Saint John Perse: Discurso de aceptación del premio Nobel, 1960. Discurso

john_perseHe aceptado para la poesía el homenaje que aquí se le rinde, y tengo prisa por restituírselo.

 

La poesía no recibe honores a menudo. Pareciera que la disociación entre la obra poética y la actividad de una sociedad sometida a las servidumbres materiales fuera en aumento. Apartamiento aceptado, pero no perseguido por el poeta, y que existiría también para el sabio si no mediasen las aplicaciones prácticas de la ciencia.

 

Pero ya se trate del sabio o del poeta, lo que aquí pretende honrarse es el pensamiento desinteresado. Que aquí, por lo menos, no sean ya considerados como hermanos enemigos, Pues ambos se plantean idéntico interrogante, al borde de un común abismo; y sólo los modos de investigación difieren.

 

Cuando consideramos el drama de la ciencia moderna que descubre sus límites racionales hasta en lo absoluto matemático; cuando vemos, en la física, que dos grandes doctrinas fundamentales plantean, una, un principio general de relatividad, otra, un principio “cuántico” de incertidumbre y de indeterminismo que limitaría para siempre la exactitud misma de las medidas físicas; cuando hemos oído que el más grande innovador científico de este siglo, iniciador de la cosmología moderna y garante de la más vasta síntesis intelectual en términos de ecuaciones, invocaba la intuición para que socorriese a lo racional y proclamaba que “la imaginación es el verdadero terreno de la germinación científica”, y hasta reclamaba para el científico los beneficios de una verdadera “visión artística”, ¿no tenemos derecho a considerar que el instrumento poético es tan legítimo como el instrumento lógico?

 

En verdad, toda creación del espíritu es, ante todo, “poética”, en el sentido propio de la palabra. Y en la equivalencia de las formas sensibles y espirituales, inicialmente se ejerce una misma función para la empresa del sabio y para la del poeta. Entre el pensamiento discursivo y la elipse poética, ¿cuál de los dos va o viene de más lejos? Y de esa noche original en que andan a tientas dos ciegos de nacimiento, el uno equipado con el instrumental científico, el otro asistido solamente por las fulguraciones de la intuición. ¿Cuál es el que sale a flote más pronto y más cargado de breve fosforescencia? Poco importa la respuesta. El misterio es común. Y la gran aventura del espíritu poético no es inferior en nada a las grandes entradas dramáticas de la ciencia moderna. Algunos astrónomos han podido perder el juicio ante la teoría de un universo en expansión; no hay menos expansión en el infinito moral del hombre: ese universo. Por lejos que la ciencia haga retroceder sus fronteras, en toda la extensión del arco de esas fronteras se oirá correr todavía la jauría cazadora del poeta. Pues si la poesía no es, como se ha dicho, “lo real absoluto”, es por cierto la codicia más cercana y la más cercana aprehensión en ese límite extremo de complicidad en que lo real en el poema parece informarse a sí mismo.

 

Por el pensamiento analógico y simbólico, por la iluminación lejana de la imagen mediadora y por el juego de sus correspondencias, en miles de cadenas de reacciones y de asociaciones extrañas, merced, finalmente, a un lenguaje al que se trasmite el movimiento mismo del ser, el poeta se inviste de una superrealidad que no puede ser la de la ciencia. ¿Puede existir en el hombre una dialéctica más sobrecogedora y que comprometa más al hombre? Cuando los filósofos mismos abandonan el umbral metafísico, acude el poeta para relevar al metafísico; y es entonces la poesía, no la filosofía, la que se revela como la verdadera “hija del asombro”, según la expresión del filósofo antiguo para quien la poesía fue asaz sospechosa.

 

Pero más que modo de conocimiento, la poesía es, ante todo, un modo de vida, y de vida integral. El poeta existía en el hombre de las cavernas; existirá en el hombre de las edades atómicas: porque es parte irreductible del hombre. De la exigencia poética, que es exigencia espiritual, han nacido las religiones mismas, y por la gracia poética la chispa de lo divino vive para siempre en el sílex humano. Cuando las mitologías se desmoronan, lo divino encuentra en la poesía su refugio; aun tal vez su relevo. Y hasta en el orden social y en lo inmediato humano, cuando las Portadoras de pan del antiguo cortejo dan paso a las Portadoras de antorchas, en la imaginación poética se enciende todavía la alta pasión de los pueblos en busca de claridad.

 

¡Altivez del hombre en marcha bajo su carga de eternidad! Altivez del hombre en marcha bajo su carga de humanidad -cuando para él se abre un nuevo humanismo-, de universidad real y de integridad psíquica… Fiel a su oficio, que es el de profundizar el misterio mismo del hombre, la poesía moderna se interna en una empresa cuya finalidad es perseguir la plena integración del hombre. No hay nada pítico en esta poesía. Tampoco nada puramente estético. No es arte de embalsamador ni de decorador. No cría perlas de cultivo ni comercia con simulacros ni emblemas, y no podría contentarse con ninguna fiesta musical. Traba alianza en su camino con la belleza –suprema alianza-, pero no hace de ella su fin ni su único alimento. Negándose a disociar el arte de la vida, y el amor del conocimiento, es acción, es pasión, es poder y es renovación que siempre desplaza los lindes. El amor es su hogar, la insumisión su ley, y su lugar está siempre en la anticipación. Nunca quiere ser ausencia ni rechazo.

 

Nada espera sin embargo de las ventajas del siglo. Atada a su propio destino y libre de toda ideología, se reconoce igual a la vida misma, que nada tiene que justificar de sí mismo. Y con un mismo abrazo, como con una sola y grande estrofa viviente, enlaza al presente todo lo pasado y lo por venir, lo que humano con lo sobrehumano y todo el espacio planetario con el espacio universal. La oscuridad que se le reprocha no proviene de su naturaleza propia, que es la de esclarecer, sino de la noche misma que explora, a la que está consagrada a explorar: la del alma misma y la del misterio que baña al ser humano. Su expresión se ha prohibido siempre la oscuridad y esa expresión no es menos exigente que la de la ciencia.

 

Ahí, por su adhesión total a lo que existe, el poeta nos enlaza con la permanencia y la unidad del ser. Y su lección es de optimismo. Para él una misma ley de armonía rige el mundo entero de las cosas. Nada puede, ocurrir en ella que, por naturaleza, sobrepuje los límites del hombre. Los peores trastornos de la historia no son sino ritmos de las estaciones en un más vasto ciclo de encadenamientos y de renovaciones. Y las Furias que atraviesan el escenario, con la antorcha en alto, no iluminan sino un instante del muy largo tema que sigue su curso. Las civilizaciones que maduran no mueren de los tormentos de un otoño; no hacen sino transformarse. Sólo la inercia es amenaza. Poeta es aquél que rompe, para nosotros, la costumbre.

 

Y es así también como el poeta se encuentra ligado, a pesar de él, al acontecer histórico. Y nada le es extraño en el drama de su tiempo. ¡Que diga a todos, claramente, el gusto de vivir este tiempo fuerte! Pues la hora es grande y nueva para recobrarse de nuevo. ¿Y a quién le cederíamos, pues, el honor de nuestro tiempo?…

 

“No temas”, dice la Historia, quitándose un día la máscara de violencia y haciendo con la mano levantada ese ademán conciliador de la Divinidad asiática en el momento más fuerte de su danza destructora. “No temas, ni dudes, pues la duda es estéril y el temor servil. Escucha más bien ese latido rítmico que mi mano en alto imprime, renovadora, a la gran frase humana siempre en vías de creación. No es verdad que la vida pueda renegar de sí misma. Nada viviente procede de la nada, ni de la nada se enamora. Pero tampoco nada guarda forma ni medida bajo el incesante flujo del Ser. La tragedia no finca en la metamorfosis misma. El verdadero drama del siglo está en la distancia que dejamos crecer entre el hombre temporal y el hombre intemporal. El hombre iluminado sobre una vertiente ¿irá acaso a oscurecerse en la otra? Y su maduración forzada, en una comunidad sin comunión, ¿no sería quizá una falsa madurez?…”

 

Al poeta indiviso tócale atestiguar entre nosotros la doble vocación del hombre. Y esto es alzar ante el espíritu un espejo más sensible a sus posibilidades espirituales. Es evocar en el siglo mismo una condición humana más digna del hombre original. Es asociar, en fin, más ampliamente el alma colectiva con la circulación de la energía espiritual en el mundo… Frente a la energía nuclear, la lámpara de arcilla del poeta ¿bastará para este fin? -Sí, si de la arcilla se acuerda el hombre.

 

Y ya es bastante, para el poeta, ser la mala conciencia de su tiempo.

 

Jean Paul Sartre: Eróstrato. Cuento

sartreA los hombres hay que mirarlos dede arriba. Yo apagaba la luz y me asomaba a la ventana; ni siquiera sospechaban que se les pudiera observar desde arriba. Cuidan mucho la fachada, algunas veces, incluso, la espalda, pero todos sus efectos están calculados para espectadores de no más de un metro setenta.

¿Quién ha reflexionado alguna vez en la forma de hongo de un sombrero visto desde un sexto piso? No se cuidan de defender sus hombros y sus cráneos con colores vivos y con géneros chillones, no saben combatir ese gran enemigo de lo humano: la perspectiva de arriba a abajo.

Yo me asomaba y me echaba a reir; ¿dónde estaba, pues, ese famoso estar de pie del que se sienten tan orgullosos?, se aplastan contra la acera y dos largas piernas semi-rampantes salen abajo de sus hombros.

Es en el balcón de un sexto piso donde debería haber pasado toda mi vida.

Es necesario apuntalar las superioridades morales con símbolos materiales, sin lo cual se desplomarían. Pero, precisamente, ¿cuál es mi superioridad sobre los hombres? Una superioridad de posición; ninguna otra; me he colocado por encima de la humanidad que está en mí y la contemplo. He aquí porque me gustaban las torres de Notre Dame, las plataformas de la Torre Eiffel, el Sacré-Coeur, mi sexto piso de la Calle Delambre. Son excelentes símbolos.

Algunas veces era necesario volver a bajar a las calles. Para ir a la oficina, por ejemplo. Yo me ahogaba. Cuando uno está al mismo nivel de los hombres es mucho más dificil considerarlos como hormigas: tocan.

Una vez ví a un tipo muerto en la calle. Había caido de narices. Le volvieron, sangraba. Ví sus ojos abirtos, su aire opaco y toda esa sangre. Me dije:

No es nada, no es más impresionante que la pintura fresca. Le han pintado la nariz de rojo, eso es todo.

Pero sentí una sucia dulsura que me invadía desde las piernas hasta la nuca; me desvanecí. Me llevaron a una farmacia, me golpearon en la espalda y me hicieron beber alcohol. Los hubiera matado.

Yo sabía que eran mis enemigos, pero ellos no lo sabían. Se amaban entre sí, se ponían hombro con hombro, y a mí me hubieran dado una mano por aquí o por allá, porque me creían su semejante.

Pero si hubieran podido adivinar la más ínfima parte de la verdad, me hubieran golpeado.

Por lo demás, más tarde lo hicieron. Cuando me detuvieron y supieron quién era en realidad, me torturaron, me golpearon durante dos horas, en la comisaría me dieron de bofetadas y de trompadas, me retorcieron los brazos, me arrancaron el pantalón y luego, para terminar, arrojaron mis anteojos al suelo, y mientras los buscaba a tientas y materialmente en cuatro patas, me dieron, riéndose, algunos puntapiés en el culo.

Previ siempre que terminarían por golpearme: no soy fuerte y no puedo defenderme. Los había que me acechaban desde hacía mucho tiempo: los grandes. Me atropellaban en la calle, para reirse, para ver lo que hacía. Yo no decía nada. Hacía como si nada hubiera notado. Y no obstante, ellos me vejaron. Yo les tenía miedo, era un presentimiento. Pero ustedes se imaginarán que tenía razones más serias para odiarlos.

Desde este punto de vista todo fue mucho mejor a partir del día en que me compré un revolver. Uno se siente fuerte cuando lleva asiduamente una de esas cosas que pueden estallar y hacer ruido. Lo sacaba el domingo, lo ponía sencillamente en el bolsillo de mi pantalón y luego iba a pasearme -en general por los bulevares.

Sentía que tiraba de mi pantalón como un cangrejo, lo sentía completamente frío contra mi muslo. Pero se calentaba poco a poco, al contacto de mi cuerpo.

Yo andaba con cierta rigidez, tenía el aspecto de un tipo que está engallado, pero al que su verga frena a cada paso.

Deslizaba la mano en el bolsillo y tocaba el objeto. De cuando en cuando entraba en un mingitorio -aún allí adentro ponía mucha atención porque a menudo hay vecinos- sacaba mi revólver, lo sopesaba, miraba su culata de cuadros negros y su gatillo negro que parece un párpado semicerrado. Los otros, los que veían desde afuera mis píes separados y la parte de abajo de mis pantalones, creían que orinaba. Pero nunca orino en los mingitorios.

Una tarde se me ocurrió la idea de tirar a los hombres. Era un sábado por la noche, había salido en busca de Lea, una rubia que callejea ante un hotel de la calle Montparnasse. Nunca he tenido comercio íntimo con una mujer: me hubiera sentido robado. Uno se les sube encima, por supuesto, pero ellas nos devoran el bajo vientre con sus grandes bocas peludas y, por lo que he oido decir, son las que salen ganando -y con mucho- en este cambio. Yo no le pido nada a nadie, pero tampoco quiero dar nada. A lo más hubiera necesitado una mujer fría y piadosa que me soportara con disgusto.

El primer sábado de cada mes yo subia con Lea a una habitación del Hotel Duquesne. Se desvestía y yo la miraba sin tocarla. A veces, eso salía sólo en mi pantalón, otras veces tenía tiempo de volver a casa para terminar allí.

Esa noche no la encontré en su sitio de costumbre. Esperé un momento y como no la ví venir supuse que estaría enferma. Era principio de enero y hacía mucho frío. Quede desolado: soy un imaginativo y me había representado vivamente el placer que esperaba obtener de esa velada.

Había en la calle Odesa una morena que yo había visto a menudo, un poco madura, pero firme y regordeta; yo no detesto las mujeres maduras; cuando están desvestidas parecen más desnudas que las otras. Pero ella no estaba al corriente de lo que me convenía y me intimidaba un poco exponerle aquello de cabo a rabo. Y además, yo desconfío de las recién conocidas; esas mujeres pueden muy bien ocultar un granuja detrás de la puerta, y después el individuo aparece de pronto y le quita a uno el dinero. Puede uno considerarse afortunado si no le da unos puñetazos. Sin embargo, esa noche sentía no sé que audacia; decidí pasar por casa para tomar mi revolver y tentar la aventura.

Cuando un cuarto de hora más tarde abordé a la mujer, el arma estaba en mi bolsillo y ya no temía nada. Al mirarla de cerca, ví que tenía más bien un aspecto miserable. Se parecía a mi vecina de enfrente, la mujer del ayudante, y quedé muy satisfecho de esto, porque hacía mucho tiempo que tenía deseos de verla encuerada. Se desvestía con la ventana abierta cuando no estaba el ayudante, y a menudo yo me quedaba detrás de la cortina para sorprenderla. Pero se arreglaba en el fondo de la pieza.

En el Hotel Estela no quedaba más que una habitación libre en el cuarto piso. Subimos. La mujer era bastante pesada y se detenía en cada escalón para respirar. Yo subía con facilidad; tengo un cuerpo seco, pese a mi vientre, y son necesarios más de cuatro pisos para hacerme perder el aliento.

En el descansillo del cuarto piso se detuvo y se puso la mano derecha sobre el corazón respirando con fuerza. En la mano izquierda tenía la llave de la habitación.

– Es alto-, dijo tratando de sonreirme.

Le tomé la llave sin contestarle, y abrí la puerta. Tenía el revólver en la mano izquierda, apuntado derecho ante mí, a través del bolsillo y no lo dejé hasta después de haber girado la perilla de la puerta. La pieza estaba vacía. Sobre el lavabo había puesto una pequeña pastilla de jabón verde, para lavarse después de eso. Sonreí: conmigo no son necesarios ni los lavabos ni las pastillitas de jabón. La mujer seguía resoplando detrás de mí; eso me excitaba. Me volví, me tendió los labios, la rechacé.

– ¡Desvístete! -le dije.

Había un sillón de tapicería; me senté confortablemente. Es en estos casos cuando lamento no fumar. La mujer se quitó el vestido y luego se detuvo arrojándome una mirada de desconfianza.

– ¿Cómo te llamas? -le dije echándome hacia atrás.

– Renée.

– Pues bueno, Renée, date prisa, estoy esperando.

– ¿No te desvistes?

– ¡Bah, bah! -le dije-, no te ocupes de mí.

Dejó caer los calzones a sus pies, después los recogió y los colocó cuidadosamente sobre su traje junto con el corpiño.

– ¿Así que eres un viciocillo, querido, un perezosito? -me preguntó-, ¿quieres que sea tu mujercita la que haga todo el trabajo?

Al mismo tiempo dió un paso hacia mí, y apoyándose con las manos sobre los brazos de mi sillón, trató pesadamente de arrodillarse ante mis piernas. Pero la levanté con rudeza:

– ¡Nada de eso! ¡Nada de eso! -le dije.

Me miró con sorpresa.

– Pero, ¿qué quieres que te haga?

– Nada, caminar, pasearte, no te pido más.

Se puso a andar de un lado a otro, con aire torpe. Nada molesta más a las mujeres que andar cuando están desnudas. No tiene costumbre de apoyar los talones en el suelo. La mujerzuela encorvaba la espalda y dejaba colgar los brazos. En cuanto a mí, me sentía en la gloria: estaba allí tranquilamente sentado en un sillón, cubierto hasta el cuello; había conservado hasta los guantes puestos y esa señora madura se había desnudado totalmente bajo mis órdenes y daba vuelta a mi alrededor.

Volvió la cabeza y para salvar las apariencias me sonrió coquetamente:

– ¿Me encuentras linda? ¿Deleito tus miradas?

– ¡No te ocupes de ello! -le dije.

– Dime -preguntó con súbita indignación- ¿tienes intención de hacerme caminar así mucho tiempo?

– ¡Siéntate! -le ordené.

Se sentó sobre la cama y nos miramos en silencio. Tenía la carne de gallina. Se oía el tic-tac de un despertador al otro lado de la pared. De pronto le dije:

– ¡Abre las piernas!

Dudó un cuarto de segundo, luego obedeció. Miré y olí entre sus piernas. Luego me puse a reir tan fuerte que se llenaron los ojos de lágrimas. Le dije sencillamente:

– ¿Te das cuenta?

Y me volví a reir.

Me miró con estupor, después enrojeció violentamente y cerró las piernas.

– ¡Cochino! -dijo entre dientes.

Pero yo reía más fuerte; entonces se levantó de un salto y tomó su corpiño de la silla.

– ¡Eh! ¡Alto! -le dije- esto no ha terminado. Te daré en seguida cincuenta francos, pero quiero algo por mi dinero.

Ella tomó nerviosamente sus calzones.

– No entiendo. ¿Comprendes? No sé lo que quieres. Y si me has hecho subir para burlarte de mi.

Entonces saqué mi revólver y se lo mostré. Me miró con aire serio y dejó caer sus calzones sin decir nada.

– ¡Camina! -le ordene- ¡Paséate!

Se paseó durante cinco minutos, luego le dí mi bastón y la obligué a hacer ejercicio. Cuando sentí mi calzoncillo humedo me levanté y le tendí un billete de cincuenta francos. Lo tomó.

– Hasta luego -agregué-, no te he fatigado mucho por ese precio.

Me fui. La dejé totalmente desnuda en medio de la habitación, con su corpiño en una mano, y el billete de cincuenta francos en la otra. No lamentaba mi dinero, la había aturdido y eso que no se asombra facilmente a una ramera. Pensé bajando la escalera:

Eso es lo que quería, asombrarlos a todos.

Estaba felíz como un niño. Me llevé el jabón verde y cuando volví a casa lo froté largo tiempo bajo el agua caliente, hasta que no fue más que una delgada película entre mis dedos, parecida a un bombón muy chupado de menta.

Pero por la noche desperté sobresaltado y volví a ver su rostro, los ojos que pusó cuando le mostré el arma y su gordo vientre que saltaba a cada uno de sus pasos.

– ¿Qué estúpido fui? -me dije. Y sentí un amargo remordimiento. ¡Hubiera disparado en aquél momento! ¡Debí agujerear ese gordo vientre dejándolo como una espumadera!

Esa noche y las tres que siguieron, soñé con seis agujeritos rojos agrupados en círculo alrededor de un ombligo.

Desde entonces no volví a salir sin mi revólver. Miraba la espalda de la gente y me imaginaba, según caminaban, el modo como caerían si les disparara. Los domingos tomé la costumbre de ir a apostarme delante del Chátelet, a la salida de los conciertos clásicos.

A eso de las seis escuchaba un timbre y las obreras venían a sujetar las puertas vidrieras con los ganchos. Así empezaba la cosa: la multitud salía lentamente; la gente marchaba con paso flotante, los ojos llenos todavía de ensueño, el corazón todavía lleno de bellos sentimientos. Había muchos que miraban a su alrededor con aire asombrado; la calle debía parecerles totalmente azul. Entonces sonreían con misterio: pasaban de un mundo a otro, y era en ese otro donde yo les esperaba. Había deslizado mi mano derecha en el bolsillo y apretaba con todas mis fuerzas la culata del arma. Al cabo de un momento me veía disparándoles el arma. Los derribaba como a muñecos en un juego de feria, caían unos sobre otros y los sobrevivientes, presas de pánico, refluían en el teatro rompiendo los vidrios de las puertas. Era un juego muy enervante; mis manos temblaban; por último me veía obligado en ir a beber un cognac en Dreber para reconfortarme.

A las mujeres no las hubiera matado. Les hubiera tirado a los riñones o quizá a las pantorrillas para hacerlas bailar.

Todavía no tenía nada decidido. Pero se me ocurrió hacer todo como si mi decisión estuviera tomada. Comencé por arreglar los detalles accesorios. Fuí a ejercitarme en un polígono de la feria de Denfert-Rochereau. Mis cartones no eran muy buenos, pero los hombres ofrecen blancos más grandes, sobre todo cuando se tira a quemarropa. En seguida me ocupé de mi publicidad. Elegí un día en que todos mis colegas estaban reunidos en la oficina. Un lunes por la mañana. Por sistema era muy amable con ellos, aunque tenía horror de estrecharles la mano. Se quitaban los guantes para decir buenos días, tenían una obcena manera de desnudar la mano, de bajar el guante y deslizarlo lentamente a lo largo de los dedos, descubriendo la desnudez gruesa y arrugada de la palma. Yo conservaba siempre mis guantes puestos.

El lunes por la mañana no se hace gran cosa. La dactilógrafa del servicio comercial vino a traernos los recibos. Lemercier bromeó con ella amablemente y cuando salió, todos detallaron sus encantos con enervante competencia. Luego hablaron de Lindbergh. Les gustaba mucho Lindbergh. Yo es dije:

– A mi me gustan los héroes negros.

– ¿Los africanos? -preguntó Massé.

– No, negros, como se dice Magia Negra. Lindbergh es un héroe blanco. No me interesa.

– Vaya a ver si es facil atravesar el Atléntico -dijo agriamente Bouxin.

Les expuse mi concepto de héroe negro.

– Un anarquista -resumió Lemercier.

– No -dije suavemente-, los anarquistas quieren a su manera a los hombres.

– Sería entonces un trastornado.

Pero Massé, que tenía algunas lecturas, intervino en ese momento:

– Conozco su tipo -me dijo- se llama Eróstrato. Quiso ser célebre y no encontró mejor medio que quemar el Templo de Efeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo.

– ¿Y cómo se llamaba el arquitecto de ese templo?

– No me acuerdo -confesó-, hasta creo que nunca se ha sabido su nombre.

– ¿De veras? ¿Y usted recuerda el nombre de Eróstrato? Ya ve que éste no había calculado tan mal.

La conversación terminó con estas palabras, pero quedé tranquilo; la recordarían en su momento. En cuanto a mí, que hasta entonces no había oido jamás hablar de Eróstrato, me envalentoné con su historia. hacia más de dos mil años que habia muerto y su recuerdo brillaba todavía como un diamante negro. Comencé a creer que mi destino sería corto y trágico. Aquello me dió miedo al principio y después me acostumbré. Si se mira desde cierto punto de vista es atroz; pero desde otro, otorga al instante que pasa una belleza y una fuerza considerables.

Cuando bajaba a la calle sentía en el cuerpo un extraño poder. Llevaba encima mi revólver, esa cosa que estalla y hace ruido. Pero no sacaba de él mi seguridad, sino de mi mismo; yo era un ser perteneciente a la especie de los revólveres, de los petardos y de las bombas. También yo, un día, al terminar mi sombría vida, estallaría e iluminaría el mundo con una llama violenta y breve como el estallido del magnesio.

En esa época me ocurrió tener muchas noches el mismo sueño. Yo era un anarquista, me había colocado al paso del Zar y llevaba conmigo una máquina infernal. A la hora precisa pasaba el cortejo estallaba la bomba y saltábamos en el aire, yo, el Zar y tres oficiales adornados de oro, bajo los ojos de la multitud.

Permanecí entonces semanas enteras sin aparecer por la oficina. Me paseaba por las calles, entre mis futuras víctimas, o bien, me encerraba en mi habitación y hacía planes.

