Gao Xingjian: El Templo de la bondad perfecta. Cuento

_fullNadábamos en una felicidad perfecta, el deseo, la pasión, el cariño y la dulzura del viaje de bodas que había seguido a nuestro casamiento, aunque sólo tuvimos un par de semanas de vacaciones: diez días concedidos por la ocasión y una semana de vacaciones normales.

El matrimonio es cosa de toda una vida; nada es más importante para nosotros, ¿cómo hubiera sido posible no pedir unos días de más? Pero mi jefe, tan avaro, regateaba hasta el último centavo cada vez que alguien pedía vacaciones, era angustioso. Al principio habían anotado dos semanas de vacaciones en la autorización, pero mi jefe las convirtió en una, incluido el domingo. Luego me dijo, un tanto cohibido:

—Espero que pueda usted regresar en el tiempo requerido.

—Claro que sí —le respondí—, nuestro pequeño salario no nos permitiría entretenernos en el camino.

Acabó firmando con un gran trazo de la pluma. Las vacaciones habían sido otorgadas.

En adelante ya no era soltero. Tenía una familia. De hecho este viaje lo había preparado con Fangfang desde hacía mucho. Ahora formábamos una familia; ya no podría ir al restaurante al recibir mi salario a principios de mes, invitar amigos, gastar a mi antojo y a finales de mes encontrarme sin un clavo, al punto de no poderme comprar un paquete de cigarrillos y verme obligado a hurgar en los bolsillos o a voltear las gavetas para desenterrar algunas monedas. Pero mejor ni hablar de eso. Decía que éramos felices. En nuestra vida tan corta, la felicidad es de hecho bastante rara. Tanto Fangfang como yo habíamos conocido una época en la que tuvimos que arrostrar las tempestades y hacer frente al mundo. Durante el periodo de gran catástrofe nacional, nuestras familias y nosotros mismos habíamos sufrido bastante, habíamos soportado no pocos infortunios. En cuanto a la suerte de nuestra generación, realmente teníamos de qué quejarnos. Pero no queríamos hablar más de esto; lo importante es que en el presente por fin conocíamos la felicidad.

Teníamos dos semanas enteras de vacaciones, y aunque esta luna de miel se había reducido a la mitad, a nuestros ojos no había perdido en nada la dulzura de la miel. Tampoco hablaré de esta dulzura, todos ustedes son gente que ha vivido, la han conocido y, de todas formas, esta felicidad nos pertenece solamente a nosotros. No; de lo que les quiero hablar es del Templo de la Perfecta Benevolencia, el Yuan’ensi. El nombre de este templo carece de importancia, pues es un templo desierto, en ruinas, no es de ninguna manera un lugar famoso ni muy visitado. Aparte de la gente del lugar, nadie sabe de su existencia. Y aun entre los lugareños son raros los que conocen su nombre. En pocas palabras, es un templo derruido del que nadie se ocupa, donde nadie reza ni quema incienso. Lo encontramos por casualidad. Nunca hubiéramos sabido que el templo tenía un nombre si no hubiéramos tratado de descifrar los caracteres borrados en una estela que servía de fondo a un estanque, bajo una bomba. La gente de por allí lo conocía simplemente como el Gran Templo. Sin embargo, comparado con el Templo de las Ánimas Ocultas de Hangzhou, o con el Templo de las Nubes Azules de Pekín, realmente no era un rival de peso. De hecho no era más que un viejo edificio con doble alero, situado en una elevación cercana a una capital de distrito. Frente a él aún se levantaba una gran puerta de piedra. El muro que rodeaba el patio se había derrumbado. Al correr del tiempo, los campesinos de los alrededores habían ido llevándose los ladrillos y las piedras que se utilizaron en la construcción para hacer sus casas o el cerco de sus pocilgas, y lo único que quedaba era el basamento circular invadido de hierbas silvestres.

Se veía de lejos, desde la calle de la capital. Las tejas laqueadas de amarillo dorado relumbraban al sol atrayendo la mirada. Tenían algo muy seductor. Fue por casualidad que llegamos a esta capital de distrito. El tren se había detenido en la estación, pero no volvió a salir a la hora prevista; tal vez estaba esperando que pasara un tren rápido con un leve retraso. La gente que subía o bajaba del tren ya no se apresuraba, el andén estaba desierto y el empleado charlaba, de pie a la entrada del vagón. A lo lejos, más allá de la estación, los techos grises de las casas yacían en un pequeño valle, y un poco más lejos se veían las cadenas de exuberantes montañas. Esta capital parecía emanar calma y serenidad.

