengifo se quejaba frecuentemente de que a ella le habían tocado las peores calamidades de la vida: enviudar a los veinticinco años, ser pobre y verse obligada a trabajar para mantenerse con un poco de dignidad, y tener un hijito enfermizo, es decir, no enfermizo precisamente, sino que más bien enclenque, de esos niños que duermen el doble que los niños normales.

En realidad, desde que nació, Sebastián dormía muchísimo. Cerraba los ojos apenas su cabeza caía sobre la almohada bordada con tanto esmero por su madre, y ya, dentro de un segundo, estaba durmiendo como un ángel del cielo.

¡Es tan bueno y tan tranquilo el pobrecito! —decía Adela a sus compañeras de oficina—. Ni siquiera llora ni despierta de noche, como casi todos los niños.

Adela y Sebastián vivían en dos cuartos que no eran malos a pesar de que las ventanas se abrían sobre un patio interior muy estrecho, en el segundo piso de una pensión un poco húmeda y bastante oscura. Cuando Adela partía a la oficina, en la mañana, la señora Mechita, dueña de la pensión, quedaba encargada de cuidar a Sebastián. Pero como el niño era tan tranquilo casi no había necesidad de preocuparse de él, porque jamás molestaba con el bullicio y el recotín con que generalmente hacen la vida imposible los niños de cinco años. En cuanto la señora Mechita iniciaba los quehaceres domésticos matutinos, Sebastián se deslizaba hasta su propia habitación para tenderse en la cama y dormir a pierna suelta. La señora Mechita entraba a verlo, porque le daba “un no sé qué” que un niño de su edad prefiriera dormir a entretenerse con cosas más… bueno, más normales. Hasta que una tarde, decidiendo llamar la atención de Adela sobre esta peculiaridad de su hijo, la abordó como haciéndose la desentendida, y sin levantar la vista de la labor de crochet en que siempre tenía atareados sus dedos pecosos, le dijo:

¡Qué bueno para dormir está el niño, Adelita por Dios! ¿No andará enfermo?

Adela, como si entreviera una censura, respondió muy tiesa:

—¿Y qué tiene de particular que duerma si se le antoja?

—Bueno, era por decirle no más… —replicó la señora Mechita, y al alejarse endureció su quijada de mastín, reflexionando que las viudas jóvenes son demasiado nerviosas y que en el futuro se guardaría de acoger a otra en su casa.

Como la observación de la señora Mechita subrayaba sus propias inquietudes, Adela no pudo dejar de tomarla en cuenta. Era indudable que Sebastián dormía demasiado. No es que pasara el día soñoliento ni amodorrado, sino que de pronto, porque sí, parecía estimar que resultaría agradable dormir un rato, y, sin más, lo hacía como quien se entrega a un pasatiempo entretenidísimo, tendido en su pequeña cama con barrotes de bronce, o sentado en cualquiera silla. Intranquila, su madre a veces solía mirarlo dormir. Esto apaciguaba sus temores, porque era seguro que nada malo podía ocurrirle a un ser que dormía con ese rostro de embeleso, como si detrás de sus párpados transcurrieran escenas de una existencia encantada.

Pero por mucho que tratara de no agitarse, Adela no podía dejar de darse cuenta de que Sebastián era un niño distinto. ¿Cómo no sentirse incómoda? Indiferente y solitario, parecía no tener ninguna relación con lo que ocurría en torno suyo —ni con las personas, ni con las cosas, ni con el frío ni con el calor, ni con la lluvia insistente que en invierno salpicaba en el polvo acumulado en los vidrios de la claraboya del vestíbulo. Parecía, como la luna, que sólo la mitad de Sebastián se mostrara al mundo. Daba un poco de miedo. Los demás pensionistas eran amables con él, más que nada por agradar a Adela, que al fin y al cabo era muy señora a pesar de haber tenido tan mala suerte en la vida. Pero ella no se engañaba: sabía que nadie encontraba simpático a Sebastián. Y la pena le trizaba el alma a pesar de que era imposible no ver que tenían un poco de razón, porque era demasiado extraño que un niño de siete años durmiera tanto y que no le gustara hacer nada más. No es que se “quedara” dormido, de debilidad o de fatiga, sino que, eligiendo el momento, se “pusiera” a dormir, como los niños corrientes se “ponen” a jugar a las bolitas o se “ponen” a cantar. No le interesaban los amigos de su edad. Se aburría con libros, revistas y películas. No le gustaba jugar. Lo único que parecía desear era abandonarlo todo para tenderse en su cama y “ponerse” a dormir.

Un día Adela le preguntó:

—¿Con qué sueñas, hijo?

—¿Sueño?

—Sí. ¿No ves visiones cuando duermes, como figuras o cuentos?

Sebastián acarició las manos de su madre al responder:

—No, parece que no… no me acuerdo…

Adela no pudo dejar de exasperarse con esta respuesta.

—¿Entonces para qué duermes tanto si no sacas nada? —le preguntó en tono cortante.

—Es que me gusta, mamá…

Al oír esto Adela se enojó de veras. Ella se veía obligada a trabajar y a sacrificarse para mantenerlo. Ella, joven y bien parecida aún, por respeto a su hijo, desdeñaba las proposiciones de los hombres que en la oficina intentaban cortejarla. Por él… por él… por él, mil renunciaciones, mil dolores, mientras él se daba el gusto de pasar el día durmiendo. Y dormía, porque le gustaba dormir, nada más. Lamentó que Sebastián se acostumbrara desde chico a hacer las cosas simplemente porque le gustaban —era una actitud peligrosa, casi inmoral. Al principio, debía confesarlo, Adela creyó intuir oscuramente alguna función misteriosa en el dormir de su hijo, como si esos sueños contuvieran un tesoro, algo que, a pesar de que ni él ni ella comprendieran, en el futuro podía llegar a revelarse como útil o muy importante. Esta vaga esperanza la había hecho callar con algo de temor. ¡Pero si se trataba sólo de una afición era una indecencia! ¡Ella también tenía sus gustos y hubiera querido poder dárselos!

—Bueno, mamá —dijo Sebastián, sobrecogido por el malhumor de su madre—. Entonces, si quiere, no duermo más, más que de noche…

El corazón de Adela se detuvo repentinamente, como a punto de caer en un pozo. Enmudeció, y después de un instante pudo preguntar con voz muy lenta y muy baja:

—¿Entonces es algo que haces cuando quieres, porque sí? ¿Puedes controlarte?

—Sí, mamá, duermo cuando quiero dormir.

Al ver a su hijo de pie frente a ella, tan solo, tan raro, entregado a eso que ni él ni ella eran capaces de comprender, mirándola con sus pobres ojos azules tan serios, sintió que el amor la colmaba, y de pronto no pudo dejar de abrazarlo y besarlo, y de apretarlo contra su cuerpo.

—No, no mi niño —le decía—. No, duerme todo lo que quieras…

Meditó amargamente que Sebastián era la viva imagen de su padre —buen mozo, sí, pero tal vez no demasiado inteligente. Por lo menos no tan inteligente como Carlos Zauze, el jefe de su sección en la oficina, que no la dejaba en paz con invitaciones y requiebros, que aunque respetuosas, eran tentadoramente insistentes. Porque nadie que tuviera algo… algo de valor adentro de la cabeza podía gozar con una cosa tan descolorida, tan insubstancial como dormir a deshoras. En fin, al año siguiente, cuando entrara al colegio, iba a ser fácil medir las capacidades mentales de su hijo.

En el colegio Sebastián fue, si no un alumno brillante, por lo menos un muchacho muy cumplidor de su deber. Dócil y tranquilo, a todos daba satisfacciones, pero nunca satisfacciones que lo pusieran en evidencia. Además, las daba impersonalmente, como para que la gente lo dejara en paz, y así no rozarse con sus compañeros y profesores. Nunca salía con amigos en los días de fiesta, y por la tarde, después de clases, cuando los niños, polvorientos y cansados, se detienen a comprar dulces y a hacer pequeñas barrabasadas antes de separarse, Sebastián se iba directamente a su casa, tomaba el té, hacía sus deberes, y así, ganado el derecho de hacer su voluntad, se acostaba a dormir como quien no está dispuesto a malgastar ni un segundo. Los sábados y domingos hacía lo mismo —dormía de sol a sol, consciente de que su conducta y sus calificaciones en el colegio impedirían que Adela se atreviera a decirle nada al respecto.

No sin sobresalto, Adela a veces iba a la habitación de su hijo para verlo dormir. Y la sacudía su viejo temor —temor y algo más grave, más inquietante aún: respeto. Porque en ese dormir adivinaba algo que la eludía, algo demasiado grande o demasiado sutil para dejarse capturar por la red un poco rígida y limitada de su imaginación. Lo más turbador era que Sebastián siempre sonreía en el sueño. Y no era la sonrisa común y apaciguadora del que sueña con casas y automóviles y lujos, y que se ve protegido por una madre bella y por un padre poderoso. No. Era muy distinto. Era como si el espíritu se le escapara del cuerpo para agazaparse en un mundo maravilloso y secreto alojado detrás de sus párpados. Todo él entero parecía guardado allí, adentro de su sueño, sin dejar nada afuera para confortar a su madre que lo observaba solitaria. Había… sí… una especie de intensidad salvaje que daba la impresión de que el soñar de Sebastián era algo completo en sí, poderosamente cerrado, que se bastaba a sí mismo sin necesitar para nada de la gente y de las cosas del mundo. A ella, claro, tampoco la necesitaba para nada —era un sombra que se podía excluir con gran facilidad de cualquiera riqueza. Verlo dormido era para Adela intuir cruelmente, confusamente, todo lo que ella jamás había sido y que jamás podría ser ni comprender.