Me despidieron a comienzos de octubre. Ocupé entonces mis ocios en redactar la siguiente carta que copié en ciento dos ejemplares:

Señor:

Usted es célebre y de sus obras se imprimen treinta mil ejemplares. Voy a decirle por qué: porque ama a los hombres. Tiene usted el humanitarismo en la sangre; es una suerte. Usted se alegra cuando está acompañado; en cuanto ve a uno de sus semejantes, aun sin conocerlo, siente simpatía por él. Le agrada su cuerpo por la manera en que está articulado, por sus piernas que se abren y se cierran a voluntad, por sus manos sobre todo; lo que más le agrada es que tengan cinco dedos. Se deleita cuando el vecino toma una taza de la mesa, porque tiene una manera de tomarla que es exclusivamente humana -y que a menudo ha descrito usted en sus obras-, menos delicada, menos rápida que la del mono, pero mucho más inteligente, ¿no es así?

Le gusta también la carne del hombre, su modo de andar de herido grave que se reeduca, su aspecto de volver a inventar la marcha a cada paso, y su famosa mirada que las fieras no pueden soportar.

A usted le es fácil, pues, encontrar el acento que conviene para hablar al hombre de sí mismo, un acento púdico pero entusiasta.

La gente se arroja sobre sus libros con glotonería, los leen en un buen sillón, piensan en el gran amor desdichado y discreto que usted les consagra y eso les consuela de muchas cosas: de ser feos, de ser cobardes, de ser cornudos, de no haber recibido aumento el primero de enero. Y se dicen espontáneamente de su última novela: es una buena acción.

Supongo que tendrá usted curiosidad por saber cómo puede ser un hombre que no quiere a los hombres. Pues bien, soy yo, los quiero tan poco que de inmediato voy a matar una media docena de ellos; quizá se pregunte: ¿por qué sólo media docena? Porque mi revólver no tiene más que seis balas. Es una monstruosidad, ¿no es así? Y además un acto correctamente impolítico. Pero le repito que no puedo quererlos. Comprendo muy bien su manera de sentir. Pero lo que a usted le atrae a mi me disgusta. Como usted he visto a los hombres masticar con cuidado, conservando los ojos atentos y hojeando con la mano izquierda una revista barata. ¿Es culpa mia si prefiero asistir a la comida de las focas?

El hombre no puede hacer nada con su cara sin que ello se convierta en una escena de fisonomía. Cuando mastica, conservando la boca cerrada, los ángulos de su boca, suben y bajan y parecen pasar sin descanso de la serenidad a la sorpresa llorosa. A usted eso le agrada, lo sé; es lo que llama la vigilancia del espíritu. Pero a mi me da nauseas; no sé por qué: así he nacido.

Si no hubiera entre nosotros más que una diferencia de gustos, no le importunaría. Pero todo esto ocurre como si usted estuviera en gracia y yo no. Soy libre de que me guste o no la langosta a la americana, pero si no me gustan los hombres, soy un miserable y no puedo encontrar mi sitio en el mundo. Ellos han acaparado el sentido de la vida. Espero que comprenda lo que quiero decir. Hace treinta y tres años que tropiezo contra puertas cerradas sobre las cuales han escrito: Nadie entre aquí si no es humanitario. He debido abandonar todo lo que he emprendido; era necesario elegir: o bien era una tentativa absurda y condenada, o bien tarde o temprano se volvía en provecho de ellos. No llegaba a separar de mí, a formular, los pensamientos que no le destinaba expresamente; permanecían en mi como ligeros movimientos orgánicos. Sentía que eran suyos los mismos útiles de que me servía, las palabras, por ejemplo: hubiera querido palabras mías. Pero aquellas de las que dispongo se han arrastrado en no sé cuántas conciencias; se arreglan solas en mi cabeza en virtud de la costumbre que han tomado en otras y con repugnancia las utilizo para escribirle. Pero es la última vez. Ya se lo digo: hay que querer a los hombres, o de lo contrario apenas si le permiten a usted picotear.

Voy a tomar ahora mismo mi revólver, bajaré a la calle y veré si se puede lograr algo contra ellos.

Adios, señor; tal vez será a usted a quien encuentre. Entonces no sabrá nunca con qué placer le hare saltar los sesos. Si no -y es el caso más probable- lea los diarios de mañana. En ellos verá que un individuo llamado Paul Hilbert mató, en una crisis de furor, a cinco transeúntes en el Bulevard Edgard Quinet. usted sabe mejor que nadie lo que vale la prosa de los grandes diarios. Comprenda, pues, que no estoy furioso; por el contrario, estoy muy tranquilo y le ruego que acepte, señor, mi consideración más distinguida.

Paul Hilbert.

Coloqué las ciento dos cartas en ciento dos sobres y escribí sobre ellos las direcciones de ciento dos escritores franceses; luego puse todo en un cajón de mi escritorio con seis libretas de sellos de correo.

Durante los quince días que siguieron salí muy poco. Me dejaba invadir lentamente por mi crimen. En el espejo, donde a veces iba a mirarme, comprobaba con placer los cambios de mi rostro. Los ojos se habían agrandado, se comían toda la cara. Estaban negros y tiernos tras de los espejuelos, y yo los hacía girar como planetas. Bellos ojos de artista y de asesino.

Pero esperaba cambiar mucho más profundamente todavía después de la matanza.

Ví las fotos de esas dos lindas muchachas sirvientas que mataron y robaron a sus patronas. Ví las fotos del antes y después. Antes sus rostros se baanceaban como discretas flores encima de sus cuellos de tallo. Respiraban limpieza y apetecible honestidad. Una discreta tijera había ondulado del mismo modo sus cabellos. Y más tranquilizadora todavía que sus cabellos rizados, que sus cuellos y que su aire de estar de visita en casa del fotógrafo, era su semejanza de hermanas, semejanza tan evidente que ponía de inmediato de manifiesto los lazos de sangre y las raíces naturales del grupo familiar. En el después, sus caras resplandecían como incendios. Llevaban el cuello desnudo de las futuras decapitadas. Arrugas por todas partes, horribles arrugas de miedo y de odio, pliegues, agujeros en la carne como si un animal con garras hubiera arañado en redondo sobre sus caras. Y esos ojos, siempre esos grandes ojos negros y sin fondo -como los míos. Ya no se parecían. Cada una llevaba a su manera el recuerdo de su crimen común.

Si basta, me decía, un delito en el que el azar tuvo la mayor parte para transformar así esas cabezas de orfelinato, ¡qué no puedo esperar de un crímen enteramente concebido y realizado por mí!

Se apoderaría de mí, transtornaría mi fealdad demasiado humana …; un crímen, eso corta en dos la vida del que lo comete.

Ha de haber momentos en que no desearía volver atrás, pero está allí, detrás de uno, obstruyendo el túnel, ese mineral chispeante.

No pedía más que una hora para gozar del mio, para sentir su puño aplastante. ¡Por esa hora, sacrificaría todo!

Decidí ejecutarlo en la calle Odesa. Aprovecharía el enloquecimiento para huir, dejándolos recoger sus muertos. Correría, atravesaría rápidamente el Bulevard Edgar Quinet y volvería rápidamente a la calle Delambre. No necesitaría más de treinta segundos para llegar a la puerta de la casa donde vivo. En ese momento mis perseguidores estarían todavía en el Bulevard Edgard Quinet, perderían mi rastro y necesitarían seguramente más de una hora para volverlo a encontrar. Los esperaría en mi casa y cuando los sintiera golpear la puerta, volvería a cargar mi revólver y me dispararía en la boca.

Yo vivía más cómodamente; me había entendido con un fondero de la calle Vavin que me hacía llevar a la mañana y a la noche buenos platitos. El dependiente llamaba, yo no abría, esperaba algunos minutos, luego entreabría la puerta y veía en un gran cesto colocado sobre el suelo algunos platos llenos que humeaban.

El 27 de octubre a las seis de la tarde me quedaban diecisite francos con cincuenta centavos. Tomé mi revólver y el paquete de cartas, baje. Tuve el cuidado de no cerrar la puerta para poder entrar más rápidamente, después de dar el golpe. No me sentía bien; tenía las manos frías y la sangre amontonada en la cabeza, los ojos me cosquilleaban. Miraba la tienda, el hotel de las Escuelas, la papelería donde compré los lápices y no reconocía nada.

Me decía: ¿Cuál es esta calle?

El Bulevard Montparnasse estaba lleno de gente. Tropezaban conmigo, me empujaban, me golpeaban con los codos o los hombros. Yo me dejaba sacudir; me faltaban las fuerzas para deslizarme entre ellos. Me ví de pronto en el corazón de esa multitud horriblemente solo y pequeño. ¡Cuánto mal podrían hacerme si quisieran! Tuve miedo por el arma que llevaba en el bolsillo. Me parecía que debían adivinar que estaba allí. Me mirarían con ojos duros y me dirían: ¡Eh! Pero … pero … con alegre indignación, clavándome sus patas de hombres. ¡Linchado! Me arrojarían por encima de sus cabezas y volvería a caer en sus brazos como una marioneta.

Juzgué más discreto dejar para el día siguiente la ejecución de mi proyecto. Fui a comer a la Coupole por seis francos sesenta. Me quedaban setenta céntimos que tiré a la calle.

Me quedé tres días en mi habitación sin comer, sin dormir. Había cerrado las persianas y no me atrevía ni a aproximarme a la ventana ni a encender la luz.

El lunes alguien llamó a la puerta. Retuve la respiración y esperé. Al cabo de un minuto llamaron de nuevo. Fui de puntitas a mirar por el ojo de la cerradura. No ví más que un pedazo de tela negra y un botón. El individuo llamó otra vez, luego bajó; no supe quién era.

Por la noche tuve visiones. Frescas palmeras, agua que corría, un cielo violeta por encima de una cúpula. No tenia sed porque de vez en cuando iba a beber en el grifo de la cocina. Pero tenía hambre. Volví también a ver a la ramera morena. Era en un castillo que yo había hecho construir sobre las Causes noires a veinte leguas de toda población. Estaba desnuda y sola conmigo. Le había obligado a ponerse de rodillas amenazándola con mi revólver y a correr en cuatro patas; la había atado luego a un pilar y después de explicarle largamente lo que iba a hacer, la había acribillado a balazos.

Estas imágenes me turbaron en tal forma que debí satisfacerme. Después permanecí inmovil en la oscuridad, con la cabeza absolutamente en blanco. Los muebles crujían. Eran las cinco de la mañana. Hubiera dado cualquier cosa por salir de mi pieza, pero no podía bajar debido a la gente que caminaba por las calles.

Llegó el día. No sentía ya hambre, pero me había puesto a sudar: empapé mi camisa. Fuera, había sol. Entonces pensé:

En una habitación cerrada, en la oscuridad. El está agazapado. Hace tres días que él no come ni duerme. Han llamado y él no ha abierto. En seguida él va a descender a la calle y él matará.

Me daba miedo. A las seis de la tarde me volvió el hambre. Estaba loco de cólera. Tropecé un momento con los muebles, después encendí la luz en las habitaciones, en la cocina, en el baño. Me puse a cantar materialmente a gritos, me lavé las manos y salí. Necesité dos largos minutos para poner todas mis cartas en el buzón. Las echaba por paquetes de a diez. Tuve que arrugar algunos sobres. Luego seguí por el Boulevard Montparnasse hasta la calle Odesa. Me detuve ante el escaparate de una camisería, y cuando ví mi cara pensé:

Sucederá esta tarde.

Me aposté en la parte alta de la calle Odesa, no lejos de una toma de gas y esperé. Pasaron dos mujeres. Iban del brazo; la rubia decía:

– Habían puesto tapices en todas las ventanas y eran los nobles del país los que representaban.

– ¿Están tronados? -preguntó la otra.

– No es necesario estar tronado para aceptar un trabajo que da cinco luises por día.

– ¡Cinco luises! -dijo la morena, deslumbrada.

Agregó al pasar a mi lado:

– Y además me imagino que debía divertirles ponerse los trajes de sus antepasados.

Se alejaron. Tenía frío, pero sudaba abundantemente. Al cabo de un momento ví llegar a tres hombres; los dejé pasar: necesitaba seis. El de la izquierda me miró e hizo chasquear la lengua. Desvié la mirada.

A las siete y cinco dos grupos que se seguían de cerca, desembocaron del Bulevard Edgard Quinet. Eran un hombre y una mujer con dos niños. Detrás de ellos venían tres viejas. La mujer parecía colérica y sacudía al niñito por el brazo. El hombre dijo con voz monótona:

– Es latoso, también, este mocoso.

El corazón me latía tan fuerte que me hacía daño en los brazos. Avancé y me mantuve inmóvil, ante ellos. Mis dedos, en el bolsillo, estaban húmedos alrededor del gatillo.

– ¡Perdón! -dijo el hombre al empujarme.

Me acordé que había cerrado la puerta de mi departamento y eso me contrarió; perdería un tiempo precioso al abrirla. La gente se alejó. Me volví y los seguí maquinalmente. Pero ya no tenía ganas de dispararles. Se perdieron entre la multitud del Bulevard.

Me apoyé contra la pared. Escuche dar las ocho y las nueve. Me repetía:

¿Por qué es necesario matar a toda esta gente que ya está muerta?

Y tenía ganas de reir. Un perro vino a olfatearme los pies.

Cuando el hombre gordo me pasó, me sobresalté y le seguí los pasos. Veía el pliegue de su nuca roja entre su sombrero hongo y el cuello de su sobretodo. Se cantoneaba un poco y respiraba con fuerza, parecía un palurdo. Saqué mi revólver; estaba brillante y frío, y me asqueaba; no me acordaba bien lo que tenía que hacer. Tan pronto lo miraba, tan pronto miraba la nuca del tipo. El pliegue de la nuca me sonreía como una boca sonriente y amarga. Me pregunté si no iría a arrojar mi revólver a una alcantarilla.

De pronto el individuo se paró y me miró con aire irritado. Di un paso atrás.

– Es para … preguntarle.

Parecía no escuchar, miraba mis manos. Acabé trabajosamente:

– ¿Puede decirme dónde está la calle de Gaité?

Su cara era gorda y sus labios temblaban. No dijo nada, estiró la mano. Retrocedí más y le dije:

– Querría.

En ese momento supe que iba a ponerme a aullar. No quería; le solté tres balazos en el vientre. Cayó con aire de idiota sobre las rodillas y su cabeza rodó sobre el hombro izquierdo.

– ¡Cochino! -le dije-, ¡maldito cochino!

Huí, le oí toser. Oí también gritos y una carrera a mi espalda. Alguien preguntó:

– ¿Qué ocurre? ¿Hay una pelea?

Luego de pronto gritaron:

– ¡Al asesino! ¡Al asesino!

No pensé que esos gritos me concernían, pero me parecieron siniestros como la sirena de los bomberos cuando era niño. Corrí como alma que se lleva el diablo. Sólo que cometí un error imperdonable: en lugar de remontar la calle Odesa hacia el Bulevard Edgar Quinet, la bajé hacia el Bulevard Montparnasse. Cuando me dí cuenta era demasiado tarde, estaba ya en medio de la multitud; caras asombradas se volvían hacia mi. Me acuerdo de la cara de un mujer muy maquillada que llevaba un sombrero verde con una pluma.

Y escuchaba a mis espaldas a los imbéciles de la calle Odesa gritar:

– ¡Al asesino! ¡Deténganlo!

Una mano se posó en mi espalda. Entonces perdí la cabeza: no quería morir linchado por una multitud. Disparé dos tiros de mi revólver. La multitud se puso a gritar prácticamente chillando, y me abrió paso. Entré corriendo en un café. La concurrencia se levantó a mi paso, pero no intentaron detenerme. Atravesé el café a todo lo largo y me encerré en el baño. Quedaba todavía una bala en mi revólver.

Transcurrió un momento. Respiraba penosamente y jadeaba sin parar. Reinaba un extraordinario silencio, como si toda la gente se hubiese súbitamente callado. Levanté mi arma hasta los ojos y ví un agujerito negro y redondo. La bala saldría por allí, la pólvora me quemaría la cara. Dejé caer el brazo y esperé. Al cabo de un momento silenciosamente llegaron. Debían ser una turba a juzgar por el traqueteo de sus pisadas. Cuchichearon un poco, luego se callaron. Yo seguía jadeando, pensando que me escucharían jadear del otro lado de la pared. Alguien avanzó sigilosamente e intentó abrir la puerta. Debía de haberse colocado enbarrado a la pared para evitar los disparos que pudiera hacerle. Tuve, pese a todo, deseos de disparar, pero la última bala debía de guardarla para mí.

– ¿Qué es lo que esperan? -me pregunté. Si se arrojaran contra la puerta y la derribaban de inmediato, no tendría tiempo ni de matarme y de seguro me atraparían.

Pero no se apresuraban, me dejaban todo el tiempo del mundo para dispararme y acabar con mi vida. ¡Los cochinos tenían miedo!

Al cabo de un momento escuché una voz:

– Vamos abra, no le haremos daño.

Hubo un silencio y en seguida la misma voz:

– Usted sabe bien que no puede escapar.

No contesté, seguía jadeando. Para animarme a dispararme me decía:

– Si me detienen, van a golpearme, a romperme los dientes, tal vez incluso hasta me revienten un ojo.

Hubiera querido saber si el tipo gordo había muerto. Quizá sólo lo había herido … y las otras dos balas tal vez no habían herido a nadie …

Preparaban algo, ¿estarían por tirar algún pesado objeto contra la puerta? Me apresuré a meter el cañón de mi arma dentro de mi boca y lo mordí muy fuerte. Pero no podía tirar, ni siquiera poner el dedo sobre el gatillo. Todo había vuelto a caer en el silencio.

Entonces arrojé el revólver y les abrí la puerta.

Jean Paul Sartre: La cámara. Cuento

sartreI

La señora Darbedat tenía un “rahat-loukoum”[1] entre los dedos. Lo aproximó a sus labios con precaución y retuvo la respiración por temor de que se volase con su aliento el fino polvo de azúcar con que estaba salpicado: “Es de rosa”, se dijo. Mordió bruscamente en esa carne vidriosa y un perfume corrompido le llenó la boca. “Es curioso cómo afina las sensaciones la enfermedad.” Se puso a pensar en las mezquitas, en los orientales obsequiosos (había estado en Argel durante su viaje de bodas) y sus labios pálidos esbozaron una sonrisa; el “rahat- loukoum” también era obsequioso.

Tuvo que pasar varias veces la palma de la mano sobre las páginas de su libro, porque, pese a su precaución, se habían recubierto de una delgada capa de polvo blanco. Sus manos hacían rodar, deslizarse, rechinar los granitos de azúcar sobre el liso papel: “Esto me recuerda a Arcachon cuando leía en la playa”. Había pasado el verano de 1907 al borde del mar. Llevaba entonces un gran sombrero de paja con una cinta verde, se instalaba muy cerca de la escollera, con una novela de Gyp o de Colette Yver. El viento hacía llover sobre sus rodillas turbiones de arena, y ella sacudía de vez en cuando el libro sosteniéndolo de las puntas. Era exactamente la misma sensación: sólo que los granos de arena eran secos, mientras que esos granitos de azúcar se pegaban un poco al borde de sus dedos. Volvió a ver una banda de cielo gris perla por encima de un mar negro. “Eva no había nacido todavía.” Se sentía pesada de recuerdos y preciosa como un cofre de sándalo. El nombre de la novela que leía entonces le volvió dé pronto a la memoria: se llamaba La pequeña señora; no era aburrida. Pero desde que un mal desconocido la retenía en su habitación, la señora Darbedat prefería las memorias y las obras históricas. Deseaba que el sufrimiento, las lecturas graves, una atención vigilante y vuelta hacia sus recuerdos, hacia sus sensaciones más exquisitas, la madurasen como a un bello fruto de invernáculo.

Pensó, con algo de enervamiento, que bien pronto su marido iba a llamar a la puerta. Los demás días de la semana venía sólo por la noche, le besaba en silencio la frente y leía Le Temps en el sillón, frente a ella. Pero el jueves era “el día” del señor Darbedat; iba a pasar una hora a casa de su hija, generalmente de tres a cuatro. Antes de salir entraba a la habitación de su mujer y los dos conversaban, con amargura, de su yerno. Estas conversaciones de los jueves, previsibles hasta en sus menores detalles extenuaban a la señora Darbedat. El señor Darbedat llenaba la tranquila habitación con su presencia. No se sentaba, caminaba de un lado a otro girando sobre sí mismo. Cada uno de estos movimientos hería a la señora Darbedat como la rotura de un vidrio. Este jueves era aún peor que de costumbre; al pensamiento de que, en seguida, tendría que repetir a su marido la confesión de Eva y ver su cuerpo grande y aterrorizado saltar de furor, la señora Darbedat experimentaba sudores. Tomó un “loukoum” del platillo, lo miró un momento dudando, luego lo volvió a dejar tristemente: no le agradaba que su marido la viera comer “loukoums”.

Se sobresaltó al oír que llamaban.

—Adelante —dijo con voz débil.

El señor Darbedat entró en puntas de pie.

—Voy a ver a Eva —dijo como todos los jueves.

La señora Darbedat le sonrió.

—Bésala en mi nombre.

El señor Darbedat no respondió y arrugó la frente con aire preocupado; todos los jueves a la misma hora una sorda irritación se mezclaba en él a la pesadez de la digestión.

—Al salir de su casa pasaré a ver a Franchot; querría que le hablara seriamente y que tratara de convencerla.

Hacía frecuentes visitas al doctor Franchot. Pero en vano. La señora Darbedat alzó las cejas. Antes, cuando estaba bien de salud, se encogía a menudo de hombros. Pero desde que la enfermedad había entorpecido su cuerpo, reemplazaba los gestos, que la hubieran fatigado mucho, con juegos de fisonomía: decía que sí con los ojos, que no con los extremos de la boca, levantaba las cejas en lugar de los hombros.

—Sería necesario poder quitárselo a la fuerza.

—Ya te he dicho que es imposible- Por lo demás la ley está muy mal hecha. Franchot me decía el otro día que tienen disgustos inimaginables con las familias; gente que no se decide, que quiere conservar el enfermo con ellos; los médicos tienen las manos atadas, pueden dar su opinión, eso es todo. Se necesitaría —agregó—- que diera él un escándalo público, o si no que ella misma pidiera que lo internaran.

—Y eso —dijo la señora Darbedat— no será mañana.

—No.

Él se dio vuelta hacia el espejo y hundiendo sus dedos en la barba se puso a peinársela.

La señora Darbedat miraba sin cariño la nuca roja y fuerte de su marido.

—Si ella continúa así —dijo el señor Darbedat— se volverá más maniática que él, eso es espantosamente malsano. No lo deja ni un paso, no sale nunca sino para venir a verte, no recibe a nadie La atmósfera de su aposento es simplemente irrespirable. No abre nunca la ventana porque Pedro no quiere. Como si se debiera consultar a un enfermo. Queman perfumes, creo, una porquería en una cazoleta, uno se cree en la iglesia. De veras, a veces me pregunto… ella tiene ojos extraños, ¿sabes?

—No lo he notado —dijo la señora Darbedat—. Le encuentro el aire natural. Aire triste, evidentemente.

—Tiene cara de desenterrada. ¿Duerme? ¿Come? Es inútil interrogarla sobre estos asuntos. Pero pienso que con un hastial como Pedro a su lado no debe pegar los ojos en toda la noche. —Se encogió de hombros—. Lo que encuentro fabuloso es que nosotros, sus padres, no tengamos el derecho de protegerla contra sí misma. Advierte bien que Pedro estaría mejor cuidado con Franchot. Y luego, pienso —agregó sonriendo un poco— que se entendería mejor con gente de su especie. Esos seres son como los niños, es necesario dejarlos entre ellos; forman una especie de francmasonería. Ahí es donde lo debieran haber puesto desde el primer día: por él mismo. En su interés, bien entendido.

Agregó al cabo de un momento:

—Te diré que no me agrada saberla sola con Pedro, sobre todo por la noche. Imagina que pasa cualquier cosa. Pedro tiene un aire terriblemente solapado.

—No sé —dijo la señora Darbedat— si es cuestión de inquietarse por eso, teniendo en cuenta que es un aire que ha tenido siempre. Daba la impresión de burlarse de todo el mundo. Pobre muchacho —continuó suspirando— haber tenido ese orgullo y haber venido a parar en eso. Se creía más inteligente que todos nosotros. Tenía una manera de decir: “Ustedes tienen razón” para terminar las discusiones… Para él es una bendición que no pueda darse cuenta de su estado.

Evocó con disgusto ese largo rostro irónico, siempre un poco inclinado de costado. Durante el primer tiempo del matrimonio de Eva, la señora Darbedat no hubiera querido nada mejor que tener algo de intimidad con su yerno. Pero él había desalentado sus esfuerzos; casi no hablaba, aprobaba siempre con precipitación, con aire ausente.

El señor Darbedat proseguía con su idea:

—Franchot —dijo— me hizo visitar su instalación, es soberbia. Los enfermos tienen habitaciones particulares con sillones de cuero, y sofás-camas. Hay cancha de tenis, ¿sabes? y van a construir una piscina.

Se había colocado frente a la ventana y miraba a través del vidrio, penduleando un poco sobre sus piernas arqueadas. Giró de pronto sobre sus talones, los hombros bajos, las manos en los bolsillos, con agilidad. La señora Darbedat sintió que iba a ponerse a transpirar; siempre era la misma cosa; ahora iba a marchar de largo a largo como un oso en la jaula, y a cada paso crujirían sus zapatos.

