Mario Vargas Llosa: EL abuelo. Cuento

imagen-vargasllosaCada vez que el viento desprendía una ramita o golpeaba los vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, haciendo ruido, el viejecito saltaba con agilidad de su asiento improvisado que era una enorme piedra y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a la pérgola, veía en cambio las luces de la araña, encendida hacía rato, y bajo ellas sombras medio deformes que se deslizaban de un lado a otro con las cortinas, lentamente. El viejecito había sido corto de vista desde joven, y también algo sordo, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si la cena había comenzado, o si aquellas sombras movedizas las causaban los árboles más altos.

Regresó a su asiento y esperó. La noche anterior había llovido y la tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos abundaban, y los esfuerzos desesperados de don Eulogio, que agitaba sus manos constantemente en torno del rostro, no conseguían evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus párpados, llegaban cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El entusiasmo y la excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante el día habían decaído y se sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Tenía frío, le molestaba la oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la imagen, persistente momento atrás, de alguien, quizá la cocinera o el mayordomo, sorprendiéndolo de pronto en su escondrijo. “¿Qué hace usted en la huerta a estas horas, don Eulogio?”. Y vendrían su hijo y su hija política, convencidos de que estaba loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre los bloques de crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero que llegaba a la puerta trasera esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, recordando haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta, con el pestillo corrido, y que en unos segundos podía deslizarse hacia la calle sin ser visto.

“¿Si hubiera venido ya?”, pensó, intranquilo. Porque hubo un instante, a los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente a su casa por la entrada casi olvidada de la huerta, en que perdió la noción del tiempo y permaneció como dormido. Solo reaccionó cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se desprendió de sus manos golpeándole el muslo. Pero era imposible. El niño no podía haber cruzado la huerta aún, porque sus pasos lo habrían despertado, o el pequeño, habría distinguido a su abuelo, encogido y durmiendo, justamente al borde del sendero que debía conducirlo a la cocina.

Esta reflexión lo animó. El viento soplaba con menos violencia, su cuerpo se adaptaba al ambiente, había dejado de temblar. Tentando entre los bolsillos de su saco, encontró pronto el cuerpo duro y cilíndrico del objeto que había comprado esa tarde en el almacén de la esquina. El viejecito sonrió regocijado en la penumbra, recordando el gesto de sorpresa de la vendedora. El había permanecido muy serio, taconeando con elegancia, agitando levemente y en círculo su largo bastón enchapado en metal, mientras la mujer pasaba frente a sus ojos cirios y velas de sebo de diversos tamaños. “Esta”, dijo él, con un ademán rápido que quería significar molestia por el quehacer desagradable que cumplía. La vendedora insistió en envolverla, pero don Eulogio se negó, abandonando la tienda con premura. El resto de la tarde estuvo en el Club, encerrado en el pequeño salón del rocambor donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las precauciones para evitar la solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego, cómodamente hundido en el confortable de suave color escarlata, abrió el maletín que traía consigo, y extrajo el precioso paquete. La tenía envuelta en su hermosa bufanda de seda blanca, precisamente la que llevaba puesta la tarde del hallazgo.

A la hora más cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi, indicando al chofer que circulara despacio por las afueras de la ciudad, corría una deliciosa brisa tibia, y la visión entre grisácea y roja del cielo sería más sorprendente y bella en medio del campo. Mientras el automóvil corría con suavidad por el asfalto, sus ojitos vivaces, única señal ágil en su rostro fláccido, lleno de bolsas, iban deslizándose distraídamente sobre el borde del canal vecino a la carretera, cuando de pronto, casi por intuición, le pareció distinguir un extraño objeto.

“¡Deténgase!” -dijo, pero el chofer no le oyó-. “¡Deténgase! ¡Pare!”.

Cuando el auto se detuvo y en retroceso llegó al montículo de piedras, don Eulogio comprobó que se trataba, efectivamente, de una calavera. Teniéndola entre las manos olvidó la brisa y el paisaje, y estudió minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura forma impenetrable despojada de carne y de piel, sin nariz, sin ojos, sin lengua. Era un poco pequeña y se sintió inclinado a creer que era de un niño. Estaba sucia, polvorienta, y el cráneo pelado tenía una abertura del tamaño de una moneda, con los bordes astillados. El orificio de la nariz era un perfecto triángulo, separado de la boca por un puente delgado y menos amarillo que el mentón. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas vacías, cubriendo el cráneo con la mano en forma de bonete o hundiendo su puño por la cavidad baja, hasta tenerlo apoyado en el interior. Entonces, sacando un nudillo por el triángulo, y otro por la boca a manera de una larga lengueta, imprimía a su mano movimientos sucesivos, y se divertía enormemente imaginando que aquello estaba vivo…

Dos días la tuvo oculta en el cajón de la cómoda abultando el maletín de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde siguiente a la del encuentro permaneció en su habitación, paseando nerviosamente entre los muebles lujosos de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza: se diría que examinaba con devoción profunda los complicados dibujos sangrientos y mágicos del círculo central de la alfombra, pero ni siquiera los veía. Al comienzo estuvo muy preocupado. Pensó que podían ocurrir imprevistas complicaciones de familia, tal vez se reirían de él. Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseo de llorar. A partir de ese instante, el proyecto se apartó solo un momento de su mente: fue cuando de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de agujeros, y recordó que en una época cercana aquella casita de madera con innumerables puertas no estaba vacía y sin vida, sino habitada de animalitos pardos y blancos que picoteaban con insistencia cruzando la madera de surcos y que a veces revoloteaban sobre los árboles y las flores de la huerta. Pensó con nostalgia en lo débiles y cariñosos que eran: confiadamente venían a posarse en su mano, donde siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión entornaban los ojos y los sacudía un débil y brevísimo temblor. Luego no pensó más en ello. Cuando el mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenía decidido. Esa noche durmió bien. A la mañana siguiente recordaba haber soñado que una larga fila de grandes hormigas rojas invadía sorpresivamente el palomar, causando desasosiego entre los animalitos, mientras él, en su ventana, advertía la escena por un catalejo.

Había imaginado que la limpieza de la calavera sería un acto sencillo y rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que había creído polvo y tal vez era excremento por su aliento picante, se mantenía soldado en las paredes internas y brillaba como metal en la parte posterior del cráneo. A medida que la seda blanca de la bufanda se cubría de lamparones grises, sin que fuera visible que disminuía la capa de suciedad, iba creciendo la excitación de don Eulogio. En un momento, indignado, arrojó la calavera, pero antes de que esta dejara de rodar, se había arrepentido y estaba fuera de su asiento, gateando por el suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaución. Supuso entonces que la limpieza sería posible utilizando alguna sustancia grasienta. Por teléfono encargó a la cocina una lata de aceite y esperó en la puerta al mozo, arrancándole con violencia la lata de las manos, sin prestar atención a la mirada inquieta con que aquel intentó recorrer la habitación por sobre su hombro. Lleno de zozobra empapó la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, luego acelerando el ritmo, raspó hasta exasperarse. Comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz: una tenue lluvia de polvo cayó a sus pies durante unos minutos, mientras él ni siquiera notaba que se humedecían sus dedos y el borde de sus puños. De pronto, puesto de pie de un brinco, admiró la calavera que sostenía sobre su cabeza, limpia, luciente, inmóvil, con unos puntitos como de sudor sobre la suave superficie de los pómulos. La envolvió de nuevo, amorosamente. Cerró su maletín y salió precipitado del Club. El automóvil que ocupó en la puerta lo dejó a la espalda de su casa. Había anochecido. En la fría penumbra de la calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta estuviera clausurada. Enervado, calmo, estiró su brazo y dio un respingo de felicidad al notar que giraba la manija y que aquella cedía con un corto chirrido.

En ese momento escuchó voces en la pérgola. Estaba tan ensimismado, que incluso había olvidado el motivo de ese trajín febril. Las voces, el movimiento fueron tan imprevistos que su corazón parecía una bomba de oxígeno golpeándole el pecho. Su primer impulso fue agacharse, pero lo hizo con torpeza y se resbaló de la piedra, cayendo de bruces. Sintió un dolor agudo en la frente y en un sabor desagradable de tierra mojada en la boca, pero no hizo ningún esfuerzo por incorporarse y continuó allí, medio sepultado en las hierbas, respirando fatigosamente, temblando. En la caída había tenido tiempo para elevar la mano que aprisionaba la calavera de modo que esta se mantuvo en el aire, a escasos centímetros del suelo siempre limpia.

La pérgola estaba a cincuenta metros de su escondite, y don Eulogio oía las voces como un delicado murmullo, sin distinguir lo que decían. Se incorporó trabajosamente. Espiando, vio entonces en medio del arco de los grandes manzanos cuyas raíces tocaban el zócalo del corredor, una forma clara y esbelta, y comprendió que era su hijo. Junto a él había otra, más oscura y pequeña, reclinada con cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus ojos trató angustiosamente, pero en vano de distinguir al niño. Entonces lo oyó reír: una risa cristalina de niño, espontánea, purísima, que cruzaba el jardín como un animalillo. No esperó más: extrajo la vela de su saco, juntó a tientas ramas, terrones y piedrecitas y trabajó rápidamente hasta asegurar la vela sobre la piedra. Luego con extrema delicadeza para evitar que la vela perdiera el equilibrio, colocó encima la calavera. Presa de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo cuerpo aceitado para verlo mejor, comprobó de nuevo que la medida era justa: por el orificio del cráneo asomaba un puntito blanco como un nardo. No pudo continuar observando. El padre había elevado la voz y, aunque las palabras eran todavía incomprensibles, don Eulogio supo que se dirigía al niño. Hubo en ese momento como un cambio de palabras entre las tres personas: la voz gruesa del padre, cada vez más enérgica, el rumor melodioso de la mujer, los cortos gritos destemplados del nieto. El ruido cesó de pronto. El silencio fue brevísimo: lo interrumpió como una explosión este último. “Pero conste: hoy acaba el castigo. Dijiste siete días y hoy se acaba. Mañana ya no voy”. Con las últimas palabras escuchó pasos precipitados, pero casi de inmediato dejó de oírlos.

¿Venía corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio venció el ahogo que le estrangulaba y concluyó su plan. El primer fósforo dio solo un fugaz hilito azul. El segundo prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin sentir dolor, lo mantuvo junto a la calavera, aun segundos después de que la vela estuviera encendida. Dudaba, porque lo que veía no era exactamente la imagen que supuso cuando una llamarada sorpresiva creció entre sus manos con un brusco crujido, como de muchas ramas secas quebradas a la vez, y entonces quedó la calavera iluminada del todo, echando fuego por las cuencas, por el cráneo, por los huesos de la nariz y de la boca. “Se ha prendido toda”, exclamó maravillado. Había quedado inmóvil, repitiendo como un disco: “fue el aceite, fue el aceite”, estupefacto y embrujado ante el espectáculo medio macabro, medio mágico de la calavera en llamas.

Justamente en ese instante escuchó el grito. Fue un grito salvaje, como un alarido de animal herido, que se cortó de golpe. El niño estaba delante de él, en el círculo iluminado por el fuego, con las manos retorcidas frente a su cuerpo y los dedos crispados. Lívido, estremecido de terror, tenía los ojos y la boca muy abiertos y estaba rígido y mudo y rígido, haciendo unos extraños ruidos con la garganta, como roncando. “Me ha visto, me ha visto”, se decía don Eulogio, con pánico. Pero al mirarlo supo de inmediato que no lo había visto, que su nieto no podía ver otra cosa que aquel rostro de huesos que llameaba. Sus ojos estaban inmovilizados, con un terror profundo y eterno retratado en ellos, fijamente prendidos al fuego y a aquella forma que se carbonizaba. Don Eulogio vio también que a pesar de tener los pies hundidos como garfios en la tierra, su cuerpo estaba sacudido por convulsiones violentas. Todo había sido simultáneo: la llamarada, el espantoso aullido, la visión de esa figura de pantalón corto súbitamente poseída de espanto. Pensaba entusiasmado que los hechos habían sido incluso más perfectos que su plan, cuando sintió muy cerca voces y pasos que avanzaban y entonces, ya sin cuidarse del ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero, destrozando con sus pisadas los macizos de crisantemos y rosales que entreveía en su carrera a medida que lo alcanzaban los reflejos de la llama, cruzó el espacio que lo separaba de la puerta. La atravesó junto con el grito de la mujer, salvaje también pero menos puro que el de su nieto. No se detuvo ni volvió la cabeza. En la calle, un viento frío hendió su frente y sus escasos cabellos, pero no lo notó y siguió caminando, despacio, rozando con el hombro el muro de la huerta sonriendo satisfecho, respirando mejor, más tranquilo.

