Alfred Bester: El infierno es eterno. Cuento

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Eran seis y lo habían probado todo.

Habían comenzado con bebidas y bebido hasta que habían agotado el sentido del gusto. Vinos: Amontillado, Beaune, Kirshwasser, Bordeaux, Hock, Burgundy, Medoc y Chambertin; whisky: escocés, irlandés, usquebaugh y Schnapps; brandy, gin y ron. Bebieron separada y juntamente;  mezclaron los alcoholes acéticos  y  los  sabores  en estupendos   ponches,   en   miles   de   sinfonías   de   gusto;   experimentaron,   crearon, inventaron, destruyeron… y finalmente se aburrieron.

Siguieron con las drogas. Las suaves primero, las más potentes luego. Desecado y moreno opio parecido al regaliz, tostado y enrollado en bolitas para fumar en largas pipas de marfil; espeso ajenjo verde sorbido amargo y fuerte, sin azúcar o agua; heroína y cocaína en crujientes cristales de nieve; marihuana enrollada libremente en cigarrillos de papel marrón; hachís dentro de blanca leche cuajada o tabletas de aceite de marihuana, que mascaban y teñían sus labios de color canela oscuro… y otra vez se aburrieron.

La búsqueda de sensaciones se hizo frenética y con muchos de sus sentidos ya disipados. Alargaron sus fiestas y las transformaron en festivales de horror. Danzarines exóticos y esotéricos seres semihumanos se agolparon en el amplio y estrecho salón y lo llenaron  con  sus  increíbles  actuaciones.  Dolor,  miedo,  deseo,  amor  y  odio  fueron apartados y exhibidos hasta en sus mínimos y estremecedores detalles, tal como se hace con muchos especímenes de laboratorio.

El  empalagoso  olor  del  perfume  se  mezcló  con  el  agudo  sudor  de  los  cuerpos excitados; los gritos de angustia de los seres torturados simplemente interrumpían su rápida e incesante charla… y algunas veces esto, también, cansaba. Redujeron sus fiestas a los seis originales y volvieron cada semana a sentarse, aburridos y aún hambrientos por nuevas sensaciones. Ahora, lánguidamente y sin ningún entusiasmo, están  jugando  con  lo  oculto;  han  convertido  al  salón  de  fiestas  en  una  cámara  de nigromante.

De repente, uno hubiera pensado que era un refugio para bombardeos. El salón era amplio y cuadrado, las paredes tenían un recubrimiento insonoro que imitaba la fibra de la madera, el cielorraso era de vigas bajas. A la derecha había una puerta embutida, muy pesada y asegurada con una enorme cerradura de hierro forjado. No había ventanas, pero las hendeduras de los respiraderos habían sido moldeadas como las ranuras de un monasterio gótico. Lady Sutton las había cubierto con vitrales y colocado pequeñas lamparillas eléctricas tras ellos. Así arrojaban una lluvia de tenebrosos colores por el salón.

El suelo era de nogal antiguo, muy lustrado y brillante como el metal. Sobre él estaban esparcidas un buen número de deslumbrantes alfombras orientales. Un diván enorme, cubierto con batik indio, corría contra la pared a todo lo ancho del refugio. Sobre él había hileras de estantes con libros, y enfrente una larga mesa de caballete con los restos de un banquete. El resto del refugio estaba amueblado con amplias y seductoras sillas, de aspecto blando, acolchado e invitador.

Durante siglos este había sido el mas profundo de los calabozos del Castillo Sutton, a decenas de metros bajo la tierra. Ahora… secado, calentado, con respiraderos y amueblado, era el escenario de las sensacionales fiestas de Lady Sutton. Más aún… era el lugar de reunión oficial de la Sociedad de los Seis. Los Seis Decadentes, tal como se denominaban ellos mismos.

—Somos los últimos descendientes espirituales de Nerón… los últimos de aristócratas gloriosamente diabólicos — diría Lady Sutton—. Hemos nacido algunos siglos demasiado tarde, amigos. En un mundo que ya no es el nuestro no tenemos nada porqué vivir, excepto nosotros mismos. Somos una raza aparte… los seis.

Y cuando un imprecedente bombardeo sacudió a Inglaterra, tan catastróficamente que los temblores hasta llegaron al refugio Sutton, ella miraría hacia arriba y reiría.

—Dejémoslos luchar unos contra otros, esos cerdos. No es nuestra guerra. Nosotros tenemos nuestro propio camino, siempre, ¿en? Pensad, amigos, qué alegría emerger de nuestro refugio una brillante mañana y encontrar que todo Londres está muerto… todo el mundo muerto.

Y entonces reiría otra vez, con ese profundo y ronco bramido tan suyo.

Bramaba ahora, con su enorme y gordo cuerpo medio despatarrado sobre el diván como un sapo decorativo, riendo ante el programa que Digby Finchley le había alcanzado, había sido escrito por el mismo Finchley… un diseño exquisito de demonios y ángeles en grotesco y amoroso combate enmarcando las letras cabalísticas en las que se leía:

LOS SEIS PRESENTAN ASTAROTH ERA UNA DAMA de Christian Braugh

Reparto

(por orden de aparición)

Un Nigromante                                   Christian Braugh

Un Gato Negro                                   Merlín

(por cortesía de Lady Sutton)

Astaroth                                              Theone Dubedat Nebiros, un Demonio Asistente         Digby Finchley Vestuario                                            Digby Finchley Efectos sonoros                                 Robert Peel Música                                                Sidra Peel

 

—Una pequeña comedia es un cambio, ¿no? —dijo Finchley. Lady Sutton se sacudió con risa incontrolada.

—¡Astaroth era una dama! ¿Estás seguro de que lo has escrito tú, Chris?

No hubo respuesta de Braugh, sólo el zumbido de preparaciones en el extremo alejado del salón, donde se había erigido un pequeño escenario cubierto por un telón.

—¡Eh, Chris! ¡Eh, allí…! —bramó ella con su tono bajo y quebrado.

Se descorrió el telón y Christian Braugh proyectó su cabeza albina a través de él. Su rostro  estaba  cubierto  parcialmente  por  cejas  y  barba  pelirrojas,  y  tenía  profundas sombras oscuras alrededor de los ojos.

—¿Me llamaba, Lady Sutton? —dijo.

Ante la vista de su cara ella rodó sobre el diván como una montaña de gelatina. Sobre el cuerpo inerme, Finchley sonrió, a Braugh, sus labios apretados como mueca de gato. Braugh movió su blanca cabeza en una respuesta imperceptible.

—Dije si en verdad tú has escrito esto, Chris… ¿o has empleado de nuevo algún escritor a sueldo?

Braugh la miró con enojo, luego desapareció detrás del telón.

—Oh, no lo creo —gorgoteó Lady Sutton—. Es mejor que un galón de champagne. Y, hablando de eso… ¿quién está más cerca de los burbujeantes? ¿Bob? Ponme más. ¡Bob! ¡Bob Peel!

Un hombre desplomado en la silla que se hallaba junto al cubo de hielo permaneció inmóvil. Estaba echado sobre la nuca, los pies proyectados en forma de V ante él, su camisa ceñida bajo la barba. Finchley cruzó la habitación y lo miró.

—Está frito.

—¿Tan temprano? Bien, no importa. Pásame una copa, Dig, sé un buen chico.

Finchley llenó de champagne una copa de cristal prismático y la llevó a Lady Sutton. De un pequeño camafeo facetado en forma de botellita, ella agregó tres gotas de láudano, agitó la mezcla centelleante una vez y luego la bebió a sorbitos mientras leía el programa.

—Un nigromante… ése eres tú, ¿eh Dig? El asintió.

—¿Y qué es un nigromante?

—Una especie de mago, Lady Sutton.

—¿Un mago? Oh, qué bien… ¡eso está muy bien! —Se derramó champagne sobre su vasto pecho lleno de manchas y golpeteó fútilmente con el programa.

Finchley levantó una mano para retenerla y dijo:

—Debéis ser cuidadosa con ese programa, Lady Sutton.

Hice una sola impresión y luego destruí la plancha. Es único y sin duda será valioso.

—¿Un artículo de coleccionista, eh? ¿Es obra tuya, por supuesto, Dig?

—Sí.

—Sin demasiados cambios de la pornografía usual, ¿eh? —Explotó en otra tormenta de risas que degeneraron en un acceso de tos seca e irregular. Al mismo tiempo dejó caer la copa. Finchley enrojeció, luego retiró la copa y la devolvió al buffet, pasando cuidadosamente en puntillas sobre las piernas de Peel.— ¿Y quién es ese Astaroth? — volvió a la carga Lady Sutton.

Desde atrás del telón, se escuchó la voz de Theone Dubedat:

—¡Yo! ¡I! ¡Ich! ¡Moi! —su voz era ronca. Poseía una cualidad de humo gris.

—Querida, ya sé que eres tú, pero qué eres tú?

—Un demonio, eso creo.

—Astaroth —dijo Finchley— es una especie de archidemonio legendario… un demonio de alto rango, por decirlo así.

—¿Theone un demonio? No dudo de eso… —Exhausta de arrobamiento, Lady Sutton yacía inmóvil y pensativa sobre el diván modelado. Y por último levantó un enorme brazo y examinó su reloj. La carne colgaba de sus codos en pliegues elefantinos, y ante su gesto el brazo se sacudió y una pequeña lluvia de lentejuelas rotas brilló sobre la manga.

—Será mejor que tú sigas con esto, Dig. Yo tengo, que partir a medianoche.

—¿Partir?

—Ya me has oído.

El rostro de Finchley se contorsionó. Se inclinó sobre ella con emoción no suprimida, observándola con ojos tristes.

—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que no funciona?

—Nada.

—Entonces…

—Algunas cosas han cambiado, eso es todo.

—¿Qué ha cambiado?

El rostro de ella se volvió con dificultad mientras le devolvía su mirada. Sus rasgos hinchados parecían tallados en obsidiana.

—Es demasiado pronto para decírtelo… ya lo descubrirás bastante pronto. Ahora no quiero que me molestes más, Dig, amor.

Los rasgos de espantajo de Finchley mantuvieron algo de su control. Comenzó a hablar, pero antes de que pudiera musitar una palabra, Peel asomó la cabeza fuera del gabinete que se hallaba junto al escenario, donde se encontraba emplazado el órgano.

—¡Ro-bert! —llamó.

—Bob está otra vez frito, Sidra —dijo Finchley, con voz constreñida.

Ella emergió del gabinete, caminó con brusquedad a través de la habitación y se detuvo a contemplar el rostro de su marido. Sidra Peel era pequeña, delgada y morena. Su cuerpo era como un cable de alta tensión con demasiada corriente, casi coruscado, descolorido y herrumbrado por demasiada exposición a la pasión. Las profundas cuencas oscuras de sus ojos eran frígidos carbones con brillantes puntos blancos. Retorcía sus largos dedos mientras contemplaba a su marido; luego, de repente, su mano abofeteó el rostro inerte.

—¡Cerdo! —susurró.

Lady Sutton se echó a reír y toser al mismo tiempo. Sidra Peel le arrojó una mirada venenosa y se dirigió al diván, las afiladas puntas de sus tacones sonaban como pistoletazos sobre el suelo de nogal. Finchley hizo un rápido gesto de atención que la detuvo. Vaciló, luego retornó al gabinete y dijo:

—La música está lista.

—Y yo también —dijo Lady Suttort—. Con el show y todo eso, ¿eh? —Se desparramó sobre el diván como un tumor reptante, mientras Finchley sostenía su cabeza con almohadones color grana.— Es realmente hermoso que representes esta pequeña comedia para mí, Dig. Lo malo es que esta noche sólo estamos los seis de siempre. Debería haber una audiencia, ¿eh?

—Vos sois la única audiencia que deseo, Lady Sutton.

—¡Ah! ¿Así todo queda en familia?

—Es una forma de decir.

—Los Seis… la Feliz Familia del Odio.

—Eso no es así, Lady Sutton.

—No  seas  tonto,  Dig.  Todos  somos  odiosos.  Nos  glorifica.  Debo  saberlo.  Soy  la Contable del Disgusto. Algún día dejaré que todos vosotros veáis los registros. Pronto.

—¿Qué tipo de registros?

—¿Ya te sientes curioso, eh? Oh, nada espectacular. Sólo la forma en que Sidra ha estado tratando de asesinar a su marido… y Bob la ha estado torturando porque la tiene bien agarrada. Y tú, haciendo una fortuna con sucias ilustraciones… y devorando tu podrido corazón por esa frígida diablesa, Theone…

—Por favor, Lady Sutton.

—Y  Theone  —se  dedicó  a  ella  con  placer—  utilizando  su  gélido  cuerpo  como  el verdugo utiliza su escalpelo para torturar… y Chris… ¿Cuántos libros piensas que ha robado de esos pobres diablos de la calle Grub?

—No podría decirlo.

—Lo sé. Todos. Una fortuna con cerebros de otros. Oh, somos un bonito y repulsivo grupo, Dig, Es lo único de lo que debemos enorgullecemos… lo único que nos diferencia de los miles de millones de vulgares que han heredado nuestra tierra. Es por eso que tenemos que sostenernos como una feliz familia de odios mutuos.

—Yo lo llamaría mutua admiración —murmuró Finchley. Se inclinó cortesanamente y fue hacia el telón, pareciendo más espantajo que nunca con sus negras ropas de noche. Era extremadamente alto —unos milímetros por encima del uno ochenta— y extremadamente delgado. Los tubos de sus brazos y piernas parecían espigas retorcidas, y su chata faz caballuna parecía haber sido pintada sobre un cojín de carne.

Finchley cerró el telón tras él. Al momento de desaparecer hubo un murmullo de conversación y las luces disminuyeron. En la vasta y baja habitación no hubo sonidos, excepto el respirar catarral de Lady Sutton. Peel, aún echado pesadamente en su hondo sillón, estaba inmóvil e invisible, salvo por el desgarbado ángulo de sus piernas.

Desde una distancia infinita llegó una ligera vibración… casi un temblor. Al principio parecía que un siniestro remedo del infierno había explotado sobre Inglaterra, a decenas de metros sobre sus cabezas. Luego el temblor se aquietó y en etapas imperceptibles cobró fuerza, transformándose en los graves tonos del órgano. Sobre el trasfondo de los pulsantes diapasones, un extraño trémolo de cuartas, vacuo y estremecedor, comenzó a desgranarse del teclado en escalas cromáticas.

Lady Sutton cloqueó desmayadamente.

—Palabra —dijo— que es realmente horrendo, Sidra. Espantoso.

El tétrico trasfondo de la música la inundó. Llenó el refugio con gélidos zarcillos de sonido que eran algo más que tonos. El telón se abrió lentamente, revelando a Christian Braugh con vestiduras negras; su rostro era una horrenda y distorsionada masa de rojo y azul-cárdeno que contrastaba notablemente con el cabello de un blanco albino. Braugh estaba de pie en el centro de un escenario rodeado de mesas con patas en forma de araña, cubiertas con aparatos nigrománticos. Prominente era Merlín, el gato negro de Lady Sutton, majestuosamente posado sobre un volumen encuadernado en hierro.

Braugh cogió una tiza negra de una mesa y dibujó en el suelo un círculo de tres metros y medio que se extendía a su alrededor. Inscribió la circunferencia con caracteres y pentáculos cabalísticos. Luego cogió una hostia y la exhibió con un rápido movimiento de su muñeca.

—Esta es —declaró con tono sepulcral— una hostia consagrada robada de una iglesia a medianoche.

Lady Sutton aplaudió satíricamente, pero se detuvo casi de inmediato. La música parecía perturbarla. Se movió con torpeza en el diván y observó alrededor de ella con mirada insegura.

Mascullando imprecaciones blasfemas, Braugh levantó una daga y la hundió en la hostia.  Luego  dispuso  un  plato  de  cobre  batido  sobre  una  llama  azul  de  alcohol  y comenzó a remover allí polvos y cristales de colores brillantes. Levantó una redoma llena con un líquido púrpura y vertió el contenido en un cuenco de porcelana. Hubo una ligera detonación y una espesa nube de vapor se elevó hasta el cielorraso.

El órgano se hizo presente. Braugh musitaba encantamientos en voz baja y realizaba curiosos y sugestivos ademanes. El refugio nadaba envuelto en aromas y bruma, nieblas violetas y vapores espesos. Lady Sutton echó un vistazo hacia la silla que se hallaba frente a ella.

—Espléndido, Bob —exclamó—. Maravillosos efectos… verdaderamente. —Trató de que su voz sonara jovial, pero todo lo que pudo emitir fue un cloqueo enfermizo. Peel permaneció inmóvil.

Con un ademán salvaje, Braugh arrancó tres pelos negros de la cola del gato. Merlín profirió un aullido de ira y saltó, al mismo tiempo, desde el libro hasta la parte superior de un gabinete entarimado que se hallaba en la parte trasera. Sus gigantescos ojos amarillos destellaban ominosamente a través de la niebla y los vapores. Los pelos fueron a parar al plato de cobre y un nuevo aroma llenó la habitación. En rápida sucesión, le siguieron las uñas de un buho, polvo de víboras y una raíz de mandrágora de extraña forma humana.

—¡Ahora! —gritó Braugh.

Colocó la hostia, traspasada por la daga, en el cuenco de porcelana que contenía el fluido púrpura, y luego vertió toda la mezcla en el plato de cobre batido.

Hubo una violenta explosión.

Una columna de humo blanco llenó el escenario y se esparció por el refugio. Se fue disipando con lentitud, revelando débilmente la alta figura de un demonio desnudo; el cuerpo exquisitamente formado, la cabeza convertida en una máscara aterradora. Braugh había desaparecido.

A través de la bruma que flotaba, el demonio habló con el ronco acento de Theone Dubedat.

—Saludos, Lady Sutton.

Avanzó fuera del vapor. Bajo la pulsante luz que surgía del escenario, su cuerpo relucía con un. destello nacarino propio. Las uñas de los dedos de pies y manos eran largas y gráciles. El color flagelaba su torso redondeado. Y a pesar de todo ese cuerpo era frío y sin vida… tan irreal como la grotesca máscara de papier-máché que le cubría la cabeza.

—Saludos… —repitió Theone.

—¡Hola, mi vieja! —interrumpió Lady Sutton—. ¿Cómo andan las cosas por el infierno? Hubo una risita en el  gabinete  donde  Sidra Peel  tocaba  con  suavidad  el  órgano.

Theone posaba como una estatua y levantaba un poco su cabeza al hablar.

—Os traigo…

—¡Querida!  —chilló Lady  Sutton—,  ¿por  qué  no  me  dijeron  que  harían  algo  así?

¡Hubiera vendido entradas!

Theone alzó un brazo reluciente en forma imperativas Comenzó otra vez:

—Os traigo las gracias de los cinco que… —y entonces se detuvo abruptamente.

En el espacio de cinco latidos hubo una pausa de asombro, mientras el órgano murmuraba y las últimas brumas de humo negro se disipaban, formando hongos contra el cielorraso. En medio del silencio se oyó cómo el rápido y agitado respirar de Theone crecía histéricamente… luego llegó un espantoso y taladrante grito.

Los otros se arrojaron fuera del escenario, lanzando exclamaciones de sorpresa… Braugh, las ropas de nigromante arrojadas sobre el brazo, su maquillaje quitado; Finchley, como unas tijeras animadas con hábito y capucha negros, el guión en la mano. El órgano tartamudeó, luego se detuvo con estrépito y Sidra Peel salió disparada del gabinete.

Theone trató de volver a gritar, pero su voz se estranguló y quebró. En medio del consternado silencio se escucharon los gritos de Lady Sutton:

—¿Qué sucede? ¿Algo funciona mal?

Theone musitó un gemido y apuntó al centro del escenario.

—Mire… allí —Las palabras brotaron de su garganta como el chirrido de uñas sobre una pizarra. Retrocedió asustada contra la mesa, derribando un aparato. Este se estrelló y los fragmentos tintinearon en el suelo.

—¿Qué sucede? Por el amor de…

—Funcionó —gemía Theone—. ¡El ritual… funcionó!

Todos miraron a través de la penumbra, luego comenzó. Una enorme Cosa en forma de espada surgía lentamente del centro del círculo del nigromante… una forma vaga y amorfa  que  crecía  hacia  lo  alto,  emitiendo  un  apagado  sonido  siseante  parecido  al murmullo de un caldero.

—¿Qué es eso? —gritó con fuerza Lady Sutton.

La Cosa se proyectó hacia adelante como una extrusión malsana. Al llegar al borde del círculo negro se detuvo. El sonido hirviente había crecido en forma ominosa.:

—¿Es uno de nosotros? —gritó Lady Sutton—. ¿Es una broma estúpida? Finchley… Braugh… Ellos le lanzaron ciegas miradas de terror.

—Sidra… Robert… Theone… No, están todos aquí. Entonces, ¿quién es ése? ¿Cómo entró aquí?

—Es imposible —susurró Braugh, retrocediendo. Sus piernas chocaron contra el borde del diván y se desplomó desgarbadamente.

Lady Sutton lo golpeó con manos inertes y le gritó:

—¡Haz algo! ¡Haz algo…!

Finchley trató de controlar su voz.

—Es… estamos a salvo mientras el círculo no se rompa.; No puede salir…

Sobre el escenario, Theone lloriqueaba, haciendo gestos i de alejar con las manos. Súbitamente, se desplomó. Uno de sus brazos proyectados borró un segmento del círculo de tiza negra. La Cosa se movió con rapidez, saliendo a través de la rotura del círculo y descendiendo de la plataforma como un fluido negro. Finchley y Sidra Peel retrocedieron tambaleantes, lanzando chillidos aterrorizados. Hubo un creciente espesamiento que invadió la atmósfera del refugio. Pequeños chorros de vapor danzaban alrededor de la cabeza de la Cosa mientras se movía lentamente hacia el diván.

—¡Todos estáis bromeando! —gritó Lady Sutton—. No es real. ¡No puede serlo! —Se levantó del diván y se balanceó sobre sus pies. Su rostro empalideció al volver a contar a sus invitados. Uno… dos», y cuatro hacían seis… y la figura hacían siete. Pero debería haber sólo seis…

Retrocedió y comenzó a correr. La Cosa la estaba siguiendo cuando ella alcanzó la puerta. Lady Sutton tiró de la manilla, pero la cerradura estaba candada. Con rapidez, a pesar de su figura opulenta, corrió alrededor del refugio, golpeando las maderas. Mientras la Cosa se expandía y llenaba la habitación con su sibilante siseo, ella agarró su bolso y lo rompió, escudriñando en busca de la llave. Las manos temblorosas desparramaron el contenido del bolso por la habitación.

Un profundo bramido surgió de la oscuridad. Lady Sutton se sacudió y miró a su alrededor con desesperación, haciendo pequeños ruidos animales. Como si la Cosa intentara engullirla en sus infinitas profundidades negras, un grito brotó de su cuerpo y cayó pesadamente al suelo.

Silencio.

El humo derivaba en nubes sombrías.

El reloj chino marcó una secuencia de delicados períodos.

—Bien —dijo Finchley con tono de conversación—. Eso es todo.

Se dirigió a la figura inerte que se hallaba en el suelo. Se arrodilló por un momento, probando y revisando, sus facciones vacilantes plenas de salvaje apetito. Luego miró hacia arriba y sonrió con una mueca.

—Está muerta, eso es. Justo como lo presumimos. Fallo cardíaco. Estaba demasiado gorda.

Permaneció sobre las rodillas, absorbiendo el momento de muerte. Los otros se apiñaron alrededor del cuerpo con forma de sapo, respirando con distensión. El momento difícil había acabado; luego la lasitud del aburrimiento infinito volvería a extenderse sobre sus facciones.

La Cosa Negra agitó sus brazos unas pocas veces mas. La ropa se abrió por último, revelando una complicada estructura y la sudorosa y barbada cara de Robert Peel. Dejó caer la ropa a su alrededor, salió de ella y se aproximó a la figura que se hallaba en la silla.

—La condenada idea era perfecta —dijo. Sus brillantes ojitos destellaron por un momento. Parecía una sádica miniatura de Eduardo VII—. Nunca lo hubiera creído si un séptimo desconocido no entra en escena. —Contempló a su esposa.— La bofetada fue un toque de genio, Sidra. De un realismo maravilloso…

—Eso me proponía.

—Lo sé, mi bienamada, pero gracias por nada.

Theone Dubedat se había levantado e ido en busca de una bata blanca. Bajó los escalones  y  caminó  sobre  el  cuerpo,  quitándose  la  espantosa  máscara  demoníaca. Reveló su hermoso rostro cincelado, frígido y encantador. Su rubio cabello relucía en la oscuridad.

—Tu actuación fue soberbia, Theone —dijo Braugh. Sacudió su cabeza albina con aprobación.

Por un momento ella no respondió. Se quedó allí, contemplando el informe montón de carne, una expresión de desesperanza extendiéndose por su rostro; pero no fue nada más que la mirada de impersonal curiosidad de un espectador echando un vistazo a través de la ventana de una cocina. Menos.

Por último, Theone suspiró.

—No fue merecedor de elogio, después de todo.

—¿Qué? —Braugh buscaba un cigarrillo.

—El número… toda la actuación. Ya estamos de vuelta en lo mismo, Chris.

Braugh raspó un fósforo.  La  llama  anaranjada  surgió,  aleteando  sobre  los  rostros disgustados. Encendió su cigarrillo, luego elevó la llama y los contempló. La iluminación distorsionaba sus facciones convirtiéndolos en caricaturas, enfatizando sus cansancios, su infinito aburrimiento.

—Yo… yo… —dijo Braugh.

—No sirve, Chris. Todo este asesinato fue un fracaso… tan excitante como un vaso de agua.

Finchley se encogió de hombros y caminó de un lado a otro como si estuviera sobre zancos.

—Sufrí una sacudida cuando pensé que sospechaba. No duró mucho, creo.

—Deberías estar agradecido por un hecho así.

—Lo estoy.

Peel hizo chasquear su lengua con exasperación, luego se arrodilló como un barbado Humpty-Dumpty, la calva brillante, y hurgó en el contenido desparramado del bolso de Lady Sutton. Dobló los billetes de banco y los puso en su bolsillo. Cogió la gorda mano muerta y la levantó hacia Theone.

—Tú siempre admiraste su zafiro, Theone. ¿Lo quieres?

—No podrás sacarlo, Bob.

—Creo que podré —dijo, tirando con fuerza.

—Oh, al infierno con el zafiro.

—No… está saliendo.

El anillo se deslizó, luego se encajó en los pliegues de carne del nudillo. Peel tomó aire y tironeó, retorciendo el dedo. Hubo un sonido succionante como de algo cediendo, y todo el dedo se desprendió de la mano. Un débil olor a putrefacción alcanzó las fosas nasales, mientras todos observaban con vaga curiosidad.

Peel se encogió de hombros y dejó caer el dedo. Se levantó, frotando sus manos suavemente.

—Se pudre rápido —dijo—. Es curioso… Braugh frunció su nariz y dijo:

—Estaba demasiado gorda.

Theone se dio vuelta con frenética desesperación, las manos aferradas a sus hombros.

—¿Qué haremos? —gritó—. ¿Qué? ¿Queda alguna sensación nueva sobre la tierra que no hayamos probado?

Con un seco zumbido, el reloj chino comenzó a repicar sus campanas. Medianoche.

—Podríamos volver a las drogas —dijo Finchley.

—Son tan inútiles como este miserable asesinato.

—Pero hay otras sensaciones. Nuevas.

—¡Nómbrame una! —dijo Theone con exasperación—. Sólo una.

—Podría nombrar varias… si se sentaran y me permitieran… De repente, Theone interrumpió.

—Eres tú el que habla así, ¿no, Dig?

—N… no —respondió Finchley con voz peculiar—. Pensé que era Chris.

—Yo no era —dijo Braugh.

—¿Tú Bob?

—No.

—En… entonces… La vocecita dijo:

—Si las damas y caballeros fueran lo suficientemente amables…

Provenía del escenario. Había algo allí… algo que hablaba con esa tranquila y suave voz; pues Merlín se movía adelante y atrás, arqueando su negro lomo contra una pierna invisible.

—… para sentarse —continuó la voz, con persuasión.

Braugh era el más valiente. Se movió hacia el escenario con lentos y tranquilos pasos, el cigarrillo firmemente aferrado a sus labios. Se apoyó contra el proscenio y espió. Por un momento sus ojos examinaron el escenario; luego dejó que una espuma de humo brotara de sus fosas nasales y declaró:

—No hay nadie aquí.

Y en ese momento el humo azul remolineó bajo las luces y envolvió una figura de vacío. No fue más que un vislumbre de un contorno… de un negativo, pero suficiente para que Braugh lanzara un grito y brincara hacia atrás. Los otros empalidecieron, sentándose temblorosos.

—Lo siento —dijo la tranquila voz—. No volverá a suceder. Peel se recompuso y dijo:

—Simplemente por el amor a…

—¿Sí?

Trató de controlar los espasmos de sus facciones.

—Simplemente por el amor a la curiosidad cien… científica, el…

—Cálmate, amigo mío.

—El ritual… ¿Funcionó?

—Por supuesto que no. Amigos míos, no hay necesidad de invocarnos con una ceremonia tan fantástica. Si realmente nos queréis, venimos.

—¿Y tú?

—¿Yo? Oh… sabía que habíais estado pensando en mí por un tiempo. Anoche me queríais… realmente me queríais, y vine.

El último vestigio de humo del cigarrillo tuvo una convulsión cuando esa terrible figura de vacío pareció detenerse y sentarse informalmente al borde del escenario. El gato vaciló y luego comenzó a frotar su cabeza, con pequeños maullidos de placer, bajo una mano que lo acariciaba.

Aún tratando desesperadamente de controlarse, Peel dijo:

—Pero todas esas ceremonias y rituales son sin duda…

—Meramente simbólicos, señor Peel. —Peel se sobresaltó ante el sonido de su nombre.— Usted ha leído, sin duda, que aparecemos sólo si cierto ritual es realizado, y si es realizado al pie de la letra. No es verdad, por supuesto. Aparecemos si la invitación es sincera —y sólo entonces—, con o sin ceremonia.

Pálida y al borde de la histeria, Sidra susurró:

—Me voy de aquí. —Intentó levantarse.

—Un momento, por favor —dijo la voz gentil.

—¡No!

—La ayudaré a librarse de su marido, señora Peel.

Sidra parpadeó, luego volvió a dejarse caer en su silla. Peel cerró los puños y abrió la boca para hablar. Antes de que pudiera comenzar, la voz gentil continuó:

—Y a pesar de todo usted no perderá a su esposa, si en realidad desea conservarla, señor Peel. Se lo garantizo.

El gato fue levantado en el aire y luego colocado confortablemente en un lugar a unos treinta centímetros del suelo. Pudieron ver cómo la espesa pelambre del lomo era alisada y desalisada por la suave caricia.

—¿Qué nos ofrece? —dijo Braugh al poco tiempo.

—Os ofrezco a cada uno lo que vuestro corazón desee.

—¿Y qué es?

—Una nueva sensación… todas sensaciones nuevas.

—¿Qué sensaciones nuevas?

—La sensación de realidad. Braugh se echó a reír.

—Dudo que eso sea lo que el corazón de cada uno desee.

—Lo será, pues os ofrezco cinco diferentes realidades… realidades que vosotros podréis modelar, cada uno por sí mismo. Os ofrezco mundos hechos por vosotros, donde la señora Peel puede ser feliz asesinando a su marido en el suyo… y el señor Peel, sin embargo, puede conservar a su mujer en otro. Al señor Braugh le ofrezco el mundo onírico del escritor, y al señor Finchley la creación del artista…

—Esos son sueños —dijo Theone—, y los sueños son baratos. Todos los tenemos.

—Pero todos despiertan de sus sueños y deben pagar el amargo precio de la realización. Yo os ofrezco un despertar del presente en una realidad futura que podréis modelar según vuestros propios deseos… una realidad inacabable.

—Cinco realidades simultáneas es una contradicción de términos —dijo Peel—. Es una paradoja… imposible.

—Entonces os ofrezco lo imposible.

—¿Y el precio?

—¿Perdón?

—El precio —repitió Peel con creciente coraje—. No somos tan ingenuos. Sabemos que siempre hay un precio.

Hubo una larga pausa; luego la voz dijo con acento de reproche:

—Temo que hay muchas malas interpretaciones y muchas cosas que vosotros no lográis comprender. No puedo explicarlo con exactitud, pero créanme cuando les digo que no hay precio.

—Ridículo. Nadie da nada por nada.

—Muy bien, señor Peel, si debemos utilizar la terminología del mercado, permítame decirle que nunca aparecemos hasta que el precio de nuestros servicios ha sido pagado por anticipado. El vuestro ya ha sido pagado.

—¿Pagado? —Todos lanzaron un vistazo simultáneo al descompuesto cuerpo que se hallaba sobre el suelo del refugio.

—Por completo,

—¿Entonces?

—Estáis dispuestos, lo veo. Muy bien…

El gato fue nuevamente levantado en el aire y depositado en el suelo con una última y gentil palmadita. Los remanentes de la bruma que colgaban del cielorraso se hendieron y agitaron cuando el invisible dador avanzó. En forma instintiva, los cinco se pusieron de pie y aguardaron, tensos y temerosos, pero ya con una creciente sensación de realización.

Una llave voló desde el suelo por el aire en dirección a la puerta. Se detuvo ante la cerradura un instante, luego se insertó en ella y giró. La pesada cerradura de hierro forjado se elevó y la puerta se abrió por completo. Más allá debería haber estado el corredor de mazmorra que se dirigía hacia los niveles superiores del Castillo Sutton… un largo y estrecho pasaje, pavimentado con lajas y revestido de bloques de piedra caliza. Ahora, a pocos centímetros más allá de la jamba de la puerta, colgaba un velo de llamas.

Pálido, increíblemente hermoso, era un tapiz flamígero, la trama y urdimbre de un arco iris de colores. Esas hebras de color pastel se enlazaban y desenlazaban, flotaban, enhebradas y tejidas como muchas líneas de vidas individuales. Había infinitud de llamas, emociones, la aterciopelada serenidad del tiempo, la piel turbulenta del espacio… Eran todas las cosas para todos los hombres, y por encima de todo, eran hermosas.

—Para vosotros —dijo la voz tranquila— la vieja realidad toca a su fin en esta habitación…

—¿Tan simple como eso?

—Más.

—Pero…

—Aquí estáis —interrumpió la voz— en el último meollo el último núcleo por así decirlo, de eso que alguna vez fue real para vosotros. Atravesad la puerta… atravesad el velo, y entraréis en la realidad que os he prometido.

—¿Qué encontraremos más allá del velo?

—Cada uno de vuestros deseos. Nada hay más allá de ese velo ahora. No hay nada allí…  nada  salvo  tiempo  y  espacio  que  esperan  ser  moldeados.  No  hay  nada  y  el potencial de todo.

—¿Un tiempo y un espacio? —dijo Peel en voz baja—.

¿Será eso suficiente para todas las distintas realidades?

—Todos los tiempos, todos los espacios, amigo mío — respondió la voz tranquila—. Pasad a través de él y encontraréis la matriz de los sueños.

Habían estado agrupados, de pie uno junto a otro, como compartiendo algún tipo de tensa compañería. Ahora, en medio del silencio siguiente, se fueron separando con suavidad, como si cada uno delimitara para sí mismo una realidad propia… una vida enteramente divorciada del pasado y los compañeros de los viejos tiempos. Fue un gesto de total separación.

Mutuamente impulsados, a pesar de la motivación independiente, se movieron hacia el velo rutilante…

II

Soy un artista, pensó Digby Finchley, y un artista es un creador. Crear es ser como dios, y así será. Seré el dios de mi mundo y de la nada crearé todo… y todo lo mío será bello.

Fue el primero en llegar al velo y el primero en pasar a través de él. El aluvión de colores tembló ante su rostro como un rocío frío. Parpadeó por un momento cuando los brillantes púrpuras y escarlatas lo enceguecieron. Cuando volvió a abrir los ojos había dejado atrás el velo y se encontraba de pie en la oscuridad.

Pero no era oscuridad.

Era un surtidor negro en la blanca vacuidad infinita. Impresionaba sus ojos como una mano pesada y parecía apretarle los globos oculares dentro de su cráneo como si éstos fueran de plomo. Estaba aterrorizado y sacudió la cabeza, contemplando la impenetrable nada, confundiendo por realidad los efímeros flashes de luz retinal.

Ni estaba de pie.

Pues dio una apresurada zancada y sintió como si estuviera suspendido fuera de todo contacto con masa y materia. Su terror adquirió un matiz de horror cuando advirtió que se encontraba totalmente solo; no había nada que ver, nada que oír, nada que tocar. Lo asaltó una amarga sensación de soledad y en ese instante comprendió cuánta verdad había en la voz que había escuchado en el refugio, y qué terriblemente real era su nueva realidad.

Ese instante, también, fue su salvación.

—Pues —murmuró Finchley con una amarga sonrisa en dirección a la negrura— la esencia de la divinidad es la soledad… ser único.

Luego se sintió muy tranquilo y colgó en reposo en el tiempo y el espacio, mientras congregaba sus pensamientos para la creación.

—Primero —dijo Finchley al fin— debo tener un trono celestial propio de un dios. También debo tener un reino celestial y ángeles guardianes; pues ningún dios está completo sin su entorno.

Vaciló, cuando su mente escogió rápidamente entre la gran variedad de reinos celestiales que había conocido a través de las artes y las letras. No había necesidad, pensó, de ser especialmente original con este tipo de cosas. La originalidad jugaría un papel importante en la creación de su universo. Ahora lo único esencial era asegurarse un razonable grado de dignidad y lujuria… y para eso bastaría el mobiliario de segunda mano del viejo Yavé.

Elevó una mano con un gesto autoconsciente y ordenó. De modo instantáneo, las tinieblas fueron invadidas por la luz y ante él se erguía una escalera de mármol veteado de oro que conducía a un trono rutilante. El trono era alto y mullido. Brazos, patas y respaldo de plata brillante, y almohadones de púrpura imperial. Y sin embargo… el conjunto era horroroso. Las patas eran demasiado largas y delgadas, los brazos destartalados de un marrón oscuro y enfermizo.

—Ufff —dijo Finchley, y trató de remodelarlo. No importaba cómo alteraba las proporciones, el trono seguía siendo horrible. Y en cuanto a los escalones, también eran desagradables, pues la monstruosa creación de venas de oro se retorcían y curvaban a través del mármol, formando dibujos de formas obscenas que recordaban las pinturas eróticas que Finchley había dibujado en su existencia pasada.

Por último comenzó a subir los escalones, sentándose con dificultad en el trono. Sintió como si estuviera sentado en las rodillas de un cadáver, los brazos muertos en equilibrio para rodearlo en fantasmal abrazo. Se encogió de hombros ligeramente y dijo:

—Oh, infiernos, nunca fui un diseñador de mobiliario…

Finchley miró alrededor de sí, luego levantó su mano otra vez. El surtidor de nubes que se apiñaban alrededor del trono retrocedió para revelar altas columnas de cristal, un desmesurado techo arqueado y un suelo pavimentado con bloques pulidos. El salón se extendía cientos de metros como una catedral inacabable, lleno de filas y filas de sus guardias.

La mayor parte eran ángeles: delgados seres alados, con toga blanca, cabezas rubias y brillantes, azules ojos de zafiro y sonrientes bocas escarlatas. Detrás de los ángeles estaba arrodillada la orden de los querubines: gigantescos toros alados con flancos leonados y pezuñas de metal batido. Sus cabezas asirías ostentaban pesadas barbas con lustrosos rizos azabaches. En tercer lugar estaban los serafines: filas de enormes serpientes de seis alas cuyas enjoyadas escamas brillaban con silenciosa flama.

En tanto Finchley estaba sentado y contemplándolos con admiración por su artesanía, entonaron al unísono con unción:

—Gloria  a  Dios.  Gloria  al  Señor  Finchley,  el  Todo-poderoso…  Gloria  al  Señor Finchley…

Sentado y los ojos fijos como si lentamente hubieran adquirido la distorsión del astigmatismo, advirtió que era una catedral más demoníaca que celestial. Las columnas estaban talladas con imágenes grotescas que giraban en los capiteles y bases, y como el salón se extendía hacia la oscuridad, semejaban sombras de personas retozantes que gesticulaban y danzaban.

Y a lo lejos, hasta donde se extendían las columnas y cubiertas por ellas, se veían pequeñas escenas que lo asombraban. Aún mientras cantaban, los ángeles observaban por  el  rabillo  del  ojo  a  los  querubines;  y  tras  una  columna  vio  cómo  un  ser  alado alcanzaba y atrapaba a un encantador ángel rubio de lujuria para apretarlo contra él.

En completa desesperación, Finchley alzó su mano otra vez y una vez más hubo un remolino de oscuridad alrededor de él…

—Demasiado —dijo— para un Reino de los Cielos…

Meditó por otro inefable período, a la deriva en la nada, apresado por el más estupendo problema artístico que alguna vez hubiera encarado.

Hasta ahora, pensó Finchley con un estremecimiento por los horrores que había elaborado, había estado meramente jugando —probando mi fuerza—, entrando en calor, por así decirlo, como el artista juega con la pintura al pastel y un bloque de papel de fibra. Ahora es hora de ponerme a trabajar.

Solemnemente, tal como  pensó  que  sería  conveniente  para  un  dios,  condujo  una laboriosa conferencia consigo mismo en el espacio.

¿Cómo ha sido, se preguntó, la creación en el pasado? Se podía denominarla naturaleza.

Muy bien, la llamaremos naturaleza. Ahora bien, ¿cuáles son las objeciones a la creación de la naturaleza?

Pues… la naturaleza nunca ha sido artista. La naturaleza simplemente se equivoca debido a su estilo experimental. Cualquier belleza existente es tan sólo un subproducto. La diferencia entre…

La diferencia, se interrumpió a sí mismo, entre la vieja naturaleza y el nuevo dios Finchley debe ser ordenada. El mío será un cosmos ordenado, privado de lo superfluo y dedicado a la belleza. Nada quedará librado al azar. No habrá tropezones.

Primero, el lienzo.

—¡Habrá un espacio infinito! —gritó Finchley.

En la nada, su voz rugió a través de la estructura de huesos de su cráneo y produjo ecos sordos y discordantes en sus oídos; pero al instante de su orden, la opaca oscuridad fue filtrada, transformándose en límpido azabache. Finchley no podía aún ver nada, pero sintió el cambio.

Pensó: ahora en el viejo cosmos hay simplemente estrellas y nebulosas, vastos y fieros cuerpos dispersos a través de los dominios del cielo. Nadie sabe su propósito… nadie sabe su origen o destino.

En el mío tendrán propósito, pues cada cuerpo servirá para sostener una raza de seres cuya única función será servirme…

—Gritó: —Que hasta cien universos llenen el espacio. Mil galaxias integrarán cada universo y un millón de soles serán la suma de cada galaxia. Diez planetas circundarán cada sol. y dos lunas cada planeta. ¡Que todas se revuelvan alrededor de su creador! Que todo suceda, ¡ahora! Finchley gritó cuando lo rodeó un estallido de luz en medio de un cataclismo insonoro. Estrellas, cercanas y calientes como soles, distantes y frías como cabezas de alfiler… Aparte, dos vastas nubes borrosas… Carmesí deslumbrante… amarillo… verde intenso y violeta… La suma de sus brillos era un tumulto de luz que constreñía su corazón y lo llenaba con el devorador miedo a los poderes latentes que yacían en su interior.

—Ya es —lloriqueó Finchley— suficiente creación por el momento…

Cerró los ojos con determinación y ejercitó sus deseos una vez más. Hubo una sensación de solidez bajo sus pies y cuando abrió los ojos cautelosamente se hallaba de pie en una de sus tierras con cielo azul y sol blanco-azulado que se ponía con velocidad hacia el horizonte occidental.

Era una tierra ocre y desnuda… Finchley lo había previsto… era una vasta esfera de rudimentaria  materia  esperando  que  él  la  moldeara,  pues  había  decidido  que  de  la primera de todas sus creaciones formaría una buena tierra verde para sí mismo… un planeta de belleza donde Finchley, Dios de todo lo Creado, residiría en su Edén.

Trabajó durante todo ese atardecer, con rápida y artística delicadeza. Un vasto océano verde y con blanca y destellante espuma se extendió sobre la mitad del globo; alternando cientos de millas de espacio acuático con núcleos de cálidas islas. El continente fue dividido en dos por una columna vertebral de aserradas montañas que se extendían de un polo nevado al otro.

Trabajó con infinito cuidado. Utilizó óleos, acuarelas, carbones y bocetos de grafito, planeando y ejecutando todo su mundo. Montañas, valles, planicies; despeñaderos, precipicios y simples peñascos fueron todos diseñados con la fluida congruencia de las masas perfectamente equilibradas.

Todo su espíritu de artista realizó una límpida dispersión de lagos que semejaron otras muchas joyas destellantes; y los graciosos arabescos de los serpenteantes ríos que trazaban intrincados diseños sobre el planeta. Se entregó a la selección de colores: gravas grises, arenas rosadas, blancas y negras; fértiles tierras marrones, ocre oscuro y sepia; esquistos jaspeados, micas brillantes y piedras de sílice… Y cuando el sol se desvaneció al fin sobre el primer día de labor, su Edén era un paraíso de piedra, tierra y metal, listo para la vida.

Mientras el cielo se oscurecía sobre su cabeza, apareció la pálida giba de una luna con rostro de muerte recorriendo la bóveda del cielo; y mientras Finchley la contemplaba con desasosiego, una segunda luna con un disco rojo sangre asomó su devastador semblante sobre el horizonte oriental y comenzó su fantasmal marcha a través de los cielos. Finchley apartó los ojos de ellas y contempló las estrellas titilantes.

Obtuvo mucha más satisfacción de su contemplación.

“Sabía exactamente cómo eran algunas de ellas — pensó complacido—. Se multiplica cien por mil y por un millón y allí está la respuesta… ¡Y sucede que ésa es mi idea del orden!”

Se echó en un pedazo de cálida y blanda tierra y colocó sus manos bajo la nuca, mirando hacia arriba.

“Y sé exactamente para qué están todas allí… para sostener vidas humanas… los incontables miles de millones de millones de vidas que diseñaré y crearé sólo para servir y adorar al Señor Finchley… ¡Ese es vuestro propósito!”

Y sabía a dónde iban cada una de esas chispas azules y rojas color índigo, pues una vez en los vastísimos límites del espacio continuaban tonantes un curso circular, cuyo pivot era ese punto en los cielos que él había abandonado. Algún día, retornaría a ese lugar y allí construiría su castillo celestial. Luego podría sentarse allí durante toda la eternidad, contemplando el rodar de sus mundos por el cielo.

Hubo un peculiar manchón rojizo en el cénit del cielo. Finchley lo observó distraídamente primero, luego con concentrada atención cuando parecía ramificarse. Se expandió lentamente como una mancha de tinta, y al momento se tiño de anaranjado y luego de blanco intenso. Y por primera vez Finchley fue inconfortablemente consciente de una sensación de calor.

Pasó una hora, y luego dos y tres. El puño de la expansión blanquirojiza se extendió por el cielo hasta que fue una fiera nube brumosa. Un delgado y tenue borde se aproximó gentilmente  a  una  estrella,  luego  la  tocó.  Instantáneamente  hubo  un  esplendor enceguecedor de radiación y Finchley fue bañado por una cauterizante luz que iluminó el panorama con el espectral brillo del flash de magnesio. La sensación de calor creció en intensidad y diminutas gotas de transpiración aguijonearon su piel.

Con la medianoche, un inenarrable infierno llenaba la mitad del cielo, y las brillantes estrellas, una tras otra, estallaban silentes. La luz era enceguecedoramente blanca y el calor sofocante. Finchley se tambaleó sobre sus pies y comenzó a correr, buscando en vano sombra o agua. Fue sólo entonces cuando advirtió que su universo estaba corriendo su amor.

—¡No! —gritó con desesperación—. ¡No!

El calor lo apaleó. Cayó y rodó sobre rocas filosas que lo desgarraron y anclaron de espaldas, el rostro vuelto hacia arriba. Pasando a través de sus manos apretadas, de sus párpados fuertemente cerrados, la intolerable luz y el calor presionaban.

—¿Qué puede haber funcionado mal? —gritó Finchley —. ¡Había mucho espacio para todo! ¿Por qué tuvo que…?

En medio del delirio generado por el calor, sintió un atronador sacudimiento que le hizo pensar que su Edén comenzaba a despedazarse.

—¡Detenerse! ¡Detenerse! ¡Que todo se detenga!— gritó. Se golpeó las sienes con puños inermes y por último suspiró—. Está bien… si he cometido otro error, entonces… está bien…

—Agitó su mano débilmente.

Y otra vez los cielos fueron negros y blancos. Sólo las dos escabrosas lunas giraban sobre su cabeza, comenzando el largo camino hacia el oeste. Y en el este un apagado destello anunciaba el amanecer.

—De modo —murmuró Finchley— que se debe ser más matemático y físico que artista para fabricar un cosmos. Soy un artista y nunca pretendí saber todo eso. Pero… soy un artista, y aquí aún está mi buena tierra verde para la gente… Mañana… Veremos… mañana…

Y en ese momento se durmió.

El sol estaba alto cuando despertó, y su ojo diabólico lo llenaba de inquietud. Observó con atención el paisaje que había construido el día previo, y se sintió aún más inseguro, pues había una sutil distorsión en todo. Los suelos del valle se veían sucios, como cubiertos del pálido lustre de las escaras leprosas. Los riscos de las montañas formaban curiosas formas de sugestivo terror. Hasta en los lagos había un indicio del horror contenido bajo sus serenas e inmóviles agua.

No ocurría, advirtió, cuando miraba directamente a esas creaciones, sino sólo cuando su mirada era lateral. Contemplado con ojos abiertos y fijos todo parecía estar bien. La proporción era buena, la línea excelente, la coloración perfecta. Y a pesar de todo… Se encogió de hombros y decidió que tendría que realizar algún tipo de boceto previo. No había duda que existía algún sutil error de diseño en su obra.

