Roberto Bolaño: El ojo Silva. Cuento

22379686para Rodrigo Pinto y María y Andrés Braithwaite

Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década de  los  cincuenta,  los que  rondábamos  los veinte  años cuando  murió  Salvador Allende.

El caso  del Ojo  es paradigmático  y ejemplar  y tal vez  no  sea ocioso  volver a recordarlo, sobre todo cuando ya han pasado tantos años.

En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, el Ojo Silva se marchó de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los malos vientos que soplaban en la vecina república lo llevaron a México, en donde vivió un par de años y en donde lo conocí.

No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el DF: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados.

Nos hicimos amigos y solíamos encontrarnos una vez a la semana, por lo menos, en el café La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle Versalles, en donde yo vivía con mi madre y con mi hermana. Los primeros meses el Ojo Silva sobrevivió a base de tareas esporádicas y precarias, luego consiguió trabajo como fotógrafo de un periódico del DF. No recuerdo qué periódico era, tal vez El Sol, si alguna vez existió en México un periódico de ese nombre, tal vez El Universal, yo hubiera preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirigía el viejo poeta español Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo trabajé allí y nunca vi al Ojo en la redacción. Pero trabajó en un periódico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situación económica mejoró, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se había acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la mirada podía apreciar señales inequívocas que hablaban de un repunte económico.

Los primeros meses en el DF, por ejemplo, lo recuerdo vestido con sudaderas. Los últimos ya se había comprado un par de camisas e incluso una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos poetas y yo, no usábamos nunca. De hecho, el único personaje encorbatado que alguna vez se sentó a nuestra mesa del café La Habana fue el Ojo.

Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculos de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierdas que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile.

Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el Ojo correspondía al cariño haciendo de vez en cuando fotos de la familia, es decir de mi madre, de mi hermana,  de  alguna  amiga  de  mi  madre  y  de  mí.  A  todo  el  mundo  le  gusta  que  lo fotografíen, me dijo una vez. A mí me daba igual, o eso creía, pero cuando el Ojo dijo eso estuve pensando durante un rato en sus palabras y terminé por darle la razón. Sólo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre creyó que el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para él en el futuro.

Una noche me lo encontré en el café La Habana. Casi no había parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a Bucareli con un café con leche servido en vaso, esos vasos grandes de vidrio grueso que tenía La Habana y que nunca más he vuelto a ver en un establecimiento público. Me senté junto a él y estuvimos charlando durante un rato. Parecía translúcido. Ésa fue la impresión que tuve. El Ojo parecía de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su café con leche parecían intercambiar señales, como si se acabaran de encontrar, dos fenómenos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con más voluntad que esperanza de hallar un lenguaje común.

Esa noche me confesó que era homosexual, tal como propagaban los exiliados, y que  se  iba  de  México.  Por  un  instante  creí  entender  que  se  marchaba  porque  era homosexual.  Pero  no,  un  amigo  le  había  conseguido  un  trabajo  en  una  agencia  de fotógrafos de París y eso era algo con lo que siempre había soñado. Tenía ganas de hablar y yo lo escuché. Me dijo que durante algunos años había llevado con ¿pesar?, ¿discreción?, su inclinación sexual, sobre todo porque él se consideraba de izquierdas y los compañeros veían con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos de la palabra invertido (hoy en desuso) que atraía como un imán paisajes desolados, y del término colisa, que yo escribía con ese y que el Ojo pensaba se escribía con zeta.

Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y que en algún momento yo brindé por los luchadores chilenos errantes, una fracción numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes, entelequia compuesta de huérfanos que, como su nombre indica, erraban por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi siempre, por lo demás, era el peor. Pero después de reírnos el Ojo dijo que la violencia no era cosa suya. Tuya sí, me dijo con una tristeza que entonces no entendí, pero no mía.

Detesto la violencia. Yo le aseguré que sentía lo mismo. Después nos pusimos a hablar de otras cosas, libros, películas, y ya no nos volvimos a ver.

Un día supe que el Ojo se había marchado de México. Me lo comunicó un antiguo compañero suyo del periódico. No me pareció extraño que no se hubiera despedido de mí. El Ojo nunca se despedía de nadie. Yo nunca me despedía de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se despedían de nadie. A mi madre, sin embargo, le pareció  un gesto  de mala educación.

Dos o tres años después yo también me marché de México. Estuve en París, lo busqué (si bien no con excesivo ahínco), no lo encontré. Con el paso del tiempo empecé a olvidar hasta su rostro, aunque siempre persistió en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática que asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no tenía rostro o que había adquirido un rostro de sombras, pero que aún mantenía lo esencial, la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no cabía la quietud.

Pasaron los años. Muchos años. Algunos amigos murieron. Yo me casé, tuve un hijo, publiqué algunos libros.

En cierta ocasión tuve que ir a Berlín. La última noche, después de cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cogí un taxi (aunque usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al que ordené que se detuviera antes porque quería pasear un poco. El taxista (un asiático ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dejó a unas cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no había gente por las calles. Atravesé una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo reconocí hasta que él me habló. Dijo mi nombre y luego me preguntó cómo estaba. Entonces me di la vuelta y lo miré durante un rato sin saber quién era. El Ojo seguía sentado en el banco y sus ojos me miraban y luego miraban el suelo o a los lados, los árboles enormes de la pequeña plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a él con más intensidad (eso creí entonces) que a mí. Di unos pasos hacia él y le pregunté quién era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. ¿El Ojo Silva de Chile?, dije yo. Él asintió y sólo entonces lo vi sonreír.

Aquella noche conversamos casi hasta que amaneció. El Ojo vivía en Berlín desde hacía algunos años y sabía encontrar los bares que permanecían abiertos toda la noche. Le pregunté por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fotógrafo free lancer. Había tenido casa en París, en Milán y ahora en Berlín, viviendas modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. Sólo cuando entramos en el primer bar pude apreciar cuánto había cambiado. Estaba mucho más flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Noté asimismo que bebía mucho más que en México. Quiso saber cosas de mí. Por supuesto, nuestro encuentro no había sido casual. Mi nombre había aparecido en la prensa y el Ojo lo leyó o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llamó por teléfono a la organización y consiguió las señas de mi hotel. Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.

Me reí. Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, alguien al que le podías decir adiós en cualquier momento de la noche y él sólo te diría adiós, sin un reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que nunca había abundado mucho en Chile pero que sólo allí se podía encontrar.

Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud. El Ojo jamás se hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro diálogo se desarrolló básicamente en el terreno de las evocaciones, es decir fue un diálogo informativo y melancólico. El diálogo, en  realidad  el  monólogo,  que  de  verdad  me  interesa  es  el  que  se  produjo  mientras volvíamos a mi hotel, a eso de las dos de la mañana.

La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras atravesábamos la misma plaza en donde unas horas antes nos habíamos encontrado. Recuerdo que hacía frío y que de repente oí que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que nunca le había contado a nadie. Lo miré. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto. ¿Y qué pasó en ese viaje?, le pregunté. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareció existir sólo para contemplar las copas de los altos árboles alemanes y los fragmentos de cielo y nubes que bullían silenciosamente por encima de éstos.

Algo terrible, dijo el Ojo. ¿Tú te acuerdas de una conversación que tuvimos en La Habana antes de que me marchara de México? Sí, dije. ¿Te dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo. Sentémonos, dijo el Ojo.

Juraría que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo aún no hubiera llegado, aún no hubiera empezado a cruzar la plaza, y él estuviera esperándome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alzó el cuello de su abrigo y empezó a hablar. Yo encendí un cigarrillo y permanecí de pie. La historia del Ojo transcurría en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo había llevado hasta allí, en donde tenía que realizar dos trabajos. El primero era el típico reportaje urbano, una mezcla de Marguerite Duras y Herman Hesse, el Ojo y yo sonreímos, hay gente así, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre India Song y Sidharta, y uno está para complacer a los editores. Así que el primer reportaje había consistido en fotos donde se vislumbraban casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con predominio  más bien del restaurante canalla o del restaurante de familias que parecían canallas y sólo  eran indias,  y también fotos del extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las vías de comunicación, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y trenes que entraban y salían de la ciudad, sin olvidar la naturaleza como en estado  latente,  una  hibernación  ajena  al  concepto  de  hibernación  occidental,  árboles distintos de los árboles europeos, ríos y riachuelos, campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.

El segundo reportaje fotográfico era sobre el barrio de las putas de una ciudad de la India cuyo nombre no conoceré nunca.

Aquí empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo aún vivía en París y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido escritor francés que se había especializado en el submundo de la prostitución. De hecho, su reportaje sólo era el primero de una serie que comprendería barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fotógrafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.

No sé a qué ciudad llegó el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benarés o Madras, recuerdo que se lo pregunté y que él ignoró mi pregunta. Lo cierto es que llegó a la India solo, pues el escritor francés ya tenía escrita su crónica y él únicamente debía ilustrarla, y se dirigió a los barrios que el texto del francés indicaba y comenzó a hacer fotografías. En sus planes —y en los planes de sus editores— el trabajo y por lo tanto la estadía en la India no debía prolongarse más allá de una semana. Se hospedó en un hotel en una zona tranquila, una habitación con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio que no pertenecía al hotel y en donde había dos árboles y una fuente entre los árboles y parte de una terraza en donde a veces aparecían dos mujeres seguidas o precedidas de varios niños. Las mujeres vestían a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los niños incluso una vez los vio con corbata. Por las tardes se desplazaba a la zona roja y hacía fotos y charlaba con las putas, algunas jovencísimas y muy hermosas, otras un poco mayores o más ajadas, con pinta de matronas escépticas y poco locuaces. El olor, que al principio más bien lo molestaba, terminó gustándole. Los chulos (no vio muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales o tal vez (pero esto lo soñó después, en su habitación de hotel con aire acondicionado) eran estos últimos quienes habían adoptado la gestualidad de los chulos hindúes.

Una tarde lo invitaron a tener relación carnal con una de las putas. Se negó educadamente. El chulo comprendió en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llevó a un burdel de jóvenes maricas. Esa noche el Ojo enfermó. Ya estaba dentro de la India y no me había dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlinés. ¿Qué hiciste?, le pregunté. Nada. Miré y sonreí. Y no hice nada. Entonces a uno de los jóvenes se le ocurrió que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en inglés. Así que salieron de aquella casa y caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa de fachada pequeña pero cuyo interior era un laberinto de pasillos, habitaciones minúsculas y sombras de las que sobresalía, de tanto en tanto, un altar o un oratorio.

Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando al suelo, ofrecer un niño a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no sólo no recordaba el nombre de la deidad sino tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia. El Ojo me miró y sonrió. Trato de olvidar, dijo.

En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé medir el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive, y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.

La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben  participantes,  sea  mayor.  Con  una  sola  diferencia.  Al  niño,  días  antes  de  que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre —aunque los niños no suelen tener más de siete años— sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.

Durante un rato no hablamos. Yo encendí un cigarrillo. Después el Ojo me describió el burdel y parecía que estaba describiendo una iglesia. Patios interiores techados. Galerías abiertas. Celdas en donde gente a la que tú no veías espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a un joven castrado que no debía de tener más de diez años. Parecía una niña aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. ¿Lo puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hacía ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Sólo una foto.

¿Le sacaste una foto?, dije. Me pareció que el Ojo era sacudido por un escalofrío. Saqué mi cámara, dijo, y le hice una foto. Sabía que estaba condenándome para toda la eternidad, pero lo hice.

Ignoro cuánto rato estuvimos en silencio. Sé que hacía frío pues yo en algún momento me puse a temblar. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana.

Después el Ojo siguió hablando. Dijo que el niño le había sonreído y luego se había escabullido mansamente por uno de los pasillos de aquella casa incomprensible. En algún momento uno de los chulos le sugirió que si allí no había nada de su agrado se marcharan. El Ojo se negó. No podía irse. Se lo dijo así: no puedo irme todavía. Y era verdad, aunque él desconocía qué era aquello que le impedía abandonar aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendió  y pidieron té o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz provenía de un par de velas. Sobre la pared colgaba un póster con la efigie del dios.

Durante un rato el Ojo miró al dios y al principio se sintió atemorizado, pero luego sintió algo parecido a la rabia, tal vez al odio.

Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encendía un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.

En algún  momento,  mientras el Ojo  miraba  la  efigie del dios,  aquellos que  lo acompañaban desaparecieron. Se quedó solo con una especie de puto de unos veinte años que hablaba inglés. Y luego, tras unas palmadas, reapareció el niño. Yo estaba llorando, o yo creía que estaba llorando, o el pobre puto creía que yo estaba llorando, pero nada era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que ya no me pertenecía, una cara que se estaba alejando de mí como una hoja arrastrada por el viento), pero en mi interior lo único que hacía era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.

Y después el Ojo y el puto y el niño se levantaron y recorrieron un pasillo mal iluminado  y otro  pasillo  peor  iluminado  (con  el  niño  a  un  lado  del  Ojo,  mirándolo, sonriéndole, y el joven puto también le sonreía, y el Ojo asentía y prodigaba ciegamente las monedas y los billetes) hasta llegar a una habitación en donde dormitaba el médico y junto a él otro niño con la piel aún más oscura que la del niño castrado y menor que éste, tal vez de seis años o siete, y el Ojo escuchó las explicaciones del médico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en las que se mencionaba la tradición, las fiestas populares, el privilegio, la comunión, la embriaguez y la santidad, y pudo ver los instrumentos  quirúrgicos  con  que  el  niño  iba  a  ser  castrado  aquella  madrugada  o  la siguiente, en cualquier caso el niño  había llegado, pudo entender, aquel mismo  día al templo o al burdel, una medida preventiva, una medida higiénica, y había comido bien, como si ya encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un niño que lloraba medio dormido y medio despierto, y también vio la mirada medio divertida y medio aterrorizada del niño castrado que no se despegaba de su lado. Y entonces el Ojo se convirtió en otra cosa, aunque la palabra que él empleó no fue «otra cosa» sino «madre».

Dijo madre y suspiró. Por fin. Madre.

Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar: la violencia de la que no podemos escapar. El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta. Por supuesto, el Ojo intentó sin gran convicción el diálogo, el soborno, la amenaza. Lo único cierto es que hubo violencia y poco después dejó atrás las calles de aquel barrio como si  estuviera  soñando  y  transpirando  a  mares.  Recuerda  con  viveza  la  sensación  de exaltación que creció en su espíritu, cada vez mayor, una alegría que se parecía peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era (no podía ser) lucidez. También: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos niños que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier otra parte hubiera concitado la atención. Allí, a aquella hora, nadie se fijó en él.

El resto, más que una historia o un argumento, es un itinerario. El Ojo volvió al hotel, metió sus cosas en la maleta y se marchó con los niños. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio  de las afueras. Desde allí en un autobús hasta otra aldea en donde cogieron otro autobús que los llevó a otra aldea. En algún punto de su fuga se subieron a un tren y viajaron toda la noche y parte del día. El Ojo recordaba el rostro de los niños mirando por la ventana un paisaje que la luz de la mañana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrecía, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.

Después cogieron otro  autobús,  y un taxi,  y otro  autobús,  y otro  tren,  y hasta hicimos dedo dijo el Ojo mirando la silueta de los árboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros árboles,  innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.

Al cabo de dos meses el Ojo ya no tenía dinero y fue caminando hasta otra aldea desde donde envió una carta al amigo que entonces tenía en París. Al cabo de quince días recibió un giro bancario y tuvo que ir a cobrarlo a un pueblo más grande, que no era la aldea desde la que había mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde vivía. Los niños estaban bien. Jugaban con otros niños, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A él no lo llamaban padre, como les había sugerido más que nada como una medida de seguridad, para no atraer la atención de los curiosos, sino Ojo, tal como le llamábamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo decía que eran sus hijos. Se inventó que la madre, india, había muerto hacía poco y él no quería volver a Europa. La historia sonaba verídica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo soñaba que en mitad de la noche aparecía la policía india y lo detenían con acusaciones indignas. Solía despertar temblando. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dormían los niños y la visión de éstos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.

Se hizo agricultor. Cultivaba un pequeño huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos, por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los demás. El resto del tiempo lo dedicaba a enseñar inglés a los niños, y algo de matemáticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. A veces los veía detener los juegos y caminar por el campo como si de pronto se hubieran vuelto sonámbulos. Los llamaba a gritos. A veces los niños fingían no oírlo y seguían caminando hasta perderse. Otras veces volvían la cabeza y le sonreían.

¿Cuánto tiempo estuviste en la India?, le pregunté alarmado.

Un año y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sabía.

En una ocasión su amigo de París llegó a la aldea. Todavía me quería, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se había puesto a vivir con un mecánico argelino de la Renault. Se rió después de decirlo. Yo también me reí. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los niños corriendo detrás de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el viento que parecía traer buenas y malas noticias.

Pese a los ruegos del francés no volvió a París. Meses después recibió una carta de éste en la que le comunicaba que la policía india no lo perseguía. Al parecer la gente del burdel no había interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidió que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, sólo cambió  la vestimenta de los personajes que lo detenían y lo zaherían: en lugar de ser policías se convirtieron en esbirros de la secta del dios castrado. El resultado  final  era  aún  más  horroroso,  me  confesó  el  Ojo,  pero  yo  ya  me  había acostumbrado a las pesadillas y de alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sueño, que eso no era la realidad.

Después llegó la enfermedad a la aldea y los niños murieron. Yo también quería morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.

Tras  convalecer  en una  cabaña  que  la  lluvia  iba  destrozando  cada  día,  el  Ojo abandonó la aldea y volvió a la ciudad en donde había conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubrió que no estaba tan distante como pensaba, la huida había sido en espiral y el regreso fue relativamente breve. Una tarde, la tarde en que llegó a la ciudad, fue a visitar el  burdel  en  donde  castraban  a  los  niños.  Sus  habitaciones  se  habían  convertido  en viviendas en las que se hacinaban familias enteras. Por los pasillos que recordaba solitarios y fúnebres ahora pululaban niños que apenas sabían andar y viejos que ya no podían moverse y se arrastraban. Le pareció una imagen del paraíso.

Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.

Y su amigo francés le dijo que sí, que por supuesto, que lo haría de inmediato, y también le dijo ¿qué es ese ruido?, ¿estás llorando?, y el Ojo dijo que sí, que no podía dejar de llorar, que no sabía qué le pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo francés le dijo que se calmara. Y el Ojo se rió sin dejar de llorar y dijo que eso haría y colgó el teléfono. Y luego siguió llorando sin parar.

