José Donoso: La puerta cerrada. Cuento

Jose DonosoAdela de Rengifo se quejaba frecuentemente de que a ella le habían tocado las peores calamidades de la vida: enviudar a los veinticinco años, ser pobre y verse obligada a trabajar para mantenerse con un poco de dignidad, y tener un hijito enfermizo, es decir, no enfermizo precisamente, sino que más bien enclenque, de esos niños que duermen el doble que los niños normales.

En realidad, desde que nació, Sebastián dormía muchísimo. Cerraba los ojos apenas su cabeza caía sobre la almohada bordada con tanto esmero por su madre, y ya, dentro de un segundo, estaba durmiendo como un ángel del cielo.

¡Es tan bueno y tan tranquilo el pobrecito! —decía Adela a sus compañeras de oficina—. Ni siquiera llora ni despierta de noche, como casi todos los niños.

Adela y Sebastián vivían en dos cuartos que no eran malos a pesar de que las ventanas se abrían sobre un patio interior muy estrecho, en el segundo piso de una pensión un poco húmeda y bastante oscura. Cuando Adela partía a la oficina, en la mañana, la señora Mechita, dueña de la pensión, quedaba encargada de cuidar a Sebastián. Pero como el niño era tan tranquilo casi no había necesidad de preocuparse de él, porque jamás molestaba con el bullicio y el recotín con que generalmente hacen la vida imposible los niños de cinco años. En cuanto la señora Mechita iniciaba los quehaceres domésticos matutinos, Sebastián se deslizaba hasta su propia habitación para tenderse en la cama y dormir a pierna suelta. La señora Mechita entraba a verlo, porque le daba “un no sé qué” que un niño de su edad prefiriera dormir a entretenerse con cosas más… bueno, más normales. Hasta que una tarde, decidiendo llamar la atención de Adela sobre esta peculiaridad de su hijo, la abordó como haciéndose la desentendida, y sin levantar la vista de la labor de crochet en que siempre tenía atareados sus dedos pecosos, le dijo:

¡Qué bueno para dormir está el niño, Adelita por Dios! ¿No andará enfermo?

Adela, como si entreviera una censura, respondió muy tiesa:

—¿Y qué tiene de particular que duerma si se le antoja?

—Bueno, era por decirle no más… —replicó la señora Mechita, y al alejarse endureció su quijada de mastín, reflexionando que las viudas jóvenes son demasiado nerviosas y que en el futuro se guardaría de acoger a otra en su casa.

Como la observación de la señora Mechita subrayaba sus propias inquietudes, Adela no pudo dejar de tomarla en cuenta. Era indudable que Sebastián dormía demasiado. No es que pasara el día soñoliento ni amodorrado, sino que de pronto, porque sí, parecía estimar que resultaría agradable dormir un rato, y, sin más, lo hacía como quien se entrega a un pasatiempo entretenidísimo, tendido en su pequeña cama con barrotes de bronce, o sentado en cualquiera silla. Intranquila, su madre a veces solía mirarlo dormir. Esto apaciguaba sus temores, porque era seguro que nada malo podía ocurrirle a un ser que dormía con ese rostro de embeleso, como si detrás de sus párpados transcurrieran escenas de una existencia encantada.

Pero por mucho que tratara de no agitarse, Adela no podía dejar de darse cuenta de que Sebastián era un niño distinto. ¿Cómo no sentirse incómoda? Indiferente y solitario, parecía no tener ninguna relación con lo que ocurría en torno suyo —ni con las personas, ni con las cosas, ni con el frío ni con el calor, ni con la lluvia insistente que en invierno salpicaba en el polvo acumulado en los vidrios de la claraboya del vestíbulo. Parecía, como la luna, que sólo la mitad de Sebastián se mostrara al mundo. Daba un poco de miedo. Los demás pensionistas eran amables con él, más que nada por agradar a Adela, que al fin y al cabo era muy señora a pesar de haber tenido tan mala suerte en la vida. Pero ella no se engañaba: sabía que nadie encontraba simpático a Sebastián. Y la pena le trizaba el alma a pesar de que era imposible no ver que tenían un poco de razón, porque era demasiado extraño que un niño de siete años durmiera tanto y que no le gustara hacer nada más. No es que se “quedara” dormido, de debilidad o de fatiga, sino que, eligiendo el momento, se “pusiera” a dormir, como los niños corrientes se “ponen” a jugar a las bolitas o se “ponen” a cantar. No le interesaban los amigos de su edad. Se aburría con libros, revistas y películas. No le gustaba jugar. Lo único que parecía desear era abandonarlo todo para tenderse en su cama y “ponerse” a dormir.

Un día Adela le preguntó:

—¿Con qué sueñas, hijo?

—¿Sueño?

—Sí. ¿No ves visiones cuando duermes, como figuras o cuentos?

Sebastián acarició las manos de su madre al responder:

—No, parece que no… no me acuerdo…

Adela no pudo dejar de exasperarse con esta respuesta.

—¿Entonces para qué duermes tanto si no sacas nada? —le preguntó en tono cortante.

—Es que me gusta, mamá…

Al oír esto Adela se enojó de veras. Ella se veía obligada a trabajar y a sacrificarse para mantenerlo. Ella, joven y bien parecida aún, por respeto a su hijo, desdeñaba las proposiciones de los hombres que en la oficina intentaban cortejarla. Por él… por él… por él, mil renunciaciones, mil dolores, mientras él se daba el gusto de pasar el día durmiendo. Y dormía, porque le gustaba dormir, nada más. Lamentó que Sebastián se acostumbrara desde chico a hacer las cosas simplemente porque le gustaban —era una actitud peligrosa, casi inmoral. Al principio, debía confesarlo, Adela creyó intuir oscuramente alguna función misteriosa en el dormir de su hijo, como si esos sueños contuvieran un tesoro, algo que, a pesar de que ni él ni ella comprendieran, en el futuro podía llegar a revelarse como útil o muy importante. Esta vaga esperanza la había hecho callar con algo de temor. ¡Pero si se trataba sólo de una afición era una indecencia! ¡Ella también tenía sus gustos y hubiera querido poder dárselos!

—Bueno, mamá —dijo Sebastián, sobrecogido por el malhumor de su madre—. Entonces, si quiere, no duermo más, más que de noche…

El corazón de Adela se detuvo repentinamente, como a punto de caer en un pozo. Enmudeció, y después de un instante pudo preguntar con voz muy lenta y muy baja:

—¿Entonces es algo que haces cuando quieres, porque sí? ¿Puedes controlarte?

—Sí, mamá, duermo cuando quiero dormir.

Al ver a su hijo de pie frente a ella, tan solo, tan raro, entregado a eso que ni él ni ella eran capaces de comprender, mirándola con sus pobres ojos azules tan serios, sintió que el amor la colmaba, y de pronto no pudo dejar de abrazarlo y besarlo, y de apretarlo contra su cuerpo.

—No, no mi niño —le decía—. No, duerme todo lo que quieras…

Meditó amargamente que Sebastián era la viva imagen de su padre —buen mozo, sí, pero tal vez no demasiado inteligente. Por lo menos no tan inteligente como Carlos Zauze, el jefe de su sección en la oficina, que no la dejaba en paz con invitaciones y requiebros, que aunque respetuosas, eran tentadoramente insistentes. Porque nadie que tuviera algo… algo de valor adentro de la cabeza podía gozar con una cosa tan descolorida, tan insubstancial como dormir a deshoras. En fin, al año siguiente, cuando entrara al colegio, iba a ser fácil medir las capacidades mentales de su hijo.

En el colegio Sebastián fue, si no un alumno brillante, por lo menos un muchacho muy cumplidor de su deber. Dócil y tranquilo, a todos daba satisfacciones, pero nunca satisfacciones que lo pusieran en evidencia. Además, las daba impersonalmente, como para que la gente lo dejara en paz, y así no rozarse con sus compañeros y profesores. Nunca salía con amigos en los días de fiesta, y por la tarde, después de clases, cuando los niños, polvorientos y cansados, se detienen a comprar dulces y a hacer pequeñas barrabasadas antes de separarse, Sebastián se iba directamente a su casa, tomaba el té, hacía sus deberes, y así, ganado el derecho de hacer su voluntad, se acostaba a dormir como quien no está dispuesto a malgastar ni un segundo. Los sábados y domingos hacía lo mismo —dormía de sol a sol, consciente de que su conducta y sus calificaciones en el colegio impedirían que Adela se atreviera a decirle nada al respecto.

No sin sobresalto, Adela a veces iba a la habitación de su hijo para verlo dormir. Y la sacudía su viejo temor —temor y algo más grave, más inquietante aún: respeto. Porque en ese dormir adivinaba algo que la eludía, algo demasiado grande o demasiado sutil para dejarse capturar por la red un poco rígida y limitada de su imaginación. Lo más turbador era que Sebastián siempre sonreía en el sueño. Y no era la sonrisa común y apaciguadora del que sueña con casas y automóviles y lujos, y que se ve protegido por una madre bella y por un padre poderoso. No. Era muy distinto. Era como si el espíritu se le escapara del cuerpo para agazaparse en un mundo maravilloso y secreto alojado detrás de sus párpados. Todo él entero parecía guardado allí, adentro de su sueño, sin dejar nada afuera para confortar a su madre que lo observaba solitaria. Había… sí… una especie de intensidad salvaje que daba la impresión de que el soñar de Sebastián era algo completo en sí, poderosamente cerrado, que se bastaba a sí mismo sin necesitar para nada de la gente y de las cosas del mundo. A ella, claro, tampoco la necesitaba para nada —era un sombra que se podía excluir con gran facilidad de cualquiera riqueza. Verlo dormido era para Adela intuir cruelmente, confusamente, todo lo que ella jamás había sido y que jamás podría ser ni comprender.

Cuando Sebastián llegó a cumplir quince, dieciséis años, era como si hubiera dejado tan, tan atrás a su madre, que apenas la divisara, como punto insignificante un segundo antes de disolverse al final del camino.

A esta altura, Adela, que entraba en la cuarentena, no pudo seguir resistiéndose a las atenciones de Carlos Zauze, que la cortejaba con insistencia desde hacía tantos años. Era su última ocasión y tenía que aprovecharla, porque no podía seguir marchitándose en un frío cuarto de la pensión de la señora Mechita. Salió a comer y a pasear con su admirador, fueron juntos a bailes y a los cines, y durante un tiempo Adela se sintió arrebatada por esta vida, por este entusiasmo nuevo. A los dos meses, Zauze le pidió que se casara con él, ella consintió feliz, e inmediatamente se hicieron amantes. Mientras su hijo soñaba vagas improbabilidades en el cuarto vecino, los sueños de Adela se poblaron con la sensación de un bigote negro acariciante y por el calor de unas piernas viriles junto a las suyas —ya no estaba sola, ya no estaba eliminada de la vida por la misteriosa indiferencia de su hijo. Pero, poco a poco, una vez realizado, el amor de Carlos Zauze se fue debilitando. Se habló cada vez menos de matrimonio. Hubo muchas lágrimas. Luego, y quizás debido a las lágrimas, se habló cada vez menos de amor, hasta que por último ya no se veían casi nunca, y fue claro que las intenciones del jefe comenzaron a dirigirse a otro lado —hacia la secretaria de la Sección Obras, dos pisos más abajo, una rubia joven pero demasiado llamativa según le informaron sus compañeras de trabajo.

Le costó mucho consolarse, pero nadie pudo decir que perdió su dignidad. Lo malo era que ya le había dicho a Sebastián que iba a casarse, que le daría un nuevo padre, y ahora se veía en el incómodo trance de comunicarle que la vida se había encargado de destruirle también esta última ilusión.

—¿No me dices nada? —le preguntó Adela, cuando se dio cuenta de que sus confidencias no conmovían a su hijo—. Deja de manosear esa alcuza, vas a mancharte la ropa con aceite. ¿Crees que no me cuesta plata comprarte ropa?

Hizo un puchero, y sonándose la nariz agregó:

—Lo que me pasa no te importa nada…

—Sí, mamá —respondió Sebastián—. ¿Cómo se le ocurre que no?

Adela lloriqueaba diciendo:

—No, no. Yo soy menos que nada para ti. Eres un egoísta, y yo ya estoy cansada de tener que trabajar y estar sola. Cómo estaré de vieja que ayer me mandé a hacer un par de anteojos, porque el oculista me dijo que tengo presbicia…

Al decir esto comenzó a sollozar.

—Mamá, por favor, no llore… tome, suénese. Lo de su trabajo ya lo hemos hablado: termino este año y me salgo del colegio para buscar un buen empleo. Quiero ponerme a ganar plata para ayudarla. Además ya voy a cumplir diecisiete años y quiero darme mis gustos…

Adela suspendió repentinamente su llanto, y mirándolo seca de rabia, exclamó:

¡Pero si a ti lo único que te gusta es dormir como un tonto!

Al oír esto, Sebastián clavó a su madre con la mirada, y sin embargo era como si no la viera. A ella se le detuvo el corazón, porque en esa mirada vio el retrato de todo lo incomprensible e inasible en la vida de su hijo, y de nuevo se deshizo en sollozos. Sin embargo, entre lágrimas y lamentaciones, logró preguntarle por primera vez —si no le preguntaba ahora ya no le podía preguntar y era incapaz de seguir viviendo rodeada de tanta aridez, de tanta soledad— qué significaba que durmiera tanto.

—¿Cómo le voy a explicar, si ni yo mismo lo entiendo? —dijo él serenamente, mientras Adela, ya más tranquila, movió la pantalla de la lámpara de modo que la luz rosada bañara el rostro de su hijo, dejando el suyo en la penumbra.