De repente me pasó una idea por la cabeza:

—¿Y si vamos a dar una vuelta?

Fangfang estaba sentada frente a mí, me miraba con dulzura. Inclinó levemente la cabeza. Hablaba con los ojos. Nuestros nervios simpáticos vibraban al unísono. Sin decir ni una palabra más, bajamos súbitamente nuestro equipaje de la rejilla y corrimos a la salida del vagón. Una vez en el andén, nos echamos a reír:

—Tomaremos el próximo tren.

—También podríamos no partir —añadió Fangfang.

Claro, era nuestro viaje de bodas. Íbamos adonde se nos antojaba, la felicidad de estar recién casados nos acompañaba a dondequiera. Éramos los más felices del mundo, perfectamente libres. Fangfang me dio el brazo, yo cogí las bolsas de viaje. De hecho queríamos provocar la envidia de los empleados del andén y de los innumerables ojos detrás de las ventanillas.

Ya no tendríamos que buscar relaciones para lograr cambiar de puesto en la ciudad, ya no tendríamos que pedir auxilio a Juan ni a Pedro y ya no tendríamos que pasar apuros para conseguir autorización de residencia ni de trabajo. También teníamos un cuarto para nosotros solos, pequeño, cierto, pero muy bien puesto. Considerábamos que teníamos nuestro propio hogar, yo te tengo, tú me tienes. Ya sé lo que vas a decir, Fangfang: ¡Basta! Pero ¿qué importa? Precisamente queremos que todos compartan nuestra felicidad. Tenemos bastantes preocupaciones, ya los hemos importunado bastante, y también ustedes ya se tomaron muchas molestias por nosotros, ¿cómo darles las gracias? ¿Acaso con estos pocos dulces y unos cuantos vasos de alcohol en la boda? Les damos las gracias con nuestra felicidad, ¿qué tiene de incorrecto?

Así llegamos a esta pequeña capital de distrito, esta pequeña y vieja capital de distrito, tranquilamente recogida en este pequeño valle. En realidad, distaba mucho de ser tan apacible como nos pareció desde la ventana del tren. Bajo los techos grises, los callejones llenos de animación hervían de gente. Apenas eran las nueve de la mañana; vendían legumbres, sandías, melones, manzanas recién cortadas y peras que también acababan de llegar al mercado. En la calle principal las carretas de mulas y los camiones formaban embotellamientos, los chasquidos de látigo y los gritos resonaban sin cesar en medio del ruido incesante del agudo claxon de los camiones.

En ese instante, ya no teníamos en absoluto el mismo sentimiento que nos embargaba al penetrar en este tipo de capital en la época en que nos enviaron al campo. Hoy éramos visitantes de paso, viajeros; los tormentos internos y las penas de la gente ya no eran de nuestra incumbencia. Pero el ambiente de esta pequeña ciudad, el polvo que los camiones levantaban a su paso, el agua sucia que aventaban junto a los puestos de legumbres, las cáscaras de sandía que cubrían el suelo, las gallinas que los compradores esgrimían cabeza abajo, con las alas desplegadas, las plumas revoloteando, los cacareos, todo esto nos era perfectamente familiar. Todo lo que experimentábamos en relación con los habitantes de este lugar era una sensación de lujo. Por eso no podíamos evitar el sentimiento de superioridad propio de los habitantes de la ciudad que van al campo. Fangfang se apretaba contra mí cogiéndome del brazo y yo me estrechaba contra ella. Teníamos la impresión de que todos nos miraban. Sin embargo, no éramos gente de aquí; habíamos salido de otro mundo. Pasábamos junto a ellos, pero a nuestras espaldas no se trababa ninguna discusión; las personas de las que hablaban sólo podían ser gente que les era cercana.

Y así llegamos hasta el final de la calle. Ya no había puestos de legumbres, los transeúntes eran cada vez más raros, la algarabía del mercado había quedado detrás de nosotros. Vi mi reloj: nos había bastado media hora para recorrer la calle desde la estación. Todavía era temprano. Nos aburriríamos esperando el próximo tren, mientras Fangfang se preparaba para pasar la noche aquí. No había dicho nada, pero parecía decepcionada. Hacia nosotros venía un hombre con aspecto de funcionario. Se veía por sus gestos y su forma de caminar.

—Perdone —le dije—, ¿dónde se encuentra el centro de recepción del distrito?

