Isaac Asimov: Que no sepan que recuerdas. Cuento

Author and Scientist Isaac AsimovEl problema con John Heath, en lo que a John Heath se refiere, era su absoluta mediocridad. Él estaba seguro. Y lo que era peor, notaba que Susan lo sospechaba. Significaba que nunca conseguiría sobresalir, que jamás llegaría a las altas esferas de «Quantum Pharmaceuticals», donde no era sino una pieza más entre los jóvenes ejecutivos…, sin dar nunca el definitivo salto «Quantum». Ni lo conseguiría en ninguna otra parte si cambiaba de trabajo. Suspiró interiormente. En sólo dos semanas iba a casarse y por ella aspiraba a ascender. Después de todo, la amaba apasionadamente y deseaba brillar ante sus ojos. Pero, claro, éste era el deseo de cualquier joven a punto de casarse. Susan Collins miró amorosamente a John. ¿Y por qué no? Era razonablemente guapo, inteligente, seguro y, además, un chico afectuoso. Si no la deslumbraba con su brillantez, por lo menos no la trastornaba con ningún tipo de extravagancia. Ahuecó la almohada que había colocado bajo su cabeza cuando se dejó caer en el sillón, y le entregó el vaso, asegurándose de que lo tenía bien agarrado, antes de soltarlo. Le dijo:

— Estoy practicando, John. Tengo que ser una esposa eficiente. John sorbió su bebida.

— Yo soy el que tendrá que andarse con tiento, Sue. Tu salario es mayor que el mío.

— Una vez estemos casados, todo irá a un mismo bolsillo. Será la sociedad Johnny y Sue, con una sola contabilidad.

— Pero tendrás que llevarla tú -dijo John, desalentado-. Si lo intentara yo, cometería errores.

— Sólo porque imaginas que los vas a cometer. ¿Cuándo van a venir tus amigos?

— A las nueve, creo. O a las nueve y media. No son precisamente unos amigos. Son gente de «Quantum», del laboratorio, unos investigadores.

— ¿Estás seguro de que no cuentan con quedarse a comer?

— Dijeron que después de cenar. Estoy seguro. Es un encuentro de trabajo. Lo miró, inquisitiva:

— No lo dijiste antes.

— ¿Qué es lo que no dije antes?

— Que se trataba de trabajo. ¿Estás seguro? John se sentía confuso. Cualquier esfuerzo para recordar exactamente le dejaba siempre confuso.

— Eso dijeron…, pienso yo. La expresión de Susan era de cariñosa exasperación, más parecida a la que le hubiera provocado un cachorro que ignora que lleva las patas sucias.

— Si pensaras de verdad -le dijo- cada vez que dices «pienso», no te mostrarías tan inseguro. ¿No ves que no puede ser cosa de trabajo? Si tuviera relación con el trabajo, ¿no te verían en el trabajo?

— Es confidencial -explicó John-. No quieren verme en el trabajo. Ni siquiera en mi apartamento.

— ¿Por qué aquí, pues?

— Yo se lo sugerí. Pensé que tú debías estar conmigo, naturalmente. Van a tener que tratar con la sociedad Johnny y Sue, ¿no crees?

— Depende de lo confidencial que sea. ¿Te insinuaron algo?

— No, pero no estaría mal oírles. Podría ser algo que me promocionara en el trabajo.

— ¿Por qué a ti? -preguntó Susan.

— ¿Y por qué no yo? -John parecía disgustado.

— Me llama la atención que alguien en tu nivel de empleo necesite tanto misterio para… Se calló al oir el intercomunicador. Se precipitó a contestar y volvió para anunciar:

— Están subiendo.

Entraron dos. Uno era Boris Kupfer, con el que John ya había hablado…, enorme, inquieto, de barba mal afeitada. El otro era David Anderson, más pequeño, más tranquilo. No obstante, sus ojos iban de un lado a otro, sin perder detalle.

— Susan -dijo John, indeciso, con la puerta todavía abierta-, éstos son los colegas de los que te hablé. Boris…

— Buscó en su memoria y calló.

— Boris Kupfer -terminó el grandote, impaciente, jugando con unas monedas en el bolsillo-, y éste es David Anderson. Es muy amable por su parte, señorita…

— Susan Collins.

— Es muy amable por su parte prestarnos su residencia a Mr. Heath y a nosotros para una conferencia privada. Nos excusamos por irrumpir en su tiempo y en su intimidad de este modo… Si nos dejara solos un momento, estaríamos aún más agradecidos. Susan le miró gravemente.

— ¿Qué quieren, que me vaya al cine, o a la habitación de al lado?

— Si pudiera ir a visitar a una amiga…

— No -dijo Susan con firmeza.

— Puede disponer de su tiempo como mejor le parezca, claro. Al cine, si lo prefiere.

— Al decir no -aclaró Susan-, quería decir que no me iba. Quiero saber de qué se trata. Kupfer parecía estupefacto. Miró por un momento a Anderson, y anunció:

— Es confidencial, como supongo que Mr. Heath le habrá dicho. John, incómodo, intervino:

— Se lo expliqué. Susan, comprende…

— Susan -interrumpió Susan- no comprende nada y no se le dio a entender que tuviera que ausentarse de la reunión. Éste es mi piso y John y yo nos casamos dentro de dos semanas…, exactamente dentro de dos semanas a partir de hoy. Somos la sociedad Johnny & Sue, y tendrán que tratar con la sociedad. La voz de Anderson se dejó oír por primera vez, sorprendentemente profunda y tan suave como si le hubieran dado cera.

— Boris, la joven tiene razón. Como futura esposa de Mr. Heath, tendrá gran interés por lo que hemos venido a plantear, y sería un error excluirla. Tiene un interés tan grande en nuestra proposición que, si deseara marcharse, yo insistiría en que se quedara.

— Pues bien, amigos -dijo Susan-, ¿qué quieren beber? Una vez haya traído las bebidas, podemos empezar. Ambos estaban sentados, muy rígidos, y habían probado sus bebidas. Kupfer empezó:

— Heath, me figuro que no sabrá usted mucho de los detalles químicos sobre el trabajo de la compañía…, los quimico-cerebrales, por ejemplo.

— Ni pizca -aseguró John, inquieto.

— No hay motivo para que lo sepa -aseguró Anderson, suavemente.

— Se lo explicaré -empezó Kupfer, con una mirada inquieta a Susan.

— Los detalles técnicos son innecesarios -cortó Anderson, en voz tan baja, que apenas se le oía. Kupfer se ruborizó.

— Sin detalles técnicos. «Quantum Pharmaceuticals» trata con quimico-cerebrales que son, como su nombre indica, sustancias químicas que afectan al cerebro, es decir, al super-funcionamiento del cerebro.

— Debe ser un trabajo muy complicado -comentó Susan, serena.

— Lo es -aseguró Kupfer-. El cerebro de los mamíferos tiene cientos de variedades moleculares características que no se encuentran en ninguna otra parte y sirven para modular la actividad cerebral, incluyendo aspectos de lo que llamamos vida intelectual. El trabajo está bajo la máxima seguridad corporativa, que es por lo que Anderson no quiere detalles técnicos. Pero puedo decir esto: se acabaron los experimentos animales. Nos estrellamos en un muro si no podemos probar la reacción humana.

— ¿Y por qué no lo hacen? -preguntó Susan-. ¿Qué se lo impide?

— La reacción del público si algo saliera mal.

— Utilicen voluntarios.

— No puede ser. «Quantum Pharmaceuticals» no puede arriesgarse a una publicidad negativa si algo saliera mal. Susan les miró, burlona.

— ¿Trabajan ustedes por su cuenta? Anderson alzó la mano para hacer callar a Kupfer.

— Joven, deje que le explique en pocas palabras para terminar de una vez este inútil forcejeo verbal. Si tenemos éxito, la recompensa será enorme. Si fracasamos, «Quantum Pharmaceuticals» no nos reconocerá y tendremos que pagar lo que haya que pagar, como por ejemplo, el final de nuestras carreras. Si nos pregunta por qué estamos dispuestos a correr el riesgo, la respuesta es que no creemos que haya riesgo. Estamos razonablemente seguros de que tendremos éxito; enteramente seguros de que no causaremos ningún daño. La corporación opina que no puede arriesgarse; pero sabemos que sí podemos. Ahora, Kupfer, siga.

— Tenemos un producto químico para la memoria. Funciona con todos los animales que hemos probado. Su habilidad de aprendizaje mejora de modo sorprendente. Debería funcionar también con los seres humanos.

— ¡Es de lo más excitante! -exclamó John.

— Es excitante -repitió Kupfer-. La memoria no se mejora almacenando en el cerebro información de modo más eficiente. Todos nuestros estudios demuestran que el cerebro almacena un número casi ilimitado de datos perfecta y permanentemente. La dificultad reside en recordarlos. ¿Cuántas veces hemos tenido un nombre en la punta de la lengua sin poder precisarlo? ¿Cuántas veces hay algo que uno sabe que sabe, y que no se recuerda hasta dos horas después de haber pensado en algo más? ¿Lo expongo correctamente, David?

— Si -dijo Anderson-. El recuerdo se inhibe, pensamos, porque el cerebro mamífero se

ha adelantado a sus necesidades desarrollando un sistema de registro demasiado perfecto. Un mamífero almacena la información que necesita o que es capaz de utilizar, y si toda ella estuviera disponible en cualquier momento, nunca podría seleccionar suficientemente de prisa lo preciso para una reacción apropiada. El recuerdo se inhibe, por lo tanto, para asegurar que los datos emergen del almacenamiento en números manipulables, y con los datos más deseados no distorsionados por otros datos abundantes y sin interés. »Hay una química definida que funciona en el cerebro como un recordatorio inhibidor, y hay otra química que neutraliza al inhibidor. Lo llamamos un desinhibidor y, hasta donde hemos podido asegurarnos, no produce efectos secundarios deletéreos. Susan se echó a reír.

— Ya sé lo que sigue Johnny. Ya pueden marcharse, caballeros. Acaban de decir que el recuerdo es inhibido para permitir que los mamíferos reaccionen de modo más eficiente, y ahora dicen que el desinhibidor no produce efectos deletéreos. Seguro que el desinhibidor hará que los mamíferos reaccionen con menos eficiencia; quizá se encontrarán del todo incapaces de reaccionar. Y ahora van a proponer probarlo en Johnny y ver si le reducen a la inmovilidad catatónica. Anderson se puso en pie, apretando los labios. Dio unos pasos rápidos hasta el extremo opuesto y se giró. Volvió a sentarse, tranquilizado y sonriente.

— En primer lugar, Miss Collins -dijo-, es un asunto de dosificación. Le dijimos que todos los animales en los que se ha experimentado, todos desplegaron una gran capacidad para aprender. Naturalmente, no eliminamos del todo el inhibidor; simplemente lo suprimimos en parte. En segundo lugar, no tenemos razones para pensar que el cerebro humano pueda tolerar una completa desinhibición. Es mucho mayor que cualquier cerebro de animal que se haya estudiado, y todos conocemos su incomparable capacidad para el pensamiento abstracto. Es un cerebro diseñado para recordar perfectamente, pero las ciegas fuerzas de la evolución no han conseguido retirar la química inhibitoria que, al fin y al cabo, había sido diseñada para los animales más bajos y heredada de ellos.

— ¿Está seguro? -preguntó Johnny.

— No puede estar seguro -declaró Susan, tajante.

— Estamos seguros -dijo Kupfer-, pero necesitamos pruebas para convencer a los demás. Por eso es por lo que tenemos que probarlo en un ser humano.

— Y éste seria John -anunció Susan.

— Sí.

— Lo cual nos lleva a la cuestión clave -observó Susan-. ¿Por qué, John?

— Bueno -empezó Kupfer, despacio-, necesitamos a alguien con el que las posibilidades de éxito son casi seguras, y en quien resultarían más evidentes. No queremos a nadie de una capacidad mental tan baja que necesitemos utilizar grandes dosis del desinhibidor; ni queremos a nadie tan listo que los efectos no se noten suficientemente. Necesitamos a alguien de tipo medio. Afortunadamente, disponemos de los perfiles fisicopsicológicos de todos los empleados de «Quantum», y en esto, como en muchas otras cosas, Mr. Heath es ideal.

— ¿Promedio medio? -musitó Susan. John pareció impresionado al oir la frase que él había imaginado como su más recóndito y vergonzoso secreto.

— Venga, venga -protestó John. Ignorando la protesta de John, Kupfer respondió a Susan:

— Si.

— ¿Y dejará de serlo si se somete a tratamiento? Los labios de Anderson se estiraron en otra de sus extrañas sonrisas carentes de alegría.

— En efecto. Dejará de serlo. Es algo que debe tener en cuenta, ya que se va a casar pronto… La sociedad Johnny & Sue, la llamó así, ¿verdad? Tal como es ahora, no creo que la sociedad progrese mucho en «Quantum», Miss Collins, porque aunque Heath es un empleado bueno y de confianza, es, como ya ha dicho, una mediania. Si toma el desinhibidor, pasará a ser una persona sorprendente y avanzará con asombrosa rapidez. Considere lo que seria esto para la sociedad.

— ¿Y qué tiene que perder la sociedad? -preguntó Susan, sombría.

— No veo que pueda perder nada -observó Anderson-. Será una dosis moderada que le administraremos en el laboratorio, mañana…, domingo. Estaremos solos, podremos mantenerle bajo vigilancia unas horas. Es cierto que nada saldrá mal. Si pudiera hablarle de todos nuestros pacientes, experimentos y exploraciones minuciosas sobre efectos secundarios…

— Pero, en animales -hizo constar Susan, sin ceder un ápice. Pero John intervino entonces:

— Yo tomaré la decisión, Sue. Estoy más que harto de eso del promedio medio. Vale la pena arriesgarme si eso significa librarme del maldito peso del promedio medio.

— Johnny, no te precipites -rogó Susan.

— Estoy pensando en nuestra sociedad, Sue. Quiero contribuir en algo.

— Bien -dijo Anderson-, pero consúltelo con la almohada. Tenemos preparadas dos copias de un acuerdo que le pediremos que estudie y firme. Por favor, tanto si firma como si no, no se lo enseñe a nadie. Vendremos mañana por la mañana para llevarle al laboratorio. Sonrieron, se levantaron y se fueron. John leyó el documento con el ceño fruncido, luego levantó la mirada:

— Tú no crees que deba hacerlo, ¿verdad, Sue?

— Claro, me preocupa.

— Pero, si tengo la oportunidad de salirme del promedio medio…

— ¿Y qué importa eso? En mi corta vida he conocido a muchos iluminados y a muchos chiflados, y te juro que me encanta una persona sensata y sencilla como tú, Johnny. Oyeme, yo también soy una medianía…

— ¡Tú, una medianía! ¿Con tu cara? ¿Con tu tipo? Susan se contempló con cierta complacencia.

— Bueno, digamos que soy tu estupenda medianía de mujer.

Le pusieron la inyección a las ocho de la mañana del domingo, doce horas después de que se lo propusieran. Un sensor totalmente computerizado fue conectado en una docena de partes de su cuerpo, mientras Susan observaba con atenta aprensión.

— Ahora, Heath -dijo Kupfer-, relájese, por favor. Todo va bien, pero la tensión acelera el corazón, aumenta la presión y anula nuestros resultados.

— ¿Cómo puedo relajarme? -barbotó John. Susan intervino:

— ¿Anula los resultados hasta el extremo de no saber bien lo que pasa?

— No, no -cortó Anderson-. Boris ha dicho que todo iba bien y así es. Es justo que nuestros animales fueran sedados siempre, antes de la inyección, y creímos que en este caso los sedantes no serian apropiados. Así que si no hay sedante, debemos esperar tensión. Limítese a respirar despacio y haga lo imposible para minimizarla. Era entrada la tarde cuando, por fin, le desconectaron del todo.

— ¿Cómo se encuentra? -preguntó Anderson.

— Nervioso, pero por lo demás muy bien.

— ¿Dolor de cabeza?

— No. Pero quiero ir al baño. Un orinal no me relaja nada.

— Naturalmente. John volvió a salir, ceñudo.

— No he observado ninguna mejora de la memoria.

— Esto lleva cierto tiempo y será gradual. El desinhibidor entra en el riego sanguíneo del cerebro, ¿sabe? -explicó Anderson.

Era casi medianoche cuando Susan rompió lo que había resultado ser una velada opresiva y silenciosa, en la que ni uno ni otra habían disfrutado con la televisión. Susan le dijo:

– Tendrás que quedarte a dormir aquí. No quiero que te quedes solo no sabiendo bien lo que va a ocurrir.

– No siento nada -declaró John, sombrio-. Sigo siendo yo.

– Me conformo con esto, Johnny. ¿Sientes dolor, malestar o algo raro?

– Me parece que no.

– Ojalá no lo hubiéramos hecho.

– Todo sea por la sociedad -dijo John con una débil sonrisa-. Tenemos que correr algún riesgo en pro de la sociedad.

John durmió mal y se despertó angustiado, pero a tiempo. Llegó puntual al trabajo también para iniciar bien la semana. A las once su aspecto retraído llamó desfavorablemente la atención de su superior inmediato, Michael Ross. Ross era grueso, torvo y más bien parecía un cargador de muelle sin serlo. John se llevaba bien con él, aunque no le gustaba. Ross preguntó con su vozarrón de bajo:

— ¿Qué ha ocurrido con su carácter jovial, Heath, con sus chistecitos y su risa cantarina? Ross cultivaba cierto preciosismo en el lenguaje, como si quisiera borrar así su imagen de cargador de muelle.

— No me encuentro muy fino -explicó John, sin levantar la vista.

— ¿Resaca?

— No, señor -respondió friamente.

— Bien, anímese, pues. No se ganan amigos repartiendo hierbas malolientes por el campo en el que retoza.

John hubiera preferido dar un puñetazo en la mesa. La afectación literaria de Ross era insoportable incluso en el mejor momento del día, y aquel día no había tenido aun el mejor momento. Y para empeorar las cosas, John percibió el olor de un puro rancio y comprendió que James Arnold Prescott, el jefe de la sección de ventas, se estaba acercando. Y así era. Miró a su alrededor y preguntó:

— Mike, ¿recuerda qué vendimos a Rahway la primavera pasada más o menos y cuándo fue? Hay una maldita cuestión al respecto y me temo que los detalles han sido mal computadorizados. La pregunta no iba dirigida a él, pero John se apresuró a contestar tranquilamente:

— Cuarenta y dos ampollas de PCAP. Eso fue en abril, el día 14, J.P., número de factura P-20543, con un cinco por ciento de descuento concedido si el pago se hacía dentro de los treinta días. El pago total se recibió el 8 de mayo. Aparentemente lo oyeron todos los de la sala. Por lo menos, todos levantaron la cabeza. Prescott preguntó:

— ¿Cómo demonios está enterado de todo esto? Por un momento John miró a Prescott, con la sorpresa reflejada en el rostro.

— De pronto lo he recordado, J.P.

— Conque sí, ¿eh? Repítalo. John lo hizo, titubeando un poco, y Prescott lo apuntó en uno de los papeles de la mesa de John, resoplando ligeramente; al inclinar la cintura comprimía el imponente abdomen contra su diafragma, dificultándole la respiración. John trató de esquivar el humo del puro sin conseguirlo. Prescott ordenó:

— Ross, compruebe esto en su ordenador y vea si hay algo de verdad. -Se volvió a John con expresión de desagrado-. No me gustan los bromistas. ¿Qué habría hecho si yo hubiera aceptado sus cifras y me hubiera ido con ellas?

— No habría hecho nada. Son correctas -dijo John, consciente de que la atención de todos estaba puesta en él. Ross entregó la lectura a Prescott. Prescott miró y preguntó:

— ¿Es del ordenador?

— Si, J.P. Prescott se quedó mirando, luego dijo, señalando a John con la cabeza:

— Y ése, ¿qué es? ¿Otro ordenador? Sus cifras son correctas. John esbozó una débil sonrisa, pero Prescott gruñó y se fue, dejando sólo como recuerdo de su presencia el hedor de su tabaco.

— ¿Qué diablos ha sido ese pequeño juego de magia, Heath? -preguntó Ross-. ¿Descubrió de antemano lo que quería saber y lo buscó para apuntarse unos puntos?

— No, señor -contestó John, que iba adquiriendo confianza-. Sólo que resultó que me acordaba. Tengo buena memoria para esas cosas.

— ¿Y se ha tomado la molestia de ocultarlo a sus leales compañeros todos estos años? No hay aquí una sola persona que tuviera la menor idea de que ocultaba su buena memoria tras su vulgar apariencia.

— No había motivo para que lo dijera, ¿no es cierto, Mr. Ross? Y ahora que se me ha escapado, no parece que me haya ganado ninguna simpatía, ¿no cree? Y así era, en efecto. Ross le dirigió una torva mirada y se alejó. La excitación de John durante la cena en «Gino’s» le impedía hablar coherentemente, pero Susan le escuchó con paciencia y trató de actuar de moderador.

— Puede ser que te hayas acordado, ¿sabes? -le dijo-. Esto, por sí solo, no prueba nada, Johnny.

— ¿Estás loca? -Bajó la voz ante el gesto de Susan y miró a su alrededor. Lo repitió a media voz-: ¿Estás loca? No supondrás que es la única cosa que he reconocido, ¿verdad? Creo que puedo recordar todo lo que he oído en toda mi vida. Es una cuestión de memoria. Por ejemplo, cita algún pasaje de Shakespeare.

— Ser o no ser. John la miró, ofendido.

— No seas tonta. Bueno, no importa. La cosa es que si tú me recitas cualquier verso, puedo seguir hasta donde quieras. Leí alguna obra para la clase de Literatura inglesa en la Facultad, y lo recuerdo todo. Lo he probado. Y es como un chorro. Yo diría que puedo recordar cualquier parte de cualquier libro; cualquier artículo o periódico que haya leído; cualquier programa de TV que haya visto…, palabra por palabra o escena por escena.

— ¿Y qué vas a hacer con todo esto? -preguntó Susan.

— No lo tengo conscientemente en la cabeza todo el tiempo. Supongo que no… Espera, ordenemos… Cinco minutos después, añadió:

— Supongo que no… Dios mío, no se me ha olvidado dónde quedamos. ¿No es asombroso? Supongo que no creerás que estoy nadando continuamente en un mar mental de frases de Shakespeare. Rememorar, implica un esfuerzo, muy pequeño, pero un esfuerzo.

— ¿Y cómo funciona?

— No lo sé. ¿Cómo levantas el brazo? ¿Qué órdenes das a tus músculos? Te limitas a mover el brazo hacia arriba y lo hace. No cuesta hacerlo, pero tu brazo no se levantará hasta que quieras hacerlo. Bien, yo recuerdo todo lo que he leído o visto cuando quiero, pero no cuando no quiero. No sé cómo lo hago, pero lo hago. Llegó el primer plato y John lo atacó, feliz. Susan se dedicó a sus champiñones rellenos.

— Es excitante.

— ¿Excitante? Tengo el juguete mayor y más maravilloso del mundo. Mi propio cerebro. Fíjate, puedo escribir correctamente cualquier palabra, y estoy seguro de que nunca más haré faltas gramaticales.

— ¿Porque recuerdas todos los diccionarios y gramáticas que has leído en tu vida? John la miró vivamente:

— No me seas sarcástica, Sue.

— No estaba… La hizo callar con un gesto:

— Nunca usé los diccionarios como novelas. Pero recuerdo palabras y frases de mis lecturas y estaban bien escritas y bien construidas sintácticamente.

— No estés tan seguro. Has visto infinidad de palabras mal escritas, de infinidad de maneras e infinidad de posibles ejemplos de errores gramaticales.

— Eran excepciones. La mayor parte del tiempo que me he topado con el inglés literario lo he visto empleado correctamente, Lo tengo por encima de accidentes, errores e ignorancia. Y lo que es más, estoy seguro de que incluso mientras estoy aquí sentado, lo voy mejorando, me voy volviendo cada vez más inteligente.

— Y estás tan tranquilo. Y si…

— ¿Y si me vuelvo demasiado inteligente? Dime cómo diablos el ser demasiado inteligente puede perjudicarme.

— Lo que yo iba a decir -dijo friamente Susan- es que lo que estás experimentando no es inteligencia. Es solamente memoria total.

— ¿Qué quieres decir con «solamente»? Si no me equivoco, me sirvo correctamente del lenguaje, y si resulta que conozco cantidades infinitas de material, ¿no va a hacerme esto más inteligente? ¿Cómo, si no, puede uno definir la inteligencia? No vas a volverte celosa, ¿verdad, Sue?

— No, -Y su voz fue más fría aún-. Siempre puedo conseguir que me inyecten si me desespero en exceso.

— No lo dirás en serio -exclamó John, dejando los cubiertos.

— No, pero, ¿y si lo hiciera?

— Porque no puedes aprovecharte de tu conocimiento especial para quitarme el puesto.

— ¿Qué puesto? Llegó el segundo plato y John, por un instante, estuvo ocupado. Luego, murmuró:

— Mi puesto, como el primero en el futuro. ¡Homo superior! Nunca habrá demasiados. Ya oíste lo que dijo Kupfer. Algunos son demasiado tontos para lograrlo. Otros son demasiado listos para que se note el cambio. Yo soy el único!

— Promedio medio. -Y Susan hizo un gesto despectivo.

— Lo era. Sucesivamente habrá otros como yo. No muchos, pero habrá otros. Lo que yo quiero es imponerme antes de que lleguen los otros. Es por la sociedad, ya sabes. ¡Por nosotros! Y permaneció perdido en sus pensamientos, tanteando delicadamente su cerebro. Susan iba comiendo en silencio, entristecida.

John pasó varios días organizando sus recuerdos. Era como la preparación de un libro de referencias. Una a una fue recordando sus experiencias de los seis años que llevaba en «Quantum Pharmaceuticals», de todo lo que había oído, de todos los papeles y notas que había leído. No tuvo la menor dificultad en descartar lo irrelevante y almacenarlo en un compartimiento «para uso futuro», donde no interfirieran con sus análisis. Otros datos estaban ordenados de forma que establecieran una progresión natural. En contra de esta secreta organización, dio vida a todo lo que había oído: chismes, maliciosos o no; frases casuales o interjecciones oídas en conferencias que en su momento no fue consciente de haber oído. Los datos que no encajaban en ninguna parte del fondo que había montado en su cabeza, no tenían valor, estaban vacíos de contenido fáctico. Los que encajaban, lo hicieron firmemente y podían ser considerados auténticos por el hecho de estar allí. Cuanto más creció la estructura y más coherente se hizo, más datos significativos aparecieron y más fácil resultó encajarlos. El jueves siguiente, Ross se acercó a la mesa de John para decirle:

— Quiero verle en mi despacho ahora mismo, Heath, siempre y cuando sus piernas se dignen llevarle en esa dirección. John se puso en pie, inquieto.

— ¿Es necesario? Estoy ocupado.

— Sí, parece ocupado. -Y Ross barrió con la mirada una mesa absolutamente vacía, salvo una fotografía de Susan sonriente-. También ha estado ocupado toda la semana. Pero me ha preguntado si venir a mi despacho es necesario. Para mí, no; para usted es vital. Aquélla es la puerta de mi despacho. Por la otra se va directamente al cuerno. Elija una u otra y hágalo de prisa. John asintió y, sin excesiva prisa, siguió a Ross a su despacho. Ross se sentó tras su mesa, pero no invitó a John a sentarse. Mantuvo la mirada fija en él por un momento y después le dijo:

— ¿Qué demonios le ha ocurrido esta semana, Heath? ¿Es que no sabe cuál es su trabajo?

— Hasta el extremo en que lo he hecho, creo que lo sé. El informe sobre microcósmica está sobre su mesa completo y siete días antes de lo previsto. Dudo de que pueda quejarse.

— Lo duda, ¿eh? ¿Me da permiso para quejarme si decido hacerlo después de consultarlo con mi alma? ¿O estoy condenado a solicitar su permiso?

— Por lo visto no me he expresado con claridad, Mr. Ross. Dudo de que tenga quejas racionales. Tener otras de otro tipo es cosa enteramente suya. Ross se levantó:

— Oiga, punk, si decido despedirle, no recibirá la noticia de palabra. Nada de lo que le diga le anunciará la buena nueva. Saldrá por esta puerta por la fuerza propulsora que le vendrá por detrás. Así que almacene esto en su pequeño cerebro y métase la lengua en su bocaza. Que haya hecho o no su trabajo, no es la cuestión. Pero si ha hecho el de los demás, sí lo es. ¿Quién o qué cosa le da derecho a manejar a todo el mundo? John no abrió la boca.

— ¿Qué? -rugió Ross.

— Usted me ordenó meterme la lengua en mi bocaza.

— Pero deberá contestar a las preguntas. -Y el color de Ross se tornó visiblemente rojo.

— Ignoraba que hubiera estado manejando a todo el mundo.

— No hay una sola persona en este lugar a la que no haya corregido por lo menos una vez. Ha pasado por encima de Willoughby en relación con la correspondencia sobre el TMP; ha fisgado en los ficheros generales sirviéndose del acceso de Bronstein al ordenador; y sabe Dios cuántas cosas más que no me han dicho, y todo en los últimos dos días. Está desorganizando el trabajo de este departamento y debe cesar inmediatamente. Debe de volver a haber calma y a partir de este preciso instante o se desatará el huracán contra usted, hombrecito.

— Si he intervenido, en el sentido más estricto de la palabra, ha sido en bien de la compañía. En el caso de Willoughby, su modo de tratar el asunto TMP colocaba a «Quantum Pharmaceuticals» en situación de violar las disposiciones gubernamentales, algo que ya le había señalado yo a usted en una o varias comunicaciones y que usted, al parecer, no ha tenido ocasión de leer. En cuanto a Bronstein, ignoraba simplemente las directrices generales y costaba a la compañía cincuenta mil dólares en tests innecesarios, algo que yo pude establecer fácilmente por el mero hecho de localizar la correspondencia necesaria…, y sólo para corroborar mi claro recuerdo de la situación, Ross se iba hinchando visiblemente durante la perorata.