Augusto Roa Bastos: Esos rostros oscuros. Cuentos

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Hacía rato que había anochecido y el calor seguía crujiendo entre el follaje seco de los árboles que rodeaba las casas del puesto, en la loma. Parecía el chirrido de un horno que se fuera enfriando con imperceptibles rajaduras del adobe caldeado.

Las casuarinas estaban silenciosas y erguidas. A lo lejos, el campo se anegaba en una penumbra morada de la cual no había huido del todo la claridad.

A la izquierda, como a un cuarto de legua, estaba el montecito de tacuaras, espinillos y sauces que ocultaba la laguna.

Se escuchaba el mugido lejano de los vacunos que esperaban su ración de sal cerca de las bateas. Pero no los gritos de la peonada arreando el ganado o en cerrando los terneros en los corrales o apartando las lecheras de la novillada. Algunos toros se corneaban entre sí, provocando aislados tumultos en la tropilla náufraga y levantando nubes de polvo rosado.

Alrededor de la casa de ladrillos con techo de paja estaban los galpones donde se guardaban los aperos, las herramientas, el forraje, los bastimentos. En uno de ellos dormía la peonada. También parecían desiertos. Sólo en el rancho que hacía de cocina había algún movimiento. Una negra enorme, con un trapo colorado y sucio atado a la cabeza, trasegaba laboriosamente el locro de un marmitón a otras ollas menores. Era el rancho de los peones. El vapor apetitoso, oliendo a cecina, a choclo, a especias, llenaba la cocina humosa y baja, llena de hollín, de enseres colgando en ganchos de alambre que pendían de las tijeras. Un chorro de locro hirviente cayó, en un descuido, sobre el pie de la machú. Los granos blancos y gordos se esparcieron por el suelo, un trozo negro de cecina con un medallón de grasa.

—¡Añá membuy…! —rezongó la vieja poniendo los ojos en blanco, no se podía decir si de dolor o de cólera.

Otra voz, chillona y áspera, salió en ese momento de la casa.

—¡Martina…, Martina…! ¿No volvió todavía la hija del dotor?

La negra salió balanceándose.

—Neira güeterí, ama.

En la puerta de la casa estaba una mujer vieja y flaca. Su ropa era oscura y amplia y tenía el pelo recogido sobre la nuca en un gran rodete sujeto con un peinetón dorado.

—Y Juancho, ¿dónde está?

—Hace un momento andaba por ahí trajinando.

—¡Juanchooo…! —llamaron al unísono la patrona y la negra. Un grito horriblemente destemplado. De la cuadra de los peones salió un muchachuelo desmedra do, puro piel y huesos, con los ojos brillantes por la tisis. Renqueaba sobre los pies hinchados por los piques.

—¡Juancho!

—Mande, la señora.

—¿No la viste a la niña Amelia?

—Se jué a bañar al laguna.

—Ya sé. Lo que te pregunto es si volvió.

—No, la señora.

La mujer quedó un rato pensativa. Se le veía revolver el asunto por dentro. La negra y el muchacho estaban pendientes de ella.

—Y los peones, Martina, ¿ya vinieron para el rancho?

-Neira gueterí ave!, ama.

—Entonces no hay nadie. No está ni Rosendo. Y la hija del dotor… ¡Jesús! ¿Quién sabe qué le habrá pasado a esa loca?

Los ojos del muchacho brillaron aún más al fondo de las cuencas.

—¿Queré que vaya a ver en el laguna, patrona? —y sin esperar la orden, se largó lomada abajo, con un trote extraño de langosta, saltando sobre sus zancudas extremidades.

—Andate vo’ también, Martina, hacia los corrales. A lo mejor ko esa machona anda entre lo’ hombre… ¡Jesú, che Dió! ¡Cuándo pikó la llevará el padre de una ve y no’ dejará tranquilo! E’ un quebranto continuo…

La jeta de la negra se movió mascullando una interjección inentendible. Buscaba esquivar la inútil caminata.

—¿Y el locro, ama? Se va a enfriar todo. Vi’ a alzarlo otra ve en el fuego.

—Depué, depué. Hay que encontrar primero a la niña Amelia. Pronto… ¿Quién sabe qué le habrá pasado? —se hincó el agudo meñique entre los labios. En su voz vibraban el temor auténtico, la responsabilidad y otra cosa que era como la intuición oscura de la hembra; algo así como una comezón concupiscente frenada sólo por el egoísmo, por la intolerante malicia, la continencia forzosa de ese organismo marchito. Enteca y áspera, volvió a entrar en la casa. El peinetón dorado, cabalgando el rodete, se borró en la sombra.

2

Amelia era hija del diputado Jerónimo Mendieta. Los Alderete lo llamaban simplemente el Dotor. En toda la región no se le conocía de otro modo, así que Amelia era la hija del Dotor.

Unos favores iniciales del influyente abogado de Asunción convirtieron a Rosendo Alderete, fuerte estanciero de las Misiones, si no en un verdadero cacique político, en uno de los más importantes testaferros electorales del partido a que pertenecía Mendieta. Y fueron sus esfuerzos los que permitieron a éste ganar la banca que detentaba.

—Carnearé y largaré plata hasta que el Dotor salga eleto — había prometido Rosendo Alderete. Y así sucedió. Ni siquiera tuvo que carnear demasiado. Unas diez vaquitas solamente (las que se habían apartado por enfermas en el último rodeo) para el asado con cuero de las juntas vecinales. Y dos o tres bordalesas de caña que consiguió como “contribución para el partido” del alambique clandestino de un correligionario. Total, que apenas le había costado plata “ablandar” a los chococués esparcidos en sus tierras.

Había sido un buen trabajo. En recompensa, el Doctor, después de un corto expedienteo en Asunción, logró añadir un refajo fiscal de varias legüitas cuadradas a la estancia de Alderete. Había allí un monte de buena madera sin explotar, plantaciones de yerba del tiempo de los jesuitas, abundantes aguadas y excelente campo de pastoreo. Había sido un negocio redondo; sobre todo para Alderete, que vio de pronto crecer su estancia, como ni siquiera lo hubiera soñado. El Doctor sólo pidió la explotación a medias de la madera y de la yerba. Era un precio ínfimo. Rosendo Alderete estaba lleno de gratitud, de fanática admiración por el Doctor.

Durante las elecciones, unos arrendatarios se mostraron remisos hacia el Doctor. Y hasta existía contra ellos la sospecha de que habían votado por el contrincante. Alderete les hizo la vida imposible, hasta que consiguió echarlos, quedándose además con sus cosechas.

—No voy a estar engordando a enemigos de mi partido, a rebeldes, a sinvergüenzas… —dijo cerrando el capítulo de la expulsión de ese centenar de esclavos que se tuvieron que ir con sus mujeres y sus críos, desnudos y hambrientos, a otros feudos probablemente más inhóspitos aún.

3

El Doctor, de tanto en tanto, hacía cortas giras políticas por las localidades de su circunscripción. Rosendo Alderete iba a caballo a la estancia del ferrocarril a verlo pasar, a saber las noticias, a estrechar las manos del gran hombre, “tan bueno, tan inteligente, uno de los verdaderos puntales del partido y del gobierno”. Volvía orondo, hinchado como un pavo y graznaba a su mujer las cosas que le había dicho el Doctor.

Al regreso de una de estas fugaces entrevistas, Alderete le refirió muy orgulloso que el Doctor tenía pensado traer a su hija Amelia y dejarla unos días con ellos, durante las vacaciones.

—Va a rendir el quinto grado —le había dicho—. Y no anda muy bien de la cabeza. Tiene unas cosas muy raras. Los médicos dicen que son trastornos del crecimiento. Pero yo creo que es solamente cansancio mental, por el estudio, ¿sabe? La chica lee mucho. Quieren que salga al campo, a descansar.

—Pero cómo no, Dotor —le había respondido Alderete, untuoso, servicial—. En casa va a pasar muy bien la niña. Hay una linda laguna. El aire e’sano. La alimentaremos muy bien. Le daremos mucha leche caliente, caldo de pata, remedio ñaná. Se pondrá enseguida como hierro, Dotor.

—Sería más o menos a mediados de diciembre. Yo le avisaré con un telegrama. Así se trae el sulky. Yo seguiré a Encarnación. Al regreso me la llevo de vuelta. Solamente por unos días.

—Pero cómo no, Dotar… Con mucho gusto. La niña estará como en su casa. No se va a arrepentir.

4

Llegó con una valija negra grande y con ese extraño perrito blanco que tenía una cinta celeste atada al cuello y olía con el mismo perfume que ella. Tan chico que parecía un juguete vivo, ladrador.

Bajó del sulky hermosa, opulenta. No había cumplido aún los diecisiete años, pero parecía ya una mujer robusta y granada de veinticinco. La tez como las magnolias, bajo la cabellera oscura. Pálida y ojerosa. Demasiado blanca y espigada. Orgullosa, o quizá solamente reservada.

Mientras bajaba, un golpe de viento removió el vestido y mostró parte de la pantorrilla mórbida y gruesa, como el tronco de un árbol recién despellejado. Alderete, que le tendía la mano para ayudarla, giró el rostro para no ver, gritando con ira repentina a Juancho cualquier cosa. El muchacho viboreó junto al sulky sin saber qué hacer. Ese resplandor de vientre de pescado también lo había cegado a él pateándole el estómago hético con la coz de una mula, removiendo sus irremediables catorce años, su pubertad baldada por el mal.

5

Fue Juancho quien llevó a los enloquecidos peones, unos días después, la asombrosa noticia. Era la gota de fuego sobre la vejiga llena de aire a punto de estallar. Las barbas de los peones temblaron lascivas en el galpón siguiendo las palabras del pequeño espía.

—Cuando el patrón y la patrona duerme de sieta, ella te va al común con el perrito…

—¿Y qué hace? —preguntaron varios a un tiempo, acribillando tórridamente a Juancho.

—Se sienta en el cajón… —la frase no pudo seguir en la garganta del muchachuelo trémulo. Hubo un nudo, como si la saliva se le hubiese petrificado de golpe.

—¿Y qué hace…?

—¿Por qué no contás todo de una vez?

—¡Mentira! —aguija uno—. No vio nada.

—Sí, vi… Al común se le voló con la tormenta una tabla del techo. Me subí al paraíso y vi…

—¿Y qué vite…?

Juancho lucha contra el nudo de piedra en la garganta.

—Mita’í puñetero… Contá de una ve, o te vamo’ a hundir la barriga a patada!

—Ella se sienta en el cajón abujereado del común… Los hombres escuchan con murmullo crecido alrededor de sus sienes. Es un río caliente que va a desbordar. Nadie chupa la bombilla del tereré. Están tumbados boca abajo en el suelo, con sólo las cabezas levantadas hacia el chico. Tensos, acechantes, como serpientes o curas.

—Se levanta el vetido. Tonce, el perrito…

Un gemido lúbrico y ronco en las quince gargantas hombrunas tapó la voz aflautada del muchacho. Ya no necesitaban de él. El río caliente había desbordado y veían en él reflejada a la hija del Dotor en su monstruoso idilio con el perro. A la hora en que los patrones dormían y ellos estaban por los campos. A la hora en que la siesta achicharraba los pastizales, la sangre. Todo.

