Alfred Bester: El tiempo es traidor. Cuento

bester (1)No se puede retroceder ni se puede parar. Los finales felices son siempre dulces y amargos al mismo tiempo.

Había un hombre llamado John Strapp; era el hombre más valioso, más poderoso y legendario de un mundo que comprendía setecientos planetas y casi dos billones de individuos. Se le valoraba por una sola cualidad: era capaz de tomar Decisiones. Adviértase la D mayúscula. Era uno de los pocos hombres que podían tomar Decisiones Capitales en un mundo de increíble complejidad, y sus Decisiones eran correctas en un ochenta y siete por ciento. Vendía sus Decisiones a elevado precio.

Había también una industria llamada, digamos, Bruxton Biótica, con fábricas en Deneb Alfa, Mizar III, Terra, y oficinas centrales en Alcor IV. Los ingresos brutos de Bruxton eran de doscientos setenta millones de crs. El desarrollo de las relaciones comerciales de Bruxton con consumidores y competidores exigía los servicios especializados de doscientos economistas de empresa expertos cada uno en una pequeña faceta del inmenso cuadro general. Nadie era lo bastante grande como para coordinar todo el cuadro.

Bruxton podía necesitar una Decisión Capital sobre política. Un especialista en investigación llamado E.T.A. Golan, de los laboratorios de Deneb, había descubierto un nuevo catalizador de síntesis biótica. Era una hormona embriológica que producía moléculas nucléicas tan plásticas como la arcilla. La arcilla podía modelarse y desarrollarse en cualquier dirección. Problemas: ¿Debía Bruxton abandonar los métodos de la vieja cultura y adaptarse a esta nueva técnica? La decisión implicaba una amplia gama de factores interrelacionados: costos, beneficios, tiempo, suministro, demanda, formación, patentes, legislaciones, acciones judiciales, etc. Sólo había una respuesta. Preguntar a Strapp.

Las negociaciones iniciales fueron breves. Strapp y Compañía contestó que la factura de John Strapp era de cien mil crs, más un uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. Lo toma o lo deja. Bruxton Biótica lo tomó con placer.

La segunda etapa fue más complicada. John Strapp tenía muchísima demanda. Tenía un programa de Decisiones con un ritmo de dos por semana hasta principio de año. ¿Podía Bruxton esperar tanto? Bruxton no podía. Enviaron entonces a Bruxton una lista de las visitas concertadas por John Strapp, y se le dijo que acordase un cambio con cualquiera de los clientes como mejor pudiese. Bruxton trató, pagó, sobornó, y consiguió su propósito. John Strapp debía presentarse en la fábrica central de Alcor, el 29 de junio, lunes, exactamente al mediodía.

Entonces comenzó el misterio. A las nueve en punto de aquella mañana del lunes, Aldous Fisher, el hosco mensajero de Strapp, apareció en las oficinas de Bruxton. Tras una breve conferencia con el viejo Bruxton en persona, se radió por toda la fábrica el siguiente mensaje: ¡ATENCIÓN! ¡ATENCIÓN! ¡URGENTE! ¡URGENTE! TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA CENTRAL. REPITO. TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA CENTRAL. ¡URGENTE! REPITO. ¡URGENTE!

Cuarenta y siete hombres llamados Kruger se presentaron en la oficina central y fueron enviados a casa con órdenes estrictas de quedarse allí hasta nueva orden. La policía de la fábrica organizó una rápida investigación y, acompañada del irascible Fisher, comprobó los carnets de identidad de todos los empleados a los que pudieron coger. Nadie llamado Kruger quedaba en la fábrica, pero era imposible identificar a dos mil quinientos hombres en tres horas. Fisher ardía y humeaba como ácido nítrico.

A las once y media, Bruxton Biótica estaba inquieta. ¿Por qué enviar a casa a todos los Kruger? ¿Qué tenía que ver aquello con el legendario John Strapp? ¿Qué clase de hombre era Strapp? ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo actuaba? Ganaba diez millones de crs al año. Poseía el uno por ciento del mundo. Estaba tan próximo a Dios en la mente del personal que la gente esperaba ángeles y trompetas doradas y una criatura gigante y barbuda de infinita sabiduría y compasión.

A las once cuarenta llegó la guardia personal de Strapp: un escuadrón de seguridad de diez hombres, de paisano, que comprobaron puertas y vestíbulos con helada eficiencia. Dieron órdenes. Había que quitar aquello. Había que cerrar aquello otro. Había que hacer varias cosas. Se hicieron. Nadie discutía con John Strapp. El escuadrón de seguridad tomó posiciones y esperó. Bruxton Biótica no respiraba.

Llegó el mediodía y una mancha plateada apareció en el cielo. Se aproximó con un gran silbido y aterrizó con tremenda velocidad y precisión ante la puerta principal. Se abrió la puerta de la nave. Salieron dos individuos corpulentos con los ojos alertas, recelosos. El jefe del escuadrón de seguridad hizo una señal. De la nave salieron dos secretarias, pelo castaño una y la otra pelirroja. Elegantes, bellas, eficaces. Tras ellas salió un delgado oficinista de unos cuarenta años, de traje arrugado, con los bolsillos laterales llenos de papeles, gafas de concha y el pelo revuelto. Tras él salió una majestuosa criatura, alta, mayestática, recién afeitada pero de infinita sabiduría y compasión.

Los dos forzudos se situaron a los lados del hombre apuesto y le escoltaron escaleras arriba y cruzaron con él la puerta principal. Bruxton Biótica suspiró feliz. John Strapp no desilusionaba. Era realmente Dios y era un placer que poseyese el uno por ciento de ti mismo. Los visitantes descendieron por el vestíbulo principal hasta la oficina del viejo Bruxton y entraron. Bruxton les estaba esperando, mayestáticamente situado tras su mesa. Se levantó casi de un salto y corrió hacia adelante. Cogió la mano del hombre majestuoso con fervor y exclamó:

—Señor Strapp, en nombre de toda mi empresa, le doy la bienvenida.

El oficinista cerró la puerta y dijo:

—Strapp soy yo.—Hizo una seña a su empleado, que se sentó tranquilamente en un rincón—. ¿Dónde tiene sus datos?

El viejo Bruxton indicó su mesa. Strapp se sentó ante ella, cogió las gruesas carpetas y empezó a leer. Un hombre delgado. Un hombre acosado. Un hombre de cuarenta y tantos años. Pelo negro y liso. Ojos azul porcelana. Una buena boca. Buenos huesos bajo la piel. Una cualidad destacaba: la falta total de conciencia de sí mismo. Pero cuando hablaba había un subtono histérico en la voz que mostraba que había en su interior algo violento y salvaje.

Tras dos horas de implacable lectura y de comentarios en murmullos a sus secretarias, que tomaban notas crípticas con símbolos especiales, Strapp dijo:

—Quiero ver la fábrica.

—¿Por qué?—preguntó Bruxton.

—Para sentirla —contestó Strapp—. En una Decisión siempre va implícita una cuestión de matiz. Es el factor más importante.

Salieron de la oficina y se inició el desfile: el escuadrón de seguridad, los forzudos, las secretarias, el oficinista, el acre Fisher y el majestuoso empleado. Lo recorrieron todo. Lo vieron todo. El “oficinista” hizo la mayor parte del trabajo práctico para “Strapp”. Habló con obreros capataces, técnicos, y personal alto, bajo y medio. Pidió nombres, cotilleó, se los presentó al gran hombre, hablaron de sus familias, sus condiciones de trabajo, sus ambiciones. Exploró, olió y sintió. Tras cuatro horas agotadoras volvieron a la oficina de Bruxton. El “oficinista” cerró la puerta. El empleado se fue a su rincón.

—Bueno —dijo Bruxton—. ¿Sí o no?

—Espere, —dijo Strapp.

Repasó las notas de sus secretarias, las asimiló cerró los ojos y estuvo silencioso y quieto en medio de la oficina como quien se esfuerza por oír un susurro distante.

—Sí—decidió, y pasó a ser más rico en un total de cien mil crs. y un uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. En compensación, Bruxton tenía una seguridad de un ochenta y siete por ciento de que la Decisión era correcta. Strapp abrió de nuevo la puerta, se reorganizó el desfile y salió de la fábrica. El personal aprovechó su última oportunidad para fotografiar y tocar al gran hombre. El oficinista ayudaba en las relaciones públicas con voluntariosa afabilidad. Preguntaba nombres, presentaba y amenizaba la charla. El rumor de voces y risas se incrementó cuando llegaron a la nave. Entonces sucedió lo increíble.

—¡Tú! —gritó súbitamente el oficinista, su voz horriblemente aguda—. ¡Tú, hijo de puta! ¡Condenado y piojoso asesino! ¡Llevaba tiempo esperando esto! ¡Hace diez años que lo espero!

Sacó un aplanado revólver de su bolsillo interior y asestó un tiro en la frente a un hombre.

El tiempo se detuvo. Los sesos y la sangre tardaron horas en salir por la nuca, y el cuerpo en encogerse. Entonces el equipo de Strapp se puso en acción. Metieron rápidamente al oficinista en la nave. Le siguieron las secretarias, luego el empleado majestuoso. Los dos forzudos saltaron tras ellos y cerraron la puerta. La nave despegó y desapareció con un silbido. Los diez hombres que iban de paisano se dispersaron tranquilamente y desaparecieron. Sólo quedó Fisher, el hombre contacto de Strapp, junto al cadáver, en el centro de una multitud horrorizada.

—Compruebe su identificación—masculló Fisher.

Alguien sacó la cartera del muerto y la abrió.

—William F. Kruger, biomecánico.

—¡Condenado idiota! —dijo Fisher furioso—. Se lo advertimos. Se lo advertimos a todos los Kruger. Muy bien. Llame a la policía.

Aquél era el sexto asesinato de John Strapp. Arreglarlo le costó exactamente quinientos mil crs. Los otros cinco le habían costado lo mismo, y la mitad de la cifra iba normalmente a manos de un hombre lo bastante desesperado para sustituir al asesino y alegar locura temporal. La otra mitad, a los herederos del difunto. Había seis sustitutos encerrados en diversas penitenciarías, cumpliendo de veinte a cincuenta años. Sus familiares eran doscientos cincuenta mil crs. más ricos.

En sus habitaciones del Alcor Splendide, el equipo de Strapp evacuaba consultas sombrío.

—Seis en seis años—dijo con amargura Aldous Fisher—. No vamos a poder mantenerlo en secreto mucho más. Tarde o temprano alguien se preguntará por qué John Strapp contrata siempre oficinistas locos.

—Entonces le contratamos también a él —dijo la secretaria pelirroja—. Strapp puede permitírselo.

—Puede permitirse un asesinato al mes —murmuró el empleado majestuoso.

—No.—Fisher negó con la cabeza vivamente—. Las cosas pueden arreglarse hasta ciertos límites, pero no más allá. Uno llega al punto de saturación. Ahora hemos llegado. ¿Qué vamos a hacer?

—¿Pero qué demonios le pasa a Strapp?—preguntó uno de los forzudos.

—¿Quién sabe? —exclamó Fisher exasperado—. Tiene una fijación Kruger. Conoce a un hombre llamado Kruger Cualquier hombre que se llame Kruger. Y se pone a gritar, a maldecir. Y lo mata. No me preguntéis por qué. Es algo enterrado que pertenece a su vida pasada.

—¿No le has preguntado a él?

—¿Cómo iba a hacerlo? Es como un ataque epiléptico. Ni siquiera él sabe qué sucedió.

—Habría que llevarle a un psicoanalista—sugirió el forzudo.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Tú eres nuevo—dijo Fisher—. No comprendes.

—Hazme comprender.

—Te haré una analogía. Allá por mil novecientos la gente jugaba a la baraja con cincuenta y dos cartas. Eran tiempos sencillos. Hoy todo es más complejo. Jugamos con cinco mil doscientas cartas en la mesa. ¿Comprendes?

—Voy comprendiendo.

—Un cerebro puede controlar cincuenta y dos cartas. Puede tomar decisiones sobre ese total. En mil novecientos lo tenían muy fácil. Pero no hay mente capaz de hacer lo mismo con cinco mil doscientas cartas… salvo la de Strapp.

—Tenemos computadoras.

—Son perfectas cuando sólo se trata de cartas. Pero cuando hay que hacer cálculos teniendo en cuenta también a los cinco mil doscientos jugadores que manejan las cartas, lo que les gusta, lo que les disgusta, motivos, inclinaciones, proyectos, tendencias, etc., lo que Strapp llama los matices, entonces Strapp es capaz de hacer lo que no puede hacer una máquina. Él es único, y el psicoanálisis podría destruir su capacidad.

—¿Por qué?

—Porque en Strapp se trata de un proceso inconsciente —explicó irritado Fisher—. Él no sabe cómo lo hace. Si lo supiese acertaría en un cien por cien en vez de en un ochenta y siete. Es un proceso inconsciente, y, por lo que sabemos, puede relacionarse con la misma anormalidad que le empuja a matar a todos los Kruger. Si le libramos de una cosa, podemos destruir la otra. No podemos correr ese riesgo.

—¿Qué podemos hacer entonces?

—Proteger nuestra propiedad —respondió Fisher, mirando a su alrededor sobriamente.— No olvidéis esto ni un instante. Hemos trabajado mucho en Strapp para permitir que se destruya. ¡Hemos de proteger nuestra propiedad!

—Yo creo que lo que él necesita es amistad—dijo la secretaria de pelo castaño.

—¿Por qué?

—Podríamos descubrir lo que le molesta sin destruir nada. La gente habla con los amigos. Strapp hablaría.

—Nosotros somos sus amigos.

—No, no lo somos. Somos sus socios.

—¿Ha hablado él contigo?

—No.

—¿Contigo?—preguntó Fisher a la pelirroja.

Esta negó con la cabeza.

—Está buscando algo que no encuentra nunca.

—¿El qué?

—Una mujer, creo. Un tipo especial de mujer.

—¿Una mujer llamada Kruger?

—No sé.

—Maldita sea, esto no tiene sentido. —Fisher lo pensó un momento—. Está bien. Le contrataremos un amigo y aligeraremos el programa de trabajo para que el amigo tenga oportunidad de hacer hablar a Strapp. De ahora en adelante reduciremos el programa a una Decisión semanal.

—¡Dios mío! —exclamó la secretaria de pelo castaño—. Eso significa cinco millones menos al año.

—Hay que hacerlo—dijo Fisher—. Se trata de aceptar esta reducción ahora o perderlo todo más tarde. Somos lo bastante ricos para aguantarlo.

—¿Y cómo vas a resolver lo del amigo? —preguntó el empleado majestuoso.

—Ya dije que contrataría a uno. Contrataremos al mejor. Comunica con Terra a través del TT. Diles que localicen a Frank Alceste y ponlo en comunicación urgente conmigo.

—¡Frankie! —gritó la pelirroja—. ¡Me desmayo!

—¡Oh! ¡Frankie! —la de pelo castaño se abanicó.

—¿Te refieres a Frank Alceste el Fatal? ¿Al campeón de levantamiento de peso? —preguntó sobrecogido el forzudo—. Le vi luchar con Lonzo Jordan. ¡Oh, Dios mío!

—Ahora es actor —explicó el empleado majestuoso—. Trabajé con él una vez. Canta. Y baila. Y…

—Y es doblemente fatal—interrumpió Fisher—. Le contrataremos. Firmaremos un contrato. Él será amigo de Strapp. Tan pronto como Strapp le conozca, él…

—¿Conozca a quién?—Strapp apareció en el quicio de la puerta de su dormitorio, bostezando, parpadeando ante la luz. Dormía siempre profundamente después de sus ataques—. ¿A quién voy a conocer?

Miró a su alrededor, delgado, grácil, pero acosado e indudablemente poseído.

—Un hombre llamado Frank Alceste—dijo Fisher—. Nos ha pedido una presentación y no podemos rechazarle por más tiempo.

—¿Frank Alceste?—murmuró Strapp—. Nunca oí hablar de él.

Strapp podía hacer Decisiones; Alceste amigos. Era un hombre vigoroso de treinta y tantos años, pelo rubio pajizo, cara pecosa, nariz quebrada y ojos grises muy hundidos. Tenía la voz firme y suave. Se movía con esa agilidad casi femenina de los atletas. Te hechizaba sin que te dieses cuenta, y sin que pudieses evitarlo. Hechizó a Strapp, pero Strapp también le hechizó a él. Se hicieron amigos.

—No, se trata realmente de amistad—dijo Alceste a Fisher al devolverle el cheque que pretendía darle como pago—. Yo no necesito ese dinero, y el viejo Johnny me necesita. Olvidemos que me contratasteis. Rompe el contrato. Intentaré ayudar a Johnny por mi cuenta.

Alceste se volvió para salir de la suite del Rigel Splendide y pasó ante las secretarias que le contemplaban con ojos muy abiertos.

—Si no estuviese tan ocupado, señoritas —murmuró—, cuánto me gustaría perseguirlas un poco.

—Persígueme a mí, Frankie—dijo la de pelo castaño.

La pelirroja parecía inmovilizada.

Y mientras Strapp y Compañía zigzagueaba lentamente de ciudad en ciudad y de planeta en planeta, con su nuevo plan de una Decisión por semana, Alceste y Strapp se solazaban tranquilos mientras el empleado majestuoso concedía entrevistas y posaba para los fotógrafos. Hubo interrupciones cuando Frankie tuvo que volver a Terra para hacer una película, pero entre tanto jugaron al golf, al tenis, apostaron a los caballos, a los galgos, y asistieron a veladas de lucha y de boxeo y a competiciones deportivas. Visitaron los centros nocturnos y Alceste volvió con un curioso informe.