— Heath -cortó-, está usted usurpando mi papel. Por lo tanto, va usted a recoger sus efectos personales y a abandonar la oficina antes del almuerzo, y no regrese jamás. Si lo hace, tendré sumo placer en ayudarle a salir con mi propio pie. Su notificación oficial de despido estará en sus manos, o empujada garganta abajo, antes de que haya recogido sus efectos, por de prisa que lo haga.

— No trate de gallear conmigo, Ross. Ha costado un cuarto de millón de dólares a la

compañía por su incompetencia, y usted lo sabe. Hubo una breve pausa y Ross se desinfló. Preguntó, cauteloso:

— ¿De qué está hablando?

— «Quantum Pharmaceuticals» perdió un buen pico con la oferta Nutley, y lo perdió porque cierta información que se encontraba en sus manos se quedó en sus manos y jamás llegó al Consejo de Dirección. O se le olvidó a usted, o no se molestó en entregarla; en cualquier caso, no es usted el hombre apropiado para su cargo: o es un incompetente, o se ha vendido.

— Está loco.

— No hace falta que me crean. La información está en el ordenador, si uno sabe dónde buscar, y yo sé dónde buscarla. Y lo que es más, el caso está archivado y puede estar en las mesas de los interesados dos minutos después de que salga de este despacho.

— Si fuera así -dijo Ross, hablando con dificultad-, usted no podría saberlo. Es un intento estúpido de chantaje con amenaza de difamación.

— Sabe perfectamente que no es difamación. Si duda de que yo posea la información, déjeme que le diga que hay un memorando que no está en el archivo, pero puede reconstruirse sin dificultad con lo que se encuentra allí. Debería usted explicar su ausencia y se sospecharía que lo ha destruido. Sabe que no fanfarroneo.

— Pero sigue siendo chantaje.

— ¿Por qué? Ni reclamo nada, ni amenazo. Explico simplemente mis actos en los dos días pasados. Naturalmente, si me fuerzan a presentar mi dimisión, tendré que explicar por qué dimito, ¿no es verdad? Ross no dijo palabra.

— ¿Requiere mi dimisión? -preguntó John, glacial.

— ¡Lárguese!

— ¿Con mi empleo o sin él?

— Con su empleo. -Su rostro era la viva imagen del odio.

Susan había organizado una cena en su apartamento y se había tomado grandes molestias. Nunca, en su opinión, había estado más seductora, y nunca pensó en lo importante que era alejar a John, por lo menos un poquito, de su total concentración mental. Con un esfuerzo por animar la ocasión, exclamó:

— Después de todo, celebramos los últimos nueve días de bendita soltería.

— Estamos celebrando más que eso -dijo John, sombrío-. Han pasado sólo cuatro días desde que me inyectaron el desinhibidor y ya he podido poner a Ross en su sitio. Nunca más volverá a molestarme.

— Por lo visto, cada uno tenemos nuestra propia noción del sentimiento -musitó Susan-. Cuéntame los detalles de tu tierno recuerdo. John se lo contó con precisión, repitiendo la conversación que tuvieron palabra por palabra y sin la menor vacilación. Susan escuchó impertérrita sin participar en el creciente triunfo que se percibía en la voz de John. Luego, preguntó:

— ¿Cómo te enteraste de lo de Ross?

— No hay secretos, Sue. Las cosas parecen secretas porque la gente no recuerda. Si puedes acordarte de una observación, de un comentario, de una palabra suelta que te dicen o que oyes y las consideras en conjunto, averiguas que cada persona se descubre fatalmente. Puedes recoger significados que, en estos días de computadorización, te llevan directamente a los oportunos archivos. Puede hacerse. Puedo hacerlo. Lo he hecho en el caso de Ross. Puedo hacerlo en el caso de todos con los que estoy asociado.

— También puedes enfurecerles.

— Enfurecí a Ross. Puedes creerlo.

— ¿Lo crees prudente?

— ¿Qué puede hacerme? Le tengo amarrado.

— Tiene suficiente fuerza en los círculos superiores…

— No por mucho tiempo. Tengo una conferencia organizada para mañana a las dos de la tarde con el viejo Prescott y su apestoso cigarro, y de paso me desharé de Ross.

— ¿No crees que vas demasiado de prisa?

— ¿Demasiado de prisa? Ni siquiera he empezado. Prescott no es más que un peldaño. «Quantum Pharmaceuticals» es otro peldaño.

— Es demasiado rápido, Johnny, necesitas a alguien que te dirija. Necesitas…

— No necesito nada. Con lo que tengo -y señaló su sien- no hay nada ni nadie que pueda detenerme.

— Bueno, mira, no discutamos esto. Tenemos otros planes que discutir.

— ¿Planes?

— Sí, los nuestros. Nos vamos a casar dentro de nueve días. Seguro -y cargó la ironía- que no has vuelto a los tristes días en que se te olvidaban las cosas.

— Me acuerdo de la boda -contestó John, picado-, pero de momento tengo que reorganizar «Quantum». En verdad, he estado pensando seriamente en posponer la boda hasta que tenga las cosas atadas y bien atadas.

— ¡Oh! ¿Y cuándo será eso?

— Es difícil decirlo. No mucho, a la vista de cómo lo estoy llevando. Un mes o dos, supongo. A menos que -y se permitió cierto sarcasmo- creas que es moverme demasiado de prisa. Susan respiraba con dificultad.

— ¿Entraba en tus planes consultarme el asunto? John alzó las cejas.

— ¿Hubiera sido necesario? ¿Qué problema hay? Seguro que te das cuenta de lo que pasa. No podemos interrumpir y perder impulso. Oye, ¿sabías que soy un as de la matemática? Puedo multiplicar y dividir tan de prisa como un ordenador porque en un momento de mi vida me tropecé con la aritmética y puedo recordar las respuestas. Leí una tabla de raíces cuadradas y puedo… Susan no pudo más y gritó:

— Por el amor de Dios, Johnny, eres como un niño con un juguete nuevo. Has perdido toda perspectiva. El recuerdo inmediato no vale para nada, sino para hacer trucos. No te da ni una pizca más de inteligencia ni más sensatez, ni más juicio. Eres tan peligroso estando cerca como un niño con una granada cargada. Necesitas que alguien inteligente se ocupe de ti.

— ¡Ah!, ¿sí? A mí me parece que voy consiguiendo lo que me propongo.

— ¿De veras? ¿No es cierto que también te propones tenerme?

— ¿Cómo?

— Sigue, Johnny. Quieres tenerme. Adelante, alarga la mano y cógeme. Ejercita la admirable memoria que tienes. Recuerda quién soy, lo que soy, lo que podemos hacer, el calor, el afecto, el sentimiento. John, con la frente todavía arrugada de incertidumbre, tendió los brazos a Susan. Ella los esquivó.

— Pero ni me tienes, ni sabes nada de mí. No puedes recordarme en tus brazos; tendrías que llevarme a ellos con amor. Lo malo de ti es que no tienes la sensatez de hacerlo y te falta la inteligencia para establecer prioridades razonables. Toma, llévate esto y márchate de mi apartamento antes de que te pegue con algo mucho más pesado. John se agachó para recoger el anillo de compromiso.

— Susan..

— He dicho que te vayas. La sociedad Johnny & Sue ha quedado disuelta. Al ver su rostro airado, John dio mansamente la vuelta y se marchó.

Cuando llegó a «Quantum» a la mañana siguiente, Anderson estaba esperándole con una expresión de angustiosa impaciencia en el rostro.

— Mr. Heath -dijo, sonriendo al levantarse.

— ¿Qué desea? -preguntó John.

— Deduzco que estamos en privado aquí.

— Que yo sepa, no han puesto micrófonos.

— Tiene que pasar a vernos mañana por la mañana para examinarle. Es domingo, ¿se acuerda?

— Naturalmente que me acuerdo. Soy incapaz de no recordar. Pero también soy capaz de cambiar de idea. ¿Por qué necesita examinarme?

— ¿Por qué no, señor? Por lo que Kupfer y yo hemos oído, el tratamiento ha funcionado espléndidamente. En verdad, no queremos esperar al domingo. Si pudiera venir conmigo hoy…, ahora, mejor dicho, significaría mucho para nosotros, para «Quantum» y, naturalmente, para la Humanidad.

— Debieron retenerme cuando me tenían en sus manos -protestó John, tajante-. Me devolvieron a mi trabajo, permitiéndome vivir y trabajar sin vigilancia para poder probarme en condiciones normales y obtener una idea más fidedigna de cómo se desenvolverían las cosas. Para mí era un riesgo mayor, pero esto les tenía sin cuidado, ¿verdad?

— Mr. Heath, no lo pensamos así. Nosotros…

— No me cuente más. Recuerdo hasta la última palabra que usted y Kupfer me dijeron el domingo pasado y está clarisimo que eso era lo que pensaban. Así que si acepté el riesgo, acepto los beneficios. No tengo la menor intención de presentarme como si fuera un monstruo bioquímico que ha logrado su habilidad gracias a la aguja hipodérmica. Ni quiero a otro, como yo, deambulando por ahí. Desde ahora tengo un monopolio y pienso servirme de él. Cuando esté dispuesto, y no antes, querré cooperar con ustedes y beneficiar a la Humanidad. Pero recuerde que soy yo el que sabrá el momento en que esté dispuesto, no usted. Así que no me visite; iré yo a visitarle. Anderson consiguió sonreir.

— La verdad, Mr. Heath, ¿cómo puede impedir que no comuniquemos? Los que le han tratado esta semana no tendrán dificultad en reconocer el cambio operado en usted y atestiguar al efecto.

— ¿Realmente? Óigame, Anderson, escúcheme atentamente y hágalo sin esa mueca diabólica en su rostro, me irrita. Le he dicho que recuerdo cada palabra que usted y Kupfer pronunciaron. Recuerdo cada matiz de expresión, cada mirada de soslayo. Todo ello decía montones de cosas. Aprendí lo bastante para cotejar las bajas de enfermedad con la idea que yo tenía de lo que estaba buscando. Parece que yo no fui el único empleado de «Quantum» con el que probaron el desinhibidor.

— Tonterías -dijo Anderson, esta vez sin sonreír.

— Sabe que no lo son y sabe que puedo demostrarlo. Conozco los nombres de los hombres involucrados, uno de ellos era una mujer, y los hospitales en que los trataron y la falsa historia que les montaron. Puesto que no me advirtió de todo esto cuando me utilizó como su cuarto animal experimental de dos patas, no le debo más que una temporada en la cárcel.

— No quiero discutir este asunto. Déjeme que le diga una cosa. El tratamiento perderá su efecto, Heath. No conservará siempre su memoria. Tendrá que volver para proseguir el tratamiento, y tenga la seguridad de que será bajo mis condiciones.

— ¡Bobadas! -exclamó John-. No supondrá que no haya investigado sus informes…, por lo menos los que no ha mantenido secretos. Y ya tengo cierta noción de lo que ha mantenido secreto. En ciertos casos el tratamiento dura más que en otros. Invariablemente dura más cuanto más efectivo resulta. En mi caso, el tratamiento ha sido extraordinariamente efectivo y durará un tiempo considerable. Para cuando tenga que volver a verle, si llego a tener que hacerlo, será en una situación en que cualquier fallo en cooperar, por su parte, será fatal para ustedes. Ni siquiera lo imagine.

— Especie de desagradecido…

— Déjeme en paz -advirtió John, fastidiado-. No tengo tiempo para oír sus patrañas. Váyase. Tengo mucho que hacer.

Eran las dos y media de la tarde cuando John entró en el despacho de Prescott, indiferente por primera vez al olor de su puro. Sabía que no pasaría mucho antes de que Prescott eligiera entre sus puros y su puesto. Con Prescott estaban Arnold Gluck y Lewis Randall, así que a John le cupo el sombrío placer de saber que se enfrentaba con los tres hombres más importantes de la sección. Prescott apoyó su puro en un cenicero y dijo:

— Ross me ha pedido que le conceda media hora, y esto es todo lo que le daré. Usted es el de los trucos de memoria, ¿no?

— Mi nombre es John Heath, señor, y me propongo presentarle una racionalización de funcionamiento de la compañía; algo que le hará utilizar al máximo la época de la comunicación electrónica y los ordenadores, y pondrá los cimientos de ulteriores modificaciones a medida que la tecnología vaya mejorando. Los tres hombres se miraron. Gluck, cuyo rostro curtido tenía el color del cuero, dijo:

— ¿Es usted un experto en dirección de empresas?

— No tengo que serlo, señor. Llevo aquí seis años y recuerdo hasta el último detalle los procedimientos en cada transacción en la que me he visto inmerso. Eso quiere decir que el patrón de dichas transacciones está claro para mí y sus imperfecciones, obvias. Uno puede ver hacia dónde se enfoca y por dónde lo hace malgastando y sin eficiencia. Si me escucha, se lo explicaré. Le resultará fácil de comprender. Randall, cuyo pelo rojo y su cara pecosa le hacían parecer más joven de lo que era, observó con ironía:

— Cuento con que sea muy fácil, porque tenemos problemas con los conceptos difíciles.

— No le costará -le aseguró John.

— Y no conseguirá ni un segundo más de veintiún minutos -dijo Prescott, mirando su reloj.

— No necesito más. Lo tengo en un diagrama y puedo hablar rápidamente. La explicación duró quince minutos y los tres gerentes se mantuvieron sorprendentemente silenciosos durante este tiempo. Finalmente, Gluck, con una mirada hostil en sus ojillos, dijo:

— Parece como si estuviera diciéndonos que podemos arreglarnos con la mitad del personal que empleamos hoy en día.

— Con menos de la mitad -le aseguró friamente John- y más eficientes. No podemos despedir al personal ordinario por causa de los sindicatos, aunque podemos deshacernos provechosamente de ellos. Los gerentes no están protegidos y, por tanto, pueden ser despedidos. Recibirán pensiones si tienen edad suficiente o encontrarán nuevos empleos si son jóvenes. Nuestros únicos pensamientos deben ser para «Quantum». Prescott, que había mantenido un silencio tenso, chupó furiosamente su apestoso cigarro y repuso:

— Semejantes cambios deben ser cuidadosamente estudiados y puestos en práctica con suma cautela. Lo que parece lógico sobre el papel, puede fallar en la ecuación humana.

— Prescott -insistió John-, si esta reorganización no se ha aceptado en el curso de una semana, y si no se me coloca al frente de dicha reorganización, dimitiré. No me costará encontrar otro empleo en una compañía menos importante donde este plan se ponga en práctica con mayor facilidad. Empezando con poco personal, puedo extenderme tanto en cantidad como en eficiencia sin contratar más gente y, dentro de un año, llevaré a «Quantum» a la bancarrota. Me divertirá hacerlo si se me empuja a ello, así que reflexionen. Mi media hora ha terminado. Adiós, caballeros. Y se marchó.

Prescott le siguió con la mirada y, con expresión glacial y calculadora, dijo a los otros dos:

– Creo que se propone hacer lo que dice, y que conoce cada faceta de nuestras operaciones mejor que nosotros. No podemos dejar que se marche.

– ¿Quiere decir que debemos aceptar su plan? -preguntó Randall, escandalizado.

– No he dicho tal cosa. Váyanse ustedes y recuerden que todo esto es confidencial.

– Tengo la impresión -repuso Gluck- de que, si no hacemos algo, los tres nos vamos a encontrar de patitas en la calle antes de un mes.

– Posiblemente -asintió Prescott-, así que vamos a hacer algo.

– ¿Qué?

– Si no lo sabe, no le hará daño. Déjenmelo a mí. Olvídense, ahora, y pasen un buen fin de semana. Cuando se marcharon, reflexionó un instante, masticando rabiosamente el puro. Luego cogió el teléfono y marcó una extensión:

– Aquí, Prescott. Le quiero en mi despacho el lunes a primera hora. ¿Entendido?

Anderson aparecía desgreñado. Había tenido un mal fin de semana. Prescott, que lo había tenido peor, le dijo con malevolencia:

– Usted y Kupfer otra vez a las andadas, ¿verdad?

– Es mejor no discutir esto, Mr. Prescott -dijo Anderson con dulzura-. Recuerde que llegamos a un acuerdo sobre que, en determinados aspectos de la investigación, había que establecer cierta distancia. Ibamos a aceptar el riesgo o la gloria, y «Quantum» participaría de lo último y no de lo primero.

– Y su sueldo se doblaría con la garantía de que todos los desembolsos legales serian responsabilidad de «Quantum», no lo olvide. Ese hombre, John Heath, fue tratado por usted y por Kupfer, ¿no es cierto? Venga, hombre; es inconfundible. Es inútil disimularlo.

– Pues, sí.

– Y fueron tan listos, que nos soltaron… esa tarántula.

– No podíamos imaginar que ocurriera así. Al no caer en shock instantáneamente, pensamos que era nuestra primera oportunidad de probar el proceso en la casa. Pensamos que se derrumbaría o que pasaría el efecto después de dos o tres días.

– Si no estuviera tan bien protegido -barbotó Prescott-, no me hubiera olvidado de todo y habría adivinado lo ocurrido cuando ese sinvergüenza me soltó el truco del ordenador y dio los detalles de la correspondencia, que no tenía por qué recordar. Está bien, ya sabemos por lo menos dónde estamos ahora. Tiene a la compañía comprometida con un nuevo plan de operaciones que no debemos permitirle poner en práctica. Tampoco podemos permitirle que se despida.

– Considerando la capacidad de Heath para recordar y sintetizar, es posible que su plan de operaciones pueda ser muy bueno.

– No me importa que lo sea. El sinvergüenza anda tras mi puesto y quién sabe qué más, y tenemos que deshacernos de él.

– ¿Qué quiere decir con deshacernos? Puede ser de vital importancia para el proyecto cerebroquímico.

– Olvidelo. Es un desastre. Están creando a un súper Hitler. Realmente angustiado, Anderson insinuó a media voz:

– El efecto pasará.

– ¿Sí? ¿Cuándo?

– En este momento no puedo estar seguro.

– Entonces no puedo correr riesgos. Tenemos que prepararnos y hacerlo mañana, como muy tarde. No podemos esperar más.

John estaba de inmejorable buen humor. La forma en que Ross le evitaba siempre que podía y le hablaba con deferencia cuando tenía que hacerlo, afectaba a todos los empleados. Había un cambio extraño y radical en el orden de precedencia. John no podía negar que le gustaba. Se regocijaba en ello. La marea iba moviéndose con fuerza y a una velocidad increíble. Hacía solamente nueve días de la inyección del

desinhibidor y cada paso había sido hacia delante. Bueno, no del todo, estaba la rabieta de Susan contra él, pero podría arreglarlo más tarde. Cuando le demostrara a la altura a que llegaría en otros nueve días, o en noventa… Levantó la vista. Ross estaba ante él esperando llamarle la atención pero sin hacer nada que pudiera atraerla, excepto un ligero carraspeo. John giró su sillón y alargó los pies ante él en actitud relajada y preguntó:

– ¿Qué hay, Ross?

– Me gustaría que pasara a mi despacho, Heath -le dijo con cuidado-. Ha surgido algo importante y, francamente, usted es el único que puede arreglarlo. John, despacio, se puso en pie.

– Bien. ¿Qué es ello? Ross miró en silencio a la gran oficina, en la que por lo menos cinco hombres podían oírles. Después, miró a la puerta de su despacho y alargó el brazo, en actitud de invitarle a pasar. John titubeó, pero durante años la autoridad de Ross sobre él había sido indiscutible, y en este momento reaccionó a la costumbre. Ross, cortésmente, mantuvo la puerta abierta para John, luego entró él y cerró con llave disimuladamente, apoyándose en ella. Anderson apareció del otro lado de la librería. John preguntó vivamente:

– ¿Qué es todo esto?

– Nada, en absoluto, Heath. -Y la sonrisa de Ross se transformó en una mueca astuta-. Solamente vamos a ayudarle a salir de su anormal estado y volverle a la normalidad. No se mueva, Heath. Anderson tenía la aguja hipodérmica en la mano:

– Por favor, Heath, no se debata. No queremos hacerle daño.

– Y sí grito… -empezó John.

– Si hace cualquier ruido -anunció Ross-, le cogeré por el cuello hasta que se le salten los ojos. Y me encantará hacérselo. Así que, por favor, grite.

– Tengo los datos sobre ustedes en una caja fuerte. Cualquier cosa que me ocurra…

– Mr. Heath -le aseguró Anderson-, no va a ocurrirle nada. Algo va a desocurrirle. Volveremos a ponerle donde estaba antes. Iba a ocurrirle de todos modos, pero se lo adelantaremos un poco.

– Ahora, voy a sujetarle, Heath -advirtió Ross-, y no se mueva, porque si lo hace turbará a nuestro amigo de la jeringa, podría resbalar, ponerle más de la dosis calculada, y acabaría sin poder recordar nada nunca más. Heath retrocedía, jadeante.

– Esto es lo que se proponen. Creen que así estarán a salvo. Si me olvido de ustedes, de toda la información, de todo lo almacenado. Pero…

– No vamos a hacerle daño, Heath -le prometió Anderson. John tenía la frente brillante de sudor. Se sintió como paralizado. Con voz sorda y con un terror que solamente podía sentir ante la posibilidad que sólo él recordaba perfectamente:

– ¡Un amnésico! -exclamó.

– Así no recordará ni siquiera esto -dijo Ross-. Adelante, Anderson.

– Bien -murmuró Anderson, resignado-. Estoy destruyendo un perfecto sujeto de prueba. -Levantó el brazo fláccido de John y preparó la inyección hipodérmica. Se oyeron unos golpes en la puerta. Una voz clara llamó:

– ¡John! Anderson se quedó automáticamente helado, levantó la vista, inquisitivo, y Ross se volvió a mirar hacia la puerta. Ahora ordenó en un murmullo autoritario:

– Pínchele de una vez, doctor. La voz volvió a repetir:

– Johnny, sé que estas ahí. He llamado a la Policía. Están en camino. Ross volvió a insistir:

– Adelante. Está mintiendo. Y, por si llegan, ya habrá terminado. ¿Quién puede probar algo? Pero Anderson movió la cabeza vigorosamente.

– Es su novia. Sabe que le inyectamos. Estaba con nosotros.

– ¡Imbécil! Se oyó el ruido de un puntapié contra la puerta y luego la voz se oyó apagada, sorda:

– Soltadme. ¡Tienen a…, soltadme!

– Si ella le pinchara, sería el único medio de que él accediera -observó Anderson-. Además, creo que ya no tenemos que hacer nada. Mírelo. John se había desplomado en una esquina, con los ojos vidriosos y en un claro estado de inconsciencia. Anderson añadió:

– Estaba aterrorizado y eso podía provocar un shock que desbarataría la memoria en circunstancias normales. Creo que el desinhibidor ha sido eliminado. Déjela entrar y deje que hable conmigo.

Susan, muy pálida, estaba sentada y su brazo, protector, rodeaba los hombros de su ex novio.

– ¿Qué ha ocurrido?

– ¿Recuerda la inyección de…?

– Sí, sí, pero, ¿qué ha ocurrido?

– Estaba previsto que anteayer, domingo, viniera a nuestro despacho para volver a examinarle. No se presentó. Estábamos preocupados por los informes de sus superiores, que eran alarmantes. Se estaba volviendo arrogante, megalómano, irascible…, tal vez usted también se dio cuenta. Veo que no lleva la sortija de compromiso.

– Es que…, nos peleamos -dijo Susan.

– Entonces, lo comprende. Estaba, bueno…, si hubiera sido un aparato, diríamos que su motor se recalienta a medida que funciona más de prisa. Esta mañana pareció absolutamente esencial que le tratáramos. Le convencimos de que viniera aquí, cerramos la puerta con llave y…

– Le inyectaron algo mientras yo gritaba y pataleaba fuera.

– En absoluto -negó Anderson-. Queríamos utilizar un sedante, pero ya era tarde. Ha sufrido lo que puedo calificar de derrumbamiento. Puede buscar marcas de inyección en su cuerpo, que, como novia suya, lo hará sin el menor embarazo, y no encontrará ninguna.

– Ya lo veré. ¿Y qué pasará ahora? -preguntó Susan.

– Estoy seguro de que se recuperará. Volverá a ser como antes.

– ¿Promedio medio?

-No tendrá una memoria perfecta, pero hasta hace diez días tampoco la tenía. Naturalmente, la casa le dará de baja indefinidamente, y le pagará el sueldo íntegro. Si precisara tratamiento médico, se le pagarán todos los gastos. Cuando se sienta bien del todo, puede volver al trabajo activo.

– ¿Sí? Quiero todo esto por escrito antes de que termine el día, o mañana traeré a mi abogado.

– Pero, Miss Collins -protestó Anderson-, usted sabe que Mr. Heath se ofreció voluntario. Usted también lo aceptó.

– Pienso que usted sabe que no se nos dijo toda la verdad y que no le interesa una investigación. Preocúpese de que lo que me ha dicho nos lo den por escrito.

– Y usted, a su vez, tendrá que firmar una declaración de que nos exime de toda responsabilidad de cualquier desgracia sufrida por su novio.

– Posiblemente. Pero primero quiero ver qué clase de desgracia puede ser. ¿Puedes andar, Johnny? Johnny movió afirmativamente la cabeza y dijo con voz apagada:

– Sí, Sue.

– Entonces, vámonos.

John tuvo que tomarse una tortilla y una buena taza de café antes de que Susan le permitiera discutir. Entonces, preguntó:

— Lo que no comprendo es cómo estabas allí.

— Digamos que por intuición femenina.

— Digamos que por inteligencia de Susan.

— Está bien. Digámoslo. Cuando te tiré el anillo a la cabeza me compadecí, me lamenté y, después de que se me pasara, experimenté una terrible sensación de pérdida porque, por raro que pueda parecer, a una medianía, te quiero mucho.

— Perdóname, Sue -musitó John, abrumado.

— Por supuesto, pero, cielos, estabas insoportable. Entonces empecé a pensar que si amándome conseguías ponerme tan furiosa, qué estarías haciendo a tus compañeros de trabajo. Cuanto más lo pensaba, más creía que sentirían un incontenible impulso de matarte. Pero, bueno, no me interpretes mal, admito que merecías la muerte; pero solamente a mis manos. Ni soñar en permitir que lo hiciera nadie más. No sabía nada de ti…

— Lo sé, Sue. Tenía planes y no disponía de tiempo…

— Querías hacerlo todo en dos semanas, lo sé, idiota. Pero esta mañana no pude soportarlo más. Vine a ver cómo estabas y te encontré tras una puerta cerrada con llave. John se estremeció.

— Nunca imaginé que disfrutaría con tus patadas y tus gritos, pero así fue. Les detuviste.

— ¿Te molestará hablar de ello?

— Creo que no. Estoy bien.

— ¿Qué te estaban haciendo?

— Se disponían a re-inhibirme. Temí que me inyectaran una sobredosis y me dejaran amnésico.

— ¿Por qué?

— Porque sabían que les tenía hundidos. Podía hundirles a ellos y a la compañía.

— ¿Podías hacerlo?

— Absolutamente.

— Pero no llegaron a inyectarte, ¿verdad? ¿O fue otra de las mentiras de Anderson? ¿Podías hacerlo?

— No soy amnésico.

— Bien, lamento parecerte una doncella victoriana, pero confío en que hayas aprendido la lección.

— Si lo que quieres decir es si me doy cuenta de que tenias razón, así es.

— Entonces, déjame que te sermonee un minuto para que no vuelvas a olvidarte. Te lanzaste a cambiar las cosas demasiado de prisa, demasiado abiertamente y sin tener en cuenta para nada la posible reacción violenta de los otros. Tú lo recordabas todo, pero lo confundiste con la inteligencia. Si hubieras tenido a alguien realmente inteligente para guiarte…

— Te necesitaba, Sue.

— Pero ya me tienes, Johnny.

— ¿Qué haremos ahora, Sue?

— Primero conseguir el papel de «Quantum» y, como estás bien, les firmaremos su documento. Segundo, nos casaremos el sábado, tal como habíamos planeado en un principio. Tercero, ya veremos…, pero, ¿Johnny?

— ¿Qué?

— ¿Estás bien del todo?

— No podría estar mejor, Sue. Ahora que estamos juntos, todo irá bien.

No fue una boda fastuosa. Menos solemne de lo que habían planeado en principio y con menos invitados. Por ejemplo, no había nadie de «Quantum». Susan había declarado, con toda firmeza, que sería una mala idea. Un vecino de Susan había traído una cámara de vídeo para grabar la ceremonia, algo que a John le parecía el colmo de lo cursi, pero que Susan había deseado. De pronto el vecino le dijo con gesto trágico:

– No puedo lograr que la maldita cámara funcione. Se supone que iban a darme una en perfecto estado. Tendré que hacer una llamada. -Y se apresuró a bajar la escalera para hacer la llamada desde la cabina telefónica de la entrada de la capilla. John se acercó a mirar cuidadosamente la cámara. Sobre una mesita había un folleto de instrucciones. Lo cogió y lo hojeó con moderada velocidad, después lo volvió a dejar. Miró a su alrededor, pero todo el mundo estaba ocupado. Nadie parecía fijarse en él. Hizo deslizarse el panel de atrás, a un lado, disimuladamente, y miró dentro. Después se alejó y miró pensativo a la pared de enfrente. Siguió mirando distraído mientras su mano derecha se metía subrepticiamente en el mecanismo y hacia un rápido ajuste. Después de un corto intervalo, volvió a deslizar el panel y tocó un botón. Llegó el vecino con aspecto exasperado.

– ¿Cómo voy a seguir unas instrucciones que no tienen pies ni cabeza? -Frunció el ceño. Luego, dijo-: Curioso. Funciona. A lo mejor no estaba estropeada.

– Puede besar a la novia -dijo el sacerdote, amablemente, y John tomó a Susan en sus brazos y obedeció la orden con entusiasmo. Susan murmuró sin casi mover los labios:

– ¿Arreglaste la cámara? ¿Por qué? En un murmullo, respondió John:

– Lo quería todo perfecto para la boda. Le reconvino Susan:

– Querías presumir. Se separaron, se miraron con ojos empañados de emoción, se abrazaron de nuevo mientras el reducido grupo de invitados se impacientaba.

