Ryunosuke Akutagawa: Blanco. Cuento

AkutagawaRyunosuke1.

Una tarde de primavera. Un perro llamado Blanco transitaba en una calle solitaria, olfateando la tierra. A los lados de la calle se veían dos largas hileras de setos con retoños, que dejaban ver a trechos los cerezos florecientes. Después de seguir un tramo a lo largo de los setos, Blanco dobló de repente en una esquina y, apenas asomado al callejón, detuvo empavorecido sus pasos.

Fue con toda razón; a unos quince metros reconoció a un matador de perros, marcado por el logotipo del chaleco, que apuntaba a un perro negro con un lazo escondido a la espalda. Sin percatarse del peligro, el perro negro devoraba un pedazo de pan, que le había lanzado el matador de perros. Y esto no fue todo; no se trataba de un perro cualquiera sino de uno de los conocidos, nada menos que Negro, el vecino que vivía al lado de su casa. Blanco y él, tan amigos desde siempre, se saludaban todas las mañanas sin falta, olfateándose con las narices pegadas.

Blanco se disponía a gritarle: “¡Huye, Negro!”, cuando el matador le lanzó una mirada feroz, que parecía decir: “Cállate, o te atrapo primero a ti”. Intimidado ante la amenaza tan directa, Blanco se quedó mudo sin poder emitir un ladrido de alerta. Con un horror inaudito que le hizo temblar todo el cuerpo, retrocedió poco a poco, atento al menor movimiento del matador. Cuando ganó la esquina para esconderse detrás del seto, huyó a toda carrera, sin preocuparse más por el pobre Negro.

En seguida se escuchó una serie intermitente de alaridos espantosos de Negro, que de seguro fue capturado por el lazo. En vez de regresar al auxilio, Blanco siguió su escapatoria a toda velocidad sin volverse atrás siquiera, saltando charcos, pateando piedras, atravesando cuerdas de carro- zas, volcando basureros hasta terminar de bajar una cuesta. ¡Habrase visto semejante carrera! Por poco lo atropellaron los automóviles. Quizá Blanco ya no pudiera pensar en otra cosa que salvarse, pero en el fondo de sus oídos seguían repercutiendo los últimos alaridos de Negro como zumbido

de tábano: “Kyaan, kyaan, ¡auxilio! Kyaan, Kyaan, ¡auxilio!”

 

2.

Blanco llegó jadeante a la casa de sus amos. Al pasar por debajo de la valla negra y rodear el galpón, alcanzaría su casita situada en la parte trasera. Irrumpió como vendaval en el jardín cubierto de césped y se sintió aliviado de haber escapado al peligro de la trampa. Sobre el césped fresco, la niña y el niño jugaban con una pelota. Emocionado ante la escena familiar, Blanco se les acercó con afán, moviendo la cola.

–¡Querida niña! ¡Querido niño! Me topé con un matador de perros – dijo Blanco de un soplo con la mirada alzada. (Desde luego, los niños, que no comprendían el idioma de los perros, sólo escucharon unos ladridos sin sentido.)

Sin embargo, tanto la niña como el niño, misteriosamente, permanecieron estupefactos ante el perro, sin acariciarle siquiera la cabeza. Extrañado, Blanco se empeñó:

–¡Querida niña! ¿No has visto un matador de perros? Es aterrador.

¡Querido niño! Por poco me salvé, pero atraparon a mi vecino Negro.

Aun así, los niños sólo se miraban perplejos. Después de un rato de silencio, empezaron a decir:

–¿Qué perro será, Haruo?

–¿De dónde vendrá, hermana?

Ahora fue Blanco quien quedó perplejo al escuchar “de dónde”. (Blanco entendía perfectamente lo que decían los niños. Nosotros suponemos que los perros no nos comprenden porque no los comprendemos, pero esto no es cierto. Los perros aprenden a obedecernos porque entienden nuestro idioma. Por otro lado, nosotros no aprendemos nada con los perros, ni a mirar en la oscuridad ni a distinguir olores sutiles, porque no entendemos su idioma.)

