Gabriel García Márquez: Sólo vine a hablar por teléfono. Cuento

Sólo vine a hablar por teléfonoUna tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

-Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.

-¿Dónde estamos? -le preguntó María.

-Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.

-¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.

-Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. “En el camino se secan”, le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó “Buena suerte”. El autobús arrancó sin darle tiempo de más.

María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: “¡Alto he dicho!”. María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:

-Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.

-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.

-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -dijo María.

-De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.

Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.

-Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.

Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.

Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.

-Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. “Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.

-Confía en mi -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.

Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.

De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.

Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. “Hay amores cortos y hay amores largos”, le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: “Este fue corto”. Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.

María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.

No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. “¿Y ahora hasta cuando?”, le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: “El amor es eterno mientras dura”. Dos años después, seguía siendo eterno.

María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.

El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. “No sé nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.

No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.

Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. “El señorito se ha ido”, le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.

-Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero.

-Ya lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?

La mujer se encabritó.

-¿Pero quién coño habla ahí?

Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:

-¿Dónde estamos?

La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:

-En los profundos infiernos.

-Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oye a los perros ladrándole a la mar.

Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.

Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.

-Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:

-Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos

-¡Maricón! -dijo María.

Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.

-¿Bueno?

Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.

-Conejo, vida mía -suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:

-¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.

-Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.

-Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.

El director asintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:

-Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.

-Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El medico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.

-Sígale la corriente -dijo.

-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.

-¿Cómo te sientes? -le preguntó él.

-Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.

-Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.

-Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la verdad.

-¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy loca!

-¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.

-¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! -dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:

-¡Váyase!

Saturno huyo despavorido.

Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.

-Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

Larry Niven: Luna inconstante. Cuento

Larry Niven1

 

Estaba contemplando las noticias cuando vino el cambio, como un destello de movimiento vislumbrado por el rabillo del ojo. Me volví hacia el balcón. Fuera lo que fuese, era demasiado tarde ya para captarlo.

Aquella noche la luna era muy brillante.

Me di cuenta de esto y sonreí, y di de nuevo media vuelta. Johnny Carson iniciaba su monólogo.

Cuando pusieron los primeros anuncios me levanté para reca­lentar el café. Ponían tres o cuatro anuncios seguidos, por ser medianoche, de modo que tenía tiempo.

A1 volver me cogió de lleno la luz de la luna. Si antes era bri­llante, ahora lo era más. Hipnótica. Abrí la vidriera deslizante y salí al exterior.

El balcón apenas era algo más que un reborde con barandilla, con espacio justo para un hombre, una mujer y una barbacoa por­tátil. Durante los últimos meses el panorama había sido adorable, especialmente en el crepúsculo. La compañía de electricidad había estado instalando un edificio para oficinas de cemento y cristal. En realidad, no era más que una estructura de vigas de acero al descubierto. Como una masa sombría contra el cielo rojo del crepúsculo, parecía más bien algo tieso, surrealista, tremen­damente impresionante.

Esa noche…

Nunca había visto una luna tan brillante, ni siquiera en el desierto. Lo bastante brillante como para poder leer, pensé, e inmediatamente añadí, pero esto es una ilusión. La luna nunca es mayor (no sé dónde lo leí) que un cuarto de chelín sostenido a unos tres metros de distancia. Nunca puede ser tan brillante como para permitir una lectura.

¡Sólo estaba llena en sus tres cuartos!

Pero el resplandor de la luna sobre la autopista de San Diego, al oeste, parecía amortiguar incluso el de los faros de la caravana de coches. Parpadeé contra esa luz, y pensé en los hombres que al caminar por la luna dejaban huellas onduladas. En cierta ocasión, por un artículo que estaba escribiendo, pude tener en la mano un pedazo de roca de la luna…

Oí que reanudaban el programa de televisión y regresé al inte­rior del apartamento. Pero al volver a echar una ojeada a mis espaldas, vi que la luna se tornaba aún más brillante… como al aparecer por detrás de una estela nubosa.

Su luminosidad era ya enloquecedora, lunática.

El teléfono sonó cinco veces antes de que ella contestara.

-Hola -dije-, oye…

-Hola -respondió Leslie con voz adormilada, en son de queja.

Caramba, esperaba que estuviese viendo la televisión igual que yo.

-No grites ni te quejes -manifesté al momento-, porque tengo un motivo para llamarte. Estás en la cama, ¿verdad? Bien, levántate y… ¿Puedes levantarte?

-¿Qué hora es?

-Las once y cuarto.

-Oh, Dios mío…

-Sal al balcón y mira a tu alrededor.

-De acuerdo.

El teléfono dejó oír un ruidito. Aguardé. El balcón de Leslie da al norte y al oeste, como el mío, pero se halla diez pisos más arriba, de modo que tiene mejor vista.

A través de mi balcón, la luna ardía como un foco.

-Stan… ¿estás ahí?

-Sí. ¿Qué opinas de eso?

-Es maravilloso. Nunca he visto nada igual. ¿Por qué brilla tanto la luna?

-No lo sé, pero ¿no te parece maravilloso?

-Se supone que tú eres el nativo.

Hacía sólo un año que Leslie se había trasladado aquí.

-Escucha, jamás la había visto de esta manera. Claro que existe una antigua leyenda -proseguí-. Una vez cada cien años, la niebla abandona Los Ángeles por una sola noche, dejando el aire tan claro y despejado como el espacio interestelar. De este modo, los dioses ven si Los Ángeles todavía está aquí. Después, vuelven a arroparnos con la niebla para no tener que verlo cons­tantemente.

-Sí, ya conocía esa leyenda. Bien, oye, me alegro de que me despertases para verlo, pero mañana he de trabajar.

-Pobre muñeca…

-Es la vida. Buenas noches.

-Buenas noches.

A continuación me senté en la oscuridad y traté de pensar a quién más podía llamar. Sí, llamar a una chica a medianoche, invitarla a salir y contemplar la luna… y ella podría considerarlo romántico, o ponerse furiosa, pero no supondría que había llama­do a seis más.

Pensé en varios nombres. Pero las chicas en las que pensé habían salido de mi vida hacía ya más de un año, después de que empezara a pasar todo el tiempo con Leslie. No podía censurar­las. Ahora, Joan estaba en Texas y Hilda se había casado, y si lla­maba a Louise probablemente también vendría Gordie. ¿La joven inglesa? No recordaba su número. Ni su apellido.

Además, todas las chicas que conocía tenían que fichar al entrar a trabajar. Yo también trabajo para vivir, pero en mi cali­dad de escritor independiente elijo mi horario. A cualquiera que llamara esta noche le arruinaría la mañana. Ah, bueno…

El programa de Johnny Carson era un torbellino en gris y un estrépito de estática cuando regresé al salón. Desconecté el tele­visor y salí de nuevo al balcón.

La luna brillaba más que la riada de focos y faros en la autopis­ta, era más brillante que Westwood Village, a la derecha. Los montes de Santa Mónica tenían un resplandor perlino, casi mági­co. No había estrellas cerca de la luna. Las estrellas no podían sobrevivir a tanto resplandor.

Yo escribía artículos científicos para ganarme el sustento. Habría debido de ser capaz de imaginarme qué le sucedía a la luna. ¿Podía haber aumentado súbitamente de tamaño? ¿Haber­se inflado como un globo? No.

Más cerca, tal vez… ¿Estaba cayendo?

¡Las mareas! Olas de treinta metros de altura… ¡y terremotos! ¡La falla de San Andrés abriéndose como el Gran Cañón! Podía subir a mi coche, ir hacia las montañas… No, demasiado tarde.

Tonterías. La luna era más brillante, no era mayor. Podía ver­lo. Además, ¿podía caer la luna sobre nuestras cabezas, sin más?

