Ryunosuke Akutagawa: La mandarina. Cuento

artworks-000030419358-ysctjt-originalFue un día nublado de invierno. Yo esperaba distraído el silbato de partida, arrinconado en un asiento de segunda clase de la línea Yokosuka con rumbo a Tokio. Extrañamente, no había ningún otro pasajero dentro del vagón, que ya se había iluminado con luz eléctrica desde hacía mucho tiempo. Más extraño todavía, pude confirmar, con un vistazo al exterior, que en la plataforma tampoco había una sombra de gente que viniera a despedirse, y sólo distinguí a cierta distancia un perrito enjaulado que ladraba de cuando en cuando de tristeza. Era un paisaje que se sintonizaba, como una obra de magia, con mi estado emocional; un cansancio y hastío inexpresable se anclaba con todo su peso como una nube oscura que anuncia la inminente caída de la nieve. Yo permanecía inmóvil con las dos manos en los bolsillos de la gabardina, sin ánimo para sacar el periódico vespertino que tenía guardado en uno de ellos.

Pronto sonó el silbato. Sintiendo un alivio con la cabeza recargada contra el marco de la ventana, me preparé sin emoción alguna a contemplar el retroceso de la plataforma que iba a dejar atrás según la marcha del tren. Antes, sin embargo, se escucharon unas pisadas estrepitosas que se acercaban a la portilla, y en seguida se abrió con brusquedad la puerta de mi vagón de segunda clase para permitir la entrada precipitosa de una muchachilla de trece o catorce años, acompañada por los insultos del conductor. Casi simultáneamente, el tren comenzó a moverse con una fuerte sacudida. Las columnas pasaban ante la vista una tras otra, el vagón portador de agua permanecía en otra vía como abandonado, el cargador de maletas le agradecía la propina a algún pasajero —todo esto se quedó a mis espaldas, no sin cierto rencor, envuelto en el humo polvoso que golpeaba la ventana. Con la serenidad recobrada, encendí un tabaco mientras abría al fin los párpados aletargados para observar de una ojeada a la muchachilla, ahora sentada frente a mí.

Se trataba de una típica provinciana con el cabello sin brillo, peinado en forma de hoja de ginkgo, y exhibía una cicatriz horizontal en las mejillas, raspadas por la sequedad, que se sonrojaban en exceso, a punto de repugnar. Tenía un pañuelo grande envuelto sobre las rodillas, de las cuales colgaba sin peso una bufanda de lana color amarillo rojizo. Entre las manos hinchadas con sabañones que sostenían el pañuelo envuelto, se veía un billete rojo, el pasaje de tercera clase, empuñado con fuerza. No me gustó el rostro vulgar de la muchachilla y me desagradó su vestimenta sucia, además de la irritación que me originó su insensatez de ocupar un asiento de segunda con el pasaje de tercera. Con el tabaco encendido, decidí sin ganas extender el periódico sobre las piernas para olvidarme de su presencia. De inmediato, el rayo solar que caía sobre los artículos se esfumó de repente para ceder el sitio a la luz eléctrica, que resaltó en un extraño relieve las letras mal impresas de algunas columnas ante mis ojos. El tren atravesaba el primero de los tantos túneles que interceptaban la línea Yokosuka.

Un recorrido fugaz bajo la luz artificial fue suficiente para darme cuenta de que había demasiados sucesos banales en el mundo para aligerar mi mente deprimida. El tratado de paz, nuevos matrimonios, casos de corrup- ción, artículos necrológicos —pasé una revista maquinal de todas esas co- lumnas desérticas mientras se me alteró momentáneamente el sentido de orientación al avanzar por el túnel. Durante todo este tiempo, nunca pude borrar de mi conciencia a la muchachilla que se sentaba al frente como si encarnara la sociedad vulgar. El tren que se desplazaba en la penumbra, la muchachilla provinciana y el periódico vespertino, repleto de noticias ordinarias —esta triple alianza no era sino un símbolo para mí: símbolo que representaba lo tedioso de la vida humana. Harto de todo, dejé al lado el periódico que iba a leer, y cerré los ojos como un muerto para tratar de conciliar el sueño con la cabeza recargada de nuevo contra el marco de la ventana.

Así pasaron algunos minutos. Sintiéndome amenazado por algo des- conocido, recorrí con la mirada al rededor y me di cuenta de que la muchachilla, que se había pasado con celeridad al asiento ubicado a mi lado, forcejeaba con la ventana para abrirla. El vidrio era tan pesado que apenas lograba mover el marco. Con las mejillas cuarteadas, aún más sonrojadas, la muchachilla resollaba sin voz, haciendo sonar la nariz de cuando en cuando. Mientras escuchaba su respiración agitada, no pude evitar cierta conmoción ante la escena, pero no entendí por qué a la muchachilla se le ocurrió forzar la ventana cerrada. Era obvio, al juzgar por la cercanía de las laderas cubiertas por las matas marchitas que reverberaban bajo la luz crepuscular, el tren no demoraría en entrar de nuevo al túnel. Convencido de que la muchachilla lo hacía sólo por capricho, guardé sentimientos sañudos en mi interior y permanecí impasible, casi con un secreto deseo de frustrar su intento, observando esas manos con sabañones que se desesperaban por bajar la ventana. Pronto el tren entró al túnel con un clamor estruendoso y, al mismo tiempo, la ventana al fin bajó cediendo ante la fuerza de la muchachilla. Del marco rectangular irrumpió un aire negro, cargado de hollín, que no tardó en invadir todo el vagón con humo asfixiante. Delicado de la garganta desde antes, tuve un terrible ataque de tos ante la afluencia polvo- sa que me acometió en el rostro, sin tener tiempo siquiera para taparme la boca con el pañuelo. Sin un asomo de preocupación por mí, la muchachilla sacó la cabeza de la ventana y dirigió su mirada hacia adelante con el cabe- llo peinado en forma de ginkgo ondulando en el aire oscuro. Si no llegué a regañarla sin piedad para forzarla a cerrar la ventana en el mismo instante en que la enfoqué bajo la lámpara ensuciada por el hollín, controlando a duras penas la tos, fue porque se filtró, con el cambio repentino de luz que iluminó el paisaje exterior, el aire fresco con olor a tierra, matas y agua.

