Clarice Lispector: Ruido de pasos. Cuento

clariceLISPECTORTenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa.

Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir. El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Lisz se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.

Pues ocurrió con doña Cándida Raposa que el deseo de placer no había pasado.

Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo. Y le preguntó, avergonzada, con la cabeza baja:

—¿Cuándo se pasa esto?

—¿Pasa qué, señora?

—Esta cosa.

—¿Qué cosa?

—La cosa, repitió. El deseo de placer —dijo finalmente.

—Señora, lamento decirle que no pasa nunca. Lo miró sorprendida.

—¡Pero ya tengo ochenta y un años de edad!

—No importa, señora. Eso es hasta morir.

—Pero ¡esto es el infierno!

—Es la vida, señora Raposo.

Entonces, ¿la vida era eso? ¿Esa falta de vergüenza?

—¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere… El médico la miró con piedad.

—No hay remedio, señora.

—¿Y si yo pagara?

—No serviría de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad?

—¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que le quiero decir?

—Sí —dijo el médico-. Puede ser el remedio.

Salió del consultorio. La hija le esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra. Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado.

Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo. Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso. Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte.

La muerte.

Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.

Clarice Lispector: La imitación de la rosa. Cuento

clarice_lispector_5_jpgAntes de que Armando volviera del trabajo la casa debería estar arreglada, y ella con su vestido marrón para atender al marido mientras él se vestía, y entonces saldrían tranquilamente, tomados del brazo como antaño. ¿Desde cuándo no hacían eso?

Pero ahora que ella estaba nuevamente «bien», tomarían el autobús, ella miraría por la ventanilla como una esposa, su brazo en el de él, y después cenarían con Carlota y Juan, recostados en la silla con intimidad. ¿Desde hacía cuánto tiempo no veía a Armando recostarse con confianza y conversar con un hombre? La paz de un hombre era, olvidado de su mujer, conversar con otro hombre sobre lo que aparecía en los diarios. Mientras tanto, ella hablaría con Carlota sobre cosas de mujeres, sumisa a la voluntad autoritaria y práctica de Carlota, recibiendo de nuevo la desatención y el vago desprecio de la amiga, su rudeza natural, y no más aquel cariño perplejo y lleno de curiosidad, viendo, en fin, a Armando olvidado de la propia mujer. Y ella misma regresando reconocida a su insignificancia. Como el gato que pasa la noche fuera y, como si nada hubiera sucedido, encuentra, sin ningún reproche, un plato de leche esperándolo. Felizmente, las personas la ayudaban a sentir que ahora estaba «bien». Sin mirarla, la ayudaban activamente a olvidar, fingiendo ellas  el  olvido,  como  si  hubiesen  leído  las  mismas  indicaciones  del  mismo  frasco  de remedio. O habían olvidado realmente, quién sabe. ¿Desde hacía cuánto tiempo no veía a Armando recostarse con abandono, olvidado de ella? ¿Y ella misma?

Interrumpiendo el arreglo del tocador, Laura se miró al espejo: ¿ella misma, desde hacía cuánto tiempo? Su rostro tenía una gracia doméstica, los cabellos estaban sujetos con horquillas detrás de las orejas grandes y pálidas. Los ojos marrones, los cabellos marrones, la piel morena y suave, todo daba a su rostro ya no muy joven un aire modesto de mujer.

¿Acaso alguien vería, en esa mínima punta de sorpresa que había en el fondo de sus ojos, alguien vería, en ese mínimo punto ofendido, la falta de los hijos que nunca había tenido?

Con su gusto minucioso por el método —el mismo que cuando niña la hacía copiar con letra perfecta los apuntes de clase, sin comprenderlos—, con su gusto por el método, ahora, reasumido, planeaba arreglar la casa antes de que la sirvienta saliese de paseo para que, una vez que María estuviera en la calle, ella no necesitara hacer nada más que: 1°) vestirse tranquilamente; 2°) esperar a Armando, ya lista; 3°) ¿qué era lo tercero? ¡Eso es! Era eso mismo lo que haría. Se pondría el vestido marrón con cuello de encaje color crema. Después de tomar su baño. Ya en los tiempos del Sacre Coeur ella había sido muy arregladita  y  limpia,  con  mucho  gusto  por  la  higiene  personal  y  un  cierto  horror  al desorden. Lo que no había logrado nunca que Carlota, ya en aquel tiempo un poco original, la  admirase.  La  reacción  de  las  dos  siempre  había  sido  diferente.  Carlota,  ambiciosa, siempre riéndose fuerte; ella, Laura, un poco lenta y, por así decir, cuidando de mantenerse siempre lenta; Carlota, sin ver nunca peligro en nada. Y ella cuidadosa. Cuando le dieron para leer la Imitación de Cristo, con un ardor de burra ella lo leyó sin entender pero, que Dios la perdonara, había sentido que quien imitase a Cristo estaría perdido; perdido en la luz, pero peligrosamente perdido. Cristo era la peor tentación. Y Carlota ni siquiera lo había querido leer, mintiéndole a la monja que sí lo había leído. Eso mismo. Se pondría el vestido marrón con cuello de encaje verdadero.

Pero cuando vio la hora recordó, con un sobresalto que le hizo llevarse la mano al pecho, que había olvidado tomar su vaso de leche.

Se encaminó a la cocina y, como si hubiera traicionado culpablemente a Armando y a los amigos  devotos,  junto  al  refrigerador  bebió  los  primeros  sorbos  con  una  ansiosa lentitud, concentrándose en cada trago con fe, como si estuviera indemnizando a todos y castigándose ella. Como el médico había dicho: «Tome leche entre las comidas, no esté nunca con el estómago vacío, porque eso provoca ansiedad», ella, entonces, aunque sin amenaza de ansiedad, tomaba sin discutir trago por trago, día por día, sin fallar nunca, obedeciendo con los ojos cerrados, con un ligero ardor para que no pudiera encontrar en sí la menor incredulidad. Lo incómodo era que el médico parecía contradecirse cuando, al mismo tiempo que daba una orden precisa que ella quería seguir con el celo de una conversa, también le había dicho: «Abandónese, intente todo suavemente, no se esfuerce por conseguirlo, olvide completamente lo que sucedió y todo volverá con naturalidad». Y le había dado una palmada en la espalda, lo que la había lisonjeado haciéndola enrojecer de placer. Pero en su humilde opinión una orden parecía anular a la otra, como si le pidieran comer harina y al mismo tiempo silbar. Para fundirlas en una sola, empezó a usar una estratagema: aquel vaso de leche que había terminado por ganar un secreto poder, y tenía dentro de cada trago el gusto de una palabra renovando la fuerte palmada en la espalda, aquel  vaso  de  leche  era  llevado  por  ella  a  la  sala,  donde  se  sentaba  «con  mucha naturalidad», fingiendo falta de interés, «sin esforzarse», cumpliendo de esta manera la segunda orden. «No importa que yo engorde», pensó, lo principal nunca había sido la belleza.

Se sentó en el sofá como si fuera una visita en su propia casa que, recientemente recuperada, arreglada y fría, recordaba la tranquilidad de una casa ajena. Lo que era muy satisfactorio: al contrario de Carlota que hiciera de su hogar algo parecido a ella misma, Laura sentía el placer de hacer de su casa algo impersonal; en cierto modo perfecto por ser impersonal.

Oh, qué bueno era estar de vuelta, realmente de vuelta, sonrió ella satisfecha. Tomando el vaso casi vacío, cerró los ojos con un suspiro de dulce cansancio. Había planchado las camisas de Armando, había hecho listas metódicas para el día siguiente, calculando minuciosamente lo que iba a gastar por la mañana en el mercado, realmente no había parado un solo instante. Oh, qué bueno era estar de nuevo cansada.

Si un ser perfecto del planeta Marte descendiera y se enterara de que los seres de la Tierra se cansaban y envejecían, sentiría pena y espanto. Sin entender jamás lo que había de bueno en ser gente, en sentirse cansada, en fallar diariamente; sólo los iniciados comprenderían ese matiz de vicio y ese refinamiento de vida.

Y ella retornaba al fin de la perfección del planeta Marte. Ella, que nunca había deseado otra cosa que ser la mujer de un hombre, reencontraba, grata, su parte diariamente falible. Con los ojos cerrados suspiró agradecida. ¿Cuánto tiempo hacía que no se cansaba? Pero ahora se sentía todos los días casi exhausta y planchaba, por ejemplo, las camisas de Armando, siempre le había gustado planchar y sin modestia podía decir que era una planchadora  excelente.  Y  después,  en  recompensa,  quedaba  exhausta.  No  más  aquella atenta falta de cansancio, no más aquel punto vacío y despierto y horriblemente maravilloso dentro de sí. No más aquella terrible independencia. No más la facilidad monstruosa y simple de no dormir ni de día ni de noche —que en su discreción la hiciera súbitamente sobrehumana en relación con un marido cansado y perplejo—. Él, con aquel aire que tenía cuando estaba mudo de preocupación (lo que le daba a ella una piedad dolorida, sí, aun dentro de su despierta perfección, la piedad y el amor), ella sobrehumana y tranquila en su brillante aislamiento, y él, cuando tímido venía a visitarla llevando manzanas y uvas que la enfermera con un encogerse de hombros comía, él haciendo visitas ceremoniosas, como un novio, con un aire infeliz y una sonrisa fija, esforzándose en su heroísmo por comprender, él que la recibiera de un padre y de un sacerdote, que inesperadamente, como un barco tranquilo que se adorna en las aguas, se había tornado sobrehumana.

Ahora, ya nada de eso. Nunca más. Oh, apenas si había sido una debilidad; el genio era la peor tentación. Pero después ella se había recuperado tan completamente que ya hasta comenzaba otra vez a cuidarse para no incomodar a los otros con su viejo gusto por el detalle. Ella recordaba bien a las compañeras del Sacre Coeur diciéndole: «¡Ya contaste eso mil veces!»; recordaba eso con una sonrisa tímida. Se había recuperado tan completamente: ahora todos los días ella se cansaba, todos los días su rostro decaía al atardecer, y entonces la noche tenía su vieja finalidad, no sólo era la perfecta noche estrellada. Y como a todo el mundo, cada día la fatigaba; como todo el mundo, humana y perecedera. No más aquella perfección. No más aquella cosa que un día se desparramara clara, como un cáncer, en su alma.

