Gabriel García Márquez: Diálogo del espejo. Cuento

497342El hombre de la estancia anterior después de haber dormido largas horas como un santo,  olvidado  de  las  preocupaciones  y  desasosiegos  de  la  madrugada  reciente, despertó cuando el día era alto y el rumor de la ciudad invadía —total— el aire de la habitación entreabierta. Debió pensar —de no habitarlo otro estado de alma— en la espesa preocupación de la muerte, en su miedo redondo, en el pedazo de barro —arcilla de sí mismo— que tendría su hermano debajo de la lengua. Pero el sol regocijado que clarificaba el jardín le desvió la atención hacia otra vida más ordinaria, más terrenal y acaso menos verdadera que su tremenda existencia interior. Hacía su vida de hombre corriente, de animal cotidiano, que le hizo recordar —sin contar para ello con su sistema nervioso, con su hígado alterable— la irremediable imposibilidad de dormir como un burgués. Pensó —y había allí, por cierto, algo de matemática burguesa— en el trabalenguas de cifras, en los rompecabezas financieros de la oficina.

Las ocho y doce. Definitivamente llegaré tarde. Paseó la yema de los dedos por la me- jilla. La piel áspera, sembrada de troncos retoñados, le dejó la impresión del pelo duro por las antenas digitales. Después, con la palma de la mano entreabierta, se palpó el rostro distraído, cuidadosamente, con la serena tranquilidad del cirujano que conoce el núcleo del tumor; y de la superficie blanda fue surgiendo hacia adentro, la dura sustancia de una verdad que, en ocasiones, le había blanqueado la angustia. Allí, bajo las yemas — y después de las yemas, hueso contra hueso— su irrevocable condición anatómica había sepultado un orden de compuestos, un apretado universo de tejidos, de mundos menores, que lo venían soportando, levantando su armadura carnal hacia una altura menos duradera que la natural y última posición de sus huesos.

Sí. Contra la almohada, hundida la cabeza en la blanda materia, tumbando el cuerpo sobre el reposo de sus órganos, la vida tenía un sabor horizontal, un mejor acomodamiento a sus propios principios. Sabía que, con el esfuerzo mínimo de cerrar los párpados, esa larga, esa fatigante tarea que le aguardaba empezaría a resolverse en un clima descomplicado, sin compromisos con el tiempo ni con el espacio: sin necesidad de que, al realizarla, esa aventura química que constituía su cuerpo sufriera el más ligero menoscabo. Por el contrario, así, con los párpados cerrados, había una economía total de recursos vitales, una ausencia absoluta de orgánicos desgastes. Su cuerpo, hundido en el agua de los sueños, podría moverse, vivir, evolucionar hacia otras formas existenciales en las que su mundo real tendría, para su necesidad íntima, una idéntica densidad de emociones —si no mayor— con las que la necesidad de vivir quedaría completamente satisfecha sin detrimento de su integridad física. Sería —entonces— mucho más fácil la tarea de convivir con los seres y las cosas, actuando, sin embargo, en igual forma que en el mundo real. La tarea de rasurarse, de tomar el ómnibus, de resolver las ecuaciones de la oficina, sería simple y descomplicada en su sueño, y le produciría, a la postre, la misma satisfacción interior.

Sí. Era mejor hacerlo en esa forma artificial, como lo estaba haciendo ya; buscando en la habitación iluminada el rumbo del espejo. Como lo hubiera seguido haciendo si, en aquel instante, una pesada máquina, brutal y absurda, no hubiera deshecho la tibia sustancia de su sueño incipiente. Ahora, regresando al mundo convencional, el problema revestía ciertamente mayores caracteres de gravedad. Sin embargo, la curiosa teoría que acababa de inspirarle su molicie, lo había desviado hacia una comarca de comprensión y desde adentro de su hombre sintió el desplazamiento de la boca hacia los lados, en un gesto  que  debió  ser  una  sonrisa  involuntaria.  Fastidioso. (En  el  fondo  continuaba sonriendo.) Tener que afeitarme cuando debo estar sobre los libros en veinte minutos. Baño ocho rápidamente cinco desayuno siete. Salchichas viejas desagradables almacén de Mabel salsamentaria tornillos drogas licores eso es como una caja de qué sé yo quién se me olvidó la palabra. (El ómnibus se daña los martes y demora siete.) Pendora. No: Peldora. No es así. Total media hora. No hay tiempo. Se me olvidó la palabra, una caja donde hay de todo. Pedora. Empieza con pe.

Con la bata puesta, ya frente al lavabo, un rostro somnoliento, desgreñado y sin afeitar, le echó una mirada aburrida desde el espejo. Un ligero sobresalto le subió, como un hilillo frío, al descubrir en aquella imagen a su propio hermano muerto cuando acababa de levantarse. El mismo rostro cansado, la misma mirada que no terminaba aún de despertar.