Parpadeé y la luna dejó una impresión en mis retinas. Era tre­mendamente brillante.

Un millón de personas debían de estar contemplando la luna, haciéndose preguntas como yo. Un artículo sobre el caso se ven­dería muy bien… si lo escribía antes de que lo hicieran otros.

Debía de existir una explicación sencilla, obvia.

¿Cómo podía ser la luna tan brillante? La luz lunar es un refle­jo de la luz del sol. ¿Acaso brillaba más el sol? Debía de haber empezado a ocurrir después del crepúsculo, o la gente habría observado…

No me gustó esta idea.

Por otra parte, la mitad de la Tierra estaba directamente bajo la luz solar. Un millar de corresponsales de Life y Time y News­week y de la Asociación de la Prensa llamarían desde Europa, Asia, África y… a menos que estuviesen escondidos en los sóta­nos. O muertos. O faltos de voz, porque el sol estuviese interfi­riendo las comunicaciones con la estática; los sistemas de radio, el teléfono y la televisión… La televisión… ¡Dios mío!

Empezaba a asustarme.

Bien, era preciso volver a empezar. La luna brillaba mucho más que antes. La luz de la luna… bueno, la luz de la luna es un reflejo de la luz del sol, y eso lo sabe cualquier idiota. Entonces… algo le había ocurrido al sol.

 

 

 

2

 

-¿Diga?

-Hola, soy yo -respondí.

De pronto, mi garganta se solidificó. ¡Pánico! ¿Qué iba a decirle?

-He estado contemplando la luna -explicó ella soñadora­mente-. Es algo maravilloso. Incluso he tratado de utilizar mi telescopio, pero no he logrado ver nada; brilla demasiado. Ilumi­na toda la ciudad. Las montañas son como de plata.

Sí, ella tenía un telescopio en el balcón. Lo había olvidado.

-No he intentado volver a dormirme -continuó Leslie-. Demasiada luz.

Mi garganta pudo funcionar de nuevo.

-Oye, Leslie, cariño, he empezado a pensar que te he des­pertado, que no podrías volver a dormirte, y toda esa luz… De modo que lo mejor será que salgamos a tomar algo.

-¿Estás loco?

-No, hablo en serio. Ésta no es una noche para dormir. Tal vez no volvamos a disfrutar de una noche como ésta. ¡A1 diablo tu dieta! Vamos a celebrarlo. Pasteles de chocolate calientes, café irlandés…

-Eso es diferente. Voy a vestirme.

-Iré a buscarte.

 

Leslie vivía en el piso catorce del Edificio C de la plaza Barrington. Llamé a la puerta y esperé.

Mientras aguardaba me pregunté, sin ningún sentido de urgencia: ¿Por qué Leslie?

Debía de haber otras maneras de pasar mi última noche en la Tierra que con una chica en particular. Podía haber escogido a otra joven, o incluso a varias, aunque ésa no fuera mi costumbre.

También podía haber llamado a mi hermano, o a una serie de parientes…

Bah, mi hermano Mike habría querido tener un buen motivo para que le sacara de la cama a medianoche.

-Pero Mike, la luna es tan hermosa…

Ni hablar. Y mis parientes habrían reaccionado igual. Sí, yo tenía un excelente motivo, pero ¿me creerían?

Y si me creían, ¿qué? Yo habría organizado una especie de velatorio. Les dejaría dormir. Lo que yo deseaba era que alguien se uniese a mi… fiesta de despedida sin formular preguntas estú­pidas.

A quien yo deseaba era a Leslie. Volví a llamar.

Ella abrió un poco la puerta. Todavía no llevaba más que la ropa interior. Una faja tiesa, deforme, que tenía en la mano me rozó la espalda cuando se arrojó en mis brazos.

-Iba a ponérmela.

-Entonces he llegado a tiempo.

Le quité la faja y la dejé caer al suelo. Me agaché para pasar los brazos por debajo de sus costillas, me enderecé con cierto esfuerzo y anduve hacia el dormitorio con sus pies bailando con­tra mis tobillos.

Tenía la piel muy fría. Debía de haber estado fuera.

-¡Basta! -gritó-. ¿Crees que puedes competir con unos pastelillos de chocolate calientes?

-Ciertamente, me lo exige mi orgullo.

Los dos estábamos sin aliento. Una vez había tratado de levantarla entre mis brazos, en un estilo cinematográfico conven­cional. Por poco me rompo la espalda. Leslie era muy alta, casi como yo, y tenía unas caderas generosas.

Nos echamos en la cama, uno al lado del otro. Luego, le ras­qué la espalda, sabiendo que sería incapaz de resistirse… ja, ja, ja, ja… Dejó oír unos grititos de placer para decirme dónde debía rascar. Después, me levantó la camisa hasta los hombros y empe­zó a rascarme la espalda a su vez.

Nos fuimos quitando prendas de ropa al azar, dejándolas caer fuera de la cama. La piel de Leslie estaba ya caliente, casi ardien­te…

Bien, por eso no podía escoger a otra chica. Hubiera tenido que enseñarle a rascarme. Y no tenía tiempo.

Algunas noches yo experimentaba una tendencia nerviosa a apresurar el acto amoroso. Esta noche estábamos ejecutando un ritual, un rito de tránsito. Intenté ir más despacio, para que durase más. Traté de lograr que a Leslie le gustase más. Resultó increíble. Me olvidé de la luna y del futuro cuando Leslie aplicó sus talones contra los huecos de mis rodillas y empezamos a movernos al ritmo antiguo.

Pero la imagen que se dibujó en mi mente en el clima del acto fue vívida y aterradora. Nos hallábamos sobre un círculo de fuego muy vivo que nos encerraba como un nudo corredizo. Si yo gemía de éxtasis y terror, ella pensaría que era sólo de éxtasis.

Continuamos tendidos lado a lado, adormilados, entorpeci­dos, muy juntos. Estaba dispuesto a dormirme y dejar dormir a Leslie, olvidando mi promesa… pero, en vez de hacerlo, le susu­rré al oído:

-Pastelillos de chocolate calientes.

Leslie sonrió, se movió y rodó fuera de la cama.

No quería que se pusiera la faja.

-Es más de medianoche. Nadie se meterá contigo porque yo me opondría, ¿de acuerdo? Entonces, ¿por qué no has de ir cómoda?

Se echó a reír y cedió. Nos abrazamos una vez más, ya en el ascensor. Estaba mucho mejor sin la faja.

 

3

 

La camarera de la barra, de cabellos grises, estaba animada, excitada. Le brillaban los ojos. Habló como confiándonos un secreto.

-¿Han observado la luna?

Ship estaba bastante concurrido a aquella hora de la noche y tan cerca de la Universidad de Los Ángeles. La mitad de los parroquianos eran estudiantes universitarios. Esa noche habla­ban en voz baja y volvían la cabeza a menudo para mirar a través de las paredes de cristal del restaurante, que permanecía abierto las veinticuatro horas del día. La luna estaba baja hacia occiden­te, lo bastante para competir con los faroles de la calle.

-La hemos observado -repliqué-, y lo estamos celebran­do. Sírvanos dos pasteles de chocolate calientes.

Cuando nos dio la espalda deslicé un billete de diez dólares bajo la servilleta de papel. No porque tuviese que gastarlos, sino porque a la mujer le resultaría muy grato encontrarlos. Tampoco yo los iba a gastar nunca.

Me sentía flojo, casual. Muchos problemas parecían haberse solucionado por sí mismos.

¿Quién habría creído que la paz llegaría a Vietnam y a Cam­boya en una sola noche?

