Franz Kafka: Investigaciones de un perro. Cuento

kafka1910* Presumiblemente el último relato debido a la pluma de Kafka.

¡En qué forma ha cambiado mi vida, sin cambiar en el fondo! Si retrocedo con el pensamiento y evoco los tiempos en que aún vivía en medio de la perrera, participando en cuanto interesa a los perros, un perro entre perros, encuentro, si advierto más detenidamente, que siempre hubo algo que funcionaba mal, que existía una pequeña grieta y que un ligero malestar me acometía en el curso de los más solemnes actos públicos; a veces también en los círculos privados; no, no a veces, sino muy a menudo, la simple visión de uno de mis semejantes perrunos, considerado de pronto de otra manera, me turbaba, me asustaba, dejándome indefenso y desesperado. Traté de tranquilizarme; algunos amigos, a los que confesé esto, me ayudaron; luego llegaron épocas mas tranquilas, en las que si bien no faltaban aquellas sorpresas, se las consideraba con más ecuanimidad y como venían se las incorporaba a la existencia; tal vez entristecían y cansaban, pero en lo demás me permitían subsistir, un poco retraído, temeroso, calculador, sí, pero en resumidas cuentas, todavía un perro cabal. ¿Cómo hubiera podido alcanzar sin esos períodos de descanso la edad de que hoy gozo; cómo hubiese podido luchar y abrirme camino hacia la serenidad desde la cual contemplo los terrores de mi juventud y la vejez; cómo hubiese podido llegar a sacar conclusiones de mi —como lo reconozco—desgraciada o, para expresarlo más cautelosamente, no muy feliz disposición, y vivir conforme a ellas? Retirado, solitario, ocupado en investigaciones, sin esperanzas, aunque para mí indispensables, así vivo, pero sin perder de vista a mi pueblo. A menudo me llegan noticias y a veces también doy alguna señal de vida. Se me trata con consideración, sin comprender mi real naturaleza; pero no lo tomo a mal e incluso los perros jóvenes, que veo cruzar alguna vez a lo lejos —una nueva generación—, de cuya infancia me acuerdo oscuramente, no me niegan su respetuoso saludo.

No hay que perder de vista que, a pesar de todas mis rarezas, traslúcidas como la luz, sigo perteneciendo a la especie. Es verdaderamente curioso —pienso, y para hacerlo tengo tiempo y ganas y disposición—lo que pasa con la condición perruna. Fuera ‘de nosotros, los perros, hay muchas especies de animales: pobres seres minúsculos, casi mudos, capaces, solamente de algunos gritos.; muchos de nosotros, los perros, los estudian, les han dado nombre, tratan de ayudarlos, de educarlos, ennoblecerlos, etcétera. A mí me son indiferentes; basta con que no me molesten; los confundo unos con otros, apenas los veo. Hay sin embargo algo llamativo: la poca, solidaridad que reina entre ellos, si se los compara con nosotros, la indiferencia y hasta la hostilidad con que se tratan, al extremo de que sólo los más burdos intereses parecen unirlos; y aun estos intereses originan a menudo odios y peleas. ¡Nosotros, los perros, en cambio!… Puede decirse que todos,” vivimos agrupados, por más que nos diferencien los caracteres adquiridos a través del tiempo. ¡Todos agrupados! Ese es el impulso y nada puede refrenarlo; todas nuestras leyes e instituciones, las pocas que todavía conozco y las innumerables que he olvidado, tienden a satisfacer el anhelo hacia la suprema dicha de que somos capaces: la cálida convivencia. Y ¡ahora la otra cara del asunto: entiendo que ningún ser vive,! tan ampliamente diseminado como el perro; en ninguno se manifiestan tantas diferencias en realidad inabarcables, por razón de clase, tipo, ocupación; nosotros que deseamos permanecer unidos -y siempre y a pesar de todo lo logramos en momentos extraordinarios—, precisamente nosotros, vivimos separados desempeñando oficios extraños, desconocidos hasta para los congéneres más inmediatos, sujetos a prescripciones que no son las de la perrada, que más bien están orientadas contra ella. Estas son cuestiones tan complejas, cuestiones que, por lo general, se prefiere eludir —comprendo también este punto de vista, hasta lo comprendo mejor que el mío—y a las que sin embargo me he entregado por completo. ¿Por qué no hago como Tos demás, por qué no vivo en armonía con mi pueblo, sin dar importancia a lo que turba precisamente esta armonía, considerándolo como un simple fallo dentro del gran conjunto; por qué no me oriento hacia lo que nos une en felicidad, no a lo que naturalmente —siempre también en forma irresistible—nos arranca del círculo de nuestro pueblo?

Recuerdo un suceso de mis primeros años. Experimentaba la feliz e inexplicable excitación que sin duda todos experimentamos en la niñez; era un perro muy joven; todo me gustaba, todo se refería a mí; creía que grandes cosas sucedían a mi alrededor porque yo era su motor, y que debía conferirles mi voz, cosas que permanecerían miserablemente en tierra si yo no me afanaba y corría y agitaba mi cuerpo por ellas; en suma, fantasías de la niñez que desaparecen con los años. Pero en aquella época eran poderosas, me subyugaban y, efectivamente, sucedió algo extraordinario que parecía justificar mis caóticas esperanzas. En sí no era nada muy extraordinario —más tarde he visto cosas semejantes y más extrañas aún—, pero me afectó con la fuerza de la primera impresión, imborrable y orientadora. Tropecé con un pequeño grupo de perros, mejor dicho, no tropecé con él, porque vinieron a mi encuentro. Yo había caminado largamente en la oscuridad, con el presentimiento de grandes sucesos —presentimiento que, por constante, me inducía fácilmente a error—, había caminado mucho sin rumbo, ciego y sordo a todo, impulsado sólo por mi deseo impreciso; me detuve con la repentina sensación de haber llegado a buen lugar; levanté la vista y vi que era de día, un día muy luminoso, con algo de bruma, lleno de entreverados y mareantes oleajes de perfumes; saludé la mañana con turbulentas voces y, entonces, corno si los hubiese conjurado, siete perros surgieron de la oscuridad y se presentaron a la luz, con un ruido espantoso, como no había oído jamás. Si no hubiese visto con claridad que se trataba de perros y que ellos portaban el ruido, aunque no podía precisar cómo lo hacían, hubiera huido. Me quedé, pues. Entonces no sabía casi nada del don creativo musical conferido exclusivamente a los perros; había escapado a mi poder de observación que se hallaba en lento desarrollo; tal vez porque la música me rodeaba desde la lactancia como elemento vital cotidiano, indispensable, que nada me obligaba a diferenciar de la vida misma; sólo con indicaciones adaptadas a la mentalidad infantil se había tratado de señalármela; tanto más sorprendentes, casi abrumadores, me resultaron aquellos grandes artistas. No hablaban ni cantaban, más bien callaban obstinadamente; pero como por arte de magia, extraían su música del espacio vacío. Todo era música, las subidas y bajadas de las patas, determinados giros de las cabezas, el andar y el reposo, sus posiciones respectivas, los pasos como de contradanza originados cuando, por ejemplo, cada cual afirmaba las patas delanteras en el lomo del precedente de manera que el primero sostenía, erguido, el peso de los demás, o cuando formaban entrelazadas figuras que se arrastraban, cerca del suelo, sin equivocarse jamás. El último de ellos, todavía un poco inseguro, no encontrando de inmediato la conexión con los otros y en cierto modo vacilante al iniciarse la melodía, lo era sólo comparado con la magnífica seguridad de los otros; y aunque lo fuese por completo, no habría podido echar a perder nada porque los otros, grandes maestros, mantenían inconmoviblemente el compás. ¡Pero si apenas se les veía! Se habían adelantado, se los había saludado ya con anterioridad como a perros a pesar de la confusión creada por el estruendo que los acompañaba; sí, eran perros, perros como tú y yo, uno quería acercárseles, intercambiar saludos, estaban muy próximos, eran perros ciertamente mucho más viejos que yo y no de mi especie lanuda, pero tampoco muy distintos en tamaño y aspecto; al contrario, resultaban muy familiares; yo conocía a muchos de esa especie o de otra parecida, pero mientras estaba entretenido en tales reflexiones, la música comenzaba a predominar; lo cogía materialmente a uno, lo apartaba de estos pequeños perros reales, y a pesar de resistirse con todas las fuerzas, aullando como si le causaran daño, no podía ya ocuparse de otra cosa que de la música procedente de todas partes, de arriba, de abajo, arrastrando al oyente, sepultándolo y aplastándolo; que al aniquilarlo a uno estaba tan próxima que de inmediato parecía lejanísima, soplando trompetas apenas audibles. Y de nuevo uno era despedido porque ya estaba demasiado agotado, aniquilado, demasiado débil para seguir escuchando; era despedido y veía a los siete perritos realizar sus evoluciones, ejecutar sus saltos; uno quería, a pesar de su aspecto inaccesible, llamarlos, preguntarles, averiguar qué hacían allí —yo era una criatura y me creía autorizado a preguntar a todo el mundo—pero apenas comenzaba, apenas sentía el fluido de la buena y cálida comunicación con los siete, cuando la música había vuelto, me quitaba el sentido, me hacía girar en círculos, como si yo mismo fuera uno de los músicos, cuando sólo era una de sus víctimas, y me arrojaba de un lado para otro, por más que implorara clemencia. Por fin me salvó su violencia misma, apretándome en una pila de maderas que hasta entonces no había advertido. Al abrazarme con firmeza y bajar la cabeza me daba al menos la posibilidad de resollar, aunque en el exterior siguiera tronando la música. Verdaderamente, más que el arte de los siete perros —incomprensible para mí, porque sobrepasaba en mucho mis facultades de aprehensión—me maravillaba su valor de exponerse por entero y abiertamente al resultado de su propio arte y de soportarlo, aunque iba más allá de sus fuerzas, sin que se les quebrara el espinazo. Por cierto que yo comprobaba ahora desde mi escondrijo, mirando mejor, que no trabajaban con tanta calma, sino más bien con extremo esfuerzo; estas patas movidas en apariencia con tal seguridad, temblaban a cada paso en interminables palpitaciones ; rígidos, como desesperados, se miraban unos a otros, y la lengua, una y otra vez dominada, tornaba también una. y otra vez a colgar mustia. Y no podía ser que los excitara así el temor al fracaso; los que tanto arriesgaban, los que lograban tanto, no podían ya tener miedo. ¿Miedo a qué? ¿Quién los obligaba a realizar lo que allí estaban haciendo? Y ya no pude contenerme, sobre todo porque ahora me parecían necesitados de ayuda, y grité mis preguntas a través del ruido, alta e imperiosamente. Pero ellos – ¡incomprensible! ¡incomprensible! —no contestaron, actuaron como si yo no existiera. ¡Perros que ni siquiera contestan a una llamada de perro, un atentado imperdonable a las buenas costumbres inconcebible en ninguna circunstancia, ni en el más grande ni en el más pequeños de los perros! ¿Y si no fueran perros? Pero cómo podían no ser perros si ahora oía, al escuchar mejor, las suaves voces con que se azuzaban unos a otros, se hacían notar ciertas dificultades, se advertían ciertos errores, hasta veía al último perro, al más pequeño, al que estaban destinadas la mayoría de las voces, entrecerrar los ojos hacia mí con frecuencia, como si tuviese ganas de contestarme, pero dominándose porque no debía ser. ¿Pero por qué no debía ser, por qué lo que nuestras leyes exigen siempre incondicionalmente no podía ser en este caso? Me sentía indignado casi hasta olvidar la música. Estos perros violaban la ley. Aunque fueran grandes magos la ley era válida también para ellos, eso lo comprendía yo muy bien aunque fuera una criatura. Y noté aún más. En realidad tenían motivo para callar, en el supuesto de que callaran por sentimiento de culpa. Porque, ¿cómo se conducían? La música me había impedido notarlo; los muy desdichados, arrojando de sí toda vergüenza, hacían lo más ridículo y lo más indecente: caminaban erguidos sobre las patas traseras. ¡Horror! Se desnudaban y llevaban procazmente a la vista su desnudez; se gozaban en ello y si alguna vez obedecían al sano instinto y bajaban las manos parecían asustarse, como si fuera un error, como si la naturaleza fuese un error, y volvían a levantarse en seguida, sus miradas parecían pedir disculpas por haber interrumpido de momento sus prácticas pecaminosas. ¿Estaba el mundo al revés? ¿Dónde me hallaba? ¿Qué había pasado? Aquí ya no pude vacilar, la existencia misma estaba en juego; me solté de las maderas que me aprisionaban y me adelanté de un salto, quería llegar hasta los perros; de pequeño discípulo debía convertirme en maestro, hacerles comprender lo que hacían, evitar que cayeran en ulteriores pecados. “Unos perros tan viejos, unos perros tan viejos”, me repetía. Pero apenas estuve en libertad —sólo dos, tres saltos me separaban de ellos—el ruido volvió a adueñarse de mí. Tal vez, como ahora ya lo conocía, aunque era espantoso, le habría podido oponer resistencia; luchar contra él, si a través de toda la plenitud sonora no se hubiese mantenido un sonido claro, severo, siempre igual a sí mismo, como si llegase invariablemente de gran distancia y pareciera constituir la verdadera melodía en medio del ruido. Me obligó a caer de rodillas. ¡Qué embaucadora era la música de estos perros! No lograba avanzar, ya no quería educarlos; que siguieran despatarrándose, que siguieran cometiendo pecados e induciendo a otros al silencioso pecado de contemplar; yo era un perro demasiado pequeño; ¿cómo se podía esperar de mí acción tan ardua? Me acurruqué aún más, gimoteando, y si los perros me hubiesen preguntado mi opinión tal vez les hubiese dado la razón. Afortunadamente, no tardaron en irse; con todo su ruido y toda su luz desaparecieron en la oscuridad por donde habían salido.

Como ya he dicho, en este suceso no había nada de extraordinario; en el transcurso de una larga vida se ven muchas cosas que, aisladamente y miradas con ojos infantiles, serían aún más extraordinarias. Además, el caso podía presentarse en otra forma, como todo. Porque, se podía argüir, en definitiva, que los siete músicos se habían reunido para hacer música en el silencio matutino; un perrillo se había extraviado hasta llegar a ellos, un oyente molesto, al que en vano habían intentado ahuyentar con música terrible o sublime. Los importunaba con preguntas, ¿debían ellos, ya fastidiados por su simple presencia, agravar la molestia y agrandarla contestando? Y si bien la ley ordena contestar a todo el mundo, ¿era en realidad alguien ese perrito insignificante llegado de cualquier parte? Acaso ni siquiera lo comprendían, pues ladraba sus preguntas en forma casi ininteligible. O tal vez lo comprendían y, sobreponiéndose, le contestaba, pero él, el pequeño, inhabituado a la música, no sabía separar-ésta del ruido. Y en lo que se refiere a las patas traseras, es probable, sí, que caminaran excepcionalmente sobre ellas; es un pecado, sí, pero estaban solos, eran amigos entre amigos, en una reunión íntima, en cierto modo entre cuatro paredes y completamente solos, ya que los amigos no son público, ni tampoco lo es un pequeño y curioso perro callejero. En resumen: ¿no era como si no hubiese sucedido nada? No es así del todo, pero sí en aproximación. Los padres debieran cuidar más a sus hijos y enseñarles mejor a callar y a respetar las canas.

Y si uno llega a este punto, el caso está terminado. Ciertamente, lo que está terminado para los mayores, no lo está para los pequeños. Corrí y conté y pregunté; acusé y averigüé, quería arrastrar a todos hasta el lugar del suceso, quería mostrar a todos dónde estaba yo y dónde los siete, y cómo y dónde habían bailado y ejecutado su música, y si alguien, en vez de rechazarme y reírse de mí, hubiese venido conmigo, entonces tal vez hubiese sacrificado mi pureza y habría intentado elevarme sobre las patas traseras, para dejarlo todo bien en claro. En fin, todo lo que hace una criatura está mal, pero afortunadamente también se le perdona todo. Yo, sin embargo, maduré sin perder esta cualidad infantil. Así como en aquel entonces no terminaba de comentar el suceso en alta voz —suceso que desde luego hoy me parece poco importante—y de dividirlo en partes, y de apreciarlo a la luz del criterio de los presentes, importunándolos sin consideración, ocupado tan sólo con mi asunto, que yo encontraba tan molesto como todos los demás y precisamente por eso —ahí estaba la diferencia—digno de ser aclarado a fondo, para poder por fin recuperar la libertad y ocuparme de la vida cotidiana, ordinaria, tranquila y feliz; así como entonces, exactamente —aunque con medios menos pueriles, si bien la diferencia no es muy grande—seguí trabajando después y sigo todavía hoy, sin detenerme.

Todo comenzó con aquel concierto. No me quejo; es innato en mí, y si el concierto no hubiese ocurrido, mi naturaleza habría buscado otra oportunidad para manifestarse. Sólo que algunas veces me apena que sucediera tan pronto; me privó de gran parte de mi niñez; la feliz existencia de los cachorros, que algunos son capaces de prolongar durante años, fue para mí de sólo pocos meses. Ya pasó. Hay cosas más importantes que la infancia. Y tal vez me espera en la vejez, como premio por tan dura existencia, más dicha infantil que la que podría soportar un niño verdadero, pero que yo tendré fuerzas para soportar.

Comencé entonces con mis investigaciones sobre las cuestiones más sencillas; no me faltaba material; lamentablemente, fue la superabundancia de éste la causa de mi desesperación en horas oscuras. Comencé a averiguar de qué se alimentaba la perrada. Esta no es, si bien se mira, pregunta fácil de contestar; nos ocupa desde los primeros tiempos; es el principal objeto de nuestras meditaciones; las observaciones, experimentos y puntos de vista fueron innumerables en este terreno; se convirtieron en una ciencia que por su enorme amplitud excede lo abarcable por un individuo, y también por todos los sabios; que únicamente puede ser soportada por toda la perrada, y esto sólo en parte y no sin suspiros, ello sin hablar de las dificultades y de las condiciones previas casi imposibles de cumplir, que exigen mis investigaciones. No es necesario que todo eso se me señale, lo sé tanto como cualquier perro; no pienso propasarme con la verdadera ciencia, le guardo el respeto que merece; pero para aumentarlo me falta saber, constancia, calma y —no en último término y especialmente durante los últimos años—también el apetito. Trago la comida sin demorarme en disquisiciones económicas. Me basta en este aspecto la quintaesencia del saber, la pequeña regla, con la cual las madres destetan a los pequeños y los dejan partir .hacia la vida: “Riega todo lo que puedas.” ¿Es que esto no lo dice casi todo? ¿Ha podido la investigación agregar a ello algo esencial, comenzando desde los tiempos de nuestros más remotos antepasados? Pormenores, nada más que pormenores. Y todos inseguros. En cambio, esta regla permanecerá inconmovible mientras haya perros. Se refiere a nuestro principal alimento. Desde luego, todavía hay medios accesorios, pero en caso de necesidad y si los años no fueran demasiado malos, podríamos vivir de este alimento principal, que encontramos en la tierra; la tierra necesita de esa agua nuestra y sólo a este precio nos suministra alimento, cuya producción, esto tampoco hay que olvidarlo, puede desde luego acelerarse con determinados dichos, cantos y movimientos. A mi juicio, esto sería todo: nada fundamental puede agregarse al respecto. Estoy de acuerdo con la gran mayoría de la perrada y doy la espalda, firme y severamente, a las opiniones heréticas sobre la materia. No, no trato de distinguirme, ni de tener razón; me siento feliz cuando puedo coincidir con mis conciudadanos, y ello sucede en este caso. Pero mis propios trabajos se orientan en otra dirección. La simple observación me enseña que la tierra, si se la rocía y trabaja según las normas científicas, entrega alimentos de tal calidad y en tales cantidades, de tal manera, en tales lugares y a tales horas, según las leyes parcial o totalmente establecidas por la ciencia. Eso lo doy por sentado, pero mi pregunta es: “¿De dónde saca la tierra estos alimentos?” Pregunta que en general se simula no comprender o a la que se contesta en el mejor de los casos: “Si no tienes bastante de comer, te daremos de lo nuestro.” Obsérvese esta contestación. Ya sé, no cuenta entre las ventajas de la perrada distribuir los alimentos una vez logrados. La vida es dura, la tierra árida, la ciencia rica en comprobaciones, pero bastante pobre en resultados prácticos; el que tiene alimentos los conserva; eso no es egoísmo, sino todo lo contrario, ley de perros, unánime resolución popular, lograda después de sobreponerse precisamente al egoísmo, ya que los que poseen son los menos. Por eso aquella contestación de “si no tienes bastante para comer, te daremos de lo nuestro” es sólo una frase hecha, una broma, una burla. No lo he olvidado. Pero tanto mayor significado tiene el hecho de que tratándose de mí —que entonces rodaba por el mundo con estas preguntas—se dejara de lado la burla; si bien no se me daba alimento —¿de dónde se lo hubiera podido sacar?—y si por casualidad se tenía, en la urgencia del hambre se olvidaba cualquier otra consideración; les ofrecimientos eran siempre serios, y aquí y allá obtenía efectivamente alguna pequeñez si me apresuraba a atraparla. ¿Por qué fui objeto de un tratamiento especial? ¿Por qué se me respetó y se me prefirió? ¿Porque era un animal flaco, débil, mal alimentado y demasiado despreocupado de la comida? Andan por el mundo muchos perros mal alimentados y si se puede se les quita de la boca el más miserable aumentó, con frecuencia no por voracidad, sino casi siempre por principio. No; se me prefería; no podría quizás entrar en pormenores, pero tenía la exacta impresión de ello. ¿Divertirían mis preguntas acaso? ¿Se las encontraba especialmente juiciosas? No; mis preguntas no divertían y se las encontraba tontas. Y, con todo, sólo podían ser las preguntas las que habían atraído la atención sobre mí. Era como si se prefiriese hacer cualquier cosa, taparme la boca con comida, por ejemplo —no se lo hacía, pero se tenía la intención—, antes de tolerar mis preguntas. Pero se me hubiera podido ahuyentar, prohibirme las preguntas. No, no se quería eso; no se quería oír mis preguntas; pero precisamente no se me quería expulsar por ellas. Por más que se rieran de mí y me trataran como a un animal pequeño y tonto, por más que se me empujara de un lugar para otro, aquel fue el tiempo en que llegué a gozar de mayor prestigio; nunca se repitió en adelante nada semejante; tenía acceso a todas partes y, con el pretexto de tratarme rudamente, se me lisonjeaba. Y todo sólo por mis preguntas, por mi impaciencia, por mis ansias de investigación. ¿Se me quería embaucar sin violencia, apartarme casi amorosamente de un camino equivocado, de un camino cuya falsedad sin embargo no estaba por encima de cualquier duda, puesto que no autorizaba a emplear la fuerza?… También un cierto respeto y temor se oponían al empleo de la violencia. Ya sospechaba en aquel entonces algo semejante, hoy lo sé con certeza, con más certeza que aquellos que actuaron entonces; es cierto, se me quiso apartar hábilmente de mi camino. No lo lograron; el resultado fue inverso: mi vigilancia se agudizó. Hasta se evidenció después que era yo quien trataba de apartar a los demás de su propio camino, propósito en el que tuvo éxito hasta cierto punto. Sólo con ayuda de la perrada comencé a comprender mis propias interrogaciones. Cuando yo preguntaba, por ejemplo: “¿De dónde saca la tierra este alimento?”, ¿me interesaban entonces, como podría parecer, las preocupaciones de la tierra? En lo más mínimo; eso estaba, como pronto pude comprobar, lejos de mí; a mí me preocupaban sólo los perros, nada fuera de ellos. Porque, ¿qué hay fuera de los perros? ¿A quién recurrir fuera de ellos en el inmenso mundo vacío? Todo el saber, la totalidad de las preguntas y respuestas está contenida en los perros. ¡Si al menos este saber pudiera utilizarse, extraído a la luz del día; si al menos los perros no supieran tan infinitamente más de lo que reconocen saber, de lo que ante sí mismos admiten que saben! Pero el más locuaz de los perros es más hermético que los lugares donde se hallan los mejores alimentos. Se ronda a tal canino, se espumajea de avidez, se pelea con la propia cola, se pregunta, se ruega, se aúlla, se muerde y se logra… y se logra lo que se lograría también sin ningún esfuerzo: amabilidad, contactos amistosos, honrosos olisqueos, estrechos abrazos, tu aullido y el mío unidos en uno solo, todo converge hacia allí, una dicha, un olvidar y un encontrar, pero lo único que deseaba alcanzar: la confesión del propio saber, eso se niega. A este ruego, silencioso o en alta voz, contestan en el mejor de los casos, cuando la insistencia se ha llevado al extremo, con aires obtusos, miradas oblicuas, ojos velados, turbios. Más o menos lo mismo que lo que sucedió cuando de niño clamé a los perros músicos y no me contestaron.