–¡Cómo que de dónde! ¡Soy yo, Blanco!

La niña lo siguió observando con desconfianza.

–¿Será hermano de Negro, el vecino?

–Puede ser –dijo pensativo el niño, jugueteando con el bate–. Porque éste también tiene un cuerpo muy negro.

Blanco sintió de repente que se le erizaban los pelos en el lomo. “Muy negro”: no podía ser, porque desde pequeño era tan blanco como la leche. Sin embargo, se asustó al fijarse en sus patas delanteras; no, no sólo las patas, sino el pecho, el vientre, las patas traseras, la cola esbelta y galante, todo su cuerpo se había vuelto negro, tan negro como una olla quemada.

¡Negro, todo negro! Blanco ladró desesperado, corriendo y brincando a ciegas, como si se hubiera enloquecido.

–Ay, ¿qué hacemos, Haruo? Éste ha de ser un perro rabioso –la niña, petrificada, habló en voz sollozante.

Pero el niño, tan valiente siempre, le pegó a Blanco sin perder tiempo en el hombro izquierdo con el bate. En seguida iba a darle otro batazo, cuando Blanco se escamoteó por debajo del bate y huyó a toda prisa por el mismo camino. Antes de correr veinte metros —mucho menos de lo que había corrido cuando presenció la escena horripilante del matador de perros— ganó la casita, pintada color crema, a la sombra de la palma, y se volvió para observar a los niños.

–¡Querida niña! Querido niño! Soy yo, Blanco. Aunque esté de negro, soy Blanco, la mascota de ustedes.

La voz de Blanco temblaba de tristeza y cólera inexpresables, pero los niños no fueron capaces de percibir ningún matiz especial en los ladridos. En cambio, la niña  dio una patada de rabia, diciendo con odio: “Todavía sigue ahí. Qué perro tan descarado”. El niño cogió guijarros del caminito del jardín y los lanzó con toda su fuerza hacia donde estaba Blanco.

–¡Maldita bestia! ¿Qué andas haciendo ahí? Vete, vete, te estoy diciendo.

Los guijarros se le vinieron uno tras otro, dejando una herida sangrante en la raíz de sus orejas. Con la cola enrollada, Blanco se precipitó hacia la valla para salir a la calle, donde se encontró con una mariposa blanca que revoloteaba libre de escrúpulos, resplandeciendo bajo la luz plateada del sol primaveral.

–¿De hoy en adelante tendré que vivir como vagabundo?

Blanco permaneció distraído durante un buen rato al pie de un poste de electricidad sin dejar de lanzar suspiros.

 

3.

Expulsado definitivamente por los niños, Blanco rondó todo Tokio sin rumbo fijo. Hiciera lo que hiciera, no logró disipar de la mente la imagen de su propia figura, vuelta negra por completo. Andaba con miedo al espejo de la peluquería que reflejaba las caras de los clientes, a los charcos que doblaban el cielo después de la lluvia y a los vidrios de las ventanas decorativas que proyectaban las hojas frescas de las hileras. Hasta se asustó una vez ante la jarra de cerveza negra, colocada sobre la mesa de una cafetería. Pero ¿para qué sirve todo esto? En la ciudad abundan objetos reflectores que lo asustan con su proyección siniestra. Apareció, esta vez, un gran carro negro, estacionado fuera del parque, y la puerta barnizada reflejó, con tanta fidelidad como si fuera un espejo, la figura del perro, que se le había acercado sin percatarse. Blanco lanzó un gemido lastimero y se escondió sin pérdida de tiempo en el parque.

Adentro corría una brisa a través de las hojas frescas de los plátanos. Con la cabeza inclinada, Blanco siguió su marcha entre los árboles. Por fortuna, no había nada, salvo el estanque, que reflejara su figura. En medio del silencio sólo se escuchaba el zumbido de abejas arremolinadas sobre una rosa blanca. Envuelto en el aire sereno del parque, Blanco se olvidó temporalmente de los días depresivos que soportaba después de haberse vuelto negro y feo.

