Ryunosuke Akutagawa: Sennin. Cuento

senninUn hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.

Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:

-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?

El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.

-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?

-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá…

Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:

-Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.

Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:

-Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.

Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.

Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:

-Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?

Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.

-Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.

-¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.

El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.

Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:

-Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?

La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:

-Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.

Esta frase hizo callar a su marido.

A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:

-Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.

-Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero… justamente lo que sentía en ese instante.

-Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?

-Sí, señora, con tal de serlo.

-Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.

-¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.

-Pero -añadió ella-, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?

-Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.

De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.

Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.

Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.

-Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?

-Y ahora ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.

-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.

La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:

-Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.

-Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.

-Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.

Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.

-Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.

De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.

-Ahora suelte la mano derecha.

Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.

-Suelte también la mano izquierda.

-Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.

-En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?

En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego… y luego… Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.

-Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.

Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.

Ryunosuke Akutagawa: Kappa. Cuento

kappaExtrañamente, experimentaba simpatía por Gael, presidente de una compañía de vidrio. Gael era uno de los más grandes capitalistas del país. Probablemente, ningún otro kappa tenía un vientre tan enorme como el suyo. ¡Y cuán feliz se le ve cuando está sentado en un sofá y tiene a su lado a su mujer que se asemeja a una litchi y a sus hijos similares a pepinos! A menudo fui a cenar a la casa de Gael acompañando al juez Pep y al médico Chack; además, con su carta de presentación visité fábricas con las cuales él o sus amigos estaban relacionados de una manera u otra. Una de las que más me interesó fue la fábrica de libros. Me acompañó un joven ingeniero que me mostró máquinas gigantescas que se movían accionadas por energía hidroeléctrica; me impresionó profundamente el enorme progreso que habían realizado los kappas en el campo de la industria mecánica.

Según el ingeniero, la producción anual de esa fábrica ascendía a siete millones de ejemplares. Pero lo que me impresionó no fue la cantidad de libros que imprimían, sino la casi absoluta prescindencia de mano de obra. Para imprimir un libro es suficiente poner papel, tinta y unos polvos grises en una abertura en forma de embudo de la máquina. Una vez que esos materiales se han colocado en ella, en menos de cinco minutos empieza a salir una gran cantidad de libros de todos tamaños, cuartos, octavos, etc. Mirando cómo salían los libros en torrente, le pregunté al ingeniero qué era el polvo gris que se empleaba. Éste, de pie y con aire de importancia frente a las máquinas que relucían con negro brillo, contestó indiferentemente:

-¿Este polvo? Es de sesos de asno. Se secan los sesos y se los convierte en polvo. El precio actual es de dos a tres centavos la tonelada.

Por supuesto, la fabricación de libros no era la única rama industrial donde se habían logrado tales milagros. Lo mismo ocurría en las fábricas de pintura y de música. Contaba Gael que en aquel país se inventaban alrededor de setecientas u ochocientas clases de máquinas por mes, y que cualquier artículo se fabricaba en gran escala, disminuyendo considerablemente la mano de obra. En consecuencia, los obreros despedidos no bajaban de cuarenta o cincuenta mil por mes. Pero lo curioso era que, a pesar de todo ese proceso industrial, los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga. Como me había parecido muy extraño este fenómeno, cuando fui a cenar a la casa de Gael en compañía de Pep y Chack, pregunté sobre este particular.

-Porque se los comen a todos.

Gael contestó impasiblemente, con un cigarro en la boca. Pero yo no había entendido qué quería decir con eso de que “se los comen”. Advirtiendo mi duda, Chack, el de los anteojos, me explicó lo siguiente, terciando en nuestra conversación.

-Matamos a todos los obreros despedidos y comemos su carne. Mire este diario. Este mes despidieron a 64.769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne.

-¿Y los obreros se dejan matar sin protestar?

-Nada pueden hacer aunque protesten -dijo Pep, que estaba sentado frente a un durazno salvaje-. Tenemos la “Ley de Matanzas de Obreros”.

Por supuesto, me indignó la respuesta. Pero, no sólo Gael, el dueño de casa, sino también Pep y Chack, encaraban el problema como lo más natural del mundo. Efectivamente, Chack sonrió y me habló en forma burlona.

