Bram Stoker: El entierro de las ratas. Cuento

el entierro de las ratasSi abandona París por la carretera de Orleans, cruce la Enceinte y, si gira a la derecha, se encontrará en un distrito algo salvaje y en absoluto placentero. A derecha e izquierda, delante y detrás, por todos lados se alzan grandes montones de basura y otros residuos acumulados por los procesos del tiempo.

París tiene su vida nocturna además de la diurna, y el viajero que penetra en su hotel de la Rue de Rivoli o la Rue St. Honoré a última hora de la noche o lo abandona a primera hora de la mañana puede adivinar, al llegar cerca de Montrouge -si no lo ha hecho ya antes- la finalidad de esos grandes carros que parecen como calderas sobre ruedas y que puede hallar pase por donde pase.

Cada ciudad tiene sus instituciones peculiares creadas para sus propias necesidades, y una de las más notables instituciones de París es su población de traperos. A primera hora de la mañana -y la vida de París empieza a una hora muy temprana- pueden verse colocadas en la mayoría de las calles, al otro lado de cada Patio y callejón y entre tantos edificios, como todavía en algunas ciudades norteamericanas e incluso en partes de Nueva York, grandes cajas de madera en las que las criadas o los inquilinos de las casas vacían la basura acumulada del día anterior. Alrededor de estas cajas se reúnen y circulan, una vez llenas, escuálidos y macilentos hombres y mujeres cuyas herramientas del oficio Consisten en un burdo saco o cesto colgado del hombro Y un pequeño rastrillo con el cual remueven y sondean y examinan minuciosamente los cubos de basura. Recogen y depositan en sus cestos, con ayuda de sus rastrillos, todo lo que pueden encontrar, con la misma facilidad con la que un chino utiliza sus palillos para comer.

París es una ciudad de centralización, y centralización y clasificación están estrechamente aliadas. En los primeros tiempos, cuándo la centralización se está convirtiendo en un hecho, su precursora es la clasificación. Todas las cosas que son similares o análogas son agrupadas juntas, y del agrupamiento de esos grupos surge un punto total o central. Vemos radiar muchos largos, brazos con innumerables tentáculos, y en el centro surge una gigantesca cabeza con un amplio cerebro y ojos atentos que miran a todos lados y con oídos sensibles todos los sonidos…. y una boca voraz para tragar.

Otras ciudades se parecen a todas las aves y animales y peces cuyos apetitos y digestiones son normales. Sólo París es la apoteosis analógica del pulpo. Producto de la centralización llevada a un ad absurdum, representa con justicia el pez diablo; y en ningún otro aspecto es más curioso el parecido que en la similitud con el aparato digestivo.

Los turistas inteligentes que, tras rendir su individualidad a las manos de los señores Cook o Gaze, hacen París en tres días, se sienten a menudo desconcertados al saber que la cena que en Londres cuesta unos seis chelines puede obtenerse por tres francos en un café en el Palais Royal. No necesitarán sorprenderse si consideran que la clasificación es una especialidad teórica de la vida parisina, que adopta a todo su alrededor el hecho que fue la génesis de los traperos.

El París de 1850 no era como el París de hoy, y aquellos que ven el París de Napoleón y del barón Hausseman difícilmente podrán comprender la existencia del estado de cosas hace cuarenta y cinco años.

Entre algunas cosas, sin embargo, que no han cambiado están esos distritos donde se recoge la basura. La basura es basura en todo el mundo, en todas las épocas, y el parecido familiar de los montones de basura es perfecto. En consecuencia, el viajero que visita los alrededores de Montrouge puede retroceder sin ninguna dificultad al año 1850.

En ese año yo estaba realizando una prolongada estancia en París. Estaba muy enamorado de una joven dama que, aunque correspondía a mi pasión, cedía de tal modo a los deseos de sus padres que había prometido no verme ni cartearse conmigo durante un año. Yo también me había visto obligado a acceder a estas condiciones bajo la vaga esperanza de la aprobación paterna. Durante el tiempo de prueba había prometido permanecer fuera del país y no escribirle a mi amor hasta que hubiera transcurrido el año.

Por supuesto, el tiempo me pesaba horriblemente. No había nadie de mi familia o círculo que pudiera hablarme de Alice, y nadie de su propia familia tenía, lamento decirlo, la suficiente generosidad como para enviarme siquiera alguna palabra de aliento ocasional relativa a su salud y bienestar. Pasé seis meses vagando por Europa, pero como no podía hallar una distracción satisfactoria en el viaje, decidí ir a París, donde al menos estaría al alcance de cualquier llamada de Londres en caso de que la buena suerte me reclamara antes de terminar el plazo. Ese «la esperanza diferida enferma el corazón» nunca estuvo mejor ejemplificado que en mi caso, porque, además del perpetuo anhelo de ver el rostro que amaba, siempre estaba conmigo la torturante ansiedad de que algún accidente pudiera impedirme mostrarle a Alice a su debido tiempo que, durante el largo período de prueba, había sido fiel a su confianza y a mi amor. Así, cualquier aventura que emprendí tenía en sí misma un intenso placer, Porque estaba cargada de posibles consecuencias más de las que normalmente hubiera afrontado.

Como todos los viajeros, agoté los lugares de mayor interés al primer mes de mi estancia, y al segundo mes me sentí impulsado a buscar diversión allá donde pudiera. Tras efectuar diversas excursiones a los suburbios más conocidos, empecé a ver que existía una terra incognita, en lo que a las guías de viaje se refería, en las selvas sociales que se extendían entre esos puntos de atracción. En consecuencia, empecé a sistematizar mis investigaciones, y cada día tomaba el hilo de mi exploración en el lugar donde lo había dejado caer el día anterior.

A lo largo del tiempo, mi vagabundeo me llevó cerca de Montrouge, y vi que por allí se extendía la última Thule de la exploración social, un país tan poco conocido como el que rodea las fuentes del Nilo Blanco. Y así decidí investigar filosóficamente a los traperos: su hábitat, su vida y sus medios de vida.

El trabajo era desagradable, difícil de realizar y con pocas esperanzas de una recompensa adecuada. Sin, embargo, pese a la razón, prevaleció la obstinación, y entré en mi nueva investigación con más energía de la que hubiera podido apelar para que me ayudara en, cualquier otra investigación que me condujera a cualquier otro fin, valioso o digno de estima.

Un día, a última hora de una espléndida tarde de finales de setiembre, entré en el sanctasanctórum de la Ciudad de la Basura. El lugar era evidentemente la morada reconocida de un buen número de traperos, porque se manifestaba una especie de orden en la formación de los montículos de basura al lado de la carretera. Pasé entre esos montículos, que se erguían como ordenados centinelas, decidido a penetrar más profundamente y rastrear la basura hasta su última localización.

Mientras avanzaba, vi detrás de los montículos de basura algunas formas que iban de aquí para allá, vigilando evidentemente con interés la aparición de cualquier extraño a aquel lugar. El distrito era como una pequeña Suiza, y mientras avanzaba mi tortuoso camino se cerró a mis espaldas.

Finalmente, llegué a lo que parecía una pequeña ciudad o comunidad de traperos. Había un cierto número de chozas o chabolas, como las que pueden encontrarse en las remotas partes del pantano de Allan -toscos lugares con paredes de cañas recubiertas con mortero de barro y con techos de paja hechos de los residuos de los establos-, lugares a los que uno no desearía entrar bajo ningún concepto, y que incluso en las acuarelas sólo podían parecer pintorescos si eran tratados juiciosamente. En medio de esas cabañas había una de las más extrañas adaptaciones -no puedo decir habitaciones- que jamás haya visto. Un inmenso y viejo guardarropa, los colosales restos de algún boudoir de Carlos VII, o Enrique 11, había sido convertido en una morada. Las dobles puertas estaban abiertas, de modo que todo su interior quedaba a la vista del público. La mitad abierta del guardarropa era una sala de estar de metro veinte por metro ochenta, donde se sentaban, fumando sus pipas alrededor de un brasero de carbón, no menos de seis viejos soldados de la Primera República, con sus uniformes arrugados y deshilachados. Evidentemente, eran de la clase de los mauvais sujets; sus turbios ojos y sus mandíbulas colgantes hablaban con claridad de un amor común a la absenta; y sus ojos tenían esa expresión perdida y consumida que es el sello del borracho en sus peores momentos, y ese semblante de adormecida ferocidad que sigue a la estela del copioso beber. El otro lado estaba como en sus viejos tiempos, con sus estantes intactos, excepto que habían sido cortados en profundidad por la mitad y en cada estante, de los que había seis, se había habilitado una cama hecha con trapos y paja. La media docena de respetables que vivían en aquella estructura me miraron con curiosidad cuando pasé, y cuando les devolví la mirada tras haberlos rebasado unos pasos vi que unían sus cabezas en una susurrada conferencia. No me gustó en absoluto el aspecto de todo aquello, porque el lugar era muy solitario Y los hombres tenían un aspecto muy, muy villano. De todos modos, no vi ninguna causa para tener miedo, y seguí adelante, penetrando más y más en el Sáhara. El camino era tortuoso hasta cierto grado y, tras avanzar en una serie de semicírculos, como cuando uno patina en una pista de patinaje, no tardé en sentirme confuso con respecto a los puntos cardinales.

Cuando hube penetrado un poco más vi, al doblar la esquina de un medio montículo, sentado sobre un montón de paja, a un viejo soldado con una deshilachada chaqueta.

«Vaya -me dije a mí mismo-; la Primera República está bien representada aquí en sus soldados. »

Cuando pasé por su lado, el viejo ni siquiera alzó la vista hacia mí, sino que miró al suelo con estólida persistencia. De nuevo observé para mí mismo: «¡Mira lo que puede hacer una vida de duras batallas! La curiosidad de este hombre es una cosa del pasado».

Cuando hube dado algunos pasos más, sin embargo., miré bruscamente hacia atrás y vi que la curiosidad no, estaba muerta, porque el veterano había alzado la cabeza y me estaba mirando con una expresión muy curiosa. Tuve la impresión de que su aspecto era muy parecido al de los seis respetables de antes. Cuando me vio mirarle, bajó la cabeza; y sin pensar más en él seguí mi camino, satisfecho de que hubiera un extraño parecido entre aquellos viejos guerreros.

Poco después hallé a otro viejo soldado en las mismas condiciones. Él tampoco reparó en mí cuando pasé por su lado.

Por aquel entonces era ya última hora de la tarde, y empecé a pensar en volver sobre mis pasos. Así que di la vuelta para regresar, pero pude ver un cierto número de caminos que iban entre los diferentes montículos y no pude decidir cuál de ellos debía tomar. En mi perplejidad, deseé ver a alguien a quien poder preguntarle el camino, pero no vi a nadie. Decidí avanzar más e intentar encontrar a alguien…. no un veterano.

Conseguí mi objetivo, porque, después de recorrer un par de cientos de metros, vi delante de mí una choza como nunca había visto antes, con la diferencia sin embargo de que no era para vivir, sino simplemente un techo con tres paredes, abierta por delante. Por las evidencias que mostraba el vecindario, supuse que era un lugar de clasificación y distribución. Dentro había una vieja mujer arrugada y encorvada por la edad; me acerque a ella para preguntarle el camino.

Se levantó cuando me aproximé y le pregunté por dónde debía ir. Inmediatamente inició una conversación, y se me ocurrió que allá en el centro mismo del Reino de la Basura estaba el lugar donde reunir detalles sobre la historia de los traperos parisinos, en particular si podía obtenerlos de los labios de alguien que parecía como si fuera uno de sus más antiguos habitantes.

Empecé con mis preguntas, y la vieja me dio repuestas muy interesantes: había sido una de las mujeres que hacían calceta mientras se sentaban cada día ante la guillotina, y había tomado una parte activa entre las mujeres que se destacaron por su violencia en la revolución. Mientras hablábamos, dijo de pronto:

-Pero m’sieur tiene que estar cansado de estar de pie.

Y le quitó el polvo a un viejo y tambaleante taburete para que me sentara. No me gustó hacerlo por muchas razones, pero la pobre vieja era tan educada que no quise correr el riesgo de ofenderla rehusando, y además, la conversación de alguien que había estado en la toma de la Bastilla era tan interesante que me senté, y así prosiguió nuestra conversación.

Mientras hablábamos, un hombre viejo -más viejo y más encorvado y lleno de arrugas incluso que la mujer apareció de detrás de la choza.

-Éste es Pierre -me dijo ella-. m’sieur puede oír ahora las historias que desee, pues Pierre estuvo en todas partes, desde la Bastilla  hasta Waterloo.

El viejo tomó otro taburete a petición mía, y nos sumergimos en un mar de reminiscencias revolucionarias. Este viejo, aunque vestido como un espantapájaros, era como cualquiera de los seis veteranos.

Ahora estaba sentado en el centro de la baja choza con la mujer a mi izquierda y el hombre a mi derecha, los dos un poco frente a mí. El lugar estaba lleno de todo tipo de curiosos objetos de madera, y de mucha

otras cosas que hubiera deseado que estuviesen muy lejos. En una esquina había un montón de trapos que parecían moverse por la cantidad de bichos que contenían y, en la otra, un montón de huesos cuyo olor estremecía un poco. De tanto en tanto, al mirar aquellos montones, podía ver los relucientes ojos de alguna de,, las ratas que infestaban el lugar. Aquellos asquerosos objetos eran ya bastante malos, pero lo que tenía peor aspecto todavía era una vieja hacha de carnicero con un mango de hierro manchado con coágulos de sangre apoyada contra la pared a la derecha. De todos modos, estas cosas no me preocupaban mucho. La charla de los dos viejos era tan fascinante que seguí y seguí, hasta que llegó la noche y los montículos de trapos arrojaron oscuras sombras sobre los valles que había entre ellos,

Al cabo de un tiempo, empecé a intranquilizarme, no podía decir cómo ni por qué, pero de alguna forma no me sentía satisfecho. La intranquilidad es un instinto y una advertencia. La facultades psíquicas son a menudo los centinelas del intelecto, y cuando hacen sonar la alarma, la razón empieza a actuar, aunque quizá no conscientemente.

Así ocurrió conmigo. Empecé a tomar consciencia de dónde estaba y de lo que me rodeaba , y a preguntarme cómo actuaría en caso de ser atacado; y luego estalló bruscamente en mí el pensamiento, aunque sin ninguna causa definida, de que estaba en peligro. La prudencia susurró: «Quédate quieto y no hagas ningún signo», y así me quedé quieto y no hice ningún signo, porque sabía que cuatro ojos astutos estaban sobre mí. «Cuatro ojos…. si no más.» ¡Dios mío, qué horrible pensamiento! ¡Toda la choza podía estar rodeada en tres de sus lados por villanos! Podía estar en medio de una pandilla de desesperados como sólo medio siglo de revoluciones periódicas puede producir.

Con la sensación de peligro, mi intelecto y mis facultades de observación se agudizaron, y me volví más cauteloso que de costumbre. Me di cuenta de que los ojos de la vieja estaban dirigiéndose constantemente hacia mis manos. Las miré también, y vi la causa: mis anillos. En el dedo meñique de mi izquierda llevaba un gran sello y en la derecha un buen diamante.

Pensé que si había allí algún peligro, mi primera precaución era evitar las sospechas. En consecuencia, empecé a desviar la conversación hacia la recogida de la basura, hacia las alcantarillas, hacia las cosas que se encontraban allí; y así, poco a poco, hacia las joyas. Luego, aprovechando una ocasión favorable, le pregunté a la vieja si sabía algo de aquellas cosas. Ella respondió que sí, un poco. Alcé la mano derecha y, mostrándole el diamante, le pregunté qué pensaba de aquello. Ella respondió que tenía malos los ojos y se inclinó sobre mi mano. Tan indiferentemente como pude, dije:

-¡Perdón! ¡Así lo verá mejor!

Y me lo quité y se lo tendí. Una malvada luz iluminó su viejo y arrugado rostro cuando lo tocó. Me lanzó una furtiva mirada tan rápida como el destello de un rayo.

Se inclinó por un momento sobre el anillo, con el rostro completamente neutro mientras lo examinaba. El viejo miraba fijamente a la parte delantera de la choza ante él, mientras rebuscaba en sus bolsillos y extraía un poco de tabaco envuelto en un papel y una pipa y procedía a llenarla. Aproveché la pausa y el momentáneo descanso de los inquisitivos ojos sobre mi rostro para mirar cuidadosamente a mi alrededor, ahora sombrío a la escasa luz. Todavía estaban allí todos los montículos de variada y apestosa asquerosidad; la terrible hacha manchada de sangre estaba apoyada contra la esquina de la pared de la derecha, y por todas partes, pese a la escasa luz, destellaba el refulgir de los ojos de las ratas. Las pude ver incluso a través de algunos de los resquicios de las tablas de la parte de atrás, muy junto al suelo. ¡Pero cuidado! ¡Aquellos ojos parecían más grandes y brillantes y ominosos de lo normal!

Por un instante pareció como si se me parara el corazón, y me sentí presa de aquella vertiginosa condición mental en la que uno siente una especie de embriaguez espiritual, Y como si el cuerpo se mantuviera erguido tan sólo en el sentido de que no hay tiempo de caer antes de recuperarte. Luego, en otro segundo, la calma regresó a mí…, una fría calma, con todas las energías en pleno vigor, con un autocontrol que sentía perfecto con todas mis sensaciones e instintos alertas.

Ahora sabía toda la extensión del peligro: ¡era vigilado y estaba rodeado por gente desesperada! Ni siquiera podía calcular cuántos de ellos estaban tendidos allí en el suelo detrás de la choza, aguardando el momento para. atacar. Yo me sabía grande y fuerte, y ellos lo sabían también. También sabían, como yo, que era inglés y que por lo tanto lucharía; y así aguardaban. Tenía la sensación de que en los últimos segundos había conseguido una ventaja, porque sabía el peligro y comprendía la situación. Ésta, pensé, es mi prueba de valor…, la prueba de resistencia: ¡la prueba de lucha vendría más tarde!

La vieja mujer levantó la cabeza y me dijo de forma un tanto satisfecha:

-Un espléndido anillo, ciertamente…. ¡un hermoso anillo! ¡Oh, sí! Hubo un tiempo en que yo tuve anillos así, montones de ellos, y brazaletes y pendientes. ¡Oh, porque en aquellos espléndidos días yo era la reina del baile! ¡Pero ahora me han olvidado! ¡Me han olvidado¡ ¡En realidad nunca han oído hablar de mí! ¡Quizá sus abuelos sí me recuerden, a menos algunos de ellos.

Y dejó escapar una seca y cacareante risa. Y debo decir que entonces me sorprendió, porque me tendió de vuelta el anillo con un cierto asomo de gracia pasada de modo que no dejaba de ser patética.

El viejo la miró con una especie de repentina ferocidad, medio levantado de su taburete, y me dijo de pronto, roncamente:

-¡Déjemelo ver!

Estaba a punto de tenderle el anillo cuando la vieja dijo:

-¡No, no se lo entregue a Pierre! Pierre es excéntrico. Pierde las cosas; ¡y es un anillo tan hermoso!

-¡Zorra! -dijo el viejo salvajemente.

De pronto la vieja dijo, un poco más fuerte de lo necesario:

-¡Espere! Tengo que contarle algo acerca de un anillo.

Había algo en el sonido de su voz que me impresionó. Quizá fuera mi hipersensibilidad, fomentada por mi excitación nerviosa, pero por un momento pensé que no se estaba dirigiendo a mí. Lancé una mirada furtiva por el lugar y vi los ojos de las ratas en los montículos de huesos, pero no vi los ojos a lo largo del fondo. Pero mientras miraba los vi aparecer de nuevo. El «i Espere! » de la vieja me había proporcionado un respiro del ataque, y los hombres habían vuelto a hundirse en su postura tendida.

-Una vez perdí un anillo…. un hermoso aro de diamantes que había pertenecido a una reina y que me fue entregado por un recaudador de impuestos, que después se cortó la garganta porque yo lo rechacé. Pensé que debía de haber sido robado, y entre todos lo buscamos; pero no pudimos hallar ningún rastro. Vino la policía y Sugirió que debía de haber ido a las alcantarillas. Bajamos…. ¡yo con mis finas ropas, porque no les iba a confiar a ellos mi hermoso anillo! Desde entonces sé mucho Más sobre las alcantarillas, ¡y sobre las ratas también¡ Pero nunca olvidaré el horror de aquel lugar, lleno de ojos llameantes, un muro de ellos justo más allá de la luz de nuestras antorchas. Bien, bajamos debajo de mi casa. Buscamos la salida de la alcantarilla y allá, en medio de las inmundicias, hallamos mi anillo, y salimos.,

»¡Pero también hallamos algo más antes de salir! Cuando nos dirigíamos hacia la salida, un montón de ratas de alcantarilla -humanas esta vez- vino hacia nosotros. Dijeron a la policía que uno de ellos había ido a las alcantarillas pero no había regresado. Había ido sólo un poco antes que nosotros y, si se había perdido, no podía estar muy lejos. Pidieron que les ayudaran, así que volvimos. Intentaron impedir que fuera con ellos, pero insistí. Era una nueva excitación, y ¿no había recuperado mi anillo? No habíamos ido muy lejos cuando tropezamos con algo. Había muy poca agua, y el fondo de la alcantarilla estaba lleno de ladrillos, residuos y materia de muy variada índole. Había luchado, incluso,cuando su antorcha se apagó. ¡Pero eran demasiadas para él! ¡No les había durado mucho! Los huesos todavía estaba calientes, pero completamente mondos. Incluso hablan devorado a sus propias muertas, y había huesos de ratas junto con los del hombre. Los otros -los humanos- se lo tomaron con tranquilidad, y bromearon sobre su camarada cuando lo hallaron muerto. Bah, ¿qué más da, vivo o muerto?

-¿Y no tuvo usted miedo? -le pregunté.

-¡Miedo! -dijo con una risa-. ¿Yo miedo? ¡Pregúntele a Pierre! Pero entonces era más joven y, mientras recorría aquella horrible alcantarilla con su pared de ansiosos ojos, siempre moviéndose más allá del círculo de la luz de las antorchas, no me sentí tranquila. ¡Sin embargo, avancé por delante de los hombres! ¡Así es como lo hago siempre! Nunca he dejado que los hombres vayan por delante de mí. ¡Todo lo que deseo es una oportunidad y un medio! Y ellas lo devoraron…, se lo llevaron todo excepto los huesos; ¡y nadie se enteró, nadie oyó ningún sonido]

Entonces estalló en un cloqueo del más terrible regocijo que jamás haya oído y visto.

Una gran poetisa describe a su heroína cantando: «¡Oh, verla u oírla cantar! Apenas puedo decir qué es lo más divino». Y puedo aplicar la misma idea a la vieja bruja…, en todo menos en la divinidad, porque difícilmente puedo decir qué era lo más diabólico, si la dura, maliciosa, satisfecha, cruel risa, o la maliciosa sonrisa y la horrible abertura cuadrada de la boca, como una máscara trágica, y el amarillento brillo de los pocos dientes descoloridos en las informes encías. En esa risa y con esa sonrisa y la cloqueante satisfacción supe, tan bien como si me lo hubiera dicho con resonantes palabras, que mi muerte estaba sentenciada, y que los asesinos sólo aguardaban el, momento apropiado para su realización. Pude leer entre las líneas de su espeluznante historia las órdenes a sus cómplices. «Esperad -parecía decirles-, concedeos vuestro tiempo. Yo daré el primer golpe. ¡Hallad las armas para mí, y yo hallaré la oportunidad! ¡No escapará! Mantenedlo tranquilo y todo irá bien. No habrá ningún grito, ¡y las ratas harán su trabajo! »

Cada vez se hacía más oscuro; la noche estaba llegando. Lancé una furtiva mirada por la choza a mi alrededor: todo. seguía igual. La ensangrentada hacha en el rincón, los montones de porquería, y los ojos en los montones de huesos y en las rendijas junto al suelo.

Pierre había estado llenando ostensiblemente su pipa; ahora encendió una cerilla y empezó a dar profundas chupadas. La vieja mujer dijo:

-¡Vaya, qué oscuro es! ¡Pierre, enciende la lámpara corno un buen chico!

Pierre se levantó y, con la cerilla encendida en la mano, tocó el pábilo de una lámpara que colgaba a un lado de la entrada de la choza y que tenía un reflector que arrojaba la luz por todo el lugar. Era evidente que la usaban para salir por la noche.

-¡Ésa no, estúpido! ¡Ésa no! ¡La linterna! -le gritó la mujer.

Él la apagó de inmediato y dijo:

-De acuerdo, madre, la buscaré.

Y se puso a revolver por la esquina izquierda de la estancia, mientras la vieja decía en la oscuridad:

-¡La linterna! ¡La linterna! ¡Oh! Ésa es la luz más útil para nosotros los pobres. ¡La linterna fue la amiga de la revolución! ¡Es la amiga del trapero! Nos ayuda cuando todo lo demás falla.

Apenas había acabado de pronunciar la última palabra cuando hubo una especie de crujido por todo el lugar, y algo se arrastró firmemente sobre el techo.

De nuevo creí leer entre líneas sus palabras. Conocía la lección de la linterna.

«Uno de vosotros subid al techo con un nudo corredizo y estranguladlo cuando pase si dentro fracasamos. »

Cuando miré por la abertura vi el lazo de una cuerda silueteado en negro contra el cielo. ¡Estaba realmente rodeado! ¡Pierre no tardó en hallar la linterna. Mantuve los ojos fijos en la vieja a través de la oscuridad. Pierre procedió a encender la luz, y al destello de la chispa vi a la vieja alzar del suelo a su lado, donde había aparecido misteriosamente, y luego ocultar en los pliegues de su ropa, un cuchillo largo y afilado o una daga. Parecía un cuchillo de carnicero al que se le había proporcionado una punta aguzada.

La linterna empezó a arder.

-Tráela aquí, Pierre -dijo la mujer-. Colócala en la entrada, donde pueda verla. ¡Qué hermosa es! Aleja de nosotros la oscuridad; ¡es perfecta!