Abrió los ojos pesados de sueño, sintiendo el buen vaso, sólido, en las manos, pero los cerró de nuevo con una confortada sonrisa de cansancio, bañándose como un nuevo rico, en todas sus partículas, en esa agua familiar y ligeramente nauseabunda. Sí, ligeramente nauseabunda; qué importancia tenía, si ella también era un poco fastidiosa, bien lo sabía. Pero al marido no le parecía, entonces qué importancia tenía, si gracias a Dios ella no vivía en  un  ambiente  que  exigiera  que  fuese  ingeniosa  e  interesante,  y hasta  de  la  escuela secundaria que tan embarazosamente exigiera que fuese despierta, se había librado. Qué importancia tenía. En el cansancio —había planchado las camisas de Armando sin contar que también había ido al mercado por la mañana demorándose tanto allí, por ese gusto que tenía de hacer que las cosas rindieran—, en el cansancio había un lugar bueno para ella, un lugar discreto y apagado del que, con bastante embarazo para sí misma y para los otros, una vez saliera. Pero, como iba diciendo, gracias a Dios se había recuperado. Y si buscara con mayor fe y amor encontraría dentro del cansancio un lugar todavía mejor, que sería el sueño. Suspiró con placer, tentada por un momento de maliciosa travesura a ir al encuentro del aire tibio que era su respiración ya somnolienta, por un instante tentada a dormitar.

«¡Un instante sólo, sólo un momentito!», se pidió, lisonjeada por haber tenido tanto sueño, y lo pedía llena de maña como si pidiera un hombre, lo que siempre le gustaba mucho a Armando.

Pero realmente no tenía tiempo para dormir ahora, ni siquiera para echarse un sueñito, pensó vanidosa y con falsa modestia; ¡ella era una persona tan ocupada!, siempre había envidiado a las personas que decían «No tuve tiempo»; y ahora ella era nuevamente una persona tan ocupada; iría a comer con Carlota y todo tenía que estar ordenadamente listo, era la primera comida fuera desde que regresara y ella no quería llegar tarde, tenía que estar lista cuando… bien, ya dije eso mil veces, pensó avergonzada. Bastaría decir una sola vez:

«No quería llegar tarde»; eso era motivo suficiente: si nunca había soportado sin enorme humillación ser un trastorno para alguien, ahora más que nunca no debería… No, no habrá la menor duda: no tenía tiempo para dormir. Lo que debía hacer moviéndose con familiaridad  en  aquella  íntima  riqueza  de  la  rutina  —y  le  mortificaba  que  Carlota despreciara su gusto por la rutina—, lo que debía hacer era: 1°) esperar que la sirvienta estuviera lista; 2°) darle dinero para que trajera la carne para mañana; cómo explicar que hasta la dificultad para encontrar buena carne era una cosa buena; 3°) comenzar minuciosamente a lavarse y a vestirse, entregándose sin reserva al placer de hacer que el tiempo rindiera. El vestido marrón combinaba con sus ojos y el cuellito de encaje color crema le daba un cierto aire infantil, como de niño antiguo. Y, de regreso a la paz nocturna de Tijuca —no más aquella luz ciega de las enfermeras peinadas y alegres saliendo de fiesta, después de haberla arrojado como a una gallina indefensa en el abismo de la insulina—, de regreso a la paz nocturna de Tijuca, de regreso a su verdadera vida: ella iría tomada del brazo de Armando, caminando lentamente hacia la parada del autobús, con aquellos muslos duros y gruesos que la faja empaquetaba en uno solo transformándola en una «señora distinguida», pero cuando, confundida, ella le decía a Armando que eso provenía de una insuficiencia ovárica, él, que se sentía lisonjeado por los muslos de su mujer, respondía con mucha audacia: «¿Para qué hubiese querido casarme con una bailarina?», eso era lo que él respondía. Nadie lo diría, pero Armando a veces podía ser muy malicioso, aunque nadie lo diría. De vez en cuando los dos decían lo mismo. Ella explicaba que era a causa de la insuficiencia ovárica. Entonces él decía: «¿Para qué me hubiera servido estar casado con un bailarina?». A veces él era muy atrevido aunque nadie lo diría. Carlota se hubiera espantado de haber sabido que ellos también tenían una vida íntima y cosas que no se contaban, pero ella no las diría aunque era una pena no poder contarlas, seguramente Carlota pensaba que ella era sólo una mujer ordenada y común y un poco aburrida, y si ella a veces estaba obligada a cuidarse para no molestar a los otros con detalles, a veces con Armando se descuidaba y era un poco aburrida, cosa que no tenía importancia porque él fingía que escuchaba aunque no oía todo lo que ella contaba, y eso no la amargaba, comprendía perfectamente bien que sus conversaciones cansaban un poco a la gente, pero era bueno poder contarle que no había encontrado carne buena aunque Armando moviera la cabeza y no escuchase, la sirvienta y ella conversaban mucho, en verdad más ella que la sirvienta que a veces contenía su impaciencia y se ponía un poco atrevida. La culpa era suya que no siempre se hacía respetar. Pero, como ella iba diciendo, tomados del brazo, bajita y castaña ella y alto y delgado él, gracias a Dios tenía salud. Ella castaña, como oscuramente pensaba que debía ser una esposa. Tener cabellos negros o rubios era un exceso que, en su deseo de acertar, ella nunca había ambicionado. Y en materia de ojos verdes, bueno, le parecía que si tuviera ojos verdes sería como no contarle todo a su marido. No es que Carlota diera propiamente de qué hablar, pero ella, Laura — que si tuviera oportunidad la defendería ardientemente, pero nunca había tenido ocasión—, ella, Laura, estaba obligada contra su gusto a estar de acuerdo en que la amiga tenía una manera extraña y cómica de tratar al marido; oh, no por ser «de igual a igual», pues ahora eso se usaba, pero usted ya sabe lo que quiero decir. Carlos era un poco original, eso ya lo había comentado una vez con Armando y Armando había estado de acuerdo pero sin darle demasiada  importancia.  Pero,  como  ella  iba  diciendo,  de  marrón  con  el  cuellito…,  el devaneo la llenaba con el mismo gusto que le daba al arreglar cajones, hasta llegaba a desarreglarlos para poder acomodarlos de nuevo.

Abrió los ojos, y como si fuera la sala la que hubiera dormitado y no ella, la sala aparecía renovada y reposada con sus sillones cepillados y las cortinas que habían encogido en el último lavado, como pantalones demasiado cortos y la persona mirara cómicamente sus propias piernas. ¡Oh!, qué bueno era ver todo arreglado y sin polvo, todo limpio por sus propias manos diestras, y tan silencioso, con un vaso de flores, como una sala de espera, tan respetuosa, tan impersonal. Qué linda era la vida común para ella, que finalmente había regresado de la extravagancia. Hasta un florero. Lo miró.

—¡Ah!,  qué  lindas  son  —exclamó  su  corazón,  de  pronto  un  poco  infantil.  Eran menudas rosas silvestres que había comprado por la mañana en el mercado, en parte porque el hombre había insistido mucho, en parte por osadía. Las había arreglado en el florero esa misma mañana, mientras tomaba el sagrado vaso de leche de las diez.

Pero a la luz de la sala, las rosas estaban en toda su completa y tranquila belleza.

Nunca vi rosas tan bonitas, pensó con curiosidad. Y como si no acabara de pensar justamente eso, vagamente consciente de que acababa de pensar justamente eso y pasando rápidamente por encima de la confusión de reconocerse un poco fastidiosa, pensó en una etapa más nueva de la sorpresa: «Sinceramente, nunca vi rosas tan bonitas». Las miró con atención. Pero la atención no podía mantenerse mucho tiempo como simple atención, en seguida se transformaba en suave placer, y ella no conseguía ya analizar las rosas, estaba obligada a interrumpirse con la misma exclamación de curiosidad sumisa: ¡Qué lindas son!

Eran varias rosas perfectas, algunas en el mismo tallo. En cierto momento habían trepado con ligera avidez unas sobre otras pero después, hecho el juego, tranquilas se habían inmovilizado. Eran algunas rosas perfectas en su pequeñez, no del todo abiertas, y el tono rosado era casi blanco. ¡Hasta parecían artificiales!, dijo sorprendida. Podrían dar la impresión de blancas si estuvieran completamente abiertas, pero con los pétalos centrales envueltos en botón, el color se concentraba y, como el lóbulo de una oreja, se sentía el rubor circular dentro de ellas. ¡Qué lindas son!, pensó Laura sorprendida.

Pero sin saber por qué estaba un poco tímida, un poco perturbada. ¡Oh!, no demasiado, pero sucedía que la belleza extrema la molestaba.

Oyó los pasos de la criada sobre el mosaico de la cocina y por el sonido hueco reconoció que llevaba tacones altos; por lo tanto, debía de estar a punto de salir. Entonces Laura tuvo una idea en cierta manera original: ¿por qué no pedirle a María que pasara por la casa de Carlota y le dejase las rosas de regalo?

Porque aquella extrema belleza la molestaba. ¿La molestaba? Era un riesgo. ¡Oh!, no, ¿por  qué  un  riesgo?,  apenas  molestaban,  era  una  advertencia,  ¡oh!,  no,  ¿por  qué advertencia? María le daría las rosas a Carlota:

—Las manda la señora Laura —diría María.

Sonrió pensativa. Carlota se extrañaría de que Laura, pudiendo traer personalmente las rosas, ya que deseaba regalárselas, las mandara antes de la cena con la sirvienta. Sin hablar de que encontraría gracioso recibir las rosas, le parecería «refinado»…

—¡Esas cosas no son necesarias entre nosotras, Laura! —diría la otra con aquella franqueza un poco brutal, y Laura diría con un sofocado gritito de arrebatamiento:

—¡Oh no, no!, ¡no es por la invitación a cenar!, ¡es que las rosas eran tan lindas que sentí el impulso de ofrecértelas!

Sí, si en ese momento tuviera valor, sería eso lo que diría. ¿Cómo diría?, necesitaba no olvidarse: diría:

—¡Oh, no!, etcétera —y Carlota se sorprendería con la delicadeza de sentimientos de Laura, nadie imaginaría que Laura tuviera también esas ideas. En esa escena imaginaria y apacible que la hacía sonreír beatíficamente, ella se llamaba a sí misma «Laura», como si se tratara de una tercera persona. Una tercera persona llena de aquella fe suya y crepitante y grata y tranquila, Laura, la del cuellito de encaje auténtico, vestida discretamente, esposa de Armando, en fin, un Armando que no necesitaba esforzarse más en prestar atención a todas sus conversaciones sobre la sirvienta y la carne, que no necesitaba más pensar en su mujer, como un hombre que es feliz, como un hombre que no está casado con una bailarina.

—No pude dejar de mandarte las rosas —diría Laura, esa tercera persona tan, pero tan… Y regalar las rosas era casi tan lindo como las propias rosas.

