Néstor Valdivia: El número. Cuento

El pequeño papelito mal envuelto, amarillento y con los bordes desgastados en mi vieja billetera, aún guardaba aquel número que nunca pude grabar en la memoria, ni siquiera cuando estuve con ella. En esos tiempos el celular era un lujo muy lejano no sólo para mí, sino también para todos mis compañeros de aquella academia confundida en las callecitas del centro de Lima. Así, su número telefónico y un croquis de cómo llegar a su casa los apunté en la última hoja de mi cuaderno de apuntes de las catorce materias que se dictaban por aquella época.

Al concluir con los estudios secundarios opté, por una cuestión familiar o presión familiar, entrar a prepararme para ingresar en la universidad. Lo más usual era estudiar en unos centros de estudios preuniversitarios que pretenciosos eran autodenominadas academias. A mediados de verano comenzaban las inscripciones y uno tenía que ir muy temprano para alcanzar los cupos de matrícula. La cola era interminable. Ahí fue que la vi por primera vez y quedé encandilado de ella. El calor era agotador, el sol perturbante. No dejaba de mirarla, era realmente preciosa. Llevaba el cabello recogido por una pequeña liga, las cejas también negras, pobladas pero bien definidas, ojos cautivadores como esas ilustraciones de mujeres indias, rasgados, enormes como uvas. Labios levemente gruesos, rosados y húmedos daban la impresión de ser un melón recién cortado. Blanca, de mejillas sonrojadas del calor, largas pestañas tentaculares y curvadas. El movimiento al darse viento con sus pequeñas y regordetas manos blancas, resaltaba su coquetería. Era un espectáculo verla, la mirada fija en cualquier punto, con una seriedad que enfriaba a cualquier osado que se le acercaba para hacerle algún comentario estúpido:

Mucho calor, ¿No?

Odié por siempre los primeros días de clases y, años después lo descubrí, a cualquier acontecimiento que iniciaría una nueva etapa en mi vida que no necesariamente marcarían cambios drásticos en mis rutinas diarias de niño mimado y consentido. Siempre tuve pavor a reconocerme en un grupo nuevo. Días, incluso semanas antes ya vivía atormentado de cómo sería ese mi primer día. Una timidez adquirida y heredada de mi madre en mi niñez de toques de queda y pintas subversivas de fines de los ochenta e inicios de los noventa. Terapias psicológicas, inscripción a clubs, mis padres intentaron cosas como esas, a veces se veían algunas mejoras en mí pero creo que uno nace con una personalidad y carácter definidos así, en muchos casos, sólo son los años los que te permiten superarlo o como en mi caso, reforzarlo. Llegué temprano como acostumbraba en ese entonces, más por no sentir la mirada de todos sobre mí al entrar o no encontrar un lugar y quedarme de pie o tropezar con algo y caer sobre alguien o pisarle el pie a alguna chica bonita. Ubiqué el lugar perfecto, mi lugar perfecto. Desde esta posición tenía una visión total del aula. Era mi pequeña fortaleza, donde me cubriría de las impertinentes preguntas de los profesores.

El primer día de clases ocurrió lo esperado. Ella estaba en la misma aula y en el mejor de los casos sería así hasta el fin del ciclo de cuatro meses. Se detuvo imponente a ubicar un lugar. Miró a mi lado, yo miré al frente fingiendo no huberla visto y se sentó dos carpetas delante de tal modo que podía ver su espalda y su hermoso cuello blanco.
El salón de clases constaba de cuatro ventiladores estratégicamente ubicados en cada esquina del cuadrado. Refrescantes al inicio, flojos a los quince minutos después de llenarse el aula. Sólo servían para llevar los humores de un lado al otro del aula hecha de paredes de madera contrachapada y reforzadas con listones del mismo material, viejos y apolilladas. Las carpetas eran dos tablones largos de madera, sobre una de ellas se ponían los cuadernos para escribir y la otra servía para sentarse. Método muy usado para contener en el menor espacio posible la mayor cantidad de alumnos, donde entrabamos perfectamente encajados. Ahora me pregunto qué hubiera ocurrido en un terremoto o un incendio, desastre total. Por el centro del aula a modo de separación entre los dos grupos de carpetas se encontraba el pasillo a cuyo extremo se ubicaba la improvisada puerta de entrada y del otro el pizarrón verde de madera. En cada tablón se ubicaban cinco alumnos. Nadie quería estar sentado al extremo opuesto ya que era imposible salir sin que los demás del costado salgan primero.