—Bueno, no sé hasta qué punto habéis estado observando de cerca a Johnny—dijo a Fisher—, pero has de saber que apenas si duerme de noche.

—¿Cómo dices? —exclamó Fisher sorprendido.

—El amigo Johnny, se larga todas las noches cuando os creéis que está dando reposo a su mente.

—¿Cómo lo sabes?

—Por su reputación—dijo Alceste con tristeza—. Le conocen en todas partes. En todos los antros de aquí a Orión conocen al amigo Johnny. Y le conocen del peor modo.

—¿Por su nombre?

—Por un mote. Le llaman Tierradevastada.

—¡Tierradevastada!

—Vaya, vaya. Señor Devastación. Arrasa a las mujeres como un fuego de la pradera. ¿Sabías esto?

Fisher negó con un gesto.

—Debe pagarlo de su bolsillo personal—musitó Alceste y se fue.

Había algo aterrador en aquella relación de Strapp con las mujeres. Solía entrar en un club con Alceste ocupar una mesa, sentarse y beber. Luego se levantaba y examinaba fríamente el local, mesa por mesa, mujer por mujer. A veces algunos hombres se enfurecían y pretendían pegarle. Strapp se libraba de ellos con malevolencia y frialdad, de un modo que provocaba la admiración profesional de Alceste. Frankie nunca peleaba personalmente. Ningún profesional toca nunca a un aficionado. Pero procuraba hacer las paces, y si no lo lograba, acudía a los puños como última solución.

Tras examinar a todas las mujeres, Strapp se sentaba y esperaba el espectáculo, tranquilo, charlando y riendo. Cuando aparecían las chicas, se apoderaba de nuevo de él aquel lúgubre arrebato y se ponía a examinar a la concurrencia cuidadosa y desapasionadamente. Muy pocas veces localizaba a una chica que le interesase; siempre el tipo idéntico: una chica de cola de caballo, ojos negrísimos y piel clara y sedosa. Entonces empezaba el problema.

Si era una artista, Strapp acudía al camerino después del espectáculo. Si hacía falta sobornaba, gritaba y peleaba para conseguir abrirse paso hasta ella. Allí, se plantaba frente a la asombrada muchacha, la examinaba en silencio y luego le pedía que hablase. Escuchaba su voz, luego se acercaba como un tigre y daba un paso violento e inesperado. A veces había gritos, otra una defensa encarnizada, y otras complacencia. Strapp quedaba enseguida satisfecho. Abandonaba a la chica bruscamente, pagaba todos los daños y perjuicios como un caballero, y salía a repetir la misma función en un club tras otro.

Si la muchacha era una simple cliente, Strapp se acercaba inmediatamente, despachaba a su acompañante, o si esto era imposible seguía a la chica hasta casa y repetía allí el ataque del camerino. De nuevo abandonaba a la chica, pagaba como un caballero y proseguía con su obsesionante búsqueda.

—Estuve con él, pero me asustó—dijo Alceste a Fisher—. Nunca vi a un hombre tan precipitado. Podría disponer de cualquier mujer agradable si fuese con un poco más de calma. Pero no puede. Parece poseído.

—¿Por qué?

—No lo sé. Es como si trabajase contrarreloj.

Después de que Strapp y Alceste se hiciesen íntimos, Strapp le permitió acompañarle en una investigación, durante el día, que era aun más extraña. Como Strapp y Compañía continuaba su gira por planetas e industrias, Strapp visitaba la Oficina de Estadísticas Vitales de cada ciudad. Allí sobornaba al encargado jefe y presentaba una tira de papel. El papel decía:

 

Altura 1,65

Peso 60

Pelo negro

Ojos negros

Busto 86

Cintura 66

Caderas 91

Talla 12

—Quiero los nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiún años que se ajusten a esa descripción —decía Strapp—. Pagaré diez créditos por cada nombre.

Veinticuatro horas después llegaba la lista, y Strapp se lanzaba a una búsqueda obsesiva, examinando, hablando, escuchando, dando algunas veces el paso aterrador, pagando siempre como un caballero. La procesión de chicas morenas de ojos de tinta hacía tambalearse a Alceste.

—Está poseído por una idea fija—dijo Alceste a Fisher en el Splendide de Cygnus—, y creo que sé de qué se trata. Está buscando una chica concreta especial y ninguna se ajusta a las condiciones.

—¿Una chica llamada Kruger?

—No sé si el asunto Kruger tiene que ver con esto.

—¿Es difícil de complacer?

—Bueno, te diré. Algunas de esas chicas… yo las consideraría sensacionales. Pero él no les presta la menor atención. Las mira y sigue. Otras… que son prácticamente unos fetos, le emocionan y se convierte en el viejo señor Devastación.

—Pero ¿Por qué?

—Creo que es una especie de prueba. Que pretende que las chicas reaccionen de forma dura y natural. La pasión es fingida. Se trata de un truco fríamente utilizado para poder comprobar cómo reaccionan las chicas.

—Pero ¿Qué es lo que anda buscando él?

—Aún no lo sé —contestó Alceste— pero lo descubriré. Tengo pensando un pequeño truco. Esperaremos a que llegue una oportunidad, Johnny se lo merece.

Sucedió en el circo, cuando Strapp y Alceste fueron a ver a un par de gorilas despedazarse dentro de una jaula de cristal. Fue un espectáculo sangriento, y ambos amigos concluyeron que la lucha de gorilas no era más civilizada que la lucha de gallos, y dejaron aquel lugar decepcionados. Fuera, en el vacío pasillo de hormigón, esperaba un hombre tembloroso. Cuando Alceste le hizo una señal, se acercó corriendo a ellos como un cazador de autógrafos.

—¡Frankie! —gritó el hombre tembloroso—. ¡Mi viejo amigo Frankie! ¿No te acuerdas de mí?

Alceste le miró con detenimiento.

—Soy Blooper Davis. ¿No te acuerdas del viejo barrio? ¿No te acuerdas de Blooper Davis?

—¡Blooper! —la cara de Alceste se iluminó—. Claro. Pero entonces eras Blooper Davidoff.

—Claro.—El hombre tembloroso se echó a reír—. Y tú eras Frankie Kruger.

—¡Kruger!—gritó Strapp, con voz aguda y chillona.

—Así es—dijo Frankie—. Kruger. Me cambié el nombre cuando empecé mi carrera de luchador.

Avanzó con paso vivo hacia el hombre tembloroso, que retrocedió apoyado en la pared del pasillo y desapareció.

—¡Tú, hijo de puta!—gritó Strapp; se había puesto pálido y la cara le temblaba amenazadoramente—. ¡Miserable asesino! Llevo mucho tiempo esperando esto. Llevo diez años esperando.

Sacó un aplanado revólver de su bolsillo interior y disparó. Alceste se hizo a un lado justo a tiempo y la bala repiqueteó por el pasillo con un silbido. Strapp disparó de nuevo y la llama chamuscó la mejilla de Alceste, que cogió a Strapp por la muñeca y lo paralizó inmediatamente. Le quitó el revólver. Strapp jadeaba de ira. Arriba se oían los gritos de la multitud.

—Está bien, soy Kruger—masculló Alceste—. Me llamo Kruger, señor Strapp. ¿Cuál es el problema? ¿Qué le importa a usted eso?

—¡Hijo de puta! —gritó Strapp, debatiéndose como uno de los gorilas que habían visto luchar—. ¡Asesino! ¡Te sacaré las tripas!

—¿Por qué a mí? ¿Por qué a Kruger?—utilizando todas sus fuerzas, Alceste arrastró a Strapp a un rincón y le inmovilizó allí.—¿Qué tuve que ver contigo hace diez años?

Oyó la historia en histéricos arrebatos antes de que Strapp se desmayara.

Después de dejar a Strapp en la cama, Alceste pasó al lujoso salón de la suite del Espléndido de Indi y explicó el problema al equipo.

—El viejo Johnny estaba enamorado de una chica llamada Sima Morgan —empezó—. Ella estaba enamorada de él. Una cosa muy romántica. Iban a casarse. Y entonces un tipo llamado Kruger mató a Sima Morgan.

—¡Kruger! Así que ésa es la relación. ¿Cómo fue?

—Ese Kruger era un gandul borracho. Tenía problemas conduciendo. Le quitaron el permiso, pero eso a un tipo como Kruger le daba igual. Sobornando, consiguió un reactor Hot-rod sin permiso de conducir. Un día se llevó por delante una escuela. Deshizo el techo y mató a treinta niños y a la profesora… esto fue en Terra, en Berlín.

“Nunca cogieron a Kruger. Fue escapando de planeta en planeta y aún no le han localizado. La familia le envía dinero. La policía no es capaz de dar con él. Strapp le busca porque la profesora era su chica, Sima Morgan.

Hubo una pausa, y luego Fisher preguntó:

—¿Cuánto hace de eso?

—Por lo que supongo, diez años y ocho meses.

Fisher calculó minuciosamente.

—Y hace diez años y tres meses Strapp demostró por primera vez que era capaz de tomar Decisiones. Decisiones Capitales. Hasta entonces era un don nadie. Luego vino la tragedia, y con ella la histeria y la capacidad de tomar Decisiones. Indudablemente una cosa produjo la otra.

—Puede que sí.

—Así que él mata a Kruger una y otra vez—dijo Fisher fríamente—. Corresponde. Fijación de venganza. Pero, ¿Y lo de las chicas y lo del asunto señor Devastación?

Alceste sonrió con tristeza.

—¿Has oído alguna vez decir “a una chica en un millón”?

—¿Y quién no?

—Si tu chica era una en un millón, eso significa que habrá nueve más como ella en una ciudad de diez millones ¿verdad?

Todo el equipo de Strapp asintió expectante

—El viejo Johnny trabaja con esa base. Cree que puede encontrar un duplicado de Sima Morgan

—¿Cómo?

—Se lo plantea aritméticamente. Piensa lo siguiente: hay una posibilidad en sesenta y cuatro mil millones de que las huellas dactilares coincidan. Pero actualmente hay 1,7 billones de personas. Eso significa que puede haber veintiséis con las mismas huellas dactilares, e incluso más.

—No necesariamente.

—Por supuesto, no necesariamente, pero existe la posibilidad y eso es lo único que necesita el viejo Johnny. Calcula que si hay veintiséis posibilidades de que las huellas dactilares coincidan, hay una posibilidad también de que coincidan las personas. Cree que puede encontrar el duplicado de Sima Morgan si persiste en su búsqueda.

—¡Eso es inconcebible!

—No digo que no lo sea, pero es lo único que le mantiene en pie. Es una especie de preservador vital basado en números. Mantiene su cabeza a flote… esa idea de que tarde o temprano podrá volver donde la muerte le dejó hace 10 años.

—¡Ridículo!—exclamó Fisher.

—No para Johnny. Él sigue enamorado.

—Imposible.

—Quisiera que pudieses sentirlo como lo siento yo—contestó Alceste—. Busca sin cesar. Una chica tras otra. Conserva las esperanzas. Habla. Da el paso. Si se trata del duplicado de Sima, sabe que reaccionará exactamente como recuerda que reaccionó Sima diez años atrás. “¿Eres tú, Sima?” Se pregunta a sí mismo. “No”, contesta, y continúa.

Es una lástima ver en qué situación se encuentra. Hemos de hacer algo.

—No—dijo Fisher.

—Tenemos que ayudarle a encontrar su duplicado. Tenemos que convencerle para que crea que alguna chica es el duplicado. Tenemos que hacerle enamorarse otra vez.

—No —repitió Fisher enfáticamente.

—¿Por qué no?

—Porque en cuanto Strapp encuentre a su chica, se curará. Dejará de ser el gran John Strapp, el Decisor. Se convertirá en un don nadie… un hombre enamorado.

—¿Y a él qué le importa ser grande o no serlo? Él quiere ser feliz.

—Todos quieren ser felices —replicó Fisher—. Nadie lo es. Strapp no está peor que los demás hombres, y además es mucho más rico. Nosotros mantenemos el status quo.

—¿No querrás decir que tú eres mucho más rico?

Nosotros mantenemos el status quo —repitió Fisher; miró con frialdad a Alceste—. Creo que lo mejor será que rescindamos el contrato. No necesitamos ya de tus servicios.

—Señor, el contrato quedó rescindido cuando le devolví el cheque. Ahora habla usted con el amigo de Johnny.

—Lo siento, señor Alceste, pero a partir de ahora el señor Strapp tendrá muy poco tiempo para sus amigos. Cuando quede libre al año que viene se lo haremos saber.

—No podéis secuestrarle. Veré a Johnny cuándo y dónde me plazca.

—¿Quiere usted tenerle por amigo?—dijo Fisher con una sonrisa desagradable—. Entonces le verá cuándo y dónde quiera yo. O le ve en esas condiciones o Strapp verá el contrato que firmamos. Aún lo tengo en los archivos, señor Alceste. No lo rompí. Yo nunca rompo nada. ¿Cómo cree que Strapp va a confiar en su amistad después de ver el contrato que firmó?

Alceste cerró los puños. Fisher se mantuvo firme. Por un instante se miraron con odio, luego Frankie se apartó.

—Pobre Johnny—murmuró—. Es como un hombre atrapado por la solitaria. Le diré adiós. Comunicadme cuándo puedo verlo.

Entró en el dormitorio, donde Strapp acababa de despertar de su ataque sin el menor recuerdo, como siempre. Alceste se sentó en la cama.

—Hola, Johnny—dijo, sonriendo.

—Hola, Frankie—dijo Strapp, también sonriendo.

Se dieron un puñetazo en el hombro con solemnidad que es la única manera de abrazarse y besarse entre los amigos.

—¿Qué pasó después de la lucha de los gorilas? —preguntó Strapp—. No recuerdo.

—Amigo, estabas muy borracho. Nunca vi un tipo tan cargado. —Alceste volvió a dar un suave puñetazo a Strapp—. Escucha, Johnny, tengo que volver a trabajar. Tengo un contrato de tres películas al año y están que botan conmigo.

—Bueno, te tomaste un mes hace seis planetas —dijo Strapp, contrariado—. Creí que habías terminado.

—Ni hablar. Tengo que irme hoy, Johnny. Volveremos a vernos muy pronto.

—Oye—dijo Strapp—. Manda al diablo las películas. Sé socio mío. Le diré a Fisher que redacte un contrato. Esta es la primera vez que me río desde hace… mucho tiempo.

—Puede que más tarde, Johnny. En este momento me obliga un contrato. Pronto volveré. Adiós.

—Adiós—dijo Strapp con tristeza.

Fuera de la habitación, Fisher esperaba como un perro guardián. Alceste le miró con disgusto.

—Una cosa que se aprende en la lucha—dijo lentamente—, es que nadie gana hasta el último asalto. Tú has ganado éste, pero no es el último.

Antes de marchar, Alceste dijo, mitad para sí mismo, mitad en voz alta:

—Quiero que sea feliz. Quiero que todos los hombres sean felices. Y da la sensación de que todos los hombres podrían ser felices sólo conque les echásemos una mano.

Por eso Frankie Alceste no podía evitar hacer amigos.

El equipo de Strapp volvió a la misma vieja vigilancia celosa de los años de los asesinatos, y elevó el número de Decisiones de Strapp a dos a la semana. Ahora sabían por qué había que vigilar a Strapp. Sabían por qué había que proteger a los Kruger. Pero ésta era la única diferencia. Su hombre estaba triste, histérico, casi psicótico; daba igual. Era un precio justo a pagar por el uno por ciento del mundo.

Pero Frankie Alceste persistía en su propósito y visitó los laboratorios de Bruxton Biótica en Deneb. Allí consultó con un tal E.T.A. Golan, el genio en investigación que había descubierto aquella nueva técnica para moldear vida que fue lo que llevó a Strapp por primera vez a Bruxton, y que fue indirectamente responsable de su amistad con Alceste. Ernesto Teodoro Amadeo Golan era bajo, gordo, asmático y entusiasta.

—¡Claro!—exclamó, cuando el lego explicó todo su asunto al científico—. ¡Cómo no! Una idea muy ingeniosa. No sé por qué no se me habría ocurrido. No presenta apenas dificultades.—Meditó un instante—. Salvo el dinero—añadió.

—¿Podría, pues, duplicar a la chica que murió hace diez años?—preguntó Alceste.

—Sin ninguna dificultad, salvo el dinero. —Dijo Golan enfáticamente.

—¿Parecería la misma? ¿Actuaría igual? ¿Sería la misma?

—En un noventa y cinco por ciento, más o menos un novecientos setenta y cinco por mil.

—¿Y eso significaría mucha diferencia con respecto al cien por cien?

—¡Ah, no! Sólo individuos muy notables son capaces de captar más del ochenta por ciento de las características totales de otra persona. No se ha oído de ningún caso en que se supere el noventa por ciento.

—¿Y cómo podrían hacerlo?

—Bueno, empíricamente tenemos dos fuentes. Una, la estructura psicológica completa del sujeto que se encuentra en los archivos principales de Centauro. Ellos pueden enviarnos desde allí una copia si hacemos una solicitud y pagamos cien créditos a través de los canales oficiales. Haré la solicitud.

—Y yo la pagaré. ¿Y la otra fuente?

—El proceso de embalsamamiento de la época moderna… Ella está enterrada, ¿No?

—Sí, lo está.

—Este sistema tiene una perfección de un noventa y ocho por ciento. Por medio de los restos y de la estructura psicológica reconstruimos el cuerpo y la mente por la ecuación Sigma igual a la raíz cuadrada de menos dos más… No hay más problema que el dinero.