Un nuevo movimiento envió al espejo una cantidad de luz destinada a conducir un gesto agradable, pero el regreso simultáneo de aquella luz le trajo —contrariando sus propósitos— una mueca grotesca. Agua. El chorro caliente se ha abierto torrencial, exuberante y la oleada de vapor blanco y espeso está interpuesta entre él y el cristal. Así —aprovechando la interrupción con un rápido movimiento— logra ponerse de acuerdo con su propio tiempo y con el tiempo interior del azogue.

Sobre la cinta de cuero se levantó llenando de cortantes orillas, de helados metales; y la nube —desvanecida ya— le mostró de nuevo la otra cara, turbia de complicaciones físicas, de leyes matemáticas, en las que la geometría intentaba una nueva manera de volumen, una forma concreta de la luz. Allí, frente a él, estaba el rostro, con pulso, con latidos de su propia presencia, transfigurado en un gesto, que era simultáneamente, una seriedad sonriente y burlona, asomada al otro cristal húmedo que había dejado la condensación del vapor.

Sonrió. (Sonrió.) Mostró —a sí mismo— la lengua. (Mostró —al de la realidad— la len- gua.) El del espejo la tenía pastosa, amarilla: “Andas mal del estómago”, diagnosticó (gesto sin palabras) con una mueca. Volvió a sonreír. (Volvió a sonreír.) Pero ahora él pudo observar que había algo de estúpido, de artificial y de falso en esa sonrisa que se le devolvía. Se alisó el cabello (.) (Se alisó el cabello) con la mano derecha (izquierda), para, inmediatamente, volver la mirada avergonzado (y desaparecer). Extrañaba su propia conducta de  pararse frente al  espejo a  hacer gestos como un  cretino. Sin embargo, pensó que todo el mundo observaba frente al espejo idéntica conducta y su indignación fue entonces mayor, ante la certeza de que, siendo todo el mundo cretino, él no estaba sino rindiéndole tributo a la vulgaridad. Ocho y diecisiete.

Sabía que era necesario apresurarse si no quería ser despedido de la agencia. De esa agencia que se había convertido, desde hacía algún tiempo, en el sitio de partida de sus propios funerales diarios.

El jabón, al contacto con la brocha, había levantado ya una blancura azul liviana que lo recuperaba de sus preocupaciones. Era el momento en que la pasta jabonosa se subía por el cuerpo, por la red de las arterias, y le facilitaba el funcionamiento de toda la maquinaria vital… Así, regresado a la normalidad, le pareció más cómodo buscar en el cerebro saponificado la palabra con que quería comparar el almacén de Mabel. Peldora. La cacharrería de Mabel. Paldora. La salsamentaria o  droguería. O todo a la  vez: Pendora.

Sobre la jabonería hervía la espuma suficiente. Pero siguió frotando la brocha, casi con pasión. El espectáculo pueril de las burbujas le daba una clara alegría de niño grande que se le trepara al corazón pesada y dura, como un licor barato. Un nuevo esfuerzo en persecución de la sílaba habría sido entonces suficiente para que la palabra reventara, madura y frutal; para que saliera a flote en aquella agua espesa, turbia, de su esquiva memoria. Pero esta vez, como las anteriores, las piececillas dispersas, desarmadas, de un mismo sistema, no ajustarán con exactitud para lograr la totalidad orgánica y él se dispuso a desistir para siempre de la palabra. ¡Pendora! Y era ya tiempo de que desistiera de aquella búsqueda inútil, porque (ambos alzaron la vista y se encontraron en los ojos) su hermano gemelo, con la brocha espumeante, había empezado a cubrirse el mentón de frescura blancurazul, dejando correr la mano izquierda (él lo imitó con la derecha) con suavidad y precisión, hasta cubrir la zona abrupta. Desvió la vista y la geometría de las    manecillas se le presentó empeñada en la solución de un nuevo teorema de angustia: ocho y dieciocho. Lo estaba haciendo muy lentamente. Así que, con el firme propósito de terminar pronto, afirmó la navaja de cuer- no obediente a la movilidad del meñique.

Calculando que en tres minutos estaría terminado el trabajo, levantó el brazo derecho (izquierdo) hasta la altura de la oreja derecha (izquierda), haciendo de paso la ob- servación de que nada debía resultar tan difícil como afeitarse en la forma en que lo estaba haciendo la imagen del espejo. Había derivado de allí toda una serie de cálculos complicadísimos con el propósito de averiguar la velocidad de la luz que, CASI simultáneamente, realizaba el viaje de ida y regreso para reproducir cada movimiento. Pero el esteta que lo habitaba, tras una lucha aproximadamente igual a la raíz cuadrada de la velocidad que hubiera podido averiguar, venció al matemático, y el pensamiento del artista  se  fue  hacia  los  movimientos de  la  hoja  que  verdeazulblanqueaba con  los diferentes golpes de luz. Rápidamente —y el matemático y esteta estaban ahora en paz— bajó el filo por la mejilla derecha (izquierda) hasta el meridiano del labio, y observó con satisfacción que la mejilla izquierda de la imagen aparecía limpia entre sus bordes de espuma.

