Augusto Roa Bastos: La flecha y la manzana. Cuento

roa_bastosFaltaba aún un buen rato para la cena. Sobre la mesa del living, los tres chicos simulaban concluir sus deberes. Es decir, los tres no; sólo la niña de trenzas rubias y cara pe cosa se afanaba de veras con sus lápices de colores sobre un cuaderno copiando algo de un libro. Los otros dos no hacían más que molestarla; o al menos lo intentaban, sin éxito. Concentrada en su trabajo, la pequeña dibujante los ignoraba por completo. Parecía sorda a sus ruidos, inmune a sus burlas, insensible a los pérfidos puntapiés bajo la mesa, a las insidiosas maquinaciones. Estaba lejos de allí, rodeada tal vez de altos árboles silenciosos o en alguna almena inaccesible sobre ese precipicio que le hacía palpitar de vértigo la nariz y morder el labio inferior dándole un aire absorto.

El niño de la lámina estaba ya en el papel, iba surgiendo de los trazos, pero era un niño nuevo, distinto, a medida que ella iba ocupando su lugar en ‘la lámina, cada vez más quieta y absorta, moviéndose sólo en ese último vestigio animado de la mano que hacía de puente entre la lámina y el cuaderno, entre el niño vivo y la niña muerta y renacida. Los aeroplanos de papel se estrellaban contra las afiladas puntas de los lápices sin lograr interrumpir su vaivén, sin poder evitar la transpiración.

Un alfiler rodó sobre el oscuro barniz de la mesa. Los dos hermanos se pusieron a soplar de un lado y de otro, en sentido contrario, levantando una nube de carbonilla de colores. El alfiler iba y venía en el viento de los tenaces carrillos, hinchados bajo la luz de la araña. La aguja mareada, enloquecida, iba marcando distintos puntos de la lámina, sin decidirse por ninguno, pero el polvillo coloreado se estaba posando en los bordes y comenzaba a invadir el dibujo animándolo con una improvisada nevisca, y formando sobre la cabeza del niño algo como la sombra tornasolada de un objeto redondo. La niña continuaba impávida; parecía contar incluso con la imprevista ayuda de esa agresión, o tal vez en ese momento su exaltación no podía hacerse cargo de ella, o quizá, con una astucia y paciencia que tomaban la forma del candor o de la impasibilidad, esperaba secretamente el instante del desquite.

Los otros dejaron de soplar. El alfiler osciló una o dos veces más y quedó quieto. Un abucheo bajito, pero bastante procaz, reemplazó al vendaval. Entonces la niña sopló a su vez con fuerza, un soplo corto y fulmíneo que arrancó el alfiler de la mesa y lo incrustó en el pómulo de uno de los chicos, donde quedó oscilando con la cabeza para abajo, mientras el herido gritaba de susto, no de dolor.

Desde un sofá el visitante observaba ensimismado ese mínimo episodio de la eterna lucha entre el bien y el mal, que hace una víctima de cada triunfador. Una mano se apoyaba con cierta rigidez en el bastón de bambú; con la otra comenzó a rascarse lenta, suavemente, la nuca atezada que conservaba su juventud bajo los cabellos canosos. Se rascó con un dedo. Otra ligera nevisca cayó sobre los bordes del cuello de la gabardina muy entallado, parecido a una guerrera.

Pasó la madre. Los gritos no cesaron con suficiente rapidez, esos gritos que traían el clamor de un campo de batalla entre el olor de un guiso casero, ruiditos de lápices y las tapas de un libro al cerrarse sobre precipicios, almenas, guerreros y caballos. Los ojos grises, moteados de oro, de la niña miraban seguros delante de sí en una especie de sueño realizado y las aletas de la nariz habían cesado de latir.

-¡A ver chicos, por favor! ¡Pórtense bien! ¡No respetan ni a las visitas!

-Déjelos, señora -abogó el visitante con una sonrisa de lenidad, como si él también buscara disculparse de algo que no tenía relación con los chicos y sólo le concernía a él mismo.

-¡Son insoportables! -sentenció la madre.

Los tres chicos eran de nuevo tres chicos, hasta en el empeño de ese dedo, de esa uña que buscaba deshollinar una nariz con riesgo de arañar un cartílago.

-Los chicos me gustan -dijo el visitante haciendo girar la caña barnizada entre los dedos y mirándola fijamente.

-No diría lo mismo si los tuviera a su lado más de un día. ¡Me tienen loca con sus diabluras! Esa chiquilla sobre todo, ahí donde la ve es una verdadera piel de Judas. Imagínese que ayer metió el canario en la heladera.

-Hacía mucho calor mamá… -la uña abandonó la diminuta fosa-. El canario se moría en la jaula. Abría la boca, pero no podía cantar. Además, allí el gato no lo podía alcanzar.

-¿Ve? -el rictus de la boca dio a la cara una expresión de ansiedad y desgano que ahora ya tampoco incluía a los chicos; surgía de ella, de ese vacío de años y de noches que le había crecido bajo la piel y que tal vez ya nada podía calmar, aunque ella se resistiera todavía a admitirlo. Se pasó las manos por las ampulosas caderas, por la cintura delgada, que la maternidad y la cuarentena habían acabado por desafinar. -Usted ve… -dijo-, ¡No tienen remedio! Y luego, otra vez es en dueña de casa-: José Félix está tardando. Esa bendita fábrica lo tiene esclavizado todo el día. Me dijo por teléfono que iba a llegar de un momento a otro. Pero usted sabe cómo es él.

-¡Uf!, si lo conoceré… -rió el visitante; podía evidentemente juzgar al padre con la misma condescendencia que un momento antes había usado para medir a los hijos. “Astillas del mismo palo”, tal vez pensaron esos ojos, uno de los cuales parecía más apagado que el otro, como si se hubiesen cansado desigualmente de ver el absurdo espectáculo de vivir.

-Pepe me contó cómo se encontraron ayer, después de tanto tiempo.

-Casi treinta años. ¡Toda una vida! O media vida, si se quiere, ya que la nuestra está irremediablemente partida por la mitad. Y luego este encuentro casual, casualísimo.

-Es que Buenos Aires es una ciudad increíble. Vivir como quien dice a la vuelta de la esquina, y no saber nada el uno del otro. Es ya el colmo, ¿no le parece?

-Es que yo en realidad salgo poco señora, por lo que ando bastante desconectado de mis connacionales. Hemos llegado a ser muchos aquí, una población casi dos veces mayor que la propia Asunción. No podemos frecuentarnos demasiado.

-Pero usted y Pepe fueron compañeros de armas, ¿no es así? -De la misma promoción.

-Pepe no solía hablar mucho de usted… -una súbita pausa y el gesto de friccionarse el cuello obviaron el peligro de una indiscreción-. Y ahora está muy contento de haberlo reencontrado. También hay que decir que ustedes los paraguayos son un poco raros, ¿verdad? Nunca se puede conocerlos del todo.

El visitante rió entre los reflejos ambarinos del bastón que hacía oscilar delante de los ojos; el más vivo no parpadeaba, como si estuviera en constante alerta.

-Con nosotros vive ahora otro compatriota de ustedes, también desterrado. Un muchacho periodista, muy inteligente y despierto -la actitud de ansiedad y contención produjo otra pausa.

-Sí. Ibáñez me habló de él. El destierro es la ocupación casi exclusiva de los paraguayos. A algunos les resulta muy productiva-ironizó el visitante; el chillido sordo y sostenido de una boca aplastada contra la mesa lo interrumpió.

-¡Alicia!… ¡Voy a acabar encerrándote en el baño! Y ustedes dos, al patio, ¡vamos!

Salieron como encapuchados.

-Usted ve. No dejan paz un solo momento. -Y luego cambian-do de voz-: Le traeré un copetín mientras tanto.

-Mejor lo espero a Ibáñez.

El tufo de alguna comida que se estaba quemando invadió el living.

-Si usted me permite un momento… -¡Por favor, señora! Atienda no más.