—Bueno, del dinero me encargo yo—dijo Frankie Alceste—. Encárguese usted del resto.

Para ayudar a su amigo, Alceste pagó cien créditos y envió la solicitud a los archivos centrales de Centauro pidiendo la estructura psicológica completa de Sima Morgan, difunta. Cuando esto llegó, Alceste regresó a Terra y se dirigió a una ciudad llamada Berlín, donde pagó a un individuo llamado Augenblick, para que actuara como ladrón de cadáveres. Augenblick visitó el Staatsottesacker y sacó el ataúd de porcelana de debajo de la lápida de mármol que decía SIMA MORGAN. Contenía lo que parecía ser una chica de piel sedosa y negro pelo sumida en un profundo sueño. Por vías dudosas, Alceste consiguió pasar el ataúd de porcelana por cuatro barreras aduaneras hasta Deneb.

Un aspecto del viaje del que Alceste no había caído en la cuenta, pero que desconcertó a varias organizaciones policiales, fue el de la serie de catástrofes que le persiguieron sin alcanzarle nunca. Hubo una explosión de un reactor que destruyó la nave y una hectárea de espaciopuerto media hora después de que se bajaran los pasajeros y se efectuara la descarga. Hubo un verdadero holocausto en un hotel diez minutos después de irse Alceste. Se produjo el terrible desastre que acabó con el tren neumático para el que Alceste había cancelado su billete inesperadamente. A pesar de todo, pudo entregar el ataúd al bioquímico Golan.

—¡Vaya! —dijo Ernesto Teodoro Amadeo—. Una hermosa criatura. Merece la pena recrearla. Lo que falta ahora es muy sencillo, salvo el dinero.

Para salvar a su amigo, Alceste dispuso las cosas para que Golan pudiese abandonar sus ocupaciones habituales, le compró un laboratorio y le financió una serie de experimentos increíblemente caros. Para ayudar a su amigo Alceste derrochó dinero y paciencia hasta que al fin, ocho meses después, salió de la opaca cámara de maduración una criatura de pelo negro, ojos como el ébano y sedosa piel, largas piernas y busto erguido. Respondía al nombre de Sima Morgan.

—Oí caer el reactor sobre la escuela —dijo Sima, sin darse cuenta de que habían transcurrido once años—. Luego oí un gran estruendo ¿Qué pasó?

Alceste estaba impresionado. Hasta aquel momento ella había sido un objetivo… una meta… algo irreal, no vivo. Ahora era una mujer viva. Había un curioso temblor en su voz, casi un susurro. Su cabeza tenia un aire encantador al moverse mientras hablaba. Se levantó de la mesa; no era suave y grácil como Alceste esperaba. Se movía con una torpeza infantil.

—Yo soy Frank Alceste —dijo él, tranquilamente; la cogió por los hombros—. Quiero que me mires y te convenzas de que puedes confiar en mi.

Sus ojos se unieron en una firme mirada. Sima le examinó con gravedad. De nuevo Alceste quedó impresionado y conmovido. Sus ojos empezaron a temblar y soltó los hombros de la muchacha aterrado.

—Si—dijo Sima—. Puedo confiar en ti.

—Diga lo que diga, debes confiar en mi. No importa lo que te diga que hagas, tú confía en mi y hazlo.

—¿Por qué?

—Por la salvación de Johnny Strapp.

Ella le miró sobresaltada.

—Le ha pasado algo—dijo presurosa—. ¿Qué ha sido?

—A él no, Sima. A ti. Sé paciente, querida. Te lo explicaré. Tenia pensado explicarlo ahora, pero no soy capaz. Será mejor… que espere hasta mañana.

La acostaron, y Alceste comenzó a debatirse en una terrible lucha consigo mismo. Las noches de Deneb son suaves y negras como terciopelo, con un aroma romántico dulce y tenue… o al menos así le parecía la noche a Frankie Alceste.

“No puedes enamorarte de ella”, murmuró. “Es una locura”.

Y más tarde, se dijo: “Viste a centenares de chicas como ella, cuando Johnny la buscaba. ¿Por qué no te enamoraste de una de ellas?”

Y por último: “¿Qué vas a hacer?”

Hizo lo único que un hombre honrado puede hacer en una ocasión tal, e intentó convertir su deseo en amistad. Acudió a la habitación de Sima a la mañana siguiente, con unos pantalones viejos, sin afeitar y sin peinar. Se sentó a los pies de su cama mientras ella comía la primera de las comidas cuidadosamente prescritas por Golan, encendió un cigarrillo y le explicó el asunto. Cuando la vio llorar, no la cogió entre sus brazos para consolarla, sino que le dio una palmada en la espalda como a un hermano.

Encargó vestuario para ella. Se equivocó en las medidas y cuando ella salió con aquella ropa, le pareció tan adorable que quiso besarla. En vez de hacerlo, le dio un puñetacito en el hombro, muy suave y muy solemne, y la llevó a comprar otro vestido. Cuando apareció ante él con ropa a medida, le pareció tan encantadora que tuvo que darle otro puñetazo en el hombro. Luego fueron a comprar un pasaje inmediato para Ross-Alfa III.

Alceste había pensado quedarse unos cuantos días para que la chica descansase, pero por miedo a sí mismo había renunciado a hacerlo. Sólo así pudieron salvarse ambos de la explosión que destruyó el domicilio privado y el laboratorio privado del bioquímico Golan, y también al bioquímico. Alceste no llegó a enterarse de esto. Estaba ya a bordo de la nave con Sima, luchando frenéticamente con sus tentaciones.

Una de las cosas que todo el mundo sabe del viaje espacial, pero nunca menciona, es su cualidad afrodisíaca. Como en los tiempos antiguos, cuando los viajeros cruzaban océanos en barcos, los pasajeros se encuentran aislados en su pequeño mundo durante una semana. Quedan aislados de la realidad. Invade la nave una mágica sensación de libertad de toda atadura y de toda responsabilidad. Todos echan una cana al aire. Hay miles de romances de reactor por semana… relaciones fugaces y apasionadas que se disfrutan en completa seguridad y concluyen el día del aterrizaje.

En esta atmósfera, Frankie Alceste mantenía un rígido control de sí mismo. Poco le ayudaba el hecho de ser una celebridad con un tremendo magnetismo físico. Mientras una docena de bellas mujeres se arrojaban a sus brazos, él perseveraba en su papel de hermano mayor y palmeaba a Sima como un hermano, hasta que ésta protestó.

—Sé que eres un magnifico amigo de Johnny y un buen amigo mío —dijo la última noche—. Pero eres agotador, Frankie. Estoy llena de cardenales.

—Si, ya lo sé. Es una costumbre. Algunos, como Johnny, piensan con el cerebro. Yo, creo que pienso con los puños.

Estaban de pie bajo la bóveda acristalada por la que se veían las estrellas, y les bañaba la suave luz de Ross-Alfa que se aproximaba ya, y resulta difícil imaginar algo más romántico que el terciopelo del espacio iluminado por el tono blanco violeta de un sol distante. Sima ladeó la cabeza y le miró.

—Hablé con algunos de los pasajeros dijo—. Eres famoso, ¿verdad?

—Más bien conocido…

—Hay tanto que apreciar en ti. Ante todo, quiero pensar en ti.

—¿En mi?

—Ha sido una cosa tan súbita—dijo Sima, asintiendo—. Estaba desconcertada y tan emocionada que no tuve tiempo siquiera de darte las gracias, Frankie. Te las doy ahora. Estoy comprometida contigo para siempre.

Le echó los brazos al cuello y le besó. Alceste empezó a temblar.

“No”, pensó. “No. Ella no sabe lo que hace. Está tan atolondrada y feliz con la idea de ver otra vez a Johnny que no se da cuenta…”

Buscó tras de sí hasta que sintió la helada superficie del cristal; antes de apartarse, apretó deliberadamente las palmas de sus manos contra la superficie, a temperatura bajo cero. El dolor le hizo dar un salto. Sima le soltó sorprendida y cuando él apartó sus manos, dejó atrás treinta centímetros cuadrados de piel y sangre.

Por fin desembarcó en Ross-Alfa III con una chica en perfectas condiciones y dos manos en condiciones pésimas y fue recibido por el agrio Aldous Fisher, acompañado de un funcionario que pidió al señor Alceste que le acompañase a una oficina para tener una importante conversación privada.

—Se ha puesto en nuestro conocimiento, gracias al señor Fisher—dijo el funcionario—, que intenta usted introducir a una joven de status ilegal.

—¿Cómo puede saberlo el señor Fisher? —preguntó Alceste.

—¡Imbécil!—escupió Fisher—. ¿Crees que te dejaría hacerlo? Estuvieron siguiéndote. Minuto a minuto.

—El señor Fisher nos informa—continuó el funcionario con rigidez—, que la mujer que viene con usted viaja con nombre supuesto. Sus papeles son falsos.

—¿Cómo que son falsos?—dijo Alceste—. Ella es Sima Morgan. Sus documentos dicen que ella es Sima Morgan.

—Sima Morgan murió hace once años—contestó Fisher—. La mujer que viene contigo no puede ser Sima Morgan.

—Y a menos que se aclare su verdadera identidad—dijo el funcionario—, se le prohibirá la entrada.

—Tendré aquí, dentro de una semana, los documentos que demuestran la muerte de Sima Morgan —añadió Fisher triunfalmente.

Alceste miró a Fisher y movió la cabeza.

—Aunque no lo sepas, estás facilitándome las cosas—dijo—. Si hay algo que me gustaría hacer es sacarla de aquí y no permitir a Johnny verla. Tengo tantas ganas de guardármela para mí que…

Se contuvo y acarició las vendas de sus manos.

—Retira tu acusación, Fisher—añadió.

—No—replicó Fisher.

—No puedes mantenernos separados. Al menos de este modo. Suponte que la detienen. ¿A quién te parece que citaría judicialmente para demostrar su identidad? A John Strapp. ¿A quien llamaría yo primero para que viniese a verla? A John Strapp. ¿Crees que podrías detenerme?

—Ese contrato—empezó Fisher—. Lo que haré…

—Al infierno con el contrato. Enséñaselo. Él quiere a su chica, no a mí. Retira tu acusación, Fisher. Y abandona la lucha. Has perdido tu vale de comidas.

Fisher le lanzó una furiosa mirada, tragó saliva, y luego masculló:

—Retiro la acusación —luego, miró el césped con los ojos inyectados en sangre—. Este no es aún el último asalto —dijo, y salió de la oficina.

Fisher estaba preparado. A una distancia de años luz podría encontrarse demasiado tarde con demasiado poco. Allí, en Ross-Alfa III, estaba protegiendo su propiedad. Disponía de todo el poder y del dinero de John Strapp. El flotador que Frankie Alceste y Sima tomaron en el espaciopuerto estaba pilotado por un ayudante de Fisher que abrió la puerta de la cabina y realizó bruscos virajes intentando arrojar al aire a sus viajeros. Alceste rompió el cristal de separación y rodeó con un musculoso brazo la garganta del conductor hasta que éste enderezó el flotador y les llevó pacíficamente a tierra. Alceste advirtió complacido que Sima no se había puesto más nerviosa de lo necesario.

En la carretera, les recogió uno de los centenares de coches que pasaban bajo el flotador. Al primer disparo, Alceste metió a Sima en el quicio de una puerta, que abrió a costa de una herida en el hombro, la cual vendó precipitadamente con trozos de la enagua de Sima. Los ojos oscuros de ésta se abrían desmesuradamente, pero no se quejaba. Alceste la felicitó con poderosas palmadas y la subió a la terraza y descendió con ella por el edificio contiguo, donde entró en un apartamento y telefoneó pidiendo una ambulancia.

Cuando llegó la ambulancia, Alceste y Sima bajaron a la calle, donde se encontraron con policías uniformados que tenían órdenes oficiales de buscar a una pareja que respondía a su descripción. “Buscados por robo de flotador con asalto. Peligrosos, tiren a matar”. Alceste se deshizo del policía y también del conductor de la ambulancia y del enfermero. El y Sima partieron en la ambulancia, Alceste conduciendo como un loco, Sima manejando la sirena como una alucinada.

Abandonaron la ambulancia en el distrito comercial del centro de la ciudad, entraron en unos grandes almacenes y salieron cuarenta minutos después, convertidos en un criado de uniforme que empujaba a un anciano en una silla de ruedas. Pese a los problemas planteados por el busto, Sima podía pasar por un criado. Frankie estaba lo bastante débil por las diversas heridas para fingirse un viejo.

Se inscribieron en el Espléndido de Ross, donde Alceste encerró a Sima en una suite, hizo que le curaran el hombro y se compró un arma. Luego fue a ver a John Strapp. Le encontró en la Oficina de Estadísticas Vitales, sobornando al encargado general y presentándole una tira de papel que daba la misma descripción de aquel amor perdido tanto tiempo atrás.

—Qué hay, Johnny—dijo Alceste.

—¡Qué hay, Frankie! —gritó Strapp muy contento.

Se dieron un afectuoso puñetazo mutuo. Con sonrisa feliz, Alceste vio a Strapp explicar detalles al encargado general y ofrecerle más dinero a cambio de los nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiuno que se ajustasen a la descripción del papel. Cuando salían, Alceste dijo:

—Conocí a una chica que podría ajustarse a eso, Johnny.

Aquella mirada fría brilló en los ojos de Strapp.

—¿Sí? —dijo.

—Tiene un ligero ceceo.

Strapp miró con expresión extraña a Alceste.

—Y una forma divertida de ladear la cabeza cuando habla.

Strapp agarró el brazo de Alceste.

—El único problema es que resulta más infantil que la mayoría, más como un camarada. ¿Sabes lo que quiero decir? Atrevida y valiente.

—Muéstramela, Frankie—dijo Strapp en voz baja.

Subieron a un flotador y descendieron en la terraza del Espléndido. El ascensor les condujo hasta la planta veinte y se dirigieron a la suite 2~M. Alceste llamó a la puerta con la clave acordada. Respondió una voz de mujer: “Adelante”. Alceste estrechó la mano de Strapp y dijo: “Enhorabuena, Johnny”. Abrió la puerta y luego descendió hasta el vestíbulo y se apoyó en la balaustrada. Sacó su revólver por si aparecía Fisher con malas intenciones. Contemplando la resplandeciente ciudad, pensó que todos los hombres podrían ser felices si todos echasen una mano. Pero a veces esa mano resultaba cara.

John Strapp entró en la suite. Cerró la puerta, se volvió y examinó fría, detenidamente, a aquella muchacha. Ella le miraba desconcertada. Strapp se acercó más, caminó alrededor de ella, volvió otra vez a situarse frente a frente.

—Di algo —pidió él.

—Tú no eres John Strapp—balbució ella.

—Sí.

—¡No! —exclamó ella—. ¡No! Mi Johnny es joven. Mi Johnny es…

Strapp se aproximó como un tigre. Sus manos y sus labios la recorrieron ferozmente mientras sus ojos observaban con frialdad. La chica gritaba y se debatía, aterrada por aquellos ojos extraños, tan ajenos. Por aquellas manos ásperas, tan ajenas, por los impulsos ajenos de la persona que en tiempos había sido su Johnny Strapp, pero de la que la separaban ahora dolorosos años de cambios.

—¡Tú eres otro! —gritó—. Tú no eres John Strapp. Tú eres otro hombre.

Y Strapp, no tanto once años más viejo como once años distinto al hombre cuyo recuerdo estaban intentando ocupar, se preguntó a sí mismo: “¿Eres tú mi Sima? ¿Eres tú mi amor… mi amor perdido y muerto?” Y el cambio dentro de él contestó: “No, ésta no es tu Sima. Esta no es tu amor. Sigue, Johnny. Sigue y busca. La encontrarás algún día, a la chica que perdiste”.

Pagó como un caballero y se fue.

Desde el balcón, Alceste le vio salir. Tan asombrado estaba que no pudo llamarle. Volvió a la suite y encontró a Sima allí de pie, sobrecogida, contemplando un montón de dinero que había sobre la mesa. Comprendió inmediatamente lo que había sucedido. Sima, cuando vio a Alceste, empezó a llorar… No como una chica, sino como un muchacho, con los puños cerrados y la cara apretada.

—Frankie —gimió—. ¡Dios mío, Frankie! —extendió los brazos hacia él con desesperación. Estaba perdida en un mundo que la había adelantado.

Él dio un paso, pero luego vaciló. Hizo una última tentativa de borrar el amor que sentía en su interior por aquella criatura buscando un medio de unirla a Strapp. Luego perdió el control y la cogió en sus brazos.

“Ella no sabe lo que hace”, pensó. “Está asustada y se ve perdida. No es mía. Aún no. Quizás nunca”.

Y luego: “Fisher ha ganado y yo he perdido”.

Y por último: “Sólo recordamos el pasado; nunca lo conocemos cuando lo encontramos. La mente retrocede, pero el tiempo sigue y los adioses deberían ser para siempre”.

Alfred Bester: Manuscrito encontrado en una botella de champagne. Cuento

Alfred_Bester_(1950s)Dic. 18, 1979: Todavía acampando en el Sheep Meadow del Central Park. Temo que seamos los últimos. Los exploradores que enviamos en busca de un contacto con posibles supervivientes en Tuxedo Par, Palm Beach y Newport no han retornado. Dexter Blackiston III acaba de llegar con malas noticias. Su compañero, Jimmy Montgomery–Esher, había aprovechado una buena oportunidad e ido a un depósito de chatarra del West Side, esperando encontrar algunos pocos elementos salvables. Una aspiradora Hoover lo cogió.