Sin embargo, el momento de felicidad no duró ni cinco minutos. Cuan- do desembocó en estado de ensoñación frente una vereda equipada de bancos, le llegó un ladrido estrepitoso desde el otro lado de la esquina de frente.

–Kyan, kyan ¡auxilio! Kyan, kyan, ¡auxilio!

Blanco tembló sin querer ante la voz espantada que le recordó con niti- dez la horrible escena de su amigo Negro, amenazado de muerte. Blanco se dispuso a dar marcha atrás con los ojos cerrados, pero la vacilación se es- fumó al instante; lanzando un gemido furibundo, avanzó con pasos firmes.

–Kyan, kyan ¡auxilio! Kyan, kyan, ¡auxilio!

A los oídos de Blanco el ladrido sonaba como: “Kyan, kyan, ¡no seas cobarde! Kyan, kyan, ¡no seas cobarde!”

Apenas agachada la cabeza, Blanco se disparó hacia el sitio de la voz. Ya en el escenario, lo que encontró no fue un matador de perros sino unos cuantos niños vestidos a la usanza occidental, camino de regreso de la escuela. Los niños alborotados arrastraban un cachorro de color marrón con una soga que le habían amarrado al cuello. Mientras el cachorro forcejeaba en una resistencia desesperada, pidiendo auxilio sin cesar, los niños se divertían entre risas y gritos sin hacerle caso, pateándole de vez en cuando la panza con los pies calzados.

Sin un asomo de titubeo, Blanco acometió con ladridos feroces a los niños, que, tomados por sorpresa, entraron en pánico. Empavorecidos ante el rostro sanguíneo del perro que les mostraba los ojos sonrojados y los colmillos filudos para amenazarlos con un inminente ataque, los niños se dispersaron por los cuatro costados. El más asustado cayó rodando en el sendero junto a la vereda. Después de perseguirlos unos veinte metros, Blanco se volvió hacia el cachorro y le habló en un tono de reproche:

–Ven, vamos juntos. Te acompaño hasta tu casa.

Blanco tomó apresurado el mismo camino entre los árboles, mientras el cachorro color marrón, feliz, pasó por debajo de un banco y, después de pisar unas rosas, comenzó a correr a toda marcha para no perderlo de vista, ya despreocupado de la soga que le arrastraba del cuello.

Un par de horas después, Blanco y el cachorro marrón se encontraban en frente de una cafetería miserable. En la semipenumbra del interior, que no alcanzaba a iluminar del todo una lámpara encendida desde el mediodía, el gramófono ronco emitía una melodía de canto regional de Osaka. Moviendo la cola en vaivenes alegres, el cachorro le dijo a Blanco:

–Yo vivo aquí en esta cafetería, que se llama Casa Taisho. ¿Dónde vive usted, señor?

–¿Yo? Yo vivo en un pueblo que queda muy lejos de aquí –Blanco sus- piró con tristeza–. Bueno, me voy.

–Espere. ¿Es muy regañón su amo?

–¿Mi amo? ¿Por qué me preguntas eso?

–Si no tiene problema con su amo, quédese aquí para pasar la noche. A mi mamá también le gustaría agradecerle por haberme salvado la vida. En mi casa tenemos mucha comida de lujo, como leche, arroz con curry y bistec, para agasajarle.

–Muchas gracias, pero será la próxima ocasión, porque hoy tengo otros compromisos. Bueno, me saludas a tu mamá.

Después de alzar un segundo los ojos para mirar el cielo, Blanco se puso en marcha sobre la calle pavimentada. De un rincón del techo de la cafetería, ya se asomaba la luna creciente con un brillo tenue.

–Señor, señor, espere, por favor –el cachorro le dijo en un tono afligido–. Dígame siquiera cómo se llama usted. Soy Napoleón, y me llaman Napo o Napito. ¿Cómo se llama usted, señor?

–Me llamo Blanco, niño.

–¿Blanco? Qué extraño. Usted es negro. Blanco se entristeció.

–Pero me llamo Blanco.

