Naguib Mahfuz: Jardín de infancia. Cuento

3506OB1-economist-magnum-Papá…

-¿Qué?

-Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.

-Claro, mujer, porque es tu amiga.

-En clase… en el recreo… a la hora de comer…

-Estupendo… es una niña buena y juiciosa.

-Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.

Miró a la madre y vio que sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo, sonriendo también:

-Sí… pero sólo en la clase de religión…

-¿Y por qué, papá?

-Porque tú eres de una religión y ella de otra.

-Pero, ¿por qué, papá?

-Porque tú eres musulmana y ella cristiana.

-¿Y por qué, papá?

-Eres aún muy pequeña, ya lo comprenderás…

-No, ¡soy mayor!

-No, eres pequeña, cariñito…

-¿Y por qué soy musulmana?

Debía ser comprensivo y delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía moderna a la primera dificultad. Contestó:

-Porque papá es musulmán… mamá es musulmana…

-¿Y Nadia?

-Porque su papá es cristiano y su mamá también…

-¿Porque su papá lleva gafas?

-No… Las gafas no tienen nada que ver. Es porque su abuelo también era cristiano y…

Siguió con la cadena de antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema pero la niña preguntó:

-¿Cuál es mejor?

Dudó un momento antes de contestar:

-Las dos…

-¡Pero yo quiero saber cuál es mejor!

-Es que las dos lo son.

-¿Y por qué no me hago cristiana para estar siempre con Nadia?

-No, cariñito, es mejor que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá…

-¿Y por qué?

Francamente: la pedagogía moderna es tiránica.

-¿Por qué no esperas a ser mayor?

-No. ¡Ahora!

-Bien. Digamos que por gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra. Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso tienes que seguir siendo musulmana.

-¿Nadia tiene mal gusto?

Dios confunda a ti y a Nadia. Había metido la pata a pesar de las precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una botella.

-Sobre gustos no hay nada escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como papá y mamá…

-¿Puedo decirle que ella tiene mal gusto y yo no?

Salió al paso:

-Las dos son buenas: tanto el Islam como el Cristianismo adoran a Dios.

-¿Y por qué yo lo adoro en una habitación y ella en otra?

-Porque ella lo adora de una manera y tú de otra.

-¿Y cuál es la diferencia, papá?

-Ya lo estudiarás el año que viene o el otro. Por el momento confórmate con saber que Islam y Cristianismo adoran a Dios.

-¿Y quién es Dios, papá?

Se detuvo, reflexionó un segundo y preguntó, extremando las precauciones:

-¿Qué les ha dicho Abla?

-Lee la azora y nos enseña a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá?

Se quedó pensando con sonrisa torcida. Luego:

-Es el Creador del mundo.

-¿De todo?

-De todo.

-¿Qué quiere decir Creador, papá?

-Quiere decir que lo ha hecho todo.

-¿Cómo, papá?

-Con su Sumo poder.

-¿Y dónde vive?

-En todo el mundo.

-¿Y antes del mundo?

-Arriba…

-¿En el cielo?

-Sí…

-Quiero verlo.

-No se puede.

-¿Ni en la televisión?

-No.

-¿Y no lo ha visto nadie?

-Nadie.

-¿Y por qué sabes que está arriba?

-Porque sí.

-¿Quién adivinó que estaba arriba?

-Los profetas.

-¿Los profetas?

-Sí, como nuestro señor Mahoma.

-¿Y cómo, papá?

-Por una gracia especial.

-¿Tenía los ojos muy grandes?

-Sí.

-¿Y por qué, papá?

-Porque Dios lo creó así.

-¿Y por qué, papá?

Contestó tratando de no perder la paciencia:

-Porque puede hacer lo que quiere…

-¿Y cómo dices que es?

-Muy grande, muy fuerte, todo lo puede…

-¿Como tú, papá?

Contestó disimulando una sonrisa:

-Es incomparable.

-¿Y por qué vive arriba?

-Porque en la tierra no cabe, pero lo ve todo.

Se distrajo un momento, pero volvió:

-Pues Nadia me ha dicho que vivió en la tierra.

-No es eso; es que lo ve todo como si viviese en todas partes.

-Y también me ha dicho que la gente lo mató.

-No, está vivo, no ha muerto.

-Pues Nadia me ha dicho que lo mataron.

-Qué va, cariñito, creyeron que lo habían matado pero estaba vivo.

-¿El abuelo también está vivo?

-No, el abuelo murió.

-¿Lo han matado?

-No, se murió.

-¿Cómo?

-Se puso enfermo y se murió.

-Entonces ¿mi hermana va a morirse?

Frunció las cejas y contestó advirtiendo un movimiento de reproche del lado de la madre:

-Ni mucho menos, ella se curará si Dios quiere…

-¿Por qué se murió entonces el abuelo?

-Porque cuando se puso enfermo era ya mayor.

-¡Pues tú eres mayor, has estado enfermo y no te has muerto!

La madre lo miró regañona. Luego pasó la vista de uno a otro azorada. Él dijo:

-Nos morimos cuando Dios lo dispone.

-¿Y por qué dispone Dios que nos muramos?

-Porque es libre de hacer lo que quiere.

-¿Es bonito morirse?

-Qué va, mi vida.

-¿Y por qué Dios quiere una cosa que no es bonita?

-Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno.

-Pero tú acabas de decir que no lo es.

-Me he equivocado, querida.

-¿Y por qué mamá se ha enfadado cuando he dicho que por qué no te habías muerto?

-Porque todavía no es la voluntad de Dios que yo muera.

-¿Y por qué no, papá?

-Porque Él nos ha puesto aquí y Él nos lleva.

-¿Y por qué, papá?

-Para que hagamos cosas buenas aquí antes de irnos.

-¿Y por qué no nos quedamos siempre?

-Porque si nos quedásemos no habría sitio para todos en la tierra.

-¿Y dejamos las cosas buenas?

-Sí, por otras mucho mejores.

-¿Dónde están?

-Arriba.

-¿Con Dios?

-Sí.

-¿Y lo veremos?

-Sí.

-¿Y eso es bonito?

-Claro.

-Entonces, ¡vámonos!

-Pero aún no hemos hecho cosas buenas.

-¿El abuelo las había hecho?

-Sí.

-¿Cuáles?

-Construir una casa, plantar un jardín…

-¿Y qué había hecho el primo Totó?

Por un momento se puso sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada desvalida, luego contestó:

-Él también había construido una casa, aunque pequeña, antes de irse…

-Pues Lulú el vecino me pega y nunca hace cosas buenas…

-Es que él ha nacido anormal.

-¿Y cuándo va a morirse?

-Cuando Dios quiera.

-¿Aunque no haga cosas buenas?

-Todos tenemos que morir. Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que hacen cosas malas se van al infierno.