¡Perfecta para ella y sus propósitos! Arrojaba toda su luz sobre mi rostro, dejando en la penumbra los rostros de Pierre y de la mujer, que permanecían sentados más afuera de mí a cada lado.

Sentí que el momento de la acción se aproximaba, pero ahora sabía que la primera señal y movimiento procederla de la mujer, así que la vigilé a ella.

Estaba totalmente desarmado, pero ya había decidido qué hacer. Al primer movimiento, agarraría el hacha de carnicero del rincón de la derecha y me abriría paso hacia fuera. Al menos moriría luchando. Eché una mirada a mi alrededor para fijar su lugar exacto, a fin de no fallar al agarTarla al primer esfuerzo, porque el tiempo y la exactitud serían preciosos.

¡Buen Dios! ¡Había desaparecido! Todo el horror de la situación cayó sobre mí; pero el pensamiento más amargo de todos fue que si el resultado de aquella terrible situación era en mi contra, Alice sufriría infaliblemente. 0 bien me creerla un falso -y cualquier enamorado, o cualquiera que lo ha estado alguna vez, puede imaginar la amargura del pensamiento-, o seguiría amándome durante mucho tiempo después de que me hubiera perdido para ella y para el mundo, y así su vida se vería rota y amargada, destrozada por la decepción y la desesperación. La auténtica magnitud del dolor me aferró y me dio ánimos para soportar el terrible escrutinio de los conspiradores.

Creo que no me traicioné. La vieja mujer me estaba observando como un gato observa a un ratón; tenía su mano derecha oculta en los pliegues de su ropa, aferrando, como ya sabía, aquella larga daga de aspecto cruel. Tuve la sensación de que si hubiera visto alguna inquietud en mi rostro hubiera sabido que había llegado el momento, y hubiera saltado sobre mí como una tigresa, segura de atraparme descuidado.

Miré a la derecha, y vi allí una nueva causa de peligro. Delante y alrededor de la choza había a poca distancia algunas formas sombrías; estaban completamente inmóviles, pero sabía que todas estaban alertas y en guardia. Tenía pocas posibilidades en aquella dirección.

Eché de nuevo una mirada a mi alrededor. En momentos de gran excitación y gran peligro, que es también excitación, la mente trabaja muy rápido, y la agudeza de las facultades que dependen de la mente crece en proporción. Entonces lo sentí. En un instante abarqué toda la situación. Vi que el hacha había sido retirada a través de un pequeño agujero hecho en una de las podridas planchas. Tenía que estar muy podrida para permitir algo así sin siquiera un ruido.

La choza era una típica ratonera, y estaba guardada a todo su alrededor. Un verdugo aguardaba tendido en el techo, listo para ahorcarme con su cuerda si yo conseguía escapar de la daga de la vieja bruja. Delante, el camino estaba guardado por no sabía cuántos vigilantes. Y en la parte de atrás había una hilera de hombres desesperados -había visto de nuevo sus ojos a través de, las grietas en las tablas del suelo, cuando miré por última vez- mientras permanecían tendidos aguardando la señal de ponerse en pie. ¡Si tenía que ser alguna vez, que fuera ahora!

Tan fríamente como fui capaz me giré un poco en mi taburete a fin de meter bien mi pierna derecha debajo de mi cuerpo. Luego, con un repentino salto, girando la cabeza hacia un lado y protegiéndola con las manos, y con el instinto de lucha de los antiguos caballeros, pronuncié el nombre de mi dama y me lancé contra la pared de atrás de la choza.

Pese a lo muy atentos que estaban, lo repentino de mi movimiento sorprendió tanto a Pierre como a la vieja. Al tiempo que atravesaba las podridas planchas, vi a la mujer levantarse de un salto, como un tigre, y oí su grito ahogado de contenida rabia. Mis pies golpearon algo que se movía, y mientras saltaba alejándome de ello supe que había pisado la espalda de uno de la hilera de hombres que permanecían tendidos boca abajo fuera de la choza. Recibí rasguños de clavos y astillas, pero por otro lado salí incólume. Sin aliento, trepé por el montículo que tenía delante, al tiempo que oía el sordo ruido de la choza al desplomarse en una masa informe.

Fue una ascensión de pesadilla. El montículo, aunque bajo, era horriblemente empinado y, con cada paso que daba, la masa de tierra y cenizas cedía y se hundía bajo mis pies. El polvo se alzaba y me ahogaba; era mareante, fétido, horrible, pero sabía que era una carrera a vida o muerte, y seguí luchando. Los segundos parecieron horas, pero los breves momentos que había conseguido, combinados con mi juventud y mi fuerza, me proporcionaron una gran ventaja y, aunque varias formas echaron a correr tras de mí en un mortal silencio que era más terrible que cualquier sonido, alcancé fácilmente la cima. Posteriormente he subido el cono del Vesubio y, mientras escalaba aquella desolada ladera entre los humos sulfurosos, el recuerdo de aquella horrible noche en Montrouge me vino a la memoria tan vívidamente que casi me desvanecí.

El montículo era uno de los más altos de la zona, y mientras trepaba hasta la cima, jadeando en busca de aliento y con el corazón latiendo como un martillo pilón, vi a lo lejos, a mi izquierda, el apagado resplandor rojizo del cielo, y más cerca aún el llamear de unas luces. ¡Gracias a Dios! ¡Ahora sabía dónde estaba y dónde hallar el camino hasta París!

Hice una pausa durante dos o tres segundos y miré atrás. Mis perseguidores estaban todavía muy retrasados, pero ascendían resueltamente y en un mortal silencio. Más allá, la choza era una ruina…. una masa de maderos y formas que se movían. Podía verla bien, porque las llamas estaban empezando ya a apoderarse de ella; los trapos y la paja se habían incendiado, evidentemente, a causa de la linterna. ¡Y todavía el silencio! ¡Ni un sonido! Aquellos pobres desgraciados sabían aceptar al menos las cosas.

No tuve tiempo más que para una mirada de pasada, por que, cuando observé a mi alrededor en busca del mejor lugar para bajar, vi varias formas oscuras corriendo a ambos lados para cortarme el camino. Ahora era una carrera por mi vida. Estaban intentando adelantarme en mi camino hacia Paris y, con el instinto del momento, me lancé a descender por el lado de la derecha. Fue justo a tiempo porque, aunque bajé en lo que me parecieron unos pocos pasos, los viejos y cautelosos hombres que estaban observándome dieron la vuelta, y uno de ellos, mientras yo corría por la abertura entre los dos montículos de delante, casi me alcanzó con un golpe de aquella terrible hacha de carnicero. ¡Seguro que no podía haber allí dos de aquellas armas!

Entonces empezó una caza auténticamente horrible. Me adelanté fácilmente a los viejos, e incluso cuando algunos hombres más jóvenes y unas cuantas mujeres se unieron a la caza, los distancié con facilidad. Pero no conocía el camino, y ni siquiera podía guiarme por la luz en el cielo, porque estaba corriendo en sentido contrario a ella. Había oído que, a menos que tengan un propósito consciente, los hombres perseguidos siempre giran hacia la izquierda, y eso descubrí que estaba haciendo ahora; y supongo que eso lo sabían también mis perseguidores, que eran más animales que hombres, y con astucia o instinto habían descubierto por sí mismos tales secretos: porque tras una rápida carrera, tras la cual esperaba tomarme un momento de respiro, vi de pronto delante de mí a dos o tres formas que pasaban velozmente por detrás de un montículo a la derecha.

¡Estaba metido en una tela de araña! Pero con el pensamiento de este nuevo peligro llegó la resolución del cazado, y así eché a correr por el siguiente giro a la derecha. Proseguí en esta dirección durante unos cien metros, y luego, girando de nuevo a la izquierda, me aseguré de que al menos había evitado el peligro de ser rodeado.

Pero no de la persecución, porque la turba seguía tras de mí, firme, resuelta, incansable, y todavía en un hosco silencio.

En la creciente oscuridad, los montículos parecían ahora ser un poco más pequeños que antes, aunque -porque la noche se estaba cerrando- aparentaban ser más grandes en proporción. Ahora estaba muy por delante de mis perseguidores, así que trepé rápidamente por el montículo que tenía delante.

¡Alegría de alegrías ! Estaba cerca del borde de aquel infierno de montículos de basura. Detrás, lejos de mí, la luz roja de París en el cielo y, alzándose detrás, las alturas de Montmartre…. una luminosidad débil, con algunos puntos brillantes como estrellas aquí y allá.

Con el vigor restablecido en un momento, corrí por los pocos montículos de tamaño decreciente que faltaban, y me hallé en el terreno llano más allá. Incluso entonces, sin embargo, la perspectiva no era invitadora. Todo delante de mí era oscuro y deprimente, y evidentemente había llegado a uno de esos lugares desiertos, húmedos y llanos que pueden hallarse aquí y allá en las inmediaciones de las grandes ciudades. Lugares yermos y desolados, donde el espacio es requerido para la aglomeración definitiva de todo lo que es nocivo, y el terreno es demasiado pobre para crear un deseo de ocupación incluso entre la gente más baja. Con los ojos acostumbrados a la semioscuridad del anochecer, y lejos ahora de las sombras de aquellos terribles montículos de basura, podía ver mucho más fácilmente que hacía unos momentos. Era posible, por supuesto, que el resplandor en el cielo de las luces de París, aunque la ciudad estaba a algunos kilómetros de distancia, se reflejara aquí. Fuera lo que fuese, veía lo suficiente como para percibir todo lo que había a una cierta distancia a mi alrededor.

Delante había una lúgubre y plana extensión que parecía casi una llanura muerta, con el oscuro brillo de charcas de agua estancada aquí y allá. Aparentemente muy lejos a la derecha, entre un pequeño racimo de luces dispersas, se alzaba la oscura masa de Fort Montrouge, y lejos a la izquierda, en la oscura distancia, marcadas por el apagado brillo de las ventanas de algunas casas, las luces en el cielo mostraban la situación de Bicétre.. Un momento de reflexión me decidió a dirigirme hacia la derecha e intentar alcanzar Montrouge. Allí al menos habría algún tipo de seguridad, y posiblemente llegaría antes a alguno de los cruces de carreteras que conocía. En alguna parte, no muy lejos, tenía que estar la estratégica carretera que conectaba la cadena de fuertes que rodeaba la ciudad.

Entonces miré hacia atrás. Sobre los montículos, y silueteados en negro contra el resplandor del horizonte parisino, vi varias figuras que se movían, y más a la derecha otras varias que se desplegaban entre yo y mi destino. Evidentemente, tenían intención de cortarme el paso en aquella dirección, y así mis elecciones se vieron reducidas; ahora se limitaban a ir directamente al frente o girar a la izquierda. Me incliné hacia el suelo, a fin de conseguir la ventaja del horizonte como línea de visión, y miré con atención en aquella dirección, pero no pude detectar ningún signo de mis enemigos. Argumenté que. puesto que no habían protegido o no intentaban proteger aquel punto, eso significaba que había allí un evidente peligro para mí de todos modos. Así que decidí avanzar directamente al frente.

No era una perspectiva invitadora y, a medida que avanzaba, la realidad se hizo peor. El ter-reno se volvió blando y rezumante, y de tanto en tanto cedía bajo mis pies de una forma desagradable. De alguna forma, parecía descender, porque vi a mi alrededor lugares aparentemente más elevados que donde estaba, y esto en un lugar que desde un poco más atrás parecía llano por completo. Miré a mi alrededor, pero no pude ver a ninguno de mis’ perseguidores. Aquello era extraño, porque durante todo el tiempo aquellos pájaros nocturnos me habían seguido en la oscuridad con tanta facilidad como si fuera a plena luz del día. Cómo me reproché el haber salido con mi traje de turista de tweed de color claro. El silencio, al no ser capaz de ver a mis enemigos mientras tenía la sensación de que ellos me estaban observando, era cada vez más terrible; y en la esperanza de que alguien que no fueran ellos me oyera, alcé la voz y grité varias veces. No hubo ni la más ligera respuesta, ni siquiera el eco recompensó mis esfuerzos. Durante un tiempo me mantuve inmóvil y clavé los ojos en una dirección. En uno de los lugares elevados a mi alrededor vi algo oscuro que se movía, luego otro, y otro. Era a mi izquierda, y al parecer se movían para adelantarme.

Creí que con mi habilidad como corredor podría de nuevo eludir a mis enemigos en aquel juego, y así eché a correr a toda velocidad.

¡Chap!

Mis pies cayeron en una masa fangosa, y caí cuando largo era en un hediondo charco de agua estancada. El agua y el lodo en el cual mis brazos se hundieron hasta el codo eran sucios y nauseabundos más allá de toda descripción, y con lo repentino de mi caída llegué a tragar algo de aquella asquerosa materia, que casi estuvo a punto de ahogarme y me hizo jadear en busca de aliento. Nunca olvidaré los momentos durante los cuales me mantuve inmóvil tras ponerme en pie, intentando recuperarme, al borde del desvanecimiento, del fétido olor del asqueroso charco, cuyos blancuzcos vapores se alzaban como fantasmas a mi alrededor. Lo peor de todo fue que, con la aguda desesperación del animal cazado cuando ve a la jauría perseguidora lanzarse contra él, vi ante mis ojos, mientras permanecía de pie, impotente, las oscuras formas de mis perseguidores avanzando rápidamente para rodearme.

Resulta curioso cómo nuestras mentes elaboran extraños vericuetos incluso cuando las energías del pensamiento se hallan en apariencia concentrados en alguna terrible y apremiante necesidad. Mi vida estaba en momentáneo peligro, mi seguridad dependía de mi acción, y mi elección de alternativas tenía que actuar ahora casi a cada paso que diera, y sin embargo no podía pensar más que en la extraña y testaruda persistencia de aquellos viejos. Su silenciosa resolución, su firme y hosca

persistencia, despertaban incluso en aquellas circunstancias en mí, además de miedo, una cierta medida de respeto. Me pregunté qué hubiera ocurrido de estar en el vigor de su juventud. ¡Ahora podía comprender aquel arranque de energía en el puente de Arcola, aquella burlona exclamación de la Vieja Guardia en Waterloo! El homenaje inconsciente tiene sus propios placeres, incluso en tales momentos; pero afortunadamente no choca de ninguna forma con el pensamiento del cual brota la acción.

Me di cuenta a primera vista de que, aunque me sentía derrotado en mi objetivo, mis enemigos todavía no habían vencido. Habían conseguido rodearme por tres lados y estaban intentando empujarme hacia la izquierda, donde había ya algún peligro para mí, pero no habían dejado guardia. Acepté la alternativa: era un caso de elección de Hobson y de correr. Tenía que mantenerme en terreno bajo, porque mis perseguidores estaban en los lugares más altos. Sin embargo, aunque el rezumante y quebrado suelo dificultaba mi marcha, mi juventud y mi entrenamiento me permitieron mantener la distancia y conservar una línea en diagonal que no sólo les impedía ganar terreno sobre mí, sino que incluso empezó a distanciarlos. Esto me dio nuevo valor y fuerza, y por aquel entonces mi entrenamiento habitual empezaba a tomar de nuevo el mando y había recuperado el aliento. Delante de mí, el terreno ascendía ligeramente. Me apresuré ladera arriba y descubrí delante de mí una extensión de chapoteante terreno, con un bajo dique o talud de aspecto oscuro y ominoso más allá. Tuve la sensación de que si podía alcanzar con seguridad aquel dique, entonces, con terreno sólido bajo mis pies y algún tipo de sendero que me guiara, podría hallar con cierta facilidad una forma de salir de mis apuros. Tras una mirada a derecha e izquierda y sin ver a nadie cerca, mantuve los ojos durante unos breves minutos fijos en mis pies, para comprobar que trabajaban correctamente a la hora de cruzar aquel terreno pantanoso. Fue un trabajo duro y desagradable, pero había poco peligro, tan sólo esfuerzo; y al poco tiempo estaba en el dique. Subí exultante su ladera, pero allí me sacudió una nueva conmoción. A ambos lados de mí se alzaron un cierto número de figuras agazapadas. Se lanzaron contra mí desde la derecha y desde la izquierda. Entre todos, a cada lado, sujetaban una cuerda.

El cerco estaba casi completo. No podía ir a ningún lado, y el fin estaba cerca.

Sólo había una posibilidad, y la tomé. Me dejé resbalar por el dique y, para escapar de las garras de mis enemigos, me lancé a la corriente.

En cualquier otra circunstancia hubiera pensado que el agua estaba sucia y asquerosa, pero ahora le di la bienvenida como si fuera una corriente cristalina para un viajero sediento. ¡Era un camino a la seguridad!

Mis perseguidores se lanzaron tras de mí. Si tan sólo uno de ellos hubiera sujetado la cuerda, me hubieran cogido, porque me hubiera enredado con ella antes de tener tiempo de dar una brazada; pero las muchas manos que la sujetaban les dificultaron y retrasaron, y cuando la cuerda golpeó el agua oí el chapoteo muy detrás de mí. Unos minutos de fuertes brazadas me llevaron al otro lado de la corriente. Refrescado por la inmersión y alentado por la escapatoria, subí al dique del otro lado con un espíritu relativamente alegre.

Miré hacia atrás desde arriba. Por entre la oscuridad vi a mis asaltantes dispersarse a lo largo del dique hacia arriba y hacia abajo. Evidentemente, la persecución no había terminado, y de nuevo tuve que elegir mi camino. Más allá del dique donde me hallaba había un terreno salvaje y pantanoso muy similar al que había cruzado. Decidí evitar aquel lugar, y por un momento dudé en ir dique arriba o dique abajo. Creí oír un sonido, el apagado rumor de unos remos, así que escuché y luego grité.

Ninguna respuesta, pero el sonido cesó. De alguna forma, mis enemigos habían conseguido un bote de algún tipo. Puesto que estaban más arriba de mi, tomé el camino descendente y empecé a correr. Cuando pasé a la izquierda de donde había entrado en el agua oí varios chapoteos, blandos y furtivos, como el sonido que hace una rata al sumergirse en una con-¡ente, pero mucho mayor; y cuando miré, vi el oscuro brillo del agua roto por las ondulaciones de varias cabezas que avanzaban. Algunos enemigos estaban cruzando también a nado la corriente.

Y ahora detrás de mí, corriente arriba, el silencio se vio roto por el rápido crujir y resonar de remos; mis enemigos aceleraban su persecución. Empleé todas mis energías y seguí corriendo. Al cabo de un par de minutos, miré hacia atrás y, a la luz que se filtraba a través de las nubes, vi varias formas oscuras trepar al terraplén tras de mí. Había empezado a alzarse viento, y el agua a mi lado se estaba agitando y empezando a romperse en pequeñas olas contra la orilla. Tenia que mantener los ojos muy atentos al terreno delante de mí para evitar tropezar, porque sabía que tropezar era la muerte. Al cabo de otros pocos minutos miré de nuevo hacia atrás. En el dique sólo había unas pocas figuras oscuras, pero cruzando el terreno pantanoso había muchas más. Ignoraba qué nuevo peligro significaba esto, sólo podía suponerlo. Luego, mientras corría, tuve la sensación de que mi camino seguía desviándose hacia la derecha. Miré al frente y vi que el río era mucho más ancho que antes, y que el dique sobre el que estaba desaparecía allí delante, y que más allá había otra corriente en cuya orilla más cercana vi algunas de las formas oscuras ahora al otro lado del pantano. Me hallaba en una isla de algún tipo.

Mi situación era entonces realmente terrible, porque mis enemigos me habían atrapado entre ambos lados. Detrás de mí llegaba el acelerado rumor de los remos, como si mis perseguidores supieran que el fin estaba cerca. A mi alrededor, a cada lado, sólo había desolación; no había ningún techo, ninguna luz, hasta tan lejos como podía ver. Muy lejos a la derecha se alzaba una masa oscura, pero no sabía lo que era. Me detuve un momento para pensar en qué debía hacer, no mucho tiempo, porque mis perseguidores se estaban acercando. Entonces me decidí. Me deslicé orilla abajo y me lancé al agua. Lo hice de cabeza, a fin de aprovechar la corriente para rebasar el remolino de la isla. Aguardé hasta que una nube cruzó por delante de la luna y lo sumió todo en la oscuridad. Entonces me quité el sombrero y lo deposité suavemente en el agua, dejando que flotara con la corriente, y un segundo más tarde me zambullí hacia la derecha y me mantuve bajo el agua con todas mis fuerzas. Supongo que estuve medio minuto bajo el agua, y cuando salí lo hice tan suavemente como pude; me volví y miré hacia atrás. Allá iba mi sombrero de color pardo claro flotando alegremente corriente abajo. Muy cerca detrás apareció un viejo bote desvencijado, impulsado furiosamente por un par de remeros. La luna estaba todavía parcialmente oscurecida por las derivantes nubes, pero a la media luz pude ver a un hombre en la proa sujetando, lista para golpear, lo que me pareció que era la misma terrible hacha de la que antes habla escapado. Mientras miraba, el bote se acercó, se acercó, y el hombre golpeó salvajemente. El sombrero desapareció. El hombre cayó hacia adelante, casi fuera del bote. Sus camaradas lo sujetaron pero sin el hacha, y luego, mientras me volvía con todas mis energías para alcanzar la otra orilla, oí el feroz retumbar de la palabra «Sacré!» que indicaba la ira de mis frustrados perseguidores.

Ése fue el primer sonido que oí de unos labios humanos durante toda aquella terrible caza, y por muchas amenazas y peligros que me acechasen, fue un sonido bienvenido porque rompió aquel terrible silencio que me envolvía y abrumaba. Era como un signo claro de que mis oponentes eran hombres y no fantasmas, y que ante ellos tenía al menos las posibilidades de un hombre, aunque uno contra muchos.

Pero ahora que el conjuro del silencio se había roto, los sonidos llegaron numerosos y rápidos. Del bote a la orilla y de vuelta de la orilla al bote llegaron una rápida pregunta y una rápida respuesta, todo ello en feroces susurros. Miré hacia atrás, un movimiento fatal, puesto que en aquel instante alguien vio mi rostro, que se reflejó blanco en la oscura agua, y gritó. Varias manos me señalaron, y en uno o dos momentos el bote estuvo en marcha de nuevo tras de mí. Me quedaba poco trecho que recorrer, pero el bote se acercaba más y más. Unas brazadas más y estaría en la orilla, pero sentía que el bote se aproximaba, y esperé a cada segundo el golpear de un remo o cualquier otra arma contra mi cabeza. De no haber visto aquella terrible hacha desaparecer en el agua creo que no hubiera alcanzado la orilla. Oí las murmuradas maldiciones de aquellos que no remaban y la afanosa respiración de los remeros. Con un supremo esfuerzo por la vida o la libertad alcancé la orilla y salté a ella. No había un solo segundo que perder, porque detrás de mí el bote varó y varias formas saltaron en mi persecución. Alcancé la parte superior del dique y, manteniéndome a la izquierda, corrí de nuevo. El bote se separó de la orilla y siguió corriente abajo. Al ver aquello temí el peligro en aquella dirección y, volviéndome rápidamente, corrí dique abajo por el otro lado, y tras pasar un corto trecho de terreno pantanoso alcancé una llanura abierta y seguí corriendo.

Mis incansables perseguidores seguían detrás de mí. Muy lejos, más abajo, vi la misma masa oscura de antes, pero ahora estaba más cerca y era más grande. Mi corazón se estremeció de deleite, porque supe que debía de ser la fortaleza de Bicétre, y seguí corriendo con nuevas energías.. Había oído que entre cada uno y todos los fuertes que protegían París había caminos estratégicos, carreteras profundamente hundidas donde los soldados que avanzaban por ellas quedaban protegidos del enemigo. Sabía que si podía alcanzar esa carretera estaría a salvo, pero en la oscuridad no podía ver ningún signo de ella, así que seguí corriendo con la ciega esperanza de alcanzarla.

De pronto, llegué al borde de un profundo corte, Y descubrí que allá abajo avanzaba una carretera protegida a cada lado por una zanja de agua con una alta pared vertical a cada lado.

Cada vez más débil y aturdido, seguí corriendo; el terreno se volvió quebrado, cada vez más y más, hasta que me tambaleé y caí, y me levanté de nuevo, y corrí con la ciega angustia de los perseguidos. De nuevo el pensamiento de Alice me dio nervio. No destrozada su vida; lucharía y me debatida hasta el final. Con un gran esfuerzo llegué a la muralla del fuerte. Mientras me izaba trepando como un gato montés, sentí realmente una mano que intentaba agarrar la suela de mi zapato. Me hallaba ahora en una especie de calzada elevada, y delante de mí vi una débil luz. Ciego y aturdido, seguí corriendo, me tambaleé, caí, me levanté de nuevo, cubierto de polvo y sangre.

-Halt là!

Las palabras sonaron como una voz celestial. Un chorro de luz pareció envolverme, y grité de alegría.

-Qui va lá?

El sonido de unos mosquetes, el destello del acero ante mis ojos. Me agaché instintivamente, pensando que muy cerca detrás de mí venían mis perseguidores.

Otra palabra o dos, y de una puerta brotó, o eso me pareció, una marea de rojo y azul cuando salió la guardia. Todo a mi alrededor parecía arder con luz, y el destello del acero, el resonar y el cliquetear de las armas y las fuertes y secas voces de mando me aturdieron. Cuando caí hacia adelante, totalmente agotado, un soldado me sujetó. Miré hacia atrás con temida expectación, y vi la masa de formas oscuras desaparecer en la noche. Luego debí desvanecerme. Cuando recobré mis sentidos estaba en la sala de guardia. Me dieron brandy, y tras unos momentos fui capaz de contarles algo de lo que había pasado. Luego apareció un comisario de policía, al parecer surgido del aire, como suelen hacer los agentes de policía parisinos. Escuchó atentamente, y luego consultó durante unos momentos con el oficial al mando. Al parecer estuvieron de acuerdo, porque me preguntaron si estaba con fuerzas para ir con ellos.

-¿Adónde? -pregunté, mientras me levantaba para partir.

-De vuelta a los montículos de basura. ¡Puede que quizá todavía los atrapemos 1

-¡Lo intentaré! –dije.

Me miró fijamente por un momento, y de pronto dijo

-¿No preferiría aguardar un poco o hasta mañana, joven inglés?