—¡Guacha…! Y pensar que aquí etamos quince macho…

.—¡Tener  que ir a despenarse con un perro!

—¡Guaina!

—¡Por qué no no’ pide a nojotro!

—¡Por qué no se deja…!

Se oían carcajadas como sollozos. Ella los tenía enloquecidos.

6

Desde que llegó había hecho cosas extrañas. Pedía un caballo y se iba sola a la. laguna hacia el atardecer, casi desnuda, con sólo una malla de baño roja ajustada a cuerpo tan hermoso, que se entraba en los ojos de los hombres como una espina de coco. Se iba sola, con su perro del que no se separaba nunca.

Era imperativa y caprichosa. Era la hija del Dotor. Trataba a Alderete y a su mujer como a peones. No hablaba con nadie. Solamente, a veces, con Juancho. No miraba a nadie. Estaba envuelta en su voluntad y en su misterio como en la verberación de un fuego secreto. El único ser al que dedicaba toda su ternura era el perrito blanco. Lo bañaba, lo perfumaba. Lo arrullaba con un canto gutural y melancólico. A veces, quedaba en silencio oyendo cantar las casuarinas. Por las siestas desaparecía. Alderete y su mujer no sabían qué hacer. Estaban consumidos por inversas preocupaciones. Se encontraban artificialmente en frases como ésta:

-¡Pobre el Dotor! Haberle salido una, hija así…

—A lo mejor ko se cura. E’ el estirón nomá. Le va a pasar cuando se haga mujer.

Pero el mismo Alderete sentía la garganta seca pensando en la hija del Dotor. La veía en las tardes semidesnuda bajo el sol ardoroso rumbo al tajamar. Opulenta y blanca con la malla colorada ajustada al cuerpo, el perrito quieto sobre el recado como una figura, acurrucado entre el brazo y el vientre de la dueña.

Por las noches tenía sueños difíciles junto a su mujer que roncaba y cuyas carnes se iban quedando como charque duro. Estaba lleno de vergüenza y de una exasperación. No podía despegar de la muchacha la imagen del padre. Era él mismo quien se erguía son riente, impasible, con sus anteojos oscuros y su colmillo de oro, en el centro de la visión obsesionante que pasaba a horcajadas sobre el caballo.

Alderete volvió a salir al campo con los peones. Hacía tiempo que no lo hacía. Su mujer estaba extrañada. Se iba de mañana temprano. No volvía hasta la noche. Un día le dijo que tenía que ir al pueblo a cobrar el dinero de una tropa y llegar después a la colonia para separar y comprar unos sebús. Iba a estar ausente durante dos días, por lo menos.

—¿No sería mejor picó que haga ese viaje depué que se va ella?

—¿Por qué?

—Por ella. E’ mucho compromiso. No sea que le pase algo.

—¿Que le puede pasar? Cuidala bien, nomás.

—¿Y cómo, Rosendo? ¿Acaso pikó ella ecucha ana die voi? E’ mejor que no te vaya.

—No; tengo que cobrar ese dinero y comprar lo’ padrillo. No va a pasar nada. Quedate tranquila.

7

Juancho se deslizó entre las tacuarillas. No hacía más ruido que una víbora al moverse entre la hojarasca. Sentía ya el olor de la laguna, pero todavía no podía verla. Las copas de los sauces estaban caídas hasta el suelo. Le cortaba casi la respiración. Siguió avanzando. Se dejó caer entre los yuyos y empezó a arrastrarse. A medida que avanzaba hacia la laguna sentía miedo, un miedo creciente, una agitación tenaz como de fiebre. Pero no podía dejar de avanzar. Avanzaba como fascinado. De pronto, entre los sauces, resplandeció en la oscuridad el metal azul de la laguna. Chocó contra una mata de karaguatá. Las espinas le entraron en la cabeza. Pero no sintió ningún dolor. Le dolía más esa frase que había oído mascullar a los peones contra ella. “¡Ña rairii-na, los mitá. !“ Se arrastraba como flotando en el aire. Sus manos tropezaban ahora contra un bicho húmedo e inmóvil. Lo fue palpando. Se estaba realizando lo que temía. Por un momento creyó que era el perrito muerto. Era el traje de baño de la hija del Doctor. Lo levantó en sus manos. Estaba abierto, des trozado.

La lámina azulada y tersa se fue agrandando en la oscuridad, entre las hojas. No había viento, pero empezó a oír un murmullo. Se orientó hacia él. El murmullo fue creciendo; era como de voces sofocadas, de sonidos roncos semejantes al gañido de muchos perros juntos que gozaban devorando algún animal muerto. ¿Dónde estaría, dónde estaría ella misma? No sabía, no podía saber aún que el perrito estaba hacía rato en el fondo de la laguna y ella…

Se incorporó entre los yuyos y miró. Vio vagamente al principio, pero después lo fue viendo mejor. El espejo de la laguna arrojaba algo de la claridad del cielo nocturno sobre lo que estaba sucediendo.

Aunque hubiera gritado, ellos no se habrían dado cuenta. Ningún poder humano los hubiese podido arrancar de allí. Juancho sintió que el estómago se le subía a la boca. Miró y desde ese momento él no iba a poder hacer otra cosa que mirar y mirar, hasta el fin.

La hija del Doctor estaba allí, como muerta. Ya ni siquiera se debatía. Desnuda y blanca, semejaba un pescado muerto, pero todavía palpitante, parecido a una mujer, sobre la que iban trepando los peones uno a uno, luchando, derribándose uno a otro para tomar parte en la terrible faena comenzada, bullente de quejidos de movimientos espasmódicos, de ecos sordos, de guturales suspiros.

Augusto Roa Bastos: El trueno entre las hojas. Cuento

augusto roa bastos (2)EL INGENIO se hallaba cerrado por limpieza y reparaciones después de la zafra. Un tufo de horno henchía la pesada y eléctrica noche de diciembre. Todo estaba quieto y parado junto al río. No se oían las aguas ni el follaje. La amenaza de mal tiempo había puesto tensa la atmósfera como el hueco negro de una campana en la que el silencio parecía freírse con susurros ahogados y secretas resquebrajaduras.

En eso surgió de las barrancas la música del acordeón. Era una melodía ubicua, deshilachada. Se interrumpía y volvía a empezar en un sitio distinto, a lo largo de la caja acústica del río. Sonaba nostálgica y fantasmal.

—¿Y eso qué es? —preguntó un forastero.

—El cordión de Solano—informó un viejo.

—¿Quién?

—Solano Rojas, el pasero ciego.

—Pero, ¿no dicen que murió?

—Él sí. Pero el que toca agora e’ su la’sánima.

—¡Aicheyarangá, Solano! —murmuró una vieja persignándose.

La mole de la fábrica flotaba inmóvil en la oscuridad. Un perro ladró a lo lejos, como si ladrara bajo tierra. Dos o tres críos desnudos se revolvieron en los regazos de sus madres, junto al fuego. Uno de ellos empezó a gimotear asustado, quedamente.

—Callate, m’hijo. Escuchá a Solano. E’tá solito en el Paso.

El contrapunto de un guaimingüé que rompió con su tañido la quietud del monte, volvió aún más fantasmal la melodía. El acordeón sonaba ahora con un lamento distante y enlutado.

—Así suena cuando no hay luna—dijo el viejo encendiendo su cigarro en un tizón en el que se quemaba un poco de noche.

—La debe andar buscando todavía.

—¡Pobre Solano!

Cuando se apagó el murmullo de las voces, se pudo notar que el acordeón fantasma no sonaba ya en la garganta del río. Sólo la campana forestal siguió tañendo por un rato, a distancia imprecisable. Después también el pájaro calló. Los últimos ecos resbalaron sobre el río. Y el silencio volvió a ser tenso, pesado, oscuro.

Los primeros relámpagos se encendían hacia el poniente, por detrás de la selva. Eran como fugaces párpados de piel amarilla que subían y bajaban súbitamente sobre el ojo inmenso de la tiniebla.

El acordeón no volvió a sonar esa noche en el Paso.

En ese recodo del Tebikuary vivió sus últimos años Solano Rojas, el cabecilla de la huelga, después de volver ciego de la cárcel.

Probablemente él mismo a su regreso le dio al sitio el nombre con el que se le conoce ahora: Paso Yasy-Mörötï. Las barrancas calizas y el banco de arena sobre el agua verde, forman allí en efecto una media luna color de hueso que resplandece espectralmente en las noches de sequía.

Pero tal vez el nombre de Paso haya surgido menos de su forma que de cierta obstinada imagen pegada a la memoria del pasero.

Vivía en la barranca boscosa que remata en el arenal. Aún se pueden ver los restos de su rancho devorado por el monte, sobre aquella pequeña ensenada. Es un remanso quieto y profundo. Ahí guardaba su balsa.

No era difícil adivinar por qué había elegido ese sitio. Enfrente, sobre la barranca opuesta estaban las ruinas carbonizadas de la Ogaguasú en la que había terminado el funesto dominio de Harry Way, el fabricante yanqui que continuó y perfeccionó el régimen de opresiva expoliación fundado por Simón Bonavi, el comerciante judío-español de Asunción.

Es cierto que Solano Rojas ya no podía ver las ruinas ni el nuevo ingenio levantado en el mismo emplazamiento del anterior. Pero él debió contentarse seguramente con tenerlos delante, con sentirlos en el muerto pellejo de sus ojos y recordarles todos los días su presencia acusadora y apacible.

Se apostó allí y dio a su vigilancia una forma servicial: su trabajo de pasero, que era poco menos que gratuito y filantrópico, pues nunca aceptó que le pagaran en dinero. Sólo recibía el poco de tabaco o de bastimento que sus ocasionales pasajeros querían darle. Y a las mujeres y los niños que venían desde remotos parajes del Guairá, los pasaba de balde ida y vuelta. Durante el trayecto les hablaba, especialmente a los chicos.

—No olviden kená, che ra’y-kuera, que siempre debemo’ ayudarno’ lo uno a lo’ jotro, que siempre debemo’ etar unido. El único hermano de verdá que tiene un pobre ko’ e’ otro pobre. Y junto’ todo’nojotro formamo la mano, el puño humilde pero juerte de lo’trabajadore…

No era un burdo elemento subversivo. Era un auténtico y fragante revolucionario, como verdadero hombre del pueblo que era. Por eso lo habían atado para siempre a la noche de la ceguera. Hablaba desde ella sin amargura, sin encono, pero con una profunda convicción. Tenía indudablemente conciencia de una oscura y vital labor docente. Su cátedra era la balsa, sobre el río; unos toscos tablones boyando en un agua incesante como la vida. Había algo de religioso pero al mismo tiempo de pura y simple humanidad en Solano Rojas cuando hablaba. Su cara morena y angulosa se tornaba viviente por debajo de la máscara que le habían dejado; se llenaba de una secreta exaltación. Sus ojos ciegos parecían ver. La honda cicatriz del hachazo en la frente también parecía mirar como otro ojo arrugado y seco. Los harapientos mitá’í lo contemplaban con una especie de fascinada veneración mientras remaba. No tenía más de cuarenta años, pero parecía un viejo. Sólo llevaba puesto un rotoso pantalón de a’tópoí arremangado sobre las rodillas. El torso flaco y desnudo estaba vestido con las cicatrices que el látigo de los capangas primero y el yatagán de los guardiacárceles después habían garabateado en su piel. En esa oscura cuartilla los chicos analfabetos leían la lección que les callaba Solano. Y un nudo de miedo valeroso, de emocionada camaradería, se les atragantaba con la saliva al saltar de la balsa gritando:

—¡Ha’ta la güelta, Solano!

—¡Adió manté, che ra’y-kuera!

Quedaba un rato en la orilla, pensativo. La mole rojiza del ingenio se desmoronaba silenciosamente sobre él desde el pasado. La sentía pesar en sus hombros. Desatracaba con lentitud y volvía a su remanso a favor de la corriente, sin remar, sin moverse. Sólo la roldanita de palo iba chirriando en el alambre.