Caminó hasta un diminuto curso de agua y de las orillas extrajo una masa de húmeda arcilla roja. La amasó alisándola, humedeciéndola más, hasta aplanarla y estirarla. Después de haberla secado un poco bajo el calor del sol, dispuso un pesado bloque de piedra como pedestal y se dispuso a trabajar. Sus manos aún eran prácticas y seguras. Con dedos hábiles modeló su idea de un gran conejo peludo. Cuerpo, piernas y cabeza; rasgos exquisitamente delineados… agazapado sobre la piedra estaba listo, parecía, para brincar al menor aviso.

Finchley sonrió cariñosamente a su obra, su confianza al fin restaurada. Dio una palmada sobre la cabeza redondeada y dijo:

—Vive, amigo mío…

Hubo un momento de indecisión mientras la vida invadía la forma de arcilla; luego arqueó la espalda con movimiento torpe e intentó brincar. Se movió hasta el borde del

pedestal, donde colgó enloquecido por un instante antes de caer pesadamente al suelo. Mientras se arrastraba torpe y zigzagueante, profirió horribles sonidos guturales y se dio vuelta para contemplar a Finchley. En la cara del animal había una expresión de malevolencia.

La sonrisa de Finchley se heló. Frunció el entrecejo, vaciló, luego recogió otro montón de arcilla y la colocó sobre la piedra. Trabajó por espacio de una hora, dando forma a un gracioso setter irlandés. Por ultimo le dio una palmadita y dijo:

—Vive…

Instantáneamente el perro se desplomó. Gimió desvalidamente y luego luchó sobre sus patas vacilantes como una enorme araña, los ojos distendidos y vidriosos. Se acercó al borde del pedestal, saltó y chocó con las piernas de Finchley Hubo un débil gruñido y la bestia clavó sus afilados colmillos en un pie de Finchley. Este saltó hacia atrás con un grito y pateó al animal con furia. Lloriqueando y aullando, el setter partió, una flaca figura que atravesó los campos como un monstruo jorobado.

Con un intento furioso, Finchley retornó a su labor. Modeló forma tras forma, a las cuales otorgó vida, y cada una de ellas —mono, simio, zorro, comadreja, rata, lagarto y sapo… peces, largos y cortos, gruesos y delgados… pájaros por el estilo — era una monstruosidad grotesca que nadaba, arrastraba las patas o aleteaba como una pesadilla. Finchley estaba perplejo y exhausto. Se sentó él mismo en el pedestal y comenzó a sollozar mientras sus dedos cansados aún se crispaban e hincaban en un montón de arcilla.

Pensó: “Todavía soy un artista… ¿Qué funcionó mal? ¿Qué es lo que convierte todo lo que hago en una horrible figura anormal?”

Sus dedos daban vuelta la arcilla, la moldeaban, y una cabeza comenzó a tomar forma en la masa.

Pensó: “Hice una fortuna con mi arte una vez. Todo el mundo no podía estar loco. Vendí mis obras por muchas razones… pero la más importante es que eran hermosas.”

Advirtió el montón de arcilla en sus manos. Había tomado parcialmente la forma de una cabeza de mujer. La examinó con atención por primera vez en horas; sonrió.

—¡Sí, por supuesto! —exclamó—. No soy modelador de animales. Veamos cómo lo hago con una figura humana…

Con rapidez, con esa inerme porción de arcilla, construyó la subestructura de su figura. Piernas, brazos, torso y cabeza estuvieron formados. Canturreaba al trabajar. Pensaba. Será la más hermosa Eva alguna vez creada… y más… ¡sus hijos serán verdaderos hijos de un dios!

Con amorosas manos dio forma a las fuertes pantorrillas y torneados muslos, uniendo con destreza las delgadas rodillas a los graciosos pies. Las redondas caderas rodeaban un vientre plano, ligeramente combado. Cuando llegó a los fuertes hombros, se detuvo súbitamente y retrocedió un paso para contemplar su obra.

¿Es posible? se preguntó.

Caminó con lentitud alrededor de la figura a medio terminar.

¿La fuerza del hábito, quizá?

Quizás eso… y quizás el amor que había sentido por tantos años.

Retornó a la figura y redobló sus esfuerzos. Con una sensación de creciente júbilo, completó brazos, cuello y cabeza. Había algo dentro de sí que le decía que era imposible fallar. Había modelado esta figura demasiado frecuentemente como para no conocer hasta los detalles más ínfimos. Y cuando la hubo terminado, Theone Dubedat, magníficamente esculpida en arcilla, se encontraba sobre el pedestal de piedra.

Finchley estaba contento. Fatigado, se sentó con la espalda contra un peñasco, extrajo un cigarrillo del espacio y lo encendió. Estuvo sentado quizás un minuto, intentando que el humo aquietara su excitación. Y por último, con una sensación de anticipación caótica, dijo:

—Mujer…

Se atragantó y se detuvo. Luego comenzó de nuevo.

—¡Vive… Theone!

El segundo de vida llegó y pasó. La figura  desnuda se  movió ligeramente, luego comenzó a temblar. Como arrastrado por una fuerza magnética, Finchley se incorporó y caminó hacia ella, los brazos extendidos en muda súplica. Hubo un ronco suspiro de inhalación y los grandes ojos se abrieron lentamente y lo examinaron.

La joven viviente se enderezó y gritó. Antes de que Finchley pudiera tocarla, ella lo golpeó en la cara, sus largas uñas le arañaron la piel. Cayó de espaldas del pedestal, se puso de pie de un brinco y echó a correr a través de los campos como todos los otros… un loco ser jorobado que gritaba y aullaba. El bajo sol oscurecía su cuerpo y la sombra que proyectaba era monstruosa.

Mucho después que ella desapareció, Finchley continuó mirando fijamente en su dirección, mientras dentro de él todo ese amor inútil y amargo lo quemaba como si fuera una ola ácida. Al tiempo retornó al pedestal y con helada impasibilidad se puso una vez más a trabajar. No se detuvo hasta que la quinta de una sucesión de chocantes figuras se perdió gritando en la noche… Luego, y sólo entonces, se detuvo y permaneció un largo tiempo contemplando alternadamente sus manos y las demenciales lunas que se deslizaban sobre su cabeza.

Sintió una palmadita en el hombro y no se sorprendió demasiado de ver a Lady Sutton de pie junto a él. Aún usaba la toga con lentejuelas de aquella noche, y bajo la luz de las dobles lunas su rostro era tan vulgar y masculino como siempre.

—Oh… es usted —dijo Finchley.

—¿Cómo estás, Dig, mi amor?

El pensó en todo, tratando de encontrar alguna razón en la absurda locura que impregnaba el cosmos.

—No muy bien, Lady Sutton.

—¿Problemas?

—Sí… —se interrumpió y la encaró—. Me pregunto, Lady Sutton, ¿cómo demonios está usted aquí?

Ella se echó a reír.

—Estoy muerta, Dig. Deberías saberlo.

—¿Muerta? Oh… yo… —se sintió invadido por el embarazo.

—Sin rencores. Yo hubiera hecho lo mismo, lo sabes.

—¿Lo hubiera hecho?

—Todo por una nueva sensación. Eso fue siempre nuestro lema, ¿no? —Hizo una inclinación de cabeza y una mueca irónica en su dirección. Era la misma vieja mueca de absoluta diversión.

—¿Qué está haciendo aquí? Quiero decir, cómo… —dijo Finchley.

—Dije que estoy muerta —interrumpió Lady Sutton—. Hay muchas cosas que tú no comprendes de este asunto de morir.

—Pero ésta es mi propia realidad personal y privada. Soy su poseedor.

—Pero yo sigo estando muerta, Dig. Puedo penetrar en cualquier mierdosa realidad que elija. Espera… ya lo verás.

—No lo veré —dijo él—, nunca… Eso es, no puedo porque nunca moriré.

—Oh, ¿no?

—No, no puedo. Soy un dios.

—Lo eres, ¿eh? ¿Y cómo te sientes?

—Yo… yo no lo sé. —Le faltaban las palabras—. Yo… eso es, alguien me prometió una realidad que yo podría moldear por mí mismo, pero no puedo, Lady Sutton, no puedo.

—¿Y por qué no?

—No lo sé. Soy un dios, y cada vez que trato de dar forma a algo hermoso, esto se vuelve abominable.

—¿Cómo, por ejemplo?

El le mostró sus retorcidas montañas y planicies, los malignos lagos y ríos, las distorsionadas y gruñentes criaturas que había creado. Lady Sutton examinó todo cuidadosamente y con mucha atención. Por último frunció los labios y caviló por un momento; luego contempló con agudeza a Finchley y dijo:

—Es curioso que nunca hayas hecho un espejo, Dig.

—¿Un espejo? —repitió él—. No, no lo he hecho… nunca necesité uno…

—Adelante. Haz uno.

El le echó un vistazo de perplejidad y agitó una mano en el aire. Un espejo cuadrado de plata apareció en sus dedos y lo tendió hacia ella.

—No —dijo Lady Sutton—, es para ti. Mírate en él.

Sorprendido, levantó el espejo y se contempló. Un ronco grito se escapó de sus labios y  acercó  el  rostro  para  observar  mejor.  La  imagen  que  le  devolvía  el  espejo  en  la mortecina luz de la noche era el rostro diabólico de una gárgola. En los pequeños y rasgados ojos, la nariz ancha, los quebrados dientes amarillos, la retorcida ruina de su cara, él vio todo lo que había visto de feo en su horrible cosmos.

Vio la obscena catedral de los cielos y su non sancta jerarquía de lúbricos guardias, el girante caos de estrellas y soles en colisión, el chocante panorama de su Edén, cada aullante, fantasmal criatura que había creado, cada horror que su cerebro había engendrado. Arrojó el espejo por los aires y volvió a confrontar a Lady Sutton.

—¿Qué?—ordenó—. ¿Qué es esto?

—¿Acaso no eres un dios, Dig? —rió Lady Sutton—. ¿Acaso no sabes que un dios crea sólo a su propia imagen y semejanza. Sí… la respuesta es así de simple. Es una gran broma, ¿no lo crees?

—¿Broma? —La suma de todos los eones cayeron como rayos sobre su cabeza. Una eternidad de vida con su propia abominación, sobre él, dentro de él… una y otra vez… repitiéndose en cada sol y cada estrella, cada ser viviente y cada cosa inerme, cada criatura, cada momento interminable. Un dios monstruoso que se alimenta de sí mismo y lenta e inexorablemente se vuelve loco.

—¡Broma! —gritó.

Agitó sus manos y flotó una vez más, suspendido y fuera de todo contacto con masa y materia. Una vez más completamente solo, sin nada que ver, sin nada que oír, sin nada que  tocar.  Mientras  consideraba  otro  inefable  período  de  inevitable  futilidad  en  su siguiente intento, escuchó muy nítidamente el grave bramido de una risa familiar.

De modo que así fue el Cielo de Finchley.

 

III

—¡Dame fuerzas! ¡Oh, dame fuerzas!

Cruzó el delgado velo tras los talones de Finchley, esa pequeña y delgada mujer, y se encontró en el corredor de mazmorra del Castillo Sutton. Por un momento interrumpió sus rezos, casi desencantada de no encontrar la tierra de brumas y sueños. Luego, con una sonrisa amarga, recordó la realidad deseada.

Ante ella se encontraba una armadura: una fuerte y grácil figura de metal pulido bordeada por completo de estrías. Fue hacia ella. El brillante acero de la coraza le devolvió una reflexión ligeramente distorsionada. Mostraba el contraído y muy estirado rostro, los ojos y el cabello azabache cayendo sobre una ceja como el pico de un cuervo. Todo decía: ésta es Sidra Peel. Esta es una mujer cuyo pasado ha sido encadenado a un ser de torpe ingenio que se llamaba a sí mismo marido. Rompería la cadena ese día si sólo pudiera encontrar la fuerza…

—¡Rómpete, cadena! —repitió con fiereza— y ese día le devolveré toda una vida de agonía. Dios… si hay un dios en mi mundo… ¡ayúdame a equilibrar la suma de todo! Ayúdame…

Sidra  se  inmovilizó  mientras  su  pulso  batía  sordamente.  Alguien  había  bajado  al solitario corredor y se encontraba de pie tras ella. Podía sentir el calor —el aura de su presencia—, la casi imperceptible presión de un cuerpo contra el suyo.

Se dio vuelta, gritando:

—¡Ahhhh!

—Lo siento —dijo él—. Creí que estabas esperándome.

Los ojos de ella se fijaron en su rostro. El sonreía ligeramente de una manera afable, y hasta el matizado cabello rubio, los huecos y elevaciones, las pulsantes venas y las sombras de sus facciones eran un curioso panorama de desnudas emociones.

—Cálmate —dijo él, mientras Sidra se tambaleaba locamente e intentaba detener los gritos que brotaban de su interior.

—Pero qu… quién —logró decir y trató de tragar saliva.

—Creí que estabas esperándome —repitió él.

—Yo… ¿esperándolo?

El asintió y tomó sus manos. Las palmas de ella estaban frías y húmedas contra las suyas.

—Teníamos una cita.

Ella entreabrió los labios y sacudió la cabeza.

—A las doce y cuarenta. —Soltó una de las manos de ella y miró su reloj.— Y aquí estoy, en punto.

—No —dijo ella, zafándose y dando un paso atrás —. No, eso es imposible. No teníamos ninguna cita. Yo no lo conozco.

—¿No me reconoces, Sidra? Bien… es curioso pero pensé que me reconocerías en poco tiempo.

—¿Pero quién es usted?

—No puedo decírtelo. Tienes que recordarlo por si misma.

Un poco más calma, ella inspeccionó sus facciones con más detenimiento.

Como el embate de una cascada, una sensación combinada de atracción y repulsión surgió en ella. Ese hombre la alarmaba y la fascinaba. Se sentía llena de temor ante su sola presencia, y al mismo tiempo intrigada y atraída.

Por último, sacudió la cabeza y dijo:

—Todavía no lo comprendo. Nunca lo he llamado, señor Quien-quiera-que-sea, y no teníamos una cita.

—Por cierto que tú la hiciste.

—¡Por cierto que no! —estalló, ultrajada por su insolente aseveración—. Quiero mi viejo mundo. El mismo viejo mundo que siempre he conocido…

—¿Pero con una excepción?

—S… sí.—Su furiosa mirada se erizó y la ira brotó de ella.— Sí, con una excepción.

—¿Y has rezado con todas tus fuerzas para producir esa excepción? Ella asintió.

El hizo una mueca sonriente y la tomó del brazo.

—Bien, Sidra, entonces me has llamado y hemos hecho una cita. Soy la respuesta a tus oraciones.

Ella sufrió al ser conducida a través de los estrechos y empinados escalones del corredor, incapaz de liberarse de ese magnético yugo. La presión sobre su brazo era algo atemorizador. Todo en ella gritaba contra el aturdimiento… y a pesar de todo otro alguien le daba la bienvenida ansiosamente.

Mientras pasaban bajo la luz de las infrecuentes lámparas, lo contempló de forma furtiva. Era alto y magníficamente construido. Fuertes tendones sostenían su muscular cuello al más ligero giro de su arrogante cabeza. Llevaba un traje de lana que tenía textura de arenisca, y de él brotaba un pungente y musgoso aroma. Su camisa estaba abierta en el cuello y dejaba ver un vello frondoso sobre el pecho.

No había sirvientes en la planta baja del castillo. El hombre la escoltó silenciosamente a través de las elegantes habitaciones hasta el vestíbulo, donde extrajo la chaqueta de ella del armario empotrado y la colocó sobre sus hombros. Luego presionó sus fuertes manos sobre los gráciles hombros de Sidra.

Volvió a zafarse y por último, una de sus tormentas de llanto se abatió sobre ella. En la tranquila penumbra del vestíbulo pudo ver que él aún continuaba sonriendo, y esto agregó combustible a su furia.

—¡Ah! —gritó—. Qué tonta que he sido… haber dado por sentado que usted… Ha dicho que “yo he rezado por usted”, ¿qué clase de tonta se piensa que soy? ¡Quíteme las manos de encima!

Se quedó contemplándolo, respirando profundamente, y él no respondió. Su expresión permaneció impávida. Era como una serpiente, pensó ella, esas serpientes de ojos hipnóticos. Te enrollan en su belleza impávida y no puedes escapar de su mortal fascinación. Como esas torres desmesuradas que te invitan a brincar al vacío… como esas afiladas y deslumbrantes navajas que invitan a la suave carne de tu garganta. ¡No puedes escapar!

—¡Vayase! —gritó ella con un esfuerzo desesperado—. ¡Fuera de aquí! Este es mi mundo. Todo lo que hago o elijo es mío. ¡No quiero compartirlo con ningún repulsivo y arrogante canalla!

Rápida y silenciosamente, él la cogió por los hombros y la atrajo contra su pecho. Mientras la besaba, Sidra luchó por librarse de las garras de sus dedos, intentando alejar sus labios de él. Y sin embargo sabía que si lograba librarse de sus brazos, no podría apartarse de ese beso salvaje.

Lloraba cuando él aflojó sus manos y dejó que la cabeza de ella cayera hacia atrás. Aún conservando el tono afable de una conversación ocasional, dijo el hombre:

—Tú quieres una sola cosa en este mundo tuyo, Sidra, y debes dejarme que te ayude a conseguirla.

—En el nombre del Cielo, ¿quién es usted?

—Soy la fuerza por la que rezabas. Ahora ven.

Afuera la noche era oscura como tinta, y después de que cogieron el coche de dos plazas de Sidra y emprendieron el viaje a Londres, el camino se hizo imposible de seguir. Como bordeaba el camino con cuidado, Sidra logró por último vislumbrar la línea blanca de cal que dividía la ruta, apenas iluminada por el débil resplandor aterciopelado que surgía del horizonte en medio de las tinieblas. Sobre sus cabezas, las estrellas de la Vía Láctea eran lejanas motas de polvo.

El viento sobre el rostro era agradable de sentir. Apasionada, imprudente y cabeza dura como siempre, presionó su pie sobre el acelerador, ansiosa de sentir crecer la fría brisa en sus mejillas. El viento hizo remolinear su pelo, que ondeó tras ella. Las ráfagas se deslizaban sobre el parabrisas y la rodeaban como una sólida corriente de agua fría. Aumentó su valor y confianza. Y lo mejor de todo, renovó su sentido del humor.

Sin volverse, preguntó:

—¿Cómo se llama?

La respuesta llegó débil a través del ruido de la brisa.

—¿Tiene importancia?

—Por cierto que la tiene. Suponga que tenga que llamarlo: ” ¡Ehh!” o “¿Cómo se llama…?” o “Querido señor…”

—Muy bien, Sidra. Llámame Ardis.

—¿Ardis? Eso no es inglés, ¿no?

—¿Tiene importancia?

—No sea tan misterioso. Por supuesto que importa. Intento identificarlo.

—Ya lo veo.

—¿Conocía a Lady Sutton?

Al  no  recibir  respuesta,  lo  miró  y  sintió  un  ligero  estremecimiento.  Parecía  tan misterioso con su cabeza delineada contra el  oscuro  trasfondo  del  cielo  cubierto  de estrellas. Tenía los ojos fijos en un lugar vacío del vehículo.

—¿Conocía a Lady Sutton? —repitió.

El asintió y Sidra devolvió su atención al camino. Habían salido del campo abierto y penetraban en los suburbios londinenses. Pequeñas casas agazapadas, todas iguales, todas de frentes chatos y colores sombríos, pasaban velozmente con el sordo dump, dump, dump producido por el desplazamiento del coche.

Todavía alegre, ella preguntó:

—¿Hasta dónde va?

—Hasta Londres.

—¿Londres dónde?

—Chelsea Square.

—¿Square? Qué curioso. ¿Qué número?

—Ciento cuarenta y nueve. Ella se echó a reír con ganas.

—Su desfachatez es maravillosa —dijo recuperando el aliento, volviendo a contemplarlo—. Sucede que esa es mi dirección.

El asintió.

—Lo sé, Sidra.

Su risa se heló… no en su emisión, que apenas podía escuchar. Suprimiendo apenas otro gemido, volvió a mirar con fijeza el parabrisas, las manos temblorosas sobre el volante; sucedía que el hombre estaba sentado allí, en medio del torbellino, del viento, sin que se le moviera un pelo de la cabeza.

¡Por todos los Cielos! exclamó en su corazón. Qué tipo de oración he hecho… ¿quién es este monstruo?… Padre nuestro que estás en los Cielos, bendito sea tu… ¡Líbrame de él! No lo quiero. Si lo he pedido, conscientemente o no, ya no lo quiero. Quiero cambiar mi mundo. ¡Ahora! ¡Quiero que salga de aquí!

—Eso no funciona, Sidra —dijo él.

Sus labios se crisparon, pero aún continuó rezando: ¡Sacadlo de aquí! Cambiad todo… todo… sólo sacadlo de aquí. Que se desvanezca. Que las tinieblas lo devoren. Que se consuma, que se evapore…

—Sidra —gritó él—, ¡acaba con eso! —Le habló con severidad.— ¡No puedes quitarme del medio… es demasiado tarde!

Ella detuvo sus rezos, mientras el pánico la poseía y congelaba sus pensamientos.

—Una vez que has decidido cuál será tu mundo —le explicó cuidadosamente Ardis, como si fuera una niña— debes someterte a él. No puedes hacer cambios o alteraciones con tu mente. ¿No te lo han dicho?

—No —susurró—, no me lo dijeron.

—Bien, ahora lo sabes.

Estaba muda, entumecida y torpe. No tan torpe como endurecida. Siguió sus instrucciones sin una palabra, conduciendo hasta un pequeño, parque que se encontraba detrás de la casa, y aparcó allí. Ardis le explicó que deberían entrar a la casa por la puerta de servicio.

—No se entra abiertamente cuando se va a cometer un crimen. Sólo los criminales astutos de los libros lo hacen. En la vida real se descubre que es mejor ser cauteloso.

¡La vida real! pensó Sidra histéricamente cuando salían del coche. ¡Realidad! Esa Cosa en el refugio…

—Pareces tener experiencia —dijo ella en voz alta.

—A través del parque —respondió él, tocándole ligeramente un brazo—. No seremos vistos.

El sendero a través de los árboles era estrecho, y la hierba y los arbustos espinosos estaban muy crecidos. Ardis retrocedió y luego la siguió cuando ella atravesó el portal de hierro y entró. Se mantuvo unos pocos pasos tras ella.

—En cuanto a la experiencia —dijo—, sí… tengo bastante. Pero entonces, tú debes saber, Sidra.

Ella no sabía. No respondió. Arboles, matorrales y hierba eran espesos a su alrededor, y a pesar de que había atravesado ese parque cientos de veces, había allí algo de extraño y grotesco. No había vida… no, gracias a Dios por ello. No estaba todavía imaginando cosas, pero por primera vez advirtió qué esqueléticos y fantasmales se veían los árboles; como si cada uno de ellos hubiera participado en algún sórdido asesinato o suicidio todos estos años.

En medio del parque, una niebla húmeda la hizo toser y, tras ella, Ardis le palmeó comprensivamente la espalda. Sidra se estremeció como si hubiera un trozo de acero suplementario bajo la mano de él, y cuando dejó de toser y la mano aún permanecía sobre su hombro, supo que podría ser asaltada allí, en la oscuridad.

Se sacudió con rapidez. Logró desprender el brazo y corrió por el sendero, tambaleándose sobre sus tacones altos. Hubo una apagada exclamación de Ardis, y escuchó el amortiguado ruido de sus pasos persiguiéndola. El sendero conducía a una ligera depresión y atravesaba un pequeño estanque fangoso. La tierra se volvió húmeda y chupaba sus pies. En medio de la calidez de la noche su piel comenzó a cubrirse de sudor, pero el sonido de pasos estaba muy cerca tras ella.

Su aliento se hizo ahogado, y cuando el sendero se desvió y comenzó a descender, sintió que los pulmones le explotaban. Le dolían las piernas y le pareció que en cualquier instante rodaría por el suelo. Borrosamente, vio a través de los árboles el portal de hierro del otro extremo del parque, y con la poca fuerza que aún le quedaba, redobló los esfuerzos por alcanzarlo.

¿Pero qué, se preguntó con aturdimiento, qué después de eso? El me atrapará en la calle… quizás antes de la calle… Debería haber vuelto hacia el coche… Podría haber conducido… Yo…

La aferró por los hombros cuando pasaba el portal y ella a podría haberse entregado entonces. Luego oyó voces y vio figuras en el otro lado de la calle.

—¡Eh,  ustedes!  —gritó,  y  corrió  hacia  ellos,  sus  zapatos  taconeando  sobre  el pavimento. Al acercarse, aún libre por el momento, las personas se dieron vuelta.

—Lo siento —balbuceó—. Creí haberlos reconocido… Estaba atravesando el parq… Se detuvo bruscamente. Finchley, Braugh y Lady Sutton la estaban contemplando.

—¡Sidra, querida! ¿Qué demonios estás haciendo aquí? —le preguntó Lady Sutton. Irguió su gorda cabeza para examinar el rostro de Sidra, luego dio un ligero codazo a Braugh y Finchley—. La chica ha estado corriendo a través del parque. Atiende a mis palabras, Chris, está un poco loca.

—Parece como si la hubieran perseguido —respondió Braugh. Se movió a un costado y espió por encima del hombro de Sidra, su cabeza blanca brillando bajo la luz estelar.

Sidra contuvo la respiración y por último miró a su alrededor. Ardis estaba junto a ella, calmo y afable como siempre. Está allí, pensó desconsoladamente, no tiene sentido tratar de explicar. Nadie la creería. Nadie la ayudaría.

—Tan sólo un poco de ejercicio —dijo—. Es una noche tan hermosa.

—¡Ejercicio! —resopló Lady Sutton—. Ahora sé que estás chiflada.

—¿Por qué te has largado así, Sidra? Bob estaba furioso.

Recién acabamos de traerlo a casa.

—Yo… —Era una locura. Ella había visto a Finchley desvanecerse a través del velo de fuego hacía menos de una hora… desvanecerse en un mundo de su propia elección. Y a pesar de. todo aquí estaba él haciendo preguntas.

—Finchley está en su mundo —murmuró Ardis—. Y también aquí.

—Pero eso es imposible —exclamó Sidra—, No puede haber dos Finchley.

—¿Dos Finchley? —repitió Lady Sutton—. ¡Ahora sé dónde has estado y qué te ha pasado, muchacha! Estás borracha. Total y desagradablemente borracha. ¡Corriendo a través del parque! ¡Ejercicio! ¡Dos Finchley!

¿Y Lady Sutton? Pero ella estaba muerta. ¡Tenía que estarlo! La habían asesinado hacía menos de…

—Ese era otro mundo, Sidra —murmuró Ardis—. Este es tu nuevo mundo, y Lady Sutton pertenece a él. Todos pertenecen a él… excepto tu marido,—Pero… ¿aún cuando ella esté muerta?

—¿Quién está muerta? —preguntó Finchley, sobresaltado.

—Creo —dijo Braugh— que es mejor que la subamos y la metamos en la cama.

—No —dijo Sidra—. No… es necesario… ¡en verdad! Ya estoy bien.

—Oh, dejémosla —gruñó Lady Sutton. Recogió su chaqueta alrededor del tonel de su cintura y se alejó—. Ya conocéis nuestro lema, amigos míos: “No interferir.” Te veremos a ti y a Bob en el refugio la semana próxima, Sidra. Buenas noches…

—Buenas noches…

Finchley  y  Braugh  se  alejaron  también…  las  tres  figuras  se  introdujeron  en  las sombras, desvaneciéndose en medio de la niebla. Mientras desaparecían, Sidra oyó que Braugh decía:

—El lema debería ser “Desvergüenza”.

—No tiene sentido —respondió Finchley—. La vergüenza es una sensación que buscamos tanto como las otras. Es redund…

Luego se fueron.

Y con el retorno de ese escalofrío atemorizador, Sidra advirtió que ellos no habían visto a Ardis… ni lo habían oído… ni siquiera habían advertido su…

—Naturalmente —interrumpió Ardis.

—¿Cómo naturalmente?

—Lo comprenderás más tarde. Ahora tenemos un asesinato ante nosotros.

—¡No!—gritó ella, retrocediendo—. ¡No!

—¿Qué es esto, Sidra? Y pensar que has estado deseando este momento por tantos años. Lo has planeado, festejado…

—Estoy… demasiado trastornada… nerviosa.

—Te calmarás. Vamos.

Caminaron juntos unos pocos pasos por la estrecha calle, doblaron por el sendero de grava y atravesaron el portal que conducía a la parte trasera. Cuando Ardis estiró la mano para coger el pomo de la puerta de servicio, vaciló y se volvió hacia ella.

—Este —dijo— es tu momento, Sidra. Comienza ahora. Llegó el momento de romper la cadena y cobrar el precio de una vida llena de agonía. Este es el día en que equilibrarás la cuenta. El amor es bueno… el odio es mejor. El olvido es una virtud frívola… ¡la pasión lo consume todo y es el fin de toda la vida!

Él empujó la puerta abierta, la aferró de un codo y la arrastró a la despensa. Estaba oscura y llena de curiosos recovecos. Se movieron en la oscuridad cautelosamente, alcanzaron la puerta giratoria que daba a la cocina y la empujaron, entrando en ésta. Sidra lanzó un gemido ahogado y aflojó su cuerpo contra el de Ardis.

Había sido la cocina alguna vez. Ahora los hornos y fregaderos, estantes y mesas, sillas, armarios empotrados, todo se veía muy amenazador y entremezclado, como el laberinto de una jungla enloquecida. Una chispa de azul intenso brillaba en el suelo, y a su alrededor retozaban un buen número de sombras cantarinas.

Eran humo solidificado… gas semilíquido. Sus interiores traslúcidos se retorcían e interactuaban con el nauseabundo bullir del estiércol viviente. Era como mirar a través de un microscopio, pensó Sidra, esas criaturas de fétidos cuerpos sanguinolentos que cubren una corriente de agua estancada, que llenan un pantano con emanaciones fétidas… y lo más asqueroso de todo, era que cada una de ellas formaba una ondeante y borrascosa imagen de su marido. Veinte Robert Peel, gesticulando obscenamente y cantando un coro susurrante:

Quis multa gracilis te puer in rosa Perfusus liquidis urget odoribus Grato, Sidra, sub antro?

—¡Ardis! ¿Que es esto?

—No lo se, Sidra.

—Pero estas formas…

—Encontraremos la salida.

Veinte emanaciones saltarinas apiñadas alrededor de ellos, aún cantando. Sidra y Ardis fueron conducidos hacia adelante y quedaron de pie en el borde de esa chispa con forma de zafiro que ardía en el aire a unas pulgadas del suelo. Dedos gaseosos empujaban y tanteaban a Sidra, pellizcándola y pinchándola mientras las figuras azules hacían  cabriolas  y  lanzaban  risas  siseantes,  palmeándose  las  nalgas  desnudas  con éxtasis espectrales.

Un latigazo sobre el brazo de Sidra la hizo sobresaltar y lanzar un grito, y cuando miró hacia abajo vio incontables puntos de sangre brotar de la blanca piel de su muñeca. Y mientras contemplaba aturdida los encantamientos descorporizados, Ardis le levantó la muñeca hasta los labios. Luego levantó su propia muñeca hasta los labios de Sidra y esta sintió el gusto salobre de la sangre de él.

—¡No! —jadeó—. No lo creo. Usted me está haciendo ver todo esto.

Se dio vuelta y corrió hacia la habitación auxiliar de la cocina. Ardis se mantuvo detrás y cerca de ella. Y las formas azules aún siseaban un coro monótono:

Qui nunc te fruitur credulus áurea

Qui semper vacuam, semper amabilem, Sperat, nescius aurae Fallacia…

Cuando alcanzaron el pie de las envolventes escaleras que conducían a los pisos superiores,  Sidra  se  aferró  a  la  balaustrada  para  sostenerse.  Con  la  mano  libre  se restregó la boca para quitar el gusto salobre que le revolvía el estómago.

—Creo que tengo una idea de qué era todo eso — dijo Ardis. Ella lo contempló.

—Una especie de ceremonia de compromiso —dijo con tono indiferente—. ¿Has leído sobre algo parecido antes, no? Curioso, ¿no lo has hecho? Hay algunas influencias poderosas en esta casa. ¿Reconoces a aquellos fantasmas?

Ella sacudió la cabeza cansadamente. ¿Qué sentido tenía pensar… hablar?

—¿No, eh? Tenemos que ver ese asunto. Nunca me preocupo por aparecidos no solicitados. No tendremos ninguno de estos disparates en el futuro… —Calló por un momento, luego señaló hacia las escaleras.— Tu marido está allí arriba, eso creo. Continuemos.

Ascendieron trabajosamente por las retorcidas y tenebrosas escaleras, y los últimos vestigios de sanidad de Sidra se esforzaron, paso a paso, con ella.

Uno: Subes las escaleras. ¿Escaleras que se dirigen a dónde? ¿A más locuras? ¡Esa maldita Cosa en el refugio!

Dos: Esto es el infierno, no la realidad.

Tres: O una pesadilla. ¡Sí! una pesadilla. La langosta de anoche. ¿Dónde estuvimos anoche, Bob y yo?

Cuatro: Querido Bob. ¿Por qué yo siempre…? Y este Ardis. Sé porqué me es tan familiar. Porque casi lee mis pensamientos. El es probablemente algún…

Cinco: …joven simpático que juega tenis en la vida real¿Distorsionado por un sueño. Sí.

Seis… Siete…

—No te apresures —dijo Ardis con cautela.

Ella se detuvo en donde se encontraba y miró fijamente. No había más gritos o estremecimientos en ella. Simplemente contempló la cosa que colgaba con cabeza retorcida desde el madero sobre la plataforma de la escalera. – Era su marido, fláccido y volátil, suspendido en el extremo final de una cuerda para tender la ropa.

La  fláccida  figura  se  balanceaba  siempre  muy  ligeramente,  como  el  delicado movimiento de un péndulo mayúsculo. La boca estaba contorsionada en una mueca sardónica y los ojos saltaban de sus órbitas y miraban hacia ella con impúdico humor. Vagamente, Sidra fue consciente de que los escalones ascendentes conducían a través de la forma retorcida.

—Unid las manos —dijo el despojo con tono sacrosanto.

—¡Bob!

—¿Tu marido? —exclamó Ardis.

—Queridos amigos —comenzó el despojo—, nos hemos reunido bajo el signo de Dios y de cara a esta compañía para unir a este hombre y esta mujer en sagrado matrimonio; que es… —La voz retumbó una y otra vez.

—¡Bob! —dijo Sidra con voz ronca.

—¡Arrodillaos! —ordenó el despojo.

Sidra se hizo a un lado y corrió pesadamente escaleras arriba. Tropezó un instante sin resuello, luego las fuertes manos de Ardis la aferraron. Tras ellos el sombrío despojo entonaba:

—Os declaro marido y mujer.

—¡Ahora debemos ser rápidos! —susurró Ardis—. ¡Muy rápidos! Pero en la parte superior de las escaleras Sidra hizo su último intento por liberarse. Abandonó toda esperanza de sanidad, de comprensión. Todo lo que quería era libertad y un lugar donde poder sentarse en soledad, libre de las pasiones que la cercaban, consumiendo sus entrañas. No se dijo una palabra, ningún gesto fue hecho. Se alzó hasta arriba y encaró a Ardis. Era una de esas  ocasiones,  comprendió,  en  que  uno  lucha  contra  petroglifos tallados en roca prehistórica.

Por unos minutos estuvieron parados, contemplándose uno al otro en la sala oscura. A su derecha estaba el pozo descendente de las escaleras; a la izquierda, el dormitorio de Sidra; detrás de ellos el corto pasillo que conducía al estudio de Peel… hacia la habitación donde él tan inconscientemente esperaba la muerte. Sus ojos se encontraron, chocaron y batallaron en silencio. Y a pesar de que Sidra sostenía esa profunda y brillante mirada, sabía —con un agonizante sentido de desesperación— que sería derrotada.

Ya no había voluntad ni fuerza ni valor en ella. Peor, por alguna espectral osmosis parecía haberse vaciado en el hombre que la encaraba. Mientras luchaba advirtió que su rebelión era similar a la de una mano o un dedo contra el cerebro guía.

Sólo pronunció una frase:

—¡Por el amor de Dios! ¿Quien es usted? Y otra vez él respondió:

—Lo descubrirás… pronto. Pero creo que ya lo sabes. Creo que lo sabes.

Inerme,  ella  se  dio  vuelta  y  penetró  en  su  dormitorio.  Allí  había  un  revólver  y comprendió que debía conseguirlo. Pero cuando abrió de un tirón el cajón e hizo a un lado los montones de ropas de seda para cogerlo, sintió que éstas eran pastosas y húmedas. Al vacilar, Ardis estiró un brazo por detrás de ella y cogió el arma. Aferrado a la culata, un dedo fuertemente enganchado en el gatillo, había una mano, el muñón de la muñeca coagulado y desgarrado.

Ardis chasqueó la lengua y trató de arrancar la mano perdida. No pudo hacerlo. Apretó y retorció un dedo al mismo tiempo y entonces ese desecho de mano repugnante apretó el arma con más fuerza aún. Sidra estaba sentada en el borde de la cama como una niña, contemplando el espectáculo con ingenuo interés, notando cómo los quebradizos músculos y tendones del muñón se flexionaban ante el esfuerzo de Ardis.

Había una serpiente carmesí brotando por debajo de la puerta del baño. Se retorcía a través del suelo de madera, espesándose en un riacho cuando tocó suavemente su falda. Cuando Ardis arrojó con ira el arma al suelo, advirtió el cauce. Caminó con rapidez hacia el baño y abrió la puerta de un empujón, la cerró de un portazo un segundo más tarde. Sacudió la cabeza de Sidra y dijo:

—¡Vamos!

Ella asintió mecánicamente y se incorporó, indiferente a la falda empapada que se pegaba contra sus tobillos. En el estudio de Peel, dio vueltas el picaporte de la puerta cuidadosamente, hasta que un débil chasquido le advirtió que la cerradura estaba abierta, luego empujó la puerta. La hoja se abrió por completo para revelar el estudio de su marido en penumbras. El escritorio se hallaba ante las altas cortinas de la ventana y Peel estaba sentado ante él, de espaldas a ellos. Estaba encorvado sobre un candelero o una lámpara o alguna fuente de luz que formaba un halo alrededor de su cuerpo y lanzaba flujos oscilantes. En ningún momento se movió.

Sidra avanzó de puntillas, luego hizo una pausa. Ardis se llevó un dedo a los labios y se movió como un rápido gato hacia el hogar apagado, donde levantó un pesado atizador de bronce. Lo llevó hasta Sidra y se lo ofreció con gestos de urgencia. Los dedos de ella lo aferraron como si hubieran sido hechos para matar.

Venciendo lo que le impedía avanzar, dio unos pasos y alzó el atizador sobre la cabeza de Peel, mientras algo débil y enfermizo dentro de ella lloraba y rezaba; lloraba, rezaba y gemía como los quejidos de un niño con fiebre. Como agua derramada, las últimas pocas gotas de autodominio temblaron antes de desaparecer al unísono.

Luego Ardis la tocó. Sus dedos se apretaron contra la región lumbar y una carga de bestialidad sacudió su columna con crueles y punzantes estímulos. Al brotar todo el odio, la rabia y la lívida reivindicación, elevó el atizador y lo descargó sobre la aún inmóvil cabeza de su marido.

Toda la habitación estalló en una explosión  silenciosa. Las luces fulguraron y las sombras hicieron remolinos. Sin misericordia, aporreó y machacó el cuerpo caído que había sido derribado de la silla al suelo. Lo golpeó una y otra vez su aliento escapaba como un silbido histérico— hasta que la cabeza quedó aplastada, convertida en una masa sangrienta. Sólo entonces dejó caer el atizador y retrocedió tambaleante.

Ardis se arrodilló junto al cuerpo y lo dio vuelta.

—Está totalmente muerto. Este es el momento por el cual has rezado, Sidra. ¡Eres libre!

Ella miró hacia abajo con horror. Torpemente, desde la alfombra ensangrentada, un rostro muerto miraba hacia atrás. Mostraba el contraído y muy estirado rostro, los ojos y el cabello azabaches cayendo sobre una ceja como el pico de un cuervo. Gimió cuando la comprensión llegó a ella. El rostro dijo:

—Esta es Sidra Peel. En este hombre que has matado te has asesinado a ti misma…

asesinado la única parte de ti que podía salvarse.

—¡Ayyy…! —gritó ella y se abrazó a sí misma, rodando en agonía.

—Mírame bien —dijo el rostro—. Pues mi muerte ha roto una cadena… sólo para encontrar otra.

Y ella supo. Comprendió. Pues a pesar de que aún rodaba y gemía en una agonía inacabable, vio que Ardis se incorporaba y avanzaba hacia ella con los brazos extendidos. Sus ojos brillaban como horribles estanques y sus brazos eran zarcillos de su propia pasión insatisfecha, anhelante, que la inundaba. Una vez abrazados, ella supo que allí no habría escape… escape de este matrimonio enfermizo que su propia lujuria nunca dejaría de acariciar.

Así sería por siempre jamás el nuevo mundo feliz de Sidra. IV

Después de que los otros habían pasado el velo, Christian Braugh aún permanecía en el refugio. Encendió otro cigarrillo con una simulación de aplomo perfecto, arrojó la cerilla y luego llamó:

—Ehh… ¿Señor Cosa?

—¿Qué ocurre, señor Braugh?

Braugh no pudo evitar un ligero sobresalto ante esa voz que surgía de ninguna parte.

—Yo… bien, el hecho es que me he demorado para charlar.

—Pensé que lo haría, señor Braugh.

—Lo pensó, ¿eh?

—Su hambre insaciable de material fresco no es un misterio para mí.

—¡Oh! —Braugh miró a su alrededor nerviosamente—. Ya veo.

—No hay ningún motivo de alarma. Nadie podrá oírnos. Su mascarada permanecerá sin descubrir.

—¿Mascarada?

—Usted no es en realidad un mal tipo, señor Braugh. Nunca perteneció a la camarilla del refugio Sutton.

Braugh rió sardónicamente.

—Y no es necesario continuar su farsa ante mí — continuó la voz de manera amistosa—. Sé que la historia de sus muchos plagios es simplemente otra maquinación de Christian Braugh.

—¿Lo sabe?

—Por supuesto. Usted creó esa leyenda para lograr entrar en el refugio. Durante años ha estado jugando el rol del falso pícaro, a pesar de que su sangre corre fría algunas veces.

—¿Y sabe por qué hice eso?

—Ciertamente. Como hecho práctico, señor Braugh, yo lo sabía casi todo, pero debo confesar que hay algo en usted que me desconcierta.

—¿Qué es?

—¿Por  qué,  con  ese  apetito  insaciable  por  material  fresco,  no  está  contento  con trabajar como los otros autores, con lo que conocía? ¿Por qué ese enfermizo deseo de material único… de campos absolutamente vírgenes? ¿Por qué deseaba pagar un precio tan amargo y exorbitante por unos pocos gramos de originalidad?

—¿Por qué? —Braugh tragó el humo y lo exhaló entre sus dientes apretados.— Lo comprendería si fuera humano. ¿Supongo que usted no…?

—Esa pregunta no puede ser respondida.

—Entonces le diré el porqué. Es algo que ha estado torturándome toda la vida. Un hombre nace con imaginación.

—Ah… imaginación.

—Si la imaginación es ligera, un hombre siempre encontrará en el mundo una fuente de profunda e inagotable maravilla, un lugar de muchos deleites. Pero si su imaginación es fuerte, vivida, incansable, considerará al mundo como un lugar penoso… ¡un diamante sin pulir ante las maravillas de sus propias creaciones!

—Hay maravillas que sobrepasan todas las imaginaciones.

—¿Para quiénes? No para mí, mi invisible amigo; ni para ninguna criatura apegada a la tierra, a la carne. El hombre es algo penoso. Nace con la imaginación de los dioses y por siempre pegado a un redondo terrón de arcilla y saliva. Yo tengo dentro de mí lo único, el ego, la fértil greda de un espíritu intemporal… ¡y toda esa riqueza está envuelta en una parcela de piel que pronto se corrompe!

—Ego… —musitó la voz—. Eso es algo que, ¡ala!, ninguno de nosotros puede comprender. En ningún lugar del cosmos conocido, salvo vuestro planeta, se lo puede encontrar, señor Braugh. Es algo atemorizador y a veces me convence que la suya es una raza que puede… —la voz se quebró abruptamente.

—¿Qué puede…? —interrogó Braugh, atento.

—Vamos —dijo la Cosa enérgicamente—, hay menos obligación con usted que con los otros, y le concederé el beneficio de mi experiencia. Déjeme ayudarlo a seleccionar una realidad.

Braugh hizo hincapié en la palabra:

—¿Menos?

Y otra vez fue ignorada su pregunta.

—¿Elegirá alguna otra realidad de su propio cosmos o está satisfecho con la que ya tiene? Puedo ofrecerle mundos vastos y mundos diminutos; grandes seres que sacuden el espacio y llenan los vacíos con sus truenos; seres diminutos de encanto y perfección en los que su percepción apenas roza el timbre sensitivo de sus pensamientos. ¿Le apetece el terror? Puedo darle una realidad de estremecimientos. ¿Belleza? Puedo mostrarle realidades de éxtasis infinito. ¿Dolor? ¿Tortura? Cualquier sensación. Nombre una, muchas, todas. Diseñaré para usted una realidad que superará esos enormes conceptos suyos.

—No —respondió Braugh un momento después—. Los sentidos son siempre, cuando mucho, sentidos… y con el tiempo se aburren de todo. No puede satisfacer la imaginación con crema batida, con formas y sabores nuevos.

—Entonces puedo enviarlo a mundos extradimensionales que pasmarán a su imaginación.   Conozco   un   sistema   que   lo   entretendrá   para   siempre   con   su incongruencia… donde, si se tiene pena uno se rasca una oreja, o su equivalente, donde si se ama uno se toma un refresco, si se muere uno se ríe a carcajadas… He visto una dimensión en la cual se puede realizar seguramente lo imposible; donde los sentidos cotidianos rivalizan en la composición de paradojas animadas, y donde el simple hecho de la propia introspección es llamado “chrythna”, es decir “cursi” en la jerga norteamericana.

“¿Desea probar las emociones de orden clásico? Puedo llevarlo a un mundo de n dimensiones donde, una por una, puede consumir los intrincados matices de veintisiete emociones primarias —siempre tomando notas, por supuesto— y entonces pasar a combinaciones y permutaciones de la suma de veintisiete elevado a la veintisiete. Matemáticamente se diría: 27 x 1027. Vamos, ¿no cree que podría gozarlas?

—No —dijo Braugh con impaciencia—. Es obvio, mi amigo, que usted no comprende el ego de un hombre. El ego no es un niño que pueda ser entretenido con juegos, y sin embargo es un niño que anhela lo que no puede obtener.

—Usted parece ser del tipo animal que no ríe, señor Braugh. Se ha dicho que el hombre es el único animal que ríe de la tierra. Apartad el humor y sólo queda el animal. No tiene usted sentido del humor, señor Braugh.

—El ego —continuó intentándolo Braugh— desea sólo lo que no espera obtener. Una vez poseído algo, ya no se lo desea. ¿Puede usted garantizarme una realidad en la que pueda tener algo que desee porque no tengo posibilidad de obtenerlo, y esa misma posesión no romper la calidad de mi deseo? ¿Puede usted hacer eso?

—Me temo —respondió la voz con un ligero tono divertido— que las razones de su imaginación son demasiado tortuosas para mí.

—Ah —musitó Braugh, casi para sí mismo—. Temía eso. ¿Por qué la creación parece estar hecha para individuos de segunda categoría, ni siquiera la mitad de listos que yo?

¿Por qué esa mediocridad?

—Usted busca obtener lo inobtenible —argumentó la voz con tono razonable— y por medio de ese acto no lo obtiene. La contradicción está en su interior. ¿Le gustaría ser cambiado?

—No… no, no me cambien. — Braugh sacudió la cabeza. Se quedó ensimismado en sus pensamientos, luego hizo un gesto y aplastó su cigarrillo.— Hay una única solución para mi problema.

—¿Y es?

—Una sustitución. Si no se puede satisfacer un deseo, se debe explicar cómo funciona. Si un hombre no puede encontrar amor, escribe un tratado psicológico sobre la pasión. Haré cuando mucho lo mismo…

Se encogió de hombros y se movió en dirección al velo. Hubo una especie de risita tras él y la voz preguntó:

—¿Adonde te conduce tu ego, oh ser humano?

—A la verdad de las cosas —gritó Braugh—. Si no puedo satisfacer mis ansias, al menos encontraré la causa de mis ansias.

—Sólo encontrará la verdad en el infierno o en el limbo, señor Braugh.

—¿Por qué?

—Porque la verdad es siempre infernal.

—Y el infierno es verdadero, no hay duda. No importa, iré allí… infierno o limbo, donde pueda encontrar la verdad.

—Puede que encuentres satisfactorias las respuestas, oh ser humano.

—Gracias.

—Y puede que aprendas a reír.

Pero Braugh ya no oía, pues había pasado el velo.

Se encontró de pie ante una gran mesa de despacho —casi un pupitre de juez— tal alta como su cabeza. Alrededor de él no había nada más. Una niebla sulfurosa lo llenaba todo, encubriendo todo excepto ese imponente pupitre. Braugh echó la cabeza hacia atrás y espió por encima. Contemplándolo desde el otro lado había una cara diminuta, vieja como el pecado, con grandes patillas y ojos bizcos. Se alzaba sobre una pequeña cabeza arrugada cubierta con un bonete. Como el bonete de mago.

O un bonete de burro, pensó Braugh.

Tras la cabeza, distinguió vagamente estantes de libros en fila con etiquetas que decían: A-AB, AC-AD y así sucesivamente. Algunos tenían etiquetas curiosas: # —, & —1/ 4, * —c. Incomprensible. Habían también un brillante pote de tinta y un tintero con pluma de ave. Un enorme reloj de arena completaba el cuadro. Dentro del reloj una mosca que había perdido un ala se arrastraba vacilante sobre la arena.