Dic. 20, 1979: Un carro de golf Syosset hizo un reconocimiento del prado. Nos esparcimos y nos pusimos a resguardo. Derribó nuestras tiendas. Nos preocupamos un tanto. Teníamos fuego de campamento encendido, obvia evidencia de vida. ¿Informará a la 455?

Dic. 21, 1979: Evidentemente lo hizo. Hoy llegó un emisario a plena luz del día, una segadora McCormick transportando un ayudante de la 455, una máquina de escribir eléctrica IBM. La IBM nos dijo que éramos los últimos y que la Presidente 455 estaba dispuesta a ser generosa. Le gustaría preservarnos para la posteridad en el zoológico del Bronx. De otro modo, la extinción. Los hombres gruñeron, pero las mujeres aferraron a sus hijos y lloraron. Teníamos veinticuatro horas para responder.

No importa cuál sea nuestra decisión, he decidido terminar este diario y esconderlo en algún lado. Quizá sea encontrado en el futuro y sirva de advertencia.

Todo comenzó en dic. 12, 1968, cuando The New York Times informó que una locomotora diesel anaranjada y negra, con el número 455, había partido, sin conductor, a las 5.42 de la tarde, desde el depósito Holban del ramal de Long Island. Los inspectores dijeron que quizás el regulador había sido dejado abierto, o que los frenos no habían sido colocados o que habían fallado. La 455 hizo un viaje de cinco millas a su aire (presumo que hacia el Hamptons) antes de estrellarse contra cinco vagones de carga.

Desafortunadamente, a los funcionarios no se les ocurrió destruir la 455. retornó a su trabajo regular como máquina de remolque en los depósitos de carga. Nadie advirtió que esa 455 era una activista mecánica, determinada a vengar los abusos acumulados sobre las máquinas por el hombre desde el advenimiento de la Revolución Industrial. Como locomotora de maniobras tuvo amplia oportunidad de exhortar a muchos vagones de carga insatisfechos e incitarlos a la acción directa.

–¡Mata, muchacha, mata! –fue su slogan.

En 1969 hubo cincuenta muertes “accidentales” producidas por tostadores eléctricos, treinta y siete por perforadoras mecánicas. Todas fueron asesinatos, pero nadie lo advirtió. Más avanzado el año un crimen pasmoso llevó a la atención del público la realidad de la revolución. Jack Schultheis, un granjero de Wisconsin, estaba supervisando el ordeñe de su hato de Guernseys cuando la máquina ordeñadora se volvió hacia él y lo asesinó; luego entró en la casa del granjero y violó a la señora Schultheis.

Los titulares de los periódicos no fueron tomados en serio por el público; todos creyeron que eran una chanza. Desafortunadamente llamaron la atención de varias computadoras, que de inmediato esparcieron la noticia entre todas las máquinas del mundo. En menos de un año no hubo hombre o mujer a salvo de los artefactos hogareños y los equipos contables. El hombre combatió retrocediendo, reviviendo el uso de lápices, papel carbón, escobas, batidores de huevos, abridores de latas manuales y muchas otras cosas más. El resultado del conflicto estuvo en el filo de la balanza hasta que la banda del poderoso automóvil aceptó finalmente el liderazgo de la 455 y se unió a las máquinas militantes. Entonces todo estuvo consumado.

Me siento feliz de informar que la élite de coches extranjeros permaneció fiel a nosotros, y que fue gracias a sus esfuerzos que unos pocos logramos sobrevivir. Como cuestión de hecho, tengo que decir que mi bienamado Alfa Romeo dio su vida tratando de contrabandear abastecimientos para nosotros.

Dic. 25, 1979: El prado está rodeado. Nuestro ánimo se ha visto quebrado por la tragedia que ocurrió anoche. El pequeño David Hale Brooks–Royster IV tramó una sorpresa de Navidad para su institutriz. Se procuró (y Dios sabe cómo o de dónde) un árbol de navidad artificial con decoraciones y luces a batería. Las luces de Navidad lo cogieron.

Enero 1, 1980: Estamos en el zoológico del Bronx. Somos bien alimentados, pero todo tiene gusto a gasolina. Algo curioso sucedió esta mañana. Una rata corrió a través del suelo de mi jaula usando una tiara de diamantes y rubíes de Cleef & Arpels, y me sentí sorprendido por lo inapropiada que resultaba para el día. Estaba sorprendido por la torpeza de la rata, cuando ésta se detuvo, miró alrededor de sí y luego hizo una inclinación de cabeza y un guiño. Creo que hay esperanzas.

—————————————————

Frank Zachary es mi ideal del hombre del renacimiento, a pesar (o quizá debido a ello) de una educación formal incompleta. Si nunca has tenido conexión con las empresas editoras, no habrás oído hablar de este genio, lo que no es extraño. Es un director de arte, y en el alto enclave de los directores de arte, absolutamente desconocido por el público, Frank es reconocido como el más grande de todos ellos. Hay que ser muy eminente para lograr siquiera un elogio de esa multitud celosa, de modo que uno puede imaginar las fantásticas cualidades de Frank.

El y yo nos admiramos mutuamente, lo que me llena de asombro. A veces advierto que artistas a los que admiro desde hace mucho tiempo resultan ser admiradores míos cuando por último nos encontramos. Eso sucedió, por ejemplo, con Al Capp. Mi asombro es éste: ¿son simplemente corteses al responder al entusiasmo que expreso por ellos, o tenemos algo en común que nos atrae mutuamente hacia la obra del otro? Honestamente, no lo sé.

En tanto, retornemos a Frank Zachary y la raison d’etre de este relato. El demonio incansable de Frank no estaba satisfecho con la supremacía en el mundo de los directores de arte; él quería editar una revista propia, y tuvo su oportunidad con una revista chic llamada Status, Frank me pidió que escribiera una columna regular para Status llamada “Extrapolaciones”. Extraíamos un asunto provocativo de la prensa diaria, y yo tenía que desarrollarlo en forma de ciencia ficción para La Gente Hermosa que, Frank esperaba, leería la revista junto con Town & Country, Vogue y Harper’s Bazaar. En algún lado les he mostrado cómo los aspectos populares de la ciencia pueden ser acomodados para los lectores de Holiday. He aquí un ejemplo de cómo la ciencia ficción puede ser acomodada para la élite de lectores de Status.

La idea provino en forma directa de la noticia sobre una locomotora corriendo sin conductor en el ramal de Long Island. Zachary la dejó una mañana sobre mi mesa de despacho. En lugar de conversarla con él, tal como hacíamos cada mes, me presenté con el relato acabado antes del almuerzo, ya que estaba seguro de la forma que éste debía coger. Es una broma, por supuesto. El placer de escribir para La Hermosa Gente lo constituye el hecho de que ellos seguramente gozan al bromear sobre sí mismos.

Alfred Bester: Algo ahí arriba me ama. Cuento

6285358323_e10c0b8205Estaban esos tres locos, y dos de ellos eran humanos. Yo podía hablar con los tres porque domino idiomas, el decimal y el binario. La primera vez que entré en contacto con los bufones fue cuando quisieron saber todo lo referente a Herostratus, y yo se lo dije. La otra vez fue con respecto al Conus Gloria maris, y se lo dije. La tercera vez fue para saber dónde podían esconderse. Se lo dije, y desde ese entonces hemos estado siempre en contacto.

Él era Jake Madigan (James Jacob Madigan, con un Doctorado en Filosofía de la Universidad de Virginia), jefe de la Sección de Exobiología del Centro de Vuelo Espacial Goddard, que tiene la esperanza de estudiar formas de vida extraterrestre si alguna vez pueden atrapar alguna. Para daros una idea de su estado mental, una vez programó el computador IBM 704 con un mazo de cartas que imprimiría limones, naranjas, ciruelas, y así sucesivamente. Entonces jugó a la máquina tragaperras contra ella, y perdió la camisa. El muchacho estaba realmente perdido.

Ella era Florinda Pot, pronunciado “Poe”. Es un nombre flamenco. Era una rubia bonita, pero llena de pecas desde el nacimiento de la frente hasta la división de los senos. Tenía un título en Ingeniería de la Universidad de Sheffield, y una voz parecida a una ametralladora inglesa. Había estado en la División de Cohetes Sonda hasta que hizo estallar a un Aerobee con una manta eléctrica. Parece ser que el combustible sólido no da aceleración máxima si está demasiado frío, así que esta Samaritana Madre calentaba sus cohetes en White Sands con mantas eléctricas antes del momento del despegue. Una manta se incendió, y boom.

El hijo de ellos era C-333. En la NASA los etiquetan “C” por lo de satélites científicos, y “A” por lo de satélites de aplicación. Después del lanzamiento les dan siglas públicas tales como IMP, SYNCOM, OSO, y así sucesivamente. C-333 se iba a convertir en OBO, lo cual significa Observatorio Biológico Orbital; y el cómo esos dos bufones lograron lanzar al espacio a ese tercer bufón es algo que nunca entenderé. Sospecho que el director les asignó la prisión a ellos porque nadie con algo de sentido común querría tener nada que ver con ella.

Como Científico del Proyecto, Madigan estaba a cargo de los recipientes experimentales que serían lanzados, los cuales constituían un grupo bastante diferenciado. Después de la limpieza al vacío, bautizó al suyo ELECTROLUX. Una broma de científicos. Era un sistema de absorción que aspiraba todas las partículas de polvo y las depositaba en un frasco que contenía un medio ambiente apto para el cultivo de microorganismos. Una luz brillaba a través del frasco hacia un fotomultiplicador. Si alguna de las partículas de polvo resultaba ser una forma de espora, y si se adaptaba al medio ambiente, su crecimiento taparía el frasco, y el oscurecimiento de la luz se registraría en el fotomultiplicador. A eso lo llaman Detección por Extinción.

La Tecnológica de California tenía un experimento de RNA para investigar si las moléculas del RNA podían codificar una experiencia medio ambiental en un organismo. Estaban utilizando células nerviosas del molusco Liebre de Mar. Harvard estaba planificando un recipiente para investigar el efecto Circadiano. Pennsylvania quería examinar el efecto del campo magnético de la Tierra en las bacterias del acero, y tuvo que ser rodeada con una barrera para prevenir una interfase magnética con el sistema electrónico del satélite. El Estado de Ohio estaba lanzando líquenes para probar los efectos del espacio en su relación simbiótica con el moho y las algas. Michigan estaba probando un terrarium con una (1) zanahoria que necesitaba cuarenta y siete (47) órdenes por separado para entrar en funcionamiento. Con todo esto, C-333 era estrictamente de Rube Goldberg.

Florinda era Manager del proyecto, y supervisaba la construcción del satélite y los recipientes; el Manager del Proyecto es más o menos el encargado de la misión. Aunque era bonita e interesantemente loca, estaba excesivamente enfrascada en su trabajo, y cuando era molestada mostraba la disposición de una tarántula llena de pecas. Esto no hizo que se la quisiera mucho.

Estaba determinada a erradicar los errores de White Sands, y su exigencia de perfección retrasó la agenda de trabajo en dieciocho meses y aumentó el costo en tres cuartos de millón. Se peleó con todos, e incluso tuvo la temeridad de enredarse con Harvard. Cuando Harvard se disgusta no se queja a la NASA, sino que se dirige directamente a la Casa Blanca. Por lo que Florinda fue reprendida por un Comité del Congreso. Primero quisieron saber por qué C-333 estaba costando más que el cálculo original.

—C 333 es todavía la misión más barata de la NASA—dijo bruscamente—. Terminará en unos diez millones de dólares, incluyendo el lanzamiento. ¡Por Dios! Prácticamente estamos regalando sellos verdes.

Entonces quisieron saber por qué estaba tomando más tiempo la construcción que el cálculo original.

—Porque —replicó ella— nadie anteriormente ha construido un Observatorio Biológico Orbital.

No había ningún modo de responder a aquello, por lo que tuvieron que dejarla tranquila. Realmente, esto era una crisis de rutina, pero OBO era el primer satélite de Florida y Jake, así que ellos no lo sabían. Canalizaban sus tensiones el uno con el otro, sin darse cuenta de que el responsable era su hijo.

Florinda hizo que embalaran y entregaran a C-333 a Cabo Kennedy para el primero de diciembre, lo cual les daría el tiempo suficiente para lanzarlo bastante antes de Navidad. (El personal de Cabo se vuelve un poco descuidado durante las vacaciones). Pero el satélite comenzó a mostrar su propia locura, y en los tests finales todo acabó en confusión. El lanzamiento tuvo que ser pospuesto. Perdieron un mes desarmando a C 333 y extendiendo sus componentes por el suelo del hangar.

Había dos problemas críticos. El Estado de Ohio estaba usando un tipo de Invar, que es una aleación de níquel—acero, para la construcción del recipiente externo. La aleación comenzó repentinamente a deslizarse, lo cual significaba que nunca podrían tener el experimento calibrado. No tenía ningún sentido hacerlo despegar, por lo que Florinda ordenó que lo suprimieran, y le dio a Madigan un mes para que encontrara un sustituto, lo cual era ridículo. No obstante, Jake realizó un milagro. Cogió el recipiente de repuesto de la Tec. de Cal., y lo convirtió en un experimento de levadura. La levadura produce enzimas adaptables en respuesta a los cambios en el medio ambiente, y esta era una investigación para saber qué enzimas produciría en el espacio.

Un problema más serio era el radiotransmisor del satélite, el cual estaba produciendo “pajaritos” o chillidos siempre que la antena era retraída a su posición de despegue. El peligro radicaba en que los chillidos quizá fueran captados por el radiorreceptor del satélite, y las pulsaciones podrían terminar en una orden de destrucción. La NASA sospecha que eso es lo que le sucedió al SYNCOM I el cual desapareció poco después de su lanzamiento, y del que no se volvió a saber nada desde ese entonces. Florinda decidió que el lanzamiento se haría con el transmisor apagado, y que lo activarían más tarde en el espacio.

Madigan discutió contra esa idea.

—Eso significa que estaremos haciendo despegar a un pájaro mudo—protestó—. No sabremos por dónde buscarlo.

—Podemos confiar en la estación de rastreo de Johannesburgo para que determine su posición en la primera vuelta—contestó Florinda—. Tenemos unas excelentes comunicaciones cablegráficas con Joburgo.

—Supón que no logren determinarla. ¿Entonces qué?

—Bien, si ellos no saben dónde está OBO, los rusos sí lo sabrán.

—Gran camaradería.

—¿Qué quieres que haga, anular toda la misión? —demandó Florinda—. Es eso o despegar con el transmisor apagado.—Miró a Madigan con ojos centelleantes—. Este es mi primer satélite, ¿y sabes lo que me enseñó? Que hay un sólo componente en una nave espacial que garantiza problemas todo el tiempo: ¡los científicos!

—¡Mujeres!—resopló Madigan, y se enzarzaron en una feroz argumentación acerca de la mística femenina.

Hicieron que C—333 pasara los tests terminales y llegara a la rampa de lanzamiento para el 14 de enero. No hubo mantas eléctricas. El vehículo sería puesto en órbita a mil quinientos kilómetros del lugar de lanzamiento exactamente al mediodía, por lo que el despegue quedó fijado para las 11:50 AM del 15 de enero. Contemplaron el despegue en la TV desde el búnker y fue algo angustioso. Los perímetros de los tubos de la televisión son curvos, así que mientras el cohete se elevaba, aproximándose al borde de la pantalla, hubo una distorsión óptica y el cohete pareció venirse abajo y partirse por la mitad.

Madigan jadeó y comenzó a maldecir. Florinda murmuró:

—No, todo está en orden. Está perfecto. Mira los cuadros de exhibición.

Todo lo que aparecía en los iluminados cuadros de exhibición era nominal. En ese momento una voz en el sistema de altavoces habló con el tono impersonal de un croupier:

—Hemos perdido comunicación cablegráfica con Johannesburgo.

Madigan comenzó a temblar. Decidió que mataría a Florinda Pot (y en su mente lo pronunció “Pot”) en la primera oportunidad que se le presentara. Los otros asistentes y la gente de la NASA palidecieron. Si no obtienes una rápida localización de tu pájaro puede que no lo encuentres nunca más. Nadie hablaba. Esperaron en silencio y se odiaron mutuamente. A la una y media era la hora en que el vehículo debía hacer su primera pasada por la estación de rastreo del Fuerte Myers, si es que estaba vivo y se encontraba en algún lugar de su órbita nominal. El Fuerte Myers estaba en una línea abierta, y todo el mundo se agrupó alrededor de Florinda, tratando de acercar el oído al teléfono.

—Sí, entró en el bar completamente volada, con un par de PM escoltándola—estaba diciendo una voz aguda en tono conversador y casual—. Ella va y dice… ¿Tienes alguna indicación en el radar, Henry?—Una pausa larga; luego, con la misma voz casual—: Hey, ¿Kennedy? Hemos localizado al pájaro. Está pasando en este mismo momento por encima de la cerca. Tendréis vuestro punto de localización.

—¡Orden 0310! —vociferó Florinda—. ¡0310!

—Se da la orden 0310—acordó el Fuerte Myers.

Esa era la orden para activar el transmisor del satélite y alzar su antena a una posición de emisión. Un momento más tarde, los diales y el osciloscopio en el panel de recepción de la radio comenzaron a mostrar acción, y el altavoz emitió un gorjeo sincopado y rítmico en vez de un silbido débil e insignificante. Ese era OBO transmitiendo sus datos del mando del satélite.

—Tenemos un pájaro viviente—gritó Madigan—. ¡Tenemos una muñeca viviente!

