José Saramago: Entrevista. A un año de la publicación de La caverna. Por Luis García.

José Saramago“Ni el arte ni la literatura tienen

que darnos lecciones de moral.

Somos nosotros los que tenemos que salvarnos,

y sólo es posible con una postura ética,

aunque pueda sonar a antiguo y anacrónico”.

– Ahora, que han pasado varios meses desde la edición de La caverna, ¿cree que fue ajustada la descripción que hizo del Centro Comercial? 

– El tiempo transcurrido desde la publicación de La caverna no tiene nada que ver con la descripción que hice del centro comercial. Los centros comerciales que conocemos no son todavía como aquel que describí en mi novela, pero la playa artificial que allí incluí, por ejemplo, fue copiada de un mall que visité en la ciudad de Edmonton (Canadá). Cada vez más los centros comerciales se confundirán con los llamados parques temáticos, y no pasará mucho tiempo hasta que las personas quieran vivir dentro de ellos.

– Quiero decir, que no todos parecieron entender el símil platónico, quizás por desconocimiento del mito de la caverna de Platón. Pero, ¿no resulta un poco exagerado en estos tiempos de vorágine informativa?

-¿Qué es lo que es exagerado? ¿Que en estos tiempos de vorágine informativa las personas no conozcan el mito platónico de la caverna? Si la pregunta es esa, la respuesta podría ser esta: que la vorágine es mucho menos informativa de lo que parece.

-Pero, ¿por qué un Centro Comercial?

-En tiempos pasados era en las grandes superficies llamadas catedrales que la mentalidad humana de esta parte del mundo se formaba. Ahora se forma en esas otras grandes superficies que son los centros comerciales…

-¿Tan descorazonador es el futuro como usted parece verlo en la novela?

-Creo que sí, pero admito la posibilidad de estar equivocado. Para peor, claro está.

-Vive en una isla, alejado del mundo (es un decir) y haciendo lo que más le gusta: escribir. ¿Cómo ve el mundo desde la distancia?

– No vivo alejado. Las pruebas de esto (para no citar otras que tienen que ver con mis intervenciones como simple ciudadano) se llaman Ensayo sobre la Ceguera, Todos los nombres, La caverna. No habría escrito esas novelas si no tuviese algunas ideas sobre el mundo y sobre los seres humanos.

-¿Cree que hay motivos para la esperanza?. Terrorismo ETARRA, crisis en Oriente Medio, xenofobia, algo que usted conoce muy bien…?

-Conceptos como el de la esperanza o la utopía, me interesan poco. Para mí, lo que cuenta es el trabajo que tiene que hacerse en el día en el que nos encontramos. Si no lo hiciéramos, esto es, si no buscásemos en cada momento, efectivamente, soluciones para los problemas, de poco nos serviría continuar hablando de utopías o de esperanzas, arrojando hacia un futuro incognoscible la concretización de las mismas.

-Saramago es un nombre que infunde respeto tanto entre aquellos que le siguen literariamente como entre los que le muestran su rechazo. ¿A qué cree que es debido?

-Sugiero que se pregunte a esas personas cuáles son las razones por las que me siguen o me rechazan. Creo que la conclusión sería obvia y sencilla: unos están de un lado, los otros están del… otro.

-¿Cómo fue su experiencia mexicana? ¿Cómo vivió la manifestación en el Zócalo?

-Fue uno de los momentos más exaltadores y arrebatadores de toda mi vida, una de las raras ocasiones en las que comprendemos que podríamos ser infinitamente mejores de lo que somos.

-Es de suponer que el poder de atracción de una figura como la del Subcomandante Marcos es enorme. ¿Dónde cree que radica su atractivo?

-En sus ideas y en la forma en la que las expresa. Marcos no tiene sólo una gran inteligencia, tiene también una extraordinaria sensibilidad. Todo lo contrario que los políticos comunes y corrientes.