Ahora, el tren, que ya había dejado atrás el túnel, iba pasando por un crucero de arrabal, situado entre una colina y unas pilas de heno. Ahí cerca se apretujaban en desorden casas miserables con techos de tejas y pajas, y una bandera flameaba lánguida con reflejo del atardecer, quizá siguiendo el movimiento acompasado del guardabarreras. Apenas sentí el alivio de haber sobrepasado el túnel, distinguí, al otro lado de la barrera tétrica, tres niños con mejillas sonrojadas, alineados en una fila apretada. Todos eran bajos de estatura, como si se hubieran encogido bajo el cielo nublado, y vestían de manera sombría, casi como el paisaje de ese barrio anonadado. Con las miradas alzadas para observar la marcha del tren, los niños levantaron las manos al unísono y gritaron palabras incoherentes a voz en cuello, mostrando sus campanillas inocentes. En ese mismo instante, la muchachilla, que había permanecido con la cabeza fuera de la ventana, extendió de pronto los brazos para sacudirlos con brío a diestra y siniestra, y lanzó una media docena de mandarinas, que resplandecieron en el aire con calidez del sol primaveral, como para levantar el ánimo, antes de caer una tras otra encima de los niños alborotados. Me quedé sin respiración y comprendí todo de inmediato; la muchachilla, que iba a trabajar de sirvienta doméstica en alguna casa lejana, agradeció la despedida ardorosa de sus hermanos al lanzarles unas cuantas mandarinas que había guardado en su seno.

El crucero de arrabal, teñido por el crepúsculo, los tres niños que lanza- ron alaridos de pájaro, y el color fresco de las mandarinas que revolotearon sobre sus cabezas —esta escena se disipó en un abrir y cerrar de ojos tras la ventana del tren, pero se quedó grabada en mi mente con una nitidez elegiaca. Y sentí surgir desde el fondo de mi alma un júbilo misterioso, nunca antes experimentado. Irguiendo la cabeza con resolución, escudriñé el rostro de la muchachilla como si fuera otra persona. Sentada de nuevo al frente, la niña seguía asiendo el billete de su pasaje de tercera clase en su puño cerrado, con las mismas mejillas raspadas, sumergidas en la bufanda de lana color amarillo rojizo…

En ese momento, logré olvidarme, aunque fuera de manera efímera, tanto de mi fatiga y hastío como de esta vida incomprensible, vulgar y tediosa, por primera vez en muchos años.

Ryunosuke Akutagawa: Blanco. Cuento

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Una tarde de primavera. Un perro llamado Blanco transitaba en una calle solitaria, olfateando la tierra. A los lados de la calle se veían dos largas hileras de setos con retoños, que dejaban ver a trechos los cerezos florecientes. Después de seguir un tramo a lo largo de los setos, Blanco dobló de repente en una esquina y, apenas asomado al callejón, detuvo empavorecido sus pasos.

Fue con toda razón; a unos quince metros reconoció a un matador de perros, marcado por el logotipo del chaleco, que apuntaba a un perro negro con un lazo escondido a la espalda. Sin percatarse del peligro, el perro negro devoraba un pedazo de pan, que le había lanzado el matador de perros. Y esto no fue todo; no se trataba de un perro cualquiera sino de uno de los conocidos, nada menos que Negro, el vecino que vivía al lado de su casa. Blanco y él, tan amigos desde siempre, se saludaban todas las mañanas sin falta, olfateándose con las narices pegadas.

Blanco se disponía a gritarle: “¡Huye, Negro!”, cuando el matador le lanzó una mirada feroz, que parecía decir: “Cállate, o te atrapo primero a ti”. Intimidado ante la amenaza tan directa, Blanco se quedó mudo sin poder emitir un ladrido de alerta. Con un horror inaudito que le hizo temblar todo el cuerpo, retrocedió poco a poco, atento al menor movimiento del matador. Cuando ganó la esquina para esconderse detrás del seto, huyó a toda carrera, sin preocuparse más por el pobre Negro.

En seguida se escuchó una serie intermitente de alaridos espantosos de Negro, que de seguro fue capturado por el lazo. En vez de regresar al auxilio, Blanco siguió su escapatoria a toda velocidad sin volverse atrás siquiera, saltando charcos, pateando piedras, atravesando cuerdas de carro- zas, volcando basureros hasta terminar de bajar una cuesta. ¡Habrase visto semejante carrera! Por poco lo atropellaron los automóviles. Quizá Blanco ya no pudiera pensar en otra cosa que salvarse, pero en el fondo de sus oídos seguían repercutiendo los últimos alaridos de Negro como zumbido

de tábano: “Kyaan, kyaan, ¡auxilio! Kyaan, Kyaan, ¡auxilio!”

 

2.

Blanco llegó jadeante a la casa de sus amos. Al pasar por debajo de la valla negra y rodear el galpón, alcanzaría su casita situada en la parte trasera. Irrumpió como vendaval en el jardín cubierto de césped y se sintió aliviado de haber escapado al peligro de la trampa. Sobre el césped fresco, la niña y el niño jugaban con una pelota. Emocionado ante la escena familiar, Blanco se les acercó con afán, moviendo la cola.