Se podría decir: “Te quejas de tus semejantes, de su silencio sobre las cosas decisivas; sostienes que saben más de lo que admiten saber más de lo que hacen valer en la vida; y esta reserva, cuyo motivo y secreto naturalmente también callan, te envenena la existencia, te la torna imposible, te impulsa a cambiarla o a abandonarla; pero si como es cierto eres también un perro, con saber de perro, entonces manifiéstalo no solamente en forma de pregunta, sino como respuesta. Porque, si lo expresaras, ¿quién se te resistiría? El gran coro de la perrada se levantaría como si hubiese esperado tu señal. Entonces tendrías tanta verdad y claridad y tantas confesiones como pudieras desear. El techo de esta vida ruin, que tanto criticas, se abriría, y todos, perro junto a perro, ascenderíamos hacia una libertad superior. Y aunque esto último no sucediera, si fuera peor que hasta ahora, si la verdad total fuese menos soportable que la parcial, si llegara a confirmarse que los silenciosos están en su derecho como protectores de la vida, y si la ligera esperanza que ahora todavía poseemos se trocara en desesperación total, el ensayo merece igualmente la pena puesto que no quieres vivir como te dejan vivir. Entonces: ¿por qué reprochas a los otros su mutismo cuando tú también callas?” Fácil respuesta: soy un perro. En lo esencial tan hermético como ellos, resistiéndome también a las mismas preguntas, rígido de miedo. ¿Pregunto acaso —al menos desde que soy adulto—para que se me conteste? No alimento tan absurdas esperanzas. Veo los fundamentos de nuestra vida, presiento su hondura, veo a los obreros en la construcción, en su obra oscura, ¿he de esperar que gracias a mis preguntas todo se acabe, sea destruido, abandonado? No; ya no espero eso, desde luego. Los comprendo, soy sangre de su sangre, de su pobre sangre, siempre renovadamente joven y siempre renovadamente ansiosa. Pero no sólo tenemos en común la sangre, sino también el saber, y no tan sólo el saber, sino también las llaves para lograrlo. No lo poseo sin intervención de los demás, no puedo tenerlo sin ayuda. Los huesos duros, los de más noble tuétano, sólo son accesibles a las dentelladas conjuntas de todos los perros. Esta es desde luego sólo una analogía muy exagerada; si todos los dientes estuvieran preparados ya no necesitarían morder, el hueso se abriría y su tuétano estaría al alcance del cachorro más débil. Si me mantengo dentro de este símil debo decir que mis preguntas, mis investigaciones, tienden a algo mayor. Quiero lograr esta asamblea de todos los perros, quiero hacer que por la amenaza de todos los dientes se abra el hueso; quiero luego despedirlos para que vivan su vida, que les es cara, y quiero después, solo, absolutamente solo, chupar el tuétano. Esto suena a monstruosidad, casi es como si no quisiera vivir del tuétano de un hueso, sino del tuétano de la perrada misma. Pero es sólo un ejemplo. El tuétano de que se habla aquí no es alimento, es lo contrario: es veneno.

Me azuzo con preguntas sólo a mí mismo; quiero encender, en el silencio que me rodea, la única réplica. ¿Durante cuánto tiempo lo soportarás? Esta es la pregunta vital, más allá de todas las demás. Me la dirijo a mí mismo; no molesta a los demás. Lamentablemente, es fácil de contestar: soportaré hasta que me llegue el final; a las preguntas inquietas se opone cada vez más la calma de la vejez. Estoy seguro que moriré en silencio, rodeado de silencio, casi en paz, pero estoy prevenido. Como para escarnio se nos ha dotado de un corazón admirable y de pulmones que no se desgastan prematuramente; resistimos a todas las preguntas, hasta las propias: somos verdaderos baluartes del silencio.

En los últimos tiempos reflexiono con mayor frecuencia sobre mi vida, busco el error decisivo que fue culpable de todo, pero no lo encuentro. Y sin embargo, debo de haberlo cometido, pues, si a pesar de no existir, el trabajo probo de toda mi vida no me hubiese permitido alcanzar la meta, ello demostraría que lo que me proponía era imposible, y habría que caer en la absoluta falta de fe, en la desesperanza. ¡La obra de una vida! Primero las investigaciones relativas a la pregunta: ¿De dónde toma la tierra nuestro alimento? Perro joven, ávido de vida, renuncié a todos los goces, evité toda diversión, sepulté la cabeza entre las patas ante las tentaciones y me puse a trabajar. No era un trabajo científico, ni por preparación ni por método, ni por finalidad perseguida. Tal vez haya habido en esto un error, pero no pudo ser decisivo. Aprendí poco; era muy joven cuando me vi separado de mi madre; me acostumbré muy pronto a la independencia; y la vida libre y la independencia precoz son poco propicias al aprendizaje sistemático. Pero he visto y oído mucho, y hablé con perros de las más diversas especies y oficios, y no asimilé mal ni relacioné mal las observaciones, lo que reemplazó un tanto el aprendizaje sistemático; además, aunque la independencia es un inconveniente para el estudio ordenado, se torna una ventaja para la investigación personal. Era tanto más necesaria en mi caso, cuanto que no podía seguir los métodos propios de la ciencia, es decir, utilizar los trabajos de los precursores y relacionarme con los investigadores de mi época. Entregado a mi propio esfuerzo, comencé desde el principio con el convencimiento, muy agradable para la juventud, pero abrumador para la vejez, de que el punto final que habría de colocar sería también el definitivo. ¿Pero estuve en realidad tan aislado en mis investigaciones? Sí y no. No es imposible que haya habido siempre, también hoy, algunos perros aislados en mi propia situación. Lo que no es tan grave; no me desvío ni el grosor de un pelo de la costumbre colectiva. Todos los perros sienten como yo el impulso de preguntar y yo, como ellos, el de callar. En cada uno existe el impulso de la pregunta. Si no fuera así. las mías no habrían provocado la menor conmoción, conmociones-que me llenaban de dicha, dicha exagerada, además. Y en cuanto a mi tendencia a callar, lamentablemente no necesita demostración especial. Luego, en el fondo, no soy distinto de los demás; a pesar de todas las discrepancias ellos me reconocerán y yo procederé como ellos. Tan sólo la dosificación de los componentes es distinta, diferencia que personalmente puede ser muy importante, pero que desde el punto de vista colectivo es mínima. ¿Y será posible que nunca, en el pasado y en el presente, la dosificación haya sido parecida a la mía, y si esta mezcla se llama desgraciada, que no haya habido otra más desgraciada aún? La experiencia parece indicar lo contrario. Los perros desempeñamos los oficios más extraordinarios, que nadie lo creería posible si no tuviésemos acerca de ellos noticias fidedignas. Cuando oí hablar de ellos por primera vez, no quise creer lo que se me decía. ¿Cómo? ¿Que había un perro de raza muy pequeña, no más grande que mi cabeza, ni aun en la edad adulta, y que a pesar de su débil constitución y de su apariencia artificiosa, poco madura, relamida, y a pesar de ser incapaz de dar un salto decente, pudiera como se decía, desplazarse en el aire sin ningún trabajo aparente, descansando? Pretender convencerme de tales-cosas me parecía un abuso a mi ingenuidad de cachorro. Pero poco después, en otro lugar, me volvieron a hablar de los perros voladores. ¿Se habían confabulado para burlarse de mí? Sin embargo, cuando vi a los perros músicos, ya todo me pareció posible; ningún prejuicio se oponía a mi capacidad de asimilación, he seguido el rastro de los rumores más descabellados, y lo más disparatado en esta vida insensata llegó a parecerme más verosímil que lo razonable, V más provechoso en mis investigaciones. Así sucedió también con los perros voladores. Averigüé mucho de ellos; y aunque hasta hoy no he conseguido verlos, estoy firmemente convencido de su existencia: en mi imagen del mundo ocupan un lugar importante. Como en la mayoría de los casos, tampoco en éste me desconcierta su arte. Es realmente admirable, ¡quién podría negarlo!, que puedan suspenderse en el aire, y me adhiero a la admiración de la perrada. Pero mucho más admirable es, a mi modo de ver, la insensatez, la callada insensatez de sus existencias. Flotan en el aire y basta, la vida sigue su curso, aquí y allá se habla de arte y de artistas, eso es todo. ¿Pero por qué, pregunto a la perrada, por qué flotan los perros? ¿Qué sentido tiene su oficio? ¿Por qué es imposible obtener de ellos una palabra explicativa? ¿Por qué flotan allá arriba, dejando que se les atrofien las patas, el orgullo del perro, y por qué, lejos de la tierra que alimenta, cosechan sin sembrar y, según referencias, se hacen mantener opíparamente a costa de la perrada? Debo felicitarme por haber provocado con mis preguntas cierta agitación en lo que a esto se refiere. Se comienza a fundar, a improvisar una especie de fundamento y por cierto-que no se irá más allá del comienzo. Pero ya es algo. Si bien no se alcanza la verdad —nunca se llegará a ella—por lo menos se descubre parte de la confusión y de la mentira. Porque hasta lo más descabellado de nuestra vida, y especialmente esto, puede tener fundamento. No de modo completo —es una gracia del diablo—pero de todas maneras en grado suficiente como para preservarse de preguntas molestas. Y volviendo al ejemplo de los perros voladores, no son arrogantes, como se podría suponer de entrada; dependen mucho de sus semejantes, lo que es fácil de comprender si uno trata de colocarse en su caso. Están obligados, ya que no pueden hacerlo abiertamente —lo que implicaría infringir el deber de callar—, a conseguir que se les perdone de alguna manera, su género de vida o, al menos, a desviar la atención, a lograr su olvido, y tratan de conseguirlo, según se me informa, mediante un parloteo casi insoportable. Siempre tienen algo que contar, sea de sus meditaciones filosóficas, en las que pueden ocupar su tiempo puesto que han renunciado a todo esfuerzo corporal, sea acerca de lo que ven desde su altura. Y aunque no se caracterizan por su talento, lo que, habida cuenta de su vida ociosa, es perfectamente comprensible, y aunque su filosofía sea tan inútil como sus observaciones e igualmente inútiles para la ciencia, que no puede supeditarse a fuentes tan despreciables, si a pesar de ello uno pregunta qué es lo que quieren en definitiva los perros voladores, se nos dirá una y otra vez que contribuyen poderosamente a la ciencia. “Ciertamente —observa uno entonces—, pero son contribuciones completamente carentes de valor y molestas.” Las réplicas siguientes consistirán en encogimiento de hombros, rodeos, disgustos o risas, y luego de un rato, si uno vuelve a preguntar, de nuevo se entra de que son útiles a la ciencia y por fin, cuando a su vez le preguntan a uno, a poco que se distraiga, contesta lo mismo. Y tal vez sea mejor no ser demasiado terco y resignarse, no digo a justificar el derecho a la vida de los perros voladores, pero sí por lo menos a tolerarlos. Más no debiera pedirse; sería excesivo y sin embargo se pide. Cada vez son más los perros voladores que se encaraman en el espacio, y para todos se pide tolerancia. No se sabe con seguridad de dónde provienen. ¿Se reproducen? ¿Les quedan fuerzas para ello? Puesto que no son más que una hermosa piel, ¿qué había de reproducirse? Y aunque lo inverosímil fuera posible, ¿cuánto tiene lugar el acto de la reproducción? Siempre se los ve solitarios allá arriba, pagados de sí mismos, y si alguna vez se rebajan a caminar, sucede sólo durante instales, dan unos pocos pasos temerosos, rigurosamente a solas, abismados en supuestos pensamientos, de los que no pueden libertarse ni aun a costa de mayores esfuerzos; por lo menos así se afirma. Pero si no se reproducen, hay que suponer que hay perros que renuncian voluntariamente a la vida en el llano, que se convierten en perros voladores, y que al precio de la comodidad y de cierta habilidad, eligen esa estéril existencia de almohadón. Esto no es admisible; ni la hipótesis de la reproducción ni la de la libre elección son admisibles. Y sin embargo, la realidad demuestra que siempre hay nuevos perros voladores, por tanto hay que deducir que, aunque los inconvenientes parezcan insuperables a la luz de nuestro entendimiento, dada una especie de perros, por más extraña que sea, no se extinguirá tan fácilmente, ya que siempre habrá en ella algo que resistirá con éxito.

Si esto es válido para una especie tan insensata, extraña y hasta no viable como la de los perros voladores, ¿no habría de serlo también para la mía? Sobre todo, teniendo en cuenta que mi aspecto no es tan singular, que soy perro de clase media, muy abundante en esta región, que no me destaco en nada, que no soy especialmente despreciable y que en mi juventud y aun en mi edad adulta, antes de abandonarme, fui bastante bien parecido. Se me elogiaba el pecho, las patas esbeltas, el porte de la cabeza, pero también mi pelaje grisá-ceo-amarillento, de puntas rizadas, tenía gran aceptación; todo esto no es extraño, extraña es solamente mi manera de ser y aun ésta —lo que no debo olvidar nunca—está arraigada en lo profundo en la naturaleza de la perrada. Si el perro volador mismo no permanece absolutamente solo, si siempre aparece alguno nuevo en el gran mundo de la perrada, si siempre se procuran descendencia, entonces puedo aún confiar en que tampoco yo estoy definitivamente perdido. Como es natural mis congéneres han de tener un destino especial, pero el simple hecho de existir no me beneficia de forma visible: no los reconocería. Somos los oprimidos del silencio, queremos destruirlo, padecemos hambre de aire, mientras que a los demás parece agradarles; “parece” solamente, como lo prueba el caso de los perros músicos, en apariencia entregados tranquilamente a su arte, pero en realidad muy excitados. De todos modos esta apariencia tiene gran poder, uno trata de comprenderla, pero ella burla todo intento. ¿Cómo se las arreglan mis congéneres? ¿Cómo son sus intentos de vivir? Ha de existir en esto mucha diversidad! Yo ensayé con preguntas en mi juventud. Luego, tal vez, podría adherirme a los que preguntan mucho, ellos serían mis congéneres. En realidad, lo intenté durante un tiempo violentándome, porque ante todo me interesan los que debieran responder; los que interrumpen con preguntas que casi nunca puedo contestar me son desagradables, y después: ¿a quién no le gusta preguntar mientras es joven? ¿Cómo habría de seleccionar entre las múltiples preguntas las verdaderas? Todas las preguntas suenan igual, lo importante es la intención y ésta generalmente está oculta, aun para el que las formula. Además, preguntar es propio de la perrada, todo el mundo hace preguntas, éstas se entrecruzan; hasta parece que hubiera el propósito de borrar el rastro de las preguntas verdaderas. No; mis iguales no se hallan entre los preguntones jóvenes y tampoco entre los taciturnos, los viejos, a los que ahora pertenezco. Por lo demás, ¿qué se logra con preguntas?; yo he fracasado con ellas; tal vez mis compañeros sean más inteligentes que yo y empleen medios más efectivos para soportar la existencia, medios que —así me parece— tal vez los ayuden en su angustia, los calmen, los adormezcan, modifiquen su índole, pero que en el fondo sean tan impotentes como los míos, puesto que por más que mire en derredor no veo resultados. ¿Y dónde están estos congéneres? Sí, esta es la tortura, ésta. ¿Dónde están? En todos lados y en ninguno. Tal vez lo sea mi vecino, que está solo a tres saltos de mí; intercambiamos algún grito, él cruza para verme, pero yo no a él. ¿Es mi congénere? Es posible, pero nada hay más improbable. Cuando está lejos puedo, por ejemplo, con gran esfuerzo de imaginación, ver en él muchos rasgos que me son propios, pero cuando está presente mis apreciaciones caen en el ridículo.

Un perro viejo, aún más pequeño que yo a pesar de mi talla escasamente mediana, castaño, de pelo corto, cabeza cansada, abatida, de paso deslizante, que además arrástrala pata izquierda posterior a consecuencia de una enfermedad. Hace mucho que no me doy con nadie como no sea con él; estoy contento de soportarlo mal que bien, y al irse le grito las cosas más amables, ciertamente, no por afecto, sino irritado conmigo mismo, pues cuando lo sigo encuentro en extremo repelente su andar reptante, su pie arrastrado y el cuarto trasero demasiado bajo. A veces, cuando mentalmente lo considero compañero mío, es como si quisiera ridiculizarme a mí mismo. Por otra parte, al hablar no demuestra nada que pueda parecerse al compañerismo; es inteligente, sí, y, para nuestro medio, bastante culto; se podría aprender mucho de él. Pero ¿busco la inteligencia y la instrucción? Generalmente hablamos de cuestiones comunales y yo, más perspicaz en este aspecto a causa de mi aislamiento, suelo asombrarme de la riqueza de espíritu que necesita un perro común, aun en circunstancias no excesivamente desfavorables, par ir por la vida y protegerse de los peligros corrientes. Es la ciencia de las reglas, pero no resulta fácil comprenderla ni aun en sus planteamientos más elementales, y sólo una vez comprendida viene la verdadera dificultad: aplicarla a las circunstancias ordinarias. En esto casi nadie puede ayudar; cada hora y cada lugar de la tierra crea nuevos problemas. Nadie puede afirmar que está instalado en algún punto de manera definitiva y que su vida transcurrirá como por sí sola; ni siquiera yo, con mis necesidades decrecientes cada día que pasa. Y todo este esfuerzo infinito, ¿para qué? Sólo para sepultarse cada vez más en el mutismo, para no poder ser sacado de él ya nunca y por nadie.

Se suele elogiar el progreso de la perrada a través de los tiempos, con lo que, entiendo, se quiere elogiar el progreso de la ciencia. Ciertamente, la ciencia progresa en forma incontenible, hasta aceleradamente, cada vez con mayor velocidad, pero ¿qué hay de glorioso en ello? Es como si se quisiera elogiar a alguien porque a medida que transcurren los años envejece acercándose por tanto a la muerte con velocidad creciente. Es un proceso natural y hasta desagradable, en el que no encuentro nada que celebrar. Veo sólo desintegración, con lo cual no quiero dar a entender que las generaciones fueron mejores; sólo fueron más jóvenes, esa era su gran ventaja, su memoria no estaba tan abarrotada como la de hoy, era más fácil lograr que hablaran, y aunque nadie lo haya conseguido, las posibilidades eran mayores; precisamente, esta mayor posibilidad es lo que nos enardece al escuchar aquellas viejas historias, bastante ingenuas por lo demás. De vez en cuando una palabra parece revelar un indicio, nos hace saltar, no sentimos el peso de los siglos. Así es; por más que critique mi tiempo, las antiguas generaciones no fueron mejores que las más recientes y hasta en cierto sentido fueron peores y más débiles. Tampoco entonces los milagros andaban por las calles para que cualquiera pudiese echarles el lazo, pero los perros no eran aún, no puedo expresarlo en otra forma, tan perrunos como hoy; la estructura de la perrada era más burda, la exacta palabra todavía habría podido actuar, decidirla obra, alterarla, cambiarla voluntariamente en forma diametral, y aquella palabra existía, o por lo menos se la sentía próxima, flotaba sobre la punta de la lengua y cualquiera hubiese podido averiguarla. ¿Adonde ha ido a parar hoy? Introduciendo las manos en las entrañas, no se la encontraría. Quizá nuestra generación esté perdida, pero es más inocente que aquéllas. Comprendo las vacilaciones de la mía. Ya ni siquiera se trata de vacilar, es apenas olvidar el sueño que hace mil noches se ha soñado, para mil veces olvidarlo. ¿Quién nos echará en cara precisamente este milésimo olvido? Y hasta creo comprender las vacilaciones de los antepasados; probablemente nosotros no hubiésemos actuado distinto; casi quisiera decir: dichosos de nosotros por no tener que cargar con la culpa; por poder correr hacia la muerte envueltos en un silencio casi inocente, en un mundo ya oscurecido por otros. Quizá cuando se extraviaron ni se dieron cuenta de que” se trataba de un extravío definitivo; seguían viendo la encrucijada, les era fácil regresar, y si se retrasaban era sólo porque querían gozar durante un tiempo de la vida perruna, que en realidad no era en verdad una vida perruna, pero con todo embriagadoramente agradable, por lo que siempre convenía demorarse un poco, aunque ya fuera unos instantes y seguir errando. No sabían lo que .nosotros, analizando el decurso de la historia, podemos deducir: el alma evoluciona más de prisa que la vida perruna, ya debían de tener el alma perrunizada desde antiguo, y no se hallaban tan cerca del punto de partida como les parecía o quería hacerles creer su vista, ya regodeada en pleno libertinaje perruno. ¿Quién puede hablar hoy todavía de juventud? Fueron en realidad perros jóvenes, pero por des- 1 gracia su único orgullo se cifraba en llegar a ser perros viejos, de modo que, es cierto, no podían fracasar, como lo demostraron todas las generaciones siguientes y la nuestra mejor que ninguna.

