Néstor Valdivia: El brillo de obsidiana. Cuento

Esta vez un sueño distinto al que siempre le aquejaba lo despertó antes del amanecer. Un sueño repentino y sin explicación alguna, como todo sueño sí, pero este más fatídico e incomprensible, con un gusto agrio de premonición que le asqueó la lengua al paladearlo y le apretó el pecho en una angustia bravía. Despierto y exaltado, procuró recordarlo pero todo fue tan rápido que no pudo retener las imágenes terribles en la memoria. Le quedó solo esa sensación extraña de ser más un recuerdo que un insólito sueño, una evocación que parecía haber lactado directo de su madre a través del dulce calostro que bebió al ser alumbrado.

Aquella mañana Hombre la ocupó puliendo un pedazo de obsidiana negra contra una piedra más grande y dura, adelgazando a pulso de paciencia y goterones de agua los bordes toscos e irregulares de la piedra volcánica. Con el dedo gordo de la mano comprobó la delgadez del filo. La pequeña gota de sangre era la prueba infalible que el esfuerzo había dado frutos y se sintió satisfecho. Sentado en el pórtico de su covacha tomó las tiras de cuero de un roedor y con ellas ató la piedra alisada al hueso de la cadera de un animal salvaje ya tallado con anticipación y puesto a secar a la intemperie. Mientras aguzaba la punta del cuchillo ya acabado y el hambre le retorcía las tripas, lamentó su poca suerte. Pero suerte no es. Aunque él no lo sepa, cada acto de su vida, cada decisión lo encaminó a este punto, a este instante de modo irremediable, como a todos los personajes de su universo conocido, donde cada uno, a su vez, daba su aporte para ello y del que nadie y menos Hombre, ya viejo, solitario y cansado, podía desprenderse de las ataduras de lo que ahora bien llamamos destino y que le había encadenado a una sucesión de hechos desde siempre, incluso, antes de su propia existencia.

Ya caía la tarde y desde el pequeño otero donde ubicó su casa para guarecerse de las lluvias y el sol; debajo de un gran molle frondoso, observa distraído su aldea de casas dispuestas en un orden aparentemente sin tino pero que guardaba relación con la incipiente división social imperante. Las covachas de piedras, con puertas orientadas al sol naciente, eran circulares, de una sola entrada y con una altura no superior a la de sus habitantes, esto para mantener el calor dentro de ellas. Techos de paja brava las protegían de las inclemencias climáticas. Al centro de ellas había un amplio patio, también circular, a modo de plaza, donde los más pequeños retozaban y los viejos disfrutaban del calor solar tirados en el suelo aplanado de tierra. Al medio del patio cuatro troncos largos a manera de bancas formaban un cuadrado, que servía de sala de reuniones a cielo abierto y de comedor permanente de la tribu. Por las noches se encendía el fogón para calentar los cuerpos y cocer la comida recolectada y las carnes secas de las presas cazadas en épocas de abundancia. Hombre espera que anochezca y con lentitud baja por la pendiente. Algunos niños al verle entrar al patio, juegan con él lanzándole objetos, tironeándole de sus ropas sucias y gastadas. Los adultos lo miran con desprecio y arrogancia. Se ríen y él, complaciente y resignado, hace lo mismo.

Todos están al rededor de la fogata. El humo se levanta sinuoso hasta lo más alto y Hombre, manteniendo cierta distancia al inicio y temeroso, se aproxima al fogón central. De a pocos va acercándose, casi a rastras y con la cerviz humillada, hasta llegar a sentir el calor de la hoguera que le calienta los pies y le sonroja las mejillas. El olor de la carne cocida le hace salivar, vuelven los retortijones del estómago, quiere estirar la mano para coger un bocado pero su estatus no se lo permite. Todos comen en orden de rangos definidos. Los hombres adultos se alimentan primero, luego los más viejos, los jóvenes, las mujeres, las mujeres viejas, los niños, niñas y al último, Hombre, disputa las sobras con los perros. Nadie, si quiera, le brinda una mirada de desprecio mientras va arrancando a mordiscos las piltrafas de carne y tendones pegadas al hueso.

Ya de regreso a casa tomó la quena que heredó de Padre cuando este murió. Sintió en sus dedos las muescas entrañables, los orificios suavizados por el uso. La melodía dulce y triste que comenzó a entonar fue bajando por la colina como una brisa gélida aquietando todo a su paso: a los árboles, matorrales, al incipiente pasto, a las nubes y a los sueños de todos para luego, lánguida, irse perdiendo entre el largo valle de su comarca.

¿Cómo pude caer tan bajo?- Reflexionó con tristeza. En tan poco tiempo había pasado de ser el líder de su asentamiento a alguien postergado a la menor posición del escalafón social.

Hombre está viejo. Sus cabellos encanecieron. Sus músculos que antes mostraba orgulloso a los más jóvenes, cada vez los siente más flácidos. Sus piernas, casi inútiles, no soportan los largos trotes del grupo de caza. Se quedaba relegado y, a pesar de ello, hasta unas estaciones atrás, aún mantenía el respeto y la cabeza de la tribu. Pero llegó aquel día infortunado cuando un macho más joven, también cazador, le espetó sus errores tras dejar escapar una presa fácil. Y en el patio, delante de todos, le retó mostrando los dientes y furioso se le fue encima. No dándole a Hombre tiempo para nada, ni para evitar los golpes que le cegaban la visión, ni limpiarse la sangre que corría por su rostro. Solo de manera automática, instintiva, pudo desenfundar el puñal y en movimientos involuntarios, cercenarle algunos dedos de la mano al macho joven, antes que este, más frenético aún, le hiriera casi de muerte golpeándole la cabeza con una roca.