Aquello despertó en mí la fibra sensible que sin duda esperaba y salté en pie.

-¡Vamos ahora! –dije-. ¡Ahora, ahora! ¡Un inglés siempre está dispuesto a cumplir con su deber!

El comisario era un buen tipo, además de astuto; me dio una amable palmada en el hombro.

-Brave garçon! –dijo-. Discúlpeme, pero sabía que esto le haría bien. La guardia está preparada. ¡Vamos!

Y así, cruzando directamente la sala de guardia y un largo pasadizo abovedado, salimos a la noche. Algunos de los hombres que iban delante llevaban poderosas linternas. A través de patios y por un camino descendente salimos a través de un bajo arco hasta una carretera hundida, la misma que había visto en mi huida. Se dio orden de marcha, y con un rápido y elástico paso, medio correr, medio caminar, los soldados avanzaron. Sentí renovadas mis fuerzas…. ésta es la diferencia entre cazador y cazado. Una breve distancia nos llevó a un bajo puente de pontones que cruzaba la corriente. Evidentemente, se habían hecho algunos esfuerzos para dañarlo, porque las cuerdas habían sido cortadas y una de las cadenas estaba rota. Oí al oficial decir al comisario:

-¡Hemos llegado justo a tiempo! Unos minutos más, y hubieran destruido el puente. ¡Adelante, más aprisa todavía!

Y seguimos. De nuevo alcanzamos un pontón sobre la corriente; cuando llegamos a él oímos el hueco retumbar de los tambores metálicos mientras los esfuerzos por destruir el puente se renovaban. Una orden de mando, y varios hombres alzaron sus rifles.

-¡Fuego!

Sonó una descarga. Hubo un grito ahogado, y las formas oscuras se dispersaron. Pero el mal ya estaba hecho, y vimos el otro extremo del pontón derivar en la corriente. Aquello significó un retraso importante, y había transcurrido casi una hora antes de que hubiéramos renovado las cuerdas y restablecido lo suficiente el puente como para cruzarlo.

Reanudamos la persecución. Avanzamos más y más rápidamente hacia los montículos de basura.

Al cabo de un tiempo llegamos a un lugar que conocía. Había los restos de un fuego…. unas pocas cenizas de madera quemada aún dejaban escapar un resplandor rojizo, pero la mayor palie estaban frías. Reconocí el emplazamiento de la choza y el montículo detrás de ella por el que había escapado y, en el parpadeante resplandor, los ojos de las ratas todavía brillaban con una especie de fosforescencia. El comisario dijo una palabra al oficial, y éste gritó:

-¡Alto!

Se ordenó a los soldados que se desplegaran y vigilaran, y luego empezamos a examinar las ruinas. El propio comisario empezó a levantar las carbonizadas tablas y la porquería, que los soldados fueron retirando y apilando a un lado. De pronto se echó hacia atrás, luego se inclinó y, alzándose, me hizo una seña.

-¡Mire! -dijo.

Era una horrible visión. Había allí un esqueleto boca abajo, una mujer por la forma, una mujer vieja por la tosca fibra de los huesos. Entre las costillas asomaba una larga daga como una púa hecha con un cuchillo de carnicero afilado, con la punta enterrada en la espina dorsal.

-Observará -dijo el comisario al oficial y a mi mientras sacaba su bloc de notas- que la mujer debió de caer sobre su daga. Las ratas son muchas aquí, vea sus ojos brillar entre ese montón de huesos. Observará también -me estremecí cuando colocó su mano sobre el esqueleto- que esperaron poco tiempo, ¡porque los huesos apenas están fríos!

No había signos de nadie más cerca, ni vivo ni muerto; y así, desplegados de nuevo en línea, los soldados siguieron avanzando. Finalmente llegamos a la choza hecha con el viejo guardarropa. Nos acercamos. En cinco de los seis compartimentos había un viejo durmiendo … durmiendo tan profundamente que ni siquiera el resplandor de las linternas los despertó. Parecían viejos y hoscos y canosos, con sus rostros hundidos, arrugados y curtidos y sus bigotes blancos.

El oficial dio seca y fuertemente una voz de mando, y todos estuvieron de pie delante de nosotros en posición de firmes

-¿Que hacéis aquí?

-Estábamos durmiendo -fue la respuesta.

-¿Dónde están los otros chiffoniers? -preguntó el comisario.

-Han ido a trabajar. ¿Y vosotros?

-¡Estamos de guardia!

-¡Peste! -rió el oficial hoscamente, mientras miraba a los viejos a la cara uno tras otro y añadía con fría y deliberada crueldad-: ¡Dormidos en servicio! ¿Así es como se comporta la Vieja Guardia? ¡No me extraña lo que ocurrió en Waterloo!

A la luz de la linterna vi los hoscos y viejos rostros ponerse mortalmente pálidos, y casi me estremecí ante la expresión de los ojos del viejo cuando las risas de los soldados hicieron eco a la burla del oficial.

En aquel momento tuve la sensación de que en cierta medida había sido vengado.

Por un momento pareció como si fueran a arrojarse contra su atormentador, pero años de vida en el ejército les habían enseñado y permanecieron inmóviles.

-Sólo sois cinco –dijo el comisario-; ¿dónde está el sexto?

La respuesta llegó con una lúgubre risita.

-¡Está aquí! -y el que hablaba señaló al fondo del guardarropa-. Murió la otra noche. No va a hallar mucho de él. ¡El entierro de las ratas es rápido!

El comisario se inclinó y miró. Luego se volvió al oficial y dijo tranquilamente.

-Será mejor que nos marchemos. Ya no hay ninguna huella ahora; nada que pruebe que este hombre fue el herido por las balas de sus soldados. Probablemente lo asesinaron para cubrir sus huellas. ¡Mire! -Se inclinó de nuevo y apoyó sus manos sobre el esqueleto-. Las ratas trabajan rápido y son muchas. ¡Estos huesos todavía están calientes!

Me estremecí, y lo mismo hicieron varios de los que estaban a mi alrededor.

-¡Formen! -dijo el oficial; y así, en orden de marcha, con las linternas oscilando al frente y los veteranos arnanillados en medio, avanzamos con paso firme fuera de los montículos de basura y regresamos a la fortaleza de Bicétre.

Mi año de prueba terminó hace mucho tiempo, y ahora Alice es mi esposa. Pero cuando miro en retrospectiva el lapso de aquellos doce meses de mi vida, uno de los más vívidos incidentes que recuerda mi memoria es el asociado con mi visita a la Ciudad de la Basura

Bram Stoker: La casa del juez. Cuento

la casa del juezPróxima la época de exámenes, Malcolm Malcolmson decidió ir a algún lugar solitario donde poder estudiar sin ser interrumpido. Temía las playas por su atractivo, y también desconfiaba del aislamiento rural, pues conocía desde hacía mucho tiempo sus encantos. Lo que buscaba era un pequeño pueblo sin pretensiones donde nada le distrajera del estudio. Refrenó sus deseos de pedir consejo a algún amigo, pues pensó que cada uno le recomendaría un sitio ya conocido donde, indudablemente, tendría amigos. Malcolmson deseaba evitar las amistades, y todavía tenía menos deseos de establecer contacto con los amigos de los amigos. Así que decidió buscar por sí mismo el lugar. Hizo su equipaje, tan sólo una maleta con un poco de ropa y todos los libros que necesitaba, y compró un billete para el primer nombre desconocido que vio en los itinerarios de los trenes de cercanías.

Cuando al cabo de tres horas de viaje se bajó en Benchurch, se sintió satisfecho de lo bien que había conseguido borrar sus pistas para poder disponer del tiempo y la tranquilidad necesarios para proseguir sus estudios. Acudió de inmediato a la única fonda del pequeño y soñoliento lugar, y tomó una habitación para la noche. Benchurch era un pueblo donde se celebraban regularmente mercados, y una semana de cada mes era invadido por una enorme muchedumbre; pero durante los restantes veintiún días no tenía más atractivos que los que pueda tener un desierto.

Al día siguiente de su llegada, Malcolmson buscó una residencia aún más aislada y apacible que una fonda tan tranquila como «El Buen Viajero». Sólo encontró un lugar que satisfacía realmente sus más exageradas ideas acerca de la tranquilidad. Realmente, tranquilidad no era la palabra más apropiada para aquel sitio; desolación era el único término que podía transmitir una cierta idea de su aislamiento. Era una casa vieja, anticuada, de construcción pesada y estilo jacobino, con macizos gabletes y ventanas, más pequeñas de lo acostumbrado y situadas más alto de lo habitual en esas casas; estaba rodeada por un alto muro de ladrillos sólidamente construido. En realidad, daba más la impresión de un edificio fortificado que de una simple vivienda. Pero todo esto era lo que le gustaba a Malcolmson. «He aquí —pensó— el lugar que estaba buscando, y sólo si lo consigo me sentiré feliz.» Su alegría aumentó cuando se dio cuenta que estaba sin alquilar en aquel momento.

En la oficina de correos averiguó el nombre del agente, que se sorprendió mucho al saber que alguien deseaba ocupar parte de la vieja casona. El señor Carnford, abogado local y agente inmobiliario, era un amable caballero de edad avanzada que confesó con franqueza el placer que le producía el que alguien desease alquilar la casa.

—A decir verdad —señaló—, me alegraría mucho, por los dueños, naturalmente, que alguien ocupase la casa durante años, aunque fuera de forma gratuita, si con ello el pueblo pudiera acostumbrarse a verla habitada. Ha estado vacía durante tanto tiempo que se ha levantado una especie de prejuicio absurdo a su alrededor, y la mejor manera de acabar con él es ocuparla…, aunque sólo sea —añadió, alzando una astuta mirada hacia Malcolmson— por un estudiante como usted, que desea quietud durante algún tiempo.

Malcolmson juzgó inútil pedir detalles al hombre acerca del «absurdo prejuicio»; sabía que sobre aquel tema podría conseguir más información en cualquier otro lugar. Pagó pues por adelantado el alquiler de tres meses, se guardó el recibo y el nombre de una señora que posiblemente se comprometería a ocuparse de él, y se marchó con las llaves en el bolsillo. De ahí fue directamente a hablar con la dueña de la fonda, una mujer alegre y bondadosa a la que pidió consejo acerca de qué clase y cantidad de víveres y provisiones necesitaría. Ella alzó las manos con estupefacción cuando él le dijo dónde pensaba alojarse.

—¡En la Casa del Juez no! —exclamó, palideciendo.

Él respondió que ignoraba el nombre de la casa, pero le explicó dónde estaba situada. Cuando hubo terminado, la mujer contestó:

—¡Sí, no cabe duda…, no cabe duda que es el mismo sitio! Es la Casa del Juez.

Entonces él le pidió que le hablase de la casa, por qué se llamaba así y qué tenía ella en contra. La mujer le contó que en el pueblo la llamaban así porque hacía muchos años (no podía decir exactamente cuántos, puesto que ella era de otra parte de la región, pero debían ser al menos unos cien o quizá más) había sido el domicilio de cierto juez que en su tiempo inspiró gran espanto a causa del rigor de sus sentencias y de la hostilidad con la que siempre se enfrentó a los acusados en su tribunal. Acerca de lo que había en contra de la casa no podía decir nada. Ella misma lo había preguntado a menudo, pero nadie la supo informar. De todos modos, el sentimiento general era que allí había algo, y ella por su parte no aceptaría ni todo el dinero del Banco de Drinkswater si a cambio se le pedía que permaneciera una sola hora a solas en la casa. Luego se excusó ante Malcolmson ante la posibilidad que sus palabras pudieran preocuparle.

—Es que esas cosas, señor, no me gustan nada, y además el que usted, un caballero tan joven, se vaya, y perdone que se lo diga, a vivir allí tan solo… Si fuera hijo mío, y perdone que se lo diga, no pasaría usted allí ni una [sola] noche, aunque tuviera que ir yo misma en persona y hacer sonar la gran campana de alarma que hay en el tejado.

La pobre mujer hablaba de buena fe, y con tan buenas intenciones, que Malcolmson, además de regocijado, se sintió conmovido. Le expresó cuánto apreciaba el interés que se tomaba por él y luego, amablemente, añadió:

—Pero mi querida señora Witham, le aseguro que no es necesario que se preocupe por mí. Un hombre que, como yo, estudia matemáticas superiores, tiene demasiadas cosas en la cabeza para que pueda molestarle ninguno de esos misteriosos «algos»; por otra parte, mi trabajo es demasiado exacto y prosaico como para permitir que algún rincón de mi mente preste atención a misterios de cualquier tipo. ¡La progresión armónica, las permutaciones, las combinaciones y las funciones elípticas son ya misterios suficientes para mí!

La señora Witham se encargó amablemente de suministrarle provisiones, y él fue en busca de la vieja que le habían recomendado para «ocuparse de él». Cuando, al cabo de unas dos horas, regresó

con ella a la Casa del Juez, se encontró con la señora Witham, que le esperaba en persona, junto con varios hombres y chiquillos portadores de diversos paquetes, e incluso de una cama que habían transportado en una carreta, puesto que, como dijo ella, aunque era posible que las sillas y las mesas estuvieran todas muy bien conservadas y fueran utilizables, no era bueno ni propio de huesos jóvenes descansar en una cama que no había sido oreada desde hacía por lo menos cincuenta años.

La buena mujer sentía a todas luces curiosidad por ver el interior de la casa, y recorrió todo el lugar, pese a manifestarse tan temerosa de los «algos» que al menor ruido se aferraba a Malcolmson, del cual no se separó ni un solo instante.

Tras examinar la casa, Malcolmson decidió ocupar el gran comedor, que era lo suficientemente espacioso como para satisfacer todas sus necesidades; y la señora Witham, con ayuda de la señora Dempster, la asistenta, procedió a ordenar las cosas. Una vez desempaquetados los bultos, Malcolmson vio que, con mucha y bondadosa previsión, la mujer le había enviado de su propia cocina provisiones suficientes para varios días. Antes de marcharse, la mujer expresó toda clase de buenos deseos y, ya en la misma puerta, se volvió para decir:

—Quizá, señor, puesto que la habitación es grande y con muchas corrientes de aire, puede que no le venga mal instalar uno de esos biombos grandes alrededor de la cama por la noche… Pero, laverdad sea dicha, yo me moriría de miedo si tuviera que quedarme aquí encerrada con toda esa clase de…, ¡de «cosas» que asomarán sus cabezas por los lados o por encima del biombo y se pondrán a mirarme!

La imagen que acababa de evocar fue excesiva para sus nervios y huyó precipitadamente.

La señora Dempster, con aires de superioridad, lanzó un despectivo resoplido cuando se hubo ido la otra mujer y afirmó categóricamente que ella por su parte no se sentía en absoluto inclinada a atemorizarse ni ante todos los duendes del mundo.

—Le diré a usted lo que pasa, señor —dijo—. Los duendes son toda clase de cosas…, ¡menos duendes! Ratas, ratones y escarabajos; y puertas que crujen, y tejas caídas, y tiradores de cajones que aguantan firmes cuando usted tira de ellos y luego se caen solos en medio de la noche. ¡Observe el zócalo de la habitación! ¡Es viejo…, tiene cientos de años! ¿Cree usted que no va a haber ratas y escarabajos ahí detrás? ¡Claro que sí! ¿E imagina usted que no va a verlos? ¡Claro que no! Las ratas son los duendes, se lo digo yo, y los duendes son las ratas…, ¡y no crea otra cosa!

—Señora Dempster —dijo gravemente Malcolmson con una pequeña inclinación de cabeza—, ¡sabe usted más que un catedrático de matemáticas! Permítame decirle que, en señal de mi estima hacia su indudable salud mental, cuando me vaya le daré la posesión de esta casa y le permitiré que resida aquí usted sola durante los dos últimos meses de mi alquiler, puesto que las cuatro primeras semanas bastarán para mis propósitos.

—¡Muchas gracias por su amabilidad, señor! —respondió ella—. Pero no puedo dormir ni una noche fuera de mi dormitorio: vivo en la Casa de Caridad Greenhow, y si pasara una sola noche fuera de mis habitaciones perdería todos los derechos de seguir viviendo allí. La reglas son muy estrictas, y hay demasiada gente esperando una vacante para que yo me decida a correr el menor riesgo. Si no fuera por esto, señor, vendría con mucho gusto a dormir aquí para atenderle durante su estancia.

—Mi buena señora —dijo apresuradamente Malcolmson—, he venido aquí con el propósito de estar solo, y créame que le estoy profundamente agradecido al difunto señor Greenhow por haber organizado su casa de caridad, o lo que sea, de forma tan admirable que me vea privado por la fuerza de la oportunidad de tan terrible tentación. ¡San Antonio en persona no habría podido ser más rígido al respecto!

La vieja se rió secamente.

—¡Ah! —dijo—, ustedes los señoritos jóvenes no se asustan de nada. Puede estar seguro que encontrará aquí toda la soledad que desea.

Y se puso a trabajar en la limpieza y, al anochecer, cuando Malcolmson regresó de dar su paseo (siempre llevaba uno de sus libros para estudiar mientras paseaba), se encontró con la habitación barrida y aseada, un fuego ardiendo en la chimenea y la mesa servida para la cena con las excelentes provisiones de la señora Witham.

—¡Esto sí es comodidad! —dijo mientras se frotaba las manos.

Tras terminar de cenar y poner la bandeja con los restos de la cena al otro extremo de la gran mesa de roble, volvió a sus libros: echó más leña al fuego, despabiló la lámpara y se sumergió en su duro trabajo. No hizo ninguna pausa hasta más o menos las once, cuando suspendió su tarea durante unos momentos para avivar el fuego y despabilar de nuevo la lámpara y hacerse una taza de té.

Siempre había sido muy aficionado al té; durante toda su vida universitaria solía quedarse estudiando hasta muy tarde, y siempre tomaba té y más té hasta que dejaba de estudiar. El descanso era un lujo para él, y lo disfrutaba con una sensación de delicioso y voluptuoso desahogo. El fuego reavivado saltó y chisporroteó y proyectó extrañas sombras en la vasta y antigua habitación y, mientras tomaba a sorbos el té caliente, gozó con la sensación de aislamiento de sus semejantes. Fue entonces cuando notó por primera vez el ruido que hacían las ratas.

«Seguro que no han hecho tanto ruido durante todo el tiempo que he estado estudiando —pensó—. ¡De lo contrario me hubiera dado cuenta!» Luego, mientras el ruido iba en aumento, se tranquilizó diciéndose que aquellos rumores eran realmente nuevos. Resultaba evidente que al principio las ratas se habían asustado por la presencia de un extraño y por la luz del fuego y de la lámpara, pero a medida que transcurría el tiempo se habían ido volviendo más atrevidas, y ya se hallaban entretenidas de nuevo en sus ocupaciones habituales.

¡Y eran realmente activas! ¡Subían y bajaban por detrás del zócalo que revestía la pared, por encima del cielo raso, por debajo del suelo, se movían, corrían, bullían, roían y arañaban!

Malcolmson sonrió al recordar las palabras de la señora Dempster: «los duendes son las ratas y las ratas son los duendes». El té empezaba a hacer su efecto estimulante sobre nervios e intelecto, y el estudiante vio con alegría que tenía ante sí una nueva inmersión en el largo hechizo del estudio antes que terminase la noche, cosa que le proporcionó tal sensación de comodidad que se permitió el lujo de echar un ojeada por la habitación. Tomó la lámpara en una mano y recorrió la estancia, preguntándose por qué una casa tan original y hermosa como aquélla había permanecido abandonada durante tanto tiempo. Los paneles de roble que recubrían las paredes estaban finamente labrados, y el trabajo en madera de puertas y ventanas era hermoso y de raro mérito. Había algunos cuadro viejos en las paredes, pero estaban tan densamente cubiertos de polvo y suciedad que no pudo distinguir ningún detalle a pesar que levantó la lámpara todo lo posible para iluminarlos. Aquí y allá, en su recorrido, topó con alguna grieta o agujero bloqueados por un momento por la cabeza de una rata, cuyos brillantes ojos relucían a la luz, pero al instante la cabeza desaparecía, con un chillido y un rumor de huida. Sin embargo, lo que más intrigó a Malcolmson fue la cuerda de la gran campana de alarma del tejado, que colgaba en un rincón de la estancia, a la derecha de la chimenea. Arrastró hasta cerca del fuego una gran silla de roble tallado y respaldo alto y se sentó para tomar su última taza de té. Cuando hubo terminado, avivó el fuego y volvió a su trabajo, sentado en la esquina de la mesa, con el fuego a su izquierda. Durante un buen rato las ratas perturbaron su estudio con su continuo rebullir, pero acabó por acostumbrarse al ruido, del mismo modo que uno se acostumbra al tic-tac de un reloj o al rumor de un torrente; y así se sumergió de tal forma en el trabajo que nada en el mundo, excepto el problema que estaba intentando resolver, hubiera sido capaz de hacer mella en él.

Pero de pronto, sin haber conseguido resolverlo aún, levantó la cabeza: en el aire notó esa sensación tan peculiar que precede al amanecer y que tan temible resulta para los que llevan vidas dudosas. El ruido de las ratas había cesado. Desde luego, tenía la impresión que había cesado hacía tan sólo unos instantes, y que precisamente había sido este repentino silencio lo que le había obligado a levantar la cabeza. El fuego se había ido apagando, pero todavía arrojaba un profundo y rojo resplandor. Al mirar en esa dirección, y a pesar de toda su sang froid, sufrió un sobresalto.

Allí, sobre la silla de roble tallado y alto respaldo, a la derecha de la chimenea, había una enorme rata que le miraba fijamente con sus tristes ojillos. Hizo un gesto para ahuyentarla, pero la rata no se movió. Ante lo cual hizo ademán de arrojarle algo. Tampoco se movió, sino que le mostró encolerizada sus grandes dientes blancos; a la luz de la lámpara, sus crueles ojillos brillaban con una luz de venganza.

Malcolmson se asombró, y, tomando el atizador de la chimenea, corrió hacia la rata para matarla. Pero antes que pudiera golpearla, ésta, con un chillido que parecía concentrar todo su odio, saltó al suelo y, trepando por la cuerda de la campana de alarma, desapareció en la oscuridad donde no llegaba el resplandor de la lámpara, tamizado por una pantalla verde. Al instante, y eso fue lo más extraño, el ruidoso bullicio de las ratas tras los paneles de roble se reanudó.

Esta vez Malcolmson no consiguió sumergirse de nuevo en el problema; pero, cuando el gallo cantó afuera anunciando la llegada del alba, se fue a la cama a descansar.

Durmió tan profundamente que ni siquiera se despertó cuando llegó la señora Dempster para arreglar la habitación. Sólo lo hizo cuando la mujer, una vez barrida la estancia y preparado el desayuno, golpeó discretamente en el biombo que ocultaba la cama. Aún se sentía un poco cansado de su duro trabajo nocturno, pero una cargada taza de té lo despejó pronto y, tomando un libro, salió a dar su paseo matutino, llevándose consigo unos bocadillos por si no le apetecía volver hasta la hora de la cena. Encontró un sendero apacible entre los olmos, y allí pasó la mayor parte del día estudiando su Laplace. A su regreso pasó a saludar a la señora Witham y a darle las gracias por su amabilidad. Cuando ella le vio llegar a través de una ventana de su sanctasanctórum, emplomada con rombos de vidrios de colores, salió a la calle a recibirle y le pidió que pasase. Una vez dentro, le miró inquisitivamente y negó con la cabeza al tiempo que decía:

—No debe trabajar tanto, señor. Esta mañana está usted más pálido que otras veces. Estar despierto hasta tan tarde y con un trabajo tan duro para el cerebro no es bueno para nadie. Pero dígame, señor, ¿cómo ha pasado la noche? Espero que bien. ¡No sabe cuánto me alegré cuando la señora Dempster me dijo esta mañana que le había encontrado tan profundamente dormido cuando llegó!

—Oh, sí, todo ha sido estupendo —repuso él con una sonrisa—; todavía no me han molestado los «algos». Sólo las ratas. Tienen montado un auténtico circo por todo el lugar. Había una, de aspecto diabólico, que hasta se atrevió a subirse a mi propia silla, junto al fuego, y no se habría marchado de no haberla yo amenazado con el atizador; entonces trepó por la cuerda de la campana de alarma y desapareció allá arriba, por encima de las paredes o el techo; no pude verlo bien debido a la oscuridad.

—¡Dios nos asista! —exclamó la señora Witham—. ¡Un viejo diablo, y sobre una silla junto al fuego! ¡Tenga cuidado, señor! ¡Tenga mucho cuidado! A veces hay cosas muy verdaderas que se dicen en broma.

—¿Qué quiere usted decir? Palabra que no la comprendo.

—¡Un viejo diablo! El viejo diablo, quizá. ¡Oh, señor, no se ría usted! —pues Malcolmson había estallado en una franca carcajada—. Ustedes, la gente joven, creen que es muy fácil reírse de cosas que hacen estremecer a los viejos. ¡Pero no importa, señor! ¡No haga caso! Quiera Dios que pueda usted continuar riendo todo el tiempo. ¡Eso es lo que le deseo!

Y la buena señora rebosó de nuevo alegre simpatía, olvidados por un momento todos sus temores.

—¡Oh, perdóneme! —dijo entonces Malcolmson—. No me juzgue descortés, es que la cosa me ha hecho gracia…, eso que el viejo diablo en persona estaba anoche sentado en mi silla…

Y al recordarlo se rió de nuevo. Luego se fue a su casa a cenar.

Aquella noche el rumor de las ratas empezó más temprano; con toda seguridad se había iniciado ya antes de su regreso, y sólo dejó de oírse unos momentos mientras les duró el susto causado por su imprevista llegada. Después de cenar se sentó un momento junto al fuego a fumar y, tras limpiar la mesa, empezó de nuevo su trabajo como otras veces. Pero esa noche las ratas le distraían más que la anterior. ¡Cómo correteaban de arriba abajo, por detrás y por encima! ¡Cómo chillaban, roían y arañaban! ¡Y cómo, más atrevidas a cada instante, se asomaban a las bocas de sus agujeros y por todas las grietas y resquebrajaduras del zócalo, con sus ojillos brillantes como lámparas diminutas cuando se reflejaba en ellos el fulgor del fuego! Pero para el estudiante, habituado sin duda a ellos, esos ojos no tenían nada de siniestro; por el contrario, sólo veía en ellos un aire travieso y juguetón.