La cosa había empezado hacia las once y media en California. Lo que hacía que el sol de mediodía estuviera sobre el mar Rojo, con algunos flecos de Asia, Europa, África y Australia bajo la directa luz del sol.

Alemania ya estaba reunificada, el Muro fundido o derribado por olas de choque, los israelitas y los árabes habían depuesto las armas, y el apartheid ya no existía en África.

Y yo era libre. Para mí no había consecuencias. Esa noche podía satisfacer todas mis oscuras ansias: robar, matar, estafar sobre mis ingresos y mis impuestos, arrojar ladrillos contra los escaparates, quemar mis tarjetas de crédito. Podía olvidarme de mi artículo sobre la formación de metal explosivo, que debía entregar el jueves. Esa noche podía sustituir los caramelos de canela por las píldoras de Leslie. Esa noche…

-Fumaré un cigarrillo.

Leslie me miró extrañada.

-Pensé que habías abandonado ese hábito.

-Recuerda que me dije que si experimentaba un ansia irresis­tible, fumaría un cigarrillo. Lo dije porque no podía soportar la idea de no volver a fumar nunca más.

-Pero ¡has estado meses sin fumar! -rió ella.

-¡Y siguen anunciando cigarrillos en las revistas!

-Es un complot. De acuerdo, fuma un cigarrillo.

Metí unas monedas en la máquina, vacilé en la elección y al final saqué un tabaco suave. No era que deseara el cigarrillo, pero algunos acontecimientos piden champaña y otros tabaco. Tam­bién existe el tradicional último cigarrillo antes de la ejecución…

Lo encendí. ¡Por el cáncer de pulmón!

Sabía tan bien como lo recordaba, aunque tenía un gusto ran­cio muy débil, como una bocanada de colillas viejas. La tercera aspiración me pareció muy rara. Mis ojos se desenfocaron y todo quedó en calma. El corazón me latía con fuerza en la garganta.

-¿Qué tal sabe?

-Muy extraño. Me siento flipado -respondí.

¡Flipado! No había oído esa palabra desde hacía unos quince años. En el instituto fumábamos para fliparnos, para experimen­tar esa semiborrachera producida por la contracción de los capila­res del cerebro. El flipe dejaba de producirse después de las pri­meras veces, pero nosotros seguíamos fumando…

Volví al presente. La camarera nos estaba sirviendo los paste­litos calientes.

Caliente y frío, dulce y amargo; no hay sabor parecido al de un pastel de chocolate caliente. Morir sin volver a saborearlo habría sido una vergüenza. Y con Leslie era una cosa: un símbolo de todo lo bueno de la vida. Verla comerlos era mejor que comer­los yo mismo.

Además… apagué el cigarrillo para gustar el helado. Aunque, en vez de saborear el helado, estaba anticipando ya el café irlan­dés.

Muy poco tiempo.

El plato de Leslie ya estaba vacío.

-Aaahhh -suspiró, y se acarició por encima del ombligo. Uno de los parroquianos de las mesitas empezó a volverse loco.

Le había estado observando. Era un tipo con aspecto de pro­fesor, delgado, con patillas y gafas con montura de acero, que había estado dando vueltas y saliendo para mirar la luna. Como otros de las demás mesas, parecía flipado por un fenómeno raro y agradablemente natural a la vez.

De pronto lo comprendió. Vi cómo su rostro cambiaba, mos­trando suspicacia, luego incredulidad, y al final, horror y desvali­miento.

-Vámonos -le dije a Leslie.

Dejé unas monedas sobre el mostrador y me levanté.

-¿No quieres terminar tu pastel?

-No. Hemos de ocuparnos de varias cosas. ¿Qué tal un café irlandés?

-¿Y un Pink Lady para mí? ¡Oh, mira! -exclamó, dando media vuelta.

El profesor se subía a una mesa. Se equilibró y extendió los brazos.

-¡Mirad por las ventanas! -gritó.

-¡Baje de ahí! -le ordenó una camarera, tirando enérgica­mente de las perneras de su pantalón.

-¡El mundo está llegando a su fin! Muy lejos, al otro lado del mar, la muerte y el fuego del infierno…

Pero nosotros ya estábamos en la puerta, riendo mientras corríamos.

-Tal vez hayamos escapado -jadeó Leslie- a un motín reli­gioso…

Me acordé de los diez pavos que había dejado debajo de mi servilleta. Ahora eso no complacería a nadie. Dentro del local, un profeta estaba proclamando su mensaje de destrucción a quien quisiera oírlo. La mujer de cabello gris y ojos relucientes hallaría el dinero y pensaría: Esos también lo sabían…

 

Las casas impedían la vista de la luna desde el aparcamiento del Red Barn. Las luces de la calle y el resplandor lunar tenían el mismo color. La noche sólo era un poco más clara que de ordina­rio.

No comprendí por qué Leslie se detuvo bruscamente en el camino. Pero seguí su mirada, fija en un punto donde una estrella ardía con un intenso brillo, justo al sur del cénit.

-¡Precioso! -alabé.

Leslie me dirigió una mirada muy extraña.

No había ventanas en el Red Barn. Una iluminación artificial muy tenue, mucho más que la extraña luz de fuera, permitía divi­sar el maderamen oscuro y a los animados clientes. Nadie parecía darse cuenta de que aquella noche fuese distinta a las demás.

La escasa concurrencia de los martes por la noche estaba agru­pada en torno al piano. Un parroquiano tenía el micrófono en la mano. Cantaba una canción bastante popular con una voz débil y temblorosa, mientras el pianista negro sonreía y tocaba la música de fondo.

Pedí dos cafés irlandeses y un Pink Lady. Ante la mirada inquisitiva de Leslie, me limité a sonreír misteriosamente.

¡Qué ordinario resultaba el Red Barn! ¡Qué relajante! ¡Qué feliz! Enlazamos las manos a través de la mesa y sonreí, temiendo hablar. Si rompía el encanto, si decía algo peligroso…

Llegaron las bebidas. Levanté la copa de café irlandés por el pie. Azúcar. Whisky irlandés y café fuerte, con nata batida flotan­do encima. Entró en mi cuerpo como una poción de fuerza mági­ca, negra, caliente, poderosa.

La camarera me devolvió el dinero.

-¿Ve a aquel hombre con suéter de cuello alto, al final del grupo del piano? Él invita -explicó-. Vino hace dos horas y le dio al barman un billete de cien dólares.

De ahí procedía toda la felicidad del local. ¡De la bebida gra­tis! Le miré, preguntándome qué estaría celebrando aquel tipo. Era un individuo de cuello grueso y hombros anchos, embuti­do en un suéter de cuello alto y con chaqueta deportiva; estaba sentado sobre sus piernas cruzadas y tenía una copa grande en la mano. El pianista le ofreció el micro, pero lo rechazó, y aquel gesto me permitió captar su expresión. Tenía un rostro cuadrado y duro, ahora borracho, desdichado, asustado. El hombre estaba a punto de llorar de miedo.

Sabía lo que estaba celebrando.

Leslie hizo un mohín.

-No saben hacer un Pink Lady.

Hay un solo bar en el mundo donde hacen un Pink Lady como le gusta a Leslie, pero ese bar no está en Los Ángeles. Le di el otro café irlandés con una sonrisa que decía «ya lo sabía». Forzán­dola. El miedo de aquel hombre era contagioso. Leslie me devol­vió la sonrisa y levantó su copa.

-Por la luz de la luna.

Levanté mi copa y bebí. Pero no era el brindis que yo habría elegido.

El individuo del jersey de cuello alto bajó de su taburete. Fue cautelosamente hacia la puerta, con paso lento y seguro, como un transatlántico al llegar al muelle. Abrió la puerta y dio media vuelta, manteniéndola abierta, de modo que la blanca luz del exterior iluminó su silueta negra.

