Isaac Asimov: Esquirol. Cuento

082704-asimovElvis Blei se frotó las gordezuelas manos y declaró:

— La palabra es «autosuficiente» -y sonrió, incómodo, mientras daba fuego a Steven Lamorak, venido de la Tierra. Todo su rostro, liso, de ojillos separados, reflejaba incomodidad. Lamorak aspiró con fruición el humo del cigarro y cruzó sus largas piernas. Su cabello parecía empolvado de gris y tenía la mandíbula grande y fuerte.

— ¿Cultivado aquí? -preguntó contemplando críticamente el cigarrillo. Trató de disimular su propia turbación ante la tensión del otro.

— Totalmente -respondió Blei.

— Me pregunto cómo queda espacio en su pequeño mundo para tales lujos -comentó Lamorak. (Lamorak iba pensando en su primera visión de Elsevere desde el visor de la nave espacial. Era un planetoide escarpado, sin atmósfera, de unos centenares de kilómetros de diámetro, poco más que una roca mal tallada, gris y polvorienta, brillando a la escasa luz de su sol, a 320.000.000 de kilómetros de distancia. Era el único objeto de más de un kilómetro de diámetro girando alrededor de su sol. Ahora los hombres lo habían transformado en un mundo en miniatura y habían construido una sociedad en el. Él mismo, como sociólogo, había venido a estudiar ese mundo y ver cómo la Humanidad había aprendido a encajar en aquella hornacina curiosamente especializada.) La sonrisa correcta de Blei se contrajo displicente.

— No somos un pequeño mundo, doctor Lamorak, nos juzga por el patrón bidimensional. La superficie de Elsevere es solamente las tres cuartas partes de la del Estado de Nueva York, pero eso es irrelevante. Recuerde que podemos ocupar completamente, si así lo deseáramos, el interior de Elsevere. Una esfera cuyo radio es de 80 kilómetros tiene un volumen de más de dos millones de kilómetros cúbicos. Si todo Elsevere estuviera ocupado por niveles de 15 metros de separación, el área total dentro del planetoide sería de 145.000.000 de kilómetros cuadrados, y esto es igual al área total del suelo de la Tierra. Y, naturalmente, ninguno de esos kilómetros cuadrados, doctor, sería improductivo.

— ¡Santo Dios! -exclamó Lamorak, y por un momento se quedó como asombrado-. Sí, claro, tiene razón. Es raro que nunca se me haya ocurrido enfocarlo así. Pero, entonces, Elsevere es el único planetoide totalmente explotado del mundo de la Galaxia y todos nosotros no podemos dejar de pensar en las superficies bidimensionales, como usted acaba de indicar. Bueno, yo me siento más que satisfecho de que su Consejo, me haya dado todas las facilidades hasta el punto de darme carta blanca en mi investigación. Blei asintió conmocionado al oírle. Lamorak frunció ligeramente el ceño y pensó: «Da la impresión de que actúa como si deseara que yo no hubiera venido. Algo va mal.»

— Naturalmente -cortó, rápido, Blei-, comprenderá que somos en realidad mucho más pequeños que lo que podemos ser: de momento sólo se han podido perforar y ocupar pequeñas porciones de Elsevere. Tampoco estamos especialmente ansiosos por extendernos, si no es muy despacio. Hasta cierto punto, nos vemos limitados por la capacidad de nuestros motores de pseudogravedad y los transformadores de energía solar.

— Lo comprendo. Pero, digame, consejero Blei, es mera curiosidad personal, no es que sea de máxima importancia para mi proyecto, ¿podría visitar primero algunos de sus niveles agropecuarios? Me fascina la idea de campos de trigo y rebaños de ganado en el interior de un planetoide.

— Encontrará el ganado de tamaño pequeño comparado con el suyo, doctor, y no tenemos demasiado trigo. Cultivamos mucho más la cebada. Pero habrá trigo para mostrárselo. También algodón y tabaco. Incluso árboles frutales.

— Maravilloso. Como usted dijo, autosuficientes. Me imagino que lo reciclan o recuperan todo. Los ojos vivos de Lamorak no perdieron el leve estremecimiento que este comentario provocó en Blei. Los ojos del elseverio se entornaron para ocultar su expresión.

— Sí, lo recuperamos todo -respondió. Aire, agua, alimentos, minerales, todo lo que está usado debe volver a su estado original; hasta las basuras se transforman en materia prima. Lo unico que se necesita es energía y tenemos la suficiente. No alcanzamos una eficiencia de un cien por cien, claro; hay pérdidas. Todos los años importamos una pequeña cantidad de agua; si nuestras necesidades aumentan, debemos importar algo de carbón y oxígeno.

— ¿Cuándo podemos empezar la visita, consejero Blei? -pidió Lamorak. La sonrisa de Blei perdió algo de su innecesaria cordialidad.

— Tan pronto como podamos, doctor. Hay ciertos trámites de rutina que hay que cumplir. Lamorak asintió, terminó el cigarrillo y lo aplastó. ¿Trámites rutinarios? No había habido la menor vacilación en la correspondencia preliminar. Elsevere parecía orgulloso de que su excepcional existencia planetoidal hubiera atraído la atención de la Galaxia.

— Me doy cuenta de que podría perturbar una sociedad tan cerrada -y observó, sombrío, cómo Blei saltaba sobre el comentario y lo hacía suyo.

— Sí -dijo Blei-, nos sentimos diferenciados del resto de la Galaxia. Tenemos nuestras propias costumbres. Cada elseverio, individualmente, encaja en una cómoda hornacina. La aparición de un forastero de casta desconocida es desconcertante.

— ¡Ah!, entonces el concepto de casta es algo connatural.

— En efecto -se apresuró a afirmar Blei-, pero también proporciona cierta seguridad. Tenemos reglas firmes de matrimonio y una rígida herencia de ocupación. Cada hombre, mujer y niño conoce su puesto, lo acepta y es aceptado en él; virtualmente desconocemos las neurosis o enfermedades mentales.

— ¿Y no hay anormales? -preguntó Lamorak. Blei preparó sus labios como si fuera a decir «no»; de pronto los cerró, comiéndose la palabra; en su frente se formó una profunda arruga. Al fin dijo:

— Voy a arreglar su visita, doctor. Entretanto, supongo que le encantará la oportunidad de refrescarse y dormir. Se pusieron de pie al mismo tiempo y juntos salieron de la estancia. Blei, cortésmente, indicó al terrícola que pasara delante.

Lamorak se sintió oprimido por la vaga sensación de crisis que presintió en su conversación con Blei.

El periódico confirmó esta sensación. Lo leyó cuidadosamente antes de acostarse, con lo que al principio no era sino interés clínico. Era una publicación de ocho páginas en papel sintético. Un cuarto de lo impreso consistía en «personales»: nacimientos, matrimonios, muertes, récords, ampliación del volumen habitable (área, no; ¡tres dimensiones!). El resto incluía ensayos intelectuales, material educacional y ficción. De noticias, en el sentido al que estaba acostumbrado Lamorak, no había virtualmente nada. Sólo un suelto podía ser considerado como tal y era estremecedor en su oscuridad. Decía, bajo un pequeño título: RECLAMACIONES INVARIABLES: No hubo cambios en su actitud de ayer. El consejero jefe anunció, después de una segunda entrevista, que sus reclamaciones siguen siendo insensatas y no pueden ser atendidas bajo ninguna circunstancia. Después, en un paréntesis y en tipo de letra distinto, había una aclaración: Los editores de este pericidico están de acuerdo en que Elsevere no puede y no se doblegará ante su silbido, pase lo que pase. Lamorak lo leyó por tres veces: Su actitud. Sus reclamaciones. Su silbido. ¿De quién? Aquella noche durmió muy mal.

Los días siguientes no fueron para periódicos, pero insistentemente no se le borraba de la mente. Blei, que seguía siendo su guía y compañero en la mayoría de las visitas, se volvía cada vez más introvertido. Al tercer día (artificialmente establecido por el reloj al estilo de las veinticuatro horas terrestres), Blel se detuvo en un momento dado y dijo:

– Este nivel está enteramente dedicado a industrias químicas. Esta sección no es importante… Pero se volvió con excesiva rapidez y Lamorak le cogió del brazo.

– ¿Qué productos son los de esta sección?

– Fertilizantes. Compuestos orgánicos -respondió Blei, con sequedad. Lamorak le retuvo, tratando de descubrir qué era lo que Blei quería evadir. Su mirada barrió los cercanos honzontes de rocas y los edificios apretujados y escalonados en diversos niveles.

– ¿No es ésa una residencia particular? -preguntó Lamorak. Blei no miró en la dirección indicada. Lamorak insistió:

– Creo que es la mayor que he visto hasta ahora. ¿Y por qué está ahí, en un nivel industrial? Eso la hacía destacarse más. Ya se había dado cuenta de que los niveles en Elsevere estaban rígidamente divididos en residenciales, agrícolas e industriales. Volvió la cabeza y gritó:

– ¡Consejero Blei! El consejero se alejaba y Lamorak fue tras él precipitadamente:

– ¿Ocurre algo malo, señor?

– Soy un grosero -masculló Blei-. Lo sé y le pido perdón. Hay asuntos que pesan en mi mente… Y siguió caminando apresuradamente.

– ¿Respecto a sus reclamaciones? Blei se paró en seco.

– ¿Qué sabe usted de eso?

– Nada más que lo que he dicho. Es lo que leí en el periódico. Blei murmuró algo entre dientes.

– ¿Ragusnik? -repitió Lamorak-. ¿Y eso qué es? Blei suspiró.

– Supongo que tendrá que enterarse. Es humillante y profundamente vergonzoso. El Consejo creyó que el asunto no tardaria en arreglarse y que no era necesario interferir en su visita; en una palabra, que no necesitaba enterarse o preocuparse. Pero llevamos ya una semana asi. No sé lo que puede pasar y, pese a las apariencias, quizá sería mejor que se marchara. No hay motivos por los que un habitante del mundo exterior se arriesgue a morir. El terrícola sonrió con incredulidad.

– ¿Arriesgarme a morir? ¿En este pequeño mundo tan pacífico y trabajador?, no puedo creerlo.

– Yo se lo explicaré -se ofreció el elseverio-. Creo que será mejor que lo haga -volvió la cabeza-. Como le he dicho, todo en Elsevere debe reciclarse. Lo comprende.

– Sí.

– Esto incluye los desperdicios humanos.

– Me lo figuré -dijo Lamorak.

-De ellos recuperamos agua por destilación y absorción. Lo que queda se convierte en fertilizantes para la cebada; parte se utiliza como compuestos orgánicos y otros productos derivados. Estas fábricas que puede ver están dedicadas a eso.

-¿Sí? -Lamorak había experimentado cierta prevención con el agua de beber cuando llegó a Elsevere, porque había sido lo bastante realista como para darse cuenta de dónde salía; pero afortunadamente había superado la impresión con relativa facilidad. Incluso en la Tierra, el agua era extraída de todo tipo de sustancias desagradables. Blei, cada vez con mayor dificultad, prosiguió:

– Igor Ragusnik es el encargado del proceso industrial relacionado con los desechos. Pertenece a su familia desde que Elsevere fue colonizado por primera vez. Uno de los primeros colonizadores fue Mijail Ragusnik y él…, él…

– Fue el encargado de la recuperación de los desechos.

– Sí. Ahora bien, la residencia en que usted reparó es la de Ragusnik; la mejor y la más adornada del planetoide. Ragusnik disfruta de muchos privilegios que los demás no tenemos; pero, después de todo -continuó con voz cada vez más vehemente-, no podemos hablarle.

– ¿Qué?

– Reclama absoluta igualdad social. Quiere que sus hijos se mezclen con los nuestros, que nuestras esposas visiten a… ¡Oh! -y en esa exclamación reflejó todo el asco que le producía. Lamorak recordó el suelto del periódico que ni siquiera se había atrevido a mencionar el nombre de Ragusnik en letra de imprenta, ni decir nada específico sobre su reclamación. Comentó, pues:

– Deduzco que por su trabajo es un paria.

– Naturalmente. Desperdicios humanos y… -Las palabras le fallaban a Blei. Después de una pausa, añadió más tranquilo-: Como habitante de la Tierra, supongo que no lo comprende.

– Como sociólogo, creo que sí. -Lamorak se acordó de los intocables de la antigua India, de los que manejaban cadáveres y pensó también en la situación de los porquerizos en la vieja Judea.

– Deduzco que Elsevere no accederá a sus reclamaciones -prosiguió.

– ¡Jamás! -declaró Blei enérgicamente-. ¡Jamás!

– ¿Y entonces?

-Ragusnik amenazó con dejar de trabajar.

– En otras palabras: hacer huelga.

– Sí.

-¿Sería muy grave?

– Tenemos comida y agua suficiente para cierto tiempo; su reclamación no es esencial en este sentido. Pero los desechos se acumularán, contaminarán el planetoide. Después de varias generaciones de un cuidadoso control de enfermedades, tenemos poca resistencia a las enfermedades microbianas. Una vez iniciada una epidemia… caeríamos a centenares.

– ¿Se da cuenta de ello Ragusnik?

– Si, naturalmente.

– ¿Cree, entonces, que mantendrá su amenaza?

– Está loco. Ya ha dejado de trabajar; no se han recogido los desechos desde el día en que usted aterrizó. La nariz bulbosa de Blei husmeó el aire como si ya hubiera captado el hedor a excrementos. Lamorak olfateó también maquinalmente, pero no notó nada. Blei continuó:

– Así que ya ve que tal vez sería prudente que se fuera. Nos sentimos humillados, claro, al tener que insinuárselo. Pero Lamorak protestó:

– Espere, todavía no. ¡Dios Santo!, esto es para mí un caso profesional de gran interés. ¿Puedo hablar con Ragusnik?

– De ningún modo -exclamó Blei, alarmado.

– Pero me gustaría comprender la situación. Las condiciones sociológicas aquí son únicas y difíciles de repetir en otra parte. En nombre de la ciencia…

– ¿Qué quiere decir? ¿Bastaría con una comunicación por imagen?

– Sí.

– Preguntaré al Consejo -musitó Blei.

Estaban sentados con Lamorak, incómodos, con sus expresiones austeras y dignas, apenas modificadas por la ansiedad. Blei, sentado entre ellos, evitaba cuidadosamente la mirada del terrícola. El consejero jefe, canoso, con un rostro profundamente arrugado y el cuello descarnado, habló con dulzura: Si por sus propias convicciones es capaz de persuadirle, señor, se lo agradeceremos. Sin embargo, por ningún concepto insinúe que podemos ceder, de una u otra forma. Una cortina de gasa se desplegó entre Lamorak y el Consejo. Aún podía distinguir a los consejeros, uno a uno, antes de volverse vivamente hacia el receptor que tenía delante que cobró vida de pronto. Apareció una cabeza de color natural con gran realismo. Era una cabeza fuerte, morena, mandíbula maciza, rostro mal rasurado, labios gruesos, rojos, apretados en una firme línea horizontal. La imagen dijo, suspicaz:

— ¿Quién es usted?

— Me llamo Steven Lamorak -contestó-. Procedo de la Tierra.

— ¿Uno del mundo exterior?

— En efecto. Estoy de visita en Elsevere. ¿Es usted Ragusnik?

— Igor Ragusnik, a su servicio -dijo la imagen, burlona-. Sólo que no tengo servicio que prestarle, y no lo habrá hasta que a mi familia y a mí se nos trate como a seres humanos. Lamorak preguntó:

— ¿Se da cuenta del peligro en que se encuentra Elsevere y la posibilidad de contraer enfermedades contagiosas?

— La situación puede normalizarse en veinticuatro horas si me tratan con humanidad. Son ellos los que deben corregir la situación.

— Parece usted un hombre educado, Ragusnik.

— ¿Y qué?

— Me han dicho que no se le niega ninguna comodidad material. Está usted alojado, vestido y alimentado mejor que cualquier otro en Elsevere. Sus hijos son los que mejor educación reciben.

— De acuerdo. Pero todo por servomecanismo. Y nos mandan niñas huérfanas de madre para que las eduquemos y criemos a fin de que sean nuestras esposas. Y se mueren jóvenes, de soledad. ¿Y por qué? -continuó preguntando con voz vehemente-. ¿Por qué debemos vivir aislados como si fuéramos monstruos, no aptos para estar cerca de los seres humanos? ¿Acaso no somos seres humanos como los demás, con las mismas necesidades, deseos y sentimientos? ¿No realizamos una función honrada y necesaria? Se oyó un rumor de suspiros por detrás de Lamorak. Ragusnik lo oyó y levantó la voz:

— Les estoy viendo, consejeros, ahí detrás. Respóndanme: ¿No es una función honrada y útil? Son sus desechos los transformados en alimentación para ustedes. ¿Acaso el hombre que purifica la corrupción es peor que el hombre que la produce? Oiganme, consejeros, no voy a ceder. Dejen que todo Elsevere se contagie, incluyéndome a mí y a mi hijo si fuera necesario, pero no cederé. Mi familia estará mejor muerta de la infección que viviendo como ahora…

— Ha llevado este género de vida desde que nació, ¿no es verdad? -interrumpió Lamorak.

— Bueno, ¿y qué?

— Pues que ya estará acostumbrado.

— Acostumbrado, jamás. En todo caso, resignado. Mi padre estaba resignado y yo lo estuve durante un tiempo, pero veo a mi hijo, mi único hijo, sin ningún otro niño con quien jugar. Mi hermano y yo nos teníamos uno a otro, pero mi hijo jamás tendrá a nadie, y yo he dejado de estar resignado. He terminado con Elsevere y he terminado con esta conversación. El receptor se apagó. El rostro del consejero jefe había palidecido hasta volverse color pergamino. El y Blei eran los únicos del grupo que quedaban con Lamorak. El consejero jefe dijo:

— Este hombre está perturbado; no sé cómo obligarle. Tenía un vaso de vino a su lado, al acercarlo a sus labios vertió unas gotas que mancharon sus pantalones blancos de morado oscuro. Lamorak preguntó:

— ¿Son sus peticiones tan imposibles? ¿Por qué no puede ser aceptado en sociedad? Una rabia pasajera brilló en los ojos de Blei.