Cuando Sebastián llegó a cumplir quince, dieciséis años, era como si hubiera dejado tan, tan atrás a su madre, que apenas la divisara, como punto insignificante un segundo antes de disolverse al final del camino.

A esta altura, Adela, que entraba en la cuarentena, no pudo seguir resistiéndose a las atenciones de Carlos Zauze, que la cortejaba con insistencia desde hacía tantos años. Era su última ocasión y tenía que aprovecharla, porque no podía seguir marchitándose en un frío cuarto de la pensión de la señora Mechita. Salió a comer y a pasear con su admirador, fueron juntos a bailes y a los cines, y durante un tiempo Adela se sintió arrebatada por esta vida, por este entusiasmo nuevo. A los dos meses, Zauze le pidió que se casara con él, ella consintió feliz, e inmediatamente se hicieron amantes. Mientras su hijo soñaba vagas improbabilidades en el cuarto vecino, los sueños de Adela se poblaron con la sensación de un bigote negro acariciante y por el calor de unas piernas viriles junto a las suyas —ya no estaba sola, ya no estaba eliminada de la vida por la misteriosa indiferencia de su hijo. Pero, poco a poco, una vez realizado, el amor de Carlos Zauze se fue debilitando. Se habló cada vez menos de matrimonio. Hubo muchas lágrimas. Luego, y quizás debido a las lágrimas, se habló cada vez menos de amor, hasta que por último ya no se veían casi nunca, y fue claro que las intenciones del jefe comenzaron a dirigirse a otro lado —hacia la secretaria de la Sección Obras, dos pisos más abajo, una rubia joven pero demasiado llamativa según le informaron sus compañeras de trabajo.

Le costó mucho consolarse, pero nadie pudo decir que perdió su dignidad. Lo malo era que ya le había dicho a Sebastián que iba a casarse, que le daría un nuevo padre, y ahora se veía en el incómodo trance de comunicarle que la vida se había encargado de destruirle también esta última ilusión.

—¿No me dices nada? —le preguntó Adela, cuando se dio cuenta de que sus confidencias no conmovían a su hijo—. Deja de manosear esa alcuza, vas a mancharte la ropa con aceite. ¿Crees que no me cuesta plata comprarte ropa?

Hizo un puchero, y sonándose la nariz agregó:

—Lo que me pasa no te importa nada…

—Sí, mamá —respondió Sebastián—. ¿Cómo se le ocurre que no?

Adela lloriqueaba diciendo:

—No, no. Yo soy menos que nada para ti. Eres un egoísta, y yo ya estoy cansada de tener que trabajar y estar sola. Cómo estaré de vieja que ayer me mandé a hacer un par de anteojos, porque el oculista me dijo que tengo presbicia…

Al decir esto comenzó a sollozar.

—Mamá, por favor, no llore… tome, suénese. Lo de su trabajo ya lo hemos hablado: termino este año y me salgo del colegio para buscar un buen empleo. Quiero ponerme a ganar plata para ayudarla. Además ya voy a cumplir diecisiete años y quiero darme mis gustos…

Adela suspendió repentinamente su llanto, y mirándolo seca de rabia, exclamó:

¡Pero si a ti lo único que te gusta es dormir como un tonto!

Al oír esto, Sebastián clavó a su madre con la mirada, y sin embargo era como si no la viera. A ella se le detuvo el corazón, porque en esa mirada vio el retrato de todo lo incomprensible e inasible en la vida de su hijo, y de nuevo se deshizo en sollozos. Sin embargo, entre lágrimas y lamentaciones, logró preguntarle por primera vez —si no le preguntaba ahora ya no le podía preguntar y era incapaz de seguir viviendo rodeada de tanta aridez, de tanta soledad— qué significaba que durmiera tanto.

—¿Cómo le voy a explicar, si ni yo mismo lo entiendo? —dijo él serenamente, mientras Adela, ya más tranquila, movió la pantalla de la lámpara de modo que la luz rosada bañara el rostro de su hijo, dejando el suyo en la penumbra.

—Es como… como si hubiera nacido con este don de dormir tanto y cuando quiero. Y quizás por esa facilidad que tengo es lo único que me gusta. Es como si todo lo demás fuera sombras que carecieran de importancia. Y sin embargo nunca he comprendido claramente lo que me pasa. Para mí, toda la felicidad posible esta en dormir —eso que parece tan pobre, tan absurdo, pero para lo cual nací y ha llegado a ser lo único que me importa. Tengo la sensación que sueño y soy feliz, que sueño con algo verdadero y mágico, con un mundo de luz que lo aclarará todo, no sólo para mí, sino que, a través de mí, para toda la gente. Pero al despertar siento algo como una puerta que se cerrara sobre lo soñado, clausurándolo, impidiéndome recordar lo que el sueño, contenía —esa puerta no me permite traer a esta vida, a esta realidad que habitan los demás, la felicidad del mundo soñado. Yo necesito abrir esa puerta, por eso tengo que dormir mucho, mucho, hasta derribarla, hasta recordar la felicidad que contiene mi sueño. Quizás algún día lo lograré…

—Pero hijo, estás loco. Eso sólo lo logran los que se mueren…

—No mamá, morir no. Los muertos no sueñan. Para soñar hay que estar vivo, así es que tengo que seguir viviendo. No he entregado toda mi vida a dormir, pero a veces siento que debo hacerlo aunque no sepa qué voy a encontrar detrás de la puerta. Quizás descubra que haber dejado de vivir como los demás fue una equivocación, que tal vez no valía la pena saber lo que ocultaba la puerta. Pero no importa. El hecho de seguir un destino que yo siento auténtico me justifica y le da una razón a mi vida. Pienso en las vidas de los demás, y les tengo lástima, porque carecen de ese centro que yo tengo, porque no conocen el fervor que a mí me anima. Y si lo que hay detrás de esa puerta es lo que yo pienso… si hay luz, si hay eso que me permitirá comprender y, al comprender, explicar…

Al año siguiente Sebastián se empleó y su madre dejó de trabajar. Adela había envejecido mucho. Era como si ver a Sebastián la cansara terriblemente, como si pensar en él la exprimiera, dejándola seca. Consideraba que el destino había sido duro con ella, exigiéndole mucho y dándole muy poco en cambio. Se consolaba jugando al naipe con la señora Mechita, y hablando por teléfono de vez en cuando con sus antiguas compañeras de trabajo para que le contaran lo que sucedía en la oficina. Con su pequeña jubilación y con el sueldo de Sebastián les bastaba para ir tirando, y seguían habitando los mismos cuartos de la pensión, con macetas dé helecho colocadas en el centro de inmaculadas carpetas tejidas a crochet, y con olor a viejas cortinas de felpa apolillada.

En la oficina Sebastián hablaba poco con sus compañeros. Sentía que anudar una amistad, iniciar una relación que no fuera puramente formal, era traicionar su vocación para el sueño. Había crecido mucho y estaba bastante flaco, hecho de una materia cerosa, muy frágil y transparente, distinta de la carne. Esto le daba un aspecto tan interesante que las muchachas de la oficina, mientras se empolvaban la nariz o refaccionaban imaginarios desperfectos en sus peinados, lo miraban riéndose, lamentando que fuera tan joven. Tenía unos ojos azules muy raros, muy bonitos.

—Ojos de santo —comentaba una de las muchachas.

—O de artista —opinaba otra.

—No, ojos de gran amante —corregía la más atrevida.

Pero cuando Sebastián respondía a alguna de sus preguntas o a una broma, su modo de hacerlo era tan tranquilamente afable, tan sereno y limpio, que se sentían derrotadas, como si no viera en ellas más que cascarones vacíos. Dejaron de embromarlo, y Sebastián logró asumir un papel como de sombra eficiente, señalándoles con su silencio que él era de otra especie, que no tenía tiempo ni inclinación para tomar parte en esa clase de pasatiempos.

El jefe de la sección, Aquiles Marambio, que no era más que diez años mayor que Sebastián, lo tomó bajo su protección. Como Marambio hablaba tanto y al hacerlo sólo le interesaba escucharse, no se daba cuenta de que Sebastián le oía sin prestar atención. Solía sentarlo a su lado para darle grandes peroratas:

—Tienes un futuro estupendo aquí en esta organización, Rengifo, porque yo, que conozco bien a la gente, me doy cuenta de que eres un tipo serio y capaz. Adivina cuántas máquinas de calcular nos mandaron de Norteamérica —unas máquinas modernas, preciosas, lo único que les falta es hablar. ¿No sabes? ¡Ciento ochenta! ¿Te imaginas todo lo que podemos hacer con ciento ochenta máquinas de calcular? Bueno, yo diría que se puede hacer casi todo… absolutamente todo. ¿No te parece?

Aquiles Marambio era pequeño y delgaducho, con bigotitos negros muy finos y anteojos con borde de oro. A pesar de sus acinturados trajes oscuros, se le comenzaba a notar una pequeña panza, y la doble barba ya desdibujaba su mentón agudo, tembloroso como el de un niño a punto de llorar si alguien contravenía sus órdenes o cometía alguna falta de pulcritud o de puntualidad.

En una ocasión, después de mucha insistencia de parte de su jefe, Sebastián aceptó una invitación para comer en su casa. Al sentarse a la mesa, Aquiles Marambio desplegó la servilleta, introduciendo dos de sus puntas en los bolsillos del chaleco, y se puso a esperar la cena, ponderándole a Sebastián los encantos de tener casa propia, mujer propia, radio y máquina lavadora propias. Su mujer, mientras tanto, sin despegar los labios, sostenía una sonrisa aprobatoria como quien sostiene un arma defensiva, porque era claro que su corazón no estaba en la mesa, sino que en la cocina, rogando al cielo que la cocinera no dejara quemarse el asado.

Después de muchos prolegómenos Aquiles carraspereó y dijo:

—Mira, Rengifo, hay algo de que tenía intención de hablarte…

—¿Si?

