Néstor Valdivia: El brillo de obsidiana. Cuento

Esta vez un sueño distinto al que siempre le aquejaba lo despertó antes del amanecer. Un sueño repentino y sin explicación alguna, como todo sueño sí, pero este más fatídico e incomprensible, con un gusto agrio de premonición que le asqueó la lengua al paladearlo y le apretó el pecho en una angustia bravía. Despierto y exaltado, procuró recordarlo pero todo fue tan rápido que no pudo retener las imágenes terribles en la memoria. Le quedó solo esa sensación extraña de ser más un recuerdo que un insólito sueño, una evocación que parecía haber lactado directo de su madre a través del dulce calostro que bebió al ser alumbrado.

Aquella mañana Hombre la ocupó puliendo un pedazo de obsidiana negra contra una piedra más grande y dura, adelgazando a pulso de paciencia y goterones de agua los bordes toscos e irregulares de la piedra volcánica. Con el dedo gordo de la mano comprobó la delgadez del filo. La pequeña gota de sangre era la prueba infalible que el esfuerzo había dado frutos y se sintió satisfecho. Sentado en el pórtico de su covacha tomó las tiras de cuero de un roedor y con ellas ató la piedra alisada al hueso de la cadera de un animal salvaje ya tallado con anticipación y puesto a secar a la intemperie. Mientras aguzaba la punta del cuchillo ya acabado y el hambre le retorcía las tripas, lamentó su poca suerte. Pero suerte no es. Aunque él no lo sepa, cada acto de su vida, cada decisión lo encaminó a este punto, a este instante de modo irremediable, como a todos los personajes de su universo conocido, donde cada uno, a su vez, daba su aporte para ello y del que nadie y menos Hombre, ya viejo, solitario y cansado, podía desprenderse de las ataduras de lo que ahora bien llamamos destino y que le había encadenado a una sucesión de hechos desde siempre, incluso, antes de su propia existencia.

Ya caía la tarde y desde el pequeño otero donde ubicó su casa para guarecerse de las lluvias y el sol; debajo de un gran molle frondoso, observa distraído su aldea de casas dispuestas en un orden aparentemente sin tino pero que guardaba relación con la incipiente división social imperante. Las covachas de piedras, con puertas orientadas al sol naciente, eran circulares, de una sola entrada y con una altura no superior a la de sus habitantes, esto para mantener el calor dentro de ellas. Techos de paja brava las protegían de las inclemencias climáticas. Al centro de ellas había un amplio patio, también circular, a modo de plaza, donde los más pequeños retozaban y los viejos disfrutaban del calor solar tirados en el suelo aplanado de tierra. Al medio del patio cuatro troncos largos a manera de bancas formaban un cuadrado, que servía de sala de reuniones a cielo abierto y de comedor permanente de la tribu. Por las noches se encendía el fogón para calentar los cuerpos y cocer la comida recolectada y las carnes secas de las presas cazadas en épocas de abundancia. Hombre espera que anochezca y con lentitud baja por la pendiente. Algunos niños al verle entrar al patio, juegan con él lanzándole objetos, tironeándole de sus ropas sucias y gastadas. Los adultos lo miran con desprecio y arrogancia. Se ríen y él, complaciente y resignado, hace lo mismo.

Todos están al rededor de la fogata. El humo se levanta sinuoso hasta lo más alto y Hombre, manteniendo cierta distancia al inicio y temeroso, se aproxima al fogón central. De a pocos va acercándose, casi a rastras y con la cerviz humillada, hasta llegar a sentir el calor de la hoguera que le calienta los pies y le sonroja las mejillas. El olor de la carne cocida le hace salivar, vuelven los retortijones del estómago, quiere estirar la mano para coger un bocado pero su estatus no se lo permite. Todos comen en orden de rangos definidos. Los hombres adultos se alimentan primero, luego los más viejos, los jóvenes, las mujeres, las mujeres viejas, los niños, niñas y al último, Hombre, disputa las sobras con los perros. Nadie, si quiera, le brinda una mirada de desprecio mientras va arrancando a mordiscos las piltrafas de carne y tendones pegadas al hueso.

Ya de regreso a casa tomó la quena que heredó de Padre cuando este murió. Sintió en sus dedos las muescas entrañables, los orificios suavizados por el uso. La melodía dulce y triste que comenzó a entonar fue bajando por la colina como una brisa gélida aquietando todo a su paso: a los árboles, matorrales, al incipiente pasto, a las nubes y a los sueños de todos para luego, lánguida, irse perdiendo entre el largo valle de su comarca.

¿Cómo pude caer tan bajo?- Reflexionó con tristeza. En tan poco tiempo había pasado de ser el líder de su asentamiento a alguien postergado a la menor posición del escalafón social.

Hombre está viejo. Sus cabellos encanecieron. Sus músculos que antes mostraba orgulloso a los más jóvenes, cada vez los siente más flácidos. Sus piernas, casi inútiles, no soportan los largos trotes del grupo de caza. Se quedaba relegado y, a pesar de ello, hasta unas estaciones atrás, aún mantenía el respeto y la cabeza de la tribu. Pero llegó aquel día infortunado cuando un macho más joven, también cazador, le espetó sus errores tras dejar escapar una presa fácil. Y en el patio, delante de todos, le retó mostrando los dientes y furioso se le fue encima. No dándole a Hombre tiempo para nada, ni para evitar los golpes que le cegaban la visión, ni limpiarse la sangre que corría por su rostro. Solo de manera automática, instintiva, pudo desenfundar el puñal y en movimientos involuntarios, cercenarle algunos dedos de la mano al macho joven, antes que este, más frenético aún, le hiriera casi de muerte golpeándole la cabeza con una roca.

Sintió a Sol irritándole el rostro, despertó lento al cabo de unos días. Se encontraba tirado a las orillas de Río, sobre un esponjoso colchón natural de hierbas y lodo que le enfriaba la espalda. Se incorporó como pudo. La cabeza le daba vueltas. El estomago se le revolvió y las arcadas solo le permitieron expulsar un vómito amarillo y espumoso y se sintió morir. Ya mejorado, lavó sus heridas, su ropa, su cuerpo dolido, sus cabellos pegoteados de sangre y la herida de la frente le ardió en fuego vivo. Se quedó sentado pensando en lo ocurrido. Todo era confuso. Rostros, miradas, indiferencia, sangre, el suelo, nubes, golpes, puños y lo único claro, la piedra acercándosele veloz para luego llenarle toda la memoria de una blancura tan espesa como la neblina más tupida de las tardes de verano.

Hombre, adolorido y aún con mareos repentinos que le hacían trastrabillar y con más resignación que valor, tomó la pequeña cuesta rocosa para llegar a Aldea. Y mientras se sujetaba de una piedra para darse impulso y con la otra mano presionaba otra para calcular la resistencia al peso, cuestionó su decisión:

– ¿Por qué nadie salió en mi defensa? – Pensó- ¿Por qué me dejaron ahí tirado? ¡Nadie me defendió, nadie me auxilió!- Ni Hembra, su joven pareja, salió a protegerle o detener la pelea o ya tirado en Río limpiarle las heridas, cubrirla con plantas para acelerar la curación y no dejarlo ahí, como una simple osamenta que abandonaban luego de algún festín tribal. – ¿Todo habría sido planeado? – Se preguntó.– Sí, puede ser – Recapacitó – Pero… Y si fue así… ¿Para qué volver? – Sería repelido por el grupo al instante y quizá, ya no correría la misma suerte de ahora. Herido, maltrecho pero vivo al fin.

Hombre está sentado a la ribera. Hombre y sus pensamientos. Hombre y Río bramando su bajo caudal. Hombre y Río respondiéndole a cada una de sus preguntas en un eco de lenguaje sibilino. Y recordó que Padre alguna vez le dijo que ellos habían aprendido de los animales que habitaban las alturas. Cuando un joven macho llega a la edad de procreación se aleja del núcleo familiar, se junta con otros de su misma condición y forman una manada nómade, recorriendo nuevas regiones de pastoreo hasta encontrar una hembra para el apareamiento. Con la diferencia que los hombres errantes o raptaban a las hembras y las hacían suyas por la fuerza y formaban un nuevo clan o simplemente merodeaban por los alrededores de las poblaciones vecinas y poco a poco eran admitidos por su colaboración e identificación con el grupo.