Transcurrió una semana en la cual yo no tenía otra cosa en la cabeza que ver la forma más adecuada para generar un primer contacto con ella. Al menos ya había logrado llamar su atención. Procuraba cruzármela en los recesos, en la cafetería, en el patio, en el ingreso al salón y cosas como esas. Al tercer día ella llegó más temprano. De pie en la puerta, al verme subir las escaleras, me saludó adusta, sólo levantando las cejas. Hice lo mismo. Al cabo de una semana más y después de que los tutores nos entregaran los resultados de las primeras prácticas calificadas pude hablar con ella.

Aún se sentía los efectos del verano. Al salir de la academia acostumbraba fumarme un cigarro, más por la pose que por el gusto real casi enviciado que años después adquirí hacia el tabaco. Hábito que aún conservo, que muchas veces intente dejar infructuosamente. Si antes consumía dos cigarros al día, después de intentar la dieta contra el humo terminaba por fumarme dos más, así hasta que en los días que ingresé en la universidad y entre los pasillos de la facultad saqué la lamentable cuenta de fumarme un promedio de cuarenta cigarros diarios, beber dos botellas de ron barato con sabor a duraznos dos veces a la semana con los compañeros de clases, sazonándolas con dosis interdiarias de marihuana envueltas en cartuchitos de papel sacadas de las biblias de bolsillo que muy bien servían para este fin, no le encontrábamos otro.

-Un cigarro, señito- pedí.
-A mí también- dijo ella.

Se acercó y tomó el encendedor con el que yo acababa de prender el cigarro de tabaco rubio. Tocó mi mano con sus dedos, lo sentí como una caricia, delicada, me rosó con la suavidad de una pluma. Solo duró un segundo. Aspiró el filtro moteado, y ahí estaban nuevamente sus ojos grandes, su mano regordeta llevando el cigarrillo a sus labios para aspirar por segunda vez y haciendo un pequeño túnel, vertía el humo sensual hacia arriba.

Vamos– me dijo, haciendo un gesto indicándome el lugar por donde debíamos ir.
Conversamos unos veinte minutos en el paradero esperando el ómnibus.
Yo vivo por los Olivos– me dijo –¿Tú, por dónde vives?
San Juan– respondí.
Qué raro ¿Aún no pasa tu carro?– preguntó.
Ya se habían pasado cuatro líneas distintas que me llevaban a mi casa pero no quería irme aún.
No– respondí –esos se demoran mucho.

Hablamos poco, sólo cosas de los cursos, nos reímos de algunos profesores. Forzó el gesto al hacerle una broma tonta sobre el parecido que tenían la sal y la mujer. Luego de un minuto de silencio y de haberme regañado para mis adentros sobre mi estúpida broma comparativa vino su necesaria e inevitable pregunta:

¿Cuánto de puntaje sacaste en la práctica?
-…

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Nunca fui un alumno aplicado y menos aún brillante. Siempre me costó mucho entender las matemáticas. Tenía un problema serio con los números. El peor de todos era el álgebra, una serie de signos y símbolos que no sabía para que me servirían en mi vida cotidiana: Las matemáticas te sirven para la vida, están en todos lados, decía con frecuencia mi profesor de secundaria tratando de motivarme a ponerle más empeño al curso. Era lamentable para mí ver como mi mamá terminaba por desarrollar mis tareas en la primaria y parte de la secundaria. Era un golpe duro para mi ego. Con mucha paciencia trataba de inculcarme las matemáticas dándome ejemplos fáciles para así resolverlos por mi mismo. Al cabo de treinta minutos regresaba para ver mis avances, no se sorprendía al ver los garabatos borroneados y con signos no descritos en ningún libro. Un cocacho mal dado, como queriendo pasar su sabiduría a través de ese suave golpe. A veces no era tan cariñosa y estallando en cólera, refunfuñando me daba un reglazo o con su mano en puño restregaba sus nudillos en mi mollera. Pero la constante era la misma, ella terminando mis tareas y yo dormido con los brazos cruzados sobre la mesa, protegido por el calor de la lámpara.