Después de la puesta de sol sacaba su remendado acordeón y se sentaba a tocar en un apyká bajito, recostado contra un árbol. Casi siempre empezaba con el campamento Cerro-León tendiendo sus miradas de ciego hacia los escombros de la Ogaguasú, en el talud calizo, destruido por el fuego vindicador hacía quince años y habitado sólo ahora por los lagartos y las víboras. No restaba más que eso de Simón Bonaví, de Eulogio Penayo, de Harry Way.

Era su manera de recordarles que él aún estaba allí vencido sólo a medias.

Su presencia surgía en la sombra, entorchada de abultados costurones, rayada por las verberaciones oscilantes, como si el agua se divirtiera jugando a ponerle y sacarle un traje de presidiario trémulo y transparente.

Las ruinas también lo miraban con ojos ciegos. Se miraban sin verse, el río de por medio, todas las cosas que habían pasado, el tiempo, la sangre que había corrido, entre ellos dos; todo eso y algo más que sólo él sabia. Las ruinas estaban silenciosas entre los helechos y las ortigas. Él tenía su música. Sus manos se movían con ímpetu arrugando y desarrugando el fuelle. Pero en el rezongo melodioso flotaba su secreto como los camalotes y los raigones negros en el río.

Un último reflejo verde le bañaba el rostro volcado hacia arriba en el recuerdo instintivo de la luz. Después se oscurecía porque lo agachaba sobre el instrumento como quien esconde la cara entre las manos.

Poco a poco la música se ponía triste y como enlutada. Una canción de campamento junto al fuego apagado de un vivac en la noche del destino. A eso sonaba el acordeón de Solano Rojas junto al río natal. ¿No estarían dialogando acaso el agua oscura y el hijo ciego acerca de cosas, de recuerdos compartidos?

Él tenía metido adentro, en su corazón indomable, un luchador, un rebelde que odiaba la injusticia. Eso era verdad. Pero también un hombre enamorado y triste. Solano Rojas sabía ahora que amor es tristeza y engendra sin remedio la soledad. Estaba acompañado y solo.

En ese sitio había peleado y amado. Allí estaban su raíz, su alegría y su infortunio. El remendado acordeón lo decía en su lenguaje de resina y ala, en su pequeño pulso de tambor guerrero que esculpía en las barrancas y en la gente las antiguas palabras marciales:

Campamento Cerro-León, catorce, quince, yesiséis, yesisiete, yesi’ocho, yesinueve batallón…

Ipuma-ko la diana,

pe pacpá-ke lo’mitá…

La lucha no se había perdido. Solano Rojas no podía ver los resultados, pero los sentía. Allí estaba el ingenio para testificarlo; el régimen de vida y trabajo más humano que se había implantado en él; la gradual extinción del temor y de la degradación en la gente, la conciencia cada vez más clara de su condición y de su fraternidad; esos andrajosos mita’í en los que él sembraba la oscura semilla del futuro, mientras movía su arado en el agua.

Venían a consultarlo en la barranca. El rancho del pasero de Yasy-Mörötï era el verdadero sindicato de los trabajadores del azúcar en esa región.

—Solano, ya cortaron otra ve’ lo’turno para nojotro entrar el cañadurce —informaban los pequeños agricultores.

—Solano, el trabajo por tareas ko se paga michí-itereí—se quejaban los cortadores.

Solano, esto y lo’jotro.

Él los aconsejaba y orientaba. Ninguna solución propuesta por Solano había fracasado. En el ingenio y en las plantaciones se daban cuenta en seguida cuando una demanda subía del Paso.

—Viene del sindicato karapé—decían.

Y la respetaban, porque esa demanda pesaba como un trozo de barranca y tenía su implacable centro de equilibrio en lo justo.

No; su sacrificio no había sido estéril. El combate, los años de prisión, sus cicatrices, su ceguera. Nada había sido inútil. Estaba contento de haberse jugado entero en favor de sus hermanos.

Pero en el fondo de su oscuridad desvelada e irremediable su corazón también le reclamaba por ella, por esa mujer que sólo ahora era como un sueño con su cuerpo de cobre y su cabeza de luna. Teñida por el fuego y los recuerdos.

Ella, Yasy-Mörötï.

No habían estado juntos más que contados instantes. Apenas habían cambiado palabras. Pero la voz de ella estaba ahora disuelta en la voz del río, en la voz del viento, en la voz de su cascado acordeón.

La veía aún al resplandor de los fogones, en medio de la destrucción y de la muerte, en medio de la calma que siguió después como un tiempo que había fluido fuera del tiempo. Y un poco antes, cuando convaleciendo del castigo, él la entrevió a su lado, menos un firme y joven cuerpo de mujer que una sombra desdibujada sobre el agua revuelta y dolorida en la que todo él flotaba como un guiñapo.

La recordaba como entonces y aunque estuviera lejos o se hubiese muerto, la esperaría siempre. No; pero ella no estaba muerta. Sólo para él era como un sueño. A veces la sentía pasar por el río. Pero ya no podía verla sino en su interior, porque la cárcel le había dejado intactos sus recuerdos pero le había comido los ojos.

Estaba acompañado y solo. Por eso el acordeón sonaba vivo y marcial entre las barrancas de Paso Yasy-Mörötï, pero al mismo tiempo triste y nostálgico, mientras caía la noche sobre su noche.

Luna blanca que de mí te alejas

con ojos distantes…

Yasy-Mörötï. . .

Antes de establecerse la primera fábrica de azúcar en Tebikuary-Costa, la mayor parte de sus pobladores se hallaba diseminada en las montuosas riberas del río. Vivían en estado semisalvaje de la caza, de la pesca, de sus rudimentarios cultivos, pero por lo menos vivían en libertad, de su propio esfuerzo, sin muchas dificultades y necesidades. Vivían y morían insensiblemente como los venados, como las plantas, como las estaciones.

Un día llegó Simón Bonaví con sus hombres. Vinieron a caballo desde San Juan de Borja explorando el río para elegir el lugar. Por fin al comienzo del valle que se extendía ante ellos desde el recodo del río, Simón Bonavi se detuvo.

—Aquí—dijo paseando las rajas azules de sus ojos por toda la amplitud del valle—. Me gusta esto.

Sacó del bolsillo un mapa bastante ajado y se puso a estudiarlo con concentrada atención. Su larga y ganchuda nariz de pájaro de rapiña daba la impresión de que iba a gotear sobre el papel. De tanto en tanto, distraídamente, se olía el pulgar y el índice frotándolos un poco como si aspirara polvo de tabaco. Los otros lo miraban en silencio, expectantes.

—Sí —dijo Simón Bonaví levantando la cabeza—. Esto es del fisco. Agua, tierras, gente. En estado inculto pero en abundancia. Es lo que necesitamos. Y nos saldrá gratis, por añadidura —giró el brazo con un gesto de apropiación; un gesto ávido, pero lento y seguro.

Los hombres también husmearon en todas direcciones y aprobaron respetuosos lo que dijo el patrón. En los ojos mansos y azules del sefardí la codicia tenía algo de apaciblemente siniestro como en su sonrisa, una hilacha blanda entre los dientes, entre los labios finos, como la rebaba festiva de su metálica y envainada sordidez.

Un hombre rubio, que parecía alemán, estudiaba el lugar con un ojo cerrado.

—Forkel —lo llamó Bonaví.

—Sí, don Simón.

—Puede medir no más. Aquí nos plantamos.

Descabalgaron. Un mulato bizco y gigantesco que siempre andaba detrás de Bonaví con un parabellum al cinto, lo ayudó a desmontar. Lo bajó aupado como a un niño.

—Gracias, Penayo—le sonrió el patrón.

Los ayudantes de Forkel empezaron a medir el terreno con una cinta de acero que se enrollaba y desenrollaba desde un estuche, semejante a una víbora chata y brillante.

Simón Bonaví era bajito y ventrudo. A la sombra del mulato, parecía casi un enano. Tenia las piernas muy combadas. Era el único que no llevaba polainas de cuero. Su ropa era oscura y su ridículo sombrerito que más parecía un birrete, tiraba al color de un ratón muerto sobre los mofletes rubicundos. Frecuentemente y como al descuido, introducía los dedos en la abertura del pantalón. El olor de sus partes era su rapé. De allí lo extraía, casi sin recato, entre el índice y el pulgar. Y al aspirarlo, sus ojos mortecinos, su pacífica expresión se reanimaban.

—¿Qué huele, don?—le había preguntado una vez, al discutir un negocio, un colega curioso y desaprensivo que lo veía meter a cada momento la mano bajo la mesa.

—El olor del dinero, mi amigo—le respondió sin inmutarse Simón Bonaví, al verse descubierto.

En ese valle del Tebikuary del Guairá, el “olor del dinero” parecía formar parte de su atmósfera. Simón Bonaví lo pellizcaba en el aire mientras sus hombres hacían pandear sobre las cortaderas la flexible víbora de metal.

—El proyecto del ferrocarril a Encarnación pasa a un kilómetro de aquí—comentó el patrón.

—Probablemente—asintió el ingeniero alemán—. El terminal está a cinco leguas al norte de San Juan de Borja.

—Pasa por aquí. Lo he visto en el mapa.

—Ja. Eso es muy interesante, don Simón—dijo entonces el alemán sin despegar los ojos de los agrimensores.

—Claro. Sin ferrocarril no hay fábrica —los carrillos sonrosados estaban plácidos. Hasta cuando amenazaba, Simón Bonaví permanecía tierno y risueño.

—Sin ferrocarril no hay fábrica—respondió el otro en un eco servil.

—En Asunción moveré mis influencias para que siga la construcción de la trocha. Nosotros levantaremos aquí la fábrica. Que el gobierno ponga las vías. Eso es hacer patria —el cuchillito blanco se reflejaba entre los dientes sucios y grandes,

—Eso es hacer patria —dijo el ingeniero.

Así nació el ingenio. Simón Bonaví conchavó a los poblador es. Al principio éstos se alegraron porque veían surgir las posibilidades de un trabajo estable. Simón Bonaví los impresionó bien con sus maneras mansas y afables. Un hombre así tenía que ser bueno y respetable. Acudieron en masa. El patrón los puso a construir olerías y un terraplén que avanzó al encuentro de los futuros rieles.

Con los ladrillos rojizos que salían de los hornos se edificó la fábrica. Después llegaron las complicadas maquinarias, el trapiche de hierro, los grandes tachos de cobre para la cocción. Tuvieron que transportarlos en alzaprimas desde el terminal del ferrocarril, sobre una distancia de más de diez leguas.

Se levantaron los depósitos, algunas viviendas, la comisaría la proveeduría. Los hombres trabajaban como esclavos. Y no era más que el comienzo. Pero de los patacones con que soñaban, no veían ni “el pelo en la chipa”, porque el patrón les pagaba con vales.

—Acciones al portador, muchachos—les decía los sábados—. Váyanse tranquilos.

—Kuatiá reí, patrón—se atrevió alguno a protestar.

—¿Qué dice éste?—preguntó a Penayo, que echaba su sombra protectora sobre él.

—Papel debarte —tradujo el mulato.

—Tonto, más que tonto—argumentó sonriendo el patrón—. El papel es la madre del dinero. Y este papel es más fuerte que el peso fuerte. Son acciones al portador. Vayan a la proveeduría y verán.

Eso de “acciones al portador” sonaba bien pero ellos no lo entendían. Creían que era algo bueno relacionado con el futuro. Tomaban sus vales y se iban al almacén de la proveeduría que chupaba sus jornales a cambio de provistas y ropas diez o veinte veces más caras que su valor real. Pero eran ropas y provistas y eso lo adquirían con la kuatiá reí, el papel blanco que era más fuerte que el peso fuerte, que el patacón cañón.