No, no hablo con mi vecino de estas cosas, pero a menudo debo pensar en ellas cuando estoy sentado frente a él, típico perro viejo, o cuando hundo el hocico en su pelaje y percibo el hedor característico que tienen las pieles desolladas. Carecería de sentido hablar de estas cosas con él o con los demás. Sé cómo transcurriría la conversación. Haría algunos reparos aquí y allá, finalmente aprobaría —la aprobación es la mejor arma—y el asunto quedaría enterrado. ¿Para qué entonces molestarse en desenterrarlo? Y sin embargo, tal vez haya con mi vecino alguna concordancia más allá de las simples palabras. No puedo dejar de sostener esto aunque carezca de pruebas y pueda ser víctima de engaño, precisamente por ser desde hace mucho el único a quien trato y porque debo aferrarme a él. “¿Serás mi correligionario a tu manera? ¿Te avergüenzas de tu fracaso? También yo fracasé. A veces lloro a solas por ello; ven, entre dos es menos amargo.” Así pienso a veces y lo miro fijamente. El no baja la mirada, pero nada deja traslucir, mira obtusamente, asombrado de que haya dejado de hablar. Pero tal vez sea esa su manera de preguntar y yo lo decepcione tanto como él a mí. En mi juventud, si otras preguntas no me hubiesen parecido más importantes, y si no me hubiese bastado con mucho a mí mismo, tal vez le habría preguntado de viva voz, obteniendo un descolorido asentimiento, es decir, menos de lo que obtengo hoy con mi silencio. Pero ¿no callan todos por igual? Nada me impide creer que todos son camaradas, no solamente que he tenido un ocasional camarada investigador, Hundido y olvidado con sus insignificantes éxitos, al que no puedo llegar por impedírmelo la bruma de los tiempos pasados y la conglomeración del presente, sino que desde siempre he tenido y tengo compañeros en todos, todos afanosos a su manera, a su manera infructuosos, callados o astutamente charlatanes, como consecuencia de la investigación desesperanzada. Pero entonces no hubiera sido necesario que me aislara; hubiera podido quedarme tranquilamente entre los demás, no habría tenido que abrirme paso como un cachorro rebelde en las filas de los mayores, que en resumidas cuentas quieren lo mismo que yo, abrirse paso, y que sólo me engañan por su mayor juicio, que les advierte que nadie puede llegar más allá y que todo empuje carece de sentido.

Tales ideas son ciertamente el resultado de las conversaciones con mi vecino; me confunde y me entristece; con todo, es bastante alegre, al menos lo he oído gritar y cantar en su casa, hasta molestarme. Convendría renunciar también a esta última relación, no seguir vagas ensoñaciones como las que provoca todo trato perruno por más endurecido que uno se crea, y dedicar el poco tiempo que me resta en forma exclusiva a mis investigaciones. La próxima vez que venga me arrinconaré y me fingiré dormido y repetiré esto todas las veces que sea necesario hasta que deje de venir.

También ha entrado el desorden en mis investigaciones; desisto, me canso, un trote mecánico, donde antes habría carrera entusiasta. Recuerdo los tiempos en que comencé 1 a investigar la pregunta: “¿De dónde toma la tierra nuestro alimento? Por cierto que vivía entonces en el seno pueblo pugnaba por meterme donde todo se hacía mas denso, a todos quería convertir en testigos de mi trabajo, y este testimonio me importaba más que el trabajo mismo; como todavía esperaba algún efecto general recibía gran estímulo, que ahora, solitario como soy, se ha desvanecido. Por entonces era tan fuerte que hice algo inaudito, algo en contradicción con todos nuestros principios y que todo testigo presencial recuerda como siniestro. Encontré en la ciencia, que tiende por lo general a la ilimitada especialización, una curiosa simplificación. Ella enseña fundamentalmente que la tierra produce alimento e indica, luego de haber sentado este principio, los métodos por los cuales pueden obtenerse, y en abundancia, las diversas comidas. Es exacto, en efecto, que la tierra produce alimentos, ello no admite dudas, pero el proceso no es tan simple como se presenta, al extremo de excluir toda investigación ulterior. Basta tomar los más elementales sucesos que se repiten a diario. Si nos quedáramos completamente inactivos, como yo ahora, y después de un ligero cultivo de la tierra nos acurrucáramos a esperar el resultado, y en el supuesto de que realmente se produjera algo, encontraríamos sin duda el alimento en la tierra. Pero este caso no constituye la regla.

Los que conserven cierta ecuanimidad frente a la ciencia —y por cierto son pocos, puesto que los círculos que ella traza son cada vez más amplios— comprobarán con facilidad, aunque no hagan observaciones muy detenidas, que el alimento principal que encontramos sobre la tierra proviene de lo alto; hasta cogemos parte de él de acuerdo a nuestra habilidad y avidez, antes de que entre en contacto con la tierra. Con esto todavía, no afirmo nada contra la ciencia, porque también la tierra produce este alimento en forma natural. Que uno lo saque de su seno y el otro de las alturas, quizá no constituya una diferencia esencial; la ciencia, que ha establecido que en ambos casos es necesario trabajar el suelo, tal vez no deba ocuparse de tales distingos por aquello de: “Panza llena, corazón contento”. Sólo que me parece que la ciencia se ocupa de estas cosas en forma velada y fragmentaria, ya que conoce los métodos para la obtención de alimentos: el cultivo del suelo propiamente dicho y las labores accesorias o de refinamiento en forma de aforismo, danza y canto. Encuentro en ello una clasificación que, si bien no perfecta, bastante clara. El cultivo del suelo sirve a mi juicio para la obtención de ambas clases de alimentos y es siempre imprescindible; aforismo, danza, y canto no se refieren tanto al alimento terrestre en sentido estricto, sino que sirven más bien para atraerlo desde lo alto. En esta hipótesis me apoya la tradición. Aquí el pueblo parece rectificar a la ciencia sin saberlo y sin que la ciencia intente defenderse. Si, como quiere la ciencia, aquellas ceremonias sólo habían de servir al suelo, acaso para darle fuerzas para atraer el alimento desde lo alto, entonces, deberían lógicamente cumplirse en su totalidad junto al suelo; todo habría que susurrarlo, bailarlo, y cantarlo al oído de la tierra misma. Y a mi entender la .ciencia no pretende otra cosa. Y ahora viene lo notable: el pueblo se dirige a las alturas con todas sus ceremonias. Esto no atenta contra la ciencia: ella no prohibe ; deja al campesino en libertad, considera en sus enseñanzas tan sólo el suelo y si el campesino las asimila, queda satisfecha; pero su razonamiento debiera a mi juicio exigir más. Y yo, que nunca he profundizado en la ciencia, no puedo imaginarme cómo los científicos permiten que nuestro pueblo, apasionado como es, ladre las frases mágicas hacia lo alto, entonces nuestros antiguos lamentos al aire y ejecute cabriolas danzadas, como si, olvidándose del suelo, quisiera elevarse para siempre. Traté de subrayar estas contradicciones; cuando, de acuerdo con las enseñanzas de la ciencia, se aproximaba la época de la cosecha, me dedicaba por completo al suelo, lo apañaba durante la danza y giraba la cabeza para aproximarme a la tierra lo más posible. Más tarde hice un hoyo e introduje la boca, cantando y declamando de ese modo, para que sólo lo oyera el suelo y nadie más que él.

Los resultados fueron limitados. A veces, no obtenía el alimento y ya estaba a punto de alegrarme por mi descubrimiento, cuando aparecía de pronto como si, superada la confusión creada por mi extraña representación, se reconocieran sus ventajas y se renunciara con gusto a gritos y saltos. A menudo la comida llegaba en mayor abundancia que antes; luego faltaba por completo. Con un tesón hasta entonces desconocido en perros jóvenes, hice una extraña reseña de todos mis ensayos; creía ya encontrar una pista que pudiera llevarme más lejos, pero en seguida volvía a perderla. Innegablemente, aquí me perjudicó mi insuficiente capacidad científica. ¿Qué seguridad había por ejemplo de que la falta de comida no era atribuible a mi experimento, sino a la preparación anticientífica del suelo? Si era así, todas mis conclusiones carecían de valor. Bajo determinadas condiciones, habría hecho un experimento completamente satisfactorio si hubiese obtenido el alimento sin trabajar a la tierra en absoluto, sólo con ceremonias dirigidas a lo alto; o también si, con ceremonias terrenas en forma exclusiva, hubiese podido comprobar la ausencia del mismo. Lo intenté, sin mayores esperanzas y no bajo condiciones experimentales rigurosas, porque, de acuerdo con mi creencia inamovible, un mínimo de cultivo es siempre indispensable y aunque los herejes que no lo creen tuvieran razón, no podrían demostrarlo, porque la aspersión del suelo se produce necesariamente y es, dentro de ciertos límites, a inestable. Otro experimento, aunque un tanto colateral, tuvo más éxito y causó cierto revuelo. Paralelamente a la práctica usual de coger los alimentos que venían del aire, resolví dejarlos caer, sin cogerlos. Con tal objeto cada vez ; que caía el alimento ejecutaba un pequeño salto calculando de tal forma que resultara insuficiente; en la mayoría de los casos el alimento caía con sorda indiferencia y yo me arrojaba sobre él, no sólo por hambre, sino también con la ira de la decepción. Pero en casos aislados se produjo algo diferente, realmente maravilloso; el alimento no caía, sino que me perseguía en el aire; la comida perseguía al hambriento. No sucedía durante mucho tiempo, sólo un pequeño trecho, y después caía o desaparecía por completo o —más frecuentemente—en mi avidez la devoraba, terminando en forma prematura el experimento. De todos modos, me sentí feliz, me envolvía un rumor de inquietud y de atención, encontré a los conocidos más accesibles a mis preguntas, en sus ojos brillaba un resplandor de ayuda, y aunque sólo fuese el reflejo de mis propias miradas, no exigía más, me conformaba. Hasta que me enteré —y los otros se enteraron conmigo—que este experimento no era nuevo, que había sido descrito científicamente, y hasta de forma más completa; sin embargo, hacía mucho que no se llevaba a cabo por el autodominio que exige y porque su supuesta carencia de importancia científica hacía innecesaria su repetición. Demostraría tan sólo lo que ya se sabía, o sea que el suelo no siempre atraía el alimento verticalmente, sino también en forma oblicua y hasta en espiral. Con todo, no me amilané; para eso era demasiado joven; por el contrario, me sentí estimulado a cumplir lo que fue tal vez la mayor realización de mi vida. No me dejé desorientar por la subestimación científica del experimento, pero en estos casos no ayuda la fe sino tan sólo la comprobación, y yo quería enfrentarme con ésta, destacando al mismo tiempo, a plena luz y en el centro fe a la investigación, esta experiencia en su origen un poco colateral. Quería demostrar que si retrocedía ante el alimento, no era el suelo el que lo atraía en forma oblicua, sino que era yo el que lo instaba a seguirme. No pude llevar a cabo la prueba en forma completa, porque no aguantaba durante mucho rato el esfuerzo de tener el alimento ante los ojos, y experimentar al mismo tiempo científicamente. Pero quería también hacer otra cosa, quería ayunar por completo, mientras me fuera posible, evitando el espectáculo del alimento y su tentación. Si me retiraba y permanecía echado con los ojos cerrados de día y de noche, sin preocuparme de la recolección ni de la caída de los alimentos, suprimiendo también toda otra actividad, pero confiando secretamente en que la inevitable e irracional aspersión del suelo y la calmosa repetición de los aforismos y canciones —la danza quería evitarla para no debilitarme—fueran suficientes para hacer descender la comida que, sin hacer caso del suelo, vendría a llamar contra mi dentadura para que le franquease la entrada; si eso sucedía, entonces, por cierto aún no habría rebatido a la ciencia, bastante flexible en el caso de excepciones y de casos particulares, pero ¿qué diría el pueblo que por suerte no tiene la misma flexibilidad? Porque ese no sería un caso de excepción como los de enfermedad física o de melancolía, que refiere la historia, en que el sujeto se niega a preparar los alimentos, a buscarlos, ingerirlos, y que en la perrada se une en fórmulas de conjuro, desviando los alimentos de su trayectoria natural y haciéndolos llegar directamente a la boca del enfermo. Yo, en cambio, estaba perfectamente sano y fuerte, y mi apetito era tan magnífico que durante días enteros me impedía pensar en otra cosa que no fuera él; me sometía voluntariamente al ayuno; estaba en condiciones de proveer al descenso de los alimentos y hasta quería hacerlo, pero no necesitaba la ayuda de la perrada y me opuse a ella en forma decidida.

Me busqué un lugar adecuado en un matorral distante, donde no oyera conversaciones de comida, ni chasquear de lengua, ni triturar huesos, y me acosté allí después de haberme atracado por última vez. Quería pasar, a ser posible, todo el tiempo con los ojos cerrados; mientras no quisiera venir la comida sería de noche para mí, aunque pasaran días y semanas. Entretanto no debía, y éste era un grave inconveniente, dormir en absoluto, o por lo menos debía dormir poco, porque no sólo tenía que conjurar los alimentos,, naciéndolos bajar, sino también estar sobre aviso para que la llegada de ellos no me sorprendiese dormido. En otro aspecto, el sueño sería ventajoso, porque no permitiría prolongar el ayuno. Por estas razones resolví subdividir el tiempo en forma cuidadosa y dormir mucho, pero poco por vez. Lo conseguí apoyando la cabeza en débiles ramas que pronto se quebraban, despertándome. Así estaba, dormía o vigilaba soñando o canturreando para mí. Al principio todo transcurrió sin novedad; tal vez en la fuente de los alimentos había pasado inadvertido mi rebelión contra el curso habitual de las cosas, y la verdad es que todo se mantuvo en calma. Me turbaba un tanto el temor de que los perros, al echarme de menos, me buscaran e intentaran algo contra mí. Un segundo temor era que el suelo —a pesar de que según la ciencia se trataba de tierra estéril—produjera por simple aspersión el llamado alimento casual y que su olor me tentara. Por de pronto no sucedía nada semejante y podía seguir ayunando. Fuera de estos temores, me hallaba tranquilo, tranquilo como nunca. Aunque trabajaba contra la ciencia, experimentaba el bienestar y la casi proverbial tranquilidad de los científicos. En mis ensoñaciones conseguía el perdón de la ciencia; también había en ella lugar para mis investigaciones; me consolaba saber que, por grande que fuera el éxito de mis trabajos, y precisamente por eso, yo no estaría perdido para la perrada; la posición de la ciencia era ahora amistosa; ella misma se encargaría de la interpretación de mis resultados y esta promesa ya era casi tanto como el éxito; mientras antes me sentía en el fuero íntimo como un réprobo que embestía enloquecido los muros de su pueblo, ahora sería recibido con grandes honores, la ansiada tibieza de multitudes de cuerpos perrunos me envolvería en su corriente, me levantaría, me haría oscilar sobre los hombros de mi raza. ¡Notable efecto del hambre inicial! Mi empresa me parecía del tal magnitud que allí mismo, en el matorral, comencé a llorar emocionado y compadecido de mí mismo, lo cual, por otra parte, no era muy lógico, pues si esperaba el merecido premio, ¿por qué lloraba? Acaso sólo por bienestar. Siempre que me he sentido bien, harto pocas veces, he llorado. Pero esto duró poco. Las hermosas visiones desaparecieron al agravarse el hambre; no pasó mucho tiempo y luego de la apresurada dispersión de todas las fantasías y emociones, me sentí en completa soledad con el hambre que quemaba mis entrañas. “Esto es el hambre”, me dije infinidad de veces, como queriendo hacerme creer que el hambre y yo éramos todavía dos cosas diferentes y como si uno se la pudiese quitar de encima como a un pretendiente molesto; pero en realidad éramos una unidad extremadamente dolorosa, y si yo me declaraba “Esto es el hambre”, en realidad hablaba el hambre, burlándose de mí. ¡Horribles momentos! Me da escalofríos no solamente por el sufrimiento que pasé entonces, sino también porque sé que aquel no fue el final, porque todo este sufrimiento habré de sufrirlo de nuevo si realmente quiero llegar a algo, porque aún hoy opino que el hambre es el principal instrumento de mis investigaciones. La ruta marcha a través del hambre; lo más elevado se conquista sólo con el más elevado sacrificio, y el mayor sacrificio es entre nosotros el hambre voluntaria. Si reflexiono pues acerca de aquellos tiempos —y me es esencial meditar en él—, si se debiera dejar transcurrir una vida entera para reponerse de semejante intento; todos los años de mi edad adulta me separan de aquel ayuno, pero aún no estoy repuesto. Tal vez cuando inicie el próximo esté más decidido debido a mi mayor experiencia y mejor comprensión de la necesidad- del ensayo, pero mis fuerzas serán menores, como resultado de lo que pasé, y la sola idea de lo que habré de pasar ya me debilita. Mi apetito disminuido no me ayudará, sólo restará mérito al intento y probablemente me obligará a ayunar durante un plazo más largo. He aclarado perfectamente estas ideas; todo este largo período no transcurrió sin ensayos previos, muchas veces he hincado literalmente el diente en el ayuno, pero sin sentirme todavía preparado para la prueba. El entusiasmo juvenil no existe ya; desapareció entonces en medio del hambre. Muchos, pensamientos me torturaron. Amenazadoramente aparecieron nuestros antepasados. Aunque no lo pueda decir en forma pública los considero culpables; ellos provocan esta vida perruna y bien podía contestar a sus amenazas con otras amenazas. Pero me inclino ante su saber; proviene de fuentes que nosotros ya no conocemos; por lo tanto, a pesar de todo mi impulso de luchar contra ellos, me abstendré siempre de violar en forma abierta sus leyes, en verdad pasaré por las rendijas para cuya localización tengo un olfato especial. Acerca del hambre, invoco el famoso diálogo, en el curso del cual uno de nuestros sabios expresó la intención de prohibir el ayuno, a lo que otro se opuso con esta pregunta: “¿Y quién querrá ayunar?” El primero se dejó convencer y la prohibición no prosperó. Con todo vuelve a nacer la pregunta: “¿Está el ayuno realmente prohibido?” La enorme mayoría de . los comentaristas contestan en forma negativa, considera que hay libertad de ayunar, está con el segundo sabio y no teme que los comentarios erróneos produzcan consecuencias graves. Me había cerciorado bien de esto antes de comenzar mi propio ayuno. Pero mientras me doblaba por efecto del hambre y en mi confusión mental buscaba la salvación en mis extremidades posteriores, lamiéndolas, masticándolas, chupándolas desesperadamente casi hasta el ano, me pareció completamente falsa la interpretación de aquel diálogo, maldije la exégesis, me maldije a mí mismo por haberme dejado engañar; el diálogo, como hasta un niño lo comprendería, contenía algo más que la prohibición de ayunar. El primer sabio querría prohibir el ayuno, lo que un sabio quiere ya ha sucedido, el ayuno estaba pues prohibido; el segundo sabio no sólo se adhirió, sino que también consideró imposible el ayuno, colocó a la primera prohibición una segunda, lo que a verdad era prohibir la naturaleza perruna misma; el primer sabio reconoció esto y retiró su prohibición, es decir, ordenó a los perros, después de la explicación de todo esto, a obrar con prudencia y a prohibirse el ayuno a sí mismos. Tres prohibiciones en lugar de una y yo las había violado todas. Aunque con retraso, hubiese podido obedecer y suspender el, ayuno, pero a pesar de mi sufrimiento, me tentaba la prosecución y me lancé tras ella, golosamente, como si se tratase de un perro desconocido. No podía terminar, probablemente estaba también demasiado débil para levantarme y buscar la salvación en los poblados. Me revolcaba en el lecho, ya no podía dormir, en todas partes oía el ruido, el mundo hasta ahora dormido parecía haberse despertado por mi ayuno; tenía la sensación de que nunca más podría volver a comer porque entonces silenciaría de nuevo al mundo ahora libre y sonoro, de lo que no me sentía capaz. Por otra parte, el mayor ruido, estaba en mi barriga; a menudo apoyaba el oído en ella; cara bien extraña debo haber puesto; apenas podía dar crédito a lo que oía. Y cuando las cosas llegaron al límite, el mareo pareció adueñarse de mi naturaleza misma; hacía intentos de salvación carentes de sentido; comencé a sentir olores de alimentos, de manjares selectos que hacía mucho que no comía, alegrías de mi niñez; sí, olfateé el olor de los pechos de mi madre; olvidé mi decisión de resistir a los olores, o mejor, no la olvidé; como si ello formara parte de esa decisión, me arrastraba en todas direcciones, sólo un poco, y olisqueaba, como si quisiera el manjar sólo para alcanzarlo. No me causaba decepción no encontrar nada; los alimentos existían, sí, pero siempre se hallaban unos pasos más allá, las patas se me doblaban antes de alcanzarlos. Pero al propio tiempo sabía que no había nada, que me movía sólo por miedo a la postración definitiva en un lugar que, sin embargo, ya no podría abandonar nunca. Las últimas esperanzas y las ultimas tentaciones se esfumaron en forma miserable: terminaría aquí, ¿qué sentido tenían mis investigaciones, pueriles intentos de pueriles épocas felices?; ahora iba en serio, aquí la investigación hubiera podido demostrar su importancia, pero ¿dónde había quedado? Aquí sólo había un perro que boqueaba desvalidamente y que, sin embargo, con espasmódica prisa, sin saberlo, rociaba el suelo de continuo, incapaz de sacar nada de su memoria, no lo más mínimo de toda la sabiduría de las palabras mágicas, ni siquiera el canto con que se refugian los recién nacidos bajo la madre. Era como si no estuviese separado de los hermanos por un corto trecho, sino infinitamente lejos de todo, como si en realidad no me estuviese muriendo de hambre, sino de abandono. Era evidente que nadie se ocupaba de mí, nadie bajo la tierra, ni sobre ella, nadie en las alturas; moría por su indiferencia, su indiferencia me decía: “Se muere, así ha de ser.” ¿Y no coincidía yo con ellos? ¿No decía lo mismo? ¿No había deseado este abandono? Ciertamente, perros, pero no para morir aquí, sino para llegar allá, a la verdad, para salir de este mundo de mentiras, donde no se encuentra a nadie de quien obtener la verdad, tampoco de mí, ciudadano innato de la mentira. Tal vez la verdad no estuviese tan lejos, y yo no tan abandonado como creía, al menos no tanto por los otros como por mí, que estaba al fin de mis fuerzas y moría.