—¡S-orprendente! ¡AS-ombroso! ¡IN-creíble! —dijo el hombrecillo con voz ronca. Braugh se sintió fastidiado.

El hombrecillo se encorvó hacia él como Quasimodo y acercó todo lo posible su rostro de clown al de Braugh. Estiró un dedo lleno de bultos y punzó a Braugh cuidadosamente. Estaba estupefacto. Se reclinó hacia atrás y vociferó:

—¡THAMM-uz! ¡DA-gon! ¡TIMM-son!

Hubo un bullicio invisible y otros tres hombrecillos se asomaron tras el pupitre y atisbaron a Braugh. La inspección duró unos minutos. Braugh estaba irritado.

—Muy bien —dijo—. Es suficiente. Decid algo. Haced algo.

—¡Habla! —exclamaron con incredulidad—. ¡Está vivo!

—Juntaron sus narices  y  parlotearon  con  rapidez—.  Quécosa-sorprendente  Dagon habla Riminon puede estar vivo y ser humano Belial debe haber una razón para esto Thammuz si piensas eso yo no lo puedo afirmar.

Luego se detuvieron.

Una inspección posterior.

—Averigüemos cómo llegó aquí —dijo uno.

—Eso no es todo. Averigüemos qué es. ¿Animal? ¿Vegetal? ¿Mineral?

—Averigüemos de dónde viene —dijo un tercero.

—Hay que ser cuidadosos con los extraños, ya lo sabéis.

—¿Por qué? Somos absolutamente invulnerables.

—¿Eso crees? ¿Qué me dices de una visita del Ángel de Azrael?

—¿Quieres decir el áng…?

—¡No lo digas! ¡No lo digas!

Estalló  una  feroz  discusión,  mientras  Braugh  golpeteaba  el  suelo  con  un  pie, impaciente. Aparentemente llegaron a una conclusión. El hechicero N° 1 extendió un dedo acusador hacia Braugh y dijo:

—¿Qué está haciendo aquí?

—El asunto es, ¿dónde estoy? —replicó con brusquedad Braugh.

El hombrecillo se volvió hacia sus hermanos Thammuz, Dagon y Rimmon.

—Quiere saber dónde está —dijo sonriendo con afectación.

—Entonces díselo, Belial.

—Adelante, Belial. No podemos continuar así eternamente.

—¡Tú! —Belial se volvió en dirección a Braugh—. Esta es la Administración Central, el Control Central Universal; Belial, Rimmon, Dagon y Thammuz, actuando en nombre de El Supremo.

—¿Que sería Satán?

—No se permite tanta familiaridad.

—He venido aquí a ver a Satán.

—¡Quiere ver al Señor Lucifer! —Estaban consternados. Luego Dagon golpeó a los otros con sus agudos codos y se colocó un dedo sobre la nariz con mirada astuta.

—Espía —dijo. Para redondear, hizo un gesto significativo hacia arriba.

—¡No digas eso, Dagon! ¡No lo digas!

—Se sabe que sucede —dijo Belial, haciendo pasar las hojas de un gigantesco libro mayor—. En verdad no está registrado aquí. No hay declaraciones inventariadas para…— Hizo girar el reloj de arena, irritando a la mosca.— …para seis horas.

No  está  muerto  porque  no  hiede.  No  está  vivo  porque  sólo  son  convocados  los muertos. La cuestión es: ¿Qué es y qué debemos hacer con él?

—Adivinación. Absolutamente infalible —dijo Thammuz.

—Gran mente, ese es Thammuz.

—¿Nombre? —Belial dirigió su mirada a Braugh.

—Christian Braugh.

—¡El lo dijo! ¡El dijo! ¡No fuimos nosotros!

—Probemos la Onomancia —dijo Dagon—. C, tercera letra. H, octava letra. R, decimoctava letra, y etcétera. Es correcto, Belial; deletrear no es lo mismo que decir. Haz la suma total. Dóblala y agrégale diez. Divídela por dos y medio, luego sustráela al total original.

Contaron, sumaron, dividieron y restaron. Las plumas de ave crujieron sobre el pergamino; se escuchó un sonido zumbante. Por último Belial interrumpió su escritura y lo escrutó dubitativamente. Todos se escrutaron entre ellos. Como un solo hombre, se encogieron de hombros y rompieron las cuentas.

—No puedo entenderlo —se quejó Rimmon—. Siempre nos da cinco.

—No importa. —Belial fijó en Braugh una mirada severa.— ¡Tú! ¿Cuándo has nacido?

—Diciembre dieciocho, mil novecientos treinta.

—¿Hora?

—Doce y cuarto de la tarde.

—¡Cartas estelares! —ordenó Thammuz—. ¡Lo genetlíaco nunca falla!

Nubes de polvo hicieron toser a Braugh mientras exploraban a fondo los estantes que se hallaban tras ellos y extraían pesadas hojas de pergamino que desenrollaron como cortinillas. Esta vez tardaron quince minutos en obtener sus resultados, que volvieron a examinar cuidadosamente y volvieron a romper.

—Es curioso —dijo Rimmon.

—¿Por qué siempre resulta haber nacido bajo el signo de la Marsopa? —dijo Dagon.

—Quizá es una marsopa.

—Es mejor que lo llevemos al laboratorio para una revisión. El se irritará mucho si hacemos una chapuza.

Se apoyaron sobre el pupitre y le hicieron señas. Braugh resopló y obedeció. Rodeó el costado del pupitre y se encontró ante una puertecita enmarcada en libros. Los cuatro pequeños Administradores Centrales brincaron del escritorio y lo escoltaron. Tuvo que inclinarse para poder verlos; apenas si le llegaban a la cintura.

Braugh entró en el laboratorio infernal. Era una habitación circular con techo bajo, suelo y paredes de azulejos, alacenas y estantes repletos de cristalería polvorienta, artefactos de alquimia, libros, huesos y botellas, ninguna de ellas etiquetada. En el centro había una larga y chata piedra de molino. El agujero eje tenía un aspecto chamuscado, pero no había ninguna chimenea sobre él.

Belial hurgó en un rincón, moviendo paraguas y hierros de herrar, y extrajo un puñado de palillos secos.

—Fuegos de altar —dijo y tropezó. Los palillos volaron por los aires. Braugh comenzó a levantar los pedazos de madera con aire solemne.

—¡Sortilegio! —chilló Rimmon. Extrajo de un tirón un reluciente lagarto de una caja y comenzó a escribir en su lomo con un trozo de carbón, advirtiendo el orden en el cual Braugh levantaba los fuegos de altar.

—¿Hacia dónde es el este? —preguntó Rimmon, arrastrándose tras el lagarto, que parecía  entregado  a  su  propios  asuntos.  Thammuz  señaló  hacia  abajo.  Rimmon agradeció con la cabeza  y  comenzó  una  envolvente  computación  sobre  el  lomo  del lagarto. Gradualmente su mano se movió con más lentitud. Por ese entonces Braugh había  apilado  la  madera  sobre  el  altar.  Rimmon  sostenía  el  lagarto  por  la  cola, sorprendido de sus notaciones. Por último lo levantó y lo empujó bajo las maderas. Encendió el fuego de inmediato.

—Salamandra —dijo Rimmon—. ¿No está mal, eh? Dagon estaba inspirado.

—¡Piromancia! —corrió hacia las llamas, introdujo la nariz a una pulgada del fuego y cantó—. Aleph, beth, gimel, daleth, he, vau, zayin, cheth…

Belial se movió inquieto y musitó a Thammuz:

—La última vez que intentó eso cayó dormido.

—Es el hebreo —dijo Thammuz, como si pensara que eso era una explicación.

El canto se desvaneció y Dagon, los ojos arrobadoramente cerrados, se deslizó hacia las llamas crepidantes.

—Lo hizo de nuevo —dijo Belial entre dientes.

Arrastraron a Dagon fuera del fuego y le abofetearon el rostro hasta que sus bigotes dejaron de arder. Thammuz olfateó el hedor del pelo quemado, luego señaló el humo que flotaba sobre sus cabezas.

—Capnomancia —dijo—. No puede fallar. Por fin podremos descubrir qué es.

Los cuatro juntaron las manos e hicieron cabriolas alrededor del humo, soplándolo con labios fruncidos. Este desapareció en un momento. Thammuz parecía irritado.

—Falló.

—Sólo porque eso no se ligó. Contemplaron agriamente a Braugh.

—¡Tú tienes la culpa!

—No del todo —dijo Braugh—. No estoy ocultando nada. Por supuesto, no creo ni una pizca de lo que sucede aquí, pero eso no tiene importancia. Tengo todo el tiempo del mundo.

—¿No tiene importancia? ¿Qué quieres decir con eso de que no crees?

—Vosotros no podéis hacerme creer que cuatro payasos tienen algo que ver con la verdad… y mucho menos con Su Majestad, el Padre Satán.

—¿Qué?, so asno, nosotros somos Satán.

Luego bajaron las voces y buscaron oídos invisibles.

—Era una forma de decir. Sin ofensa. Una reverencia al valor del apoderado. —Sus indignaciones revivieron.— Pero tenemos el poder para indagar sobre ti. Te seguiremos las pisadas. Desgarraremos el velo, romperemos el sello, quitaremos la máscara, conoceremos todo con la Sideromancia. ¡Traed el hierro!

Dagon hizo rodar una pequeña carretilla llena de trozos de hierro, todos burdas imágenes de peces.

—Esta adivinación nunca falla —dijo a Braugh—. Coge una carpa… cualquiera de ellas.

Braugh seleccionó un pez de hierro al azar y Dagon se lo arrebató con irritación, arrojándolo en un diminuto crisol. Colocó éste en el fuego y Thammuz manejó un fuelle de mano hasta que el hierro estuvo al rojo vivo.

—No puede fallar —bufaba—. La sideromancia nunca falla.

Los cuatro esperaron y esperaron; Braugh nunca supo qué. Por último suspiraron.

—Falló —dijo Braugh.

—Probemos la Molibdomancia —sugirió Belial.

Asintieron y arrojaron el hierro en un caldero de plomo sólido. Este siseó y echó humo como si hubiera sido echado en agua. Al momento el plomo se fundió. Belial dio un golpecito sobre el caldero y el líquido plateado reptó sobre el suelo. Braugh quitó su pie del  camino.  Belial  formuló  su  “A”:  “Mí-  mí-mí-mí-mí-mí-Mííííííííí”,  pero  antes  de  que pudiera comenzar su encantamiento hubo un chasquido similar al disparo de una pistola. Uno de los azulejos del suelo se había quebrado. El plomo líquido desapareció con un siseo y al instante siguiente una fuente de agua surgió a través del agujero.

—Otra vez reventaron los caños —dijo Belial.

—¡Pegomancia! —gritó Dagon ansiosamente. Se aproximó a la fuente con mirada reverente, se arrodilló ante ella y comenzó un salmodeo monótono:

-Alif, ba’, ta’, tha’, jim, ha’, kha’, dal…

En treinta segundos sus ojos se cerraron extáticamente y se desplomó en el agua.

—Es el arábigo —dijo Thammuz—. Sequémoslo o cogerá la muerte.

Thammuz y Belial sujetaron a Dagon por los brazo, y lo arrastraron al fuego de altar. Dieron vueltas a la brillante hoguera varias veces y cuando estaban a punto de detenerse fue cuando Dagon dijo con ahogo:

—Mantenedme en movimiento, Giromancia.

—No. Aún resta el griego. Hagamos círculos. ¡Alpha, beta, gamma, delta, huy!

—No, la siguiente es épsilon —dijo Thammuz, y luego—: ¡huy!

Braugh se dio vuelta para ver qué estaban contemplando y agregó un ¡huy! más.

Una joven acababa de entrar al laboratorio. Tenía cabellos cortos y pelirrojos, y un encantador lado derecho cubierto de plomo. Su cobrizo cabello estaba echado hacia atrás con un nudo griego. Exhibía una expresión de exasperación y furia, y nada más. Braugh musitó otro ¡huy!

—¡Con que sí! —acusó la joven—. Y otra vez. Cuántas veces más… —se interrumpió, corrió hasta una pared, cogió una prodigiosa retorta de cristal y la arrojó con fuerza. Mientras los pedazos aún tintineaban, dijo:

—¡Cuántas veces os he dicho que detengáis estas tonterías u os denunciaré!:

Belial trató de restañar sus cortes sangrantes e hizo el esbozo de una sonrisa inocente.

—¿No irás a contárselo a El, Astarté, no es cierto?

—No permitiré que sigan destrozando mi techo y arrojando cosas en mi despacho. Primero plomo fundido, luego agua; cuatro semanas de trabajo arruinadas. Mi escritorio Sheraton arruinado. —Retorció su torso y exhibió una cicatriz roja que le bajaba desde un hombro.— ¡Doce pulgadas de piel arruinadas!

—Te pagaremos los daños, Astarté.

—¿Y quién me pagará el dolor?

—Lo mejor es el ácido tánico —dijo Braugh con seriedad—. Hiérvase un té bien fuerte y hágase una cataplasma. Alivia el dolor.

La cabeza rubia giró y Astarté alanceó a Braugh con sus serenos ojos verdes.

—¿Quién es éste?

—No lo sabemos —tartamudeó Belial—. Llegó hasta mi pupitre y… Es por eso que nosotros… Debe haber una causa…

Braugh dio un paso adelante y tomó la mano de la joven.

—Soy humano. Vivo. Enviado aquí por uno de vuestros colegas; nombre desconocido. Me llamo Braugh. Christian Braugh.

La mano de ella era fresca y firme.

—Debe de haber sido… No importa. Mi nombre es Astarté. Yo también soy cristiana. Los de la Administración Central se taparon los oídos con las palmas de las manos para bloquear aquella mala palabra.

—¿Cristianos en el personal de Satán? —Braugh estaba sorprendido.

—Algunos lo somos. ¿Por qué no? Todos lo éramos antes de La Caída. No hubo respuesta a esto.

—¿Hay algún lugar donde podamos estar lejos de estos chapuceros?

—Siempre está mi despacho.

—Me gustan los despachos.

También le gustaba Astarté; mucho más que gustarle. Ella lo condujo a su despacho en el piso inferior, muy grande, muy impresionante, quitó un montón de papeles de trabajo de una silla y lo invitó a sentarse. Se repantigó ante la ruina de su escritorio y, después de una mirada malevolente al cielorraso, le pidió que contara su historia. Lo escuchó con atención.

—Inusual —dijo—. Buscas a Satán, el Señor del mundo inferior. Bien, este es el único infierno que hay, y El es el único Satán que existe. Estás en el lugar indicado.

Braugh estaba perplejo.

—¿Infierno? ¿El Infierno de Dante? ¿Fuego, azufre y demás? Ella sacudió la cabeza.

—Sólo otro poeta que usaba su imaginación. Los tormentos reales son freudianos. Puedes discutir el asunto con Alighieri cuando te encuentres con él. —Sonrió al ver la expresión solemne de Braugh.— Todo esto nos conduce a algo vital. ¿Seguro que no estás muerto? A veces se olvida.

Braugh asintió.

—Hummm… —Le hizo una inspección interesada.— Lo sobrellevas muy bien. Yo nunca tuve nada con los vivos. ¿Seguro que estás vivo?

—Muy seguro.

—¿Y cuáles son tus intereses con el Padre Satán?

—La verdad —dijo Braugh—. Quería saber la verdad sobre todo, y fui enviado aquí por una innominada Cosa. Pues el Padre Satán podría ser el proveedor oficial de la verdad más que… —Vaciló.

—Puedes decirlo, Christian.

—Más que Dios en el Cielo, no lo sé. Pero para mí la verdad es lo único digno de valor que puede apaciguar este maldito anhelo que me tortura. Así que me agradaría mucho tener una entrevista.

Astarté arañó el escritorio con sus uñas brillantes y sonrió.

—Esto se está poniendo delicioso —dijo. Se incorporó, abrió la puerta del despacho y señaló el corredor lleno de vapores sulfurosos—. Sigue derecho —dijo a Braugh—. Luego coge el primero a la izquierda. Mantente en él y no puedes perderte.

—¿Volveré a verla? —le preguntó cuando partía.

—Me volverás a ver —rió Astarté.

Todo esto es demasiado ridículo, pensaba Braugh mientras avanzaba a través de la niebla amarilla. Has pasado un velo en busca de la Ciudadela de la Verdad. Has sido agasajado por cuatro hechiceros absurdos y una divinidad pelirroja. Luego sales por un corredor lleno de niebla, giras a la izquierda y sigues adelante en busca de una entrevista con el Conocedor de Todas las Cosas.

¿Y qué de mis ansias por lo inalcanzable? ¿Qué verdades se pueden extraer de todo este  asunto?  ¿Es  que  no  hay  solemnidad,  ni  dignidad,  ni  autoridad  que  se  pueda respetar? ¿Por qué toda esta mala comedia, esta payasada saturniana que invade todo el Infierno?

Giró a la izquierda en la esquina y se mantuvo en línea recta. El breve corredor acababa en un par de puertas de bayeta verde. Casi tímidamente, Braugh las abrió empujándolas y ante su gran sorpresa se encontró simplemente sobre un puente de piedra… casi como el Puente de los Suspiros, pensó. Tras él se encontraba la enorme fachada del edificio que acababa de dejar; una pared de bloques de azufre se extendía a izquierda y derecha y hacia arriba y abajo hasta perderse de vista. Ante él había un pequeñísimo edificio con forma de globo.

Caminó con rapidez a través del puente, pues las brumas que lo rodeaban lo hacían peligroso. Sólo hizo una pausa para reunir coraje ante el segundo par de puertas de bayeta, luego trató de aparentar un aire confiado y las empujó. No se llega, se dijo, ante Satán con indiferencia, pero hay tal cantidad de locura en el infierno que ésta se me ha pegado.

Era una habitación gigantesca, una especie de archivador, y una vez más Braugh se sintió aliviado de posponer un poco la pasmosa entrevista. El despacho era redondo como un planetario y estaba completamente lleno con una máquina sumadora tan vasta y enorme que Braugh no podía creer en sus ojos. Había cinco niveles de andamiajes ante el teclado y un pequeño oficinista apergaminado, que usaba espejuelos del tamaño de binoculares, corriendo de un lado a otro, subiendo y bajando, apretando teclas con velocidad lumínica.

Una excusa más para retrasar la amenazante entrevista con el Padre Satán. Braugh contempló al resollante  oficinista  trotar  ante  esos  teclados,  presionándolos  con  tanta rapidez que éstos repiqueteaban como cien motores fuera de borda. Este hombrecito, pensó Braugh, ha sido colocado a computar eternamente pecados totales y muertes totales, y toda suerte de estadísticas totales. El mismo parecía un total.

—¡Hola, allí! —dijo Braugh en voz alta.

—¿Qué sucede? —dijo el oficinista sin detenerse. Su voz era más apergaminada que su piel.

—Esas cifras no pueden esperar un instante, ¿no?

—Lo siento. No pueden.

—¡Quiere usted detenerse un momento! —gritó Braugh—. Quiero ver a su jefe.

El oficinista llegó a un punto muerto y se dio vuelta, quitándose los espejuelos binoculares muy lentamente.

—Gracias —dijo Braugh—. Mire, buen hombre, me gustaría ver a Su Majestad Negra, el Padre Satán. Astarté dijo…

—Ese soy yo —dijo el viejo hombrecito. Las palabras dejaron sin aliento a Braugh.

Por un breve instante una sonrisa flotó y se desvaneció por el rostro apergaminado.

—Sí, ese soy yo, hijo. Soy Satán.

Y a pesar de toda su vivida imaginación, Braugh tuvo que creer. Se desplomó en el peldaño más bajo de la escalera que conducía al andamiaje. Satán rió entre dientes suavemente y tocó una tecla de la gigantesca máquina de sumar. Hubo un ruido de engranajes y luego se escuchó que un mecanismo quedaba libre. La máquina comenzó a cloquear con suavidad mientras las teclas se movían de modo automático.

Su Majestad Diabólica bajó penosamente las escaleras y se sentó junto a Braugh. Extrajo  un  raído  pañuelo  de  seda  y  comenzó  a  limpiar  sus  gafas.  Era  tan  sólo  un agradable hombrecito sentado  amigablemente  junto  a  un  extraño,  dispuesto  para  un chismorreo en el portal trasero. Por último dijo:

—¿Qué tienes en mente, hijo?

—B-bien, su Alteza… —comenzó Braugh.

—Puedes llamarme Padre, hijo mío.

—Pero ¿debería? Quiero decir… —Braugh se interrumpió con embarazo.

—Bien,  adivino  que  estás  un  poco  preocupado  por  estos  negocios  del  cielo  y  el infierno, ¿eh?

Braugh asintió.

Satán suspiró y sacudió la cabeza.

—No sé qué decirte con respecto a esto —dijo—. El hecho es, hijo, que todo es lo mismo. Naturalmente, en algunos lugares dejo correr la idea de que hay dos lugares. Es una forma de mantener a algunos tipos en la raya. Pero la verdad es que eso no es real. Soy  todo  lo  que  existe,  hijo:  Dios  o  Satán  o  Siva  o  el  Coordinador  Oficial  de  la Naturaleza… como quieras llamarme.

Con una efusión de buenos sentimientos hacia ese hombrecito amigable, Braugh dijo:

—Puedo decirle que es usted un anciano agradable. Me sentiré feliz de llamarlo Padre.

—Bien, es una amabilidad de tu parte, hijo. Me agrada que lo sientas así. Debes comprender, por supuesto, que no podemos dejar que nadie me considere de esa forma. El poder infunde respeto. Pero tú eres diferente. Especial.

—Sí, señor. Gracias, señor.

—Tener eficiencia. ¡Tsk! Tenerlos asustados ahora y entonces. Tener respeto, comprendes. No se puede hacer cosas sin respeto.

—Lo comprendo, señor.

—Tener eficiencia. No se puede recorrer la vida todo el día, todo el año, toda la eternidad sin eficiencia. No puede haber eficiencia sin respeto..

—Absolutamente, señor —dijo Braugh, mientras algo inciertamente espantoso crecía dentro de él. Era un viejito amable, pero también era un viejo gárrulo y divagante. Su Satánica Majestad era un ser obtuso, ni siquiera tan lúcido como Christian Braugh.

—Lo que siempre digo —continuó el viejo, frotándose reflexivamente la rodilla— del amor y la reverencia y todo eso… es que puedes tenerlos. Son bonitos, pero de cualquier manera prefiero la eficiencia… al menos para un ser en mi posición. Entonces veamos, hijo, ¿qué tenías en mente?

Mediocridad, pensó Braugh con amargura.

—La verdad —dijo—, Padre Satán. Vine a buscarla. Quiero saber por qué estamos, por qué vivimos, por qué ansiamos. Quiero saber todo eso.

—Bien, ahora… —el viejito lanzó una risita—. Eso es casi una orden, hijo. Sí, señor, en verdad casi una orden.

—¿Puede decírmelo, Padre Satán?

—Un poco, Christian, sólo un poco. ¿Qué es lo que más quieres saber?

—Qué hay dentro de nosotros que busca lo inalcanzable. Qué son esas fuerzas que empujan y remolcan y sobrecargan en nuestros interior. Qué es este ego mío que no me deja descansar, que no busca reposo, que busca lo nuevo. ¿Qué es todo eso?

—Eso —dijo el Padre Satán, señalando su máquina sumadora— es ese aparato de allí. Lo hace todo.

—¿Eso?

—Eso.

—¿Lo hace todo?

—Todo lo que hago, y lo hago todo, está allí. —El viejo lanzó otra risita, luego se quitó los binoculares.— Eres un muchacho inusual, Christian. La primera persona que tiene la decencia de hacer una visita al Padre Satán… vivo, quiero decir. Te devolveré el favor. Aquí.

Sorprendido, Braugh aceptó los espejuelos.

—Póntelos —dijo el viejo—. Ve por ti mismo.

Y entonces la maravilla se combinó, pues en cuanto Braugh se deslizó los lentes sobre la nariz se encontró observando con los ojos del universo a todo el universo. Y el dispositivo de sumar ya no fue una máquina de sumar totales con adiciones y sustracciones; era un vasto y complejo madero de titiritero, del cual descendía un infinito número de rielantes filamentos de plata.

Y con ojos que todo lo veían, a través de los espejuelos de Padre Satán, Braugh vio cómo cada filamento estaba sujeto a la nuca de un ser, y cómo cada entidad viviente bailaba la danza de vida que la eficiente máquina de Satán le dictaba. Braugh trepó hasta el primer nivel de andamiaje y se estiró hacia la primera fila de teclas. Apretó una al azar y sobre un pálido planeta alguien padeció hambre y asesinó. Una segunda, y el ser sintió remordimiento. Una tercera, y lo olvidó. Una cuarta y, en otro continente lejano, otro alguien despertó cinco minutos más temprano y comenzó una cadena de acontecimientos que culminaron con el descubrimiento y doloroso castigo del asesino.

Braugh retrocedió, alejándose de la sumadora e hizo subir los lentes hasta las cejas. La máquina continuaba cloqueando. Casi ausente, casi sin sorpresa, advirtió que el meticuloso cronómetro que llenaba la parte superior de la cúpula había avanzando sus agujas un espacio que indicaba tres meses.

—Es una horrible respuesta, una cruel respuesta, y el Señor Cosa en el refugio tenía razón. La verdad es infernal. Somos títeres. Un poco mejor que las cosas muertas que cuelgan de una cuerda, simulando vida. Aquí arriba un viejo, amable pero no muy inteligente, aprieta unas pocas teclas y allí abajo nosotros lo consideramos libre elección, destino, karma, evolución, naturaleza, mil falsas cosas. Es un descubrimiento triste. ¿Por qué la verdad debe ser de tan mala calidad?

Miró hacia abajo. El viejo Padre Satán estaba aún sentado sobre los escalones, pero su cabeza se balanceaba un poco a un costado, los ojos semicerrados, y murmuraba inaudiblemente  acerca  de  su  trabajo  y  el  descanso,  quejándose  de  que  no  tenía suficiente.

—Padre Satán…

—¿Sí, hijo mío? —El viejo se despabiló un poco.

—¿Es verdad? ¿Todos danzamos para su teclado?

—Todos vosotros, hijo mío. Todos vosotros. —Bostezó prodigiosamente.— Todos pensáis que sois libres, Christian, pero todos danzáis con mi música.

—Entonces, Padre Satán, concédame una cosa… Una cosa muy pequeña. Hay, en un pequeño rincón de su imperio celestial, un planeta muy pequeño, una mota diminuta que nosotros llamamos Tierra.

—¿Tierra? ¿Tierra? No puedo decirlo así de improviso, hijo, pero puedo mirar si…

—No, no se moleste, señor. Está allí. Lo sé porque yo vengo de allí. Concédame este favor: rompa las cuerdas que la atan. Deje a la Tierra libre.

—Eres un buen muchacho, Christian, pero un muchacho tonto. Deberías saber que no puedo hacerlo.

—En todo vuestro reino —suplicó Braugh— hay tantas almas que son imposibles de contar. Hay demasiados soles y planetas que mensurar. Seguramente es una de estas diminutas motas de polvo… Usted que posee tanto seguramente puede dejar tan poco.

—No, muchacho, no puedo hacerlo. Lo siento.

—Usted que sólo conoce la libertad… ¿La negaría sólo a unos pocos? Pero el Coordinador de Todo dormitaba.

Braugh volvió a colocarse los lentes. Dejémoslo dormir, mientras Braugh, Satán pro tem, se hace cargo. Oh, seremos recompensados por esta frustración. Tendremos un tiempo vertiginoso para escribir novelas de carne y hueso. Y quizá, si podemos encontrar la cuerda colocada en mi cuello y buscar la llave, quizá podamos hacer algo para librar a Christian Braugh. Sí, aquí hay un desafío inalcanzable que debe ser alcanzado y conducido a nuevos desafíos.

Miró por encima de su hombro con sentimiento de culpa, para ver hasta qué punto el Padre Satán estaba al tanto de su intromisión. Debe haber un castigo consecuente. Mientras sus ojos recorrían la endeble figura del Regidor de Todo, se sintió anonadado, transfigurado. Le temblaron las manos, luego los brazos, y por último todo su cuerpo se sacudió incontrolablemente. Por primera vez en su vida se echó a reír. Era una risa genuina, no esa risa simbólica que frecuentemente se había visto obligado a falsificar en el pasado. Los accesos de carcajadas recorrieron toda la habitación en forma de cúpula y reverberaron.

El Padre Satán despertó con un respingo y gritó:

—¡Christian! ¿Qué sucede, muchacho?

¿Posas de frustración? ¿Risas de pena? ¿Risas de infierno o limbo? No podía decir lo que sintió cuando vio la hebra de plata que brotaba de la nuca de Satán y lo convertía, también a él, en un títere… un zarcillo que subía cada vez más hacia perdidas alturas, hacia alguna otra vasta máquina operada por alguna otra vasta marioneta oculta en los aún desconocidos límites del cosmos…

El bendito y desconocido cosmos. V

En el comienzo todo era oscuridad. No había ni tierra ni mar ni cielo ni estrellas circundantes. No había nada. Luego llegó Yaldabaoth y dividió la luz de la oscuridad. Y El recogió la oscuridad y con ella formó la noche y los cielos. Y El recogió la luz y dio forma al sol y las estrellas. Luego, de la carne de Su carne y de la sangre de Su sangre Yaldabaoth formó la tierra y todas las cosas sobre ella.

Pero los hijos de Yaldabaoth eran jóvenes e inexpertos e ignorantes, y la raza no dio su fruto. Y como todos los hijos de Yaldabaoth disminuyeron en número, suplicaron a su Señor: “¡Concédenos una señal, Gran Dios, para que podamos saber cómo crecer y multiplicarnos! ¡Concédenos una señal, Oh Señor, de modo que Tu buena y poderosa raza no perezca sobre Tu tierra!”

Y ¡ya! Yaldabaoth se apartó a Sí mismo del rostro de Su infortunado pueblo y ellos sintieron pena en el corazón y tristeza, pensando que su Señor los había abandonado. Y sus senderos fueron senderos del mal hasta que un profeta cuyo nombre era Maart surgió entre ellos. Luego Maart juntó los niños de Yaldabaoth alrededor de él y les habló, diciéndoles; “Malos son estos caminos, Oh pueblo de Yaldabaoth, para desconfiar de Dios. Pues El ha colocado un signo de fe sobre vosotros.

Entonces ellos le respondieron, diciéndole: ¿Dónde está ese signo?

Y Maart fue a las altas montañas y con él fueron un gran número de gentes. Nueve días y nueve noches hasta la cumbre del Monte Sinar. Y una vez en la cima del Monte Sinar todos fueron golpeados por la sorpresa y cayeron sobre sus rodillas, gritando: “¡Dios es grande! ¡Grandes son sus obras!”

Pues ¡ya! Ante ellos ardía una cortina de fuego. LIBRO DE MAART; XII: 29-37

¿Atravesar el velo hacia qué realidad? No tiene sentido tratar de tomar una decisión. No puedo. Dios sabe que esa ha sido la agonía de mi vida… tomar decisiones. ¡Cómo podría hacerlo cuando —cuando la nada me toca— nunca pude sentir nada! Coger esto o aquello. Beber café o té. Comprar la toga negra o la plateada. Casarme con Lord Buckley o vivir con Freddy Witherton. Dejar que Finchley me haga el amor o, dejar de posar para él. No… no tiene sentido siquiera intentarlo.

¡Cómo ardía el velo en el umbral! Como un arco iris moiré. Allí fue Sidra. Cruzó a través de él como si pensara que no había nada allí. No parecía que doliera. Eso es bueno. Dios sabe que puedo soportar todo excepto el dolor. Sólo quedábamos Bob y yo… y él no parecía tener prisa. No, es Chris el destino oculto en el gabinete del órgano. Es mi turno ahora, supongo. Desearía que no lo fuera, pero no puedo permanecer aquí para siempre.

¿Dónde ir?

¿Hacia ninguna parte?

Sí, eso es. Ninguna parte.

En este mundo que dejo no había ningún lugar para mí; mi yo real. El mundo no quería nada de mí salvo mi belleza; nada de lo que estaba dentro mío. Quiero ser útil. Quiero ser aceptada. Quizá si fuera aceptada… si vivir tuviera algún sentido para mí, esta barra de hielo en mi corazón se derruiría. Si pudiera aprender a hacer cosas, sentir cosas, gozar cosas. Aún aprender a caer en el amor.

Sí, voy a ir a ninguna parte.

Dejad que la nueva realidad me necesite, me quiera, pueda usarme… Dejad que esa realidad hágala elección y me llame. Pues si debo elegir, sé que elegiré un lugar equivocado una vez más. Y si no se me necesita en ninguna parte, si voy a través de fuego para errar eternamente en el espacio oscuro… a pesar de todo estaré mejor fuera.

¿Qué otra cosa he hecho en toda mi vida?

¡Tomadme, vosotros que me queréis y necesitad!

Qué frío es el velo… como un rocío perfumado sobre la piel.

Y entonces mientras la multitud se arrodillaba y elevaba sus oraciones, Maart gritó con voz tonante: “Alzaos, hijos de Yaldabaoth, y contemplad!”

Entonces se alzaron y enmudecieron y temblaron. Pues a través de la cortina de fuego surgió una bestia que hizo estremecer los corazones de todos. Se alzaba hasta una altura de ocho codos y su piel era rosada y blanca. El pelaje de su cabeza era amarillo y su cuerpo era largo y curvado como un árbol enfermo. Y estaba toda cubierta con pliegues sueltos de blanca piel.

LIBRO DE MAART; XIII: 38-39

¡Dios de los Cielos!

¿Esta es la realidad que me llama? ¿Esta es la realidad que me necesita?

Ese sol… tan alto… con su diabólico ojo blanquiazul, como ese artista italiano… Cumbres de montaña. Parecen montones de fango y basura… Los valles de allí abajo… heridas supurantes. El olor del cuarto de enfermo. Todo podrido y arruinado.

Y estas abominables criaturas pupulando alrededor… como simios hechos de carbón. No animales. No humanos. Pensar en hombres hechos bestias no se ajusta demasiado… o bestias hechas hombres es aún peor. Tienen un aire familiar. El panorama parece familiar. En algún lado he visto todo esto antes. De algún modo he estado aquí antes. En sueños de muerte, quizá… quizá.

Esta es una realidad de muerte, y ¿me desean? ¿Me necesitan?

La multitud gritó de nuevo: “¡Gloria sea a Yaldabaoth!” y ante el sonido del nombre sagrado la bestia tornó hacia la cortina de fuego de donde había salido, y ¡contemplad! la cortina había desaparecido.

LIBRO DE MAART; XIII: 40

¿No hay retorno?

¿No hay forma de escapar?

¿De retornar a la salud?

Pero estaba tras de mí hace un momento, el velo. Sin escape. Escuchad los sonidos que emiten. Los gruñidos del cerdo. ¿Creerán que me están adorando? Esto no puede ser real. No hay realidad que pueda ser tan horrenda. Un truco sucio… como ese que le jugamos a Lady Sutton. Ahora estoy en el refugio. Bob Peel está interpretando un nuevo truco y nos ha dado algún nuevo tipo de droga. Secretamente. Estoy echada en el diván, soñando y gimiendo. Despertaré pronto.

O el fiel Dig me despertará… antes de que estos esperpentos vengan más cerca.

¡Debo despertar!

Con un fuerte alarido, la bestia del fuego corrió a través de las multitudes. A través de toda la multitud corrió y atronó cuesta abajo. Y los sonidos chillones de sus aullidos agregaban miedo al miedo provocado por el sonido golpeteante de sus caparazones de bronce.

Y mientras cruzaba bajo las bajas ramas de los árboles de la montaña, los hijos de Yaldabaoth gritaron nuevamente con alarma, pues la bestia dejaba caer su blanco pelaje de una manera horrible de contemplar. Y la piel permanecía colgando de los árboles. Y la bestia corría más ligero, una abominable advertencia rosa y blanca para todos los transgresores.

LIBRO DE MAART; XIII: 41-43

¡Rápido! ¡Rápido! Correr a través de ellos antes de que me toquen con sus sucias manos. Esto es una pesadilla, corriendo me despertaré. Si esto es real… pero no puede serlo. ¡Que algo tan cruel me suceda a mí! No. ¿Estarán los dioses celosos de mi belleza? No. Los dioses nunca están celosos. Son los hombres.

Mi vestimenta… Perdida.

No hay tiempo de volver por ella. Corre desnuda, entonces. Escúchalos aullar tras de mí… braman por mí. ¡Abajo! ¡Abajo! Rápido y abajo de la montaña. Esta tierra putrefacta. Succionante. Pegajosa.

¡Oh, Dios! Me siguen. No para adorarme.

¿Por qué no puedo despertar? Mi aliento… como cuchillos.

Cerca. Los escucho. ¡Cada vez más cerca!

¿POR QUE NO PUEDO DESPERTAR?

Y Maart exclamó en voz alta: “¡Atrapemos a esa bestia para ofrendarla a nuestro Señor Yaldabaoth!”

Entonces la multitud sintió aumentar su valor y ciñeron sus ijares. Con palos y piedras todos persiguieron a la bestia por las pendientes del Monte Sinar, muchos con el temor a flor de piel, pero todos entonando el nombre del Señor.

Y de pronto una hábil piedra arrojada hizo caer a la bestia sobre sus rodillas, aún aullando de forma horrible de oír. Luego los bravos guerreros la derribaron con fuertes palos hasta que por último sus gritos cesaron y la bestia quedó inmóvil. Y del fétido cuerpo surgió una roja agua venenosa que hizo descomponer a todo aquel que la contempló.

Pero cuando la bestia fue conducida al Gran Templo de Yaldabaoth y colocada en una jaula ante el altar, sus gritos una vez más resonaron, profanando las sagradas paredes. Y entonces el Gran Sacerdote se sintió turbado, y dijo: “¿Qué demoniaca ofrenda es ésta para colocarla ante Yaldabaoth, Señor de los Dioses?”

LIBRO DE MAART: XIII: 44-47

Dolor.

Quemaduras y escaldaduras. No puedo moverme.

Ningún sueño es tan largo… tan real. ¿Es esto entonces real? Real. ¿Y yo? Real también. Una extraña en una realidad de suciedad y tortura. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Siento la cabeza hecha un lío. Confundida. Revuelta.

Esto es tortura, y en algún lado… en algún lugar… He oído de este mundo antes. Tortura. Tiene un sonido placentero. ¿Tormento? No, tortura es mejor. El sonido de un madrigal. El nombre de una nave. El título de un príncipe. Príncipe Tortura. ¿Príncipe Tormento? La Belleza y el Príncipe.

Tan confusa mi cabeza. Grandes luces y sonidos ciegos que van y vienen sin sentido. Una vez en que la belleza torturó a un hombre… Dicen. Se dice.

¿Cuál era su nombre?

¿Príncipe Tormento? No. Finchley. Sí. Digby Finchley.

Digby Finchley, decían —se decía— amaba a una diosa de hielo llamada Theone Dubedat.

La diosa de hielo rosado.

¿Dónde está ella ahora?

Y mientras la bestia lanzaba gemidos amenazantes sobre el altar, el Sanedrín de Sacerdotes formó concilio, y al concilio llegó Maart, diciendo: “Oh vosotros, sacerdotes de Yaldabaoth, elevad vuestras voces en alabanza a nuestro Señor, pues El estaba enojado y había alejado su rostro de nosotros. Y ¡ya! Un sacrificio nos ha sido concedido de modo que podamos agradecer a El y hacer nuestras paces con El.”

Luego habló el Gran Sacerdote, diciendo: “¿Por qué ahora, Maart? ¿Podemos decir que éste es un sacrificio para nuestro Señor?”

Y Maart habló: “Si. Porque ésta es la bestia de fuego y a través del fuego sagrado de Yaldabaoth retornará por donde vino.”

Y el Gran Sacerdote preguntó: “¿Es esta ofrenda parecida al signo del Señor?” Entonces Maart respondió: “Todas las cosas proceden de Yaldabaoth. Por lo tanto todas las cosas parecen su signo. Tal vez a través de esta ofrenda Yaldabaoth nos entregue un signo de que Su pueblo no se desvanecerá de la tierra. Dejemos que la bestia sea ofrecida.

Entonces el Sanedrín estuvo de acuerdo, pues los sacerdotes temían dolorosamente que no hubiera más hijos del Señor.

LIBRO DE MAART; XIII: 48-52

Ved cómo los ridículos monos danzan. Danzan alrededor y alrededor y alrededor. Y gruñen.

Casi como si hablaran. Casi como…

Debo detener el canto en mi cabeza. El rin tin tin. Como los días en los cuales Dig trabajaba duro y yo debía adoptar esas poses de espalda quebrada y sostenerla hora tras hora con sólo cinco minutos de descanso cada tanto y yo me sentía mareada y caía del estrado y Dig arrojaba su paleta y venía corriendo con sus grandes y solemnes ojos dispuestos a llorar.

Los hombres no deberían llorar, pero sé que era porque él me amaba y yo quería amarlo a él o a alguien, pero entonces no tenía necesidad. No necesitaba nada, salvo encontrarme a mí misma. Esa es la caza del tesoro. Y ahora me he encontrado. Esto soy yo. Ahora tengo una necesidad y un ansia y una profunda soledad interior por Dig y sus grandes y solemnes ojos. Verlo todo ojos y miedo en los tímidos conjuros y danzando alrededor de mí con una taza de té.

Danzando. Danzando. Danzando.

Y golpeando sus pechos y gruñendo y golpeando.

Y cuando vociferan con la saliva babeante brillando sobre sus colmillos amarillos. Y esos siete con jirones de tela podrida sobre el pecho, marchando casi con altivez, casi como humanos.

Observad cómo danzan los ridículos monos.

Danzan alrededor y alrededor y alrededor y alrededor y…

Y sucedió que cuando transcurrió la gran festividad de Yaldabaoth era de noche. Y fue en ese día que el Sanedrín abrió los portales del templo y las muchedumbres de hijos de Yaldabaoth entraron. Luego hicieron que los sacerdotes quitaran a la bestia de la jaula y la arrastraran hasta el altar. Cada uno de los cuatro sacerdotes sostenía de un miembro a la bestia y la colocaron sobre el altar de piedra, y la bestia emitía malévolos y blasfemos sonidos.

Luego exclamó el profeta Maart: “Hagamos jirones de este ser, de modo que la hediondez de su malévola muerte pueda elevarse y complacer el olfato de Yaldabaoth.”

Y  los  cuatro  sacerdotes,  fuertes  y  sagrados,  colocaron  rudas  manos  sobre  los miembros  de  la  bestia  de  modo  que  sus  sacudimientos  eran  sorprendentes  de contemplar, y la luz de la maldad de sus abominaciones ocultas llenó de terror a todos.

Y cuando Maart encendió el fuego del altar, un gran temblor sacudió el firmamento. LIBRO DE MAART; XIII: 55-59

¡Digby, ven a mí!

¡Digby, dondequiera que estés, ven a mí! Digby, te necesito.

Soy Theone. Theone.

Tu diosa de hielo.

Ya no más frígida, Digby.

Las ruedas giran más y más y más rápido.

Y mi cabeza cada vez más y más y más rápido… Digby, ven a mí.

Te necesito. Príncipe Tormento. Tortura.

Entonces las bóvedas del templo se abrieron en dos con un tronante rugido, y todos los allí reunidos fueron iguales en el miedo, y sus entrañas fueron como agua. Y todos contemplaron al divino Señor, Yaldabaoth, descender desde los oscuros cielos hacia el templo. Si, hasta el mismo altar.

Y por espacio de una eternidad el Señor Dios Yaldabaoth contempló fijamente a la bestia de fuego, y su sacrificada se retorcía y maldecía presa de los impolutos sacerdotes.

LIBRO DE MAART; XIII: 59-60

Es el horror final… la tortura final.

Este monstruo que baja flotando desde los cielos. Simio-Hombre-Bestia-Horror.

Es la broma final eso que baja del cielo, algo velludo, sedoso, peludo; algo luminoso y gozoso. Un monstruo en alas de luz. Un monstruo con piernas y brazos retorcidos y cuerpo repulsivo. La cabeza de un Hombre-Simio… retorcida y quebrada, aplastada y arruinada, con esos grandes, vidriosos y fijos ojos.

¿Ojos? ¿Dónde he visto…?

¡ESOS OJOS!

Esto no es locura. No. No es el rin tin tin. No. Conozco esos ojos… esos grandes y solemnes ojos. Los he visto antes. Hace muchos años. Hace minutos. ¿Enjaulados en un zoológico?

No. ¿Ojos de pez flotando en un tanque? No. Grandes y solemnes ojos llenos de amor desesperado y adoración.

No… Dejadme equivocar.

Esos grandes y solemnes ojos de él dispuestos a llorar. Llorar, pero los hombres no lloran.

No, no Digby. No puede ser. ¡Por favor!

Es allí donde he visto este lugar antes, donde he visto estos hombres-animales y este panorama infernal: en los dibujos de Digby. Esas monstruosas obras que dibujaba. Por gracia, decía, por diversión. ¡Diversión!

¿Pero por qué parecía gustarle esto? ¿Por qué es él tan abominable y horrible como los otros… como sus cuadros?

¿Es ésta tu realidad, Digby? ¿Tú me llamaste? ¿Tú me necesitabas, me querías?

¡Digby! Dig. Dig y Dig, rueda y rueda la rueda, que canta un…

¿Por qué no me escuchas? ¿Me oyes? ¿Por qué me miras de esa forma, como algo loco, cuando hace sólo un minuto estabas caminando de un lado a otro del refugio tratando de aclarar tu mente y fuiste el primero en pasar a través del velo ardiente y yo te admiré porque los hombres deberían ser siempre tan valientes no monstruosos hombres- simios…

Y con una voz que hacía añicos las montañas, el Señor Yaldabaoth habló a su pueblo, diciéndole: “¡Ahora alabad al Señor, hijos míos, pues alguien ha sido enviado a vosotros que será reina y consorte de Dios.”

Y con una sola voz, la muchedumbre exclamó: “Te alabamos oh Señor Yaldabaoth.”

Y Maart hizo penitencia ante el Señor y suplicó: “Una señal para Tus hijos del Señor

Dios, de modo que ellos puedan crecer y multiplicarse. ”

Entonces el Señor Dios estiró su mano hasta la bestia y la tocó, quitándola del altar de fuego y de las manos de los impolutos sacerdotes, y ¡contemplad! El demonio gritó por última vez y huyó del cuerpo de la bestia, dejando en su lugar sólo una suave melodía. Y el Señor habló a Maart, diciendo: “Os daré una señal.”

LIBRO DE MAART; XIII: 60-63

I

Dejadme morir.

Dejadme morir para siempre.

No dejéis que vea o escuche o sienta el…

¿El?

¿Qué?

Los bonitos monos danzan alrededor y alrededor y alrededor de forma tan bonita tan hermosa tan buena todo tan. bonito y hermoso y bueno mientras los grandes y solemnes ojos contemplan mi alma y querido Dig y Dig me tocas con manos tan extrañamente cambiadas tan bonitamente hermosamente cambiadas por la trementina quizás o el ocre o verde bilis u ocre encendido o sepia o amarillo cromo que siempre, parecían decorar sus dedos cada vez que dejaba caer la paleta y venía hacia mí cuando yo…

El amor lo cambia todo. Sí. Qué bueno es ser amada por el querido Digby. Qué cálido y qué confortante es ser amada y ser necesitada y querida una entre todas las millones y encontrarlo tan extrañamente hermoso caminando solemnemente flotando descendiendo en una realidad como la del Castillo Sutton cuando el refugio no puedo ver nada y se que los cerros corren bajo de mí con bonitos monos riendo y dando cabriolas y adorando tan gracioso tan gracioso tan hermoso tan bueno tan bonito tan gracioso tan…

Entonces los hijos de Yaldabaoth cogieron el signo del Señor en sus corazones y ¡alas! Desde entonces crecieron y se multiplicaron ante el ejemplo de su Señor Dios y Su Consorte en lo alto.

Así finaliza el LIBRO DE MAART VI

Y en el momento en que entró en el velo ardiente, Robert Peel se detuvo asombrado. Todavía no había aclarado sus pensamientos. Para él, un hombre de objetividad y lógica, ésta era una experiencia sorprendente. Era la primera vez en su vida que no había tomado  una  decisión  fulmínea.  Era  la  prueba  de  cuan  profundamente  lo  había conmocionado la Cosa en el refugio.

Se quedó donde estaba, inmerso en la niebla de fuego que titilaba como ópalo y era mucho más espesa que cualquier velo. Lo rodeaba y aislaba, pues seguramente debió haber visto a los otros pasando a través, pero allí no había nadie. No era hermoso para Peel, pero era interesante. La dispersión de color era amplia, advirtió, y abarcaba cientos de finas gradaciones del espectro visible.

Peel hizo su composición. Con la poca información que tenía a mano, juzgó que estaba de pie en algún lado fuera del tiempo y el espacio o entre dimensiones. Evidentemente la Cosa en el refugio los había colocado en rapport con la matriz de existencia, de modo tal que cuando entraran en el velo pudieran gobernar la dirección que cogieran en una emergencia. El velo era más o menos un pivot sobre el cual podían girar hacia cualquier existencia deseada en cualquier espacio y cualquier tiempo; lo que conducía a Peel a la cuestión de su propia elección.

Cuidadosamente consideró, pesó y balanceó lo que él ya poseía con lo que podría recibir. Estaba muy satisfecho con su vida. Tenía mucho dinero, una profesión respetable como ingeniero consejero, una espléndida casa en Chelsea Square, una atractiva y estimulante esposa. Dejar todo en aras de las promesas no especificadas de un donante no identificado sería una idiotez. Peel había aprendido a no hacer nunca un cambio sin buenas y suficientes razones.

“No soy de naturaleza aventurera —pensó Peel con frialdad—. No es mi costumbre ser así. Lo novelesco no me atrae y desconfío de lo desconocido. Me gustaría mantener lo que tengo. El sentido adquisitivo es muy fuerte en mí, y no estoy avergonzado de ser un hombre posesivo. Ahora quiero conservar lo que tengo. Sin cambios. No puede haber otra decisión para mí. Dejemos que los otros tengan su aventura; mantendré mi mundo precisamente como es. Repito: sin cambios.”