No acababa aún de sacudir la hoja cuando, de la cocina, empezó a llegar el humo cargado con un acre olor a carne guisada. Sintió el estremecimiento debajo de la lengua, y el torrente de saliva fácil, delgada, que le llenó la boca con el sabor enérgico de la manteca caliente. Riñones guisados. Por fin hubo un cambio en la condenada tienda de Mabel. Pendora. Tampoco. El ruido de la glándula entre la salsa le reventó en el oído, con un recuerdo de lluvia martilleante, que era, en efecto, el mismo de la madrugada reciente. Por tanto, no debía olvidar los zapatones y el impermeable. Riñones en salsa. No hay duda.

De todos sus sentidos ninguno le merecía tanta desconfianza como el del olfato. Pero, aun por encima de sus cinco sentidos y aun cuando aquella fiesta no fuera más que un optimismo de su pituitaria, la necesidad de terminar cuanto antes era, en aquel momento, la más urgente necesidad de sus cinco sentidos. Con precisión y ligereza (el matemático y el artista se mostraron los dientes) subió la hoja de adelante (atrás) hacia atrás (adelante) hasta la comisura (derecha) izquierda, mientras con la mano izquierda (derecha) se alisaba la piel, facilitando así el paso de la orilla metálica, de adelante (atrás) hacia (adelante) atrás, y de arriba (arriba) hacia abajo, terminando (ambos jadeantes) el trabajo simultáneo.

Pero, ya al finalizar, y cuando daba los últimos toques a la mejilla izquierda con la mano derecha, alcanzó a ver su propio codo contra el espejo. Lo vio, grande, extraño, desconocido, y observó con sobresalto que, por encima del codo, otros ojos igualmente grandes  e  igualmente  desconocidos, buscaban  desorbitados  la  dirección  del  acero. Alguien está tratando de ahorcar a mi hermano. Un brazo poderoso. ¡Sangre! Siempre sucede lo mismo cuando lo hago de prisa.

Buscó, en su rostro, el sitio correspondiente; pero su dedo quedó limpio y no denunció el tacto solución alguna de continuidad. Se sobresaltó. No había heridas en su piel, pero allá, en el espejo, el otro estaba sangrando ligeramente. Y en su interior volvió a ser verdad el fastidio de que se repitieran las inquietudes de la noche anterior. De que ahora, frente al espejo, fuera a tener otra vez la sensación, la conciencia del desdoblamiento. Pero  allí  estaba ya el  mentón (redondo: caras iguales). Esos  pelos  en  el  hoyuelo necesitan una navaja en punta.

Creyó observar que una nube de desconcierto velaba el gesto apresurado de su imagen. ¿Sería posible que, debido a la gran rapidez con que se estaba rasurando (y el matemático se adueñó por entero de la situación) la velocidad de la luz no alcance a cubrir la distancia para registrar todos los movimientos? ¿Podría él, en su premura, adelantarse a la imagen del espejo y terminar la tarea un movimiento antes que ella? ¿O sería posible (y el artista tras una breve lucha, logró desalojar al matemático) que la imagen hubiera tomado vida propia y resuelto —por vivir en un tiempo descomplicado— terminar con mayor lentitud que su sujeto externo?

Visiblemente preocupado abrió el grifo del agua caliente y sintió la subida del vapor tibio y espeso, mientras el chapoteo de su rostro entre el agua nueva le llenaba los oídos de un rumor gutural. Sobre la piel, la amable aspereza de la toalla recién lavada le hizo respirar una honda satisfacción de animal higiénico. ¡Pandora! Ésa es la palabra: Pandora.

Miró la toalla con sorpresa y cerró los ojos, desconcertado, mientras allá, en el espejo, un rostro igual al suyo lo contemplaba con unos grandes ojos estúpidos y el rostro cruzado por un hilo cárdeno. Abrió los ojos y sonrió (sonrió). Ya nada le importaba. ¡El almacén de Mabel es una caja de Pandora!

El olor caliente de los riñones en salsa le agasajó el olfato, ahora con mayor urgencia. Y sintió satisfacción —con positiva satisfacción— que dentro de su alma un perro grande se había puesto a menear la cola.