Sintió a Sol irritándole el rostro, despertó lento al cabo de unos días. Se encontraba tirado a las orillas de Río, sobre un esponjoso colchón natural de hierbas y lodo que le enfriaba la espalda. Se incorporó como pudo. La cabeza le daba vueltas. El estomago se le revolvió y las arcadas solo le permitieron expulsar un vómito amarillo y espumoso y se sintió morir. Ya mejorado, lavó sus heridas, su ropa, su cuerpo dolido, sus cabellos pegoteados de sangre y la herida de la frente le ardió en fuego vivo. Se quedó sentado pensando en lo ocurrido. Todo era confuso. Rostros, miradas, indiferencia, sangre, el suelo, nubes, golpes, puños y lo único claro, la piedra acercándosele veloz para luego llenarle toda la memoria de una blancura tan espesa como la neblina más tupida de las tardes de verano.

Hombre, adolorido y aún con mareos repentinos que le hacían trastrabillar y con más resignación que valor, tomó la pequeña cuesta rocosa para llegar a Aldea. Y mientras se sujetaba de una piedra para darse impulso y con la otra mano presionaba otra para calcular la resistencia al peso, cuestionó su decisión:

– ¿Por qué nadie salió en mi defensa? – Pensó- ¿Por qué me dejaron ahí tirado? ¡Nadie me defendió, nadie me auxilió!- Ni Hembra, su joven pareja, salió a protegerle o detener la pelea o ya tirado en Río limpiarle las heridas, cubrirla con plantas para acelerar la curación y no dejarlo ahí, como una simple osamenta que abandonaban luego de algún festín tribal. – ¿Todo habría sido planeado? – Se preguntó.– Sí, puede ser – Recapacitó – Pero… Y si fue así… ¿Para qué volver? – Sería repelido por el grupo al instante y quizá, ya no correría la misma suerte de ahora. Herido, maltrecho pero vivo al fin.

Hombre está sentado a la ribera. Hombre y sus pensamientos. Hombre y Río bramando su bajo caudal. Hombre y Río respondiéndole a cada una de sus preguntas en un eco de lenguaje sibilino. Y recordó que Padre alguna vez le dijo que ellos habían aprendido de los animales que habitaban las alturas. Cuando un joven macho llega a la edad de procreación se aleja del núcleo familiar, se junta con otros de su misma condición y forman una manada nómade, recorriendo nuevas regiones de pastoreo hasta encontrar una hembra para el apareamiento. Con la diferencia que los hombres errantes o raptaban a las hembras y las hacían suyas por la fuerza y formaban un nuevo clan o simplemente merodeaban por los alrededores de las poblaciones vecinas y poco a poco eran admitidos por su colaboración e identificación con el grupo.

– Así es como Abuelo llegó a Aldea– Le dijo Padre una tarde mientras descansaban luego que le enseñase el modo adecuado de tocar la quena. La confesión de Padre, escasa en detalles y con la mirada fugitiva, le causó extrañeza. Raudo, evitando la pregunta no formulada, acomodó los dedos en los agujeros del instrumento de hueso, enjugó los labios y luego sopló suave arrancándole una vieja canción que le estremeció el alma, como una gota el agua, como un relámpago quiebra al aire. – Al inicio no fue aceptado– Continuó luego. Era evidente, un macho joven y de tribu diferente guardaba mucho recelo en sus pares. Pero con el transcurrir de las estaciones, Abuelo fue ganándose un lugar en los tablones del patio. Con su destreza con las armas, pericia y fortaleza, tomó el liderazgo de los cazadores. Y así, al cabo de un tiempo fue visto como uno más. Pero Hombre nunca había salido de su entorno. De pequeño y con los demás niños del clan sólo se habían aventurado a cruzar, pocas veces, a la otra ribera sabiendo la prohibición de los mayores:

– ¡No es nuestro territorio! – Le decían señalándole una piedra apuntalada en el suelo, con diseños raspados en su superficie, a modo de hito de la tribu vecina; del cual pendían bestias desgarradas por la muerte, con las carnes ennegrecidas y los huesos expuestos y partidos destilando aceites rancios y hediondos debido al calor del medio día; como claro recordatorio de la suerte que se correría al traspasar la frontera. Y se quedaba observando el más allá, hasta que Sol parecía haberse convertido en un gigante ojo irritado que ensangrentaba el yermo de piedras grises y las nubes del extenso territorio inexplorado por los suyos. Y del otro lado, por el oriente, por encima del valle, el bosque de cceñuas de troncos retorcidos y cortezas escamadas. Más allá el pajonal y más lejos aún, los cerros tutelares de blancuras inescrutables, cuyas cumbres, apenas visibles desde su caserío, eran como las afiladas dentaduras de un viejo puma petrificado, en una constante y eterna lucha por querer morder la inalcanzable panza abovedada de Cielo.

