Hermann Hesse: Discurso de aceptación del Nobel de literatura 1946. Discurso leído por Henry Vallotton

images (2)Lamentamos profundamente que la enfermedad mantiene a Hermann Hesse en Suiza. Pero sus pensamientos están con nosotros, y su gratitud habla a través de este mensaje que me pidió que le lea a usted:

“En el envío de saludos cordiales y respetuosas a su reunión festiva, quisiera ante todo expresar mi pesar por no poder ser su invitado en persona, para saludar y darle las gracias. Mi salud ha sido siempre delicado, y se me ha dejado un inválido permanente por las aflicciones de los años transcurridos desde 1933, que han destruido el trabajo de mi vida y una y otra vez han me cargados de fuertes derechos. Pero mi mente no se ha roto, y me siento afín a usted ya la idea que inspiró a la Fundación Nobel, la idea de que la mente es internacional y supranacional, que debería servir no para la guerra y la aniquilación, sino la paz y la reconciliación .My ideal, sin embargo, no es la difuminación de las características nacionales, como llevaría a una humanidad intelectualmente uniforme. Por el contrario, puede diversidad en todas las formas y colores de larga vida sobre esta querida tierra nuestra. ¡Qué cosa maravillosa es la existencia de muchas razas, muchos pueblos, muchos idiomas, y muchas variedades de actitud y perspectiva! Si me siento el odio y la enemistad irreconciliable hacia las guerras, conquistas y anexiones, lo hago por muchas razones, pero también porque muchos cultivan orgánicamente, logros altamente individuales, y ricamente diferenciadas de la civilización humana han sido víctimas de estos poderes oscuros. Odio los simplificateurs grands, y me encanta el sentido de la calidad, de la artesanía y la singularidad inimitable. Como su huésped agradecido y colega, por tanto, extiendo mi saludo a Suecia, su país, a su lengua y de la civilización, su rica historia y orgulloso, y su perseverancia en el mantenimiento y la formación de su carácter individual. Nunca he estado en Suecia, pero durante décadas muchos una cosa buena y amable ha venido a mí de su país desde que el primer regalo que recibí de él: es ahora hace cuarenta años y era un libro sueco, una copia de la primera edición de Leyendas de Cristo con una dedicatoria personal por Selma Lagerlöf. En el curso de los años ha habido muchos un valioso intercambio con su país hasta que ahora me has sorprendido con la última gran presente. Permítanme expresarles mi profunda gratitud”

Hermann Hesse: La primera aventura. Cuento

images (3)Es asombrosa la forma en que lo vivido puede parecemos extraña e incluso cómo puede desaparecer de la cabeza. Años enteros, con miles de vivencias, pueden perderse. A menudo veo niños que van a la escuela y no pienso en mi propia época escolar, veo estudiantes de bachillerato y apenas recuerdo que yo también lo fui. Veo cómo los mecánicos van a sus talleres y los frívolos empleados a sus oficinas y he olvidado completamente que una día recorrí el mismo camino, que llevé la misma bata azul y la misma chaqueta de escribiente, con los codos resplandecientes. En la librería observo sorprendentes librillos de versos escritos por jóvenes de dieciocho años, publicados por la editorial Pierson, de Dresde, y no pienso en que una vez yo mismo escribí versos parecidos, y que también caí en la trampa del mismo cazador de autores jóvenes.

Hasta que en algún momento, ya sea en un paseo o en un viaje en tren o en una noche insomne, aparece en mi memoria una etapa completamente olvidada de mi vida, brillantemente iluminada como una escena de teatro, con todos sus detalles, con todos los nombres y lugares, ruidos y olores. Esto es justo lo que me ocurrió la noche pasada. Se me apareció un episodio de mi vida, el cual en el momento de vivirlo estaba seguro que no olvidaría jamás, pero que había quedado relegado al olvido más absoluto durante años. Exactamente igual como se pierde un libro o un cortaplumas, al que primero se echa en falta y al cabo de un tiempo se olvida, hasta que un día aparece en un cajón entre trastos viejos y de nuevo nos pertenece.

Tenía dieciocho años y estaba a punto de acabar mi período de prácticas como aprendiz de mecánico. Hacía poco que tenía la convicción de que no llegaría lejos en este oficio y quería cambiar de rumbo. Mientras buscaba la ocasión de decírselo a mi padre, seguía en la empresa, medio harto y medio contento, como alguien que ya se ha despedido y sabe que todos los caminos le están esperando.

En aquel tiempo teníamos en el taller un ayudante, cuya cualidad más relevante era su parentesco con una rica dama del pueblo vecino. Esta señora, joven viuda de un industrial, vivía en una pequeña villa, poseía un coche elegante y un caballo de montar y se la consideraba altiva y excéntrica porque en lugar de asistir a las reuniones de señoras, cabalgaba, pescaba, cultivaba tulipanes y tenía perros San Bernardo. Se hablaba de ella con envidia e irritación, sobre todo desde que se sabía que en Stuttgart y Munich, lugares a los cuales viajaba a menudo, solía ser muy sociable.

Desde que su sobrino o primo estaba con nosotros, este portento ya había visitado tres veces nuestro taller, saludaba a su pariente y dejaba que le enseñáramos nuestras máquinas. Su aspecto siempre era espléndido y me impresionó profundamente ver aquella mujer alta y rubia, tan elegante, pasear por la estancia llena de hollín, con la mirada curiosa y haciendo preguntas graciosas, con su rostro fresco e ingenuo como una niña pequeña. Nosotros, con la ropa de trabajo llena de grasa y las manos y cara manchadas de negro, teníamos la impresión de que nos visitaba una princesa. Esto no cuadraba con nuestras ideas socialdemócratas, cosa que siempre reconocíamos en cuanto se iba.

Un día, durante el descanso para merendar, el ayudante se acercó a mí y me dijo:

— ¿Quieres venir el domingo a visitar a mi tía? Te ha invitado.

— ¿Me ha invitado? Si te burlas de mí te hundo la cabeza en el cubo de agua.

Pero era verdad. Me había invitado para el domingo por la tarde. Podíamos volver a casa en el tren de las diez y si queríamos quedarnos hasta más tarde, quizá nos prestaría el coche.

Relacionarme con la dueña de un coche de lujo, ama de un mayordomo, dos criadas, un cochero y un jardinero era algo que chocaba con mis principios de entonces. Pero esto sólo se me ocurrió después de asentir con entusiasmo y preguntar si sería correcto ponerme el traje de los domingos, que era de color crema.