– Así es como Abuelo llegó a Aldea– Le dijo Padre una tarde mientras descansaban luego que le enseñase el modo adecuado de tocar la quena. La confesión de Padre, escasa en detalles y con la mirada fugitiva, le causó extrañeza. Raudo, evitando la pregunta no formulada, acomodó los dedos en los agujeros del instrumento de hueso, enjugó los labios y luego sopló suave arrancándole una vieja canción que le estremeció el alma, como una gota el agua, como un relámpago quiebra al aire. – Al inicio no fue aceptado– Continuó luego. Era evidente, un macho joven y de tribu diferente guardaba mucho recelo en sus pares. Pero con el transcurrir de las estaciones, Abuelo fue ganándose un lugar en los tablones del patio. Con su destreza con las armas, pericia y fortaleza, tomó el liderazgo de los cazadores. Y así, al cabo de un tiempo fue visto como uno más. Pero Hombre nunca había salido de su entorno. De pequeño y con los demás niños del clan sólo se habían aventurado a cruzar, pocas veces, a la otra ribera sabiendo la prohibición de los mayores:

– ¡No es nuestro territorio! – Le decían señalándole una piedra apuntalada en el suelo, con diseños raspados en su superficie, a modo de hito de la tribu vecina; del cual pendían bestias desgarradas por la muerte, con las carnes ennegrecidas y los huesos expuestos y partidos destilando aceites rancios y hediondos debido al calor del medio día; como claro recordatorio de la suerte que se correría al traspasar la frontera. Y se quedaba observando el más allá, hasta que Sol parecía haberse convertido en un gigante ojo irritado que ensangrentaba el yermo de piedras grises y las nubes del extenso territorio inexplorado por los suyos. Y del otro lado, por el oriente, por encima del valle, el bosque de cceñuas de troncos retorcidos y cortezas escamadas. Más allá el pajonal y más lejos aún, los cerros tutelares de blancuras inescrutables, cuyas cumbres, apenas visibles desde su caserío, eran como las afiladas dentaduras de un viejo puma petrificado, en una constante y eterna lucha por querer morder la inalcanzable panza abovedada de Cielo.

¿Pero Hombre, a dónde iría? En su condición le sería difícil adaptarse a la nueva situación, sin tomar en cuenta que podrían pasar días, incluso semanas antes de encontrar al grupo. Y si lo lograse, ¿De qué serviría? Nadie en absoluto aceptaría su presencia. Un estorbo dirían, una carga para la gavilla de jóvenes en la plenitud de sus capacidades, con liderazgos ya definidos y objetivos amatorios bien proyectados. No cargarían con él a cuestas. Entonces ¿Le quedaría el exilio? Marcharse lo más lejos posible y vérselas él solo: construir su morada, recolectar, cazar. Sí, era una opción. Y sus pensamientos se le esfumaron al observar sus manos huesudas, las pecas de ancianidad en el dorso de ellas y de pronto como si hubiera descubierto el camino no previsto, se vio en el reflejo del agua y este le devolvió implacable, un rostro viejo, arrugado, reseco. Con las mismas grietas de un leño añejo y se sintió desolado y vulnerable. Y como momentos antes, comenzó a subir la pendiente que marcaba la garganta de la ribera.

Ya en la explanada el blando tufo almizclado de carnes y frutos descompuestos, característico de Aldea, lo sintió pegado a sus narices como un recuerdo que no podía quitarse de la cabeza. A cada paso su presencia era más irrisoria y detestable. Como un mecanismo de defensa, o de derrota, su cuerpo enjuto, viejo para su época a pesar de sus escasos 35 años, se le fue encorvando como el tallo de las quinuas salvajes por el peso de su fruto, hasta llegar a convertirse en la miserable estampa de un futuro roído por la desesperanza y la traición. Nadie le dijo nada, nadie le sonrío al entrar al patio, nadie expresó una mueca de asombro. Sólo las miradas de vilipendio le calaron el espíritu como cuando el viento arranca desde sus raíces a las hierbas moribundas. Eso era, un hombre moribundo.

¿Cómo pude caer tan bajo?- Volvió a cuestionarse al recordar aquel episodio de su vida, que le arremolinó la memoria en un estrépito de voces acusadoras que no cesaban de sonar. Puso la quena a un lado e ingresó a su covacha y en un largo suspiro fue calmando los bostezos que luego se convirtieron en ronquidos y quietud.

Al amanecer del día siguiente la Estrella Solitaria y el rojo indio pálido de Cielo marcaban la hora para que Hombre se levantara de una noche pesada por la ansiedad, en la que apenas pudo dormir y complacerse en el imaginario de su retorno a Aldea, con la presa despanzurrada sobre sus espaldas, siendo la envidia de muchos y el orgullo de los más pequeños por la hazaña de haber logrado una cacería impecable sin la ayuda de nadie. Entre vítores ingresaría por las fronteras invisibles de Aldea, teniendo el reconocimiento del grupo y haciéndose merecedor de las atenciones de todos, de las hembras jóvenes y, cómo no, de escoger el mejor pedazo de carne para sí. Ya no sería mal visto ni reprochado por los demás.

Llegó la hora. Se colgó el cuchillo al cuello con una cuerda. Tomó el arco y se lo cruzó por el hombro. Seleccionó las mejores flechas, las ajustó con la soga de maguey a la espalda y se alejó de Aldea. En una marcha ligera y al cabo de pocas horas, Hombre remontó el valle y desde ahí pudo distinguir a lo lejos la planicie. El frío arreciaba pero eso es lo que menos le importaba. Siguió el resto del camino apretando el paso, mientras los rayos solares iban reduciendo las sombras de las descomunales rocas míticas, que según contaban en las noches, alrededor de la hoguera, eran colosos petrificados por desobediencias imperdonables al Dios de las Varas, que vino en tiempos inmemoriales desde el gran lago salado a poner orden por estas tierras. Siguió su correría hasta adentrarse en el pajonal. Con cautela, agitado y de panza al suelo, se situó detrás de una elevación, a recuperar el aliento.

– ¡Va a llover¡– Pensó al ver como aparecía tras los cerros una pared de nubes negras. Respiró profundo, con los ojos cerrados, como queriendo distinguir un aroma delicioso y esperado en el aire que se hacía más frío y húmedo.- ¡Sí, va a llover¡– Sentenció para sí.

Ya recuperado del cansancio sacó de su bolso el idolillo de trapo que preparó para esta ocasión y lo enterró haciendo el ritual de pago a la tierra. Luego, asomó la cabeza y divisó un abrevadero. Se escabulló, tratando de pasar desapercibido, arrastrándose hasta llegar a ocultarse detrás del montículo de piedras que le permitía una proximidad adecuada al ojo de agua. Esperó paciente. Ya las nubes estaban sobre él preñadas de agua a punto de romperse y  caer. Siguió tirado, esperando la cercanía del momento, con el cuerpo laxo. Siendo arrullado por el sonido del viento al atravesar por entre el ischu, se fue sumiendo en un sueño liviano, el mismo de la madrugada, dónde ahora sí pudo distinguir con claridad las lenguas de fuego que abrazaban las casas de Aldea y la voz de Padre retumbando en su cabeza recordándole sus orígenes como aquella tarde que le enseñó a tocar la quena. Se despertó, otra vez, sobresaltado por el extraño sueño. Le pareció tan vívido que el humo tóxico del incendio inexistente, le irritó la garganta y le hizo lagrimear los ojos vivarachos de águila que tenía. Oyó pasos. Volvió a levantar la cabeza por entre las rocas y allí, frente a él, a una treintena de pasos, divisó a una familia de vicuñas que saciaban su sed en el aguadero. Éstas estaban separadas de la enorme manada que pastaba calma, alimentándose del tierno herbaje que crecía después de las lluvias. Dispuso las flechas de punta de pedernal en el suelo. Tomó una de ellas, ensalivó la pluma guía y mientras tiraba de la cuerda hasta el punto adecuado, afinando la vista, imploró al Dios Perro por una buena puntería. Soltó el cable del arco que rechinaba a la presión recibida. La saeta marcó una trayectoria curva a lo largo del recorrido a causa del viento que lo empujaba de lado y terminó por atravesar el cuello del macho alfa que segundos antes, y distraído, sin advertir la presencia de Hombre, había girado la cabeza hacia el silbido, que no demoró más que un parpadeo para apagarle la respiración en un resoplido quedo cuyo sonido se propagó como el resplandor de un trueno por la pradera, alertando a los demás. El macho se desplomó y el núcleo familiar, sin saber qué hacer, se movió siguiendo en tropel a la masa compacta marrón de la manada que asemejaba un bloque gigante de tierra en cataclismo, que de pronto había cobrado vida, trasladándose de un lado al otro de la estepa, dejando al descubierto la pisoteada hierba amarillenta de la pampa. Hombre presuroso corrió al encuentro de su presa. Se agachó para beber de los últimos borbotones de sangre con el mismo placer y determinación de un cachorro al succionar la teta de su madre. Ya satisfecho, estrenó en rápidos cortes el cuchillo de obsidiana degollando al animal, sacándole las vísceras y tripas para luego lavarlas en el riachuelo que como una cicatriz en un rostro, partía en 2 el frío páramo. Limpió sus manos aún manchadas de sangre, que resplandecía a sus ojos exaltados por la proeza, en el fino vellón del animal del que todavía brotaban vapores de su cuerpo tibio.