Simón Bonaví tejía su tela de araña con el jugo de las mismas moscas que iba cazando. Llevaba los hilos de un lado a otro en sus manos pequeñas y regordetas, balanceándose mucho al andar sobre sus piernas estevadas, como un péndulo ventrudo, rapaz y sonriente. El péndulo de un reloj que marcaba un tiempo cuyo único dueño era Simón Bonaví.

Los nativos veían crecer el ingenio como un enorme quiste colorado. Lo sentían engordar con su esfuerzo, con su sudor, con su temor. Porque un miedo sordo e impotente también empezó a cundir. Su simple mente pastoril no acababa de comprender lo que estaba pasando. El trabajo no era entonces una cosa buena y alegre. El trabajo era una maldición y había que soportarlo como una maldición.

Antes de que la fábrica estuviera lista, Simón Bonaví ya tenía bien ablandada a la gente por la intimidación. Él seguía sonriendo mansamente y aspirando el casto rapé de sus entrepiernas. No intervenía personalmente en la tarea del amansamiento. Para eso había puesto al frente de los trabajos a Eulogio Penayo, que ahora blandía a todas horas un largo y grueso teyú-ruguai atado al puño.

—¡Chake, Ulogio!…—susurraba el miedo en el terraplén, en las olerías, en los rozados, en los galpones. Y la cola de cuero trenzada restallaba en la tierra, en la madera, en las máquinas, en las espaldas sudorosas de los esclavos. A veces sonaban los tiros del parabellum en son de amedrentamiento. Penayo quería que supiesen que él era tan zambo para los trallazos como para los balazos.

Uno de los tiros dio en la cabeza de Esteban Blanco, que se atrevió a levantar la mano contra el capataz. El mulato le disparó a quemarropa.

—¡Omanó Teba! ¡Ulogio oyuka Tebä-pe! —los testigos esparcieron la noticia.

Fue el primer rebelde y el primer muerto. Lo arrojaron al río. El cadáver se alejó flotando en un leve lienzo de sangre sobre la tela verde y sinuosa del agua.

Simón Bonaví sonreía y se olía los dedos. Los ojos bizcos del mulato rondaban entre las hojas y el polvo. El patrón era manso. El mulato era la sombra siniestra del risueño hombrecito.

Entre los dos cerraron el círculo en torno a los pobladores de Tebikuary del Guairá. Los únicos que quedaron libres fueron los carpincheros. Ellos no quisieron vender su vagabundo destino al patrón que compraba vidas con vales de papel para toda la vida.

Vino una peste. Enfermaron y murieron muchos. Algunos se animaron al principio a pedir al patrón un adelanto para comprar remedios en San Juan de Borja. Con su mansa sonrisa, Simón Bonaví los regresó:

—¡Ah, los pobres no tenemos derecho a enfermarnos! Ahí está el río—dijo tirando leves pulgaradas por sobre el hombro—. Denles agua, mucha agua, hasta que se cansen. El agua es un santo remedio.

Por fin la fábrica empezó a funcionar. Sus intestinos de hierro y de cobre defecaron un azúcar blanco, mas blanco que la arena del Paso. Blanco, dulce y brillante. Los hombres, las mujeres y los niños oscuros de Tebikuary-Costa se asombraron de que una cosa tan amarga como su sudor se hubiese convertido en esos cristalitos de escarcha que parecían bañados de luna, de escamas trituradas de pescado, de agua de rocío, de dulce saliva de lechiguanas.

—¡Azucá…, azucá mörötï! ¡Ipörä itepa! —clamaron al unísono en voz baja. Algunos tenían húmedos los ojos. Tal vez el reflejo del azúcar. Lo sentían dulce en los labios pero amargo en los ojos donde volvía a ser jugo de lagrimales, arena dulce empapada en lágrimas amargas.

En el primer momento se dieron un atracón. Después tuvieron que comerlo a escondidas, a riesgo de pagar un puñito con diez latigazos del mulato.

Terminada la primera zafra, Simón Bonaví regresó a la capital dejando en la fábrica al ingeniero alemán Forkel y en la comisaría a Eulogio Penayo.

Lo vieron alejarse a caballo sonriendo y oliéndose los dedos, como si al marcharse se sorbiera el resto de la luz y del aroma agreste que aún sobraban en Tebikuary del Guairá. Se eclipsó detrás del mulato que lo escoltó hasta el tren.

En la fábrica se enconó entonces el sombrío reinado del terror cuyos cimientos había echado Simón Bonaví con gestos tiernos y blandas miradas azules. Forkel y Penayo debían rendirle estrictas cuentas. Quedaban allí como el brazo diestro y el siniestro del ventrudo hombrecito de Asunción.

De la chimenea del ingenio salía un humo negro que manchaba el aire limpio, el cielo en otro tiempo claro del valle. Era como el aliento de los desgraciados enterrados vivos en el quiste de ladrillo y hierro que seguía latiendo a orillas del río.

La noche de San Juan, las hogueras pasaron ese año, fugitivas y espectrales, verdaderos fuegos fatuos sobre el agua.

Solano Rojas tenía entonces quince años y trabajaba ya como peón en la conductora del trapiche. Él vio rebelarse y morir a Esteban Blanco. Su grito, su cabeza destrozada por el balazo del parabellum, pero sobre todo su altivo gesto de rebeldía contra el matón que lo había azotado, se le incrustaron en el alma.

Eulogio Penayo siguió cometiendo tropelías y vejámenes sin nombre. Estaba envalentonado. Se sabía impune y omnipotente. Ahora era también el comisario del gobierno. Bonaví le había conseguido su nombramiento por decreto.

La comisaría, una casa blanca con techo de cinc, tan siniestra como su ocupante, estaba frente al recodo en la parte más alta de la barranca. Desde allí el capataz-comisario vigilaba el ingenio como un perrazo negro aureolado de sangriento prestigio. Allí arrastraba por las noches a las mujeres que quería gozar en sus antojos lúbricos. A veces se oían los gritos o el llanto de las infelices por entre las risotadas y palabrotas del mestizo.

Al año siguiente de la partida del patrón, le tocó el turno a la madre de Solano, que era una mujer todavía joven y bien parecida. Consiguió de ella todo lo que quiso porque la amenazó, si se negaba, con que iría a matar a su hijo que estaba trabajando en la fábrica. Solano lo ignoró hasta mucho después, cuando ya el mulato estaba muerto y cuando una venganza personal hubiera carecido ya de sentido aun en el caso de no estarlo.

Pero entretanto, otro enemigo les apareció de improviso a los peones de la fábrica.

Max Forkel hizo traer a su mujer de Asunción. Llegó montada a lo hombre y con traje de amazona: botas negras, casaca y pantalón azules, sombrero de paño encasquetado sobre el cabello teñido de indefinible color.

Desde el primer momento supieron a qué atenerse con respecto a ella. Era una hembra cerrera e insaciable, la versión femenina del mulato. Andaba todo el tiempo a caballo fatigando los campos y mirando extrañamente a los hombres al pasar. Le llamaron la “Bringa”. La mancha azul de su casaca volaba en el viento y en el polvo del ingenio a la mañana y a la tarde.

Al principio, la “Bringa” se lió con el mulato. Salían juntos y se tumbaban en cualquier parte, sin importárseles mucho que ocasionales espectadores pudieran murmurar después:

—Ya lo vimo’ otra vé’ a Ulogio y la Bringa… en el montecito.

—Parecen burro y burra…

Pero Penayo se cansó pronto de esta mujer cuarentona y repelente y acabó por volverle la espalda. Entonces ella se dedicó a buscar candidatos entre la peonada joven. Los mandaba llamar y se hacía cubrir por ellos con dádivas o bajo amenazas, casi en las propias barbas del marido y probablemente con su tácita aceptación. Algunos se prestaron a los seniles galanteos de la mujer del ingeniero, atacada de furiosa ninfomanía. Y los que no querían transigir eran echados de la fábrica. El dilema, sin embargo, era terrible: o las bubas de la Bringa o el hambre y la persecución.

La Bringa fue entonces la Vaca Brava.

—¡Vacá ñarö…, vacá cose…, vacá pochy!

Cuatro veces más las fogatas de San Juan habían bajado por el río.

Solano Rojas era ya un hombre espigado y esbelto. Un día Anacleto Pakurí le trajo la temida noticia.

—Ahora quiere liarse con vo.

—¿Quién?—preguntó Solano por preguntar. Sabía de quién se trataba. Sus veinte años vírgenes y viriles se irguieron dentro de él con asco sombrío y turbulento.

—Ella, Vacá Ñarö—dijo Anacleto friccionándose la bragadura—. Te va a mandar llamar. Anoche e’tuve con ella. ¡Neike, tapy-pi, que jembrón chúcaro pa que’ e’ el mujer del injiñero! Dié peso minte-ko me dio. Mä’é—sacó del bolsillo del pantalón un billete nuevo con un hombre frentudo en el centro.

—¡Te vendite, Anacleto!—Solano le arrancó el billete, escupió encima con rabia la espuma amarilla de su naco. Después lo arrojó al suelo, lo pisoteó como una víbora muerta y lo cubrió de tierra.

—Vi’a dirme ko agora mimo a la curandera de Kande’á a ver pa si me limpia del contagio—dijo humillado Anacleto—. Y vo’cuidate-ke, Solano. Yo ya te avisé.

Pero un imprevisto acontecimiento libró a Solano de la acometida de la Vaca Brava.

Al día siguiente de su encuentro con Anacleto el comisario amaneció muerto en su casa. Tenía un cuchillo clavado en la espalda. Fue un asesinato misterioso. Era un asesinato increíble. No había ningún indicio. La casa del perro negro era inexpugnable y de él se decía que dormía con un ojo sobre el caño del parabellum. Debía de ser una mujer. Tal vez la mujer de Forkel. La habían visto rondar la casa blanca y después hablar con el mulato en el alambrado. Podía ser el mismo Forkel. Lo único cierto era que el salvaje cancerbero de Simón Bonaví estaba muerto. Y bien muerto. La gente tenía por fin algún respiro. Los viejos rezaban, las mujeres lloraban de alegría.

Simón Bonaví mandó a otro testaferro y junto con él a varios inmigrantes para que procediera a una depuración de empleados, a una “cruza” general de los elementos más antiguos.

—El mestizaje aplaca las sangres y mejora los negocios—había dicho oliendo como siempre el olor del dinero, que él guardaba en la botonadura del pantalón.

Max Forkel también fue despedido. Simón Bonaví dio al testaferro instrucciones precisas con respecto al ingeniero alemán.

—Es blando, inepto con la gente, cobra un sueldo muy subido. Y tiene esa mujer que es un asco de inmoralidad. Además, ya no necesitamos de él. Me lo pone de patitas en la calle, sin contemplaciones.

Se marchó a pie con su mujer por el terraplén, cargado de valijas como un changador.

La Vaca Brava parecía que por fin se hubiese amansado. Iba extrañamente tranquila al lado del marido, como una sumisa y verdadera esposa. Estaba irreconocible. Vestía un sencillo vestido de percal floreado y no el agresivo traje de amazona que había usado todo el tiempo. El peso de un maletín negro que llevaba en la mano la encorvaba un poco. Parecía al mismo tiempo más vieja y más joven. Y el ala de un ajado sombrero de toquilla suavizaba y hacía distante la expresión de su rostro repulsivo en el que algo indescriptible como una sonrisa de satisfacción o de renuncia flotaba tristemente ennobleciéndolo en cierta manera. Una sola vez se volvió con recatada lentitud como despidiéndose de un tiempo que allí moría para ella.

Un viejo cuadrillero cuchicheó a otro en el terraplén:

—La Vaca Brava le arreló a Ulogio Penayo. No puede ser otra.

—Jhee, compagre. No engaña el yablo por má manso que se ponga.

—En la valija lleva el lasánima del mulato.

—¡Jha kuñá takú! Al fin sirvió para algo…

Pero era como si hablaran de un ser que ya tampoco existía, porque en ese momento una nube de polvo acabó de borrar el maletín negro y el vestido floreado.