A menudo, las más atrevidas hacían incursiones por el suelo o a lo largo de las molduras de la pared.

Una y otra vez, cuando empezaban a molestarle demasiado, Malcolmson hacía un ruido para asustarlas, golpeaba la mesa con la mano o emitía un fiero «Ssssh, ssssh» para que huyesen inmediatamente a sus escondrijos.

Así transcurrió la primera mitad de la noche; luego, a pesar del ruido, Malcolmson fue sumergiéndose cada vez más en el estudio.

De repente, alzó la vista, como la noche anterior, dominado por una súbita sensación de silencio. No se oía ni el más leve ruido de roer, chillar o arañar. Era un silencio de tumba. Entonces recordó el extraño suceso de la noche anterior, e instintivamente miró a la silla que había junto a la chimenea. Una extraña sensación recorrió entonces todo su cuerpo.

Allá, al lado de la chimenea, en la gran silla de roble tallado de respaldo alto, estaba la misma enorme rata mirándole fijamente con unos ojillos fúnebres y malignos. Instintivamente tomó el objeto que tenía más al alcance de su mano, unas tablas de logaritmos, y se lo arrojó. El libro fue mal dirigido y la rata ni se movió; así que tuvo que repetir la escena del atizador de la noche anterior; y de nuevo la rata, al verse estrechamente cercada, huyó trepando por la cuerda de la campana de alarma. También fue muy extraño que la fuga de esta rata fuese seguida inmediatamente por la reanudación del ruido de la comunidad. En esta ocasión, como en la precedente, Malcolmson no pudo ver por qué parte de la estancia desapareció el animal, pues la pantalla de su lámpara dejaba en sombras la parte superior de la habitación y el fuego brillaba mortecino.

Miró su reloj y observó que era casi medianoche y, no descontento del divertissement, avivó el fuego y se preparó una taza de té. Había trabajado perfectamente sumergido en el hechizo del estudio y se creyó merecedor de un cigarrillo; así pues, se sentó en la gran silla de roble tallado junto a la chimenea y fumó con delectación. Mientras lo hacía, empezó a pensar que le gustaría saber por dónde lograba meterse el animal, ya que empezaba a acariciar la idea de poner en práctica al día siguiente algo relacionado con una ratonera. En previsión de ello, encendió otra lámpara y la colocó de forma que iluminase bien el rincón derecho que formaban la chimenea y la pared. Luego apiló todos los libros que tenía, colocándolos al alcance de la mano para arrojárselos al animal si llegaba el caso. Finalmente, levantó la cuerda de la campana de alarma y colocó su extremo inferior encima de la mesa, pisándolo con la lámpara. Cuando tomó la cuerda en sus manos no pudo por menos que notar lo flexible que era, sobre todo teniendo en cuenta su grosor y el tiempo que llevaba sin usar.

«Se podría colgar a un hombre de ella», pensó para sí. Terminados sus preparativos, miró a su alrededor y exclamó, satisfecho:

—¡Ahora, amiga mía, creo que vamos a vernos las caras de una vez!

Reanudó su estudio, y aunque al principio le distrajo el ruido que hacían las ratas, pronto se abandonó por completo a sus proposiciones y problemas.

De nuevo fue reclamado de pronto por su alrededor. Esta vez no fue sólo el repentino silencio lo que llamó su atención; había, además, un ligero movimiento de la cuerda, y la lámpara se tambaleaba. Sin moverse, comprobó que la pila de libros estuviese al alcance de su mano y luego deslizó su mirada a lo largo de la cuerda. Pudo observar que la gran rata se dejaba caer desde la cuerda a la silla de roble, se instalaba en ella y le contemplaba. Tomó un libro con la mano derecha y, apuntando cuidadosamente, se lo lanzó. La rata, con un rápido movimiento, saltó de costado y esquivó el proyectil. Tomó entonces un segundo y luego un tercero, y se los lanzó uno tras otro, pero sin éxito. Por fin, y en el momento en que se disponía a arrojarle un nuevo libro, la rata chilló y pareció asustada. Esto aumentó más aún su deseo de dar en el blanco; el libro voló, y alcanzó a la rata con un golpe resonante. El animal lanzó un chillido terrorífico y, echando a su perseguidor una mirada de terrible malignidad, trepó por el respaldo de la silla, desde cuyo borde superior saltó hasta la cuerda de la campana de alarma, por la cual subió con la velocidad del rayo. La lámpara que sujetaba la cuerda se tambaleó bajo el repentino tirón, pero era pesada y no llegó a caerse.

Malcolmson siguió a la rata con la mirada y la vio, gracias a la luz de la segunda lámpara, saltar a una moldura del zócalo y desaparecer por un agujero en uno de los grandes cuadros colgados de la pared, indescifrable bajo la espesa capa de polvo y suciedad.

—Mañana le echaré una ojeada a la vivienda de mi amiga —dijo en voz alta el estudiante, mientras recogía los volúmenes tirados por el suelo—. El tercer cuadro partir de la chimenea: no lo olvidaré. —Tomó los libros uno a uno, haciendo un comentario sobre ellos mientras iba leyendo sus títulos—. Secciones cónicas no la rozó, ni tampoco Oscilaciones cicloideas, ni los Principia, ni los Cuaternios, ni la Termodinámica. ¡Éste es el libro que la alcanzó! —Malcolmson lo tomó del suelo y miró el título y, al hacerlo, se sobresaltó y una súbita palidez cubrió su rostro. Miró a su alrededor, inquieto, y se estremeció levemente mientras murmuraba para sí—: ¡La Biblia que me dio mi madre!

¡Qué extraña coincidencia!

Volvió a sentarse y reanudó su trabajo; las ratas del zócalo volvieron a sus cabriolas. Sin embargo, ahora no le molestaban; al contrario, su presencia le proporcionaba una cierta sensación de compañía. Pero no pudo concentrarse en el estudio y, después de intentar inútilmente dominar el tema que tenía entre manos, lo dejó con desesperación y fue a acostarse, justo cuando el primer resplandor del amanecer penetraba furtivamente por la ventana que daba al este.

Durmió pesadamente pero inquieto, y soñó mucho; cuando le despertó la señora Dempster, ya muy entrada la mañana, su aspecto era de haber descansado mal, y durante algunos minutos no pareció darse cuenta exacta de dónde se encontraba. Su primer encargo sorprendió bastante a la criada.

—Señora Dempster, cuando me ausente hoy de casa quiero que tome la escalera, saque el polvo y limpie bien todos esos cuadros…, especialmente el tercero a partir de la chimenea. Quiero ver qué hay en ellos.

Hasta bien entrada la tarde estuvo Malcolmson estudiando a la sombra de los árboles; a medida que transcurría el día notó que sus asimilaciones mejoraban progresivamente y fue volviendo al alegre optimismo del día anterior. Ya había conseguido solucionar satisfactoriamente todos los problemas que hasta entonces le habían eludido, y se encontraba en un estado tal de euforia que decidió hacer una visita a la señora Witham en «El Buen Viajero». La encontró en su confortable cuarto de estar, acompañada por un desconocido que le fue presentado como el doctor Thornhill. La mujer no parecía hallarse totalmente a gusto, y esto, unido a que el hombre se lanzó de inmediato a hacerle toda una serie de preguntas, hizo pensar a Malcolmson que la presencia del doctor no era casual, así que dijo sin ambages:

—Doctor Thornhill, contestaré gustosamente cualquier pregunta que quiera hacerme, si primero me contesta usted a una que deseo hacerle yo.

El doctor pareció sorprenderse, pero sonrió y respondió al momento:

—¡De acuerdo! ¿De qué se trata?

—¿Le pidió a usted la señora Witham que viniera aquí a verme y aconsejarme?

El doctor Thornhill, se mostró por un momento desconcertado, y la señora Witham enrojeció

vivamente y volvió la cara hacia otro lado; sin embargo, el doctor era un hombre sincero e inteligente y no dudó en contestar con franqueza:

—Así fue, en efecto, pero no quería que usted se enterase. Supongo que han sido mi torpeza y mi apresuramiento los que le han hecho sospechar. Pero en fin, lo que me dijo fue que no le gustaba la

idea que estuviese usted en esa casa completamente solo, y tomando tanto té y tan cargado. Deseaba que yo le aconsejase que dejara el té y no se quedara a estudiar hasta tan tarde. Yo también fui un buen estudiante en mis tiempos, y por ello espero que me permita tomarme la libertad de darle un consejo sin ánimo de ofenderle, puesto que no le hablo como un extraño, sino como un universitario puede hablarle a otro.

Malcolmson le tendió la mano con una radiante sonrisa.

—¡Choque esos cinco!, como dicen en Norteamérica —exclamó—. Le agradezco mucho su interés, y también a la señora Witham; y su amabilidad me obliga a pagarles en la misma moneda.

Prometo no volver a tomar té cargado, ni sin cargar, hasta que usted me autorice. Y esta noche me iré a la cama a la una de la madrugada lo más tarde. ¿De acuerdo?

—Estupendo —dijo el médico—. Y ahora cuénteme usted todo lo que ha visto en el viejo caserón.

Malcolmson relató con todo detalle lo sucedido en las dos últimas noches. Fue interrumpido de vez en cuando por las exclamaciones de la señora Witham, hasta que finalmente, al llegar al episodio de la Biblia, toda la emoción reprimida de la mujer halló salida en un tremendo alarido, y hasta que no se le administró un buen vaso de coñac con agua no se repuso. El doctor Thornhill lo escuchó todo con expresión de creciente gravedad, y cuando el relato llegó a su fin y la señora Witham quedó tranquila preguntó:

—¿La rata siempre trepa por la cuerda de la campana de alarma?

—Sí, siempre.

—Supongo que ya sabrá usted —dijo el doctor tras una pausa— qué es esa cuerda.

—¡No!

—Es —dijo el doctor lentamente— la misma que utilizaba el verdugo para ahorcar a las víctimas del cruel juez.

Al llegar a este punto fue interrumpido de nuevo por otro grito de la señora Witham, y hubo que poner otra vez en juego los medios para que volviera a recobrarse. Malcolmson, tras consultar su reloj, observó que ya era casi hora de cenar y se marchó a su casa tan pronto como ella se hubo recobrado.

Cuando la señora Witham volvió totalmente en sí, asaetó al doctor Thornhill con coléricas preguntas acerca de qué pretendía metiendo aquellas horribles ideas en la cabeza del pobre joven.

—Ya tiene allí demasiadas preocupaciones —añadió.

El doctor Thornhill respondió:

—¡Mi querida señora, mi propósito es bien distinto! Lo que yo quería era atraer su atención hacia la cuerda de la campana y mantenerla fija allí. Es posible que se halle en un estado de gran sobreexcitación, por haber estudiado demasiado o por lo que sea, pero de todas formas me veo obligado a reconocer que parece un joven tan sano y fuerte mental y corporalmente como el que más.

Pero luego están las ratas…, y esa sugerencia del diablo… —El doctor agitó la cabeza y prosiguió—: Me habría ofrecido a ir a pasar la noche con él, pero estoy seguro que eso le hubiera humillado.

Parece que por la noche sufre algún tipo de extraño terror o alucinación, y de ser así deseo que tire de esa cuerda. Como está completamente solo, eso nos servirá de aviso y podremos llegar hasta él a tiempo aún de serle útiles. Esta noche me mantendré despierto hasta muy tarde y tendré los oídos bien abiertos. No se alarme usted, señora Witham, si Benchurch recibe una sorpresa antes de mañana.

—Oh, doctor, ¿qué quiere usted decir?

—Exactamente esto: es muy posible, o mejor dicho probable, que esta noche oigamos la gran campana de alarma de la Casa del Juez.

Y el doctor hizo un mutis tan efectista como se podía esperar.

Cuando Malcolmson llegó a la casa descubrió que era un poco más tarde que de costumbre y que la señora Dempster ya se había marchado: las reglas de la Casa de Caridad Greenhow no eran de desdeñar. Se alegró mucho de ver que el lugar estaba limpio y reluciente, un alegre fuego ardía en la chimenea y la lámpara estaba bien despabilada. La tarde era muy fría para el mes de abril, y soplaba un pesado viento con una violencia que crecía tan rápidamente que podía esperarse una buena tormenta para la noche. El ruido que hacían las ratas cesó durante unos pocos minutos tras su llegada, pero tan pronto como se volvieron a acostumbrar a su presencia lo reanudaron. Se alegró de oírlas, y una vez más notó que en su bullicioso rumor había algo que le hacía sentirse acompañado.

Sus pensamientos retrocedieron hasta el extraño hecho que las ratas sólo dejaban de manifestarse cuando aquella otra rata (la gran rata de ojillos fúnebres) entraba en escena. Sólo estaba encendida la lámpara de lectura, cuya pantalla verde mantenía en sombras el techo y la parte superior de la estancia, de tal modo que la alegre y rojiza luz de la chimenea se extendía cálida y agradable por el pavimento y brillaba sobre el blanco mantel que cubría la mesa. Malcolmson se sentó a cenar con buen apetito y espíritu alegre. Después de cenar y fumar un cigarrillo se entregó firmemente a su trabajo, decidido a que nada le distrajese, pues recordaba la promesa hecha al doctor y quería aprovechar de la mejor manera posible el tiempo que disponía.

Durante más de una hora trabajó sin problemas, y luego sus pensamientos empezaron a desprenderse de los libros y a vagabundear por su cuenta. Las actuales circunstancias en las que se hallaba y la llamada de atención sobre su salud nerviosa no eran algo que pudiera despreciar. Por aquel entonces, el viento se había convertido ya en un vendaval, y el vendaval en una tormenta. La vieja casa, pese a su solidez, parecía estremecerse desde sus cimientos, y la tormenta rugía y bramaba a través de las múltiples chimeneas y los viejos gabletes, produciendo extraños y aterradores sonidos en los pasillos y las estancias vacías. Incluso la gran campana de alarma del tejado debía estar sufriendo los embates del viento, pues la cuerda subía y bajaba levemente, como si la campana estuviera moviéndose un poco, y el extremo inferior de la flexible cuerda azotaba el suelo de roble con un ruido duro y hueco.

Al escucharlo, Malcolmson recordó las palabras del doctor: «Es la cuerda que utilizaba el verdugo para ahorcar a las víctimas del cruel juez.» Se acercó al rincón de la chimenea y la tomó entre sus manos para contemplarla. Parecía sentir como una especie de morboso interés por ella, y mientras la estaba observando se perdió un momento en conjeturas sobre quiénes habrían sido esas víctimas y sobre el lúgubre deseo del juez de tener siempre ante su vista una reliquia tan macabra.

Mientras permanecía allí, el suave balanceo de la campana del tejado había seguido comunicando a la cuerda cierto movimiento, pero ahora, de pronto, empezó a notar una nueva sensación, una especie de temblor en la cuerda, como si algo se estuviera moviendo a lo largo de ella.

Levantó instintivamente la vista y vio a la enorme rata que, lentamente, bajaba hacia él mirándole con fijeza. Soltó la cuerda y retrocedió con brusquedad, mascullando una maldición; la rata dio la vuelta, trepó de nuevo por la cuerda y desapareció; y en ese instante Malcolmson se dio cuenta que el ruido de las ratas, que había cesado hacía un momento, volvía a comenzar.

Todo esto le dejó pensativo; entonces recordó que no había investigado la madriguera de la rata ni mirado los cuadros como había pensado hacer. Encendió la otra lámpara, que no tenía pantalla, y levantándola se situó frente al tercer cuadro a la derecha de la chimenea, que era por donde había visto desaparecer a la rata la noche anterior.

A la primera ojeada retrocedió, tan bruscamente sobresaltado que casi dejó caer la lámpara, y una mortal palidez cubrió sus facciones. Sus rodillas entrechocaron, pesadas gotas de sudor perlaron su frente, y tembló como un álamo. Pero era joven y animoso, y consiguió armarse nuevamente de valor; tras una pausa de unos segundos avanzó lentamente unos pasos, alzó la lámpara y examinó el cuadro, que una vez desempolvado y limpio era ya claramente distinguible.

Era el retrato de un juez vestido de púrpura y armiño. Su rostro era fuerte y despiadado, maligno, vengativo y astuto, con una boca sensual y una nariz ganchuda de rojizo color y forma semejante al pico de un ave de presa. El resto de la cara era de un color cadavérico. Los ojos, de un brillo peculiar, tenían una expresión terriblemente maligna. Contemplándolos, Malcolmson sintió frío, pues en ellos vio una réplica exacta a los ojos de la enorme rata. Casi se le cayó la lámpara de la mano cuando vio a ésta mirándole con sus ojillos fúnebres desde el agujero de la esquina del cuadro y notó el repentino cese del ruido de las demás. Pese a ello, volvió a reunir todo su valor y continuó examinando la pintura.

El juez estaba sentado en una gran silla de roble tallado de respaldo alto, a la derecha de una chimenea de piedra junto a la cual colgaba desde el techo una cuerda que yacía con su extremo inferior enrollado en el suelo. Con una sensación de horror, Malcolmson reconoció en esa escena la habitación donde se hallaba ahora, y miró despavorido a su alrededor, como esperando hallar alguna extraña presencia a su espalda. Luego volvió a dirigir su mirada al rincón que formaba la chimenea y, lanzando un grito desgarrado, dejó caer la lámpara que llevaba en la mano.

Allí, en la silla del juez, con la cuerda colgando tras ella, se había instalado aquella enorme rata que tenía la misma fúnebre mirada que éste, ahora diabólicamente intensa. Excepto el ulular de la tormenta, todo mantenía un completo silencio.

La lámpara caída hizo que Malcolmson volviera a la realidad. Por fortuna, era de metal y el aceite no se derramó. Sin embargo, la necesidad de recogerla de inmediato serenó sus aprensiones nerviosas. Cuando hubo apagado la lámpara se secó el sudor y meditó un momento.

—Esto no puede ser —se dijo en voz alta—. Si sigo así voy a volverme loco. ¡Basta ya! Prometí al doctor que no tomaría té. ¡Por Dios que tenía razón! Mis nervios han debido llegar a un estado terrible. Es curioso que yo no lo note. Nunca en mi vida me he encontrado mejor. Pero ahora todo vuelve a ir bien, no volveré a comportarme como un necio.

Se preparó un buen vaso de brandy y se sentó resueltamente para proseguir su estudio. Llevaba así cerca de una hora cuando levantó la vista del libro, atraído por el súbito silencio. Sin embargo, el viento ululaba y rugía más fuerte que nunca, y la lluvia golpeaba en ráfagas los cristales de las ventanas como si fuera granizo; en el interior de la casa, sin embargo, no se oía nada, excepto el eco del viento bramando por la gran chimenea como un arrullo de la tormenta. El fuego casi se había apagado; ardía ya sin llama, arrojando sólo un resplandor rojizo. Malcolmson escuchó con atención, y entonces oyó un tenue y chirriante ruido, casi inaudible. Provenía del rincón de la estancia donde colgaba la cuerda, y el estudiante pensó que debía producirlo el roce de la cuerda contra el suelo cuando el balanceo de la campana la hacía subir y bajar. Sin embargo, al mirar hacia allí, observó sorprendido que la rata, agarrada a la cuerda, la estaba royendo. La cuerda estaba ya casi roída por completo; se podía ver un color más claro en el punto donde las hebras internas habían quedado al descubierto. Mientras observaba, la tarea quedó completada y la cuerda cayó con un chasquido sobre el piso de roble, al tiempo que, por un instante, la gran rata permanecía colgada, como una monstruosa borla o campanilla, del cabo superior, que empezó a balancearse a uno y otro lado. Malcolmson sintió por un momento otra oleada brusca de terror al darse cuenta que la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior y pedir auxilio había quedado cortada, pero este sentimiento fue reemplazado en seguida por una intensa cólera y, agarrando el libro que estaba leyendo, lo arrojó contra la rata. El tiro iba bien dirigido, pero antes que el proyectil pudiera alcanzarla, la rata se dejó caer y aterrizó en el suelo con un blando ruido. Malcolmson se abalanzó al instante sobre ella, pero el animal salió disparado y desapareció en las sombras de la estancia.

Malcolmson comprendió que el estudio había terminado, al menos por aquella noche, y decidió alterar la monotonía de su vida con una cacería de ratas. Retiró la pantalla de la lámpara para conseguir un mayor radio de acción de la luz. Al hacerlo, se disiparon las tinieblas de la parte superior de la estancia, y ante aquella invasión de luz, cegadora en comparación con la oscuridad anterior, los cuadros de la pared destacaron limpiamente. Desde donde estaba Malcolmson pudo ver, justo frente a él, el tercero a la derecha de la chimenea. Se frotó con sorpresa los ojos, y luego un gran miedo empezó a invadirle.

En el centro del cuadro había un espacio vacío, grande e irregular, en el que se veía el lienzo pardo tan limpio como cuando fue colocado en el bastidor. El fondo del cuadro estaba como antes, con la silla, el rincón de la chimenea y la cuerda, pero la figura del juez había desaparecido.

Malcolmson estremecido de terror, fue girando lentamente, y entonces empezó a estremecerse y a temblar como afectado por un ataque de parálisis. Sus fuerzas parecían haberle abandonado, dejándole incapaz de hacer el menor movimiento, incluso casi incapaz de pensar. Sólo podía ver y oír.

Allí, en la gran silla de roble de alto respaldo, estaba sentado el juez, con su atuendo de púrpura y armiño, los fúnebres ojos brillando vengativos, una sonrisa de triunfo en la boca, firme y cruel, mientras sostenía en sus manos un negro birrete. Malcolmson notó que la sangre huía de su corazón, como lo que se siente en los momentos de prolongada ansiedad. Le silbaban los oídos. Sin embargo, podía oír el bramar y el aullar de la tempestad y, atravesándola, deslizándose sobre ella, le llegaron las campanadas de medianoche, en grandes repiques, desde la plaza del mercado. Durante un tiempo que se le antojó interminable permaneció inmóvil como una estatua, casi sin respiración, con los ojos desorbitados, heridos de horror. A medida que iba sonando el reloj se intensificaba la sonrisa de triunfo en la cara del juez, y cuando hubo sonado la última campanada de medianoche se colocó el negro birrete en la cabeza.

Lenta, deliberadamente, el juez se levantó de su asiento y tomó el trozo de cuerda que yacía en el suelo, lo palpó con sus manos como si su contacto le produjese placer, y luego empezó a anudar uno de sus extremos. Apretó y comprobó el nudo con el pie, tirando fuertemente de él hasta quedar satisfecho, y entonces lo transformó en un nudo corredizo, que alzó en su mano. Después empezó a moverse a lo largo de la mesa, por el lado opuesto a donde se encontraba Malcolmson, con la mirada fija en él, hasta que le rebasó; entonces, con un rápido movimiento, se colocó ante la puerta. Malcolmson empezó a darse cuenta en ese momento que había caído en una trampa, e intentó pensar qué debía hacer. Había cierta fascinación en los ojos del juez que no se apartaban de él, y cuya mirada Malcolmson se veía forzado a sostener. Vio que el juez se le aproximaba (sin dejar de mantenerse entre la puerta y el joven), levantaba el lazo y lo arrojaba en su dirección, como para capturarle. Con un gran esfuerzo hizo un rápido movimiento lateral y vio cómo la cuerda caía a su lado y la oyó golpear contra el suelo de roble. De nuevo levantó el nudo el juez y trató de cazarle, sin apartar sus fúnebres ojos de él, y el estudiante consiguió evitarlo haciendo un poderoso esfuerzo.

Esto se repitió muchas veces, sin que el juez pareciera desanimarse por sus fracasos, sino más bien gozar con ellos, como un gato con un ratón. Por fin, en la cumbre de su desesperación, Malcolmson arrojó una rápida mirada a su alrededor. La lámpara parecía reavivada y una brillante luz inundaba la estancia. En las numerosas madrigueras y en las grietas y agujeros del zócalo vio los ojos de las ratas; y esta visión, puramente física, le proporcionó un destello de bienestar. Miró y pudo darse cuenta que la cuerda de la gran campana de alarma estaba plagada de ratas. Cada centímetro estaba cubierto de ellas, cada vez salían más a través del pequeño agujero circular del techo de donde emergían, de tal modo que, bajo su peso, la campana empezaba a oscilar.

Osciló hasta que el badajo llegó a tocarla. El sonido fue muy tenue, pero apenas había comenzado su vaivén, y poco a poco iría aumentando la potencia del tañido.

Al oírlo, el juez, que había mantenido los ojos fijos en Malcolmson, los levantó, y un gesto de diabólica ira contrajo su rostro. Sus ojos relucieron como carbones encendidos y golpeó el suelo con el pie, haciendo un ruido que pareció estremecer toda la casa. El pavoroso estruendo de un trueno estalló sobre sus cabezas al mismo tiempo que el juez volvía a levantar el lazo y las ratas seguían subiendo y bajando por su cuerda, como si luchasen contra el tiempo. Pero esta vez, en lugar de arrojarlo, se fue acercando a su víctima, y fue abriendo el lazo a medida que se aproximaba. Al llegar frente al estudiante pareció irradiar algo paralizante con su sola presencia, y Malcolmson, permaneció rígido como un cadáver. Sintió sobre su garganta los helados dedos del juez mientras éste le ajustaba el lazo. El nudo se apretó. Entonces el juez, tomando en sus brazos el rígido cuerpo del muchacho, lo levantó, colocándolo en pie sobre la silla de roble y, subido junto a él, alzó su mano y tomó el extremo de la oscilante cuerda de la campana de alarma. Al alzar la mano, las ratas huyeron, chillando, por el agujero del techo. Tomando el extremo del lazo que rodeaba el cuello de Malcolmson, lo ató a la cuerda que colgaba de la campana y entonces, descendiendo de nuevo al suelo, quitó la silla.