-Después de todo, el Estado le ahorra al obrero la molestia de morir de hambre o de suicidarse. Se les hace oler un poco de gas venenoso, y de esa manera no sufren mucho.

-Pero eso de comerse la carne, francamente…

-No diga tonterías. Si Mag escuchara esto se moriría de risa. Dígame, ¿acaso en su país las mujeres de la clase baja no se convierten en prostitutas? Es puro sentimentalismo eso de indignarse por la costumbre de comer la carne de los obreros.

Gael, que escuchaba la conversación, me ofreció un plato de sándwiches que estaba en una mesa cercana y me dijo tranquilamente:

-¿No se sirve uno? También está hecho de carne de obrero.

Ryunosuke Akutagawa: En el bosque. Cuento

AkutagawaRyunosukeDeclaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago… Lo lamento… no encuentro palabras para expresarlo…

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que… (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

Confesión de Tajomaru

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante… Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… Luego… ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos… Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte… (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido… un resplandor verdaderamente extraño… Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podía hacer. Aunque yo… yo… (Estalla en sollozos.)

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que… (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?…»

Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía… Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar…

Ryunosuke Akutagawa: Cuerpo de mujer. Cuento

cuerpo de mujerUna noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.

Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. “Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”

Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.

En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.

Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.

Ryunosuke Akutagawa: El pañuelo. Cuento

akutagawaEl profesor Kinzo Hasegawa, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Tokio, estaba sentado en un sillón de caña, en la galería de su residencia, leyendo la Dramaturgia de Strindberg.

El profesor Hasegawa era un experto en cuestiones de política colonial, de manera que bien puede asombrar al lector el hecho de que estuviera leyendo la Dramaturgia de Strindberg. Pero este catedrático, tan conocido como maestro como por sabio, se dedicaba en sus momentos de ocio a hojear, aunque fuera superficialmente, los libros que por cualquier motivo interesaran a los estudiantes de su época. Gracias a estas lecturas, aunque innecesarias para enseñar su especialidad, se informaba sobre los intereses, las ideas y conocimientos de sus alumnos.

Así, en los últimos tiempos, también se había dedicado a leer De Profundis e Intentions, de Oscar Wilde, por la única razón de que dichas obras eran favoritas de los alumnos de una escuela profesional de la cual era director. No existía motivo de asombro, entonces, que leyera una obra sobre el teatro y los actores de la Europa moderna. Entre los estudiantes que tenía a su cargo, algunos habían escrito comentarios críticos sobre Ibsen, Strindberg y Maeterlinck, a la par que otros soñaban con imitar a estos autores, y anhelaban fervientemente consagrar sus vidas al teatro.

Cada vez que Hasegawa terminaba de leer una de esas piezas abundantes en frases tan ingeniosas como mordaces, apoyaba sobre sus piernas el volumen encuadernado en tela y permitía que su mirada ausente se dirigiera hacia el farolillo Gifu que colgaba en la galería. Cosa extraña, en verdad, pero cada vez que su pensamiento abandonaba a Strindberg, se presentaba ante él la imagen de la mujer en cuya compañía había comprado este farol. Se había casado con ella durante una estancia en los Estados Unidos. Era norteamericana, pero amaba Japón y a los japoneses no menos intensamente que su marido. Y eran particularmente ciertas creaciones artesanales producidas por la refinada técnica japonesa las que encantaban a la señora Hasegawa. El farol Gifu en la galería más bien debía ser considerado una manifestación de su gusto personal que una necesidad del sentido estético del profesor Hasegawa.

De la misma manera, cada vez que detenía la lectura, el profesor dejaba que su pensamiento errara de su mujer al farol Gifu y del farol Gifu a la civilización que éste representaba. No se podía dudar de que Japón había logrado, en los últimos cincuenta años, considerables progresos materiales, pero mediocres realizaciones en el plano espiritual. En rigor de verdad, la civilización había perdido terreno. Poner remedio a esta degradación constituía el deber más urgente de los pensadores japoneses modernos.