Como muchos actos de mi vida el inconsciente jugaba en mi contra, creía yo, sólo me dejaba llevar por actos pensados y razonados. Debido a mi mudez, aprendí que sería mejor prever toda situación, planificarlo al mínimo detalle, hasta ese momento trataba de controlar cada acto, cada decir, cada postura así, pensé, evitaría sorpresas, sobresaltos y sobre todo errores e incomodidades. Barajaba muchas posibles formas de cómo se desenvolverían las cosas al hacer algo pero al presentárseme no sólo no ocurría lo pensado sino que eran situaciones totalmente opuestas. De este modo quedaba desbaratada toda posibilidad de salir airoso. Según lo planeado puse en marcha mi plan mil veces esgrimido. Al salir del aula la abordé en la puerta y le dije que quería hablar con ella de algo muy importante. Me miró a los ojos, ella ya sabía de lo que se trataba. El fin de semana había planeado como pedirle estar conmigo, que me gustaba, que la extrañaba cuando no estaba, y cuando estaba solo quería mirarla, sentirla cerca, que disfrutaba mucho estar a su lado. Primero tómale de las manos, me dije, luego dile lo que tengas que decir, que las palabras fluyan. Hice un pequeño guion de lo que debería decir y como en una telenovela cursi, al terminar mi pequeño libreto mental, ella saltaría a mis brazos y eufórica me comería los labios. Mal pensado. Cuando se lo dije, estábamos sentados en un pequeño café de mala muerte. Tras terminar la empanada rancia que compartimos, yo le cedí la totalidad del café. Comencé. El frío en mis manos era evidente, los dedos morados y con las palmas húmedas de tanto sudar por los nervios. Sin la capacidad de decir palabra alguna, opté por el silencio. Ella sorprendida por la reacción me ayudó con un beso en los labios pero dos días después, sin café y sin que yo mismo me lo esperará ya que había echado por tierra todas mis posibilidades.

Ahora ya no lo pienso tanto y me dejo llevar por el devenir de las cosas aunque después de una relación larga uno tiende a perder la soltura, es como comenzar de nuevo. Me vuelvo torpe, inestable, vulnerable, con mucha inseguridad y ansiedad. El maldito temor al rechazo que toda mi vida me persiguió. Siempre lo sentí como un monstruo pisándome los talones, que me perseguía, me acechaba, me acorralaba y algunas veces lograba devorarme para luego ser deglutido y quedar ensalivado por más miedos y complejos. En la época de la universidad se volvió más notorio y perjudicial para mi alicaído ego y mi irregular promedio académico de veinteañero que aun no sabía todos los secretos de la adolescencia, que aun no podía salir de ella, gracias, en gran parte a esa majadera etapa de mi vida en que me encerré en mi dormitorio y no salía sino para cumplir con las necesidades básicas del cuerpo y cumplir, también, con alguna reunión importante de familia, obligado, claro está.
En verano parecía muerto en vida, blanco por la falta de sol, como un pan crudo.

¿Por qué no sales hijito, qué haces acá metido? Anda juega con los chicos del barrio– Me decían mis padres preocupados por mi falta de amistades.