La ex comisaría quedó abandonada por un tiempo sobre el talud calizo. Se decía que el alma en pena de Ulogio Penayo se lamentaba allí por las noches. Después la ocupó otro matrimonio alemán que tenía una hijita de pocos años.

Una noche que trajeron a la casa a un carpinchero muerto por un lobo-pe, la niña desapareció misteriosamente. Era una noche de San Juan y los fuegos resbalaban en la garganta del río.

La madre enloqueció al ver que el cadáver del carpinchero se transformaba en un mulato, un mulato gigantesco que lloraba y se reía y andaba golpeándose contra las paredes. Afirmaba que él había robado a su hijita. Pero eso era solamente la invención de su locura. El carpinchero muerto seguía estando donde lo habían puesto bajo el alero de la casa, estremecido por los rojizos reflejos.

Otras cuatro veces las fogatas de San Juan de Borja pasaro aguas abajo.

Las cosas aflojaron un poco en el ingenio. El reemplazante de Eulogio Penayo, más que un matón era un burócrata. Vivía en sus planillas. Y lo tenía todo organizado a base de números, de fichas, de metódica rutina. Los hombres trabajaban más holgados con la mejor distribución de las tareas. El descontento se apaciguó bastante. Simón Bonaví había dado un sagaz golpe de timón. Iba a ser el último. Mientras tanto, la fábrica seguía produciéndole mucho dinero y el régimen de explotación en realidad apenas había cambiado. La punta del lápiz del nuevo testaferro resultó tan eficaz como el teyúruguai del anterior. Es cierto que también el lápiz continuaba respaldado por buenos fusiles y capangas ligeramente adecentados. Esto era lo que producía el optimista espejismo.

Entre los pocos que no se dejaban engañar, estaba Solano Rojas. Era tal vez el más despierto y voluntarioso de todos. Palpaba la realidad y entreveía intuitivamente sus peligros.

—E’to ko’ é’ pura saliva de loro marakaná. No se duerman, lo’mitá.

Pero le hacían poco caso. Los hombres estaban cansados y maltrechos. Preferían seguir así a dar pretexto para que volvieran a reducirlos por la violencia.

Entre los conchavados que vinieron ese año para la zafra, llegó un arribeño que era distinto de todos los otros. Buena labia, fogoso, simpático de entrada, con huellas de castigos que no destruían, que ennoblecían su traza joven, la firme expresión de su rostro rubio y curtido. Se hacia llamar Gabriel.

Trajo la noticia de que los trabajadores de todos los ingenios del Sur estaban preparando una huelga general para exigir mejores condiciones de vida y de trabajo. Tabikuary-Guasú y Villarrica ya estaban plegados al movimiento. Él venia a conseguir la participación de Tebikuary-Costa.

—Nuestra fuerza depende de nuestra unión—repitió constantemente Gabriel en los conciliábulos clandestinos—. De nuestra unión y de saber que luchamos por nuestros derechos. Somos seres humanos. No esclavos. No bestias de carga.

Solano Rojas escuchaba al arribeño con deslumbrado interés. Por fin alguien había venido a poner voz a sus ansias, a incitarlos a la lucha, a la rebelión. El agitador de los trabajadores del azúcar se dio cuenta en seguida de que en ese robusto y noble mocetón tendría su mejor discípulo y ayudante. Lo aleccionó someramente y trabajaron sin descanso. El entusiasmo de la gente por la causa fue extendiéndose poco a poco. Eran objetivos simples y claros y los métodos también eran claros y simples. No era difícil comprenderlos y aceptarlos porque se relacionaban con sus oscuros anhelos y los expresaban claramente.

El agitador dejó a Solano Rojas a cargo de los trabajos y se marchó.

Poco tiempo después el administrador percibió sobre sus planillas y ficheros la sombra de la amenaza que se estaba cerniendo sobre el ingenio. Le pareció prudente retransmitir el dato sin pérdida de tiempo al patrón.

El hombrecito ventrudo vino y captó de golpe la situación. Su ganchuda nariz, habituada al aroma zahorí de su miembro, olió las dificultades del futuro, el tufo de la insurrección.

—Esto se está poniendo feo—dijo al administrador—. Dejemos que sea otro quien se queme las manos.

Regresó a los pocos días y puso en venta la fábrica junto con las tierras que obtuviera gratuitamente del fisco para “hacer patria”. No le costó encontrar interesados. Simón Bonaví entró en tratos con un ex algodonero de Virginia que había venido al Paraguay como hubiera podido irse a las junglas del África. En lugar de cazar fieras o buscar diamantes, había caído a cazar hombres que tuviesen enterrados en sus carnes los diamantes infinitamente más valiosos del sudor. Había venido con armas y dólares. Bonaví, ladino, no le ocultó lo de la huelga. Sospechó que podía ser un matiz excitante para el ex algodonero. Y no se equivocó.

—No me importa. Al contrario, eso gustar a mí—le dijo el virginiano y le pagó al contado el importe de la transacción

que incluía la fauna, la flora y los hombres de Tebikuary-Costa.

Entonces llegó Harry Way, el nuevo dueño. Llegó con dos pistolas colgándole del cinto, los largos brazos descolgados a lo largo de los “breeches” color caki y una agresiva y siniestra actitud empotrada sobre las cachas de cuerno de las pistolas. Era grande y macizo y andaba a zancadas hamacándose como un ebrio. Sus botas rojas dejaban en la tierra los agujeros de sus zancajos. Los ojos no se le veían. Su rostro cuadrado sobre el que echaba perpetuamente sombra el aludo sombrero, parecía acechar como una tronera de cemento la posible procedencia del ataque o elegir el sitio y calcular la trayectoria del balazo que él debía disparar.

Le acompañaban tres guardaespaldas que eran todos dignos de él: un moreno morrudo que tenía una cuchillada cenicienta de oreja a oreja, un petiso de cara bestial que a través de su labio leporino escupía largos chorritos de saliva negruzca. De tanto en tanto sacaba de los fundillos un torzal de tabaco y le echaba una dentellada. El tercero era un individuo alto, flaco y pecoso que siempre estaba mirando aparentemente el suelo pero en realidad atisbando por debajo del sombrero volcado a ese efecto sobre la frente. Los tres cargaban un imponente “Smith-Wesson” negro a cada lado y una corta guacha deslomadora al puño. Parecían mudos. Pero todo lo que les faltaba en voz les sobraba en ojos.

Aparecieron una mañana como brotados de la tierra. Los cuatro y sus caballos. Nadie los había visto llegar.

Lo primero que hizo Harry Way en el ingenio fue reunir a la peonada y a los pequeños agricultores. No quedó un solo esclavo sin venir a la extraña asamblea convocada por el nuevo patrón. Su voz tronó como a través de un tubo de lata amplio y bien alimentado de aire y orgulloso desprecio hacia el centenar de hombres arrinconados contra la pared rojiza de la fábrica. Su cerrado acento gringo tornó aún más incomprensible y amenazadora su perorata.

—Me ha prevenido don Simón que aquí se está prepagando una juelga paga ustedes. Mí ha comprado este fábrica y he venido paga hacelo trabacá. Como que me llama Harry Way, no decaré vivo un solo misegable que piense en juelgas o en tonteguías de este clase.

Se golpeó el pecho con los puños cerrados para subrayar su amenaza. La camisa a rayas coloradas se desabotonó bajo la blusa y un espeso mechón color herrumbre asomó por la abertura. Con el dorso de la mano se reviró después el sombrero que cayó sobre la nuca. El rostro cuadrado y sanguíneo también parecía herrumbrado en la orla de pelo que lo coronaba ralamente. Harry Way paseó sus desafiantes ojos grises por los hombres inmóviles.

—Quien no esté conforme que me lo diga ahoga mismo. Mí conformar en seguida.

Su crueldad le sahumaba, le sostenía. Era su mejor cualidad. Su corpachón flotaba en ella como un peñasco en una cerrazón rojiza.

Se oyó un grito sofocado en las filas de los trabajadores. Lo había proferido Loreto Almirón, un pobre carrero enfermo de epilepsia. Sus ataques siempre comenzaban así. Estaba verde y su mandíbula le caía desgonzada sobre el pecho.

—¡Tráiganlo a ese misegable! —barbotó Harry Way a sus capangas. El moreno y el petiso corrieron hacia los peones. El pecoso se pegó al patrón con las manos sobre los revólveres. Loreto Almirón fue traído a la rastra y puesto delante de Harry Way. Parecía un muerto sostenido en pie.

—¿Usted ha protestado?

Loreto Almirón sólo tenía los ojos muy abiertos. No dijo nada.

—Mi va a enseñar paga usted a ser un juelguista… —se combó a un lado y al volver descargó un puñetazo tremendo sobre el rostro del carrero. Se oyeron crujir los dientes. La piel reventó sobre el canto del pómulo. Los que lo tenían aferrado por los brazos lo soltaron y entonces Loreto Almirón se desplomó como un fardo a los pies de Harry Way, que aún le sacudió una feroz patada en el pecho.

—¿Alguien más quiegue probar?—preguntó excitado.

La masa de hombres oscuros temblaba contra la pared, como si la epilepsia de Loreto Almirón, ahora inerte en el suelo, se estuviera revolviendo en todos ellos.

Solano Rojas estaba crispado en actitud de saltar con el machete agarrado en las dos manos. Gruesas gotas empezaron a caer junto a sus pies. No eran de sudor. En su furia impotente y silenciosa, había cerrado una de sus manos sobre el filo del machete que le entró hasta los huesos.

—¡Todavía no…, todavía no! —el espasmo furioso estaba por fin dominado en su pecho que resonaba en secreto como un monte.

El pecoso espiaba por debajo del sombrero pirí en dirección a Solano. No le veía bien. José del Rosario y Pegro Tanimbú lo habían tapado con sus cuerpos. Sólo el instinto le decía al capanga que allí estaba humeando la sangre. Pero la sangre de los esclavos ya estaba humeando en todas las venas bajo la piel oscura y martirizada. Sombras de sollozos reprimidos estaban arañando el cielo seco y ardiente de las bocas.

La carcajada de Harry Way apedreó a los peones.

—¡Ja…, ja…, ja…! ¡Juelguistas! Mi enseñar paga ustedes a ser mansitos como ovejas… ¡Miguen eso!

Por el terraplén venía un verdadero destacamento de hombres armados con máuseres del gobierno. Eran los nuevos “soldados” de la comisaría, cuyos nombramientos también habían salido del Ministerio del Interior.

Harry Way poseía un agudo sentido práctico y decorativo. La espectacular aparición de sus hombres se producía en un momento oportuno. Eran como veinte, tan mal encarados como los tres que rodeaban al patrón. En el polvo que levantaban sus caballos, se acercaban como flotando en una nube de plomo, hombres siniestros cuyos esqueletos ensombrerados asomaban en la sonrisa de hueso que el polvo no podía apagar. Se acercaban por el terraplén. Los envolvía aún Un silencio algodonoso y sucio, pero ya los ojos de los peones escuchaban el rumor brillante de sus armas. Después se escuchó el rumor de los cascos. Y sólo después el rumor de las voces y las risas cuando los hombres avanzaron al tranco de sus caballos y se cerraron en semicírculo sobre la fábrica.

Harry Way reía. Los peones temblaban. Los “soldados” mostraban el esqueleto por la boca.

Tebikuary del Guairá estaba mucho peor que antes. Sus pobladores habían salido de la paila para caer al fuego.

Harry Way se fue a vivir con sus hombres en la casa blanca donde había muerto Eulogio Penayo. Era como si el alma en pena del mulato se hubiese reencarnado en otro ser aún más bárbaro y terrible. Harry Way hizo añorar la memoria del antiguo capataz-comisario de Bonaví, casi como una fenecida delicia.

La casa blanca fue reconstruida al poco tiempo. Y se llamó desde entonces la Ogaguasú. Volvía a ser comisaría y ahora era, además, la vivienda del todopoderoso patrón. Alrededor, como un cinturón defensivo, se levantaron los “bungalows” de los capangas.