Hasta el sábado viví un estado de alegría inmensa y excitación. Luego, el miedo se cernió sobre mí. ¿Qué iba a decir, cómo me debía comportar, como hablaría con ella? Mi traje, del cual siempre había estado orgulloso, se hallaba de pronto lleno de arrugas y manchas y los cuellos estaban todos deshilachados. Además, mi sombrero era viejo y desgastado y nada de esto lo podía paliar ninguna de mis tres piezas más valiosas: un par de zapatos de punta fina, una corbata roja brillante de sedalina y unos anteojos con montura de níquel.

El domingo al anochecer el ayudante y yo fuimos andando a Settlingen, y me sentí enfermo de emoción y nerviosismo. La villa surgió ante nosotros, estábamos delante de una reja bordeada de pinos y cipreses exóticos y los ladridos de los perros se mezclaban con el sonido de la campana del portón. Un mayordomo nos dejó entrar sin decir ni una palabra, tratándonos con altivez y casi sin apartar el gran San Bernardo que intentaba alcanzar mis pantalones. Miré mis manos con temor; hacía meses que no estaban tan pulcras. La noche anterior las había lavado durante media hora con queroseno y jabón de Marsella.

La dama nos recibió en el salón ataviada con un sencillo vestido azul claro. Nos dio la mano y pidió que tomáramos asiento, la cena estaría servida en unos instantes.

— ¿Es usted miope? — me preguntó.

— Un poco.

— ¿Sabe que los anteojos no le favorecen? — Me los quité y los guardé, poniendo una expresión porfiada —. Además, usted debe ser de los rojos, ¿verdad? — preguntó a continuación.

— ¿Se refiere a un socialdemócrata? Sí, por supuesto.

— ¿Y por qué?

— Por convicción.

— Entiendo. Pero la corbata sí que es bonita. Bien, vamos a cenar. Seguramente tendrán apetito.

En el salón contiguo estaba la mesa puesta con tres cubiertos. Con excepción de tres copas diferentes, no vi nada, contra mis temores, que pudiera ponerme en un apuro. Una sopa de sesos, lomo asado, verduras, ensalada y tarta, eran cosas que podía comer sin hacer el ridículo. Y los vinos los servía la misma dueña de la casa. Durante la cena habló casi exclusivamente con el ayudante y como la buena comida tuvo un efecto agradable, junto con el vino, pronto me sentí a gusto y bastante seguro de mí mismo.

Después de la cena nos llevaron las copas de vino al salón y cuando me ofrecieron un puro excelente, que, para mi sorpresa, fue encendido con una vela roja y dorada, mi bienestar se incrementó hasta convertirse en puro placer. Entonces me atreví a mirar a la dama, tan elegante y hermosa que me sentí orgulloso de adentrarme en el dichoso espacio de un mundo distinguido del cual sólo tenía una vaga idea gracias a algunas novelas y folletines.

La conversación se fue animando y me sentí tan audaz que osé hacer bromas sobre los anteriores comentarios de la señora referentes a la socialdemocracia y la corbata roja.

— Tiene razón — dijo sonriendo —. No traicione sus convicciones. Pero debería llevar su corbata un poco más derecha, así…

Estaba inclinada delante de mí y arreglaba mi corbata con ambas manos. De pronto sentí un temor profundo, cuando ella introdujo dos dedos por la abertura de mi camisa, acariciando suavemente mi pecho. Cuando levanté la vista, aterrorizado, volvió a hacer presión con los dedos, al tiempo que me miraba fijamente a los ojos.

«Oh Dios», pensé, mientras mi corazón latía con fuerza y ella daba un paso atrás simulando examinar mi corbata.

Sin embargo, volvió a mirarme de forma seria e intensa, asintiendo despacio un par de veces con la cabeza.

— ¿Podrías ir a la habitación de la esquina a buscar la caja de los juegos? — le dijo a su sobrino, que hojeaba una revista —. Ve, hazme el favor.

Él se fue y la dama se acercó a mí, despacio, con una mirada radiante.

— ¡Ah tú! — dijo bajito y con suavidad —. Eres un encanto.

Al mismo tiempo acercó su cara a la mía y nuestros labios se unieron, silenciosos y ardientes, una y otra vez. La abracé y se apretó contra mí con tanta fuerza que aquella mujer alta y hermosa debió de hacerse daño. Pero ella sólo buscaba mi boca y mientras me besaba sus ojos se humedecieron y brillaron como los de una jovencita.

El ayudante volvió con los juegos, nos sentamos y jugamos a los dados, apostando bombones. Ella conversaba animadamente y bromeaba cada vez que lanzaba los dados, pero yo no podía decir ni una palabra, respiraba con dificultad. De cuando en cuando, bajo la mesa, su mano jugueteaba con la mía o se posaba sobre mi rodilla.

Sobre las diez el ayudante decidió que debíamos irnos.

— ¿Usted también desea irse? — preguntó mirándome. Yo no tenía experiencia en asuntos amorosos y, tartamudeando, dije que seguramente ya era tarde y me puse de pie.

— Pues bien — exclamó ella y el ayudante se dispuso a marchar. Yo le seguí en el camino a la puerta, pero cuando él la cruzó, la dama me cogió con fuerza del brazo y me volvió a apretar contra su cuerpo. Y al salir me susurró —: ¡Sé prudente, por favor, sé prudente!

Esto tampoco lo entendí.

Nos despedimos y corrimos hacia la estación. Compramos los billetes y el ayudante subió al tren. Pero en aquel momento yo no necesitaba la compañía de nadie. Subí el primer escalón y, cuando sonó el silbato del tren, salté al andén y me volví. La noche ya era completamente oscura.

Aturdido y triste recorrí el largo tramo de carretera hasta llegar a la casa, pasando por delante de su reja y su jardín como un ladrón. ¡Una noble dama me amaba! Ante mí se abrían paisajes de ensueño y, cuando por casualidad encontré los anteojos de níquel en el bolsillo, los tiré a la cuneta.

El domingo siguiente el ayudante fue invitado otra vez a comer, pero yo no. Y ella tampoco volvió al taller.

Durante los tres meses siguientes fui a menudo a Settlingen, los domingos por la tarde o por la noche, y me detenía a escuchar delante de la reja o bordeaba el jardín, oía los ladridos de los perros y el viento entre los árboles exóticos, veía luz en las habitaciones y pensaba: quizá me vea alguna vez; me tiene cariño. Un día oí las notas de un piano, suaves y arrulladoras, y lloré apoyado en la pared.

Pero el mayordomo nunca más me invitó a pasar, ni me protegió de los perros, y nunca más la mano de la dama me acarició ni su boca rozó la mía. Sólo en sueños lo viví otra vez, sólo en sueños. Y bien entrado el otoño abandoné el oficio de mecánico, colgué para siempre la bata azul y me fui lejos, a otra ciudad.