Cerdo. Estaba aguardando a que alguien se lo imaginase, que alguien gritase la verdad a los demás. Fuego y destrucción…

-¡Cierre la puerta! -gritó una voz.

-Ya es hora de irnos -murmuré.

-¿A qué tanta prisa?

¿Prisa? Él podía hablar… Y yo no podía decir que…

Leslie posó una mano sobre la mía.

-Lo sé. Lo sé. Pero no podemos escapar, ¿verdad?

Un puño me oprimió con fuerza el corazón. Leslie lo sabía y yo no me había dado cuenta.

Se cerró la puerta, con lo que el establecimiento quedó en una penumbra rojiza. El hombre de la invitación se había marchado.

-¡Dios mío! ¿Cuándo te lo imaginaste?

-Antes de que tú llegaras -explicó ella-. Pero cuando intenté comprobarlo no lo conseguí.

-¿Comprobarlo?

-Salí al balcón y concentré el telescopio en Júpiter. Estas noches, Marte cae por debajo del horizonte. Si el sol se convierte en nova, todos los planetas deberían brillar como la luna, ¿no es verdad?

-Sí, maldita sea.

Debió habérseme ocurrido a mí. Pero Leslie solía contemplar las estrellas; aunque yo sabía algo de astrofísica, no hubiese sabi­do encontrar a Júpiter ni para salvar mi vida.

-Pero Júpiter no brillaba más que de costumbre. Por tanto, no supe qué pensar.

-Pero así… -la esperanza volvió a inundar mi pecho. De pronto, me acordé-. La estrella, la que miraste…

-Júpiter.

-Brilla como un letrero de neón. Bien, esto es la comproba­ción.

-Baja la voz.

Hablaba en voz baja. Pero por un momento salvaje deseé subirme a una mesa y gritar: ¡Fuego y destrucción! ¿Qué derecho tenían los demás a ignorarlo?

La mano de Leslie apretó más la mía. Aquella ansia pasó. Y me dejó temblando.

-Salgamos de aquí. Y pensemos que habrá un amanecer.

-Lo habrá. Ya lo hay.

Leslie soltó una risa amarga, algo que nunca había oído salir de su garganta. Salió mientras yo sacaba mi cartera… entonces recordé que todo estaba pagado.

Pobre Leslie… Ver Júpiter con su brillo normal debió de ser como un aplazamiento… hasta que la chispa blanca destelló con un resplandor glorioso una hora y media más tarde. Una hora y media hasta que la luz del sol llegase a la Tierra por medio de Júpiter.

Cuando llegué a la puerta, Leslie iba casi corriendo por West­wood hacia Santa Mónica. Lancé una maldición y corrí para atra­parla, sin saber si se había vuelto loca.

Luego observé las sombras ante nosotros. Por el otro lado del Bulevar Santa Mónica: sombras lunares haciendo dibujos hori­zontales de franjas oscuras y blanquiazuladas.

La atrapé en la esquina.

La luna se estaba ocultando.

La luna siempre parece tremenda al ocultarse. Aquella noche resplandecía en la porción de cielo que se veía debajo de la auto­pista, terriblemente brillante, arrojando una serie increíblemente complicada de líneas y sombras. Incluso la parte no iluminada de la luna relucía con luz nacarada por el brillo terrestre.

Y eso me dijo todo lo que quería saber respecto a lo que suce­día en la cara iluminada de la Tierra.

¿Y en la luna? Los hombres del Apollo XIX debían de haber muerto en los primeros minutos después de que el sol se convir­tiera en nova. Atrapados en una llanura lunar, escondidos tal vez detrás de una roca que se fundía… ¿O estaban en el lado oscuro? No podía recordarlo. Demonio, tal vez nos sobrevivirían. Sentí una puñalada de envidia y odio.

Y de orgullo. Nosotros los pusimos allí. Llegamos a la luna antes de que el sol se hiciera nova. Un poco más y habríamos lle­gado a las estrellas.

El disco cambiaba de una manera extraña al ocultarse. Una cúpula, un platillo volante, una lente, una línea…

Nada.

Nada. Bien, ya estaba. Ahora podíamos olvidarlo; ahora podíamos caminar sin recordar constantemente que algo iba mal. La luna, al ocultarse, se había llevado todas las sombras raras de la ciudad.

Pero las nubes también mostraban un resplandor raro. Como brillan las nubes después de ponerse el sol, esta noche las nubes resplandecían con un color blanco pálido en sus bordes occidenta­les. Y se movían con demasiada rapidez por el firmamento. Como si trataran de huir…

Cuando me volví hacia Leslie, unos lagrimones resbalaban por sus mejillas.

-Oh, maldición -exclamé, cogiéndola por el brazo-. Basta ya, basta.

-No puedo. Ya sabes que no puedo dejar de llorar cuando empiezo.

-No pensaba en eso. Pensaba en que tenemos cosas que hacer, cosas que hemos estado aplazando, cosas que nos gustan. Es nuestra única oportunidad. ¿Es así como quieres morir, llo­rando en una esquina?

-¡No quiero morir en absoluto!

-¡Valiente mierda!

-Muchas gracias.

Tenía la cara roja y desencajada. Leslie lloraba como los bebés, sin tener en cuenta su dignidad ni su aspecto.

Me sentí furioso. Y culpable, a pesar de saber que lo de la nova no era culpa mía, lo cual aún me enfurecía más.

-¡Tampoco yo quiero morir! -le grité-. Muéstrame el camino para salvarnos y lo seguiré sin dudar. ¿Adónde podemos ir? ¿A1 Polo Sur? Tardaríamos mucho. La luna ya debe de estar fundida por su cara iluminada. ¿A Marte? Cuando esto termine, Marte formará parte del sol, como la Tierra. ¿A Alfa del Centau­ro? Con la aceleración que necesitaríamos, quedaríamos tritura­dos como mantequilla de cacahuete y mermelada…

-Oh, cállate.

-De acuerdo.

-A Hawai, Stan. Podemos llegar al aeropuerto en veinte minutos. ¡Ganamos dos horas yendo al oeste! ¡Dos horas antes de la salida del sol!

La idea no estaba mal. ¡Dos horas eran muy valiosas! Pero ya lo había pensado cuando estuve contemplando la luna desde el balcón.

-No. Moriríamos antes. Oye, cariño, hemos visto cómo bri­llaba ya la luna a medianoche. Lo cual significa que California estaba en la parte posterior de la Tierra cuando el sol se transfor­mó en nova.

-Sí, es verdad.

-Entonces, debemos estar más lejos de la onda de choque.

-No lo entiendo -parpadeó.

-Considéralo así. Primero, el sol explota. Esto calienta el aire y los océanos, todo en un instante, por la cara de día. El vapor y el aire recalentado se expanden velozmente. Una oleada de llamas se vuelca sobre el lado de noche. Y ahora se aproxima rápidamente a nosotros, como un dogal. Pero antes llegará a Hawai. Hawai se halla dos horas más cerca de la línea del sol poniente.

-Entonces, no veremos el amanecer. Ni siquiera viviremos tanto.

-No.

-Lo explicas todo tan bien -admitió amargamente-. Una oleada de llamas… Muy gráfico.

-Lo siento. He meditado mucho sobre esta situación. Y me preguntaba cómo sería.

-Bien, calla ya.

Leslie se me acercó y reclinó su cara en mi hombro. Lloró quedamente. La sostuve con un brazo y empleé el otro para acari­ciarle el cuello, en tanto contemplaba las nubes, sin pensar en cómo terminaría todo.