Pero no se muere tan pronto como supone un perro alucinado. Me desvanecí y al recuperar el sentido y levantar los ojos ví a un perro desconocido. Ya no sentía hambre, estaba fuerte, mis coyunturas parecían elásticas, como resortes, aunque no realicé ningún intento de levantarme para comprobarlo. Sí, un perro hermoso pero no fuera de lo común, y sin embargo me pareció ver en él, además, otras cosas. Debajo de mí había sangre; en el primer momento supuse que era alimento, pero en seguida noté que era sangre vomitada. Dejé de mirarla y me volví hacia el perro. Era delgado, de largas patas, castaño, manchado de blanco en algunas partes: tenía una hermosa mirada, fuerte, investigadora.

—¿Qué haces aquí? —preguntó—. Debes marcharte de aquí.

—No puedo irme ahora —dije sin más explicación. ¿Cómo había de explicarle todo? Además, él parecía tener prisa.

—Por favor, vete —dijo, y levantaba nerviosamente una pata, luego la otra.

—Déjame —dije—, vete y no te ocupes de mí, los otros tampoco se ocupan.

—Te lo pido por ti —dijo.

—Pídelo por lo que quieras —dije—; no podría andar aunque quisiera.

—No es eso —dijo sonriendo—; puedes andar. Precisamente porque pareces estar muy débil; te ruego que te alejes con lentitud; si vacilas, más tarde tendrás que correr.

—Déjalo de mi cuenta —dije.

—También es de mi cuenta —dijo él, entristecida por mi terquedad, y aparentemente quería dejarme aquí por ahora, pero sin desaprovechar la ocasión de buscarme amorosamente. En otra época tal vez lo hubiese tolerado, pero ahora no lo comprendía. Sentí espanto.

—¡Fuera! —grité con tanta más fuerza cuanto que no tenía otra defensa.

—Ya te dejo —dijo él retrocediendo con lentitud—. Eres maravilloso. ¿No te gusto?

—Me gustarías si te alejaras y me dejaras en paz.—Pero ya no tenía tanta firmeza como quería hacerle creer. Algo oía o veía en él con mis sentidos aguzados por el ayuno; sólo estaba en los comienzos, crecía, se aproximaba y ya lo sabía: este perro tiene la fuerza para alejarte, aunque todavía no logres imaginar cómo podrías levantarte. El, a mi brusca réplica, sólo había contestado moviendo con suavidad la cabeza; yo lo miraba ahora con creciente avidez.

—¿Quién eres? —pregunté. —Un cazador —dijo él.

—¿Y por qué no me quieres dejar aquí? —pregunté. —Porque me estorbas —dijo—; no puedo cazar si estás aquí.

—Inténtalo —dije—; tal vez puedas cazar.

—No —dijo—; lo siento, pero debes irte.

—Deja la caza por hoy —rogué.

—No —dijo él—, debo cazar.

—Yo debo irme; tú debes cazar —dije—; simple deber. ¿Comprendes por qué “debemos”?

—No —dijo—; pero no hay nada que comprender, son cosas evidentes, naturales.

—Sin embargo, no —dije—. Te da pena tener que ahuyentarme y sin embargo lo haces. ¡Así.es! —repetí disgustado—. No es una contestación. ¿Qué renuncia te sería más fácil: renunciar a la caza o a ahuyentarme?

—Renunciar a la caza —dijo.

—¿Entonces? —dije—. Hay una contradicción.

—¿Qué contradicción? —dijo—. ¿No comprendes, querido perrito, no comprendes que debo hacerlo? ¿No comprendes lo evidente?

No contesté ya porque notaba —y una nueva vida circulaba en mí, vida como sólo la da el espanto, por inasibles pormenores, que tal vez nadie fuera de mí hubiera podido advertir—, que desde las profundidades del pecho del perro iba a comenzar a levantarse un canto.

—Cantarás —dije.

—Sí —dijo gravemente—; pronto, pero no todavía.

—Ya comienzas —dije.

—No —dijo—. Todavía no, pero prepárate.

—Lo oigo aunque lo niegues —dije, temblando.

El calló y creí reconocer lo que no había averiguado ningún perro antes —al menos no se encuentra en la tradición el menor indicio de ello—y me apresuré a hundir, presa de miedo y de vergüenza infinitos, el rostro en el charco de sangre. Creí advertir que el perro ya cantaba antes de saberlo, y, más aún, que la melodía, separada de él, flotaba en el espacio sobre él, obedeciendo leyes propias, como si ya no tuviese nada que ver con él; tendía sólo hacia mí; yo, exclusivamente yo, era su destinatario. Hoy, es natural, me parece imposible y lo atribuyo a la sobreexcitación de aquel entonces; pero aunque fuese un error, no carecía de grandeza; fue la única realidad, aunque sólo aparente, que pude salvar de mi ayuno y traer a este mundo, y que por lo menos demuestra hasta dónde podemos llegar con un completo despoja-miento. Y yo estaba realmente fuera de mí. En circunstancias normales hubiese estado gravemente enfermo, inmovilizado; pero no pude resistir a la melodía, que después, gradualmente, el perro comenzó a aceptar como propia. Se hizo cada vez más fuerte; su crecimiento probablemente era limitado; ya casi me hacía saltar los oídos. Pero lo más grave era que solamente parecía existir por mí; esta voz, ante la cual enmudecía la sublimidad del bosque, existía sólo por mí. ¿Quién era yo que aún osaba permanecer aquí, ante ella, a mis anchas en mi sangre y en mi suciedad? Tambaleándome me levanté y miré hacia abajo, a lo largo de mis patas. “Esto no va a ser posible”, me dije todavía, pero ya volaba arrebatado por la melodía, ejecutando saltos soberbios. Nada conté a mis amigos; al momento de mi llegada tal vez lo hubiese contado todo, pero estaba demasiado débil; y más tarde me pareció incomunicable. Algunas insinuaciones que no lograba reprimir se diluían en las conversaciones sin dejar rastro. Físicamente me recuperé en pocas horas; pero aún hoy sufro las consecuencias.

Extendí mis investigaciones a la música de los perros. Tampoco estaba inactiva la ciencia en este sector; la ciencia de la música es probablemente, si no estoy mal informado, más amplia aún que aquélla de la alimentación, y mejor fundada. Ello se explica porque en este campo se puede trabajar con más desapasionamiento que en aquél y porque aquí sólo se trata de simples observaciones y de su sistematización; allí hay, en cambio, ante todo, consecuencias prácticas. A ello hay que agregar que la investigación musical goza de mayor respeto que la de la nutrición; sin embargo, la primera nunca pudo arraigar tan profundamente en el pueblo como la segunda. El éxito de los perros músicos parecía indicarlo, pero yo era entonces demasiado joven. Realmente, no es nada fácil acercarse a esta ciencia; se considera que es difícil, llena de distinción y que se aísla de la multitud. En aquellos perros lo más llamativo era sin duda la música, pero aún más importante me pareció su mutismo; tal vez no encontrara ya algo semejante a su espantosa música; la podía posponer y olvidar, pero su callada esencia perruna me salió al encuentro a partir de entonces en todos los perros. Para comprender la naturaleza perruna, las investigaciones sobre la aumentación me parecieron lo más correcto. Quizá me equivoqué. Una zona de contacto entre ambas ciencias había provocado entonces mis sospechas. Se trata de lo relativo al canto que hace descender los alimentos. De nuevo me perjudica en este punto no haber estudiado nunca seriamente la ciencia de la música, ni remotamente puedo contarme en este aspecto entre los que la ciencia llama con desdén medianamente cultos. Debo tenerlo siempre presente. No soportaría, de esto tengo lamentables pruebas, el más ligero examen a que me sometiera un científico. Esto, naturalmente, tiene sus causas, aparte de las circunstancias de mi vida ya mencionadas, en mi escasa disposición científica, escasa concentración, poca memoria y, sobre todo, en que no me resigno a tener siempre presente el objetivo científico. Todo lo reconozco con franqueza, hasta con cierta alegría. Porque la razón profunda de mi incapacidad científica parece estar en un instinto no necesariamente malo. Y si quisiera fanfarronear podría decir que precisamente este instinto ha destruido mis aptitudes científicas, porque sería por lo menos muy extraño que yo, que en las cuestiones de la vida cotidiana, que desde luego no son las más sencillas, pongo de manifiesto un entendimiento tolerable y que comprendo, aunque no a la ciencia, a los científicos, como lo demuestran mis resultados; sería muy extraño que de entrada no hubiese sido capaz de levantar una pata hasta el primer escalón de la ciencia. Fue el insisto el que, en beneficio de la ciencia precisamente, pero de una ciencia diferente de la que se cultiva hoy día, de una ciencia final, última, me hizo estimar la libertad por sobre todo. ¡La libertad! Por cierto que la libertad tal como hoy es posible es un arbusto raquítico. Pero de todos modos libertad, de todos modos un bien…

Franz Kafka: La construcción. Cuento

kafka76He presentado la obra y me parece bien lograda. Desde afuera sólo se ve un gran agujero que en realidad no conduce a ninguna parte, ya que a los pocos pasos se tropieza con roca. No quiero jactarme de haber ejecutado esta treta en forma deliberada; es más bien el sobrante de uno de los numerosos y vanos intentos de construcción, pero finalmente, me pareció ventajoso dejar este agujero sin rellenar. Desde luego hay astucias que, por sutiles, se aniquilan por sí solas, eso lo sé mejor que nadie, e indudablemente constituye una audacia llamar la atención con este agujero sobre la posibilidad de que aquí exista algo digno de ser investigado. Sin embargo, se equivoca quien crea que soy cobarde y que sólo por cobardía ejecuto la obra. A unos mil pasos de este agujero se halla, cubierto por una capa de musgo suelto, el verdadero acceso, tan bien asegurado-como puede estarlo algo en el mundo; naturalmente, alguien podría pisar el musgo o levantarlo; entonces mi obra quedaría al aire y quien tuviera ganas —nótese, sin embargo, que se requerirían dotes no demasiado frecuentes—podría penetrar y destruirlo todo para siempre. Lo sé bien y ahora en su culminación mi vida apenas si tiene un momento por completo tranquilo; allí, en ese sitio, en el oscuro musgo, soy mortal y en mis sueños husmea interminablemente un hocico voraz. Habría podido, se opinará, rellenar este agujero de entrada con un manto firme y delgado arriba y más abajo con tierra floja, de manera que siempre me hubiera costado poco esfuerzo asegurarme de nuevo la salida. Pero no es posible; precisamente la cautela exige que tenga una viabilidad de escape, precisamente ella obliga con frecuencia a arriesgar la vida. Todos estos son cálculos harto penosos; la alegría que la cabeza experimenta al efectuarlos es muchas veces el único motivo de que siga calculando. Yo necesito una inmediata posibilidad de escape, pues acaso, ¿no puedo ser atacado a pesar de toda mi vigilancia en el punto más inesperado? Vivo pacíficamente en lo más profundo de mi casa, y mientras el enemigo se me aproxima sigilosamente. No quiero decir que tenga mejor olfato que yo; tal vez me ignore como yo lo ignoro a él. Pero hay bandidos apasionados que perforan ciegamente la tierra y que por la enorme extensión de mi obra, pueden alentar la esperanza de dar con algunos de mis túneles. Ciertamente, tengo la ventaja de estar en mi casa y de conocer perfectamente todos los caminos y direcciones. Es fácil que tal bandido se convierta en mi víctima, en dulce víctima. Pero yo envejezco, hay muchos más fuetes que yo, mis enemigos son innumerables; podría suceder que huyera de uno y cayera en las garras de otro. ¡Ah, todo puede suceder! De cualquier modo, necesito tener conciencia de que en alguna parte hay una salida completamente expedita, alcanzable con facilidad, donde para liberarme no necesitara cavar en absoluto, tal que, mientras yo trabajara desesperadamente, aunque fuera entre flojos escombros, no sintiera de pronto, ¡Dios me ampare!, los dientes de mi perseguidor en los muslos. Y no solamente me amenazan los enemigos externos, los hay también en lo profundo de la tierra. No los he visto jamás, pero las leyendas hablan de ellos y creo firmemente en su existencia. Son seres del interior, ni siquiera las leyendas logran describirlos; ni los que se convirtieron en sus víctimas alcanzan a verlos bien; se acercan, se oye el arañar de sus garras bajo la tierra, que es su elemento, y ya se está perdido. Entonces ya se está en la propia casa, más bien se está en s,u casa. De ellos tampoco me salva aquella salida, como probablemente no ha de salvarme en absoluto, sino perderme, pero de todos modos es una esperanza sin la que no puedo subsistir. Aparte de este gran camino, me comunican con el mundo exterior otros muy estrechos, bastante seguros, por los que me llega el aire que respiro. Han sido construidos por ratones que he sabido atraer a mi obra. Me ofrecen las ventajas del gran alcance de su olfato y de ese modo me protegen. Además, por su causa llega toda una fauna menor que devoro. De manera que, sin necesidad de abandonar mi obra, dispongo de un medio de vida, aunque limitado, suficiente. Y esto es esencial.

Pero lo mejor de mi construcción es su silencio. Este es desde luego, engañoso; repentinamente puede interrumpirse. Todo habría terminado. Pero por el momento todavía existe. Durante horas puedo deslizarme por mis galerías sin oír más que el rumor de alguna bestezuela que de inmediato reduzco al silencio con mis dientes; o el crujir de la tierra que me anuncia la necesidad de alguna reparación. Salvo esto, el silencio es absoluto. El aire del bosque penetra, hay al mismo tiempo abrigo y frescura. A veces me relajo satisfecho y me doy vuelta en la galería. Es bueno tener una construcción así para la ya cercana vejez, saberse bajo techo al comienzo del otoño. He ensanchado las galerías cada cien metros hasta convertirlas en pequeña plazas circulares. Allí puedo enrollarme con comodidad, abrigarme en mí mismo y descansar. Allí duermo el dulce sueño de la paz, del deseo satisfecho, de la alcanzada meta del dueño de casa. No sé si es una costumbre de épocas antiguas o si los peligros de esta casa son lo suficientemente grandes como para despertarme; pero con regularidad, de tiempo en tiempo, el sobresalto me arranca del sueño y entonces atisbo, atisbo el silencio; que reina invariablemente de día y de noche; sonrío tranquilizado y recaigo, los miembros flojos, en sueños más profundos aún. ¡Pobres viajeros sin morada, en las carreteras, en los bosques, en el mejor de los casos acurrucados sobre montones de hojas o apretujados entre sus semejantes, expuestos a toda la perdición del cielo y de la tierra! Yo, en cambio, estoy en una fortaleza protegida por todos lados —más de cincuenta de éstas hay en mi construcción—y en somnolencia o sueño profundo transcurren las horas, que para ello elijo.

Casi en el centro mismo de la obra está la plaza principal, estudiada para el caso de peligro exterior, no tanto de persecución, como de asedio. Mientras todo lo otro es producto de esforzado trabajo mental más que físico, esta plaza fuerte es resultado del pesadísimo trabajo de mi cuerpo y de cada una de sus partes. Alguna vez, en la desesperación de mi cansancio corporal, he querido abandonarlo todo; me revolcaba, maldecía la obra, me arrastraba hacia el exterior, dejando la construcción abierta. Podía hacerlo porque no quería regresar, hasta que, después de horas o de días, retornaba un arrepentimiento casi prorrumpiendo en loas al advertir la integridad de la obra, y realmente alegre, reanudaba el trabajo. La tarea en la plaza fuerte se agravaba de modo innecesario (innecesario quiere decir que el trabajo de vaciado no se traducía en beneficio esencial para la obra), porque justamente donde debía estar situada según el plan, la tierra era floja y arenosa y había que conseguir que se volviera compacta antes de formar el círculo bellamente abovedado. Para ese trabajo poseo tan sólo la frente. Con la frente, pues, he embestido la tierra miles y miles de veces, a lo largo de días y de noches y era feliz, cuando los golpes la hacían sangrar, ya que probaba que la solidez estaba próxima, y en esta forma creo que se me reconocerá, me he ganado mi plaza fuerte. En esta plaza fuerte almaceno las provisiones, compuestas por los sobrantes de mis capturas dentro de la casa, luego de satisfacer las necesidades inmediatas, y por lo que traigo de las cacerías exteriores. Es tan amplio el sitio que no lograrían llenarlo las reservas de medio año; puedo, pues, extenderlas holgadamente, caminar entre ellas, jugar con ellas, alegrarme de su abundancia y sus diversos olores, y tener siempre una exacta visión de lo existente. También puedo efectuar nuevos ordenamientos y, según las épocas del año, hacer nuevas previsiones y proyectos de caza. Hay períodos en que estoy tan provisto que, indiferente a la comida en general, ni siquiera toco la caza menor que se agita aquí, lo que, por otros motivos, tal vez sea temerario. Como consecuencia de las múltiples tareas vinculadas a los preparativos de defensa, mis ideas acerca de la utilidad de la construcción para ese caso se modifican o desarrollan en forma importante. Me parece que es peligroso basar la defensa exclusivamente en la plaza fuerte; la complejidad de la obra me brinda muchas otras posibilidades y me parece prudente distribuir las provisiones dejando algunas de ellas en pequeñas plazas; entonces destino, por ejemplo, cada tercer lugar a las reservas, o cada cuarto o depósito principal y cada., segundo a almacén de reserva adicional, o algo por el estilo. O, para despistar, elimino ciertos caminos de la acución de la salida principal, sólo algunos pocos sitios. Cada nuevo proyecto exige una fatigosa labor de acarreo, nuevos cálculos, y luego debo llevar y traer las cargas. Desde luego, puedo realizarlo sin prisa; además, no es .desagradable transportar manjares con la boca, descansar dónde y cómo se quiera, saborear lo que más guste. A veces, sin embargo, me despierto con sobresalto, y aquí está lo grave, parece que la actual distribución es por completo errónea, que puede provocar enormes peligros y que es urgente rectificarla, sin tiempo para somnolencias o para el cansancio. Entonces me apresuro, vuelo, no tengo tiempo para cálculos, quiero realizar un nuevo y minucioso proyecto, cojo lo primero que me cae entre los dientes, arrastro, cargo, gimo, tropiezo y el menor cambio favorable de circunstancias peligrosas me produce alivio. Hasta que paulatinamente, al despertar por completo, el violento trajín, me parece absurdo; aspiro profundamente la paz de la casa, que yo mismo he destruido; retorno al lecho y al sueño, y al despertar me encuentro con que, como prueba incontrastable de la ya inverosímil tarea nocturna, conservo alguna rata entre los dientes. Luego llegan períodos en que me parece mejor la reunión de todas las provisiones en un solo sitio. La utilidad de las reservas en las pequeñas plazas es un problema; cabe poco en ellas y se obstruye el paso, desplazar en caso de alarma. Aparte de ello es, aunque tonto, cierto que la sensación de ‘seguridad se perjudica cuando no se ven juntas todas las provisiones y no se puede apreciar con una sola mirada lo que se posee. Además, con estas múltiples distribuciones, mucho puede extraviarse. No puedo galopar continuamente en todas direcciones para ver si todo se halla en perfecto estado. Desde luego, la idea fundamental de distribuir las reservas es correcta, pero solamente cuando se poseen varios sitios similares a mi plaza fuerte. ¡Varios sitios! ¡Naturalmente! Pero ¿quién puede realizar eso? Tampoco pueden acomodarse, en el plan de conjunto, a posteriori. Sin embargo, quiero reconocer que en ello radica un error de la construcción, pero como por lo general siempre hay un error, cuando de algo se posee un solo ejemplar. Y también reconozco que durante toda la ejecución de la obra en lo más oscuro de mi conciencia moró la idea aunque con bastante nitidez, de disponer de más de una plaza fuerte, pero no he cedido; me sentía demasiado débil para hacerme cargo de la necesidad de dicho trabajo y me consolaba de cualquier modo con sensaciones no menos oscuras, según las cuales lo que en otros casos no sería suficiente, llegaría en el mío a ser excepcional, por gracia, ya que probablemente la providencia estaba interesada en la conservación de mi frente, de mi ariete. Tengo, pues, una sola plaza fuerte, pero los oscuros temores de que no pudiera alcanzar se han perdido. Sea como fuere, debo conformarme con una sola; las pequeñas plazas no podrían reemplazarla de ningún modo, por lo que comienzo, cuando este punto de vista ha madurado, a arrastrar material, desde las pequeñas plazas a la principal. Por un tiempo, es un consuelo saber que todos los espacios y galerías están libres, ver cómo sé hacinan en la plaza fuerte las montañas de carne, que envían hasta las galerías más lejanas la mezcla de sus muchos olores, los cuales me alegran, cada uno según su tipo y que aun a distancia sé distinguir perfectamente. Entonces llegan tiempos pacíficos durante los cuales lenta y gradualmente traslado mis guardias desde los círculos externos al interior, sumergiéndome cada vez más en los olores, hasta que no soporto más, y una noche me lanzo sobre la plaza principal, arraso con las provisiones y me sacio con lo mejor hasta el embotamiento. Tiempos dichosos, pero de peligro; quien supiera aprovecharlos podría destruirme con facilidad y sin riesgos. También en esto influye perniciosamente la falta de una segunda o tercera plaza fuerte, pues me pierde el hecho de ser único el gran depósito. Trato de resguardarme contra ellos de diversas maneras; la distribución en plazas menores es una medida de esa índole. Pero, desgraciadamente, conduce como las otras, por las privaciones que apareja, a una avidez aún mayor, y ésta, despreciando el sentido común, altera los planes de defensa en su beneficio.

