Roberto Arlt: Las fieras. Cuento

Roberto Arlt (en sótano)No te diré nunca cómo fui hundiéndome, día tras día, entre los hombres perdidos, ladrones y asesinos y mujeres que tienen la piel del rostro más áspero que cal agrietada. A veces, cuando reconsidero la latitud a que he llegado, siento que en mi cerebro se mueven grandes lienzos de sombra, camino como un sonámbulo y el proceso de mi descomposición me parece engastado en la arquitectura de un sueño que nunca ocurrió.

Sin embargo, hace mucho tiempo que estoy perdido. Me faltan fuerzas para escaparme a ese engranaje perezoso, que en la sucesión de las noches me sumerge más y más en la profundidad de un departamento prostibulario, donde otros espantosos aburridos como yo soportan entre los dedos una pantalla de naipes y mueven con desgano fichas negras o verdes, mientras que el tiempo cae con gotear de agua en el sucio pozal de nuestras almas.

Jamás le he hablado a ninguno de mis compañeros de ti, ¿y para qué?

La única informada de tu existencia es Tacuara. Apretando en el bolsillo un rollo de dinero, entra a la pieza después de las cuatro de la madrugada. El pelo de Tacuara es lacio y renegrido; los ojos oblicuos y pampas; la cara redonda y como espolvoreada de carbón, y la nariz chata. Tacuara tiene una debilidad: es la lectura de la “Vida Social”, y una virtud, la de gustarle a los descargadores de naranjas y hombres de la ribera de San Fernando.

Ceba mate mientras yo, espatarrado en la cama, pienso en ti, a quien he perdido para siempre.

Lo dificultoso es explicarte cómo fui hundiéndome día tras día.

A medida que pasan los años, cae sobre mi vida una pesada losa de inercia y acostumbramiento. La actitud más ruin y la situación más repugnante me parece natural y aceptable. Me falta extrañeza para recordar los muros de los calabozos donde he dormido tantas veces.

Pero a pesar de haberme mezclado con los de abajo, jamás hombre alguno ha vivido más aislado entre estas fieras que yo. Aún no he podido fundirme con ellos, lo cual no me impide sonreír cuando alguna de estas bestias la estropea a golpes a una de las desdichadas que lo mantiene, o comete una salvajada inútil, por el solo gusto de jactarse de haberla realizado.

Muchas veces acude tu nombre a mis labios. Recuerdo la tarde cuando estuvimos juntos, en la iglesia de Nueva Pompeya. También me acuerdo del podenco del sacristán. Empinando el hocico y el paso tardo, cruzaba el mosaico del templo por entre la fila de bancos… pero han pasado tantos cientos de días, que ahora me parece vivir en una ciudad profundísima, infinitamente abajo, sobre el nivel del mar. Una neblina de carbón flota permanente en este socavón de la infrahumanidad; de tanto en tanto chasquea el estampido de una pistola automática, y luego todos volvemos a nuestra postura primera, como si no hubiera ocurrido nada.

Incluso he cambiado de nombre, de manera que aunque a todos los que pasan les preguntaras por mí, nadie sabría contestarte.

Sin embargo, vivimos aquí en la misma ciudad, bajo idénticas estrellas.

Con la diferencia, claro está, que yo exploto a una prostituta, tengo prontuario y moriré con las espaldas desfondadas a balazos mientras tú te casarás algún día con un empleado de banco o un subteniente de la reserva.

Y si me resta tu recuerdo es por representar posibilidades de vida que yo nunca podré vivir. Es terrible, pero rubricado en ciertos declives de la existencia, no se escoge. Se acepta.

Estalló tu recuerdo, una noche que tiritaba de fiebre arrojado al rincón de un calabozo. No estaba herido, pero me habían golpeado mucho con un pedazo de goma y la temperatura de la fiebre movía ante mis ojos paisajes de perdición.

Grisáceo como el trozo de un film, pasaba el recuerdo del primer viaje que efectué a un prostíbulo de provincia, con Tacuara. Era la una de la tarde y un coche desvencijado nos llevaba por un callejón sombrío, acolchado de polvo. El sol centelleaba en el muro rojo del prostíbulo, y frente a la puerta de chapa de hierro engastada en la muralla de ladrillo había un pantano de orines y un poste para atar los caballos. El viento hacia chirriar en su soporte un farol de petróleo.

Nunca olvidaré. El macro judío me adelantó cincuenta latas sobre el trabajo de la mujer en la semana, y entonces marché a entrevistarme con el jefe político y el comisario… Estas iniquidades pasaban por mi memoria mientras estaba tendido en el piso de portland del calabozo. A momentos creía que iba a morir. Entreabría los párpados y distinguía murallas rodeadas de otros cercos por otros subsuelos, y durante un minuto mi vida transcurrió el espacio de un siglo en el fondo de los calabozos. Otros hombres, como yo, tenían los pulmones machucados a golpes de goma. Una cuña de gran sufrimiento me partió el cerebro, y más allá de la ferocidad de todos nosotros, oprimidos u opresores, más allá de la dureza de las grises piedras cuadradas, distinguí tu semblante pálido y la almendra aceituna de tus ojos.

Fue un martillazo en la sensibilidad. Nunca pude despierto imaginarme tu rostro con la nitidez que en la vorágine del delirio destacaba su relieve, luego la obsesión del castigo me volcó en la crueldad del interrogatorio. Me indagaban a golpes por el asesinato de una mujer con la cual nada tenía que ver.

Después salí. Más tarde me detuvieron otra vez. En la sombra me acompañaba tu recuerdo y en la vida, fiel como una perra, la mulata Tacuara.

¡Tacuara! ¿A dónde no habré ido con Tacuara?

Por ella conocí el asqueroso aburrimiento complicado con olores de polvo de arroz de los lenocinios de provincias, la regenta en chancletas cuidando un brasero que enceniza el piso de la sala, el mate que rueda lentamente entre las manos de diez rameras pitañosas, el viento que sacude la madera de los postigos porque los vidrios están rotos y se han sustituido los cristales con alambre de fiambrera, mientras llega desde afuera el ruido informe de un carro de ruedas gigantescas, cargado con una pirámide de bolsas de maíz, y el látigo chasquea junto a las orejas de los ocho caballos envueltos en grandes nubes de tierra amarilla.

Por Tacuara conocí los prostíbulos más espantosos de provincias. Aquellos en que la pieza no tiene cama, sino un jergón de chala tirado en el suelo de ladrillos, y mujeres con labios perforados de chancros sifilíticos. He comido sopa de locro y he bailado tangos más siniestros que agonía en salas tan inmensas como cuadras de un cuartel. Había allí bancos de madera sin cepillar y en los rincones negras sosteniendo con un brazo a un recién nacido a quien amamanta con un pecho, mientras que para no perder tiempo con la mano libre le desprendían los pantalones a un ebrio rijoso.

¡A dónde no habré ido con Tacuara!

En su compañía he recorrido todo el sur de la provincia, Bahía Blanca, Marcos Juárez y Azul, después estuvimos en Rosario de Santa Fe, Córdoba, Río Cuarto, Villa María y Bell Ville.

Con el auxilio de los políticos, a veces fui timbero y otras despaché chinchulines y parrilla criolla en bodegones montados a la orilla de establecimientos donde trabajaba con todos los hombres mi único amor.

Viajamos por agua.

Estuve en Paraná, Corrientes, Misiones. Pasé a Santa Ana do Livramento, Río Grande do Sul, San Pablo. En San Pablo, al expulsarme de la ciudad los carabineros, me tiraron encima de un vagón de carga y me rompieron tres costillas. Pasamos a Río de Janeiro, y Tacuara se inscribió en un prostíbulo de Laranyeiras. La casa de piedra mostraba en el frontín un mosaico con la Virgen y el Niño, y bajo el mosaico una lámpara eléctrica que iluminaba una garita abierta en la pared y entrelazada de perpendiculares barras de hierro a la altura de la cintura. En esta hornacina, tiesa como una estatua, de pie, Tacuara hacia cinco horas de guardia. A través de las rejas los hombres que le apetecían podían tocarle las carnes para constatar su dureza. En aquel barrio de mil prostitutas, y adornado de palmas y Cirios los días de Pascua, un retén de gendarmes, armados de carabinas, mantenían el orden para evitar que catangas y marineros se liaran a cuchilladas.

Volvimos a Buenos Aires.

Yo extrañaba mi calle Corrientes, y ella su dormitorio con olor a naranjas en la barrera de San Fernando y el dulce y monótono zumbido de las sierras de las cajonerías para fruta del Delta.

Y así, fui hundiéndome día tras día, hasta venir a recalar en este rincón de Ambos Mundos. Aquí es donde nos reunimos Cipriano, Guillermito el Ladrón, Uña de Oro, el Relojero y Pibe Repoyo.

Por la noche llegan perezosamente hasta la mesa de junto a la vidriera, se sientan, saludan de soslayo a la muchacha de la victrola, piden un café y en la posición que se han sentado permanecen horas y más horas, mirando con expresión desgarrada, por el vidrio, la gente que pasa.

En el fondo de los ojos de estos ex hombres se diluye una niebla gris. Cada uno de ellos ve en sí un misterio inexplicable, un nervio aún no clasificado, roto en el mecanismo de la voluntad. Esto los convierte en muñecos de cuerda relajada, y este relajamiento se traduce en el silencio que guardamos. Nadie aún lo ha observado, pero hay días que entre cuatro apenas si pronunciamos veinte palabras.

De un modo o de otro hemos robado, algunos han llegado hasta el crimen; todos, sin excepción, han destruido la vida de una mujer, y el silencio es el vaso comunicante por el cual nuestra pesadilla de aburrimiento y angustia pasa de alma a alma con roce oscuro. Esta sensación de aniquilamiento torvo, con las muecas inconscientes que acompañan al recuerdo canalla, nos pone en el rostro una máscara de fealdad cínica y dolorosa.

¡Y qué prójimos los nuestros! ¡Qué historias las que pueden contar!

Por ejemplo… el negro Cipriano:

Es rechoncho como un ídolo de chocolate.

En otros tiempos trabajó de cocinero en un prostíbulo. Cuenta, y orgullosamente, que vestido de blanco le servia a una escogida concurrencia de rufianes y macrós un congrio aderezado en una bandeja de plata.