—Es como… como si hubiera nacido con este don de dormir tanto y cuando quiero. Y quizás por esa facilidad que tengo es lo único que me gusta. Es como si todo lo demás fuera sombras que carecieran de importancia. Y sin embargo nunca he comprendido claramente lo que me pasa. Para mí, toda la felicidad posible esta en dormir —eso que parece tan pobre, tan absurdo, pero para lo cual nací y ha llegado a ser lo único que me importa. Tengo la sensación que sueño y soy feliz, que sueño con algo verdadero y mágico, con un mundo de luz que lo aclarará todo, no sólo para mí, sino que, a través de mí, para toda la gente. Pero al despertar siento algo como una puerta que se cerrara sobre lo soñado, clausurándolo, impidiéndome recordar lo que el sueño, contenía —esa puerta no me permite traer a esta vida, a esta realidad que habitan los demás, la felicidad del mundo soñado. Yo necesito abrir esa puerta, por eso tengo que dormir mucho, mucho, hasta derribarla, hasta recordar la felicidad que contiene mi sueño. Quizás algún día lo lograré…

—Pero hijo, estás loco. Eso sólo lo logran los que se mueren…

—No mamá, morir no. Los muertos no sueñan. Para soñar hay que estar vivo, así es que tengo que seguir viviendo. No he entregado toda mi vida a dormir, pero a veces siento que debo hacerlo aunque no sepa qué voy a encontrar detrás de la puerta. Quizás descubra que haber dejado de vivir como los demás fue una equivocación, que tal vez no valía la pena saber lo que ocultaba la puerta. Pero no importa. El hecho de seguir un destino que yo siento auténtico me justifica y le da una razón a mi vida. Pienso en las vidas de los demás, y les tengo lástima, porque carecen de ese centro que yo tengo, porque no conocen el fervor que a mí me anima. Y si lo que hay detrás de esa puerta es lo que yo pienso… si hay luz, si hay eso que me permitirá comprender y, al comprender, explicar…

Al año siguiente Sebastián se empleó y su madre dejó de trabajar. Adela había envejecido mucho. Era como si ver a Sebastián la cansara terriblemente, como si pensar en él la exprimiera, dejándola seca. Consideraba que el destino había sido duro con ella, exigiéndole mucho y dándole muy poco en cambio. Se consolaba jugando al naipe con la señora Mechita, y hablando por teléfono de vez en cuando con sus antiguas compañeras de trabajo para que le contaran lo que sucedía en la oficina. Con su pequeña jubilación y con el sueldo de Sebastián les bastaba para ir tirando, y seguían habitando los mismos cuartos de la pensión, con macetas dé helecho colocadas en el centro de inmaculadas carpetas tejidas a crochet, y con olor a viejas cortinas de felpa apolillada.

En la oficina Sebastián hablaba poco con sus compañeros. Sentía que anudar una amistad, iniciar una relación que no fuera puramente formal, era traicionar su vocación para el sueño. Había crecido mucho y estaba bastante flaco, hecho de una materia cerosa, muy frágil y transparente, distinta de la carne. Esto le daba un aspecto tan interesante que las muchachas de la oficina, mientras se empolvaban la nariz o refaccionaban imaginarios desperfectos en sus peinados, lo miraban riéndose, lamentando que fuera tan joven. Tenía unos ojos azules muy raros, muy bonitos.

—Ojos de santo —comentaba una de las muchachas.

—O de artista —opinaba otra.

—No, ojos de gran amante —corregía la más atrevida.

Pero cuando Sebastián respondía a alguna de sus preguntas o a una broma, su modo de hacerlo era tan tranquilamente afable, tan sereno y limpio, que se sentían derrotadas, como si no viera en ellas más que cascarones vacíos. Dejaron de embromarlo, y Sebastián logró asumir un papel como de sombra eficiente, señalándoles con su silencio que él era de otra especie, que no tenía tiempo ni inclinación para tomar parte en esa clase de pasatiempos.

El jefe de la sección, Aquiles Marambio, que no era más que diez años mayor que Sebastián, lo tomó bajo su protección. Como Marambio hablaba tanto y al hacerlo sólo le interesaba escucharse, no se daba cuenta de que Sebastián le oía sin prestar atención. Solía sentarlo a su lado para darle grandes peroratas:

—Tienes un futuro estupendo aquí en esta organización, Rengifo, porque yo, que conozco bien a la gente, me doy cuenta de que eres un tipo serio y capaz. Adivina cuántas máquinas de calcular nos mandaron de Norteamérica —unas máquinas modernas, preciosas, lo único que les falta es hablar. ¿No sabes? ¡Ciento ochenta! ¿Te imaginas todo lo que podemos hacer con ciento ochenta máquinas de calcular? Bueno, yo diría que se puede hacer casi todo… absolutamente todo. ¿No te parece?

Aquiles Marambio era pequeño y delgaducho, con bigotitos negros muy finos y anteojos con borde de oro. A pesar de sus acinturados trajes oscuros, se le comenzaba a notar una pequeña panza, y la doble barba ya desdibujaba su mentón agudo, tembloroso como el de un niño a punto de llorar si alguien contravenía sus órdenes o cometía alguna falta de pulcritud o de puntualidad.

En una ocasión, después de mucha insistencia de parte de su jefe, Sebastián aceptó una invitación para comer en su casa. Al sentarse a la mesa, Aquiles Marambio desplegó la servilleta, introduciendo dos de sus puntas en los bolsillos del chaleco, y se puso a esperar la cena, ponderándole a Sebastián los encantos de tener casa propia, mujer propia, radio y máquina lavadora propias. Su mujer, mientras tanto, sin despegar los labios, sostenía una sonrisa aprobatoria como quien sostiene un arma defensiva, porque era claro que su corazón no estaba en la mesa, sino que en la cocina, rogando al cielo que la cocinera no dejara quemarse el asado.

Después de muchos prolegómenos Aquiles carraspereó y dijo:

—Mira, Rengifo, hay algo de que tenía intención de hablarte…

—¿Si?

—Sí —respondió Marambio y, después de un silencio continuó—: Mira, se trata de lo siguiente. En la oficina todos te aprecian, porque eres eficiente y caballeroso. Pero tú sabes que en una oficina lo principal es la unión, que todos seamos como una familia. Sin eso no hay eficiencia posible. La gente te tiene simpatía, pero no puedo ocultarte que están comenzando a perdértela. Te encuentran raro… orgulloso. Te convidan a fiestas y a paseos, te proponen ir a tomar una copa o a ver una película, y tú no has aceptado ni una sola vez. ¿Puedes decirme por qué?

—Es que salgo muy poco.

—¿Pero por qué? A tu edad debes salir y divertirte. Puedes estar jugándote tu futuro en una cosa tan insignificante. ¿Por qué sales tan poco?

—Mi madre es sola. Tengo que acompañarla.

—Esa no es razón. Seguro que si ella se diera cuenta de la importancia que tiene tu convivencia con tus compañeros de trabajo, no le importaría quedarse sola un par de noches al mes. Porque no es más. Te digo estas cosas como amigo y como hombre de experiencia..

—Bueno, es que además soy muy flojo. Me gusta mucho dormir. En realidad, prefiero dormir a pasear…

—No me vengas a decir que te pasas los sábados y los domingos durmiendo…

—Aunque parezca raro, sí. Soy muy dormilón.

Aquiles, cuyo rostro sufrió un repentino reventón de risa, se llevó la servilleta a los labios para proteger su boca llena de comida. Exclamó:

—¿Oíste, Sara, lo que dice este tonto? El gran entretenimiento de Rengifo es dormir. Es primera vez que oigo una cosa así. No sale, ni le gustan las copas, ni anda con mujeres. Es casi un vicio…

Si, claro asintió Sebastián, acompañando con una risita las carcajadas de su jefe.

—He oído hablar de muchos vicios, de mujeriegos y de cocainómanos y de borrachos y qué sé yo, pero te aseguro que es la primera vez que oigo decir que alguien tiene el vicio de dormir. ¡Eres loco, hombre! Si duermes todo el tiempo la vida te va a pasar de largo, y la vida hay que vivirla. Mírame a mí.

Sebastián se sintió tan incómodo y culpable que no tuvo más remedio que dar por lo menos una explicación vaga:

—Es que se me ocurre que durmiendo, en lo que sueño voy a descubrir algo importante, algo más importante que… bueno, que vivir…

—¿Y si te demoras toda la vida en averiguarlo y te mueres antes? Significa que perdiste tu vida durmiendo y que no sacaste nada.

—Se me ocurre que es tan maravilloso lo que voy a encontrar que estoy dispuesto a arriesgarme.

—¿Arriesgarte a despertar muerto una buena mañana, y que te tiren así, sin uso, a la basura? Ah, no, no, eso jamás. Es una locura. La vida hay que vivirla.

La conversación comenzó a flaquear. Por decir algo, Aquiles propuso:

—Te hago una apuesta a que te vas a morir sin ver nada.

Riendo, Sebastián replicó:

—Bueno, si gano yo, tú pagas mi funeral.

Aquiles estaba tan seguro de ganar que no titubeó en aceptar la apuesta.

—¿Y si ganas tú, qué quieres? —preguntó Sebastián.

Aquiles le palmoteo la espalda diciendo:

—Si gano yo, te mando a la fosa común. ¿Qué te parece?

—Bueno, muy bien.

Se dieron la mano para sellar la apuesta.

—¿Pero cómo vamos a saber quién ganó? —preguntó Aquiles, comenzando a dudar.

—Creo que mirarme la cara será suficiente para que sepas…

—Estás loco.

Ambos rieron. Y al despedirse de su protegido, Aquiles le aconsejó:

—Se me ocurre que lo que a ti te falta es energía, vitalidad. ¿Por qué no pruebas hacer ejercicios, como yo? Me compré unas pesas y unos elásticos, y además todas las mañanas hago flexiones. Quizás así tendrías energía para divertirte y salir con mujeres…

Era más o menos lo mismo que su madre le insinuaba tímidamente, desesperada porque su hijo rehusaba todo entretenimiento, incluso ir al cine. Y si alguna vez logró convencerlo de que la llevara, en la oscuridad de la sala Sebastián se quedaba dormido al instante. Adela había envejecido mucho, y cada día se debilitaban más sus ojos y sus oídos. Era como si lentamente todas sus facultades se fueran apagando, disolviéndose. ¡Había sufrido tanto! Sus sufrimientos eran el tema predilecto de sus conversaciones con la señora Mechita, cuyos dedos pecosos carecían ahora de su antigua destreza con el crochet, pero mostraba en cambio una creciente avidez para escuchar los pesares de los demás. En una ocasión Adela transmitió a su hijo, como dicho por la señora Mechita, lo que ella misma pensaba:

—La señora Mechita, que te quiere tanto porque te conoce casi desde que naciste, dice que a ella le parece que estás malgastando tu vida… que debías divertirte, salir a veranear por ejemplo. Dice que es necesario que reacciones, que dejes de dormir. Es como si estuvieras embrujado, dice ella, que cree en esas cosas.

Sebastián perdió la paciencia. Después de gritar un poco bajó la voz y dijo:

—Lo que más me da rabia es que me cuente estas cosas como si se las hubiera dicho la señora Mechita. ¿Por qué no me dice francamente que es lo que usted misma piensa? No quiero que esto se repita, mamá. Yo trabajo y cumplo con mucho gusto con mi deber de mantenerla, porque la quiero. Pero no acepto que nadie, ni usted, se meta en mi vida. Es dolor suficiente no recordar nada, nada, por mucho esfuerzo que haga, de la felicidad que queda oculta detrás de la puerta cuando despierto. A veces pienso que debo abandonarlo todo, exponerme a morir de hambre si fuera necesario, para tener tiempo para dormir y dormir y dormir y dormir… hasta que la puerta se abra. Tengo miedo de que la vida sea demasiado corta. Así es que si no tengo derecho a dormir las horas libres que mi trabajo me deja, entonces no vale la pena que siga viviendo…

—No vale la pena que sigas viviendo para hacer lo que haces —respondió Adela, saliendo de la pieza con un portazo. Se encerró en su cuarto para gemir en voz alta de modo que su hijo no pudiera dejar de oírla.

Sebastián reflexionó que tratar de explicarle las cosas a su madre era inútil. Era inútil explicar nada a nadie. Todo esto era tanto más grande que él mismo y que la gente, que arrastrándolo hacia un fin desconocido lo hacía con tal ímpetu que arrancaba sus raíces de la tierra y, asilándolo, lo incomunicaba. Mientras crecía su angustia por no ser capaz de recordar su felicidad, le parecía que todo su proceso se aceleraba. Antes, cuando era niño, dormía como quien se entretiene, como quien ha descubierto un juguete un poco misterioso, pero al fin y al cabo juguete, y por lo tanto inofensivo. En aquella época dormía porque le gustaba, o cuando tenía tiempo, o simplemente cuando quería hacerlo. Pero ahora que saldaba sus cuentas con la humanidad manteniendo a su madre, trabajando y, hasta cierto punto, tomando parte en las actividades de los seres vivos, se sentía con pleno derecho a dormir seriamente, con toda conciencia de su propósito, arrastrado por la auténtica y cada vez más desgarradora necesidad de saber lo que sus sueños contenían. Lo que antes era un pasatiempo era ahora la razón de su existencia, y le entregaba todas sus horas libres, preso de una vehemente sed de sueño, como quien se expone a perder algo más importante que la vida misma si no aprovecha todas, absolutamente todas sus horas. Pero al despertar la puerta permanecía implacable, sellada, dejándole sólo un deslumbramiento, una ansiedad agotadora por conocer aquello que aclararía todo, permitiéndole a la vez, encontrarse con los demás seres.

De tanto cavilar, de tanto rumiar la dura suerte que en la vida le había tocado y de pensar en las pocas satisfacciones que le proporcionaba el destino inexplicable de su hijo, Adela fue palideciendo y enflaqueciendo, triste y sola en el fondo de su cuarto de la pensión. Comprobó definitivamente que ella no significaba nada para Sebastián —sólo otro objeto digno de vago cariño dentro del reino de los objetos. Era como si a costa de no tomarla en cuenta su hijo la hubiera borrado de la vida, privándola de contorno y de peso. Adela no sólo estaba casi sorda y muy cegatona, sino que también las piernas le dolían mucho al andar. Tosía bastante. Tosía casi todo el tiempo. Y un día tosió demasiado, y como no tuvo fuerza para llamar a nadie que pudiera ayudarla, murió como si finalmente se hubiera convencido de su propia falta de existencia.