Roberto Bolaño: Gómez Palacio. Cuento

1226944179_0Fui a Gómez Palacio en una de las peores épocas de mi vida. Tenía veintitrés años y sabía que mis días en México estaban contados.

Mi amigo Montero, que trabajaba en Bellas Artes, me consiguió un trabajo en el taller de  literatura de Gómez Palacio, una ciudad con un  nombre  horrible. El empleo acarreaba una gira previa, digamos una forma agradable de entrar en materia, por los talleres que Bellas Artes tenía diseminados en aquella zona. Primero unas vacaciones por el norte, me dijo Montero, luego te vas a trabajar a Gómez Palacio y te olvidas de todo. No sé por qué acepté. Sabía que bajo ninguna circunstancia me iba a quedar a vivir en Gómez Palacio, sabía que no iba a dirigir un taller de literatura en ningún pueblo perdido del norte de México.

Una mañana partí del DF en un autobús atestado de gente y dio comienzo mi gira. Estuve en San Luis Potosí, en Aguascalientes, en Guanajuato, en León, las nombro en desorden, no sé en qué ciudad estuve primero ni cuántos días permanecí allí. Luego estuve en Torreón y en Saltillo. Estuve en Durango.

Finalmente llegué a Gómez Palacio y visité las instalaciones de Bellas Artes, conocí a los que iban a ser mis alumnos. Temblaba todo el tiempo pese al calor que hacía. La directora, una mujer de ojos saltones, regordeta, de mediana edad, que llevaba un gran vestido estampado con casi todas las flores del estado,  me instaló en un motel de las afueras, un motel espantoso en medio de una carretera que no llevaba a ninguna parte.

A media mañana iba ella misma a recogerme. Tenía un coche enorme, de color azul cielo, y manejaba tal vez de una forma un tanto temeraria, aunque en líneas generales se podría decir que no lo hacía mal. El coche era automático y sus pies apenas llegaban a los pedales. Invariablemente lo primero que hacíamos era ir a un restaurante de carretera que se divisaba a lo lejos desde mi motel, una protuberancia rojiza en el horizonte amarillo y azul, a tomar unos jugos de naranja y huevos a la mexicana, seguidos de varias tazas de café, que la directora pagaba con vales de Bellas Artes (supongo), nunca con dinero.

Luego se reclinaba en el asiento y se ponía a hablar de su vida en aquella ciudad del norte y de su poesía, que había publicado en la pequeña editorial que Bellas Artes sufragaba en el estado, y de su marido, que no entendía el oficio de poetisa ni los dolores que tal oficio conllevaba. Mientras ella hablaba yo no dejaba de fumar un Bali detrás de otro y miraba por  la ventana la carretera y pensaba en el desastre que era mi vida. Después volvíamos a montar en su coche y nos desplazábamos hasta la sede social de Bellas Artes en Gómez Palacio, un edificio de dos plantas sin ningún atractivo salvo un patio de tierra donde sólo había tres árboles, un jardín deshecho o a medio rehacer por el que pululaban como zombis los adolescentes que estudiaban pintura, música, literatura. La primera vez casi no le presté atención al patio. La segunda vez me puse a temblar. Todo aquello no tenía sentido, pensaba, pero en el fondo sabía que tenía sentido y ese sentido era el que me desgarraba, para utilizar una expresión un tanto exagerada que yo, sin embargo, no consideraba exagerada. Tal vez confundía entonces sentido con necesidad. Tal vez sólo estaba nervioso.

Por las noches me costaba dormir. Tenía pesadillas. Antes de meterme en la cama me aseguraba de que las puertas y las ventanas de mi habitación estuvieran herméticamente cerradas. Se me secaba la boca y la única solución era beber agua. Me levantaba continuamente e iba al baño a llenarme el vaso con agua. Ya que estaba levantado aprovechaba para comprobar una vez más si había cerrado bien la puerta y las ventanas. A veces me olvidaba de mis aprensiones y me quedaba junto a la ventana observando el desierto de noche. Luego volvía a la cama y cerraba los ojos, pero como había bebido tanta agua no tardaba en levantarme de nuevo, esta vez para orinar. Y ya que me había levantado volvía a comprobar las cerraduras de la habitación y volvía a quedarme quieto escuchando los ruidos lejanos del desierto (motores en sordina, coches que iban hacia el norte o hacia el sur) o mirando la noche a través de la ventana. Hasta que amanecía y entonces por fin podía dormir algunas horas seguidas, dos o tres como mucho.

Una mañana, mientras desayunábamos, la directora me preguntó por el color de mis ojos. Están así porque duermo poco, le dije. Sí, están enrojecidos, dijo ella, y cambió de tema.  Esa  misma  tarde,  cuando  me  llevaba  de  vuelta  al  motel me  preguntó  si quería conducir yo durante un rato. No sé manejar, le dije. Ella se puso a reír y frenó junto al arcén. Un camión frigorífico pasó a nuestro lado. Sobre un fondo blanco alcancé a leer en grandes letras azules: CARNES DE LA VIUDA PADILLA. Venía de Monterrey y el conductor nos miró con un interés que me pareció desmedido. La directora abrió su portezuela y se bajó. Ponte en el asiento del conductor, dijo. La obedecí. Mientras asía el volante la vi dar la vuelta por la parte delantera. Luego se puso en el asiento del copiloto y me ordenó que nos fuéramos.

Durante mucho rato conduje por la banda gris que unía Gómez Palacio con mi motel. Al llegar a éste no me detuve. Miré a la directora, sonreía, no le importaba que condujera un rato más. Al principio los dos observábamos la carretera en silencio. Cuando dejamos atrás el motel ella se puso a hablar de su poesía, de su trabajo y de su poco comprensivo marido. Cuando se quedó sin palabras encendió el radiocassette y puso una cinta de una cantante de rancheras. Tenía una voz triste que siempre iba un par de notas por delante de la orquesta. Soy su amiga, dijo la directora. No la entendí. ¿Qué?, dije. Soy íntima amiga de la cantante, dijo la directora. Ah. Es de Durango, dijo. Ya has estado allí,

¿no? Sí, estuve en Durango, dije. ¿Y qué tal los talleres de literatura? Peores que aquí, dije como  cumplido  aunque ella no pareció  considerarlo  así. Es de Durango, pero vive en Ciudad Juárez, dijo. A veces, cuando va a su ciudad natal para ver a su madre, me telefonea y yo saco tiempo de donde sea y me voy a pasar unos días con ella en Durango. Qué bien, dije sin quitar los ojos de la carretera. Me alojo en su casa, en la casa de su madre, dijo la directora. Dormimos las dos en su habitación y nos pasamos horas hablando y escuchando sus discos. De vez en cuando cualquiera de las dos va a la cocina y prepara un cafecito. Yo suelo llegar con galletas La Regalada, que a ella le gustan más que cualquier otra clase de galletas. Y tomamos café y comemos galletas. Nos conocemos desde que teníamos quince años. Es mi mejor amiga.

En el horizonte vi unos montes bajos entre los cuales se perdía la carretera. Por el este empezaba a aparecer la noche. ¿De qué color es el desierto de noche?, me había preguntado días atrás en el motel. Era una pregunta retórica y estúpida en la que cifraba mi futuro, o tal vez no mi futuro sino mi capacidad para aguantar el dolor que sentía. Una tarde, en el taller de  literatura de Gómez Palacio, un muchacho  me preguntó  por qué escribía poesía y hasta cuándo lo pensaba hacer. La directora no estaba presente. En el taller había cinco personas, los únicos cinco alumnos, cuatro muchachos y una muchacha. Dos de ellos vestían con una humildad extrema. La chica era bajita y flaca y su ropa era más bien vulgar. El que hizo la pregunta hubiera debido estar estudiando en la universidad, pero en lugar de eso trabajaba de obrero en una fábrica de jabones, la más grande (y probablemente la única) del estado. Otro de los muchachos era mesero en un restaurante italiano. Los otros dos iban a la prepa y la muchacha ni estudiaba ni trabajaba.

Por azar, le respondí. Durante un rato los seis nos quedamos callados. Sopesé la posibilidad de trabajar en Gómez Palacio, de vivir allí para siempre. Había visto en el patio a un par de alumnas de pintura que me parecieron bonitas. Con suerte podía casarme con una de ellas. La más bonita de las dos parecía también la más convencional. Imaginé un noviazgo largo y complicado. Imaginé una casa oscura y fresca y un jardín lleno de plantas.

¿Y hasta cuándo piensa escribir?, dijo el muchacho que hacía jabones. Hubiera podido responderle cualquier cosa. Opté por la más sencilla: no lo sé, dije. ¿Y tú? Yo empecé a escribir porque la poesía me hace más libre, maestro, y nunca lo voy a dejar, dijo con una sonrisa que apenas ocultaba su orgullo y su determinación. La respuesta estaba viciada por la vaguedad, por un afán declamatorio. Detrás de esa respuesta, sin embargo, vi al obrero del jabón, no como era ahora sino como había sido cuando tenía quince años o tal vez doce, lo vi corriendo o caminando por calles suburbiales de Gómez Palacio bajo un cielo que se asemejaba a un alud de piedras. Y también vi a sus compañeros: me pareció imposible que sobrevivieran. Eso era, pese a todo, lo más natural.

Después leímos poesías. De ellos la única que tenía algo de talento era la muchacha. Pero yo ya no estaba seguro de nada. Cuando salimos, la directora me estaba esperando junto a dos tipos que resultaron ser funcionarios del estado de Durango. No sé por qué, pensé que eran policías y que habían ido a detenerme. Los muchachos se despidieron de mí y se marcharon, la chica flacucha con un chico y los otros tres solos. Los vi atravesar un pasillo  de  paredes  desconchadas.  Los  seguí hasta  la  puerta,  como  si  hubiera  olvidado decirle algo a uno de ellos. Allí los vi perderse por los dos extremos de aquella calle de Gómez Palacio.

Entonces la directora dijo: es mi mejor amiga, y luego se calló. La carretera había dejado de ser una línea recta. Por el espejo retrovisor vi un muro enorme que se alzaba tras la ciudad que dejábamos atrás. Tardé en reconocer que era la noche. En el radiocassette la cantante empezó a gorjear otra canción. Hablaba de una población perdida en el norte de México en donde todo el mundo era feliz, menos ella. Me pareció que la directora estaba llorando.  Un  llanto  silencioso   y  digno,  pero  incontenible.  Sin  embargo  no  podía confirmarlo. Mis ojos no se apartaban ni un segundo de la carretera. Luego la directora sacó un pañuelo y se sonó. Encienda los faros, oí que me decía con una voz apenas audible. Seguí conduciendo.

Encienda las luces del carro, repitió, y sin esperar una respuesta se inclinó sobre el tablero y encendió ella misma las luces. Reduzca la velocidad, dijo al cabo de un rato, con la  voz más  firme,  mientras la cantante entonaba las notas finales de su  canción. Una canción muy triste, dije por decir algo.

El coche quedó aparcado a un lado de la carretera. Abrí la puerta y me bajé: aún no estaba del todo oscuro, pero ya no era de día. Las tierras a mi alrededor, los montes en los que se perdía la carretera, eran de un color amarillo oscuro tan intenso como no he visto nunca. Como si esa luz (pero no era luz, sólo era un color) estuviera grávida de algo que no sabía qué era pero que muy bien hubiera podido ser la eternidad. Me dio vergüenza pensar algo semejante. Estiré las piernas. Un coche pasó junto a mí tocando el claxon. Le menté la madre con un gesto. Tal vez no fue sólo un gesto. Tal vez grité chinga tu madre y el conductor me vio o me oyó. Pero eso, como casi todo en esta historia, es improbable. Cuando pienso en él, además, lo único que veo es mi imagen congelada en su espejo retrovisor, todavía tengo el pelo largo, soy flaco, llevo una chaqueta de mezclilla y unas gafas demasiado grandes, unas gafas asquerosas.

El coche frenó unos metros más adelante y se quedó quieto. Nadie salió, tampoco puso marcha atrás, no volví a oír el claxon, pero su presencia parecía hinchar el espacio que ahora de alguna manera compartíamos. Con prudencia, me encaminé hacia donde estaba la directora. Ella bajó  la ventanilla y me preguntó qué había pasado. Tenía los ojos más saltones que nunca. Le dije que no lo sabía. Es un hombre, dijo ella, y se movió para ponerse en el asiento del conductor. Ocupé el asiento que ella había dejado libre. Estaba caliente y húmedo, como si la directora tuviera fiebre. A través de la ventanilla pude ver la silueta de un hombre, la nuca de alguien que miraba, como nosotros, la línea de la carretera que empezaba a serpentear hacia los montes.

Es mi marido, dijo  la directora sin dejar de mirar el coche detenido y como si hablara consigo misma. Luego puso la otra cara de la cinta y subió el volumen. Mi amiga a veces me llama por teléfono, dijo, cuando se va de gira por ciudades desconocidas. Una vez me llamó desde Ciudad Madero, estuvo toda la noche cantando en un local del sindicato petrolero y me llamó a las cuatro de la mañana. Otra vez me llamó desde Reinosa. Qué bien, dije yo. No, ni bien ni mal, dijo la directora. Simplemente me llama. A veces tiene esa necesidad. Cuando contesta mi marido ella cuelga el teléfono.

Durante un rato ninguno de los dos dijo nada. Me imaginé al marido de la directora con el teléfono en la mano. Coge el teléfono, dice bueno, quién es, luego escucha que del otro lado cuelgan y él también cuelga, casi como un acto reflejo. Le pregunté a la directora si quería que bajara y fuera a decirle algo al conductor del otro coche. No es necesario, dijo.

Me pareció una respuesta razonable, aunque en realidad era una respuesta enloquecida. Le pregunté  qué  creía  que  iba  a  hacer  su  marido,  si  es  que  en  verdad  era  su  marido. Permanecerá aquí hasta que nos vayamos, dijo la directora. Entonces lo mejor sería irnos ya mismo, dije yo. La directora pareció sumirse en sus pensamientos, aunque en realidad, lo adiviné mucho más tarde, lo único que hizo fue cerrar los ojos y literalmente beber hasta la última gota de la canción que su amiga de Durango entonaba. Después encendió el motor y avanzó lentamente hasta pasar junto al coche detenido unos metros más adelante. Miré por la ventanilla. El conductor en ese momento me dio la espalda y no pude verle la cara.

¿Estás segura de que era tu marido?, le pregunté cuando el coche ya se perdía otra vez en dirección a los cerros. No, dijo la directora, y se echó a reír. Creo que no era. Yo también me puse a reír. El carro se parecía al de él, dijo entre hipidos de risa, pero me parece que no era él. ¿Sólo te parece?, dije yo. A menos que haya cambiado la matrícula, dijo la directora. Comprendí en ese momento que todo había sido una broma y cerré los ojos. Después salimos de los cerros y entramos en el desierto, una planicie que barrían las luces de los coches que iban al norte o en dirección a Gómez Palacio. Ya era de noche.

Mira, dijo la directora, vamos a llegar a un sitio muy especial. Ésa fue la palabra que empleó. Muy especial.

Quería que vieras esto, dijo, a mí es lo que más me gusta de mi tierra. El coche salió de la carretera y se detuvo en una suerte de zona de descanso, aunque en realidad aquello no era nada, sólo tierra y un espacio grande para estacionar camiones. A lo lejos brillaban las luces de algo que podía ser un pueblo o un restaurante. No bajamos. La directora me indicó  un  punto  impreciso.  Un  tramo  de  carretera  que  debía  de  estar  a  unos  cinco kilómetros de donde nos encontrábamos, tal vez menos, tal vez más. Incluso pasó un paño por la ventanilla delantera para que viera mejor. Miré: vi faros de automóviles, por los giros de las luces aquello tal vez fuera una curva. Y luego vi el desierto y vi unas formas verdes.

¿Lo has visto?, dijo la directora. Sí, luces, respondí. La directora me miró: sus ojos saltones brillaban como seguramente brillan los ojos de los animales pequeños del estado de Durango, de los alrededores inhóspitos de Gómez Palacio. Luego volví a mirar hacia donde ella  indicaba:  primero  no  vi  nada,  sólo  oscuridad,  el  resplandor  de  aquel  pueblo  o restaurante desconocido, después pasaron algunos automóviles y sus haces de luz partieron el espacio con una lentitud exasperante.

Una lentitud exasperante que sin embargo ya no nos afectaba.

Y  después vi cómo  la  luz,  segundos después de que el coche o  el camión de transporte hubiera pasado por aquel lugar, se volvía sobre sí misma y quedaba suspendida, una luz verde que parecía respirar, por una fracción de segundo viva y reflexiva en medio del desierto, sueltas todas las ataduras, una luz que se asemejaba al mar y que se movía como el mar, pero que conservaba toda la fragilidad de la tierra, una ondulación verde, portentosa, solitaria, que algo en aquella curva, un letrero, el techo de un galpón abandonado, unos plásticos gigantescos extendidos en la tierra, debían de producir, pero que ante nosotros, a una distancia considerable, aparecía como un sueño o un milagro, que son, a fin de cuentas, la misma cosa.

Después la directora puso el motor en marcha, dio la vuelta y volvimos al motel.

Al día siguiente yo debía marcharme al DF. Cuando llegamos la directora se bajó del coche y me acompañó un trecho. Antes de llegar a mi habitación me dio la mano y se despidió de mí. Sé que sabrás perdonar mis extravíos, dijo, al fin y al cabo los dos somos lectores de poesía. Le agradecí que no hubiera dicho que los dos éramos poetas. Cuando entré en mi habitación encendí la luz, me saqué la chaqueta, bebí agua directamente del grifo. Luego me acerqué a la ventana. En el aparcamiento del motel aún estaba el coche de ella. Abrí la puerta y un soplo de aire del desierto me dio de lleno en la cara. El coche estaba vacío. Un poco más allá, junto a la carretera, como quien contempla un río o un paisaje extraterrestre, vi a la directora, con los brazos un poco levantados, como si estuviera hablando con el aire o recitando, o como si de nuevo fuera una niña y estuviera jugando a las estatuas.