Una vez que han pasado dichos tiempos suelo revisar la obra, y cuando las reparaciones necesarias han sido hechas la abandono, aunque siempre por poco tiempo. El castigo de verme privado de ella largamente me parece excesivo, pero reconozco que estas excursiones son imprescindibles. Mi aproximación a la salida no carece de cierta solemnidad. En períodos de vida casera le evito, y también la galería que ella conduce y sus ramificaciones. No es nada fácil pasearse por ese lugar: he instalado allí un complejo zig-zag de galerías. Cuando inicié la obra todavía no podía soñar en poderla terminar según el proyecto; comencé en este rincón, casi jugando, aquí se desfogó mi primer entusiasmo en una construcción laberíntica que, en aquel entonces, me pareció la más excelsa de las construcciones, pero que hoy considero, probablemente con mayor justicia, como labor de aficionado, indigna del resto de la construcción. En teoría tal vez sea valiosa —aquí está la entrada a mi casa, les decía irónicamente a los enemigos invisibles y los veía ya asfixiados en , masa en el laberinto de entrada—, pero en realidad representa un jugueteo de paredes harto de endebles, que difícilmente resistiría un ataque serio o a un enemigo que luchara con desesperación por su vida. ¿Debo modificar por ello esta parte? Aplazo la decisión, y creo que quedará como está. Aparte del volumen de trabajo que me echaría sobre los hombros, sería también la tarea más peligrosa que pueda imaginarse. En aquella época, cuando inicié la construcción, pude trabajar allí con relativa tranquilidad, el riesgo no era mucho mayor que en cualquier otro lugar, pero significaría llamar casi deliberadamente la atención de todo el mundo sobre la obra hoy que ya no es posible. Conservo sin embargo, alguna debilidad por esta empresa inicial, pero si viene el gran ataque, ¿qué trazado de la entrada podría salvarme? La entrada puede ciertamente engañar, desviar, torturar, al atacante, y también lo lograría éste en último caso, pero es evidente que un ataque realmente importante tengo que resistirlo de inmediato, con todos los medios de la obra en conjunto y con todas las fuerzas del cuerpo y del alma. De modo que el acceso permanezca como está. Si la construcción ofrece tantas debilidades impuestas por la naturaleza, que soporte también estas deficiencias creadas por mí, que reconozco por completo, aunque tarde. Claro está, con ello no quiero decir que estos fallos no me preocupen todavía de tiempo en tiempo. Cuando en mis acostumbrados paseos eludo esta parte de la construcción, me sucede principalmente porque su aspecto me molesta; no siempre quiero mirar los defectos, sobre todo si se hallan demasiado presentes en mi conciencia. Que persista el corregible error allá arriba, junto a la entrada, pero yo quiero evitar su contemplación en lo posible. Me basta aproximarme a la salida, aunque todavía esté separado de ella por galerías y plazas, para sentirme en la atmósfera peligrosa; es como si se afinara mi piel, como si fuera a quedar con la carne desnuda y me saludara ya el aullar de los enemigos. Ciertamente, la salida en sí, el final de la zona de protección, provoca ya estos sentimientos, pero es esta construcción lo que especialmente me tortura. A veces sueño que he construido la entrada, que la he modificado por completo, de prisa, en una sola noche, con fuerzas gigantescas, sin ser visto por nadie, y que se ha vuelto inexpugnable; el sueño en que eso sucede es el más dulce de todos y al despertar aún brillan en mi barba lágrimas de akgría y de liberación.

El suplicio de este laberinto debo superarlo también corporalmente al salir; me disgusta y conmueve a la vez el hecho de extraviarme por un instante en mi propia creación, como si la obra se esforzara todavía en justificar su existencia, ante mí, que desde-hace mucho tiempo me he formado un juicio definitivo a su respecto. Luego estoy bajo la capa de musgo, que muchas veces dejo el tiempo necesario para que se suelde con el humus del bosque —antes no me muevo de la casa—y de un solo golpe de la cabeza me coloco en el exterior. Me cuesta mucho atreverme a realizar este pequeño movimiento, y si no tuviera que superar el laberinto de entrada probablemente emprendería el regreso. ¿Cómo? Tu casa está protegida, clausurada, vives en paz, abrigado, señor, único señor de una multitud de galerías y plazas, y espero que todo esto no desees sacrificarlo, o por lo menos exponerlo en cierto modo. Tienes, sí, la esperanza de recuperarlo, pero te comprometes en un juego arriesgado, demasiado arriesgado. ¿Hay motivos razonables? No; para algo semejante no puede haber motivos razonables. Sin embargo, levanto con cautela la trampa, estoy afuera, la dejo descender con cuidado, y a la máxima velocidad posible huyo de este lugar delator.

En verdad no estoy en libertad, pero ya no me adelanto pegándome a las galerías, sino que me lanzo por el bosque abierto, siento que hay nuevas fuerzas en mí, fuerzas para las que en cierto modo no hay espacio en la obra, ni siquiera en la plaza fuerte aunque fuera diez veces más grande. También la alimentación es mejor afuera, aunque la caza sea más dificultosa y el éxito menos frecuente; pero el resultado es más apreciable en todo sentido; no niego esto y sé apreciarlo y disfrutarlo, al menos como cualquier otro, y probablemente mucho mejor, pues no cazo con atolondramiento o desesperación, como un merodeador, sino práctica y reposadamente. Tampoco estoy predestinado y expuesto a la vida libre, sino que sé que mi tiempo está medido, que no estaré obligado a cazar aquí indefinidamente, sino que en cierto modo, cuando lo quiera y me canse de esta existencia, alguien me llamará hacia sí, alguien cuya invitación no podré rehusar. Y así puedo disfrutar por completo de este tiempo aquí, y pasarlo sin preocupaciones, es decir, podría, porque no puedo. La obra me tiene demasiado atareado. Me he alejado con rapidez de la entrada, pero pronto vuelvo. Busco un buen escondrijo y acecho la puerta de mi casa —esta vez desde afuera—durante días y noches. Se dirá que es estúpido pero a mí me proporciona una indecible alegría y me tranquiliza. Es como si no estuviera delante de mi casa, sino delante de mí mismo, mientras duermo, como si tuviese la dicha de poder a un tiempo dormir profundamente y vigilarme en forma estricta. Hasta cierto punto no tan sólo me caracteriza la capacidad de ver los fantasmas nocturnos durante la confiada inocencia del sueño, sino también la de enfrentarlos en la realidad, con la plena fuerza de la vigilia y la serenidad del juicio. Y encuentro que mi situación no es tan desesperada como creía a menudo y como probablemente volverá a parecerme cuando descienda a mi casa. En este sentido, y también en otro, pero especialmente en éste, esas excursiones son realmente imprescindibles. A pesar del cuidado que he puesto en elegir para la entrada un lugar apartado, el tránsito que se produce, si se resumen las observaciones de una semana, es muy grande, pero tal vez sea así en todos los lugares habitables, y probablemente sea también más ventajoso afrontar un tránsito más intenso, al que su propio volumen desplaza, que exponerse en total soledad a la morosa búsqueda de un intruso. Aquí hay muchos enemigos, y sus cómplices son aun más numerosos, pero como están ocupados en combatirse entre sí, pasan de largo. Durante todo este tiempo no he visto a nadie investigar en la entrada, por suerte para ambos, porque olvidado el peligro, inconscientemente, le habría saltado al cuello. Ciertamente, llegaron también invasores en cuya proximidad no me atreví a permanecer; el sólo intuirlos en la lejanía me obligaba a huir. Acerca de su conducta en relación a la construcción no debiera expedirme categóricamente, pero baste para tranquilizar, que yo regresaba pronto, no hallaba a nadie y encontraba la entrada intacta. Tiempos felices hubo en que casi me decía que la hostilidad del mundo contra mí probablemente había terminado o disminuido, o que el poder de la construcción me salvaba de la lucha de aniquilamiento que había perdurado hasta ahora. La obra me protege tal vez más de lo que hubiera llegado a pensar, o de lo que me habría atrevido a pensar en el interior dé la construcción misma. Llegué hasta a alimentar el deseo infantil de no retornar a la obra nunca más, sino instalarme en la- proximidad de la entrada y pasar mi vida en la contemplación de ella, no perdiéndola de vista y hallando mi felicidad en la constatación de la firmeza con que me habría protegido de estar yo en ella. Pero espantables despertares suelen seguir a los sueños infantiles. ¿Qué seguridad es la que observo aquí? ¿Puedo juzgar el peligro en que me encuentro en el interior a través de las experiencias que realizo desde aquí afuera? ¿Siguen mis enemigos el verdadero rastro cuando no estoy en la construcción? Algo huelen probablemente, pero no con seguridad. ¿Y no es a menudo la existencia de un pleno olfato la premisa necesaria de un peligro normal? Se trata entonces tan sólo de semipruebas o de la décima parte de una prueba, apropiadas más bien para que me tranquilice u precipite en él máximo peligro por esta falsa tranquilidad. No, yo no observo mis sueños, como creía; más bien soy el que duerme mientras Malvado vigila. Quizás esté entre los que distraídamente rondan y pasan sólo para asegurarse, corno yo mismo, de que la puerta está intacta y esperando atacarla; tal vez sólo pasen porque saben que el dueño de casa no está en el interior o tal vez hasta sepan que espera inocentemente en el matorral contiguo. Y abandono la guardia, estoy harto de la vida al aire libre, es como si ya no pudiera aprender nada aquí, ni ahora ni más tarde. Y siento deseos de despedirme de todo esto, de descender a la obra y no retornar nunca jamás, de dejar que las cosas sigan su curso sin tratar de demorarlas con inútiles observaciones. Pero, preocupado porque durante tanto tiempo he visto lo que sucedía sobre la entrada, me resulta ahora torturante llevar a cabo la casi espectacular operación del descenso sin saber lo que va a pasar a mis espaldas, más allá de la trampa vuelta a su sitio. Lo intento después en noches turbulentas, arrojo rápidamente la caza al interior, me parece lograrlo, pero el resultado sólo estará a la vista cuando yo mismo haya descendido, estaría a la vista, pero no para mí, o tal vez también para mí, pero demasiado tarde. Abandono, pues, y no desciendo. Cavo, a bastante distancia de la verdadera entrada, naturalmente, una zanja de prueba, no más larga que yo mismo y también cubierta con un manto de musgo. Me acurruco en la zanja, la cubro detrás de mí, calculo con cuidado períodos más o menos largos a distintas horas del día, aparto luego el musgo, salgo y registro mis observaciones. Realizo estas diversas experiencias buenas y desfavorables, pero no logro establecer una ley general o un procedimiento infalible para el descenso. En consecuencia, no descendí a la verdadera entrada, y me desespero por tener que hacerlo pronto. Estoy a punto de tomar la determinación de alejarme, de volver a la vieja vida sin consuelo, que no ofrecía seguridad alguna, que era una uniforme plenitud de peligros y que por lo tanto no permitía diferencias y temer un único peligro, como me lo enseña cotidianamente la comparación entre la seguridad de mi obra y la otra vida. Desde luego, tal determinación sería una completa locura, provocada por la harto prolongada libertad sin sentido; todavía la obra es mía, sólo tengo que dar un paso y estoy a salvo. Y deponiendo toda vacilación, corro directamente, a plena luz del día, hacia la puerta, para levantarla ahora con seguridad, pero sin embargo no soy capaz, sigo de largo y me arrojo en las espinas para castigarme, para castigarme por una culpa que desconozco. Luego, en definitiva, tengo que reconocer que estoy en lo cierto, que es realmente imposible descender sin exponer a todos, al menos por un rato, la más apreciada de mis pertenencias, a los que están en el suelo, en los árboles y en los aires. Y el peligro no es imaginario, sino muy real. No es forzoso que el enemigo cuyo deseo de perseguirme provoco sea verdadero, basta que sea una insignificancia, cualquier pequeño ser repugnante que me sigue por curiosidad, y que por ello, sin saberlo, se convierte en el guía del mundo contra mí. Tampoco necesita ser, y tal vez es, y esto no es menos grave, tal vez sea alguien de mi especie, un conocedor y apreciador de obras, algún hermano del bosque, un amante de la paz, pero un bribón holgazán que quiere habitar sin construir. Si al menos llegara ya, y descubriera con sucia avaricia la entrada, si comenzara a trabajar en ella, levantara el musgo, si tuviera éxito, si se introdujera, si estuviera ya tan adentro que sólo me mostrara el trasero por un instante, si todo eso sucediera para que por fin, lanzándome tras él, libre de toda vacilación le pudiera saltar encima, morderlo, destrozarlo, beber su sangre y apisonar el cadáver con el resto del botín, pero, sobre todo, esto sería lo principal, que por fin me encontrara en casa. Con gusto admitiría esta vez el laberinto, pero antes extendería sobre mí el manto del musgo, para descansar largamente, creo que por todo el resto de mi vida. Pero no viene nadie y quedo a solas conmigo mismo. Ocupado continuamente con las dificultades del asunto, pierdo gran parte de mi temor. Ya no eludo la entrada, tampoco por el lado exterior; rodearla se convierte en mi ocupación favorita, es casi como si yo fuera el enemigo y espiara la oportunidad de irrumpir. Si al menos’ tuviese alguien en quien pudiese confiar, a quien pudiese dejar mi puesto de observación, entonces sí que podría descender la tranquilidad. Yo convendría con él, con el hombre de confianza, en que observara exactamente la situación durante mi descenso, o un tiempo más, y que, en caso de peligro, golpeara la capa de musgo, y si no, no. Con esto, arriba todo estaría despejado, sólo quedaría mi hombre de confianza, ¿pero no pediría alguna satisfacción a cambio? ¿No querría por lo menos contemplar la obra? Ya esto por sí solo, dejar entrar a alguien voluntariamente en mi obra, me sería muy desagradable. La he hecho para mí, no para visitantes; creo que no lo dejaría entrar. Ni aun al precio de que me posibilitara a mí mismo la entrada. Pero no podría dejarlo bajar solo, lo que excede todo lo imaginable, o tendríamos que bajar juntos, con lo que se perdería la ventaja que él debiera proporcionarme, es decir, hacer observaciones detrás de mí. ¿Y qué es esto de la confianza? ¿Puedo seguir confiando en el que confío cara a cara, cuando ya no lo veo más y nos separa una capa de musgo? Es relativamente fácil confiar en alguien cuando se lo vigila al mismo tiempo o cuando al menos existe la posibilidad de vigilarlo; hasta es posible confiar en alguien a distancia, pero confiar en alguien desde el interior de la construcción, es decir, desde otro mundo, lo creo imposible. Pero tales dudas ni siquiera son imprescindibles, basta pensar que durante o después de mi descenso las innumerables cualidades de la vida impidieran a mi hombre de confianza cumplir con su deber. Sus menores dificultades podrían tener consecuencias incalculables para mí. No; considerándolo todo en su conjunto, no debiera quejarme de estar solo y de no tener en quien confiar. Así, seguramente, no pierdo ninguna ventaja y me ahorro perjuicios. Sólo puedo confiar en mí y en la construcción. Debí pensarlo antes, para el caso que ahora me ocupa, y tomar medidas. Hubiera sido posible, al menos en parte, durante el comienzo de la obra. Debí diseñar la primera galería en tal forma que tuviese dos entradas bastantes separadas entre sí, de modo que pudiese introducirme en una —con todas las dificultades inevitables—, trasladarme rápidamente por el comienzo de la galería hasta la segunda boca, levantar allí la capa de musgo dispuesta para ello, y observar la situación durante varios días y noches. Sólo así hubiera estado bien. Es verdad, dos entradas duplican el peligro, pero hubiera podido desechar estas preocupaciones en vista de que una de las bocas, la pensada como lugar de observación, sería muy estrecha. Y con esto me extravío en consideraciones técnicas y comienzo nuevamente a soñar con mi proyecto de construcción perfecta; esto me tranquiliza en parte; contemplo radiante, con los ojos cerrados, las múltiples soluciones de construcción, claras y menos claras, destinadas a permitirme entrar y salir sin ser advertido.

Y cuando, cómodamente echado, reflexiono, valorando estas posibilidades, pero sólo como conquistas técnicas, no como verdaderas ventajas, porque ¿qué sentido tiene esto de entrar y salir inadvertidamente? Sugiere ánimo intranquilo, falta de seguridad, sucios apetitos, condiciones negativas que se agravan aún más en presencia de la obra, que sin embargo está allí, y que es capaz de inundar de sosiego a poco que uno se lo permita. Naturalmente, ahora estoy fuera de ella y busco una posibilidad de retorno; las disposiciones técnicas necesarias para ello serían muy deseables. Pero tal vez no tanto. ¿No se subestima la obra durante el momentáneo arrebato de miedo al considerarla solamente como un agujero apto para refugio? Claro está que es también un agujero seguro, o debiera serlo, y cuando me imagino en medio del peligro, deseo, con los dientes apretados, con toda la fuerza de mi desesperación, que no sea más que el agujero destinado a salvarme la vida y que no cumpla debidamente esta misión y estoy dispuesto a relevarlo de cualquier otra. Pero sucede que en realidad —y no se presta atención durante el máximo peligro, y hasta en tiempos de riesgos corrientes es difícil advertir—da mucha protección, pero no la suficiente, porque las preocupaciones no terminan jamás por completo en la obra. Son otras preocupaciones, de más fuste, más ricas en contenido, a menudo muy postergadas, pero probablemente tan inquietantes como las que depara la vida en el exterior. Si hubiera realizado la obra sólo para asegurar mi vida no me habría engañado, pero la relación entre el enorme trabajo y la seguridad lograda, al menos hasta donde estoy en condiciones de apreciarla y de beneficiarme con ella, no sería muy favorable para mí. Es muy doloroso reconocer esto, pero hay que hacerlo, más aún, en presencia de la entrada que se cierra ahora sobre mí, contra su constructor y propietario, en forma casi espasmódica: La obra no es precisamente un agujero de salvación. Cuando me detengo en la plaza fuerte, rodeado por los altos depósitos de carne, el rostro vuelto hacia las diez galerías que parten de ella, cada una con su inclinación, ya sea ascendente o descendente, rectas o curvas, o listas, cada una a su manera, para conducirme hacia otras muchas plazas, también silenciosas y vacías, entonces se aleja de mí la idea de seguridad, entonces sé con certeza que éste es mi castillo, que he conquistado ala tierra, palmo a palmo, arañando y mordiendo, apisonando y pujando, mi castillo que de ningún modo puede pertenecer a otro y que es tan mío, que en él podría tranquilamente, en último caso, aceptar las heridas mortales de mis enemigos, porque mi sangre empaparía aquí mi propio suelo y no se perdería. Y no otro es el sentido de las cálidas horas que suelo pasar en las galerías, ya durmiendo pacíficamente, ya vigilando de buen talante estas galerías que han sido calculadas exactamente para mí, para poderme estirar satisfecho o revolearme como un niño, o yacer somnolientamente, o dormirme feliz. Y las pequeñas plazas, todas perfectamente conocidas y que, a pesar de su completa igualdad, puedo diferenciarlas entre sí a ojos cerrados por la simple curvatura de sus paredes, me rodean amistosas y cálidas, como un nido al ave. Y todo, todo, silencioso y vacío.

Pero si es así, ¿por qué vacilo, por qué temo más al intruso que a la posibilidad de no volver a ver mi obra? Por fortuna, esto último es imposible, y no hace falta reflexionar mucho para comprender todo lo que la construcción significa para mí; yo y la obra estamos tan unidos, nos pertenecemos recíprocamente en tal grado que podría tranquilamente, con todo mi temor, permanecer aquí, echarme, y sin necesidad de dominarme abandonar todo reparo y aun abrir la entrada; más aún, me bastaría esperar ocioso, porque en definitiva, de un modo o de otro, volveré abajo. Pero ¿cuánto tiempo puede transcurrir hasta entonces, y cuántas cosas pueden suceder entretanto, aquí arriba y allá abajo? Y tan sólo depende de mi acortar este plazo y hacer en seguida lo necesario.

Y ya, cansado hasta no poder pensar, la cabeza colgante, inseguras las piernas, semidormido, arrastrándome más que caminando, me acerco a la entrada, levanto con lentitud el musgo, desciendo lentamente, en mi turbación dejo abierta la entrada durante un lapso de innecesaria largueza, me acuerdo después de mi omisión, subo para repararla. ¿Para qué subir? Sólo tengo que correr la capa de musgos, bien, entonces bajo de nuevo, y, por fin, la corro. Solamente en este estado de ánimo, exclusivamente en este estado de ánimo me hallo en condiciones de realizarlo. Después estoy echado bajo el musgo en lo alto del botín, nadando entre sangre y jugos de carne, y podría comenzar a dormir el sueño tan ansiado. Nada me turba, nadie me ha seguido, sobre el musgo todo parece tranquilo, al menos hasta ahora, y aunque no lo estuviera, creo que no. podría demorarme en observaciones. He cambiado de lugar, del mudo exterior he retornado a la obra e inmediatamente siento el efecto. Es un mundo nuevo, que proporciona nuevas energías, lo que arriba sería cansancio aquí no lo es. He regresado de un viaje, agotado por las penurias hasta el embotamiento, pero el reencuentro con la antigua vivienda, los arreglos que me esperan, la necesidad de visitar siquiera en forma superficial todas las dependencias, y sobre todo de avanzar cuanto antes hasta la plaza central, todo eso transforma mi agotamiento en agitación y entusiasmo, es como si durante el mismo instante en que puse los pies en la obra hubiese dormido un largo sueño. La primera tarea es muy penosa y me absorbe por completo: hacer pasar la caza por las estrechas y endebles galerías del laberinto. Empujo con todas mis fuerzas, avanzo con efecto, pero me parece que con demasiada lentitud; para ir más aprisa tiro hacia atrás una parte de las masas de carne y me escurro por encima y a través de ellas. Ahora tengo sólo una parte delante, ahora va mejor, pero estoy encajado en la abundancia de la carne, que en la estrechez de las galerías —en las cuales aun a solas me resulta a veces dificultosos avanzar—podrían asfixiarme mis propias provisiones; a menudo sólo comiendo y bebiendo puedo defenderme de sus embates. Pero el transporte progresa, lo logro en poco tiempo, el laberinto ha sido superado, respirando a mis anchas salgo a una verdadera galería, empujo el botín a través de un conducto de comunicación, hacia una galería principal, creada especialmente para esto, que conduce en pronunciado declive hasta la plaza fuerte. Ahora ya es fácil, ahora el conjunto rueda y fluye casi por sí solo. ¡Por fin en mi plaza fuerte! ¡Por fin poder descansar! Nada ha cambiado, ningún infortunio mayor parece haber sobrevivido, y los pequeños daños, que noto a primera vista, pronto estarán subsanados. Pero antes debo recorrer las galerías, lo que no constituye un esfuerzo, sino una plática con amigos, como era antes en los viejos tiempos —en verdad no soy tan viejo, pero los recuerdos de muchas cosas se empastan casi por completo-, como yo lo hacía antes, o como oí decir que sucedía antes. Comienzo ahora con la segunda galería, con deliberada lentitud; después de haber visto la plaza fuerte dispongo de un tiempo infinito —en el interior siempre de la obra siempre dispongo de tiempo infinito—porque todo lo que allí hago es bueno e importante y me alimenta en cierto modo. Comienzo con la segunda galería e interrumpo la inspección a la mitad y paso a la tercera, por la que me dejo conducir de nuevo hasta la plaza principal, y debo volver a ocuparme de la galería segunda, y juego así con el trabajo y lo multiplico, me río solo, gozo, y me siento mareado por completo entre tanto trabajo, pero no lo abandono. Por vosotras, galerías y plazas, y por tus problemas ante todo, plaza principal, he vuelto, sin valorar en nada mi vida, después de incurrir durante mucho tiempo en la simpleza de temblar por ella, y de postergar por ella el regreso. Qué me importa el peligro ahora que estoy con vosotras. Vosotras me pertenecéis, yo os pertenezco, estamos ligados, qué puede sucedemos. ¡Qué el pueblo se hacine arriba si quiere; que esté pronto el hocico que ha de perforar el musgo! Muda y vacía me saluda ahora también la obra y refuerza lo que digo, pero me asalta cierta flojedad y en uno de mis lugares predilectos me enrollo un poco —falta mucho para que lo haya visto todo, quiero seguir la inspección hasta el final—, no quiero dormir aquí. Cedo solamente a la tentación de instalarme como si fuera a dormir, comprobar si lo logro tan bien como antes. Lo logro, pero lo que no logro es recuperarme y permanezco aquí profundamente dormido.