Aunque no lo diga, se enternece evocando los paisajes sonrosados.

Los ojos se le humedecen e inundan de venitas de sangre, y bien se comprende: siente nostalgia de los tiempos en que era confidente de la regenta. Ésta, con las tetas volcadas entre las puntillas de su peinador, prostituía menores de catorce años, para servirlas a la voracidad de terribles magistrados y potentados ancianos. Luego secreteaba con Cipriano cuanto había ganado, y el negro era feliz, se comprendía el hombre de confianza de la casa. No se llega impunemente a estas alturas. Con los achocolatados párpados entreabiertos y las quijadas apoyadas en los puños, Cipriano, como un yacaré que sueña con la manigua, persigue con ojos amarillos fabulosas memorias, fiestas de traficantes polacos y marselleses, rufianes grasientos como fardos de sebo, e implacables como verdugos.

Estos hombres tenían la piel del cogote más roja que el colodrillo de los pavos, y ricitos de oro se escapaban por los agujeros de las narices y las orejas.

Despreciaban profundamente los países donde medraban, les escupían en la cara a los empleados de policía inferiores, y compraban a los jefes políticos con cheques que firmaban guiñando un ojo socarronamente.

Cipriano sabe muchas cosas, y cuando se le apura, confiesa que nada le agrada tanto como violar a un muchachito, o acostarse con un marinero de la Martinica.

Y sin embargo sonríe con la ingenuidad de un monstruo jovial.

Nadie, viéndolo, pensaría que él, el cocinero de los prostíbulos, era además el encargado de tatuarle con un látigo rayas moradas en las nalgas a las prostitutas desobedientes. Cuando recuerda las mujeres que castigó, sonríe con dulzura de hipopótamo resoplando agua y barro en el cañaveral de una manigua.

Y más dulzura bondadosa encierra su sonrisa, al rememorar los menores que violó, dramas de leonera, un chico maniatado por cinco ladrones que le apretaban contra el suelo tapándole la boca, luego ese grito de entraña roto que sacude como una descarga de voltaje el cuerpo sujetado… y la fila de hombres, que con los pantalones sostenidos con una mano, aguardan turno, mientras que el cuerpo del niño perforado por un dolor terrible se arquea y luego cae exánime.

Y si alguien, para mofarse, le pregunta qué es lo que prefiere, una muchacha o un ladroncito, Cipriano que se jacta de haber “desmayado grandes”, entrecierra los ojos y hace rechinar los dientes. Como un cocodrilo adormilado en la marisma, apetece la inmundicia, y sólo cuando está muy contento dice algunas palabras en un dulce francés de la Martinica.

Por otra parte es muy católico y siempre que pasa ante una iglesia se descubre respetuosamente.

Tosiendo penosamente se sienta algunas veces a nuestra mesa Angelito el Potrillo, ratero y tuberculoso.

Tiene treinta años de edad, de los cuales ha pasado diez en el cuadro quinto, cansado de repetir siempre la misma infracción inexistente “portación de armas”

Lo perdieron las malas juntas.

Cuando se enoja tartamudea. Con la visera de la gorra hundida sobre los ojos se sumerge en intrincados problemas de ajedrez, y se jacta de ser campeón de damas, y aunque ello es verosímil, para expresar sus ideas utiliza un procedimiento un poco absurdo. Por ejemplo, dice del Japonés, un ladrón oscuro y feroz, que siempre encuentra laudables pretextos para desenvainar el cuchillo:

-Es como una niña.

Indudablemente, resulta dificultoso comprender qué es lo que entiende por “una niña” Angelito el Potrillo.

Cuando Angelito está bien de salud y no se encuentra preso, desaparece durante un tiempo de la ciudad en compañía del Japonés. Recorren el interior explotando el cuento de “filo misho” y otros ardides más o menos sutiles, pues Angelito el Potrillo no es como aquellos perdularios que no practican sino su especialidad, sino que a él, “le da tanto un barrido como un fregado”.

Por ahora Angelito está muy débil y no viaja.

Permanece horas y horas con una sien apoyada en el vidrio, mirando hacia la calle, y los pesquisas que pasan saben que él está enfermo, que no puede robar y no lo detienen. Incluso algunos lo saludan y Angelito hace un gesto ahuecado en sonrisa. Dice que “es un consuelo saber que se va a morir entre la consideración de la gente correcta”. ¡No te diré como fui hundiéndome día tras día!

Ahora cada uno de nosotros lleva un recuerdo terrible que es una bazofia de tristeza. Ayer… hoy .. mañana…

Hundiéndome día tras día.

Cómo explicar este fenómeno que deja libre la inteligencia, mientras los sentimientos embadurnados de inmundicia nos aplastan más y más en toda renunciación a la luz. Por eso la mala palabra nos muequea en la jeta, y para cada rostro de mujer la mano se nos crispa en una tentación de cachetada, porque junto a nosotros no se encuentra aquella, la preciosísima que nos destrozó la vida en una encrucijada del tiempo que fue. ¿Para qué hablar? Si todo lo dice el silencio de sombras que entolda el bar amarillo, donde se inclinan las cabezas que ya no tienen esperanzas terrestres. Fieras enjauladas, permanecemos tras los barrotes de los pensamientos residuos, y por eso es que la sonrisa canalla se despega tan dificultosamente del semblante encolado en una contracción de aburrimiento perrero.

Los días son negros, las noches más encajonadas que calabozos.

A veces pasa tu recuerdo por mi memoria como una estrella de siete puntas, y Tacuara como si adivinara tu tránsito celeste por mi vida, me examina rápidamente de pies a cabeza y me dice como si ella fuera mi igual:

-¿Qué te pasa? ¿Te duele el corazón?

Su ojo derecho se entrecierra casi, alarga el cuello, frunce los labios finos, y a medias torcida como si hubiera quedado desfigurada por una hemiplejía, me pregunta:

-¿Te acordás de ella?

No te diré cómo fui hundiéndome día tras día. Quizá ocurrió después del horrible pecado. La verdad es que fui quedando aislado.

Caminaba como antes por las calles, miraba los objetos que se exhiben en las vitrinas, y hasta me detenía sorprendido frente a ciertas ingeniosidades de la industria, mas la verdad es que estaba horriblemente solo.

Alguna que otra vez sentía en mis mejillas el frío roce de un alma que me buscaba por la tierra con su pobre pensamiento encadenado. Un escalofrío se descargaba entonces a través de los intersticios de mis vértebras.

Luego la noche del pensamiento caía sobre mí y estuve mucho tiempo sumergido en el crepúsculo que ya no era terrestre, y tal como deben conocerlo aquellos que la medicina clasifica con el nombre de idiotas profundos.

Llegué así por descendimientos progresivos hasta la miseria de esta amistad silenciosa, en la que los infaltables son Uña de Oro, el Pibe Repoyo y el Relojero.

El Relojero no habla nunca. A lo más sonríe melancólicamente. De vez en cuando le suministra a su “señora” una paliza brutal, y si Guillermito el Ladrón le pregunta por qué le pega, el Relojero se encoge de hombros, sonríe dolorosamente y contesta después de rumiar largo rato su respuesta:

-Qué sé yo. Será porque estoy aburrido.

Guillermito cuida el físico, gasta reloj pulsera de oro, se da fomentos faciales y rayos ultravioletas, pero en la frente tiene el croquis de una arruga rápida, crispación que anticipa el gesto de echar la mano a la cintura para sacar el revólver y resolver un asunto de vida o de muerte. Jamás ha robado en la ciudad, y siempre conversa de instalar una timba. Aspira como yo lo fui en otros tiempos, a ser dueño de un recreo con parrilla criolla, pero aún no dispone del necesario capital y sus opiniones políticas no pueden ser más estúpidas.

Está con Yrigoyen y la democracia.

Uña de Oro seduce a las “loquitas” con su perfil de gavilán y los transparentes ojos verdosos y la crueldad felina de sus maxilares que acompañan el impulso de las sienes huidas hacia las orejas puntiagudas. Cuando está cansado apoya los brazos en la mesa, agacha la cabeza y se duerme en la turbamulta del café, con ronquido feroz

¿Es necesario describir estas cosas simples, bestiales, primitivas?

Nos comunicamos con el silencio. Un silencio que se descarga en la mirada o en una inflexión de los labios respondiendo con un monosílabo a otro monosílabo. Cada uno de nosotros está sumergido en un pasado oscuro donde los ojos de tanto haber fijado, se han inmovilizado como los de cretinos que miran absurdamente un rincón sucio.

¿Qué miramos?

No te lo podría decir. Sé que por donde he ido me he acordado de ti, y que llegué a profundidades increíblemente tristes. Ahora mismo.. cierro los ojos, como Uña de Oro cargo la frente sobre el dorso de las manos… pero no duermo. Pienso que es triste no saber a quién matar.

De pronto el choque del cubilete de los dados revienta en mis oídos como la descarga de un revólver, levanto la cabeza y revuelvo una saliva de veneno. La vida continúa siempre igual, adentro y afuera, y este silencio es una verdad, un intervalo donde descansa nuestra expectativa de una mala noticia, ya que es necesario aguardaría siempre, aguardaría siempre en el desconocido que entre inopinadamente al café o en el temblequeo de la campanilla del teléfono.

Jugando a los naipes o al dominó, volteando dados o una moneda, bajo la apariencia de olvido persiste una constante tensión nerviosa, una especie de “alerta está”, vigilancia inconsciente, sobresalto imperceptible que mueve permanentemente los párpados y las pupilas, en un soslayar siniestro.

Ningún desconocido al entrar a este café escapa a ese examen, tendido en invisible abanico de noventa grados, sobre el círculo de los naipes o las geometrías blancas y negras de las fichas de dominó.

Cuando no se juega, los mentones descansan engastados en las palmas de las manos. El cigarrillo se consume lentamente en el vértice de los labios y entonces… cuando menos se espera aparece el sufrimiento sordo, una como nostalgia de las entrañas que ignoran lo que quieren, arruga las frentes, ¡ah! cómo explicar esta desesperación, nos lanzamos a la calle, vamos hacia los departamentos donde nunca falta una atorranta con la cual acostarse, y desfogar babeando en un mal sueño este dolor que no se sabe de dónde viene ni para qué.

