Clarice Lispector: Viaje a Petropolis. Cuento

clarice_lispector_lisboa_f_004Era una vieja flaquita que, dulce y obstinada, no parecía comprender que estaba sola en el mundo. Los ojos lagrimeaban siempre, las manos reposaban sobre el vestido negro y opaco, viejo documento de su vida. En la tela ya endurecida se encontraban pequeñas costras de pan pegadas por la baba que ahora le volvía a aparecer en recuerdo de la cuna. Allá estaba una mancha amarillenta de un huevo que había comido hacía dos semanas. Y las marcas de los lugares donde dormía. Siempre encontraba dónde dormir, en casa de

uno, en casa de otro. Cuando le preguntaban el nombre, decía con la voz purificada por la debilidad y por larguísimos años de buena educación:

 

—Muchachita.

Las personas sonreían. Contenta por el interés despertado, explicaba:

—Mi nombre, el nombre verdadero, es Margarita.

El cuerpo era pequeño, oscuro, aunque ella hubiera sido alta y clara. Tuvo padre, madre, marido, dos hijos. Todos poco a poco habían muerto. Sólo ella había quedado con los ojos sucios y expectantes, casi cubiertos por un tenue terciopelo blanco. Cuando le daban alguna limosna, le daban poca, pues era pequeña y realmente no necesitaba comer mucho. Cuando le daban cama para dormir, se la daban angosta y dura, porque Margarita había ido poco a poco perdiendo volumen. Ella tampoco agradecía mucho: sonreía y meneaba la cabeza.

Dormía ahora, no se sabe más por qué motivo, en la pieza de los fondos de una casa grande, en una calle ancha, llena de árboles, en Botafogo. La familia encontraba divertida a Muchachita, pero se olvidaba de ella la mayor parte del tiempo. Es que también se trataba de una vieja misteriosa. Se levantaba de madrugada, arreglaba su cama de enano y se disparaba ligera como si la casa se estuviera quemando. Nadie sabía por dónde andaba. Un día, una de las chicas de la casa le preguntó qué andaba haciendo. Respondió con una sonrisa gentil:

—Paseando.

Les pareció divertido que una vieja, viviendo de la caridad, anduviera paseando. Pero era verdad. Muchachita había nacido en Marañón, donde vivió siempre. Había llegado a Río no hacía mucho, con una señora muy buena que pretendía internarla en un asilo, pero después no pudo ser: la señora viajó para Minas y le dio algún dinero a Muchachita para que se las arreglara en Río. Y la vieja paseaba para ir conociendo la ciudad. Por otra parte, a una persona le bastaba sentarse en una banca de plaza y ya veía Río de Janeiro.

Su vida transcurría así sin problemas, cuando la familia de la casa de Botafogo se sorprendió  un  día  de  tenerla  en  casa  desde  hacía  tanto  tiempo,  le  pareció  que  era demasiado. De algún modo tenían razón. Allí todos estaban muy ocupados; de vez en cuando surgían bodas, fiestas, noviazgos, visitas. Y cuando pasaban atareados junto a la vieja, se quedaban sorprendidos como si se les interrumpiera, abordados con una palmadita en el hombro: “Mira”. Sobre todo, una de las muchachas de la casa sentía un irritado malestar; la vieja le disgustaba sin motivo. Sobre todo la sonrisa permanente, aunque la chica comprendiera que se trataba de un rictus inofensivo. Tal vez por falta de tiempo, nadie habló del asunto. Pero en cuanto alguien pensó en mandarla a vivir a Petrópolis, a la casa de la cuñada alemana, hubo una adhesión más animada de la que una vieja podría provocar.

Cuando, pues, el muchacho de la casa fue con la novia y las dos hermanas a pasar un fin de semana a Petrópolis, llevó a la vieja en el coche.