Al regresar del funeral, Sebastián se quitó el sombrero y los guantes, dejándolos encima del mármol del peinador. Cerró los postigos de su cuarto, le pidió a la señora Mechita que le enviara comida dos veces al día y se acostó a dormir ávidamente, como si el fallecimiento de su madre le hubiera desatado el último nudo que lo unía al mundo. Durmió tres días y tres noches —los tres días de permiso de luto que con cara compungida le otorgó Aquiles Marambio. Al despertar comprobó que la puerta permanecía cerrada aún y la luz oculta. Pero —y ésta era la maravillosa diferencia— sabía con certeza que algún día, aunque fuera muy lejano, iba a poder recordar entera esa parte de su vida que se ocultaba detrás de la puerta del sueño. Era cosa de ponerse a hacerlo, nada más. Esta nueva fe lo hizo vestirse, peinarse y salir de su casa en dirección a la oficina, sintiéndose liviano como nunca, fuertísimo, seguro. Se hizo anunciar a su jefe, que recibiéndolo con un abrazo fraternal lo invitó a tomar asiento en el sillón más cómodo de su despacho. Rechazando el cigarrillo que Aquiles le ofrecía, Sebastián dijo:

—Vengo a presentar mi renuncia.

Aquiles Marambio se puso de pie de un salto. No comprendía una decisión tan repentina. ¿Por qué? ¿Con qué objeto? ¿De qué iba a vivir? ¿No se daba cuenta de que si permanecía dentro de la Organización se le presentaba un futuro envidiable? ¿Cómo podía ser tan inconsciente? Pero Sebastián se supo mantener firme en su propósito. Era como si no viera ni oyera a Aquiles.

Por fin, agotado de tanto discutir solo, el jefe miró a Sebastián y con tono insultante le preguntó:

—¿Y a qué te piensas dedicar? ¿A dormir todo el tiempo?

—Sí…

—¿Y para qué?

Marambio sujetaba su ira.

—No sé, tengo que hacerlo, tengo que saber… Aquiles se levantó furioso y comenzó a gritar:

—¡No me vengas con tus paparruchas de visiones! ¡Lo que pasa es que eres un flojo, como todos ustedes los que se creen espíritus selectos! ¿Por qué te crees con derecho a una vida privilegiada? No, no me vengas con historias, lo que tú quieres es pasarlo bien, no hacer nada, dormir y descansar. ¡Nada de visiones! Pero te advierto, te vas a morir y no vas a llegar a descubrir nada. Bueno… muy bien, entonces, ahora ándate. Ah, y quiero advertirte una cosa, para que te acuerdes después no me vengas a rogar que te ayude. Nosotros terminamos aquí toda amistad. Yo no soy amigo de vagabundos profesionales. Y si quieres flojear y pasarlo bien tienes que pagar las consecuencias hasta el fin.

Herido, pero mirándolo serenamente, Sebastián le preguntó:

—¿Y la apuesta?

Aquiles se rio con desdén:

—¿Así es que tienes el coraje de seguir las bromas, aún ahora? Muy bien. Que esa apuesta permanezca como nuestra única relación. Pero no sabes el gusto que voy a tener de hacerte meter en la fosa común.

Al salir a la calle Sebastián respiró profundo, como si lo hiciera por primera vez. Ahora, por fin, era su propio dueño, sin sogas que lo ataran a nada ni a nadie —ahora iba a poder entregarle su vida entera al sueño, y con cada segundo más que durmiera se iría aproximando aquello, se haría más y más posible abrir la puerta. ¿Qué importaba que lo creyeran un inútil? ¿Qué era él en la vida real sino un pobre empleaducho en una firma de importadores, que vivía en una pensión con olor a cortinas apolilladas? El sueño, en cambio, a pesar de no verlo aún, le entregaría armas poderosas, grandes y bellas palabras, colores elocuentes, todo un sistema de claridades —cosas inmensas y ricas con las cuales él, Sebastián Rengifo, haría retroceder de alguna manera el límite de la oscuridad. Sí, ahora estaba seguro. A lo qué antes le entregaba unos pocos momentos libres le entregaría su vida entera. Viviría de modo que pudiera dormir el mayor número posible de horas, sin permitir que se interpusieran obligaciones de la llamada “vida real”. Ya no tenía para qué darle categoría a lo que no era más que sombras —la comida, la vestimenta, el bienestar, las diversiones, la gente. Así, viviendo siempre cercano a la puerta estaría listo en cualquier momento en que se entreviera la luz.

La única manera de lograr este propósito era despojarse de todo. Y como jamás le había gustado la ciudad, sobre todo cuando la primavera, como ahora, se insinuaba, vendió los muebles, liquidó todas sus pertenencias, y despidiéndose para siempre de la señora Mechita —que anegada en lágrimas exclamaba: ‘‘¡Estás loco, hijo, estás loco!” —salió de la ciudad por un camino que conducía al norte.

El paisaje lo envolvió inmediatamente, suavizando su vigilia al presentarle un aire de sueño. Los sauces mecían sus cabezotas verdes junto a esteros lentos y oscuros, y el mismo viento que revolvía sus tristes mechas dotaba de un vocabulario distinto a cada planta, a cada rama, a cada hoja. Allá, toda una loma azul de eucaliptos tiernos. Los senderos de rica tierra castaña donde niños andrajosos jugaban con la infinitud de perros de los pobres, lo conducían hacia un tambo que con su aroma se anunciaba desde lejos, o hacia el brazo de humo que lo saludaba desde el techo de una choza oculta a medias entre los árboles. La corteza de cada árbol ostentaba el mapa de un tiempo y de una función distintos. Sebastián, en medio de todo esto, sintió que la distancia que antes separaba la “realidad diaria” de la otra realidad, de la más verdadera, se iba acortando, porque era como si todo este mundo exterior se incorporara, enriqueciéndola, a la realidad oculta del sueño.

Sebastián, fuerte y joven y contento con el verano que comenzaba, iba trabajando un tiempo aquí y otro allá en las granjas y los campos. En un sitio ayudó al baño de las ovejas y le permitieron dormir en el corredor. Más allá tomó parte en la cosecha de los girasoles y después le encargaron que desenterrara papas de la tierra negra. Después seguía su camino, mientras los tordos, como pedradas, amenazaban la fragilidad azul del cielo. Con lo que ganaba en tres días de trabajo podía no hacer nada durante una semana; y ese tiempo lo dormía entero, concienzudamente, debajo de los duraznos pesados de fruta, o a campo abierto, o en algún pajar. El sol tostó sus facciones y sus brazos. Una luz tranquila bañaba sus ojos. A veces, cuando de tarde en tarde regresaba a la ciudad, solía divisar a Aquiles Marambio, que al ver a Sebastián desviaba la vista o cruzaba rápidamente la calzada para no tener que dirigirle la palabra, alzando, desde lejos un dedo enguantado como para censurarlo o para recordarle algo.

Poco a poco algo extraño le fue sucediendo a Sebastián: le resultaba imposible controlar su sueño. Ya no podía “ponerse” a dormir, libremente y cuando lo deseaba, como en el pasado, porque el sueño se apoderó de su voluntad, adquiriendo una independencia que lo regía con despotismo. Ahora, de pronto, el sueño lo acometía porque sí, al borde de un camino por ejemplo, y se veía obligado a encogerse allí mismo entre las sucias malezas para dormir. Inquieto, sentía que su sueño se rebalsaba de su sitio, inundando su vida entera. Caía dormido en cualquier parte, de día o de noche, con frío o bajo el sol, durante la lluvia o en las horas de trabajo, y al despertar crecía su desesperación ante el recuerdo que se negaba. Pero mientras más y más dormía, mientras más lo atormentaba saberse excluido de su propia felicidad, más fe sentía en que alguna vez iba a ver la puerta abierta de par en par, acogiéndolo. Era una cercanía prodigiosa lo que recordaba al despertar. Pero nada más.

Un día le entregaron una guadaña, prometiéndole que si cortaba todo el pasto de cierto potrero, y luego lo almacenaba en la bodega, le pagarían una linda suma de dinero. Con eso, pensó Sebastián, tendría para dormir un mes entero sin preocuparse de nada más, y lo que podía sucederle en todo un mes de sueño era incalculable. Con el torso desnudo y la guadaña al hombro vadeó el potrero de extremo a extremo. Las copas de las higueras eran líquidas y murmuradoras en el viento recién desatado, y en su espesa sombra azul, sobre el musgo, reposaban dos patos blancos como camisas recién lavadas que el viento hubiera dejado caer livianamente. Sebastián escuchó el alarido de los queltehues, miró las nubes lerdas en su carrera sobre los dedos de los álamos. Se dijo: “Tengo que apurarme. Tengo que cortar el pasto y almacenarlo pronto, porque esta noche habrá tormenta…”

Trabajó toda la tarde. Las nubes eran cada vez más opacas y más bajas. Sebastián segó el pasto con el ímpetu de quien lucha por salvarse en la tormenta de un mar vegetal. Cuando tuvo todo el pasto cortado se supo vencido. Miró el cielo. Ya caía el agua. Dentro de un momento el sueño se apoderaría irresistiblemente de él. Y se quedó dormido sobre el pasto cortado, la lluvia cayendo sobre su cuerpo y sobre la cosecha —sobre la cosecha de pasto que ya no tardaría en podrirse. Al despertar, sus patrones furiosos porque dejó que la cosecha se estropeara, rehusaron pagarle. Sebastián partió, caminando muchos días, porque de granja en granja se fue corriendo la voz de que no se podía contar con Sebastián.

Se le hizo difícil conseguir trabajo. En cada parte que le encargaban alguna faena, por ligera que fuera, le sucedía lo mismo: se quedaba dormido sin poder controlarse. Lo dejaban vigilando una olla y el guiso se quemaba; le pedían que cuidara a una criatura y ésta se caía de la cuna; lo mandaban llevar una carreta llena de paja, y desde la cima, al comienzo del camino, picaneaba a los bueyes para dirigirlos, pero pronto se quedaba dormido y la carreta se extraviaba. La marca de los fracasados se grabó en su andar y en su voz y en los jirones de su ropa.

“Me estoy poniendo viejo…”, meditaba.

Hubiera sido fácil dejarse morir, lanzarse ante un camión en una carretera o saltar desde un puente. Pero Sebastián no estaba dispuesto a hacerlo, porque sólo si seguía viviendo podía seguir soñando. Se sentía cerca de una meta, pero muy cansado. Lo malo era que para vivir era necesario trabajar, y nadie quería darle trabajo. La gente se apartaba de él como si lo temieran o trajera mala suerte. Desesperado ya, una tarde fue a un Hospital de Psiquiatría para rogar que le enseñaran a controlar el sueño. Lo atendieron dos médicos jóvenes y serios, benignos como ángeles vestidos de blanco. Escucharon con paciencia la historia de Sebastián:

—Sí —dijo uno—, pero no es enfermedad…

—Aquí no podemos tratarlo —dijo el otro sonriendo con un poco de pena.

—Pero tengo miedo de morirme, doctor… —rogó Sebastián.

—Y si se pasa todo el día durmiendo, ¿no le da lo mismo estar muerto?

—No, no, me falta tan poco, doctor. La puerta ya se va a abrir…

—¿La puerta? ¿Qué puerta?

Los médicos se dieron cuenta de que Sebastián era una de esas personas un poquito desequilibradas, pero no tanto como para merecer un tratamiento intenso. Había demasiada gente verdaderamente enferma, y era necesario reservarse para ésos. Sin embargo, percibieron en Sebastián una especie de indefensión —no sabía dónde ir, qué hacer, y temía tanto morir antes que aquella extraña puerta se abriera. Conmovidos, los médicos le permitieron permanecer unos días en el hospital. Pero una noche, cuando hacían juntos la ronda de las salas, llegaron a la cama de Sebastián, y al ver su sonrisa, la beatitud que iluminaba su rostro, decidieron que era imposible seguir manteniendo en el hospital a alguien que dormía tan tranquilamente. Lo despidieron a la mañana siguiente.

Sebastián sabía que el final estaba cerca. Ya no tenía nada en qué trabajar y vagaba por las calles y los caminos, de casa en casa y de granja en granja, mendigando. La debilidad lo invadió. Parecía un anciano. Nada en torno suyo le importaba, como si nada de lo que sucediera significara nada. Vivía en un mundo crepuscular, poblado de sombras, de ecos, de esperas. Se dejó crecer la barba y el pelo. Caminaba por las carreteras, por las vías férreas, por las calles y avenidas de la ciudad, y cuando el sueño lo tocaba se tendía a dormir en cualquier parte. Una vez un caballo se acercó a husmearle la cara, creyéndolo muerto. La gente se apartaba de él como si fuera un mago o un pervertido o un loco. Pero él seguía durmiendo confiado, porque cuando la puerta quedara abierta, toda la gente que ahora huía de él, lo reconocería.

A veces iba a la ciudad, porque allí resultaba más fácil conseguir alimento. En el mercado podía robar pan o un trozo de pescado frito. Pero generalmente lo reconocían, y alguna mujer sofocada bajo el peso de sus paquetes se encaraba con él, gritándole:

—¿No te da vergüenza, flojo dormilón? En vez de trabajar pides limosna y robas. Eres un asco para la humanidad. Debían echarte de la ciudad o meterte en la cárcel. Todavía no eres tan viejo como para no poder trabajar.

Pero no podía trabajar. El sueño se apoderaba inmediatamente de él, como indignado de que hiciera cualquier cosa que lo apartara de su poder. Una vez lo sorprendieron robando y lo llevaron a la cárcel. Lo soltaron pronto, pero quedó marcado como delincuente, y aquellos que antes sonreían con algo de benevolencia ante su vicio de la vagancia cruzaban a la vereda de enfrente al verlo venir.

Llegó el invierno, otro invierno más, y con éste la certeza para Sebastián de que iba a morir. Ya no le quedaban fuerzas. Pero le parecía que si lograba vivir unas semanas más, unos días más, si encontraba que comer y dónde refugiarse iba a poder dormir, iba finalmente a recordar, a entender, a hablar. Morir antes sería un fracaso. Pero la esperanza de Sebastián era recia, lo único en él que no vacilaba. Era el fin. Pero quizás también el triunfo.