La decisión le había llevado todo un minuto, un tiempo inusualmente largo para un ingeniero,  pero  esta  era  una  situación  inusual.  Dio  una  zancada  hacia  adelante,  un preciso, franco, preciso martinete, y emergió en el corredor de mazmorra del Castillo Sutton.

A unos pocos pasos del corredor, una pequeña criada de cocina vestida de azul y gris se deslizaba directamente hacia él, una bandeja en las manos. Había una botella de cerveza y un enorme bocadillo en la bandeja.

Al oír los pasos de Peel, la mujer levantó los ojos, se detuvo con brusquedad y luego arrojó la bandeja por el suelo.

—¿Qué demonios…? —Peel se sintió confundido por la reacción de ella.

—¡S…señor Peel! —masculló. Luego comenzó a gritar—: ¡Ayuda! ¡Asesino! ¡Ayuda! Peel le pegó una bofetada.

—¿Quiere cerrar la boca y explicarme qué diablos hace aquí abajo a esta hora de la noche?

La joven gimió y farfulló. Antes de que él pudiera volver a abofetear a la joven histérica, sintió una pesada mano sobre el hombro. Se dio vuelta y se sintió más confundido cuando se encontró de frente con el rostro rojo y rollizo de un policía. Había una expresión anhelante en esa cara. Peel tragó saliva, luego se serenó. Se dio cuenta de que estaba en el vórtice de un fenómeno desconocido. No tenía sentido esforzarse hasta conocer los hechos.

—Bien, señorr —dijo el policía—. No vuelva a golpearr a la chica, señorr.

Peel no respondió. Necesitaba más hechos. Una sirvienta y un policía. ¿Qué estaban haciendo allí? El hombre había llegado desde atrás de él. ¿Habría llegado a través del velo? Pero allí no había velo ardiente; tan sólo la pesada puerta del refugio.

—Si he escuchado bien, señorr, la chica lo ha llamado por su nombrre. ¿Podría repetírrmelo?

—Soy Robert Peel. Un invitado de Lady Sutton. ¿Qué significa todo esto?

—Señorr Peel —exclamó el policía—. Esto sí que es una suerrte. Me ganarré un ascenso. Lo cojo bajo custodia, señorr Peel. Está usted bajo arresto.

—¿Arrestado? Usted está loco, hombre —Peel dio un paso atrás y miró sobre el hombro del policía. La puerta del refugio estaba medio abierta, lo suficiente para que realizara una inspección rápida. Toda la habitación estaba dada vuelta, como si estuviera sufriendo la limpieza de primavera. No había nadie dentro.

—Debo rogarrle que no se resista, señorr Peel. La joven lanzó un sollozo.

—Veamos —dijo Peel con enojo—. ¿Con qué derecho entra usted en una propiedad privada pavoneándose por realizar arrestos? ¿Quién es usted?

—Me llamo Jenkins, señorr. Policía del Condado de Sutton. Y no estoy pavoneándome, señorr.

—¿Entonces habla en serio?

El policía señaló majestuosamente corredor arriba.

—Adelante, señorr. Le ruego que lo haga con rapidez.

—¡Respóndame, idiota! ¿Es un arresto auténtico?

—Usted deberría saberrlo —respondió el policía con tono ominoso—. Venga conmigo, señor.

Peel se rindió y obedeció. Hacía mucho que había aprendido que cuando uno se enfrenta con una situación incomprensible, es tonto tomar una decisión sin esperar a tener la suficiente información. Precedió al policía por los corredores y las retorcidas escaleras, seguidos por la lloriqueante sirvienta de cocina. Todo lo que conocía eran dos cosas. Una: algo, en algún lado, había sucedido. Dos: la policía había intervenido. Todo era confuso, por decir algo, pero él mantendría la cabeza. Se preciaba de no haberla perdido nunca.

Cuando emergieron de los sótanos, Peel recibió otra sorpresa. La luz del sol brillaba afuera. Observó su reloj. Las, doce y cuarenta de la noche. Dejó caer su muñeca y parpadeó; la inesperada luz lo molestó un poco. El policía le tocó; el brazo y lo dirigió hacia la biblioteca. Peel fue de inmediato a las puertas corredizas y las abrió.

La  biblioteca  era  alta,  larga  y  sombría,  con  una  estrecha  galería  que  recorría  su contorno justo debajo del cielorraso gótico. Había una gran mesa de caballete centrada en la habitación y en su extremo opuesto había tres figuras sentadas, las siluetas delineadas por la luz del sol que penetraba por una ventana baja. Peel entró, echó un vistazo a un segundo policía de guardia junto a las puertas,  luego entrecerró los ojos y trató de distinguir los rostros.

Mientras observaba, un murmullo de exclamaciones y sorpresa lo recibió. Hizo este juicio: uno, la gente lo había estado buscando; dos, había estado desaparecido por algún tiempo; tres, nadie esperaba encontrarlo aquí, en el Castillo Sutton. Nota: ¿de dónde volvía él en realidad? Todo esto reconstituido por las voces de sorpresa. Luego sus ojos se acomodaron a la luz.

Uno de los tres era un hombre anguloso con una estrecha cabeza gris y facciones cubiertas de arrugas. Le pareció familiar. El segundo era pequeño y vigoroso, con lentes ridículamente frágiles montados sobre una nariz bulbosa. El tercero era una mujer, y otra vez Peel se sintió sorprendido al ver que era su esposa. Sidra usaba un vestido de tela escocesa y un sombrero de fieltro carmesí. El hombre anguloso tranquilizó a los otros y dijo:

—¿Señor Peel?

Peel avanzó con rapidez.

—Soy el inspector Ross.

—Creí reconocerlo, inspector. Nos hemos encontrado antes, ¿no es así?

—Así es —asintió Ross cortésmente, luego indicó al hombre vigoroso—: El doctor Richards.

—¿Cómo está usted, doctor? —Peel se volvió hacia su esposa y se inclinó, sonriendo.— ¿Sidra? ¿Cómo estás, querida?

—Bien, Robert —dijo ella con tono seco.

—Temo estar un poco confundido por todo esto — continuó Peel afable—. Parece que sucede algo, o ha sucedido.

Suficiente. Había dicho lo suficiente. Precaución. No comprometerse en nada hasta saber.

—Así es; sucede —dijo Ross.

—Antes de continuar, ¿puedo pedirles la hora? Ross fue tomado por sorpresa.

—Las dos.

—Gracias. —Peel acercó su reloj al oído, luego ajustó las agujas.— Mi reloj parece estar funcionando, pero de cualquier manera ha perdido algunas horas.— Examinó sus expresiones furtivamente. Debería navegar con exquisito cuidado, dada la expresión de sus semblantes. Luego advirtió el calendario de escritorio que se encontraba ante Ross, y fue como un puñetazo en los riñones.— ¿Es esa fecha correcta, inspector?

—Por supuesto, señor Peel. Domingo veintitrés.

Su mente exclamó: ¡Tres días! ¡Imposible! Peel controló su shock. Tranquilo… tranquilo… de acuerdo. En algún lado había perdido tres días; pues había entrado en el velo ardiente el jueves, treinta y ocho minutos después de medianoche. Sí. Pero mantente frío. Hay algo más que tres días perdidos. Debe haberlo, de otro modo ¿para qué la policía? Esperar por más información.

—Lo hemos estado buscando estos últimos tres días, señor Peel —dijo Ross—. Desapareció súbitamente. Estamos bastante sorprendidos de encontrarlo de regreso en el castillo? — ¿Eh? ¿Por qué? —Sí, ¿por qué demonios? ¿Qué sucedió? ¿Por qué Sidra me contempla con esa furia vengativa? —Porque, señor Peel, se le acusa del homicidio intencional de Lady Sutton.

¡Shock! ¡Shock! ¡Shock! Lo estaban despellejando, uno tras otro, y aún Peel se mantenía controlado. La información era explícita ahora. Había vacilado en el velo al menos unos minutos, y esos minutos en el limbo eran tres días en el espacio tiempo. Lady Sutton debió haber sido encontrada muerta y él acusado del asesinato. Sabía que él era un rival para cualquiera, como hombre lógico y pensante… un hombre astuto… pero sabía que tendría que andarse con cuidado.

—No lo comprendo, inspector. ¿Puede usted explicarse mejor?

—Muy bien. La muerte de Lady Sutton fue informada en la mañana del viernes. El examen médico probó que ella murió por fallo cardíaco, como resultado de una impresión. La evidencia de los testigos reveló que usted la había asustado deliberadamente con completo conocimiento de su debilidad cardíaca, con intención de matarla. Eso es homicidio, señor Peel.

—Por cierto —dijo Peel fríamente—. Si usted puede probarlo. ¿Puedo preguntarle la identidad de sus testigos?

—Digby Finchley, Christian Braugh, Theone Dubedat y… —Ross se interrumpió, tosió y dejó el papel a un lado.

—Y Sidra Peel —finalizó Peel con sequedad. Otra vez se encontró con la venenosa mirada de su esposa. Por último había comprendido todo. Se habían puesto nerviosos y lo habían elegido como chivo expiatorio. Sidra se quería librar de él; su gozosa venganza. Antes de que Ross o Richards pudieran intervenir, apresó a Sidra por el brazo y la arrastró hasta una esquina de la biblioteca.

—No se alarme, Ross. Sólo quiero unas palabras a solas con mi esposa. No habrá violencia, se lo aseguro.

Sidra liberó su brazo de un tirón y contempló a Peel, sus labios contraídos, revelando el blanco filo de sus dientes.

—Tú arreglaste esto —dijo Peel rápidamente.

—No sé de qué hablas. —Fue idea tuya, Sidra. —Fue tu asesinato, Robert.

—Y tu testimonio.

—Nuestro. Somos cuatro contra uno.

—¿Todo cuidadosamente planeado, no?

—Braugh es un buen escritor.

—Y yo cargo con el asesinato por vuestros testimonios. Te quedarás con la casa, mi fortuna y te librarás de mí.

Ella sonrió como un gato.

—¿Y ésta es la realidad que pediste? ¿Esto es lo que planeaste mientras atravesabas el velo ardiente?

—¿Qué velo?

—Sabes a qué me refiero.

—Estás loco.

Ella estaba genuinamente perpleja. El pensó: por supuesto, yo quería mi viejo mundo tal cual era. Eso excluiría la misteriosa Cosa del refugio y el velo a través del cual pasamos. Pero no excluye el asesinato que sucedió antes, no que sucedió después.

—No, Sidra, no estoy loco —dijo—. Simplemente rehuso ser tu chivo expiatorio. No te dejaré salir con la tuya.

—¿No? —Ella se dio vuelta y llamó a Ross.— Quiere sobornar a los testigos. — Caminó hacia su silla.— Tengo que ofrecer a cada uno de ellos diez mil libras.

Así que era una batalla a muerte. Su mente trabajó con rapidez. La mejor defensa era un ataque y el momento era ése.

—Miente, inspector. Todos están mintiendo. Acuso a Braugh, Finchley y a la señorita Dubedat, y a mi esposa, del homicidio intencional de Lady Sutton.

—¡No le creáis! —gritó Sidra—. Está intentando encontrar una forma de acusarnos. El…

Peel la dejó gritar, agradecido de disponer de más tiempo para modelar sus mentiras. Debían ser convincentes. Sin flaquezas. La verdad era imposible. En este nuevo viejo mundo de él, la Cosa y el velo no existían.

—El asesinato de Lady Sutton fue planeado y ejecutado por estas cuatro personas — continuó Peel llanamente —. Fui el único miembro del grupo en objetar. Usted estará de acuerdo, inspector Ross, que es mucho- más lógico que cuatro personas cometan un crimen contra el deseo de uno, que uno contra el de cuatro. Y el testimonio de cuatro testigos que el de uno. ¿Está de acuerdo?

Ross asintió lentamente, fascinado por las detalladas razones de Peel. Sidra golpeó sobre su hombro y gritó:

—Está mintiendo, inspector. ¿No lo advierte? Si está diciendo la verdad, pregúntele por qué huyó. Pregúntele dónde estuvo estos tres días.

Ross trató de calmarla.

—Por favor, señora Peel. Todo lo que hago es recibir sus declaraciones. No creo ni descreo en nadie aún. ¿Desea decir algo más, señor Peel?

—Gracias. Sí. Nosotros seis habíamos realizado muchas bromas absurdas, algunas veces virtualmente peligrosas en el pasado, pero el asesinato por cualquier razón es algo más allá de cualquier criterio y tolerancia. El jueves a la noche los cuatro advirtieron que yo podría avisar a Lady Sutton. Es evidente que estaban preparados para esto. Mi vino fue drogado. Tengo un vago recuerdo de haber sido levantado y transportado por dos hombres y… eso es todo lo que sé del asesinato.

Ross asintió otra vez. El doctor se inclinó sobre él y le susurró algo.

—Sí, sí. Las pruebas vendrán más tarde. Por favor, continúe, señor Peel.

Hasta ahora vamos bien, pensó Peel. Ahora, un poco de color para alisar los bordes rugosos.

—Desperté en una completa oscuridad. No oía ruidos; nada salvo el tic-tac de mi reloj. Estas paredes de calabozo tienen entre diez y quince pies de grosor, de modo que me era imposible oír nada. Cuando me incorporé y tanteé alrededor, me pareció estar en una pequeña cavidad que medía… oh… dos trancos largos por tres.

—¿Eso serían unos dos metros por tres, señor Peel?

—Aproximadamente. Me di cuenta que debía estar en alguna celda secreta conocida por los hombres de la pandilla. Después de una hora de gritar y golpear las paredes, un golpe accidental debe haber dado en el resorte o palanca adecuados. Una sección de la gruesa pared se abrió y me encontré en el corredor donde…

—¡Está mintiendo, mintiendo, mintiendo! —gritó Sidra. Peel la ignoró.

—Esa es mi declaración, inspector.

Y la mantendré, pensó. El Castillo Sutton era conocido por sus pasajes secretos. Sus ropas estaban aún ajadas y desgarradas por el vestuario que él se había dado para representar al demonio. No había tests conocidos que mostraran si había estado drogado o no los tres días previos. Su barba y bigote eliminarían el problema de la afeitada. Sí, podía estar orgulloso de una excelente historia; improbable pero sostenida con fuerza por los cuatro-contra-la-lógica.

—Notamos que usted proclama su no culpabilidad, señor Peel —dijo Ross con lentitud—, y tomamos nota de su declaración y acusación. Le confieso que sus tres días de desaparición me parecían incriminatorios, pero ahora… —hizo una profunda inspiración— ahora, si podemos localizar esa celda donde usted estuvo confinado…

Peel estaba preparado para esto.

—Usted puede o no puede hacerlo, inspector. Soy ingeniero, ya lo sabe. La única manera que tenemos de localizar esa celda es dinamitar la piedra, que podría hacer desaparecer todas las huellas.

—Tendremos que recurrir a ese método, señor Peel.

—Quizá no sea necesario recurrir a ese método — dijo el pequeño y rechoncho doctor. Los otros lanzaron una exclamación. Peel echó una aguda mirada al hombrecillo. La

experiencia le había enseñado que los gordos eran siempre peligrosos. Cada nervio se puso en garde.

—Era un relato perfecto, señor Peel —dijo el gordezuelo doctor con placer. Muy entretenido. Pero realmente, mi querido señor, para ser usted un ingeniero ha cometido un mal traspié.

—¿Quiere usted decirme sobre qué basa eso?

—Vamos por partes. Cuando usted despertó en su celda secreta, dijo que se encontraba en completa oscuridad y silencio. Las paredes de piedra eran tan gruesas que todo lo que podía oír era el tic-tac de su reloj.

—Y así fue.

—Muy colorido —sonrió el doctor—, pero, bueno, una prueba de que usted está mintiendo. Se despertó tres días después. Seguramente se da cuenta que no hay reloj que funcione setenta horas sin necesitar cuerda.

¡Tenía razón, por Dios! advirtió Peel de inmediato. Había cometido un gran error… imperdonable para un ingeniero… y no había posibilidad de retroceder para hacer alteraciones y revisiones. Toda la mentira dependía de la trama completa. Desgarrar una sola hebra significaba destejer toda la trama. ¡El gordo doctor tenía razón, maldito sea! Peel estaba atrapado.

Una mirada a la triunfante expresión de Sidra fue suficiente para él. Decidió que tendría que cortar su derrota con rapidez. Se levantó de la silla, sonriendo con admitida derrota. Peel, el galante perdedor. Abruptamente se arrojó entre ellos como una tromba, cruzó los brazos ante su rostro, las manos sobre los oídos, y se zambulló a través de los paneles de cristal de la ventana.

Fragmentos de cristal y gritos tras él. Peel flexionó sus piernas mientras caía sobre la blanda tierra del jardín, y aterrizó con una fuerte sacudida. La soportó bien, y pronto estuvo sobre sus pies y corriendo hacia la parte trasera del castillo donde estaban los coches aparcados. Cinco segundos más tarde saltaba dentro del dos plazas de Sidra. Diez segundos más tarde salía a toda velocidad a través de los abiertos portales de hierro en dirección al camino que se encontraba más allá.

Aún en medio de esa crisis, Peel pensaba con rapidez y precisión. Dejó el edificio demasiado rápidamente para que nadie notara qué dirección tomaría. Mantuvo el coche andando hacia la ruta a Londres. Un hombre podía perderse en Londres. Pero él no era un hombre asustado. Mientras sus ojos seguían la ruta, su mente analizaba metódicamente los hechos, y sin acobardarse llegó a una dura decisión. Sabía que nunca podría probar su inocencia. ¿Cómo podría? Era tan culpable de homicidio como todos los demás. Ellos se habían puesto de acuerdo en su contra y ahora sería perseguido como el único asesino de Lady Sutton.

En medio de una guerra sería imposible salir del país. Sería igualmente imposible ocultarse demasiado tiempo. Sólo restaba entonces ser un fuera de la ley, ocultarse miserablemente por unos pocos meses hasta ser cogido y conducido ante un tribunal. Sería una sensación. Peel no tenía la intención de dar a su esposa la satisfacción de contemplarlo mientras lo arrastraban desde los titulares del proceso hasta la soga del verdugo.

Aún frío, aún en posesión de sí mismo, Peel planeaba mientras conducía. Lo más audaz sería ir directamente a su casa. Nunca pensarían en buscarlo allí… al menos por un tiempo; suficiente tiempo, por cierto, para hacer lo que tenía que hacerse.

—Vendetta —dijo—. Ojo por ojo.

Penetró en Londres  en  dirección  a  Chelsea  Square,  un  hombre  salvaje,  barbado, mucho más parecido ahora a Teach, el bucanero.

Se aproximó al parque desde atrás, buscando la presencia de policías. Sin embargo no había nadie y la casa parecía calma y poco sospechosa. Pero, mientras conducía el coche en el parque y contemplaba la fachada frontal de la casa, se vio amargamente sorprendido al ver que un ala entera había sido demolida por un raid de bombardeo. Era evidente que la catástrofe había tenido lugar algunos días previos, pues los, escombros estaban pulcramente apilados y se había levantado una cerda del lado destrozado del edificio.

Así es mucho mejor, pensó Peel. No tenía dudas de que la casa estaba vacía; ni siquiera con servidumbre. Aparcó el coche, saltó fuera y caminó velozmente hasta la puerta delantera. Ahora que había tomado una decisión era rápido y decidido.

No había nadie dentro. Peel fue a la biblioteca, cogió un lápiz, tinta y papel y se sentó en el escritorio. Cuidadosamente, con la perspicacia del abogado, escribió un nuevo testamento impidiendo a su esposa cualquier impugnación legal. Estaba fríamente seguro de que un hológrafo estaría presente en la corte. Fue a la puerta frontal, llamó a una pareja de obreros que pasaban y los hizo firmar como testigos del testamento. Les pagó con agradecimiento y los condujo afuera. Cerró y candó la puerta frontal.

Hizo una pausa tétrica y tomó aliento. Eso era todo con Sidra. Era el viejo instinto posesivo, lo sabía, que lo había llevado en esa dirección. Quería mantener su fortuna, aún después de la muerte. Quería mantener su honor y dignidad, a pesar de la muerte. Estaba seguro de lo primero; tendría que ejecutar lo segundo con rapidez. Ejecutar. Esa era la, palabra precisa.

Peel pensó un momento aún… había tantas posibles vías de extinción… luego inclinó la cabeza y marchó hacia la cocina. De un armario empotrado cogió un montón de sábanas y toallas y tapó las ventanas y puertas con ellas. Tal como había pensado, cogió un gran pedazo de cartón y con betún para los zapatos escribió sobre él: ¡PELIGRO! ¡GAS! Luego lo colocó fuera de la puerta de la cocina.

Cuando la habitación estuvo bien sellada, Peel fue hacia la cocina, abrió la puerta del horno e hizo girar la llave del gas. Este siseó al salir, fétido y casi frío. Peel se arrodilló e introdujo la cabeza en el horno, respirando con profundidad, siempre respirando. Sabía que no tardaría en perder la conciencia. Sabía que no sería doloroso.

Por primera vez en horas, algo de la tensión lo había abandonado y se relajó casi agradecido, esperando la muerte. A pesar de haber vivido una vida dura y geométricamente estructurada y viajado por rutas pragmáticas, ahora su mente buscaba en el pasado momentos más amables. No recordó nada; se disculpó por la nada; se sintió avergonzado de la nada… y a su pesar recordó los primeros días en que se encontró con Sidra con nostalgia y pena.

¿Qué desdichada juventud, humedecida con líquidos olores, el cortejarte con rosas en alguna placentera oquedad, Sidra…?

Casi sonrió. Eran líneas que había escrito para ella cuando, en los comienzos del romance, la había adorado como diosa de la juventud, la belleza y la bondad. Ella era todo lo que él no era, eso creyó; la perfecta compañera. Esos fueron grandes días; los días  en  que  él  finalizó  en  el  Manchester  College  y  fue  a  Londres  a  construir  una reputación, una fortuna, una vida completa… un muchacho de cabellos ralos con hábitos y mente precisos. Soñadoramente paseó a través de los recuerdos como si estuviera contemplando un film entretenido.

Repentinamente advirtió que había estado arrodillado junto al horno durante veinte minutos. Había algo que funcionaba muy mal. No había olvidado su química y sabía que veinte  minutos  de  gas  hubieran  sido  suficientes  para  hacerle  perder  la  conciencia. Perplejo, se puso de pie, frotándose las doloridas rodillas. No había tiempo para análisis ahora. Los perseguidores podrían estar cogiéndolo del cuello en cualquier momento.

¡Cuello! Ese era el camino obvio. Casi tan indoloro como el gas y mucho más rápido. Peel cerró el horno, cogió de la alacena una fuerte cuerda de tender la ropa y dejó la cocina, quitando a su paso los avisos de peligro. Al salir de la alacena sus ojos alertas escudriñaron la casa en busca del lugar apropiado. Sí, allí, en el pozo de la escalera. Podría arrojar la soga por sobre esa viga y colocarse en la galería sobre las escaleras para la caída. Luego, cuando saltara, tendría tres metros de espacio vacío sobre el rellano. Subió corriendo las escaleras hasta la galería, trepó sobre la baranda y arrojó la soga por encima de la viga. Cogió el cabo libre luego que éste se hubiera enroscado en la viga y tiró hacia sí. Hizo un nudo formando un lazo e hizo correr toda la soga a través de éste, hasta que quedó bien ajustada. Después de haber pegado un par de tirones para asegurarse de que se sostendría sujeta a la viga, colgó todo su peso sobre la soga y se balanceó hacia afuera de la galería. Sostenía su peso admirablemente; no había posibilidad de que se rompiera.

Cuando se hubo subido sobre la baranda, hizo un lazo de verdugo y lo deslizó sobre su cabeza, ajustando el nudo bajo su oreja derecha. Había suficiente cordel para darle una caída de unos dos metros. El pesaba unos setenta kilos. Era suficiente como para quebrarle el cuello en forma limpia e indolora en el extremo de la cuerda. Peel se mantuvo en equilibrio, tomó una última y profunda inspiración y brincó sin detenerse a rezar.

Su último pensamiento mientras caía fue una computación super rápida de cuánto tiempo le quedaba de vida. Tres metros por segundo al cuadrado dividido por seis le daba casi un quinto de un… Hubo un sacudón desgarrador que conmocionó todo su cuerpo, un crack que sonó amplio y profundo en sus oídos, y un agonizante dolor en cada nervio. Se contorsionó espasmódicamente.

Advirtió que estaba vivo. Colgaba del cuello con horror, comprendiendo que no estaba muerto y no sabiendo porqué. El horror hormigueaba sobre su piel como una invasión de hormigas y por un largo tiempo se estremeció, mientras la depresión invadía su mente, nublándola, quebrando su férreo control.

Por último buscó en su bolsillo y extrajo su cortaplumas. Lo abrió con dificultad, pues tenía el cuerpo paralizado e ingobernable. Tajeó hasta que logró cortar la cuerda sobre su cabeza y cayó sobre el descanso de la escalera. Mientras estaba aún encogido se tocó el cuello. Estaba quebrado. Pudo sentir el borde afilado de las vértebras rotas. Su cabeza estaba rígida y en un ángulo que le hacía ver todo patas arriba.

Peel subió arrastrándose por las escaleras, comprendiendo vagamente que algo demasiado  horrible  de  comprender  lo  había  sobrepasado.  No  tenía  sentido  una apreciación fría del asunto; no había información adicional que recibir, ni lógica que aplicar. Alcanzó la planta  superior  y  atravesó  tambaleante  el  dormitorio  de  Sidra  en dirección al baño, que ambos compartían algunas veces. Hurgó en la vitrina de medicamentos hasta que aferró una de sus navajas; seis pulgadas de fino acero cóncavo y afilado. Con un golpe tembloroso, hizo deslizar el filo a través de su garganta.

En forma instantánea se sintió inundado de gusto a sangre y su tráquea quedó obturada. Se dobló en agonía, tosiendo reflexivamente, y de su garganta brotó una espuma roja. Aún encorvado y resollante, con la respiración siseando horriblemente a través del tajo de la garganta, Peel golpeó con pesadez sobre el suelo enlosado y se sacudió en espasmos, mientras con cada latido del corazón la sangre salía a borbotones y lo empapaba. Y a pesar de todo, mientras yacía allí, tres veces muerto, no perdió la conciencia. La vida se aferraba a él con la misma posesividad con que él se había aferrado a la vida.

Por último se incorporó vacilante, no atreviéndose a mirar en el espejo el daño que se había  infligido.  La  sangre  —la  que  quedaba  dentro  de  él—  había  comenzado  a coagularse. Apenas podía hacer algunas respiraciones de tanto en tanto. Resollante, casi totalmente encorvado, Peel serpenteó hasta el dormitorio y buscó en el tocador de Sidra hasta que encontró el revólver de ella. Lo cogió con la poca fuerza que le quedaba, afirmando el orificio del cañón contra su pecho y se disparó tres veces en el corazón. Los impactos lo arrojaron contra la pared con un espantoso cráter desgarrado en el pecho y un corazón que ya no latía; y aún estaba vivo.

Es el cuerpo, pensó fragmentariamente. La vida depende del cuerpo. Mientras exista un cuerpo…. la simple concha… suficiente para contener la chispa… entonces la vida permanece. Me posee, esta vida. Pero tiene que haber una respuesta… soy todavía lo suficientemente ingeniero como para hallar una solución…

Absoluta desintegración. Fragmentar su cuerpo en partículas… miles, millones de pizcas… y allí ya no habría dónde contener esta vida persistente. Explosivos. Sí. Ninguno en la casa. Nada en esta casa, salvo el ingenio de un ingeniero. Sí. ¿Cómo, entonces, con qué? Estaba ya completamente loco, y la idea ingeniosa que se le ocurrió era también loca.

Se arrastró hasta su estudio y extrajo un mazo de naipes lavables de un armario. Por largos minutos los cortó en piezas diminutas con su cortapapeles de escritorio, hasta que tuvo un tazón lleno. Removió un morillo de la chimenea y lo arrancó penosamente. El fuste estaba hueco. Llenó el cañón de bronce con los pedazos de los naipes, apisonando con fuerza los jirones de nitrocelulosa. Luego que el caño estuvo sólidamente lleno, puso dentro las cabezas de tres cerillas y obstruyó el extremo abierto con la correa metálica que lo sujetaba a la chimenea.

Había una lámpara de alcohol sobre su escritorio, la utilizaba para mantener calientes los cacharros de café. Encendió la lámpara y colocó el caño del morillo directamente sobre la llama. Acercó arrastrando una silla del escritorio y se encorvó ante la bomba en calentamiento. La nitrocelulosa era un poderoso explosivo cuando se lo detona bajo presión. Era sólo una cuestión de tiempo, lo sabía, antes de que el bronce estallara con una violenta explosión y esparciera sus pedazos por la habitación; esparcirlo en la bendita muerte. Peel lloriqueaba de tormento e impaciencia. La espuma roja de su garganta brotaba de nuevo, mientras la sangre que empapaba sus ropas se secaba y endurecía.

La bomba se calentaba demasiado lentamente. Los minutos pasaban demasiado lentamente. La agonía aumentaba demasiado lentamente.

Peel temblaba y gemía, y cuando estiró una mano para acercar la bomba un poco más a la llama, sus dedos no pudieron sentir el calor. Podía ver cómo la carne se abrasaba, pero no sentía nada. Todo el dolor estaba dentro de él… nada fuera.

El dolor producía ruidos en su cabeza, pero por encima del retumbar pudo oír el sordo rumor de lejanos pasos en la planta inferior. Los pasos se acercaban, lentos, casi como la inexorable pisada del destino. La desesperación hizo presa de él al pensar en la policía y el triunfo de Sidra. Trató de persuadir al alcohol de la lámpara para que llameara con más vigor.

Los pasos atravesaron la sala principal y comenzaron a ascender la escalera. El deliberado golpe de los tacos sonaba cada vez más fuerte y cercano. Peel se encorvó más aún y en los huecos más opacos de su mente comenzó a rezar y a pedir que la Misma Muerte viniera por él. Los pasos alcanzaron la parte superior de las escaleras y avanzaban hacia su estudio. Hubo un débil susurro cuando la puerta se abrió de un empujón. Inmerso en la fiebre de la locura, Peel rehusó darse vuelta.

Una voz desagradable habló:

—Bien, Bob, ¿qué es todo esto? No pudo volverse o responder.

—¡Bob!—dijo la voz roncamente— ¡no seas tonto!

Vagamente comprendió que ya había oído esa voz en algún lado antes.

Los medidos pasos sonaron otra vez y entonces la figura estuvo de pie a su lado. Con ojos vacíos de sangre echó un vistazo a un costado. Era Lady Sutton. Aún usaba su túnica con lentejuelas.

—¡No lo creo! —Los pequeños ojos de ella parpadearon en sus cuencas.— ¡Qué has hecho, te has destrozado!

—Ogge… un… aminoo.  —Las  palabras  distorsionadas  se  quebraban  y  zumbaban cuando la mitad de su aliento se escapaba a través del tajo de su garganta.— Noo… seé… ata-padoo.

—¿Atrapado? —Lady Sutton se echó a reír.— Eso sí que es bueno, vaya si lo es.

—Tú… loo… fuiste —musitó Peel.

—¿Qué haces allí? —quiso saber Lady Sutton casualmente—. Oh, ya lo veo. Una bomba. ¿Vas a volar en pedacitos, eh, Bob?

Sus labios formaron una respuesta insonora.

—Ya —dijo Lady Sutton—, terminemos con toda esta tontería. —Intentó alejar de una patada la bomba del fuego. Peel hizo un esfuerzo y le atrapó un brazo con manos como pinzas. Ella era sólida, para ser un fantasma. Sin embargo, logró apartarla.

—Deja… que… sea —musitó.

Sus palabras parecían no tener sentido para él. La golpeó cuando intentó evitarlo e ir hacia la bomba. Ella era demasiado sólida y fuerte para él. Cayó hacia la lámpara de alcohol con sus brazos extendidos en busca de salvación.

—¡Bob! ¡Maldito idiota! —gritó Lady Sutton.

Hubo una explosión enceguecedora. Hizo impacto en el rostro de Peel con un destello de luz blanca y un estallido como de trueno. Todo el estudio se sacudió, y una porción de la pared se desplomó. Una pesada lluvia de libros cayó desde los conmocionados estantes. El humo y el polvo llenaban el espacio con una densa nube.

Cuando ésta se aclaró, Lady Sutton aún se encontraba de pie junto al lugar donde había estado el escritorio. Por primera vez en muchos años… en muchas eternidades, quizá, su rostro ostentaba una expresión de tristeza. Por un largo tiempo permaneció en silencio.  Por  último  se  encogió  de  hombros  y  comenzó  a  hablar  con  la  misma  voz tranquila con que había hablado a los cinco en el refugio.

—¿No te das cuenta, Bob, que no puedes matarte? La muerte mata sólo una vez, y tú ya estabas muerto. Todos ustedes han estado muertos desde hace días. ¿Cómo ninguno de ustedes lo advirtió? Quizá si el ego de Braugh hablara… quizá… pero todos vosotros estabais muertos antes de llegar al refugio el jueves por la noche. Debiste haberlo comprendido cuando llegaste a tu casa bombardeada, Bob. Fue el duro raid del último jueves.

Elevó las manos y comenzó a despegar la toga que la cubría. En medio del mortal silencio las lentejuelas susurraron y tintinearon. Relucieron cuando la túnica cayó del cuerpo revelando… nada. Espacio vacío.

—He gozado de este pequeño asesinato —dijo ella —. Me divirtió contemplar cómo los muertos intentaban asesinar. Es por eso que te he dejado seguir con el asunto.

Se quitó los zapatos y las medias. Ahora no había más que los brazos y hombros y la gruesa cabeza de Lady Sutton. El rostro aún exhibía una ligera expresión de pena.

—Pero fue ridículo tratar de asesinarme, siendo quien era.

Por supuesto, ninguno de vosotros lo sabía. La obra fue deliciosa, Bob, porque yo soy Astaroth.

Con un súbito movimiento, la cabeza y los brazos saltaron en el aire y cayeron junto al vestido hecho a un lado. La voz continuó surgiendo del espacio humeante, descarnado, pero cuando la nube polvorienta remolineó, reveló una figura de vacuidad, un simple contorno, una burbuja, y aún era una terrible forma a contemplar.

—Sí —continuó la voz—, soy Astaroth, tan viejo como las edades; tan viejo y aburrido como la misma eternidad. Es por eso que he jugado mi pequeña broma con vosotros. He hecho cambiar la suerte y me he reído un poco. Vosotros suplicabais por un poco de novedad y entretenimiento después de una eternidad infiernos dispuestos para los condenados, porque no hay infierno como el infierno del aburrimiento.

La tranquila voz se detuvo, y miles de fragmentos esparcidos de Robert Peel oyeron y comprendieron. Miles de partículas, cada una de ellas conteniendo una atormentada pizca de vida, escucharon la voz de Astaroth y comprendieron.

—De la vida no sé nada —dijo Astaroth gentilmente —, pero de la muerte sí que sé… de la muerte y la justicia. Sé que cada criatura viviente crea su propio y eterno infierno.

¿Qué eres ahora, qué te has hecho a ti mismo?; si alguno de vosotros puede discutir esto, si alguno de vosotros puede oponer reparos a la Justicia de Astaroth… ¡Que hable ahora!

La voz se extendió y provocó ecos en los más remotos rincones, pero no hubo respuesta.

Miles de torturadas partículas de Robert Peel la oyeron y no respondieron.

Theone Dubedat la oyó y no respondió, envuelta en el salvaje abrazo de su dios- amante.

Y un podrido y auto-devorante Digby Finchley la escuchó y no respondió.

El cuestionador y dubitativo Christian Braugh —en el limbo— la oyó y no respondió. Ni Sidra Peel ni la imagen-espejo de su pasión respondieron.

Todos los condenados de toda la eternidad en infinitos infiernos hechos por ellos mismos la oyeron y no respondieron.

Pues la justicia de Astaroth es incontestable.

Alfred Bester: Número de desaparición. Cuento

BesterEsta no era la guerra final ni una guerra para acabar con la guerra. La llamaban la Guerra del Sueño Norteamericano. El general Carpenter golpeó esa nota y la hizo sonar constantemente.

Había generales combativos (vitales para un ejército), generaba políticos (vitales para una  administración)  y  generales  de  relaciones  públicas  (vitales  para  una  guerra).  El general Carpenter era un maestro de las relaciones públicas. Franco y decidido, sus ideales eran tan elevados y comprensibles como las máximas sobre el dinero. Para la mente de Norteamérica él era el ejército, la administración, el escudo, la espada y el robusta brazo derecho de la nación. Su ideal era el Sueño Norte americano.

—No combatimos por dinero, por poder, o por la dominación del mundo —anunció el general Carpenter en la cena de la Asociación de Prensa.

—Sólo combatimos por el Sueño Norteamericano —dijo en el 15: 2° Congreso.

—Nuestra ayuda no es la agresión o la reducción de las naciones a la esclavitud —dijo en la Cena Anual de Oficiales en West Point.

—Combatimos por el Sentido de la Civilización — dijo en el Club de Pioneros de San Francisco.

—Luchamos por el Ideal de la Civilización; por la Cultura, por la Poesía, por las Únicas Cosas que Merecen Preservarse —dijo en el Festival del Grano de Trigo de Chicago.

—Esta es una guerra de supervivencia —dijo—. No estamos combatiendo por nosotros mismos, sino por nuestros Sueños; por las Mejores Cosas en la Vida que no deben desaparecer de la faz de la tierra.

Norteamérica  combatió.  El  general  Carpenter  pidió  cien  millones  de  hombres.  El ejército recibió cien millones de hombres. El general Carpenter pidió diez mil bombas U. Se obtuvieron y arrojaron diez mil bombas U. El enemigo también arrojó diez mil bomba U y destruyó la mayoría de las ciudades norteamericanas.

—Debemos  atrincherarnos  contra  las  hordas  de  la  barbarie  —dijo  el  general Carpenter—. Dadme mil ingenieros.

De inmediato hubo mil ingenieros y cien ciudades fueron atrincheradas y excavadas bajo los escombros.

—Dadme   quinientos   expertos   en   sanidad,   ochocientos   directores   de   tránsito, doscientos expertos en aire acondicionado, cien administradores municipales, mil jefes de comunicaciones, setecientos expertos en personal…

La lista de los pedidos del general Carpenter era inacabable. Norteamérica no sabía cómo suministrarla.

—Debemos convertirnos en una nación de expertos —informó el general Carpenter a la Asociación Nacional de Universidades Norteamericanas—. Cada hombre y cada mujer debe ser una herramienta específica para un trabajo específico, templada y afilada por vuestro entrenamiento y educación para vencer en la lucha por el Sueño Norteamericano.

—Nuestro Sueño —dijo el general Carpenter en el Desayuno para la Campaña de Bonos de Wall Street— es el mismo de los apacibles griegos de Atenas, de los nobles romanos de… ejem… Roma. Es un sueño por las Mejores Cosas de la Vida. De la Música y el Arte y la Poesía y la Cultura. El dinero es sólo un arma para utilizar en la lucha por este sueño. La ambición es sólo una escala para ascender a este sueño. La capacidad es sólo una herramienta para moldear este sueño.

Wall  Street  aplaudió.  El  general  Carpenter  pidió  ciento  cincuenta  mil  millones  de dólares, mil quinientos hombres dedicados con salarios de un dólar  al  año,  tres  mil expertos en mineralogía, petrología, producción masiva, guerra química y estudio del clima en el tránsito aéreo. Fueron suministrados. El país marchaba a toda máquina. Al general Carpenter le bastaba con apretar un botón para que le suministraran un experto.

En marzo de 2112 la guerra alcanzó un punto culminante y el Sueño Norteamericano se resolvió, pero no en ninguno de los siete frentes donde los hombres estaban trenzados en penosos combates, ni en ninguno de los altos mandos de ninguna de las naciones beligerantes, ni en ninguno de los centros de producción que vomitaban armas y pertrechos, sino en el Pabellón T del Hospital Militar de los Estados Unidos, enterrado a noventa metros bajo lo que alguna vez había sido St. Albans, Nueva York.

El Pabellón T era una especie de misterio en St. Albans. Como todos los hospitales militares, St. Albans estaba organizado con pabellones específicos destinados a lesiones específicas. Los amputados del brazo derecho eran alojados en un pabellón; los del brazo izquierdo en otro. Quemaduras radioactivas, lesiones craneanas, evisceraciones, envenenamiento  por  rayos  gamma  secundarios,  y  todo  lo  demás  tenían  un  lugar específico asignado en la organización del hospital. El Cuerpo Médico del Ejército había determinado diecinueve clases de lesiones de combate que incluían cada posible tipo de daños del cerebro y los tejidos. Usaban las letras desde la A a la S. Entonces, ¿qué había en el Pabellón T?

Nadie lo sabía. Las puertas tenían doble cerradura. No se permitían los visitantes. No podía salir ningún paciente. Se veían médicos que entraban y salían. Sus expresiones perplejas estimulaban las especulaciones más infundadas, pero no revelaban nada. Las enfermeras que atendían el Pabellón T eran interrogadas con avidez, pero mantenían la boca cerrada.

Había información con cuentagotas, insatisfactorias y contradictorias. Una criada aseguraba que había ido a limpiar el pabellón y que allí no había nadie. Absolutamente nadie. Tan sólo una docena de camas y nada más. ¿Alguien había dormido en las camas? Sí. Algunas de ellas estaban deshechas. ¿Había signos de que el pabellón estaba en uso? Oh sí. Había efectos personales sobre las mesas y cosas de ese tipo. Pero polvorientos, o eso parecían. Como si no hubieran sido usados desde hacía mucho tiempo.

La opinión pública decidió que era un pabellón fantasma. Sólo para espectros.

Pero un ordenanza nocturno declaró que había pasado frente al pabellón cerrado y había oído cantos dentro. ¿Qué clase de cantos? Algo en otro idioma. ¿Qué idioma? El ordenanza no pudo decirlo. Algunas palabras sonaban como… bien, como: Vayamos de excursión, tralalí… traíala.

La opinión pública comenzó a hervir y decidió que era un pabellón para extranjeros. Sólo para espías.

St. Alban solicitó el auxilio de personal de cocina y revisó las bandejas de alimentos. Veinticuatro bandejas iban al Pabellón T tres veces por día. Salían veinticuatro. Algunas retornaban vacías, la mayoría de las veces intocadas.

La opinión pública comenzó a levantar presión y decidió que el pabellón era un fraude organizado: un club informal para soldados holgazanes y aprovechados que se corrían juergas dentro. Vayamos de excursión, tralalí… traíala.

Un hospital puede controlar con facilidad los chismorreos de un grupo de costura de un pueblo pequeño, pero los enfermeros son más fácilmente excitables por las trivialidades. Bastaron sólo tres meses para que las especulaciones ociosas se convirtieran en furia desatada. En enero de 2112, St. Alban era un conocido y bien administrado hospital. En marzo de 2112 St. Albans era un fermento, y la inquietud psicológica alcanzó los informes oficiales. El porcentaje de recuperaciones “decayó. Los empeoramientos aumentaron. Crecieron las acusaciones triviales. Estallaron motines. Hubo cambios de personal. Nada dio resultado. El Pabellón T incitaba a los pacientes a la rebelión. Hubo otros cambios, y otros, y la inquietud aún hervía.

Por fin las noticias llegaron a la mesa de despacho del general Carpenter a través de canales oficiales.

—En nuestro combate por el Sueño Norteamericano —dijo— no debemos olvidar a quienes ya han dado todo de sí mismos. Enviadme a un experto en Administración de Hospitales.

Le suministraron el experto. No podía hacer nada para sanar St. Albans. El general Carpenter leyó los informes y lo despidió.

—La piedad —dijo el general Carpenter— es el primer ingrediente de la civilización. Enviadme un cirujano general.

Fue suministrado un cirujano general. No pudo aplacar la furia de St. Albans, y el general Carpenter lo aplacó a él. Pero a esta altura el Pabellón T ya era mencionado en los despachos.

—Enviadme —dijo el general Carpenter— el experto a cargo del Pabellón T.

St. Albans envió un doctor, el capitán Edsel Dimmock. Era un joven corpulento, ya calvo, egresado hacía apenas tres años de la escuela de medicina, pero con un buen expediente como experto en psicoterapia. Al general Carpenter le gustaban los expertos. Le gustaba Dimmock. Dimmock adoraba al general como exponente de una cultura que hasta ahora su entrenamiento tan especializado le había impedido buscar, pero que esperaba poder disfrutar una vez que ganaran la guerra.

—Preste atención, Dimmock —comenzó el general Carpenter—. Todos somos hoy día herramientas. Usted debe conocer nuestro lema: un trabajo para cada cual y cada cual para su trabajo. En el pabellón T hay alguien que no trabaja y tenemos que echarlo a patadas. Ante todo, ¿qué demonios es el Pabellón T?

Dimmock tartamudeó y vaciló. En primer lugar explicó que era un pabellón especial destinado a casos de combate especiales. Casos de shock.

—¿Entonces tenéis pacientes en el pabellón?

—Sí, señor. Diez mujeres y catorce hombres.

Carpenter blandió un fajo de informes.

—Aquí dice que los pacientes de St. Albans declaran que no hay nadie en el Pabellón T.

Dimmock acusó el golpe. No era verdad, aseguró al general.

—De  acuerdo,  Dimmock.  Así  que  usted  tiene  veinticuatro  inválidos  allí  dentro.  La

obligación de ellos es reponerse. La suya de curarlos. ¿Por qué demonios hay tanto revuelo en el hospital?

—B… bien, señor. Quizá porque los mantenemos bajo llave.

—¿Mantienen el Pabellón T bajo llave?

—Sí, señor.

—¿Por qué?

—Para mantener los pacientes dentro, general Carpenter.

—¿Mantenerlos dentro? ¿Qué quiere decir? ¿Están tratando de escapar? ¿Son violentos, o algo por el estilo?

—No, señor. No son violentos.

—Dimmock, no me gusta su actitud. Se está mostrando endemoniadamente cauto y evasivo. Y le diré algo más que no me gusta. Esa clasificación T. La he verificado con un experto  en  archivos  de  los  Cuerpos  Médicos  y  no  existe  tal  clasificación  T.  ¿Qué demonios estáis haciendo en St. Albans?

—B… bien, señor… nosotros inventamos la clasificación T. No sabíamos qué hacer con ellos o cómo tratarlos. He…mos tratado de mantenerlo en secreto mientras trabajábamos en un modus operandi, pero es algo nuevo, general Carpenter. ¡Algo nuevo!

—Aquí el experto Dimmock triunfó sobre la disciplina.— Es sensacional. ¡Pasará a la historia de la medicina, por Dios! Es la cosa más diabólicamente grande de todos los tiempos!

—¿De qué se trata, Dimmock? Sea específico.

—Bien, señor, son casos de shock. Anulados. Casi catatónicos. Muy poca respiración. Pulso bajo. Sin reacción.

—He visto miles de casos de shock como ésos — gruñó Carpenter—. ¿Eso es lo inusual?

—Sí, señor, y esto suena como algo común a los patrones Q o R de las clasificaciones. Pero aquí hay algo inusual. No comen ni duermen.

—¿Nunca?

—Algunos de ellos nunca.

—Pero entonces, ¿por qué no mueren?

—No lo sabemos. Se ha roto el ciclo metabólico, pero sólo en el aspecto anabólico. El catabolismo continúa. En otras palabras, señor, eliminan productos de desecho, pero no ingieren nada. Eliminan toxinas de fatiga y reconstruyen el tejido gastado, pero sin comer ni dormir. Dios sabe cómo. Es fantástico.

—¿Es por eso que los tenéis bajo llave? Es decir… ¿se sospecha que roben comida y se echen una siesta en algún lado?

—N…no, señor. —La cara de Dimmock parecía avergonzada.— No sé cómo decirle esto, general Carpenter… Los hemos encerrado por el verdadero misterio… Ellos… bien, ellos desaparecen.

—¿Ellos qué?

—Desaparecen, señor. Se desvanecen. Ante nuestros ojos.

—¿Qué infiernos está diciendo?

—Lo hacen, señor. Están sentados en una cama o caminando por allí. En un momento se los ve, en el otro no. A veces hay dos docenas en el Pabellón T. Otras veces ninguno. Desaparecen y aparecen sin ton ni son. Es por eso que mantenemos el pabellón cerrado, general Carpenter. En toda la historia de la guerra y de las lesiones de guerra jamás hubo un caso como éste antes. No sabemos qué hacer.

—Traedme tres de esos casos —dijo el general Carpenter.

Nathan Riley comió torrejas, huevos a la benedictina; consumió dos pintas de cerveza negra, fumó un John Drew, eructó delicadamente y se levantó de la mesa de desayuno. Hizo una inclinación de cabeza en dirección a Gentleman Jim Corbett, quien detuvo su conversación con Diamond Jim Brady para interceptarlo en su camino hacia el escritorio del cobrador.

—¿Quién te gusta para el título este año, Nat? —indagó Gentleman Jim.

—Los Dodgers —respondió Nathan Riley.

—No tienen lanzadores.

—Tienen a Snider y Furillo y Campanella. Ganarán el título este año, Jim. Apuesto que lo ganarán antes que ningún otro equipo en años anteriores. El 13 de setiembre. Toma nota. Verás como tengo razón.

—Siempre tienes razón, Nat —dijo Corbett.

Riley sonrió, pagó la cuenta, deambuló por la calle y cogió un tranvía de caballos en dirección al Madison Square Carden. Se apeó en la esquina de la Cincuenta y la Octava Avenida y subió las escaleras hasta una oficina de apuestas que se encontraba sobre un negocio de reparación de radios. El corredor de apuestas lo miró de soslayo, sacó un envoltorio y contó 15.000 dólares.

—Rocky Marciano por K.O. técnico sobre Roland La Starza en el undécimo —dijo—.

¿Cómo demonios lo sabías con tanta precisión, Nat?

—Así me gano la vida —sonrió Riley—. ¿Tomas apuestas sobre las elecciones?

—Eisenhover doce a cinco. Stevenson…

—Adlai no interesa. —Riley colocó 20.000 dólares sobre el contador.— Respaldo a Ike. Anótame con esto.