¿Pero Hombre, a dónde iría? En su condición le sería difícil adaptarse a la nueva situación, sin tomar en cuenta que podrían pasar días, incluso semanas antes de encontrar al grupo. Y si lo lograse, ¿De qué serviría? Nadie en absoluto aceptaría su presencia. Un estorbo dirían, una carga para la gavilla de jóvenes en la plenitud de sus capacidades, con liderazgos ya definidos y objetivos amatorios bien proyectados. No cargarían con él a cuestas. Entonces ¿Le quedaría el exilio? Marcharse lo más lejos posible y vérselas él solo: construir su morada, recolectar, cazar. Sí, era una opción. Y sus pensamientos se le esfumaron al observar sus manos huesudas, las pecas de ancianidad en el dorso de ellas y de pronto como si hubiera descubierto el camino no previsto, se vio en el reflejo del agua y este le devolvió implacable, un rostro viejo, arrugado, reseco. Con las mismas grietas de un leño añejo y se sintió desolado y vulnerable. Y como momentos antes, comenzó a subir la pendiente que marcaba la garganta de la ribera.

Ya en la explanada el blando tufo almizclado de carnes y frutos descompuestos, característico de Aldea, lo sintió pegado a sus narices como un recuerdo que no podía quitarse de la cabeza. A cada paso su presencia era más irrisoria y detestable. Como un mecanismo de defensa, o de derrota, su cuerpo enjuto, viejo para su época a pesar de sus escasos 35 años, se le fue encorvando como el tallo de las quinuas salvajes por el peso de su fruto, hasta llegar a convertirse en la miserable estampa de un futuro roído por la desesperanza y la traición. Nadie le dijo nada, nadie le sonrío al entrar al patio, nadie expresó una mueca de asombro. Sólo las miradas de vilipendio le calaron el espíritu como cuando el viento arranca desde sus raíces a las hierbas moribundas. Eso era, un hombre moribundo.

¿Cómo pude caer tan bajo?- Volvió a cuestionarse al recordar aquel episodio de su vida, que le arremolinó la memoria en un estrépito de voces acusadoras que no cesaban de sonar. Puso la quena a un lado e ingresó a su covacha y en un largo suspiro fue calmando los bostezos que luego se convirtieron en ronquidos y quietud.

Al amanecer del día siguiente la Estrella Solitaria y el rojo indio pálido de Cielo marcaban la hora para que Hombre se levantara de una noche pesada por la ansiedad, en la que apenas pudo dormir y complacerse en el imaginario de su retorno a Aldea, con la presa despanzurrada sobre sus espaldas, siendo la envidia de muchos y el orgullo de los más pequeños por la hazaña de haber logrado una cacería impecable sin la ayuda de nadie. Entre vítores ingresaría por las fronteras invisibles de Aldea, teniendo el reconocimiento del grupo y haciéndose merecedor de las atenciones de todos, de las hembras jóvenes y, cómo no, de escoger el mejor pedazo de carne para sí. Ya no sería mal visto ni reprochado por los demás.

Llegó la hora. Se colgó el cuchillo al cuello con una cuerda. Tomó el arco y se lo cruzó por el hombro. Seleccionó las mejores flechas, las ajustó con la soga de maguey a la espalda y se alejó de Aldea. En una marcha ligera y al cabo de pocas horas, Hombre remontó el valle y desde ahí pudo distinguir a lo lejos la planicie. El frío arreciaba pero eso es lo que menos le importaba. Siguió el resto del camino apretando el paso, mientras los rayos solares iban reduciendo las sombras de las descomunales rocas míticas, que según contaban en las noches, alrededor de la hoguera, eran colosos petrificados por desobediencias imperdonables al Dios de las Varas, que vino en tiempos inmemoriales desde el gran lago salado a poner orden por estas tierras. Siguió su correría hasta adentrarse en el pajonal. Con cautela, agitado y de panza al suelo, se situó detrás de una elevación, a recuperar el aliento.

– ¡Va a llover¡– Pensó al ver como aparecía tras los cerros una pared de nubes negras. Respiró profundo, con los ojos cerrados, como queriendo distinguir un aroma delicioso y esperado en el aire que se hacía más frío y húmedo.- ¡Sí, va a llover¡– Sentenció para sí.