He dormido mucho tiempo, casi con seguridad, sólo consigo salir del último sueño que se disuelve por sí mismo, debe de ser un sueño muy leve, pues un siseo apenas audible me despierta. Lo comprendo al momento; la cría menuda, no vigilada por mí, demasiado descuidada por mí, ha taladrado en mi ausencia un nuevo camino en alguna parte; este camino se junta con algún otro, el aire se arremolina y eso produce el silbido. ¡Qué pueblo tan interminablemente activo y qué molesto su tesón! Me veré obligado, escuchando en las paredes de mi galería y con perforaciones de sondeo a determinar el lugar de la perturbación, para sólo después poder eliminar el ruido. Por lo demás, el conducto, si de alguna manera es adaptable a la obra, me será útil como nueva vía de aire. Pero deberé vigilar a los pequeños en adelante; ninguno debe escaparse.

Con tengo gran práctica en estas investigaciones, seguramente no tardaré mucho, y puedo comenzar en seguida, aunque hay otros trabajos más, pero éste es el más urgente: el silencio debereinar en mis galerías. Este ruido es relativamente inocente; ni siquiera lo oí al llegar aunque, ciertamente, ya debía de existir; necesité volver a acostumbrarme a la casa para advertirlo, en cierto modo es sólo audible para el dueño de casa. Y ni siquiera es permanente, como por lo general suelen ser estos ruidos, sino que hay grandes intervalos, eso se debe ostensiblemente a la obstrucción de la corriente de aire. Comienzo la investigación, pero no logro encontrar el lugar donde debiera intervenir; hago algunas excavaciones, sólo al azar; como es natural así no obtengo ningún resultado, y el gran trabajo de cavar y el aun mayor de rellenar y alisar resultan inútiles. Ni siquiera logro acercarme al lugar del ruido, inalterablemente sutil suena a intervalos regulares, una vez como un siseo y la siguiente como un silbido. Sí, por el momento, podría no hacerle caso, pero es demasiado molesto; no, no cabe duda, el origen debe de ser el que yo supuse, es, pues, difícil que aumente de volumen; al contrario, puede suceder que —sin embargo jamás he esperado tanto hasta ahora—con el andar del tiempo cese del todo, al progresar el trabajo de los pequeños mineros, sin contar con que a menudo una casualidad lleva al descubrimiento de la pista mejor que la búsqueda sistemática. Así me consuelo, y preferiría seguir recorriendo las galerías y visitar los sitios o las plazas, muchas de las cuales no he vuelto a ver, y regodearme también un poco en la plaza fuerte, pero no puedo permitírmelo, debo seguir la búsqueda. Mucho tiempo, demasiado, que podría utilizar en mejor forma, me cuesta esta cría. En tales circunstancias suele tentarme el problema técnico; partiendo del ruido, por ejemplo, que mi oído está especialmente dotado para distinguir en todos sus matices, trato de imaginarme su causa, y entonces me apresuro a comprobar si responde a la realidad, con buen fundamento, porque mientras no se produzca una comprobación, así sólo se tratara de establecer hacia dónde rueda un grano de arena, no podría sentirme seguro. Y hasta un ruido así no deja de ser en este aspecto una cuestión importante, pero importante o no, por más que busque no encuentro nada, o mejor, encuentro demasiado. Justamente en mi plaza predilecta tenía que suceder esto; me alejo pensando que tal vez todo sea una broma, así lo hago hasta la mitad del camino hacia la siguiente plaza, pero como si necesitara probarme que no precisamente mi lugar favorito ha preparado esta perturbación, sino que ellas existen también en otras partes, sonrío y me pongo a escuchar. Pero en seguida dejo de sonreír, porque realmente también aquí se oye el mismo siseo. No es nada, pienso, nadie sino yo podría oírlo, pero con el oído afinado por el esfuerzo lo oigo ahora cada vez con mayor claridad, aunque se trate exactamente del mismo sonido, como puedo comprobarlo por comparación. Tampoco se intensifica cuando, sin acercar el oído a la pared, atisbo en mitad de la galería. Entonces tan sólo esforzándome distingo por momentos el soplo de un sonido que más parezco adivinar que percibir. Esta uniformidad en todas partes me perturba al máximo, pues es imposible hacerla coincidir con mis primitivas deducciones. Si hubiera adivinado su causa, el sonido tendría mayor intensidad en el lugar de irradiación, que sería precisamente el que: tendría que buscar para hacerse después cada vez más pequeño. Si mi explicación no es exacta, ¿de que se trata entonces? Existía aún la posibilidad de dos focos sonoros, y que habiendo yo escuchado ambos a la distancia, cuando me aproximaba a cualquiera de ellos, uno de los sonidos aumentaba mientras el otro disminuía, siendo el resultado conjunto casi invariable. Me parecía ya, cuando atendía mejor, que podía distinguir, aunque confusamente, algunas variaciones, lo que parecía coincidir con la nueva hipótesis. De todos modos debía ampliar mucho más el tiempo de las exploraciones. Desciendo, pues, por la galería hasta la plaza fuerte y comienzo a escuchar en ese lugar. Es extraño, también aquí advierto el mismo sonido. Sí, es un ruido provocado por las excavaciones de bestezuelas insignificantes, que aprovecharon infamantemente el tiempo de mi ausencia; por cierto, no tienen intenciones hostiles contra mí, tan sólo están ocupadas en su propia obra y mientras no tropiecen con un obstáculo conservarán la dirección inicial. Todo eso lo sé; sin embargo, me resulta incomprensible y me excita, y la idea de que se hayan atrevido a acercarse a la plaza fuerte perturba mis sentidos, que tanto necesito para el trabajo. No quiero ahora establecer diferencias, pero algo, sea la considerable profundidad en que se halla situada la plaza principal, sea su gran extensión, con la consecuente corriente de aire, detenía a los excavadores. O tal vez aun más simplemente, había llegado a su obtusa percepción algún indicio de que se trataba de la plaza fuerte. Nunca había observado perforaciones en las paredes de ésta; por cierto, multitudes de animales se acercaban atraídos por las intensas emanaciones y yo tenía aquí caza segura. Pero habían penetrado en algún otro sitio más arriba e, irresistiblemente atraídos, sobreponiéndose al ahogo, descendían por las galerías. Pero ahora taladraban también en éstas. Si al menos hubiese ejecutado los más importantes proyectos de mi juventud y de mi temprana madurez, o mejor, si al menos hubiese tenido la fuerza para ponerlos en práctica, porque no me faltó la voluntad. Uno de los proyectos preferidos era separar la plaza fuerte de la tierra circundante, es decir, crear por fuera un espacio vacío a todo su alrededor, tan sólo con la excepción de un pequeño soporte que, desgraciadamente, no podría aislarse de la tierra. Las paredes subsistirían “con un espesor aproximadamente igual a mi propia altura. Siempre me había imaginado, este espacio vacío, y creo que con razón, como uno de los lugares más atrayentes y confortables. Estar suspendido sobre su curvatura, izarse, resbalar por ella, rodar y encontrar de nuevo el suelo bajo los pies, y ejecutar todos estos juegos sobre la estructura misma de la plaza fuerte, ¡pero sin estar en su interior! Poder evitar la plaza, descansar los ojos de su imagen, aplazar la alegría de volver a verla, aunque sin llegar a privarse de ella, estrecharla literalmente entre las garras, algo que es imposible al disponer tan sólo de un acceso ordinario. Y, sobre todo, poder vigilarla y, como compensación de no tenerla a la vista, poder elegir entre instalarse en la plaza o en el espacio hueco, y escoger seguramente este último, deambular el resto de la existencia, vigilando la plaza. Entonces ya no habría ruidos en las paredes, ni descaradas excavaciones hacia la plaza, se hallaría asegurada la paz y yo sería el custodio; ya no tendría que escuchar con desagrado el trabajo de zapa de esta plaga, sino, y con deleite, algo que se me escapa ahora por completo: el rumor del silencio en la plaza principal. Pero, desgraciadamente, toda esta belleza no existe, debo volver a mi trabajo, felicitándome casi de que se vincule directamente con la plaza que me da bríos. Por cierto, como se comprueba cada vez más, necesito todas mis energías para esta tarea que al principio pareció casi insignificante. Recorro ahora las paredes de la plaza y escucho, y dondequiera que aplico el oído, en lo alto y junto al suelo, cerca de la entrada o en el interior, en todas partes, en todas el mismo ruido. Y esta prolongada atención al sonido intermitente, ¡cuánto tiempo, cuánto esfuerzo exige! Tal vez pueda hallarse un pequeño consuelo para el autoengaño, en el hecho de que aquí, por la extensión de la plaza principal, a diferencia de la galería, al alejarse el oído del suelo ya no se oye nada. Solamente para descansar, para recuperarme, hago a menudo estos ensayos, escucho con atención y me siento feliz de no oír nada. Pero, por lo demás, ¿qué es lo que ha sucedido? El fenómeno destruye mis primeras explicaciones, y también tengo que descartar otras que se me ofrecen. Se podría pensar que oigo a las bestezuelas en su trabajo, pero ello estaría en contradicción con la experiencia; lo que no he oído nunca, aunque siempre estaba presente, no puedo comenzar a oírlo de pronto. Tal vez, con los años pasados en la obra, mi sensibilidad fente a las perturbaciones se haya acrecentado, pero de ningún modo es posible que se afine el oído. Debido a la naturaleza de la plaga ésta no puede ser oída. ¿Hubiera tolerado esto antes? La habría exterminado, aún a riesgo de perecer de hambre. Pero probablemente también, y esa idea se va infiltrando en mí, pueda tratarse de un animal de una especie desconocida. Aunque hace mucho tiempo que observo cuidadosamente la vida aquí abajo, sería posible: el mundo es complejo, y nunca faltan sorpresas desagradables. Pero no podría ser un animal único, tendría que tratarse de un rebaño, que de pronto ha invadido mis dominios,’de un gran rebaño de seres que, aunque por encima de estos bichos, los J superen en poco, ya que es muy pequeño el ruido de su trabajo. Podrían ser quizás animales desconocidos, un rebaño i de paso, que me turba, sí, pero que pronto tendría fin. En consecuencia, podría limitarme a esperar, sin realizar trabajos finalmente inútiles. Pero si son animales desconocidos, ¿cómo no consigo verlos? Ya he hecho muchas excavaciones para atrapar siquiera uno de ellos, pero no encuentro ninguno; se me ocurre que tal vez sean pequeñísimos, mucho más pequeños que todos los que conozco y que sólo el ruido que producen sea perceptible. Por eso reviso la tierra extraída, rompo los terrores hasta reducirlos a partículas minúsculas, pero los alborotadores no aparecen. Muy lentamente voy comprendiendo que con estas excavaciones al azar no llegaré a nada, sólo destrozo las paredes, escarbo a la ligera, aquí y allá, no tengo tiempo para rellenar luego los agujeros: ya hay montañas de tierra que obstruyen el camino y la visión. Desde luego, esto me molesta sólo de un modo accesorio; ahora no puedo pasear ni contemplar, ni descansar; a menudo me he quedado dormido por un momento en cualquier agujero, en medio del trabajo, con una zarpa hundida en lo alto, en la tierra, sobre el terrón que en el último instante de vigilia he querido arrancar. Ahora cambiaré mis métodos. Cavaré una verdadera zanja en dirección al ruido y no cejaré en mis esfuerzos hasta que, independientemente de toda teoría, encuentre la verdadera causa del ruido. Y luego la eliminaré, si me lo permiten mis fuerzas, y en caso contrario, por lo menos, tendré una seguridad. Esta seguridad me traerá, bien la calma, bien la desesperación, pero de cualquier modo que sea, esto o aquello, al menos será algo indudable y justificado. Esta determinación me hace bien. Todo lo que he hecho hasta ahora me parece apresurado, realizado en la excitación del regreso, no liberado aún de las preocupaciones del mundo exterior, todavía no reabsorbido en la calma de la obra; hipersensibilizado por la larga privación de ella, me he dejado arrebatar el juicio por un fenómeno extraño. Porque ¿de qué se trata? Un ligero siseo intermitente, una nada, a la que uno podría, no, no digo que uno podría acostumbrarse a ella, pero sí que se podría, sin intentar por el momento nada, observar durante algún tiempo, es decir, escucharlo ocasionalmente cada tantas horas y registrar pacientemente los resultados, y no, como yo, arrastrar la oreja a lo largo de las paredes, y al menor ruido abrir la tierra, no tanto para encontrar algo en realidad, como para traducir en algo la fiebre interior. Todo esto cambiará ahora, espero. Y por otra parte, tampoco lo espero —como tengo que reconocerlo a ojos cerrados, irritado contra mí mismo—porque la inquietud vibra aún en mí, exactamente como hace horas, y si la prudencia no me contuviera, ya hubiera comenzado a cavar en cualquier sitio, sin preocuparme si se oyera algo o no, absurda, empecinadamente como la misma plaga, que, o cava completamente sin sentido o lo hace porque come tierra. El nuevo y juicioso proyecto me tienta, y por otra parte no me tienta. No hay nada que objetar contra él, yo al menos no encuentro ninguna objeción; debe conducir al éxito, según yo lo veo. Y a pesar de todo, en el fondo, no tengo fe en él, tengo tan poca fe en él que ni siquiera me atemorizan los posibles horrores del resultado, ni siquiera creo en un resultado horroroso; es como si ya a la primera aparición del ruido hubiese pensado en esa excavación metódica, dejándola de lado sólo por no confiar en ella. A pesar de todo, comenzaré desde luego con la excavación, pero no en seguida, aplazaré un poco el trabajo. Cuando el juicio retorne a su equilibrio, entonces lo realizaré; no he de precipitarme. Por cierto, antes hay que subsanar los daños que mi escarbar produce a la obra; costará mucho tiempo, pero es necesario; si la nueva excavación ha de conducir al objetivo, es indudable que resultará larga, y si no conduce a ningún objetivo, entonces será infinita, y de cualquier modo, esta tarea significará una prolongada ausencia de la obra, no tan grave como la transcurrida en el mundo exterior —puedo interrumpir la tarea cuando quiera y visitar la casa, y aun cuando no hiciera esto, me llegaría el aire de la plaza principal y me rodearía durante el trabajo—, pero de todos modos significará alejarse de la obra y exponerse así a un destino incierto, por lo que prefiero dejarlo todo en orden; que no se diga que yo, el que lucha por su tranquilidad, la ha turbado él mismo sin restablecerla en seguida. Con lo cual comienzo a rellenar de tierra los agujeros, trabajo que conozco perfectamente, que he realizado innumerables veces, casi sin tener conciencia de realizar un trabajo y que, especialmente en lo que se refiere al último apisonamiento y alisado —esto no es jactancia, es la simple verdad—, ejecuto en forma insuperable. Esta vez, sin embargo, se me hace difícil, estoy distraído; continuamente, en la mitad del trabajo, aprieto el oído contra la pared, escucho, e indiferente, dejo escapar la tierra recién levantada, que rueda hacia la galería. Apenas si puedo ejecutar los últimos trabajos de embellecimiento, que exigen mayor atención. Quedan desagradables montículos, grietas molestas, sin hablar siquiera de que el no logra restaurarse antiguo vuelo de una pared así remendada. Procuro consolarme pensando que se trata de un trabajo provisional. Cuando regrese y la paz se haya restablecido, lo mejoraré en forma definitiva, todo se podrá hacer en un instante. Sí, en las fábulas todo se realiza en un instante, y este consuelo pertenece también a las fábulas. Mejor sería hacer en seguida una labor perdurable, más útil, que volver a interrumpirla de continuo, deambulando, por las galerías, y establecer nuevas fuentes del ruido, lo que en verdad es muy fácil, porque no exige más que detenerse en cualquier sitio y escuchar. Y todavía hago otros descubrimientos inútiles. A veces me parece que el ruido ha terminado —se producen largos intervalos—, a veces no se oye el siseo, demasiado golpea la propia sangre en el oído, entonces se juntan dos intervalos en uno, y durante un rato se piensa que el siseo ha terminado para siempre. No se escucha más, se salta, toda la vida da un vuelco, es como si se abriera el manantial del cual fluye el silencio de la construcción. Uno se abstiene de comprobar en seguida el descubrimiento, busca a alguien a quien pudiera antes confiar en forma segura, se corre febrilmente para ello hacia la plaza principal, se acuerda uno, ya que, con todo lo que se es, se ha despertado a una nueva vida, que hace mucho que no se ha comido, se arranca cualquier cosa de entre las provisiones casi cubiertas por la tierra, se está tragando todavía mientras regresa al lugar del increíble descubrimiento —uno quiere accesoriamente, tan sólo en forma superficial, mientras come, cerciorarse del suceso—, se escucha, pero la fugaz atención revela en seguida que uno se ha equivocado miserablemente, que el silbido con tina imperturbable en la lejanía. Y se escupe la comida y hasta se quisiera pisotearla y se vuelve al trabajo sin saber siquiera a cuál, en cualquier sitio, donde parece necesario, y de estos lugares hay bastantes, se empieza mecánicamente a hacer algo, como si hubiera venido el capataz y se debiera representar una comedia. Pero apenas se ha trabajado un rato así, puede suceder que se haga un nuevo descubrimiento. El ruido parece haberse hecho más intenso, no mucho como es natural, siempre se trata dé diferencias sutiles, pero es un poco más fuerte de todos modos, en forma claramente audible. Y este crecimiento parece una aproximación, y casi con más claridad que el aumento sonoro, se ve nítidamente el andar que se acerca. Se salta de la pared y, de un vistazo, se trata de abarcar todas las posibilidades que este nuevo descubrimiento traerá como’ consecuencia. Se tiene la sensación de que la obra jamás fue instalada con vistas a la defensa, mejor dicho, se tenía la intención, pero el peligro de ataque y por tanto la preparación de la defensa parecía lejana, o no lejana (¿cómo sería posible?), pero ciertamente de importancia muy inferior: a los preparativos destinados a la vida pacífica, que gozaron así de prioridad en todas las partes de la obra. Mucho podría « haberse hecho en aquel otro sentido, sin modificar el proyecto en lo fundamental, pero se ha omitido de manera incomprensible. He tenido mucha suerte en todos estos años, la suerte me ha mimado, pero la intranquilidad dentro de la dicha no conduce a nada.

Lo que habría que hacer ahora sería revisar minuciosamente la obra, ejecutar un nuevo proyecto y comenzar en seguida con el trabajo, fresco como un joven. Este sería el trabajo necesario, para el cual, dicho sea de paso, es naturalmente demasiado tarde, pero sería el trabajo a realizar, y de ningún modo la excavación de una larga zanja de tanteo que sólo tendría por consecuencia dedicarme con todas mis energías e indefensamente a la búsqueda del peligro, en la estúpida suposición de que éste no supiera aproximarse con suficiente prisa. Y de pronto no comprendo mi plan anterior. En lo que antes era lógico no encuentro ahora la menor lógica, de nuevo abandono el trabajo y dejo de escuchar. No quiero encontrar nuevos argumentos; he hecho demasiados hallazgos. Lo dejo todo. Me conformaría con calmar la lucha interior.

