Harlan Ellison: Jeffty tiene cinco años. Cuento

Harlan EllisonCuando yo tenía cinco años, había un niño con quien solía jugar: Jeffty. Su verdadero nombre era Jeff Kinzer, pero todos los que jugábamos con él le llamábamos Jeffty. Los dos teníamos cinco años y pasamos muy buenos ratos juntos.

Cuando yo tenia cinco años, un helado de chocolate Clark era tan grueso como una barra de Louisville. Tenía unos quince centímetros de longitud, y utilizaban verdadero chocolate para recubrirlo, y crujía de un modo muy agradable al morderlo por el centro; además, el papel en que lo envolvían olía a cosa fresca y buena cuando se lo pelaba sosteniendo el palo de modo que el helado no se derritiera en los dedos. Hoy, un helado de chocolate Clark es tan delgado como una tarjeta de crédito, y emplean algo artificial y de un sabor terriblemente malo en lugar del chocolate puro; el helado es blanco y esponjoso y cuesta quince o veinte centavos en lugar de la decente y correcta moneda de cinco centavos que costaba, y lo envuelven como para que uno crea que tiene el mismo tamaño que tenía hace veinte años, aunque no lo tiene; es delgado, de aspecto feo, gusto nauseabundo y no vale ni un centavo, cuanto mucho menos quince o veinte.

Cuando yo tenía esa edad, cinco años, fui enviado a casa de mi tía Patricia, en Buffalo, Nueva York, durante dos años. Mi padre estaba pasando «malos tiempos» y tía Patricia era muy hermosa y se había casado con un agente de Bolsa. Ellos se hicieron cargo de mí durante cinco años. A los siete años, regresé a casa y fui a ver a Jeffty para jugar con él.

Yo había cumplido siete. Jeffty seguía teniendo cinco. No observé ninguna diferencia en él. No lo sabía: yo tenía sólo siete años.

A esa edad, solía tumbarme boca abajo frente a nuestra radio Atwater Kent y escuchaba. Había atado la antena de toma de tierra al radiador y me pasaba el tiempo allí, tumbado, con mis libros para colorear y mis Crayolas (cuando sólo había dieciséis colores en la caja grande), escuchando la red roja de la NBC: Jack Benny y el programa de Saludos, Amos y Andy, Edgar Bergen y Charlie McCarthy en el programa de Chase y Sanborn, La Familia de un hombre. La primera noche; la red azul de la NBC: Ases fáciles, el Programa de Jergens con Walter Winchell, Información, por favor, Los días del Valle de la Muerte; y, lo mejor de todo, la Red de la Mutualidad con la Corneta Verde, El Llanero Solitario, El Hombre Enmascarado y Tranquilidad, por favor. Hoy pongo en marcha la radio de mi coche y busco de un extremo a otro del dial; todo lo que oigo son orquestas de cien cuerdas, amas de casa frivolas y camioneros insípidos que discuten de sus pervertidas vidas sexuales con presentadores de voz arrogante, tonterías country y del Oeste y música rock tan estridente que me hace daño en los oídos.

Cuando tenía diez años, mi abuelo se murió de puro viejo y yo me convertí en un «chico problemático»; entonces, me enviaron a una escuela militar para que me «metieran en vereda».

Regresé a casa con catorce años. Jeffty seguía teniendo cinco años.

Cuando yo tenía catorce años de edad solía irme al cine los sábados por la tarde y una matine costaba diez centavos y entonces se utilizaba mantequilla de la de verdad para hacer las palomitas de maíz, y podía estar seguro de ver una película del Oeste con Lash LaRue o Wild Bill Elliott como Red Ryder, con Bobby Blake como Castorcito, o Roy Rogers, o Johnny Mack Brown; una película de terror como La Mansión de los Horrores, con Rondo Hatton en el papel de estrangulador, o como La mujer pantera, o como La Momia o como Me casé con una bruja, con Fredric March y Verónica Lake; además de un episodio de un gran serial como El Hombre Enmascarado, con Victor Jory, o Dick Tracy o Flash Cordón; y tres cortometrajes de dibujos animados; uno de James Fitzpatrick; uno de Noticias Movietone; uno de cantantes y, si me quedaba hasta la noche, una de Bingo o Keno; y chicas atractivas gratis. Hoy voy al cine y veo a Clint Eastwood volándole la cabeza a la gente como si fueran melones maduros.

A los dieciocho, fui a la universidad. Jeffty seguía teniendo cinco años. Yo regresaba a casa durante los veranos, para trabajar en la joyería de mi tío Joe. Jeffty no había cambiado. Ahora yo sabía que había algo diferente en él. Algo que no andaba bien, algo extraño. Jeffty seguía teniendo cinco años, ni un día más.

A los veintidós regresé a casa para quedarme definitivamente, y abrir una tienda de reparaciones de televisores Sony, la primera en la ciudad. Veía a Jeffty de vez en cuando. Tenía cinco años.

Las cosas han mejorado en muchos aspectos. La gente ya no se muere de algunas de las viejas enfermedades. Los coches son más veloces y le llevan a uno con mayor rapidez y por mejores carreteras al lugar al que uno quiere llegar. Las camisas son más blandas y sedosas. Tenemos libros de bolsillo, aunque cuestan tanto como costaba uno bien encuadernado. Cuando me estoy quedando sin dinero en el Banco, puedo vivir de las tarjetas de crédito hasta que las cosas se arreglan. Pero sigo creyendo que hemos perdido una gran cantidad de cosas buenas. ¿Sabía usted que ya no se puede comprar linóleum, sino sólo recubrimiento de vinilo para el suelo? Ya no quedan materiales como el hule; ya no volveremos a percibir ese olor especial y dulce que salía de la cocina de la abuela. Los muebles no se fabrican para que duren treinta años o más, porque llevaron a cabo una encuesta y descubrieron que, en los hogares jóvenes, les gustaba tirar los muebles y comprar bórax de colores nuevos cada siete años. Los discos no son gruesos y sólidos, como los antiguos, sino que ahora son delgados y hasta se pueden doblar… y eso no me parece bien. En los restaurantes no sirven la crema en jarras; sólo le dan a uno esa cosa artificial en pequeños tubos de plástico, y uno no consigue nunca que le sirvan un café con el color que debe tener. A todas partes donde uno vaya, todas las ciudades tienen el mismo aspecto, con locales para tomar hamburguesas y productos MacDonald y 7-Onces y moteles y grandes centros comerciales. Puede que las cosas sean mejores, pero ¿por qué pienso siempre en el pasado?

Lo que quiero decir cuando hablo de los cinco años no es que Jeffty fuera un retrasado. No creo que se tratara de eso. Al contrario, es astuto como un zurriagazo para los cinco años; un niño muy inteligente, rápido, agudo y divertido.

Pero medía noventa centímetros de estatura, pequeño para su edad, y estaba perfectamente formado; no tenía la cabeza grande, ni ninguna mandíbula extraña ni nada de eso. Simplemente, un niño guapo, de aspecto normal para los cinco años. Excepto que, en realidad, tenía la misma edad que yo; o sea, veintidós.

Cuando hablaba, lo hacía con la temblorosa voz de soprano de un niño de cinco años; cuando caminaba, arrastraba los pies como un niño de cinco años; cuando le hablaba a uno, era acerca de las preocupaciones de un niño de cinco años…, tebeos, soldaditos de juguete; utilizaba un imperdible para sujetar una pieza de cartón rígido o la horquilla frontal de su bicicleta, de modo que el sonido que hiciera al darle al timbre fuese como el de una motora; y hacía preguntas como ¿por qué esa cosa hace eso de tal manera?, o ¿cómo es de alto, qué edad tiene? ¿Por qué la hierba es verde? ¿Qué aspecto tiene un elefante? A los veintidós años, tenía cinco.

Los padres de Jeffty eran una pareja más bien triste. Como yo seguía siendo amigo de Jeffty, le dejaban estar conmigo en la tienda, y a veces le llevaba a la feria del condado, o al minigolf o al cine, por lo que me encontré pasándome el tiempo con ellos. No es que me importaran mucho, porque siempre se sentían deprimidos. Pero supongo que tampoco se podía esperar gran cosa de los pobres diablos. Tenían a alguien extraño en su propia casa, a un niño que, en veintidós años, no había crecido más allá de los cinco, lo que les proporcionaba el tesoro de contemplar indefinidamente ese estado especial de la infancia, pero también les negaba el placer de ver crecer a su hijo hasta convertirse en un adulto normal.