Una vez lo intenté. Pantalones cortos que cubrían mis puntiagudas rodillas, zapatillas de marca no conocida, polo blanco con un gran estampado de Bob Marley fumando marihuana con los ojos cerrados y deleitado en su embriaguez. Me veo, yo ahí solo, abriendo la reja del viejo edificio cuyos muros eran carcomidos por el moho y la humedad. Desprendían un olor penetrante, agudo como una aguja que sólo yo podía sentir y causaba mis alergias interminables de verano. Alguna vez estornudé veinte veces continuas y rendido caí en mi colchón de jirafas e hipopótamos descoloridos, dormí por horas. Al llegar al borde de la acera reconocí al grupo de chiquillos, me acerqué tímido pensando en las miles de posibles respuestas que debería dar para justificar mi auto encierro, mi auto exilio. El corazón me daba saltos, la respiración entrecortada, el ruido de la calle era insoportable, los pasos sobre el pavimento me destrozaban los tímpanos. Cada vez estaba más cerca, solo estaba a unos cuantos metros del grupo, uno de ellos volteó y trataba de esbozar un gesto amable. Por fin llegué.

Por favor– Pude decir aún agitado y con la voz partida- ¿Me da una gaseosa personal?
Sí claro– Respondió la tendera.

Faltando unos pocos metros, como un cobarde, desvié los pasos y me fui directo a la bodega de en frente de mi casa y aplastado por el calor volví a entrar y atravesar el largo pasillo del edificio.

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Un viernes, en el receso de las clases, ella se me acercó y me dijo que sus padres habían salido a una reunión familiar y que no volverían hasta muy entrada la noche:

¿Qué dices, vamos?– Dijo ella, con el rostro enrojecido y emocionada esperando mi respuesta a su invitación.
Claro que quiero ir– me le acerqué y nos besamos.

Entramos al aula, como siempre ella se sentó adelante y yo unas carpetas detrás. En lo que restaba de las horas de clases me concentré en el dictado y en las explicaciones gesticuladas del profesor. Al menos dos veces la pizarra había sido llenada con ejemplos y ejercicios, el profesor preguntó la respuesta esperando algún voluntario, claro, era una pregunta retórica, no esperaba que alguien dijera algo y se dispuso a escribir él mismo la solución. Cuando estuvo a punto de voltear y antes de hacer el rutinario suspenso para que todos respondieramos en coro “es igual a …” levanté la mano y sin esperar su permiso dije “cinco”. Todos rieron y el profesor me miró con un poco de desprecio y recién percatándose de mi existencia, terminó de girar y escribió seis. Era ilógico lo que estaba ocurriendo, no me importaba en lo absoluto lo que pensaran de mí, sólo me volqué en levantar la mano y dar respuestas. Respuestas equívocas pero eso no me interesaba, en algo había cambiado, algo desde muy dentro se me había reacomodado. Me sentí como un rompecabezas al que todas sus piezas se les habían cambiado las aristas, era yo pero reconfigurado. Al llegar la hora de salida me paré sin siquiera despedirme de los de mi lado. La esperé en la puerta y caminamos raudos al paradero, tomamos el bus. Ya arriba no podía dejar de pensar en lo que pasaría al llegar a su casa, me invitaría pasar a su dormitorio, jugaríamos a las cartas, tal vez veríamos una película y recostados en su cama nos besaríamos y tras algunas maniobras le quitaría de a pocos la blusa primero y al fin de unos instantes más la vería desnuda, tal y como me la había imaginado tantas veces en la privacidad de mi cuarto y a puertas cerradas. Ahí, tan juntos, pude sentir su aroma delicioso a mujer y colonia barata, aprecié la cercanía de su escote, de su aliento acelerado y tibio. No decíamos nada sólo nos mirábamos con complicidad. Ambos sabíamos lo que pasaría y eso, de pronto, me dio pavor. Comencé a temblar y otra vez el sudor me envolvió:

¿Sabes algo? – Le dije- Hoy es cumpleaños de mi hermana y olvidé que habíamos quedado con mi familia encontrarnos en mi casa para cenar todos juntos.

Sin decir más y sin darle tiempo a que me diga algo toqué el timbre y bajé en el siguiente paradero. Nunca olvidaré la expresión de su rostro a través de la ventanilla del bus que se alejaba y me quedé parado unas horas y ya más tarde sin saber que más hacer, tomé el último carro que me llevaría a casa.