-También recibieron críticas, ustedes, Montalbán, etc. ¿A qué cree que son debidas?

-Esas críticas vinieron del… otro lado. No es preciso decir más.

-¿Tanto odio, rencor, y por qué no, envidia, hay entre nosotros?

-Todavía más odio, todavía más rencor, todavía más envidia de lo que podría imaginar. Un nido de víboras sería poca cosa en comparación.

-Le voy a hacer una confesión: tengo de salvapantallas en mi ordenador de la oficina, una frase que dice: Cuanto más viejo, más libre, y cuanto más libre, más radical. (José Saramago). Se la leí a usted en una ocasión en otra entrevista. ¿Qué hay de cierto en dicha afirmación?

-En primer lugar, que pronuncié realmente esas palabras. En segundo lugar, porque, contemplándome, veo en mí una relación casi orgánica entre vejez, libertad y radicalidad. Otros dirán que eso no es posible, que la vejez nos empuja inevitablemente hacia la servidumbre y hacia el inmovilismo. Sí, es cierto, pero, mientras la senilidad no me alcance.

-¿No le parece que no todos están preparados para entenderla, tanto la frase como la lapidaria moraleja de la novela?

-Nadie está preparado si no se prepara, si no es preparado. Yo tampoco estoy preparado para comprender con claridad suficiente lo que ocurrió en el Big Bang…

-Hubo quienes le reprochaban que no entendiera que los Centros Comerciales son las Ágoras de la antigüedad. ¿Qué tiene que decir a eso?

-Me dan ganas de reírme de esa idea de que las ágoras modernas sean los centros comerciales. Si así fuese, sería el momento para que nos preguntásemos qué demonio de cultura habíamos heredado de los griegos…

-La caverna es en el fondo una hermosa historia de amor… ¿la concibió con esa idea?

-Las historias de amor, en mis novelas, nunca son premeditadas, nacen de las circunstancias. La aparición de Isaura, la mujer de la que Cipriano Algor se enamora, no estaba prevista. Como tampoco estaba previsto el perro Encontrado, que, como se sabe, es otra historia de amor.

-¿Qué les diría a los que le acusan de inmovilista por no aceptar el progreso?

-Es una acusación estúpida. Inmovilistas son aquellos que se encuentran a gusto en un planeta en el que la mitad de la población mundial vive con menos de cuatrocientas pesetas por día, y en el que mil cuatrocientos millones de seres humanos tienen que vivir con menos de doscientas pesetas diarias. Lo que yo exigiría a ese llamado progreso es que empiece a considerar al ser humano como prioridad absoluta. Todo lo que no vaya en este sentido, o es criminal, o es hipócrita.

-Tengo la impresión, que sólo desde una perspectiva comunista se podría escribir La caverna. ¿Le ayudaron sus convicciones políticas a la hora de sentarse ante el ordenador?

-No pensé en convicciones políticas mientras escribía La caverna. Pobre de mí si lo hubiese hecho… Sería señal de un artificio imperdonable. Escribí con lo que soy y con lo que pienso. Nada mas.

-¿En qué está trabajando actualmente?

-Se trata de una obra proyectada hace casi diez años y constantemente aplazada. Llevará el título de El Libro de las Tentaciones. Es una autobiografía, referida solamente a la infancia y a la adolescencia de su autor. Lo que fui y lo que hice en la edad adulta es más o menos conocido. Espero que ese libro sirva para que yo mismo pueda conocerme mejor.

-Usted levanta pasiones allá por donde va, como si se tratara de una estrella de Hollywood, y tiene un componente de seductor que choca con su verdadera edad. ¿Percibe ese acercamiento con sus lectores?