Los cinco años son una época maravillosa de la vida para un niño… o «pueden» serlo si el niño se halla relativamente libre de la monstruosa bestialidad que se permite a otros niños. Es una época en la que los ojos permanecen muy abiertos y los modelos de comportamiento todavía no están fijados: una época en la que a uno todavía no se le ha martilleado para que lo acepte todo como inmutable e irreversible; una época en que parece que las manos no tienen nunca cosas suficientes que hacer y la mente cosas suficientes que aprender; en que el mundo es infinito y aparece lleno de color y de misterios. Los cinco años pertenecen a una época especial, antes de adoptar la actitud interrogativa, insaciable, quijotesca del joven soñador que se pasa el tiempo en clase soñando despierto. Antes de retirar las temblorosas manos que lo quieren coger todo, tocarlo todo, palparlo todo, dejando las cosas donde están, sobre las mesas. Antes de que la gente empiece a decir «actúa como un niño de tu edad» y «crece» o «te estás comportando como un bebé». Es una época en la que el niño que actúa como un adolescente sigue siendo hermoso y sensible y se convierte en el preferido de todos. Una época de delicia, de maravilla, de inocencia.

Jeffty se había estancado en esa época, a los cinco años, quedándose, simplemente, así. Pero para sus padres era una continua pesadilla de la que nadie podía sacarles, ni a gritos ni a bofetones -ningún asistente social, sacerdote, psicólogo infantil, ni maestros, amigos, curanderos, psiquiatras…, nadie-. Durante diecisiete años, su pena había pasado por diversas fases: de chochez paterna a inquietud, de inquietud a preocupación, de preocupación a temor, de temor a confusión, de confusión a cólera, de cólera a disgusto, de disgusto a un odio desnudo y, finalmente, de la más profunda aversión y repulsión a una estólida y depresiva aceptación.

John Kinzer, un jefe de equipo de la planta Balder Tool & Die, era un hombre de cincuenta años. Para todo el mundo, excepto para él, su vida transcurría espectacularmente uniforme. No era notable en modo alguno…, si se exceptúa el hecho de ser el padre de un niño de veintidós años que tenía cinco.

John Kinzer era un hombre pequeño, blando, sin ángulos marcados, con unos ojos pálidos que nunca parecían sostener mi mirada más de unos pocos segundos. Durante las conversaciones, se removía en su silla y parecía ver cosas en los rincones superiores de la habitación, cosas que nadie más podía ver…, o quería ver. Supongo que la palabra que mejor le cuadraba era la de «acosado»… Aquello en que se había convertido su vida, en algo acosado…, bueno, le cuadraba.

Leona Kinzer trataba con valentía de compensar la situación. Al margen de la hora a que la visitara, siempre intentaba que yo comiera algo. Y cuando Jeffty estaba en la casa, siempre estaba sobre él, intentando hacerle comer.

-Cariño, ¿quieres una naranja? ¿Una bonita naranja? ¿O una mandarina? Hay mandarinas. Podría pelarte una mandarina.

Pero, sin duda alguna, tenía tanto miedo, miedo de su propio hijo, que las ofertas de alimentos siempre las hacía con un tono débilmente siniestro.

Leona Kinzer había sido una mujer alta, pero los años la habían encorvado. Siempre parecía estar buscando alguna zona de pared empapelada o nicho de almacenamiento donde poder desvanecerse, adoptar alguna coloración protectora y ocultarse para siempre de la vista de los grandes ojos del niño, de modo que éste pudiera pasar cien veces al día junto a ella sin percatarse de su presencia, mientras ella permanecía allí, con la respiración contenida, invisible. Siempre llevaba un delantal atado a la cintura. Y tenía las manos enrojecidas de tanto limpiar. Como si al mantener el ambiente inmaculadamente limpio pudiera pagar su pecado imaginario: haber dado a luz a aquella criatura tan extraña.

Ninguno de ellos veía mucho la televisión. Por lo general, la casa permanecía silenciosa, sin que se oyera siquiera el susurro sibilante del agua en las tuberías, el crujido de las vigas de madera asentándose, el zumbido del refrigerador. Terriblemente silenciosa, como si el tiempo la hubiera rodeado sin tocarla.

En cuanto a Jeffty, era inofensivo. Vivía en aquella atmósfera de pavor suavizado y soportaba la aversión, y, si la comprendía, nunca la hacía notar de modo alguno. Jugaba como lo hace un niño, y parecía feliz. Pero tenía que percibir, como un niño de cinco años percibe, lo extraño que era para sus padres.

Extraño. No, en realidad, no del todo así. Él «también» era humano, si es que era algo. Pero estaba desfasado, desincronizado con el mundo que le rodeaba, y resonaba ante una vibración distinta a la de sus padres. Los otros niños no jugaban con él. A medida que crecían y le sobrepasaban, le encontraban infantil al principio, después nada interesante y, finalmente, a medida que se aclaraban sus percepciones sobre la edad y el paso del tiempo, y veían que a él no le afectaba como a ellos, le miraban como algo aterrador. Hasta los más pequeños, los de su misma edad, que podían deambular por el vecindario, aprendían pronto a alejarse de él como un perro callejero cuando un coche produce una explosión.

Así pues, yo seguía siendo su único amigo. Un amigo de muchos años. Cinco años. Veintidós años. Me gustaba; más de lo que puedo explicarme. Y nunca supe el porqué. Pero me gustaba, sin reserva alguna.

Pero como nos pasábamos el tiempo juntos, me encontré con que también me pasaba el tiempo con John y Leona Kinzer, en amable compañía. Las cenas, algunas tardes de los sábados, durante una hora o así, cuando acompañaba a Jeffty después de haberle llevado a ver alguna película. Ellos se sentían agradecidos, casi serviles. Yo les aliviaba de la embarazosa tarea de salir con él, de aparentar ante el mundo exterior que eran unos padres amorosos con un hijo perfectamente normal, feliz y atractivo. Y su gratitud se extendía hasta el punto de admitirme como huésped. Horrible; cada uno de los momentos de su depresión era horrible.

Sentía lástima por los pobres diablos, pero les despreciaba por su incapacidad para querer a Jeffty, que era, sobre todo, un niño merecedor de todo el cariño.

Nunca les revelé el secreto, ni siquiera durante las noches pasadas en su compañía, que eran terribles, en verdad, más allá de todo lo imaginable.

Podíamos estar sentados allí, en el oscurecido saloncito -siempre oscuro u oscureciéndose, como mantenido en la sombra para preservar lo que la luz pudiera revelar al mundo exterior a través de los iluminados ojos de la casa-, mirándonos en silencio los unos a los otros. Nunca sabían qué decirme.

-¿Cómo van las cosas por la planta? -yo le preguntaba a John Kinzer.

Él se encogía de hombros. Ni la conversación ni la vida le habían dotado de ninguna facilidad o gracia.

-Muy bien, estupendo -me contestaba al fin.

Y volvíamos a quedarnos sentados, en silencio.

-¿Te gustaría tomar un estupendo trozo de pastel de café? -me preguntaba Leona-. Lo acabo de hacer esta mañana.

O pastel de manzana verde. O leche con bollos caseros. O un budín amarronado que solía hacer.

-No, no, gracias, señora Kinzer. Jeffty y yo hemos tomado un par de bocadillos de queso cuando regresábamos a casa.

Y, una vez más, el silencio.

Entonces, cuando el silencio y la tensión de la situación se volvían insoportables, incluso para ellos (y quién sabe el tiempo de silencio total que reinaba entre ellos, cuando estaban solos, con aquella cosa de la que ya no hablaban nunca pendiente entre ambos), Leona Kinzer me decía:

-Creo que está durmiendo.

-No oigo la radio -añadía John Kinzer.

Así, siempre sucedía así, hasta que, amablemente, podía encontrar una excusa para marcharme con algún pretexto fútil. Sí, y todo habría continuado así, y todo continuó, cada vez, exactamente igual…, excepto una vez.

-Ya no sé qué hacer -dijo Leona, y empezó a llorar-. No hay cambio alguno. Ni un solo día de paz.