La tarde se acercaba y el viento soplaba acariciando en ráfagas el rostro agradecido de Hombre que, como si de un hálito divino se tratase, le hizo sentirse rejuvenecido. Con la carga preciada sobre sus espaldas, ya sin cansancio y resuelto, con premura emprendió el camino a casa.

– ¡Ya estoy cerca! – Pensó al cabo de unas horas, al cruzar los cceñuales.

Se sentó a descansar y otra vez recayó, como deslizándose dentro de un desfiladero del que no se puede ni quiere escapar, en las imágenes del sueño que instantes antes lo había sacudido. Masticó la coca sagrada refrescando el sabor áspero de la hoja y de los malos recuerdos con la cal del pequeño recipiente de calabaza que siempre llevaba consigo.

Nadie en Aldea tenía recuerdo de cómo comenzó todo. Si primero fue una casa, luego otra o vinieron todos juntos y fueron levantando de a pocos el pueblo disponiendo las puertas al naciente. Para cuando Hombre tenía uso de razón, todo ya era viejo, como si siempre Aldea hubiera estado ahí, como un ser milenario cuyo destino era enterrar en su vientre a todos sus hijos por la eternidad. Tan vieja como las piedras, como Cerro, como Sol, como Luna. Tan antigua como su propia estirpe pero ya desmemoriada, quizá, por propia voluntad. Un pasado tan confuso y tal vez tan siniestro que ya nadie tiene el valor de recordar. Como cerrar los ojos y pretender que lo visible desaparecerá al abrirlos otra vez. Pero se convierte en un recordatorio rutinario. Una pestilencia ya lejana pero que carga el ambiente y nos transporta a un momento justo, indicado, del pasado.

– ¿Cómo llegamos acá?– Hombre le preguntó alguna vez a Padre, y este le respondió con un silencio profundo.

Y quizá la respuesta sea única. Quizá. Sus antepasados llegaron de madrugada y a mansalva quemaron a sus habitantes dentro de sus casas. A los que se resistieron los colgaron de los pies para luego arrancarles la piel aún estando vivos. Hicieron tambores de guerra con sus pellejos curtidos. Con sus cabellos, conjuros para evitar el maleficio de sus enemigos. Comieron de sus carnes. De sus cráneos bebieron chicha. De sus tripas tensaron arcos y fabricaron amuletos de sus dientes. Mataron y violaron a las mujeres (nadie puede especular el orden adecuado). Lanzaron a los niños y lactantes y recién destetados a Río, y sólo dejaron con vida a las hembras más jóvenes y vírgenes para que los guerreros las desposaran y los líderes disfrutaran de ellas, en otro tipo de festín cárnico, compartiendo sus camas, con sus mujeres del clan, tal y como indicaba la usanza de sus épocas, para aumentar la prole. Con Aldea desolada ya solo bastaba entrar a la vivienda elegida recientemente deshabitada. Tomar posesión de ella, redecorar las paredes, mejoras por aquí y por allá, nada especial. Unos simples retoques bastaban para convertirlas en suyas y hacer como si nada hubiese pasado, para sentirse como en casa.

Masticando la coca, la lluvia le sorprendió y a Hombre le embargó en una sensación de placidez parecida a la felicidad. Hombre nació en una familia de cazadores, lo criaron como cazador, morirá como cazador. Sus gustos, como de los otros de la tribu, ya adulto, era sentirse complacido con cotidianidades básicas. Sacarse los piojos de encima, después de los alimentos. Masticarlos disfrutando el chasquido de sus cuerpos al reventarlos con los dientes. Sentarse a contemplar la lluvia caer por horas sobre el verde pasto. Recordar a Hembra en sus faenas diarias de amamantar a su único hijo que le quedó vivo después de aquel invierno crudo que mató a dos de sus críos. Sobrevivencia que tampoco valió de mucho, ya que llegado el siguiente invierno, luego de la pelea que perdió ante Tullido, éste terminó por liquidarlo estrellándole contra los cantos rodados que dejó a la vista el bajo caudal para evitar futuras venganzas.

Se levantó de su asiento improvisado, volvió a colgar la presa sobre sus espaldas y siguió en trote hasta llegar a Aldea.

Ya era de noche cuando arribó. El fogón central ardía y los miembros de la tribu, unos sentados en los tablones, otros en el suelo, comían entretenidos. Algunas risas sueltas, conversaciones distendidas. Nadie advirtió la presencia de Hombre, que por el día trajinado que había tenido, parecía un ser venido del más allá, como si hubiera sido parido de alguna bestia imaginaria, como si la tierra misma le haya tragado y expulsado de sus entrañas, enlodado de pies a cabeza y con rastros de sangre por todo el cuerpo. Se aproximó un poco más. Todos callaron. Las risas se convirtieron en murmullos. Parsimonioso, con el pecho henchido, mostró el producto de la cacería arrojando la presa muy cerca al fuego para que todos la vieran. Tullido con otros líderes se levantaron, cogieron al animal y en menos de lo que esperaba, una mujer vieja ya estaba troceando al animal muerto. Hombre esbozó una sonrisa y los demás volvieron a tomar sus lugares. Y cuando se disponía a sentarse con los suyos, dos cazadores le salieron en su encuentro y le empujaron hasta que Hombre cayó. Quiso ponerse de pie, no comprendía lo que pasaba. Otro empujón y entonces entendió que nunca más sería aceptado en el grupo. Que no importaba lo que hiciera ahora o hiciese en un futuro para merecerse, como antes, un puesto digno. No era más que un objeto, el recordatorio de la vergonzosa cara de lo que la tribu ya no representaba.

Hombre iracundo subió a su otero. La esperanza se le evaporó como las lágrimas de impotencia al escurrírseles por su rostro quemándole las mejillas. De alguna forma inexplicable y ruin, los logros de un hombre no se miden en sus objetivos cumplidos sino en las tragedias que le encaminaron a ellos. Tomó la quena, quiso tocarla pero sus manos y labios temblorosos no se lo permitieron. Miró el cielo ya despejado. La cruz del sur se mostraba limpia sobrepuesta ante las demás estrellas y en un momento de ira incontrolable, como si con ello quisiera acabar con el pacto oculto, no firmado de un porvenir que le era adverso, rompió entre sus manos el añorado instrumento de Padre.

Abajo terminaron de comer, saciados con la carne fresca que Hombre les había procurado, y uno a uno entraron a sus casas. El brillo del cuchillo de obsidiana que aún llevaba consigo, que aún lo tenía colgado del cuello con una cuerda, de pronto lo llevó a una idea descabellada. Este era su momento de venganza. Algo incomprensible, dirán, para aquellos hombres de aquellos tiempos. Que su cerebro tenía las facultades de un hombre moderno, sí, pero vayamos a saber de qué tipo de artilugios mentales estaba provisto aquel disco biológico. Sabemos bien que la capacidad de almacenamiento de un recipiente tiene poco que ver con la cantidad que éste trae y claro está, con la calidad de ese contenido. De lo que no cabe dudas es de los miedos, desconfianzas de su propia sobrevivencia, en este mundo inmenso y abarrotado de fenómenos que apenas, Hombre y los suyos, pueden tantear una explicación práctica y muchas veces absurda y llena de prejuicios. Útil para su época pero donde los sentimientos tan prescindibles por la rutinas y necesidades de su cotidianidad, vacía ha de estar pero asumamos nuevamente. En su pecho germinó ese algo que va creciendo pero no ocupa espacio y a la vez una llenura ardiente que no puede ser expulsada. Una comida, digámoslo así, que se resiste a ser digerida ni puede ser regurgitada. Avinagrándose a lo largo de muchas lunas y muchas estaciones, dentro de sí. La rabia le brota por los ojos en forma de lágrimas y empuñando el mango de hueso con hoja de obsidiana brillosa, destellante a la luz de Luna gorda que alumbraba todo con su refracción pálida en un gris de sombras perpetuas como aquellas que obnubilan su razonamiento arcaico. Hombre es cazador nato, sabe como acechar y acorralar a su presa, una destreza que no se olvida fácil. Imita el caminar sigiloso de los félidos que atormentan sus pesadillas de cuando en cuando repitiendo una y otra vez hasta el cansancio la escena en donde Padre fue devorado por uno de ellos un día lejano cuando Hombre era aún un cachorro inexperto. Y en ese entonces, no pudo hacer nada. ¿O tal vez sí? Había sacado su pequeño puñal del cinto, amenazante quiso lanzarse sobre el lomo de Puma para salvar a Padre pero de pronto las piernas no le respondieron, la visión se le cristalizó. Un escalofrío repentino le erizó los cabellos, le subió por la espina encorvada y sólo atinó a esconderse tras un matorral, mientras veía absorto como Padre iba pataleando, cada vez con menos ímpetu, al mordisco mortal que le abría la garganta y le quebraba las cervicales, siendo arrastrado, luego, por las alturas de la colina, dejando un rastro de sangre que Hombre no tuvo el valor de seguir.