Nos echó un vistazo, luego me indicó la dirección con entusiasmo, cómo ir de acá para allá, cómo dar vuelta hacia el este por la izquierda, y luego, cuando viéramos un edificio de dos pisos de ladrillo rojo, ese sería el centro de recepción del comité del distrito. Me preguntó a quién íbamos a ver, como si quisiera mostrarnos el camino. Le explicamos que estábamos de paso, que andábamos de viaje y le preguntamos qué podríamos ir a ver. Se pegó con la mano en la frente, como si lo hubiéramos puesto en aprietos. Luego de reflexionar un poco, nos dijo:

—Aquí no hay nada interesante que ver. Lo único que hay, si me permiten la indicación, es un gran templo, está en la colina hacia el oeste. Hay que escalar un poco y el camino no es bueno.

—¡Perfecto! —exclamé—, precisamente venimos a andar en las colinas.

—Sí, es verdad —añadió Fangfang en seguida—; no nos damiedo escalar.

Entonces nos llevó a la vuelta de la esquina y nos enseñó el viejo templo en la punta de la colina de enfrente, el viejo templo cuyas tejas amarillas relumbraban al sol.

—Ah, qué bien, muchas gracias.

Pero él veía los zapatos de tacón alto que Fangfang llevaba puestos. Dijo:

—¡Van a tener que meterse al agua para cruzar el río!

—¿Está hondo? —pregunté.

—Ha de llegar como a la rodilla.

Miré a Fangfang.

—No importa, sí puedo.

Fangfang no quería decepcionarme.

Le dimos las gracias y nos echamos a andar en la dirección que nos había indicado. Cuando ya habíamos tomado el camino polvoroso, no pude dejar de volver la vista a los zapatos nuevos de tacón alto y correas finas que llevaba Fangfang. Me arrepentí un tanto. Pero ella caminaba derechamente y con decisión.

—¡De verdad estás loca! —le dije.

—Me basta con estar contigo.

¿Te acuerdas, Fangfang? Lo dijiste apretándote contra mí.

Entonces caminamos hacia la orilla del río. De lado y lado crecía maíz en los campos, más alto que un hombre. Un pequeño sendero se perdía entre las hojas verdes. No había rastro de nadie ni delante ni detrás de nosotros. Abracé a Fangfang y la besé dulcemente. ¿Eh?, ¿qué pasa? Bueno, ella no quiere que hable de eso, regresemos al Templo de la Perfecta Benevolencia. Se encontraba en una ladera de la colina, en la orilla opuesta. Entre las tejas de color amarillo dorado crecían matas de hierbas silvestres que se distinguían perfectamente.

El agua del río era cristalina. Cogí en una mano los zapatos de tacón alto de Fangfang y mis sandalias de cuero. Le di la otra. Llevaba la falda arremangada. Avanzábamos a tientas, descalzos en el agua. Hacía mucho que no caminaba así. Hasta las piedras resbalosas del río se me clavaban en los pies.

—¿Te duelen? —le pregunté a Fangfang.

—Me gusta —respondiste en voz baja. Durante nuestra luna de miel hasta tener los pies doloridos era una sensación de felicidad. Y todas las desgracias del mundo parecían escurrirse entre los dedos de los pies. Parecía que hubiéramos regresado a la infancia, descalzos como niños que juegan en el agua.

Fangfang saltaba de una piedra a otra, yo mantenía su mano en la mía y, a veces, tarareaba una canción. Una vez que cruzamos el río, corrimos hacia la colina, riendo y gritando. Fangfang se lastimó un pie y yo estaba terriblemente preocupado, pero ella me tranquilizó, no pasa nada, cuando me ponga los zapatos voy a sentirme bien. Yo dije que era mi culpa, pero ella dijo que si yo estaba contento, ella estaba satisfecha y que entonces quería lastimarse el pie. Está bien, ya no voy a decir nada, no importa. Como ustedes son nuestros mejores amigos, como ustedes se han tomado molestias por nosotros, debemos hacer que compartan nuestra felicidad…

Así escalamos la colina hasta la puerta de piedra situada frente al templo. Pasando el muro del patio, que se había derrumbado, estaba un canal por donde corría un agua cristalina conducida en un tubo desde una estación de bombeo. Detrás del muro derruido, en el gran patio del templo, había un jardín de hortalizas y, muy cerca, una pila de excrementos. Esto nos recordó la época en que recogíamos los excrementos, en el campo. Ahora esos tiempos difíciles se los había llevado el viento. Sólo quedaban algunos recuerdos tristes, pero también muy dulces, y también quedaba nuestro amor. Bajo ese sol brillante teníamos la certeza de que nadie podría interferir en nuestro amor, que ya nadie podría molestarnos.