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Una pequeña gripe mal curada se convirtió en una bronquitis asmatiforme y dejé de asistir a la academia en la semana siguiente. En las mañanas despertaba amoratado por la falta de aire. El pecho me silbaba y tenía una postura bastante extraña con los hombros levantados, como si el cuello se me hubiera reducido de tamaño. Sofocado en las tardes iba a las nebulizaciones a la posta médica. El doctor me dijo que esa postura era debido a que el cuerpo, de modo involuntario, lo exigía así para facilitar la respiración. Con la mascarilla puesta y con los vapores saliendo del delgado tubo que lo conectaba con el tanque verde de oxígeno, y tras unos minutos de estar sentado en la dura silla, me quedaba dormido. Una tarde al volver a casa después de dar unas vueltas al parque, me encontré con un mensaje de ella sobre el mueble del teléfono: “Espero que estés bien, no sé nada de ti”. Rápido sin que nadie se diera cuenta arranqué la hoja de la libreta de apuntes y guardé el papel en mis bolsillos. Mi mamá solo me miraba y me sonreía, luego de un momento me dijo que debía llamarle, que no debía dejar de contestarle y me daba la diminuta llave del seguro de la cajita del teléfono y yo avergonzado hacía el ademán de marcar el número:

Suena ocupado, luego llamo.

Un par de semanas después de su llamada, ya mejor de salud y tras un viaje familiar, volví a clases. Para ese entonces era como un extraño, sentía mucha presión por mi falta de compromiso con las clases y todos me miraban de una forma rara, al menos eso percibía yo. En ese mes nos cambiaron de local. En éste las aulas eran irregulares y no guardaban simetría, eran más angosto y mucho más largas que el primero. El olor a cosas guardadas se sentía por todos lados, era evidente, un viejo solar colonial que no estaba hecho para estos fines, rápidamente adaptado en un centro de estudios. Los baños eran mugrientos, bastaba llegar a ellos sólo guiándose del intenso olor acido de los orines y el desinfectante. En clases me sentaba donde sea, muchas veces ni alcanzaba a ver los escritos en la pizarra y muy poco lograba captar por mi desinterés o por mi falta de comprensión a los profesores. Sentía más calor, me aburría rápido y me fastidiaba con facilidad. El cambio de local había reestructurado todo otra vez, me bajaba del bus unas cuadras antes, caminaba más, la zona era más insegura y en las noches al salir se debía tener cuidado procurando no ser asaltado. Todo me sentía desestabilizó. Perdí las ganas de todo. Mis resultados en las prácticas, exceptuando las materias de humanidades, es decir la mitad de los cursos, estaban por los suelos. Dejé de asistir poco a poco. Primero dejaba pasar un día, luego dos y a veces no me veían por semanas. Me quedaba por ahí, dando vueltas hasta que caía la tarde y era la hora de llegar a casa. Algunas veces simplemente me quedaba en la puerta viendo como los demás ingresaban y esperaba encontrarme con ella y decirle algo. Disculparme de algún modo pero cuando la veía doblar la esquina, me alejaba procurando no ser visto y me mezclaba por entre los demás perdiéndome de su vista. Muchas veces a la salida, buscaba su rostro, buscaba sus ojos pero los suyos no buscaban los míos. Cada día la veía más altiva y también más arreglada. Ahora la acompañaba al paradero del bus un tipo tan diferente a mí, un poco más alto, un poco más delgado y menos agraciado que yo pero ella le sonreía demasiado, le daba suaves golpes en el brazo y no dejaba de mirarle de esa manera tonta que se suele hacer cuando estás interesado en alguien. Yo lo traducía como muestras de mucha confianza y con cada golpecito que le daba sentía un retumbar en mi pecho, estaba celoso.