–¡Querida niña! ¡Querido niño! Me topé con un matador de perros – dijo Blanco de un soplo con la mirada alzada. (Desde luego, los niños, que no comprendían el idioma de los perros, sólo escucharon unos ladridos sin sentido.)

Sin embargo, tanto la niña como el niño, misteriosamente, permanecieron estupefactos ante el perro, sin acariciarle siquiera la cabeza. Extrañado, Blanco se empeñó:

–¡Querida niña! ¿No has visto un matador de perros? Es aterrador.

¡Querido niño! Por poco me salvé, pero atraparon a mi vecino Negro.

Aun así, los niños sólo se miraban perplejos. Después de un rato de silencio, empezaron a decir:

–¿Qué perro será, Haruo?

–¿De dónde vendrá, hermana?

Ahora fue Blanco quien quedó perplejo al escuchar “de dónde”. (Blanco entendía perfectamente lo que decían los niños. Nosotros suponemos que los perros no nos comprenden porque no los comprendemos, pero esto no es cierto. Los perros aprenden a obedecernos porque entienden nuestro idioma. Por otro lado, nosotros no aprendemos nada con los perros, ni a mirar en la oscuridad ni a distinguir olores sutiles, porque no entendemos su idioma.)

–¡Cómo que de dónde! ¡Soy yo, Blanco!

La niña lo siguió observando con desconfianza.

–¿Será hermano de Negro, el vecino?

–Puede ser –dijo pensativo el niño, jugueteando con el bate–. Porque éste también tiene un cuerpo muy negro.

Blanco sintió de repente que se le erizaban los pelos en el lomo. “Muy negro”: no podía ser, porque desde pequeño era tan blanco como la leche. Sin embargo, se asustó al fijarse en sus patas delanteras; no, no sólo las patas, sino el pecho, el vientre, las patas traseras, la cola esbelta y galante, todo su cuerpo se había vuelto negro, tan negro como una olla quemada.

¡Negro, todo negro! Blanco ladró desesperado, corriendo y brincando a ciegas, como si se hubiera enloquecido.

–Ay, ¿qué hacemos, Haruo? Éste ha de ser un perro rabioso –la niña, petrificada, habló en voz sollozante.

Pero el niño, tan valiente siempre, le pegó a Blanco sin perder tiempo en el hombro izquierdo con el bate. En seguida iba a darle otro batazo, cuando Blanco se escamoteó por debajo del bate y huyó a toda prisa por el mismo camino. Antes de correr veinte metros —mucho menos de lo que había corrido cuando presenció la escena horripilante del matador de perros— ganó la casita, pintada color crema, a la sombra de la palma, y se volvió para observar a los niños.

–¡Querida niña! Querido niño! Soy yo, Blanco. Aunque esté de negro, soy Blanco, la mascota de ustedes.

La voz de Blanco temblaba de tristeza y cólera inexpresables, pero los niños no fueron capaces de percibir ningún matiz especial en los ladridos. En cambio, la niña  dio una patada de rabia, diciendo con odio: “Todavía sigue ahí. Qué perro tan descarado”. El niño cogió guijarros del caminito del jardín y los lanzó con toda su fuerza hacia donde estaba Blanco.

–¡Maldita bestia! ¿Qué andas haciendo ahí? Vete, vete, te estoy diciendo.

Los guijarros se le vinieron uno tras otro, dejando una herida sangrante en la raíz de sus orejas. Con la cola enrollada, Blanco se precipitó hacia la valla para salir a la calle, donde se encontró con una mariposa blanca que revoloteaba libre de escrúpulos, resplandeciendo bajo la luz plateada del sol primaveral.

–¿De hoy en adelante tendré que vivir como vagabundo?

Blanco permaneció distraído durante un buen rato al pie de un poste de electricidad sin dejar de lanzar suspiros.

 

3.

Expulsado definitivamente por los niños, Blanco rondó todo Tokio sin rumbo fijo. Hiciera lo que hiciera, no logró disipar de la mente la imagen de su propia figura, vuelta negra por completo. Andaba con miedo al espejo de la peluquería que reflejaba las caras de los clientes, a los charcos que doblaban el cielo después de la lluvia y a los vidrios de las ventanas decorativas que proyectaban las hojas frescas de las hileras. Hasta se asustó una vez ante la jarra de cerveza negra, colocada sobre la mesa de una cafetería. Pero ¿para qué sirve todo esto? En la ciudad abundan objetos reflectores que lo asustan con su proyección siniestra. Apareció, esta vez, un gran carro negro, estacionado fuera del parque, y la puerta barnizada reflejó, con tanta fidelidad como si fuera un espejo, la figura del perro, que se le había acercado sin percatarse. Blanco lanzó un gemido lastimero y se escondió sin pérdida de tiempo en el parque.

Adentro corría una brisa a través de las hojas frescas de los plátanos. Con la cabeza inclinada, Blanco siguió su marcha entre los árboles. Por fortuna, no había nada, salvo el estanque, que reflejara su figura. En medio del silencio sólo se escuchaba el zumbido de abejas arremolinadas sobre una rosa blanca. Envuelto en el aire sereno del parque, Blanco se olvidó temporalmente de los días depresivos que soportaba después de haberse vuelto negro y feo.

Sin embargo, el momento de felicidad no duró ni cinco minutos. Cuan- do desembocó en estado de ensoñación frente una vereda equipada de bancos, le llegó un ladrido estrepitoso desde el otro lado de la esquina de frente.

–Kyan, kyan ¡auxilio! Kyan, kyan, ¡auxilio!