Suspiró y se quedó callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí. Pero la incansable criatura gritó:

-¡Yo quiero estar siempre con Nadia!

La miró inquisitivo y ella declaró:

-¡En la clase de religión también!

Se rió estrepitosamente, la madre también rió, él dijo bostezando:

-Nunca imaginé que fuera posible discutir estas cuestiones a semejante nivel…

Habló la mujer:

-Llegará el día en que la niña crezca y puedas razonarle las verdades.

Se volvió para comprobar si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la encontró enfrascada en el bordado.

Jorge Luis Borges: Los teólogos. Cuento

4 R UMAX     PowerLook III    V1.5 [3]Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron palimpsestos y códices, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza, perduró casi intacto el libro duodécimo de la Civitas Dei, que narra que Platón enseñó en Atenas que, al cabo de los siglos, todas las cosas recuperarán su estado anterior, y él, en Atenas, ante el mismo auditorio, de nuevo enseñará esa doctrina. El texto que las llamas perdonaron gozó de una veneración especial y quienes lo leyeron y releyeron en esa remota provincia dieron en olvidar que el autor sólo declaró esa doctrina para poder mejor confutarla. Un siglo después, Aureliano, coadjutor de Aquilea, supo que a orillas del Danubio la novísima secta de los monótonos (llamados también anulares) profesaba que la historia es un círculo y que nada es que no haya sido y que no será. En las montañas, la Rueda y la Serpiente habían desplazado a la Cruz. Todos temían, pero todos se confortaban con el rumor de que Juan de Panonia, que se había distinguido por un tratado sobre el séptimo atributo de Dios, iba a impugnar tan abominable herejía.

Aureliano deploró esas nuevas, sobre todo la última. Sabía que en materia teológica no hay novedad sin riesgo; luego reflexionó que la tesis de un tiempo circular era demasiado disímil, demasiado asombrosa, para que el riesgo fuera grave. (Las herejías que debemos temer son las que pueden confundirse con la ortodoxia.) Más le dolió la intervención —la intrusión— de Juan de Panonia. Hace dos años, éste había usurpado con su verboso De septima affectione Dei sive de aeternitate un asunto de la especialidad de Aureliano; ahora, como si el problema del tiempo le perteneciera, iba a rectificar, tal vez con argumentos de Procusto, con triacas más temibles que la Serpiente, a los anulares… Esa noche, Aureliano pasó las hojas del antiguo diálogo de Plutarco sobre la cesación de los oráculos; en el párrafo veintinueve, leyó una burla contra los estoicos que defienden un infinito ciclo de mundos, con infinitos soles, lunas, Apolos, Dianas y Poseidones. El hallazgo le pareció un pronóstico favorable; resolvió adelantarse a Juan de Panonia y refutar a los heréticos de la Rueda.

Hay quien busca el amor de una mujer para olvidarse de ella, para no pensar más en ella; Aureliano, parejamente, quería superar a Juan de Panonia para curarse del rencor que éste le infundía, no para hacerle mal. Atemperado por el mero trabajo, por la fabricación de silogismos y la invención de injurias, por los nego y los autem y los nequaquam, pudo olvidar ese rencor. Erigió vastos y casi inextricables períodos, estorbados de incisos, donde la negligencia y el solecismo parecían formas del desdén. De la cacofonía hizo un instrumento. Previó que Juan fulminaría a los anulares con gravedad profética; optó, para no coincidir con él, por el escarnio. Agustín había escrito que Jesús es la vía recta que nos salva del laberinto circular en que andan los impíos; Aureliano, laboriosamente trivial, los equiparó con Ixión, con el hígado de Prometeo, con Sísifo, con aquel rey de Tebas que vio dos soles, con la tartamudez, con loros, con espejos, con ecos, con mulas de noria y con silogismos bicornutos. (Las fábulas gentílicas perduraban, rebajadas a adornos.) Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin; esa controversia le permitió cumplir con muchos libros que parecían reprocharle su incuria. Así pudo engastar un pasaje de la obra De principiis de Orígenes, donde se niega que Judas Iscariote volverá a vender al Señor, y Pablo a presenciar en Jerusalén el martirio de Esteban, y otro de los Academica priora de Cicerón, en el que éste se burla de quienes sueñan que mientras él conversa con Lúculo, otros Lúculos y otros Cicerones, en número infinito, dicen puntualmente lo mismo, en infinitos mundos iguales. Además, esgrimió contra los monótonos el texto de Plutarco y denunció lo escandaloso de que a un idólatra le valiera más el lumen naturae que a ellos la palabra de Dios. Nueve días le tomó ese trabajo; el décimo, le fue remitido un traslado de la refutación de Juan de Panonia.

Era casi irrisoriamente breve; Aureliano la miró con desdén y luego con temor. La primera parte glosaba los versículos terminales del noveno capítulo de la Epístola a los Hebreos, donde se dice que Jesús no fue sacrificado muchas veces desde el principio del mundo, sino ahora una vez en la consumación de los siglos. La segunda alegaba el precepto bíblico sobre las vanas repeticiones de los gentiles (Mateo 6:7) y aquel pasaje del séptimo libro de Plinio, que pondera que en el dilatado universo no hay dos caras iguales. Juan de Panonia declaraba que tampoco hay dos almas y que el pecador más vil es precioso como la sangre que por él vertió Jesucristo. El acto de un solo hombre (afirmó) pesa más que los nueve cielos concéntricos y trasoñar que puede perderse y volver es una aparatosa frivolidad. El tiempo no rehace lo que perdemos; la eternidad lo guarda para la gloria y también para el fuego. El tratado era límpido, universal; no parecía redactado por una persona concreta, sino por cualquier hombre o, quizá, por todos los hombres.

Aureliano sintió una humillación casi física. Pensó destruir o reformar su propio trabajo, luego, con rencorosa probidad, lo mandó a Roma sin modificar una letra. Meses después, cuando se juntó el concilio de Pérgamo, el teólogo encargado de impugnar los errores de los monótonos fue (previsiblemente) Juan de Panonia; su docta y mesurada refutación bastó para que Euforbo, heresiarca, fuera condenado a la hoguera. Esto ha ocurrido y volverá a ocurrir, dijo Euforbo. No encendéis una pira, encendéis un laberinto de fuego. Si aquí se unieran todas las hogueras que he sido, no cabrían en la tierra y quedarían ciegos los ángeles. Esto lo dije muchas veces. Después gritó, porque lo alcanzaron las llamas.