Pero ¿cómo lograrlo? Una sola vez había ofrecido una solución: la del Bushido, gloria y orgullo del Japón. Acerca de esta matera, el profesor tenía fuertes convicciones. El Bushido jamás debió ser entendido como un código moral estrecho y sectario propio de un pueblo aislado: si hasta era evidente que existían en él ciertos rasgos comunes con el espíritu del cristianismo occidental. Por lo demás, si el Bushido se mostraba todavía capaz de dotar de cierto sentido a la vida de los japoneses, los beneficios no habrían de limitarse sólo a la vida espiritual del Japón. Redundarían, también, en una mayor comprensión mutua entre occidentales y japoneses y contribuiría, por consiguiente, a la causa de paz internacional.

Estas eran las ideas del profesor de Derecho. Hacía mucho tiempo que acariciaba la vocación de constituirse en puente de unión entre Occidente y Oriente. Y a un espíritu así dispuesto no podía dejar de complacerlo el hecho de que su esposa, el farolillo Gifu y la civilización que éste representaba conformaran, en su intimidad, una totalidad armónica. No obstante, como corolario de estas reflexiones, el profesor Hasegawa terminó percatándose de lo mucho que se habían desviado sus pensamientos del libro de Strindberg. Meneando la cabeza con cierta contrariedad, hizo un esfuerzo para volver a concentrar su mirada sobre los minúsculos caracteres impresos. Y su mirada cayó sobre este pasaje:

”Cuando un actor descubre que cierta técnica es la apropiada para expresar un sentimiento ordinario, y que esa técnica le asegura éxito, poco a poco se acostumbra a servirse de ella en cualquier circunstancia, sea a causa de la facilidad que siempre proporcionan las rutinas, sea a causa del éxito que mediante ella obtiene. Esto es lo que se denomina estilo…”

En realidad, al profesor, tanto por su propia naturaleza como por su formación, le interesaba poco el arte en general, y menos aún el arte teatral. Tan raramente había ido al teatro que recordaba perfectamente cuántas veces lo había hecho. En cierta ocasión había encontrado el nombre Baiko en el escrito de uno de sus alumnos. A pesar de su vasta erudición, ese nombre le resultó completamente desconocido. De modo que, aprovechando una conversación, le preguntó al estudiante:

-¿Quién es este Baiko?

El estudiante respondió respetuosamente:

-¿Baiko? Es un actor del elenco del Teatro Imperial de Marunouchi. Actualmente interpreta el papel de Misao en el décimo acto de la Crónica de Taiko.

De modo que el profesor carecía de opinión sobre esas técnicas de puesta en escena y de actuación que Strindberg comentaba con pluma incisiva. El tema le interesaba sólo en la medida en que evocaba para él algún espectáculo visto durante su permanencia en Europa. En esto se parecía a esos profesores de inglés que sólo se interesan en leer las obras de Bernard Shaw para descubrir en ellas frases utilizadas por el hablante común. Aunque no debemos dejar de decir que Hasegawa encontraba interesantes sus lecturas.

En ese momento, el farol Gifu colgaba del techo de la galería, aún sin encender. Arrellanado en su sillón, el profesor continuaba entregado a la lectura de la Dramaturgia de Strindberg. Todo cuanto acabo de exponer ya habrá permitido al lector, supongo, imaginar que esa era una tarde del inicio de la estación en que oscurece más tarde. Quienes de esto duden, se equivocan. Y de pronto, el profesor se vio obligado a interrumpir su lectura porque la criada vino a anunciarle una visita inesperada, que venía a perturbar su estudiosa ensoñación. Había gente que vivía a la caza de oportunidades de molestar, aun en esa estación en la que los días son más largos.

El profesor dejó el libro y echó un vistazo a la tarjeta de visita que le mostraba la criada. Sobre la gruesa cartulina se leía, impreso con elegante tipografía, el nombre de Atsuko Nishiyama. El profesor no recordaba conocer a nadie con ese nombre.

Pero el profesor Hasegawa tenía muchos conocidos, de manera que, mientras abandonaba su sillón, repasó mentalmente con rapidez la lista de sus relaciones, para confirmar su primera impresión. No descubrió en su memoria rostro alguno que se correspondiese con el nombre en cuestión. Entonces dejó la tarjeta como señal entre las páginas del libro, sobre el sillón de caña, y ajustándose el kimono de seda, lanzó una mirada al farol colgado delante suyo. Quién no sabe que, en situaciones semejantes, siempre se siente más incómoda la persona obligada a recibir que aquella que aguarda ser recibida. En este punto, el carácter nada veleidoso del profesor Hasegawa nos exime de añadir que él no constituía una excepción a esta ley, aunque su visitante fuera, como en esa oportunidad, una mujer desconocida.