– Si lo vuelves a hacer -musitó Susan-, te arrancaré la piel a tiras. Mientras nadie sepa que todavía recuerdas, nadie podrá detenerte. Seremos los amos de todo dentro de un año si sigues bien las instrucciones. Sí, amor mío -murmuró John, humildemente.

Isaac Asimov: La última respuesta. Cuento

asimovMurray Templeton contaba cuarenta y cinco años y estaba en la flor de la vida, con todos los órganos de su cuerpo en perfecto funcionamiento, salvo ciertas partes de sus arterias coronarias, pero eso bastó. El dolor vino de pronto y aumentó hasta un grado insoportable, luego fue disminuyendo. Notaba cómo su respiración se hacía más lenta y que le envolvía una especie de paz. No hay placer igual a la ausencia de dolor…, inmediatamente después del dolor. Murray experimentó una extraña ligereza, como si se elevara en el aire y se quedara flotando. Abrió los ojos y observó con desprendida diversión que los otros seguían todavía en la habitación muy agitados. Estaba en el laboratorio cuando sintió la punzada de dolor, y cuando se tambaleó, oyó gritos de los demás antes de que todo desapareciera en una impresionante agonía. Ahora, desaparecido el dolor, los otros seguían revoloteando, todavía ansiosos, todavía reunidos junto a su cuerpo caído… Que, de pronto se dio cuenta, él estaba también contemplando. Estaba tendido en el suelo, con el rostro contraído. Y estaba aquí arriba, en paz y contemplando. Pensó: «Milagro de milagros. Los que hablaban de la vida después de la vida, tenían razón.» Y aunque resultaba una forma humillante de morir para un físico ateo, sólo experimentaba una vaga sorpresa sin que se alterase la paz que le embargaba. Pensó: «Debería haber algún ángel…, o algo…, que viniera a buscarme.» La escena terrena empezaba a esfumarse. La oscuridad invadía su conciencia a lo lejos, como un últmo destello había una figura de luz, vagamente humana en la forma, que irradiaba calor. Murray pensó: «Vaya jugarreta. Me voy al cielo.» Mientras lo pensaba la luz se fue, pero persistió el calor. No había disminución de la paz, aunque en todo el Universo solamente quedaba él… y la Voz. La Voz le dijo:

— He hecho esto muchas veces y aún conservo la capacidad de disfrutar del éxito. Murray pensó que debía decir algo, pero no tenía conciencia de tener una boca, una lengua o unas cuerdas vocales. No obstante, trató de emitir un sonido. Intentó, sin boca, tararear palabras o respirarlas o sacarlas fuera mediante la contracción de… algo. Y le salieron. Oyó su propia voz, reconocible en sus propias palabras, infinitamente claras. Murray preguntó:

— ¿Es esto el cielo? La Voz respondió:

— Éste no es un lugar tal como tú entiendes un lugar. Murray se turbó, pero la siguiente pregunta había que formularla:

— Perdóname si te parezco burro. ¿Eres Dios? Sin cambiar el tono ni estropear de ninguna manera la perfección del sonido, la Voz logró parecer divertida:

— Es extraño, naturalmente, que siempre se me pregunte lo mismo de infinitas maneras. No puedo darte una respuesta que puedas comprender. Yo soy… Esto es lo único que puedo decir significativamente, y puedes cubrir esto con cualquier palabra o concepto que desees. Murray preguntó:

— ¿Y qué soy yo? ¿Un alma? ¿O soy únicamente también una existencia personificada? -Trató de no parecer sarcástico, pero creía que había fracasado. Entonces también pensó, fugazmente, añadir un «Señoría» o «Santidad» o algo que contrarrestara con el sarcasmo, y no pudo decidirse a hacerlo aun cuando por primera vez en su existencia pensó en la posibilidad de ser castigado por su insolencia o por su pecado con el infierno, y lo que podía ser esto. La Voz no pareció ofendida.

— Eres fácil de explicar, incluso a ti mismo. Puedes llamarte alma si te gusta, pero lo que realmente eres es un nexo de fuerzas electromagnéticas, arregladas de tal forma, que todas las interconexiones e interrelaciones hasta el más pequeño detalle son exactamente imitativas de las de tu cerebro en tu anterior existencia. Por lo tanto, posees tu capacidad para pensar, tus recuerdos, tu personalidad. Todavía te parece que tú eres tú. Murray sintió cierta incredulidad.

— ¿Quieres decir que la esencia de mi cerebro era permanente?

— En absoluto. No hay nada en ti que sea permanente salvo lo que yo decido que lo sea. Yo formé el nexo. Lo construí mientras tú tenias existencia física y lo ajusté al momento en que la existencia fallara. -La Voz parecía claramente satisfecha de sí, y después de una pausa, continuó-: Una construcción intrincada pero enteramente precisa. Podría, naturalmente, hacerlo para cualquier ser humano de tu mundo, pero me encanta no hacerlo. Encuentro placer en la selección.

— Entonces, eliges a muy pocos.

— A muy pocos.

— ¿Y qué ocurre con los demás?

— ¡El olvido! Oh, naturalmente, te imaginas un infierno. Murray se hubiera ruborizado de haber tenido capacidad para hacerlo. Protestó:

— No lo imagino. Se habla de él. No obstante, no me hubiera creído lo bastante virtuoso para atraer tu atención como uno de los elegidos.

— ¿Virtuoso? Ah, ya veo lo que quieres decir. Es muy molesto tener que obligarme a empequeñecer mi pensamiento lo suficiente para impregnar el tuyo. No, te he elegido por tu capacidad de pensar, como elegí a otros, en cantidades que suman cuatrillones entre las especies inteligentes del Universo. Murray se sintió súbitamente curioso, el hábito de toda una vida. Preguntó:

— ¿Los eliges a todos tú mismo, o hay otros como tú? Por un instante, Murray creyó notar una reacción de impaciencia, pero cuando le llegó la Voz, no había cambiado.

— Que haya otros o no es irrelevante para ti. El Universo es mío y solamente mío. Es mi invención, mi construcción, previsto solamente para mis propósitos.

— Sin embargo, con los cuatrillones de nexos que has formado, ¿pasas el tiempo conmigo? ¿Tan importante soy? Y dijo la Voz:

— No eres nada importante. Estoy también con los demás de un modo que, según tu percepción, podría parecerte simultánea.

— Pero, ¿tú eres uno? Y otra vez, divertida, dijo la Voz:

— Tratas de cazarme en una incongruencia. Si fueras una ameba, podrías considerar la individualidad solamente en conexión con células, y si preguntaras a un cachalote, compuesto de treinta cuatrillones de células si era uno o varios, ¿cómo podría contestar el cachalote para que te resultara comprensible como ameba?

— Lo pensaré. Puede hacerse comprensible.

— Exactamente. Ésta es tu función. Pensarás.

— ¿Con qué fin? Tú ya lo sabes todo, supongo.

— Incluso si lo supiera todo -dijo la Voz-, no podría saber que lo sé todo.

— Esto me suena algo a filosofía oriental -observó Murray-, algo que parece profundo precisamente porque no tiene sentido.

— Prometes. Contestas a mi paradoja con una paradoja salvo que la mía no es una paradoja. Reflexiona. He existido eternamente, pero, ¿qué significa esto? Significa que no puedo recordar haber empezado a existir. Si pudiera, no hubiera existido eternamente. Si no puedo recordar haber empezado a existir, hay por lo menos una cosa, la naturaleza de mi llegada a la existencia, que yo no sé. «Entonces, aunque lo que sé es infinito, también es cierto que lo que hay que saber es infinito, y, ¿cómo puedo tener la seguridad de que ambas infinitudes son iguales? La infinidad del conocimiento potencial puede ser infinitamente mayor que la infinidad de mi conocimiento actual. He aquí un ejemplo sencillo: si conozco la serie de los números enteros pares, conozco una serie infinita de números; sin embargo, sigo sin conocer un solo número entero impar.

— Pero los enteros impares pueden derivarse -objetó Murray-. Si divides por dos cada número par de la infinita serie de números enteros, conseguirás otra serie infinita que contendrá la serie infinita de los números enteros impares.

— Tienes ideas. Me complace. Tu tarea consistirá en buscar otros medios, bastante más difíciles, desde los conocidos a los no conocidos aún. Dispones de tus recuerdos. Recordarás todos los datos que hayas jamás recopilado o aprendido, o que ya tengas o vayas a deducir de los datos. Si es necesario, se te permitirá aprender datos adicionales que consideres relevantes para el problema que te has planteado.

— ¿Y no podrías hacer tú todo esto?

— Puedo, pero así es más interesante. Construí el Universo para disponer de más datos que manejar. Inserté el principio de incertidumbre, la entropía y otros factores al azar que hacen que el todo no sea instantáneamente evidente. Ha funcionado bien porque me ha distraído a lo largo de su existencia. «Entonces permití complejidades que primero produjeron la vida y luego la inteligencia y lo utilicé como fuente de un equipo de investigación, no porque necesitara su ayuda, sino porque introducía, al azar, un nuevo factor. Descubrí que no podía predecir el próximo dato interesante de conocimiento adquirido, de dónde procedería y por qué medios se había derivado.

— ¿Ocurre esto alguna vez? -preguntó Murray.

— Desde luego. No pasa un siglo sin que aparezca algo interesante por alguna parte.

— ¿Algo que pudiste haber pensado, pero que aún no lo habías hecho?

— Si.

— ¿Crees realmente que hay alguna oportunidad de que yo me muestre complaciente en este asunto?

— ¿En el próximo siglo? Virtualmente, ninguna. Pero, a la larga, tu éxito es seguro, puesto que estarás eternamente dedicado a ello.

— ¿Yo pensaré toda la eternidad? ¿Para siempre?

— Sí.

— ¿Con qué fin?

— Te lo he dicho. Para buscar nuevos conocimientos.

— Pero, aparte de esto, ¿por qué motivo debo buscar yo nuevos conocimientos?

— Era lo que hacías en tu vida en el Universo. ¿Cuál era tu propósito entonces? Murray contestó:

— Obtener nuevos conocimientos que solamente yo po día obtener, recibir la felicitación de mis compañeros, sentir la satisfacción de lo conseguido sabiendo que solamente disponía de un tiempo corto para mi propósito. Ahora ganaré solamente lo mismo que tú ganarías si quisieras molestarte un poco. No puedes felicitarme; sólo puedes sentirte divertido. Y no hay mérito ni satisfacción en lograr algo cuando tengo toda la eternidad para conseguirlo.

— ¿Y no encuentras que el pensamiento y el descubrimiento son valiosos de por sí? ¿No encuentras que no te hace falta un propósito ulterior?

— Para un tiempo finito, sí. No para una eternidad.

— Veo tu punto de vista. Sin embargo, no tienes elección.

— Me has dicho que tengo que pensar. No puedes obligarme a ello.

— No deseo obligarte directamente. No lo necesito. Como no puedes hacer otra cosa que pensar, pensarás. No sabes cómo dejar de pensar.

— Entonces, me trazaré una meta. Inventaré un propósito. La Voz, tolerante, asintió.

— Puedes hacerlo.

— Ya he encontrado un propósito.

— ¿Puedo saber qué es?

— Ya lo sabes. Sé que no hablamos de forma ordinaria. Ajustas mi nexo de tal forma, que yo creo que lo oigo hablar y creo que hablo, pero me transfieres pensamientos a mí y sólo para mí directamente. Y cuando mi nexo cambia con mis pensamientos, te das cuenta en seguida de ellos y no necesitas mis transmisiones voluntarias.

— Eres sorprendentemente correcto -afirmó la Voz-. Me complace. Pero también me complace que me transmitas tus pensamientos voluntariamente.

— Entonces, lo diré. El propósito de mis pensamientos será descubrir el modo de desbaratar el nexo que me has creado. No quiero pensar sólo con el propósito de divertirte. No quiero existir para siempre para divertirte. Todos mis pensamientos estarán dirigidos a terminar con mi nexo. Eso me divertirá a mi.

— No tengo nada que objetar. Incluso el pensamiento concentrado en terminar tu propia existencia puede dar salida a algo nuevo e interesante. Y, naturalmente, si tienes éxito en este intento de suicidio, no conseguirás nada, porque te reconstruiría inmediatamente y de tal forma, que hiciera imposible tu método de suicidio. Y si encuentras otro medio aún más sutil de destruirte, te reconstruiré, y así sucesivamente. Podría ser un juego interesante, pero, de todos modos, existirás eternamente. Es mi voluntad. Murray sintió temor, pero las palabras salieron perfectamente tranquilas.

— En resumidas cuentas, ¿estoy en el infierno? Se me ha dado a entender que no lo hay, pero si esto fuera el infierno, me estaría mintiendo como parte del juego del infierno.

— En este caso -cortó la Voz-, ¿de qué sirve asegurarte que no estás en el infierno? Pero, te lo aseguro. Aquí no hay ni cielo ni infierno. Solamente estoy yo.

— Piensa, pues, que mis pensamientos pueden no serte útiles. Si no descubro nada útil, ¿no sería provechoso para ti…, desmontarme y no pensar más en mi?

— ¿Como recompensa? ¿Quieres el Nirvana como premio del fracaso y tratas de hacerme responsable de dicho fracaso? No puedo negociar. No fracasarás. Con toda la eternidad por delante, no puedes evitar tener por lo menos un pensamiento interesante, por más que te opongas a ello.

— Entonces me crearé otro propósito. No trataré de destruirme. Mi meta será humillarte. Pensaré en algo en lo que no solamente no pensaste nunca, sino que nunca podrás pensar. Pensaré en la última respuesta, más allá de la cual ya no hay más conocimiento. La Voz comentó:

— No comprendes la naturaleza del infinito. Puede que haya cosas que no me he molestado en saber. No puede haber nada que yo no pueda saber. Murray dijo, pensativo:

— No puedes conocer tus principios. Tú lo has dicho. Por tanto, no puedes conocer tu final. Muy bien, pues. Éste será mi propósito y ésta será la última respuesta. No me destruiré. Te destruiré a ti…, si tú no me destruyes primero.

— ¡Ah! Has llegado a esta conclusión en menos tiempo del corriente. Pensé que te llevaría más. No hay uno sólo de los que están conmigo en esta existencia de pensamiento perfecto y eterno, que no tenga la ambición de destruirme. No puede ocurrir. No puede hacerse.

— Pero tengo toda la eternidad para pensar en un modo de destruirte -aseguró Murray. La Voz, ecuánime, aceptó:

— Entonces, trata de pensarlo. -Y desapareció. Pero Murray ya tenía un propósito, y estaba satisfecho. Porque, ¿qué podía cualquier ente consciente de la existencia eterna desear sino un final? Porque, ¿qué otra cosa había estado buscando la Voz por incontables billones de años? ¿Y por qué otra razón se había creado la inteligencia y salvado ciertos especimenes poniéndoles a trabajar, sino para colaborar en la gran búsqueda? Y Murray se proponía ser él, y sólo él, quien lo consiguiera. Con todo cuidado y con el ímpetu de su propósito, Murray empezó a pensar. Disponía de mucho tiempo.

Isaac Asimov: La bola de billar. Cuento

asimov studyJames Priss hablaba siempre despacio. Supongo que debería decir el profesor James Priss, aunque todo el mundo sabrá a quién me refiero incluso sin el titulo. Lo sé. Lo entrevisté con cierta frecuencia. Tenía la mente más grande después de Einstein, pero no le funcionaba con rapidez. Solía admitir su lentitud. Quizás era porque su mente era tan grande que no podía moverse de prisa. Si tenía que decir algo, lo decía despacio, abstraído; después pensaba, y a continuación volvía a decir algo más. Incluso en las cosas más triviales, su mente gigantesca se debatía incierta, añadiendo un toque acá y allá. Me lo imaginaba pensando: «¿Se levantará el sol mañana? ¿Qué queremos decir con “levantar”? ¿Podemos estar seguros de que vendrá el mañana? ¿Es acaso el término “sol” un término ambiguo en este aspecto, o no?» Añadamos a este hábito de expresarse, un carácter blando; una cara pálida, sin más expresión que una general incertidumbre; cabello gris, escaso, bien peinado; trajes serios de corte clásico. Aquí tienen lo que era el profesor James Priss…, una persona tímida carente completamente de magnetismo. Ésa es la razón por la que nadie en el mundo, excepto yo, podía llegar a sospechar que fuera un asesino. Incluso yo no estoy seguro. Después de todo, pensaba muy despacio; siempre había sido tardo en pensar. ¿Es concebible acaso que en un momento crucial consiguiera pensar con rapidez y actuar al instante? Qué más da. Incluso si asesinó, se salió con la suya. Es demasiado tarde ahora para tratar de cambiar las cosas, y yo no conseguiría hacerlo aunque decidiera que se publicara todo esto.

Edward Bloom fue compañero de clase de Priss en la Facultad y, por diversas circunstancias, socio durante toda una generación después. Tenían la misma edad y la misma propensión a la soltería, pero eran totalmente opuestos en todo lo trascendental. Alto, fuerte, extrovertido, impetuoso y pagado de sí mismo. Su mente era como el choque de un meteoro por la forma súbita e inesperada de captar lo esencial. No era un teórico como Priss; Bloom no tenía paciencia ni capacidad de concentrarse intensamente para pensar en un solo punto abstracto. Lo confesaba, presumía de ello. Lo que sí poseía era una misteriosa capacidad de ver la aplicación de una teoría; de ver el modo de ponerla en práctica. En un frío bloque de mármol de estructura abstracta podía ver, sin aparente dificultad, el complicado diseño de un invento maravilloso. El bloque se partiría a su contacto, y quedaría el invento. Es una historia conocida, y no muy exagerada, que nada de lo que Bloom construía había dejado de funcionar, o de ser patentado o provechoso. Al cumplir cuarenta y cinco años, era uno de los hombres más ricos de la Tierra. Y si Bloom el técnico se adaptaba a un asunto determinado mejor que a otra cosa, era a la forma de pensar de Priss el teórico. Los mejores artilugios de Bloom se habían construido según las mejores ideas de Priss, y a medida que Bloom se hacía rico y famoso, Priss se hacía acreedor al profundo respeto de sus colegas. Naturalmente, era de esperar que cuando Priss presentara su teoría de doble campo, Bloom se pondría al momento a construir su primer aparato práctico de antigravedad. Mi ocupación consistía en encontrar un interés humano en la teoría de doble campo para los suscriptores de TeleNews Press, y uno lo consigue esforzándose por tratar con seres humanos y no con ideas abstractas. Dado que mi entrevistado era el profesor Priss, la cosa no era nada fácil. Naturalmente, me proponía preguntarle sobre las posibilidades de la antigravedad, que interesaba a todo el mundo; pero no sobre la teoría de doble campo, que nadie podía entender.

— ¿Antigravedad? -Priss apretó sus labios descoloridos y reflexionó-. No estoy muy seguro de que sea posible, o que lo sea alguna vez. No he…, no he profundizado el asunto a entera satisfacción. Tampoco veo enteramente si las ecuaciones del doble campo tendrían una solución finita, como deberían tener, claro, si… -Y se perdió en divagaciones. Yo insistí:

— Bloom dice que piensa que el dispositivo puede construirse. Príss asintió.

— Sí, claro, pero yo me lo pregunto. Ed Bloom ha tenido la sorprendente suerte de descubrir, en el pasado, lo que no estaba claro. Tiene una mente fuera de lo corriente. En todo caso, le ha hecho muy rico. Estábamos sentados en el apartamento de Priss. Clase media normal. No pude evitar echar un vistazo a mi alrededor. Priss no era rico. No creo que leyera mi pensamiento. Vio mi mirada. Y creo que estaba pensando lo mismo.

— La riqueza -dijo- no es la recompensa habitual del científico. Ni siquiera una recompensa razonable. «A lo mejor», me dije. Priss tenía ciertamente su propio tipo de recompensa. Era la tercera persona en la Historia que había ganado dos premios Nobel, y el primero en tenerlos sin compartir. De esto uno no puede quejarse. Y si bien no era rico, tampoco era pobre. Pero no parecía un hombre satisfecho. Puede que no fuera solamente la riqueza de Bloom lo que le irritaba, quizás era la fama que tenía en todas partes o tal vez se debiera a que Bloom era una celebridad fuera donde fuera, mientras que Priss fuera de las convenciones científicas y de los clubes de Facultad, era un simple desconocido. No sabría decir cuánto de todo esto se veía en mis ojos o en la forma en que fruncía la frente, pero Priss siguió diciendo:

— Pero somos amigos, ¿sabe? Jugamos al billar una o dos veces por semana. Le gano con regularidad. (Jamás publiqué esta declaración. La comprobé con Bloom, que hizo una larga contradeclaración que empezaba así: «Me gana al billar. Ese borrico…», y siguió personalizando cada vez más. En realidad, ni uno ni otro eran novatos jugando al billar. Les contemplé una vez, durante un rato, después de la declaración y contradeclaración y ambos manejaban el taco con aplomo profesional. Y lo que es más, ambos jugaban a matar, y no pude ver el menor atisbo de amistad en su juego.) Pregunté:

— ¿Le gustaría pronosticar si Bloom logrará fabricar su aparato antigravedad?

— ¿Quiere decir, si me quiero comprometer a algo? Hmmm. Bien, consideremos, joven, qué entendemos exactamente por antigravedad. Nuestra concepción de la gravedad se basa en la teoría general de la relatividad de Einstein, que cuenta ahora cien años, pero que dentro de sus limitaciones se mantiene firme. Podemos expresarla… Le escuchaba respetuosamente. Ya había oído a Priss hablar de este tema anteriormente, pero si me proponía sacarle algo -lo que no era seguro-, tendría que dejarle exponerlo a su aire.

— Podemos expresarla -siguió- imaginando el Universo como una sábana lisa, delgada, superfiexible, de goma irrompible. Si representamos la masa por el peso, como lo está en la superficie de la Tierra, eso supondría que la masa descansando sobre la sábana de goma haría una mella, una abolladura. A mayor masa, más profunda la mella. »En el Universo de hoy día -prosiguió- existe todo tipo de masa, y por ello debemos imaginar nuestra sábana de goma cuajada de depresiones. Cualquier objeto que ruede sobre la sábana entrará y saldrá de las depresiones al pasar, desviándose y cambiando de dirección al hacerlo. Son estas desviaciones y cambios lo que interpretamos como la demostración de una fuerza de gravedad. Si el objeto móvil se acerca lo bastante al centro de la depresión y se mueve lo bastante despacio, queda cogido y gira y gira alrededor de la concavidad o depresión. En ausencia de fricción, seguirá girando para siempre. En otras palabras, lo que Isaac Newton interpretó como fuerza, Albert Einstein lo interpretó como distorsión geométrica. Llegado a este punto, se calló. Había estado hablando mucho, dado como era él, porque decía algo que había dicho infinidad de veces. Pero ahora empezó a tomárselo con calma, diciendo:

— Así que al tratar de producir antigravedad, tratamos de alterar la geometría del Universo. Si proseguimos con nuestra metáfora, es como si intentáramos alisar nuestra sábana de goma. Podríamos imaginarnos metidos bajo la sábana, levantándola, sosteniéndola para evitar que se hagan más hundimientos. Si alisamos de este modo la sábana de goma, entonces creamos un Universo, o por lo menos una porción de Universo en que la gravedad no existe. Un cuerpo que rodara sobre si mismo pasaría sobre la masa lisa sin alterar lo más mínimo su trayectoria, y podríamos interpretar eso como significando que la masa no ejerce ninguna fuerza gravitatoría. A fin de realizar esta hazaña necesitamos, no obstante, una masa equivalente a la masa hundida. Para producir antigravedad de esta manera en la Tierra, deberíamos asegurarnos una masa igual a la Tierra y sostenerla sobre nuestras cabezas, por decirlo así. Le interrumpí:

— Pero su teoría de doble campo…

— Exactamente. La relatividad general no explica ni el campo gravitatorio ni el campo electromagnético en una única serie de ecuaciones. Einstein pasó la mitad de su vida buscando esa única serie para la teoría de un campo unificado, y fracasó. Todos los que siguieron a Einstein también fracasaron. Yo, no obstante, empecé con la suposición de que había dos campos que no podían ser unificados y seguí las consecuencias que puedo explicar, en parte, en los términos que se desprenden de la metáfora de la «sábana de goma». Ahora estábamos llegando a algo que no estaba seguro de haber oído antes. Pregunté:

— ¿Cómo es eso?

— Suponga que, en lugar de levantar la masa hundida, tratamos de endurecer la propia sábana, hacerla más resistente. Se contraería por lo menos en un área pequeña, y se haría más plana. La gravedad se debilitaría, lo mismo que la masa, porque ambas son esencialmente el mismo fenómeno en términos del Universo abollado. De poder alisar por completo la sábana de goma, tanto la gravedad como la masa desaparecerían del todo. «Bajo condiciones apropiadas, el campo electromagnético podría hacerse que se encontrara con el campo gravitatorio y serviría para endurecer el tejido abollado del Universo. El campo electromagnético es muchísimo más fuerte que el campo gravitatorio, así que podría lograrse que el primero dominara al segundo.

— Pero dice usted -repliqué indeciso- «bajo condiciones apropiadas». ¿Pueden conseguirse las condiciones apropiadas de que usted habla, profesor?

— Eso es lo que no sé -contestó Priss, pensativo, y añadió despacio-: Si el Universo fuera realmente una sábana de goma, su rigidez tendría que alcanzar un valor infinito antes de poder esperarse que permaneciera completamente liso bajo una masa que pudiera abollarla. Si es esto cierto también en el Universo, entonces se precisará un campo electromagnético infinitamente intenso, y esto significará que la antigravedad es imposible.

— Pero Bloom dice…

— Sí, imagino que Bloom piensa que bastará un campo finito si puede aplicarse debidamente. No obstante, por ingenioso que sea -y Priss sonrió levemente- no debemos tenerle por infalible. Su comprensión de la teoría es inexistente. Él… jamás consiguió graduarse, ¿lo sabía? Estuve a punto de decirle que sí. Después de todo, era del dominio público. Pero había un algo morboso en la voz de Priss al preguntarlo y yo levanté la vista a tiempo de ver la animación de sus ojos, como si estuviera encantado de propagar la noticia. Así que incliné la cabeza como si lo almacenara para futura referencia.

— Entonces, opina usted, profesor Priss -insistí-, que Bloom está probablemente equivocado y que la antigravedad es imposible. Priss asintió diciendo:

— El campo gravitatorio puede debilitarse, naturalmente, pero si por antigravedad entendemos un auténtico campo de gravedad cero, es decir, nada de gravedad en un volumen significativo de espacio, sospecho que la antigravedad resulte imposible, mal que le pese a Bloom. En cierto modo, había conseguido lo que quería. En los tres meses siguientes a todo esto, no volví a ver a Bloom y, cuando le vi, estaba de mal humor. Se había enfadado de repente, claro, cuando se enteró de la declaración de Priss. Divulgó que Priss sería invitado casualmente a la exposición del dispositivo de antigravedad tan pronto estuviera terminado, e incluso se le pediría que participara en la demostración. Algún reportero, no yo, desgraciadamente, le acorraló entre citas y le pidió que ampliara lo anterior, y añadió:

— Curiosamente, tendré el dispositivo; quizá pronto. Y puede usted estar presente, así como los de la Prensa a los que les interese. Y también puede asistir el profesor James Priss. Puede representar a la ciencia teórica y, después de que yo haya demostrado la antigravedad, puede aplicar su teoría y explicarla. Estoy seguro de que sabrá hacer su aplicación de forma magistral y demostrar exactamente por qué yo no podía haber fracasado. Podría hacerlo ahora y ahorrar tiempo, pero supongo que no querrá. Todo ello se dijo con la mayor corrección, pero se podía detectar la rabia bajo el rápido chorro de palabras. No obstante, continuó sus ocasionales partidas de billar con Priss, y cuando ambos se reunían se comportaban con la máxima cortesía. Uno podía suponer los progresos que hacía Bloom por sus respectivas actitudes con la Prensa. Bloom se mostraba seco e impertinente, mientras que Priss hacía gala de buen humor. Cuando aceptó mi repetida petición para hacerle a Bloom una entrevista, me pregunté si aquello significaba un descanso en la búsqueda de Bloom. Incluso soñé despierto que me anunciaba por fin su éxito. Pero no fue así. Me recibió en su despacho de «Bloom Enterprises» en la parte alta del Estado de Nueva York. Era un lugar maravilloso, maravillosamente trazado, abarcando tanto terreno como un gran establecimiento industrial y alejado de toda área de población. Edison en su máximo esplendor, doscientos años atrás, no había tenido un éxito tan apoteósico como Bloom. Pero Bloom no estaba de buen humor. Llegó con diez minutos de retraso y pasó como una fiera ante la mesa de su secretaria, inclinando apenas la cabeza en mi dirección. Llevaba puesta una bata de laboratorio desabrochada. Se dejó caer en su sillón y dijo:

— Lamento haberle hecho esperar, pero no disponía de tanto tiempo como había creído. -Bloom era un actor nato y sabía que no debía enemistarse con la Prensa, pero yo tuve la impresión de que atravesaba grandes dificultades en aquel momento para mantener el tipo. Sabía cómo plantear la suposición.

— Tengo entendido, señor, que sus pruebas recientes no han sido del todo afortunadas.

— ¿Quién se lo ha dicho?

— Yo diría que es de dominio público, señor Bloom.

— No, no lo es. Y no lo diga, joven. No hay conocimiento público de lo que sucede en mis laboratorios y talleres. Está expresando las opiniones del profesor, ¿verdad? Me refiero a Priss.

— No, yo no…

— Claro que sí. ¿No es usted la persona a la que hizo aquella declaración de que la antigravedad es imposible?

— No lo dijo tan tajantemente.

— Nunca dice nada tajantemente, pero si lo bastante para él, como que tendré su maldito Universo de sábana de goma dentro de nada.

— Entonces, ¿significa que está progresando, señor Bloom?

— Sabe que es así -me espetó-. O debería saberlo. ¿No estuvo usted en la demostración la semana pasada?

