Franz Kafka: Él. Cuento

kafkaAnotaciones fragmentarias del año 1920.

 

 

En ninguna ocasión se está lo suficientemente preparado, ni siquiera reprochablemente, porque ¿cómo se habría de tener tiempo para prepararse anticipadamente en esta vida tan dolorosa que exige estar presto a cada instante? Y aunque lo tuviera, ¿cómo estar preparado sin conocer el problema que hay que resolver?; es decir: ¿es realmente posible superar una prueba espontánea, imprevista, no dispuesta en forma artificial? Por eso hace tiempo que fue destrozado por las ruedas; para esta ocasión —es curioso pero confortador—estuvo menos preparado que nunca.

Cuanto hace le parece extraordinariamente nuevo, pero también, por su exagerada abundancia, improvisado, apenas soportable, incapaz de perdurar, destructor de la cadena de las generaciones, y por primera vez demoledor hasta sus últimas consecuencias de la música del mundo que hasta ahora podía al menos barruntarse. A veces, en su soberbia, teme más por el mundo que por sí mismo.

Se hubiera resignado a la prisión. Terminar preso podría constituir el objetivo de una vida. Pero era una gran jaula de rejas. Como en sus lares, el ruido del mundo, indiferente, imperioso, fluía a través de las rejas; en cierto modo era libre, podía tomar parte en todo, nada de lo que sucedía afuera se le escapaba, hasta hubiera podido abandonar la jaula, ya que los barrotes se encontraban muy separados; ni siquiera se encontraba preso. Tenía la sensación de que por el hecho de vivir se obstruía los caminos. Y luego deducía que esa obstrucción era la prueba de su existencia.

Su propia frente le obstruye el camino; contra ella se golpea la propia frente hasta hacerla sangrar.

Se siente preso en este mundo, le falta espacio; lo acosan la pena, la debilidad, las enfermedades, las alucinaciones de los presos; ningún consuelo es bastante, precisamente por ser tan sólo consuelo, tierno y doloroso consuelo frente al brutal hecho de estar preso. Pero si se le pregunta qué es lo que desea en realidad, no sabe responder, porque no sabe —y es uno de sus argumentos más fuertes—lo que es la libertad.

Hay quien niega la pena señalando el sol; él niega al sol señalando la pena.

El movimiento ondulatorio de toda vida, de la propia y la ajena, lacerante, lento, a veces mucho tiempo detenido, pero en el fondo interminable, lo tortura porque lleva consigo la también interminable exigencia de pensar. A veces le parece que esta tortura precede a los acontecimientos. Cuando se entera de que nacerá el hijo de un amigo, reconoce que ya ha sufrido antes por ello como pensador.

Por una parte ve algo inimaginable sin cierto bienestar, algo sereno y henchido de vida: la meditación, valoración, el análisis, la extraversión. Las posibilidades son infinitas. Hasta un ciempiés necesita una grieta suficientemente amplia para instalarse; aquellos actos, en cambio, no requieren espacio, pueden coexistir por millares, compenetrándose, sin necesidad de la menor grieta. Pero por otra, ve también el instante en que, llamado a rendir cuentas y sin conseguir articular palabra, es rechazado de nuevo hacia la contemplación… y ya sin la posibilidad de chapotear en ellos, se hunde con una maldición.

Se trata de lo siguiente: hace muchos años me senté en la ladera del monte Laurenzi. Bastante triste, analizaba mis deseos. Me pareció más importante o’ atrayente el de lograr una concepción de la vida (y, ambas cosas estaban necesariamente ligadas, convencer a los demás de ella), una concepción en que la vida conservara todo su peso, sus altibajos naturales, pero en que fuera también reconocida, con no menor precisión, como nada, como un sueño, como un algo leve y fluctuante. Acaso-un hermoso deseo si lo hubiese deseado completamente. Algo como el goce de ensamblar una mesa a la perfección, de acuerdo con las reglas del arte; y al mismo tiempo no hacer nada, pero en tal forma que no se pudiese decir: “el martillar no es nada para él”, sino que hubiera que decir: “el martillar es para él un verdadero martillar y al propio tiempo nada”, con lo cual el martillar se tornaría aún más audaz, más decidido, más real y, si lo deseas, más delirante.