No pensaba en el círculo de fuego que nos rodearía.

De todos modos, ése no era el verdadero cuadro.

Pensé en cómo habrían hervido los océanos en la cara de día, de modo que la onda de choque habría sido casi toda de vapor. Pensé en los millones de kilómetros cuadrados de océano que tenía que atravesar. Estaría más fría y húmeda cuando nos alcan­zase. Y la rotación de la Tierra la haría girar como a un remolino en una bañera.

Dos huracanes contrapuestos, uno del norte, otro del sur. Esto sucedería. Teníamos suerte. California estaría en el ojo del huracán del norte.

Un viento huracanado de vapor. Atraparía a un hombre y lo cocería en el aire, lo despojaría de su carne y lo arrojaría a un lado. Sería terriblemente doloroso.

No veríamos el amanecer. En cierto modo, era una lástima. Sería espectacular.

Flámulas de nubes espesas corrían a través de las estrellas, demasiado deprisa, con sus vientres blancos por la luz de la ciu­dad. Júpiter se fue apagando hasta desaparecer. ¿Empezaría ya? Hubo un relámpago de calor…

-La aurora -dije.

– ¿Qué?

-También viene una onda de choque del sol. Debería de haber una aurora como nadie habrá visto otra.

-Es tan extraño -rió de pronto Leslie- estar en una esqui­na hablando de este modo… Stan, ¿lo estamos soñando?

-Podríamos fingirlo…

-No. Casi toda la raza humana debe de estar muerta ya.

-Sí.

-Y no podemos huir a ninguna parte.

-Maldición, eso ya lo pensaste hace un buen rato..¿Por qué volver a hablar de ello?

-Podías haberme dejado dormir -me reprochó ella con amargura-. Me estaba durmiendo cuando susurraste en mi oído.

No respondí. Era verdad.

-Pastelitos de chocolate calientes -recordó-. No era mala idea, claro. Romper mi dieta.

Empecé a sonreír.

-Basta ya.

-Podríamos volver a tu casa. O a la mía. Para dormir.

-Supongo que sí. Pero no podríamos dormir, ¿verdad? No, no lo digas. Tomamos unos somníferos y cinco horas más tarde nos despertamos chillando. Prefiero estar despierta. A1 menos, sabremos lo que sucede.

Pero si tomamos todas las pastillas… No lo dije, sólo lo pensé.

-¿Una excursión, entonces?

-¿Adónde?

-Bueno, a la playa. Qué más da. Podemos decidirlo más tar­de.

 

 

 

 

4

 

Todos los mercados estaban cerrados. Pero yo era cliente des­de hacía años de una tienda de licores próxima a Red Barn. Nos vendieron foie-gras, galletas, un par de botellas de champaña helado, seis clases de queso y grandes cantidades de almendras; cogí toda clase de frutos secos, más galletas, una bolsa de hielo, entremeses, y un quinto de coñac viejo que me costó veinticinco pavos, otro quinto de jerez Heering para Leslie, seis latas de cer­veza y Bitter naranja…

Cuando hubimos apilado todo esto en el carrito de la tienda, estaba lloviendo. Unas gotas enormes chocaban contra el cristal del escaparate. El viento ululaba en las esquinas.

El dependiente estaba de buen humor, muy animado y lleno de energía. Llevaba la noche entera contemplando la luna.

-¡Y ahora esto! -gritó al meter lo adquirido en las bolsas.

Era un hombre viejo, musculoso, con brazos y hombros grue­sos.

-Nunca había llovido así en California. El agua suele caer recto y fuerte, cuando llueve. Oh, tarda muchos días en formarse la lluvia.

-Lo sé.

Firmé un cheque, sintiéndome culpable. Me conocía lo sufi­ciente para fiarse de mí. Pero el cheque era bueno. Había fondos. Antes de que abriesen el banco, el cheque sería sólo cenizas, y todos los bancos del mundo hervirían bajo el calor del sol. Pero eso no era culpa mía.

Apiló las bolsas en el carrito y fue hacia la puerta.

-Cuando pare un poco la lluvia, lo sacaremos todo deprisa. Bien, ¿listos?

Abrí la puerta. La lluvia caía como si alguien hubiese arrojado un cubo de agua al escaparate. Paró al cabo de un momento, aun­que por el cristal siguió resbalando el agua.

-¡Ahora! -gritó el dependiente.

Abrí del todo la puerta y salimos. Llegamos al coche riendo como chiflados. El viento aullaba a nuestro alrededor, rociándo­nos por completo.

-Hemos aprovechado un buen respiro. ¿Saben qué me recuerda este tiempo? Kansas -dijo el dependiente-. Durante un tornado.

¡De repente, el cielo estuvo lleno de grava! Gritamos y aga­chamos la cabeza, y el coche recibió un millón de golpes. Abrí la portezuela y empujé a Leslie y al dependiente tras de mí. Nos fro­tamos las maltrechas cabezas y contemplamos la grava blanca que bailoteaba por todas partes.

El dependiente se sacó una piedrecita del cuello de la camisa. La puso en la mano de Leslie, y ella soltó un gritito y me la dio. Estaba fría, helada.

-Granizo -exclamó el viejo-. No lo entiendo.

Tampoco lo entendía yo. Sólo acertaba a pensar que estaba relacionado con la nova. Pero ¿qué? ¿Cómo?

-Debo regresar -musitó el dependiente.

El granizo se había fundido rápidamente. El viejo salió del coche como un soldado al tomar una colina. No volvimos a verle. Las nubes se formaban y desaparecían velozmente, mucho más deprisa que en días anteriores, sus vientres brillantes por las luces de la ciudad.

-Debe de ser por la nova -comentó Leslie.

-Pero ¿cómo? Si la onda de choque hubiese llegado hasta aquí ya habríamos muerto… o al menos estaríamos sordos. ¿Gra­nizo?

-¿Qué más da, Stan? ¡No tenemos tiempo!

-Está bien -me estremecí-. ¿Qué es lo que más te gustaría, ahora mismo?

-Ver un partido de béisbol.

-Son las dos de la madrugada -indiqué.

-Lo cual impide muchas cosas, ¿verdad?

-Exacto. Hemos estado en nuestro último bar. Hemos visto el último espectáculo, nuestra última película. ¿Qué más queda?

-Contemplar el escaparate de una joyería.

-¿En serio? ¿En tu última noche en la Tierra?

Consideró la respuesta.

-Sí.

Y lo dijo en serio. Por mi parte, no podía imaginarme una cosa más aburrida.

-¿Westwood o Beverly Hills?

-Ambas.

-Oye, mira…

-Pues Beverly Hills.

 

Pasamos bajo otro chaparrón de granizo… una tempestad en cápsulas. Aparcamos a media manzana de Tiffany.

La acera era un solo charco. El agua de la lluvia caía sobre nosotros desde los diversos niveles de los edificios.

-¡Es maravilloso! -exclamó Leslie-. Debe de haber media docena de joyerías en una distancia muy corta.

-Pensaba ir en el coche…

-No, no, no, no adoptas la actitud más apropiada. Hay que recorrer los escaparates a pie. Está en el reglamento.

-Pero la lluvia…

-No morirás de pulmonía. No tienes tiempo -rió alegre­mente.

Tiffany tenía una sucursal en Beverly Hills, pero de noche no había en los escaparates joyas caras. Había, eso sí, algunas chu­cherías fascinantes, nada más.

Torcimos hacia Rodeo Drive… y quedamos admirados. Tibor sí exhibía una colección infinita de sortijas, recargadas y moder­nas, grandes y pequeñas, con toda clase de piedras preciosas y semipreciosas. Al otro lado de la calle, Van Cleef & Arpels exhi­bía broches, relojes de caballero con dibujos admirables, brazale­tes con relojitos engastados, y en un escaparate todo eran dia­mantes.