Ya recuperado del cansancio sacó de su bolso el idolillo de trapo que preparó para esta ocasión y lo enterró haciendo el ritual de pago a la tierra. Luego, asomó la cabeza y divisó un abrevadero. Se escabulló, tratando de pasar desapercibido, arrastrándose hasta llegar a ocultarse detrás del montículo de piedras que le permitía una proximidad adecuada al ojo de agua. Esperó paciente. Ya las nubes estaban sobre él preñadas de agua a punto de romperse y  caer. Siguió tirado, esperando la cercanía del momento, con el cuerpo laxo. Siendo arrullado por el sonido del viento al atravesar por entre el ischu, se fue sumiendo en un sueño liviano, el mismo de la madrugada, dónde ahora sí pudo distinguir con claridad las lenguas de fuego que abrazaban las casas de Aldea y la voz de Padre retumbando en su cabeza recordándole sus orígenes como aquella tarde que le enseñó a tocar la quena. Se despertó, otra vez, sobresaltado por el extraño sueño. Le pareció tan vívido que el humo tóxico del incendio inexistente, le irritó la garganta y le hizo lagrimear los ojos vivarachos de águila que tenía. Oyó pasos. Volvió a levantar la cabeza por entre las rocas y allí, frente a él, a una treintena de pasos, divisó a una familia de vicuñas que saciaban su sed en el aguadero. Éstas estaban separadas de la enorme manada que pastaba calma, alimentándose del tierno herbaje que crecía después de las lluvias. Dispuso las flechas de punta de pedernal en el suelo. Tomó una de ellas, ensalivó la pluma guía y mientras tiraba de la cuerda hasta el punto adecuado, afinando la vista, imploró al Dios Perro por una buena puntería. Soltó el cable del arco que rechinaba a la presión recibida. La saeta marcó una trayectoria curva a lo largo del recorrido a causa del viento que lo empujaba de lado y terminó por atravesar el cuello del macho alfa que segundos antes, y distraído, sin advertir la presencia de Hombre, había girado la cabeza hacia el silbido, que no demoró más que un parpadeo para apagarle la respiración en un resoplido quedo cuyo sonido se propagó como el resplandor de un trueno por la pradera, alertando a los demás. El macho se desplomó y el núcleo familiar, sin saber qué hacer, se movió siguiendo en tropel a la masa compacta marrón de la manada que asemejaba un bloque gigante de tierra en cataclismo, que de pronto había cobrado vida, trasladándose de un lado al otro de la estepa, dejando al descubierto la pisoteada hierba amarillenta de la pampa. Hombre presuroso corrió al encuentro de su presa. Se agachó para beber de los últimos borbotones de sangre con el mismo placer y determinación de un cachorro al succionar la teta de su madre. Ya satisfecho, estrenó en rápidos cortes el cuchillo de obsidiana degollando al animal, sacándole las vísceras y tripas para luego lavarlas en el riachuelo que como una cicatriz en un rostro, partía en 2 el frío páramo. Limpió sus manos aún manchadas de sangre, que resplandecía a sus ojos exaltados por la proeza, en el fino vellón del animal del que todavía brotaban vapores de su cuerpo tibio.

La tarde se acercaba y el viento soplaba acariciando en ráfagas el rostro agradecido de Hombre que, como si de un hálito divino se tratase, le hizo sentirse rejuvenecido. Con la carga preciada sobre sus espaldas, ya sin cansancio y resuelto, con premura emprendió el camino a casa.

– ¡Ya estoy cerca! – Pensó al cabo de unas horas, al cruzar los cceñuales.

Se sentó a descansar y otra vez recayó, como deslizándose dentro de un desfiladero del que no se puede ni quiere escapar, en las imágenes del sueño que instantes antes lo había sacudido. Masticó la coca sagrada refrescando el sabor áspero de la hoja y de los malos recuerdos con la cal del pequeño recipiente de calabaza que siempre llevaba consigo.

Nadie en Aldea tenía recuerdo de cómo comenzó todo. Si primero fue una casa, luego otra o vinieron todos juntos y fueron levantando de a pocos el pueblo disponiendo las puertas al naciente. Para cuando Hombre tenía uso de razón, todo ya era viejo, como si siempre Aldea hubiera estado ahí, como un ser milenario cuyo destino era enterrar en su vientre a todos sus hijos por la eternidad. Tan vieja como las piedras, como Cerro, como Sol, como Luna. Tan antigua como su propia estirpe pero ya desmemoriada, quizá, por propia voluntad. Un pasado tan confuso y tal vez tan siniestro que ya nadie tiene el valor de recordar. Como cerrar los ojos y pretender que lo visible desaparecerá al abrirlos otra vez. Pero se convierte en un recordatorio rutinario. Una pestilencia ya lejana pero que carga el ambiente y nos transporta a un momento justo, indicado, del pasado.

– ¿Cómo llegamos acá?– Hombre le preguntó alguna vez a Padre, y este le respondió con un silencio profundo.

Y quizá la respuesta sea única. Quizá. Sus antepasados llegaron de madrugada y a mansalva quemaron a sus habitantes dentro de sus casas. A los que se resistieron los colgaron de los pies para luego arrancarles la piel aún estando vivos. Hicieron tambores de guerra con sus pellejos curtidos. Con sus cabellos, conjuros para evitar el maleficio de sus enemigos. Comieron de sus carnes. De sus cráneos bebieron chicha. De sus tripas tensaron arcos y fabricaron amuletos de sus dientes. Mataron y violaron a las mujeres (nadie puede especular el orden adecuado). Lanzaron a los niños y lactantes y recién destetados a Río, y sólo dejaron con vida a las hembras más jóvenes y vírgenes para que los guerreros las desposaran y los líderes disfrutaran de ellas, en otro tipo de festín cárnico, compartiendo sus camas, con sus mujeres del clan, tal y como indicaba la usanza de sus épocas, para aumentar la prole. Con Aldea desolada ya solo bastaba entrar a la vivienda elegida recientemente deshabitada. Tomar posesión de ella, redecorar las paredes, mejoras por aquí y por allá, nada especial. Unos simples retoques bastaban para convertirlas en suyas y hacer como si nada hubiese pasado, para sentirse como en casa.

Masticando la coca, la lluvia le sorprendió y a Hombre le embargó en una sensación de placidez parecida a la felicidad. Hombre nació en una familia de cazadores, lo criaron como cazador, morirá como cazador. Sus gustos, como de los otros de la tribu, ya adulto, era sentirse complacido con cotidianidades básicas. Sacarse los piojos de encima, después de los alimentos. Masticarlos disfrutando el chasquido de sus cuerpos al reventarlos con los dientes. Sentarse a contemplar la lluvia caer por horas sobre el verde pasto. Recordar a Hembra en sus faenas diarias de amamantar a su único hijo que le quedó vivo después de aquel invierno crudo que mató a dos de sus críos. Sobrevivencia que tampoco valió de mucho, ya que llegado el siguiente invierno, luego de la pelea que perdió ante Tullido, éste terminó por liquidarlo estrellándole contra los cantos rodados que dejó a la vista el bajo caudal para evitar futuras venganzas.