— ¿El que maneja excrementos? -se encogió de hombros-. Claro, usted viene de la Tierra. Lamorak pensó sin que viniera a cuento en otro inaceptable, en una de las numerosas creaciones del dibujante de cómics Al Capp. Los que él llamaba, «obrero entre las mofetas». Dijo:

— ¿Maneja realmente los excrementos? Quiero decir si tiene contacto físico. Supongo que todo lo manejaran máquinas automáticas.

— Naturalmente -contestó el consejero jefe.

— Entonces, ¿cuál es exactamente la función de Ragusnik?

— Ajusta manualmente los controles que aseguran el buen funcionamiento de la maquinaria; desplaza unidades para permitir su reparación; modifica el tipo de funcionamiento según la hora del día; varía la producción final según la demanda. -Y añadió con tristeza-: Si dispusiéramos del espacio preciso para hacer la maquinaria diez veces más compleja, todo podría hacerse automáticamente; pero sería un dispendio innecesario.

— Incluso así -insistió Lamorak-, lo único que hace Ragusnik es apretar botones, cerrar contactos o cosas así.

— Sí.

— Entonces, su trabajo no es diferente del de cualquier otro elseverio.

— No lo comprende -dijo Blei, terco.

— ¿Y sólo por eso arriesgan las vidas de sus hijos?

— No tenemos opción. -Había suficiente angustia en su voz para que Lamorak comprendiera que la situación era lacerante para Blei, pero que en realidad no tenía donde elegir. Lamorak se encogió de hombros, asqueado.

— Entonces, paren la huelga. Oblíguenle.

— ¿Cómo? -preguntó el consejero jefe-. ¿Quién querría tocarle o acercársele? Y si le matamos disparándole a distancia, ¿de qué va a servirnos? Lamorak, pensativo, preguntó:

— ¿Sabría manejar sus máquinas?

— ¿Quién, yo? -gritó asustado el consejero poniéndose en pie.

— No me refiero a usted -exclamó Lamorak al instante-. Usé la fórmula en sentido indefinido. ¿Podría aprender alguien cómo manejar la maquinaria de Ragusnik? Poco a poco el susto abandonó el rostro del consejero jefe.

— Estoy seguro que está en los manuales, aunque le aseguro que nunca me preocupé por averiguarlo.

— Entonces, ¿podría alguien aprender el procedimiento y sustituir a Ragusnik hasta que el hombre ceda?

— ¿Quién aceptaría tal cosa? -dijo Blei-. Por lo menos yo no, en ninguna circunstancia. Lamorak pensó fugazmente en los tabúes de la Tierra que podían ser casi tan fuertes. Pensó en el canibalismo, en el incesto y en un hombre piadoso maldiciendo a Dios. Comentó:

— Pero deben de haber previsto la vacante en el trabajo de Raguskin. Supónganse que muera.

— Automáticamente le sucedería su hijo en el empleo o su pariente más cercano ­explicó Blei.

— ¿Y si careciera de parientes adultos? ¿Y si toda su familia falleciera a la vez?

— Esto no ha ocurrido nunca, ni jamás ocurrirá. El consejero jefe añadió:

— Si existiera ese peligro, quizá podríamos colocar a un niño o dos con los Ragusnik y que lo prepararan para esa profesión.

— ¡Ah!, ¿y cómo elegirían al niño?

— Entre los hijos de madres muertas de parto, lo mismo que elegimos a las futuras esposas Ragusnik.

— Entonces, empiecen ya a elegir por suerte a un sustituto para Ragusnik. El consejero jefe exclamó:

— ¡No! ¡Imposible! ¿Cómo puede sugerir tal cosa? Si seleccionamos un niño, puede educársele para esa vida; no conocería otra. En este momento tendríamos que elegir un adulto y someterle a la ragusnicatura. No, doctor Lamorak, no somos ni monstruos ni brutos insensibles. «Es inútil» -se dijo Lamorak descorazonado- «Es inútil a menos que…» Pero todavía no se veía con ánimos para hacer frente a ese «a menos que».

Por la noche Lamorak apenas durmió. Ragusnik reclamaba sólo lo básico de humanidad. Pero, en contra, había treinta mil elseverios que iban a morir. Por una parte, el bienestar de treinta mil; por la otra, la justa reclamación de una familia. ¿Podía decirse que treinta mil partidarios de la injusticia merecían morir? Injusticia, sí; pero, ¿desde qué punto de vista? ¿Tierra? ¿Elsevere? ¿Y quién era Lamorak para juzgar? ¿Y Ragusnik? Estaba dispuesto a dejar que treinta mil murieran, incluyendo hombres y mujeres que se limitaban a aceptar una situación que se les había enseñado a aceptar y que no podían cambiar aunque lo quisieran. Y los niños, que no tenían nada que ver. Treinta mil por un lado; una familia por el otro. Lamorak tomó una determinación desesperada. Por la mañana llamó al consejero jefe. Le dijo:

— Señor, si puede encontrar un sustituto, Ragusnik verá que ha perdido la oportunidad de forzar una decisión en su favor y volverá al trabajo.

— No puede haber sustituto. -Suspiró el consejero jefe-. Ya se lo he explicado.

— Ningún sustituto entre los elseverios, pero yo no soy elseverio y no me importa. Yo le sustituiré.

Estaban excitados, mucho más excitados que el propio Lamorak. Le preguntaron más de una docena de veces si lo decía en serio. Lamorak, sin afeitar, estaba mareado.

— Claro que lo digo en serio. Y cada vez que Ragusnik se porte así pueden importar un sustituto. Ningún otro mundo tiene este tabú y siempre habrá montones de sustitutos temporales disponibles si se les paga bien. (Estaba traicionando a un hombre brutalmente explotado, y le constaba. Pero desesperadamente pensó: «Salvo en el ostracismo le tratan muy bien. Muy bien.») Le entregaron los manuales y pasó seis horas leyendo y volviendo a leer. Era inútil hacerles preguntas. Ninguno de los elseverios tenía la menor idea del trabajo, excepto por lo que decía el manual, y todos parecían sentirse incómodos si se mencionaban los detalles. «Mantenga la lectura O en el galvanómetro A-2 durante todo el tiempo que se encienda la luz roja en el aullador-Lunge», leyó Lamorak. «¿Qué diablos puede ser un aullador-Lunge?»

— Habrá una indicación -sugirió Blei, y los elseverios se miraron avergonzados unos a otros e inclinaron las cabezas para contemplarse las uñas.

Le dejaron mucho antes de que llegara a las pequeñas habitaciones, cuartel general de generaciones de Ragusniks trabajando para su mundo. Tenía instrucciones específicas sobre qué direcciones tenía que tomar y a qué nivel llegar, pero se quedaron de pronto rezagados y le dejaron que siguiera solo. Cruzó las estancias con dificultad, identificando los instrumentos y controles, siguiendo los diagramas esquematicos del manual.

«Allí hay un aullador-Lunge», pensó con sombría satisfacción. El indicador lo decía así. Tenía una cara semicircular llena de agujeros pensados para brillar en colores separados. ¿Por qué «aullador»? Ni idea. «Por alguna parte -pensó Lamorak-, por alguna parte hay desechos acumulados, pesando sobre palancas y salidas, tuberías y silos esperando a que se les maneje de cien modos diferentes. De momento no hacen sino acumularse.» No sin un estremecimiento, tiró del primer interruptor como le indicaba el manual en sus consejos para «Iniciación». Un suave murmullo vital se dejó sentir a través de suelos y paredes. Giró una manecilla y las luces se encendieron. A cada paso consultaba el manual, aunque ya se lo sabía de memoria, y con cada paso las estancias se iluminaban y los diales indicadores se ponían en movimiento aumentando de volumen los zumbidos. Al fondo de las naves los desechos acumulados iban siendo dirigidos a los canales apropiados. Una señal estridente sobresaltó a Lamorak que lo sacó de su penosa concentración. Era una señal de comunicaciones y Lamorak manipuló torpemente el receptor para que entrara en acción. Apareció la cabeza de Ragusnik, asombrado; después, poco a poco, la incredulidad y el sobresalto desaparecieron de sus ojos:

— Así es como lo hacen.

— No soy un elseverio, Ragusnik. Y no me importa hacer esto.

— Pero a usted, ¿qué le importa todo este asunto? ¿Por qué se mete?

— Estoy de su parte, Ragusnik, pero tengo que hacerlo.

— ¿Y por qué, si está de mi parte? ¿Acaso en su mundo tratan a la gente como me tratan aquí?

— Ya no. Pero aun teniendo toda la razón, hay que tener en cuenta las treinta mil personas de Elsevere.

— Hubieran cedido; ha destruido mi única oportunidad.

— No hubieran cedido. Y, en cierto modo, usted ha ganado; saben que está descontento. Hasta ahora nunca soñaron siquiera que un Ragusnik pudiera ser desgraciado, que pudiera crearles problemas.

— Y ahora que están enterados, lo único que necesitan hacer es contratar a uno del mundo exterior en cualquier momento. Lamorak sacudió violentamente la cabeza. Lo había pensado bien en las últimas horas amargas:

— El hecho de que estén enterados significa que los elseverios empezarán a pensar en usted; algunos incluso se preguntarán si es justo tratar así a un ser humano. Y si se contrata a gente del mundo exterior, la noticia sobre lo que ocurre en Elsevere se propagará y la opinión del público de la Galaxia estará a su favor.

— ¿Y?

— Las cosas mejorarán. Con su hijo todo será mucho mejor.

— ¡Con mi hijo! -replicó Ragusnik, desalentado-. ¡Ojalá fuera ahora! Bueno, he perdido. Volveré al trabajo. Lamorak experimentó un inmenso alivio.

— Si viene usted ahora, señor, recuperará su trabajo y consideraré un honor estrecharle la mano. Ragusnik levantó la cabeza y su expresión fue de amargo orgullo:

— Me llama usted «señor» y me ofrece estrecharme la mano. Siga su camino, terrícola, y déjeme mi trabajo, porque yo no estrecharía la suya. Lamorak se volvió por donde había venido, satisfecho porque la crisis había terminado y, a la vez, profundamente deprimido. Se paró sorprendido cuando encontró una sección del corredor acordonada, de forma que no podía pasar. Buscó rutas alternativas y le sobresaltó una voz amplificada, sobre su cabeza, que le decía:

— Doctor Lamorak, ¿me oye? Soy el consejero Blei. Lamorak levantó la vista. La voz salía de algún sistema de megafonía público, pero no supo ver el altavoz. Contestó:

— ¿Pasa algo? ¿Puede oírme?

— Le oigo. Lamorak gritaba instintivamente.

— ¿Ocurre algo malo? Aquí estoy bloqueado. ¿Es que ha habido complicaciones con Ragusnik?

— Ragusnik ha vuelto al trabajo -Oyó decir a Blei-. La crisis ha terminado, y usted debe prepararse para marchar.

— ¿Marchar?

— Abandonar Elsevere; se está preparando una nave para usted.

— Espere un poco. -Lamorak se sentía confuso ante el súbito rumbo de los acontecimientos-. No he terminado aun mi recopilación de datos.

— Es algo inevitable -oyó decir a Blei-. Se le dirigirá a la nave y sus pertenencias se le mandarán por servomecanismo. Confiamos…, confiamos… Lamorak empezaba a ver claro.

— ¿Confían en qué?

— Confiamos en que no tratará de ver o hablar directamente con ningún elseverio. Y, naturalmente, confiamos en que nos ahorrará bochorno y complicaciones no regresando nunca a Elsevere en el futuro. Cualquier colega suyo será bien recibido si precisaran más datos sobre nosotros.

— Comprendo -dijo Lamorak con voz opaca-. Por lo visto él se había transformado también en un Ragusnik. Había tocado los controles que a su vez habían tocado los desechos; estaba desterrado. Era un enterrador, un porquerizo, el hombre del trabajo maloliente.

— Adiós -terminó diciendo.

— Antes de que le dirijamos, doctor Lamorak -prosiguió la voz de Blei-, en nombre del Consejo de Elsevere le doy las gracias por su ayuda en esta crisis.

— De nada -contestó amargamente Lamorak.

Isaac Asimov: Anfitriona. Cuento

6A3423B157DE2BBEAE3F6088936091Rose Smollett se sentía feliz, casi triunfante. Se arrancó los guantes, tiró el sombrero, volvió sus ojos brillantes hacia su marido y le dijo:

— Drake, vamos a tenerle aquí. Drake la miró disgustado:

— Llegas tarde para la cena. Yo creí que ibas a estar de vuelta a eso de las siete.

— Bah, no tiene importancia. Comí algo mientras venía. Pero, Drake, ¡vamos a tenerle aquí!

— ¿A quién, aquí? ¿De quién estás hablando?

— ¡Del doctor del planeta Hawkin! ¿Es que no te diste cuenta de que la conferencia de hoy era sobre él? Pasamos todo el día hablando de ello. ¡Es la cosa más excitante que jamás pudiera habernos ocurrido! Drake Smollett apartó la pipa de su rostro. Primero miró la pipa, luego a su mujer.

— A ver si lo he entendido bien. ¿Cuando dices el doctor procedente del planeta Hawkin, te refieres al hawkinita que tenéis en el instituto?

— Pues, claro. ¿A quién iba a referirme si no?

— ¿Y puedo preguntarte qué diablos significa eso de que vamos a tenerle aquí?

— Drake, ¿es que no lo entiendes?

— ¿Qué es lo que tengo que entender? Tu instinto puede estar interesado por esa cosa, pero yo no. ¿Qué tenemos que ver con él? Es cosa del instituto, ¿no crees?

— Pero, cariño -dijo Rose pacientemente-, el hawkinita quería vivir en una casa particular en una parte donde no le molestaran con ceremonias oficiales y donde pudiera desenvolverse más de acuerdo con sus gustos. Lo encuentro de lo más comprensible.

— ¿Por qué en nuestra casa?

— Porque nuestra casa es conveniente para ello, creo. Me preguntaron si se lo permitía, y, francamente -añadió con cierta obstinación-, lo considero un privilegio.

— ¡Mira! -Drake se metió los dedos entre el cabello y consiguió alborotarlo-, tenemos un lugar adecuado, ¡de acuerdo! No es el lugar más elegante del mundo, pero nos sirve bien a los dos. No obstante, no veo que nos sobre sitio para visitantes extraterrestres. Rose empezó a parecer preocupada. Se quitó las gafas y las guardó en su funda.

— Podemos instalarlo en el cuarto de huéspedes. Él se ocupará de tenerlo en orden. He hablado con él y es muy agradable. Sinceramente, lo único que debemos hacer es mostrar cierta capacidad de adaptación.

— Sí, claro, sólo un poco de adaptabilidad. Los hawkinitas aspiran cianuro. Y supongo que también tendremos que adaptarnos a eso, ¿no?

— Lleva siempre cianuro en un pequeño cilindro. Ni siquiera te darás cuenta.

— ¿Y de qué otras cosas no voy a darme cuenta?

— De nada más. Son totalmente inofensivos. ¡Cielos, si incluso son vegetarianos!

— Y eso, ¿qué significa?, ¿que tenemos que servirle una bala de heno para cenar? El labio inferior de Rose empezó a temblar.

— Drake, estás siendo deliberadamente odioso. Hay muchos vegetarianos en la Tierra; no comen heno.

— Y nosotros, ¿qué? Podremos comer carne, ¿o esto va a hacerle pensar que somos caníbales? No pienso vivir de ensaladas para hacerle feliz, te lo advierto.

— No seas ridículo. Rose se sentía desamparada. Se había casado relativamente mayor. Había elegido su carrera; parecía haber encajado bien en ella. Era miembro del Instituto Jerikins de Ciencias Naturales, rama de Biología, con más de veinte publicaciones a su nombre. En una palabra, la línea estaba trazada, el camino desbrozado: se había dedicado a una carrera y a la soltería. Y ahora, a los 35 años, estaba aún algo asombrada de encontrarse casada desde hacía escasamente un año. Ocasionalmente se sentía turbada, porque a veces descubría que no tenía la menor idea de cómo tratar a un marido. ¿Qué había que hacer cuando el hombre de la casa se ponía testarudo? Esto no constaba en ninguno de sus cursillos. Como mujer de carrera y de mentalidad independiente, no podía rebajarse a zalamerías. Así que le miró fijamente y le dijo con sinceridad:

— Para mí significa mucho.

— ¿Por qué?

— Porque, Drake, si se queda aquí algún tiempo, podré estudiarle bien de cerca. Se ha trabajado muy poco en la biología y psicología del hawkinita individualmente, y en las inteligencias extraterrestres en general. Sabemos algo de su sociología e historia, pero nada más. Seguro que te das cuenta de que es una oportunidad. Vivirá aquí; le observaremos, le hablaremos, vigilaremos sus hábitos…

— No me interesa.

— Oh, Drake. No te comprendo.

— Supongo que vas a decirme que no suelo ser así.

— Bueno, es que no eres asi. Drake guardó silencio un momento. Parecía ajeno a todo; sus pómulos salientes y su barbilla cuadrada parecían helados, tal era la sensación de resentimiento. Finalmente, dijo.

— Mira, he oído hablar algo de los hawkinitas en relación con mi trabajo. Dices que se ha investigado su sociología pero no su biología. Claro, porque los hawkinitas no quieren que se les estudie como ejemplares, como tampoco querríamos nosotros. He hablado con hombres que fueron encargados de la seguridad y vigilancia de varias misiones de hawkinitas en la Tierra. Las misiones permanecen en las habitaciones que se les asignan y no las abandonan por nada salvo para asuntos oficiales sumamente importantes. No tienen el menor contacto con los hombres de la Tierra. Es obvio que sientan tanta repugnancia por nosotros, como yo, personalmente, por ellos. »La verdad es que no llego a comprender por qué el hawkinita del instituto va a ser diferente. Me parece que tenerle aquí va en contra de lo establecido y, bueno…, que él quiera vivir en la casa de un terrícola, me lo revuelve todo. Rose, cansada, explicó:

— Esto es diferente. Me sorprende que no puedas comprenderlo, Drake. Es un doctor. Viene aquí en plan de investigación médica y te concedo que probablemente no disfrute conviviendo con seres humanos y que, además, nos encuentre horribles. Pero, con todo y con eso debe quedarse. ¿Crees tú que a un médico humano le guste ir al trópico o que disfrute dejándose picar por los mosquitos?