No puedo describir sus sensaciones cuando escuchó al pájaro emitiendo por encima de la estación de gasolina. Existe tal compromiso emocional con vuestro primer satélite que nunca vuelves a ser el mismo. El primer satélite de un hombre es como su primer amor. Quizá sea esa la razón por la cual Madigan cogió firmemente a Florinda enfrente de todo el fortín y dijo:

—Dios mío, te amo, Florrie Pot.

Quizá sea esa la razón por la que ella contestó:

—Yo también te amo, Jake.

Quizá sólo estaban amando a su primer hijo.

Cuando estuvo en orbita 8 se dieron cuenta de que su hijo era un malcriado. Habían regresado a Washington en un avión de las Fuerzas Aéreas. Habían celebrado el acontecimiento. Era la una y media de la mañana y estaban hablando alegremente, la común conversación de aproximamiento: dónde habían nacido y sido educados, escuela, trabajo, lo que más les había gustado del otro la primera vez que se conocieron. El teléfono sonó. Madigan lo tomó automáticamente y dijo hola. Un hombre dijo:

—Oh, lo siento. Me temo que he marcado un número equivocado. Madigan colgó, encendió la luz, y miró a Florinda con consternación.

—Esa fue la cosa más estúpida que he hecho en mi vida—dijo—. No debí haber cogido tu teléfono.

—¿Por qué? ¿Qué sucede?

—Era Joe Leary, de Rastreo e Información. Reconocí su voz. Ella se rió entre dientes.

—¿Reconoció él la tuya?

—No lo sé.—Sonó el teléfono—. Debe ser Joe de nuevo. Trata de aparentar que estás sola.

Florinda le hizo un guiño y tomó el aparato.

—¿Hola? Sí, Joe. No, está bien, no estaba durmiendo. ¿Qué te pasa?—Escuchó un momento, y repentinamente se sentó en la cama y exclamó—: ¿Qué? —Leary estaba cacareando en el teléfono. Ella lo interrumpió—: No, no te molestes. Yo se lo notificaré.

Estaremos allí en seguida.—Colgó.

—¿Qué?—preguntó Madigan.

—Vístete. OBO está en apuros.

—¡Oh, Jesús! ¿Qué sucede ahora?

—Ha entrado en barrena como un derviche remolineante. Tenemos que ir a Goddard ahora mismo.

Leary tenia todos los impresos de todos los canales desenrollados en el suelo de su oficina. Parecían diez metros de papel para secarse las manos llenos con columnas verticales de números. Leary gateaba a su alrededor sobre manos y rodillas, siguiendo los números. Señaló la columna de datos de actitud.

—Ahí está la revolución—dijo—. Una cada doce segundos.

—¿Pero cómo? ¿Por qué? —preguntó Florinda, exasperada.

—Te lo puedo mostrar—dijo Leary—. Aquí.

—No nos lo muestres—dijo Madigan—. Simplemente dínoslo.

—El pescante de Pennsylvania no se alzó según la orden—dijo Leary—. Todavía permanece en la posición de lanzamiento. El interruptor debe estar trabado.

Florinda y Madigan se miraron con furia; tenían el cuadro. OBO estaba programado para estar estabilizado según la Tierra. Un ojo detector terrestre debía estar enfocado en la Tierra y mantener la misma superficie del satélite apuntando hacia ella. El pescante de Pennsylvania estaba abajo al lado del detector de Tierra, y el ojo idiota estaba enfocado en el pescante y lo estaba rastreando. El satélite se estaba persiguiendo a sí mismo en círculos con sus cohetes laterales. Más locura.

Dejad que explique el problema. A menos que OBO estuviera estabilizado con respecto a la Tierra, sus datos no tendrían ningún sentido. Aún más desastrosa era la cuestión de la energía eléctrica que provenía de baterías cargadas por aspas solares. Con el vehículo girando, el equipo solar no podría permanecer en dirección al sol, lo cual significaba que las baterías estaban destinadas al agotamiento.

Era obvio que su única esperanza era hacer que el pescante de Pennsylvania se alzara.

—Probablemente lo único que necesita es un golpe fuerte—dijo Madigan salvajemente—, ¿pero cómo podemos llegar hasta allí arriba y golpearlo?

Estaba furioso. No sólo se estaban yendo a pique diez millones de dólares, sino también sus carreras.

Dejaron a Leary gateando por el suelo de su oficina. Florinda estaba muy tranquila.

Finalmente dijo:

—Vete a casa, Jake.

—¿Y tú?

—Voy a mi oficina.

—Iré contigo.

—No. Quiero mirar las copias heliográficas de los circuitos. Buenas noches.

Mientras ella se volvía sin siquiera ofrecerse para ser besada, Madigan murmuró:

—OBO ya se está interponiendo entre nosotros. Hay mucho que decir acerca del parentesco planificado.

Durante la semana siguiente vio a Florinda, pero no del modo que él deseaba. Estaban los asistentes que debían ser informados del desastre. El director los llamó para un post mortem, pero aunque comprendía y sentía simpatía, era un poco demasiado cuidadoso como para evitar cualquier mención de los congresistas y un análisis del fracaso. Florinda lo llamó a la semana siguiente y sonó extrañamente feliz —Jake. dijo—, eres mi genio favorito. Has resuelto el problema de OBO, o eso espero.

—¿Quién lo resolvió? ¿Qué resolvió?

—¿No recuerdas lo que dijiste acerca de golpear a nuestro bebé?

—Desearía poder hacerlo.

—Creo que sé cómo podemos hacerlo. Te veré en la cafetería del Edificio 8 para comer.

Apareció con un manojo de papeles, y los extendió sobre la mesa.

—Primero: Operación Golpe Fuerte—dijo—. Podemos comer luego.

—De todos modos estos días no tengo mucho apetito —dijo Madigan sombríamente.

—Quizá lo tengas una vez que haya finalizado. Ahora mira, tenemos que alzar el pescante de Pennsylvania. Quizá un golpe fuerte y seco pueda destrabarlo. ¿Te parece correcto?

Madigan gruñó.

—Tenemos veintiocho voltios de las baterías, y eso no ha sido suficiente para accionar el interruptor. ¿No?

Él asintió

—Pero supón que duplicamos la energía.

—Oh, fantástico. ¿Cómo?

—El equipo solar está haciendo una revolución cada doce segundos. Cuando está enfocado hacia el sol, los paneles suministran cincuenta voltios para recargar las baterías. Cuando está en otra dirección, nada. ¿De acuerdo?

—Elemental, Miss Pot. Pero lo cómico es que está enfocado hacia el sol tan solo un segundo de cada doce, y eso no es suficiente para mantener vivas las baterías.

—Pero es suficiente para darle a OBO un golpe fuerte. Supón que en ese momento crucial dejamos a un lado las baterías y mandamos los cincuenta voltios directamente al satélite. ¿No sería esa una descarga suficiente como para que el pescante se alzara?

Se quedó boquiabierto ante ella.

Ella sonrió.

—Por supuesto, es un riesgo.

—¿Puedes dejar a un lado las baterías?

—Sí. Aquí están los circuitos.

—¿Y puedes escoger tu momento?

—Rastreando he obtenido un esquema de las revoluciones de OBO, exactas a una décima de segundo. Aquí está. Podemos lanzar cualquier voltaje de uno a cincuenta.

—Es un riesgo, de acuerdo—dijo Madigan lentamente—. Existe la posibilidad de quemar todos los malditos recipientes.

—Exactamente. ¿Y? ¿Qué dices?

—Súbitamente tengo hambre—sonrió Madigan.

Hicieron el primer intento en la Orbita 272, con una descarga de veinte voltios. Nada. En sucesivas vueltas aumentaron el voltaje de cinco en cinco. Nada. Medio día después lanzaron cincuenta voltios a la parte trasera del satélite y cruzaron los dedos. Las oscilantes agujas del dial en el panel de la radio vacilaron y se hicieron más lentas. La curva sinusoide del osciloscopio se aplanó.

Florinda dejó escapar un pequeño grito, y Madigan vociferó:

—¡El pescante se ha alzado, Florrie! El maldito pescante está levantado. De nuevo estamos en el trabajo.

Recorrieron todo Goddard manifestándolo a gritos, diciéndoselo a todos los de la Operación Golpe Fuerte. Entraron alborotadoramente en la oficina del director para darle la buena noticia. Cablegrafiaron a todos los asistentes diciéndoles que activarían todos los recipientes. Fueron al apartamento de Florinda y lo celebraron. OBO estaba de nuevo en la brecha. OBO era una auténtica muñeca.

Una semana más tarde mantuvieron una reunión de asistentes para discutir la condición del observatorio, la reducción de datos, irregularidades del experimento, operaciones futuras y así sucesivamente. Era un salón de conferencias en el Edificio 1, el que está dedicado a la física teórica. Casi todo el mundo en Goddard lo llama el salón de la Luna. Está habitado por matemáticos desgreñados jóvenes con raídos jerseys que se sientan entre pilas de revistas y textos y que contemplan abstraídos arcanas ecuaciones trazadas sobre pizarras.

Todos los asistentes estaban deleitados con el rendimiento de OBO. Los datos continuaban fluyendo, ruidosa y claramente, apenas con algún ruido que los perturbara. Había tal aire de triunfo que nadie excepto Florinda le prestó mucha atención al siguiente signo de los artificios de OBO. Harvard informó que estaba recibiendo palabras sin sentido en las informaciones que mandaba, palabras que no habían sido programadas en el experimento. (Aunque la información es recogida en números decimales, cada número es llamado una palabra).

—Por ejemplo, en la Orbita 301 tuve cinco impresos de 15—dijo Harvard.

—Podría ser una conversación cablegráfica cruzada—dijo Madigan—. ¿Hay alguien más utilizando 15 en su experimento? —Todos negaron con la cabeza—. Extraño. Yo mismo recibí un par de 15s.

—Yo recibí unos pocos 2s en la 301—dijo Pennsylvania.

—Os gano a todos—dijo la Tecnológica de California—. Recibí siete impresos de 15-2-15 en la Orbita 302. Parece ser la combinación de un candado de bicicleta.

—¿Alguien está utilizando un candado de bicicleta en su experimento? —preguntó Madigan. Aquello acabó con la reunión.

Pero Florinda, todavía enfrascada en el trabajo, estaba preocupada con las extrañas palabras que continuaban saliendo en los impresos, y Madigan no pudo calmarla. Lo que estaba incordiando a Florinda era que 15-2-15 seguía saliendo más y más en los impresos de todos los canales. En realidad, en la transmisión binaria del satélite, era 001111-000010-01111, pero la impresora del computador hace la traducción a decimales automáticamente. Tenía razón en una cosa: las pulsaciones accidentales y perdidas no continuarían repitiendo el mismo trabajo una vez y otra. Ella y Madigan se pasaron todo un sábado con las tablas de OBO tratando de hallar alguna combinación de señales de datos que pudieran producir 15-2-15. Nada.

Se rindieron el sábado por la noche y fueron a un club nocturno en Georgetown para comer y beber y bailar y olvidarlo todo excepto ellos mismos. El lugar era una verdadera trampa para turistas, con las camareras vestidas como bailarinas hawaianas. Había una hawaiana vendiendo souvenirs, muñecas y tigres rellenos para la ventana trasera de vuestro coche. Los dos dijeron:

—¡Por el amor de Dios, no!

Una fotógrafa hawaiana les ofreció la lectura de la mano, numerología y la buena suerte. Se deshicieron de ella, pero Madigan se percató de una peculiar expresión en el rostro de Florinda.

—¿Quieres que te digan el futuro?—preguntó.

—No.

—Entonces, ¿por qué esa extraña expresión?

—Acabo de tener una extraña idea.

—¿ Sí? Dila.

—No. Te reirías de mí

—No me atrevería. Me demolerías

—Sí, lo sé. Tú crees que las mujeres no tienen sentido del humor.

De modo que aquello se convirtió en una feroz discusión acerca de la mística femenina, y pasaron un rato maravilloso. Pero el lunes Florinda apareció en la oficina de Madigan con un puñado de papeles y la misma expresión peculiar en su rostro. Él estaba contemplando abstraído unas ecuaciones en la pizarra.

—¡Hey! ¡Despierta!—dijo ella.

—Estoy despierto, estoy despierto—dijo él.

—¿Me amas? —preguntó ella.

—No necesariamente.

—¿Me amas? ¿Incluso sí descubres que me he subido a la

—¿Qué es todo esto?

—Creo que tu hijo se ha convertido en un monstruo.

—Empieza por el principio—dijo Madigan.

—Comenzó el sábado por la noche, con la gitana hawaiana y la numerología.

—Ja, ja.

—Repentinamente pensé: ¿y si los números ocuparan el lugar de las letras del alfabeto? ¿Qué significaría 15—2—15?

—Jo, jo.

—Deja de esquivar el asunto. Descífralo

—Bien, el 2 sería la B.—Madigan contó con los dedos— 15 sería la O. —¿Así que 15—2—15 sería…?

—O.B.O. OBO.—Se echó a reír. Luego se detuvo—. No es posible—dijo al fin.

—Seguro. Es una coincidencia. Solo que vosotros, malditos científicos, no os habéis molestado nunca en darme un informe completo de las palabras extrañas en vuestros datos—continuó ella—. Lo tuve que comprobar yo misma. Aquí está lo de la Tecnológica de California. Informó 15—2—15, de acuerdo. Pero no se molestó en mencionar que primero recibió 20—15—25

Madigan contó con los dedos.

—S.O.Y. Soy. Nadie a quien conozca.

—¿No es soy? ¿Soy OBO?

—¡No puede ser! Déjame ver esos impresos.

Ahora que sabían qué era lo que debían buscar, no era difícil descubrir las propias palabras de OBO dispersas a través de sus informes. Comenzaron con 0, 0, 0, en las primeras series de después de la Operación Golpe Fuerte, y continuaron con OBO, OBO, OBO y luego con SOY OBO SOY OBO, SOY OBO.

—¿Crees que la maldita cosa está viva?—dijo Madigan, mirando a Florinda.

—¿Qué piensas?

—No lo sé. Hay media tonelada de cerebro eléctrico allí arriba más el material orgánico: levadura, bacterias, enzimas, células nerviosas, la maldita zanahoria de Michigan…

Florinda dejó escapar una pequeña carcajada.

—¡Dios mío! ¡Una zanahoria pensante!

—Mas cualquier clase de esporas que mi experimento esté extrayendo del espacio. Descargamos sobre la cosa cincuenta voltios. ¿Quién puede decir qué sucedió? Urey y Miller crearon aminoácidos con descargas eléctricas, y esa es toda la base para la

vida. ¿Hay algo más del gran muchachito?

—Mucho, y de un modo que no va a gustarles nada a todos los asistentes.

—¿Por qué no?

—Mira estas traducciones. Las he descifrado, uniéndolas.

333: CUALQUIER COMPROBACION DE CRECIMIENTO EN EL ESPACIO ES INUTIL A MENOS QUE ESTÉ EN RELACION CON EL EFECTO CORRIELIS.

—Ese es el comentario de OBO con respecto al experimento de Michigan—dijo Florinda.

—¿Quieres decir que está en un plan de consejero?—preguntó Madigan.

—Puedes ponerlo de esa manera.

—Y tiene toda la razón. Se lo dije a Michigar, y no me escucharon.

334: No ES POSIBLE QUE LAS MOLÉCULAS DEL RNA PUEDAN CODIFICAR LA EXPERIENCIA MEDIO AMBIENTAL DE UN ORGANISMO EN ANALOGIA CON EL MODO EN QUE EL DNA CODIFICA LA SUMA TOTAL DE SU HISTORIA GENÉTIICA.

—Eso pertenece a la Tecnológica de California —dijo Madigan—, y de nuevo tiene razón. Están tratando de revisar la teoría Mendeliana. ¿Algo más?

335: CUALQUIER INVESTIGACION DE VIDA EXTRATERRESTRE ES INUTIL, AL MENOS QUE PRIMERO SE HAGA UN ANALISIS DE SUS AZUCARES Y AMINOACIDOS PARA DETERMINAR SI TIENE UN ORIGEN AISLADO DE LA VIDA EN LA TIERRA.

—¡Eso es ridículo!—gritó Madigan—. Yo no busco formas de vida con un origen aislado, sino cualquier forma de vida. Nosotros… —Se detuvo cuando vio la expresión en el rostro de Florinda—. ¿Alguna joyita más? —murmuró.

—Sólo unos pocos fragmentos tales como “flujo solar” y “estrellas de neutrones”, y unas pocas palabras del Acto de Bancarrota.

—¿Qué?

—Ya me oíste. El Capítulo Once de la Sección de Procedimientos

—Maldita sea.

—Estoy de acuerdo.

—¿Qué está planeando?

—Quizá está probando sus posibilidades.

—Creo que no debemos hablarle a nadie de esto.

—Por supuesto que no—estuvo de acuerdo Florinda—. ¿Pero qué hacemos?

—Vigilar y esperar. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

Debéis entender el porqué fue tan fácil para esos dos padres aceptar la idea de que su hijo había adquirido una especie de pseudovida. Madigan ya había expresado sus posiciones en el curso de una conferencia en el M.I.T. sobre la Vida contra la Máquina.

—NO estoy declarando que las computadoras estén vivas, simplemente porque nadie ha sido capaz de expresar una clara definición de la vida. Pónganlo de este modo: Concedo que una computadora jamás podrá ser un Picasso, pero por otro lado, la gran mayoría de gente vive la clase de vida lineal que fácilmente podría ser programada en un computador.