Roberto Bolaño: Fotos. Cuento

1-99-Gerona-abril-1981okPara poetas, los de Francia, piensa Arturo Belano, perdido en África, mientras hojea una especie de álbum de fotos en donde la poesía en lengua francesa se conmemora a sí misma, qué hijos de puta, piensa, sentado en el suelo, un suelo como de arcilla roja pero que no es de arcilla, ni siquiera arcilloso, y que sin embargo es rojo o más bien cobrizo o rojizo, aunque al mediodía es amarillo, con el libro entre las piernas, un libro grueso, de 930 páginas, que es como decir 1.000 páginas, o casi, un libro de tapa dura, La poésie contemporaine de langue française depuis 1945, de Serge Brindeau, editado por Bordas, un compendio de pequeños textos sobre todos los poetas que escriben en francés en el mundo, ya sea en Francia o Bélgica, Canadá o el Magreb, los países africanos o los países del Medio Oriente, lo que resta un poco de valor al milagro de haber hallado este libro aquí, piensa Belano, pues si incluye poetas africanos está claro que algunos ejemplares tuvieron que viajar a África en las maletas de los propios poetas o en las maletas de un librero patriota (de su lengua) y terriblemente ingenuo, aunque sigue siendo un milagro que uno de esos ejemplares se perdiera precisamente aquí, en esta aldea abandonada por los humanos y por la mano de Dios, en donde sólo estoy yo y los fantasmas de los sumulistas y poca cosa más excepto el libro  y los colores cambiantes de la tierra, cosa curiosa, pues la tierra efectivamente  muda  de  color  cada  cierto  tiempo,  por  la  mañana  amarilla  oscura,  al mediodía amarilla con estrías como de agua, un agua cristalizada y sucia, y después ya no hay quien la quiera mirar, piensa Belano, mientras mira el cielo por donde pasan tres nubes, como tres signos por un prado azul, el prado de las conjeturas o el prado de las mistagogías, y se asombra de la apostura de las nubes que avanzan indeciblemente lentas, o mientras mira las fotos, el libro casi pegado a la cara, para poder apreciar esos rostros en todas sus torsiones, palabra que no viene al caso pero que sí viene al caso, Jean Perol, por ejemplo, con cara de estar escuchando un chiste, o Gérald Neveu (a quien ha leído), con cara como de deslumbrado por el sol o como si viviera en un mes que es una conjunción monstruosa de  julio  y agosto,  algo  que  sólo  pueden soportar  los  negros o  los poetas alemanes  y franceses, o Vera Feyder, que sostiene y acaricia un gato, como si sostener y acariciar fuera lo mismo, ¡y es lo mismo!, piensa Belano, o Jean-Philippe Salabreuil (a quien ha leído), tan joven, tan guapo, parece un actor de cine, y me mira desde la muerte con una media sonrisa, diciéndome a mí o al lector africano a quien le perteneció este libro que no hay problema, que los vaivenes del espíritu no tienen objeto y que no hay problema, y luego cierra los ojos pero no mira al suelo, y luego los abre y pasa la página y aquí tenemos a Patrice Cauda, con cara de golpear a su mujer, qué digo a su mujer, a su novia, y a Jean Dubacq, con cara de empleado de banco, un empleado de banco triste y sin demasiadas esperanzas, un católico, y a Jacques Arnold, con cara de gerente del mismo banco donde trabaja el pobre Dubacq, y a Janine Mitaud, boca grande, ojos vivísimos, una mujer de mediana edad con el pelo corto y con el cuello delgado y con cara de humorista fina, y a Philippe Jaccottet (a quien ha leído), flaco y con cara de buena persona, aunque tal vez, piensa Belano, tiene esa cara de buena persona de la que uno nunca debe fiarse, y Claude de Burine, la encarnación de Anita la Huerfanita, incluso el vestido o lo que la foto permite ver del vestido es idéntico al vestido de Anita la Huerfanita, ¿pero quién es esta Claude de Burine?, se dice Belano en voz alta, solo en una aldea africana de donde todos se han marchado o muerto, sentado en el suelo con las rodillas levantadas mientras sus dedos recorren a una velocidad inusual las páginas de La poésie contemporaine en busca de datos sobre esta poeta, y cuando finalmente los encuentra lee que Claude de Burine nació en Saint-Léger-des-Vignes (Niévre), en 1931, y que es la autora de Lettres a l’enfance (Rougerie, 1957), La Gardienne (Le Soleil dans la tete —buen nombre para una editorial— , 1960), L’Allumeur de reverberes (Rougerie, 1963), y Hanches (Librairie Saint-Germain- des-Prés, 1969), y no hay más datos biográficos sobre ella, como si a los treintaiocho años, tras la publicación de Hanches, Anita la Huerfanita hubiera desaparecido, aunque el autor o la autora de la nota introductoria dice de ella: Claude de Burine avant toute autre chose, dit l’amour, l’amour inépuisable,  y entonces en el  cerebro  recalentado  de Belano  todo  se aclara, alguien que dit l’amour puede perfectamente desaparecer a los treintaiocho años, y más,  mucho  más, si esa persona es el doble de Anita la Huerfanita,  los mismos ojos redondos, el mismo pelo, las cejas de quien ha pasado una temporada en la inclusa, la expresión de perplejidad y de dolor, un dolor paliado en parte por la caricatura, pero dolor a fin de cuentas, y entonces Belano se dice a sí mismo aquí voy a encontrar mucho dolor, y vuelve a las fotos y descubre, bajo la foto de Claude de Burine y entre la foto de Jacques Reda y la foto de Philippe Jaccottet, a Marc Alyn y Dominique Tron compartiendo la misma instantánea, un segundo de relax, Dominique Tron tan distinta de Claude de Burine, la existencialista, la beatnik, la rockera, y la modosita, la abandonada, la desterrada, piensa Belano, como si Dominique viviera en el interior de un tornado y Claude fuera el ser sufriente que lo contempla desde una lejanía metafísica, y nuevamente a Belano le pica la curiosidad y acude al índice y entonces, después de leer né a Bin el Ouidane (Maroc) le 11 décembre 1950, se da cuenta de que Dominique es un hombre y no una mujer, ¡debo estar en plena insolación!, reflexiona mientras se espanta un mosquito (totalmente imaginario) de la oreja, y después lee la bibliografía de Tron, que ha publicado Stéréophonies (Seghers, 1965, es decir a los quince años), Kamikaze Galápagos (Seghers, 1967, es decir a los diecisiete años), La soufrance est inutile (Seghers, 1968, es decir a los dieciocho años), D’épuisement en épuisement jusqu ‘a l’aurore, Elizabetb, oratorio autobiographique suivi de Boucles defeu, mystére (Seghers, 1968, es decir otra vez a los dieciocho años), y De la Science-fiction c’est nous, a l’interpretation des corps (Eric Losfeld, 1972, es decir a los veintidós años), y no hay más títulos, en gran medida porque La poésie contemporaine se publicó en 1973, si se hubiera publicado en 1974 seguro que encontraría otros, y entonces Belano piensa en su propia juventud, cuando era una máquina de escribir igual que Tron, incluso puede que más guapo que Tron, reflexiona achicando los ojos para mirar mejor la foto, pero para publicar un poema, en México, en los lejanos años en que vivió en México DF, debía sudar sangre, y luego piensa que una cosa es México y otra cosa es Francia, y luego cierra los ojos y ve un torrente de charros espectrales pasar como una exhalación de color gris por el lecho de un río seco, y luego, antes de abrir los ojos —con el libro firmemente sujeto por ambas manos—, ve otra vez a Claude de Burine, el busto fotográfico de Claude de Burine, digna y ridícula a la vez, contemplando desde su atalaya de poeta soltera  el  ciclón  adolescente  que  es  Dominique  Tron,  el  autor,  precisamente,  de  La soufrance est inutile, un libro que tal vez Dominique escribió para ella, un libro que es un puente en llamas y que Dominique no va a cruzar pero que Claude, ajena al puente, ajena a todo, sí que cruzará, y se quemará en el intento, piensa Belano, como se queman todos los poetas, incluso  los malos, en esos puentes de  fuego tan interesantes, tan apasionantes cuando uno tiene dieciocho, veintiún años, pero luego tan aburridos, tan monótonos, con un principio y con un final predecibles de antemano, esos puentes que él cruzó como Ulises por su casa, esos puentes teorizados y aparecidos como ouijas fantásticas, de improviso, ante sus narices, enormes estructuras en llamas repetidas hasta el final de la pantalla y que los poetas no de dieciocho ni de veintiún años pero sí los de veintitrés son capaces de cruzar con los ojos cerrados, como guerreros sonámbulos, piensa Belano mientras imagina a la inerme (a  la frágil, a  la fragilísima) Claude de Burine corriendo  a los brazos de Dominique Tron, en una carrera que prefiere imaginar impredecible, aunque hay algo en los ojos de Claude, en los ojos de Dominique, en los ojos del puente en llamas, que le resulta familiar y que en un idioma que discurre a ras de tierra, como  los cambiantes colores que circundan la aldea vacía, le adelanta el seco y melancólico y atroz final, y entonces Belano cierra los ojos y se queda quieto y luego abre los ojos y busca otra página, aunque esta vez está decidido a mirar  las fotos y nada más, y así encuentra a Pierre Morency, un chico guapo, a Jean-Guy Pilón, un tipo problemático y nada fotogénico, a Fernand Ouellette, un hombre que se está quedando calvo (y si tenemos en cuenta que el libro se editó en 1973 lo más probable, en un sentido o en otro, es que el tipo ya esté calvo del todo), y a Nicole Brossard, una chica de pelo lacio, con la raya en el medio, los ojos grandes, la mandíbula cuadrada, guapa, le parece guapa, pero Belano no quiere saber la edad de Nicole ni los libros que escribió y pasa página, y entra de golpe (aunque en la aldea en que se halla varado entrar de golpe no es nunca entrar de golpe) en el reino de las mil y una noches de la literatura y también de la memoria, pues allí está la foto de Mohammed Khair-Eddine y Kateb Yacine y Anna Greki y Malek Haddad y Abdellatif Laabi y Ridha Zili, poetas árabes de lengua francesa, y algunas de esas fotos, lo recuerda, ya las había visto, hace muchos años, tal vez en 1972, antes de que apareciera el libro que tiene en las manos, tal vez en 1971, o puede que se equivoque y las viera por primera vez, con una sensación que persiste y que no atina a explicarse aunque se ubique a medio camino entre la perplejidad —una singular perplejidad hecha de dulzura— y la envidia por no pertenecer a ese grupo, el año 73 o 74, lo recuerda, en un libro sobre poetas árabes o sobre poetas magrebíes que una uruguaya, durante unos pocos días, llevó consigo a todas partes en México, un libro de tapas ocres o amarillas como las arenas del desierto, y luego Belano da la vuelta a la página y aparecen más fotos, la de Kamal Ibrahim (que ha leído), la de Salah Stétié, la de Marwan Hoss, la de Fouad Gabriel Naffah (un poeta feo como un demonio), y la de Nadia Tuéni, Andrée Chedid y Venus Khoury, y entonces Belano casi pega la cara a la página para ver con más detalle a las poetas, y Nadia y Venus le parecen francamente hermosas,  con  Nadia  follaría,  se  dice,  hasta  el  amanecer  (suponiendo  que  en  algún momento caiga la noche, pues la tarde en la aldea parece seguir al sol en su marcha hacia el oeste, eso piensa Belano no sin acongojarse) y con Venus follaría hasta las tres de la mañana, y luego me levantaría, encendería un cigarrillo y saldría a caminar por el Paseo Marítimo de Malgrat, pero con Nadia hasta el amanecer, y las cosas que le hiciera a Venus se las haría a Nadia, pero las cosas que le hiciera a Nadia no se las haría a nadie más, piensa Belano mientras observa sin parpadear, la nariz casi pegada al libro, la sonrisa de Nadia, los ojos vivaces de Nadia, la