¿Por qué Muchachita no durmió la noche anterior? Ante la idea de un viaje, en el cuerpo endurecido el corazón se desherrumbraba seco y desacompasado, como si ella se hubiera tragado una píldora grande sin agua. En ciertos momentos ni podía respirar. Pasó la noche hablando, a veces en voz alta. La excitación del paseo prometido y el cambio de vida le aclaraban de repente algunas ideas. Se acordó de cosas que días antes hubiera jurado que nunca existieron. Comenzando por el hijo atropellado, muerto bajo un tranvía en Marañón: si él hubiese vivido con el tráfico de Río de Janeiro, seguro que ahí moría atropellado. Se acordó de los cabellos del hijo, de sus ropas. Se acordó de la taza que María Rosa había roto y de cómo ella le había gritado a María Rosa.

Si hubiera sabido que la hija moriría de parto, es claro que no necesitaría gritar. Y se acordó del marido. Sólo recordaba al marido en mangas de camisa. Pero no era posible; estaba segura de que él iba a la dependencia con el uniforme de conserje; iba a fiestas con abrigo, sin contar que no podría haber ido al entierro del hijo y de la hija en mangas de camisa. La búsqueda del abrigo del marido cansó todavía más a la vieja que suavemente daba vueltas en la cama. De pronto descubrió que la cama era dura.

—¡Qué cama tan dura! —dijo en voz muy alta en medio de la noche.

Es que se había sensibilizado totalmente. Partes del cuerpo de las que no tenía conciencia desde hacía mucho tiempo reclamaban ahora su atención. Y de repente, pero ¡qué  hambre  furiosa!  Alucinada,  se  levantó,  desanudó  el  pequeño  envoltorio,  sacó  un pedazo de pan con mantequilla reseca que había guardado secretamente hacía dos días. Comió el pan como una rata, arañando hasta la sangre los lugares de la boca donde sólo había encía. Y con la comida, cada vez se reanimaba más. Consiguió, aunque fugazmente, tener la visión del marido despidiéndose para ir al trabajo. Sólo después que el recuerdo se desvaneció, vio que se había olvidado de observar si él estaba o no en mangas de camisa. Se acostó de nuevo, rascándose toda irritada. Pasó el resto de la noche en ese juego de ver por un instante y después no conseguir ver más. De madrugada se durmió.

Y por primera vez fue necesario despertarla. Todavía en la oscuridad, la chica vino a llamarla, con pañuelo anudado en la cabeza y ya de maletín en la mano. Inesperadamente, Muchachita pidió unos instantes para peinar sus cabellos. Las manos trémulas aseguraban el peine roto. Se peinaba, se peinaba. Nunca había sido mujer de ir a pasear sin antes peinarse bien los cabellos.

Cuando por fin se acercó al automóvil, el muchacho y las chicas se sorprendieron con su aire alegre y con los pasos rápidos. “¡Tiene más salud que yo!”, bromeó el muchacho. A la chica de la casa se le ocurrió: “Y yo que hasta tenía pena de ella”.

Muchachita  se  sentó  junto  a  la  ventanilla del  auto,  un  poco  apretada  por  las  dos hermanas acomodadas en el mismo asiento. Nada decía, sonreía. Pero cuando el automóvil dio el primer arranque, empujándola hacia atrás, sintió dolor en el pecho. No era sólo de alegría, era un desgarramiento. El muchacho se dio vuelta:

—¡No se vaya a marear, abuela!

Las chicas rieron, principalmente la que se había sentado adelante, la que de vez en cuando  apoyaba  la  cabeza  en  el  hombro  del  muchacho.  Por  cortesía,  la  vieja  quiso responder, pero no pudo. Quiso sonreír, no lo consiguió. Los miró a todos, con ojos lagrimeantes,  lo  que  los  otros  ya  sabían  que  no  significaba  llorar.  Algo  en  su  rostro amenguó un poco la alegría de la chica de la casa y le dio un aire obstinado.

El viaje fue muy lindo.

Las chicas estaban contentas. Muchachita ya había vuelto ahora a sonreír. Y, aunque el corazón latiese mucho, todo estaba mejor. Pasaron por un cementerio, pasaron por un almacén, árbol, dos mujeres, un soldado, gato, letras, todo engullido por la velocidad.