Miró la hora y abrió la puerta del salón. Apenas su mano dejó el picaporte, la visitante, que parecía tener unos cuarenta años, se levantó de su silla. Vestía un muy elegante kimono de seda gris, cuya calidad estaba mucho más allá del alcance de la sabiduría del profesor en materia de vestimentas. Llevaba también un haori negro de tafetán cuyos bordes dejaban al descubierto, sobre el pecho, un pequeño escote en el que relucía un valioso zafiro en forma de rombo. Aunque el profesor habitualmente prestaba muy poca atención a estos detalles, de inmediato advirtió que la mujer llevaba recogido el cabello en un rodete. Su tez ambarina y el rostro ovalado eran típicamente japoneses: toda ella era la imagen misma de una perfecta madre de familia. Apenas la vio, el profesor Hasegawa fue embargado por la sensación de haberla visto ya en otra parte.

La saludó de buen talante:

-El profesor Hasegawa… Muy honrado, señora…

Si en verdad ya se habían visto, pensó el profesor, la mujer no dejaría de recordarlo. Entonces, ella se presentó a su vez:

-Soy la madre de Kinichiro Nishiyama.

¡Kinichiro Nishiyama! Hasegawa lo recordaba bien. Era uno de esos estudiantes que escribían artículos sobre Ibsen, Strindberg, etcétera. Integraba el departamento de estudios de Derecho Alemán. Desde su ingreso a la Univeridad, había visitado con frecuencia al profesor con el objeto de consultarlo sobre la evolución de las ideas. En la primavera última, un ataque de peritonitis obligó a internarlo en el hospital, a donde el mismo profesor había ido a visitarlo un par de veces. De esta manera que su sensación de haber visto antes a esa mujer no era producto del azar. La semejanza entre madre e hijo era asombrosa. Para usar una expresión vulgar, el joven y la mujer se parecían como dos gotas de agua.

-¡Ah, sí! ¡Ya veo! Usted es la madre de…

Hablando casi para sí, Hasegawa la invitó a ubicarse en una silla, del otro lado de una pequeña mesa.

-Siéntese allí, por favor.

La dama, tras disculparse como correspondía por lo inesperado de su visita, volvió a saludar ceremoniosamente al profesor y ocupó la silla que se le ofrecía. Mientras se sentaba, sacó de la manga un objeto blanco que para el profesor podía ser un pañuelo. Él, por su parte, le ofreció un abanico de Corea y tomó asiento frente a ella.

-¡Qué bien instalado está usted!

-Sí, esto es amplio, pero está un poco desordenado -respondió Hasegawa, acostumbrado a estar frases circunstanciales.

En aquel momento, la criada llegó con dos tazas de té frío y las dispuso cuidadosamente entre la visitante y él. Poco a poco el profesor fue encaminando la conversación hacia el objeto de la visita.

-¿Cómo está Nishiyama? ¿Hay alguna novedad? -preguntó.

-Sí…

La dama calló un instante y posó discretamente sus manos, una sobre otra, sobre sus rodillas. Después siguió hablando con la mayor serenidad, sin mostrar el menor signo de emoción.

-Precisamente a propósito de mi hijo vengo hoy a verlo. Todo ha terminado. Murió. Yo quiero agradecerle todo lo que usted hizo por él…

El profesor, considerando señal de timidez el hecho de que su visitante no hubiera tocado aún su taza de té, llevó la sulla a los labios, diciéndose: “Lo mejor es dar el ejemplo”.

Pero la taza todavía no había rozado su fino bigote cuando le llegaron las palabras que la mujer terminaba de pronunciar.

“¿Debo beber o no?”, se preguntó el profesor, vacilando. Consideraciones de esta naturaleza, que nada tenían que ver con la muerte de su alumno, perturbaron por una pequeña fracción de tiempo su espíritu. Pero tenía la taza de té en la mano y no podía prolongar eternamente esta indecisión. Bebió de un trago la mitad del contenido de la taza y, levemente agitado, con voz casi ahogada, preguntó:

-¿Cómo ocurrió?