Hacía mucho frío. Bajo los yertos árboles negros del parque en el amanecer, Sebastián a veces encontraba pájaros que con el frío habían muerto. Para tratar de revivirlos soplaba sobre sus plumas grises, que duras de escarcha no se agitaban. En la ciudad vivía bajo un puente, y rodeándose de perros piojosos para que lo calentaran, cubriéndose de diarios viejos para que el viento no pudiera penetrarlo, lograba dormir mucho, casi todo el tiempo. Sabía que ya, ya iba a recordar aquello, que ya, ya se iba a abrir la puerta. Era cosa de aferrarse a la vida unos días más, encontrar un poco de pan, protegerse un poco del hielo y de la escarcha era difícil. A veces pegaba la nariz a la ventana de alguna carnicería y se quedaba mirando el rojo caliente de los animales destripados que colgaban de los gan chos, y cuando alguien abría la puerta al salir, el olor espeso y sanguinolento calmaba un poco su hambre y su frío.

De pronto, un día tuvo una idea.

Iría a visitar a Aquiles Marambio, que no vivía lejos. Tal vez se conmoviera al ver su miseria. Tal vez, olvidando lo dicho años antes, tantos, tantos años, le diera comida, lo abrigaría por algunos días —aunque las últimas veces que casualmente se cruzaron en la calle, Marambio no reconoció a Sebastián. Tal vez…

Sebastián se hizo un cucurucho de diarios para protegerse la cabeza, y lentamente atravesó la tarde fría, las calles y las sombras de las casas y de los árboles y de los faroles apagados, mirando de vez en cuando el cielo plomizo rayado por los cables, hasta llegar a la casa de Marambio. Sobre los techos, las nubes restañaban casi todo el rojo que del crepúsculo quedaba. La noche caía. Iba a nevar. Sebastián tocó el timbre de la casa de Aquiles Marambio. Le abrió la puerta una sirvienta vestida de negro con un delantalcito de muselina blanca.

—¿Podría hablar con Aquiles Marambio? —preguntó Sebastián.

—¿Con don Aquiles? —la sirvienta acentuó el don—. Está comiendo. Vaya por la puerta de atrás, por la otra calle; esta puerta es para las visitas. ¿Quién lo busca?

Pronunciar su nombre, Sebastián Rengifo, fue como abrir la portezuela de una jaula dejándolo escapar para siempre, como un pájaro. Aguardó en la puerta de atrás, en un callejón desierto donde el viento preso lloraba. Sebastián se caló más hondo su gorro triangular de papel de diario y anudó bien los trapos viejos que protegían sus pies. Sin rostro ya, sin nombre, se sentó en el umbral de la puerta a esperar.

La puerta se abrió por fin. Apareció Aquiles Marambio, bastante gordo con los años, llevando una amplia servilleta blanca anudada debajo de su papada abundosa.

—¿Quiere hablar conmigo? —preguntó.

—Si… ¿No se acuerda de mí?

Marambio limpió con la punta de la servilleta el vaho que al salir al frío empañó sus anteojos. Detrás de él, en el segmento de habitación que la puerta mostraba, algunas personas reían en tomo a una mesa servida.

—No me acuerdo. Apúrese, dígame lo que necesita, mire que hace frío y hay mucha grippe…

Una lágrima se heló en las pestañas de Sebastián.

—Si no me dice lo que necesita voy a cerrar… —amenazó Marambio.

—No me conoce —balbuceó Sebastián.

—No, hombre, no lo conozco. ¿Cómo quiere que conozca a todos los vagos de la ciudad? Además, con esa barba y esa mugre…

—Venía a pedirle que me diera qué comer y dónde vivir por unos días, señor. Me voy a morir, y no puedo hasta que la puerta quede abierta… por favor…

Una nube de reconocimiento ensombreció el rostro de Marambio.

—¿Hasta que qué? ¿Qué puerta?

—…la puerta y yo pueda ver…

—No, no, no. Váyase de aquí. No se va a morir. Todavía no es tan viejo como para que no encuentre trabajo. Usted quiso ser lo que es… váyase. Buenas noches. Yo no tengo nada que ver con usted.

Y cerró la puerta.

Sebastián se encogió como mejor pudo para dormir en el umbral.

Durante la noche se abrió el cielo, y las estrellas, parpadeando apenas, miraban precisas desde un cielo terriblemente negro y hondo, que dejó caer una dura escarcha. Y a la mañana siguiente, domingo, el cielo amaneció despejadísimo, azul y frágil y delgado como un volantín inmenso. El sol no calentaba las calles, pero su luz nítida señalaba todos los ángulos y los contornos.

Don Aquiles Marambio, su señora y sus dos hijitas de seis y siete años, salieron temprano para ir a misa. Asistieron al Santo Sacrificio con toda unción, y regresaron lentamente por las asoleadas veredas, saludando a los conocidos, deteniéndose de vez en cuando para dar pataditas en el suelo, palmoteando para que se desentumecieran sus dedos. Unos pasos adelante de sus padres, María Patricia y María Isabel, casi del mismo tamaño, tocadas con gorros de piel blanca y con las manos metidas en manguitos de la misma piel, dejaban orgullosas que los que pasaban admiraran la corrección de su porte y el lujo de sus atuendos.

Al entrar por el callejón que llevaba a la puerta trasera de la casa, las plumas de vaho que tan serenamente se elevaban desde las bocas de las cuatro personas de la familia Marambio, se cortaron de pronto. Aquiles y su señora se detuvieron. Las niñas, con chillidos, buscaron refugio junto a las piernas de sus progenitores —porque allí, en el umbral de la casa, yacía una forma humana peluda y sucia, cubierta de diarios húmedos. Se acercaron. Marambio movió la forma con el pie.

—Está muerto… —murmuró.

La mujer se agachó para sacarle el gorro que le tapaba la cara. Marambio exclamó:

—No seas idiota. Déjalo así. ¿Para qué quieres verle la cara?

Pero la mujer ya lo había hecho, y el rostro del muerto, debajo de sus barbas y de su mugre, apareció transfigurado por una expresión de tal goce, de tal alegría y embeleso, que María Isabel, acercándose a él sin miedo, exclamó:

—Mira papito, qué lindo. Parece que hubiera visto…

—Cállate, no digas estupideces —exclamó Marambio, furioso.

—Parece que estuviera viendo…

Antes que María Patricia pudiera decir lo que parecía que el muerto estuviera viendo, Marambio tomó a sus dos hijas violentamente y las empujó para que entraran a la casa. Ellas, de la mano, obedecieron sin los lloriqueos ni los pucheros de siempre cuando su padre las contrariaba, hablando de lo bonito que eran los muertos y preguntándose por qué la gente grande les tenía tanto miedo. Marambio llamó a la policía para comunicar que un vagabundo había amanecido muerto en el umbral de su puerta. Y como don Aquiles era un hombre de pro, y además con gran sentido cívico, dispuso que ya que el cadáver había amanecido en su puerta no podía permitir que lo echaran así no más a la fosa común. Él se haría cargo de los gastos del funeral —no de primera, claro, eso sería absurdo, sino que de un buen funeral de tercera.

 

Franz Kafka: De las alegorías. Cuento

franz_kafka_by_pixx_73-d37jattLa gran mayoría se queja de que las palabras de los sabios sean siempre alegorías, inaplicables a la vida cotidiana, y esto es lo único que poseemos. Cuando el sabio dice: “Ve hacia allá”, no quiere decir que uno deba pasar al otro lado, que siempre sería posible si la meta así lo justificase, sino que se refiere a un allá legendario, algo que nos es desconocido, que tampoco puede ser precisado por él con mayor exactitud y que, por tanto, de nada puede servirnos aquí. En realidad, todas esas alegorías sólo quieren significar que lo inasequible es inasequible, lo que ya sabíamos. Pero aquello en que diariamente gastamos nuestras energías, son otras cosas.

A este propósito dijo alguien: —¿Por qué os defendéis? Si obedecierais a las alegorías, os habríais convertido en tales, con lo que os hubierais liberado de la fatiga diaria.

Otro dijo: —Apuesto a que eso es también una alegoría.

Dijo el primero: —Has ganado.

Dijo el segundo: —Pero por desgracia, sólo en lo de la alegoría.

El primero dijo: —En verdad, no; en lo de la alegoría, has perdido.

Felisberto Hernández: El cocodrilo. Cuento

Felisberto_HernandezEn una noche de otoño hacía calor húmedo y yo fui a una ciudad que me era casi desconocida; la poca luz de las calles estaba atenuada por la humedad y por algunas hojas de los árboles. Entré a un café que estaba cerca de una iglesia, me senté a una mesa del fondo y pensé en mi vida. Yo sabía aislar las horas de felicidad y encerrarme en ellas; primero robaba con los ojos cualquier cosa descuidada de la calle o del interior de las casas y después la llevaba a mi soledad. Gozaba tanto al repasarla que si la gente lo hubiera sabido me hubiera odiado. Tal vez no me quedara mucho tiempo de felicidad. Antes yo había cruzado por aquellas ciudades dando conciertos de piano; las horas de dicha habían sido escasas, pues vivía en la angustia de reunir gentes que quisieran aprobar la realización de un concierto; tenía que coordinarlos, influirlos mutuamente y tratar de encontrar algún hombre que fuera activo. Casi siempre eso era como luchar con borrachos lentos y distraídos: cuando lograba traer uno el otro se me iba. Además yo tenía que estudiar y escribirme artículos en los diarios.

Desde hacía algún tiempo ya no tenía esa preocupación: alcancé a entrar en una gran casa de medias para mujer. Había pensado que las medias eran más necesarias que los conciertos y que sería más fácil colocarlas. Un amigo mío le dijo al gerente que yo tenía muchas relaciones femeninas, porque era concertista de piano y había recorrido muchas ciudades: entonces, podría aprovechar la influencia de los conciertos para colocar medias.

El gerente había torcido el gesto; pero aceptó, no sólo por la influencia de mi amigo, sino porque yo había sacado el segundo premio en las leyendas de propaganda para esas medias. Su marca era “Ilusión”. Y mi frase había sido: “¿Quién no acaricia, hoy, una media Ilusión?”. Pero vender medias también me resultaba muy difícil y esperaba que de un momento a otro me llamaran de la casa central y me suprimieran el viático. Al principio yo había hecho un gran esfuerzo. (La venta de medias no tenía nada que ver con mis conciertos: y yo tenía que entendérmelas nada más que con los comerciantes). Cuando encontraba antiguos conocidos les decía que la representación de una gran casa comercial me permitía viajar con independencia y no obligar a mis amigos a patrocinar conciertos cuando no eran oportunos. Jamás habían sido oportunos mis conciertos. En esta misma ciudad me habían puesto pretextos poco comunes: el presidente del Club estaba de mal humor porque yo lo había hecho levantar de la mesa de juego y me dijo que habiendo muerto una persona que tenía muchos parientes, media ciudad estaba enlutada. Ahora yo les decía: estaré unos días para ver si surge naturalmente el deseo de un concierto; pero le producía mala impresión el hecho de que un concertista vendiera medias. Y en cuanto a colocar medias, todas las mañanas yo me animaba y todas las noches me desanimaba; era como vestirse y desnudarse. Me costaba renovar a cada instante cierta fuerza grosera necesaria para insistir ante comerciantes siempre apurados. Pero ahora me había resignado a esperar que me echaran y trataba de disfrutar mientras me duraba el viático.

De pronto me di cuenta que había entrado al café un ciego con un arpa; yo le había visto por la tarde. Decidí irme antes de perder la voluntad de disfrutar de la vida; pero al pasar cerca de él volví a verlo con un sombrero de alas mal dobladas y dando vuelta los ojos hacia el cielo mientras hacía el esfuerzo de tocar; algunas cuerdas del arpa estaban añadidas y la madera clara del instrumento y todo el hombre estaban cubiertos de una mugre que yo nunca había visto. Pensé en mí y sentí depresión.

Cuando encendí la luz en la pieza de mi hotel, vi mi cama de aquellos días. Estaba abierta y sus varillas niqueladas me hacían pensar en una loca joven que se entregaba a cualquiera. Después de acostado apagué la luz pero no podía dormir. Volví a encendería y la bombita se asomó debajo de la pantalla como el globo de un ojo bajo un párpado oscuro. La apagué en seguida y quise pensar en el negocio de las medias pero seguí viendo por un momento, en la oscuridad, la pantalla de luz. Se había convertido a un color claro; después, su forma, como si fuera el alma en pena de la pantalla, empezó a irse hacia un lado y a fundirse en lo oscuro. Todo eso ocurrió en el tiempo que tardaría un secante en absorber la tinta derramada.

Al otro día de mañana, después de vestirme y animarme, fui a ver si el ferrocarril de la noche me había traído malas noticias. No tuve carta ni telegrama. Decidí recorrer los negocios de una de las calles principales. En la punta de esa calle había una tienda. Al entrar me encontré en una habitación llena de trapos y chucherías hasta el techo. Sólo había un maniquí desnudo, de tela roja, que en vez de cabeza tenía una perilla negra. Golpeé las manos y en seguida todos los trapos se tragaron el ruido. Detrás del maniquí apareció una niña, como de diez años, que me dijo con mal modo:

-¿Qué quieres?

-¿Está el dueño?

-No hay dueño. La que manda es mi mamá.

-¿Ella no está?

-Fue a lo de doña Vicenta y viene en seguida.

Apareció un niño como de tres años. Se agarró de la pollera de la hermana y se quedaron un rato en fila, el maniquí, la niña y el niño. Yo dije:

-Voy a esperar.

La niña no contestó nada. Me senté en un cajón y empecé a jugar con el hermanito. Recordé que tenía un chocolatín de los que había comprado en el cine y lo saqué del bolsillo. Rápidamente se acercó el chiquilín y me lo quitó. Entonces yo me puse las manos en la cara y fingí llorar con sollozos. Tenía tapados los ojos y en la oscuridad que había en el hueco de mis manos abrí pequeñas rendijas y empecé a mirar al niño. Él me observaba inmóvil y yo cada vez lloraba más fuerte. Por fin él se decidió a ponerme el chocolatín en la rodilla. Entonces yo me reí y se lo di. Pero al mismo tiempo me di cuenta que yo tenía la cara mojada.