-Sería una persona insensible del todo si no lo reconociese. Creo que el afecto que los lectores me profesan reposa en el hecho de que saben o intuyen que no estoy engañándoles, ni cuando escribo, ni cuando hablo. En cuanto a la seducción, si es cierto lo que me dice de ese componente de mi personalidad, parece que la vejez, al contrario de lo que generalmente se piensa, es capaz de todo…

-Siempre recordaré (como tantos otros) el comienzo de su discurso cuando recibió el Nobel, aquella historia sobre su abuelo. ¿Queda muy lejano aquel momento? ¿Lo añora?

-El recuerdo de mis abuelos no es recuerdo, es presencia constante, continua, ininterrumpida. Continúo siendo su nieto. Para mí, están vivos. Y una de las grandes alegrías que me proporcionó el Nobel, fue haberme dado la oportunidad para, delante del mundo, hablar de las dos personas que para el mundo no tenían ninguna importancia. Y que pasasen a tenerla.

-¿Tiene Saramago fe en el futuro? ¿Cree que la literatura aún puede cambiar el mundo, o cuando menos ayudar a ello?.

-Dejémonos de ilusiones fáciles, de tópicos optimistas. La literatura puede poquísimo. ¿Cambiar el mundo? Nunca ha cambiado. ¿Ayudar a que cambie? Parafraseando el dicho: “Ayúdate, que Dios te ayudará”, yo diría: “Ayúdate, que la literatura te ayudará”. Pero no son muchos los que quieren que se les ayude.

José Saramago: Desquite. Cuento

saramagoEl muchacho venía del río. Descalzo, con los pantalones arremangados por encima de las rodillas, las piernas sucias de lodo. Vestía una camisa roja, abierta en el pecho, donde los primeros vellos de la pubertad empezaban a ennegrecer. Tenía el pelo oscuro, mojado por el sudor que le escurría por el cuello delgado. Se inclinaba un poco hacia delante, bajo el peso de los largos remos, de los que pendían hilos verdes de limos aún goteantes. El barco quedó balanceándose en el agua turbia y, allí cerca, como si lo espiasen, afloraron de repente los ojos globulosos de una rana. El muchacho la miró, y ella le miró. Después la rana hizo un movimiento brusco y desapareció. Un minuto más y la superficie del río quedó lisa y tranquila, y brillante como los ojos del muchacho. La respiración del limo desprendía lentas y muelles burbujas de gas que la corriente arrastraba. En el calor espeso de la tarde los chopos altos vibraban silenciosamente y, de golpe, flor rápida que naciese del aire, un ave azul pasó rasando el agua. El muchacho levantó la cabeza. Desde el otro lado del río una muchacha le miraba, inmóvil. El muchacho levantó la mano libre y todo su cuerpo dibujó el gesto de una palabra que no se oyó. El río fluía, lento.

El muchacho subió la ladera, sin mirar atrás. La hierba se acababa allí mismo. Hacia arriba, hacia allá, el sol calcinaba los terrones de los barbechos y los olivares cenicientos. Metálica, durísima, una cigarra roía el silencio. En la distancia la atmósfera temblaba.

La casa era baja, achaparrada, bruñida de cal, con una franja de ocre violento. Un lienzo de pared ciega, sin ventanas, una puerta en la que se abría un postigo. En el interior el suelo de barro refrescaba los pies. El muchacho apoyó los remos, se limpió el sudor con el antebrazo. Se quedó quieto, escuchando los golpes del corazón, el pausado brotar del sudor que se renovaba en la piel. Estuvo así unos minutos, sin conciencia de los rumores que venían de la parte de detrás de la casa y que se transformaron, de súbito, en gañidos lancinantes y gratuitos: la protesta de un cerdo atado. Cuando, por fin, empezó a moverse, el grito del animal, esta vez herido e insultado, le golpeó en los oídos. Y en seguida oyó otros gritos, agudos, rabiosos, una súplica desesperada, una llamada que no espera socorro.