—Sí —respondió Marambio y, después de un silencio continuó—: Mira, se trata de lo siguiente. En la oficina todos te aprecian, porque eres eficiente y caballeroso. Pero tú sabes que en una oficina lo principal es la unión, que todos seamos como una familia. Sin eso no hay eficiencia posible. La gente te tiene simpatía, pero no puedo ocultarte que están comenzando a perdértela. Te encuentran raro… orgulloso. Te convidan a fiestas y a paseos, te proponen ir a tomar una copa o a ver una película, y tú no has aceptado ni una sola vez. ¿Puedes decirme por qué?

—Es que salgo muy poco.

—¿Pero por qué? A tu edad debes salir y divertirte. Puedes estar jugándote tu futuro en una cosa tan insignificante. ¿Por qué sales tan poco?

—Mi madre es sola. Tengo que acompañarla.

—Esa no es razón. Seguro que si ella se diera cuenta de la importancia que tiene tu convivencia con tus compañeros de trabajo, no le importaría quedarse sola un par de noches al mes. Porque no es más. Te digo estas cosas como amigo y como hombre de experiencia..

—Bueno, es que además soy muy flojo. Me gusta mucho dormir. En realidad, prefiero dormir a pasear…

—No me vengas a decir que te pasas los sábados y los domingos durmiendo…

—Aunque parezca raro, sí. Soy muy dormilón.

Aquiles, cuyo rostro sufrió un repentino reventón de risa, se llevó la servilleta a los labios para proteger su boca llena de comida. Exclamó:

—¿Oíste, Sara, lo que dice este tonto? El gran entretenimiento de Rengifo es dormir. Es primera vez que oigo una cosa así. No sale, ni le gustan las copas, ni anda con mujeres. Es casi un vicio…

Si, claro asintió Sebastián, acompañando con una risita las carcajadas de su jefe.

—He oído hablar de muchos vicios, de mujeriegos y de cocainómanos y de borrachos y qué sé yo, pero te aseguro que es la primera vez que oigo decir que alguien tiene el vicio de dormir. ¡Eres loco, hombre! Si duermes todo el tiempo la vida te va a pasar de largo, y la vida hay que vivirla. Mírame a mí.

Sebastián se sintió tan incómodo y culpable que no tuvo más remedio que dar por lo menos una explicación vaga:

—Es que se me ocurre que durmiendo, en lo que sueño voy a descubrir algo importante, algo más importante que… bueno, que vivir…

—¿Y si te demoras toda la vida en averiguarlo y te mueres antes? Significa que perdiste tu vida durmiendo y que no sacaste nada.

—Se me ocurre que es tan maravilloso lo que voy a encontrar que estoy dispuesto a arriesgarme.

—¿Arriesgarte a despertar muerto una buena mañana, y que te tiren así, sin uso, a la basura? Ah, no, no, eso jamás. Es una locura. La vida hay que vivirla.

La conversación comenzó a flaquear. Por decir algo, Aquiles propuso:

—Te hago una apuesta a que te vas a morir sin ver nada.

Riendo, Sebastián replicó:

—Bueno, si gano yo, tú pagas mi funeral.

Aquiles estaba tan seguro de ganar que no titubeó en aceptar la apuesta.

—¿Y si ganas tú, qué quieres? —preguntó Sebastián.

Aquiles le palmoteo la espalda diciendo:

—Si gano yo, te mando a la fosa común. ¿Qué te parece?

—Bueno, muy bien.

Se dieron la mano para sellar la apuesta.

—¿Pero cómo vamos a saber quién ganó? —preguntó Aquiles, comenzando a dudar.

—Creo que mirarme la cara será suficiente para que sepas…

—Estás loco.

Ambos rieron. Y al despedirse de su protegido, Aquiles le aconsejó:

—Se me ocurre que lo que a ti te falta es energía, vitalidad. ¿Por qué no pruebas hacer ejercicios, como yo? Me compré unas pesas y unos elásticos, y además todas las mañanas hago flexiones. Quizás así tendrías energía para divertirte y salir con mujeres…

Era más o menos lo mismo que su madre le insinuaba tímidamente, desesperada porque su hijo rehusaba todo entretenimiento, incluso ir al cine. Y si alguna vez logró convencerlo de que la llevara, en la oscuridad de la sala Sebastián se quedaba dormido al instante. Adela había envejecido mucho, y cada día se debilitaban más sus ojos y sus oídos. Era como si lentamente todas sus facultades se fueran apagando, disolviéndose. ¡Había sufrido tanto! Sus sufrimientos eran el tema predilecto de sus conversaciones con la señora Mechita, cuyos dedos pecosos carecían ahora de su antigua destreza con el crochet, pero mostraba en cambio una creciente avidez para escuchar los pesares de los demás. En una ocasión Adela transmitió a su hijo, como dicho por la señora Mechita, lo que ella misma pensaba:

—La señora Mechita, que te quiere tanto porque te conoce casi desde que naciste, dice que a ella le parece que estás malgastando tu vida… que debías divertirte, salir a veranear por ejemplo. Dice que es necesario que reacciones, que dejes de dormir. Es como si estuvieras embrujado, dice ella, que cree en esas cosas.

Sebastián perdió la paciencia. Después de gritar un poco bajó la voz y dijo:

—Lo que más me da rabia es que me cuente estas cosas como si se las hubiera dicho la señora Mechita. ¿Por qué no me dice francamente que es lo que usted misma piensa? No quiero que esto se repita, mamá. Yo trabajo y cumplo con mucho gusto con mi deber de mantenerla, porque la quiero. Pero no acepto que nadie, ni usted, se meta en mi vida. Es dolor suficiente no recordar nada, nada, por mucho esfuerzo que haga, de la felicidad que queda oculta detrás de la puerta cuando despierto. A veces pienso que debo abandonarlo todo, exponerme a morir de hambre si fuera necesario, para tener tiempo para dormir y dormir y dormir y dormir… hasta que la puerta se abra. Tengo miedo de que la vida sea demasiado corta. Así es que si no tengo derecho a dormir las horas libres que mi trabajo me deja, entonces no vale la pena que siga viviendo…

—No vale la pena que sigas viviendo para hacer lo que haces —respondió Adela, saliendo de la pieza con un portazo. Se encerró en su cuarto para gemir en voz alta de modo que su hijo no pudiera dejar de oírla.

Sebastián reflexionó que tratar de explicarle las cosas a su madre era inútil. Era inútil explicar nada a nadie. Todo esto era tanto más grande que él mismo y que la gente, que arrastrándolo hacia un fin desconocido lo hacía con tal ímpetu que arrancaba sus raíces de la tierra y, asilándolo, lo incomunicaba. Mientras crecía su angustia por no ser capaz de recordar su felicidad, le parecía que todo su proceso se aceleraba. Antes, cuando era niño, dormía como quien se entretiene, como quien ha descubierto un juguete un poco misterioso, pero al fin y al cabo juguete, y por lo tanto inofensivo. En aquella época dormía porque le gustaba, o cuando tenía tiempo, o simplemente cuando quería hacerlo. Pero ahora que saldaba sus cuentas con la humanidad manteniendo a su madre, trabajando y, hasta cierto punto, tomando parte en las actividades de los seres vivos, se sentía con pleno derecho a dormir seriamente, con toda conciencia de su propósito, arrastrado por la auténtica y cada vez más desgarradora necesidad de saber lo que sus sueños contenían. Lo que antes era un pasatiempo era ahora la razón de su existencia, y le entregaba todas sus horas libres, preso de una vehemente sed de sueño, como quien se expone a perder algo más importante que la vida misma si no aprovecha todas, absolutamente todas sus horas. Pero al despertar la puerta permanecía implacable, sellada, dejándole sólo un deslumbramiento, una ansiedad agotadora por conocer aquello que aclararía todo, permitiéndole a la vez, encontrarse con los demás seres.

De tanto cavilar, de tanto rumiar la dura suerte que en la vida le había tocado y de pensar en las pocas satisfacciones que le proporcionaba el destino inexplicable de su hijo, Adela fue palideciendo y enflaqueciendo, triste y sola en el fondo de su cuarto de la pensión. Comprobó definitivamente que ella no significaba nada para Sebastián —sólo otro objeto digno de vago cariño dentro del reino de los objetos. Era como si a costa de no tomarla en cuenta su hijo la hubiera borrado de la vida, privándola de contorno y de peso. Adela no sólo estaba casi sorda y muy cegatona, sino que también las piernas le dolían mucho al andar. Tosía bastante. Tosía casi todo el tiempo. Y un día tosió demasiado, y como no tuvo fuerza para llamar a nadie que pudiera ayudarla, murió como si finalmente se hubiera convencido de su propia falta de existencia.

Al regresar del funeral, Sebastián se quitó el sombrero y los guantes, dejándolos encima del mármol del peinador. Cerró los postigos de su cuarto, le pidió a la señora Mechita que le enviara comida dos veces al día y se acostó a dormir ávidamente, como si el fallecimiento de su madre le hubiera desatado el último nudo que lo unía al mundo. Durmió tres días y tres noches —los tres días de permiso de luto que con cara compungida le otorgó Aquiles Marambio. Al despertar comprobó que la puerta permanecía cerrada aún y la luz oculta. Pero —y ésta era la maravillosa diferencia— sabía con certeza que algún día, aunque fuera muy lejano, iba a poder recordar entera esa parte de su vida que se ocultaba detrás de la puerta del sueño. Era cosa de ponerse a hacerlo, nada más. Esta nueva fe lo hizo vestirse, peinarse y salir de su casa en dirección a la oficina, sintiéndose liviano como nunca, fuertísimo, seguro. Se hizo anunciar a su jefe, que recibiéndolo con un abrazo fraternal lo invitó a tomar asiento en el sillón más cómodo de su despacho. Rechazando el cigarrillo que Aquiles le ofrecía, Sebastián dijo:

—Vengo a presentar mi renuncia.

