Charles Bukowski: Un 45 para pagar los gastos del mes. Cuento

6832_b_2538Duke tenía aquella hija, Lala, le llamaban, de cuatro años era su primer crío y él siempre había procurado no tener hijos, temiendo que pudiesen asesinarle, o algo así, pero ahora estaba loco y ella le encantaba, ella sabía todo lo que Duke pensaba, pues había una especie de cable que iba de ella a él y de él a ella.

Duke estaba en el supermercado con Lala, y hablaban, decían cosas, hablaban de todo y ella le decía todo lo que sabía, y sabía mucho, instintivamente, y Duke no sabía mucho, pero le decía lo que podía, y el asunto funcionaba, eran felices juntos.

—¿qué es eso? —preguntó ella.

—eso es un coco.

—¿qué tiene dentro?

—leche y cosa de masticar.

—¿por qué está ahí?

—porque se siente a gusto ahí, toda esa leche y esa carne mascable, se siente bien dentro de esa cáscara, se dice: «¡oh qué bien me siento aquí!».

—¿y por qué se siente bien ahí?

—porque cualquier cosa se sentiría bien ahí. yo me sentiría bien.

—no, tú no. no podrías conducir el coche desde ahí dentro, ni verme desde ahí dentro, no podrías comer huevos con jamón desde ahí.

—los huevos y el jamón no lo son todo.

—¿qué es todo?

—no sé. quizás el interior del sol, sólido congelado.

—¿el INTERIOR del SOL…? ¿SOLIDO CONGELADO?

—sí.

—¿cómo sería el interior del sol si fuese sólido congelado?

—bueno, el sol debe ser corno una pelota de fuego, no creo que los científicos estuviesen de acuerdo conmigo, pero yo creo que debe ser eso.

Duke cogió un aguacate.

—¡oh!

—sí, eso es un aguacate: sol congelado, comemos el sol y luego podemos andar por ahí y sentirnos calientes.

—¿está el sol en toda esa cerveza que tú bebes?

—sí, lo está.

—¿está el sol dentro de mí?

—no he conocido a nadie que tenga dentro tanto sol como tú.

—¡pues yo creo que tú tienes dentro un SOL INMENSO!

—gracias, querida.

siguieron y terminaron sus compras. Duke no eligió nada. Lala llenó el cesto de cuanto quiso, parte de ello no comestible: globos, lapiceros, una pistola de juguete, un hombre espacial al que le salía un paracaídas de la espalda al lanzarlo al cielo, un hombre espacial magnífico.

a Lala no le gustó la cajera, la miró ceñuda, hosca, pobre mujer: le habían ahuecado la cara y se la habían vaciado. era un espectáculo de horror y ni siquiera lo sabía.

—¡hola bonita! —dijo la cajera. Lala no contestó. Duke no la empujó a hacerlo, pagaron su dinero y volvieron al coche.

—cogen nuestro dinero —dijo Lala.

—sí.

—y luego tú tienes que ir a trabajar de noche para ganar más. no me gusta que marches de noche, yo quiero jugar a mamá, quiero ser mamá y que tú seas un niño.

—bueno, yo seré el niño ahora mismo, ¿qué tal, mamá?

—muy bien, niño, ¿puedes conducir el coche?

—puedo intentarlo.

luego, en el coche, cuando iban conduciendo, un hijo de puta apretó el acelerador e intentó embestirlos en un giro a la izquierda.

—¿por qué quiere la gente pegarnos con sus coches, niño?

—bueno, mamá, es porque son desgraciados y a los desgraciados les gusta destrozar las cosas.

—¿no hay gente feliz?

—hay mucha gente que finge ser feliz.

—¿por qué?

—porque están avergonzados y asustados y no tienen el valor de admitirlo.

—¿tú estás asustado?

—yo sólo tengo el valor de admitirlo contigo… estoy tan asustado y tengo tanto miedo, mamá, que podría morirme en este mismo instante.

—¿quieres tu biberón, niño?

—sí, mamá, pero espera a que lleguemos a casa.

siguieron su camino, giraron a la derecha en Normandie. Por la derecha les resultaba más difícil embestir.

—¿trabajarás esta noche, niño?

—sí.

—¿por qué trabajas de noche?

—porque está más oscuro y la gente no puede verme.

—¿por qué no quieres que la gente te vea?

—porque si me viesen podrían detenerme y meterme en la cárcel.