Pero no podía desear en esa forma, ya que ese deseo no era un deseo, era tan sólo una defensa, una certeza de la nada, un soplo de vitalidad conferido a la nada, en la que entonces apenas si aventuraba los primeros pasos concientes, pero sintiéndola ya como su elemento. Era como una despedida del humo de apariencias de la juventud, aunque ésta nunca le había engañado directamente, sino tan sólo a través de la palabra de las eminencias. El “deseo” se hizo pues necesario.

Sólo se prueba a sí mismo, es su única demostración; todos los adversarios lo derrotan en seguida, pero no por/que lo refuten (él es irrefutable), sino porque se prueban a sí mismos.

Las asociaciones humanas se basan en que alguien, por su poderosa esencia, parezca haber refutado a otros, en sí irrefutables. Esto es dulce y consolador para aquellos; pero como falta la verdad no puede ser duradero.

Antes formó parte de un grupo monumental. En torno a un pináculo se agrupaban en orden estudiado las figuras del guerrero, de las artes, ciencias y oficios. Uno de ellos era él. Hace tiempo que el grupo se ha disuelto; al menos él ya no lo integra. No conserva ya su antiguo oficio, ha olvidado cuál era su papel. Precisamente por este olvido le sobreviene una cierta tristeza, inseguridad, inquietud, una cierta nostalgia de los tiempos pasados que oscurecen el presente. Y sin embargo esta nostalgia es un importante elemento de la fuerza vítalo acaso ella misma.

No vive por su existencia personal, no piensa en razón de su propio pensamiento. Es como si viviera y pensara bajo la presión de una familia para la cual, a pesar de ser enormemente rica en energías vitales y de pensamiento, él constituye una necesidad, en virtud de una ley desconocida. Por esta familia y por estas leyes desconocidas es imposible despedirlo.

El pecado original, la vieja culpa del hombre, consiste en el reproche que formula y en que reincide, de haber sido él la víctima de la culpa y del pecado original.

Frente a las vitrinas de Cassinelli dos niños bien vestidos (un niño de unos seis años y una niña de siete), hablaban de Dios y del pecado. Me detuve tras ellos. La niña, tal vez católica, sólo consideraba pecado mentir a Dios. El niño, quizá protestante, preguntaba empecinado qué era entonces mentir a los hombres o robar.

—También un enorme pecado —dijo la niña—, pero no el más grande. Sólo los pecados contra Dios son los verdaderamente grandes; para los pecados contra los hombres tenemos la confesión. Si me confieso, aparece el ángel a mis espaldas; pero si peco aparece el diablo, aunque no se lo vea.—Entonces la niña, como cansada de tanta seriedad, se volvió y dijo en broma: —¿Ves? No hay nadie detrás de mí.

El niño, a su vez, se volvió y me vio.

—¿Ves? —dijo sin tener en cuenta que yo lo oía—, detrás de mí está el diablo.

—Ya lo veo —le respondió la niña—, pero no me refiero a ése.

No busca consuelo, no porque no lo quiera —¿quién no lo quiere?—, sino porque buscar consuelo significa dedicarla vida a ello; vivir al borde de la existencia, fuera de ella, ya sin saber casi para quién se busca consuelo y sin estar ya en condiciones de buscar consuelo eficaz, no digo verdadero, que no lo hay.

Se resiste a dejarse medir por los demás. El hombre, por infalible que sea, ve en los otros sólo la parte que le muestra su propia mirada y su manera de pensar. Padece como todo el mundo, aunque en forma exagerada, la manía de reducirse hasta amoldarse a la mirada de los demás. Si Robinsón, por consolarse o por tristeza, temor, ignorancia o nostalgia no hubiera abandonado nunca el punto más alto o mejor, más visible de la isla, pronto habría muerto; pero como, sin preocuparse de los barcos y de sus débiles catalejos, comenzó a explorar su isla y a encontrar alegría en ella, sobrevivió y fue finalmente encontrado, como consecuencia al menos intelectualmente, necesaria. De tu debilidad haces una virtud.

En primer lugar, todos lo hacen; y en segundo, precisamente yo no lo hago. Dejo que mi debilidad lo siga siendo; no seco los pantanos, sigo viviendo en su vaho febril.

De ello haces precisamente tu virtud.