Aquiles Marambio se puso de pie de un salto. No comprendía una decisión tan repentina. ¿Por qué? ¿Con qué objeto? ¿De qué iba a vivir? ¿No se daba cuenta de que si permanecía dentro de la Organización se le presentaba un futuro envidiable? ¿Cómo podía ser tan inconsciente? Pero Sebastián se supo mantener firme en su propósito. Era como si no viera ni oyera a Aquiles.

Por fin, agotado de tanto discutir solo, el jefe miró a Sebastián y con tono insultante le preguntó:

—¿Y a qué te piensas dedicar? ¿A dormir todo el tiempo?

—Sí…

—¿Y para qué?

Marambio sujetaba su ira.

—No sé, tengo que hacerlo, tengo que saber… Aquiles se levantó furioso y comenzó a gritar:

—¡No me vengas con tus paparruchas de visiones! ¡Lo que pasa es que eres un flojo, como todos ustedes los que se creen espíritus selectos! ¿Por qué te crees con derecho a una vida privilegiada? No, no me vengas con historias, lo que tú quieres es pasarlo bien, no hacer nada, dormir y descansar. ¡Nada de visiones! Pero te advierto, te vas a morir y no vas a llegar a descubrir nada. Bueno… muy bien, entonces, ahora ándate. Ah, y quiero advertirte una cosa, para que te acuerdes después no me vengas a rogar que te ayude. Nosotros terminamos aquí toda amistad. Yo no soy amigo de vagabundos profesionales. Y si quieres flojear y pasarlo bien tienes que pagar las consecuencias hasta el fin.

Herido, pero mirándolo serenamente, Sebastián le preguntó:

—¿Y la apuesta?

Aquiles se rio con desdén:

—¿Así es que tienes el coraje de seguir las bromas, aún ahora? Muy bien. Que esa apuesta permanezca como nuestra única relación. Pero no sabes el gusto que voy a tener de hacerte meter en la fosa común.

Al salir a la calle Sebastián respiró profundo, como si lo hiciera por primera vez. Ahora, por fin, era su propio dueño, sin sogas que lo ataran a nada ni a nadie —ahora iba a poder entregarle su vida entera al sueño, y con cada segundo más que durmiera se iría aproximando aquello, se haría más y más posible abrir la puerta. ¿Qué importaba que lo creyeran un inútil? ¿Qué era él en la vida real sino un pobre empleaducho en una firma de importadores, que vivía en una pensión con olor a cortinas apolilladas? El sueño, en cambio, a pesar de no verlo aún, le entregaría armas poderosas, grandes y bellas palabras, colores elocuentes, todo un sistema de claridades —cosas inmensas y ricas con las cuales él, Sebastián Rengifo, haría retroceder de alguna manera el límite de la oscuridad. Sí, ahora estaba seguro. A lo qué antes le entregaba unos pocos momentos libres le entregaría su vida entera. Viviría de modo que pudiera dormir el mayor número posible de horas, sin permitir que se interpusieran obligaciones de la llamada “vida real”. Ya no tenía para qué darle categoría a lo que no era más que sombras —la comida, la vestimenta, el bienestar, las diversiones, la gente. Así, viviendo siempre cercano a la puerta estaría listo en cualquier momento en que se entreviera la luz.

La única manera de lograr este propósito era despojarse de todo. Y como jamás le había gustado la ciudad, sobre todo cuando la primavera, como ahora, se insinuaba, vendió los muebles, liquidó todas sus pertenencias, y despidiéndose para siempre de la señora Mechita —que anegada en lágrimas exclamaba: ‘‘¡Estás loco, hijo, estás loco!” —salió de la ciudad por un camino que conducía al norte.

El paisaje lo envolvió inmediatamente, suavizando su vigilia al presentarle un aire de sueño. Los sauces mecían sus cabezotas verdes junto a esteros lentos y oscuros, y el mismo viento que revolvía sus tristes mechas dotaba de un vocabulario distinto a cada planta, a cada rama, a cada hoja. Allá, toda una loma azul de eucaliptos tiernos. Los senderos de rica tierra castaña donde niños andrajosos jugaban con la infinitud de perros de los pobres, lo conducían hacia un tambo que con su aroma se anunciaba desde lejos, o hacia el brazo de humo que lo saludaba desde el techo de una choza oculta a medias entre los árboles. La corteza de cada árbol ostentaba el mapa de un tiempo y de una función distintos. Sebastián, en medio de todo esto, sintió que la distancia que antes separaba la “realidad diaria” de la otra realidad, de la más verdadera, se iba acortando, porque era como si todo este mundo exterior se incorporara, enriqueciéndola, a la realidad oculta del sueño.

Sebastián, fuerte y joven y contento con el verano que comenzaba, iba trabajando un tiempo aquí y otro allá en las granjas y los campos. En un sitio ayudó al baño de las ovejas y le permitieron dormir en el corredor. Más allá tomó parte en la cosecha de los girasoles y después le encargaron que desenterrara papas de la tierra negra. Después seguía su camino, mientras los tordos, como pedradas, amenazaban la fragilidad azul del cielo. Con lo que ganaba en tres días de trabajo podía no hacer nada durante una semana; y ese tiempo lo dormía entero, concienzudamente, debajo de los duraznos pesados de fruta, o a campo abierto, o en algún pajar. El sol tostó sus facciones y sus brazos. Una luz tranquila bañaba sus ojos. A veces, cuando de tarde en tarde regresaba a la ciudad, solía divisar a Aquiles Marambio, que al ver a Sebastián desviaba la vista o cruzaba rápidamente la calzada para no tener que dirigirle la palabra, alzando, desde lejos un dedo enguantado como para censurarlo o para recordarle algo.

Poco a poco algo extraño le fue sucediendo a Sebastián: le resultaba imposible controlar su sueño. Ya no podía “ponerse” a dormir, libremente y cuando lo deseaba, como en el pasado, porque el sueño se apoderó de su voluntad, adquiriendo una independencia que lo regía con despotismo. Ahora, de pronto, el sueño lo acometía porque sí, al borde de un camino por ejemplo, y se veía obligado a encogerse allí mismo entre las sucias malezas para dormir. Inquieto, sentía que su sueño se rebalsaba de su sitio, inundando su vida entera. Caía dormido en cualquier parte, de día o de noche, con frío o bajo el sol, durante la lluvia o en las horas de trabajo, y al despertar crecía su desesperación ante el recuerdo que se negaba. Pero mientras más y más dormía, mientras más lo atormentaba saberse excluido de su propia felicidad, más fe sentía en que alguna vez iba a ver la puerta abierta de par en par, acogiéndolo. Era una cercanía prodigiosa lo que recordaba al despertar. Pero nada más.

Un día le entregaron una guadaña, prometiéndole que si cortaba todo el pasto de cierto potrero, y luego lo almacenaba en la bodega, le pagarían una linda suma de dinero. Con eso, pensó Sebastián, tendría para dormir un mes entero sin preocuparse de nada más, y lo que podía sucederle en todo un mes de sueño era incalculable. Con el torso desnudo y la guadaña al hombro vadeó el potrero de extremo a extremo. Las copas de las higueras eran líquidas y murmuradoras en el viento recién desatado, y en su espesa sombra azul, sobre el musgo, reposaban dos patos blancos como camisas recién lavadas que el viento hubiera dejado caer livianamente. Sebastián escuchó el alarido de los queltehues, miró las nubes lerdas en su carrera sobre los dedos de los álamos. Se dijo: “Tengo que apurarme. Tengo que cortar el pasto y almacenarlo pronto, porque esta noche habrá tormenta…”

Trabajó toda la tarde. Las nubes eran cada vez más opacas y más bajas. Sebastián segó el pasto con el ímpetu de quien lucha por salvarse en la tormenta de un mar vegetal. Cuando tuvo todo el pasto cortado se supo vencido. Miró el cielo. Ya caía el agua. Dentro de un momento el sueño se apoderaría irresistiblemente de él. Y se quedó dormido sobre el pasto cortado, la lluvia cayendo sobre su cuerpo y sobre la cosecha —sobre la cosecha de pasto que ya no tardaría en podrirse. Al despertar, sus patrones furiosos porque dejó que la cosecha se estropeara, rehusaron pagarle. Sebastián partió, caminando muchos días, porque de granja en granja se fue corriendo la voz de que no se podía contar con Sebastián.

Se le hizo difícil conseguir trabajo. En cada parte que le encargaban alguna faena, por ligera que fuera, le sucedía lo mismo: se quedaba dormido sin poder controlarse. Lo dejaban vigilando una olla y el guiso se quemaba; le pedían que cuidara a una criatura y ésta se caía de la cuna; lo mandaban llevar una carreta llena de paja, y desde la cima, al comienzo del camino, picaneaba a los bueyes para dirigirlos, pero pronto se quedaba dormido y la carreta se extraviaba. La marca de los fracasados se grabó en su andar y en su voz y en los jirones de su ropa.

“Me estoy poniendo viejo…”, meditaba.

Hubiera sido fácil dejarse morir, lanzarse ante un camión en una carretera o saltar desde un puente. Pero Sebastián no estaba dispuesto a hacerlo, porque sólo si seguía viviendo podía seguir soñando. Se sentía cerca de una meta, pero muy cansado. Lo malo era que para vivir era necesario trabajar, y nadie quería darle trabajo. La gente se apartaba de él como si lo temieran o trajera mala suerte. Desesperado ya, una tarde fue a un Hospital de Psiquiatría para rogar que le enseñaran a controlar el sueño. Lo atendieron dos médicos jóvenes y serios, benignos como ángeles vestidos de blanco. Escucharon con paciencia la historia de Sebastián:

—Sí —dijo uno—, pero no es enfermedad…

—Aquí no podemos tratarlo —dijo el otro sonriendo con un poco de pena.