Cayó la Rueda ante la Cruz (1), pero Aureliano y Juan prosiguieron su batalla secreta. Militaban los dos en el mismo ejército, anhelaban el mismo galardón, guerreaban contra el mismo Enemigo, pero Aureliano no escribió una palabra que inconfesablemente no propendiera a superar a Juan. Su duelo fue invisible; si los copiosos índices no me engañan, no figura una sola vez el nombre del otro en los muchos volúmenes de Aureliano que atesora la Patrología de Migne. (De las obras de Juan, sólo han perdurado veinte palabras.) Los dos desaprobaron los anatemas del segundo concilio de Constantinopla; los dos persiguieron a los arrianos, que negaban la generación eterna del Hijo; los dos atestiguaron la ortodoxia de la Topographia christiana de Cosmas, que enseña que la tierra es cuadrangular, como el tabernáculo hebreo. Desgraciadamente, por los cuatro ángulos de la tierra cundió otra tempestuosa herejía. Oriunda del Egipto o del Asia (porque los testimonios difieren y Bossuet no quiere admitir las razones de Harnack), infestó las provincias orientales y erigió santuarios en Macedonia, en Cartago y en Tréveris. Pareció estar en todas partes; se dijo que en la diócesis de Britania habían sido invertidos los crucifijos y que a la imagen del Señor, en Cesarea, la había suplantado un espejo. El espejo y el óbolo eran emblemas de los nuevos cismáticos.

La historia los conoce por muchos nombres (especulares, abismales, cainitas), pero de todos el más recibido es histriones, que Aureliano les dio y que ellos con atrevimiento adoptaron. En Frigia les dijeron simulacros, y también en Dardania. Juan Damasceno los llamó formas; justo es advertir que el pasaje ha sido rechazado por Erfjord. No hay heresiólogo que con estupor no refiera sus desaforadas costumbres. Muchos histriones profesaron el ascetismo; alguno se mutiló, como Orígenes; otros moraron bajo tierra, en las cloacas; otros se arrancaron los ojos; otros (los nabucodonosores de Nitria) “pacían como los bueyes y su pelo crecía como de águila”. De la mortificación y el rigor pasaban, muchas veces, al crimen; ciertas comunidades toleraban el robo; otras, el homicidio; otras, la sodomía, el incesto y la bestialidad. Todas eran blasfemas; no sólo maldecían del Dios cristiano, sino de las arcanas divinidades de su propio panteón. Maquinaron libros sagrados, cuya desaparición deploran los doctos. Sir Thomas Browne, hacia 1658, escribió “El tiempo ha aniquilado los ambiciosos Evangelios Histriónicos, no las Injurias con que se fustigó su Impiedad”: Erfjord ha sugerido que esas “injurias” (que preserva un códice griego) son los evangelios perdidos. Ello es incomprensible, si ignoramos la cosmología de los histriones.

En los libros herméticos está escrito que lo que hay abajo es igual a lo que hay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que el mundo inferior es reflejo del superior. Los histriones fundaron su doctrina sobre una perversión de esa idea. Invocaron a Mateo 6:12 (“perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores”) y 11:12 (“el reino de los cielos padece fuerza”) para demostrar que la tierra influye en el cielo, y a I Corintios 13:12 (“vemos ahora por espejo, en oscuridad”) para demostrar que todo lo que vemos es falso. Quizá contaminados por los monótonos, imaginaron que todo hombre es dos hombres y que el verdadero es el otro, el que está en el cielo. También imaginaron que nuestros actos proyectan un reflejo invertido, de suerte que si velamos, el otro duerme, si fornicamos, el otro es casto, si robamos, el otro es generoso. Muertos, nos uniremos a él y seremos él. (Algún eco de esas doctrinas perduró en Bloy.) Otros histriones discurrieron que el mundo concluiría cuando se agotara la cifra de sus posibilidades; ya que no puede haber repeticiones, el justo debe eliminar (cometer) los actos más infames, para que éstos no manchen el porvenir y para acelerar el advenimiento del reino de Jesús. Ese artículo fue negado por otras sectas, que defendieron que la historia del mundo debe cumplirse en cada hombre. Los más, como Pitágoras, deberán transmigrar por muchos cuerpos antes de obtener su liberación; algunos, los proteicos, “en el término de una sola vida son leones, son dragones, son jabalíes, son agua y son un árbol”. Demóstenes refiere la purificación por el fango a que eran sometidos los iniciados en los misterios órficos; los proteicos, analógicamente, buscaron la purificación por el mal. Entendieron, como Carpócrates, que nadie saldrá de la cárcel hasta pagar el último óbolo (Lucas 12:59), y solían embaucar a los penitentes con este otro versículo: “Yo he venido para que tengan vida los hombres y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). También decían que no ser un malvado es una soberbia satánica… Muchas y divergentes mitologías urdieron los histriones; unos predicaron el ascetismo, otros la licencia, todos la confusión.

Teopompo, histrión de Berenice, negó todas las fábulas; dijo que cada hombre es un órgano que proyecta la divinidad para sentir el mundo.

Los herejes de la diócesis de Aureliano eran de los que afirmaban que el tiempo no tolera repeticiones, no de los que afirmaban que todo acto se refleja en el cielo. Esa circunstancia era rara; en un informe a las autoridades romanas, Aureliano la mencionó. El prelado que recibiría el informe era confesor de la emperatriz; nadie ignoraba que ese ministerio exigente le vedaba las íntimas delicias de la teología especulativa. Su secretario —antiguo colaborador de Juan de Panonia, ahora enemistado con él— gozaba del renombre de puntualísimo inquisidor de heterodoxias; Aureliano agregó una exposición de la herejía histriónica, tal como ésta se daba en los conventículos de Genua y de Aquilea. Redactó unos párrafos; cuando quiso escribir la tesis atroz de que no hay dos instantes iguales, su pluma se detuvo. No dio con la fórmula necesaria; las admoniciones de la nueva doctrina (“¿Quieres ver lo que no vieron ojos humanos? Mira la luna. ¿Quieres oír lo que los oídos no oyeron? Oye el grito del pájaro. ¿Quieres tocar lo que no tocaron las manos? Toca la tierra. Verdaderamente digo que Dios está por crear el mundo”) eran harto afectadas y metafóricas para la transcripción. De pronto, una oración de veinte palabras se presentó a su espíritu. La escribió, gozoso; inmediatamente después, lo inquietó la sospecha de que era ajena. Al día siguiente, recordó que la había leído hacía muchos años en el Adversus annulares que compuso Juan de Panonia. Verificó la cita; ahí estaba. La incertidumbre lo atormentó. Variar o suprimir esas palabras, era debilitar la expresión; dejarlas, era plagiar a un hombre que aborrecía; indicar la fuente, era denunciarlo. Imploró el socorro divino. Hacia el principio del segundo crepúsculo, el ángel de su guarda le dictó una solución intermedia. Aureliano conservó las palabras, pero les antepuso este aviso: Lo que ladran ahora los heresiarcas para confusión de la fe, lo dijo en este siglo un varón doctísimo, con más ligereza que culpa. Después, ocurrió lo temido, lo esperado, lo inevitable. Aureliano tuvo que declarar quién era ese varón; Juan de Panonia fue acusado de profesar opiniones heréticas.