No dormí bien. Cuando amaneció ella misma me vino a buscar. Me acompañó hasta la  estación  de  autobuses  y  me  dijo  que  si  finalmente decidía aceptar  el trabajo  sería bienvenido en el taller. Le dije que me lo tenía que pensar. Ella dijo que eso estaba bien, que había que pensar las cosas. Luego dijo: un abrazóte. Me incliné y la abracé. El asiento que me tocó daba al otro lado, así que no la pude ver cuando se marchó. Sólo recuerdo vagamente su figura, allí detenida, mirando el autobús o tal vez mirando su reloj de pulsera. Después tuve que sentarme porque otros viajeros pasaban por el pasillo o se acomodaban en los asientos de al lado y cuando volví a mirar ya no estaba.

Roberto Bolaño: Últimos atardeceres en la tierra. Cuento

20130506-a-roberto-bolanoLa situación es ésta: B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco. Parten muy temprano, a las seis de la mañana. Esa noche, B duerme en casa de su padre. No tiene sueños o si los tiene los olvida nada más abrir los ojos. Oye a su padre en el baño. Mira por la ventana, aún está oscuro. B no enciende la luz y se viste. Cuando sale de su habitación su padre está sentado a la mesa, leyendo un periódico deportivo del día anterior, y el desayuno está hecho. Café y huevos a la ranchera. B saluda a su padre y entra en el baño.

El coche del padre de B es un Ford Mustang del 70. A las seis y media de la mañana suben al coche y comienzan a salir de la ciudad. La ciudad es México Distrito Federal, y el año en que B y su padre abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el año de 1975.

El viaje es, en líneas generales, plácido. Al salir del DF, ambos, padre e hijo, tienen frío, pero cuando abandonan el valle y comienzan a bajar en dirección a las tierras calientes del estado de Guerrero, el calor se impone y tienen que quitarse los suéters y abrir las ventanillas. El paisaje, al principio, ocupa toda la atención de B, que tiende (o eso cree él) a la melancolía, pero al cabo de las horas las montañas y los bosques se hacen monótonos y B prefiere dedicarse a leer un libro.

Antes de llegar a Acapulco el padre de B detiene el coche delante de un tenderete de la carretera. En el tenderete ofrecen iguanas. ¿Las probamos?, dice el padre de B. Las iguanas están vivas y apenas se mueven cuando el padre de B se acerca a mirarlas. B lo observa apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin esperar respuesta, el padre de B pide una ración de iguana para él y para su hijo. Sólo entonces B se mueve. Se acerca al comedor al aire libre, cuatro mesas y un toldo que el viento escaso apenas agita, y se sienta en la mesa más alejada de la carretera. Para beber, el padre de B pide cervezas. Los dos llevan las camisas arremangadas y desabotonadas. Los dos llevan camisas de colores claros. El hombre que los atiende, por el contrario, lleva una camiseta negra de manga larga y el calor no parece afectarlo.

¿Van a Acapulco?, dice el hombre. El padre de B asiente. Ellos son los únicos clientes del tenderete. Por la carretera brillante los coches pasan y no se detienen. El padre de B se levanta y se dirige hacia la parte de atrás. Por un momento B cree que su padre va a orinar, pero pronto se da cuenta de que se ha metido en la cocina para observar cómo cocinan la iguana. El hombre lo sigue en silencio. B los oye hablar. Primero habla su padre, después la voz del hombre y por último una voz de mujer a la que B no ha visto. B tiene la frente perlada de sudor. Sus gafas están mojadas y sucias. Se las quita y las limpia con la punta de la camisa. Cuando vuelve a ponerse las gafas observa a su padre que lo está mirando desde la cocina. En realidad, sólo ve la cara de su padre y parte de su hombro, el resto queda oculto por  una cortina roja con lunares  negros, una cortina que a B, por momentos, le parece que no sólo separa la cocina del comedor sino un tiempo de otro tiempo.

Entonces B desvía la mirada y vuelve a su libro, que permanece abierto sobre la mesa. Es un libro de poesía. Una antología de surrealistas franceses traducida al español por Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Desde hace dos días B está leyendo este libro. Le gusta. Le gustan las fotos de los poetas. La foto de Unik, la de Desnos, la de Artaud, la de Crevel. El libro es voluminoso y está forrado con un plástico transparente. No es B quien lo ha forrado (B nunca forra sus libros) sino un amigo particularmente puntilloso. Así que B desvía la mirada, abre su libro al azar y encuentra a Gui Rosey, la foto de Gui Rosey, sus poemas, y cuando vuelve a levantar la mirada la cabeza de su padre ya no está.

El calor es sofocante. De buena gana B volvería al DF, pero no va a volver, al menos no ahora, eso lo sabe. Poco después su padre está sentado junto a él y ambos comen iguana  con  salsa  picante  y  beben  más  cerveza.  El  hombre  de  la  camiseta  negra  ha encendido una radio de transistores y ahora una música vagamente tropical se mezcla con el ruido del bosque y con el ruido de los coches que pasan por la carretera. La iguana sabe a pollo. Es más correosa que el pollo, dice B no muy convencido. Es sabrosa, dice su padre, y pide otra ración. Toman café de olla. Los platos de iguana se los ha servido el hombre de la camiseta negra, pero el café lo trae la mujer de la cocina. Es joven, casi tan joven como B, y va vestida con shorts blancos y una blusa amarilla con estampado de flores blancas, unas flores que B no reconoce y que tal vez no existen. Cuando están tomando café B se siente descompuesto, pero no dice nada. Fuma y mira el toldo que apenas se mueve, como si un delgado hilo de agua permaneciera allí desde la última tormenta. Pero eso no puede ser, piensa B. ¿Qué miras?, dice su padre. El toldo, dice B. Es como una vena. Esto último B no lo dice, sólo lo piensa.

Al atardecer llegan a Acapulco. Durante un rato vagan por las avenidas cercanas al mar. Las ventanillas del coche están bajadas y la brisa les revuelve el pelo. Se detienen en un bar y entran a beber. Esta vez el padre de B pide tequila. B se lo piensa un momento. También  pide  tequila.  El  bar  es  moderno  y tiene  aire  acondicionado.  El padre  de  B conversa con el camarero, le pregunta por hoteles cercanos a la playa. Cuando vuelven al Mustang ya se ven algunas estrellas y el padre de B parece, por primera vez en lo que va de día, cansado. Sin embargo aún recorren un par de hoteles que, por un motivo u otro, no les satisfacen, antes de dar con el elegido. El hotel se llama La Brisa y es pequeño, tiene piscina y está a cuatro pasos de la playa. Al padre de B le gusta el hotel. A B también le gusta. Como es temporada baja, está casi vacío y los precios resultan asequibles. La habitación que les asignan tiene dos camas individuales y un pequeño baño con ducha; la única ventana da al patio del hotel, en donde está la piscina, y no al mar como era el deseo del padre de B. El aire acondicionado, no tardan en descubrirlo, no  funciona. Pero la habitación es bastante fresca y no protestan. Así que se instalan, deshacen cada uno su maleta, meten la ropa en los armarios, B deja sus libros sobre el velador, se cambian de camisa, el padre de B se da una ducha de agua fría, B sólo se lava la cara y cuando han terminado salen a cenar.

En la recepción del hotel encuentran a un tipo bajito y con dientes de conejo. Es joven y parece simpático, les recomienda un restaurante cercano al hotel. El padre de B le pregunta por algún sitio animado. B entiende a lo que se refiere su padre. El recepcionista no lo entiende. Un sitio con acción, dice el padre de B. Un lugar donde se puedan encontrar muchachas, dice B. Ah, dice el recepcionista. Durante un instante B y su padre permanecen inmóviles, sin hablar. El recepcionista se agacha, desaparece debajo del mostrador y luego vuelve a aparecer con una tarjeta que le tiende al padre de B. Éste la mira, pregunta si el establecimiento es de confianza, y después extrae de la billetera un billete que el recepcionista coge al vuelo.

Pero esa noche, después de cenar, vuelven directos al hotel.

Al día siguiente B despierta muy temprano. Sin hacer ruido se ducha, se lava los dientes, se pone el traje de baño y abandona la habitación. En el comedor del hotel no hay nadie, por lo que B decide desayunar fuera. La calle del hotel baja perpendicularmente hacia la playa. Allí sólo hay un adolescente que alquila tablas. B le pregunta el precio por una hora. El adolescente dice una cifra que a B le parece razonable, así que alquila una tabla y se mete en el mar. Enfrente de la playa hay una pequeña isla y hacia allí dirige B su embarcación. Al principio le cuesta un poco, pero no tarda en dominarla. El mar, a esa hora, es cristalino y antes de llegar a la isla B cree ver peces rojos bajo su tabla, peces de unos cincuenta centímetros de longitud que se dirigen hacia la playa mientras él rema hacia la isla.

El trayecto entre la playa y la isla dura exactamente quince minutos. B no lo sabe, pues no tiene reloj, y el tiempo se le alarga. La travesía entre la playa y la isla le parece que dura una eternidad. Y justo antes de llegar unas olas imprevistas dificultan su aproximación a la playa, una playa que puede apreciar de arena muy distinta de la playa del hotel, pues en aquélla la arena, tal vez por la hora (aunque B no lo cree así), era de un color de tonos dorados y marrones y la de la isla es una arena blanca, refulgente, tanto que hace daño mirarla mucho rato.

Entonces  B  deja  de  remar  y se  queda  quieto, a  merced  del oleaje,  y  las  olas comienzan  a  alejarlo  paulatinamente  de  la  isla.  Cuando  por  fin reacciona  la  tabla  ha retrocedido y está otra vez a medio camino. Después de calcular las distancias B opta por regresar. Esta vez el viaje transcurre plácidamente. Al llegar a la playa el muchacho que alquila las tablas se le acerca y le pregunta si ha tenido algún problema. Ninguno, dice B. Una hora más tarde, sin haber desayunado, B regresa al hotel y encuentra a su padre sentado en el comedor, con una taza de café y un plato en donde aún quedan restos de tostadas y huevos.

Las  horas siguientes son confusas.  Vagabundean,  observan a  la gente desde el interior del coche, a veces bajan y se toman un refresco o un helado. Esa tarde, en la playa, mientras su padre duerme estirado en una tumbona, B lee otra vez los poemas de Gui Rosey y la breve historia de su vida o de su muerte.

Un día un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y el oeste están ocupados por los alemanes. El sur está bajo la égida de Pétain. El consulado norteamericano dilata la decisión día tras día. En el grupo de surrealistas está Bretón, está Tristan Tzara, está Péret, pero también hay otros que son menos importantes. A este grupo pertenece Gui Rosey. Su foto es la foto de un poeta menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. El grupo de surrealistas se reúne cada tarde en un café cerca del puerto. Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un día, sin embargo (un atardecer, intuye B), Rosey desaparece. Al principio, nadie lo echa en falta. Es un poeta menor y los poetas menores pasan desapercibidos. Al cabo de los días, no obstante, comienzan a buscarlo. En la pensión en donde vive no saben nada de él, sus maletas, sus libros, están allí, nadie los ha tocado, por lo que resulta impensable que Rosey se haya marchado sin pagar, una práctica común, por otra parte, en ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo buscan. Recorren hospitales y retenes de la gendarmería. Nadie sabe nada de él. Una mañana llegan los visados y la mayoría de ellos coge un barco y sale para los Estados Unidos. Los que se quedan, aquellos que nunca van a tener visado, pronto olvidan a Rosey, olvidan su desaparición, ocupados en ponerse a salvo a sí mismos en unos años en los que las desapariciones masivas y los crímenes masivos son una constante.

De noche, después de cenar en el hotel, el padre de B propone ir a visitar un lugar en donde haya acción. B mira a su padre. Es rubio (B es moreno), tiene los ojos grises y aún es fuerte. Parece feliz y dispuesto a pasárselo bien. ¿Acción de qué tipo?, dice B, que sabe perfectamente a lo que se refiere su padre. La de siempre, dice el padre de B. Trago y mujeres. Durante un rato B permanece en silencio, como si cavilara una respuesta. Su padre lo mira. Se diría que en esa mirada hay expectación, pero en realidad sólo hay cariño. Finalmente B dice que no tiene ganas de hacer el amor con nadie. No se trata de ir a echar un polvo, dice su padre, sino de ir y mirar y tomar y departir con los amigos. ¿Con qué amigos, dice B, si aquí no conocemos a nadie? Uno siempre hace amigos en los picaderos, dice su padre. La palabra picadero hace que B piense en caballos. Cuando tenía siete años su padre le compró un caballo. ¿De dónde era mi caballo?, dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se sobresalta. ¿Qué caballo?, dice. El que me compraste cuando yo era chico, dice B, en Chile. Ah, el Zafarrancho, dice su padre, y sonríe. Era un caballo chilote, de Chiloé, dice, y tras pensar un instante vuelve a hablar de los burdeles. Por su manera de evocarlos, se diría que habla de salas de baile, piensa B. Pero luego ambos se quedan callados.

Esa noche no van a ninguna parte.

Mientras su padre duerme, B se va a leer a la terraza del hotel, junto a la piscina. No hay nadie más que él. La terraza está limpia y vacía. Desde su mesa B puede observar una parte de la recepción, en donde el recepcionista de la noche anterior lee algo o hace cuentas, de pie sobre el mostrador. B lee a los surrealistas franceses, lee a Gui Rosey. Y la verdad es que Rosey no le parece interesante. Le gusta Desnos, le gusta Eluard, mucho más que Rosey, aunque al final siempre vuelve a los poemas de éste y a contemplar su fotografía, una foto de estudio en la que Rosey aparece como un ser sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata oscura que parece estrangularlo.

Seguramente se suicidó, piensa B. Supo que no iba a obtener jamás el visado para los Estados Unidos o  para México  y decidió  acabar  sus días allí.  Imagina o  trata de imaginar una ciudad costera del sur de Francia. B aún no ha estado nunca en Europa. Ha recorrido casi toda Latinoamérica, pero en Europa aún no ha puesto los pies. Así que su imagen de  una  ciudad  mediterránea  está  condicionada  directamente  por  su  imagen de Acapulco. Calor, un hotel pequeño y barato, playas de arenas doradas y playas de arenas blancas. Y ruidos lejanos de música. B no sabe que falta en su imagen un ruido o un rumor determinante: el de las jarcias de las pequeñas embarcaciones que suelen amarrar en todas las ciudades costeras. Sobre todo en las pequeñas: el ruido de las jarcias en la noche, aunque el mar esté liso como un plato de sopa.

De pronto alguien más entra en la terraza. Es una silueta femenina que toma asiento en la mesa más retirada, en una esquina, junto a dos grandes jarrones de pie. Al poco rato, el recepcionista se acerca a la mujer con una bebida. Después, en lugar de regresar a la recepción, el recepcionista se aproxima a B, que está sentado al borde de la piscina, y le pregunta qué tal lo están pasando su padre y él. Muy bien, dice B. ¿Les gusta Acapulco?, pregunta  el  recepcionista.  Mucho,  dice  B.   ¿Qué  tal  el  San  Diego?,  pregunta  el recepcionista. B no entiende la pregunta. ¿El San Diego? Por un instante cree que le está preguntando por el hotel, pero de inmediato recuerda que el hotel no se llama así. ¿Qué San Diego?, dice B. El recepcionista sonríe. El club de putas, dice. Entonces B recuerda la tarjeta que el recepcionista le dio a su padre. Aún no hemos ido, dice. Es un sitio de confianza, dice el recepcionista. B mueve la cabeza en un gesto que podría ser interpretado de muchas maneras. Está en la avenida Constituyentes, dice el recepcionista. En esa misma avenida hay otro club, el Ramada, que no es de fiar. El Ramada, dice B, mientras observa la silueta femenina inmóvil en el rincón de la terraza, en medio de los enormes jarrones cuyas sombras se alargan y adelgazan hasta perderse debajo de las mesas vecinas, el vaso con la bebida aparentemente intacto. Al Ramada es mejor que no vayan, dice el recepcionista.

¿Por qué?, dice B por decir algo, en realidad él no tiene intención de ir a ninguno de los dos clubes. No es de confianza, dice el recepcionista, y sus dientes de conejo, blanquísimos, brillan en la semipenumbra que se ha apoderado repentinamente de toda la terraza, como si alguien desde la recepción hubiera apagado la mitad de las luces.

Cuando el recepcionista se va B vuelve a abrir el libro de poesía, pero las palabras ya son ilegibles, así que deja el libro abierto sobre la mesa y cierra los ojos y no oye el rumor de las jarcias sino un ruido atmosférico, de enormes capas de aire caliente que descienden sobre el hotel y sobre los árboles que rodean el hotel. Tiene ganas de meterse en la piscina. Por un instante cree que podría hacerlo.

Entonces la mujer del rincón se levanta y comienza a caminar en dirección a las escalinatas que unen la terraza con la recepción, aunque a medio camino se detiene, como si se sintiera mal, una mano apoyada en un cantero en donde ya no hay flores sino maleza.

B la observa. La mujer lleva un vestido claro, holgado, de tela ligera, con un amplio escote que deja desnudos sus hombros. B cree que la mujer seguirá su camino, pero ella no se mueve, la mano fija en el cantero, la mirada baja, y entonces B se levanta, con el libro en la mano, y se acerca. Su primera sorpresa se produce al observar su rostro. La mujer debe de tener, calcula B, unos sesenta años, aunque él, de lejos, no le hubiera echado más de treinta. Es norteamericana y cuando B se le aproxima levanta la vista y le sonríe. Buenas noches, dice ella un tanto  incongruentemente. ¿Le sucede algo?, dice B. La mujer no entiende sus palabras y B tiene que repetírselas, pero esta vez en inglés. Sólo estoy pensando, dice la mujer sin dejar de sonreírle. B reflexiona durante unos segundos en lo que la mujer le acaba de decir. Pensando, pensando, pensando. Y de pronto percibe en esa declaración  una  amenaza.  Algo  que  se  acerca  por  el  lado  del  mar.  Algo  que  avanza arrastrado por las nubes oscuras que cruzan invisibles la bahía de Acapulco. Pero no se mueve ni hace el más mínimo ademán de romper el encanto en el que se siente sujeto. Y entonces la mujer mira el libro que cuelga de la mano izquierda de B y le pregunta qué es lo que lee y B dice: poesía. Leo poemas. Y la mujer lo mira a los ojos, siempre con la misma sonrisa en la cara (una sonrisa que es reluciente y ajada al mismo tiempo, piensa B cada vez más nervioso), y le dice que a ella, en otro tiempo, le gustaba la poesía. ¿Qué poetas?, dice B sin mover un solo músculo. Ahora ya no los recuerdo, dice la mujer, y parece sumirse nuevamente en la contemplación de algo que sólo ella puede vislumbrar. Sin embargo B cree que está haciendo un esfuerzo por recordar y espera en silencio. Al cabo de un rato vuelve a posar en él su mirada y dice: Longfellow. Acto seguido recita un texto con una rima pegajosa que a B le parece similar a una ronda infantil, algo, en cualquier caso, muy lejano a los poetas que él lee. ¿Conoce usted a Longfellow?, dice la mujer. B niega con la cabeza, aunque la verdad es que ha leído a Longfellow. Me lo enseñaron en la escuela, dice la mujer con la misma sonrisa invariable. Y luego añade: ¿no cree que hace demasiado calor? Hace mucho calor, susurra B. Puede que se esté acercando una tormenta, dice la mujer. Parece muy segura de sus palabras. En ese momento B levanta la mirada: no ve ninguna estrella. Lo que sí ve son algunas luces del hotel encendidas. Y en la ventana de su habitación ve una silueta que los está mirando y que lo sobresalta como si de improviso se hubiera desatado la lluvia tropical.