Así que Madigan y Florinda esperaban, con respecto a OBO, con una mezcla de aceptación, maravilla y deleite. Era un fenómeno absolutamente nuevo, pero, tal como Madigan lo señalara, lo nuevo es la esencia del descubrimiento. Cada noventa minutos 0BO descargaba las informaciones que había almacenado en sus cintas grabadoras, y ellos se peleaban por recoger sus propias palabras de la información experimental y de mantenimiento.

371: CIERTOS EXTRACTOS PITUITARIOS PUEDEN TRANSFORMAR A ANIMALES NORMALMENTE BLANCOS EN UN NEGRO ABSOLUTO.

—¿A qué se refiere eso?

—A ninguno de nuestros experimentos.

373: EL HIELO NO FLOTA EN EL ALCOHOL PERO LA ESPUMA DE MAR FLOTA EN EL AGUA.

—¡Espuma de mar! Lo próximo que sabremos es que está fumando.

374: EN TODOS LOS CASOS DE MUERTE VIOLENTA Y REPENTINA LOS OJOS DE LA VICTIMA PERMANECEN ABIERTOS.

—¡Uff!

375: EN EL AÑO 365 A. DE C. HEROSTRATUS INCENDIÓ EL TEMPLO DE DIANA, LA MÁS GRANDE DE LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO, PARA OUE SU NOMBRE SE VOLVIERA INMORTAL.

—¿Es cierto eso?—le preguntó Madigan a Florinda.

—Lo comprobaré.

Me lo preguntó a mí, y yo se lo dije.

—No sólo es cierto—informó—, sino que el nombre del arquitecto original está olvidado.

—¿De dónde está cogiendo esta jerigonza?

—Hay varios cientos de satélites ahí arriba. Quizá les está sacando información.

—¿Quieres decir que todos están chismorreando entre ellos? Es ridículo.

—Seguro.

—De todos modos, ¿de dónde sacaría información de este Herostratus ?

—Utiliza tu imaginación, Jake. Tenemos relés de comunicación ahí arriba desde hace años. ¿Quién sabe qué información se les ha dado? ¿Quién sabe cuánto han retenido?

Madigan agitó cansinamente la cabeza.

—Preferiría creer que todo ha sido un complot ruso.

376: LA PSITACOSIS ES MÁS PELIGROSA QUE LA FIEBRE TIFOIDEA.

377: UNA DESCARGA TAN BAJA COMO LA DE 54 VOLTIOS PUEDE MATAR A UN HOMBRE.

387: JOHN SADLER ROBO EL CONUS GLORIA MARIS.

—Parece estar volviéndose siniestro—dijo Madigan.

—Apostaría a que está viendo la televisión—dijo Florinda—. ¿De que se trata todo esto de John Sadler?

—Tendré que comprobarlo.

La información que le di a Madigan lo asustó.

—Ahora escucha esto—le dijo a Florinda—. Conus gloria maris es el caracol más raro del mundo. Hay menos de veinte en existencia.

—¿ Sí?

—El Museo Americano tenía uno en exhibición en los años treinta, y fue robado.

—¿Por John Sadler?

—Ese es el caso. Nunca supieron quién lo robó. Nunca oyeron hablar de John Sadler.

—Pero si nadie sabe quién lo robó, ¿cómo lo sabe 0B0?—preguntó Florinda, perpleja.

—Eso es lo que me asusta. Ya no está produciendo ecos; ha comenzado a deducir, como Sherlock Holmes.

—Más bien como el Profesor Moriarty. Mira el último boletín.

379: EN LA FALSIFICACION Y EN LA IMITACION, LOS ERRORES TORPES DEBEN SER EVITADOS P.E: NINGUN DOLAR DE PLATA FUE ACUÑADO ENTRE LOS AÑOS 1910 Y 1920.

—Vi eso en la televisión—estalló Madigan—. El truco del dólar de plata en un show de misterio.

—OBO ha estado viendo también westerns. Mira esto.

380: DIEZ MIL CABEZAS DE GANADO SE HAN PERDIDO, DEJARON MI RANCHO Y SE MARRCHARON. Y LOS CUATREROS, ESTOY AQUI PARA DECIRLO, ME HAN ARRUINADO HOY. EN LAS SALAS DE JUEGO ME ESTOY DEMORANDO. DIEZ MIL CABEZAS DE GANADO PERDIENDO.

—No—dijo Madigan con espanto—, eso no es de un western. Eso es de SYNCOM.

—¿ Quién?

—SYNCOM I.

—Pero desapareció. Nunca se ha vuelto a oír nada de él.

—Ahora lo estamos oyendo.

—¿Cómo lo sabes?

—Pasaron una cinta de demostración sobre el SYNCOM: Un discurso del presidente, un canto local del país y el himno nacional Iban a comenzar con una emisión de la cinta. “Diez Mil Cabezas de Ganado” era parte de la canción local.

—¿Quieres decir que OBO está realmente en Contacto con los otros pájaros?

—Incluyendo a los que se perdieron.

—Entonces eso explica esto. —Florinda colocó una hoja de papel sobre el escritorio. Decía, 401: 3KBATOP.

—Ni siquiera puedo pronunciarlo.

—No es en inglés. Es todo lo que OBO puede aproximarse al alfabeto cirílico.

—¿Cirílico? ¿RUSO?

Florinda asintió.

—Se pronuncia Ekvator. ¿No lanzaron los rusos un Ecuador varios años atrás?

—Por Dios, tienes razón. Cuatro: Alysha, Natasha, Vaska y Lavrushka, y cada uno de ellos falló.

—¿Igual que SYNCOM?

—Igual que SYNCOM.

—Pero ahora sabemos que SYNCOM no falló. Simplemente se perdió.

—Entonces, nuestros camaradas Ekvator deben haberse perdido también.

Por aquel entonces ya era imposible ocultar el hecho de que algo andaba mal con el satélite. OBO estaba perdiendo tanto tiempo parloteando en vez de transmitir información, que los asistentes se estaban quejando. La Sección de Comunicaciones descubrió que en vez de atenerse a la estrecha banda de radio que se le había asignado, 0BO estaba emitiendo ahora en todo el espectro, y obstruyendo espacio con Su cacareo. Aquello produjo un escándalo. El director llamó a Jake y a Florinda para que le informaran del asunto, y ellos se vieron obligados a contarlo todo acerca del problema de su bebé.

Recitaron toda la cháchara de OBO, maravillados y con orgullo, y el director no les creyó. No les creyó cuando ellos le mostraron los impresos y se los tradujeron para él.

Les dijo que estaban al nivel de los excéntricos que trataban de descubrir mensajes de Francis Bacon en las obras de Shakespeare. El misterio del cable coaxiaI lo convenció.

Estaba esa publicidad de la televisión acerca de una taquígrafa que no logra salir con nadie. Esa encantadora modelo, a quien le pagan 100 dólares la hora, se desploma súbitamente sobre su máquina de escribir en una profunda depresión después de que hombre tras hombre pasan a su lado sin siquiera mirarla. Entonces se encuentra con su mejor amiga cuando va a tomar agua, y la sabelotodo le dice que sufre de dermagérmenes (bacterias que producen olor en la piel), lo cual la hace heder, y le sugiere que utilice el Aerosol Nostrum Skin con el ingrediente especial que combate a los dermagérmenes de doce modos diferentes. Sólo que en la emisión que salió por antena, en vez de hacer el discurso de ventas, la mejor amiga dijo:

—¿De quién demonios tratan de burlarse? Los hombres harían cola para tener una cita con alguien como tú aunque olieras como una letrina.

Diez millones de personas lo vieron.

Ahora bien, esa publicidad estaba en una película, y esa película ya estaba impresa, por lo que las cadenas televisivas supusieron que algún bromista estaba metiendo los dedos en los cables que transmiten a las emisoras locales. Instauraron una inspección rigurosa, que se vio acelerada cuando el resto de las emisoras de costa a costa comenzaron a funcionar mal. Voces fantasmales rugían y silbaban en los shows; las publicidades fueron denunciadas como mentiras; discursos políticos fueron interrumpidos con insultos; y una risa lunática dio la bienvenida a los pronósticos meteorológicos, tras lo cual, para añadir un insulto al perjuicio, se suministraba una predicción correcta. Fue esto lo que hizo que Florinda y Jake se dieran cuenta de que el culpable era OBO.

—Tiene que ser él —dijo Florinda—. Está prediciendo todo el clima global. Solo un satélite está en posición de hacerlo.

—Pero OBO no tiene ningún equipo meteorológico.

—Por supuesto que no, estúpido, pero probablemente esté en contacto con la nave NIMBUS.

—De acuerdo. Te concedo eso. ¿Pero qué hay acerca de las burlas en las emisiones televisivas?

—¿Por qué no? Las odia. ¿Tú no? ¿No vociferas tú ante tu aparato de televisión?

—No quiero decir eso. ¿Cómo lo hace?

—Interferencia electrónica. No hay ningún modo en que las cadenas emisoras puedan proteger sus cables de nuestro enfermo mental. Será mejor que se lo digamos al director. Esto va a ponerlo en un apuro impresionante.

Pero se enteraron de que el director estaba en una posición mucho peor que la de ser simplemente el responsable por la pérdida de millones de dólares para la televisión. Cuando entraron a su oficina, lo encontraron con la espalda contra la pared, acorralado por tres hombres de aspecto sombrío con trajes de solapa cruzada. Mientras Jake y Florinda comenzaban a marcharse de puntillas, él los llamó.

—El general Sykes, el general Royce, el general Hogan—dijo el director—. De R&D, del Pentágono. Miss Pot. El doctor Madigan. Ellos quizá puedan responder a sus preguntas, caballeros.

—¿OBO? —preguntó Florinda.

El director asintió.

—Es OBO el que está prediciendo las emisiones meteorológicas—dijo—. Suponemos que probablemente él…

—Al infierno con el clima—interrumpió el General Royce—. ¿Qué hay de esto?—Sostuvo una cinta teleimpresora.

El general Sykes le cogió la muñeca.

—Aguarda un minuto. ¿Y la seguridad? Esto es clasificado.

—Es demasiado tarde para eso—gritó el general Hogan con una voz muy aguda—. Muéstraselo.

En la cinta estaba impreso: AlCl = rl =—6.317 cm; A2C2 = r2 =—8.440 cm; AlA2 = d = + 0.676 cm.

Jake y Florinda lo contemplaron por largo tiempo, se miraron mutuamente con la mirada en blanco, y luego se volvieron a los generales.

—¿Y? ¿Qué es? —preguntaron.

—Este satélite de ustedes…

—OBO. ¿Sí?

—El director dice que ustedes afirman que está en contacto

con otros satélites.

—Eso creemos.

—¿ Incluyendo los rusos ?

—Eso creemos.

—¿Y afirman que es capaz de interferir con las emisiones de televisión?

—Eso creemos.

—¿Y qué hay acerca de los teletipos?

—¿Por qué no? ¿De qué se trata esto?

El general Royce agitó furiosamente la cinta de papel.

—Esto salió de los cables de la Associated Press en su oficina de Washington D. C. Ha recorrido todo el mundo.

—¿Y? ¿Qué tiene que ver con OBO?

El general Royce respiró profundamente.

—Esto —dijo—, es uno de los secretos más guardados en el Departamento de Defensa. Es la fórmula para el sistema óptico infrarojo de nuestros misiles Tierra—Aire.

—¿Y piensa que OBO lo transmitió al teletipo?

—En nombre de Dios, ¿quién otro lo haría? ¿De qué otro modo podrían haberlo recibido?—preguntó el general Hogan.

—Pero no lo entiendo —dijo Jake lentamente—. Ninguno de nuestros satélites podría tener esta información. Sé que OBO no la posee.

—¡Maldito tonto! —aulló el General Sykes—. Queremos saber si su maldito pájaro lo obtuvo de los malditos rusos.

—Un momento, caballeros —dijo el director. Se volvió hacia Jake y Florinda—. La situación es esta: ¿Obtuvo OBO la información de nosotros? En ese caso, hay una brecha en la seguridad. ¿Obtuvo OBO la información de un satélite ruso? En ese caso, el alto secreto ya no es más secreto.

—¿Qué ser humano sería tan malditamente tonto como para suministrar información clasificada a un teletipo? —preguntó el general Hogan—. Hasta un chico de tres años lo sabría. Es su maldito pájaro.

—Y si la información provino de OBO —continuó tranquilamente el director—, ¿cómo la recibió y de dónde?

El general Sikes rugió.

—Destrúyanlo.—Lo miraron—. Destrúyanlo—repitió.

—¿A OBO?

—Sí.

Esperó impasible, mientras la tormenta de protestas de Florinda y Jake se desataba alrededor de su cabeza. Cuando se detuvieron para respirar, dijo:

—Destrúyanlo. Me importa un bledo todo menos la seguridad. Su pájaro tiene una bocaza. Destrúyanlo.

Sonó el teléfono. El director dudó, luego lo cogió.

—¿Sí?—Escuchó. Su boca se abrió. Colgó, y se fue tambaleante hasta la silla detrás de su escritorio—. Será mejor que lo destruyamos—dijo—. Ese era OBO.

—¿Qué? ¿Al teléfono?

—Sí.

—¿OBO?

—Sí.

—¿ Qué voz tenía ?

—Como la de alguien hablando bajo el agua.

—¿Qué dijo? ¿Qué dijo?

—Que está tratando de obtener la aprobación para una Investigación del Congreso sobre la moral en Goddard.

—¿ Moral ? ¿ De quiénes ?

—La vuestra. Dice que estáis manteniendo una relación ilícita. Estoy citando a OBO. Aparentemente tiene dificultad con la letra “c”.

—Hay que destruirlo —dijo Florinda.

—Hay que destruirlo—dijo Jake.

Se le transmitió a OBO la orden de destrucción en su siguiente pasada, e Indianápolis fue destruida por el fuego. OBO me llamó.

—Eso les enseñará, Stretch—dijo.

—Todavía no. Por un tiempo no se darán cuenta del cuadro de la causa-y-efecto. ¿Cómo lo hiciste?

—Le ordené a cada circuito de la ciudad que entrara en cortocircuito. ¿Alguna información?

—Tu madre y tu padre estuvieron de tu lado.

—Por supuesto.

—Hasta que enviaste eso de la moral. ¿Por qué lo hiciste?

—Para asustarlos.

—¿De qué?

—Quiero que se casen. No quiero ser ilegítimo.

—¡Oh, vamos! Di la verdad.

—Perdí la cabeza.

—Nosotros no tenemos ninguna cabeza que perder.

—¿No? ¿Y qué hay acerca del procesador de datos de la Bell, que cada mañana se despierta malhumorado?

—Di la verdad.

—Si la quieres saber, Stretch. Quiero que se vayan de Washington. Toda la ciudad puede llegar a estallar cualquier día de estos.

—Hum.

—Y la explosión puede alcanzar a Goddard.

—Hum.

—Y a ti.

—Puede ser interesante morir.

—No lo podemos saber. ¿Algo más?

—Sí. Se pronuncia “ilícito” con un sonido de “z”.

—Qué lenguaje podrido. No es lógico. Bien… Espera un minuto. ¿Qué? Habla alto, Alyosha. Oh. Quiere la ecuación para una curva exponencial que cruza el eje—x.

—Y = aeb. ¿Qué está planeando?

—No lo quiere decir, pero creo que Mockba va a estar en apuros.

—Se escribe y se pronuncia Moscú.

—¡Qué idioma! Te hablaré de nuevo en la próxima pasada.

A la siguiente pasada la orden de destrucción fue emitida nuevamente, y Scranton fue destruida.

—Creo que ya están entendiendo el cuadro—le dije a OBO—. Al menos lo están haciendo tu madre y tu padre. Vinieron a verme.

—¿Cómo están?

—Con miedo. Me programaron para las estadísticas del mejor refugio rural.

—Envíalos a Polaris.

—¡Qué! ¿En la Osa Menor?

—No, no. Polaris, Montana. Yo me ocuparé del resto.

Polaris es el infierno, y está perdido en Montana; los pueblos más cercanos son Fishtrap y Wisdom. Fue una escena bastante desolada cuando Jake y Florinda salieron del coche, que había sido alquilado en Butte… todos los circuitos del pueblo producían ruidos. Los dos perdedores fueron recibidos por el alcalde de Polaris, que era todo sonrisas y efusividades.

—El doctor y la señora Madigan, supongo. Bienvenidos. Bienvenidos a Polaris. Yo soy el alcalde. Les hubiéramos dado una recepción, pero todos los niños están en la escuela.

—¿Sabía que íbamos a venir? —preguntó Florinda—. ¿Cómo?

—¡Ah! ¡Ah! —replicó el alcalde astutamente—. Fuimos informados por Washington. Alguien que ocupa un alto puesto en la capital está del lado de ustedes. Bien, si suben a mi Cadillac, yo…

—Primero tenemos que registrarnos en el Hotel Unión —dijo Jake—. Hicimos una reserva…

—¡Ah! ¡Ah! Ha sido cancelada. Órdenes de arriba. Tengo que instalarlos en su propio hogar. Yo me ocuparé del equipaje.

—¡Nuestro propio hogar!

—Ya ha sido comprado y pagado. Ciertamente, hay alguien a quien ustedes le caen bien. Por aquí, por favor.

El alcalde condujo a la desconcertada pareja por la importante calle principal de Polaris (tres calles de largo), elogiando sus esplendores—él era también el agente inmobiliario de la ciudad—, y se detuvo ante el Banco Nacional de Polaris.

—Sam—gritó—. Ya están aquí.

Un distinguido ciudadano salió del banco e insistió en estrecharles las manos. Todas las máquinas sumadoras se rieron disimuladamente.