Cuando Muchachita se despertó, no sabía más adonde estaba. La carretera ya había amanecido totalmente: era estrecha y peligrosa. La boca de la vieja ardía, los pies y las manos se distanciaban helados del resto del cuerpo. Las chicas hablaban, la de adelante había apoyado la cabeza en el hombro del muchacho. Los paquetes se venían abajo constantemente.

Entonces la cabeza de Muchachita comenzó a trabajar. El marido se le apareció con su abrigo  —¡lo  encontré,  lo  encontré!—,  el  abrigo  estaba  colgado  todo  el  tiempo  en  el perchero. Se acordó del nombre de la amiga de María Rosa, de la que vivía enfrente: Elvira, y la madre de Elvira, incluso estaba lisiada. Los recuerdos casi le arrancaban una exclamación. Entonces movía los labios despacio y decía por lo bajo algunas palabras.

Las chicas hablaban:

—¡Ah, gracias, un regalo de ésos no lo quiero!

Fue cuando Muchachita comenzó finalmente a no entender. ¿Qué hacía ella en el automóvil?, ¿cómo había conocido a su marido y dónde?, ¿cómo es que la madre de María Rosa y Rafael, la propia madre, estaba en el automóvil con aquella gente? En seguida se acostumbró de nuevo.

El muchacho dijo a las hermanas:

—Me parece mejor que no paremos enfrente, para evitar problemas. Ella baja del auto, uno le muestra dónde es, se va sola y da el recado de que llega para quedarse.

Una de las chicas de la casa se turbó: temía que el hermano, con una incomprensión típica de hombre, hablara demasiado delante de la novia. Ellos no visitaban jamás al hermano de Petrópolis, y mucho menos a la cuñada.

—Y bueno —lo interrumpió a tiempo, antes de que él hablase demasiado—. Mira, Muchachita, entras por aquel callejón y no tienes cómo equivocarte: en la casa de ladrillo rojo, preguntas por Arnaldo, mi hermano, ¿oyes?, Arnaldo. Di que allá, en casa, no podías quedarte ya; di que la casa de Arnaldo tiene lugar y que tú hasta puedes vigilar un poco al chico, ¿eh?…

Muchachita bajó del automóvil, y durante un tiempo se quedó aún de pie, pero como flotando atontada e inmóvil sobre ruedas. El viento fresco le soplaba la falda larga por entre las piernas.

Arnaldo no estaba. Muchachita entró en la salita donde la dueña de casa, con un trapo de limpiar anudado en la cabeza, tomaba café. Un niño rubio —seguramente aquel que Muchachita debería vigilar— estaba sentado ante un plato de tomates y cebollas y comía soñoliento, mientras las piernas blancas y pecosas se balanceaban bajo la mesa. La alemana le llenó el plato de papilla de avena, le puso en la mesa pan tostado con mantequilla. Las moscas zumbaban. Muchachita se sentía débil. Si bebiera un poco de café caliente, tal vez se le pasara el frío del cuerpo.

La alemana la examinaba de vez en cuando en silencio: no había creído la historia de la recomendación de la cuñada, aunque “de allá” todo podía esperarse. Pero tal vez la vieja hubiera oído de alguien la dirección, incluso en un tranvía, por casualidad; eso ocurría a veces, bastaba abrir un diario y ver qué ocurría. Es que aquella historia no estaba nada bien contada, y la vieja tenía un aire avivado, ni siquiera escondía la sonrisa. Lo mejor sería no dejarla sola en la salita, con el armario lleno de loza nueva.

—Antes tengo que tomar el desayuno —le dijo—. Después de que mi marido llegue, veremos lo que se puede hacer.

Muchachita no entendió muy bien, porque la mujer hablaba como gringa. Pero entendió que debía continuar sentada. El olor del café le daba ganas, y un vértigo que oscurecía la sala toda. Los labios ardían secos y el corazón latía independiente. Café, café, miraba sonriendo y lagrimeando. A sus pies el perro se mordía la pata, mostrando los dientes al gruñir. La sirvienta, también medio gringa, alta, de cuello muy fino y senos grandes, trajo un plato de queso blanco y blando. Sin una palabra, la madre aplastó bastante queso en el pan tostado y se acercó al hijo. El chico comió todo y, con la barriga grande, tomó un palillo y se levantó:

—Mami, cien cruceiros.