Y es que todos llevamos adentro un aburrimiento horrible, una mala palabra retenida, un golpe que no sabe dónde descargarse, y si el Relojero la desencuaderna a puntapiés a su mujer, es porque en la noche sucia de su pieza, el alma le envasa un dolor que es como desazón de un nervio en un diente podrido.

Y cuando este dolor, que ellos ignoran con qué palabras se puede nombrar, estalla en un corazón, el que permanecía callado barbotea una injuria, y por resonancia los otros también responden, y de pronto la mesa que hasta ese momento parecía un círculo de dormidos se anima de injurias terribles y de odios sin razón, y sin saber cómo surgen agravios antiguos y ofensas olvidadas. Y si no llegan a las manos es porque nunca falta un comedido que interviene a tiempo y recuerda con melifluo palabrerío las consecuencias de la gresca.

Una fiesta que no hay dinero con qué pagarla, es la llegada de desconocidos y amigos perdidos a la mesa. Vienen del interior. Han estado robando en provincias. O purgando una pena en la cárcel. O estafando en los trenes. Pero, tengan la cabeza rapada o melenuda, no importa: sus historias y su dinero bien valen la acogida que se les hace; y entonces por un minuto el mozo se soflama. Tal diversidad de bebidas solicitan los gaznates distintos. Una alegría espantosa estalla en el interior de cada fiera, y siguiendo el impulso de una vanidad inexplicable, de un orgullo demoníaco, se habla… Si se habla es de cacerías de mujeres en el corazón de la ciudad, su persecución en los clandestinos de extramuros donde se ocultan; si se habla, es de riñas con bandas enemigas que las han raptado, de asaltos, de emboscadas, de robos, escalamientos y fracturas. Si se habla es de viajes en transportes nacionales a “la tierra”, si se habla es de la cárcel, de las eternas noches en la “berlina” (calabozo triangular donde el detenido no puede acostarse ni sentarse), si se habla es de los procedimientos de los jueces, de los políticos a quienes están vendidos, de los pesquisas y sus ferocidades, de interrogatorios, careos, indagatorias y reconstrucciones, si se habla es de castigos, dolores, torturas, golpes sobre el rostro, puñetazos en el estómago, retorcimiento de testículos, puntapiés en las tibias, dedos prensados, manos retorcidas, flagelaciones con la goma, martillazo con la culata del revólver… si se habla es de mujeres asesinadas, robadas, fugitivas, apaleadas…

Siempre los mismos temas: el crimen, la venalidad, el castigo, la traición, la ferocidad. Lentamente humean los cigarros. Cada frente crispa un mal recuerdo. En una distancia Luego sobreviene el silencio. Los desconocidos se marchan acompañados del camarada que los presentó.

Entonces las miradas recorren las mesas próximas, se detienen en la muchacha que atiende la victrola, estalla un comentario breve y cruel como un petardo, una sonrisa fría encrespa algún labio, ya que se sabe con quién está por caer la desgraciada, incluso el que la ronda ya ha anticipado el número de palizas que le suministrará, un fósforo crepita al encenderse entre dos dedos y el humo azulento sube despacio hacia el plafond.

¡Oh! cuántas, cuántas cosas se cuentan en pocas palabras en estas interminables noches negras

Una vez es Guillermito, otras Uña de Oro. Uña de Oro, por ejemplo, cuenta cómo fue que una vez le atravesó con un cortaplumas la palma de la mano a una mujer.

Ella quería irse a vivir con él, y Uña le preguntó si estaba dispuesta a darle una prueba de amor, y cuando la meretriz le preguntó en qué consistía la prueba de amor, él le contestó: dejarse atravesar la mano con un cuchillo, y como ella accedió, le clavó la mano en la tabla de la mesa.

Relatos de esta índole son frecuentes, pero para qué criticar las ferocidades inútiles. Todos estamos conscientes que en un momento dado de nuestras vidas, por aburrimiento o angustia, seremos capaces de cometer un acto infinitamente más bellaco que el que no condenamos. A decir la verdad, aploma a nuestras conciencias un sentimiento implacable, quizá la misma fiera voluntad que encrespa a las bestias carniceras en sus cubiles de los bosques y las montañas.

Además, conocemos muchas tristezas que ni el mismo naipe es capaz de disolver, hastíos semejantes a chalecos de fuerza ciñen nuestros instintos hasta el día que caigamos bajo el cuchillo de un enemigo, o la bala de alguien que hace mucho tiempo nos está esperando entre las tinieblas. Porque a cada uno de nosotros, lo espera alguien.

Después de haber vivido de esta manera, es lógico estar colmado de un silencio tan hosco, mudez de fiera que ha recibido de la vida una fuerza maldita, utilizable sólo en los bajíos del mal.

Ahora en la mesa del café, bajo las luces amarillas, blancas y azules, el silencio constituye un reposo. Tenemos necesidad de un poco de descanso, para que se asienten nuestras infamias calladas, nuestros crímenes flojos.

La música retoba el aburrimiento

Un tango antiguo nos recuerda un momento carcelario, otros la noche del hallazgo de una mujer, otros un instante terrible de cuando andábamos en la mala.

Si el tango se hace bronco, un espasmo nos retuerce el alma. Se recuerda entonces el placer rojo y terrible de aplastarle a puñetazos la cara a una mujer, o también el goce de bailar trenzados con una hembra esquiva en una milonga asesina, o también el primer dinero que nos dio la mujer que nos inició en la vida, billete de diez pesos que ella sacó de la liga y que nosotros recibimos con alegría temblorosa porque ese dinero lo había ganado acostándose con otros.

Lloro de bandoneones que lo despeina a uno en dulces recuerdos, primeras emociones agridulces de vida de cafishio: la mujer que va por la calle con un hombre; la mujer que ríe en la mesa acompañada de tres hombres, sensación de procacidad y ráfaga; la mujer que durante la noche ha hecho la recorrida del café y la pieza del brazo de clientes que pasaban ante los ojos, emoción que colma la expectativa de algunas palabras susurradas subrepticiamente: “Esperá un momento, querido, que pronto me desocupo”.

El tango nos empenacha el alma del recuerdo de primitivas alegrías: la mujer de todos pavoneándose en compañía de aquel a quien le regala su dinero, la gente mirándonos al pasar, los giles asombrándose de las pornografías de la conversación, las tenidas en las piezas de las amigas, las presentaciones de rigor: “Le presento a mi marido”.

Tardes de lluvia desperdigadas entre largas rondas de mate, la victrola en un rincón, la bandeja de masas arrumbada entre tarros de gomina. Si la mujer hace la calle, la reglamentaria despedida a las cuatro, el “hasta luego querido”, el “tené cuidado con los tiras, nena” y la mujer que en el instante de la despedida siempre tiene un gesto raro, casi doloroso al principio en el oficio y que mediante un esfuerzo de voluntad recubre su rostro de una máscara de impasibilidad convirtiéndose instantáneamente en otra, mezclándose a los transeúntes con el tardo paso de la yiranta. Inmediatamente a uno le cruza la mente esta preocupación: “En fija la encanan hoy” o “¿No será la última vez que la veo hoy?”

Por eso, cuando en el silencio que guardamos junto a la mesa de café, repiquetea el timbre del teléfono, un sobresalto nos mueve las cabezas, y si no es para nosotros, bajo las luces blancas, bermejas o azules, Uña de Oro bosteza y Guillermito el Ladrón barbota una injuria, y una negrura que ni las mismas calles más negras tienen en sus profundidades de barro, se nos entra a los ojos, mientras tras el espesor de la vidriera que da a la calle pasan mujeres honradas del brazo de hombres honrados.

Richard Ford: Rock Springs. Cuento

richardEdna y yo salimos de Kalispell camino de Tampa-St. Pete, donde todavía me quedaban algunos amigos de los buenos tiempos, gente que jamás me entregaría a la policía. Me las había arreglado para tener algunos roces con la ley en Kalispell, todo por culpa de unos cheques sin fondos, que en Montana son delito penado con la cárcel. Yo sabía que a Edna le rondaba la cabeza la idea de dejarme, porque no era la primera vez en mi vida que tenía líos con la justicia. Edna también había tenido sus problemas, la pérdida de sus hijos y evitar día tras día que Danny, su ex marido, se colara en su casa y se lo llevara todo mientras ella trabajaba, que era el verdadero motivo por el cual me fui a vivir con ella al principio; eso y la necesidad de darle a mi hija Cheryl una vida algo mejor.

No sé muy bien qué había entre Edna y yo; tal vez eran unas corrientes confluyentes las que nos habían hecho acabar varados en la misma playa. Aunque —como sé muy bien— a veces el amor se construye sobre cimientos aún más frágiles. Y cuando aquella tarde entré en casa, me limité a preguntarle si quería venirse a Florida conmigo y dejarlo todo tal como estaba, y ella me dijo: «¿Por qué no? Tampoco tengo la agenda tan llena.»

Edna y yo llevábamos juntos ocho meses, viviendo más o menos como marido y mujer, y aunque parte de ese tiempo yo estuve en paro, durante unos meses trabajé de subalterno en el canódromo y pude ayudar a pagar el alquiler y tranquilizar a Danny cuando se presentaba. Danny me tenía miedo porque Edna le había dicho que estuve en la cárcel en Florida por haber matado a un hombre. Aunque no era cierto. Una vez me metieron en chirona en Tallahassee por robar neumáticos, y otra vez me metí en una pelea de granjeros en la que un tipo perdió un ojo. Pero no fui yo quien hizo el daño, y Edna sólo pretendía hacer más graves mis culpas para que Danny no hiciese locuras y la obligase a quedarse de nuevo con los niños, porque Edna finalmente se había acostumbrado a no tenerlos, y yo ya tenía conmigo a Cheryl. No soy una persona violenta; jamás le arrancaría un ojo a nadie, ni mucho menos le mataría. Helen, mi ex esposa, estaría dispuesta a venir desde Waikiki Beach para atestiguarlo. Nunca hubo violencia entre nosotros, y soy partidario de cruzar la calle para alejarme de los líos. Pero Danny no lo sabía.