-Oh, es estupendo -proclamó Leslie, sobrecogida ante los centelleantes diamantes-. ¡Qué hermosos deben de ser a la luz del día! Oh…

-Es mejor no pensar en eso. Imagínatelos al amanecer, relu­cientes a la luz de la nova, mientras los escaparates se resquebra­jan para dejar entrar la luz del día. ¿Quieres uno? ¿El collar?

-Oh… ¿puedo quedarme con uno? Eh, estás bromeando. Deja eso, idiota, debe de haber alarmas en el cristal.

-Mira, nadie va a usar nada de eso a partir de ahora. ¿Por qué no hemos de llevarnos algo?

-¡Nos cogerían!

-Dijiste que querías ir de tiendas…

-No quiero pasar la última hora de mi vida en un calabozo. Si hubieras traído el coche, tal vez habríamos podido…

… escapar. Exacto. Y yo quería traerlo…

Pero en ese instante nos derrumbamos casi literalmente y retrocedimos, sosteniéndonos uno al otro.

Había más de media docena de joyerías en Rodeo. Y había más tiendas. Juguetes, libros, camisas y corbatas de estilos modernísimos. En Francis Orr, un gran cubo de plástico lleno de peniques nuevos. Más allá, un par de relojes muy extraños. Era muy divertido ir mirando escaparates, sabiendo que podíamos romper uno y llevarnos lo que quisiéramos.

Caminábamos, cogidos de la mano, balanceando los brazos. La acera era sólo nuestra; los demás habían huido por el mal tiempo. Las nubes se arremolinaban en lo alto.

-Ojalá hubiese sabido lo que iba a suceder -se quejó Leslie repentinamente-. Pasé todo el día de ayer tratando de arreglar un fallo de un programa. Y ahora, ya no me queda tiempo.

-¿Qué habrías hecho? ¿Ver un partido de béisbol?

-Tal vez. No. Bien, ya no importan las ligas -frunció el ceño ante un escaparate de vestidos-. ¿Qué habrías hecho tú?

-Ir al Esfera Azul a tomarme un combinado -indiqué-. Es un local de topless. Solía ir mucho allí. Creo que ahora ya van totalmente desnudas.

-Nunca he estado en uno de esos establecimientos. ¿A qué hora abren?

-Olvídalo, son casi las dos y media.

Leslie reflexionó, contemplando los gigantescos animales disecados de una tienda de juguetes.

-¿No hay nadie a quien asesinarías si tuvieras tiempo?

-Bueno, ya conoces a mi agente, que vive en Nueva York..

-¿Por qué a él?

-Hija mía, ¿por qué todos los escritores desean matar a sus agentes literarios? Por los manuscritos que pierden debajo de otros manuscritos. Por su diez por ciento, que tan mal perciben, y por el otro noventa por ciento que me envían a regañadientes y tarde. Por…

De pronto, el viento aulló y nos azotó furiosamente. Leslie indicó un portal, que resultó ser el de Gucci, y corrimos hacia él. Nos acurrucamos contra el cristal.

El viento se cargó de un granizo del tamaño de canicas. Los vidrios se rompían por doquier, y las alarmas sonaban como voces débiles y frágiles en el viento. ¡Había algo más que granizo en el viento! ¡Había piedras!

Capté el olor y el sabor del agua del mar.

Nos apretujamos en el espacio medio protegido delante de Gucci. Acuñé una frase de breve vida y grité:

-¡Tiempo de nova! ¡Como las brasas lo hicieron… !

No podía oírme a mí mismo, y Leslie ni se enteró de mis gri­tos.

Tiempo de nova. ¿Cómo había llegado tan deprisa? Viniendo por el Polo, la onda de choque de la nova debía de haber recorri­do seis mil kilómetros… al menos, un viaje de cinco horas.

No. La onda de choque viajaría por la estratosfera, donde la velocidad del sonido es mayor, y después se propagaría por abajo. Tres horas eran suficientes. Sin embargo, medité, no debería lle­gar como un huracán. A1 otro lado del mundo, la explosión del sol estaba desgarrando nuestra atmósfera, enviándola a las estre­llas. El choque tendría que haberse producido como un solo y vasto trueno.

El viento amainó un momento y eché a correr por la acera, arrastrando a Leslie. Encontramos otro portal cuando el viento volvió a soplar. Me pareció oír una sirena en respuesta a la alar­ma.

En la siguiente pausa atravesamos Wilshire y llegamos al coche. Nos sentamos dentro jadeando, y esperamos a que la cale­facción nos calentase. Mis zapatos eran como barcas. La ropa mojada se me pegaba a la piel.

-¿Cuánto durará? -gritó Leslie.

-¡No lo sé! ¡Debemos de tener algún tiempo!

-¡Tendremos que ir de excursión dentro del piso!

-¿Del tuyo o del mío? Del tuyo -decidí, apartando el coche de la acera.

 

 

 

5

 

Wilshire Boulevard estaba inundado hasta casi cubrir las rue­das de los coches en muchos sitios. Las ráfagas de granizo y cellis­ca eran ya una lluvia continua. Ante nosotros se extendía una nie­bla espesa, alta hasta la cintura, que se quebraba sobre el capó del coche y formaba una estela detrás nuestro. Un tiempo espantoso.

Tiempo de nova. No había llegado la onda de choque del vapor recalentado. En cambio, atronaba la estratosfera un viento cálido, y su turbulencia formaba extrañas tormentas a nivel del suelo.

Estacionamos ilegalmente en el nivel superior del aparca­miento. Un vistazo al interior me permitió comprobar que estaba atestado. Abrí el portaequipajes y saqué dos pesadas bolsas de papel.

-Debemos de estar locos -comentó Leslie, meneando la cabeza-. Nunca nos comeremos todo esto.

-De todos modos, lo subiremos.

-Pero ¿porqué? -preguntó riendo Leslie.

-Por capricho. ¿Me ayudas?

Llevamos toda la carga hasta el piso catorce. Bueno, dejamos todavía un par de bolsas en el coche.

-Bah, no importa -exclamó Leslie-. Tenemos los entre­meses, las botellas y los frutos secos. ¿Qué más necesitamos?

-Los quesos, las galletas y el foie-gras.

-Olvídalo. -No.

-Estás loco -dijo lentamente Leslie, para que lo entendiese bien-. Puedes morir ahumado al bajar. Tal vez sólo nos queden unos minutos, y quieres tener comida para una semana… ¿Por qué?

-Prefiero no decirlo.

-Entonces, ¡márchate!

Cerró la puerta con una fuerza terrible.

El ascensor era un problema, y pensé que tal vez Leslie tuvie­se razón. El aullido del viento llegaba hasta allí, hasta el corazón del edificio. Tal vez estuviera arrancando cables eléctricos por todas partes, y yo me quedaría encerrado en una cabina a oscu­ras. Pero bajé.

En el nivel superior había agua hasta las rodillas.

Mi segunda sorpresa fue que estaba tibia, como agua de baño usada, y era muy desagradable vadearla. El vapor se enroscaba en la superficie y luego se disolvía gracias al vendaval que soplaba por la cámara de cemento con chillidos como los de los condena­dos.

A1 subir se me planteó otro problema. Si sucedía lo que estaba pensando, si una ráfaga de vapor me envolvía… Me sentía como un idiota… Pero se abrieron las puertas y las luces ni siquiera par­padearon.

Leslie no me dejó entrar.

-¡Vete! -me gritó desde el otro lado de la puerta-. ¡Vete y cómete tus quesos y tus galletas en otra parte!