La dueña de casa acudió hacia la chamusquina; se le oyó refunfuñar a la cocinera entre un golpear de cacharros sacados a escape del horno y luego chirriando el agua en la pileta.

El visitante se levantó y se aproximó a la mesa; puso una mano sobre la cabeza de la niña, que no dejó de dibujar.

-Así que te llamas Alicia.

-Sí. Pero es un nombre que a mí no me gusta. -¿Y qué nombre te hubiera gustado?

-No sé. Cualquier otro. Me gustaría tener muchos nombres, uno para cada día. Tengo varios, pero no me alcanzan. Los chicos me llaman Pimpi, de Pimpinela Escarlata. Papá, cuando está enojado, me llama añá, que en guaraní quiere decir diablo. En el colegio me llaman La Rueda. Pero el que más me gusta es Luba.

-¿Luba? -El visitante retiró la mano-. Y ese nombre, ¿qué significa?

-Es una palabra mágica. Me la enseñó una gitana. Pero nadie me llama así. Sólo yo, cuando hablo a solas conmigo… -se quedó un instante mirando al hombre con los ojos forzadamente bizcos; parecía decapitada al borde de la mesa.

El visitante sonreía.

-Y ese ojo que tiene es de vidrio, ¿no? -Sí. ¿En qué lo has notado?

-En que uno es un ojo y el otro una ventana sin nadie. -Pero ya la niña estaba de nuevo absorta en su trabajo, copiando otra lámina. Tal vez era la misma, pero ahora cambiada. Además del niño, con la sombra de un objeto redondo sobre la cabeza, surgía ahora la figura de un hombre en un ángulo del cuaderno, con el esbozo de un arco en las manos.

El visitante se inclinó, y a través de la rampa abierta de pronto por la mano de la niña se precipitó lejos de allí, hacia un parque, en la madrugada, con árboles oscuros y esfumados por la llovizna, hacia dos hombres que se batían haciendo entrechocar y resplandecer los sables que no habían cesado de batirse y que ahora, a lo largo de los años, ya no sabían qué hacer de la antigua furia tan envejecida y aquiescente como ellos. Por la ventana ve a los chicos que disparan sus flechas sobre un pájaro disecado puesto como blanco sobre el césped. Contempla las sombras moviéndose contra la blanca pared. Con un leve chasquido, que no se escucha pero que se ve en la vibración del chasquido, las flechas se clavan en abanico sobre el pájaro ecuatorial que va emergiendo de las reverberaciones. A cada chasquido gira un poco, da un saltito sobre el césped, pesado para volar por esa cola de flechas que va emplumando bajo el sol. Y otra vez, los hombres, a lo lejos. Uno de ellos se lleva la mano a la cara ensangrentada, al ojo vaciado por la punta de sable del adversario, al ojo que cuelga del nervio en la repentina oscuridad.

Sonó el timbre, pero en seguida la puerta se abrió y entró el dueño de casa buscando con los ojos a su alrededor, buscando afianzarse en una atmósfera de las que evidentemente había perdido el dominio hacía mucho tiempo, pero que aún le daba la ilusión de dominio. El otro tardó un poco en reponerse y acudió a su encuentro. La niña miraba en dirección al padre, enfurruñada sobre el dibujo que la mano del visitante había estrujado como una garra. Luego atravesó con la punta del lápiz al arrugado niño de la manzana. Esa manzana que un rato después la pequeña Luba ofrecerá a los hermanos que estará flechando el limonero del patio sin errar una sola vez las frutitas amarillas, y les dirá con el candor de siempre y la nariz palpitante:

-A que no son capaces de darle a ésta a veinte pasos. -Bah, ¿qué problema? Es más grande que un limón.

-Y a ésos los estamos clavando desde más lejos -añadirá el más chico.

-Pero yo digo sobre la cabeza de uno de ustedes dirá ella mirando a lo lejos delante de sí.

-Por qué no -dirá el mayor tomándole la manzana y pasándola al otro-. Primero vos, después yo.

El más chico se plantará en medio del patio con una manzana sobre la coronilla. El otro apuntará sin apuro y amagará varias veces el tiro, como si quisiera hacer  rabiar a la hermana. En los ojos de Luba se ve que la flecha sale silbando y se incrusta no en la manzana sino en un alarido, se ve la sombra del más chico retorciéndose contra la cegadora blancura de la tapia. Pero ella no tiene apuro, mirará sin pestañear el punto rojo que oscilará sobre la cabeza del más chico, parado bajo el sol, esperando.

Augusto Roa Bastos: El baldío. Cuento

roa_bastos (1)No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los cuerpos reabsorbidos en sus sombras. Iguales y sin embargo tan distintos. Inerte el uno, viajando a ras del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta. Encorvado el otro, jadeante, por el esfuerzo de arrastrarlo entre la maleza y los desperdicios. Se detenía a ratos a tomar aliento. Luego recomenzaba doblando aún más el espinazo sobre su carga. El olor del agua estancada del Riachuelo debía estar en todas partes, ahora más con la fetidez dulzarrona del baldío hediendo a herrumbre, a excrementos de animales, ese olor pastoso por la amenaza del mal tiempo que el hombre manoteaba de tanto en tanto para despegárselo de la cara. Varillitas de vidrio o de metal entrechocaban entre los yuyos, aunque de seguro ninguno de los dos oiría ese cantito isócrono, fantasmal. Tampoco el apagado rumor de la ciudad que allí parecía trepidar bajo tierra. Y el que arrastraba, sólo tal vez ese ruido blando y sordo del cuerpo al rebotar sobre el terreno, el siseo de restos de papeles o el opaco golpe de los zapatos contra las latas y cascotes. A veces el hombro del otro se enganchaba en las matas duras o en alguna piedra. Lo destrababa entonces a tirones mascullando alguna curiosa interjección o haciendo a cada forcejeo el ha… neumático de los estibadores al reventar la carga rebelde al hombreo. Era evidente que le resultaba cada vez más pesado. No sólo por esa resistencia pasiva que se le empacaba de vez en cuando en los obstáculos. Acaso también por el propio miedo, la repugnancia o el apuro que le iría comiendo las fuerzas, empujándolo a terminar cuanto antes. Al principio lo arrastró de los brazos. De no estar la noche tan cerrada se hubiera podido ver los dos pares de manos entrelazadas, negativo de un salvamento al revés. Cuando el cuerpo volvió a engancharse, agarró las dos piernas y empezó a remolcarlo dándole la espalda, muy inclinado hacia delante, estribando frente a los hoyos. La cabeza del otro fue dando tumbos alegres, al parecer encantada del cambio. Los faros de un auto en una curva desparramaron de pronto una claridad amarilla que llegó en oleadas sobre los montículos de basura, sobre los yuyos, sobre los desniveles del terreno. El que estiraba se tendió junto al otro. Por un instante, bajo esa pálida pincelada, tuvieron algo de cara, lívida, asustada la una, llena de tierra la otra, mirando hacer impasible. La oscuridad volvió a tragarlas enseguida. Se levantó y siguió halándolo otro poco, pero ya habían llegado a un sitio donde la maleza era más alta. Lo acomodó como pudo, lo arropó con basura, ramas secas, cascotes. Parecía de improviso querer protegerlo de ese olor que llenaba el baldío o de la lluvia que no tardaría en caer. Se detuvo, se pasó el brazo por la frente regada de sudor, escarró y escupió con rabia. Entonces escuchó ese vagido que lo sobresaltó. Subía débil y sofocado del yuyal, como si el otro hubiera comenzado a quejarse con lloro de recién nacido bajo su túmulo de basura.