Salí de allí antes que viniera la dueña. Al pasar por una joyería me miré en un espejo y tenía los ojos secos. Después de almorzar estuve en el café; pero vi al ciego del arpa revolear los ojos hacia arriba y salí en seguida. Entonces fui a una plaza solitaria de un lugar despoblado y me senté en un banco que tenía enfrente un muro de enredaderas. Allí pensé en las lágrimas de la mañana. Estaba intrigado por el hecho de que me hubieran salido; y quise estar solo como si me escondiera para hacer andar un juguete que sin querer había hecho funcionar, hacía pocas horas. Tenía un poco de vergüenza ante mí mismo de ponerme a llorar sin tener pretexto, aunque fuera en broma, como lo había tenido en la mañana. Arrugué la nariz y los ojos, con un poco de timidez para ver si me salían las lágrimas; pero después pensé que no debería buscar el llanto como quien escurre un trapo; tendría que entregarme al hecho con más sinceridad; entonces me puse las manos en la cara. Aquella actitud tuvo algo de serio; me conmoví inesperadamente; sentí como cierta lástima de mí mismo y las lágrimas empezaron a salir. Hacía rato que yo estaba llorando cuando vi que de arriba del muro venían bajando dos piernas de mujer con medias “Ilusión” semibrillantes. Y en seguida noté una pollera verde que se confundía con la enredadera. Yo no había oído colocar la escalera. La mujer estaba en el último escalón y yo me sequé rápidamente las lágrimas; pero volví a poner la cabeza baja y como si estuviese pensativo. La mujer se acercó lentamente y se sentó a mi lado. Ella había bajado dándome la espalda y yo no sabía cómo era su cara. Por fin me dijo:

-¿Qué le pasa? Yo soy una persona en la que usted puede confiar…

Transcurrieron unos instantes. Yo fruncí el entrecejo como para esconderme y seguir esperando. Nunca había hecho ese gesto y me temblaban las cejas. Después hice un movimiento con la mano como para empezar a hablar y todavía no se me había ocurrido qué podría decirle. Ella tomó de nuevo la palabra:

-Hable, hable nomás. Yo he tenido hijos y sé lo que son penas.

Yo ya me había imaginado una cara para aquella mujer y aquella pollera verde. Pero cuando dijo lo de los hijos y las penas me imaginé otra. Al mismo tiempo dije:

-Es necesario que piense un poco.

Ella contestó:

-En estos asuntos, cuanto más se piensa es peor.

De pronto sentí caer, cerca de mí, un trapo mojado. Pero resultó ser una gran hoja de plátano cargada de humedad. Al poco rato ella volvió a preguntar:

-Dígame la verdad, ¿cómo es ella?

Al principio a mí me hizo gracia. Después me vino a la memoria una novia que yo había tenido. Cuando yo no la quería acompañar a caminar por la orilla de un arroyo -donde ella se había paseado con el padre cuando él vivía- esa novia mía lloraba silenciosamente. Entonces, aunque yo estaba aburrido de ir siempre por el mismo lado, condescendía. Y pensando en esto se me ocurrió decir a la mujer que ahora tenía al lado:

-Ella era una mujer que lloraba a menudo.

Esta mujer puso sus manos grandes y un poco coloradas encima de la pollera verde y se rió mientras me decía:

-Ustedes siempre creen en las lágrimas de las mujeres.

Yo pensé en las mías; me sentí un poco desconcertado, me levanté del banco y le dije:

-Creo que usted está equivocada. Pero igual le agradezco el consuelo.

Y me fui sin mirarla.

Al otro día, cuando ya estaba bastante adelantada la mañana, entré a una de las tiendas más importantes. El dueño extendió mis medias en el mostrador y las estuvo acariciando con sus dedos cuadrados un buen rato. Parecía que no oía mis palabras. Tenía las patillas canosas como si se hubiera dejado en ellas el jabón de afeitar. En esos instantes entraron varias mujeres; y él, antes de irse, me hizo señas de que no me compraría, con uno de aquellos dedos que habían acariciado las medías. Yo me quedé quieto y pensé en insistir; tal vez pudiera entrar en conversación con él, más tarde, cuando no hubiera gente; entonces le hablaría de un yuyo que disuelto en agua le teñiría las patillas. La gente no se iba y yo tenía una impaciencia desacostumbrada; hubiera querido salir de aquella tienda, de aquella ciudad y de aquella vida. Pensé en mi país y en muchas cosas más. Y de pronto, cuando ya me estaba tranquilizando, tuve una idea: “¿Qué ocurriría si yo me pusiera a llorar aquí, delante de toda la gente?”. Aquello me pareció muy violento; pero yo tenía deseos, desde hacía algún tiempo, de tantear el mundo con algún hecho desacostumbrado; además yo debía demostrarme a mí mismo que era capaz de una gran violencia. Y antes de arrepentirme me senté en una sillita que estaba recostada al mostrador; y rodeado de gente, me puse las manos en la cara y empecé a hacer ruido de sollozos. Casi simultáneamente una mujer soltó un grito y dijo: “Un hombre está llorando”. Y después oí el alboroto y pedazos de conversación: “Nena, no te acerques”… “Puede haber recibido alguna mala noticia”… “Recién llegó el tren y la correspondencia no ha tenido tiempo”… “Puede haber recibido la noticia por telegrama”… Por entre los dedos vi una gorda que decía: “Hay que ver cómo está el mundo. ¡Si a mí no me vieran mis hijos, yo también lloraría!”. Al principio yo estaba desesperado porque no me salían lágrimas; y hasta pensé que lo tomarían como una burla y me llevarían preso. Pero la angustia y la tremenda fuerza que hice me congestionaron y fueron posibles las primeras lágrimas. Sentí posarse en mi hombro una mano pesada y al oír la voz del dueño reconocí los dedos que habían acariciado las medias. Él decía:

-Pero compañero, un hombre tiene que tener más ánimo…

Entonces yo me levanté como por un resorte; saqué las dos manos de la cara, la tercera que tenía en el hombro, y dije con la cara todavía mojada:

-¡Pero si me va bien! ¡Y tengo mucho ánimo! Lo que pasa es que a veces me viene esto; es como un recuerdo…

A pesar de la expectativa y del silencio que hicieron para mis palabras, oí que una mujer decía:

-¡Ay! Llora por un recuerdo…

Después el dueño anunció:

-Señoras, ya pasó todo.

Yo me sonreía y me limpiaba la cara. En seguida se removió el montón de gente y apareció una mujer chiquita, con ojos de loca, que me dijo:

-Yo lo conozco a usted. Me parece que lo vi en otra parte y que usted estaba agitado.

Pensé que ella me habría visto en un concierto sacudiéndome en un final de programa; pero me callé la boca. Estalló conversación de todas las mujeres y algunas empezaron a irse. Se quedó conmigo la que me conocía. Y se me acercó otra que me dijo:

-Ya sé que usted vende medias. Casualmente yo y algunas amigas mías…

Intervino el dueño:

-No se preocupe, señora (y dirigiéndose a mí): Venga esta tarde.

-Me voy después del almuerzo. ¿Quiere dos docenas?

-No, con media docena…

-La casa no vende por menos de una…

Saqué la libreta de ventas y empecé a llenar la hoja del pedido escribiendo contra el vidrio de una puerta y sin acercarme al dueño. Me rodeaban mujeres conversando alto. Yo tenía miedo que el dueño se arrepintiera. Por fin firmó el pedido y yo salí entre las demás personas.

Pronto se supo que a mí me venía “aquello” que al principio era como un recuerdo. Yo lloré en otras tiendas y vendí más medias que de costumbre. Cuando ya había llorado en varias ciudades mis ventas eran como las de cualquier otro vendedor.

Una vez me llamaron de la casa central -yo ya había llorado por todo el norte de aquel país- esperaba turno para hablar con el gerente y oí desde la habitación próxima lo que decía otro corredor:

-Yo hago todo lo que puedo; ¡pero no me voy a poner a llorar para que me compren!

Y la voz enferma del gerente le respondió:

-Hay que hacer cualquier cosa; y también llorarles…

El corredor interrumpió:

-¡Pero a mí no me salen lágrimas!

Y después de un silencio, el gerente:

-¿Cómo, y quién le ha dicho?

-¡Sí! Hay uno que llora a chorros…

La voz enferma empezó a reírse con esfuerzo y haciendo intervalos de tos. Después oí chistidos y pasos que se alejaron.

Al rato me llamaron y me hicieron llorar ante el gerente, los jefes de sección y otros empleados. Al principio, cuando el gerente me hizo pasar y las cosas se aclararon, él se reía dolorosamente y le salían lágrimas. Me pidió, con muy buenas maneras, una demostración; y apenas accedí entraron unos cuantos empleados que estaban detrás de la puerta. Se hizo mucho alboroto y me pidieron que no llorara todavía. Detrás de una mampara, oí decir:

-Apúrate, que uno de los corredores va a llorar.

-¿Y por qué?

-¡Yo qué sé!

Yo estaba sentado al lado del gerente, en su gran escritorio; habían llamado a uno de los dueños, pero él no podía venir. Los muchachos no se callaban y uno había gritado: “Que piense en la mamita, así llora más pronto”. Entonces yo le dije al gerente.

-Cuando ellos hagan silencio, lloraré yo.

Él, con su voz enferma, los amenazó y después de algunos instantes de relativo silencio yo miré por una ventana la copa de un árbol -estábamos en un primer piso- , me puse las manos en la cara y traté de llorar. Tenía cierto disgusto. Siempre que yo había llorado los demás ignoraban mis sentimientos; pero aquellas personas sabían que yo lloraría y eso me inhibía. Cuando por fin me salieron lágrimas saqué una mano de la cara para tomar el pañuelo y para que me vieran la cara mojada. Unos se reían y otros se quedaban serios; entonces yo sacudí la cara violentamente y se rieron todos. Pero en seguida hicieron silencio y empezaron a reírse. Yo me secaba las lágrimas mientras la voz enferma repetía: “Muy bien, muy bien”. Tal vez todos estuvieron desilusionados. Y yo me sentía como una botella vacía y chorreada; quería reaccionar, tenía mal humor y ganas de ser malo. Entonces alcancé al gerente y le dije:

-No quisiera que ninguno de ellos utilizara el mismo procedimiento para la venta de medias y desearía que la casa reconociera mi… iniciativa y que me diera exclusividad por algún tiempo.

-Venga mañana y hablaremos de eso.

Al otro día el secretario ya había preparado el documento y leía: “La casa se compromete a no utilizar y a hacer respetar el sistema de propaganda consistente en llorar…” Aquí los dos se rieron y el gerente dijo que aquello estaba mal. Mientras redactaban el documento, yo fui paseándome hasta el mostrador. Detrás de él había una muchacha que me habló mirándome y los ojos parecían pintados por dentro.

-¿Así que usted llora por gusto?

-Es verdad.

-Entonces yo sé más que usted. Usted mismo no sabe que tiene una pena.

Al principio yo me quedé pensativo; y después le dije:

-Mire: no es que yo sea de los más felices; pero sé arreglarme con mi desgracia y soy casi dichoso.

Mientras me iba -el gerente me llamaba- alcancé a ver la mirada de ella: la había puesto encima de mí como si me hubiera dejado una mano en el hombro.

Cuando reanudé las ventas, yo estaba en una pequeña ciudad. Era un día triste y yo no tenía ganas de llorar. Hubiera querido estar solo, en mi pieza, oyendo la lluvia y pensando que el agua me separaba de todo el mundo. Yo viajaba escondido detrás de una careta con lágrimas; pero yo tenía la cara cansada.

De pronto sentí que alguien se había acercado preguntándome:

-¿Qué le pasa?

Entonces yo, como el empleado sorprendido sin trabajar, quise reanudar mi tarea y poniéndome las manos en la cara empecé a hacer los sollozos.

Ese año yo lloré hasta diciembre, dejé de llorar en enero y parte de febrero, empecé a llorar de nuevo después de carnaval. Aquel descanso me hizo bien y volví a llorar con ganas. Mientras tanto yo había extrañado el éxito de mis lágrimas y me había nacido como cierto orgullo de llorar. Eran muchos más los vendedores; pero un actor que representara algo sin previo aviso y convenciera al público con llantos…

Aquel nuevo año yo empecé a llorar por el oeste y llegué a una ciudad donde mis conciertos habían tenido éxito; la segunda vez que estuve allí, el público me había recibido con una ovación cariñosa y prolongada; yo agradecía parado junto al piano y no me dejaban sentar para iniciar el concierto. Seguramente que ahora daría, por lo menos, una audición. Yo lloré allí, por primera vez, en el hotel más lujoso; fue a la hora del almuerzo y en un día radiante. Ya había comido y tomado café, cuando de codos en la mesa, me cubrí la cara con las manos. A los pocos instantes se acercaron algunos amigos que yo había saludado; los dejé parados algún tiempo y mientras tanto, una pobre vieja -que no sé de dónde había salido- se sentó a mi mesa y yo la miraba por entre los dedos ya mojados. Ella bajaba la cabeza y no decía nada; pero tenía una cara tan triste que daban ganas de ponerse a llorar…

El día en que yo di mi primer concierto tenía cierta nerviosidad que me venía del cansancio; estaba en la última obra de la primera parte del programa y tomé uno de los movimientos con demasiada velocidad; ya había intentado detenerme; pero me volví torpe y no tenía bastante equilibrio ni fuerza; no me quedó otro recurso que seguir; pero las manos se me cansaban, perdía nitidez, y me di cuenta de que no llegaría al final. Entonces, antes de pensarlo, ya había sacado las manos del teclado y las tenía en la cara; era la primera vez que lloraba en escena.

Al principio hubo murmullos de sorpresa y no sé por qué alguien intentó aplaudir, pero otros chistaron y yo me levanté. Con una mano me tapaba los ojos y con la otra tanteaba el piano y trataba de salir del escenario. Algunas mujeres gritaron porque creyeron que me caería en la platea; y ya iba a franquear una puerta del decorado, cuando alguien, desde el paraíso me gritó:

-¡Cocodriiilooooo!!

Oí risas; pero fui al camerín, me lavé la cara y aparecí en seguida y con las manos frescas terminé la primera parte. Al final vinieron a saludarme muchas personas y se comentó lo de “cocodrilo”. Yo les decía:

-A mí me parece que el que me gritó eso tiene razón: en realidad yo no sé por qué lloro; me viene el llanto y no lo puedo remediar, a lo mejor me es tan natural como lo es para el cocodrilo. En fin, yo no sé tampoco por qué llora el cocodrilo.