Cuatro meses después, un herrero del Aventino, alucinado por los engaños de los histriones, cargó sobre los hombros de su hijito una gran esfera de hierro, para que su doble volara. El niño murió; el horror engendrado por ese crimen impuso una intachable severidad a los jueces de Juan. Éste no quiso retractarse; repitió que negar su proposición era incurrir en la pestilencial herejía de los monótonos. No entendió (no quiso entender) que hablar de los monótonos era hablar de lo ya olvidado. Con insistencia algo senil, prodigó los periodos más brillantes de sus viejas polémicas; los jueces ni siquiera oían lo que los arrebató alguna vez. En lugar de tratar de purificarse de la más leve mácula de histrionismo, se esforzó en demostrar que la proposición de que lo acusaban era rigurosamente ortodoxa. Discutió con los hombres de cuyo fallo dependía su suerte y cometió la máxima torpeza de hacerlo con ingenio y con ironía. El veintiséis de octubre, al cabo de una discusión que duró tres días y tres noches, lo sentenciaron a morir en la hoguera.

Aureliano presenció la ejecución, porque no hacerlo era confesarse culpable. El lugar del suplicio era una colina, en cuya verde cumbre había un palo, hincado profundamente en el suelo, y en torno muchos haces de leña. Un ministro leyó la sentencia del tribunal. Bajo el sol de las doce, Juan de Panonia yacía con la cara en el polvo, lanzando bestiales aullidos. Arañaba la tierra, pero los verdugos lo arrancaron, lo desnudaron y por fin lo amarraron a la picota. En la cabeza le pusieron una corona de paja untada de azufre; al lado, un ejemplar del pestilente Adversus annulares. Había llovido la noche antes y la leña ardía mal. Juan de Panonia rezó en griego y luego en un idioma desconocido. La hoguera iba a llevárselo, cuando Aureliano se atrevió a alzar los ojos. Las ráfagas ardientes se detuvieron; Aureliano vio por primera y última vez el rostro del odiado. Le recordó el de alguien, pero no pudo precisar el de quién. Después, las llamas lo perdieron; después gritó y fue como si un incendio gritara.

Plutarco ha referido que Julio César lloró la muerte de Pompeyo; Aureliano no lloró la de Juan, pero sintió lo que sentiría un hombre curado de una enfermedad incurable, que ya fuera una parte de su vida. En Aquilea, en Éfeso, en Macedonia, dejó que sobre él pasaran los años. Buscó los arduos límites del Imperio, las torpes ciénagas y los contemplativos desiertos, para que lo ayudara la soledad a entender su destino. En una celda mauritana, en la noche cargada de leones, repensó la compleja acusación contra Juan de Panonia y justificó, por enésima vez, el dictamen. Más le costó justificar su tortuosa denuncia. En Rusaddir predicó el anacrónico sermón Luz de las luces encendida en la carne de un réprobo. En Hibernia, en una de las chozas de un monasterio cercado por la selva, lo sorprendió una noche, hacia el alba, el rumor de la lluvia. Recordó una noche romana en que lo había sorprendido, también, ese minucioso rumor. Un rayo, al mediodía, incendió los árboles y Aureliano pudo morir como había muerto Juan.

El final de la historia sólo es referible en metáforas, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la mente divina. Más correcto es decir que en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona.

(1) En las cruces rúnicas los dos emblemas enemigos conviven, entrelazados.

Gao Xingjian: Litigio por la literatura, circunstancias de la creación literaria. Discurso de aceptación del Premio Nobel, 2000.

No puedo saber si ha sido el destino lo que me trae hoy a esta tribuna, pero como varias coincidencias afortunadas han creado esta oportunidad, muy bien puede llamársele así. Apartando la discusión sobre la existencia o no de Dios, quisiera decir, a despecho de mi ateísmo, que siempre he mostrado reverencia por lo incognoscible.

Una persona no puede ser Dios; ciertamente, no puede reemplazarlo y regir el mundo como un Superman; sólo lograría crear más caos y estropear el mundo mucho más de lo que está. En la centuria que siguió a NIETZSCHE los desastres provocados por el hombre han dejado sombríos récords en la historia de la humanidad. Superhombres de todo tipo, llamados líderes de pueblos, jefes de estado y guías de la raza, no vacilaron en recurrir a algunos métodos violentos para llevar a cabo crímenes que de ninguna manera asemejan los desvaríos de un filósofo tan egotista. Sin embargo, no deseo malgastar este comentario sobre la literatura platicando demasiado sobre política e historia. Lo que quiero hacer es aprovechar esta oportunidad para hablar como un escritor en la voz de un individuo.

Un escritor es una persona como cualquiera; quizás es más sensible que el resto, pero las personas altamente sensitivas son frecuentemente más frágiles. Un escritor no se expresa como el portavoz del pueblo o la encarnación de lo que es correcto. Su voz es inevitablemente débil, pero es precisamente esa voz del individuo lo que es más auténtico.

Lo que quiero decir aquí es que la literatura sólo puede ser la voz del individuo y así ha sido siempre. Una vez que la literatura se maquina como el himno de una nación, la bandera de una raza, el discursar de un partido político, o la voz de una clase o grupo, puede emplearse como un instrumento de propaganda que lo invade todo. Sin embargo, tal literatura pierde lo que le es inherente, deja de ser literatura, y se convierte en un sustituto del poder y el provecho.

En la centuria que justo acaba, la literatura enfrentó este infortunio; y fue profundamente marcada* por la política y el poder más que en cualquier período anterior y también los escritores fueron víctimas de opresiones sin precedentes.

Para que la literatura salvaguarde las razones de su propia existencia y no se convierta en instrumento de la política debe retornar a la voz del individuo; porque la literatura se deriva primariamente de los sentimientos del individuo, y es el resultado de sentimientos. Esto no significa, por lo tanto, que deba divorciarse de la política, o que deba necesariamente comprometerse con ella. Las controversias sobre las tendencias de la literatura o las inclinaciones políticas de los escritores fueron aflicciones serias que atormentaron a la literatura durante la pasada centuria. La ideología hizo estragos trocando las controversias relacionadas con la tradición y la reforma en controversias sobre qué era conservador o revolucionario; cambiando de esta manera los asuntos literarios en un forcejeo sobre qué era progresista y qué reaccionario. Si la ideología se une al poder y es transformada en una fuerza real, entonces tanto la literatura como el individuo serán destruidos.