Hermann Hesse: Carta de un adolescente. Cuento

images (2)Querida señora:

Una vez me invitó a escribirle. Creía usted que para un joven con talento literario sería una delicia poder escribir una carta a una hermosa y honorable dama. Tiene usted razón: es un placer.

Y además ya se habrá percatado de que escribo mil veces mejor de lo que hablo. Así que le escribo. Éste es el único medio de que dispongo para complacerla mínimamente, cosa que deseo de todo corazón. Porque la amo, querida señora. Permítame explicárselo bien. Es necesario que lo aclare puesto que en caso contrario me podría usted malinterpretar y también quizá me corresponde en justicia hacerlo, ya que ésta es la única carta que le escribiré. Y ahora, dejémonos ya de preámbulos.

A mis dieciséis años, con una peculiar y quizá precoz melancolía, constaté que las alegrías de la infancia se me hacían cada vez más extrañas y que se desvanecían al fin. Veía a mi hermano pequeño construir canales de arena, arrojar lanzas, cazar mariposas, y envidiaba el placer que todo ello le reportaba, y de cuyo apasionado fervor todavía me acordaba yo muy bien. Para mí era ya algo perdido; no sabía desde cuándo ni por qué, y en su lugar, puesto que tampoco podía participar de los placeres adultos, habían interrumpido la insatisfacción y la nostalgia.

Con gran ahínco, pero sin constancia alguna, me ocupaba ora en la historia, ora en las ciencias naturales. Me pasaba una semana entera, día y noche, elaborando preparados botánicos para luego, durante los catorce días siguientes, no dedicarme a otra cosa que a leer a Goethe. Me sentía solo, desvinculado de la vida a mi pesar, y procuraba instintivamente salvar este abismo a través del estudio, el saber y el conocimiento. Por vez primera, veía nuestro jardín como una parte de la ciudad y del valle; el valle, como un recorte de las montañas; las montañas como una porción claramente delimitada de la superficie terrestre.

Por vez primera consideraba las estrellas como cuerpos cósmicos; los montes, como formas originadas por fuerzas terrestres; y, también por vez primera, interpretaba la historia de los pueblos como una parte de la historia de la Tierra. Entonces aún no lo podía expresar ni tenía palabras para describirlo, pero todo ello palpitaba en lo más hondo de mi ser.

Resumiendo, en aquella época empecé a pensar. De manera que contemplaba mi vida como algo condicionado y limitado, y eso despertó en mi el deseo, que el niño todavía desconoce, de convertir mi existencia en lo más bueno y hermoso posible. Probablemente todos los jóvenes experimentan mas o menos lo mismo, pero yo lo relato como si hubiera sido una vivencia excesivamente personal porque es lo que, a fin de cuentas, fue para mí.

Insatisfecho y consumido por el deseo de lograr lo inalcanzable, iba viviendo de aquella forma: industrioso, pero inconstante, febril, y aun así a la búsqueda de nuevos ardores. Entretanto, la naturaleza fue más sabía y resolvió el difícil rompecabezas en el que me encontraba. Un día me enamoré y reanudé de improviso todos los vínculos con la vida, con más intensidad y mayor riqueza que antes.

Desde entonces he vivido horas y días sublimes y deliciosos, pero nada comparable con aquellas semanas y meses en los que, enardecido y plenamente colmado, me inundaba un constante fluir de sentimientos. No pretendo contarle la historia de mi primer amor; no viene al caso, y las circunstancias externas también hubieran podido ser otras. Pero me gustaría describirle en pocas palabras la vida que llevaba en aquel tiempo, aunque sé de antemano que no lo lograré. Aquel irrefrenable afán llegó a su fin. De pronto me encontré en medio de un mundo vivo, y miles de lazos me unieron de nuevo a la Tierra y a los hombres. Mis sentidos parecían transformados; más agudizados y despiertos. Especialmente la vista. Lo percibía todo de una forma completamente distinta. Como un artista, veía las cosas con más claridad, más color, y era feliz con la mera contemplación.

El jardín de mi padre se hallaba en todo su esplendor. Los arbustos florecientes y los árboles, con su espeso follaje estival, se recortaban sobre el cielo profundo; las enredaderas trepaban a lo largo del alto muro de contención, y por encima descansaba la montaña, con sus rojizos peñascos y sus bosques de abetos azul oscuro. Me detenía a contemplarlo, embelesado al ver lo maravillosamente hermosa, vital, llamativa y radiante que era cada una de aquellas imágenes. Las flores balanceaban sus tallos con tal suavidad y sus vistosas corolas me resultaban tan conmovedoramente delicadas y tiernas, que me veía impedido a amarlas y disfrutarlas como si de composiciones poéticas se tratara. Incluso me llamaban la atención muchos ruidos que nunca antes había percibido: el rumor del viento entre los abetos y la hierba, el canto de los grillos en los campos, el trueno de una tormenta lejana, el murmullo del río que se aproxima a un dique y los gorjeos de los pájaros. Al  atardecer, veía y oía a los insectos que revoloteaban en la dorada luz del crepúsculo y escuchaba el croar de las ranas en el estanque. De repente miles de menudencias pasaron a ser valiosas e importantes para mí; me llegaban al corazón como verdaderos acontecimientos. Así sucedía, por ejemplo, cuando por la mañana regaba algunos parterres del jardín, para pasar el rato, y veía como las raíces y la tierra bebían tan agradecidas y ávidas. O cuando a la hora del calor, en pleno día, contemplaba a una pequeña mariposa azul zigzaguear como si estuviera borracha. O bien observaba el despliegue de una tierna rosa. O cuando desde la barca, de noche, sumergía la mano y notaba el delicado y tibio transcurrir del río entre mis dedos.

Padecía el tormento de un desconcertante primer amor, me acuciaba una incomprensible desazón y convivía con el anhelo, la esperanza y el desánimo. Pero a pesar de la nostalgia y la angustia amorosa, era, en todos y cada uno de aquellos instantes, profundamente feliz. Todo lo que me rodeaba me resultaba precioso y lleno de sentido; no había lugar para la muerte o el vacío. No he perdido del todo aquellas sensaciones, pero no han vuelto nunca más con la misma fuerza y continuidad. Y experimentar de nuevo todo aquello, apropiármelo y conservarlo, es ahora mi imagen de la felicidad.

¿Quiere continuar leyendo? Desde aquella época hasta aquí, he estado siempre enamorado de una forma u otra. De todo lo que he conocido, me parece que nada hay más noble, ardiente e irresistible que el amor a las mujeres. No siempre he mantenido relaciones con mujeres o muchachas; tampoco he amado siempre a conciencia a una sola de ellas, pero de alguna manera mi mente ha estado siempre ocupada en el amor, y mi culto a la belleza se ha manifestado, de hecho, en una constante adoración a las mujeres.