Estábamos ya a mitad de Wyoming, camino de la I-80. Nos sentíamos muy bien, pero de pronto la luz del aceite del coche que había robado empezó a parpadear, y supe que era una pésima señal.

Me hice con un buen coche, un Mercedes color arándano que encontré en el aparcamiento de un oftalmólogo, en Whitefish, Montana. Me pareció muy cómodo para un viaje tan largo, porque pensé que tendría un buen kilometraje —lo cual resultó falso— y porque nunca había tenido un buen coche —sólo viejos cacharros Chevrolet y camionetas usadas— desde que era un niño y recogía limones entre cubanos.

El coche nos levantó el ánimo aquel día. No paré de subir y bajar las ventanillas, y Edna contó chistes y nos hizo muecas. A veces era muy divertida. Se le encendían las facciones como si fuera un faro, y era entonces cuando se veía su belleza, en absoluto corriente. Todo esto me dejó como mareado. Bajé directamente hasta Bozeman, y luego crucé el parque hasta Jackson Hole. Alquilé la suite nupcial del Quality Court de Jackson, dejamos a Cheryl y a su perrito Duke durmiendo y Edna y yo nos fuimos en coche a un merendero y estuvimos bebiendo cerveza y riendo hasta después de media-noche.

Para nosotros era como comenzar de nuevo; dejar atrás los malos recuerdos y abrirnos a un nuevo horizonte. Llegué a estar tan eufórico que hice que me tatuaran en el brazo TIEMPOS GLORIOSOS, y Edna se compró un sombrero indio con plumas, y un brazalete de plata y turquesas para Cheryl, e hicimos el amor en el asiento del coche, en el aparcamiento del Quality Court, justo cuando el sol encendía el Snake River y todo parecía ser el final del arco iris.

Fue precisamente ese entusiasmo, de hecho, lo que me llevó a conservar el coche un día más en lugar de empujarlo al fondo del río y robar otro, que es lo que tendría que haber hecho, y lo que siempre hacía.

En el lugar donde el coche empezó a fallar no había ni pueblo ni casa alguna a la vista, sólo unas montañas bajas a unos setenta kilómetros —o quizá el doble— de distancia, una valla de alambre de espinos en ambas direcciones, una extensión de pradera yerma y unos cuantos halcones cazando insectos en el cielo de la tarde.

Bajé para echarle una ojeada al motor, y Edna se apeó con Cheryl y el perro para que hicieran pipí junto al coche. Miré el agua, comprobé la varilla del aceite, y todo estaba en orden.

—¿Qué significa esa luz, Earl? —preguntó Edna.

Se había acercado al coche y llevaba el sombrero puesto. Trataba de calibrar cómo estaban las cosas.

—Sería mejor que no siguiéramos con él —dije—. Al aceite le pasa algo.

Edna se volvió a mirar a Cheryl y a Duke que hacían pipí uno junto al otro sobre el asfalto, como un par de muñecos, y después miró hacia las montañas, que iban ennegreciéndose y perdiéndose a lo lejos.

—¿Qué podemos hacer? —dijo Edna.

Aún no estaba preocupada, pero quería saber mi opinión. —Voy a probarlo otra vez.

—Buena idea —dijo ella, y nos montamos todos en el coche.

Cuando le di a la llave de contacto, el motor se puso en marcha en el acto, la luz roja se apagó y no se oyó ningún ruido sospechoso. Lo dejé un momento en punto muerto; luego pisé un poco el acelerador sin perder de vista el testigo del aceite. Pero no se encendió ninguna luz roja, y empecé a preguntarme si no habría soñado que la había visto, o si no habría sido el sol reflejado en los cromados de la ventanilla, o si no estaría yo asustado por algo sin saberlo.

—¿Qué le pasa, papá? —preguntó Cheryl desde el asiento trasero.

Me volví y la miré. Llevaba puesto su brazalete de turquesas y el sombrero de Edna encajado en la coronilla, y tenía sobre el regazo su perrito Heinz blanco y negro. Parecía una pequeña vaquera de película.

—Nada, cariño, ya está todo arreglado —respondí

—Duke ha hecho pis en el mismo sitio que yo —dijo Cheryl, y se echó a reír.

—Menudo par —comentó Edna sin volverse. Edna solía tratar bien a Cheryl, pero yo sabía que ahora estaba cansada. Habíamos dormido poco y Edna se ponía irritable cuando no dormía—. Tendríamos que deshacernos de este maldito coche a la primera oportunidad.

—¿Dónde será esa primera oportunidad? —pregunté, porque Edna había estado estudiando el mapa.

—Rock Springs, Wyoming —dijo Edna con decisión—. A cincuenta kilómetros de aquí, por esta misma carretera. —Señaló hacia el frente.

Se me había metido en la cabeza la idea de llegar con aquel coche hasta Florida; lo habría considerado una gran hazaña. Pero sabía que Edna tenía razón, que no debíamos correr riesgos estúpidos. Había llegado a pensar que era mi coche, y no el del oftalmólogo, y así es como uno acaba atrapado en estas cosas.

—Entonces creo que deberíamos ir a Rock Springs y hacernos con otro coche —dije. Pretendía mostrarme animoso, como si todo nos estuviera saliendo a pedir de boca.

—Me parece una gran idea —dijo Edna y se inclinó hacia mí y me besó con fuerza en los labios.

—Me parece una gran idea —repitió Cheryl—. Vayámonos de aquí ahora mismo.

 

Recuerdo aquel crepúsculo como el más hermoso que haya visto en toda mi vida. En el momento mismo de tocar el sol el borde del horizonte, el aire se incendió súbitamente en joyas y lentejuelas, en un estallido que jamás había visto y que jamás he vuelto a ver desde entonces. Nada como el Oeste para los crepúsculos; son superiores incluso a los de Florida, pues aunque tiene fama de ser un estado llano la mitad de las veces los árboles te impiden ver el horizonte.

—Es la hora del cóctel —dijo Edna al rato de rodar por la carretera—. Tenemos que tomar un trago festejar algo, cualquier cosa.

Se sentía mejor pensando que nos íbamos a desprender del coche. Aquel Mercedes ocultaba sin duda un fallo mecánico, y más valía abandonarlo cuanto antes.

Edna sacó una botella de whisky y unos vasos de plástico, y se puso a igualar niveles sobre la tapa de la guantera. A Edna le gustaba beber, y le gustaba beber cuando iba en coche, algo bastante corriente en Montana, donde no estaba penado por la ley, pero donde, en cambio, un cheque sin fondos bastaba para que te pasaras un año entere tras las rejas de la cárcel de Deer Lodge.

—¿Te he contado que una vez tuve un mono? —preguntó Edna mientras dejaba mi vaso sobre el salpicadero para que pudiera cogerlo cuando me apeteciera. Estaba otra vez animada. Edna era así, pasaba de la alegría a la depresión en un instante.

—Me parece que no me lo has contado —respondí—. ¿Dónde vivías entonces?

—En Missoula —dijo Edna. Puso un pie descalzo sobre el salpicadero y apoyó el vaso sobre sus pechos—. Estaba de camarera en el club de veteranos de guerra. Fue antes de conocerte. Un día llegó un tipo con un mono. Un mono araña. Y yo, bromeando, le dije: «Te lo juego a los dados.» Y el tipo propuso: «¿A una tirada?» Y yo le respondí: «Vale.» El tipo dejó el mono en la barra, cogió el cubilete, tiró y le salieron doce puntos. Luego tiré yo, y saqué tres cincos. Y me quedé mirando al tipo. No era más que alguien que iba de paso, un veterano, supongo. Vi que se le había puesto una expresión rara en la cara, aunque seguro que menos rara que la mía, pero parecía triste y sorprendido y satisfecho, todo al mismo tiempo. «Podemos tirar otra vez», le dije. «No. Nunca tiro dos veces los dados. Por nada.» Se sentó y se bebió una cerveza y estuvo hablando de esto y de aquello durante un buen rato, de la guerra nuclear y de construir una fortaleza en lo alto de las Bitterroot, dondequiera que eso esté, mientras yo miraba el mono y me preguntaba qué iba a hacer con él cuando aquel tipo se fuera. Y al fin se puso en pie y dijo: «Bueno, adiós, Chipper», porque era así como se llamaba el mono. Y se fue sin darme tiempo a decirle nada. Y el mono se quedó sentado en la barra toda la noche. No sé por qué me he acordado de esto, Earl. Qué extraño. Mis pensamientos vagan sin rumbo fijo.

—Me parece perfecto —le dije.

Tomé un sorbo de mi vaso.

—Yo nunca tendría un mono —añadí poco después—. Son unos bichos asquerosos. Pero estoy seguro de que a Cheryl le encantaría tener uno, ¿verdad que sí, bonita? —Cheryl estaba hundida en el asiento, jugando con Duke. En aquella época se pasaba el día hablando de monos—. ¿Qué diablos hiciste con ese mono? —pregunté mientras echaba una ojeada al velocímetro.

Convenía ir más despacio, porque la luz roja parpadeaba a veces. Lo único que conseguía apagarla era reducir la velocidad. Íbamos a menos de sesenta; faltaba una hora para que anocheciera, y confiaba en que Rock Springs no estuviese demasiado lejos.

—¿De verdad quieres saberlo? —preguntó Edna.

Me lanzó una mirada rápida y luego volvió la vista al desolado paisaje, como si el desierto le diera que pensar. —Claro —dije.

Seguía animado. Pensé que más valía que sólo yo me preocupara por el posible fallo mecánico, y que los demás siguieran disfrutando.