Iba a huir, pero se detuvo encandilado por el fogonazo de fotografía de un relámpago que arrancó también de la oscuridad el bloque metálico del puente, mostrándole lo poco que había andado. Ladeó la cabeza, vencido. Se arrodilló y acercó husmeando casi ese vagido tenue, estrangulado, insistente. Cerca del montón había un bulto blanquecino. El hombre quedó un largo rato sin saber que hacer. Se levantó para irse, dio unos pasos tambaleando, pero no pudo avanzar. Ahora el vagido tironeaba de él. Regresó poco a poco, a tientas, jadeante. Volvió a arrodillarse titubeando todavía. Después tendió la mano. El papel del envoltorio crujió. Entre las hojas del diario se debatía una formita humana. El hombre la tomó en sus brazos. Su gesto fue torpe y desmemoriado, el gesto de alguien que no sabe lo que hace; pero que de todos modos no puede dejar de hacerlo. Se incorporó lentamente, como asqueado de una repentina ternura semejante al más extremo desamparo y quitándose el saco arropó con él a la criatura húmeda y lloriqueante

Cada vez más rápido, corriendo casi se alejó del yuyal con el vagido y desapareció en la oscuridad.

Augusto Roa Bastos: Contar un cuento. Cuento

Augusto Roa Bastos¿Quién me puede decir que eso no sea cierto? — farfulló pausadamente, con su habitual tono entre sarcástico y circunspecto, adelantándose a una improbable objeción sobre lo que acababa de decir y que resultaba increíble aun contado por él.

— Pero hay una realidad que no se puede falsear impunemente— apuntó alguien no con ánimo de rebatirle desde luego sino de aguijonearlo un poco.

— ¿Cómo? —se hizo repetir la frase apantallándose la oreja con la mano, despectivamente — Claro, eso que la gente satisfecha llama la verdad de las cosas. ¡Ahí los quiero ver! ¿Alguien ha vivido demasiado para saber todo lo que hay que saber? ¿Y qué es lo que al final le queda al que más sabe? Esto… —dijo haciendo sonar las uñas con el gesto irrisorio de matar una pulga — . ¿Quién puede adivinar los móviles de los actos más simples o más complicados y desesperados? El que estemos aquí como moscas friolentas esperando algo que no se produce, reunidos nada más que por la fuerza de la costumbre. El de ese hombre del barrio de emergencia que comienza a devorar a su mujer a dentelladas ante un centenar de vecinos aterrorizados a los que amenaza con un revólver. ¿Locura de amor, de celos? ¿Aberraciones de un paladar cansado del guisote casero? Ahora está de moda hablar de la realidad. Típico reflejo de inseguridad, de incertidumbre. La gente quiere ver, oler, tocar, pinchar la burbuja de su soledad. ¿Pero qué es la realidad? Porque hay lo real de lo que no se ve y hasta de lo que no existe todavía. Para mí la realidad es lo que queda cuando ha desaparecido toda la realidad, cuando se ha quemado la memoria de la costumbre, el bosque que nos impide ver el árbol. Sólo podemos aludirla vagamente, o soñarla, o imaginarla. Una cebolla. Usted le saca una capa tras otra, y ¿qué es lo que queda? Nada, pero esa nada es todo, o por lo menos un tufo picante que nos hace lagrimear los ojos. Toquen la punta de esa mesa, o una tecla en el piano. ¿Hay algo más fantástico que el tacto de la madera en la yema de un dedo, que ese sonido que vibra un momento y se apaga?… —se puso los dedos sobre los labios para desinflar despacito la pompa de un eructo — . ¿Y la vida de un hombre? Pero es que alguien sabe de ese condenado a muerte algo más que los garabatos que deja arañados en las paredes de su celda. Y a veces esos borrones despistan todavía más porque los cargamos con nuestra propia agonía o indiferencia… — el picor de la acidez se le demoró un instante en el fruncimiento del ceño, en la comisura de los labios.

Nos miramos disimuladamente; era muy raro que el gordo se pusiera patético o sentimental. Ahora mismo sus ojillos semicerrados desmentían, sardónicos, sus palabras.

— ¿Saben lo que pasa? Se habla demasiado. El mundo está envenenado por las palabras. Son la fuente de la mayor parte de nuestros actos fallidos, de nuestros reflejos, de nuestras frustraciones. La palabra es la gran trampa, la palabra vieja, la palabra usada. Es muy cierto eso de que empezamos a morir por la boca como los peces. Yo mismo hablo y hablo. ¿Para qué? Para sacar nuevas capas a la cebolla. Por ahí no se va a ningún lado. Habría que encontrar un nuevo lenguaje, y mejor todavía un lenguaje de silencio en el que nos podamos comunicar por levísimos estremecimientos, como los animales —¿no se dan cuenta qué libres son ellos? — , por leves alteraciones de esta acumulación de ondas congestionadas que hay en nosotros como un forúnculo a punto de reventar. Un pestañeo apenas visible resumiría todos los cantos de la Ilíada, incluso los que se perdieron. Un pliegue de labios, todo Dante, Shakespeare, Goethe, Cervantes, tan aburridos e inentendibles ya. Los gestos más largos expresarían los hechos más simples: el hambre, el odio, la indiferencia. El amor sería aún más simple: una mirada y en esa mirada, un hombre y una mujer desnudos, pero desnudos de veras, por dentro y por fuera, pero conservando todo su misterio… ¡Qué sé yo! Nadie sabe nada de nada. En esta carrera nadie tiene la precisa. Pónganle la firma… — su expresión volvía a ser apacible, neutra —.Si en el país de los ciegos te falta un ojo, quítate el otro, solía decir mi abuelo, un viejo alcahuete que supo andar en la lluvia sin mojarse. Y tenía razón. Lo que no quiere decir que un ciego sea precisamente el testigo de lo invisible, aunque a veces… —se interrumpió como si de pronto se le hubiese escapado la idea que quería expresar; y tras una pausa, semblanteándonos fijamente uno por uno — : Ya Séneca decía hace dos mil años: “¿Con quién podríamos comunicar?” ¿Y qué corno sé yo, por qué no se lo preguntan a Mongo?

Él mismo tenía un aire de apacible, inerte, fofa irrealidad. Aun en el momento de hablar y mover unas manos pálidas y blanduzcas de pianista en relâche. Obeso y enorme, desbordaba el sillón en que se había arrellanado. Su cuerpo estaba anclado en algo más que en el peso de la carne y su invencible molicie. El mismo aire que se cernía sobre él parecía aplastarlo, deformarlo, hinchándolo y deshinchándolo desde adentro en la respiración. En el semblante apoplético la boca, que no había perdido del todo su bello dibujo, era lo único que resistía la desvastación. Encerrados en la masa del tejido adiposo parecía haber dos hombres que no querían saber nada entre sí. Habían crecido juntos, se habían fundido finalmente, pero aún trataban de contradecirse, de ignorarse, y ya ninguno de los dos tenía remedio, al menos el uno en el otro. La ronca y monótona voz servía sin embargo a uno y a otro, por igual, sin favoritismos.

— Para qué entonces preguntar, explicar nada — agregó tras una pausa en la que estuvo mordisqueando la despachurrada punta del habano — . Leonardo hizo un león. Daba algunos pasos, luego se abría el pecho y lo mostraba lleno de lirios. Y ese león… —pero volvió a callarse. Sobre la cara abotagada jugaba una sonrisa muerta.

Creo que ninguno de nosotros pensaba en alguna objeción en ese instante, ya olvidados del cuento que había comenzado a relatar a propósito de unos exilados que consiguen asesinar al embajador de su país con la ayuda de un ciego. El gordo sostenía que el ciego había apuñalado al militarote, sentenciado desde hacía mucho tiempo por sus actos de sevicia y por haber organizado y dirigido el aparato de represión del régimen. El atentado y el crimen eran absurdos e increíbles, según el relato del gordo. Pero a él no se le podían refutar sus ocurrencias. Había que oírlo simplemente. No porque fuera incapaz de escuchar a su vez, sino porque uno lo sentía impermeable a las opiniones, a la incredulidad de los demás. No era quizá egoísmo o infatuación. Era un desinterés, una indiferencia parecida a la desesperanza, que él trataba de disimular con el humor de un sarcasmo vuelto otra vez inocente. Más de una vez sospeché que era un poco sordo y que se defendía de esa manera de la humillación de admitirlo.