No quiero contarle historias de amor. Una vez, durante algunos meses, tuve una amante y recogí casi sin querer y de paso, esporádicos besos, miradas y noches de amor; pero mis amores verdaderos han sido siempre desventurados. Si hago memoria constato que el sufrimiento por un amor imposible, la angustia, la incertidumbre y las noches en vela han sido infinitamente mejores que todos los pequeños éxitos y golpes de suerte juntos.

¿Sabe que estoy profundamente enamorado de usted? La conozco desde hace ya un año, aunque sólo he ido a su casa en cuatro ocasionas. Cuando la vi  por primera vez, llevaba usted en su blusa gris perla un broche decorado con el lis florentino. Otro día la  divisé en la estación mientras subía al exprés parisino. Tenía un billete para Estrasburgo. Por aquel entonces, usted todavía no me conocía.

Más adelante fui a su casa en compañía de mi amigo; en aquella ocasión yo ya estaba enamorado de usted. Sólo se percató de ello en mi tercera visita; la noche del concierto de Schubert. O al menos, eso me pareció. Bromeó primero a propósito de mi formalidad, después sobre el lirismo con el que me expresaba y, al despedirnos, se mostró usted bondadosa y un poco maternal. Y la última vez, tras haberme facilitado su dirección de veraneo, para escribirle. Y esto es lo que he hecho ahora, después de darle muchas vueltas.

¿Cómo encontrar las palabras para despedirme? Le he dicho que esta primera carta mía también sería la última. Acoja estas confesiones, que quizá tienen algo de ridículo, como lo único que puedo darle y como muestra de mi estima y amor. Al pensar en usted y admitir lo mal que he representado el papel de enamorado, experimento ciertamente algo de aquella maravilla que he estado describiendo. Ya es de noche delante de mi ventana; todavía cantan los grillos en la hierba húmeda del jardín, y en buena medida, reconozco en este entorno algo de aquel fantástico verano. Me digo que quizá podré revivir todo aquello algún día si me mantengo fiel al sentimiento que me ha impulsado a escribir esta carta. Me gustaría renunciar a todas las astucias que para la mayoría de los jóvenes se derivan del enamoramiento y que son de sobra conocidas para mí: me refiero a aquel juego, medio sincero medio artificial, de la mirada y el gesto; al servirse mezquinamente del ambiente y el momento oportuno; al jugueteo de los pies bajo la mesa y al uso impropio de un besamanos.

No acierto a expresar debidamente lo que siento. Pero sin duda alguna me habrá comprendido. Si es usted tal y como a mí me gusta imaginar, mis confusas palabras le podrán hacer reír de buena gana sin que, por ello, disminuya ni un ápice su aprecio por mí. Es posible que yo mismo me ría un día de eso; hoy por hoy, no puedo ni me apetece hacerlo.

Con todos mis respetos, de su leal admirador,

B.

Hermann Hesse: Acerca de los besos. Cuento

images (1)Piero contó:

Esta noche hemos hablado de nuevo sobre el beso y hemos discutido acerca de que clase de beso era el que nos procuraba más felicidad. Es propio de los jóvenes responder a eso; a nosotros, a la gente mayor, ya nos ha pasado la edad de tentativas y probaturas y, para esos importantes menesteres, sólo podemos recurrir a nuestra engañosa memoria. De mis humildes recuerdos, os quiero, pues, contar la historia de dos besos que fueron para mí a la vez los más dulces y los más amargos de mi vida.

A mis dieciséis o diecisiete años, mi padre poseía una casa de campo en la vertiente bolonesa de los Apeninos en la que pasé buena parte de mis años de adolescencia y juventud, época que ahora – lo entendáis o no – me parece la más bonita de toda mi vida. Ya hace tiempo que habría vuelto a ver esa casa o que me la habría quedado como lugar de reposo, si no hubiera sido porque, a causa de una desgraciada herencia, fue a parar a un primo mío con quien ya desde niño me llevaba mal y que, además, tiene un papel importante en esta historia.

Era un hermoso verano, no demasiado caluroso, y mi padre estaba en aquella pequeña casa conmigo y el citado primo, al que había invitado. Por aquel entonces, ya hacía tiempo que mi madre no vivía. Mi padre, todavía de buen ver, era un hombre apuesto, refinado, que a los jóvenes nos servía de modelo tanto en lo tocante a la equitación, la caza, la esgrima y los juegos como in artibus vivendi et amandi. Aún se movía ágilmente y casi de forma juvenil; tenía prestancia y fuerza y, poco antes se había casado por segunda vez.

El primo, que se llamaba Alvise, contaba con veintitrés años y era, tengo que reconocerlo, un hermoso joven. Esbelto y bien formado, con largos rizos y de cara fresca y sonrosadas mejillas, tenía además elegancia y aplomo; era un conversador y un cantante bien dispuesto; bailaba excelentemente y, ya entonces, era reputado por ser uno de los hombres mas codiciados entre las mujeres de nuestra región. Que no nos pudiésemos ver uno a otro tenía su buena razón de ser. Conmigo, actuaba con altanería o con una insufrible condescendencia irónica, y aquella forma desdeñosa de tratarme, a mí, que precisamente superaba en sensatez a los de mi edad, me zahería cada vez más. Asimismo, yo, como buen observador que era, descubría muchos de sus secretos e intrigas, lo que naturalmente, a él, por su parte, le disgustaba sobremanera. Algunas veces intentó ganarse mi favor mediante una actitud falsamente amistosa, pero no me dejé engatusar. Si yo hubiese sido un poco mayor y más inteligente, le habría correspondido con el doble de astucia, me habría granjeado sus simpatías y le habría hecho caer en mi trampa en el momento oportuno. ¡Es tan fácil engañar a la gente mimada por el éxito y la fortuna! Pero aunque ya era lo suficientemente mayor para detestarlo, seguía siendo muy niño para conocer otras armas que no fuesen la frialdad y la oposición y, en lugar de devolverle con elegancia su saeta envenenada, sólo conseguía, con mi furia impotente, hundirla más profundamente en mi propia carne. Mi padre, a quien, como es lógico, no le pasaba desapercibida nuestra mutua animadversión, se reía de ella y se burlaba de nosotros. Apreciaba al guapo y elegante Alvise, y mi comportamiento hostil no le disuadía de invitarlo a menudo.