Al comenzar a sonar la campana de alarma de la Casa del Juez se congregó de inmediato un gran gentío. Aparecieron luces y antorchas y, silenciosamente, la multitud se encaminó presurosa hacia allí. Golpearon fuertemente la puerta, pero nadie respondió. Entonces la echaron abajo y penetraron en el gran comedor; el doctor iba a la cabeza de todos.

El cuerpo del estudiante se balanceaba del extremo de la cuerda de la gran campana de alarma; en el cuadro, el rostro del juez mostraba una sonrisa maligna.

James Joyce: Las hermanas. Cuento

james joyceNo había esperanza esta vez: era la tercera embolia. Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las oscuras persianas, ya que sabía que se deben colocar dos cirios a la cabecera del muerto. A menudo él me decía: “No me queda mucho en este mundo”, y yo pensaba que hablaba por hablar. Ahora supe que decía la verdad. Cada noche al levantar la vista y contemplar la ventana me repetía a mí mismo en voz baja la palabra parálisis. Siempre me sonaba extraña en los oídos, como la palabra gnomo en Euclides y la palabra simonía en el catecismo. Pero ahora me sonó a cosa mala y llena de pecado. Me dio miedo y, sin embargo, ansiaba observar de cerca su trabajo maligno.

El viejo Cotter estaba sentado junto al fuego, fumando, cuando bajé a cenar. Mientras mi tía me servía mi potaje, dijo él, como volviendo a una frase dicha antes:

-No, yo no diría que era exactamente… pero había en él algo raro… misterioso. Le voy a dar mi opinión.

Empezó a tirar de su pipa, sin duda ordenando sus opiniones en la cabeza. ¡Viejo estúpido y molesto! Cuando lo conocimos era más interesante, que hablaba de desmayos y gusanos; pero pronto me cansé de sus interminables cuentos sobre la destilería.

-Yo tengo mi teoría -dijo-. Creo que era uno de esos… casos… raros… Pero es difícil decir…

Sin exponer su teoría comenzó a chupar su pipa de nuevo. Mi tío vio cómo yo le clavaba la vista y me dijo:

-Bueno, creo que te apenará saber que se te fue el amigo.

-¿Quién? -dije.

-El padre Flynn.

-¿Se murió?

-El señor Cotter nos lo acaba de decir aquí. Pasaba por allí.

Sabía que me observaban, así que continué comiendo como si nada. Mi tío le daba explicaciones al viejo Cotter.

-Acá el jovencito y él eran grandes amigos. El viejo le enseñó cantidad de cosas, para que vea; y dicen que tenía puestas muchas esperanzas en este.

-Que Dios se apiade de su alma -dijo mi tía, piadosa.

El viejo Cotter me miró durante un rato. Sentí que sus ojos de azabache me examinaban, pero no le di el gusto de levantar la vista del plato. Volvió a su pipa y, finalmente, escupió, maleducado, dentro de la parrilla.

-No me gustaría nada que un hijo mío -dijo- tuviera mucho que ver con un hombre así.

-¿Qué quiere usted decir con eso, señor Cotter? -preguntó mi tía.

-Lo que quiero decir -dijo el viejo Cotter- es que todo eso es muy malo para los muchachos. Esto es lo que pienso: dejen que los muchachos anden para arriba y para abajo con otros muchachos de su edad y no que resulten… ¿No es cierto, Jack?

-Ese es mi lema también -dijo mi tío-. Hay que aprender a manejárselas solo. Siempre lo estoy diciendo acá a este Rosacruz: haz ejercicio. ¡Como que cuando yo era un mozalbete, cada mañana de mi vida, fuera invierno o verano, me daba un baño de agua helada! Y eso es lo que me conserva como me conservo. Esto de la instrucción está muy bien y todo… A lo mejor acá el señor Cotter quiere una lasca de esa pierna de cordero -agregó a mi tía.

-No, no, para mí, nada -dijo el viejo Cotter.

Mi tía sacó el plato de la despensa y lo puso en la mesa.

-Pero, ¿por qué cree usted, señor Cotter, que eso no es bueno para los niños? -preguntó ella.

-Es malo para estas criaturas -dijo el viejo Cotter- porque sus mentes son muy impresionables. Cuando ven estas cosas, sabe usted, les hace un efecto…

Me llené la boca con potaje por miedo a dejar escapar mi furia. ¡Viejo cansón, nariz de pimentón!

Era ya tarde cuando me quedé dormido. Aunque estaba furioso con Cotter por haberme tildado de criatura, me rompí la cabeza tratando de adivinar qué quería él decir con sus frases inconclusas. Me imaginé que veía la pesada cara grisácea del paralítico en la oscuridad del cuarto. Me tapé la cabeza con la sábana y traté de pensar en las Navidades. Pero la cara grisácea me perseguía a todas partes. Murmuraba algo; y comprendí que quería confesarme cosas. Sentí que mi alma reculaba hacia regiones gratas y perversas; y de nuevo lo encontré allí, esperándome. Empezó a confesarse en murmullos y me pregunté por qué sonreía siempre y por qué sus labios estaban húmedos de saliva. Fue entonces que recordé que había muerto de parálisis y sentí que también yo sonreía suavemente, como si lo absolviera de un pecado simoniaco.

A la mañana siguiente, después del desayuno, me llegué hasta la casita de la Calle Gran Bretaña. Era una tienda sin pretensiones afiliada bajo el vago nombre de Tapicería. La tapicería consistía mayormente en botines para niños y paraguas; y en días corrientes había un cartel en la vidriera que decía: Se Forran Paraguas. Ningún letrero era visible ahora porque habían bajado el cierre. Había un crespón atado al llamador con una cinta. Dos señoras pobres y un mensajero del telégrafo leían la tarjeta cosida al crespón. Yo también me acerqué para leerla.

1 de Julio de 1895

El Reverendo James Flynn (quien que perteneció a la parroquia de la

Iglesia de Santa Catalina, en la calle Meath) de sesenta y cinco años de edad,

ha fallecido.

R. I. P.

Leer el letrero me convenció de que se había muerto y me perturbó darme cuenta de que tuve que contenerme. De no estar muerto, habría entrado directamente al cuartito oscuro en la trastienda, para encontrarlo sentado en su sillón junto al fuego, casi asfixiado dentro de su chaquetón. A lo mejor mi tía me habría entregado un paquete de High Toast para dárselo y este regalo lo sacaría de su sopor. Era yo quien tenía que vaciar el rapé en su tabaquera negra, ya que sus manos temblaban demasiado para permitirle hacerlo sin que derramara por lo menos la mitad. Incluso cuando se llevaba las largas manos temblorosas a la nariz, nubes de polvo de rapé se escurrían entre sus dedos para caerle en la pechera del abrigo. Debían ser estas constantes lluvias de rapé lo que daba a sus viejas vestiduras religiosas su color verde desvaído, ya que el pañuelo rojo, renegrido como estaba siempre por las manchas de rapé de la semana, con que trataba de barrer la picadura que caía, resultaba bien ineficaz.

Quise entrar a verlo, pero no tuve valor para tocar. Me fui caminando lentamente a lo largo de la calle soleada, leyendo las carteleras en las vitrinas de las tiendas mientras me alejaba. Me pareció extraño que ni el día ni yo estuviéramos de luto y hasta me molestó descubrir dentro de mí una sensación de libertad, como si me hubiera librado de algo con su muerte. Me asombró que fuera así porque, como bien dijera mi tío la noche antes, él me enseñó muchas cosas. Había estudiado en el colegio irlandés de Roma y me enseñó a pronunciar el latín correctamente. Me contaba cuentos de las catacumbas y sobre Napoleón Bonaparte y hasta me explicó el sentido de las diferentes ceremonias de la misa y de las diversas vestiduras que debe llevar el sacerdote. A veces se divertía haciéndome preguntas difíciles, preguntándome lo que había que hacer en ciertas circunstancias o si tales o cuales pecados eran mortales o veniales o tan sólo imperfecciones. Sus preguntas me mostraron lo complejas y misteriosas que son ciertas instituciones de la Iglesia que yo siempre había visto como la cosa más simple. Los deberes del sacerdote con la eucaristía y con el secreto de confesión me parecieron tan graves que me preguntaba cómo podía alguien encontrarse con valor para oficiar; y no me sorprendió cuando me dijo que los Padres de la Iglesia habían escrito libros tan gruesos como la Guía de Teléfonos y con letra tan menuda como la de los edictos publicados en los periódicos, elucidando éstas y otras cuestiones intrincadas. A menudo cuando pensaba en todo ello no podía explicármelo, o le daba una explicación tonta o vacilante, ante la cual solía él sonreír y asentir con la cabeza dos o tres veces seguidas. A veces me hacía repetir los responsorios de la misa, que me obligó a aprenderme de memoria; y mientras yo parloteaba, él sonreía meditativo y asentía. De vez en cuando se echaba alternativamente polvo de rapé por cada hoyo de la nariz. Cuando sonreía solía dejar al descubierto sus grandes dientes descoloridos y dejaba caer la lengua sobre el labio inferior -costumbre que me tuvo molesto siempre, al principio de nuestra relación, antes de conocerlo bien.

Al caminar solo al sol recordé las palabras del viejo Cotter y traté de recordar qué ocurría después en mi sueño. Recordé que había visto cortinas de terciopelo y una lámpara colgante de las antiguas. Tenía la impresión de haber estado muy lejos, en tierra de costumbres extrañas. “En Persia”, pensé… Pero no pude recordar el final de mi sueño.

Por la tarde, mi tía me llevó con ella al velorio. Ya el sol se había puesto; pero en las casas de cara al poniente los cristales de las ventanas reflejaban el oro viejo de un gran banco de nubes. Nannie nos esperó en el recibidor; y como no habría sido de buen tono saludarla a gritos, todo lo que hizo mi tía fue darle la mano. La vieja señaló hacia lo alto interrogante y, al asentir mi tía, procedió a subir trabajosamente las estrechas escaleras delante de nosotros, su cabeza baja sobresaliendo apenas por encima del pasamanos. Se detuvo en el primer rellano y con un ademán nos alentó a que entráramos por la puerta que se abría hacia el velorio. Mi tía entró y la vieja, al ver que yo vacilaba, comenzó a conminarme repetidas veces con su mano.

Entré en puntillas. A través de los encajes bajos de las cortinas entraba una luz crepuscular dorada que bañaba el cuarto y en la que las velas parecían una débil llamita. Lo habían metido en la caja. Nannie se adelantó y los tres nos arrodillamos al pie de la cama. Hice como si rezara, pero no podía concentrarme porque los murmullos de la vieja me distraían. Noté que su falda estaba recogida detrás torpemente y cómo los talones de sus botas de trapo estaban todos virados para el lado. Se me ocurrió que el viejo cura debía estarse riendo tendido en su ataúd.

Pero no. Cuando nos levantamos y fuimos hasta la cabecera, vi que ni sonreía. Ahí estaba solemne y excesivo en sus vestiduras de oficiar, con sus largas manos sosteniendo fláccidas el cáliz. Su cara se veía muy truculenta, gris y grande, rodeada de ralas canas y con negras y cavernosas fosas nasales. Había una peste potente en el cuarto: las flores.

Nos persignamos y salimos. En el cuartito de abajo encontramos a Eliza sentada tiesa en el sillón que era de él. Me encaminé hacia mi silla de siempre en el rincón, mientras Nannie fue al aparador y sacó una garrafa de jerez y copas. Lo puso todo en la mesa y nos invitó a beber. A ruego de su hermana, echó el jerez de la garrafa en las copas y luego nos pasó éstas. Insistió en que cogiera galletas de soda, pero rehusé porque pensé que iba a hacer ruido al comerlas. Pareció decepcionarse un poco ante mi negativa y se fue hasta el sofá, donde se sentó, detrás de su hermana. Nadie hablaba: todos mirábamos a la chimenea vacía.

Mi tía esperó a que Eliza suspirara para decir:

-Ah, pues ha pasado a mejor vida.

Eliza suspiró otra vez y bajó la cabeza asintiendo. Mi tía le pasó los dedos al tallo de su copa antes de tomar un sorbito.

-Y él… ¿tranquilo? -preguntó.

-Oh, sí, señora, muy apaciblemente -dijo Eliza-. No se supo cuándo exhaló el último suspiro. Tuvo una muerte preciosa, alabado sea el Santísimo.

-¿Y en cuanto a lo demás…?

-El padre O’Rourke estuvo a visitarlo el martes y le dio la extremaunción y lo preparó y todo lo demás.

-¿Sabía entonces?

-Estaba muy conforme.

-Se le ve muy conforme -dijo mi tía.

-Exactamente eso dijo la mujer que vino a lavarlo. Dijo que parecía que estuviera durmiendo, de lo conforme y tranquilo que se veía. Quién se iba a imaginar que de muerto se vería tan agraciado.

-Pues es verdad -dijo mi tía. Bebió un poco más de su copa y dijo:

-Bueno, señorita Flynn, debe de ser para usted un gran consuelo saber que hicieron por él todo lo que pudieron. Debo decir que ustedes dos fueron muy buenas con el difunto.

Eliza se alisó el vestido en las rodillas.

-¡Pobre James! -dijo-. Sólo Dios sabe que hicimos todo lo posible con lo pobres que somos… pero no podíamos ver que tuviera necesidad de nada mientras pasaba lo suyo.

Nannie había apoyado la cabeza contra el cojín y parecía a punto de dormirse.

-Así está la pobre Nannie -dijo Eliza, mirándola-, que no se puede tener en pie. Con todo el trabajo que tuvimos las dos, trayendo a la mujer que lo lavó y tendiéndolo y luego el ataúd y luego arreglar lo de la misa en la capilla. Si no fuera por el padre O’Rourke no sé cómo nos hubiéramos arreglado. Fue él quien trajo todas esas flores y los dos cirios de la capilla y escribió la nota para insertarla en el Freeman’s General y se encargó de los papeles del cementerio y lo del seguro del pobre James y todo.

-¿No es verdad que se portó bien? -dijo mi tía.

Eliza cerró los ojos y negó con la cabeza.

-Ah, no hay amigos como los viejos amigos -dijo.

-Pues es verdad -dijo mi tía-. Y segura estoy que ahora que recibió su recompensa eterna no las olvidará a ustedes y lo buenas que fueron con él.

-¡Ay, pobre James! -dijo Eliza-. Si no nos daba ningún trabajo el pobrecito. No se le oía por la casa más de lo que se le oye en este instante. Ahora que yo sé que se nos fue y todo, es que…

-Le vendrán a echar de menos cuando pase todo -dijo mi tía.

-Ya lo sé -dijo Eliza-. No le traeré más su taza de caldo de res al cuarto, ni usted, señora, me le mandará más rapé. ¡Ay, James, el pobre!

Se calló como si estuviera en comunión con el pasado y luego dijo vivazmente:

-Para que vea, ya me parecía que algo extraño se le venía encima en los últimos tiempos. Cada vez que le traía su sopa me lo encontraba ahí, con su breviario por el suelo y tumbado en su silla con la boca abierta.

Se llevó un dedo a la nariz y frunció la frente; después, siguió:

-Pero con todo, todavía seguía diciendo que antes de terminar el verano, un día que hiciera buen tiempo, se daría una vuelta para ver otra vez la vieja casa en Irishtown donde nacimos todos, y nos llevaría a Nannie y a mí también. Si solamente pudiéramos hacernos de uno de esos carruajes a la moda que no hacen ruido, con neumáticos en las ruedas, de los que habló el padre O’Rourke, barato y por un día… decía él, de los del establecimiento de Johnny Rush, iríamos los tres juntos un domingo por la tarde. Se le metió esto entre ceja y ceja… ¡Pobre James!

-¡Que el Señor lo acoja en su seno! -dijo mi tía.

Eliza sacó su pañuelo y se limpió los ojos. Luego, lo volvió a meter en su bolso y contempló por un rato la parrilla vacía, sin hablar.

-Fue siempre demasiado escrupuloso -dijo-. Los deberes del sacerdocio eran demasiado para él. Y su vida, también, fue tan complicada.

-Sí -dijo mi tía-. Era un hombre desilusionado. Eso se veía.

El silencio se posesionó del cuartito y, bajo su manto, me acerqué a la mesa para probar mi jerez, luego volví, calladito, a mi silla del rincón. Eliza pareció caer en un profundo embeleso. Esperamos respetuosos a que ella rompiera el silencio; después de una larga pausa dijo lentamente:

-Fue ese cáliz que rompió… Ahí empezó la cosa. Naturalmente que dijeron que no era nada, que estaba vacío, quiero decir. Pero aun así… Dicen que fue culpa del monaguillo. ¡Pero el pobre James, que Dios lo tenga en la Gloria, se puso tan nervioso!

-¿Y qué fue eso? -dijo mi tía-. Yo oí algo de…

Eliza asintió.

-Eso lo afectó mentalmente -dijo-. Después de aquello empezó a descontrolarse, hablando solo y vagando por ahí como un alma en pena. Así fue que una noche lo vinieron a buscar para una visita y no lo encontraban por ninguna parte. Lo buscaron arriba y abajo y no pudieron dar con él en ningún lado. Fue entonces que el sacristán sugirió que probaran en la capilla. Así que buscaron las llaves y abrieron la capilla, y el sacristán y el padre O’Rourke y otro padre que estaba ahí trajeron una vela y entraron a buscarlo… ¿Y qué le parece, que estaba allí, sentado solo en la oscuridad del confesionario, bien despierto y así como riéndose bajito él solo?

Se detuvo de repente como si oyera algo. Yo también me puse a oír; pero no se oyó un solo ruido en la casa: y yo sabía que el viejo cura estaba tendido en su caja tal como lo vimos, un muerto solemne y truculento, con un cáliz inútil sobre el pecho.

Eliza resumió:

-Bien despierto y riéndose solo… Fue así, claro, que cuando vieron aquello, eso les hizo pensar que, pues, que no andaba del todo bien…

Sheridan Le Fanu: Té verde. Cuento

Sheridan Le FanuPrólogo: Martin Hesselius, el médico alemán

Aunque dueño de una cuidadosa educación en medicina y en cirugía, jamás he practicado ninguna de ellas. No obstante, sigue interesándome profundamente el estudio de ambas. Ni el ocio ni el capricho fueron causa de que abandonara la honorable vocación en la que acababa de iniciarme. Causa fue un rasguño bastante insignificante con un bisturí de disección. Aquella pequeñez me costó la pérdida de dos dedos, que me fueron amputados sin tardanza, así como la pérdida incluso más dolorosa de la salud, pues desde aquel momento nunca he estado del todo sano, y rara vez he permanecido en el mismo lugar por más de doce meses.

En mis vagabundeos trabé conocimiento con el doctor Martin Hesselius, vagabundo como yo mismo, como yo, médico y, como yo, entusiasta de su profesión. Se diferenciaba de mí en que sus viajes eran voluntarios y era, si no hombre de fortuna, según el cálculo que de fortuna hacemos en Inglaterra, al menos sí lo que nuestros antepasados llamaban “de situación acomodada”. Era ya un anciano cuando lo conocí, y me llevaba casi treinta y cinco años.

En el doctor Martin Hesselius encontré mi maestro. Sus conocimientos eran inmensos y la intuición su manera de penetrar en un caso. Se trataba del hombre justo para inspirar asombro y deleite en un joven entusiasta como yo. Mi admiración ha soportado la prueba del tiempo y sobrevivido la separación de la muerte. Estoy seguro de que tenía una base sólida.

Por casi veinte años fungí como su secretario. Dejó a mi cuidado su inmensa colección de escritos, para que los ordenara, clasificara y encuadernara. Es curioso el tratamiento que dio a algunos de esos casos. Escribe de dos maneras. Describe lo visto y escuchado como pudiera hacerlo un lego inteligente; cuando, con este estilo de narrar ha acompañado a su paciente hasta el umbral, llevándolo a la luz del día, o hasta las puertas oscuras que conducen a las cavernas de la muerte, vuelve a la narración y, a partir de su arte y con toda la fuerza y la originalidad de un genio, se dedica al trabajo de análisis, diagnóstico y ejemplificación.

De vez en cuando, algún caso me parece del tipo que pudiera entretener u horrorizar a un lector lego a causa de un interés muy distinto al peculiar que tendría para un experto. Con ligeras modificaciones, sobre todo del lenguaje y, desde luego, habiendo cambiado los nombres, copio lo siguiente. El doctor Martin Hesselius es el narrador. Encontré el texto en una voluminosa cantidad de notas sobre distintos casos, que escribió hará unos sesenta y cuatro años, durante un viaje por Inglaterra.

Lo relata en una serie de cartas a su amigo el profesor Van Loo, de Leyden. El profesor no era médico, sino químico; se trataba de un hombre leído en historia, metafísica y medicina y que, en su momento, había escrito una obra de teatro.

Por consiguiente, la narración es un tanto menos valiosa como informe médico, pues de necesidad fue escrita en un estilo más propicio a interesar a un lector sin los debidos conocimientos.

Según se desprende de un memorando a ellas agregado, estas cartas parecen haber sido devueltas al doctor Hesselius en 1819, a la muerte del profesor. Algunas están escritas en inglés, otras en francés y una gran mayoría en alemán. Aunque consciente de no ser, de ninguna manera, un traductor competente, sí soy fiel; y aunque aquí y allí omití algunos pasajes, acorté otros y disfracé nombres, nada he interpolado.

I. El doctor Hesselius relata cómo conoció al reverendo Jennings

El reverendo Jennings es alto y delgado. Es un hombre maduro, que viste con elegante, anticuada y ritualista precisión. Se muestra, como es natural, un tanto grave, pero no es en lo absoluto pretencioso. Aunque no bien parecido, posee rasgos agradables y una expresión sumamente amable, a la vez que tímida.

Lo conocí en una velada en casa de lady Mary Heyduke. La modestia y la benevolencia de su rostro son atractivas en grado sumo.

Formábamos un grupo pequeño, y él se mezclaba a la conversación con bastante agrado. Parece gozar mucho más oyendo que participando en la plática; pero lo que dice viene siempre al caso y está bien expresado. Lady Mary lo aprecia enormemente y, al parecer, lo consulta respecto a muchas cosas; piensa que es una de las personas más felices y bienaventuradas de esta tierra. Cuán poco sabe acerca de él.

El reverendo Jennings es soltero y tiene, según se dice, sesenta mil libras en bonos. Es caritativo. Se muestra ansioso de participar activamente en su sagrada profesión; sin embargo, aunque siempre se encuentra tolerablemente bien de salud en otros sitios, cuando vuelve a su vicaría de Warwickshire, para dedicarse a los deberes propios de su sagrado oficio, la salud le falla, y de una manera harto extraña. Al menos, tal dice lady Mary.

No hay duda de que la salud del señor Jennings se derrumba de un modo, en general, súbito y misterioso, en ocasiones en el momento justo de oficiar en su vieja y hermosa iglesia de Kenlis. Tal vez sea su corazón; quizás el cerebro. Ha sucedido tres o cuatro veces, acaso más, que tras haber cubierto parte del servicio se detenga de pronto y, después de un silencio, y al parecer totalmente incapaz de continuar, se dedique a una oración solitaria e inaudible, las manos y los ojos levantados, pálido como la muerte; agitado por una vergüenza y un horror extraños, desciende temblando del púlpito y entra a la sacristía, abandonando a su congregación sin explicación alguna. Ocurrió esto encontrándose ausente su teniente de cura. Cuando ahora va a Kenlis, cuida siempre de acompañarse por un ayudante que comparta sus deberes, y lo sustituya en el instante mismo en que se vea tan tristemente incapacitado.

Cuando así se ve afectado el señor Jennings, se retira de la vicaría y regresa a Londres, donde habita una casa muy pequeña, situada en una oscura calle cerca de Piccadilly, y donde siempre, afirma lady Mary, está perfectamente bien. Tengo mis opiniones al respecto. Existen grados, desde luego. Ya veremos.

El señor Jennings es un perfecto caballero. Sin embargo, algo raro nota la gente en él. Da una impresión un tanto ambigua. La gente no recuerda o, tal vez, no capta con nitidez una cosa que sin duda alguna a ello contribuye. Pero yo me di cuenta casi de inmediato. El señor Jennings tiene un modo especial de mirar de lado la alfombra, como si sus ojos siguieran los movimientos de algo que allí se encontrara. Desde luego, no siempre ocurre esto. Sólo de vez en cuando. Pero lo bastante a menudo para darle un aire extraño, como he dicho, a su comportamiento; además, en esa mirada que va por el piso hay algo a la vez tímido y ansioso.

Un filósofo médico, como a bien tiene usted llamarme, dado a elaborar teorías con ayuda de casos que él mismo busca, casos que observa y analiza con más tiempo y autoridad y, en consecuencia, con mucha mayor minuciosidad que un practicante común y corriente, sin darse cuenta adquiere el hábito de la observación, el cual va con él a todo sitio y el cual ejerce, como dirían algunas personas, con impertinencia en todo material que presente una mínima probabilidad de recompensar la investigación.

Una promesa de ese tipo hallé en el delgado, tímido, amable y reservado caballero a quien conocí en aquella agradable reunioncilla vespertina. Desde luego, observé más de lo que asiento aquí, pero conservo para un ensayo de índole estrictamente científica todo aquello que linda con lo técnico.

Debo comentar que cuando hablo de medicina lo hago, y espero que algún día se comprenda esto de un modo general, en un sentido mucho más totalizador de lo que su manejo, generalmente material, permitiría. Opino que todo el mundo natural no es sino expresión última de ese mundo espiritual del cual, y del cual únicamente, adquiere su vida. Opino que el hombre esencial es un espíritu, que ese espíritu es una sustancia organizada, pero distinta en lo material de lo que solemos comprender por materia, como ocurre con la luz o la electricidad; que el cuerpo material es, en el sentido más literal, una cobertura y que, en consecuencia, la muerte no interrumpe la existencia del hombre vivo, sino que simplemente lo extrae de su cuerpo natural, proceso iniciado en el momento justo de eso llamado muerte y cuya culminación, cuando mucho ocurrida unos cuantos días después, es la resurrección “en el poder”.

La persona que sopese las consecuencias de esas posiciones verá probablemente la influencia práctica que esto tiene en la medicina. Sin embargo, no es éste el lugar pertinente para exponer las pruebas y explorar las consecuencias de una situación demasiado marginada.