Blanco tembló sin querer ante la voz espantada que le recordó con niti- dez la horrible escena de su amigo Negro, amenazado de muerte. Blanco se dispuso a dar marcha atrás con los ojos cerrados, pero la vacilación se es- fumó al instante; lanzando un gemido furibundo, avanzó con pasos firmes.

–Kyan, kyan ¡auxilio! Kyan, kyan, ¡auxilio!

A los oídos de Blanco el ladrido sonaba como: “Kyan, kyan, ¡no seas cobarde! Kyan, kyan, ¡no seas cobarde!”

Apenas agachada la cabeza, Blanco se disparó hacia el sitio de la voz. Ya en el escenario, lo que encontró no fue un matador de perros sino unos cuantos niños vestidos a la usanza occidental, camino de regreso de la escuela. Los niños alborotados arrastraban un cachorro de color marrón con una soga que le habían amarrado al cuello. Mientras el cachorro forcejeaba en una resistencia desesperada, pidiendo auxilio sin cesar, los niños se divertían entre risas y gritos sin hacerle caso, pateándole de vez en cuando la panza con los pies calzados.

Sin un asomo de titubeo, Blanco acometió con ladridos feroces a los niños, que, tomados por sorpresa, entraron en pánico. Empavorecidos ante el rostro sanguíneo del perro que les mostraba los ojos sonrojados y los colmillos filudos para amenazarlos con un inminente ataque, los niños se dispersaron por los cuatro costados. El más asustado cayó rodando en el sendero junto a la vereda. Después de perseguirlos unos veinte metros, Blanco se volvió hacia el cachorro y le habló en un tono de reproche:

–Ven, vamos juntos. Te acompaño hasta tu casa.

Blanco tomó apresurado el mismo camino entre los árboles, mientras el cachorro color marrón, feliz, pasó por debajo de un banco y, después de pisar unas rosas, comenzó a correr a toda marcha para no perderlo de vista, ya despreocupado de la soga que le arrastraba del cuello.

Un par de horas después, Blanco y el cachorro marrón se encontraban en frente de una cafetería miserable. En la semipenumbra del interior, que no alcanzaba a iluminar del todo una lámpara encendida desde el mediodía, el gramófono ronco emitía una melodía de canto regional de Osaka. Moviendo la cola en vaivenes alegres, el cachorro le dijo a Blanco:

–Yo vivo aquí en esta cafetería, que se llama Casa Taisho. ¿Dónde vive usted, señor?

–¿Yo? Yo vivo en un pueblo que queda muy lejos de aquí –Blanco sus- piró con tristeza–. Bueno, me voy.

–Espere. ¿Es muy regañón su amo?

–¿Mi amo? ¿Por qué me preguntas eso?

–Si no tiene problema con su amo, quédese aquí para pasar la noche. A mi mamá también le gustaría agradecerle por haberme salvado la vida. En mi casa tenemos mucha comida de lujo, como leche, arroz con curry y bistec, para agasajarle.

–Muchas gracias, pero será la próxima ocasión, porque hoy tengo otros compromisos. Bueno, me saludas a tu mamá.

Después de alzar un segundo los ojos para mirar el cielo, Blanco se puso en marcha sobre la calle pavimentada. De un rincón del techo de la cafetería, ya se asomaba la luna creciente con un brillo tenue.

–Señor, señor, espere, por favor –el cachorro le dijo en un tono afligido–. Dígame siquiera cómo se llama usted. Soy Napoleón, y me llaman Napo o Napito. ¿Cómo se llama usted, señor?

–Me llamo Blanco, niño.

–¿Blanco? Qué extraño. Usted es negro. Blanco se entristeció.

–Pero me llamo Blanco.

–Bueno, don Blanco, que venga a visitarnos pronto.

–Bueno, Napito, adiós.

–Suerte, don Blanco, adiós.

 

4.

No habrá necesidad de contar en detalle lo que después le sucedió a Blanco, pues se ha publicado en periódicos. Me imagino que la mayoría de los lectores están al tanto de la noticia de un perro negro que ha salvado con valentía a varias personas. Recordarán también que hicieron una película con el título de “Perro fiel”, que tuvo mucho éxito hace algunos años. Ese perro negro no fue sino el mismo Blanco. Para los que aún no se han enterado por alguna circunstancia, aquí citaré algunos ejemplos:

El Diario de Tokio: Ayer el 18 (de mayo), a las 8: 40 de la mañana, el niño Sanehiko Shibayama (cuatro años de edad), el hijo mayor de Tetsutaro Shibayama, empleado de Tabata 1-2-3 S.A., se metió por un error del guardián en la barrera, ubicada cerca de la estación Tabata, justo cuando atravesaba el tren expreso de la línea Ou con rumbo a Ueno. El niño, que por poco fue atropellado por el tren, fue salvado por un robusto perro negro que se lanzó como un rayo a la barrera y lo sacó a tiempo. Como el valiente perro desapareció en medio del bullicio sin dejar rastro, la autoridad está desconcertada sin saber a quién darle la condecoración.

El Asahi de Tokio: La esposa del señor Edward Berkeley, quien se encuentra ahora de veraneo en Karuizawa, adora a su gato persa. Un día de estos apareció en su quinta una serpiente como de dos metros y sometió al gato para tragárselo. Ahí acudió al rescate un perro negro desconocido, que, después de veinte minutos de batalla feroz, mató la serpiente a mordidas. Con el premio de cinco mil dólares para quien se lo ubique, la señora está en búsqueda del perro valiente, que misteriosamente desapareció enseguida.