Una de las personas que me habían presentado tenía la cabeza alargada; y como se peinaba dejándose el pelo parado, la cabeza hacía pensar en un cepillo. Otro de la rueda lo señaló y me dijo:

-Aquí, el amigo es médico. ¿Qué dice usted, doctor?

Yo me quedé pálido. Él me miró con ojos de investigador policial y me preguntó:

-Dígame una cosa: ¿cuándo llora más usted, de día o de noche?

Yo recordé que nunca lloraba en la noche porque a esa hora no vendía, y le respondí:

-Lloro únicamente de día.

No recuerdo las otras preguntas. Pero al final me aconsejó:

-No coma carne. Usted tiene una vieja intoxicación.

A los pocos días me dieron una fiesta en el club principal. Alquilé un frac con chaleco blanco impecable y en el momento de mirarme al espejo pensaba: “No dirán que este cocodrilo no tiene la barriga blanca. ¡Caramba! Creo que ese animal tiene papada como la mía. Y es voraz…”

Al llegar al Club encontré poca gente. Entonces me di cuenta que había llegado demasiado temprano. Vi a un señor de la comisión y le dije que deseaba trabajar un poco en el piano. De esa manera disimularía el madrugón. Cruzamos una cortina verde y me encontré en una gran sala vacía y preparada para el baile. Frente a la cortina y al otro extremo de la sala estaba el piano. Me acompañaron hasta allí el señor de la comisión y el conserje; mientras abrían el piano -el señor tenía cejas negras y pelo blanco- me decía que la fiesta tendría mucho éxito, que el director del liceo -amigo mío- diría un discurso muy lindo y que él ya lo había oído; trató de recordar algunas frases, pero después decidió que sería mejor no decirme nada. Yo puse las manos en el piano y ellos se fueron. Mientras tocaba pensé: “Esta noche no lloraré… quedaría muy feo… el director del liceo es capaz de desear que yo llore para demostrar el éxito de su discurso. Pero yo no lloraré por nada del mundo”.

Hacía rato que veía mover la cortina verde; y de pronto salió de entre sus pliegues una muchacha alta y de cabellera suelta; cerró los ojos como para ver lejos; me miraba y se dirigía a mí trayendo algo en una mano; detrás de ella apareció una sirvienta que la alcanzó y le empezó a hablar de cerca. Yo aproveché para mirarle las piernas y me di cuenta que tenía puesta una sola media; a cada instante hacía movimientos que indicaban el fin de la conversación; pero la sirvienta seguía hablándole y las dos volvían al asunto como a una golosina. Yo seguí tocando el piano y mientras ellas conversaban tuve tiempo de pensar: “¿Qué querrá con la media?… ¿Le habrá salido mala y sabiendo que yo soy corredor…? ¡Y tan luego en esta fiesta!”

Por fin vino y me dijo:

-Perdone, señor, quisiera que me firmara una media.

Al principio me reí; y en seguida traté de hablarle como si ya me hubieran hecho ese pedido otras veces. Empecé a explicarle cómo era que la media no resistía la pluma; yo ya había solucionado eso firmando una etiqueta y después la interesada la pegaba en la media. Pero mientras daba estas explicaciones mostraba la experiencia de un antiguo comerciante que después se hubiera hecho pianista. Ya me empezaba a invadir la angustia, cuando ella se sentó en la silla del piano, y al ponerse la media me decía:

-Es una pena que usted me haya resultado tan mentiroso… debía haberme agradecido la idea.

Yo había puesto los ojos en sus piernas; después los saqué y se me trabaron las ideas. Se hizo un silencio de disgusto. Ella, con la cabeza inclinada, dejaba caer el pelo; y debajo de aquella cortina rubia, las manos se movían como si huyeran. Yo seguía callado y ella no terminaba nunca. Al fin la pierna hizo un movimiento de danza, y el pie, en punta, calzó el zapato en el momento de levantarse, las manos le recogieron el pelo y ella me hizo un saludo silencioso y se fue.

Cuando empezó a entrar gente fui al bar. Se me ocurrió pedir whisky. El mozo me nombró muchas marcas y como yo no conocía ninguna le dije:

-Déme de esa última.

Trepé a un banco del mostrador y traté de no arrugarme la cola del frac. En vez de cocodrilo debía parecer un loro negro. Estaba callado, pensaba en la muchacha de la media y me trastornaba el recuerdo de sus manos apuradas.

Me sentí llevado al salón por el director del liceo. Se suspendió un momento el baile y él dijo su discurso. Pronunció varias veces las palabras “avatares” y “menester”. Cuando aplaudieron yo levanté los brazos como un director de orquesta antes de “atacar” y apenas hicieron silencio dije:

-Ahora que debía llorar no puedo. Tampoco puedo hablar y no puedo dejar por más tiempo separados los que han de juntarse para bailar-. Y terminé haciendo una cortesía.

Después de mi vuelta, abracé al director del liceo y por encima de su hombro vi la muchacha de la media. Ella me sonrió y levantó su pollera del lado izquierdo y me mostró el lugar de la media donde había pegado un pequeño retrato mío recortado de un programa. Yo me sentí lleno de alegría pero dije una idiotez que todo el mundo repitió:

-Muy bien, muy bien, la pierna del corazón.

Sin embargo yo me sentí dichoso y fui al bar. Subí de nuevo a un banco y el mozo me preguntó:

-¿Whisky Caballo Blanco?

Y yo, con el ademán de un mosquetero sacando una espada:

-Caballo Blanco o Loro Negro.

Al poco rato vino un muchacho con una mano escondida en la espalda:

-El Pocho me dijo que a usted no le hace mala impresión que le digan “Cocodrilo”.

-Es verdad, me gusta.

Entonces él sacó la mano de la espalda y me mostró una caricatura. Era un gran cocodrilo muy parecido a mí; tenía una pequeña mano en la boca, donde los dientes eran un teclado; y de la otra mano le colgaba una media; con ella se enjugaba las lágrimas.

Cuando los amigos me llevaron a mi hotel yo pensaba en todo lo que había llorado en aquel país y sentía un placer maligno en haberlos engañado; me consideraba como un burgués de la angustia. Pero cuando estuve solo en mi pieza, me ocurrió algo inesperado: primero me miré en el espejo; tenía la caricatura en la mano y alternativamente miraba al cocodrilo y a mi cara. De pronto y sin haberme propuesto imitar al cocodrilo, mi cara, por su cuenta, se echó a llorar. Yo la miraba como a una hermana de quien ignoraba su desgracia. Tenía arrugas nuevas y por entre ellas corrían las lágrimas. Apagué la luz y me acosté. Mi cara seguía llorando; las lágrimas resbalaban por la nariz y caían por la almohada. Y así me dormí. Cuando me desperté sentí el escozor de las lágrimas que se habían secado. Quise levantarme y lavarme los ojos; pero tuve miedo que la cara se pusiera a llorar de nuevo. Me quedé quieto y hacía girar los ojos en la oscuridad, como aquel ciego que tocaba el arpa.

Raymond Carver: El elefante. Cuento

raymond-carver001Sabía que era un error dejarle aquel dinero a mi hermano. ¿Qué necesidad tenía yo de más deudores … ? Pero me llamó y me dijo que no podía pagar el plazo de la casa. ¿Oué otra opción me quedaba? No había estado nunca en su casa (vivía en California, a mil quinientos kilómetros de distancia); ni siquiera la había visto, pero no quería que la perdiera. Lloraba en el teléfono, y decía que iba a perder lo que había conseguido en toda una vida de trabajo. Dijo que me devolvería el dinero. En febrero, dijo. Incluso antes. En marzo, a más tardar. Dijo que estaban a punto de devolverle cierta suma que Hacienda le había cobrado de más. Además —dijo—, había hecho una pequeña inversión que daría sus frutos en febrero. Se mostró reservado al respecto, y no quise presionarlo para que fuera más explícito.

—Confía en mí —dijo—. No te fallaré.

Se había quedado sin trabajo en julio del año anterior, cuando la empresa donde trabajaba —una fábrica de aislamientos de fibra de vidrio— decidió despedir a doscientos empleados. Había cobrado el paro durante un tiempo, pero ahora hasta el subsidio se le había acabado, al igual que sus ahorros. Se había quedado incluso sin seguro médico. Al perder el trabajo, perdió el seguro. Su mujer, diez años mayor que él, era diabética y necesitaba tratamiento médico. Habían tenido que vender el segundo coche —una vieja ranchera—, y hacía una semana que habían empeñado el televisor. Me dijo que tenía la espalda hecha polvo de cargar con el televisor de puerta en puerta. Se había recorrido todas las casas de empeños —dijo—, en busca de la oferta más alta, hasta que alguien le dio cien dólares por su Sony de pantalla grande. Me habló del televisor y de lo mal que tenía la espalda, como si de ese modo se asegurara mi implicación en sus problemas (a menos que yo, su hermano, tuviera un corazón de piedra).

—Estoy hasta el cuello —dijo—. Pero tú puedes ayudarme a salir de esto.

—¿Cuánto? —dije.

—Quinientos dólares. Me harían falta más, por supuesto, ¿a quién no? —dijo—. Pero quiero ser realista. Puedo devolver quinientos. Más, si quieres que sea sincero, no sé si podría. No sabes lo que odio tener que pedirte esto, hermanito. Pero eres mi último recurso. Irma Jean y yo nos quedaremos en la calle si nadie nos ayuda. No te fallaré.

Eso fue lo que dijo. Palabra por palabra.

Seguimos hablando unos minutos más —sobre todo de nuestra madre y sus problemas—, pero no quiero extenderme. El caso es que le mandé el dinero. Tuve que hacerlo. Me pareció que debía hacerlo, más bien (lo cual viene a ser lo mismo). Cuando le envié el cheque le escribí diciéndole que el dinero se lo devolviera a nuestra madre, que vivía en la misma ciudad y siempre estaba ávida de dinero y sin blanca. Yo llevaba ya tres años mandándole una mensualidad, hiciera sol o tronara. Y pensé que si mi hermano le pagaba el dinero que me debía yo podría desentenderme un tiempo, darme un pequeño respiro. No tendría que preocuparme del asunto en un par de meses. Y, para ser franco, también pensé que quizá había más probabilidades de que le pagase a ella, ya que vivían en la misma ciudad y se veían de cuando en cuando. Lo que quería era cubrirme un poco las espaldas. Porque, por mucho que mi hermano tuviera las mejores intenciones del mundo, a veces suceden cosas. La realidad a veces sale al paso de las buenas intenciones. Ojos que no ven, corazón que no siente, como vulgarmente se dice. Pero no sería capaz de dejar en la estacada a su propia madre. Eso no lo haría nadie.

Me pasé horas y horas escribiendo cartas para dejar bien claro el asunto. Lo que cada cual debía hacer. Telefoneé incluso varias veces a mi madre para explicárselo. Pero ella se mostró recelosa al respecto. Le expliqué que el dinero que tenía que enviarle a primeros de marzo y a primeros de abril se lo daría Billy, que me lo debía. Recibiría el dinero, no tenía que preocuparse. Esos dos meses recibiría el dinero de Billy y no de mí, eso era todo. Billy, en lugar de enviarme el dinero a mi para que yo se lo enviara a ella, le entregaría el dinero directamente. En cualquier caso, no debía preocuparse. Tendría su dinero, pero esos dos meses lo recibiría de él, porque me lo debía. Dios mío, no sé cuánto me gasté en conferencias. No sé las cartas que escribí (si me dieran medio dólar por cada una me haría rico), explicándole a él lo que le había dicho a ella y a ella lo que debía hacer él…

Pero mi madre no se fiaba de Billy.

—¿Y si no puede hacer frente a esos pagos? —me decía por teléfono—. ¿Entonces qué? Lo está pasando mal, y lo siento por él —decía—, pero, hijo mío, lo que yo quiero saber es qué va a pasar si no puede pagarme. ¿Eh? ¿Entonces qué?

—Entonces te lo daré de mi bolsillo —dije—. Como siempre. Si él no te lo da, te lo daré yo. Pero te lo dará. No te preocupes. Dice que va a hacerlo, y lo hará.

—No quiero preocuparme dijo ella—. Pero me preocupo. Me preocupo por mis chicos, y luego por mí misma. Nunca imaginé que vería en tal situación a uno de mis hijos. Me alegro de que tu padre no viva para verlo.

En tres meses mi hermano le dio a mi madre sólo una pequeña parte de lo que se había comprometido a darle. Cincuenta dólares. O setenta y cinco, porque hay diferentes versiones. Dos versiones contrapuestas: la de él y la de ella. Pero eso es todo lo que pagó de los quinientos dólares: cincuenta o setenta y cinco, según a cuál de los dos quiera creerse. Tuve que poner lo que faltaba. Tuve que seguir rascándome el bolsillo, como de costumbre. Mi hermano estaba acabado. Eso es lo que me dijo —que estaba acabado— cuando le llamé para preguntarle qué pasaba, porque mamá me había llamado para saber qué había sido de su dinero.

Me había dicho:

—Hice que el cartero volviera a la furgoneta y mirara bien, por si tu carta se había caído detrás del asiento. Luego fui preguntando a los vecinos si les habían dejado por error alguna carta mía. Me está volviendo loca este asunto, cariño. —Luego añadió—: ¿Qué quieres que piense una madre en mi situación? —Y siguió preguntándose quién cuidaba de sus intereses en todo aquel asunto. Eso es lo que quería ella saber. Eso y cuándo recibiría su dinero.

Así que cogí el teléfono y llamé a mi hermano para saber si se trataba de una simple demora o una quiebra en toda regla. Billy, según él, estaba acabado. No tenía salvación. Iba a poner su casa en venta de inmediato. Y confiaba en no tener que precipitarse demasiado y acabar dándola a bajo precio. Ya no le quedaba en ella nada que vender. Lo había vendido todo menos la mesa y las sillas de la cocina.

—Ojalá pudiera vender mi sangre —dijo—. Pero ¿quién iba a comprármela? Con la suerte que tengo, seguro que me descubren una enfermedad incurable.

Naturalmente, su pequeña inversión no había dado ningún fruto. Cuando le pregunté por ella se limitó a responder que no se había materializado. Tampoco la devolución de Hacienda se había hecho realidad: la suma que debían devolverle había sido objeto de una especie de embargo.

—Las desgracias nunca vienen solas —dijo—. Lo siento, hermanito. Nada de esto habría pasado si hubiera estado en mi mano.