Frente al gran templo aún se encontraba un brasero de metal. Seguramente era demasiado pesado, imposible de mover. Y era tan macizo que no podía romperse. Así que se había quedado frente al templo en ruinas, cuya entrada resguardaba. La puerta estaba cerrada con un candado. El enrejado de la ventana estaba completamente podrido. Ahora el templo debía hacer las veces de granero para el equipo de producción.

En los alrededores ni un alma. Todo estaba en paz. El viento gemía entre los viejos pinos ante el templo. Como no había nadie que nos perturbara, nos acostamos en la hierba, a la sombra de los árboles. El viento de la montaña ahuyentaba el calor del verano y traía bocanadas de frescura. Fangfang se había acurrucado en mi pecho y mirábamos una nubecilla deshilacharse en el cielo azul. Sentíamos una felicidad indescriptible, una felicidad perfectamente serena.

Hubiéramos podido seguir embriagándonos en esa calma, pero se oyó el ruido de un andar pesado. Los pasos resonaban en las baldosas de piedra. Me incorporé y volví la vista hacia ellos. Efectivamente, un hombre había flanqueado la puerta del templo y se dirigía hacia el sitio donde nos habíamos acostado. Fangfang se sentó a su vez. El hombre avanzaba en medio del camino de piedra. Era de mediana edad, corpulento, con el pelo revuelto, las mejillas invadidas por la barba, el rostro sombrío. Bajo el poblado entrecejo, una mirada glacial nos contemplaba.

Paso a paso, seguía avanzando hacia nosotros. El viento gemía entre los pinos, teníamos un poco de frío. Seguramente vio nuestras miradas inquisitivas y alzó ligeramente la cabeza hacia el templo. Luego, entrecerrando los párpados, se puso a contemplar las hierbas silvestres que se mecían al viento entre las tejas laqueadas del techo relumbrantes bajo el cielo azul.

Se detuvo ante el brasero y le pegó con la mano. De inmediato se elevó una vibración sorda. Sus dedos de grandes articulaciones nudosas parecían tan duros como el metal. En la otra mano llevaba una vieja bolsa raída de lona negra y brillante. No tenía en modo alguno el aspecto de un miembro de la comuna popular que hubiera venido a trabajar en la hortaliza. Se puso a mirarnos nuevamente, escudriñando los zapatos de tacón alto que Fangfang había arrojado a la hierba, así como nuestras bolsas de viaje. Fangfang se puso los zapatos inmediatamente. Nos tomó por sorpresa cuando nos saludó con un:

—¿Andan de viaje?

Asentí con la cabeza.

—Hace buen tiempo, ¿no creen? —tenía ganas de trabar conversación.

Bajo el poblado entrecejo, los ojos habían perdido su frialdad. Parecía un buen hombre. Llevaba unos zapatos de cuero descosidos de algunas partes, con suelas recortadas de una llanta. El ruedo de los pantalones estaba mojado; evidentemente había atravesado el río viniendo de la capital.

—Aquí está fresco y muy bonito —dije poniéndome de pie.

—No se levante, yo ya me voy.

Parecía disculparse. Luego él también se sentó en la hierba, cerca del camino de piedra. Abrió su bolsa y nos preguntó:

—¿Comen melón? —y sacó uno de la bolsa.

—No, gracias. —Yo me apresuré a rechazarlo. Pero él nos arrojó el melón. Lo tomé y le hice señas de que se lo devolvería.

—No es nada, traigo la bolsa llena de melones —dijo sopesando la bolsa de la que sacó otro melón.

No podía seguir rechazándolo, así que saqué de la mía un paquete de bollos y se los ofrecí:

—Pruebe usted también nuestros bollos.

Cogió un pedazo de un bollo y lo puso encima de su bolsa.

—Con eso me basta, coman —dijo, apretando entre sus grandes manos el melón que en seguida se abrió con un crujido.

—Están limpios, los lavé en el río. —Luego dejó caer de la mano las semillas del melón y gritó en dirección a la puerta del templo—: Ven a descansar, ven a comer melón.

—Aquí hay un grillo. —La voz de un niño nos llegó de más allá de la puerta.

Un niñito con una jaula de malla de alambre en la mano apareció en la cuesta de la colina.

—Está bien, voy a atraparlo —respondió el hombre.

El niñito se dirigió hacia nosotros brincando y retozando.

—¿De vacaciones? Yo también —averigüé acerca de ellos y partí el melón con las manos, imitándolo.