Y Hombre se vio otra vez a la luz de Luna, arrastrándose por el patio central, no como lo hacía para comer, no con la humillación de siempre. Ahora con arrojo hasta llegar frente al montículo de piedras con las que él había construido su casa y que Tullido se la había arrebatado aquella funesta tarde que perdió la pelea. Lento, descorrió a un lado la tela de fibra vegetal que hacía de puerta. Al fondo vio una sombra movediza. Era Tullido que se acurrucaba y distendía cadencioso sobre el cuerpo de Hembra, como un gusano sobre una hoja, en suaves ronroneos y quejidos que ya en esa época eran distinción inequívoca de aplacar los deseos que se agitan debajo del vientre. Con sus dientes, por el mango, Hombre sostiene el cuchillo de obsidiana pulida y a cuatro patas va cercando a su presa. Hembra observa abstraída el techo oscuro, tan negro como el mohín de sus sentimientos, para olvidar y distanciarse de las acometidas toscas que le invadían sin consideración su cavidad seca. Desvió la mirada perdida al sentir la presencia de alguien más y la fija sobre los ojos también negros de Hombre que hervían en un fuego vivo e inacabable como el brillo del cuchillo de obsidiana a la luz de la Luna. Fue sólo un segundo y en ese momento Tullido también lo vio, sin más, éste se lanzó sobre él y se enredaron en una lucha de golpes secos y gruñidos indescifrables. Un instante después, otro silbido que cortaba el aire tal como el que atravesó al auquénido horas antes, como el que cercenó los dedos de Tullido mucho tiempo atrás y que ahora desvaneció a uno de ellos con el abdomen abierto de lado a lado, sobre el suelo polvoriento de la covacha.

A fuera Cielo está despejado por el brillo de Luna, ni una nube interrumpe la visión de alguien que quiera contemplar su belleza. Las estrellas parecían cientos, miles de luciérnagas atrapadas en la eterna telaraña de manto negro con que Sol se tapaba para dormir. Ni un sonido interrumpía la totalidad. El fogón central de la tribu crepitaba mudo y los insectos revoloteaban sobre los restos de la comida consumida horas antes. Dentro, ya nada importaba, ni la proximidad del día, ni las increpaciones de los otros miembros del grupo, ni las represalias que tomarían contra él por la muerte de su líder. Nada importaba, este era su momento de gloria. Ahora era Hombre sobre Hembra, como minutos antes lo estaba Tullido que yace destripado al otro extremo de la habitación roncando sus últimos alientos de vida con el cuchillo de obsidiana, brillando sobre su regazo.

Charles Bukowski: Demasiado sensible. Cuento

4600094_f520«muéstrame un hombre que viva solo y tenga una cocina perpetuamente sucia, y cinco veces de cada nueve se tratará de un hombre excepcional»

 

Charles Bukowski, 27-6-67′, hacia  la 19.a botella de cerveza.

 

 

«muéstrame un hombre que viva solo y tenga una cocina perpetuamente limpia, y ocho veces de cada nueve se tratará de un hombre de cualidades espirituales detestables».

Charles Bukowski, 27-6-67 hacia  la 20.a botella de cerveza.

 

 

a menudo, el estado de la cocina es el estado de la mente, los pensadores son hombres confusos e inseguros, hombres flexibles, sus cocinas son como sus mentes, llenas de basura, de cubiertos sucios, de impureza, pero ellos son conscientes de su estado mental y encuentran cierto humor en él. a veces, en una violenta explosión de fuego, desafían a las deidades eternas y aparecen todos resplandecientes con lo que solemos llamar creación; y lo mismo hay otras veces que están medio borrachos y limpian sus cocinas. pero pronto cae todo de nuevo en desorden y ellos vuelven a verse en la oscuridad, y necesitan, píldoras, oración, sexo, suerte y salvación, el hombre que tiene la cocina siempre ordenada es un chiflado, sin embargo, cuidado con él. el estado de su cocina es el estado de su mente: todo en orden, asentado, ese hombre ha dejado que la vida le condicione rápidamente a un complejo vil y endurecido de orden mental, defensivo y suave, si le escuchas diez minutos te darás cuenta de que todo lo que dice en su vida será básicamente insignificante y siempre estúpido, es un hombre de cemento, hay más hombres de cemento que de otras clases, así que si buscas un hombre vivo, mira primero su cocina y ahorrarás tiempo.

ahora bien, la mujer que tiene la cocina sucia es otro asunto… desde el punto de vista del varón, si no está empleada en otro sitio y no tiene hijos, la limpieza o la suciedad de su cocina está casi siempre (hay excepciones, por supuesto) en relación directa con lo que se preocupa por ti. unas mujeres tienen teorías sobre cómo salvar el mundo, pero no son capaces de lavar una taza de café, si se lo mencionas, te dirán: «lavar tazas de café no es importante», por desgracia lo es. sobre todo para un hombre que se ha pasado ocho horas seguidas más dos extras con un torno, se empieza a salvar el mundo salvando a los hombres de uno en uno. todo lo demás o es romanticismo grandilocuente o es política. hay mujeres buenas en el mundo, yo he conocido incluso a una o dos. luego, hay de la otra clase, por entonces, el maldito trabajo me destrozaba tanto que al final de ocho o doce horas todo mi cuerpo quedaba agarrotado en una tabla de dolor, digo «tabla» porque no encuentro otro término que lo exprese mejor, quiero decir que, por la noche, ni siquiera podía ponerme la chaqueta, me resultaba imposible levantar los brazos y meterlos en las mangas, el dolor era excesivo y no podía alzar tanto los brazos, cualquier movimiento provocaba unas explosiones de dolor horribles y calambres, en fin algo de locura, me habían puesto por entonces una serie de multas de tráfico, la mayoría de ellas a las tres o las cuatro de la madrugada, volviendo a casa del trabajo, esta noche concreta, cuando intentaba protegerme de pequeñas formalidades, quise sacar el brazo izquierdo para indicar un giro a la izquierda, las luces indicadoras del coche ya no funcionaban, pues había arrancado los cables del volante estando borracho, así que intenté sacar el brazo izquierdo, sólo conseguí llegar con la muñeca hasta la ventanilla y sacar un dedito. mi brazo no se alzaba más y el dolor era ridículo, tan ridículo que empecé a reírme, me parecía divertidísimo, aquel dedito saliendo para obedecer a las reglas de cortesía de Los Angeles, en aquella noche negra y vacía, sin nadie por ninguna parte, y yo haciendo aquella frustrada y absurda señal, no podía parar de reírme y estuve a punto de chocar con un coche aparcado mientras giraba, riendo, e intentando controlar el volante con aquel otro brazo piojoso, el caso es que salí bien librado, aparqué como pude, cerré la puerta del coche y entré en casa, ay, el hogar.

allí estaba ella, en la cama, comiendo chocolatinas (¡de veras!) y repasando el New Yorker y la Saturday Review of Literature. era miércoles o jueves y los periódicos del domingo aún estaban en el suelo de la habitación principal, yo estaba demasiado cansado para comer y llené la bañera sólo hasta la mitad para no ahogarme (es mejor elegir el momento a que lo elijan por ti).

cuando salí de la condenada bañera centímetro a centímetro, como un ciempiés, me abrí camino hasta la cocina con el propósito de beber un vaso de agua, la fregadera estaba atascada, con agua gris y hedionda hasta el borde; casi vomito, había basura por todas partes, y además, aquella mujer parecía tener la afición de guardar tarros vacíos y tapas de tarros, y, flotando en el agua, entre platos, etc., estaban aquellos tarros medio vacíos y aquellas tapas, en una especie de amable e irracional burla de todo.

lavé un vaso y bebí un poco de agua, luego me dirigí al dormitorio, no podéis imaginaros el calvario que fue llevar mi cuerpo de la posición erecta a la posición horizontal sobre la cama, la única salida era no moverme, y así, allí me quedé como un jodido pez congelado, torpe y tonto, la oía pasar páginas, y queriendo establecer cierto contacto humano, probé a hacer preguntas.