— ¿Qué es eso de mosquitos? -cortó Drake-. ¿Qué tienen que ver con lo que estamos discutiendo?

— Pues nada -contestó Rose asombrada-, se me ocurrió de pronto, nada más. Estaba pensando en Reed y en sus experimentos sobre la fiebre amarilla. Drake se encogió de hombros.

— Haz lo que quieras. Rose titubeó un instante, luego preguntó:

— No estarás enfadado, ¿verdad? -Le pareció que sonaba ridículamente infantil.

— No. Y eso significa, ella lo sabia, que si lo estaba. Rose se contempló, insegura, en el espejo de cuerpo entero. Nunca había sido guapa y estaba tan resignada, que ya no le importaba. Por supuesto que no tenía la menor importancia para un ser procedente del planeta Hawkin. Lo que sí la molestaba era eso de tener que ser una anfitriona bajo tan extrañas circunstancias, mostrar tacto hacia una criatura extraterrestre y, a la vez, hacia su marido. Se preguntó quién de los dos resultaría más difícil. Drake llegaría tarde a casa aquel día; tardaría aún media hora. Rose se encontró inclinada a creer que lo había preparado expresamente con la aviesa intención de dejarla sola con su problema. De pronto se sintió presa de un sordo resentimiento. La había llamado por teléfono al instituto para preguntarle bruscamente:

— ¿Cuándo vas a llevarlo a casa?

— Dentro de tres horas -respondió con voz seca.

— Está bien. ¿Cómo se llama? El nombre del hawkinita.

— ¿Por qué quieres saberlo? -No pudo evitar la frialdad de las palabras.

— Digamos que es una pequeña investigación por mi cuenta. Después de todo, esa cosa vivirá en mi casa.

— Por el amor de Dios, Drake, no mezcles tu trabajo con nosotros. La voz de Drake sonó metálica y desagradable.

— ¿Por qué no, Rose? ¿No es eso precisamente lo que haces tú? Así era, claro, de forma que le dio la información que él quería. Esta era la primera vez en su vida matrimonial que tenían una pelea o cosa parecida y, sentada frente al gran espejo empezó a preguntarse si no tendría que esforzarse por comprender su punto de vista. En esencia, se había casado con un policía. En realidad era más que un simple policía: era miembro del Consejo de Seguridad Mundial. Había sido una sorpresa para sus amigos. El matrimonio había sido ya de por sí la mayor sorpresa, pero ya que se había decidido a casarse, ¿por qué no con otro biólogo? O, si hubiera querido salirse a otro camino, ¿por qué no con un antropólogo o con un químico? Pero, mira que precisamente con un policía… Nadie había pronunciado estas palabras, naturalmente, pero se mascaba en la atmósfera el día de la boda. Aquel día, y desde entonces, había sentido ciertos resentimientos. Un hombre podía casarse con quien le diera la gana, pero si una doctora en Filosofía decidía casarse con un hombre que no fuera siquiera licenciado, se escandalizaban. ¿Y por qué razón? ¿Qué les importaba a ellos? En cierto modo era guapo e inteligente, y ella estaba perfectamente satisfecha de su elección. No obstante, ¿cuánto esnobismo del mismo tipo traía ella a casa? ¿No adoptaba siempre la actitud de que sus investigaciones biológicas eran importantes, mientras que la ocupación de él era simplemente algo que quedaba dentro de las cuatro paredes de su pequeño despacho en los viejos edificios de las Naciones Unidas, en East River? Se levantó de un salto, agitada, y respirando profundamente decidió abandonar aquellos pensamientos. Ansiaba desesperadamente no disputar con él. Y tampoco iba a meterse en sus asuntos. Se había comprometido a aceptar al hawkinita como huésped, pero en lo demás dejaría que Drake hiciera lo que quisiera. Era mucho lo que él concedía. Harg Tholan estaba de pie en medio de la sala de estar, cuando ella bajó la escalera. No se había sentado, porque no estaba anatómicamente construido para hacerlo. Le sostenían dos pares de miembros colocados muy cerca, mientras que un tercer par, de diferente construcción, pendía de una región que, en un ser humano, equivalía al pecho. La piel de su cuerpo era dura, brillante y marcada de surcos, mientras que su cara tenía un vago parecido a algo remotamente bovino. Sin embargo, no era por completo repulsivo y llevaba una especie de vestimenta en la parte baja de su cuerpo a fin de evitar ofender la sensibilidad de sus anfitriones humanos.

— Señora Smollett -dijo-, agradezco su hospitalidad más allá de lo que puedo expresar en su idioma. -Y se agachó de modo que sus miembros delanteros rozaron el suelo por un instante. Rose sabía que este gesto significaba gratitud entre los seres del planeta Hawkin. Estaba agradecida de que hablara tan bien su idioma. La forma de su boca, combinada con la ausencia de incisivos hacía que los sonidos fueran sibilantes. Aparte de todo esto, podía haber nacido en la Tierra por el poco acento que tenía.

— Mi marido no tardará en llegar, y entonces cenaremos.

— ¿Su marido? -Calló un momento y al instante añadió-: Sí, claro. Rose no hizo caso. Si había un motivo de infinita confusión entre las cinco razas inteligentes de la Galaxia conocida, estribaba en las diferencias de su vida sexual e instituciones sociales. El concepto de marido y esposa, por ejemplo, existía solamente en la Tierra. Las otras razas podían lograr una especie de comprensión intelectual de lo que significaba, pero jamás una comprensión emocional

— He consultado al instituto para la preparación de su menú. Confío en que no haya nada que le disguste. El hawkinita parpadeó rápidamente. Rose recordó que esto equivalía a un gesto de diversión.

— Las proteínas son siempre proteínas, mi querida señora Smollett. En cuanto a los factores trazadores que necesito pero que no se encuentran en sus alimentos, he traído concentrados perfectamente adecuados para mi. Y las proteínas eran proteínas. Rose lo sabía con certeza. Su preocupación por la dieta de la criatura había sido sobre todo, una muestra de buenos modales. Al descubrirse vida en los planetas de las estrellas exteriores, una las generalizaciones más interesantes fue comprobar que la vida podía formarse de otras sustancias que no fueran proteínas, incluso de elementos que no eran carbono. Seguía siendo verdad que las únicas inteligencias conocidas eran de naturaleza proteínica. Esto significaba que cada una de las cinco formas de vida inteligente podía mantenerse por largos períodos con los alimentos de cualquiera de las otras cuatro. Oyó la llave de Drake en la cerradura y se quedó tiesa de aprensión. Tuvo que admitir que se portó bien. Entró y sin la menor vacilación tendió la mano al hawkinita, diciéndole con firmeza:

— Buenas noches, doctor Tholan. El hawkinita alargó su miembro delantero, grande, torpe, y, por decirlo de algún modo, se estrecharon la mano. Rose ya había pasado por ello y conocía la extraña sensación de una mano hawkinita en la suya. La había notado rasposa, caliente y seca. Imaginaba que al hawkinita, la suya y la de Drake le parecerían frías y viscosas. Cuando se lo presentaron, tuvo la oportunidad de observar aquella mano extraña. Era un caso sorprendente de evolución convergente. Su desarrollo morfológico era enteramente diferente del de la mano humana, pero había conseguido acercarse a una buena similitud. Tenía cuatro dedos, le faltaba el pulgar. Cada dedo tenía cinco articulaciones independientes. Así, la carente flexibilidad por ausencia del pulgar se compensaba por las propiedades casi tentaculares de los dedos. Y lo que era aún más interesante a sus ojos de bióloga era que cada dedo hawkinita terminaba en una diminuta pezuña, imposible de identificar al profano como tal, pero claramente adaptada para la carrera, como para el hombre la mano estuvo adaptada para trepar.

— ¿Está usted bien instalado, señor? -preguntó Drake amablemente-. ¿Quiere una copa? El hawkinita no contestó sino que miró a Rose con una ligera contorsión facial que indicaba cierta emoción que, desgraciadamente, Rose no supo interpretar. Comentó, nerviosa:

— En la Tierra hay la costumbre de beber líquidos que han sido reforzados con alcohol etílico. Lo encontramos estimulante.

— Oh, si, en este caso me temo que debo rehusar. El alcohol etílico chocaría muy desagradablemente con mi metabolismo.

— Bueno, tengo entendido que a los de la Tierra les ocurre lo mismo, doctor Tholan ­intervino Drake-. ¿Le molestaría que yo bebiera?

— Claro que no. Drake pasó junto a Rose al ir hacia el aparador y ella sólo captó una palabra, dicha entre dientes y muy controlada, «¡Cielos!» No obstante, le pareció captar unas cuantas exclamaciones más a sus espaldas. El hawkinita permaneció de pie junto a la mesa. Sus dedos eran modelo de destreza al manejar los cubiertos. Rose se esforzó por no mirarle mientras comía. Su gran boca sin labios partía su cara de un modo alarmante al ingerir los alimentos y al masticar, sus enormes mandíbulas se movían desconcertantes de un lado a otro. Era otra prueba de sus antepasados ungulados. Rose se encontró preguntándose si, después, en la soledad y quietud de su habitación, rumiaría la comida, y sintió pánico por si Drake tenía la misma idea y se levantaba, asqueado, de la mesa. Pero Drake se lo estaba tomando todo con mucha calma. Dijo:

— Supongo, doctor Tholan, que el cilindro que tiene al lado contiene cianuro, ¿no? Rose se sobresaltó. No se había dado cuenta. Era un objeto de metal, curvado, y sus pezuñitas sostenían un tubo delgado y flexible que recorría su cuerpo pero que apenas se notaba por el color tan parecido al de su piel amarillenta, y entraba por una esquina de su inmensa boca. Rose se sintió ligeramente turbada como si viera una exhibición de prendas íntimas.

— ¿Y contiene cianuro puro? -siguió preguntando. El hawkinita parpadeó, divertido:

— Supongo que pensará en un peligro posible para los terrícolas. Sé que el gas es altamente venenoso para ustedes y yo no necesito mucho. El gas contenido en el cilindro es cianuro hidrogenado en un cinco por ciento, y el resto es oxígeno. Nada escapa del tubo excepto cuando realmente chupo el conducto, y no tengo que hacerlo con frecuencia.

— Ya. ¿Y necesita el gas para vivir? Rose estaba algo sorprendida. Uno no debía hacer semejantes preguntas sin una cuidadosa preparación. Era imposible conocer de antemano dónde podían estar los puntos sensibles de una psicología extraña. Y Drake debía hacer esto deliberadamente, ya que no podía dejar de darse cuenta de que podía obtener, fácilmente, respuestas a sus preguntas, dirigiéndose a ella. ¿O es que prefería no preguntárselo a ella? El hawkinita se mostró imperturbable aparentemente:

— ¿No es usted biólogo, señor Smollett?

— No, doctor Tholan.

— Pero está íntimamente asociado a la señora doctora Smollett.

— Sí, estoy casado con una señora doctora, pero no soy biólogo. -Drake sonrió ligeramente-. Simplemente un funcionario menor del Gobierno. Los amigos de mi mujer -añadió- me llaman policía. Rose se mordió el interior de la mejilla. En este caso había sido el hawkinita el que había tocado el punto sensible de la psicología extraña. En el planeta Hawkin, regía un fuerte sistema de castas y las relaciones entre castas eran limitadas. Pero Drake no podía darse cuenta. El hawkinita se volvió a Rose:

— Señora Smollett, le ruego me permita explicar un poco nuestra bioquímica a su marido. Será aburrido para usted puesto que estoy seguro de que está perfectamente enterada.

— No faltaba más, doctor Tholan -le respondió.

— Verá usted, señor Smollett, el sistema respiratorio de nuestro cuerpo y de todos los cuerpos de todas las criaturas que respiran en la Tierra, está controlado por ciertas enzimas con contenido de un metal, o eso me han enseñado. El metal es generalmente hierro aunque a veces es cobre. En cualquier caso, pequeños rastros de cianuro combinarían con los metales e inmovilizarían el sistema respiratorio de la célula terrestre o viviente. Se verían en la imposibilidad de utilizar oxígeno y morirían a los pocos minutos. »La vida en mi planeta no está del todo organizada así. Los compuestos respiratorios clave no contienen ni hierro ni cobre; en realidad ningún metal. Es por dicha razón por la que mi sangre es incolora. Nuestros compuestos contienen ciertos grupos orgánicos que son esenciales para la vida y estos grupos pueden solamente mantenerse intactos con la ayuda de una pequeña concentración de cianuro. Indudablemente, este tipo de proteína se ha desarrollado a lo largo de un millón de años de evolución, en un mundo que tiene un pequeño tanto por ciento de cianuro, con hidrógeno naturalmente, en la atmósfera. Su presencia se mantiene por ciclo biológico. Varios de nuestros microorganismos nativos sueltan el gas libre.

— Lo expone usted con suma claridad, doctor Tholan, y es muy interesante -dijo Drake­, ¿Y qué ocurre si no lo respira? ¿Se muere simplemente así? -Y chasqueó los dedos.

— No del todo. No es como la presencia del cianuro para ustedes. En mi caso, la ausencia de cianuro equivaldría a una lenta estrangulación. Ocurre a veces, en habitaciones mal ventiladas de mi mundo, que el cianuro se consume gradualmente y cae por debajo de la necesaria concentración mínima. Los resultados son muy dolorosos y de tratamiento difícil. Rose tenía que reconocérselo a Drake; daba la sensación de estar realmente interesado. Y al forastero, gracias a Dios, no parecía importarle el interrogatorio. El resto de la cena pasó sin incidentes. Fue casi agradable. A lo largo de la velada, Drake siguió lo mismo: interesado. Mucho más que eso: absorto. La anuló, y a ella le agradó. Él fue realmente brillante y solamente su trabajo su entrenamiento especial, fue el que le robó protagonismo. Le contempló confusa y pensó: «¿Por qué se casó conmigo?» Drake, sentado, con las piernas cruzadas, las manos unidas y golpeando suavemente su barbilla, observaba fijamente al hawkinita. Éste estaba frente a él, de pie a su estilo de cuadrúpedo.

— Me resulta difícil pensar en usted como en un médico -comentó Drake. El hawkinita parpadeó risueño.

— Comprendo lo que quiere decir. A mí también me resulta difícil pensar en usted como en un policía. En mi mundo, los policías son gente altamente especializada y singular.

— ¿De veras? -rezongó Drake secamente, y cambió de tema-. Deduzco que su viaje aquí no es de placer.

— No, es sobre todo un viaje de mucho trabajo. Me propongo estudiar este curioso planeta que llaman Tierra como jamás ha sido estudiado por nadie de mi país.

— Curioso. ¿En qué sentido? El hawkinita miró a Rose antes de contestar.

— ¿Está enterado de la muerte por inhibición? Rose pareció turbada. Explicó:

— Su trabajo es muy importante. Me temo que mi marido dispone de poco tiempo para enterarse de los detalles de mi trabajo. -Sabía que esto no resultaba adecuado y le pareció notar, otra vez, una de las inescrutables emociones del hawkinita. La criatura extraterrestre se volvió otra vez a Drake:

— Para mí resulta siempre desconcertante descubrir lo poco que los terrícolas aprecian sus propias y excepcionales características. Mire, hay cinco razas inteligentes en la Galaxia. Todas ellas se han desarrollado independientemente y, sin embargo, han conseguido converger de forma sorprendente. Es como si, a la larga, la inteligencia requiriera cierta preparación física para florecer. Dejo esta cuestión a los filósofos. No es necesario que insista en este punto, puesto que para usted debe ser familiar. »Abora bien, cuando se investigan de cerca las diferencias entre las inteligencias, se encuentran una y más veces que son ustedes, los de la Tierra, más que cualquiera de los otros planetas, los que son únicos. Por ejemplo, es solamente en la Tierra donde la vida depende de las enzimas metálicas para la respiración. Ustedes son los únicos que encuentran el cianuro hidrogenado venenoso. La suya es la única forma de vida inteligente que es carnívora. La suya es la única forma de vida que no procede de un animal rumiante. Y lo más interesante de todo es que la suya es la única forma de vida inteligente conocida que deja de crecer al alcanzar la madurez. Drake le sonrió. Rose sintió que se le aceleraba el corazón. Lo más agradable de su marido era su sonrisa, y la estaba utilizando con gran naturalidad. Ni era forzada, ni falsa. Se estaba adaptando, ajustando, a la presencia de esa criatura extraña. Se estaba mostrando simpático…, y debía estar haciéndolo por ella. Le agradó la idea y se la repitió. Lo hacía por ella; estaba siendo amable con el hawkinita por ella. Drake le estaba diciendo sonriente:

— No parece muy alto, doctor Tholan. Yo diría que tiene usted unos tres centímetros más que yo, lo que le hace de un metro setenta de estatura más o menos. ¿Es porque es joven o es que los de su mundo no son excesivamente altos?

— Ni una cosa ni otra -contestó el hawkinita-. Crecemos a velocidad retardada con los años, de forma que a mi edad, tardo unos quince años para crecer unos centímetros más, pero, y éste es el punto importante, nunca dejamos enteramente de crecer. Y por supuesto, y como consecuencia, nunca morimos del todo. Drake abrió la boca e incluso Rose se sintió envarada. Esto era algo nuevo. Algo que ninguna de las pocas expediciones al planeta Hawkin había descubierto. Estaba embargada de excitación pero dejó que Drake hablara por ella.