De esta forma pasamos juntos aquel verano. Nuestra casa de campo estaba espléndidamente situada en la colina y desde ella se divisaban, por encima de los viñedos, las lejanas llanuras. Por lo que sé, había sido construida por uno de los propietarios Albizzi, un florentino exiliado. Estaba rodeada de un bello jardín alrededor del cual mi padre había hecho levantar un nuevo muro. También hizo esculpir en piedra su blasón en el portal, mientras que, encima de la puerta de la casa todavía pendía el blasón del primer propietario, trabajado en piedra quebradiza y prácticamente irreconocible. Mas allá, hacia la montaña, la caza era abundante; yo iba allí a pie o a caballo casi todos los días, ya fuera solo o con mi padre, que me instruía entonces en el arte de la cetrería.

Como he dicho, yo era todavía un chico, o casi. Pero en realidad ya no lo era, y me encontraba mas bien en mitad de aquel período breve y peculiar en que los jóvenes deambulan, ansiosos sin razón y tristes sin motivo, por una tórrida calle situada entre el perdido alborozo infantil y la todavía incompleta pubertad, como entre dos jardines perdidos. Naturalmente, escribía un montón de tercetos y poemas, pero aún no me había enamorado de otra cosa que no fuera un ensueño, aunque, de puro anhelo, creyera desvivirme por un amor verdadero. Así que corría de un lado a otro febrilmente, buscaba la soledad y me sentía desgraciado hasta lo indecible. Mis sufrimientos se multiplicaban por el hecho de tener que mantenerlos celosamente escondidos. Porque ni mi padre ni el odiado Alvise, como yo bien sabía, me habrían escatimado sus burlas. También escondía mis hermosas poesías por precaución, como habría hecho un avaro con sus ducados, y cuando me parecía que el cofre había dejado de ser un lugar seguro, llevaba la caja con los papeles al bosque y la enterraba; eso sí, comprobando todos los días que continuaba en su lugar.

En una de aquellas expediciones en busca del tesoro, vi por casualidad a mi primo, que esperaba en el linde del bosque. Como él no se había percatado de mi presencia, tomé inmediatamente otra dirección, pero no lo perdí de vista, tan acostumbrado estaba a observarlo, ya fuera por curiosidad o antipatía. Al cabo de poco, vi que una joven sirvienta perteneciente a nuestra casa, avanzaba y se acercaba a Alvise, que la aguardaba. Él le pasó el brazo por la cintura, la atrajo hacia sí y desapareció con ella en el bosque.

Entonces me invadió una cierta fiebre y sentí una violenta envidia hacia aquel primo mayor que yo, a quien veía coger frutos inaccesibles para mí. En la cena clave mis ojos en los suyos, porque creía que por su mirada o sus labios se sabría de alguna forma que había besado y disfrutado del amor. Pero era el mismo de siempre y estaba tan alegre y locuaz como de costumbre. A partir de aquel momento me fue imposible observar a aquella sirvienta y a Alvise sin sentir un estremecimiento voluptuoso que me causaba placer y aflicción a la vez.

Por aquel entonces – estábamos en pleno verano – mi primo nos notificó un día que tendríamos nuevos vecinos. Un señor rico de Bolonia y su joven y hermosa esposa, a los que Alvise conocía desde hacia tiempo, se habían instalado en su casa de campo, situada a menos de medía hora de la nuestra y un poco internada en el bosque.

Aquel señor también era un conocido de mi padre, y creo incluso que se trataba de un pariente lejano de mi difunta madre, quien procedía de la casa de los Pepoli; aunque de esto no estoy muy seguro. Su casa en Bolonia se hallaba cerca del Colegio de España. La casa de campo, en cambio, era propiedad de la mujer. El matrimonio e incluso sus tres hijos, que por aquella época todavía no habían nacido, han muerto ya. Y, a excepción de mí mismo, de los que nos reunimos en aquella ocasión sólo mi primo Alvise continúa vivo, y tanto él como yo ya somos viejos sin que, a pesar de ello, nos llevemos mejor.

Al día siguiente, en un paseo a caballo, nos encontramos con el boloñés. Lo saludamos, y mi padre lo animó a visitarnos pronto junto con su mujer. Aquel señor no me pareció mayor que mi padre, pero no cabía comparar a aquellos dos hombres, pues mi padre era alto y de distinguida figura, y el otro, bajo y poco agraciado. Se mostró muy cortés con mi padre, me dirigió algunas palabras y aseguró que nos visitaría al día siguiente, a lo que mi padre correspondió inmediatamente con una invitación a comer de lo más amistosa. El vecino nos lo agradeció, y nos despedimos obsequiosamente y con la mayor de las satisfacciones.

Al día siguiente, mi padre encargó una buena comida y también hizo poner una guirnalda de flores en la mesa en honor de la dama forastera. Esperábamos a nuestros invitados con gran júbilo y emoción y, cuando llegaron, mi padre fue a su encuentro al portal y él mismo ayudó a la dama a desmontar del caballo. Nos sentamos alegremente a la mesa, y durante la comida no pude por menos que admirar a Alvise por encima de mi propio padre. Sabía contar a los forasteros, especialmente a la dama, tantas cosas ocurrentes, lisonjeras y divertidas, que provocaba el alborozo general sin que, ni por un momento, decayeran las charlas y las risas. En aquella ocasión me propuse adquirir yo también aquella valiosa habilidad.

Pero sobre todo me entretuve con la contemplación de aquella noble dama. Era excepcionalmente hermosa, alta y esbelta, iba lujosamente vestida y sus gestos rezumaban naturalidad y seducción. Me acuerdo a la perfección de que en su mano izquierda, justo a mi lado, llevaba tres anillos de oro con grandes piedras preciosas y, en el cuello, una cadenita de oro con pequeñas láminas cinceladas al estilo florentino. Cuando la comida llegaba a su fin y, tras haber contemplado a la dama a placer, yo ya me sentía perdidamente enamorado de ella y experimentaba por vez primera, y de verdad, aquella dulce y perniciosa pasión con la que tanto había soñado y que tantos poemas me había inspirado.

Una vez retirada la mesa nos fuimos todos a descansar un rato. Al salir después al jardín nos instalamos a la sombra y nos deleitamos con entretenimientos varios, en el transcurso de los cuales tuve ocasión de declamar una oda latina y cosechar algunas alabanzas. Al atardecer, comimos en la logia y cuando empezó a oscurecer, los invitados se prepararon para volver a casa. Me ofrecí inmediatamente a acompañarlos, pero Alvise ya había mandado buscar su caballo. Nos despedimos, los tres caballos emprendieron el camino, y yo me quedé con las ganas.