—Lo tuve una semana. —De pronto Edna pareció ponerse triste, como si empezara a ver cierto aspecto de la anécdota que hasta entonces se le había escapado—. Me lo llevé a casa, e iba con él de casa al bar y del bar a casa todos los días. Y no me creó ningún problema. Le puse una silla al fondo del bar para que se sentara, y a la gente le gustaba. Hacía un clic-clic muy gracioso. Le pusimos de nombre Mary, porque el encargado del bar dijo que era una hembra. Pero nunca me sentí realmente a gusto teniéndolo en casa. Hasta que un día vino un tipo que había estado en Vietnam y aún llevaba la guerrera de faena, y me dijo: «¿No sabes que un mono puede matarte? Tiene más fuerza en los dedos que tú en todo el cuerpo.» Contó que hubo soldados en Vietnam que murieron a manos de los monos. Que los bichos salían a merodear en grandes grupos mientras la gente dormía, y te mataban y te tapaban con hojas. No me creí ni media palabra pero cuando llegué a casa me desnudé y me puse a mirar a Mary. Estaba en su silla, al otro extremo del cuarto, mirándome. Y me entró pánico. Y al cabo de un rato me levanté y me fui al coche, cogí un rollo de alambre de tender la ropa, volví a casa y até a Mary al tirador de la puerta después de pasarle el alambre por el collar plateado, y luego intenté conciliar el sueño otra vez. Y supongo que me dormí como un leño, aunque yo no lo recuerde, porque al despertar me encontré con que Mary había tirado la silla al suelo y se había ahorcado con el alambre de tender. Le había dejado un cabo demasiado corto.

Edna parecía muy afectada por lo que había contado, y se hundió en el asiento hasta que no pudo ver por encima del salpicadero.

—¿No te parece horrible, Earl? ¿No es horrible lo que le pasó a aquel pobre mono?

—¡Veo un pueblo! ¡Veo un pueblo! —empezó a gritar Cheryl desde el asiento trasero, y al instante Duke se puso a ladrar y todo el coche se llenó de estrépito. Y, en efecto, Cheryl acababa de ver algo que yo no había visto, y era Rock Springs, Wyoming, al fondo de una larga ladera; una diminuta joya rutilante en medio del desierto, con la I-80 en su lado norte y el vasto y negro desierto a su espalda.

—Ahí está, cariño —le dije—. Es ahí adonde vamos. Has sido la primera en verlo.

—Tenemos hambre —dijo Cheryl—. Duke quiere algo de pescado, y yo espaguetis.

Me rodeó el cuello con los brazos y me apretó contra su pecho.

—Pues eso es lo que vais a comer —dije—. Podrás tomarte lo que quieras. Y lo mismo Edna y el pequeño Duke. —Volví la mirada, sonriendo, hacia Edna, pero ella me miraba con ojos llenos de ira—. ¿Qué pasa? —pregunté.

—¿No te importa un rábano esa cosa horrible que me pasó?

Tenía los labios apretados, y sus ojos miraban con fiereza hacia Cheryl y Duke, como si se hubieran pasado toda la tarde fastidiándola.

—Claro que me importa —dije—. Pienso que fue espantoso.

No quería que Edna estuviese triste. Estábamos a punto de llegar, y muy pronto podríamos sentarnos ante una buena comida de verdad sin preocuparnos por que nadie pudiera hacernos daño.

—¿Quiere> saber qué hice con el mono? —dijo Edna.

—Claro que sí —dije.

—Metí a Mary en una bolsa verde de basura, la puse en el maletero del coche, me fui hasta el vertedero y la tiré a la basura.

Me miraba con expresión sombría, como si la historia tuviera para ella un significado realmente importante; algún sentido que sólo ella podía ver y que nos convertía en estúpidos al resto de los mortales.

—Me parece horrible —dije—. Pero no veo qué otra cosa habrías podido hacer. No quisiste matarla. Si hubieses querido matarla, lo habrías hecho de otro modo. Luego tuviste que librarte del cuerpo, no te quedaba otra alternativa. Lo de tirarla puede que a alguien le parezco poco piadoso, no lo niego, pero no a mí. A veces no te queda otro remedio, y no debes preocuparte por lo que piensen los demás. —Traté de sonreírle, pero la luz roja se encendía por poco que pisara el acelerador, y traté de calibrar las posibilidades que teníamos de descender en punto muerto hasta Rock Springs antes de que el coche se nos quedara parado por completo. Miré otra vez a Edna—. ¿Qué más puedo decirte? —le dije.

—Nada —dijo ella, y volvió a mirar hacia el oscuro asfalto—. Debería haberme imaginado que pensarías de ese modo. Tienes un carácter que olvida ciertas cosas, Earl. Hace mucho que lo sé.

—Pero aquí estas —le dije—. Y no te va mal. Las cosas podrían ir mucho peor. Al menos, estamos los tres juntos.

—Las cosas siempre pueden ir mucho peor —dijo Edna—. Podrían llevarnos mañana mismo a la silla eléctrica.

—Exacto —le dije—. Y puede que a alguien, en algún lugar, le suceda eso. Pero no a ti.

—Tengo hambre —dijo Cheryl—. ¿Cuándo vamos a comer? Busquemos un motel. Ya estoy cansada. Y Duke también lo está.

El coche dejó de deslizarse cuesta abajo a cierta distancia de la ciudad; desde donde estábamos divisábamos el claro perfil de la autopista interestatal en la oscuridad, y Rock Springs iluminando el cielo mas atrás. Nos llegaba el ruido de los grandes traileres al pisar las juntas de dilatación del paso elevado, y al reducir la marcha para iniciar el ascenso hacia las montañas.

Apagué los faros.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —dijo Edna en tono irritado, dirigiéndome una mirada rencorosa.

—Es lo que trato de pensar —dije—. Sea lo que sea, no va a ser tan terrible. Tú no tendrás que hacer nada.

—Eso espero —dijo Edna, y miró hacia otro lado.

Al otro lado de la carretera y de un arroyo seco, a unos cien metros de distancia, había una especie de camping, y contigua a él una fábrica o refinería muy iluminada y en plena actividad. Había luces encendidas en muchas de las caravanas, y coches que circulaban por una carretera de acceso que terminaba cerca del paso elevado de la autopista, un kilómetro más allá. Las luces de las caravanas se me antojaron amistosas, y supe al instante lo que tenía que hacer.

—Baja —dije, abriendo mi puerta.

—¿Vamos a andar? —dijo Edna.

—Vamos a empujar el coche.

—Yo no voy a empujar nada.

Edna alzó la mano y cerró su puerta con el seguro.

—De acuerdo —dije—. Basta con que lleves el volante.

—¿Piensas empujarnos hasta Rock Springs, Earl? No parece que esté a más de cinco kilómetros.

—Yo empujaré —dijo Cheryl desde atrás.

—No, cariño. Ya empuja papá. Tú baja del coche con Duke y hazte a un lado.

Edna me miró con aire amenazador, como si hubiera pretendido pegarle. Pero cuando me bajé del coche, se deslizó hasta mi asiento, cogió el volante y se quedó mirando fija y airadamente hacia una fronda de álamos que se alzaba a escasos metros.

—Edna no sabe conducir este coche —dijo Cheryl desde la oscuridad del asiento trasero—. Se le irá a la cuneta.

—Claro qué sabe, cariño. Tan bien como yo. Y hasta mejor.

—No, no sabe —dijo Cheryl—. No sabe.

Me pareció que estaba a punto de echarse a llorar.

Le dije a Edna que dejase el contacto puesto para que no se trabara la dirección, y que condujera hacia los álamos con las luces de posición encendidas, para pode, ver un poco. Y cuando empecé a empujar, Edna dirigió el coche hacia los álamos, y yo seguí empujando hasta que nos adentramos en el bosquecillo unos veinte metros y los neumáticos se hundieron en la arena blanda y ya nadie podía vernos desde la carretera.

—¿Dónde estamos ahora? —dijo Edna, se atada al volante. Hablaba con voz dura y cansada, y comprendí que estaba muerta de hambre. Edna era dulce de carácter, y hube de admitir que lo que nos estaba sucediendo no el a culpa suya sino mía. Pero me habría gustado que pudiera ser más optimista.

—Quédate aquí. Voy a ir hasta esas caravanas y pediré un taxi por teléfono —le dije.

—¿Un taxi? —dijo Edna, con la boca fruncida, como si fuera la primera vez en la vida que oía tal cosa.

—Habrá taxis —dije, e intenté sonreírle—. En todas partes hay taxis.

—¿Y qué piensas decirle al taxista cuando llegue? ¿Que el coche que robamos se ha averiado y necesita nos que nos lleve a algún sitio para agenciarnos otro? Será fantástico, Earl.

—Ya me encargaré yo de hablar con él —dije—. Tú escucha la radio unos diez minutos y luego vete andando hasta la carretera como si no ocurriese nada raro. A ve si Cheryl y tú lo sabéis hacer. Ella no debe saber nada de este coche.

—Como si no fuéramos ya bastante sospechosos. —Edna alzó la vista hacia mí en la cabina iluminad a del coche—. No piensas correctamente, ¿lo sabes, Earl? Cree que el mundo es estúpido y tú eres muy inteligente. Pero no es así. Me das pena. Podrías haber llegado a ser alguien, pero las cosas se te torcieron en alguna parte.

Pensé un instante en el pobre Danny. Era veterano de guerra y estaba loco como un cencerro, y me alegré de que se hubiese librado de todo aquello.

—Mete a la niña en el coche —dije, tratando de ser paciente—. Estoy tan hambriento como tú.

—Estoy cansada de todo esto —dijo Edna—. Ojalá me hubiese quedado en Montana.

—Pues vuelve a Montana mañana por la mañana —le dije—. Te compraré el billete y te acompañaré al autobús. Pero mañana, no antes.

—Sigue así, Earl.

Se hundió en el asiento, apagó las luces con un pie y conectó la radio con el otro.

 

Aquella comunidad de caravanas era la mayor que había visto en mi vida. Debía de hallarse vinculada de algún modo a la planta industrial que seguía iluminada más abajo, pues de cuando en cuando algún coche salía de una de las calles formadas por las caravanas, torcía en dirección a la fábrica y finalmente, muy despacio, accedía a su interior. Todo en aquella fábrica era blanco, y las caravanas —idénticas todas ellas— también eran blancas. Un zumbido grave salía de la fábrica, y al ir acercándome pensé que no me habría gustado trabajar en ella.

Me encaminé directamente a la primera caravana iluminada, y llamé a la puerta metálica. En la gravilla, al pie de los peldaños de madera, había unos cuantos juguetes desperdigados. La televisión, que instantes antes había oído en el interior, cesó de pronto. Luego una mujer dijo algo, y después se abrió la puerta.