—¿qué es cárcel?

—todo es cárcel.

—¡yo no soy cárcel!

aparcaron y subieron las compras a casa.

—¡mamá! —dijo Lala— ¡hemos comprado muchas cosas! ¡soles congelados, hombres espaciales, todo!

mamá (la llamaban «Mag») mamá dijo:

—qué bien.

luego dijo a Duke:

—diablos, no quiero que salgas esta noche, tengo un presentimiento, no salgas, Duke.

¿tú tienes un presentimiento, querida? yo lo tengo siempre, es cosa del oficio, tengo que hacerlo, estamos sin blanca, la niña echó de todo en el carrito, desde jamón enlatado a caviar.

—¿pero es que no puedes controlar a la niña?

—quiero que sea feliz.

—no será feliz si tú estás en la cárcel.

—mira, Mag, en mi profesión, sólo tienes que hacerte a la idea de que pasarás temporadas en la cárcel, yo ya pasé una, muy corta, he tenido más suerte que la mayoría.

—¿y si hicieras un trabajo honrado?

—nena, trabajar a presión es espantoso, te hunde, y además no hay trabajos honrados, de un modo u otro te mueres, y yo ya estoy metido por este camino… soy una especie de dentista, digamos, que le saca dientes a la sociedad, no sé hacer otra cosa, es demasiado tarde, y ya sabes cómo tratan a los ex presidiarios, ya sabes las cosas que te hacen, ya te lo he dicho, yo…

—ya sé que me lo has dicho, pero…

—¡pero pero pero… perooo! —dijo Duke—. déjame acabar, condenada!

—acaba, acaba.

—esos soplapollas industriales de esclavos que viven en Beverly Hills y Malibu. esos tipos especializados en «rehabilitar» presidiarios, ex presidiarios, es algo que hace que la libertad vigilada de mierda huela a rosas, un cuento, trabajo de esclavos, los funcionarios de libertad vigilada lo saben, lo saben de sobra, y lo sabemos nosotros, ahorra dinero al estado, haz dinero para otro, mierda, mierda todo. todo, hacen trabajar el triple al individuo normal mientras ellos roban a todos dentro de la ley: les venden mierda por diez o veinte veces su valor real, pero eso está dentro de la ley, su ley…

—cállate ya, he oído eso tantas veces…

—¡pues lo oirás OTRA VEZ, maldita sea! ¿crees que no lo veo y no lo siento? ¿crees que debo callármelo? ¿delante de mi propia mujer? tú eres mi mujer, ¿no? ¿no jodemos? ¿no vivimos juntos? ¿eh?

—el jodido eres tú. ahora te pones a gritar.

—¡TU eres la jodida! ¡cometí un error, un error técnico! era joven; no entendía sus reglas de mierda…

—¡y ahora intentas justificar tu estupidez!

—¡ésa sí que es buena! eso ME GUSTO, mi mujercita, mi coñito. mi coñito. eres sólo un coñito en las escaleras de la Casa Blanca, abierto del todo y acribillado mentalmente…

—Duke, que nos oye la niña.

—bueno, terminaré, coñito mío. REHABILITADO, ésa es la palabra, eso es lo que dicen los mamones de Beverly Hills. son tan condenadamente decentes, tan HUMANOS, sus mujeres escuchan a Mahler en el centro musical y hacen caridad, donaciones libres de impuestos, y las eligen entre las diez mejores mujeres del año en el Times de Los Angeles, ¿y sabes lo que te hacen sus MARIDOS? te tratan como a un perro, te recortan el jornal y se lo embolsan, y no hay más que hablar, ¿cómo no verá la gente que todo es una mierda? ¿es que nadie lo ve?

—yo…

—¡CÁLLATE! ¡Mahler, Beethoven, STRAVINSKY! te hacen trabajar de más por nada, están siempre dándote patadas en el culo, y como digas una palabra, cogen el teléfono y hablan con el funcionario de libertad vigilada, y estás listo, «lo siento, Jensen, pero no tengo más remedio que decírtelo, tu hombre robó veinticinco dólares de la caja, empezaba a caernos simpático, pero…»

—¿y qué clase de justicia quieres tú? Dios mío, Duke, no sé qué hacer, gritas y gritas, te emborrachas y me cuentas que Dillinger fue el hombre más grande de todos los tiempos, te acunas en la mecedora, completamente borracho, y te pones a dar vivas a Dillinger. yo también estoy viva, escúchame…

—¡a la mierda Dillinger! está muerto, ¿justicia? en Norteamérica no hay justicia, sólo hay una justicia, pregunta a los Kennedy, pregunta a los muertos, pregunta a cualquiera.