Y ella quedaría libre de las flores. Y entonces, ¿qué es lo que sucedería? Ah, sí: como iba diciendo, Carlota quedaría sorprendida con aquella Laura que no era inteligente ni buena pero también tenía sus sentimientos secretos. ¿Y Armando? Armando la miraría un poco asustado —¡pues es esencial no olvidar que de ninguna manera él está enterado de que la sirvienta llevó por la tarde las rosas!—, Armando encararía con benevolencia los impulsos de su pequeña mujer, y de noche ellos dormirían juntos.

Y ella habría olvidado las rosas y su belleza.

No, pensó de repente, vagamente advertida. Era necesario tener cuidado con la mirada asustada de los otros. Era necesario no dar nunca más motivo de miedo, sobre todo con eso tan reciente. Y en particular, ahorrarles cualquier sufrimiento de duda. Y que nunca más tuviera necesidad de la atención de los otros, nunca más esa cosa horrible de que todos la miraran mudos, y ella frente a todos. Nada de impulsos.

Pero al mismo tiempo vio el vaso vacío en la mano y también pensó: «él» dijo que yo no me esfuerce por conseguirlo, que no piense en tomar actitudes solamente para probar que ya estoy…

—María —dijo entonces al escuchar de nuevo los pasos de la empleada. Y cuando ésta se acercó, le dijo temeraria y desafiante—: ¿Podrías pasar por la casa de la señora Carlota y dejarle estas rosas? Diga así: «Señora Carlota, la señora Laura se las manda». Solamente eso: «Señora Carlota…». —Sí, sí… —dijo la sirvienta, paciente. Laura fue a buscar una vieja hoja de papel de China. Después sacó con cuidado las rosas del florero, tan lindas y tranquilas, con las delicadas y mortales espinas. Quería hacer un ramo muy artístico. Y al mismo tiempo se libraría de ellas. Y podría vestirse y continuar su día. Cuando reunió las rositas húmedas en un ramo, alejó la mano que las sostenía, las miró a distancia torciendo la cabeza y entrecerrando los ojos para un juicio imparcial y severo.

Y cuando las miró, vio las rosas. Y entonces, irreprimible, suave, ella insinuó para sí: no lleves las flores, son muy lindas.

Un segundo después, muy suave todavía, el pensamiento fue levemente más intenso, casi tentador: no las regales, son tuyas. Laura se asustó un poco: porque las cosas nunca eran suyas.

Pero esas rosas lo eran. Rosadas, pequeñas, perfectas: lo eran. Las miró con incredulidad: eran lindas y eran suyas.

Si consiguiera pensar algo más, pensaría: suyas como hasta entonces nada lo había sido.

Y podía quedarse con ellas, pues ya había pasado aquella primera molestia que hiciera que vagamente ella hubiese evitado mirar demasiado las rosas.

¿Por qué regalarlas, entonces?, ¿lindas y darlas? Entonces, cuando descubres una cosa bella, ¿entonces vas y la regalas? Si eran suyas, se insinuaba ella persuasiva sin encontrar otro argumento además del simple y repetido, que le parecía cada vez más convincente y simple. No iban a durar mucho, ¿por qué darlas entonces mientras estaban vivas? ¿Dar el placer de tenerlas mientras estaban vivas? El placer de tenerlas no significa gran riesgo — se engañó— pues, lo quisiera o no, en breve sería forzada a privarse de ellas, y entonces nunca más pensaría en ellas, pues ellas habrían muerto; no iban a durar mucho, entonces, ¿por qué regalarlas? El hecho de que no duraran mucho le parecía quitarle la culpa de quedarse con ellas, en una oscura lógica de mujer que peca. Pues se veía que iban a durar poco (iba a ser rápido, sin peligro). Y aunque —argumentó en un último y victorioso rechazo de culpa— no fuera de modo alguno ella quien había querido comprarlas, el vendedor había insistido mucho y ella se tornaba siempre muy tímida cuando la forzaban a algo, no había sido ella quien quiso comprar, ella no tenía culpa ninguna. Las miró encantada, pensativa, profunda.

Y, sinceramente, nunca vi en mi vida cosa más perfecta.

Bien, pero ella ahora había hablado con María y no tendría sentido volver atrás. ¿Era entonces demasiado tarde?, se asustó viendo las rosas que aguardaban impasibles en su mano. Si quisiera, no sería demasiado tarde… Podría decirle a María: «¡María, resolví que yo misma llevaré las rosas cuando vaya a cenar!». Y, claro, no las llevaría… María no tendría por qué saberlo. Antes de cambiarse de ropa ella se sentaría en el sofá por un momento, sólo por un momento, para mirarlas. Mirar aquel tranquilo desprendimiento. Las miró mudas en su mano. Impersonales en su extrema belleza. En su extrema tranquilidad perfecta de rosas. Aquella última instancia: la flor. Aquella última perfección: la luminosa tranquilidad.

Como viciosa, ella miraba ligeramente ávida la perfección tentadora de las rosas, con la boca un poco seca las miraba.

Hasta que, lentamente austera, envolvió los tallos y las espinas en el papel de China. Tan absorta había estado que sólo al extender el ramo preparado notó que ya María no estaba en la sala y se quedó sola con su heroico sacrificio. Vagamente, dolorosamente, las miró, así distantes como estaban en la punta del brazo extendido, y la boca quedó aún más apretada, aquella envidia, aquel deseo, pero ellas son mías, exclamó con gran timidez.

Cuando María regresó y cogió el ramo, por un pequeño instante de avaricia Laura encogió la mano reteniendo las rosas un segundo más… ¡ellas son tan lindas y son mías, es la primera cosa linda que es mía!, ¡y fue el hombre quien insistió, no fui yo quien las busqué!, ¡fue el destino quien lo quiso!, ¡oh, sólo esta vez!, ¡sólo esta vez y juro que nunca más! (Ella podría, por lo menos, sacar para sí una rosa, nada más que eso: una rosa para sí. Solamente ella lo sabría, y después nunca más, ¡oh, ella se comprometía a no dejarse tentar más por la perfección, nunca más!)

Y en el minuto siguiente, sin ninguna transición, sin ningún obstáculo, las rosas estaban en manos de la sirvienta, ¡no en las suyas, como una carta que ya se ha echado en el correo!, ¡no se puede recuperar más ni arriesgar las palabras!, no sirve de nada gritar: ¡no fue eso lo que quise decir! Quedó con las manos vacías pero su corazón obstinado y rencoroso aún decía: «¡Todavía puedes alcanzar a María en las escaleras, bien sabes que puedes arrebatarle las rosas de las manos y robarlas!». Porque quitárselas ahora sería robarlas. ¿Robar lo que era suyo? Eso mismo es lo que haría cualquier persona que no tuviera lástima de las otras: ¡robaría lo que era de ella por derecho propio! ¡Oh, ten piedad, Dios mío! Puedes recuperarlas, insistía con rabia. Y entonces la puerta de la calle golpeó.

En ese momento la puerta de la calle golpeó.

Entonces lentamente ella se sentó con tranquilidad en el sofá. Sin apoyar la espalda. Sólo para descansar. No, no estaba enojada, oh, ni siquiera un poco. Pero el punto ofendido en el fondo de los ojos se había agrandado y estaba pensativo. Miró el florero. «Dónde están mis rosas», se dijo entonces muy sosegada.

Y las rosas le hacían falta. Habían dejado un lugar claro dentro de ella. Si se retira de una mesa limpia un objeto, por la marca más limpia que éste deja, se ve que alrededor había polvo. Las rosas habían dejado un lugar sin polvo y sin sueño dentro de ella. En su corazón, aquella rosa que por lo menos habría podido quedarse sin perjudicar a nadie en el mundo, faltaba. Como una ausencia muy grande. En verdad, como una falta. Una ausencia que entraba en ella como una claridad. Y, también alrededor de la huella de las rosas, el polvo iba desapareciendo. El centro de la fatiga se abría en un círculo que se ensanchaba. Como si ella no hubiera planchado ninguna camisa de Armando. Y en la claridad de las rosas, éstas hacían falta. «Dónde están mis rosas», se quejó sin dolor, alisando los pliegues de la falda.

Como cuando se exprime un limón en el té oscuro y éste se va aclarando, su cansancio iba aclarándose gradualmente. Sin cansancio alguno, por otra parte. Así como se encienden las luciérnagas. Ya que no estaba cansada, iba a levantarse y vestirse. Era la hora de comenzar.

Pero, con los labios secos, por un instante trató de imitar por dentro a las rosas. Ni siquiera era difícil.

Por suerte no estaba cansada. Así podría ir más fresca a la cena. ¿Por qué no poner sobre el cuellito de encaje auténtico el camafeo? Ese que el mayor trajera de la guerra en Italia. Embellecería más el escote. Cuando estuviera lista escucharía el ruido de la llave de Armando en la puerta. Debía vestirse. Pero todavía era temprano. Él se retrasaba por las dificultades del transporte. Todavía era de tarde. Una tarde muy linda.

Ya no era más de tarde.

Era de noche. Desde la calle subían los primeros ruidos de la oscuridad y las primeras luces.

En ese momento la llave entró con facilidad en el agujero de la cerradura.

Armando abriría la puerta. Apretaría el botón de la luz. Y de pronto en el marco de la puerta se recortaría aquel rostro expectante que él trataba de disfrazar pero que no podía contener. Después su respiración ansiosa se transformaría en una sonrisa de gran alivio. Aquella sonrisa embarazada de alivio que él jamás sospechaba que ella advertía. Aquella libido que probablemente, con una palmada en la espalda, le habían aconsejado a su pobre marido que ocultara. Pero que para el corazón tan lleno de culpa de la mujer había sido cada día la recompensa por haber dado de nuevo a aquel hombre la alegría posible y la paz, consagrada por la mano de un sacerdote austero que apenas permitía a los seres la alegría humilde, y no la imitación de Cristo.

La llave giró en la cerradura, la figura oscura y precipitada entró, la luz inundó con violencia la sala.

Y en la misma puerta se destacó él con aquel aire ansioso y de súbito paralizado, como si hubiera corrido leguas para no llegar demasiado tarde. Ella iba a sonreír. Para que él borrara la ansiosa expectativa del rostro, que siempre venía mezclada con la infantil victoria de haber llegado a tiempo para encontrarla aburrida, buena y diligente, a ella, su mujer. Ella iba a sonreír para que de nuevo él supiera que nunca más correría el peligro de llegar tarde. Había sido inútil recomendarles que nunca hablaran de aquello: ellos no hablaban pero habían logrado un lenguaje del rostro donde el miedo y la desconfianza se comunicaban, y pregunta y respuesta se telegrafiaban, mudas. Ella iba a sonreír. Se estaba demorando un poco, sin embargo, iba a sonreír.

Calma y suave, dijo:

—Volviste, Armando. Volviste.

Como  si  nunca  fuera  a  entender,  él  mostró  un  rostro  sonriente,  desconfiado.  Su principal trabajo era retener el aliento ansioso por su carrera en las escaleras, ya que ella estaba allí, sonriéndole. Como si nunca fuera a entender.