Dejó la oficina y se dirigió, a su suite en el Waldorf, donde un joven alto, muy delgado, lo esperaba con impaciencia.

—Oh sí —dijo Nathan Riley—. ¿Usted es Ford, no es así? ¿Harold Ford?

—Henry Ford, señor Riley.

—¿Y necesita financiación para esa máquina que tiene en su taller de bicicletas?

¿Cómo se llama?

—Yo lo llamo Ipsímovil, señor Riley.

—Hmmm. No puedo decir que el nombre me guste. ¿Por qué no lo llama automóvil?

—Es una sugerencia maravillosa, señor Riley. Por cierto que la tendré en cuenta.

—Me gusta usted, Henry. Es joven, impulsivo, adaptable. Creo en su futuro y creo en su automóvil. Invertiré doscientos mil dólares en su compañía.

Riley extendió un cheque y acompañó fuera a Henry Ford. Echó un vistazo a su reloj y de pronto se sintió impelido  a volver y ver qué sucedía. Entró en su dormitorio, se desvistió, se puso una camisa gris y pantalones grises. Sobre el bolsillo de su camisa había grandes letras azules: H.M.E.U.

Cerró con llave la puerta del dormitorio y desapareció.

Reapareció en el Pabellón T del Hospital Militar de los Estados Unidos en St. Albans, de pie junto a su cama, que era una de las veinticuatro alineadas contra la pared de un largo barracón de acero ligero. Antes de que pudiera siquiera respirar, fue atrapado por tres pares de manos. Antes de que pudiera resistirse, le clavaron una jeringa neumática y fue derribado por 11/2 cm3 de tioformato de sodio.

—Tenemos a uno —dijo alguien.

—Vigila —respondió alguien más—. El general Carpenter dijo que quería a tres.

Después de que Marco Junio Bruto dejó su lecho, Lela Machan batió palmas. Sus esclavas entraron en la cámara y le prepararon el baño. Se bañó, se vistió, se perfumó y desayunó higos de Esmirna, naranjas rosadas y una copa de Lacryma Christi. Luego fumó un cigarrillo y ordenó una litera.

Como de costumbre, en los portales de su casa hormigueaban las gloriosas hordas de la Vigésima Legión. Dos centuriones arrebataron a sus portadores las varas de la litera y la cargaron sobre sus hombros musculosos. Lela Machan sonrió. Un joven con una capa azul zafiro se abrió paso entre la multitud y corrió hacia ella. Una daga centelleó en su mano. Lela se preparó para afrontar la muerte con valentía.

—¡Señora! —exclamó él—. ¡Señora Lela!

Se tajeó el brazo izquierdo con la daga y dejó que la sangre carmesí manchara la túnica de Lela.

—¡Esta sangre mía es lo menos que puedo ofreceros! —gritó. Lela le tocó la frente con suavidad.

—Tontucio —murmuró—. ¿Por qué?

—Por amor a ti, mi señora.

—Seréis admitido esta noche, a las nueve —susurró Lela. El permaneció contemplándola hasta que ella se rió—. Os lo prometo. ¿Cuál es tu nombre, tontucio?

—Ben Hur.

—Esta noche a las nueve, Ben Hur.

La litera se puso en movimiento. Frente al forum, Julio César entablaba una acalorada discusión con Savonarola. Cuando vio la litera hizo una brusca señal a los centuriones, que se detuvieron al unísono. César descorrió los cortinados y contempló a Lela, quien lo observaba lánguidamente.

—¿Por qué? —preguntó roncamente—. He rogado, suplicado, sobornado, llorado, y todo sin ningún resultado. ¿Por qué, Lela? ¿Por qué?

—¿Recuerdas a Boadicea? —murmuró Lela.

—¿Boadicea? ¿La reina de los britanos? Por todos los dioses, Lela, ¿qué puede ella significar para nuestro amor. Yo no amé a Boadicea. Tan sólo la derroté en combate.

—Y la mataste, César.

—Ella se envenenó, Lela.

—¡Ella era mi madre, César! —De repente Lela apuntó con un dedo al César.— Asesino. Tendrás tu merecido. ¡Cúidate de los Idus de Marzo, César!

César retrocedió horrorizado. La muchedumbre de admiradores que se habían apiñado alrededor de Lela soltó un grito de aprobación. En medio de una lluvia de pétalos de rosas y violetas, ella continuó su camino a través del Foro hasta el Templo de las Vírgenes Vestales, donde abandonó a sus seguidores deslumbrados y penetró en el templo sagrado.

Hizo una genuflexión ante el altar, entonó una plegaria, arrojó una pizca de incienso en la llama votiva y se quitó la túnica. Examinó el reflejo de su hermoso cuerpo en un espejo de plata, luego experimentó una momentánea punzada de añoranza. Se colocó una blusa gris y unos pantalones grises. Sobre el bolsillo de su blusa tenía la inscripción H.M.E.U.

Sonrió ante el altar y desapareció al unísono.

Reapareció en el Pabellón T del Hospital Militar de los Estados Unidos donde fue instantáneamente derribada por 1 1/2 cm3 de tiomorfato de sodio inyectado en forma subcutánea por una jeringa neumática.

—Van dos —dijo alguien.

—Sólo falta uno.

George Hanmer hizo una pausa dramática y miró en derredor… a los escaños de la oposición, al Canciller sobre su cojín, a la maza de plata sobre la almohadilla carmesí ante el asiento del Canciller. Toda la Cámara, hipnotizada por la fiera oratoria de Hanmer, esperaba conteniendo el aliento a que continuara.

—Más no puedo decir —dijo Hanmer por último. Su voz era ahogada por la emoción, el rostro pálido y ceñudo—. Combatiré por esta acta en las cabezas de playa. Combatiré en las ciudades, los pueblos, los campos y las aldeas. Combatiré por esta acta hasta la muerte y, Dios mediante, combatiré por ella después de la muerte. Si esto es un desafío o una plegaria, lo someteré a juicio de las conciencias de los caballeros dignos y honestos; pero de algo estoy seguro y resuelto: Inglaterra debe poseer el Canal de Suez.

Hanmer se sentó. El edificio estalló. En medio de los vítores y aplausos, se escabulló a la sección de pasillos donde Gladstone, Churchill y Pitt lo detuvieron para estrecharle la mano. Lord Palmerston lo miró con frialdad, pero Pam fue echado a un lado por Disraeli, quien subió cojeando, todo entusiasmo, todo admiración.

—Incaremos el diente en Tattersall’s —dijo Dizzy—. Mi coche está esperando.

Lady Beaconsfield estaba en el Rolls Royce frente al edificio del Parlamento. Colocó una prímula en la solapa de Dizzy y palmeó afectuosamente la mejilla de Hanmer.

—Ha pasado mucho tiempo para aquel escolar que acostumbraba intimidar a Dizzy —dijo ella.

Hanmer se echó a reír. Dizzy cantó Gaudeamus igitur… y Hanmer entonó la antigua canción  escolástica  hasta  que  llegaron  a  Tattersall’s.  Allí  Dizzy  ordenó  Guinness  y costillas a la parrilla, mientras Hanmer subía las escaleras del club para cambiarse.

Sin ningún motivo en especial tuvo el impulso de volver para echar una última ojeada. Quizás odiaba romper con su pasado por completo. Se quitó el gabán, el chaleco de nanquín, los pantalones jaspeados, las lustradas botas hessianas y la ropa interior. Se puso una camisa gris y pantalones grises y desapareció.

Reapareció en el Pabellón T del hospital de St. Albans donde fue puesto inconsciente con 1 1/2 cm3 de tiomorfato de sodio.

—Es el tercero —dijo alguien.

—Llevádselos a Carpenter.

De modo que ahora estaban en la oficina del general Carpenter, el soldado raso Nathan Riley, la sargento mayor Lela Machan y el cabo segundo George Hanmer. Vestían la ropa gris del hospital. Estaban atontados por el tiomorfato de sodio.

El despacho estaba vacío y resplandecía de luz. Estaban presentes expertos en Espionaje, Contraespionaje, Seguridad y Central de Inteligencia. Cuando el capitán Edsel Dimmock vio ese grupo de rostros acerados e impasibles esperándolo a él y a los pacientes, se sobresaltó. El general Carpenter sonrió sombríamente.

—No se le habrá ocurrido que nos íbamos a tragar su historia de las desapariciones, ¿eh, Dimmock?

—¿S… señor?

—Yo también soy un experto, Dimmock. Se lo diré sin rodeos. La guerra anda mal. Muy mal. Hubo filtración de inteligencia. El lío de St. Albans podría acusarlo a usted.

—P… pero ellos desaparecen, señor. Yo…

—Mis expertos quieren hablar con usted y sus pacientes sobre ese número de desaparición, Dimmock. Comenzarán con usted.

Los expertos trabajaron sobre Dimmock con ablandadores preconscientes, liberadores del ello y bloqueos del superyo. Probaron todo tipo de drogas de la verdad que aparecía en los libros y todas las formas de presión física y mental. Tres veces llevaron al aullante Dimmock al punto de ruptura, pero no había nada que romper.

—Dejadlo cocer a fuego lento ahora —dijo Carpenter—. Empiecen con los pacientes. Los  expertos  se  mostraron  reacios  a  aplicar  presión  a  dos  hombres  y  una  mujer enfermos.

—Por el amor de Dios, no seáis remilgados —tronó Carpenter—. Estamos librando una guerra por la civilización. Tenemos que proteger nuestros ideales a cualquier precio.

¡Adelante!

Los expertos de Espionaje, Contraespionaje, Seguridad y Central de Inteligencia lo hicieron. Como tres velas, el soldado raso Nathan Riley, la sargento mayor Lela Machan y el cabo segundo George Hanmer se apagaron y desaparecieron. En un momento estaban en sus asientos y rodeados de violencia. Al momento siguiente ya no estaban.

Los expertos se atragantaron. El general Carpenter salió elegantemente del paso. Se dirigió hacia Dimmock.

—Capitán Dimmock, mis disculpas. Coronel Dimmock, ha sido ascendido por realizar un importante descubrimiento… sólo que el infierno sabrá qué significa. Primero debemos investigar por nuestra cuenta.

Carpenter cogió con brusquedad el intercomunicador.

—Traedme un experto en shocks de combate y un alienista.

Los dos expertos entraron y fueron informados brevemente. Examinaron a los testigos. Reflexionaron.

—Todos ustedes están padeciendo un caso de shock moderado —dijo el experto en shocks de combate—. Tensión de guerra.

—¿Quiere decir que no los vimos desaparecer?

El experto en shocks sacudió la cabeza y miró de reojo al alienista, que también sacudió la cabeza.

—Alucinación colectiva —dijo el alienista.

En ese momento el soldado raso Riley, la sargento mayor Machan y el cabo segundo Hanmer reaparecieron. Por un momento fueron una alucinación colectiva; en el siguiente estaban de vuelta en sus asientos rodeados por la confusión.

—Dróguelos de nuevo, Dimmock —gritó Carpenter—. Inyécteles un galón. —Manejó con rudeza el intercomunicador.— Quiero todos los expertos que haya. Reunión de emergencia en mi despacho de inmediato.

Treinta y siete expertos, herramientas templadas y afiladas todos, inspeccionaron a los tres sujetos inconscientes y discutieron entre ellos durante tres horas. Ciertos hechos eran obvios: este debía ser un nuevo y fantástico síndrome producido por los nuevos y fantásticos horrores de la guerra. Al desarrollarse técnicas de combate, la respuesta de las víctimas a estas técnicas también debía haber tomado nuevos rumbos. Para toda acción hay una reacción igual y opuesta. De acuerdo.

Este último síndrome debía comprender algunos aspectos de teleportación… el poder de la mente sobre el espacio. Era evidente que el shock de combate, aunque destruía ciertos poderes conocidos de la mente, debía desarrollar otros poderes latentes, hasta ahora desconocidos. De acuerdo.

Era obvio que los pacientes sólo podían regresar al punto de partida, de lo contrario no volverían siempre al Pabellón T ni habrían vuelto al despacho del general Carpenter. De acuerdo.

Era obvio que los pacientes debían poder procurarse comida y sueño dondequiera iban, pues no lo hacían en el Pabellón T. De acuerdo.

—Un detalle —dijo el coronel Dimmock—. Parecen estar retornando al Pabellón T cada vez con menos frecuencia. Al principio iban y venían casi a diario. Ahora la mayoría de ellos permanece fuera durante semanas y rara vez regresan.

—Eso no importa —dijo Carpenter—. ¿Adonde van?

—¿Se teleportan tras las líneas enemigas? — preguntó alguien—. Están esas filtraciones de inteligencia.

—Quiero que Inteligencia lo verifique —barbotó Carpenter—. ¿Tendrá el enemigo dificultades similares, es decir, prisioneros de guerra que aparecen y desaparecen de los campos de concentración? Podrían ser algunos de los nuestros del Pabellón T.

—Tal vez simplemente vayan a casa —sugirió el coronel Dimmock.

—Quiero una investigación  de  Seguridad  —ordenó  Carpenter—.  Examinen  la  vida hogareña y las relaciones de cada uno de los veinticuatro desaparecidos. Ahora… en cuanto a nuestras operaciones en el Pabellón T, el coronel Dimmock tiene un plan.

—Pondremos seis camas extras en el Pabellón T —explicó Edsel Dimmock—. Enviaremos seis expertos a vivir allí y observar. La información debe ser tomada directamente de los pacientes. Son catatónicos e incapaces de reaccionar cuando están conscientes, e incapaces de responder preguntas cuando son drogados.

—Caballeros —resumió Carpenter—. Esta es la mayor arma potencial en la historia de la guerra. No tengo que deciros lo que significaría para nosotros teleportar todo un ejército tras las líneas enemigas. Podemos ganar la guerra por el Sueño Norteamericano en un día si podemos obtener el secreto oculto en esas mentes aniquiladas. ¡Debemos ganar!

Los expertos trabajaron con ahínco. Seguridad investigó. Inteligencia sondeó. Seis templadas y afiladas herramientas se mudaron al Pabellón T del Hospital de St. Albans y lentamente se familiarizaron con los pacientes que desaparecían para reaparecer cada vez con menos frecuencia. La tensión se incrementó.

Seguridad pudo informar que ni un solo caso de aparición extraña había tenido lugar en Norteamérica en el pasado año. Inteligencia informó que el enemigo no parecía tener dificultades similares con sus propios casos de shock o con prisioneros de guerra.

Carpenter se inquietó.

—Esto es una rama nueva. No tenemos especialistas para manejarla. Tenemos que crear nuevas herramientas. —Golpeó el intercomunicador.— Ponedme con un college.

Lo comunicaron con Yale.

—Quiero algunos expertos en el dominio de la mente sobre la materia. Preparadlos — ordenó. De inmediato Yale creó tres cursos de graduados en Taumaturgia, Percepción Extrasensorial y Telekinesis.

La primera pista se abrió cuando uno de los expertos del Pabellón T requirió la ayuda de otro experto. Necesitaba un Lapidario.

—¿Para qué demonios? —quiso saber Carpenter.

—El hombre escuchó referirse a una piedra preciosa —explicó el coronel Dimmock—. Es especialista especializado y no puede relacionarla con nada dentro de su experiencia.

—No se supone que lo haga —dijo Carpenter con aprobación—. Un trabajo para cada cual y cada cual para su trabajo —Manoteó el intercomunicador.— Traédme un lapidario.

Un experto lapidario recibió permiso para ausentarse del arsenal del ejército y se le pidió que identificara un diamante llamado Jim Brady. No pudo hacerlo.

—Lo intentaremos desde un nuevo ángulo —dijo Carpenter. Oprimió el intercomunicador—. Traédme un especialista en semántica.

El semántico dejó su mesa de despacho en el Departamento de Propaganda de Guerra pero no pudo aportar nada a las palabras “Jim Brady”. Tan sólo eran nombres para él. Nada más. Sugirió un genealogista.

Un genealogista obtuvo un día de licencia en su puesto en Comisión de Ancestros No Norteamericanos, pero no pudo aportar nada con Jim Brady, salvo que había sido un nombre muy común en Norteamérica hace unos quinientos años. Sugirió un arqueólogo.

Un arqueólogo fue relevado de su puesto en la División de Cartografía del Comando de Invasión  y  de  inmediato  identificó  el  nombre  Diamond  Jim  Brady.  Era  un  personaje histórico famoso en la antigua y pequeña ciudad de Nueva York en un período intermedio entre el gobernador Peter Stuyvesant y el gobernador Fiorello La Guardia.

—¡Cristo! —se maravilló Carpenter—. Hace mucho de eso. ¿De dónde demonios sacó Nathan Riley eso? Será mejor que se reúna usted con los expertos del Pabellón T y siga esa pista.

El arqueólogo siguió la pista, revisó sus referencias y presentó su informe. Carpenter lo leyó  y  quedó  anonadado.  Llamó  a  su  equipo  de  expertos  para  una  reunión  de emergencia.

—Caballeros —anunció—, en el Pabellón T hay algo mucho más importante que teleportación. Estos pacientes de shock están haciendo algo mucho más increíble… mucho más significativo. Caballeros, están viajando por el tiempo.

El equipo murmuró con incredulidad. Carpenter asintió con énfasis.

—Sí, caballeros. El viaje temporal está aquí. No ha llegado en la forma en que lo esperábamos… como resultado de la investigación especializada de expertos calificados; ha llegado como una peste… una infección… una enfermedad de guerra… un resultado de lesiones de combate en hombres comunes. Antes de continuar, quisiera que examinen estos informes para documentarse.

El equipo leyó las hojas mimeografiadas. El soldado raso Nathan Riley… desapareciendo en la Nueva York de principios del siglo XX; la sargento mayor Lela Machan… visitando la Roma del siglo I; el cabo segundo George Hanmer… viajando a la Inglaterra del siglo XIX. Y todo el resto de los veinticuatro pacientes, huyendo a Venecia y los dux, a Jamaica y los bucaneros, a China y la dinastía Han, a Noruega y Eric el Rojo, a cualquier parte y a cualquier época del mundo para escapar del torbellino y los horrores de la guerra moderna en el siglo XXII.

—No necesito destacar la significación colosal de este descubrimiento —destacó el general Carpenter—. Piensen qué importante sería para la guerra si pudiéramos enviar un ejército una semana o un mes o un año atrás en el tiempo. Podríamos ganar la guerra antes de que comenzara. Podríamos proteger nuestro Sueño —la Poesía y la Belleza de la Cultura de Norteamérica— de la barbarie sin ponerlo nunca en peligro.

El equipo trató de aprehender el problema de ganar batallas antes de que hubieran comenzado.

—La situación se complica por el hecho de que estos hombres y mujeres del Pabellón T son non campos. Puedan o no saber cómo hacen lo que hacen, en todo caso son incapaces de comunicarse con los expertos, que reducirían este milagro a método. De nosotros depende encontrar la clave. Ellos no pueden ayudarnos.

Los templados y afilados especialistas se miraron entre sí desconcertados.

—Necesitaremos expertos —dijo el general Carpenter.

El equipo se tranquilizó. Estaban de nuevo en terreno familiar.

—Necesitaremos   un   mecánico   del   cerebro,   un   cibernetista,   un   psiquiatra,   un anatomista, un arqueólogo y un historiador de primera agua. Entrarán en ese pabellón y no saldrán de él hasta terminado su trabajo. Deben aprender la técnica del viaje temporal.

Los primeros cinco expertos fueron fáciles de conseguir en otros departamentos de guerra. Toda Norteamérica era una caja de herramientas de templados y afilados especialistas. Pero hubo problemas en localizar a un historiador de primera agua hasta que la Penitenciaría Federal cooperó con el ejército y dejó en libertad al doctor Bradley Scrim de su condena de veinte años a trabajos forzados. El doctor Scrim era ácido y hermético. Había tenido la cátedra en Historia Filosófica en una universidad del Oeste hasta que expresó su opinión sobre la guerra del Sueño Norteamericano. Le dieron veinte años de trabajos forzados.

Scrim era aún intransigente, pero el intrigante problema del Pabellón T lo indujo a entrar en juego.

—Pero no soy un experto —barbotó—. Aunque en esta nación de expertos sumergida en la oscuridad soy la última cigarra que canta sobre el hormiguero.

Carpenter manoteó el intercomunicador.

—Traédme un entomólogo.

—No se moleste —dijo Scrim—. Traduciré. Ustedes son una colonia de hormigas…

todos trabajan y se afanan y especializan. ¿Para qué?

—Para preservar el Sueño Norteamericano —respondió Carpenter con enojo—. Luchamos por la Poesía y la Cultura y la Educación y las Mejores Cosas de la Vida.

—Lo cual significa que estáis luchando para preservarme a mí —dijo Scrim—. Es a todo eso a lo que he dedicado mi vida. ¿Y qué hacéis conmigo? Me metéis en la cárcel.

—Usted fue condenado por simpatizar con el enemigo y los infiltrados internos.

—Fui condenado por creer en mi Sueño Norteamericano —dijo Scrim—. Que es un modo de decir que fui a la cárcel por tener ideas propias.

Scrim también fue intransigente en el Pabellón T. Se quedó una noche, disfrutó de tres buenas comidas, leyó los informes, los arrojó al piso y comenzó a vociferar para que lo sacaran de allí.

—Hay un trabajo para cada cual y cada cual debe hacer su trabajo —le dijo el coronel Dimmock—. No saldrá hasta que haya descubierto el secreto del viaje por el tiempo.

—No hay ningún secreto que yo pueda descubrir — dijo Scrim.

—¿Ellos viajan por el tiempo.?

—Sí y no.

—La respuesta debe ser una u otra. No ambas. Usted está evadiendo la…

—Escuche —lo interrumpió Scrim con cansancio—. ¿Cuál es su especialidad?

—Psicoterapia.

—Entonces, ¿cómo diablos puede comprender lo que le digo? Este es un concepto filosófico. Le digo que aquí no hay ningún secreto que el ejército pueda utilizar. No hay ningún secreto que algún grupo pueda utilizar. Es un secreto sólo para individuos.

—No lo comprendo.

—Sabía que no lo haría. Lléveme ante Carpenter.

Llevaron a Scrim al despacho de Carpenter, donde sonrió al general con malignidad;

ante todos se parecía a un demonio pelirrojo e infraalimentado.

—Necesitaré diez minutos —dijo Scrim—. ¿Puede usted extraerlos de su caja de herramientas?

Carpenter asintió.

—Nathan Riley retrocede en el tiempo hasta principios del siglo XX. Allí vuelve realidad su sueño más dorado. Es un gran jugador, amigo de Diamond Jim Brady y otros. Gana dinero apostando sobre los hechos porque siempre conoce lo que sucederá por adelantado. Ganó dinero apostando que Eisenhover ganaría una elección. Ganó dinero apostando que un campeón llamado Marciano derrotaría a otro campeón llamado La Starza. Hizo dinero invirtiendo en la compañía de automóviles propiedad de Henry Ford. Esas son las pistas. ¿Significan algo para usted?

—No sin un analista sociológico —respondió Carpenter. Estiró la mano hacia el intercomunicador.

—No ordene ninguno, le explicaré más tarde. Probemos algunas otras pistas. Lela Machan, por ejemplo. Escapa al Imperio Romano, donde realiza la vida de sus sueños como  femme  fátale.  Todos  los  hombres  la  aman.  Julio  César,  Savonarola,  toda  la Vigésima Legión, un hombre llamado Ben Hur. ¿Advierte la falacia?

—No.

—También fuma cigarrillos.

—¿Y bien? —preguntó Carpenter luego de una pausa.

—Prosigo —dijo Scrim—. George Hanmer escapa a la Inglaterra del siglo XIX, donde es miembro del Parlamento y amigo de Gladstone, Winston Churchill y Disraeli, quien lo lleva a pasear en su Rolls Royce. ¿Sabe lo que es un Rolls Royce?

—No.

—Era una marca de automóviles.

—¿Y?

—¿Todavía no comprende?

Scrim pateó el suelo con exaltación.

—Carpenter, este es un descubrimiento más importante que la teleportación o el viaje en el tiempo. Esto puede ser la salvación del hombre. No creó estar exagerando. Las dos docenas de víctimas de shock del Pabellón T han sido bombardeadas  por  algo  tan gigantesco que no asombra que sus especialistas y expertos no pudieran comprenderlo.

—¿Qué diablos es más importante que el viaje temporal, Scrim?

—Escuche esto, Carpenter. Eisenhower no presentó su candidatura hasta mediados del siglo XX. Nathan Riley no pudo haber sido amigo de Diamond Jim Brady y apostar por Eisenhower en una elección… no simultáneamente. Brady había muerto un cuarto de siglo antes de que Ike fuera presidente. Marciano derrotó a La Starza cincuenta años después dé que Henry Ford iniciara su empresa automovilística. Los viajes en el tiempo de Nathan Riley están llenos de anacronismos similares.

Carpenter estaba perplejo.

—Lela Machan no pudo haber sido la amante de Ben Hur. Ben Hur nunca estuvo en Roma. Nunca existió en la realidad. Era un personaje de novela. Ella no pudo haber fumado. No tenían tabaco entonces. ¿Lo comprende? Más anacronismos. Disraeli nunca pudo haber llevado a George Hanmer a pasear en Rolls Royce porque los automóviles se inventaron mucho después de la muerte de Disraeli.

—¿Pero qué infiernos dice? —exclamó Carpenter—.

¿Quiere decir que todos están mintiendo?

—No. No olvide que no necesitan dormir. No necesitan comer. No están mintiendo. Están retrocediendo en el tiempo, eso es correcto. Comen y duermen cuando están allá.

—Pero usted dijo que sus historias no concuerdan. Están llenas de anacronismos.

—Porque retroceden en un tiempo imaginario. Nathan Riley tiene su propia imagen de lo que fue Norteamérica en los principios del siglo XX. Es falsa y anacrónica porque él no es un erudito, pero es real para él. Puede vivir allí. Lo mismo sucede con los otros.

Carpenter puso los ojos en blanco.

—El concepto casi está más allá de la comprensión. Estas personas han descubierto cómo tornar sus sueños en realidad. Saben cómo entrar en sus realidades soñadas. Pueden quedarse allí, vivir allí, tal vez para siempre. Por Dios, Carpenter, este es su gran sueño norteamericano.  Hacer  milagros,  inmortalidad,  como  Dioses  de  la  creación,  la mente sobre la materia… Debe ser explorado. Debe ser estudiado. Debe ser dado al mundo.

—¿Usted puede hacerlo, Scrim?

—No, no puedo. Soy un historiador. No soy un creador, está más allá de mi alcance. Usted necesita un poeta… un artista que comprenda la creación de sueños. A un creador de sueños escritos no debería serle muy dificultoso dar el paso y crear sueños en la realidad.

—¿Un poeta? ¿Habla usted en serio?

—Claro que lo digo en serio. ¿No sabe qué es un poeta? Hace cinco años que nos dice que combatimos en esta guerra para salvar a los poetas.

—No sea capcioso, Scrim, yo…

—Envíe un poeta al Pabellón T. El aprenderá cómo lo hacen. Es el único que puede hacerlo. Un poeta ya está a medio camino. Una vez que aprenda podrá enseñar a sus psicólogos y anatomistas. Luego ellos podrán enseñarnos a nosotros; pero el poeta es el único que puede oficiar de intérprete entre esos casos de shock y sus expertos.

—Creo que usted tiene razón, Scrim.

—Entonces no pierda tiempo, Carpenter. Aquellos pacientes retornan a este mundo cada   vez   con   menos   frecuencia.   Tenemos   que   lograr   ese   secreto   antes   que desaparezcan para siempre. Envíe un poeta al Pabellón T.

Carpenter manoteó el intercomunicador.

—Enviadme un poeta —dijo.

Esperó, y esperó… y esperó… mientras Norteamérica buscaba febrilmente entre sus doscientos noventa millones de templados y afilados expertos, sus herramientas especializadas para defender el Sueño Norteamericano de Belleza y Poesía y las Mejores Cosas de la Vida. Esperó a que encontraran un poeta, sin comprender la interminable demora, lo infructuoso de la búsqueda; no comprendió por qué Bradley Scrim reía y reía y reía y reía ante esta última y fatal desaparición.

Alfred Bester: La fuga de cuatro horas. Cuento

bester (1)Y ahora, por supuesto, el Corredor Noreste era el barrio bajo del Noreste, que se extendía desde Canadá hasta las Carolinas y tan al oeste como Pittsburgh. Era una fantástica jungla de repugnante violencia, habitado por una vigorosa e incansable población sin recursos visibles de vida y sin residencia fija, tan vasta que los demógrafos, los supervisores de control de natalidad y los servicios sociales habían abandonado toda esperanza. Era un gigantesco y excepcional espectáculo que todo el mundo denunciaba y adoraba. Hasta los pocos privilegiados, que podían permitirse llevar vidas plenamente protegidas en Oasis llenos de lujo y vivir en donde les viniera la gana, nunca pensaban en abandonarla. La jungla te atrapa.

Había miles de problemas diarios de sobrevivencia, pero uno de los más exasperantes era la falta de agua potable. Hacía tiempo que la mayor parte de ella había sido incautada por las industrias progresistas por el amor a un mañana mejor, de modo que quedaban muy pocos lugares donde buscar. Tanques recolectores de agua de lluvia en los tejados, por supuesto. Un mercado negro, naturalmente. Eso era todo. De modo que la jungla hedía. Hedía peor que la corte de la reina Elisabeth, que podía haberse bañado, pero nadie lo creía. El corredor no podía bañarse, lavar sus ropas o limpiar la casa, y se podía oler su nocivo efluvio desde diez millas mar adentro. Bienvenidos al Corredor Placentero.

Las víctimas cercanas a la playa habrían sido felices de poder limpiar con agua salada, pero las playas del Corredor habían sido contaminadas por los derrames de petróleo en crudo durante tantas generaciones que todas ellas poseían por mérito compañías de reclamaciones. ¡Fuera! ¡No se permite el paso! Y guardias armados. Los ríos y lagos estaban cercados eléctricamente; no necesitaban guardias, sólo avisos con calaveras y huesos cruzados; y si no sabías qué significaban, mala suerte.

No se crea que a todos les preocupaba heder mientras brincaban alegremente sobre las podredumbres de las calles, pero muchos lo hacían, y su único remedio eran los perfumes. Había docenas de compañías en competencia que manufacturaban perfumes, pero, con mucho, la más importante era la Compañía Continental de Latas, que no había manufacturado latas desde hacía dos siglos. Se habían cambiado a los plásticos y tenido la buena fortuna de encontrarse con una devolución de cientos de acciones de una empresa con la que habían cometido el error de firmar contratos de venta y recibido un absurdo perfume cervecero en enormes y resplandecientes contenedores de neón. La corporación quebró y la CCL puso todas sus esperanzas en obtener la devolución de parte de su dinero. Esa adquisición probó ser su salvación cuando tuvo lugar la explosión perfumera; les dio entrada en la más lucrativa industria de todos los tiempos.

Pero marchaba cabeza a cabeza con sus rivales hasta que Blaise Skiaki se unió a la CCL; luego ésta no tuvo competencia. Blaise Skiaki. Ascendencia: francesa, japonesa, negra  africana  e  irlandesa.  Estudios:  bachillerato  en  Princeton;  master  en  el  MIT; doctorado en ciencias en la Dow Chemical. (Fue Daw quien secretamente informó a la CCL  que  Skiaki  era  un  triunfador,  y  que  todavía  había  pendientes  varios  procesos iniciados por la competencia ante la Junta de Etica.) Blaise Skiaki: treinta y un años, soltero, honesto, genio.

Su genio residía en su sentido del olfato y en la CCL lo llamaban en privado “La Nariz”. Lo sabía todo sobre perfumería: los productos animales —ámbar gris, castor, civeto, almizcle —; las esencias oleosas destiladas de las plantas y flores; los bálsamos que exudan los árboles y arbustos heridos — benjuí, apopónaco, Perú, Talu, estoraque, mirra—; las sustancias sintéticas creadas por la combinación de fragancias naturales y químicas, especialmente los esteres de los ácidos grasos.

Había creado para la CCL sus productos de mayor venta: “Vulva”, “Alivio”, “Axila” (un nombre mucho más atractivo que “Sobacal”), “Preparación F”, “Guerra de Lenguas” y muchos más. Era atesorado por la CCL, que le pagaba un salario lo suficientemente generoso como para permitirle vivir en un Oasis y, lo mejor de todo, garantizarle ilimitadas reservas de agua potable. Ninguna chica del Corredor podía resistir la invitación a tomar una ducha con él.

Pero pagaba un alto precio por estas comodidades. No podía usar nunca jabones aromáticos, cremas de afeitar, pomadas o depilatorios. No podía ingerir nunca comidas sazonadas. No podía beber otra cosa que agua destilada. Todo esto, lo entenderéis sin duda, para mantener a La Nariz pura e incontaminada, de modo tal que pudiera olerlo todo en su laboratorio estéril y desarrollar nuevas creaciones. En el momento estaba componiendo un ungüento bastante prometedor provisoriamente llamado “Correctum”, pero  ya  llevaba  seis  meses  en  eso  sin  ningún  resultado  positivo,  y  la  CCL  estaba alarmada por el retraso. Su genio nunca había demorado tanto antes.

Había una reunión de ejecutivos de alto nivel, nombres apartados del nivel común del privilegio empresario.

—¿Qué diablos pasa realmente con él?

—¿Habrá perdido su don?

—Es difícil pensarlo.

—Quizá necesite un descanso.

—Pero si tuvo una semana de vacaciones el mes pasado.

—¿A qué se dedicó?

—A tragar una tormenta, según me dijo.

—¿Podría ser eso?

—No. Me dijo que se purgó antes de reintegrarse a su trabajo.

—¿Tiene algún problema aquí en la CCL? ¿Dificultades con el personal de autoridad media?

—Absolutamente no, señor presidente. No se atreverían a molestarlo.

—Quizá quiere un aumento.

—No. No puede gastar todo lo que gana ahora.

—¿No habrá hecho la competencia algún contacto con él?

—La competencia nunca deja de ponerse en contacto con él, general, pero se ríe de ella.

—Entonces debe ser algo personal.

—Estoy de acuerdo.

—¿Problemas de mujeres?

—¡Mi Dios! ¡Nosotros los tendríamos!

—¿Problemas de familia?

—Es huérfano, señor presidente.

—¿Ambiciones? ¿Incentivos? ¿Sería conveniente hacerlo funcionario de la CCL?

—Se lo ofrecí el primero de año, señor, y lo rechazó. Sólo le gusta jugar en su laboratorio.

—¿Por qué no juega entonces?

—Aparentemente tiene una especie de bloqueo creativo.

—¿Qué diablos pasa realmente con él?

—Así fue como empezó usted la reunión.

—De ningún modo.

—Lo hizo.

—Gobernador, querría usted conectar la grabadora.

—¡Caballeros, caballeros, por favor! Parecería que el doctor Skiaki tiene problemas personales que están bloqueando su genio. Debemos resolvérselos. ¿Alguna sugerencia?

—¿Un tratamiento psiquiátrico?

—No serviría sin cooperación voluntaria. Y dudo de que él cooperara. Es un gook obstinado.

—¡Senador, se lo ruego! No deben utilizarse esas expresiones con relación a uno de nuestros miembros más valiosos.

—Señor presidente, el problema es descubrir la fuente de bloqueo del doctor Skiaki.

—De acuerdo. ¿Alguna sugerencia?

—Bien, el primer paso consistiría en someterlo a vigilancia encubierta de veinticuatro horas al día. Todas las actividad», las amistades del gook —excúsenme— del buen doctor.

—¿Por medio de la CCL?

—Sugeriría que no. Habría infiltraciones que sólo lograrían hacer enfadar al buen gook… ¡doctor!

—¿Vigilancia del exterior?

—Sí, señor.

—Muy bien, de acuerdo. Ha terminado la reunión.

Los  miembros  de  Huellas  Perdidas  Asociados  estaban  absolutamente  furiosos. Después de un mes devolvieron el caso a la CCL, exigiendo tan sólo el pago de gastos.

—¿Por qué no se nos advirtió que teníamos que vérnoslas con un pro, señor presidente? Nuestros rastreadores no están entrenados para eso.

—Un momento, por favor. ¿Qué quiere usted decir con “pro”?

—Un Rip profesional.

—¿Un qué?

—Un Rip. Un matón, fullero, ladrón.

—¿El doctor Skiaki un ladrón? ¡Ridículo!

—Mire, señor presidente. Le voy a trazar el cuadro y usted saque sus propias conclusiones.

—Prosiga.

—De cualquier manera está todo detallado en el informe. Todos los días apostábamos dos rastreadores a la puerta de su empresa. Cuando él salía, ellos lo seguían hasta su casa. Siempre iba derecho a su casa. Allí hacían un doble turno. Todas las noches le envían  la  cena  del  Vivero  Orgánico.  Investigaron  a  los  repartidores.  En  orden. Investigaron las comidas; a veces para uno, algunas veces para dos. Siguieron a algunas de las chicas que salían de su penthouse. Todo correcto. Hasta ahora, todo correcto, ¿de acuerdo?

—¿Y?

—Al grano. Un par de noches a la semana sale de su casa y va a la ciudad. Sale alrededor de la medianoche y no vuelve hasta las cuatro, poco más o menos.

—¿A dónde se dirige?

—No lo sabemos porque logra eludir a los rastreadores como buen pro que es. Se interna en el Corredor como una puta o un marica en busca de ligue —excúseme— y siempre elude a nuestros hombres. No los estoy disculpando. Es listo, resbaloso, rápido, un verdadero pro; demasiado para las posibilidades de Huellas Perdidas.

—¿De modo que no tiene idea de lo que hace o de con quién se encuentra entre la medianoche y las cuatro de la mañana?

—No, señor. No tenemos nada y usted tiene un problema. Ya no es el nuestro.

—Gracias. En contra de lo que popularmente se cree, las corporaciones no están del todo idiotizadas. La CCL comprende que resultados negativos también son resultados. Recibirán los gastos y también los honorarios acordados.

—Señor presidente, yo…

—No, no, por favor. Nos ha conducido hasta esas cuatro horas perdidas. Ahora, como usted dice, es un problema nuestro.

La CCL convocó a Salem Burne. El señor Burne insistió siempre en que no era ni médico ni psiquiatra; no quería ser asociado con lo que consideraba la lacra de las profesiones. Salem Burne era un doctor brujo; más precisamente, un hechicero. Llevaba a cabo los más notables y penetrantes análisis de las personas perturbadas, no a través de brujerías, pentágonos, encantamientos, incienso y cosas así, sino a través de su extraordinaria sensibilidad al inglés somático y a su aguda interpretación de él. Y esto debía ser brujería, después de todo.

El señor Burne entró en el inmaculado laboratorio con una. sonrisa seductora. El doctor Shima dejó escapar un lamento de angustia.

—¡Le dije que se esterilizara antes de venir!

—Pero lo hice, doctor. Completamente.

—No es así. Apesta a anís, a ilang-ilang y a antranilato de metilo. Me ha contaminado el día. ¿Por qué?

—Doctor Skiaki, le aseguro que yo… —De pronto el señor Burnes se interrumpió—.

¡Oh, Dios mío! —se lamentó —. Esta mañana usé la toalla de mi mujer.

Skiaki se echó a reír y puso los ventiladores al máximo de intensidad.

—Comprendo. Nada de rencores. Ahora dejemos a su esposa fuera de la cuestión. Tengo una oficina a una milla de distancia por debajo de la sala. Podremos conversar allí.

Tomaron asiento en la oficina vacante y se escudriñaron uno al otro. El señor Burne vio a un hombre agradable, bastante joven, de oscuros cabellos negros cortados al ras, pequeñas  orejas  expresivas,  reveladores  pómulos  altos,  ojos  rasgados  que  sería necesario vigilar muy de cerca, y manos graciosas que podrían ser una revelación mortal.

—Bien, señor Burne, ¿qué puedo hacer por usted? —dijo Skiaki, mientras sus manos preguntaban: ¿Porqué demonios ha venido a apestarme?

—Doctor Skiaki, en cierto sentido, soy colega suyo… un doctor brujo profesional. Una parte crucial de mis ceremonias es la quema de varios tipos de incienso, pero todos bastante convencionales. Tenía la esperanza de que con su pericia pudiera sugerirme algo diferente con que experimentar.

—Ya veo. Usted ha estado utilizando estacte, onycha, gábano, olígano… ¿aromas de ese tipo?

—Sí. Todos muy convencionales.

—Muy interesante. Puedo, por supuesto, hacerle algunas sugerencias para nuevos experimentos, y sin embargo… —De pronto, Skiaki se interrumpió y se quedó mirando fijamente el vacío.

Después de una larga pausa el hechicero preguntó:

—¿Sucede algo malo, doctor?

—Mire —exclamó Skiaki—. Usted sigue una pista equivocada. Quemar incienso es convencional y anticuado, y probar diferentes aromas no resolverá su problema. ¿Por qué no experimenta con un enfoque algo diferente?

—¿Y en qué consistiría?

—En el principio Odófono.

—¿Odófono?

—Sí. Entre los aromas existe una escala semejante a la que existe en música. Los olores suaves corresponden a las notas altas y los olores densos a las notas bajas. Por ejemplo, el ámbar gris es el sobreagudo, mientras que la violeta blanca es el bajo. Podría trazar para que se viera una escala de aromas que abarcara quizás un par de octavas. Luego ésta sería apta para que usted compusiera la música.

—¡Doctor Skiaki, esto es brillante sin lugar a dudas!

—¿No es así? —Skiaki rebosaba de alegría.— Pero con toda honestidad, debo señalar que somos iguales en brillantez. Nunca se me habría ocurrido la idea si no se me hubiera presentado usted con este desafío sorprendente y original.

Establecieron relaciones de este amistoso tenor y, conversando del asunto con entusiasmo, almorzaron juntos, se dijeron algo acerca de ellos mismos e hicieron planes para llevar a cabo los experimentos de brujería, para los cuales Skiaki se ofreció voluntariamente a pesar de que él no creía en el satanismo.

—Y, sin embargo, la ironía reside en el hecho de que en realidad está poseído —informó Salem Burne.

El presidente no pudo entender nada.

—Psiquiatría y satanismo son términos diferentes para el mismo fenómeno —explicó

Burne—, de modo que es mejor que traduzca. Esas cuatro horas perdidas son fugas.

El presidente siguió sin comprender.

—¿Se refiere al término musical, señor Burne?

—No, señor. Fuga es también la descripción psiquiátrica de una forma muy avanzada de sonambulismo… ¿caminar en sueños?

—¿Blaise Skiaki camina en sueños?

—Sí, señor, pero la cosa es más complicada que eso. Caminar en sueños es un caso sencillo en comparación. Nunca está en contacto con lo que lo rodea. Se le puede hablar, dispararle un tiro, llamarlo por su nombre, y él permanece totalmente absorto.

—¿Y la fuga?

—En la fuga, el sujeto mantiene contacto con lo que lo rodea. Puede conversar con usted. Tiene conciencia y memoria de los acontecimientos que tuvieron lugar dentro de la fuga, pero mientras está dentro de ella es una persona totalmente diferente de lo que es en la vida real. Y —y esto es lo más importante, señor— después de la fuga no recuerda nada.

—Entonces, en mi opinión, el doctor Skiaki tiene estas fugas dos o tres veces por semana.

—Ese es mi diagnóstico, señor.

—¿Y él no puede decirnos nada de lo que ocurre durante la fuga?

—Nada.

—¿Puede hacerlo usted?

—Me temo que no, señor. Mis poderes tienen un límite.

—¿Tiene usted alguna idea de lo que ocasiona estas fugas?

—Todo lo que puedo decirle es que algo lo impulsa. Podría decirle que está poseído por el demonio, pero eso es sólo la jerga de mi profesión. Otros pueden usar diferentes términos: compulsión u obsesión. La terminología carece de importancia. El hecho básico es que eso que lo posee lo impulsa a salir de noche para hacer… ¿qué? No lo sé. Todo lo que sé es que esa compulsión diabólica es la causa más probable de lo que bloquea el trabajo creativo que realiza para ustedes.

No se convoca a Gretchen Nunn, ni siquiera cuando se es de la CCL, cuyo personal común se ha expandido unas veinticuatro veces. Se asciende trabajosamente por los peldaños constituidos por los miembros del personal que la sirven hasta que finalmente se es admitido ante la Presencia. Todo esto comprende muchas idas y venidas entre los miembros del propio personal y los de ella, lo que ocasiona no poca exasperación, de modo que el Presidente, comprensivamente, estaba algo fastidiado cuando al fin fue conducido al estudio de la señorita Nunn, atestado con los libros y aparatos que ella utiliza para sus distintas investigaciones.

La profesión de Gretchen Nunn consistía en hacer milagros; no milagros en el sentido de algo extraordinario, anómalo o anormal producido por algún agente sobrehumano, sino más bien, en el sentido de su extraordinaria y/o anormal percepción y manipulación de la realidad. En la mayor parte de las situaciones lograba lo imposible requerido por sus clientes, y sus honorarios eran tan descomunales que estaba considerando figurar en la bolsa de valores.

Por supuesto, el Presidente daba por descontado que la señorita Nunn tendría el aspecto de un Merlín con faldas. Quedó pasmado al descubrir que era una princesa watusi de aterciopelada piel negra, facciones aquilinas, grandes ojos negros, alta, esbelta, de unos veinte años y que lucía arrebatadora vestida de carmesí.

Lo encandiló con una sonrisa, le indicó una silla, se sentó enfrente y dijo:

—Mis honorarios son cien mil. ¿Puede pagarlos?

—Puedo. De acuerdo.

—¿Y su dificultad… los vale?

—Los vale.

—Entonces, hasta aquí nos comprendemos. Sí, ¿Alex?

El joven secretario que se había deslizado en el taller dijo:

—Perdóneme. Le Clerque insiste en saber cómo hizo usted para identificar positivamente la figura como extraterrestre.

La señorita Nunn hizo chasquear la lengua con impaciencia.

—El sabe que yo nunca doy razones sólo resultados.

—Sí, N.

—¿Ha pagado?

—Sí, N.

—Muy bien. Haré una excepción en su caso.  Dile  que  el  asunto  se  basó  en  las probabilidades levo y dextro de los aminoácidos, y dile que tengo un calificado exobiologista traído de allí. No perderá el gasto.

—Sí, N. Gracias.

Ella se volvió hacia el Presidente tan pronto como el secretario se retiró.

—Ya lo ha oído. Sólo doy resultados.

—De acuerdo, señorita Nunn.

—Veamos ahora su problema. No me he comprometido todavía. ¿Lo comprende?

—Sí, señorita Nunn.

—Adelante. Con todo. Fluir de conciencia, si es necesario. Una hora más tarde, lo deslumbre con otra sonrisa y dijo:

—Gracias. Este caso es verdaderamente único. Un cambio bienvenido. Es un contrato, si es que aún está dispuesto a realizarlo.

—De acuerdo, señorita Nunn. ¿Querría un depósito o un pago por adelantado?

—No en el caso de la CCL.

—¿Y los gastos? ¿Arreglamos eso ahora?

—No. Es responsabilidad mía.

—Pero, ¿y si tiene que…? Es decir, si tiene necesidad de…

Ella se echó a reír.

—Es responsabilidad mía. Nunca doy razones y nunca revelo métodos. ¿Cómo puedo cobrárselos? Ahora bien, no lo olvide: quiero los informes de Huellas Perdidas.

Una semana más tarde Gretchen Nunn dio el paso inusitado de visitar al Presidente en su oficina de la CCL.

—Vengo a verlo para darle la oportunidad, señor, de rescindir nuestro contrato.

—¿Rescindirlo? ¿Porqué?

—Porque creo que usted está involucrado en algo más serio de lo previsto.

—Pero, ¿qué?

—¿No le basta con mi palabra?

—Debo saber.

La señorita Nunn apretó los labios. Después de un momento lanzó un suspiro.

—Dado que este es un caso inusual, tendré que quebrar mis reglas. Mire esto, señor.

—Desenrrolló un gran mapa de un sector del Corredor y lo alisó sobre la mesa de despacho del Presidente.— La residencia de Skiaki —dijo. Había un gran círculo en torno a. la estrella—. El límite que un hombre puede caminar en dos horas. —El círculo estaba cruzado por senderos tortuosos que partían de la estrella.— Esto lo obtuve del informe de Huellas Perdidas. Así es como sus rastreadores siguieron a Skiaki.

—Muy ingenioso, pero no veo nada grave en eso, señorita Nunn.

—Observe atentamente los senderos. ¿Qué es lo que ve?

—¡Vaya!… Cada uno de ellos termina en una cruz roja.

—¿Y qué sucede con cada sendero antes de llegar a la cruz roja?

—Nada¿Nada en absoluto, excepto… excepto que los puntos se convierten en rayas.

—Y eso es lo grave.

—No lo entiendo, señorita Nunn.

—Le explicaré. Cada cruz representa la escena de un crimen. Las rayas representan el rastreo de las acciones y los recorridos de cada víctima de asesinato antes de morir.

—¡Asesinato!

—Pudieron rastrear las acciones de la víctima hasta aquí y no más. Esos son los puntos. Las fichas coinciden. ¿Cuál es su conclusión?

—¡Debe ser una coincidencia! —gritó el Presidente—. Ese joven brillante y encantador… ¿Asesinato? ¡Es completamente imposible!

—¿Quiere que le de la información objetiva que he recopilado?

—No,  no  quiero.  Quiero  la  verdad.  Pruebas  positivas  sin  inferencias  extraídas  de puntos, rayas y fechas.

—Muy bien, señor Presidente. Las tendrá.

Ella alquiló por una semana el puesto de mendigos profesionales situado a lo largo de la entrada del Oasis de Skiaki. Sin éxito. Contrató a la Revival Band y cantó himnos junto con ella ante el Oasis. Sin éxito. Finalmente, después de obtener un puesto en el Vivero Orgánico, logró la conexión. Las tres primeras veces que llevó la comida a la penthouse entró y salió sin ser advertida; Skiaki estaba entretenido con una serie de muchachas, todas recién bañadas y resplandecientes de gratitud. Cuando realizó la cuarta entrega, él estaba solo y la advirtió por primera vez.