— ¿No mueren del todo? No estará tratando de decirme que la gente del planeta Hawkin son inmortales.

— Nadie es realmente inmortal. Si no hubiera otra forma de morir, siempre existe el accidente, y si éste falla, está el aburrimiento. Algunos de nosotros vivimos varios siglos de su tiempo. Pero es desagradable pensar que la muerte puede venir involuntariamente. Es algo que, para nosotros, es sumamente horrible. Me molesta incluso cuando lo pienso ahora, esta idea de que contra mí voluntad y pese a los cuidados, pueda llegar la muerte.

— Nosotros -admitió Drake, sombrío- estamos acostumbrados a ello.

— Ustedes, terrícolas, viven con esa idea; nosotros, no. Y lo que nos desazona, es descubrir que la incidencia de la muerte por inhibición ha ido aumentando recientemente.

— Aún no nos ha explicado -dijo Drake- qué es la muerte por inhibición, pero deje que lo adivine. ¿Es acaso un cese patológico del crecimiento?

— Exactamente.

— ¿Y cuánto tiempo después del cese del crecimiento acontece la muerte?

— En el curso de un año. Es una enfermedad de consunción, una enfermedad trágica y absolutamente incurable.

— ¿Qué la provoca? El hawkinita tardó bastante en contestar y cuando lo hizo se le notó incluso algo tenso, inquieto, en la forma de hacerlo.

— Señor Smollett, no sabemos nada de lo que causa la enfermedad. Drake asintió, pensativo. Rose seguía la conversación como si fuera una espectadora en un match de tenis.

— ¿Y por qué viene a la Tierra para estudiar la enfermedad? -preguntó Drake.

— Porque le repito que los terrícolas son únicos. Son los únicos seres inteligentes que son inmunes. La muerte por inhibición afecta a todas las otras razas. ¿Saben esto sus biólogos, señora Smollett? Se había dirigido a ella inesperadamente, de modo que la sobresaltó. Contestó:

— No, no lo saben.

— No me sorprende. Lo que le he dicho es el resultado de una investigación reciente. La muerte por inhibición es diagnosticada incorrectamente con facilidad y la incidencia es menor en los otros planetas. Es en realidad un hecho curioso, algo para filosofar, que la incidencia de la muerte es más alta en mi mundo, que está más cerca de la Tierra, y más baja en los planetas a medida que se distancian. De modo que la más baja ocurre en el mundo de la estrella Témpora, que es la más alejada de la Tierra mientras que la Tierra en sí es inmune. Por algún lugar de la bioquímica del terrícola está el secreto de esa inmunidad. ¡Qué interesante sería descubrirlo!

— Pero, óigame -insistió Drake-, no puede decir que la Tierra sea inmune. Desde donde estoy sentado parecía como si la incidencia fuera de un cien por cien. Todos lo terrícolas dejan de crecer, y todos mueren. Todos tenemos la muerte por inhibición.

— En absoluto. Los terrícolas viven hasta los setenta años después de dejar de crecer. Ésta no es la muerte como nosotros la entendemos. Su enfermedad equivalente es más bien la del crecimiento sin freno. Cáncer, creo que la llaman. Pero, basta, le estoy aburriendo. Rose protestó al instante. Drake hizo lo mismo con aún mayor vehemencia, pero el hawkinita cambió decididamente de tema. Fue entonces cuando Rose sintió el primer asomo de sospecha, porque Drake cercaba insistentemente a Harg Tholan con sus palabras, acosándole, pinchándole para tratar de sonsacarle la información en el punto en que el hawkinita la había dejado. Pero haciéndolo bien, con habilidad; no obstante, Rose le conocía y supo lo que andaba buscando. ¿Y qué podía buscar si no lo que exigía su profesión? Y como en respuesta a sus pensamientos, el hawkinita recogió la frase que estaba dando vueltas en su mente como un disco roto sobre una plataforma en movimiento perpetuo.

— ¿No me dijo que era policía? -preguntó.

— Sí contestó Drake secamente.

— Entonces, hay algo que me gustaría pedirle que hiciera por mí. He estado deseándolo toda la velada desde que descubrí su profesión, pero no acabo de decidirme. No me gustaría molestar a mis anfitriones.

— Haremos lo que podamos.

— Siento una profunda curiosidad por saber cómo viven los terrícolas; una curiosidad que tal vez no comparten ls generalidad de mis compatriotas. Me gustaría saber si podrían enseñarme alguno de los departamentos de Policía de su planeta.

— Yo no pertenezco exactamente a un departamento de Policía del modo que usted supone o imagina -dijo Drake, con cautela-. No obstante, soy conocido del departamento de Policía de Nueva York. Podré hacerlo sin problemas. ¿Mañana?

— Sería de lo más conveniente para mí. ¿Podré visitar el departamento de personas desaparecidas?

— ¿El qué? El hawkinita se irguió sobre sus cuatro piernas, como si quisiera demostrar su intensidad:

— Es mi pasatiempo, es una extraña curiosidad, un interés que siempre he sentido. Tengo entendido que tienen ustedes un grupo de oficiales de Policía cuya única obligación consiste en buscar a los hombres que se han perdido o desaparecido.

— Y mujeres y niños -añadió Drake-. Pero, ¿por qué precisamente esto tiene tanto interés para usted?

— Porque también en esto son únicos. En nuestro planeta no existe la persona desaparecida. No sabría explicarle el mecanismo, claro, pero entre la gente de otros mundos hay siempre una percepción de la presencia de alguien, especialmente si existe un fuerte lazo de amistad o afecto. Somos siempre conscientes de la exacta ubicación del otro, sin tener en cuenta para nada el sitio del planeta donde pudiéramos encontrarnos. Rose volvió a sentirse excitada. Las expediciones científicas al planeta Hawkin habían tropezado siempre con la mayor dificultad para penetrar en el mecanismo emocional interno de los nativos, y he aquí que uno de ellos hablaba libremente y tal vez lo explicaría. Olvidó la preocupación que sentía por Drake e intervino en la conversación:

— ¿Puede experimentar tal consciencia, incluso ahora en la Tierra?

— El hawkinita respondió:

— Quiere decir ¿a través del espacio? No, me temo que no. Pero puede darse cuenta de la importancia del asunto. Todo lo único de la Tierra debería ligarse. Si la carencia de este sentido puede explicarse, quizá la inmunidad ante la muerte por inhibición se explicaría también. Además, encuentro sumamente curioso que cualquier forma de vida comunitaria inteligente pueda organizarse entre gente que carece de dicha percepción comunitaria. ¿Cómo puede decir un terrícola, por ejemplo, cuándo ha formado un subgrupo afín, una familia? ¿Cómo pueden ustedes dos, por ejemplo, saber que el lazo que les une es auténtico? Rose se encontró afirmando con un movimiento de cabeza. ¡Cómo había echado en falta ese sentido! Pero Drake se limitó a sonreír:

— Tenemos nuestros medios. Es tan difícil explicarle a usted lo que nosotros llamamos «amor», como lo es para usted explicarnos esta percepción, este sentido.

— Lo supongo. Dígame la verdad, señor Smollett…, si la señora Smollett saliera de esta habitación y entrara en otra sin que usted la hubiera visto hacerlo, ¿se daría usted cuenta del lugar donde se encuentra?

— Realmente, no. El hawkinita murmuró:

— Asombroso -titubeó, luego añadió-: Por favor, no se ofenda si le digo que el hecho me parece también odioso. Después de ver que la luz del dormitorio se apagaba, Rose se acercó a la puerta tres veces, abriéndola un poco para mirar. Sentía que Drake la vigilaba. Notó una especie de fuerte diversión en su voz al decidirse a preguntarle:

— ¿Qué te pasa?

— Quiero hablarte -le confesó.

— ¿Tienes miedo de que nuestro amigo pueda oírnos? Rose hablaba en voz baja. Se metió en la cama, apoyó la cabeza en la almohada de forma que pudiera bajar aún más la voz. Preguntó:

— ¿Por qué hablaste de la muerte por inhibición al doctor Tholan?

— Porque me intereso por tu trabajo, Rose. Siempre has deseado que me interese.

— Preferiría que dejaras el sarcasmo. -Hablaba con violencia, con toda la violencia que se puede mostrar susurrando-. Creo que hay algo de tu propio interés…, me refiero a tu interés policial, probablemente. ¿De qué se trata?

— Te lo contaré mañana.

— No, ahora mismo. Drake pasó la mano por debajo de la cabeza de Rose, alzándola. Por un momento alocado pensó que iba a besarla, besarla impulsivamente, como hacen a veces los maridos, o como imaginaba que suelen hacerlo. Pero Drake no lo hacía nunca, ni ahora tampoco. Simplemente la acercó a él y musitó:

— ¿Por qué estás tan interesada en saberlo? Su mano le apretaba casi brutalmente la nuca, de tal modo que se envaró y trató de desprenderse. Su voz ahora fue más que un murmullo:

— Suéltame, Drake.

— No quiero más preguntas ni más intromisiones. Tú haz tu trabajo, yo haré el mio.

— La naturaleza de mi trabajo es abierta y conocida.

— Pues la naturaleza del mío no lo es, por definición. Pero te diré una cosa. Nuestro amigo de las seis patas está en esta casa por alguna razón definida. No fuiste seleccionada como bióloga encargada porque sí. ¿Sabes que hace un par de días estuvo preguntando sobre mí en la Comisión?

— Es una broma.

— No lo creas ni por un minuto. Hay algo muy profundo en todo esto que tú ignoras. Pero en cambio es mi trabajo y no pienso discutirlo más contigo. ¿Lo entiendes?

— No, pero no te preguntaré más si tú no quieres.

— Entonces, duérmete. Permaneció echada boca arriba y fueron pasando los minutos y los cuartos de hora. Se esforzaba por hacer encajar las piezas. Incluso con lo que Drake le había dicho, las curvas y los colores se negaban a coincidir. Se preguntó qué diría Drake si supiera que tenía una grabación de la conversación de anoche. Una imagen seguía clara en su mente en aquel momento. Persistía burlona en su recuerdo. El hawkinita, al término de la larga velada, se volvió a ella diciendo con gravedad:

— Buenas noches, señora Smollett. Es usted una encantadora anfitriona. A la sazón tuvo ganas de echarse a reír. ¿Cómo podía llamarla anfitriona encantadora? Para él sólo podía ser una cosa horrenda, un monstruo de pocos miembros y cara excesivamente estrecha. Y entonces, una vez el hawkinita soltó su pequeña muestra de educación sin sentido, Drake palideció. Por un instante sus ojos se llenaron de algo parecido al terror. Jamás hasta entonces había visto que Drake mostrara tener miedo de algo, y la imagen de aquel instante de pánico puro permaneció grabada hasta que, al fin, sus pensamientos se perdieron en el olvido del sueño.

Al día siguiente, Rose no fue a su despacho hasta mediodía. Había esperado, deliberadamente, a que Drake y el hawkinita se fueran, ya que solamente entonces podia retirar la pequeña grabadora que había escondido la noche anterior detrás del sillón de Drake. En un principio no tenía la intención de mantener secreta su presencia; fue sólo que llegó tan tarde que no pudo advertirle y menos en presencia del hawkinita. Después, claro, las cosas cambiaron. La colocación de la grabadora era simplemente una maniobra de rutina. Las declaraciones y la entonación del hawkinita necesitaban ser conservadas para futuros estudios intensivos por parte de varios especialistas del instituto. La había escondido a fin de evitar que la vista del aparato provocara distorsiones y recelos, y ahora no podía de ningún modo mostrarla a los especialistas. Tendría que servir para una función totalmente distinta. Una función más bien fea. Iba a espiar a Drake. Tocó la cajita con los dedos y se preguntó sin venir a cuento cómo se las arreglaría Drake aquel día. El trato social entre los mundos habitados no era, incluso ahora tan corriente que la vista de un hawkinita por las calles de la ciudad no atrajera la atención de las masas. Pero Drake sabría cómo hacerlo, estaba segura. Él siempre sabía salir del apuro. Escuchó una vez más la charla de la noche anterior, repitiendo los momentos que le parecían interesantes. No estaba satisfecha con lo que Drake le había contado. ¿Por qué el hawkinita tenía que interesarse precisamente por ellos dos? Sin embargo, Drake no le mentiría. Le hubiera gustado pasar por la Comisión de Seguridad, pero sabía que no podía hacerlo. Además, la sola idea la hacía sentirse desleal; no, decididamente Drake no le mentiría. Pero, también, ¿por qué Harg Tholan no podía investigarles? Pudo igualmente haber preguntado por todas las familias de los biólogos del instituto. Era perfectamente natural que tratara de elegir la casa que considerara mas agradable de acuerdo con sus propios puntos de vista, fueran los que fueran. E incluso si solamente había investigado a los Smollett, ¿por qué creaba esto tal cambio en Drake, pasar de intensa hostilidad a intenso interés? Indudablemente, Drake sabía cosas que prefería guardar para sí. ¡Sólo el cielo sabía cuántas cosas! Sus pensamientos fueron hurgando lentamente a través de todas lás posibilidades de intrigas interestelares. Hasta el momento, no había indicios de hostilidad o de mala voluntad entre ninguna de las cinco razas inteligentes que habitaban la Galaxia. Por el momento estaban espaciadas a intervalos demasiado amplios para enemistarse. Los intereses económicos y políticos no tenían ningún punto que creara conflictos. Pero ésta era sólo su idea y ella no formaba parte de la Comisión de Seguridad. Si hubiera conflicto, si hubiera peligro, si hubiera la más mínima razón para sospechar que la misión del hawkinita pudiera ser otra cosa menos pacífica, Drake lo sabría. Pero, ¿estaba Drake suficientemente bien situado en los consejos de la Comisión de Seguridad para estar enterado del peligro que se cernía en la visita de un físico hawkinita? Nunca había pensado en que su posición podía ser algo más que la de un simple pequeño funcionario de la Comisión; él nunca había presumido de ser más. No obstante…

— ¿Y si era más? Se encogió de hombros ante la idea. Aquello la hacía pensar en las novelas de espionaje del siglo xx y los dramas históricos de los días en que existían cosas como secretos atómicos. La idea del drama histórico la decidió. Al contrarío que Drake, ella no era policía, y no sabía cómo actuaría un policia de verdad. Pero sabía que esas cosas se hacían en los viejos dramas. Cogió una hoja de papel y rápidamente trazó una línea vertical en el centro. Arriba de una columna puso «Harg Tholan» y en la otra escribió «Drake». Debajo de «Harg Tholan» puso «sincero» y a continuación tres interrogantes. Después de todo, ¿era un doctor o sólo lo que podía describirse como un agente interestelar? ¿Qué pruebas tenía el instituto de su profesión salvo su propia declaración? ¿Era por eso por lo que Drake le había estado preguntando sobre la muerte por inhibición? ¿Estaba advertido de antemano y trataba de pillar al hawkinita en un error? Por un momento estuvo indecisa; luego, poniéndose en pie de un salto, dobló la hoja de papel, la guardó en el bolsillo de su chaqueta y salió disparada del despacho. No dijo nada a ninguno con los que se cruzó al salir del instituto. No dejó ningún recado en recepción indicando a dónde iba o cuándo pensaba volver. Una vez fuera, corrió hacia el Metro del tercer nivel y esperó a que pasara un compartimiento vacío. Los dos minutos que transcurrieron le parecieron un tiempo insoportablemente largo. Tuvo que hacer un esfuerzo para decir: «Academia de Medicina de Nueva York» en la boquilla situada sobre el asiento. La puerta del pequeño cubículo se cerró y el roce del aire que desplazaban se hizo fuerte como un alarido a medida que ganaban velocidad. La nueva Academia de Medicina de Nueva York había sido ampliada tanto vertical como horizontalmente en las dos últimas décadas. Sólo la biblioteca ocupaba un ala entera del tercer piso. Indudablemente, si todos los libros folletos y periódicos que contenía hubieran estado en su forma original impresa en vez de microfilmados, el edificio entero con lo grande que era habría sido insuficiente para contenerlos todos. Así y todo, Rose sabía que se hablaba de limitar la obra impresa a los últimos cinco años, y no a los diez, como se hacía hasta ahora. Rose, como miembro de la Academia, tenía entrada libre a la biblioteca. Se dirigió a los departamentos dedicados a la medicina extraterrestre, y sintió alivio al encontrarlos desiertos. Hubiera sido más prudente reclamar la ayuda de una bibliotecaria, pero prefirió no hacerlo. Cuanto menos rastro dejara, menos probable sería que Drake lo descubriera. De este modo, sin ayuda de nadie, disfrutó recorriendo las estanterías siguiendo ansiosamente los títulos con los dedos. Los libros estaban casi todos en inglés, aunque había algunos en alemán y en ruso. Irónicamente, ninguno estaba escrito con signos extraterrestres. Al parecer, había una sala para dichos originales, pero estaban sólo a disposición de los traductores oficiales. Sus ojos inquisitivos y su dedo se detuvieron. Había encontrado lo que estaba buscando. Cargó con media docena de volúmenes y se los llevó a una mesa a oscuras. Buscó el interruptor y abrió el primero de los volúmenes. Su título era Estudios sobre la inhibición. Lo hojeó y pasó al indice de autores. El nombre de Harg Tholan estaba allí. Una a una fue buscando todas las referencias indicadas, luego volvió a las estanterías en busca de traducciones de los originales que pudo encontrar. Pasó más de dos horas en la Academia. Cuando terminó sabía que había un doctor hawkinita llamado Harg Tholan, experto en la muerte por inhibición. Estaba relacionado con la organización hawkinita de investigación con la que el instituto había estado en correspondencia. Naturalmente, el Harg Tholan que ella conocía podía simplemente hacer el papel del verdadero doctor para que la representación fuera más realista; pero ¿era todo eso necesario?