—¿cómo te ha ido esta noche en el taller de poesía?

—oh, estoy muy preocupada con lo de Benny Adimson —contestó.

—¿Benny Adimson?

—sí, el que escribe esas historias tan divertidas sobre la iglesia católica, tienen mucha gracia, sólo ha publicado una vez en una revista canadiense, y ya no manda sus cosas a nadie, no creo que las revistas estén preparadas para él. pero es muy divertido, de veras, tiene mucha gracia.

—¿y qué problema tiene?

—bueno, perdió el trabajo que tenía con el camión de reparto, hablé con él fuera de la iglesia antes de que empezara la lectura, dice que cuando no tiene trabajo no puede escribir, para escribir necesita tener un trabajo.

—qué extraño —dije yo—, yo escribí algunas de mis mejores cosas cuando no trabajaba, cuando estaba muriéndome de hambre.

—¡pero Benny Adimson —contestó ella—, Benny Adimson no escribe sobre SI MISMO! escribe sobre OTRA gente.

—ah.

decidí olvidarlo, sabía que habrían de pasar por lo menos tres horas para que pudiese dormir, por entonces, algunos de los dolores se habrían filtrado al fondo del colchón, y pronto sería hora de levantarse y volver al mismo sitio, la oía pasar páginas del New Yorker. me sentía muy mal, pero decidí que HABÍA otros modos de pensar, quizás en el taller de poesía hubiese realmente algunos escritores; era improbable pero PODÍA ser.

esperé a que mi cuerpo se relajara, oí el rumor de otra página, el rumor del envoltorio de otra chocolatina. luego habló otra vez:

—sí, Benny Adimson necesita un trabajo, necesita una base para trabajar, estamos intentando todos animarle a que envíe cosas a las revistas, me gustaría que leyeses sus relatos anticatólicos, el fue católico, sabes.

—no, no lo sabía.

—pero necesita un trabajo, estamos intentando buscarle un trabajo para que pueda escribir.

hubo un espacio de silencio, francamente, yo no pensaba siquiera en Benny Adimson y su problema, luego intenté pensar en Benny Adimson y su problema.

—oye —dije—, yo puedo resolver el problema de Benny Adimson.

—¿TU?

—sí.

—¿cómo?

—están contratando gente en correos, mucha gente, puede ir mañana mismo por la mañana, así podrá escribir.

—¿correos?

—sí.

pasó otra página, luego habló:

—¡Benny Adimson es demasiado SENSIBLE para trabajar en una oficina de correos.

—ah.

escuché pero no oí más rumor de páginas ni de papeles de chocolatinas. ella estaba muy interesada por entonces en un autor de relatos cortos llamado Choates o Coates o Caos o algo así, que escribía una prosa deliberadamente desmañada que llenaba las largas columnas entre los anuncios de licores y de viajes en barco con bostezos y luego acababa siempre, por ejemplo, con un tipo que tiene una colección completa de Verdi y una resaca de Bacardí y que asesina a una niñita de tres años de bombachos azules en alguna sucia calleja de Nueva York a las cuatro y trece de la tarde, ésta era la jodida y subnormal idea que tenían los editores del New Yorker de la sofisticación vanguardista: queriendo decir que la muerte siempre gana y que todos tenemos mierda debajo de las uñas, esto lo hizo todo y mejor hace cincuenta años alguien llamado Ivan Bunin, en una cosa que se llamaba El caballero de San francisco, desde la muerte de Thurber, el New Yorker ha estado vagando como un murciélago muerto entre las resacas hielo-cueva de la guardia roja china, dando a entender que lo habían logrado.

—buenas noches —le dije.

hubo una larga pausa, luego, decidió corresponderme.

—buenas noches —dijo por fin.

desolados chillidos azules rasgueaban sus banjos, pero sin un sonido, me puse bocabajo tardé en hacerlo por lo menos cinco minutos, y esperé a que llegara la mañana y otro día.

quizás haya sido malévolo con esta dama, quizás haya pasado de las cocinas a la venganza, hay mucha basura en todas nuestras almas, muchísima en la mía, y me enredé en las cocinas, casi siempre me enredo, la dama que he mencionado tenía mucho valor en varios sentidos, fue sólo que aquella noche no era una buena noche ni para ella ni para mí.

y espero que ese bastardo de las historias anticatólicas y las angustias haya encontrado un trabajo que se ajuste a su sensibilidad y que todos nos veamos recompensados con su genio inédito (salvo en Canadá).

entretanto, yo escribo sobre mí mismo y bebo demasiado.

pero eso ya lo sabéis.

Charles Bukowski: Un compañero de trago. Cuento

600full-charles-bukowskiConocí a Jeff en un almacén de piezas de automóvil de la calle Flower, o quizá de la calle Figueroa, siempre las confundo. En fin, yo estaba de dependiente y Jeff era más o menos el mozo. Tenía que descargar las piezas usadas, barrer el suelo, poner el papel higiénico en los cagaderos, etc. Yo había hecho trabajos parecidos por todo el país, así que nunca los miraba por encima del hombro. Salía precisamente por entonces de un mal paso con una mujer que había estado a punto de acabar conmigo. Quedé sin ganas de mujeres un tiempo y, como sustituto, jugaba a los caballos, me la meneaba y bebía. Yo, francamente, me sentí mucho más feliz haciendo esto, y cada vez que me pasaba una cosa así pensaba, se acabaron las mujeres, para siempre. Por supuesto, siempre aparecía otra. Acababan cazándote, por muy indiferente que fueses. Creo que cuando llegas a hacerte indiferente de veras es cuando más te lo ofrecen, para fastidiarte. Las mujeres son capaces de eso; por muy fuerte que sea un hombre, las mujeres siempre pueden conseguirlo. Pero, de todos modos, yo me encontraba en esa situación de paz y libertad cuando conocí a Jeff (sin mujer) y no había en la relación nada de homosexual. Sólo dos tíos que vivían sin normas, viajaban y les habían abandonado las mujeres. Recuerdo una vez que estaba sentado en La Luz Verde, tomando una cerveza, recuerdo que estaba en una mesa leyendo los resultados de las carreras y que aquel grupo hablaba de algo cuando de pronto alguien dijo, «…y, sí, a Bukowski le ha dejado la pequeña Flo, ¿verdad? ¿No es cierto que te dejó plantado, Bukowski?». Miré. La gente se reía. No sonreí. Sólo alcé mi cerveza:

—Sí —dije, bebí un trago, dejé el vaso.

Cuando volví a mirar, una joven negra se había traído su cerveza.

—Mira, amigo —dijo—, mira amigo…

—Hola —dije yo.

—Mira, amigo, no dejes que esa Flo te hunda, no la dejes que te hunda, amigo. Puedes superarlo.

—Ya sé que puedo superarlo. Aún no me he rendido.

—Bueno. Es que pareces triste, sabes. Pareces tan triste.

—Claro, lo estoy. La tenía muy dentro. Pero pasará. ¿Cerveza?

—Sí. Y pago yo.

Dormimos esa noche en mi casa, pero fue mi despedida de las mujeres… por catorce o dieciocho meses. Si no andas a la caza, puedes conseguir esos períodos de descanso.

Así que después del trabajo, me dedicaba a beber solo todas las noches, en mi casa, y me quedaba lo suficiente para ir a las carreras el sábado y la vida era simple y no demasiado dolorosa. Quizá sin demasiada razón, pero apartarse del dolor era bastante razonable. Conocí muy pronto a Jeff. Aunque era más joven que yo, reconocí en él un modelo más joven de mí mismo.

—Tienes una resaca infernal, muchacho —le dije una mañana.

—Qué le vamos a hacer —dijo él—. Hay que olvidar.

—Quizá tengas razón —dije—. Es mejor la resaca que el manicomio.