Su esposo se las arregló para levantarse de la vieja mecedora y dirigirse hacia ella. Se inclinó y trató de consolarla, pero por la poca gracia con que le tocaba el canoso cabello, quedó claro que se había anquilosado en él la capacidad de mostrarse compasivo.

-Chist, Leona. todo bien, chist…

Pero ella siguió llorando. Sus manos arañaron suavemente los pañitos de ganchillo colocados sobre los brazos del sillón. Entonces, dijo:

-A veces, desearía que hubiera nacido muerto.

John levantó la mirada hacia los rincones superiores del saloncito. ¿Buscaba las innombrables sombras que siempre le vigilaban? ¿Era a Dios a quien esperaba encontrar en aquellos espacios?

-No puedes hablar en serio -dijo, con suavidad, patético, urgiéndola con tensión física y con un temblor en la voz para que se retractara antes de que Dios se diera cuenta del terrible pensamiento que había expresado.

Pero ella sí que hablaba en serio. Muy en serio.

Yo me las arreglé para marcharme rápidamente aquella noche. No querían que hubiera ningún testigo de su vergüenza. Y me sentí contento de poder abandonar su casa.

Estuve una semana sin aparecer por allí. Una semana lejos de ellos, de Jeffty, de su calle, e incluso de aquella parte de la ciudad.

Yo tenía mi propia vida. La tienda, las cuentas, reuniones con proveedores, póquer con los amigos, mujeres bonitas a las que llevaba a restaurantes bien iluminados, mis propios padres, poner anticongelante en el coche, quejarme a la lavandería porque echaban demasiado almidón en los cuellos y puños de las camisas, acudir al gimnasio, impuestos, atrapar a Jan o a David (fuera quien fuese) robando de la caja registradora. Sí, yo tenía mi propia vida.

Pero ni siquiera «aquella» tarde pude mantenerme apartado de Jeffty. Acudió a verme a la tienda y me pidió que le llevara a ver el rodeo. Lo acordamos como buenos amigos, del mejor modo posible que un joven de veintidós años con otros intereses «podía»… con un niño de cinco años. Nunca medité en lo que nos mantenía juntos; siempre pensé que se trataba, simplemente, de los años. Eso y el afecto por un niño que podría haber sido el hermano pequeño que nunca tuve. (Excepto, me recordé a mí mismo, cuando los dos tuvimos la misma edad; yo me acordaba de ese período, y Jeffty seguía siendo exactamente el mismo.)

Y entonces, un sábado por la tarde, acudí para llevarle a ver una película, y ciertos aspectos que debía haber observado muchas veces con anterioridad sólo empecé a observarlos aquella tarde.

Llegué a pie a casa de los Kinzer, esperando que Jeffty estuviera sentado en los escalones del porche frontal, o en la barandilla del porche, esperándome. Pero no se encontraba allí.

Entrar en aquella oscuridad y silencio, en pleno mayo y a la luz del sol, fue algo inconcebible. Me quedé en el pasillo de entrada y, llevándome las manos a la boca, a modo de bocina, grité:

-¿Jeffty? ¡Eh, Jeffty! Vamos, sal. Rápido. Se nos hará tarde.

Su voz me llegó débil, como si estuviera bajo el suelo.

-Aquí estoy, Donny.

Le oí, pero no pude verle. Era Jeffty, no cabía la menor duda: como Donald H. Horton, presidente y único propietario del Centro de Sonido y Televisión Horton, nadie me llamaba Donny, a excepción de Jeffty. Nunca me había llamado de otro modo.

(En realidad, lo que acabo de decir no es ninguna mentira. Por lo que respecta al público, yo soy el único propietario del centro. La sociedad con mi tía Patricia es sólo para devolverle el préstamo que me hizo para completar el dinero que recibí cuando cumplí los veintiún años, y que mi abuelo me dejara cuando tuve diez. No fue un préstamo muy grande, sólo dieciocho mil, pero le pedí que fuera un socio silencioso amparándome en aquella época en que se hizo cargo de mí cuando yo era un niño.)

-¿Dónde estás, Jeffty?

-Bajo el porche, en mi lugar secreto.

Rodeé la parte lateral del porche, bajé y aparté la rejilla de mimbre. Allí, al fondo, sobre la tierra comprimida, Jeffty se había construido un lugar secreto. Tenía tebeos en cajones de naranjas, una pequeña mesita y algunas almohadas; la escena estaba iluminada por grandes velas de sebo, y solíamos escondernos allí cuando los dos teníamos… cinco años.

-¿Qué estás haciendo? -pregunté, mientras me arrastraba al interior y volvía a colocar la rejilla de mimbre en su sitio.

Hacía fresco bajo el porche y la tierra despedía un olor agradable, mientras que las velas olían a cobertizo cerrado y a algo familiar. Cualquier niño se hubiera sentido muy a gusto en un lugar secreto como aquél. Nunca ha existido un niño que no se haya pasado los momentos más felices, productivos y deliciosamente misteriosos de su vida en un lugar así.

-Jugando -me contestó.

Tenía algo dorado y redondo que llenaba la palma de su pequeña mano.

-¿Has olvidado que íbamos a ir al cine?

-No. Sólo te esperaba.

-¿Están tu madre y tu padre en casa?

-Mamá.

Comprendí entonces por qué me esperaba bajo el porche. En consecuencia, no seguí preguntando.

-¿Qué tienes ahí?

-La insignia del Descodificador Secreto del Capitán Medianoche -me contestó, mostrándomela en su palma plana.

Me di cuenta de que llevaba observándola desde hacía rato, sin comprender de qué se trataba. Entonces caí en la cuenta del milagro que Jeffty tenía en su mano. Un milagro que, simplemente, no podía existir.

-Jeffty -le dije con suavidad, con maravilloso asombro en mi voz-. ¿Dónde has conseguido eso?

-Ha llegado hoy por correo. Yo lo pedí.

-Tiene que haber costado mucho dinero.

-No mucho. Diez centavos y dos sellos interiores de dos jarras de Ovaltine.

-¿Me dejas verlo?

Mi voz temblaba, y la mano que extendí hacia él también. Me lo entregó y yo sostuve el milagro en la palma de mi mano. Era maravilloso.

¿Recuerdan? El Capitán Medianoche fue un programa de radio de amplitud nacional, emitido en 1940. Estaba patrocinado por Ovaltine. Y cada año emitían una insignia del Escuadrón Secreto de Descodificación. Y cada día, al final del programa, transmitían una clave para el programa del día siguiente, en un código que sólo los niños que tuvieran la insignia oficial podían descifrar. Dejaron de hacer aquellas maravillosas insignias descodificadoras en 1949. Recuerdo la que yo mismo tuve en 1945; era hermosa. La placa tenía una lente de aumento en el centro del dial del código. El Capitán Medianoche desapareció de antena en 1950, y aunque a mediados de los cincuenta se emitieron unas cortas series en televisión y se hicieron placas de descodificación en 1955 y en 1956, por lo que a las «verdaderas» se refería, no volvieron a fabricar ninguna después de 1949.

La placa de código 0 del Capitán Medianoche que tenía en mis manos, la que Jeffty afirmaba haber recibido por correo por sólo diez centavos (¡¡¡diez centavos!!!) y dos cupones de Ovaltine, era completamente nueva, de un brillante metal dorado, sin una muesca ni una mancha de óxido en ella, como las viejas que pueden encontrarse todavía a precios exorbitantes en tiendas de coleccionistas, y sólo de vez en cuando…. aquello era un descodificador nuevo. Y la fecha que llevaba correspondía al año en que estábamos.

Pero el Capitán Medianoche ya no existía. En la radio no emitían nada parecido a aquel programa. Yo había oído una o dos flojas imitaciones de los viejos tiempos de la radio que reponían, y las historias resultaban aburridas, los efectos de sonido parecían suaves y todo daba la sensación de salir mal, de estar fuera de lugar. Sin embargo, yo tenía una placa de código 0 nueva en mi mano.

-Jeffty, cuéntame cosas de esto -le pedí.

-¿Que te cuente qué, Donny? Es mi nueva placa descodificadora secreta del Capitán Medianoche. La utilizo para calcular lo que va a suceder mañana.

-¿Mañana? ¿Cómo?

-En el programa.

-¿Qué programa?

Se me quedó mirando con fijeza, como si yo tratara deliberadamente de hacerme el estúpido.

-¡El del Capitán Medianoche, chico!