Aquella tarde y por la noche tuve la oportunidad de experimentar por primera vez algo de la verdadera esencia del amor. A lo largo del día me había sentido tan plenamente feliz con la contemplación de la dama, como afligido y desconsolado me quedé a partir del momento en que ella abandonó nuestra casa. Al cabo de una hora oí con desolación y envidia como mi primo volvía, cerraba el portal y entraba en su habitación. Después, me pasé la noche entera en la cama sin poder dormir, exhalando suspiros y lleno de inquietud. Intentaba reproducir con exactitud los rasgos de la dama; sus ojos, cabellos y labios, sus manos y dedos y cada una de las palabras que había pronunciado. Murmuré por lo bajo su nombre más de cien veces, tierna y tristemente, y fue un milagro que al día siguiente nadie reparara en mi alterado aspecto. Durante todo el día no hice otra cosa que idear estratagemas y medios que me permitieran volver a ver a la dama y obtener de ella, en lo posible, algún que otro gesto amable. Naturalmente, me torturé en vano: no tenía experiencia alguna, y en el amor todos, incluso los más afortunados, empiezan necesariamente con una derrota.

Un día después me atreví a acercarme a aquella casa de campo, lo que podía hacer fácilmente a hurtadillas, puesto que se hallaba cerca del bosque. Me escondí cauteloso en el linde de la arboleda y a lo largo de varias horas estuve espiando sin que apareciera nada más que un gordo e indolente pavo real, una doncella cantando y una bandada de blancas palomas. A partir de entonces, corría todos los días hacia allí; en un par o tres de ocasiones, tuve incluso el placer de ver a Donna Isabella pasear por el jardín o asomarse a una ventana.

Poco a poco me volví más audaz y me abrí paso varias veces hacia el jardín, cuya puerta abierta, estaba protegida por altos matorrales. Me camuflaba debajo de ellos de tal forma que podía divisar varios caminos y situarme asimismo bastante cerca de un pequeño pabellón, al que por las mañanas Isabella gustaba de visitar. Allí estaba yo la mitad del día, sin sentir hambre ni fatiga, temblado de gozo y angustia apenas lograba atisbar a la hermosa mujer.

Un día me encontré con el boloñés y corrí doblemente feliz hacia mi puesto, pues sabía que él no estaría en casa. Por esta razón me atreví a internarme más que de costumbre en el jardín y me escondí cerca del pabellón, agazapado tras un oscuro matorral de laurel. Al percibir ruidos en el interior, supe que Isabella estaba allí. En un momento me pareció incluso oír su voz, pero tan débilmente que no estuve del todo seguro. Desde mi penoso acecho, esperaba con paciencia la ocasión de ver su cara, al tiempo que me atenazaba constantemente el miedo a que su marido volviera y me descubriese por azar. Para mi mayor fastidio y pesar, la ventana del pabellón que daba a mi escondrijo estaba cubierta por una cortina de seda azul, de manera que no me era posible atisbar el interior. Con todo, me tranquilizó un poco pensar que desde aquel lado de la villa tampoco yo podía ser visto.

Tras haber aguardado más de una hora me pareció que la cortina azul empezaba a moverse, como si desde dentro alguien intentase escudriñar el jardín a través de una rendija. Permanecí bien escondido y, emocionado, me mantuve a la expectativa, ya que no estaba ni a tres pasos de la ventana. El sudor se deslizaba por la frente y mi corazón palpitaba con tanta fuerza que temí que pudieran oírlo.

Lo que aconteció después me hirió más que si un sablazo hubiera atravesado mi corazón inexperto. De un tirón, la cortina se descorrió a un lado y, rápido como un rayo, aunque con mucho sigilo, saltó un hombre por la ventana. Apenas me había recuperado de aquella indecible consternación y ya me enfrentaba a otra nueva sorpresa: porque acto seguido reconocí en aquel hombre audaz a mi primo y enemigo. Como si un relámpago hubiera cruzado mi mente, en un instante lo comprendí todo. Me puse a temblar de rabia y de celos y estuve en un tris de saltar y precipitarme sobre él.

Alvise se había incorporado, sonreía y miraba con cautela a su alrededor. En aquel mismo instante, Isabella, que había abandonado el pabellón por la puerta principal, apareció en la esquina, se aproximó hacia él sonriente, y dulce y suavemente le murmuro: «¡Ahora vete, Alvise, vete! !Addio!».

Mientras ella se inclinaba, él la abrazó y apretó sus labios a los suyos. Se besaron una sola vez, pero tan largamente y con tal avidez y ardor, que en aquel minuto mi corazón debió latir cuando menos mil veces. Nunca había visto tan de cerca la pasión, hasta entonces sólo conocida a través de poemas y relatos, y la visión de mi Donna posando sus labios rojos, sedientos y golosos, sobre la boca de mi primo casi me hizo perder la cabeza.

Aquel beso, señores míos, fue a la vez el más dulce y el más amargo de todos los que yo mismo he dado y recibido en mi vida, a excepción quizá de uno del que pronto os hablaré. Aquel mismo día, mientras mi alma todavía temblaba como un pájaro lastimado, fuimos invitados a pasar el día siguiente en la casa del boloñés. Yo no quería ir, pero mi padre me lo ordenó. Así pues, pasé otra noche atormentado y sin dormir. Montamos al fin los caballos y nos dirigimos sin prisa hacia aquella puerta y aquel jardín que yo tan a menudo había franqueado en secreto. Pero mientras que para mí aquello era de lo más penoso y mortificante, Alvise observaba el pabellón y el matorral de laurel con una sonrisa que a mí no podía por menos que sacarme de quicio.

Aunque mis ojos estuvieron también esa vez continuamente pendientes de Donna Isabella, cada una de aquellas miradas me causaba un sufrimiento atroz, puesto que, delante de ella, en la mesa, se sentaba el odiado Alvise, y no me era posible observar a la hermosa dama sin representarme con todo lujo de detalles la escena del día anterior. Sin embargo no paré de contemplar sus labios seductores. La mesa estaba espléndidamente abastecida de manjares y vino, la charla transcurría chispeante y animosa, pero ningún bocado me parecía sabroso y, a lo largo de la conversación, no me atreví a despegar los labios. Mientras que todos estaban contentos a más no poder, a mí la tarde me pareció más larga y difícil, que una semana de penitencia.

Durante la cena el sirviente anunció que en el patio había un mensajero que deseaba hablar con el propietario de la casa. Así que éste se disculpó, prometió volver enseguida y se fue. Mi primo llevaba de nuevo el peso de la conversación. Pero mi padre, creo, había adivinado lo que pasaba entre él e Isabella y se complacía en importunarles con alusiones y extrañas preguntas. Entre otras cosas le preguntó a la dama bromeando:

– Dígame, pues, Donna, ¿a quién de nosotros daría usted más gustosamente un beso?

Entonces, la hermosa mujer estalló en risas y  respondió rauda:

– ¡Gustosamente le daría un beso a aquel guapo muchacho de allí!