Se levantó de su asiento improvisado, volvió a colgar la presa sobre sus espaldas y siguió en trote hasta llegar a Aldea.

Ya era de noche cuando arribó. El fogón central ardía y los miembros de la tribu, unos sentados en los tablones, otros en el suelo, comían entretenidos. Algunas risas sueltas, conversaciones distendidas. Nadie advirtió la presencia de Hombre, que por el día trajinado que había tenido, parecía un ser venido del más allá, como si hubiera sido parido de alguna bestia imaginaria, como si la tierra misma le haya tragado y expulsado de sus entrañas, enlodado de pies a cabeza y con rastros de sangre por todo el cuerpo. Se aproximó un poco más. Todos callaron. Las risas se convirtieron en murmullos. Parsimonioso, con el pecho henchido, mostró el producto de la cacería arrojando la presa muy cerca al fuego para que todos la vieran. Tullido con otros líderes se levantaron, cogieron al animal y en menos de lo que esperaba, una mujer vieja ya estaba troceando al animal muerto. Hombre esbozó una sonrisa y los demás volvieron a tomar sus lugares. Y cuando se disponía a sentarse con los suyos, dos cazadores le salieron en su encuentro y le empujaron hasta que Hombre cayó. Quiso ponerse de pie, no comprendía lo que pasaba. Otro empujón y entonces entendió que nunca más sería aceptado en el grupo. Que no importaba lo que hiciera ahora o hiciese en un futuro para merecerse, como antes, un puesto digno. No era más que un objeto, el recordatorio de la vergonzosa cara de lo que la tribu ya no representaba.

Hombre iracundo subió a su otero. La esperanza se le evaporó como las lágrimas de impotencia al escurrírseles por su rostro quemándole las mejillas. De alguna forma inexplicable y ruin, los logros de un hombre no se miden en sus objetivos cumplidos sino en las tragedias que le encaminaron a ellos. Tomó la quena, quiso tocarla pero sus manos y labios temblorosos no se lo permitieron. Miró el cielo ya despejado. La cruz del sur se mostraba limpia sobrepuesta ante las demás estrellas y en un momento de ira incontrolable, como si con ello quisiera acabar con el pacto oculto, no firmado de un porvenir que le era adverso, rompió entre sus manos el añorado instrumento de Padre.

Abajo terminaron de comer, saciados con la carne fresca que Hombre les había procurado, y uno a uno entraron a sus casas. El brillo del cuchillo de obsidiana que aún llevaba consigo, que aún lo tenía colgado del cuello con una cuerda, de pronto lo llevó a una idea descabellada. Este era su momento de venganza. Algo incomprensible, dirán, para aquellos hombres de aquellos tiempos. Que su cerebro tenía las facultades de un hombre moderno, sí, pero vayamos a saber de qué tipo de artilugios mentales estaba provisto aquel disco biológico. Sabemos bien que la capacidad de almacenamiento de un recipiente tiene poco que ver con la cantidad que éste trae y claro está, con la calidad de ese contenido. De lo que no cabe dudas es de los miedos, desconfianzas de su propia sobrevivencia, en este mundo inmenso y abarrotado de fenómenos que apenas, Hombre y los suyos, pueden tantear una explicación práctica y muchas veces absurda y llena de prejuicios. Útil para su época pero donde los sentimientos tan prescindibles por la rutinas y necesidades de su cotidianidad, vacía ha de estar pero asumamos nuevamente. En su pecho germinó ese algo que va creciendo pero no ocupa espacio y a la vez una llenura ardiente que no puede ser expulsada. Una comida, digámoslo así, que se resiste a ser digerida ni puede ser regurgitada. Avinagrándose a lo largo de muchas lunas y muchas estaciones, dentro de sí. La rabia le brota por los ojos en forma de lágrimas y empuñando el mango de hueso con hoja de obsidiana brillosa, destellante a la luz de Luna gorda que alumbraba todo con su refracción pálida en un gris de sombras perpetuas como aquellas que obnubilan su razonamiento arcaico. Hombre es cazador nato, sabe como acechar y acorralar a su presa, una destreza que no se olvida fácil. Imita el caminar sigiloso de los félidos que atormentan sus pesadillas de cuando en cuando repitiendo una y otra vez hasta el cansancio la escena en donde Padre fue devorado por uno de ellos un día lejano cuando Hombre era aún un cachorro inexperto. Y en ese entonces, no pudo hacer nada. ¿O tal vez sí? Había sacado su pequeño puñal del cinto, amenazante quiso lanzarse sobre el lomo de Puma para salvar a Padre pero de pronto las piernas no le respondieron, la visión se le cristalizó. Un escalofrío repentino le erizó los cabellos, le subió por la espina encorvada y sólo atinó a esconderse tras un matorral, mientras veía absorto como Padre iba pataleando, cada vez con menos ímpetu, al mordisco mortal que le abría la garganta y le quebraba las cervicales, siendo arrastrado, luego, por las alturas de la colina, dejando un rastro de sangre que Hombre no tuvo el valor de seguir.