—Lo comprendo —dije yo.

Y era cierto. Pero no hacía más fáciles las cosas. Bien, el caso es que no me pagó lo que me debía. Ni a mí ni a mi madre, a quien hube de seguir mandándole su cheque todos los meses.

Sí, me sentía dolido. ¿Y quién no? Lamentaba la situación de mi hermano de todo corazón. Ojalá la desgracia no hubiera llamado a su puerta. Pero ahora mi situación tampoco era muy halagüeña. En adelante, al menos, ya no volvería a acudir a mí sucediera lo que le sucediera. Nadie con esa deuda pendiente se atrevería a pedir más dinero. Eso es lo que me decía a mí mismo, pero cuán equivocado estaba.

Me dediqué con ahínco a mis ocupaciones. Me levantaba muy temprano e iba al trabajo y no paraba en toda la jornada. Cuando volvía a casa me dejaba caer en el sillón y ya no me movía. Estaba tan cansado que tardaba un rato en empezar a soltarme los cordones de los zapatos. Y seguía allí, hundido en el sillón. Sin fuerzas siquiera para levantarme a encender el televisor.

Lamentaba de veras los problemas de mi hermano. Pero yo también tenía problemas. Además de mi madre, tenía a otras personas en nómina. Mandaba dinero a mi ex mujer todos los meses. Tenía que hacerlo. Yo no quería, pero los jueces así lo dispusieron. Luego estaban mi hija y sus dos niños. Vivían en Bellingham, y todos los meses les mandaba algún dinero. Las criaturas tenían que comer, ¿no? Mi hija vivía con un indeseable que ni se molestaba en buscar trabajo, un tipo incapaz de conservar un empleo aunque se lo sirvieran en bandeja. Las escasas veces en que encontró algo (una o dos), se quedaba dormido por las mañanas, o se le averiaba el coche camino del trabajo, o le ponían de patitas en la calle, así, sin más explicaciones.

Una vez, muchos años atrás, cuando yo aún me tomaba estas cosas en serio, amenacé de muerte a ese parásito. Pero no viene al caso. Además, yo entonces bebía. Bueno, la cuestión es que el muy hijoputa sigue con mi hija.

Mi hija me escribía contándome que sólo se alimentaban de copos de avena. Ella y los niños. (Imagino que el tipo pasaba tanta hambre como ellos, pero ella se guardaba bien de mencionar su nombre en las cartas.) Me decía que, si podía ayudarla hasta el verano, las cosas acabarían arreglándosela. Su situación iba a cambiar —estaba segura— cuando llegara el verano. Aun en caso de que nada saliera como esperaba —y no iba a ser así, porque tenía varias cosas en mente—, siempre podía conseguir trabajo en la fábrica de conservas de pescado. No estaba lejos de casa, y tendría que enlatar salmón vestida con mono y guantes y botas de goma. O podía vender refrescos, en un puesto al lado de la carretera, a la gente que hacía cola en coche para entrar en Canadá. Allí, metida en el coche ante la frontera en pleno verano, la gente tiene que estar sedienta, ¿no? Le quitarían de las manos cualquier bebida fría. El caso es que, se decidiera por lo uno o lo otro, las cosas le irían bien cuando llegara el verano. Pero tendría que ir tirando hasta entonces, y ahí es donde entraba yo.

Sabía —me decía— que tenía que cambiar de vida. Quería valerse por sí misma, como todo el mundo. Quería dejar de considerarse una víctima. «No soy una víctima —me dijo una noche por teléfono—. Soy una mujer joven con dos hijos y un vago, un hijo de perra que vive conmigo. Como infinidad de mujeres. No me asusta el trabajo duro. Sólo necesito una oportunidad. Es todo lo que le pido al mundo.»

Ella podía soportar las privaciones. Pero hasta que la suerte cambiase, hasta que la oportunidad llamase a su puerta, eran los niños quienes le preocupaban. Los niños siempre estaban preguntando cuándo iría a visitarlos el abuelito. En ese mismo momento estaban dibujando los columpios y la piscina del motel donde me había alojado en mi visita del afío anterior. Pero el verano —siguió—, el verano era la fecha del cambio. Si podía aguantar hasta el verano, se acabarían los problemas. Las cosas cambiarían, estaba segura. Con un poco de ayuda mía podía conseguirlo.

«No sé qué haría sin ti, papá.»

Esas eran sus palabras. Casi se me partió el corazón. Por supuesto que tenía que ayudarla. Era una suerte que mi situación, por precaria que fuera, me permitiera echarle una mano. ¿No tenía yo un trabajo? Comparado con ella, con el resto de mi familia, yo tenía la vida solucionada. Comparado con ellos, vivía en Jauja.

Le mandé el dinero que me pedía. Le mandaba dinero siempre que me lo pedía. Y un día le dije que me sería más fácil mandarle un dinero, no mucho, pero dinero al fin y al cabo, a primeros de cada mes.

Sería algo con lo que podría contar, y sería su dinero, de nadie más. Suyo y de los niños. Esperaba que así fuera, al menos. Ojalá hubiera existido un medio de asegurarme de que el hijoputa que vivía con ella no pusiera la mano en una sola naranja, en un trozo de pan comprado con mi dinero. No era posible, claro. Así que no tenía otra opción que mandar el dinero y no preocuparme por el hecho de que aquel tipo pudiera darse un atracón a mi costa.

Mi madre y mi hija y mi ex mujer. He ahí las tres personas en nómina, sin contar a mi hermano. Pero mi hijo también necesitaba dinero. Cuando terminó la escuela secundaria hizo las maletas, dejó la casa de su madre y se fue a una universidad del Este. A un college de New Hampshire, nada menos. ¿Quién ha oído hablar de New Hampshire? Era el primero de la familia —de ambas ramas— al que se le ocurría ser universitario, así que todo el mundo pensó que era una excelente idea. Incluido yo, al principio. ¿Cómo iba a imaginar que acabaría costándome un ojo de la cara? Para sufragarse los estudios pidió créditos bancarios a diestro y siniestro. No quería trabajar y estudiar al mismo tiempo. Eso fue lo que dijo. Y, claro, lo entiendo. En parte hasta me parece bien. ¿A quién le gusta trabajar? A mí no. Así que luego, cuando agotó su crédito después de pedir en todas partes y de financiarse incluso un año de estudios en Alemania, tuve que empezar a mandarle dinero, y mucho. Al final, cuando le escribí que no podía seguir haciéndolo, me contestó que si tal era mi posición al respecto, lo que haría sería traficar con drogas o atracar un banco, o cual quier otra cosa con la que conseguir dinero para seguir viviendo. Y que me podría considerar afortunado si, no le mataban a tiros o le metían en la cárcel.

Le escribí y le dije que había cambiado de opinión, que le mandaría algo más de dinero. ¿Qué otra cosa podía hacer? No quería que su sangre me salpicara las manos. No quería imaginar a mi hijo en un coche celular, o en algún trance aún peor. Bastantes cosas tenía sobre mi conciencia como para cargar con una más.

Eso hacen cuatro personas. Sin contar a mi hermano, que aún no figuraba entre los fijos. Era para volverse loco. Le daba vueltas al asunto día y noche. No podía dormir. Estaba mandándoles todos los meses casi la totalidad de mi paga. No hace falta ser un genio o saber mucho de economía para comprender que aquello no podía continuar. Tuve que pedir un préstamo al banco para hacer que mis cuentas cuadraran. Ello supuso otro pago mensual.

Así que empecé a reducir gastos. Dejé de comer fuera, por ejemplo. Como vivía solo me gustaba comer fuera, pero tuve que dejar de hacerlo. Me veía obligado a controlar mis salidas al cine. No podía comprarme ropa o arreglarme la dentadura. El coche se caía a pedazos. Necesitaba zapatos…

A veces me sentía harto y les escribía a los cuatro amenazándoles con cambiarme de nombre y dejar mi trabajo. Les decía que estaba planeando marcharme a Australia. Y el caso es que hablaba en serio cuando decía lo de Australia, por mucho que fuera un país del que no supiera ni una palabra. Lo único que sabía de Australia era que estaba en la otra punta del mundo, y era precisamente allí donde yo quería estar.

Pero en el fondo ninguno de ellos creía que me fuera a marchar a Australia. Me tenían, y lo sabían. Sabían que estaba al borde de la desesperación, y lo sentían y me lo hacían saber. Pero confiaban en que las aguas se calmaran antes de primeros de mes, cuando tuviera que sentarme a rellenar sus cheques.

En respuesta a una de mis cartas en la que hablaba de emigrar a Australia, mi madre me escribió diciendo que no quería seguir siendo una carga, y que tan pronto como se le pasara la hinchazón de las piernas iba a ponerse a buscar trabajo. Tenía setenta y cinco años, pero quizá podría volver a trabajar de camarera. Le escribí diciendo que no dijera bobadas. Que me alegraba poder ayudarla. Y era cierto. Me alegraba. Lo que necesitaba era que me tocara la lotería.

Mi hija sabía que lo de Australia no era más que una forma de decir a todo el mundo que estaba harto. Sabía que lo que necesitaba era un respiro, y algo que me levantara el ánimo. Así que me escribió para decirme que iba a buscar a alguien que cuidara de los niños y que se pondría a trabajar en la fábrica de conservas en cuanto empezara la temporada. Era joven y fuerte, decía. Sería capaz de aguantar las jornadas de doce a catorce horas, siete días a la semana. No había problema. Bastaba con decirse a sí misma que podía hacerlo, mentalizarse, y su cuerpo respondería. Claro que tendría que encontrar una niñera adecuada. Y ahí iba a estar el problema. Tendría que ser una niñera muy especial, porque serían muchas horas y los niños estaban insoportables, cosa nada extraña viendo la cantidad de golosinas que devoraban diariamente. Pero qué se iba a hacer, a los niños les encantaban esas porquerías. De todas formas, si seguía buscando acabaría encontrando a la persona adecuada. Pero tendría que comprarse botas y ropa para el trabajo, y en eso es en lo que podría ayudarla yo.

Mi hijo me escribió diciendo que sentía mucho ser una de las causas de mi angustiosa situación económica, y que sería mejor para los dos si acababa con todo de una vez por todas. Por si fuera poco, había descubierto que era alérgico a la cocaína. Cuando la esnifaba le lloraban los ojos y no podía respirar. No podría, pues, probar la mercancía con la que pensaba traficar. Así, su carrera como traficante de drogas se había visto truncada antes de empezar. Un tiro en la sien, eso era lo mejor que podía hacer para acabar con todo de una vez. O quizá ahorcarse. Se ahorraría la molestia de tener que conseguir una pistola. Y nos ahorraría a todos el precio de las balas. Por increíble que parezca, eso me decía en su carta. Adjuntaba una fotografía suya del verano anterior, cuando estudiaba en Alemania. Se le veía de pie bajo un gran árbol con gruesas ramas a unos palmos de la cabeza. Y sonreía.

Mi ex mujer no tenía nada que decir de mi hipotética emigración a Australia. ¿Para qué? Sabía que a primeros de mes recibiría su dinero, aunque tuviera que llegarle de Sydney. Si no le llegaba el cheque en la fecha estipulada, no tenía más que coger el teléfono y llamar a su abogado.

Así estaban las cosas cuando un domingo por la tarde, a principios de mayo, llamó mi hermano. Había abierto las ventanas y una agradable brisa corría por la casa. Tenía puesta la radio. La ladera de la colina, detrás de la casa, ya había verdecido. Pero cuando oí su voz al otro lado de la línea empecé a sudar. No había vuelto a saber de él desde el penoso asunto de los quinientos dólares, y no podía creer que me llamara para intentar otro sablazo. Pero empecé a sudar de todas formas. Me preguntó cómo me iban las cosas, y le solté de inmediato el asunto de la «nómina» y demás. Le hablé de copos de avena, de cocaína, de fábricas de conservas, de suicidios, de atracos a bancos… y de cómo no podía ya ir al cine o comer fuera. Le dije que tenía un agujero en el zapato. Le hablé del dinero que mes tras mes tenía que mandarle a mi ex mujer. Nada era nuevo para él, por supuesto. Conocía perfectamente todo lo que le estaba contando. Me dijo que lo sentía en el alma. Seguí hablando. La conferencia la pagaba él. Pero, cuando le llegó el turno y me puse a escucharle, empecé a pensar: ¿Cómo te las vas a arreglar para pagar esta conferencia, Billy? Y de pronto caí en la cuenta de que era yo quien iba a pagarla. Unos minutos, unos segundos más, y todo se habría consumado.

Miré por la ventana. El cielo estaba azul, salpicado por un puñado de nubes blancas. Sobre el cable del teléfono había unos cuantos pájaros. Me sequé la cara con la manga. No se me ocurría nada que añadir. Así que callé y me quedé mirando las montañas. Fue entonces cuando mi hermano dijo:

—Detesto pedirte esto, pero…

Al oírlo sentí que mi corazón caía en un abismo. Luego le oí formular su petición. Esta vez eran mil dólares. Me hizo saber ciertos detalles. Los acreedores se apiñaban a su puerta: ¡a su puerta! Las ventanas vibraban, la casa se estremecía bajo la violencia de sus puños: pam, pam, pam… No había escapatoria. Iban a tirarle la casa abajo.

—Ayúdame, hermano.

¿De dónde iba yo a sacar mil dólares? Agarré con fuerza el auricular, aparté la mirada de la ventana y dije:

—Pero si ni siquiera me devolviste el dinero que te presté la última vez… ¿Qué me dices de eso?

—¿No? —dijo él, como sorprendido—. Creía que sí. Quise hacerlo, al menos. Lo intenté, bien lo sabe Dios.

—Quedaste en darle ese dinero a mamá —dije—. Pero no lo hiciste. Tuve que seguir mandándole su cheque todos los meses, como siempre. Es el cuento de nunca acabar, Billy. Doy un paso adelante y dos atrás. Me estoy yendo a pique. Os estáis yendo a pique y vais a hundirme con vosotros.

—Le di algo —protestó él—. Le pagué una parte. Que conste. Le devolví parte de la deuda.

—Dijo que le diste cincuenta dólares. Nada más.