Como todos, ya lo dije. Por lo demás, lo hago por ti. Para que continúes siendo amable conmigo, perjudico a mi alma.

Todo le está permitido menos olvidarse de sí mismo; así todo le está vedado, menos lo que momentáneamente es necesario al todo.

La cuestión de la conciencia es una exigencia social.

Todas las virtudes son individuales, todos los vicios sociales. Lo que se hace valer como virtud social, como el amor, el desinterés, la justicia, el espíritu de sacrificio son tan sólo vicios sociales “asombrosamente” rebajados.

Entre el sí y el no que dice a sus contemporáneos y los que debiera decirles, hay más o menos la misma diferencia que entre la vida y la muerte, e igualmente inasible.

La causa de que la posteridad juzgue más acertadamente al muerto, radica en éste. La verdadera índole se desarrolla tan sólo después de la muerte. Estar muerto es para cada uno como la noche del sábado para el deshollinador. Le quita el hollín al cuerpo. Y queda aclarado si los contemporáneos le han hecho más daño a él o él a ellos. En el último caso fue un gran hombre.

Siempre tenemos fuerzas para negar, la más natural manifestación del espíritu de lucha, siempre cambiante, renovado, que nace y que muere; pero nos falta valor para ello, cuando en realidad la vida es negación, es decir negación afirmativa.

No muere con la atrofia de sus pensamientos. Atrofiarse es sólo una manifestación del mundo interior (que permanece aunque sólo sea pensamiento), una manifestación natural como cualquier otra, ni alegre ni triste.

La corriente contra la cual se afana es tan veloz que en algún momento de distracción puede- desesperarse por la estéril quietud en que flota; tan atrás ha sido arrastrado en un instante de postración.

Tiene sed y un simple arbusto lo separa del manantial. Pero está formado por dos pactes. Una vigila el conjunto, ve que está aquí y la fuente al lado; la otra a lo sumo sospecha que la primera lo ve todo. Pero como no advierte nada, no puede beber.

Ni audaz ni temerario, tampoco cobarde. La vida libre no le acobardaría. Claro que tal género de vida no se le ha presentado, pero tampoco esto le preocupa, como en general no se preocupa de sí en absoluto, pero hay alguien desconocido que se preocupa por él, tan sólo por él. Y esas preocupaciones de ese alguien desconocido, y en especial su constancia, son las que en horas silenciosas le causan una terrible jaqueca.

Cierta pesadez le impide erguirse, la sensación de estar protegido, de yacer en un lecho preparado para él y que le pertenece exclusivamente; pero no puede descansar, la intranquilidad le expulsa del lecho, se lo impide la conciencia, el corazón que late sin cesar, el temor a la muerte y el deseo de refutarlo. Torna a levantarse. Esta agitación y algunas observaciones al sesgo, casuales, fugitivas, constituyen su vida.

Tiene dos enemigos: el primero lo amenaza por detrás, desde las fuentes; el segundo le cierra el camino hacia adelante. Lucha con ambos. En realidad, el primero lo apoya en su lucha contra el segundo, quiere impulsarlo hacia adelante y de la misma manera el segundo lo apoya en su lucha contra el primero, lo empuja hacia atrás. Pero esto es solamente teórico. Porque aparte de los adversarios también existe él, ¿y quién no conoce sus intenciones? Siempre sueña que en un momento de descuido —para ello hace falta una noche impensablemente oscura—puede escabullirse del frente de batalla y ser elevado, por su experiencia de lucha, por encima de los combatientes, como arbitro.

 

Horacio Quiroga: El hombre muerto. Cuento

el hombre muertoEl hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.

Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.

El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.

La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses,semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.

Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano!

Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún!

¿Aún…? No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: Se está muriendo.

Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?

Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.

El hambre resiste —¡es tan imprevisto ese horror! y piensa: Es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿No es acaso ese bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven… Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce.

Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa.

A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar…

¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa?

¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo… Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando.. Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.

¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin dada! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo…

Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.

El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media… El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.

¡Pero no es posible que haya resbalado..! El mango de su machote (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre.

¿La prueba..? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste.

Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.

…Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos… Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!

¿No es eso… ? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo…

¡Qué pesadilla…! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al mala-cara inmóvil ante el bananal prohibido.

…Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.

Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla descansando, porque está muy cansado.

Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!— vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y  tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.