—Pero tengo miedo de morirme, doctor… —rogó Sebastián.

—Y si se pasa todo el día durmiendo, ¿no le da lo mismo estar muerto?

—No, no, me falta tan poco, doctor. La puerta ya se va a abrir…

—¿La puerta? ¿Qué puerta?

Los médicos se dieron cuenta de que Sebastián era una de esas personas un poquito desequilibradas, pero no tanto como para merecer un tratamiento intenso. Había demasiada gente verdaderamente enferma, y era necesario reservarse para ésos. Sin embargo, percibieron en Sebastián una especie de indefensión —no sabía dónde ir, qué hacer, y temía tanto morir antes que aquella extraña puerta se abriera. Conmovidos, los médicos le permitieron permanecer unos días en el hospital. Pero una noche, cuando hacían juntos la ronda de las salas, llegaron a la cama de Sebastián, y al ver su sonrisa, la beatitud que iluminaba su rostro, decidieron que era imposible seguir manteniendo en el hospital a alguien que dormía tan tranquilamente. Lo despidieron a la mañana siguiente.

Sebastián sabía que el final estaba cerca. Ya no tenía nada en qué trabajar y vagaba por las calles y los caminos, de casa en casa y de granja en granja, mendigando. La debilidad lo invadió. Parecía un anciano. Nada en torno suyo le importaba, como si nada de lo que sucediera significara nada. Vivía en un mundo crepuscular, poblado de sombras, de ecos, de esperas. Se dejó crecer la barba y el pelo. Caminaba por las carreteras, por las vías férreas, por las calles y avenidas de la ciudad, y cuando el sueño lo tocaba se tendía a dormir en cualquier parte. Una vez un caballo se acercó a husmearle la cara, creyéndolo muerto. La gente se apartaba de él como si fuera un mago o un pervertido o un loco. Pero él seguía durmiendo confiado, porque cuando la puerta quedara abierta, toda la gente que ahora huía de él, lo reconocería.

A veces iba a la ciudad, porque allí resultaba más fácil conseguir alimento. En el mercado podía robar pan o un trozo de pescado frito. Pero generalmente lo reconocían, y alguna mujer sofocada bajo el peso de sus paquetes se encaraba con él, gritándole:

—¿No te da vergüenza, flojo dormilón? En vez de trabajar pides limosna y robas. Eres un asco para la humanidad. Debían echarte de la ciudad o meterte en la cárcel. Todavía no eres tan viejo como para no poder trabajar.

Pero no podía trabajar. El sueño se apoderaba inmediatamente de él, como indignado de que hiciera cualquier cosa que lo apartara de su poder. Una vez lo sorprendieron robando y lo llevaron a la cárcel. Lo soltaron pronto, pero quedó marcado como delincuente, y aquellos que antes sonreían con algo de benevolencia ante su vicio de la vagancia cruzaban a la vereda de enfrente al verlo venir.

Llegó el invierno, otro invierno más, y con éste la certeza para Sebastián de que iba a morir. Ya no le quedaban fuerzas. Pero le parecía que si lograba vivir unas semanas más, unos días más, si encontraba que comer y dónde refugiarse iba a poder dormir, iba finalmente a recordar, a entender, a hablar. Morir antes sería un fracaso. Pero la esperanza de Sebastián era recia, lo único en él que no vacilaba. Era el fin. Pero quizás también el triunfo.

Hacía mucho frío. Bajo los yertos árboles negros del parque en el amanecer, Sebastián a veces encontraba pájaros que con el frío habían muerto. Para tratar de revivirlos soplaba sobre sus plumas grises, que duras de escarcha no se agitaban. En la ciudad vivía bajo un puente, y rodeándose de perros piojosos para que lo calentaran, cubriéndose de diarios viejos para que el viento no pudiera penetrarlo, lograba dormir mucho, casi todo el tiempo. Sabía que ya, ya iba a recordar aquello, que ya, ya se iba a abrir la puerta. Era cosa de aferrarse a la vida unos días más, encontrar un poco de pan, protegerse un poco del hielo y de la escarcha era difícil. A veces pegaba la nariz a la ventana de alguna carnicería y se quedaba mirando el rojo caliente de los animales destripados que colgaban de los gan chos, y cuando alguien abría la puerta al salir, el olor espeso y sanguinolento calmaba un poco su hambre y su frío.

De pronto, un día tuvo una idea.

Iría a visitar a Aquiles Marambio, que no vivía lejos. Tal vez se conmoviera al ver su miseria. Tal vez, olvidando lo dicho años antes, tantos, tantos años, le diera comida, lo abrigaría por algunos días —aunque las últimas veces que casualmente se cruzaron en la calle, Marambio no reconoció a Sebastián. Tal vez…

Sebastián se hizo un cucurucho de diarios para protegerse la cabeza, y lentamente atravesó la tarde fría, las calles y las sombras de las casas y de los árboles y de los faroles apagados, mirando de vez en cuando el cielo plomizo rayado por los cables, hasta llegar a la casa de Marambio. Sobre los techos, las nubes restañaban casi todo el rojo que del crepúsculo quedaba. La noche caía. Iba a nevar. Sebastián tocó el timbre de la casa de Aquiles Marambio. Le abrió la puerta una sirvienta vestida de negro con un delantalcito de muselina blanca.

—¿Podría hablar con Aquiles Marambio? —preguntó Sebastián.

—¿Con don Aquiles? —la sirvienta acentuó el don—. Está comiendo. Vaya por la puerta de atrás, por la otra calle; esta puerta es para las visitas. ¿Quién lo busca?

Pronunciar su nombre, Sebastián Rengifo, fue como abrir la portezuela de una jaula dejándolo escapar para siempre, como un pájaro. Aguardó en la puerta de atrás, en un callejón desierto donde el viento preso lloraba. Sebastián se caló más hondo su gorro triangular de papel de diario y anudó bien los trapos viejos que protegían sus pies. Sin rostro ya, sin nombre, se sentó en el umbral de la puerta a esperar.

La puerta se abrió por fin. Apareció Aquiles Marambio, bastante gordo con los años, llevando una amplia servilleta blanca anudada debajo de su papada abundosa.

—¿Quiere hablar conmigo? —preguntó.

—Si… ¿No se acuerda de mí?

Marambio limpió con la punta de la servilleta el vaho que al salir al frío empañó sus anteojos. Detrás de él, en el segmento de habitación que la puerta mostraba, algunas personas reían en tomo a una mesa servida.

—No me acuerdo. Apúrese, dígame lo que necesita, mire que hace frío y hay mucha grippe…

Una lágrima se heló en las pestañas de Sebastián.

—Si no me dice lo que necesita voy a cerrar… —amenazó Marambio.

—No me conoce —balbuceó Sebastián.

—No, hombre, no lo conozco. ¿Cómo quiere que conozca a todos los vagos de la ciudad? Además, con esa barba y esa mugre…

—Venía a pedirle que me diera qué comer y dónde vivir por unos días, señor. Me voy a morir, y no puedo hasta que la puerta quede abierta… por favor…

Una nube de reconocimiento ensombreció el rostro de Marambio.

—¿Hasta que qué? ¿Qué puerta?

—…la puerta y yo pueda ver…

—No, no, no. Váyase de aquí. No se va a morir. Todavía no es tan viejo como para que no encuentre trabajo. Usted quiso ser lo que es… váyase. Buenas noches. Yo no tengo nada que ver con usted.

Y cerró la puerta.

Sebastián se encogió como mejor pudo para dormir en el umbral.

Durante la noche se abrió el cielo, y las estrellas, parpadeando apenas, miraban precisas desde un cielo terriblemente negro y hondo, que dejó caer una dura escarcha. Y a la mañana siguiente, domingo, el cielo amaneció despejadísimo, azul y frágil y delgado como un volantín inmenso. El sol no calentaba las calles, pero su luz nítida señalaba todos los ángulos y los contornos.

Don Aquiles Marambio, su señora y sus dos hijitas de seis y siete años, salieron temprano para ir a misa. Asistieron al Santo Sacrificio con toda unción, y regresaron lentamente por las asoleadas veredas, saludando a los conocidos, deteniéndose de vez en cuando para dar pataditas en el suelo, palmoteando para que se desentumecieran sus dedos. Unos pasos adelante de sus padres, María Patricia y María Isabel, casi del mismo tamaño, tocadas con gorros de piel blanca y con las manos metidas en manguitos de la misma piel, dejaban orgullosas que los que pasaban admiraran la corrección de su porte y el lujo de sus atuendos.

Al entrar por el callejón que llevaba a la puerta trasera de la casa, las plumas de vaho que tan serenamente se elevaban desde las bocas de las cuatro personas de la familia Marambio, se cortaron de pronto. Aquiles y su señora se detuvieron. Las niñas, con chillidos, buscaron refugio junto a las piernas de sus progenitores —porque allí, en el umbral de la casa, yacía una forma humana peluda y sucia, cubierta de diarios húmedos. Se acercaron. Marambio movió la forma con el pie.

—Está muerto… —murmuró.

La mujer se agachó para sacarle el gorro que le tapaba la cara. Marambio exclamó:

—No seas idiota. Déjalo así. ¿Para qué quieres verle la cara?

Pero la mujer ya lo había hecho, y el rostro del muerto, debajo de sus barbas y de su mugre, apareció transfigurado por una expresión de tal goce, de tal alegría y embeleso, que María Isabel, acercándose a él sin miedo, exclamó:

—Mira papito, qué lindo. Parece que hubiera visto…

—Cállate, no digas estupideces —exclamó Marambio, furioso.