—Amigo mío —dijo— te lo suplico, siéntate, me fatigas. —Agregó sudando—: Tengo algo grave que decirte.

El señor Darbedat se sentó en la butaca y colocó las manos sobre las rodillas; un ligero estremecimiento recorrió la espina dorsal de la señora Darbedat; había llegado el momento, era necesario que hablara.

—Sabes —dijo con tono embarazado— que el martes vi a Eva.

—Sí.

—Hemos charlado sobre un montón de cosas, estaba muy amable, hacía mucho que no la había visto tan confiada. Entonces la interrogué un poco, le hice hablar de Pedro. Pero bien, supe —agregó con tono nuevamente embarazado— que tiene mucho de común con él.

—Maldición, lo sé bien —dijo el señor Darbedat.

Su marido irritaba un poco a la señora Darbedat; siempre era necesario explicarle minuciosamente las cosas, poniendo los puntos sobre las íes. La señora Darbedat soñaba vivir en relación con personas finas y sensibles que comprendiesen todo a medias palabras.

—Pero quiero decir —continuó— que tiene más de lo que nosotros imaginábamos.

El señor Darbedat giró los ojos furiosos e inquieto como siempre que no comprendía muy bien el sentido de una alusión o de una noticia:

—¿Qué quieres decir con eso?

—Carlos —dijo la señora Darbedat— no me fatigues más. Debías comprender que a una madre puede costarle decir algunas cosas.

—No comprendo ni una palabra de todo lo que me cuentas —dijo el señor Darbedat con irritación—. En cualquier forma, ¿no quieres decir?…

—Pues bueno ¡sí! —dijo ella.

—¿Tienen todavía… todavía ahora?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —dijo ella molesta, con tres golpecitos secos.

El señor Darbedat separó el brazo, bajó la cabeza y se calló.

—Carlos —dijo su mujer inquieta—, no hubiera debido decírtelo. Pero no podía guardar esto para mí sola.

— ¡Nuestra hija! —dijo con voz lenta—. ¡Con ese loco! Ni siquiera la conoce, la llama Ágata. Es necesario que haya perdido la conciencia.

Levantó la cabeza y miró a su mujer con severidad.

— ¿Estás segura de haber comprendido bien?

—No había duda posible. Yo soy como tú —agregó vivamente— no podía creerlo y por lo demás no la comprendo. Yo, nada más que a la idea de que me toque ese pobre desdichado… En fin —suspiró—, supongo que la tiene sujeta por ahí.

— ¡Ay! —dijo el señor Darbedat—. ¿Te acuerdas de lo que te dije cuando vino a pedirnos su mano? Te dije: “Creo que le gusta demasiado a Eva”. No quisiste creerme.

Golpeó de pronto sobre la mesa y enrojeció violentamente:

—¡Es una perversidad! ¡La toma en los brazos y la besa llamándola Ágata, y contándole tonterías sobre las estatuas que vuelan y no sé qué más! ¡Y ella se deja! Pero ¿qué es lo que hay entre ellos? Que lo compadezca con todo el corazón, que lo ponga en una casa de reposo donde pueda verlo todos los días, desde temprano. Pero nunca hubiera pensado… La consideraba viuda. Escucha, Juana —dijo con voz grave— voy a hablarte francamente; bien, ¡si tiene temperamento, preferiría que buscara un amante!

—¡Carlos, cállate! —exclamó la señora Darbedat.

El señor Darbedat tomó con aire cansado el sombrero y el bastón que había dejado al entrar sobre una mesita.

—Después de lo que acabas de decirme —concluyó— no me quedan muchas esperanzas. En fin, en cualquier forma le hablaré, porque es mi deber.

La señora Darbedat tenía prisa porque se fuera.

—Sabes —dijo para animarlo— creo que pese a todo en Eva hay más empecinamiento que… otra cosa. Sabe que es incurable pero se obstina, no quiere desmentirse.

El señor Darbedat se acariciaba soñadoramente la barba.

—¿Empecinamiento?… Sí, quizá. Y bien, tiene razón, terminará por cansarse. No es muy tratable todos los días y además no tiene conversación. Cuando le digo buenos días me tiende una mano floja y no habla. Pienso que en cuanto quedan solos vuelve a sus ideas fijas; ella me ha dicho que llega a gritar como si lo degollaran, porque tiene alucinaciones. Las estatuas. Le dan miedo porque zumban. Dice que vuelan a su alrededor y que le clavan ojos blancos.

Se puso los guantes; continuó.

—Ella se cansará, no digo que no, Pero ¿si se trastorna antes? Querría que saliera un poco, que viera gente; encontraría algún muchacho agradable, sabes, un tipo como Schröder, que es ingeniero en el Simplón, alguien de porvenir; le vería un poco aquí, otro poco allá, y se habituaría lentamente a la idea de rehacer su vida.

La señora Darbedat no respondió por temor de hacer renacer la conversación. Su marido se inclinó sobre ella.

—Vamos —dijo— es necesario que me vaya.

—Adiós, papá —dijo la señora Darbedat tendiéndole la frente—. Bésala y dile de mi parte que es mi pobrecita…

Cuando partió su marido, la señora Darbedat se dejó deslizar hasta el fondo del sillón y cerró los ojos, agotada. “Qué vitalidad”, pensó con reproche. Cuando recobró un poco de fuerza estiró dulcemente su pálida mano y tomó a tientas y sin abrir los ojos un “loukoum” del platito.

Eva vivía con su marido en el quinto piso de un viejo inmueble de la calle Bac, El señor Darbedat subió ágilmente los ciento doce escalones de la escalera. Cuando tocó el botón del timbre ni siquiera estaba sofocado. Recordó con satisfacción las palabras de la señorita Dormoy: “Para su edad, Carlos, usted está simplemente maravilloso”. Nunca se sentía más fuerte ni más sano que los jueves, después de estas rápidas subidas.

Fue Eva quien abrió: “Es verdad, no tiene sirvienta. Las muchachas no pueden quedarse en su casa: me pongo en su lugar”. La besó. “Buenos días, pobrecita mía… ” Eva le dijo buenos días con cierta frialdad.

—Estás un poco paliducha -—dijo el señor Darbedat tocándole la mejilla— no haces bastante ejercicio.

Hubo un silencio.

—¿Está bien mamá? —preguntó Eva.

—Más o menos. ¿La viste el martes? Bueno, está como siempre. Tu tía Luisa fue a verla ayer, eso la distrajo. Le agrada recibir visitas, pero que no se queden mucho tiempo. Tu tía Luisa ha venido a París con los niños por ese asunto de la hipoteca. Creo que te he hablado de eso, es una fea historia. Pasó por mi escritorio para pedirme consejo. Le dije que no había dos partidos que tomar; es necesario que venda. Por lo demás ha encontrado comprador, es Bretonnel. ¿Te acuerdas de Bretonnel? Actualmente se ha retirado de los negocios.

Se detuvo bruscamente; Eva le escuchaba apenas. Pensó con tristeza que no se interesaba más en nada. “Es como con los libros. Antes había que arrancárselos. Ahora ni siquiera lee.”

—¿Cómo está Pedro?

—Bien —dijo Eva— ¿quieres verlo?

—Naturalmente —dijo el señor Darbedat con alegría— voy a hacerle una- pequeña visita.

Estaba lleno de compasión por ese desventurado muchacho pero no podía verlo sin repugnancia. “Tengo horror a los seres enfermos. Evidentemente no era culpa de Pedro; tenía una herencia terriblemente pesada.” El señor Darbedat suspiró: “Hubiera sido bueno tomar precauciones, estas cosas se saben siempre demasiado tarde”. No, Pedro no era responsable. Pero, de cualquier modo, había llevado siempre esa tara en él, formaba el fondo de su carácter; no era como un cáncer o una tuberculosis de los que se puede hacer abstracción cuando se quiere juzgar a un hombre tal cual es en sí mismo. Esa gracia nerviosa y esa sutileza que tanto había agradado a Eva cuando le hacía la corte, eran flores de locura. “Estaba ya loco cuando se casó con ella; sólo que no se advertía. Uno se pregunta, pensó el señor Darbedat, dónde comienza la responsabilidad o mejor aún dónde termina. Se analizaba siempre mucho, estaba todo el tiempo inclinado sobre sí mismo. ¿Pero esto era la causa o era el efecto de su mal?” Siguió a su hija a través de un largo corredor sombrío.

—Este departamento es demasiado grande para ustedes —dijo— deberían mudarse.

—Me dices eso todas las veces, papá —respondió Eva— pero ya te he contestado que Pedro no quiere dejar su aposento.

Eva era asombrosa; era como para preguntarse si se daba cuenta exacta del estado de su marido. Estaba loco de atar y ella respetaba sus decisiones y sus opiniones como si hubiera estado en su sano juicio.

—Te lo digo por ti —respondió el señor Darbedat ligeramente irritado—. Me parece que si fuera mujer tendría miedo en estas viejas piezas mal iluminadas. Desearía para ti un departamento luminoso, como se han construido estos últimos años hacia Auteuil, tres piecitas bien aireadas. Han -bajado el precio de los alquileres porque no encuentran inquilinos, sería el momento.

Eva torció suavemente el picaporte de la puerta y entraron en el aposento. Un pesado olor a incienso se prendió a la garganta del señor Darbedat. Las cortinas estaban corridas. Distinguió en la penumbra una delgada nuca por encima del respaldo del sillón; Pedro le volvía la espalda: comía.

—Buen día, Pedro —dijo el señor Darbedat levantando la voz—. Y bien, ¿cómo vamos hoy?

El señor Darbedat se aproximó; el enfermo estaba sentado ante una mesita; tenía un aire socarrón.

—Comemos huevos pasados por agua —dijo el señor Darbedat levantando aún más el tono—. ¡Eso es bueno, eh!

—No soy sordo —dijo Pedro con voz suave.

Irritado, el señor Darbedat volvió los ojos hacia Eva para tomarla por testigo. Pero Eva le devolvió una mirada dura y se calló. El señor Darbedat comprendió que la había herido. “Bueno, peor para ella.” Era imposible encontrar el tono justo con este desventurado muchacho; tenía menos razón que un niño de cuatro años y Eva quería que se le tratara como a un hombre. El señor Darbedat no podía dejar de esperar con impaciencia el momento en que todos estos cuidados ridículos estuvieran fuera de lugar. Los enfermos, le molestaban siempre algo —y muy particularmente los locos porque eran irracionales. El pobre Pedro, por ejemplo, era irracional en toda la línea, no podía decir palabra sin desvariar y no obstante hubiera sido inútil pedirle la menor humildad; ni aun un pasajero reconocimiento de sus errores.

Eva levantó las cáscaras de huevo y la huevera. Puso ante Pedro un cubierto con tenedor y cuchillo.

—¿Qué va a comer ahora? —dijo jovialmente Darbedat.

—Un bife.

Pedro había tomado el tenedor y lo sostenía con la punta de sus largos dedos pálidos. Lo inspeccionó detenidamente, luego rio ligeramente.

—No será para esta vez —murmuró dejándolo—. Estaba prevenido.

Eva se aproximó y miró el tenedor con apasionado interés.

—Ágata —dijo Pedro— dame otro.

Obedeció Eva y Pedro se puso a comer. Ella había tomado el tenedor sospechoso y lo mantenía apretado entre sus manos sin sacarle los ojos de encima: parecía hacer un violento esfuerzo. “Qué trastornados son todos sus gestos y todas sus relaciones”, pensó el señor Darbedat.

Estaba incómodo.

—Atención —dijo Pedro— tómalo por la mitad del lomo, a causa de las pinzas.

Eva suspiró y dejó el tenedor sobre los restos de la comida. El señor Darbedat sintió que se irritaba. No creía que fuera bueno ceder a todas las fantasías de ese desdichado —aun desde el punto de vista de Pedro, era pernicioso. Franchot le había dicho claramente: “Nunca se debe entrar en el delirio de un enfermo”. En lugar de darle otro tenedor, hubiera sido mejor razonar dulcemente y hacerle comprender que era igual a los otros. Se adelantó hacia las sobras, tomó ostensiblemente el tenedor y le recorrió los dientes con dedo ligero. Luego se volvió hacia Pedro. Pero éste cortaba la carne con aire apacible; levantó hacia su suegro una mirada dulce e inexpresiva.

—Querría charlar un rato contigo —dijo el señor Darbedat a Eva.

Eva le siguió dócilmente al salón. Al sentarse en el canapé, el señor Darbedat notó que había conservado el tenedor en la mano. Lo arrojó con fastidio sobre una consola.

—Se está mejor aquí —dijo.

—Yo no vengo nunca.

—¿Puedo fumar?

—Claro que sí, papá —dijo Eva apresuradamente—. ¿Quieres un cigarro?

El señor Darbedat prefirió hacer un cigarrillo. Pensaba sin temor en la discusión que iba a entablar. Cuando hablaba con Pedro se sentía embarazado por su razón como pudiera estarlo un gigante por su fuerza al jugar con un niño. Todas sus condiciones de claridad, nitidez, precisión se volvían contra él. “Es necesario confesar que con mi pobre Juana es un poco la misma cosa.” Ciertamente la señora Darbedat no estaba loca, pero la enfermedad la había… amodorrado. Por el contrario Eva se parecía a su padre, era una naturaleza recta y lógica; la discusión con ella se volvía un placer. “Por eso no quiero que me la estropeen.” El señor Darbedat levantó los ojos; quería volver a ver los rasgos inteligentes y finos de su hija. Se sintió defraudado: en ese rostro antes tan razonable y transparente había ahora algo de turbio, de opaco. Eva seguía siendo bellísima. El señor Darbedat notó que se había pintado con mucho cuidado, casi con ostentación. Había azulado sus párpados y pasado rimmel por sus largas pestañas. Este maquillaje perfecto y violento produjo una penosa impresión en su padre.

—Estás verde bajo tu pintura —le dijo— tengo miedo de que te enfermes. ¡Y cómo te pintas ahora! ¡Tú, que eras tan discreta!’

Eva no contestó y Darbedat consideró un instante con molestia ese rostro brillante y gastado bajo la pesada masa de los cabellos negros. Pensó que presentaba el aspecto de una trágica. “Hasta sé a quien se parece. A esa mujer, esa rumana que representó Fedra en francés en el teatro de Orange.” Lamentó haber hecho esa observación desagradable: “¡Se me escapó! Más vale no indisponernos por pequeñeces”.

—Discúlpame —dijo sonriendo— sabes que soy un viejo sencillo. No me gustan todas esas pomadas que las mujeres de hoy se ponen en la cara. Pero soy yo el equivocado, es necesario vivir con la época.

Eva le sonrió amablemente. El señor Darbedat encendió su cigarrillo y aspiró algunas bocanadas.

—Mi chiquita —comenzó— quería justamente decirte; vamos a charlar los dos como antes. Vamos, siéntate y escúchame con amabilidad; hay que tener confianza en el viejo papá.

—Prefiero estar de pie —dijo Eva—. ¿Qué quieres decirme?

—Voy a hacerte una pregunta —dijo el señor Darbedat algo más secamente—. ¿A qué te llevará todo esto?

—¿Todo esto? —repitió Eva asombrada.

—Bueno, sí, todo, toda esta vida que tú te has hecho. Escucha —prosiguió— no creas que no te comprendo (había tenido una súbita idea). Pero lo que quieres hacer está por encima de las fuerzas humanas. Quieres vivir únicamente con la imaginación, ¿no es así? ¿No quieres admitir que está enfermo? ¿No quieres ver al Pedro de hoy? ¿No es así? Sólo tienes ojos para el Pedro de ayer. Mi queridita, mi chiquita, es una apuesta imposible de mantener —continuó el señor Darbedat—. Mira, te voy a contar una historia que quizá todavía no conoces; cuando estuvimos en Sables-d’Olonne, tenías entonces tres años, tu madre hizo relación con una joven encantadora que tenía un niñito soberbio. Jugabas con el niñito en la playa, no tenían tres palmos de alto, tú eras su novia. Un tiempo más tarde, en París, quiso tu madre volver a ver a la joven; le dijeron que había sufrido una espantosa desgracia, su hermoso niño había sido decapitado por un automóvil. Le dijeron a tu madre: “Vaya a verla, pero ante todo no le hable de la muerte de su niño, no quiere creer que está muerto”. Tu madre fue allí, encontró una criatura medio trastornada; vivía como si su pequeño existiera todavía; le hablaba, le ponía cubierto en la mesa. Pues bien, vivió en tal estado de tensión nerviosa que al cabo de seis meses fue necesario llevarla por fuerza a una casa de reposo en donde permaneció tres años. No, mi chiquita —dijo el señor Darbedat sacudiendo la cabeza—, esas cosas son imposibles. Hubiera sido mejor que ella reconociera valientemente la verdad. Hubiera sufrido de una buena vez y después el tiempo hubiera pasado su esponja. Créeme, no hay nada como mirar las cosas de frente.

—Te engañas —dijo Eva con esfuerzo— sé muy bien que Pedro está…

La palabra no le salió. Se mantenía muy derecha con las manos sobre el respaldo de un sillón. Había algo de árido y de feo en la parte inferior de su rostro.

—Pues bien… ¿entonces? —preguntó asombrado el señor Darbedat.

—¿Entonces qué?

—¿Tú?

—Lo amo como es —dijo Eva rápidamente y con aire fastidiado.

—Eso no es verdad —dijo el señor Darbedat con violencia—. Eso no es verdad: no le amas; no puedes amarlo. Esos sentimientos sólo pueden experimentarse por un ser sano y normal, No dudo que tengas compasión por Pedro y guardas también sin duda el recuerdo de los tres años de felicidad que le debes. Pero no me digas que le amas, no te creeré.

Eva permanecía muda y miraba la alfombra con aire ausente.

—Podrías contestarme —dijo el señor Darbedat con frialdad—. No creas que esta conversación me sea menos penosa que a ti.

—Puesto que no me crees.

—Pues bien, si le amas —exclamó exasperado— es una gran desgracia para ti, para mí y para tu pobre madre, porque voy a decirte algo que hubiera preferido ocultarte: antes de tres años Pedro habrá caído en la demencia más completa, será como una bestia.

Miró a su hija con ojos duros; le molestaba que lo hubiera obligado, con su testarudez, a hacerle esta penosa revelación.

Eva no se impresionó, ni siquiera levantó los ojos.

—Lo sabía.

—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó estupefacto.

—Franchot. Hace seis meses que lo sé.

— ¡Y yo que le había recomendado ocultártelo! —dijo el señor Darbedat con amargura—. En fin, quizá sea mejor así. Pero en estas condiciones debes comprender que sería imperdonable conservar a Pedro contigo. La lucha que has emprendido está destinada al fracaso, su enfermedad no perdona. Si hubiera algo que hacer, si se lo pudiera salvar a fuerza de cuidados, no diría nada. Pero mira un poco; eras linda, inteligente y alegre, te destruyes por gusto y sin provecho. Pues bien, ya sabemos que has estado admirable, pero basta, se terminó. Has cumplido con tu deber, más que con tu deber; insistir todavía sería inmoral. También se tienen deberes hacia sí mismo, hija. Y luego, no piensas en nosotros. Es necesario —agregó martillando las palabras— que mandes a Pedro a la clínica de Franchot. Abandonarás este departamento donde no has tenido más que desgracias y volverás con nosotros. Si tienes deseos de ser útil y de aliviar los dolores ajenos, pues bien, tienes a tu madre. La pobre mujer está cuidada por enfermeras, necesita alguna compañía. Y ella —agregó— podrá apreciar lo que hagas, y quedarte reconocida.

Hubo un largo silencio. El señor Darbedat escuchó cantar a Pedro en el aposento vecino. Era apenas una sombra de canto; mejor aún una especie de declamación aguda y precipitada. El señor Darbedat levantó los ojos hacia su hija.

—Entonces ¿no?

—Pedro se quedará conmigo —dijo dulcemente— me entiendo bien con él.

—A condición de desvariar todo el día.

Eva sonrió y lanzó a su padre una mirada burlona y casi alegre. “Es verdad, pensó el señor Darbedat furioso, no hacen sólo eso; se acuestan juntos.”

—Estás completamente loca —dijo levantándose.

Eva sonrió tristemente y murmuró como para sí misma:

—No lo bastante.

—¿No lo bastante? Sólo te puedo decir una cosa, hija, me das miedo.

La besó apresuradamente y salió. “Sería necesario, pensó bajando la escalera, enviarle dos sólidos muchachones que se llevaran por la fuerza a ese pobre despojo y que lo colocaran bajo la ducha sin preguntarle su opinión.”

Era un bello día de otoño, tranquilo y sin misterio; el sol doraba el rostro de los transeúntes. El señor Darbedat quedó asombrado por la simplicidad de esos rostros. Los había curtidos, otros eran claros, pero todos reflejaban felicidades y cuidados que le eran familiares.

“Sé muy exactamente lo que reprocho a Eva, se dijo, tomando por el boulevard Saint-Germain. Le reprocho que viva fuera de lo humano. Pedro no es ya un ser humano. Todos los cuidados, todo el amor que le da, se los quita en cierto modo a toda esta gente. No hay derecho de negarse a los hombres; aunque el diablo mismo se opusiera, vivimos en sociedad.”

Enfrentaba a los transeúntes con simpatía, le agradaban sus miradas graves y límpidas. En estas calles soleadas, entre los hombres, se sentía seguro como en medio de una gran familia.

Una mujer en cabeza se había detenido ante una exposición al aire libre. Llevaba una niñita de la mano.

—¿Qué es eso? —-preguntó la niñita señalando un aparato de T. S. F.

—No toques nada —dijo su madre— es un aparato; toca música.

Se quedaron un momento sin hablar, en éxtasis. El señor Darbedat, enternecido, se inclinó hacia la niñita y le sonrió.

II

“Se ha ido.” La puerta de entrada se había cerrado con un golpe seco. Eva estaba sola en el salón: “Ojalá se muera”.

Crispó las manos sobre el respaldo del sillón; acababa de recordar los ojos de su padre. El señor Darbedat se había inclinado sobre Pedro con aire competente; le había dicho: “¿Es bueno eso?”, como alguien que sabe hablar a los enfermos; lo había mirado y el rostro de Pedro se había pintado en el fondo de sus ojos gruesos y vivos. “Lo odio cuando lo mira, cuando pienso que lo ve.”

Las manos de Eva se deslizaron a lo largo del sillón y se volvió hacia la ventana. Estaba deslumbrada. La pieza estaba llena de sol; lo había en todas partes, sobre la alfombra en redondeles pálidos, en el aire como polvo encandilador. Eva había perdido la costumbre de esta luz indiscreta y fuerte que escudriñaba por todas partes, recorría los rincones, frotaba los muebles y los hacía relucir como una buena ama de casa. No obstante, avanzó hasta la ventana y levantó la cortina de muselina que colgaba contra el vidrio. En el mismo momento el señor Darbedat salía de la casa; Eva vio de pronto sus amplias espaldas. Él levantó la cabeza y miró el cielo parpadeando, luego se alejó a zancadas, como un hombre joven. “Se esfuerza, pensó Eva, pronto tendrá su puntada al costado.” Casi no lo odiaba ya, había tan poca cosa en esa cabeza; apenas la pequeñísima preocupación de parecer joven. Se volvió a encolerizar, no obstante, cuando lo vio dar vuelta la esquina del bulevar Saint-Germain y desaparecer. “Piensa en Pedro.” Algo de su vida se escapaba del cerrado aposento y caminaba por las calles, al sol, entre la gente. “¿Es que no podrán olvidarnos nunca?”

La calle de Bac estaba casi siempre desierta. Una vieja señora atravesó la calzada a pasos menudos, tres jovencitas pasaron riendo. Luego algunos hombres, hombres fuertes y graves que llevaban portafolios y hablaban entre sí. “Gente normal”, pensó Eva asombrada de encontrar en sí misma tal fuerza de odio. Una mujer hermosa y gruesa corrió pesadamente al encuentro de un señor elegante. Lo abrazó y lo besó en la boca. Eva lanzó una risa seca y dejó caer la cortina.

Pedro no cantaba ya, pero la joven del tercero se había sentado al piano; ejecutaba un estudio de Chopin. Eva se sintió más calmada, dio un paso hacia el aposento de Pedro pero se detuvo en seguida y se apoyó contra la pared con algo de angustia. Como siempre que dejaba el aposento, la llenaba de pánico la idea de que era necesario volver a entrar en él. Sabía no obstante que no hubiera podido vivir en otra parte; amaba ese aposento. Recorrió con la mirada, con curiosidad fría como para ganar un poco de tiempo, esa pieza sin sombra y sin olor en la que esperaba que renaciera su valor. “Se diría la sala de espera de un dentista.” Los sillones de seda rosa, el diván, los taburetes, eran sobrios y discretos, un poco paternales, buenos amigos del hombre. Eva imaginó que señores graves, vestidos con ropa clara, iguales a los que había visto por la ventana, entraban en el salón prosiguiendo la conversación comenzada. No se tomaban ni siquiera tiempo para reconocer el lugar; avanzaban con paso firmé hasta el medio de la pieza; uno de ellos, que dejaba colgar la mano detrás como si fuera una estela, frotaba al pasar algunos almohadones y objetos de sobre las mesas, y no se sobresaltaba por estos contactos. Y cuando encontraban un mueble en su camino, estos hombres reposados, lejos de hacer una curva para evitarlo lo cambiaban tranquilamente de lugar. Se sentaban por fin, siempre sumergidos en su conversación, sin arrojar ni una mirada a su espalda. “Un salón para gente normal”, pensó Eva. Miraba el picaporte de la puerta cerrada y la angustia le apretaba la garganta: “Es necesario que vaya. Nunca lo dejo solo tanto tiempo”. Había que abrir esa puerta; luego Eva permanecería en el umbral tratando de habituar sus ojos a la penumbra, y el aposento la rechazaría con todas sus fuerzas. Era necesario que Eva triunfara de esa resistencia y que se hundiera hasta el corazón de la pieza. Tuvo de pronto un violento deseo de ver a Pedro; le hubiera agradado burlarse con él del señor Darbedat. Pero Pedro no la necesitaba, Eva no podía prever la acogida que le reservaba. Pensó de pronto con una especie de orgullo que no había para ella lugar en ninguna parte. “Los normales creen que todavía soy de los suyos. Pero no podría permanecer ni una hora entre ellos. Tengo necesidad de vivir allá, del otro lado de esta pared. Pero allá tampoco me necesitan.”