En el umbral, ante mí, había un rostro ancho y amistoso. Me sonrió y se adelantó, como si fuera a salir, pero se detuvo en el escalón de arriba. Un niño negro asomaba tras sus piernas y me miraba con ojos entrecerrados. En la caravana flotaba como un aura de que no hubiera nadie más en su interior, un algo casi imperceptible que a lo largo de la vida yo había llegado a conocer bien.

—Siento molestar —dije—. Pero parece que esta noche tengo una racha de mala suerte. Me llamo Earl Middleton.

La mujer me miró; luego miró hacia la noche, en dirección a la autopista, como si lo que acababa de decirle fuera algo que ella pudiera ver con los ojos.

—¿Qué clase de mala suerte? —dijo, mirándome de nuevo.

—Se me ha averiado el coche en plena carretera —dije—. No puedo arreglarlo solo, y quería saber si sería tan amable de dejarme utilizar un segundo su teléfono.

La mujer me dirigió una sonrisa perspicaz.

—Ya no sabemos vivir sin coche, ¿no es eso?

—Tiene usted toda la razón —dije yo.

—Son casi como nuestro corazón —dijo ella. La cara le brillaba a la débil luz de la bombilla que había al lado de la puerta—. ¿Dónde se le ha quedado el coche?

Me volví y miré hacia la oscuridad, pero no pude ver nada: el coche estaba oculto entre los álamos.

—Por allí —dije—. Desde aquí no puede verse; está muy oscuro.

—¿Cuántos son? —dijo la mujer—. ¿Está con usted su esposa?

—Se ha quedado en el coche con la niña y el perrito —dije—. Mi hija se ha dormido. Si no, me habrían acompañado.

—No debería dejarlas solas con esta oscuridad —dijo la mujer, y frunció el ceño—. Hay mucho indeseable suelto.

—Lo mejor será que vuelva cuanto antes. —Traté de parecer sincero, pues todo lo que había dicho, salvo que Cheryl dormía y que Edna era mi esposa, era verdad. La verdad puede resultarte útil si permites que lo sea, y yo quería servirme de ella—. Le pagaré la llamada —le dije a la mujer—. Si me trae el teléfono a la puerta, puedo llamar desde aquí mismo.

La mujer volvió a mirarme como si buscara su propia verdad sobre el asunto, y luego miró otra vez hacia la noche. Parecía tener unos sesenta y tantos años, aunque no podría asegurarlo.

—¿Verdad que no va a robarme, señor Middleton? —Sonrió, como si se tratara de una broma entre nosotros.

—Esta noche no —dije, y le dediqué una sonrisa genuina—. Esta noche no estoy en ello. Quizá en otra ocasión.

—En tal caso, supongo que Terrel y yo podemos dejarle usar el teléfono aunque no esté papá en casa, ¿no crees, Terrel? Señor Middleton, le presento a mi nieto, Terrel Junior. —Puso la mano sobre la cabeza del niño y le miró—. Terrel no habla. Pero si supiese hablar le diría que puede usted usar nuestro teléfono. Es un encanto de niño.

La mujer abrió la puerta de tela metálica y me invitó a pasar.

Era una caravana grande, con una alfombra y un sofá nuevos y una sala de estar tan amplia como la de una casa común y corriente. De la cocina llegaba un aroma apetitoso y dulce; el ambiente general no era el de un acomodo temporal sino el de un hogar nuevo y confortable. Yo he vivido en caravanas, pero eran remolques de mala muerte con una sola habitación y sin retrete, y siempre me parecieron exiguos y tristes, aunque a veces he pensado que quizá era yo quien se sentía desdichado en ellas.

Había un gran televisor Sony y un montón de juguetes esparcidos por el suelo. Vi un autocar Greyhound como el que le había comprado a Cheryl. El teléfono estaba junto a un sillón nuevo de cuero, y la mujer me indicó con un gesto que me sentara para llamar, y me dio el listín de teléfonos. Terrel se puso a jugar con sus cosas y la mujer se sentó en el sofá, mirándome y sonriendo.

Había tres empresas de taxis: tres series de números con una sola cifra diferente. Marqué los números por orden y no obtuve respuesta hasta el último, que contestó con el nombre de la segunda empresa. Expliqué que estaba en la carretera, más allá del paso elevado de la interestatal, y que necesitaba antes de nada llevar a mi esposa e hija a la ciudad, y que de contratar una grúa me ocuparía más tarde. Mientras explicaba el lugar donde me encontraba, busqué el nombre de un servicio de grúa para decírselo al taxista en caso de que me lo preguntara.

Cuando colgué, la negra me miraba con los mismos ojos con que había mirado antes a la noche; una mirada que parecía exigir la verdad de lo mirado. Sin embargo, sonreía. Debía de recordarle algo que le era grato recordar.

—Tiene una casa preciosa —dije, y me eché hacia atrás en el sillón, que era tan confortable como el asiento del conductor del Mercedes y en el que no me habría importado arrellanarme un rato.

—Esta no es nuestra casa, señor Middleton —dijo la negra—. Todas estas caravanas son de la empresa. Nos las dejan gratis. Tenemos nuestra propia casa en Rockford, Illinois.

—Maravilloso —dije.

—Estar lejos de la propia casa no es nunca maravilloso, señor Middleton; aunque sólo llevamos aquí tres meses y todo será más fácil cuando Terrel Junior empiece a ir a esa escuela especial. Mire, nuestro hijo murió en la guerra, y su mujer se largó sin llevarse a Terrel Junior. Pero no se preocupe usted. El no nos entiende. Su almita no sufre. —La mujer entrelazó las manos sobre el regazo y sonrió con expresión satisfecha. Era atractiva, y llevaba un vestido floreado azul y rosa que la hacía parecer más grande de lo que en realidad era: la mujer adecuada para el sofá donde se había sentado. Era la estampa de la bondad, y me alegré de que fuera capaz de vivir con aquel nieto aquejado de alguna dolencia cerebral en un lugar donde nadie en su sano juicio soportaría vivir un solo minuto—. ¿Dónde vive usted, señor Middelton? —dijo en tono cortés, sonriendo con la misma afabilidad de siempre.

—Mi familia y yo estamos de paso —dije—. So’ oftalmólogo, y ahora volvemos a Florida, donde nací. Voy a abrir un consultorio en algún pueblo donde haga buen tiempo todo el año. Todavía no he decidido dónde.

—Florida es precioso —dijo la mujer—. Creo que a Terrel le gustaría.

—¿Me permite que le pregunte una cosa? —dije.

—Claro que sí —dijo la mujer. Terrel se había puesto a empujar su Greyhound por la pantalla del televisor, arañó el cristal e hizo una raya que no podía dejar de verse— Deja de hacer eso, Terrel Junior —dijo sin alterarse la mujer. Pero Terrel siguió empujando su autobús por el cristal, y ella volvió a sonreírme como si ambos entendiéramos algo triste. Pero yo sabía que Cheryl nunca estropearía un televisor. Respetaba las cosas bonitas, y me dio lástima aquella mujer que había de soportar que Terrel no supiera respetarlas—. ¿Qué quería preguntarme? —dijo la mujer.

—¿Qué es lo que hacen en esa especie de fábrica? ¿En ese sitio iluminado que hay detrás de las caravanas?

—Oro —dijo la mujer, y sonrió.

—¿Cómo dice?

—Oro —dijo la negra, sonriendo tal como venía haciendo casi todo el rato desde mi llegada—. Es una mina de oro.

—¿Quiere decir que sacan oro de ese sitio? —dije, señalando con el dedo.

—Día y noche —dijo con sonrisa satisfecha.

—¿Trabaja ahí su marido? —dije.

—Es el ensayador —dijo ella—. Controla la calidad. Trabaja tres meses al año, y el resto del tiempo lo pasamos en nuestra casa de Rockford. Hemos esperado mucho tiempo para conseguir esto. Nos alegra tener aquí a nuestro nieto, pero no puedo decir que vaya a lamentar que tenga que dejarnos. Queremos empezar una nueva vida. —Me dirigió una abierta sonrisa, y después sonrió a Terrel, que la miraba maliciosamente desde el suelo—. Ha dicho que tenía una hija —dijo la negra—. ¿Cómo se llama?

—Irma Cheryl —dije—. Como mi madre.

—Muy bonito. Y es una niña sana. Lo noto en su cara —dijo mirándome. Miró a Terrel Junior de forma compasiva.

—Puedo considerarme afortunado —le dije.

—Hasta ahora lo es. Pero los niños traen pesares del mismo modo que traen alegrías. Nosotros fuimos infelices durante mucho tiempo, antes de que mi marido consiguiera este empleo en la mina de oro. Ahora, cuando Terrel empiece a ir a esa escuela, volveremos a ser niños. —Se puso en pie—. No vaya a perder el taxi, señor Middleton —dijo dirigiéndose hacia la puerta, aunque sin forzarme a marcharme. Era demasiado cortés para hacer algo semejante—. Si nosotros no podemos ver el coche, lo más probable es que el taxista tampoco pueda verlo.

—Cierto. —Me levanté del sillón sobre el que había pasado un rato tan cómodo—. Nosotros no hemos cenado aún, y su comida me recuerda lo hambrientos que debemos de estar todos.

—En la ciudad hay buenos restaurantes, ya los encontrará —dijo la negra—. Siento que no haya conocido a mi esposo. Es un hombre maravilloso. Lo es todo para mí.

—Dígale que agradezco lo del teléfono —dije—. Me han salvado ustedes.

—No ha sido difícil —dijo la mujer—. A todos nos pusieron en la tierra para que salváramos a nuestros semejantes. No he hecho más que ayudarle a seguir hacia lo que le está esperando.

—Esperemos que algo bueno —dije, adentrándome de espaldas en la noche.

—Confío en ello, señor Middleton. Terrel y yo confiamos en ello.

Le hice adiós con la mano mientras caminaba hacia el Mercedes oculto en la tiniebla de la noche.