— Sí, estuve. Imaginé que Bloom estaba en apuros, de lo contrario no habría mencionado aquella demostración. Funcionó, sí; pero no fue nada del otro mundo. Produjo una región de gravedad disminuida entre los dos polos de un imán. Se hizo con gran inteligencia. Se utilizó un Mossbauer Effect Balance para estudiar el espacio entre los dos polos. Si nunca han visto un M-E Balance en acción, les diré que consiste en un haz monocromático, apretado, de rayos gamma, disparado sobre el campo de gravedad disminuida. Los rayos gamma cambian la longitud de onda ligera, pero mensurable, bajo la influencia del campo de gravitación, y si ocurre algo que altere la intensidad del campo, la longitud de onda va cambiando adecuadamente. Es un método extremadamente delicado para tantear un campo gravitatorio, y funciona como un amuleto. Quedaba claro que Bloom había debilitado la gravedad. El problema era que se había hecho antes. Bloom, naturalmente, se había servido de los circuitos que aumentaban enormemente la facilidad con que se había logrado el efecto, su sistema era típicamente ingenioso y había sido debidamente patentado, y aseguraba que por este método la antigravedad sería no sólo una curiosidad científica, sino algo práctico para aplicarlo en la industria. Quizá. Pero era un trabajo incompleto y no solía alardear de cosas incompletas. Y no lo habría hecho así, esta vez, si no estuviera desesperado por exhibir algo. Le comenté:

— Mi impresión es que lo conseguido en aquella demostración preliminar fue 0,82 g, y en Brasil, la primavera pasada, consiguieron más que esto.

— ¿De veras? Bien, calcule el gasto de energía en Brasil y aquí, y después dígame la diferencia en disminución de gravedad por kilovatio-hora. Se sorprenderá.

— Pero lo que yo quiero saber es si puede alcanzar O g, gravedad cero. Eso es lo que el profesor Priss no cree posible. Todo el mundo está de acuerdo en que el mero hecho de rebajar la intensidad del campo no es gran cosa. Bloom apretó los puños. Tuve la corazonada de que les había fallado un experimento clave aquel día y que estaba insoportablemente fastidiado. Bloom no podía aguantar que el Universo le dejara en mal lugar.

— Los teóricos me asquean. -Lo dijo en voz baja y controlada, como si realmente estuviera harto de no poder decirlo y que por fin estuviera decidido a expresar lo que pensaba y al diablo con todo-. Priss ha ganado dos premios Nobel por barajar ecuaciones, pero, ¿qué ha hecho con ellas? ¡Nada! Yo si he hecho algo con ellas y voy a hacer aún más, le guste o no le guste a Priss. »Yo soy el único que la gente recordará. Yo soy el único que será reconocido. Por mí, puede guardarse su título, sus premios y las felicitaciones de los eruditos. Oigame, le diré lo que le duele. Clara y llanamente tiene celos. Le mata que yo consiga lo que consigo trabajando. Él lo quiere conseguir pensando. »Una vez le dije…, jugamos juntos al billar, ya sabe… Fue entonces cuando le repetí la declaración de Priss sobre el billar, y obtuve la contradeclaración de Bloom. Jamás las he publicado. Eran trivialidades.

— Jugamos al billar -siguió explicando Bloom cuando se hubo tranquilizado algo- y he ganado muchas partidas. Mantenemos la cosa en plan relativamente amistoso. Qué demonios…, compañeros de Facultad y demás…, aunque, la verdad, no sé cómo pudo terminar. Pasó en Física, naturalmente, y en Matemáticas, pero aprobó justito, por compasión, creo yo, en todas las asignaturas de humanidades.

— Pero usted no logró graduarse, ¿verdad, Mr. Bloom? -Eso fue pura maldad por mi parte. Disfrutaba con su indignación.

— Lo dejé para meterme en negocios, maldita sea. Mi media académica a lo largo de los años en que asistí fue de un notable claro. No vaya a imaginar otra cosa, ¿me oye? Para cuando Priss sacó su doctorado, yo ya estaba ganando mi primer millón. Claramente irritado, siguió contándome:

— Un día, jugábamos al billar, y yo le dije: «Jim, el hombre medio nunca comprenderá por qué te dan el premio Nobel a ti, cuando soy yo el que obtiene resultados. ¿Para qué quieres dos? Dame uno.» Pero él siguió allí, tranquilo, dándole tiza al taco, y, después de un rato, me contesta con su voz vaga: «Tú tienes dos millones, Ed. Dame uno.» Así que ya ve, lo que quiere es el dinero.

— Tengo entendido que a usted no le importa que él reciba los honores -sugerí. Por un momento creí que iba a mandarme salir, pero no lo hizo. Se echó a reír, agitó la mano como si quisiera borrar algo de una pizarra invisible que tuviera en frente, y dijo:

— Bah, olvidelo. Todo eso es off the record. Oigame, ¿Quiere una declaración? Okey. Las cosas no han salido bien hoy y perdí un poco los estribos, pero todo se arreglará. Creo saber lo que ha fallado. Y si no fuera así, lo averiguaré. »Óigame. puede decir que yo digo que no necesitamos una intensidad electromagnética infinita; alisaremos la sábana de goma; conseguiremos la gravedad cero. Y cuando la tengamos montaré la más impresionante demostración que haya visto jamás, exclusivamente para la Prensa y para Priss, y usted será invitado. Puede decir que será muy pronto. ¿De acuerdo?

— ¡De acuerdo! Me quedó tiempo para ver a uno y otro una o dos veces más. Incluso les ví juntos cuando estuve presente en una de sus partidas de billar. Como les he dicho antes, ambos eran muy buenos. Pero la invitación a la demostración no vino tan pronto como cabía esperar; faltaban seis semanas para el año, después de hacer Bloom su declaración. Aunque reconozco que era injusto esperar que el trabajo fuera más rápido. Recibí una invitación especial, en relieve, con la seguridad de una hora de cóctel primero. Bloom jamás hacia las cosas a medias y se había propuesto tener a mano un grupo de reporteros satisfechos. También había hecho un arreglo para disponer de TV tridimensional. Era obvio que Bloom estaba completamente seguro de sí, lo bastante seguro como para estar dispuesto a que la demostración se viera en todas las salas de estar del planeta. Telefoneé al profesor Priss para asegurarme de que también había sido invitado. Lo estaba.

— ¿Piensa asistir, señor? Hubo una pausa y la cara del profesor, en la pantalla, era todo un estudio de mala gana e indecisión.

— Una demostración de este tipo es de lo más inoportuna cuando está en cuestión un tema científico. No me gusta apoyar semejantes manifestaciones. Temí que no quisiera asistir, el dramatismo de la situación perdería mucho si él no se encontraba allí. Pero tampoco, a lo mejor, se atrevería a quedar como un gallina ante la opinión mundial. Con manifiesta repugnancia, dijo:

— Claro que Ed Bloom no es realmente un científico y debe disfrutar de su día de gloria. Estaré.

— ¿Cree que Mr. Bloom puede producir gravedad cero, señor?

— Hmmm… Mr. Bloom me ha enviado una copia del diseño del dispositivo, y… no estoy del todo seguro. Quizá pueda hacerlo, si…, bueno, si dice que puede. Naturalmente… calló un buen rato- …creo que me gustaría verlo. Y yo también, y muchos otros también. La organización fue impecable. Toda una planta del edificio principal de «Bloom Enterprises», el de la colina, había sido vaciado. Había los cócteles prometidos y un espléndido surtido de tapas, música y luces suaves, y un bien vestido y absolutamente jovial Ed Bloom, representando al perfecto anfitrión, mientras cierto número de correctos y discretos sirvientes traían y llevaban cosas. Todo era genialidad y asombrosa confianza. James Priss se retrasaba y vi a Bloom observando a la gente y empezando a ponerse un tanto nervioso. Entonces llegó Priss, arrastrando tras él una masa gris, gente, diría yo, de medias tintas a las que no afecta el ruido y el esplendor (ninguna otra palabra podría describirla…, ¿o tal vez fueran los dos martinis secos que yo llevaba dentro?) que llenaba la estancia. Bloom le vio y su rostro se iluminó al instante. Se precipitó, agarró la mano del hombre, y lo arrastró hacia el bar.

— ¡Jim! ¡Encantado de verte! ¿Qué vas a tomar? ¡Demonio, hombre, lo habría cancelado si no hubieras aparecido! No puedo presentar esto sin la estrella, ¿sabes? ­Estrechó la mano de Priss-. Es tu teoría, ya sabes. Nosotros, pobres mortales, no podemos hacer nada sin que unos pocos, vosotros, los malditos pocos nos tracen el camino. Se mostraba exultante, dándole jabón porque ahora podía permitírselo; estaba cebando a Priss para la matanza. Priss rechazó la copa, barbotando entre dientes, pero se encontró con la copa entre los dedos, y Bloom alzó su voz como un rugido:

— ¡Caballeros! Por favor, un momento de silencio. El profesor Priss, la mente más grande después de Einstein, dos veces premio Nobel, padre de la teoría de doble campo e inspirador de la demostración que están a punto de presenciar…, aunque él creía que no iba a funcionar y tuvo la valentía de decirlo públicamente. Se notó un claro rumor de risas contenidas que inmediatamente cesó y la expresión de Priss se hizo tan sombría como su cara pudo conseguir.

— Pero ahora el profesor Priss está con nosotros -siguió diciendo Bloom-, y como ya hemos brindado, vamos a empezar. Síganme, caballeros. La demostración tuvo lugar en un local mucho más complicado que el anterior. Esta vez se realizaba en la última planta del edificio. Estaban dispuestos diversos imanes, más pequeños, vive Dios, pero por lo que pude vislumbrar, el mismo M-E Balance estaba en su sitio. Una cosa, no obstante, era nueva, y desconcertó a todo el mundo, atrayendo la atención más que ninguna otra cosa de la habitación. Se trataba de una mesa de billar situada bajo un polo del imán. Debajo de ella estaba el otro polo. En el mismo centro de la mesa se había abierto un agujero redondo, de unos treinta centímetros de diámetro, y era evidente que el campo de gravedad 0, si iba a conseguirse, se produciría a través de aquel agujero del centro de la mesa de billar. Era como si toda la demostración hubiera sido diseñada al estilo surrealista, para realzar la victoria de Bloom sobre Priss. Ésta iba a ser otra versión de sus eternas competiciones de billar, y Bloom iba a ser el ganador. Ignoro si los demás periodistas lo veían así, pero creo que Priss sí. Me volví a mirarle y vi que todavía sostenía la copa que le habían puesto en la mano. Rara vez bebía, lo sé, pero ahora se llevó la copa a los labios y la vació de dos tragos. Se quedó mirando la mesa de billar y yo no necesité ser un superdotado para darme cuenta de que lo tomaba como un deliberado chasquido de dedos bajo las narices. Bloom nos condujo a los veinte asientos que rodeaban tres lados de la mesa, dejando el cuarto libre como zona de trabajo. Priss fue cuidadosamente acompañado al asiento desde el cual la vista era más conveniente. Priss echó una ojeada a las cámaras tridimensionales, que estaban ya funcionando. Me pregunté si estaba pensando en irse, pero decidió quedarse porque no podía irse ante los ojos del mundo. La demostración era simple; lo que contaba era la producción. Había diales visibles que medían el gasto de energía. Había otros que transferían las lecturas del M-E Balance a una posición y tamaño que las hacía visibles para todos. Todo estaba preparado para una fácil visión tridimensional. Bloom iba explicando cada paso con tono solemne, hacía una o dos pausas, se volvía a Priss en espera de la confirmación, pero no lo hacía con excesiva frecuencia para que no pareciera que iba por él, pero Priss reflejaba el tormento que le embargaba. Desde donde estaba sentado podía mirar a través de la mesa y ver claramente a Priss. Su aspecto era el de un hombre en el infierno. Como sabemos todos, Bloom tuvo éxito. La M-E Balance registró que la intensidad gravitatoria disminuía con regularidad al intensificarse el campo electromagnético. Hubo aplausos cuando llegó por debajo de la marca 0,52 g. Una línea roja lo señalaba en el dial.

— La marca 0,52 g, como saben -explicó Bloom, seguro-, representa el récord anterior, bajo en intensidad gravitatoria. Ahora estamos por debajo a un coste, en electricidad, que es inferior a un diez por ciento de lo que costaba cuando se alcanzó la marca. Y seguiremos bajando. Bloom, creo que deliberadamente, por mor del suspense, retrasó la caída final, dejando que las cámaras tridimensionales fueran y vinieran entre el hueco de la mesa de billar y el dial en el que iba disminuyendo la lectura del M-E Balance.

— Caballeros -dijo de pronto Bloom-, a un lado de cada uno de sus asientos encontrarán unas gafas oscuras. Por favor, pónganselas ya. El campo de gravedad cero no tardará en establecerse y radiará una luz rica en rayos ultravioleta. Él también se puso las gafas y se notó un momentáneo rumor al hacerlo los demás. Creo que nadie respiraba durante el último minuto, cuando la lectura del dial cayó a cero y se mantuvo. Y justo en ese momento en que ocurrió, un cilindro de luz saltó de polo a polo a través del agujero de la mesa de billar. Se oyeron veinte suspiros cuando ocurrió. Alguien gritó:

— Mr. Bloom, ¿cuál es el motivo de esta luz?

— Es característica del campo de gravedad cero -contestó Bloom, aunque no era ninguna respuesta. Los reporteros se pusieron de pie, agrupados junto al borde de la mesa. Bloom les indicó que se retiraran.

— ¡Por favor, caballeros, apártense! Sólo Priss permanecía sentado. Parecía sumido en sus pensamientos y desde entonces tuve la seguridad de que eran las gafas las que oscurecían el posible significado de todo lo que siguió. No veía sus ojos, no podía. Y esto significaba que ni yo ni nadie más pudo siquiera empezar a imaginar lo que estaba ocurriendo tras aquellos ojos. Bueno, tal vez tampoco hubiéramos podido imaginarlo si no hubiera llevado las gafas. ¿Quién puede decirlo? Bloom alzaba de nuevo la voz:

— ¡Por favor! La demostración no ha terminado aún. Hasta ahora sólo hemos repetido lo que había hecho antes. He producido ahora un campo de gravedad cero y he demostrado que puede hacerse prácticamente. Pero quiero demostrarles algo de lo que este campo puede hacer. Lo que vamos a ver a continuación será algo nunca visto ni siquiera por mí. No he experimentado en este sentido, por más que me hubiera gustado, porque he comprendido que el profesor Priss merece el honor de… Priss, sobresaltado, levantó la cabeza:

— ¿Qué…? ¿Qué?

— Profesor Priss -dijo sonriente Bloom-, me gustaría que fuera usted el primero en llevar a cabo el experimento de la interacción de un objeto sólido con un campo de gravedad cero. Fíjese que el campo se ha formado en el centro de una mesa de billar. Todo el mundo conoce su fenomenal habilidad en el billar, profesor, un talento sólo inferior a su asombrosa capacidad para la física teórica. ¿Querrá usted enviar una bola de billar hacia el volumen de gravedad cero? Entusiasmado, entregó una bola y un taco al profesor. Priss, con los ojos escondidos tras las gafas, se los quedó mirando, y muy despacio, muy indeciso, alargó las manos para cogerlos. Me pregunto lo que reflejaban sus ojos. También me pregunto hasta qué punto la decisión de hacer que Priss jugara al billar para la demostración, fue debida al enfado de Bloom por el comentario de Priss sobre sus partidas periódicas, el comentario que ya había mencionado. ¿Fui yo a mi manera, el responsable de lo que siguió?

— Venga, levántese, profesor -dijo Bloom-, y cédame su asiento. De ahora en adelante, usted es el protagonista. ¡Adelante! Bloom se sentó y siguió hablando en un tono de voz que, por momentos, se volvía más sonora.

— Una vez el profesor Priss mande la bola al volumen de gravedad cero, no le afectará el campo de gravedad de la Tierra. Permanecerá inmóvil, mientras la Tierra gira sobre su eje y viaja alrededor del Sol. En esta latitud y a esta hora del día, he calculado que la Tierra en su movimiento se inclinará hacia abajo. Nos moveremos con ella y la bola seguirá inmóvil. A nosotros nos parecerá que se eleva y se aleja de la superficie de la Tierra. Miren. Priss parecía estar delante de la mesa, helado, paralizado. ¿Le sorprendía? ¿Estaba asombrado? No lo sé. Nunca lo sabré. ¿Hizo acaso un gesto para interrumpir el discurso de Bloom, o sufría solamente de una angustiosa desgana de representar el papel ignominioso al que se veía forzado por su adversario? Priss se volvió a la mesa de billar, primero la miró y luego miró a Bloom. Cada reportero estaba en pie, tan cerca de él como era posible a fin de poder ver bien. Solamente Bloom seguía sentado, sonriente y aislado. Él, naturalmente, no miraba la mesa, ni la bola, ni el campo de gravedad cero. Por lo que las gafas oscuras me permitían ver, estaba mirando a Priss. Tal vez pensaba que no había otra salida. O quizá… Con una tacada segura puso en movimiento la bola. Iba despacio, todos los ojos la siguieron. Golpeó un lado de la mesa y rebotó. Se movía aún más despacio como si el propio Priss fuera aumentando el suspense y dando más dramatismo al triunfo de Bloom. Yo tenía una vista perfecta porque me encontraba del lado de la mesa opuesto a Priss. Podía ver la bola moviéndose hacia el resplandor del campo de gravedad cero, más allá veía parte del cuerpo de Bloom, la que no quedaba oculta por el resplandor. La bola se acercaba al volumen de gravedad cero, pareció detenerse al borde y desapareció con un destello, con el ruido de un trueno y un súbito olor a ropa quemada. Gritamos. Todos gritamos. He vuelto a ver la escena en televisión…, junto con el resto del mundo. Puedo verme en la película durante los quince segundos de confusión, pero realmente no me reconozco. ¡Quince segundos! Y entonces descubrimos a Bloom. Seguía sentado en su butaca, con los brazos cruzados, pero había un agujero del tamaño de una bola de billar a través del antebrazo, del pecho y de la espalda. Gran parte de su corazón, como se descubrió luego en la autopsia, había sido limpiamente recortada. Desconectaron el dispositivo. Llamaron a la Policía. Se llevaron a Priss, que se encontraba completamente derrumbado. Yo no estaba mucho mejor, a decir verdad, y si algún reportero presente en la escena trató de decir que había contemplado fríamente la escena, es un redomado embustero.

Transcurrieron unos meses antes de que volviera a ver a Priss. Había adelgazado, pero tenía buen aspecto. En realidad, había color en sus mejillas y un aire decidido en toda su persona. Iba mucho mejor vestido de lo que yo le recordaba. Me dijo:

– Ahora sé lo que ocurrió. Si hubiera tenido tiempo para pensar, lo habría sabido en seguida. Pero yo pienso despacio y el pobre Ed Bloom estaba tan empeñado en dar una gran representación, y hacerlo tan bien, que me arrastró consigo. Naturalmente, he estado esforzándome por compensar el daño que causé sin proponérmelo.

– Pero no puede resucitar a Bloom -dije serenamente.

– No, no puedo -repitió con la misma serenidad-. Pero hay que pensar en las «Bloom Enterprises» también. Lo que ocurrió en aquella demostración, a la vista de todo el mundo, fue el peor anuncio posible de la gravedad cero, y es importante que la cosa quede clara. Es por lo que he pedido verle a usted.

– ¿Sí?

– Si yo hubiera sido un pensador rápido, me habría dado cuenta de que Ed decía una tontería al asegurar que la bola de billar se elevaría en el campo de gravedad cero. ¡No podía ser así! Si Bloom no se hubiera burlado tanto de la teoría, si no hubiera estado tan empeñado en sentirse orgulloso de su propia ignorancia de la teoría, lo hubiera sabido. »El movimiento de la Tierra no es el único movimiento que nos afecta, joven. El propio Sol se mueve en una vasta órbita cerca del corazón de la galaxia de la Vía Láctea. Y la galaxia también se mueve, aunque no de un modo claramente definido. Si la bola de billar estuviera sujeta a la gravedad cero, podría pensarse que no la afectaría ninguno de esos movimientos y, por tanto, no caería de pronto en un estado de absoluta inmovilidad…, cuando no existe la absoluta inmovilidad. Priss meneó lentamente la cabeza.

– El problema con Ed, a mi entender, fue que estaba pensando en el tipo de gravedad cero con que uno se encuentra en la caída libre de una nave espacial, cuando se flota en el aire. Contaba con que la bola flotara en el aire. Sin embargo, en una nave espacial la gravedad cero no es el resultado de una ausencia de gravitación, sino simplemente el resultado de que dos objetos, una nave y un hombre dentro de la nave, van cayendo a la misma velocidad, respondiendo a la gravedad precisamente del mismo modo, de forma que cada uno está inmóvil respecto del otro. »En el campo de gravedad cero producido por Ed, hubo un aplanamiento de la sábana de goma que es el Universo, lo que significa una verdadera pérdida de masa. Todo en aquel campo, incluso las moléculas de aire retenidas en él y la bola de billar que yo metí dentro, dejaron completamente de ser masa mientras permanecieron dentro. Un objeto absolutamente sin masa sólo puede moverse en una dirección. Calló, como invitando a que le preguntara; así que dije:

– ¿Y cuál sería ese movimiento?

– Un movimiento a la velocidad de la luz. Cualquier objeto sin masa, como un neutrón o un fotón, viaja a la velocidad de la luz mientras exista. De hecho, la luz se mueve a esa velocidad porque está compuesta de fotones. Tan pronto como la bola de billar entró en el campo de gravedad cero y perdió su masa, asumió también al instante la velocidad de la luz y desapareció. Sacudí la cabeza.

— Pero, ¿no recuperó su masa tan pronto como dejó el volumen de gravedad cero?

— Claro que si, e inmediatamente empezó a afectarla el campo gravitatorio y a perder velocidad en respuesta a la fricción del aire y de la superficie de la mesa de billar. Pero imagine cuánta fricción se necesita para reducir la velocidad de la masa de una bola de billar viajando a la velocidad de la luz. Pasaría a través de casi doscientos kilómetros de espesor de nuestra atmósfera en una milésima de segundo, al hacerlo unos pocos kilómetros fuera de los 298,051 de ellos. En su trayectoria, chamuscó la parte alta de la mesa de billar, pasó limpiamente a través del borde, atravesó al pobre Ed y a la ventana, agujereándolo fácilmente porque antes había pasado a través de porciones de algo tan quebradizo como el cristal sin hacerlo añicos. »Fue extraordinariamente afortunado que nos encontráramos en el último piso de un edificio levantado en mitad del campo. De haber estado en la ciudad pudo haber atravesado varios edificios y matado a varias personas. En este momento la bola de billar está en el espacio, más allá del sistema solar, y continuará viajando así eternamente, a casi la velocidad de la luz, hasta que tope con algo suficientemente grande que la detenga. Pero dejará allí un gran cráter. Jugué con la idea, pero no estaba seguro de que me gustara:

— ¿Cómo puede ser? -pregunté-. La bola de billar entró en el volumen de gravedad cero casi parada. La vi. Y usted dice que salió cargada de una cantidad increíble de energía cinética. ¿De dónde procedía esa energía? Priss se encogió de hombros.

— De ninguna parte. La ley de la conservación de la energía sólo se mantiene en condiciones en las que la relatividad general es válida; es decir, en un universo de plancha de goma abollada. Siempre que la depresión queda alisada, la relatividad general deja de existir, y la energía puede crearse y destruirse libremente. Esto explica la radiación a lo largo de la superficie cilíndrica del volumen de gravedad cero. Esta radiación, ¿se acuerda?, no fue explicada por Bloom y me temo que no podía explicarla. Si primero hubiera experimentado más, si no hubiera sido tan tontamente ansioso de montar su espectáculo…

— ¿Qué produjo la radiación, señor?

— Las moléculas del aire dentro del volumen. Cada una de ellas asume la velocidad de la luz y salen disparadas hacia fuera. Son solamente moléculas, no bolas de billar, así que se detienen, pero la energía motriz de su movimiento se convierte en radiación energética. Es continua, porque nuevas moléculas van entrando y adquiriendo la velocidad de la luz y saltando fuera.

— Entonces, ¿la energía se crea continuamente?

— En efecto. Y esto es lo que debemos aclarar al público. La antigravedad no es primariamente un dispositivo para elevar naves espaciales o para revolucionar el movimiento mecánico. Es más bien la fuente de una provisión infinita de energía gratuita, pues parte de la energía producida puede ser dirigida a mantener el campo que mantiene lisa aquella porción del Universo. Lo que Ed Bloom inventó, con éxito, sin saberlo, no era sólo la antigravedad, sino la primera máquina de movimiento perpetuo de primera clase…, que crea energía de la nada.

— Cualquiera de nosotros pudo haber sido destruido por aquella bola de billar, ¿verdad, profesor? Pudo haber salido en cualquier dirección.

— Bueno, fotones sin masa emergen continuamente de cualquier fuente de luz, y a la velocidad de la luz, en cualquier dirección; por eso la luz de una vela ilumina en todas direcciones. Las moléculas sin masa del aire salen del volumen de gravedad cero en todas direcciones, por lo que todo el cilindro irradia luz. Pero la bola de billar era solamente un objeto. Pudo haber salido en cualquier dirección, pero tenía que salir en una dirección elegida al azar, y la dirección elegida fue la que atravesó al Pobre Ed.

Y nada más. Todo el mundo conoce las consecuencias. La Humanidad dispone de energía libre y por ello tenemos el mundo que tenemos ahora. El profesor Priss fue el encargado de su desarrollo por el consejo de administración de «Bloom Enterprises», y con el tiempo se hizo tan rico y famoso como lo había sido Edward Bloom. Y Priss sigue teniendo, además, dos premios Nobel. Sólo que… No dejo de pensar. Los fotones salen de un punto de luz en todas direcciones porque se crean sobre la marcha y no hay razón para que se muevan en una dirección más que otra. Las moléculas del aire salen de un campo de gravedad cero en todas direcciones porque también entran en todas direcciones. Pero, ¿qué hay de una sola bola de billar, entrando en un campo de gravedad cero, desde un punto determinado? ¿Sale en aquella misma dirección, o en otra cualquiera? He preguntado discretamente, pero los físicos teóricos no parecen estar seguros, y no he podido encontrar datos de que la «Bloom Enterprises~, que es la única organización que trabaja con campos de gravedad cero, haya experimentado jamás en la materia. Alguien de la organización me dijo una vez que el principio de incertidumbre garantiza la salida al azar de un objeto entrado en cualquier dirección. Entonces, ¿por qué no intentan el experimento? Podría ser que… ¿Podría ser que, por una vez, la mente de Priss hubiera trabajado de prisa? ¿Podía ser que, bajo la presión a que Bloom le estaba sometiendo, Priss se hubiera dado cuenta de todo, súbitamente? Había estado estudiando la radiación que rodea el volumen de gravedad cero. Podía haberse dado cuenta de su causa y tener la seguridad de la moción a la velocidad de la luz de cualquier cosa que penetrara en el volumen. Entonces, ¿por qué no había dicho nada? Una cosa es cierta. Nada de lo que Priss hiciera en la mesa de billar podía ser accidental. Era un experto y la bola de billar hizo exactamente lo que él quiso que hiciera. Yo estaba allí. Le vi mirar a Bloom, luego a la mesa como si calculara ángulos. Le vi golpear la bola. La vi cómo rebotaba del lado de la mesa y entraba en el volumen de gravedad cero, yendo en una dirección determinada. Porque cuando Priss mandó la bola hacia el volumen de gravedad cero, y las películas tridimensionales no me dejarán mentir, apuntaba ya directamente al corazón de Bloom. ¿Accidente? ¿Coincidencia? ¿Asesinato?

Isaac Asimov: EL chiquillo feo. Cuento

asimov (6)Edith Fellowes alisó su bata de trabajo como hacía siempre antes de abrir la puerta de complicada cerradura y cruzar la invisible línea divisoria entre el ser y no ser. Llevaba su bloc de notas y su pluma, aunque nunca apuntaba nada, salvo lo absolutamente necesario para un informe. Esta vez llevaba una maleta («Juegos para el niño», dijo sonriente al guardia…, que, desde hacía tiempo, no le interrogaba y que le indicó que siguiera adelante). Y, como siempre, el chiquillo feo sabía que había entrado y corrió hacia ella:

– Miss Fellowes…, Miss Fellowes… -gritaba a su modo, dulce y algo confuso.

– Timmie -le replicó, al tiempo que le pasaba la mano por el cabello alborotado de su malformada cabecita-. ¿Qué pasa?

– ¿Volverá Jerry a jugar conmigo? Siento lo que paso.

– No pienses en eso ahora, Timmie. ¿Es por eso por lo que has estado llorando? Desvió la mirada.

– No sólo por eso, Miss Fellowes. He vuelto a soñar.

– ¿El mismo sueño? -preguntó, apretando los labios. Claro, el asunto Jerry provocaba otra vez el sueño. Movió la cabeza. Sus enormes dientes aparecían cuando trataba de sonreír y los labios de su boca saliente se distendieron.

– ¿Cuándo seré grande para salir por ahí, Miss Fellowes?

– Pronto -le respondió con dulzura, sintiendo que se le partía el corazón-. Pronto. Miss Fellowes dejó que le cogiera la mano y disfrutó con el contacto tibio de la piel gruesa y seca de su manita. La llevó a través de las tres estancias que formaban el conjunto de la Sección Uno de «Stasis»…, una sección cómoda, sí, pero una cárcel perpetua para el chiquillo feo en los siete (¿eran siete?) años de su vida. La llevó a la única aventura que daba a un bosque bajo su mundo (ahora oscurecido por la noche) donde una valla y unas instrucciones pintadas no permitían a nadie entrar sin permiso. Apretó la nariz contra la ventana:

– ¿Allí fuera, Miss Fellowes?