La literatura china del siglo XX, y también ahora, está exhausta y prácticamente ahogada, porque la política dictó la literatura. Tanto la revolución en la literatura como la literatura revolucionaria, aprobaron las sentencias de muerte de la literatura y del individuo.

El ataque a la cultura tradicional china en nombre de la Revolución derivó en la prohibición pública y la quema de libros. Incontables escritores fueron baleados, encarcelados, exiliados o castigados con trabajos forzados en el transcurso de los últimos cien años. Esto fue más extremo que en cualquier período de la dinastía imperial en la historia de China. Y creó enormes dificultades para la escritura china, y muchas más para cualquier discusión sobre emancipación creativa.

Si el escritor estaba buscando ganar libertad intelectual la opción era guardar silencio o huir. Sin embargo, el escritor depende del lenguaje, y para él no expresarse por un período prolongado es idéntico al suicidio. Para evitar el suicidio o ser silenciado, y más adelante expresar su propio criterio, no tenía otra alternativa que el exilio.

Cuando evaluamos la historia de la literatura en Oriente y Occidente ha sido así siempre desde Qu Yuan hasta Dante, Joyce, Thomas Mann, Solzhenitsin, y un gran número de intelectuales chinos que salieron al exilio luego de la masacre de Tiananmen en 1989. Este es el destino inevitable del poeta y el escritor que perseveran en la búsqueda por preservar su propia voz.

Durante los años en que Mao Zedong estableció la dictadura totalitaria, ni siquiera la huida era una opción. Los monasterios en las montañas más alejadas, que habían sido refugio de los eruditos en los tiempos feudales fueron totalmente destruidos, y escribir, incluso a escondidas, era arriesgar la vida. Para mantener una autonomía intelectual uno podía solamente hablar consigo mismo, y debía hacerse en el más estricto secreto. Debo mencionar que fue precisamente en ese período absolutamente imposible para la literatura cuando comencé a comprender por qué era tan esencial: la literatura permite a las personas preservar una conciencia humana.

Puede decirse que hablar a sí mismo es el punto de partida de la literatura, y que utilizar el lenguaje para comunicarse es secundario. Una persona derrama sus sentimientos y pensamientos en un lenguaje que, escrito como palabras, se convierte en literatura. Aún cuando no existe la intención de publicar, existe la compulsión de escribir, porque hay recompensa y consolación en el placer de la escritura. Yo comencé mi novela “La Montaña del Alma” para disipar mi soledad interior en el mismo momento en que habían sido prohibidos algunos trabajos que yo había escrito con rigurosa autocensura. “La Montaña del Alma” fue escrita para mí mismo, y sin ninguna esperanza de que sería publicada.

La literatura es por su naturaleza la afirmación del hombre, de la valía de su propio ser, y esto lo comprobamos mientras escribimos. La literatura nace, primariamente, de la necesidad de autorrealización del escritor. Si algún impacto produce en la sociedad su obra, ese impacto no es, ciertamente, determinado por sus deseos.

En la historia de la literatura abundan las obras excelentes y duraderas que no fueron publicadas en vida de los autores. Si el autor no hubiera alcanzado su autoafirmación mientras escribe, ¿cómo podría haber continuado? Como en el caso de Shakespeare, incluso ahora, es difícil averiguar los detalles de los cuatro genios que escribieron las grandes novelas chinas: “Viaje al Oeste”, “Margen del Agua”, “Jin Ping Mei”, y “Sueños de las Mansiones Escarlatas”. Todo lo que queda es un ensayo autobiográfico de Shi Naian, y de no haber sido como él dice, que se consoló a sí mismo con la escritura ¿de qué otra manera mantener mientras vivió esa devoción a la descomunal obra por la que no recibió recompensa alguna en vida? ¿Y no era éste también el caso de Kafka, quien fundó la ficción moderna, y de Fernando Pessoa, el más profundo poeta del siglo XX? Cuando comenzaron a escribir no fue para transformar el mundo, y aún concientes de que como individuos estaban indefensos, se expresaron y alzaron sus voces, porque esa es la magia del lenguaje.

El lenguaje es la cristalización suprema de la civilización humana; es intrincado, incisivo y difícil de asir, y sin embargo es expansivo, penetra la percepción humana y une al hombre, sujeto de la percepción con su propia comprensión del mundo. La palabra escrita también es mágica porque permite la comunicación entre individuos distantes, incluso si son de razas o tiempos diferentes. Es también de esta forma como el presente compartido en la escritura y lectura de la literatura se conecta con sus eternos valores espirituales.

Desde mi punto de vista, para un escritor de estos tiempos es un problema esforzarse en enfatizar una cultura nacional. A causa de mi cuna y de mi idioma, las tradiciones culturales chinas residen de manera natural en mí. La cultura y el lenguaje están íntimamente relacionados y de esta forma se construyen los modos de percepción característicos y relativamente estables, el pensamiento y la articulación. Sin embargo, la creatividad de un escritor comienza precisamente con lo que ha sido articulado en su lengua, y se dirige hacia lo que no ha sido aún adecuadamente articulado. Como creador de arte lingüístico no tiene necesidad de imponerse un rótulo nacional que pueda ser fácilmente identificado.

La literatura trasciende las fronteras nacionales -por medio de traducciones trasciende al lenguaje y las costumbres específicamente sociales de las relaciones interhumanas creadas por condiciones geográficas e históricas- para hacer profundas revelaciones sobre la universalidad de la naturaleza del hombre. Además, el escritor actual recibe influencias multiculturales fuera de la cultura de su propia raza. Por lo tanto, a menos que se quiera promover el turismo, enfatizar los rasgos culturales de un pueblo es inevitablemente sospechoso.

La literatura va más allá de la ideología, las fronteras nacionales y la conciencia racial en la misma medida que la existencia individual es más que éste o aquel “ismo”. Esto es debido a que la condición existencial del hombre es superior a cualquier teoría o especulación sobre la vida. La literatura es la observación de los dilemas de la existencia humana, y nada le es tabú. Las restricciones en literatura son siempre impuestas externamente: la política, la sociedad, la ética y las costumbres intentan utilizar la literatura como decorado de sus propios entramados.

Sin embargo, la literatura no es, ni ornamento de la autoridad, ni artículo de modas sociales; tiene su propio criterio de mérito: su cualidad estética. Una estética intrincadamente relacionada con las emociones humanas es el único criterio indispensable de la obra literaria.

De hecho, tales juicios difieren de una a otra persona porque las emociones pertenecen invariablemente a individualidades diversas. Sin embargo, esos juicios estéticos tienen sus normas reconocidas universalmente. La capacidad de apreciación crítica que la literatura fomenta permite a los lectores experimentar también sentimientos poéticos y de belleza, lo sublime y lo ridículo, la tristeza y el absurdo, el humor y la ironía, que el autor haya infundido a su obra.