Sacó la hoja de papel del bolsillo, y donde había escrito «sincero» con tres interrogantes, escribió ahora SI en mayúsculas. Regresó al instituto y a las cuatro volvía a estar otra vez en su despacho. Llamó a la centralita para advertirles de que no le pasaran ninguna llamada y cerró la puerta con llave. En la columna encabezada por «Harg Tholan» escribió ahora dos preguntas «¿Por qué Harg Tholan vino a la Tierra solo?». Dejó un espacio considerable y después puso: «¿Por qué se interesa por el Departamento de personas desaparecidas?» En verdad, la muerte por inhibición era exactamente lo que había dicho el hawkinita. Por sus lecturas en la Academia era obvio que ésta ocupaba la mayor parte del esfuerzo médico en el planeta Hawkin. Se la temía más que al cáncer en la Tierra. Si hubieran creído que la respuesta o solución estaba en la Tierra habrían enviado una expedición completa. ¿Era suspicacia o desconfianza por su parte lo que les había hecho desplazar solamente a un investigador? ¿Qué era lo que Harg Tholan había dicho la noche anterior? La incidencia de muerte era superior en su propio mundo, que era el más cercano a la Tierra, y era menor en el planeta más alejado de la Tierra. Sumando a esto el hecho implicado por el hawkinita y comprobado por sus propias lecturas en la Academia, que la incidencia se había extendido considerablemente desde que se había establecido contacto interestelar con la Tierra… Poco a poco y de mala gana llegó a una conclusión. Los habitantes del planeta Hawkin podrían haber supuesto que, de un modo u otro, la Tierra había descubierto la causa de la muerte por inhibición y la propagaban deliberadamente entre los pueblos extraños de la Galaxia con la intención de hacerse supremos entre las estrellas. Rechazó esta conclusión que la sobrecogía con verdadero pánico. No podía ser; era imposible. En primer lugar, la Tierra no haría algo tan terrible. En segundo lugar, no podría hacerlo. En cuanto a los progresos científicos, los seres del planeta Hawkin eran realmente iguales a los de la Tierra. La muerte llevaba ocurriendo allí miles de años y su récord médico era un fracaso total. Seguro que en la Tierra, con sus investigaciones a larga distancia en bioquímica, no podía haber acertado tan de prisa. De hecho, por lo que sabía, apenas había investigaciones en patología hawkinita por parte de los médicos y biólogos de la Tierra. Pero la evidencia indicaba que Harg Tholan había llegado sospechando y había sido recibido con suspicacia. Cuidadosamente, debajo de la pregunta «¿Por qué Harg Tholan vino a la Tierra solo?», escribió la respuesta: «El planeta Hawkin cree que la Tierra es la causante de la muerte por inhibición.» Entonces, ¿qué era todo eso del Departamento de personas desaparecidas? Como científica, era rigurosa sobre las teorías que desarrollaba. Todos los hechos tenían que encajar, no simplemente algunos. ¡Departamento de personas desaparecidas! Si era un falso indicio deliberadamente pensado para engañar a Drake, lo había hecho torpemente, ya que apareció solamente después de una hora de discusión sobre la muerte por inhibición. ¿Era intencionado como una oportunidad para estudiar a Drake? Y de ser así, ¿por qué? ¿Era éste, quizás, el punto más importante? El hawkinita había investigado a Drake antes de ir a su casa. ¿Había ido a su casa porque Drake era policía y tenía entrada en el Departamento de personas desaparecidas? Pero ¿por qué? ¿Por qué?

Lo dejó y pasó a la columna marcada con «Drake». Y allí surgía una pregunta que escribía sola, sin pluma ni tinta sobre el papel, pero con las letras infinitamente más visibles del pensamiento y la mente. «¿Por qué se casó conmigo?», pensó Rose, y se cubrió los ojos con las manos para atenuar la molesta luz. Se habían conocido accidentalmente hacía algo más de un año cuando él se trasladó a vivir a la casa de apartamentos donde ella residía. Los saludos puramente corteses se habían ido transformando en conversación amistosa y esto, a su vez, en alguna que otra invitación a cenar en un restaurante cercano. Todo había sido muy amistoso y normal y una nueva y excitante experiencia, y ella se enamoró. Cuando él le pidió que se casaran, estuvo encantada…, e impresionada. En aquel momento se le ocurrieron varias explicaciones. Él apreciaba su inteligencia y amistad. Era una buena chica. Sería una buena esposa y una excelente compañera. Se había dado todas esas explicaciones y casi se las había creído. Pero el casi no bastaba. No era que encontrara faltas definidas en Drake como marido. Era siempre considerado, amable y todo un caballero. Su vida matrimonial no era apasionada, pero se adaptaba bien a las emociones más tranquilas de la cercana cuarentena. Ella no tenía diecinueve años, ¿qué esperaba? Pues eso: que no tenía diecinueve años. Ni era guapa, ni encantadora, ni despampanante. ¿Qué esperaba? ¿Podía esperar que Drake, guapo y fuerte, cuyo interés por lo intelectual era escaso, que nunca se había interesado por su trabajo en los meses que llevaban casados, se prestara a discutir el suyo con ella? ¿Por qué se casó con ella? Pero no encontraba respuesta a esta pregunta. No tenía nada que ver con lo que Rose trataba de hacer ahora. Era algo fuera de lo habitual, se dijo, furiosa; era un pasatiempo infantil para distraerse de la tarea que se había propuesto hacer. Actuaba como una adolescente, después de todo, sin excusa para ello. Descubrió que se le había roto la punta del lápiz y cogió otro. En la columna «Drake» escribió: «¿Por qué sospechaba de Harg Tholan?», y debajo puso una flecha señalando a la otra columna. Lo que había escrito allí bastaba como explicación. Si la Tierra difundía la muerte por inhibición, o si la Tierra sabia que se sospechaba de ella de tal difusión, resultaba obvio que se estuviera preparando contra un eventual ataque de los extraterrestres. En realidad, la escena estaba preparada para las maniobras preliminares de la primera guerra interestelar de la Historia. Era una explicación adecuada pero horrible.

Ahora quedaba sólo la segunda pregunta, a la que no podía responder. Escribió despacio: «¿Por qué esa extraña reacción de Drake a las palabras de Harg Tholan “Es usted una encantadora anfitriona”?» Trató de recordar exactamente la escena. El hawkinita lo había dicho inocentemente, normal y correcto, y Drake se quedó traspuesto al oírlo. Una y otra vez escuchó la frase en la grabadora. Un terrícola pudo haberla pronunciado en el mismo tono inconsecuente al despedirse después de un cóctel. La grabación no reflejaba el aspecto de la cara de Drake; sólo tenía su recuerdo. Los ojos de Drake se habían impregnado de terror y odio, y Drake era un hombre que prácticamente no tenía miedo a nada. ¿Qué había de terrorífico en la frase «es usted una anfitriona encantadora», para afectarle hasta aquel extremo? ¿Celos? Absurdo. ¿Tuvo la impresión de que Tholan había sido sarcástico? Quizás, aunque improbable. Tenía la seguridad de que Tholan había sido sincero. Lo dejó y puso un enorme interrogante bajo la segunda pregunta. Ahora había dos preguntas más, una debajo de «Harg Tholan» y otra debajo de «Drake». ¿Podía haber alguna relación entre el interés de Tholan por las personas desaparecidas y la reacción de Drake por una frase correcta después de una fiesta? No se le ocurría ninguna. Bajó la cabeza y la apoyó en los brazos cruzados. El despacho empezaba a quedarse a oscuras y ella estaba muy cansada. Por un momento debió haberse quedado en aquel extraño país entre el sueño y el no sueño, cuando las ideas y las palabras pierden el control de lo consciente y se mueven en nuestra cabeza sin rumbo y de modo surrealista. Pero, por más que saltaran y danzaran, volvían siempre a la única frase «Es usted una encantadora anfitriona». A veces la oía en la voz culta y apagada de Tholan y otras en la voz vibrante de Drake. Cuando la decía Drake, estaba llena de amor, llena de un amor que nunca le había oído. Le gustaba oírselo decir. Despertó sobresaltada. El despacho ahora estaba completamente a oscuras y encendió la luz de la mesa. Parpadeó y luego arrugó el ceño. En aquel extraño duermevela debió de haber tenido otro pensamiento. Había habido otra frase que turbó a Drake. ¿Cuál? Arrugó más la frente con el esfuerzo mental. No había sido anoche. No era nada de lo que había en la grabadora, así que debió ocurrir antes. No recordó nada y se inquietó. Miró al reloj y se llevó un susto. Eran casi las ocho. Ya estarían en casa, esperándola. Pero no le apetecía ir a casa. No quería enfrentarse a ellos. Pausadamente cogió la hoja de papel en la que había anotado los pensamientos de aquella tarde, la hizo pedazos y los dejó caer en el pequeño cenicero atómico de la mesa. Desaparecieron en un destello sin que quedara rastro de ellos. ¡Si no quedara tampoco nada del pensamiento que representaban! Era inútil. Tendría que volver a casa.

No estaban allí esperándola. Les encontró bajando de un girotaxi en el momento que ella salía del Metro a nivel de la calle. El girotaxista miró a sus pasajeros con los ojos muy abiertos, luego se elevó y desapareció. De mutuo acuerdo y en silencio, los tres esperaron a entrar en el apartamento antes de hablar. Rose comentó, indiferente:

— Espero que haya tenido un día agradable, doctor Tholan.

— Mucho. Y excitante y provechoso además.

— ¿Y han tenido oportunidad de comer? -Aunque Rose no había comido nada, no sentía hambre.

— Ya lo creo. Drake interrumpió:

— Hemos pedido que nos subieran comida y cena. Bocadillos. -Parecía cansado.

— Hola, Drake -le dijo. Era la primera vez que le hablaba. Drake apenas la miró al contestarle:

— Hola.

— Sus tomates son un vegetal sorprendente. No tenemos nada que se les pueda comparar en gusto en nuestro planeta. Creo que he comido dos docenas y una botella entera de un derivado de tomate.

— Ketchup -aclaró Drake, tajante.

— ¿Y su visita al Departamento de personas desaparecidas, doctor Tholan? -preguntó Rose-. ¿Dice que lo encontró provechoso?

— Sí, creo que puedo calificarlo así. Rose le daba la espalda mientras ahuecaba los almohadones del sofá. Insistió:

— ¿En qué aspecto?

— Encontré interesantísimo saber que la inmensa mayoría de personas desaparecidas son varones. Las esposas suelen dar parte de maridos desaparecidos, mientras que lo contrario es rarísimo.

— Oh, no es nada misterioso, doctor Tholan -comentó Rose-. Es que usted no se da cuenta del problema económico que tenemos en la Tierra. Verá usted, en este planeta el varón es generalmente el miembro de la familia que la mantiene como unidad económica. Él es el que por su trabajo es retribuido en moneda. La función de la esposa es, generalmente, la de ocuparse del hogar y de los hijos.

— Pero esto no será universal.

— Más o menos -explicó Drake-. Si está pensando en mi esposa, ella es un ejemplo de la minoría de mujeres que son capaces de abrirse camino en el mundo. Rose le miró de soslayo. ¿Acaso se mostraba sarcástico?

— ¿De su explicación, señora Smollett -preguntó el hawkinita-, se deduce que las mujeres al ser económicamente dependientes de su compañero varón encuentran más difícil desaparecer?

— Es un modo muy discreto de explicarlo -dijo Rose-, pero viene a ser así.

— ¿Y diría usted que el Departamento de personas desaparecidas de Nueva York es un buen ejemplo de estos casos en todo el planeta?

— Sí, creo que sí. El hawkinita preguntó bruscamente:

— ¿Y se puede decir que existe una explicación económica para justificar que con el desarrollo de los viajes interestelares el porcentaje de jóvenes varones desaparecidos es más pronunciado que nunca? Fue Drake el que contestó con un estallido verbal:

— ¡Santo Dios, eso es aún menos misterioso que lo otro! Hoy en día el que huye tiene todo el espacio para desaparecer. Todo el que quiere escapar de los problemas no necesita más que saltar a una nave espacial. Están siempre buscando tripulaciones sin hacer preguntas, así que sería casi imposible tratar de localizar al desaparecido si realmente quería mantenerse fuera de circulación.

— Y casi siempre jóvenes en su primer año de matrimonio. Rose se echó a reír al comentar:

— Éste es precisamente el momento en que los apuros del hombre parecen más agudos. Si supera el primer año, no suele haber necesidad de desaparecer. Drake no parecía divertido. Rose volvió a pensar que parecía cansado y triste. ¿Por qué insistía en llevar la carga él solo? Y de pronto se le ocurrió que tal vez tenía que hacerlo así. El hawkinita preguntó de pronto:

— ¿La ofendería si me desconecto por cierto período de tiempo?

— En absoluto -contestó Rose-. Espero que no haya tenido un día demasiado agotador. Como viene de un planeta cuya gravedad es mayor que la de la Tierra, tengo la impresión de que suponemos con demasiada facilidad que ustedes resisten más que nosotros.

— Oh, no estoy cansado en el sentido físico de la palabra. -Por un instante miró las piernas de Rose y parpadeó rápidamente indicando que estaba divertido-. Yo, en cambio, no dejo de temer que los terrícolas se caigan hacia delante o hacia atrás en vista del escaso equipo de miembros de sostén. Debe perdonarme si mi comentario le parece demasiado familiar, pero la mención de la menor gravedad de la Tierra me lo ha hecho pensar. En mi planeta, dos piernas no bastarían de ningún modo. Pero todo esto no viene a cuento ahora. Es que he estado absorbiendo tantos conceptos nuevos y raros que siento la necesidad de desconectarme un poco. Rose se encogió mentalmente de hombros. Bueno, esto era lo más cerca que una raza podía estar de la otra. Por lo que podían conseguir las expediciones al planeta Hawkin, se sabía que los hawkinitas tenían la facultad de desconectar su mente consciente de todas sus demás funciones corporales por períodos de tiempo equivalentes a días terrestres. Los hawkinitas encontraban el proceso agradable, incluso necesario a veces, aunque ningún terrícola podía realmente decir para qué servía. Del mismo modo, ningún terrícola había podido explicar enteramente el concepto de «dormir» a un hawkinita, o a cualquier extraterrestre. Lo que un terrícola llamaría dormir o soñar, un hawkinita lo consideraría un signo alarmante de desintegración mental. Rose se dijo turbada: «He aquí otra cosa por la que los terrícolas son únicos.» El hawkinita retrocedía, de espaldas, pero tan inclinado que sus miembros delanteros casi barrieron el suelo al despedirse. Drake inclinó la cabeza mientras le veía desaparecer tras una vuelta del corredor. Oyeron que abría su puerta, la cerraba y luego, el silencio. Pasados unos minutos en los que el silencio parecía pesar entre ellos, el sillón de Drake crujió al revolverse inquieto. Rose observó, algo impresionada, que tenía sangre en los labios. Se dijo: «Se encuentra en algún apuro. Tengo que hablarle. No puedo dejarlo pasar así.» Le llamó:

— ¡Drake! Drake pareció como si la viera desde muy lejos. Poco a poco sus ojos la enfocaron y dijo:

— ¿Qué te ocurre? ¿Has terminado también tu jornada?

— No, estoy dispuesta para empezar. Estamos en el mañana de que me hablaste. ¿Vas a contármelo o no?

— ¿Cómo dices?

— Anoche dijiste que me hablarías mañana. Ahora estoy dispuesta. Drake frunció el ceño. Sus ojos se escondieron bajo los párpados y Rose sintió que parte de su resolución empezaba a abandonarla.

— Pensé que habíamos acordado que no me preguntarías nada de mi participación en este asunto.

— Creo que ya es demasiado tarde. En este momento sé demasiado sobre todo ello.

— ¿Qué quieres decir? -gritó poniéndose en pie de un salto. Conteniéndose, se acercó, le apoyó las manos en los hombros y repitió en voz más baja-: ¿Qué quieres decir? Rose mantuvo los ojos fijos en sus manos que descansaban inertes en su regazo. Soportó pacientemente los dedos como garfios que la oprimían y contestó despacio:

— El doctor Tholan cree que la Tierra está provocando, a propósito, la muerte por inhibición, ¿es así o no? Esperó. Poco a poco la presión cedió y le vio de pie, con los brazos caídos a los lados, con la cara angustiada, desconcertado. Murmuró:

— ¿Cómo se te ha ocurrido?

— ¡Con que es verdad! Jadeando, con voz forzada preguntó:

— Quiero saber exactamente por qué dices esto. No juegues conmigo, Rose. No digas tonterías. Esto es muy secreto.

— ¿Si te lo digo, me contestarás a una pregunta? ¿Está la Tierra difundiendo deliberadamente la muerte por inhibición, Drake? Drake alzó los brazos al cielo.

— ¡Por el amor de Dios! Se arrodilló ante ella. Le tomó las manos entre las suyas y ella sintió que le temblaban. Estaba forzando la voz para musitar palabras tiernas, tranquilizadoras, le decía:

— Rose, querida, fíjate, has descubierto algo peligroso y crees que puedes utilizarlo para mortificarme en una pequeña pelea entre marido y mujer. No, no voy a pedirte demasiado. Sólo dime exactamente qué te ha empujado a decirme…, lo que acabas de decir… Estaba terriblemente interesado.

— Esta tarde estuve en la Academia de Medicina de Nueva York. Estuve leyendo ciertas cosas.

— Pero, ¿por qué? ¿Qué te empujó a hacerlo?

— En primer lugar, porque te vi tan interesado por la muerte por inhibición. Y el doctor Tholan hizo aquellos comentarios sobre la incidencia de los viajes interestelares, y que era mayor en el planeta más cercano a la Tierra.

— Hizo una pausa.

— ¿Y tus lecturas? -insistió Drake-. ¿Qué encontraste en tus lecturas, Rose?

— Le dan la razón -respondio-. Lo único que pude hacer fue buscar apresuradamente en esa dirección sus investigaciones en las últimas décadas. A mí me parece obvio que por lo menos algunos de los hawkinitas consideren la posibilidad de que la muerte por inhibición se origine en la Tierra.

— ¿Lo dicen abiertamente?