Obediente a mi hábito, observaba encubiertamente y con toda precaución al señor Jennings, quien se dio cuenta; comprendí claramente que me observaba con igual cautela. Sucedió que lady Mary se dirigió a mí empleando mi nombre, doctor Hesselius, y vi entonces que Jennings me miraba con mayor atención y que permanecía pensativo por unos minutos.

Después de esto, cuando conversaba yo con un caballero al otro extremo de la habitación, noté que me miraba más de continuo, con un interés que creí comprender. Lo vi entonces aprovechar una oportunidad de hablar con lady Mary, y tuve plena conciencia, como siempre ocurre en esos casos, de ser tema de un distante preguntar y responder.

Aquel clérigo alto terminó por acercárseme, y al poco tiempo habíamos trabado conversación. Cuando dos personas amantes de la lectura, conocedoras de libros y lugares y que han viajado desean platicar, muy extraño será que no encuentren temas para hacerlo. Nada de accidental hubo en que se me acercara y buscara conversación. Sabía alemán y había leído mis ensayos sobre medicina metafísica, que sugieren mucho más de lo que en realidad dicen.

Este hombre cortés, amable, tímido, obviamente una persona intelectual y bien leída, que se movía entre nosotros y con nosotros hablaba sin ser del todo uno de nosotros; este hombre en quien sospechaba ya una vida cuyas transacciones y alarmas estaban cuidadosamente ocultas, con una reserva impenetrable no sólo respecto al mundo, sino a sus amigos más queridos, sopesaba cuidadosamente en su cabeza la idea de tomar una cierta decisión tocante a mí.

Penetré en sus pensamientos sin que él se diera cuenta, y tuve cuidado de nada decir que traicionara a su sensible vigilancia mis sospechas respecto a su posición, o mis deducciones acerca de sus planes relacionados conmigo.

Por un tiempo platicamos de distintos asuntos, pero finalmente me dijo:

—Me interesaron mucho algunos ensayos de usted, doctor Hesselius, dedicados a lo que usted llama medicina metafísica; los leí en alemán hará unos diez o doce años. ¿Los han traducido ya?

—No, estoy seguro de que no, pues me habría enterado. Pienso que habrían solicitado mi permiso.

—Hace unos meses pedí a mis libreros que me consiguieran el libro en la edición alemana original, pero me dicen que está agotado.

—Así es, y hace varios años ya. Pero, como autor, me halaga que no haya olvidado usted mi librito, aunque —agregué riendo— diez o doce años son un lapso considerable para habérselas pasado sin él. Imagino que le ha estado dando vueltas al tema en la cabeza, o que a últimas fechas algo sucedió que le ha reavivado el interés en él.

Al escuchar este comentario, que iba acompañado de una mirada indagadora, una turbación súbita perturbó al señor Jennings, análoga a las que hacen ruborizar y parecer tonta a una jovencita. Bajó la vista, entrelazó inquieto las manos y por un momento se le vio extraño y, se diría, culpable.

Ayudé a que saliera de aquella situación incómoda del mejor modo posible; pretendiendo que nada había notado y agregando de inmediato:

—Me sucede con frecuencia sentir un interés renovado por ciertos temas. Un libro me hace pensar en otro y a menudo, tras un intervalo de veinte años, me lanza a una búsqueda quimérica. Pero si aún se interesa en tener un ejemplar, feliz me hará el proporcionárselo. Todavía conservo dos o tres; si me permite dedicarle uno, me sentiré muy honrado.

—En verdad que es usted muy amable —dijo, tranquilo ya. Y a poco—: Casi lo daba por imposible; no sé cómo agradecérselo.

—Por favor, ni una palabra más. En realidad, tan poco valor tiene la obra, que vergüenza me da el ofrecimiento. Si vuelve a agradecérmelo, echaré el ejemplar al fuego, llevado por un impulso de modestia.

El señor Jennings rio. Preguntó luego dónde me hospedaba yo en Londres y, tras conversar un poco más conmigo acerca de temas diversos, se despidió.

II. El doctor interroga a lady Mary y ella responde

—Me agrada mucho su vicario, lady Mary —dije en cuanto él se hubo ido—. Es un hombre que ha leído, viajado y meditado; habiendo sufrido también, debe ser una compañía valiosa.

—Y lo es; más aún, es un hombre en verdad bondadoso —contestó—. Me da consejos inapreciables sobre mis escuelas, y sobre mis modestas actividades en Dawlbridge. Es tan dedicado, se preocupa tanto de servir.., no tiene usted idea… cuando piensa que puede ser útil. Es de muy buen corazón y muy sensato.

—Qué agradable oír tan buena opinión de sus virtudes sociales. Puedo testimoniar que es un contertulio agradable y gentil. A las cosas que de él me ha dicho creo poder agregar dos o tres más —dije.

—¿De veras?

—Sí. Para comenzar, es soltero.

—Sí, así es. Continúe.

—Ha estado escribiendo.., mejor dicho, escribió, pero hará dos o tres años que suspendió su obra. Se trata de un libro sobre algún tema bastante abstracto… quizás teología.

—Bueno, estuvo escribiendo un libro, como dice usted. No estoy muy segura de qué trataba, pero sí de algo que no me interesaba lo más mínimo. Probablemente tenga usted razón y, desde luego, dejó de hacerlo… sí.

—Y aunque aquí, esta noche, sólo bebió un poco de café, gusta del té de un modo extravagante, o al menos gustaba de él.

—Sí, eso es muy cierto.

—Bebía té verde, y mucho, ¿no es así? —agregué.

—¡Vaya, esto sí que es extraño! El té verde era un tema cuya discusión casi nos hacía pelear.

—Pero ha renunciado a él del todo —dije.

—Así es.

—Y ahora, una cosa más. ¿Conoció usted a la madre o al padre?

—A los dos. El padre murió hace diez años. Vivían cerca de Dawlbridge y los conocimos muy bien —respondió.

—Pues bien, la madre o el padre (aunque me inclino a pensar que fue éste) vio un fantasma —dije.

—¡Vaya, en verdad que es usted un brujo, doctor Hesselius!

—Brujo o no ¿estuve en lo cierto? —respondí con alegría.

—Desde luego que sí; y fue el padre. Era un hombre silencioso y caprichoso, que solía aburrir a mi padre contándole sus sueños; finalmente, le relató una historia acerca de un fantasma al que había visto y con el que había hablado. Era una historia muy extraña. La recuerdo en especial porque sentía mucho miedo de él. Fue una historia que ocurrió mucho antes de su muerte, siendo yo pequeñita. Era muy silencioso y taciturno en el modo de conducirse; solía venir de visita algunas veces, hacia el oscurecer, cuando me encontraba sola en la sala; a menudo me imaginaba que lo rodeaban fantasmas.

Sonreí asintiendo.

—Y ahora, ya establecida mi calidad de brujo, pienso que debo despedirme —dije.

—Pero ¿cómo descubrió todo esto?

—Con ayuda de los planetas, desde luego, tal como lo hacen los gitanos —respondí; y tras ello, me despedí jovialmente.

A la mañana siguiente envié al señor Jennings el librito por el que había estado preguntando, acompañado de una nota. Aquella noche, al regresar tarde a mi alojamiento, me enteré de que había venido a visitarme, y había dejado su tarjeta. Preguntó si estaba yo en casa y la hora a la que sería más fácil encontrarme.

¿Intentará reabrir su caso y consultarme “profesionalmente” como suele decirse? Así lo espero. Concebí ya una teoría acerca de él. Le dan apoyo las respuestas de lady Mary a las preguntas que le hice antes de partir. Me gustaría mucho verla comprobada por lo que él me diga. Mas ¿qué puedo hacer con insistencia para invitarlo a una confesión sin olvidar mis buenos modales? Nada. Pienso, no obstante, que se propone hacer una. En todo caso, mi querido Van L., no le dificultaré el acceso, y pienso pagarle la visita mañana. El solicitarle que me reciba será un gesto de cortesía para agradecerle su urbanidad. Tal vez algo salga de todo esto. Pronto sabrás, mi querido Van L., si fue mucho, poco o nada lo obtenido.

III. El doctor Hesselius extrae algo de unos libros en latín

Bien, me presenté en la calle Blank.

Al interrogar al sirviente que abrió la puerta, me dijo que el señor Jennings estaba sumamente ocupado con un caballero, un clérigo de Kenlis, su parroquia en la provincia. Con la intención de conservar el privilegio de devolver la visita, simplemente comenté que probaría suerte en otra ocasión; me había vuelto para retirarme cuando el sirviente, disculpándose, me preguntó, con una mirada un tanto más atenta de la que suelen permitirse las personas bien educadas de su profesión, si no era yo el doctor Hesselius. Al enterarse de que así ocurría, dijo:

—En tal caso, señor, tal vez quiera permitirme que se lo mencione al señor Jennings. Estoy seguro de que desea verlo.

El sirviente regresó al momento con un recado del señor Jennings, solicitándome que pasara a su estudio, que en realidad era su sala interior, donde se reuniría conmigo en unos cuantos minutos.

En verdad que aquél era un estudio, casi una biblioteca. Se trataba de una habitación de cielo raso elevado, con dos ventanas altas y estrechas, de cortinas oscuras y suntuosas. Era mucho más amplia de lo que había supuesto, con todas las paredes cubiertas de libros, desde el piso hasta el techo. La alfombra superior —pues al caminar sentí que había dos o tres de ellas— era turca. Ningún ruido hacían mis pasos. A causa de los sobresalientes libreros las ventanas, sumamente estrechas, quedaban como en nichos. Aunque se trataba de una habitación sumamente cómoda, e incluso lujosa, el efecto que causaba era decididamente sombrío, a lo que ayudaba un silencio casi opresivo. Sin embargo, tal vez debiera atribuir algo de esto a mis asociaciones. En mi mente el señor Jennings estaba unido a ideas peculiares. Entré a esta habitación de silencio perfecto, de una casa muy silenciosa, lleno de presentimientos singulares. Ayudaban a crear aquel sentimiento sombrío la oscuridad y el solemne tapizado de los libros que, excepto por dos estrechos espejos colgados de la pared, estaban por todos sitios.

Mientras aguardaba la llegada del señor Jennings me entretuve mirando algunos de los libros con que estaban cargados los estantes. No entre éstos sino justo debajo de ellos, sobre el piso y con el lomo hacia arriba, encontré una colección completa de Arcana Coelestia, de Swedenborg, en su idioma original, el latín. Se trataba de una hermosa colección, encuadernada en el elegante uniforme del que gusta la teología: es decir, pergamino puro, letras doradas y filos carmesíes. Había señaladores de papel en varios de los volúmenes; los levanté y puse sobre la mesa uno tras otro, y los abrí donde estaban esos papeles; leí de esta manera, en la solemne fraseología latina, una serie de oraciones subrayadas al margen con lápiz. Copio aquí unas cuantas de ellas, traducidas al inglés.

“Cuando se abre la vista interior del hombre, es decir, la de su espíritu, aparecen las cosas pertenecientes a la otra vida, imposibles de hacer visibles a la vista corporal…”

“Gracias a esa visión interna me ha sido concedido ver cosas que son de la otra vida, con mayor claridad de la que veo aquéllas de este mundo. Con base en esas consideraciones, es evidente que la visión externa viene de la interna, ésta de otra aún más interior, etcétera…”

“En cada hombre hay por lo menos dos espíritus malignos…”

“Con los espíritus malévolos se da un habla fluida, pero dura y ríspida. También existe en ellos un habla que no es fluida, percibiéndose el disentir de los pensamientos como algo que secretamente se arrastra con ella.”

“Los espíritus malignos asociados con el hombre son, en verdad, de los infiernos; pero cuando están con el hombre no están ya en el infierno, pues se los saca de allí. El lugar donde entonces se encuentran yace a medio camino entre el cielo y el infierno, y recibe el nombre de mundo de los espíritus; cuando los espíritus malignos compañeros del hombre se encuentran en ese mundo, no sufren un tormento infernal, pues viven en todo afecto y todo pensamiento del hombre y, por tanto, en todo aquello que el hombre goza. Cuando se los remite al infierno, regresan a su estado anterior…”

“Si los espíritus malignos percibieran que están asociados con el hombre y, pese a ello, separados de él; si pudieran infiltrarse en las partes de su cuerpo, por mil medios intentarían destruirlo, pues odian al hombre con odio mortal…”

“Al saber, por tanto, que era yo un hombre por mi cuerpo, continuamente lucharon por destruirme; y no sólo en lo tocante al cuerpo, sino en especial al alma, pues destruir a cualquier hombre de espíritu es el deleite mayor en la vida de todo el que se encuentra en el infierno. Mas el Señor me ha protegido continuamente. Se deduce de aquí cuán peligroso es para el hombre vivir en la compañía de espíritus, a menos que se proteja con la bondad de la fe…”

“Nada se oculta con mayor cuidado del conocimiento de los espíritus asociados que el que así se encuentren unidos al hombre, pues de saberlo, le hablarían con la intención de destruirlo…”

“Es deleite del infierno hacer mal al hombre y apresurar su ruina eterna.”

Una nota extensa, escrita al pie de la página con lápiz muy afilado y fino en la nítida letra del señor Jennings atrajo mi vista. Esperando un comentario al texto, leí una o dos palabras y me detuve, pues se trataba de algo muy diferente, que comenzaba de esta manera: Deus misereatur mei, “Dios se apiade de mí”. Comprendiendo la naturaleza privada de aquello, desvié los ojos y cerré el libro; puse todos los volúmenes en su lugar, excepto uno que me interesó y que, como suele ocurrir con los hombres estudiosos y de hábitos solitarios, me absorbió al grado de aislarme del mundo externo y hacerme olvidar dónde me encontraba.

Leía algunas páginas dedicadas a los “representantes” y “correspondientes”, según el idioma técnico de Swedenborg, y había llegado a un párrafo cuya sustancia era que los espíritus malignos, cuando vistos por otros ojos que no sean los de sus asociados infernales, se presentan, por “correspondencia”, en un aspecto horrible y atroz, en la forma de la bestia (fera) que representa su concupiscencia y vida particulares. Se trata de un largo pasaje, que detalla varias de esas formas bestiales.

IV. Cuatro ojos leían el pasaje

Con el extremo de mi lapicera marcaba la línea que iba leyendo, cuando algo me hizo levantar la vista.

Justo frente a mí se encontraba uno de los espejos que he mencionado, en él vi reflejada la alta figura de mi amigo, el señor Jennings, quien se inclinaba por encima de mi hombro y leía la página que me ocupaba, con un rostro tan siniestro y distorsionado que difícil me habría sido reconocerlo.

Me volví, levantándome. Estaba erecto y, con un esfuerzo, rio brevemente, diciéndome:

—Al entrar le pregunté cómo estaba, pero sin lograr distraerlo de su libro. Me fue imposible refrenar la curiosidad y, temo que con mucha impertinencia, fisgué por encima de su hombro. No es la primera vez que lee usted esas páginas. Sin duda que hace mucho tiempo estudió a Swedenborg.

—¡Ah, sí! Mucho le debo a Swedenborg. Descubrirá algunas huellas de él en el librito de medicina metafísica que tuvo a bien recordar.

Aunque mi amigo simulaba ligereza en sus modales, tenía un ligero sonrojo en el rostro y percibí que, interiormente, se encontraba muy perturbado.

—No me siento aún calificado, pues sé muy poco de Swedenborg. Hace apenas una quincena que recibí los libros —respondió—, y pienso que muy probablemente pondrán nervioso a un hombre solitario; es decir, a juzgar por lo poco que he leído: no afirmo que me hayan puesto así —rio—, y le estoy muy agradecido por el libro. Espero que haya recibido mi nota.

Cumplí con todas las confirmaciones pertinentes, así como con negaciones de modestia.

—Jamás leí libro con el que coincidiera tan por completo como el suyo —continuó—. De inmediato comprendí que hay en él más de lo que llega a decirse. ¿Conoce usted al doctor Harley? —preguntó un tanto abruptamente.

De pasada, el revisor del texto comenta que el médico aquí mencionado era uno de los más eminentes que haya practicado en Inglaterra.

Lo conocía, pues me había escrito, mostró conmigo una gran cortesía y me ayudó considerablemente durante mi visita a Inglaterra.

—Pienso que ese hombre es uno de los tontos más grandes que haya conocido en mi vida —dijo el señor Jennings.

Era aquella la primera vez que le escuchaba un comentario agrio sobre alguien, y me sorprendió un tanto ver aplicado ese término a un nombre de mucha fama.

—¿En serio?, ¿y en qué sentido? —pregunté.

—En el profesional —respondió.

Sonreí.

—Quiero decir —agregó— que me parece medio ciego… es decir, la mitad de todo lo que mira es oscuro… preternaturalmente brillante y vívido el resto; y lo peor es que parece voluntario. No lo entiendo… es decir, no quiere… He tenido alguna experiencia con él como médico, pero en ese sentido no me parece mejor que una mente paralítica, un intelecto medio muerto. Ya le contaré… sé que en algún momento le contaré… todo esto —dijo un tanto agitado—. Usted va a estar algunos meses más en Inglaterra. Si durante su estancia, saliera yo de la ciudad por un tiempo ¿me permitiría que lo molestara enviándole una carta?

—Me placerá mucho —le aseguré.

—Es usted muy amable. Me siento tan descontento con Harley.

—Se inclina un poco por la escuela materialista —dije.

—Es simplemente un materialista —me corrigió—. No se imagina a qué grado preocupa ese tipo de cosas a quien está mejor enterado. No dirá usted a nadie (a ninguno de mis amigos que lo saben) que estoy melancólico. Por ejemplo, ahora nadie sospecha, ni siquiera lady Mary, que he visto al doctor Harley o a otro médico. Así pues, le ruego que no lo mencione. Y si hubiera la amenaza de un ataque, permítame escribirle o, si me encuentro en la ciudad, platicar con usted un rato.

Me hundía yo en conjeturas y descubrí que inconscientemente había clavado en él mis preocupados ojos, pues bajó los suyos por un momento y dijo:

—Veo que, en su opinión, debiera contárselo ahora, antes de que se forme una conjetura. Pero será mejor que renuncie a ello. Aunque se pasara el resto de la vida tratando de adivinar, nunca lo conseguiría.

Sonriendo, sacudió la cabeza. Y por aquel rostro soleado pasó de pronto una nube negra; aspiró aire por los apretados dientes, como suelen hacerlo quienes sufren un dolor.

—Siento mucho, desde luego, saber que tiene usted necesidad de nosotros, los médicos. No dude en llamarme cuando y como guste; innecesario es asegurarle que mantendré secreto lo que me ha confiado.

Habló entonces de otras cosas muy distintas, y con un humor comparativamente más alegre; al cabo de un tiempo me despedí.

V. De Richmond llaman al doctor Hesselius

Nos separamos joviales, pero ni él lo estaba ni yo tampoco. Hay ciertas expresiones de ese poderoso órgano del espíritu —el rostro humano— que, aunque las he visto a menudo y poseo los nervios de un doctor, me perturban profundamente. Me obsesionaba una mirada del señor Jennings. Había apresado mi imaginación con un poder tan funesto, que cambié mis planes para aquella noche y fui a la ópera, sintiendo que deseaba cambiar de pensamiento.

Nada oí de él o acerca de él por dos o tres días, cuando me llegó una nota escrita de su puño y letra. Estaba en un tono alegre y llena de optimismo. Me decía que por algún tiempo se había sentido mucho mejor —de hecho, del todo bien— e iba a realizar un experimento: ir por un mes o algo así a su parroquia, y ver si un poco de trabajo pudiera terminar de reponerlo. Había en ella una ferviente expresión de gratitud religiosa por aquel restablecimiento, como casi confiaba ahora que podía llamárselo.

Uno o dos días después vi a lady Mary, quien repitió lo que la nota de él había anunciado; me dijo que Jennings se encontraba en Warwickshire, y que había vuelto a sus deberes religiosos en Kenlis. Agregó:

—Comienzo a creer que en verdad se encuentra ya bien, y que en realidad nunca ocurrió nada sino nervios y fantasías. Todos somos nerviosos, e imagino que nada como un poco de trabajo duro para ese tipo de debilidad, y él se decidió a probarlo. Ninguna sorpresa sería para mí que no regresara por un año.

A pesar de aquella confianza, dos días más tarde recibí esta nota, enviada desde la casa que Jennings tenía en Piccadilly:

“Estimado señor: Vuelvo decepcionado. De llegar a sentirme apto para recibirlo, le escribiré solicitándole que tenga la bondad de visitarme. Por el momento me siento muy decaído y, a decir verdad, simplemente incapaz de expresar todo lo que expresar quiero. Por favor, no hable de mí a los amigos. A nadie puedo recibir. Dentro de un tiempo, si así le place a Dios, oirá de mí. Me propongo ir a Shropshire, donde viven unos familiares. ¡Dios lo bendiga! Ojalá y que, a mi regreso, podamos reunimos en condiciones más felices que las presentes. ”

Como a la semana de esto vi a lady Mary en su casa, la última persona, comentó, que quedaba en la ciudad y a punto de volver a Brighton, pues en Londres había terminado ya la temporada. Me dijo haber recibido noticias de Shropshire, de Martha, la sobrina de Jennings. De su carta nada se sacaba, excepto que él se encontraba decaído y nervioso. En esas palabras, tomadas tan a la ligera por la gente sana, ¡qué mundos de sufrimientos se ocultan a veces!

Habían pasado casi cinco semanas sin otras nuevas del señor Jennings. Al cabo de ese tiempo recibí de él una nota. Decía:

“Estuve en el campo y cambié de aires, de escenario, de caras, de todo y en todo… excepto en mí mismo. Me he decidido, hasta donde puede hacerlo la criatura más irresoluta que haya sobre la tierra, a contarle todo acerca de mi caso. Si sus compromisos se lo permiten, venga a verme hoy, o mañana, o pasado mañana, pero, por favor, lo antes posible. No sabe usted a qué grado necesito ayuda. Tengo en Richmond, donde ahora me encuentro, una casa tranquila. Tal vez pueda usted arreglárselas para venir a comer, para el almuerzo o incluso para el té. No tendrá problemas en encontrarme. El sirviente de la calle Blank que le lleve esta nota dispondrá que haya un carruaje a la puerta de usted a cualquier hora que usted decida; no saldré de casa. Dirá que no debiera estar solo. Todo lo he intentado. Venga y compruébelo. ”

Llamé al sirviente y decidí partir aquella misma tarde, haciéndolo así.

Estaría mucho mejor en una pensión o en un hotel, pensé mientras pasaba entre una breve y doble hilera de olmos sombríos en dirección a una casa de ladrillos muy anticuada, oscurecida por el follaje de aquellos árboles, que la superaban en altura y casi la rodeaban. Era una elección perversa, pues resultaba difícil imaginar un lugar más triste y silencioso. Supe luego que la casa le pertenecía. Se había quedado uno o dos días en la ciudad, pero hallándola insoportable por alguna causa, vino aquí, probablemente porque, al pertenecerle y estar amueblada, el ir a esa casa le aliviaba la tarea y la demora de elegir.

El sol se había puesto ya y la luz roja reflejada del occidente iluminaba la escena con el efecto peculiar que a todos nos es familiar. El vestíbulo estaba muy oscuro; cuando pasé a la sala trasera, cuyas ventanas daban al oeste, una vez más me hallé en la misma penumbra.

Me senté, mirando aquel paisaje rico en bosques, refulgente con la luz majestuosa y melancólica que a cada momento disminuía más. Los rincones de la habitación se encontraban ya en sombras. Todo oscurecía y la lobreguez insensiblemente afinaba mi mente, de por sí preparada para lo siniestro. Esperaba a solas su llegada, que no tardó en ocurrir. Se abrió la puerta que comunicaba con la habitación delantera y entró en la sala, con pasos silenciosos y recatados, la alta figura del señor Jennings, débilmente visible en aquel anochecer rojizo.

Nos dimos la mano y, poniendo una silla cerca de la ventana, donde aún había luz suficiente para vernos las caras, se sentó a mi lado y, posando la mano sobre mi brazo, comenzó su narración con apenas unas cuantas palabras de prefacio.

VI. Modo en el que el señor Jennings conoció a su amigo

El débil resplandor del oeste, la pompa de los entonces solitarios bosques de Richmond estaban ante nosotros, y detrás y a nuestro alrededor la habitación oscura; en el rostro pétreo del suficiente —pues, aunque todavía benévolo y suave, su rostro había cambiado de expresión—, se posaba ese resplandor apagado y extraño que parece descender y producir, allí donde toca, luces, súbitas aunque débiles, que se pierden, sin pausa casi, en la oscuridad. También el silencio era total; de fuera no llegaba ni el ruido de una rueda, ni un ladrido, ni un silbatazo; dentro, la quietud deprimente producida por la casa de un soltero inválido.

Adiviné sin dificultad la naturaleza, aunque ni siquiera de un modo vago los detalles de las revelaciones que estaba por recibir, de aquel rostro fijo en el sufrimiento, que tan peculiarmente enrojecido resaltaba, como un retrato por Schalken, sobre el fondo de la oscuridad.

—Todo comenzó —dijo— el 15 de octubre, hace tres años, once semanas y dos días. Llevo la cuenta exacta porque cada día es un tormento. Si en algún punto de mi narración dejo una laguna dígamelo.

“Hará unos cuatro años comencé una investigación, que me ha costado muchas meditaciones y lecturas. Era sobre la metafísica religiosa de los antiguos.”

—Imagino —dije— que se trata de la religión real del paganismo educado y pensante, separado del culto simbólico, ¿no es así? Un campo amplio y muy interesante.

—Sí, pero dañino para la mente; quiero decir, para la mente cristiana. Todo el paganismo se encuentra sujeto por una unidad esencial y, gracias a una afinidad maligna, su religión abarca su arte y ambos sus modos de ser; el tema es de una fascinación degradante y una némesis segura. ¡Dios me perdone!