–Bueno, don Blanco, que venga a visitarnos pronto.

–Bueno, Napito, adiós.

–Suerte, don Blanco, adiós.

 

4.

No habrá necesidad de contar en detalle lo que después le sucedió a Blanco, pues se ha publicado en periódicos. Me imagino que la mayoría de los lectores están al tanto de la noticia de un perro negro que ha salvado con valentía a varias personas. Recordarán también que hicieron una película con el título de “Perro fiel”, que tuvo mucho éxito hace algunos años. Ese perro negro no fue sino el mismo Blanco. Para los que aún no se han enterado por alguna circunstancia, aquí citaré algunos ejemplos:

El Diario de Tokio: Ayer el 18 (de mayo), a las 8: 40 de la mañana, el niño Sanehiko Shibayama (cuatro años de edad), el hijo mayor de Tetsutaro Shibayama, empleado de Tabata 1-2-3 S.A., se metió por un error del guardián en la barrera, ubicada cerca de la estación Tabata, justo cuando atravesaba el tren expreso de la línea Ou con rumbo a Ueno. El niño, que por poco fue atropellado por el tren, fue salvado por un robusto perro negro que se lanzó como un rayo a la barrera y lo sacó a tiempo. Como el valiente perro desapareció en medio del bullicio sin dejar rastro, la autoridad está desconcertada sin saber a quién darle la condecoración.

El Asahi de Tokio: La esposa del señor Edward Berkeley, quien se encuentra ahora de veraneo en Karuizawa, adora a su gato persa. Un día de estos apareció en su quinta una serpiente como de dos metros y sometió al gato para tragárselo. Ahí acudió al rescate un perro negro desconocido, que, después de veinte minutos de batalla feroz, mató la serpiente a mordidas. Con el premio de cinco mil dólares para quien se lo ubique, la señora está en búsqueda del perro valiente, que misteriosamente desapareció enseguida.

El Nacional: Después de haberse desviado varios días de la ruta reglamentaria de la cordillera Alpes Japoneses, los tres estudiantes del Colegio Primero llegaron el día 7 (de agosto) sanos y salvos al balneario de Kamikochi. Los muchachos perdieron la ruta en un tramo entre el Monte Hodaka y el Pico Lanza, y estuvieron a punto de morir cuando la borrasca del día anterior les arrebató la carpa con sus alimentos. De repente apareció un perro negro, vaya a saber de dónde, en la quebrada en que vagaban sin rumbo, y les enseñó el camino a seguir como si fuera un guía experto. Des- pués de un día entero de caminata tras el perro, los muchachos llegaron sin problema a Kamikochi. En cuanto divisó el balneario hacia abajo, el perro desapareció en un bosquecillo de bambú, dejando atrás tan sólo un ladrido de regocijo. Los muchachos están convencidos de que se lo mandó el dios regional para protegerlos.

El Actual: El día 13 (de septiembre) hubo en Nagoya un incendio de gran escala que originó más de diez muertos. El alcalde Yokozeki por poco pier- de a su adorado hijo, Takenori (tres años de edad), quien se quedó abando- nado debido a la falla de algún familiar en el segundo piso de la casa, ya arrasada casi por completo por el fuego. Quien lo salvó de la carbonización fue un perro negro que acudió ahí por un milagro. El alcalde decretó la ley de prohibir la matanza de perros callejeros, residentes en Nagoya.

El Yomiuri: El día 25 (de octubre), alrededor de las dos de la tarde, el lobo siberiano, que había sido un ídolo permanente del zoológico Miyagi, ubicado dentro del parque del Castillo Odawara, acometió de repente su jaula resistente hasta romperla y, después de herir a dos vigilantes, se fugó con rumbo a Hakone. La policía de Odawara organizó una movilización inmediata para formar un cerco en toda la ciudad. El lobo apareció alrededor de las cuatro y media en el barrio Juji, donde fue afrontado por un perro negro. Después de un largo combate sanguinolento, el perro negro venció al lobo, que fue fusilado ahí mismo por la patrulla en ronda. Se trataba de una raza conocida como Lupus Ziganticus, que figura entre las más fieras. El dueño del zoológico Miyagi proclama que fue injusta la matanza del lobo, disponiéndose a acusar al comisario de Odawara ante el juez.