-¿Estás citada con otro?

Fue una equivocación. No obtuve respuesta.

Casi pude comprender su punto de vista. El segundo viaje en busca de víveres no era algo que pudiera provocar una disputa. Pero ¿por qué tenía que ser una disputa? Además, ¿cuánto iba a durar lo nuestro? Con suerte, una hora. Entonces, ¿por qué per­der el tiempo en una discusión para preservar algo tan efímero?

-No pensaba decírtelo -grité-. Tal vez necesitemos comi­da para una semana. Y un sitio donde escondernos.

Esperaba que me oyese a través de la puerta. El viento debía de soplar con mucha más intensidad en el otro lado.

Silencio. Me pregunté si sería capaz de derribar la puerta. ¿O sería mejor aguardar en el descansillo? Finalmente, ella tendría que…

Se abrió la puerta. Leslie estaba pálida.

-Eso ha sido cruel -murmuró.

-No puedo prometerte nada. Quería esperar, pero tú me has obligado. Me he estado preguntando si realmente ha explotado el sol.

-Eso ha sido cruel. Ya me estaba acostumbrando a la idea.

Volvió la cara hacia la jamba de la puerta. Cansada, estaba cansada. La había mantenido en pie demasiado tiempo…

-Escúchame. Todo fue un error -exclamé-. Debía de tra­tarse de una aurora boreal que iluminaba el cielo de polo a polo. Una oleada de partículas salidas del Sol y viajando casi a la veloci­dad de la luz habría penetrado en la atmósfera como… ¡Vaya, habríamos tenido que ver fuegos de San Telmo en todos los edifi­cios!

Hice una leve pausa y continué:

-Además, la tormenta se presentó muy lentamente -grité, para que me oyese por encima del trueno-. Una nova desgarra­ría el cielo sobre la mitad del planeta. La onda de choque pasaría al lado nocturno con un ruido capaz de romper todos los cristales del mundo, ¡todos a la vez! Y rompería el cemento y el mármol.., y, Leslie querida, eso no ha ocurrido. Por eso empecé a medi­tar…

-Entonces… ¿qué es? -preguntó en voz muy baja.

-Una llamarada. La peor que…

-¡Una llamarada! -gritó ella como acusándome-. ¡Una explosión solar! ¿Piensas que el sol puede encenderse como…?

-Calma…

-¿Crees que podría convertir a la luna y los planetas en otras tantas antorchas y después recobrar su aspecto normal como si nada hubiese sucedido? ¡Oh, idiota…!

-¿Puedo entrar?

Asintió sorprendida. Se hizo a un lado, me agaché para coger las bolsas y entré.

Las puertas de vidrio crujían como si unos gigantes intentasen abrirse paso a través de ellas. La lluvia había penetrado por algu­nos resquicios y formaba charquitos sobre la alfombra.

Dejé las bolsas en la cocina. Hallé pan en el refrigerador y metí dos rebanadas en el tostador. Mientras se tostaban, abrí las latas de foie-gras.

-Mi telescopio ha desaparecido -exclamó ella.

Claro. El trípode estaba en el balcón.

Quité el alambre de una botella de champaña. Las rebanadas de pan saltaron, listas, y Leslie cogió un cuchillo y las untó con el foie-gras. Sostuve la botella junto a su oído para darle un sobre­salto.

Ella sonrió fugazmente cuando saltó el corcho.

-Podemos instalar aquí nuestro campamento. Detrás de la mesa. Tarde o temprano el viento romperá las puertas y lloverán vidrios por todas partes.

Era una buena idea. Pasé al otro lado de la cocina, cogí todos los cojines del suelo y deldiván y volví con ellos. Nos hicimos un buen nido.

Era muy agradable. La repisa de la cocina tenía metro y medio de altura, o sea que quedaba por encima de nuestras cabe­zas, y el espacio de la cocina era lo bastante amplio para mover­nos cómodamente. Y el suelo estaba lleno de almohadones. Les­lie sirvió el champaña en copas de coñac, lo cual no estaba mal.

Quise pensar en un brindis, pero había demasiadas posibilida­des, todas deprimentes. Bebimos sin brindar. Luego, dejamos cuidadosamente las copas y nos abrazamos. Podíamos estar sen­tados cara a cara, recostados uno al lado del otro.

-Vamos a morir -musitó Leslie.

-Quizá no.

-Acostúmbrate a la idea. Yo ya lo estoy. Mírate, estás muy nervioso. Tienes miedo de morir. ¿No ha sido una velada agrada­ble?

-Única. Ojalá te hubiese llevado a cenar más a menudo.

Llegó el trueno en una serie de seis explosiones. Como bom­bas en un ataque aéreo.

-Pienso como tú -asintió Leslie cuando pudimos volver a oír.

-Ojalá lo hubiera sabido esta tarde.

-Praliné de nueces…

-El mercado de Farmer. Cacahuetes tostados. ¿A quién habrías asesinado de haber tenido tiempo?

-Había una chica en mi colegio universitario…

Y empezamos a competir. Yo nombré a un editor que siempre cambiaba de idea. Leslie nombró a una de mis antiguas novias. Yo nombré a un novio suyo, al único que yo conocía, y nos diver­timos mucho antes de quedarnos sin nombres. Mi hermano Mike se había olvidado en cierta ocasión de mi cumpleaños. El muy canalla.

Las luces parpadearon y volvieron a brillar.

-¿Crees que el sol -preguntó Leslie en un tono demasiado casual- puede volver a la normalidad?

-Será mejor que vuelva, de lo contrario, moriremos. Ojalá pudiéramos ver Júpiter.

-¡Maldición, responde! ¿Crees que ha sido una llamarada?

-Sí.

– ¿Por qué?

-Las estrellas enanas amarillas no se convierten en novas.

-¿Y si la nuestra lo hubiese hecho?

-Los astrónomos saben muchas cosas sobre las novas -repliqué-. Más de lo que puedas sospechar. Las prevén con meses de antelación. El sol es una estrella enana amarilla sin importancia. Y esa clase de estrellas nunca se transforman en novas, repito. Primero tienen que salir de la secuencia principal, y eso tarda millones de años.

Golpeó mi espalda cariñosamente con el puño. Estábamos mejilla contra mejilla y no podía verle la cara.

-No quiero creerlo. No me atrevo. Stan, nunca había ocurri­do una cosa como ésta. ¿Cómo lo sabes…?

-Por algo que ocurrió.

-¿Qué? No lo creo. Nos acordaríamos.

-¿Te acuerdas del primer alunizaje? ¿Con Aldrin y Arms­trong?

-Claro. Lo vimos en la fiesta de alunizaje de Earl.

-Alunizaron en el lugar más grande y más llano que pudieron hallar en la Luna. Enviaron varias horas de película, tomaron fotos muy claras y dejaron huellas por todo el lugar. Y regresaron con un montón de piedras.

»¿Te acuerdas? La gente dijo que había sido un viaje muy lar­go para no traer más que piedras. Pero lo primero que se observó en ellas fue que estaban medio fundidas.

»En un tiempo pasado, en algún momento de los últimos cien mil años, el Sol sufrió otra de sus llamaradas, también muy poten­te, que no duró lo bastante para dejar señales en la Tierra. Pero la Luna no tiene atmósfera que la proteja, y todas las rocas de un lado se fundieron.

El aire estaba muy caliente y húmedo. Me quité la chaqueta, completamente mojada por la lluvia. Busqué tabaco y cerillas, encendí un cigarrillo y exhalé el humo junto a la oreja de Leslie.

-Lo recordaríamos. No pudo ser tan malo.