Aquella noche fuimos a un bar cercano después del trabajo. El era como yo, no le preocupaba la comida, un hombre nunca pensaba en la comida. Y, en realidad, éramos dos de los hombres más fuertes del almacén, aunque nunca se llegara a hacer comprobaciones. La comida era simplemente algo aburrido. Yo ya estaba harto de los bares por entonces: todos aquellos imbéciles chiflados esperando a que entrara una mujer y les llevara al país de las maravillas. Los dos grupos más detestables eran los que iban a las carreras de caballos y los de los bares, y me refiero básicamente a los varones de ambos grupos. Los perdedores que seguían perdiendo y no eran capaces de plantarse y afrontar el asunto. Y allí estaba yo, en el medio mismo de ellos. Jeff me hacía más fáciles las cosas. Quiero decir con esto que el rollo era más nuevo para él y él animaba la fiesta, conseguía casi hacerla realista, como si estuviésemos haciendo algo significativo en vez de derrochar nuestros míseros salarios bebiendo o jugando, viviendo en habitaciones miserables, perdiendo empleos, encontrándolos, rechazados por las mujeres, siempre en el infierno e ignorándolo. Todo ese rollo.

—Quiero que conozcas a mi amigo Gramercy Edwards —dijo. —¿Gramercy Edwards? —Sí, Gram ha estado más dentro que fuera.

—¿Cárcel?

—Cárcel y manicomio.

—No está mal. Dile que baje.

—Voy a llamarle por teléfono. Vendrá, si no está demasiado borracho…

Gramercy Edwards vino como una hora después. Para entonces, yo ya me sentía más capaz de manejar las cosas, y esto fue bueno, pues allí llegaba Gramercy, cruzando la puerta: una auténtica víctima de reformatorios y cárceles. Parecía hacer rodar constantemente los ojos hacia atrás, hacia el interior de la cabeza, como si intentase mirar al interior de su cerebro para ver qué error había. Vestía con andrajos y de un bolsillo rasgado de sus pantalones salía una gran botella de vino. Apestaba y llevaba en los labios un cigarrillo liado. Jeff nos presentó. Gram sacó del bolsillo la botella de vino y me ofreció un trago. Bebí. Y allí estuvimos bebiendo hasta la hora de cerrar. Luego, bajamos por la calle hasta el hotel de Gramercy. En aquellos tiempos, antes de que se instalara la industria en la zona, había casas viejas que alquilaban habitaciones a los pobres, y en una de aquellas casas la propietaria tenía un bulldog al que dejaba suelto por la noche para que guardase su preciosa propiedad. Era un perro de lo más cabrón e hijoputa. Me había asustado más de una noche de borrachera hasta que aprendí qué lado de la calle era el suyo y qué lado el mío. Y elegí el lado que él no quería.

—Vale —dijo Jeff—. Vamos a agarrar a ese cabrón esta noche. Bueno, Gram, yo me encargo de agarrarle. Pero cuando lo tenga agarrado, tendrás que rajarlo tú.

—Tú agárralo —dijo Gramercy—. Traje el corte. Está recién afilado.

Y hacia allá fuimos. Pronto oímos gruñidos y vimos acercarse a saltos al bulldog. Era muy hábil mordiendo pantorrillas. Un perro guardián magnífico. Venía saltando con mucho aplomo. Jeff esperó a que estuviese casi encima de nosotros y entonces se puso de lado y saltó por encima de él. El bulldog patinó, se movió rápidamente y Jeff le agarró cuando le pasaba por debajo. Le metió los brazos debajo de las patas delanteras y tiró hacia arriba. El bulldog pataleaba y lanzaba mordiscos desesperado, con la barriga al descubierto.

—Jejejejeje —decía Gramercy—. ¡Jejejeje!

Y metió el cuchillo y cortó un rectángulo. Luego lo dividió en cuatro partes.

—Jesús —dijo Jeff.

Había sangre por todas partes. Jeff dejó al perro. El perro no se movía.

—Jejejeje —-siguió Gramercy—. Ese hijoputa no volverá a molestar a nadie.

—Me dais asco —dije yo. Subí a mi habitación pensando en aquel pobre bulldog. Estuve enfadado con Jeff dos o tres días. Luego lo olvidé…

Nunca volví a ver a Gramercy, pero seguí emborrachándome con Jeff. Qué otra cosa podíamos hacer.

Todas las mañanas, en el trabajo, nos sentíamos enfermos… Era nuestro chiste particular. Y todas las noches volvíamos a emborracharnos. ¿Qué va a hacer un pobre? Las chicas no buscan a los vulgares trabajadores. Las chicas buscan médicos, científicos, abogados, negociantes, etc. Nosotros las conseguimos cuando ya les repugnan a ellos, cuando ya no son chicas… nos toca el material usado, deformado, nos tocan las enfermas, las locas. Cuando llevas un tiempo aguantando esto, en vez de conformarte con segundos o terceros o cuartos platos, renuncias. O intentas renunciar. El trago ayuda. Y a Jeff le gustaban los bares, así que yo le acompañaba. El problema de Jeff era que cuando se emborrachaba le gustaba la bronca. Por suerte, no se peleaba conmigo. Era muy bueno en eso, era un buen luchador, sabía esquivar y tenía fuerza, quizá sea el hombre más fuerte que haya conocido. No era fanfarrón, pero después de beber un rato, sencillamente parecía volverse loco. Le vi en una ocasión arrear a tres tipos. Era de noche y les miró tirados en la calleja, metió las manos en los bolsillos, luego me miró:

—Venga, vamos a echar otro trago.

Nunca presumía de ello.

Por supuesto, las noches de los sábados eran las mejores. Teníamos el domingo para superar la resaca. Casi siempre nos preparábamos otra para el día siguiente, pero por lo menos la mañana del domingo no tenías que estar en aquel almacén por un salario de esclavos en un trabajo que acabarías dejando o del que te echarían.

Aquella noche de sábado estábamos sentados en La Luz Verde y al final se nos despertó el hambre. Nos acercamos al Chino, que era un sitio bastante limpio y con cierta clase. Subimos por la escalera a la segunda planta y cogimos una mesa al fondo. Jeff estaba borracho y tiró una lámpara de mesa. Se rompió con mucho estrépito. Todo el mundo miraba. El camarero chino que estaba en otra mesa nos dirigió una mirada particularmente hostil.

—Tómeselo con calma —dijo Jeff—. Puede incluirlo en la cuenta. Lo pagaré.

Una mujer embarazada miraba fijamente a Jeff. Parecía muy contrariada por lo que Jeff había hecho. Yo no era capaz de entenderlo. No podía ver que fuese tan grave. El camarero no quería servirnos, o quería hacernos esperar, y aquella mujer embarazada seguía mirando. Era como si Jeff hubiese cometido el más odioso de los crímenes.

—¿Qué pasa, nena? ¿Necesitas un poquito de amor? Si quieres puedo entrar por la puerta trasera. ¿Te encuentras sola. cariño?

—Llamaré ahora mismo a mi marido. Está abajo, ha ido al servicio. Voy a llamarle. Ahora mismo, le llamaré. ¡El le enseñará!

—¿Qué es lo que tiene? —preguntó Jeff—. ¿Una colección de sellos? ¿O mariposas debajo de un cristal?

—¡Voy a decírselo! ¡Ahora mismo! —dijo ella.

—No lo haga, señora, por favor —dije yo—. Necesita usted a su marido. No lo haga, señora, por favor.

—Claro que lo haré —dijo ella—. ¡Ahora mismo!

Se levantó y corrió hacia la escalera. Jeff corrió detrás de ella, la agarró, le dio la vuelta y dijo:

—¡Toma, te ayudaré a bajar!

Y le pegó un puñetazo en la barbilla y allá la mandó saltando y rodando escaleras abajo. Aquello me puso enfermo. Era tan terrible como lo del perro.

—¡Dios del cielo, Jeff! Has tirado por la escalera de un puñetazo a una mujer embarazada. Eso es cobarde y estúpido. Puedes haber matado a dos personas. Eres un mal bicho, ¿qué diablos quieres demostrar?

—¡Calla o te arreo a ti también! —dijo Jeff.