—Volví, y qué —dijo finalmente en tono expresivo.

Pero, mientras trataba de no entender jamás, el rostro cada vez más vacilante del hombre ya había entendido sin que se le hubiera alterado un rasgo. Su trabajo principal era ganar tiempo y concentrarse en retener la respiración. Lo que, de pronto, ya no era difícil. Pues inesperadamente él percibía con horror que la sala y la mujer estaban tranquilas y sin prisa. Pero desconfiando todavía, como quien fuese a terminar por dar una carcajada al comprobar  el  absurdo,  él  se  obstinaba,  sin  embargo,  en  mantener  el  rostro  torcido, mirándola en guardia, casi enemigo. De donde comenzaba a no poder impedir verla sentada con las manos cruzadas en el regazo, con la serenidad de la luciérnaga que tiene luz.

En la mirada castaña e inocente el embarazo vanidoso de no haber podido resistir.

—Volví, y qué —dijo él de repente, con dureza.

—No pude impedirlo —dijo ella, y en su voz había la última piedad por el hombre, la última petición de perdón que ya venía mezclada a la altivez de una soledad casi perfecta—

. No pude impedirlo —repitió entregándole con alivio la piedad que ella consiguiera con esfuerzo guardar hasta que él llegara—. Fue por las rosas —dijo con modestia.

Como si fuese para retratar aquel instante, él mantuvo aún el mismo rostro ausente, como si el fotógrafo le pidiera solamente un rostro y no un alma. Abrió la boca e involuntariamente por un instante la cara tomó la expresión de cómico desprendimiento que él había usado para esconder la vergüenza cuando le pidiera un aumento al jefe. Al instante siguiente, desvió los ojos con vergüenza por la falta de pudor de su mujer que, suelta y serena, allí estaba.

Pero de pronto la tensión cayó. Sus hombros se bajaron, los rasgos del rostro cedieron y una gran pesadez lo relajó. Él la observó, envejecido, curioso.

Ella estaba sentada con su vestido de casa. El sabía que ella había hecho lo posible para no tornarse luminosa e inalcanzable. Con timidez y respeto, él la miraba. Envejecido, cansado, curioso. Pero no tenía nada que decir. Desde la puerta abierta veía a su mujer que estaba sentada en el sofá, sin apoyar las espaldas, nuevamente alerta y tranquila como en un tren. Que ya partiera.

Clarice Lispector: Lazos de familia. Cuento

Clarice_aPBLa  mujer  y  la  madre,  finalmente,  se  acomodaron  en  el  taxi  que  las  llevaría  a  la Estación. La madre contaba y recontaba las dos maletas intentando convencerse de que ambas estaban en el carro. La hija, con sus ojos oscuros, a los que un ligero estrabismo daba un continuo brillo de burla y frialdad, la observaba.

—¿No me he olvidado de nada? —preguntaba la madre, por tercera vez.

—No, no, no se olvidó de nada —contestaba la hija, divertida, con paciencia.

Todavía estaba bajo la impresión de la escena medio cómica entre su madre y su marido, a la hora de la despedida. Durante las dos semanas de visita de la vieja, los dos apenas si se habían soportado; los buenos días y las buenas tardes sonaban a cada momento con una delicadeza cautelosa que la hacía querer reír. Pero he ahí que a la hora de la despedida, antes de entrar en el taxi, la madre se había transformado en suegra ejemplar y el marido se tornaba en buen yerno. «Perdone alguna palabra mal dicha», había dicho la vieja señora, y Catalina, con algo de alegría, vio a Antonio, sin saber qué hacer con las maletas en las manos, tartamudear, perturbado con ser el buen yerno. «Si me río, ellos han de pensar que estoy loca», había pensado Catalina, frunciendo las cejas. «Quien casa a un hijo pierde un hijo, quien casa a una hija gana otro hijo», aseguró la madre, y Antonio había aprovechado su gripe para toser. Catalina, de pie, observaba con malicia al marido, cuya seguridad se había desvanecido para dar paso a un hombre moreno y menudo, forzado a ser el hijo de aquella mujercita grisácea… Fue entonces que las ganas de reír se hicieron más fuertes. Felizmente, nunca necesitaba reír cuando tenía deseos de reír: sus ojos tomaban una expresión astuta y contenida, se tornaban más estrábicos y la risa salía por los ojos. Siempre dolía un poco ser capaz de reír. Pero nada podía hacer en contra: desde pequeña había reído por los ojos, desde siempre había sido estrábica.

—Vuelvo a decirte que el niño está delgado —dijo la madre resistiendo los saltos del carro Y a pesar de que Antonio no estaba presente, ella usaba el mismo tono de desafío y acusación que empleaba delante de él. Tanto que una noche, Antonio se había agitado: —¡No es culpa mía, Severina! Él llamaba a la suegra Severina, pues desde antes del casamiento habían proyectado ser suegra y yerno modernos. Luego, en la primera visita de la madre a la pareja, la palabra Severina se había tornado difícil en la boca del marido y ahora, entonces, el hecho de llamarla por el nombre no había impedido que…

Catalina los miraba y reía.

—El chico siempre fue delgado, mamá —le respondió. El taxi avanzaba monótono.

—Delgado y nervioso —agregó la señora con decisión.

—Delgado y nervioso —asintió Catalina, paciente.

Era un niño nervioso, distraída Durante la visita de la abuela se había tornado aún más distante, dormía mal, perturbado por las excesivas caricias y por los pellizcos de amor de la vieja. Antonio, que nunca se había preocupado especialmente con la sensibilidad del hijo, pasó a lanzar indirectas a la suegra, «para proteger a una criatura»…

—No me olvidé de nada… —recomenzó la madre, cuando una trenada súbita del carro las lanzó una contra la otra e hizo que se despeñaran las maletas—. ¡Ah!, ¡Ahí —exclamó la madre como en un desastre irremediable—, ¡ah! —decía, balanceando la cabeza, sorprendida, de repente envejecida y pobre. ¿Y Catalina?

Catalina miraba a la madre y la madre miraba a la hija, ¿y también a Catalina le había ocurrido  un  desastre?  Sus  ojos  parpadearon  sorprendidos,  ella  arreglaba  de  prisa  las maletas, la bolsa, buscando remediar la catástrofe lo más rápidamente posible. Porque de hecho había sucedido algo, sería inútil ocultarlo: Catalina había sido lanzada contra Severina, en una intimidad de cuerpo hace mucho olvidada, venida del tiempo en que se tiene padre y madre. A pesar de que nunca se habían realmente abrazado o besada Del padre, sí, Catalina siempre había sido más amiga. Cuando la madre les llenaba los platos, obligándolos a comer demasiado, los dos se miraban parpadeando, cómplices y la madre ni lo notaba. Pero después del choque en el taxi y después de que se arreglaron, no tenían de qué hablar, ¿por qué no llegaban ya a la estación?

—¿No me olvidé de nada? —preguntó la madre con voz resignada. Catalina ya no quería mirarla ni responderle.

—¡Toma tus guantes! —le dijo, recogiéndolos del piso del taxi.

—¡Ah!, ¡ah!, ¡mis guantes! —exclamaba la madre, perpleja.

Sólo se miraron realmente cuando las maletas fueron colocadas en el tren, después de intercambiados los besos: la cabeza de la madre apareció en la ventanilla.

Catalina vio entonces que su madre estaba envejecida y tenía los ojos brillantes.

El tren no partía y ambas esperaban sin tener qué decirse. La madre sacó el espejo de su bolso y examinó su sombrero nuevo, comprado en la misma sombrerería donde su hija los compraba. Se miraba componiendo un aire excesivamente severo, en el que no faltaba cierta admiración por sí misma. La hija la observaba divertida. Nadie más puede amarte sino yo, pensó la mujer riendo por los ojos; y el peso de la responsabilidad le dio a la boca un gusto a sangre. Como si «madre e bija» fuesen vida y repugnancia. No, no se podía decir que amaba a su madre. Su madre le dolía, era esa La vieja había guardado el espejo en el bolso y la miraba sonriendo. El rostro gastado y todavía bastante vivo parecía esforzarse por dar a los otros alguna impresión de la que el sombrero formaba parte. La campanilla de la estación sonó de repente, hubo un movimiento general de ansiedad, varias personas corrieron pensando que el tren ya partía: «¡Mamá!», dijo la mujer. «¡Catalina!», dijo la vieja. Ambas se miraban espantadas; la maleta en la cabeza de un maletero les interrumpió la visión y un muchacho que corrió al pasar junto a Catalina la tomó del brazo, desarreglándole el cuello del vestido. Cuando pudieron verse de nuevo, Catalina estaba dominada por la urgencia de preguntarle a su madre si no había olvidado nada…

—…¿No olvidé nada? —preguntó la madre.

También a Catalina le parecía que habían olvidado algo y ambas se miraban atónitas, porque si realmente algo habían olvidado, ahora ya era demasiado tarde. Una mujer arrastraba a una criatura, la criatura lloraba, nuevamente sonó la campanilla de la estación…

«Mamá», dijo la mujer. ¿Qué cosa habían olvidado decirse una a la otra?; ahora ya era demasiado  tarde.  Les  parecía  que  un  día  debían  haberse  dicho  así:  «soy  tu  madre, Catalina». Y ella debería haber respondido: «y yo soy tu hija».

—¡Cuídate de las corrientes de aire! —gritó Catalina.

—¡Pero, muchacha, no soy más una criatura! —dijo la madre sin dejar de preocuparse de su propia apariencia. La mano pecosa, un poco trémula, acomodaba con delicadeza el ala del sombrero y Catalina tuvo, súbitamente, ganas de preguntarle si había sido feliz con su padre.

—¡Dale recuerdos a la tía! —gritó.

—¡Sí, sí!

—Mamá —dijo Catalina, mientras un largo silbato se había escuchado y en medio del humo ya las ruedas se movían.

—¡Catalina! —dijo la vieja con la boca abierta y los ojos espantados, y a la primera sacudida la hija la vio llevarse las manos al sombrero: éste se le había caído hasta la nariz, dejando aparecer apenas la nueva dentadura. El tren ya marchaba y Catalina hada señas. El rostro  de  la  madre  desapareció  un instante  y  reapareció ya  sin  el  sombrero,  el  moño deshecho, cayendo en mechas blancas sobre los hombros como las de una doncella —el rostro estaba inclinado, sin sonreír, tal vez sin siquiera mirar a la hija distante.