Un cambio profundo se efectuó a su alrededor. La luz envejecía, encanecía, se ponía pesada como el agua de un florero que no se ha renovado desde la víspera. Sobre los objetos, entre esta luz envejecida, Eva volvía a encontrar una melancolía hacía mucho tiempo olvidada: la de un mediodía de fines de otoño. Miraba a su alrededor, dudando, casi tímida; todo estaba tan lejos; en el aposento no existía ni día ni noche, ni estaciones, ni melancolía. Recordó vagamente otoños anteriores, otoños de su infancia, luego, de pronto se resistió; tenía miedo a los recuerdos.

Escuchó la voz de Pedro:

—¿Dónde estás, Ágata?

—Voy —gritó.

Abrió la puerta y penetró en el aposento.

El espeso olor del incienso le llenó la nariz y la boca mientras entornaba los ojos y tendía las manos hacia adelante —el perfume y la penumbra no formaban para ella desde hacía tiempo más que un solo elemento acre y algodonoso, tan simple, tan familiar como el aire, el agua o el fuego—, y avanzó prudentemente hacia una mancha pálida que parecía flotar en la bruma. Era el rostro de Pedro; el traje de Pedro (desde que estaba enfermo vestía de negro) se fundía en la oscuridad. Pedro había echado su cabeza hacia atrás y cerrado los ojos. Era bello. Eva miró sus largas cejas curvas, luego se sentó a su lado en la silla baja. “Parece sufrir”, pensó. Sus ojos se habituaban poco a poco a la penumbra. El escritorio surgió primero, después la cama, luego los objetos personales de Pedro, las tijeras, el pote de engrudo, los libros, el herbario que cubría la alfombra cerca del sillón.

—¿Ágata?

Pedro había abierto los ojos y la miraba sonriendo.

—¿Sabes, el tenedor? —dijo— lo hice para asustar al tipo. No tenía casi nada.

Las aprensiones de Eva se desvanecieron y largó una ligera risa:

—Lo lograste muy bien —dijo— lo enloqueciste completamente.

Pedro sonrió:

—¿Viste? Lo manipuló un buen rato, lo tenía con toda la mano. Lo que hay —dijo— es que no saben tomar las cosas; las empuñan.

—Es verdad —dijo Eva.

Pedro golpeó ligeramente en la palma de su mano izquierda con el índice de la mano derecha.

—Es con esto que agarran. Aproximan sus dedos y cuando han tomado el objeto, colocan la palma por encima para moldearlo.

Hablaba con voz rápida y con la punta de los labios; parecía perplejo.

—Me pregunto qué quieren —dijo por último—. Ese tipo ya ha venido antes. ¿Por qué me lo mandan? Si quieren saber lo que hago, no tienen más que leer en la pantalla; ni siquiera precisan moverse de sus casas. Cometen algunos errores. Tienen el poder, pero cometen errores. Yo no lo hago nunca; ése es mi triunfo. Hoffka —dijo— hoffka. —Agitaba sus largas manos junto a su frente—: ¡Picarona! Hoffka paffka suffka. ¿Quieres más todavía?

—¿Es la campana? —preguntó Eva.

—Sí, ya se fue. —Y prosiguió con severidad—: Ese tipo es un subalterno. Tú le conoces, fuiste con él al salón.

Eva no contestó.

—¿Qué es lo que quería? —preguntó Pedro—. Ha debido decírtelo.

Ella dudó un momento, luego respondió brutalmente:

—Quería que te encerraran.

Cuando se decía dulcemente la verdad a Pedro, desconfiaba, era necesario descargársela con violencia para aturdir y paralizar las sospechas. Eva prefería tratarlo con brutalidad a mentirle; cuando mentía y él parecía creerle no podía dejar de sentir una ligera impresión de superioridad que la horrorizaba de sí misma.

—Encerrarme —repitió Pedro con ironía—. Se descarrilan. ¿Qué es lo que pueden hacerme algunas paredes? Creen quizá que eso va a detenerme. A veces me pregunto si no hay dos bandas. La verdadera, la del negro. Y luego otra banda de chismosos que tratan de meter la nariz aquí adentro y que hacen tontería sobre tontería.

Hizo saltar la mano sobre el brazo del sillón y la consideró con aire divertido.

—Las paredes se atraviesan. ¿Qué le contestaste? —preguntó volviéndose hacia Eva con curiosidad.

—Que no te encerrarían.

Él se encogió de hombros.

—No había que decir eso. También cometiste un error, salvo que lo hayas hecho expresamente. Es necesario dejarlos mostrar su juego.

Se calló. Eva bajó tristemente la cabeza: “¡Los empuñan!” Con qué tono despreciativo había dicho eso —y qué justo era. “¿Acaso también yo empuño los objetos? Haré bien en observarme, creo que la mayoría de mis gestos lo irritan.” Se sintió de pronto desesperada, como cuando tenía catorce años y la señora Darbedat, viva y ligera, le decía: “Se diría que no sabes qué hacer de tus manos”. No se atrevía a hacer ningún movimiento, y justo en ese momento tuvo un deseo irresistible de cambiar de posición. Removió suavemente los pies bajo la silla tocando apenas la alfombra. Miraba la lámpara sobre la mesa —la lámpara cuyo zócalo Pedro había pintado de negro— y el juego de ajedrez. Sobre el tablero. Pedro sólo había dejado los peones negros. A veces se levantaba, iba hasta la mesa y tomaba los peones uno por uno entre sus manos. Les hablaba, les llamaba robots y parecían, entre sus dedos, animarse con una vida sorda. Cuando los dejaba, Eva iba a tocarlos (tenía la impresión de estar un poco en ridículo); se habían convertido de nuevo en pequeños objetos de madera muerta pero quedaba en ellos algo de vago y de inasible, algo como un sentido. “Son sus objetos, pensó ella. No hay nada mío en el aposento.” Antes poseía algunos muebles. El espejo y la pequeña mesa de tocador de marquetería que venían de su abuela y que Pedro, por jugar, llamaba: tu tocador. Pedro los había atraído hacia él; sólo a Pedro mostraban las cosas su verdadero rostro. Eva podía mirarlos durante horas; ponían una testarudez incansable y malvada en engañarla, en no ofrecerle nunca sino su apariencia —como al doctor Franchot y al señor Darbedat, “Sin embargo, se dijo con angustia, no los veo enteramente igual que mi padre. No es posible que los vea igual que él.”

Removió un poco las rodillas, sentía hormigueos en las piernas. Su cuerpo estaba rígido y tenso. Le dolía; lo sentía demasiado vivo, indiscreto: “Querría ser invisible y quedarme aquí; verlo sin que me viera. No me necesita, estoy de más en la habitación”. Volvió la cabeza y miró la pared por encima de Pedro. Había amenazas escritas en la pared. Eva lo sabía pero no podía leerlas. A menudo miraba las grandes rosas rojas de la pintura hasta que se ponían a bailar ante sus ojos. Las rosas ardían en la penumbra. La amenaza estaba, casi siempre, escrita cerca del techo, a la izquierda, por encima del lecho; pero algunas veces se desplazaba: “Es necesario que me levante. No puedo más; no puedo quedarme sentada tanto tiempo”. Había también en la pared discos blancos que parecían rodajas de cebolla. Los discos giraron sobre sí mismos y las manos de Eva se pusieron a temblar: “Hay momentos en que me vuelvo loca. Pero no, pensó con amargura, no puedo volverme loca. Simplemente me enervo”.

De pronto sintió sobre la suya la mano de Pedro.

—Ágata —dijo Pedro con ternura.

Le sonreía, pero le tenía la mano con la punta de los dedos con una especie de repulsión, como si tuviera un cangrejo por el dorso y quisiera evitar sus pinzas.

—Ágata —dijo— cuánto quisiera tener confianza en ti.

Eva cerró los ojos y su pecho se levantó: “Es preciso no contestar, si no desconfiará y no dirá nada más”.

—Te quiero bien, Ágata —le dijo—Pero no puedo comprenderte. ¿Por qué te quedas todo el tiempo en la habitación?

Eva no respondió.

—Dime, ¿por qué?

Bien sabes que te amo —dijo con sequedad.

—No te creo —dijo Pedro—. ¿Por qué habías de amarme? Debo darte horror; estoy hechizado.

Sonrió, pero se puso grave de golpe:

—Hay un muro entre tú y yo. Te veo, te hablo, pero estás del otro lado. ¿Qué es lo que nos impide amarnos? Me parece que era más fácil antes. En Hamburgo.

—Sí -—dijo Eva tristemente. Siempre Hamburgo, nunca hablaba de su verdadero pasado. Ni Eva, ni él habían estado en Hamburgo.

—Nos paseábamos a lo largo de los canales. Había una chalana, ¿te acuerdas? La chalana era negra; había un perro sobre el puente.

Inventaba a medida que hablaba, tenía aspecto falso.

—Te tenía de la mano. Tenías otra piel. Yo creía todo lo que me decías. Cállense —gritó.

Escuchó un momento:

—Van a venir —dijo con voz sorda.

Eva se sobresaltó:

—¿Van a venir? Creía que ya no volverían más.

Desde hacía tres días Pedro estaba más tranquilo; las estatuas no habían vuelto. Pedro tenía un miedo horrible a las estatuas, aunque nunca convino en ello. Eva no les temía, pero cuando se ponían a volar por el aposento, zumbando, tenía miedo de Pedro,

—Dame el ziuthre —dijo Pedro.

Eva se levantó y tomó el ziuthre; era un conjunto de pedazos de cartón que Pedro había pegado personalmente; él lo utilizaba para conjurar las estatuas. El ziuthre parecía una araña. En uno de los cartones Pedro había escrito: “Poder sobre la emboscada” y en otro: “Negro”. En un tercero había dibujado una cabeza risueña con los ojos plegados: era Voltaire.

Pedro asió el ziuthre por una pata y lo consideró con aspecto sombrío.

—No me puede servir ya —dijo.

—¿Por qué?

—Lo han dado vuelta.

—¿Te harás otro?

La miró largamente:

—Eso querrías tú —dijo entre dientes.

Eva estaba irritada contra Pedro. “Cada vez que vienen, está prevenido, ¿cómo hace? no se engaña nunca.”

El ziuthre colgaba lastimosamente de la punta de los dedos de Pedro: “Encuentra siempre buenas razones para servirse de él. El domingo, cuando vinieron, pretendía haberlo perdido, pero yo lo veía detrás del pote de la cola y él no podía dejar de verlo. Me pregunto si no es él quien las atrae.” Nunca se podía saber si era del todo sincero. En algunos momentos Eva tenía la impresión de que Pedro era invadido a su pesar por una multitud malsana de pensamientos y de visiones. Pero en otros momentos, Pedro parecía inventar. “Sufre. ¿Pero hasta qué punto cree en las estatuas y en el negro? En todo caso sé que a las estatuas no las ve, sólo las escucha; cuando pasan vuelve la cabeza; e igual dice que las ve y las describe.” Se acordó del rostro encendido del doctor Franchot: “Pero querida señora, todos los alienados son mentirosos, usted perderá su tiempo si pretende distinguir lo que sienten realmente de lo que dicen sentir”. Se sobresaltó: “¿Qué viene a hacer Franchot aquí? No voy a ponerme a pensar como él”.

Pedro se levantó, fue a arrojar el ziuthre en el canasto de papeles. “Quisiera pensar como tú”, murmuró ella. Él caminaba a pasitos, sobre la punta de los pies, apretando los codos contra las caderas, para ocupar el menor lugar posible. Volvió a sentarse y miró a Eva con aspecto reservado.

—Es necesario poner cortinas negras —dijo—, no hay bastante negro en este aposento.

Se había hundido en el sillón. Eva miró tristemente ese cuerpo avaro, siempre presto a retirarse, a encogerse; los brazos, las piernas, la cabeza parecían órganos retráctiles. Sonaron las campanadas de las seis; el piano había callado. Eva suspiró; las estatuas no volverían de inmediato; era necesario esperarlas.

—-¿Quieres que encienda?

Eva prefería no esperarlas en la oscuridad.

—Haz lo que quieras —dijo Pedro.

Eva encendió la lámpara del escritorio y una niebla rojiza invadió la pieza. Pedro también esperaba.

No hablaba pero removía los labios que formaban dos manchas sombrías entre la niebla rojiza. Eva amaba los labios de Pedro. Antes habían sido emocionantes y sensuales, pero habían perdido su sensualidad, se alejaban uno de otro estremeciéndose un poco y se volvían a juntar sin cesar; se apretaban entre sí para separarse de nuevo. Sólo ellos vivían en ese rostro cerrado; parecían dos bestias medrosas. Pedro podía mascullar así durante horas sin que saliera ni un sonido de su boca, y a menudo Eva se dejaba fascinar por ese pequeño movimiento obstinado: “Amo su boca”. Él no la besaba nunca; experimentaba horror de los contactos; por la noche lo tocaban manos de hombre, duras y secas, le pellizcaban todo el cuerpo; manos de mujer, de largas uñas, le hacían sucias caricias. A menudo se acostaba vestido pero las manos se deslizaban bajo sus ropas y andaban sobre su camisa. Una vez escuchó reír y unos labios hinchados se posaron sobre sus labios. Desde esa noche, él no besaba más a Eva.

—Ágata —dijo Pedro— no mires mi boca.

Eva bajó los ojos.

—No ignoro que se puede aprender a leer sobre los labios —continuó con insolencia.

Su mano temblaba sobre el brazo del sillón; el índice extendido fue a golpear tres veces sobre el pulgar y los otros dedos se crisparon: era un conjuro. “Ya va a comenzar”, pensó ella. Tenía deseos de tomar a Pedro entre sus brazos.

Pedro se puso a hablar muy alto en tono mundano:

—¿Te acuerdas de San Pauli?

No hubo respuesta. Quizá era una trampa.

—Es allí donde te conocí —dijo con aire satisfecho—. Te quité a un marino danés. Habíamos decidido batirnos, pero pagué la vuelta y me dejó llevarte. Todo no era más que una comedia.

“Miente, no cree ni una palabra de lo que dice. Sabe que no me llamo Ágata. Le odio cuando miente.” Pero vio sus ojos fijos y desapareció su cólera. “No miente, pensó. Está al cabo de sus fuerzas. Siente que se aproximan, habla para evitar el escucharlas.” Pedro tenía asidas fuertemente sus dos manos al brazo del sillón. Su rostro estaba pálido; sonreía.

—Estos encuentros son a menudo extraños —dijo—, pero no creo en el azar. No te pregunto quién te había enviado, sé que no contestarías. En todo caso has sido bastante hábil para salpicarme.

Hablaba penosamente, con voz aguda y apresurada. Había palabras que no podía pronunciar y que salían de su boca como una sustancia blanda e informe.

—Me llevaste en plena fiesta entre maniobras de automóviles negros. Pero detrás de los autos había un ejército de ojos rojos que relucían en cuanto volvía la espalda. Pienso que les hacías señas, tomada de mi brazo, pero yo no veía nada. Estaba demasiado absorto en las grandes ceremonias de la coronación.

Miraba fijo ante él, con los grandes ojos abiertos. Se pasó la mano por la frente, muy rápido, con un gesto breve, sin dejar de hablar; no quería dejar de hablar.

—Era la coronación de la República —dijo con voz estridente— un espectáculo impresionante en su género a causa de los animales de toda especie que enviaban las colonias para la ceremonia. Tú temías perderte entre los monos. He dicho entre los monos —repitió con aire arrogante, mirando a su alrededor—. ¡Podría decir entre los negros! Los engendros que se deslizan bajo las mesas y creen pasar desapercibidos, son descubiertos y clavados de inmediato por mi mirada. La consigna es callarse —gritó—, callarse. Todos en su lugar y en guardia para la. entrada de las estatuas: es la orden. Tralalá —aullaba y ponía sus manos como corneta delante de la boca—. Tralalá, tralalá.

Se calló y Eva supo que las estatuas acababan de entrar en la cámara. Él se mantenía rígido, pálido y despreciativo. Eva se puso también rígida y los dos esperaron en silencio. Alguien caminaba por el corredor; era María, la sirvienta; sin duda acababa de llegar. Eva pensó: “Es necesario que le dé el dinero para el gas”. Y luego las estatuas se pusieron a volar; pasaban entre Eva y Pedro.

Pedro hizo “Han” y se hundió en el sillón cruzando las piernas debajo; volvía la cabeza, reía de tiempo en tiempo pero algunas gotas de sudor perlaban su frente. Eva no pudo soportar la visión de esa mejilla pálida, de esa boca deformada por una mueca temblorosa: cerró los ojos. Hilos dorados se pusieron a bailar sobre el fondo rojo de sus párpados; se sentía vieja y pesada. No lejos de ella, Pedro resoplaba ruidosamente: “Vuelan, zumban, se inclinan sobre él…” Sintió un ligero cosquilleo, una molestia en el hombro y en el costado derecho. Instintivamente su cuerpo se inclinó hacia la izquierda como para evitar un contacto desagradable, como para dejar un objeto pesado y torpe. De pronto, las tablas crujieron y sintió un deseo loco de abrir los ojos, de mirar a su derecha barriendo el aire con la mano.

No hizo nada; conservó los ojos cerrados y una acre alegría la hizo estremecer: “Yo también tengo miedo”, pensó. Toda su vida se había refugiado en su costado derecho. Se inclinó, sin abrir los ojos, hacia Pedro. Le bastaría un pequeñísimo esfuerzo y por primera vez entraría en ese mundo trágico. “Tengo miedo de las estatuas” — pensó. Era una afirmación violenta y ciega, un sortilegio; con todas sus fuerzas quería creer en su presencia; ensayaba convertir en un sentido nuevo, en un contacto, la angustia que paralizaba su costado derecho. En el brazo, en el flanco y en el hombro, sentía el paso de las estatuas.

Las estatuas volaban bajo y dulcemente: zumbaban. Eva sabía que tenían aire malicioso y que las pestañas salían de la piedra alrededor de sus ojos: pero se las representaba mal. Sabía también que no eran totalmente vivientes pero que algunas placas de carne, algunas escamas tiernas aparecían sobre sus grandes cuerpos; la piedra se pelaba al borde de sus dedos y le ardían las palmas. Eva no podía ver todo esto; pensaba simplemente que enormes mujeres se deslizaban contra ella solemnes y grotescas con aire humano y con la obstinación compacta de la piedra. “Se inclinan sobre Pedro —Eva hizo un esfuerzo tan violento que sus manos se pusieron a temblar— se inclinan sobre mí”… De pronto la heló un grito horrible. “Lo han tocado”. Abrió los ojos; Pedro tenía la cabeza entre las manos, jadeaba. Eva se sintió agotada: “Un juego, pensó con remordimiento; no era más que un juego, ni un instante he creído sinceramente en ello. Y durante ese tiempo él sufría verdaderamente”.

Pedro se aflojó y respiró con fuerza. Pero sus pupilas quedaron extrañamente dilatadas; transpiraba.

—¿Las has visto? —preguntó.

—No puedo verlas.

—Es mejor para ti. Te darían miedo. Yo ya estoy acostumbrado —dijo.

Las manos de Eva seguían temblando; tenía la sangre en la cabeza. Pedro tomó un cigarrillo del bolsillo y lo llevó a la boca, pero no lo encendió:

—Verlas me es indiferente —dijo— pero no quiero que me toquen; tengo miedo de que me contagien granos.

Reflexionó un instante y prosiguió:

—¿Las oíste, acaso?

(Pedro le había dicho esas mismas palabras, el domingo anterior.)

—Sí —dijo Eva—, es como el motor de un avión.

Pedro sonrió con algo de condescendencia:

—Exageras —dijo, pero se quedó pálido. Miró las manos de Eva—. Tus manos tiemblan. Te has impresionado, mi pobre Ágata. Pero no precisas hacerte mala sangre: no volverán antes de mañana.

Eva no podía hablar; le castañeteaban los dientes y temía que Pedro lo notara. Pedro la miró largamente:

—Eres bárbaramente bella —dijo inclinando la cabeza—. Es lástima. Es verdaderamente una lástima.

Avanzó rápidamente una mano y le rozó la oreja.

—¡Mi bello demonio! Me molestas un poco, eres demasiado bella; eso me distrae. Si no se tratara de la “recapitulación…”.

Se detuvo y miró a Eva con sorpresa:

—No se trataba de esa palabra… ha venido… ha venido —dijo sonriendo con aire vago—. Tenía otra en la punta de la lengua… y ésta… se ha puesto en su lugar. Olvidé lo que te decía.

Reflexionó un instante y sacudió la cabeza:

—Vamos —dijo— me voy a dormir.—Y agregó con voz infantil—. Sabes, Ágata, estoy fatigado. No encuentro mis ideas.

Arrojó el cigarrillo y miró la alfombra con aire inquieto. Eva le deslizó una almohada bajo la cabeza.

—Puedes dormir también —le dijo cerrando los ojos—; ellas no volverán.

“Recapitulación.” Pedro dormía, tenía una semisonrisa cándida; inclinaba la cabeza; hubiérase dicho que quería acariciar su mejilla con su hombro. Eva no tenía sueño, pensaba: “recapitulación”. Pedro había tomado de pronto un aire estúpido y la palabra había corrido fuera de su boca larga y blanquecina. Pedro había mirado hacia adelante con asombro, como si viera la palabra y no la reconociera; su boca estaba abierta, blanda; algo parecía haberse roto en él. “Ha tartamudeado, es la primera vez que le ocurre. Por lo demás no lo ha notado. Dijo que no encontraba más sus ideas.” Pedro lanzó un pequeño gemido voluptuoso y su mano hizo un gesto ligero.

Eva le miró duramente: “Cómo irá a despertarse”. Eso la corroía. En cuanto Pedro se dormía pensaba en eso, no podía evitarlo. Tenía miedo de que se despertara con los ojos turbios y se pusiera a tartamudear. “Qué estúpida soy, pensó, eso no debe comenzar antes de un año. Franchot lo ha dicho.” Pero la angustia no la abandonaba; un año; un invierno; una primavera; un verano; el comienzo de otro otoño. Un día se confundirían esos rasgos, dejaría colgar la mandíbula, abriría a medias los ojos lacrimosos. Eva se inclinó sobre la mano de Pedro y posó en ella los labios: “Te mataré antes”.

Jean Paul Sartre: El muro. Cuento

sartreNos arrojaron en una gran sala blanca y mis ojos parpadearon porque la luz les hacía mal. Luego vi una mesa y cuatro tipos detrás de ella, algunos civiles, que miraban papeles. Habían amontonado a los otros prisioneros en el fondo y nos fue necesario atravesar toda la habitación para reunirnos con ellos. Había muchos a quienes yo conocía y otros que debían de ser extranjeros. Los dos que estaban delante de mí eran rubios con cabezas redondas; se parecían; franceses, pensé. El más bajo se subía todo el tiempo el pantalón: estaba nervioso.

Esto duró cerca de tres horas; yo estaba embrutecido y tenía la cabeza vacía; pero la pieza estaba bien caldeada, lo que me parecía muy agradable, hacía veinticuatro horas que no dejábamos de tiritar. Los guardianes llevaban los prisioneros uno después de otro delante de la mesa. Los cuatro tipos les preguntaban entonces su nombre y su profesión. La mayoría de las veces no iban más jejos — o bien a veces les hacían una pregunta suelta: “¿Tomaste parte en el sabotaje de las municiones?”, o bien: “¿Dónde estabas y qué hacías el 9 por la mañana?” No escuchaban la respuesta o por lo menos parecían no escucharla: se callaban un momento mirando fijamente hacia adelante y luego se ponían a escribir. Preguntaron a Tom si era verdad que servía en la Brigada Internacional: Tom no podía decir lo contrario debido a los papeles que le habían encontrado en su ropa. A Juan no le preguntaron nada, pero, en cuanto dijo su nombre, escribieron largo tiempo.

—Es mi hermano José el que es anarquista —dijo Juan—. Ustedes saben que no está aquí. Yo no soy de ningún partido, no he hecho nunca política.

No contestaron nada. Juan dijo todavía:

—No he hecho nada. No quiero pagar por los otros. Sus labios temblaban. Un guardián le hizo callar y se lo llevó. Era mi turno:

—¿Usted se llama Pablo Ibbieta?

Dije que sí.

El tipo miró sus papeles y me dijo:

—¿Dónde está Ramón Gris?

—No lo sé.

—Usted lo ocultó en su casa desde el 6 al 19.