Al principio no comprende nada.

Su padre está allí, al otro lado de los cristales, enfundado en una bata azul, una bata que se ha traído desde su casa y que B no conoce, en cualquier caso no es un albornoz del hotel,  y los está mirando  fijamente, aunque cuando  B lo  descubre se echa para atrás, retrocede como picado por una serpiente (levanta una mano en un tímido saludo) y desaparece tras las cortinas.

La canción de Hiawatha, dice la mujer. B la mira. La canción de Hiawatha, dice la mujer, el poema de Longfellow. Ah, sí, dice B.

Después la mujer le da las buenas noches y desaparece gradualmente: primero sube la escalinata hasta la recepción, allí se detiene unos instantes, cruza unas palabras con alguien a quien B no puede ver y finalmente se pierde, silenciosa, por el lobby del hotel, su figura delgada enmarcada por las sucesivas ventanas, hasta que dobla por el pasillo de la escalera interior.

Media hora más tarde B entra en su habitación y encuentra a su padre dormido. Durante unos segundos, antes de dirigirse al baño a lavarse los dientes, B lo contempla (muy erguido, como dispuesto a sostener una pelea) desde los pies de la cama. Buenas noches, papá, dice. Su padre no hace la menor señal de haberlo escuchado.

Al segundo día de estancia en Acapulco B y su padre van a ver a los clavadistas. Tienen dos opciones: mirar el espectáculo desde una plataforma al aire libre o entrar en el restaurante-bar del hotel que domina La Quebrada. El padre de B pregunta los precios. La primera persona a la que interroga no lo sabe. El padre de B insiste. Por fin, un viejo ex clavadista que está allí sin hacer nada le dice dos cifras. Instalarse en el mirador del hotel es seis veces más caro que hacerlo en la plataforma al aire libre. El padre de B no lo duda: vamos al bar, dice, estaremos más cómodos. B lo sigue. En el bar sus vestimentas desentonan con las del resto, turistas norteamericanos o mexicanos con prendas claramente veraniegas. La ropa de B y de su padre es la típica ropa de los habitantes del DF, una ropa que parece salida de un sueño interminable. Los camareros se dan cuenta. Saben que esa gente da poca propina y no los atienden con la prontitud necesaria. El espectáculo, para colmo,  no  se ve nada  bien desde donde se han sentado. Hubiéramos  hecho  mejor en quedarnos en la plataforma, dice el padre de B. Aunque esto tampoco está mal, añade. B asiente. Finalizada la sesión de saltos y tras haberse bebido dos jaiboles cada uno, salen al aire libre y comienzan a hacer planes para el resto del día. En la plataforma casi no queda nadie, pero el padre de B distingue, sentado en un contrafuerte, al viejo ex clavadista y se le acerca.

El ex clavadista es bajo y tiene las espaldas muy anchas. Está leyendo una novela de vaqueros y no levanta la mirada hasta que B y su padre están a su lado. Entonces los reconoce y les pregunta qué les ha parecido el espectáculo. No ha estado mal, dice el padre de B, aunque en los deportes de precisión es necesaria una experiencia mayor para hacerse una idea cabal. ¿El caballero ha sido deportista? El padre de B lo estudia durante unos segundos y luego dice: algo hemos hecho en la vida. El ex clavadista se pone de pie con un movimiento enérgico, como si de pronto estuviera otra vez en el borde de los acantilados. Debe de tener, piensa B, unos cincuenta años, por lo tanto no es mucho mayor que su padre, aunque la piel de la cara, con arrugas que parecen heridas, le proporciona un aire de persona más vieja. ¿Los caballeros están de vacaciones?, dice el ex clavadista. El padre de B asiente con una sonrisa. ¿Y cuál es el deporte que el caballero ha practicado, si se puede saber? El boxeo, dice el padre de B. Ah, caray, dice el ex clavadista, pues sería en peso pesado, ¿no? El padre de B sonríe ampliamente y dice que sí.

Sin saber cómo, de pronto B se encuentra caminando con su padre y con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado aparcado el Mustang y luego los tres se montan en el coche y B oye como si estuviera escuchando la radio las instrucciones que el ex clavadista le da a su padre. El coche durante un rato se desliza por la avenida Miguel Alemán, pero luego gira hacia el interior y pronto el paisaje de hoteles y restaurantes dedicados al turismo se transforma en un paisaje urbano ligeramente tropical. El coche, sin embargo, sigue subiendo, alejándose de la herradura dorada de Acapulco, internándose por calles mal asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a una especie de restaurante o más bien casa de comidas corridas (aunque para ser un establecimiento de comidas corridas es demasiado grande, piensa B) en cuya acera polvorienta se detiene. El ex clavadista y su padre bajan de inmediato. Durante todo el trayecto no han parado de hablar y en la acera, mientras lo esperan y hacen gestos incomprensibles, siguen con su plática. B tarda un momento en descender del coche. Vamos a comer, dice su padre. Es verdad, dice B.

El interior del local es oscuro y sólo una cuarta parte está ocupada por mesas. El resto parece una pista de baile, con un estrado para la orquesta, enmarcada por una larga barra de madera basta. Al entrar, B no puede ver nada por el contraste de la luz. Luego observa a un hombre, que se parece al ex clavadista, acercarse a éste y a su padre y, tras escuchar atentamente una presentación que B no comprende, darle la mano a su padre y segundos después tendérsela a él. B extiende la mano y aprieta la del desconocido. Éste dice un nombre y estrecha la mano de B con fuerza. El gesto es amistoso, pero el apretón resulta más bien violento. El hombre no sonríe. B decide no sonreír. El padre de B y el ex clavadista ya están sentados a la mesa. B se sienta junto a ellos. El tipo que se parece al ex clavadista  y  que  resulta  ser  su  hermano  menor  se  mantiene  de  pie,  atento  a  las instrucciones. Aquí el caballero, dice el ex clavadista, fue campeón de los pesos pesados de su país. ¿Extranjeros?, dice el hombre. Chilenos, dice el padre de B. ¿Hay huachinango?, dice el ex clavadista. Hay, dice el hombre. Pues ponnos uno, un huachinango a la guerrerense, dice el ex clavadista. Y cervezas para todos, dice el padre de B, para usted también. Agradecido, murmura el hombre mientras saca una libretita del bolsillo y apunta con dificultad un pedido que, a juicio de B, resulta un juego de niños memorizar.

Con las cervezas, el hermano del ex clavadista les trae una botana de galletitas saladas y tres vasos no muy grandes de ostiones. Son frescos, dice el ex clavadista mientras les pone chile a los tres. Que curioso, ¿verdad? Que esto se llame chile y que su país se llame Chile, dice el ex clavadista mientras señala el frasco lleno de salsa picante de color rojo intenso. En efecto, no deja de ser curioso, concede el padre de B. A los chilenos, añade, esto siempre nos ha picado la curiosidad. B mira a su padre con una incredulidad apenas perceptible. El resto de la conversación, hasta que llega el huachinango, gira en torno a temas de boxeo y de clavadismo.

Después B y su padre se van del establecimiento. El tiempo ha pasado deprisa, sin que ellos se den cuenta, y cuando suben al Mustang ya son las siete de la tarde. El ex clavadista se sube con ellos. Por un momento, B piensa que no se lo van a poder quitar de encima nunca, pero cuando llegan al centro de Acapulco el ex clavadista se baja delante de un local de billares. Cuando se quedan solos, el padre de B comenta favorablemente el trato y los precios que han pagado por el huachinango. Si lo hubiéramos comido aquí, dice señalando los hoteles del paseo costero, nos habría salido por un ojo de la cara. Al llegar a su habitación B se pone el traje de baño y se va a la playa. Nada durante un rato y luego intenta leer aprovechando la escasa luz del crepúsculo. Lee a los poetas surrealistas y no entiende nada. Un hombre pacífico y solitario, al borde de la muerte. Imágenes, heridas. Eso es lo único que ve. Y de hecho las imágenes poco a poco se van diluyendo, como el sol poniente, y sólo quedan las heridas. Un poeta menor desaparece mientras espera un visado para el Nuevo Mundo. Un poeta menor desaparece sin dejar rastros mientras desespera varado en un pueblo cualquiera del Mediterráneo francés. No hay investigación. No hay cadáver. Cuando B intenta leer a Daumal la noche ya ha caído sobre la playa, cierra el libro y vuelve lentamente al hotel.

Después de cenar, su padre le propone salir a divertirse. B rechaza la invitación. Le sugiere a su padre que vaya solo, que él no está para divertirse, que prefiere quedarse en la habitación y ver una película en la tele. Parece mentira, dice su padre, que a tu edad te estés comportando como un viejo. B observa a su padre, que se ha duchado y se está poniendo ropa limpia, y se ríe.

Antes de que su padre se marche B le dice que se cuide. Su padre lo mira desde la puerta y le dice que sólo va a tomarse un par de tragos. Cuídate tú, dice, y cierra suavemente.

Al quedarse solo B se quita los zapatos, busca sus cigarrillos, enciende la tele y vuelve a tumbarse en la cama. Sin darse cuenta, se queda dormido. Sueña que vive (o que está de visita) en la ciudad de los titanes. En su sueño sólo hay un deambular permanente por calles enormes y oscuras que recuerda de otros sueños. Y hay también una actitud por su parte que en la vigilia él sabe que no tiene. Una actitud delante de los edificios cuyas voluminosas sombras parecen chocar entre sí, y que no es precisamente una actitud de valor sino más bien de indiferencia.

Al cabo de un rato, justo cuando el serial se ha acabado, B se despierta de golpe, como impelido por una llamada, se levanta, apaga la tele y se asoma a la ventana. En la terraza, semioculta en el mismo rincón de la noche anterior, está la norteamericana delante de un vaso de alcohol o de zumo de frutas. B la observa sin curiosidad y luego se aparta de la ventana, se sienta en la cama, abre su libro de poetas surrealistas y trata de leer. Pero no puede. Así que trata de pensar y para tal efecto se tiende en la cama otra vez, cierra los ojos, deja los brazos estirados. Por un instante cree que no tardará en quedarse dormido. Incluso puede  ver,  sesgada,  una  calle  de  la ciudad  de  los  sueños.  No  tarda,  sin embargo,  en comprender que sólo está recordando el sueño y entonces abre los ojos y se queda durante un rato contemplando el cielorraso de la habitación. Luego apaga la luz de la mesilla de noche y vuelve a acercarse a la ventana.

La norteamericana sigue allí, inmóvil, y las sombras de los jarrones se alargan hasta tocar las sombras de las mesas vecinas. El agua de la piscina recoge los reflejos de la recepción, que permanece, al contrario que la terraza, con todas las luces encendidas. De pronto un coche se detiene a pocos metros de la entrada del hotel. B cree que se trata del Mustang de su padre. Pero durante un tiempo excesivamente largo nadie aparece por la puerta del hotel y B piensa que se ha equivocado. Justo en ese momento distingue la silueta de su padre que sube las escalinatas. Primero la cabeza, luego los hombros anchos, después el resto del cuerpo hasta acabar en los zapatos, unos mocasines de color blanco que a B le disgustan profundamente pero que en ese momento le producen algo similar a la ternura. Su padre entra en el hotel como si bailara, piensa. Su padre hace su entrada como si viniera de un velorio, irreflexivamente feliz de seguir vivo. Pero lo más curioso es que, tras asomarse durante un instante a la recepción, su padre retrocede y toma el camino de la terraza: desciende las escaleras, rodea la piscina y va a sentarse en una mesa cercana a la de la norteamericana. Y cuando por fin aparece el tipo de la recepción con una copa, tras pagarle y sin esperar siquiera a que el recepcionista haya desaparecido del todo, su padre se levanta y se acerca, con la copa en la mano, hasta la mesa de la norteamericana y durante un rato se queda allí, de pie, hablando, gesticulando, bebiendo, hasta que la mujer hace un gesto y su padre toma asiento a su lado.

Es demasiado vieja para él, piensa B. Luego vuelve a la cama, se acuesta, no tarda en darse cuenta de que todo el sueño que tenía acumulado se ha evaporado. Pero no quiere encender la luz (aunque tiene ganas de leer), no quiere que su padre pueda creer, ni por un segundo, que él lo está espiando. Durante mucho rato, B se dedica a pensar. Piensa en mujeres, piensa en viajes. Finalmente se duerme.

Durante la noche, en dos ocasiones, se despierta sobresaltado y la cama de su padre está vacía. A la tercera vez ya está amaneciendo y ve la espalda de su padre, que duerme profundamente. Entonces enciende la luz y durante un rato, sin salir de la cama, se dedica a fumar y a leer.

Esa mañana B vuelve a la playa y alquila una tabla. Esta vez no tiene ningún problema para llegar a la isla de enfrente. Allí toma un zumo de mango y se baña durante un rato en un mar en donde no hay nadie. Luego vuelve a la playa del hotel, le entrega la tabla al adolescente que lo mira con una sonrisa y regresa dando un largo rodeo. En el restaurante del hotel encuentra a su padre tomando café. Se sienta a su lado. Su padre está recién afeitado y su piel despide un olor a colonia barata que a B le gusta. En la mejilla derecha exhibe un arañazo desde la oreja hasta el mentón. B piensa preguntarle qué ocurrió anoche, pero finalmente decide no hacerlo.

El resto del día transcurre como entre brumas. En algún momento B y su padre se marchan a una playa cercana al aeropuerto. La playa es enorme y en los lindes abundan las cabañas con techos de cañizo en donde los pescadores guardan sus artes. El mar está revuelto: durante un rato B y su padre contemplan las olas que se estrellan contra la bahía de Puerto Marqués. Un pescador que está cerca les dice que no es un buen día para bañarse. Es verdad, dice B. Su padre, sin embargo, se mete en el agua. B se sienta en la arena, con las rodillas levantadas, y lo observa internarse al encuentro de las olas. El pescador se lleva una mano de visera a la frente y dice algo que B no entiende. Durante un momento la cabeza de su padre, los brazos de su padre que nada hacia dentro desaparecen de su campo visual. Junto al pescador hay ahora dos niños. Todos miran hacia el mar, de pie, menos B, que  sigue  sentado.  En  el cielo  aparece,  de  forma  por  demás  silenciosa,  un  avión  de pasajeros. B deja de mirar el mar y contempla el avión hasta que éste desaparece detrás de una suave colina llena de vegetación. B recuerda un despertar, justo un año atrás, en el aeropuerto de Acapulco. Él venía de Chile, solo, y el avión hizo escala en Acapulco. Cuando B abrió los ojos, recuerda, vio una luz anaranjada, con tonalidades rosas y azules, como una vieja película cuyos colores estuvieran desapareciendo, y entonces supo que estaba en México y que estaba, de alguna manera, salvado. Esto ocurrió en 1974 y B aún no había cumplido los veintiún años. Ahora tiene veintidós y su padre debe de andar por los cuarentainueve. B cierra los ojos. El viento hace ininteligibles las voces de alarma del pescador y de los niños. La arena está fría. Cuando abre los ojos ve a su padre que sale del mar. B cierra otra vez los ojos y los vuelve a abrir sólo cuando una mano grande y mojada se posa sobre su hombro y la voz de su padre lo invita a comer huevos de caguama.

Hay cosas que se pueden contar y hay cosas que no se pueden contar, piensa B abatido. A partir de este momento él sabe que se está aproximando el desastre.

Las cuarentaiocho horas siguientes, no obstante, transcurren envueltas en una suerte de placidez que el padre de B identifica con «el concepto de las vacaciones» (y B no sabe si su padre se está riendo de él o lo dice en serio). Van a la playa cada día, comen en el hotel o en un restaurante de la avenida López Mateos que tiene precios económicos, una tarde ambos alquilan una embarcación, un bote de plástico, minúsculo, y recorren el perfil de la costa cercana a su hotel, navegando junto a los vendedores de baratijas que se desplazan en tablas o en botes de ínfimo calado, como funambulistas o marineros muertos, llevando sus mercaderías de playa en playa. Al regreso, incluso, sufren un percance.

El bote, que el padre de B lleva demasiado próximo a los roqueríos, vuelca. El incidente, por supuesto, no tiene mayor importancia. Ambos saben nadar bastante bien y el bote está hecho para volcar, no cuesta nada darle la vuelta y subirse a él otra vez. Y eso es lo que hacen B y su padre. En ningún momento ha habido el menor peligro, piensa B. Pero entonces, cuando ambos han vuelto a subir al bote, el padre de B se da cuenta de que ha perdido la billetera y lo anuncia. Dice, tocándose el corazón: mi billetera, y sin dudarlo un segundo se sumerge de cabeza en el agua. A B le da un ataque de risa, pero luego, tirado en el bote, observa el agua y no ve señal alguna de su padre y durante un instante se lo imagina buceando o, aún peor, cayendo a plomo, pero con los ojos abiertos, por una fosa profunda, fosa en cuya superficie se balancea su bote y él mismo, a mitad de camino ya de la risa y de la alarma. Entonces B se yergue y, tras mirar hacia el otro lado del bote y no ver señales de su padre, procede a sumergirse a su vez y sucede lo siguiente: mientras B desciende, con los ojos abiertos, su padre asciende (y podría decirse que casi se tocan) con los ojos abiertos y la billetera en la mano derecha; al cruzarse ambos se miran, pero no pueden corregir, al menos  no  de  manera  instantánea,  sus trayectorias,  de  modo  que  el padre  de  B  sigue subiendo silenciosamente y B sigue bajando silenciosamente.