 

5.

Un día de otoño, a medianoche, Blanco, exhausto física y mentalmente,

regresó a la casa de sus amos. Desde luego, la niña y el niño ya se habían acostado y no había nadie despierto en casa. Desde el césped silencioso del jardín trasero sólo se veía la luna blanca encima de la copa de la palma. Blanco reposó su cuerpo mojado de rocío frente a su casita de antaño y empezó a monologar ante la luna solitaria.

–¡Luna, luna! Yo abandoné a mi amigo Negro a su suerte. De seguro por eso me he vuelto negro. Pero he batallado contra todos los peligros des- de que me despedí de mis adorados niños. Al principio fue porque me aver- gonzaba de mi cobardía al verme sin querer tan negro como hollín, pero al fin y al cabo todo ha sido por la repugnancia que siento por mi cuerpo negro; me metí en el fuego y peleé con el lobo sólo porque quise matarme. Y me he salvado de todo por milagro, siempre repelado por la muerte que parece estarme huyendo. Incapaz de soportar más este estado angustioso, decidí matarme, pero antes me gustaría ver, siquiera un segundo, a mis queridos amos. Claro, los niños me tomarán por un perro callejero cuando me vean mañana, y puede que el niño me mate con su bate, lo cual no me afligiría de ninguna manera. ¡Luna, luna! Sólo deseo ver a mis amos y sólo por eso hice un largo viaje para estar aquí. Permíteme ver a los niños por lo que más quieras.

Blanco se quedó de bruces sobre el césped y se durmió en seguida cuando terminó de monologar.

–Qué sorpresa, Haruo.

–De veras, qué milagro, hermana.

Blanco abrió los ojos al percibir la voz de su pequeño amo; los dos niños se miraban estupefactos delante de la casita sin entender lo que había pasado. Blanco alzó la mirada un instante, pero la bajó de inmediato sobre el césped. Los niños le mostraban las mismas caras cuando Blanco se volvió negro. Recordando la triste sensación de esa ocasión, el perro casi se arrepintió de haber regresado. De repente, el niño brincó de alegría y lanzó un grito:

–¡Papá! ¡Mamá! ¡Volvió Blanco!

¡Blanco! Blanco se levantó de un salto. Temerosa quizá de que el perro intentara otra fuga, la niña extendió los brazos para sujetarle el cuello. Al mismo tiempo, Blanco desplazó la mirada hacia los ojos de la niña, que reflejaban con nitidez la fachada de la casita: esa casita color crema, colocada a la sombra de la palma. No sólo esto, sino que delante de la casita se veía un perro blanco, sentado, tan puro y esbelto como un grano de arroz. Embelesado, Blanco se quedó contemplando esa imagen.

–Blanco está llorando.

Con Blanco en sus brazos, la niña alzó los ojos para buscar la cara de su hermano, que simulaba serenidad con altanería.

–Bah, ¡tú también estás llorando!

Roberto Bolaño: Un paseo por la literatura. Cuento

bolano_01_bodypara Rodrigo Pinto y Andrés Neuman

1. Soñé que Georges Perec tenía tres años y visitaba mi casa. Lo abrazaba, lo besaba, le decía que era un niño precioso.

2. A medio hacer quedamos, padre, ni cocidos ni crudos, perdidos en la grandeza de este basural interminable,errando y equivocándonos, matando y pidiendo perdón, maniacos depresivos en tu sueño, padre, tu sueño que no tenía límites y que hemos desentrañado mil veces y luego mil veces más, como detectives latinoamericanos perdidos en un laberinto de cristal y barro, viajando bajo la lluvia, viendo películas donde aparecían viejos que gritaban ¡tornado! ¡tornado!, mirando las cosas por última vez, pero sin verlas, como espectros, como ranas en el fondo de un pozo, padre, perdidos en la miseria de tu sueño utópico, perdidos en la variedad de tus voces y de tus abismos, maniacos depresivos en la inabarcable sala del Infierno donde se cocina tu Humor.