El Nacional: Después de haberse desviado varios días de la ruta reglamentaria de la cordillera Alpes Japoneses, los tres estudiantes del Colegio Primero llegaron el día 7 (de agosto) sanos y salvos al balneario de Kamikochi. Los muchachos perdieron la ruta en un tramo entre el Monte Hodaka y el Pico Lanza, y estuvieron a punto de morir cuando la borrasca del día anterior les arrebató la carpa con sus alimentos. De repente apareció un perro negro, vaya a saber de dónde, en la quebrada en que vagaban sin rumbo, y les enseñó el camino a seguir como si fuera un guía experto. Des- pués de un día entero de caminata tras el perro, los muchachos llegaron sin problema a Kamikochi. En cuanto divisó el balneario hacia abajo, el perro desapareció en un bosquecillo de bambú, dejando atrás tan sólo un ladrido de regocijo. Los muchachos están convencidos de que se lo mandó el dios regional para protegerlos.

El Actual: El día 13 (de septiembre) hubo en Nagoya un incendio de gran escala que originó más de diez muertos. El alcalde Yokozeki por poco pier- de a su adorado hijo, Takenori (tres años de edad), quien se quedó abando- nado debido a la falla de algún familiar en el segundo piso de la casa, ya arrasada casi por completo por el fuego. Quien lo salvó de la carbonización fue un perro negro que acudió ahí por un milagro. El alcalde decretó la ley de prohibir la matanza de perros callejeros, residentes en Nagoya.

El Yomiuri: El día 25 (de octubre), alrededor de las dos de la tarde, el lobo siberiano, que había sido un ídolo permanente del zoológico Miyagi, ubicado dentro del parque del Castillo Odawara, acometió de repente su jaula resistente hasta romperla y, después de herir a dos vigilantes, se fugó con rumbo a Hakone. La policía de Odawara organizó una movilización inmediata para formar un cerco en toda la ciudad. El lobo apareció alrededor de las cuatro y media en el barrio Juji, donde fue afrontado por un perro negro. Después de un largo combate sanguinolento, el perro negro venció al lobo, que fue fusilado ahí mismo por la patrulla en ronda. Se trataba de una raza conocida como Lupus Ziganticus, que figura entre las más fieras. El dueño del zoológico Miyagi proclama que fue injusta la matanza del lobo, disponiéndose a acusar al comisario de Odawara ante el juez.

 

5.

Un día de otoño, a medianoche, Blanco, exhausto física y mentalmente,

regresó a la casa de sus amos. Desde luego, la niña y el niño ya se habían acostado y no había nadie despierto en casa. Desde el césped silencioso del jardín trasero sólo se veía la luna blanca encima de la copa de la palma. Blanco reposó su cuerpo mojado de rocío frente a su casita de antaño y empezó a monologar ante la luna solitaria.

–¡Luna, luna! Yo abandoné a mi amigo Negro a su suerte. De seguro por eso me he vuelto negro. Pero he batallado contra todos los peligros des- de que me despedí de mis adorados niños. Al principio fue porque me aver- gonzaba de mi cobardía al verme sin querer tan negro como hollín, pero al fin y al cabo todo ha sido por la repugnancia que siento por mi cuerpo negro; me metí en el fuego y peleé con el lobo sólo porque quise matarme. Y me he salvado de todo por milagro, siempre repelado por la muerte que parece estarme huyendo. Incapaz de soportar más este estado angustioso, decidí matarme, pero antes me gustaría ver, siquiera un segundo, a mis queridos amos. Claro, los niños me tomarán por un perro callejero cuando me vean mañana, y puede que el niño me mate con su bate, lo cual no me afligiría de ninguna manera. ¡Luna, luna! Sólo deseo ver a mis amos y sólo por eso hice un largo viaje para estar aquí. Permíteme ver a los niños por lo que más quieras.

Blanco se quedó de bruces sobre el césped y se durmió en seguida cuando terminó de monologar.

–Qué sorpresa, Haruo.

–De veras, qué milagro, hermana.

Blanco abrió los ojos al percibir la voz de su pequeño amo; los dos niños se miraban estupefactos delante de la casita sin entender lo que había pasado. Blanco alzó la mirada un instante, pero la bajó de inmediato sobre el césped. Los niños le mostraban las mismas caras cuando Blanco se volvió negro. Recordando la triste sensación de esa ocasión, el perro casi se arrepintió de haber regresado. De repente, el niño brincó de alegría y lanzó un grito:

–¡Papá! ¡Mamá! ¡Volvió Blanco!

¡Blanco! Blanco se levantó de un salto. Temerosa quizá de que el perro intentara otra fuga, la niña extendió los brazos para sujetarle el cuello. Al mismo tiempo, Blanco desplazó la mirada hacia los ojos de la niña, que reflejaban con nitidez la fachada de la casita: esa casita color crema, colocada a la sombra de la palma. No sólo esto, sino que delante de la casita se veía un perro blanco, sentado, tan puro y esbelto como un grano de arroz. Embelesado, Blanco se quedó contemplando esa imagen.

–Blanco está llorando.

Con Blanco en sus brazos, la niña alzó los ojos para buscar la cara de su hermano, que simulaba serenidad con altanería.

–Bah, ¡tú también estás llorando!

Ryunosuke Akutagawa: La fiesta de baile. Cuento

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Esto fue en la noche del día tres de noviembre del año 19 de Meiji.