Jeff estaba bestialmente borracho, allí plantado de pie en lo alto de la escalera, tambaleándose. Abajo se había reunido mucha gente alrededor de la mujer. Aún parecía viva y no parecía tener nada roto, pero yo no sabía del niño. Deseé que el niño estuviese perfectamente. Luego salió el marido del water y vio a su mujer. Le explicaron lo que había pasado y luego le señalaron a Jeff. Jeff se volvió y se dispuso a regresar a la mesa. El marido subió las escaleras como un tiro. Era alto, tan alto como Jeff e igual de joven. Yo no me sentía nada a gusto con Jeff, así que no le avisé. El marido le saltó a la espalda y le sujetó en una llave de estrangulamiento. Jeff se ahogaba y se le puso toda la cara roja, pero por debajo sonreía. Le encantaban las peleas. Consiguió poner una mano en la cabeza del tipo y luego maniobró con la otra y logró alzar el cuerpo del tipo y colocarlo paralelo al suelo. El marido aún le tenía cogido por el cuello cuando Jeff se aproximó a la boca de la escalera. Se plantó allí y luego simplemente se apartó al tipo del cuello, lo alzó en el aire y lo lanzó al espacio. El marido, cuando dejó de rodar, se quedó muy quieto. Yo empecé a pensar en la forma de salir de allí. Abajo había varios chinos dando vueltas. Cocineros, camareros, propietarios. Parecían comunicarse entre sí. Empezaron a subir por la escalera. Yo tenía media botella en el abrigo y me senté en la mesa a contemplar el espectáculo. Jeff se plantó al final de la escalera y fue echándoles abajo a puñetazos. Pero venían más y más. No sé de dónde saldrían todos aquellos chinos. La simple presión del número fue haciendo retroceder a Jeff de la escalera y, por último, se vio en el centro de la estancia derribándolos a puñetazos. En otra ocasión, yo habría ayudado a Jeff, pero entonces no podía dejar de pensar en aquel pobre perro y aquella pobre mujer embarazada y seguí allí sentado bebiendo de la botella y observando.

Por fin un par de ellos agarraron a Jeff por detrás, uno le agarró un brazo, otros dos el otro brazo, otro una pierna, el otro por el cuello. Era como una araña arrastrada por una masa de hormigas. Luego cayó al suelo y todos intentaban inmovilizarle. Como dije, era el hombre más fuerte que he visto en mi vida. Le tenían allí sujeto, pero no conseguían inmovilizarle del todo. De vez en cuando, salía volando un chino del montón, como lanzado por una fuerza invisible. Luego volvía a saltar encima. Jeff simplemente no se rendía. Y aunque le tenían allí sujeto, no podían hacer nada con él. Seguía luchando y los chinos parecían muy desconcertados y muy preocupados al ver que no se rendía.

Bebí otro trago, metí la botella en el abrigo, me levanté. Me acerqué allí.

—Si vosotros le sujetáis —dije— yo lo dejaré listo. Me matará por esto, pero no hay otra salida.

Me agaché y me senté en su pecho.

—¡Sujetadle! ¡Ahora sujetadle la cabeza! ¡No puedo atizarle si sigue moviéndose así! ¡Agarradle bien, coño! ¡Maldita sea, sois una docena! ¿Es que no vais a ser capaces de sujetar a un hombre? ¡Vamos, vamos, agarradle bien!

No eran capaces de inmovilizarle. Jeff seguía dando vueltas y debatiéndose. Parecía tener una fuerza inagotable. Renuncié, me senté otra vez en la mesa, eché otro trago. Debieron pasar otros cinco minutos.

Luego, de pronto, Jeff se quedó muy quieto. Dejó de moverse. Los chinos le observaban sin dejar de sujetarle. Empecé a oír un llanto. ¡Jeff estaba llorando! Tenía la cara cubierta de lágrimas. Toda la cara le brillaba como un lago. Luego gritó, muy quejumbrosamente, una palabra…

—¡MADRE!

Fue entonces cuando oí la sirena. Me levanté, pasé ante ellos y bajé la escalera. Cuando iba a la mitad, me crucé con la policía.

—¡Está allá arriba, agentes! ¡Deprisa!

Salí lentamente por la puerta principal. Luego, en la primera calleja, empecé a correr. Salí a la otra calle y cuando lo hacía pude oír las ambulancias que se acercaban. Me metí en mi habitación, cerré todas las cortinas y apagué la luz. Terminé la botella en la cama.

Jeff no fue a trabajar el lunes. Jeff no fue a trabajar el martes. Ni el miércoles. En fin, no volví a verle. No indagué en las cárceles. Poco después, me echaron por absentismo y me mudé a la zona oeste de la ciudad, donde encontré trabajo como mozo de almacén en Sears Roebuck. Los mozos de almacén de Sears Roebuck nunca tenían resaca y eran muy dóciles, y bastante flacuchos. Nada parecía alterarlos. Yo comía solo y hablaba muy poco con el resto.

No creo que Jeff fuese un ser humano excelente. Cometió muchos errores, errores brutales, pero había sido interesante, bastante interesante. Supongo que ahora está cumpliendo condena o que le ha matado alguien. Nunca encontraré otro compañero de trago como él. Todo el mundo está dormido y es sensato y correcto. Se necesita, de vez en cuando, un verdadero hijo de puta como él. Pero como dice la canción: «¿Dónde se han ido todos?».

Isaac Asimov: ¿Le importa a una abeja?. Cuento

Asimov (1)La nave comenzó por ser un esqueleto metálico. Poco a poco, se le fue cubriendo con una piel brillante por encima y con unas interioridades de extraña forma instaladas dentro. Thornton Hammer era entre todos los individuos (menos uno) involucrados en el crecimiento, el que hacía físicamente menos. Quizá por este motivo era por lo que estaba tan bien considerado. Manejaba los símbolos matemáticos sobre los que se basaban las líneas trazadas sobre papel milimetrado y sobre las que, a su vez, se basaba el ensamblaje de las masas y formas de energía que entraban en la nave. Hammer observaba ahora por medio de ceñidas y oscuras gafas. Sus lentes captaban la luz de los tubos fluorescentes del techo y la devolvían como reflectores. Theodore Lengyel, representante local de la corporación que financiaba el proyecto, estaba a su lado y señalando con el dedo extendido, dijo:

— Allí está. Ése es el hombre.

— ¿Se refiere a Kane? —se fijó Hammer.

— El individuo del mono verde con una llave inglesa.

— Es Kane. ¿Qué es lo que tiene en contra de él?

— Quiero saber lo que hace. Es un idiota. Lengyel tenía la cara redonda, gordezuela y con un leve temblor en la mandíbula. Hammer se volvió a mirarle, reflejando en su flaco cuerpo un aire de absoluto desagrado.

— ¿Ha estado usted molestándole?

— ¿Molestarle yo? He estado hablando con él. Mi obligación es hablar con los hombres, averiguar sus puntos de vista, recoger información con la que organizar campañas para mejorar la moral.

— ¿Y en qué sentido le molesta Kane?

— Es insolente. Le pregunté qué efecto le hacía trabajar en una nave que pronto llegaría a la Luna. Comenté que la nave era un camino hacia las estrellas. Quizá me pasé un poco con el discurso, exageré algo, pero él se marchó de la forma más grosera. Le llamé y le pregunté:

— ¿Por qué se marcha?

— Porque estoy harto de este tipo de discursos —dijo—. Me voy a mirar las estrellas.

— Bien —asintió Hammer—. A Kane le gusta mirar las estrellas…

— Era de día. Es un idiota. Desde entonces vengo observándole, y no trabaja nada.

— Ya lo sé.

— Entonces, ¿por qué lo conservan? Hammer contestó con inesperada violencia:

— Porque lo quiero por aquí. Porque es mi suerte.

— ¿Su suerte? —barbotó Lengyel—. ¿Qué demonios quiere decir?

— Quiero decir que cuando le tengo cerca, pienso mejor. Cuando pasa por mi lado, con su maldita llave inglesa en la mano, se me ocurren ideas. Lo he notado ya tres veces. No me lo explico: ni me interesa explicármelo. Ha ocurrido. Se queda.

— Está bromeando.