“Escribí mucho, hasta muy entrada la noche. Siempre estaba pensando sobre aquel tema, por donde caminara, en donde estuviera, en todo sitio. Me infectó por completo. Recuerde que todas las ideas materiales relacionadas con él tenían que ver, en mayor o menor medida, con la belleza, que el tema mismo era deleitosamente interesante y que yo, en aquel entonces, ningún cuidado padecía —suspiró profundamente—. Creo que quien se dedica a escribir en serio cumple su trabajo, como lo expresara un amigo mío, apoyándose en algo: té, café, tabaco. Supongo que en tales ocupaciones se da un desgaste material que es necesario compensar cada hora; o que vamos cayendo en lo abstracto y la mente, por así decirlo, abandonaría el cuerpo si a menudo no se le recordara, por medio de las sensaciones, el lazo que entre ellos existe. En todo caso, sentía la necesidad y la compensaba. El té era mi acompañante; en un principio el té negro común y corriente, hecho del modo usual, no muy fuerte. Pero bebía mucho y, poco a poco, lo fui tomando más cargado. Nunca sentí, por culpa de él, síntoma desagradable alguno. Comencé a beber un poco de té verde. El efecto me fue más placentero y además aclaró e intensificó mi capacidad mental. Terminé por beberlo con frecuencia, si bien nunca más fuerte de lo que se lo toma por placer. Escribí mucho aquí en el campo y en esta habitación, pues todo era muy tranquilo. Me acostumbré a trabajar hasta muy tarde, y volvióse un hábito el beber té, té verde, a intervalos, según adelantaba en mi labor. Tenía en el escritorio una tetera pequeña colgada sobre una lamparilla, y hacia té dos o tres veces entre las once de la noche y dos de la mañana, hora en la cual me acostaba. Solía ir al pueblo todos los días. No me comportaba como un monje y, aunque empleaba una o dos horas en la biblioteca, consultando autoridades y procurando iluminar mejor mi tema de estudio, hasta donde puedo juzgarlo no padecía ningún estado de morbidez. Me reunía con los amigos tan a menudo como antes y gozaba de su compañía; en términos generales, pienso que nunca antes había sido tan placentera mi existencia.

“Conocí a un hombre dueño de algunos libros antiguos y peculiares, ediciones alemanas en latín medieval, y mucho me alegró el que se me permitiera consultarlos. Los libros de esta amable persona estaban en la parte vieja de Londres, en un apartado rincón de ella. Había permanecido allí hasta más tarde de lo previsto y, al salir, no viendo cerca coche de punto alguno, me sentí tentado de tomar el ómnibus, que pasaba frente a esta casa. Estaba más oscuro que aquí ahora cuando el vehículo llegó a una vieja casa, tal vez la haya notado usted, con cuatro chopos a cada lado de la puerta; allí bajó el último pasajero. Seguimos adelante bastante más rápido. Era ya el crepúsculo. En mi rincón, apoyado contra el respaldo, cerca de la puerta, reflexionaba apaciblemente.

“En el interior del ómnibus había una oscuridad casi total. Observé en el rincón opuesto al mío, al otro lado, en el extremo cercano a los caballos, dos pequeños reflejos circulares de, me pareció, luz rojiza. Estaban separados unas dos pulgadas, y eran del tamaño de esos botones de cobre pequeños que quienes navegan en yates usan en sus chaquetas. Comencé a especular sobre aquella, al parecer, nimiedad, como suelen hacer las personas distraídas. ¿De qué punto provenía esa débil pero profunda luz roja y en dónde —cuentas de cristal, botones, adornos menudos— se reflejaban? Avanzábamos con suavidad, quedando todavía casi una milla por cubrir. No había resuelto el acertijo, que en un minuto más hizo aumentar mi extrañeza, pues aquellos dos puntos luminosos, con un impulso súbito, descendieron cerca del piso, manteniendo su distancia relativa y su posición horizontal; entonces, con igual prontitud, se elevaron a la altura del asiento en el cual me encontraba, y no los vi ya.

“Mi curiosidad se había alertado en verdad, pero antes de que tuviera tiempo de pensar, volví a ver esas dos lámparas opacas una vez más cerca del piso; tras desaparecer de nuevo, surgieron en el rincón donde antes las observara.

“Así pues, manteniendo los ojos en ellas, me deslicé calladamente a lo largo de mi asiento, hacia el extremo en el que aún percibía aquellos diminutos discos rojos.

“Había poquísima luz en el ómnibus. La oscuridad era casi total. Me incliné hacia delante, para ayudarme en mi empeño de descubrir qué eran en realidad aquellos dos circulitos. Cambiaban ligeramente de posición cuando yo me movía. Comencé entonces a percibir los límites de algo negro y pronto vi, con nitidez tolerable, el contorno de un monito negro, que adelantaba su cara imitándome, acercándola a la mía. Sus ojos eran circulitos y vi ahora, borrosamente, que enseñaba los dientes al sonreírme.

“Me eché hacia atrás, no sabiendo si intentaba saltar sobre mí. Imaginé que alguno de los pasajeros había olvidado esa fea mascota; deseoso de conocer algo sobre su temperamento, pero no dispuesto a confiarle uno de mis dedos, suavemente le acerqué el paraguas. Permaneció inmóvil mientras se le acercaba y lo atravesaba, pues el paraguas entró y salió sin la menor resistencia.

“Me es totalmente imposible hacerle comprender el horror que sentí. Cuando comprobé que aquella cosa era, como entonces supuse, una ilusión, me vinieron dudas sobre mí mismo, junto con un terror cuya fascinación me dejó incapaz por unos momentos de apartar la mirada de los ojos del animal. Mientras lo observaba, dio un saltito hacia atrás y quedó en la esquina misma; lleno de pánico me vi de pronto a la puerta, con la cabeza fuera, respirando profundamente el aire externo y mirando fijamente las luces y los árboles que pasaban, muy contento de así encontrar apoyo en la realidad.

“Hice detener el ómnibus y descendí. Noté que el conductor me miraba con extrañeza cuando le pagaba. Me atrevo a decir que algo desusado debí mostrar en mi aspecto y en mis gestos, pues nunca antes había sentido algo tan peculiar.”

VII. El viaje: primera etapa

—Cuando el ómnibus se marchó dejándome solo en la carretera, miré cuidadosamente en torno, por comprobar si el mono me había seguido. Con alivio indescriptible, en ningún sitio lo vi. No es fácil describir el choque recibido, ni mi sensación de gratitud genuina al encontrarme, como entonces lo creí, libre del mono.

“Había descendido del coche poco antes de llegar a esta casa, unos doscientos o trescientos pasos antes. Un muro de ladrillo corre a todo lo largo del sendero para peatones, y dentro del muro hay un seto de tejos, o algún otro arbusto perenne color verde oscuro; y a su vez, junto a éste, una hilera de bellos árboles, que quizás haya notado a su llegada.

“Ese muro de ladrillo me llega más o menos al hombro. Al levantar de casualidad los ojos, vi al mono que, con su andar encorvado, a cuatro patas, caminaba o gateaba encima del muro, muy cerca de mí. Me detuve y lo miré con una sensación de odio y horror. Al detenerme, se detuvo. Sentado en el muro, con sus largas manos en las rodillas, me miraba. Apenas había luz suficiente para verlo en silueta; la oscuridad no bastaba para hacer resaltar la luz peculiar de los ojos. Aun así, alcanzaba a distinguir con suficiente certeza aquella borrosa luz roja. No mostraba los dientes, no manifestaba ninguna señal de irritación, pero parecía desalentado y murrio; no dejaba de observarme fijamente.

“Retrocedí hasta mitad de la carretera. Fue un retroceso inconsciente; allí quedé, mirándolo. No se movió.

“Con la determinación instintiva de hacer algo —cualquier cosa—, me di la vuelta y caminé vigorosamente en dirección al pueblo, mirando todo el tiempo, de reojo, los movimientos de la bestia. Avanzaba ésta con rapidez a lo largo del muro, exactamente a mi velocidad.

“Allí donde termina el muro, cerca de la curva que da a la carretera, descendió y, con uno o dos saltos tensos, se puso al lado de mis pies, acelerando la marcha según aceleraba yo la mía. Estaba a la izquierda, tan próximo a mi pierna que sentía a cada momento el peligro de arrollarlo.

“La carretera estaba desierta y silenciosa, y cada instante más oscura. Me detuve, acongojado y perplejo; al detenerme, di vuelta; es decir, quedé en dirección a esta casa, de la cual me había estado alejando. Viéndome inmóvil, el mono se apartó a una distancia de, calculo, unas cinco o seis yardas y allí permaneció quieto, observándome.

“Estaba yo más agitado de lo que he dicho. Había leído, desde luego, como todo mundo, algo acerca de las ‘ilusiones espectrales’, según ustedes, los médicos, llaman al fenómeno en tales casos. Medité sobre mi situación y miré al rostro de mi infortunio.

“Esas afecciones, según leyera, son a veces transitorias y en ocasiones perdurables. He leído de casos en que la aparición, al principio inocua, poco a poco degenera en algo horrible e insoportable, para terminar agotando a la víctima. Según permanecía de pie allí, totalmente solo excepto por mi bestial acompañante, traté de consolarme repitiéndome una y otra vez: ‘esta cosa es una mera enfermedad, una afección física muy conocida, tan identificada como la viruela o la neuralgia. Los doctores están de acuerdo en esto, la filosofía lo demuestra. No debo comportarme como un tonto. He trabajado hasta muy tarde y, he de decirlo, mi digestión va muy mal; con la ayuda de Dios, pronto estaré bien; no es éste sino un síntoma de dispepsia nerviosa’. ¿Creía en aquello? Ni en una palabra, no más que cualquier otro ser miserable que haya sido apresado y oprimido por tal cautiverio satánico. En contra de todas mis convicciones, pudiera decir que incluso de mis conocimientos, simplemente estaba espoleándome una valentía falsa.

“Caminé entonces hacia casa. Quedaban por cubrir unos cientos de yardas. Me había forzado a aceptar una especie de resignación aunque no superaba aún el choque repugnante o la agitación causada por la primera certidumbre de mi infortunio.

“Decidí pasar la noche en casa. El animal se movía muy cerca de mí, creí percibir en él esa especie de acercamiento ansioso al hogar, que se observa, a veces, en los caballos o en los perros cansados cuando se acercan a su refugio.

“Dudaba en ir al pueblo, pues temía que pudieran verme y reconocerme. Consciente estaba de una agitación incontrolable en mis gestos. Además, temía un cambio violento en mis hábitos, como ir a un centro de diversiones o alejarme de casa caminando, para fatigarme. En la puerta de entrada esperó hasta que subí los escalones; una vez abierta, entró conmigo.

“Aquella noche no bebí té. Dispuse unos puros, brandy y agua. Me vino la idea de influir sobre mi sistema físico: vivir por un tiempo separando sensaciones y pensamiento; colocarme a la fuerza, por así decirlo, en un surco nuevo. Vine aquí, a esta sala. Justo aquí me senté. El mono, entonces, trepó a una mesita que estaba allí. Se le veía aturdido y lánguido. Una inquietud irreprimible respecto a los movimientos del animal me hacía mantener los ojos en él. Los suyos estaban casi cerrados, pero podía verlos brillar. Me miraba sin cesar. En todas las situaciones, en todo momento, está despierto y mirándome. Eso jamás cambia.

“No seguiré contando en detalle lo sucedido aquella noche en lo particular. Más bien describiré los fenómenos ocurridos el primer año, que en esencia, nunca variaron. Describiré la apariencia del mono a la luz del día. En la oscuridad, como pronto le explicaré, hay peculiaridades. Es un mono pequeño, todo él negro. Lo distingue un rasgo: un aire de malignidad, de malignidad insondable. El primer año se mostró adusto y enfermo. Pero bajo ese desfallecimiento hosco se encontraba siempre esa actitud de malicia y vigilancia intensas. Durante todo aquel tiempo actuó como si su plan fuera molestarme lo menos posible que el vigilarme le permitiera. Nunca separó los ojos de mí. Nunca está alejado de mi vista, excepto cuando duermo; en la luz o en la oscuridad, de día o de noche, siempre aquí desde que llegó, excepto cuando, inexplicablemente, desaparece por algunas semanas.

“En la oscuridad total es tan visible como a la luz del día. No quiero decir sólo sus ojos, sino todo él, todo él es nítidamente visible en un halo parecido al resplandor de unas ascuas rojas, que lo acompaña en todos sus movimientos.

“Cuando me abandona por un tiempo, lo hace siempre de noche, en la oscuridad y de la misma manera. Comienza por mostrarse inquieto, furioso luego y, entonces, se me acerca, haciendo muecas y temblando, con los puños apretados y, al mismo tiempo, en el hogar aparece un fuego. Nunca tengo ninguno, pues no puedo dormir en una habitación donde lo haya. El animal se acerca más y más a la chimenea, trémulo, al parecer, por la rabia; y cuando su furia llega al grado máximo, salta dentro del hogar, sube por el tiro y dejo de verlo.

“Cuando esto sucedió por primera vez, me creí liberado. Era un hombre nuevo. Pasó un día, una noche, y no regresaba; una bienaventurada semana, y otra, y otra más. Estaba siempre de rodillas, doctor Hesselius, siempre de rodillas dando gracias a Dios y rezando. Tuve un mes completo de libertad y entonces, de pronto, estaba conmigo de nuevo.

VIII. La segunda etapa

—Estaba conmigo y la malicia ayer aletargada bajo un exterior adusto era hoy activa. Fuera de ello, ningún otro cambio había. Esa energía nueva era obvia en la actividad y el aspecto del animal, y pronto se manifestó de otras maneras.

“Por un tiempo, compréndalo usted, sólo se vio el cambio en una vivacidad acrecentada; en un aire de amenaza, como si todo el tiempo estuviera meditando algún plan atroz. Al igual que en el pasado, sus ojos jamás me abandonaban.”

—¿Está aquí ahora? —pregunté.

—No —contestó—, se ausentó hace exactamente dos semanas y un día, quince días. En ocasiones se aleja hasta casi dos meses y, en una ocasión, lo hizo por tres meses. Su ausencia excede siempre dos semanas, aunque a veces no sea más que por un día. Habiendo transcurrido quince desde la última vez que lo vi, puede regresar en cualquier momento.

—¿Regresa —pregunté— acompañado de alguna manifestación peculiar?

—No, ninguna —dijo—. Simplemente vuelve a estar conmigo. Levanto la vista de un libro o vuelvo la cabeza y lo veo, como es usual, observándome; y así permanece, como antes, por el tiempo fijado. Jamás dije tanto, tan detalladamente, a nadie.

Noté que estaba agitado, parecía un cadáver y repetidamente se llevaba el pañuelo a la frente. Sugerí que pudiera sentirse cansado, y le dije que, con placer, volvería en la mañana. Pero contestó:

—No, prefiero que lo escuche ahora, si no le molesta. He llegado bastante lejos, y preferiría hacer un último esfuerzo. Cuando hablé con el doctor Harley, no tenía tanto por contarle. Es usted un médico filósofo. Concede al espíritu el lugar debido. Si todo esto es real…

Hizo una pausa y me miró con interrogante agitación.

—Podemos comentarlo poco a poco, a fondo. Le diré todo lo que pienso —contesté, tras un silencio.

—Bien, muy bien. Si algo tiene de real, digo, está prevaleciendo poco a poco sobre mí e interiormente hundiéndome cada vez más en un infierno. Habló de nervios ópticos. ¡Pues bien, hay otros nervios para la comunicación, Dios todopoderoso me ayude! Ahora lo escuchará.

“Como le digo, su poder de acción había aumentado. Su malicia se volvió, en cierto modo, agresiva. Hará unos dos años, resueltas algunas cuestiones que estaban pendientes entre el obispo y yo, fui a mi parroquia de Warwickshire, ansioso de ocuparme en mi profesión. No estaba preparado para lo que sucedió, aunque he pensado después que algo parecido debí haberme esperado. He aquí la razón de que diga esto…

Comenzaba a hablar con mucho mayor esfuerzo y renuencia, suspirando a menudo; en ocasiones, parecía casi abrumado. Pero en aquel momento no se mostraba agitado. Era más bien la actitud de un paciente que se hunde, habiéndose dado por perdido.

—Pero primero le hablaré de Kenlis, mi parroquia. Estaba conmigo cuando salí de aquí a Dawlbridge. Fue mi compañero de viaje silencioso, y conmigo estuvo en la vicaría. Cuando me ocupé de cumplir con mis deberes, hubo otro cambio. La cosa aquella manifestó una atroz determinación de obstaculizarme. Estaba a mi lado en la iglesia, en el escritorio, en el púlpito, en el comulgatorio. Por fin llegó al siguiente extremo: mientras leía yo para la congregación, saltaba sobre el libro abierto y allí se acuclillaba, de modo que me era imposible ver la página. Sucedió esto más de una vez.

“Dejé Dawlbridge por un tiempo. Me puse en manos del doctor Harley. Hice todo lo que me ordenó. Dedicó mucha atención a mi caso. Pienso que le interesaba. Pareció tener fortuna. Casi tres meses estuve libre por completo de su vuelta. Comencé a creerme a salvo. Con su pleno asentimiento, volví a Dawlbridge.

“Viajé en silla de posta. Iba de buen espíritu. Más que eso, iba feliz y agradecido. Volvía, pensaba entonces, libre de una alucinación horrorosa, al lugar de mis deberes, que ansiaba retomar en mis manos. Era un bello y soleado atardecer; todo parecía sereno y alegre y yo iba lleno de deleite. Recuerdo haber mirado hacia afuera, a través de la ventana, porque entre los árboles, en el lugar donde por primera vez se la ve, descubrí la aguja de mi iglesia de Kenlis. Sucede esto justo allí donde el arroyuelo que rodea la parroquia pasa bajo el camino por una atarjea, para salir al borde del camino, junto a una piedra con una vieja inscripción. Al pasar por este punto, metí la cabeza y me senté; en un rincón de la silla estaba el mono.

“Durante un momento creí desmayar; luego, la desesperación y el horror me enloquecieron casi. Grité al conductor, salí del vehículo, me senté a la orilla del camino y rogué a Dios silenciosamente que tuviera misericordia. Sobrevino una resignación desesperada. Mi acompañante iba conmigo cuando entré a la vicaría. Volvió el mismo acoso. Al cabo de una breve lucha me sometí y pronto abandoné aquel lugar.

“Le dije —agregó— que antes de esto la bestia se había mostrado en ciertos sentidos agresiva. Me explicaré un poco más. Parecía guiarla una furia intensa y creciente en cuanto decía yo mis oraciones o, incluso, pensaba decirlas. Por fin se volvió aquello una interrupción espantosa. Se preguntará cómo podía hacer eso un fantasma silencioso e inmaterial. Así: cuando me proponía rezar, lo encontraba frente a mí, cada vez más cerca.

“Solía saltar sobre una mesa, el respaldo de una silla, el tablero de la chimenea; allí comenzaba a balancearse lentamente de un lado a otro, mirándome todo el tiempo. Hay en su movimiento un poder indefinible que disipa todo pensamiento, que ata la atención a ese ir y venir monótono, hasta que las ideas, por así decirlo, se encogen y terminan por no ser nada. Y a menos de sacudirme y eliminar esa catalepsia, siento como si estuviera a punto de perder la mente. Hay otros modos en que lo hace —y suspiró profundamente—. Por ejemplo, mientras rezo con los ojos cerrados, se acerca cada vez más y lo veo. Sé que no puede explicarse esto desde un punto de vista físico, pero en verdad lo veo, aunque tenga cerrados los párpados; hace que mi mente gire, por expresarlo de algún modo, y me domina y me siento obligado a no estar de hinojos. Si hubiera usted conocido esto, en verdad conocería la desesperación.”

IX. La tercera etapa

—Veo, doctor Hesselius, que no se pierde palabra de mi confesión. No necesito pedirle que escuche con atención especial lo que voy a decirle. Hablan del nervio óptico, de ilusiones espectrales, como si el órgano de la vista fuera el único punto vulnerable a las influencias que actúan sobre mí. Sé bien lo que ocurre. En mi triste caso esa limitación prevaleció por dos años. Pero tal como se lleva suavemente la comida a los labios y de allí pasa a los dientes; tal como la punta del meñique atrapada en las ruedas de un molino arrastra consigo la mano, y el brazo y todo el cuerpo, así el mortal miserable alguna vez cogido firmemente por un extremo de la fibra más fina de sus nervios se ve apresado más y más por esa enorme maquinaria del infierno, hasta encontrarse como me encuentro. Sí doctor, como me encuentro, pues mientras le hablo e imploro alivio, siento que mi plegaria busca lo imposible y mis ruegos encuentran lo inexorable.

Me esforcé por calmar aquella agitación visiblemente en aumento, y le dije que no desesperara. Mientras hablábamos la noche nos había sorprendido. La tenue luz de la luna estaba por toda la escena que la ventana descubría, y dije:

—Tal vez prefiera que traigan unas velas. Sabe usted, esta luz me parece extraña. Quisiera que, en lo posible, estuviera usted sujeto a las condiciones usuales mientras hago mi diagnóstico, por así llamarlo. De otra manera, no me intereso.

—Me da igual qué luz haya —dijo—, excepto cuando leo o escribo. No me importaría que la noche fuera eterna. Voy a contarle lo que sucedió hará un año. La cosa comenzó a hablarme.

—¡A hablar! ¿Qué quiere decir? ¿A hablar como un hombre?

—Sí, a expresarse en palabras y en oraciones consecutivas, con articulación y coherencia perfectas, aunque existe una peculiaridad: no es con el tono de una voz humana. No me llega por medio de los oídos, sino como un canto a través de la cabeza.

“Esta facultad, este poder para hablarme, será mi ruina; No me permite rezar, pues me interrumpe con blasfemias espantosas. No me atrevo a continuar, no puedo. ¡Oh, doctor!, ¿nada pueden la capacidad, el pensamiento, las oraciones de un hombre?”

—Debe prometerme, mi querido señor, no agitarse con pensamientos innecesariamente excitantes. Limítese estrictamente a una narración de los hechos. Y recuerde, sobre todo, que incluso siendo la cosa que lo infecta, como usted parece suponer, una realidad con vida y voluntad independientes, ningún poder tiene para herirlo, a menos que de arriba se lo den. Le llega a los sentidos ante todo a causa de la condición física de usted, y esto es, gracias a Dios, su consuelo y su esperanza: todos estamos en el mismo ambiente. Sucede tan sólo que en este caso la paries, el velo de la carne, la pantalla, está un tanto averiada y se transmiten por ella imágenes y sonidos. Habremos de buscar un camino nuevo, señor mío; tenga valor. Dedicaré la noche a un cuidadoso estudio de todo el caso.

—Es usted muy bondadoso, señor. Piensa que vale la pena intentarlo, y no me considera del todo perdido. Pero, señor mío, usted ignora cuánta influencia ha ganado sobre mí. Me da órdenes, es un tirano y cada vez me veo más inerme. ¡Quiera Dios librarme de esto!

—Le da órdenes. Desde luego, quiere usted decir hablándole.

—Sí, sí. Todo el tiempo me incita al delito, a lastimar a otros, a herirme. Podrá usted ver, doctor, que la situación es en verdad urgente. Hace unas semanas, estando en Shropshire —el señor Jennings hablaba ahora con rapidez y temblaba, asiéndome el brazo con una mano y mirándome al rostro—, salí un día de paseo con un grupo de amigos; mi perseguidor, claro, estaba conmigo. Me retrasé respecto a los otros, pues cerca del Dee el campo es hermoso. Nuestra ruta pasaba cerca de una mina de carbón y, a orillas del bosque, hay un pozo perpendicular de, se dice, ciento cincuenta pies de profundidad. Mi sobrina había quedado atrás, conmigo; desde luego, nada sabe de la naturaleza de mis padecimientos. Sabía, sin embargo, que había estado enfermo y me encontraba débil; por tanto, permaneció conmigo para no dejarme solo. Mientras caminábamos juntos lentamente, el bruto que me acompañaba me urgía a lanzarme por el pozo. Puedo confesarle ahora, ¡ah, señor mío, piense en ello!, que la única consideración que me salvó de esa muerte horrenda fue el miedo de que presenciar aquel hecho resultara una impresión excesiva para la pobre chica. Le pedí que terminara el paseo en compañía de sus amigos, alegando que me era imposible ir más lejos. Inventó alguna excusa, y cuanto más insistía yo, más firme se mostraba. Se la veía inquieta y asustada. Supongo que algo en mi apariencia o en mi comportamiento la alarmaba; pero no quiso irse y eso, literalmente, me salvó. No tiene usted idea, señor cuán abyecto esclavo de Satanás puede ser un hombre —dijo con un gemido horrible y un sacudimiento.

Hubo una pausa y dije:

—Pero, pese a todo, lo salvaron. Fue un acto de Dios. Está usted en sus manos y ningún otro ser lo posee; por tanto tenga fe en el futuro.

X. En casa

Antes de dejarlo, hice que trajeran luces y me preocupé de que la habitación pareciera alegre y habitada. Le dije que debía considerar su enfermedad estrictamente como de origen físico, aunque las causas fueran sutiles. Le dije que tenía pruebas del amor y la preocupación de Dios en la salvación que acababa de relatarme; que con dolor percibía en él que consideraba los rasgos peculiares del caso como indicadores de que se le relegaba a la reprobación espiritual. Insistí en que nada había tan poco garantizado como aquella conclusión; y no sólo eso, sino que era del todo contraria a los hechos, como la revelaba el haberse visto misteriosamente librado de esa influencia maligna durante su excursión por Shropshire. En primer lugar, su sobrina había permanecido a su lado sin que él hubiera procurado esto; en segundo lugar, en su mente había surgido una repugnancia irresistible a ejecutar en presencia de la muchacha aquella sugerencia espantosa.

Mientras razonaba el punto con él, el señor Jennings lloraba. Parecía reconfortado. Extraje de él una promesa: que de inmediato mandaría a buscarme, de volver el mono en cualquier momento. Con esto, me despedí, repitiéndole mi afirmación de que a ninguna otra consideración dedicaría mi tiempo y mi mente mientras no hubiera investigado a fondo su caso, y que mañana le informaría de los resultados.