—No, ¿para qué?

—Chocolate.

—No. Mañana es domingo.

Una pequeña luz iluminó a Muchachita: ¿domingo?, ¿qué hacía en aquella casa en vísperas del domingo? Nunca sabría decirlo. Pero bien que le gustaría hacerse cargo de aquel chico. Siempre le habían gustado los chicos rubios: todo chico rubio se parecía al Niño Jesús. ¿Qué hacía en aquella casa? La mandaban sin motivo de un lado a otro, pero ella  contaría  todo,  iban  a  ver.  Sonrió  avergonzada:  no  contaría  nada,  porque  lo  que realmente quería era café.

La dueña de la casa gritó hacia adentro, y la sirvienta indiferente trajo un plato hondo, lleno de papilla oscura. Los gringos comían mucho por la mañana; eso Muchachita lo había visto en Marañón. La dueña de la casa, con su aire sin bromas, porque el gringo en Petrópolis era tan serio como en Marañón, la dueña de la casa sacó una cucharada de queso blanco, lo trituró con el tenedor y lo mezcló con la papilla. Para decir la verdad, porquería propia de gringo. Se puso entonces a comer, absorta, con el mismo aire de hastío que tienen los gringos de Marañón. Muchachita la miraba. El perro mostraba los dientes a las pulgas.

Por fin, Arnaldo apareció en pleno sol, la vitrina brillando. No era rubio. Habló en voz baja con la mujer, y después de demorada confabulación, le dijo firme y curioso a Muchachita:

—No puede ser, aquí no hay lugar, no.

Y como la vieja no protestaba y continuaba sonriendo, él habló más fuerte:

—No hay lugar, ¿entiendes?

Pero Muchachita continuaba sentada. Arnaldo ensayó un gesto. Miró a las dos mujeres en la sala y vagamente sintió lo cómico del contraste. La esposa tensa y colorada. Y más adelante la vieja marchita y oscura, con una sucesión de pieles secas colgadas en los hombros. Ante la sonrisa maliciosa de la vieja, se impacientó:

—¡Y ahora estoy muy ocupado! Te doy dinero y tomas el tren para Río, ¿eh? Vuelves a casa de mi madre, llegas y dices: la casa de Arnaldo no es un asilo, ¿eh?, aquí no hay lugar. Diles así: la casa de Arnaldo no es un asilo, ¿entiendes?

Muchachita aceptó el dinero y se dirigió a la puerta. Cuando Arnaldo ya se iba a sentar para comer, Muchachita reapareció:

—Gracias, Dios le ayude.

En la calle, pensó de nuevo en María Rosa, Rafael, el marido. No sentía la menor nostalgia. Pero se acordaba. Fue hacia la carretera, alejándose cada vez más de la estación. Sonrió como si engañara a alguien: en lugar de volver en seguida, antes iba a pasear un poco. Pasó un hombre. Entonces una cosa muy curiosa, y sin ningún interés, fue iluminada: cuando aún ella era una mujer, los hombres. No conseguía tener una imagen precisa de la figura de los hombres, pero se vio a sí misma con blusas claras y largos cabellos. Le volvió la sed, quemando la garganta. El sol ardía, centelleaba en cada guijarro blanco. La carretera de Petrópolis es muy linda.

En la fuente de piedra negra y mojada, en plena carretera, una negra descalza llenaba una lata de agua.

Muchachita se quedó parada, atisbando. Vio después a la negra juntar las manos y beber.

Cuando la carretera quedó nuevamente vacía, Muchachita se adelantó como si saliera de un escondrijo y se acercó con disimulo a la fuente. Los chorros de agua se escurrieron heladísimos dentro de las mangas hasta los codos, pequeñas gotas brillaban suspendidas en los cabellos.