— En absoluto. Ahora déjeme en paz. Kane estaba con su mono verde y su llave inglesa en la mano. Se daba cuenta vagamente que la nave estaba casi lista. No estaba diseñada para transportar a un hombre, pero había sitio para él. Sabía esto como sabía muchas cosas más: cómo apartarse de la gente la mayor parte del tiempo; cómo llevar una llave inglesa hasta que la gente se acostumbró a verle con ella y dejaron de fijarse en él. La atmósfera protectora consistía en pequeñas cosas como esa…, llevar la llave inglesa. Tenía deseos que no entendía del todo, como mirar a las estrellas. Después, poco a poco, su atención se limitó a mirar las estrellas con un vago anhelo. Luego, a cierto punto determinado. Ignoraba por qué precisamente aquel punto. Allí no había estrellas. No había nada que ver. El punto se encontraba en lo más alto del cielo nocturno a final de primavera y en los meses de verano. A veces se pasaba la mayor parte de la noche mirando el punto hasta que se hundía en el horizonte al sudoeste. En otras épocas del año se quedaba mirando el punto durante el día. Había algo en su pensamiento en relación con ese punto que no acababa de cristalizar del todo. Algo cada vez más fuerte y, a medida que pasaban los años, más tangible y ahora casi estallaba en busca de expresión. Pero aún no estaba del todo claro. Kane se revolvió inquieto y se acercó a la nave. Estaba casi completa, casi entera. Casi todo encajaba perfectamente. Porque en su interior, bien entrada la proa, había un hueco algo mayor que un hombre. Mañana, el camino estaría bloqueado por los últimos instrumentos y antes de eso había que llenar el hueco. Pero no con algo que ellos hubieran planeado. Kane se acercó más. Nadie se fijó en él. Estaban acostumbrados a verle..Había que subir por una escalerilla metálica y una maroma que había que arrastrar hasta llegar a la última abertura. Sabía dónde estaba, como si hubiera construido la nave con sus propias manos. Subió la escalerilla y trepó por la maroma. De momento no había nadie allí, na… Estaba equivocado. Un hombre. Éste le preguntó vivamente:

— ¿Qué estás haciendo aquí? Kane se incorporó y sus ojos vagos se quedaron mirándole. Levantó la llave inglesa y la dejó caer sobre la cabeza del que le había hablado. El hombre (que no había hecho ningún esfuerzo para esquivar el golpe) se desplomó. Kane le dejó en el suelo, despreocupado. El hombre no estaría inconsciente por mucho tiempo, pero lo bastante para permitir a Kane meterse en el hueco. Cuando el hombre despertara no se acordaría para nada de Kane, ni por qué había perdido el sentido. Habría simplemente cinco minutos borrados de su vida, cinco minutos que nunca encontraría, ni echaría en falta. En el oscuro hueco no había, naturalmente, ninguna ventilación, pero Kane no le dio la menor importancia. Con la seguridad del instinto, trepó hacia arriba en dirección al hueco que iba a recibirle, y se quedó allí, jadeando, perfectamente encajado en la cavidad, como si fuera un vientre. Dentro de dos horas empezarían a introducir el último de los instrumentos, cerrarían las compuertas y dejarían allí a Kane, sin saberlo. Kane sería el único pedazo de carne y sangre dentro de una cosa de metal, cerámica y combustible. Kane no temía ser descubierto antes de ser lanzada la nave. Nadie del proyecto sabía que existía esa cavidad. En el diseño no estaba previsto. Los mecánicos y constructores ignoraban haberlo puesto. Kane se lo había arreglado solo. Ni sabía cómo se las había arreglado, pero sabía que lo había hecho. Podía contemplar su propia influencia sin saberlo, sin saber cómo la ejercía. Tomen por ejemplo a un hombre llamado Hammer, jefe del proyecto y el hombre más claramente influenciable. De todas las figuras vagas que rodeaban a Kane, él era el menos vago. A veces Kane se daba cuenta de él cuando se le acercaba con su andar lento y sin ruido por el terreno. Era lo único que necesitaba…, pasar junto a él. Kane recordaba que le había ocurrido antes, especialmente con los teóricos. Cuando Lise Meitner decidió hacer la prueba con bario entre los productos del bombardeo del uranio por neutrones, Kane estuvo en un corredor cercano como un caminante en el que nadie se fija. Estuvo recogiendo hojas secas y maleza en un parque en 1904, cuando el joven Einstein pasó junto a él reflexionando. Los pasos de Einstein se hicieron más vivos por el impacto de la súbita idea que se le ocurrió. Kane lo sintió como un shock eléctrico. No sabía cómo lo había hecho. ¿Acaso la araña conoce la teoría arquitectónica cuando comienza a tejer su primera tela? Pero podía ir aún más lejos. El día en que el joven Newton miró hacia la luna con el principio de una cierta idea, Kane estuvo allí. Y todavía antes. El paisaje de Nuevo México, generalmente desierto, estaba repleto de hormigas humanas, arracimadas junto a la rampa de lanzamiento. Esta nave era diferente a todas las estructuras similares que la habían precedido.Ésta se desprendería libremente de la Tierra, más que cualquier otra. Llegaría alrededor de la Luna antes de volver a caer. Iría abarrotada de instrumentos que fotografiarían la Luna y medirían sus emisiones de calor, buscarían radioactividad y probarían las estructuras químicas mediante microondas. Haría, por automatización, casi todo lo que podía esperarse de una nave tripulada por el hombre y enseñaría lo bastante para asegurarse que la próxima nave enviada sí estaría tripulada. Claro que, en realidad, la primera nave, después de todo, era una nave tripulada. Había representantes de varios gobiernos, de varias industrias, de varios grupos sociales, de varios organismos económicos. Había cámaras de televisión y periodistas. Aquellos que no habían podido estar allí, lo veían desde sus casas y oían los números de la cuenta regresiva, en un tono monótono, en el que se ha hecho proverbial durante las tres últimas décadas. Al llegar a cero, los reactores entraban en funcionamiento y la nave, imponentemente, se elevaba. Kane percibió el ruido de los gases, como a distancia, y sintió la presión ejercida por la aceleración. Desconectó su mente, elevándola hacia delante, liberándola de la conexión directa con su cuerpo a fin de evitar el sentir dolor e incomodidad. Medio mareado, se dio cuenta que su largo viaje casi había terminado. Ya no tendría que maniobrar cuidadosamente para evitar que la gente se diera cuenta que era inmortal. Ya no tendría que fundirse en lo que le rodeaba, ni vagar eternamente de un lugar a otro, ni cambiar de nombre y de personalidad, ni manipular mentes. No había sido perfecto, claro. Cuando se dieron los mitos del judío errante y del holandés errante, él estaba allí. Nadie le había molestado. Podía ver su punto en el cielo. Podía verlo a través de la masa sólida de la nave. O no lo «veía» realmente. No encontraba la palabra adecuada. Pero sabía que dicha palabra existía. Desconocía cómo estaba enterado de muchas de las cosas que sabía, pero era consciente que, a medida que pasaban los siglos, iba conociéndolas gradualmente con una seguridad que no requería razones. Había comenzado como un ovum (o algo que la palabra ovum lo definía bien) depositado en la Tierra antes que fueran edificadas las primeras ciudades por criaturas cazadoras y nómadas llamadas, desde entonces, «hombres». La Tierra había sido cuidadosamente elegida por su progenitor. No todos los mundos servían. ¿Qué mundo era el que servía? ¿Cuál era el criterio? Eso no lo sabía aún. ¿Conoce una avispa icneumona suficiente ornitología para poder encontrar la especie de araña que cuidará sus huevos, y pincharla lo suficiente a fin que ésta siga con vida? El ovum lo soltó por fin y adoptó la forma de hombre y vivió entre los hombres y se protegió de los hombres. Y su único propósito fue organizar que los hombres viajaran a lo largo de un camino que terminaría en una nave y dentro de la nave una cavidad y dentro de la cavidad, él. Había tardado en conseguirlo ocho mil años con una lenta y continua lucha. El punto en el cielo se hizo más visible ahora que la nave salía de la atmósfera. Ésta era la llave que abría su mente. Ésta era la pieza que completaba el rompecabezas. Las estrellas parpadeaban dentro de aquel punto que no podía ser visto por el hombre a simple vista. Una en particular brillaba más que las otras y Kane anhelaba llegar a ella. La expresión que había ido creciendo en su interior durante tanto tiempo, estalló ahora.

— Hogar —murmuró. ¿Lo sabía? ¿Acaso el salmón estudia cartografía para descubrir el manantial de donde surgió el arroyo de agua clara en el que, años antes, nació? El paso final se dio en el lento madurar que había tardado ocho mil años, y Kane había dejado de ser larva y era adulto. El adulto Kane salió de la carne humana que había protegido la larva y también se desprendió de la nave. Corrió adelante, a velocidades inconcebibles, hacia su hogar, del que algún día saldría de nuevo paseando por el espacio para fertilizar algún planeta. Y surcó el espacio, sin volver a pensar en la nave que llevaba su crisálida vacía. No pensó en que había empujado a todo un mundo hacia la tecnología y los viajes espaciales, sólo para que la cosa que había sido Kane pudiera madurar y conseguir su culminación. ¿Le importa a una abeja lo que le ocurre a una flor cuando ella ha terminado de libar y se aleja?