Y Hombre se vio otra vez a la luz de Luna, arrastrándose por el patio central, no como lo hacía para comer, no con la humillación de siempre. Ahora con arrojo hasta llegar frente al montículo de piedras con las que él había construido su casa y que Tullido se la había arrebatado aquella funesta tarde que perdió la pelea. Lento, descorrió a un lado la tela de fibra vegetal que hacía de puerta. Al fondo vio una sombra movediza. Era Tullido que se acurrucaba y distendía cadencioso sobre el cuerpo de Hembra, como un gusano sobre una hoja, en suaves ronroneos y quejidos que ya en esa época eran distinción inequívoca de aplacar los deseos que se agitan debajo del vientre. Con sus dientes, por el mango, Hombre sostiene el cuchillo de obsidiana pulida y a cuatro patas va cercando a su presa. Hembra observa abstraída el techo oscuro, tan negro como el mohín de sus sentimientos, para olvidar y distanciarse de las acometidas toscas que le invadían sin consideración su cavidad seca. Desvió la mirada perdida al sentir la presencia de alguien más y la fija sobre los ojos también negros de Hombre que hervían en un fuego vivo e inacabable como el brillo del cuchillo de obsidiana a la luz de la Luna. Fue sólo un segundo y en ese momento Tullido también lo vio, sin más, éste se lanzó sobre él y se enredaron en una lucha de golpes secos y gruñidos indescifrables. Un instante después, otro silbido que cortaba el aire tal como el que atravesó al auquénido horas antes, como el que cercenó los dedos de Tullido mucho tiempo atrás y que ahora desvaneció a uno de ellos con el abdomen abierto de lado a lado, sobre el suelo polvoriento de la covacha.

A fuera Cielo está despejado por el brillo de Luna, ni una nube interrumpe la visión de alguien que quiera contemplar su belleza. Las estrellas parecían cientos, miles de luciérnagas atrapadas en la eterna telaraña de manto negro con que Sol se tapaba para dormir. Ni un sonido interrumpía la totalidad. El fogón central de la tribu crepitaba mudo y los insectos revoloteaban sobre los restos de la comida consumida horas antes. Dentro, ya nada importaba, ni la proximidad del día, ni las increpaciones de los otros miembros del grupo, ni las represalias que tomarían contra él por la muerte de su líder. Nada importaba, este era su momento de gloria. Ahora era Hombre sobre Hembra, como minutos antes lo estaba Tullido que yace destripado al otro extremo de la habitación roncando sus últimos alientos de vida con el cuchillo de obsidiana, brillando sobre su regazo.

Néstor Valdivia: A Mamá Bachi. Carta de despedida

Nes Original completoGracias a ti, por esa inercia de los genes, por ese poder de la tradición y la costumbre, por la fuerza de la sangre que tu corazón bombeó y que nos alimenta las venas y el espíritu, es que estamos acá reunidos, para despedirte y abrazarte a la eternidad de la memoria que heredaremos a tu descendencia.

Pequeña mujer de corazón gigante, con tus dedos y manos de lana, tejiste nuestras vidas que son tuyas ahora y para siempre.

Mis mejores recuerdos de la infancia feliz que me tocó vivir fueron en Coracora. Recuerdos imborrables al lado de mis hermanos, padres, primos, tíos, al lado tuyo y de papá lesmes. Tuve la fortuna de verte y sentirte como a una madre, siempre preocupada por todos hasta el final de tus días. Como a un choclo, desgranaste el rosario a las 5 en punto, rezando todas las mañanas, pidiendo por los tuyos.

El olor del humo de la cocina de leña, era lo primero que sentíamos al despertar. Bajábamos somnolientos a tomar el desayuno en el comedor de la casa. Papá Lesmes ya estaba sentado tomando en su gran taza la leche humeante y tú, mamá Bachi, corriendo en busca de no sé qué, de un lado al otro de la casa.

Cada árbol de tu chacra, cada planta, cada piedra, y el hinojo de la huerta. El eucalipto de la era, la viejita casa donde naciste y la casa del pueblo donde tu padre te crío sólo. Cada una de tus hortensias que sólo con el cariño de tus manos sabían florecer y que desde tu ausencia, parecen haber enflaquecido y marchitado irremediablemente, todas esas cosas se quedarán con el aroma de tu presencia.

Con tu partida germinan los recuerdos, tu voz ha sido atrapada en la malla de las paredes de tu casa, eco que se repetirá hasta lo profundo del cariño que te tenemos.

Tu cuerpo, al fin, vieja linda, perdió la batalla, ante el más grande y sublime de los egoísmo que pueda tener el alma, desprenderse de la carne y elevarse como humo invisible. Tu espíritu al fin, mamá Bachi, se hizo paso a través de tu armazón de huesos, como el agua que rompe la tierra, que no soporta ser contenida por nada y aprovechó tus 96 años, y el resquicio de tu corazón cansado para hacerse pasó y romper con toda lógica de los mortales y entregarse como yegua de fuego, a las pampas del más allá.

La vida te bendijo con 5 hijos, 23 nietos y un incontable número de bisnietos pero también te arrancó de tus entrañas a tu hija y a tu querido esposo y desde entonces quedaste herida de muerte. Una letanía de 12 largos años que se acaban hoy para volverte ver nacer, porque morir es volver a nacer, en un universo paralelo e incomprensible. Pagaste con creses tus errores y tus pecados acá mismo. Pero ¿para qué hablar de ellos? En nosotros queda tu cariño y tu amor, tus ocurrencias y lengua rápida, tu paciencia y tu empecinamiento para que todos hagamos lo correcto. Y como tú, también nosotros pagaremos por la ingratitud injustificada que jamás te mereciste.