Saciada,  sorprendida,  continuó  paseando  con  los  ojos  más  abiertos,  atenta  a  las violentas vueltas que el agua pesada le daba en el estómago, despertando pequeños reflejos como luces en el resto del cuerpo.

La carretera subía mucho. La carretera era más linda que Río de Janeiro, y subía mucho. Muchachita se sentó en una piedra que había junto a un árbol, para poder apreciar. El cielo estaba altísimo, sin una nube. Y había muchos pájaros que volaban del abismo hacia la carretera. La carretera blanca de sol se extendía sobre un abismo verde. Entonces, como estaba cansada, la vieja apoyó la cabeza en el tronco del árbol y murió.

En La Legión Extranjera (1964)

 

Franz Kafka: Un golpe a la puerta del cortijo. Cuento

 

franz-kafka-13-anosFue un caluroso día de verano. Mi hermana y yo pasábamos frente a la puerta de un cortijo que estaba en el camino de regreso a casa. No sé si golpeó esa puerta por travesura o distracción. No sé si tan sólo amenazó con el puño sin llegar a tocarla siquiera. Cien metros más adelante, junto al camino real que giraba a la izquierda, empezaba el pueblo. No lo conocíamos, pero al cruzar frente a la casa que estaba inmediatamente después de la primera, salieron de ahí unos hombres haciéndonos señas amables o de advertencia; estaban asustados, encogidos de miedo. Señalaban hacia el cortijo y nos hacían recordar el golpe contra la puerta. Los dueños nos denunciarían e inmediatamente comenzaría el sumario. Yo permanecía calmo, tranquilizaba a mi hermana. Posiblemente ni siquiera había tocado, y si en realidad lo había hecho, nadie podría acusarla por eso. Intenté hacer entender esto a las personas que nos rodeaban; me escuchaban pero absteniéndose de emitir juicio alguno. Después dijeron que no sólo mi hermana, sino también yo sería acusado. Yo asentía, sonriente, con la cabeza. Todos volvíamos nuestra vista atrás, hacia el cortijo, tan atentamente como si se tratara de una lejana cortina de humo tras la cual fuera a aparecer un incendio. Lo que pronto vimos, en realidad, fue a unos jinetes que entraron por el portón del cortijo. Una polvareda, al levantarse, lo cubrió todo; sólo brillaban las puntas de las enormes lanzas. Apenas la tropa había desaparecido en el patio, cuando debió, al parecer, hacer dar vuelta a sus corceles, pues volvió a salir en dirección nuestra. Aparté a mi hermana de un empellón, yo me encargaría de poner todo en orden. Ella no quiso dejarme solo. Le expliqué que para que se viera mejor vestida ante los señores debía, al menos, cambiarse de ropas. Por fin me hizo caso e inició el largo camino a casa. Ya estaban los jinetes junto a nosotros y casi al tiempo de apearse preguntaron por mi hermana. “No está aquí de momento” fue la temerosa respuesta, “pero vendrá más tarde”. La contestación se recibió con indiferencia. Parecía que ante todo, lo importante era haberme hallado. Destacaban, de entre ellos, el juez, un hombre joven y vivaz, y su silencioso ayudante llamado Assmann. Me invitaron a pasar a la taberna campesina. Lentamente, balanceando la cabeza, jugando con los tiradores, comencé a caminar bajo las miradas severas de los señores. Aún creía que una sola palabra sería suficiente para que yo, que vivía en la ciudad, fuese liberado, incluso con honores, en ese pueblo campesino. Pero luego de atravesar el umbral de la puerta, pude escuchar al juez que se acercó a recibirme: “Este hombre me da lástima”. Sin duda alguna, no se refería con esto a mi estado actual sino a lo que me esperaba en el futuro. La habitación se parecía más a la celda de una prisión que a una taberna rural. De las grandes losas de la pared, oscura y sin adornos, pendía, en alguna parte, una argolla de hierro, y en el centro de la habitación algo que era medio catre y medio mesa de operaciones.

¿Podría yo respirar otros aires que los de una cárcel? He aquí el gran dilema. O, mejor dicho, lo que sería el gran dilema, si yo tuviera alguna perspectiva de ser dejado en libertad.