En medio del humo, Catalina comenzó a caminar de regreso, las cejas fruncidas y en los ojos la malicia propia de los estrábicos. Sin la compañía de la madre, había recuperado el modo decidido de caminar: sola, le era más fácil. Algunos hombres la miraban, ella era dulce, un poco pesada de cuerpo. Caminaba serena, moderna en los trajes, los cabellos cortos, teñidos de color caoba. Y de tal manera se habían dispuestos las cosas que el amor doloroso le pareció la felicidad —todo estaba tan vivo y tierno a su alrededor, la calle sucia, los viejos tranvías, cascaras de naranja—: la fuerza fluía y refluía en su corazón con pesada riqueza. Estaba muy bonita en ese momento, tan elegante; integrada en su época y en la ciudad en donde había nacido como si la hubiese elegido. En los ojos bizcos cualquier persona adivinaría el gusto que tenía esa mujer por las cosas del mundo Miraba a las personas con insistencia, procurando fijar en aquellas figuras mutables su placer todavía húmedo de lágrimas por la madre. Se desvió de los carros, consiguió aproximarse al bus burlando la cola, mirando con ironía; nada impedía que esa pequeña mujer, que andaba bamboleando los cuadriles, subiese otro misterioso peldaño en sus días.

El ascensor zumbaba en el calor de la playa. Abrió la puerta del apartamento mientras se liberaba del sombrerito con la otra mano; parecía dispuesta a gozar de la liberalidad del mundo entero, camino abierto por su madre y que le ardía en el pecha Antonio apenas levantó los ojos del libra La tarde del sábado siempre había sido «suya» y, en seguida, tras la partida de Severina, él la retomaba con placer, junto al escritorio.

—¿«Ella», se fue?

—Sí se fue —respondió Catalina empujando la puerta de la habitación de su hija ¡Ah, sí!, allí estaba el niña pensó con súbito alivia Su hija Delgado y nerviosa Desde que se pusiera de pie había caminado con firmeza; pero casi a los cuatro años hablaba como si desconociera los verbos: constataba las cosas con frialdad, no las ligaba entre sí. Allí estaba él  meciéndose  en  la  toalla  mojada,  exacto  y  distante.  La  mujer  sentía  un  calorcillo agradable y le habría gustado prender al niño para siempre en este momento; le quitó la toalla de las manos en señal de censura: ¡este chico! Peto el niño miraba indiferente al aire, comunicándose consigo misma Estaba siempre distraída Todavía nadie había conseguida verdaderamente, llamarle la atención. La madre sacudía la toalla en el aire e impedía, con su volumen, la visión de la habitación: «mamá», dijo el chica Catalina se volvió rápida. Era la primera vez que él decía «mamá» en ese tono y sin pedir nada. Había sido más que una constatación: «¡mamá!» La mujer continuó sacudiendo la toalla con violencia y preguntándose a quién podría contar lo que había sucedido, pero no encontró a nadie que pudiera entender lo que ella no podía explicar. Arregló la toalla con vigor antes de colgarla para secar. Tal vez pudiese contar, si cambiaba la forma. Contaría aquello que el hijo dijera:

«Mamá, ¿quién es Dios?» No tal vez: «Mamá, niño quiere a Dios». Tal vez.

Sólo  en  símbolos  cabría  la  verdad,  sólo  en  símbolos  la  recibirían.  Con  los  ojos sonriendo por su mentara necesaria y, sobre todo, por su propia tontería, huyendo de Severina, inesperadamente, la mujer rió de verdad para el niño, no sólo con los ojos: todo su  cuerpo  rió  quebrado,  quebrando  las  ataduras,  y  una  aspereza  apareció  como  una ronquera. Fea, dijo entonces el niño, examinándola.

—¡Vamos a pasear! —respondió ruborizándose y tomándole de la mano.

Pasó por la sala, sin detenerse avisó al marido: —¡Vamos a salir! Y golpeó la puerta del apartamento.

Antonio apenas tuvo tiempo de levantar los ojos del libro y sorprendido espiaba la sala vacía. «¡Catalina!», llamó, pero ya se escuchaba el ruido del ascensor descendiendo. ¿A dónde fueron?, se preguntó inquieto, tosiendo y sonándose la nariz. Porque el sábado era suyo, pero él quería que su mujer y su hijo estuvieran en casa mientras él tomaba su sábado «¡Catalina!», llamó aburrido aunque supiera que ella ya no podría escucharla Se levantó, fue hasta la ventana y un segundo después vio a su mujer y a su rujo en la acera.

Los dos se habían detenido, la mujer tal vez decidía el camino a seguir. Y de súbito, pusiéronse en marcha.

¿Por qué caminaba ella tan decidida, llevando al niño de la mano? Desde la ventana veía a su mujer agarrando con fuerza la mano del pequeño y caminando de prisa, los ojos fijos adelante; y, aún sin verlo, el hombre adivinaba su boca endurecida. La criatura, no se sabía  por  qué  oscura  comprensión,  también  miraba  fijo  hacia  delante,  sorprendida  e ingenua. Vistas desde arriba, las dos figuras perdían la perspectiva familiar, parecían achatadas contra el suelo y más oscuras a la luz del mar. Los cabellos del chico volaban…

El marido se repitió la pregunta que, aún bajo su inocencia de frase cotidiana, lo inquietó: ¿a dónde van? Veía, preocupado, que su mujer guiaba a la criatura y temía que en ese momento, en que ambos estaban fuera de su alcance, ella transmitiese a su hija., peto ¿qué? «Catalina», pensó, «Catalina, ¡esta criatura todavía es inocente!» En qué momento es que la madre, apretando una criatura, le daba esta prisión de amor que se abatiría para siempre sobre el futuro hombre. Más tarde su hijo, ya hombre, solo, estaría de pie, frente a esta misma ventana, golpeando con los dedos esta vidriera; preso. Obligado a responder a un muerta ¿Quién sabría jamás en qué momento la madre transferiría al hijo esta herencia? ¿Y con qué sombrío placer? Ahora la madre y el hijo, comprendiéndose dentro del misterio compartida Después nadie podría saber de qué negras raíces se alimenta la libertad de un hombre. «¡Catalina!», pensó con cólera, «¡la criatura es inocente!» Pero ya habían desaparecido en la playa. El misterio compartido.

«Pero ¿y yo?, ¿y yo?», se preguntó asustada Los dos se habían ido solos. Y él se había quedada «Con su sábado». Y su gripe. En el apartamento arreglado, donde «todo andaba bien». ¿Quién sabe si su mujer estaba huyendo con el hijo de la sala de luz bien regulada, de los muebles bien elegidos, de las cortinas y de los cuadros? Era eso lo que él le había dada El apartamento de un ingeniero. Y sabía que si la mujer aprovechaba de la condición de un marido joven y lleno de futuro, también la despreciaba, con aquellos ojos atontados, huyendo con su hijo nervioso y delgado. El hombre se inquietó. Porque no podría seguir dándole sino eso: más éxito. Y porque sabía que ella lo ayudaría a conseguirlo y odiaría lo que consiguieran. Así era aquella mujer calmada de treinta y dos años que nunca hablaba la verdad, como si hubiese vivido siempre. Las relaciones entre ambos eran tranquilas. A veces él procuraba humillarla, entraba en la habitación mientras ella se cambiaba de ropa, porque sabía que ella detestaba ser vista desnuda. ¿Por qué requería humillarla? Sin embargo, él sabía bien que ella sólo sería de un hombre mientras fuese orgullosa. Pero se había habituado a tornarla femenina de esta manera: la humillaba con ternura, y ya ahora ¿ella sonreía sin rencor? Tal vez de todo eso hubiesen nacido sus relaciones pacificas y aquellas conversaciones en voz tranquila que formaban la atmósfera del hogar para la criatura. ¿O ésta se irritaba a veces? Algunas veces el niño se irritaba, pataleaba, gritaba durante las pesadillas. ¿De dónde había nacido esta criaturita vibrante, sino de lo que su mujer y él habían cortado de la vida diaria? Vivían tan tranquilos que, si se aproximaba un momento de alegría, ellos rápidamente se miraban, casi irónicos y los ojos de ambos decían: no vamos a gastarlo, no vamos a usarlo ridículamente. Como si hubiesen vivido desde siempre.

Pero él la había visto desde la ventana, la vio caminar de prisa, de manos dadas con el hijo, y se había dicho: ella está tomando sola este momento de alegría. Se había sentido frustrado porque desde hacía mucho no podía vivir sino con ella. Y ella conseguía tomar sus momentos, sola. Por ejemplo, ¿qué había hecho su mujer entre la salida del tren y su llegada al apartamento? No era que sospechase de ella, pero se inquietaba.

La última luz de la tarde estaba pesada y se abada con gravedad sobre los objetos. Las arenas crepitaban secas. El día entero había estado bajo esa amenaza de irradiación. Que en ese momento, aunque sin estallar, se ensordecía cada vez más y zumbaba en el ascensor ininterrumpido del edificio. Cuando regresase Catalina, ellos cenarían espantando a las mariposas. El niño gritaría en su primer sueño, Catalina interrumpiría un momento la cena…  ¿y  el  ascensor  no  se  detendría  ni  siquiera  un  instante?  No,  el  ascensor  no  se detendría un instante.

—Después de cenar iremos al cine —resolvió el hombre. Porque después del cine sería finalmente noche y este día se quebraría con las olas en las rocas del Arpoador .

Clarice Lispector: Devaneo y embriaguez de una muchacha. Cuento

article00Le parecía que por la habitación se cruzaban los autobuses eléctricos, estremeciendo su imagen reflejada. Estaba peinándose lentamente frente al tocador de tres espejos, los brazos blancos y fuertes se erizaban en el frescor de la tarde. Los ojos no se abandonaban, los espejos vibraban ora oscuros, ora luminosos. Allá afuera, desde una ventana más alta, cayó a la calle una cosa pesada y fofa. Si los niños y el marido estuvieran en casa, se le habría ocurrido la idea de que se debía a un descuido de ellos. Los ojos no se despegaban de la imagen, el peine trabajaba meditativo, la bata abierta dejaba asomar en los espejos los senos entrecortados de varias muchachas.

«¡La Noche!», gritó el voceador al viento blando de la calle del Riachuelo, y algo presagiado se estremeció. Dejó el peine en el tocador, cantó absorta: «¡Quién vio al gorrioncito… pasó por la ventana… voló más allá del Miño!», pero, colérica, se cerró en sí misma dura como un abanico.

Se acostó; se abanicaba impaciente con el diario que susurraba en la habitación. Tomó el pañuelo, trató de estrujar el bordado áspero con los dedos enrojecidos. Comenzó a abanicarse nuevamente, casi sonriendo. Ay, ay, suspiró riendo. Tuvo la imagen de su sonrisa clara de muchacha todavía joven, y sonrió aún más cerrando los ojos, abanicándose más profundamente. Ay, ay, venía de la calle como una mariposa.