— No. O si lo han hecho, no lo he visto. -Le contempló, asombrada. En un asunto como aquél, seguro que el Gobierno habría vigilado la investigación hawkinita sobre este punto. Insistió con dulzura-: ¿Estás enterado de las investigaciones hawkinitas sobre eso, Drake? El Gobierno…

— No pienses en ello. -Drake se había apartado de ella, pero volvió a acercársele. Le brillaban los ojos. Exclamó como si acabara de hacer un gran descubnmiento-. ¡Pero si eres una experta en eso! ¿Lo era? ¿Lo descubría solamente ahora que la necesitaba? Movió la nariz y dijo secamente:

— Soy bióloga.

— Si, ya lo sé, pero quiero decir que tu especialidad es el crecimiento. ¿No me dijiste una vez que habías trabajado en crecimiento?

— Puedes llamarlo así. Publiqué unos veinte artículos sobre la relación entre la estructura pura del ácido nucleico y el desarrollo embrionario, para la beca de la Sociedad del Cáncer.

— Bien. Hubiera debido recordarlo. -Se le veía presa de una nueva excitación-. Dime, Rose… ¡Oh, perdóname que me enfadara contigo hace un momento! Serías capaz como nadie de comprender la dirección de sus investigaciones si pudieras leer sobre ellas, ¿verdad?

— Muy capaz, sí.

— Entonces, dime cómo creen que se extiende la infección. Los detalles, quiero decir.

— Oye, eso es pedirme mucho. Sólo pasé unas horas en la Academia. Necesitaría bastante más tiempo para poder contestar a tu pregunta.

— Por lo menos dame una respuesta aproximada. No puedes imaginar lo importante que es.

— Claro -respondió dubitativa-, Estudios sobre la inhibición es un gran tratado sobre la materia. Es algo así como el resumen de todos los datos disponibles de la investigación.

— ¿Sí? ¿Y es muy reciente?

— Es un tipo de publicación periódica. El último volumen debe tener alrededor de un año.

— ¿Se habla en él de su trabajo? -Y con el dedo señaló en dirección a la alcoba de Harg Tholan.

— Más que de ningún otro. En su campo es un trabajador sobresaliente. Leí especialmente sus artículos.

— ¿Y cuáles son sus teorías sobre el origen de la enfermedad? Trata de recordarlo, Rose.

— Juraría que echa la culpa a la Tierra -respondió moviendo la cabeza-, pero admite que ignoran cómo se extiende la infección. Yo también podría jurarlo. Estaba de pie ante ella, rígido. Sus fuertes manos colgaban a ambos lados, crispadas, y sus palabras sonaban poco más que un murmullo.

— Podría ser un caso de completa exageración. ¡Quién sabe! -Y se dio la vuelta-. Ahora mismo voy a averiguarlo, Rose. Gracias por tu ayuda. Ella corrió tras él:

— ¿Qué vas a hacer?

— Hacerle unas cuantas preguntas. -Estaba revolviendo en los cajones de su mesa de trabajo y por fin sacó la mano derecha. Sostenía una pistola de aguja. Rose exclamó:

— ¡No, Drake! La apartó bruscamente y se dirigió por el corredor a la alcoba del hawkinita. Drake abrió la puerta de golpe y entró. Rose le pisaba los talones, tratando de sujetarle el brazo, pero él se detuvo para mirar a Harg Tholan. El hawkinita estaba inmóvil, con la mirada perdida, sus cuatro piernas separadas en cuatro direcciones. Rose sintió vergüenza por la intrusión, como si estuviera violando un rito íntimo. Pero Drake, aparentemente despreocupado, se acercó a pocos pasos de la criatura y se quedó allí. Estaban cara a cara, Drake sostenía fácilmente la pistola de aguja a nivel más o menos del torso del hawkinita.

— No te muevas -ordenó Drake-. Poco a poco se irá dando cuenta de mi presencia.

— ¿Cómo lo sabes? La respuesta fue tajante:

— Lo sé. Ahora márchate. Pero Rose no se movió y Drake estaba demasiado absorto para preocuparse de ella. Sectores de la piel del rostro del hawkinita empezaban a temblar ligeramente. Era algo repulsivo y Rose pensó que prefería no mirar. Drake habló de pronto:

— Ya está bien, doctor Tholan. No conecte con ninguno de sus miembros. Sus órganos sensoriales y de voz bastaran. La voz del hawkinita sonaba apagada.

— ¿Por qué ha invadido mi cámara de desconexión? -Y en voz más fuerte-: ¿Y por qué está armado? La cabeza le bailaba ligeramente sobre un torso todavía helado. Por lo visto, había seguido la sugerencia de Drake de no conectar los miembros. Rose se preguntó cómo podía Drake conocer que la reconexión parcial era posible. Ella lo ignoraba. El hawkinita habló de nuevo:

— ¿Qué es lo que quiere? Y esta vez Drake contestó. Dijo:

— La respuesta a ciertas preguntas.

— ¿Con una pistola en la mano? No quiero darle satisfacción a su incorrección hasta ese punto.

— No sólo me dará satisfacción, a lo mejor también salva su vida

— Esto para mi es totalmente indiferente dadas las circunstancias. Siento, señor Smollett, que los deberes para con un huésped sean tan mal interpretados en la Tierra.

— No es usted mi huésped, doctor Tholan -repuso Drake-. Entró en mi casa con engaño. Tenía cierta razón para hacerlo, de algún modo había usted planeado utilizarme para lograr su propósito. No me arrepiento de alterar su programa.

— Será mejor que dispare. Nos ahorrará tiempo.

— ¿Tan convencido está de que no va a contestar a mis preguntas? Esto ya de por sí es sospechoso. Da la impresión de que considera que ciertas respuestas son más importantes que su vida.

— Considero muy importantes los principios de cortesía. Usted, como terrícola, puede que no lo entienda.

— Puede que no. Pero yo, como terrícola, entiendo una cosa. -Drake dio un salto hacia delante, antes de que Rose pudiera gritar, antes de que el hawkinita pudiera conectar sus miembros. Cuando saltó hacia atrás, llevaba en la mano el tubo flexible del cilindro de cianuro de Harg Tholan. En la comisura de la amplia boca del hawkinita, donde antes había estado prendido el tubo, apareció una gota de líquido incoloro que resbaló de una pequeña herida en la rugosa piel, y poco a poco se solidificó en un globulillo gelatinoso y pardo al oxidarse. Drake dio un tirón al tubo, que se desprendió del cilindro. Hizo presión sobre el botón que controlaba la fina válvula en la parte alta del cilindro y cesó el pequeño zumbido.

— Dudo que haya escapado lo bastante -dijo Drake-para ponernos en peligro. No obstante, espero que se dé cuenta de lo que le ocurrirá a usted ahora, si no contesta a las preguntas que voy a hacerle…, y lo hace de tal modo que no me quede la menor duda de que no miente.

— Devuéivame el cilindro -pidió el hawkinita, despacio-. De lo contrario me veré en la obligación de atacarle y usted en la obligación de matarme. Drake dio un paso atrás.

— De ningún modo. Atáqueme y dispararé a sus piernas para inutilizarlas. Las perderá; las cuatro si es necesario, pero seguirá viviendo aunque de un modo horrible. Vivirá para morir por falta de cianuro. Será una muerte de lo más incómoda. Yo no soy más que un terrícola y no puedo apreciar su verdadero horror, pero usted sí puede, ¿no es verdad? La boca del hawkinita estaba abierta y algo amarillo-verdoso se estremeció dentro. Rose quería vomitar. Quería gritar: «¡Devuélvele el cilindro, Drake!» Pero no pudo articular palabra. No podía siquiera volver la cabeza.

— Creo que le queda aproximadamente una hora antes de que los efectos sean irreversibles -explicó Drake-. Hable rápidamente, doctor Tholan y le devolveré el cilindro.

— Y después de… -empezó a decir el hawkinita.

— Después de eso, ¿qué más da? Incluso si le matara, sería una muerte limpia, no por falta de cianuro. Algo pareció escapársele al hawkinita. Su voz se volvió gutural y las palabras confusas como si ya no le quedara energía para mantener su inglés perfecto. Murmuró:

— ¿Qué preguntas son? -Y mientras hablaba, sus ojos no perdían de vista el cilindro en la mano de Drake. Drake lo hizo bailar deliberadamente, atormentándole, y los ojos de aquella criatura lo seguían…, lo seguían…

— ¿Cuáles son sus teorías sobre la muerte por inhibición? ¿Por qué vino, realmente, a la Tierra? ¿Cuál es su interés por el Departamento de personas desaparecidas?Rose se encontró esperando anhelante, angustiosamente. Éstas eran las preguntas que a ella también le hubiera gustado formular. No de este modo, quizá, pero en el trabajo de Drake, la bondad y humanitarismo venían en segundo lugar después de la necesidad. Se lo repitió a si misma varias veces en un esfuerzo para contrarrestar el hecho de que estaba odiando a Drake por lo que estaba haciéndole al doctor Tholan. El hawkinita empezó:

— La respuesta adecuada llevaría más de la hora que me ha dejado. Estoy profundamente avergonzado por obligarme a hablar con amenazas. En mi planeta no hubiera podido hacer esto bajo ningún pretexto. Es solamente aquí, en este repulsivo planeta, donde se me puede privar de mi cianuro.

— Está desperdiciando su hora, doctor Tholan.

— Se lo hubiera contado eventualmente, señor Smollett. Necesitaba su ayuda. Por esta razón vine aquí.

— Sigue sin contestar a mis preguntas.

— Se las contestaré ahora. Durante años, además de mi trabajo científico regular, he estado investigando particularmente las células de mis pacientes que sufrían de muerte por inhibición. Me vi obligado a guardar el más riguroso secreto y a trabajar sin ayuda, porque los métodos que empleaba para investigar los cuerpos de mis pacientes desagradaban a mi gente. Su sociedad experimentaría sentimientos similares en contra de la vivisección humana, por ejemplo. Por esta razón no podía presentar los resultados obtenidos a mis colegas médicos hasta haber confirmado mis teorías aquí, en la Tierra.

— ¿Cuáles son sus teorías? -preguntó Drake. Sus ojos volvían a estar febriles.

— A medida que proseguía mis estudios se me hizo más y más evidente que el enfoque de la investigación sobre la muerte por inhibición estaba equivocado. Físicamente, no había solución a su misterio. La muerte por inhibición es por entero una infección de la mente. Rose interrumpió:

— Pero, doctor Tholan, no es psicosomática. Una sombra gris, translúcida, había pasado por los ojos del hawkinita. Había dejado de mirarles. Prosiguió:

— No, señora Smollett, no es psicosomática. Es una auténtica enfermedad de la mente, una infección mental. Mis pacientes tienen doble mente. Más allá y por debajo de la que obviamente les pertenece, tuve conocimiento de otra mente…, una mente ajena. Trabajé con pacientes de muerte por inhibición de otras razas, distintas a la mía, y encontré lo mismo. Resumiendo, no hay cinco inteligencias en la Galaxia, sino seis. Y la sexta es parasitaria.

— Pero eso es una locura…, ¡es imposible! -exclamó Rose-. Debe estar equivocado, doctor Tholan.

— No estoy equivocado. Hasta que llegué a la Tierra, pensé que podía estarlo. Pero mi estancia en el instituto y mis investigaciones en el Departamento de personas desaparecidas, me convencieron de lo contrario. ¿Por qué le parece tan imposible el concepto de inteligencia parasitaria? Inteligencias como ésas no dejarían restos fósiles, ni siquiera dispositivos…, si su única función, en cierto modo, es sacar alimentos de las actividades mentales de otras criaturas. Uno puede imaginar semejante parásito, que en el curso de millones de años, quizá, perdiera todas las partes de su ser físico excepto lo más necesario, algo así como la solitaria, entre sus parásitos terrestres, perdiendo eventualmente todas sus funciones excepto una sola, la única, la de reproducción. En el caso de la inteligencia parasitaria, todos los atributos físicos estarían perdidos. No sería más que mente pura, viviendo de un modo mental, inconcebible para nosotros, de la mente de los demás. Especialmente de las mentes de los terrícolas.

— ¿Por qué precisamente terrícolas? -preguntó Rose. Drake se mantenía simplemente al margen, interesado, sin hacer más preguntas. Aparentemente se sentía satisfecho, dejando hablar al hawkinita.

— ¿No ha sospechado que la sexta inteligencia es un cultivo de la Tierra? La Humanidad ha vivido con ella desde el principio, se ha adaptado a ella, no es consciente de ella. Es por lo que las especies de animales terrestres, incluyendo al hombre, no crecen después de la madurez y mueren de lo que se llama muerte natural; es el resultado de esa infección parasitaria universal; es por lo que se duerme y se sueña, pues es cuando la mente parasitaria debe alimentarse y cuando uno es algo más consciente de ella, quizás; es por lo que la mente terrestre, única entre las inteligencias, es tan inestable. ¿Dónde más en la Galaxia se encuentran dobles personalidades y otras manifestaciones parecidas? Después de todo, incluso ahora debe haber algunas mentes que están visiblemente dañadas por la presencia del parásito.

— Pero, de algún modo, esas mentes parasitarias podían atravesar el espacio. No tenían limitaciones físicas. Podían flotar entre las estrellas en lo que correspondería a un estado de hibernación. Ignoro por qué lo hicieron las primeras mentes; probablemente no se sabrá nunca. Pero una vez descubrieron la presencia de inteligencia en otros planetas de la Galaxia, se organizó una pequeña y seguida corriente de inteligencias parasitarias cruzando el espacio. Nosotros, los de los otros mundos, debimos ser una golosina para ellas o jamás se hubieran esforzado tanto para llegar a nosotros. Imagino que muchas no pudieron llevar a cabo el viaje, pero para las que lo consiguieron debió valer la pena. »Pero, vea usted, nosotros los de los otros mundos no habíamos vivido millones de años con esos parásitos, como lo habían hecho el hombre y sus antepasados. No estábamos adaptados a ellos. Nuestros seres débiles no habían sido gradualmente eliminados por espacio de cientos de generaciones hasta que sólo quedaran los fuertes. Así que, donde el terrícola podía sobrevivir a la infección durante décadas y con un poco de daño, nosotros morimos de una muerte rápida en el curso de un año.

— ¿Y es por ello por lo que la incidencia ha aumentado desde que establecieron los viajes interestelares entre la Tierra y los otros planetas?

— Sl. -Hubo un momento de silencio y de pronto el hawkinita dijo en un súbito acceso de energía-. Devuélvame el cilindro. Ya tiene mi respuesta. Drake insistió fríamente:

— ¿Y qué hay del Departamento de personas desaparecidas? -Volvió a hacer bailar el cilindro, pero esta vez el hawkinita no lo seguía con la mirada. La sombra gris y translúcida sobre sus ojos se había hecho más oscura y Rose se preguntó si sería simplemente una expresión de debilidad o un ejemplo de los cambios inducidos por la falta de cianuro.

— Dado que no estamos bien adaptados a la inteligencia que infecta al hombre, tampoco ella se adapta bien a nosotros. Puede vivir de nosotros, aparentemente incluso lo prefiere, pero no puede reproducirse con nosotros solos como única fuente de su vida. Por tanto la muerte por inhibición no es directamente contagiosa entre nuestro pueblo. Rose lo miró con creciente horror:

— ¿Qué trata usted de decir, doctor Tholan?

— El terrícola sigue siendo el máximo anfitrión para el parásito. Un terrícola puede contagiar a uno de nosotros si permanece entre nosotros. Pero el parásito una vez localizado en una inteligencia de los otros mundos, debe volver a un terrícola si espera reproducirse. Antes de los viajes interestelares esto era solamente posible por un recruzar el espacio, por lo que la incidencia de infección era infinitesimal. Ahora estamos infectados y reinfectados al regresar los parásitos a la Tierra y volver a nosotros via la mente de los terrícolas que viajan a través del espacio.

— Y las personas desaparecidas… -musitó Rose.

— Son los anfitriones intermedios. El proceso exacto de cómo se lleva a cabo, yo no lo sé. La mente masculina terrestre parece mejor dotada para sus propósitos. Recordará que en el instituto me dijeron que la esperanza de vida del varón medio es de tres años menos que la de la hembra. Una vez ha tenido lugar la reproducción, el varón contagiado se marcha en nave espacial hacia los otros mundos. Desaparece.

— Pero esto es imposible -insistió Rose-, lo que dice implica que la mente parasitaria controle los actos de su anfitrión. Esto no puede ser así o nosotros, los de la Tierra, hubiéramos notado su presencia.

— El control, Mrs. Smollett, puede ser muy sutil y además ejerce solamente durante un período de reproducción activa. Le señalo simplemente su Departamento de personas desaparecidas. ¿Por qué desaparecen los jóvenes? Hay explicaciones económicas y psicológicas, mas no son suficientes. Pero en este momento me siento muy mal y no puedo hablar mucho más. Sólo tengo una cosa que decir En el parásito mental, tanto su gente como la mía, tenemos un enemigo común. Los terrícolas tampoco deben morir involuntariamente, de no ser por su presencia. Pensé que si me encontraba imposibilitado de regresar a mi propio mundo con mi información debido a los métodos heterodoxos empleados para conseguirla, podría someterla a las autoridades de la Tierra y solicitar su ayuda para erradicar la amenaza. Imagine mi placer cuando descubrí que el marido de una de las biólogas del instituto era miembro de uno de los más importantes cuerpos de investigación de la Tierra. Naturalmente, hice cuanto pude para ser huésped en su casa, y tratar con él en privado, convencerle de la terrible verdad, utilizar su cargo para que me ayudara a atacar los parásitos. Esto, naturalmente, es imposible ahora. No puedo censurarla a usted. Como habitantes de la Tierra, no se puede esperar que comprendan la psicología de mi pueblo. No obstante, debe comprender esto: no puedo tener más tratos con ninguno de los dos. No podría ni siquiera soportar permanecer más tiempo en la Tierra.

— Entonces, sólo usted, de todo su pueblo, está enterado de esta teoría.

— Yo solo, en efecto.