Con ésas, se levantó de la mesa, se dirigió hacia mí y me dio un beso; pero éste no fue como el del día anterior, largo y ardiente, sino frío y escueto.

Y creo que, de todos los besos nunca recibidos de una mujer amada, aquél fue el que mayor placer y mayor daño me causó.

Hermann Hesse: Pena de amor. Cuento

hesseDe esto hace ya mucho tiempo. Los señores se habían instalado con sus ostentosas tiendas delante de Kanvoleis, la capital de la tierra de Valois. Cada día comenzaba de nuevo el torneo, cuya recompensa era la reina Herzeloyde, la joven viuda de Kastis, la hermosa hija de Frimutel, rey de los Graal. Entre los participantes, se encontraban los grandes señores: el rey Pendragon de Inglaterra, el rey Lot de Noruega, el rey de Aragón, el duque de Brabante, condes célebres, caballeros y héroes como Morholt y Riwalin; sus nombres se mencionan en el segundo canto de Parzival de Wolfram von Eschenbach. Algunos luchaban para obtener gloria militar, otros lo hacían por los hermosos y tímidos ojos azules de la joven reina; la mayoría, sin embargo, se batía con el fin de adquirir su tierra, rica y fecunda, sus ciudades y su fortaleza.

Además de muchos augustos soberanos y célebres héroes, se había congregado allí una considerable multitud de anónimos caballeros, de aventureros, bandoleros y pobres díablos. Muchos de ellos ni siquiera tenían su propia tienda; campaban aquí  y allá, a menudo a cielo descubierto en medio de los campos, con un abrigo por toda protección. Dejaban que sus caballos pacieran en los prados de los alrededores; acudían, fueran o no invitados, a las mesas ajenas para conseguir comida y bebida, y, especialmente si tenían la intención de concursar, depositaban todas sus esperanzas en la suerte y el azar. En realidad, sus probabilidades de éxito eran muy reducidas porque tenían malos caballos. Montado en un mal rocín, ni el más intrépido puede lograr gran cosa. De ahí que muchos ya ni se planteasen vencer y no se propusieran nada más que estar allí, tomar parte en el espectáculo y sacarle algún provecho a todo ello. Estaban todos de muy buen humor. Cada día se organizaban banquetes y fiestas, tanto en el castillo de la reina como en los campamentos de los señores ricos y poderosos, y muchos de los caballeros pobres se alegraban de que el resultado de las apuestas se fuera demorando día tras día. Paseaban montados a caballo, cazaban, conversaban, bebían y jugaban, contemplaban el torneo, participaban ocasionalmente en él, cuidaban a los caballos heridos, observaban el pomposo despliegue de los grandes, no se perdían detalle y se concedían así unos días agradables.

Entre los luchadores pobres y sin gloria había uno que se llamaba Marcel; era el hijastro de un pequeño barón del sur, un guapo y algo famélico joven caballero que no tenía más que una armadura modesta y un jamelgo débil apodado Melissa. Como los demás, había ido hasta allí para saciar su curiosidad, para probar su suerte, y sentirse un poco partícipe del bullicio y de la suntuosidad reinante. El tal Marcel se había labrado una cierta fama entre sus semejantes y también entre algunos distinguidos caballeros no precisamente como paladín sino como trovador y juglar, puesto que era muy diestro en componer y cantar sus canciones acompañado del laúd. Se sentía bien en medio de la agitación, que le recordaba las ferias anuales, y aspiraba únicamente a que aquel alegre campamento, con toda su espectacularidad, durara todavía una buena temporada. Fue entonces cuando el duque de Brabante, su bienhechor, le exhortó a participar en la cena que organizaba la reina en honor de los nobles caballeros. Marcel se fue con él a la capital y, ya en el castillo, ambos vieron resplandecer la sala con magnificencia y pudieron deleitarse con manjares y bebidas. Pero el pobre joven no salió de allí con el corazón alegre. Había visto a la reina Herzeloyde, oído su voz, clara y vibrante y degustado sus dulces miradas. Desde aquel momento su corazón empezó a palpitar de amor por aquella augusta dama, que, no por parecer tan suave y modesta como una muchacha, dejaba de serle superior e inaccesible.

Bien es cierto que, como cualquier otro caballero, podía luchar por ella. Tenía vía libre para probar fortuna en el torneo. Sólo que ni su caballo ni sus armas estaban en unas condiciones especialmente buenas; tampoco podía ser considerado un gran héroe. A pesar de ello, no tenía miedo alguno y por momentos se sentía plenamente dispuesto a arriesgar su vida por la reina venerada. Pero sus fuerzas no podían compararse a las de Morholt o el rey Lot, ni siquiera a las de Riwalin o a las de cualquier otro héroe; eso lo sabía de sobra. Con todo, no estaba dispuesto a renunciar. Alimentó su caballo Melissa con pan y heno fino, que tuvo que mendigar; se cuidó a sí mismo comiendo y durmiendo regularmente, y limpió y restregó con gran esmero su algo deslucida armadura. Algunos días después, por la mañana temprano, se dirigió hacia el campo y se presentó en el torneo. Se batió con un caballero español: ambos se lanzaron al galope con sus largas lanzas uno contra el otro y Marcel y su rocín acabaron derribados. La sangre fluía de su boca y le dolían todos los miembros, pero se levantó sin ayuda, se llevó consigo a su trémulo caballo y fue a lavarse en un arroyo recóndito, en el que pasó el resto del día solo y humillado.

Al anochecer, al volver al campamento y cuando ya ardían aquí y allá las antorchas, le llamó el duque de Brabante por su nombre.

– Ya veo que hoy has probado tu suerte con las armas – le dijo, bondadoso -. La próxima vez que tengas ganas de intentarlo, coge uno de mis caballos, amigo mío, y si vences, considéralo tuyo. ¡Pero ahora deja que nos divirtamos y cántanos una bonita canción tras la jornada de hoy!

El modesto caballero no estaba para canciones ni alegrías. Pero, en aras del caballo prometido, aceptó. Entró en la tienda del duque, bebió un vaso de vino tinto y accedió a que le llevasen el laúd. Cantó una canción, y después otra. Los compañeros y señores lo alabaron y bebieron a su salud.

– ¡Que Dios te bendiga, trovador! – exclamó complacido el duque -. Abandona los combates y ven conmigo a la corte; podrás darte la gran vida.

– Sois bondadoso – dijo Marcel suavemente -, pero me habéis prometido un buen caballo, y antes de pensar en otra cosa quiero volver a luchar. ¿De qué me servirían la buena vida y las hermosas canciones, si sé que otros caballeros se baten para conseguir la gloria y el amor?

Uno de ellos se echó a reír:

– ¿Queréis conseguir a la reina, Marcel?