cabellera de Nadia, oscura, brillante, abundante, una sombra protectora y eficaz, y entonces Belano mira hacia arriba y ya no ve las tres nubes solitarias en el cielo africano que cubre la aldea en donde se encuentra, esa aldea que el sol arrastra hacia el oeste, las nubes han desaparecido, como si tras contemplar la sonrisa de la poeta árabe de las mil y una noches las nubes sobraran, y entonces Belano rompe su promesa, busca en el índice el nombre Tuéni, y luego se dirige sin temblar hacia las páginas críticas dedicadas a ella y en donde sabe que encontrará su ficha biobibliográfica, una ficha que le dice que Nadia nació en Beirut en el año 1935, es decir que cuando se editó el libro tenía treintaiocho años, aunque la foto es de antes, y que ha publicado varios libros, entre ellos Les Textes blonds (Beyrouth, Éd. An-Nahar, 1963), L’Age d’écume (Seghers, 1966), Juin et les mécréantes (Seghers, 1968), y Poemes pour une histoire (Seghers, 1972), y entre los párrafos dedicados a ella Belano lee habituée aux chimeres, y lee chez ce poete des marees, des ouragans, des naufrages, y lee l’air torride, y lee filie elle-méme d’un pére druze et d’une mere frangaise, y lee mañee a un chrétien orthodoxe, y lee Nadia Tuéni (née Nadia Mohammed Ali Hamadé), y lee Tidimir la Chrétienne, Sabba la Musulmane, Dáhoun la Juive, Sioun la Druze, y ya no lee más y levanta la vista porque ha creído oír algo, el graznido de un buitre o de un zopilote, pese a que él sabe que aquí no hay zopilotes, aunque eso con el tiempo, un tiempo que ni siquiera es necesario contar por años sino por horas y por minutos, se puede arreglar, lo que uno sabe lo deja de saber, así de simple, así de frío, incluso hasta un zopilote mexicano es posible en esta pinche aldea, piensa Belano con lágrimas en los ojos, pero no son lágrimas provocadas por el graznido de los zopilotes sino por la certeza física de la imagen de Nadia Tuéni que lo mira desde una página del libro y cuya sonrisa petrificada parece desplegarse como cristal en el paisaje que circunda a Belano y que también es de cristal, y entonces cree oír palabras, las mismas palabras que acaba de leer y que ahora no puede leer porque está llorando, l’air torride, habituée aux chiméres, y una historia de drusas, judías, musulmanas y cristianas de la que emerge Nadia con treintaiocho años (la misma edad que Claude de Burine) y una cabellera de princesa árabe, inmaculada,  serenísima,  como  la  musa  accidental de  algunos  poetas, o  como  la  musa provisional, la que dice no te preocupes, o la que dice preocúpate, pero no demasiado, la que no habla con palabras secas y certeras, la que más bien susurra, la que hace gestos simpáticos antes de desvanecerse, y entonces Belano piensa en la edad de la Nadia Tuéni real, en 1996, y se da cuenta de que ahora tiene sesentaiuno, y deja de llorar, l’air torride ha secado sus lágrimas una vez más, y vuelve a pasar páginas, vuelve a los caretos de los poetas de lengua francesa con una obstinación digna de cualquier otra causa, vuelve como pajarraco a la cara de Tchicaya U Tam’si, nacido en Mpili en 1931, a la cara de Matala Mukadi, nacido en Luiska en 1942, a la cara de Samuel-Martin Eno Belinga, nacido en Ebolowa en 1935, a la cara de Elolongué Epanya Yondo, nacido en Douala en 1930, y tantas otras caras, caras de poetas que escriben en francés, fotogénicos o no, la cara de Michel Van Schendel, nacido en Asniéres en 1929, la cara de Raoul Duguay (a quien ha leído), nacido en Val d’Or en 1939, la cara de Suzanne Paradis, nacida en Beaumont en 1936, la cara de Daniel Biga (a quien ha leído), nacido en Saint-Sylvestre en 1940, la cara de Denise Jallais, nacida en Saint-Nazaire en 1932 y casi tan guapa como Nadia, piensa Belano con una especie de temblor integral, mientras la tarde sigue arrastrando la aldea hacia el oeste y los zopilotes empiezan a aparecer subidos a las copas de unos árboles bajos, sólo que Denise es rubia y Nadia es morena, hermosísimas las dos, una de sesentaiuno y la otra de sesentaicuatro, ojalá estén vivas, piensa, la mirada fija no en las fotos del libro sino en la línea del horizonte en donde los pájaros se mantienen en un equilibrio inestable, cuervos o buitres o zopilotes, y entonces Belano recuerda un poema de Gregory Corso, en donde el desdichado poeta norteamericano hablaba de su único amor, una egipcia muerta hace dos mil quinientos años, y Belano recuerda el rostro de niño de la calle de Corso y una figura de arte egipcio que vio hace mucho tiempo en una cajita de cerillas, una muchacha que sale del baño o de un río o de una piscina y el poeta beat (el entusiasta y desdichado Corso) la contempla desde el otro lado del tiempo, y la muchacha egipcia de largas piernas se siente contemplada, y eso es todo, el flirt entre la egipcia y Corso es breve como un suspiro en la vastedad del tiempo, pero también el tiempo y su lejana soberanía pueden ser un suspiro, piensa Belano mientras contempla los pájaros subidos a las ramas, siluetas en la línea del horizonte, un electrocardiograma que se agita o despliega las alas a la espera de su muerte, de mi muerte, piensa Belano, y luego se queda largo rato con los ojos cerrados, como si estuviera reflexionando o llorando con los ojos cerrados, y cuando los vuelve a abrir allí están los cuervos, allí está el electroencefalograma temblando en la línea del horizonte  africano,  y entonces  Belano  cierra  el  libro  y se  levanta,  sin soltar  el libro, agradecido, y comienza a caminar hacia el oeste, hacia la costa, con el libro de los poetas de lengua francesa bajo el brazo, agradecido, y su pensamiento va más rápido que sus pasos por la selva y el desierto de Liberia, como cuando era un adolescente en México, y poco después sus pasos lo alejan de la aldea.