Duke se levantó de la mecedora, se acercó al armario, hurgó debajo de la caja de adornos navideños y sacó la pipa, un cuarenta y cinco.

—ésta, ésta, ésta es la única justicia de Norteamérica, esto es lo único que entienden todos.

y agitó en el aire el condenado trasto.

Lala estaba jugando con el hombre espacial, el paracaídas no abría bien, lógico: una estafa, otra estafa, como la gaviota de los ojos muertos, como el bolígrafo, como Cristo dando voces al Papa con las líneas cortadas.

—oye —dijo Mag—, guarda ese maldito revólver, trabajaré yo. déjame trabajar.

—¡trabajarás tú! ¿cuánto hace que oigo eso? tú sólo sirves para joder, para andar sin hacer nada tumbada por ahí leyendo revistas y comiendo bombones.

—oh, Dios mío, eso no es cierto… yo te amo, Duke, de veras. a él ya le cansaba.

—de acuerdo vale, entonces, recoge y coloca las compras, y prepárame algo de comer antes de que salga a la calle.

Duke volvió a guardar la pipa en el armario, se sentó y encendió un cigarrillo.

—Duke —preguntó Lala—, ¿quieres que te llame Duke o que te llame papá?

—como tú quieras, cariño, como tú quieras.

—¿por qué tienen pelo los cocos?

—ay, Dios mío, y yo qué sé. ¿por qué tengo yo pelos en los huevos?

Mag salió de la cocina con una lata de guisantes en la mano.

—no tienes por qué hablarle a mi hija de ese modo.

—¿tu hija? ¿es que no ves esa boca que tiene? como la mía. ¿y esos ojos? exactamente iguales que los míos, tu hija… sólo porque salió de tu agujero y mamó de ti. ella no es hija de nadie, ella es su propia niña.

insisto —dijo Mag— ¡en que no le hables así a la niña!

—insistes… insistes…

—¡sí, insisto! —sostuvo en el aire la lata de guisantes, equilibrada en la palma de la mano izquierda—. ¡insisto!

—¡si no quitas esa lata de mi vista te juro por Dios que te la meto POR EL CULO!

Mag entró en la cocina con los guisantes, se quedó allí.

Duke sacó del armario el abrigo y la pistola, dio un beso de despedida a su hijita. era más dulce aquella niña que un bronceado de diciembre y seis caballos blancos corriendo por una loma verde, eso era lo que le evocaba; empezaba a dolerle. se largó deprisa, cerró la puerta despacio.

Mag salió de la cocina.

—Duke se fue —dijo la niña.

—sí, ya lo sé.

—tengo un poco de sueño, mamá, léeme un libro.

se sentaron juntas en el sofá.

—¿volverá Duke, mamá?

—sí, claro que volverá ese hijo de puta.

—¿qué es un hijo de puta?

—Duke lo es. y yo le amo.

—¿amas a un hijo de puta?

—si —dijo Mag riendo—. sí, ven aquí, cariño, siéntate encima de mí.

abrazó a la niña.

—¡eres tan rica tan rica como el jamón como las galletas!

—¡yo, no soy jamón ni galletas! ¡tú eres jamón y galletas!

—esta noche hay luna llena, demasiada luna, demasiada luz. tengo miedo, mucho miedo. Dios mío, le amo, oh Dios mío…

Mag cogió una carpeta de cartón y sacó un libro de cuentos.

—mamá, ¿por qué tienen pelo los cocos?

—¿los cocos tienen pelo?

—sí.

—escucha, puse un poco de café, acabo de oír que hierve, déjame ir a apagarlo.

—bueno.