– Hay mejores sitios, más bonitos -respondió con tristeza al mirar su pobrecito rostro, recortado de perfil sobre la ventana. La frente plana inclinada hacia atrás, el cabello cayéndole en largos mechones y la parte de atrás del cráneo abultada, hacían que la cabeza pareciera tan pesada que se le caía hacia delante, obligando a todo el cuerpo a doblarse. Los salientes pómulos tensaban la piel sobre sus ojos. Su boca saliente era más prominente que su nariz aplastada, y casi no tenía barbilla, sólo una mandíbula curvada hacia delante y atrás. Era bajito para su edad, con unas piernas cortas y combadas. Era un chiquillo muy, pero que muy feo, y Miss Fellowes le tenía un gran cariño. Su propia cara estaba fuera de su línea de visión, así que pudo permitirse el lujo de que le temblaran los labios.

No les dejaría que le mataran. Haría cualquier cosa para evitarlo. Cualquier cosa. Abrió la maleta y empezó a sacar la ropa que contenía.

Edith Fellowes había cruzado el umbral de Stasis, hacía poco más de tres años. En aquel entonces no tenía la menor idea de lo que significa «Stasis» ni para qué servía el lugar. Nadie lo sabía, salvo los que trabajaban allí. Casualmente, fue al día siguiente de su llegada cuando la noticia se divulgó por el mundo entero. Fue sólo que se había pedido una mujer con experiencia en fisiología, en química clínica y amor por los niños. Edith Fellowes era una enfermera en una sala de maternidad y creía reunir estas condiciones. Gerald Hoskins, cuya placa en su mesa de despacho incluía un doctorado tras su nombre, se rascó la mejilla y se la quedó mirando fijamente. Miss Fellowes se irguió maquinalmente y sintió que se le contraía el rostro (con su nariz levemente asimétrica y sus cejas excesivamente pobladas). «Tampoco él era ninguna belleza -pensó resentida-. Es gordo y calvo y tiene la boca fea.» Pero el sueldo al que había hecho mención estaba muy por encima del que había creído, así que esperó.

– ¿Le gustan realmente los niños? -preguntó Hoskins.

– Si no me gustaran, no lo diría.

– ¿O sólo le gustan los niños guapos, los niños gorditos con boquitas de rosa y sonoros gorjeos? Miss Fellowes respondió:

– Los niños son niños, doctor Hoskins, y los que no son guapos son precisamente los que más ayuda necesitan.

– Entonces, suponga que la aceptamos…

– ¿Quiere decir eso que ya me ofrece el empleo? El hombre esbozó una sonrisa y por un instante su cara ancha reflejó un encanto inesperado. Le dijo:

– Mis decisiones son rápidas. Hasta aquí la oferta es tentadora, pero también puedo decidirme a rechazarla. ¿Está dispuesta a correr el riesgo? Miss Fellowes agarró con fuerza su bolso y calculó tan rápidamente como pudo, dejó de hacer cábalas y siguió su impulso:

– Está bien.

– Perfecto. Esta noche formamos el «Stasis» y creo que será mejor que esté aquí para entrar inmediatamente en funciones. Tendrá lugar a las ocho y le agradecería que estuviese aquí a las siete y media.

.           Pero, qué…

– Bien, bien. Basta por ahora. -Y, obedeciendo a una señal, apareció una sonriente secretaria para acompañarla. Miss Fellowes se quedó mirando la puerta cerrada del doctor Hoskins. ¿Qué era eso de «Stasis»? ¿Qué tenía que ver esta especie de granero…, con sus empleados uniformados; sus corredores provisionales y su aire inconfundible de fábrica con los niños? Se preguntó si debía volver a la caída de la tarde o alejarse y dar una lección a aquel hombre arrogante. Pero sabía que volvería aunque sólo fuera por pura frustración. Tenía que descubrir qué pintaban allí los niños.

Estuvo de vuelta a las siete y media y no tuvo que darse a conocer. Uno tras otro, hombres y mujeres, parecían conocerla y conocer su función. Se sintió como si patinara al ser empujada hacia delante.

El doctor Hoskins estaba allí, pero sólo la miró de refilón y murmuró:

— Miss Fellowes. Ni siquiera le sugirió que tomara asiento, pero ella encontró un banco junto a la barandilla y se sentó. Estaban en una especie de balcón, con vistas a un gran foso lleno de instrumentos que parecían paneles de control de una nave espacial o pantallas de un ordenador. A un lado había separaciones que formaban cabinas sin techo, como una casa de muñecas gigantescas con habitaciones que se veían desde arriba. Vio una cocina electrónica y un frigorífico en una de las habitaciones, y en otra una lavadora. Y si lo que veía sólo podía ser parte de una cama, también vio una cama pequeña en otra de las habitaciones.Hoskins hablaba con otro hombre. Éstos y ella eran los únicos ocupantes del balcón. Hoskins no se la presentó al otro hombre y Miss Fellowes le observaba disimuladamente. Era delgado y de aspecto agradable para un hombre de mediana edad. Tenía un gracioso bigotito y unos ojos vivaces que parecían estar en todas partes.

— No voy a pretender ni por un momento -decía- comprender todo esto, doctor Hoskins; quiero decir, que no puede esperarse que comprenda más que como lego, como lego razonablemente inteligente. Pero, hay una parte que comprendo menos que otra, es este asunto de la selectividad. Se puede llegar sólo hasta cierto punto, esto parece razonable, las cosas se hacen más confusas cuanto más lejos se va, y requieren más energía. Pero, entonces, sólo pueden llegar cerca hasta un punto. Eso es lo que me desconcierta.

— Si me permite una analogía, Deveney, puedo hacer que le parezca menos paradójico. (Miss Fellowes situó al hombre tan pronto oyó su nombre y, a su pesar, se sintió impresionada. Se trataba de Candide Deveney, el periodista científico de las «Telenoticias», notoriamente presente en la escena de cualquier noticia científica de importancia. Incluso reconoció su rostro por haberlo visto en la pantalla cuando el aterrizaje en Marte. Así que el doctor Hoskins debía tener aquí entre manos algo muy importante.)

— Desde luego, emplee la analogía si cree que puede ser útil -aceptó Deveney.

— De acuerdo. Usted no puede leer un libro de impresión normal si se lo mantienen a dos metros de sus ojos, pero podrá leerlo si lo tiene a treinta centímetros de distancia. Cuanto más cerca, mejor. Pero, si se lo pone a dos centímetros de los ojos, vuelve a estar perdido. Existe también el demasiado cerca, ¿comprende?

— Hmmm -murmuró Deveney.

— Pongamos otro ejemplo. Su hombro derecho está a unos setenta centímetros de la punta de su dedo índice derecho y podrá poner su índice derecho sobre su hombro derecho. Su codo derecho está a la mitad de distancia de la punta de su índice derecho; no obstante, no puede poner su indice derecho sobre su codo derecho, y lógicamente debería ser más fácil, pero no es así. Otra vez está demasiado cerca.

— ¿Puedo servirme de estas analogías en mi historia? -preguntó Deveney.

— Naturalmente. Encantado. Llevo esperando mucho tiempo para que alguien como usted escriba la historia. Le proporcionaré todo lo que necesite. Ya es hora de que el mundo mire por encima de nuestro hombro. Verán algo importante. (Miss Fellowes se encontró, pese a sí misma, admirando su tranquila seguridad. Había fuerza en ella.)

— ¿Hasta dónde llegará? -preguntó Deveney.

— Cuarenta mil años. Miss Fellowes respiró hondamente. ¿Años?

Se mascaba la tensión en el ambiente. El hombre de los controles apenas se movía. Un hombre ante un micrófono hablaba con voz monótona y suave, en frases cortas que no tenían sentido para Miss Fellowes. Deveney, inclinado sobre la barandilla y con la mirada fija, preguntó:

— ¿Veremos algo, doctor Hoskins?

— ¿Qué? No, nada hasta que termine el trabajo. Detectamos indirectamente algo sobre el principio del radar, sólo que utilizamos mesones en lugar de radiación. Los mesones son más lentos en las debidas condiciones. Algunos se reflejan y debemos analizar las reflexiones.

— Eso parece difícil. Hoskins sonrió de nuevo, brevemente, como de costumbre.

— Es el producto final de cincuenta años de investigación; cuarenta años llevaban antes de que yo entrara en el campo. Sí, es difícil. El hombre del micrófono levantó la mano. Hoskins dijo:

— Durante semanas, hemos tenido que escoger el momento determinado, cancelándolo, volviendo a fijarlo, después de calcular nuestros movimientos temporales; asegurándonos de que podríamos manejar el curso del tiempo con precisión suficiente. Eso debe hacerse ahora. Le brillaba la frente. Edith Fellowes se encontró fuera de su asiento y junto a la barandilla, pero no se veía nada. El hombre del micrófono dijo suavemente:

— Ahora. Se produjo un instante de silencio suficiente para exhalar el aliento y luego el grito de un niño aterrorizado desde las habitaciones de la casa de muñecas. ¡Terror! ¡Un terror penetrante! La cabeza de Miss Fellowes se volvió en la dirección del grito. Había un niño mezclado en todo esto. Se había olvidado. El puño de Hoskins golpeó la barandilla. Con voz tensa, estremecida y triunfal, exclamó:

— ¡Lo hicimos!

Miss Fellowes se vio como empujada por la corta escalera en espiral. Era la palma de la mano de Hoskins apoyada entre sus omoplatos. No le dijo ni una palabra. Los hombres de lOS controles se encontraban ahora de pie, sonriendo, fumando, contemplando a los tres que entraban en la planta principal. Les llegaba un zumbido tenue desde la dirección de la casa de muñecas. Hoskins dijo a Deveney:

— Entrar en «Stasis» es perfectamente seguro. Lo he hecho miles de veces. Se experimenta una rara sensación momentánea y no significa nada. Cruzó una puerta abierta, en muda demostración, y Deveney sonriendo, un poco tieso y respirando al parecer profundamente, le siguió. Hoskins llamó:

— ¡Miss Fellowes! ¡Por favor! -Y señaló con el indice, impaciente. Miss Fellowes asintió y entró, también algo envarada. Le parecía como si una pequeña oleada la recorriera por dentro, como un cosquilleo interior. Pero una vez dentro todo parecía normal. Había en la casa de muñecas un olor a bosque fresco y también a…, a tierra. No se oía nada, ni una voz. El ruido de unas pisadas secas, el roce como de una mano sobre madera, eso si. Luego, un gemido entrecortado.

— ¿Dónde está? -preguntó Miss Fellowes, angustiada. ¿Es que a aquellos imbéciles no les importaba?

El niño estaba en el dormitorio; por lo menos, en la habitación que tenía la cama. Yacía desnudo, con su pecho flaco y sucio agitándose convulsivamente. Una carretada de tierra y hierbas cubría el suelo a sus morenos pies descalzos. El olor a tierra y también a algo fétido procedía de allí. Hoskins siguió su mirada horrorizada y dijo disgustado:

— No se puede arrancar a un niño limpiamente fuera del tiempo, Miss Fellowes. Tuvimos que traer también algo de lo que le rodeaba para mayor seguridad. ¿O hubiera preferido que llegara aquí sin una pierna o con sólo media cabeza?

— ¡Por favor! -exclamó Miss Fellowes, profundamente asqueada-. ¿Es que nos vamos a quedar aquí sin hacer nada? La pobre criatura estás asustada. Y está sucio. Tenía toda la razón. Estaba manchado de grasa y suciedad incrustadas, tenía un arañazo en el muslo que parecía reciente, por lo enrojecido. Al acercársele Hoskins, el chiquillo, que no parecía contar más de tres años, se agachó y retrocedió con pasmosa rapidez. Levantó el labio superior y emitió un sonido parecido al de un gato furioso. Con un gesto rápido, Hoskins le sujetó los brazos y lo levantó del suelo chillando y retorciéndose. Miss Fellowes dijo:

— Sujételo ahora. Primero necesita un baño caliente; hay que limpiarlo antes que nada. ¿Tiene usted lo necesario? Si no, yo he traído algo, pero voy a necesitar ayuda para manejarlo. Después también, por el amor de Dios, haga que recojan toda esta porquería. Ahora estaba dando órdenes y se sentía perfectamente justificada. Y porque era una enfermera eficiente, más que una espectadora confusa, miró al niño con ojos clínicos… Por un instante fugaz titubeó, estupefacta. Vio más allá de la suciedad y los gritos, más allá de las piernas y los brazos en movimiento, más allá del retorcerse inútilmente. Vio al niño. Era el chiquillo más feo que jamás había visto. Era espantosamente feo, desde la cabeza deforme a las piernas arqueadas. Consiguió limpiarlo ayudada por tres hombres y con otros a su alrededor esforzándose por asear la habitación. Trabajaba en silencio con la expresión ofendida, molesta por el continuo debatirse y los chillidos del niño y por la vergonzosa mojadura con agua jabonosa a la que se veía sometida. El doctor Hoskins había insinuado que el niño no era guapo, pero aquello no estaba muy lejos de ser repulsivamente deforme. Y había tal hedor en el chiquillo, que el agua y el jabón sólo lo aliviaban ligeramente. Tuvo la fuerte tentación de echar al niño, enjabonado como estaba, en brazos de Hoskins y marcharse, pero estaba su orgullo profesional en juego. Después de todo, había aceptado el encargo. Y vería la mirada en sus ojos. Una mirada glacial que significaría: ¿Sólo niños guapos, Miss Fellowes? Estaba algo alejado de ellos, mirando friamente; al interceptar ella su mirada, sonrió como si le divirtiera su expresión ultrajada. Decidió que esperaría un poco más antes de despedirse. Hacerlo ahora sería vergonzoso. Después, cuando el niño estuvo tolerablemente sonrosado y oliendo a jabón perfumado, se sintió mejor. Sus chillidos eran ahora lloriqueos de agotamiento mientras les observaba asustado, con los ojos aterrorizados y suspicaces, yendo de uno a otro de los presentes. Su limpieza acentuaba su delgada desnudez y temblaba de frío después del baño. Miss Fellowes ordenó secamente:

— ¡Tráiganme un camisón para el niño! Al instante apareció un camisón. Era como si todo estuviera preparado pero nada dispuesto, a menos que ella lo ordenara; como si deliberadamente se lo dejaran a su cargo sin ayudarla, para probarla. El periodista Deveney se le acercó para decirle:

— Se lo aguantaré, señorita. Usted sola no podría.

— Gracias -respondió Miss Fellowes. Y fue una verdadera batalla, pero al fin le pusieron el camisón. Cuando el niño hizo el gesto de arrancárselo, le dio un cachete en la mano. El chiquillo enrojeció, pero no lloró. Se la quedó mirando y los dedos extendidos de una mano se movieron despacio sobre la superficie de franela del camisón, palpando su rareza. Miss Fellowes pensó desesperadamente: «Y ahora, ¿qué?» Todo el mundo había dejado de moverse, esperando lo que ella…, o lo que el chiquillo hiciera. Miss Fellowes preguntó de pronto:

— ¿Han pensado en la comida? ¿Leche? Lo habían pensado. Trajeron una unidad móvil, con su compartimiento de refrigeración con tres cuartos de leche, y la de calentamiento, y además un surtido de reconstituyentes en forma de vitaminas en gotas y jarabe de cobre-cobalto-hierro y otras que no tenía tiempo de estudiar. También había varios botes de alimentos para niños que se autocalentaban. Para empezar, sólo utilizó la leche. El microondas calentó la leche a la temperatura necesaria en cuestión de segundos y se apagó, vertió un poco de leche en un plato y, como sabía que el niño era salvaje y no sabría manejar la taza, movió la cabeza y dijo al niño:

— Bebe. Bebe. -Miss Fellowes hizo un gesto como si se llevara la leche a la boca. Los ojos del niño la siguieron, pero no hizo el menor movimiento. De pronto la enfermera recurrió a medidas más directas. Cogió el brazo del niño y le mojó la mano en la leche. Se la pasó por los labios, de modo que le resbaló por las mejillas y por su huidiza barbilla. Hubo un momento en que el niño lanzó un grito estridente y se pasó la lengua por los labios. Miss Fellowes dio un paso atrás. El niño se acercó al plato, se inclinó hacia él, miró hacia arriba, miró atrás como si esperara a un enemigo agazapado, volvió a inclinarse y sorbió apresuradamente la leche, como un gato. Hacia un curioso ruido. No utilizó las manos para levantar el plato. Miss Fellowes no pudo evitar que la repugnancia que sentía se reflejara en su cara. Tal vez Deveney lo captó, porque dijo:

— ¿Lo sabe la enfermera, doctor Hoskins?

— ¿Saber qué? -preguntó Miss Fellowes. Deveney titubeó, pero Hoskins (otra vez aquella expresión divertida en su rostro) dijo:

— Venga, dígaselo. Deveney se dirigió a Miss Fellowes:

— Puede que no lo sospeche siquiera, señorita, pero es usted la primera mujer civilizada de la Historia que se ocupa de un niño de Neanderthal. Se volvió a Hoskins furiosa, pero controlándose:

— Podía habérmelo dicho, doctor.

— ¿Para qué? ¿Qué diferencia hay?

— Usted dijo un niño.

— ¿Y no es un niño? ¿Ha tenido usted alguna vez un cachorro de perro o un gatito, Miss Fellowes? ¿Se parecen más a los humanos? Si se tratara de un bebé chimpancé, ¿ entiría repulsión? Su informe dice que ha estado tres años en una sala de maternidad. ¿Se ha negado alguna vez a atender a un niño deforme? Miss Fellowes sintió que se le escapaba el caso de las manos. Con mucha menos decisión, dijo:

— Podía habérmelo dicho.

— ¿Y hubiera rechazado el trabajo? Bien, ¿lo rechaza ahora? Y la miró friamente, mientras Deveney observaba desde la otra punta de la habitación, y el pequeño neanderthal, que había terminado la leche y lamía el plato, la miraba con el rostro húmedo y los ojos abiertos y anhelantes. El niño señaló la leche y, de pronto, soltó una serie de sonidos cortos y repetidos, sonidos guturales y complicados chasquidos con la lengua. Miss Fellowes exclamó, sorprendida:

— ¡Pero, si habla!

— Naturalmente -respondió Hoskins-, el Homo neanderthalensis no es una especie diferente, sino más bien una subespecie del Homo sapiens. ¿Por qué no iba a hablar? Probablemente, le pide más leche. Automáticamente, Miss Fellowes alcanzó la botella de leche, pero Hoskins le agarró la muñeca:

— Bien, Miss Fellowes, antes de que sigamos adelante, ¿se queda usted al cuidado del chiquillo? Mis Fellowes se desprendió, molesta:

— ¿No le darán de comer si no me quedo? Me quedaré con él durante un tiempo. Sirvió la leche. Hoskins continuó:

— Vamos a dejarla con el niño, Miss Fellowes. Ésta es la única puerta de entrada en «Stasis» Número Uno. Su cerradura es complicada y está cerrada. Quiero que aprenda los detalles de la cerradura que, naturalmente, obedecerá a sus huellas dactilares, como ya lo hace a las mías. El espacio de arriba -y miró a los techos descubiertos de la casa de muñecas- está guardado y se les advertirá si algo raro ocurre aquí dentro. Miss Fellowes protestó, indignada:

— ¿Quiere decir que estaré sometida a vigilancia? Y pensó de pronto en cuando ella observó los interiores de las estancias desde el balcón.

— No, no. Su intimidad será absolutamente respetada -dijo Hoskins seriamente-. La vigilancia consistirá en símbolos electrónicos que sólo manejará un ordenador. Miss Fellowes, quédese usted con él esta noche y todas las noches hasta nueva orden. La relevarán durante el día, según el plan que usted misma establezca. La autorizamos a que lo organice a su conveniencia. Miss Fellowes miró a la casa de muñecas con expresión desconcertada.

— Pero, ¿por qué todo esto, doctor Hoskins? ¿Es peligroso el niño?

— Es cuestión energética, Miss Fellowes. Nunca se le permitirá abandonar estas habitaciones. Nunca. Ni por un instante. Ni por ninguna razón. Ni para salvar su vida. Ni siquiera para salvar la suya, Miss Fellowes, ¿está claro? Miss Fellowes levantó la barbilla:

— Sé lo que son órdenes, doctor Hoskins, y en mi profesión estamos acostumbrados a poner el deber por encima de la propia salvaguardia.

— Bien. Si necesita a alguien, puede avisar. -Y los dos hombres salieron.

Miss Fellowes se volvió al chiquillo. La estaba observando y aún quedaba leche en el plato. Laboriosamente, intentó enseñarle cómo levantar el plato y llevárselo a los labios.

Se resistió, pero la dejó tocarle sin gritar. Sus ojos asustados siempre estaban puestos en ella, mirándola, observando cualquier movimiento falso. Se encontró tranquilizándole, tratando de llevar su mano muy despacio hacia su cabello, dejándole que no la perdiera de vista en ningún momento, que se diera cuenta de que no le haría ningún daño. Y por un instante consiguió acariciar su pelo. Le dijo:

– Voy a tener que enseñarte a utilizar el cuarto de baño. ¿Crees que podrás aprender? Le hablaba despacio, afectuosamente, sabiendo que no comprendía las palabras, pero confiando en que respondería a la calma del tono empleado. El niño volvió a chasquear de nuevo otra frase. Ella le preguntó:

– ¿Puedo cogerte la mano? Y tendió la suya, que el niño se quedó mirando. La mantuvo alargada y esperó. La mano del niño se acercó despacio a la suya.

– Muy bien -le dijo. Acercó la manita a unos centímetros de la suya y de pronto no tuvo valor suficiente y la retiró.

– Bueno -comentó Miss Fellowes, con calma-, volveremos a intentarlo más tarde. ¿Te gustaría sentarte aquí?

– Y con la mano indicó el colchón de la cama. Las horas transcurrían lentas, el progreso era insignificante, no lograba ningún adelanto con el cuarto de baño ni con la cama. En realidad, después de dar muestras inequívocas de sueño, el niño se tendió en el suelo y, con un movimiento rápido, rodó bajo la cama. Se inclinó para mirarle, vio resplandecer sus ojos y le brotó una serie de chasquidos con la lengua.

.           Está bien, si te encuentras mejor ahí debajo, quédate a dormir ahí. Cerró la puerta de la alcoba y se retiró al diván que habían instalado para ella en la habitación grande. Ante su insistencia, habían tendido una especie de dosel por encima. Pensó: «Esos estúpidos tendrán que colocar un espejo en la habitación, una cómoda grande y un lavabo separado, si esperan que pase las noches aquí».

Era difícil dormir. Se encontró esforzándose por escuchar cualquier ruido en la habitación de al lado. Conque no podía salir, ¿eh? Los tabiques eran lisos y altísimos, pero supongan que el niño supiera trepar como un mono. Bueno, Hoskins aseguró que había dispositivos de observación, vigilando en el techo. Y de pronto se le ocurrió pensar: «¿Puede ser peligroso, físicamente peligroso?» Seguro que Hoskins no quiso decir eso. Seguro que no la habría dejado sola si… Intentó reírse de si misma. Era un niño de tres o cuatro años solamente. Pero, no había conseguido cortarle las uñas. Si la atacaba con uñas y dientes mientras dormía… Se le aceleró la respiración. Era ridículo, sí, no obstante… Escuchó con dolorosa atención y esta vez oyó algo. El niño estaba llorando. No gritaba, presa de miedo o de terror, no chillaba. Lloraba dulcemente; el llanto era la expresión del dolor angustiado de un niño desesperado y solitario. Por primera vez Miss Fellowes pensó, con el corazón encogido: «¡Pobre chiquillo!» Claro, era un niño, ¿qué importaba la forma de su cabeza? Era un niño al que habían dejado huérfano, como a ningún otro niño le había pasado antes de él. No solamente habían desaparecido su padre y su madre, sino toda su especie. Arrancado violentamente de su tiempo, era la única criatura de su especie sobre la Tierra. El último. El único.

Fellowes sintió que aumentaba su compasión por él y que se avergonzaba de su propia insensibilidad. Ciñéndose cuidadosamente el camisón sobre sus piernas (incongruentemente pensó: «Mañana tendré que traerme una bata»), saltó de su cama y entró en la alcoba del niño.

– ¡Pequeño! -llamó en un susurro-. ¡Pequeño! Estaba a punto de buscar debajo de la cama, cuando pensó en un posible mordisco, y no lo hizo. En cambio, encendió la luz y corrió la cama. El pobrecillo estaba acurrucado en el rincón, con las rodillas apretadas contra la barbilla, mirándola con ojos empañados y aprensivos. En aquella penumbra no veía lo repulsivo que era.

– ¡Pobrecillo niño! ¡Pobrecillo niño! -Le notó tenso cuando le acarició el cabello, luego se relajó-. Pobrecillo mío, ¿puedo cogerte? Se sentó en el suelo a su lado y lenta, rítmicamente, le acarició la cabeza, la mejilla, el brazo. Dulcemente empezó a cantarle una canción lenta y suave. Al oírla, levantó la cabeza, contemplando su boca en la penumbra, como asombrado del sonido. Mientras la escuchaba, se fue acercando a ella. Poco a poco fue presionando la cabeza hasta que la apoyó en su hombro. Pasó el brazo por debajo de sus piernas y, con un movimiento lento y tierno, lo sentó sobre su regazo. Continuó cantando la misma simple estrofa una y otra vez, mientras le mecía de atrás adelante, de atrás adelante. Dejó de llorar y al momento el tenue sonido de su respiración le indicó que estaba dormido. Con infinito cuidado empujó la camita contra la pared y lo acostó, le cubrió y se lo quedó mirando. En el sueño su carita era plácida y de niño pequeño. Ya no importaba demasiado que fuera tan feo. De verdad.

Se dispuso a salir de puntillas, luego pensó: «¿Y si despierta?» Volvió, luchó indecisa consigo misma, suspiró y se acostó en la camita junto al niño. Era demasiado pequeña para ella. Estaba encogida, e incómoda por no tener techo, pero la mano del niño se agarró a la suya y, sin saber cómo, se quedó dormida en aquella posición.

Despertó sobresaltada y con un loco impulso de gritar. Consiguió evitarlo, y pareció atragantarse. El niño la estaba mirando con los ojos muy abiertos. Tardó un buen rato en recordar que se había acostado con él y, muy despacio, sin apartar los ojos de los suyos, estiró cuidadosamente una pierna hasta tocar el suelo, y luego la otra. Echó una mirada rápida y aprensiva hacia el techo descubierto y se preparó para desprenderse rápidamente de él. Pero, en aquel momento, el niño alargó los dedos y le tocó los labios. Dijo algo. Se estremeció al contacto. A la luz del día era terriblemente feo. El niño volvió a hablar. Abrió la boca y señaló con su mano como si fuera a salir algo. Miss Fellowes adivinó el sentido y preguntó, trémula:

— ¿Quieres que cante? Con voz ligeramente destemplada por la tensión, Miss Fellowes empezó la cancioncita que cantara la noche anterior y el chiquillo feo sonrió. Se balanceó torpemente al compás de la música y emitió unos gorjeos que podían haber sido el principio de una risa. Miss Fellowes suspiró interiormente. La música tiene un encanto que tranquiliza a las fieras. Podría ayudarla…

— Espera -le dijo-. Deja que me vista. Sólo me llevará un minuto. Después, te prepararé el desayuno. Lo hizo rápidamente, consciente en todo momento de la falta de techo. El chiquillo permaneció en la cama, mirándola cuando la tenía a la vista; ella le sonreía y agitaba la mano. Al final, él le devolvió el saludo, y se sintió encantada por ello. Por fin, le dijo:

— ¿Quieres cereales con leche? -Tardó un instante en preparárselo y le llamó con la mano. Si él interpretó el gesto o le atrajo el aroma, es cosa que Miss Fellowes no pudo explicar, pero el niño salió de la cama. Trató de enseñarle a utilizar una cuchara, pero se apartó asustado. («Ya habrá tiempo», se dijo.) Llegó a un compromiso haciendo que él llevara el bol a sus labios, levantándolo con las manos. Lo hizo torpemente y con increíble suciedad, pero la mayor parte la tragó. Esta vez intentó que bebiera la leche en un vaso y el niño protestó cuando encontró la abertura demasiado pequeña para meter convenientemente la cara. Le sujetó la mano, forzándola alrededor del vaso, haciendo que lo inclinara, apretando su boca al borde. Otra vez lo mancharon todo, pero también la bebió casi toda, ya estaba acostumbrada a este tipo de suciedad. El cuarto de baño, con gran sorpresa y alivio, fue menos difícil. Comprendió perfectamente lo que ella esperaba de él. Se encontró acariciándole la cabeza y diciéndole:

— Buen chico. Niño listo. Y, con gran satisfacción de Miss Fellowes, el chiquillo le sonrió. Pensó: «Cuando sonríe es que está muy bien, de verdad». A última hora llegaron los periodistas. Sostuvo al niño en sus brazos y éste se agarró a ella desesperadamente mientras del otro lado de la puerta empezaban a utilizar sus cámaras. Tanto movimiento asustó al niño y se echó a llorar, pero transcurrieron diez minutos antes de que Miss Fellowes fuera autorizada a llevarse al niño a la otra habitación. Volvió a salir, roja de indignación, del apartamento (por primera vez en dieciocho horas) y cerró la puerta.

— Creo que ya basta. Me llevará mucho tiempo tranquilizarle de nuevo. Márchense.

— Claro, claro -dijo uno del Times Heraid-. Pero, ¿es un auténtico neanderthal, o es una broma pesada?

— Les aseguro -dijo la voz de Hoskins, inesperadamente, desde atrás- que no es ninguna broma. El niño es un auténtico Homo neanderthalensis.

— ¿Es chico o chica?

— Chico -contestó secamente Miss Fellowes.

— Niño-mono -comentó el caballero del News-. Eso es lo que tenemos aquí. Niño-mono. ¿Cómo se porta, enfermera?

— Exactamente como un niño -soltó Miss Fellowes, molesta y a la defensiva-, y no es un niño-mono. Su nombre es…, es Timothy, Timmie… y es perfectamente normal en su comportamiento. Había elegido el nombre de Timothy al azar. Fue el primero que se le ocurrió.

— Timmie el niño-mono -bromeó el caballero del News, y resultó ser que Timmie el niño-mono fue el nombre por el que fue conocido en el mundo. El caballero del Globe se volvió a Hoskins y le preguntó:

— Doctor, ¿qué piensa hacer con el niño-mono? Hoskins se encogió de hombros.