Corrió hacia el patio, pero no pasó del umbral de la puerta,. Dos hombres y una mujer sujetaban al cerdo. Otro hombre, con un cuchillo ensangrentado, le abría un tajo vertical en el escroto. En la paja brillaba ya un óvalo achatado, rojo. El cerdo temblaba entero, lanzaba gritos entre las quijadas que apretaba una cuerda. La herida se alargó, el testículo apareció, lechoso y rayado de sangre, los dedos del hombre se introdujeron en la abertura, tiraron, retorcieron, arrancaron. La mujer tenía el rostro pálido y crispado. Desataron al cerdo, le liberaron el hocico y uno de los hombres se agachó y cogió las dos piezas, gruesas y suaves. El animal dio una vuelta, perplejo, y se quedó con la cabeza baja, respirando con dificultad. Entonces el hombre se los tiró. El cerdo los mordió, masticó ansioso, tragó. La mujer dijo algunas palabras y los hombres se encogieron de hombros. Uno de ellos se rió. Fue en ese momento cuando vieron al muchacho en el umbral de la puerta. Se quedaron todos callados y, como si fuese la única cosa que pudiesen hacer en aquel momento, se pusieron a mirar al animal, que se había echado en la paja, suspirando, con el hocico sucio de su propia sangre.

El muchacho volvió al interior. Llenó un puchero y bebió, dejando que el agua le corriese por las comisuras de la boca, por el cuello, hasta el vello del pecho que se volvió más oscuro. Mientras bebía miraba fuera las dos manchas rojas sobre la paja. Después, con un movimiento de cansancio, volvió a salir de la casa, atravesó el olivar otra vez bajo el bochorno del sol. El polvo le quemaba los pies y él, sin darse cuenta, los encogía para huir del contacto escaldante. La misma cigarra rechinaba en tono más sordo. Después la ladera, la hierba con su olor a savia caliente, la frescura atontadora debajo de las ramas, el lodo que se insinúa entre los dedos de los pies e irrumpe por arriba.

El muchacho se quedó quieto, mirando el río. Sobre un afloramiento de limo, una rana, parda como la primera, con los ojos redondos bajo las arcadas salientes, parecía estar esperando. La piel blanca del buche palpitaba. La boca cerrada formaba un pliegue de escarnio. Pasó un tiempo y ni la rana ni el muchacho se movían. Entonces él, desviando con dificultad los ojos, como para huir de un maleficio, vio al otro lado del río, entre las ramas bajas de los salgueros, aparecer una vez más a la muchacha. Y nuevamente, silencioso e inesperado, pasó sobre el agua el relámpago azul.

El muchacho se quitó la camisa despacio. Despacio se acabó de desvestir, y sólo cuando ya no tenía ropa ninguna sobre el cuerpo, su desnudez, lentamente, se reveló. Así como si se estuviese curando una ceguera de sí misma. La muchacha miraba de lejos. Después, con los mismos gestos lentos, se liberó del vestido y de todo cuanto la cubría. Desnuda sobre el fondo verde de los árboles.

El muchacho miró una vez más el río. El silencio se asentaba sobre la líquida piel de aquel interminable cuerpo. Círculos que se alargaban y perdían en la superficie tranquila, mostraban el lugar donde por fin la rana se había sumergido. Entonces el muchacho se metió en el agua y nadó hacia la otra orilla, mientras el bulto blanco y desnudo de la muchacha se recogía hacia la penumbra de las ramas.

José Saramago: La amistad y el amor nos sacan de la soledad. Entrevista

josé saramago—He visto que todos los relojes de esta casa siguen detenidos a las cuatro de la tarde…

—Es la hora en que Pilar y yo nos dimos cita por primera vez. Pilar es el centro de mi vida desde que la conocí hace 17 años. Fue idea mía parar los relojes de esta casa a las cuatro de la tarde. Eso no significa que el tiempo se haya quedado ahí, sino que es como si el reloj marcara la hora en la que el mundo empezó.