Antes de subir a mi vehículo, dije al sirviente que su amo estaba muy lejos de sentirse bien y que convendría asomarse a su habitación con frecuencia. En cuanto a mí, dispuse las cosas a modo de asegurarme contra toda interrupción.

Simplemente fui a mi alojamiento y, tras recoger un escritorio de viaje y una bolsa, partí en un coche de alquiler para una posada situada a unas dos millas del pueblo, llamada “Los cuernos”, casa muy tranquila y cómoda, de muros gruesos. Y allí resolví, no habiendo posibilidad de intrusiones o distracciones, dedicar algunas horas de la noche, en mi cómodo gabinete, al caso del señor Jennings, así como tanto de la mañana como fuera necesario.

(Aparece aquí una nota detallada dando la opinión del doctor Hesselius sobre el caso, así como las restricciones, dieta y medicinas que prescribió. Es curiosa y algunas personas dirían que mística. Pero, en términos generales, dudo que sea de interés suficiente para un lector del tipo que probablemente tendré, como para justificarse que la reproduzca aquí. Obvio era que escribió la carta en la posada donde se ocultó en aquella ocasión. La carta siguiente está fechada en el pueblo donde se alojaba.)

Para ir a la posada donde dormí anoche, dejé el pueblo a las nueve y media; no volví a mi habitación en él sino esta tarde, a la una. Sobre la mesa encontré una carta escrita por el señor Jennings. No había venido por correo; al preguntar, me enteré que la trajo un sirviente del señor Jennings. Al informársele que no volvería yo sino al día siguiente y que nadie conocía mi paradero, pareció muy inquieto, y dijo tener órdenes de su amo de no regresar sin una respuesta.

Abrí la carta y leí:

“Querido doctor Hesselius: Está aquí. No había pasado una hora de la partida de usted cuando volvió. Me habla. Sabe todo lo ocurrido. Lo sabe todo. Lo conoce a usted, y se muestra frenético y violento. Lanza injurias. Le envío ésta. Sabe toda palabra que he escrito, que escribo. Prometí escribir y por tanto, escribo, aunque temo que muy confuso, muy incoherente. Me interrumpen, me perturban tanto.

De usted sinceramente,

Robert Lynder Jennings”

—¿Cuándo llegó esto? —pregunté.

—El hombre volvió como a las once de anoche, y hoy se presentó tres veces más. La última, hará una hora.

Recibida esa respuesta y con las notas del caso en mi bolsillo, a los pocos minutos iba camino de Richmond, a ver al señor Jennings.

Como se ve, de ninguna manera me parecía desesperada la condición del señor Jennings. Él mismo había recordado y aplicado, aunque de modo totalmente equivocado, el principio establecido por mí en Medicina metafísica, que gobierna todos esos casos. Estaba yo por aplicarlo con seriedad. Me sentía profundamente interesado, así como ansioso de verlo y examinarlo mientras el “enemigo” se encontraba presente.

Llegué a la sombría casa, subí corriendo los escalones de la entrada y llamé. Al poco tiempo, abrió la puerta una mujer alta vestida de seda negra. Se la veía descompuesta, como si hubiera llorado. Hizo una reverencia, oyó mis preguntas, pero no contestó. Volvió la cara a un lado y extendió la mano en dirección a dos hombres que bajaban por la escalera. De esta manera, habiéndome puesto, por así decirlo, tácitamente en manos de ellos, salió rápidamente por una puerta lateral, cerrándola tras sí.

De inmediato me dirigí al hombre más cercano a la entrada. Pero, estando para entonces cerca de él, recibí un choque al ver sus dos manos cubiertas de sangre.

Retrocedí unos pasos; el hombre, que continuó descendiendo, simplemente dijo en voz baja: “Aquí está el sirviente, señor.”

Éste se había detenido en las escaleras, confundido y mudo de verme. Se limpiaba las manos con un pañuelo, que estaba empapado de sangre.

—Jones, ¿qué significa esto? ¿Qué ha ocurrido? —pregunté, a la vez que una sospecha terrible me iba dominando.

El hombre me pidió que subiera al vestíbulo. En un momento estaba a su lado; con el ceño fruncido, pálido y con los ojos contraídos, me dijo del hecho horroroso que a medias había yo adivinado.

Su amo se había suicidado.

Subí con él a la habitación. No les diré lo que allí vi. Se había cortado el cuello con una navaja. Era una herida espantosa. Los dos hombres lo habían tendido en el lecho, acomodándole los miembros. El suceso había ocurrido, como lo testimoniaba el inmenso charco de sangre en el suelo, entre la cama y la ventana. Había una alfombra alrededor de la cama y otra bajo la mesa del tocador, pero el resto del piso estaba desnudo, pues, informó el sirviente, al amo no le gustaba tener alfombras en el dormitorio. En esa habitación sombría y ahora terrible, uno de los grandes olmos que oscurecía la casa movía lentamente la sombra de una de sus grandes ramas sobre aquel piso espantoso.

Hice una seña al sirviente y bajamos juntos. En el vestíbulo entré a una habitación revestida de madera al viejo estilo. Allí de pie, escuché lo que el sirviente tenía que contar. No era mucho.

—De lo que usted dijo, señor, de su apariencia cuando partió de aquí anoche, saqué en conclusión que mi amo estaba seriamente enfermo, en opinión de usted. Pensé que usted temía un paroxismo o alguna otra cosa. Así que obedecí muy al pie de la letra sus instrucciones. Estuvo despierto hasta muy tarde, pasadas ya las tres de la mañana. No escribía ni leía. Hablaba mucho consigo, pero nada desusado había en ello. Más o menos a esa hora lo ayudé a desnudarse, y quedó en zapatillas y bata. A la media hora volví calladamente. Estaba en la cama, totalmente desnudo, dos velas encendidas sobre la mesita de noche. Cuando entré, se recargaba sobre un codo y miraba al otro extremo de la cama. Le pregunté si necesitaba alguna cosa y me respondió “no”.

“No sé si fue lo escuchado de usted, señor, o algo un tanto desusado en él, pero me sentí intranquilo, sumamente intranquilo por él anoche. Media hora más tarde, quizás un poco más, volví. No lo oí hablar, como la vez anterior. Abrí la puerta ligeramente. Las dos velas estaban apagadas, cosa extraña. Llevaba conmigo una luz; la introduje un poco, mirando sin ruido en derredor. Lo vi sentado en la silla que está al lado de la mesita de tocador, vestido una vez más. Se volvió y me miró. Consideré extraño que se hubiera levantado, vestido, apagado las vela y sentado así en la oscuridad. Pero me limité a preguntarle de nuevo si podía ayudarlo en algo. Dijo que no, un tanto secamente, en mi opinión. Pregunté si podía encender las velas. Contestó: ‘Haz lo que gustes, Jones.’ Así que las prendí y anduve sin propósito por la habitación. Me preguntó:

“—Dime la verdad, Jones, ¿por qué volviste? ¿No oíste que alguien maldecía?

“—No señor —contesté, preguntándome qué querría decir.

“—No —dijo de inmediato—, claro que no.

—¿No convendría, señor, que se acostara? Son las cinco.

“Nada dijo sino:

“—Probablemente. Buenas noches, Jones.

“Así que me retiré, señor. Pero menos de una hora después volví. La puerta estaba con cerrojo; al escucharme, preguntó, pienso que desde la cama, qué quería yo, agregando que deseaba no ser molestado ya. Me acosté a dormir por un rato. Serían entre las seis y las siete que subí de nuevo. La puerta seguía cerrada y no tuve respuesta; no queriendo molestarlo, y creyéndolo dormido, lo dejé hasta las nueve. Era su costumbre llamarme con el timbre cuando me necesitaba, y no había una hora fija en que lo hiciera. Golpeé muy ligeramente la puerta; como no obtuve respuesta, estuve alejado un buen tiempo, pues supuse que descansaba. No fue sino como a las once que en verdad comencé a preocuparme por él, pues nunca, que yo recordara, se levantaba después de las diez y media. No me respondió. Llamé con los nudillos y en voz alta, sin ninguna respuesta. Siéndome imposible forzar la puerta, llamé a Thomas, que estaba en los establos, y juntos la violentamos. Lo encontramos en el estado horrible que usted lo vio.

Jones no tenía más que agregar. El desgraciado señor Jennings era muy gentil y muy amable. Todos lo querían. Vi que el sirviente se encontraba sumamente conmovido.

Así, abatido y agitado, salí de la terrible casa, de su oscuro dosel de olmos, y espero no volver a verla nunca jamás. Ahora, mientras le escribo, me siento como un hombre que ha despertado a medias de un sueño espantoso y monótono. Mi memoria rechaza aquel cuadro con incredulidad y horror. Sin embargo, lo sé cierto. Es la historia de un proceso de envenenamiento, con un veneno que excita la acción recíproca de espíritu y nervios, paralizando el tejido que separa esas funciones consanguíneas de los sentidos, la externa y la interna. De esta manera encontramos extraños compañeros, y lo mortal y lo inmortal entran en conocimiento prematuramente.

Conclusión. Unas palabras para quienes sufren

Mi querido Van L., ha sufrido usted una afección similar a la que acabo de describir. Dos veces se ha quejado de volverla a sentir.

¿Quién, en nombre de Dios, lo curó? Su humilde servidor, Martin Hesselius. Permítaseme, más bien, adoptar la mucho más subrayada piedad de un cierto generoso cirujano francés que vivió hace trescientos años: ‘Yo di el tratamiento, y Dios lo curó.”

Vamos, amigo, no se muestre abatido. Déjeme informarle de un hecho.

Como lo demuestro en mi libro, conozco y he tratado cincuenta y siete casos donde hubo este tipo de visión, que sin distinción califico de “sublimada”, “precoz” e “interior”. Hay otra clase de afecciones a las que verdaderamente se llama —aunque suele confundírselas con las que he descrito— ilusiones espectrales. Considero a estas últimas tan fáciles de curar como un resfriado que ataca a la cabeza o una dispepsia sin importancia.

Aquellas clasificadas en la primera categoría son las que sujetan a prueba nuestra prontitud de pensamiento. Me he topado con cincuenta y siete casos, ni uno más, ni uno menos. ¿Y en cuántos de ellos he fracasado? En ninguno.

No existe aflicción más fácil y segura de vencer, con un poco de paciencia y confianza racional en el médico. Cumpliéndose esas condiciones sencillas, considero la curación absolutamente segura.

Recuerde que ni siquiera había comenzado a tratar el caso del señor Jennings. Ninguna duda tengo de que hubiera podido curarlo perfectamente en dieciocho meses o, posiblemente, en un máximo de dos años. Algunos casos son muy fáciles de curar, otros resultan sumamente pertinaces. Todo médico inteligente que dedique mente y asiduidad a la tarea, logrará la curación.

Conoce usted mi tratado sobre Las funciones cardinales del cerebro. Con base en las pruebas obtenidas de innumerables hechos, confirmo allí mi idea de que, con mucha probabilidad, se dé en su mecanismo, a través de los nervios, una circulación arterial y venosa. El cerebro es el corazón de ese sistema, así visto. El fluido, que se propaga desde allí mediante una clase de nervios, regresa alterado a través de otra, por su naturaleza, ese fluido es espiritual, aunque no por ello inmaterial, como no lo son, lo subrayé antes, la luz o la electricidad.

A causa de distintos abusos, entre los cuales el empleo habitual de agentes tales como el té verde es uno, ese fluido puede verse afectado en su cualidad, aunque más frecuente es que se lo perturbe en su equilibrio. Siendo tal fluido el que tenemos en común con los espíritus, una congestión que se dé en la masa del cerebro o del nervio, conectada con el sentido interior, crea una superficie que queda indebidamente expuesta, sobre la cual pueden influir los espíritus sin cuerpo. De esta manera se establece más o menos efectivamente una comunicación. Hay una íntima comunión entre la circulación del cerebro y la del corazón. El ojo es sede, o más bien instrumento, de la visión externa. Son sede de la visión interior el tejido nervioso y el cerebro que rodea la zona de las cejas. Recordará con cuánta facilidad disipé sus imágenes con una aplicación de agua de colonia helada. Sin embargo, son pocos los casos que se pueden tratar exactamente igual y con un buen éxito inmediato. El frío actúa poderosamente como un repelente del fluido nervioso. Si se lo aplica el tiempo suficiente, incluso provocará esa insensibilidad permanente que llamamos entumecimiento; de continuar la aplicación, viene la parálisis muscular y la de los sentidos.

No tengo, repito, la menor duda de que hubiera conseguido primero atenuar y finalmente cancelar ese ojo interno que el señor Jennings había abierto sin darse cuenta. Los mismos sentidos se abren durante el delirium tremens, y desaparecen por completo cuando un cambio decisivo en el estado del cuerpo concluye con la acción excesiva del corazón cerebral y con las congestiones nerviosas prodigiosas que la acompañan. Cuando he actuado constantemente sobre el cuerpo, mediante un proceso sencillo, se produce —e inevitablemente se produce— este resultado, y hasta ahora nunca he fracasado.

El pobre señor Jennings se suicidó. Pero tal catástrofe fue resultado de una enfermedad por completo diferente que, por así decirlo, se proyectó sobre la ya establecida. De modo muy claro, su caso fue una complicación, y el mal que verdaderamente lo hizo sucumbir fue una manía suicida hereditaria. No puedo considerar al pobre señor Jennings uno de mis pacientes, pues ni siquiera había comenzado a tratarlo; ni por otra parte, estoy convencido de ello, se había franqueado conmigo plena y abiertamente. Si el paciente no se pone del lado de la enfermedad, la curación es cierta.

Bram Stoker: En el valle de la sombra. Cuento.

Bram StokerLas ruedas con neumáticos de goma traqueteaban desigualmente sobre los adoquines de granito. Reconocí vagamente las familiares calles grises y las plazas con jardines en el centro. Nos detenemos, y a través de la pequeña multitud en el pavimento soy trasladado adentro y arriba del pabellón de altos techos. Suavemente me levantan de la camilla y me ponen en la cama, y yo digo: “¡Que cortinas tan extrañas tiene usted! Tienen rostros labrados en el borde. ¿Son ellos sus amigos?”
El ama de llaves sonríe, y pienso que es una idea extraña. Entonces súbitamente se me ocurre que he dicho algo tonto, pero los rostros están todavía ahí. (Aún cuando me recuperé podía verlos bajo ciertas luces). Uno de los rostros me es familiar, y estoy justamente por preguntar cómo conocen al Fulano, cuando me dejan solo. Por horas y horas (me parece) nadie se me acerca. Al principio soy paciente, pero gradualmente una furia feroz se apodera de mí. ¿Acaso me he sometido a ser trasladado aquí tan solo para morir en soledad y sofocante oscuridad? ¡No voy a permanecer en este lugar; mucho mejor sería volver y morir en casa! Súbitamente soy llevado hacia arriba en una máquina alada, dentro del aire fresco. Lejos allá abajo e infinitesimalmente yace el “Nuevo Pueblo”, escondido a medias entre el humo brumoso; allá a lo lejos, claro y azul y centelleante, está el Fiordo de Forth: y más allá de la luz del sol las colinas de Fife son la vanguardia de los Grampianos. Solo un momento de puro éxtasis palpitante, luego el alma se hace añicos cayendo dentro del negro abismo del olvido (sostengo que el señor H. G. Wells fue parcialmente responsable de esta pequeña excursión).

Está luminoso nuevamente, pero ¿qué es lo que me impide ver la ventana? ¿Una mampara? ¿Qué significa eso? Una negrura de desesperación me aprisiona. ¡Todo ha terminado, entonces! No más alpinismo, no más vacaciones placenteras. Esto es el final de todas mis pequeñas ambiciones. Esto es, en verdad, la amargura de la muerte. Inmediatamente una enfermera se me acerca con una bebida fresca, y, haciendo un tremendo esfuerzo para parecer concentrado, le pido que saque la mampara. Se ríe y la pliega, cuando veo otra mampara opuesta ocultando parcialmente una cama. Entonces tengo compañía. (Esto fue un intervalo comparativamente lúcido.) ¡Qué extraño lugar para tener textos! Inmediatamente a la vuelta de la cornisa de la habitación. Y están constantemente cambiando también. “El Señor es mi Pastor” “Yo me levantaré”. Realmente esto es lo más irritante. No puedo terminar ninguno de ellos. ¡Si tan solo las letras se estuvieran quietas por un momento!

¿Pero qué es aquello de abajo? Es una ancha playa arenosa con el mar azul más allá. En el tope de un mástil en el frente hay una… ¿qué es eso? Sí, la cabeza de un hombre, por supuesto. (Era en realidad una bombilla eléctrica colgando la que de alguna curiosa manera había visto en posición invertida.)

-Hermana, estoy seguro de que podría trabajar en alguna espléndida historia. Por favor deme algo de papel y mi pluma fuente. Si no lo escribo ahora lo voy a olvidar.

(De hecho, cuando estaba convaleciente yo quise escribir no solo esta historia en particular, sino una narración completa de mis visiones. Por supuesto, no se me permitió hacerlo, ¡y ahora, que pena! Ha ido a reunirse en la gran compañía de las ideas magníficas pero aparentes que uno tiene en sueños.)

-Honestamente, Hermana, debo salir por unos momentos. El hombre está en gran peligro, y yo solo puedo salvarlo. Hay un complot desesperado contra su vida. Vive bastante cerca en una de las dos casas a cada lado de esta.

La Hermana prometió fijarse en ello, y yo me recosté satisfecho solo a medias. Inmediatamente mi cama comienza a moverse ruidosamente. Pasa a través de la pared dentro de la siguiente casa. Habitación tras habitación es visitada, pero mi condenado amigo no está allí. Las otras casas son inspeccionadas una por una, sin resultado. Tengo la sensación de que está siendo secuestrado justo enfrente de mí para estar siempre en la próxima casa. La Hermana está detrás de todo este truco, estoy seguro. (Aquí comienza aquel absurdo rencor y sospecha sobre ella, el que me deja solo con mi delirio.)

-¡Oh, doctor, qué contento estoy de verlo! Realmente en un país libre es intolerable que no se me conceda un simple pedido como este, y también salvar la vida de un hombre. Puede ver por usted mismo que soy bastante sensato y lo digo en serio. Pruébeme.

El doctor pregunta qué día de la semana es. Yo respondo, a la manera escocesa:

-¡Oh, eso es fácil! Si yo soy el hombre que vino aquí el lunes, entonces es miércoles, pero si vine el jueves, entonces es sábado. Si usted me dice qué hombre soy, yo le diré qué día es hoy.

Superado por esta lógica, el doctor se da por vencido, pero sugiere un compromiso, el cual acepto. Consiste en que las cuatro casas vecinas sean traídas y ubicadas delante de mi cama, para que yo pueda asegurarme de ver y advertir a mi amigo en problemas.

-No, yo no tomaré whisky. Seguramente usted sabe perfectamente bien que soy musulmán y tengo prohibido beber alcohol. Usted no puede pedirme que viole los principios de mi religión

La Hermana me asegura que la bebida no es whisky, y acerca el vaso a mis labios.

Lo arrojo con horror al piso.

-Demonio en forma humana, que me tientas a la destrucción. Vete y déjame morir en la fe verdadera.

(Por supuesto no era whisky, sino algo de una naturaleza absolutamente opuesta. Semanas después, recordando el incidente, recordé haber leído casualmente una página o dos de una novela en la cual un mahometano es tentado a beber vino. No me causó ninguna impresión en ese momento, pero debe haber quedado registrado en algún lado.)

Inmediatamente la Hermana vuelve con otras tres enfermeras y una provisión fresca de la sustancia maldita. Tratan por todos los medios, desde el argumento, en el cual son vencidas de manera contundente, a la persuasión y fuerza moderada. Súbitamente resuelvo volar, y alcanzo en realidad la puerta de la habitación antes de ser sometido y devuelto a la cama. Luego se me pide que ponga mi dedo en la dosis y compruebe por mí mismo que no es whisky. En esta sugerencia veo la astucia maliciosa de la Hermana, entonces huelo el dedo húmedo, y triunfalmente insisto con que es whisky. Cuando dicen que son las doce en punto, y que estoy impidiéndoles ir a la cama, les contesto que no necesitan quedarse por mí, y, de todas formas, ¿qué significa eso para la pérdida de mi alma? Finalmente soy derribado, y el vaso es puesto contra mis dientes apretados. Ruego internamente por ayuda en esta espantosa situación extrema. ¡Veremos! Una idea brillante. Pretenderé que estoy muerto. Me pongo rígido y contengo mi respiración.

(Puedo recordar que no hice ningún esfuerzo adicional, pero luego me dijeron que la imitación fue fabulosa. Aún las enfermeras se alarmaron y llamaron al doctor. Tengo un oscuro recuerdo de su venida, y antes de darme cuenta de dónde estaba me inyectaron algo, que yo pensé que era el whisky, en mi brazo.)

Me senté en la cama, y los mire a todos con odio concentrado, luego me recosté, con mi corazón destrozado por mi forzada herejía, sollozando, sollozando. Estoy sufriendo por mi pecado. La Hermana me está apuñalando en el hombro con una daga candente (era una picadura de mosquito, y mi piel es muy sensible). Me duele por todas partes. Súbitamente me encuentro solo en un dolor chato y desierto. Estoy sentado con mi espalda contra uno de los pilares de piedra de un enorme portal cerrado que llega hasta el cielo. Enfrente de mí sucede un espectáculo cinematográfico de estupenda escala.

(No puedo recordar ahora mucho de él, pero la serie era larga y de un carácter espantoso. Debajo de cada escena había un letrero estableciendo el tema de la siguiente. Tenía la sensación de que no había ninguna escena, sino eventos reales en proceso de sucesión; aparte de eso, contestando una pregunta sugerida por una misteriosa voz podría llevar las series a un final, pero aunque conocía la respuesta, estaba absolutamente fuera de mi alcance darla. Inmediatamente a continuación de mi fallo en responder, de algún lado detrás de mí tronó un órgano y un coro de voces rompió en una canzoneta burlona, que incluía la respuesta apropiada, y también palabras de escarnio dirigidas contra mí. Hasta hace poco esta canzoneta frecuentemente me obsesionaba, pero ahora, me complace decirlo, he olvidado tanto la música como las palabras. Todo lo que sé es que era como una cantinela monótona, y totalmente desconocida para mí. Cuando la horrible canción terminó caí en un estado de autocondenación mezclada con una indefensa expectativa, la cual era tan patética como para movilizarme aún cuando pienso en ella.)

La escena es una de guerras y terremotos y montañas en llamas. Por debajo tiene las palabras “Fin del Mundo”. Tengo una visión de las innumerables miríadas de la humanidad arrodilladas en agonía al otro lado de la puerta. Un murmullo multitudinario explota en un horrendo alarido suplicando piedad. ¿Quién soy yo, Oh Dios, para que esta carga sea impuesta sobre mí? ¿Acaso soy yo el guardián de esa incontable multitud? No puedo contestar.

Aún si hablo, un escalofrío corta el aire, un delirio cataclísmico se me aparece, el órgano truena y el travieso coro comienza su torturante estribillo. No hay letrero por debajo de esta escena. La terrible música cesa, y la horrible escena ante mí se transforma en silencio. Pasa, y luego no hay más luz ni oscuridad. El desierto desaparece, el portal ya no está, la multitud infinita se ha ido como el rocío de la mañana, yo quedo en presencia de la nada. La toma de conciencia es aterradora; mi cerebro gira en espiral: el alivio debe venir; la naturaleza humana no puede soportarlo. Ah, gracias, Dios, estoy enloqueciendo, cuando desde alguna parte, pero no sé de donde, viene una leve risa burlona, una voz satánica dice “¡Vendido nuevamente!”, el órgano sube, el invisible coro canta nuevamente, y la serie completa de escenas comienza otra vez desde el principio. Por un momento la tensión se relaja, “Dios está en Su cielo” después de todo, cuando, como el estruendo del acero, la Voz pronuncia la pregunta incontestable. Oh, Dios, yo debo, yo hablaré. La respuesta, la respuesta es:

-¿Qué hora es, Russell?

(¡Russell era el enfermero nocturno, la necesidad de cuya presencia el lector a esta altura ya entenderá por completo!)

-Cuatro y media, señor.

-Bueno, debo levantarme para alcanzar el primer tren a Glasgow. Es un hecho de vida o muerte. Por favor, deme mis ropas.

Russell se esfuerza en apaciguarme con promesas de ir mañana, y demás, todo lo cual yo veo con una despiadada lucidez. Finalmente, amenazando con alarmar el establecimiento entero, soy envuelto en mantas, llevado a una poltrona al lado del fuego, y una mampara es colocada detrás de mí.

-Usted no puede alcanzar un tren, señor, antes de las seis y media.

-Discúlpeme, hay un tren a las 5.55, y yo voy a alcanzarlo. Por otro lado, ¿está usted seguro que la Hermana no está? Pensé que la había visto a la vuelta de la esquina de la mampara. ¿No? Entonces deme algo de soda y leche, y ¿tiene usted un cigarrillo por algún lado?

Russell naturalmente me negó tener cigarrillos, entonces, como él me contó luego, yo procedí a maldecirlo a él, a su familia, sus ancestros y descendientes juntos, con tal copiosidad y minuciosidad de dicción ¡que hablé sin parar durante hora y media! Me figuro que el señor Kipling es responsable por al menos la meticulosidad hindú de mis conminaciones. De todas formas, habiéndome dejado exhausto tal esfuerzo, con Russell diciendo que ahora había perdido el tren, y que mejor me volviera a la cama para esperar el próximo, yo accedí con gran sensatez.

Ese fue el clímax, y despertándome algunas horas más tarde de un pacífico sueño me encontré con que la crisis había pasado, y que estaba nuevamente tan sano como siempre. El primer libro por el que pedí fue el Progreso del peregrino, y tan pronto como se me permitió leer me dirigí al pasaje de cristiano a través del Valle de la Sombras. Había sentido antes que los demonios de Bunyan eran demonios de escenario, sus ciénagas y penas mero simulacro, los cómplices tales como Drury Lane generalmente se reirían con escarnio. Ahora estoy seguro de ello. La dificultad real, por supuesto, es hacerlo mejor.

“In the Valley of the Shadow”