Los sentimientos poéticos no derivan simplemente de la expresión de la emoción. No obstante, en las primeras etapas de la escritura, casi siempre se manifiesta un egotismo desbocado, que es una forma de infantilismo.

Existen también numerosos niveles de expresión emocional; llegar a los niveles superiores requiere de un frío distanciamiento. La poesía está oculta en una mirada distanciada. Si además, esta mirada examina a la persona del autor, y se eleva por encima de éste y de los personajes del libro para convertirse en una especie de tercer ojo del autor -tan neutral como sea posible- entonces valdrá la pena adentrarse en los desastres y miserias del mundo humano. Luego, de la misma manera que surgen sentimientos de dolor, odio y rechazo, surgen también sentimientos de identificación y amor por la vida.

Una estética basada en las emociones humanas no deviene anticuada incluso con los perennes cambios de moda en las artes y las letras. Sin embargo, las evaluaciones literarias que se dejan llevar por la moda sólo valoran lo último; es decir, aquello que es nuevo es bueno. Este es un mecanismo de los movimientos de mercado, y el mercado del libro no está exento, pero si los juicios estéticos siguen las pautas del mercado eso significará el suicidio de la literatura. Especialmente en la llamada sociedad de consumo de nuestros días, creo que deberíamos recurrir a la literatura fría.

Diez años atrás, luego de concluir “La Montaña del Alma”, -que me tomó siete años escribir- propuse, en un breve ensayo este tipo de literatura:

“La literatura no es parte de la política, sino un asunto estrictamente individual. Es la gratificación del intelecto unida a la observación; una reseña de lo que se ha vivido; reminiscencias y sentimientos, o la representación de un estado mental.

El llamado escritor no es más que alguien hablando o escribiendo, y si lo escuchan o no, depende de los demás. El escritor no es un héroe que actúa por encargo del pueblo, ni se le debe adorar como a un ídolo, y de ninguna manera es un delincuente, o un enemigo del pueblo. El escritor es, a veces, sacrificado, junto con su obra debido a las necesidades de otros. Cuando las autoridades necesitan construir algunos enemigos para desviar la atención del pueblo, los escritores son las víctimas; y peor aquellos tranquilos escritores que han sido realmente embaucados cuando piensan que tal sacrificio es un gran honor.

De hecho, la relación entre el autor y el lector, es una comunicación espiritual, y no tienen necesidad de conocerse o interactuar socialmente. Se comunican, simplemente, a través de la obra. La literatura sigue siendo una forma fundamental de la actividad humana en la que el escritor y el lector establecen un compromiso de forma voluntaria. Por lo tanto, la literatura no tiene deberes con la masa.

Esa clase de literatura que ha recuperado su carácter innato puede ser llamada Literatura Fría. Ella existe simplemente porque la humanidad busca una manifestación puramente espiritual más allá de la gratificación de deseos materiales. Este tipo de literatura, por supuesto, no surgió en estos días. Sin embargo, mientras que en el pasado tuvo que luchar contra las fuerzas de la opresión política y las costumbres sociales, hoy ha de batallar con los valores comerciales subversivos de la sociedad de consumo. Por ello dependerá, para existir de nuestra disposición a sufrir la soledad.

Si un escritor se dedica a este tipo de escritura encontrará dificultades para ganarse la vida. Por lo tanto, escribir tal tipo de literatura debe ser considerado un lujo, una forma de gratificación espiritual. Si esta literatura tiene la fortuna de ser publicada y circulada, es debido al esfuerzo del escritor y sus amigos. Cao Xuegin y Kafka son ejemplos de ello. Durante sus vidas, sus obras no fueron publicadas, así que no pudieron crear movimientos literarios ni convertirse en celebridades. Estos escritores vivieron marginados y distanciados de la sociedad, dedicados a esta actividad espiritual por la que no esperaron recompensa alguna en su tiempo. No buscaban aprobación social, sino simplemente disfrutar de la escritura.

La literatura fría huirá para poder sobrevivir. Es la literatura la que se niega a ser estrangulada por la sociedad en su búsqueda de salvación espiritual. Si una raza no puede adaptarse a este tipo de literatura esto no es una desgracia para el escritor sino una tragedia para la raza”.

Es una suerte para mí recibir en vida este gran honor de la Academia Sueca, y en esto me han ayudado muchos amigos de todo el mundo. Durante años, sin pensar en recompensas y sin evitar dificultades, ellos han traducido, publicado, representado y evaluado mis escritos. Sin embargo, no les agradeceré uno por uno, pues es una lista amplia de nombres.

También quiero agradecer a Francia por aceptarme. En Francia, donde se reverencia al arte y a la literatura he ganado la condición de escribir con libertad, y tengo también lectores y audiencia. Afortunadamente, no estoy solo; aunque escribir -a lo que he entregado mi ser- es una tarea solitaria.

Lo que quisiera también decir aquí es que la vida no es una fiesta y que el resto del mundo no es tan pacífico como Suecia, donde no ha habido guerra por más de ciento ochenta años. Esta nueva centuria no será inmune a las catástrofes, simplemente porque hubo tantas en el pasado siglo. Las memorias no se transmiten como los genes. Los humanos tienen mente, pero carecen de la suficiente inteligencia para aprender del pasado, y cuando la malevolencia se recrudece en la mente del hombre, esto puede poner en peligro su propia supervivencia.

Nuestra especie no necesariamente evoluciona todo el tiempo y en esto hago referencia a la historia de la civilización humana. La Historia y la Civilización no viajan sobre ruedas. Desde el estancamiento de la Europa Medieval hasta la decadencia y el caos de los tiempos recientes en el continente de Asia, y la catástrofe de las dos guerras mundiales en el siglo XX, los métodos para matar se han sofisticado progresivamente. El progreso científico y tecnológico no implican, ciertamente, que la humanidad en su totalidad resulte más civilizada.

Para clarificar el comportamiento humano ha fallado el uso de algunos ismos científicos que explican la historia o la interpretan desde un punto de vista histórico basado en seudodialécticas. Ahora que el fervor utópico y la continuación de la revolución del siglo pasado se han desmoronado, existe un inevitable sentimiento de amargura entre aquellos que han sobrevivido.

La negación de la negación no resulta necesariamente una afirmación. La Revolución no introdujo cosas nuevas porque el nuevo mundo utópico se basaba en la destrucción del mundo viejo. Esta teoría de la revolución social fue aplicada de manera similar y tornó lo que una vez había sido reino de creatividad en un campo de batalla donde los nuevos derrocaron a los viejos y se pisotearon las culturas tradicionales. Todo tuvo que comenzar desde cero, la modernización fue buena, y la historia de la literatura fue también interpretada como una rebelión continua.