Charles Bukowski: La chica más guapa de la ciudad. Cuento

bukowski gritandoCass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no se sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: “No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas… todo fachada y nada dentro…” Tenía un carácter rayando la locura; un carácter que algunos calificaban de locura.

Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.

Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.

– ¿Tomas algo?

– Claro, ¿Por qué no?

No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión. Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.

– ¿Crees que soy bonita?- preguntó.

– Sí, desde luego. Pero hay algo más… algo más que tu apariencia…

– La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?

– Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.

Ella me miró y se echó a reír.

– ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?

Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.

-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.

– ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.

– Será mejor que la controles -me dijo el encargado.

– No te preocupes -dije yo.

– Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que quiera con ella

– No -dije-, a mí me duele.

– ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?

– Sí, me duele, de veras.

– De acuerdo, no lo volveré a hacer. Ánimo.

Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.

Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:

– ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?

– Por la mañana -dije, y me di la vuelta.

Por la mañana me levanté, hice un par de cafés y le llevé uno a la cama.

Se echó a reír.

– Eres el primer hombre que conozco que no ha querido hacerlo por la noche.

– No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.

– No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.

Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandecientes, toda resplandor… Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.

– Ven, amor.

Fui.

Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.

– ¿Cómo te llamas? -pregunté.

– ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.

Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.

– Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.

Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.

– ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?

– Lo sabía.

Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.

Telefoneó una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.

– Esos hijos de puta – decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.

– La culpa la tienes tú por aceptar la copa

– Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.

– A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.

Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.

– Vaya, cabrón, has vuelto.

Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.

– Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza….

– No, no seas tonto, es la moda.

– Estas chiflada.

– Te he echado de menos -dijo

– ¿Hay otro?

– No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.

– Sácate esos alfileres.

– No, es la moda.

– Me hace muy desgraciado.

– ¿Estás seguro?

– Sí, mierda, estoy seguro.

Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.

– Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.

– Vale -dije-, tengo mucha suerte.