Akiko, hija de la familia XX, de 17 años de edad, subía en compañía de su padre, hombre calvo, la escalera de la Casa Rokumei, donde se celebraba la fiesta de baile. Alumbradas por la fuerte luz de la lámpara, las grandes flores de crisantemo, que parecían artificiales, formaban una barrera de tres hileras en ambos lados de los pasamanos; los pétalos se revolvían en desorden como hojas flotantes en cada una de las tres filas, de color rosado en la última, de amarillo intenso en la del medio y de blanco puro en la más cercana. Al cabo de la barrera de crisantemos la escalera desembocaba en la sala de baile, de donde ya desbordaba sin cesar la música alegre de la orquesta, como un suspiro de felicidad incontenible.

A Akiko ya le habían inculcado el idioma francés y el baile occidental, pero era la primera vez que asistía a una ceremonia formal. Estaba tan nerviosa y distraída que apenas le contestaba a su padre, que le hablaba de cuando en cuando mientras viajaban en un coche tirado por caballos; se sentía carcomida desde el interior por una extraña sensación inestable, que se podría llamar inquietud placentera. Desde la ventana alzó con insisten- cia la mirada nerviosa para contemplar la ciudad de Tokio iluminada por escasos faroles que dejaban atrás a medida que avanzaba el coche, hasta estacionarse al fin delante de la Casa Rokumei.

Una vez adentro, Akiko se topó con un incidente que la hizo olvidar la inquietud; justo a la mitad de la escalera, el padre y la hija alcanzaron al diplomático chino, que les aventajaba algunos peldaños. Ladeando su cuerpo obeso para dejarles paso, el caballero le lanzó una mirada de admiración a Akiko. El vestido fresco color rosa, la cintilla celeste que colgaba con elegancia del cuello, una sola rosa que despedía una fragancia desde el cabello negro oscuro: la figura de la mujer japonesa, recién tocada por la cultura occidental, se destacaba esa noche con una belleza impecable que dejó abrumado al diplomático chino de coleta larga. En seguida, vinieron bajando con prisa dos japoneses vestidos de frac, que, al cruzarse con ellos, se volvieron casi por instinto para lanzar una mirada rápida de la misma admiración hacia la espalda de Akiko. Los dos señores se ajustaron la cor- bata blanca de una manera automática, sin explicarse por qué lo hacían, y siguieron su marcha apresurada hacia el vestíbulo entre los crisantemos.

Cuando el padre y la hija terminaron de subir la escalera hasta el se- gundo piso, se encontraron a la entrada de la sala de baile con un conde de barba canosa, anfitrión de la fiesta, que, exhibiendo condecoraciones en su pecho, recibía generoso a los invitados, junto con la condesa, algo mayor que él, vestida con esmero al estilo Louis XV. A Akiko no le pasó desaper- cibido, hasta que el conde reveló un asombro inocente que cruzó en un instante fugaz por su cara astuta sin dejar rastro. Mientras el padre, siempre amistoso, presentó su hija al conde y a la condesa de manera escueta, con una sonrisa alegre. Ella se tranquilizó lo suficiente como para detectar lo vulgar que era el rostro de la condesa altanera.

En la sala de baile también florecían a sus anchas los crisantemos hasta llenar los rincones más recónditos. El espacio estaba repleto de encajes, flores y abanicos de marfil que se removían en medio del perfume como una ola silenciosa al compás de las damas en espera de su pareja. Pronto, Akiko se separó de su padre y se mezcló con un grupo de damas elegan- tes. La mayoría eran muchachas de su misma edad, envueltas en vestidos semejantes color celeste o rosa. Al fijarse en Akiko, las damas empezaron a cuchichear como pajaritos y elogiaron al unísono la belleza sobresaliente que dominaba la noche.

Apenas integrada al grupo, apareció sigiloso de algún escondrijo un francés desconocido, oficial de la marina, que se le acercó haciendo una venia de cortesía a la japonesa con los brazos caídos. Akiko sintió que le subía un rubor tenue por las mejillas. Sin necesidad de preguntar para qué la invitaba el hombre con esa venia formal, ella se volvió hacia la dama del vestido celeste que se sentaba a su lado, para ver si podía dejar en sus manos el abanico que llevaba consigo. De manera inesperada, el oficial francés, con un asomo de sonrisa en las mejillas, le dijo sin ambages en japonés, marcado por un acento peculiar:

–¿Quiere bailar conmigo?

En seguida Akiko bailó el vals El bello Danubio azul con el oficial francés, que mostraba el rostro en relieve con los cachetes bronceados y el bigote tupido. Tan baja de estatura, ella apenas alcanzaba los hombros de su pareja con la mano calada por un guante largo, pero el hombre tan experimentado la condujo con destreza y se deslizaron juntos con agilidad en medio del gentío. El oficial le susurraba en francés una que otra palabra de galantería en momentos de distensión.

Akiko apenas contestaba con una sonrisa tímida al cariño del hombre mientras recorría la sala con su mirada; bajo el telón de seda morada con una inscripción teñida del blasón de la familia imperial y la bandera na- cional de China, con los dragones serpenteando con garras hacia arriba, se veían floreros rebosados de crisantemos, algunos de color plata alegre y otros de oro solemne, que flameaban entre los bailarines movedizos. Agi- tadas por el viento melodioso, que la resplandeciente orquesta alemana emitía sin cesar, como cuando se destapa una botella de champaña. Las ondas humanas no dejaron de realizar ni un instante sus movimientos vertiginosos. Cuando la mirada de Akiko cruzó con la de una amiga suya, que también bailaba con un caballero, las dos cambiaron un cabeceo jubiloso de mutuo reconocimiento entre los pasos acelerados. Al siguiente segundo, ya aparecía otro bailarín ante los ojos de Akiko, vaya a saber de dónde, como una gran mariposa alborotada.