—Hoy es domingo, lo traje a pasear —respondió.

Absortos en nuestro festejo, habíamos olvidado en qué día estábamos. Fangfang me sonrió mordiendo el melón que yo había partido. Quería decirme que debíamos hacer algo bueno por alguien. En el mundo los hombres buenos siguen siendo los más numerosos.

—Come, te lo regalan estos señores —dijo al niño que miraba el bollo de huevos y leche colocado encima de la bolsa.

Evidentemente el niño, que seguramente había crecido en esta capital, veía por primera vez este tipo de bollo. De inmediato se apoderó de él.

—¿Es su hijo? —le pregunté.

No me respondió, sino que le dijo al niño: —Coge tu melón y vete a jugar. En seguida te atraparé un grillo.

—¡Quiero cinco! —dijo el niño cogiendo el melón.

—Bueno, cinco.

El niño se fue corriendo, con la jaula en la mano. El hombre se quedó viendo la figura del niño, en las comisuras de los ojos se le formaron unas profundas arrugas. Bajo su apariencia severa se ocultaba la ternura de un padre.

—No es mi hijo —dijo, bajando la cabeza y sacando un cigarrillo. Lo encendió y aspiró una larga bocanada. Comprendiendo nuestro asombro, prosiguió—: Es el hijo de mi primo. Quisiera adoptarlo, si es que él quiere vivir conmigo.

De inmediato comprendimos que debían ser muchos los sentimientos que se arremolinaban en el corazón de este hombre rudo.

—¿Y su esposa? —preguntó Fangfang sin poder evitarlo.

No respondió, sino que siguió aspirando profundamente el humo de su cigarrillo antes de levantarse y alejarse. Sentimos la frescura del viento. En el techo de tejas laqueadas de amarillo dorado, los brotes nuevos de hierba que habían salido con la primavera, tan altos como las viejas espigas secas, se agitaban al viento. Los aleros del techo se dibujaban contra el cielo azul, una nube blanca pasaba, dando la impresión de que el universo se ladeaba. En la punta del alero una teja estaba a punto de caerse. Quizá llevaba años ahí, inmóvil.

El hombre estaba de pie en el basamento del muro en ruinas, con los ojos fijos en el valle que se abría detrás de nosotros. A lo lejos se veían las ondulaciones de una colina, más alta aún que la colina donde estábamos y más escarpada también. En la ladera no se veían ni campos en terrazas ni casas.

—No debiste de haberle hecho esa pregunta —le dije.

—Ya no hablemos de ello. —Fangfang parecía molesta.

—¡Aquí hay un grillo! —La voz del niño nos llegaba desde la colina. Parecía estar muy lejos, pero lo oíamos perfectamente.

El hombre se fue en esa dirección, columpiando en el extremo del brazo la pesada bolsa de los melones. Bajó la cuesta. Tomando a Fangfang del brazo, la atraje hacia mí.

—Déjame. —Se soltó.

—Tienes pasto en el pelo —le expliqué, quitándole una aguja de pino enredada en sus cabellos.

—Esa teja se va a caer —dijo Fangfang. También ella se había fijado en la teja rota de color amarillo dorado que iba a desprenderse. Murmuró—: Sería lo mejor, no vaya a ser que lastime a alguien.

—Todavía puede tardar mucho —le dije.

Fuimos al terraplén donde se había detenido el hombre. El pequeño valle estaba cubierto de campos con densos sembrados de maíz y mijo, de un verde intenso, que esperaban la cosecha de otoño. A nuestros pies, en un rellano, se apretujaban algunas casas de adobe con las paredes encaladas hasta la mitad. El sendero que descendía por el valle pasaba cerca de las casas. Llevando al niño de la mano, el hombre caminaba por la vereda que serpenteaba entre los plantíos. De repente, el muchacho se puso a caracolear como un caballo al que le hubieran soltado la brida. Se echaba hacia adelante, se daba la vuelta y luego regresaba hacia atrás, columpiando su jaula de malla de alambre en dirección al hombre.

—¿Crees que vaya a atraparle grillos?

Te acuerdas, Fangfang, que me hiciste esta pregunta.

—Claro, claro —te dije.

—¡Quiero cinco! —dijiste con tono malicioso.

Esto, esto es lo que yo quería decirles sobre el Templo de la Perfecta Benevolencia adonde fuimos de viaje para nuestra luna de miel.