En El año de la muerte de Ricardo Reis usted desliza una frase que no se puede escribir sin haber sentido profundamente lo que está diciendo: «La soledad no es estar solo; la soledad es estar donde ni uno mismo está».

—Hay una soledad ontológica —el ser está ahí—, que nos dice que somos islas, quizá en un archipiélago, pero islas de todos modos. En las islas de un archipiélago se puede establecer comunicación, fuentes, correos, pero la isla está ahí, frente a otra isla. Tal vez el símil es fácil, banal. Las personas viven con esa soledad sin darse cuenta, o dándose cuenta de ella a ratos.

«Hasta ahora hay dos únicas formas que hemos inventado, que a veces funciona y, otras, no funciona más, pero que nos sacan de la soledad: la amistad y el amor. Pero el amor tampoco es una cosa que pueda ocurrir a los 18 años, y mantenerse de la misma forma hasta los 80. Uno tiene dos, tres, o cinco, y a veces más amores en su vida, y todos son eternos.

«Pero a los 63 años, cuando he conocido a Pilar, todo lo que antes había llamado amor —incluso cuando fuera apasionado, loco, imbécil, tonto, disparatado—, todo eso en el fondo era nada, si lo comparaba con lo que me estaba ocurriendo tras el encuentro con esta mujer, extraordinaria desde todos los puntos de vista. Aunque parezca un poco dura, es la bondad en persona, en un sentido muy claro para ella: está en el mundo para ayudar.

«Hay un detalle de su biografía que podría explicar esta postura: ha sido monja, teresiana, durante seis o siete años. Lo dejó poco después de los 20 años, y yo he tenido la suerte de encontrarla.

«La verdad es que, a los 63 años, ¿qué espera la gente de la vida? Nada. Lo que ha vivido lo ha vivido y punto, y ahora a aguantar. Se tiene la idea de que lo que la vida tenía para dar, ya lo dio. Y en este caso, lo que la vida tenía para dar, finalmente, lo dio a partir de esa fecha. Y nuestra relación no es solo amorosa, sino de trabajo».

Usted ha dicho que no tiene ninguna ilusión en la familia como institución…

—Ninguna, y no es porque en mi caso particular mi familia en el sentido biológico ya esté reducida a una hija que nació en el 1947, prácticamente contemporánea de Pilar, y a dos nietos. Por tanto, esa es la familia. Pero esto me ocurrió desde antes, aun cuando tenía mis abuelos —el abuelo Jerónimo Melrinho y la abuela Josefa Caixinha—, que se han convertido en las figuras míticas de mi vida…

«Fui un niño muy serio, melancólico. Yo salía de mi casa, solo, y me iba por los olivares que coloreaban Azinhaga, mi pueblo —que ya han sido arrancados y sustituidos por otros cultivos. Me iba hasta el río que pasa cerca de mi casa, y hasta más allá, al Tajo. Solo, siempre solo. ¿Qué ha sido verdaderamente mi familia? Mis padres me querían muchísimo, como es natural, pero siempre he tenido la sensación de que la familia no es esto, que no debe ser solo esto.

«Nuestra vida no fue, materialmente, fácil. Y eso crea tensiones. Por otro lado, la adaptación de mi padre, saliendo de un pueblo para irse a vivir a Lisboa, tampoco fue fácil. Dejó el pueblo como una especie de nuevo rico y descubrió otro mundo. Eso complicó un poco su personalidad, con reflejos en la vida íntima de la familia.

«Yo, que a la vez tengo una muy fuerte necesidad de una familia, no tengo el sentido de una familia.

«Por tanto, si hablamos de soledad, puedo decirte que en mi vida nunca he vivido solo y que, por lo tanto, podría decirse que no he tenido la experiencia real y efectiva de la soledad. Pero aún así yo la conozco».