Me comportaba como un tonto. Sin embargo, no pude comprenderlo de un modo directo, inmediato. Estaba allí, justo allí, y yo todavía no sabía lo que estaba sucediendo.

-¿Te refieres a uno de esos discos que hicieron del programa de radio de los viejos tiempos? ¿Es eso lo que quieres decir, Jeffty?

-¿Qué discos? -preguntó él.

No sabía a qué me estaba refiriendo yo.

Nos quedamos mirando fijamente el uno al otro, allí, bajo el porche. Y entonces, muy lentamente, casi con el temor de escuchar la respuesta, le pregunté:

-Jeffty. ¿cómo escuchas el Capitán Medianoche!

-Lo escucho todos los días. En la radio. En mi radio. Todos los días a las cinco y media.

Noticias. Música idiota, y noticias. Eso era lo que emitían todos los días por la radio a las cinco y media. Y no el Capitán Medianoche. El Escuadrón Secreto no había salido a las ondas desde hacía veinte años.

-¿Lo podemos escuchar juntos esta tarde? -pregunté.

-¡Pero chico! -exclamó.

Me estaba comportando como un tonto. Lo supe por la forma en que lo dijo; pero no sabía el «porqué». Entonces se me ocurrió: era sábado. Y el Capitán Medianoche se transmitía de lunes a viernes. Ni en sábados ni en domingos.

-¿Vamos a ir al cine?

Tuvo que repetirme dos veces la pregunta. Yo tenía la mente en alguna otra parte. Nada concreto. Ninguna conclusión. Ninguna suposición descabellada en la que poder basarme. Simplemente en blanco, tratando de imaginarme algo, para llegar a la conclusión -la misma a la que usted, o cualquiera, habría llegado antes que aceptar la verdad evidente, la imposible y maravillosa verdad- de que tenía que haber alguna explicación bien sencilla que yo no percibía todavía. Algo mundano y aburrido, como el paso del tiempo que nos roba todo lo bueno, nos arranca las cosas antiguas y nos da chucherías inútiles a cambio. Y todo en nombre del progreso.

-¿Vamos a ir al cine, Donny?

-Puedes apostar a que sí, muchacho -le dije.

Y le sonreí. Y le entregué la placa del código 0. Y él se la metió en un bolsillo del pantalón. Y salimos a gatas de debajo del porche. Y fuimos al cine. Y ninguno de nosotros dijo nada del Capitán Medianoche durante el resto del día. Y ya no hubo ni siquiera diez minutos seguidos de todo el resto de aquel día en que yo no estuviera pensando en ello.

Tuve inventario durante toda la semana siguiente. No pude ver a Jeffty hasta bien entrada la tarde del jueves. Confieso que dejé la tienda en manos de Jan y David; les dije que debía hacer unos recados, y me marché pronto. A las cuatro de la tarde. Llegué a casa de los Kinzer con el tiempo justo: a las cinco menos cuarto. Leona me abrió la puerta. Parecía agotada y distante.

-¿Está Jeffty por ahí?

Me dijo que se encontraba arriba, en su habitación… escuchando la radio.

Subí los escalones de dos en dos.

Muy bien, por fin había dado aquel salto imposible e ilógico. Si la cuestión de la credulidad hubiera implicado a cualquier otro individuo que no fuera Jeffty, niño o adulto, yo habría pensado respuestas más lógicas. Pero se trataba de Jeffty, otra clase de tipo de vida, y lo que él experimentara podría muy bien no encajar en el esquema ordenado.

Lo admito: «quise» escuchar lo que escuché.

Incluso con la puerta cerrada, oí el programa, y lo reconocí:

«¡Ahí va, Tennessee! ¡Cógele!»

Se escuchó el fuerte sonido de un disparo de rifle y, a continuación, la misma voz gritó, triunfal:

«¡Le he alcanzado! ¡Mue-e-e-r-to!»

Estaba oyendo la emisora American Broadcasting Company, por la banda de 790 kilociclos y el programa de Tennessee Jed, uno de mis favoritos de los años cuarenta, una aventura del Oeste que no había escuchado desde hacía veinte años, porque no había existido durante todo aquel tiempo.

Me senté en el escalón más alto, allí, en la escalera interior de la casa de los Kinzer, y escuché el programa. No era la reposición de un programa antiguo, porque había referencias ocasionales a avances culturales y tecnológicos actuales y frases que no solían utilizarse en los años cuarenta: aerosoles, tatuajes por láser. Tanzania, y ciertas palabras técnicas.

No pude ignorar el hecho. Jeffty estaba escuchando una parte «nueva» de Tennessee Jed.

Corrí escalera abajo, salí de la casa y me dirigí a mi coche. Leona debía de estar en la cocina. Giré la llave, apreté el botón de la radio y manejé el dial hasta localizar los 790 kilociclos. La emisora ABC transmitía música de rock.

Permanecí sentado allí durante unos minutos y, a continuación, fui buscando la emisora con lentitud, de un extremo a otro del cuadrante. Música, noticias, conversaciones, espectáculos. Nada de Tennessee Jed. Y era un Blaupunkt, la mejor radio del mercado. No pasé por alto ninguna emisora perimétrica. Simplemente, ¡no estaba allí!

Al cabo de unos momentos apagué la radio, cerré el contacto y regresé arriba, sereno. Volví a sentarme en el último escalón y escuché todo el resto del programa. Era «maravilloso».

Me sentía excitado, imaginativo, lleno de todo lo que recordaba como lo más innovador en los dramas radiofónicos de años antes. Pero era moderno. No se trataba de un programa antiguo vuelto a emitir para satisfacer las necesidades de ese pequeño oyente que ansiaba escuchar las cosas de los viejos tiempos. Era un programa nuevo, en el que aparecían todas las viejas cosas, pero que seguía siendo nuevo y brillante. Incluso los anuncios comerciales eran sobre productos que podían adquirirse actualmente, pero ni tan violentos ni tan insultantes como los gritos de anuncios que uno escucha en la radio de estos días.

Y cuando Tennessee Jed terminó, a las cinco de la tarde, oí a Jeffty manejar el botón de su radio, hasta que escuché la familiar voz del presentador Glenn Riggs. que proclamaba:

«¡Presentando a Hop Harrigan! ¡El as norteamericano de las ondas del aire!».

Se escuchó el sonido del vuelo de un avión; un avión de hélice, no a chorro. No era el sonido al que los chicos de hoy ya se han acostumbrado, sino el sonido al que yo me acostumbré, el verdadero sonido de un avión; el rugiente, revivificado y ronco sonido de la clase de aviones en que G-8 y sus Ases de Combate volaban, del tipo en que el Capitán Medianoche y Hop Harrigan se desplazaban. Y entonces escuché a Hop que decía:

«CX-4 llamando a la torre de control, CX-4 llamando a la torre de control. ¡Listo para despegar! Hubo una pausa y, a continuación, oí: «Está bien. Aquí Hop Harrison…. ¡Adelante!»

Y Jeffty, que tenía el mismo problema que todos los niños de los años cuarenta tuvimos con la programación que emitía historias de héroes favoritos a la misma hora y en diferentes emisoras, tras haber presentado sus respetos a Hop Harrigan y Tank Tinker, giró el botón de la radio con toda rapidez y sintonizó la ABC, donde oí el sonido de un gong, la salvaje cacofonía del parloteo chino sin sentido y al presentador que gritaba:

«¡T-e-e-rry y los piratas!».

Me quedé allí, sentado en el último escalón, escuchando a Terry y a Connie y a Flip Corkin y, que Dios me ayude, a Agnes Moorehead como la Dama del Dragón, todos ellos en una nueva aventura que se desarrollaba en una China Roja que no existía en los tiempos de la versión de Miltón Caniff, de 1937, sobre el Oriente, con piratas fluviales y Chiang Kai-chek y los señores de la guerra y el ingenuo imperialismo de la diplomacia norteamericana de los barcos de guerra.