-En el hospital, mi hijo me hablaba de usted con frecuencia. Por eso es que me he atrevido a molestarlo para comunicarle su muerte y agradecerle…

-¡No, no! ¡Se lo ruego! -dijo el profesor, profundamente afectado-. ¡De modo que murió! ¡Qué desgracia! ¡Tenía por delante un hermoso porvenir! Yo no fui más veces al hospital imaginando ingenuamente que estaría mejor. Así que… ¿Cuándo murió?

-Ayer a las ocho.

-¿En el hospital?

-Sí, señor profesor.

-¡Verdaderamente no lo esperaba!

-Todos los cuidados le fueron prodigados. ¡Sólo me queda resignarme! Pero a pesar mío me rebelo…

En el curso de esta conversación, el profesor advirtió, algo sorprendido, que ni los gestos ni la actitud de esta dama eran los propios de una madre que anuncia la muerte de su hijo. Sus ojos estaban secos, su voz sonaba tranquila y hasta se notaba una suavísima sonrisa sugerida por sus labios. Cualquiera que la observaba sin oírla creería que se estaba hablando de cualquier tema trivial. Era un verdadero misterio.

Muchos años atrás, en aquella época en que el profesor vivía en Berlín, murió Guillermo I, padre del Kaise actual. El profesor conoció la noticia en un café que frecuentaba y en un primer momento sólo se sintió moderadamente conmovido. Regresó a la pensión, bastón en mano, tan sereno y bien dispuesto como siempre. Apenas abrió la puerta, los dos hijos del hotelero le saltaron al cuello, ahogados en sollozos. El profesor, que adoraba a esos niños, no comprendía qué les pasaba y, acariciando sus cabelleras, trataba de consolarlos, mientras les preguntaba: “¿Qué sucede? ¿Qué pasó?”. Pero los niños no dejaban de llorar aunque, reprimiendo por un momento sus sollozos, le dijeron: “¡Parece que el anciano emperador ha muerto!”.

En aquella ocación, al profesor lo sorprendió muchísimo descubrir que la muerte de un viejo gobernante pudiera desolar a tal extremo a unos niños. No fue sólo el vínculo afectivo entre la familia imperial y el pueblo lo impresionante: desde su llegada a Europa lo habían sorprendido muchas veces las impulsivas manifestaciones emocionales propias de los occidentales, y en aquella oportunidad su espíritu de japonés fiel al Bushido había quedado estupefacto. Había padecido un incomprensible impacto psicológico en el que jugaban irracionalmente la simpatía y el asombro. Y en la ocación actual no le parecía menos sorprendente que, de un modo absolutamente inverso, esta madre no llorara; una cosa era tan asombrosa como la otra. Y no tardó en hacer un segundo descubrimiento.

Por un momento, la conversación se detuvo en el recuerdo del difunto para pasar luego a rememorar y comentar detalles de su vida; pero retornó otra vez a su perona en particular. Por alguna razón desconocida, el abanico coreano escapó de la mano de la señora y saltó en el aire, cayendo sobre el piso de mosaicos. La conversación no era, por cierto, tan importante como para que no fuera imposible interrumpirla por un instante. De manera que el profesor se inclinó, extendiendo su mano hacia el piso, en procura del abanico, que estaba allá, bajo la pequeña mesa, cerca del pie recubierto por una femenina pantufla.

Casualmente, la mirada del profesor se posó en las rodillas de la mujer, sobre las que se apoyaban las manos con un pañuelo entre ellas. No descubrió nada extraordinario. Pero advirtió el temblor de las manos que aferraban y tironeaban con tanta fuerza el pañuelo que amenazaban desgarrarlo, un temblor que sin duda respondía a una agitación interior que la dama trataba de reprimir con todas sus fuerzas. El profesor observó que el mismo temblor animaba el borde de encaje del pañuelo de seda varias veces plegado entre los dedos flexibles de la mujer. Se diría que una brisa lo estremecía levemente. De hecho, la mujer, de cuyo sostro ni por un momento había desaparecido cierta vaga sonrisa, estaba llorando con todo el resto de su cuerpo.