De nuevo dejo que me alejen las galerías, llego a otras cada vez más lejanas, todavía no vistas después de mi regreso, todavía no tocadas por mis zarpas, cuyo silenció se despierta cuando me aproximo y desciende sobre mí; no me entrego, sigo a la carrera, sin saber en realidad qué busco. Probablemente, tan sólo un aplazamiento. Me alejo tanto que llego hasta el laberinto; me tienta aplicar el oído a la capa de musgo: cosas muy lejanas, muy lejanas por el momento, atraen mi interés. Avanzo hasta arriba y escucho. Profundo silencio. ¡Qué agradable! Nadie se ocupa allí de mi obra, cada cual tiene sus asuntos sin relación conmigo. ¿Cómo he conseguido esto? Este sitio junto al musgo es tal vez el único en la construcción en que puedo escuchar tranquilo, durante horas. Una completa inversión de las circunstancias: lo que antes era un lugar de peligro se ha convertido en lugar de paz, la plaza fuerte en cambio ha sido ahora en el ruido del mundo y en sus peligros. Y, lo que es peor aún, en realidad tampoco hay paz; nada ha cambiado, con silencio o sin él, el peligro espera como antes encima del musgo, sólo que me he hecho insensible a él, demasiado ocupado con los zumbidos de mis paredes. ¿Estoy ocupado , con ello? Se intensifica, se acerca; pero yo serpenteo a través del laberinto, me instalo aquí arriba bajo el musgo; casi es como si abandonara mi casa al silbador, conformándome con tener un poco de calma aquí arriba; ¿El silbador? ¿Es que tengo una nueva opinión precisa acerca del origen del ruido? ¿No era ésa mi opinión precisa? Creo no haberme apartado de ella. Y si no en forma directa, al menos indirectamente provendrá de ellas. Y si no hay ninguna relación, entonces no se puede opinar nada concreto hasta encontrar la causa, o hasta que ella aparezca por sí misma. Con presunciones se la podría considerar ahora, se podría, por ejemplo, decir que en algún lugar lejano se ha producido un curso de agua, y que lo que parece siseo o silbido es en realidad murmullo. Pero, aparte de que en esa materia no tengo experiencia —la capa de agua que encontré al principio la he desviado en seguida y no ha vuelto a presentarse, debido a la índole arenosa del suelo—, aparte de eso no es posible confundir siseo con murmullo. Todos los deseos de tranquilidad son inútiles, la imaginación no se detiene, y me aferró a la creencia —es inútil querer negar esto—de que el siseo proviene de un animal, no de muchos y pequeños, sino de uno solo y grande. Claro que hay circunstancias que parecen indicar lo contrario. Por ejemplo, la de que se oiga el ruido en todas partes y con la misma intensidad, tanto de día como de noche. Por cierto, habría que inclinarse más bien por muchos animales pequeños, pero como no los he encontrado durante mis excavaciones, sólo queda la suposición de la existencia del gran animal, máxime teniendo en cuenta que lo que parecería estar en contradicción con esta hipótesis no torna al animal imposible, sino tan sólo inimaginablemente peligroso. Sólo por esto me resisto a admitir su existencia. Pero ahora abandono el autoengaño. Hace mucho que me ronda la idea de que es audible a gran distancia porque cava frenéticamente, porque avanza taladrando la tierra a la velocidad de un paseante que se desplaza por una galería libre; la tierra tiembla cuando él cava, también cuando ya se ha alejado; con la distancia esta vibración se une con el ruido del trabajo mismo, y yo, que oigo sólo estas últimas vibraciones, las percibo con uniformidad en todas partes. Contribuye a ello el hecho de que el animal no avanza hacia mí; por eso no se altera el ruido; hay más bien un plan cuyo sentido no consigo penetrar; sólo supongo que el animal me cerca —sin que ello signifique que conozca mi existencia—, más aún, que ya ha trazado algunos círculos alrededor de la obra desde que lo observo. Me da la naturaleza mucho que pensar del ruido, el siseo o el silbido. Cuando escarbo o araño la tierra es completamente distinto. Sólo consigo explicarme el siseo pensando que la herramienta principal del animal no son sus garras, con las cuales tal vez sólo se ayuda, sino el hocico o la trompa, los que aparte de su enorme potencia han de tener una especie de filo. Probablemente encaja la trompa en la tierra con un sólo golpe violento, arrancando un gran trozo; durante este tiempo yo no oigo nada, ése es el intervalo, pero luego absorbe aire para el golpe siguiente. Esta succión, que debe producir un ruido que hace retemblar la tierra, no sólo por la fuerza del animal, sino también por su prisa, por su frenesí de trabajo, yo lo percibo como un leve siseo. Sigue siendo, sin embargo, por completo incomprensible su capacidad de trabajar interminablemente; tal vez los pequeños intervalos contengan la posibilidad de un brevísimo descanso, porque a un descanso verdadero no ha llegado jamás, cava de día y de noche, siempre con la misma intensidad y energía, con el plan siempre en vista, un plan que hay que cumplir con urgencia y para cuya ejecución posee todas las condiciones. Ciertamente, no había esperado un enemigo tal. Pero aparte de sus peculiaridades, se cumple ahora algo que siempre debí temer, algo contra lo cual siempre debí estar preparado. ¡Se acerca alguien! ¿Cómo durante tanto tiempo todo transcurrió felizmente y en silencio? ¿Quién ha guiado los caminos de los enemigos para que describan los grandes arcos alrededor de mi propiedad? ¿Por qué fui protegido, tanto tiempo para ser espantado ahora de este modo? ¿Qué eran todos los pequeños peligros, en cuya imaginación y estudio pasaba mi tiempo, al lado de este mayúsculo peligro? ¿Esperaba, como propietario de la construcción, tener supremacía sobre cualquier enemigo que se presentara? Precisamente, como propietario de esta obra grande y delicada, estoy inerme frente a cualquier ataque serio. La dicha de poseerla me ha ablandado, la delicadeza de la obra me ha hecho delicado, sus lesiones me duelen como si fueran mías. Justamente esto es lo que debí prever, no pensar tan sólo en mi propia defensa —¡y aun esto con qué ligereza y falta de resultados lo he realizado!—sino en la defensa de la obra. Ante todo debieron haberse tomado disposiciones para que algunas partes de la obra, y en lo posible muchas de ellas, cuando fuesen atacadas, pudiesen ser aisladas de las menos expuestas, con derrumbamientos al instante, y constituidos por masas de tierra tales, y con un aislamiento tal, que el atacante ni siquiera pudiese sospechar que ahí detrás estuviera la verdadera obra. Más aún: estos derrumbamientos debieran ser apropiados, no sólo para ocultar la obra, sino también para sepultar al atacante. No he hecho absolutamente nada para algo semejante; nada, absolutamente nada, ha sucedido en ese sentido; he sido inconsciente como un niño, he pasado mis años adultos en juegos infantiles, hasta con la idea de los peligros he jugado, omitiendo pensar realmente en los verdaderos peligros. Y no me han faltado advertencias.

Desde luego, nada que se acerque en importancia a lo de ahora ha sucedido; pero en las primeras épocas de la construcción hubo algo que se le parecía. La principal diferencia consistía precisamente en que eran las primeras épocas de la construcción… Yo entonces aún trabajaba casi como un pequeño aprendiz en la primera galería —el laberinto sólo estaba proyectado en líneas generales—, ya había vacilado una pequeña plaza, pero sus dimensiones y el tratamiento de las paredes era un fracaso; bien, todo estaba de tal modo en los comienzos que sólo podría valer como ensayo, como algo que, a poco que falle la paciencia, se podría abandonar repentinamente sin la mayor pena. Entonces sucedió que durante uno de mis descansos —siempre hubo en mi vida demasiados intervalos para descansar—, yaciendo entre montones de tierra, que se oye de pronto un ruido a lo lejos. Joven como era, más que atemorizarme, despertó mi curiosidad. Dejé el trabajo y me dediqué a escuchar; continuamente escuchaba, y no corrí a tenderme bajo el musgo para no privarme de escuchar. Al menos escuchaba. Lograba distinguir muy bien que se trataba de un trabajo semejante al mío, aunque sonaba con más debilidad pero no se podía saber en qué grado esta diferencia debía atribuirse a la distancia. Estaba intrigado, pero tranquilo. Quizá —pensé—estoy en una construcción ajena y el dueño cava ahora en mi dirección. Si se hubiera comprobado la exactitud en otra parte, pues nunca he tenido ansias de conquista o de ataque. Pero, ciertamente, yo era todavía joven y todavía no tenía obra, podía permanecer tranquilo. Tampoco el posterior transcurso de los hechos me trajo mayor excitación; interpretarlos era lo que no resultaba fácil. Si el que allí cavaba tendía verdaderamente hacia mí porque me había oído cavar, cuando cambiara su rumbo —como sucedía ahora realmente—no podía determinarse si lo hacía porque mi intervalo de descanso lo privaba de todo punto de referencia para su marcha, o más bien porque él mismo cambiaba de propósitos. También podía ser que yo me hubiese engañado por completo y que él nunca se hubiese dirigido a mí; lo cierto es que el ruido aumentó todavía por un tiempo, como si se acercara; joven como era, no me hubiera desagradado que el cavador surgiese de repente de la tierra, pero no sucedió nada por el estilo, y a partir de determinado momento el ruido comenzó a debilitarse, se hizo cada vez más lejano, como si el cavador se desviase gradualmente de su primitiva dirección, y de pronto todo cesó como si él hubiese optado plenamente por una dirección opuesta y se alejara con decisión. Durante mucho tiempo seguí escuchando el silencio antes de reanudar el trabajo. Por cierto esta advertencia fue bastante clara, pero bien pronto la olvidé, y apenas si se tradujo en alguna modificación de mis proyectos de construcción.

Entre entonces y hoy media mi edad adulta, pero es como si no mediara nada, hoy como entonces hago grandes pausas en mi trabajo, y escucho junto a la pared ¡últimamente el cavador ha cambiado de intención, ha vuelto, regresa de su viaje, cree que me ha dejado suficiente tiempo para disponerme a recibirlo. Pero de mi parte todo está menos dispuesto que entonces; la gran obra yace como entonces inerme; aunque ya no soy un pequeño aprendiz, sino un maestro de obra, las energías que me restan fracasarán en el momento de la decisión; a pesar de mi edad avanzada me parece que quisiera ser más viejo aún, tan viejo que ya no pudiera levantarme de mi lecho bajo el musgo. Porque en realidad no aguanto más, me levanto y corro hacia abajo, hacia la casa, como si aquí, en vez de paz me hubiese llenado sólo de tribulaciones. ¿Cómo quedaron las cosas últimamente? ¿El siseo se ha debilitado? No; ha ganado en fuerzas. Escucho en diez lugares al azar y noto claramente el engaño, el siseo continúa igual, nada ha cambiado. Allí enfrente no se producen cambios, allá ‘sé” está tranquilo, por encima del tiempo; aquí en cambio cada instante sacude al oyente. Y deseando el largo camino hasta la plaza fuerte, todo el contorno me parece excitado, parece mirarme, parece en seguida desviar la vista para no molestarme, y se esfuerza de nuevo para leer en mi gesto las resoluciones salvadoras. Muevo la cabeza; todavía no las tengo. Tampoco voy a la plaza principal para ejecutar allí algún plan. Paso por el lugar en que había querido hacer la zanja de exploración, lo estudio de nuevo, hubiera sido un buen lugar, la zanja habría seguido la dirección en que se hallan la mayoría de los conductos de aire, que me hubieran facilitado el trabajo, tal vez no hubiese tenido que cavar muy fatigosamente, ni siquiera me hubiese visto obligado a cavar hacia el ruido, tal vez hubiese bastado pegar el oído a los conductos. Pero ninguna consideración es capaz de animarme a emprender este trabajo. ¿Esta zanja debe traerme la certidumbre? He llegado a un extremo en que ni siquiera deseo la certidumbre. En la plaza fuerte elijo un buen pedazo de carne roja, 1 sin cuero, y me escondo con él, en un montón de tierra; allí habrá silencio en la medida en que el silencio es todavía posible aquí. Me deleito con la carne; me acuerdo todavía alguna vez del animal desconocido que traza su ruta a distancia, y después pienso que mientras me sea posible debo disfrutar suculentamente de mis provisiones. Esto último es probablemente el único plan a ejecutar. Por lo demás, trato de descifrar el del animal. ¿Está de viaje o trabaja en su propia construcción? Si se halla de viaje, tal vez fuese posible un entendimiento con él. Si realmente irrumpiera hasta mí, entonces podría darle algo de mis provisiones y él seguiría. Sí, seguiría. En mi montón de tierra puedo soñarlo todo, hasta con ciertos acuerdos’ aunque sé con seguridad que no son posibles ya que en el mismo instante en que nos veamos, mejor, cuando nos sospechemos próximos, sin vacilaciones, simultáneamente prepararemos las garras y los dientes uno contra el otro con renovada hambre aunque estemos llenos hasta el hartazgo. Y como siempre en este caso, con pleno derecho: ¿quién,, aunque estuviera de viaje, no alteraría a la vista de la obra, sus proyectos y propósitos? Pero tal vez el animal cava en su propia obra; entonces ni siquiera podría soñar con un acuerdo. Aunque se tratara de un animal extraño y que su obra tolerara vecindades, la mía no las tolera, al menos no las de tipo audible. Ahora el animal parece hallarse a gran distancia; si se alejara un poco más, también desaparecería el ruido, quizá todo volvería a arreglarse, a ser como en los buenos tiempos; todo no dejaría de ser una amarga experiencia, pero beneficiosa; me incitaría a realizar diversas mejoras; cuando tengo paz y el peligro no apremia de manera 1 inmediata, todavía soy capaz de trabajos considerables; quizás el animal renuncie, en vista de las extraordinarias posibilidades que parecen inherentes a su capacidad de trabajo, a la extensión de su obra en dirección a la mía y se resarza de ello en algún otro lado. Pero, como es natural, esto no es alcanzable por negociaciones, sino sólo por la voluntad del animal o por una amenaza que yo pudiese ejercer. En ambos i casos será decisivo establecer si el animal sabe algo acerca; de mí y qué sabe. Cuanto más reflexiono acerca de esto se me figura más improbable que me haya oído; es posible, aunque inimaginable, que tenga noticias mías, pero con toda seguridad que no me ha oído. Mientras no supe nada de él no pudo oírme en absoluto, pues permanecí silencioso —no hay nada más silencioso que el reencuentro con la obra—, luego, cuando hice las excavaciones de exploración, habría podido oírme a pesar de que mi manera de cavar produce poco ruido; y si me hubiera oído yo habría notado algo, porque al menos habría tenido que interrumpirse con frecuencia en su trabajo para escuchar.

…Pero todo permaneció sin alteración…

Franz Kafka: La fatiga. Cuento

kafka45bMe dijeron que instruyera a los niños. La salita estaba colmada. Muchos se apretaban de tal manera contra las paredes que el espectáculo infundía temor; sin duda se defendían de los otros y los repelían, por ese motivo la masa estaba en continuo movimiento. Sólo unos pocos niños mayores que sobresalían de los demás y no tenían nada que temer del resto, estaban tranquilamente sentados al final de la salita y miraban hacia mí.

Los azotadores estaban reunidos. Eran hombres fuertes pero delgados; estaban siempre listos, se llamaban azotadores, pero no tenían látigos sino varas en las manos; formaban una especie de saliente en la pared del fondo del lujoso salón, entre los espejos. Entré con mi novia, era una boda. Los parientes aparecieron a través de una puerta angosta que estaba frente a nosotros. Giraban hacia adelante con pasos cortos, mujeres corpulentas, a la izquierda de ellas hombrecillos enfundados en trajes de gala abotonados hasta el cuello. Algunos de mis parientes levantaron los brazos, azorados ante la novia; sin embargo, aún no se había roto el silencio.

Durante un paseó de domingo, me había alejado de la ciudad más de lo que pensaba. El hecho de estar tan lejos me impulsaba todavía más allá. Sobre un montículo había un roble viejo y retorcido, pero no muy grande. En cierta forma me recordó que ya era tiempo de regresar. Era casi noche cerrada. De pie frente al árbol, pasaba mi mano por su dura corteza y leía dos nombres grabados en ella. Los leía pero no los retenía; una terquedad pueril me mantenía allí y no me dejaba regresar, ya que no debía seguir adelante. A veces uno se encuentra prisionero de tales fuerzas; no es difícil liberarse, pues es casi como una broma que se le hace a un amigo; pero era domingo, no había nada que perder, ya estaba cansado y, por lo tanto, me rendía a todo. Luego descubrí que uno de los nombres era Joseph y recordé a un amigo del colegio que se llamaba así. En mis evocaciones era un muchachito, tal vez el más pequeño de la clase; durante varios años se había sentado en mi mismo banco. Era feo; aun a nosotros que en aquel entonces apreciábamos más la fuerza y la habilidad (y tenía ambas) nos parecía feo.

Corrimos hacia el frente de la casa. Allí estaba un mendigo, de pie, con una armónica. Su traje estaba hecho jirones como si el género para confeccionarlo, en lugar de haber sido cortado, hubiera sido arrancado de la pieza de tela. Y esto coincidía, de alguna manera, con el aspecto desmelenado del mendigo, que parecía despertar de un sueño profundo sin poder, a pesar de todos sus esfuerzos, reencontrarse consigo mismo. Era como si continuamente se durmiera y volvieran a despertarle.

Los niños no nos atrevíamos a pedirle que tocara una canción, tal como lo hacíamos con otros músicos ambulantes. Además, nos observaba todo el tiempo, como si advirtiese nuestra presencia, pero no pudiese percibirla de la manera que hubiese deseado.

Entonces esperamos que llegara nuestro padre; éste estaba en el fondo, en el taller. Transcurrió un buen rato antes de que atravesara el largo pasillo.

—¿Quién eres?—preguntó con severidad y en voz alta en la habitación de al lado; fruncía el entrecejo, tal vez estaba molesto por nuestro comportamiento hacia el mendigo, pero no habíamos hecho nada malo ni habíamos malogrado nada. Nos quedamos callados más allá de lo concebible. De todos modos todo estaba en silencio, sólo se oía el rumor del viento en las ramas del tilo que estaba frente a nuestra casa.

—Vine de Italia—dijo el mendigo, pero no a modo de respuesta, sino como confesión de una culpa. Era como si nuestro padre se hubiese convertido en su amo. Aferraba su armónica contra el pecho, como si fuera una protección…

Estaba inmóvil, miraba delante de sí mientras se mordía el labio inferior.

—Tu comportamiento es ridículo. ¿Qué te ha ocurrido? Tu negocio no es excelente, pero tampoco marcha mal; aun si fueras a la quiebra (v esto es imposible) te será fácil salir adelante de otra manera; eres joven, sano, fuerte, tienes instrucción y aptitudes comerciales, sólo debes preocuparte por ti y por tu madre. Por lo tanto, hombre, te ruego que te controles y me expliques por qué me has llamado en pleno día y por qué estás sentado así.

Hubo una breve pausa, yo estaba sentado sobre el marco de la ventana, él en un sillón, en el centro del cuarto. Finalmente continuó: -Bien, te lo explicaré todo. Lo que has dicho era correcto, pero reflexiona: desde ayer llueve sin parar; alrededor de las cinco de la tarde —echó una mirada a su reloj—comenzó a llover y hoy a las cuatro aún llueve. Esto bien puede hacerle reflexionar a uno. En general sólo llueve en las calles, no en las habitaciones; sin embargo, esta vez parece ser al revés. Por favor, mira por la ventana; afuera todo está seco, ¿verdad? Bien. Pero aquí el agua sube sin cesar. Que suba, que suba. Es terrible, pero lo aguanto. Con un poco de buena voluntad puede tolerarse; el sillón flota un poco más alto, las circunstancias no se alteran mayormente, todo nada, y uno flota cada vez más arriba. Pero lo que no aguanto es el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre mi cabeza. Parece una tontería, pero justamente no aguanto esa tontería, o tal vez sí, sólo que no soporto estar indefenso frente a ella. Y estoy indefenso; me pongo un sombrero, abro el paraguas, sostengo una tabla sobre mi cabeza; nada me ayuda, quizá la lluvia penetra a través de todo eso, o quizás una nueva lluvia comienza debajo del sombrero, paraguas o tabla, golpeando con la misma fuerza.

Estaba de pie frente al ingeniero de minas, en su oficina. Era una cabina de tablas, sobre un suelo yermo, barroso y toscamente nivelado. Una bombilla desnuda brillaba sobre el centro del escritorio.

—¿Quiere usted que le acepten? —preguntó el ingeniero, apoyando la frente sobre la mano izquierda y sosteniendo con la derecha la pluma sobre el papel. No era una pregunta, lo decía como para sí mismo, era un hombre joven, débil, de estatura menor que mediana; debía estar muy cansado; los ojos, que por naturaleza serían pequeños y estrechos, tenían la apariencia de carecer de la fuerza suficiente como paa abrirse totalmente—. Tome asiento —dijo entonces. Pero sólo había un cajón, que tenía una parte arrancada, del cual se habían sacado rodando pequeñas piezas de máquinas. Me senté sobre el cajón. El se había separado casi por completo del escritorio, sólo la mano derecha permanecía inmóvil allí; por otra parte, se había reclinado en el sillón, y tenía la mano izquierda en el bolsillo del pantalón, y me observaba—. ¿Quién lo envía? —preguntó.

—He leído en un periódico del ramo que aquí emplean gente —dije.

—Aja —dijo, y sonrió—, así que es eso lo que ha leído. Pero usted lo presenta de una manera muy tosca.

—¿Que quiere decir? —pregunté—. No le entiendo. —Lamento decirle que aquí no se emplea a nadie. Y si no se emplea a nadie, tampoco puede aceptárselo a usted.

—Naturalmente, naturalmente —dije y me puse de pie irritado—; para saber eso no me hubiera hecho falta sentarme. -Pero luego medité y pregunté:—¿No podría pasar la noche aquí? Está lloviendo, y el pueblo queda a una hora de camino.

—No tengo cuarto de huéspedes —dijo el ingeniero.

—¿No podría quedarme en el despacho? —Aquí trabajo y allí —señaló un rincón—duermo. Evidentemente, se veían algunas mantas, y también se había amontonado un poco de paja, pero estaban colocadas, además, tantas otras cosas apenas identificables, en especial herramientas, que hasta ese momento no había advertido que era una cama.

… guardármelo. Lo hice y dijo: —Estoy de viaje, no me moleste, abra su camisa y acérquese con el cuerpo.

Lo hice, dio un paso grande y desapareció dentro de mí, como en una casa. Me estiré como si me sintiese más estrecho, casi sufrí un vahído, dejé caer la pala y regresé a casa. Allí los hombres estaban sentados ante la mesa y comían de la fuente común, las dos mujeres se encontraban al lado del fogón y pileta de lavar. En seguida relaté todo lo que me había ocurrido, y al hacerlo caí sobre el banco más cercano a la puerta, todos estaban alrededor de mí. Se mandó llamar a un anciano muy famoso, de una granja cercana. Mientras se le esperaba, los niños se aproximaban, nos tendíamos las manos, entrelazábamos los dedos…

Era una corriente de aguas turbias, muy rápidas, y sin embargo algo adormecida, demasiado regular, con olas bajas y mudas. Quizá no era posible de otra forma, porque estaba tan colmado…

Un jinete cabalgaba por el sendero de un bosque; delante de él corría un perro. Detrás de él venían unos gansos; una niña con una vara los arreaba delante de sí. A pesar de que todos, desde el perro hasta la niñita avanzaban tan velozmente como podían, no era muy rápido, cada uno mantenía con relativa facilidad el paso del otro. Además, los árboles, a ambos lados del sendero, también corrían con ellos, en cierto modo a disgusto, cansados, esos árboles viejos. A la niña se unió un atleta joven, un nadador; nadaba con braceo vigoroso, la cabeza hundida bien en el agua, pues se levantaban olas alrededor de él, y así como nadaba se deslizaba la corriente; después vino un carpintero que debía entregar una mesa, la llevaba sobre la espalda, sujetando las dos patas delanteras con las manos; le seguía el correo del zar, se sentía desdichado por la mucha gente que había encontrado aquí en el bosque, estiraba el cuello sin cesar y averiguaba la situación de la vanguardia y por qué todo iba tan desagradablemente despacio, pero debía resignarse, al carpintero podría haberle adelantado, pero cómo iba a poder pasar a través del agua que rodeaba al nadador. Por casualidad, detrás del correo venía el propio zar, un hombre joven todavía, de barba puntiaguda rubia y rostro delicado, pero mas bien redondo, que reflejaba el goce de la vida. Aquí se demostraban las desventajas de imperios tan enormes, el zar conocía a su correo, pero el correo no le conocía a él, el zar estaba dando un paseo para distraerse y no avanzaba más rápidamente que el correo, por lo que también podría haberse ocupado él mismo de la correspondencia.

Había burlado al primer guardia. Posteriormente me asusté, corrí de regreso y le dije: —Me he evadido de aquí, en un descuido suyo.

El guardián miró delante de sí y permaneció en silencio.

—No debía haberlo hecho —dije.

El guardián seguía callado.

—¿Tu silencio significa el permiso para pasar?…

Habían pedido tres trilladores, estaban pasados en el granero oscuro, llevaban sus mayales.

—Ven —dijeron, y me acostaron sobre la era. El aldeano estaba apoyado contra la puerta, medio afuera medio adentro.

El animal arranca el látigo del amo y se castiga a sí mismo para convertirse en amo, y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo del látigo del amo.* El hombre es una enorme superficie pantanosa. Cuando le arrebata la exaltación, en la vista de conjunto es como si, en algún rincón de ese pantano, cayera un pequeño sapo en el agua verde.

Si hubiese uno solo capaz de quedarse atrás una palabra antes de la verdad; todos (también yo, en este aforismo) la atropellamos con centenares.