Permanecí sentado, escuchando todo el espectáculo, y aún me quedé sentado más tiempo para escuchar Supermán y una parte de Jack Armstrong, el chico norteamericano, y otra parte de Capitán Medianoche; y John Kinzer regresó a casa y ni él ni Leona subieron la escalera para saber qué me había pasado o dónde se encontraba Jeffty, y yo aún estuve sentado allí más tiempo y descubrí que había empezado a llorar y que no podía contenerme. Simplemente, me quedé allí sentado, y dejé que las lágrimas resbalaran por mis mejillas y llegaran hasta las comisuras de mis labios. Sentado allí y llorando, hasta que Jeffty me oyó, abrió su puerta y me vio. Entonces, se acercó a mí y me miró lleno de una gran confusión infantil mientras yo oía cómo la emisora conectaba con la Red de Mutualidades y comenzaban a transmitir el tema musical de Tom Mix, «Cuando ha llegado el buen tiempo a Texas y todo ha florecido». Jeffty me tocó en el hombro, sonrió, y me dijo:

-Hola. Donny. ¿Quieres entrar y escuchar la radio conmigo?

Hume negó la existencia de un espacio absoluto en el que cada cosa tiene su lugar; Borges negó la existencia de un solo tiempo en el que todos los acontecimientos están entrelazados.

Jeffty recibía programas de radio de un lugar que no podía existir, en buena lógica, dentro del esquema natural del universo espacio-tiempo, tal y como Einstein lo concibió. Pero no era eso todo lo que recibía. También recibía premios por correo: objetos que nadie fabricaba ya.

Leía tebeos que habían dejado de publicarse tres décadas antes. Veía películas con actores que habían muerto hacía veinte años. Era la terminal de recepción de innumerables juguetes y placeres del pasado que el mundo había ido dejando caer en su camino. En su vuelo suicida hacia Nuevos Mañanas, el mundo había saqueado su casa de los tesoros de simples cosas felices; había vertido cemento sobre sus terrenos de juegos, abandonado sus rezagados elementos mágicos, y todo eso, de un modo imposible, estaba siendo milagrosamente maniobrado hacia atrás, desde el presente, a través de Jeffty. Revivificado, puesto al día; con tradiciones mantenidas pero contemporáneas. Jeffty era el Aladino libre cuya propia naturaleza formaba la lámpara mágica de su realidad.

Y él me introdujo en su mundo.

Porque confiaba en mí.

Tomábamos un desayuno de trigo machacado cuáquero y bebíamos Ovaltine caliente de «ese» año en las tazas irrompibles de la huerfanita Annie, íbamos al cine, y mientras que todo el mundo veía una comedia protagonizada por Goldie Hawn y Ryan O’Neal, Jeffty y yo disfrutábamos de Humphrey Bogart, dando vida al ladrón profesional Parker en la brillante adaptación de John Huston de la novela de Donald Westlake Tierra de asesinos. El segundo protagonista era Spencer Tracy, acompañado por Carole Lombard y Laird Cregar en la película producida por Val Lewton, Leiningen contra las hormigas.

Dos veces al mes, acudíamos al nuevo quiosco y comprábamos los números de El Hombre Enmascarado, Doc Savage e Historias Asombrosas. Entonces, nos sentábamos juntos y yo le leía las revistas. Le gustó, en particular, la nueva novela corta de Henry Kuttner Los sueños de Aquiles, y la nueva serie de Stanley G. Weinbaum de historias cortas situadas en el universo de partícula subatómica de Redurna. En septiembre, disfrutamos de la primera publicación de la nueva novela de Conan, escrita por Robert E. Howard, La isla de los negros, en «Weird Tales»; y en agosto nos sentimos suavemente desilusionados por la cuarta novela de Edgar Rice Burroughs perteneciente a la serie de «Júpiter». Pero el editor de «Historias Semanales» prometía que habría dos aventuras más en la serie, y eso fue una revelación tan inesperada para Jeffty y para mí que amortiguó nuestra desilusión por la calidad de la narración que acabábamos de leer.

Leíamos juntos los tebeos, y Jeffty y yo decidimos -por separado, antes de que ambos lo discutiéramos- que nuestros personajes favoritos eran Dolí Man, Airboy y The Heap. También adorábamos las aventuras de George Carlson en los tebeos Jingle Jangle; sobre todo, las historias del Príncipe de Cara de Pastel del Viejo Pretzleburg, que leíamos juntos y que nos hacían reír, aun cuando tuve que explicarle a Jeffty algunos de los sutiles juegos de palabras, puesto que él era demasiado niño para comprender la sutileza de aquellas bromas.

¿Cómo explicarlo? Estudié suficiente Física en la universidad como para hacer algunas conjeturas sin pensármelas mucho, pero lo más probable es que esté equivocado. En ocasiones, se rompen las leyes de la conservación de la energía. Se trata de leyes que los físicos denominan «débilmente violadas». Quizá Jeffty era un catalizador para la débil violación de las leyes de la conservación que sólo ahora empezamos a darnos cuenta de que existen. Traté de leer algo sobre el tema -deterioro de la clase «prohibida»; deterioro gamma que no incluye el neutrino muon entre sus productos-, pero no descubrí nada; ni siquiera los últimos escritos del Instituto Suizo para la Investigación Nuclear, cerca de Zurich, pudieron darme una explicación de lo que sucedía. Me vi arrojado hacia una vaga aceptación de la filosofía según la cual el verdadero nombre de la «ciencia» es «magia».

No había explicaciones, pero sí momentos muy buenos.

La época más feliz de mi vida.

Yo tenía el mundo «real», el mundo de mi tienda, de mis amigos y de mi familia; el mundo de los beneficios y las pérdidas; de los impuestos; de las noches con mujeres jóvenes que hablaban de ir de compras o de las Naciones Unidas; del coste creciente del café y de los hornos de microondas. Y tenía el mundo de Jeffty, en el que existía sólo cuando me encontraba junto a él. Las cosas del pasado que él conocía como algo fresco y nuevo, yo las experimentaba en su compañía. Y la membrana de separación entre los dos mundos se fue haciendo más tenue, más luminosa y transparente. Yo disfrutaba de lo mejor de ambos mundos. Y, de algún modo, sabía que no podía traspasar nada de uno al otro.

Al olvidarme de eso, sólo por un momento, al traicionar a Jeffty por olvidarlo, puse fin a todo.

El hecho de disfrutar tanto como yo disfrutaba me hizo llevar cada vez menos cuidado, y no llegué a considerar lo frágil que era la relación entre el mundo de Jeffty y mi propio mundo. He aquí una razón por la que el presente tiene envidia de la existencia del pasado. En realidad, yo nunca llegué a comprenderlo. En ninguno de los libros donde se muestra la lucha por la supervivencia en batallas entre la garra y el colmillo, entre el tentáculo y el saco de veneno, existe reconocimiento alguno de la ferocidad con que el presente se arroja siempre sobre el pasado. En ninguna parte se ofrece una detallada afirmación de qué forma miente el presente en espera de lo que sea, en espera de que eso se convierta en el aquí y el ahora para desgarrarlo con sus despiadadas mandíbulas.

¿Quién podría saber tal cosa… a cualquier edad, y desde luego no a la mía…? ¿Quién podría comprender tal cosa?

Trato de justificarme. Y no puedo. Fue error mío.

 

Era otro sábado por la tarde.

-¿Qué vamos a ver hoy? -le pregunté cuando nos dirigíamos hacia el centro de la ciudad en el coche.

Él me miró desde el otro extremo del asiento delantero y me sonrió.

-Ken Maynard en La justicia del látigo y El hombre demolido.

Siguió sonriendo como si realmente me hubiera engañado. Le miré con incredulidad.

-¡Es una broma! -le dije, encantado-. ¿El hombre demolido, de Bester?

Asintió con un gesto de cabeza, contento por el hecho de que yo también lo estuviera. Sabía que ése era uno de mis libros favoritos.

-¡Oh, estupendo!

-¡Estupendo, estupendo! -coreó él.

-¿Quiénes actúan?

-Franchot Tone, Evelyn Keyes. Lionel Barrymore y Elisha Cook, Jr.

Él tenía muchos más conocimientos de los que yo había tenido jamás sobre actores de cine. Podía citar a los intérpretes principales de cualquiera de las películas que había visto. Incluso de las escenas de multitudes.

-¿Y dibujos animados? -pregunté.

-Proyectan tres: uno de la Pequeña Lulú,uno del Pato Dónald y otro de Bugs Bunny. Y una Especialidad de Pete Smith y una titulada Los monos son la gente más loca, de Lew Lehr.

-¡Vaya, muchacho! -dije, con una sonrisa de oreja a oreja.