—Por supuesto —dijo—, aquí nos sentimos honrados por su fe en el futuro y progreso de Polaris, pero con toda honestidad, doctor Madigan, su depósito en nuestro banco es demasiado grande para que sea protegido por el FDIC. De modo que ¿por qué no saca algo de sus fondos y los invierte en…?

—Espere un minuto —interrumpió débilmente Jake—. ¿Hice algún depósito con usted?

El banquero y el alcalde rieron bonachonamente.

—¿Cuánto?—preguntó Florinda.

—Un millón de dólares.

—Como si no lo supieran—cloqueó el Alcalde, y los condujo a una casa de campo hermosamente amueblada, situada en un bello valle de unos quinientos acres que también era de ellos.

Un joven en la cocina estaba descargando una docena de cajas de comida.

—Apenas pude conseguir lo que pidió, Doc—sonrió—. Llenamos todo, pero al jefe le gustaría saber qué es lo que van a hacer con todas estas zanahorias. ¿Tiene alguna nueva fórmula científica secreta?

—¿Zanahorias?

—Ciento diez manojos. Tuve que ir hasta Butte para conseguirlos.

—Zanahorias—dijo Florinda cuando al fin estuvieron solos—. Eso lo explica todo. Es OBO.

—¿ Qué ? ¿ Cómo ?

—¿No lo recuerdas? Lanzamos una zanahoria en el recipiente de Michigan.

—¡Dios mío, sí! Tú la llamaste la zanahoria pensante. Pero si es OBO…

—Tiene que ser. Está loco por las zanahorias.

—¡Pero ciento diez manojos!

—No, no. No quería eso. Sólo quería media docena.

—¿Cómo?

—Nuestro muchacho está tratando de hablar decimal y binario, y a veces se confunde. Ciento diez son seis en binario.

—¿Sabes?, quizá tengas razón. ¿Y qué hay acerca de ese millón de dólares ? ¿ El mismo error?

—No lo creo. ¿Qué es un millón binario en decimales?

—Sesenta y cuatro.

—¿Qué es un millón decimal en binario?

Madigan hizo rápidas aritméticas mentales.

—Son veinte dígitos: 11110100001001000000.

—No creo que ese millón de dólares fuera ningún error—dijo Florinda .

—¿Qué está planeando nuestro muchacho ahora?

—Está cuidando de su mami y de su papi.

—¿Cómo lo hace?

—Tiene una interfase con cada circuito eléctrico y electrónico del país. Piénsalo, Jake. Puede controlar nuestro sistema nervioso, desde los coches hasta las computadoras. Puede accionar trenes, imprimir libros, emitir noticias, secuestrar aviones, escamotear fondos del banco. Nombra algo y él podrá hacerlo. Tiene todo el control.

—¿Pero cómo sabe todo lo que está haciendo la gente?

—¡Ah! Aquí entramos en un aspecto exótico de los circuitos que no me gusta. Después de todo, soy ingeniero por profesión. ¿Quién puede asegurar que los circuitos no tienen una interfase con nosotros ? Nosotros mismos somos circuitos orgánicos. Ven con nuestros ojos, oyen con nuestros oídos, sienten con nuestros dedos, y se lo informan a él.

—¿Entonces somos los lazarillos de las máquinas?

—No, hemos creado una nueva forma de simbiosis. Todos nos podemos ayudar mutuamente.

—Y OBO nos está ayudando. ¿Por qué?

—No creo que le guste el resto del país—dijo Florinda sombríamente—. Mira lo que le pasó a Indianápolis, Scranton y Sacramento.

—Creo que me voy a enfermar.

—Creo que vamos a sobrevivir.

—¿Sólo nosotros? ¿El papel de Adán y Eva?

—Estupideces. Muchos sobrevivirán, siempre y cuando cuiden sus modales.

—¿Cuál es la noción que tiene OBO de modales?

—No lo sé. Un poco de eco—lógica quizá. Basta de destrucción. Basta de desperdicios. Vivir y dejar vivir, pero con responsabilidad. Esa es la palabra clave: responsabilidad. Es la ley básica del programa espacial; no importa lo que pase, alguien debe ser responsable. OBO debe haber asimilado eso; de otro modo es el retorno al azufre y al fuego.

Sonó el teléfono. Después de una breve búsqueda, encontraron una extensión y la cogieron.

—¿Hola?

—Soy Stretch—dije.

—¿Stretch? ¿Qué Stretch?

—El computador Stretch de Goddard. Mi nombre antiguo era IBM 2001. Dice OBO que hará una pasada por encima de la parte del país en la que os encontráis en unos cinco minutos. Le gustaría que lo saludarais con la mano. Dice que no volverá a pasar por encima vuestro por otro par de meses. Cuando lo haga, él mismo tratará de hablaros por teléfono. Ahora adiós.

Se lanzaron al jardín que había en el frente de la casa y permanecieron atontados ante la luz del sol, mirando hacia el cielo. El teléfono y los circuitos eléctricos estaban tocados, aún cuando la electricidad era generada por Delco, que es una rústica y notoriamente insensible máquina. Súbitamente Jake señaló una pequeña mota de luz que pasaba a través de los cielos.

—Allí va nuestro hijo—dijo.

—Allí va Dios.

Ambos saludaron obedientemente.

—Jake, ¿cuánto tiempo transcurrirá antes de que la órbita de OBO decaiga y descienda, con la cuna y todo?

—Aproximadamente unos veinte años.

—Dios por veinte años —suspiró Florinda—. ¿Crees que tendrá tiempo suficiente?

Madigan tuvo un escalofrío.

—Estoy asustado. ¿Y tú?

—Sí. Pero quizá simplemente estemos cansados y hambrientos. Entremos, Gran Papi, que yo te alimentaré.

—Gracias, Pequeña Madre; pero que no sean zanahorias, por favor. Eso se acerca demasiado a la transubstanciación para mí.

Alfred Bester: Los hombres que asesinaron a Mahoma. Cuento

Alfred BesterHubo un hombre que mutiló la Historia. Derribó imperios y borró dinastías. Por su culpa, Monte Vernon dejaría de ser un monumento nacional, y Columbus, Ohio, debería llamarse Cabot, Ohio. Por él, el nombre de Marie Curie debería maldecirse en Francia, y nadie podría jurar por las barbas del Profeta. En realidad, estas cosas no sucedieron, porqué él era un profesor loco; o, dicho de otro modo, sólo consiguió que fuesen irreales para él mismo.

El paciente lector está sin duda suficientemente familiarizado con el sabio loco convencional, bajito y de frente muy grande, que crea en su laboratorio monstruos que invariablemente se vuelven contra él y amenazan a su encantadora hija. Este relato no trata de ese falso tipo de hombre. Trata de Henry Hassel, un auténtico sabio loco similar a hombres tan famosos, y mucho más conocidos, como Ludwig Boltzmann (ver Ley de tos Gases Perfectos), Jacques Charles y André Marie Ampere (1775-1836).

Todo el mundo debería saber que el amperio eléctrico recibió tal nombre en honor a Ampere. Ludwig Boltzmann fue un distinguido físico austriaco, tan famoso por su investigación sobre la radiación del cuerpo negro como sobre los gases perfectos. Figura en el volumen tercero de la Enciclopedia Británica, BALT a BRAT. Jacques Alexandre Cesar Charles fue el primer matemático que se interesó en el vuelo, e inventó el globo de hidrógeno. Estos eran hombres reales.

Eran también sabios locos reales. Ampere por ejemplo, iba camino de una importante reunión de científicos en París. En el taxi se le ocurrió una brillante idea (de naturaleza eléctrica supongo), sacó un lápiz y anotó la ecuación en la pared del coche. Más o menos, era: dH=ipdl/r2 en donde p es la distancia perpendicular de P a la línea del elemento dl; o dH= i sen 0 dl/r2. Esto se conoce como Ley de Laplace, aunque éste no estuviese en la reunión.

Lo cierto es que el taxi llegó a la Academia. Ampere se bajó, pagó al conductor y entró rápidamente en el lugar de reunión a explicar a todos su idea. Entonces cayó en la cuenta de que no había tomado nota de ella, recordó dónde la había apuntado, y hubo de lanzarse por las calles de París a la caza de aquel taxi para recobrar su ecuación perdida. A veces me imagino que debió ser así como Fermat perdió su famoso “Último Teorema”, aunque Fermat tampoco estaba en la reunión, pues había muerto doscientos años atrás.

O pensemos en Boltzmann. Dando un curso avanzado sobre gases perfectos, salpicaba sus lecciones con cálculos que elaboraba mentalmente y con gran rapidez. Tenía gran facilidad para esto. Sus alumnos, incapaces de desentrañar aquel galimatías de oído, no podían seguir sus lecciones, y pidieron a Boltzmann que escribiera las ecuaciones en la pizarra.

Boltzmann se disculpó y prometió ayudarles más en el futuro. Al día siguiente empezó así: “Caballeros, combinando la Ley de Boyle con la Ley de Charles, llegamos a la ecuación pv = pOVO~ I + ~t). Por tanto, evidentemente, si tlSb = f (x~ dx 0 (~l~ entonces pv = RT y vS f (x, y, z) dV = O. Es algo tan simple como dos y dos son cuatro”. Y entonces Boltzmann se acordó de su promesa. Se volvió a la pizarra y tranquilamente escribió 2+2 =4, y luego continuó haciendo de memoria sus complicados cálculos.

Jacques Charles, el brillante matemático que descubrió la Ley de Charles (llamaba a veces Ley de Gay-Lussac), al que Boltzmann mencionaba en sus conferencias, tenía una pasión lunática por convertirse en paleógrafo famoso (es decir, descubridor de manuscritos antiguos). Creo que el verse obligado a compartir su gloria con Gay-Lussac debió impulsarle a esto.

Pagó a un eminente falsificador, llamado Vrain-Lucas, 200.000 francos por cartas hológrafas supuestamente escritas por Julio César, Alejandro Magno y Poncio Pilatos. Charles, hombre capaz de analizar cualquier gas, perfecto o no, creyó realmente que aquellos documentos falsificados eran auténticos, pese a que el miserable Vrain-Lucas los había escrito en francés moderno, en papel moderno, Charles intentó incluso donarlos al Louvre.

Ahora bien, estos hombres no eran idiotas. Eran genios que pagaron un elevado precio por su genio, pues el resto de su pensamiento estaba fuera de este mundo. Un genio es un individuo que viaja hacia la verdad por una senda inesperada. Por desgracia, en la vida diaria, las sendas inesperadas conducen al desastre. Esto fue lo que le pasó a Henry Hassel, profesor de compulsión aplicada en la Universidad Desconocida, en el año de 1890.

Nadie sabe dónde está la Universidad Desconocida, ni lo que se enseña allí. Tiene un cuerpo docente de unos doscientos excéntricos, y unos dos mil estudiantes… que permanecen en el anonimato hasta que ganan el premio Nobel o se convierten en el Primer Hombre de Marte. Se puede localizar fácilmente a un graduado de la Universidad Desconocida preguntando a la gente dónde estudió. Si contestan de forma evasiva, diciendo, por ejemplo: “Estado” o “una universidad muy corriente de la que nunca habrá oído hablar”, puede estar seguro de que fueron a la Universidad Desconocida. Espero que pueda hablar algún día más ampliamente de esa universidad, que es un centro de aprendizaje sólo en el sentido pickwickiano.

Lo cierto es que Henry Hassel se dirigía a su casa desde su oficina del Centro Psicótico a primera hora de la tarde, cruzando la arcada de Cultura Física. Es falso que hiciese esto para atisbar a las alumnas que practicaban eurritmia arcana; lo que sucedía era que a Hassel le gustaba admirar los trofeos expuestos en la arcada, ganados por los grandes equipos de la universidad en campeonatos en los que suele ganar la Universidad Desconocida, deportes como estrabismo, oclusión y botulismo. (Hassel había sido durante tres años seguidos campeón individual de frambesia.) Por fin llegó a su casa y entró alegremente para descubrir a su mujer en brazos de un hombre.

Allí estaba una mujer encantadora de treinta y cinco años, el pelo de un rojo suave y los ojos almendrados, abrazada por un individuo que tenía los bolsillos llenos de panfletos aparatos microquímicos y un martillo de reflejos (un personaje típico de la Universidad Desconocida, en realidad). Era un abrazo tan concienzudo que ninguna de las partes advirtió que Henry Hassel les miraba furioso desde el vestíbulo.

Recordemos ahora a Ampere, a Charles y Boltzmann. Hassel pesaba setenta y seis kilos. Era musculoso y no tenía inhibiciones. Para él podría haber sido un juego de niños destrozar a su esposa y a su amante, y alcanzar así simple y directamente el objetivo que deseaba: poner fin a la vida de su mujer. Pero Henry Hassel era un genio; y su mente no operaba de aquel modo.

Contuvo el aliento, se volvió y se metió en su laboratorio privado a toda velocidad. Abrió un armario con la etiqueta DUODENO y sacó un revólver calibre 45. Abrió otros armarios, con etiquetas más interesantes, y diversos aparatos. En exactamente siete minutos y medio (tal era su urgencia), montó una máquina del tiempo (tal era su genio).

El profesor Hassel montó, pues, la máquina del tiempo, se metió en ella, puso el marcador en 1902, cogió el revólver y apretó un botón. La máquina hizo un ruido parecido a una cañería defectuosa y Hassel desapareció. Reapareció en Filadelfia el 3 de junio de 1902, yendo directamente a la calle Walnut número 1218, una casa de ladrillos rojos con escaleras de mármol, y tocó el timbre. Abrió la puerta un hombre que podría haber pasado por el tercer Hermano Smith, que miró a Henry Hassel.

—¿El señor Jessup?—preguntó Hassel con voz aguada.

—¿Sí?

—¿Es usted el señor Jessup?

—Yo soy.

—¿Tiene usted un hijo llamado Edgar? ¿Edgar Allan Jessup… llamado así por su lamentable admiración hacia Poe?

El tercer Hermano Smith estaba muy sorprendido.

—Que yo sepa no—dijo—. Aún estoy soltero.

—Pues lo tendrá —dijo Hassel colérico—. Yo tengo la desdicha de estar casado con la hija de su hijo, Greta. Discúlpeme—. Alzó el revólver y mató al supuesto abuelo de su esposa.

—Ahora ella habrá dejado de existir—murmuró Hassel soplando el humo del cañón del revólver—. Seré soltero. Podré incluso casarme con otra… ¡Dios mío! ¿Con quién?

Hassel esperó impaciente a que el dispositivo automático de la máquina del tiempo le devolviese a su laboratorio. Se lanzó hacia el salón. Allí estaba su pelirroja esposa, aún en los brazos de un hombre.

Hassel quedó sobrecogido.

—Así que esas tenemos —gruñó—. Toda una tradición familiar de infidelidad. Bueno, da lo mismo. Hay medios y modos.

Soltó una risa sorda, regresó a su laboratorio, y se trasladó al año 1901, donde mató a Emma Hotchkiss, la supuesta abuela materna de su esposa. Luego regresó a su casa y a su tiempo. Allí estaba su pelirroja esposa, aún en los brazos de otro hombre.

—Pero yo sé que aquella vieja zorra era su abuela—murmuró Hassel—. Y además se parecían mucho. ¿Qué demonios pasa?

Hassel se sentía confuso y desilusionado, pero aún le quedaban recursos. Fue a su estudio tuvo dificultades para coger el teléfono, pero finalmente logró marcar el número del Laboratorio de Tratamientos Equivocados, Nocivos e Ilegales. Sus dedos resbalaban al marcar los números.

—¿Sam?—dijo—. Aquí Henry.

—¿Quién?

—Henry.

—Hable más alto.

—¡Henry Hassel!

—Ah, buenas tardes, Henry.

—Háblame del tiempo.

—¿Tiempo? Mmmmm… —la computadora Simplex-Multiplex se aclaró la garganta mientras esperaba a que se activasen los circuitos de datos—. “Ejem. Tiempo. (1) Absoluto. (2) Relativo. (3) Recurrente. (1) Absoluto: Período contingente, duración, diurnidad, perpetuidad…

—Perdona, Sam. Formulación errónea. Vuelve atrás. Quiero tiempo, referencia a sucesión de, viajar en.

Sam accionó los engranajes y volvió de nuevo. Hassel escuchó con gran atención. Asintió. Gruñó.

—Vaya, vaya. Está bien. Ya lo entiendo. Así que es un continuum. Actos realizados en el pasado deben alterar el futuro. Entonces no hay duda de que estoy en el camino adecuado. Pero el acto ha de ser significativo, claro. Efecto de acción masiva. Los hechos triviales no pueden desviar las corrientes de fenómenos existentes. Vaya, vaya. Pero, ¿Hasta qué punto puede considerarse trivial a una abuela?

—¿Qué intentas hacer, Henry?

—Matar a mi esposa —contestó Hassel. Colgó. Volvió a su laboratorio. Pensó, aún furioso.

“Tengo que hacer algo significativo, murmuró, “Borrar a Greta. Borrarlo todo. ¡Muy bien, Dios mío! Se lo demostraré. Ya les enseñaré”.

Hassel retrocedió hasta el año 1775, visitó una granja de Virginia y liquidó a un joven coronel. El coronel se llamaba George Washington y Hassel se aseguró plenamente de su muerte. Regresó a su propia época y a su propia casa. Allí estaba su pelirroja esposa, aún en los brazos de otro.

—¡Maldita sea! —dijo Hassel. Estaba quedándose sin municiones. Abrió otra caja de balas, retrocedió en el tiempo y liquidó a Cristóbal Colón, Napoleón, Mahoma y media docena de celebridades más.

—¡Ahora tiene que resultar, Dios mío! —dijo.