3. A medio hacer, ni crudos ni cocidos, bipolares capaces de cabalgar el huracán.

4. En estas desolaciones, padre, donde de tu risa sólo quedaban restos arqueológicos.

5. Nosotros, los nec spes nec metus.

6. Y alguien dijo:

Hermana de nuestra memoria feroz,

sobre el valor es mejor no hablar.

Quien pudo vencer el miedo

se hizo valiente para siempre.

Bailemos, pues, mientras pasa la noche

como una gigantesca caja de zapatos

por encima del acantilado y la terraza,

en un pliegue de la realidad, de lo posible,

en donde la amabilidad no es una excepción.

Bailemos en el reflejo incierto

de los detectives latinoamericanos,

un charco de lluvia donde se reflejan nuestros rostros

cada diez años.

Después llegó el sueño.

7. Soñé entonces que visitaba la mansión de Alonso de Ercilla. Yo tenía sesenta años y estaba despedazado por la enfermedad (literalmente me caía a pedazos). Ercilla tenía unos noventa y agonizaba en una enorme cama con dosel. El viejo me miraba desdeñoso y después me pedía un vaso de aguardiente. Yo buscaba y rebuscaba el aguardiente pero sólo encontraba aperos de montar.

8. Soñé que iba caminando por el Paseo Marítimo de NuevaYork y veía a lo lejos la figura de Manuel Puig. Llevaba una camisa celeste y unos pantalones de lona ligera azul claro o azul oscuro, depende.

9. Soñé que Macedonio Fernández aparecía en el cielo de Nueva York en forma de nube: una nube sin nariz ni orejas, pero con ojos y boca.

10. Soñé que estaba en un camino de África que de pronto se transformaba en un camino de México. Sentado en un farellón, Efraín Huerta jugaba a los dados con los poetas mendicantes del DF.

11. Soñé que en un cementerio olvidado de África encontraba la tumba de un amigo cuyo rostro ya no podía recordar.

12. Soñé que una tarde golpeaban la puerta de mi casa. Estaba nevando. Yo no tenía estufa ni dinero. Creo que hasta la luz me iban a cortar. ¿Y quién estaba al otro lado de la puerta? Enrique Lihn con una botella de vino, un paquete de comida y un cheque de la Universidad Desconocida.

13. Soñé que leía a Stendhal en la Estación Nuclear de Civitavecchia: una sombra se deslizaba por la cerámica de los reactores. Es el fantasma de Stendhal decía un joven con botas y desnudo de cintura para arriba. ¿Y tú quién eres?, le pregunté. Soy el yonqui de la cerámica, el húsar de la cerámica y de la mierda, dijo.

14. Soñé que estaba soñando, habíamos perdido la revolución antes de hacerla y decidía volver a casa. Al intentar meterme en la cama encontraba a De Quincey durmiendo. Despierte, don Tomás, le decía, ya va a amanecer, tiene que irse. (Como si De Quincey fuera un vampiro.) Pero nadie me escuchaba y volvía a salir a las calles oscuras de México DF.

15. Soñé que veía nacer y morir a Aloysius Bertrand el mismo día, casi sin intervalo de tiempo, como si los dos viviéramos dentro de un calendario de piedra perdido en el espacio.

16. Soñé que era un detective viejo y enfermo. Tan enfermo que literalmente me caía a pedazos.Iba tras las huellas de Gui Rosey. Caminaba por los barrios de un puerto que podía ser Marsella o no. Un viejo chino afable me conducía finalmente a un sótano. Esto es lo que queda de Rosey, decía. Un pequeño montón de cenizas. Tal como está, podría ser Li Po, le contestaba.

17. Soñé que era un detective viejo y enfermo y que buscaba gente perdida hace tiempo. A veces me miraba casualmente en un espejo y reconocía a Roberto Bolaño.