Simone de Beauvoir: Carta a Jean Paul Sartre

Querido pequeño ser:

Quiero contarle algo extremadamente placentero e inesperado que me pasó: hace tres días me acosté con el pequeño Bost. Naturalmente fui yo quien lo propuso, el deseo era de ambos y durante el día manteníamos serias conversaciones mientras que las noches se hacían intolerablemente pesadas. Una noche lluviosa, en una granja de Tignes, estábamos tumbados de espaldas a diez centímetros uno del otro y nos estuvimos observando más de una hora, alargando con diversos pretextos el momento de ir a dormir. Al final me puse a reír tontamente mirándolo y él me dijo: “¿De que se ríe?”. Y le contesté: “Me estaba preguntando qué cara pondría si le propusiera acostarse conmigo”. Y replicó: “Yo estaba pensando que usted pensaba que tenía ganas de besarla y no me atrevía”. Remoloneamos aún un cuarto de hora más antes de que se atreviera a besarme. Le sorprendió muchísimo que le dijera que siempre había sentido muchísima ternura por él y anoche acabó por confesarme que hacía tiempo que me amaba. Le he tomado mucho cariño. Estamos pasando unos días idílicos y unas noches apasionadas. Me parece una cosa preciosa e intensa, pero es leve y tiene un lugar muy determinado en mi vida: la feliz consecuencia de una relación que siempre me había sido grata. Hasta la vista querido pequeño ser; el sábado estaré en el andén y si no estoy en el andén estaré en la cantina. Tengo ganas de pasar unas interminables semanas a solas contigo.

Te beso tiernamente,

Tu Castor.

Mario Benedetti: A imagen y semejanza. Cuento

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia1 (1920 – 2009)
Escritor y poeta uruguayo.

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.

William Faulkner: El sacerdote. Cuento

(Misisipi, 25/09/1897 – Byhalia, 6/07/1962) Premio Nobel de Literatura 1949

Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud había sido aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la esperanza de alcanzarla a través de la confesión, a través de la charla con aquellos que parecían haberla alcanzado; mediante una vida de expiación y de negación de sí mismo hasta que los fuegos terrenales que lo atormentaban se extinguieran con el tiempo. Deseaba apasionadamente la mitigación y cesación del hambre y de los apetitos de su sangre y de su carne, los cuales, según le habían enseñado, eran perniciosos: esperaba algo como el sueño, un estado que habría de alcanzar y en el cual las voces de su sangre serían aquietadas. 0, mejor aún, domeñadas. Que, cuando menos, no lo conturbaran más; un plano elevado en el que las voces se perderían, sonarían cada vez más débiles y pronto no serían sino un eco carente de sentido entre los desfiladeros y las cumbres mayestáticas de la Gloria de Dios.

Pero no lo había alcanzado. En el seminario, tras una charla con un sacerdote, solía volver a su dormitorio en un éxtasis espiritual, un estado emocional en el cual su cuerpo no era sino un letrero con un mensaje llameante que habría de agitar el mundo. Y veía aliviadas sus dudas; no albergaba duda ni tampoco pensamiento. La finalidad de la vida estaba clara: sufrir, utilizar la sangre y los huesos y la carne como medios para alcanzar la gloria eterna, algo magnífico y asombroso, siempre que se olvide que fue la historia y no la época quien creó los Savonarola y los Thomas Becket. Ser de los elegidos, pese a las hambres y las roeduras de la carne, alcanzar la unión espiritual con el Infinito, morir, ¿cómo podía compararse con esto el placer físico anhelado por su sangre?