—No.

Escribieron un momento y los guardianes me hicieron salir. En el corredor Tom y Juan esperaban entre dos guardianes. Nos pusimos en marcha. Tom preguntó a uno de los guardianes:

—¿Y ahora?

—¿Qué? —dijo el guardián.

—¿Esto es un interrogatorio o un juicio?

—Era el juicio, dijo el guardián.

—Bueno. ¿Qué van a hacer con nosotros?

El guardián respondió secamente:

—Se les comunicará la sentencia en la celda.

En realidad lo que nos servía de celda era uno de los sótanos del hospital. Se sentía terriblemente el frío, debido a las corrientes de aire. Toda la noche habíamos tiritado y durante el día no lo habíamos pasado mejor. Los cinco días precedentes había estado en un calabozo del arzobispado, una especie de subterráneo que debía datar de la Edad Media: como había muchos prisioneros y poco lugar se les metía en cualquier parte. No eché de menos mi calabozo: allí no había sufrido frío, pero estaba solo; lo que a la larga es irritante. En el sótano tenía compañía Juan casi no hablaba: tenía miedo y luego era demasiado joven para tener algo que decir. Pero Tom era buen conversador y sabía muy bien el español. En el subterráneo había un banco y cuatro jergones. Cuando nos devolvieron, nos reunimos y esperamos en silencio. Tom dijo al cabo de un momento:

—Estamos reventados.

—Yo también lo pienso —le dije—, pero creo que no harán nada al pequeño.

—No tienen nada que reprocharle —dijo Tom—, es el hermano de un militante, eso es todo.

Yo miraba a Juan: no tenía aire de entender, Tom continuó:

—¿Sabes lo que hacen en Zaragoza? Acuestan a los tipos en el camino y les pasan encima los camiones. Nos lo dijo un marroquí desertor. Dicen que es para economizar municiones.

—Eso no economiza nafta —dije.

Estaba irritado contra Tom: no debió decir eso.

—Hay algunos oficiales que se pasean por el camino —prosiguió—, y que vigilan eso con las manos en los bolsillos, fumando cigarrillos. ¿Crees que terminan con los tipos? Te engañas. Los dejan gritar. A veces durante una hora. El marroquí decía que la primera vez casi vomitó.

—No creo que hagan eso —dije—, a menos que verdaderamente les falten municiones.

La luz entraba por cuatro respiraderos y por una abertura redonda, que habían practicado en el techo, a la izquierda y que daba sobre el cielo. Era por este agujero redondo, generalmente cerrado con una trampa, por donde se descargaba el carbón en el sótano. Justamente debajo del agujero había un gran montón de cisco; destinado a caldear el hospital, pero desde el comienzo de la guerra se evacuaron los enfermos y el carbón quedó allí, inutilizado; le llovía encima en ocasiones, porque se habían olvidado de cerrar la trampa.

Tom se puso a tiritar.

—Maldita sea, tirito —dijo—, vuelta a empezar.

Se levantó y se puso a hacer gimnasia. A cada movimiento la camisa se le abría sobre el pecho blanco y velludo. Se tendió de espaldas, levantó las piernas e hizo tijeras en el aire; yo veía temblar sus gruesas nalgas. Tom era ancho, pero tenía demasiada grasa. Pensé que balas de fusil o puntas de bayonetas iban a hundirse bien pronto en esa masa de carne tierna como en un pedazo de manteca. Esto no me causaba la misma impresión que si hubiera sido flaco.

No tenía exactamente frío, pero no sentía la espalda ni los brazos. De cuando en cuando tenía la impresión de que me faltaba algo y comenzaba a buscar mi chaqueta alrededor, luego me acordaba bruscamente que no me habían dado la chaqueta. Era muy molesto. Habían tomado nuestros trajes para darlos a sus soldados y no nos habían dejado más que nuestras camisas — y esos pantalones de tela que los enfermos hospitalizados llevan en la mitad del verano. Al cabo de un momento Tom se levantó y se sentó cerca de mí, resoplando.

—¿Entraste en calor?

—No, maldita sea. Pero estoy sofocado.

A eso de las ocho de la noche entró un comandante con dos falangistas. Tenía una hoja de papel en la mano. Preguntó al guardián:

—¿Cómo se llaman estos tres?

—Steinbock, Ibbieta y Mirbal, dijo el guardián.

El comandante se puso los anteojos y miró en la lista:

—Steinbock… Steinbock… Aquí está. Usted está condenado a muerte. Será fusilado mañana a la mañana.

Miró de nuevo:

—Los otros dos también —dijo.

—No es posible —dijo Juan—. Yo no.

El comandante le miró con aire asombrado.

—¿Cómo se llama usted?

—Juan Mirbal.

—Pues bueno, su nombre está aquí —dijo el comandante—, usted está condenado.

—Yo no he hecho nada —dijo Juan.

El comandante se encogió de hombros y se volvió hacia Tom y hacia mí.

—¿Ustedes son vascos?

—Ninguno es vasco.

Tomó un aire irritado.

—Me dijeron que había tres vascos. No voy a perder el tiempo corriendo tras ellos. Entonces, naturalmente, ¿ustedes no quieren sacerdote?

No respondimos nada. Dijo:

—En seguida vendrá un médico belga. Tiene autorización para pasar la noche con ustedes.

Hizo el saludo militar y salió.

—Que te dije —exclamó Tom—, estamos listos.

—Sí —dije—, es estúpido por el chico.

Decía esto por ser justo, pero no me gustaba el chico. Tenía un rostro demasiado fino y el miedo y el sufrimiento lo habían desfigurado, habían torcido todos sus rasgos. Tres días antes era un chicuelo de tipo delicado, eso puede agradar; pero ahora tenía el aire de una vieja alcahueta y pensé que nunca más volvería a ser joven, aun cuando lo pusieran en libertad. No hubiera estado mal tener un poco de piedad para ofrecerle, pero la piedad me disgusta; más bien me daba horror. No había dicho nada más pero se había vuelto gris: su rostro y sus manos eran grises. Se volvió a sentar y miró el suelo con ojos muy abiertos. Tom era un alma buena, quiso tomarlo del brazo, pero el pequeño se soltó violentamente haciendo una mueca.

—Déjalo —dije en voz baja—, bien ves que va a ponerse a chillar.

Tom obedeció a disgusto; hubiera querido consolar al chico; eso le hubiera ocupado y no habría estado tentado de pensar en sí mismo. Pero eso me irritaba. Yo no había pensado nunca en la muerte porque no se me había presentado la ocasión, pero ahora la ocasión estaba aquí y no había más remedio que pensar en ella.

Tom se puso a hablar;

—¿Has reventado algunos tipos? —me preguntó.

No contesté. Comenzó a explicarme que él había reventado seis desde el comienzo del mes de agosto; no se daba cuenta de la situación, y vi claramente que no quería darse cuenta. Yo mismo no lo lograba completamente todavía; me preguntaba si se sufriría mucho, pensaba en las balas, imaginaba su ardiente granizo a través de mi cuerpo. Todo esto estaba fuera de la verdadera cuestión; estaba tranquilo, teníamos toda la noche para comprender. Al cabo de un momento Tom dejó de hablar y le miré de reojo; vi que él también se había vuelto gris y que tenía un aire miserable, me dije: “empezamos”. Era casi de noche, una luz suave se filtraba a través de los respiraderos y el montón de carbón formaba una gran mancha bajo el cielo; por el agujero del techo veía ya una estrella, la noche sería pura y helada.

Se abrió la puerta y entraron dos guardianes. Iban seguidos por un hombre rubio que llevaba un uniforme castaño claro. Nos saludó:

—Soy médico —dijo—. Tengo autorización para asistirlos en estas penosas circunstancias.

Tenía una voz agradable y distinguida. Le dije:

—¿Qué viene a hacer aquí?

—Me pongo a disposición de ustedes. Haré todo lo posible para que estas horas les sean menos pesadas.

—¿Por qué ha venido con nosotros? Hay otros tipos, el hospital está lleno.

—Me han mandado aquí —respondió con aire vago.

—¡Ah! ¿Les agradaría fumar, eh? —agregó precipitadamente—. Tengo cigarrillos y hasta cigarros.

Nos ofreció cigarrillos ingleses y algunos puros, pero rehusamos. Yo le miraba en los ojos y pareció molesto. Le dije:

—Usted no viene aquí por compasión. Por lo demás lo conozco, le vi con algunos fascistas en el patio del cuartel, el día en que me arrestaron.

Iba a continuar, pero de pronto me ocurrió algo que me sorprendió: la presencia de ese médico cesó bruscamente de interesarme. Generalmente cuando me encaro con un hombre no lo dejo más. Y sin embargo, me abandonó el deseo de hablar; me encogí de hombros y desvié los ojos. Algo más tarde levanté la cabeza: me observaba con aire de curiosidad. Los guardianes se habían sentado sobre un jergón. Pedro, alto y delgado, volvía los pulgares, el otro agitaba de vez en cuando la cabeza para evitar dormirse.

¿Quiere luz? —dijo de pronto Pedro al médico. El otro hizo que “sí” con la cabeza: pensé que no tenía más inteligencia que un leño, pero que sin duda no era ruin. Al mirar sus grandes ojos azules y fríos, me pareció que pecaba sobre todo por falta de imaginación. Pedro salió y volvió con una lámpara de petróleo que colocó sobre un rincón del banco. Iluminaba mal, pero era mejor que nada: la víspera nos habían dejado a oscuras. Miré durante un buen rato el redondel de luz que la lámpara hacía en el techo. Estaba fascinado. Luego, bruscamente, me desperté, se borró el redondel de luz y me sentí aplastado bajo un puño enorme. No era el pensamiento de la muerte ni el temor: era lo anónimo. Los pómulos me ardían y me dolía el cráneo.

Me sacudí y miré a mis dos compañeros. Tom tenía hundida la cabeza entre las manos; yo veía solamente su nuca gruesa y blanca. El pequeño Juan era por cierto el que estaba peor, tenía la boca abierta y su nariz temblaba. El médico se aproximó a él y le puso la mano sobre el hombro como para reconfortarlo; pero sus ojos permanecían fríos. Luego vi la mano del belga descender solapadamente a lo largo del brazo de Juan hasta la muñeca. Juan se dejaba hacer con indiferencia. El belga le tomó la muñeca con tres dedos, con aire distraído; al mismo tiempo retrocedió algo y se las arregló para darme la espalda. Pero yo me incliné hacia atrás y le vi sacar su reloj y contemplarlo un momento sin dejar la muñeca del chico. Al cabo de un momento dejó caer la mano inerte y fue a apoyarse en el muro, luego, como si se acordara de pronto de algo muy importante que era necesario anotar de inmediato tomó una libreta de su bolsillo y escribió en ella algunas líneas: “El puerco —pensé con cólera—, que no venga a tomarme el pulso, le hundiré el puño en su sucia boca.”

No vino pero sentí que me miraba. Me dijo con voz impersonal:

—¿No le parece que aquí se tirita?

Parecía tener frío; estaba violeta.

—No tengo frío —le contesté

No dejaba de mirarme, con mirada dura. Comprendí bruscamente y me llevé las manos a la cara; estaba empapado en sudor. En ese sótano, en pleno invierno, en plena corriente de aire, sudaba. Me pasé las manos por los cabellos que estaban cubiertos de transpiración; me apercibí al mismo tiempo de que mi camisa estaba húmeda y pegada a mi piel: yo chorreaba sudor desde hacía por lo menos una hora y no había sentido nada. Pero eso no había escapado al cochino del belga; había visto rodar las gotas por mis mejillas y había pensado: es la manifestación de un estado de terror casi patológico; y se había sentido normal y orgulloso de serlo porque tenía frío. Quise levantarme para ir a romperle la cara, pero apenas había esbozado un gesto, cuando mi vergüenza y mi cólera desaparecieron; volví a caer sobre el banco con indiferencia.

Me contenté con frotarme el cuello con mi pañuelo, porque ahora sentía el sudor que me goteaba de los cabellos sobre la nuca y era desagradable. Por lo demás, bien pronto renuncié a frotarme, era inútil: mi pañuelo estaba ya como para retorcerlo y yo seguía sudando. Sudaba también en las nalgas y mi pantalón húmedo se adhería al banco.

De pronto, habló el pequeño Juan.

—¿Usted es médico?

—Sí —dijo el belga.

—¿Es que se sufre… mucho tiempo?

—¡Oh! ¿Cuando…? Nada de eso —dijo el belga con voz paternal—, termina rápidamente.

Tenía aire de tranquilizar a un enfermo de consultorio.

—Pero yo… me habían dicho… que a veces se necesitan dos descargas.

Algunas veces —dijo el belga agachando la cabeza—. Puede ocurrir que la primera descarga no interese ninguno de los órganos vitales.

—¿Entonces es necesario que vuelvan a cargar los fusiles y que apunten de nuevo?

Reflexionó y agregó con voz enronquecida:

—¡Eso lleva tiempo!

Tenía un miedo espantoso de sufrir, no pensaba sino en eso; propio de su edad. Yo no pensaba mucho en eso y no era el miedo de sufrir lo que me hacía transpirar.

Me levanté y caminé hasta el montón de carbón.

Tom se sobresaltó y me lanzó una mirada rencorosa: se irritaba porque mis zapatos crujían. Me pregunté si tendría el rostro tan terroso como él: vi que también sudaba. El cielo estaba soberbio, ninguna luz se deslizaba en ese sombrío rincón y no tenía más que levantar la cabeza para ver la Osa Mayor. Pero ya no era como antes; la víspera, en mi calabozo del arzobispado, podía ver un gran pedazo de cielo y cada hora del día me traía un recuerdo distinto. A la mañana, cuando el cielo era de un azul duro y ligero pensaba en algunas playas del borde del Atlántico; a mediodía veía el sol y me acordaba de un bar de Sevilla donde bebía manzanilla comiendo anchoas y aceitunas; a mediodía quedaba en la sombra y pensaba en la sombra profunda que se extiende en la mitad de las arenas mientras la otra mitad centellea al sol; era verdaderamente penoso ver reflejarse así toda la tierra en el cielo. Pero al presente podía mirar para arriba tanto como quisiera, el cielo no me evocaba nada. Preferí esto. Volví a sentarme cerca de Tom. Pasó largo rato.

Tom se puso a hablar en voz baja. Necesitaba siempre hablar, sin ello no reconocía sus pensamientos. Pienso que se dirigía a mí, pero no me miraba. Sin duda tenía miedo de verme como estaba, gris y sudoroso: éramos semejantes y peores que espejos el uno para el otro. Miraba al belga, el viviente.

—¿Comprendes tú? —decía—. En cuanto a mí, no comprendo.

Me puse también a hablar en voz baja. Miraba al belga.

—¿Cómo? ¿Qué es lo que hay?

—Nos va a ocurrir algo que yo no puedo comprender.

Había alrededor de Tom un olor terrible. Me pareció que era más sensible que antes a los olores. Dije irónicamente:

—Comprenderás dentro de un momento.

—Esto no está claro —dijo con aire obstinado—. Quiero tener, valor, pero es necesario al menos que sepa… Escucha, nos van a llevar al patio. Bueno. Los tipos van a alinearse delante de nosotros. ¿Cuántos serán?

—No sé. Cinco u ocho. No más.

—Vamos. Serán ocho. Les gritarán: ¡Apunten! Y veré los ocho fusiles asestados contra mí. Pienso que querré meterme en el muro. Empujaré el muro con la espalda, con todas mis fuerzas, y el muro resistirá como en las pesadillas. Todo esto puedo imaginármelo. ¡Ah! ¡Si supieras cómo puedo imaginármelo!

—¡Vaya! —le dije—, yo también me lo imagino.

—Eso debe producir un dolor de perros. Sabes que tiran a los ojos y a la boca para desfigurar —agregó malignamente—. Ya siento las heridas, desde hace una hora siento dolores en la cabeza y en el cuello. No verdaderos dolores; es peor: son los dolores que sentiré mañana a la mañana. Pero, ¿después?

Yo comprendía muy bien lo que quería decir, pero no quería demostrarlo. En cuanto a los dolores yo también los llevaba en mi cuerpo como una multitud de pequeñas cuchilladas. No podía hacer nada, pero estando como él, no le daba importancia.

—Después —dije rudamente—, te tragarás la lengua.

Se puso a hablar consigo mismo: no sacaba los ojos del belga. Éste no parecía escuchar. Yo sabía lo que había venido a hacer; lo que pensábamos no le interesaba; había venido a mirar nuestros cuerpos, cuerpos que agonizaban en plena salud.

—Es como en las pesadillas —decía Tom— Se puede pensar en cualquier cosa, se tiene todo el tiempo la impresión de que es así, de que se va a comprender y luego se desliza, se escapa y vuelve a caer. Me digo: después no hay nada más. Pero no comprendo lo que quiero decir. Hay momentos en que casi llego… y luego vuelvo a caer, recomienzo a pensar en los dolores, en las balas, en las detonaciones. Soy materialista, te lo juro, no estoy loco, pero hay algo que no marcha. Veo mi cadáver: eso no es difícil, pero no soy yo quien lo ve con mis ojos. Es necesario que llegue a pensar… que no veré nada más, que no escucharé nada más y que el mundo continuará para los otros. No estamos hechos para pensar en eso, Pablo. Puedes creerme: me ha ocurrido ya velar toda una noche esperando algo. Pero esto, esto no se parece a nada; esto nos cogerá por la espalda, Pablo, y no habremos podido prepararnos para ello.

—Valor —dije—. ¿Quieres que llame un confesor?

No respondió. Ya había notado que tenía tendencia a hacer el profeta, y a llamarme Pablo hablando con una voz blanca. Eso no me gustaba mucho; pero parece que todos los irlandeses son así. Tuve la vaga impresión de que olía a orina. En el fondo no tenía mucha simpatía por Tom, y no veía por qué, por el hecho de que íbamos a morir juntos, debía sentirla en adelante. Había algunos tipos con los que la cosa hubiera sido diferente. Con Ramón Gris, por ejemplo. Pero entre Tom y Juan me sentía solo. Por lo demás prefería esto, con Ramón tal vez me hubiera enternecido. Pero me sentía terriblemente duro en ese momento, y quería conservarme duro.

Continuó masticando las palabras con una especie de distracción. Hablaba seguramente para impedirse pensar. Olía de lleno a orina como los viejos prostáticos. Naturalmente, era de su parecer; todo lo que decía, yo hubiera podido decirlo: no es natural morir. Y luego desde que iba a morir nada me parecía natural, ni ese montón de carbón, ni el banco, ni la sucia boca de Pedro. Sólo que me disgustaba pensar las mismas cosas que Tom. Y sabía bien que a lo largo de toda la noche, dentro de cinco minutos continuaríamos pensando las mismas cosas al mismo tiempo, sudando y estremeciéndonos al mismo tiempo. Le miraba de reojo, y, por primera vez me pareció desconocido; llevaba la muerte en el rostro. Estaba herido en mi orgullo: durante veinticuatro horas había vivido al lado de Tom, le había escuchado le había hablado y sabía que no teníamos nada en común. Y ahora nos parecíamos como dos hermanos gemelos, simplemente porque íbamos a reventar juntos.

Tom me tomó la mano sin mirarme:

—Pablo, me pregunto… me pregunto si es verdad que uno queda aniquilado.

Desprendí mi mano, y le dije:

—Mira entre tus pies, cochino.

Había un charco entre sus pies y algunas gotas caían de su pantalón.

—¿Qué es eso? —dijo con turbación.

—Te orinas en el calzoncillo.

—No es verdad —dijo furioso—, no me orino. No siento nada.

El belga se aproximó y preguntó con falsa solicitud:

—¿Se siente usted mal?

Tom no respondió. El belga miró el charco sin decir nada.

—No sé que será —dijo Tom con tono huraño—. Pero no tengo miedo. Les juro que no tengo miedo.

El belga no contestó. Tom se levantó y fue a orinar en un rincón Volvió abotonándose la bragueta, se sentó y no dijo una palabra. El belga tomaba algunas notas.

Los tres le miramos porque estaba vivo Tenía los gestos de un vivo, las preocupaciones de un vivo; tiritaba en ese sótano como debían tiritar los vivientes; tenía un cuerpo bien nutrido que le obedecía. Nosotros casi no sentíamos nuestros cuerpos —en todo caso no de la misma manera. Yo tenía ganas de tantear mi pantalón entre las piernas, pero no me atrevía; miraba al belga arqueado sobre sus piernas, dueño de sus músculos— y que podía pensar en el mañana. Nosotros estábamos allí, tres sombras privadas de sangre; lo mirábamos y chupábamos su vida como vampiros.

Terminó por aproximarse al pequeño Juan. ¿Quiso tantearle la nuca por algún motivo profesional o bien obedeció a un impulso caritativo? Si obró por caridad fue la sola y única vez que lo hizo en toda la noche. Acarició el cráneo y el cuello del pequeño Juan. El chico se dejaba hacer, sin sacarle los ojos de encima; luego, de pronto, le tomó la mano y la miró de modo extraño. Mantenía la mano del belga entre las dos suyas, y no tenían nada de agradable esas dos pinzas grises que estrechaban aquella mano gruesa y rojiza. Yo sospechaba lo que iba a ocurrir y Tom debía sospecharlo también; pero el belga no sospechaba nada y sonreía paternalmente. Al cabo de un rato el chico llevó la gruesa pata gorda a su boca y quiso morderla. El belga se desasió vivamente y retrocedió hasta el muro titubeando. Nos miró con horror durante un segundo, de pronto debió comprender que no éramos hombres como él. Me eché a reír, y uno de los guardianes se sobresaltó. El otro se había dormido, sus ojos, muy abiertos, estaban blancos.

Me sentía a la vez cansado y sobrexcitado. No quería pensar más en lo que ocurriría al alba, en la muerte. Aquello no venía bien con nada, sólo encontraba algunas palabras y el vacío. Pero en cuanto trataba de pensar en otra cosa, veía asestados contra mí caños de fusiles. Quizás veinte veces seguidas viví mi ejecución; hasta una vez creí que era real: debí de adormecerme durante un minuto. Me llevaban hasta el muro y yo me debatía, les pedía perdón. Me desperté con sobresalto y miré al belga; temí haber gritado durante mi sueño. Pero se alisaba el bigote, nada había notado. Si hubiera querido creo que hubiera podido dormir un momento: hacía cuarenta y ocho horas que velaba; estaba agotado. Pero no deseaba perder dos horas de vida: vendrían a despertarme al alba, les seguiría atontado de sueño y reventaría sin hacer ni “uf”; no quería eso, no quería morir como una bestia, quería comprender. Temía además sufrir pesadillas. Me levanté, me puse a pasear de arriba abajo y para cambiar de idea me puse a pensar en mi vida pasada. Acudieron a mí, mezclados, una multitud de recuerdos. Había entre ellos buenos y malos —o al menos así los llamaba yo antes—. Había rostros e historias. Volví a ver la cara de un pequeño novillero que se había dejado cornear en Valencia, la de uno de mis tíos, la de Ramón Gris. Recordaba algunas historias: cómo había estado desocupado durante tres meses en 1926, cómo casi había reventado de hambre. Me acordé de una noche que pasé en un banco de Granada: no había comido hacía tres días, estaba rabioso, no quería reventar. Eso me hizo sonreír. Con qué violencia corría tras de la felicidad, tras de las mujeres, tras de la libertad. ¿Para qué? Quise libertar a España, admiraba a Pi y Margall, me adherí al movimiento anarquista, hablé en reuniones públicas: tomaba todo en serio como si fuera inmortal.

Tuve en ese momento la impresión de que tenía toda mi vida ante mí y pensé: “Es una maldita mentira”. Nada valía puesto que terminaba. Me pregunté cómo había podido pascar, divertirme con las muchachas: no hubiera movido ni el dedo meñique si hubiera podido imaginar que moriría así. Mi vida estaba ante mí terminada, cerrada como un saco y, sin embargo, todo lo que había en ella estaba inconcluso. Intenté durante un momento juzgarla. Hubiera querido decirme: es una bella vida. Pero no se podía emitir juicio sobre ella, era un esbozo; había gastado mi tiempo en trazar algunos rasgos para la eternidad, no había comprendido nada. Casi no lo lamentaba: había un montón de cosas que hubiera podido añorar, el gusto de la manzanilla o bien los baños que tomaba en verano en una pequeña caleta cerca de Cádiz; pero la muerte privaba a todo de su encanto.

El belga tuvo de pronto una gran idea.

—Amigos míos —dijo—, puedo encargarme, si la administración militar consiente en ello, de llevar una palabra, un recuerdo a las personas que ustedes quieran.

Tom gruñó:

—No tengo a nadie.

Yo no respondí nada. Tom esperó un momento, luego me preguntó con curiosidad.

—¿No tienes nada que decir a Concha?

—No.

Detestaba esa tierna complicidad: era culpa mía, la noche precedente había hablado de Concha, hubiera debido contenerme. Estaba con ella desde hacía un año. La víspera me hubiera todavía cortado un brazo a hachazos para volver a verla cinco minutos. Por eso hablé de ella, era más fuerte que yo. Ahora no deseaba volver a verla, no tenía nada más que decirle. Ni siquiera hubiera querido abrazarla: mi cuerpo me horrorizaba porque se había vuelto gris y sudaba, y no estaba seguro de no tener también horror del suyo. Cuando sepa mi muerte Concha llorará; durante algunos meses no sentirá ya gusto por la vida. Pero en cualquier forma era yo quien iba a morir. Pensé en sus ojos bellos y tiernos. Cuando me miraba, algo pasaba de ella a mí. Pensé que eso había terminado: si me miraba ahora su mirada permanecería en sus ojos, no llegaría hasta mí. Estaba solo.