El escritor no puede ocupar el lugar del Creador, así que no necesita inflar su ego pensando que es Dios. Esto no sólo provocará una disfunción psicológica y lo trocará en demente sino que también transformará el mundo en una alucinación, en la que cada cosa externa a su propio cuerpo es purgatorio, y naturalmente, no podrá continuar viviendo. Los otros son -claro está- el infierno. Presumiblemente es así como el autocontrol se pierde. No hay necesidad de decir que se convertirá en víctima del futuro y exigirá que otros sigan la corriente de inmolarse personalmente.

No hay que apurarse para completar la historia del siglo XX. Si nuevamente el mundo se hunde en las ruinas de algún mareo ideológico, esta historia habrá sido escrita en vano y a otros les tocará corregirla.

El escritor tampoco es un profeta. Lo importante es vivir en el presente, no permitir que lo engañen, librarse de la decepción, mirar claramente este momento específico del tiempo y a la par escrutarse a sí mismo. Nuestro ser también es un caos total y a la vez que cuestionamos al mundo y a otros, podríamos mirarnos a nosotros mismos. Generalmente los desastres y opresiones vienen de otros, pero la cobardía y la ansiedad de los hombres con frecuencia intensifican los sufrimientos y el infortunio.

Tal es la inexplicable naturaleza del comportamiento humano, y el conocimiento del hombre acerca de sí mismo es aún más difícil de aprehender. La literatura es simplemente el hombre centrando su mirada en sí mismo; y mientras lo hace, comienza a crecer un hilo de conciencia que derrama luz sobre su yo.

Subvertir no es el objetivo de la literatura; su valor descansa en descubrir y revelar lo que es raramente conocido, poco conocido, o lo que se supone conocido pero de hecho no lo es, sobre la verdad del mundo humano. Podría parecernos que la verdad es la cualidad básica invulnerable de la literatura.

Ya comenzó el nuevo siglo. No nos preocupa si en verdad será nuevo o no, sino considerar que la revolución en literatura y la literatura revolucionaria, e incluso la ideología, parecen todas ellas que abocan a su fin. Se ha desvanecido la ilusión de la utopía social que amortajó a más de una centuria, y cuando la literatura arroje los grilletes de este y aquel .ismo, retornará a los dilemas de la existencia humana. A pesar de todo, tales dilemas han cambiado poco y continuarán siendo temas eternos de la literatura.

Esta es una época sin profecías ni promesas, y pienso que eso es bueno. El escritor debe dejar de interpretar el papel de profeta y juez, pues todas las profecías del siglo pasado resultaron falsas. Y no es necesario inventar nuevas supersticiones con respecto al futuro. Es mucho mejor esperar y ver. También, lo mejor para el escritor sería regresar a su papel de testigo y esforzarse por exponer la verdad. Esto no quiere decir que la literatura sea como un documento. En realidad, la veracidad de los testimonios es dudosa y las razones y motivaciones de los hechos, con frecuencia permanecen ocultas. Sin embargo, cuando la literatura se ocupa de la verdad todo el proceso que comienza en la mente de la persona, hasta el hecho en sí, queda al descubierto sin ocultar nada. La literatura tendrá este poder siempre que el escritor intente hacer un retrato de las circunstancias que determinan la existencia humana y no sea parte del absurdo.

Lo que determina la calidad de una obra es la facultad del escritor de captar la verdad. Los juegos de palabras y las técnicas narrativas no pueden servir como sustitutos de este requerimiento. En realidad existen numerosas definiciones de la verdad, y la forma de enfocarla varía según la persona. Pero a simple vista se puede apreciar cuándo un escritor está embelleciendo los fenómenos humanos, o haciendo un retrato pleno y honesto. El criticismo literario de una determinada ideología trocó la verdad y la mentira en análisis semánticos, pero tales principios y dogmas tienen escasa relevancia en la creación literaria.

Sin embargo, que el creador enfrente o no la verdad no es sólo un aspecto de la metodología creativa, es también un asunto de actitud ante la escritura. La verdad, al tomar la pluma implica, al mismo tiempo, que uno es sincero una vez que la pone sobre la mesa. Aquí la verdad no es meramente una evaluación de la literatura sino que tiene, a la par, connotaciones éticas.

El escritor no tiene el deber de predicar moralidad, y mientras intente retratar a varias personas en el mundo expone también inescrupulosamente, su propio ser. Para el escritor, la verdad en la literatura se aproxima a la ética; esto es la ética en la literatura.

En la mano de un excritor con una actitud seria hacia lo que escribe, incluso la ficción literaria se basa en un retrato verdadero de la vida humana, y esta ha sido la fuerza vital de obras que nos han llegado desde tiempos remotos. Por esta misma razón es que la Tragedia Griega y Shakespeare nunca serán obsoletos.

La literatura no tiene que ser una réplica de la realidad, sino que penetra las capas superficiales y se aproxima en profundidad al interior de la realidad, elimina las ilusiones falsas, analiza desde un punto de vista elevado los sucesos de la vida diaria, y con amplia perspectiva nos revela lo que sucede, con toda su plenitud.

Desde luego, también la imaginación es parte importante de la literatura; pero esta especie de viaje de la mente no significa sólo inventar una serie de tonterías. La imaginación que está ajena a los sentimientos verdaderos, y la creación que está ajena a las experiencias de la vida, resultan insípidas y débiles. Y la obra que no logra convencer al mismo autor no será capaz de emocionar al lector. Sin dudas, la literatura no sólo depende de las experiencias de la vida común y tampoco el escritor está limitado a describir sus experiencias personales. Este puede incluso utilizar las cosas que ha oído, visto y leído en obras literarias anteriores, y transformarlas en sus propios sentimientos. Esta es también la magia del lenguaje de la literatura.

Un lenguaje blasfemo o bendito tiene el poder de agitar el cuerpo y la mente. El arte del lenguaje depende de la habilidad del que se expresa para transmitir sus sentimientos a otros. No se trata de un sistema de signos o de formaciones semánticas que requieren sólo estructuras gramaticales. Si se olvida a la persona que vive detrás de ese lenguaje, el discurso gramatical se convertirá fácilmente, en un juego del intelecto

La lengua no sólo sirve para transmitir conceptos, sino para activar simultáneamente los sentimientos y los sentidos, y es por eso que los signos y las señales no pueden remplazar el lenguaje de los seres vivos. La voluntad, las motivaciones, el tono y las emociones que hay detrás de lo que alguien dice, no pueden ser expresados plenamente sólo mediante la semántica y la retórica. La connotación del lenguaje literario debe ser expresada plenamente por personas VIVAS.

Por lo tanto, además de servir como portadora de pensamiento, la literatura debe también apelar a los sentidos del lector.

La necesidad humana del lenguaje no es simplemente para la transmisión de una intención; es al mismo tiempo, escuchar y afirmar la existencia de una persona.