El rostro que mostró el profesor cuando levantó el abanico tenía una expresión totalmente distinta de la de antes. Una expresión de algún modo perpleja en la que, al sentimiento de respeto y a la confusión suscitados en él por el espectáculo que no debió ver, se les sumaba un matiz de satisfacción proveniente de la conciencia misma de haberlo visto.

-No tengo hijos, pero me creo capaz de compartir su dolor

-dijo el profesor en voz baja, conmovido, echando exageradamente la cabeza hacia atrás, como si una viva luz lo deslumbrara.

-Le agradezco mucho su compasión.¡Pero todo ha terminado!

-dijo la madre, bajando apenas la cabeza.

Sin embargo, su rostro seguía esbozando siempre esa sonrisa, que no parecía forzada.

Dos horas más tarde, el profesor tomó su baño, cenó, paladeó las cerezas del postre y se volvió a arrellanar en su sillón de caña. Ese día, en el crepúsculo estival, la oscuridad no terminaba de llegar. Bajo la amplia galería, cuyas puertas de vidrio estaban completamente abiertas, la noche era aún algo que estaba lejos. Con las piernas perezosamente cruzadas y la cabeza apoyada sobre el respaldo del sillón, el profesor contemplaba distraídamente la colgante borla roja del farol Gifu. El libro de Strindberg seguía en sus manos, pero ya no parecía interesarl. Su espíritu estaba capturado por la conmovedora actitud de la señora Nishiyama.

Durante la cena, el profesor había narrado a su mujer el incidente de la madre. Había podido admirar en esa dama japonesa -dijo- el espíritu del Bushido. Ni hace falta decir que su esposa, que amaba Japón y a los japoneses, se sintió tan conmovida como su esposo por el ejemplo ofrecido por la dama. ¡Qué feliz se sentía el profesor contando con una oyente sincera y amante en la persona de su mujer! Su esposa y el farol Gifu se destacaban en forma similar en su conciencia sobre cierto fondo moral.

El profesor se dejó llevar durante algún tiempo por esas dichosas divagaciones. Pero de pronto recordó un pedido que le hicieran para una revista mensual. Esta revista había abierto una encuesta sobre el tema “Consejo a los jóvenes”, solicitando a distintas personalidades su opinión sobre la moralidad de la época. En ese instante, el profesor decidió redactar un artículo acerca de sus experiencias del día. Acto seguido, se rascó suavemente la cabeza.

La mano con la que se rascó era la que un momento antes había sostenido el libro de Strindberg, y esto le recordó la lectura interrumpida y durante un tiempo olvidada. Abrió el libro en la página señalada por la tarjeta de visita de la señora Nishiyama. En ese preciso instante la criada vino a encender el farol suspendido por encima de su cabeza, lo que permitió seguir leyendo sin dificultad, a pesar de la pequeñez de los caracteres impresos.

Como no tenía intención de dedicar al libro una lectura muy detallada, recorrió con mirada distraída la página abierta exactamente donde Strindberg decía:

“Yo era joven cuando oí hablar del truco del pañuelo de la señora Heiberg. Se trata de una doble actuación escénica que consiste en desgarrar entre las manos un pañuelo mientras el rostro ostenta una sonrisa. A nuestro juicio se trata de un truco de mal gusto…”

El profesor volvió a apoyar el libro sobre sus rodillas. La tarjeta de Atsuko Nishiyama seguía en el mismo lugar. No obstante, ahora el espíritu del profesor Hasegawa se apartó de esa dama desconocida, de su propia esposa y de la civilización japonesa, para concentrarse en algo que, aunque muy difuso, parecía tratar de quebrar el equilibrio y la armonía establecidos entre aquellos elementos. Sin duda, la críticaque Strindberg hacía de ese truco de actores no era de índole moral. Pero la impresión que le había causado su lectura trastornaba de alún modo la paz interior del profesor Hasegawa, que el baño había aumentado. Se trataba de algo que venía a perturbar su concepción del Bushido y de las prácticas mismas que de este código derivaban.

Ya con su paz interior conmovida, y su humor sombrío, el profesor sacudió dos o tres veces la cabeza, y elevando la mirada, la fijó largamente sobre la diáfana luz de la linterna, que dibujaba otoñales hierbas sobre el empapelado de los tabiques.