—Vaya —rió con ironía—. ¿Cuánto hace que esto viene sucediendo?

—¿Señor?

—¿Desde cuándo el Vivero emplea chicas en lugar de chicos para las entregas?

—Yo soy la encargada de las entregas, señor — respondió la señorita Nunn con dignidad—. Trabajo para el Vivero Orgánico desde el primero de mes.

—Deja ese “señor”, ¿quieres?

—Gracias…s… doctor Skiaki.

—¿Cómo diablos sabes que me he doctorado?

Había tenido un desliz. En el Oasis y en el Vivero él era simplemente B. Skiaki, y ella debió haberlo recordado. Como de costumbre, utilizó el error en su beneficio.

—Lo sé todo de usted, señor. Doctor Blaise Skiaki, Princeton, MIT, Dow Chemical. Químico Jefe en Aromas de la CCL.

—Suenas como si fueras el Quien es quién.

—Allí fue donde leí todo, doctor Skiaki.

—¿Has leído sobre mí en el Quién es quién? ¿Por qué, por el amor de Dios?

—Usted es la primera persona famosa con la que me he topado.

—¿Qué te sugirió la idea de que yo fuera famoso sin serlo, por lo demás? Ella hizo un ademán indicando alrededor de sí.

—Sabía que tenía que ser famoso para vivir de esta forma.

—Muy lisonjero. ¿Cómo te llamas, cariño?

—Gretchen, señor.

—¿Cuál es tu apellido?

—La gente de mi clase no tiene apellido, señor.

—¿Serás tú mañana la… encargada de las entregas, Gretchen?

—Mañana es mi día libre, doctor.

—Perfecto. Trae comida para dos.

Así comenzó el affair, y Gretchen Nunn descubrió, para su sorpresa, que se complacía en él enormemente. Blaise era en verdad un joven brillante y encantador, siempre atento, siempre considerado, siempre generoso. Por gratitud le dio (recuérdese que él creía que ella provenía de la clase baja del Corredor) una de sus más preciadas posesiones, un diamante de cinco quilates que había sintetizado en la Dow. Ella le respondió con igual estilo; lo usó en su ombligo y le prometió que sólo él lo vería allí.

Por fuerza de rutina, él siempre insistía en que ella se aseara cada vez que lo visitaba, lo cual resultaba un poco molesto; de acuerdo con sus ingresos, ella podía permitirse probablemente más agua potable que él. No obstante, tenía la ventaja de que pudo abandonar su trabajo en el Vivero Orgánico y atender otros asuntos mientras se ocupaba de Skiaki. Siempre salía de la penthouse de él alrededor de las once y treinta y se apostaba afuera hasta la una. Finalmente lo pescó una noche justo cuando él dejaba el Oasis. Había memorizado el informe de Salem Burne y sabía a qué atenerse. Lo alcanzó rápidamente y le habló con voz agitada.

—Señó, señó.

El se detuvo y la contempló con amabilidad sin reconocerla.

—¿Sí, mi amor?

—Si ute sigue ete camino yo voy con ute. Tengo miedo, señó.

—Cómo no, mi amor.

—Gracias, señó. Voy a casa. ¿Ute va a casa?

—Bien, no exactamente.

—¿Dónde ute va? ¿Nada malo señó? Yo no quero parte nada malo.

—Nada malo, mi amor. No te preocupes.

—Entonces, ¿dónde va ute señó? El se sonrió, discreto.

—Estoy siguiendo algo.

—¿Alguien?

—No, algo.

—¿Qué clase de algo?

—Eres curiosa, ¿no? ¿Cómo te llamas?

—Gretchen. ¿Yute?

—¿Yo?

—¿Tiene nombre?

—Deseo. Llámame Señor Deseo. —Vaciló un momento y luego agregó:— Aquí debo doblar a la izquierda.

—Qué suete, señó Deseo. Yo doblo izquieda también.

Pudo advertir que todos los sentidos de él estaban despiertos, de modo que redujo la cháchara hasta convertirla en un indiferente fondo sonoro. Se quedó junto a él, mientras seguía senderos serpenteantes, doblaba, algunas veces retrocedía, a través de calles, callejas y pasajes, asegurándole siempre que también por allí quedaba el camino a su casa. En un baldío de aspecto siniestro él le dio una paternal palmada y le aconsejó que esperara mientras él exploraba la seguridad del lugar. Lo exploró, desapareció y no volvió a aparecer.

—Repetí esta experiencia con Skiaki seis veces — informó la señorita Nunn a la CCL—

.  Todas  fueron  significativas.  Cada  vez  él  reveló  un  poco  más  sin  advertirlo  y  sin reconocerme. Burne estaba en lo cierto. Es una fuga.

—¿Y la causa, señorita?

—Huellas feromonales.

—¿Qué?

—Pensé, caballeros, que estarían familiarizados con el término, puesto que se dedican a los negocios químicos. Ya veo que tendré que explicar. Llevará cierto tiempo, de modo que les ruego que no exijan que describa la inducción y la deducción que me condujeron al resultado. ¿Estamos de acuerdo?

—De acuerdo, señorita Nunn.

—Gracias, señor Presidente. Seguramente han oído hablar de las hormonas, del griego hormaein, que significa “estimular”. Hay secreciones internas que estimulan la acción de otras partes del cuerpo en acción. Las feromonas son secreciones externas que estimulan a otros individuos a la acción. Es un lenguaje químico mudo.

“El mejor ejemplo de lenguaje feromonal es la hormiga. Colóquese un terrón de azúcar en la cercanía de un hormiguero. Un forrajeador se le acercará, comerá de él y volverá al hormiguero. Al cabo de una hora toda la colonia de hormigas en fila india se dirigirá al terrón, siguiendo los rastros feromonales trazados sin deliberación por el primer descubridor. Es inconsciente pero estimulantemente compulsivo.

—Fascinante. ¿Y el doctor Skiaki?

—Sigue huellas feromonales humanas. Lo impulsan; entra en una fuga y las sigue.

—¡Aja! Un aspecto outré de La Nariz. Parece tener sentido, señorita Nunn. Por cierto que sí. Pero, ¿qué huellas se siente impulsado a seguir?

—El deseo de muerte.

—¡Señorita Nunn!

—Seguramente  todos  tienen  conocimiento  de  este  aspecto  de  la  psique  humana. Mucha gente padece inconsciente pero poderoso deseo de muerte, especialmente en estos tiempos de desesperación. Aparentemente esto deja una huella feromonal que el doctor Skiaki percibe, y se ve impulsado a seguir de forma inexorable.

—¿Y entonces?

—Aparentemente concede el deseo.

—¡Aparentemente! ¡Aparentemente! —tronó el Presidente—. Exijo pruebas positivas de esa monstruosa acusación.

—Las tendrá, señor. No he terminado con Blaise Skiaki todavía. Hay una o dos cosas que quiero concluir con él, en el curso de las cuales me temo que sufrirá un gran golpe. Usted tendrá las pruebas positivas.

Se trataba de una verdad a medias de una mujer a medias enamorada. Sabía que tenía que volver a ver a Blaise, pero sus motivos eran confusos. ¿Para descubrir que en realidad lo amaba, a pesar de lo que sabía de él? ¿Para averiguar hasta dónde él la amaba? ¿Para revelarle la verdad acerca de ella? ¿Para prevenirlo o salvarlo o huir con él? ¿Para poner fin a su contrato con frío estilo profesional? No lo sabía. Por cierto, no sabía que era ella la que iba a recibir un fuerte golpe de Skiaki.

—¿Eres ciega de nacimiento? —murmuró él esa noche. Ella se irguió rápida en la cama.

—¿Qué? ¿Ciega? ¿Cómo?

—Ya me oíste?

—He visto perfectamente toda mi vida.

—Ah, de modo que no lo sabías querida. Sospechaba que sería así.

—Por cierto, lo que dices no tiene sentido, Blaise.

—Oh, eres ciega sin la menor duda —dijo él serenamente—. Pero nunca te enteraste porque has sido bendecida con un fantástico don anormal. Tienes percepción extrasensorial a través de los sentidos de los demás. Ves a través de los ojos de los otros. Por lo que sé, es posible que seas sorda y oigas con los oídos de los demás. Quizá sientas con mi piel. Debemos explorar esa posibilidad alguna vez.

—¡Nunca oí algo más absurdo en toda mi vida! —dijo ella con enfado.

—Puedo probarlo, si insistes, Gretchen.

—Adelante, Blaise. Prueba lo imposible.

—Ven conmigo al salón.

Una vez allí, él señaló un jarrón¿

—¿De qué color es eso?

—Marrón, por supuesto.

—¿De qué color es eso? —Una alfombra.

—Gris.

—¿Y esa lámpara?

—Negra.

—Quod erat demonstrandum —dijo Skiaki—. demostrado.

—¿Qué es lo que quedó demostrado?

—Que ves por medio de mis ojos.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque soy ciego a los colores. Eso es lo que me dio el primer indicio.

—¿Qué?

La estrechó entre los brazos para aquietar su temblor.

—Querida Gretchen, el jarrón es verde. La alfombra es color ámbar y oro. La lámpara es carmesí. No puedo ver los colores, pero el decorador me los dijo y yo los recuerdo, Y ahora, ¿por qué tanta angustia? Eres ciega, sí, pero estás bendecida con algo mucho más milagroso que la vista; ves por medio de los ojos del mundo. No vacilaría en cambiar tu suerte por la mía.

—¡No puede ser cierto! —lloró ella.

—Es cierto, amor mío.

—Pero, ¿y cuando estoy sola?

—¿Cuándo estás sola? ¿Cuándo se encuentra nadie solo alguna vez en el Corredor? Ella se arrancó de sus brazos y salió corriendo de la penthouse, sollozando histérica.

Volvió apresuradamente a su propio Oasis, casi enloquecida de terror. Y allí se mantuvo mirando alrededor de sí, y allí estaban todos los colores: rojo, anaranjado, amarillo, verde, añil, azul, violeta. Pero allí también había personas hormigueando por los laberintos del Corredor, como siempre había, veinticuatro horas por día.

Ya en su piso se dispuso a comprobar la desgracia. Despidió a todos los miembros de su personal de manera cortante, ordenándoles que se fueran y pasaran la noche en algún otro lugar. Permaneció de pie junto a la puerta y fue contándolos mientras se iban, llenos de asombro y aflicción. Cerró de un portazo y miró alrededor de sí. Podía aún ver.

—Ese  hijo  de  puta  embustero  —musitó,  y  luego  comenzó  a  pasearse  con  furia. Recorrió colérica todo el piso, maldiciendo con rencor. Se había probado una cosa: nunca tengas relaciones personales. Te traicionarán, te destruirán, y ella había sido una tonta. Pero,  ¿por qué, en el  nombre  de  Dios,  había  Blaise  utilizado  este  sucio  truco  para destruirla? Entonces tropezó con algo y casi se fue de espaldas. Recuperó el equilibrio y trató de ver contra qué había tropezado. Era un clavicordio.

—Pero… pero yo no tengo ningún clavicordio — murmuró asombrada. Avanzó para tocarlo y asegurarse de su realidad. Volvió a tropezar con algo, se tambaleó y lo cogió. Era el respaldo de un diván. Miró alrededor de sí confusa. Esta no era una de sus habitaciones. Un clavicordio. Brueghels coloridos colgando de las paredes. Muebles jacobinos. Puertas forradas de lienzo. Cortinados de estambre.

—Pero… este es el… el piso de los Raxon que se encuentra debajo del mío. Debo estar viéndolo por medio de sus ojos. Debo… él tenía razón. Yo… —cerró los ojos y miró. Vio una mélange de apartamentos, calles, muchedumbres, gentes, sucesos. Siempre había visto esta especie de montaje, pero siempre había creído que se trataba de un recuerdo visual total, extraordinaria ventaja para su extraordinaria habilidad y éxito. Ahora sabía la verdad.

Comenzó a sollozar de nuevo. Buscó a tientas alrededor de sí para hallar el diván y se sentó, desesperada. Cuando por fin las convulsiones cesaron, se enjugó los ojos con coraje, decidida a enfrentar la realidad. No era una cobarde. Pero cuando abrió los ojos fue golpeada por otro impacto. Vio su propia habitación con tonos de gris. Vio a Blaise Skiaki de pie junto a la puerta abierta, sonriéndole.

—¿Blaise? —susurró.

—Mi nombre es Deseo, mi amor. Señor Deseo. ¿Cuál es el tuyo?

—¡Blaise, por el amor de Dios! No a mí. No dejé huellas de deseo de muerte.

—¿Cómo te llamas, mi amor? ¿Nos hemos visto antes?

—¡Gretchen! —chilló ella—. Soy Gretchen Nunn y no tengo el menor deseo de muerte.

—Me alegro de volver a verte, Gretchen —dijo él con cristalina cortesía. Avanzó dos pasos a su encuentro. Ella se puso de pie de un salto y corrió a resguardarse tras el diván.

—Blaise, escúchame. Tú no eres el Señor Deseo. El Señor Deseo no existe. Tú eres el doctor Blaise Skiaki, el famoso científico. Eres el químico en jefe de la CCL y has creado muchos maravillosos perfumes.

El dio otro paso hacia ella, desanudando el pañuelo que usaba alrededor del cuello.

—Blaise, soy Gretchen. Hace dos meses que somos amantes. Tienes que recordar. Intenta recordar. Esta noche me dijiste lo de mis ojos… que soy ciega. Tienes que acordarte de eso.

El sonrió y anudó el pañuelo para hacer una cuerda.

—Blaise, estás sufriendo una fuga. Un bloqueo. Un cambio de psiquis. Este no eres realmente tú. Es otro ser arrastrado por una feromona. Pero yo no dejé rastros de feromona. No pude hacerlo. Nunca he querido morir.

—Si, sí que quieres, mi amor. Me complace satisfacer tu deseo. Es por eso que me llamo Señor Deseo.

Ella se puso en cuclillas como una rata atrapada y comenzó a moverse y regatear mientras él se le acercaba. Le hizo una finta hacia un costado, giró hacia el otro con una buena chance de salir por la puerta delante de él, sólo para toparse con tres maleantes que, sonrientes y hombro con hombro, le bloqueaban la salida. La cogieron y sujetaron.

El Señor Deseo no sabía que él también había dejado tras de sí una huella de feromona. Era un sendero de asesinato feromonal.

—Oh, sois vosotros otra vez —dijo el Señor Deseo con un resoplido de fastidio.

—Eh, viejo amigo señó, esta buena pieza, ¿eh?

—Y una carga. Qué manjar.

—Grande. Justo para tres, que no es mucho. Gracias, viejo amigo. Puedes volver a casa ahora.

—¿Por qué no puedo nunca matar a alguien? — exclamó el Señor Deseo con malhumor.

—Ya, ya. No enojado. Queremo protege nuestro perro guía. Tú encabezas. Nosotros seguimo y hacemo lo demá.

—Y si algo va mal, tú pagas —dijo uno de los tipos con una risita.

—Ve a casa, amigo señó. Lo demá es nuestro. Sin discusiones. Ya hemos explicado todo. Nosotros conocemo su luga pero uté no conoce nuetro luga.

—Yo sé quién soy —dijo el Señor Deseo con dignidad—. Soy el Señor Deseo, y creo que tengo el derecho de asistir al menos a una muerte.

—Claro, claro, próxima vez. Es una promesa. Ahora lárgate.

Y mientras el Señor Deseo se excitaba con resentimiento, los tipos rasgaron el vestido de Gretchen hasta desnudarla y dejaron escapar un oooh cuando vieron el diamante de cinco quilates en su vientre. El Señor Deseo se dio vuelta y también vio la titilante joya.

—Pero eso es mío —dijo con voz de asombro  —.  Era  sólo  para  mis  ojos.  Yo… Gretchen dijo que ella nunca… —De pronto el doctor Blaise Skiaki habló con una voz acostumbrada a mandar:— ¿Gretchen, qué demonio haces aquí? ¿Qué lugar es éste? ¿Quiénes son estos tipos? ¿Qué sucede aquí?

Cuando la policía llegó encontraron tres cuerpos muertos y una compuesta Gretchen Nunn sentada con una pistola láser sobre la falda. Les contó una historia perfectamente coherente de entrada forzada, intento de robo y violación a mano armada, y de cómo ella se había visto obligada a repeler la fuerza con la fuerza. Había unos pocos cabos sueltos en su declaración. Los cuerpos no estaban armados, pero si ellos habían dicho que estaban armados, la señorita Nunn, por supuesto, les había creído. Los tres habían sido abatidos,  pero  los  maleantes  siempre  estaban  combatiendo.  La  señorita  Nunn  fue felicitada por su coraje y cooperación.

Y su informe final al Presidente (que de modo alguno era la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad) la señorita Nunn recibió su cheque y se dirigió directamente al laboratorio de aromas donde entró sin hacerse anunciar. El doctor Skiaki estaba haciendo cosas  extrañas  y  misteriosas  con  pipetas,  frascos  y  recipientes  con  reactivos.  Sin volverse, ordenó:

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

—Buenos días, doctor Skiaki.

El giró bruscamente, revelando una cara magullada con ojos negros, y sonrió.

—Vaya, vaya, vaya. La famosa Gretchen Nunn, según creo. Votada la Personalidad del Año tres veces sucesivas.

—No, señor, la gente de mi clase no tiene apellido.

—Deja ese “señor”, ¿quieres?

—Sí… Señor Deseo.

—¡Ay! —se estremeció—. No me recuerdes esa increíble locura. ¿Cómo fue todo con el Presidente?

—Lo abrumé. Estás libre del anzuelo.

—Quizás esté libre de su anzuelo, pero no del mío. Esta mañana estuve pensando seriamente en entregarme.

—¿Qué te detuvo?

—Bien, empecé a trabajar en esta síntesis de pachuli y me olvidé. Ella se echó a reír.

—No tienes porqué preocuparte. Estás a salvo.

—¿Quieres decir curado?

—No, Blaise. No más curado que yo de mi ceguera. Pero estamos salvados porque lo sabemos. Ahora podemos enfrentarlo.

El hizo una señal de asentimiento con aire desdichado.

—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó ella animada—.

¿La lucha con el pachuli?

—No —dijo él con desaliento—. Todavía estoy atontado por el shock. Creo que me tomaré el día libre.

—Perfecto. Trae comida para dos.

Alfred Bester: Tiernamente Fahrenheit. Cuento

Alfred_Bester_(1950s)El no sabe quién de nosotros soy estos días, pero ellos saben algo con certeza. No debes poseer nada excepto a ti mismo. Debes hacer tu propia vida, vivir tu propia vida y morir tu propia muerte… si no morirás la de cualquier otro.

Los arrozales de Paragon III se extienden por cientos de millas como un damero sobre la tundra, un mosaico azul y marrón bajo un ardiente cielo color naranja. Al anochecer, las nubes se retuercen como humo y los arrozales se agitan y murmuran.

La noche que escapamos de Paragon III una larga hilera de hombres recorría los arrozales. Eran hombres silenciosos, tensos, armados; una larga hilera de siluetas estatuarias que se perfilaban contra el cielo humeante. Todos los hombres iban armados. Todos llevaban un walkie-talkie; el receptor en la oreja, el micrófono sobre la garganta, la brillante pantalla en la muñeca como un verde reloj. La multitud de pantallas no mostraban más que una multitud de senderos individuales que cruzaban los arrozales. Los indicadores  no  emitían  más  sonido  que  el  chapoteo  de  las  pisadas.  Los  hombres hablaban muy de cuando en cuando, en hoscos murmullos, todos para todos.

—Nada aquí.

—¿Dónde es aquí?

—Los campos de Jenson.

—Estás desviando te demasiado hacia el oeste.

—Mantente en esa línea.

—¿Alguien revisó el arrozal de Grimson?

—Sí. Nada.

—No puede haber caminado tanto.

—Pudieron transportarla.

—¿Creéis que está viva?

—¿Por qué habría de estar muerta?

El lento estribillo recorría la larga hilera de batidores que avanzaba hacia el humeante crepúsculo.  La  hilera  de  batidores  se  movía  como  una  serpiente,  sin  cejar  en  su implacable avance. Un centenar de hombres a cinco metros de distancia uno de otro. Mil quinientos metros de ominosa búsqueda. Una milla de colérica determinación extendiéndose de este a oeste. Cae la noche. Los hombres encienden sus focos, la serpiente se ha convertido en un collar de móviles diamantes.

—Revisado. Nada.

—Nada aquí.

—Nada.

—¿Y los arrozales de Alien?

—Estoy investigándolos ahora.

—¿La habremos perdido?

—Quizá.

—Volveremos atrás y comprobaremos.

—Será un trabajo de toda la noche.

—Los arrozales de Alien revisados.

—¡Maldita sea! ¡Tenemos que encontrarla!

—La encontraremos.

—Aquí está. Sector siete. Conecten.

La línea se detuvo. Hubo un silencio. Todos los hombres miraron la resplandeciente y verde pantalla de su muñeca, conectando el sector siete. Todos conectados. Todas las pantallas mostraban una pequeña figura desnuda a flor de agua, en un arrozal. Junto a la figura, el mojón de bronce del propietario decía: VANDALEUR. Los extremos de la fila convergían hacia el campo de Vandaleur. El collar se convirtió en un racimo de estrellas. Un centenar de hombres agrupados alrededor de un pequeño cuerpo desnudo. Una niña muerta en un arrozal. No había agua en su boca. En el cuello tenía marcas de dedos. Su cara inocente estaba golpeada, su cuerpo destrozado. Había sangre coagulada sobre su piel, seca y dura.

—Lleva muerta de tres a cuatro horas por lo menos.

—Tiene la boca seca.

—No la ahogaron. La mataron a golpes.

En el oscuro calor del crepúsculo, los hombres maldecían quedamente. Recogieron el cuerpo. Uno mandó parar a los demás e indicó las uñas de la niña. Había luchado con su asesino. Bajo las uñas había partículas de carne y brillantes gotas de sangre escarlata aún líquida, aún sin coagular.

—Esa sangre debería haberse coagulado también. Qué extraño.

—No tan extraño. ¿Qué tipo de sangre no se coagula?

—La de los androides.

—Parece como si la hubiese matado uno de ellos.

—Vandaleur tiene un androide.

—No pudo matarla un androide.

—Tiene sangre de androide en las uñas.

—Es mejor que la policía compruebe.

—La policía demostrará que tengo razón.

—Pero los andys no pueden matar.

—Es sangre de androide, ¿no?

—Los androides no pueden matar. Están construidos de modo que no pueden hacerlo.

—Parece como si fuese un androide mal hecho.

Y el termómetro señalaba aquel día 92,9 gloriosos grados Farenheit.

Así que allí estábamos nosotros a bordo del Paragon Queen camino de Megaster V, James  Vandaleur  y  su  androide.  James  Vandaleur  contó  su  dinero  y  gimió.  En  el camarote de segunda clase estaba con él su androide. Una majestuosa criatura sintética de rasgos clásicos y grandes ojos azules. Sobre su frente, como un camafeo de carne, las letras AM, indicando que se trataba de uno de los raros androides de aptitudes múltiples, que valían cincuenta y siete mil dólares en el mercado. Allí estábamos nosotros, suspirando y contando y observando tranquilamente.

—Mil doscientos, mil cuatrocientos, mil seiscientos. Mil seiscientos dólares —gimió Vandaleur—. Eso es todo. Mil seiscientos dólares. Mi casa valía diez mil. La tierra cinco. Y estaban los muebles, los coches, mis cuadros y grabados, mi avión, mi… y de todo eso nada más que mil seiscientos dólares. ¡Dios mío!

Salté de la mesa y me volví al androide. Saqué una correa de una de las bolsas de cuero y lo golpeé. No se movió.

—Debo recordarte —dijo el androide— que valgo cincuenta y siete mil dólares. Debo advertirte que estás amenazando una propiedad valiosa.

—Condenada y estúpida máquina —gritó Vandaleur.

—No soy una máquina —contestó el androide—. El robot es una máquina. El androide es una creación química de tejidos sintéticos.

—¿Pero  qué  demonios  te  pasó?  —chilló  Vandaleur  —.  ¿Por  qué  lo  hiciste?

¡Condenado! —golpeó furiosamente al androide.

—Debo recordarle que no puede castigárseme — dije—. El síndrome dolor-placer no forma parte de la síntesis androide.

—¿Por qué la mataste, entonces? —gritó Vandaleur —. Si no experimentabas ninguna emoción, ¿por qué lo hiciste?

—Debo recordarte —dijo el androide— que los camarotes de segunda clase de estas naves no poseen aislamiento acústico.

Vandaleur soltó la correa y gimió, contemplando a aquella criatura  de  la  que  era propietario.

—¿Por qué lo hiciste, por qué la mataste? —pregunté.

—No sé —respondí.

—Primero fueron pequeñas fechorías. Pequeñas destrucciones; debí darme cuenta de que algo marchaba mal en ti. Los androides no pueden destruir. No pueden hacer daño. No pueden…

—No hay ningún síndrome dolor-placer incorporado a la síntesis androide.

—Luego llegó el incendio provocado. Luego la destrucción grave. Luego el asalto. Aquel ingeniero de Rigel… cada vez peor. Siempre teníamos que largarnos, cada vez más deprisa. Ahora un asesinato. ¡Cristo! ¿Pero qué te sucede, qué te pasa?

—No hay instrumentos de autocomprobación incorporados al cerebro androide.

—Y cada vez que teníamos que irnos era un descenso; Mírame. En un camarote de segunda clase. Yo, James Paleo-logue Vandaleur. Hubo un tiempo en que mi padre era el hombre más rico de… Ahora, todo lo que tengo en este mundo son mil seiscientos dólares. Todo lo que tengo. Y a ti. ¡Maldito seas!

Vandaleur alzó la correa para golpear otra vez al androide, pero la dejó caer y se derrumbó en la litera, gimiendo. Al final logró dominarse.

—Instrucciones —dijo.

El androide de aptitudes múltiples respondió al instante. Se levantó y esperó órdenes.

—Mi nombre es ahora Valentine. James Valentine. Me detuve en Paragon III sólo un día para hacer trasbordo a esta nave que se dirige a Megaster V. Mi ocupación: agente de un androide AM, de propiedad privada, que se alquila. Objeto de mi visita: establecerme en Megaster V. Falsifica los documentos.

El androide sacó el pasaporte y los documentos de Vandaleur de una bolsa, cogió pluma y tinta y se sentó en una mesa. Con exacta e inmaculada mano, una mano diestra que podía dibujar, escribir, pintar, grabar, tallar, fotografiar, diseñar, crear y construir, falsificó meticulosamente los nuevos documentos de Vandaleur. Su propietario lo observaba con aire miserable.

—Crea y construye —murmuré—. Y ahora destruye. ¡Oh Dios mío! ¿Qué voy a hacer yo? ¡Ay, si pudiese librarme de ti! ¡Si no tuviese que vivir de ti! ¡Dios mío! Si hubiese heredado un poco de valor en vez de heredarte a ti.

Dallas Brady era la principal diseñadora de joyas de Megaster: una mujer baja, corpulenta,  amoral  y  ninfomaníaca.  Alquiló  el  androide  de  aptitudes  múltiples  de Vandaleur y me puso a trabajar en su taller. Sedujo a Vandaleur. Una noche, en la cama, preguntó de pronto:

—¿Tú te llamas Vandaleur, verdad?

—Sí —murmuré yo. Luego—: ¡No! ¡No! Valentine. James Valentine.

—¿Qué pasó en Paragon? —preguntó Dallas Brady—. Yo creía que los androides no podían matar ni destruir propiedad. Esas son las directrices e inhibiciones que se les graban cuando los sintetizan. Todas las compañías garantizan esto.

—Valentine —insistió Vandaleur.

—Oh, vamos —replicó Dallas Brady— hace una semana que lo sé. No te he denunciado, ¿verdad…?

—El apellido es Valentine.

—¿Quieres demostrarlo? ¿Quieres que llame a la poli? Dallas se incorporó y cogió el teléfono.

—Dallas, ¡por el amor de Dios!

Vandaleur dio un salto y forcejeó con ella para quitarle el teléfono. Ella lo rechazó, riéndose,  hasta  que  él  se  derrumbó  y  se  puso  a  gemir  lleno  de  vergüenza  y desesperación.

—¿Cómo lo descubriste? —preguntó por fin.

—Los periódicos no hacen más que hablar del asunto. Y Valentine se parece mucho a

Vandaleur. No fuiste muy hábil que digamos.

—Supongo que no. No soy muy listo.

—Tu androide ha batido el récord. Asalto, incendio provocado, destrucción, ¿qué pasó en Paragon?

—Raptó a una niña. Se la llevó a los arrozales y la asesinó.

—¿La violó?

—No lo sé.

—Van a acabar localizándote.

—Lo sé de sobra… ¡Dios mío! Llevamos dos años huyendo. Siete planetas en dos años. He tenido que abandonar cien mil dólares en propiedades en dos años.

—Sería mejor que descubrieses qué es lo que le pasa.

—¿Cómo hacerlo? ¿Quieres que vaya a una clínica de reparaciones y pida que le den una revisión? ¿Qué voy a decir? “Mi androide se ha convertido en un asesino, arréglenlo.” Llamarían a la policía de inmediato. —Comencé a temblar.— Lo desmantelarían en un día. Probablemente me juzgasen también a mí como cómplice o encubridor.

—¿Y por qué no hiciste que lo reparasen antes de que llegase a matar.

—No tuve oportunidad —explicó irritado Vandaleur—. No podía correr el riesgo de que empezasen con lobotomías y química corporal y cirugía endocrina y destruyesen sus aptitudes. ¿Qué iba a alquilar yo entonces? ¿De qué iba a vivir?

—Podías trabajar. La gente trabaja.

—¿Trabajar en qué? Ya sabes que no sirvo para nada.

¿Cómo iba a competir yo con androides especialistas y con robots…? ¿Quién puede competir con ellos a menos que tenga un enorme talento para una actividad determinada?

—Sí, eso es verdad.

—He vivido toda mi vida a costa de mi viejo. ¡Maldito sea! Tuvo que arruinarse precisamente poco antes de morir. Me dejó el androide y nada más. Y el único medio que tengo de sobrevivir es el dinero que me proporciona alquilarlo.

—Sería mejor que lo vendieras antes de que la policía te atrape. Puedes vivir con cincuenta mil. Invirtiéndolos.

—¿Al tres por ciento? ¿Mil quinientos dólares al año?

¿Cuando el androide produce el quince por ciento de su valor? Ocho mil dólares al año. Eso es lo que gana. No, Dallas. Tengo que seguir con él.

—¿Y qué vas a hacer con su inclinación a la violencia?

—No puedo hacer nada… Sólo observar y rezar. ¿Qué vas a hacer tú?

—Nada. No es asunto mío. Sólo una cosa… Tienes que darme algo por mantener la boca cerrada.

—¿Qué?

—El androide trabaja gratis para mí. Que te paguen otros; para mí será gratis.

El androide de aptitudes múltiples trabajaba. Vandaleur recogía los beneficios del alquiler. Con ellos pagaba sus gastos y ahorraba. Sus ahorros comenzaban a aumentar. Cuando la cálida primavera de Megaster V se convirtió en cálido verano, empecé a mirar propiedades  y  haciendas.  En  un  año  o  dos  podríamos  establecernos  de  modo permanente, si las exigencias de Dallas Brady no se hacían excesivas.

El primer día cálido del verano, el androide empezó a cantar en el taller de Dallas Brady. Inclinado sobre el horno eléctrico que, junto con el tiempo, hacía que el local hirviese casi de calor, cantó una vieja melodía que había sido popular medio siglo atrás.

Oh, no tiene sentido combatir el calor.

¡Hace falta valor! ¡Hace falta valor! Si no todo es peor, todo es peor. Fresco y sin olor Oh cariño mío…

Cantaba con una voz renqueante y extraña, y sus hábiles dedos tamborileaban a su espalda,  parodiando  una  extraña  rumba  con  independencia  del  resto  de  su  cuerpo. Aquello sorprendió a Dallas Brady.

—¿Estás contento o algo por el estilo? —preguntó.

—Debo recordarte que en la síntesis androide no va incorporado el síndrome placer- dolor —respondí—. ¡Todo es peor! ¡Todo es peor! Fresco y sin olor, oh cariño mío…

Sus dedos dejaron de bailar y agarraron unas pesadas tenazas de hierro. El androide las introdujo en el resplandeciente interior del horno, inclinándose hacia adelante para atisbar en la ardiente profundidad de éste.

—¡Ten cuidado, condenado imbécil! —gritó Dallas Brady—.

¿Es que quieres caer ahí dentro?

—Debo recordarte que valgo cincuenta y siete mil dólares en el mercado —dije—. Está prohibido amenazar una propiedad valiosa como yo. ¡Todo es peor! ¡Todo es peor!, Cariño mío…

Sacó un crisol de oro resplandeciente del horno eléctrico, se volvió, hizo una horrible cabriola, canturreó alocadamente y arrojó un gelatinoso fragmento de oro derretido sobre la cabeza de Dallas Brady. Ella chilló y se derrumbó, el pelo y la ropa llameando, la piel chirriando. El androide vertió sobre ella más oro sin dejar de cabriolear y de cantar.

—Todo es peor, fresco y sin olor, cariño mío… —Cantaba y vertía lentamente el oro derretido sobre el estremecido cuerpo, hasta que éste quedó inmóvil. Luego abandoné el taller y me reuní con James Vandaleur en la suite de su hotel. Las ropas chamuscadas del androide y sus serpeantes dedos advirtieron a su propietario que había ocurrido algo grave.

Vandaleur se dirigió rápidamente al taller de Dallas Brady, contempló la escena, vomitó y salió huyendo. Tuve el tiempo suficiente para hacer una maleta y recoger novecientos dólares en bienes muebles. Cogió un camarote de tercera en el Megaster Queen, que salía aquella mañana para Lyra Alpha. Me llevó con él. Lloraba y contaba su dinero y yo pegaba de nuevo al androide.

Y el termómetro de taller de Dallas Brady marcaba 98,1 hermosos grados Fahrenheit.

En Lyra Alpha nos metimos en un pequeño hotel próximo a la Universidad. Allí, Vandaleur  estregó  mi  frente  hasta  que  las  letras  AM  quedaron  borradas  por  la decoloración y la hinchazón. Las letras volverían a aparecer, pero tardarían varios meses en hacerlo, y entretanto Vandaleur esperaba que se olvidase el caso del androide de aptitudes múltiples. El androide fue alquilado como obrero común en la central energética de la Universidad. Vandaleur, con el nombre de James Venice, vivía de las pequeñas ganancias del androide.

Yo no me sentía demasiado mal. La mayoría de los residentes del hotel eran estudiantes universitarios, no muy sobrados de dinero, pero deliciosamente jóvenes y animosos. Había una muchacha encantadora de ojos vivos y mente ágil. Se llamaba Wanda, y ella y su novio, Jed Stark, sentían un tremendo interés por el androide asesino del que hablaban todos los periódicos de la galaxia.

—Hemos estudiado el caso —dijeron ella y Jed en una fiesta estudiantil que casualmente se celebraba en la habitación de Vandaleur—. Creemos saber cuál es la causa. Vamos a hacer un trabajo sobre el tema.

Estaban muy excitados.

—¿La causa de qué? —quiso saber alguien.

—De la alteración del androide.

—Es un desajuste, sin duda. Se ha descontrolado la química corporal. Puede que sea una especie de cáncer sintético, ¿no?

—No —dijo Wanda, lanzando a Jed una mirada de triunfo contenido.

—Bueno, ¿de qué se trata?

—De algo muy concreto.

—¿De qué?

—No quiero decirlo.

—Oh, vamos…

—No hay nada que hacer.

—¿No nos lo dirás? —pregunté con ansiedad—. Yo… nosotros estamos muy interesados en saber qué puede ser lo que altera al androide.

—Lo siento, señor Venice —dijo Wanda—. Es una idea única y hemos de protegerla. Con una tesis como ésta podremos resolver nuestra vida. No vamos a correr el riesgo de que alguien nos la robe.

—¿No podéis darnos un indicio?

—No. No podemos. Ni una palabra, Jed. Pero le diré una cosa, señor Venice. No me gustaría nada ser el propietario de ese androide.

—¿Por la policía? —pregunté.

—Me refiero a proyección, señor Venice. ¡La proyección! Ahí está el peligro. Y no diré más… Ya he dicho demasiado.

Oí pasos fuera, y una voz áspera que cantaba quedamente: “Todo es peor, todo es peor, fresco y sin olor, cariño mío…” Mi androide entró en la habitación, de vuelta de su trabajo en la planta energética de la universidad. No fue presentado. Avancé hacia él y yo inmediatamente respondí a la orden y me acerqué al barril de cerveza, haciéndome cargo del trabajo de servir a los invitados que hasta entonces había realizado Vandaleur. Sus diestros dedos cabrioleaban en una rumba privada, independiente del resto de su cuerpo. Su movimiento fue apagándose gradualmente y también el extraño canturreo.

Había bastantes androides en la universidad. Los estudiantes más ricos tenían androides junto con coches y aviones. El androide de Vandaleur no provocó ningún comentario, pero la joven Wanda era perspicaz y observadora. Se dio cuenta de mi frente inflamada y pensó en la tesis histórica que ella y Jed Stark iban a escribir. Terminada la fiesta, mientras subían a su habitación, consultó con Jed.

—Jed, ¿te fijaste en la frente de ese androide?

—Probablemente se hirió con algo, Wanda. Está trabajando en la planta energética. Allí manejan muchos objetos pesados.

—¿No te sugiere otra cosa?

—¿Como qué?

—Podría ser una herida hecha a propósito, por conveniencia.

—¿Conveniencia? ¿Para qué?

—Para ocultar lo que llevaba grabado en la frente.

—No tiene sentido, Wanda. No es necesario ver marcas en la frente para reconocer a un androide. No es necesario ver la marca de un coche para saber que es un coche.

—No quiero decir que esté intentando hacerse pasar por un humano. Lo que quiero decir es que está intentando pasar por un androide de grado inferior.

—¿Por qué?

—Suponte que tuviese grabado AM en la frente.

—¿Aptitudes múltiples? Entonces por qué demonios iba Venice a ponerlo a trabajar en los hornos de la central energética pudiendo ganar mucho más… Oh, ¡Oh! ¿Quieres decir que…?

Wanda asintió.

—¡Dios mío! —Stark frunció los labios—. ¿Qué te parece que hagamos? ¿Llamar a la policía?

—No. En realidad, no sabemos si es un AM. Y de todos modos, si resulta ser un AM y en concreto el androide asesino, lo primero es nuestra tesis. Esta es nuestra gran oportunidad, Jed. Si es ese androide, podemos realizar una serie de pruebas controladas y…

—¿Y cómo podremos estar seguros?

—Muy fácil. Película infrarroja. Eso nos mostrará lo que hay bajo la rozadura de la frente. Consigue una cámara prestada. Compra material fotográfico. Mañana por la tarde nos colaremos en la planta energética y haremos algunas tomas. Entonces sabremos la verdad.

A la tarde siguiente lograron entrar sin ser vistos en la planta energética de la universidad. Era un gran sótano, profundamente hundido bajo tierra. El local estaba oscuro, lleno de sombras, iluminado sólo por la ardiente luz que brotaba de las puertas del horno. Por encima del rumor del fuego pudieron oír una extraña voz que gritaba y cantaba y cuyos ecos repiqueteaban en la bóveda: ¡Todo es peor! ¡Todo es peor! Cariño mío…, y vieron también una cabriolante figura que bailaba una rumba lunática al compás de la música. Las piernas se retorcían. Los brazos se ondulaban. Los dedos se crispaban.

Jed Stark alzó la cámara y comenzó a utilizarla enfocando la balanceante cabeza. Y de pronto Wanda lanzó un chillido, porque yo los vi y avancé hacia ellos, blandiendo una brillante pala de acero. Aplastó la cámara. Derribó a la muchacha y luego al muchacho. Jed se enfrentó a mí en un desesperado esfuerzo, pero pronto quedó totalmente fuera de combate. Luego, el androide arrastró a ambos hasta el horno y los entregó a las llamas, lenta y malévolamente. Sin dejar de saltar y cantar. Luego regresó al hotel.

El termómetro de la central energética marcada 100,9 criminales grados Fahrenheit.

¡Todo es peor! ¡Todo es peor!

Compramos pasajes de proa en el Lyra Queen y Vandaleur y el androide trabajaron por la  comida.  Durante  las  guardias  nocturnas,  Vandaleur  se  sentaba  solo  en  la  parte delantera  de  la  proa  con  una  carpeta  de  cartón  sobre  las  piernas,  analizando  su contenido. Aquella carpeta era todo lo que se había llevado de Lyra Alpha. La había robado en la habitación de Wanda. Tenía un rótulo que decía: ANDROIDE. Contenía el secreto de mi enfermedad.

Y sólo contenía periódicos. Periódicos de toda la galaxia, impresos, microfilmados, grabados, copiados a mano, en offset, fotocopiados… el Star-Banner de Rigel… el Picayune  de  Paragon…  El  Times-Leader  de  Megaster…  El  Herald  de  Lalande…  El Journal de Lacaille… El Intelligencer de Indi… el Telegram-News de Eridani… ¡Todo es peor! ¡Todo es peor!

Nada más que periódicos. Todos hablaban de un crimen del androide, de un episodio de su carrera criminal. Además contenían noticias nacionales y extranjeras, de deportes, sociales, sobre el tiempo, sobre embarques, permutaciones, relatos de interés humano, rasgos, concursos, crucigramas. En aquella masa de datos inconexos se encontraba el secreto que habían descubierto Wanda y Jed Stark. Vandaleur repasaba desesperado los periódicos. Pero no conseguía dar con el secreto, era algo que quedaba fuera de su alcance. ¡Hace falta valor!

—¡Maldito seas! —dije al androide—. Te venderé. En cuanto lleguemos a la Tierra, te venderé. Viviré con el tres por ciento de lo que me den por ti.

—Valgo cincuenta y siete mil dólares en el mercado —le dije.

—Si no puedo venderte, te entregaré a la policía —dije.

—Soy una propiedad valiosa —respondí—. Está prohibido amenazar una propiedad valiosa. No me destruirás.

—¡Maldito seas! —gritó Vandaleur—. Lo que me faltaba, arrogancia encima. Sabes que puedes confiar en mi protección, ¿verdad? ¿Es ese el secreto?

El androide de aptitudes múltiples lo miró con ojos tranquilos e inteligentes.

—A veces —dijo— es bueno ser una propiedad.

Hacía un frío terrible en el Croydon Field cuando descendió el Lyra Queen. Sobre el aeródromo se extendía una mezcla de nieve y hielo que siseaba y se quebraba con el vapor del Queen. Los pasajeros trotaron torpemente sobre el ennegrecido hormigón hacia la aduana, y luego hacia el autobús del aeropuerto que había de llevarlos a Londres. Vandaleur y el androide no tenían ni un céntimo. Tuvieron que caminar.

Hacia la media noche llegaron a Picadilly Circus. El hielo de diciembre no se había fundido y la estatua de Eros estaba cubierta de él. Giraron a la derecha, caminaron hacia Trafalgar Square y luego por el Strand, temblando de frío y de humedad. Antes de la calle Fleet, Vandaleur distinguió una figura solitaria que llegaba de la dirección de St. Paul. Se escondió con el androide en una calleja.

—Tenemos que conseguir dinero —murmuró; luego señaló al individuo que se aproximaba—. El tiene dinero. Quítaselo.

—No puedo obedecer esa orden —dijo el androide.

—Quítaselo —repitió Vandaleur—. Por la fuerza. ¿Comprendes? Estamos en una situación desesperada.

—Va en contra de las directrices —dije—. No puedo obedecer esa orden.

—Por el amor de Dios —explotó Vandaleur—. ¡Has asesinado… torturado… destruido!

¿Y ahora me vienes con directrices? Sácale el dinero. Mátalo si es necesario. Te digo que estamos desesperados.

—Va contra la directriz principal —dije—. Está prohibido amenazar la vida o la propiedad. No puedo obedecer esa orden.

Di un empujón al androide y me planté frente al desconocido. Era un individuo alto, austero, competente. Tenía un aire de desesperanzado cinismo. Llevaba un bastón. Me di cuenta de que era ciego.

—¿Sí? —dijo—. Lo oí acercarse. ¿Qué quiere?

—Caballero… —Vandaleur vaciló—. Estoy desesperado.

—Todos estamos desesperados —contestó el desconocido—. Totalmente desesperados.

—Caballero… tengo que conseguir algún dinero.

—¿Está  usted  suplicando  o  robando?  —los  ojos  ciegos  miraban  por  encima  de Vandaleur y del androide.

—Estoy dispuesto a ambas cosas.

—Vaya. Así somos todos. Es la historia de nuestra raza. — El extraño hizo un gesto por sobre el hombro.— He estado pidiendo en St. Paul, amigo mío. Lo que yo deseo no puede robarse. ¿Qué es lo que usted desea que tiene la suerte de poder robar?

—Dinero —dijo Vandaleur.

—¿Dinero para qué? Vamos, amigo mío, intercambiemos confidencias. Yo le diré por qué pido si usted me dice por qué roba. Me llamo Blenheim.

—Yo me llamo… Volé.

—Yo no pedía recuperar la vista en St. Paul, señor Volé. Pedía un número.

—¿Un número?

—Sí, un número. Números racionales, números irracionales, números imaginarios. Enteros positivos. Enteros negativos. Fracciones, positivas y negativas. ¿Qué le parece?

¿No ha oído usted hablar del inmortal tratado de Blenheim sobre los Veinte Ceros o las Diferencias en Ausencia de Cantidad? —Blenheim sonrió con amargura.— Soy el mago de la Teoría del Número, señor Volé, y se ha agotado para mí la magia de los números. Después de cincuenta años de mágicos portentos, la senilidad se aproxima y el apetito se desvanece. Estuve rezando en St. Paul para pedir inspiración. Dios mío, recé, si Tú existes, mándame un número.

Vandaleur alzó lentamente la carpeta y tocó con ella la mano de Blenheim.

—Aquí  dentro  —dijo—  hay  un  número,  un  número  oculto,  un  número  secreto.  El número de un crimen. ¿Quiere hacer el cambio, señor Blenheim? ¿Me cambia usted un número casa y cobijo?

—Ya no pide ni roba, ¿eh? —dijo Blenheim—. Pero es un trato. Así la vida entera se reduce a lo trivial. —Sus ojos ciegos se perdieron de nuevo por encima de Vandaleur y del androide.— Quizás el Todopoderoso no sea Dios sino un mercader. Venga conmigo a casa.

En el piso superior de la casa de Blenheim, compartíamos una habitación: dos camas, dos armarios, dos lavabos y un baño. Vandaleur me estregó otra vez la frente y me envió a buscar trabajo, y mientras el androide trabajaba, yo consultaba con Blenheim y le leía los periódicos de la carpeta, uno a uno. ¡Todo es peor! ¡Todo es peor!

Vandeleur le leyó todos los periódicos pero no le dijo nada más. Era un estudiante, dije yo, que preparaba una tesis sobre el androide asesino. En aquellos periódicos que había recogido, estaban los datos que podrían explicar los crímenes de los que Blenheim nada había oído. Tenía que haber allí una correlación, un número, un dato estadístico que contuviese la clave de la alteración del androide, expliqué, y Blenheim se sintió atraído por el misterio, por el caso detectívesco, por el interés humano del número.

Examinamos los periódicos. Mientras yo se los leía en voz alta, él los reseñaba, con su contenido, con su letra meticulosa de ciego. Y luego yo le leía sus notas. El clasificaba los periódicos  por  tipos,  por  tipografía,  por  hechos,  por  capricho,  por  artículos,  letras, palabras, temas, publicidad, imágenes, asuntos, políticas, prejuicios… Analizaba. Estudiaba. Meditaba. Y juntos vivíamos en aquel piso superior, siempre con un poco de frío, siempre un poco atemorizados, siempre un poco más cerca… unidos por nuestro propio miedo, nuestro odio actuaba como una cuña en un árbol vivo hendiendo el tronco, pero sólo para que la hendidura fuese cubierta por el tejido rasgado. Juntos, siempre juntos. Vandaleur y el androide. ¡Hace falta valor!

Y una tarde, Blenheim llamó a Vandaleur a su despacho y le mostró sus notas.

—Creo que lo he encontrado —dijo—, pero no soy capaz de entenderlo. Vandaleur dio un salto.

—Aquí están las correlaciones —continuó Blenheim —. En cincuenta periódicos aparecen noticias sobre el androide criminal. ¿Qué otra noticia, además de las depredaciones de éste, hay en los cincuenta periódicos?

—No lo sé, señor Blenheim.

—Se trata de una pregunta retórica. Esta es la respuesta: el clima.

—¿Cómo?

—El clima —respondió Blenheim—. Todos los crímenes se cometieron cuando la temperatura superaba los noventa grados Fahrenheit.

—Pero eso es imposible —exclamó Vandaleur—. En Lyra Alpha hacía frío.

—No hay reseña de ningún crimen cometido en Lyra Alpha. No hay ningún periódico que lo diga.

—No, es cierto. Yo… —Vandaleur se sentía confuso; de pronto exclamó:— No. Tiene usted razón. La sala del horno. Allí abajo hacía calor. ¡Mucho calor! Claro. ¡Dios mío!

¡Claro!  Esa  es  la  respuesta.  El  horno  eléctrico  de  Dallas  Brady…  los  arrozales  de Paragon. ¡Hace falta valor! Sí, pero ¿por qué? ¿Por qué, Dios mío?

Yo entraba en casa en aquel momento y, al pasar por el despacho, vi a Vandaleur y a Blenheim. Entré, esperando órdenes, con mis aptitudes múltiples consagradas al servicio.

—Ese es el androide, ¿verdad? —dijo Blenheim tras un largo instante.

—Sí —respondió Vandaleur, aún desconcertado por el descubrimiento—. Y eso explica por qué se negó a atacarlo a usted aquella noche en el Strand. No hacía bastante calor para que desobedeciese las directrices. Sólo cuando hace calor… El calor, todo es peor.