«Buenos días, ¿sabes quién me vino a buscar a casa?», pensó como tema posible e interesante de conversación. «Pues no sé, ¿quién?», le preguntaron con una sonrisa galanteadora unos ojos tristes en una de esas caras pálidas que a cierta gente le hacen tanto mal. «María Quiteria, ¡hombre!», respondió alegremente, con la mano en el costado. «Si me lo permites, ¿quién es esa muchacha?», insistió galante, pero ahora sin rostro. «Tú», cortó ella con leve rencor la conversación, qué aburrimiento.

Ay, qué cuarto agradable, ella se abanicaba en el Brasil. El sol, preso de las persianas, temblaba en la pared como una guitarra. La calle del Riachuelo se sacudía bajo el peso cansado de los autobuses eléctricos que venían de la calle Mem de Sá. Ella escuchaba curiosa y aburrida el estremecimiento de la vitrina en la sala de visita. De impaciencia, se dio el cuerpo de bruces, y mientras tironeaba con amor los dedos de los pies pequeñitos, esperaba su próximo pensamiento con los ojos abiertos. «Quien encontró, buscó», dijo en forma de refrán rimado, lo que siempre le parecía una verdad. Hasta que se durmió con la boca abierta, la baba humedeciéndole la almohada.

Despertó cuando el marido ya había vuelto del trabajo y entró en la habitación. No quiso comer ni salir de sus ensoñaciones, y se durmió de nuevo: el hombre que se las arreglara con las sobras del almuerzo.

Y ya que los hijos estaban en la finca de las tías, en Jacarepaguá, ella aprovechó para amanecer rara: confusa y leve en la cama, uno de esos caprichos, ¡no se sabe por qué! El marido apareció ya vestido y ella no sabía qué había hecho para su desayuno; ni siquiera le miró el traje, si había o no que cepillarlo, poco le importaba si hoy era el día en que se ocupaba de negocios en la ciudad. Pero cuando él se inclinó para besarla, su levedad crepitó como una hoja seca.

—¡Vete!

—¿Qué  tienes?  —le  preguntó  el  hombre,  atónito,  ensayando  inmediatamente  una caricia más eficaz.

Obstinada, ella no sabía responder, estaba tan tonta y principesca que no había siquiera dónde buscarle una respuesta.

—¡Cuidado con molestarme! ¡No vengas a rondarme como un gato viejo! Él pareció pensarlo mejor y aclaró:

—Muchacha, estás enferma.

Ella lo aceptó, sorprendida, lisonjeada. Durante todo el día se quedó en la cama, escuchando la casa tan silenciosa, sin el bullicio de los niños, sin el hombre que hoy comería su cocido en la ciudad. Durante todo el día se quedó en la cama. Su cólera era tenue, ardiente. Sólo se levantaba para ir al baño, de donde volvía noble, ofendida.

La mañana se volvió una larga tarde inflada que se volvió noche sin fin, amaneciendo inocente por toda la casa.

Ella todavía estaba en la cama, tranquila, improvisada. Ella amaba… Estaba amando previamente al hombre que un día iba a amar. Quién sabe, eso a veces sucedía, y sin culpas ni dolores para ninguno de los dos. Allí estaba en la cama, pensando, pensando, casi riendo como ante un folletín. Pensando, pensando. ¿En qué? No lo sabía. Y así se dejó estar.

De un momento a otro, con rabia, se puso de pie. Pero en la flaqueza del primer instante parecía loca y delicada en la habitación que daba vueltas, daba vueltas hasta que ella consiguió a ciegas acostarse otra vez en la cama, sorprendida de que tal vez fuera verdad. «¡Oh, mujer, mira que si de veras te enfermas!», se dijo, desconfiada. Se llevó la mano a la frente para ver si tenía fiebre.

Esa noche, hasta que se durmió, fantaseó, fantaseó: ¿cuánto tiempo?, hasta que cayó: adormecida, roncando con el marido.

Despertó con el día atrasado, las papas por pelar, los niños que regresarían por la tarde de casa de las tías, ¡ay, me he faltado al respeto!, día de lavar ropa y zurcir calcetines, ¡ay, qué haragana me saliste!, se censuró curiosa y satisfecha, ir de compras, no olvidar el pescado, el día atrasado, la mañana presurosa de sol.

Pero el sábado por la noche fueron a la tasca de la plaza Tiradentes, atendiendo a la invitación de un comerciante muy próspero, ella con el vestidito nuevo que aunque no demasiado adornado era de muy buena tela, de esas que iban a durar toda la vida. El sábado por la noche, embriagada en la plaza Tiradentes, embriagada pero con el marido a su lado para  protegerla,  y  ella  ceremoniosa  frente  al  otro  hombre  mucho  más  fino  y  rico, procurando darle conversación, porque ella no era ninguna charlatana de aldea y había vivido en la capital. Pero borracha a más no poder.

Y  si  su  marido  no  estaba  borracho  era  porque  no  quería  faltarle  al  respeto  al comerciante y, lleno de empeño y humildad, le dejaba al otro el cantar del gallo. Lo que quedaba bien para esa ocasión tan distinguida, pero le daba, al mismo tiempo, muchos deseos de reír. ¡Y desprecio! ¡Miraba al marido con su traje nuevo y le hacía una gracia! Borracha a más no poder, pero sin perder el brío de muchachita. Y el vino verde se le derramaba por el cuerpo.

Y cuando estaba embriagada, como en una abundante comida de domingo, todo lo que por la propia naturaleza está separado —olor a aceite en un lado, hombre en otro, sopa en un lado, camarero en el otro— se unía raramente por la propia naturaleza, y todo no pasaba de ser una sinvergüenzada solamente, una bellaquería.

Y  si  estaban  brillantes  y  duros  los  ojos,  si  sus  gestos  eran  etapas  difíciles  hasta conseguir finalmente alcanzar el palillero, en verdad por dentro estaba hasta muy bien, era una nube plena trasladándose sin esfuerzo. Los labios ensanchados y los dientes blancos, y el vino hinchándola. Y aquella vanidad de estar embriagada facilitándole un gran desdén por todo, tornándola madura y redonda como una gran vaca.

Naturalmente que ella conversaba. Porque no le faltaban temas ni habilidad. Pero las palabras que una persona pronunciaba cuando estaba embriagada eran como si estuvieran preñadas; palabras sólo en la boca, que poco tenían que ver con el centro secreto que era como una gravidez. Ay, qué rara estaba. El sábado por la noche el alma diaria estaba perdida, y qué bueno era perderla, y como recuerdo de los otros días apenas quedaban las manos pequeñas tan maltratadas, y ahora ella con los codos sobre el mantel de la mesa a cuadros rojos y blancos, como sobre una mesa de juego, profundamente lanzada a una vida baja y convulsionante. ¿Y esta carcajada? Esa carcajada que le estaba saliendo misteriosamente de una garganta llena y blanca, en respuesta a la delicadeza del comerciante, carcajada venida de las profundidades de aquel sueño, y de la profundidad de aquella seguridad de quien tiene un cuerpo. Su carne blanca estaba dulce como la de una langosta, las piernas de una langosta viva moviéndose lentamente en el aire. Y aquella pequeña maldad de quien tiene un cuerpo.

Conversaba, y escuchaba con curiosidad lo que ella misma estaba respondiendo al comerciante próspero que en tan buena hora los invitaba y pagaba la comida. Escuchaba intrigada y deslumbrada lo que ella misma estaba respondiendo: lo que dijera en ese estado valdría para el futuro como augurio (ahora ya no era una langosta, era un duro signo: escorpión. Porque había nacido en noviembre).

Un reflector que mientras se duerme recorre la madrugada: tal era su embriaguez errando por las alturas.

Al mismo tiempo, ¡qué sensibilidad!, ¡pero qué sensibilidad!, cuando miraba el cuadro tan bien pintado del restaurante, de inmediato le nacía la sensibilidad artística. Nadie podría sacarle la idea de que había nacido para otras cosas. A ella siempre le gustaron las obras de arte.

¡Pero qué sensibilidad!, ahora ya no a causa del cuadro de uvas y peras y pescado muerto brillando en las escamas. Su sensibilidad la molestaba sin serle dolorosa, como una uña rota. Y siquiera podría permitirse el lujo de volverse aún más sensible, podría ir más adelante todavía: porque estaba protegida por una situación, protegida como toda la gente que había alcanzado una posición en la vida. Como una persona a quien le impiden tener su propia desgracia. Ay, qué infeliz soy, madre mía. Si quisiera aún podría echar más vino en su cuerpo y, protegida por la posición que había alcanzado en la vida, emborracharse todavía más, siempre y cuando no perdiera la fuerza. Y así, más borracha aún, recorría con los ojos el restaurante, y qué desprecio sentía por las personas secas del restaurante, ningún hombre que fuese un hombre de verdad, que fuese realmente triste. Qué desprecio por las personas secas del restaurante, mientras ella estaba gorda y pesada, generosa a más no poder. Y todos tan distantes en el restaurante, separados uno del otro como si jamás uno pudiera hablar con el otro. Cada uno para sí, y Dios para todos.

Sus ojos se fijaron de nuevo en aquella muchacha que ya, de entrada, le hiciera subir la mostaza a la nariz. De entrada la había visto, sentada a una mesa con su hombre, toda llena de sombreros y adornos, rubia como un escudo falso, toda santurrona y fina —¡qué lindo sombrero tenía!—, seguro que ni siquiera era casada, y ponía esa cara de santa. Y con su lindo sombrero bien puesto. ¡Pues que le aprovechara bien la santidad!, ¡y que no se le cayera la aristocracia en la sopa! Las más santitas eran las que estaban más llenas de desvergüenza. Y el camarero, el gran estúpido, sirviéndola lleno de atenciones, el ladino: y el hombre amarillo que la acompañaba haciendo la vista gorda. Y la santurrona muy envanecida de su sombrero, muy modesta por su cinturita pequeña, seguro que ni siquiera era capaz de parirle un hijo a su hombre. Claro que ella no tenía nada que ver con eso, por cierto: pero de entrada le habían dado ganas de llenarle esa cara de santa rubia de unos buenos sopapos, junto con la aristocracia del sombrero. Que ni siquiera era rolliza, porque era plana de pecho. Van a ver que con todos sus sombreros, no dejaba de ser una verdulera haciéndose pasar por gran dama.

Oh, estaba muy humillada por haber ido a la tasca sin sombrero, ahora la cabeza le parecía desnuda. Y la otra, con sus aires de señora, haciéndose pasar por delicada. ¡Bien sé lo que te falta, damisela, y a tu hombre amarillo! Y si piensas que te envidio tu pecho plano, puedes ir sabiendo que no me importa nada, que me río de tus sombreros. A desvergonzadas como tú, haciéndose las importantes, yo las lleno de sopapos.