Para los tiburones, para la mayoría de los peces (excepto para los peces voladores), el infierno es la superficie del mar. Para B (para la mayoría de los jóvenes de veintidós años), el infierno a veces es el fondo del mar. Mientras baja recorriendo en sentido inverso la estela que ha dejado su padre, piensa que precisamente ahora hay más motivos que nunca para reírse. En el fondo del mar no encuentra arena, como su imaginación de algún modo esperaba, sino sólo rocas, rocas que se sostienen unas en otras, como si aquel lugar de la costa fuera una  montaña sumergida  y él estuviera en la parte alta, apenas  iniciado el descenso. Después sube y desde abajo contempla el bote que por momentos parece levitar y por momentos parece a punto  de hundirse, con su padre sentado  en el centro  exacto, intentando fumar un cigarrillo mojado.

Y luego se acaba el paréntesis, se acaban las cuarentaiocho horas de gracia en las cuales B y su padre han recorrido algunos bares de Acapulco, han dormido tirados en la playa,  han comido  e incluso  se han reído,  y comienza un período  gélido,  un período aparentemente normal pero dominado por unos dioses helados (dioses que, por otra parte, no interfieren en nada con el calor reinante en Acapulco), unas horas que en otro tiempo, tal vez cuando era adolescente, B llamaría aburrimiento, pero que ahora de ninguna manera llamaría así, sino más bien desastre, un desastre peculiar, un desastre que por encima de todo aleja a B de su padre, el precio que tienen que pagar por existir.

Todo comienza con la aparición del ex clavadista. B se da cuenta de inmediato de que viene a buscar a su padre y no al, llamémosle así, conjunto familiar que conforman ambos. El padre de B invita al ex clavadista a tomarse una copa en la terraza del hotel. El ex clavadista dice que conoce un lugar mejor. El padre de B lo mira y sonríe y luego dice órale. Cuando ganan la calle comienza a atardecer y por un segundo B siente una punzada inexplicable y cree que tal vez hubiera sido mejor quedarse en el hotel, dejar que su padre se divirtiera solo. Pero ya es demasiado tarde. El Mustang sube por la avenida Constituyentes y el padre de B saca de un bolsillo la tarjeta que días atrás le diera el recepcionista. El picadero se llama San Diego, dice. El ex clavadista arguye que ese lugar es demasiado caro. Tengo dinero, dice el padre de B, vivo en México desde 1968 y ésta es la primera vez que me doy unas vacaciones. B, que va sentado junto a su padre, busca el rostro del ex clavadista en el espejo retrovisor y no lo encuentra. Así que primero van al San Diego y durante un rato beben y bailan con chicas a las que por cada baile hay que entregar un boleto que previamente compran en la barra. El padre de B, al principio, sólo compra tres boletos. Este sistema, le dice al ex clavadista, tiene algo de irreal. Pero luego se entusiasma y compra un fajo entero. B también baila. Su primera pareja es una muchacha delgada y de rasgos aindiados. La segunda es una mujer de grandes pechos que parece preocupada o enfurruñada por algo que B jamás sabrá. La tercera es gorda y feliz y al poco rato de estar bailando le confiesa al oído que está drogada. ¿Qué has tomado?, dice B. Hongos alucinantes,  dice  la  mujer,  y B se ríe.  Su  padre,  mientras tanto,  baila con  la muchacha que parece  india y B los observa de tanto  en tanto. En realidad, todas las muchachas parecen indias. La que baila con el padre de B tiene una bonita sonrisa. Hablan (de hecho hablan sin parar) aunque B no oye lo que dicen. Después su padre desaparece y B se acerca a la barra junto al ex clavadista. Ellos también se ponen a hablar. De los tiempos pasados. Del valor. De las quebradas en donde rompe el mar. De mujeres. Temas que a B no le interesan o que, al menos, no le interesan en ese momento. Y sin embargo hablan.

Al cabo de media hora su padre vuelve a la barra. Su pelo rubio está mojado y recién peinado (el padre de B se peina para atrás) y tiene la cara enrojecida. Sonríe sin decir nada y B lo observa sin decir nada. Hora de comer, dice. B y el ex clavadista lo siguen hasta el Mustang. Cenan mariscos variados en un local oblongo como un ataúd. Mientras comen el padre de B  mira a B como  buscando  una respuesta.  B sostiene  su  mirada. Telepáticamente le dice: no hay respuesta porque la pregunta no es válida. La pregunta es imbécil. Después, sin saber cómo, B sigue a su padre y al ex clavadista (que hablan todo el rato de boxeo) hasta un local en los suburbios de Acapulco. El edificio es de ladrillo y madera, carece de ventanas y en el interior hay un jukebox con canciones de Lucha Villa y Lola Beltrán. De pronto B siente náuseas. Sólo entonces, mientras se separa de su padre y busca un lavabo o el patio trasero o la salida a la calle, se da cuenta de que ha bebido demasiado. También se da cuenta de algo más: unas manos aparentemente hospitalarias no le han permitido salir a la calle. Temen que me escape, piensa B. Luego vomita varias veces en un patio abierto en donde se acumulan cajas de cerveza y en donde hay un perro atado, y tras aliviarse se pone a contemplar las estrellas. No tarda en aparecer junto a él una mujer. Su sombra se recorta más oscura que la noche. Su vestido, sin embargo, es blanco y eso hace que B la pueda distinguir. ¿Te hago un guagüis?, dice. Tiene una voz joven y aguardentosa. B se la queda mirando sin entender. La puta se arrodilla a su lado y le abre la bragueta. Entonces B comprende y la deja hacer. Cuando acaba siente frío. La puta se levanta y B la abraza. Juntos contemplan la noche. Cuando B dice que quiere volver a la mesa de su padre, la mujer no lo sigue. Vamos, dice B, tirando de su mano, pero ella se resiste. Entonces B se da cuenta de que no ha visto apenas su rostro. Es mejor así. Sólo la he abrazado, piensa, ni siquiera sé cómo es. Antes de volver a entrar se da vuelta y ve que la puta se acerca al perro y lo acaricia.

En el interior, su padre está sentado en una mesa junto al ex clavadista y otros dos tipos. B se le acerca por la espalda y le susurra unas palabras al oído. Vámonos. Su padre está jugando a las cartas. Voy ganando, dice, no puedo irme. Nos van a robar todo el dinero, piensa B. Luego contempla a las mujeres que a su vez lo contemplan a él y a su padre con una conmiseración palpable. Ellas saben lo que nos va a pasar, piensa B. ¿Estás borracho?,  le  pregunta  su  padre  mientras  pide  una  carta.  No,  dice  B,  ya  no.  ¿Estás drogado?, dice su padre. No, dice B. Entonces su padre sonríe y pide un tequila y B se levanta y va hacia la barra y desde allí observa con ojos de loco el escenario del crimen. En ese momento B sabe que aquél es el último viaje que hará con su padre. Abre los ojos, cierra los ojos. Las putas lo miran con curiosidad, una le ofrece un trago que B rechaza con un gesto. A veces, cuando tiene los ojos cerrados, ve a su padre con una pistola en cada mano saliendo de una puerta que está en un lugar en donde jamás debería de haber una puerta. Sin embargo su padre aparece por allí, de prisa, con los ojos grises brillantes y el pelo despeinado. Nunca más volverán a viajar juntos, piensa B. Eso es todo. Lucha Villa canta en el jukebox y B piensa en Gui Rosey, poeta menor desaparecido en el sur de Francia. Su padre reparte las cartas, se ríe, cuenta historias y escucha historias que rivalizan en sordidez. B recuerda cuando volvió de Chile, en 1974, y fue a verlo a su casa. Su padre se había roto un pie y estaba leyendo en la cama un periódico deportivo. Le preguntó cómo le había ido y B le contó sus aventuras. Sucintamente: las guerras floridas latinoamericanas. Estuvieron a punto de matarme, dijo. Su padre lo miró y se sonrió. ¿Cuántas veces?, dijo. Por lo menos dos, respondió B. Ahora su padre se ríe a carcajadas y B trata de pensar con claridad. Gui Rosey se suicidó, piensa, o lo mataron, piensa. Su cadáver está en el fondo del mar.

Un  tequila,  dice  B.  Una  mujer  le  pone  un  vaso  lleno  hasta  la  mitad.  No  se emborrache otra vez, joven, dice. No, ya estoy bien, dice B perfectamente lúcido. No tardan otras dos mujeres en acercarse a él. ¿Qué quieren tomar?, dice B. Su papá de usted es muy simpático, dice una de ellas, la más joven, de pelo largo y negro, tal vez la misma que me lo chupó  hace un rato, piensa B. Y recuerda (o  trata de recordar) escenas en apariencia inconexas: la primera vez que fumó en su presencia, a los catorce años, un Viceroy, una mañana en que los dos esperaban la llegada de un tren de carga en el interior del camión de su padre y hacía mucho frío; armas de fuego, cuchillos; historias familiares. Las putas beben tequila con coca-cola. ¿Cuánto rato estuve afuera vomitando?, piensa B. Parecía moto, dice una de las putas, ¿quiere un poquito? ¿Un poquito de qué?, dice B temblando pero con la piel fría como un témpano. Un poquito de mota, dice la mujer, de unos treinta años, el pelo largo como su compañera, pero teñido de rubio. ¿Golden Acapulco?, dice B dando un trago de tequila mientras las dos mujeres se le acercan un poco más y le acarician la espalda y las piernas. Simón, para tranquilizarse, dice la rubia. B asiente con la cabeza y lo siguiente que recuerda es una nube de humo que lo separa de su padre. Usted quiere mucho a su papá, dice una de las mujeres. Pues no tanto, dice B. ¿Cómo no?, dice la morena. La que atiende la barra se ríe. A través del humo B observa que su padre da vuelta la cabeza y durante un instante lo mira. Me está mirando con una seriedad de muerte, piensa. ¿Te gusta Acapulco?, dice la rubia. El local, sólo en ese momento lo advierte, está semivacío. En una mesa hay dos tipos que beben en silencio y en la otra está su padre, el ex clavadista  y los  dos  desconocidos  jugando  a  las  cartas.  Todas  las  demás  mesas  están desocupadas.

La puerta del patio se abre y aparece una mujer con un vestido blanco. Es la que me lo chupó, piensa B. La mujer aparenta unos veinticinco años aunque seguramente tiene muchos menos, tal vez dieciséis o diecisiete. Tiene el pelo largo, como casi todas, y lleva zapatos con tacones muy altos. Cuando cruza el local (se dirige al lavabo) B estudia con detenimiento  sus zapatos: son blancos y están sucios de barro en los lados. Su padre también levanta la mirada y la estudia durante un momento. B mira a la puta, que abre la puerta del baño, y luego mira a su padre. Entonces cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir la puta ya no está y su padre ha vuelto a concentrarse en el juego. Lo mejor sería que se llevara a su papá de este lugar, le dice una de las mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo, dice. La mujer le mete la mano por debajo de la camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B. ¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?, dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me largaría. B sonríe y la mira a los ojos por primera vez: vente con nosotros, le dice mientras bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca, dice la mujer. B recuerda entonces una ocasión, antes de que él se marchara para Chile, en que su padre le dijo «tú eres un artista y yo soy un trabajador». ¿Qué quiso decir con eso?, piensa. La puerta del baño se abre y la puta vestida de blanco vuelve a aparecer, esta vez con los zapatos impolutos, y atraviesa el local hasta la mesa en donde juegan a las cartas y allí se queda, de pie, junto a uno de los desconocidos. ¿Por qué tenemos que irnos?, dice B. La mujer lo mira de reojo y no le contesta. Hay cosas que se pueden contar, piensa B, y hay cosas que no se pueden contar. Cierra los ojos.

Como en sueños, regresa al patio trasero del bar. La mujer teñida de rubio lo lleva de la mano. Esto  ya lo  he hecho, piensa B, estoy borracho, no  saldré jamás de aquí. Algunos gestos se repiten: la mujer se sienta en una silla desvencijada y le abre la bragueta, la noche parece flotar como un gas letal a la altura de las cajas de cerveza vacías. Pero faltan algunas cosas: el perro ya no está, por ejemplo, y hacia el este ya no cuelga la luna sino algunos filamentos de claridad que adelantan el amanecer. Cuando acaban, atraído tal vez por los gemidos de B, aparece el perro. No muerde, dice la mujer mientras el perro se detiene a pocos metros de ellos y enseña los dientes. La mujer se levanta y se alisa el vestido. El lomo del perro está erizado y por el hocico le cae una baba transparente. Quieto, Púas, quieto, Púas, repite la mujer. Nos va a morder, piensa B mientras retroceden hasta la puerta. Lo que sigue es caótico: en la mesa donde juega su padre todos se han puesto de pie. Uno de los desconocidos grita a todo pulmón. B no tarda en darse cuenta de que está insultando a su padre. Por precaución, se acerca a la barra y pide una botella de cerveza que bebe a grandes sorbos, ahogándose, antes de aproximarse. Su padre parece tranquilo, piensa B. Junto a él hay una buena cantidad de billetes que coge uno por uno y luego se guarda en el bolsillo. De aquí no vas a salir con ese dinero, grita el desconocido. B mira al ex clavadista. Busca en su rostro por quién va a tomar partido. Probablemente por el desconocido, piensa B. La cerveza le resbala por el cuello y sólo entonces se da cuenta de que está ardiendo.

El padre de B termina de contar su dinero y mira a los tres hombres que tiene enfrente y a la mujer vestida de blanco. Bueno, caballeros, nosotros nos vamos, dice. Hijo, ponte a mi lado, dice. B arroja al suelo  lo que queda de cerveza y empuña la botella cogiéndola del cuello. ¿Qué haces, hijo?, dice el padre de B. En su voz B percibe un cierto tono de reproche. Vamos a salir tranquilamente, dice el padre de B, y luego se da vuelta y pregunta a las mujeres cuánto se les debe. La de la barra mira un papel y dice una cifra bastante alta. La rubia, que está de pie a medio camino entre la mesa y la barra, dice otra cifra. El padre de B suma, saca el dinero y se lo tiende a la rubia: lo tuyo y las consumiciones, dice. Luego añade un par de billetes más: la propina. Ahora vamos a salir, piensa B. Los dos desconocidos se plantan interfiriendo el paso. B no quiere mirarla, pero la mira: la mujer de blanco se ha sentado en una de las sillas vacías y revisa con las yemas de los dedos las cartas esparcidas en la mesa. No me estorbes, susurra su padre, y B tarda en comprender  que  le está hablando  a él.  El ex clavadista se  mete  las  manos en  los bolsillos. El desconocido vuelve a insultar al padre de B, lo insta a volver a la mesa, a volver a jugar. Ya no se juega más, dice el padre de B. Durante un instante, mientras contempla a la mujer vestida de blanco (que le parece, por primera vez, muy hermosa), B piensa en Gui Rosey que desaparece del planeta sin dejar rastro, dócil como un cordero mientras los himnos nazis suben al cielo color sangre, y se ve a sí mismo como Gui Rosey, un Gui Rosey enterrado en algún baldío de Acapulco, desaparecido para siempre, pero entonces oye a su padre, que le está recriminando algo al ex clavadista, y se da cuenta de que, al contrario que Gui Rosey, él no está solo.

Después su padre camina un poco encorvado hacia la salida y B le concede espacio suficiente para que se mueva a sus anchas. Mañana nos iremos, mañana volveremos al DF, piensa B con alegría. Comienzan a pelear.

Roberto Bolaño: Días de 1978. Cuento

1628564En cierta ocasión B asiste a una fiesta de chilenos exiliados en Europa. B acaba de llegar de México y no conoce a la mayoría de los asistentes. La fiesta, en contra de las expectativas de B, es familiar: los invitados están unidos no sólo por lazos de amistad sino también por lazos de parentesco. Los hermanos bailan con las primas, las tías con los sobrinos, el vino corre en abundancia.

En determinado momento, posiblemente al amanecer, un joven se encara con B utilizando un pretexto cualquiera. La discusión es lamentable e inevitable. El joven, U, hace gala de una bibliografía demencial: confunde a Marx con Feuerbach, al Che con Franz Fanon, a Rodó con Mariátegui, a Mariátegui con Gramsci. La hora de la discusión, por lo demás, no es la más apropiada, las primeras luces de Barcelona suelen enloquecer a algunos trasnochadores, a otros los dotan de una frialdad de ejecutores. Esto no lo digo yo, esto lo piensa B y consecuentemente sus respuestas son gélidas, sarcásticas, un casus belli más que suficiente para las ganas de pelear que tiene U. Pero cuando la pelea ya es inminente, B se levanta y rehúsa el enfrentamiento. U lo insulta, lo desafía, golpea la mesa (y tal vez la pared) con el puño. Todo inútil.

B no le hace caso y se marcha.

Aquí podría terminar la historia. B detesta a los chilenos residentes en Barcelona aunque él, irremediablemente, es un chileno residente en Barcelona. El más pobre de los chilenos residentes en Barcelona y también, probablemente, el más solitario. O eso cree él. En su memoria el incidente se asemeja, más que nada, a una pelea de liceo. La violencia de U, sin embargo, lo lleva a sacar amargas conclusiones, pues U ha militado y tal vez aún milita en uno de los partidos de izquierda que B contemplaba, en aquella época, con más simpatía. La realidad, una vez más, le ha demostrado que la demagogia, el dogmatismo y la ignorancia no son patrimonio de ningún grupo concreto.

Pero B olvida o trata de olvidar el incidente y sigue viviendo.

De forma vaga, como si hablaran de un muerto, periódicamente le llegan noticias de U. En el fondo, B preferiría no saber nada, pero si uno frecuenta a ciertas personas es imposible no enterarse de lo que ocurre alrededor o de lo que la gente cree que ocurre. Así, B sabe ahora que U ha obtenido  la nacionalidad española o que U asistió una noche, acompañado por su mujer, a un concierto de un grupo folklórico chileno. Es más, por un segundo B imagina a U y a la mujer de U sentados en un teatro que paulatinamente se va llenando de gente, a la espera de que suba el telón y aparezca el grupo folklórico, tipos de pelo largo y con barba, iguales, en cierto modo, que U, e imagina también a la mujer de U, a la que sólo ha visto una vez y que le parece guapa, con un punto de extrañeza, una mujer que está en otra parte, que saluda (como saludó a B en aquella fiesta) desde otra parte y que mira el telón, que aún no se levanta, y a su marido, desde otra parte, un lugar informe tamizado por sus ojos grandes y plácidos. ¿Pero cómo puede tener esa mujer los ojos plácidos?, piensa B. No hay respuesta.