Lo que acababa de decir, por ejemplo, no tenía ninguna relación con lo que anteriormente estaba diciendo. Pero él saltaba así de un tema a otro sin transición, o buscándonos el “palpito” en medio de bruscas interrupciones, de largos e impenetrables silencios, entre sorbo y sorbo de ginebra, tras los cuales hacía girar la copa con una especie de rítmico tecleo de sus uñas en el vidrio. Nunca se sabía cuándo decía un chiste o recordaba una anécdota, en qué momento concluía un cuento y empezaba otro sacándolo del anterior, “despellejando la cebolla”. Pero nunca conseguimos hacerle contar por qué había dejado su carrera de concertista de piano en la que llegó a alcanzar cierto renombre, luego de aquella gira por las ciudades del interior en la que se vio en vuelto en un absurdo lío con la esposa de un gobernador. Lo que se sabía era vago e incierto, y a pesar del escandalete que adobaron en su momento algunos diaruchos de provincia, era casi seguro que a él no le cupo otra culpabilidad que la que la confabulación de las circunstancias pudieron atribuirle. Habían pasado muchos años. Él nunca quiso hablar de eso. Cuando alguien insinuaba la cosa, se quedaba callado. Los ojillos enrojecidos que parecían no tener iris, parpadeaban lacrimosos, renuentes, y se quedaban amodorrados un largo rato. Pero uno de nosotros descubrió una vez, entre las páginas de un diccionario de música, la fotografía de una hermosa mujer con una dedicatoria un poco cursi e ingenua que delataba a la dama provinciana de la historia. Un tiempo después la fotografía desapareció también, y en su lugar el gordo colocó una obscena viñeta recortada de cualquier revista de pornografía barata para irrisión de futuras indiscreciones.

No teníamos más remedio que aguantarlo. Lo escuchábamos impacientes y ávidos porque siempre podíamos aprovechar algo en nuestras colaboraciones para las revistas. Su repertorio era inagotable, jamás repetía sus cuentos. Creo que los inventaba y olvidaba adrede. Nosotros traficábamos con su desmemoriada prodigalidad, si bien casi siempre teníamos que imaginar y reinventar lo que él imaginaba e inventaba, completando esas frases que se comía, esas palabras que eran inentendibles gorgoteos, esos silencios cargados de astuta intención, abiertos a toda ciase de pistas falsas y contradictorias alusiones. Él se divertía a nuestra costa, eso era seguro, atormentándonos con su endiablada, voluble, casi indescifrable manera de contar. El gordo se reiría en sus adentros de nosotros, pero el irregular balanceo de su abdomen lo disimulaba muy bien. — Esa noche no éramos muchos. Tres o cuatro a lo sumo. Hacía calor. Estaba más lúcido e inerte que de costumbre. Hablaba, bebía y callaba. La gruesa nariz y la frente que se extendía hacia la calva orlada de ralos cabellos grises, estaban punteadas de incontables gotitas de sudor. Se pasaba la mano, borroneaba la floja piel, pero las puntitas volvían a brotar en seguida. Me parece estar viéndolo todavía.

Contó varios cuentos. Quizá fueran uno solo, como siempre, desdoblado en hechos contradictorios, desgajado capa tras capa y emitiendo su picante y fantástico sabor. Luego de la alusión a la realidad insondable y al león lleno de lirios de Leonardo da Vinci, empezó a relatarnos la historia del hombre que había soñado el lugar de su muerte. La contó de un tirón, sin más interrupciones ni digresiones. El hombre vio en sueños el lugar donde había de morir. Al principio no se entendía muy bien dónde era. Pero el gordo, contra su costumbre, se explayó al final en una prolija descripción. Contó que el hombre vivió después temblando de encontrarse en la realidad con el sitio predestinado y fatal. Contó el sueño a varios amigos. Todos coincidieron en que no debía darse importancia a los sueños. Acudió a un psicoanalista que sólo consiguió aterrarlo aún más. Acabó encerrándose en su casa. Una noche recordó bruscamente el sitio del sueño. Era su propio cuarto en su casa.

La voz del gordo se quebró en un estertor. Tenía la cara lívida, viscosa. Señaló algo con la mano, delante de sí. Giramos la mirada siguiendo el gesto torpe y pesado, sin comprender todavía. No había nadie en el hueco de la puerta, pero por un instante yo sentí en la nuca una ráfaga fría. Pensamos en alguna nueva ocurrencia del gordo. Sólo cuando nos volvimos hacia él comprendimos de golpe: lo que el gordo había descrito punto por punto era el cuarto en que estábamos. El húmedo cigarro se le había caído sobre el pecho que ya ahora no se hamacaba en el blando jadeo. Los ojillos vidriosos se hallaban clavados en nosotros con una burlona sonrisa.

Augusto Roa Bastos: El prisionero. Cuento

imagesLos DISPAROS se respondían intermitentemente en la fría noche invernal. Formaban una línea indecisa y fluctuante en torno al rancho; avanzaban y retrocedían, en medio de largas pausas ansiosas, como los hilos de una malla que se iba cerrando cautelosa, implacablemente, a lo largo de la selva y los esteros adyacentes a la costa del río. El eco de las detonaciones pasaba rebotando a través de delgadas capas acústicas que se rompían al darle paso. Por su duración podía calcularse el probable diámetro de la malla cazadora tomando el rancho como centro: eran tal vez unos cuatro o cinco kilómetros. Pero esa legua cuadrada de terreno rastreado y batido en todas direcciones, no tenía prácticamente límites. En todas partes estaba ocurriendo lo mismo.

El levantamiento popular se resistía a morir del todo. Ignoraba que se le había escamoteado el triunfo y seguía alentando tercamente, con sus guerrillas deshilachadas, en las ciénagas, en los montes, en las aldeas arrasadas.

Más que durante los propios combates de la rebelión, al final de ellos el odio escribió sus páginas más atroces. La lucha de facciones degeneró en una bestial orgía de venganzas. El destino de familias enteras quedó sellado por el color de la divisa partidaria del padre o de los hermanos. El trágico turbión asoló cuanto pudo. Era el rito cíclico de la sangre. Las carnívoras divinidades aborígenes habían vuelto a mostrar entre el follaje sus ojos incendiados; los hombres se reflejaban en ellos como sombras de un viejo sueño elemental. Y las verdes quijadas de piedra trituraban esas sombras huyentes. Un grito en la noche, el inubicable chistido de una lechuza, el silbo de la serpiente en los pajonales, levantaban paredes que los fugitivos no se atrevían a franquear. Estaban encajonados en un embudo siniestro; atrapados entre las automáticas y los máuseres, a la espalda, y el terror flexible y alucinante, acechando la fuga. Algunos preferían afrontar a las patrullas gubernistas. Y acabar de una vez.

El rancho incendiado, en medio del monte, era un escenario adecuado para las cosas que estaban pasando. Resultaba lúgubre y al mismo tiempo apacible; ana decoración cuyo mayor efecto residía en su inocencia destruida a trechos. La violencia misma no había completado su obra; no había podido llegar a ciertos detalles demasiado pequeños en que el recuerdo de otro tiempo sobrevivía. Los horcones quemados apuntaban al cielo fijamente entre las derruidas paredes de adobe. La luna bruñía con un tinte de lechosa blancura los cuatro carbonizados muñones. Pero no era esto lo principal. En el reborde de una ventana, en el cupial del rancho, por ejemplo, persistía una diminuta maceta: una herrumbrada latita de conservas de donde emergía el tallo de un clavel reseco por las llamas; persistía allí a despecho de todo, como un recuerdo olvidado, ajena al cambio, rodeada por el brillo inmemorial de la luna, como la pupila de un niño ciego que ha mirado el crimen sin verlo.

El rancho estaba situado en un punto estratégico; dominaba la única salida de la zona de los esteros donde se estaban realizando las batidas y donde se suponía permanecía oculta la última montonera rebelde de esa región. El rancho era algo así como el centro de operaciones del destacamento gubernista.