En su sagrada cólera, extendió con dificultad la mano y tomó un palillo.

Pero finalmente la dificultad de llegar a casa desapareció: se movía ahora dentro de la realidad familiar de su habitación, sentada en el borde de la cama con la chinela balanceándose en el pie.

Y cuando entrecerró los ojos nublados, todo quedó de carne, el pie de la cama de carne, la ventana de carne, en la silla el traje de carne que el marido había arrojado, y todo, casi, le producía  dolor.  Y  ella  cada  vez  más  grande,  vacilante,  temblorosa,  gigantesca.  Si consiguiera llegar más cerca de sí misma se vería más grande. Cada brazo podría ser recorrido por una persona, en la ignorancia de que se trataba de un brazo, y en cada ojo podría sumergirse y nadar sin saber que era un ojo. Y alrededor doliendo todo, un poco. Las cosas estaban hechas de carne con neuralgia. Había sido el frío que pescó al salir del restaurante.

Estaba sentada en la cama, tranquila, escéptica.

Y eso todavía no era nada. Que en ese momento le estaban sucediendo cosas que sólo más tarde le irían realmente a doler mucho: cuando ella volviera a su tamaño corriente, el cuerpo anestesiado estaría despertándose, latiendo, y ella iba a pagar por las comilonas y los vinos.

Entonces, ya que eso terminaría por suceder, tanto se me hace abrir ahora mismo los ojos, lo hizo, y todo quedó más pequeño y más nítido, pero sin ningún dolor. Todo, en el fondo, estaba igual, sólo que menor y familiar. Estaba sentada, bien tiesa, en su cama, el estómago muy lleno, absorta, resignada, con la delicadeza de quien espera sentado que otro despierte. «Te atiborraste de comida, ahora a pagar el pato», se dijo melancólica, mirándose los deditos blancos del pie. Miraba alrededor, paciente, obediente. Ay, palabras, palabras, objetos de habitación alineados en orden de palabras formando aquellas frases turbias y aburridas, que quien sepa leer, leerá. Aburrimiento, aburrimiento, ay, qué fastidio. Qué pesadez. En fin, que sea lo que Dios quiera. Qué es lo que se habría de hacer. Ay, me da una cosa tan rara que ni sé siquiera cómo explicarla. En fin, que sea lo que Dios quiera. ¡Y decir que se había divertido tanto esta noche!, ¡y decir que había sido tan lindo todo, tan a su gusto el restaurante, ella sentada tan fina a la mesa! ¡Mesa!, le gritó el mundo. Pero ella ni siquiera respondió, alzando los hombros en un gesto de disgusto, importunada, ¡que no me vengan a fastidiar con cariños!, desilusionada, resignada, harta de comida, casada, contenta, con una vaga náusea.

Fue en aquel instante cuando quedó sorda: le faltó un sentido. Envió a la oreja una palmada con la mano abierta, con lo que sólo consiguió un mayor trastorno: el oído se le llenó de un rumor de ascensor, la vida de repente se hizo sonora y aumentaba en los menores movimientos. Una de dos: estaba sorda o escuchaba demasiado (reaccionó a esta nueva solicitud con una sensación maliciosa e incómoda, con un suspiro de saciedad). Que los parta un rayo, dijo suavemente, aniquilada.

«Y cuando en el restaurante…», recordó de repente. Cuando estuvo en el restaurante, el protector de su marido le había arrimado un pie al suyo debajo de la mesa, y por encima de la mesa estaba la cara de él. ¿Porque se había callado, o había sido a propósito? El diablo. Una persona que, para decir la verdad, era muy interesante. Se encogió de hombros.

¿Y cuando en su escote redondo, en plena plaza Tiradentes —pensó ella moviendo la cabeza con incredulidad—, se había posado una mosca sobre su piel desnuda? Ay, qué malicia.

Había ciertas cosas buenas porque eran casi nauseabundas: el ruido como el de un ascensor en la sangre, mientras el hombre roncaba a su lado, los hijos gorditos durmiendo amontonados en la otra habitación, los pobres. ¡Ay, qué cosa me viene!, pensó desesperada.

¿Habría comido demasiado? ¡Ay, qué cosa me viene, santa madre mía!

Era la tristeza.

Los dedos del pie jugaron con la chinela. El piso no estaba demasiado limpio. Qué descuidada y perezosa me saliste. Mañana no, porque no estaría muy bien de las piernas. Pero pasado mañana habría que ver cómo estaría su casa: la restregaría con agua y jabón hasta arrancarle toda la suciedad, ¡toda!, ¡habría que ver su casa!, amenazó colérica. Ay, qué bien se sentía, qué áspera, como si todavía tuviese leche en las mamas, tan fuerte. Cuando el amigo del marido la vio tan bonita y gorda, de inmediato sintió respeto por ella. Y cuando ella se sentía avergonzada no sabía dónde tenía que fijar los ojos. Ay, qué tristeza. Qué habría de hacer. Sentada en el borde de la cama, pestañeaba con resignación. Qué bien se veía la luna en esas noches de verano. Se inclinó un poquito, desinteresada, resignada. La luna. Qué bien se veía. La luna alta y amarilla deslizándose por el cielo, pobrecita. Deslizándose, deslizándose… Alta, alta. La luna. Entonces la grosería explotó en súbito amor; perra, dijo riéndose.

 

Jacques Sternberg: Cuentos glaciales. Selección de 28 cuentos cortos

LOS ESCLAVOS

jacques-sternberg-zazluet189En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

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EL CASTILLO

El señor del castillo vivía solo y, como sabía todo el mundo, nadie había traspuesto jamás el vallado que limitaba la propiedad. Era una valla alta, de hierro admirablemente forjado, y daba a una extensa alameda bordeada de otros árboles. En medio de los álamos podían verse un área de césped, un estanque, una escalinata y la fachada principal del castillo, con sus ventanas amplias siempre cerradas de día, con sus cortinas negras siempre corridas de noche. Unos inmensos árboles ocultaban las otras caras del castillo. En cuanto al amo del lugar, de vez en cuando podía vérselo en la aldea, especialmente los martes. Hasta que, un buen día, no se lo vio más. Entonces unos hombres entraron por vez primera en el castillo y hallaron al señor, exánime, muerto sin duda por causas naturales, yacente sobre un colchón que había extendido directamente en el suelo. El parquet estaba hecho de unas planchas desunidas, casi enmohecidas; tampoco los tabiques eran muy valiosos. El señor del castillo habitaba, en rigor, una casita de madera y alquitrán, diminuta y húmeda, recubierta apenas con un montón de viejas bolsas, cosidas unas con otras; una miserable conejera en un terreno fangoso, tras la fachada de un castillo.Porque del castillo, en verdad, nadie había visto nada más que su fachada durante años: un decorado de yeso solemnemente plantado en el vasto parque.

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LO IMPENSABLE

En aquel mundo en el que la mente humana no podía diferenciar lo vivo de lo inanimado ni distinguir los elementos que constituían el suelo, los hombres cometieron un grosero desliz que costó la vida de una tripulación. Seducido por la deslumbrante orquestación vegetal que estallaba en medio de aquel paisaje cristalino, un biólogo cortó una planta de colores asombrosos y la colocó en un vaso con agua. Ese gesto fue la causa del incidente. No era una planta lo que el biólogo acababa de arrancar. Era el jefe de los guerreros de aquel mundo.

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EL PENSAMIENTO

Primero cayó la bomba. Jamás se supo de dónde venía ni quién la había arrojado, pero explotó sin hacer ruido, sin ninguna deflagración de luz y sin matar a nadie. Tres horas después, a partir de cierto instante, los pensamientos se volvieron contagiosos en el mundo. En cadena, como una epidemia gradual. En ese preciso instante, cierto hombre había pensado en suicidarse y su pensamiento había sido más intenso y poderoso que los demás. Cientos de hombres pensaron, acto seguido, en lo mismo. Luego, miles y millones de hombres. Y todos pasaron en conjunto a la acción. Dos días más tarde, muy tranquilos, los seres de otro planeta arribaron a la Tierra, la invadieron y la conquistaron sin necesidad de armas ni de combates.

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EL ATERRIZAJE

Cuando los stralkos se contactaron por primera vez con nuestro mundo, aterrizaron en África, en medio de la maleza, muy cerca de una aldea zulú. Tomaron notas, dedujeron las leyes y las costumbres generales y, un año más tarde, invadieron la Tierra con el objeto de anexarla. Se habían maquillado de negro, habían untado sus cuerpos con abundantes pinturas y se habían armado con piedras y flechas. Pero, esta vez, aterrizaron en Estados Unidos, entre Boston y Chicago.

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LA MOSCA

El choque fue excepcionalmente brutal. Los dos automóviles iban a más de cien por hora y se estrellaron de frente. Resultado: nueve muertos en total.

Tardaron másd e una hora en sacar el primer cadáver de los restos del hierro. El único sobreviviente aprovechó para salir de allí e irse volando.

Era una mosca.

-Mierda -pensó-, nunca más me subo a un coche.

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LA FÁBRICA

Primero se ven las vías de hierro que, a golpes de dinamita, se han abierto un camino en medio de la fábrica.

Después, de pronto, los galpones de la fábrica.

Los trenes llevan, sin tregua, toneladas de materia prima a los talleres: muebles de diversos estilos; según se cuenta, millones de muebles de todos los tamaños y todas las épocas.

Cientos de obreros especializados transforman los muebles en planchas, luego en troncos y después en árboless.

Y, mientras tanto, otros equipos los plantan en las llanuras alrededor. Así convierten esas planicies en bosques.

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EL BUEN NEGOCIO

Al lado de la fábrica donde se producían los fósforos, aquel hombre de negocios había fundado una empresa donde se encendían los fósforos para comprobar si eran útiles.

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LA CIFRA

Cuando volvió a quedar embarazada, creyó que se volvería loca. Así y todo, muerta de miedo, dio a luz. Y el miedo fue incluso mayor al ver que la criatura viviría. Era su hijo número trece.

Trece, la cifra que temía más que a la vida o la muerte. Entonces, temerosa de una inminente desgracia, mató con sus propias manos a los otros doce hijos.

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EL ACTO

Eran muchos los que esperaban en el andén la llegada del subterráneo. Una decena, lás o menos. Esperaban con paciencia, desgastados por la rutina.

Les sorprendió, por eso, ver a un hombre bastante mayor que manifestaba cierta ansiedad. Hablaba con los usuarios, murmuraba unas palabras y les daba nerviosamente unos billetes.

– No, por favor, no me agradezcan -les decía-. Es para que tomen el taxi.

Ya se oía el rugido del subterráneo.

El hombre se arrojó a las vías poco antes de que llegara el subte, que no tuvo tiempo de frenar.