Durante todo este tiempo, Akiko estaba consciente de que los ojos del oficial se fijaban en cada uno de sus movimientos, evidenciando el gran in- terés que mantenía el extranjero, ajeno por completo a los hábitos japone- ses, en la forma jovial de bailar de su pareja. ¿Una dama tan hermosa tam- bién viviría como una muñeca en casa de papel y bambú? ¿Comería con los delgados palitos de metal los granos de arroz servidos en una taza con dibujo de flores azules, tan pequeña como la palma de su mano? ―Estas preguntas parecían dar vueltas en las pupilas del francés al son de su sonri- sa afectuosa, lo cual le produjo a Akiko gracia y orgullo al mismo tiempo. Sus finos zapatos de baile color rosa se deslizaron con más presteza sobre el piso, cada vez que la mirada curiosa del francés bajaba hacia los pies.

Al cabo de algunos minutos, el oficial pareció darse cuenta de que su pareja estaba cansaba y le preguntó benévolo, escudriñando el rostro felino de la japonesa.

–¿Quiere seguir bailando?

–Non, merci –resollando, Akiko le contestó con franqueza.

Entonces el oficial francés, todavía marcando los pasos con el ritmo de vals, la condujo con donaire entre las olas de encajes y flores que se movían a diestra y siniestra, hasta depositarla al lado de un florero de crisantemos, pegado a la pared. Después de hacer la última pirueta, la sentó en una silla con la misma elegancia, irguiendo el busto de su uniforme para hacer otra venia servicial al estilo japonés.

Más tarde, Akiko bailó de nuevo una polka, y luego una mazurka con el mismo oficial francés, que después la llevó del brazo escalera abajo en- tre las tres hileras de crisantemos, blanco, amarillo y rosa, hacia el salón amplio de la planta baja.

En medio de las incesantes idas y vueltas de fracs y camisas blancas, se veían mesas que exhibían platos de plata y cristal, unos con una montaña de carne y setas, otros con torres de bocadillos y helados, y los demás con conos de higos y granadillas. En una pared que no alcanzaban a cubrir los crisantemos, se instalaba un enrejado hermoso de oro, al cual se enrollaba una zarcilla de uvas artificiales. De ahí colgaban como colmenas varios racimos que ostentaban el color violeta al fondo de las hojas verdes. Akiko distinguió a su padre calvo, que fumaba un puro, conversando con otro señor de la misma edad, justo delante del enrejado. Su padre le asintió satisfecho con un cabeceo al reconocerla, pero en seguida le dio la espalda para seguir conversando con su acompañante sin dejar de echar bocanadas de humo.

El oficial francés y Akiko arribaron a una mesa y probaron juntos unas cucharadas de helado. Mientras tanto, Akiko se daba cuenta de que los ojos de su pareja se detenían de cuando en cuando sobre sus manos, su cabello y su cuello tocado por una cintilla celeste. La mirada del francés estaba lejos de desagradarla, pero hubo momentos en que le despertaba la chispa de la sospecha femenina. Akiko aprovechó el momento en que pasaron al lado dos muchachas extranjeras, quizás alemanas, con una flor roja de camelia sobre los pechos cubiertos de terciopelo, para emitir una frase de admiración a manera de sondeo:

–Qué hermosas son las mujeres occidentales.

Al escucharlo, el oficial manifestó, con cara extrañamente seria, su des- aprobación con movimientos de cabeza.

–Las mujeres japonesas también son bonitas. Usted, en particular…

–No es cierto.

–Se lo digo en serio. Podrá asistir tal como está a una fiesta de baile en París y de seguro dejará maravillado al público. Usted parece la princesa dibujada por Watteau. Akiko no sabía quién era tal Watteau. Los pasados ilusorios ―manantial en un bosque oscuro, rosas marchitas―, evocados por las palabras del oficial, se esfumaron al instante sin dejar huellas ante la ignorancia de la muchacha japonesa. Sin embargo, Akiko, siempre muy intuitiva, recobró la calma acudiendo al último recurso, mientras removía el helado con una cuchara:

–Me gustaría asistir a una fiesta de baile en París.

–Pero si es idéntica a ésta –dijo el oficial, observando las olas humanas y las flores de crisantemo que los rodeaban junto a la mesa. De repente se le cruzó un rayo de sonrisa irónica en las pupilas y agregó como en un monólogo, deteniendo el movimiento de la cuchara–: Sea en París o donde sea, la fiesta de baile siempre es la misma.

Una hora después, Akiko y el oficial francés, todavía tomados de brazo, permanecían contemplando el cielo estrellado desde el balcón adjunto a la sala de baile, donde descansaban algunos japoneses y extranjeros.

Al otro lado del parapeto estaba el jardín sembrado en toda su extensión por las coníferas que traslucían bajo las ramas enrevesadas las lámparas redondas con luces difusas. Debajo de la capa del aire frío, la superficie de la tierra parecía irradiar un olor a musgo y hojas secas, como un triste suspiro del otoño tardío. En la sala de baile, las olas de encajes y flores proseguían sus vaivenes incesantes bajo el telón de seda morada con el blasón de la familia imperial. Y el torbellino producido por la orquesta aguda seguía mandando palizas inclementes a la masa humana.

El aire nocturno se sacudía sin cesar con cuchicheos y risas alegres sobre el balcón. Y casi se producía un revuelo entre los concurrentes cuando lanzaban una hermosa flor de fuego encima del bosque oscuro de coníferas. Mezclada en un grupo, Akiko sostenía de pie una conversación relajada con damas conocidas, pero pronto se dio cuenta de que el oficial francés, todavía tomado de su brazo, clavaba su mirada silenciosa en el cielo estrellado que se extendía sobre el jardín. Sospechando vagamente que se sentía nostálgico, Akiko alzó los ojos para observar el rostro del francés y le preguntó en un tono medio indulgente:

–Piensa en su país, ¿no es cierto?