— Su cianuro, doctor Tholan. -Y Drake le tendió el cilindro. El hawkinita lo agarró, anhelante. Sus dedos ágiles manipularon el tubo y la válvula con la mayor delicadeza. En diez segundos, lo tenía colocado e inhalaba el gas a grandes bocanadas. Sus ojos se iban volviendo claros y transparentes. Drake esperó a que la respiración del hawkinita se normalizara y luego, sin cambiar de expresión, alzó la pistola y disparó. Rose lanzó un grito. El hawkinita permaneció de pie. Sus cuatro miembros inferiores no podían doblarse, pero la cabeza le colgó de pronto y de su boca repentinamente fláccida, se desprendió el tubo de cianuro ya inútil. Drake cerró la válvula, tiró el cilindro a un lado y permaneció sombrío contemplando a la criatura muerta. Ninguna marca exterior indicaba que le hubieran matado. El proyectil de la pistola de aguja más fino que la propia aguja que daba nombre al arma penetró en el cuerpo fácil y silenciosamente y estalló con efecto devastador una vez dentro de la cavidad abdominal. Rose salió de la alcoba sin dejar de gritar. Drake fue tras ella y la agarró del brazo; notó los golpes fuertes de la palma de su mano sobre la cara, sin sentirlos realmente, y terminó sollozando sordamente. Drake le advirtió:

— Te dije que no te metieras en esto. ¿Qué vas a hacer ahora?

— Suéltame -protestó Rose-. Quiero irme. Quiero irme lejos de aquí.

— ¿Por algo que mi trabajo me obligó a hacer? Ya oíste lo que dijo esa criatura. ¿Supones que podía dejarlo que volviera a su mundo y propagara todas esas mentiras? Le creerían. ¿Y qué crees que ocurriría entonces? ¿Puedes imaginar lo que sería una guerra interestelar? Pensarían que debían matarnos a todos para detener la infección. Con un esfuerzo que pareció estremecerla toda, Rose se calmó. Miró firmemente a los ojos de Drake y declaró:

— Lo que dijo el doctor Tholan no eran ni errores ni mentiras, Drake.

— Venga, mujer, estás histérica. Necesitas dormir.

— Sé que lo que dijo es cierto porque la Comisión de Seguridad está enterada de la teoría, y saben que es verdad.

— ¿Por qué te empeñas en decir estos disparates?

— Porque tú mismo te traicionaste por dos veces.

— Siéntate -ordenó Drake. Así lo hizo mientras él seguía de pie y la contemplaba curiosamente-. Así que me he traicionado dos veces. Has tenido un día muy cargado de trabajo detectivesco, querida. Tienes facetas ocultas.

— Se sentó y cruzó las piernas. Rose pensó, sí, su dia había sido muy ocupado. Desde donde estaba podía ver el reloj eléctrico de la cocina; habían transcurrido dos horas después de medianoche. Harg Tholan había entrado por primera vez en su casa treinta y cinco horas antes y ahora yacía asesinado en la habitación de invitados.

— Bueno, ¿es que no vas a decirme cómo me he traícionado dos veces? -preguntó Drake.

— Te pusiste pálido cuando Harg Tholan dijo de mí que era una encantadora anfitriona. Anfitriona tiene dos sentidos, como bien sabes, Drake. Un anfitrión es el que alberga un parásito.

— Primera -dijo Drake-. ¿Cuál es la segunda?

— Algo que hiciste antes de que Harg Tholan viniera a casa. Hace horas que intento recordarlo, ¿lo recuerdas tu Drake? Comentaste lo desagradable que era para los hawkinitas, asociarse con terrícolas, y yo te dije que Harg Tholan era un doctor y tenía que hacerlo. Te pregunté si creías que los médicos humanos disfrutaban especialmente cuando iban a los trópicos, o cuando dejaban que los mosquitos infectados los picaran. ¿Recuerdas lo transtornado que te mostraste? Drake se echó a reír.

— Ignoraba que fuera tan transparente. Los mosquitos son anfitriones para la malaria y parásitos de la fiebre amarilla -suspiró-. He hecho cuanto he podido para mantenerte al margen de esto. Ahora no me queda más que decirte la verdad. Debo hacerlo porque solamente la verdad, o la muerte, hará que me dejes en paz. Y no quiero matarte. Ella se encogió en su sillón, con los ojos muy abiertos. Drake prosiguió:

— La Comisión conoce la verdad, pero no nos sirve de nada. Sólo podemos hacer cuanto esté en nuestras manos para que los otros mundos no lo descubran.

— Pero la verdad no puede ocultarse para siempre. Harg Tholan la descubrió. Le has matado, pero otro extraterrestre repetirá el mismo descubrimiento…, una y otra vez. No puedes matarlos a todos.

— También lo sabemos -asintió Drake-. No tenemos elección.

— ¿Por qué? -exclamó Rose-. Harg Tholan te dio la solución. Ni sugirió ni amenazó con guerras entre los mundos. Sugirió, por el contrario, que combináramos con las otras inteligencias para ayudarnos a eliminar al parásito. Y podemos hacerlo. Si nosotros, junto con los otros, unimos todos nuestros esfuerzos…

— ¿Quieres decir que podemos confiar en él? ¿Habla en nombre de su Gobierno o de las otras razas?

— ¿Podemos atrevemos a no correr el riesgo?

— No lo comprendes -cortó Drake. Se acercó a ella y tomó una de sus manos frías, inerte, entre las suyas. Siguió hablándole-: Puede parecer una tontería tratar de enseñarte algo de tu propia especialidad, pero quiero que te fijes en lo que voy a decirte. Harg Tholan tenía razón. El hombre y sus antepasados prehistóricos han estado viviendo con esas inteligencias parasitarias por espacio de larguisimos períodos, por un tiempo mucho más largo que desde que fuimos realmente Homo sapiens. En ese intervalo, no solamente nos adaptamos a ellas, sino que dependemos de ellas. Ya no es un caso de parasitismo. Es un caso de cooperación mutua. Vosotros, los biólogos, tenéis un nombre para ello.

— ¿De qué estás hablando? -gritó, desprendiendo su mano-. ¿Simbiosis?

— Exactamente. También tenemos nuestra propia enfermedad, crecimiento imparable. Ya ha sido mencionada como contrapartida a la muerte por inhibición. Bien, ¿cuál es la causa del cáncer? ¿Cuánto tiempo llevan los biólogos, los fisiólogos, los bioquímicos y demás trabajando en ello? ¿Qué éxito han conseguido? ¿Por qué? ¿Puedes tú contestarme ahora?

— No, no puedo -contestó despacio-. ¿De qué me estás hablando?

— Es estupendo decir que si pudiéramos eliminar al parásito, creceríamos y viviríamos eternamente si así lo deseáramos; o por lo menos hasta que nos cansáramos de ser excesivamente grandes o demasiado longevos, y nos elimináramos limpiamente. Pero ¿cuántos millones de años han transcurrido desde que el cuerpo humano tuvo ocasión de crecer de este modo imparable? ¿Puede hacerlo aún? ¿Está preparada para ello la química del cuerpo? ¿Dispone de los suficientes como-se-llamen?

— Enzimas -aclaró Rose en un murmullo.

— Eso, enzimas. Es imposible. Si por cualquier razón la inteligencia parasitaria, como la llama Harg Tholan, abandona el cuerpo humano, o si su relación con la mente humana se daña de algún modo, el crecimiento se da, pero no de forma ordenada. A este crecimiento le llamamos cáncer. Y ahí lo tienes. No hay manera de deshacerse del parásito. Estamos unidos para siempre, eternamente. Para eliminar su muerte por inhibición, los extraterrestres deben borrar de la Tierra toda vida vertebrada. No hay otra solución para ellos y por tanto debemos evitar que se enteren. ¿Lo comprendes? Rose tenía la boca seca y le costaba hablar.

— Lo comprendo, Drake. -Se dio cuenta de que su marido tenía la frente húmeda y que el sudor se deslizaba por ambas mejillas-. Y ahora tendrás que sacarlo del apartamento.

— Como es muy tarde podré sacar el cuerpo del edificio. Después.. -Se volvió a mirarla-. No sé cuándo estaré de vuelta.

— Lo comprendo, Drake -repitió. Harg Tholan pesaba mucho. Drake tuvo que arrastrarle por el piso. Rose se alejó para vomitar. Se cubrió los ojos hasta que oyó que la puerta se cerraba, y dijo para sí:

— Lo comprendo, Drake.

Eran las tres de la mañana. Había pasado casi una hora desde que oyó cerrarse la puerta, sin ruido, tras Drake y su carga. No podía saber a dónde iba, ni lo que se proponía hacer. Permaneció sentada, atontada. No sentía deseos de dormir, ni deseos de moverse. Mantuvo la mente trabajando en círculos apretados, lejos de lo que sabía y que no quería saber. ¡Mentes parasitarias! ¿Era sólo una coincidencia o se trataba de una extraña memoria racial, un tenue girón de antigua tradición o percepción interna, que se extendía a través de increíbles milenios, que mantenía al día el curioso mito del principio de los humanos? Pensó que, para empezar, hubo dos inteligencias en la Tierra. En el jardín del Edén había humanos y también la serpiente, que era »más sutil que cualquier animal del campo». La serpiente contaminó al hombre y como resultado perdió sus miembros. Sus atributos físicos ya no eran necesarios. Y por causa de esta contaminación, el hombre fue arrojado del jardín de la vida eterna. La muerte entró en el mundo. Pero, pese a sus esfuerzos, el círculo de sus pensamientos crecía y volvía a Drake. Lo rechazaba, pero volvía; contó en voz baja, recitó los nombres de los objetos que tenía en su campo visual, gritó: «No, no, no», pero volvía. Seguía volviendo. Drake le había mentido. Había sido una historia plausible. Hubiera resistido en la mayoría de los casos, pero Drake no era biólogo. El cáncer no podía ser, como aseguraba Drake, una enfermedad que expresara la pérdida de capacidad de crecimiento normal. El cáncer atacaba a niños en pleno crecimiento; incluso podía atacar el tejido embrionario; atacaba a los peces que, como los extraterrestres, no dejaban de crecer mientras vivían, y morían solo por enfermedad o accidente; atacaba a las plantas que no tienen mente y no pueden albergar parásitos. El cáncer no tenía nada que ver con la presencia o ausencia de crecimiento normal; era la enfermedad general de la vida, a la que ningún tejido de ningún organismo multicelular era completamente inmune. Se cubrió los ojos con las manos. Los jóvenes que desaparecían estaban generalmente en el primer año de su matrimonio. Fuera cual fuera el proceso de reproducción de las inteligencias parasitarias, debía involucrar una íntima asociación con otro parásito…, el tipo de íntima y continuada asociación que solamente era posible si sus respectivos anfitriones estaban igualmente en íntima relación. Como es el caso en parejas de recién casados. Percibía que sus pensamientos iban desconectándose poco a poco. Pero volverían. Le preguntarían:

-¿Dónde está Harg Tholan? -Y ella contestaría:

-Con mi marido. Sólo que le dirían:

-¿Y dónde está tu marido? -Porque él también se habría ido. Ya no la necesitaba más. Jamás regresaría. Nunca le encontrarían porque estaría por el espacio. Informaría de ambos: de Drake Smollett y de Harg Tholan al Departamento de personas desaparecidas. Deseaba llorar pero no podía; tenía los ojos secos y doloridos. Y de pronto le entró una risa loca y no podía parar. Era divertido. Buscando respuestas a tantas preguntas y las encontraba todas de golpe. Había encontrado incluso la respuesta a la pregunta que creyó que no tenía la menor relación con el caso. Por fin había descubierto por qué Drake se había casado con ella.

Horacio Quiroga: Una estación de amor. Cuento

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PRIMAVERA.

Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas miró al carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto en el coche la tarde anterior, preguntó a sus compañeros:

–¿Quién es? No parece fea.

–¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece…

Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era una chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero ya núbil. Tenía, bajo cabello muy oscuro, un rostro de suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiéndose hacia las sienes entre negras pestañas. Tal vez un poco separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o gran terquedad. Pero sus ojos, tal como eran, llenaban aquel semblante en flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel detenidos un momento en los suyos, quedó deslumbrado.

–¡Qué encanto! –murmuró, quedando inmóvil con una rodilla en el almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban hacia la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente colgante de papel, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al galante muchacho.

Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cocheros y aún al carruaje: las serpentinas llovían sin cesar. Tanto fue, que las dos personas sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron atentamente al derrochador.

–Quiénes son? –preguntó Nébel en voz baja.

–El doctor Arrizabalaga… Cierto que no lo conoces. La otra es la madre de tu chica… Es cuñada del doctor.

Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial condescendencia.

Este fue el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel se creyó en el deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial condescendencia. Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan bien que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.

Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían, volviendo la cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel. Este echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías. Mas sobre el almohadón del surrey quedaba aún uno, un pobre ramo de siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él sobre la rueda de los jazmines del país. Nébel saltó con él sobre la rueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y corriendo a la victoria, jadeante, empapado en sudor y con el entusiasmo a flor de ojos, tendió el ramo a al joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero no lo tenía. Sus acompañantes se reían.

–¡Pero loca! –le dijo la madre, señalándole el pecho–. ¡Ahí tienes uno!

El carruaje arrancaba al trote. Nébel que había descendido afligido del estribo, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía con el cuerpo casi fuera del coche.

Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno sosiego de alma, sino de cuerpo. Y he aquí que desde el segundo día perdía toda su serenidad. Pero en cambio, ¡qué encanto!

–¡Qué encanto! –se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y carne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía real y profundamente deslumbrado –y enamorado, desde luego.

¡Y si ella lo quisiera!… ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo, confiaba mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación aturdida con que la joven había buscado algo que darle. Evocaba claramente el brillo de sus ojos cuando lo vio llegar corriendo, la inquieta expectativa con que lo esperó –y en otro orden, la morbidez del joven pecho, al tenderle el ramo.

¡Y ahora, concluido! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre? Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.

Hicieron efectivamente el viaje juntos, y durante él Nébel llegó al más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de dieciocho años que se siente querido. La madre acogió el casi infantil idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando poco, sonriendo sin cesar y mirándose infinitamente.

La despedida fue breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.

Ellas volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él? «¡Oh, no volver yo!» Y mientras Nébel se alejaba despacio por el muelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda y la cabeza baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada los marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio –y al vestido, corto aún, de la tiernísima novia.

 

VERANO

[I]

El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el primer momento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse poco ni mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relámpago de pasión, y apenas si en el agua dormida de su alma el último resplandor alcanzaba a rizar su amor propio. Sentía, sí, curiosidad de verla. Hasta que un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastró de nuevo. El primer domingo, Nébel, como todo buen chico de pueblo, esperó en la esquina la salida de misa. Al fin, las últimas acaso, erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la fila de muchachos.

Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorber en toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansia casi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbito resplandor de dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo.

Pero pasó, con su mirada fría fija adelante.

–Parece que no se acuerda más de ti –le dijo un amigo, que a su lado había seguido el incidente.

–¡No mucho! –se sonrió él–. Y es lástima, porque la chica me gustaba en realidad.

Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia. ¡Y ahora que había vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la había querido siempre, él que creía no acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum! –repetía sin darse cuenta–. ¡Pum! ¡Todo ha concluido!

De golpe: ¿Y si no me hubieran visto?… ¡Claro! ¡pero claro! Su rostro se animó de nuevo, y acogió esta vaga probabilidad con profunda convicción.

A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era elemental: consultaría con cualquier mísero pretexto al abogado; y acaso la viera.

Fue allá. Una súbita carrera por el patio respondió al timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerse violentamente a la puerta vidriera. Vio a Nébel, lanzó una exclamación, y ocultando con sus brazos la ligereza de su ropa, huyó más velozmente aún.

Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a su antiguo conocido con más viva complacencia con mayor complacencia que cuatro meses atrás. Nébel no cabía en sí de gozo; y como la señora no parecía inquietarse por las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste prefirió también un millón de veces tal presencia a la del abogado.

Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente. Y como tenía dieciocho años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y sin cortedad, su inmensa dicha.

–¡Tan pronto, ya! –le dijo la señora–. Espero que tendremos el gusto de verlo otra vez… ¿No es verdad? … ¿no es verdad?

–¡Oh, sí, señora!

–En casa todos tendríamos mucho placer… ¡Supongo que todos! ¿Quiere que consultemos? –se sonrió con maternal burla.

–¡Oh, con toda el alma! –repuso Nébel.

–¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces.

Lidia llegó cuando él estaba ya de pie. Avanzó al encuentro de Nébel, los ojos centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, con adorable torpeza.

–Si a usted no le molesta –prosiguió la madre–, podría venir todos los lunes… ¿Qué le parece?

–¡Que es muy poco, señora! –repuso el muchacho–. Los viernes también ¿Me permite?

La señora se echó a reír.

–¡Qué apurado! Yo no sé… Veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?

La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡sí! en pleno rostro, puesto que a él debía su respuesta.

–Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel.

Nébel objetó:

–¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario…

–¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.

Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo y huyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma proyectada al último cielo de la felicidad.

[II]

 

Durante dos meses, en todos los momentos en que se veían, en todas las horas que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus ojos azules y su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de ideal. Para ella, Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había en su mutuo amor más nube que la minoría de edad de Nébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y demás superfluidades, quería casarse. Como probado, no había sino dos cosas: que a él le era absolutamente imposible vivir sin Lidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello. Presentía –o más bien dicho, sentía– que iba a escollar rudamente.

Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con terrible vigor. A fines de agosto habló un día definitivamente a su hijo:

–Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.

Nébel vio toda la tormenta en esa forma de dignidad, y la voz le tembló un poco al contestar:

–Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que te hable de eso.

–¡Bah! Como gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo… Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?

–Sí.

–¿Y te reciben formalmente?

–Creo que sí…

El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.

–¡Está bueno! Muy bien!… Óyeme, porque tengo el deber de mostrarte el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que puede pasar?

–¿Pasar?… ¿Qué?

–Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?

–¡Papá!

–¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! No pongas esa cara… No me refiero a tu… novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero sabes de qué viven?

–¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre…

–¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sino como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte, qué clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su cuñado, ¡pregunta!

–¡Sí! Ya sé que ha sido…

–Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco!

–¡…!

–¡Sí, ya sé! ¡Tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay impulso más bello que el tuyo… Pero anda con cuidado, porque puedes llegar tarde… ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a tu novia, creo, como te he dicho, que no está. Contaminada, aún por la podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera, dile que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos y que antes se lo llevará el diablo que consentir en ese matrimonio. Nada el diablo que consentir en eso. Nada más te quería decirte.

El muchacho quería mucho a su padre, a pesar del a su padre, a pesar del carácter de éste; salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto más violenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que no lo ignoraba. La madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga en vida de su marido, y aun cuatro o cinco años después. Se veían aún de tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en su artritis de solterón enfermizo, distaba mucho de ser respecto de su cuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de madre e hija, lo hacía por una especie de agradecimiento de ex amante, y sobre una especie de compasión de ex amante, y sobre todo para autorizar los chismes actuales que hinchaban su vanidad.

Nébel evocaba a la madre; y con un estremecimiento de muchacho loco por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos y reclinados una «Illustration», había creído sentir sobre sus nervios súbitamente tensos un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo pleno que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto la mirada de ella, mareada, posarse pesadamente sobre la suya.

¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con raras crisis explosivas; los nervios desordenados repiqueteaban hacia adentro y de aquí la enfermiza tenacidad en un disparate y el súbito abandono de una convicción; y en los pródromos de las crisis, la obstinación creciente, convulsiva, edificándose con grandes bloques de absurdos. Abusaba de la morfina por angustiosa necesidad y por elegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muy gruesos y encendidos que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, sus ojos lo parecían por el corte y por tener pestañas muy largas; pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vestía, como la hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayor seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora la histeria había trabajado mucho su cuerpo –siendo, desde luego, enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos se empañaban, y de la comisura de los labios, del párpado globoso, pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma histeria que le deshacía los nervios era el alimento un poco mágico que sostenía su tonicidad.

Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las burguesas histéricas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz –esto es, para proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.

Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo en lo más hondo de sus cuerdas de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia? Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, era, ya no prueba de pureza, sino escalón de noble gozo por el que Nébel ascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida, la flor que pedía por él.

Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga, había sentido loco deseo de verla. Su dicha fue completa, pues la halló sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro. Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió en sus manos inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fácil le habría sido manchar.

¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posible su casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le permitía por su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.

La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una sanción social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro suegro de su hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de forzar a la moral burguesa a doblar las rodillas ante la misma inconveniencia que despreció.

Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con alusiones a «mi suegro»…. «mi nueva familia»…, «la cuñada de mi hija». Nébel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con más sombrío fuego.

Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de octubre para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre hizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de su padre esa noche.

–Será difícil –dijo Nébel después de un mortificante silencio–. Le cuesta mucho salir de noche… No sale nunca.

–¡Ah! –exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra pausa siguió, pero ésta ya de presagio.

–Porque usted no hace un casamiento clandestino, ¿verdad?

–¡Oh! –se sonrió difícilmente Nébel–. Mi padre tampoco lo cree.

–¿Y entonces?

Nuevo silencio, cada vez más tempestuoso.

–¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?

–¡No, no señora! –exclamó al fin Nébel, impaciente– Está en su modo de ser… Hablaré de nuevo con él, si quiere.

–¿Yo, querer? –se sonrió la madre dilatando las narices–. Haga lo que le parezca… ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.

Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre? Este sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el hijo había emprendido las gestiones para prescindir de ella.

–Puedes hacer eso, y todo lo que te dé la gana. Pero mi consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!

Después de tres días Nébel decidió concluir de una decidió aclarar de una vez esa vez con ese estado de cosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.

–Hablé con mi padre –comenzó Nébel–, y me ha dicho que le será completamente imposible asistir.

La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito fulgor, se estiraban hacia las sienes.

–¡Ah! ¿Y por qué?

–No sé –repuso con voz sorda Nébel.

–Es decir… que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí.

–¡No sé! –repitió él, obstinado a su vez.

–¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha figurado? –añadió con voz ya alterada y los labios temblantes–. ¿Quién es él para darse ese tono?

Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su familia.

–¡Qué es, no sé! –repuso con la voz precipitada a su vez–. Pero no sólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.

–¿Qué? ¿Que se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado para esto!

Nébel se levantó:

–Usted no…

Pero ella se había levantado también.

–¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su fortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Su familia!… ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que saltar para ir a dormir con su mujer antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su familia!… ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo pase bien!

 

[III]

Nébel vivió cuatro días en la más honda desesperación. ¿Qué podía esperar después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer, recibió una esquela:

«Octavio:

Lidia está bastante enferma, y sólo su presencia podría calmarla.

María S. de Arrizabalaga»

Era una treta, no ofrecía duda. Pero si su Lidia en verdad…

Fue esa noche, y la madre lo recibió con una discreción que asombró a Nébel: sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que pide disculpas.

–Si quiere verla…

Nébel entró con la madre, y vio a su amor adorado en la cama, el rostro con esa frescura sin polvos que dan únicamente los catorce años, y las piernas recogidas.

Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran algo: no hacían sino mirarse y sonreír.

De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madre surgió nítida: «Se va para que en el transporte de mi amor reconquistado pierda la cabeza, y el matrimonio sea así forzoso». Pero en ese cuarto de hora de goce final que le ofrecían adelantado a costa de un pagaré de casamiento, el muchacho de dieciocho años sintió –como otra vez contra la pared– el placer sin la más leve mancha, de un amor puro en toda su aureola de poético idilio.

Sólo Nébel pudo decir cuán grande fue su dicha recuperada en pos del naufragio. El también olvidaba lo que fuera en la madre explosión de calumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero tenía la más fría decisión de apartar a la madre de su vida, una vez casados. El recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama que se había destendido una punta para él, encendía la promesa de una voluptuosidad íntegra, a la que no había robado prematuramente el más pequeño diamante.

A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nébel halló el zaguán oscuro. Después de largo rato la sirvienta entreabrió la ventana.

–¿Han salido? –preguntó él extrañado.

–No, se van a Montevideo… Han ido al Salto a dormir a bordo.

–¡Ah! –murmuró Nébel aterrado. Tenía una esperanza aún.

–¡El doctor? ¿Puedo hablar con él?

–No está; se ha ido al club después de comer.

Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y dejó caer los brazos con mortal desaliento: ¡Se acabó todo! ¡Su felicidad, su dicha reconquistada un día antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentía que esta vez no había redención posible. Los nervios de la madre habían saltado a la loca, como teclas, y él no podía ya hacer más.

Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvil bajo el farol, contempló con estúpida fijeza la casa rosada. Dio una vuelta manzana, y tornó a detenerse bajo el farol. ¡Nunca, nunca más!

Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fue a su casa y cargó el revólver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrás había prometido a un dibujante alemán que antes de suicidarse un día –Nébel era adolescente– iría a verlo. Uníalo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad, cimentada sobre largas charlas filosóficas.

A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba al pobre cuarto de aquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita.

–¿Es ahora? –le preguntó el paternal amigo, estrechándole con fuerza la mano.

–¡Pst! ¡De todos modos!… –repuso el muchacho, mirando a otro lado.

El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama de amor.

–Vaya a su casa –concluyó–, y si a las once no ha cambiado de idea, vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo que quiera. ¿Me lo jura?

–Se lo juro –contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón con grandes ganas de llorar.

En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:

«Idolatrado Octavio:

Mi desesperación no puede ser más grande. Pero mamá ha visto que si me casaba con usted, me estaban reservados grandes dolores, he comprendido como ella que lo mejor era separarnos y le jura no olvidarlo nunca.

tu

Lidia»

–¡Ah, tenía que ser así! –clamó el muchacho, viendo al mismo tiempo con espanto su rostro demudado en el espejo. ¡La madre era quien había inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no había podido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo su amor en la redacción–. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día, decirle de qué modo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada de mi alma!…

Temblando fue hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó su nueva promesa, y durante un larguísimo tiempo permaneció allí de pie, limpiando obstinadamente con la uña una mancha del tambor.

 

 

OTOÑO

Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tranvía cuando el coche se detuvo un momento más del conveniente, y Nébel, que leía, volvió al fin la cabeza.

Una mujer con lento y difícil paso avanzaba entre los asientos. Tras una rápida ojeada a la incómoda persona, Nébel reanudó la lectura. La dama se sentó a su lado, y al hacerlo miró atentamente a su vecino. Nébel, aunque sentía de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre él, prosiguió su lectura; pero al fin se cansó y levantó el rostro extrañado.

–Ya me parecía que era usted –exclamó la dama–, aunque dudaba aún… No me recuerda, ¿no es cierto?

–Sí –repuso Nébel abriendo los ojos– La señora de Arrizabalaga…

Ella vio la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana que trata aún de parecer bien a un muchacho.

De ella –cuando Nébel la conoció once años atrás–sólo quedaban los ojos, aunque más hundidos, y ya apagados. El cutis amarillo, con tonos verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se veía viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto a la elegante mujer que un día hojeó la «Ilustration» a su lado.

–Sí estoy muy envejecida… y enferma, he tenido ya ataques a los riñones… Y usted –añadió mirándolo con ternura–, ¡siempre igual! Verdad es que no tiene treinta años aún… Lidia también está igual.

Nébel levantó los ojos:

–¿Soltera?

–Sí… ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese gusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?

–Con mucho gusto… –murmuró Nébel.

–Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para usted… En fin, Boedo, 1483; departamento 14… Nuestra posición es tan mezquina…

–¡Oh! –protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.

Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplir su promesa. Fue allá –un miserable departamento de arrabal–. La señora de Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.

–¡Conque once años! –observó de nuevo la madre–. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!

–Seguramente –sonrió Nébel, mirando a su rededor.

–¡Oh! ¡No estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su casa… Siempre oigo hablar de sus cañaverales… ¿Es ése su único establecimiento?

–Sí… En Entre Ríos también…

–¡Qué feliz! Si pudiera uno… ¡Siempre deseando ir a pasar unos meses en el campo, y siempre con el deseo!

Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este, con el corazón apretado, revivía nítidas las impresiones enterradas once años en su alma.

–Y todo esto por falta de relaciones… ¡Es tan difícil tener un amigo en esas condiciones!

El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró.

Ella estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor y una frescura de los catorce años no se vuelve a hallar más en la mujer de veintiséis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en su cuello mórbido, en la mansa tranquilidad de su mirada, y en todo lo indefinible que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debía guardar velado para siempre el recuerdo de la Lidia que conoció.

Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de personas maduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre reanudó:

–Sí, está un poco débil… Y cuando pienso que en el campo se repondría enseguida… Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con usted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo… ¿No podríamos pasar una temporada en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!

–Soy casado –repuso Nébel.

La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su decepción fue sincera; pero enseguida cruzó sus manos cómicas:

–¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya sabe!… No sé lo que digo… ¿Y su señora vive con usted en el ingenio?

–Sí, generalmente… Ahora está en Europa.

–¡Qué desgracia! Es decir… ¡Octavio! –añadió abriendo los brazos con lágrimas en los ojos–: A usted le puedo contar, usted ha sido casi mi hijo… ¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere que vaya con Lidia? Voy a tener con usted una confesión de madre –concluyó con una pastosa sonrisa y bajando la voz–: Usted conoce bien el corazón de Lidia, ¿no es cierto?

Esperó respuesta, pero Nébel permanecía callado.

–¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar cuando ha querido?

Ahora había reforzado su insinuación con una lenta con una leve guiñada. Nébel valoró entonces de golpe el abismo en que pudo haber caído antes. Era siempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja, la morfina y la pobreza. Y Lidia… Al verla otra vez había sentido un brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta llena y ya estremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecían, se echó en brazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino.

–¿No sabes, Lidia? –prorrumpió la madre alborozada, al volver su hija–. Octavio nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué te parece?

Lidia tuvo una fugitiva contracción de cejas y recuperó su serenidad.

–Muy bien mamá…

–¡Ah! ¿No sabes lo que dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos casi de su familia…

Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento con dolorosa gravedad.

–¿Hace tiempo? –murmuró.

–Cuatro años –repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó ánimo para mirarla.

 

INVIERNO

[I]

No hicieron el viaje juntos por un último escrúpulo de Nébel en una línea donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron todos en el brec de la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no guardaba a su servicio doméstico más que a una vieja india, pues –a más de su propia frugalidad– su mujer se llevaba consigo toda la servidumbre. De este modo presentó sus acompañantes a la fiel nativa como una tía anciana y su hija, que venían a recobrar la salud perdida.

Nada más creíble, por otro lado, pues la señora decaía vertiginosamente. Había llegado deshecha, el pie incierto y pesadísimo, y en sus facies angustiosa la morfina, que había sacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nébel, pedía a gritos una corrida por dentro de aquel cadáver viviente.

Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabía lo suficiente para prever una rápida catástrofe; el riñón, íntimamente atacado, tenía a veces paros peligrosos que la morfina no hacía sino precipitar.

Ya en el coche, no pudiendo resistir más, la dama había mirado a Nébel con transida angustia:

–Si me permite, Octavio… ¡No puedo más! Lidia, ponte delante.

La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó el crujido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo.

Los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrió como una máscara aquella cara agónica.

–Ahora estoy bien… ¡Qué dicha! Me siento bien.

–Debería dejar eso –dijo duramente Nébel, mirándola de costado–. Al llegar, estará peor.

–¡Oh, no! Antes morir aquí mismo.

Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera posible sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Pero al caer la tarde, y a ejemplo de las fieras que empiezan a esa hora a afilar las empiezan a esa hora a afilar las garras, el celo de varón comenzó a relajarle la cintura en lasos escalofríos.

Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de una vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche.

–¡Huy! ¡Qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que sacrifique los últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta?

Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas palabras, y sólo al fin del café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajó la suya enseguida.

Cuatro horas después Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto Lidia.

–¡Quién es! –sonó de pronto la voz azorada.

–Soy yo –murmuró apenas Nébel.

Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta bruscamente en la cama, siguió a sus palabras, y el silencio reinó de nuevo. Pero cuando la mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazo fresco, el cuerpo tembló entonces en una honda sacudida.

Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya había conocido el amor antes que él llegara, subió de lo más recóndito del alma de Nébel el santo orgullo de su adolescencia de no haber tocado jamás, de no haber robado ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con radiante candor. Pensó en las palabras de Dostoyevsky, que hasta ese momento no había comprendido:

«Nada hay más bello y que fortalezca más en la vida, que un recuerdo puro». Nébel lo había guardado, ese recuerdo sin mancha, pureza inmaculada de sus dieciocho años, y que ahora yacía allí, enfangada hasta el cáliz sobre una cama de sirvienta.

Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesadas, silenciosas. Ella a su vez recordaría… Y las lágrimas de Lidia continuaban una tras otra, regando, como una tumba, el abominable fin de su único sueño de felicidad.

[II]

Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba casi todo el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muy pocas veces solos; y aunque de noche volvían a verse, pasaban aún entonces largo tiempo callados.

Lidia misma tenía bastante qué hacer cuidando a su madre, postrada al fin. Como no había posibilidad de reconstruir lo ya podrido, y aun a trueque del peligro inmediato que ocasionara. Nébel pensó en suprimir la morfina. Pero se abstuvo una mañana que, entrando bruscamente en el comedor, sorprendió a Lidia que se bajaba precipitadamente las faldas. Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó en Nébel su mirada espantada.

–¿Hace mucho tiempo que usas eso? –le preguntó él al fin.

–Sí –murmuró Lidia, doblando en una convulsión la aguja.

Nébel la miró aún y se encogió de hombros.

Sin embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una frecuencia terrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina concluía de matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella desgraciada, sustrayéndole la droga.

–¡Octavio! ¡Me va a matar! –clamó ella con ronca súplica–. ¡Mi hijo Octavio! ¡No podría vivir un día!

–¡Es que no vivirá dos horas, si le dejo eso! –contestó Nébel.

–¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!

Nébel dejó que los brazos se tendieran a él inútilmente, y salió con Lidia.

–¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?

–Sí… Los médicos me habían dicho…

Él la miró fijamente.

–Es que está mucho peor de lo que imaginas. Lidia se puso blanca, y mirando afuera ahogó un sollozo mordiéndose los labios.

–¿No hay médico aquí? –murmuró.

–Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.

Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel abrió una carta.

–¿Noticias? –preguntó Lidia inquieta, levantando los ojos a él. Quieta los ojos a él.

–Sí –repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.

–¿Del médico? –volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.

–No, de mi mujer –repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos.

A las diez de la noche, Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.

–¡Octavio! ¡Mamá se muere!…

Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya el rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:

–Pla… pla… pla…

Nébel vio enseguida sobre el velador el frasco de morfina, casi vacío.

–¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto? –preguntó

–¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido… Seguramente lo fue a buscar a tu cuarto cuando no estabas… ¡Mamá, pobre mamá! –cayó sollozando sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.

Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al rato los labios callaron su pla… pla, y en la piel aparecieron grandes manchas violetas.

A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperó que Lidia concluyera de vestirse mientras los peones cargaban las valijas en el carruaje.

–Toma esto –le dijo cuando ella estuvo a su lado, tendiéndole un cheque de diez mil pesos.

Lidia se estremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron de lleno en los de Nébel. Pero él sostuvo la mirada.

–¡Tonta, pues! –repitió sorprendido.

Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel entonces se inclinó sobre ella.

–Perdóname –le dijo–. No me juzgues peor de lo que soy.

En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla del vagón, pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le tendió la mano, que Nébel retuvo un momento en silencio. Luego, sin soltarla, recogió a Lidia de la cintura y la besó hondamente en la boca.

El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que se perdía.

Pero Lidia no se asomó.