Pero, una vez entre sus compañeros seminaristas, ¡cuán pronto olvidaba todo aquello! Los puntos de vista y la insensibilidad de sus condiscípulos eran un enigma para él. ¿Cómo podía alguien a un tiempo pertenecer y no pertenecer al mundo? Y la pavorosa duda de que acaso se estaba perdiendo algo, de que acaso, después de todo, fuera cierto que la vida se limitaba sólo a lo que uno pudiera obtener en los breves setenta años que al hombre caben. ¿Quién lo sabía? ¿Quién podía saberlo? Existía el cardenal Bembo, que vivió en Italia en una era semejante a plata, semejante a una flor imperecedera, y que creó un culto al amor más allá de la carne, esquilmado de las torturas de la carne. Pero ¿no sería esto sino una excusa, sino un paliativo a los terribles miedos y dudas? ¿No era la vida de aquel hombre apasionado y hacía tanto tiempo muerto semejante a la suya; un tejido de miedo y duda y una apasionada persecución de algo bello y excelso? Sólo que algo bello y excelso significaba para él no una Virgen sosegada por el dolor y fijada como una bendición vigilante en el cielo del oeste, sino una criatura joven y esbelta e indefensa y (en cierto modo) herida, que había sido sorprendida por la vida y utilizada y torturada; una pequeña criatura de marfil despojada de su primogénito, que alza los brazos vanamente en la tarde que declina. Para decirlo de otro modo, una mujer, con todo lo que en una mujer hay de apasionada persecución del hoy, del instante mismo; pues sabe que el mañana tal vez no llegue nunca y que sólo el hoy importa, porque el hoy es suyo. Se ha tomado una niña y se ha hecho de ella el símbolo de los viejos pesares del hombre, pensó, y también yo soy un niño despojado de su niñez.

La tarde era como una mano alzada hacia el oeste; cayó la noche, y la luna nueva se deslizó como un barco de plata por un verde mar. Se sentó sobre su catre y se quedó mirando hacia el exterior, mientras las voces de sus compañeros se iban mitigando a su pesar con la magia del crepúsculo. El mundo sonaba afuera, y se eclipsaba; tranvías y taxímetros y peatones. Sus compañeros hablaban de mujeres, de amor, y él se dijo a sí mismo: ¿Pueden estos hombres llegar a ser sacerdotes y vivir en la abnegación y en la ayuda a la humanidad? Sabía que podían, y que lo harían, lo cual era más duro. Y recordó las palabras del padre Gianotti, con quien no estaba de acuerdo:

-A través de la historia el hombre ha fomentado y creado circunstancias sobre las que no tiene control. Y lo único que podrá hacer es dar forma a las velas con las que capeará el temporal que él mismo ha provocado. Y recuerden: la única cosa que no cambia es la risa. El hombre siembra, y recoge siempre tragedia; pone en la tierra semillas que valora en mucho, que son él mismo, ¿y cuál es su cosecha? Algo acerca de lo cual no ha podido aprender nada, algo que lo supera. El hombre sabio es aquel que sabe retirarse del mundo, cualquiera que sea su vocación, y reír. Si tienes dinero, gástalo: ya no tienes dinero. Sólo la risa se renueva a sí misma como la copa de vino de la fábula.

Pero la humanidad vive en un mundo de ilusión, utiliza sus insignificantes poderes para crear en torno un lugar extraño y estrafalario. Lo hacía también él mismo, con sus afirmaciones religiosas, al igual que sus compañeros con su charla eterna sobre mujeres. Y se preguntó cuántos sacerdotes de vida casta y dedicados a aliviar el sufrimiento humano serían vírgenes, y si el hecho de la virginidad supondría alguna diferencia. Sin duda sus compañeros no eran castos; nadie que no haya tenido relación con mujeres puede hablar de ellas tan familiarmente; y sin embargo, llegarían a ser buenos sacerdotes. Era como si el hombre recibiera ciertos impulsos y deseos sin ser consultado por el autor de la donación, y el satisfacerlos o no dependiera exclusivamente de él mismo. Pero él no era capaz de decidir en tal sentido; no podía creer que los impulsos sexuales pudieran desbaratar la filosofía global de un hombre, y que sin embargo pudieran ser aquietados de ese modo. “¿Qué es lo que quieres?”, se preguntó. No lo sabía: no era tanto el deseo particular de alguna cosa cuanto el temor de perder la vida y su sentido por culpa de una frase, de unas palabras vacías, sin ningún significado. “Ciertamente, en razón de mi ministerio, deberías saber cuán poco significan las palabras”.