— Mi plan original se completó cuando demostré que era posible traerle aquí. Sin embargo, los antropólogos estarán muy interesados, me figuro, y los fisiólogos. Después de todo, aquí tenemos a una criatura que está al borde de ser humana. De él deberíamos estudiar mucho sobre nosotros y sobre nuestros antepasados.

— ¿Cuánto tiempo lo tendrá aquí?

— Hasta el momento en que necesitemos su espacio más de lo que le necesitemos a él. Mucho tiempo, quizás. El corresponsal del News preguntó:

— ¿Puede sacarlo fuera a fin de montar nuestros equipos subetéreos y organizar un espectáculo?

— Lo siento, pero el niño no puede salir de «Stasis».

— ¿Y exactamente qué es «Stasis»?

— ¡Ah! -Y Hoskins se permitió una de sus raras sonrisas-. La explicación llevaría mucho tiempo, caballeros. En «Stasis», el tiempo, como lo conocemos nosotros, no existe. Estas habitaciones están dentro de una burbuja invisible que no forma exactamente parte de nuestro Universo. Por eso el niño pudo ser arrancado de su tiempo, como si dijéramos.

— Oiga, espere un poco -insistió el corresponsal del News, descontento-. ¿Qué pretende hacernos creer? La enfermera entra y sale de la habitación.

— Y cualquiera de ustedes también puede -declaró Hoskins, indiferente-. Se moverían paralelamente a las líneas de energía temporal y habría poca pérdida o ganancia de energía. Pero el niño fue sacado de un pasado lejano, llegó cruzando las lineas y ganó potencial temporal. Para trasladarse al Universo y entrar en nuestro propio tiempo absorbería la suficiente energía capaz de quemar todas las lineas del lugar y probablemente dejar a oscuras la ciudad entera de Washington. Tuvimos que almacenar basura que él trajo consigo y que tendremos que ir retirando poco a poco. Los periodistas iban escribiendo palabras a medida que Hoskins les iba hablando. No entendían nada y estaban seguros de que sus lectores tampoco, pero sonaba a científico, y esto era lo que importaba. El corresponsal del Times Herald preguntó:

— ¿Estará disponible esta noche para una entrevista en todos los circuitos?

— Creo que si -accedió Hoskins al instante, y todos se alejaron. Mis Fellowes les vio marchar. Comprendía tan poco lo de «Stasis» y la energía temporal como los periodistas, pero logró entender algo: el encarcelamiento de Timmie (se encontró pensando en el niño como Timmie) era real y no impuesto por la voluntad arbitraria de Hoskins. Aparentemente, era imposible dejarle que saliera de «Stasis» para nada, jamás. ¡Pobre niño! ¡Pobrecito niño! Se dio cuenta, de pronto, de que estaba llorando, y se apresuró a entrar a consolarle. Miss Fellowes no tuvo oportunidad de ver a Hoskins en la pantalla, pues aunque su entrevista fue proyectada a todo el mundo e incluso a los puestos avanzados de la Luna, no penetró en el apartamento en el que vivían Miss Fellowes y el chiquillo feo. A la mañana siguiente apareció alegre y radiante. Miss Fellowes le preguntó:

— ¿Qué tal fue la entrevista?

— Muy bien. ¿Y cómo está… Timmie? A Miss Fellowes le encantó que utilizara el nombre de Timmie.

— Progresando. Ven aquí, Timmie, este amable caballero no te hará ningún daño. Pero Timmie se quedó en la otra habitación, asomando solamente un mechón de su pelo tras la barrera de la puerta y, alguna vez, el rabillo del ojo.

— En realidad comentó Miss Fellowes-, se está aclimatando asombrosamente. Es muy inteligente.

— ¿Y le sorprende? Titubeó sólo un instante; al momento, dijo:

— Si, me sorprende. Supongo que me imaginé que era un niño-mono.

— Pero, mono o no, ha hecho mucho por nosotros. Ha situado a «Stasis Inc.» en el mapa; ya se nos reconoce, Miss Fellowes, ya se nos reconoce. -Parecía que sentía la necesidad de expresar su triunfo a alguien, aunque sólo fuera a Miss Fellowes.

— ¿Ah? -Y le dejó seguir hablando. Él se metió las manos en los bolsillos y continuó:

— Durante diez años hemos estado trabajando pendientes de un hilo, arañando peniques uno a uno, siempre que podíamos. Tuvimos que lanzar el experimento como un gran espectáculo. Era el o todo o nada. Y cuando hablo del experimento, sé lo que me digo. Este intento de traer un ejemplar de Neanderthal costó hasta el último céntimo que pudimos pedir prestado o que robamos. Sí, algunos fueron robados…, fondos destinados a otros proyectos se emplearon para éste sin autorización. Si ese experimento hubiera fracasado, yo me hubiera hundido para siempre.

— ¿Es por eso por lo que no hay techos? -preguntó Miss Fellowes.

— ¿Cómo? -Y Hoskins levantó la cabeza.

— Que si no les quedaba dinero para los techos.

— Bueno, ésta no fue la única razón. No podíamos saber de antemano cuántos años podría tener el de Neanderthal. Sólo podíamos detectar vagamente en el tiempo, y pudo haber sido grande y salvaje. Podía ser que tuviéramos que tratar con él a distancia, como si fuera un animal enjaulado.

— Pero, como no ha sido así, supongo que podrán ponernos techos.

— Ahora, si. Ahora disponemos de mucho dinero. Nos han prometido fondos de todas partes. Todo esto es maravilloso, Miss Fellowes. -Su cara resplandecía y su sonrisa no se apagó. Cuando se marchó, incluso su espalda parecía sonreír. Miss Fellowes pensó: «Es un hombre encantador cuando está distraído y se olvida de que es un científico.» Por un instante se preguntó si estaría casado o no; después, avergonzada, apartó este pensamiento.

— Timmie -llamó-. Ven aquí, Timmie.

En los meses transcurridos, Miss Fellowes fue sintiéndose parte integral de «Stasis Inc.». Se le dio un despacho para ella sola con su nombre en la puerta, un despacho muy cerca de la casa de muñecas (como jamás dejó de llamar a la vivienda o burbuja de Timmie en «Stasis»). También se le concedió un aumento sustancial. La casa de muñecas se cubrió con un techo, sus muebles fueron más cuidados y mejores, se añadió otro cuarto de baño…, y, además, consiguió un apartamento sólo para ella en los terrenos del Instituto y, en ciertas ocasiones, no pasaba la noche con Timmie. Se montó un intercom entre la casa de muñecas y el apartamento y Timmie aprendió a utilizarlo. Miss Fellowes se acostumbró a Timmie. Incluso llegó a no fijarse en su fealdad. Un día se encontró observando a un niño corriente, en la calle, y encontró poco atractiva su frente alta y su barbilla saliente. Pero era aún más agradable acostumbrarse a las visitas de Hoskins. Era evidente que agradecía poder escaparse de su cargo, cada vez más agotador en «Stasis, Inc.», y que se tomaba cierto interés sentimental por el niño causante de todo, pero a Miss Fellowes también le parecía que disfrutaba estando con ella, hablándole. (También se había enterado de muchas cosas sobre Hoskins. Había inventado el método de analizar la reflexión del rayo mesónico penetrante en el pasado; había inventado el método de establecer «Stasis»; su frialdad era sólo un esfuerzo por disimular su naturaleza bondadosa; y, oh sí, estaba casado.) A lo que Miss Fellowes no podía acostumbrarse era a que estaba metida en un experimento científico. Pese a cuanto pudiera hacer, se encontró personalmente involucrada hasta el extremo de pelearse con los fisiólogos. En cierta ocasión, Hoskins la encontró presa de un fuerte shock nervioso. No tenían derecho; no tenían derecho…, aunque fuera un neanderthal, no por ello era un animal. Les seguía con la mirada, enfurecida, mirándoles a través de la puerta abierta y escuchando el llanto de Timmie, cuando se dio cuenta de que Hoskins estaba ante ella. Podía llevar allí un buen rato.

– ¿Puedo pasar? -preguntó. Asintió con la cabeza, secamente, y corrió junto a Timmie, que se agarró a ella y enroscó sus piernecitas torcidas, todavía flacas, ¡tan flacas!, a las de ella. Hoskins observó y dijo gravemente:

– Parece muy desgraciado.

– Y tiene razón. Le molestan todos los días con sus muestras de sangre y sus pruebas. Le mantienen a una dieta sintética que no alimentaría a un cerdo.

– Todo eso es algo que no se puede experimentar con un ser humano, ya lo sabe.

– Ni deben probarlo con Timmie tampoco, doctor Hoskins, insisto en ello. Usted me dijo que la llegada de Timmie había puesto a «Stasis» en el mapa. Si siente la menor gratitud, tiene que lograr alejarlos del pobrecillo hasta que por lo menos sea lo suficientemente mayor para comprenderlo un poco más. Después de las sesiones, tiene pesadillas, no puede dormir. Ahora bien, le advierto -y se puso realmente furiosa- que no les volveré a dejar entrar aquí. (Se dio cuenta de que las últimas palabras las había gritado, pero no pudo evitarlo.) Con voz más tranquila, añadió:

– Ya sé que es un neanderthal, pero hay muchas cosas de ellos que no tenemos en cuenta. He leído que tenían su propia cultura. Algunos de los mayores inventos humanos surgieron en su época. La domesticación de animales, por ejemplo; la rueda; diversas técnicas para las piedras de moler. Incluso sentían anhelos espirituales. Enterraban a sus muertos y enterraban posesiones con el cuerpo, demostrando así que creían en una vida después de la muerte. Esto prácticamente equivale a inventar una religión. ¿No significa todo esto que Timmie tiene derecho a ser tratado como ser humano? Dio unas palmadas afectuosas al chiquillo en las nalgas y lo envió al cuarto de jugar. Al abrir la puerta, Hoskins sonrió ante el gran despliegue de juguetes que vio. Miss Fellowes, a la defensiva, dijo:

– El pobre chiquillo merece sus juguetes. Es lo único que posee y se los gana sobradamente con todo lo que tiene que soportar.

– No, no. Ninguna objeción, se lo aseguro. Estaba solamente pensando en cómo ha cambiado desde el primer día, en que estaba tan enfadada por haberle endosado a un neanderthal. Miss Fellowes murmuró:

– Supongo que no comprendía… -Y se calló. Hoskins cambió de tema.

– ¿Qué edad diría que tiene, Miss Fellowes?

– No podría decirlo porque ignoro cómo es el desarrollo de los neanderthales. Por la estatura serían sólo tres años, pero los neanderthales generalmente son más pequeños, y, con todo lo que le están haciendo, probablemente no crece lo que debiera. Pero, tal como está aprendiendo el idioma, yo diría que tiene algo más de cuatro.

– ¿De veras? No he visto nada del aprendizaje en los informes.

– No, no quiere hablarlo con nadie sino conmigo. Tiene un miedo terrible a los demás, y no es de extrañar. Pero puede pedir un artículo determinado de comida, puede señalar cualquier necesidad y le digo que lo comprende casi todo. Naturalmente… -le observó astutamente, tratando de decidir si éste era el momento oportuno-, su desarrollo puede no continuar.

– ¿Por qué no?

– Todo niño necesita estímulos y éste vive una vida de solitario confinamiento. Yo hago lo que puedo, pero no estoy con él todo el tiempo y no soy todo lo que necesita. Lo que quiero decir, doctor Hoskins, es que necesita otro niño para jugar. Hoskins asintió. Desgraciadamente, sólo disponemos de uno, ¿no es eso? ¡Pobrecillo! Miss Fellowes se enterneció al instante; preguntó:

– Le encanta Timmie, ¿verdad? -Resultaba de lo más agradable que alguien más pensara como ella.

– ¡Oh, sí! -contestó Hoskins, y, momentáneamente desarmado, dejó traslucir el agotamiento en sus ojos. Miss Fellowes abandonó sus planes de momento. Con auténtica preocupación, comentó:

– Tiene aspecto de estar agotado, doctor Hoskins.

– ¿Lo cree así, Miss Fellowes? Tendré que esforzarme por tener una apariencia más animada.

– Supongo que «Stasis, Inc.» le ocupa mucho tiempo. Hoskins se encogió de hombros.

– Y supone bien. Se trata de un caso de animal, vegetal y mineral por partes iguales, Miss Fellowes. Pero, bueno, me figuro que no ha visitado usted nuestras adquisiclones.

– La verdad es que no, pero no porque no me interesen. Es que también he estado muy ocupada.

– Claro, pero en este momento no lo está -dijo en un impulso de decisión-. Pasaré a recogerla mañana a las once y la acompañaré personalmente. ¿Qué le parece?

– Me encantará. -Y sonrió feliz. A su vez él sonrió y asintió; después, se fue. Miss Fellowes estuvo tarareando a intervalos durante el resto del día. Realmente, pensarlo sonaba ridículo, pero…, bueno, era casi como… una cita.

Al día siguiente llegó muy puntual, sonriente y encantador. Ella había desechado el uniforme de enfermera y se había vestido un trajecito. Uno de corte clásico, por supuesto, con el que se sintió tan femenina como no se había sentido en muchos años. Él la felicitó por su aspecto con estudiada cortesía y ella aceptó el cumplido con discreta gracia. Era un preludio realmente perfecto, se dijo. Y de pronto se le ocurrió preguntarse: «¿Preludio de qué?» Apartó la idea apresurándose a decir adiós a Timmie y a asegurarle que volvería pronto. Quiso cerciorarse de que el niño sabía todo lo relacionado con su almuerzo y dónde lo encontraría. Hoskins la llevó al ala nueva, en la que todavía no había puesto los pies. Aún olía a pintura y los ruidos de los obreros eran suficientes indicios de que iba creciendo y extendiéndose.

— Animal, vegetal y mineral -dijo Hoskins, como el día anterior-. El animal aquí, nuestro ejemplar más espectacular. El espacio estaba dividido en muchas habitaciones, cada una separada por su burbuja «Stasis». Hoskins la llevó junto al cristal de una de ellas y miró. Lo que vio la impresionó primero por creerla una gallina con escamas y cola. Deslizándose sobre dos patas delgadas, corría de extremo a extremo de la habitación con su delicada cabeza de pájaro rematada por una arista ósea parecida a la cresta de un gallo. Las garras de sus patas se abrían y cerraban constantemente. Hoskins explicó:

— Es nuestro dinosaurio. Lo tenemos desde hace meses. No sé cuándo podremos deshacernos de él.

— ¿Dinosaurio?

— ¿Esperaba un gigante? Ella sonrió:

— Es lo que una espera, supongo. Pero sé que algunos eran pequeños.

— Uno pequeño era lo que pretendíamos, créame. Generalmente se encuentra en observación, pero ésta parece ser su hora libre. Se han descubierto cosas interesantes. Por ejemplo, su sangre no es enteramente fría. Tiene un todo imperfecto de mantenimiento de la temperatura interna más alta que la de su entorno. Desgraciadamente, es un macho. Desde que lo trajimos hemos tratado de trasladar a otro que pudiera ser hembra, pero hasta ahora no ha habido suerte.

— ¿Por qué hembra?

— Para poder tener la oportunidad de conseguir huevos fecundados y crías de dinosaurios.

— Claro. Después la llevó a la sección de trilobites.

— Le presento al profesor Dwayne, de la Universidad de Washington. Es químico nuclear. Si no recuerdo mal, está tomando una relación con isótopos en el oxígeno del agua.

— ¿Por qué?

— Es agua primitiva; tiene por lo menos quinientos millones de años. El isótopo nos dala temperatura del océano en aquella época. Él, precisamente, ignora los trilobites, pero otros están especialmente dedicados a su disección. Ellos son los afortunados porque lo único que necesitan son escalpelos y microscopios. Dwayne ha montado un espectrógrafo de masa para cuando realiza un experimento.

— ¿Y por qué? ¿Es que no puede…?

— No, no puede. No puede sacarlo todo de la habitación, salvo que no pueda evitarlo. Había muestras de vida primitiva vegetal y trozos de rocas en formación. Ésos eran los vegetales y minerales. Cada espécimen tenía su investigador. Era como un museo; un museo viviente sirviendo como centro superactivo de investigación.

— ¿Y tiene que supervisarlo todo usted, doctor Hoskins?

— Sólo indirectamente, Miss Fellowes. Gracias a Dios, dispongo de subordinados. Mi interés se centra enteramente en los aspectos teóricos; en la naturaleza y técnica de la detección intemporal mesónica. Yo lo cambiaría todo por un método de detectar objetos cercanos en el tiempo, y no de diez mil años atrás. Si pudiéramos llegar a los tiempos históricos… Le interrumpió una conmoción en un departamento cercano, una voz fina protestaba, airada. Hoskins frunció el ceño y se excusó apresuradamente:

— Perdóneme. -Y se alejó. Miss Fellowes le siguió lo mejor que pudo sin echar a correr. Un viejo, de barba rala y cara roja, iba gritando:

— Tenía que completar aspectos vitales de mi investigación. ¿Es que no lo comprenden? Un técnico uniformado, con el monograma SI entrelazado (de «Stasis, Inc.») en su bata de laboratorio, explicó:

— Doctor Hoskins, habíamos arreglado con el profesor Ademewsky desde un principio que el espécimen sólo podía permanecer aquí tres semanas.

— Yo ignoraba entonces cuánto tiempo requeriría mi investigación. Yo no soy un profeta -protestó, airado, Ademewsky. Hoskins lo calmó:

— Comprenda, profesor, que nuestro espacio es limitado; debemos mantener una rotación de especímenes. Este pedazo de calcopirita debe volver; hay hombres esperando el nuevo espécimen.

— ¿Por qué no me lo puedo quedar para mí solo? Lo sacaré de aquí.

— Sabe que no puede disponer de él.

— Un trozo de calcopirita; un miserable pedazo de quince kilos. ¿Y por qué no?

— No podemos permitirnos el gasto de energía -cortó bruscamente Hoskins-. Lo sabe de sobras. El técnico interrumpió:

— El caso es, doctor Hoskins, que trató de sacar el trozo en contra del reglamento y yo casi perforé «Stasis» porque no sabia que estaba allí. Hubo un corto silencio y el doctor Hoskins se volvió al investigador con glacial formalidad:

— ¿Es esto cierto, profesor? El profesor Ademewsky tosió:

— No vi ningún mal… Hoskins cogió un cordón que pendía al alcance de la mano, en el exterior de la habitación del espécimen en cuestión. Tiró de él. A Miss Fellowes, que había estado observando el trozo de roca causante del altercado, se le cortó el aliento al ver el fin de su existencia. La habitación estaba vacía. Hoskins prosiguió:

— Profesor, su permiso de investigador de «Stasis» será anulado para siempre. Lo siento.

— Pero, aguarde…

— Lo siento. Ha violado usted una de las reglas más severas.

— Apelaré a la Asociación Internacional de…

— Apele cuanto quiera. En un caso como éste, descubrirá que no se me puede desobedecer. Se volvió deliberadamente, dejando al profesor en plena protesta y (todavía pálido de ira) dijo a Miss Fellowes:

— ¿Quiere almorzar conmigo, Miss Fellowes? La condujo hasta la pequeña sección administrativa de la cafetería. Saludó a otros y les presentó a Miss Fellowes con toda naturalidad, aunque ella se sentía dolorosamente intimidada. «¿Qué pensarán?», se preguntó, y trató desesperadamente de aparentar seguridad.

— ¿Le ocurren con frecuencia estos problemas, doctor Hoskins? Quiero decir, como la discusión con el profesor. Levantó el tenedor y empezó a comer. Hoskins le contestó, tajante:

— No. Ha sido la primera vez. Naturalmente, tengo que discutir siempre para disuadir a los hombres de retirar muestras, pero ésta ha sido la primera vez que uno ha tratado de retirarla.

— Recuerdo que una vez me habló de la energía que se consumiría.

— En efecto. Naturalmente, tratamos de tenerlo en cuenta. Pueden ocurrir accidentes, así que tenemos fuentes de energía especiales dispuestas para soportar el desgaste que significaría una cosa retirada accidentalmente de «Stasis», pero esto no significa que nos guste ver la provisión de energía de un año desaparecer en medio segundo…, ni que podamos permitirnos tener nuestros planes de expansión retrasados durante años. Además, imagine al profesor en la habitación mientras «Stasis» estaba al borde de ser perforada.

— ¿Qué le hubiera ocurrido?

— Pues hemos experimentado con objetos inanimados y con ratones: ¡Han desaparecido! Presumiblemente, retrocedieron en el tiempo; arrastrados, por decirlo así, por el tirón del objeto que simultáneamente saltaba de nuevo a su tiempo natural. Por esta razón tenemos que amarrar objetos, dentro de «Stasis», que no deseamos trasladar, y éste es un procedimiento complicado. El profesor, al no estar amarrado, hubiera regresado al plioceno al mismo instante en que retiramos la roca…, más las dos semanas que había permanecido en el presente.

— Qué espantoso pudo haber sido.

— En cuanto al profesor, no; se lo aseguro. Si es lo bastante loco para hacer lo que hizo, se lo habría merecido. Pero imagínese el efecto que podía causar en el público si el caso hubiera sido conocido. Lo único que bastaría a la gente sería conocer el peligro que se cierne y los fondos se nos cortarían. -Chasqueó los dedos y se quedó mirando la comida, taciturno.

— ¿Y no podría hacerle regresar -preguntó Miss Fellowes-, del mismo modo que consiguió traer la roca?

— No, porque una vez devuelto un objeto, se pierde la trayectoria original, a menos que deliberadamente planeemos retenerla. En este caso no había ninguna razón para hacerlo. Nunca la hay. Encontrar de nuevo al profesor significaría replantear una trayectoria específica, y eso sería como lanzar un cable al abismo oceánico a fin de pescar a un pez determinado. Dios mío, cuando pienso en las precauciones que tomamos para evitar accidentes, me vuelvo loco. Tenemos cada unidad individual de «Stasis» preparada con su dispositivo perforador propio. Hay que hacerlo así, puesto que cada unidad tiene su trayectoria separada y debe funcionar independientemente. La cosa es que los dispositivos de perforación no se activan hasta el último momento. Y entonces nosotros, deliberadamente, hacemos que la activación sea imposible, excepto tirando del cordón cuidadosamente situado en el exterior de «Stasis>. El tirón es una fuerte moción mecánica que requiere un gran esfuerzo, no algo accidental. Miss Fellowes dijo:

— Pero, ¿no afecta a la Historia…, sacar y meter algo fuera o dentro del tiempo? Hoskins se encogió de hombros:

— Teóricamente, sí; en la práctica, y salvo casos peculiares, no. Retiramos objetos de ~Stasis» continuamente: moléculas de aire, bacterias, polvo. Alrededor de un diez por ciento de nuestro consumo de energía se suma a las micropérdidas de esa naturaleza. Pero incluso trasladando en el tiempo objetos grandes, produce cambios que no son demasiado importantes. Tome como ejemplo la calcopirita del plioceno. Debido a su ausencia de dos semanas, algún insecto no encuentra el cobijo esperado y muere. Eso podría iniciar una completa serie de cambios, pero la matemática de «Stasis» indica que es una serie convergente. La cantidad de cambio disminuye con el tiempo y después las cosas vuelven a ser como antes.

— ¿Quiere eso decir que la realidad se cura a sí misma?

— En cierto modo. Abstraer a un humano del tiempo o enviar a otro al pasado, provoca una herida mayor. Si el individuo es un tipo corriente, la herida se cura sola. Naturalmente, mucha gente nos escribe a diario reclamando que traigamos a Abraham Lincoln al presente a Mahoma o a Lenin. Naturalmente, eso no puede hacerse. Incluso si pudiéramos encontrarles, el cambio de realidad al sacar a uno de los prototipos de la Historia sería demasiado importante para poder remediarlo. Hay medios para calcular cuándo un cambio va a resultar demasiado importante; incluso evitamos acercarnos a ese limite.

— Entonces, Timmie… -musitó Miss Fellowes.

— No, no representa ningún problema, en este aspecto. La realidad está a salvo. Pero… ­Le dirigió una mirada aguda y prosiguió: Dejémoslo. Ayer me dijo que Timmie necesitaba compañía.

— Sí -asintió Miss Fellowes, radiante-. No creí que se hubiera fijado en lo que le dije.

— Claro que sí. Siento cariño por el pequeño. Aprecio su afecto por él y estoy lo bastante interesado para querer comentarlo con usted. Ahora puedo hacerlo; ya ha visto lo que hacemos; ya se ha podido dar cuenta de las dificultades que encierra; así que ya ve que, con la mejor voluntad del mundo, no podemos proporcionar compañía a Timmie.

— ¿No puede? -exclamó Miss Fellowes, descorazonada.

— Acabo de explicárselo. Si nos acompañara la suerte, podríamos esperar encontrar otro neanderthal de su edad, pero, aun así, no sería justo multiplicar los riesgos trayendo a otro ser humano a «Stasis». Miss Fellowes dejó el cubierto y protestó con energía:

— Pero, doctor Hoskins, no es esto lo que yo quería decir. No quiero que traiga a otro neanderthal al presente. Sé que es imposible, pero no es imposible traer a otro niño a jugar con Timmie. Hoskins se quedó mirándola, preocupado.

— ¿Un niño humano?

— Otro niño -insistió Miss Fellowes, ahora completamente hostil-. Timmie es humano.

— Ni soñarlo.

— ¿Por qué no? ¿Por qué no va a poder hacerlo? ¿Qué hay de malo en esta idea? Arrancó a este niño fuera de su tiempo, y le ha hecho un prisionero eterno. ¿No cree que le debe algo? Doctor Hoskins, si hay en este mundo un hombre que sea el padre del niño, no hablo del aspecto biológico, ése es usted. ¿Por qué no puede hacer ese poquito por él? Hoskins exclamó:

— ¿Su padre? -Se puso en pie, vacilante-. Miss Fellowes, creo que, si no le importa, voy a acompañarla de regreso. Volvieron a la casa de muñecas en absoluto silencio, que ni uno ni otra decidió romper.

Pasó mucho tiempo antes de que volviera a hablar con Hoskins, sólo le veía de refilón, al pasar. A veces lo lamentaba; pero, otras veces, cuando Timmie estaba más triste que de costumbre o cuando se pasaba horas pegado a la ventana con la vista perdida, pensaba, rabiosa: «¡Estúpido!» La conversación de Timmie se hacía cada día más suelta y más precisa. Nunca llegó a perder del todo un cierto y suave farfullar, que Miss Fellowes encontraba delicioso. Cuando se excitaba, volvía a chasquear la lengua, pero esto ocurría cada vez con menos frecuencia. Debía estar empezando a olvidarse de los días anteriores a su llegada al presente…, excepto en sueños. A medida que se iba haciendo mayor, los fisiólogos, y los psicólogos más, se mostraron

menos interesados. Miss Fellowes no estaba segura de si este nuevo grupo le gustaba aún menos que el primero. Habían desaparecido las agujas, las inyecciones, el tomar muestras de fluidos, y las dietas especiales también. Pero ahora Timmie tenía que saltar barreras para llegar a la comida y al agua: levantar paneles, retirar barras, alcanzar cuerdas. Las sacudidas eléctricas le hacían llorar y enloquecían a Miss Fellowes. No quería apelar a Hoskins, ni tener que ir en su busca, porque cada vez que pensaba en él se acordaba de su cara de la última vez, por encima de la mesa de la cafeteria. Sus ojos se llenaban de lágrimas al pensar: «Estúpido, estúpido.» Y un buen día apareció Hoskins inesperadamente, de visita, en la casa de muñecas. La llamó:

— Miss Fellowes. Salió ella alisándose el uniforme de enfermera, pero se detuvo confusa al encontrarse en presencia de una mujer pálida, esbelta, no muy alta. Su pelo rubio y su tez clara le daban una apariencia de fragilidad. Detrás de ella, y agarrado a su falda, había un niño de carita redonda y ojos grandes, de unos cuatro años de edad.

— Querida, te presento a Miss Fellowes -dijo Hoskins-, la enfermera encargada del muchacho. Miss Fellowes, ésta es mi mujer. (¿Era ésta su esposa? No era como Miss Fellowes la había imaginado. Pero, ¿por qué no? Un hombre como Hoskins elegiría naturalmente una mujercita débil para manejarla a su gusto. Si era eso lo que quería…) Se obligó a un saludo normal:

— Buenas tardes, señora Hoskins. ¿Es…, es su hijito? (Aquello sí que era una sorpresa. Había imaginado a Hoskins como marido, pero no como padre, excepto, claro… De pronto captó la mirada grave de Hoskins y se ruborizó.)

— Sí, éste es mi hijo Jerry -explicó Hoskins-. Saluda a Miss Fellowes, Jerry. (¿Había insistido en la palabra éste más de la cuenta? Trataba de decirle que éste era su hijo y no…) Jerry se escondió algo más entre los pliegues de la falda materna y murmuró su saludo. Los ojos de Mrs. Hoskins miraban por encima de la cabeza de Miss Fellowes, recorrían la habitación, buscaban algo. Hoskins dijo:

— Bien, entremos. Ven, querida, notarás una pequeña molestia al pasar el umbral, pero es pasajera. Miss Fellowes preguntó:

— ¿Quieren que Jerry entre también?

— Por supuesto. Va a ser el compañero de juegos de Timmie. Me dijo usted que Timmie necesitaba compañía, ¿o se le ha olvidado ya?

— Pero… -Le miró asombrada, estupefacta-. ¿Su hijo?

— Claro, ¿de quién, si no? -observó, picado-. ¿No es eso lo que quería? Pasa, pasa, querida. Venga, pasa. La señora Hoskins levantó a Jerry en sus brazos, con esfuerzo, y con cierta vacilación cruzó el umbral. Jerry se retorció al pasar, como si le desagradara la sensación. Mrs. Hoskins preguntó con voz aflautada:

— ¿Está aquí la criatura? No la veo. Miss Fellowes llamó:

— Timmie, sal. Timmie miró por el quicio de la puerta, observando al niño que le visitaba. Los músculos de los brazos de Mrs. Hoskins se tensaron visiblemente. Preguntó a su marido:

— Gerald, ¿estás seguro de que no hay peligro? Miss Fellowes intervino al instante:

— ¿Se refiere a si Timmie es de fiar?, pues claro que lo es. Es un niño muy dulce.