Él continuó:

– A pesar de no ser más que un caballero pobre, quiero lo mismo que queréis vosotros. Aunque no pueda obtener su mano, sí puedo luchar y dar mi sangre por ella, sufrir la derrota y el dolor. Para mí es más dulce morir por ella que darme una buena vida sin ella. Y por si alguien quiere burlarse de lo que acabo de decir, aquí tengo, caballeros, mi afilada espada.

El duque les exhortó a poner paz, y pronto se fueron todos a descansar a sus respectivas tiendas. Iba también el trovador a retirarse cuando el duque lo retuvo con un gesto. Lo miró a los ojos y le dijo con benevolencia:

– Eres muy joven, hijo. ¿Quieres luchar a todo trance por una quimera con todo lo que comporta de peligro, sangre y dolor? Bien sabes que no puedes convertirte en el rey de Valois ni hacer de la reina Herzeloyde tu amante. ¿De qué te sirve derribar a uno o dos caballeros de poca monta? ¡Para lograr tus fines tendrías que matar a los reyes, a Riwalin e incluso a mí y a todos los héroes aquí presentes! Por eso te digo: si quieres luchar, empieza conmigo, y si no puedes vencerme, abandona tu quimera y ponte a mi servicio, tal y como ya te he ofrecido.

Marcel enrojeció, pero respondió sin vacilar:

– Os lo agradezco, señor duque, y mañana mismo quiero batirme con vos.

Se fue inmediatamente a buscar su caballo. El animal lo recibió resoplando amistosamente, comió pan de su mano y apoyó la cabeza en su hombro.

– Sí, Melissa – dijo en voz baja mientras le acariciaba la cabeza -, ya sé que me quieres, Melissa, mi pequeño caballo, pero hubiera sido mejor perecer en los bosque mientras veníamos hasta aquí antes que llegar a este lugar. Que duermas bien, Melissa, mi pequeño caballo.

A la mañana siguiente, a primera hora, se dirigió hacia Kanvoleis y vendió su caballo Melissa a un habitante de la ciudad para obtener a cambio yelmo y escarpes nuevos. Mientras se alejaba, el animal alargaba el cuello hacia él, pero Marcel continuó su camino y no se volvió para mirarlo. Un mozo del duque le proporcionó entonces un rojizo semental, joven y fuerte, y al cabo de una hora, el duque en persona se presentó para batirse en duelo con él. Al ser un señor noble el que luchaba, se agolparon los curiosos. En el primer asalto no ganó ninguno de los dos, ya que el duque de Brabante fue indulgente con él. Pero después, enojado con aquel joven insensato, lo embistió con tal violencia que Marcel cayó hacia atrás, quedó colgando del estribo y fue arrastrado por el semental.

Mientras el aventurero, con heridas e hinchazones por todo el cuerpo, yacía en una tienda del servicio del duque donde se le prodigaban cuidados, por la ciudad y el campamento creció el rumor de la inminente llegada de Gamureth, el héroe célebre en todo el mundo. Apareció con toda pompa y fastuosidad; ya su nombre le había precedido rutilante como una estrella. Los grandes caballeros fruncieron el entrecejo; los pobres y humildes fueron a su encuentro alborozados, mientras que la hermosa Herzeloyde, ruborizada, lo seguía con los ojos. Algunos días después se acercó Gamureth sin prisas al campamento; empezó desafiando y luchando y acabó por derribar a los grandes caballeros, uno tras otro. No se hablaba de otra cosa: él era el vencedor; a él le correspondían la mano y las tierras de la reina. Los rumores, difundidos por todo el campamento, llegaron también a oídos de Marcel, todavía doliente. Por ellos supo que ya no podía albergar esperanzas para con Herzeloyde; oyó cómo elogiaban y ensalzaban a Gamureth y deambuló silencioso por la tienda, apretando los dientes y deseando que le llegara la muerte. Aún hubo de saber más. Efectivamente, lo visitó el duque, le regaló vestidos y le habló del ganador. Y Marcel se enteró de que la reina Herzeloyde palidecía de amor por Gamureth. Del tal Gamureth le llegó la noticia, sin embargo, de que no sólo era un caballero de la reina Anflise de Francia, sino que en tierras paganas también había dejado a una princesa morisca de piel negra, de quien había sido esposo. Cuando el duque hubo partido, se levantó con esfuerzo de su lecho, se vistió y, a pesar del dolor, fue a la ciudad para ver al vencedor, a Gamureth. Y lo vio: era un luchador, moreno y violento; un titán de poderosos miembros que le hizo pensar en un matarife. Logró introducirse furtivamente en el castillo y mezclarse entre los invitados sin ser visto. Allí avistó a la reina, aquella dulce mujer de frágil aspecto que, ardiendo de felicidad y vergüenza, ofrecía sus labios al héroe advenedizo. Sin embargo, ya hacia el final del banquete fue reconocido por su bienhechor, el duque, que le hizo acercarse.

– Permitidme – dijo el duque a la reina – que os presente a este joven caballero. Se llama Marcel y es un trovador con cuyo arte nos deleita a menudo. Si lo deseáis, puede interpretarnos una canción.

Herzeloyde respondió al duque y también al caballero asintiendo amablemente con la cabeza, sonrió y solicitó que le llevaran un laúd. El joven caballero estaba pálido; hizo una profunda reverencia y tomó titubeante el instrumento. Pero pronto sus dedos acariciaron ágilmente las cuerdas, mientras mantenía la mirada fija en la reina y cantaba una canción que en otros tiempos había compuesto en su país. Como estribillo había insertado dos versos simples tras cada estrofa que, inspirados en su corazón herido, resonaban con tristeza. Y aquellos dos versos, entonados aquella noche por primera vez en el castillo, pronto alcanzaron una gran popularidad más allá de aquel lugar y fueron cantados con harta frecuencia. Sonaban así:

Plaisir d´amour ne dure qu´un moment,

Chagrin d´amour dure toute la vie.

Acabada la canción, acompañado por el claro resplandor de las antorchas, que se filtraba a través de las ventanas, Marcel abandonó el castillo. Aquella noche no volvió al campamento sino que partió en otra dirección, fuera de la ciudad. De esa forma, libre de la caballería, se dedicó a llevar la vida errante de un tañedor de laúd.

Aquellas fiestas son agua pasada, y de las tiendas ya no queda nada; ya hace años que el duque de Brabante, el héroe Gamureth y la hermosa reina están muertos; nadie se acuerda de Kanvoleis ni de los torneos de Herzeloyde. Al cabo de los siglos sólo se han salvado sus nombres, que nos parecen extraños y trasnochados, y los versos del joven caballero, que todavía se cantan hoy.