-No estoy tan seguro. Supongamos que sucedió en el Pacífi­co. No podía hacer mucho daño. O sobre el continente america­no. Habría esterilizado algunas plantas y animales, e incendiado gran cantidad de bosques, y ¿quién lo sabría? Aquella vez el sol volvió a la normalidad. Podría volver a ocurrir. El sol es una estrella variable de cuarta magnitud. Tal vez sea más variable de lo que pensamos, y varíe mucho más a menudo.

Algo se rompió en el dormitorio. ¿Una ventana? Un viento húmedo nos rozó, y el rumor de la tormenta subió de tono.

-O sea que podríamos sobrevivir a esto -puntualizó Leslie.

-Creo que has puesto el dedo en la llaga. ¡Skäl!

Cogí la copa y bebí un sorbo de champaña. Eran más de las tres de la madrugada y el huracán azotaba nuestras puertas.

-¿Y no debemos hacer nada?

-Lo estamos haciendo.

-¡Por ejemplo, intentar subir a la montaña! ¡Stan, habrá inundaciones!

-Puedes apostar a que sí, pero no se elevarán tanto. No lle­garán aquí. Catorce pisos. Oye, ya lo pensé. Estamos en un edifi­cio construido a prueba de terremotos; al menos, eso me dijiste. Por tanto, haría falta algo más fuerte que un huracán para derri­barlo.

»En cuanto a huir a la montaña, ¿a qué montaña? Esta noche no llegaríamos muy lejos, con las calles ya inundadas. Suponga­mos que lográramos subir a las montañas de Santa Mónica; y des­pués, ¿qué? Corrimientos de tierras. Esa zona no resistirá lo que se avecina. La llamarada habrá absorbido suficiente agua para formar otro océano. ¡Lloverá durante cuarenta días y cuarenta noches! Amor mío, éste es el lugar más seguro al que podemos llegar esta noche.

-¿Y si se funden los casquetes polares?

-Sí… bueno, estamos a bastante altura. Eh, tal vez fuera la última llamarada lo que inició el diluvio de Noé. Y quizá vuelva a suceder. Seguro que no hay ningún sitio en la Tierra que no esté en el centro de un huracán. Esos dos huracanes enfrentados ya deben de haberse descompuesto en centenares de tormentas más pequeñas.

Las vidrieras explotaron hacia dentro. Nos agachamos y el viento aulló a nuestro alrededor, trayendo consigo vidrios y llu­via.

-¡Al menos tenemos víveres! -grité-. Si la inundación nos aísla, podremos resistir algún tiempo.

-Pero si cortan la electricidad no podremos guisar. Y la neve­ra…

-Vamos a guisar todo lo que podamos. Haremos huevos duros…

El viento soplaba con inusitada intensidad. Dejé de hablar.

La cálida lluvia caía horizontalmente, dejándonos empapa­dos. ¿Intentar guisar en medio de un huracán? Había sido estúpi­do al esperar tanto. Si lo intentábamos, el viento volcaría los reci­pientes y nos quemaríamos con el agua caliente. O con el aceite caliente…

-¡Tendremos que utilizar el horno! -gritó Leslie.

Naturalmente. El horno no nos podía caer encima.

Lo graduamos a 190 °C y metimos dentro los huevos, en un cazo con agua. Sacamos toda la carne del cajón donde estaba y la pusimos en una bandeja refractaria. Dos alcachofas en otro cazo. Las otras verduras nos las podíamos comer crudas.

¿Qué más? Traté de pensar.

Agua. Si se iba la electricidad, probablemente nos quedaría­mos también sin agua y sin teléfono. Abrí los grifos del fregadero y empecé a llenar cacharros: recipientes con tapadera, la cafetera para treinta tazas que Leslie usaba en las fiestas, el cubo de la colada… Pensó que estaba loco, pero yo no me fiaba de la lluvia como provisión de agua, ya que no podía controlarla.

El ruido. Ya habíamos dejado de gritar. Cuarenta días y cua­renta noches de ruido y estaríamos completamente sordos. ¿Al­godón? Ya era tarde para ir al cuarto de baño. ¡Servilletas de papel! Cogí algunas, las rompí y las arrugué, con lo que tuvimos cuatro tapones para los oídos.

¿Condiciones sanitarias? Otro motivo para escoger el piso de Leslie. Cuando la cisterna dejase de funcionar, nos quedaría el balcón.

Y si la inundación llegaba hasta el piso catorce, nos quedaría el tejado. Veinte pisos más arriba. Si todavía ascendía más, poca gente quedaría cuando las aguas descendiesen.

¿Y si era una nova?

Atraje a Leslie hacia mí y encendí otro cigarrillo con una sola mano. Todos mis planes se derrumbarían si era una nova. Pero, aun sabiéndolo, habría actuado igual. No dejas de hacer planes aunque se pierdan las esperanzas.

Y cuando el huracán se conviertiese en vapor caliente, nos quedaría el balcón. Una carrera y un salto por la barandilla era preferible a morir quemados en vida.

Pero no había llegado el momento de mencionarlo. Además, probablemente Leslie pensaba lo mismo.

 

Las luces se apagaron hacia las cuatro. Apagué el horno, por si volvía la corriente. Dejaría pasar una hora para que se enfriase y metería toda la comida en las bolsas.

Leslie dormía, recostada en mis brazos. ¿Cómo podía dormir sin saber la verdad? Le coloqué unos almohadones detrás y la dejé descansar.

Durante algún tiempo permanecí tendido de espaldas, fuman­do y viendo cómo los relámpagos hacían dibujos en el techo. Nos habíamos tomado todo el foie-gras y una botella de champaña. Pensé en abrir la de coñac pero decidí lo contrario, con pesar.

Transcurrió largo tiempo. No sé qué iba pensando. No dormí, aunque tenía el cerebro ocioso. Sólo gradualmente me di cuenta de que el techo, entre dos relámpagos, se había vuelto gris.

Rodé sobre mí mismo, cautelosamente, empapado. Todo estaba mojado.

Mi reloj indicaba las nueve y media.

Pasé arrastrándome al salón. Llevaba tanto tiempo ignorando los ruidos de la tormenta que tuve que recibir una ráfaga de lluvia caliente para acordarme. Había un huracán en marcha. Pero entre las negras nubes se filtraba una luz grisácea.

Había hecho bien al guardar el coñac. Inundaciones, tormen­tas, radiación intensa, incendios debidos a la explosión solar… si la destrucción general era tal como me la imaginaba, el dinero carecería de valor. Y necesitaríamos artículos de trueque.

Tenía hambre. Me comí un par de huevos con bacon y empecé a guardar el resto de las provisiones. Teníamos comida para una semana… aunque no para mantener una dieta equilibrada. Quizá pudiéramos hacer cambios con los de otros apartamentos. Era un edificio grande. También debía de haber apartamentos vacíos que podríamos asaltar en busca de sopa enlatada y otros produc­tos similares. Además, habría que ocuparse de los refugiados de los pisos más bajos, si las aguas seguían subiendo…

¡Maldición! Echaba de menos la nova. La vida había sido muy simple la noche anterior. Y ahora… ¿Teníamos medicinas? ¿Ha­bría médicos en el edificio? Podía declararse una disentería y otras epidemias. Y hambre. No muy lejos había un supermerca­do. ¿Hallaríamos un equipo de submarinismo en la casa?

Pero primero necesitaba dormir. Más tarde exploraríamos el edificio. El día tenía una claridad gris carbón. Las cosas habrían podido ser peores, mucho peores. Pensé en la radiación que debía de haber caído sobre el otro extremo del mundo, y me pregunté si nuestros hijos tendrían que colonizar Europa, o Asia, o África…