— Pero es un sa…, salvaje. (¡Las historias del niño-mono de los periódicos!) Miss Fellowes exclamó enfáticamente:

— No es un salvaje. Es tan tranquilo y razonable como puede esperarse de un niño de cinco años. Es usted muy generosa permitiendo que su niño juegue con Timmie; pero, por favor, no tenga ningún miedo. Mrs. Hoskins objetó con cierto acaloramiento:

— No estoy segura de estar de acuerdo con usted.

— Ya lo hemos discutido, querida -dijo Hoskins-. No planteemos una nueva discusión. Deja a Jerry en el suelo. Mrs. Hoskins lo hizo así y el niño se apretó contra ella, mirando hacia el par de ojos que le estaban observando desde la otra habitación.

— Ven aquí, Timmie -dijo Miss Fellowes-. No tengas miedo. Timmie entró en la habitación despacito. Hoskins se agachó para soltar los dedos de Jerry de la ropa de su madre.

— Apártate, querida. Dales una oportunidad a los niños. Los chiquillos se miraron. Aunque el más joven, Jerry, medía un par de centímetros más, la forma de erguir su bien proporcionada cabecita y su porte general, hacían que lo grotesco de Timmie resultara mucho más pronunciado que cuando le vieron los primeros días. Los labios de Miss Fellowes temblaban. Fue el pequeño neanderthal el que habló primero, con vocecita infantil:

— ¿Cómo te llamas? -Y Timmie empujó su cara hacia delante, como para estudiar las facciones del muchacho. Jerry, asustado, le dio un empujón que mandó a Timmie al suelo. Los dos se echaron a llorar y Mrs. Hoskins levantó a su hijo, mientras Miss Fellowes, roja de ira contenida, alzaba a Timmie y le consolaba.

— Está visto que por instinto no se gustan -declaró Mrs. Hoskins.

— No más instintivamente -replicó su marido, fastidiado- de lo que harían otros dos niños. Ahora, deja a Jerry en el suelo y que se acostumbre a la situación. En realidad, sería mejor que nos fuéramos. Miss Fellowes puede llevar a Jerry a mi despacho dentro de un rato y le enviaré a casa.

Los dos niños pasaron la hora siguiente observándose. Jerry reclamó, llorando, a su madre, pegó a Miss Fellowes y se dejó consolar con un «chupa-chup». Timmie chupó otro y, pasada una hora más, Miss Fellowes consiguió que jugaran con los mismos bloques de madera, aunque cada uno en un extremo de la habitación. Se sintió casi tiernamente agradecida a Hoskins al devolverle a Jerry. Buscó la forma de darle las gracias, pero se contuvo a su pesar. Quizá no podía perdonarla por hacerle que se sintiera un padre cruel. Quizás el traer a su propio hijo, era, después de todo, un intento de demostrar que era a la vez un bondadoso padre para con Timmie y también que no era su padre. ¡Las dos cosas a la vez! Así que lo único que supo decir fue:

— Gracias. Muchas gracias. Y lo único que supo contestar él fue:

— Está bien. No se merecen. Y se estableció una rutina. Dos veces por semana traían a Jerry para jugar una hora; más tarde se amplió a dos horas. Los niños aprendieron sus nombres, aprendieron a conocerse y a jugar juntos. Pero, después de la primera muestra de gratitud, Miss Fellowes descubrió que no le

gustaba Jerry. Era más grandote y más pesado, más dominante, que obligaba a Timmie a estar completamente sometido. Lo único que la reconciliaba con la situación era que, pese a las dificultades, Timmie esperaba cada vez más ilusionado las apariciones periódicas de su compañero de juegos. Era lo único que tenía, gemía apesadumbrada. Y en una ocasión, mientras les contemplaba, pensó: «Los dos hijos de Hoskins, uno de su mujer y uno de “Stasis” Mientras que ella… «Cielos -pensó, apretándose las sienes con las manos, avergonzada-. ¡Estoy celosa!»

— Miss Fellowes -dijo Timmie (había tenido buen cuidado de no permitirle que la llamara de otro modo~, ¿cuándo iré a la escuela? Miró sus ojos oscuros y anhelantes vueltos hacia ella y le acarició dulcemente su cabello rizado. Era lo más hirsuto de su aspecto, porque ella misma le cortaba el pelo mientras él se mostraba inquieto bajo las tijeras. No reclamó ayuda profesional, porque la irregularidad de su corte servía para disimular la frente huidiza y la parte saliente del cráneo por detrás.

— ¿Dónde has oído hablar de la escuela? -preguntó Miss Fellowes.

— Jerry va a la escuela. Kin-der-gar-ten -lo pronunció cuidadosamente-. Va a muchos sitios. Sale fuera. ¿Cuándo podré salir fuera, Miss Fellowes? Una punzada le lastimó el corazón. Claro, se daba cuenta de que no habría medio de evitar que Timmie oyera hablar del mundo exterior en el que jamás podría penetrar. Con simulada jovialidad, dijo:

— Pero, ¿qué ibas a hacer tú en un kindergarten, Timmie?

— Jerry dice que juegan a muchas cosas, que tienen películas. Dice que hay muchos niños. Dice…, dice… -Lo pensó y, alzando triunfalmente las manos con los dedos separados-: Dice que tantos así. Miss Fellowes le preguntó:

— ¿Te gustaría ver películas? Te las conseguiré. Muy bonitas y también cintas musicales. Así que Timmie se quedó temporalmente consolado.

En ausencia de Jerry veía las películas una y otra vez, y Miss Fellowes le leía horas y horas. Había mucho que aclarar incluso en la más sencilla de las historias, porque había mucho que nada tenía que ver con el espacio limitado de sus tres habitaciones. Timmie soñó más que nunca que empezaba a vislumbrar el exterior. Los sueños eran siempre los mismos, acerca del exterior. Trató con dificultad de describírselos a Miss Fellowes. En sus sueños estaba fuera, en un fuera vacío pero muy grande, con niños y extraños e indescriptibles objetos medio digeridos en su pensamiento, sacados de descripciones a medio comprender, o de los remotos recuerdos neanderthalenses apenas rememorados. Pero los niños y los objetos le ignoraban; y aunque estaba en el mundo, jamás era parte de él, sino que estaba solo como cuando estaba en su habitación…, y despertaba llorando. Miss Fellowes trataba de tomar los sueños a risa, pero había noches que, en su propio apartamento, también lloraba.

Un día, mientras Miss Fellowes leía, Timmie le puso la mano bajo la barbilla y la levantó suavemente, de modo que sus ojos dejaron el libro y le miraron. Preguntó:

— ¿Cómo sabe lo que dice, Miss Fellowes?

— ¿Ves estas marcas? -le preguntó-. Me indican lo que debo decir. Estas marcas forman palabras. El niño las miró curiosamente durante largo rato y, tomando el libro en la mano, observó:

— Algunas son iguales. Ella rió encantada con esta muestra de agudeza, y asintió:

— Sí lo son. ¿Te gustaría que te enseñara cómo hacer las marcas?

— Muy bien. Será un juego agradable. Ni siquiera se le ocurrió que pudiera aprender a leer. Hasta el momento en que le leyó un libro, no había pensado que pudiera aprender. Después, semanas más tarde, la enormidad de lo que se había hecho la asombró. Timmie estaba sentado en su regazo, siguiendo palabra por palabra lo que estaba impreso en un libro infantil; estaba leyéndoselo. ¡Le estaba leyendo a ella! Se levantó con dificultad, estupefacta, y dijo:

— Bien, Timmie, volveré en seguida. Quiero ver al doctor Hoskins. En un acto reflejo le pareció encontrar una respuesta a la infelicidad de Timmie. Si Timmie no podía salir para entrar en el mundo, debían meter al mundo en las tres habitaciones de Timmie… ¡Todo el mundo en libros, películas y sonido! Debía ser educado según su máxima capacidad. El mundo se lo debía.

Encontró a Hoskins en un estado de ánimo análogo al suyo, sumido en una especie de triunfo glorioso. Su despacho estaba más ajetreado que de costumbre. Por un momento, abrumada en la antesala, creyó que no conseguiría verle. Pero la vio él, y una sonrisa iluminó su rostro.

— Venga aquí, Miss Fellowes -le dijo. Habló rápidamente por el intercomunicador, luego lo dejó-. ¿Se ha enterado usted? No, claro, no ha podido. ¡Lo hemos conseguido! De verdad que lo hemos conseguido. Tenemos al alcance de la mano la detección intertemporal.

— ¿Quiere decir -y trató de separar de su pensamiento las buenas noticias- que puede conseguir a una persona de tiempos históricos y traerla al presente?

— Es exactamente lo que quiero decir. Tenemos la trayectoria de un individuo del Siglo XIV ahora mismo. Imagíneselo. ¡Imagíneselo! Si pudiera comprender lo feliz que soy de salirme de la eterna concentración del Mesozoico, de remplazar a los paleontólogos por historiadores… Pero venía a decirme algo, ¿verdad? Bien, digalo, dígalo. Me encuentra de buen humor. Cualquier cosa que quiera, se lo concedo. Miss Fellowes sonrió.

— Me alegro, porque venía a pedirle si podríamos establecer un sistema educativo para Timmie.

— ¿Educativo? ¿En qué forma?

— Pues, en todo. Una escuela para que pudiera aprender.

— Pero, ¿puede aprender?

— Naturalmente. Está aprendiendo. Sabe leer. Le he ido enseñando yo misma. Hoskins siguió sentado, quieto y, de pronto, quedó deprimido.

— No sé qué decirle, Miss Fellowes.

— Acaba de decirme que cualquier cosa que quisiera…

— Lo sé y no debí hacerlo. Verá, Miss Fellowes, estoy seguro de que comprenderá que no podemos mantener el experimento Timmie para siempre. Se lo quedó mirando, horrorizada, sin comprender realmente lo que había dicho. ¿Qué quería decir con «no podemos mantener»? Como un rayo algo cruzó vertiginosamente su memoria, y se acordó del profesor Ademewsky y su espécimen mineral que le arrebataron después de dos semanas…

— Pero está hablando de un niño -objetó-, no de un mineral… El doctor Hoskins, incómodo, alegó:

— Incluso a un niño no se le debe conceder demasiada importancia, Miss Fellowes. Ahora que esperamos individuos sacados de los tiempos históricos, necesitamos espacio en «Stasis», todo el que podamos conseguir. No acababa de entenderlo.

— Pero no puede hacerlo. Timmie…, Timmie…

— Por favor, Miss Fellowes, tranquilícese. Timmie no se va a marchar ahora mismo, tardará meses tal vez. Entretanto, haremos lo que podamos. No podía dejar de mirarle.

— Déjeme que le sirva algo, Miss Fellowes.

— No -musitó-. No necesito nada. -Se puso en pie como inmersa en una pesadilla, y se fue. «Timmie -iba pensando-, no te dejaré morir. No morirás.» Estaba muy bien la idea de que Timmie no debía morir, pero, ¿cómo lo conseguiría? En las semanas siguientes, Miss Fellowes vivió pendiente sólo de la esperanza de que el intento de traer a un hombre del Siglo XIV fracasara completamente. Las teorías de Hoskins podían estar equivocadas, o su puesta en práctica podía ser defectuosa. Entonces las cosas seguirían como antes. Por supuesto que ésta no era la esperanza del resto del mundo e, irracionalmente, odió al mundo por esto. El «Proyecto Edad Media» alcanzó el máximo de publicidad. La Prensa y el público habían estado esperando algo como eso. «Stasis Inc.» había carecido del necesario sensacionalismo desde hacía tiempo. Una nueva roca o un nuevo pez ya no les impresionaba. Pero, ¡eso si! Un ser humano histórico; un adulto hablando un idioma conocido; alguien que pudiera abrir una nueva página de la Historia al erudito. Se acercaba la hora cero y esta vez ya no era cuestión de tres mirones desde un balcón. Esta vez el auditorio sería mundial. Esta vez los técnicos de «Stasis, Inc.» representarían su papel ante toda la Humanidad. La propia Miss Fellowes estaba nerviosa con la espera. Cuando el joven Jerry Hoskins apareció para jugar con Timmie, casi no le reconoció. No era él a quien esperaba. (La secretaria que lo trajo salió apresuradamente después de un brevísimo saludo a Miss Fellowes. Salió corriendo para conseguir un buen sitio desde el que contemplar los preparativos del «Proyecto Edad Media». Y también hubiera debido hacerlo Miss Fellowes, y con mayor motivo, pensó con amargura, si esa estúpida sustituta llegara de una vez.) Jerry Hoskins se le acercó, turbado:

— ¿Miss Fellowes? -Y sacó del bolsillo un recorte de un periódico.

— ¿De qué se trata, Jerry?

— ¿Es éste un retrato de Timmie? Miss Fellowes se quedó mirándolo, luego le arrancó la tira de las manos. La excitación del «Proyecto Edad Media» había hecho revivir el interés por Timmie por parte de la Prensa. Jerry la miró fijamente. Luego preguntó:

— Dice que Timmie es un niño-mono, ¿qué quiere decir?

— No vuelvas a decir eso, Jerry. Nunca más, ¿lo entiendes? Es una palabra fea y no

debes emplearla. Jerry se desprendió, asustado. Miss Fellowes rompió el papel con rabia y añadió:

— Ahora entra a jugar con Timmie. Tiene un libro nuevo que mostrarte. Por fin llegó la sustituta. Miss Fellowes no la conocía. Ninguna de las empleadas habituales estaba disponible apenas tuviera que hacer algo fuera de allí y menos hoy, con los preparativos del «Proyecto Edad Media», pero la secretaria de Hoskins le había prometido encontrar a alguien, y debía ser ésta. Miss Fellowes se esforzó por no dejar traslucir su impaciencia.

— ¿Es usted la muchacha asignada a «Stasis» Sección Uno?

— Si, soy Mandy Terris. Usted es Miss Fellowes, ¿verdad?

— En efecto.

— Siento llegar tarde. ¡Hay tanta excitación!

— Lo sé. Bien, quiero que…

— Estará viéndolo, me lo figuro -comentó Mandy. Su rostro flaco, bonito y vacío, respiraba envidia.

— Déjelo. Ahora quiero que entre conmigo y conozca a Timmie y a Jerry. Estarán jugando dos horas, así que no van a molestarla. Tienen leche abundante y muchos juguetes. En realidad, sería preferible que les deje solos el mayor tiempo posible. Ahora voy a enseñarle dónde está todo y…

— Es Timmie, el niño-m…

— Timmie es el sujeto de «Stasis» -declaró con firmeza Miss Fellowes.

— Quiero decir, si es el que figura que no debe salir.

— Si. Ahora, venga. No queda mucho tiempo. Cuando por fin salió, Mandy Terry le gritó con voz estridente:

— Espero que consiga un buen asiento y, bueno, espero que todo salga bien. Miss Fellowes no creía poder contestar razonablemente. Así que salió precipitadamente, sin volver la vista atrás. Pero el retraso significó no conseguir un buen sitio. Lo más cerca que llegó fue a la pantalla de la sala de reuniones. Lo lamentó amargamente. Si hubiera podido estar en el centro, si hubiera podido alcanzar alguna parte sensible de los instrumentos, si de algún modo hubiera podido sabotear el experimento… Encontró fuerzas suficientes para calmar su locura. La simple destrucción no serviría de nada. Lo reconstruirían una y otra vez. Y nunca se le permitiría acercarse a Timmie. Nada podía ayudarla. Nada, sino que el propio experimento fracasara o se hundiera irremisiblemente. Así que esperó durante la cuenta atrás, observando cada movimiento en la pantalla gigante, repasando, vigilando los rostros de los técnicos, cuando el reflector iba de uno a otro, en busca de una expresión preocupada o de incertidumbre que pudiera indicar que algo salía inesperadamente mal… Pero no hubo esa suerte. La cuenta atrás llegó a cero, y silenciosa y discretamente, el experimento salió bien. En el nuevo «Stasis» que se acababa de instalar, se veía a un aldeano encorvado y barbudo, de edad indeterminada, vestido con ropas sucias, harapientas, y zapatos de madera, mirando horrorizado el cambio súbito y aterrador que se le había caído encima. Y mientras el mundo enloquecía de júbilo, Miss Fellowes se quedaba helada por la congoja; se sentía como sacudida y zarandeada, todo menos pisoteada; envuelta en el triunfo ajeno y abatida por su derrota. Cuando el altavoz la llamó con fuerte estridencia, tuvo que sonar por tres veces antes de reaccionar. «Miss Fellowes, Miss Fellowes. Debe acudir a «Stasis» Sección Uno, inmediatamente. Miss Fellowes, Miss Fell…»

— ¡Abran paso! -gritó, angustiada, mientras el altavoz continuaba repitiendo sin pausa. Se abrió camino entre la gente con salvaje energía, golpeando con los puños cerrados, sacudiéndoles, moviendo los brazos, corriendo hacia la puerta pero con una lentitud desesperante. Mandy Terry lloraba.

— No sé cómo ocurrió. Salí sólo un momento al corredor para mirar en una pequeña pantalla que habían colocado allí. Sólo un minuto. Y antes de que pudiera hacer nada… ­Se revolvió y gritó acusadora-: Usted me dijo que no me darían trabajo, dijo que les podía dejar solos… Miss Fellowes, despeinada y temblorosa, la taladró con la mirada.

— ¿Dónde está Timmie? Una enfermera desinfectaba el brazo de Jerry y otra preparaba una inyección antitetánica. Había sangre en las ropas de Jerry.

— Me mordió, Miss Fellowes -lloró Jerry, rabioso-. Me mordió. Pero Miss Fellowes ni le miró.

— ¿Qué han hecho con Timmie? -preguntó.

— Le encerré en el cuarto de baño -contestó Mandy-. Me limité a empujar al monstruo allá dentro y cerré con llave. Miss Fellowes corrió a la casa de muñecas. Tanteó en la puerta del baño. Le llevó una eternidad poder abrirla y descubrir al chiquillo acurrucado en un rincón.

— No me pegue, Miss Fellowes -murmuró. Sus ojos estaban enrojecidos y le temblaban los labios-. No quise hacerlo.

— ¡Oh, Timmie! ¿Quién ha hablado de pegarte? -Lo cogió en sus brazos y lo estrechó con fuerza.

— Me dijo que lo haría con una correa -dijo, trémulo-. Me dijo que usted me pegaría y me pegaría.

— No lo haré. Fue mala diciéndotelo. Pero, ¿qué ocurrió? ¿Por qué ocurrió?

— Me llamó niño-mono. Me dijo que no era un niño de verdad. Me dijo que yo era un animal. -Y Timmie se deshizo en lágrimas-. Dijo que no volvería a jugar nunca más con un mono. Yo le dije que no era un mono, que yo no era un mono. Me dijo que era feo y raro. Me dijo que era terriblemente feo. Lo iba diciendo y diciendo y entonces le mordí. Ahora lloraban los dos. Miss Fellowes sollozaba.

— Pero no es verdad. Tú lo sabes, Timmie. Tú eres un verdadero niño. Eres un niño bueno y el mejor del mundo. Y nadie, nadie te apartará nunca de mi.

Miss Fellowes agarró al niño por la muñeca y a duras penas contuvo el impulso de sacudirle.

Ahora le resultaba fácil tomar una decisión; fácil saber qué hacer. Sólo que había que hacerlo rápidamente. Hoskins no esperaría mucho con su hijo herido… No, habría que hacerlo esta misma noche, esta noche; con las tres cuartas partes del mundo dormidas y la otra intelectualmente borracha de éxitos por el «Proyecto Edad Media». Sería una hora fuera de lo corriente para su regreso, pero no rara. El guardia la conocía bien y no pensaría en interrogarla. No pensaría nada viéndola con una maleta. Ensayó la respuesta inocua «Juegos para el niño» y la tranquila sonrisa. ¿Por qué no iba a creerla? La creyó. Cuando volvió a entrar en la casa de muñecas, Timmie estaba aún despierto y ella mantuvo una desesperada normalidad para impedir que se asustara. Habló con él de sus sueños y le oyó preguntar, entristecido, por Jerry. Poca gente la vería después y nadie preguntaría por el bulto que llevara. Timmie estaría

muy quieto y después ya sería un hecho consumado. Lo haría y sería inútil tratar de remediarlo. La dejarían en paz. Los dejarían en paz a ambos. Abrió la maleta, sacó el abrigo, el gorro de lana con orejeras y todo lo demás. Timmie permanecía sentado, pero empezaba a alarmarse.

— ¿Por qué me pone toda esta ropa, Miss Fellowes?

— Voy a llevarte fuera, Timmie -le tranquilizó-. A donde tú sueñas, donde están tus sueños.

— ¿Mis sueños? -Volvió el rostro, anhelante, pero sin perder del todo el miedo.

— Ya no volverás a sentir miedo. Estarás conmigo. No tendrás miedo si estás conmigo, ¿verdad, Timmie?

— No, Miss Fellowes. -Hundió su cabecita deforme en el costado de la enfermera y bajo su brazo pudo sentir los latidos del pequeño corazón. Era medianoche; lo cogió en brazos. Desconectó la alarma y abrió silenciosamente la puerta. Y lanzó un grito porque frente a ella, del otro lado de la puerta, estaba Hoskins.

Había dos hombres con él, y se la quedó mirando, tan sorprendido como ella. Miss Fellowes reaccionó primero, cuestión de segundos, e inició un rápido movimiento para pasar; pero pese a esos segundos él llegó a tiempo. La cogió torpemente y la empujó contra una cómoda. Hizo pasar a los hombres y se enfrentó con ella, bloqueándole la salida.

— No me esperaba esto. ¿Está usted loca? Ella consiguió interponerse para que no fuera Timmie quien se estrellara contra la cómoda. Le dijo, suplicante:

— ¿Qué daño puedo hacer si me lo llevo, doctor Hoskins? ¿No puede anteponer una vida humana a la pérdida de energía? Con firmeza, Hoskins le quitó a Timmie de los brazos,

— Una pérdida de energía de tal envergadura significarla millones de dólares robados de los bolsillos de los inversores. Siguificaría un gran salto atrás para «Stasis, Inc.». Significarla una publicidad llamativa sobre una enfermera sentimental que lo destruyó todo en beneficio de un niño-mono.

— ¡Niño-mono! -exclamó Miss Fellowes, desesperada.

— Eso es lo que los reporteros le llamarían -declaró Hoskins. Uno de los hombres salió, pasando un cable por unos ojetes situados en la parte alta de la pared. Miss Fellowes se acordó del cordón que Hoskins había sacudido en el exterior de la habitación que contenía la muestra de roca del profesor Ademewsky, tiempo atrás,

— ¡No! -gritó. Pero Hoskins dejó a Timmie en el suelo y suavemente le quitó el abrigo que llevaba puesto.

— Quédate aquí, Timmie. No te ocurrirá nada. Vamos a salir fuera un momento. ¿Entiendes? Timmie, pálido y mudo, consiguió mover afirmativamente la cabeza. Hoskins sacó a Miss Fellowes de la casa de muñecas, empujándola delante de él. De momento, Miss Fellowes no ofreció resistencia. Agotada, se fijó en la anilla que ponía en el cordón, fuera de la casa de muñecas.

— Lo siento, Miss Fellowes -dijo Hoskins-, hubiera querido ahorrarle esto. Lo planeé para la noche, para que usted no lo descubriera hasta que todo hubiera terminado.

— Todo porque mordió a su hijo -murmuró-, que atormentó a este niño y lo obligó a atacarle.

— No, créame. Comprendo lo del incidente de hoy y sé que fue culpa de Jerry. Pero la historia ha trascendido. Tenía que suceder precisamente hoy, rodeados como estábamos por la Prensa. No puedo arriesgarme a que circule una historía deformada sobre negligencia y salvajes neanderthales, desviando la atención del éxito del «Proyecto Edad Media». De todos modos, Timmie tenía que irse pronto; mejor ahora y evitar que los sensacionalistas tengan siquiera el menor punto donde plantar su basura.

— Pero no es lo mismo que devolver una roca. Matará a un ser humano.

— Nada de matar. Evitaremos esa sensación. Será simplemente un niño neanderthal en un mundo neanderthalense. Dejará de ser un prisionero y un extraño. Tendrá una oportunidad en una vida libre.

— ¿Qué oportunidad? Solamente tiene siete años, está acostumbrado a que le cuiden, vistan, alimenten, protejan. Estará solo. Su tribu puede no encontrarse en el punto en que los dejó, después de haber pasado cuatro años. Y si estuvieran, no le reconocerían. Tendrá que valerse por si mismo. ¿Cómo sabrá hacerlo? Hoskins movió la cabeza en desesperada negativa:

— Cielos, Miss Fellowes, ¿cree que no lo hemos pensado? ¿Cree que hubiéramos traído a un niño si antes no hubiera habido otra trayectoria con éxito de un humano, o casi humano, y que no nos atrevimos a correr el riesgo de devolverlo y traer a otro igualmente bueno? ¿Por qué supone que guardamos a Timmie todo este tiempo, como hicimos, de no ser por evitar devolver un niño al pasado? Es sólo que… -y su voz adquirió una desesperada intensidad-, ya no podemos esperar más. Timmie nos cierra el camino de la expansión. Timmie es la fuente de un posible descrédito; nos encontramos en el umbral de grandes acontecimientos, y, lo siento, Miss Fellowes, pero no podemos permitir que Timmie nos lo impida. No podemos. No podemos. Lo siento, Miss Fellowes.

— Está bien -aceptó Miss Fellowes, con tristeza-. Déjeme decirle adiós. Deme cinco minutos para despedirme. Concédame esto, por lo menos. Hosklns titubeó.

— Adelante.

Timmie corrió hacia ella. Por última vez corría hacia ella y por última vez Miss Fellowes le estrechó en sus brazos. Por un momento le abrazó a ciegas. Con la punta del pie tiró una silla hacia si, la apoyó en la pared y se sentó.

— No tengas miedo, Timmie.

— No tengo miedo, si está conmigo, Miss Fellowes. ¿Está enfadado conmigo el hombre que está ahí fuera?

— No, no lo está. Es sólo que no nos comprende. Timmie, ¿sabes lo que es una madre?

— ¿Como la madre de Jerry?

— ¿Te hablaba de su madre?

— A veces. Yo pienso que una madre es quizás una señora que se ocupa de uno y que es muy cariñosa y que hace cosas buenas.

— Eso mismo. ¿Has deseado alguna vez una madre, Timmie? Timmie apartó la cabeza del hombro para poder mirarla. Muy despacio, le pasó la mano por la mejilla y el cabello, y la fue acariciando, como había hecho ella con él hacía tanto tiempo. Le preguntó:

— ¿Es usted mi madre?

— ¡Oh, Timmie!

— ¿Está enfadada porque se lo he preguntado?

— No. Claro que no.

— Porque ya sé que su nombre es Miss Fellowes, pero…, pero a veces la llamo «madre» por dentro. ¿Está bien?

— Si. Si. Está muy bien. Y no te dejaré nunca más y nadie te hará ningún daño. Estaré siempre contigo para cuidarte. Llámame madre para que pueda oírte.

— ¡Madre! -dijo Timmie radiante, apoyando su mejilla contra la de ella. Miss Fellowes se levantó y, con el niño en brazos, se subió a la silla. El principio de un grito, desde fuera, pasó inadvertido para ella, y con su mano libre dio un tirón con todas sus fuerzas al cable donde pasaba entre dos ojetes. Y «Stasis» fue perforada y la habitación quedó vacía.

Isaac Asimov: Escriba mi nombre con una “S”. Cuento

asimov (5)Marshall Zebatinsky se sentía idiotizado. Le parecía como si hubiera ojos observándole a través del sucio cristal de la tienda y a través del tabique de madera deslucida. No confiaba en la ropa vieja que había desenterrado, ni en el ala bajada de un sombrero que nunca se ponía, ni en las gafas que había dejado en su funda. Se sentía idiotizado y hacía que las arrugas de su frente fueran más profundas; su rostro, ni joven ni viejo, un poco más pálido. Jamás sería capaz de explicar a nadie por qué un físico nuclear como él podía ir a visitar a un futurólogo. («Jamás -pensó-, jamás.») Ni siquiera podía explicárselo a sí mismo, sino que había dejado que su mujer le convenciera. El futurólogo estaba sentado tras un viejo escritorio, comprado seguramente de segunda mano. Ningún escritorio particular podía ser tan viejo. Lo mismo podía decirse de sus ropas. Era bajito y moreno y miraba a Zebatinsky con unos ojillos oscuros y brillantes. Le dijo:

— Nunca he tenido un físico nuclear como cliente, doctor Zebatinsky. Zebatinsky se ruborizó al instante.

— Comprenda, esto es confidencial. El futurólogo sonrió hasta que las arrugas se fruncieron alrededor de su boca y la piel de la barbilla se le puso tirante.

— Todas mis consultas son confidenciales.

— Debo decirle una cosa -advirtió Zebatinsky-. No creo en la futurología, y no espero empezar a creer ahora. Si esto va a causar alguna diferencia, dígalo ya.

— Entonces, ¿por qué se encuentra aquí?

— Mi esposa cree que usted tiene un don, el que sea. Prometí venir, y aquí estoy. Se encogió de hombros y se hizo más intensa la sensación de desatino.

— ¿Y qué es lo que usted busca? ¿Dinero? ¿Seguridad? ¿Longevidad? ¿Qué? Zebatinsky permaneció sentado y quieto un buen rato, mientras el futurólogo observaba a su cliente tranquilamente, sin moverse ni apremiarle. Zebatinsky iba pensando: «¿Qué le digo yo? ¿Que tengo treinta y cuatro años y no tengo futuro?» Al fin se decidió:

— Quiero éxito. Quiero que se me tenga en cuenta.

— ¿Un mejor empleo?