Tom también estaba solo, pero no de la misma manera. Se había sentado a horcajadas y se había puesto a mirar el banco con una especie de sonrisa, parecía asombrado. Avanzó la mano y tocó la madera con precaución, como si hubiera temido romper algo, retiró en seguida vivamente la mano y se estremeció. Si hubiera sido Tom no me hubiera divertido en tocar el banco; era todavía comedia irlandesa, pero encontraba también que los objetos tenían un aire raro; eran más borrosos, menos densos que de costumbre. Bastaba que mirara el banco, la lámpara, el montón de carbón, para sentir que iba a morir. Naturalmente no podía pensar con claridad en mi muerte, pero la veía en todas partes, en las cosas, en la manera en que las cosas habían retrocedido y se mantenían a distancia, discretamente, como gente que habla bajo a la cabecera de un moribundo. Era su muerte lo que Tom acababa de tocar sobre el banco.

En el estado en que me hallaba, si hubieran venido a anunciarme que podía volver tranquilamente a mi casa, que se me dejaba salvar la vida, eso me hubiera dejado frío. No tenía más a nadie, en cierto sentido estaba tranquilo. Pero era una calma horrible, a causa de mi cuerpo: mi cuerpo, yo veía con sus ojos, escuchaba con sus oídos, pero no era mío; sudaba y temblaba solo y yo no lo reconocía. Estaba obligado a tocarlo y a mirarlo para saber lo que hacía como si hubiera sido el cuerpo de otro. Por momentos todavía lo sentía, sentía algunos deslizamientos, especies de vuelcos, como cuando un avión entra en picada, o bien sentía latir mi corazón. Pero esto no me tranquilizaba: todo lo que venía de mi cuerpo tenía un aire suciamente sospechoso. La mayoría del tiempo se callaba, se mantenía quieto y no sentía nada más que una especie de pesadez, una presencia inmunda pegada a mí. Tenía la impresión de estar ligado a un gusano enorme. En un momento dado tanteé mi pantalón y sentí que estaba húmedo, no sabía si estaba mojado con sudor o con orina, pero por precaución fui a orinar sobre el montón de carbón.

El belga sacó su reloj y lo miró. Dijo:

—Son las tres y media.

¡Puerco! Debió de hacerlo expresamente Tom saltó en el aire, todavía no nos habíamos dado cuenta de que corría el tiempo; la noche nos rodeaba como una masa informe y sombría, ya no me acordaba cuándo había comenzado.

El pequeño Juan se puso a gritar. Se retorcía las manos, suplicaba:

—¡No quiero morir, no quiero morir!

Corrió por todo el sótano levantando los brazos en el aire, después se abatió sobre uno de los jergones y sollozó. Tom le miraba con ojos pesados y ni aun tenía deseos de consolarlo. En realidad no valía la pena; el chico hacía más ruido que nosotros, pero estaba menos grave: era como un enfermo que se defiende de su mal por medio de la fiebre. Cuando ni siquiera hay fiebre, es más grave.

Lloraba. Vi perfectamente que tenía lástima de sí mismo; no pensaba en la muerte. Un segundo, un solo segundo, tuve también deseos de llorar, de llorar de piedad sobre mí mismo. Pero lo que ocurrió fue lo contrario: arrojé una mirada sobre el pequeño, vi su delgada espalda sollozante y me sentí inhumano: no pude tener piedad ni de los otros ni de mí mismo. Me dije: “Quiero morir valientemente”.

Tom se levantó, se puso justo debajo de la abertura redonda y se puso a esperar el día. Pero, por encima de todo, desde que el médico nos había dicho la hora, yo sentía el tiempo que huía, que corría gota a gota.

Era todavía oscuro cuando escuché la voz de Tom:

—¿Los oyes?

—Sí.

Algunos tipos marchaban por el patio.

—¿Qué vienen a jorobar? Sin embargo no pueden tirar de noche.

Al cabo de un momento no escuchamos nada más. Dije a Tom:

—Ahí está el día.

Pedro se levantó bostezando y fue a apagar la lámpara. Dijo a su compañero:

-—Un frío de perros.

El sótano estaba totalmente gris. Escuchamos detonaciones lejanas.

—Ya empiezan —dije a Tom—, deben hacer eso en el patio de atrás.

Tom pidió al médico que le diera un cigarrillo. Pero yo no quise; no quería cigarrillos ni alcohol. A partir de ese momento no cesaron los disparos.

—¿Te das cuenta? —dijo Tom.

Quería agregar algo pero se calló; miraba la puerta. La puerta se abrió y entró un subteniente con cuatro soldados. Tom dejó caer su cigarrillo.

—¿Steinbock?

Tom no respondió. Fue Pedro quien lo designó.

—¿Juan Mirbal?

—Es ese que está sobre el jergón.

—Levántese —dijo el subteniente.

Juan no se movió. Dos soldados lo tomaron por las axilas y lo pararon. Pero en cuanto lo dejaron volvió a caer.

Los soldados dudaban.

—No es el primero que se siente mal —dijo el subteniente—; no tienen más que llevarlo entre los dos, ya se arreglarán allá.

Se volvió hacia Tom:

—Vamos, venga.

Tom salió entre dos soldados. Otros dos le seguían, llevaban al chico por las axilas y por las corvas. Cuando quise salir el subteniente me detuvo:

—¿Usted es Ibbieta?

—Sí.

—Espere aquí, vendrán a buscarlo en seguida.

Salieron. El belga y los dos carceleros salieron también; quedé solo. No comprendía lo que ocurría, pero hubiera preferido que terminaran en seguida. Escuchaba las salvas a intervalos casi regulares; me estremecía a cada una de ellas. Tenía ganas de aullar y de arrancarme los cabellos. Pero apretaba los dientes y hundía las manos en los bolsillos porque quería permanecer tranquilo.

Al cabo de una hora vinieron a buscarme y me condujeron al primer piso a una pequeña pieza que olía a cigarro y cuyo olor me pareció sofocante. Había allí dos oficiales que fumaban sentados en unos sillones, con algunos papeles sobre las rodillas.

—¿Te llamas Ibbieta?

—Sí.

—¿Dónde está Ramón Gris?

—No lo sé.

El que me interrogaba era bajo y grueso. Tenía ojos duros detrás de los anteojos. Me dijo:

—Aproxímate.

Me aproximé. Se levantó y me tomó por los brazos mirándome con un aire como para hundirme bajo tierra. Al mismo tiempo me apretaba los bíceps con todas sus fuerzas. No lo hacía para hacerme mal, era su gran recurso: quería dominarme. Juzgaba necesario también enviarme su aliento podrido en plena cara. Quedamos un momento así; me daban más bien deseos de reír. Era necesario mucho más para intimidar a un hombre que iba a morir: eso no tenía importancia. Me rechazó violentamente y se sentó. Dijo:

—Es tu vida contra la suya. Se te perdona la vida si nos dices dónde está.

Estos dos tipos adornados con sus látigos y sus botas, eran también hombres que iban a morir. Un poco más tarde que yo, pero no mucho más. Se ocupaban de buscar nombres en sus papeluchos, corrían detrás de otros hombres para aprisionarlos o suprimirlos; tenían opiniones sobre el porvenir de España y sobre otros temas. Sus pequeñas actividades me parecieron chocantes y burlescas; no conseguía ponerme en su lugar, me parecía que estaban locos.

El gordo bajito me miraba siempre azotando sus botas con su látigo. Todos sus gestos estaban calculados para darle el aspecto de una bestia viva y feroz.

—¿Entonces? ¿Comprendido?

—No sé dónde está Gris —contesté—, creía que estaba en Madrid.

El otro oficial levantó con indolencia su mano pálida. Esta indolencia también era calculada. Veía todos sus pequeños manejos y estaba asombrado de que se encontraran hombres que se divirtieran con eso.

—Tienes un cuarto de hora para reflexionar —dijo lentamente—. Llévenlo a la ropería, lo traen dentro de un cuarto de hora. Si persiste en negar se le ejecutará de inmediato.

Sabían lo que hacían: había pasado la noche esperando; después me hicieron esperar todavía una hora en el sótano, mientras fusilaban a Tom y a Juan y ahora me encerraban en la ropería; habían debido preparar el golpe desde la víspera. Se dirían que a la larga se gastan los nervios y esperaban llevarme a eso.

Se engañaban. En la ropería me senté sobre un escabel porque me sentía muy débil y me puse a reflexionar. Pero no en su proposición. Naturalmente que sabía dónde estaba Gris; se ocultaba en casa de unos primos a cuatro kilómetros de la ciudad. Sabía también que no revelaría su escondrijo, salvo si me torturaban (pero no parecían ni soñar en ello). Todo esto estaba perfectamente en regla, definitivo y de ningún modo me interesaba. Sólo hubiera querido comprender las razones de mi conducta. Prefería reventar antes que entregar a Gris. ¿Por qué? No quería ya a Ramón Gris. Mi amistad por él había muerto un poco antes del alba al mismo tiempo que mi amor por Concha, al mismo tiempo que mi deseo de vivir. Sin duda le seguía estimando: era fuerte. Pero ésa no era una razón para que aceptara morir en su lugar; su vida no tenía más valor que la mía; ninguna vida tenía valor. Se iba a colocar a un hombre contra un muro y a tirar sobre él hasta que reventara: que fuera yo o Gris u otro era igual. Sabía bien que era más útil que yo a la causa de España, pero yo me cagaba en España y en la anarquía: nada tenía ya importancia. Y sin embargo yo estaba allí, podía salvar mi pellejo entregando a Gris y me negaba a hacerlo. Encontraba eso bastante cómico: era obstinación. Pensaba: “Hay que ser testarudo”. Y una extraña alegría me invadía.

Vinieron a buscarme y me llevaron ante los dos oficiales. Una rata huyó bajo nuestros pies y eso me divirtió. Me volví hacia uno de los falangistas y le dije:

—¿Vio la rata?

No me respondió. Estaba sombrío, se tomaba en serio. Tenía ganas de reír, pero me contenía temiendo no poder detenerme si comenzaba. El falangista llevaba bigote. Todavía le dije:

—Tendrían que cortarte los bigotes, perro.

Encontré extraño que dejara durante su vida que el pelo le invadiera la cara. Me dio un puntapié, sin gran convicción, y me callé.

—Bueno —dijo el oficial gordo— ¿reflexionaste?

Los miraba con curiosidad como a insectos de una especie muy rara. Les dije:

—Sé donde está. Está escondido en el cementerio. En una cripta o en la cabaña del sepulturero.

Era para hacerles una jugarreta. Quería verles levantarse, apretarse los cinturones y dar órdenes con aire agitado.

Pegaron un salto:

—Vamos allá. Moles, vaya a pedir quince hombres al subteniente López. En cuanto a ti —me dijo el gordo bajito—, si has dicho la verdad, no tengo más que una palabra. Pero lo pagarás muy caro si te has burlado de nosotros.

Partieron con mucho ruido y esperé apaciblemente bajo la guardia de los falangistas. Sonreía de tiempo en tiempo pensando en la cara que iban a poner. Me sentía embrutecido y malicioso. Los imaginaba levantando las piedras de las tumbas, abriendo una a una las puertas de las criptas. Me representaba la situación como si hubiera sido otro, ese prisionero obstinado en hacer el héroe, esos graves falangistas con sus bigotes y sus hombres uniformados que corrían entre las tumbas: era de un efecto cómico irresistible.

Al cabo de una media hora el gordo bajito volvió solo. Pensé que venía a dar la orden de ejecutarme. Los otros debían de haberse quedado en el cementerio:

El oficial me miró. No parecía molesto en absoluto.

—Llévenlo al patio grande con los otros —dijo—. Cuando terminen las operaciones militares un tribunal ordinario decidirá de su suerte.

Creí no haber comprendido. Le pregunté:

—Entonces, ¿no me… no me fusilarán?

—Por ahora no. Después, no me concierne.

Yo seguía sin comprender. Le dije:

—Pero, ¿por qué?

Se encogió de hombros sin contestar y los soldados me llevaron. En el patio grande había un centenar de prisioneros, mujeres, niños y algunos viejos. Me puse a dar vueltas alrededor del césped central, estaba atontado. Al mediodía nos dieron de comer en el refectorio. Dos o tres tipos me interpelaron. Debía de conocerlos pero no les contesté: no sabía ni dónde estaba.

Al anochecer echaron al patio una docena de nuevos prisioneros. Reconocí al panadero García. Me dijo:

—¡Maldito suertudo! No creí volver a verte vivo.

—Me condenaron a muerte —dije—, y luego cambiaron de idea. No sé por qué.

—Me arrestaron hace dos horas, dijo García.

—¿Por qué?

García no se ocupaba de política.

—No sé —dijo—, arrestan a todos los que no piensan como ellos.

Bajó la voz:

—Lo agarraron a Gris.

Yo me eché a temblar:

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Había hecho una idiotez. Dejó a su primo el martes porque tuvieron algunas palabras. No faltaban tipos que lo querían ocultar, pero no quería deber nada a nadie. Dijo: “Me hubiera escondido en casa de Ibbieta pero, puesto que lo han tomado, iré a esconderme en el cementerio”.

—¿En el cementerio?

—Sí. Era idiota. Naturalmente ellos pasaron por allí esta mañana. Tenía que suceder. Lo encontraron en la cabaña del sepulturero. Les tiró y le liquidaron.

—¡En el cementerio!

Todo se puso a dar vueltas y me encontré sentado en el suelo: me reía tan fuertemente que los ojos se me llenaron de lágrimas.

Théophile Gautier: La muerta enamorada. Cuento

la muerte enamoradaMe preguntas, hermano, si he amado; sí. Es una historia singular y terrible, y, a pesar de mis sesenta y seis años, apenas me atrevo a remover las cenizas de este recuerdo. No quiero negarte nada, pero no referiría una historia semejante a otra persona menos experimentada que tú. Se trata de acontecimientos tan extraordinarios que apenas puedo creer que hayan sucedido. Fui, durante más de tres años, el juguete de una ilusión singular y diabólica. Yo, un pobre cura rural, he llevado todas las noches en sueños (quiera Dios que fuera un sueño) una vida de condenado, una vida mundana y de Sardanápalo. Una sola mirada demasiado complaciente a una mujer pudo causar la perdición de mi alma; pero, con la ayuda de Dios y de mi santo patrón, pude desterrar al malvado espíritu que se había apoderado de mí. Mi vida se había complicado con una vida nocturna completamente diferente. Durante el día yo era un sacerdote del Señor, casto, ocupado en la oración y en las cosas santas. Durante la noche, en el momento en que cerraba los ojos, me convertía en un joven caballero, experto en mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor y blasfemo. Y cuando, al llegar el alba, me despertaba, me parecía lo contrario, que me dormía y soñaba que era sacerdote. Me han quedado recuerdos de objetos y palabras de esta vida sonámbula, de los que no puedo defenderme y, a pesar de no haber salido nunca de mi parroquia, se diría al oírme que soy más bien un hombre que lo ha probado todo, y que, desengañado del mundo, ha entrado en religión queriendo terminar en el seno de Dios días tan agitados, que un humilde seminarista que ha envejecido en una ignorada casa de cura, en medio del bosque y sin ninguna relación con las cosas del siglo.

Sí, he amado como no ha amado nadie en el mundo, con un amor insensato y violento, tan violento que me asombra que no haya hecho estallar mi corazón. ¡Oh, qué noches! ¡Qué noches!

Desde mi más tierna infancia había sentido la vocación del sacerdocio; también fueron dirigidos en este sentido todos mis estudios, y mi vida, hasta los veinticuatro años, no fue otra cosa que un largo noviciado. Con los estudios de teología terminados, pasé sucesivamente por todas las órdenes menores, y mis superiores me juzgaron digno, a pesar de mi juventud, de alcanzar el último y terrible grado. El día de mi ordenación fue fijado para la semana de Pascua.

Jamás había andado por el mundo. El mundo era para mí el recinto del colegio y del seminario. Sabía vagamente que existía algo que se llamaba mujer, pero no me paraba a pensarlo: mi inocencia era perfecta. Sólo veía a mi madre, anciana y enferma, dos veces al año, y ésta era toda mi relación con el exterior.

No lamentaba nada, no sentía la más mínima duda ante este compromiso irrevocable; estaba lleno de alegría y de impaciencia. Jamás novia alguna contó las horas con tan febril ardor; no dormía, soñaba que cantaba misa. ¡Ser sacerdote! No había en el mundo nada más hermoso: hubiera rechazado ser rey o poeta. Mi ambición no iba más allá.

Digo esto para mostrar cómo lo que me sucedió no debió sucederme y cómo fui víctima de tan inexplicable fascinación.

Llegado el gran día caminaba hacia la iglesia tan ligero que me parecía estar sostenido en el aire, o tener alas en los hombros. Me creía un ángel, y me extrañaba la fisonomía sombría y preocupada de mis compañeros, pues éramos varios. Había pasado la noche en oración, y mi estado casi rozaba el éxtasis. El obispo, un anciano venerable, me parecía Dios Padre inclinado en su eternidad, y podía ver el cielo a través de las bóvedas del templo.

Conoces los detalles de esta ceremonia: la bendición, la comunión bajo las dos especies, la unción de las palmas de las manos con el aceite de los catecúmenos y, finalmente, el santo sacrificio ofrecido al unísono con el obispo. No me detendré en esto. ¡Oh, qué razón tiene Job, y cuán imprudente es aquel que no llega a un pacto con sus ojos! Levanté casualmente mi cabeza, que hasta entonces había tenido inclinada, y vi ante mí, tan cerca que habría podido tocarla -aunque en realidad estuviera a bastante distancia y al otro lado de la balaustrada-, a una mujer joven de una extraordinaria belleza y vestida con un esplendor real. Fue como si se me cayeran las escamas de las pupilas. Experimenté la sensación de un ciego que recuperara súbitamente la vista. El obispo, radiante, se apagó de repente, los cirios palidecieron en sus candelabros de oro como las estrellas al amanecer, y en toda la iglesia se hizo una completa oscuridad. La encantadora criatura destacaba en ese sombrío fondo como una presencia angelical; parecía estar llena de luz, luz que no recibía, sino que derramaba a su alrededor.

Bajé los párpados, decidido a no levantarlos de nuevo, para apartarme de la influencia de los objetos, pues me distraía cada vez más, y apenas sabía lo que hacía.

Un minuto después volví a abrir los ojos, pues a través de mis párpados la veía relucir con los colores del prisma en una penumbra púrpura, como cuando se ha mirado al sol. ¡Ah, qué hermosa era! Cuando los más grandes pintores, persiguiendo en el cielo la belleza ideal, trajeron a la tierra el divino retrato de la Madonna, ni siquiera vislumbraron esta fabulosa realidad. Ni los versos del poeta ni la paleta del pintor pueden dar idea. Era bastante alta, con un talle y un porte de diosa; sus cabellos, de un rubio claro, se separaban en la frente, y caían sobre sus sienes como dos ríos de oro; parecía una reina con su diadema; su frente, de una blancura azulada y transparente, se abría amplia y serena sobre los arcos de las pestañas negras, singularidad que contrastaba con las pupilas verde mar de una vivacidad y un brillo insostenibles. ¡Qué ojos! Con un destello decidían el destino de un hombre; tenían una vida, una transparencia, un ardor, una humedad brillante que jamás había visto en ojos humanos; lanzaban rayos como flechas dirigidas a mi corazón. No sé si la llama que los iluminaba venía del cielo o del infierno, pero ciertamente venía de uno o de otro. Esta mujer era un ángel o un demonio, quizá las dos cosas, no había nacido del costado de Eva, la madre común. Sus dientes eran perlas de Oriente que brillaban en su roja sonrisa, y a cada gesto de su boca se formaban pequeños hoyuelos en el satén rosa de sus adorables mejillas. Su nariz era de una finura y de un orgullo regios, y revelaba su noble origen. En la piel brillante de sus hombros semidesnudos jugaban piedras de ágata y unas rubias perlas, de color semejante al de su cuello, que caían sobre su pecho. De vez en cuando levantaba la cabeza con un movimiento ondulante de culebra o de pavo real que hacía estremecer el cuello de encaje bordado que la envolvía como una red de plata.

Llevaba un traje de terciopelo nacarado de cuyas amplias mangas de armiño salían unas manos patricias, infinitamente delicadas. Sus dedos, largos y torneados, eran de una transparencia tan ideal que dejaban pasar la luz como los de la aurora.

Tengo estos detalles tan presentes como si fueran de ayer, y aunque estaba profundamente turbado nada escapó a mis ojos; ni siquiera el más pequeño detalle: el lunar en la barbilla, el imperceptible vello en las comisuras de los labios, el terciopelo de su frente, la sombra temblorosa de las pestañas sobre las mejillas, captaba el más ligero matiz con una sorprendente lucidez.

Mientras la miraba sentía abrirse en mí puertas hasta ahora cerradas; tragaluces antes obstruidos dejaban entrever perspectivas desconocidas; la vida me parecía diferente, acababa de nacer a un nuevo orden de ideas. Una escalofriante angustia me atenazaba el corazón; cada minuto transcurrido me parecía un segundo y un siglo. Sin embargo, la ceremonia avanzaba, y yo me encontraba lejos del mundo, cuya entrada cerraban con furia mis nuevos deseos. Dije sí, cuando quería decir no, cuando todo mi ser se revolvía y protestaba contra la violencia que mi lengua hacía a mi alma: una fuerza oculta me arrancaba a mi pesar las palabras de la garganta. Quizá por este motivo tantas jóvenes llegan al altar con el firme propósito de rechazar clamorosamente al esposo que les imponen y ninguna lleva a cabo su plan. Por esta razón, sin duda, tantas novicias toman el velo aunque decididas a destrozarlo en el momento de pronunciar sus votos. Uno no se atreve a provocar tal escándalo ni a decepcionar a tantas personas; todas las voluntades, todas las miradas pesan sobre uno como una losa de plomo; además, todo está tan cuidadosamente preparado, las medidas tomadas con antelación de una forma tan visiblemente irrevocable, que el pensamiento cede ante el peso de los hechos y sucumbe por completo.

La mirada de la hermosa desconocida cambiaba de expresión según transcurría la ceremonia. Tierna y acariciadora al principio, adoptó un aire desdeñoso y disgustado, como de no haber sido comprendida.

Hice un esfuerzo capaz de arrancar montañas para gritar que yo no quería ser sacerdote, sin conseguir nada; mi lengua estaba pegada al paladar y me fue imposible traducir mi voluntad en el más mínimo gesto negativo. Aunque despierto, mi estado era semejante al de una pesadilla en que se quiere gritar una palabra de la que nuestra vida depende sin obtener resultado alguno.

Ella pareció darse cuenta de mi martirio y, como para animarme, me lanzó una mirada llena de divinas promesas. Sus ojos eran un poema en el que cada mirada era un canto.

Me decía:

-Si quieres ser mío te haré más dichoso que el mismo Dios en su paraíso; los ángeles te envidiarán. Rompe ese fúnebre sudario con que vas a cubrirte, yo soy la belleza, la juventud, la vida; ven a mí, seremos el amor. ¿Qué podría ofrecerte Yahvé como compensación? Nuestra vida discurrirá como un sueño y será un beso eterno.

“Derrama el vino de ese cáliz y serás libre, te llevaré a islas desconocidas, dormirás apoyado en mi seno en un lecho de oro macizo bajo un dosel de plata. Te amo y quiero arrebatarte a tu Dios ante quien tantos corazones nobles derraman un amor que nunca llega hasta él.”

Me parecía oír estas palabras con un ritmo y una dulzura infinita; su mirada tenía música, y las frases que me enviaban sus ojos resonaban en el fondo de mi corazón como si una boca invisible las hubiera susurrado en mi alma. Me encontraba dispuesto a renunciar a Dios y, sin embargo, mi corazón realizaba maquinalmente las formalidades de la ceremonia. La hermosa mujer me lanzó una segunda mirada tan suplicante, tan desesperada, que me atravesaron el corazón cuchillas afiladas, y sentí en el pecho más puñales que la Dolorosa.

Todo terminó. Ya era sacerdote.

Jamás fisonomía humana manifestó una angustia tan desgarradora; la joven que ve morir a su novio súbitamente junto a ella, la madre junto a la cuna vacía de su hijo, Eva sentada en el umbral del paraíso, el avaro que encuentra una piedra en el lugar de su tesoro, y el poeta que deja caer al fuego el único manuscrito de su más bella obra, no muestran un aire tan aterrado e inconsolable. La sangre abandonó su rostro encantador, que se volvió blanco como el mármol; sus hermosos brazos cayeron a lo largo de su cuerpo como si sus músculos se hubieran relajado y se apoyó en una columna, pues desfallecían sus piernas. Yo me dirigí vacilante hacia la puerta de la iglesia, lívido, con la frente inundada de sudor más sangrante que el del Calvario. Me ahogaba. Las bóvedas caían sobre mis hombros y me parecía como si sostuviera sólo yo con mi cabeza todo el peso de la cúpula.

Al franquear el umbral una mano se apoderó bruscamente de la mía, ¡una mano de mujer! Jamás había tocado otra. Era fría como la piel de una serpiente y me dejó una huella ardiente como la marca de un hierro al rojo vivo. Era ella.