Las armas y los cajones de proyectiles se hallaban amontonados en la que había sido la única habitación del rancho. Entre las armas y los cajones de proyectiles había un escaño viejo y astillado. Un soldado con la gorra puesta sobre los ojos dormía sobre él. Bajo la débil reverberación del fuego que, pese a la estricta prohibición del oficial, los soldados habían encendido para defenderse del frío, podían verse los bordes pulidos del escaño, alisados por años y años de fatigas y sudores rurales. En otra parte, un trozo de pared mostraba un solero casi intacto con una botella negra chorreada de sebo y una vela a medio consumir ajustada en el gollete. Detrás del rancho, recostado contra el tronco de un naranjo agrio, un pequeño arado de hierro con la reja brillando opacamente, parecía esperar el tiro tempranero de la yunta en su balancín y en las manceras los puños rugosos y suaves que se estarían pudriendo ahora quién sabe en qué arruga perdida de la tierra. Por estas huellas venía el recuerdo de la vida. Los soldados nada significaban; las automáticas, los proyectiles, la violencia tampoco. Sólo esos detalles de una desvanecida ternura contaban.

A través de ellos se podía ver lo invisible; sentir en su trama secreta el pulso de lo permanente. Por entre las detonaciones, que parecían a su vez el eco de otras detonaciones más lejanas, el rancho se apuntalaba en sus pequeñas reliquias. La latita de conserva herrumbrada con su clavel reseco estaba unida a unas manos, a unos ojos. Y esas manos y esos ojos no se habían disuelto por completo; estaban allí, duraban como una emanación inextinguible del rancho, de la vida que había morado en él. El escaño viejo y lustroso, el arado inútil contra el naranjo, la botella negra con su cabo de vela y sus chorreaduras de sebo, impresionaban con un patetismo más intenso y natural que el conjunto del rancho semidestruido. Uno de los horcones quemados, al cual todavía se hallaba adherido un pedazo de viga, continuaba humeando tenuemente. La delgada columna de humo ganaba altura y luego se deshacía en azuladas y algodonosas guedejas que las ráfagas se disputaban. Era como la respiración de la madera dura que seguiría ardiendo por muchos días más. El corazón del timbó es testarudo al fuego, como es testarudo al hacha y al tiempo. Pero allí también estaba humeando y acabaría en una ceniza ligeramente rosada.

En el piso de tierra del rancho los otros tres soldados del retén se calentaban junto al raquítico fuego y luchaban contra el sueño con una charla incoherente y agujereada de bostezos y de irreprimibles cabeceos. Hacía tres noches que no dormían. El oficial que mandaba el destacamento había mantenido a sus hombres en constante acción desde el momento mismo de llegar.

Un silbido lejano que venía del monte los sobresaltó. Era el santo y seña convenido. Aferraron sus fusiles; dos de ellos apagaron el fuego rápidamente con las culatas de sus armas y el otro despertó al que dormía sobre el escaño, removiéndolo enérgicamente:

—¡Arriba…, Saldívar! Epac-pue… Oúma jhina, Teniente… Te va arrelar la cuenta, recluta kangüeaky…

El interpelado se incorporó restregándose los ojos, mientras los demás corrían a ocupar sus puestos de imaginaria bajo el helado relente.

Uno de los centinelas contestó el peculiar silbido que se repitió más cercano. Se oyeron las pisadas de los que venían. Un instante después, apareció la patrulla. Se podía distinguir al oficial caminando delante, entre los cocoteros, por sus botas, su gorra y su campera de cuero. Su corta y gruesa silueta avanzaba bajo la luna que un campo de cirros comenzaba a enturbiar. Tres de los cinco soldados que venían detrás traían arrastrando el cuerpo de un hombre. Probablemente otro rehén —pensó Saldívar—, como el viejo campesino de la noche anterior a quien el oficial había torturado para arrancarle ciertos datos sobre el escondrijo de los montoneros. El viejo murió sin poder decir nada. Fue terrible. De pronto, cuando le estaban pegando, el viejo se puso a cantar a media voz, con los dientes apretados, algo así como una polca irreconocible, viva y lúgubre a un tiempo. Parecía que había enloquecido. Saldívar se estremeció al recordarlo.

La caza humana no daba señales de acabar todavía. Peralta estaba irritado, obsedido, por este reducto fantasma que se hallaba enquistado en alguna parte de los esteros y que continuaba escapándosele de las manos.

El teniente Peralta era un hombre duro y obcecado; un elemento a propósito para las operaciones de limpieza que se estaban efectuando. Antiguo oficial de la Policía Militar, durante la guerra del Chaco, se hallaba retirado del servicio cuando estalló la revuelta. Ni corto ni perezoso, Peralta se reincorporó a filas. Su nombre no sonó para nada durante los combates, pero empezó a destacarse cuando hubo necesidad de un hombre experto e implacable para la persecución de los insurrectos. A eso se debía su presencia en este foco rebelde. Quería acabar con él lo más pronto posible para volver a la capital y disfrutar de su parte en la celebración de la victoria Evidentemente Peralta había encontrado una pista en sus rastreos y se disponía a descargar el golpe final. En medio de la atonía casi total de sus sentidos, Saldívar oyó borrosamente la voz de Peralta dando órdenes. Vio también borrosamente que sus compañeros cargaban dos ametralladoras pesadas y salían en la dirección que Peralta les indicó. Algo oyó como que los guerrilleros estaban atrapados en la isleta montuosa de un estero. Oyó que Peralta borrosamente le decía:

—Usté, Saldívar, queda solo aquí. Nosotro’ vamo’ a acorralar a eso’ bandido’ en el estero. Lo dejo responsable del prisionero y de lo’ pertrecho’.

Saldívar hizo un esfuerzo doloroso sobre sí mismo para comprender. Sólo comprendió un momento después que los demás ya se habían marchado. La noche se había puesto muy oscura. El viento gemía ásperamente entre los cocoteros que rodeaban circularmente el rancho. Sobre el piso de tierra estaba el cuerpo inmóvil del hombre. Posiblemente dormía o estaba muerto. Para Saldívar era lo mismo. Su mente se movía entre difusas representaciones cada vez más carentes de sentido. El sueño iba anestesiando gradualmente su voluntad. Era como una funda de goma viscosa en torno a sus miembros. No quería dormir. Pero sabía de alguna manera muy confusa que no debía dormir. Sentía en la nuca una burbuja de aire. La lengua se le había vuelto pastosa; tenía la sensación de que se le iba hinchando en la boca lentamente y que en determinado momento le llegaría a cortar la respiración. Trató de caminar alrededor del prisionero, pero sus píes se negaban a obedecerle; se bamboleaba como un borracho. Trató de pensar en algo definido y concreto, pero sus recuerdos se mezclaban en un tropel lento y membranoso que planeaba en su cabeza con un peso muerto, desdibujado e ingrávido. En uno o dos destellos de lucidez, Saldívar pensó en su madre, en su hermano. Fueron como estrías dolorosas en su abotagamiento blando y fofo. El sueño no parecía ya residir en su interior; era una cosa exterior, un elemento de la naturaleza que se frotaba contra él desde la noche, desde el tiempo, desde la violencia, desde la fatiga de las cosas, y lo obligaban a inclinarse, a inclinarse…

El cuerpo del muchacho tiritaba menos del frío que de ese sueño que lo iba doblegando en una dolorosa postración. Pero aún se mantenía en pie. La tierra lo llamaba; el cuerpo inmóvil del hombre sobre el piso de tierra, lo llamaba con su ejemplo mudo y confortable, pero el muchachuelo se resistía con sus latidos temblorosos, como un joven pájaro en la cimbra de goma.