Miró al androide. Una lunática orden silenciosa pasó del hombre al androide. Yo me negué. Está prohibido amenazar la vida. Vandaleur gesticuló furioso y luego agarró a Blenheim por los hombros y arrancándolo de la silla de su escritorio, lo arrojó al suelo. Blenheim dio un grito. Vandaleur saltó sobre él como un tigre, inmovilizándolo en el suelo y tapándole la boca con una mano.

—Busca un arma —dijo al androide.

—Está prohibido amenazar la vida.

—Es una lucha por la supervivencia. ¡Tráeme un arma!

Sujetaba con todo su peso al matemático, que no cesaba de debatirse. Me dirigí inmediatamente a una vitrina donde sabía que estaba guardado un revólver. Comprobé que estaba cargado con cinco balas. Se lo entregué a Vandaleur. Lo cogí, acerqué el cañón a la cabeza de Blenheim y apreté el gatillo. Blenheim se estremeció.

Teníamos tres horas antes de que regresase la cocinera. Saqueamos la casa. Cogimos el dinero y las joyas de Blenheim. Llenamos una maleta con ropa. Cogimos las notas de Blenheim, destruimos los periódicos, y huimos, cerrando cuidadosamente la puerta detrás de nosotros. Dejamos en el estudio de Blenheim un montón de papeles arrugados bajo media pulgada de una vela encendida. Y empapamos la alfombra con keroseno. No, todo eso lo hice yo. El androide se negó. A mí me está prohibido atentar contra la vida o la propiedad.

¡Todo es peor!

Cogieron el metro en  dirección  a  Leicester  Square,  luego  hicieron  trasbordo  y  se dirigieron al Museo Británico. Allí salieron y se encaminaron a  una  casita  georgiana situada   junto   a   Rusell   Square.   En   la   ventana   un   letrero   decía:   NAN   WEBB, CONSULTORA PSICOMETRICA. Vandaleur había anotado la dirección hacía unas semanas.  Entraron  en  la  casa.  El  androide  esperó  en  el  vestíbulo  con  la  maleta. Vandaleur pasó a la oficina de Nan Webb.

Era una mujer alta de pelo gris cortado casi al rape, delicada constitución inglesa y horribles piernas inglesas. Rasgos ásperos, expresión perspicaz. Hizo un gesto a Vandaleur, terminó una carta, la selló y luego alzó la vista hacia él.

—Me llamo —dije yo— Vanderbilt. James Vanderbilt.

—Muy bien.

—Soy estudiante de la Universidad de Londres.

—Muy bien.

—He estado investigando sobre el androide asesino, y creo que he descubierto algo muy interesante. Me gustaría que me aconsejara usted al respecto. ¿Cuáles son sus honorarios?

—¿A qué college pertenece usted?

—¿Por qué?

—Hago descuento a los estudiantes.

—Al Merton College.

—Serán dos libras, por favor.

Vandaleur puso dos libras sobre la mesa y añadió luego las notas de Blenheim.

—Hay una correlación —dijo— entre los crímenes del androide y el clima. Advertirá usted que todos los crímenes se cometieron cuando la temperatura superaba los noventa grados Fahrenheit. ¿Hay una respuesta psicométrica a esto?

Nan Webb hizo un gesto de asentimiento, estudió un rato las notas, luego volvió a colocarlas sobre la mesa, y dijo:

—Sinestesia, evidentemente.

—¿Qué?

—Sinestesia —repitió—. Cuando una sensación, señor Vanderbilt, se interpreta de modo inmediato de acuerdo con una sensación de un órgano de los sentidos distinto al estimulado, el fenómeno se llama sinestesia. Por ejemplo: un estímulo sonoro produce la sensación simultánea de un color concreto. O el color produce una sensación en el órgano del gusto. O un estímulo luminoso produce una sensación sonora. Hay una confusión entre las sensaciones del gusto, el olfato, el color, la presión, la temperatura y demás, ¿comprende?

—Creo que sí.

—Su investigación ha revelado que el androide es muy probable que reaccione de forma sinestésica a estímulos de temperatura por encima de los noventa grados. Lo más probable es que se trate de una respuesta endocrina. Debe de existir una conexión de temperatura con la suprarrenal sustituía del androide. La temperatura elevada provoca una reacción de miedo, cólera, excitación y actividad física violenta… todo dentro del campo de la glándula suprarrenal.

—Ya. Comprendo. Entonces, si se mantiene al androide en climas fríos…

—No habrá ni estímulo ni reacción. No habrá más crímenes. Desde luego.

—Comprendo. ¿Qué es proyección?

—¿Qué quiere decir?

—¿Hay algún peligro de proyección para el propietario del androide?

—Muy interesante. La proyección es un impulso que se exterioriza e influye sobre otro. Es el proceso de imponer sobre otro las ideas o impulsos propios. El paranoico, por ejemplo, proyecta en otros sus conflictos y alteraciones, con el fin de hacerlos externos. Acusa, directa o implícitamente, a otros hombres de tener el mismo mal contra el que está luchando.

—¿Y qué peligro implica la proyección?

—El peligro de que la víctima crea lo que se proyecta sobre ella. Si usted vive con un psicótico que proyecta sobre usted su enfermedad, corre el peligro de caer dentro de su esquema psicótico y convertirse también, prácticamente, en un psicótico, como indudablemente le está sucediendo a usted, señor Vandaleur.?

Vandaleur se levantó de un salto.

—Es usted un idiota —continuó Nan Webb, señalando las cuartillas de las notas—. Esta no es la letra de un estudiante. Es la especial y peculiar letra del famoso Blenheim. Todos los investigadores de Inglaterra conocen su letra de ciego. Y en la Universidad de Londres no existe ningún Merton College. Fue un error fatal. El Merton College está en Oxford. Y usted, señor Vandaleur, está tan evidentemente afectado por su asociación con ese androide descompuesto… por proyección… que no sé si llamar a la Policía Metropolitana o al Hospital de Locos Peligrosos.

Saqué el revólver y disparé contra ella.

¡Peor!

—Antares II, Alpha Aurigae, Acrux IV, Pollux IX, Rigel Centaurus —dijo Vandaleur—. En todos ellos hace frío. Son fríos como el beso de una bruja. Temperaturas de cuarenta grados  Fahrenheit.  Nunca  pasan  de  los  setenta.  Vamos  a  hacer  otra  vez  buenos negocios. Cuidado con esa curva.

El androide de aptitudes múltiples giró el volante con sus diestras manos. El coche tomó la curva suavemente y aceleró luego avanzando hacia las marismas norteñas, donde los cañaverales se extendían millas y millas, secos y ocres, bajo el frío cielo inglés. El sol se hundía rápidamente. Arriba una solitaria bandada de avutardas volaba torpemente hacia el este. Por encima de ella, un solitario helicóptero regresaba a casa y al calor.

—No más calor para nosotros —dije—. No más calor. Estaremos seguros donde haga frío. Nos ocultaremos en Escocia, haremos un poco de dinero, pasaremos a Noruega, reuniremos una buena cuenta bancaria y luego embarcaremos para otro sitio. Nos estableceremos en Pollux. Allí estaremos seguros. Lo hemos conseguido. Podremos empezar a vivir bien otra vez.

Sobre ellos se oyó un blip, y luego un áspero estruendo:

—ATENCIÓN JAMES VANDALEUR Y ANDROIDE. ¡ATENCIÓN JAMES VANDALEUR Y ANDROIDE!

Vandaleur alzó la vista sorprendido. El solitario helicóptero volaba sobre ellos. De su vientre brotaban órdenes amplificadas:

—ESTÁN RODEADOS. LA CARRETERA ESTA BLOQUEADA. TIENEN QUE DETENERSE INMEDIATAMENTE Y ENTREGARSE. ¡DETÉNGANSE INMEDIATAMENTE!

Miré a Vandaleur esperando órdenes.

—Sigue conduciendo —gruñó Vandaleur. El helicóptero bajó aún más.

—ATENCIÓN ANDROIDE. ESTAS CONTROLANDO EL VEHÍCULO Y TIENES QUE DETENERTE INMEDIATAMENTE. ES UNA ORDEN OFICIAL QUE ANULA TODAS LAS ORDENES PRIVADAS.

El coche disminuyó la marcha.

—¿Qué demonios haces? —grité yo.

—Una orden oficial anula todas las órdenes privadas —contestó el androide—. Debo indicarte que…

—Apártate del volante, imbécil —ordenó Vandaleur.

Golpeé al androide, lo eché a un lado y pasando por encima de él me coloqué ante el volante. El coche se desvió de la carretera y continuó patinando a través del barro helado y de las cañas secas. Vandaleur recuperó el control y continuó hacia el oeste a través de las marismas, hacia una autopista paralela situada a unas siete millas de distancia.

—Conseguiremos burlar su bloqueo —gruñó.

El coche se balanceaba y patinaba. El helicóptero descendió aún más. De su vientre brotó un foco de luz.

—ATENCIÓN JAMES VANDALEUR Y ANDROIDE: ENTRÉGUENSE. ESTA ES UNA ORDEN OFICIAL QUE ANULA TODAS LAS ORDENES PRIVADAS.

—El no puede entregarse —gritó furiosamente Vandaleur—. No hay nadie a quien entregarse. El no puede y yo no quiero.

—¡Cristo! —murmuré—. Conseguiremos burlarles. Conseguiremos burlar el bloqueo. Lo conseguiremos…

—Debo decirte —dije— que mis directrices me obligan a obedecer las órdenes oficiales que anulan toda orden privada. Debo entregarme.

—¿Y quién te dice que se trata de una orden oficial? —dijo Vandaleur—. ¿Ellos?

¿Desde ese helicóptero? Tienen que mostrar sus credenciales. Tienen que demostrar que son autoridades oficiales para que te entregues. ¿Cómo sabes que no son unos farsantes que intentan engañarnos?

Manejando el volante con una mano, buscó en su bolsillo para asegurarse de que el revólver aún seguía allí. El coche dio un patinazo. Los neumáticos rechinaban sobre el hielo y las cañas. El volante estaba húmedo de sudor y el coche derrapó sobre una pequeña loma y volcó. El motor continuó rugiendo y las ruedas girando. Vandaleur salió del coche arrastrando con él al androide. En un instante estuvimos fuera del cono de luz que descendía del helicóptero. Nos lanzamos hacia la marisma, hacia la oscuridad, hacia la fuga… Vandaleur corría, jadeante, arrastrando al androide.

El helicóptero giraba sobre el volcado automóvil, buscando con su foco, sin que el altavoz dejase de clamar. En la autopista que habíamos abandonado, aparecieron luces.

Eran los grupos encargados de la persecución, que se reunían siguiendo las órdenes radiadas desde el helicóptero. Vandaleur y el androide continuaban adentrándose en la marisma, abriéndose paso hacia la carretera paralela y la seguridad. Era ya de noche. El cielo era una masa negra. No se veía ni una sola estrella. La temperatura descendía. Un viento nocturno del sureste nos atravesaba los huesos.

Atrás, muy lejos, se oyó una explosión sorda. Vandaleur se volvió, jadeando. El combustible del coche había estallado. Se alzó un geiser de llamas como una fuente cárdena. Luego se abatió en un cráter de ardientes cañas. Empujada por el viento, la llamarada distante se abrió en abanico, era un muro de unos tres metros de altura. El fuego comenzó a avanzar hacia nosotros, crepitando ferozmente. Sobre él, avanzaba también una masa de aceitoso humo. Detrás de ella, Vandaleur podía distinguir figuras de hombres… una masa de batidores que escudriñaba las marismas.

—¡Cristo! —grité, buscando desesperadamente la seguridad. El corría, arrastrándome consigo, hasta que sus pies pisaron la superficie helada de una laguna. Pateó furiosamente el hielo, y luego se hundió en las frías aguas, arrastrando con nosotros al androide.

La cortina de llamas se aproximaba. Yo oía su crepitar y sentía el calor. El veía claramente a los perseguidores. Vandaleur buscó en su bolsillo el revólver. El bolsillo estaba roto. El revólver había desaparecido. Lanzó un gruñido y se estremeció, lleno de frío y de terror. La claridad del fuego era cegadora. Por encima, flotaba el helicóptero de un lado a otro, buscando incansable, pero incapaz de traspasar el humo y las llamas y de ayudar a los perseguidores que buscaban hacia la derecha, muy lejos de nosotros.

—No nos encontrarán —susurró Vandaleur —. No te muevas. Es una orden. No nos encontrarán. Los burlaremos. Burlaremos el fuego. Conseguiremos…

A menos de treinta metros de los fugitivos, se oyeron tres claras explosiones. ¡Blam! ¡Blam! ¡Blam! Eran las últimas balas de mi revólver que explotaban al ser alcanzadas por el fuego. Los perseguidores se encaminaron inmediatamente hacia el lugar de las explosiones y comenzaron a avanzar en línea recta hacia nosotros. Vandaleur soltó una maldición histérica e intentó sumergirse aún más profundamente para  eludir  el  calor intolerable del fuego. El androide empezó a estremecerse.

El muro de llamas estaba ante ellos. Vandaleur hizo una profunda inspiración y se dispuso  a  sumergirse  hasta  que  pasasen  las  llamas.  El  androide  se  estremeció  y comenzó de pronto a gritar.

—¡Hace falta valor! ¡Hace falta valor! —gritaba—. ¡Sino todo es peor!

—¡Maldito seas! —grité. Intenté sumergirlo.

—¡Maldito seas! —bramé. Golpeé su rostro.

El androide golpeó a Vandaleur, y se debatió con él hasta que consiguió salir del barro y ponerse de pie. Antes de que yo pudiese reanudar el ataque, las llamas lo apresaron hipnóticamente. Comenzó a bailar y a cabriolear en una rumba lunática ante el muro de llamas. Retorcía las piernas. Ondulaba los brazos. Los dedos se le crispaban en una rumba privada, con independencia del resto de su cuerpo. Chillaba y gritaba y corría en un desmañado vals, frente al abrazo del calor, como un cenagoso monstruo esbozado frente a la brillante y resplandeciente llamarada.

Los perseguidores gritaron. Se oyeron disparos. El androide giró sobre sí dos veces y luego continuó su horrible danza frente a las llamas. Se alzó un golpe de viento. El fuego rodeó a la cabriolante figura y la envolvió por un instante. Luego, el fuego continuó, dejando tras sí una sollozante masa de carne sintética que desprendía una sangre escarlata que nunca podría coagularse.

El termómetro habría marcado 1200 maravillosos grados Fahrenheit.

Vandaleur no murió. Yo conseguí escapar. Mientras observaban cómo el androide danzaba  y  moría,  se  olvidaron  de  mí.  Pero  ahora  no  sé  cuál  de  nosotros  es  él.

Proyección, me advertía Wanda. Proyección, le decía Nan Webb. Si vives mucho tiempo con una máquina loca, te vuelves loco también, yo también me vuelvo ¡Peor!

Pero sabemos algo con certeza. Sabemos que estaban equivocados. El nuevo robot y Vandaleur saben esto porque el nuevo robot también empezó a bailar. ¡Peor! Aquí en el frío Pollux, el robot se estremece y canta. No hace calor, pero el robot se lleva a la pequeña Talley a dar un paseo solitario. Es un robot barato. Un servomecanismo… lo único que yo podía permitirme… pero se agita y tararea y pasea solo con la niña por alguna parte, y no soy capaz de encontrarlos. ¡Cristo! Vandaleur no podrá encontrarme hasta que sea ya demasiado tarde. Fresco y sin olor, cariño mío, danzando sobre la escarcha, mientras el termómetro marca 10 afectuosos grados Fahrenheit.

Alfred Bester: 5.271.009. Cuento

6285358323_e10c0b8205Tómese dos partes de Belcebú, dos de Israfel, una de Montecristo, una de Cyrano, agítese con fuerza, sazónese con misterio y se tendrá al señor Solón Aquila. Es alto, enjuto, vivaracho, de expresión amargada, y cuando ríe sus ojos oscuros se transforman en rendijas. Se desconoce su ocupación. Es rico, sin tener medios visibles de ingresos. Se le ve en todas partes y no se le comprende en ninguna. Hay algo extraño en su vida.

He aquí lo que es extraño en el señor Aquila, y pueden ustedes tomarlo como quieran: cuando camina nunca debe esperar en una señal de tránsito. Cuando desea coger un taxi siempre hay uno libre a mano. Cuando entra en su hotel jamás deja de haber un ascensor esperando. Cuando se introduce en una tienda, siempre hay un dependiente libre para servirlo. Y en cualquier ocasión hay una mesa libre para el señor Aquila en los restaurantes. Y cuando desea pasar un rato divertido en un espectáculo de éxito, en el que los billetes están vendidos con mucha antelación, nunca deja de encontrar unos devueltos en el último instante.

Puede usted interrogar a los camareros, a los taxistas, a los ascensoristas, a los vendedores, a los taquilleros. No hay ninguna clase de conspiración. El señor Aquila ni soborna ni hace chantaje para lograr lo que desea. En cualquier caso, no le sería posible ni sobornar ni chantajear al computador que gobierna el sistema de señales de tránsito de la ciudad. Esas cosas, que le facilitan tanto la vida, simplemente ocurren. El señor Solón Aquila nunca sufre un desengaño. A continuación nos enteraremos del primero de ellos y de sus consecuencias.

Al señor Aquila se le ha visto confraternizando en la alta, media y baja sociedad. Lo han  encontrado  en  lupanares,  coronaciones,  ejecuciones,  circos,  cortes  de  justicia  y casas de juego. Se sabe que ha comprado coches antiguos, joyas históricas, incunables, pornografía, productos químicos, prismas de Porro, caballos de polo y escopetas recortadas.

—¡HimmelHerrGottSeiDank! Estoy loco, muchacho, loco. Por Dios, soy ecléctico —le dijo a un anonadado director de grandes almacenes—. El tipo Weltmann, ¿nicht wahr?

Mi ideal: Goethe. Tout le monde. ¡God damm!

Hablaba un espectacular lenguaje, mezcla de metáforas y dobles sentidos. Escupía docenas de idiomas y dialectos con la rapidez de una ametralladora. Y aparentemente también mentía ad libitum.

—¡Sacré bleu, Cristo! —se  le  oyó  decir  en  una  ocasión—.  Aquila  viene  del  latín; significa águila. O témpora, o mores, en palabras de Cicerón. Un ancestro.

Y, en otra ocasión:

—Mi ídolo: Kipling. Tomé mi apellido de una de sus obras; Aquila, uno de sus héroes.

¡God damn! Es el mejor escritor negro que ha habitado desde La cabaña del tío Tom.

La mañana en que el señor Solón Aquila fue sorprendido por su primer desengaño, entró violentamente en el taller de Lagan & Derelict, marchantes de pinturas, esculturas y objetos raros de arte. Tenía la intención de comprar una pintura. El señor James Derelict ya conocía a Aquila como cliente. Aquila le había comprado un Frederic Remington y un Winslow Homer hacía algún tiempo, cuando, por otra extraña coincidencia, había entrado en la tienda de la Madison Avenue un minuto después de que las buscadas pinturas hubiesen sido puestas a la venta. El señor Derelict también había visto al señor Aquila oficiar de jurado en un concurso de strip-tease realizado en Montauk.

—Bon soir, bel esprít, ¡God damn!, Jimmy —dijo el señor Aquila. Le hablaba de tú a todo el mundo—. Hoy hace un buen día para los colores. ¡Oui! Bueno. Tengo intención de comprarme un cuadro.

—Buenos días, señor Aquila —le contestó Derelict. Tenía la cara impenetrable de un tahúr, pero sus azules ojos eran honestos y su sonrisa infundía confianza. No obstante, en aquel momento su sonrisa parecía forzada, como si la voluble apariencia de Aquila lo pusiese nervioso.

—Me gustaría algo de ese tipo, por Cristo —dijo Aquila, abriendo rápidamente cajas, palpando tallas de marfil y catando porcelanas—. ¿Cómo se llama, mi viejo? Es un artista como Bosch. Como Heinrich Kley. Ustedes lo representan, parbleu, tienen la exclusiva. ¡O si sic omnia, por Zeus!

—¿Jeffrey Halsyon? —preguntó tímidamente Derelict.

—¡Oeil de boeuf! —gritó Aquila—. ¡Qué memoria! Criso-elefantina. Justo el artista que quiero. Es mi favorito. Preferiría algo monocromo. Un pequeño Jeffrey Halsyon para Aquila, bitte. Envuélvamelo.

—No lo hubiera creído jamás —murmuró Derelict.

—¡Ah! ¿A-já? Esto no es un Ming cien por cien garantizado —exclamó el señor Aquila, alzando un exquisito jarrón— Caveat emptor, maldita sea. ¿Y bien, Jimmy? He chasqueado los dedos. ¿Acaso no tienes Halsyons en stock, mi old faithful?

—Es extremadamente raro, señor Aquila —Derelict parecía luchar consigo mismo—, el que haya venido usted así. Llegó un monocromo de Halsyon aún no hace cinco minutos.

—¿Lo ve? Tempo ist Richtung. ¿Y bien?

—Preferiría no enseñárselo. Por razones personales, señor Aquila.

—¿HimmelHerrGott! ¿Pourquoi? ¿Lo tiene apalabrado?

—No… no, señor. Las razones personales no se refieren a mí, sino a usted, señor Aquila.

—¿Oh? ¡God damn! Explícame cuáles son mis razones personales.

—De todas maneras, no está a la venta, señor Aquila. No puede venderse.

—¿Por qué no? Habla, mi viejo pescado con patatas fritas.

—No puedo decírselo, señor Aquila.

—¡Zut alors! ¿Tengo que hacerte una llave de judo en un brazo, Jimmy? No puedes enseñármelo, no puedes vendérmelo. Yo, interiormente, me he hecho a la idea de comprarme un Jeffrey Halsyon. Es mi favorito. ¡God damn! Enséñame el Halsyon o sic transit gloria mundi. ¿Me oyes, Jimmy?

Derelict dudó, y luego se alzó de hombros.

—Muy bien, señor Aquila. Se lo enseñaré.

Derelict guió a Aquila por entre cajas de porcelana y plata, junto a lacas y bronces y brillantes armaduras, hasta la galería situada en la trastienda en donde colgaban docenas de pinturas de las paredes forradas de terciopelo gris, brillantemente iluminadas por focos. Abrió un cajón en un mueble escritorio estilo Goddard y sacó un sobre. En el sobre se veía impreso INSTITUTO BABILONIA. De su interior, Derelict extrajo un billete de un dólar y se lo entregó al señor Aquila.

—La última obra de Jeffrey Halsyon —dijo.

Con una pluma fina y tinta china, una mano experta había dibujado otro retrato sobre el rostro de George Washington que llevaba impreso el billete. Era una odiosa y diabólica cara sobre un fondo infernal. Era un rostro destinado a producir terror, en un escenario que buscaba inspirar repugnancia. El rostro era un retrato del señor Aquila.

—¡God damn! —dijo el señor Aquila.

—¿Lo ve, señor? No quería herir sus sentimientos.

—Ahora necesito poseerlo, muchachote —el señor Aquila parecía fascinado por el retrato—. ¿Es accidental o a propósito? ¿Me conoce Halsyon? Ergo sum.

—No que yo sepa, señor Aquila. Pero, en cualquier caso, no puedo vender ese dibujo. Es la prueba de que se ha cometido un delito… la mutilación de la moneda legal de los Estados Unidos. Debe ser destruida.

—¡Nunca! —el señor Aquila devolvió el dibujo como si temiera que el marchante fuera a prenderle fuego inmediatamente—. Nunca, Jimmy. Nevermore, como dijo el cuervo.

¡God damn! ¿Por qué dibuja ese Halsyon sobre un billete? Y mi retrato, uff. Le podría poner un juicio por daños y perjuicios, pero n’importe. Pero, ¿dibujar sobre dinero? Es un desperdicio. Joci causa.

—Está loco, señor Aquila.

—¡No! ¿Sí? ¿Loco?—Aquila estaba asombrado.

—Muy loco, señor. Es muy triste. Tuvieron que encerrarlo. Pasa el tiempo dibujando esos retratos sobre el dinero.

—¡God damn, mon ami! ¿Y quién le da el dinero?

—Yo se lo doy, señor Aquila. Y sus amigos. Cada vez que lo visitamos nos suplica que le demos dinero para sus dibujos.

—Le jour viendra, ¡por Cristo! ¿Y por qué no le dan papel para dibujar, mi querido anciano?

Derelict sonrió tristemente.

—Lo intentamos, señor. Cuando le dimos a Jeff papel, dibujó dinero.

—¡HimmelHerrGott! Mi artista favorito. En el manicomio. Very good. ¿Y cómo infiernos sagrados voy a comprar pinturas suyas, dado el caso?

—No podrá, señor Aquila. Me temo que jamás nadie volverá a comprar un Halsyon. Es un caso incurable.

—¿Y por qué se le ha aflojado el tornillo, Jimmy?

—Dicen que es un retraimiento, señor Aquila. A causa de, su éxito.

—¿Ah? Quod erat demonstrandum, muchachote. Traduce.

—Bueno, señor, aún es un hombre joven: anda por la treintena y es muy poco maduro. Cuando se hizo famoso, no estaba preparado. No estaba dispuesto para enfrentarse con las responsabilidades de su vida y carrera. Eso es lo que me dijeron los doctores. Así que le dio la espalda a todo y volvió a la infancia.

—¿Ah? ¿Y el dibujar sobre el dinero?

—Dicen que es el símbolo de su retorno a la infancia, señor Aquila. Prueba que es demasiado joven para saber en qué se utiliza el dinero.

—¿Ah? Oui. Ja. Astuto, tiene gracia. ¿Y mi retrato?

—No puedo explicar eso, señor Aquila, a menos de que lo viera en alguna ocasión y lo recuerde. O quizá se trate de una coincidencia.

—Hummm. Quizá. Bien. ¿Sabes una cosa, mi ático griego?

He sufrido un desengaño. Je ne oublierai jamáis. Estoy muy contrariado. ¡God damn!

¿Nunca más habrá Halsyons? Merde. Ese es mi slogan. Tenemos que hacer algo acerca de Jeffrey Halsyon. No puedo quedar insatisfecho. Tenemos que hacer algo.

El señor Solón Aquila asintió enfáticamente con la cabeza, sacó un cigarrillo, sacó un encendedor, y entonces hizo una pausa, profundamente pensativo. Al cabo de un largo instante asintió de nuevo, esta vez con decisión, e hizo algo asombroso. Se volvió a meter el encendedor en el bolsillo, sacó otro, miró a su alrededor rápidamente y lo encendió bajo la nariz del señor Derelict.

El señor Derelict pareció no darse cuenta de ello. En un instante, se quedó helado. Dejando la llama encendida, el señor Aquila colocó cuidadosamente el encendedor sobre una estantería frente al marchante de arte, que se quedó ante él inmóvil. La llama naranja brillaba en la vidriosa cuenca de sus ojos.

Aquila corrió al interior de la tienda, buscó y halló un globo de cristal chino muy poco común. Lo sacó de su caja, lo calentó apretándolo contra su pecho y miró a su interior. Murmuró. Asintió. Devolvió el globo a su caja, fue al escritorio del cajero, tomó un bloc y un lápiz y comenzó a escribir unos símbolos que no tenían relación con ningún lenguaje o grafismo conocidos. Asintió de nuevo, arrancó la hoja de papel y sacó su billetero.

Extrajo un billete de un dólar. Lo colocó sobre el mostrador de cristal, tomó un puñado de plumas estilográficas del bolsillo de su chaleco, seleccionó una y desenroscó el tapón. Haciéndose pantalla cuidadosamente sobre sus ojos, dejó que una gota cayese de la pluma al billete. Hubo un cegador destello de luz. Se oyó una vibración zumbante que desapareció lentamente.

El señor Aquila devolvió las plumas a su bolsillo, tomó cuidadosamente el billete por una esquina y corrió de nuevo a la galería en donde el marchante de arte seguía aún mirando con la vista perdida a la llama naranja. Aquila hizo revolotear el billete ante los ojos sin vista.

—Escucha, mi viejo —susurró Aquila—. Tienes que visitar a Jeffrey Halsyon esta tarde.

¿N’est-ce pas? Y le darás esta moneda del reino cuando te pida material para dibujo.

¿Eh? ¡God damn! —Sacó el billetero del señor Derelict de su bolsillo, colocó el billete en el interior del mismo, y se lo devolvió. — Y he aquí por qué efectuarás esa visita: es porque has tenido una inspiración que te viene de le Diable Boiteux. Nolens volens, el diablo cojuelo te ha inspirado un plan para curar a Jeffrey Halsyon. ¡God damn! Le enseñarás muestras del maravilloso arte que hizo en el pasado para devolverle la razón. La memoria es la madre de todo. HimmelHerrGott. ¿Me oyes, muchachote? Tienes que hacer lo que te digo. Ve hoy mismo y burro el último que llegue.

El señor Aquila cogió el encendedor, encendió su cigarrillo y apagó la llama. Al hacerlo, dijo:

—¡No, por lo más sagrado! Jeffrey Halsyon es un artista demasiado grande para languidecer in durance vile. Tiene que ser devuelto al mundo. Tiene que serme devuelto. É sempre l’ora. No puedo quedar contrariado. ¿Me oyes, Jimmy? ¡Ni hablar de eso!

—Quizá haya alguna esperanza, señor Aquila — dijo el señor Derelict—. Mientras estaba usted hablando, se me ocurrió algo… una forma en que devolver la cordura a Jeff. Voy a intentarlo esta misma tarde.

Mientras dibujaba el rostro del Lejano Maligno sobre el retrato de George Washington de un billete, Jeffrey Halsyon dictaba su autobiografía a nadie en particular:

—Como  Cellini  —recitaba—,  dibujo  y  literatura  simultáneamente.  Mano  a  mano, aunque todo arte es único, santos hermanos del barbitúrico, familiares y queridos en el nembutal. Muy bien. Comienzo. Nací. Estoy muerto. El nene quiere un dólar. No…

Se alzó del suelo acolchado y tuvo un arrebato de cólera de pared acolchada a pared acolchada, contemplando el enojo como una ira de púrpura oscura que iba hasta el pálido color lavanda de la recriminación gracias a la magia de sus pinceladas, su claroscuro, por la astuta combinación de aceite, pigmento, luz y el genio robado de Jeffrey Halsyon, que le había sido arrancado por el Lejano Maligno cuyo repugnante rostro…

—Comienzo de nuevo —murmuró—. Oscurecemos el fondo. Empezamos la preparación de la base… —se puso de nuevo en cuclillas sobre el suelo, tomó la pluma de ave cuya punta habían considerado inofensiva y que le dejaban utilizar para dibujar, la mojó en la tinta china que se había comprobado no era venenosa, y se atareó en la monstruosa cara del Lejano Maligno que estaba reemplazando al primer presidente en el dólar.

—Nací —dictó al espacio mientras su hábil mano creaba belleza y horror en el billete de banco—. Tuve paz. Tuve esperanza. Tuve arte. Tuve paz. Mamá. Papá. ¿Podéis darme un vaso de agua? ¡Oooo! Hay un gran espantapájaros maligno que me mira mal; y ahora el nene tiene miedo. ¡Mamá! El nene quiere hacer bellos cuadros en el bonito papel para mamá y para papá. Mira, mamá, el nene está haciendo un retrato del gran espantapájaros maligno que me miraba, una mirada oscura con sus negaos ojos como estanques de infierno, como frías hogueras de terror, como lejanos malignos de lejanos terrores… ¿Quién es?

Se descorrió el pestillo de la puerta de la celda. Halsyon saltó a un rincón y se cubrió con los brazos, desnudo y gimoteante, mientras se abría la puerta para que entrase el Lejano Maligno. Pero era sólo el hombre de la medicina con su chaqueta blanca y un desconocido de traje negro, sombrero hongo negro, y que llevaba una cartera negra con las iniciales J.D., una mezcla de góticas bastardillas con risibles aires a Goudy y Baskerville.

—¿Y bien, Jeffrey? —preguntó campechanamente el hombre de la medicina.

—¿Un dólar? —gimió Halsyon—. El nene quiere un dólar.

—¿Qué pasó con el último, Jeffrey? No lo has acabado aún, ¿no?

Halsyon se sentó sobre el billete para ocultarlo, pero el médico era demasiado rápido para él. Lo tomó y lo examinó conjuntamente con el desconocido.

—Tan maravilloso como los demás —suspiró Derelict—. ¡Aún más! Qué maravilloso talento se está malgastando…

Halsyon comenzó a llorar.

—¡El nene quiere un dólar! —berreó.

El desconocido sacó su billetera, cogió un billete de dólar y se lo entregó a Halsyon. Tan pronto como éste lo tocó, lo oyó cantar,  y  trató  de  cantar  con  él,  pero  estaba cantándole algo que desconocía, por lo que no le quedó más remedio que escuchar.

Era un dólar maravilloso: sin arrugas pero no demasiado nuevo, con una superficie ligeramente mate que recibiría la tinta como si fueran besos. George Washington parecía ceñudo  pero  resignado,  como  si  ya  estuviera  acostumbrado  al  tratamiento  que  le esperaba. Y quizá fuera así, pues era mucho más viejo en aquel dólar. Mucho más que en cualquier otro pues el número de serie de éste era 5.271.009, lo que le hacía mis de cinco millones de años viejo, y el más viejo que antes había tenido era un 2.000.000.

Mientras Halsyon se acurrucaba contento en el suelo y mojaba la pluma en la tinta, como le indicaba el dólar, oyó al hombre de la medicina que decía:

—No creo que deba dejarle solo con él, señor Derelict.

—Debemos estar solos, doctor. Jeff siempre fue muy tímido acerca de su trabajo. Sólo podía discutirlo conmigo en privado.

—¿Cuánto tiempo necesitará?

—Déme una hora.

—Dudo mucho que sirva para algo.

—Pero no hará ningún daño el intentarlo, ¿no?

—Supongo que no. De  acuerdo,  señor  Derelict.  Llame  al  enfermero  cuando  haya terminado.

Se abrió la puerta, y luego se cerró. El desconocido llamado Derelict puso su mano sobre el hombro de Halsyon en una forma amistosa e íntima. Este lo miró y sonrió astutamente,  mientras  esperaba  el  sonido  del  cerrojo  en  la  puerta.  Llegó;  como  un disparo, como el clavo final de un ataúd.

—Jeff, he traído algo de tu obra anterior —dijo Derelict en una voz displicente—. Creí que te gustaría verla conmigo.

—¿Lleva usted un reloj? —le preguntó Halsyon.

Conteniendo un gesto de sorpresa ante el tono normal en que había hablado Halsyon, el marchante de arte sacó su reloj de bolsillo y lo mostró.

—Déjemelo un instante.

Derelict soltó el reloj de la cadena y se lo pasó. Halsyon lo tomó cuidadosamente y dijo:

—De acuerdo. Muéstreme esos cuadros.

—¡Jeff! —exclamó Derelict—. Eres tú de nuevo, ¿no? Así es como siempre…

—Treinta —interrumpió Halsyon—. Treinta y cinco, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco, UNO —se concentró en el móvil segundero con anhelante expectación.

—No, supongo que no —murmuró el marchante—. Sólo que me imaginé que… Oh, bien. —Abrió la cartera y comenzó a sacar dibujos.

—Cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco, DOS.

—Aquí hay una de las más antiguas, Jeff. ¿Te acuerdas cuando viniste a la galería con los  bocetos  y  creímos  que  eras  el  nuevo  encargado  de  la  limpieza  que  enviaba  la agencia? Tardaste meses en perdonarnos. Siempre dijiste que compramos tu primer cuadro sólo para excusarnos. ¿Aún sigues pensándolo?

—Cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco, TRES.

—Aquí está esa tempera que te dio tantos problemas. ¿Te gustaría volver a intentarlo? Realmente yo no pienso que la tempera sea tan poco flexible como tú dices y me gustaría que lo probaras de nuevo ahora que tu técnica ha madurado tanto. ¿Qué opinas?

—Cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco, CUATRO.

—Jeff, deja ese reloj.

—Diez, quince, veinte, veinticinco…

—¿Qué infiernos pretendes contándolos minutos?

—Bueno —dijo razonablemente Halsyon—. Aveces cierran la puerta y se marchan. Otras veces cierran y se quedan a espiar. Pero nunca espían más de tres minutos, así que estoy esperando cinco, para estar totalmente seguro. CINCO.

Halsyon encerró el reloj de bolsillo en su gran puño y golpeó con fuerza la mandíbula de Derelict. El marchante se desplomó sin un solo sonido. Halsyon lo arrastró hasta la pared, lo desnudó, se vistió con sus ropas, guardó las cosas en la cartera y la cerró. Tomó el billete de dólar y se lo metió en el bolsillo. Asió la botella de tinta china garantizada como no venenosa y se echó su contenido sobre el rostro.

Atragantándose y chillando, hizo que el enfermero llegara hasta la puerta.

—¡Déjenme salir! —gritó Halsyon con voz ahogada—. Ese maníaco quiso ahogarme. Me tiró tinta en la cara. ¡Quiero salir!

Abrieron la puerta, Halsyon pasó junto al enfermero, limpiándose cuidadosamente su rostro ennegrecido con una mano que aún lo ocultaba más. Cuando el enfermero iba a entrar a la celda, Halsyon dijo:

—No se ocupe, está bien. Búsqueme una toalla o algo. ¡Apresúrese!

El enfermero cerró de nuevo la puerta, dio la vuelta y corrió por el pasillo. Halsyon esperó hasta que desapareció en un cuarto de enseres, y entonces se giró a su vez y corrió  en  la  dirección  opuesta.  Pasó  por  las  pesadas  puertas  hasta  llegar  al  pasillo principal de aquel ala del edificio, limpiándose aún la cara, escupiendo aún con fingida indignación. Llegó al edificio principal. Ya estaba a medio camino y aún no habían sonado los timbres de alarma. Conocía bien esos timbres. Los probaban cada miércoles al mediodía.

Es como un juego, se dijo a sí mismo. Es divertido. No hay que tener miedo a esto. Es como ser de nuevo un niño y estar en seguridad, cuerdo, y divertido; y, cuando deje de jugar, iré a casa para que mamá me ponga la cena y papá me lea los comics y seré de nuevo un niño, por siempre jamás un niño.

Seguía sin sonar la alarma cuando llegó a la planta baja. Se quejó de la indignidad a que había sido sometido a la recepcionista. Protestó de la poca protección a los visitantes mientras imitaba la firma de James Derelict en el libro de visitantes y su mano, sucia de tinta, dejó tan manchada la página que no descubrieron la falsificación. El guardián tocó el botón que abría la puerta al exterior. Halsyon la atravesó para salir a la calle y, cuando comenzaba a alejarse, escuchó el sonar de los timbres con un estrépito que lo aterrorizó.

Corrió. Se detuvo. Trató de caminar. No podía. Corrió a saltos calle abajo hasta que oyó gritar a los guardianes. Giró apresuradamente una esquina y otra, corrió por calles interminables, oyó coches tras él, sirenas, campanas, gritos, órdenes. Era una horrible serie de fuegos artificiales. Buscando desesperadamente un lugar en que ocultarse, Halsyon entró apresuradamente en el vestíbulo de una casa desierta.

Comenzó a subir las escaleras. Las subió de tres en tres, luego de dos en dos, y al final cansinamente, escalón a escalón, al ir fallándole las fuerzas y paralizarlo el pánico. Se tambaleó en un descansillo y cayó contra una puerta. La puerta se abrió. El Lejano Maligno estaba en el interior, sonriendo, y frotándose las manos.

—Glückliche Reise —dijo—. En punto. ¡God damn! Entra, viejo. Te esperaba. No seas tan tímido…

Halsyon chilló.

—¡No, no, no! Nada de Sturm und Drang, belleza —el señor Aquila puso una mano sobre la boca de Halsyon, tiró de él y lo arrastró puerta adentro, cerrándola tras de sí.

—Presto-chango —rió—. Desaparece Jeffrey Halsyon del mundo de los vivos. Dieu vous garde.

Halsyon apartó la mano, chilló de nuevo y luchó histéricamente, mordiendo y dando patadas. El señor Aquila cloqueó, tanteó en el interior de su bolsillo y sacó un paquete de cigarrillos. Tomó uno expertamente y lo partió bajo la nariz de Halsyon. Inmediatamente el artista dejó de luchar y permitió ser llevado hasta el sofá, en el que Aquila le limpió la tinta del rostro y las manos.

—Mejor, ¿no? —el señor Aquila rió—. No crea hábito. ¡God damn! Ahora nos iría bien un trago.

Lleno  un  vaso  con  un  jarro,  le  añadió  un  pequeño  cubo  de  hielo  púrpura  de  un humeante recipiente y colocó la poción en la mano de Halsyon. Llevado por el gesto de Aquila, el artista la bebió. Hizo que su cerebro zumbase. Miró a su alrededor, jadeando. Estaba en lo que parecía ser la lujosa sala de espera de un médico de Park Avenue. Muebles estilo Reina Ana, alfombra de Axminster. Dos Hogarths y un Copley con marco dorado en las paredes. Eran genuinos, se fijó asombrado Halsyon. Luego, aún más asombrado, se dio cuenta de que estaba pensando coherentemente, con continuidad. Tenía la cabeza bastante despejada.

Se pasó una mano húmeda por la frente.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con voz débil—. Ha sido como… como si hubiese pasado una fiebre. Pesadillas.

—Has estado enfermo —le replicó Aquila—. Seré brutal, viejo: esto es un regreso temporal  a  la  cordura.  No  es  ninguna  hazaña,  ¡God  damn!  Cualquier  doctor  podría lograrlo: niacina más dióxido de carbono. Id genus omne. Sólo es temporal. Debemos buscar algo más permanente.

—¿Qué lugar es éste?

—¿Esto? Mi oficina. El vestíbulo. Dentro está la sala de visitas. El laboratorio a la izquierda. In God we trust.

—Lo  conozco  —murmuró  Halsyon—.  Lo  conozco  de  alguna  parte.  Reconozco  su rostro.

—Oui. Me has dibujado y vuelto a dibujar en tu estado febril. Ecce homo Pero tienes ventaja sobre mí, Halsyon. ¿Dónde nos hemos visto? Yo no lo sé —Aquila extrajo un espéculo brillante, lo probó sobre su ojo izquierdo y lo enfocó al rostro de Halsyon.— Te he hecho una pregunta: ¿dónde nos hemos encontrado?

Hipnotizado por la luz, Halsyon contestó brumosamente:

—En el Baile de Bellas Artes… hace mucho… antes de la fiebre…

—¿Ah? Yes. Fue hace medio año. Estaba allí. Una noche desafortunada.

—No. Una noche maravillosa… alegre, divertida… como un baile escolar… como una fiesta fin de curso, pero con disfraces…

—¿Regresando de nuevo a la infancia? —murmuró el señor Aquila—. Tenemos que ocuparnos de eso. Cetera desuní, joven Lochinvar. Continúa.

—Estaba con Judy… aquella noche nos dimos cuenta de que estábamos enamorados. Supimos lo maravilloso que iba a ser nuestra vida. Y entonces pasó usted y me miró… sólo una mirada. Me miró. Fue horrible.

—¡Tsk! —el señor Aquila chasqueó la lengua vejado —. Ahora recuerdo el antedicho incidente. No estaba prevenido. Tuve malas noticias de casa. Una enfermedad eruptiva sobre mis dos mansiones.

—Usted pasó vestido de rojo y negro… satánico. No llevaba máscara. Me miró… una mirada roja y negra que jamás olvidaré. Una mirada de unos ojos negros como lagunas estigias, como frías llamas de terror. Y con esa mirada me lo robó todo… la alegría, la esperanza, el amor, la vida…

—¡No, no! —dijo secamente el señor Aquila—. Pongamos una cosa en claro: mi descuido fue la llave que abrió la puerta. Pero caíste en un abismo que tú mismo habías cavado. No obstante, mi vieja cerveza de boliche, tenemos que alterar eso. —Quitó el espéculo y agitó su dedo frente a Halsyon.— Tenemos que devolverte a la tierra de los vivos. Auxilium ab alto. Cristo. Para eso he preparado esta entrevista. Lo que he hecho, lo he de deshacer, ¿eh? Pero tú debes salir de tu propio abismo. Has de desfacer ese entuerto. Entra.

Tomó a Halsyon por el brazo y lo llevó a lo largo de un pasillo recubierto de madera, atravesando una cuidada oficina para entrar en un laboratorio de un blanco impoluto. Todo él era azulejos y cristal con estanterías para las botellas de productos químicos, filtros de porcelana, un horno eléctrico, botellones de ácidos, botes de materias primas. En  el  centro  de  la  estancia  había  una  pequeña  elevación  redonda,  una  especie  de estrado. El señor Aquila colocó un taburete sobre el mismo, hizo sentarse a Halsyon encima, se enfundó en una bata blanca de laboratorio y comenzó a montar aparatos.

—Tú —parloteaba—, eres un artista de lo extremado. No te voy a dorer la pilule. Cuando Jimmy Derelict me dijo que no estabas ya trabajando… ¡God damm! Le dije: tenemos que sacarlo de su chifladura. Solón Aquila debe poseer muchos cuadros de Jeffrey Halsyon. Lo curaremos. Hoc age. — ¿Es usted doctor? —preguntó Halsyon. —No. Digamos que soy un brujo. Hablando correctamente, un brujo patólogo. De los mejores. No nostrums. Estrictamente magia moderna. La magia negra y la magia blanca están ya passé, ¿n’est-ce pas? Cubro todo el espectro, especializándome en la banda de los quince mil angstroms.

—¿Es usted un médico brujo? ¡No puede ser!

—Oh, sí.

—¿En este lugar?

—¿A-já? A tí también te he engañado, ¿no? Este es nuestro, camouflage. Muchos laboratorios modernos que uno creería, se dedican a los dentífricos se ocupan en realidad de la magia. Pero también somos científicos. ¡Parbleu! Los brujos estamos al día. Las pócimas mágicas cumplen ahora con las normas farmacológicas. Los animales familiares son cien por cien estériles. Escobas desinfectadas. Conjuros envueltos en celofán. El padre Satanás con guantes de goma. Gracias sean dadas a Lord Lister… ¿o es Pasteur?

¡Mi ídolo! El brujo patólogo reunió materias primas, consultó las efemérides, hizo algunos cálculos en una computadora electrónica y continuó charlando:

—Fugit hora —dijo Aquila—. Tu problema, mi viejo, es que has perdido la cordura.

¿Oui? La has perdido en una maldita huida de la realidad y una maldita búsqueda de la paz ocasionadas por una mirada descuidada que te lancé. ¡Hélas! Te pido excusas. Répondez s’il vous plait. —Hizo un círculo alrededor de Halsyon, situado sobre el estrado, con lo que parecía ser una red de tenis en miniatura.— Pero tu problema es éste: buscas la paz en tu infancia. Y deberías estar luchando por conseguir la paz de la madurez,

¿n’est-ce pas? Cristo.

Aquila dibujó círculos y pentágonos con un brillante compás y una regla, pesó unos polvos en una balanza de laboratorio, vertió varios líquidos en crisoles con probetas graduadas y continuó:

—Muchos brujos hacen un buen negocio con pociones que aseguran provienen de la Fuente de la Eterna Juventud. Oh, sí. Hay mucha juventud y muchas fuentes; pero a ti no te sirven. No. La juventud no sirve a los artistas. Tenemos que purgarte de tu juventud y hacerte crecer, ¿nicht wahr?

—No —arguyó Halsyon—. No. La juventud es el arte. La juventud es el sueño. La juventud es la bendición.

—Para algunos sí; para muchos no. No para ti. Tú estás maldito, mi querido adolescente. Tenemos. que purgarte. Ansia de poder. Ansia de sexo. Coleccionar injusticias. Escapar de la realidad. Pasión por la venganza. Oh, sí, papá Freud es otro de mis ídolos. Limpiaremos toda tu casa a muy bajo precio.

—¿A qué precio?

—Lo verás cuando hayamos terminado.

El señor Aquila depositó líquidos y polvos alrededor del inerme artista en crisoles y platillos de Petri. Midió mechas y las cortó, las conectó del círculo a un reloj eléctrico que ajustó cuidadosamente. Fue a un estante que contenía botellas de suero, tomó una pequeña redoma de Woulff numerada 5-271-009, llenó con su contenido una jeringa y se lo inyectó meticulosamente a Halsyon.

—Comenzamos —dijo—, la purga de tus sueños. Voilá.

Puso en marcha el timer eléctrico y se ocultó tras una pantalla de plomo. Hubo un momento de silencio. Repentinamente comenzó a sonar a gran volumen una música negra que surgía de un altavoz oculto y una voz grabada inició un canto intolerable. En rápida sucesión los polvos y los líquidos alrededor de Halsyon ardieron. Estaba envuelto en música y fuego. El mundo comenzó a girar a su alrededor en rugiente confusión…

El Presidente de las Naciones Unidas se le acercó. Era alto y enjuto, vivaracho pero amargado. Estaba frotándose las manos desalentado.

—¡Halsyon! ¡Halsyon! —gritó—. ¿Dónde has estado, mi bollito de desayuno? ¡God damn! Hoc témpore. ¿Sabes lo que ha pasado?

—No —contestó Halsyon—. ¿Qué ha pasado?

—Después de que escapases del loquero, ¡bang! Bombas atómicas por todas partes. La guerra de las dos horas. Todo acabó. Hora fugit, old faithful La virilidad ya no existe.

—¡Qué!

—Las radiaciones, Halsyon, han destruido la virilidad del mundo. ¡God damn! Eres el único hombre capaz de engendrar hijos. No cabe duda que se debe a una misteriosa mutación genética que te hace diferente. Cristo.

—No.

—Ouí. Tienes la responsabilidad de volver a poblar el mundo. Te hemos reservado una suite del Odeón. Tienes tres alcobas. Tres es mi número favorito. Un número primo.

—¡Perros calientes! —gritó Halsyon—. Ese es mi sueño de toda la vida.

Su  camino  al  Odeón  fue  triunfal.  Lo  cubrieron  de  flores,  le  dieron  serenatas,  lo vitorearon y jalearon. Mujeres en éxtasis se mostraban descocadamente ante él, suplicándole su atención. En la suite le sirvieron una comida de emperador. Un hombre alto y enjuto entró a continuación. Era vivaracho pero amargado. Llevaba una lista en la mano.