Mag entró en la cocina y Lala se quedó esperando sentada en el sofá.

mientras Duke estaba a la puerta de una bodega entre Hollywood y Normandie, cavilando: demonios demonios demonios.

no tenía buen aspecto, no le olía bien, podía haber un tipo detrás con una Luger, mirando por un agujero, así habían cazado a Louis. le habían hecho trizas, como a un muñeco de barro, asesinato legal, todo el jodido mundo nada en la mierda del asesinato legal.

el sitio no parecía bueno, quizás un bar pequeño esta noche, un bar de maricas, algo fácil, dinero suficiente para un mes.

estoy perdiendo el valor, pensaba Duke, cuando me dé cuenta estaré sentado oyendo a Shostakovitch.

volvió a meterse en el ford negro del 61.

y enfiló hacia el norte, tres manzanas, cuatro manzanas, seis manzanas, doce manzanas en el mundo en congelación, mientras Mag sentada con la niña en el regazo empezaba a leer un libro, LA VIDA EN EL BOSQUE…

«las comadrejas y sus primos, los visones, y las martas son criaturas delgadas, ágiles, rápidas y feroces, son carnívoros y compiten continua y sanguinariamente por el…» entonces, la hermosa niña se quedó dormida y salió la luna llena.

Charles Bukowski: Cuantos chochos queramos. Cuento

600full-charles-bukowski (2)Harry y Duke. La botella en medio, un hotel barato del centro de Los Angeles. Noche de sábado en una de las ciudades más crueles del mundo. La cara de Harry era completamente redonda y estúpida con sólo una puntita de nariz saliendo y unos ojos odiosos; en realidad, Harry resultaba odioso en cuanto le mirabas, así que no le mirabas. Duke era un poco más joven, buen oyente, sólo una levísima sonrisa cuando escuchaba. Le gustaba escuchar; la gente era su mayor espectáculo y no había que pagar entrada. Harry estaba parado y Duke era conserje. Los dos habían estado en chirona y volverían otra vez. Lo sabían. Daba igual.

De la botella faltaban dos tercios y había latas de cerveza vacías por el suelo. Liaban cigarrillos con la tranquila calma de los que han vivido vidas duras e imposibles antes de los treinta y cinco y siguen vivos. Sabían que todo era un cubo de mierda, pero se negaban a renunciar.

—Mira —dijo Harry, dando una calada al cigarro—, te escogí, amigo. Sé que puedo confiar en ti. Tú no te asustarás. Creo que tu coche sirve. Iremos a medias.

—Explícame el asunto —dijo Duke.

—No vas a creerlo.

—Explícamelo.

—Mira, hay oro allí, tirado en el suelo. Oro auténtico. Sólo hay que ir y cogerlo. Sé que parece una locura, pero está allí. Yo lo he visto.

—¿Y cuál es el problema?

—Bueno, es un terreno del Ejército, de la artillería. Bombardean todo el día y a veces de noche, ése es el problema. Hacen falta huevos. Pero el oro está allí. Puede que las bombas y los proyectiles lo desenterraran, no sé. Lo que sí sé es que de noche no suelen bombardear.

—Iremos de noche.

—De acuerdo. Y cogeremos el oro y lo sacaremos de allí. Seremos ricos. Tendremos cuantos chochos queramos. Piénsalo… cuantos chochos queramos.

—Parece buena idea.

—Si tiran, nos metemos en el primer agujero de bomba. No van a apuntar allí otra vez. Si dan en el blanco, se dan por satisfechos; si no, no van a dirigir el tiro siguiente al mismo sitio.

—Sí, claro, natural.

Harry sirvió más whisky.

—Pero hay otra pega.

—¿Sí?

—Allí hay serpientes. Por eso hacen falta dos hombres. Sé que eres bueno con el revólver. Mientras yo recojo el oro, tú te ocupas de las serpientes. Si aparecen, les vuelas la cabeza. Hay serpientes de cascabel. Creo que para esto eres el indicado.

—¿Por qué no? ¡Claro!

Siguieron fumando y bebiendo, sentados allí, pensándose el asunto.

—Tendremos oro —dijo Harry—. Tendremos mujeres.

—Sabes —dijo Duke— quizá los cañonazos desenterrasen un cofre de un tesoro antiguo.

—Sea lo que sea, lo cierto es que ahí hay oro.

Cavilaron un rato más.

—¿Y sí —preguntó Duke— después de recogido el oro disparo contra ti?

—Bueno, tengo que correr ese riesgo.

—¿Te fías de mí?

—Yo no me fío de nadie.

Duke abrió otra cerveza, bebió otro trago.

.—Mierda, ya no tienes por qué ir a trabajar el lunes, ¿verdad?

—Ya no.

—Yo ya me siento rico.

—Yo casi también.