Hugo Saldívar era con sus dieciocho años uno de los tantos conscriptos de Asunción que el estallido de la guerra civil había atrapado en las filas del servicio militar. La enconada cadena de azares que lo había hecho atravesar absurdas peripecias lo tenía allí, absurdamente, en el destacamento de cazadores de cabezas humanas que comandaba Peralta, en los esteros del Sur, cercanos al Paraná.

Era el único imberbe del grupo; un verdadero intruso en medio de esos hombres de diversas regiones campesinas, acollarados por la ejecución de un designio siniestro que se nutría de sí mismo como un cáncer. Hugo Saldívar pensó varias veces en desertar, en escaparse. Pero al final decidió que era inútil. La violencia lo sobrepasaba, estaba en todas partes. Él era solamente un brote escuálido, una yema lánguida alimentada de libros y colegio, en el árbol podrido que se estaba viniendo abajo.

Su hermano Víctor sí había luchado denodadamente. Pero él era fuerte y recio y tenía sus ideas profundas acerca de la fraternidad viril y del esfuerzo que era necesario desplegar para lograrla. Sentía sus palabras sobre la piel, pero hubiera deseado que ellas estuviesen grabadas en su corazón:

—Todos tenemos que unirnos, Hugo, para voltear esto que ya no da más, y hacer surgir en cambio una estructura social en la que todos podamos vivir sin sentirnos enemigos, en la que querer vivir como amigos sea la finalidad natural de todos…

Víctor había combatido en la guerra del Chaco y de allí había traído esa urgencia turbulenta y también metódica de hacer algo por sus semejantes. La transformación del hermano mayor fue un fenómeno maravilloso para el niño de diez años que ahora tenía ocho más y ya estaba viejo. Víctor había vuelto de la inmensa hoguera encendida por el petróleo del Chaco con una honda cicatriz en la frente. Pero detrás del surco rojizo de la bala, traía una convicción inteligente y generosa. Y se había construido un mundo en que más que recuerdos turbios y resentimientos, había amplia fe y exactas esperanzas en las cosas que podrían lograrse.

Por el mundo de Víctor sí sería hermoso vivir, pensó el muchacho muchas veces, emocionado, pero distante de sí mismo. Después vio muchas cosas y comprendió muchas cosas. Las palabras de Víctor estaban entrando lentamente de la piel hacia el corazón. Cuando volvieran a encontrarse, todo sería distinto. Pero eso todavía estaba muy lejos.

No sabía siquiera dónde podía hallarse Víctor en esos momentos. Tenía sin embargo la vaga idea de que su hermano había ido hacia el sur, hacia los yerbales, a levantar a los mensúes. ¿Y si Víctor estuviese entre esos últimos guerrilleros perseguidos por Peralta a través de los esteros? Esta idea descabellada se le ocurrió muchas veces, pero trató de desecharla con horror. No; su hermano debía vivir, debía vivir… Necesitaba de él.

El mandato imperioso del sueño seguía frotándose contra su piel, contra sus huesos; se anillaba en torno a él como una kuriyú viscosa, inexorable, que lo iba ahogando lentamente. Iba a dormir, pero ahí estaba el prisionero. Podía huir, y entonces sería implacable Peralta con el centinela negligente. Ya lo había demostrado en otras ocasiones.

Moviéndose con torpeza en su pesada funda de goma, Saldívar hurgó en la oscuridad en busca de un trozo de alambre o de soga para amarrar al prisionero. Podía ser un cadáver, pero a lo mejor se estaba fingiendo muerto para escapar en un descuido. Sus manos palparon en vano los rincones de la casucha incendiada. Al final encontró un trozo de ysypó, reseco y demasiado corto. No servía. Entonces, en un último y desesperado destello de lucidez, Hugo Saldívar recordó que frente al rancho había un hoyo profundo que se habría cavado tal vez para plantar un nuevo horcón que nunca sería levantado. En el hoyo podría entrar un hombre parado hasta el pecho. Alrededor del agujero, estaba el montículo de la tierra excavada. Hugo Saldívar apoyó el máuser contra un resto de tapia y empezó a arrastrar al prisionero hacia el hoyo.

Con un esfuerzo casi sobrehumano consiguió meterlo en el agujero negro que resultó ser un tubo hecho como de medida. El prisionero quedó erguido en el pozo. Sólo sobresalían la cabeza y los hombros. Saldívar empujó la tierra del montículo con las manos y los reyunos, hasta rellenar mal que mal todos los huecos alrededor del hombre. El prisionero en ningún momento se resistió; parecía aceptar con absoluta indiferencia la operación del centinela. Hugo Saldívar apenas se fijó en esto. El esfuerzo desplegado lo reanimó artificialmente por unos instantes. Aún tuvo fuerzas para traer su fusil y apisonar con la culata el relleno de tierra. Después se tumbó como una piedra sobre el escaño, cuando el tableteo de las ametralladoras arreciaba en la llanura pantanosa.

El teniente Peralta regresó con sus hombres hacia el mediodía. La batida había terminado. Una sonrisa bestial le iluminaba el rostro oscuro de ave de presa. Los soldados arreaban dos o tres prisioneros ensangrentados. Los empujaban con denuestos e insultos obscenos, a culatazos. Eran más mensúes del Alto Paraná. Solamente sus cuerpos estaban vencidos. En sus ojos flotaba el destello de una felicidad absurda. Pero ese destello flotaba ya más allá de la muerte. Ellos sólo se habían demorado físicamente un rato más sobre la tierra impasible y sedienta.

Peralta llamó reciamente:

—¡Saldívar!

Los prisioneros parpadearon con resto de dolorido asombro. Peralta volvió a llamar con furia:

—¡Saldívar!

Nadie contestó. Después se fijó en la cabeza del prisionero que sobresalía del hoyo. Parecía un busto tallado en una madera mugrosa; un busto olvidado allí hacía mucho tiempo. Una hilera de hormigas guaikurú trepaba por el rostro abandonado hasta la frente, como un cordón oscuro al cual el sol no conseguía arrancar ningún reflejo. En la frente del busto había una profunda cicatriz, como una pálida media luna.

Los ojos de los prisioneros estaban clavados en la extraña escultura. Habían reconocido detrás de la máscara verdosa, recorrida por las hormigas, al compañero capturado la noche anterior. Creyeron que el grito de Peralta nombrando al muerto con su verdadero apellido, era el supremo grito de triunfo del milicón embutido en la campera de cuero.

El fusil de Hugo Saldívar estaba tumbado en el piso del rancho como la última huella de su fuga desesperada. Peralta se hallaba removiendo en su estrecha cabeza feroces castigos para el desertor. No podía adivinar que Hugo Saldívar había huido como un loco al amanecer perseguido por el rostro de cobre sanguinolento de su hermano a quien él mismo había enterrado como un tronco en el hoyo.

Por la cara de Víctor Saldívar, el guerrillero muerto, subían y bajaban las hormigas.

Al día siguiente, los hombres de Peralta encontraron el cadáver de Hugo Saldívar flotando en las aguas fangosas del estero. Tenía el cabello completamente encanecido y de su rostro había huido toda expresión humana.

Augusto Roa Bastos: Esos rostros oscuros. Cuentos

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Hacía rato que había anochecido y el calor seguía crujiendo entre el follaje seco de los árboles que rodeaba las casas del puesto, en la loma. Parecía el chirrido de un horno que se fuera enfriando con imperceptibles rajaduras del adobe caldeado.

Las casuarinas estaban silenciosas y erguidas. A lo lejos, el campo se anegaba en una penumbra morada de la cual no había huido del todo la claridad.

A la izquierda, como a un cuarto de legua, estaba el montecito de tacuaras, espinillos y sauces que ocultaba la laguna.

Se escuchaba el mugido lejano de los vacunos que esperaban su ración de sal cerca de las bateas. Pero no los gritos de la peonada arreando el ganado o en cerrando los terneros en los corrales o apartando las lecheras de la novillada. Algunos toros se corneaban entre sí, provocando aislados tumultos en la tropilla náufraga y levantando nubes de polvo rosado.