—En su literatura, el Sur no es solo un espacio con el que Europa está en deuda, sino un referente ético. Por cierto, el Sur latinoamericano ha sido especialmente receptivo a su obra…

—Todo en mi vida sucedió tarde, pero como tuve y sigo teniendo la suerte de una vida larga, me ha permitido vivir lo que en circunstancias distintas no habría sido posible. Salí por primera vez de las fronteras de mi país a los 47 años, y he logrado viajar a toda la América y descubrir esa otra isla desconocida que yo quería tener. La relación que tengo con los lectores latinoamericanos es extraordinaria. En México ya no soy Saramago; soy José.

«La última novela, El hombre duplicado, se presentó en Buenos Aires, en el Teatro Colón, que es uno de los más grandes del mundo. Caben más de 4 000 personas. En la presentación de un libro que no es más que eso, un libro, y no hay copas y yo no canto, y tampoco bailo, el teatro estaba totalmente lleno y quedó gente fuera, sin poder entrar. ¿Se imagina lo que es entrar en un teatro y encontrarse 4 000 personas solo por un libro? Eso generó en mí un sentimiento apabullante de responsabilidad. No puedo defraudarlos. Lo que escribo, por tanto, es para ellos».

—Creo que fue en México donde fundamentaba la idea de que está en armonía con un mundo que no le gusta. Y, efectivamente, usted es de los pocos intelectuales que dice abiertamente lo que piensa.

—No creo que seamos tan pocos, lo que pasa es que somos pocos los que, siendo muy conocidos, tenemos esa postura. No faltaron escritores que criticaron abiertamente la guerra contra Iraq, pero eso no trasciende, no es noticia internacional. Se ha creado una opinión engañosa de que solo esos tres o cuatro que aparecen en la prensa, son los que están contra el poder. Detrás de ellos hay muchísimos. Lo que pasa es que solemos comparar fácilmente los tiempos de ahora con los de los años 60…

—Saramago sigue siendo «un comunista recalcitrante», como lo llamó L’Osservatore Romano.

—Así me llamaron, pero yo diría mejor que soy un comunista libertario. Alguien que defiende la libertad de no aceptar todo lo que venga, sino que asume el compromiso junto con tres preguntas que deben ser nuestras guías en la vida: ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quién? Esas son las tres preguntas básicas, y efectivamente, uno puede aceptar un conjunto de reglas, y disciplinadamente acatarlas, pero tiene que mantener la libertad de preguntar: ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quién?

—Y habiéndose hecho las preguntas, ¿ha prefigurado a partir de ahí alguna utopía?

—Le confieso que hay dos palabras que no me gustan nada: «utopía» y «esperanza». Y no me gusta «utopía» porque la misma palabra lo está diciendo: es algo que está en algún lugar que no se sabe dónde. Es algo que siempre se está posponiendo, algo así como: «llegará el tiempo en que uno será feliz, no habrá hambre y la justicia respetará la dignidad humana». Todas esas cosas tontas, toda esa retórica que ya cansa. Eso no es para ahora. Lo vas a tener. ¿Y cómo sabes tú que lo vas a tener? ¿Por qué me prometes para el año 2400 algo que tú no sabes? No digas que está ahí, esperándome. Dime mejor qué estás haciendo hoy, ahora, y si lo que estás haciendo hoy, ahora, va en esa dirección. Si es así, estupendo. Vamos a trabajar, sabiendo que hay árboles que plantamos y que tal vez su sombra no nos acoja, porque su crecimiento es muy lento, y que tal vez tampoco comeremos de su fruto. Pero, no obstante, lo plantamos porque esperará algún día por otros.

—Eso significa, que usted de todas formas no es tan pesimista como lo pintan…

—El problema, Rosa, es que el mundo no muestra ese espíritu del cual te hablaba. Digo que hemos llegado al final de una civilización, y sobre lo que viene después no tenemos ninguna idea. Puede incluso que en el futuro sobrevenga un nuevo arrianismo. ¿Quiénes se van a beneficiar, por ejemplo, de la ingeniería genética? ¿Los que se están muriendo de hambre en este mundo? —por cierto, ¿sabe que cada cuatro segundos se muere alguien de hambre? ¿Se beneficiarán los hambrientos con la ingeniería genética, o los otros, los altos, los guapos y los rubios?