A extremos increíbles llegó muy pronto la crueldad del Buey-Rojo, del Güey-Pytá, como empezaron a llamar al fabriquero gringo Harry Way. Así les sonaba su nombre. Y en realidad se asemejaba a un inmenso buey rojo. Sus botas, sus camisas a rayas coloradas, su pelo de herrumbre que parecía teñido de pensamiento sanguinario, su desbordante y sanguinaria animalidad.

Como antes Simón Bonaví desde Asunción, ahora pastaba Harry Way en Tebikuary-Costa. El quiste colorado se hinchaba más y más y estaba cada vez más colorado, latiendo, chupando savia verde, savia roja, savia blanca, savia negra, los cañaverales, el agua, la tierra, el viento, el sudor, los hombres, el guarapo, la sangre, todo mezclado en la melaza que fermentaba en los tachos y que las centrífugas defecaban blanquísima por sus traseros giratorios y zumbadores.

El azúcar del Buey-Rojo seguía siendo blanco. Más blanco todavía que antes, más brillante y más dulce, arena dulce empapada en lágrimas amargas, con sus cristalitos de escarcha rociados de luna, de sudor, de fuego blanco, de blanco de ojos triturados por la pena blanca del azúcar.

Frente a la fábrica se plantó un fornido poste de lapacho. Allí azotaban a los remisos, a los descontentos, a los presuntos “juelguistas”. Cuando había alguno, el Buey-Rojo ordenaba a sus capangas:

—Llévenlo al good-friend y sacúdanle las miasmas.

El “buen-amigo” era el poste. Las guachas deslomadoras administraban la purga. Y el paciente quedaba atado, abrazado al poste, con su lomo sanguinolento asándose al sol bajo una nube de moscas y de tábanos.

El negro de la cuchillada cenicienta y el petiso tembevókarapé se especializaron en las guacheadas. Especialmente este último. Cruzaban apuestas.

—Cinco pesos voy a e’te —decía el petiso al negro—. Lo delomo en veinte guachazo’.

—En treinta —apuntaba el negro.

El tembevó-karapé se lubricaba las manos arrojándose por el labio partido un chorrito de baba negruzca, empuñaba la guacha y comenzaba la faena con su acompasado y sordo estertor en el pecho. Casi siempre acertaba. Deslomar significaba desmayar al guacheado. Los planazos del cuero sonaban casi como tiros de revólver sobre el lomo del infeliz que gritaba hasta que se quedaba callado, deslomado.

José del Rosario fue al poste. Era viejo y no aguantó. Arrojaron su cadáver al río. Pegro Tanimbú fue al poste. Estaba tísico y no aguantó. Arrojaron su cadáver al río. Anacleto Pakurí fue al poste. Era joven y fuerte. Aguantó. Dejó por sus propios medios el “buen-amigo”. Pero al día siguiente volvió a insolentarse con uno de los capangas y lo liquidaron de un tiro. Arrojaron su cadáver al río. Un poco antes también habían arrojado al río a Loreto Almirón, que no murió de guacha sino del puñetazo que Harry Way le obsequió al llegar.

El río era una buena tumba, verde, circulante, sosegada. Recibía a sus hijos muertos y los llevaba sin protestas en sus brazos de agua que los había mecido al nacer. Poco después trajo pirañas para que no se pudrieran en largas e inútiles navegaciones.

Las mujeres no estaban mejor que los hombres. Antes sólo vivía en la casa blanca Eulogio Penayo, el mulato bragado de piernas. Ahora había en la Ogaguasú veinticinco machos cabríos. Necesitaban desfogarse y se desfogaban a las buenas o a las malas.

El Buey-Rojo desfloraba a las nuevas y las pasaba a sus hombres, cuando se cansaba de ellas.

Las noches de farra menudeaban en la Ogaguasú. Los capangas salían a recorrer los ranchos reclutando a las kuñá. Cuando escaseaba mujer, hubo alguna que tuvo que soportar todo el tendal de machos, mientras el fuego líquido de la guaripola y el fuego podrido de la lujuria alumbraban la farra, entre gritos, guitarreadas, cantos rotos y carcajadas soeces.

El entusiasmo para la huelga se apagó como quemado por un ácido. Las palabras de Solano Rojas morían sin eco, sordamente rechazadas. Ya ni lo querían escuchar. El terror tenía paralizada a la gente. El rostro de tronera de Harry Way prendía ojos de lechuza venteadora desde las ventanas de la Ogaguasú. Se sentían vigilados hasta en sus pensamientos.

—¡Qué huelga, Solano!—decían los pocos que aún no estaban del todo desanimados—. Ma’ mijor quemamo’ la fábrica y note condemo’ en el monte.

—La fábrica no é’ el enemigo de nojotro. El enemigo e’tá en el Ogaguasú. En toda las Ogaguasú-kuera donde hay patrone’ como el Güey-Pytá o Simón Bonaví. Contra ello-kuera tenemo’ que levantarno’.

Naturalmente, no podían faltar los soplones. Uno de ellos delató a Solano.

El Buey-Rojo le exigió primeramente con amenazas que revelara los planes de la huelga. Solano estaba mudo y tranquilo. Lo trataron de ablandar a puñetazos y a puntapiés. Solano escupió sangre, escupió dos o tres dientes, pero seguía mudo y tranquilo mientras los moretones empezaban a sombrearle el rostro.

—Llévenlo al poste. Y dugo con él —ordenó entonces el patrón.

Fue atado al “buen-amigo” y torturado bestialmente. El mismo Harry Way presenció la guacheada. El zambo y el tembevó-karapé alternaron sus cueros sobre el lomo de Solano y rivalizaron en fuerza y en saña.

—Va di’ peso a e’te. Lo vita delomar en cuarenta—dijo el petiso en voz baja al negro, antes de comenzar.

—A e’te, entre lo do’ junto no lo delomamo en meno’ de cien —reflexionó el negro—. Ya jheyá cien-pe.

Empezaron a sonar las guachas como tiros de calibre 38 largo.

…Cinco… Diez… Quince… Veinte… El zambo y el karapé… El karapé y el zambo… Veinticinco… Treinta… El zambo y el karapé… el karape y el zambo…

A cada guachazo saltaba un pequeño surtidor rojo que resplandecía al sol. Toda la espalda de Solano ya estaba bañada en su jugo escarlata como una fruta demasiado madura que dos taguatós implacables reventaban con sus acompasados aletazos. Pero Solano seguía mudo. La boca le sangraba también con el esfuerzo del silencio. Sólo sus ojos estaban empañados de alaridos rabiosos. Pero su silencio era más terrible que el estampido de las guachas.

—¡Más…, más…!—gritaba Harry Way—. ¡Dugo con él! ¡Mi va a enseñarte, misegable, a ser juelguista! ¡Más…. más…!

…Treinta y cinco… Cuarenta… Cuarenta y cinco… Cincuenta…

El zambo y el karapé… El karapé y el zambo…

Estaban fatigados. El karapé estertoraba y estertoraba el zambo. Al levantar la guacha se secaban el sudor de la frente con el antebrazo y se borroneaban de rojo toda la cara con las salpicaduras de la sangre. El Buey-Rojo también estertoraba, pero él no de fatiga sino de sádica emoción.

Ni el zambo ni el karapé acertaron esta vez. Sólo con ciento diez guachazos pudieron deslomar a Solano, que quedó colgando del “buen-amigo”.

El humo del ingenio seguía manchando el cielo. El quiste colorado latía. En la Ogaguasú hubo esa noche rumor de farra.

El poste amaneció vacío. Manos anónimas desataron en la oscuridad a Solano y lo llevaron por el río. Si los capangas de Harry Way no hubieran estado durmiendo su borrachera, tal vez habrían sentido maniobrar quedamente en el recodo a los cachiveos de los carpincheros.

Los días pasaron lentamente. La desesperación creció en los trabajadores del ingenio y empezó a desbordar como agua que una mala luna arrancaba de madre.

La destrucción de la fábrica quedó decidida.

Era en cierto modo la consecuencia natural del estado de ánimo colectivo. La solución extrema dictada no por el valor sino por el miedo. La gente estaba embrujada por el miedo. Estaba embrujada por el odio, por la amargura sin esperanza. Estaba envenenada y seca como si durante todo ese tiempo no hubiera estado bebiendo más que jugo de víboras y guarapo de cañadulce leprosa.

La causa de sus desgracias eran la fábrica, las máquinas, el ingenio. El mismo Simón Bonaví, el propio Harry Way, habían nacido del quiste colorado. Tenían su color y su ponzoña. Destruida la fábrica, todo volvería a ser como antes.

—¡Vamo’ a quemarla! —propuso Alipio Chamorro.

—¡Ya jhapy-katú! —apoyaron Secundino Ortigoza, Belén Cristaldo, Miguel Benítez, y unos quince o veinte más, mocetones arrejados a quienes no les importaba morir si podían destruir el poder del Buey-Rojo.

La ausencia de Solano Rojas lo complicaba todo. Él habría logrado sacar partido favorable de la situación. Era el cabecilla nato de los suyos. Pero lo creían muerto.

Un hachero trajo sin embargo la noticia de que estaba vivo con los carpincheros.

—Vamos a hacerlo llamar—propuso Belén Cristaldo.

—Él quiere la huelga, no el incendio —recordó Secú Ortigoza.

De todos modos, enviaron de inmediato al mismo hachero para comunicarle la decisión.

La noche fijada para el incendio, Solano Rojas remontó el río con unos cuantos carpincheros, los mismos que lo habían rescatado del poste del suplicio salvándole la vida. Todavía estaba algo débil, pero por dentro se sentía firme y ansioso.

Cuando se iban acercando al Paso, oyeron sonar disparos hacia el ingenio. Desembarcaron, subieron la barranca y continuaron aproximándose cautelosamente por el monte donde la noche era más noche con la oscuridad. Los disparos iban arreciando. Solano reconoció los máuseres y los revólveres de Harry Way y sus matones. El corazón se le encogió con un triste presentimiento.

Al desembocar en la explanada del ingenio, comprobó que lo que venía temiendo desgraciadamente era verdad: sus compañeros estaban acorralados dentro de la pila de rajas que rodeaba la parte trasera de la fábrica en un gran semicírculo. Probablemente alguien había soplado a Harry Way el plan de los incendiarios, él los había dejado entrar en la trampa hasta el último hombre y ahora los estaba cazando a tiros.

Solano Rojas escudriñó las tinieblas. Sólo restaba un último y desesperado recurso. Era casi absurdo, pero había que intentarlo.

—¡Vamo’ lotmitá! —susurró a los carpincheros y volvieron a sumirse en el yavorai.

En la herradura formada por los fondos de la fábrica y la pila de leña, la oscuridad semejaba el ala de un inmenso murciélago. En esa membrana viscosa y siniestra los hombres atrapados se arrebujaban, se guarecían. Pero sólo por unos instantes más.

Desde distintos puntos a la vez, los disparos de los capangas la iban pintando con fugaces y retumbantes lengüetazos amarillos. Se apagaban y surgían de nuevo en una costura fosfórica hilada de chiflidos. El pespunte de fogonazos y detonaciones marcaba el reborde de la trampa. Los peones también respondían con alguno que otro tiro desde donde se hallaban parapetados. Disponían de un revólver. Lo empuñaba Alipio Chamorro. Era el “Smith-Wesson” que su hermana le había robado a un capanga una noche de farra en la Ogaguasú. Alipio disparaba apuntando cuidadosamente hacia las sombras que escupían saliva de fuego amarillo. Disparó hasta cinco veces.

—Me queda una bala nomá’ —avisó Alipio.

—Dejá para lo’ úrtimo—dijo Secú Ortigoza, sin esperanza—. Ese bala e’ para vo’. Te va a sarvar de lo’ capanga. No sarvó a tu hermana. Pero te va a sarvar a vo’.

Alguien trató de anular la nota fúnebre que Secú había infiltrado.