-¡Infeliz, infeliz! ¿Qué has hecho? -me susurró. Luego desapareció entre la multitud.

El anciano obispo pasó a mi lado; me miró severamente. Mi comportamiento era de lo más extraño, palidecía, enrojecía, me encontraba turbado. Uno de mis compañeros se apiadó de mí y me llevó con él; hubiera sido incapaz de encontrar solo el camino del seminario. A la vuelta de una esquina, mientras el joven sacerdote miraba hacia otro lado, un paje vestido de manera extraña se me acercó y, sin detenerse, me entregó un portafolios rematado en oro, indicándome que lo ocultara; lo deslicé en mi manga y lo tuve guardado hasta que me quedé solo en mi celda. Hice saltar el broche; sólo había dos hojas con estas palabras: “Clarimonda, en el palacio Concini.” Como yo no estaba entonces al corriente de las cosas de la vida, no conocía a Clarimonda, a pesar de su celebridad, e ignoraba por completo dónde se encontraba el palacio Concini. Hice mil conjeturas tan extravagantes unas como otras, pero con tal de volver a verla, me importaba bastante poco que pudiera ser gran dama o cortesana.

Este amor, nacido hacía bien poco, se había enraizado de forma indestructible. De tan imposible como me parecía, ni siquiera pensaba en intentar arrancarlo. Esta mujer se había apoderado de mí por completo, tan sólo una mirada suya había bastado para transformarme; me había insinuado su voluntad; y ya no vivía en mí, sino en ella y para ella. Hacía mil extravagancias, besaba mi mano donde ella me había cogido y repetía su nombre durante horas. Sólo con cerrar los ojos la veía con la misma claridad que si estuviera ante mí y me repetía las mismas palabras que ella me dijo en el pórtico de la iglesia: “Infeliz, infeliz, ¿qué has hecho?”. Comprendía todo el horror de mi situación y el carácter fúnebre y terrible del estado que acababa de profesar se revelaba ante mí. Ser sacerdote, es decir, castidad, no amar, no distinguir ni edad ni sexo, apartarse de la belleza, arrancarse los ojos, arrastrarse en la sombra helada de un claustro o de una iglesia, ver sólo moribundos, velar cadáveres desconocidos y llevar sobre sí el duelo de la negra sotana con el fin de convertir la túnica en un manto para el propio féretro.

Y sentía mi vida como un lago interior que crece y se desborda; la sangre me latía con fuerza en las arterias; mi juventud, tanto tiempo reprimida, estallaba de golpe, como el áloe que tarda cien años en florecer y se abre con la fuerza de un trueno.

¿Cómo hacer para ver de nuevo a Clarimonda? No tenía pretextos para salir del seminario, no conocía a nadie en la ciudad; ni siquiera permanecería allí por más tiempo, pues sólo esperaba a que me designasen la parroquia que debía ocupar. Intenté arrancar los barrotes de la ventana, pero la altura era horrible, y sin escalera era impensable. Además, sólo podría bajar de noche y ¿cómo conducirme en el inextricable laberinto de calles? Estas dificultades -que no serían nada para otros- eran inmensas para mí, pobre seminarista recién enamorado, sin experiencia, sin dinero y sin ropa.

“¡Ah! -me decía a mí mismo en mi ceguera-, si no hubiera sido sacerdote habría podido verla todos los días, habría sido su amante, su esposo; en vez de estar cubierto con mi triste sudario, tendría ropas de seda y terciopelo, cadenas de oro, una espada y plumas como los jóvenes y hermosos caballeros. Mis cabellos, deshonrados por la tonsura, jugarían alrededor de mi cuello, formando ondeantes rizos. Tendría un lustroso bigote y sería un valiente. Pero, una hora ante el altar, unas pocas palabras apenas articuladas, me separaban para siempre de entre los vivos, ¡y yo mismo había sellado la losa de mi tumba, había corrido el cerrojo de mi prisión!”

Me asomé a la ventana. El cielo estaba maravillosamente azul, los árboles se habían vestido de primavera; la naturaleza hacía gala de una irónica alegría. La plaza estaba llena de gente; unos iban, otros venían. Galanes y hermosas jovencitas iban en parejas hacia el jardín y los cenadores. Grupos de amigos pasaban cantando canciones de borrachos. Había un movimiento, una vida, una animación que aumentaba penosamente mi duelo y mi soledad. Una madre joven jugaba con su hijo en el umbral de la casa. Le besaba su boquita rosa perlada de gotas de leche, y le hacía arrumacos con mil divinas puerilidades que sólo las madres saben hacer. El padre, de pie, a una cierta distancia, sonreía dulcemente ante esta encantadora escena, y sus brazos cruzados estrechaban su alegría contra el corazón. No pude soportar este espectáculo; cerré la ventana y me eché en la cama con un odio y una envidia espantosa en el corazón, mordiendo mis dedos y la manta como un tigre con hambre de tres días.

No sé cuántos días permanecí de este modo; pero al volverme en un furioso espasmo vi al padre Serapion, de pie en la habitación, observándome atentamente. Me avergoncé de mí mismo y, hundiendo la cabeza en mi pecho, me cubrí el rostro con las manos.

-Romualdo, amigo mío -me dijo Serapion después de algunos minutos de silencio-, te sucede algo extraño; ¡tu conducta es verdaderamente inexplicable! Tú, tan sosegado y tan dulce, te revuelves ahora como un animal furioso. Ten cuidado, hermano, y no escuches las sugerencias del diablo; el espíritu maligno, irritado por tu eterna consagración al Señor, te acecha como un lobo rapaz, e intenta un último esfuerzo para atraerte a él. En vez de dejarte abatir, mi querido Romualdo, hazte una coraza de oración, un escudo de mortificación y combate valientemente al enemigo: lo vencerás. La virtud necesita de la tentación, y el oro sale más fino del crisol. No te asustes ni te desanimes. Las almas mejor guardadas y las más firmes han tenido estos momentos. Ora, ayuna, medita y se alejará el malvado espíritu.

El discurso del padre Serapion me hizo volver en mí y me tranquilicé.

-Venía a anunciarte que te ha sido asignada la parroquia de C**: El sacerdote que la ocupaba acaba de morir, y el obispo me ha encargado que te instale allí. Prepárate para mañana.

Respondí afirmativamente con la cabeza y el padre se retiró. Abrí el misal y comencé a leer oraciones; pero pronto las líneas se tornaron confusas bajo mis ojos. Las ideas se enmarañaron en mi cerebro, y el libro se deslizó de entre mis manos sin darme cuenta.

¡Partir mañana sin haberla visto!, ¡añadir otro imposible más a todos los que ya había entre nosotros!, ¡perder para siempre la esperanza de encontrarla a menos que sucediera un milagro!, ¿escribirle?, ¿y a través de quién haría llegar mi carta? Con el carácter sagrado de mi estado, ¿a quién podría abrir mi corazón? ¿en quién confiar? Fui presa de una terrible ansiedad. Además, me venía a la memoria lo que el padre Serapion me acababa de decir de los artificios del diablo: lo extraño de la aventura, la belleza sobrenatural de Clarimonda, el destello fosforescente de sus ojos, la ardiente huella de su mano, la turbación en que me había hundido, el cambio repentino que se había operado en mí, mi piedad desvanecida en un instante; todo ello demostraba claramente la presencia del diablo, y la mano satinada no era sino el guante con que cubría sus garras. Estos pensamientos me sumieron en un gran temor, recogí el misal que había caído de mis rodillas al suelo y volví a mis oraciones.

A la mañana siguiente, Serapion vino a recogerme. Dos mulas cargadas con nuestro equipaje esperaban a la puerta. Él montó una, y yo, mejor o peor, la otra. Mientras recorríamos las calles de la ciudad miraba todas las ventanas y balcones por si veía a Clarimonda; pero era demasiado temprano, y la ciudad aún no había abierto los ojos. Mi mirada intentaba atravesar los estores y cortinas de los palacios ante los que pasábamos. Serapion, sin duda, atribuía esta curiosidad a la admiración que me causaba la belleza de la arquitectura, pues aminoraba el paso de su montura para darme tiempo de ver. Por fin llegamos a la puerta de la ciudad y empezamos a subir la colina. Cuando llegué a la cima me volví para mirar una vez más el lugar donde vivía Clarimonda. La sombra de una nube cubría por completo la ciudad; los tejados azules y rojos se confundían en un semitono general donde flotaban, aquí y allá, los humos de la mañana, como blancos copos de espuma. Gracias a un singular efecto óptico se dibujaba, rubio y dorado, bajo un rayo único de luz, un edificio que sobrepasaba en altura a las construcciones vecinas, hundidas por completo en el vaho; aunque estaba a más de una legua, parecía muy cercano. Podían distinguirse los más mínimos detalles, las torres, las azoteas, las ventanas e incluso las veletas con cola de milano.

-¿Qué palacio es ese que veo allá a lo lejos iluminado por un rayo de sol? -le pregunté a Serapion.

Puso la mano por encima de sus ojos y cuando lo vio me contestó:

-Es el antiguo palacio que el príncipe Concini regaló a la cortesana Clarimonda; allí suceden cosas horribles.

En ese instante -aún no sé si fue realidad o ilusión- creí ver cómo en la terraza se deslizaba una silueta blanca y esbelta que brilló un segundo y se apagó. ¡Era Clarimonda!

¡Oh! ¿Sabía ella entonces que, desde lo alto de este amargo camino que me separaba de ella, yo no descendería nunca más? ¿Que, ardiente e inquieto, yo no apartaba mis ojos del palacio que habitaba y al que un insignificante juego de luz parecía acercarme como para invitarme a entrar y ser su dueño? Sin duda lo sabía, pues su alma estaba demasiado ligada a la mía como para sentir el menor estremecimiento, y esta sensación la había impulsado a subir a la terraza, envuelta en sus velos, en el helado rocío de la mañana.

La sombra se apoderó del palacio, y todo fue un océano inmóvil de tejados y cumbres donde sólo se distinguía una ondulación montuosa. Serapion arreó a su mula, cuyo paso siguió la mía enseguida, y un recodo del camino me arrebató para siempre la ciudad de S**, pues no volvería nunca.

Al cabo de tres días de camino a través de campos tristes vislumbramos a través de los árboles el gallo del campanario de la iglesia donde debía servir. Después de recorrer calles tortuosas flanqueadas por chozas y cercados llegamos ante la fachada, que no se caracterizaba por su grandeza. Una terraza adornada con algunas nervaduras y dos o tres pilares del mismo gres toscamente tallados, tejas y contrafuertes del mismo gres que los pilares, esto era todo. A la izquierda, el cementerio con la hierba crecida y una gran cruz de hierro en medio; a la derecha y a la sombra de la iglesia, la casa parroquial. Era una casa de una sencillez extrema y de una desolada pulcritud. Entramos. Algunas gallinas picoteaban unos pocos granos de avena; acostumbradas como estaban a la negra sotana de los curas, no se espantaron con nuestra presencia y apenas se apartaron para dejarnos pasar. Se oyó un ladrido ronco y áspero, y vimos aparecer un perro viejo. Era el perro de mi antecesor. Tenía los ojos apagados, el pelo gris y todos los síntomas de la mayor vejez que un perro puede alcanzar. Lo acaricié suavemente y se puso a caminar junto a mí lleno de una indecible satisfacción. Vino también a nuestro encuentro una mujer muy vieja que había sido el ama de llaves del anciano cura, quien después de conducirme a una habitación de la planta baja me preguntó si había pensado despedirla. Le respondí que me quedaría con ella, con ella y con el perro, asimismo con las gallinas y con todos los muebles que su amo le había dejado al morir, cosa que la llenó de alegría, una vez que el padre Serapion le pagó en el momento el dinero que quería a cambio.

Cuando estuve instalado, el padre Serapion volvió al seminario. De forma que me quedé solo y sin otro apoyo que yo mismo. La idea de Clarimonda comenzó de nuevo a obsesionarme, y aunque me esforzaba en apartarla de mí, no siempre lo conseguía. Una tarde, paseando por mi jardín entre los caminos bordeados de boj, me pareció ver a través de los arbustos una silueta de mujer que seguía todos mis movimientos, y vi brillar entre las hojas dos pupilas verde mar; pero era sólo una ilusión, pues al pasar al otro lado encontré la huella de un pie tan pequeño que parecía de un niño. El jardín estaba rodeado por murallas muy altas, inspeccioné todos los recodos y rincones y no había nadie. Jamás pude explicarme este hecho, que no fue nada comparado con las cosas extrañas que me habían de suceder. Durante un año viví cumpliendo con exactitud todos los deberes correspondientes a mi estado, orando, ayunando y socorriendo enfermos, dando limosnas hasta privarme de lo más indispensable. Pero sentía en mi interior una profunda aridez y la fuente de la gracia estaba seca para mí. No podía gozar de la felicidad que da el cumplimiento de una misión santa. Mi pensamiento estaba en otra parte, y las palabras de Clarimonda me volvían a los labios como un estribillo que se repite involuntariamente. ¡Oh hermano, medita bien esto! Por haber mirado solamente una vez a una mujer, por una falta aparentemente tan leve, he sufrido durante años las más miserables turbaciones. Mi vida está trastornada para siempre jamás.

No voy a entretenerte más tiempo con derrotas y victorias seguidas siempre de las más profundas caídas y pasaré a relatar enseguida un hecho decisivo. Una noche llamaron violentamente a la puerta. La anciana ama de llaves fue a abrir, y un hombre de rostro cobrizo y ricamente vestido, aunque a la moda extranjera, y con un gran puñal, apareció en el umbral a la luz del farol de Bárbara. La primera impresión de ésta fue de miedo, pero el hombre la tranquilizó diciéndole que necesitaba verme enseguida para algo relacionado con mi ministerio. Bárbara lo hizo subir. Yo ya iba a acostarme. El hombre me dijo que su señora, una gran dama, estaba a punto de morir y deseaba un sacerdote. Le respondí que estaba dispuesto a acompañarlo; cogí lo necesario para la Extremaunción y bajé a toda prisa. En la puerta resoplaban de impaciencia dos caballos negros como la noche, y de su pecho emanaban oleadas de humo. Me sujetó el estribo y me ayudó a montar uno de ellos, después se montó en el otro, apoyando solamente una mano en la silla. Apretó las rodillas y soltó las riendas de su caballo, que salió como una flecha. El mío, cuya brida también sujetaba él, se puso al galope y se mantuvo a la par que el suyo. Bajo nuestro insaciable galope, la tierra desaparecía gris y rayada, y las negras siluetas de los árboles huían como un ejército derrotado. Atravesamos un sombrío bosque tan oscuro y glacial que un escalofrío de supersticioso terror me recorrió el cuerpo. La estela de chispas que las herraduras de nuestros caballos producían en las piedras dejaba a nuestro paso un reguero de fuego, y si alguien nos hubiera visto a esta hora de la noche, nos habría tomado a mi guía y a mí por dos espectros cabalgando en una pesadilla. De cuando en cuando, fuegos fatuos se cruzaban en el camino, y las cornejas piaban lastimeras en la espesura del bosque, donde a lo lejos brillaban los ojos fosforescentes de algún gato salvaje. La crin de los caballos se enmarañaba cada vez más, el sudor corría por sus flancos y resoplaban jadeantes. Cuando el escudero los veía desfallecer emitía un grito gutural sobrehumano, y la carrera se reanudaba con furia. Finalmente se detuvo el torbellino. Una sombra negra salpicada de luces se alzó súbitamente ante nosotros; las pisadas de nuestras cabalgaduras se hicieron más ruidosas en el suelo de hierro, y entramos bajo una bóveda que abría sus fauces entre dos torres enormes. En el castillo reinaba una gran agitación; los criados, provistos de antorchas, atravesaban los patios, y las luces subían y bajaban de un piso a otro. Pude ver confusamente formas arquitectónicas inmensas, columnas, arcos, escalinatas y balaustradas, todo un lujo de construcción regia y fantástica. Un paje negro en quien reconocí enseguida al que me había dado el mensaje de Clarimonda, vino a ayudarme a bajar del caballo, y un mayordomo vestido de terciopelo negro con una cadena de oro en el cuello y un bastón de marfil avanzó hacia mí. Dos lágrimas cayeron de sus ojos y rodaron por sus mejillas hasta su barba blanca.

-¡Demasiado tarde, padre! -dijo bajando la cabeza-, ¡demasiado tarde!, pero ya que no pudo salvar su alma, venga a velar su pobre cuerpo.

Me tomó del brazo y me condujo a la sala fúnebre; mi llanto era tan copioso como el suyo, pues acababa de comprender que la muerta no era otra sino Clarimonda, tanto y tan locamente amada. Había un reclinatorio junto al lecho; una llama azul, que revoloteaba en una pátera de bronce, iluminaba toda la habitación con una luz débil e incierta, y hacía pestañear en la sombra la arista de algún mueble o de una cornisa. Sobre la mesa en una urna labrada, yacía una rosa blanca marchita, cuyos pétalos, salvo uno que se mantenía aún, habían caído junto al vaso, como lágrimas perfumadas; un roto antifaz negro, un abanico, disfraces de todo tipo se encontraban esparcidos por los sillones, y hacían pensar que la muerte se había presentado de improviso y sin anunciarse en esta suntuosa mansión. Me arrodillé, sin atreverme a dirigir la mirada al lecho, y empecé a recitar salmos con gran fervor, dando gracias a Dios por haber interpuesto la tumba entre el pensamiento de esa mujer y yo, para así poder incluir en mis oraciones su nombre santificado desde ahora. Pero, poco a poco, se fue debilitando este impulso, y caí en un estado de ensoñación. Esta estancia no tenía el aspecto de una cámara mortuoria. Contrariamente al aire fétido y cadavérico que estaba acostumbrado a respirar en los velatorios, un vaho lánguido de esencias orientales, no sé qué aroma de mujer, flotaba suavemente en la tibia atmósfera. Aquel pálido resplandor se asemejaba más a una media luz buscada para la voluptuosidad que al reflejo amarillo de la llama que tiembla junto a los cadáveres. Recordaba el extraño azar que me había devuelto a Clarimonda en el instante en que la perdía para siempre y un suspiro nostálgico escapó de mi pecho. Me pareció oír suspirar a mi espalda y me volví sin querer. Era el eco. Gracias a este movimiento mis ojos cayeron sobre el lecho de muerte que hasta entonces habían evitado. Las cortinas de damasco rojo estampadas, recogidas con entorchados de oro, dejaban ver a la muerta acostada con las manos juntas sobre el pecho. Estaba cubierta por un velo de lino de un blanco resplandeciente que resaltaba aún más gracias al púrpura del cortinaje, de una finura tal que no ocultaba lo más mínimo la encantadora forma de su cuerpo y dejaba ver sus bellas líneas ondulantes como el cuello de un cisne que ni siquiera la muerte había podido entumecer. Se hubiera creído una estatua de alabastro realizada por un hábil escultor para la tumba de una reina, o una doncella dormida sobre la que hubiera nevado.

No podía contenerme; el aire de esta alcoba me embriagaba, el olor febril de rosa medio marchita me subía al cerebro, me puse a recorrer la habitación deteniéndome ante cada columna del lecho para observar el grácil cuerpo difunto bajo la transparencia del sudario. Extraños pensamientos me atravesaban el alma. Me imaginaba que no estaba realmente muerta y que no era más que una ficción ideada para atraerme a su castillo y así confesarme su amor. Por un momento creí ver que movía su pie en la blancura de los velos y se alteraban los pliegues de su sudario. Luego me decía a mí mismo: “¿acaso es Clarimonda? ¿Qué pruebas tengo? El paje negro puede haber pasado al servicio de otra mujer. Debo estar loco para desconsolarme y turbarme de este modo”. Pero mi corazón contestaba: “es ella, claro que es ella”. Me acerqué al lecho y miré aún más atentamente al objeto de mi incertidumbre. Debo confesaros que tal perfección de formas, aunque purificadas y santificadas por la sombra de la muerte, me turbaban voluptuosamente, y su reposado aspecto se parecía tanto a un sueño que uno podría haberse engañado. Olvidé que había venido para realizar un oficio fúnebre y me imaginaba entrando como un joven esposo en la alcoba de la novia que oculta su rostro por pudor y no quiere dejarse ver. Afligido de dolor, loco de alegría, estremecido de temor y placer me incliné sobre ella y cogí el borde del velo; lo levanté lentamente, conteniendo la respiración para no despertarla.

Mis venas palpitaban con tal fuerza que las sentía silbar en mis sienes, y mi frente estaba sudorosa como si hubiese levantado una lápida de mármol. Era en efecto la misma Clarimonda que había visto en la iglesia el día de mi ordenación; tenía el mismo encanto, y la muerte parecía en ella una coquetería más. La palidez de sus mejillas, el rosa tenue de sus labios, sus largas pestañas dibujando una sombra en esta blancura le otorgaban una expresión de castidad melancólica y de sufrimiento pensativo de una inefable seducción. Sus largos cabellos sueltos, entre los que aún había enredadas florecillas azules, almohadillaban su cabeza y ocultaban con sus bucles la desnudez de sus hombros; sus bellas manos, más puras y diáfanas que las hostias, estaban cruzadas en actitud de piadoso reposo y de tácita oración, y esto compensaba la seducción que hubiera podido provocar, incluso en la muerte, la exquisita redondez y el suave marfil de sus brazos desnudos que aún conservaban los brazaletes de perlas. Permanecí largo tiempo absorto en una muda contemplación, y cuanto más la miraba menos podía creer que la vida hubiera abandonado para siempre aquel hermoso cuerpo.

No sé si fue una ilusión o el reflejo de la lámpara, pero hubiera creído que la sangre corría de nuevo bajo esta palidez mate; sin embargo, ella permanecía inmóvil. Toqué ligeramente su brazo; estaba frío, pero no más frío que su mano el día en que rozó la mía en el eco de la iglesia. Incliné de nuevo mi rostro sobre el suyo derramando en sus mejillas el tibio rocío de mis lágrimas. ¡Oh, qué amargo sentimiento de desesperación y de impotencia! ¡Qué agonía de vigilia! Hubiera querido poder juntar mi vida para dársela y soplar sobre su helado despojo la llama que me devoraba. La noche avanzaba, y al sentir acercarse el momento de la separación eterna no pude negarme la triste y sublime dulzura de besar los labios muertos de quien había sido dueña de todo mi amor. ¡Oh prodigio!, una suave respiración se unió a la mía, y la boca de Clarimonda respondió a la presión de mi boca: sus ojos se abrieron y recuperaron un poco de brillo, suspiró y, descruzando los brazos, rodeó mi cuello en un arrebato indescriptible.

-¡Ah, eres tú Romualdo! -dijo con una voz lánguida y suave como las últimas vibraciones de un arpa-; ¿qué haces? Te esperé tanto tiempo que he muerto; pero ahora estamos prometidos, podré verte e ir a tu casa. ¡Adiós Romualdo, adiós! Te amo, es todo cuanto quería decirte, te debo la vida que me has devuelto en un minuto con tu beso. Hasta pronto.

Su cabeza cayó hacia atrás, pero sus brazos aún me rodeaban, como reteniéndome. Un golpe furioso de viento derribó la ventana y entró en la habitación; el último pétalo de la rosa blanca palpitó como un ala durante unos instantes en el extremo del tallo para arrancarse luego y volar a través de la ventana abierta, llevándose el alma de Clarimonda. La lámpara se apagó y caí desvanecido en el seno de la hermosa muerta.

Cuando desperté estaba acostado en mi cama, en la habitación de la casa parroquial, y el viejo perro del anciano cura lamía mi mano que colgaba fuera de la manta. Bárbara se movía por la habitación con un temblor senil, abriendo y cerrando cajones, removiendo los brebajes de los vasos. Al verme abrir los ojos, la anciana gritó de alegría, el perro ladró y movió el rabo, pero me encontraba tan débil que no pude articular palabra ni hacer el más mínimo movimiento. Supe después que estuve así tres días, sin dar otro signo de vida que una respiración casi imperceptible. Estos días no cuentan en mi vida, no sé dónde estuvo mi espíritu durante este tiempo, no guardé recuerdo alguno. Bárbara me contó que el mismo hombre de rostro cobrizo que había venido a buscarme por la noche, me había traído a la mañana siguiente en una litera cerrada, y se había vuelto a marchar inmediatamente. En cuanto recuperé la memoria examiné todos los detalles de aquella noche fatídica. Pensé que había sido el juego de una mágica ilusión; pero hechos reales y palpables tiraban por tierra esta suposición. No podía pensar que era un sueño, pues Bárbara había visto como yo al hombre de los caballos negros y describía con exactitud su vestimenta y compostura. Sin embargo, nadie conocía en los alrededores un castillo que se ajustara a la descripción de aquel en donde había encontrado a Clarimonda.

Una mañana apareció el padre Serapion. Bárbara le había hecho saber que estaba enfermo y acudió rápidamente. Si bien tanta diligencia demostraba afecto e interés por mi persona, no me complació como debía. El padre Serapion tenía en la mirada un aire penetrante e inquisidor que me incomodaba. Me sentía confuso y culpable ante él, pues había descubierto mi profunda turbación, y temía su clarividencia.