Descansa en paz mamá Bachi, que acá todos te extrañaremos y te recordaremos con tu chispa incomparable incluso en tus momentos tristes: La vida es más deliciosa, cuando se vive en pecado.

Néstor Valdivia: El olor de las axilas. Cuento

Nes Original completoAl terminar la secundaria hablé con mis padres y les dije que aún no estaba preparado para postular a la universidad y que me sentía perdido en los estudios. Estuvieron molestos conmigo por algún tiempo pero al fin comprendieron que no serviría de nada obligarme a continuar algo que no quería y me dejaron tranquilo.

El domingo siguiente compré el diario y busqué un trabajo eventual en el que estuve dos meses porque no soportaba el ritmo de trabajo ni los horarios. Me levantaba a las cuatro de la mañana para estar a las seis en el taller como ayudante de un viejo cascarrabias al que no le soportaba su lenguaje procaz ni el agresivo olor de sus axilas. Él tampoco soportaba mi presencia ni mis quejas y llegamos al acuerdo de entendimiento.

El viejo procuraría no mandar a la mierda o granputear a todo cada 5 minutos si yo prometía no pasarme todo el día bostezando, pero no pude hacer nada sobre sus hedores. Me avergonzaba reclamarle por el fétido olor a cebollas de sus sobacos. Sin embargo, en el fondo, el viejo me caía bien, hizo más llevadero el trabajo. Sobre todo después de las comidas y en la modorra de las tardes, con sus historias de cuando trabajaba en el puerto como estibador.

Disfrutaba mucho sus relatos de borracheras de dos días con sus compañeros en los prostíbulos, de cómo se reñía puñal en mano o a pico de botella con alguno que osaba mantenerle la mirada por más de cinco segundos y orgulloso levantaba sus mangas de la camisa para mostrarme las cicatrices que había recibido, de cómo se gastaba la semana de pago entre las piernas de las putas más cotizadas del Trocadero.

Cuando me echaron de la empresa organizó una pequeña despedida en una cantina de mala muerte donde los fines de semana todos los obreros de las fábricas de la zona terminaban para gastar lo ganado en las horas extras. Era una casa de un solo piso y a medio construir, de techo a media agua, con el frontis cubierto de una maraña de enredaderas de espinas que ardían al tacto y de flores amarillas que por las noches inundaba al ambiente con un olor dulzón y bastante molesto. Saludó y lo saludaron como a un viejo amigo, no me sorprendió.

Fuimos con dos compañeros y nos sentamos alrededor de una mesa próxima al patio interior de tierra, desde donde se veían los cuartuchos con techo de esteras cubiertos con plásticos azules para evitar las garúas en invierno y las cortinas a modo de puertas hechas de manteles y sábanas viejas. Era la única zona privada del lugar. El viejo se levantó de la silla y señalándonos se disculpó por un momento ya que tenía algo importante que hacer. Claro, lo dijo del único modo que él podía hacerlo:

-Ni se les ocurra irse conchadesumares, voy por un polvo.

Se acercó a una señora diminuta de caderas bastante amplias y desproporcionadas, cuyo cuerpo era equilibrado por un par de tetas descomunales, rebalsadas por el escote y estriadas en surcos blanquecinos. Le recibió con los brazos abiertos y se relamieron en un beso tan soez como 2 moscas copulando sobre el plato del almuerzo recién servido pero, a la vez, tan profundo y tenaz como la mordedura de una araña, así de doloroso era su amor.

El viejo sopesó los mofletes caídos de la mujer y, entre risas y nalgadas, se fueron a una habitación contigua. Volvió al cabo de una hora con la camisa desabotonada, con la velluda panza abovedada al aire y sonriendo satisfecho se sentó en una de las sillas farfullando:

-Esta chola cuesta 20 lucas y culea como si le pagaras 50, pero igual no se las pagué.

Soltó una de sus acostumbradas carcajadas estrepitosas que acompañaba con golpes de puño sobre la mesa. Cogió un vaso y mientras le vertía el aguardiente no pudo evitar una mirada fugaz al cuarto, donde había estado minutos antes y que ahora estaba siendo ocupado por otro señor descamisado.

– Todas son unas putas -Sentenció.

Bebimos toda la noche y tuve que tolerar sus eructos avinagrados tras cada copa hasta el amanecer. Esa fue la última vez que lo vi, entre los vómitos de las 6 de la mañana y luego de que en grupo me pagara el servicio de la putita más joven del local.

Después de ese primer empleo seguí dedicándome a trabajos eventuales, poco remunerados y bastante mecanizados. Me bastaba con ganar unos centavos para poder mantener una vida divertida pero austera, con casi ni un lujo. Lo suficiente, sobre todo, para evitarme las molestias en casa. La mitad de la ropa que poseía la llevaba puesta encima y mis gastos estaban regidos por lo poco que tenía en la billetera.