Con los ojos aún sonrientes, el oficial se volvió hacia Akiko y le negó con un movimiento pueril de cabeza, en lugar de responderle con un “non”.

–Pero está muy pensativo.

–Adivine qué pienso.

En ese mismo instante hubo otro revuelo como un remolino entre la gente conglomerada en el balcón. Akiko y el oficial se quedaron mudos como si se tratara de de un acuerdo mutuo, y dirigieron sus miradas hacia la bóveda celeste que avasallaba el bosque de coníferas. Una flor de fuego, configurada por trozos azules y rojos, se desvanecía rascando la oscuridad con sus tenazas. La imagen fugaz resultó tan bella que Akiko sintió una tristeza inexplicable.

–Pensaba en la flor de fuego, que se asemeja tanto a la vie humana –dijo el oficial francés en un tono aleccionador, bajando los ojos tiernos a la cara de Akiko.

2.

En otoño del año siete de Taisho, Akiko de antaño, actual señora H, se encontró por casualidad con un joven novelista, a quien había conocido en alguna otra ocasión, cuando viajaba en tren con rumbo a su quinta de Kamakura. El joven guardó sobre la parrilla el ramo de crisantemos que llevaba de regalo para sus amigos de Kamakura. Al ver las flores, la actual señora H se acordó de la anécdota inolvidable y le habló en detalle del baile celebrado hacía muchos años en la Casa Rokumei. El joven se interesó por esa forma peculiar de refrescar la memoria.

Cuando la señora terminó de relatar la historia, el joven le preguntó sin ninguna intención particular:

–¿No recuerda cómo se llamaba el oficial francés?

La respuesta de la señora fue inesperada:

–Claro que sí. Se llamaba Julien Viaud.

–Ah, fue Loti. Pierre Loti, autor de La señora Crisantemo.

El joven se emocionó de alegría, pero la vieja señora H, extrañada, sólo le repitió en susurros insistentes:

–No, no se llamaba Loti. Era Julien Viaud, estoy segura.

Ryunosuke Akutagawa: Carta para un viejo amigo. Carta

imagesEsta carta fue dejada por Rynosuke Akutagawa a un amigo antes del suicidio, a los 35 años

Probablemente nadie que intente el suicidio, como Reigner muestra en uno de sus cuentos, tiene clara conciencia de todos sus motivos. Los cuales generalmente son muy complejos. Por lo menos en mi caso está impulsado por una vaga sensación de ansiedad, una vaga sensación de ansiedad sobre mi propio futuro.

Aproximadamente en los últimos dos años, he pensado solo en la muerte, y con especial interés he leído un relato que trata sobre este proceso. Mientras el autor se refiere a esto en términos abstractos, yo seré lo mas concreto que pueda, incluso hasta el punto de sonar inhumano. En este punto yo estoy moralmente obligado a ser honesto. En cuanto al vago sentido de ansiedad respecto de mi futuro, creo que lo he analizado por completo en mi relato, “La vida de un loco”, excepto por el factor social, llamémoslo la sombra del feudalismo, proyectada sobre mi vida. Esto lo omití a propósito, al no tener la certeza de poder clarificar realmente el contexto social en el cual viví.

Una vez tomada la decisión de suicidarme (yo no lo veo en la forma en que lo ven los occidentales, es decir como un pecado) me resolví por la forma menos dolorosa de llevarlo a cabo. Excluí, por razones prácticas y estéticas, la posibilidad de ahorcarme, dispararme un tiro, saltar al vacío u otras formas de suicidio. El uso de drogas me pareció el camino más satisfactorio. Y por el lugar, tendría que ser mi propia casa, cualquiera sean los inconvenientes para mi familia. Como una suerte de trampolín, al igual que Kleist y Racine, pensé en la compañía de una amante o un amigo, pero habiendo elevado la autoconfianza, decidí seguir adelante solo. Y la última cosa a considerar, fue asegurarme una perfecta ejecución, sin el conocimiento de mi familia. Después de unos meses de preparación me convencí de la posibilidad de realizarlo.

Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Yo mismo soy uno de esos animales humanos. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza más hermosa que nunca, paradójico como suene. Yo he visto, amado, entendido más que otros, en ésto tengo cierto grado de satisfacción, a pesar de todo el dolor que hasta aquí he soportado.

P.S: Leyendo la vida de Empédocles, me dí cuenta de cuán antiguo es el deseo de uno de convertirse en Dios. Esta carta, en cuanto a mi concierne, no intenta esto. Por el contrario, yo me considero uno de los hombres más comunes. Vos debés recordar esos días, veinte años atrás, cuando discutimos “Empédocles sobre el Etna” bajo los árboles de tilo. En esos tiempos yo era uno de los que deseaba convertirse en Dios.

Ryunosuke Akutagawa: Sennin. Cuento

senninUn hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.

Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:

-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?

El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.

-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?

-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá…

Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:

-Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.

Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:

-Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.

Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.

Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:

-Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?

Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.

-Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.

-¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.

El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.

Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:

-Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?

La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:

-Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.

Esta frase hizo callar a su marido.

A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:

-Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.

-Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero… justamente lo que sentía en ese instante.

-Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?

-Sí, señora, con tal de serlo.

-Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.

-¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.

-Pero -añadió ella-, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?

-Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.

De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.

Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.

Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.

-Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?

-Y ahora ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.

-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.

La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:

-Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.

-Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.

-Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.

Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.

-Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.

De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.

-Ahora suelte la mano derecha.

Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.

-Suelte también la mano izquierda.

-Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.

-En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?

En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego… y luego… Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.

-Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.

Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.