Parafraseando a Descartes, pudiéramos decir del escritor: “Digo, luego existo”. Sin embargo, el “YO” del escritor puede ser el escritor mismo, puede ser igualado al narrador o convertirse en los personajes de una obra. Como el sujeto-narrador puede ser también “él” o “tú”, éste es tripartito.

El punto de partida para transmitir las percepciones es establecer una persona narrativa y dar forma a la narración a partir de patrones variados. El escritor da forma concreta a sus percepciones durante el proceso de búsqueda de sus propios métodos narrativos.

En mi ficción, yo utilizo pronombres, en vez de los personajes usuales, y también utilizo los pronombres “yo”, “tú” y “él” para hablar o llamar la atención sobre el protagonista. El retrato de un personaje mediante el uso de diferentes pronombres crea un sentido de distancia. Y esto le da al actor en el escenario un espacio sicológico más amplio. También he introducido el cambio de pronombres en mi dramaturgia.

La producción de ficción o dramaturgia no ha cesado ni cesará y no hay motivos para pronósticos atrevidos sobre la muerte de algún género literario o artístico.

El lenguaje, como la vida, nació con la civilización humana y está lleno de maravillas y su capacidad de expresión es ilimitada. La tarea del escritor es descubrir y desarrollar el potencial latente inherente a la lengua.

El escritor no es el Creador y no puede erradicar el mundo, incluso si éste es muy viejo. Tampoco puede establecer ningún nuevo mundo ideal, incluso si el mundo actual es absurdo y sin capacidad de comprensión.

Sin embargo, el escritor sí puede hacer aseveraciones novedosas, lo mismo completando lo que atrás ha dicho, o comenzando a decir donde otros se han detenido.

Subvertir la literatura fue la retórica de la Revolución Cultural. La literatura no murió, y los escritores no fueron destruidos. Cada escritor tiene su lugar en el librero y tiene vida, mientras haya lectores.

No hay consuelo mayor para un escritor que ser capaz de aportar un libro al vasto tesoro de la literatura humana; un libro que seguirá leyéndose en el futuro.

La literatura será actualizada y de interés en el mismo momento en que el escritor la escribe y el lector la lee. A menos que seamos pretenciosos; si escribimos para el futuro sólo nos engañamos a nosotros y a los demás. La literatura es para los VIVOS y además para afirmar el presente de los VIVOS. Es ese eterno presente y esta confirmación de la vida individual la razón absoluta de por qué la literatura es literatura, si es que alguien insiste en encontrar una razón para que esta cosa magnífica exista por sí misma.

Cuando escribir no constituye un medio de vida, o cuando esta actividad nos absorbe tanto que olvidamos por qué escribimos y para quién, entonces la escritura se convierte en una necesidad y escribimos compulsivamente. Entonces hacemos literatura.

Este aspecto no utilitario de la literatura es fundamental para la literatura. Escribir literatura se ha convertido en una profesión y esto es un feo resultado de la división del trabajo de la sociedad moderna y un fruto amargo para el escritor.

Este es el caso especial de la era actual, en la que la economía de mercado lo ha invadido todo y los libros también se han convertido en mercancías. En todas partes encontramos indiscriminadamente enormes mercados, y no escritores individuales, pero incluso las sociedades y movimientos de antiguas escuelas literarias han desaparecido. Si el escritor no se somete a las presiones del mercado y rehusa a fabricar productos culturales que satisfagan los gustos de la moda, debe entonces buscar otro medio de sustento. La literatura no es una competencia entre libros, ni la venta excesiva de ellos, y los autores que son promovidos en la televisión se dedican más a la publicidad que a escribir. La libertad para escribir no nos la regalan, ni podemos comprarla, sino surge de la necesidad interior del escritor mismo.

En lugar de decir que Budha está en el corazón, sería mejor decir que la libertad está en el corazón y simplemente depende de si hacemos uso de ella o no. Si cambiamos la libertad por otra cosa, entonces el ave de la libertad escapará, porque ese es el precio de la libertad.

El escritor escribe lo que él quiere, sin buscar recompensa no sólo para afirmarse, sino también para desafiar la sociedad. Este desafío no es pretensión, y el escritor no tiene necesidad de inflar su ego cuando se convierte en un héroe o un guerrero. Los héroes y los guerreros luchan para alcanzar alguna gran obra o para consolidar algún hecho meritorio y estas cosas son logros de las obras literarias.

Si el escritor desea desafiar la sociedad debe ser a través de la lengua y debe apoyarse en los personajes y los acontecimientos de sus obras. De otra manera, sólo conseguirá dañar la literatura.

La literatura no es un grito iracundo y tampoco puede convertir la indignación de un individuo en acusaciones. Solamente cuando los sentimientos del escritor como individuo se reflejan en su obra, éstos resisten el paso del tiempo y sobreviven por un largo período.

Por lo tanto, no se trata del desafío del escritor a la sociedad, sino más bien, una respuesta poderosa a los tiempos y la sociedad del escritor. El clamor del escritor y sus acciones podrán desaparecer, pero mientras haya lectores, su voz y sus escritos continuarán divulgándose.

En verdad, ese desafío no puede transformar la sociedad; es solamente la aspiración individual de trascender las limitaciones del entramado social y de asumir una postura encubierta, Sin embargo esto es, sin dudas, una actitud normal, porque es alguien que está orgulloso de su humanidad. Sería triste si la historia humana fuera sólo manipulada por leyes desconocidas y se moviera ciegamente con la corriente de manera que las diferentes voces de los individuos no se pudieran escuchar. Es en este sentido que la literatura llena el vacío de la historia. Cuando las grandes leyes de la Historia no se utilicen para interpretar la Humanidad la gente será capaz de dejar atrás sus voces. La Historia no es todo lo que la Humanidad posee, también está el legado de la literatura. En la literatura la gente son invenciones, pero mantienen la creencia esencial en su propia valía.

Honorables miembros de la Academia, les doy las gracias por otorgar este Premio Nóbel a la literatura; a la literatura que se mantiene firme en su independencia, que no escapa del sufrimiento humano, ni de la opresión política, y que además no sirve a la política. Les agradezco a todos haber otorgado este tan prestigioso premio a obras que no tienen nada que ver con el mercado, que han despertado poca atención, pero que vale la pena leerlas. Al mismo tiempo agradezco a la Academia Sueca por permitirme subir a esta estrado a hablar ante los ojos del mundo. La débil voz de un frágil individuo que apenas vale la pena ser escuchada y que, normalmente no se oiría en los medios públicos, ha sido autorizada a dirigirse al mundo. Sin embargo, creo que este es precisamente el significado del Premio Nóbel, y agradezco a todos por esta oportunidad de hablar.