Aquel gesto desesperado provocó por dos horas, en efecto, la interrupción del servicio.

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EL GANADOR

Nunca había comprado un billete de lotería, pero a menudo pensaba en e! dinero de! premio mayor. Y un buen día, pensando en ello, ante sus ojos surgieron un nombre y una dirección. El nombre le era totalmente desconocido, al igual que la dirección.

Al día siguiente comprendió que aquél era el nombre del ganador, el nombre de quien había sido escogido por el azar de la lotería.

Desde entonces piensa regularmente en el ganador. Siempre sabe, de antemano, su nombre y su dirección.

Pero nunca sabe el número del billete ganador.

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LOS MARCIANOS

Hacía mucho tiempo que se hablaba de ello… Hasta que al fin, una mañana, los marcianos llegaron a la Tierra, a los suburbios de una gran ciudad donde fueron acogidos con simpleza.

– ¿Ustedes vienen de muy lejos? -preguntaron los terrícolas, que todavía ignoraban quiénes eran.

– Venimos de la Tierra, somos terrícolas.

– ¡De la Tierra! Pero, ¿dónde creen que están?

– Creemos que llegamos a Marte -respondieron con igual simpleza.

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EL POLLO

La familia, muy religiosa, estaba comiendo el pollo de los domingos cuando, por glotonería, la más pequeña de las hijas se atragantó con un hueso y, en pocos instantes, murió.

-Dios nos la ha dado -dijo el padre, sin soltar su tenedor-, Dios nos la quita. Alabado sea el Señor.

Entonces Dios, que no es ingrato, se apiadó, produjo un pequeño milagro y en un abrir y cerrar de ojos hizo resucitar al pollo.

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LOS INSECTOS

Cuando los enormes insectos venidos de un mundo lejano vieron por primera vez a los habitantes de la Tierra, comentaron estupefactos y aterrados:

– Son unos insectos enormes.

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LA CONFUSIÓN

En realidad, María -a quien apodaban la Virgen- parió dos hijos a la vez, gemelos.

Uno se convirtió en un alegre vagabundo, un amante de las andanzas y las palabras que llegó a ganarse, al azar de sus peregrinaciones, cierta fama de predicador. Pero fue muy pronto olvidado.

Al otro le fue mucho peor. Terminó, a los 33 años, en una cruz, entre otros dos ladrones.

Curiosamente lo confundieron con su hermano y la gloria se encargó de todo lo demás.

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EL USO

Crearon el mundo en seis días, tal como estaba previsto. Descansaron al séptimo y al octavo día inventaron a Dios.

Todo el mundo se vio entonces aburrido, sin saber qué hacer.

Hasta que alguien se puso de pie y sugirió:

– ¿Y si les damos a Dios a los terrícolas? Ellos sabrán darle un uso.

y así fue.

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EL PUNTO FINAL

Dios creó el mundo en seis días, como se ha dicho. Después, al séptimo día, descansó.

Esto le permitió reflexionar. Y, aterrado por el monstruo que había arrojado al espacio infinito, al día siguiente creó la muerte.

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LA EDUCACIÓN

Él era tan educado que, antes de cruzar las puertas de la muerte, hizo que su esposa entrara en primer lugar.

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EL LOCATARIO

Visité la planta baja y después fui al primer piso.

La vivienda me parecía muy hermosa, aunque a la vez inquietante con sus habitaciones pintadas con cal, todas de techos muy altos, vacías y claramente abandonadas desde hacía años.

Al llegar al primer piso, mi inquietud se volvió malestar.

Me detuve en el umbral de una habitación inmensa, observé la chimenea y el espejo, el parquet y las paredes desnudas… Era una habitación vacía, lo mismo que las demás, pero, sobre la chimenea, dos candelabros parecían montar guardia con singular elegancia.

Avancé hacia la chimenea y vi que mi rostro aumentaba en el gran espejo hasta que, de pronto, mis facciones parecieron desmoronarse. Me detuve.

En el espejo se veía la imagen de los dos candelabros, la imagen de las paredes, la imagen de toda la pieza tal como existía realmente, pero había una cosa más.

En el espejo se veía la imagen de los dos candelabros, la imagen de las paredes, la imagen de toda la pieza tal como existía realmente, pero había una cosa más.

En el centro de la habitación reflejada por el espejo había un hombre sentado en una silla de madera, con las manos entrelazadas.

El hombre parecía esperar, no se movía; pero estaba vivo y debía oírme porque entonces se irguió apenas y, sin expresión alguna, me miró.

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LAS PRUEBAS

Primero y principal, conviene desconfiar de los objetos. En especial, de los objetos perdidos.

No recoger ningún objeto tirado en la calle o en cualquier otro lugar público.

En esos casos, se corre siempre el riesgo de que aparezcan los delegados, quienes al mismo tiempo hacen de testigos y ejecutores para arrastrar al sospechoso hasta las puertas de cualquier acusación.

Siempre, irrevocablemente, al cabo de cinco minutos de pesquisa se prueba que el objeto recogido era la pieza clave de un crimen relacionado con cierto caso aún abierto y que las huellas digitales son, desde luego, pruebas irrefutables.

El objeto encontrado se vuelve, en el acto, evidencia criminal; el sospechoso se vuelve, a su vez, culpable; la situación, desesperante.

El fenómeno es de lo más arbitrario porque, de hecho, nunca hay casos policiales en la ciudad. Nadie ha matado jamás, nadie ha robado jamás.

Lo que no excluye, sin embargo, que de este modo se pruebe cierto “delito flagrante”.

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EL ATAQUE

Serían las once de la noche. Hacía un calor sofocante en la cama; un calor denso y húmedo, algo repugnante.

Yo escuchaba la radio de los vecinos, que berreaba un último concierto.

En ese instante sonó aquella música.

Una música cuyo trasfondo parecía confuso, aunque en primer plano pude oír con claridad el regular martilleo de un tam-tam obsesivo y monocorde.

Creo recordar que sonreí y, sin habérmelo propuesto, imitando a un cazador acorralado, me tendí boca abajo, oculto en algún pantano tropical, e imaginé el ruido que tarde o temprano se acercaría, los gritos que de súbito podían estallar, los pasos y…

Después oí aquel ruido seco; algo acababa de clavarse contra un objeto duro… Palpé la pared, casi sin querer. Entonces la segunda jabalina impactó en la pared, a tan sólo centímetros de mí.

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LOS FAROLES

El encargado de encender los faroles alargó la vara; la llama alcanzó la mecha y un resplandor amarillento tiñó los vidrios del farol.

El hombre dejó caer la vara, después se la puso al hombro como una lanza y acto seguido miró el horizonte. Entonces, un poco hastiado, aunque diciéndose que el trabajo es el trabajo y hay que cumplirlo, se aprestó a atravesar los dos mil kilómetros de desierto que lo separaban del segundo farol que debía encender.

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LA TIMIDEZ

Tenía tal preocupación por no causar molestias que volvió a cerrar la ventana detrás suyo, después de haberse lanzado al vacío, desde lo alto del sexto piso.

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LA SANCIÓN

Los delitos allí son diversos, pero la sanción es una, siempre la misma.

Se introduce al condenado en un túnel interminable, se lo deja entre los rieles de una vía ferroviaria. El condenado sabe bien lo que le espera y se larga a correr. Escapa. No contempla otra alternativa. Pero huir es imposible porque el túnel no tiene fin.

El condenado corre y corre, hasta perder el aliento, incluso hasta perder la vida.

Puede afirmarse, sin embargo, que ningún tren ha circulado nunca por aquellas vías.

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LA SANGRE

¿Qué decir de Istrígala, con quien podía hacer todo lo que yo deseaba porque, desde hacía ya largo rato, ella había franqueado la invisible frontera entre las prohibiciones y lo imposible de todos los misterios?

¿Qué decir de cuanto hice para poner a prueba su poder, su terrible feminidad y su capacidad de resistencia?

Hice de ella una mujer de nieve, capaz de fundirse al sol, pero capaz también de ser más dura que una hoja de metal. La transformé en sílabas que mezclaba con ecuaciones de álgebra para verla recrearse, mitad flor, mitad insecto, en algún rincón del jardín. La puse como en conserva, en unas minas, por el placer de reencontrarla con una pala y un pico, entre brillantes cristalizaciones de piedras preciosas. La hice tan fluida como el agua, tan densa como el mercurio, tan transparente como el cristal, tan terrorífica como un espectro cubierto de hojas de afeitar y, no obstante, siempre sonriente, siempre ávida de entregarse como si nada pudiera sucederle en este mundo desprovisto de consecuencias fatales. Hice que llevara la moral al cuello, bien escotada y con los ojos ardientes; hice que se convirtiera en una enorme mano con la cual yo hacía el amor de todas las formas posibles. Le transfundí las mezclas químicas de las pasiones más contradictorias hasta ahogarla bajo un torrente de mil colores. La envié a la nada de su muerte para verla regresar diáfana, hierática, con un manojo de confusiones inmundas que me traía de regalo. Y al regreso la veía con su rostro siempre irónico y glacial, al cual ni el terror ni la pasión habían logrado dotar de alguna suerte de expresividad.

Hasta el día en que, por distracción, se cortó ligeramente un dedo rebanando el pan, sangró apenas y murió casi en el acto, completamente exangüe.

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LA SECRETARIA

La habían contratado por su hermosura, sin preguntarle ni siquiera si sabía escribir a máquina. Escribía a máquina como una virtuosa, con una destreza que superaba a la de todas las restantes empleadas. Era capaz de entregar más de veinte cartas por día.

Lo asombroso de todo era que escribía a máquina con los pies, sin usar nunca las manos.

El primer día, eso causó mala impresión.

Pero la impresión muy pronto fue eclipsada por otros hechos: la secretaria no sólo tenía hermosísimas piernas, sino también un vientre plano que hacía soñar mientras respondía muy comercialmente a los clientes.

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LOS ESCLAVOS

En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

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LA TEJEDORA

Nunca la había visto yo sin sus agujas de tejer. Tejer era su pasión, su única inquietud. Incluso si un rayo caía al pie de su ventana, ella no apartaba los ojos del tejido. Pero yo conocía sus ojos. Eran verdes, admirables. Porque Ylge era hermosa, extrañamente hermosa. Y aún más extraño era el contraste entre la belleza de Ylge y la banalidad de esa labor que ella cumplía con tanta perseverancia.

Me hicieron falta seis meses para convencer a Ylge de que abandonara por un rato el tejido y las agujas. La conduje a la cama y la desvestí. En su cabeza, entre dos mechones de pelo, vi un pequeño hilo de lana. Tiré de él. Durante una hora tiré de él. Finalmente comprendí que había destejido a Ylge y que ahora tenía entre manos una enorme bola de lana.

La dejé sobre una mesa. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?