Mientras me preguntaba por mi salud con un tono melosamente hipócrita, clavaba en mí sus pupilas amarillas de león, y hundía su mirada como una sonda en mi alma. Después se interesó por la forma en que llevaba la parroquia, si estaba a gusto, a qué dedicaba el tiempo que el ministerio me dejaba libre, si había trabado amistad con las gentes del lugar, cuáles eran mis lecturas favoritas y mil detalles parecidos. Yo le contestaba con la mayor brevedad, e incluso él mismo pasaba a otro tema sin esperar a que hubiera terminado. Esta charla no tenía, por supuesto, nada que ver con lo que él quería decirme. Así que, sin ningún preámbulo y como si se tratara de una noticia recordada de pronto y que temiera olvidar, me dijo con voz clara y vibrante que sonó en mi oído como las trompetas del juicio final:

-La cortesana Clarimonda ha muerto recientemente tras una orgía que duró ocho días y ocho noches. Fue algo infernalmente espléndido. Se repitió la abominación de los banquetes de Baltasar y Cleopatra. ¡En qué siglo vivimos, Dios mío! Los convidados fueron servidos por esclavos de piel oscura que hablaban una lengua desconocida; en mi opinión, auténticos demonios; la librea del de menor rango hubiera vestido de gala a un emperador. Sobre Clarimonda se han contado muchas historias extraordinarias en estos tiempos, y todos sus amantes tuvieron un final miserable o violento. Se ha dicho que era una mujer vampiro, pero yo creo que se trata del mismísimo Belcebú.

Calló, y me miró más fijamente aún para observar el efecto que me causaban sus palabras. No pude evitar estremecerme al oír nombrar a Clarimonda, y, la noticia de su muerte, además del dolor que me causaba por su extraña coincidencia con la escena nocturna de que fui testigo, me produjo una turbación y un escalofrío que se manifestó en mi rostro a pesar de que hice lo posible por contenerme. Serapion me lanzó una mirada inquieta y severa, luego añadió:

-Hijo mío, debo advertirte, has dado un paso hacia el abismo, cuidado de no caer en él. Satanás tiene las garras largas, y las tumbas no siempre son de fiar. La losa de Clarimonda debió ser sellada tres veces, pues, por lo que se dice, no es la primera que ha muerto. Que Dios te guarde, Romualdo.

Serapion dijo estas palabras y se dirigió lentamente hacia la puerta. No volví a verlo, pues partió hacia S** inmediatamente después.

Me había recuperado por completo y volvía a mis tareas cotidianas. El recuerdo de Clarimonda y las palabras del anciano padre estaban presentes en mi memoria; sin embargo, ningún extraño suceso había ratificado hasta ahora las fúnebres predicciones de Serapion, y empecé a creer que mis temores y mi terror eran exagerados. Pero una noche tuve un sueño. Apenas me había quedado dormido cuando oí descorrer las cortinas de mi lecho y el ruido de las anillas en la barra sonó estrepitosamente; me incorporé de golpe sobre los codos y vi ante mí una sombra de mujer. Enseguida reconocí a Clarimonda. Sostenía una lamparita como las que se depositan en las tumbas, cuyo resplandor daba a sus dedos afilados una transparencia rosa que se difuminaba insensiblemente hasta la blancura opaca y rosa de su brazo desnudo. Su única ropa era el sudario de lino que la cubría en su lecho de muerte, y sujetaba sus pliegues en el pecho, como avergonzándose de estar casi desnuda, pero su manita no bastaba, y como era tan blanca, el color del tejido se confundía con el de su carne a la pálida luz de la lámpara. Envuelta en una tela tan fina que traicionaba todas sus formas, parecía una estatua de mármol de una bañista antigua y no una mujer viva. Muerta o viva, estatua o mujer, sombra o cuerpo, su belleza siempre era la misma; tan sólo el verde brillo de sus pupilas estaba un poco apagado, y su boca, antes bermeja, sólo era de un rosa pálido y tierno semejante al de sus mejillas. Las florecillas azules que vi en sus cabellos se habían secado por completo y habían perdido todos sus pétalos; pero estaba encantadora, tanto que, a pesar de lo extraño de la aventura y del modo inexplicable en que había entrado en mi habitación, no sentí temor ni por un instante.

Dejó la lámpara sobre la mesilla y se sentó a los pies de mi cama; después, inclinándose sobre mí, me dijo con esa voz argentina y aterciopelada, que sólo le he oído a ella:

-Me he hecho esperar, querido Romualdo, y sin duda habrás pensado que te había olvidado. Pero vengo de muy lejos, de un lugar del que nadie ha vuelto aún; no hay ni luna ni sol en el país de donde procedo; sólo hay espacio y sombra, no hay camino, ni senderos; no hay tierra para caminar, ni aire para volar y, sin embargo, heme aquí, pues el amor es más fuerte que la muerte y acabará por vencerla. ¡Ay!, he visto en mi viaje rostros lúgubres y cosas terribles. Mi alma ha tenido que luchar tanto para, una vez vuelta a este mundo, encontrar su cuerpo y poseerlo de nuevo… ¡Cuánta fuerza necesité para levantar la lápida que me cubría! Mira las palmas de mis manos lastimadas. ¡Bésalas para curarlas, amor mío! -me acercó a la boca sus manos, las besé mil veces, y ella me miraba hacer con una sonrisa de inefable placer.

Confieso para mi vergüenza que había olvidado por completo las advertencias del padre Serapion y el carácter sagrado que me revestía. Había sucumbido sin oponer resistencia, y al primer asalto. Ni siquiera intenté alejar de mí la tentación; la frescura de la piel de Clarimonda penetraba la mía y sentía estremecerse mi cuerpo de manera voluptuosa. ¡Mi pobre niña! A pesar de todo lo que vi, aún me cuesta creer que fuera un demonio: no lo parecía desde luego, y jamás Satanás ocultó mejor sus garras y sus cuernos. Había recogido sus piernas sobre los talones y, acurrucada en la cama, adoptó un aire de coquetería indolente. Cada cierto tiempo acariciaba mis cabellos y con sus manos formaba rizos como ensayando nuevos peinados. Yo me dejaba hacer con la más culpable complacencia y ella añadía a la escena un adorable parloteo. Es curioso el hecho de que yo no me sorprendiera ante tal aventura y, dada la facilidad que tienen nuestros ojos para considerar con normalidad los más extraños acontecimientos, la situación me pareció de lo más natural.

-Te amaba mucho antes de haberte visto, querido Romualdo, te buscaba por todas partes. Tú eras mi sueño y me fijé en ti en la iglesia, en el fatal momento; me dije: ¡es él! y te lancé una mirada con todo el amor que había tenido, tenía y tendría por ti. Fue una mirada capaz de condenar a un cardenal, de poner de rodillas a mis pies a un rey ante su corte. Tú permaneciste impasible y preferiste a tu Dios. ¡Ah, cuán celosa estoy de tu Dios al que has amado y amas aún más que a mí!

“¡Desdichada, desdichada de mí!, jamás tu corazón será para mí sola, para mí, a quien resucitaste con un beso, para mí, Clarimonda la muerta, que forzó por tu causa las puertas de la tumba y viene a consagrarte su vida; recobrada para hacerte feliz.”

Estas palabras iban acompañadas de caricias delirantes que aturdieron mis sentidos y mi razón hasta el punto de no temer proferir para contentarla una espantosa blasfemia y decirle que la amaba tanto como a Dios.

Sus pupilas se reavivaron y brillaron como crisopacios:

-¡Es cierto, es cierto!, ¡tanto como a Dios! -dijo rodeándome con sus brazos-. Si es así, vendrás conmigo, me seguirás donde yo quiera. Te quitarás ese horrible traje negro. Serás el más orgulloso y envidiable de los caballeros, serás mi amante. Ser el amante confeso de Clarimonda, que llegó a rechazar a un papa, es algo hermoso. ¡Ah, llevaremos una vida feliz, una dorada existencia! ¿Cuándo partimos, caballero?

-¡Mañana!, ¡mañana! -gritaba en mi delirio.

-Mañana, sea -contestó-. Tendré tiempo de cambiar de ropa, porque ésta es demasiado ligera y no sirve para ir de viaje. Además tengo que avisar a la gente que me cree realmente muerta y me llora. Dinero, trajes, coches, todo estará dispuesto, vendré a buscarte a esta misma hora. Adiós, corazón -rozó mi frente con sus labios.

La lámpara se apagó, se corrieron las cortinas y no vi nada más; un sueño de plomo se apoderó de mí hasta la mañana siguiente. Desperté más tarde que de costumbre, y el recuerdo de tan extraña visión me tuvo todo el día en un estado de agitación; terminé por convencerme de que había sido fruto de mi acalorada imaginación. Pero, sin embargo, las sensaciones fueron tan vivas que costaba creer que no hubieran sido reales, y me fui a dormir no sin cierto temor por lo que iba a suceder, después de pedir a Dios que alejara de mí los malos pensamientos y protegiera la castidad de mi sueño.

Enseguida me dormí profundamente, y mi sueño continuó. Las cortinas se corrieron y vi a Clarimonda, no como la primera vez, pálida en su pálido sudario y con las violetas de la muerte en sus mejillas, sino alegre, decidida y dispuesta, con un magnífico traje de terciopelo verde adornado con cordones de oro y recogido a un lado para dejar ver una falda de satén. Sus rubios cabellos caían en tirabuzones de un amplio sombrero de fieltro negro cargado de plumas blancas colocadas caprichosamente, y llevaba en la mano una fusta rematada en oro. Me dio un toque suavemente diciendo:

-Y bien, dormilón, ¿así es como haces tus preparativos? Pensaba encontrarte de pie. Levántate, que no tenemos tiempo que perder -salté de la cama-. Anda, vístete y vámonos -me dijo señalándome un paquete que había traído-; los caballos se aburren y roen su freno en la puerta. Deberíamos estar ya a diez leguas de aquí.

Me vestí enseguida, ella me tendía la ropa riéndose a carcajadas con mi torpeza y explicándome su uso cuando me equivocaba. Me arregló los cabellos y cuando estaba listo me ofreció un espejo de bolsillo de cristal de Venecia con filigranas de plata diciendo:

-¿Cómo te ves?, ¿me tomarás a tu servicio como mayordomo?

Yo no era el mismo y no me reconocí. Mi imagen era tan distinta como lo son un bloque de piedra y una escultura terminada. Mi antigua figura no parecía ser sino el torpe esbozo de lo que el espejo reflejaba. Era hermoso y me estremecí de vanidad por esta metamorfosis. Las elegantes ropas y el traje bordado me convertían en otra persona y me asombraba el poder de unas varas de tela cortadas con buen gusto. El porte del traje penetraba mi piel, y al cabo de diez minutos había adquirido ya un cierto aire de vanidad.

Di unas vueltas por la habitación para manejarme con soltura. Clarimonda me miraba con maternal complacencia y parecía contenta con su obra.

-Ya está bien de chiquilladas, en marcha, querido Romualdo. Vamos lejos, y así no llegaremos nunca -me tomó de la mano y salimos. Las puertas se abrían a su paso apenas las tocaba, y pasamos junto al perro sin despertarlo.

En la puerta estaba Margheritone, el escudero que ya conocía; sujetaba la brida de tres caballos negros como los anteriores, uno para mí, otro para él y otro para Clarimonda. Debían ser caballos bereberes de España, nacidos de yeguas fecundadas por el Céfiro, pues corrían tanto como el viento, y la luna, que había salido con nosotros para iluminarnos, rodaba por el cielo como una rueda soltada de su carro; la veíamos a nuestra derecha, saltando de árbol en árbol y perdiendo el aliento por correr tras nosotros. Pronto aparecimos en una llanura donde, junto a un bosquecillo, nos esperaba un coche con cuatro vigorosos caballos; subimos y el cochero les hizo galopar de una forma insensata, Mi brazo rodeaba el talle de Clarimonda y estrechaba una de sus manos; ella apoyaba su cabeza en mi hombro y podía sentir el roce de su cuello semidesnudo en mi brazo. Jamás había sido tan feliz. Me había olvidado de todo y no recordaba mejor el hecho de haber sido cura que lo que sentí en el vientre de mi madre, tal era la fascinación que el espíritu maligno ejercía en mí. A partir de esa noche, mi naturaleza se desdobló y hubo en mí dos hombres que no se conocían uno a otro. Tan pronto me creía un sacerdote que cada noche soñaba que era caballero, como un caballero que soñaba ser sacerdote. No podía distinguir el sueño de la vigilia y no sabía dónde empezaba la realidad ni dónde terminaba la ilusión. El joven vanidoso y libertino se burlaba del sacerdote, y el sacerdote detestaba la vida disoluta del joven noble. La vida bicéfala que llevaba podría describirse como dos espirales enmarañadas que no llegan a tocarse nunca. A pesar de lo extraño que parezca no creo haber rozado en momento alguno la locura. Tuve siempre muy clara la percepción de mis dos existencias. Sólo había un hecho absurdo que no me podía explicar: era que el sentimiento de la misma identidad perteneciera a dos hombres tan diferentes. Era una anomalía que ignoraba ya fuera mientras me creía cura del pueblo C**, ya como il signor Romualdo, amante titular de Clarimonda.

El caso es que me encontraba – o creía encontrarme- en Venecia; aún no he podido aclarar lo que había de ilusión y de real en tan extraña aventura. Vivíamos en un gran palacio de mármol en el Canaleio, con frescos y estatuas, y dos Ticianos de la mejor época en el dormitorio de Clarimonda: era un palacio digno de un rey. Cada uno de nosotros tenía su góndola y su barcarola con nuestro escudo, sala de música y nuestro poeta. Clarimonda entendía la vida a lo grande y había algo de Cleopatra en su forma de ser. Por mi parte, llevaba un tren de vida digno del hijo de un príncipe, y era tan conocido como si perteneciera a la familia de uno de los doce apóstoles o de los cuatro evangelistas de la serenísima república. No hubiera cedido el paso ni al mismo dux, y creo que desde Satán, caído del cielo, nadie fue más insolente y orgulloso que yo. Iba al Ridotto y jugaba de manera infernal. Me mezclaba con la más alta sociedad del mundo, con hijos de familias arruinadas, con mujeres de teatro, con estafadores, parásitos y espadachines. A pesar de mi vida disipada, permanecía fiel a Clarimonda. La amaba locamente. Ella habría estimulado a la misma saciedad, y habría hecho estable la inconstancia. Tener a Clarimonda era tener cien amantes, era poseer a todas las mujeres por tan mudable, cambiante y diferente de ella misma que era: un verdadero camaleón. Me hacía cometer con ella la infidelidad que hubiera cometido con otras, adoptando el carácter, el porte y la belleza de la mujer que parecía gustarme. Me devolvía mi amor centuplicado, y en vano jóvenes patricios e incluso miembros del Consejo de los Diez le hicieron las mejores proposiciones. Un Foscari llegó a proponerle matrimonio; rechazó a todos. Tenía oro suficiente; sólo quería amor, un amor joven, puro, despertado por ella y que sería el primero y el último. Hubiera sido completamente feliz de no ser por la pesadilla que volvía cada noche y en la que me creía cura de pueblo mortificándome y haciendo penitencia por los excesos cometidos durante el día. La seguridad que me daba la costumbre de estar a su lado apenas me hacía pensar en la extraña manera en que conocí a Clarimonda. Sin embargo, las palabras del padre Serapión me venían alguna vez a la memoria y no dejaban de inquietarme.

La salud de Clarimonda no era tan buena desde hacía algún tiempo. Su tez se iba apagando día a día. Los médicos que mandaron llamar no entendieron nada y no supieron qué hacer. Prescribieron algún medicamento sin importancia y no volvieron. Pero ella palidecía visiblemente y cada vez estaba más fría. Parecía tan blanca y tan muerta como aquella noche en el castillo desconocido. Me desesperaba ver cómo se marchitaba lentamente. Ella, conmovida por mi dolor, me sonreía dulcemente con la fatal sonrisa de los que saben que van a morir.

Una mañana, me encontraba desayunando en una mesita junto a su lecho, para no separarme de ella ni un minuto, y partiendo una fruta me hice casualmente un corte en un dedo bastante profundo. La sangre, color púrpura, corrió enseguida, y unas gotas salpicaron a Clarimonda. Sus ojos se iluminaron, su rostro adquirió una expresión de alegría feroz y salvaje que no le conocía. Saltó de la cama con una agilidad animal de mono o de gato y se abalanzó sobre mi herida que empezó a chupar con una voluptuosidad indescriptible. Tragaba la sangre a pequeños sorbitos, lentamente, con afectación, como un gourmet que saborea un vino de Jerez o de Siracusa. Entornaba los ojos, y sus verdes pupilas no eran redondas, sino que se habían alargado. Por momentos se detenía para besar mi mano y luego volvía a apretar sus labios contra los labios de la herida para sacar todavía más gotas rojas. Cuando vio que no salía más sangre, se incorporó con los ojos húmedos y brillantes, rosa como una aurora de mayo, satisfecha, su mano estaba tibia y húmeda, estaba más hermosa que nunca y completamente restablecida.

-¡No moriré! ¡No moriré! -decía loca de alegría colgándose de mi cuello-; podré amarte aún más tiempo. Mi vida está en la tuya y todo mi ser proviene de ti. Sólo unas gotas de tu rica y noble sangre, más preciada y eficaz que todos los elixires del mundo, me han devuelto a la vida.

Este hecho me preocupó durante algún tiempo, haciéndome dudar acerca de Clarimonda, y esa misma noche, cuando el sueño me transportó a mi parroquia vi al padre Serapion más taciturno y preocupado que nunca:

-No contento con perder tu alma quieres perder también el cuerpo. ¡Infeliz, en qué trampa has caído!

El tono de sus palabras me afectó profundamente, pero esta impresión se disipó bien pronto, y otros cuidados acabaron por borrarlo de mi memoria. Una noche vi en mi espejo, en cuya posición ella no había reparado, cómo Clarimonda derramaba unos polvos en una copa de vino sazonado que acostumbraba a preparar después de la cena. Tomé la copa y fingí llevármela a los labios dejándola luego sobre un mueble como para apurarla más tarde a placer y, aprovechando un instante en que estaba vuelta de espaldas, vacié su contenido bajo la mesa, luego me retiré a mi habitación y me acosté decidido a no dormirme y ver en qué acababa todo esto. No esperé mucho tiempo, Clarimonda entró en camisón y una vez que se hubo despojado de sus velos se recostó junto a mí. Cuando estuvo segura de que dormía tomó mi brazo desnudo y sacó de entre su pelo un alfiler de oro, murmurando:

-Una gota, sólo una gotita roja, un rubí en la punta de mi aguja… Puesto que aún me amas no moriré… ¡Oh, pobre amor!, beberé tu hermosa sangre de un púrpura brillante. Duerme mi bien, mi dios, mi niño, no te haré ningún daño, sólo tomaré de tu vida lo necesario para que no se apague la mía. Si no te amara tanto me decidiría a buscar otros amantes cuyas venas agotaría, pero desde que te conozco todo el mundo me produce horror. ¡Ah, qué brazo tan hermoso, tan perfecto, tan blanco! Jamás podré pinchar esta venita azul -lloraba mientras decía esto y sentía llover sus lágrimas en mi brazo, que tenía entre sus manos. Finalmente se decidió, me dio un pinchacito y empezó a chupar la sangre que salía. Apenas hubo bebido unas gotas tuvo miedo de debilitarme y aplicó una cinta alrededor de mi brazo después de frotar la herida con un ungüento que la cicatrizó al instante.

Ya no cabía duda. El padre Serapion tenía razón. Pero, a pesar de esta certeza, no podía dejar de amar a Clarimonda y le hubiera dado toda la sangre necesaria para mantener su existencia ficticia. Por otra parte, no tenía qué temer, la mujer respondía del vampiro, y lo que había visto y oído me tranquilizaba. Mis venas estaban colmadas, de forma que tardarían en agotarse y no iba a ser egoísta con mi vida. Me habría abierto el brazo yo mismo diciéndole:

-Bebe, y que mi amor se filtre en tu cuerpo con mi sangre.

Evitaba hacer la más mínima alusión al narcótico y a la escena de la aguja, y vivíamos en una armonía perfecta. Pero mis escrúpulos de sacerdote me atormentaban más que nunca y ya no sabía qué penitencia podía inventar para someter y mortificar mi carne. Aunque todas mis visiones fueran involuntarias y sin mi participación, no me atrevía a tocar a Cristo con unas manos tan impuras y un espíritu mancillado por semejantes excesos reales o soñados. Para evitar caer en semejantes alucinaciones, intentaba no dormir, manteniendo abiertos mis párpados con los dedos, y permanecía de pie apoyado en los muros luchando con todas mis fuerzas contra el sueño. Pero la arena del adormecimiento pesaba en mis ojos, y al ver que mi lucha era inútil dejaba caer mis brazos y, exhausto y sin aliento, dejaba que la corriente me arrastrase hacia la pérfida orilla. Serapion me exhortaba de forma vehemente y me reprochaba con dureza mi debilidad y mi falta de fervor. Un día en que mi agitación era mayor que de ordinario me dijo:

-Sólo hay un remedio para que te desembaraces de esta obsesión, y aunque es una medida extrema la llevaremos a cabo: a grandes males, grandes remedios. Conozco el lugar donde fue enterrada Clarimonda; vamos a desenterrarla para que veas en qué lamentable estado se encuentra el objeto de tu amor. No permitirás que tu alma se pierda por un cadáver inmundo devorado por gusanos y a punto de convertirse en polvo; esto te hará entrar en razón.

Estaba tan cansado de llevar esta doble vida que acepté; deseaba saber de una vez por todas quién era víctima de una ilusión, si el cura o el gentilhombre, y quería acabar con uno o con otro o con los dos, pues mi vida no podía continuar así. El padre Serapion se armó con un pico, una palanca y una linterna y a medianoche nos fuimos al cementerio de** que él conocía perfectamente. Tras acercar la luz a las inscripciones de algunas tumbas, llegamos por fin ante una piedra medio escondida entre grandes hierbas y devorada por musgos y plantas parásitas, donde desciframos el principio de la siguiente inscripción:

Aquí yace Clarimonda

Que fue mientras vivió

La más bella del mundo.

-Aquí es -dijo Serapion y, dejando en el suelo su linterna, colocó la palanca en el intersticio de la piedra y comenzó a levantarla. La piedra cedió y se puso a trabajar con el pico. Yo le veía hacer más oscuro y silencioso que la noche misma; él, ocupado en tan fúnebre tarea, sudaba copiosamente, jadeaba, y su respiración entrecortada parecía el estertor de un agonizante. Era un espectáculo extraño y, cualquiera que nos hubiera visto desde fuera, nos habría tomado por profanadores y ladrones de sudarios antes que por sacerdotes de Dios. El celo de Serapion tenía algo de duro y salvaje que lo asemejaba más a un demonio que a un apóstol o a un ángel, y sus rasgos austeros recortados por el reflejo de la linterna nada tenían de tranquilizador.

Sentía en mis miembros un sudor glacial, y mis cabellos se erizaban dolorosamente en mi cabeza; en el fondo de mí mismo veía el acto de Serapion como un abominable sacrilegio, y hubiera deseado que del flanco de las sombrías nubes que transcurrían pesadamente sobre nosotros hubiera salido un triángulo de fuego que lo redujera a polvo. Los búhos posados en los cipreses, inquietos por el reflejo de la linterna, venían a golpear sus cristales con sus alas polvorientas, gimiendo lastimosamente; los zorros chillaban a lo lejos y mil ruidos siniestros brotaban del silencio. Finalmente, el pico de Serapion chocó con el ataúd, y los tablones retumbaron con un ruido sordo y sonoro, con ese terrible ruido que produce la nada cuando se la toca; derribó la tapa y vi a Clarimonda, pálida como el mármol, con las manos juntas; su blanco sudario formaba un solo pliegue de la cabeza a los pies. Una gotita roja brillaba como una rosa en la comisura de su boca descolorida. Al verla, Serapion se enfureció:

-¡Ah! ¡Estás aquí demonio, cortesana impúdica, bebedora de sangre y de oro! -y roció de agua bendita el cuerpo y el ataúd sobre el que dibujó una cruz con su hisopo. Tan pronto como el santo roció a la pobre Clarimonda su hermoso cuerpo se convirtió en polvo y no fue más que una mezcla espantosa y deforme de ceniza y de huesos medio calcinado-. He aquí a tu amante, señor Romualdo -dijo el despiadado sacerdote mostrándome los tristes despojos-, ¿irás a pasearte al Lido y a Fusine con esta belleza?

Bajé la cabeza, sólo había ruinas en mi interior. Volví a mi parroquia, y el señor Romualdo, amante de Clarimonda, se separó del pobre cura a quien durante tanto tiempo había hecho tan extraña compañía. Sólo que la noche siguiente volví a ver a Clarimonda, quien me dijo, como la primera vez en el pórtico de la iglesia:

-¡Infeliz! ¡infeliz!, ¿qué has hecho?, ¿por qué has escuchado a ese cura imbécil?, ¿acaso no eras feliz?, ¿y qué te había hecho yo para que violaras mi tumba y pusieras al descubierto las miserias de mi nada? Se ha roto para siempre toda posible comunicación entre nuestras almas y nuestros cuerpos. Adiós, me recordarás -se disipó en el aire como el humo y nunca más volví a verla.

¡Ay de mí! Tenía razón; la he recordado más de una vez y aún la recuerdo. La paz de mi alma fue pagada a buen precio; el amor de Dios no era suficiente para reemplazar al suyo. Y, he aquí, hermano, la historia de mi juventud. No mires jamás a una mujer, y camina siempre con los ojos fijos en tierra, pues, aunque seas casto y sosegado, un solo minuto basta para hacerte perder la eternidad.