—Terminemos esta entrevista rescatando algún sentido para las palabras que nos han sido robadas, como dice Eduardo Galeano. Quiero invitarlo a que las recomponga o le dé su propio significado…

—Bien…

—Izquierda.

—Duda.

—Derechos Humanos.

—Te doy una respuesta más larga. Le diría a los partidos de izquierda que todo lo que se le puede proponer a la gente está contenido en un documento burgués que se llama Declaración de los Derechos Humanos, aprobado en el año 1948 en Nueva York. No se casen con más propuestas. No se casen con más programas. Todo está dicho allí. Háganlo. Cúmplanlo.

—Libertad.

—A por ella.

—Saramago.

—Hace lo que puede.

José Saramago: Carta a Aminatu Haidar

Querida Aminatu Haidar:

Si estuviera en Lanzarote, estaría contigo. Y no porque sea también un militante separatista, como te ha definido el embajador de Marruecos, sino precisamente por todo lo contrario: creo que el planeta es de todos y todos tenemos derecho a nuestro espacio para poder vivir en armonía.

Creo que los separatistas son los que separan a las personas de su tierra, la expulsan, tratan de desarraigarla para que, siendo algo distinto a lo que son, unos alcancen más poder y los otros pierdan su propia estima y acaben siendo engullidos por la sinrazón. Marruecos con El Sahara incumple todas las normas de buena conducta. Despreciar a los saharauis es la demostración de que la Carta de los Derechos Humanos no se ha instalado en la sociedad marroquí, que no protesta con lo que se le hace al vecino, y es, sobre todo, la evidencia de que Marruecos no se respeta a sí mismo: quien está seguro de su pasado no necesita expropiar al de al lado para expresar una grandeza que nadie nunca reconocerá.

Porque si el poder de Marruecos acaba doblegando a los saharauis, ese país, admirable por otras cosas, habrá obtenido la más triste victoria, una victoria sin honor, sin brillo, levantada sobre la vida y los sueños de tanta gente que quería vivir en paz en su tierra y con sus vecinos para, todos juntos, hacer del continente un lugar más habitable.

Querida Aminatu Haidar: Has dado un ejemplo valioso que en todo el mundo se reconoce. No pongas en riesgo tu vida porque te quedan por delante muchas batallas y eres necesaria. Tus amigos, los amigos de tu pueblo, tomaremos el relevo en los foros que sean necesarios. Al Gobierno de España le pedimos sensibilidad. Contigo, con tu gente. Ya sabemos que las relaciones internacionales son muy complejas, pero hace muchos años que se abolió la esclavitud para las personas y para los pueblos. No se trata de humanitarismo: las resoluciones de Naciones Unidas, el Derecho Internacional y el sentido común están de un lado, y en Marruecos y en España se sabe.

Dejemos que Aminatu regrese a casa con el reconocimiento de su valor, a las claras, porque son personas como ella quienes dan personalidad a nuestro tiempo, y sin Aminatu todos seríamos más pobres. Aminatu no tiene un problema, lo tiene Marruecos. Y puede resolverlo, tendrá que resolverlo y no sólo para una mujer frágil, sino para todo un pueblo que no se rinde porque no puede entender ni la irracionalidad ni la voracidad expansionista, propia de otros tiempos y de otro grado de civilización.

Un abrazo muy fuerte, querida Aminatu Haidar.

 

José Saramago: El factor Dios. Artículo

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá ‘ver’ cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.

Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez ‘aquí estoy’ cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda-de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra…) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Al lector creyente (de cualquier creencia…) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.