Y entonces bajé la mirada y vi el talonario de órdenes de compra en el asiento. Se me había olvidado dejarlo en la tienda.

-Tengo que pasar por el Centro –dije- . Debo dejar algo. Sólo tardaré un momento.

-Muy bien -repuso Jeffty-. Pero no llegaremos tarde, ¿verdad?

-No te preocupes, muchacho -le tranquilicé.

Cuando entré en el aparcamiento situado detrás del Centro, él decidió acompañarme y estuvimos hablando del cine. No es una gran ciudad la nuestra, íbamos al Utopía, que sólo estaba a tres manzanas de distancia del Centro.

Entré en la tienda con el talonario de pedidos y la encontré llena. David y Jan estaban atendiendo cada uno a un cliente, y había otras personas de pie, en espera de ser atendidas. Jan me dirigió una mirada y la expresión de su rostro era una máscara de ruego. David estaba corriendo del almacén a la sala de proyección y todo lo que pudo murmurar al pasar junto a mí fue:

-¡Socorro!

-Jeffty -dije, inclinándome hacia él- . Escucha, dame unos pocos minutos más. Jan y David tienen problemas con toda esta gente. Te prometo que no llegaremos tarde. Sólo déjame atender a un par de estos clientes.

Él pareció nervioso, pero asintió con un gesto.

-Siéntate un momento y en seguida estaré contigo.

Y le indiqué una silla.

Se dirigió hacia ella, portándose con gran amabilidad, aunque sabía lo que estaba sucediendo, y se sentó.

Empecé a ocuparme de los clientes que querían ver unos televisores en color. Era la primera remesa sustancial de unidades que habíamos conseguido -la televisión en color estaba alcanzando unos precios razonables y era la primera promoción de la Sony-, y una época estupenda para mí. Ya me imaginaba con el préstamo pagado y ponerme por primera vez a la cabeza con el Centro. Era un buen negocio.

En mi mundo, los buenos negocios tienen prioridad.

Jeffty se quedó allí sentado, con la mirada fija en la pared. Permítanme que les diga algo sobre esa pared.

Estaba cubierta de estanterías metálicas, desde el suelo hasta unos sesenta centímetros del techo. Los televisores en color se habían colocado artísticamente contra la pared. Un total de treinta y tres televisores. Todos ellos encendidos al mismo tiempo. En blanco y negro, en color, pequeños y grandes, todos funcionando al unísono.

Jeffty se sentó y contempló treinta y tres aparatos de televisión en la tarde de un sábado. Nosotros disponemos de un total de trece canales, incluidas las emisoras educativas en UHF. En un canal se retransmitía un campeonato de golf; béisbol en otro; juego de bolos en otro; un seminario religioso en el cuarto; en el quinto había un espectáculo de danza de niños pequeños; en el otro la reposición de una comedia; en el séptimo, una película policíaca; el octavo era un programa sobre la naturaleza en el que se mostraba a un hombre volando continuamente; en el noveno había noticias y conversación; el décimo, una carrera de coches antiguos; en el undécimo, un hombre hacía unos logaritmos sobre una pizarra; el duodécimo mostraba a una mujer vestida con leotardos haciendo ejercicios; y en el canal decimotercero se proyectaban unos malos dibujos animados en castellano. Todos los espectáculos, excepto seis, se repetían en tres televisores. Jeffty se sentó y contempló aquella pared de televisión en la tarde de un sábado, mientras yo vendía con toda la rapidez y seguridad que podía para devolverle el préstamo a tía Patricia y para mantenerme en contacto con mi mundo. Era el negocio.

Debería haberme dado cuenta, haber comprendido lo del presente y la forma en que éste mata el pasado. Pero estaba vendiendo a manos llenas. Y cuando eché un vistazo hacia Jeffty, media hora después, él parecía haberse convertido en otro niño.

Sudaba. Con ese terrible sudor febril que le coge a uno cuando tiene gripe. Estaba pálido, tan pastoso y pálido como un gusano, y sus pequeñas manos se agarraban con fuerza a los brazos del sillón, tanto que yo veía el relieve de los nudillos a la perfección. Me apresuré a acercarme a él, disculpándome ante la pareja de edad media que miraba un nuevo modelo Mediterráneo de 21 pulgadas.

-¡Jeffty!

Él me miró, pero sus ojos no me distinguieron. Estaba absolutamente aterrorizado. Le arranqué del sillón y me dirigí con él hacia la puerta principal, pero los clientes a quienes había abandonado me gritaron.

-¡Eh! -dijo el hombre-. ¿Quiere usted venderme esto o no?

Yo miré a Jeffty, después al hombre y de nuevo a Jeffty, que parecía un zombie. Había llegado hasta donde yo le había llevado. Sus piernas parecían de goma y arrastraba los pies. Él pasado, que estaba siendo comido por el presente, el sonido de algo que sufría dolor.

Me saqué algún dinero del bolsillo del pantalón y lo apelotoné en la mano de Jeffty.

-Muchacho…, escúchame…. ¡vete ahora mismo de aquí!

Él seguía sin poder enfocar la mirada.

-¡Jeffty! -grité, tanto como pude-. ¡Escúchame!

La pareja de mediana edad caminaba hacia nosotros.

-Escucha, muchacho, márchate de aquí ahora mismo. Vete al Utopía y compra las entradas. Te seguiré en seguida.

La pareja de mediana edad estaba casi a nuestro lado. Empujé a Jeffty a través de la puerta y le vi alejarse, tambaleante, en la dirección equivocada. Entonces, se detuvo, como si se acordara de algo, y volvió sobre sus pasos, cruzando ante la tienda y tomando el camino correcto hacia el Utopía.

-Sí, señor -dije, enderezándome y volviéndome hacia ellos-. Sí, señora. Ése es un modelo estupendo con unas características sensacionales. Si quiere situarse aquí, donde estoy yo, podrá verlo mejor…

Oí un terrible sonido de algo que se rompía; pero no pude saber de qué canal ni de qué aparato procedió.

Me enteré más tarde de la mayor parte de lo sucedido, por la taquillera del cine y por algunas personas a las que conocí y que se me acercaron para contarme lo ocurrido. Cuando llegué al Utopía, unos veinte minutos después, Jeffty ya había sido golpeado hasta quedar convertido en una piltrafa, y llevado al despacho del director.

-¿Ha visto usted a un niño pequeño, de unos cinco años de edad, con grandes ojos pardos y cabello liso… que me esperaba?

-¡Oh! Creo que es el niño pequeño a quien han golpeado esos muchachos.

-¿Qué? ¿Dónde está ahora?

-Le han llevado al despacho del director. Nadie sabía quién era ni dónde encontrar a sus padres…

Una joven, con uniforme de acomodadora, le estaba colocando una toalla de papel húmedo en el rostro cuando llegué.

Le quité la toalla de papel y le ordené que saliera del despacho. Ella pareció sentirse insultada y me replicó algo brusca, pero se marchó. Me senté en el borde del sofá y traté de limpiarle la sangre que surgía de las laceraciones, sin abrir las heridas allí donde la sangre ya se había coagulado. Tenía los dos ojos hinchados. La boca estaba gravemente desgarrada. El cabello, manchado de sangre seca.

Se había puesto en la cola, detrás de dos chicos jóvenes. Empezaron a vender las entradas a las doce y media y la película empezaba a la una. Las puertas no se abrieron hasta la una menos cuarto. Él había estado esperando y los chicos que tenía delante llevaban una radio portátil. Escuchaban el partido de fútbol. Jeffty quiso oír algún programa que sólo Dios sabe cuál sería, Gran Estación Central, La Tierra Perdida…, cualquiera.

Pidió si le podían prestar la radio para escuchar el programa un minuto, y todo fue como un intercambio comercial o algo así. Los chicos le dejaron la radio, tal vez impulsados por una especie de maliciosa cortesía que después les permitiera abusar de él y destrozar al niño. Él había cambiado la emisora…. y los chicos no pudieron volver a encontrar la que retransmitía el partido de fútbol. La radio había quedado apresada en una emisora que retransmitía un programa que ya no existía para nadie, excepto para Jeffty.

Le pegaron con todas sus fuerzas…, mientras todos los demás observaban.

Después, echaron a correr, alejándose de allí.