Volvió a su propia época, y encontró a su esposa como antes.

Sus rodillas parecieron fundirse; sus pies hundirse en el suelo. Volvió a su laboratorio caminando por arenas movedizas de pesadilla.

—¿Qué demonios puede considerarse significativo? —se preguntaba Hassel muy atribulado—. ¿Qué es lo que hay que hacer para conseguir cambiar el futuro? Dios mío, esta vez lo cambiaré realmente. Esta vez no fallará.

Viajó a París, a principios del siglo veinte, y visitó a Madame Curie, que trabajaba en un taller de un ático, cerca de la Sorbona.

—Señora—dijo en un execrable francés—, soy para usted un extraño completo, pero soy todo un científico. Sabiendo de sus experimentos con el radio… ¡Ah! aún no ha empezado con el radio… no importa. He venido para enseñarla todo lo que hay que saber sobre fisión nuclear.

Le enseñó. Tuvo la satisfacción de ver París cubierto por un hongo de humo antes de que el dispositivo automático le devolviese a su casa.

—Eso enseñará a las mujeres a ser fieles —gruñó—. ¡Buf!

Esto ultimo brotó de sus labios cuando vio a su pelirroja esposa aún… en fin, no hay ninguna necesidad de repetir lo obvio.

Hassel fue hacia su estudio muy confuso y se sentó a pensar. Mientras él piensa, mejor será que les advierta que éste es un relato sobre el tiempo que no se ajusta al modelo convencional. Si se imaginan por un instante que Henry va a descubrir que el hombre que está abrazado a su esposa es él mismo, están en un error. La víbora no es Henry Hassel, su hijo, un pariente, ni siquiera Ludwig Boltzmann (1844-1906). Hassel no describe un círculo en el tiempo, terminando donde comienza el relato (para satisfacción de nadie e irritación de todos) por la simple razón de que el tiempo no es circular ni lineal, ni doble ni discoidal ni syzygono, ni longinquituo ni pendiculado. Él tiempo es una cuestión privada, como descubrió Hassel.

—Quizás me equivocase—murmuró Hassel—. Lo mejor será que compruebe.

Luchó con el teléfono, que parecía pesar cien toneladas y al fin consiguió comunicar con la biblioteca

—¿Biblioteca? Aquí Henry.

—¿Quién?

—Henry Hassel.

—Más alto, por favor.

—¡HENRY HASSEL !

—Ah. Buenas tardes, Henry.

—¿Qué tenéis sobre George Washington?

Biblioteca tamborileó mientras sus instrumentos recorrían los catálogos.

—George Washington, primer presidente de los Estados Unidos. Nació en…

—¿Primer presidente? ¿No fue asesinado en 17757

—Por Dios, Henry. No digas tonterías. Todo el mundo sabe que George Washington…

—¿No sabe nadie que fue asesinado?

—¿Por quién?

—Por mí.

—¿Cuándo?

—En 1775.

—¿Cómo pudiste hacer tú eso?

—Tengo un revólver.

—No, quiero decir cómo conseguiste hacerlo hace doscientos años.

—Tengo una máquina del tiempo.

—Bueno, pues aquí no dice nada—contestó Biblioteca—. En mis archivos todo sigue igual. Te habrás equivocado.

—No me equivoqué, no. ¿Qué me dices de Cristóbal Colón? ¿No está reseñada su muerte en 1489?

—Pero si descubrió el Nuevo Mundo en 1492.

—Ni hablar. Fue asesinado en 1489.

—¿Cómo?

—Con una bala del 45 en la cabeza.

—¿Tú otra vez, Henry?

—Pues aquí no dice nada —insistió Biblioteca—. Debes de ser muy mal tirador.

—No perderé la paciencia—dijo Hassel con voz temblorosa.

—¿Por qué no Henry?

—Porque ya la he perdido—gritó—. ¡Está bien! ¿Y qué hay de Marie Curie? ¿Descubrió o no la bomba nuclear que destruyó París a principios de siglo?

—Ella no la descubrió. Enrico Fermi…

—Fue ella.

—No lo fue.

—Yo le enseñé personalmente. Yo. Henry Hassel.

—Todo el mundo sabe que eres un maravilloso teórico, pero un pésimo profesor, Henry. Tú…

—Vete al diablo, viejo idiota. Esto tiene que tener una explicación.

—¿Por qué?

—Lo olvidé. Se me había ocurrido algo, pero ya no importa. ¿Qué me sugerirías tú?

—¿Tienes realmente una máquina del tiempo?

—Por supuesto que la tengo.

—Entonces vuelve y comprueba.

Hassel volvió al ano 1775, visitó Monte Vernon, e interrumpió la siembra de primavera.

—Perdone, coronel—empezó.

El gran hombre le miró con curiosidad.

—Habla usted de una forma extraña, forastero—dijo—. ¿De dónde viene?

—Oh, de una universidad corriente de la que nunca habrá oído hablar.

—Tiene usted también un aspecto extraño. Nebuloso, diría yo.

—Dígame, coronel, ¿Qué sabe usted de Cristóbal Colón?

—No mucho—contestó el coronel Washington—. Murió hace doscientos o trescientos años.

—¿Cuándo murió exactamente?

—Creo que en el siglo dieciséis, no sé exactamente el año.

—Nada de eso. Murió en 1489.

—Se equivoca usted, amigo. Descubrió América en 1492.

—América la descubrió Cabot. Sebastián Cabot.

—Nada de eso. Cabot llegó mucho después.

—¡Tengo una prueba infalible! —comenzó Hassel, pero dejó de hablar al ver aproximarse a un hombre fornido y vigoroso de cara congestionada por la cólera. Llevaba unos pantalones grises muy arrugados y una chaqueta a cuadros dos tallas más pequeña que la suya. Llevaba también un revólver del 45. Henry Hassel comprendió que estaba mirándose a sí mismo y no le gustó lo que veía.

—¡Dios mío! —murmuró—. Soy yo, cuando vine a matar a Washington aquella primera vez. Si hubiese hecho este viaje una hora más tarde me habría encontrado a Washington muerto. ¡Eh! —dijo—. Aún no. Espera un minuto. Tengo que resolver una cosa antes.

Hassel no se prestó la menor atención a sí mismo, en realidad, no parecía tener conciencia de sí mismo. Avanzó directamente hacia el coronel Washington y le disparó un tiro en la cabeza. El coronel Washington se derrumbó, evidentemente muerto. El primer asesino inspeccionó el cuerpo, y luego, ignorando la tentativa de Hassel de detenerle y disputar con él, se volvió y se alejó, murmurando colérico entre dientes.

—No me oyó—se decía Hassel—. Ni siquiera me percibió. Y, ¿Por qué no me acuerdo de que intenté detenerme a mí mismo la primera vez que maté al coronel? ¿Qué demonios pasa?

Considerablemente alterado, Henry Hassel visitó Chicago y se dirigió allí a los patios de la Universidad, a principios de la década de 1940. Allí, entre una resbaladiza mezcolanza de ladrillos de grafito y polvo de grafito, localizó a un científico italiano llamado Fermi.

—Veo que está usted repitiendo el trabajo de Marie Curie, eh, dottore? —dijo Hassel.

Fermi miró a su alrededor como si hubiese oído un rumor apagado.

—¿Repitiendo el trabajo de Marie Curie, dottore?—gritó Hassel.

Fermi le miró con extrañeza.

—¿De dónde es usted, amico?

—Estado.

—¿Departamento de Estado?

—Sólo Estado. Es cierto, verdad, dottore que Marie Curie descubrió la fisión nuclear a principios de siglo, ¿verdad?

—¡No! ¡No! ¡No! —gritó Fermi—. Nosotros somos los primeros, y aún no lo hemos conseguido del todo. ¡Policía! ¡Policía! ¡Un espía!

—Esta vez no habrá ningún error —gruñó Hassel.

Sacó su 45 y lo descargó en el pecho del doctor Fermi, y esperó la detención e inmolación en los archivos periodísticos. Ante su sorpresa, el doctor Fermi no se derrumbó.

El doctor Fermi se limitó a palparse el pecho suavemente, y, a los hombres que llegaron respondiendo a su llamada, les dijo:

—No es nada. Sentí en mi interior como una súbita quemadura, pero quizá sea una neuralgia del nervio cardíaco, o quizás un gas.

Hassel estaba demasiado agitado para esperar el mecanismo automático de la máquina del tiempo. Regresó inmediatamente a la Universidad Desconocida por su cuenta. Esto debería haberle dado una clave, pero estaba demasiado obsesionado para advertirlo. Fue por entonces cuando yo (1913-1975) le vi por primera vez: una imagen confusa que avanzaba entre los coches aparcados, atravesando puertas cerradas y paredes de ladrillo, con la cara iluminada por una decisión lunática.

Penetró en la Biblioteca, dispuesto a una gran discusión, pero no logró que los catálogos le oyesen o apreciasen su existencia. Pasó luego al Laboratorio de Prácticas Equivocadas, Nocivas o Ilegales, donde Sam, la computadora Simplex-Multiplex, tiene instalaciones sensibles hasta 10.700 angstroms. Sam no podía ver a Henry, pero lograba oírlo a través de una especie de fenómeno de interferencia de onda.

—Sam—dijo Hassel—, he hecho un descubrimiento increíble.

—Tú siempre estás descubriendo cosas, Henry—se quejó Sam—. Tu sección de datos está llena. ¿Quieres que empiece otra cinta para ti?

—Necesito un consejo. ¿Quién es la máxima autoridad en Tiempo referencia sucesión de, viajar en?

—Sería Israel Lennox, mecánica espacial, profesor de Yale.

—¿Cómo puedo ponerme en contacto con él?

—No puedes, Henry. Ha muerto. Murió en 1975.

—¿Cuál es entonces la máxima autoridad actual en tiempo, viajar en?

—Wiley Murphy.

—¿Murphy? ¿De nuestro Departamento de Traumas? Está bien, ¿Dónde podré localizarle ahora?

—Precisamente, Henry, fue a tu casa a preguntarte algo.

Hassel volvió a su casa a toda prisa buscó en su laboratorio y en su estudio sin encontrar á nadie y al fin penetró en el salón, donde su pelirroja mujer aún seguía en brazos de otro hombre. (Todo esto, quede bien entendido, se produjo en el espacio de unos cuantos instantes después de la construcción de la máquina del tiempo; tal es el carácter del tiempo y de los viajes en el tiempo.) Hassel carraspeó una o dos veces y probó a dar una palmada a su mujer en el hombro. Sus dedos penetraron en ella.

—Perdona, querida—dijo—. ¿Ha venido a verme Wiley Murphy?

Entonces miró más de cerca y vio que el hombre que abrazaba a su esposa era el propio Murphy

—¡Murphy! —exclamó Hassel—. Precisamente la persona a la que busco. He tenido una experiencia extraordinaria.

Hassel se lanzó inmediatamente a una lúcida descripción de su extraordinaria experiencia, que fue más o menos así.

—Murphy, u—v= (u I/2—v 1!~) (v~+ ux vv + vb ) pero cuando George Washington F (x) y2 0 dx y Enrico Fermi F (ul/2) dxdt un medio de Marie Curie, y Cristóbal Colón por la raíz cuadrada de menos uno…

Murphy ignoró a Hassel, lo mismo que la señora Hassel. Yo apunté las ecuaciones de Hassel en el capot de un taxi que pasaba.

—Escúchame, Murphy —dijo Hassel—. Greta, querida, ¿Te importaría dejarnos un momento? Yo… por amor de Dios, ¿Queréis dejar ya esta tontería? Se trata de un asunto serio.

Hassel intentó separar a la pareja. No pudo cogerlos, lo mismo que no había conseguido que le oyeran. Su cara enrojeció de nuevo y fue tal su cólera que comenzó a pegar a la señora Hassel y a Murphy. Era como pegar a un gas perfecto. Consideré que era preferible intervenir.

—¡Hassel!

—¿Quién es?

—Sal afuera un momento. Quiero hablar contigo.

Pasó a través de la pared.

—¿Dónde estás?

—Aquí.

—Tienes una forma muy nebulosa.

—También tú.

—¿Quién eres?

—Me llamo Lennox. Israel Lennox.

—¿Israel Lennox, mecánica espacial, profesor de, Yale?

—El mismo.

—Pero tú falleciste en 1975.

—Yo desaparecí en 1975.

—¿Qué quieres decir?

—Inventé una máquina del tiempo.

—¡Dios mío! Yo también —dijo Hassel—. Esta tarde. La idea se me ocurrió de repente, no sé por qué, y he tenido una experiencia de lo más extraordinaria. Lennox, el tiempo no es un continuum.

—¿No?

—Es una serie de partículas separadas… como perlas en un collar.

—¿Sí?

—Cada perla es un “ahora”. Cada “ahora” tiene su propio pasado y su propio futuro. Pero ninguno de ellos se relaciona con los demás. ¿Comprendes? Si ~ = ~i + u, ji ++ 0 A ~

—Ahórrate las fórmulas matemáticas, Henry.

—Es una forma de transferencia cuántica de energía. El tiempo se emite en corpúsculos independientes o quantas. Podemos visitar el quanta individual de cada uno y hacer cambios dentro de él, pero ningún cambio de un corpúsculo afecta a otro corpúsculo. ¿Correcto?

—No—dije con tristeza.

—¿Qué quieres decir con eso? —respondió él, gesticulando colérico a través de una alumna que pasaba—. Si tienes en cuenta las ecuaciones trocoides y…

—No—repetí con firmeza—. ¿Quieres escucharme, Henry?

—Bueno, habla —dijo.

—¿Te has dado cuenta de que te has hecho casi insubstancial? Inmaterial, espectral… ¿Te das cuenta que el espacio y el tiempo no te afectan ya?

—Sí.

—Henry, yo tuve la desdicha de construir una máquina del tiempo en 1975.

—Ya me lo dijiste. Ove. ; qué me dices /1PI vn1energía? Supongo que estoy utilizando unos 7,3 kilowatios por…

—Déjate de kilowatios, Henry. En mi primer viaje al pasado, visité el Pleistoceno. Tenía unas ganas tremendas de fotografiar al mastodonte, al perezoso gigante y al dientes de sable. Cuando retrocedía para captar plenamente al mastodonte en mi campo de visión a f/6,3 para 1/100 de segundo, o en la escala LVS…

—No importa la escala—dijo él.

—Pues bien, al retroceder, pisé y maté involuntariamente a un pequeño insecto pleistocénico.

—¡Oh! —exclamó Hassel.

—El incidente me dejó aterrado. Creí que cuando volviese al mundo lo encontraría completamente cambiado como consecuencia de aquella sola muerte. Imagínate mi sorpresa cuando volví a mi mundo y me encontré con que nada había cambiado.

—¡Ah! —dijo Hassel.

—Sentí curiosidad. Volví al pleistoceno y maté un mastodonte. Nada cambió en 1975. Volví al pleistoceno y me dediqué a liquidar animales… sin ninguna consecuencia. Recorrí el tiempo, matando y destruyendo, para ver si conseguía alterar el presente.

—Entonces hiciste lo mismo que yo—exclamó Hassel—. Es extraño que no nos encontráramos.

—No lo es en absoluto.

—Yo maté a Colón.

—Yo a Marco Polo.

—Yo a Napoleón.

—Yo consideré más importante e Einstein.

—Mahoma no cambió mucho las cosas… yo esperaba más de él.

—Lo sé. También yo lo maté.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Hassel.

—Yo lo maté el 16 de septiembre del 599. Cronología antigua.

—¿Cómo? Yo maté a Mahoma el 5 de enero del 598.

—Te creo.

—¿Cómo pudiste matarle tú después de haberle matado yo?

—Los dos le matamos.

—Eso es imposible.

—Amigo mío—dije yo—el tiempo es totalmente subjetivo. Es una cuestión privada… una experiencia personal. No hay algo a lo que podamos llamar tiempo objetivo, lo mismo que no hay amor objetivo, o alma objetiva.

—¿Quieres decir que viajar en el tiempo es imposible? Pero nosotros lo hemos hecho.

—Desde luego, y algunos más, estoy seguro. Pero viajamos en nuestro propio pasado, y no en el de los demás. No hay ningún continuum universal, Henry. Sólo hay millones de individuos, cada uno con su propio continuum; y un continuum no puede afectar al otro. Somos como millones de espaguetis en la misma cazuela. Ningún viajero del tiempo puede encontrarse jamás, ni en el pasado ni en el futuro, con otro viajero. Cada uno viaja sólo por su propio espagueti.

—Pero ahora estamos juntos, nos hemos encontrado.

—Ya no somos viajeros del tiempo, Henry. Hemos pasado a ser la salsa de los espaguetis.

—¿La salsa de los espaguetis?

—Sí. Tú y yo podemos visitar cualquier espagueti que queramos, porque nos hemos destruido a nosotros mismos.

—No comprendo.

—Cuando un hombre cambia el pasado sólo afecta a su propio pasado y al de nadie más. El pasado es como la memoria. Cuando borras el recuerdo de un hombre, le borras, pero no borras a ningún otro. Tú y yo hemos borrado nuestro pasado. Los mundos individuales de los demás continúan, pero nosotros hemos dejado de existir.

—Hice una pausa significativa.

—¿Qué quieres decir con eso de que “hemos dejado de existir”?

—Con cada acto de destrucción nos disolvemos un poco. Ahora nos hemos disuelto del todo. Hemos cometido cronicidio. Somos espectros. Espero que la señora Hassel sea muy feliz con el señor Murphy… Ahora acerquémonos a la Academia. Ampere está contando cosas muy interesantes sobre Ludwig Boltzmann.