Clarice Lispector: La mujer más pequeña del Mundo. Cuento

clariceEn las profundidades del África Ecuatorial, el explorador francés Marcel Petre, cazador y hombre de mundo, se encontró con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Mas sorprendido, pues, quedó al ser informado de que un pueblo de tamaño aún menor todavía, existía más allá de florestas y distancias. Entonces, él se adentró aún más.

En el Congo Central descubrió, realmente, a los pigmeos más pequeños del mundo. Y —como una caja dentro de otra caja, dentro de otra caja— entre los pigmeos más pequeños del mundo estaba el más pequeño de ellos, obedeciendo, tal vez, a una necesidad que a veces tiene la Naturaleza de excederse a sí misma.

Entre mosquitos y árboles tibios de humedad, entre las hojas ricas de un verde más perezoso, Marcel Petre se topó con una mujer de cuarenta y cinco centímetros, madura, negra, callada. «Oscura como un mono», informaría él a la prensa, y que vivía en la copa de un árbol con su pequeño concubino. Entre los tibios humores silvestres, que temprano redondean los frutos y les dan una casi intolerable dulzura al paladar, ella estaba embarazada.

Allí en pie estaba, pues, la mujer más pequeña del mundo. Por un instante, en el zumbido del calor, fue como si el francés hubiese, inesperadamente, llegado a la conclusión última. Con certeza, sólo por no ser loco, es que su alma no desvarió ni perdió los límites. Sintiendo la necesidad inmediata de orden y de dar nombre a lo que existe, la apellidó Pequeña  Flor.  Y  para  conseguir  clasificarla  entre  las  realidades  reconocibles,  pasó enseguida a recoger datos en relación a ella.

Su raza está, poco a poco, siendo exterminada. Pocos ejemplares humanos restan de esa especie que, si no fuera por el disimulado peligro de África, sería un pueblo muy numeroso. A más de la enfermedad, el infectado hálito de aguas, la comida deficiente y las fieras que rondan, el gran riesgo para los escasos likoualas está en los salvajes bantúes, amenaza que los rodea en silencioso aire como en madrugada de batalla. Los bantúes los cazan con redes, como lo hacen con los monos. Y los comen. Así, tal como se oye: los cazan con redes y los comen. La pequeña raza de gente, siempre retrocediendo y retrocediendo, terminó acuartelándose en el corazón del África, donde el afortunado explorador la descubriría. Por defensa estratégica, habitan en los árboles más altos. De allí descienden las mujeres para cocinar maíz, moler mandioca y cosechar verduras; los hombres, para cazar. Cuando un hijo nace, se le da libertad casi inmediatamente. Es verdad que, muchas veces, la criatura no aprovechará por mucho tiempo de esa libertad entre fieras. Pero también es verdad que, por lo menos, no lamentará que, para tan corta vida, largo haya sido el trabaja Incluso el lenguaje que la criatura aprende es breve y simple, apenas esencial. Los likoualas usan pocos nombres, llaman a las cosas por gestos y sonidos animales. Como avance espiritual, tienen un tambor. Mientras bailan al son del tambor, mantienen una pequeña hacha de guardia contra los bantúes, que aparecerán no se sabe de dónde.

Fue así, pues, que el explorador descubrió, toda en pie y a sus pies, la cosa humana más pequeña que existe. Su corazón latió, porque esmeralda ninguna es tan rara. Ni las enseñanzas de los sabios de la India son tan raras. Ni el hombre más rico del mundo puso ya sus ojos sobre tan extraña gracia. Allí estaba una mujer que la golosina del más fino sueño jamás pudiera imaginar. Fue entonces que el explorador, tímidamente, y con una delicadeza de sentimientos de la que su esposa jamás lo juzgaría capaz, dijo:

—Tú eres Pequeña Flor.

En ese instante, Pequeña Flor se rascó donde una persona no se rasca. El explorador — como si estuviese recibiendo el más alto premio de castidad al que un hombre, siempre tan idealista, osara aspirar—, tan vivido, desvió los ojos.

La fotografía de Pequeña Flor fue publicada en el suplemento a colores de los diarios del domingo, donde cupo en tamaño natural. Envuelta en un paño, con la barriga en estado adelantada La nariz chata, la cara negra, los ojos hondos, los pies planos. Parecía un perro.

En ese domingo, en un departamento, una mujer, al mirar en el diario abierto el retrato de Pequeña Flor, no quiso mirarlo una segunda vez «porque me da aflicción».