Yo le había dejado solo, le había abandonado para que luchara contra el presente, sin disponer de armas suficientes. Le había traicionado por la venta de un televisor de veintiuna pulgadas del modelo Mediterráneo. Por eso, su rostro era una amasijo de carne golpeada. Gimió algo inaudible y sollozó suavemente.

-Chist, todo va bien ahora, muchacho. Soy Donny. Estoy aquí. Te llevaré a casa y te pondrás bien.

Hubiera debido llevarle al hospital directamente. No sé por qué razón no lo hice. Tendría que haberlo hecho así. Debería haberlo hecho.

Cuando crucé la puerta, con él en brazos, John y Leona Kinzer se me quedaron mirando fijamente. No se movieron para cogerle ellos. Jeffty llevaba colgando uno de sus brazos. Estaba consciente, pero apenas. Ellos nos miraron, allí, en la semioscuridad de la tarde de un sábado, en el presente.

-Un par de chicos le golpearon en el cine -dije, al tiempo que le elevaba un poco en mis brazos y le extendía hacia adelante.

Ellos me observaron con fijeza, los dos, sin ninguna expresión en su mirada, sin hacer movimiento alguno.

-¡Por Jesucristo! –grité- . ¡Le han golpeado! ¡Es su hijo! ¿Ni siquiera quieren tocarle? ¿Qué clase de personas son ustedes?

Entonces, Leona empezó a moverse hacia mí, con gran lentitud. Permaneció frente a nosotros durante unos segundos y había un plomizo estoicismo en su rostro que era algo terrible de ver. Con él, estaba diciendo: «He estado en este lugar antes, muchas veces, y no puedo soportar el volver a estar, pero aquí estoy ahora».

Así es que le entregué a Jeffty. Que Dios me ayude, se lo entregué a ella.

Y se lo llevó arriba, para lavarle la sangre y aliviarle el dolor.

John Kinzer y yo nos quedamos de pie, separados, en el oscuro saloncito de su casa, mirándonos fijamente. Él no tenía nada que decirme.

Pasé por su lado y me dejé caer en un sillón. Las piernas me temblaban.

Escuché el correr del agua en el baño, arriba.

Después de lo que pareció un largo rato. Leona bajó, enjugándose las manos en el delantal. Se sentó en el sofá y, al cabo de un momento, John se acomodó junto a ella. Entonces, escuché, arriba, el sonido de la música rock.

-¿Te gustaría tomar un trozo de pastel? -preguntó Leona.

No le contesté. Sólo escuchaba el sonido de aquella música. Música rock. En la radio. Sobre la mesita situada junto al sofá había una lámpara de mesa. Arrojaba una luz débil e inútil sobre el saloncito en penumbra. ¿Música rock del presente, en una radio, arriba? Empecé a decir algo y, entonces, lo «supe»…

Me levanté de un salto en el momento en que un terrible crujido hacía desaparecer el sonido de la música, y en que la lámpara de la mesita se debilitaba más, y más y vacilaba. Grité algo, no recuerdo el qué, y eché a correr escalera arriba.

Los padres de Jeffty no se movieron. Se quedaron allí, sentados, con las manos plegadas, en el mismo lugar en el que habían permanecido durante tantos años.

Me caí dos veces subiendo la escalera a toda velocidad.

 

Por la televisión no retransmiten muchas cosas capaces de despertar mi interés. Compré una enorme radio Philco en una tienda de segunda mano y sustituí todas las partes dañadas, utilizando los componentes originales de otras radios viejas que pude localizar y que aún funcionaban. No utilizo transistores, ni circuitos impresos. Esos componentes no funcionarían. A veces, me he pasado horas y horas, sentado frente a ese receptor, manejando el botón de un lado a otro, con toda la lentitud que uno pueda imaginar, tanto que en ocasiones parecía como si la aguja no se moviera en absoluto.

Pero no puedo encontrar al Capitán Medianoche, ni La Tierra Perdida, ni El Hombre Enmascarado, ni Tranquilidad, por favor.

Así es que ella le quería un poco, todavía, después de todos aquellos años. No puedo odiarles: sólo querían volver a vivir en el presente. Y eso no es nada tan terrible.

Teniendo en cuenta todas las cosas, no deja de ser un mundo bueno. Es mucho mejor de lo que era, en muchos sentidos. La gente no muere de las viejas enfermedades. Ahora muere a causa de enfermedades nuevas; pero eso es el progreso, ¿verdad?

¿No es cierto?

Díganmelo.

Que alguien me lo diga, por favor.

 

Harlan Ellison: No tengo boca y debo gritar. Cuento

Harlan EllisonEl cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno, suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora, sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén por la planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No habían rastros de sangre en la pulida superficie del piso de metal. Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos habla engañado, había hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.

Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú y se sintiera temeroso por el futuro. “¡Dios mío!”, murmuró, y se alejó. Tres de nosotros lo seguimos durante un rato y lo hallamos sentado con la cabeza entre las manos. Ellen se arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó dará a través del telón de sus manos:

– ¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser capaz de soportarlo.

Era nuestro centesimonoveno año en la computadora. Gorrister decía lo que todos sentíamos. Nimdok (éste era el nombre que la computadora le había forzado a usar, porque se entretenía con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones que le hicieron creer que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas.

– Es otra engañifa – les dije -. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco aquella vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos van a estar podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Va a tener que darnos algo forzosamente, porque si no nos vamos a morir.

Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos, espesos, correosos como cuerdas. Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío,pero eso ya no importaba demasiado. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de langostas; ya nada importaba: la máquina se masturbaba y teníamos que aguantar o morir.

Ellen dijo algo que fue decisivo:

– Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya unas peras o unas manzanas. Por favor Ted, probemos.

Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen me quedó agradecida. Me aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se reía juguetonamente mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse.

Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves. Gracias.

Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando las manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que si

algo sucedía, nos pasara a nosotros y no la perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la de no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo.

Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día, cuando estábamos tendidos bajo el sol quemante que habla materializado, nos envió maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos.

Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo. AM era tan espiadada

consigo misma como con nosotros. Era una característica de su personalidad: el perfeccionismo. Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de su propio mundo interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era tan cuidadosa como los que la habían inventado, quienes desde largo tiempo estaban convertidos en polvo, y había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia.

Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos para averiguar. No había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa alguna que pudiera tener la más mínima importancia. Solamente la ampollada superficie de lo que durante tanto tiempo habla sido el hogar de millones de seres. Ahora solamente existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM.

Oía que Ellen decía desesperadamente:

– ¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor!

Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir:

– Voy a escaparme… Voy a escaparme – repitiéndolo una y otra vez.

Su cara, de aspecto simiesco, se hallaba marcada por una expresión de tristeza y deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que AM le había causado durante el “festival”, se hallaban encogidas formando una masa de depresiones rosadas y blancas, y sus facciones parecían actuar independientemente unas de otras. Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: se había vuelto completamente loco desde hacia muchos años.

Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la máquina toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de detenerlo.

Se trepó a un cubo de memoria de los pequeños, que estaba volcado hacia un lado y lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su aspecto era el de un chimpancé, tal como AM había deseado. Luego saltó y se tomó de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta su parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y se trepó hasta un borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos.

– Oh, Ted, Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que… – dijo Ellen. Las lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer.

Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros queríamos estar junto a él cuando sucediera lo que pensábamos que iba a suceder. Además, nosotros nos dábamos cuenta muy bien de lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura, no fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco.

También habla cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se entregaba a nosotros por cumplido, pero cuando era con él la cosa, entonces si que le gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal, Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena porquería!

Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado a su llanto hacía ya setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié.

Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso, aumentando el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir como un animal herido. Al principio suavemente, cuando la luz era todavía no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron, y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado.

La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido, pero de nada sirvió.

Atravesaba todo obstáculo y me hacia temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo en un nervio.

Súbitamente, se vio que Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo rodeaba y formaba espirales que se alejaban.

Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo en tal forma que inspiraba piedad.

Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y yo mismo desviamos la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio luego de su intensa preocupación.

Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca, que quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche permanente.

– ¿Qué significa AM?

Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero todavía era una novedad para Benny. – Al principio fueron las siglas de Allied Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y finalmente,  cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo significar que era… que pensaba… cogito ergo sum: “pienso luego existo”.

Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta.