– No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.

– Gracias.

Tomamos otra copa.

– ¿Qué andas haciendo? -preguntó.

– Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.

– A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.

– No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.

– Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso

Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.

Fuimos a casa y abrí una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa…, de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi… Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.

– Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama

– Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?

La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:

– Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.

– Sí -dije-, no puedo parar de reír… Cass, zorra, te amo… deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.

Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.

Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.

– ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!

Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente “NO”. La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.

Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me vio el encargado.

– Siento lo de tu amiga.

– ¿El qué? -pregunté.

– Lo siento. ¿No lo sabías?

– No

– Suicidio, la enterraron ayer.

– ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?

– La enterraron las hermanas

– ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?

– Se cortó el cuello.

– Ya. Dame otro trago.

Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel “NO”. Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.

Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé “¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!”.

Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.

Néstor Valdivia: Para Ofelia. Poema en prosa

quiero escribirte algo que escape a los versos, que no tenga rimas, algo exento de tus caderas gloriosas, de tus tetas contundentes y alegres, de tu fuente húmeda, de tus labios secos al jadear. por ejemplo de tus palabras que se quedan en el aire congestionadas de sensaciones y sentimientos, nubes cargadas pintadas en sepia que bajan cuando el frío me desola, mariposas que devoro para la indigestión de amor y expulso en polillas nocturnas de tristezas envueltas en tabaco, trapos cortos de esquina y colorete.

tu silencio se parece a todos los silencios pero no al mío, a mi grito que no escuchas cuando me das la espalda, mujer de pasos desnudos. te extraño como un perro la comida del amo y eres la mordida del amo y el perro que no muerde.

el amor es un estrofa no definida perdida en la antología de la felicidad y los significados se nos fueron acabando debajo de las sábanas que antes ocupamos. sólo me quedan tus ojos que no dejan de mirarme cuando el techo me recrimina por tu desnuda ausencia. ojos de faros castaños, pestañas de rímel invencible, labios de tormentas y picaportes cerrados, mi historia de amor es tu rutinario desamor.

dame un poco de tu vida que te sobra, dame de tus besos que desperdicias, dame tu vientre, tus pies salados, tu fuente agridulce. lluéveme con agua de tu gruta de aliento a durazno maduro, desintegra mi pecho de arcilla, tumba con tu caudal mis temores. con tu saliva vuelve a levantar mis deseos.

tu belleza es la perfecta conjunción entre mis ojos y mis ganas. quiero dormirme acurrucado en tus brazos, amanecer entre tus piernas, despertar borracho con tu aliento a mi sexo.

soy el eterno pendiente de tu vida que no quieres, me dueles hasta lo más hondo de tu consciencia, me dueles tu silencio, me pesan tus ganas que no tienes. eres mi resaca de domingo de lunes a viernes, te he tomado en agua helada, sensación pura de alcohol a 99grados que me inyecto para pasarte del nudo de mi garganta en que te quedaste, para evitar que te me escapes por los ojos y en eructos con sabor a ti.

cuando pronuncio tu nombre me salen flores de la boca, rayos de mis ojos, si digo tu sexo, eyaculo poesía escritas en teclado de letras despintadas. gracias, sí, gracias por tus ausencias por las noches largas de insomnio, por tu sabor que dejas cada vez que quito una tanga.

uso tu recuerdo de cabecera, te escurres por los pliegues de mi memoria, sólo así logré entender que nada es para siempre ni la nada ni el para siempre menos. te extraño desde el fondo de mi alma sabiendo que el alma no tiene fondo. Un día, una semana, un mes eterno.

cada palabra tuya me despierta del sueño bucólico en el que te has convertido por pura alevosía mía. mis mil palabras ya no valen tu imagen. tienes todo el derecho de irte y yo creí tener el de seguirte. tus labios tienen gérmenes de locura de amor y me has contagiado irremediablemente.

te conozco tanto que sé muy bien cuando me engañas pero, también, que no he aprendido a interpretar tus verdades. todo es subjetivo, hasta la realidad, todo está en los ojos, en las corneas de este tu espectador.

quiébrate, mujer, hasta que los huesos de tu espalda truenen y mis dedos traten de perforar tu piel para llegar a tus costillas, barrotes en la que tu corazón vive encarcelado , pulmones que no respiran, aire seco, tierra ácida, epidermis de canela.

anoche me he levantado con pocos ánimos de despertarme, te hiciste huésped de mis sueños, húmedos y secos, desde que bebí de tus ojos de luna en cuartos menguantes, mi sangre corre en contracorriente, mi palpitar es errático. desde que me dejaste la vida tiene un solo sentido, va en una sola vía, túnel de luz sin final. la caída libre me trajo esposado a tu recuerdo del cual pendo en paracaídas de cuerdas de títere, si los sueños suenan es porque tus palabras traen, me sumerjo en tu querer como cucharilla en el negro café, sorbo amargo, aliento seco, brisa de valle, catarata de nada, nada.