—Todo lo que uno necesita es una oportunidad —dijo Duke—, después te tratan como a un señor.

—Sí.

—¿Y dónde está ese sitio? —preguntó Duke.

—Ya lo sabrás cuando lleguemos.

—¿Vamos a medias?

—A medias.

—¿No tienes miedo que te liquide?

—¿Por qué vuelves con eso, Duke? Podría matarte yo a ti.

—Vaya, no se me ocurrió. ¿Serías capaz de matar a un camarada?

—¿Somos amigos?

—-Bueno, sí, yo diría que sí, Harry.

—Habrá oro y mujeres suficientes para los dos. Seremos ricos toda la vida. Se acabará la mierda de libertad vigilada. Se acabó el lavar platos. Las putas de Beverly Hills andarán detrás de nosotros. No tendremos más preocupaciones.

—¿Crees de veras que podremos sacarlo?

—Claro.

—¿De verdad hay oro allí?

—Hazme caso, te digo que sí.

—De acuerdo.

Bebieron y fumaron un rato más. Sin hablar. Pensaban los dos en el futuro. Era una noche calurosa. Algunos de los inquilinos tenían la puerta abierta. Casi todos tenían su botella de vino. Los hombres estaban sentados en camiseta, cómodos, pensativos, tristes. Algunos tenían incluso mujeres, no precisamente damas, pero sí capaces de aguantarles el vino.

—Será mejor que cojamos otra botella —dijo Duke— antes de que cierren.

—Yo no tengo un céntimo.

—Pago yo.

—Vale.

Se levantaron, salieron a la puerta. Giraron a la derecha al fondo del pasillo, camino de la parte de atrás.

La bodega estaba al fondo de la calleja, a la izquierda. En lo alto de las escaleras posteriores había un tipo andrajoso tumbado a la entrada.

—Vaya, si es mi viejo camarada Franky Cannon. La ha cogido buena esta noche. Lo quitaré de la entrada.

Harry le agarró por los pies y, a rastro, le retiró de allí. Luego se inclinó sobre él.

—¿Crees que ya le habrán registrado?

—No sé -—dijo Duke—. Comprueba.

Duke dio vuelta a todos los bolsillos de Franky. Tanteó la camisa. Le abrió los pantalones, palpó por la cintura. Sólo encontró una caja de cerillas que decía:

 

APRENDA

A DIBUJAR

EN CASA

Miles de trabajos

bien pagados le esperan

—Me parece que alguien pasó antes —dijo Harry.

Bajaron las escaleras posteriores hasta la calleja.

—¿Estás seguro de que hay oro allí? —preguntó Duke.

—¡Oye —dijo Harry—, es que quieres tomarme el pelo! ¿Crees que estoy loco?

—No.

—¡Pues entonces no vuelvas a preguntármelo!

Entraron en la bodega. Duke pidió una botella de whisky y una caja de cerveza de malta. Harry robó una bolsa de frutos secos. Duke pagó lo que había pedido y salieron.

Cuando llegaron a la calleja apareció una mujer joven; bueno, joven para aquel barrio, debía tener unos treinta, buena figura, pero despeinada y farfullante.

—¿Qué lleváis en esa bolsa?

—Tetas de gato —dijo Duke.

Ella se acercó a Duke y se frotó contra la bolsa.

—No quiero beber vino. ¿Tienes whisky ahí?

—Claro, niña, ven.

—Déjame ver la botella.

A Duke le pareció bien. Era esbelta y llevaba el vestido ceñido, muy ceñido, y estaba muy buena. Sacó la botella.

—Vale —dijo ella—, vamos.

Subieron por la calleja, ella en medio. Le daba con la cadera a Harry al andar. Harry la agarró y la besó. Ella le apartó bruscamente.

—¡Déjame, hijoputa! —gritó.

—¡Vas a estropearlo todo, Harry! —dijo Duke—. ¡Si vuelves a hacer eso, te doy una hostia.

—¡Tú qué vas a dar!

—¡Vuelve a hacerlo y vas a ver!

Subieron la calleja y luego la escalera y abrieron la puerta. Ella miró a Franky Cannon que seguía allí tirado, pero no dijo nada. Siguieron hasta la habitación. Ella se sentó, cruzando las piernas. Unas lindas piernas.

—Me llamo Ginny —dijo.

Duke sirvió los tragos.

—Yo Duke. Y él Harry.