Mantuvimos una relación larga de casi dos meses, larga para mí en ese tiempo. No le fui sincero en muchas cosas. Había creado una serie de actividades para evitar salir con ella, no por no quererlo sino más bien por la falta de razones histriónicas con las cuales debería llenar tantos momentos de mi vida que no viví plenamente. Sí, logré amarla y sólo como en esa edad se puede hacer. Lo suficiente como para no decirle la verdad, para no lastimarla pero tampoco era consciente de eso ya que más temía ser yo el que saliese herido. Además, me encontraba en ese punto donde no podía decirlo porque quedaría en ridículo y me reprocharía el haberle mentido. Ese punto donde sólo te queda seguir adelante para cubrir la mentira y así continuar creando una falsedad, una vida llena de anécdotas que yo deseaba haber vivido, llena de experiencias de otros. Le hablé de mis cinco enamoradas que nunca tuve, de mis relaciones inconclusas y que sólo en mi imaginación eran llevadas a la consumación.

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El invierno llegó. La llovizna y el gris de las tardes me fascinaban, miraba los escaparates de las tiendas y luego me iba por una callecita que desembocaba en una plaza inmensa de edificios de mediados del siglo XX de paredes blancas y una estatua monumental en el centro, donde se mezclaban turistas y grupos de gentes discutiendo de política, de la próxima llegada de un gran cataclismo cósmico que cambiaría todo lo conocido y reivindicaría al indio y sacudiría todo el país. De fanáticos religiosos que biblia en mano sindicaban con el dedo y te culpaban de las grandes desgracias de la humanidad. Ésta callecita era exquisita en su simpleza y también más honesto, me gustaba mucho, era de apenas 3 cuadras y estaba llena de librerías informales que vendían y compraban ejemplares de ediciones pasadas o copias de libros pirateados. Uno podía encontrar desde novelas de autores poco conocidos, ediciones perdidas, hasta libros enciclopédicos de referencia de casi todas las profesiones y especialidades. Pasando por los inevitables bestseller`s, libros de brujería y revistas de pornografía de los setentas de mujeres tetudas con sus vellosidades intactas y sin arreglar, vaya fetichismo. Lo mismo ocurría con la música. Ahí se tenía la posibilidad de hojear durante horas todos los libros que quisieras al aire libre con el fondo musical de canciones extrañísimas de letras deprimentes que hablaban de amores perdidos, de paisajes lejanos y putas con personalidades de doñas que se quedaban con tu alma tras un polvo. En sus bares se podía encontrar gentes de todo tipo, oficinistas desgastados, maleantes de poca monta, universitarios derrochando los pagos de las matrículas en ron barato discutiendo de literatura o renegando de todo y nada. Era, en definitiva, un lugar extraño, como si un paréntesis o una burbuja imaginaria le separase de esa otra ciudad irreal de ejecutivos, autos modernos y cafeterías al estilo norteamericano con sus vasos de cartón y biscochos acaramelados. Distinta en difenitiva a las librerías que ahora suelo frecuentar con multitudes de lectores fáciles que les basta leer las referencias en las tapas de los libros para comprarlos, con vitrinas limpísimas, con el aire acondicionado que reseca mi nariz y enfría mi espalda. Cuantas veces salgo aterrorizado por la impertinencia de algún vendedor que como si se tratase de una prenda de vestir me decía: Éste libro es muy bueno y además tiene la pasta dura y las hojas blancas”. Lo que si detestaba era el olor artificial de lavanda de los aerosoles que anula, a la par del plástico protector, la posibilidad de sentir el aroma y la textura de las hojas impregnadas en tinta. Se olvidaron que el placer de lectura radica en el placer sensorial, la enervación de todos los sentidos, visión, olfato, una gran imaginación y el tacto de los dedos para pasar a la siguiente hoja y continuar con el placer. Al caer la tarde caminaba bajo esa llovizna que acaricia las mejillas, que humedece el cabello. Esa llovizna que juega burlona a ser lluvia de gotas desnutridas que apenas refrescan la tez. Caminaba por el vetusto centro rehuido de la ciudad. Pequeños charcos de agua acumulada en las veredas mezcladas con otros líquidos tornasolados y pestilentes, las adornaban. Todo parecía estar hecho de la misma materia y de la misma miseria, como si todas las cosas estuvieran mimetizadas, las calles, las paredes, los cerros, las gentes, todo se iba convirtiendo gris y triste.