Alrededor de la casa de ladrillos con techo de paja estaban los galpones donde se guardaban los aperos, las herramientas, el forraje, los bastimentos. En uno de ellos dormía la peonada. También parecían desiertos. Sólo en el rancho que hacía de cocina había algún movimiento. Una negra enorme, con un trapo colorado y sucio atado a la cabeza, trasegaba laboriosamente el locro de un marmitón a otras ollas menores. Era el rancho de los peones. El vapor apetitoso, oliendo a cecina, a choclo, a especias, llenaba la cocina humosa y baja, llena de hollín, de enseres colgando en ganchos de alambre que pendían de las tijeras. Un chorro de locro hirviente cayó, en un descuido, sobre el pie de la machú. Los granos blancos y gordos se esparcieron por el suelo, un trozo negro de cecina con un medallón de grasa.

—¡Añá membuy…! —rezongó la vieja poniendo los ojos en blanco, no se podía decir si de dolor o de cólera.

Otra voz, chillona y áspera, salió en ese momento de la casa.

—¡Martina…, Martina…! ¿No volvió todavía la hija del dotor?

La negra salió balanceándose.

—Neira güeterí, ama.

En la puerta de la casa estaba una mujer vieja y flaca. Su ropa era oscura y amplia y tenía el pelo recogido sobre la nuca en un gran rodete sujeto con un peinetón dorado.

—Y Juancho, ¿dónde está?

—Hace un momento andaba por ahí trajinando.

—¡Juanchooo…! —llamaron al unísono la patrona y la negra. Un grito horriblemente destemplado. De la cuadra de los peones salió un muchachuelo desmedra do, puro piel y huesos, con los ojos brillantes por la tisis. Renqueaba sobre los pies hinchados por los piques.

—¡Juancho!

—Mande, la señora.

—¿No la viste a la niña Amelia?

—Se jué a bañar al laguna.

—Ya sé. Lo que te pregunto es si volvió.

—No, la señora.

La mujer quedó un rato pensativa. Se le veía revolver el asunto por dentro. La negra y el muchacho estaban pendientes de ella.

—Y los peones, Martina, ¿ya vinieron para el rancho?

-Neira gueterí ave!, ama.

—Entonces no hay nadie. No está ni Rosendo. Y la hija del dotor… ¡Jesús! ¿Quién sabe qué le habrá pasado a esa loca?

Los ojos del muchacho brillaron aún más al fondo de las cuencas.

—¿Queré que vaya a ver en el laguna, patrona? —y sin esperar la orden, se largó lomada abajo, con un trote extraño de langosta, saltando sobre sus zancudas extremidades.

—Andate vo’ también, Martina, hacia los corrales. A lo mejor ko esa machona anda entre lo’ hombre… ¡Jesú, che Dió! ¡Cuándo pikó la llevará el padre de una ve y no’ dejará tranquilo! E’ un quebranto continuo…

La jeta de la negra se movió mascullando una interjección inentendible. Buscaba esquivar la inútil caminata.

—¿Y el locro, ama? Se va a enfriar todo. Vi’ a alzarlo otra ve en el fuego.

—Depué, depué. Hay que encontrar primero a la niña Amelia. Pronto… ¿Quién sabe qué le habrá pasado? —se hincó el agudo meñique entre los labios. En su voz vibraban el temor auténtico, la responsabilidad y otra cosa que era como la intuición oscura de la hembra; algo así como una comezón concupiscente frenada sólo por el egoísmo, por la intolerante malicia, la continencia forzosa de ese organismo marchito. Enteca y áspera, volvió a entrar en la casa. El peinetón dorado, cabalgando el rodete, se borró en la sombra.

2

Amelia era hija del diputado Jerónimo Mendieta. Los Alderete lo llamaban simplemente el Dotor. En toda la región no se le conocía de otro modo, así que Amelia era la hija del Dotor.

Unos favores iniciales del influyente abogado de Asunción convirtieron a Rosendo Alderete, fuerte estanciero de las Misiones, si no en un verdadero cacique político, en uno de los más importantes testaferros electorales del partido a que pertenecía Mendieta. Y fueron sus esfuerzos los que permitieron a éste ganar la banca que detentaba.

—Carnearé y largaré plata hasta que el Dotor salga eleto — había prometido Rosendo Alderete. Y así sucedió. Ni siquiera tuvo que carnear demasiado. Unas diez vaquitas solamente (las que se habían apartado por enfermas en el último rodeo) para el asado con cuero de las juntas vecinales. Y dos o tres bordalesas de caña que consiguió como “contribución para el partido” del alambique clandestino de un correligionario. Total, que apenas le había costado plata “ablandar” a los chococués esparcidos en sus tierras.

Había sido un buen trabajo. En recompensa, el Doctor, después de un corto expedienteo en Asunción, logró añadir un refajo fiscal de varias legüitas cuadradas a la estancia de Alderete. Había allí un monte de buena madera sin explotar, plantaciones de yerba del tiempo de los jesuitas, abundantes aguadas y excelente campo de pastoreo. Había sido un negocio redondo; sobre todo para Alderete, que vio de pronto crecer su estancia, como ni siquiera lo hubiera soñado. El Doctor sólo pidió la explotación a medias de la madera y de la yerba. Era un precio ínfimo. Rosendo Alderete estaba lleno de gratitud, de fanática admiración por el Doctor.

Durante las elecciones, unos arrendatarios se mostraron remisos hacia el Doctor. Y hasta existía contra ellos la sospecha de que habían votado por el contrincante. Alderete les hizo la vida imposible, hasta que consiguió echarlos, quedándose además con sus cosechas.

—No voy a estar engordando a enemigos de mi partido, a rebeldes, a sinvergüenzas… —dijo cerrando el capítulo de la expulsión de ese centenar de esclavos que se tuvieron que ir con sus mujeres y sus críos, desnudos y hambrientos, a otros feudos probablemente más inhóspitos aún.

3

El Doctor, de tanto en tanto, hacía cortas giras políticas por las localidades de su circunscripción. Rosendo Alderete iba a caballo a la estancia del ferrocarril a verlo pasar, a saber las noticias, a estrechar las manos del gran hombre, “tan bueno, tan inteligente, uno de los verdaderos puntales del partido y del gobierno”. Volvía orondo, hinchado como un pavo y graznaba a su mujer las cosas que le había dicho el Doctor.

Al regreso de una de estas fugaces entrevistas, Alderete le refirió muy orgulloso que el Doctor tenía pensado traer a su hija Amelia y dejarla unos días con ellos, durante las vacaciones.

—Va a rendir el quinto grado —le había dicho—. Y no anda muy bien de la cabeza. Tiene unas cosas muy raras. Los médicos dicen que son trastornos del crecimiento. Pero yo creo que es solamente cansancio mental, por el estudio, ¿sabe? La chica lee mucho. Quieren que salga al campo, a descansar.

—Pero cómo no, Dotor —le había respondido Alderete, untuoso, servicial—. En casa va a pasar muy bien la niña. Hay una linda laguna. El aire e’sano. La alimentaremos muy bien. Le daremos mucha leche caliente, caldo de pata, remedio ñaná. Se pondrá enseguida como hierro, Dotor.

—Sería más o menos a mediados de diciembre. Yo le avisaré con un telegrama. Así se trae el sulky. Yo seguiré a Encarnación. Al regreso me la llevo de vuelta. Solamente por unos días.

—Pero cómo no, Dotar… Con mucho gusto. La niña estará como en su casa. No se va a arrepentir.

4

Llegó con una valija negra grande y con ese extraño perrito blanco que tenía una cinta celeste atada al cuello y olía con el mismo perfume que ella. Tan chico que parecía un juguete vivo, ladrador.

Bajó del sulky hermosa, opulenta. No había cumplido aún los diecisiete años, pero parecía ya una mujer robusta y granada de veinticinco. La tez como las magnolias, bajo la cabellera oscura. Pálida y ojerosa. Demasiado blanca y espigada. Orgullosa, o quizá solamente reservada.