Ginny sonrió y cogió su vaso.

—El hijo de puta con el que estaba me tenía desnuda, me encerraba la ropa con llave en el armario. Estuve allí una semana. Esperé a que se durmiera, le quité la llave, cogí este vestido y me largué.

—Está bien el vestido.

—Muy bien.

—Te favorece mucho.

—Gracias. Decidme, chicos, ¿vosotros qué hacéis?

—¿Hacer? —preguntó Duke.

—Sí, quiero decir, ¿cómo os lo montáis?

—Somos buscadores de oro —dijo Harry.

—Venga, no me vengáis con cuentos.

—De verdad —dijo Duke—, somos buscadores de oro.

—Y además ya lo hemos encontrado. En una semana seremos ricos —dijo Harry.

Luego, Harry tuvo que ir a echar una meada. El retrete quedaba al final del pasillo- En cuanto se fue, Ginny dijo:

—Quiero joder primero contigo, chato. El no me gusta gran cosa.

—Vale —dijo Duke.

Sirvió tres tragos más. Cuando Harry volvió, Duke le dijo:

—Joderá primero conmigo.

—¿Quién lo dijo?

—Nosotros —dijo Duke.

—Así es —dijo Ginny.

—Creo que deberíamos incluirla también a ella —dijo Duke.

—Primero vamos a ver cómo jode —dijo Harry.

—Vuelvo locos a los hombres —dijo Ginny—. Los hago aullar. ¡No hay mejor coño en toda California!

—De acuerdo —dijo Duke— ahora lo veremos.

—Primero otro trago —dijo ella, vaciando el vaso.

Duke le sirvió.

—Te advierto que yo también tengo un buen aparato, nena, lo más probable es que te parta en dos.

—Como no le metas los pies —dijo Harry.

Ginny se limitó a sonreír sin dejar de beber. Terminó el vaso.

—Venga —dijo a Duke—. Vamos.

Ginny se acercó a la cama y se quitó el vestido. Tenía bragas azules y un sostén de un rosa desvaído sujeto atrás con un imperdible. Duke tuvo que quitarle el imperdible.

—¿Va a quedarse mirando? —le preguntó.

—Si quiere —dijo Duke—, qué coño importa.

—Bueno —dijo Ginny.

Se metieron los dos en la cama. Hubo unos minutos de calentamiento y maniobraje mientras Harry observaba. La manta estaba en el suelo. Harry sólo podía ver movimiento debajo de una sábana bastante sucia. Luego, Duke la montó, Harry veía el trasero de Duke subir y bajar debajo la sábana.

Luego Duke dijo:

—¡Oh, mierda!

—¿Qué pasa? —preguntó Ginny.

—¡Me salí! ¿No decías que era el mejor coño de California?

—¡Yo la meteré! ¡Ni siquiera me di cuenta de que estabas dentro!

—¡Pues en algún sitio estaba! —dijo Duke.

Luego, el culo de Duke volvió a subir y bajar. Nunca debí contarle a ese hijo de puta lo del oro, pensó Harry. Ahora está por medio esa zorra. Pueden aliarse contra mí. Claro que si él muriera, se quedaba conmigo, seguro.

Entonces Ginny lanzó un gemido y empezó a hablar:

—¡Oh, querido, querido! ¡Oh Dios, querido, oh Dios mío!

Puro cuento, pensó Harry.

Se levantó y se acercó a la ventana de atrás. La parte de atrás del hotel quedaba muy cerca del desvío de Vermont de la autopista de Hollywood. Miró los faros y luces de los coches. Siempre la asombraba el que unos tuvieran tanta prisa por ir en una dirección y otros por ir en otra. Alguien tenía que estar equivocado. O si no, no era todo más que un juego sucio. Entonces oyó la voz de Ginny:

—¡Ay que me corro ya! ¡Ay, Dios mío, que me corro! ¡Ay, Dios mío…!

Cuento, pensó, y luego se volvió para mirarla. Duke estaba trabajando firmemente. Ginny tenía los ojos vidriosos miraba fijamente al techo, tenía la vista clavada en una bombilla sin pantalla que colgaba de él; aquellos ojos vidriosos miraban fijamente por encima de la oreja izquierda de Duke…

Quizá tenga que pegarle un tiro en ese campo de artillería, pensó Harry. Sobre todo, si ella tiene un coño tan prieto. Oro, todo ese oro.