—No —dijo—. Le di setenta y cinco. Se ha olvidado de los otros veinticinco. Fui a verla una tarde y le di dos billetes de diez y uno de cinco. Se lo di así, en metálico, y se ha olvidado. Empieza a fallarle la memoria. Mira —dijo—, te prometo que esta vez no te fallaré. Te lo juro por Dios. Calcula lo que te debo y súmalo a lo que te estoy pidiendo, y te mandaré un cheque por el total. Nos cambiamos los cheques. Y tú no cobres el mío en un par de meses. Es todo lo que te pido. Dentro de dos meses habré salido del apuro. Y podrás cobrarlo. El día uno de julio. Te lo prometo. No más tarde. Y esta vez puedo jurártelo. Hemos puesto en venta ese pequeño terreno que Irma Jean heredó hace un tiempo de su tío. Está casi vendido. El trato está cerrado. Sólo es cuestión de resolver un par de detalles y de firmar los papeles. Además, tengo un trabajo apalabrado. Es seguro. Tendré que hacer cuarenta kilómetros de ida y otros cuarenta de vuelta todos los días, pero no hay problemas. Dios mío, claro que no. Haría el triple si fuera necesario, y con gusto. Te digo que en dos meses tendré dinero en mi cuenta. Podrás cobrar el uno de julio. Todo lo que te debo. Cuenta con ello.

—Billy, te quiero —dije—. Pero tengo muchas cargas. Estoy ayudando a mucha gente últimamente, por si no lo sabes.

—Por eso no voy a fallarte —dijo—. Tienes mi palabra de honor. Puedes tener absoluta confianza. Te prometo que podrás cobrar mi cheque dentro de dos meses. No más tarde. Es todo lo que te pido, dos meses. No sé a quién acudir, hermanito. Eres mi última esperanza.

Hice lo que me pedía. Cómo no. Por increíble que parezca, aún tenía cierto crédito en el banco, así que pedí el dinero y se lo envié. Los cheques se cruzaron. Clavé el suyo con una chincheta en la pared de la cocina, junto al calendario y la foto de mi hijo bajo el árbol. Y me puse a esperar.

Seguí esperando. Mi hermano me escribió pidiéndome que no cobrara el cheque en la fecha convenida. «Espera un poco», me dijo. Habían surgido ciertos contratiempos. El trabajo que le habían prometido se había ido al traste en el último minuto. Y eso no era todo. También la venta del pequeño terreno de su mujer se había malogrado. Su mujer, en el último momento, se había echado atrás. El terreno llevaba en manos de la familia varias generaciones, y no tenía corazón para venderlo. ¿Qué podía hacer él? Era propiedad de su mujer, y su mujer no quería entrar en razón.

Hacia esas fechas telefoneó mi hija para decirme que les habían desvalijado la roulotte donde vivían. Se lo habían llevado absolutamente todo. Cuando volvió de su primera noche en la fábrica se encontró con la roulotte vacía. No habían dejado ni una mísera silla donde sentarse. También la cama se había esfumado. Iban a tener que dormir en el suelo, como gitanos.

—¿Dónde estaba el… tipejo ese en el momento del robo? —dije.

Había salido temprano a buscar trabajo, me explicó mi hija. Lo más seguro es que estuviera con los amigos. A ciencia cierta no lo sabía, como tampoco sabía dónde estaba en aquel momento.

—Ojalá en el fondo del río —dijo.

Los niños estaban con la niñera en el momento del robo. Bueno, el caso es que si pudiera prestarle algo de dinero para comprar algunos muebles de segunda mano… Me lo devolvería en seguida, en cuanto cobrara la primera paga. Lo ideal sería que pudiera recibirlo antes del fin de semana —¿un giro telegráfico, quizá?—, porque así podría comprar lo más imprescindible.

—Han profanado mi rincón —dijo—. Me siento como si me hubieran violado.

Mi hijo me escribió desde New Hampshire para decirme que era de vital importancia que volviera a Europa. Que su vida misma dependía de ello. Iba a terminar sus estudios a finales del verano, pero a partir de ese momento no soportaría vivir en los Estados Unidos ni un día más. La nuestra era una sociedad materialista, y estaba sencillamente harto. En nuestro país, decía, no se podía tener ninguna conversación en la que de un modo u otro no saliera a colación el dinero, y se sentía asqueado. El no era un yuppie, y no quería llegar a serlo jamás. No era lo suyo. Y dejaría para siempre de importunarme si le prestaba el dinero suficiente para comprarse un billete para Alemania.

De mi ex mujer no tuve noticias. No tenía por qué. Ambos sabíamos a qué atenernos.

Mi madre me escribió contándome que hacía tiempo que tenía que prescindir de las medias de descanso que tanta falta le hacían, y que no podía ir a la peluquería a teñirse el pelo. Había pensado que ese año podría ahorrar algún dinero para los días difíciles por venir, pero las cosas no salían como esperaba. Veía claro que sus previsiones no iban a cumplirse.

—¿Y tú cómo estás? —me preguntaba luego¿Y los demás? Espero que estéis bien.

Envié más cheques por correo. Luego crucé los dedos y esperé.

Una noche, mientras esperaba, tuve un sueño. Dos sueños, más exactamente. En la misma noche. En el primero mi padre estaba vivo y me llevaba montado sobre los hombros. Yo era un niño muy pequeño, de unos cinco o seis años. Súbete aquí arriba, me dijo. Y, cogiéndome de las manos, me alzó en el aire y me montó sobre sus hombros. Estaba a mucha altura del suelo, pero no tenía miedo. El me sujetaba con fuerza. Los dos nos aferrábamos el uno al otro. Luego echó a andar por la acera. Quité las manos de sus hombros y se las puse alrededor de la frente. No me despeines, dijo. Puedes soltarme. Te tengo bien sujeto. No vas a caerte. Al oírle decir esto, caí en la cuenta de la fuerza con que sus manos asían mis tobillos. Y entonces le solté la frente. Liberé las manos y extendí los brazos a ambos lados. Los mantuve así para mantener el equilibrio. Mi padre siguió andando conmigo sobre los hombros. Yo hacía como si fuera montado en un elefante. No sé adónde íbamos. Quizá a la tienda a comprar algo, o quizá al parque, donde me sentaría en un columpio y se pondría a columpiarme.

Entonces me desperté, me levanté de la cama y fui al baño. Empezaba a amanecer; faltaba sólo una hora para que sonará el despertador. Pensé en hacer café y en vestirme. Pero decidí volver a la cama. No quería dormir. Pensaba quedarme echado un rato, con las manos bajo la nuca, mirando cómo llegaba el alba y quizá pensando un poco en mi padre, en quien no pensaba desde hacía muchos años. Mi padre no ocupaba ya ningún lugar en mi vida, ni en la vigilia ni en el sueño. Bien, el caso es que volví a acostarme. Pero no había pasado ni un minuto cuando volví a dormirme, y al hacerlo me sumergí en otro sueño. En él aparecía mi ex mujer, aunque en el sueño no era mi ex mujer. Seguíamos casados.

También estaban mis hijos. Eran pequeños, y comían una bolsa de patatas fritas. En el sueño, creía oler las patatas fritas y oír el ruido que hacían al quebrarse entre los dientes. Estábamos sobre una manta, y muy cerca había agua. Yo experimentaba una sensación de honda satisfacción y bienestar. Luego, de pronto, me vi en compañía de otra gente —gente que no conocía—, y al instante siguiente lanzaba violentas patadas contra la ventanilla del coche de mi hijo mientras le amenazaba de muerte, como hice en una ocasión, muchos años atrás. El estaba dentro del coche y mi pie destrozaba el cristal. Y entonces abrí los ojos y me desperté. Estaba sonando el despertador. Alargué la mano y paré la alarma y seguí acostado unos minutos más, con el corazon como un caballo desbocado. En el segundo sueño alguien me había ofrecido whisky, y yo lo había bebido. Y eso era lo que me había asustado. El beber aquel whisky era lo peor que podía haberme sucedido. Era tocar fondo. Comparado con ello, lo demás era un juego de niños. Seguí allí echado unos instantes más, tratando de calmarme. Luego me levanté.

Hice café y me senté a la mesa de la cocina, frente a la ventana. Me puse a describir pequeños círculos sobre la mesa con la taza, y de nuevo pensé seriamente en Australia. Y entonces, repentinamente, imaginé lo que habría sentido mi familia cuando les amenacé con irme a vivir a Australia. Al principio debieron de quedarse mudos de asombro, y quizá un poco asustados. Pero luego —me conocían bien— probablemente se echaron a reír a carcajadas. Al pensar en ello, al imaginar su risa, no pude reprimir la mía. Ja, ¡a, ¡a. Tal era el sonido de mi risa allí en la mesa de la cocina: ¡a, ¡a, ¡a. Como si hubiera leído en alguna parte cómo reír.

¿Qué diablos pensaba yo hacer en Australia? Tenía tantas ganas de ir a Australia como de ir a Tombuctú o a la Luna o al polo Norte. ¿Australia? No, santo cielo, no tenía el menor deseo de ir a Australia. Pero en cuanto lo comprendí, en cuanto comprendí que no iría a Australia —ni a ninguna otra parte—, empecé a sentirme mejor. Encendí otro cigarrillo y me serví más café. No había leche, pero me tenía sin cuidado. Podía pasar sin leche un día, no iba a morirme por eso. Al cabo de un rato metí en la fiambrera el almuerzo y el termo recién lleno. Y salí de casa.

Era una mañana espléndida. El sol descansaba sobre las montañas, al otro lado de la ciudad, y una bandada de pájaros se desplazaba a través del valle. No me molesté en cerrar la puerta con llave. Recordaba lo que le había sucedido a mi hija, pero decidí que era igual, que de todas formas no tenía nada que mereciera la pena robarse. En casa no había nada de lo que no pudiera prescindir. Tenía un televisor, sí, pero estaba harto de ver la televisión y me harían un favor si entraban y se lo llevaban.

Me sentía bien, después de todo, y decidí ir andando al trabajo. No estaba muy lejos, y había salido muy temprano. Ahorraría un poco de gasolina, claro, pero no era ésa la razón más importante. Era verano, una estación efímera que pasa en un abrir y cerrar de ojos. El verano —no pude evitar recordarlo— era la época en la que todos creían que iba a cambiar su suerte.

Eché a andar por el borde de la carretera, y en un momento dado —no sabría decir por qué— empecé a pensar en mi hijo. Le deseé suerte, dondequiera que estuviese. Si había vuelto a Alemania para entonces —lo normal era que así fuera—, esperaba que se sintiera feliz. Aún no me había escrito para darme su dirección, pero no había duda de que tendría noticias suyas muy pronto. Y mi hija… Que Dios la bendijera y protegiera. Confiaba en que le fueran bien las cosas. Decidí escribirle aquella misma noche para hacerle llegar todo mi aliento. Mi madre, por su parte, seguía con vida y gozaba de una salud bastante buena. Me sentí afortunado también en esto: si no surgía ningún contratiempo, viviría aún unos cuantos años.

Los pájaros cantaban; de cuando en cuando pasaban coches por la carretera. Buena suerte también a ti, hermano mío —pensé—. Espero que consigas esa seguridad económica que tanto ansías. Págame cuando la tengas. Y mi ex mujer, la mujer a quien en un tiempo amé tanto… Estaba viva, y estaba bien (que yo supiera, al menos). Le deseé felicidad. Pensé que, a fin de cuentas, todo podía ir mucho peor. En aquel momento, por supuesto, las cosas estaban mal para todos. La suerte nos había dado la espalda, eso era todo. Pero las cosas iban a cambiar pronto. Las cosas empezarían a arreglarse quizá en otofío. Había muchos motivos de esperanza.

Seguí andando. Luego me puse a silbar. Me sentía con derecho a hacerlo si tenía ganas. Empecé a mover los brazos al andar, pero la fiambrera no me permitía marchar de forma equilibrada. Dentro llevaba bocadillos, una manzana y galletas. Además del termo, claro. Me detuve frente a Smitty’s, un viejo café con grava en el aparcamiento y tablas sobre las ventanas. Un local clausurado desde que yo lo recordaba. Decidí dejar la fiambrera en el suelo unos instantes. Así lo hice, y luego levanté los brazos, levanté los brazos a ambos lados hasta la altura de los hombros. Seguía así, como un pobre chiflado, cuando alguien tocó el claxon y entró con el coche en el aparcamiento. Cogí la fiambrera del suelo y me acerqué al coche. Era George, un tipo al que conocía del trabajo. Se echó hacia un lado y me abrió la puerta del asiento delantero.

—Venga, sube, muchacho —dijo.

—Hola, George —saludé.

Subí y cerré la puerta. El coche aceleró al instante, e hizo que la grava saltara bajo sus ruedas.

—Te he visto —dijo George—. Sí, te he visto. Te estás entrenando para algo, no sé para qué. —Me miró y volvió a mirar la carretera. Conducía muy de prisa—. ¿Siempre vas con los brazos así por la carretera? —preguntó, y se echó a reír: ¡a, ¡a, ¡a.

Luego pisó el acelerador.

—A veces —dije—. Bueno, depende. En realidad estaba quieto.

Encendí un cigarrillo. Me eché hacia atrás en el asiento.

—¿Qué cuentas? —dijo George.

Se puso un puro en la boca, pero no lo encendió.

—Poca cosa —dije—. ¿Y tú qué cuentas?

George se encogió de hombros. Luego sonrió.

Ahora íbamos a gran velocidad. El viento azotaba el coche y silbaba en las ventanillas. George conducía como si fuera a llegar tarde al trabajo. Pero era temprano. Teníamos mucho tiempo, y se lo dije.

Pero él seguía pisando el acelerador. En lugar de tomar el desvío, seguimos carretera adelante en dirección a las montañas. George se quitó el puro de la boca y se lo guardó en el bolsillo de la camisa.

—He pedido un préstamo y he rectificado el motor de este cacharro —dijo.

Luego dijo que quería que viera algo. Pisó a fondo el acelerador. Me até el cinturón de seguridad y apreté los dientes.

—Písale fuerte —dije—. ¿A qué esperas, George?

Y fue entonces cuando volamos de verdad. El viento aullaba en las ventanillas. George llevaba el pie metido hasta el piso, y avanzábamos a todo gas. A velocidad de vértigo por la carretera en aquel enorme coche de motor rectificado aún por pagar.