Después de un mes hablé con mis padres y les dije que aún no estaba preparado para postular a la universidad y que me sentía perdido en los estudios. Estuvieron molestos conmigo por algún tiempo pero al fin comprendieron que no serviría de nada obligarme a continuar algo que no quería y me dejaron tranquilo. El domingo siguiente compré el diario y busqué un trabajo eventual en el que estuve dos meses porque no soportaba el ritmo de trabajo ni los horarios. Me levantaba a las cuatro de la mañana para estar a las seis en el taller como ayudante de un viejo cascarrabias al que no le soportaba su lenguaje procaz ni el agresivo olor de sus axilas. Él tampoco soportaba mi presencia ni mis quejas y llegamos al acuerdo de entendimiento. Él procuraría no mandar a la mierda todo sólo al menos sino lo hacía renegar y yo prometía no pasarme todo el día bostezando pero no pude hacer nada sobre sus hedores, me avergonzaba reclamarle por el fétido olor a cebollas de sus sobacos. Sin embargo, en el fondo, el viejo me caía bien, hizo más llevadero el trabajo sobre todo después de las comidas y en la modorra de las tardes, con sus historias de cuando trabajaba en el puerto como estibador. Disfrutaba mucho sus relatos de las borracheras de dos días con sus compañeros en los prostíbulos, de cómo se reñía puñal en mano o a pico de botella con alguno que osaba mantenerle la mirada por más de cinco segundos y orgulloso levantaba sus mangas de la camisa para mostrarme las cicatrices que había recibido. De cómo se gastaba la semana de pago entre las piernas de las putas más cotizadas del Trocadero. Cuando me echaron de la empresa organizó una pequeña despedida en una cantina de mala muerte donde los fines de semana todos los obreros de las fábricas de la zona terminaban. Era una casa de un solo piso y a medio construir, de techo a media agua cubierto de una maraña de enrredadedas que por las noches inundaba todo con un olor dulzón y bastante molesto. Saludó y lo saludaron como a un viejo amigo, no me sorprendió. Fuimos con dos compañeros y nos sentamos en una mesa próxima a la puerta del patio interior de tierra desde donde se veían los cuartuchos con techo de esteras cubiertos con plásticos azules para evitar las garúas en invierno y las cortinas a modo de puertas hechas de manteles y sábanas viejas, eran la única zona privada del lugar. Se levantó de la silla y señalándonos se disculpó por un momento ya que tenía algo importante que hacer, claro, lo dijo del único modo que el podía hacerlo:

Ni se les ocurra irse conchadesumares que ahorita vengo, voy por un polvo.

Se acercó a una señora diminuta de caderas bastante amplias y desproporcionadas, cuyo cuerpo era equilibrado por un par de tetas descomunales, rebalsadas por el escote y estriadas en surcos blanquecinos. Le recibió con los brazos abiertos y con un beso tan soez como la peor de las pesadillas pero tan profundo y con la tenacidad de un amor tan viejo como ellos mismos. Con una de sus manos sopesó los mofletes caídos de la mujer y así, entre risas y nalgadas, se fueron a una habitación contigua. Volvió al cabo de una hora con la camisa desabotonada, con la velluda panza abovedada al aire y sonriendo satisfecho se sentó en una de las sillas farfullando:

Esta chola cuesta 20 lucas pero culea como si le pagaras 50 pero igual no se las pagué. Soltó una carcajda estrepitosa. Cogió un vaso y mientras le vertía el aguardiente no pudo evitar una mirada fugaz al cuarto donde había estado minutos antes y que ahora estaba siendo ocupado por otro señor descamisado.

Todas son unas putas– Sentenció.