¿Y en caso de que hubiera algo latente, alguna respuesta al enigma del hombre al alcance de la mano pero que él no pudiera ver? “El hombre desea pocas cosas aquí abajo”, pensó. ¡Pero perder lo poco que tiene!

El pasear por las calles no hizo que viera más claro su problema. Las calles estaban llenas de mujeres: chicas que volvían del trabajo; sus cuerpos jóvenes y airosos se hacían símbolos de gracia y de belleza, de impulsos anteriores al cristianismo.“¿Cuántas de ellas tendrán amantes? -se preguntó-. Mañana me mortificaré, haré penitencia por esto mediante la oración y el sacrificio, pero ahora abrigaré estos pensamientos en los que ha tanto tiempo he deseado pensar”.

Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban forma a su paso en la Calle Canal. Chicas que iban a casa para almorzar -el pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su placer físico al masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser-, para fregar en la cocina; chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales saxofones y baterías y luces de colores, que mientras duraba la juventud tomaban la vida como un coctel de una bandeja de plata; chicas que se sentaban en casa y leían libros y soñaban con amantes a lomos de caballos con arreos de plata.

“¿Es juventud lo que quiero? ¿Es la juventud que hay en mí y que clama hacia la juventud en otros seres lo que me conturba? Entonces, ¿por qué no me satisface el ejercicio, la contienda física con otros jóvenes de mi sexo? ¿0 es la Mujer, el femenino sin nombre? ¿Habrá de venirse abajo en este punto toda mi filosofía? Si uno ha venido al mundo a padecer tales compulsiones, ¿dónde está mi Iglesia, dónde esa mística unión que me ha sido prometida? ¿Y qué es lo que debo hacer: obedecer estos impulsos y pecar, o reprimirlos y verme torturado para siempre por el temor de que en cierto modo he desperdiciado mi vida en aras de la abnegación?”.

“Purificaré mi alma”, se dijo. La vida es más que eso, la salvación es más que eso. Pero oh, Dios, oh, Dios, ¡la juventud está tan presente en el mundo! Está por doquiera en los jóvenes cuerpos de chicas embotadas por el trabajo, sobre máquinas de escribir o tras mostradores de tiendas, de chicas al fin evadidas y libres que exigen la herencia de la juventud, que hacen subir sus ágiles y suaves cuerpos a los tranvías, cada una con quién sabe qué sueño. “Salvo que el hoy es el hoy, y que vale mil mañanas y mil ayeres”, exclamó.

“Oh, Dios, oh, Dios. ¡Si al menos fuera ya mañana! Entonces, seguramente, cuando haya sido ordenado y me convierta en un siervo de Dios, hallaré consuelo. Entonces sabré cómo dominar estas voces que hay en mi sangre. Oh, Dios, oh, Dios, ¡si al menos fuera ya Mañana!”

En la esquina había una expendeduría de tabaco: había hombres comprando, hombres que habían finalizado su jornada de trabajo y volvían a sus casas, donde les esperaban suculentas comidas, esposas, hijos; o a cuartos de soltero para prepararse y acudir a citas con prometidas o amantes; siempre mujeres. Y yo, también, soy un hombre: siento como ellos; yo, también, respondería a blandas compulsiones.

Dejó la Calle Canal; dejó los parpadeantes anuncios eléctricos que habrían de llenar y vaciar el crepúsculo, inexistentes a sus ojos y por lo tanto sin luz, lo mismo que los árboles son verdes únicamente cuando son mirados. Las luces llamearon y soñaron en la calle húmeda, los ágiles cuerpos de las chicas dieron forma a su apresuramiento hacia la comida y la diversión y el amor; todo quedaba a su espalda ahora; delante de él, a lo lejos, la aguja de una iglesia se alzaba como una plegaria articulada y detenida contra la noche. Y sus pisadas dijeron: “¡Mañana! ¡Mañana!”.

Ave María, deam gratiam… torre de marfil, rosa del Líbano…