—Parece que estuviera viendo…

Antes que María Patricia pudiera decir lo que parecía que el muerto estuviera viendo, Marambio tomó a sus dos hijas violentamente y las empujó para que entraran a la casa. Ellas, de la mano, obedecieron sin los lloriqueos ni los pucheros de siempre cuando su padre las contrariaba, hablando de lo bonito que eran los muertos y preguntándose por qué la gente grande les tenía tanto miedo. Marambio llamó a la policía para comunicar que un vagabundo había amanecido muerto en el umbral de su puerta. Y como don Aquiles era un hombre de pro, y además con gran sentido cívico, dispuso que ya que el cadáver había amanecido en su puerta no podía permitir que lo echaran así no más a la fosa común. Él se haría cargo de los gastos del funeral —no de primera, claro, eso sería absurdo, sino que de un buen funeral de tercera.

 

José Donoso: Sobre cuentos y novelas. Entrvista por Mempo Giardinelli

José Donoso 1En abril de 1987, durante la 13º Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, mantuvo con Mempo Giardinelli (1947) editor de la revista “Puro Cuento”, una charla de la cual los párrafos más significativos fueron publicados en el nº 5 de julio/agosto de 1987.

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M.G.: ¿Cómo fue tu relación con el cuento, cómo se inició?

J.D.: Fue lo primero que escribí y lo primero que pu­bliqué: dos cuentos escritos en inglés, cuando era estudiante en la Universidad de Princeton, en Estados Unidos. Tenía 22 años. Yo leía mucho cuento, pero mi intención ya era más bien nove­lística. La construcción de mi imaginación es más novelística: me gusta la forma generosa, despa­rramada, caudalosa. No soy un tipo escueto, para nada. Pero amaba el cuento, en particular el norteamericano y el inglés. Lo que se escribía entonces me im­pactó mucho: el primer Truman Capote, Carson McCullers, Eudora Welty; los escritores del sur, una generación muy brillante. Y en Princeton era el momento del redescubrimiento de Henry James, a quien leí y estudié. Te hablo del año 48, 49, y me entusiasmé con la sutileza y el rego­deo de James. En mí había, cla­ro, una larga vocación de escritor pero supongo que no me atrevía todavía a una “Moby Dick”, por lo que me quedaba aún en la fas­cinación de los cuentos de Melville, o de Sherwood Anderson. No le quito nada a los rusos o a los franceses, pero la suma del cuento norteamericano contemporáneo, desde el siglo XIX, es al­go muy importante, te fijas. Algo muy espléndido.

M.G.: Tu producción cuentística es mucho menos conocida que tus novelas. ¿En qué consiste tu cuentística y qué significa para ti?

J.D.: Bueno, luego de esos dos en inglés, tengo siete cuentos en mi primer volumen, que se llama “Veraneo y otros cuentos”. Los es­cribí en mi juventud y los publi­qué cuando tenía veintinueve años. Están escritos un poco a la sombra de Neruda, o en lugares nerudianos, como siempre escribí. Luego vino mi novela “Coronación” y después otros cinco cuentos, que reuní en un volumen llamado “El charleston”. Y esa es toda mi producción cuentística.

M.G.: ¿Por qué lo abandonaste?

J.D.: No lo abandoné. En realidad, lo que pasó fue que me incliné hacia un género del que creo que me adueñé bastante, y del que me parece que soy uno de los pocos cultores que existe en la literatura latinoamericana: la “nouvelle”, que es novela corta o cuento lar­go. Escribí “Tres novelitas bur­guesas” y años después “Cuatro para Delfina”. Son cuentos-novela en realidad, y es un género que lo he heredado directamente de la literatura inglesa. Los ingleses son los creadores de ese género.

M.G.: ¿Qué distinguiría a la “nou­velle” del cuento y de la novela?

J.D.: Pues, a ver… El cuento cor­to es un destello. O debe serlo, o tiende a serlo. Como decía Joyce, cada cuento es una epifa­nía, se construye alrededor de una epifanía; y ahí están los “Dublineses”, que son cuentos ma­gistrales. En el otro costado, la novela es como un saco, una bol­sa, en la cual se puede meter todo y donde es tan rico que esté todo; y de repente uno agita el saco y se reordena toda la por­quería que hay adentro, y adquie­re fuerzas distintas, tú ves, le das un golpe por acá al saco y se po­ne chueco del otro lado, y así, es una forma muy dúctil, que obe­dece mucho a las manos de cada escritor. La forma difícil, creo yo, es la “nouvelle”, no tanto para es­cribirla sino para comprenderla, como forma. Yo diría que es un círculo mucho más cerrado que la novela; no hay una epifanía como en el cuento pero no es un saco tan vasto como la novela. Tiene una estructura interna mu­cho más definida: pasa algo en la “nouvelle”, algo definitivo, pero pa­sa lentamente.

M.G.: Tu generación, que es la del llamado “boom”, practicó el cuen­to. En general, lo practicaron to­dos. Sin embargo, el gran desarro­llo de esa literatura latinoameri­cana, la fama, la aceptación popu­lar, pareciera que fue de la mano de las grandes novelas, que son las que definen a esa generación. ¿Qué opinas de ello?

J.D.: Yo diría que eso es cierto en algunos casos. Porque fíjate que Rulfo no es sólo “Pedro Páramo”, y si tú prescindieras de “Rayuela” igual quedaría el Cortázar de sus cuentos. Pero de todos modos creo que la respuesta pasa por otro lado y es que mi generación fue una generación novelísticamente muy pretenciosa. En el sen­tido de que quiso dar una respues­ta al mundo contemporáneo. Fue una generación de novelas enci­clopédicas, con un deseo de uni­versalidad, de trascendencia enor­mes. Hay una cosa megalómana, que no va con la cuentística y sí va con la novela. Y en algunos casos, esa ambición megalómana fue cumplida ampliamente. No nos pondremos a enumerar, pero en algunos casos que todos conocen se cumplió de manera espléndida, ¿no?

M.G.: Cuando juzgas un cuento, cuando lo saboreas o lo recha­zas, ¿cuáles son los elementos en que basas tu juicio? ¿Cómo se rige tu sensibilidad, tu gusto es­tético? ¿Abordas un cuento o de­jas que él te aborde a ti?

J.D.: Primero debo decir que soy, ante todo, un lector de novelas, y un lector sempiterno. Pero igualmente, cuando leo cuentos no me guío por un sentido mecánico. Le aplico los mismos gustos que le aplico a una novela: una buena escritura, una inteligencia, una visión ambiciosa de lo que es la vida. Hay cuentos que en cinco páginas te pueden dar todo eso; ahí están los de Juan Rulfo, por ejemplo. Los leo y requeteleo; “Macario” es uno de mis preferidos.

M.G.: ¿Cuáles son los mejores cuentos que leíste en tu vida?

J.D.: ¿Universales? Algunos norte­americanos, aunque no los de Poe, de quien no soy un gran admirador. “Myriam”, de Capote, me es inolvidable. Algunos de Cortázar, “Casa tomada”, que a mí me enloquece, me encanta probablemente porque yo ando por esos mismos rieles. Alguno de Borges, claro, como “Funes, el memorioso”. Otro que no pue­do dejar de mencionar es “Lo real”, de Henry James. Los cuen­tos de James son extraordinarios, porque son cuentos que analizan el fenómeno de la percepción ar­tística sin tocarla; son una elip­sis permanente.

M.G.: Siempre sucede que respon­der la pregunta anterior lleva a definir el cuento que le gusta al entrevistado. En tu caso, ¿es lo temático lo que más te importa; no te interesa la técnica?

J.D.: Claro que no, para nada. Me interesan otras cosas, como la teoría, pero no me importa la mecánica. Creo que un cuento, o una novela, puede ser mecánicamen­te muy pobre y de un gran sig­nificante. El caso típico es “Los endemoniados”, de Dostoievsky, que técnicamente es una porque­ría. O “Los miserables”, de Víctor Hugo, que es una de las novelas más mal escritas que pueden existir, te fijas, y sin embargo es una gloria de la literatura. A mí lo que me interesa es pensar qué parte de la experiencia humana -o qué partes- se contiene en una frase.

M.G.: Hay un valor en materia cuentística que, en Argentina, y en general en Latinoamérica, parece toda una moda: la espontaneidad. Y por lo mismo que tú señalas -el destello- pareciera que si un cuento es espontáneo, ya tie­ne valor. Importa la vertiginosi­dad, la vuelta de tuerca, el final inesperado…

J.D.: Yo no estaría de acuerdo con eso. En absoluto. La espontanei­dad psicológica del autor no tie­ne importancia; lo que importa es convencer al lector de que ha habido espontaneidad en la creación. Me parece más relevante el artificio de la espontaneidad, que la espontaneidad misma.

M.G.: ¿Para lo cual hace falta téc­nica?

J.D.: Hace falta mucha teoría.

M.G.: Y lectura. Y talento, como bien señala Denevi. ¿Pero qué es eso de la teoría? ¿Reglas, leyes? Cortázar fue uno de los que teo­rizó sobre el cuento, Valadés lo ha hecho, el mismo Borges. Per­sonalmente, creo que no hay ta­les leyes ni puede haberlas. Cada cuento impone su ley propia. ¿Tú qué crees?

J.D.: Para mí, cada cuento tiene su propia biografía, y al nacer lleva determinado en sus genes lo que va a ser. Hay una genética cuentística, ¿no crees? Así como los genes determinan lo que el ser humano desarrollado va a ser, en el cuento pasa lo mismo. En la literatura. Y lleva marcada la serie de leyes que van a gobernar su crecimiento. Y hay cuentos que necesitan este grupo de leyes, y cuentos que necesitan un grupo de leyes contrarias. Hay, sí, mu­chas teorías, pero honradamente creo que la gente, o los escrito­res, suelen pensar que una cosa mata a la otra, y que si tú escri­bes un cuento espontáneo es porque hay que escribirlo así y no porque se puede escribir uno es­pontáneo y los otros pueden ser totalmente un artificio. O hay otros que dicen que el cuento es un artificio y todos los otros son malos; y entonces se está totalmente en contra de la espon­taneidad. Y yo creo que debemos aceptar -yo lo acepto- la va­riedad. Me gusta la variedad, y aún la contradicción, en los cuentos de un mismo autor. Eso es precioso: la variedad está en el genio del tipo. Los escritores so­mos muy mentirosos, tú sabes, y mentimos mucho sobre nuestras propias obras, de las que no en­tendemos nada, absolutamente nada. No sabemos ver nuestra obra.