En otro departamento, una señora sintió tan perversa ternura por la pequeñez de la mujer africana que —siendo mucho mejor prevenir que remediar—, jamás se debería dejar a Pequeña Flor a solas con la ternura de aquella señora. ¡Quién sabe a qué oscuridad de amor puede llegar el cariño! La señora pasó el día perturbada, se diría que poseída de la nostalgia. A propósito, era primavera, una bondad peligrosa rondaba en el aire.

En otra casa, una niña de cinco años, viendo el retrato y escuchando los comentarios, quedó espantada. En aquella casa de adultos, esa niña había sido hasta ahora el más pequeño de los seres humanos. Y si eso era fuente de las mejores caricias, era también fuente de este primer miedo al amor tirana La existencia de Pequeña Flor llevó a la niña a sentir —con una vaguedad que sólo años y años después, por motivos bien distintos, habría de concretarse en pensamiento—, en una primera sabiduría, que «la desgracia no dene límites».

En otra casa, en la consagración de la primavera, una joven novia tuvo un éxtasis de piedad:

—¡Mamá, mira el retratito de ella, pobrecita!, ¡mira como ella es tristecita!

—Pero —dijo la madre, dura, derrotada y orgullosa—, pero es tristeza de bicho, no es tristeza humana.

—¡Oh, mamá! —dijo la joven desanimada.

En otra casa, un niño muy despierto tuvo una idea inteligente:

—Mamá, ¿y si yo colocara esa mujercita africana en la cama de Pablito, mientras él está durmiendo? Cuando despierte, qué susto, ¿eh? ¡Qué griterío, viéndola sentada en su cama! Y nosotros, entonces, podríamos jugar tanto con ella, haríamos de ella nuestro juguete, ¿sí?

La madre de este niño estaba en ese instante enrollando sus cabellos frente al espejo del baño y recordó lo que una cocinera le contara de su tiempo de orfanato Al no tener una muñeca con qué jugar, y ya la maternidad pulsando terrible en el corazón de las huérfanas, las niñas más despiertas habían escondido de la monja, la muerte de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que salió la monja, y jugaron con la niña muerta, le  dieron  baños  y  comiditas,  le  impusieron  un  castigo  solamente  para  después  poder besarla, consolándola. De eso se acordó la madre en el baño y dejó caer las manos, llenas de horquillas. Y consideró la cruel necesidad de amar. Consideró la malignidad de nuestro deseo de ser felices. Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y el número de veces en que habremos de matar por amor. Entonces, miró al hijo sagaz como si mirase a un peligroso desconocida Y sintió horror de su propia alma que, más que su cuerpo, había engendrado a aquel ser apto para la vida y para la felicidad. Así fue que miró ella, con mucha atención y un orgullo incómodo, a aquel niño que ya estaba sin los dos dientes de adelante: la evolución, la evolución haciéndose diente que cae para que nazca otro, el que muerda mejor. «Voy a comprar una ropa nueva para él», resolvió, mirándolo, absorta. Obstinadamente adornaba al hijo desdentado con ropas finas, obstinadamente lo quería bien limpio, como si la limpieza diera énfasis a una superficialidad tranquilizadora, obstinadamente perfeccionando el lado cortés de la belleza. Obstinadamente apartándose y apartándolo de algo que debía ser «oscuro como un mono». Entonces, mirando al espejo del baño, la madre sonrió intencionadamente fina y pulida, colocando entre aquél su rostro de líneas abstractas y la cruda cara de Pequeña Flor, la distancia insuperable de milenios. Pero, con años de práctica, sabía que éste sería un domingo en el que tendría que disfrazar de sí misma la ansiedad, el sueño y los milenios perdidos.

En otra casa, junto a una pared, se dieron al trabajo alborotado de calcular, con cinta métrica, los cuarenta y cinco centímetros de Pequeña Flor. Y fue allí mismo donde, deleitados, se espantaron: ella era aún más pequeña de lo que el más agudo en imaginación la inventaría. En el corazón de cada uno de los miembros de la familia nació, nostálgico, el deseo de tener para sí aquella cosa menuda e indomable, aquella cosa salvada de ser comida, aquella fuente permanente de caridad. El alma ávida de la familia quería consagrarse. Y, entonces, ¿quién ya no deseó poseer un ser humano sólo para sí? Lo que es verdad, no siempre sería cómodo, hay horas en que no se quiere tener sentimientos:

—Apuesto a que si ella viviera aquí, terminaba en pelea —dijo el padre sentado en la poltrona, virando definitivamente la página del diario—. En esta casa todo termina en pelea.

—Tú, José, siempre pesimista —dijo la madre.

—¿Ya has pensado, mamá, de qué tamaño será el bebé de ella? —dijo ardiente la bija mayor, de trece años.