18. Soñé que Archibald McLeish lloraba -apenas tres lágrimas- en la terraza de un restaurante de Cape Code. Era más de medianoche y pese a que yo no sabía cómo volver terminábamos bebiendo y brindando por el Indómito Nuevo Mundo.

19. Soñé con los Fiambres y las Playas Olvidadas.

20. Soñé que el cadáver volvía a la Tierra Prometida montado en una Legión de Toros Mecánicos.

21. Soñé que tenía catorce años y que era el último ser humano del Hemisferio Sur que leía a los hermanos Goncourt.

22. Soñé que encontraba a Gabriela Mistral en una aldea africana. Había adelgazado un poco y adquirido la costumbre de dormir sentada en el suelo con la cabeza sobre las rodillas. Hasta los mosquitos parecían conocerla.

23. Soñé que volvía de África en un autobús lleno de animales muertos. En una frontera cualquiera aparecía un veterinario sin rostro. Su cara era como un gas, pero yo sabía quién era.

24. Soñé que Philip K. Dick paseaba por la Estación Nuclear de Civitavecchia.

25. Soñé que Arquíloco atravesaba un desierto de huesos humanos. Se daba ánimos a sí mismo: “Vamos, Arquíloco, no desfallezcas, adelante, adelante.”

26. Soñé que tenía quince años y que iba a la casa de Nicanor Parra a despedirme. Lo encontraba de pie, apoyado en una pared negra. ¿Adónde vas, Bolaño?, decía. Lejos del Hemisferio Sur, le contestaba.

27. Soñé que tenía quince años y que, en efecto, me marchaba del Hemisferio Sur. Al meter en mi mochila el único libro que tenía (Trilce, de Vallejo), éste se quemaba. Eran las siete de la tarde y yo arrojaba mi mochila chamuscada por la ventana.

28. Soñé que tenía dieciseís y que Martín Adán me daba clases de piano. Los dedos del viejo, largos como los del Fantástico Hombre de Goma, se hundían en el suelo y tecleaban sobre una cadena de volcanes subterráneos.

29. Soñé que traducía a Virgilio con una piedra. Yo estaba desnudo sobre una gran losa de basalto y el sol, como decían los pilotos de caza, flotaba peligrosamente a las 5.

30. Soñé que estaba muriéndome en un patio africano y que un poeta llamado Paulin Joachim me hablaba en francés (sólo entendía fragmentos como “el consuelo”, “el tiempo”, “los años que vendrán”) mientras un mono ahorcado se balanceaba de la rama de un árbol.

31. Soñé que la tierra se acababa. Y que el único ser humano que contemplaba el final era Franz Kafka. En el cielo los Titanes luchaban a muerte. Desde un asiento de hierro forjado del parque de Nueva York veía arder el mundo.

32. Soñé que estaba soñando y que volvía a mi casa demasiado tarde. En mi cama encontraba a Mario de Sá-Carneiro durmiendo con mi primer amor. Al destaparlos descubría que estaban muertos y mordiéndome los labios hasta hacerme sangre volvía a los caminos vecinales.

33. Soñé que Anacreonte construía su castillo en la cima de una colina pelada y luego lo destruía.

34. Soñé que era un detective latinoamericano muy viejo. Vivía en NuevaYork y Mark Twain me contrataba para salvarle la vida a alguien que no tenía rostro. Va a ser un caso condenadamente difícil, señor Twain, le decía.

35. Soñé que me enamoraba de Alice Sheldon. Ella no me quería. Así que intentaba hacerme matar en tres continentes. Pasaban los años. Por fin, cuando ya era muy viejo, ella aparecía por el otro extremo del Paseo Marítimo de Nueva York y mediante señas (como las que hacían en los portaaviones para que los pilotos aterrizaran) me decía que siempre me había querido.

36. Soñé que hacía un 69 con Anaïs Nin sobre una enorme losa de basalto.

37. Soñé que follaba con Carson McCullers en una habitación en penumbras en la primavera de 1981. Y los dos nos sentíamos irracionalmente felices.