 

Cuando llegué, el taxi estaba ya esperando. Había visto sus pequeños pilotos rojos y verdes desde el otro lado del arroyo seco, y ello me hizo temer que Edna estuviera ya diciendo algo que pudiera meternos en un lío, algo acerca del coche o del lugar de donde veníamos, algo que pudiera hacer que el taxista sospechara de nosotros. Entonces pensé que nunca llegaba a planear bien las cosas. Siempre se abría un abismo entre mis planes y los hechos; yo me limitaba a reaccionar ante las cosas a medida que se iban produciendo, o a confiar en que me ahorraría los problemas. A los ojos de la ley, yo era un delincuente. Pero yo siempre había visto las cosas de otro modo: a mis ojos no era un delincuente. Ni tenía intención de serlo, lo cual era verdad. Pero tal como leí una vez en una servilleta, entre la idea y el acto hay todo un mundo. Y yo había tenido siempre dificultades con mis actos, que con frecuencia eran actos delictivos, y mis ideas, tan buenas como el oro que sacaban en aquella mina iluminada en medio de la noche.

—Estábamos esperándote, papá —dijo Cheryl cuando crucé la carretera—. El taxi ya ha llegado.

—Ya lo veo, cariño —dije, y la abracé con fuerza. El taxista, sentado al volante, fumaba con las luces interiores encendidas. Edna estaba apoyada en el maletero, entre las dos luces de posición, y llevaba puesto su sombrero—. ¿Qué le has dicho? —dije cuando estuve cerca de ella.

—Nada —dijo ella—. ¿Qué iba a decirle?

—¿Ha visto el coche?

Edna echó una ojeada en dirección a los álamos donde habíamos escondido el Mercedes. En la negrura reinante no podía verse nada, pero oí a Duke husmeando en el sotobosque; seguía alguna pista, y su pequeño collar tintineaba en la oscuridad.

—¿Adónde vamos? —dijo Edna—. Estoy tan hambrienta que podría desmayarme.

—Edna está enfadadísima —dijo Cheryl—. Hasta me ha dado un cachete.

—Todos estamos muy cansados, cariño —dije—. Así que trata de ser más amable.

—Ella no es nunca amable —dijo Cheryl.

—Corre a buscar a Duke —dije—. Y vuelve en seguida.

—Parece que las preguntas que yo hago son las menos urgentes —dijo Edna.

Le pasé el brazo por los hombros.

—Eso no es cierto.

—¿Has encontrado en las caravanas a alguien con quien te hubiese gustado quedarte? Has tardado mucho.

—¿Por qué dices eso, Edna? —dije—. Sólo pretendía hacer que todo pareciese normal; no quiero que nos metan en la cárcel.

—Que te metan, querrás decir.

Edna rió con una risita que no me gustó.

Exacto. Para que no me metan. Soy yo el que acabaría en chirona. —Me quedé mirando hacia aquel enorme complejo de edificios blancos y luces blancas del que ascendían penachos de humo blanco hacia el despiadado cielo de Wyoming, y todo aquel montaje de edificios parecía un castillo inverosímil que emitiera un zumbido en un sueño deformado—. ¿Sabes lo que son esos edificios? —le dije a Edna, que no se había movido y que parecía no sentir el más mínimo deseo de moverse nunca más.

—No. Pero la verdad es que me da igual, porque no es un motel ni un restaurante.

—Es una mina de oro —dije, mirando hacia la mina, la cual, según sabía ahora, estaba mucho más lejos de nosotros de lo que parecía; pero la veíamos gigantesca y próxima, recortada contra el cielo helado. Pensé que, en lugar de aquellas luces y espacios sin vallar, lo lógico habría sido que hubiera un muro y guardias de seguridad. Daba la sensación de que cualquiera podía entrar y llevarse lo que le viniera en gana, del mismo modo que yo me había acercado hasta el remolque de la mujer negra y usado su teléfono. Pero se trataba, corlo es lógico, de una impresión desatinada.

Edna, en aquel momento, se echó a reír. No con la risa malévola que no me gustaba, sino con una risa en la que había algo de afectuoso, la risa abierta que celebra una broma, la risa con la que reía cuando la vi por vez primera, en el East Gate Bar de Missoula, en 1979, una risa que reíamos los dos juntos cuando Cheryl aún vivía con su madre y yo tenía un empleo fijo en el canódromo y no me dedicaba a robar coches y a pasar cheques sin fondos en las tiendas. Un tiempo mejor en todos los sentidos. Y por alguna razón me hizo reír el simple hecho de oír la risa de Edna, y reímos juntos, y nos quedamos allí en la oscuridad, detrás del taxi, riéndonos de aquella mina de oro en pleno desierto, yo con el brazo sobre sus hombros y Cheryl correteando con Duke y el taxista fumando en el taxi y nuestro Mercedes-Benz robado —que tan bien nos habría venido a todos en Florida— hundido hasta los ejes en la arena, en un rincón donde ya jamás volvería a verlo.

—Siempre me he preguntado cómo sería una mina de oro —dijo Edna, aún riendo, secándose una lágrima de un ojo.

—Yo también —dije—. Siempre me picó la curiosidad.

—Menudo par de tontos estamos hechos, ¿eh, Earl? —dijo ella, incapaz de dejar de reír totalmente—. Somos tal para cual.

—Podría ser una buena señal, esa mina ¿No crees? —dije.

—¿Una buena señal? Imposible. No es nuestra. No tiene autoservicio para llevarnos lo que nos apetezca. —Seguía riendo.

—Al menos la hemos visto —dije, señalándola—. Está ahí mismo. Puede significar que estamos acercándonos. Hay gente que ni siquiera ve una en toda su vida.

—¿Y nosotros la hemos visto, Earl? Y un cuerno —dijo ella—. Y un cuerno.

Y dio media vuelta y subió al taxi.

 

El taxista no preguntó nada sobre el coche, ni se interesó por dónde estaba; no parecía haber notado nada extraño. Ello me hizo pensar que habíamos logrado zafarnos del Mercedes, y que no podrían relacionarnos con él hasta mucho más tarde, si es que llegaban a hacerlo. Mientras conducía, el taxista nos habló largo y tendido de Rock Springs; dijo que la mina de oro había atraído a mucha gente en los últimos seis meses, gente de todas partes, hasta de Nueva York, y que la mayoría de ella vivía en las caravanas. La marea de prosperidad, dijo, había hecho que llegaran prostitutas de Nueva York —«chicas de vida alegre», dijo—, y por las calles de la ciudad pululaban todas las noches Cadillacs con matrícula de Nueva York llenos de negros con grandes sombreros, los chulos de las chicas. Explicó que, en los últimos tiempos, todo el que subía a su taxi quería saber dónde estaban esas chicas, y que cuando recibió nuestra llamada estuvo a punto de no venir a recogernos, porque algunas de las caravanas eran burdeles que la propia mina proporcionaba a ingenieros y técnicos de ordenador a los que el trabajo había alejado de sus casas. Dijo que estaba harto de ir y venir del campamento para aquel indigno asunto. Dijo que 60 minutos hizo incluso un programa sobre Rock Springs que dio lugar a un gran escándalo en Cheyenne, pero que nada podía hacerse mientras durase el boom.

—Es el fruto de la prosperidad —dijo el taxista—. Yo prefiero ser pobre, y ser como soy me parece una suerte.

Dijo después que los precios de los moteles estaban por las nubes, pero tratándose de una familia iba a llevarnos a uno aceptable y de precio módico. Pero yo le dije que queríamos un hotel de primera en donde aceptaran anímales, y que el dinero no importaba porque habíamos tenido un día muy duro y queríamos terminarlo a lo grande. Yo sabía que la policía busca ante todo en hoteles mínimos y anónimos y que es en ellos donde acaban encontrándote. A la gente con problemas que he conocido siempre la detenían en hoteles baratos y albergues turísticos de los que nadie ha oído hablar en su vida. Nunca, en cambio, en un Holiday Inn o un TraveLodge.

Le pedí que primero nos llevara hasta el centro para que Cheryl pudiera ver la estación de ferrocarril, y mientras estábamos allí vi un Cadillac rosa con matrícula de Nueva York y antena de televisión, conducido por un negro con un gran sombrero, deslizándose despacio por una calle estrecha en la que únicamente había bares y un restaurante chino. Una imagen singular, algo absolutamente inesperado.

—Ahí tienen, el elemento criminal en estado puro —dijo el taxista con aire triste—. Siento que personas como ustedes tengan que ver algo así. Tenemos una ciudad bonita, pero hay quienes la quieren arruinar. Antes había formas de eliminar a la gentuza y a los criminales, pero esos tiempos se fueron para siempre.

—Usted lo ha dicho —dijo Edna.

—No deje que eso le deprima —dije yo—. Hay más gente como usted que como ellos. Y la habrá siempre Usted es la mejor publicidad de esta ciudad. Sé que Cheryl lo recordará a usted y no a ese tipo, ¿verdad, Cheryl? —Pero Cheryl se había ya dormido para entonces, con Duke en los brazos.

El taxista nos llevó al Ramada Inn de la autopista interestatal, no lejos de donde habíamos tenido que abandonar el coche. Al pasar bajo la marquesina del Ramada sentí cierta punzada de pesar: me habría gustado hacerlo en un Mercedes color arándano y no en un castigado y viejo Chrysler conducido por un taxista quejumbroso. Aunque sabía que era preferible de aquel modo. Estábamos mejor sin aquel coche; es más, cualquier coche era mejor que aquel Mercedes, pues fue en él donde la suerte nos dio la espalda.

Me registré con nombre supuesto y pagué la habitación en metálico para que no me hicieran preguntas. En el recuadro donde ponía «Empresa» escribí «Oftalmólogo», y añadí «doctor» delante de mi nombre. Me gustó cómo quedaba, aunque no fuera mi nombre.

Al llegar a la habitación, que como había pedido daba a la parte de atrás del edificio, dejé a Cheryl en una de las camas y a Duke a su lado, para que durmieran juntos. Cheryl no había cenado, pero no importaba demasiado; por la mañana despertaría hambrienta, y podría comer cuanto le viniera en gana. A ningún niño le sucede nada por quedarse sin comer de cuando en cuando. Yo perdí muchas comidas en mi infancia, y no he salido tan mal parado.

—Vamos a comer pollo frito —le dije a Edna cuando salió del baño—. Los Ramada tienen un pollo frito estupendo, y he visto que aún tienen abierto el restaurante. Podemos dejar aquí a Cheryl, durmiendo tranquilamente, hasta que volvamos.