El padre se movió detrás del diaria

—Debe ser el bebé negro más pequeño del mundo —contestó la madre, derritiéndose de gusto—. ¡Imagínense a ella sirviendo a la mesa aquí en casal ¡Y con la barriguita grande!

—¡Basta de esas conversaciones! —dijo confusamente el padre.

—Tú has de concordar —dijo la madre inesperadamente ofendida— que se trata de una cosa rara. Tú eres el insensible.

¿Y la propia cosa rara?

Mientras tanto, en África, la propia cosa rara tenía en el corazón —quién sabe si también negro, pues en una Naturaleza que se equivocó una vez ya no se puede confiar más—, algo más raro todavía, algo como el secreto del propio secreto: un hijo mínima Metódicamente, el explorador examinó, con la mirada, la barriguita del más pequeño ser humano madura Fue en ese instante que el explorador, por primera vez desde que la conoció, en lugar de sentir curiosidad o exaltación o victoria o espíritu científico, sintió malestar.

Es que la mujer más pequeña del mundo estaba riéndose.

Estaba riéndose, cálida, cálida. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba teniendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía. No haber sido comida era algo que, en otras horas, le daba a ella el ágil impulso de saltar de rama en rama.

Pero, en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso a una acción —y el impulso se había concentrado todo en la propia pequeñez de la propia cosa rara—. Y entonces ella se reía. Era una risa de quien no habla pero ríe. El explorador incómodo no consiguió clasificar esa risa, y ella continuó disfrutando de su propia risa apacible, ella que no estaba siendo devorada. No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. En tanto ella no estaba siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría. El explorador estaba perturbado.

En  segundo  lugar,  si  la  propia  cosa  rara  estaba  riendo  era  porque,  dentro  de  su pequeñez, una gran oscuridad se había puesto en movimiento.

Es que la propia cosa rara sentía el pecho tibio de aquello que se puede llamar Amor. Ella amaba a aquel explorador amarilla Si supiera hablar y le dijese que lo amaba, él se inflaría de vanidad. Vanidad que disminuiría cuando ella añadiera que también amaba mucho el anillo del explorador y que amaba mucho la bota del explorador, Y cuando éste se sintiera desinflado, Pequeña Flor no entendería por qué. Pues, ni de lejos, su amor por el explorador  —puédese  incluso  decir  su  «profundo  amor»,  porque,  no  teniendo  otros recursos, ella estaba reducida a la profundidad—, habría de quedarse desvalorizado por el hecho de que ella también amaba su bota. Hay un viejo equívoco sobre la palabra amor y, si muchos hijos nacen de ese equívoco, muchos otros perdieron la única posibilidad de nacer solamente por causa de una susceptibilidad que exige sea de mí, ¡de mí! que el otro guste y no de mi era. Pero en la humedad de la floresta no existen esos refinamientos crueles y amor es no ser comido, amor es hallar bonita una bota, amor es gustar del color raro de un hombre que no es negro, amor es reír del amor a un anillo que brilla. Pequeña Flor guiñaba sus ojos de amor y rió, cálida, pequeña, grávida, cálida.

El explorador intentó sonreírle en retribución, sin saber exactamente a qué abismo su sonrisa contestaba y entonces se perturbó como solamente un hombre de tamaño grande se perturba. Disfrazó, acomodando mejor su sombrero de explorador, y enrojeció púdico. Se tornó de un color lindo, el suyo, de un rosa-verdoso, como el de un limón de madrugada. Él debía de ser agrio.

Fue, probablemente, al acomodar el casco simbólico cuando el explorador se llamó al orden, recuperó con severidad la disciplina de trabajo y recomenzó .a hacer anotaciones. Había  aprendido  a  entender  algunas  de  las  pocas palabras  articuladas  de  la  tribu  y  a interpretar sus señales. Ya lograba hacer preguntas.

Pequeña Flor le respondió que «sí». Que era muy bueno tener un árbol para vivir, suyo, suyo misma Pues —y eso ella no lo dijo, pero sus ojos se tornaron tan oscuros que ellos lo dijeron—, es bueno poseer, es bueno poseer, es bueno poseer. El explorador pestañó varias veces.

Marcel Petre tuvo varios momentos difíciles consigo misma Pero, al menos, pudo ocuparse de tomar notas. Quien no tomó notas, tuvo que arreglarse como pudo:

—Pues mire —declaró de repente una vieja cerrando con decisión el diario—, yo sólo le digo una cosa: Dios sabe lo que hace.