—¿Se acuerdan pa de Simón Bonaví? Dentro de su pierna’ nikó podían pelear cinco perro’pertiguero’, de tan karë que eran.

Rieron.

—¿Y cuando olía su bragueta?—dijo Belén Cristaldo, contribuyendo a la evocación del primer patrón—. Se contentaba con eso pa’ no ga’tarse con mujer.

Rieron a carcajadas. Condenados a una muerte segura, la veintena de peones todavía divertía sus últimos minutos con pensamientos risueños de una tranquila y desesperada ironía. Los balazos de Harry Way y de sus hombres continuaban rebotando en los troncos con chistidos secos. De él no se acordaban sino para gritarle con fría cólera, con desprecio:

—¡Güey-Pyta!…

—¡Mba’é-pochy tepynó!…

—¡Tekaká!…

—¡Piii-piii… puuuuu…!

Una lluvia de uñas de plomo raspó la pila de leña como una invasión de comadrejas invisibles. Los peones quedaron en silencio. Dos o tres se quejaban quedamente, como en orgasmo. Se dispusieron a entregarse. En eso vieron elevarse por encima del pespunte fosfórico un resplandor humeante hacia el recodo del río, en dirección a la Ogaguasú.

—¡Pe maté! ¡Tatá… !—dijo una voz en el parapeto.

—¿Qué pikó puede ser?—preguntó Miguel Benítez, con se voz aflautada de niño.

—El juego de San Juan—murmuró Alipio en un suspiro—. Pe mañá pörä-ke jhesé… Lo’ etamo viendo por última vé’…

—¿En octubre pikó, Alipio, la noche de San Juan de juño? —preguntó Secú.

El resplandor crecía. Ahora se veía bien. No; no eran las fogatas de San Juan. Era la Ogaguasú que se estaba quemando. Un gran grito tembloroso surgió en el parapeto. Los capangas abandonaron el asedio de la pila de leñas y corrieron hacia la Ogaguasú. Fueron recibidos con un tiroteo graneado que tumbó a varios. Cundió entre ellos el desconcierto. Se oían los mugidos metálicos y gangosos de Harry Way tratando de contener el desbande de sus hombres repentinamente asustados.

Los sitiados comenzaron a abandonar el parapeto. Por las dudas se alejaban reptando entre la maleza.

Cuando algunos de ellos se animaron y llegaron a las inmediaciones de la Ogaguasú, se encontraron con un extraordinario espectáculo. Todo había sucedido vertiginosamente. Era algo tan inconcebible e irreal, que parecía un sueño. Pero no era un sueño.

En el candelero circular de los “bungalows” de tablas, la Ogaguasú ardía como una inmensa tea que alumbraba la noche.

Delante de Solano Rojas armado de un máuser, delante de unos treinta carpincheros armados también con máuseres y revólveres, estaba Harry Way hincado de rodillas pidiendo clemencia. Con gritos jadeantes pedía clemencia a los hombres libres del río, al esclavo que un mes antes había mandado azotar hasta el borde de la muerte. Pedía clemencia porque él a su vez ahora no quería morir. Su camisa a rayas coloradas hecha jirones, mostraba el pecho de herrumbre. Sus “breeches” color caki, su piel de oro sanguíneo, sus botas rojas acordonadas, estaban embadurnadas de barro y de sangre. De trecho en trecho había capangas muertos. El pecoso alto y el petiso de labio leporino habían mordido el polvo junto al patrón.

Poco a poco vinieron los demás pobladores. Una gran multitud se estaba reuniendo alrededor del incendio.

—¡No me maten…, no me maten…! ¡Mí ser un ciudadano extranquero…! ¡Mí promete resolver las cosas a su gusto…! ¡No me maten…! —gemía el Buey-Rojo postrado en tierra, aplastado, vencido.

—¡Levántese! —le ordenó Solano Rojas. Su voz no admitía réplica. Era una voluntad tensa en que vivos y muertos hablaban. Restalló poderosa entre el ruido del fuego.

Harry Way se levantó lentamente, dudando todavía. Su corpachón ya no era amenazante. Estaba como deshuesado.

Solano se desplazó hasta la puerta de uno de los “bungalows” en llamas y la abrió con la culata del máuser. La espalda llagada de Solano descargó de golpe sobre los ojos del señor feudal, uno por uno, silenciosamente, todos los guachazos recibidos.

—¡Venga aquí! —volvió a ordenar implacable.

Harry Way avanzó un paso y se detuvo. Acababa de comprender. Empezó a gritar nuevamente, esta vez con gañidos de perro castigado. Dos carpincheros lo empujaron a culatazos, lo fueron empujando como a un carpincho herido en el agua, lo fueron empujando a pesar de sus gritos, de su resistencia espasmódica, de su descompuesto terror, de su ansia tremenda de salvarse de la muerte. Lo fueron empujando hasta acabar de meterlo en la ratonera ardiente.

Solano volvió a cerrar la puerta y la trancó con el máuser.

Todos se quedaron escuchando en silencio, presenciando en silencio la invisible ejecución de Harry Way que las llamas consumaban lentamente, hasta que los gritos y los golpes de puños en los tablones se nivelaron con el chisporroteo del fuego, decrecieron y se apagaron del todo mientras crecía en el aire el olor de la carne quemada.

Entre los carpincheros, cerca de Solano Rojas, estaba una muchacha mirando la casa que ardía. En su rostro fino y pequeño sus pupilas azules brillaban empañadas. La firme gracia de su cuerpo de cobre emergía a través de los guiñapos. Sus cabellos parecían bañados de luna, como el azúcar. No tenía armas pero sus manos estaban cubiertas de tizne. Ella también había ayudado a quemar la Ogaguasú, a destruir la cruel y sanguinaria opresión que estaba acabando en calcinados escombros, en humo volandero, en recuerdo.

Por eso el acordeón de Solano suena vivo y marcial en el Paso. El fuego de la tierra y de los hombres, la pasión de la libertad y el coraje, vibran en las antiguas palabras guerreras.

Campamento Cerro-León, catorce, quince, yesiséis… yesisiete, yesiocho… yesinueve batallón…

Ipuma ko la diana,

pe pacpá-ke lo’mita…

Tras el sumario castigo del Buey-Rojo, sucedió un episodio breve, indescriptible, maravilloso. No podía durar. Después de la pesadilla del miedo, la borrachera de la esperanza iba a ser sólo como un soplo.

Los trabajadores del ingenio recomenzaron la zafra por su cuenta después de haber hecho justicia por sus manos. La habían pagado con su dolor, con su sacrificio, con su sangre. Y la habían pagado por adelantado. Las cuentas eran justas.

Formaron una comisión de administración en la que se incluyó a los técnicos. Y cada uno se alineó en lo suyo; los peones en la fábrica, los plantadores en los plantíos, los hacheros en el monte, los carreros en los carros, los cuadrilleros en los caminos. Todos arrimaron el hombro y hasta las mujeres, los viejos y la mitá-í.

Se pusieron a trabajar noche y día sin descanso. Lo hacían con gusto, porque al fin sabían, sentían que el trabajo es una cosa buena y alegre cuando no lo mancha el miedo ni el odio. El trabajo hecho en amistad y camaradería.

No pensaban, por otra parte, quedarse con el ingenio para siempre. Sabían que eso era imposible. Pero querían entregarlo por lo menos limpio y purificado de sus taras; lugar de trabajo digno de los hombres que viven de su trabajo, y no lugar de torturas y de injusticias bestiales.

Solano Rojas habló de que se podrían imponer condiciones. Destacó emisarios a los otros ingenios del Sur y a la Capital.

No volvieron los emisarios. No pudieron siquiera terminar la zafra. A la semana de haber comenzado esta fiesta laboriosa y fraternal, el ingenio amaneció un día cercado por dos escuadrones del gobierno que venían a vengar póstumamente al capitalista extranjero Harry Way. Traían automáticas y morteros.

Los trabajadores enviaron parlamentarios. Fueron baleados. Se acantonaron entonces en la fábrica para resistir. Las ametralladoras empezaron a entrar en acción y las primeras granadas de morteros a caer sobre la fábrica.

Los sitiados se rindieron esta vez, para evitar una inútil matanza. Los escuadrones se llevaron a los presos atados con alambre. Entre ellos iba Solano Rojas con un balazo en el hombro.

Tebikuary del Guairá volvió al punto de partida. Pero en lugar del verde de antaño había sólo escombros carbonizados. Algunas carroñas humanas se hinchaban en el polvo del terraplén. Y en lugar de humo flotaban cuervos en el aire seco y ardiente del valle.

El círculo se había cerrado y volvía a empezar.

Poco a poco regresaron los presos. Primero fue Miguel Benítez, después Secú Ortigoza, después Belén Cristaldo y por último Alipio Chamorro. Solano Rojas quedó en la cárcel. Quedó por quince años. Por fin lo soltaron. Se trajo sus recuerdos y la cicatriz de un sablazo sobre ellos. Pero había tenido que dejar los ojos en la cárcel en pago de su libertad.

Regresó como una sombra que volvía de la muerte. Sombra él por fuera y por dentro. Anduvo vagabundeando por las barrancas. Allí se quedó. Los carpincheros le ayudaron después a levantar su choza al otro lado del río y a construir su balsa. Un tropero le regaló el acordeón.

Se sentía a gusto en la barranca frente a las ruinas de la Ogaguasú. Era el sitio del combate y el sitio de su amor. Necesitaba estar allí, al borde del camino de agua que era el camino de ella. Su oído aprendió a distinguir el paso de los carpincheros y a ubicar el cachiveo negro en que la muchacha del río bogaba mirando hacia arriba el rancho del pasero.

Ella. Yasy-Mörötï.

El nombre del Paso surgió de esta tierna y secreta obsesión que se transformaba en música en el remendado acordeón del ciego.

Yasy-Mörötï …

Luna blanca amada que de mí te alejas

con ojos distantes…

Por tres veces, Solano sintió bajar las fogatas de San Juan. Los carpincheros seguían cumpliendo el rito inmemorial. Traían sus cachiveos a que los sapecara el fuego del Santo para que la caza fuera fructífera.

Solano se aproximaba al borde de la barranca para sentirlos pasar. Los saludaba con el acordeón y ellos le respondían con sus gritos. Y cuando entre los fuegos el ojo de su corazón la veía pasar a ella, una extraña exaltación lo poseía. Dejaba de tocar y los ojos sin vida echaban su rocío. En cada gota se apagaban paisajes y brillaba el recuerdo con el color del fuego.

La última vez que se acercó, resbaló en la arena de la barranca y cayó al remanso donde guardaba su balsa, donde lavaba su ropa harapienta, de donde sacaba el agua para beber.

De allí lo sacaron los carpincheros que estuvieron toda la noche sondando el agua con sus botadores y sus arpones, al resplandor de las hogueras.

Lo sacaron enredado a un raigón negro, los brazos negros del agua verde que lo tenían abrazado estrechamente y no lo querían soltar.

Los carpincheros pusieron el cuerpo de Solano en la balsa, trozaron el ysypó que la ataba al embarcadero y la remolcaron río abajo entre los islotes llameantes.

Sobre la balsa, al lado del muerto, iba inmóvil Yasy-Mörötï.

Todavía de tanto en tanto suele escucharse en el Paso, a la caída de las noches, la música fantasmal del acordeón. No siempre. Sólo cuando amenaza mal tiempo, no hay zafra en el ingenio nuevo y todo está quieto y parado sobre el río.

—¡Chake!—dicen entonces los ribereños aguzando el oído—. Va a haber tormenta.

—Ipú yevyma jhina Solano cordión…

Piensan que el Paso Yasy-Mörötï está embrujado y que Solano ronda en esas noches convertido en Pora. No lo temen y lo veneran porque se sienten protegidos por el ánima del pasero muerto.

Allí está él en el cruce del río como un guardián ciego e invisible a quien no es posible engañar porque lo ve todo.

Monta guardia y espera. Y nada hay tan poderoso e invencible como cuando alguien, desde la muerte, monta guardia y espera.