En realidad, no me preocupa mucho el asunto. Estoy echado en un rincón, observo todo lo que en esa forma puede verse, escucho tanto como puedo; por otra parte, vivo ya desde hace meses en un crepúsculo y espero la noche. Distinto es mi compañero de celda, un hombre irreductible, un ex capitán. Puedo imaginarme su composición de lugar. Opina que su situación se asemeja quizás a la de un expedicionario polar que se ha helado sin consuelo en parte alguna, pero a quien con toda seguridad se salvará, o más bien que ya se ha salvado, como puede leerse en las historias de las expediciones polares. Y ahora se produce el siguiente desacuerdo: para él es indudable que se le salvará, sin que eso dependa de su voluntad, simplemente por el peso victorioso de su personalidad, pero, ¿debe desearlo? Su deseo o no deseo no modificará nada, habrán de rescatarlo, pero queda el interrogante de si, además, debe desearlo. Está preocupado con esta pregunta, en apariencia tan lejana; la medita, me la expone, la discutimos. No comprende que la formulación de esa pregunta convierte su destino en definitivo. No hablamos de la salvación en sí. Para ella le basta al parecer el martillito que ha conseguido de alguna manera, un pequeño martillo para clavar chinches en un tablero de dibujo; más no podría realizar, pero tampoco le pide más, la sola posesión le hace feliz. A veces se hinca de rodillas a mi lado y me pone ese martillo, ya mil veces visto, ante la nariz; o toma mi mano, la extiende sobre el suelo y martilla sucesivamente todos los dedos. Sabe que con ese martillo no sacará ni una astilla de la pared, tampoco quiere hacerlo, sólo lo desliza a veces por las paredes, como si pudiera con ello dar la señal que pondría en movimiento la gran maquinaria de salvación. No será así, el rescate se producirá a su debido tiempo, sin depender del martillo, pero siempre es algo, algo concreto, una garantía, algo que puede besarse, como no podrá besarse jamás ni a la salvación misma.

Ahora bien, mi respuesta a su pregunta es sencilla: —No, la salvación no es deseable.

No quiero establecer leyes generales, ese es problema del alcalde. Sólo hablo de mí. Y en lo que a mí concierne, la libertad, esa misma libertad que debiera ser ahora nuestra salvación, apenas he podido soportarla, pues ahora estoy en la celda. Sin duda no he aspirado a una celda, sino a un alejamiento en general, quizás hacia otra estrella, en principio hacia otra estrella. Pero, ¿el aire sería respirable allí ? ¿y no me asfixiaría como aquí en la celda? Por lo tanto, de la misma manera podría haber aspirado a la celda.

A veces vienen dos carceleros a nuestra celda para jugar a los naipes. No sé por qué lo hacen; en realidad es una especie de atenuación del castigo. La mayoría de las veces al anochecer, entonces yo tengo siempre un poco de fiebre, no puedo mantener los ojos bien abiertos y los veo sólo en forma imprevista a la luz del farol grande que han traído. Pero ¿será realmente todavía la celda, si les basta incluso a los carceleros? No siempre me alegra esta reflexión, a veces despierta en mí un sentimiento de clase de los penados, ¿qué buscan aquí, entre los presos? Desde luego que me alegra que estén, me siento seguro por la presencia de estos hombres poderosos, también me siento elevado por ellos sobre mí mismo, pero nuevamente no lo deseo, quiero abrir la boca y arrojarlos con la sola fuerza de mi aliento.

Con seguridad puede decirse que el capitán ha enloquecido por el cautiverio. Su capacidad de raciocinio está tan limitada que apenas tendría espacio para un pensamiento más. También ha terminado de elucubrar la idea de la salvación, no ha quedado más que un resto, tanto como era imprescindible para mantenerlo en forma convulsa de pie; pero también a veces abandona este recurso para atraparlo luego de nuevo y entonces jadear de alegría y orgullo. Pero no lo aventajo por ello, sino quizás en el método, quizás en algo insustancial, pero en nada más.

Un día de lluvia. Estás parado frente al brillo de un charco. No estás cansado, ni triste, ni pensativo; sólo estás de pie allí, con todo el peso del mundo, y esperas a alguien. Entonces oyes una voz, cuyo sonido, aun sin palabras, te hace sonreír.

—Ven conmigo—dice la voz. Pero alrededor de ti no hay nadie con quien podrías ir.

—Yo iría —contestas—, pero no te veo.

Después, ya no oyes más nada. Pero viene el hombre a quien esperabas, un hombrón vigoroso, con ojos pequeños, cejas tupidas, mejillas gruesas y algo fláccidas y una barbita. Te parece que ya lo has visto en otra ocasión. Y es natural, porque es viejo compañero de oficina, con quien habías convenido reunirte aquí para discutir a fondo una cuestión de negocios, pendiente desde hacía mucho tiempo. A pesar de que está parado frente a ti, y del ala de su bien conocido sombrero gotea lentamente la lluvia, sólo le reconoces con dificultad. Hay algo que te lo impide, deseas apartarle, ponerte en relación directa con el hombre, y por ello le tomas del brazo. Pero en seguida sientes tanta náusea que te produce arcadas. Inventas una disculpa que quizá no es tal, pues mientras la dices la has olvidado, y te alejas, entrando directamente en una pared de casa (el hombre te grita, quizás una advertencia, pero le despides agitando la mano), la pared se abre ante ti, un criado lleva un candelabro muy alto, le sigues. Pero no te guía a una habitación sino a una farmacia. Es una farmacia grande, de paredes altas y forma semicircular, que tiene centenares de cajones idénticos. También hay muchos compradores, la mayoría llevan bastones largos y delgados, con los cuales golpean sobre el cajón del que desean algo. En seguida, los dependientes trepan, con movimientos cortos y muy rápidos (uno no ve sobre qué se apoyan, uno se pasa la mano por los ojos y, sin embargo, tampoco lo ve), y buscan .lo pedido. Sea hecho con fines de entretenimiento o congénito de los vendedores, de todos modos tienen atrás, sobresaliendo del pantalón, colas empenachadas, como si fueran de ardillas, pero mucho más largas, que al trepar acompañan las sacudidas de todos estos movimientos cortos. El ir y venir de la corriente de compradores por la farmacia impide ver la conexión de la misma con la calle; en cambio se divisa una ventanita cerrada, a la derecha de la que posiblemente es la salida principal. A través de esta ventana se ven afuera tres personas; tapan la visual en forma tan completa que no podría decirse si detrás de ellos la calle está llena de gente o quizá desierta. Un hombre, en especial, atrae la mirada, a cada uno de sus lados hay una mujer, pero apenas se las distingue, están agachadas o hundidas, o están hundiéndose oblicuamente contra el hombre, hacia abajo; son del todo secundarias, mientras que el hombre también tiene algo de femenino. Es vigoroso, viste una blusa azul de obrero, su cara es ancha y franca; la nariz achatada, es como si sé la hubiera apretado recientemente, y las fosas nasales lucharan, retorciéndose, para subsistir; las mejillas tienen mucho color vital. Todo el tiempo mira hacia el interior de la farmacia, mueve los labios, se inclina de derecha a izquierda, como si buscara algo adentro. En la tienda llama la atención un hombre que no pide nada, ni a quien se atiende; yendo erguido de uno a otro lado trata de observarlo todo, apretando el labio inferior inquieto con los dos dedos, y a veces mira el reloj de bolsillo. Evidentemente es el propietario, los compradores le señalan entre sí, es fácil reconocerle por las numerosas correas delgadas, redondeadas y alargadas que cuelgan sobre su busto, ni muy tensas ni muy flojas. Un muchacho rubio, de más o menos diez años de edad, está cogido a su chaqueta, de vez en cuando también quiere tomarse de las correas, pide algo que el dueño no quiere concederle. En ese momento suena la campanilla de la puerta. ¿Por qué suena? Tantos compradores vinieron y se fueron sin que sonara, pero ahora suena. La muchedumbre se aparta de la puerta, es como si se hubiera esperado el campanilleo, hasta parecería que la multitud supiese más de lo que confiesa. Ahora se ve también la puerta de vidrio grande, de dos hojas. Afuera está la estrecha calle vacía, empedrada pulcramente con ladrillos, es un día nublado que presagia lluvia, pero aún no llueve. Un hombre ha abierto la puerta desde la calle y puesto la campanilla en movimiento, pero ahora duda, retrocede de nuevo, relee el nombre en el cartel, sí, está bien, y entonces entra. Es el médico Herodias, todos lo conocen. Con la mano izquierda en el bolsillo avanza hacia el farmacéutico, que ahora está solo, de pie en el espacio libre; hasta el niño, si bien en primera fila, se ha quedado atrás y observa con los grandes ojos azules abiertos. Herodias tiene una manera de hablar sonriente, y con aire de superioridad, la cabeza echada para atrás, y aun cuando sea él mismo quien habla produce la impresión de estar escuchando. Con todo, es muy distraído, a veces hay que repetirle las cosas, es trabajoso penetrar hasta él, y también por eso parece sonreír. Cómo no iba un médico a conocer la farmacia, y sin embargo mira a su alrededor, como si estuviera allí por primera vez y sacude la cabeza ante las colas de gente y los vendedores. Luego se dirige hacia el dueño, lo rodea con el brazo derecho a la altura de los hombros, lo hace girar, y entonces ambos siguen caminando, muy juntos, por entre la multitud que retrocede a un lado, hacia el interior del negocio, el niño delante de ellos, mirando otra vez tímidamente hacia atrás. Llegan tras los mostradores hasta una cortina, que el niño levanta, luego continúan a través de las salas del laboratorio y por último a una puertita que, como el muchacho no se atreve a abrir, debe franquear el médico. Existe el riesgo de que la multitud que ha llegado hasta allí, también quiera seguirles a esa habitación. Pero los vendedores, que entre tanto se han abierto paso hasta la primera línea, se vuelven contra la multitud sin esperar hacia atrás a la muchedumbre que, por otra parte, sólo se ha desplazado hasta allí por su peso y no con intención de molestar. De todos modos se hace sentir un movimiento contrario: lo origina el hombre con las dos mujeres; ha abandonado el lugar en la ventana, ha entrado en la tienda y ahora quiere llegar aún más lejos. Precisamente la docilidad de la multitud, que por lo que se ve, respeta ese lugar, se lo permite. A través de los vendedores, a quienes aparta más con la mirada que con los codos, ya se ha acercado con sus dos mujeres hasta donde se encuentran los dos señores, y a través de sus cabezas él, más grande que ambos, mira hacia la oscuridad del cuarto.

—¿Quién viene?—pregunta débilmente una mujer desde la habitación.

—Quédate tranquila, es el médico—contesta el farmacéutico, y entran en el cuarto. Nadie piensa en encender la luz. | El médico ha dejado al farmacéutico y se dirige solo hacia la cama. El hombre y las mujeres se apoyan en el respaldo de la cama, a los pies de la enfermera, como sobre un parapeto. El farmacéutico no se atreve a acercarse; el niño nuevamente se ha tomado de él. El médico se siente estorbado por la presencia de los tres extraños.

—¿Quiénes son ustedes?—pregunta, en voz baja, por consideración hacia la enferma.

—Vecinos—dice el hombre.

—¿Qué quieren?

—Queremos—dice el hombre, hablando en voz mucho más alta que el médico…

 

Franz Kafka: El silencio de las sirenas. Cuento

Kafka1Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba: Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizás alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equiparse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises, (para expresarlo de alguna manera), no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo mas acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían parecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Franz Kafka: Él. Cuento

kafkaAnotaciones fragmentarias del año 1920.

 

 

En ninguna ocasión se está lo suficientemente preparado, ni siquiera reprochablemente, porque ¿cómo se habría de tener tiempo para prepararse anticipadamente en esta vida tan dolorosa que exige estar presto a cada instante? Y aunque lo tuviera, ¿cómo estar preparado sin conocer el problema que hay que resolver?; es decir: ¿es realmente posible superar una prueba espontánea, imprevista, no dispuesta en forma artificial? Por eso hace tiempo que fue destrozado por las ruedas; para esta ocasión —es curioso pero confortador—estuvo menos preparado que nunca.

Cuanto hace le parece extraordinariamente nuevo, pero también, por su exagerada abundancia, improvisado, apenas soportable, incapaz de perdurar, destructor de la cadena de las generaciones, y por primera vez demoledor hasta sus últimas consecuencias de la música del mundo que hasta ahora podía al menos barruntarse. A veces, en su soberbia, teme más por el mundo que por sí mismo.

Se hubiera resignado a la prisión. Terminar preso podría constituir el objetivo de una vida. Pero era una gran jaula de rejas. Como en sus lares, el ruido del mundo, indiferente, imperioso, fluía a través de las rejas; en cierto modo era libre, podía tomar parte en todo, nada de lo que sucedía afuera se le escapaba, hasta hubiera podido abandonar la jaula, ya que los barrotes se encontraban muy separados; ni siquiera se encontraba preso. Tenía la sensación de que por el hecho de vivir se obstruía los caminos. Y luego deducía que esa obstrucción era la prueba de su existencia.

Su propia frente le obstruye el camino; contra ella se golpea la propia frente hasta hacerla sangrar.

Se siente preso en este mundo, le falta espacio; lo acosan la pena, la debilidad, las enfermedades, las alucinaciones de los presos; ningún consuelo es bastante, precisamente por ser tan sólo consuelo, tierno y doloroso consuelo frente al brutal hecho de estar preso. Pero si se le pregunta qué es lo que desea en realidad, no sabe responder, porque no sabe —y es uno de sus argumentos más fuertes—lo que es la libertad.

Hay quien niega la pena señalando el sol; él niega al sol señalando la pena.

El movimiento ondulatorio de toda vida, de la propia y la ajena, lacerante, lento, a veces mucho tiempo detenido, pero en el fondo interminable, lo tortura porque lleva consigo la también interminable exigencia de pensar. A veces le parece que esta tortura precede a los acontecimientos. Cuando se entera de que nacerá el hijo de un amigo, reconoce que ya ha sufrido antes por ello como pensador.

Por una parte ve algo inimaginable sin cierto bienestar, algo sereno y henchido de vida: la meditación, valoración, el análisis, la extraversión. Las posibilidades son infinitas. Hasta un ciempiés necesita una grieta suficientemente amplia para instalarse; aquellos actos, en cambio, no requieren espacio, pueden coexistir por millares, compenetrándose, sin necesidad de la menor grieta. Pero por otra, ve también el instante en que, llamado a rendir cuentas y sin conseguir articular palabra, es rechazado de nuevo hacia la contemplación… y ya sin la posibilidad de chapotear en ellos, se hunde con una maldición.

Se trata de lo siguiente: hace muchos años me senté en la ladera del monte Laurenzi. Bastante triste, analizaba mis deseos. Me pareció más importante o’ atrayente el de lograr una concepción de la vida (y, ambas cosas estaban necesariamente ligadas, convencer a los demás de ella), una concepción en que la vida conservara todo su peso, sus altibajos naturales, pero en que fuera también reconocida, con no menor precisión, como nada, como un sueño, como un algo leve y fluctuante. Acaso-un hermoso deseo si lo hubiese deseado completamente. Algo como el goce de ensamblar una mesa a la perfección, de acuerdo con las reglas del arte; y al mismo tiempo no hacer nada, pero en tal forma que no se pudiese decir: “el martillar no es nada para él”, sino que hubiera que decir: “el martillar es para él un verdadero martillar y al propio tiempo nada”, con lo cual el martillar se tornaría aún más audaz, más decidido, más real y, si lo deseas, más delirante.

Pero no podía desear en esa forma, ya que ese deseo no era un deseo, era tan sólo una defensa, una certeza de la nada, un soplo de vitalidad conferido a la nada, en la que entonces apenas si aventuraba los primeros pasos concientes, pero sintiéndola ya como su elemento. Era como una despedida del humo de apariencias de la juventud, aunque ésta nunca le había engañado directamente, sino tan sólo a través de la palabra de las eminencias. El “deseo” se hizo pues necesario.

Sólo se prueba a sí mismo, es su única demostración; todos los adversarios lo derrotan en seguida, pero no por/que lo refuten (él es irrefutable), sino porque se prueban a sí mismos.

Las asociaciones humanas se basan en que alguien, por su poderosa esencia, parezca haber refutado a otros, en sí irrefutables. Esto es dulce y consolador para aquellos; pero como falta la verdad no puede ser duradero.

Antes formó parte de un grupo monumental. En torno a un pináculo se agrupaban en orden estudiado las figuras del guerrero, de las artes, ciencias y oficios. Uno de ellos era él. Hace tiempo que el grupo se ha disuelto; al menos él ya no lo integra. No conserva ya su antiguo oficio, ha olvidado cuál era su papel. Precisamente por este olvido le sobreviene una cierta tristeza, inseguridad, inquietud, una cierta nostalgia de los tiempos pasados que oscurecen el presente. Y sin embargo esta nostalgia es un importante elemento de la fuerza vítalo acaso ella misma.

No vive por su existencia personal, no piensa en razón de su propio pensamiento. Es como si viviera y pensara bajo la presión de una familia para la cual, a pesar de ser enormemente rica en energías vitales y de pensamiento, él constituye una necesidad, en virtud de una ley desconocida. Por esta familia y por estas leyes desconocidas es imposible despedirlo.

El pecado original, la vieja culpa del hombre, consiste en el reproche que formula y en que reincide, de haber sido él la víctima de la culpa y del pecado original.

Frente a las vitrinas de Cassinelli dos niños bien vestidos (un niño de unos seis años y una niña de siete), hablaban de Dios y del pecado. Me detuve tras ellos. La niña, tal vez católica, sólo consideraba pecado mentir a Dios. El niño, quizá protestante, preguntaba empecinado qué era entonces mentir a los hombres o robar.

—También un enorme pecado —dijo la niña—, pero no el más grande. Sólo los pecados contra Dios son los verdaderamente grandes; para los pecados contra los hombres tenemos la confesión. Si me confieso, aparece el ángel a mis espaldas; pero si peco aparece el diablo, aunque no se lo vea.—Entonces la niña, como cansada de tanta seriedad, se volvió y dijo en broma: —¿Ves? No hay nadie detrás de mí.

El niño, a su vez, se volvió y me vio.

—¿Ves? —dijo sin tener en cuenta que yo lo oía—, detrás de mí está el diablo.

—Ya lo veo —le respondió la niña—, pero no me refiero a ése.

No busca consuelo, no porque no lo quiera —¿quién no lo quiere?—, sino porque buscar consuelo significa dedicarla vida a ello; vivir al borde de la existencia, fuera de ella, ya sin saber casi para quién se busca consuelo y sin estar ya en condiciones de buscar consuelo eficaz, no digo verdadero, que no lo hay.

Se resiste a dejarse medir por los demás. El hombre, por infalible que sea, ve en los otros sólo la parte que le muestra su propia mirada y su manera de pensar. Padece como todo el mundo, aunque en forma exagerada, la manía de reducirse hasta amoldarse a la mirada de los demás. Si Robinsón, por consolarse o por tristeza, temor, ignorancia o nostalgia no hubiera abandonado nunca el punto más alto o mejor, más visible de la isla, pronto habría muerto; pero como, sin preocuparse de los barcos y de sus débiles catalejos, comenzó a explorar su isla y a encontrar alegría en ella, sobrevivió y fue finalmente encontrado, como consecuencia al menos intelectualmente, necesaria. De tu debilidad haces una virtud.

En primer lugar, todos lo hacen; y en segundo, precisamente yo no lo hago. Dejo que mi debilidad lo siga siendo; no seco los pantanos, sigo viviendo en su vaho febril.

De ello haces precisamente tu virtud.

Como todos, ya lo dije. Por lo demás, lo hago por ti. Para que continúes siendo amable conmigo, perjudico a mi alma.

Todo le está permitido menos olvidarse de sí mismo; así todo le está vedado, menos lo que momentáneamente es necesario al todo.

La cuestión de la conciencia es una exigencia social.

Todas las virtudes son individuales, todos los vicios sociales. Lo que se hace valer como virtud social, como el amor, el desinterés, la justicia, el espíritu de sacrificio son tan sólo vicios sociales “asombrosamente” rebajados.

Entre el sí y el no que dice a sus contemporáneos y los que debiera decirles, hay más o menos la misma diferencia que entre la vida y la muerte, e igualmente inasible.

La causa de que la posteridad juzgue más acertadamente al muerto, radica en éste. La verdadera índole se desarrolla tan sólo después de la muerte. Estar muerto es para cada uno como la noche del sábado para el deshollinador. Le quita el hollín al cuerpo. Y queda aclarado si los contemporáneos le han hecho más daño a él o él a ellos. En el último caso fue un gran hombre.

Siempre tenemos fuerzas para negar, la más natural manifestación del espíritu de lucha, siempre cambiante, renovado, que nace y que muere; pero nos falta valor para ello, cuando en realidad la vida es negación, es decir negación afirmativa.

No muere con la atrofia de sus pensamientos. Atrofiarse es sólo una manifestación del mundo interior (que permanece aunque sólo sea pensamiento), una manifestación natural como cualquier otra, ni alegre ni triste.

La corriente contra la cual se afana es tan veloz que en algún momento de distracción puede- desesperarse por la estéril quietud en que flota; tan atrás ha sido arrastrado en un instante de postración.

Tiene sed y un simple arbusto lo separa del manantial. Pero está formado por dos pactes. Una vigila el conjunto, ve que está aquí y la fuente al lado; la otra a lo sumo sospecha que la primera lo ve todo. Pero como no advierte nada, no puede beber.

Ni audaz ni temerario, tampoco cobarde. La vida libre no le acobardaría. Claro que tal género de vida no se le ha presentado, pero tampoco esto le preocupa, como en general no se preocupa de sí en absoluto, pero hay alguien desconocido que se preocupa por él, tan sólo por él. Y esas preocupaciones de ese alguien desconocido, y en especial su constancia, son las que en horas silenciosas le causan una terrible jaqueca.

Cierta pesadez le impide erguirse, la sensación de estar protegido, de yacer en un lecho preparado para él y que le pertenece exclusivamente; pero no puede descansar, la intranquilidad le expulsa del lecho, se lo impide la conciencia, el corazón que late sin cesar, el temor a la muerte y el deseo de refutarlo. Torna a levantarse. Esta agitación y algunas observaciones al sesgo, casuales, fugitivas, constituyen su vida.

Tiene dos enemigos: el primero lo amenaza por detrás, desde las fuentes; el segundo le cierra el camino hacia adelante. Lucha con ambos. En realidad, el primero lo apoya en su lucha contra el segundo, quiere impulsarlo hacia adelante y de la misma manera el segundo lo apoya en su lucha contra el primero, lo empuja hacia atrás. Pero esto es solamente teórico. Porque aparte de los adversarios también existe él, ¿y quién no conoce sus intenciones? Siempre sueña que en un momento de descuido —para ello hace falta una noche impensablemente oscura—puede escabullirse del frente de batalla y ser elevado, por su experiencia de lucha, por encima de los combatientes, como arbitro.