M.G.: Por eso hacen falta los críti­cos, mal que nos pese en ocasio­nes. Y por eso Jorge Ruffinelli dice que “a la literatura la hacen los críticos; los escritores sólo escriben libros”.

J.D.: Claro, porque en el escritor hay algo de anarquista. Uno escri­be realmente sólo lo que se le antoja, lo que le viene, lo que en un momento dado se le ocurre. En mi caso, mira, la prueba más grande es que jamás he pertene­cido ni a un club de fútbol, ni a un partido político, ni a una clase social definida, ni a nada. Yo por eso no me embarco con ninguna teoría, tampoco en literatura. Pe­ro atención: me interesa la teoría como forma de saber. Como for­ma de aprendizaje, de interpretar, como elu­cubración. Porque la literatura no es sólo lo que se escribe, sino también aquello sobre lo cual se escribe. Y por eso ahora hay tan­ta literatura sobre la literatura.

M.G.: En tu obra se nota lo permi­sivo, lo no encorsetado. Hay transgresión y hay mucho de ili­mitado. No en vano, y creo que simbólicamente, una de tus nove­las se titula “El lugar sin limi­tes”. ¿Te gusta ser así, o te lo censuras?

J.D.: Ni lo censuro ni lo aplaudo, yo soy eso. Soy permisivo con­migo mismo, también. Es una ac­titud de vida, no una actitud lite­raria.

M.G.: Para muchos, el problema del cuento es su indefinición. Mucha gente no puede vivir si no le definen las cosas…

J.D.: Ah, pero yo no voy a ser quien ofrezca solución alguna para el problema del cuento. No sé cuál es la solución. Se me ocurre que no debe haberla. Y es que si la hubiera, ya alguien habría escrito el cuento perfecto. Y na­die ha escrito el cuento perfecto, te fijas, porque si alguien lo hu­biese escrito ya no habría la ne­cesidad de escribirlo. Esa es la magia de la existencia, es la ma­gia de estar vivo: todo el tiempo uno está buscando una solución para algo que uno sabe que no tiene solución.

M.G.: ¿Somos tenaces o irrespon­sables?

J.D.: Yo creo que Dios es el irres­ponsable, verdaderamente, si es que lo hay. Porque nos dio la fa­cultad y la ambición de saber la verdad, pero nos ocultó la posi­bilidad total de saberla. Es el hombre el que empuja más y más el muro de la oscuridad. Y esa ex­traña invención del hombre que es Dios -Dios fue creado por los hombres, como todos sabemos- nos tiraniza más y más.

M.G.: ¿Un escritor cambia con los años, Pepe?

J.D.: ¡Por cierto! Pero sólo si la palabra cambio no significa dejar de ser sí mismo. Quiero decir: mi hija, que es muy cruel conmi­go, tiene diecinueve años y puede darse ese lujo, y es muy mala lectora, no le gusta la literatura y le da mucha vergüenza que yo sea es­critor -y me lo dice y peleamos el día entero-, ella me dice que yo creo que escribo novelas dis­tintas y en realidad estoy siempre escribiendo la misma novela. Des­de “Coronación” hasta “La deses­peranza”. Y por eso a ella no le interesan mis novelas, porque le­yendo una dice que las ha leído a todas. Un crítico norteamericano me ha dicho que todas mis nove­las se estructuran igual: en el centro hay una casa, un espacio cerrado, ya sea burdel, mansión, convento, casa decadente. Una casa que significa una estructu­ra y un orden; un interior orde­nado que es amenazado por el exterior, que tiende a destruirlo. Yo traté de que no fuera así en mi última novela, “La desesperanza”, pero no pude evitarlo. Menos evidente, pero me salió una casa al medio.

M.G.: ¿Y por qué tratar de evitarlo?

J.D.: Ah, porque uno siempre tra­ta de saltar más allá de su pro­pia sombra, te fijas. Y con los años, uno cada vez quiere escri­bir una novela nueva. Uno escribe diferente. En este período de mi vida, cuando tengo sesenta y tres años, es­toy escribiendo muy gozosamen­te, en oposición a un no goce an­terior. Yo escribí con dolor, in­cluso dramáticamente. Porque to­da novela mía conlleva una somatización de una enfermedad grave: “El obsceno pájaro de la noche” me produjo un derrame de úlcera; “Casa de campo” me produjo un síncope en casa de Luis Buñuel y perdí la memoria y no sabía quién era; y curiosamente me acaba de suceder el año pasado: el día que le mandé los origina­les a la Carmen Balcells tuve una embolia y me quedé, fíjate, sin palabras; me quedé sin poder ha­blar. Perfecto, ¿no?

M.G.: El éxito, ¿también cambia al escritor?

J.D.: Me imagino que sí…

M.G.: La verdad. Pepe, con el cora­zón en la mano…

J.D.: Sí, claro, Mempo, si yo soy una persona infinitamente vanido­sa… No cuesta nada decir esta verdad, te fijas. Si uno qui­siera ser solemne, diría que lo que cambian son las exigencias, las expectativas ajenas. Pero yo diría simplemente que el éxito lo cambia a uno permitiéndole una mejor relación con la litera­tura. La página en blanco ya no es tu enemigo. No te sientas a la máquina, en la mañana, sintien­do que tienes que hacerte valer como escritor. No, con el éxito ya has escrito, ya sabes que eres escritor. Lo que estás dando es un don, es una cosa gratis, y no tienes que justificar nada tuyo.

M.G.: Pero esto también ha hecho cometer muchos errores a más de un escritor… Y de tu generación.

J.D.: Por cierto, sin dudas. No ha­remos nombres, pero tú y yo sa­bemos que es así. A partir del éxito, se han hecho cosas peno­sas. Yo espero que en mi caso no sea así. Creo que permanezco lo suficientemente neurótico como para estar alerta. Pero, funda­mentalmente, me gusta mucho más la literatura que el éxito, ¿entiendes?

M.G.: Volviendo al cuento, me due­le sospechar que la novela te alejó de él.

J.D.: No me alejó. Insisto en que me gusta más la forma desparra­mada de la novela, pero fíjate que yo, en Santiago, tengo un taller de cuento desde hace seis años. No estoy para nada alejado.

M.G.: No hubiera pensado que eras partidario de los talleres.

J.D.: Ah, pero yo encuentro que es siempre recomendable ir a un taller. Porque la ambición del ta­ller es muy modesta, creo yo. En el caso nuestro, el caso chileno, viene a cubrir una ausencia. An­tes se hacía literatura en los ca­fés, en la tertulia, en el salón o en el libro de recuerdos de las casas. Se leían poemas, se deja­ban cuentos. Había un intercam­bio y la literatura era interesante. Ahora, ha dejado de ser pública­mente interesante.

M.G.: ¿Sustituida por la televisión? ¿O por la política?

J.D.: Por la política, sin ninguna duda. En Chile ya no se habla de otra cosa que de política, Y en­tonces, la ambición modesta de un taller es proporcionar un es­pacio para hablar de literatura.

M.G.: Pero me imagino que sin que por eso el participante deje de estar, en su vida cotidiana, totalmente embebido contra el canalla de turno, ¿no?

J.D.: Por supuesto, e incluso el ca­nalla de turno define muchas de las cosas que estamos haciendo en el taller. Absolutamente, pues si no se habla de otra cosa, no se escribe de otra cosa.

M.G.: ¿Y qué va a pasar con la lite­ratura chilena, entonces?

J.D.: Yo me temo que puede se­carse. Ese único tema puede pro­ducir una literatura muy pobre, a largo plazo, más allá de que coyunturalmente pueda ser útil y necesaria, ahora.

M.G.: ¿Tú lo adviertes en tu taller, en los nuevos escritores?

J.D.: Totalmente. Y en dos senti­dos: por abordar ese único tema, o por escaparle. En uno o en otro, la realidad que vivimos no puede dejar de estar presente.

M.G.: ¿Y a ti también te motiva lo que pasa en tu país?

J.D.: Mira: cuando uno ya es un hombre bastante mayor, como soy yo (y lo digo con melancolía; no me gusta ser mayor, quisiera ser más joven), ve que la gente de su generación, de la mía, se in­teresa cada vez menos por las cosas que no son inmediatamen­te prácticas. Entonces, no tengo interlocutores de mi edad, y me siento solo. La gente más joven me trae a colación problemas, vivencias, gustos, conocimientos, aficiones, modas, palabras, di­chos, giros, que yo no conozco. Y eso me encanta. Pero también me da terror, porque veo que me quedo atrás y que no tengo entra­da en lo nuevo. Veo que lo mío es otra cosa. Y me encuentro ais­lado… Pero también me pasa algo muy bueno: de este modo sé muy bien de qué estoy aisla­do. Conozco aquello que me aisla, y puedo sortearlo.

M.G.: La magia restauradora de las palabras. La literatura como pana­cea, como fuente de vida, ¿ver­dad?

J.D.: ¿Por qué no? Es exactamen­te así.

José Donoso: Una señora. Cuento

josedonosoNo recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.

Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.

No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iba tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?

No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.

Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.

Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:

-¡Imposible!

La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.

Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.

Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?… Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.

Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.

A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos todos iguales.