Una  noche,  sin  embargo,  llega  una  respuesta,  aunque  no  la  respuesta  que  B esperaba. Mientras cena con una pareja de chilenos B se entera de que U está internado en un psiquiátrico tras haber intentado matar a su mujer.

Tal vez esa noche B ha bebido demasiado. Tal vez la historia que cuenta la pareja de chilenos está exagerada hasta niveles caricaturescos. Pero lo cierto es que B escucha el relato de las adversidades de U con sumo placer, y luego, imperceptiblemente, con una sensación de victoria, una victoria irracional, mezquina, en la que entran en escena todas las sombras de su rencor y también de su desencanto. Imagina a U corriendo por una calle vagamente chilena, vagamente latinoamericana, aullando o profiriendo gritos, mientras a los lados los edificios comienzan a humear, sostenidamente, aunque en ningún momento es posible discernir ni una sola llama.

A partir de entonces B, cada vez que se encuentra con esta pareja de chilenos, indefectiblemente pregunta por U y así se entera, de forma paulatina, como si las noticias, para su secreta satisfacción, se fueran escanciando cada quincena o cada mes, de que U ha salido del psiquiátrico, de que U ya no trabaja, de que la mujer de U no lo ha abandonado (algo que a B le parece francamente heroico), de que en ocasiones U y su mujer hablan de volver a Chile. A la pareja de amigos chilenos, por supuesto, la idea de volver a Chile les resulta seductora. A B le parece una idea atroz. ¿Pero U no era de izquierdas?, pregunta.

¿Pero U no era del MIR?

Aunque no lo dice, B compadece a la mujer de U. ¿Por qué una mujer como ésa se ha enamorado de un tipo como aquél? En alguna ocasión, incluso, los imagina haciendo el amor. U es alto y rubio y sus brazos son fuertes. Si aquella noche hubiéramos peleado, piensa, yo habría perdido. La mujer de U es delgada, tiene las caderas estrechas y el pelo negro. ¿De qué color son sus ojos?, piensa B. Verdes. Unos ojos muy bonitos. En ocasiones a B le da rabia pensar en U y en su mujer, si pudiera, si fuera posible, los olvidaría para siempre (¡sólo los ha visto una vez!), pero lo cierto es que la imagen de ambos, enmarcada en aquella fiesta lamentable, perdura en su memoria de forma misteriosa, como si estuviera allí para decirle algo, algo que es importante, pero que B, por más vueltas que le da, no sabe qué es.

Una noche, mientras pasea por las Ramblas, encuentra de casualidad a sus amigos chilenos. Éstos van acompañados por U y por la mujer de U. Inevitablemente tiene que saludarlos. La mujer de U le sonríe y su saludo se podría considerar efusivo. U, por el contrario, apenas le dirige la palabra. Por un instante B piensa que U se está haciendo el tímido o el distraído. En su actitud no percibe, sin embargo, el menor signo de agresividad.

De hecho, es como si U lo viera por primera vez. ¿Está fingiendo? ¿Este desinterés es natural o es producto de su brote psicótico? La mujer de U, como si quisiera atraer la atención de B, habla de un libro que acaba de comprar en uno de los quioscos de las Ramblas. Exhibe el libro, se lo muestra, le pregunta qué opinión le merece el autor. B confiesa, a su pesar, que no lo ha leído. Tienes que leerlo, dice la mujer de U, y luego añade: si quieres, cuando lo termine, te lo presto. B no sabe qué decir. Se encoge de hombros. Balbucea un sí que no lo compromete a nada.

Al despedirse la mujer de U lo besa en la mejilla. U le da un apretón de manos. Nos veremos pronto, dice.

Cuando se queda solo, B piensa que U ya no le parece tan alto ni tan fuerte como en la fiesta, de hecho es sólo un poco más alto que él. La imagen de su mujer, por el contrario, ha crecido y ha ganado brillo hasta un nivel insospechado. Esa noche a B, por motivos ajenos a este encuentro, le cuesta conciliar el sueño y en un momento de su insomnio vuelve a pensar en U.

Lo imagina en el psiquiátrico de Sant Boi, lo ve atado a una silla, retorciéndose de rabia mientras unos médicos (o la sombra de unos médicos) le aplican electrodos a la cabeza.  Un  tratamiento  de  esa  naturaleza,  piensa,  tal  vez  pueda  empequeñecer  a  una persona alta. Todo parece absurdo. Antes de quedarse dormido se da cuenta de que su deuda con U ya está saldada.

Sin embargo la historia no ha acabado.

B lo sabe. Y sabe también que su historia con U no es una vulgar historia de rencores.

Pasan los días. Al principio B intenta, con un impulso que tiene algo de autodestructivo, encontrar a U, a la mujer de U, y para tal fin visita, como nunca lo había hecho, las casas de los chilenos exiliados en Barcelona que conoce, y oye sus problemas, sus comentarios sobre la cotidianidad con una mezcla de horror e indiferencia que disfraza detrás de una mirada de aparente interés, pero U y su mujer nunca están, nadie los ha visto, todos, por supuesto, tienen algo que contar, alguna opinión pertinente que emitir sobre la desgracia que planea sobre ellos, pero lo único cierto, concluye B al cabo de tantas visitas y monólogos, es que U y su mujer evitan la sociedad de sus iguales. Después el impulso pierde potencia, se agota, y B regresa a sus costumbres.

Un día, sin embargo, encuentra a la mujer de U en el mercado de la Boquería. La ve desde lejos. Va acompañada por una chica a la que B no conoce. Están detenidas junto a un puesto de frutas exóticas. Mientras se acerca a ellas observa que el rostro de la mujer de U ha ganado  en profundidad.  Ya no  es sólo  una  mujer  hermosa sino  que ahora parece, también, una mujer interesante. Las saluda. La respuesta de la mujer de U es distante, como si no lo reconociera. Durante un segundo B piensa que, en efecto, no lo ha reconocido, y procede  a  presentarse.  Le  recuerda  la  última  vez  que  se  vieron,  el  libro  que  ella  le recomendó, incluso habla de la malhadada fiesta en donde se conocieron. La mujer de U asiente a todo lo que B dice, pero en sus gestos se percibe una desgana en aumento, como si su más ferviente deseo fuera que B desapareciera.  Confundido, B sigue junto  a ellas, aunque en su fuero interno sabe que lo mejor sería despedirse inmediatamente. En el fondo B espera algo, una señal, una palabra que certifique su equivocación. Pero la señal no llega. La mujer de U intenta no verlo. La otra mujer, por el contrario, lo observa con detenimiento y a esa mirada B se aferra como a un clavo ardiendo. La amiga de la mujer de U se llama K y no es chilena sino danesa. Su español es malo pero inteligible. No hace mucho que vive en Barcelona y apenas conoce la ciudad. B se ofrece a mostrársela. K acepta.

Así que esa misma noche B se encuentra con la danesa y pasean por el barrio gótico (él sin saber muy bien por qué está haciendo lo que está haciendo, ella feliz y un poco bebida pues han visitado ya un par de viejas tabernas) y hablan y K lo hace fijarse con más detenimiento en las sombras que proyectan sus cuerpos sobre los viejos muros, sobre las calles adoquinadas. Son sombras que tienen vida propia, dice K. En un primer instante B apenas le presta atención. Pero luego observa su sombra, o tal vez sea la sombra de la danesa, y por un segundo tiene la impresión de que esa silueta oscura y alargada lo mira de reojo. Siente un sobresalto. Después los tres, o los cuatro, se hunden en una oscuridad informe.

Esa noche duerme con K. La danesa estudia antropología con la mujer de U y aunque no es lo que se dice una amiga íntima (de hecho, sólo son compañeras de universidad), cuando empieza a amanecer se pone a hablar de ella, tal vez porque es la única persona que ambos conocen. Poco es lo que B saca en limpio. La información de K abunda en lugares comunes. Es una buena persona, siempre dispuesta a hacer un favor, es una estudiante inteligente (¿qué quiere decir eso?, piensa B, que no ha ido nunca a la universidad), aunque, y esto lo afirma sin ninguna prueba, basándose únicamente en su intuición femenina, está llena de problemas.

¿Qué clase de problemas?, pregunta B. No lo sé, dice K, problemas de todo tipo. Pasan los días. B deja de buscar a U o a la mujer de U en las casas de los chilenos exiliados en Barcelona. Cada dos o tres días se ve con K y hacen el amor, pero ya no hablan de la mujer de U y las raras veces que K la saca a colación, B se hace el desentendido o procura escuchar a su amiga con distancia y displicencia, procurando, sin que le cueste demasiado,  ser objetivo, como  si K hablara de antropología social o  de la sirenita de Copenhague. Vuelve a su cotidianidad que es una manera de decir que vuelve a su propia locura o a su propio aburrimiento. Con K, por otra parte, no hace vida social, lo que lo exime de cualquier encuentro no deseado o dictado por el azar.

Un día, después de mucho tiempo sin ir a verlos, sus pasos lo llevan a la casa de la pareja de chilenos que son sus amigos.

B espera encontrarlos sólo a ellos, B espera cenar con ellos y para tal fin se presenta con una botella de vino. Al llegar la casa está virtualmente tomada. Allí están sus amigos, pero también hay otra chilena, una mujer mayor, de unos cincuenta años, que se gana la vida echando las cartas del tarot, y una chica de unos dieciséis años, pálida y desabrida, con fama  entre  el círculo  de  exiliados  de  ser  una  lumbrera  (fama que  a  la postre  resultó infundada), hija de un dirigente obrero asesinado por la dictadura, y el novio de esta chica, un dirigente comunista catalán por lo menos veinte años mayor que ella, y también está la mujer de U, con las mejillas rojas y en los ojos las señales de haber llorado, y en la sala, sentado en un sillón, como si no supiera qué ocurre, U.

El primer impulso de B es marcharse de inmediato con su botella de vino. Pero se lo piensa mejor (aunque la verdad es que no halla motivos para permanecer allí) y se queda.

La atmósfera que se respira en la casa de sus amigos es fúnebre. El ambiente, los movimientos que se registran, son de conciliábulo, pero no de conciliábulo general, sino de conciliábulos en petit comité o conciliábulos fragmentados en las diferentes habitaciones de la vivienda, como si una conversación entre todos estuviera vedada por motivos indecibles que todos acatan. La bruja y la dueña de la casa están encerradas en el estudio del dueño de la casa. La chica pálida, el dueño de la casa y la mujer de U están encerrados en la cocina. El novio de la chica pálida y la dueña de la casa están encerrados en el dormitorio. La mujer de U y la chica pálida están encerradas en el baño. La bruja y el dueño de casa están encerrados en el pasillo, lo que ya es mucho decir. ¡Incluso en uno de los vaivenes el propio B se ve a sí mismo encerrado en la habitación de invitados con la dueña de la casa y la chica pálida mientras escucha a través del tabique la voz aguda de la bruja que habla o salmodia una advertencia a la mujer de U, ambas encerradas en el patio trastero!

El único que permanece sentado en un sillón, en la sala, durante todo el rato, como si la agitación no fuera con él o proviniera de un mundo ilusorio, es U. Y hacia allá se dirige B después de escuchar un caudal de informaciones confusas, cuando no contradictorias, de las cuales lo único que le ha quedado claro es que U, esa misma mañana, ha intentado suicidarse.

En la sala U lo saluda con un gesto que no se puede considerar amistoso pero tampoco agresivo. B se sienta en un sillón colocado enfrente del sillón de U. Durante un rato ambos permanecen en silencio, mirando el suelo, observando el ir y venir de los demás, hasta que B se da cuenta de que U tiene la televisión encendida, sin sonido, y que parece interesado en el programa.

Nada hay en el rostro de U que delate a un suicida o un intento de suicidio, piensa B. Al contrario, en su rostro es dable percibir una serenidad desconocida o que al menos B desconocía. La cara de U, en su memoria, se ha quedado fija en la cara que tenía el día de la fiesta, una cara sanguínea, atrapada entre el miedo y el rencor, o la cara de cuando lo encontró en las Ramblas, una máscara inexpresiva (aunque tampoco pueda decirse que ahora su cara sea excesivamente expresiva) tras la cual se escondían los monstruos del miedo y el rencor. El rostro de ahora le parece lavado. Como si U hubiera permanecido durante horas o tal vez días sumergido en el lecho de un río de flujo poderoso. Sólo la televisión sin sonido y sus ojos secos que siguen cuidadosamente los movimientos que se suceden en la pantalla (mientras en la casa se escuchan los murmullos de los chilenos que discuten de forma estéril sobre la posibilidad de internarlo otra vez en Sant Boi) le proporcionan a B la certeza de que, efectivamente, allí ocurre algo extraordinario.

Y luego se desata (o más propiamente se desprende) un movimiento en apariencia insignificante, un movimiento claramente de reflujo: B observa, sin moverse del sillón en que está sentado, cómo todos los que hasta hace un momento discutían y parlamentaban en pequeños grupos se dirigen en fila india hacia el dormitorio de los dueños de la casa, excepto la chica pálida, la hija del dirigente sindical asesinado, que en un gesto que no sabe si considerar de rebeldía, de aburrimiento o de vigilancia, se instala en la sala, en una silla no muy alejada del sillón en donde U ve la tele. La puerta del dormitorio se cierra. Se acaban los ruidos en sordina.

Tal vez ése hubiera sido un buen momento para marcharse, piensa B. En lugar de eso lo que hace es abrir la botella de vino y ofrecerle un vaso a la chica pálida, que lo acepta sin pestañear, y a U, que sólo bebe un sorbito, como para no hacerle un desprecio a B, pero que en realidad no tiene ganas o no puede beber. Y entonces, mientras beben o fingen que beben, la chica pálida se larga a hablar y les cuenta la última película que ha visto, muy mala, dice, y luego les pregunta si ellos han visto alguna que esté bien y que se la puedan recomendar. La pregunta, en realidad, es retórica. La chica pálida, al formularla, lo que está haciendo es sugerir una jerarquía en la cual ella reina en uno de los lugares más altos. No carece de delicadeza. En la pregunta asimismo está implícita la voluntad (su voluntad,  pero  también  una  voluntad  superior,  ajena  a  todos  salvo  al  buen  azar)  de considerar a B y a U parte de esa jerarquía, lo que no deja de ser una muestra palpable de su sentido integrador, incluso en circunstancias como aquélla.

U abre la boca por primera vez y dice que hace mucho que no va al cine. Contra lo que B hubiera esperado, el timbre de su voz es perfectamente normal. Bien modulado, con un tono que transparenta una leve tristeza, un tono chileno, un tono piramidal que  no desagrada  a  la  chica  pálida  ni  habría  desagradado  a  los  que  están  encerrados  en  el dormitorio si hubieran tenido la ocasión de escucharlo. Ni siquiera desagrada a B, a quien ese tono le trae resonancias extrañas, una película en blanco y negro y muda en la que de pronto todos se ponen a gritar de forma incomprensible y ensordecedora mientras en el centro del objetivo una estría roja comienza a formarse y extenderse por el resto de la pantalla. Esta visión o esta premonición, si podemos llamarla así, pone tan nervioso a B que, sin quererlo, abre la boca y dice que él sí que ha visto recientemente una película y que la película es muy buena.

Y acto seguido (aunque en el fondo lo que desea es levantarse de ese sillón y salir de la sala y de la casa y alejarse de ese barrio) se pone a contar la película. Se la cuenta a la chica pálida, que lo escucha con una expresión de disgusto y de interés en el rostro (como si el disgusto y el interés fueran indisociables), pero en realidad a quien se la está contando es a U, o eso es lo que, en medio de sus palabras torpes y rápidas, la conciencia de B cree.

En su memoria esta película está marcada a fuego. Aún hoy la recuerda incluso en pequeños detalles. En esa época la acababa de ver, así que su narración debió de ser, por lo menos, vivida. La película cuenta la historia de un monje pintor de iconos en la Rusia medieval. A través de las palabras de B van desfilando los señores feudales, los popes, los campesinos, las iglesias quemadas, las envidias y la ignorancia, las fiestas y un río de noche,  las dudas y el tiempo,  la certeza del arte, la sangre que es irremediable. Tres personajes aparecen como figuras centrales, si no en la película, sí en la narración que de la película rusa hace este chileno en una casa de chilenos, enfrente del sillón de un chileno suicida frustrado, en una suave tarde de primavera en Barcelona: el primer personaje es el monje pintor; el segundo personaje es un poeta satírico, en realidad una especie de beatnik, un goliardo, un tipo  pobre y más  bien ignorante, un bufón, un Villon perdido  en las inmensidades de Rusia a quien el monje, sin pretenderlo, hace apresar por los soldados; el tercer personaje es un adolescente, el hijo de un fundidor de campanas, quien tras una epidemia afirma haber heredado los secretos paternos en aquel difícil arte. El monje es el artista integral e íntegro. El poeta caminante es un bufón pero en su rostro se concentra toda la fragilidad y el dolor del mundo. El adolescente fundidor de campanas es Rimbaud, es decir, es el huérfano.

El final de la película, dilatado como un nacimiento, es el proceso de fundición de la campana. El señor feudal quiere una campana nueva, pero una plaga ha diezmado a la población y ha muerto el fundidor. Los hombres del señor feudal van a buscarlo pero sólo encuentran una casa en ruinas y al único sobreviviente, su hijo. El adolescente los intenta convencer  de que él sabe cómo  se hace una campana.  Tras algunas dubitaciones,  los esbirros del señor se lo llevan consigo no sin antes advertirle que pagará con su vida si la campana sale defectuosa.