—Creo que ya no tengo apetito —dijo Edna. Estaba junto a la ventana, mirando hacia la noche. Más allá de su cuerpo alcancé a ver en el cielo un resplandor como de niebla amarillenta. Por espacio de un instante pensé que era la mina de oro que iluminaba el cielo nocturno a lo lejos, pero no era más que la autopista.

—Podemos pedir que nos lo suban —dije—. Lo que te apetezca. Hay una carta encima de la guía de teléfonos. Podrías tomar sólo una ensalada.

—Come tú —dijo ella—. Yo ya no tengo hambre. —Se sentó en la cama junto a Cheryl y Duke y les miro con dulzura y puso la mano en la mejilla de Cheryl como para comprobar si tenía fiebre—. Bonita —dijo Edna—. Todo el mundo te quiere, pequeña.

—¿Qué quieres hacer? —dije—. Yo quiero comer. A lo mejor pido que me suban algo de pollo.

—Claro, por qué no —dijo ella—. Es tu plato favorito. —Y me sonrió desde la cama.

Me senté en la otra cama y marqué el número del servicio de habitaciones. Pedí pollo, ensalada verde, patata asada y un panecillo, y una ración de tarta de manzana caliente y té con hielo. Caí en la cuenta de que no había comido en todo el día. Cuando colgué el teléfono vi que Edna estaba mirándome, no con odio o con amor, sino como si hubiera algo que no entendiera y fuera a pedirme que se lo explicara.

—¿Desde cuando es tan ameno mirarme? —dije, y le sonreí. Intentaba mostrarme amistoso. Sabía lo cansada que debía estar. Eran más de las nueve.

—Estaba pensando en lo odioso que se me hace estar en un motel sin coche propio. ¿No es gracioso? Me empecé a sentir así anoche, al pensar que el Mercedes no era mío. Creo que ese coche color púrpura me pus o los pelos de punta, Earl.

—Uno de esos coches que hay ahí fuera es tuyo —dije—. Míralos bien desde la ventana y elige.

—Ya lo sé —dijo Edna—. Pero no es lo mismo, ¿no crees? —Alargó el brazo y cogió su sombrero Bailey azul, se lo puso y se lo echó hacia atrás, a lo Dale Evans. Estaba adorable—. Antes me gustaba ir a los moteles —dijo—. Son lugares secretos, y libres. Yo nunca pagaba, claro. Pero me sentía a salvo de todo y libre de hacer lo que quisiera, porque había tomado la decisión de estar allí y pagar ese precio, y lo demás era lo bueno. Joder y todo eso, ya me entiendes.

Me dirigió una sonrisa bondadosa.

—¿Y no son así las cosas ahora?

Estaba sentado en la cama, mirándola, sin saber qué era lo que iba a contestarme.

—Yo diría que no, Earl —dijo, y se quedó mirando a través de la ventana—. Tengo treinta y dos años y voy a tener que dejar de ir a moteles. Ya no puedo seguir alimentando fantasías.

—¿No te gusta esto? —dije, y miré a mi alrededor. Me agradaban los cuadros modernos y la cómoda y el televisor de pantalla grande. Me parecía un lugar francamente bueno, teniendo en cuenta los otros donde habíamos estado.

—No, no me gusta —dijo Edna con convicción—. Pero de nada sirve que me enfade contigo por eso. La culpa no es tuya. Haces todo lo que puedes por todo el mundo. Pero en todos los viajes aprendes algo. Y yo he aprendido que tengo que dejar de ir a moteles antes de que me ocurra alguna desgracia. Lo siento.

—¿A qué te refieres? —dije, porque en realidad no sabia lo que pretendía hacer, aunque debería haberlo adivinado.

—Me parece que sacaré ese billete de que hablabas antes —dijo Edna, y se puso en pie y se quedó de cara a la ventana—. Puedo salir mañana. De todos modos, no tenemos coche.

—Vaya, estupendo —dije, sentado en la cama. Me sentía como sí acabara de sufrir una conmoción. Quería decirle algo, discutir con ella, pero no se me ocurría nada apropiado. No quería enfurecerme, pero estaba furioso.

—Tienes derecho a enfadarte conmigo, Earl —dijo ella—, pero en realidad no creo que puedas reprochármelo.

Se volvió hacia mí y se sentó en el alféizar, con las manos en las rodillas. Alguien llamó a la puerta, y yo grité que dejaran la bandeja en el suelo y me lo cargaran en la cuenta.

—Me temo que sí te lo reprocho dije, y estaba furioso. Pensé que habría podido desaparecer en aquel campamento de caravanas y no lo había hecho; que había regresado para salvar aquel contratiempo y había tratado de tomar las riendas de la situación cuando las cosas se ponían feas para todos.

—Pues no lo hagas. Preferiría que no lo hicieras —dijo Edna, y me sonrió como si quisiera que la abrazase—. Todo el mundo tendría que poder elegir, ¿no crees, Earl? Aquí estoy, en mitad de un desierto que no conozco en absoluto con un coche robado, en una habitación de hotel bajo nombre supuesto, sin un céntimo, con una criatura que no es mía, con la policía sobre mis pasos. Y tengo la posibilidad de librarme de todo eso con sólo tomar un autobús. ¿Qué harías en mi lugar? Sé exactamente lo que harías.

—Crees que lo sabes —dije. Pero no quise empezar una discusión sobre el asunto y decirle lo que yo podía haber hecho y no había hecho. Porque no habría servido para nada. Cuando se llega al terreno de las discusiones, ha quedado ya atrás la posibilidad de lograr que alguien cambie de opinión, aunque suela pensarse que es justo lo contrario, y tal vez lo sea para cierto tipo de gente, pero nunca con la gente que yo trato.

Edna me sonrió, cruzó el cuarto y me rodeó con sus brazos sin que yo me hubiera levantado de la cama. Cheryl se dio la vuelta hacia un costado, nos miró y sonrió; luego cerró los ojos y la habitación quedó en silencio. Y yo empezaba a pensar en Rock Springs del modo en que —sabía— habría de pensar ya siempre: una ciudad envilecida, plagada de delincuencia y de prostitución y de desencantos, el lugar en donde una mujer me había dejado, y no el lugar en donde logré encarrilar mi vida de una vez por todas, el lugar en donde vi una mina de oro.

—.Cómete el pollo que has pedido, Earl —dijo Edna—. Luego nos meteremos en la cama. Estoy cansada, pero quiero hacer el amor contigo. No se trata de que no te quiera, y lo sabes.

 

Avanzada ya la noche, mucho después de que se durmiera, me levanté y salí al aparcamiento. Podía ser una hora cualquiera, porque la luz de la autopista seguía helando el cielo bajo y el gran rótulo rojo del Ramada aún zumbaba inmóvil en la noche y no había ni la menor luminosidad en el este que indicase una posible proximidad del alba. El aparcamiento estaba atestado de coches aparcados en batería; había unos cuantos con maletas atadas a las bacas y los maleteros vencidos por el peso de las pertenencias que sus dueños llevaban consigo a algún lugar, a un hogar nuevo o a un centro de recreo en las montañas. Me había quedado largo rato tendido en la cama después de que Edna se durmiera, viendo a los Atlanta Braves en la televisión, tratando de no pensar en lo que sentiría al día siguiente cuando viese partir el autocar, en cómo me sentiría al volverme y ver allí a Cheryl y a Duke, sin nadie salvo yo para cuidar de ellos a partir de entonces; pensando en que lo primero que tendría que hacer sería conseguir un coche y cambiarle las placas de la matrícula, y luego desayunar y emprender viaje hacia Florida; y todo ello en un máximo de un par de horas, porque era obvio que el Mercedes estaría menos oculto de día que de noche, y las noticias corren a velocidad vertiginosa. Siempre, desde que la tengo conmigo, he cuidado a Cheryl personalmente. Jamás tuvo que hacerlo ninguna de mis compañeras. A la mayoría de ellas ni siquiera parecía gustarles, aunque a mí siempre me cuidaron y así yo pude cuidar de Cheryl. Y sabía que en cuanto Edna se fuera todo sería más duro. Aunque mi mayor deseo era no pensar en ello de momento, tratar de que mi mente dejara de estar en vilo a fin de hacer acopio de fuerzas para enfrentarme a lo que me esperaba. Pensé que la diferencia entre una vida con éxito y una vida fracasada, entre yo en aquel instante y los propietarios de aquellos coches perfectamente aparcados en el aparcamiento, y quizá entre yo y aquella mujer de la caravana del campamento junto a la mina de oro, estaba en el grado de aptitud para alejar de la mente cosas como éstas, para lograr que no te abrumaran, y tal vez también en el número de problemas con que tenías que enfrentarte a lo largo de tu vida. Por azar o por voluntad, ellos se habían enfrentado a un menor número de problemas, y por su propio carácter los habían olvidado antes. Y era eso lo que yo quería. Menos problemas, menos recuerdos de problemas.

Me acerqué a un coche, un Pontiac con matrícula de Ohio, uno de los que llevaban bultos y maletas atados en la baca y otra tanta carga en el maletero, a juzga por las traseras hundidas. Miré al interior por la ventanilla de volante. Había mapas y libros de bolsillo y gafas de sol y soportes de plástico para las latas de bebida en las ventanillas. En el asiento trasero vi juguetes y cojines y un cesto con un gato que me miraba fijamente como si yo fuera la luna. Todo aquello me resultaba familiar; eran exactamente las cosas que habría habido en mi coche si hubiera tenido coche. Nada me pareció asombroso, nada difería de mi idea. Pero en aquel preciso instante me asaltó una sensación extraña y me volví y alcé los ojos hacia las ventanas de la fachada trasera del motel Todas estaban oscuras salvo dos: la mía y otra. Y me pregunté —porque la situación se me antojó extraña— qué pensaría cualquier mortal de un hombre a quien viera en mitad de la noche mirando el interior de los coches aparcados en un Ramada Inn. ¿Pensaría que pretendía sólo aclarar un poco sus ideas? ¿Pensaría que trataba de prepararse para un día en el cual se abatiría sobre él un gran problema? ¿Pensaría que le estaba a pinto de dejar su amiga? ¿Pensaría que tenía una hija? ¿Pensaría que era un hombre como cualquier otro mortal, como él mismo?