José Donoso: China. Cuento

josé donosoPor un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor. Más allá, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte más agitada de la calle. Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas de tez áspera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte, cambian de color bajo los letreros de neón, rojos y azules. Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran alrededor del charlatán vociferante, engalanado con una serpiente viva. En invierno, raídas bufandas escarlatas embozan los rostros, revelando sólo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino, que en los ojos señala a cada ser distinto. Uno que otro tranvía avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud mecánica. En un balcón de segundo piso aparece una mujer gruesa envuelta en un batón listado. Sopla sobre un brasero, y las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro de la mujer es claro y caliente y absorto.

Como todas las calles, ésta también es pública. Para mí, sin embargo, no siempre lo fue. Por largos años mantuve el convencimiento de que yo era el único ser extraño que tenía derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras.

Cuando pequeño, vivía yo en una calle cercana, pero de muy distinto sello. Allí los tilos, los faroles dobles, de forma caprichosa, la calzada poco concurrida y las fachadas serias hablaban de un mundo enteramente distinto. Una tarde, sin embargo, acompañé a mi madre a la otra calle. Se trataba de encontrar unos cubiertos. Sospechábamos que una empleada los había sustraído, para llevarlos luego a cierta casa de empeños allí situada. Era invierno y había llovido. Al fondo de las bocacalles se divisaban restos de luz acuosa, y sobre los techos cerníanse aún las nubes en vagos manchones parduscos. La calzada estaba húmeda, y las cabelleras de las mujeres se apegaban, lacias, a sus mejillas. Oscurecía.

Al entrar por la calle, un tranvía vino sobre nosotros con estrépito. Busqué refugio cerca de mi madre, junto a una vitrina llena de hojas de música. En una de ellas, dentro de un óvalo, una muchachita rubia sonreía. Le pedí a mi madre que me comprara esa hoja, pero no prestó atención y seguimos camino. Yo llevaba los ojos muy abiertos. Hubiera querido no solamente mirar todos los rostros que pasaban junto a mí, sino tocarlos, olerlos, tan maravillosamente distintos me parecían. Muchas personas llevaban paquetes, bolsas, canastos y toda suerte de objetos seductores y misteriosos. En la aglomeración, un obrero cargado de un colchón desarregló el sombrero de mi madre. Ella rió, diciendo:

-¡Por Dios, esto es como en la China!

Seguimos calle abajo. Era difícil eludir los charcos en la acera resquebrajada. Al pasar frente a una cocinería, descubrí que su olor mezclado al olor del impermeable de mi madre era grato. Se me antojaba poseer cuanto mostraban las vitrinas. Ella se horrorizaba, pues decía que todo era ordinario o de segunda mano. Cientos de floreros de vidrio empavonado, con medallones de banderas y flores. Alcancías de yeso en forma de gato, pintadas de magenta y plata. Frascos de bolitas multicolores. Sartas de tarjetas postales y trompos. Pero sobre todo me sedujo una tienda tranquila y limpia, sobre cuya puerta se leía en un cartel: “Zurcidor Japonés”.

No recuerdo lo que sucedió con el asunto de los cubiertos. Pero el hecho es que esta calle quedó marcada en mi memoria como algo fascinante, distinto. Era la libertad, la aventura. Lejos de ella, mi vida se desarrollaba simple en el orden de sus horas. El “Zurcidor Japonés”, por mucho que yo deseara, jamás remendaría mis ropas. Lo harían pequeñas monjitas almidonadas de ágiles dedos. En casa, por las tardes, me desesperaba pensando en “China”, nombre con que bauticé esa calle. Existía, claro está, otra China. La de las ilustraciones de los cuentos de Calleja, la de las aventuras de Pinocho. Pero ahora esa China no era importante.

Un domingo por la mañana tuve un disgusto con mi madre. A manera de venganza fui al escritorio y estudié largamente un plano de la ciudad que colgaba de la muralla. Después del almuerzo mis padres habían salido, y las empleadas tomaban el sol primaveral en el último patio. Propuse a Fernando, mi hermano menor:

-¿Vamos a “China”?

Sus ojos brillaron. Creyó que íbamos a jugar, como tantas veces, a hacer viajes en la escalera de tijeras tendida bajo el naranjo, o quizás a disfrazarnos de orientales.

-Como salieron -dijo-, podemos robarnos cosas del cajón de mamá.

-No, tonto -susurré-, esta vez vamos a IR a “China”.

Fernando vestía mameluco azulino y sandalias blancas. Lo tomé cuidadosamente de la mano y nos dirigimos a la calle con que yo soñaba. Caminamos al sol. Íbamos a “China”, había que mostrarle el mundo, pero sobre todo era necesario cuidar de los niños pequeños. A medida que nos acercamos, mi corazón latió más aprisa. Reflexionaba que afortunadamente era domingo por la tarde. Había poco tránsito, y no se corría peligro al cruzar de una acera a otra.

Por fin alcanzamos la primera cuadra de mi calle.

-Aquí es -dije, y sentí que mi hermano se apretaba a mi cuerpo.

Lo primero que me extrañó fue no ver letreros luminosos, ni azules, ni rojos, ni verdes. Había imaginado que en esta calle mágica era siempre de noche. Al continuar, observé que todas las tiendas habían cerrado. Ni tranvías amarillos corrían. Una terrible desolación me fue invadiendo. El sol era tibio, tiñendo casas y calle de un suave color de miel. Todo era claro. Circulaba muy poca gente, éstas a paso lento y con las manos vacías, igual que nosotros.

Fernando preguntó:

-¿Y por qué es “China” aquí?

Me sentí perdido. De pronto, no supe cómo contentarlo. Vi decaer mi prestigio ante él, y sin una inmediata ocurrencia genial, mi hermano jamás volvería a creer en mí.

-Vamos al “Zurcidor Japonés” -dije-. Ahí sí que es “China”.

Tenía pocas esperanzas de que esto lo convenciera. Pero Fernando, quien comenzaba a leer, sin duda lograría deletrear el gran cartel desteñido que colgaba sobre la tienda. Quizás esto aumentara su fe. Desde la acera de enfrente, deletreó con perfección. Dije entonces:

-Ves, tonto, tú no creías.

-Pero es feo -respondió con un mohín.

Las lágrimas estaban a punto de llenar mis ojos, si no sucedía algo importante, rápida, inmediatamente. ¿Pero qué podía suceder? En la calle casi desierta, hasta las tiendas habían tendido párpados sobre sus vitrinas. Hacia un calor lento y agradable.

-No seas tonto. Atravesemos para que veas -lo animé, más por ganar tiempo que por otra razón. En esos instantes odiaba a mi hermano, pues el fracaso total era cosa de segundos.

Permanecimos detenidos ante la cortina metálica del “Zurcidor Japonés”. Como la melena de Lucrecia, la nueva empleada del comedor, la cortina era una dura perfección de ondas. Había una portezuela en ella, y pensé que quizás ésta interesara a mi hermano. Sólo atiné a decirle:

-Mira… -y hacer que la tocara.

Se sintió un ruido en el interior. Atemorizados, nos quitamos de enfrente, observando cómo la portezuela se abría. Salió un hombre pequeño y enjuto, amarillo, de ojos tirantes, que luego echó cerrojo a la puerta. Nos quedamos apretujados junto a un farol, mirándole fijamente el rostro. Pasó a lo largo y nos sonrió. Lo seguimos con la vista hasta que dobló por la calle próxima.

Enmudecimos. Sólo cuando pasó un vendedor de algodón de dulces salimos de nuestro ensueño. Yo, que tenía un peso, y además estaba sintiendo gran afecto hacia mi hermano por haber logrado lucirme ante él, compré dos porciones y le ofrecí la maravillosa sustancia rosada. Ensimismado, me agradeció con la cabeza y volvimos a casa lentamente. Nadie había notado nuestra ausencia. Al llegar Fernando tomó el volumen de “Pinocho en la China” y se puso a deletrear cuidadosamente.

Los años pasaron. “China” fue durante largo tiempo como el forro de color brillante en un abrigo oscuro. Solía volver con la imaginación. Pero poco a poco comencé a olvidar, a sentir temor sin razones, temor de fracasar allí en alguna forma. Más tarde, cuando el mundo de Pinocho dejó de interesarme, nuestro profesor de box nos llevaba a un teatro en el interior de la calle: debíamos aprender a golpearnos no sólo con dureza, sino con técnica. Era la edad de los pantalones largos recién estrenados y de los primeros cigarrillos. Pero esta parte de la calle no era “China”. Además, “China” estaba casi olvidada. Ahora era mucho más importante consultar en el “Diccionario Enciclopédico” de papá las palabras que en el colegio los grandes murmuraban entre risas.

Más tarde ingresé a la Universidad. Compré gafas de marco oscuro.

En esta época, cuando comprendí que no cuidarse mayormente del largo del cabello era signo de categoría, solía volver a esa calle. Pero ya no era mi calle. Ya no era “China”, aunque nada en ella había cambiado. Iba a las tiendas de libros viejos, en busca de volúmenes que prestigiaran mi biblioteca y mi intelecto. No veía caer la tarde sobre los montones de fruta en los kioscos, y las vitrinas, con sus emperifollados maniquíes de cera, bien podían no haber existido. Me interesaban sólo los polvorientos estantes llenos de libros. O la silueta famosa de algún hombre de letras que hurgaba entre ellos, silencioso y privado. “China” había desaparecido. No recuerdo haber mirado, ni una sola vez en toda esta época, el letrero del “Zurcidor Japonés”.

Más tarde salí del país por varios años. Un día, a mi vuelta, pregunté a mi hermano, quien era a la sazón estudiante en la Universidad, dónde se podía adquirir un libro que me interesaba muy particularmente, y que no hallaba en parte alguna. Sonriendo, Fernando me respondió:

-En “China”…

Y yo no comprendí.