El monje, que voluntariamente ha dejado de pintar y que se ha impuesto el voto de silencio, pasa de vez en cuando por el campo en donde los trabajadores están construyendo la campana. El adolescente a veces lo ve y se burla de él (el adolescente se burla de todo). Le hace preguntas que el monje no contesta. Se ríe de él. En los alrededores de la ciudad amurallada, a la par que avanza el proceso de construcción de la campana va creciendo una especie de romería popular a la sombra de los andamiajes de los trabajadores. Una tarde, mientras pasa por  allí en  compañía de otros monjes,  el monje pintor  se detiene para escuchar a un poeta, que resulta ser el beatnik al que por su culpa, hace muchos años, encarcelaron. El poeta lo reconoce y le echa en cara su pasada acción, y le relata, con palabras brutales y con palabras infantiles, las penalidades que ha pasado, lo cerca que ha estado, día a día, de la muerte. El monje, fiel a su voto de silencio, no le contesta, aunque por la forma en que lo mira uno se da cuenta de que lo asume todo, lo que le toca y lo que no le toca, y que le pide perdón. La gente mira al poeta y al monje y no entiende nada, pero le ruegan al poeta que siga contándoles historias, que deje al monje en paz y que continúe haciéndolos reír. El poeta está llorando, pero cuando se vuelve a su auditorio recobra el buen humor.

Y  así  pasan  los  días.  A  veces  el  señor  feudal  y  sus  nobles  se  acercan  a  la improvisada fundición para ver los trabajos de la campana. No hablan con el adolescente sino con un esbirro del señor feudal que sirve de intermediario. También pasa el monje y observa, con interés creciente, los trabajos. El interés del monje ni el propio monje lo comprende. Por otra parte, la cuadrilla de artesanos que está a las órdenes del adolescente se preocupa por éste. Lo alimentan. Bromean con él. Con el trato diario le han cogido afecto. Y por fin llega el gran día. Levantan la campana. Alrededor del andamiaje de madera desde donde cuelga y desde donde se la hará tañer por primera vez se reúne todo el mundo. El pueblo entero ha salido al otro lado de la muralla. El señor feudal y sus nobles e incluso un joven embajador italiano, al que los rusos le parecen unos salvajes, esperan. También el monje, confundido entre la multitud, espera. Tocan la campana. El repique es perfecto. Ni la campana se quiebra ni el sonido se apaga. Todos felicitan al señor feudal, incluso el italiano. El pueblo está de fiesta.

Cuando todo acaba, en lo que antes era una romería y ahora es un gran espacio lleno de escombros, sólo quedan dos personas junto a la abandonada fundición, el adolescente y el monje. El adolescente está sentado en el suelo y llorando a moco tendido. El monje está de pie junto a él y lo observa. El adolescente mira al monje y le dice que su padre, ese cerdo borracho, jamás le enseñó el arte de la construcción de campanas, que prefirió morirse llevándose el secreto consigo, que él aprendió solo, mirándolo. Y luego sigue llorando. Entonces el monje se agacha y rompiendo un voto de silencio que había jurado iba a ser de por vida, le dice: ven conmigo al monasterio, yo volveré a pintar y tú harás campanas para las iglesias, no llores más.

Y ahí acaba la película. Cuando B deja de hablar, U está llorando.

La chica pálida está sentada en la silla y mira algo por la ventana, tal vez sólo la noche. Debe de ser una buena película, dice, y sigue mirando algo que B no ve. Entonces U se bebe de un solo trago su vaso de vino y le sonríe a la chica pálida y luego a B y esconde la cabeza entre las manos. La chica pálida se levanta en silencio y cuando vuelve viene acompañada por la mujer de U y por la dueña de la casa. La mujer de U se arrodilla junto a U y le acaricia el pelo. El dueño de la casa y la bruja se asoman por el pasillo, sin decir nada, hasta que la bruja ve la botella de vino olvidada sobre la mesa y se sirve una copa.

Ese gesto es como un pistoletazo de salida. Todos proceden a llenarse una copita de vino. La bruja hace un brindis. El dueño de la casa hace un brindis. La chica pálida hace un brindis. Cuando B quiere llenar otra vez su vaso ya no queda más vino. Adiós, les dice a los dueños de la casa. Y se va.

Sólo cuando llega al portal (al portal que está oscuro y a la calle que lo aguarda) se da cuenta de que no le contó a U la película, sino a sí mismo.

Aquí debería acabar este relato, pero la vida es un poco más dura que la literatura.

B ya no vuelve a ver a U ni a la mujer de U. De hecho, B ya no necesita a U ni al fantasma radiante que su imagen derruida le sugería. Un día, sin embargo, se entera de que U ha ido a París a visitar a un antiguo compañero de partido. El viaje no lo ha realizado solo. U parte acompañado por otro chileno. Viajan en tren. Poco antes de llegar a París U se levanta sin decir nada y ya no vuelve a su compartimento. El compañero se despierta cuando el tren se pone en marcha. Busca a U y no lo encuentra. Tras hablar con el revisor concluye que U se ha bajado en la estación que acaban de dejar atrás. A esa misma hora, de madrugada, el teléfono suena en casa de U. Cuando su mujer por fin se despierta y se levanta y va hasta la sala, el teléfono deja de sonar. Poco después suena el teléfono en casa de un amigo, quien sí levanta el auricular a tiempo y puede hablar con U. Éste le dice que está en un pueblo francés que no conoce, que iba a París pero que de improviso, inexplicablemente, se le fueron las ganas, y que ahora se dispone a volver a Barcelona. El amigo le pregunta si tiene dinero. U contesta afirmativamente. Según este amigo, U parece tranquilo, incluso aliviado de haber tomado esta decisión. Así que el tren en el que iba U sigue su viaje a París, hacia el norte, y U comienza a caminar por el pueblo, hacia el sur, como si de pronto se hubiera quedado dormido y quisiera volver a Barcelona caminando.

No vuelve a telefonear.

Junto al pueblo hay un bosque. En algún momento de la noche U abandona el camino y se interna en el bosque. Al día siguiente un campesino lo encuentra colgando de un árbol, ahorcado con su propio cinturón, una empresa no tan fácil como a simple vista puede parecer. El pasaporte, los demás papeles de U, el carnet de conducir, la cartilla de la Seguridad Social, los gendarmes los localizan esparcidos lejos del cadáver, como si U los hubiera arrojado mientras caminaba por el bosque o como si los hubiera intentado esconder.

Roberto Bolaño: Vagabundo en Francia y Bélgica. Cuento

El escritor chileno Roberto Bolaño en su estudio en Sitges (Cataluña). Años 90.B ha entrado en Francia. Se pasa cinco meses dando vueltas por ahí y gastándose todo el dinero que tiene. Sacrificio ritual, acto gratuito, aburrimiento. A veces toma notas, pero por regla general no escribe, sólo lee. ¿Qué lee? Novelas policiales en francés, un idioma que apenas entiende, lo que hace que las novelas sean aún más interesantes. Aun así siempre descubre al asesino antes de la última página. Por otra parte Francia es menos peligrosa que España y B necesita sentirse en una zona de baja intensidad de peligro. En realidad B ha entrado en Francia y tiene dinero porque ha vendido un libro que aún no ha escrito, y tras ingresar el 60 % en la cuenta corriente de su hijo se ha marchado a Francia porque le gusta Francia. Eso es todo. B ha tomado el tren de Barcelona a Perpignan y durante media hora ha estado dando vueltas por la estación de Perpignan y ha entendido todo lo que tenía que entender y luego se ha ido a comer a un restaurante de la ciudad y al cine a ver una película inglesa y luego, al caer la tarde, ha tomado otro tren que lo ha llevado directamente a París.

En París B se aloja en un pequeño hotel de la rué Saint-Jacques y el primer día visita el Jardin du Luxembourg y se sienta en un banco del parque y lee y luego vuelve a la rué Saint-Jacques y busca un restaurante barato y allí come.

El segundo día, y tras terminar de leer una novela en la que el asesino vive en un geriátrico (aunque el geriátrico parece el espejo de Lewis Carroll), se va a dar vueltas por las librerías de viejo y encuentra una en la rué du Vieux Colombier y allí descubre un antiguo número de la revista Luna Park, el número 2, un monográfico dedicado a los grafismos o a las grafías, con textos o con dibujos (el texto es el dibujo y al revés también) de Roberto Altmann, Frédéric Baal, Roland Barthes, Jacques Calonne, Carlfriedrich Claus, Mirtha Dermisache, Christian Dotremont, Pierre Guyotat, Brion Gysin, Henri Lefebvre y Sophie Podolski.

La revista, que aparece o aparecía tres veces al año por iniciativa de Marc Dachy, está editada en Bruselas, por TRANSEDITION, y tiene o tenía su domicilio social en la rué Henry van Zuylen, número 59. Roberto Altmann, en una época, fue un artista famoso.

¿Quién recuerda ahora a Roberto Altmann?, piensa B. Lo mismo con Carlfriedrich Claus.

Pierre Guyotat fue un novelista notable. Pero notable no es sinónimo de memorable. De hecho a B le hubiera gustado ser como Guyotat, en otro tiempo, cuando B era joven y leía las obras de Guyotat. Ese Guyotat calvo y poderoso. Ese Guyotat dispuesto a comerse a cualquiera en la oscuridad de una chambre de bonne. A Mirtha Dermisache no la recuerda, pero su nombre le suena de algo, posiblemente una mujer hermosa, una mujer elegante con casi total seguridad. Sophie Podolski fue una poeta a la que él y su amigo L apreciaron (e incluso se podría decir que amaron) ya desde México, cuando B y L vivían en México y tenían apenas algo más de veinte años. Roland Barthes, bueno, todo el mundo sabe quién es Roland Barthes. De Dotremont tiene noticias vagas, tal vez leyó algunos poemas suyos en alguna antología perdida. Brion Gysin fue el amigo de Burroughs, el que le dio la idea de los cut-up. Y finalmente Henri Lefebvre. B no conoce a Lefebvre de nada. Es el único al que no conoce de nada y su nombre, en aquella librería de viejo, se ilumina de pronto como una cerilla en un cuarto oscuro. Al menos, de esa forma B lo siente. A él le gustaría que se hubiera iluminado como una tea. Y no en un cuarto oscuro sino en una caverna, pero lo cierto es que Lefebvre, el nombre de Lefebvre, resplandece brevemente de aquella manera y no de otra.

Así que B compra la revista y se pierde por las calles de París, adonde ha ido para perderse, para ver pasar los días, aunque la imagen que B tiene de esos días perdidos es una imagen soleada, y al caminar con la revista Luna Park dentro de una bolsita de plástico que cuelga perezosamente de su mano, la imagen se ocluye, como si esa vieja revista (muy bien editada, por cierto, y que se conserva casi nueva pese a los años y al polvo que se acumula en las librerías de viejo) concitara o produjera un eclipse. El eclipse, B lo sabe, es Henri Lefebvre. El eclipse es la relación entre Henri Lefebvre y la literatura. O mejor dicho: el eclipse es la relación entre Lefebvre y la escritura.

Tras caminar sin rumbo durante muchas horas B vuelve a su hotel. Se siente bien. Se siente descansado y con ganas de leer. Antes, en un banco del square Louis XVI, ha intentado vanamente descifrar los grafismos de Lefebvre. La empresa se presenta difícil. Lefebvre dibuja sus palabras como si las letras  fueran briznas de hierba. Las palabras parecen movidas por el viento, un viento que sopla desde el este, un prado de hierbas de altura desigual, un cono que se deshace. Mientras las observa (porque lo primero que hay que hacer es observar esas palabras) B recuerda, como si lo estuviera viendo en un cine, campos perdidos en donde él, adolescente y en el hemisferio sur, buscaba, distraído, un trébol de cuatro hojas. Después piensa que tal vez ese recuerdo pertenezca efectivamente a una película y no a su vida real. La vida real de Henri Lefebvre, por otra parte, es de una sencillez conmovedora: nació en Masnuy Saint-Jean en  1925.

Murió en Bruselas en 1973. Es decir: murió en el año en que los militares chilenos dieron el golpe de Estado. B se pone a recordar el año 1973. Es inútil. Ha caminado demasiado y en el fondo, aunque se siente descansado, está cansado y lo que necesita es dormir o comer. Pero B no puede dormir y sale a comer algo. Se viste (estaba desnudo y sin embargo no recuerda en qué momento se ha desnudado), se peina y baja a la calle. Come en un restaurante de la rué des Écoles.

Junto a su mesa hay una mujer que también come sola. Se sonríen, salen juntos. La invita a subir a su habitación. La mujer acepta con naturalidad. Habla y B la observa como si la viera a través de una cortina. Aunque la escucha con atención poco es lo que entiende. La mujer refiere hechos inconexos: unos niños columpiándose en un parque, una anciana tejiendo, el movimiento de las nubes, el silencio que, según los físicos, reina en el espacio exterior. Un mundo sin ruidos, dice, en donde hasta la muerte es silenciosa. En algún momento  B  le  pregunta,  por  preguntar  algo,  en  qué  trabaja,  y  ella  responde  que  es prostituta. Ah, muy bien, dice B. Pero lo dice por decir. En realidad le da igual. Cuando la mujer por fin se duerme, B busca el Luna Park, que está tirado en el suelo, casi debajo de la cama. Lee que Henri Lefebvre, nacido en 1925 y muerto en 1973, pasó su infancia y adolescencia en el campo. En los campos verdes oscuros de Bélgica. Luego muere su padre. Su madre, Julia Nys, se vuelve a casar cuando él tiene dieciocho años. Su padrastro, un tipo jovial, lo llama Van Gogh. No porque le gustara Van Gogh, naturalmente, sino para mofarse de su hijastro. Lefebvre se va a vivir solo. No tarda, sin embargo, en volver a casa de su madre, a cuyo lado permanecerá hasta la muerte de ésta, en junio de 1973.

Dos o tres días después de la muerte de la madre, se encuentra el cuerpo de Henri junto a su escritorio. Causa del deceso: muerte por absorción masiva de medicamentos. B se levanta de la cama, abre la ventana y contempla la calle. Tras la muerte de Lefebvre se encuentran 15 kilos de manuscritos y dibujos. Très peu de textes «publiables», dice la breve nota biobibliográfica. De hecho, Lefebvre sólo publica en vida un trabajo titulado Phases de la Poésie d’André du Bouchet, bajo el seudónimo de Henri Demasnuy, en Syntheses, n. 190, marzo de 1962. B imagina a Lefebvre en su pueblo de Masnuy Saint-Jean. Lo imagina con dieciséis años,  observando  un transporte alemán en donde  sólo  hay dos soldados alemanes que fuman y leen cartas. Henri Demasnuy, Henri el de Masnuy. Cuando se da la vuelta la mujer está hojeando la revista. Me tengo que ir, dice ella sin mirarlo y sin dejar de pasar páginas. Puedes quedarte aquí, dice B con no demasiada esperanza. La mujer no dice que sí ni que no, pero al rato se levanta y comienza a vestirse.

Durante los dos días siguientes B se dedica a vagar por las calles de París. A veces llega hasta las puertas de un museo, pero nunca entra. A veces llega hasta las puertas de un cine y durante largo rato se queda contemplando las fotografías y luego se va. Compra libros que hojea y no termina nunca de leer. Come en restaurantes desconocidos y las sobremesas son largas, como si en vez de estar en París estuviera en el campo y no tuviera nada mejor que hacer que fumar y beber infusiones de manzanilla.

Una mañana, después de haber dormido un par de horas, B toma un tren para Bruselas.  Allí tiene una amiga, una chica  negra hija de un exiliado  chileno  y de una ugandesa, pero no se decide a llamarla por teléfono. Durante unas horas pasea por el centro de Bruselas y luego echa a andar hacia los barrios del norte, hasta que da con un hotel pequeño en una calle en donde no parece haber nada más que el hotel. Junto a éste hay una barda que protege un terreno baldío en donde la hierba crece junto con la basura. Enfrente hay una hilera de casas que parecen bombardeadas, la mayoría desocupadas. En algunas los vidrios están rotos, los porticones penden inseguros, como si el viento los hubiera desclavado, pero en esa calle casi no hay viento, piensa B asomado a la ventana de su cuarto. También piensa: tendría que alquilar un coche. También piensa: no sé conducir. Al día siguiente va a ver a su amiga. Se llama M y ahora vive sola. La encuentra en su casa, vestida con pantalones vaqueros y una camiseta. Va descalza. Cuando lo ve, durante los primeros segundos le cuesta reconocerlo. No sabe quién es, le habla en francés, lo mira como si supiera que B va a hacerle daño y no le importara.

Tras  vacilar  un  momento,  B  dice  su  nombre.  Habla  en  español.  Soy  B,  dice. Entonces M lo recuerda y le sonríe, aunque su sonrisa no es una expresión de alegría por verlo a él, sino más bien una sonrisa de perplejidad, como si no entrara en sus planes la repentina aparición de B y este imprevisto le resultara gracioso. Pero lo invita a pasar y le ofrece una bebida. Durante un rato hablan, sentados uno enfrente del otro, B le pregunta por su madre (su padre murió  hace tiempo), por sus estudios, por su vida en Bélgica. M responde de forma oblicua, responde con preguntas sobre la salud de B, por sus libros, por su vida en España.

Finalmente no tienen nada que decirse y se quedan callados. El silencio le sienta bien a M. Tiene alrededor de veinticinco años y es alta y delgada. Sus ojos son verdes, que era el mismo color de los ojos de su padre. Incluso las ojeras de M, muy pronunciadas, se asemejan a las que tenía el chileno exiliado que B conoció hace mucho, ¿cuánto?, no lo recuerda ni le importa, cuando M era una niña de dos años o algo así y su padre y su madre, una estudiante ugandesa de ciencias políticas (carrera que por otra parte no acabó), viajaban por Francia y España sin dinero, alojándose en casas de amigos.

Por un instante los imagina a los tres, al padre de M, a la madre de M y a M de dos o tres años y con los ojos verdes, rodeados de puentes colgantes. En realidad yo nunca fui muy amigo de su padre, piensa B. En realidad nunca hubo puentes, ni siquiera colgantes.

Antes de marcharse le da el nombre y el número de teléfono de su hotel. Esa noche camina  por  el  centro  de  Bruselas  buscando  una  mujer  pero  sólo  encuentra  figuras espectrales, como si los burócratas y los empleados de banco hubieran retrasado el horario de salida de sus oficinas. Al llegar a su hotel tiene que esperar mucho rato para que le abran la puerta. El portero es un chico joven y demacrado. B le da una propina y luego sube por la escalera oscura hasta su habitación.