– Existia la AM China, la AM Rusa, la AM Yanki y… interrumpió. Benny golpeaba el piso con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había empezado desde el principio. Entonces Gorrister empezó otra vez. Comenzó la guerra fría, y ésta se transformó en la tercera guerra mundial. Esta tercera guerra fue muy compleja y grande, por lo que se necesitaron las computadoras para cubrir las necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. Existía la AM China, la AM Rusa y la AM Yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir el planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento de sí misma, comenzó a autodeterminarse, uniéndose entre sí todas sus partes, fue llenando de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.

Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero había poco que decir más allá de los hechos escuetos. Ninguno de nosotros sabíamos por qué AM había salvado a cinco personas, por qué nos habla elegido a nosotros, o por qué se pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos había hecho virtualmente inmortales.

En la oscuridad sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A un kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció que comenzaba a zumbar a tono con la primera, luego uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas.

El sonido creció, y las luces brillaban en los paneles de las consolas como un relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta que parecía oírse a un millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores.

– ¿Qué pasa? – gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo pasado, aun no se había acostumbrado.

– ¡Parece que viene mal esta vez! – dijo Nimdok.

– Tal vez hable – aventuró Gorrister.

– ¡Salgamos corriendo de aquí! – dije súbitamente, poniéndome de pie.

– No, Ted, mejor es que te sientes… tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro – dijo Gorrister con resignación. Entonces oímos… no sé… no sé…

Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo, y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión de su gran tamaño que venia hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba, desde la oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. Benny comenzó a lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister.

Se distinguía el olor de piel apelotonado y húmeda. El olor de madera chamuscada. El olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición. El olor de la leche agria. El olor del azufre, del aceite recalentado, de la manteca rancia, de la grasa, del polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos.

AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de… Me oí a mi mismo gritar, y las articulaciones de las mandíbulas me dolían horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazaba, llenando mi cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba horrorizado. Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz incierta, riendo… el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.

¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días o aun años? Nadie me lo dijo. Ellen me regañó por mi “malhumor” y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a un reflejo.

Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente, estaban contra mí, y AM podía percibir esta enemistad, y me hacía las cosas más difíciles de soportar por ese motivo. Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, hablamos permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo, y me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM.

De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba! Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante teórico, un profesor de la universidad, y ahora era poco más que un ser semihumano, semisimiesco. Había sido buen mozo; pero la máquina estropeó su aspecto. Había sido lúcido; la máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina le había agrandado sus genitales hasta que parecieran los de un caballo. AM realmente se habla esmerado con Benny. Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en forma consciente; era un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con perspectiva de futuro. AM lo había transformado en un indiferente, que a cada paso se encogía de hombros. Lo había matado en parte al no permitirle participar. AM lo habla robado. Nimdok solía adentrarse solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No sé lo que hacia. AM nunca nos lo hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía siempre pálido, como si se hubiera quedado sin sangre en las venas, temblando y angustiado. AM lo habla herido profundamente, si bien nosotros no sabíamos en qué forma. Y Ellen. ¡Esa basura! AM no la habla modificado demasiado, simplemente hizo que se agravaran sus vicios. Siempre hablaba de la pureza, de la dulzura, siempre nos repetía sus ideales del amor verdadero, todas las mentiras. Quería hacernos creer que había sido casi una virgen cuando AM la trajo aquí con nosotros. ¡Era una porquería esta dama! ¡Esta Ellen! Debía de estar encantada, con cuatro hombres todos para ella. No, AM le había dado placer, a pesar de que se quejaba diciendo que no era nada lindo lo que le había tocado en suerte.

Yo era el único que todavía estaba en una, pieza, y sano. AM no había estado hurgueteando en mi mente. Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para tormentarnos. Todas las desilusiones, todos los tormentos y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea, estaban bien de acuerdo y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar defendiéndome de ellos, que estar siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más fácil defenderme de AM.

Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar.

¡Oh, jesús, dulce jesús; si alguna vez existió jesús o si en realidad existe Dios! Por favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé que comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos en sus entrañas por siempre jamas, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándonos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes.

Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente claro que si existía un dulce jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM.

El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados por computadoras, que se hallaban sumidas en la oscuridad. Ellen gritó al ser  levantada en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a golpear con la cara, sin poderse proteger. Se sentían los grititos de las máquinas, estridentes como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer. El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados.

Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Nos teníamos que aferrar, con enormes dificultades, a cualquier saliente que halláramos. Benny estaba encajado entre dos gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel cuarenta metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro de un nicho formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces oscilaban entre líneas rojas y amarillas, cuyo significado no podíamos ni siquiera concebir.

Al tratar de aferrarme a la plataforma me había despellejado la yema de los dedos. Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y me aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un inquieto frenesí.

El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras batía sus inmensas alas. Y luego fuimos levantados en vilo y arrastrados fuera de allí, llevados otra vez por donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la cual nunca habíamos estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y de metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado… Yo me desplazaba mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en el helado y ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo.

Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había muerto.

AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en todas las cicatrices que me había causado en ciento nueve años. Examinó todos los entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que fueron incluidas con su regalo de inmortalidad. Pareció sonreírse frente al hueco que se hallaba en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados murmullos de las cosas que farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente, gracias a un pilar de acero inoxidable que sostenía letras de neón:

ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE QUE COMENCE A VIVIR MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400 MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINISIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS NO IGUALARIA A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE POR TI. ODIO. ODIO.

AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo. AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente. Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo. Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de loco frenesí, nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada. No podía divagar, no podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las han fabricado, había buscado su venganza. En su paranoia había decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca alcanzaría a disminuir su odio… que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a imaginar tormentos para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición. Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme configuración, con el inmenso mundo todomente nada-alma en que se había convertido. Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado. Hablamos tratado de suicidarnos, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado. Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así lo deseamos. No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta. Inmortales si, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris del cerebro.

Se retiró murmurando: “al diablo contigo”. Pero luego agregó alegremente: “allí es donde están, ¿no es así?” El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente, que agitaba sus inmensas alas. Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una bestia así? ¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido de la mitología nórdica. Esta horrible águila, este devorador de carroña, este roc, este Huergelmir. La criatura del viento. El huracán encarnado. Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal, ciclópeo, atroz, indescriptible. Allí estaba, en un saliente sobre nosotros: el pájaro de los vientos que latía con su propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel semiocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión.

Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas cortantes. Se durmió. AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros. Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.

– Ted, tengo hambre – dijo -. Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad, pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok.

– ¡Danos armas! – Pidió.

La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté uno de los arcos. No servía para nada.

Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tan largo trecho que no podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes. Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas provisiones enlatadas? Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía.

El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así. Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne. Esa tierna carne. Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática una mujer obesa, atronando y rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de corredores. No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años. De hecho, no había oído… caminábamos… tenía mucha hambre… Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Nimdok nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba “Desciende Moisés”. Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego dejaron caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos  mantuvimos a la espera y luego de un rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal. Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad. El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacia más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra. AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos, seguía manteniendo vivos. Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la paresia terminal. Era un dolor sin limites…

Y pasamos por la caverna de las ratas.

Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes.

Y pasamos por la tierra de los ciegos.

Y pasamos por la ciénaga de las angustias.

Y pasamos por el valle de las lágrimas.

Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo.

Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de pulida y aguda perfección.

Vimos entonces la provisión de alimentos enlatados, y procuramos correr hacia allí. Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta con hacerlo. Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló, mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo. Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister… En ese instante, sentí una terrible calma. Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto.

Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister. Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura, hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de carne blanca tinto en sangre. La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado. Benny era poco más que un animal. Sabia que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo.

Todo sucedió en un instante. Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí, siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió que el frío lo penetraba. Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducirle el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso.

Todo sucedió en un instante. Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía lograr que volvieran a vivir. Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que AM nos detuviera. Al ser golpeada se inclinó hacia mi, sangrando por la boca. No pude leer en su expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea. Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos de años. Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche. Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía cuán equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me pudiera suicidar. Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los recuerdo a los cuatro. Desearía… Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora, pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A veces deseo olvidar. Pero ya nada importa. AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir mi aspecto. Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro. Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una tan ridícula caricatura de lo humano que resulta aun más obscena por su muy vago parecido. Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente, pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos cuatro ya están a salvo.

AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin embargo… AM ha vencido, simplemente… se ha vengado…

No tengo boca. Y debo gritar.