— Un empleo diferente. Un tipo de trabajo distinto. Actualmente formo parte de un equipo, soy un subordinado. ¡Equipos! Es lo único en que consiste la investigación gubernamental. Soy como un violinista perdido en una orquesta sinfónica.

— Y usted quiere ser solista.

— Quiero salir de un equipo y ser.. sólo yo. Zebatinsky se sentía arrastrado, ligero, despejado, poniendo en palabras sus anhelos y diciéndolo a alguien más que no fuera su mujer. Añadió:

— Veinticinco años atrás, con mi práctica y mi capacidad, hubiera podido trabajar en las más importantes plantas de energía nuclear. Hoy estaría dirigiendo una o sería jefe de un grupo de investigación pura en alguna Universidad. Pero, con lo que he hecho hasta ahora, ¿dónde estaré dentro de veinticinco años? En ninguna parte. Sigo aún en el equipo. Sigo aún con mi dos por ciento del resultado. Me estoy ahogando entre una multitud anónima de físicos nucleares, y lo que yo quiero es un lugar en tierra firme, no sé si me entiende. El futurólogo movió la cabeza afirmativamente, despacio:

— ¿Se da cuenta, doctor Zebatinsky, de que no le garantizo el éxito? Zebatinsky, pese a su falta de fe, sintió una punzada de decepción.

— ¿Que no? Entonces, ¿qué diablos garantiza usted?

— Una mejora en las probabilidades. Mi trabajo es de naturaleza estadística. Puesto que trata usted con átomos, me figuro que comprenderá las leyes de la estadística.

— ¿Las comprende usted? -preguntó el físico, con acritud.

— Pues, sí. En realidad soy un matemático y trabajo matemáticamente. No se lo digo para aumentar mis honorarios, que son fijos. Cincuenta dólares. Pero, como es usted un científico, podrá apreciar mejor que otros clientes la naturaleza de mi trabajo. Para mí incluso es un placer poder explicárselo.

— Preferiría que no lo hiciera -dijo Zebatinsky-, si no le importa. Es inútil que me hable de los valores numéricos de las letras, su significado místico y demás. No tengo en cuenta las matemáticas. Vayamos al grano.

— Entonces, lo que usted quiere -observó el futurólogo- es que le ayude, siempre y cuando no le moleste, contándole las tontas bases no científicas del modo en que le he ayudado. ¿No es eso?

— En efecto. Así es.

— Pero sigue usted con la idea de que soy un futurólogo, y no lo soy. Me llamo así para que la Policía me deje en paz y… -el hombrecillo se echó a reír- los psiquiatras también. Soy un matemático, de verdad. Construyo ordenadores -explicó el futurólogo-. Estudio los futuros probables.

— ¿Cómo?

— ¿Le suena esto peor que lo de la futurología? ¿Por qué? Contando con datos suficientes y un ordenador capaz de suficientes números de operaciones en una unidad de tiempo, se puede predecir el futuro, por lo menos en términos de probabilidades. Cuando computa los movimientos de un misil a fin de apuntar a un antimisil, ¿no es el futuro lo que predice? El misil y el antimisil no chocarían si el futuro fuera incorrectamente previsto. Yo hago lo mismo. Como trabajo con un mayor número de variables, los resultados son menos precisos.

— ¿Quiere decir que predecirá mi futuro?

— Con mucha aproximación. Una vez lo haya hecho, modificaré los datos cambiando solamente su nombre, pero nada más. Insertaré los datos modificados en el programa. Operación. Después probaré otros nombres modificados. Yo estudio cada futuro modificado y descubro el que contiene mayores ventajas para usted, más que el futuro que se abre ante usted. O dicho de otro modo: le encontraré un futuro en el que las probabilidades de progreso sean superiores a las derivadas de su actual futuro.

— ¿Por qué cambiar mi nombre?

— Es el único cambio que suelo hacer, por variadas razones. Primera, porque es un cambio sencillo. Después de todo, si hago un gran cambio o varios cambios, entrarían tantas nuevas variables que ya no podría interpretar el resultado. Mi máquina es aún primitiva. Segunda razón, es un cambio razonable. No podría cambiar su talla, ¿verdad?, o el color de sus ojos, o incluso su temperamento. Tercera razón: es un cambio significativo. Los nombres significan mucho para la gente. Por último, es un cambio corriente que mucha gente hace todos los días.

— ¿Y si no encuentra un futuro mejor? -preguntó Zebatinsky.

— Éste es el riesgo que debo correr. Pero no estará peor que ahora, amigo mío. Zebatinsky miró inquieto al hombrecillo:

— No creo nada de esto. Casi creería mejor en la futurologia. El futurólogo suspiró.

— Creía que una persona como usted se sentiría más cómodo con la verdad. Quiero ayudarle, y le queda aún mucho que hacer. Si me creyera un futurólogo, no obedecería. Pensé que si le decía la verdad me dejaría ayudarle.

— Si puede ver el futuro… -indicó Zebatinsky.

— ¿Por qué no soy el más rico de la Tierra? ¿En eso pensaba? Es que soy rico…, en todo lo que quiero. Usted quiere que se le tenga en cuenta y yo quiero que se me deje en paz. Hago mi trabajo. Nadie me molesta. Esto me hace millonario. Necesito algo de dinero, y lo consigo gracias a las personas como usted. Ayudar a la gente es agradable, y tal vez un psiquiatra diría que me proporciona una sensación de poder y alimenta mi ego. Ahora bien…, ¿quiere o no que le ayude?

— ¿Cuánto me ha dicho?

— Cincuenta dólares. Necesitaré mucha información biográfica, pero he preparado un cuestionario para que le sirva de guía. Me temo que es un poco largo. De todos modos, si me lo puede echar al correo a final de semana, podré darle una respuesta… -sacó el labio inferior y arrugó la frente al tratar de hacer un cálculo mental-, para el 20 del mes que viene.

— ¿Cinco semanas? ¿Tanto tiempo?

— Tengo otro trabajo, y otros clientes. Si fuera un charlatán, lo haría mucho más de prisa. ¿De acuerdo? Zebatinsky se levantó.

— Bien, de acuerdo. Pero, todo es confidencial.

— Perfectamente. Recibirá de nuevo toda su información cuando le diga el cambio que tiene que hacer, y le doy mi palabra de que nunca la usaré para ningún fin. El físico nuclear se detuvo en la puerta.

— ¿No teme usted que le diga a alguien que no es futurólogo? Éste sacudió la cabeza.

— ¿Quién iba a creerle, amigo mio? Incluso suponiendo que estuviera dispuesto a decir que había estado aquí.

El día 20, Marshall Zebatinsky estaba ante la puerta desconchada mirando de soslayo a la tienda con la pequeña tarjeta descolorida pegada al cristal, que decía: «Futurologia.» Miró con la esperanza de que habría alguien dentro y le serviría de excusa para dominar la indecisión que tenía en la mente y volverse a casa. Varias veces trató de borrar aquello de su mente. Le costó dedicar mucho tiempo el rellenar los datos necesarios. Le avergonzaba trabajar en ello. Se sentía increíblemente idiotizado mencionando los nombres de sus amigos, el coste de su casa, si su mujer había tenido algún aborto y, de ser así, cuándo. Lo dejó. Pero tampoco podía dejarlo del todo. Todas las noches volvía a rellenarlo. Fue la idea del ordenador la que lo consiguió, quizá; la idea de la infernal presunción del hombrecillo diciendo que tenía un ordenador. Después de todo, se impuso la tentación de demostrar la estafa, de querer ver lo que ocurriría. Finalmente se decidió a enviar los datos completos por correo ordinario, poniendo sellos por valor de nueve centavos sin preocuparse de pesar la carta. «Si la devuelven -pensó-, lo dejaré correr». No la devolvieron. Fue a mirar a la tienda, estaba vacía. A Zebatinsky no le quedaba más remedio que entrar. Sonó una campanilla.

El viejo futurólogo salió por una puerta cubierta por una cortina.

– ¿Sí? Ah, es el doctor Zebatinsky. Zebatinsky trató de sonreír.

– ¿Se acuerda de mí?

– Oh, sí.

– ¿Y cuál es el veredicto? El futurólogo se frotó las manos.

– Antes, señor, hay una pequeña cuestión.

– ¿Una pequeña cuestión de dinero?

– Yo he hecho mi trabajo, señor. Me he ganado el dinero. Zebatinsky no tuvo nada que objetar… Estaba dispuesto a pagar. Si había llegado tan lejos, sería estúpido abandonar sólo por causa del dinero. Contó cinco billetes de diez dólares y los pasó por encima del mostrador.

– ¿Y bien? El futurólogo contó de nuevo los billetes, despacio, luego los metió en un cajón del escritorio y dijo:

– Su caso fue muy interesante. Le aconsejaría que cambiara su nombre por el de Sebatinsky.

– Seba…, ¿cómo se escribe eso?

– S-E-B-A-T-I-N-S-K-Y. Zebatinsky le miró, indignado.

– Quiere decir, ¿cambiar la inicial? ¿Cambiar la Z por una S? ¿Nada más?

– Es suficiente. Con tal de que el cambio sea adecuado, un pequeño cambio es más seguro que uno mayor.

– Pero, ¿cómo puede el cambio afectar a lo demás?

– ¿Cómo afecta un nombre? -preguntó el futurólogo en voz baja-. No le sabría decir. Lo hace y es lo único que puedo decirle. Recuerde, no le garantizo el resultado. Naturalmente, si no desea cambiar, deje las cosas como están. Pero, en este caso, no puedo devolverle el dinero.

– ¿Qué he de hacer? -preguntó Zebatinsky-. ¿Decir a todo el mundo que escriba mi nombre con S?

– Si quiere mi consejo, consulte a un abogado. Cambie su nombre legalmente. Puede aconsejarle en los detalles.

– ¿Cuánto tiempo me llevará? Quiero decir, para que las cosas empiecen a mejorar para mí.

– ¿Cómo puedo saberlo? Quizá nunca. Quizá mañana.

– Pero usted ve el futuro. Asegura que lo ve.

– Pero no como en una bola de cristal. No, no, doctor Zebatinsky, lo único que saco de mi ordenador es una serie codificada de cifras. Puedo recitarle las probabilidades, pero no veo imágenes. Zebatinsky se volvió y salió rápidamente de la estancia. ¡Cincuenta dólares por cambiar una letra! ¡Cincuenta dólares para Sebatinsky! ¡Cielos, qué nombre! ¡Peor que Zebatinsky!

Tardó otro mes antes de poder decidirse a ver a un abogado, pero finalmente fue. Se dijo que siempre podría volver a cambiar el nombre. «Démosle una oportunidad», se dijo. Caramba, no había ninguna ley en contra.

Henry Brand miró la carpeta, hoja por hoja, con la práctica que le daban los catorce años en Seguridad. No tenía que leer todas las palabras. La mínima peculiaridad resaltaría del papel y le saltaría a la vista.

— El hombre me parece limpio -dijo. Henry Brand también parecía limpio, con su barriga redonda y una complexión sonrosada y tersa. Era como si el contacto continuo con todo tipo de fallos humanos, desde la posible ignorancia a la posible traición, le hubieran obligado a lavarse con frecuencia. El teniente Albert Quincy, que le había entregado la carpeta, era un joven y responsable oficial de Seguridad de la Delegación de Hanford.

— Pero, ¿por qué Sebatinsky? -preguntó.

— ¿Y por qué no?

— Porque no tiene sentido. Zebatinsky es un nombre extranjero y yo también lo cambiaría si hiciera falta, pero lo cambiaría por algo anglosajón. Si Zebatinsky lo hubiera hecho, lo encontraría natural y dejaría de pensar en ello. Pero, ¿por qué cambiar la Z por una S? Pienso que debemos averiguar cuáles fueron sus razones.

— ¿Le ha preguntado alguien directamente?

— Claro. Pero en una conversación normal. Tuve buen cuidado de que se hiciera así. Lo único que dice es que estaba harto de ser el último del alfabeto.

— Podría ser, ¿no le parece, teniente?

— Podría ser, pero, ¿por qué no cambiar su nombre por Sands o Smith, si le gustan las eses? O, si se ha cansado de la Z, ¿por qué no empezar por el principio y cambiarla por la A? ¿Por qué no un nombre como… Aarons?

— No es lo bastante anglosajón -murmuró Brand, y añadió-: Pero no hay nada en contra del hombre. Por más raro que nos parezca un cambio de nombre, eso sólo no basta para recriminar a nadie. El teniente Quincy se mostraba daramente disgustado.

— Dígame, teniente, debe haber algo específico que le molesta. Algo en su mente, alguna teoría, cualquier cosa. ¿De qué se trata? El teniente frunció el ceño. Sus cejas claras parecieron unirse y apretó los labios.

— Maldita sea, señor. Ese hombre es un ruso.

— En absoluto. Es norteamericano de tercera generación.

— Pues su nombre es ruso. El rostro de Brand perdió algo de su engañosa placidez.

— No, teniente. Ha vuelto a equivocarse, es polaco. El teniente levantó, impaciente, las manos:

— Es lo mismo. Brand, cuyo apellido materno había sido Wiszewski, saltó:

— No se lo diga nunca a un polaco, teniente. -Luego, más reflexivo, añadió-: Ni a un ruso tampoco.

— Lo que estoy tratando de decir, señor -insistió el teniente, ruborizándose-, es que tanto los polacos como los rusos están del otro lado del telón de acero.

— Lo sabemos todos.

— Y Zebatinsky o Sebatinsky, como quiera llamarle, puede tener parientes allí.

— ¿De tercera generación? Podría tener primos segundos, me figuro. ¿Y qué?

— Nada. Mucha gente puede tener parientes lejanos por allí. Pero Zebatinsky cambió su nombre.

— Siga.

— Puede que trate de no llamar la atención. Puede que un primo suyo se vuelva demasiado famoso y nuestro Zebatinsky tema que el parentesco pueda entorpecer sus oportunidades de mejorar.

— Pero cambiar de nombre no le servirá de nada. Todavía seguirá siendo primo segundo.

— Sí, pero no será como si nos echara sus parientes a la cara.

— ¿Ha oído usted hablar de algún Zebatinsky en el otro lado?

— No, señor.

— Entonces, no puede ser demasiado famoso. ¿Cómo podría saberlo nuestro Zebatinsky?

— Podría estar en contacto con sus parientes. Esto podría ser sospechoso, dadas las circunstancias, ya que él es un físico nuclear. Brand, metódicamente, volvió a repasar la carpeta.

— El razonamiento es muy endeble, teniente. Tan endeble, que es casi invisible.

— ¿Puede usted ofrecer otras explicaciones, señor, de por qué se dispone a cambiar de nombre de esta forma?

— No, no puedo. Se lo confieso.

— Entonces, señor, creo que deberíamos investigar. Deberíamos buscar a todos los hombres del otro lado que se llamen Zebatinsky, y ver si encontramos alguna conexión.

— La voz del teniente subió de tono al ocurrirsele una nueva idea-. Podría ser que cambiara de nombre para distraer la atención de ellos; quiero decir, para protegerles.

— Yo diría que está haciendo lo contrario.

— Puede que no se dé cuenta, pero protegerles podría ser su motivo. Brand suspiró.

— Está bien. Nos dedicaremos al asunto Zebatinsky. Pero si no sale nada, teniente, lo dejaremos correr. Déjeme la carpeta. Cuando Brand recibió la información, ya se había olvidado del teniente y de sus teorías. Su primer pensamiento al recibir los datos que incluían una lista de diecisiete biografías de diecisiete ciudadanos rusos y polacos, todos ellos llamados Zebatinsky, fue:

— ¿Qué diablos es todo esto? Luego se acordó, maldijo entre dientes y empezó a leer. Empezaba por el lado norteamericano. Marshall Zebatinsky (huellas dactilares) había nacido en Buffalo, Nueva York (fecha y estadística del hospital). Su padre también había nacido en Buffalo, su madre en Oswego, Nueva York. Sus abuelos paternos habían nacido ambos en Bialystok, Polonia (fecha de entrada en los Estados Unidos, fechas de nacionalización, fotografías). Los diecisiete ciudadanos rusos y polacos llamados Zebatinsky eran todos ellos descendientes de gente que, cincuenta años antes, habían vivido en Bialystok. Presumiblemente estaban emparentados, pero no se mencionaba explícitamente en ningún caso particular. (Las estadísticas vitales en la Europa Oriental durante los años siguientes a la Primera Guerra Mundial estaban mal mantenidas, o no existían.) Brand recorrió las biografías individuales de hombres y mujeres Zebatinsky (asombrosa la minuciosidad con que trabajaba el espionaje, probablemente el de los rusos funcionaba igual). Se detuvo en uno y su frente lisa empezó a arrugarse cuando alzó repentinamente las cejas. Lo apartó y siguió leyendo. Finalmente lo volvió a guardar todo, excepto aquél. Mirándolo fijamente, empezó a tamborilear sobre la mesa. Con una cierta desgana, fue a visitar al doctor Paul Kristow, de la Comisión de Energía Atómica. El doctor Kristow escuchó el relato con expresión impenetrable. De vez en cuando levantaba el dedo meñique para golpear su bulbosa nariz y retirar una mota inexistente. Su cabello era gris, escaso y muy corto. Casi podía llamársele calvo. Dijo:

— No, nunca he oído hablar de ningún Zebatinsky ruso. Pero, bueno, tampoco he oído hablar del norteamericano.

— Verá. -Brand se rascó una sien y dijo despacio-: No creo que haya nada en todo esto, pero tampoco querría descartarlo demasiado pronto. Tengo a un joven teniente azuzándome, y ya sabe cómo son. No quiero hacer nada que empuje a un comité del Congreso. Además, ocurre que uno de los Zebatinsky rusos, Mijail Andreyevich Zebatinsky, es un físico nuclear. ¿Está seguro de que nunca ha oído hablar de él?

— ¿Mijail Andreyevich Zebatinsky? No…, no, nunca. Pero tampoco prueba nada.

— Podríamos decir que es pura coincidencia, pero eso seria algo exagerado. Un Zebatinsky aquí y un Zebatinsky allí, ambos físicos nucleares, y el de aquí de pronto cambia su nombre por Sebatinsky y además con mucha impaciencia. No permite errores. Dice, enfáticamente: «Escriba mi nombre con una S.» Todo parece encajar para hacer que mi teniente, obseso por los espías, empiece a parecer que tiene razón. Y otra cosa peculiar es que el ruso Zebatinsky desapareció hace un año aproximadamente.

— ¡Ejecutado! -dijo el doctor Kristow, tajante.

— Puede que lo fuera. Normalmente podría suponerse así, aunque los rusos no son más tontos que nosotros, y no matan a físicos nucleares si pueden evitarlo. El caso es que hay otra razón para que precisamente un físico nuclear desaparezca de pronto. No tengo que decirsela.

— Investigación de choque. Máximo secreto. Me figuro que esto es lo que quiere decir. ¿Lo cree así?

— Si lo sumamos todo y añadimos la intuición de mi teniente, empiezo a preguntármelo.

— Deme esta biografía. -El doctor Kristow cogió la hoja de papel y la leyó dos veces. Movió la cabeza. Luego dijo-: Cotejaré esto con Abstractos Nucleares. Los Abstractos Nucleares llenaban una pared del despacho del doctor Kristow en pequeñas cajitas ordenadas, cada una llena de su cuadrito de microfilme. El hombre de la C.E.N. utilizó su proyector para los índices, mientras Brand le contemplaba con toda la paciencia de que disponía. El doctor Kristow murmuró:

— Un Mijail Zebatinsky fue autor o coautor de media docena de artículos en periódicos soviéticos en los últimos seis años. Veremos los extractos y tal vez saquemos algo de ellos. Pero lo dudo. Un selector sacó los cuadraditos apropiados. El doctor Kristow los puso en orden, los fue pasando por el proyector y poco a poco una curiosa expresión cruzó su rostro.

— Es curioso -dijo.

— ¿Qué es curioso? -preguntó Brand.

— Prefiero no decirlo aún -contestó Kristow, reclinándose-. ¿ Puede conseguirme una lista de otros físicos nucleares desaparecidos en la Unión Soviética en el último año?

— ¿Quiere decir que ve algo?

— Realmente, no. No, si solamente mirara uno cualquiera de estos artículos. Es al verlos todos y sabiendo que este hombre puede estar en un programa de emergencia y, además de esto, habiéndome usted llenado la cabeza de sospechas… -Se encogió de hombros-. Nada. Brand insistió: Quisiera que me dijera lo que está pensando. ¿Por qué no sentirnos tontos conjuntamente?

— Si es lo que desea…, es justamente posible que ese hombre pueda haberse dedicado a la reflexión de rayos gamma.

— ¿Y qué significa?

— Si pudiera conseguirse un escudo de antirreflexión de rayos gamma, podrían construirse refugios individuales para protegernos de la contaminación. El verdadero peligro es la contaminación, ¿sabe? Una bomba de hidrógeno puede destruir una ciudad, pero la contaminación mataría lentamente a la gente en un radio de miles de kilómetros.

— ¿Trabajamos nosotros en algo de esto? -preguntó Brand.

— No. Y si ellos lo consiguen y nosotros no, pueden arrasar los Estados Unidos de parte a parte, a costa, digamos, de diez ciudades, después de que hayan completado su programa de refugios.

— Pero será en un futuro lejano. ¿Y cómo hemos llegado a esto? Todo por causa de un hombre que cambia una letra de su nombre.

— Está bien -dijo Brand-, pero ahora no puedo dejar el asunto así. No en este punto. Le conseguiré su lista de físicos nucleares desaparecidos, aunque tenga que ir a buscarla al propio Moscú. Consiguió la lista. Repasaron todos los artículos escritos por cualquiera de ellos. Ordenaron una reunión de la Comisión, después reunieron a los cerebros nucleares de la nación. El doctor Kristaw salió de una sesión nocturna en la que incluso había asistido el propio Presidente. Brand le esperó. Ambos parecían agotados y necesitados de dormir. Brand preguntó:

— ¿Y bien?

— La mayoría está de acuerdo. Algunos tienen aún sus dudas, pero muchos están de acuerdo.

— Y usted, ¿está seguro?

— Estoy muy lejos de estar seguro, pero deje que se lo diga así: es más fácil creer que los soviéticos trabajan en el escudo de rayos gamma, que creer que todos los datos que hemos descubierto no están interrelacionados.

— ¿Se ha decidido si vamos también a investigar sobre el escudo?

— Sl. -La mano de Kristow acarició su cabello recortado, con un ruido seco y rumoroso- Vamos a dedicarle todo lo que tenemos. Conociendo los artículos escritos por los hombres que han desaparecido, podemos empezar a pisarles los talones. Incluso podemos adelantarles. Pero, claro, descubrirán que estamos trabajando en ello. Que lo descubran -dijo Brand-. Que lo descubran. Les impedirá atacarnos. No veo ninguna ganancia en perder diez de nuestras ciudades sólo para destruir diez de las suyas…, si ambos estamos protegidos y son demasiado tontos para enterarse.

— Pero no demasiado pronto. No queremos que se enteren demasiado pronto. ¿Qué hay del Zebatinsky/Sebatinsky norteamericano? Brand movió gravemente la cabeza:

— Aún no hay nada que lo relacione con todo esto. Diablos, lo hemos buscado, y estoy de acuerdo con usted, claro. Se encuentra ahora en un lugar delicado y no podemos mantenerlo allí, aun cuando está limpio.

— Tampoco se le puede dar la patada, o los rusos empezarán a hacer conjeturas.

— ¿Se le ocurre algo? Iban caminando por el largo corredor en dirección a los ascensores en la quietud de las cuatro de la mañana.

— He echado una mirada a su trabajo -respondió Kristow-. Es bueno, mejor que muchos, y no se siente feliz en su trabajo. No tiene temperamento para trabajar en equipo.

— ¿Entonces?

— Pero es el tipo para un trabajo académico. Si podemos arreglar que una gran Universidad le ofrezca una cátedra de Física, creo que la aceptaría encantado. Habría suficientes áreas no delicadas que le mantendrían ocupado; podriamos tenerle controlado; y sería una evolución natural. Los rusos no tendrían que empezar a rascarse la cabeza. ¿Qué le parece?

— Es una buena idea -asintió Brand-. Incluso me parece muy buena. Se lo plantearé al jefe. Entraron juntos en el ascensor y Brand se permitió divagar un poco. ¡Qué final para lo que había empezado con una letra de un nombre! Marshall Sebatinsky apenas podía hablar. Dijo a su mujer:

— Te juro que no sé cómo ha ocurrido esto. Nunca se me hubiera ocurrido que me conocieran más que a otros. ¡Santo Dios, Sophie, Profesor Asociado de Física en Princeton! ¡Piensa en lo que es!

— ¿Crees que fue por tu conferencia en la reunión de A.P.S.?

— No sé cómo. Era un articulo indiferente después de que todo el mundo en la división hubiera trabajado en él. -chasqueó los dedos-. Habrá sido que Princeton investigó sobre mi. Será eso. Ya sabes la cantidad de formularios que llené en los últimos seis meses; esas entrevistas que no quisieron explicar. Sinceramente, estaba empezando a pensar que sospechaban de mí. Fue Princeton la que me investigó. Son muy exigentes.

— Puede que sea por tu nombre -dijo Sophie-. Quiero decir, por el cambio.

— Mírame bien ahora. Mi vida profesional será finalmente mía. Lo haré bien. Una vez tenga la oportunidad de trabajar sin… -Se volvió a mirar a su mujer-. ¡Mi nombre! ¿Quieres decir la S?

— No recibiste la oferta hasta después de haber cambiado tu nombre, ¿verdad?

— Hasta poco después. No, esto es sólo coincidencia. Ya te dije antes, Sophie, que era solamente tirar cincuenta dólares para hacerte feliz. Cielos, qué estúpido me he sentido durante todo este tiempo insistiendo en la estúpida S. Sophie se puso inmediatamente a la defensiva.

— No te obligué a hacerlo, Marshall. Te lo sugerí, pero no te dí la lata. No digas que lo hice. Además, salió muy bien. Estoy segura de que se ha hecho por el nombre.

— Esto son supersticiones -sonrió Sebatinsky, con indulgencia.

— No me importa cómo lo llames, pero no vas a volver a cambiarte el nombre.

— Bueno, no. Supongo que no. Me ha costado mucho lograr que escribieran mi nombre con una S, así que la idea de hacer que la quitaran es más de lo que podría soportar. Quizá debería cambiar mi nombre por Jones, ¿eh? -Y se rió casi histéricamente.

— Déjalo así. -Y Sophie no se rió.

— Está bien, no era más que una broma. Te diré una cosa. Iré a ver al viejo cualquier día y le diré que todo ha salido bien, le daré otros diez dólares. ¿Te parece bien? Estaba tan exuberante, que fue a la semana siguiente. Esta vez no se disfrazó. Llevaba las gafas habituales y su traje normal, sin sombrero. Incluso iba tarareando al acercarse a la tienda y ceder el paso a una mujer de aspecto agrio y cansado que empujaba un cochecito de gemelos. Puso la mano en la puerta y quiso correr el picaporte de hierro. El picaporte no cedió a la presión. La puerta estaba cerrada con llave. La tarjeta vieja y polvorienta que decía «Futurólogo», había desaparecido. Otro cartel, amarillento y que el sol empezaba a rizar, decía: «Por alquilar». Sebatinsky se encogió de hombros. Bueno. Había intentado hacerlo bien. Haround, desprovisto de su envoltura corporal, retozaba feliz y sus vórtices energéticos brillaban mansamente por encima de hiperkilómetros cúbicos. Decía:

— ¿He ganado? ¿No he ganado? Mestack, algo retirado, con sus vórtices casi como una esfera de luz en el hiperespacio, respondió:

— Aún no lo he calculado.

— Adelante, pues. No cambiará el resultado aunque tarde mucho. Brrr, es un alivio volver a la energía neta. Me llevó un microciclo de tiempo como ente corporal, uno muy usado, por cierto, pero valía la pena demostrárselo a usted. Mestack dijo:

— Está bien. Admito que impidió una guerra nuclear en el planeta.

— ¿Ha sido o no un efecto de clase A?

— Es un efecto de clase A. Claro que lo es.

— Está bien. Ahora compruebe y vea si no conseguí esa clase A con un estimulo de clase F. Cambié una sola letra de un nombre.

— ¿Cómo?

— Bah, no importa. Está todo ahí. Lo he expuesto para usted.

— Lo admito. Un estimulo de clase F -dijo Mestack de mala gana.

— Entonces, he ganado. Admítalo.

— Ninguno de nosotros ganará cuando el vigilante eche una mirada a esto. Haround, que había sido un viejo futurólogo en la Tierra y estaba aún algo desquiciado por el alivio de dejar de serlo, observó:

— Le tenía sin cuidado cuando hizo la apuesta.

— No creí que fuera lo bastante loco para llevarla a cabo.

— ¡No gaste energías! Además, ¿por qué preocuparse? El vigilante nunca detectará que ha sido un estímulo de clase F.

— Puede que no. Pero detectará un efecto de clase A. Esos corporales estarán por ahí todavía después de pasados doce microciclos. El vigilante se dará cuenta.

— Lo que ocurre, Mestack, es que no quiere pagar. Está ganando tiempo.

— Pagaré. Pero espere a que el vigilante se entere de que hemos estado trabajando en un problema no planteado y llevado a cabo un cambio no permitido. Claro que sí..

— Hizo una pausa.

— Está bien -dijo Haround-. Volveremos a dejarlo como antes. Nunca lo sabrá. Hubo un brillo astuto en el resplandor de energía de Mestack:

— Necesitará otro estimulo de clase F sí cuenta con que no lo note. Haround titubeó.

— Puedo hacerlo.

— Lo dudo.

— Podría hacerlo.

— ¿Estaría también dispuesto a apostar? -El júbilo invadía las radiaciones de Mestack.

— Claro -contestó Haround, picado-. Volveré a poner esos cuerpos donde estaban antes, y el vigilante no notará la diferencia. Mestack aprovechó su ventaja.

— Elimine la primera apuesta. Triplique la segunda.

— Bien. De acuerdo. Triplico la apuesta.

— ¡Hecho, pues!

— ¡Hecho!