Mientras bajaba, un golpe de viento removió el vestido y mostró parte de la pantorrilla mórbida y gruesa, como el tronco de un árbol recién despellejado. Alderete, que le tendía la mano para ayudarla, giró el rostro para no ver, gritando con ira repentina a Juancho cualquier cosa. El muchacho viboreó junto al sulky sin saber qué hacer. Ese resplandor de vientre de pescado también lo había cegado a él pateándole el estómago hético con la coz de una mula, removiendo sus irremediables catorce años, su pubertad baldada por el mal.

5

Fue Juancho quien llevó a los enloquecidos peones, unos días después, la asombrosa noticia. Era la gota de fuego sobre la vejiga llena de aire a punto de estallar. Las barbas de los peones temblaron lascivas en el galpón siguiendo las palabras del pequeño espía.

—Cuando el patrón y la patrona duerme de sieta, ella te va al común con el perrito…

—¿Y qué hace? —preguntaron varios a un tiempo, acribillando tórridamente a Juancho.

—Se sienta en el cajón… —la frase no pudo seguir en la garganta del muchachuelo trémulo. Hubo un nudo, como si la saliva se le hubiese petrificado de golpe.

—¿Y qué hace…?

—¿Por qué no contás todo de una vez?

—¡Mentira! —aguija uno—. No vio nada.

—Sí, vi… Al común se le voló con la tormenta una tabla del techo. Me subí al paraíso y vi…

—¿Y qué vite…?

Juancho lucha contra el nudo de piedra en la garganta.

—Mita’í puñetero… Contá de una ve, o te vamo’ a hundir la barriga a patada!

—Ella se sienta en el cajón abujereado del común… Los hombres escuchan con murmullo crecido alrededor de sus sienes. Es un río caliente que va a desbordar. Nadie chupa la bombilla del tereré. Están tumbados boca abajo en el suelo, con sólo las cabezas levantadas hacia el chico. Tensos, acechantes, como serpientes o curas.

—Se levanta el vetido. Tonce, el perrito…

Un gemido lúbrico y ronco en las quince gargantas hombrunas tapó la voz aflautada del muchacho. Ya no necesitaban de él. El río caliente había desbordado y veían en él reflejada a la hija del Dotor en su monstruoso idilio con el perro. A la hora en que los patrones dormían y ellos estaban por los campos. A la hora en que la siesta achicharraba los pastizales, la sangre. Todo.

—¡Guacha…! Y pensar que aquí etamos quince macho…

.—¡Tener  que ir a despenarse con un perro!

—¡Guaina!

—¡Por qué no no’ pide a nojotro!

—¡Por qué no se deja…!

Se oían carcajadas como sollozos. Ella los tenía enloquecidos.

6

Desde que llegó había hecho cosas extrañas. Pedía un caballo y se iba sola a la. laguna hacia el atardecer, casi desnuda, con sólo una malla de baño roja ajustada a cuerpo tan hermoso, que se entraba en los ojos de los hombres como una espina de coco. Se iba sola, con su perro del que no se separaba nunca.

Era imperativa y caprichosa. Era la hija del Dotor. Trataba a Alderete y a su mujer como a peones. No hablaba con nadie. Solamente, a veces, con Juancho. No miraba a nadie. Estaba envuelta en su voluntad y en su misterio como en la verberación de un fuego secreto. El único ser al que dedicaba toda su ternura era el perrito blanco. Lo bañaba, lo perfumaba. Lo arrullaba con un canto gutural y melancólico. A veces, quedaba en silencio oyendo cantar las casuarinas. Por las siestas desaparecía. Alderete y su mujer no sabían qué hacer. Estaban consumidos por inversas preocupaciones. Se encontraban artificialmente en frases como ésta:

-¡Pobre el Dotor! Haberle salido una, hija así…

—A lo mejor ko se cura. E’ el estirón nomá. Le va a pasar cuando se haga mujer.

Pero el mismo Alderete sentía la garganta seca pensando en la hija del Dotor. La veía en las tardes semidesnuda bajo el sol ardoroso rumbo al tajamar. Opulenta y blanca con la malla colorada ajustada al cuerpo, el perrito quieto sobre el recado como una figura, acurrucado entre el brazo y el vientre de la dueña.

Por las noches tenía sueños difíciles junto a su mujer que roncaba y cuyas carnes se iban quedando como charque duro. Estaba lleno de vergüenza y de una exasperación. No podía despegar de la muchacha la imagen del padre. Era él mismo quien se erguía son riente, impasible, con sus anteojos oscuros y su colmillo de oro, en el centro de la visión obsesionante que pasaba a horcajadas sobre el caballo.

Alderete volvió a salir al campo con los peones. Hacía tiempo que no lo hacía. Su mujer estaba extrañada. Se iba de mañana temprano. No volvía hasta la noche. Un día le dijo que tenía que ir al pueblo a cobrar el dinero de una tropa y llegar después a la colonia para separar y comprar unos sebús. Iba a estar ausente durante dos días, por lo menos.

—¿No sería mejor picó que haga ese viaje depué que se va ella?

—¿Por qué?

—Por ella. E’ mucho compromiso. No sea que le pase algo.

—¿Que le puede pasar? Cuidala bien, nomás.

—¿Y cómo, Rosendo? ¿Acaso pikó ella ecucha ana die voi? E’ mejor que no te vaya.

—No; tengo que cobrar ese dinero y comprar lo’ padrillo. No va a pasar nada. Quedate tranquila.

7

Juancho se deslizó entre las tacuarillas. No hacía más ruido que una víbora al moverse entre la hojarasca. Sentía ya el olor de la laguna, pero todavía no podía verla. Las copas de los sauces estaban caídas hasta el suelo. Le cortaba casi la respiración. Siguió avanzando. Se dejó caer entre los yuyos y empezó a arrastrarse. A medida que avanzaba hacia la laguna sentía miedo, un miedo creciente, una agitación tenaz como de fiebre. Pero no podía dejar de avanzar. Avanzaba como fascinado. De pronto, entre los sauces, resplandeció en la oscuridad el metal azul de la laguna. Chocó contra una mata de karaguatá. Las espinas le entraron en la cabeza. Pero no sintió ningún dolor. Le dolía más esa frase que había oído mascullar a los peones contra ella. “¡Ña rairii-na, los mitá. !“ Se arrastraba como flotando en el aire. Sus manos tropezaban ahora contra un bicho húmedo e inmóvil. Lo fue palpando. Se estaba realizando lo que temía. Por un momento creyó que era el perrito muerto. Era el traje de baño de la hija del Doctor. Lo levantó en sus manos. Estaba abierto, des trozado.

La lámina azulada y tersa se fue agrandando en la oscuridad, entre las hojas. No había viento, pero empezó a oír un murmullo. Se orientó hacia él. El murmullo fue creciendo; era como de voces sofocadas, de sonidos roncos semejantes al gañido de muchos perros juntos que gozaban devorando algún animal muerto. ¿Dónde estaría, dónde estaría ella misma? No sabía, no podía saber aún que el perrito estaba hacía rato en el fondo de la laguna y ella…

Se incorporó entre los yuyos y miró. Vio vagamente al principio, pero después lo fue viendo mejor. El espejo de la laguna arrojaba algo de la claridad del cielo nocturno sobre lo que estaba sucediendo.

Aunque hubiera gritado, ellos no se habrían dado cuenta. Ningún poder humano los hubiese podido arrancar de allí. Juancho sintió que el estómago se le subía a la boca. Miró y desde ese momento él no iba a poder hacer otra cosa que mirar y mirar, hasta el fin.

La hija del Doctor estaba allí, como muerta. Ya ni siquiera se debatía. Desnuda y blanca, semejaba un pescado muerto, pero todavía palpitante, parecido a una mujer, sobre la que iban trepando los peones uno a uno, luchando, derribándose uno a otro para tomar parte en la terrible faena comenzada, bullente de quejidos de movimientos espasmódicos, de ecos sordos, de guturales suspiros.