Bebimos toda la noche y tuve que tolerar sus eructos avinagrados tras cada copa hasta el amanecer. Esa fue la última vez que lo vi, entre los vomitos de las 6 de la mañana y luego de que en grupo me pagaran el servicio de la putita más joven del local.
Después de ese primer empleo seguí dedicándome a trabajos eventuales, poco remunerados y bastante mecanizados. Me bastaba con ganar unos centavos para poder mantener una vida divertida pero austera, con casi ni un lujo. Lo suficiente, sobre todo, para evitarme las molestias en casa. La mitad de la ropa que poseía la llevaba puesta encima y mis gastos estaban regidos por lo poco que tenía en la billetera. Un año más tarde, ya aburrido de mis rutinas de fines de semanas volvió la idea de estudiar algo formal. Entré en la universidad y me pasé 6 años descubriendo muchas verdades y muchas más mentiras sobre mí. Con realciones esporádicas y tan eventuales y rutinarias como mis propios empleos. Volví a trabajar, ya con mi título bajo el brazo y sacando cuentas me vi que estaba ganando tan mal como cuando era adolescente, claro, monetariamente el pago era superior pero el cheque no me alcanzaba para cubrir mis gastos básicos y sólo llegaba a fin de mes gracias a los prestamos que me hacían mis padres. Un día en la oficina, mientras escribía un informe en la computadora, descubrí con horror y mucho pesar, que a mi jefe, de camisa y corbata elegantes, también le apestaban las axilas.

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Tras una mudanza, me topé con una caja de cartón prensado. En la tapa estaba escrito mi nombre con plumón. Al instante lo reconocí. Lo abrí y el olor penetrante de la naftalina inundó mi habitación. Me encontré con viejas pertenencias, fotos, llaveros, cadenitas, tarjetas, cartas y un cuaderno aspiralado enflaquecido por el tiempo. Era mi cuaderno de apuntes de la academia. Tuve la extraña sensación que los años habían sido sólo meses y como si el tiempo no tuviera ningún significado me vi en el cálculo que ya habían pasado casi 12 años desde que guardé mis pertenencias en esta caja vieja. Seguí sacando cosas, ahí estaba mi vieja billetera y dentro el pequeño papelito mal envuelto, amarillento y con los bordes desgastados. Como un autómata y como si se hubiera ejecutado algún comando y ese fuera el único objetivo de mi programación al encontrar la caja, levanté el teléfono inalámbrico de mí velador. Aislé todo pensamiento, toda posibilidad, toda razón, todo sentimiento y marqué el número:

Aló– La voz me era familiar, más desgastada, más madura, era ella.

En ese instante se me vinieron muchas ideas a la mente. Recordé esos tiempos y me recriminé lo tonto que había sido. Desperdiciando buenos momentos por solo parecer algo que yo no era. Dicen que uno termina, sin darse cuenta, por parecerse o ser como los demás quieren verte. Pierdes tu esencia y, como con esos muñecos de niños, eres un ser inanimado y solo disfrutas del halo de vida que te da tu poseedor. Eres el superhéroe de sus juegos de día y en las noches al dormir, te conviertes y crees en tu coraza invencible y con tu espada mágica matas a los villanos que acechan sus pesadillas. Eres el salvador, el mítico ser de su pequeño universo imaginario. Luego despiertas de ese mundo fabuloso que creaste y que ya ni tú mismo eres capaz ya de aceptar. Ya no hay corazas, ni espadas ni nada, desnudo, te percatas de la terrible realidad, de la poca cosa que eres y de lo que pudiste llegar a ser y tener. Ella me dio ese halo, me creí libre, sensato, honesto pero todo era falso. La razón, pensé, era una justificación vulgar y atropellada de la mente para sabernos felices.

Aló– Volvió a interrogar su voz al otro extremo de la línea.
Aló– respondí- Soy Miguel… Miguel, el de la academia.
-…
¿Eres …?

No terminé de preguntar su nombre y ya me había colgado. Tras un instantáneo parpadeo me vi en el paradero del bus, con mi mochila, con mi jean desteñido, con mi cabello crecido y enmarañado, con muchos años de menos y como si otro “yo” estuviera viéndome a través de la ventana, me observé ahí de pie con el rostro palidecido y con la mirada perdida en mis zapatillas viejas, mientras el carro se alejaba y se iba perdiendo en la curvatura del puente que cruzaba el río.

lima

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