A la mañana siguiente lo despierta una llamada telefónica de M. Lo invita a desayunar. ¿En dónde?, pregunta B. En cualquier parte, dice M, te voy a buscar y luego nos vamos a cualquier parte. Mientras se viste, B piensa en Julia Nys, la madre de Lefebvre, que ilustró algunos de los últimos textos de su hijo. Vivían aquí, piensa, en Bruselas, en alguna  casa de  este  barrio.  Una  ráfaga  de  viento  que  sólo  atraviesa  su  imaginación desdibuja las casas que recuerda del barrio. Tras afeitarse B se asoma a la ventana  y observa las fachadas vecinas. Todo está igual que ayer. Por la calle camina una señora de mediana edad, tal vez sólo unos pocos años mayor que B, arrastrando un carrito de la compra vacío. Unos metros por delante un perro está detenido, el hocico levantado y los ojos, como dos ranuras de alcancía, fijos en una de las ventanas del hotel, tal vez la ventana desde la que B lo observa. Todo está igual que ayer, piensa B mientras se pone una camisa blanca, una americana negra y un pantalón negro, y luego baja a esperar a M en el lobby del hotel.

¿Qué crees que es esto?, le dice B a M, subidos en el coche, indicándole las páginas de Lefebvre en el Luna Park.

Parecen ramos de uva, dice M. ¿Entiendes algo de lo que está escrito? No, dice M. Luego vuelve a mirar los grafismos de Lefebvre y dice que tal vez, sólo tal vez, hable del ser. Esa mañana la que habla del ser, en realidad, es M. Le cuenta que su vida es una sucesión de errores, que ha estado muy enferma (no le dice de qué), le narra un viaje a Nueva York similar a un viaje al infierno. M habla en un español trufado de palabras francesas y su rostro permanece inexpresivo a lo largo de su discurso. De vez en cuando se permite una sonrisa para acentuar lo ridículo de alguna situación, o lo que a ella le parece ridículo y que en modo alguno lo es, piensa B.

Desayunan juntos en una cafetería de la rué de l’Orient, cerca de la iglesia de Notre- Dame Immaculée, una iglesia que M parece conocer bien, como si en los últimos años se hubiera vuelto católica. Después le dice que lo va a llevar al Museo de Ciencias Naturales, junto al Leopold Park y el Parlamento Europeo, algo que a B le parece contradictorio, ¿pero contradictorio por qué?, no lo sabe, pero que antes, advierte M, tiene que ir a casa a ponerse otra ropa. B no tiene ganas de ver ningún museo. Por otra parte le parece que M no necesita cambiarse de ropa. Se lo dice. M suelta una carcajada. Parezco una junkie, dice.

Mientras M se cambia B se sienta en un sillón y se pone a hojear el Luna Park pero pronto se aburre, como si el Luna Park y el pequeño apartamento de M fueran incompatibles, así que se levanta y se dedica a mirar las fotos y los cuadros que están colgados de las paredes y luego el único estante de libros de la sala, con no demasiados ejemplares, pocos en español, entre los que reconoce algunos libros del padre de M y que M seguramente jamás ha leído, ensayos políticos, una historia del golpe de Estado, un libro sobre las comunidades mapuches, que lo hacen sonreír con incredulidad y también con un ligero estremecimiento que no comprende y que puede ser ternura o asco o el simple aviso de que algo no va bien, hasta que de pronto M aparece en la sala, o más bien dicho cruza la sala, desde su habitación hasta una puerta que debe de conducir al baño  o tal vez al lavadero en donde está la ropa tendida, y B la observa atravesar la sala semidesnuda o semivestida, y eso más los viejos libros del padre desaparecido le parecen una señal. ¿Una señal de qué? Lo ignora. Una señal terrible, en todo caso.

Cuando salen del apartamento M va vestida con una falda oscura, muy ajustada, que le  llega  por  debajo  de   las  rodillas,  una  blusa  blanca  con  los  primeros  botones desabrochados, que permiten ver el nacimiento de los senos, y zapatos de tacón que la hacen por lo menos dos centímetros más alta que B. Mientras van camino del museo M habla de su madre e indica la fachada de un edificio junto al que pasan sin detenerse. Sólo cuando están a más de cinco calles de distancia B comprende que la madre de M, la viuda del exiliado chileno, vive allí, en un apartamento de esa casa. En lugar de preguntarle por ella, como es su deseo, le dice que en realidad no tiene ganas de ir a un museo cuyo tema, las ciencias naturales, le parece aborrecible. Pero su oposición es débil y se deja arrastrar por M, de pronto vigorosa aunque sin perder una cierta aureola de frialdad, hasta el museo.

Allí aún le aguarda otra sorpresa. Al llegar al museo, M, tras pagar ella las entradas, se queda esperándolo en la cafetería, leyendo el periódico delante de un capuchino, las piernas cruzadas en un gesto elegante y al mismo tiempo solitario, que propicia en B (que se vuelve para mirarla) una sensación de vejez más irreal que verdadera. Después B se interna por  las salas  hasta llegar a una habitación en donde encuentra unas máquinas onduladas. ¿Qué le ocurrirá a M?, piensa mientras se sienta, las manos apoyadas en las rodillas, con una leve punzada de dolor en el pecho. Tiene ganas de fumar pero allí no puede hacerlo. El dolor cada vez es más fuerte. B cierra los ojos y las siluetas de las máquinas persisten como su dolor en el pecho, unas máquinas que tal vez no son máquinas sino esculturas incomprensibles, el desfile de la humanidad doliente y riente hacia la nada.

Cuando vuelve a la cafetería del museo M sigue sentada, las piernas cruzadas, y subraya con un bolígrafo color plata algo en el periódico, probablemente en la sección ofertas de trabajo, que nada más aparecer B cierra con discreción. Comen juntos en un restaurante de la rué des Béguines. M apenas prueba la comida. Casi no habla y cuando lo hace le dice que podrían ir juntos al cementerio. Yo vengo a menudo por estos barrios, dice. B  la  mira  y  asegura  que  no  tiene  ganas  de  visitar  ningún  cementerio.  Al  salir  del restaurante, sin embargo, pregunta dónde queda el cementerio. M no contesta. Se montan en el coche y en menos de tres minutos le enseña con la mano (una mano que a B le parece delgada y elegante) el castillo Du Karreveld, el cementerio Demolenbeek y un complejo deportivo en donde hay pistas de tenis. B se ríe. El rostro de M, por el contrario, permanece hierático e inmutable. Pero en el fondo, piensa B, ella también se está riendo.

¿Qué vas a hacer esta noche?, le pregunta a B cuando lo lleva de vuelta al hotel. No lo sé, dice B, leer, tal vez. Por un instante B cree que M quiere decirle algo, pero finalmente se queda callada. Esa noche, efectivamente, B intenta leer una de las novelas que no ha dejado olvidada en París, pero al cabo de pocas páginas se da por vencido y la tira a los pies de la cama. Sale del hotel. Tras caminar mucho rato y sin rumbo determinado se interna por un barrio en donde abunda la gente de color. Eso piensa, así enuncia el momento en que abre los ojos y se ve caminando por aquellas calles. La palabra gente de color jamás le ha gustado. ¿Por qué, entonces, esa figura verbal viene a su cabeza? Negros, asiáticos, magrebíes, eso sí, pero no gente de color, piensa. Poco después entra en un bar de topless. Pide una infusión de manzanilla. La camarera lo mira y se ríe. Es una mujer bonita, de unos treinta años, rubia y grande. B también se ríe. Estoy enfermo, dice entre risas. La mujer le prepara la manzanilla. Esa noche B duerme con una chica negra que habla en sueños. Su voz, que B recuerda suave y cadenciosa, en sueños es ronca y perentoria, como si en algún momento de la noche (que a B se le ha escapado) se hubiera operado una transformación en las cuerdas vocales de la muchacha. De hecho, es esa voz la que lo despierta como si le propinaran un martillazo y luego, tras darse cuenta de que es sólo su compañera que habla dormida, permanece apoyado en un codo escuchándola durante un rato, hasta que decide despertarla.  ¿Qué soñabas?, le pregunta. La muchacha le responde que soñaba con su madre, muerta hace poco. Los muertos están tranquilos, piensa B estirándose en la cama. La muchacha, como si adivinara sus pensamientos, le replica que nadie que haya existido en el mundo está tranquilo. Ni en esta época ni en ninguna, dice con total convencimiento. A B le dan ganas de llorar, pero en lugar de eso se duerme. Cuando despierta, a la mañana siguiente, está solo. No desayuna. No sale de su habitación, en donde se dedica a leer hasta que una mujer de la limpieza le pregunta si puede hacer la cama. Mientras espera, sentado en el lobby, M lo llama por teléfono. Le pregunta qué piensa hacer. Antes de que B se dé cuenta M se compromete a pasar a buscarlo al hotel.

Ese día, tal como B sospechaba, visitan otro museo y después comen en un restaurante que está junto a un parque en donde un numeroso grupo de niños y adolescentes se dedican a patinar. ¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?, pregunta M. B responde que al día siguiente piensa marcharse. A Masnuy Saint-Jean, dice antes de que M le pregunte adonde.

M no tiene idea de en qué lugar de Bélgica queda ese pueblo. Yo tampoco, dice B. Si no está muy lejos te puedo llevar en mi coche, dice M. ¿Tienes algún amigo allí? B responde negativamente. Cuando por fin se separan, en la puerta del hotel, B se pone a caminar por el barrio hasta encontrar una farmacia. Compra condones. Después se dirige hacia el bar de topless de la noche anterior, pero por más vueltas que da (y se pierde varias veces en el intento) no lo encuentra. Al día siguiente desayuna con M en un restaurante de carretera. M le cuenta que a veces, cuando está triste, coge el coche y se pone a conducir sin tener muy claro hacia dónde dirigirse, sólo por el gusto de sentirse en movimiento. En una ocasión, le dice, llegué a Bremen y no sabía dónde me encontraba. Sólo sabía que estaba en Alemania, sólo sabía que había salido de Bruselas por la mañana y que ya era de noche. ¿Y qué hiciste?, pregunta B, que intuye la respuesta. Di vuelta atrás, dice M.

En Masnuy Saint-Jean ven vacas. Árboles. Campos en barbecho. Un galpón de uralita. Casas de tres pisos. M, a instancias de B, le pregunta a una vieja que vende verduras y postales por la casa de Julia Nys. La vieja se encoge de hombros, pero luego se echa a reír y suelta una larga parrafada que B oye desde la ventanilla del coche. Ambas, M y la vieja, hacen gestos con las manos, como si hablaran de la lluvia o del tiempo, piensa B. La casa está en la rué Colombier: tiene un jardín amplio y descuidado y un cobertizo transformado en garaje. Sus paredes son amarillas, un árbol de grandes dimensiones y que nadie ha podado en mucho tiempo ensombrece la mitad izquierda, en donde no hay ventanas. La vieja estaba loca, dice M, puede ser esta casa pero también puede ser cualquier otra. B llama a la puerta. En el interior suena una especie de badajo. Al cabo de un rato aparece una muchacha de unos quince años, vestida con bluejeans y con el pelo mojado. M le pregunta si aquélla era la vivienda de Julia Nys y de su hijo Henri. La muchacha dice que allí viven los señores Marteau. ¿Desde cuándo?, pregunta B. Desde siempre, dice la muchacha. ¿Te estabas lavando el pelo?, pregunta M. Me lo estaba tiñendo, dice la muchacha. Sigue un corto diálogo que B no entiende, sin embargo, por un instante, M con sus tacones altos, a un lado de la verja, y la muchacha con sus pantalones ajustados al otro semejan las figuras principales de una pintura que, tras una apariencia de paz y equilibrio, le provocan una profunda inquietud. Más tarde, tras recorrer de norte a sur y de sur a norte el pueblo, entran en  lo  que  parece  ser  la  biblioteca.  ¿Aquí  venía  a  leer  Henri  el  de  Masnuy?  Parece imposible. La biblioteca es nueva y Lefebvre debió de ser usuario de la anterior, la que había antes de la guerra. Por lo menos hay dos bibliotecas entre la biblioteca de tu Henri y ésta, dice M, que parece conocer mejor los servicios públicos de su país. Durante la comida B come un bistec de buey y M una ensalada que deja a medias. Yo ni siquiera había nacido cuando murió tu amigo, dice M con un tono nostálgico. No fue mi amigo, dice B. Pero habías nacido, dice M con una suave sonrisa burlona. Cuando él murió yo estaba viajando, dice B.

Después, cuando el restaurante en el que han comido está vacío y sólo quedan ellos dos en una mesa junto a una ventana, M lee el Luna Park 2 y se detiene ante la última página, la que anuncia las colaboraciones para el Luna Park 3 o para el Luna Park 4, si es que  el  número  cuatro  alguna  vez  vio  la  luz.  Lee  en  voz  alta  la  lista  de  futuros colaboradores: Jean-Jacques Abrahams, Pierrette Berthoud, Sylvano Bussoti, William Burroughs, John Cage, hasta llegar a Henri Lefebvre, Julia Nys y Sophie Podolski. Todo resulta muy familiar, dice M con una sonrisa burlona.

Todos están muertos, piensa B.

Y después: qué lastima que M no sonría más a menudo.

Tienes una sonrisa muy hermosa, dice. M lo mira a los ojos. ¿Estás intentando seducirme? No, no, Dios me libre, murmura B.

Muy avanzada  la tarde abandonan el restaurante  y vuelven al coche.  ¿Adonde vamos ahora?,  dice  M.  A Bruselas,  dice B.  M  se queda  pensando  durante un rato  y finalmente dice que no le parece una buena idea. No obstante enciende el motor. Aquí ya no tengo nada más que hacer, dice B. Esa frase lo perseguirá a lo largo de todo el viaje de regreso como los faros de un coche fantasma.

Cuando llegan a Bruselas B quiere volver al hotel que ha dejado esa mañana. A M le parece una estupidez que gaste dinero por unas pocas horas teniendo ella un sofá cama disponible. Durante un rato hablan sin salir del coche, estacionado junto a la casa de M. Finalmente B accede a pasar la noche en su casa. A la mañana siguiente piensa salir muy temprano y coger el primer tren a París. Cenan en un restaurante vegetariano regentado por un matrimonio de brasileños que cierra a las tres de la mañana. Una vez más son los últimos clientes en abandonar el local.

Durante la cena M habla de su vida. Por un momento B llega a creer que M está analizando toda su vida. No es cierto: M habla de su adolescencia, de sus idas y venidas de Nueva York, de sus noches de insomnio. No habla de novios, no habla de trabajos, no habla de locura. M bebe vino y B fuma un cigarrillo detrás de otro. A veces dejan de mirarse y contemplan el paso de un coche a través de la ventana. Al llegar a casa M ayuda a B a abrir el sofá cama y luego se encierra en su habitación. Sin desvestirse, mientras lee una novela como si estuviera escrita en una lengua de otro planeta, B se queda dormido. Lo despierta la voz de M. Como la puta de la otra noche, piensa B, la que hablaba dormida. Pero antes de que  pueda  reunir  la  voluntad  suficiente  para  levantarse  e  ir  a  la  habitación  de  M  y despertarla de su pesadilla, vuelve a quedarse dormido.

A la mañana siguiente coge un tren con destino a París.

Se  aloja  en  el hotel de  la  rué  Saint-Jacques,  en otra  habitación,  y durante  los primeros días se dedica a buscar en las librerías de viejo un libro cualquiera de André du Bouchet. No encuentra nada. Du Bouchet, al igual que Henri el de Masnuy, ha sido borrado del mapa. Al cuarto día ya no sale a la calle. Se hace subir la comida a la habitación, pero casi no come. Termina de leer la última novela que ha comprado y la arroja a la papelera. Duerme y tiene pesadillas, pero cuando despierta está seguro de que no ha hablado en sueños. Al día siguiente, tras darse una larga ducha, sale a pasear por el Jardin du Luxembourg. Después coge el metro y se baja en Pigalle. Come en un restaurante de la rué La Bruyére y se acuesta con una puta que lleva el pelo muy corto en la nuca y muy largo en la parte superior del cráneo, en un hotelito de la rué Navarin. La puta le dice que vive en la cuarta  planta.  No  hay  ascensor.  Y  allí,  resulta  evidente,  no  vive  nadie.  Es  sólo  una habitación impersonal que utilizan ella y sus amigas.

Mientras hacen el amor la puta le cuenta chistes. B se ríe. El también, en su francés macarrónico, le cuenta un chiste que ella no comprende. Cuando acaban la puta se mete en el cuarto de baño y le pregunta a B si quiere ducharse. B responde que no, que ya se ha duchado por la mañana, pero igual entra al baño a fumarse un cigarrillo y a contemplar cómo ella se ducha.

Sin sorpresa (o al menos eso deja entrever) observa cómo se quita la peluca y la deja sobre la tapa del inodoro. Tiene el pelo cortado al cero y sobre su cuero cabelludo se distinguen dos costurones relativamente recientes. B enciende un cigarrillo y le pregunta cómo se hizo eso. La puta está bajo la ducha y no le entiende. B no repite la pregunta. Tampoco  abandona  el  baño.  Al  contrario,  se  recuesta  sobre  las  baldosas  blancas  y contempla el vapor que sale del otro lado de la cortina con una sensación de placidez y abandono, hasta que ya no distingue la peluca, ni el inodoro, ni su mano que sostiene el cigarrillo.

Cuando salen es de noche y tras separarse se dedica a caminar sin prisa pero sin detenerse casi nunca, desde el cementerio de Montmartre hasta el Pont Royal, una ruta que le resulta vagamente familiar, con la estación de Saint-Lazare como punto intermedio. Al llegar a su hotel se mira en un espejo. Espera ver a un perro apaleado, pero lo que ve es un tipo  de mediana edad, más  bien flaco, un poco sudoroso  por la caminata, que  busca, encuentra y esquiva sus ojos en una fracción de segundo. A la mañana siguiente llama a M a Bruselas. No  espera encontrarla. No  espera encontrar  a nadie. Sin embargo  alguien descuelga el teléfono. Soy yo, dice B. ¿Cómo estás?, dice M. Bien, dice B. ¿Has encontrado a Henri Lefebvre?, dice M. Debe de estar dormida aún, piensa B. Luego dice: no. M se ríe. Su risa es bonita. ¿Por qué te preocupas por él?, dice sin dejar de reírse. Porque nadie más lo hace, dice B. Y porque era bueno. Acto seguido piensa: no debí decir eso. Y piensa: M va a colgar. Aprieta los dientes, involuntariamente su rostro se contrae en un gesto de crispación. Pero M no cuelga el teléfono.