—Soy el Gran Alcahuete Mundial y estoy a tu servicio, Halsyon —dijo. Consultó su lista—. ¡God damn! Hay 5.271.009 vírgenes que solicitan tu atención. Todas garantizadas como hermosísimas. Ewig-Weibliche. Elige un número del uno al 5.000.000.

—Empezaremos con una pelirroja —dijo Halsyon.

Le trajeron una pelirroja. Era delgada y aniñada, con senos pequeños y firmes. La siguiente era más llenita, con un trémolo trasero. La quinta era olímpica, con senos como peras africanas. La décima era una voluptuosa Rembrandt. La vigésima era flaca pero fuerte y nerviosa. La trigésima era delgada y aniñada, con senos pequeños y firmes.

—¿No nos hemos visto antes? —preguntó Halsyon.

—No —dijo ella.

La siguiente era más llenita con un trémolo trasero.

—Tu cuerpo me resulta familiar —le dijo Halsyon.

—No —le respondió ella.

La quincuagésima era olímpica, con senos como perasafricanas.

—¿No…? —dijo Halsyon.

—Nunca —contestó ella.

El Gran Alcahuete Mundial entró con el afrodisíaco matutino de Halsyon.

—Nunca pruebo esa basura —dijo Halsyon.

—¡God damn! —exclamó el Alcahuete—. Eres un verdadero gigante. Un elefante. No me extraña que seas el bienamado Adán. Tant soit peu. No me extraña que todas lloren de amor por ti.

Se bebió él mismo el afrodisíaco.

—¿No se ha dado cuenta de que todas están comenzando a parecerse? —se quejó

Halsyon.

—¡Ni hablar! Todas son diferentes. ¡Parbleu! Eso es un insulto a mi cargo.

—Oh, son diferentes una de otra, pero los tipos se repiten.

—¿Ah? Así es la vida, mi viejo. Toda la vida es cíclica. ¿Acaso tú como artista no lo habías notado?

—No creí que se aplicase también al amor.

—A todas las cosas. Wahrheit und Dichtung.

—¿Qué ha dicho acerca de que lloran?

—Oui. Todas lloran.

—¿Por qué?

—Por éxtasis de amor por ti. ¡God damn!

Halsyon pensó en la sucesión de aniñadas, tremolas, olímpicas, rembrandtdescas, flacas pero fuertes y nerviosas, pelirrojas, rubias, morenas, blancas, negras y achocolatadas.

—No me había dado cuenta —dijo.

—Obsérvalo hoy, padre del mundo. ¿Comenzamos?

Era cierto. Halsyon no se había dado cuenta. Todas lloraban. Se sintió halagado pero deprimido.

—¿Por qué no ríen un poco? —preguntó. No querían o no podían.

En  la  azotea  del  Odeón,  en  donde  realizaba  su  ejercicio  de  las  tardes,  Halsyon interrogó a su entrenador, un hombre alto y enjuto, con ademanes vivarachos pero amargados.

—¿Ah? —dijo el entrenador—. ¡God damn! No sé, viejo escocés con soda. Quizá sea porque es una experiencia traumática para ellas.

—¿Traumática? —resopló Halsyon—. ¿Por qué? ¿Qué es lo que les hago?

—¡A-já! ¿Bromeas? Todo el mundo sabe qué les haces.

—No, quiero decir que… ¿cómo puede ser eso traumático? Todas luchan por conseguirme, ¿no? ¿Acaso no soy como pensaban?

—Es un misterio. Tripotage. Ahora, amado padre del mundo, practicaremos las flexiones. ¿Dispuesto? Comienza.

Abajo, en el restaurante  del  Odeón,  Halsyon  interrogó  al  maítre,  un  alto  y  enjuto hombre con rostro vivaracho pero amargado.

—Somos hombres de mundo, Halsyon. Suo jure. Seguramente debes comprenderlo. Esas mujeres te aman y no pueden esperar más que una noche de pasión. ¡God damn! Naturalmente, se sienten contrariadas.

—¿Qué es lo que quieren?

—Lo que toda mujer quiere, mi viejo portal al oeste. Una relación permanente. El matrimonio.

—¡El matrimonio!

—Ouí.

—¿Todas?

—Ouí.

—De acuerdo, me casaré con las 5.271.009. Pero el Gran Alcahuete Mundial objetó:

—No, no, no, joven Lochinvar. ¡God damn! Es imposible. Aparte de las dificultades religiosas, hay otras humanas. ¿Quién podría ocuparse de un tal harén?

—Entonces me casaré con una sola.

—No, no, no. Pensez a moi. ¿Cómo ibas a hacer la elección? ¿Cómo podrías seleccionarla? ¿Mediante una lotería, sacando pajitas, arrojando una moneda?

—Ya he escogido a una.

—¿Ah? ¿Quiénes?

—Mi chica —dijo lentamente Halsyon—. Judith Field.

—Aja. ¿Tu novia?

—Sí.

—Está muy abajo en la lista de los cinco millones.

—Siempre está la primera en mi lista. Quiero a Judith. —Halsyon suspiró.— Recuerdo el aspecto que tenía en el baile de Bellas Artes… Había una luna llena…

—Pero no habrá luna llena hasta el veintiséis.

—Quiero a Judith.

—Las otras la despedazarán por celos. No, no, no, señor Halsyon, debemos seguir con el plan establecido. Una noche para cada una, no más para ninguna.

—Quiero a Judith… o de lo contrario…

—Tendrá que ser discutido en el Consejo. ¡God damn!

Fue discutido en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por una docena de delegados, todos altos, enjutos, vivarachos, pero amargados. Fue decidido que se permitiese a Jeffrey Halsyon efectuar una boda en secreto.

—Pero nada de lazos domésticos —le avisó el Gran Alcahuete Mundial—. Nada de ser fiel a su esposa. Eso debe quedar bien entendido. No podemos dejarte aparte de nuestro programa. Eres indispensable.

Trajeron a la afortunada Judith Field al Odeón. Era una muchacha alta y morena con cabello rizado, muy corto, y encantadoras piernas de tenista. Halsyon la cogió de la mano. El Gran Alcahuete Mundial salió de puntillas.

—Hola, cariño —murmuró Halsyon.

Judith lo miró con repugnancia. Sus ojos estaban húmedos, su rostro enrojecido por el llanto.

—Hola, cariño—repitió Halsyon.

—Si me tocas, Jeff — dije Judith con voz estrangulada—, te mataré.

—¡Judy!

—Ese hombre repugnante me lo explicó todo. No pareció comprender cuando traté de explicarle… que recé porque hubieras muerto antes de que me tocase el turno.

—Pero quiero casarme, Judy.

—Antes preferiría morir que casarme contigo.

—No te creo. Hemos estado enamorados durante…

—Por Dios, Jeff, el amor se acabó para ti. ¿No comprendes? Esas mujeres lloran porque te odian. Y yo también. El mundo siente repugnancia por ti. Das náuseas.

Halsyon miró a la muchacha y vio la verdad en su rostro. En un arrebato de ira trató de cogerla. Ella luchó furiosamente. Fueron de un lado a otro de la gran sala de estar de la suite, derribando muebles, jadeantes, mientras crecía su furia. Halsyon golpeó a Judith Field con su enorme puño para terminar de una vez la lucha. Ella trastabilló hacia atrás, se asió de una cortina, rompió el cristal de una ventana y cayó a la calle, desde una altura de catorce pisos, girando como una muñeca rota.

Halsyon miró hacia abajo horrorizado. Una multitud se agolpó alrededor del cuerpo aplastado. Se alzaron rostros. Se agitaron puños. Comenzó a sonar un griterío ominoso. El Gran Alcahuete Mundial entró corriendo a la suite.

—¡Mi viejo! ¡Desgraciado! —gritó—. ¿Qué has hecho? Per conto. Es la chispa que prenderá su salvajismo. Estás en grave peligro. ¡God damn!

—¿Es cierto que todos me odian?

—Helas, entonces, ¿has descubierto la verdad? Esa chica indiscreta. Y eso que se lo advertí. Oui. Te odian.

—Pero usted dijo que me amaban. El nuevo Adán, padre del nuevo mundo.

—Oui. Eres el padre, pero ¿qué niño no odia a su padre? Y también eres un violador legalizado. ¿Qué mujer no odia verse obligada a hacer el amor con un hombre… aunque sea necesario para la supervivencia? Ven de prisa, mi escocés en las rocas. Passim. Estás en un gran peligro.

Arrastró a Halsyon hasta el ascensor de la parte trasera del edificio y descendieron al sótano del Odeón.

—El ejército te sacará de aquí. Te llevaremos a Turquía inmediatamente, y trataremos de llegar a un acuerdo.

Halsyon fue transferido a la custodia de un alto, enjuto y amargado coronel del ejército que lo llevó a toda prisa por pasadizos subterráneos hasta una calle lateral, en donde esperaba un coche del Estado Mayor. El coronel metió a Halsyon» en su interior, de un empujón.

—Alea jacta est —le dijo al conductor—. A toda leche, cabo. Hemos de proteger al old faithful. Al aeropuerto. ¡Alors!

—¡God damn, señor! —replicó el cabo. Hizo un saludo y puso en marcha el coche. Mientras giraban por las calles a una velocidad de vértigo, Halsyon lo miró. Era alto, enjuto, vivaracho pero amargado.

—Kulturkampf der Menschheit —murmuró el cabo—, ¡Cristo!

Una   enorme   barricada   había   sido   erigida,   cerrando   la   calle,   con   elementos improvisados tales como botes de basura, muebles, coches volcados, luces de tráfico. El cabo se vio obligado a frenar en seco. Mientras trataba de dar un giro en “U”, apareció una multitud de mujeres surgiendo de las puertas de los edificios, de las tiendas, de los sótanos. Todas gritaban. Algunas blandían porras improvisadas.

—¡Excelsior! —gritó el cabo—. ¡God damn!

Trató  de  sacar  la  pistola  de  reglamento  de  la  funda.  Las  mujeres  abrieron violentamente las puertas del coche y sacaron a tirones a Halsyon y al cabo. Halsyon logró zafarse, peleó con la salvaje multitud que le lanzaba golpes, corrió hasta una acera, tropezó y cayó con un alarido de terror a través de una abierta rampa para carbón. Cayó hacia abajo llegando a un espacio negro sin límites. Le giraba la cabeza. Un torrente de estrellas fluía ante sus ojos…

Y flotaba solo en el espacio, un mártir, incomprendido, una víctima de la cruel injusticia. Aún seguía encadenado a lo que antes fue la pared de la Celda 5, Bloque 27, Piso 100, Ala 9 de la Penitenciaría de Calixto, hasta que aquella inesperada explosión gamma había hecho pedazos la enorme fortaleza-prisión, tan grande que aún era mayor que el Cháteau d’If, borrándola del mapa. Se dio cuenta de que aquella explosión había sido ocasionada por los grssh.

Todo lo que poseía eran sus ropas de convicto, un casco, un cilindro de O2, su terrible furia ante la injusticia que habían cometido con él y el conocimiento del secreto con el que los grssh podían ser derrotados antes de que llevasen a cabo su demoníaco intento de dominación solar.

Los grssh, horribles merodeadores llegados de Omicron Ceti, degenerados espaciales, imperialistas estelares, de sangre fría, con forma de escarabajo, cuyo alimento era los horrores psicóticos que engendraban en el hombre a través de un control mental, estaban conquistando rápidamente la galaxia. Eran irresistibles, poseían la capacidad de la simulkinesis: la habilidad de estar en dos lugares al mismo tiempo.

Un punto de luz se movía lentamente por la bóveda del espacio, como un meteorito. Era una nave de rescate, comprendió Halsyon, que exploraba el espacio en busca de sobrevivientes de la explosión. Se preguntó si la luz de Júpiter, que lo inundaba con una irradiación rojo óxido, lo haría visible al equipo de rescate. Se preguntó si quería que lo rescatasen.

—Será lo mismo de nuevo —gimió Halsyon—. Acusado falsamente por el robot de Balorsen… condenado falsamente por el padre de Judith… repudiado por la misma Judith… encarcelado de nuevo… y finalmente destruido por los grssh cuando asalten los últimos reductos de la Tierra. ¿Por qué no morir ya?

Pero mientras hablaba, se daba cuenta de que mentía. Era el único hombre que tenía el secreto que podía salvar a la Tierra y a la galaxia entera. Debía sobrevivir. Tenía que luchar.

Con una voluntad indomable, Halsyon luchó por ponerse en pie, peleándose con las cadenas que lo constreñían. Con la dureza de acero que había desarrollado como trabajador forzado en las minas de los grssh, agitó los brazos y gritó. El punto de luz no alteró su trayectoria, que lentamente le apartaba de él. Entonces vio cómo el eslabón metálico de una de sus cadenas hacía saltar brillantes chispas de la roca de pedernal. Se decidió a hacer un intento desesperado para lograr señalar su presencia a la nave de rescate.

Desconectó el plastitubo que iba desde el tanque de Oí a su plasticasco y permitió que un chorro del vital oxígeno brotara al espacio. Con manos temblorosas, recogió la cadena que le sujetaba la pierna y la golpeó contra la roca bajo el oxígeno. Brilló una chispa. El oxígeno se incendió. Un brillante geiser de llamas blancas ardió casi media milla en el espacio.

Economizando el último oxígeno de su plasticasco, Halsyon hizo girar lentamente el cilindro,  trazando  un  arco  de  llama,  una  y  otra  vez,  en  un  desesperado  intento  de conseguir ser rescatado. La atmósfera de su plasticasco se fue haciendo acre y enrarecida. Le rugían los oídos. Se le nublaba la vista. Al fin perdió el sentido.

Cuando  recobró  el  conocimiento  estaba  en  el  plasticatre  del  camarote  de  una astronave. El zumbido de alta frecuencia le dijo que estaban volando a una velocidad superior a la de la luz. Abrió los ojos. Balorsen se alzaba junto al plasticatre, y el robot de Balorsen, y el Juez Supremo Field, y su hija Judith. Judith estaba llorando. El robot llevaba puestos unos plasti-grilletes magnéticos y se estremecía mientras el general Balorsen lo fustigaba una y otra vez con un plastilátigo nuclear.

—¡Parbleu! ¡God damn! —chirriaba el robot—. Es cierto que falseé las pruebas para que condenaran a Jeff Halsyon. ¡Ouch! Flux de bouche. Yo fui el espaciopirata que espacio-asaltó el espaciocarguero. ¡God damn! ¡Ouch! El espaciobarman del Saloon de los Espacionautas fue mi cómplice. Cuando Jackson destrozó el espaciotaxi yo fui al espaciogaraje y lancé una descarga de rayos X contra el sónico antes de que Tantial asesinase a O’Leary. Aux armes. Cristo. ¡Ouch!

—Ahí tienes la confesión que necesitas, Halsyon — gruñe el general Balorsen. Era alto, enjuto, amargado—. Por Dios. Ars est celare artem. Eres inocente.

—Te condené falsamente, viejo amigo —asintió el Juez Field. Era alto, enjuto y amargado—. ¿Podrás perdonar a este maldito estúpido? Te presentamos nuestras excusas.

—Te causamos un perjuicio, Jeff —susurró Judith —. ¿Podrás perdonarnos alguna vez? Di que nos perdonarás.

—Lamentan la forma en que me trataron —graznó Halsyon—. Pero es únicamente debido a las misteriosas características genéticas mutantes que hacen que sea diferente y me convierten en el único hombre que conoce el secreto que puede salvar a la galaxia de los grssh.

—No, no, no, viejo gintonic —suplicó el general Balorsen—. ¡God damn! No seas rencoroso. Sálvanos de los grssh.

—Sálvanos, faute de mieux, sálvanos, Jeff — intervino el Juez Field.

—Oh, por favor, Jeff, por favor —susurró Judith—. Los grssh están en todas partes y se acercan más. Te vamos a llevar a la ONU. Tienes que decirle al Consejo de Seguridad cómo detener a los grssh, para que no estén en dos lugares al mismo tiempo.

La astronave salió del hiperespacio y aterrizó en Governor’s Island, en donde una delegación de dignatarios mundiales acudió a recibir a la nave y se apresuró a llevar a Halsyon a la sala de la Asamblea General de la ONU. Atravesaron extrañas calles redondeadas en las que se veían extraños edificios redondeados que habían sido alterados cuando se había descubierto que los grssh siempre aparecían en las esquinas. Ya no quedaba ni un ángulo en la Tierra.

La Asamblea General estaba repleta cuando entró Halsyon. Centenares de altos, enjutos y amargados diplomáticos le aplaudieron mientras caminaba hacia el estrado, aún vestido con sus plastiropas de convicto. Halsyon miró a su alrededor con resentimiento.

—Sí  —gruñó—,  todos  aplauden.  Todos  me  adoran  ahora;  pero,  ¿dónde  estaban cuando se me tendió la trampa, se me condenó y se me encarceló… a pesar de ser inocente? ¿Dónde estaban entonces?

—Halsyon, perdónanos. ¡God damn! —gritaron.

—No os perdonaré. Pasé diecisiete años de sufrimientos en las minas grssh. Ahora les toca a ustedes sufrir.

—¡Por favor, Halsyon!

—¿Dónde  están  sus  expertos?  ¿Sus  profesores?  ¿Sus  especialistas?  A  ver  si resuelven el misterio de los grssh.

—No pueden, viejo whisky con soda. Entre nous, no tienen ni idea. Sálvanos, Halsyon. Auf wiedersehen.

Judith lo cogió del brazo.

—No lo hagas por mí, Jeff —susurró—. Sé que nunca me perdonarás la injusticia que cometí contigo. Pero hazlo por todas las otras chicas de la Galaxia, que aman y son amadas.

—Yo aún te amo, Judy.

—Yo siempre te he amado, Jeff.

—Okay. No quería decírselos, pero tú me has convencido —Halsyon alzó la mano pidiendo atención. En el subsiguiente silencio, habló en voz baja.— El secreto es éste, caballeros. Sus calculadores han reunido datos suficientes para hallar la debilidad secreta de los grssh. No han sido capaces de hallar ninguna. Consecuentemente, ustedes han supuesto que los grssh no tienen debilidades secretas. Esa es una suposición falsa.

La Asamblea General contuvo la respiración.

—Aquí está el secreto: deberían haber supuesto que había algo que funcionaba mal en los calculadores.

—¡God damn! —gritó la Asamblea General—. ¿Por qué no pensamos en eso? ¡God damn!

—¡Y yo sé cuál es el error! Hubo un silencio mortal.

La puerta de la Asamblea General de abrió de golpe. El Profesor Silenciomortal, alto, enjuto, amargado, entró cojeando:

—¡Eureka! —gritó—. Lo he encontrado. ¡God damn! Había un error en las máquinas pensantes. El tres va después del dos, y no antes.

La Asamblea General lanzó vivas. El profesor Silenciomortal fue alzado en alto y manteado alegremente. Se abrieron botellas. Se brindó a su salud. Le colgaron varias medallas. Sonreía de oreja a oreja.

—¡Hey! —gritó Halsyon—. Ese es mi secreto. Yo soy el hombre que, a causa de una misteriosa mutación genética…

El teletipo comenzó a teclear: ATENCIÓN. ATENCIÓN. SI-LENCIOKOV DE MOSCÚ INFORMA HAY DEFECTO EN CALCULADORAS. 3 VA TRAS 2 Y NO ANTES, REPITO: DESPUÉS (SUBRAYADO) NO ANTES.

Entró un cartero corriendo:

—Una carta urgente del Doctor Silenciovital de la Caltech. Dice que hay algo erróneo en las máquinas pensantes. El tres va después del dos, y no antes.

Un repartidor de telegramas entregó un telegrama: MAQUINAS PENSANTES EQUIVOCADAS STOP DOS VA ANTES TRES STOP NO DESPUÉS STOP VON SILENCIOSOÑADOR, HEIDELBERG.

Lanzaron una botella por una ventana. Se rompió en el suelo, dejando al descubierto un papel en el que estaba garabateado: ¿Penzaron aljuna ves que er numero 3 ba dezpues 2 en lugar de hantes? Avajo los grises. Señor Silenciosilencio.

Halsyon agarró por las solapas al Juez Field.

—¿Qué infiernos pasa? —exclamó—. Creí que era el único hombre del mundo que conocía ese secreto.

—¡HimmelHerrGott! —replicó impaciente el Juez Field—. Todos sois iguales. Soñáis que sois el único hombre con un secreto, el único hombre al que se le ha hecho una injusticia, el único hombre al que se le ha engañado, el único hombre con una muchacha, el único hombre con o sin cualquier cosa. ¡God damn! Vosotros, los soñadores únicos me molestáis. Desaparece.

El Juez Field lo empujó con el hombro. El general Balorsen lo tiró hacia atrás. Judith Field lo ignoró. El robot de Balorsen le hizo la zancadilla, derribándolo a un rincón en el que un grssh, que también estaba en un rincón de Neptuno, apareció, hizo algo inmencionable a Halsyon y desapareció con él, que cayó aullando, estremeciéndose y sollozando en un horror que era un delicioso manjar para el grssh pero una plastipesadilla para Halsyon… De la que le despertó su madre diciéndole:

—Esto te enseñará a no prepararte bocadillos de mantequilla de cacahuete a mitad de la noche, Jeffrey.

—¿Mamá?

—Sí. Es ya hora de levantarse, cariño. Llegarás tarde ala escuela.

Salió de la habitación. Miró a su alrededor. Se miró a sí mismo. Era verdad. ¡Verdad! La maravillosa realidad lo inundó. Su sueño se había cumplido. De nuevo tenía diez años de edad, volvía a poseer su cuerpo de niño, vivía en la casa de su infancia, la vida que había transcurrido en la década de los treinta. Y en su mente tenía los conocimientos, la experiencia, la sofisticación de un hombre de treinta y tres.

—¡Qué alegría! —gritó—. Será mi triunfo. ¡Mi triunfo! Sería un genio en la escuela. Asombraría a sus padres, anonadaría a sus maestros, confundiría a los expertos. Ganaría becas.  Acabaría  con  el  problema  de  aquel  chico  Rennahan  que  acostumbraba  a molestarlo de continuo. Alquilaría una máquina de escribir y escribiría todas las obras de teatro,  relatos  y  novelas  de  éxito  que  recordaba.  Aprovecharía  aquella  oportunidad perdida que tuvo con Judy Field tras el monumento de Isham Park. Robaría inventos y descubrimientos. Iniciaría nuevas industrias, haría apuestas, jugaría a la bolsa. Dominaría el mundo para cuando volviese a tener su verdadera edad.

Se vistió con dificultad. Había olvidado dónde tenía la ropa. Desayunó con dificultad. No era el momento de explicarle a su madre que había adquirido el hábito de iniciar el día con café irlandés. Echaba a faltar su cigarrillo matutino. No tenía idea de dónde estaban sus libros escolares. Su madre tuvo problemas para acabar de arreglarlo.

—Jeff tiene uno de esos días —la oyó murmurar—. Espero que no le pase nada malo. El día comenzó con Rennahan tendiéndole una trampa en la entrada de la escuela.

Halsyon lo recordaba como un enorme muchacho con rostro malévolo. Le asombró descubrir que Rennahan era delgado y con problemas, y obviamente éstos le impulsaban a mostrarse continuamente agresivo.

—Mira, no es que sientas hostilidad hacia mí — exclamó Halsyon—. Lo que ocurre es que eres un chico con problemas, que estás tratando de probarte a ti mismo.

Rennahan le largó un puñetazo.

—Mira, muchacho —le dijo amablemente Halsyon —. Lo que realmente sucede es que quieres ser amigo de todo el mundo, Pero pasa que te sientes inseguro. Por eso te ves impulsado a pelear.

Rennahan permanecía sordo a su análisis. Golpeó con más fuerza a Halsyon. Le dolió.

—Oh, déjame tranquilo —dijo Halsyon—. Ve a probar lo que vales con cualquier otro. Rennahan, con dos rápidos movimientos, tiró al suelo los libros que Halsyon llevaba

bajo el brazo y le abrió la bragueta. No le quedaba otra solución que pelear. Veinte años de  contemplar  películas  del  futuro  Joe  Louis  no  le  sirvieron  de  nada.  Recibió  una soberana  paliza.  Además,  llegó  tarde  a  clase.  Pero  ahora  tenía  la  oportunidad  de asombrar a sus maestros.

—Lo que sucede es —le explicó a la señorita Ralph del quinto curso—, que tuve un encuentro con un neurótico. Puedo soportar su golpe de izquierda, pero lo que no trago son sus compulsiones.

La señorita Ralph le abofeteó y lo envió al director con una nota, informando sobre su desacostumbrada insolencia.

—Lo único que hay desacostumbrado en esta escuela —le dijo Halsyon al señor Snider—, es que no se conozca el psicoanálisis. ¿Cómo pueden pretender ser unos pedagogos competentes si no…?

—¡Sucio muchachito! —le interrumpió irritado el señor Snider. Era alto, enjuto y amargado—. Así que has estado leyendo libros verdes, ¿eh?

—¿Qué infiernos tiene de malo el leer a Freud?

—Y además usando un lenguaje vulgar, ¿eh? Necesitas una buena lección, sucio animalillo.

Fue devuelto a casa con una nota que requería una inmediata entrevista con sus padres acerca de la necesidad de que Jeffrey Halsyon fuera sacado de la escuela pues se trataba de un degenerado que necesitaba con desesperación una corrección y una orientación vocacional.

En lugar de ir a casa fue a un quiosco a mirar acontecimientos sobre los que poder apostar. Los titulares estaban repletos de noticias acerca de las carreras. Pero, ¿quién infiernos ganó finalmente el campeonato? ¿Y la serie mundial? Le resultaba totalmente imposible  recordarlo.  ¿Y  el  mercado  de  valores?  Tampoco  podía  recordar  nada  del mismo. Nunca se había sentido muy interesado en tales asuntos cuando era niño. No tenía nada en la memoria que pudiera aprovechar.

Trató de entrar en la biblioteca para llevar a cabo algunas comprobaciones. El bibliotecario, alto, enjuto y amargado, no quiso permitirle que entrase hasta que fuera la hora de visita de los niños, por la tarde. Vagabundeó por las calles. Dondequiera que vagabundease era expulsado por  enjutos y amargados adultos. Comenzaba a darse cuenta de que los niños de diez años tenían muy pocas oportunidades de asombrar al mundo.

A la hora de comer se encontró con Judy Field y la acompañó a casa desde la escuela. Se asombró ante sus huesudas rodillas y sus tirabuzones oscuros. Tampoco le gustaba cómo olía. Pero se sintió muy admirado al ver a su madre, que era la misma imagen de la Judy que recordaba. Se propasó con la señora Field e hizo una o dos cosas que la dejaron muy confusa. Lo echó de su casa y luego telefoneó a su madre, con la voz temblorosa por la indignación.

Halsyon fue hacia el río Hudson y se quedó por el muelle de los transbordadores hasta que lo echaron. Fue a una tienda de artículos de oficina para enterarse acerca de los alquileres de máquinas de escribir y lo sacaron a patadas. Buscó un lugar tranquilo en el que sentarse, pensar, planear, quizás iniciar el recuerdo de un relato de éxito. Pero no había ningún lugar tranquilo en el que dejasen entrar a un niño.

Entró sigilosamente en su casa a las cuatro y media, dejó caer sus libros en su habitación, pasó en silencio a la sala de estar, robó un cigarrillo y estaba a punto de salir cuando descubrió a su madre y a su padre, espiándolo. Su madre parecía anonadada. Su padre era enjuto y amargado.

—Oh —dijo Halsyon—, supongo que Snider telefoneó. Me había olvidado de eso.

—El señor Snider —dijo su madre.

—Y la señora Field —dijo su padre.

—Mirad —comenzó a decir Halsyon—, será mejor que aclaremos esto. ¿Me podéis escuchar durante unos minutos?

Tengo algo asombroso que contaros y un plan sobre lo que se puede hacer. Yo…

Dio un aullido. Su padre lo había agarrado por la oreja, y lo estaba llevando al recibidor. Los padres no escuchan unos minutos a sus hijos. No los escuchan ni un instante.

—Pa… un minuto… ¡por favor! Estoy tratando de explicarte. Realmente no tengo diez años de edad. Tengo treinta y tres. Ha habido una paradoja en el tiempo, ¿comprendes? Debido a una misteriosa mutación genética…

—¡Maldito seas! ¡Cállate! —gritó su padre.

El dolor que le producían sus enormes manos, la reprimida furia de su voz, silenciaron a Halsyon. Dejó que lo llevara fuera de la casa, recorriendo las cuatro manzanas hasta la escuela, y subiendo al piso hasta la oficina del señor Snider en la que éste estaba esperando, junto con el psicólogo escolar. Era un hombre alto, enjuto, amargado pero vivaracho.

—Ah, sí, sí —dijo—. Así que este es nuestro pequeño degenerado. Nuestro Scarface Al Capone, ¿eh? Vamos, lo llevaremos a la clínica y allí me dictará su joumal intime. Tengamos esperanzas. Nisi prius. No puede ser tan malo.

Tomó a Halsyon por el brazo. Halsyon se soltó y dijo:

—Escuche, usted es un hombre adulto e inteligente. Usted me escuchará. Mi padre tiene problemas emocionales que lo ciegan y no…

Su padre le dio una enorme palmada en la oreja, lo agarró por el brazo y lo puso de nuevo en manos del psicólogo. Halsyon estalló en lágrimas. El psicólogo lo sacó de la oficina, llevándolo a la pequeña enfermería de la escuela. Halsyon estaba histérico. Temblaba por la frustración y el terror.

—¿No me escuchará nadie? —sollozaba—. ¿No va a tratar nadie de comprender? ¿Es esto lo que le sucede a todos los niños? ¿Es por esto por lo que han de pasar todos los chicos?

—Tranquilo, salchichita —le murmuró el psicólogo. Introdujo una píldora en la boca de Halsyon y le obligó a beber un trago de agua.

—Todos ustedes son horriblemente inhumanos — sollozó Halsyon—. Nos mantienen alejados de su mundo,  pero  continuamente  se  inmiscuyen  en  el  nuestro.  Si  no  nos respetan, ¿por qué al menos no nos dejan tranquilos?

—Comienzas a comprender, ¿eh? —dijo el psicólogo —. Los niños y los adultos somos dos especies distintas de animales. ¡God damn! Te hablaré francamente. Les absents ont toujours tort. No hay comprensión. Cristo. Sólo hay guerra. Por eso todos los niños al crecer odian su niñez y buscan venganza. Pero nunca hay venganza. Pan mutuel. ¿Cómo podría haberla? ¿Puede un gato insultar a un rey?

—Es… es horrible —murmuró Halsyon. La píldora estaba comenzando a hacerle efecto—. Todo el mundo ess horrrible. Lleno de conílictosss e insultosss que no pueden ser reeesuel-tosss… o vengadosss… esss como una brrroma que alguien nosss estuvierrra gassstando. Una brrroma sssin sssentido. ¿No?

Mientras caía en la oscuridad, pudo oír cómo el psicólogo se reía; pero, aunque en ello le hubiera ido la vida, no hubiera podido explicar de qué se estaba riendo…

Tomó su pala y siguió al payaso primero al cementerio. El payaso primero era un hombre alto, enjuto, amargado pero vivaracho.

—¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación? —preguntó el payaso primero.

—Le digo que sí —contestó Halsyon—. Así que haga bien la fosa: el juez ha dictaminado en este caso, y ha dispuesto que tenga un entierro cristiano.

—¿Y cómo puede ser eso, a menos que se hubiera ahogado en defensa propia?

—Así han juzgado que fue.

Comenzaron a cavar la fosa. El payaso primero recapacitó sobre el asunto, y dijo:

—Debió ser se offendendo; no pudo haber sido de otra manera. Pues he aquí el asunto: si yo me ahogo voluntariamente, esto significa que ha habido una acción, y toda acción consta de tres partes: hacer, obrar y ejecutar; de donde se infiere que ella se ahogó voluntariamente.

—No, pero escúcheme, amigo sepulturero… — comenzó a decir Halsyon.

—Permíteme —interrumpió el payaso primero, y prosiguió con un tedioso discurso acerca  de  la  ley.  Luego  cambió  a  un  ánimo  más  alegre  y  contó  algunos  chistes profesionales. Al final Halsyon se marchó y fue hasta la Taberna de Yaughan a beber un trago. Cuando regresó, el payaso primero estaba intercambiando bromas con un par de caballeros que se habían acercado al cementerio. Uno de ellos estaba haciendo una escena con un cráneo.

Llegó el cortejo fúnebre: el ataúd, el hermano de la muchacha muerta, el rey y la reina, los sacerdotes y los nobles. La enterraron, y el hermano y uno de los caballeros comenzaron a pelearse sobre su tumba. Halsyon no prestó atención. Había una linda muchacha en la procesión, morena, con cabello rizado muy corto y hermosas y largas piernas. Le hizo un guiño. Ella se lo devolvió. Halsyon se le acercó, hablándole con los ojos, y ella le contestó significativamente, en la misma forma.

Luego tomó su pala y siguió al payaso primero al cementerio. El payaso primero era un hombre alto, enjuto, con expresión amargada pero de talante vivaracho.

—¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación? —preguntó el payaso primero.

—Le digo que sí —contestó Halsyon—. Así que haga bien la fosa: el juez ha dictaminado en este caso, y ha dispuesto que tenga un entierro cristiano.

—¿Y cómo puede ser eso, a menos que se hubiera ahogado en defensa propia?

—¿No me preguntó eso ya antes? —interrogó Halsyon.

—Silencio, old faithful. Contesta a la pregunta.

—Juraría que esto ya ha sucedido antes.

—¡God damn! ¿Vas a contestar? Cristo.

—Así han juzgado que fue.

Comenzaron a cavar la fosa. El payaso primero recapacitó sobre el asunto y comenzó un tedioso discurso acerca de la ley. Luego cambió a un ánimo más alegre y contó algunos chistes profesionales. Al final Halsyon se marchó y fue hasta la Taberna de Yaughan a beber un trago. Cuando regresó había un par de desconocidos junto a la fosa, y entonces llegó el cortejo fúnebre.

Había una linda muchacha en la procesión, morena, con cabello rizado muy corto y hermosas y largas piernas. Le hizo un guiño. Ella se lo devolvió. Halsyon se le acercó, hablándole con la vista, y ella respondiéndole de la misma manera.

—¿Cuál es su nombre? —susurró.

—Judith —respondió ella.

—Llevo su nombre tatuado, Judith.

—Bromea, señor.

—Puedo probarlo, madam. Le mostraré dónde me lo tatuaron.

—¿Y dónde fue eso?

—En la Taberna de Yaughan. Lo hizo un marinero llegado en el Golden Hind. ¿Querrá verlo esta noche?

Antes  de  que  pudiera  contestarle,  tomó  su  pala  y  siguió  al  payaso  primero  al cementerio. El payaso primero era un hombre alto, enjuto, con una expresión amargada pero de talante vivaracho.

—¡Por el amor de Dios! —se quejó Halsyon—. Podría jurar que esto ya ha sucedido antes.

—¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación? —preguntó el payaso primero.

—Sé que esto ya ha ocurrido.

—¡Contesta la pregunta!

—Escuche —dijo testarudamente Halsyon—. Quizás estoy loco, quizá no. Pero tengo la terrible sensación de que todo esto ya ha sucedido. Parece irreal. La vida parece irreal.

El payaso primero sacudió la cabeza.

—HimmelHerrGott —murmuró—. Es tal como me temía. Lux et ventas. Debido a una misteriosa mutación de tus genes, que te hace diferente, estás bailando sobre la cuerda floja. ¡Ewigkeit! Contesta a la pregunta.

—Ya la he contestado en una ocasión, la he contestado cien veces.

—Mi  viejo  jamón  con  huevos  —estalló  el  payaso  primero—,  la  has  contestado

5.271.009. ¡God damn! Contéstala de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque debes hacerlo. Pot au feu. Es la vicia que debemos vivir.

—¿Le llama a esto vida? ¿Hacer las mismas cosas una y otra vez? ¿Decir las mismas cosas? Guiñando a las chicas, sin lograr pasar a mayores.

—No, no, no, mi Donner und Blitzen. No preguntes. Es una conspiración con la que no nos atrevemos a enfrentarnos. Es la vida que todo hombre vive. Cada hombre hace lo mismo una y otra vez. No hay escapatoria.

—¿Por qué no hay escapatoria?

—No me atrevo a hablar; no me atrevo. Vox populi. Otros han hecho preguntas y han desaparecido. Es una conspiración. Tengo miedo.

—¿Miedo de qué?

—De nuestros amos.

—¿Cómo? ¿Somos propiedad de alguien?

—Sí. ¡Ach, ja! Todos nosotros, joven mutante. No hay realidad. No hay vida, ni libertad, ni libre albedrío. ¡God damn! ¿No te das cuenta? Somos… todos somos personajes de un libro. A medida que el libro es leído, bailamos al son que nos tocan. Cuando el libro es leído de nuevo, bailamos de nuevo. E pluribus unum… ¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación?

—¿Qué es lo que está diciendo? —gritó horrorizado Halsyon—. ¿Que somos marionetas?

—Contesta a la pregunta.

—Si no hay libertad, no hay libre albedrío, ¿cómo podemos estar hablando así?

—Porque el que está leyendo nuestro libro está soñando despierto, mi querido capital de Dakota. ídem est. Contesta a la pregunta.

—No lo haré. Voy a rebelarme. No bailaré más para nuestros amos. Encontraré una vida mejor… Encontraré la realidad.

—¡No, no! ¡Es una locura, Jeffrey! ¡Cul-de-sac!

—Lo único que necesitamos es un líder valeroso. El resto seguirá. ¡Acabaremos con la conspiración que nos tiene encadenados!

—No se puede hacer. Ve con cuidado. Contesta a la pregunta.

Halsyon contestó a la pregunta tomando su pala y dando con ella al payaso primero en la cabeza, aunque éste no pareció darse cuenta, pues preguntó:

—¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación?

—¡Revolución! —gritó Halsyon, golpeando de nuevo. El payaso comenzó a cantar. Aparecieron los dos caballeros.

Uno dijo:

—¿Acaso este individuo no tiene conciencia profesional, ya que se pone a cantar mientras cava la tumba?

—¡Revolución! ¡Seguidme! —gritó Halsyon, y dio un golpe de pala a la melancólica cabeza del caballero. Este no le prestó atención. Charlaba con su amigo y con el payaso primero. Halsyon giró como un derviche, dando golpes a todos lados con su pala. El caballero tomó un cráneo  y  filosofó  acerca  de  alguna  persona  o  personas  llamadas Yorick.

Apareció el cortejo fúnebre. Halsyon lo atacó, girando y dando vueltas, una y otra vez, con el lento frenesí de un hombre que sueña.

—Deje de leer el libro —gritó—. Déjeme salir de las páginas. ¿Puede oírme? ¡Deje de leer el libro! Prefiero vivir en un mundo que yo haya hecho. ¡Déjeme ir!

Se oyó un tremendo trueno, como si las hojas de un gigantesco libro se hubieran cerrado de golpe. En un instante Halsyon se vio lanzado al tercer compartimiento del séptimo círculo del Infierno en el decimocuarto canto de la Divina Comedia, en el que los que han pecado contra el arte son atormentados por llamaradas de fuego que caen eternamente sobre ellos. Allí aulló hasta que hubo divertido lo bastante. Y sólo entonces se le permitió pensar en un texto propio… y formó un nuevo mundo, un mundo romántico, un mundo que era uno de sus más caros sueños…

Era el último hombre de la Tierra.

Era el último hombre de la Tierra y aullaba.

Las  colinas,  los  valles,  las  montañas  y  los  arroyos  eran  suyos,  sólo  suyos,  y  no obstante aullaba.

Tenía cinco millones doscientas setenta y una mil nueve casas en las que cobijarse, 5.271.009 camas en las que dormir. Las tiendas estaban a su disposición para que las forzase y entrase en ellas. Todas las joyas del mundo eran suyas; y los juguetes, las herramientas, los juegos, los bienes, los lujos… todo ello pertenecía al último hombre de la Tierra, y éste aullaba.

Dejó  la  señorial  mansión  campestre  de  Connecticut  que  había  tomado  como residencia; cruzó por Westchester, aullando; corrió hacia el sur por lo que en otro tiempo había  sido  la  Autopista  Hendrick  Hudson;  cruzó  el  puente  que  daba  a  Manhattan; aullando; corrió por la ciudad pasando junto a solitarios rascacielos, almacenes, palacios de diversiones, aullando. Aulló mientras bajaba por la Quinta Avenida, y en la esquina de la calle Quince se topó con un ser humano.

Estaba viva, y respiraba; era una hermosa mujer: alta y morena con un cabello rizado muy corto y hermosas piernas largas. Llevaba puesta una blusa blanca, unos pantalones de montar de piel de tigre y unas botas de cuero negro. Llevaba un rifle. De su cadera colgaba un revólver. Estaba comiendo tomates estofados de una lata y se quedó mirando a Halsyon, incrédulamente. El corrió hasta ella.

—Creí que era el último ser humano de la Tierra — le dijo ella.

—Eres la última mujer —aulló Halsyon—. Yo soy el último hombre. ¿Eres dentista?

—No —le dijo ella—. Soy la hija del infortunado Profesor Field, cuyo bienintencionado pero desgraciado experimento de fisión nuclear ha borrado a la humanidad de la faz de la Tierra con la excepción de ti y de mí, que, sin duda, a causa de una misteriosa mutación genética que nos hace diferentes, somos los últimos miembros de la antigua civilización y los primeros de la nueva.

—¿No te enseñó tu padre algo de odontología.

—No —le contestó ella.

—Entonces, déjame tu revólver.

Ella lo sacó de la funda y se lo entregó, pero cuidando de tener el rifle a punto. Halsyon alzó el percutor.

—Lamento que no seas dentista —dijo.

—Soy una bella mujer con un C.I. de 141, lo que es mucho más importante para la propagación de una nueva y hermosa raza de hombres que hereden la buena y verde tierra — dijo ella.

—No, con este dolor de muelas no es lo más importante —aulló Halsyon. Se llevó el revólver a la sien y se saltó la tapa de los, sesos.

Se despertó con un terrible dolor de cabeza. Estaba yaciendo en el estrado, junto al taburete,  con  su  dolorida  sien  apretada  contra  el  frío  suelo.  El  señor  Aquila  había emergido de detrás de la pantalla de plomo y estaba poniendo en marcha un extractor de aire para limpiar la atmósfera.

—Bravo, mi hígado con cebolla —cloqueó—. La última la hiciste tú mismo, ¿eh? No necesitaste la ayuda de tu seguro servidor. Meglio tardi che mai. Pero te caíste y te diste un coscorrón antes de que pudiera sostenerte. ¡God damn!

Ayudó a Halsyon a ponerse en pie y lo llevó a la sala de consultas en donde lo sentó en un sofá forrado de terciopelo, dándole una copa de brandy.

—Garantizado sin drogas —dijo—, Noblesse oblige. Sólo contiene los mejores spiritus frumenti. Ahora discutiremos lo hemos hecho, ¿eh? Cristo.

Se sentó tras el escritorio, aún vivaracho, aún amargado, y contempló a  Halsyon amistosamente.

—El hombre vive según lo que decide, ¿n’est-ce pas? —comenzó a decir—. ¿Estamos de acuerdo? ¿Oui? Un hombre tiene unas cinco millones doscientas setenta y una mil nueve decisiones que tomar en el curso de su vida. ¡Peste! ¿Es un número primo? N’importe. ¿Estás de acuerdo?

Halsyon asintió.

—Así que, mi café con donuts, es la madurez de estas decisiones lo que indica si un hombre es un hombre o un niño. ¿Nicht wahr?  Malgré  nous.  Un  hombre  no  puede comenzar a tomar decisiones de adulto hasta que se ha purgado a sí mismo de los sueños de la infancia. ¡God damn! Esas fantasías. Deben desaparecer.

—No —dijo lentamente Halsyon—. Son los sueños lo que constituye mi arte… los sueños y fantasías, que transformo en líneas y colores…

—¡God damn! Sí. De acuerdo. ¡Maítre d’hôtel! Pero sueños de adulto, no de bebé. Sueños de bebé. ¡Fiu! Todos los hombres los tienen… ser el último hombre de la Tierra y poseerla… Ser el último hombre fértil de la Tierra y poseer a las mujeres… Regresar hacia atrás en el tiempo con la ventaja del conocimiento de un adulto y ganar en todo… Escapar a la realidad con el sueño de que la vida es una ficción… Escapar de la responsabilidad con una fantasía de heroica injusticia, de martirio con un final feliz… Y hay centenares más, igualmente populares, igualmente vacíos. Dios bendiga a papá Freud y a todos sus bufones. Da el finiquito a todas esas tonterías. Sic semper tyrannis.

¡Avaunt!

—Pero si todo el mundo tiene esos sueños, no pueden ser malos, ¿no es así?

—¡God damn! Todo el mundo, en el siglo XIV, tenía piojos, ¿acaso eso hacía que fueran una buena cosa? No, jovencito, tales sueños son para los niños. Demasiados adultos son aún niños. Sois vosotros, los artistas, los que debéis sacarlos de ellos, tal como yo he hecho contigo. Yo te he purgado a ti; ahora, tú púrgalos a ellos.

—¿Por qué ha hecho esto?

—Porque tengo fe en ti. Sic vos non vobis. No será fácil para ti. Un largo y duro y solitario camino.

—Supongo que debería sentirme agradecido — murmuró Halsyon—. Pero me siento…bien… vacío. Estafado.

—Oh, sí, ¡God damn! Si uno vive con una ¡Cristo! enorme úlcera el bastante tiempo, uno la echa a faltar cuando se la eliminan. Tú estabas escondido en una úlcera. Yo te he robado ese refugio. Ergo: te sientes estafado. ¡Espera! Aún te sentirás más estafado. Ya te dije que había un precio que pagar. Lo has pagado. Mira.

El señor Aquila alzó un espejo de mano. Halsyon lo miró, y lo miró y lo miró. Una cara de cincuenta años de edad le devolvió la mirada: arrugada, endurecida, sólida, decidida. Halsyon se puso en pie de un salto.

—Tranquilidad, tranquilidad —le aconsejó el señor Aquila—. Eso no es tan malo. Es muy bueno. Aún sigues teniendo treinta y tres años en edad física. No has perdido nada de tu vida… sólo toda tu juventud, ¿Qué es lo que has perdido? Un rostro hermoso con el que atraer a las jovencitas. ¿Es por eso por lo que estás enloquecido?

—¡Cristo! —gritó Halsyon.

—De acuerdo. Sigue tranquilo, muchachito. Ahí estás, purgado, desilusionado, descontento, asombrado, habiendo dado ya un paso por el duro camino que lleva a la madurez. ¿Preferirías que esto hubiera sucedido o no? Sí. Puedo hacerlo. Esto puede no haber sucedido nunca. Spurlos versenkt. Tan solo han pasado diez segundos desde que escapaste. Puedes volver a tener tu bonito rostro. Puedes volver a ser capturado. Puedes regresar a la segura úlcera de la matriz… ser un niño de nuevo. ¿Te gustaría eso?

—No puede hacerlo.

—Sauve qui peut, mi pico de pica. Puedo. No hay límite alguno para la banda de los 15.000 angstroms.

—¡Maldito sea! ¿Es usted Satanás? ¿Lucifer? Sólo el diablo puede tener esos poderes.

—O los ángeles, mi viejo.

—No parece un ángel. Se parece a Satanás.

—¿Ah? ¿Ja? Pero Satanás fue un ángel antes de caer. Tenía muchas amistades en lo alto. Seguramente debe haber un parecido de familia. ¡God damn! —el señor Aquila dejó de reír. Se inclinó sobre el escritorio y la vivacidad desapareció de su rostro. Sólo quedó la amargura—. ¿Debo decirte quién soy, pollito? ¿Debo explicarte por qué una sola mirada descuidada te hizo caer al abismo?

Halsyon asintió, incapaz de hablar.

—Soy un malvado, una oveja negra, un scapegrace, un tunante. Soy el hombre del saco. Sí. ¡God damn! Soy el hombre del saco.— Los ojos del señor Aquila se convirtieron en  rendijas.—  Para  tus  estándares  soy  un  gran  hombre  de  infinitos  poderes  y posibilidades. Tal como era el hombre del saco de Europa para el ingenuo nativo de Tahití. ¿Eh? Pues así soy yo mientras vengo a este retiro de las estrellas buscando un poco de diversión, algo de esperanza, una chispa de alegría con que iluminar los solitarios años de mi exilio…

Soy malo —dijo el señor Aquila con un tono de gélida desesperación—. Estoy podrido. No hay ningún lugar en mi patria en que puedan soportarme. Me pagan para que permanezca alejado. Y hay momentos de descuido en que mi enfermedad y mi desesperación llenan mis ojos y causan el terror en vuestras almas inocentes. Tal como ahora te causo terror. ¿No?

Halsyon asintió de nuevo.

—Déjate guiar por mí. Fue el niño que hay en Solón Aquila lo que lo destruyó y lo llevó a la enfermedad que destruyó su vida. Oui. Yo también sufro las fantasías infantiles, a las que no puedo escapar. No cometas el mismo error. Te lo suplico… — el señor Aquila miró a su reloj de pulsera y dio un salto. Su expresión volvió a ser vivaracha—. Cristo. Es tarde. Es ya hora de que tornes una decisión, viejo burbon con soda. ¿Cuál será? ¿Rostro viejo o rostro bonito? ¿La realidad de los sueños o el sueño de la realidad?

—¿Cuántas decisiones dijo que tenemos que tomar en nuestra vida?

—Cinco millones doscientas setenta y una mil nueve. Más o menos un millar. ¡God damn!

—Y ésta, ¿qué número es de las mías.

—¿Ah? Vérité sans peur. La dos millones seiscientas treinta y cinco mil quinientas cuatro… así, a ojo de buen cubero.

—Pero ésta es la más importante.

—Todas son igual de importantes —el señor Aquila se acercó a la puerta, colocó su mano sobre los botones de un aparato bastante complicado, y guiñó un ojo a Halsyon.

—Voilá tout —dijo—. Te toca a ti.

—Tomaré el camino duro —decidió Halsyon.