38. Soñé que volvía a mi viejo Liceo y que Alphonse Daudet era mi profesor de francés. Algo imperceptible nos indicaba que estábamos soñando. Daudet miraba a cada rato por la ventana y fumaba la pipa de Tartarín.

39. Soñé que me quedaba dormido mientras mis compañeros de Liceo intentaban liberar a Robert Desnos del campo de concentración de Terezin. Cuando despertaba una voz me ordenaba que me pusiera en movimiento. Rápido, Bolaño, rápido, no hay tiempo que perder. Al llegar sólo encontraba a un vieoj detective escarbando en las ruinas humeantes del asalto.

40. Soñé que una tormenta de números fantasmales era lo único que quedaba de los seres humanos tres mil millones de años después de que la Tierra hubiera dejado de existir.

41. Soñé que estaba soñando y que en los túneles de los sueños encontraba el sueño de Roque Dalton: el sueño de los valientes que murieron por una quimera de mierda.

42. Soñé que tenía dieciocho años y que veía a mi mejor amigo de entonces, que también tenía dieciocho, haciendo el amor con Walt Whitman. Lo hacían en un sillón, contemplando el atardecer borrascoso de Civitavecchia.

43. Soñé que estaba preso y que Boecio era mi compañero de celda. Mira, Bolaño, decía extendiendo la mano y la pluma en la semioscuridad: ¡no tiemblan!, ¡no tiemblan! (Después de un rato, añadía con voz tranquila: pero tamblarán cuando reconozcan al cabrón de Teodorico.)

44. Soñé que traducía al Marqués de Sade a golpes de hacha. Me había vuelto loco y vivía en un bosque.

45. Soñé que Pascal hablaba del miedo con palabras cristalinas en una taberna de Civitavecchia: “Los milagros no sirven para convertir, sino para condenar”, decía.

46. Soñé que era un viejo detective latinoamericano y que una Fundación misteriosa me encargaba encontrar las actas de defunción de los Sudacas Voladores. Viajaba por todo el mundo: hospitales, campos de batalla, pulquerías, escuelas abandonadas.

47. Soñé que Baudelaire hacía el amor con una sombra en una habitación donde se había cometido un crimen. Pero a Baudelaire no le importaba. Siempre es lo mismo, decía.

48. Soñé que una adolescente de dieciséis años entraba en el túnel de los sueños y nos despertaba con dos tipos de vara. La niña vivía en un manicomio y poco a poco se iba volviendo más loca.

49. Soñé que en las diligencias que entraban y salían de Civitavecchia veía el rostro de Marcel Schwob. La visión era fugaz. Un rostro casi translúcido, con los ojos cansados, apretado de felicidad y de dolor.

50. Soñé que después de la tormenta un escritor ruso y también sus amigos franceses optaban por la felicidad. Sin preguntar ni pedir nada. Como quien se derrumba sin sentido sobre su alfombra favorita.

51. Soñé que los soñadores habían ido a la guerra florida. Nadie había regresado. En los tablones de cuarteles olvidados en las montañas alcancé a leer algunos nombres. Desde un lugar remoto una voz transmitía una y otra vez las consignas por las que ellos se habían condenado.

52. Soñé que el viento movía el letrero gastado de una taberna. En el interior James Mathew Barrie jugaba a los dados con cinco caballeros amenazantes.

53. Soñé que volvía a los caminos, pero esta vez ya no tenía quince años sino más de cuarenta. Sólo poseía un libro, que llevaba en mi pequeña mochila. De pronto, mientras iba caminando, el libro comenzaba a arder. Amanecía y casi no pasaban coches. Mientras arrojaba la mochila chamuscada en una acequia sentí que la espalda me escocía como si tuviera alas.

54. Soñé que los caminos de África estaban llenos de gambusinos, bandeirantes, sumulistas.

55. Soñé que nadie muere la víspera.

56. Soñé que un hombre volvía la vista atrás, sobre el paisaje anamórfico de los sueños y que su mirada era dura como el acero pero igual se fragmentaba en múltiples miradas cada vez más inocentes, cada vez más desvalidas.

57. Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?