Un año más tarde, ya aburrido de mis rutinas de fines de semana volvió la idea de estudiar algo formal. Entré a la universidad y me pasé 6 años descubriendo muchas verdades y muchas más mentiras sobre mí. Con relaciones esporádicas y tan eventuales y rutinarias como mis propios empleos. Volví a trabajar, ya con mi título bajo el brazo y sacando cuentas me vi que estaba ganando tan mal como cuando era adolescente. Claro, monetariamente el pago era superior pero el cheque no me alcanzaba para cubrir mis gastos básicos y sólo llegaba a fin de mes gracias a los préstamos que me hacían mis padres. Un día en la oficina, mientras escribía un informe en la computadora, descubrí con horror y mucho pesar, que a mi jefe, de camisa y corbata elegantes, también le apestaban las axilas.

Néstor Valdivia: El amor también apesta. Relato corto

 

Nes Original completoSofía quería convencerse de que los besos de lengua con mordida de labio y sobada de teta en la Plaza Francia, tenían algo de especial. Que los gatos -pequeñas esfinges inmutables a la llovizna- no lloraban de hambre, sino que maullaban alegres en coro, acompañando sus gemidos y posteriores lamentos ahogados en sus recuerdos y alcohol, y que toda esa atmósfera de romanticismo pecaminosa era lo único que tenía con ese pequeño ser al lado, de cabello largo y corazón pétreo.

 

Así, al cabo de un tiempo había terminado por aceptar que la pichi de su estoico compañero, absorbida por las bastas de su pantalón, era más que el reflujo de la vejiga de su amado, era la señal perentoria de que el amor apesta y que, con el alcohol, todo es soportable.

 

Néstor Valdivia: EL aguacero. Relato

Nes Original completoEl aguacero había convertido en pocos minutos el débil riachuelo con que irrigábamos los cercos de trigo y alfalfa, en un robusto río, que gruñía ronco, como un animal prehistórico, bufando en sincronía con el golpe opaco de las gotas de lluvia sobre las hojas de las plantas. El cielo cerrado y gris indicaba que aún faltaban muchas horas para que la tarde escampe. Y Yo me encontraba ahí, en medio del alfalfar, con las ropas mojadas y pegadas a mi cuerpo, que tiritaba cada vez más fuerte ante el frío de la tormenta.

El lodo de la arcilla impedía que me moviera con facilidad y ante el pavor de la soledad y la majestuosidad de la escena nunca antes experimentada, me eché a llorar y a gritar acallado con cada trueno ensordecedor que alumbraba todo en una blancura tan profunda y cegadora, que solo era comparable con la de la oscuridad total. Aquel verano irregularmente lluvioso, yo tenía 8 años, y mi padre me había dejado descansado en la casa de la chacra, mientras él se iba a coordinar con el camayoc la limpia de acequia, cuando de pronto la lluvia torrencial nos sorprendió por separado.

Despertado por un trueno, salté de la manta en la que estaba durmiendo y al verme solo, salí a la explanada de enfrente de la casa, en cuyo borde, hacia abajo, comenzaban los sembríos. Desde ahí se podía ver el otro lado del valle y el pueblo vecino. Me quedé pasmado por la claridad en que se me presentaba todo. Como en un cuadro recién pintado, la incipiente verdecidá contrastaba con la otra mitad gris y nubosa del cielo que al pasar de los minutos iba devorando los cerros de ese lado del valle y luego el pueblo desapareció tras la pared de nubes negras. La lluvia se hizo más fuerte, los relámpagos más continuos y el río zumbaba pareciendo cobrar vida propia.

Aún no recuerdo cómo es que llegué al centro del alfalfar pero a causa del lodo y la impresión del momento me quedé petrificado ya sin articular palabras. Me sentía desolado y mi rostro lloroso era enjuagado por  la dulce agua de lluvia que aún ahora siento paladear. De pronto un ser extraño, enlodado hasta la cintura, con las ropas remojadas y con el sombrero de ala ancha ya sin forma por la cantidad de agua que había absorbido, se me fue acercando. Lo vi a los ojos, era mi padre y unos brazos fuertes me suspendieron en el aire y con palabras que no logro recordar, iba tranquilizándome. Percibí su olor y el cariño traspasó su ropa y la mía y me acurrucó el alma. La sensación de seguridad que sentí en aquel entonces lo he vuelto a sentir pocas veces en mi vida.

Luego subimos a la casa de la chacra. La misma casa donde mi abuela había sido parida con ayuda de una partera muchos años atrás. Casa que ahora no es sino una ruinosa estructura de techo de paja y paredes de adobe. Nos paramos frente a la tullpa y avivamos la hoguera con ramas de eucalipto aprovisionado para ocasiones como estas. Nos quitamos la ropa para secarlas al fuego y mientras tanto, sentados, observamos la lluvia hasta casi las 5 de la tarde, momento que dejó de llover. Nos alistamos y emprendimos el viaje de retorno a pie. El camino, como todo camino en el campo era sinuoso pero mi papá lo conocía palmo a palmo y en la mitad del trayecto una espesa neblina nos cerró el paso y como no podía ser de otro modo, me tomó de la mano y juntos nos fuimos como flotando en esa blancura, mientras millonésimas de microscópicas gotas escarchaban nuestras mejillas, cabellos y ropas.

Sé que algún día me tocará encaminarle y ayudarle en sus tormentas. Abrazarle y decirle con palabras que aún no tengo, pero que llegarán, y abrazarle para un viaje que tal vez uno de nosotros se encamine solo. Mientras eso ocurra, pelearemos como solo lo hacen 2 grandes amigos. Feliz día Viejo.